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LA ANTROPOLOGÍA SUBVERSIVA DE FREUD

Y LA ALEGORÍA CÍNICA DE CERVANTES:


MOISÉS Y LA RELIGIÓN MONOTEÍSTA
Y LA NOVELA Y COLOQUIO DE LOS PERROS
Eric C. Graf
Universidad Francisco Marroquín, Ciudad de Guatemala

Ya el orbe de la tierra siente en parte,


Y espera en todo, vuestra monarquía.
Diego Hernando de Acuña @  

Combato a la autoridad;
La autoridad siempre gana.
John Cougar Mellencamp 2  

L os lectores informados sobre las bases fundacionales del psicoanálisis divisa-


rán la influencia que tuvo Miguel de Cervantes (@547-@6@6) en Sigmund
Freud (@856-@939) y, en particular, la que tuvo Don Quijote de la Mancha (Parte
@, @605; Parte 2, @6@5), texto que alabó a lo largo de su carrera. 3 Las fantasías,

ansiedades y obsesiones de los personajes masculinos le aportaron los aspectos


esenciales del complejo de Edipo. Los falos blandidos por el caballero loco revelan
su ansiedad por la castración: su «fuerte brazo», su lanzón, el tronco del árbol,
su espada. La libido de Rocinante es una proyección de la de su amo: las yeguas
yangüesas y zaragozanas distraen al caballo justo cuando el hidalgo decide entrar
en el bosque tras los pasos de Marcela o meter la mano en el pajar de Maritor-
nes. Marcela y Maritornes son dos de varias mujeres – unas verosímiles, otras
fantásticas – que motivan – a veces explícita y otras secretamente – los instintos
sexuales reprimidos del viejo verde: la sobrina, el ama de casa, Dulcinea, Aldonza
Lorenzo, las prostitutas de la primera venta, Ginebra, Jarifa, la hija de la ventera,

@
  Diego Hernando de Acuña, «Soneto al Rey nuestro señor», en Renaissance and Baroque
Poetry of Spain, ed. de Elias L. Rivers, Prospect Heights, il, Waveland Press, @966, p. 90.
2
  John Cougar Mellencamp, «Authority Song», en Uh-huh, Riva, @983, YouTube, @5 de
enero de 20@5. Todas las traducciones, salvo las de Freud, son mías.
3
  Para la relación entre las respectivas visiones psicosexuales de Cervantes y Freud, véase Ca-
rroll B. Johnson, Madness and Lust: A Psychoanalytical Approach to Don Quixote, Los Ángeles,
University of California Press, @983, y Quixotic Desire: Psychoanalytic Perspectives on Cervantes,
eds. Diana de Armas Wilson y Ruth Anthony El Saffar, Ithaca, ny, Cornell University Press,
@993. Para una lectura lacaniana, véase Henry W. Sullivan, Don Quixote de la Mancha: Analyz-
able or Unanalyzable?, «Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America», @8, @998, n. @,
pp. 4-23. Sabemos que Freud fue autodidacta del español para leer a Cervantes y que ya había
leído las dos partes de Don Quijote cuando tenía diecinueve años (E. C. Riley, “Cipión” Writes
to “Berganza” in the Freudian Academia Española, «Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society
of America», @4, @994, n. @, pp. 5, 9, @5).
24 ERIC C. GRAF

la princesa Micomicona, Leandra, la Virgen, la duquesa, Altisidora, etc. Cada


historia intercalada es una sublimaci6n que esboza el tridngulo afectivo formado
por la rivalidad hacia el progenitor (o sus sustitutos) respecto ala mujer como ob-
jeto libidinal: Marcela, Guillermo y Crisostomo; Luscinda, Fernando y Cardenio;
la princesa Micomicona, el «mal gigante » y don Quijote; Angelica, Medoro y
Orlando furioso; Camila, Anselmo y Lotario; Zoraida, Agi Mora to y Ruy Perez
de Viedma; Clara, Juan Perez de Viedma y Luis; Leandra, Vicente y Eugenio;
Belerma, Merlin y Durandarte; Melisendra, Marsilio de Sansuefia y Gaiferos;
Quiteria, Camacho y Basilio; Antonomasia, Mambruno y don Clavijo; Ana Felix,
Ricote y Gregorio; etc.
Asimismo, Don Quijote anticipa las especulaciones antropologicas de Freud. El
psicoanalista propuso que todo mito primitivo era reducible a los contornos de la
novela familiar o la saga promedio, segun la cual el heroe supera sus origenes hu-
mildes para reclamar su derecho de liderar una nacion. Asi, vinculo la fantasia del
niiio edipico de sustituir al padre con la psicologia de las masas, infiriendo que en la
vida animica del individuo asi como en la tradici6n de una naci6n, el protagonista se
eleva de su inferioridad a traves de la invencion de un linaje noble. Las historias
caballerescas narradas por don Quijote en la primera parte de la novela mani-
fiestan los elementos esenciales del mito fantastico del nifio-heroe, quien vuelve
a rescatar a su madre y reinar, a pesar de las dudas o amenazas de personajes
paternales o monstruosos (I, 21, pp. 229-232; I, so, pp. 569-572). 1 Si aceptamos el
lema freudiano de que todo relato resulta de los procesos subconscientes de repe-
tici6n, distorsi6n y retorno, entonces la historia de Claudia Jeronima, que mata a su
marido y gravita hacia la proteccion del bandolero Roque Guinart, reproduce la
fantasia infantil-heroica. La madre ha escapado del padre sin que el hijo sedicioso
haya tenido que mover un declo, aunque al final este si manifiesta la afeccion re-
querida: «Tales y tan tristes eran las quejas de Claudia, que sacaron las lagrimas
de los ojos de Roque, no acostumbrados a verterlas en ninguna ocasion » (n, 6o,
p. 1123). Mientras tanto, don Quijote vive la saga promedio: su fantasia se centra
en Dulcinea, pero a su vez vacila entre identificarse con todo el abece de heroes
ibericos, desde el moro Abencerraje hasta elleones-vasco Bernardo del Carpio.
Mas alla de la ambivalencia nacional de Don Quijote, la sociedad primitiva,
la pastoril, se construye segun un sinfin de rivalidades masculinas y triangulos
afectivos. Tal vision de la Historia como una cadena de amantes enloquecidos se
ve dos veces en la primera parte y otra vez al final de la segunda. Crisostomo y
Eugenio se enamoran de Marcela y Leandra, respectivamente, pero tambien hay
una muchedumbre de hombres que las persigue, imitando la vida pastoril de los
primeros: « Y asi como ella salio en publico y su hermosura se vio al descubierto,
no os sabre buenamente decir cuantos ricos mancebos, hidalgos y labradores, han
tornado el traje de Crisostomo y la andan requebrando por esos campos»; «No
hay hueco de pefia, ni margen de arroyo, ni sombra de arbol que no este ocupada
de algun pastor que sus desventuras a los aires cuente; el eco repite el nombre

1
MIGUEL DE CERVANTES, Don Quijote de Ia Mancha, ed. de Francisco Rico, Barcelona, Crftica,
1998. Indico entre parentesis las partes y los capftulos aludidos de Don Quijote, seguidos del
numero de Ia pagina o paginas.
freud y cervantes 25
de Leandra dondequiera que pueda formarse». Antes de morir, don Quijote se
pone en la misma fila psicosexual: «puesto que yo estoy libre de buscar nombre
de pastora fingida, pues está ahí la sin par Dulcinea del Toboso, gloria de estas
riberas, adorno de estos prados, sustento de la hermosura, nata de los donaires y,
finalmente, sujeto sobre quien puede asentar bien toda alabanza, por hipérbole
que sea» (i, @2, p. @33; i, 5@, p. 58@; ii, 73, p. @2@3).
También hay paralelos entre el funcionamiento de la psique según Cervantes y
Freud. Por ejemplo, el lugar privilegiado que ocupa el sueño para los dos. Recor-
demos la imagen hilarante del hidalgo que se queda inmovilizado cuando San-
cho Panza y el humanista lo sustraen de la Cueva de Montesinos: «no respondía
palabra don Quijote, y sacándole del todo, vieron que traía cerrados los ojos, con
muestras de estar dormido» (ii, 22, p. 8@6). Cuando el héroe reporta los increíbles
eventos y pláticas que experimentó con los personajes subterráneos, el humanista
tiene dudas: «Yo no sé, señor don Quijote, cómo vuestra merced en tan poco
espacio de tiempo como ha que está allá abajo haya visto tantas cosas y hablado
y respondido tanto». Sancho le informa que ha llevado «Poco más de una hora»
en la cueva; el amo no le cree: «a mi cuenta tres días he estado en aquellas partes
remotas y escondidas a la vista nuestra» (ii, 23, p. 824). El episodio nos hace pen-
sar en la dilatación del tiempo en nuestros sueños, fenómeno que Freud intentó
explicar según el estado hipermnésico del soñador. La pesadilla de la hija de la ven-
tera es otra joya reconocible por su simbolismo sexual y su distorsión del espacio: «a
mí me ha acontecido muchas veces soñar que caía de una torre abajo y que nunca
acababa de llegar al suelo, y cuando despertaba del sueño hallarme tan molida
y quebrantada como si verdaderamente hubiera caído». No nos sorprende que
luego don Quijote, quien «Todas estas pláticas estaba escuchando muy atento»,
vacile en su fidelidad amorosa: «plugiera a los altos cielos que el amor no me
tuviera tan rendido y tan sujeto a sus leyes, y los ojos de aquella hermosa ingrata
que digo entre mis dientes, que los desta fermosa doncella fueran señores de mi
libertad» (i, @6, pp. @69-@70). Al igual que Freud, Cervantes veía que la relación
humana conlleva un choque entre dos complejos de instintos subconscientes.
El sueño cervantino también anticipa la psique freudiana por su dinamismo,
tanto por dentro como por fuera; como si el soñoliento no sólo estuviese actuan-
do según sus propios instintos sino que encarnara alguna pulsión reprimida de su
prójimo. Así es el caso, por ejemplo, de don Quijote durmiendo en el aposento de
la venta durante las historias de los amantes de la Sierra Morena y La novela del
curioso impertinente. Cuando Fernando está a punto de renunciar a sus instintos
hacia Dorotea y, de manera paralela, cuando Anselmo está a punto de admitir el
fracaso de su casamiento con Camila, el caballero sonámbulo irrumpe en la na-
rración batallando los cueros de vino. Su acción simbólica de decapitar al gigante
enemigo de la princesa Micomicona expresa, o la agresividad sexual del ello de
los demás personajes masculinos, o la renuncia de la gratificación sexual exigida
por el superyó de los mismos rivales (i, 35, pp. 4@5-4@8). Y la eventual descripción
de don Quijote como hombre que «debe de tener vacíos los aposentos de la ca-
beza» lo figura una vez más según el mismo sistema psíquico arquitectónico y
fluctuante (i, 52, p. 583).
26 eric c. graf
Asimismo, Cervantes anticipa el concepto freudiano del preconsciente, ese esta-
do intermedio entre el consciente y el inconsciente. Don Quijote oscila entre loco
inconsciente, cuerdo consciente y neurótico preconsciente. A veces, se entera de
su estado y otras no, o sólo en parte. A veces insiste en la pureza sexual y racial
de Dulcinea – «osaré yo jurar que no ha visto en todos los días de su vida moro
alguno»; «tal es el recato y encerramiento con que sus padres, Lorenzo Cor-
chuelo y su madre Aldonza Nogales, la han criado» – otras acepta su carnalidad
y mestizaje: «bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es
hermosa y honesta»; «en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la
información dél para darle algún hábito». Ora admite su ilusión – «píntola en mi
imaginación como la deseo» – ora tira un desliz freudiano: «se está hoy como la
madre que la parió» (i, 26, p. 29@; i, 25, pp. 283, 285). Este tipo de equivocación
con significado subconsciente abunda en Don Quijote, especialmente en el habla
de Sancho: «omecillos» por “homicidios”, «hilo» por “Fili”, «sobajada» por “so-
berana”, «posas» por “posaderas”, etc. (i, @0, p. @@3; i, 23, p. 253 ; i, 26, p. 296 ; ii,
35, p. 923). Ni hablar de los múltiples lapsus en la atribución de citas a lo largo
de la novela. Incluso aparecen y desaparecen objetos simbólicos – el yelmo de
Mambrino, el asno de Sancho, el billete para Dulcinea, la espada del hidalgo – al
igual que lo hacen intrusos enigmáticos como Andrés o Antonio. Todo eso está de
acuerdo con la visión freudiana de la esencia inestable de la psique.
La idea del subconsciente como fuente de pulsiones reprimidas que irrumpen
en el consciente dio lugar al análisis freudiano de las psicopatologías, unas ligeras
y otras graves, pero todas irracionales a primera vista. Don Quijote ofrece lo mis-
mo, por ejemplo, en la obsesión por la barba, ese antiguo símbolo de la potencia
masculina entre las culturas ibéricas. Al descubrir «los rostros todos poblados de
barbas», la Dolorida y sus dueñas muestran cómo su enemigo, «aquel follón y
malintencionado Mabruno», les ha castigado, lo cual causa asombro general (ii,
39, p. 948). Más tarde, cuando los «ministros infernales» de Minos y Radamanto
se le acercan para «sellar el rostro» y «manosear la cara», Sancho sufre un ataque
de pánico, «bramando como un toro»: «consentir que me toquen dueñas, ¡eso
no!» (ii, 69, pp. @@87-@@89). La irracionalidad de esos episodios – su confusión
sexual, sus expresiones hiperbólicas de miedo – indica la neurosis masculina ante
el retorno de lo reprimido: su ansiedad por la castración con la cual siempre le
amenazan sus rivales, quienes le exigen que renuncie a sus instintos sexuales.
Un caso de psicosis causada por la represión sería el de Cardenio. Su locura
excede la neurosis porque trae fases inconscientes en las que ataca a sus prójimos.
Cervantes describe uno de sus estallidos según tres pasos. Primero se le retroce-
de el consciente: «se le había caído a Cardenio la cabeza sobre el pecho, dando
muestras de estar profundamente pensativo. Y, puesto que dos veces le dijo don
Quijote que prosiguiese su historia, ni alzaba la cabeza ni respondía palabra».
Luego, se le irrumpe el preconsciente cuando, de la nada, alega que una reina
novelística era adúltera: «No se me puede quitar del pensamiento, ni habrá quien
me lo quite en el mundo ni quien me dé a entender otra cosa, [...] sino que aquel
bellaconazo del maestro Elisabat estaba amancebado con la reina Madasima».
Finalmente, se le apodera el inconsciente y ataca al hidalgo: «alzó un guijarro
que halló junto a sí y dio con él en los pechos tal golpe a don Quijote, que le hizo
freud y cervantes 27
caer de espaldas» (i, 24, pp. 268-269). Un estudio de la dinámica de la locura
masculina que anticipa los de Freud por casi trescientos años.
Como hemos visto hasta ahora, son profusos los paralelos entre la novela de
Cervantes y las teorías de Freud. Podríamos hablar de las hijas, madres, prosti-
tutas, princesas y doncellas a lo largo de Don Quijote, indicando cierta intuición
acerca de la misoginia primitiva de los hombres: el complejo de la Madonna-
prostituta, según el cual la psique masculina insiste en categorizar a cada mujer
con el binomio virgen venerable o ramera repugnante. O las intimaciones de
la curación del habla, como el bloqueo mental de que sufre el prologuista y que
luego supera gracias a su conversación con su amigo. Hay loco tras loco que con-
sigue aliviar su angustia contando su historia. Cardenio ofrece el caso más obvio
de nuevo. Escinde su propia historia para opinar: «Cada circunstancia suya me
parece a mí que es digna de un largo discurso» (i, 27, p. 3@@). El psicópata subraya
que no hay límite a lo que se podría decir sobre una memoria, una ansiedad o un
síntoma. Señala el “horror vacui” de la estética barroca, pero también anticipa la
experiencia del analizado durante el tratamiento psicoanalítico, por no decir la
del académico durante su exposición del texto literario analizado.
Esa digresión sobre Don Quijote y las teorías de Freud no sirve para desmentir
al doctor vienés, sino para indicar que hay sólidas razones por las cuales los críti-
cos freudianos predominan en los estudios cervantinos. Además de compartir su
espíritu especulativo y su dialogismo, Freud era un excelente lector de Cervantes.
Si no nos convenciera lo que dice Freud sobre la psique, sus intuiciones todavía
nos servirían como puntos de contacto con las de Cervantes. La preponderancia
de lo pre-freudiano en la ficción del “manco de Lepanto” – desde el desliz sig-
nificativo hasta el sueño dinámico y preconsciente – indica la lógica de esperar
que Freud nos diga algo sobre las intenciones del novelista en su función de
“pre-fundador” de la curación del habla. Si sólo fuese cuestión de la influencia de
Don Quijote en el psicoanálisis, la comparación entre Cervantes y Freud nos ofre-
cería grandes ventajas pedagógicas y hermenéuticas. No obstante, el argumento
a favor de la comparación es aún más sólido y específico. Gracias al intercambio
epistolario que mantuvo Freud durante su juventud con Eduard Silberstein, en-
tre @87@ y @88@, en el cual él se identificaba con Cipión y su amigo con Berganza,
sabemos que La novela y coloquio de los perros, el texto más enigmático de Cervan-
tes, influyó en los cimientos de la ciencia psicoanalítica.
Aquí sorprende la ambivalencia, por no decir la timidez, de los críticos. El pro-
fesor E. C. Riley, por ejemplo, en su estudio de las cartas de Freud a Silberstein,
evade la posibilidad de que el padre del psicoanálisis hubiera profundizado en El
coloquio de los perros: «Sin nuevas pruebas sería una tontería acreditarle con más
de un conocimiento muy limitado». @ ¿Una tontería? El venerable hispanista pre-

gunta si el texto hubiera influido en los parámetros de la relación entre el analista


y el analizado – «¿Podría haberse despertado una noción vaga del psicoanálisis
moderno en Freud gracias a un cuento de Cervantes?» – pero se frena: «Es una
noción fascinante. Como era de esperar, ha provocado cierta especulación. Pero

  E. C. Riley, loc. cit., p. @0.


@
28 eric c. graf
no hay evidencia sólida de ella, sólo conjeturas». @ Lamento la cautela de Riley.

Él mismo observa: «Silberstein es llamado “Berganza” treinta y seis veces; Freud


firma “Cipión” cincuenta y cinco veces». 2 Afirma que «sin duda» había más

cartas. 3 Admite: «no era un simple capricho pasajero, porque él y Silberstein


mantuvieron el juego durante al menos diez años». 4 Sin embargo: «No muestra

ningún signo de conocer el Coloquio, ni cualquier parte de él, particularmente


bien. Tampoco hay manera de estar seguro de que la obra tuviera un marcado
efecto sobre él en algún nivel menos consciente, como el de ejercer una influen-
cia perceptible en su creación del método clínico del psicoanálisis en la década
de @890». 5 Riley sólo se atreve a señalar la personalidad de Freud reflejada en

las cartas: «era claramente el más autoritario de los dos. [...] Sin duda, la simi-
litud con Cipión aquí fue una coincidencia temperamental; Freud seguramente
no hubiera escrito de otra manera si nunca hubiera oído hablar de Cipión. Era
igual con los miembros de su familia cuando era niño». 6 Es la queja floja de los

anti-freudianos: era un malvado para con sus familiares y colegas. En cuanto a la


posible importancia de El coloquio para Freud, no hay nada que ver acá, moverse
a lo largo: «Si cualquier parte del mismo, además de los nombres y de la idea
de los perros metidos en una conversación, hubiera dejado algún rastro especial
sobre él, se habría esperado que eso hubiera aparecido en sus cartas a Silberstein,
antes de que en cualquier otro lugar, pero no es así». 7  

Freud y Cervantes estarían decepcionados. El problema epistemológico del


trabajo de Riley: para que haya “rastros” de algo, tiene que haber pasado un in-
terregno, aún más si se trata del ser humano, cuya psicología depende tanto de la
memoria, es decir, del retorno de lo reprimido. Al igual que Ginés de Pasamonte
ante la incoherencia básica del género picaresco – «¿Cómo puede estar acabado
[...], si aún no está acabada mi vida?» (i, 22, p. 243) – podríamos preguntarle a
Riley: ¿Cómo se van a encontrar “rastros” de El coloquio en Freud sin atender a
sus textos más maduros?. Para evidencia del conocimiento de Freud de El coloquio
y el impacto que tuvo en el psicoanálisis, hay que buscar más allá de sus cartas
juveniles. Es lo que propongo aquí, comparar el diálogo cervantino con la última
publicación de Freud, Moisés y la religión monoteísta. Riley mismo nos ha dejado
una pista de la conexión en su comentario ligero sobre las letras «e.d.l.s.n.y.p.»
que aparecen de vez en cuando en las cartas a Silberstein: «Como sugiere el edi-
tor español, las letras podrían significar “en dos lenguas sin nación y patria”». 8  

Profesor, allí está, el rastro que dejó El coloquio en Moisés: la investigación dialó-
gica del pasado mina la autoridad de la nación.
Sería difícil encontrar dos textos de Freud y Cervantes que tuvieran más en
común y más que decirnos, el uno sobre el otro, que Moisés y El coloquio. Son
textos densos, íntimos, globales y radicales. El de Freud es más directo, aunque
si logramos descifrar algunos símbolos en el de Cervantes, éste también lo puede
ser. Cada texto investiga de manera simultánea la sexualidad del individuo y los
orígenes nacionales de un pueblo. Los dos socavan la idea de la autoridad a la

@
  Ibídem, pp. 5-6. 2
  Ibídem, pp. 6-7.   Ibídem, p. 6.
3
4
  Ibídem, p. @0. 5
  Ibídem, pp. @6-@7.   Ibídem, p. @@.
6
7
  Ibídem, p. @0. 8
  Ibídem, p. 7.
freud y cervantes 29
vez que sus autores se revelan profundamente
escépticos acerca de la posibilidad de que la
humanidad sea capaz de aprender la lección.
Finalmente, cada texto nos ofrece un eficiente
resumen de la cosmovisión de su autor. Si sólo
tuviéramos la oportunidad de leer un texto de
Freud y otro de Cervantes, Moisés y El coloquio
serían los obligatorios.
En Moisés Freud da su exposición más inte-
grada de sus teorías sobre el funcionamiento
de la psique, especialmente las fantasías edípi-
cas, la ansiedad por la castración y los motivos
arcanos del tabú y del tótem. Luego, da un
giro épico a sus ideas psicosexuales, conectán-
dolas con la psicología de las masas para luego
forjar observaciones sobre el origen del mo-
noteísmo. A rasgos generales: @) reinterpreta
el mito de Moisés, el fundador de la nación
de Israel, concluyendo que no era judío sino
egipcio; 2) a través del nexo entre la psicología
edípica y la escena primaria del asesinato del
gran padre, explica las características del pue- Fig. @. José de Ribera, Moisés
blo judío partiendo de la idea de que éste mató (@637), Nápoles, Certosa di San
a Moisés; 3) afirma la verdad antropológica e Martino.
histórica escondida en toda religión y nación,
aunque, a su vez, reduce estas últimas a fantasías que nos inventamos para aliviar
nuestros complejos de culpa y facilitar nuestros delirios de supremacía.
Aparte de ciertas afirmaciones sobre la “memoria genética”, las cuales se pue-
den aceptar como intentos de señalar los orígenes darwinianos de los instintos
agresivos y sexuales del ser humano, la elucidación de Freud de la paradoja del
monoteísmo, el cual reivindica la ética universal mientras que, trágicamente, afirma
la autoridad, es ingeniosa y sublime. Y el carácter íntimo y confesional del texto,
que Freud acabó en los últimos meses de su vida y a plena vista del triunfo del
partido nazi, lo hace apabullante y tierno. La primera frase expresa su ansiedad,
indivisible de sus especulaciones venideras: «Quitarle a un pueblo el hombre a
quien honra como el más grande de sus hijos no es algo que se emprenda con gus-
to o a la ligera, y menos todavía si uno mismo pertenece a ese pueblo». @ Piénselo  

bien: el famoso judío, padre de una nueva ciencia, en el cénit de su carrera, asu-
miendo la misión de descartar la autoridad de Moisés a través de descubrir la bru-
tal traición e hipocresía en las que se fundamenta su estatus heroico... ¡y en @938!
En El coloquio, junto con la narración que lo enmarca, La novela del casamiento
engañoso, Cervantes nos trasmite toda la radicalidad de su obra maestra, Don
Quijote: el héroe decadente, patético y caído; las narraciones laberínticamente

@
  Sigmund Freud, Moisés y la religión monoteísta [@939], en Obras completas, 23, trad. José L.
Etcheverry, Buenos Aires, Amorrortu, @976, p. 7.
30 eric c. graf
entrelazadas; la sátira social de la cual nadie
se escapa. A grandes rasgos: @) apunta la cul-
pa nacional por el imperialismo a través de
la justicia poética de Campuzano, un soldado
español enloquecido al contraer «lupicia», o
sífilis, de una mujer a quien, irónicamente,
él había intentado engañar; 2) se borran, a lo
largo de la historia soñada por Campuzano y
narrada por el perro Berganza, los orígenes de
la identidad nacional, se critica la marginali-
zación de varios grupos étnicos por parte de
los cristianos viejos y se culmina en la escena
primaria de la humillación pública de la bru-
ja Cañizares; 3) descarta el nacionalismo y se
burla de la autoridad estatal, abogando por
una filosofía cínica, según la cual los proble-
mas del Imperio son revanchas por la hipo-
cresía de sus ciudadanos y sus líderes.
El problema que enfrentamos con El colo-
Fig. 2. Coloso de Amenhotep iv
(c.@336 a.C.), Egipto, Templo de
quio es que, siendo literatura creativa y no en-
Karnak. sayística, en lugar de contener una explicación
lógica, es más bien un rompecabezas. Los crí-
ticos han sido incapaces de percibir la alegoría
nacional insinuada por la geografía de los sucesos narrados y el simbolismo de
los nombres caninos. En primer lugar, Valladolid tenía gran significado nacional
para la generación de Cervantes. Los Habsburgo, que reinaban en España desde
que Carlos V subió al trono en @5@6, la consideraban un centro de enorme im-
portancia política y religiosa. Tanto Felipe II (@527-98) como Felipe IV (@605-65)
nacieron y fueron bautizados allí, y la corte de Felipe III residió allí entre @60@ y
@606. En el caso de Felipe II, “el Prudente”, su aparición allí en @559, llevando la
corona de las Españas en público por primera vez, coincidió con el infame auto
de fe que terminó con el grupo de erasmistas encabezado por el doctor Agustín
de Cazalla, que había estudiado en la Universidad de Alcalá de Henares.
Para un humanista como Cervantes, también afiliado a la Universidad de Alca-
lá, Valladolid traía connotaciones trágicas, y personales también, pues estuvo allí
cuando escribió El coloquio hacia @605, durante la estancia de la corte de Felipe
III. La primera frase de El casamiento nos orienta hacia la alegoría nacional por
medio de la imagen trágica y patética, digamos “capona”, de un alférez que acaba
de recibir un tratamiento médico contra la sífilis: «Salía del Hospital de la Resu-
rrección, que está en Valladolid, fuera de la Puerta del Campo, un soldado, que,
por servirle su espada de báculo, y por la flaqueza de sus piernas y amarillez de
su rostro, mostraba bien claro que, aunque no era el tiempo muy caluroso, debía
de haber sudado en veinte días todo el humor que quizá granjeó en una hora». @  

@
  Miguel de Cervantes, El casamiento engañoso y El coloquio de los perros, ed. de Agustín G.
de Amezúa y Mayo, Madrid, Real Academia Española, @9@2, p. 269; en adelante, todas las citas
de estos textos, seguidas del número de la página o páginas, proceden de esta edición.
FREUD Y CERVANTES 31
El Imperio espafiol en decadencia: el enfermo, y asi ironicamente llamado, Cam-
puzano, volviendose loco en el corazon de las Espafias, meditando en sus «pa-
sados sucesos y presentes desgracias » (p. 282). Mientras tanto, la continuacion
canina de la narracion tendni lugar principalmente en Sevilla, ciudad que re-
presentaba la valvula entre el poder central y su vasto imperio compuesto de las
colonias transatlanticas.
Freud da comienzo a su ensayo analizando el nombre de Moises: «Es, simple-
mente, la palabra egipcia "mose", que significa "hijo", y la abreviatura de apelati-
vos mas completos como "Amen-mose", es decir, "hijo de Amon", o "Ptah-mose", o
sea, "hijo de Ptah" [ ... ]. El nombre "hijo" paso a ser pronto un comodo sustituto
del nombre completo y detallado, y en monumentos egipcios no es raro hallar
el apelativo "Mose" ». Luego, nota la reserva que reina entre los especialistas:
«Uno esperaria, pues, que entre los muchos que han discernido como egipcio
el nombre de Moises, alguno extrajera la conclusion o, al menos, aventurara la
posibilidad de que el portador del nombre fuera tam bien egipcio ». Sin embargo,
Freud sera el primero: «que yo sepa, en el caso de Moises ningun historiador la
ha extraido ».' El primer paso de Freud en su degradacion del nacionalismo ju-
daico es que ... « Moises era egipcio ». 2
En cuanto al analisis de los nombres de los perros de Cervantes, la ceguera de
la critica es curiosa tambien. Cervantes busca un efecto parecido al del Moises
de Freud, aunque inverso: los nombres si son nacionales, pero segun la ficcion
se encuentran reducidos al estatus de perros. Cipion y Berganza representan,
simplemente, las respectivas casas reales de Castilla y Portugal, unidas despues
de la invasion de Lusitania por los tercios espafioles en 1580. Desde los tiempos
de Carlos V, la propaganda imperialista de los Habsburgo cultivaba su asociacion
con Cipion, el militar romano del siglo II a.C., lo cual se puede ver, aunque
subversivamente, en la poesia de Garcilaso de la Vega (soneto 33, egloga 2, elegia
2). Cervantes se aprovecho de la misma analogia en su primera obra teatral, La
Numancia (c.158o), tragedia en la cual Cipion el joven (Felipe II) - llamado "el
Africano" - se encuentra humillado ante el sacrificio patriotico del heroe lusita-
no-celta Bariato. 3 Para comprender el significado del nombre de Berganza, solo
hace falta escuchar la metastasis, tipica de la epoca, por "Braganza". 4 Los duques
de Braganza se remontan al siglo xv, cuando Alfonso V "el Africano", rey de

' SIGMUND FREUD, op. cit., pp . 8-9. 2


Ibidem, p. 16.
3 Para el uso de Cipion por Garcilaso de Ia Vega para articular su desengafio con el impe-

rialismo Habsburgo, vease E. c. GRAF, From Scipio to Nero to the Self: The Exemplary Politics
of Stoicism in Garcilaso de la Vega's Elegies, «Publications of the Modern Language Association
of America», 116, 2001, n. s. pp. 1316-1333. Para explicaciones de Ia subversion cervantina del
uso propagandfstico de Cipion por parte de los Habsburgo, vease E. c. GRAF, The Politics of
Salvation in El Greco's Escorial Paintings and Cervantes's Numantia, en Signs of Power in Habsburg
Spain and the New World, eds. Jason McCloskey e Ignacio Lopez Almeny, Lewisburg, PA, Buck-
nell University Press, 2013, pp. 177-198, y E. C. GRAF, Valladolid dellenda est: La politica teol6gica
de La Numancia, <<Theatralia: Revista de Poetica del Teatro>>, s, 2003, pp. 273-282.
4 En una de las tarjetas postales que escribio a su amigo Silberstein, Freud firmo <<Su Bragan-

za>>, lo cual es, segun Riley, <<presumiblemente un desliz por "Berganza">> (loc. cit., p. 7). i_Se
podrfa haber Freud enterado del significado polftico de Berganza? Su investigacion del nombre
de Moises indica su interes en descubrir los significados subconscientes de los nombres epicos.
32 eric c. graf
Portugal, nombró a su medio-tío Alfonso, el primer grande de esa casa en @442.
Entre los descendientes de Alfonso I de Braganza se encuentra don Enrique I, “el
Piadoso” y “el Cardenal”, que reinó en Portugal de @578 a @580. A su muerte, hu-
bo una crisis en el proceso sucesorio, con varios aspirantes al trono, pero tuvieron
que desistir ante la invasión del Duque de Alba. No obstante, El coloquio ofrece
una humillación simbólica de ambas casas reales... son unos perros. @  

El segundo paso del ensayo de Freud es analizar la fábula del descubrimiento


que realiza la hermana del Faraón de una cesta que flotaba en el Nilo en la que
había sido abandonado Moisés: «Mientras de ordinario un héroe se eleva en el
curso de su vida sobre sus bajos comienzos, la vida heroica de Moisés se inició
descendiendo él de su elevación, bajando hasta los hijos de Israel». 2 Freud inter-

preta que la tradicional saga de abandono fue invertida para evitar que el fundador
fuese egipcio: el pueblo de Israel reescribió a su favor la historia de un poderoso
egipcio, ofuscando la realidad y transformándolo en judío. Cervantes logra un
desengaño parecido en El coloquio, descubriendo la historia canina de los héroes,
y luego truncándola al prohibir su re-transformación en seres humanos. En lugar
de reinterpretar la saga de abandono del héroe nacional, Cervantes distorsiona
una versión nacional del bildungsroman clásico de El asno de oro de Apuleyo. En el
modelo, al principio, el protagonista es castigado por su lujuria, siendo transfor-
mado de hombre en asno, y, al final, recupera su ser original cuando aprende a
renunciar a sus instintos sexuales. Mientras que la subversión de Freud radica en
su metamorfosis del héroe Moisés en egipcio, la de Cervantes radica en su prohi-
bición de que los héroes recuperen su forma humana. Según la bruja Cañizares,
no hay magia que revoque la mutación: «quisiera yo que fuera tan fácil como el
que se dice de Apuleyo en El asno de oro, que consistía en sólo comer una rosa»
(p. 337).
El tercer paso de Freud es llevarnos a la escena primaria en la cual los judíos
asesinaron al mismo hombre que se atrevió a sacarlos de Egipto y llevarlos hacia
Canaán. El psicoanalista se apoya en las investigaciones de otros historiadores,
como Eduard Meyer, Hugo Gressmann y Ernst Sellin, para concluir que «Moi-
sés, el fundador de la religión, halló violento fin en una revuelta de su pueblo,
díscolo y contumaz, que al mismo tiempo repudió la religión por él fundada» o
sea, «el destino que aguarda a todos los déspotas ilustrados». 3 Siglos después: «Al

término del exilio babilónico, se desarrolló en el pueblo judío la esperanza de que


volviera de entre los muertos aquel tan ignominiosamente asesinado, y condujera
a su arrepentido pueblo – acaso no sólo a éste – al reino de la bienaventuranza
duradera». 4 La radicalidad de las hipótesis de Freud deriva de sus implicaciones

para la Historia tradicional: el reprimido asesinato de Moisés trae la culpa y la


hipocresía de la nación de Israel y las coloca precisamente en los cimientos de su
gran contribución a la humanidad: el monoteísmo.

@
  El diálogo entre Cipión y Berganza en el Hospital de la Resurrección de Valladolid sería
análogo a una conversación ficticia entre dos ratones llamados Cincinato y Texano que tuviera
lugar hoy en día en el Hospital de Santa Isabel de Washington, dc.
2
  Sigmund Freud, op. cit., p. @4. 3
  Ibídem, pp. 35, 46.
4
  Ibídem, pp. 35-36.
freud y cervantes 33
Cervantes consigue algo parecido al combinar la irreversibilidad de la meta-
morfosis perruna de Cipión y Berganza con el juicio moral en su contra. La bruja
Cañizares le informó a Berganza que los perros «volverían á su ser cuando menos
lo pensasen; mas que no podía ser primero que ellos por sus mismos ojos viesen
lo siguiente»:
Volverán á su forma verdadera
Cuando vieren con presta diligencia
Derribar los soberbios levantados
Y alzar á los humildes abatidos,
Por mano poderosa para hacello
(pp. 336-337; 346-347).
La idea de humillar a los poderosos y exaltar a los de abajo reproduce el famoso
verso de Virgilio, donde Anquises le explica a Eneas el destino del pueblo roma-
no: «Parecere subiectis et debellare superbos», “Rescatar a los sumisos y derrocar
los soberbios” (La Eneida, vi, v. 853). También está en la Biblia, donde Jesús vatici-
na la caída de los fariseos: «Porque el que se ensalzare, será humillado; y el que se
humillare, será ensalzado» (Mateo 23.@2). La grave ironía de la profecía de Cañi-
zares se ve en el hecho de que Berganza se revela incapaz de cumplirla, dos veces
en particular: cuando la negra esclava del mercader de Sevilla y luego Cañizares
misma le tratan con cariño, en lugar de devolvérselo, les traiciona y les hace daño.
Ahora, estamos ante la gran diferencia entre Moisés y El coloquio. Para Freud
la culpa y la hipocresía del pueblo judío se revelan en la escena primordial del
asesinato del padre primitivo. Para Cervantes, las del pueblo español se revelan
en la escena primordial del abuso y sacrificio de la madre primitiva. Antes de
considerar esa diferencia, recordemos los paralelos. Al igual que Freud, Cervan-
tes emprende una investigación inquietante del pasado remoto. Así, la memoria
desempeña un papel importante en El casamiento y El coloquio, tanto la de Cam-
puzano, que escuchaba los perros cuando tenía «delicada, sotil y desocupada la
memoria» (p. 284), como la de Berganza, que alaba la «nuestra mucha memoria»
de los perros (p. 287). El licenciado Peralta, el oyente de Campuzano, emplea un
curioso proverbio para referirse a la antigüedad inalcanzable: «¡si se nos ha vuel-
to el tiempo de Maricastaña!» (p. 284); Berganza dice que «desde que tuve fuer-
zas para roer un hueso tuve deseo de hablar, para decir cosas que depositaba en la
memoria, y allí, de antiguas y muchas, ó se enmohecían, ó se olvidaban» (p. 289).
También parecido al pensamiento de Freud, según Berganza, el pasado remoto
es sangriento y homicida:
Paréceme que la primera vez que vi el sol fué en Sevilla y en su Matadero, que está fuera
de la Puerta de la Carne; por donde imaginara (si no fuera por lo que después te diré) que
mis padres debieron de ser alanos de aquellos que crían los ministros de aquella confusión,
á quien llaman jiferos. [...] Todas las mañanas que son días de carne, antes que amanezca,
están en el Matadero gran cantidad de mujercillas y muchachos, todos con talegas, que,
viniendo vacías, vuelven llenas de pedazos de carne, y las criadas, con criadillas y lomos
medio enteros. No hay res alguna que se mate de quien no lleve esta gente diezmos y
primicias de lo más sabroso y bien parado [...]. Pero ninguna cosa me admiraba más, ni
me parecía peor, que el ver que estos jiferos con la misma facilidad matan á un hombre
que á una vaca (pp. 290-29@).
34 eric c. graf

Finalmente, según Freud, lo que no somos capaces de recordar de la escena


primaria es nuestra propia culpa, y de ahí la hipocresía del mito originario. Así,
Berganza mismo observa que somos todos falibles, aun anticipando el complejo
de la Madonna-prostituta: «que el hacer y decir mal lo heredamos de nuestros
primeros padres, y lo mamamos en la leche. Vese claro en que apenas ha sacado
el niño el brazo de las fajas cuando levanta la mano con muestras de querer ven-
garse de quien, á su parecer, le ofende; y casi la primera palabra articulada que
habla es llamar puta á su ama ó á su madre» (p. 306). Tal es la moraleja principal
que le enseña la bruja Cañizares: «los daños y males que llaman de culpa vienen
y se causan por nosotros mismos. Dios es impecable, de do se infiere que nosotros
somos autores del pecado, formándole en la intención, en la palabra y en la obra»
(p. 340). Ahí reside el contraste entre Freud y Cervantes: mientras que Berganza
sí es capaz de atacar a los hombres, se revela culpable e hipócrita mayormente a
través de dos escenas primordiales en las cuales ataca a la gran madre.
Empecemos con Cañizares, la fuente de la profecía y a su vez de la moraleja
básica de que somos todos culpables. Además, les da a los perros acceso a sus
orígenes, contándole a Berganza la historia de su nacimiento y explicándole que
su forma canina resultó de una maldición contra su madre Montiela por parte
de su rival Camacha: «Llegóse el fin de la Camacha, y estando en la última hora
de su vida, llamó á tu madre, y le dijo como ella había convertido á sus hijos
en perros, por cierto enojo que con ella tuvo» (p. 336). La traición de Berganza
viene cuando Cañizares se cubre de un ungüento y entra en un éxtasis, buscando
comunicar con el demonio para enterarse del destino de los perros. Desde luego,
la ambivalencia de Berganza depende en parte del estatus diabólico de Cañizares,
pero en lugar de huir, su reacción es ponerla al alcance de todo el pueblo y luego
morderla de manera espeluznante:
la así de un carcaño, y la saqué arrastrando al patio: mas ni por esto dió muestras de tener
sentido. [...] Curiosos hubo que se llegaron a hincarle alfileres por las carnes, desde la
punta hasta la cabeza; ni por eso recordaba la dormilona, ni volvió en si hasta las siete del
día; y como se sintió acribada de los alfileres y mordida de los carcañares, y magullada
del arrastramiento, fuera de su aposento, y á vista de tantos ojos que la estaban mirando,
creyó, y creyó la verdad, que yo había sido el autor de su deshonra; y así, arremetió á mí,
y echándome ambas manos á la garganta, procuraba ahogarme, diciendo: “¡Oh bellaco,
desagradecido, ignorante y malicioso! y ¿es éste el pago que merecen las buenas obras que
á tu madre hice, y de las que te pensaba hacer á ti?” Yo, que me vi en peligro de perder
la vida entre las uñas de aquella fiera arpía, sacudíme, y asiéndole de las luengas faldas
de su vientre, la zamarreé y arrastré por todo el patio; ella daba voces, que la librasen
de los dientes de aquel maligno espíritu. [...] la vieja gruñía; yo apretaba los dientes (pp.
343-345).
Es plausible concluir que el perro actúa en defensa propia; pero también es no-
table que Cañizares tenga setenta y cinco años, y que al final del encuentro, Ber-
ganza se refiera a sí mismo como «demonio» cuatro veces. Incluso unos testigos
le intentan echar «agua bendita» (p. 345).
Antes de proceder, consideremos el contenido sexual del episodio. Berganza
describe en gran detalle la desnudez de Cañizares – «las tetas semejaban dos
freud y cervantes 35
vejigas de vaca, secas y arrugadas» – y la llama «puta vieja» dos veces (pp. 343,
34@, 344). Más significativo, la muerde por los talones, los «carcañares», y la
arrastra afuera, donde la gente la humilla, pasándole alfileres por las carnes.
Eso nos recuerda la historia principal del alférez Campuzano, quien utilizó el
mismo término cuando describió su deseo por Estefanía: «Yo, que tenía enton-
ces el juicio, no en la cabeza, sino en los carcañares» (p. 273). Y cuando se en-
teró de la traición de esa otra prostituta, al igual que Berganza, el soldado tenía
en mente «hacer en ella un ejemplar castigo» (p. 278). ¿Pero qué fue aquella
aventura amorosa salvo otra versión de la antigua rivalidad entre padre e hijo?:
«espaciándome en casa como el yerno ruín en la del suegro rico» (p. 274). Así,
simbólicamente, Cervantes conecta la patética sexualidad de Campuzano, y su
enfermedad y locura resultantes, con los orígenes primordiales de los héroes
Cipión y Berganza, más específicamente con el abuso de Cañizares por parte
de Berganza.
Encontramos lo mismo en el ensayo de Freud. El último paso de su hipótesis
vincula el mito nacional con la neurosis psicosexual. Cita el caso del niño edípico
que experimentó un trauma porque «tuvo repetidas y aun regulares oportuni-
dades, a la edad en que apenas había alcanzado la capacidad del lenguaje, de
observar los procesos sexuales entre sus progenitores, de ver mucho y de escuchar
mucho más todavía». @ Pasada la adolescencia, sus síntomas neuróticos estallan –

impotencia, agresividad contra la mujer, comportamiento despótico, egoísmo – y


el hombre se convierte justo en el padre abusivo que imaginaba en la actividad
sexual de sus progenitores. Luego, Freud conjetura que algo parecido transcurre
a nivel nacional:
Trauma temprano-defensa-latencia-estallido de la neurosis-retorno parcial de lo repri-
mido: así rezaba la fórmula que establecimos para el desarrollo de una neurosis. Ahora
invitamos al lector a dar el siguiente paso: adoptar el supuesto de que en la vida del género
humano ha ocurrido algo semejante a lo que sucede en la vida de los individuos. Vale
decir, que también en aquella hubo procesos de contenido sexual-agresivo que dejaron
secuelas duraderas, pero las más de las veces cayeron bajo la defensa, fueron olvidados; y
más tarde, tras un largo período de latencia, volvieron a adquirir eficacia y crearon fenó-
menos parecidos a los síntomas. 2  

Notemos la especificidad semejante con la cual Cervantes formula su visión del


origen secreto de la agresividad sexual de Campuzano. Además del episodio de
Cañizares, la otra escena de violencia contra una mujer en El coloquio ocurre
cuando Berganza ataca a la negra esclava del mercader sevillano. Primero, el
perro observa repetidos procesos sexuales entre ella y su amante:
la negra de casa estaba enamorada de un negro, asimismo esclavo de casa, el cual negro
dormía en el zaguán, que es entre la puerta de la calle y la de enmedio, detrás de la cual yo
estaba, y no se podían juntar sino de noche, y para esto habían hurtado ó contrahecho las
llaves; y así, las más de las noches bajaba la negra, y tapándome la boca con algún pedazo
de carne ó queso, abría al negro, con quien se daba buen tiempo, facilitándolo mi silencio,
y á costa de muchas cosas que la negra hurtaba (p. 3@3).

@
  Sigmund Freud, op. cit., p. 75.   Ibídem, p. 77.
2
36 eric c. graf

El abuso de Cañizares por Berganza muestra la agresividad masculina contra la


gran madre o bruja, que se remonta a una antigüedad primordial; su abuso de
la negra esclava de Sevilla es menos comprensible ya que representa el pecado
moderno de la infame industria transatlántica inventada por los portugueses e
incorporada al Imperio español tras la anexión de @580. Es el pecado “real” que
solicita la justicia poética sifilítica de Campuzano. Múltiples signos nos lo indi-
can. En el interregno entre la descripción de la relación sexual de los negros y
la violencia perpetrada por Berganza, los canes platican sobre las palabras «filo-
sofía» e «hipócrita» (pp. 3@3, 3@5). Irónicamente, dado lo que hace a Cañizares y
la negra, Berganza ya había jurado morderse la lengua si hablaba mal de otros:
«me morderé el pico de la lengua, de modo que me duela y me acuerde de mi
culpa, para no volver á ella» (p. 306). Ahora, a punto de morder a la pobre negra
enamorada, alaba la definición ofrecida por Cipión de «filosofía» («amor de la
ciencia»), quejándose de que tantos falsos académicos anden «engañando el mun-
do» con sus mentiras, «como hacen los portugueses con los negros de Guinea».
La reacción de Cipión va al grano: «Ahora sí, Berganza, que te puedes morder la
lengua, y tarazármela yo, porque todo cuanto decimos es murmurar». Berganza
no quiere: «Muérdase el diablo; que yo no quiero morderme la lengua» (pp. 3@4,
3@5). Cuando reinicia su historia, deja ver su salvajismo:
Finalmente, mi buena intención rompió por las malas dádivas de la negra, á la cual, bajan-
do una noche muy escura á su acostumbrado pasatiempo, arremetí sin ladrar, porque no
se alborotasen los de casa, y en un instante le hice pedazos toda la camisa, y le arranqué un
pedazo de muslo; burla que fué bastante á tenerla de veras más de ocho días en la cama,
fingiendo, para con sus amos, no sé qué enfermedad (p. 3@7).

Una constelación de detalles confirma la culpa e hipocresía de Berganza, y por


extensión de España, respecto a la nueva industria que transformaba a seres hu-
manos negros en pedazos de carne: la negra Virgen «Nuestra Señora de Guada-
lupe» visitada por doña Clementa (p. 278), la cesta con carne que lleva Berganza
para el jifero (pp. 292-293, 307), la «yegua rucia» de su segundo amo (p. 294),
«los paños negros» del caballero altivo (p. 304), la «sombra» de los mercade-
res y de los hombrecillos (p. 305, 364), la badana del «vade mecum» que lleva
Berganza para los esclavistas (p. 307), «los espejos donde se mira la honestidad»
de los jesuitas (p. 308), los «dos gatos romanos» de la negra (p. 309), el adagio
de Erasmo, «habet bovum in lingua» “tiene buey en la lengua” (pp. 3@6-3@7), la
«piel negra» de Cañizares y «la barriga, que era de badana» con que «se cubría
las partes deshonestas» (p. 343), la bayeta «parda y tundida» del dramaturgo
bajo el granado (p. 352) y el «mutatio caparum» de los cardenales de su comedia
(p. 353). Y recordemos que los nombres de los perros sugieren el apodo “el Afri-
cano”. Finalmente, al igual que Campuzano, Berganza recibe su propia justicia
poética. Es su última memoria: «una perrilla destas que llaman de falda, tan
pequeña, que se pudiera esconder en el seno; la cual, cuando me vió, saltó de los
brazos de su señora y arremetió á mí ladrando, y con tan gran denuedo, que no
paró hasta morderme de una pierna» (p. 363). Una pequeña represalia, incontro-
lable, “partida del seno”, digamos, por lo que le hizo a la negra. Esa represalia es
freud y cervantes 37
el punto final, por no decir fijo, de la lección. Por eso las últimas palabras que le
dice Campuzano a Peralta antes de pasarle su cartapacio («El coloquio traigo en
el seno») y la descripción del joven dramaturgo al final: «Ocupábase en escribir
en un cartapacio, y de cuando en cuando se daba palmadas en la frente» (pp.
284, 352).
Nos desviamos algo del rastro de Cervantes en Moisés al subrayar la doble
representación del sadismo hacia la gran madre en El coloquio. La diferencia es
importante, pero no decisiva. Freud también contempla la venganza del patriar-
cado contra las deidades maternas que habían ocupado el vacío dejado por el
parricidio primitivo. @ Si Cervantes pone más énfasis en esa fase intermedia, se

debe a su doble apreciación del marianismo mediterráneo occidental y del papel


de la diosa Isis en la picaresca clásica de Apuleyo. 2 Además, Cervantes colma su

defensa de la gran madre a través de minar una serie de príncipes masculinos,


satirizando el misterio y la corrupción que atienden al Papa de los católicos, al
Conde de los gitanos y, en particular, a su Majestad de España (pp. 32@, 353, 348,
36@-362). Ese último proceso anticipa el de Freud en Moisés de desmitificar a
Hitler, Stalin y al Papa también. 3  

Al final, el paralelo anti-autoritario es aún más estricto. Freud parte de la hipó-


tesis de si Moisés era egipcio...; Cervantes concluye con la de si Moisés es morisco....
Cuando Berganza critica a los moriscos, «porque su ciencia no es otra que del
robarnos» y porque «todo su intento es acuñar y guardar dinero acuñado», cita
el Génesis y el Éxodo: «De los doce hijos de Jacob, que he oído decir que entraron
en Egipto, cuando los sacó Moisén de aquel cautiverio, salieron seiscientos mil
varones, sin niños y mujeres; de aquí se podrá inferir lo que multiplicarán las
déstos, que sin comparación son en mayor número» (pp. 35@-352). Ha abierto
un laberinto de ironías. Por ejemplo, la de su propia hipocresía. Berganza es ex-
perto en robar también y, además, acaba de alabar a su nuevo amo: «di en una
huerta de un morisco, que me acogió de buena voluntad, y yo quedé con mejor»
(p. 350). Y si los moriscos tenían fama de falsificar las monedas, era fama que
compartían con los reyes de España, cuya política inflacionista, vista como un
robo, recibía duras críticas a principios del siglo xvii. 4 Finalmente, insinúa que

los españoles son egipcios y su rey el tirano Faraón, y eso ni siquiera respecto a
los judíos, a quienes ya expulsaron, sino a los moriscos a quienes van a expulsar
en @609, bajo sospechas de ser cripto-musulmanes. Con la confusión que trae
esa frase, Cervantes logra algo parecido a lo que hace Freud al final de Moisés:
@
  Ibídem, pp. 79, 80, 85.
2
  Para un análisis detallado de la función de la diosa Isis en Don Quijote, véase E. C. Graf,
Cervantes es a Apuleyo lo que Zoraida es a Isis: Don Quijote como apropiación cristiana de la tra-
yectoria proto-feminista de la novela pagana, en Estas primicias del ingenio: Jóvenes cervantistas en
Chicago, eds. Francisco Caudet y Kerry Wilks, Madrid, Castalia, 2003, pp. 99-@@2; o, para la
versión inglesa, véase el segundo capítulo de E. C. Graf, Cervantes and Modernity: Four Essays
on Don Quijote, Lewisburg, pa , Bucknell University Press, 2007.
3
  Sigmund Freud, op. cit., pp. 52-54.
4
  Para la crítica de Cervantes de la política monetaria de los Habsburgo, véase E. C. Graf,
Sancho’s «por negros que sean, los he de volver blancos o amarillos» (DQ 1.29) and Juan de Mariana’s
De moneta of 1605, «Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America», 3@, 20@@, n. 2,
pp. 23-5@.
38 eric c. graf
socavar simultáneamente las tres religiones monoteístas como variaciones de los
complejos de supremacía y culpa de los judíos que heredaron el egoísmo y el
monoteísmo de Amenhotep IV (@372-36 a.C.).
El ensayo de Freud y la mención de Moisés por Berganza nos ayudan a enten-
der una serie de alusiones a la “cuestión judía” a lo largo de El casamiento y El
coloquio. Freud especula que la «inhibición de lenguaje» o «defecto vocal» que
parece padecer el fundador de la religión judía indica «el hecho de que Moisés
hablaba una lengua diferente que sus neo-egipcios semitas». @ De manera similar,

las descripciones de Moisés como «despótico, colérico y aun violento, a pesar de


lo cual se nos dice que fue el más manso y paciente de los hombres», 2 le sugieren

una confusión primitiva entre Yahvé y Moisés. La lengua y el carácter dividido


del héroe judío predominan a lo largo de El coloquio: el misterio del habla de los
perros, que «pasa los límites de la naturaleza» (p. 286), es el tema principal de
las primeras páginas y da lugar a todo; y ya hemos visto cómo Berganza, quien
describe a su primer amo como «colérico» (p. 290), es ora manso, ora despótico
y violento. Luego, tenemos las alusiones a “el Arca de la Alianza”, que contenía
las “Tablas de la Ley” de Moisés, en el «baúl» de Campuzano y la «arquilla» de
Cañizares (pp. 274, 279, 334). También hay una pizca de Éxodo en las alusiones a
alguna «plaga» inminente (pp. 288, 3@2); y las «esteras viejas» en que se sientan
los perros y la «espuerta» sangrienta que lleva Berganza para su primer amo
parecen distorsiones del encuentro de Moisés dentro de una cesta (pp. 282, 286,
3@5, 292, 293). Luego, el deseo de Peralta de hacer «penitencia juntos» y comer
«unas lonjas de jamón de Rute» con Campuzano y el «tocino» o «pedazo de
jamón famoso» que distrae a Berganza indican la típica obsesión por la identidad
étnica-religiosa en el Siglo de Oro (pp. 270, 320); al igual que la excesiva arenga
de la huésped sobre la «carta de ejecutoria de su marido» que guarda en «un co-
fre» (pp. 32@-323). Si todo eso no fuese suficiente, cuando Campuzano finalmente
admite que buscó la sífilis que contrajo de Estefanía, emplea una frase rarísima:
«Pensóse don Simueque que me engañaba con su hija la tuerta, y por el Dío,
contrecho soy de un lado» (p. 279). Según el editor Amezúa, «Es refrán judío,
casi exótico en toda nuestra literatura indígena» (p. 404).
¿Era Cervantes de ascendencia judía o conversa? Con toda probabilidad. Freud
abiertamente. ¿Por qué no reivindicaron a su nación con más ahínco? Es que
cierta decepción es definitiva. Por eso, eran autores conscientes de traicionar y
ofender a todo el mundo. Incluso en «la libre y generosa Inglaterra», Freud no
se engaña: «cuando este trabajo sobre Moisés se conozca entre mis nuevos com-
patriotas, a través de una traducción, perderé sin duda bastante de las simpatías
que cierto número de otras personas me han mostrado hasta ahora». 3 Cervantes 

expresa una ansiedad parecida por «la inestabilidad de los amigos» en el prólogo
de Don Quijote (p. @5). Al final, los dos arremeten contra el retorno de lo mismo,
contra cualquier excusa para un nuevo culto de la autoridad. Los judíos son ton-
tos por creerse excepcionales y aún más tontos somos los demás, ¡y encima los
perseguimos! Si ves que «el imperio universal faraónico fue la ocasión para que

  Sigmund Freud, op. cit., p. 32.


@
  Ibídem, p. 40.
2
  Ibídem, p. 55.
3
freud y cervantes 39
aflorara la idea monoteísta», @ entonces lo demás es espejismo. Así, la triste ironía

de un altivo cristiano viejo como Sancho extrañando «las ollas de Egipto» (ii, 2@,
p. 808); así, el autoritarismo escondido en la añoranza de don Quijote por la Edad
de Oro (i, @@, pp. @2@-@23). Por cierto, Freud analiza la nostalgia por esas mismas
ollas y esa misma edad en Moisés. 2  

La “cuestión judía” da lugar a la libertad, pero también a un relativismo trá-


gico, un cansancio que se ve en los aspectos más íntimos de Moisés y El coloquio.
Freud: «será decisión libre del lector demorarse en este asunto o darle la espal-
da». 3 Cervantes ya le había extendido la libertad a su lector en el prólogo de

Don Quijote – «tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío» (p. @0) – pero
Campuzano se la extiende a Peralta en términos más resignados: «lee si quiere,
esos sueños ó disparates, que no tienen otra cosa de bueno sino es el poderlos
dejar cuando enfaden» (p. 285). Los prefacios insertados por Freud a lo largo de
Moisés, en los cuales confiesa su ansia y le pide paciencia a su lector, recuerdan
los marcos de la ficción cervantina, pero también algo más negro, algún remor-
dimiento. Lo seguimos de Viena a Londres en los últimos meses de su vida y,
al igual que la guerra, su propia muerte le persigue, aludida en las notas. Da
la impresión de que la sombra del despotismo lo contaminó también, como si
pidiera perdón por la intransigencia de su escepticismo. En El casamiento y El
coloquio, Cervantes también dejó rastros de algo terrorífico e inefable. Tienen
lugar en dos ciudades donde había sufrido abusos de poder, siendo encarcelado
tres meses en Sevilla por los apuros financieros de otros, y también tres días en
Valladolid, después de la muerte de Gaspar de Ezpeleta, herido a las puertas de
su casa. Hay un autorretrato lúgubre en la imagen del soldado sifilítico y otro en
la del dramaturgo rechazado, cuya despedida – «No es bien echar las margaritas
á los puercos» (p. 356) – suena como la queja de nuestro autor. ¿Era simplemente
hostilidad contra los corregidores que se sobrepasaron o los patrones que nunca le
acogieron? ¿Quiere Cervantes confesar algo más oscuro? Imposible saberlo, pero
las dos novelas siempre serán sus más sombrías.
Más allá de los mecanismos psicosexuales de El casamiento y El coloquio, Moisés
nos aclara el aspecto trágico del anti-autoritarismo. El mundo caído de Freud
concuerda con la sátira que Cervantes lanza contra su rey y sus compatriotas.

@
  Ibídem, p. 82.
2
  Ibídem, pp. 27, 68. Otros desengaños paralelos entre Moisés y El casamiento y El coloquio
incluyen: la idea primitiva del aliento como el espíritu, la equivalencia entre la religión y la
magia, la identificación primitiva con animales o tótems, la ansiedad por la castración como
el origen del tabú, la relación entre el banquete ceremonial y el canibalismo, las meditaciones
críticas sobre el Islam, el protestantismo, el catolicismo y el judaísmo. Incluso cuando un amo
de Berganza le hace imitar un corcel, llevando «una silla pequeña» y sobre ella «una figura
liviana de un hombre con una lancilla de correr sortija» (p. 33@), es difícil no pensar en don Qui-
jote y en la famosa descripción que hace Freud del yo como un jinete a merced de su caballo
(Sigmund Freud, El yo y el ello [@923], en Obras completas, @9, trad. José L. Etcheverry, Buenos
Aires, Amorrortu, @976, p. 27). Para el chiste de Berganza y la teoría freudiana, véase Jannine
Montauban, Síntoma, chiste y cinismo en el Coloquio de los perros, en El Quijote en Buenos Aires:
Lecturas cervantinas en el cuarto centenario, eds. Alicia Parodi, Julia D’Onofrio y Juan Diego Vila,
Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, 2006, pp. 767-773.
3
  Op. cit., p. @0@.
40 eric c. graf
En un pasaje clave Freud
observa que aun su pro-
pio desengaño se remon-
ta a la antigüedad: «Si las
mayores hazañas heroi-
cas de nuestro tiempo no
fueron capaces de inspirar
una épica, ya Alejandro
el Grande tenía derecho a
quejarse de que no hallaría
un Homero». @ Cervantes

hace lo mismo. De hecho,


cuando Cipión comenta
que los perros merecen
Fig. 3. Gaspar de Crayer, Alejandro y Diógenes ser llamados «cínicos» (p.
(c.@625-30), Colonia, Museo Wallraf-Richartz. 3@2), el diálogo se transfor-
ma en una alegoría políti-
ca cuya clave se originó en
la Atenas clásica. El más
famoso cínico – del griego
kynicos, de kynos “perro”
– era Diógenes de Sínope
(404-323 a.C.). Hay tres
famosas anécdotas sobre
Diógenes que son relevan-
tes para El coloquio. Lleva-
ba una lámpara encendida
a plena luz del día procla-
mando que buscaba a un
hombre honesto. Prefería
la compañía de los perros
y vivía con ellos en una ti-
Fig. 4. Jean-Léon Gérôme, Diógenes (@860),
naja en la calle. Tuvo una
Baltimore, md, Museo Walters.
confrontación con el Em-
perador Alejandro Magno
durante la cual el filósofo impertinente le pidió que se moviera porque le tapaba
el sol. Como observa la profesora Jannine Montauban, la novela de Cervantes
contiene «una serie de sugerencias que impide ver en los perros de Mahudes y la
escuela de Diógenes de Sínope una simple coincidencia». 2 De hecho, se refiere a

las aludidas anécdotas en las últimas páginas. Primero, aprendemos por segun-
da vez que el nuevo trabajo de Cipión y Berganza es llevar sus linternas por la
noche para ayudar al «buen cristiano Mahudes» cuando pide limosna. Luego,
escuchamos la queja de un paciente del hospital que ha compuesto una épica, pe-

@
  Ibídem, p. 68. 2
  Jannine Montauban, loc. cit., p. 77@.
FREUD Y CERVANTES 41
ro que tiene un problema: « lY que, con todo
esto, no hallo un Principe a quien dirigille?
Principe, digo, que sea inteligente, liberal y
magnanimo. j Misera edad y depravado siglo
nuestro!» (pp. 358-359). Hay amarga ironia
en el hecho de que sea un mozarabe o moris-
co el « buen cristiano » a qui en sirven los pe-
rros, asi como en el de que no exista ning{ln
«principe magnanimo». Es peor. Todo el epi-
sodio de Berganza a servicio de los pastores
FIG. 5· EDWIN HENRY LANDSEER,
era un calco del lema de Plauto, «Lupus est Alejandro y Di6genes (1848),
homo homini, non homo quom qualis sit non Londres, Tate Gallery.
novit», "Lobo es el hombre para el hombre,
y no hombre, cuando desconoce quien es el
otro". Cervantes nos ha dejado un mundo en
el que Diogenes les ha legado a sus perros el
rol de buscar a un hombre buena (ni hablar
de Alejandro Magno), y solo encuentran lo-
bos. Platon es el locus classicus de todo eso.
En el segundo libra de La Republica Socrates
afirma que el modelo del guardian ideal es un
perro; en el tercero, se preocupa por si este
aprende a atacar al ganado como haria el lo-
bo. Si los perros son lideres perfectos, no por
eso dejan de ser problematicos, especialmen-
te, como nos muestra Cervantes, para cierta
sevillana enamorada.'

FIG. 6. JosEP GRANYER I GIRALT,


Cipi6n y Berganza (1946),
edici6n de Selene.

• El monarcomaco jesuita Juan de Mariana, un radical contemporaneo de Cervantes, tambien


se identifico con los cinicos, de hecho con Diogenes mismo. Vease el prologo del Tratado y discurso
sobre la moneda de vell6n, que le gano la enemistad de Felipe III por criticar su polftica monetaria:
«La ciudad de Corinto, [ ... ] tuvo nuevas que Felipe, rey de Macedonia, venia sobre ella;
turbaronse los ciudadanos, quien acudia a las armas, quien a los muros para fortificarlos, quien
juntaba almacen, quien piedras 6 otros materiales. Diogenes, desde que vio la ciudad alboro-
tada y que nadie le llamaba ni empleaba en cosa alguna, por tenerle todos por inutil, salio de
la tinaja en que moraba y comenzo a rodarla cuestas arriba y cuestas abajo; y preguntandole
que era lo que hacia, que parecia se burlaba del mal y cuita comun, respondio, no es razon
que solo yo este ocioso en tiempo que toda la ciudad anda alborotada y todos hacendados. [ ... ]
De esto mismo servira por lo menos este papel, despues de cumplir con mi conciencia, de que
entienda el mundo (ya que unos estan impedidos de miedo, otros en hierros de sus preten-
siones y ambicion, y algunos con clones tapada la boca y trabada la lengua) que no falta en el
reino y por los rincones quien vuelva por la verdad y avise los inconvenientes y dafios que a
estos reinos amenazan si no se reparan las causas>> (JuAN DE MARIANA, Tratado y discurso sobre
la moneda de vell6n, trad. Juan de Mariana, ed. de Francisco Pi y Margall, Biblioteca de autores
espafioles, 31, Madrid, M. Rivadeneyra, 1854, p. 577).