Sie sind auf Seite 1von 3

La irreconocible otredad

En Del amor y otros demonios, de Gabriel García Márquez, somos testigos de un retrato
descarnado de las características socio-culturales de Colombia durante el dominio de España.
Aquí reflexionaré en torno al que no sólo es uno de los ejes centrales de la historia de Sierva
María, sino también el cimiento del poder español en la recién descubierta América: la iglesia
católica. Puesto que es un tema sumamente extenso dentro de la obra que aquí nos ocupa, el
análisis y la reflexión se enfocará en un aspecto particular de ésta: la iglesia como institución
que niega y condena las prácticas de la otredad. Para esto partiré de dos personajes y sus
circunstancias. En primer lugar está Abrenuncio de Sao Pereira en su condición de judío,
portugués y médico poco ortodoxo. Posteriormente, Sierva María como punto de encuentro
entre las creencias católicas y el mundo africano.

Desde la lectura realizada de la novela, es posible pensar en la iglesia como una


institución autoritaria que establece su poder sobre la construcción de una moral que debe ser
impuesta a todos los sujetos. Esto se evidencia en la postura del obispo Toribio de Cáceres y
la abadesa Josefa Miranda, representantes máximos del poder eclesiástico dentro de la obra,
pues su postura ante los hechos puede condensarse en un pasaje: «Hacían falta guerreros tan
capaces imponer los bienes de la civilización cristiana como de predicar en el desierto» (p.
106). Así, la lógica de la iglesia, y de sus representantes, está siempre matizada por la noción
bárbara de estar en una guerra. Evidentemente, en esta guerra, los enemigos son aquellos
cuyas costumbres son distintas a las suyas: los otros, la otredad. Con esto se establece un
terrible entramado de herejía en el que la iglesia, creyéndose depositaría de la verdad de Dios,
señala, enjuicia y castiga todo aquello que le resulte diferente, casi siempre por el simple
hecho de la diferencia misma.

Uno de los casos más especiales de la lógica de la herejía se encuentra en el médico


Abruncio de Sao Pereira. Éste, en su condición de expatriado, judío y médico, presenta un
aspecto clave para sustentar el razonamiento aquí expuesto: la religión contra la medicina. El
médico Abruncio, utilizando sus conocimientos sobre ciencia y medicina, es el primero en
afirmar que Sierva María no ha contraído la rabia. A estas afirmaciones se contraponen el
obispo Toribio y Cayetano Delaura, argumentando que Abruncio supone un sujeto nocivo
debido a los extraños poderes de curación que se adjudican. Esto permite ver cómo la iglesia
se lanza en una escaramuza contra los conocimientos científicos demostrados por el médico,
atribuyendo a estos cualidades místicas y hasta diabólicas. Así, se hace presente la naturaleza
censuradora de la iglesia, pues niega la validez los conocimientos de Abruncio por la sencilla
razón de no pertenecer estos a la lógica, la moral y las costumbres establecidas como
hegemónicas. Por el contrario, las dolencias de Sierva María son adjudicadas a un hecho
ilógico y medieval, pero con la absoluta aprobación de la moral lógica católica: la posesión
demoniaca. Aquí se puede ir aún más lejos y presentar la posibilidad de ver a la iglesia como
una institución que se contrapone a los logros de la razón, privilegiando siempre el papel de
la fe y la devoción, lo cual termina por construir un mundo absurdo donde «todo lo cotidiano
tenía para ella algo de sobrenatural» (p. 108).

Quizá la más evidente de las prácticas de exclusión de la otredad está presente en el


innegable racismo que profesa la iglesia. Ésta, en su rol de constructora de la buena moral,
niega sistemáticamente la humanidad no sólo de todo aquel que no sea europeo, sino también
de todo europeo que no se comporte como tal. En esta lista de “in-humanos” la iglesia marcó
a los indígenas americanos, los negros africanos y los blancos, a su parecer, descarriados.
Abruncio y Sierva María se conjugan como ejemplo perfecto, pues ambos, aun siendo
“blancos” y de ascendencia europea, son juzgados. Abruncio es también atacado por su
condición de judío, al tiempo que su nacionalidad, debido a los conflictos políticos entre
España y Portugal, lo deja contra la espada y la pared ante una institución absolutamente
dominada por la corona española.

Por su parte, Sierva María, o María Mandinga, es la representación de cómo la cultura


africana y la europea consiguieron mezclarse para dar así origen a unas manifestaciones
culturales totalmente nuevas. Dominga de Advenimiento «la bautizó en Cristo y consagró a
Olokum» (p. 60), cumpliendo así uno de los mayores miedos de la iglesia: la perversión de
la moral. Esto surge como producto de la idea equivoca según la cual la iglesia católica es la
depositaria de la verdad única, con lo cual se da rienda suelta a toda clase nociones perversas
que sustentan una naturaleza inquisitorial donde las costumbres, los ritos, los idiomas y
dioses, en este caso, de los negros africanos son manifestaciones de lo demoniaco. Siguiendo
este planteamiento no parece extraño que Sierva María sea condenada al exorcismo, pues no
sólo se la está condenando a ella como sujeto, personaje, sino a toda la carga cultural yoruba
que en ella habita, porque no se puede olvidar que en ella lo yoruba tiene más peso que lo
europeo. Y este acto consagra la lógica vil de la negación, debido a que no sólo se está
juzgando la actitud de Sierva María para con los demás, sino todas las representaciones de
las diversas culturas africanas que en ella conviven; pero también la osadía de los esclavos
al pretender imponer su cultura a una joven blanca de la aristocracia, al tiempo que se le
condena a ella por atreverse a mirar más allá de lo que la iglesia ha impuesto como bueno,
correcto, provechoso y justo para todos los habitantes del enorme planeta Tierra.