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REFORMAS AGRARIAS Y REPARTO DE LA TIERRA

Un análisis crítico del sistema vigente y de la evolución

que condujo a él.

JUAN CARLOS GHIRARDI DIRECTOR

Una investigación acreditada con evaluación externa, y realizada en el ámbito de la Universidad Católica de Córdoba. Con la coordinación de la Dra. Cristina Filippi, el aporte del investigador Dr. Juan José Alba Crespo, en la que participaron los profesores María Elena Bazán, Bibiana Llaryora, Lucas Di Pasquantonio, Jorge Villalba, Mariela Baldi, Mariela Zanetta Magi, Claudia Zatti, Laura Pintos, Jorge Bruzzone, Graciela Liliana Fernández y Marisa Domínguez, con la colaboración de las abogadas Carolina Olguín y Vanessa Bordi, así como de los estudiantes Anabella Calandri, Andrés Cagnolo y Nicolás Busdrago.

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ÍNDICE

I.

INTRODUCCIÓN.

II.

ANTECEDENTES ROMANOS.

1.

Orígenes de la propiedad.

2.

La tierra y las clases sociales.

3.

La situación de los no ciudadanos.

4.

Las primeras leyes agrarias.

5.

Reforma agraria de Tiberio Graco.

6.

Leyes de Cayo Graco.

7.

Influencia griega en los Gracos.

8.

Leyes agrarias posteriores.

9.

Bibliografía.

III.

LA ENFITEUSIS ROMANA

1.

La institución. Antecedentes greco-romanos.

2.

Régimen justinianeo de la enfiteusis.

3.

Algunas observaciones generales.

4.

Bibliografía.

IV.

REGIMEN DEL COLONATO

1.

Introducción.

2.

El colono.

3.

Extinción del colonato.

4.

Conclusión.

5.

Bibliografía.

V. LA SOCIEDAD FEUDAL.

1.

La tierra en la Edad Media.

2.

Bibliografía.

VI.

ANTECEDENTES HISPANO CANÓNICOS EN EL RÉGIMEN DE LA

TIERRA.

1. Introducción.

2. Derecho Español.

3. Derecho Canónico.

4. Bibliografía.

VII. PROPIEDAD ORIGINARIA DE LA TIERRA EN AMÉRICA.

1. Introducción.

2. Antigüedad del Hombre en América. Teorías.

3. Población Originaria del territorio argentino. Comunidades originarias

previas al siglo XVI.

4. La conquista española

5. Despojo de la tierra y desintegración cultural: de originarios dueños de la

tierra a minorías étnicas.

6. Marco normativo institucional relativo a los derechos de los pueblos

originarios.

7. Propiedad comunitaria indígena.

8. Conclusiones.

9. Bibliografía

VIII. LA TIERRA EN EL VIRREINATO DEL RÍO DE LA PLATA.

1. Derecho de conquista.

2. Determinación geográfica y temporal del Virreinato.

3. Encomiendas.

4

4.

Mitas.

5. Yanaconazgos y Naborías.

6. Las reducciones jesuítidas.

7. Organizaciones aborígenes del Virreinato.

8. Conclusiones.

9. Bibliografía.

IX. EL PROBLEMA DE LA TIERRA Y LA REFORMA AGRARIA EN AMÉRICA LATINA

1.

Introducción.

2.

Primeras reformas agrarias en América Latina.

3.

La cuestión agraria a partir de 1980.

4.

Algunos ejemplos. México y Colombia.

5.

Conclusiones y perspectivas globales.

6.

Ampliación sobre el régimen de tenencia de tierras en Chile.

7.

Ampliación sobre el régimen agrario en Perú.

6.

Bibliografía.

X.

REGIMENES DE PROPIEDAD COLECTIVA DE LA TIERRA

1.

Introducción.

2.

Propiedad y Colectivismo.

3.

El Derecho soviético.

4.

El experimento cubano.

5.

China Popular.

6.

Conclusiones.

7.

Bibliografía.

XI.

VÉLEZ SÁRSFIELD Y EL CÓDIGO CIVIL ARGENTINO.

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1.

Dalmacio Vélez Sársfield.

2. Propiedad y Dominio.

3. Derecho real de dominio.

4. Derechos reales prohibidos.

5. Derechos reales restringidos.

6. Bibliografía.

XII. EL CAMPO ARGENTINO

1. Introducción.

2. Primeros intentos de regulación jurídica de la tierra.

3. La Ley Avellaneda.

4. El grito de Alcorta.

5. La Federación Agraria Argentina.

6. Legislación

inmigración.

nacional

7. 1976. La otra bisagra.

8. El trabajo agrario.

sobre

arrendamientos,

9. El derecho real de superficie forestal.

10. La concentración de la tierra.

aparcerías

rurales

e

11. El conflicto agrario argentino. Impacto de la Resolución 125.

12. Proyecto de nueva ley de tierras.

XIII. CONCLUSIONES FINALES

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I. INTRODUCCCIÓN 1

La idea central de este proyecto ha sido estudiar el régimen de propiedad de la tierra. Cómo se inicia, a partir del momento en que el hombre muta de nómade en sedentario, atravesando desde entonces una serie de sistemas que

sucesivamente van siendo superados por otros que se demuestran más eficaces

o, al menos, más acordes a las necesidades sociales del

Aquí se inserta el Derecho Romano, con el que verdaderamente se inicia nuestro trabajo, que supo por dolorosa experiencia plasmada en cruentos conflictos sociales, implementar finalmente una suerte de reforma agraria basada en el consenso, que se instrumentó bajo la forma del derecho real de enfiteusis. No hubo expropiación, pero se permitió al trabajador rural tener importantes derechos sobre el suelo que laboraba, y sobre los frutos de esa labor.

Este derecho real, admitido en muchas legislaciones modernas, no tiene cabida en Argentina la cual optó por la muy discutible experiencia de suprimirlo, a raíz de una desventurada experiencia histórica. ¿Será posible reintroducirlo, con una modalidd más acorde al precedente romano? ¿Tendrá utilidad para coadyuvar

a paliar un agudo problema social en otros países hermanos de América? Si eso

fuere así, nuestra idea es proponer una reforma legal, que pueda ser útil a nuestros legisladores. Con lo cual se lograría integrar e internalizar la experiencia romana, para intentar discernir si ella puede ser de provecho aún hoy.

El problema de la tierra, cómo se la reparte, cómo se la trabaja y quiénes

lo hacen (sus dueños, arrendatarios, intrusos o dependientes), es un problema de

larga data, podríamos decir que arranca en el momento mismo en que la Humanidad deja su vida nómade y se convierte en sedentaria, tal como se afirmó en el primer párrafo.

1 Por Juan Carlos Ghirardi.

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Ahora bien: ¿Cómo se soluciona este problema de una forma que resulte lo más equitativa posible? Tal la cuestión que aquí nos hemos propuesto investigar. Obviamente habrá que remontarse a los orígenes: Propiedad colectiva en un principio, propiedad familiar en la Roma antigua, propiedad individual en nuestros días.

¿Son justas esas maneras de distribución? Sobre todo, ¿es justo el régimen de propiedad individual que rige en nuestros días, al menos en el mundo Occidental? Quizás la misma ofrezca reparos fundados, muy posiblemente lo ideal fuese que la tierra pertenezca al que la trabaja o –si así no fuere- que el trabajador rural no sea un mero apéndice desechable del suelo, sino que se le garanticen algunos derechos mínimos, que le corresponden tanto como ser humano cuanto en su calidad de trabajador.

Ahora bien, ¿cómo conseguimos esto? ¿Expropiando? Sería, muy posiblemente propugnar una cruenta lucha de clases, del estilo de la que padeció Roma, cosa que no está de ninguna manera en nuestros planes ni en nuestras ideas, por más que somos muy conscientes de que nadie hoy puede exhibir un título de propiedad perfecto, con una correlatividad ininterrumpida de transmisiones legítimas que se pierda en la noche de los tiempos.

En el curso de la Historia unos pueblos arrebataron la tierra a otros, la repartieron según sus leyes y las mantuvieron hasta que los integrantes de otra nación más fuerte se las quitaron a su vez. En Argentina misma se verifica hoy esta realidad, ya que coexisten titulares de dominio rural herederos de los conquistadores, con los antiguos propietarios aborígenes expoliados.

Nuestra idea es entonces indagar si, a partir de alguna institución romana, o tal vez tomando como modelo otras instituciones provenientes de derechos de base no romana (¿o, porqué no, anti romana?), podría coadyuvarse a instaurar – sobre la base del consenso y la conciencia social- un sistema más justo de distribución de la tierra de labor.

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II. ANTECEDENTES ROMANOS 2

Cuadra iniciar el abordaje de este tema, refiriéndonos a los orígenes romanos del concepto de propiedad. Fundamentalmente la propiedad de la tierra.

1. ORIGEN DE LA PROPIEDAD 3

Pareciera ser, así lo sostienen muchos, que existe una ley general sobre la evolución de la propiedad en los pueblos primitivos. Según la cual ésta habría sido primero colectiva para pasar luego, por merced del Estado, a manos de los particulares, y ubicándonos ya en el campo de la propiedad privada, la de los muebles habría precedido a la de los inmuebles. En ese orden de ideas las antiguas crónicas, en las que se nota el fenómeno muy concreto de consolidación, en torno a ciertas figuras históricas de tiempos remotos, de la totalidad de los eventos sucedidos en la época en que vivieron, narran que fue Rómulo quien creó la propiedad privada. Ello no es casual, la tradición cuenta también que fue Rómulo, fundador de la ciudad, quien la estructuró como Estado, dio forma a la monarquía, creó el Senado, dividió al pueblo en tribus, organizó los comicios y configuró las clases sociales de patricios y plebeyos. Que también se diga que creó la propiedad no es algo, entonces, que pueda extrañarnos. Según Varrón 4 , Rómulo acordó a los patres dos yugadas (jugera), sobre el suelo romano, dando a esa asignación el carácter de inalienable y hereditaria. Esta porción de territorio se denominó heredium y, por sus características arriba apuntadas, constituía una propiedad familiar, más que individual. Será luego el origen de las que se denominaran res mancipi, cuando el carácter de inalienable

2 Por Cristina Filippi.

3 Véase la obra de Cristina Filippi, publicada en la colección de tesis doctorales de la Universidad Católica de Córdoba, Un Análisis Crítico de la Reforma Agraria de los Hermanos Tiberio Sempronio Graco y Cayo

Sempronio Graco que data de 2009.

4 De Re Rustica, 1. 10.

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desapareció, pero se dotó a la enajenación de una compleja serie de formalidades, plasmadas en la mancipatio y en la in iure cessio. Se atribuye en fin, según Tito Livio 5 a Anco Marcio, el haber establecido a los latinos en el Aventino, fundando así la parte de Roma que se conoció como la ciudad plebeya. Para completar, los plebeyos recibieron, de igual manera que antes los patricios, siete yugadas de tierra pública. Pero estas narraciones parecen dudosas, ya que en el caso de Roma, pareciera no haberse seguido plenamente el modelo referido. Porque en principio Roma es, y seguirá siéndolo durante mucho tiempo, una economía agraria y subdesarrollada. Las cosas más importantes, las res mancipi, son precisamente las que tienen que ver con esta estructura económica vinculada con la explotación agrícola: los fundos en suelo itálico, las servidumbres sobre dichos fundos, los animales de tiro y carga y los esclavos. Únicamente sobre ellas es posible la propiedad quiritaria, el dominium ex iure quiritium. Es por tal motivo que la propiedad del suelo, no fundamental de ninguna manera para los pueblos nómades, aparece como una necesidad en una comunidad como la que hemos reseñado, ya que para la seguridad de las cosechas resultaba indispensable tener un derecho exclusivo sobre la tierra que iba a producirlas. De allí que pueda afirmarse que, en sus orígenes, el suelo constituyó el territorio soberano de la gens, y que el derecho que ésta ejercía sobre el mismo fue anterior a la fundación de la ciudad. Desde esta óptica, entonces, la propiedad de la gens habría precedido a la del Estado. A esos fundos que integraban el suelo romano, y que eran propiedad de las gentes, se los denominaba agri gentilicii. Será sobre ellos que se irá extendiendo la propiedad particular, fenómeno que se completa allá por el siglo III a J.C. Originariamente entonces, la tierra es de la familia, de la gens como entidad colectiva y supraindividual integrada por quienes llevan el mismo nomen gentilitium. De ninguna manera puede sostenerse que haya existido algún tipo de condominio sobre aquélla entre las personas que integraban la comunidad

5 Los Orígenes de Roma, 1. 33.

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gentilicia. No podía haberlo, dado el estado de incapacidad de derecho que padecían los filiifamilias, motivo por el cual toda propiedad se concentra en el jefe familiar, bajo el poder soberano, la patria potestas de éste. Pero la tierra, el ager gentilitium, si bien no es de propiedad de los miembros individuales del grupo, sirve a los intereses del mismo considerado como una unidad, cuya cabeza es el pater. De allí la inalienabilidad originaria. De allí también que cuando la enajenación se hizo posible, la transmisión de la propiedad de las res mancipi (entre las que se encontraban los fundos) estuviese sometida a un procedimiento engorroso y ritual, la mancipatio o la in iure cessio, que la hacían difícil de ejecutar. Este tipo de cosas se encuentra destinado a permanecer en la familia, que a través de la institución de la sucesión hereditaria se perpetúa en el tiempo, y cuyo cuerpo material conforma. Los fundos romanos tienen confines santos, como santas son las murallas de la ciudad, que se marcan con la ceremonia solemne y sagrada de la limitatio, a partir de la cual los límites quedaban bajo la protección del dios Terminus. Las XII Tablas disponían que alrededor del ager limitatus quedara un espacio libre, de por lo menos cinco pies (dos pies y medio por cada uno de los fundos que separaba), que se denominaba iter limitare en el campo, y ambitus en la ciudad, a través del cual se podía acceder al fundo sin invadir el suelo ajeno. Tal espacio libre, en un principio debió ser res sancta y por tanto sustraído al comercio, Cicerón 6 dice que no podía adquirirse por usucapión. El mismo es, en relación al terreno de propiedad privada, equivalente a lo que era en relación a la urbs el pomerium, aquel espacio libre que se dejaba a con- tinuación de los muros, finalizado el cual acababan los auspicios de la ciudad. Los agri arcifinii, terrenos no limitados aunque con confines naturales (como ríos, lagos o barrancos), o confines artificiales (como empalizadas, fosos o plantaciones de árboles), pertenecen al ager publicus o, al menos, dada su falta de limitatio no pueden ser objeto de propiedad privada.

6 De Legibus, 1. 21

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El principio general, en materia de tierras conquistadas, era que pertenecían a la República, integraban el ager publicus, y en consecuencia no eran susceptibles de apropiación por los particulares. Aunque algunos fundos, se fueron incorporando de a poco al régimen del ager romanus, ya sea por asignaciones gratuitas a particulares, ya por cesiones realizadas por los cuestores, fundamentalmente cuando se trataba de tierras aptas para la ex- plotación agrícola. En esta operación intervenían agrimensores (gromatici), los que fijaban los límites de los fundos, con lo cual éstos quedaban también convertidos en agri limitati, sujetos a propiedad privada, si bien se trataba como es obvio, no del dominium ex iure quiritium, sino de una propiedad bonitaria, in bonis habere. Aunque aquí se debe hacer una puntualización, ya que el régimen de tierras públicas de propiedad exclusiva del Estado, nunca fue aplicado en todo su rigor dentro de los confines de Italia, abstracción sea hecha de los fundos que se confiscaban en provecho del dominio público. Porque Roma, que necesitaba tanto de sus nobles cuanto de las aristocracias de los pueblos aliados para mantenerse, solía cerrar los ojos cuando unos u otros se apropiaban de las tierras públicas y las trabajaban en su provecho. De a poco entonces, fue generalizándose la práctica de permitir la ocupación de estas tierras por particulares, (de allí el nombre de ager occupatorius), en ocasiones mediante el pago de una contribución. Esas pos- sessiones, tal el nombre recibido por estas concesiones, ya que sus titulares no eran propietarios sino poseedores, estaban protegidas por interdictos. De a poco los patricios primero, y los optimates después, fueron transformando esta posesión, precaria y transitoria, en ocupación definitiva y hereditaria que beneficiaba exclusivamente a la oligarquía, conformada por los nobles y fundamentalmente los caballeros. Con lo que se sembró el germen de no pocas guerras civiles, y de las reformas agrarias que periódicamente intentaron corregir esta situación. Digamos en fin, para redondear el panorama, que hasta el siglo III de nuestra era, las tierras de Italia estuvieron exentas de impuestos, lo mismo que

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sucedía con los fundos romanos. Este derecho, la inmunidad impositiva, fue extendido por algunos emperadores como un favor especial, a ciertas ciudades ubicadas fuera del suelo itálico, diciéndose que tales poblaciones habían obtenido el derecho itálico, civitatis et coloniae iuris italici. Ulpiano 7 nos recuerda que Tiro (de donde era originario) había recibido ese beneficio de Severo. En un principio, el régimen de propiedad de la tierra se regía por el derecho civil quiritario, propio de los primitivos ciudadanos, los quirites. El cual exigía tres elementos: Sujeto romano (el dueño debía ser ciudadano), objeto romano (la tierra debía estar en Roma, o en Italia cuando más adelante toda la península se consideró parte de Roma) y modo romano (mancipatio o in iure cessio, por ser la tierra cosa mancipi. La traditio quedó reservada exclusivamente a las cosas nec mancipi). De esta manera en épocas primitivas sólo los ciudadanos podían ser dueños de tierras y su derecho recibió el nombre de dominium ex iure quiritium. Ahora bien, andando el tiempo, el pretor fue extendiendo el concepto a los supuestos de lo que vino a denominarse propiedad bonitaaria. Quien no reuniese los requisitos para ser dominus, podía obtener tutela jurídica, porque el magistrado consideraba que, aún sin ostentar el dominio, tenía la cosa entre sus bienes (in bonis habere). Nace así la propiedad peregrina (para los no ciudadanos), y la provincial (que tenía por objetos tierras situadas fuera de Italia o que estaban en lugar carentes del ius italicum, esto es en provincias. Claro está, se trataba de tierras públicas, normalmente fruto de conquista en campañas militares pero, como más arriba se expuso el Estado solía concederlas en explotación a sus ciudadanos (mediante o no el pago de un canon o vectigal) los cuales disponían de ellas como si fuesen propias. De allí surge el término de propiedad. Los términos dominio y propiedad van entonces a aludir a dos tipos diferentes de relación jurídica, que pasarán a confundirse en el año 212 de nuestra era, cuando Diocleciano extienda la ciudadanía romana a todo el Imperio. A partir de entonces la totalidad de la extensión de éste será Roma, y

7 D. 50. 15. 1. pr,

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propiedad se confundirá con dominio, pasando ambos términos a ser sinónimos. Esta situación se mantiene aún hoy.

2. LA TIERRA Y LAS CLASES SOCIALES Es historia conocida la antigua división del pueblo romano entre patricios y plebeyos. Los primeros, la clase privilegiada, descienden de los patres, los padres fundadores de la ciudad, de allí su nombre. Los advenidos con posterioridad, provenientes frecuentemente de pueblos conquistados y asimilados por Roma, conformaron una masa amorfa que recibió el nombre de plebe. Durante los primeros siglos de historia romana ni siquiera fueron ciudadanos, al punto que una antigua fórmula de oración, que Tito Livio 8 nos recuerda, imploraba a los dioses que fuesen benevolentes "con el pueblo y con la plebe". No siendo cives estaban entonces excluidos de los derechos que la ciudadanía otorgaba, no solamente en lo político sino también dentro del ámbito privado. Entre ellos del dominium ex iure quiritium, situación ésta que, lo narran todos los libros de historia, llevó a una larga lucha en la que los plebeyos bregaron por la equiparación. Pero cometeríamos un error si viésemos a este conflicto, al menos en sus orígenes, como una guerra de clases, los patricios contra los plebeyos. No fue así, o al menos no fue totalmente así. Porque en un principio la gran rivalidad debió plantearse entre los plebeyos ricos y los patricios pobres. Dado que éstos, conscientes del poderío económico de aquéllos frente a los cuales eran sin embargo superiores por su linaje, debieron aferrarse a muerte al privilegio que el carácter de patricios les confería. Privilegio sin el cual pronto serían superados en muchos órdenes de la vida, inclusive en la aspiración a las magistraturas, por el sector más pudiente de la plebe, si éste hubiera tenido igualdad de oportunidades. Ello no se plantearía probablemente en relación a los patricios ricos, que no tenían que temer o envidiar a la fortuna de los plebeyos, y que por otra parte

8 Los Orígenes de Roma. 29. 27

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probablemente tenían muchos puntos de contacto con ellos. Y tampoco debía quitar demasiado el sueño al sector más pobre de la plebe, que demasiado preocupado por subsistir, no debía dedicar mayor tiempo a ilusionarse con la igualdad. Así las cosas, la primer batalla se centra en relación a la ciudadanía. Y es el buen y amado rey Servio Tulio quien, al reformar la estructura de la asamblea popular creando el comicio centuriado, da por primera vez cabida a los plebeyos en el número de los ciudadanos. Ello ha satisfecho la más elemental aspiración de los plebeyos ricos, admitidos en la caballería y primera clase junto al sector pudiente del patriciado. El conflicto seguirá por cierto luego en la misma tónica, jalonado por hitos como la ley Ogulnia, la ley Hortensia, la ley Canuleia, las leyes Sestias y Licinas, y por las sucesivas secesiones al Aventino, para terminar con la completa equiparación de ambos órdenes. -Pero de qué órdenes? -Simple y sencillamente de los patricios y plebeyos ricos, que conformarán ahora la clase de los optimates, encolumnados principalmente dentro de ella, en las clases de nobles y caballeros. ¿Qué ha quedado para la gran masa de plebeyos pobres? -A partir de Servio Tulio solamente la ciudadanía, la cual les ha conferido el dudoso privilegio de integrar las milicias, con la posibilidad para nada lejana durante la época republicana, de tener que pasar largos años fuera de Roma, empeñados en campañas contra pueblos extraños, por razones de Estado que probablemente ni siquiera comprendiesen. Aunque no nos adelantemos. Lo cierto es que, cuando Roma abandona la monarquía para adoptar la forma republicana de gobierno, su panorama social era el de un pueblo dedicado esencialmente a la actividad agropecuaria. Patricios y plebeyos, cuando no están en guerra, son dueños de pequeñas parcelas de tierra, en las que trabajan y crían algunos animales, quizá bueyes y ganado mayor los patricios, quizás cabras, ovejas y otro ganado menor los plebeyos.

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El trabajo de la tierra, por cuenta propia y en el terreno exclusivo de cada uno, debió ser rasgo característico de la antigua Roma, sin perjuicio que algunas familias de las más pudientes pudieran hacerse ayudar de algún esclavo, situación que de todos modos no dejaba de ser excepcional. Tanta era la compenetración del ciudadano con la tierra, que algunos apellidos ilustres vienen de los cultivos realizados por las familias que los llevaban. Repárese en Léntulo (lenteja), Cepión (cebolla) o Fabio (haba), si se quiere algún ejemplo. Escasos debieron ser en los orígenes de Roma los que no dispusieran de un suelo propio para cultivar, aunque esta situación sin duda no tardó en variar, con el continuo flujo migratorio de plebeyos. Los que, excluídos de la explotación agropecuaria, se dedicaron a la artesanía, y así conforman ya desde los tiempos del rey Numa, los siete primeros gremios: carpinteros, plateros y orfebres, tintoreros, bataneros, carpinteros, alfareros y zapateros. Muchos de cuyos integrantes, a los fines del voto en el comicio se agrupaban en las dos centurias supra numerarias ubicadas luego de la segunda clase, y en las otras dos localizadas luego de la cuarta. Pero junto a estos ciudadanos existe una masa de proletarios que, cada vez, se va haciendo más numerosa. Aglutinados en una única centuria, censada después de la quinta clase, son los menesterosos, los capite censi, los que se censan por la cabeza, si se me permite una traducción libre pero que estimo clara, ya que el único capital con que cuentan es su persona y su prole. Masa inferior y menospreciada. Tanto, que sus integrantes solamente serán admitidos en el ejército a partir de Cayo Mario, lo que les devolverá -al menos- un poco de su dignidad. Durante la Monarquía, debió existir algún equilibrio, así fuere precario, entre todos estos órdenes. Pero indudablemente en la República la crisis se precipitó, y con ella muchos pequeños agricultores, infinidad de propietarios de pequeñas heredades debieron verse expulsados de su actividad, perdieron sus tierras, y fueron expulsados hacia el grupo, cada vez más numeroso de los proletarios. Los motivos? -Sin duda las largas campañas militares fueron un factor importante, ya que ellas mantenían durante largo tiempo al ciudadano

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apartado del cuidado de sus campos, con el perjuicio consiguiente. Recuérdese que se estaba afectado al ejército entre los diecisiete y los cuarenta y siete años.

Pero no fueron el único elemento. Porque las guerras victoriosas trajeron consigo un número cada vez más importante, y en flujo constante, de mano de obra esclava. La que poco a poco fue reemplazando al hombre libre, al punto que a fines de la República un millón de siervos vivía en la ciudad de Roma. Y el noventa por ciento del trabajo era llevado a cabo por esclavos. Para completar el cuadro, cada vez hay más tierras públicas disponibles. Aunque el término "disponible" no es en verdad afortunado. Porque no lo están para los proletarios romanos, si bien resultan frecuentemente ocupadas por los ricos y poderosos. Que las trabajan con sus esclavos, en desmedro de los ciudadanos libres sin medios de subsistencia. En estas grandes extensiones de campo se encaran entonces explotaciones ganaderas o cultivos que solamente son posibles en latifundios: vid y olivo van desplazando así a la pequeña granja familiar, a la huerta que otrora cultivaran los primeros ciudadanos. Aquéllos Léntulos, Fabios, Cepiones La propiedad de la tierra sujeta al dominio privado se aglutina entonces en muy pocas manos. Y otro tanto sucede, con la concentración en las mismas escasas manos, de la tierra pública, no susceptible por definición de propiedad privada, aunque sí de ocupación. Cierto es que los ricos también formaban parte del ejército. Pero éstos podían dejar la gestión de sus propiedades a cargo de esclavos, de suerte que al volver hallaban el patrimonio que habían dejado sin mengua, y muy a menudo acrecentado. En cambio no pasaba lo mismo con los pobres que al retornar (los que lo hacían), luego de haber regado con su sangre todas y cada una de las yugadas de las nuevas tierras que Roma había conquistado, afrontaban un alud de deudas y de juicios, que les llevaban a perder sus bienes y, frecuentemente, la libertad misma. Con lo que se dio el fenómeno que fue el germen de las guerras sociales: un Estado rico en tierras, que eran explotadas por los optimates,

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fundamentalmente por los caballeros, los únicos que poseían la estructura económica y la mano de obra esclava suficiente como para trabajar en ellas. Y una gran masa de ciudadanos, los populares, pobres y que, al no tener tierras que trabajar, dado el arraigado desprecio que el romano sentía por toda actividad manual que no fuere la agricultura, carecían de posibilidades de salir de la pobreza. En el centro de todo está la tierra, su dominio y su control. A intentar repartirla más equitativamente se encaminaron numerosas leyes agrarias, dictadas durante la República romana, con una declarada intención social. Y, en no pocas ocasiones, con un no declarado pero indudable, trasfondo político, ya que se trataba de iniciativas absolutamente agradables al pueblo, razón por la cual quienes las sostuviesen, con convicción o por interés, podían llegar a tener asegurada la carrera política y un ascenso sin sobresaltos por el cursus honorum.

3. LA SITUACION DE LOS NO CIUDADANOS

Resulta interesante reparar, antes de adentrarnos en el estudio de las leyes agrarias romanas, en una notable dualidad de conducta. Dualidad que se manifiesta tanto en los reformadores sociales, si bien con algunas notables excepciones, cuanto entre los proletarios destinatarios últimos de esas reformas. La idea central es repartir la tierra pública y suministrar los medios para que los pobres las trabajen. Pero no todos los pobres, únicamente los ciudadanos. Las clases sociales más bajas son, es una constante, las que más férreamente resisten no ya la concesión de la ciudadanía a los extranjeros, sino simplemente la posibilidad de que éstos se asienten en Roma, y reciban

algunos de los privilegios (repartos gratuitos de trigo, por ejemplo) que consideran su prerrogativa exclusiva. Así serán los patricios pobres, como ya se dijo, quienes resistan denodadamente la admisión de los plebeyos a la ciudadanía y, lograda ésta, a la pretensión de equiparar ambos órdenes.

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Así serán luego los plebeyos, y más adelante sus continuadores, los ciudadanos de la clase de los populares, quienes se opongan con renovado vigor a la aspiración de los aliados italianos, los socii, de convertirse en ciudadanos romanos. Y, finalmente serán siempre los cives de clases más bajas los que intenten acentuar las diferencias entre ellos y los habitantes de las restantes provincias del Imperio. Recuérdese, si se tienen dudas, cuáles fueron las iniciativas que llevaron a la muerte a Cayo Sempronio Graco, o que condujeron a Marco Livio Druso a su trágico final. Tal la dualidad: tierra y privilegios para los romanos. Excluyendo a los no romanos, aunque formen parte del Imperio. Aunque sean imprescindibles con sus impuestos, con sus brazos y sus armas, con su sangre, no ya para el engrandecimiento, sino para la subsistencia misma de Roma. Fue así que hubo una serie de leyes destinadas a expulsar de Roma a los no ciudadanos, o a restringir la ocupación por parte de éstos del ager publicus. Recordemos las más notorias:

Hubo una ley Claudia, que en el 170 a J.C. ordenó a los latinos abandonar Roma y volver a sus lugares de origen, debida al cónsul C. Claudius Pulcher.

En el 126 a J.C., la ley Iunia de peregriniis, debida al tribuno M. Iunius Pennus, expulsó de Roma a latinos y extranjeros que se hubieren arrogado el derecho de ciudadanía. Y en el 95 a J.C. se dictó la ley Licinia Musia que obligaba a salir de Roma a los aliados (socii) que se comportaban como ciudadanos pero no podían demostrar su calidad de tales. Con motivo de la guerra social, desatada con la muerte de Druso, en el 90 a J.C. el cónsul Lucio Julio César hizo dictar una ley Iulia concediendo la ciudadanía a todos los italianos, y el año siguiente, 89 a J.C., se dictó un plebiscito, la ley Plautia Papiria, ratificándola y fijando un plazo de 60 días para que los socii se inscribiesen a esos fines ante el pretor. Valga mencionar que, como resultado de esta guerra social, todo el ager itallicus quedó equiparado al ager romanus.

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Entre el 90 y el 80 a J.C., el pretor C. Pompeyo Strabo hizo dictar leyes Pompeiae, una de las cuales, del 88 a J.C. concedió la ciudadanía a todos los habitantes de la Galia Cisalpina al sur del río Po, y otra la otorgó a ciertos caballeros españoles, por méritos especiales en el servicio de Roma. Ya en el 65 a J.C. una ley Papia de civitate romana, en realidad un plebiscito, expulsó de Roma a todos los no ciudadanos y sometió a juicio a quienes hubieren usurpado fraudulentamente esa calidad. Por su parte, en el 24 d J.C., la ley Visellia permitió que los latinos que hubieren servido durante seis años en las cohortes de vigiles accediesen a la ciudadanía romana. De todos modos la pugna entre los habitantes del Imperio, romanos y no romanos, termina cuando en el 212 d J.C. el emperador Antonino Caracalla dictó la constitución Antoniana concediendo la ciudadanía romana a todos los habitantes del Imperio. Con lo que la distinción entre unos y otros pierde razón de ser. Incidentalmente ya no se hablará más de fundos quiritarios y provinciales, todo el ager será romanus.

4. LAS PRIMERAS LEYES AGRARIAS Según Tito Livio 9 , siendo cónsules Spurio Cassius Viscellinus y Próculo Verginio (lo que nos sitúa entre el en el año 466 ó 486 a J.C.), se pactó una alianza con el pueblo de los hérnicos, a raíz de la cual éstos cedieron a Roma las dos terceras partes de su territorio. En estas circunstancias Spurio Cassio Viscellinus propuso una ley rogada, la ley Cassia, con el objeto de repartir estos territorios, la mitad entre los latinos y la otra mitad entre la plebe. A este reparto se oponía el otro cónsul, Verginio, con el apoyo del senado. Y curiosamente, o no tanto a poco que se lo mire con algún detenimiento, también la plebe, que no quería de ningún modo compartir sus conquistas con los aliados latinos. De esta manera el proyecto fracasó, e inclusive le costó la vida a su autor, ejecutado como traidor después de haber sido azotado, al cesar su mandato. Hay quien dice que por la mano de su propio padre, aunque más

9 Los Orígenes de Roma. 2. 41.

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probablemente por los cuestores Cesón Fabio y Lucio Valerio, ya bajo el consulado de Servio Cornelio y Quinto Fabio. Para completar la historia, trágica por lo grotesca, con el peculio del desafortunado cónsul se levantó una estatua en honor a Ceres, diosa de la agricultura. Al fracaso de este intento de sancionar lo que Tito Livio llama la primera ley agraria, siguieron otros, que el mismo historiador nos narra (2. 42, 43, 44, 48, 52, 54). Hubo un intento fallido, una propuesta de ley agraria realizada por los tribunos luego de la guerra contra los volscos y los ecuos, durante el consulado de Cesón Fabio y L. Emilio, y el siguiente de L. Valerio y M. Fabio, neutralizada por la tajante oposición de este último, quien de esa manera se hizo agradable, y sobre todo confiable, a los ojos del Senado. En los dos años siguientes, fueron respectivamente cónsules Q. Fabio junto a C. Julio, y M. Fabio con Cn. Manlio. Fue en este período en el que el tribuno Tiberio Pontificio intentó hacer votar otra ley agraria recurriendo, para forzar la voluntad del Senado, al expediente de intentar impedir el reclutamiento de soldados, necesarios para la guerra contra Veyes. Artimaña en la que falló merced a la hábil intervención de Apio Claudio, quien volcó las simpatías del resto de los tribunos en contra de su colega y en favor del Senado. Siendo cónsules K. Fabio y T. Verginio, en tiempos de la guerra con Veyes, el primero propuso a los senadores que, en vez de dar ocasión a los tribunos de proponer alguna ley agraria, que ellos se adelantasen y promo- viesen el reparto a la plebe del territorio conquistado, con la mayor equidad posible. Cosa que fue desestimada de plano por el indignado orden senatorial. Pocos años después, y en un interludio de paz en la guerra contra Veyes, los tribunos Q. Considio y T. Genucio promueven otra ley agraria, lo que ya a esta altura se había convertido en un usual recurso político, dada la inmutable popularidad de la iniciativa. Bajo el consulado de L. Furio y C. Manlio se firma otra tregua, esta vez por cuarenta años, con Veyes. Y a la paz exterior sucedió de inmediato la agitación interior, ya que la plebe se hallaba soliviantada por el eterno aguijón

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de la ley agraria, a la que se opusieron con firmeza ambos cónsules. Cuando éstos cesaron en su mandato, y en virtud de esa actitud puesta de manifiesto desde el consulado, el tribuno Cn. Genucio los acusó ante el tribunal popular. El juicio, sin embargo, no pudo realizarse porque el día fijado para su inicio el acusador, Genucio, fue hallado muerto en su casa. Cuestión ésta, sobre todo el que hubiese tenido lugar pese al carácter de inviolabilidad de que estaban investidos los tribunos, que calmó los ánimos durante algún tiempo. Hasta que en el año 453 a J.C. el tribuno Icilius obtuvo la aprobación de su lex Icilia de Aventino publicando, por el que se repartía entre la plebe las tie- rras del Aventino, cosa que mejoró sin duda durante un tiempo la situación económica de ésta, hasta que la continua sucesión de guerras los empobreció nuevamente. Como dato curioso cabría agregar que se trata de las mismas tie- rras que, según las antiguas crónicas, dos siglos atrás el misterioso y contradictorio rey Anco Marcio ya había repartido entre los latinos que habían emigrado a Roma. En el año 376 a J.C. los tribunos de la plebe C. Licinio Stolo y L. Sestio Laterano, propusieron al pueblo unas leyes que llevan el nombre de ambos. Las mismas establecían, entre muchas otras disposiciones (por ejemplo que en lo sucesivo uno de los cónsules debía ser plebeyo, o que los intereses ya pagados debían deducirse del capital, cuyo remanente luego de esta morigeración debía cancelarse en un plazo de tres años), que a nadie le sería permitido poseer más de quinientas yugadas de tierra pública, ni emplear en ellas más de un determinado número de esclavos, que estaba en proporción a la cantidad de hombres libres que trabajasen en las mismas, ni apacentar en los pastos públicos más de cien cabezas de ganado mayor o quinientas del menor. Durante casi una década los patricios lograron resistir la aprobación de estas reformas y, entretanto, al decir de Dion Casio (5.7), el Senado promovía guerra tras guerra para intentar distraer a los plebeyos de la cuestión. Finalmente, y ante la amenza de una tercera secesión de la plebe, en el 367 a J.C. se aprueban las leyes Sextias y Licinias. Camilo, a la sazón líder del par- tido conservador, mandó erigir el templo a la Concordia para conmemorar la

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reconciliación de las clases. Célebres leyes éstas sin duda, ya que casi un milenio después Aulo Gelio 10 (escribiendo en el siglo II de nuestra era) las alaba cálidamente (denominándolas leyes de Estolón) al describir una discusión entre el filósofo Favorino y Sexto Cecilio. Pero, no obstante haber sido las leyes Sextias y Licinias aplicadas y observadas con severidad en un principio, según Tito Livio 11 se castigaba con multas su violación, bien pronto se buscó la manera de eludirlas, cosa tanto más fácil en cuanto que los encargados de hacerlas cumplir eran precisamente quienes más interés tenían en que no se cumpliesen. Así fue que posiblemente hayan caído en desuso en los albores del siglo II a J.C., en el período que media entre la segunda y tercera guerras púnicas. En el 232 a J.C. el tribuno C. Flaminius, impresionado por la extrema pobreza de la plebe, hizo aprobar, pese a la enérgica oposición del Senado, una ley agraria denominada lex Flaminia, que intentaba repartir las tierras conquistadas a los galos. Lo que truncó, al decir de Polibio 12 la apacible convivencia entre los dos órdenes que conformaban el pueblo romano. Lo cierto es que Flaminio no consiguió su propósito de mejorar la situación de la plebe. Muy por el contrario, pocos años después de su ley, la miseria del pueblo en general había arribado a límites hasta entonces no superados, alimentada por los largos años de campañas militares y la usura de los ricos. Y entretanto los optimates; los nobles enquistados en las magistraturas y el Senado, y los caballeros que incrementaban día a día sus fortunas apoyándose en las concesiones de aquéllos; acumulaban cada día más riqueza y más poder. Frente a esta situación, fueron meros paliativos dos leyes agrarias dictadas a comienzos del siglo II a J.C.: la ley Acilia, plebiscito del 197 a J.C., estableciendo cinco colonias de trescientas familias cada una cerca del mar, y la ley Aelia del 195 a J.C., que creó dos colonias con tierras tomadas del ager publicus.

10 Noches Áticas. 20.1.

11 Los Orígenes de Roma. 10. 13. 42.

12 Historia Universal. 2. 21.

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La situación entonces de los populares, del pueblo en general, no era ya solamente de pobreza. Lisa y llanamente pasaban hambre. La escena está preparada para que se produzca el cataclismo que significaron para el orden establecido los hermanos Tiberio y Cayo Graco.

5. REFORMA AGRARIA DE TIBERIO GRACO 13 Tiberio Graco, luego de participar en la desafortunada campaña en Numancia dirigida por Cayo Mancino, regresó a Roma. Allí comenzó a madurar seriamente la idea de proponer una reforma agraria la cual, probablemente, se le había reavivado reflexionando sobre las misérrimas condiciones en que vivía el grueso de los ciudadanos de lo que ya era un Imperio. Condiciones que había tenido ocasión de verificar personalmente, a raíz de los viajes que debió realizar en virtud de su carrera militar. Plutarco 14 refiere algo interesante: “Los romanos, de todas las tierras que por la guerra ocuparon a los enemigos comarcanos, vendieron una parte y declararon pública la otra”. Añade que esta última porción fue arrendada a los ciudadanos pobres y menesterosos, a cambio de una modesta pensión, que debían pagar al erario. Continúa luego: “Empezaron los ricos a subir las pensiones”, y como fuesen dejando sin tierra a los pobres, se promulgó una ley que no permitía cultivar más de quinientas yugadas de tierra. Y por algún tiempo contuvo esta ley la codicia, y sirvió a los pobres para permanecer en sus arrendamientos, y mantenerse en la suerte que cada uno tuvo desde el principio”. Este párrafo precedentemente transcripto merece una aclaración. En primer lugar, no es verosímil que “los ricos” hayan subido nada, ya que no eran quienes para hacerlo. El historiador incurre en una simplificación, que no por el hecho de serlo resulta menos real. Los ricos gobiernan el Estado, es el Estado el

13 Véase el libro Un Análisis Crítico de la Reforma Agraria de los Hermanos Tiberio Sempronio Graco y Cayo Sempronio Graco, de María Cristina Filippi, que publicó la Editorial EDUCC, en Córdoba, año

2009. De allí tomamos el material para los apartados 5, 6 y 7 de este capítulo.

14 Vidas Paralelas. Concretamente el capítulo dedicado a Tiberio Graco, al que pertenecen las citas que se hacen en esta parte del trabajo.

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que sube las pensiones. Con lo cual, en la práctica, son los ricos quienes suben las pensiones. En cuanto a la ley que apaciguó la situación social, no pudo haber sido otra que una de las que conocemos como Sextias y Licinias. Ellas fueron las que limitaron a quinientas yugadas el máximo de tierra pública que podía estar en manos de particulares. Y, por un tiempo, tuvieron éxito. El mismo Plutarco cuenta el porqué de su fracaso final: “Los ricos empezaron a hacer que, bajo nombres supuestos, se les traspasasen los arriendos, y aún después lo ejecutaron abiertamente por sí mismos, con lo que desposeídos los pobres, ni se prestaban de buena voluntad a servir en los ejércitos, ni cuidaban de la crianza de los hijos, y se estaba en riesgo de que la Italia toda se quedara desierta de población libre, y se llenara de calabozos de esclavos como los de los bárbaros, porque con ellos laboraban las tierras los ricos, excluídos los ciudadanos”. Todo un epitafio para esta antigua ley, anterior y mucho menos conocida que las de los hermanos Graco, pero a la postre bastante más efectiva en la práctica ya que, al menos, tuvo vigencia y por un tiempo se cumplió. Los motivos de su decadencia debieron ser conocidos en la época, desde el momento que el historiador los marca tan puntualmente. Sin embargo ninguno de los dos hermanos Graco se ocupa de cubrirse, para evitar un destino similar a la iniciativa que sucesivamente propugnan. La cuestión es que, inoperantes ya las leyes Sextias y Licinias, Cayo Lelio, amigo de Escipión, intentó poner algún remedio restaurándolas, pero desistió de la empresa temiendo una sedición, lo que le valió el mote de “sabioo “prudente”, en latín “sapiens. Es entonces cuando Tiberio Graco adviene al tribunado de la plebe. Estamos en el año 133 a J.C. Tiberio, integrante desde niño del salón de su madre Cornelia, donde había bebido las enseñanzas liberales de los admiradores de la antigua Grecia, va a tomar la bandera del reparto de la tierra pública en sus manos. Contará, desde un principio, con el asesoramiento de Blisio, filósofo de Cumas, y de Diófanes, un desterrado de Mitilene.

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Tiberio que, según refiere Espurio Postumio, hombre de su misma edad, al haber el hecho el viaje a Hispania para participar de la guerra contra Numancia, atravesando la Toscana, tuvo ocasión de ver la despoblación del país, que los pocos ciudadanos que trabajaban la tierra lo hacían en condiciones de inaudita pobreza, y que el grueso de labradores y pastores estaba compuesto por esclavos y bárbaros. Sin embargo no se apresuró. Tomó consejo de ciudadanos distinguidos y virtuosos, como Craso, a la sazón Pontífice Máximo, Mucio Scaévola, jurisconsulto famoso e integrante del salón de Cornelia, y obviamente de Apio Claudio, su suegro. A raíz de ello propuso, durante su tribunado, un proyecto de ley benigno y humano. Según los historiadores, no era más que la actualización de una norma anterior, ya en desuso, que no pudo haber sido otra que una Licinia Sextia, ya aludida.

Con él, de ninguna manera perseguía despojar a los ricos de las tierras que les pertenecían, no había expropiación, ni limitación alguna a la propiedad privada. Simplemente se les privaba de disfrutar de aquello que detentaban en contra de las leyes, aún vigentes, ya que jamás habían sido derogadas. Inclusive eso estaba suavizado, ya que percibían dinero a cambio. Sin embargo permitía abrir el juego, e introducir en los campos que quedarían liberados a los ciudadanos indigentes. El alegato con que la ley fue propuesta al pueblo, por su vehemencia y su idealismo, merece ser transcripto íntegramente: “Las fieras que discurren por los bosques de la Italia tienen cada una su guarida y su cueva; y los que pelean y mueren por la Italia sólo participan del aire y de la luz, y de ninguna otra cosa más; sino que sin techo y sin casas, andan errantes cons sus hijos y sus mujeres; y sus caudillos no dicen verdad cuando en las batallas exhortan a los soldados a combatir contra los enemigos, por sus aras y sus sepulcros; porque de un gran número de Romanos, ninguno tiene ara, patria, ni sepulcro de sus mayores; sino que por el regalo de la riqueza ajena pelean y mueren, y cuando se dice que son señores de toda la tierra, ni siquiera un terrón tienen propio”.

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En suma, ¿qué pretendía la ley? Ninguna otra cosa que el hacer respetar lo que habían dispuesto las antiguas leyes Sextias y Licinias. En lo sucesivo nadie podría detentar más de quinientas yugadas de tierra pública, agregándose doscientas cincuenta yugadas más por hijo, hasta un total máximo de mil. El resto debía ser devuelto al Estado, el cual pagaría las mejoras que se hubiesen introducido, y lo subdividiría en fracciones de treinta yugadas cada una, que serían distribuidas entre los ciudadanos pobres, para que las trabajasen con sus familias. Volvería así la cultura del trabajo agrario que, Tiberio estaba convencido, había sido la base del desarrollo nacional. Por otra parte, la cantidad de tierra concedida a los actuales detentadores, 500, 750 ó 1000 yugadas según el caso, debía convertirse en propiedad plena del presente tenedor, previa renuncia del Estado a su derecho de dominio público. A la inversa, la tierra otorgada a los necesitados no se convertía en propiedad privada, los nuevos poseedores no podían venderla ni disponer de ella, y tendrían que pagar un impuesto o renta especial (vectigal) al Tesoro. Para poner en ejecución esta ley, se nombraba una comisión de tres miembros con atribuciones para delimitar y tomar posesión de los fundos, pronunciar sentencias en casos dudosos, y distribuir los lotes entre los que tuvieran poco, o nada en absoluto. Era en verdad un proyecto muy benigno. No había castigo para los usurpadores. Ellos poseían ilegítimamente tierra a la que no tenían derecho, y obviamente esa posesión era de mala fe. Sin embargo, se los compensaba, indemnizando las mejoras útiles introducidas en las que debían restituir, y confiriéndoles propiedad plena sobre las que se les permitía conservar, aunque conforme al derecho estricto no existía obligación alguna de hacer ninguna de las dos cosas. Por eso nadie pudo, públicamente, hacerle críticas. Públicamente no podían, pero entonces actuaron los poderosos de modo solapado y ladino. Había un tal Octavio, tribuno como Tiberio, inclusive amigo de éste. A él acudieron para que vetase la iniciativa. Así sucedió, y Tiberio debió retirar su proyecto, pero quedó embargado por el más enconado resentimiento, al punto que sus confrontaciones en la tribuna

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con Octavio se volvieron continuas, y cada vez más ásperas, aunque sin que ninguno de ambos incurriese jamás en la injuria o cayese en el recurso bajo de la agresión personal. Graco no se dio por vencido, y propuso una nueva ley, coincidente con la anterior en lo general, pero muchísimo más dura. Al mismo tiempo negó autoridad

a Octavio para vetarla, argumentando que éste era uno de los mayores

detentadores ilegítimos de tierra pública y que por ello, no había en su actitud ánimo genuino de favorecer al pueblo, sino interés personal en evitar perder sus prebendas. Octavio contraatacó. Ordenó, por un edicto, que cesasen todas las demás magistraturas hasta que la votación hubiese tenido lugar, y mandó sellar el templo de Saturno para que los cuestores no colocasen o extrajesen nada de él, amenazando con duras penas a quienes contraviniesen esa disposición. Llegó el día de la votación, que no tuvo lugar porque algunos de los optimates habían hecho robar las urnas, cosa que enfureció a Tiberio. Sin embargo éste, siguiendo el consejo de Manlio y Fulvio, ex cónsules que se contaban entre sus partidarios, se avino a poner la cuestión a consideración del Senado. El cual, integrado mayoritariamente por ricos y poderosos, obviamente

nada hizo. Exasperado, el tribuno se dirigió a su adversario, inicialmente con un tono amistoso, casi fraternal, intentando que cesase en su oposición. Sin éxito, Octavio era terco como una mula. El tono de las exigencias de Tiberio fue aumentando, en

la misma medida que se mantenía la cerrada oposición de su colega, y antes

amigo. Así fue que le propuso someter a la decisión popular cuál de los dos debía cesar en la magistratura, ya que evidentemente ambos no podían coexistir en ella. Con resultado negativo también. Tiberio llamó entonces a votar una ley por la cual se destituía a Octavio, ante la mirada impertérrita de éste. Eran treinta y cinco las tribus que votaban y, cuando diecisiete de ellas habían dado ya el sí, Graco interrumpió el acto, para preguntar una vez más a su colega si se avenía a retirar el veto, para ahorrarse la

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deshonra de ser depuesto por el mismo pueblo que lo había elegido. Como respuesta, recibió una mirada despectiva.

La votación continuó, con el resultado previsible. Octavio, destituido ya, fue arrojado a empellones de la tribuna, y a duras penas se salvó de ser asesinado por la turba enardecida, gracias a la ayuda de sus libertos y esclavos, que se interpusieron delante de él para protegerlo. Fue una jornada sangrienta, que ningún bien hizo a las ya deterioradas instituciones republicanas. Después de esto, y ya sin oposición, la reforma agraria resultó aprobada. Fueron elegidos los tribunos que habían de proceder al reparto, dignidad que recayó en el mismo Tiberio Graco, su suegro Apio Claudio, y su hermano Cayo, a

la sazón ausente de Roma en campaña militar. El puesto de Octavio como tribuno

fue cubierto por un tal Mucio, cliente de Tiberio. Los senadores, entre los que sobresalía Escipión Nasica, uno de los mayores detentadores de tierras públicas, intentaron por todos los medios impedir

que la ley ya sancionada se ejecutase, recurriendo a los medios más arteros. Negaron por ejemplo a Tiberio un local, para que el triunvirato llevase a cabo su tarea, y le asignaron una mísera cantidad diaria de nueve óbolos 15 para gastos. Ello no arredró al tribuno, que habilitó una tienda de campaña para realizar la labor.

Todo colaboraba para enrarecer el clima social, que llegó a un punto culminante de crispación cuando falleció uno de los amigos de Tiberio, presentando señales de haber sido envenenado. Los partidarios del tribuno sostuvieron esa versión sin admitir otra, custodiando el féretro hasta que éste recibió sepultura. El mensaje estaba claro, su jefe podía ser el siguiente. Tiberio no hacía nada para procurar la paz, muy por el contrario comenzó

a vestirse de luto, y solía presentar a la muchedumbre su mujer y sus hijos, rogándoles que el pueblo se encargase de ellos y de su madre, como si ya se considerase muerto. Actitudes como ésta fueron, al fin y al cabo, contraproducentes.

15 El óbolo equivalía a la sexta parte de un dracma griego. Realmente un viático miserable.

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Tuvo lugar entonces el fallecimiento del rey Átalo Filometor de Pérgamo. Un tal Eudemo concurrió a Roma llevando el testamento por el cual el difunto monarca nombraba como su único heredero al pueblo romano. Tiberio Graco no desperdició la ocasión y, desde la tribuna, propuso una ley destinada a que, fuera cual fuese el caudal heredado, el mismo sirviese a sus legítimos destinatarios, los ciudadanos y no a las clases dirigentes del Estado. Para lo cual este último debería enajenar todo a fin de comprar útiles y utensilios de labranza, que serían distribuidos sin cargo entre los menesterosos a los cuales les tocaba recibir tierras, conforme al reparto por él propuesto. En cuanto a las ciudades del reino recientemente adquirido, había de ser el pueblo romano el que decidiese su destino. El Senado se enfureció. Pompeyo (antecesor del Grande) llegó a decir que el tribuno lo que en realidad deseaba era lucir la diadema de Átalo, pero no en Pérgamo sino en Roma. Quinto Metelo, Tito Anio, todos tuvieron algo que alegar en contra de la iniciativa, sobre la que Tiberio no insistió. Nadie se atrevió, por el momento a volver a tocar el tema de tan cuantiosa como conflictiva herencia. Incidentalmente, esta demora en hacer valer los que eran legítimos derechos hereditarios, perjudicó a Roma. Aristónico, hijo ilegítimo de Eumenes II, rey de Pérgamo anterior al fallecido Átalo, aprovechó el vacío de poder para reclamar el trono, al que advino adoptando el nombre dinástico de Eumenes. Desde allí procuró mantener la independencia, buscando apoyo en las ciudades griegas sometidas primero, y luego en los mismos siervos y esclavos de su reino, a los que prometió la libertad a cambio de apoyo 16 . Cuando Roma se desembarazó de Tiberio, recién pudo volver a ocuparse del problema de Pérgamo, enviando allí un ejército comandado por Licinio Craso, en el año 131 a J.C., que resultó derrotado y su jefe muerto. La caída de Eumenes recién se produjo en el 129 a J.C., vencido por otra fuerza romana dirigida por el

16 No está claro hasta qué punto fue este Eumenes un verdadero revolucionario social, carácter que algunos le asignaron dado que Blosio de Cumas, consejero de Tiberio Graco en la época cuando suceden los hechos que estoy narrando, y fugado de Roma cuando murió el tribuno, era uno de sus partidarios allá por el año 131 a J.C. Lo cierto es que pretendía fundar un Estado al que denominaba “Ciudad del Sol”, en el cual todos los habitantes serían hombres libres.

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cónsul Marco Perperna. Tras su rendición, el frustrado monarca participó, cargado de cadenas, en el desfile triunfal del magistrado victorioso, siendo ejecutado poco después. Pero volvamos al año 133 a J.C. Olvidados momentáneamente Átalo y su herencia, había problemas más urgentes de que ocuparse. Uno de los cuales era el creciente descontento popular, que había comenzado a hacerse sentir con fuerza a partir de la deposición de Octavio, ya ex tribuno. Parecía que este hecho, de alguna manera, había mancillado la autoridad y el respeto debidos a una magistratura, hasta entonces considerada sacrosanta. Tiberio, consciente de lo que sucedía, creyó oportuno pronunciar un discurso al respecto, en el cual sostuvo que un tribuno es inviolable porque representa y defiende al pueblo, pero que si cambia su actitud, si apoya al bando contrario, es él mismo quien se priva de la dignidad, dejando de hacer aquello para lo que fue elegido. Estos argumentos, dotados de un buen fundamento lógico por cierto, calmaron momentáneamente el descontento. Sin embargo, con eso no bastaba. No era suficiente paliar la disconformidad del populacho, era menester conseguir su decidido apoyo, ya que Tiberio planeaba presentarse a la reelección en el cargo de tribuno, cosa que por ese entonces era algo inusual. Propuso entonces una ley tras otra, cada una más demagógica que la anterior: Quitar los empeños de la milicia, conceder apelación de las sentencias de los jueces, erigiendo al pueblo reunido en tribus como órgano judicial supremo, incluyendo a los caballeros en las listas de posibles jueces (cosa reservada hasta entonces exclusivamente a la nobleza), e intentando por todos los medios coartar la autoridad del Senado. Todo resultó en vano, cuando llegó el momento de la elección, y se comenzaron a contar los votos, fue evidente que Tiberio perdía. La tendencia parecía definitiva, ya que una gran parte del pueblo no había acudido a sufragar. Comenzaron las injurias, los denuestos, las agresiones. Graco, con lágrimas en los ojos, bajó a la plaza rogando el amparo de sus conciudadanos. Comentaba, a quien quisiera escucharlo, que esa noche lo asesinarían, lo que

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enardeció a sus partidarios que corrieron para formar un cerco en torno a su casa, y otro alrededor de su persona. La asamblea no podía continuar en esas condiciones, y se suspendió para el día siguiente. Pienso que ése era el resultado perseguido por Tiberio, otro día, una nueva oportunidad. La nueva mañana llegó repleta de malos presagios. Para comenzar, los augures constataron que las aves no comían, ni siquiera querían salir de su jaula, cosa que hizo tan solo una. Pero aún ésta se negó a probar el grano y, luego de permanecer un tiempo tendida con el ala izquierda desplegada, regresó a su prisión, como si buscase allí un cobijo que afuera no podía encontrar. El mismísimo Tiberio fue partícipe de estos pésimos augurios. Él tenía un casco, adornado y muy brillante, que utilizaba para las batallas, en donde habían anidado unas culebras, depositando allí sus huevos. Alguien, sin advertirlo, tomó el casco desparramando al hacerlo esos huevecillos, que se rompieron. Estaba decidido, no obstante, a concurrir al Capitolio, pero al salir de su casa, vestido de luto, tropezó en el umbral con una piedra, dándose tal golpe que se le partió la uña del dedo mayor de uno de sus pies, saliendo sangre de la lastimadura, que le chorreaba a través del calzado. Para colmo, ni bien alcanzó a dar unos pasos, pudo ver unos cuervos riñendo sobre un tejado ubicado a su izquierda. Precisamente cuando estaba mirando, una de las aves cayó muerta justo delante de él. Los signos negativos eran muchos. Tantos, que varios de los partidarios que lo acompañaban le imploraron que regresase. Quizás lo hubiese hecho, de no haber arribado justo en ese preciso momento Blosio de Cumas, el filósofo, que lo reprendió y lo arengó. ¿Cómo era posible que Tiberio, hijo de Graco, nieto de Escipión, defensor del pueblo romano, no acudiese donde sus deberes lo llamaban, por temor a un cuervo muerto? Tal lo que le dijo, mientras otros allegados, bajando desde el Capitolio lo instaron a continuar, diciéndole que no había nada que temer, que todo había cambiado, que esta vez la suerte iba a serle favorable. Al principio, ni bien subió al monte, todo pareció ser así. El pueblo lo vitoreó, y sus acólitos más fieles lo rodearon para protegerlo. Tales las

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condiciones, cuando Mucio comenzó nuevamente a llamar las curias para que votasen. Pero inmediatamente después, todo cambió. La multitud se apretujaba, los de atrás empujaban a los de adelante, éstos utilizando la fuerza pretendían conservar su ubicación. El pueblo era una marea, que se movía desordenadamente. Precisamente entonces Fulvio Flaco, un senador pero partidario suyo, hizo señas con la mano a Tiberio para que se le aproximase. Daba a entender que quería comentarle algo, pero que el ruido no le permitía hacerse escuchar. El tribuno logro hacerse respetar por la muchedumbre, que se abrió para dejarle pasar.

Aunque lo que oyó fue lo último que habría deseado que sus oídos percibieran. Fulvio le avisó que, si bien el Senado no había podido lograr el concurso del cónsul en ejercicio, que se abstenía de intervenir, había resuelto quitarle la vida, para lo cual había armado una multitud de esclavos y libertos. Tiberio volvió donde estaban sus amigos, comentándoles la novedad. Éstos se ciñeron las togas y, rompiendo las varas de los lictores, se aprestaron a defenderse, utilizando los trozos como toscas lanzas. Todo ante la vista atónita del pueblo, cuya gran mayoría no había escuchado el intercambio de palabras, y no tenía idea de qué era lo que sucedía. El tribuno se llevó la mano a la cabeza, desesperado y deseando avisar que corría peligro, lo que fue una pésima decisión porque sus adversarios se apresuraron a hacer circular el rumor de que pedía la diadema, de que quería lo ungiesen rey. Escipión Nasica increpó duramente al cónsul, instándole a que ordenase acabar con el aspirante a tirano, aunque en vano. El magistrado le respondió serenamente que no permitiría la muerte de nadie sin el debido proceso, culminado con la correspondiente condena. El partido de los optimates, acaudillado por Nasica, decidió dejar las sutilezas y los escrúpulos legales de lado. Por eso, después de descalificar duramente al cónsul, tachándolo de traidor a la República, una gran multitud corrió hacia el Capitolio, para enfrentar a Tiberio y sus partidarios, que seguían cobijados

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en el lugar. Nadie osó detenerlos, lo que originó la dispersión del pueblo reunido. Solamente permanecieron en el lugar los integrantes de ambos bandos en pugna. Se luchó ferozmente, utilizando como arma todo cuanto había a mano, trozos de sillas curules, piedras, fragmentos de objetos rotos, todo valía. Todo excepto las armas, que nadie llevaba, porque supuestamente se trataba de un acto civil, una votación del pueblo. Por eso dirá más adelante Plutarco que ninguno de los que ese día murieron presentaba heridas ocasionadas con elementos de hierro o metal 17 . Tiberio emprendió la fuga, dejando la toga detrás suyo y apenas vestido con una túnica, pero no logró su propósito. Cayó al piso, sobre los cadáveres de otros que habían muerto antes que él y, al levantarse, uno de sus colegas tribunos, un tal Lucio Satureyo, lo hirió en la cabeza con el pie de una silla. El segundo golpe, que a la postre resultaría decisivo, se lo aplicó Lucio Rufo, quien más adelante se jactaría de ello como si hubiese sido una hazaña. Más de trescientos hombres lo acompañaron ese día, en su viaje al más allá. El odio de la clase senatorial no se detuvo con la muerte de Tiberio. La nobleza quería destruir de raíz, todo lo que el infortunado tribuno había representado. Por eso se prohibió tajantemente que su hermano Cayo recogiese el cadáver, para honrarlo con los ritos funerarios acostrumbrados. Muy por el contrario, resultó arrojado ignominiosamente al río, mezclado con los demás cuerpos. Peor suerte les cupo a quienes sobrevivieron. El orador Diófanes de Mitilene no salvó la vida, pero se libró de la humillación, ya que habiendo sido aprehendido cuando terminaba el enfrentamiento y, mientras aún duraba el calor de éste, recibió una muerte rápida. Pero otros, tal como Cayo Vilio, fueron encerrados en una jaula llena de víboras y culebras, que pusieron fin a sus existencias con crueles tormentos. Los partidarios de menor importancia resultaron proscriptos, o desterados sin juicio alguno. Se salvó únicamente Blosio de Cumas, para algo le valió su rapidez mental y sus estudios de Filosofía, ya que cuando le preguntaron qué hubiese

17 Plutarco. Vidas Paralelas, en el capítulo destinado a Tiberio Graco.

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hecho si Tiberio le mandaba prender fuego al Capitolio, respondió muy serenamente que lo habría incendiado. Graco era tribuno, y únicamente hubiera mandado hacer algo así si resultaba útil al pueblo ,fue su argumento. Nadie supo qué contestarle y lo dejaron partir rumbo al Asia, donde dos años después acabaría quitándose la vida en Pérgamo, luego de fracasada la sublevación de Aristarco, como ya he tenido ocasión de referir.

Había llegado la hora de serenar los ánimos, y el Senado lo comprendió así. Por eso, lejos de continuar la oposición a la ley de Tiberio que disponía el reparto de tierras, la prohijó y simuló implementarla, como para que la masa de ciudadanos que con ella iba a beneficiarse, no lamentase demasiado la muerte de

su caudillo.

Como triunviro encargado de la distribución fue escogido, en lugar de Tiberio, Publio Craso, el padre de Licinia, esposa de Cayo Graco. Por su parte Escipión Nasica, cuyo rol en los tumultos había sido prominente y por ello

disgustaba al populacho, partió discretamente al Asia en misión oficial. El hecho

de que era Pontífice Máximo, y las obligaciones inherentes al cargo que iban a

quedar sin ser atendidas, no supuso ningún obstáculo. Ya no retornará. Por una década reinará, aunque tensa, cierta calma. Sin embargo, y pese

a haber desaparecido Tiberio, su proyecto de ley lo sobrevivirá, aunque

aletargado, hasta que Cayo le de vigencia nuevamente. Ahora bien, vaya algún breve comentario. Tiberio no tiene un verdadero plan político (como sí lo pergeñará Cayo). Él y su grupo son un conjunto de

personas unidas por una relación social, comparten las mismas ideas, y tienen la misma formación. Hay una vinculación clientelar y familiar, más que un programa

de reforma social común. No se han detenido a estudiar los efectos de lo que van

a hacer, ni siquiera a discernir cuál es la manera más viable de encararlo.

Simplemente tuvieron un ideal, madurado en conversaciones y tertulias sociales, y

lo quisieron llevar a la práctica.

Desde este punto de vista, Tiberio fue más un instrumento que un líder. Su proyecto de ley agraria no tuvo nada de revolucionario, constituyó una reproducción, actualizada si se quiere, de leyes anteriores. Repárese que, si bien

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reivindicaba el principio de que el ager publicus pertenecía al Estado, y por consiguiente denunciaba las usurpaciones, a las que pretendía poner fin, la iniciativa tenía límites. A los ocupantes “de buena fe” se les permitía conservar parte de la tierra, y se les pagaba por las mejoras introducidas en la que debían devolver. Aunque esto de la “buena fe” no podía existir, fue un eufemismo para legitimar lo que no tenía legitimación. Los intrusos no podían ignorar que invadían un suelo sobre el que carecían de derechos. En esta situación, lo que hay es “mala fe”, y consecuentemente esos ocupantes no podían reclamar compensación alguna, ni siquiera por mejoras útiles. La mejor prueba de la improvisación con que actuó Graco en su propuesta, fue la dureza que mostró después, cuando la iniciativa encontró obstáculos. Se fue de un extremo al otro, lo que también revela la inexistencia de un plan. Si lo hubiese habido, la posibilidad de oposición debería haber sido prevista, y se hubiera delineado un curso de acción para esa eventualidad. Tiberio reacciona y se mueve por impulsos, seguramente fue un individuo fogoso y apasionado. De allí el peligroso descontrol que lo invade, y que finalmente lo llevará a perder la vida. Se atrevió a jugar con cosas tan trascendentes para la estructura republicana, como la investidura de un tribuno de la plebe, Octavio en este caso. Más grave todavía, lo hizo mientras éste ejercía el cargo, cuando toda la tradición jurídica de Roma consagraba la responsabilidad de los magistrados, pero de la que el pueblo podía solicitar rendición de cuentas una vez finalizado el período de mandato. Jamás durante el mismo. Por ello habría que arribar a la conclusión que la de Tiberio Graco no fue una reforma social concebida como tal. Se trató simplemente de la idea de un grupo de teóricos y soñadores, que se llevó a la práctica porque existió un hombre como él, con un apellido prestigioso tanto por la rama paterna cuanto por la materna, que se vió seducido por ella y la abrazó con alma y vida. No obstante, y pese a todo esto, la iniciativa tuvo una virtud.

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Levantó el velo que hasta entonces cubría piadosamente la situación misérrima en que estaba inmersa la gran mayoría de la plebe romana, tanto urbana como rural. Y mostró que el camino para remediarla podía estar en el reparto y redistribución de la tierra. Luego llegará otro hombre, Cayo Graco, que advenga –él sí- con un plan minuciosamente concebido, e intente llevarlo a la práctica. Cayo no será un improvisado como su hermano, sino un individuo frío y calculador, dotado de una concepción integral del problema que por entonces vive Roma, y a la vez de una idea muy clara acerca de la manera que estima más apta para solucionarla.

6. LEYES DE CAYO GRACO La precaria paz social va a quebrarse en el año 123 a J.C., cuando Cayo Sempronio Graco hermano menor de Tiberio sea a su vez elegido tribuno de la plebe. Lo logró merced al apoyo de numerosos votantes que acudieron de todas las colonias romanas. Cayo era un excelente orador pero además había aprendido la lección que se desprendía de la experiencia de su hermano. Convencido de que éste había fracasado por haberse lanzado precipitadamente a la aventura de encarar una modificación social trascendental, sin contar con una base política sólida, no dio su batalla sino después de una larga preparación. Sus propuestas no se limitaban a una ley, sino que constituyen un sistema coherente de reformas de las cuales, si hubiesen sido aplicadas, la República habría salido profundamente transformada. En definitiva, el objetivo de Cayo Graco era lograr atraer a nuevas fuerzas políticas, y crearse una base de apoyo más amplia e interesada en sus innovaciones legislativas, que la que había tenido Tiberio en su momento. Las dos primeras leyes que pone a consideración de los votantes podrían parecer anecdóticas, pero si se las analiza atentamente, se verá que más allá de su aparente simplicidad, el tema admite varias lecturas. Concretamente, una vez asumió propuso al pueblo dos leyes, como ya dije. Por la primera se establecía que si un magistrado había resultado depuesto del cargo que ocupaba, en el futuro no se le debía permitir aspirar a otro. Por la

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segunda se habilitaba una acción popular en contra de cualquier magistrado que hubiese proscripto o desterrado algún ciudadano romano, sin juicio y condena previos.

Estos proyectos tenían nombre propio. El primero iba dirigido contra Octavio, que fuera tribuno y colega de Tiberio. El segundo apuntaba a Popilio, quien siendo pretor había desterrado a muchos amigos y partidarios de Tiberio, que habían logrado sobrevivir a la masacre que tuvo lugar durante los disturbios en los que éste perdió la vida. Ninguna de las dos iniciativas llegó a término, ni se convirtió en ley. Popilio no aguardó la votación, y abandonó espontáneamente Italia. En cuanto a la proposición dirigida en contra de Octavio, fue retirada por el mismo Cayo, que según dijo había sentido piedad, escuchando los ruegos de su madre Cornelia en ese sentido. No parece que las cosas hayan sido tan simples. Cayo tenía diversos objetivos en mira, y debió haber querido dejar varios mensajes. Por ejemplo, que los Sempronio Graco estaban de vuelta, que el destino cruel de Tiberio no los había amedrentado, y que la familia seguiría en la misma senda que éste iniciara. Incidentalmente, que mamá Cornelia, era una mujer piadosa y ejemplar. Cosa que muchos deben haber llegado a creer. Además, está probando sus fuerzas, y explorando las eventuales debilidades del adversario. Ambos proyectos, de índole personal, vengativa si se quiere, obtuvieron apoyo popular. Y fueron una bofetada al rostro del Senado, que éste recibió sin reaccionar. Finalmente, lo mueve el deseo de revancha, que consigue con relativamente poco esfuerzo. Popilio se condena solo, yendo voluntariamente al destierro. En cuanto a Octavio, para quien haya leído la narración que hice de su actuación como tribuno, resultará obvio que el perdón debe haber sido más duro que una condena. Un individuo orgulloso como ése, no puede haber aceptado así como así, ser magnánimamente perdonado, máxime cuando sin duda no debía creer ser culpable de ninguna falta. La conducta de Cayo le habrá resultado tanto más

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intolerable, en tanto y en cuanto le privaba hasta del consuelo de considerarse víctima.

Después de esto, ya confiado en el apoyo de las masas populares ciudadanas, que eran las que votaban en las asambleas, y para mantenerlas contentas, propuso una ley frumentaria, que establecía la venta mensual de trigo a la plebe a un precio muy bajo (poco más de 6 ases el modio), con cargo al Estado.

La ley se aprobó, a nadie le interesaba enfrentarse con una multitud enfurecida y famélica. Por otra parte, tampoco resultaba mayormente relevante a las clases superiores el hecho de que el Estado gastase algunos miles, o centenares de miles de sestercios, para intentar mantener contento al populacho. Asimismo procuró, allá en los comienzos de su magistratura, encarar una iniciativa que era verdaderamente agradable al pueblo, motivo por el cual logró imponerla sin mayor dificultad. Una ley militar, que reducía el tiempo del servicio en el ejército, ordenaba que no se reclutase a menores de diecisiete años, y cargaba el equipo del soldado en los gastos del Tesoro Público. Otra vez, hasta aquí, ninguna oposición de la gran masa de nobles y caballeros. Carne para el sacrificio había mucha, y no importaba demasiado su identidad. Además, tampoco era relevante –otra vez- que el Estado invirtiese sus dineros en eso. Las fortunas particulares no se tocaban. En el 123 a. J.C., es decir apenas asumió, Graco presentó un nuevo proyecto de ley (De Tribunis Reficiendis) autorizando la reelección para el tribunado, el cual resultó aprobada al año siguiente, y merced a la cual pudo ser vuelto a nombrar, sin oposición, tribuno de la plebe nuevamente. Esto nos habla, no de improvisación, sino de un plan de campaña bien pensado, y cuidadosamente elaborado. Pero son especialmente significativas la ley judicial y la destinada a la provincia de Asia, puesto que ambas sirvieron para acentuar la oposición entre senadores y caballeros, con lo cual la precaria paz social se resquebraja, el punto de ruptura se acerca rápidamente. Aquí comienza realmente el tribuno a moverse en serio.

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La ley judicial que hizo votar Cayo Graco en el 122 a J.C. permitió que el orden ecuestre jugase un nuevo papel político. La lex Calpurnia del 149 a J.C. había decidido la creación de unos jurados permanentes que vigilaban la conducta de los magistrados provinciales. Estos jurados eran monopolizados en su integración por el Senado, es decir por la nobleza, y frecuentemente, ante denuncias de extorsión y malos tratos de los magistrados hacia los provinciales, habían actuado con tal benevolencia, que casi podría considerarse complicidad. Graco rompió el monopolio senatorial en esos tribunales, introduciendo como una cuña al orden ecuestre dentro de ellos. La larga historia de las decisiones que luego anularon, restablecieron o corrigieron esta medida, da idea de la importancia que los políticos atribuían a esta especie de jurados. Los mismos quedarían, en adelante, integrados por trescientos miembros del orden ecuestre, y otros trescientos del senatorial. Para colmo, aquéllos, siendo la primera vez que se llamaba a la clase que integraban para tales fines, iban a ser designados directamente por el tribuno, lo que dio a éste un poder que Plutarco 18 califica como casi monárquico. En la misma dirección, tendente a ganarse la buena voluntad de la fuerza política de los caballeros, lo que nos da idea cabal de que Cayo consideraba su enemiga natural a la nobleza, por sobre cualquier otro orden social, Graco logró que se aprobara una ley reglamentando los arrendamientos y adjudicaciones de los impuestos en la nueva provincia de Asia (el ex-reino de Pérgamo), por entonces la más rica de las posesiones romanas. Atribuyó con exclusividad la recaudación impositiva a los caballeros, cosa que sí debe haberles interesado vivamente, de una manera que no puedo concebir les tentase una carga pública gratuita, como era la de integrar tribunales. Esto, así como una ley teatral que atribuía al orden ecuestre unos asientos fijos en los espectáculos públicos, con lo que se reafirmaba el elevado rango social de esta clase de ciudadanos, es muy indicativo. El tribuno está tratando de ganársela para su partido.

18 Plutarco. Consultar en sus Vidas Paralelas, el capítulo destinado a Cayo Graco.

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Respecto a la ley agraria, Cayo Graco no va a apurarse, aunque sin duda es su objetivo final. Pero –intuye- debe ser abordado con calma y, cuando el momento llegue, golpeando firmemente. Por eso, como paso previo, adopta una serie de disposiciones coadyuvantes a su intención de relanzar la política de distribuciones del ager publicus. Encara así mejoras en la infraestructura necesaria, especialmente, en la red de vías itálicas. Las hizo construir muy rectas, de modo que atravesaran el terreno sin vueltas ni rodeos, apoyadas sobre un basamento de piedra labrada unida con guijo. Había puentes, que servían para pasar por sobre barrancos y arroyos, siempre de la misma altura a uno y otro lado, y siempre también paralelos, de modo que el conjunto, además de funcional, resultase agradable a la vista. Los caminos estaban medidos, y a cada milla se colocó una denominada piedra miliaria, que servía al viajero para conocer dónde estaba, y a qué distancia se encontraba de su destino. En cuanto al proyecto agrario en sí, el suyo introduce modificaciones a la ley de su hermano. De esta manera elevó a 200 yugadas las parcelas de tierras a asignar, en vez de las 30 estipuladas en la anterior ley. Asimismo, en la misma norma, se contemplaba la erección de colonias romanas: Una en Tarento, otra al sur de Catanzaro y, tal vez, otra en Capua, con la intención de revitalizar la economía, y evitar la caída demográfica del sur de Italia. El colega de Cayo en el tribunado, Rubrio, propuso la creación de una colonia romana en el emplazamiento de la antigua Cartago, medida que habría posibilitado dotar de tierras a miles de romanos e itálicos, pero que escandalizó al Senado. Recuérdese que no demasiado tiempo atrás, exactamente en el 146 a J.C. cuando el mortal enemigo fue definitivamente vencido, Escipión Emiliano había jurado por sus dioses que el sitio donde la odiada ciudad se había erigido, permanecería para siempre arrasado. Además la iniciativa suponía una novedad difícil de aceptar, puesto que Roma nunca había fundado con anterioridad colonias romanas fuera de la península itálica. No obstante, la ley fue aprobada y Cayo Graco entró a formar parte de la comisión encargada de la organización de la nueva colonia. Hasta entonces, el

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tribuno venía marchando invicto, ha obtenido la aprobación de todo cuanto propuso, porque tuvo la virtud de formar una base social muy amplia, sobre la cual apoyó la política emprendida. La oposición por su parte, divididos y separados los nobles de los caballeros, no estaba en condiciones de debilitar este sólido basamento. Pero las dos ultimas propuestas que Cayo Graco se apresta a lanzar, crearán las condiciones necesarias para que la oposición senatorial comience a recuperar el terreno perdido. Una de ellas, elevada en el 122 a J.C., siendo también tribuno su amigo M. Fulvio Flaco, y desempeñando el consulado su aliado Cayo Fannio (en cuya elección había contribuido él de modo decisivo), contemplaba la concesión de la ciudadanía romana a los propietarios itálicos más ricos, y la latinidad a todos los demás. La segunda conllevaba un intento de democratizar la asamblea centuriada, alterando el sistema de votación. Hasta entonces eran llamadas a votar, en primer lugar, las dieciocho centurias de caballeros, luego las que integraban la primera clase, posteriormente las de la segunda, y así sucesivamente hasta lograr mayoría. Como las clases estaban conformadas por ciudadanos, divididos conforme sus riquezas en orden descendente, si los más ricos estaban de acuerdo, podían decidir por sí mismos cualquier elección. La revolucionaria propuesta era que el orden de votación se decidiese por sorteo, entre todas las clases indistintamente. Pero esta medida suponía poner en un serio compromiso el predominio político de las clases más pudientes, entre las que se encontraban los caballeros, ahora mucho más prósperos que antes, gracias a las concesiones de percepción de impuestos, que no mucho atrás el mismo Graco les había otorgado, en la provincia de Asia. A este orden ecuestre le resultaba absolutamente indiferente la democratización de las instituciones. Su único interés giraba en torno a la consolidación, y ampliación si ello era posible, de la ya considerable esfera de poder que por entonces detentaba.

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No era de esperar que apoyase una iniciativa que iba en contra de ese designio, y el tribuno, hasta ahora tan calculador y prudente, debía haberlo previsto. Se me ocurre que, por entonces, Cayo está demasiado cegado por sus éxitos, y cree que el poder no va a abandonarlo jamás. Si fue así, caro habrá de pagarlo.

Porque además, la masa de los ciudadanos romanos de baja condición social, está celosa de sus escasos privilegios, y temerosa de perderlos, cosa muy probable si la concesión de la ciudadanía romana resultaba ampliada. Por eso comenzó a retirarle su apoyo, el propio cónsul Fannio advierte los nuevos vientos que soplan, y va a situarse al lado de la oposición senatorial, separándose del grupo de los graquianos. Desde allí demostró que era peligroso, porque, además de ordenar la expulsión de Roma de los innumerables itálicos que, animados por la posibilidad de obtener la ciudadanía, se habían concentrado en la ciudad, comenzó a alentar la animosidad de la plebe urbana en contra de la propuesta de Cayo Graco. La mezquindad de sus razonamientos incluía implantar la idea que, si los itálicos se convertían en ciudadanos, ocuparían muchísimos puestos en los espectáculos públicos, quitándoselos a los que hasta entonces habían ostentado esa calidad, y carecían de medios económicos como para lograr una ubicación de privilegio. Parece increíble, pero el argumento funcionó, así es de veleidoso el favor popular. Minado el poder de Cayo Graco, la oposición senatorial pasó a la ofensiva, y se valió para ello de otro tribuno de la plebe, Marco Livio Druso, a quien convirtió en su abanderado, aunque de modo muy cuidadoso y solapado. Puesto que de demagogia se trataba, Druso iba a serlo el doble que Cayo, cosa de aumentar la confusión, y capitalizar ésta en contra de Graco. Fue Livio Druso quien opuso el veto a estas dos últimas propuestas de ley que acabo de describir y, paralelamente, propuso la fundación de otras doce colonias en Italia y Sicilia de tres mil colonos cada una. Ya que este asunto de las colonias agrada al pueblo, si por eso vamos a levantarlas, hagámoslo en grande, es el mensaje que parecería surgir de estas iniciativas. La multitud, fascinada.

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Además, para granjearse el favor de la plebe rural, Druso pidió la abolición de algunas tasas, a las que los beneficiarios de las asignaciones gratuitas, de diversa naturaleza, estaban sujetos. Los éxitos de esta política demagógica, junto con el malestar que entre la plebe urbana y los caballeros habían creado las dos últimas propuestas de Cayo Graco, hicieron que éste no triunfara en la tercera reelección como tribuno de la plebe, en el 121 a J.C. Cayo, debemos reconocérselo, tenía una férrea personalidad, y no se dejó abatir por el revés. Por el contrario, se retiró al África, donde junto a Fulvio Flaco comenzó a organizar las parcelaciones de la colonia de Cartago, a la que denominó Junonia. Con notable éxito, porque en pocos meses, ya se habían delimitado seis mil lotes de terreno, lo que logró atraer aspirantes a colonos de toda Italia. Pero el Senado no iba a permitirle más éxitos, sobre la base de los cuales el tribuno pudiera volver a reconstruir su poder. En el mismo 121 a J.C. la lex Rubria, que tomara su nombre del tribuno proponente, por la cual se había aprobado la creación de la colonia cartaginesa, fue abolida. En esto tuvo mucho que ver el nuevo cónsul, un tal L. Opimio, incondicional del orden senatorial. Los colonos se encontraron entonces, varados en África y en una situación jurídica sumamente incierta. Este estado de cosas perdurará más de medio siglo, hasta que Julio César reemprenda la colonización de Cartago. A Cayo Graco no le queda otra cosa que volver a Roma, y luchar desde allá. Su regreso estuvo acompañado por numerosos desórdenes y enfrentamientos, entre sus partidarios y detractores. Muere por ejemplo un tal Quinto Antulio, lictor del cónsul Opimio, lo que da ocasión a Cayo para enfadarse con sus propios seguidores, autores de esa muerte. Se da cuenta que están haciendo precisamente lo que sus rivales quieren, aunque ello cueste una vida más o menos. No me detengo en mayores detalles, sobre una cuestión tan sangrienta y vil. Cuando la contienda va a estallar abiertamente, los populares se aglutinan en torno a Cayo Graco y su amigo Fulvio, ambos son líderes por entonces del

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partido. Este último es de ideas más extremistas, mientras que Graco intenta todavía conservar algún viso de prudencia y cordura. Pero le es imposible, Fulvio marcha a tomar el Aventino, Cayo lo sigue, sin otra arma que un pequeño puñal, pese a los desesperados ruegos de Licinia, su mujer, la que intuye que ya no volverá a verlo. En ese monte, de desgraciada memoria desde los orígenes mismos de la ciudad, cuando tomase allí los auspicios el infortunado Remo, ambos líderes populares se harán fuertes y resistirán durante tres días. El Senado tiene el control, y no va a dejar pasar la oportunidad. Por ello aprueba un senatusconsultus ultimum, medida que solamente se tomaba en situaciones de extrema gravedad, para nombrar un dictador o autorizar a los cónsules para servirse de medios extraordinarios, con el fin de restaurar la normalidad. La propuesta parte del cónsul Opimio y con ella, la legalidad está ahora, al menos formalmente, del lado de la nobleza. La batalla decisiva puede, finalmente, tener lugar. La refriega es feroz, uno de los hijos de Fulvio es enviado para proponer la paz al Senado, que rechaza la oferta y ordena poner al muchacho en prisión. Pocas horas después el propio Fulvio, escondido en un baño abandonado, es encontrado y ejecutado junto a su hijo mayor por las hordas enfurecidas de clientes, siervos, y partidarios de la nobleza. Cayo logra fugar, acompañado por un esclavo de nombre Filócrates, pero es interceptado a la altura del pons Sublicius. Logra refugiarse en el bosque sagrado de las Furias, pero advierte que ya no tiene escapatoria. Por eso se hace quitar la vida por el mismo Filócrates, que luego de cumplir tan desagradable encargo, se da muerte a sí mismo. El cónsul Opimio recibe de un tal Septimuleyo la cabeza del infortunado Graco, la cual es clavada en una pica no sin antes ponerla en la balanza, porque se le había puesto precio conforme a lo que pesara. Se dice que le habían quitado el cerebro rellenando con plomo el hueco, razón por la cual se encontró que tenía diecisiete libras y dos tercios.

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Con arreglo a esto cobró Septimuleyo, menciono la anécdota macabra porque es prueba del odio y el temor que el tribuno despertaba. Por la cabeza de Fulvio nada se abonó, ni tampoco por las de los tres mil partidarios que hallaron la muerte en esos disturbios, cuyos cuerpos fueron arrojados al Tíber sin mayores miramientos. La amenaza de los hermanos tribunos ha llegado a su fin, los optimates podrán respirar tranquilos. Hasta que advenga Cayo Mario, más tarde Lucio Sergio Catilina, y después Cayo Julio César. La República vive sus últimos años, aunque no todos se den cuenta. Obviamente, la comisión triunviral creada por Tiberio Graco para distribuir tierras, devenida innecesaria ahora que no queda ningún Sempronio Graco vivo, fue disuelta. Ya no había nada que repartir, la idea de distribuir el ager publicus, al menos bajo la forma en la que los hermanos la habían concebido, ha dejado de existir.

Reflexionando, con el desapasionamiento y la perspectiva que dan los siglos transcurridos, podríamos decir que el programa legislativo de Cayo Graco no se limitó a una simple reforma agraria, tendiente a solucionar la crítica situación de un sector, muy numeroso, de campesinos empobrecidos. Abarcaba un horizonte político mucho más amplio, se trataba de modificar algunas de las estructuras básicas del Estado Romano. Si hubiese tenido éxito, si sus reformas se hubiesen llevado a cabo, tal vez el curso de la historia en los años sucesivos hubiese cambiado y, solamente quizás entonces, la República hubiera podido perdurar. Pero su fracaso contribuyó, sin duda, a precipitar los acontecimientos que desembocaron en la lucha social, que pondría fin a toda una forma de gobierno que había tenido vigencia por medio milenio. La falencia de Cayo Graco se debió en gran parte a su dificultad, quizás porque era imposible hacerlo, para elaborar un programa de reformas que aglutinase en torno a él a clases de intereses tan diversos. Y que lo hiciese de modo sólido y definitivo.

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La plebe urbana, más ligada a los grupos oligárquicos, se contraponía en gran medida a la plebe rural, y ambas eran difícilmente conciliables con los publicanos o caballeros quienes, a su vez, no tenían intereses tan divergentes, como el tribuno quizás creyó, con los de la nobleza senatorial. Tras la muerte de Cayo Graco, la idea de reforma agraria se derrumbó. Se paralizaron las asignaciones, en virtud de la lex Thoria que se dicta algunos años después, y además se abolió el carácter de inalienabilidad de las parcelas que ya habían sido repartidas, con lo que éstas pudieron ser vendidas libremente. Con lo cual, en el curso de muy pocos años, la tierra pública volvió a encontrarse en una situación muy parecida a la de los tiempos anteriores a los hermanos tribunos. Únicamente en algunas zonas marginales de Italia, estas pequeñas haciendas agrícolas, nacidas en las asignaciones graquianas, pervivieron durante bastante tiempo.

7. INFLUENCIA GRIEGA EN LAS REFORMAS DE LOS GRACO

La historia griega era bien conocida por quienes frecuentaban el salón de Cornelia, los más conspicuos representantes de la oligarquía ilustrada. Y esa historia contenía narraciones que hablaban de crisis y desigualdades sociales, de la tierra y la manera de repartirla, tanto en Esparta como en Atenas. En una palabra, de problemas similares a los que los romanos enfrentaban por entonces. Esparta fue la ciudad que los dorios erigieron en Lacedemonia, cuando se apoderaron del sur de Grecia, sometiendo a los aqueos. De los vencidos surgió la clase social de los ilotas. Posteriormente los esparciatas (nombre que se daban los espartanos a sí mismos, como clase social), una vez reunido en sus manos todo el poder político, concedieron la libertad y parte de tierra a sus hermanos de raza vencidos, si bien negándoles los derechos políticos y obligándoles al servicio militar. Así se cree que surgió la clase social de los periecos, o habitantes de las cercanías. El espartano no se ocupaba del cultivo o la cría de ganado, lo suyo eran las armas y la guerra, así como la política. Para la labranza estaban los ilotas, que eran una especie de siervos del Estado, puestos a disposición de los particulares

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para trabajar la tierra, a la que iban unidos sin posibilidad de abandonarla para radicarse en otro lugar. Así literalmente. Podían tener su casa y su familia, con lo que vivían muchísimo mejor que los esclavos comunes. Pero todo ello dentro de la parcela que se les había entregado para cultivar, de la cual no podían salir, y tenían la obligación de entregar cada año al propietario, al espartano que consideraba el comercio, la artesanía y la agricultura como actividades indignas, una cantidad determinada de trigo, vino y aceite 19 . Tal la organización social de este Estado bicéfalo, regido por dos reyes, desde los remotos tiempos de Licurgo 20 , monarca que sin embargo ninguna disposición adoptó acerca del reparto de tierras, o condonación de deudas a favor de los más humildes. Hemos de avanzar hasta la época de Agis, para hallar medidas de este tipo. Bastantes siglos después, ya que vivió entre la 13º Olimpíada y el segundo año de la 14º, esto es, fallece unos doscientos diecinueve años a J.C. Fue rey en esos tiempos borrascosos cuando, acabada la guerra del Peloponeso, Esparta había triunfado sobre su archienemiga Atenas, pero emergiendo de la contienda sumamente debilitada, y plena de tensiones sociales. A él se le ocurrió un proyecto de ley, conforme el cual se condonaban las deudas de todos los ciudadanos, pero iba bastante más lejos. Proponía dividir el territorio del reino, formando cuatro mil quinientas suertes 21 con la tierra existente entre el barranco que se extendía de Palenes al Taigeto, Malea y Selasia, y otras quince mil con los campos que se localizaban fuera de esta línea. Estas últimas serían repartidas entre los colonos que pudiesen llevar armas, y las primeras entre los mismos esparciatas, cuyo número (obviamente era menor al de las parcelas) sería completado con colonos y forasteros, escogidos por su figura, su educación, y su aptitud militar. Estos nuevos ciudadanos conformarían quince mesas, o banquetes, de doscientos a cuatrocientos

19 Cfr. Carl Grimberg y Ragnar Svanstrom. Grecia. Ver datos en Bibliografía.

20 Se cree que vivió hacia el 884 a J.C., fecha en que se consideran sancionadas sus leyes.

21 Se denomina suerte a una porción de tierra deslindada.

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integrantes cada una, y tendrían en adelante el deber de llevar el mismo estilo de vida vigente en Esparta. A tal iniciativa se oponía Leónidas, el rey colega de Agis, que representaba los intereses de los más ricos y poderosos. Y sobre todo el noble Agesilao, su pariente, uno de los mayores detentadores de tierra. Pero Agis resultó un monarca flojo y débil, cuya vida no terminó bien. Fue condenado a muerte por el tribunal de los Ëforos 22 , debido a sus actos de gobierno, y ejecutado junto con el resto de su familia. Hemos por fuerza de pensar que entre los “actos de gobierno” cuya responsabilidad le costó la vida, debió pesar el haber propuesto las leyes a las que me acabo de referir. Sin embargo se salvó su hermano Arquimado, que pudo fugarse a tiempo. Tan precipitado fue el escape que dejó tras de sí a su mujer, que acababa de dar a luz. Ella, de nombre Agitáis, era renombrada por su belleza, y fue obligada a casarse con Cleómenes, aún impúber, e hijo de Leónidas, que heredó el trono a la muerte de su padre. Fue Cleómenes, ya rey, quien concibió la idea de hacer regresar al fugitivo Arquimado, para restablecer la doble corona, aunque no logró su propósito. El hermano del difunto Agis falleció a su vez, asesinado ni bien volvió a poner los pies en la ciudad. Crimen que se atribuyó a la inspiración de Cleómenes, el actual esposo de la mujer de aquél. Sea como fuese, el rey se consolidó en su poder, haciendo ejecutar a los cinco Éforos y después de victoriosas campañas militares, se atrevió a concebir la idea de restaurar el proyecto de Agis de distribución de tierras, que iba a completarse con la liberación de todos los esclavos. Hizo realidad esto último, pero no llegó a poner en práctica su reforma agraria, ya que finalmente vencido por Antígono, fue obligado a abandonar Esparta, refugiándose en Alejandría con la corte de los Ptolomeos. Donde finalmente halló la muerte, en ocasión de una revuelta popular, sin haber podido regresar a su patria.

22 Era el de los Éforos un tribunal de cinco magistrados electivos, que en Esparta tenían como misión contrabalancear el poder de los reyes y el Senado.

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Quien habla de Grecia, sin embargo, habla de Atenas. Y Atenas sin duda fue la referencia de los romanos de ideas progresistas, representaba la libertad y el imperio de las ideas, frente al conservadurismo, y al rígido orden propios de Esparta.

Nacido en el 640 a J.C., Solón fue uno de los siete sabios de Grecia, el cual, una vez arribado al poder, hizo abolir las severas leyes de Dracón, reemplazándolas por otras muchísimo más benignas, que llevan su nombre. Pero vayamos al principio. Atenas tenía una Constitución, si bien no escrita, la Constitución de los Atenienses 23 . Ella era la razón que ordenaba las acciones del hombre en sociedad, su carencia era impensable. Tal fue el motivo, por ejemplo, de que cuando Pericles decidió, a mediados del siglo V a J.C., fundar

la ciudad de Turios en la Magna Grecia, su primer acto en tal sentido fue encargar

a Protágoras que redactase la Constitución de la nueva urbe. La Constitución de los Atenienses, al menos la versión que nos ha llegado a través de transcripciones hechas en antiguos papiros, recopilados y publicados por primera vez en 1891, habría sido perfeccionada y completada posiblemente entre el año 332 y el 322 a J.C. Se ha discutido si integró el corpus de las obras aristotélicas, aunque ello no es seguro, si bien conocemos que la nómina de las obras de Aristóteles incluía, desde muy antiguo, una colección de 158 constituciones. Pero aún desde antes de esta última Constitución, Atenas tenía ya un orden jurídico. Ahora bien y esto es válido en cualquier situación, cuando dicho

orden jurídico (el de Atenas o para el caso, cualquier otro), entra en crisis, es evidente que se imponen cambios. Tal lo que sucedió cuando Solón resultó designado arconte de Atenas, en el año 594 a J.C., porque para ese entonces los oligarcas, es decir los ciudadanos más ricos y custodios de la ley, tenían a los agricultores prácticamente como esclavos. La tierra estaba concentrada en muy pocas manos, los pobres contraían deudas que no podían pagar, y eran reducidos

a la esclavitud, al igual que sus hijos.

23 Cfr. en la Bibliografía, La Constitución de los Atenienses, de Olsen A. Ghirardi.

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Esto admite una lectura algo menos superficial que la simple mirada sobre un hecho histórico. Porque si las deudas eran hipotecarias, la falta de pago de las mismas implicaba que los ocupantes de la tierra, colonos o agricultores, perdían no sólo la libertad, sino el dominio de sus fundos. Lo que permitía que ellos se concentrasen en cada vez menos manos. Por eso, una de las primeras medidas de gobierno de Solón tiene

directamente que ver con esta situación, y además con la tierra, ya que anuló definitivamente todas las deudas que abrumaban a los dueños de las modestas propiedades agrícolas, e hizo liberar a quienes habían caído en esclavitud por ser deudores. Repatrió, inclusive, a los que con antelación fueran vendidos en el extranjero, y lo hizo con fondos del Estado. Adoptó recaudos contra el lujo, reglamentó los signos externos de riqueza, y acabó con la fastuosidad en los funerales, se ocupó de las pesas, las medidas, y la moneda, para unificarlas y facilitar el comercio con otras ciudades, como Corinto, Eubea y Egina. Ahora bien, todas estas disposiciones administrativas le granjearon el odio de los más pudientes, sin atraerle necesariamente la benevolencia de los menesterosos, los que no veían que su situación y su miseria hubiesen mejorado demasiado con el gobierno de Solón. Por ello cae finalmente en desgracia, y debe marchar al exilio. Fue sucedido por el tirano Pisístrato, junto a sus hijos Hiparco e Hipias. A

éstos les sobrevino Clístenes, más tarde Pericles

En fin, se trata de la historia

de Grecia, y no es cuestión que nos aparemos del tema. Sí corresponderia, no obstante, formular una reflexión: Tiberio y Cayo Graco debieron conocer estas experiencias, no en vano escucharon las enseñanzas de Plutarco y del filósofo Blosio de Cumas. Debieron saber que los poderosos no se dejan arrebatar, sin pelear, sus privilegios. ¿Creyeron que iban a triunfar, donde los otros fracasaron? El interrogante queda abierto. Lo cierto es que, el camino por ellos emprendido, ya había sido transitado, era conocido. Y distaba de ser placentero, muy por el contrario, estaba lleno de cadáveres y sangre.

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8. LEYES AGRARIAS POSTERIORES En los tiempos inmediatamente posteriores a los Gracos se desató una fiebre de leyes agrarias, algunas insertas en el mismo camino reformador de aquéllos, y otras abiertamente reaccionarias. Así una ley, atribuida al tribuno Spureo Borius, la ley Boria del 118 a J.C., prohibió en adelante las adquisiciones de tierras públicas, al par que transformaba las posesiones existentes en propiedades privadas, mediante el pago de una renta cuyo producido debía repartirse entre el pueblo. Poco tiempo después, una ley Thoria del año 110 ó 107 a J.C., debida al tribuno Spureo Thorius, legitimó las usurpaciones del ager publicus cometidas por los optimates en violación de la lex Sempronia, impidiendo la división y repartición de campos que había ordenado ésta, y abrogando la obligación del pago de vectigal sobre las tierras situadas en Italia, que había establecido la ley Boria. Concedió la propiedad de las tierras a quienes las ocupasen, mientras la ocupación no excediese del máximo legal y no se tratase de fundos reservados expresamente al Estado Romano. Autorizó igualmente nuevas ocupaciones de tierras, en fracciones de treinta yugadas cada parcela, y el uso de los pastos públicos para apacentar diez cabezas de ganado mayor o cincuenta del menor, por cada ciudadano. La jurisdicción sobre cualesquier litigio originado en la aplicación de la ley quedó reservada a censores, cónsules, pretores y propretores. En el año 103 a J.C., se produce un intento frustrado de ley agraria, ya que su autor, Marcio Filipo la deja fracasar para congraciarse con la nobleza. Y posteriormente, ya en el 100 a J.C. encontramos la ley Appuleia, plebiscito debido a Lucio Apuleyo Saturnino (desempeñó varias veces el tribunado de la plebe, en tiempos de los consulados de Cayo Mario, la última en el 100 a J.C.), que causó una gran agitación social. Tanta, que le costó la vida a su autor, lapidado por los patricios. El plebiscito que nos ocupa, creaba colonias en Sicilia, África y Macedonia, y repartía tierras en Galia Cisalpina, todo en beneficio de los

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veteranos de Mario. Completaba así la obra populista que tuvo su capítulo ante- rior en el 103 a J.C. cuando el mismo Saturnino había hecho dictar una ley frumentaria, rebajando el precio del trigo. Hubo, en el 91 a J.C. otra ley agraria, la Livia, que se habría debido a Marco Livio Druso, quien pretendió repartir todas las tierras del dominio público que quedaban en Italia. Recordemos que este Druso era hijo del antiguo colega y adversario de Cayo Graco, y que a su autoría se debe el proyecto de ley concediendo la ciudadanía a los italianos (socii) que ocasionó su muerte y la guerra social del 89 a J.C. No tuvo éxito Livio Druso con esta iniciativa, ya que su ley fue anulada a instancias del Senado, por haber sido votada en violación a los auspicios que habían resultado desfavorables. Hubo en fin otra ley, la Plautia, que habría sido sancionada en el 88 a J.C., y quizás sea la misma Plautia Papiria que puso fin a la guerra social, que se dice tenía disposiciones agrarias, aunque el texto de las mismas nos es desconocido. Y en el mismo año, S. Tito intentó reproducir la lex Appuleia, aunque infructuosamente. Las últimas leyes agrarias de la época republicana se sancionan durante la guerra civil. Así el dictador perpetuo Lucio Cornelio Sila hizo votar, en una fecha que se sitúa alrededor del 80 a J.C. una ley Cornelia, que repartía entre los veteranos de las legiones no ya las tierras públicas, sino las que habían sido confiscadas a los proscriptos. En el 73 a J.C. se propuso y aprobó una ley Terentia Casia, dictada para poner en vigor la ley agraria de Tiberio Sempronio Graco. Publio Servilio Rullo intentó hacer aprobar, en el 63 a J.C., durante el consulado de Cicerón, su ley Servilia, con la que pretendía que el Estado vendiese las tierras que le pertenecían en virtud de sus conquistas y estaban situadas fuera de Italia, para con el producido comprar fundos dentro de Italia a fin que fueran repartidos entre los veteranos. Fracasó merced a la decidida oposición de Marco Tulio Cicerón, a la sazón en el pináculo de su fama. El mismo Cicerón, tres años más tarde, fue el impulsor de una ley Flavia, que reproducía en líneas generales la iniciativa de Servilio Rullo, que él

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había combatido tan encarnizadamente. Claro que la cosa tiene su explicación, en este momento se trataba de favorecer a los veteranos de Pompeyo. Llega después otro dictador perpetuo, Cayo Julio César, quien en su primer consulado (58 a J.C.) hace dictar una ley agraria, pese a la tenaz oposición de Cicerón. La lex Iulia Campana, que concedía tierras en Capua y Stellata (Ager Canpanus y Campus Stellatis) por veinte años, a los ciudadanos con más de tres hijos, reproduciendo en lo principal algunas de las disposiciones de la ley Flavia, ya que ordenaba comprar a expensas del Tesoro público vastas extensiones de campo para repartirlas entre los populares. Y otra del 46 a J.C. que permitió a los deudores entregar sus tierras en pago, tasadas al mismo valor que tenían antes de la guerra civil. Finalmente, en el 44 a J. el triunviro Marco Antonio hace dictar su ley Antonia, que fue abolida al año siguiente. La misma es considerada la última ley agraria, no porque no se hayan aprobado otras con posterioridad; recordemos la ley Cocceia, del emperador Nerva en el 97 ó 98 d J.C., por la que se distribuían tierras entre los ciudadanos pobres; pero porque las que se sancionaron desde entonces y a partir del Imperio, ya carecen de finalidad y sentido político.

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III. LA ENFITEUSIS ROMANA

1. LA INSTITUCIÓN. ANTECEDENTES GRECO-ROMANOS La enfiteusis, como derecho real distinto del dominio y de los demás derechos reales se configuró de manera definitiva en el Bajo Imperio, luego de una larguísima evolución a partir de los derechos griego y romano 24 . Nos proponemos, ante todo, mencionar esos antecedentes. Diversas inscripciones demuestran que ya en el s. V a.C. los griegos habrían comenzado a utilizarla como instrumento jurídico para el cultivo de la tierra. En efecto, según resulta de aquellas inscripciones, ciertas personas

jurídicas -como las comunidades, ciudades, templos o hermandades 25 - solían dar

en locación a perpetuidad campos de su propiedad, a los fines de que fueran

cultivados por el arrendatario y sus herederos. Generalmente se trataba de tierras incultas 26 , cuya obligación de cultivarlas, según las reglas de la agricultura se imponía al arrendatario y, en algunos casos, además la de efectuar edificaciones

e introducir mejoras en el fundo, previéndose multas para el caso de

incumplimiento de las obligaciones contractuales 27 . De especial importancia para la materia que nos ocupa es la Tabla de Heraclea, que fuera encontrada por un agricultor en la Basilicata en 1732. Contiene de un lado en lengua latina, la llamada lex Iulia municipalis 28 y del otro,

24 Una evolución similar tuvo la superficie, cuya configuración definitiva se operó en el derecho posclásico. Véase FERNÁNDEZ BAQUERO, Eva. De superficiebus. En torno al derecho de superficie. [Ver cita completa en Bibliografía] p. 111 y ss.

25 El mismo principio confirman los papiros para el derecho griego-egipcio y sólo en un documento, por otra parte susceptible de algunas dudas, se refiere el caso de un contrato enfitéutico celebrado por un particular (MODICA, Marco. Introduzione allo studio della papirologia giuridica [Ver cita completa en Bibliografía], p. 273 y n. 1085).

26 27 MODICA, Marco: Introduzione allo studio della papirologia giuridica [Ver cita completa en Bibliografía], p. 276.

28 RICCOBONO, Salvatore: Fontes iuris romani antejustiniani [Ver cita completa en Bibliografía], p. 140; GIRARD, Paul Frédéric: Textes de droit romain [Ver cita completa en Bibliografía], p. 80.

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dos contratos en dialecto dórico que se pueden datar en el siglo III a.C. o aún antes 29 .

Uno de esos contratos da cuenta de la locación por parte de la ciudad de Heraclea de terrenos sin cultivar consagrados a Dionisio, a cambio del pago de una cierta cantidad de cebada en el mes de septiembre de cada año, sin perjuicio de la obligación de realizar ciertos cultivos (vid y olivo) y efectuar construcciones en tiempo determinado. El contrato no se extinguía por la muerte del locatario, sino que pasaba a sus herederos testamentarios, pues se preveía la devolución del predio al concedente si el concesionario fallecía sin ellos. El otro contrato, celebrado también por la ciudad de Heraclea, se refería a tierras consagradas a Athenae Polias o Minerva, las que, a diferencia de las de Dionisio, se encontraban cultivadas. En este caso, el arriendo no era vitalicio, sino que se contrataba por cinco años y la superficie del fundo era de menor extensión que en el caso de los terrenos cultivados. Se ha señalado que los terrenos en cuestión eran de propiedad de la polis, quien los ponía al servicio de dichas divinidades para satisfacer las necesidades del culto. En ambos casos el contrato es denominado ‘locación’, sin que apareciera la palabra enfiteusis, aunque sí ca ‘plantar’ 30 . De fecha posterior es la inscripción de Thisbe 31 que contendría un edicto del procónsul Marco Ulpio, probablemente de la época de Trajano, y una epístola del procónsul Germinio Modesto, tal vez del siglo III d.C. En el edicto se preveía que quien quisiese cultivar el suelo público debía pedirlo a los magistrados competentes, indicando el fundo que pretendía y el tributo por yugada que ofrecía pagar. Obtenida la concesión, el concesionario estaba exento del pago del tributo por cinco años y debía cultivar el fundo, pues si no lo hacía durante un quinquenio, el fundo volvía a poder del concedente. Transcurrido el mismo plazo y siempre que se cumpliera la obligación de cultivar, la concesión se hacía perpetua, pudiendo trasmitirse mortis causa a los sucesores testamentarios. El

29 Véase FUENTESECA DEGENEFFE, Margarita: Primera etapa histórica del ‘ius emphyteuticum’ [Ver cita completa en Bibliografía], p. 376 y n. 4.

30 BOTTIGLIERI Anna: La nozione romana di enfiteusi [Ver cita completa en Bibliografía], p. 3.

31 Ubicada en Beocia, hoy lleva el nombre de Kakosi. BOTTIGLIERI Anna: La nozione romana di enfiteusi [Ver cita completa en Bibliografía], p. 15 y ss.

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concesionario podía prendar su derecho e, incluso, vender el fundo a un ciudadano. De la misma manera que lo señalado antes, si el concesionario

fallecía sin testar, el derecho se extinguía, volviendo el fundo al concedente 32 . Otro antecedentes está dado por los contratos de Milasa y Olymos, datados en el s. II a.C. Según ellos, una comunidad compraba a favor de ciertas divinidades inmuebles cultivados, que permanecían en poder del vendedor, quien

a cambio del pago de una renta anual, se reservaba el derecho hereditario y

enajenable, de explotarlos 33 . El precio de la venta representaba, en realidad, el capital de la renta y el canon, que aparece como precio del alquiler, constituía,

también en realidad, los intereses de aquel capital. Estos negocios coinciden con

lo que, tiempo después, habría sugerido Plinio a Caninio Rufo para asegurar, aún

después de su muerte, el pago de la suma prometida al municipio: en lugar de los quinientos mil sestercios que había prometido devolver como contribución para la enseñanza de hijos de familias libres, se vende al municipio un inmueble de mayor valor, pero en el mismo acto es dado en locación al propio vendedor a cambio de treinta mil sestercios al año 34 . En el derecho griego puede decirse que la enfiteusis se constituía tanto sobre terrenos cultivados como incultos, en cuyo caso se imponía la obligación de cultivarlos. Generalmente, la superficie de éstos era mayor que la de aquellos, pero en ningún caso se trataba de grandes extensiones. La nota común estaba dada por la prohibición de hipotecar o transferir a personas ajenas a la comunidad política y en la transmisibilidad por vía hereditaria, con lo que parece perseguirse el asentamiento de las familias en los fundos, sin facilitar la formación de latifundios 35 . Otra finalidad de la institución habría sido asegurar el capital de las instituciones benéficas, mediante la compra de terrenos privados, que quedaban sujetos al pago de una renta a cargo del vendedor.

32 FUENTESECA DEGENEFFE, Margarita: Primera etapa histórica del ‘ius emphyteuticum’ [Ver cita

completa en Bibliografía], p. 378.

33 FUENTESECA DEGENEFFE, Margarita: Primera etapa histórica del ‘ius emphyteuticum’ [Ver cita completa en Bibliografía], p. 380

34 BOTTIGLIERI Anna: La nozione romana di enfiteusi [Ver cita completa en Bibliografía], p. 4 y 5.

35 FUENTESECA DEGENEFFE, Margarita: Primera etapa histórica del ‘ius emphyteuticum’ [Ver cita completa en Bibliografía], p. 382.

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Aunque no con el mismo ropaje ni con el nombre de los siglos V y VI d.C., la institución comienza a aparecer en los albores de Roma. Ese ropaje experimentará cambios durante todo ese tiempo (alrededor de 12 siglos), pero su finalidad será, en definitiva, siempre la misma: fomentar la producción agraria, que fue, en todo tiempo, la base de la economía romana. Los romanos, a diferencia de otros pueblos de la antigüedad, no fueron comerciantes sino especialmente campesinos y unos campesinos orgullosos de su condición de tales. Tanto fueron un pueblo de campesinos que una cantidad importante de las palabras latinas tiene su origen en la actividad agraria. Pues bien: con los primeros movimientos de expansión territorial derivada de las guerras con sus vecinos, Roma sumó al reducido suelo de la Urbs primitiva, el que hasta entonces ocupaban los vencidos 36 : este territorio será conocido como ager publicus 37 , esto es ‘campo del pueblo’, ‘campo de los romanos’, porque populus es el conjunto de los ciudadanos romanos, no de los simples habitantes de Roma. En el lenguaje republicano, ager es el terreno cultivado o cultivable y se aplica tanto a un lote de terreno singular, cuanto a toda una región; para la jurisprudencia clásica, es un terreno sin edificación (aedificio, villa 38 ) por contraposición a fundus, que es aquel que sí la tiene 39 . Ager se contrapone a urbs 40 , la ciudad, vocablo que los antiguos hacían derivar de orbis (lo circular) y de urbum (parte del arado con que se dirige la reja) 41 . De estas tierras del pueblo romano, los particulares no podían en principio hacerse dueños; no eran susceptibles de propiedad individual,

36 BRANCA, Giuseppe: Ager publicus en Novissimo Digesto Italiano, p. 412 y ss.

37 Los antiguos hacían derivar ager de ago, que significa ‘poner adelante’, ‘poner en movimiento’, que es justamente lo que se hace al arrear animales o roturar la tierra. También vieron el parentesco de ager con Publicus es el adjetivo que corresponde a populus, pero sin vinculación etimológica entre ambas palabras; se opone a privatus (privado), derivado de privo (poner aparte) que viene, a su vez, de privus (tomado separadamente, singular, particular, que pertenece en exclusividad).

38 D. 50.16.27 pr.: Ager est locus, qui sine villa est.

39 D. 50.16.211.

40 También a oppidum (plaza fuerte), usada inicialmente para señalar todo tipo de ciudad (D’ORS, Álvaro:

Epigrafía jurídica de la España romana [Ver cita completa en Bibliografía], p. 140). Véase: SAN ISIDORO

DE SEVILLA, Etimologías [Ver cita completa en Bibliografía], XV, 2, 5 y 6.

41 Urbs ab urbo appellata est; urbare est, aratro definire; et Varus ait, urbum appellari curvaturam aratri, quod in urbe condenda adhiberi solet (D. 50.16.239.6). Urbs vocata ab orbe, quod antiquae civitates in orbe fiebant; vel ab urbo parte aratri, quo muri designabantur, unde est illud. … (SAN ISIDORO DE SEVILLA, Etimologías [Ver cita completa en Bibliografía], XV, 2, 3).

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pertenecían de alguna manera a todos, como lo serían las luego llamadas cosas públicas (vías, caminos, etc.) y, por lo tanto, tampoco podían ser usucapidas. No puede decirse que fueran de propiedad estatal, porque tal concepto no existía todavía.

Con estos territorios conquistados a los vecinos, que en la época republicana se llamarán agri occupatorii (‘campos ocupados’) se procedió de distintas maneras. En unos casos y al comienzo, sea en virtud de un permiso especial y expreso o de la mera tolerancia, según lo sostienen unos y otros autores, se procedía a la ocupación de la tierra conquistada por particulares, por los integrantes mismos del ejército, quienes se convertían en possessores 42 . No había, en estos casos, asignación de lotes sino que cada uno ocupaba cuanto podía, limitado por la ocupación similar de los demás 43 . Esta possessio, que será el antecedente de la posterior de derecho privado, no puede identificarse con el dominium aunque tuviera algunas características propias de éste pues se trataba de un señorío pleno y exclusivo, exento de tributos: estos possessores no debían ninguna prestación por el uso de la tierra pública, pero su situación era esencialmente revocable -aunque, en la práctica, tendiera a ser definitiva- y estaba ligada a la efectiva ocupación de la tierra. Como la possessio derivaba directamente de la ocupación del territorio del pueblo vencido por los integrantes del ejército vencedor, beneficiaba a quienes formaban parte de él y, entre ellos, ciertamente, a los más poderosos, esto es a los patricios, quienes los explotaban directamente o mediante el otorgamiento de lotes a sus clientes, mediante el precarium 44 . De hecho, la plebe quedaba prácticamente excluida del acceso a estas tierras públicas. En la época republicana esta ocupación de la tierra pública y sus consecuencias económicas (enriquecimiento de unos y empobrecimiento de otros), unida a cuestiones políticas, dio lugar a grandes controversias y conflictos,

42 La palabra possessio resulta de la unión de pot (que indica ‘poder’, ‘facultad o capacidad de’) con sedeo

(‘establecerse’, ‘instalarse’); luego possessor es quien tiene el poder de establecerse en un lugar.

43 Esta circunstancia dará origen a los interdictos posesorios.

44 ZANCAN, Leandro: Ager publicus. Ricerche di storiae di diritto romano [Ver cita completa en Bibliografía], p. 14 y ss.

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desde casi inmediatamente después de abandonada la monarquía. Baste recordar las secesiones de la plebe de 493 y 449 a.C. Son conocidas las distintas leyes que se propusieron tendientes a resolver los problemas derivados de la inequitativa distribución de la tierra pública: así, por ejemplo, la lex agraria de Espurio Casio Vecellino, que disponía la distribución por mitades de las tierras conquistadas entre los latinos y la plebe; y las conocidas como Liciniae y Sestiae, propuestas por C. Licinio Stolo y L. Sestio Laterano, entre 376 y 367 a.C., que, entre otras disposiciones, reducían a quinientas yugadas lo que los ciudadanos podían poseer del ager publicus, para, de esta manera, disponer de tierra asignable a la plebe; o, incluso, las propuestas por los hermanos Tiberio y Cayo Graco, a ninguna de las cuales haremos referencia por exceder el objeto específico de esta exposición 45 . En otros casos, la tierra pública fue objeto de fraccionamiento y posterior adjudicación a particulares, convirtiéndolos así en agri privati. Se trataba, en tales casos, de tierras susceptibles de dominio privado y sujetas a las mismas reglas. Una vez organizado el estado romano-latino en el centro de la península, se incrementa la fundación de colonias 46 , que se hace también a partir de las tierras conquistadas a los enemigos, esto es el ager publicus, sea por razones militares o sociales y demográficas, pero que procuran en todo caso la romanización de Italia. Aquí era necesario siempre un acto fundacional, que correspondía al Senado. La asignación de tierras a los colonos, como se ha dicho, se hacía sobre el ager publicus, pero se trata de asignación en plena propiedad de lotes objeto de la limitatio, la que se cumplía según el antiquísimo rito etrusco. Este suelo, parte así de una nueva ciudad, dejaba de ser publicus para convertirse en privatus y sujeto al dominium ex iure Quiritium. Una parte del ager publicus solía ser reservada al pastaje a favor de quienes hubiesen sido atribuidas las tierras vecinas (el llamado ager

45 En este tópico remitimos a FILIPPI, María Cristina. Un análisis crítico de la reforma agraria de los hermanos Tiberio Sempronio y Cayo Sempronio Graco. [Ver cita completa en Bibliografía], quien se ha ocupado minuciosamente del asunto.

46 Colonus = qui terram colit (colo significa ‘cultivar’).

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compascuus 47 ) o desde el s. IV a.C. en adelante, a cambio de un canon llamado scriptura (ager scripturarius) que cobraban los publicanos. Si la concesión era a favor de la comunidad, solía ser gratuita. Por exigencias presupuestarias, otros campos eran ‘vendidos’ (no en propiedad, sino en posesión perpetua), con autorización de los comicios o del senado, generalmente por los cuestores 48 , como magistrados encargados del tesoro público (ager quaestorius), o dados en locación hasta por 100 años por los censores 49 (ager censorius). En ambos casos la tierra seguía siendo ager publicus y el adquirente debía un canon periódico (vectigal 50 ). Estas concesiones tienden luego a desaparecer. En condiciones similares se encontraron también los terrenos concedidos en virtud de decisiones del Senado y antes de los Gracos, a los habitantes de las aldeas o pueblos situados a la vera de los caminos públicos (agri viassis vicanis ex senato consulto dati), y los atribuidos, dentro de 50 millas de Roma, a acreedores del Estado (agri in trientabulis fruendi dati). En efecto, durante la segunda guerra púnica, el Estado romano había contraído con los particulares un empréstito reembolsable en tres cuotas. Al vencer la tercera y no encontrarse en condiciones de afrontar el pago, el Senado dispuso conceder a los acreedores fracciones del ager publicus de valor equivalente al monto de sus créditos. La tierra permanecía siendo pública, pero quedaba sujeta al pago de un as por yugada y los poseedores tenían el derecho de devolver el fundo y ser reembolsados de sus créditos cuando el Tesoro estuviera en condiciones de pagar 51 .

Desde las guerras púnicas, Roma había conquistado tierras fuera de la península (Sicilia, Córcega, Cerdeña, etc.). Con estas tierras se procedió de distinta manera. Los dominios personales de los reyes derrotados y los de pueblos no organizados como ciudad-estado, se convierieron en ager publicus y

47 El verbo latino compasco (de cum, ‘con’, + pasco, ‘hacer pastar’), significa ‘hacer pastar en común’.

48 Quaestor viene de quaero que significa ‘buscar’, ‘procurarse’, ‘ganar’, ‘obtener’.

49 Censor viene de censeo que significa ‘tasar’, ‘estimar’, ‘pesar’, ‘valuar’, ‘enumerar’, ‘empadronar’.

50 Vectigal, -is, como vectigalis, -e, indican la utilidad que se obtiene de un objeto. Se utilizó primero para señalar las rentas cobradas por el uso de la tierra pública, y luego por extensión, para indicar todo impuesto o

tasa regularmente recaudada, por oposición a tributum. No hay noticias ciertas sobre el origen del vocablo.

51 Tito Livio, 31.13.9. Trientabulum significa, justamente, ‘el equivalente a un tercio en tierra’.

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se los ‘vendió’ o ‘alquiló’ según lo antes dicho, aunque conservando su condición de ager publicus. Otras zonas se hicieron ager privatus vectigalisque: fueron asignadas a

perpetuidad a los particulares o restituidas a los viejos titulares, a cambio del pago

a los publicanos de una cuota parte de los productos. Estas concesiones tienden

a desaparecer con el Imperio.

Los terrenos de las civitates liberae quedaban en poder de los antiguos propietarios, pero cada una de estas ciudades debía pagar a Roma, a título de victoriae premium o poena belli un tributo periódico global, el stipendium (de aquí ciudades stipendiariae), tributo del cual ella se resarcía de los titulares de los fundos singulares. No se trataba de propiedad según el derecho romano; sí según el derecho patrio de cada una. Los jurisconsultos hablan de habere possidere uti frui. En el siglo II -o en el I con Augusto- aparece el concepto de que no pudiendo haber tierras sin dueño y no poderse concebir que el dueño fuese gravado con impuestos, no cabía sino concluir que el dueño fuese el populus romanus y el suelo provincial se considera ager publicus, aunque en sentido amplio (debe tenerse en cuenta, sin embargo, que los clásicos hablan más bien de solum provinciale que de agro). Más tarde este concepto fue claramente

elaborado por los jurisconsultos, para los cuales in solo provinciale

dominium

populi Romani est vel Caesaris 52 , sea que paguen un stipendium (al populus) o un tributum (al Princeps).

En el Imperio estas concesiones del Estado se hicieron menos frecuentes

y fueron las ciudades, las colonias y, asimismo, los colegios sacerdotales o de

vestales quienes concedieron a los particulares terrenos hasta por 100 años o a perpetuidad, a cambio de un canon (vectigal), cuya falta de pago autorizaba la revocación de la concesión. No se sabe con exactitud cuándo comenzó esta práctica, ni cuál fue su relación con la preexistente concesión vectigalista de tierras estatales. Lo cierto es que tanto Gayo como Paulo se refieren a ella. Así, el primero menciona en su Instituta la locación perpetua de los predios municipales,

52 Gayo, 2.7

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mientras se pague la renta 53 y el segundo, en pasaje no sospechoso de interpolación al menos en este aspecto, lo explica con absoluta claridad:

Los campos de las ciudades 54 unos se llaman ‘vectigales’ y otros no. Se llaman vectigales los que se arriendan a perpetuidad, esto es con esta condición:

de que mientras por ellos se pague la pensión no sea lícito quitárselos ni a los mismos que los hubieren tomado en arrendamiento, ni a los que sucedieron en lugar de éstos. No son ‘vectigales’ los que para ser cultivados se dan de la misma manera que solemos dar privadamente nuestros campos para que se cultiven 55 . Como un elemento útil para precisar este momento, se ha echado mano a la lex coloniae Genetivae Iuliae sive Ursonensis, estatuto municipal de la actual Osuna (España) del 44 a.C. 56 , cuyo § LXXXII prohibía vender o arrendar por un lapso mayor al quinquenio, los agri y silvae pertenecientes a la colonia. La norma, seguramente, no constituía una reiteración de un principio general del derecho municipal porque, en tal caso, no hubiera sido necesaria. Es razonable pensar, por lo tanto, que ya entonces se encontraba vigente la costumbre de conceder estas tierras a perpetuidad, lo que la ley habría tratado de evitar 57 . Se discutió entre los jurisconsultos si se trataba de una venta o de una locación, según lo refiere Gayo en el antes citado pasaje de su Instituta, quien dice también que prevaleció la opinión de los que se inclinaban por el arrendamiento. Esta discusión no se suscitó por una cuestión teórica, sino práctica: lo relativo al riesgo de la cosa cambiaba según se tratara de uno u otro negocio. En efecto, como es sabido, en materia de compraventa, regía el principio res perit emptori 58 , por lo que si había venta, la pérdida fortuita de la cosa debía ser soportada por el comprador, esto es por quien había recibido la tierra para su explotación a cambio del pago del canon; en cambio, si se trataba de una

53 3.145.

54 El primer Iginio menciona, además de terrenos de las ciudades, los del pueblo romano, los de las colonias, los de los municipios, los de las Vestales y los de algunos colegios sacerdotales (Véase BRUGI, Biagio. Le dottrine giuridiche degli agrimensori romani comparate a quelle del Digesto [Ver cita completa en Bibliografía], p. 173). En D. 30.71.5 y 39.2.15.27 se alude a agri vectigales municipum.

55 D. 6.3.1 pr.

56 GIRARD, Paul Frédéric: Textes de droit romain [Ver cita completa en Bibliografía], p. 89 y ss.

57 FUENTESECA DEGENEFFE, Margarita: Primera etapa histórica del ‘ius emphyteuticum’ [Ver cita completa en Bibliografía], p. 384 y s.

58 D. 18.6.7 pr.; D. 18.6.8 pr.; D.18.6.12; D. 18.5.5.2; D. 47.2.14 pr.; D. 46.3.39.

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locación, la destrucción o pérdida total de la cosa determinaba la extinción del contrato, con lo cual cesaban las obligaciones de las partes 59 . El concesionario adquiría un amplio derecho de goce llamado ius in agro vectigali, que no podía ser considerado dominium ex iure Quiritium porque obstaban para ello la obligatoriedad del pago del canon y la revocabilidad de la concesión por falta de pago 60 . Además, estos fundos no eran, ciertamente, susceptibles de usucapión 61 . Los titulares de este ius in agro vectigali adquirían los frutos por separación 62 ; eran poseedores 63 , podían dar su derecho en usufructo 64 o en hipoteca 65 e intentar las actiones aquae pluviae arcendae 66 , arborum furtim caesarum 67 , communi dividundo 68 , finium regundorum 69 y publiciana in rem 70 , el interdicto de obra nueva, pedir la cautio damni infecti, etc. Al menos en el caso de la concesión a perpetuidad, se les dio una actio contra todos los terceros e, incluso, contra el propio concedente, la actio in rem vectigalis: “A los que a perpetuidad tomaron en arriendo de los municipios un fundo para disfrutarlo, aunque no se hagan dueños, no obstante pareció bien que les competa la acción real contra cualquier poseedor y también contra los mismos municipios 71 . En el ya citado fragmento de su Instituta, Gayo señala la transmisibilidad del derecho al heredero, siempre que se pague la renta, mientras que en la

59 D. 19.2.19.6; D. 19.2.15.2, 5 y 6; D. 19.2.25.6

60 Gayo, 3.145. D. 6.3.1; D. 20.1.31

61 D. 41.3.9; D. 6.2.12.2.

62 D. 22.1.25.1.

63 D. 2.8.15.1.

64 D. 7.4.1 pr.

65 D. 13.7.16.2; D. 20.1.31.

66 D. 39.3.23.1.

67 D. 47.7.5.2.

68 D. 10.2.9 y 10.

69 D. 10.1.4.9.

70 D. 6.2.12.2.

71 D. 6.3.1.1. Aunque se haya difundido la idea del origen posclásico de esta acción, ARANGIO-RUIZ, aunque no con absoluta seguridad, sostiene su oportuna inclusión en el edicto (§70), después de la reivindicatio, y bajo la rúbrica “Si ager vectigalis petatur” (Instituciones de derecho romano [Ver cita completa en Bibliografía], p. 282 y nota 2).

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compilación justinianea se admite su transferencia a extraños mediante legado 72 y mediante actos inter vivos 73 . Ahora bien, como es sabido, el territorio de las provincias pertenecía íntegramente al estado romano (provincias senatoriales) o al príncipe (provincias imperiales). La tierra apta para la agricultura de las primeras, especialmente en Egipto, era arrendada a particulares llamados aldeanos del Estado (o cultivadores públicos) 74 por un término que no solía exceder de cinco años, a cambio de un tributo consistente en un porcentaje de la cosecha. La crisis económica que afectó al Imperio desde fines del s. II d.C. hizo que el tributo no se calculase ya sobre la producción efectivamente obtenida, sino sobre el rédito hipotético, calculado, para colmo, con gran largueza. Esto provocó, naturalmente, la resistencia de los arrendatarios y, como contrapartida, medidas coercitivas, como la obligación de cultivar el fundo y de no abandonarlo por malas que fueran las condiciones. Ya desde la época de Constantino habían comenzado a surgir ricas familias de terratenientes que fueron tomando en arrendamiento extensas zonas, a largo plazo o a perpetuidad 75 , quienes las explotaron mediante el subarrendamiento a aquellos primitivos aldeanos. En el curso del s. IV d.C. el patrimonio de los emperadores se vio incrementado por la confiscación de bienes de las ciudades y de los templos, los que fueron alquilados a perpetuidad, calificándose el derecho como ius perpetuum y como perpetuarius a su titular. Surgieron así dos tipos de concesión: por un lado, el llamado ius perpetuum, relativo a los fundos que pertenecían al fisco como tal (fundi rei privatae) y el ius emphyteuticarium, que recaía sobre los bienes que integraban el patrimonio particular de la dinastía reinante (fundi patrimoniales). En ambos casos, el concesionario debía pagar un canon, pero mientras mientras el ius perpetuum era irrevocable y el canon invariable, el ius emphyteuticarium estaba sujeto a periódica renovación y, por tanto, al ajuste del

72 D. 30.71.5 y 6.

73 I. 3.24.3.

74

75 En una constitución del 364 d.C., se señala como destinatarios de estas concesiones a personas de condición senatorial y a otros, que no se aclara quiénes son (C.Th. 5.15.15). Como seguramente se trataba de un beneficio, es razonable suponer que sería dispuesto a favor de personas de gran fortuna (BOTTIGLIERI Anna: La nozione romana di enfiteusi [Ver cita completa en Bibliografía], p. 55).

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precio. Aunque de hecho, generalmente se renovaba la concesión a favor de la misma persona, era posible, sin embargo, que en cada caso se reviera el monto del canon. Asimismo, esto determinaba una injerencia del concedente en los resultados de la explotación, que no se daba en el caso del ius perpetuum. En cuanto a la palabra emphyteuticum, cabe apuntar que aparece por primera vez en un acto legislativo en una constitución de Diocleciano y Maximiano de 293 d.C. 76 , mientras que en un pasaje de Ulpiano, cuya actividad se desarrolló antes (comienzos del siglo III d.C., como es sabido), se utiliza la palabra griega éntico significado 77 . Obviamente se trata de una voz derivada Según lo señalado en una constitución 78 del 364 d.C., dirigida por Valentiniano y Valente a Mamertino, Prefecto del Pretorio, hacia esa época se habría introducido el procedimiento licitatorio para la selección de los concesionarios de los predios enfiteuticarios, seguramente con la finalidad de procurar mejores cánones. La necesidad de fomentar el cultivo de la tierra hará que, el mismo Valentiniano, con Teodosio y Arcadio, consideren obtenido el derecho por quien hubiese cultivado y vuelto fértil y apto un fundo patrimonial, habiendo pagado el canon 79 . Seguramente, por las mismas razones, Teodosio y Honorio obligaron a quienquiera que poseyera estos fundos, a pagar el canon correspondiente 80 , con lo que quedaría a su respecto constituido el ius emphyteuticum. Es interesante apuntar que en la constitución de C.Th. 5.14.30, se conceden dos años de exención al pago del canon para quien hubiese tomado tierras en parte cultivadas y en parte no, plazo que se extiende a tres años cuando se tratase de campos carentes de todo cultivo, lo que pone de manifiesto la señalada intención de los emperadores de fomentar la actividad agrícola y, por consiguiente, de incrementar sus rentas.

76 C. 5.71.13.

77 D. 27.9.3.4 cuya autenticidad en este punto es controvertida. Véase BOTTIGLIERI Anna. La nozione romana di enfiteusi [Ver cita completa en Bibliografía], p. 90.

78 C.Th. 5.15.15.

79 C.Th. 5.14.30.

80 C.Th. 11.5.2.

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Con el nombre de ius emphyteuticarium, ambas instituciones se funden en una sola en el siglo V: del ius perpetuum resulta la perpetuidad del arrendamiento y, consiguientemente la invariabilidad del canon; del ius emphyteuticarium, la vigilancia administrativa sobre el cultivo y sus resultados. Además, aquellos grandes concesionarios mencionados antes, llegaron a hacerse reconocer como titulares de vastos señoríos territoriales y, a su vez, de manera parcelada concedieron fundos a terceros mediante la constitución de este ius emphyteuticarium. La discusión de los jurisconsultos clásicos acerca de la naturaleza jurídica del ius in agro vectigali que refiriera Gayo, se renovó entonces y fue zanjada, por el emperador Zenón, quien reinó en Oriente entre 474 y 491, en la famosa constitución que aparece en C. 4.66.1 y a la que se alude en I. 3.24[25].3. En ella, el emperador dispuso que el derecho enfitéutico, nombre con el que generalmente era conocido entonces el negocio, no era ni locación, ni compraventa, sino una institución distinta, con concepto y definición propios. Además dispuso que, en principio, en lo atinente a los riesgos, había que estar a lo que las partes hubiesen pactado en cada caso. En su defecto, esto es a falta de convención sobre el punto, la pérdida total del fundo no debía correr por cuenta del enfiteuta, sino de su dueño, mientras que el perjuicio parcial o leve debía ser soportado por el enfiteuta. Aunque exceden en realidad los límites de este trabajo, parece conveniente una somera referencia a dos instituciones propias también del Bajo Imperio que, de alguna manera, se relacionan con la explotación enfitéutica y que aparecen como una consecuencia de la situación socioeconómica de la época: los llamados agri deserti y el colonato. Es ésta una época en que se observa un decaimiento de la actividad económica, especialmente en la parte occidental del imperio con una especial intención del emperador de incidir en ella, regulándola. Un conocido ejemplo de ella está dada por el Edictum de pretiis rerum venalium con el que Diocleciano

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creyó poder fijar los precios máximos de bienes y servicios 81 . La economía seguía teniendo su base en la actividad agraria, pero ésta se vió afectada, por diversas causas, entre ellas la disminución de la mano de obra esclava. Al mismo tiempo, los gastos del Estado se habían incrementado y era necesario, no sólo asegurar

la producción, sino también el cobro de los impuestos. Los terrenos públicos o privados que los concesionarios o propietarios

habían abandonado o simplemente no cultivaban, en el Bajo Imperio se llamaron agri deserti 82 . Esta terminología, ignota al Digesto y a las fuentes clásicas (donde

a lo sumo se habla de agri o fundi neglecti, inculti) se asoma en las constituciones

de Diocleciano 83 y se vuelve frecuente después de la segunda mitad del siglo IV d.C. 84 , esto es cuando el abandono de campos se hizo más notorio debido a los gravámenes fiscales, razzias y prepotencia de los enemigos, soldados y poderosos. Los emperadores se preocuparon del asunto, no sólo por motivos fiscales (cobro de impuestos) sino también por razones de política económica: el incremento de producción agrícola en épocas de crisis. Ya desde antes, era reconocido a cualquiera el derecho de cultivar y percibir los frutos de los campos abandonados por sus concesionarios. Así, la lex Manciana habría acordado a los colonos la facultad de ocupar los campos incultos a titulo perpetuo, a favor suyo y de sus herederos, siempre que los hicieran producir y que pagaran al arrendatario una renta consistente en un porcentaje de los frutos obtenidos 85 . Si esto no ocurría voluntariamente, los terrenos eran atribuidos coactivamente a las ciudades

o a los grandes concesionarios de tierras fértiles 86 . También encararon el asunto

81 Véase PUGLIESE, Giovanni. Istituzioni di diritto romano [Ver cita completa en Bibliografía], p. 718 y ss.; CERVENCA, Giuliano en Lineamenti di storia del diritto romano, dirigido por Talamanca [Ver cita completa en Bibliografía], p. 556 y ss.

82 Puede verse BRANCA, Giuseppe. Ager desertus en Novissimo Digesto Italiano, ps. 410/411 [Ver cita completa en Bibliografía]. Desertus es el participio pasado de desero (separarse de, abandonar, dejar),

derivado de sero (sembrar, cultivar). Véase C. 11.58 [59].5

83 C. 4.36.2; C. 7.32.4.

84 C. 11.47[48].3; C. 11.61[62].3.

85 Así resulta de la inscripción de Henchir Mettich del año 116-117 d.C., descubierta en 1896 en Tunicia, que contiene la lex colonis fundi Villae Magnae data ad exemplum legis Macianae. Véase: RICCOBONO, Salvatore. Fontes iuris romani antejustiniani, Pars Prima, p. 484 y ss.; GIRARD, Paul Frédéric. Textes de droit romain, p. 875 y ss. Ver citas completas en Bibliografía.

86 C. 11.58[59]; C. 11.61[62]5.

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estableciendo la obligación de los concesionarios o propietarios de fundos cultivados de hacerse cargo de los campos vecinos abandonados, reconociendo en el cultivador hasta un derecho pleno de goce, transmisible a los herederos (usus proprius, perpetuum ac privatum ius) 87 y, además, otorgando reducciones o temporarias exenciones del canon 88 . En cuanto al colonato, que aparece como una manifestación de la tendencia de la época de vincular las personas a la actividad 89 y asegurar el cobro de la capitatio 90 se relaciona también con la ya señalada disminución del número de esclavos y la necesidad de asegurar el cultivo de la tierra. En efecto, la explotación rural mediante mano de obra libre resultaba más económica que la servil, pero tenía el inconveniente que, a diferencia de ésta, era menos segura al tener el asalariado la facultad de cambiar de actividad, buscando mejores perspectivas. Esta circunstancia, unida a la dificultad que acarreaba la movilidad geográfica para el cobro de la capitatio, determinó la decisión de fijar esas personas a la tierra que cultivaban, llegando a ser calificados como “siervos de la tierra” 91 , condición que pasaba a sus hijos. A semejanza del arriendo enfitéutico, el colonato se inicia en los fundos del fisco, pero mucho más tempranamente se extiende su uso a los particulares. En ambos casos se está en presencia de vínculos perpetuos y de un canon inmutable, pero se diferencian en que el enfiteuta era generalmente un concesionario poderoso desde el punto de vista económico, mientras que el colono de ordinario disponía de muy escasos medios y mientras aquél podía vender su derecho sobre el fundo, éste era vendido junto al fundo. En ambos casos, sin perjuicio de otras motivaciones, es patente en la legislación la intención de asegurar e incrementar la actividad agraria.

87 C.Th. 5.15.14.

88 BRANCA, Giuseppe: Ager desertus en Novissimo Digesto Italiano, ps. 410/411.

89 Similar a lo ocurrido con los decuriones y los miembros de ciertos collegia de artesanos y comerciantes sobre los que pueden verse distintas constituciones contenidas en C.Th. 12.1; C. 10.32; C.Th. 13.5; C. 11.2.

90 Véase CAMERON, Averil. El mundo mediterráneo en la Antigüedad Tardía (395-600), p. 100 y s. [Ver cita completa en Bibliografía]; PALLASSE, Maurice. Orient et Occident à propos du dolonat romain au Bas-Empire, p. 15 y ss. [Ver cita completa en Bibliografía].

91 C. 11.51[52].1.

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2. RÉGIMEN JUSTINIANEO DE LA ENFITEUSIS En la compilación justinianea, la enfiteusis aparece estructurada como una institución destinada primordialmente al desenvolvimiento de la producción agrícola, según resulta de su propio nombre como ya se ha visto supra. Sin perjuicio de numerosas alusiones hechas en distintas partes del Corpus Iuris Civilis, de la enfiteusis se ocupan el Digesto en el título 3° del libro 6°, bajo la rúbrica “De si se reclamara un campo vectigal, esto es, enfiteuticario”; el Código en el título 66° del libro 4° bajo la rúbrica “Del derecho enfitéutico” y las Novelas 7, 55 y 120. Puede decirse que en el derecho justinianeo hay un régimen general de la enfiteusis y uno especial relativo a los bienes de la Iglesia Cristiana, por cuya razón resulta conveniente tratarlos separadamente. a) El sistema general:

El tratamiento de la enfiteusis en el Código de Justiniano se abre con la ya referida constitución de Zenón, que vale la pena transcribir:

“El derecho enfitéutico no se ha de agregar ni a los títulos de la conducción, ni a los de la enajenación, sino que está constituido que este tercer derecho, independiente de asociación o de semejanza con ambos mencionados contratos, tiene propios concepto y definición, y es un contrato justo y válido, en el que todo lo que entre ambas partes se hubiere convenido en los pactos celebrados mediante escritura, sobre todo, o aún sobre los casos fortuitos, se debe guardar de todos modos firme e inalterable con perpetua estabilidad; de tal suerte que, si a veces no se hubieren comprendido en la convención de los pactos las cosas que ocurren por casos fortuitos, si verdaderamente hubiere sobrevenido una calamidad tan grande que causa por completo la pérdida aún de la misma cosa que fue dada en enfiteusis, esto no se le impute al enfiteuticario, a quien ningún resto le quedó, sino al dueño de la cosa, que habría de haber soportado, aún no mediando ningún contrato, lo que por fatalidad sobrevenía. Mas si hubiere ocurrido un perjuicio parcial u otro leve, por el que no se lesione en

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absoluto la misma sustancia de la cosa, este no dudará ponerlo a su cargo el enfiteuticario” 92 . Como luego se verá, en esta constitución está contenido lo esencial del nuevo derecho, que el emperador se ocupa de precisar que no surge de una locación ni de una venta, sino de un negocio diferente, con concepto y definición propios, lo que, al decir de Bonfante, allanó el camino para considerar la enfiteusis como un derecho real distinto 93 . En el sistema justinianeo el negocio enfitéutico está presidido por la voluntad de las partes, plasmada en lo que hubieren pactado sobre cada uno de sus aspectos o tópicos. Tanto es así, que esa autonomía de la voluntad es mencionada en la constitución de Zenón e inmediatamente después reiterada por Justiniano, al comienzo de la suya del 529 y que aparece contenida en C. 4.66.2:

Respecto a los contratos enfitéuticos, mandamos que, si verdaderamente en los instrumentos enfitéuticos se hubieren consignado otros pactos, se observen los mismos también en todos los otros capítulos, … Mas si nada se hubiere pactado sobre este capítulo…” Una cuestión a dilucidar es el alcance que deba darse al reconocimiento legal de la voluntad de las partes en la regulación de la enfiteusis. Así, por ejemplo, no hay dudas que sería posible acordar sobre el importe, oportunidad y lugar de pago del canon. De la misma manera, sería factible pactar la índole y condiciones de los cultivos a realizar, la introducción de mejoras y su régimen, etc. No parece indispensable –ni necesaria- una cláusula contractual que impusiese al enfiteuta la obligación de cultivar el fundo, ya que ella está ínsita en la naturaleza del negocio: si así no fuera no se entiende qué utilidad podría derivarse del contrato para el enfiteuta. Esta voluntad de las partes llega incluso a poder regular lo relativo a los riesgos de la cosa, que solamente en defecto de previsión contractual la constitución reglamenta.

92 C.4.66.1. También mencionada en I. 3.24[25].3.

93 Corso di diritto romano. Vol. III. Diritti reali [Ver cita completa en Bibliografía], p. 162 e Istituzioni di diritto romano [Ver cita completa en Bibliografía], p. 351.

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Cabría preguntarse si sería válida una enfiteusis en que se hubiese pactado la no obligatoriedad del pago del canon o que no se pudiese exigir la devolución del predio por la omisión de pagarlo. La respuesta a la primera cuestión propuesta no parece fácil. ¿Podría haber enfiteusis sin canon? Por lo pronto, a estar a las palabras de la ley, parecería que sí, ya que dice que debe estarse a lo pactado tanto en lo relativo a la expulsión, cuanto en todos los otros capítulos (in aliis omnibus capitulis). Sin embargo, nos parece preferible la opinión contraria. Por lo pronto, si la enfiteusis nace como un derecho que autoriza a cultivar un fundo, siempre que se pague una renta, no parece razonable calificar de tal a aquella en que dicha obligación no existe, ya que la onerosidad resulta de la esencia del negocio 94 . Es posible interpretar que, no obstante la aparente amplitud de la frase, las aliae pactiones no se refieren absolutamente a todos los elementos del negocio, sino que deben excluirse los esenciales, los propios de la enfiteusis, y que en materia de pago de la renta podrán recaer incluso sobre la posibilidad de considerar extinguido el derecho por falta de pago del canon o sobre el plazo que debía transcurrir para que ello ocurriera, pero no sobre la existencia del canon 95 . Respecto del segundo interrogante, nos parece admisible el pacto en tal sentido, toda vez que no se afectaría la onerosidad del negocio, pues el dominus tendría siempre la posibilidad de accionar exigiendo su pago. Además, el propio texto de la constitución dice que debe estarse a lo pactado incluso en lo relativo a la devolución del fundo: “…si quidem aliae pactiones in enphyteuticis instrumentis fuerint conscriptae, easdem et in aliis ómnibus capitulis observari et de reiectione eius, …96 . Es interesante señalar que, la oralidad típica de los negocios jurídicos romanos aparece ya descartada pues la constitución supone la formalidad escrita del contrato enfitéutico, al menos con relación a los pactos pertinentes:

94 Véase VOLTERRA, Eduardo: Instituciones de derecho privado romano, p. 436 [Ver cita completa en Bibliografía].

95 Véase BOTTIGLIERI, Ana: La nozione romana de enfiteusi, p. 105, 107 y n. 16 [Ver cita completa en Bibliografía].

96 Véase CUQ, Édouard: Manuel des institutions juridiques des romains, p. 360 [Ver cita completa en Bibliografía].

79

pactionibus scriptura interviniente habitis placuerint”. Seguramente, esto era lo que de ordinario ocurría en la parte oriental del imperio, donde la forma escrita era preferida. Siguiendo la conocida desconfianza romana para con las definiciones, no contienen las fuentes una de la enfiteusis. Con terminología moderna, podemos decir que se trata de un derecho real sobre un fundo ajeno, en virtud del cual se puede gozar de él de la manera más amplia, siempre que no se lo deteriore y se pague la renta convenida al propietario. El propietario del fundo dado en enfiteusis se denomina dominus emphyteuseos o dominus, a secas; el titular del derecho, ‘enfiteuta’; la renta a pagar, pensio o canon; y la cosa objeto del derecho, fundus emphyteuticus o emphyteuticarius, praedium emphyteuticarium. La terminología no es uniforme y seguramente por razones históricas, muchas veces subsisten las denominaciones propias de los institutos precedentes. Así, por ejemplo, se mantienen la designación de ager vectigalis, fundo tributario, vectigal, conductor, etc. Dada la finalidad del instituto (el cultivo de la tierra), lo lógico era que se constituyera sobre fundos rústicos, no edificados, no obstante lo cual en algunas constituciones aparece referida a edificios 97 . Puede decirse que, en principio, el contrato se regía por lo estipulado en cada caso por las partes y, en defecto de pacto expreso sobre algún aspecto del negocio, por las disposiciones legales pertinentes. La duración del contrato podía establecerse en un tiempo determinado, aunque generalmente muy prolongado, o con carácter perpetuo. Las facultades del titular de este derecho eran amplísimas, por cuya razón en la Edad Media se hablaba de dominium utile para referirse al señorío del enfiteuta, por contraposición al dominium directum del propietario, y si bien en algunos pasajes de las fuentes se designa al enfiteuta como dominus 98 , lo cierto

97 Nov. 7, cap. 3, § 2 y Nov. 120, cap. 2; C. 10.17.1. Véase D. 39.2.15.26 (vectigalibus aedibus); C.Th. 10.3.5 (perpetua conductione). BRUGI, Biagio: Istituzioni di diritto romano [Ver cita completa en Bibliografía], p.

270.

98 C.Th. 2.25; C. 11.70 [71].5; C. 11.61[62].4 y 12; C. 11.69[70].5.

80

es que en los fragmentos específicos se separa con absoluta claridad el derecho de propiedad de la enfiteusis. Así, por ejemplo, se dice en D. 6.3.1.1:

A los que a perpetuidad tomaron en arriendo de los municipios un fundo para disfrutarlo, aunque no se hagan dueños, no obstante pareció bien que les competa la acción real contra cualquier poseedor y también contra los mismos municipios.99 Aunque presentaba algún parecido con el usufructo, la enfiteusis se diferenciaba de éste en tanto ella no era inherente a la persona de su titular, ya que era transmisible a terceros 100 . Por ello no se extinguía con la muerte del enfiteuta, como sucedía en el caso de fallecimiento del usufructuario 101 . Mientras el usufructo era esencialmente gratuito, la enfiteusis suponía el pago de una renta 102 . Las facultades del usufructuario eran más restringidas, ya que no podía cambiar el destino del fundo (substantia), mientras que el enfiteuta sí podía hacerlo 103 . Finalmente, el enfiteuta era poseedor y adquiría los frutos por la mera separación 104 , en tanto que el usufructuario no tenía la posesión del inmueble y para la adquisición de los frutos requería de la percepción. Pueden mencionarse los siguientes derechos del enfiteuta:

1) Podía usar del fundo como si fuere el propietario, aún alterando el destino (substantia), siempre que no lo deteriorara 105 . 2) Salvo pacto en contrario, carecía de derecho para reclamar al dominus el pago de las mejoras que hubiere introducido 106 , pero podía disponer de ellas o venderlas a terceros, si el propietario del fundo no ejercía su derecho de preferencia en el plazo de dos meses desde que se le anotició la intención de transferirlas 107 . En realidad, habría aquí un apartamiento del principio superficies solo cedit, que desdibuja su vigencia al menos para el derecho justinianeo.

99 Véase I. 3.24[25].3; D. 10.2.10; D. 30.71.5 y 6; C. 4.66.1-3; C. 11.61[62].8; C. 11.62.[63].2.

100 D. 30.71.6; D. 6.3.1 pr.; Gayo, 3.145; I. 3.24[25]3; D. 10.2.9 y 10.

101 I.2.4.3; D. 30.39.5; eod. 71.5 y 6.

102 D. 6.3.1 y 2; C. 4.66.2.

103 D. 7.1.1; eod. 44[51]; I. 3.24[25]3; D. 6.3.1.

104 D. 2.8.15.1; D. 22.1.25.1.

105 I. 3.24[25].3; D. 6.3.1;

106 C. 4.66.2.

107 C. 4.66.3.

81

3) Bajo ciertas condiciones, podía disponer de su derecho inter vivos o mortis causa, a título gratuito u oneroso 108 , como también darlo en prenda o hipoteca 109 . 4) Era poseedor del fundo enfitéutico 110 y adquiría los frutos por la mera separación 111 . 5) En tanto poseedor, podía intentar los interdictos posesorios. Como era posible que le afectara la ejecución de una obra, podía echar mano al interdicto el quod vi aut clam 112 . De la misma manera, podía ejercitar útilmente las acciones finium regundorum 113 confesoria y negatoria 114 , deducir la operis novi nuntiatio 115 y pedir la cautio damni infecti 116 . Disponía el enfiteuta de una actio in rem contra cualquiera que turbara su derecho, fuera un tercero o el dominus mismo 117 , y podía intentar la actio Publiciana si hubiera adquirido su derecho de buena fe de una persona que no era dueña 118 . También podía intentar la actiones aquae pluviae arcendae y arborum furtim caesarum 119 . Pesaban sobre el enfiteuta las siguientes obligaciones:

1) Por lo pronto, debía proceder en el uso del fundo como un buen padre de familia y devolverlo al tiempo de la extinción no deteriorado por su culpa 120 . Como ya se ha señalado antes, el cultivo del fundo resulta de la esencia misma del negocio, ya que carecería de sentido pagar una renta por largo tiempo o a perpetuidad sin obtener ninguna utilidad del campo. Cabría sin embargo, preguntarse, si podría considerarse al enfiteuta obligado a tornar más productivo el fundo, naturalmente en defecto de pacto expreso en tal sentido. La respuesta

108 D. 6.3.1 pr.; I. 3.24[25].3; D. 30.39.5; eod. 71.5 y 6; C. 4.66.3; C. 11.61[62].

109 D. 20.1.31; D.13.7.16.2; D. 20.1.31; D. 7.4.1 pr.; Vat. Frag., 61.

110 D. 2.8.15.1.

111 D. 22.1.25.1.

112 D. 43.24.11.14.

113 D. 10.1.12.2.

114 D. 8.1.16;

115 Véase D. 39.1.3.3.

116 D. 39.2.13.8.

117 D. 6.3.1.1.

118 D. 6.2.12.2.

119 D. 39.3.23.1; D. 47.7.5.3.

120 I. 3.24[25].3. Nov. 7, cap. 3, § 2, referidos a la enfiteusis eclesiástica.

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afirmativa parece imponerse por ser justamente una de las finalidades propias del instituto.

2) Debía hacerse cargo del pago de los impuestos que pesaran sobre el fundo 121 y abonar el canon convenido 122 . Cabe señalar que el enfiteuta, ante la renuencia del propietario a recibir el pago de la pensio durante un trienio, podía ofrecerlo ante la autoridad judicial y si aún así, no le fuera recibido, quedarse con su importe y con el de los períodos siguientes, hasta que el dominus manifestase su decisión de recibirlo 123 . 3) En cuanto a los riesgos, debía estarse en principio a lo pactado y, en su defecto, eran por cuenta del enfiteuta los derivados de la pérdida parcial del fundo, ya que en tal caso no podía pedir una disminución del canon 124 . Pero si la pérdida era total o determinaba de manera absoluta la imposibilidad de explotar el campo, se operaba la extinción del contrato, quedando el enfiteuta liberado del pago del canon. 4) Si se dispusiera transferir su derecho a título oneroso, debía dar aviso previo al dueño, quien disponía de un plazo de dos meses para adquirirlo por el mismo precio: ius protimeseos o prelationis 125 . Si éste no ejercitaba su derecho de preferencia, el enfiteuta debía abonarle el dos por ciento del precio de la venta 126 , lo que era designado como laudemium 127 en la Edad Media.

La enfiteusis podía constituirse por contrato, sin necesidad de formalidad alguna, salvo la ya señalada exigencia de la escritura para los pactos 128 . También podía serlo por actos de última voluntad (donatio mortis causa, legatum), concediéndola a un legatario quien podía hacerla valer mediante la actio

121 C. 4.66.2

122 C. 4.66.2 y 3.

123 Véase el epítome a la constitución griega tomada de la colección de constituciones eclesiásticas y el de las Basílicas contenidos en C. 1.4.32 que constituyen el § 4 de C. 4.66.

124 C. 4.66.1.

125 C. 4.66.3.

126 C. 4.66.3.

127 De laudo que, entre otras significaciones, tiene la de ‘aprobar’.

128 I. 3.24[25].3; C. 4.66.1

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vectigalis 129 , o en virtud de sentencia judicial en juicio dvisorio 130 . Es cuestión controvertida la relativa a la posibilidad de constitución por usucapio. La opinión contraria se ha fundado en la circunstancia de no existir pasaje alguno de las fuentes romanas que lo diga 131 y en la imposibilidad de ejercitar una quasi possessio del derecho al tener en enfiteuta la posesión del fundo mismo 132 , sin embargo Una constitución de Anastasio del 491 admitiría la prescripción de cuarenta años respecto de fundos patrimoniales o de templos 133 . La extinción de la enfiteusis podía producirse de pleno derecho o en virtud de sentencia judicial. Se operaba de pleno derecho en el caso de la pérdida total del fundo 134 ; la expiración del plazo si se hubiera pactado 135 o la verificación de la condición resolutoria, en su caso; la confusión, es decir la reunión en la misma persona de las condiciones de propietario del fundo y enfiteuta y el consentimiento mutuo de las partes, toda vez que el mero acuerdo bastaba para constituirla, y dado que la renuncia unilateral del enfiteuta habría requerido la aceptación del propietario para determinar la extinción de la enfiteusis 136 . La extinción se producía en virtud de sentencia judicial 137 (commissum) si el enfiteuta deterioraba el fundo 138 ; si omitía el pago del canon o de los impuestos que pesaban sobre el fundo, durante un trienio 139 ; si omitía dar aviso previo al propietario en caso de transferencia a un tercero 140 . Finalmente, el non usus determinaría la extinción del derecho, sumada a la usucapio libertatis del dueño.

129 C. 6.43.1; D. 30.71.6. Véase MAYNZ, Charles: Cours de droit romain [Ver cita completa en Bibliografía], t. II, p. 865, t. III, p. 638.

130 PACCHIONI, Giovanni: Corso di diritto romano [Ver cita completa en Bibliografía], vol. 2, p. 357.

131 Cuando en D.6.2.12.2 se dice ‘In vectigalibus et in aliis praediis, quae usucapi non possunt…’ no se señala la imposibilidad de usucapir la enfiteusis, sino en la del enfiteuta de usucapir el fundo enfitéutico.

132 Véase MAYNZ, Charles: Cours de droit romain [Ver cita completa en Bibliografía], t. II, p. 865; BRUGI, Biagio: Istituzioni di diritto romano [Ver cita completa en Bibliografía], p. 272. Admite la usucapión PACCHIONI, Giovanni: Corso di diritto romano [Ver cita completa en Bibliografía], vol. 2, p. 357.

133 C. 11.61.14.

134 C. 4.66.1.

135 Arg. D. 6.3.3.

136 Véase C. 11.61.3

137 C. 4.66.2: ‘… volenti ei licere, cum a praediis emphyteuticarius repellere …’

138 Nov. 120, cap. 8 (bienes de la Iglesia).

139 C. 4.66.2; Respecto de bienes de la Iglesia: dos años (Nov. 7, cap. 3, § 2; Nov. 120, cap. 8).

140 C. 4.66.3.

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En cuanto a la defensa de su derecho, sin perjuicio de lo dicho supra, cabe recordar que el enfiteuta, en tanto poseedor 141 , podía intentar los interdictos posesorios y disponía de una acción real especial: la actio in rem vectigalis 142 , muy similar a la acción confesoria del usufructuario. Útilmente podía intentar las acciones finium regundorum, aquae pluvia arcendae, negatoria, confesoria; también pedir la cautio damni infecti, hacer la denuncia de obra nueva y echar mano al interdicto quod vi aut clam. b) La enfiteusis eclesiástica. Los emperadores, a partir de Constantino, se inmiscuyeron frecuentemente en los asuntos de la Iglesia y el cristianismo llegó a adoptarse como religión del imperio. Con el pretexto de protegerla, se dispusieron numerosas medidas que, de cierta manera, llevaron a ponerla a servicio del propio emperador, sobre todo en la parte oriental, puesto que en Occidente, la prematura caída del poder imperial permitió una asunción por parte de la Iglesia de facultades civiles y la adquisición de un poder temporal que le permitió mantenerse independiente del poder imperial. Aduciendo la necesidad de proteger los bienes de la Iglesia, los emperadores adoptaron una serie medidas, entre las que cabe destacar las relativas a la enfiteusis, que permiten hablar de una enfiteusis eclesiástica. La primera disposición que encontramos en este sentido data del 470 y es la del emperador León 143 , mencionada por Justiniano en el prefacio de la Nov. 7, prohibiendo la venta, donación o cualquier modo de enajenación de los bienes de la Iglesia de Constantinopla. También refiere Justiniano en el §1 del mismo prefacio, que Anastasio [491-518] dispuso que la enfiteusis concedida sobre bienes de dicha Iglesia sin actas no se extendiera más allá de la vida del enfiteuta, pero permitió que se constituyera a perpetuidad si se había levantado acta de su constitución. En el epítome de la constitución griega tomado de la colección de constituciones eclesiásticas contenido en C. 1.2.17, Anastasio autoriza la enfiteusis de cosas absolutamente estériles, “porque los bienes que por su

141 D. 2.8.15.1.

142 D. 6.3.1.1.

143 Reinó del 457-474.

85

esterilidad son perjudiciales, pueden donarse y concederse” 144 y dispone la invalidez de la enfiteusis constituida por tiempo mayor que la vida del enfiteuta 145 . En dos constituciones del 530, cuyos epítomes en griego se encuentran en C. 1.2. 24 y 25, Justiniano se ocupó del asunto. Así, en la nombrada en primer término, dispuso que los bienes de la Iglesia sólo podían darse en enfiteusis a personas ricas –‘para asegurar la conservación de su aspecto’ 146 - y no por más tiempo que su vida y la de dos herederos sucesivos 147 , limitando de este modo la extensión temporal del derecho. También dispuso que no era posible rebajar el canon vigente al tiempo de la tradición más de la sexta parte y que si el enfiteuta deterioraba la finca, podía ser lanzado, debiendo resarcir, de lo que el ecónomo negligente respondía personalmente 148 . Además, prohibió a los cartularios recibir en enfiteusis bienes de la Iglesia, directamente o por interpósita persona 149 . En el año 535 el mismo emperador estableció un régimen general para la enfiteusis eclesiástica, ya que las disposiciones de León se habían limitado a la Iglesia de Constantinopla. A esto se refiere su Novela 7 150 . En ella prohíbe de manera absoluta la enfiteusis perpetua de los bienes de todas las iglesias cristianas 151 , incluso en favor del imperio 152 . En el proemio del Cap. 3 permite la enfiteusis de estos bienes sólo por la vida del enfiteuta y dos herederos (hijos o nietos, varones o mujeres) 153 . Si no hubiere hijos, autoriza a pactarla también por la vida del marido o la mujer. Para evitar que la disposición fuere burlada mediante el ardid de un nuevo contrato enfitéutico, prohíbe dar en enfiteusis al siguiente heredero, una vez pasados el anterior y los dos iniciales 154 . De la misma manera, para asegurar el cumplimiento de la prohibición de enfiteusis perpetuas,

144 C. 1.2.17.1.

145 C. 1.2.17.3.

146 Propter restitutionem aspectus.

147 C. 1.2.24.4. En C.1.2.24.3 prohíbe dar en locación los bienes eclesiásticos por más de veinte años.

148 C. 1.2.24.4.

149 C. 1.2.25. En la Nov. 120, cap. 5, § 1, la disposición aparece extendida a los ecónomos y encargados de los hospicios de huérfanos y administradores de las venerables casas y a sus hijos y cónyuges.

150 Redactada no en la lengua paterna (latín) sino en la ‘común griega, para que por su fácil interpretación sea conocida por todos’ (Cap. 1), lo que demuestra la menor difusión que tenía entonces en el imperio la lengua romana que la griega.

151 Cap. 1.

152 Cap. 2.

153 La norma aparece reiterada en la Nov. 120 (Const. 116), cap. 1 pr., dictada por el mismo Justiniano en 544.

154 Nov. 7, cap. 3, § 3.

86

dispuso que quien la recibiera, la perdería, sin perjuicio de tener que pagar lo que hubiera correspondido de constituirse regularmente 155 . En 537, el mismo Justiniano permitirá la constitución de enfiteusis perpetuas respecto de los bienes eclesiásticos, con excepción de los pertenecientes a la Iglesia de Constantinopla, y siempre que no se tratara de personas individuales o de existencia física 156 . La misma finalidad tuitiva se advierte en la disposición según la cual la falta de pago del canon por dos años determina la extinción de la enfiteusis (recuérdese que el plazo general era de tres años), sin derecho para el enfiteuta al resarcimiento de las mejoras que hubiere introducido en el fundo 157 . En la Nov. 120 [Const. 116] del 544, Justiniano hace una especie de recopilación de las disposiciones dictadas hasta entonces respecto de los bienes de la Iglesia. Así, en materia de enfiteusis reitera la prohibición de constituirla más allá de la vida del enfiteuta y dos herederos sucesivos 158 , salvo el caso de bienes que no producen ninguna renta 159 o cuyas casas se encuentran derruidas 160 . También reitera la prohibición a los cartularios, ecónomos y administradores de recibir por sí o por interpuesta persona, de recibir en enfiteusis bienes eclesiásticos 161 y ratifica la extinción del derecho si el enfiteuta deteriora el fundo o por la falta de pago del canon por un bienio, salvo que se prefiera mantenerlo y exigirle el pago de lo adeudado 162 . Además, dispone que si un bien eclesiástico sobre el que se hubiera constituido ese derecho, pasara por cualquier causa a poder de la casa imperial o del erario, ciudad o curia, dentro del bienio, la Iglesia a la que pertenecía el dominio directo podía optar entre admitir que quedara en poder del que la recibió, con pago del canon, o recuperarla extinguiéndose así la enfiteusis 163 . Como una seguridad mas en favor de la Iglesia, dispuso el mismo emperador que la

155 Nov. 7, cap. 7.

156 Nov. 55, cap. 2.

157 Nov. 7, cap. 3, § 2. La disposición aparece reiterada en la Nov. 120, cap. 8.

158 Nov. 120, cap. 1, pr.

159 Nov. 120, cap. 1, pr. in fine.

160 Nov. 120, cap. 1, § 2.

161 Nov. 120, cap. 5, § 1.

162 Nov. 120, cap. 8.

163 Nov. 120, cap. 1, § 1.

87

enfiteusis de bienes de la Iglesia no podía constituirse sin conocimiento y consentimiento del obispo y debía hacerse por escrito 164 .

3. ALGUNAS OBSERVACIONES GENERALES La relación precedente permite efectuar algunas observaciones generales. Por lo pronto, es claro cómo la institución nace de lo que hoy conocemos como derecho público, pero que los jurisconsultos romanos no tuvieron inconveniente en considerar a la luz del derecho civil, porque tenían muy en claro que, en definitiva el derecho es uno solo y que las divisiones que suelen de él hacerse, como las clasificaciones, no tienen un fin en sí mismas pues sólo sirven como elementos de trabajo. Su finalidad tuitiva de la actividad agraria es de toda evidencia y procura asegurarla confiando la explotación a quien está en condiciones de hacerlo y manteniendo el dominio en el titular de la tierra que, por diversas razones, no puede utilizarla y hacerla producir frutos, con la posibilidad incluso de llegar a recuperarla. Es notorio, además, como la institución nace y se configura no en virtud de un acto legislativo sino a partir de la realidad negocial del Estado o de los simples individuos. El contrato enfitéutico reconoce un amplio ejercicio de la autonomía de la voluntad, ya que las normas imperiales referidas, tienen -en realidad- carácter supletorio. Además, es clara expresión del siempre que se pague el canon. La enfiteusis eclesiástica pone de resalto la importancia de la religión para el mundo antiguo y la injerencia, a veces y de alguna manera, interesada del poder civil en las cuestiones religiosas, lo que en cierta medida ha significado un perjuicio para el cumplimiento de sus fines por parte de la Iglesia Cristiana.

164 Nov. 120, cap. 5 pr.

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IV. REGIMEN DEL COLONATO 165

1. INTRODUCCIÓN

A lo largo de la historia, el hombre, como eje del mundo, centró su atención en el arduo tema de las tierras, tanto incultas como cultivadas, públicas como privadas; y su respectiva distribución dirigida a los ciudadanos y a los extranjeros bajo las diversas condiciones jurídicas, ya fueran estos esclavos, libres, colonos u otros. En el presente apartado dedicado al estudio del Colonato, nos ceñiremos - para el abordaje de la materia a tratar-, al ámbito del hombre romano, quien ostentó la cualidad de campesino orgulloso, en el desempeño de sus actividades rurales, durante el transcurso de su vida. El desarrollo de la temática comienza con las generalidades, para luego centrarse en el origen de la figura a considerar, tomando como punto de partida los arcaicos pueblos de Egipto y Grecia, y culminando en Roma; para encaminarnos, seguidamente, hacia la consideración de ciertos aspectos singulares de la vida del agricultor; haciendo hincapié en las distintas clases de colonos; distinguiendo algunos personajes característicos; aludiendo al cúmulo de derechos y deberes de que gozaba el trabajador rural; para concluir, señalando las distintas causales de extinción; advirtiendo que la presente elaboración, se encuentra sustentada por las variadas referencias extractadas del Corpus Iuris Civilis, alusivas a la mencionada institución.

a) Etimología

Como es de estilo, cuando se efectúa el tratamiento de algún tema en un

trabajo de investigación, nuestras primeras referencias rondarán en torno a la etimología y al concepto del vocablo que representa la institución, motivo de este estudio, es decir, colonato; término que en latín se lee colonatus, originándose éste en la voz colonus que, a su vez, deriva de colere, y significa cultivar.

b) Concepto. Acepciones

165 Colaboran María Elena Bazán y Bibiana Llaryora.

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En lo que respecta a la noción de colonato, decimos que constituye la manifestación agraria más relevante, consistente en el “sistema de explotación de las tierras por medio de colonos”; se trataba, entonces, de una institución económica orientada a mitigar la falta de mano de obra para el cultivo de las grandes extensiones de tierra donde el colono residía; llamándose colono, al agrícola, rusticus, agricultor, que habitaba en una colonia; era el labrador que cultivaba una finca arrendada y solía vivir en ella; allí tenía derecho a satisfacer sus necesidades con lo producido y anualmente estaba obligado al pago de un canon, en dinero o en especie, cuya entrega hacía al propietario del suelo. Al abordar el sentido de la palabra colono, corresponde distinguir entre las consideraciones efectuadas en las épocas Clásica y Postclásica del derecho romano; por ello, en la primera etapa del ius aludida, el vocablo se refería al “propietario cultivador del suelo de Roma o de las colonias” o al “arrendatario de las tierras de otro”. En orden a la postrer indicación, Gayo expresa, en sus Institutas, lo siguiente:

“También el interdicto llamado Salvianum, es acordado por causa de adquisición de la posesión. El mismo es usado por el propietario de un fundo respecto de los bienes del colono que este último ha establecido como garantía de los alquileres a pagar del fundo” 166 . “Se considera “poseer” no solamente cuando poseamos por nosotros mismos, sino también cuando alguien esté en posesión en nuestro nombre, aún cuando éste no esté sujeto a nuestro derecho, como por ejemplo el colono y el inquilino” 167 . Por otra parte, en el Bajo Imperio, dicho vocablo representaba una nueva condición: “la del hombre libre, atado a perpetuidad a la tierra de otro para cultivarla mediante un censo en dinero o en naturaleza” 168 . También podemos mencionar como acepción del vocablo colono, la siguiente: “aldea del Atica, patria de Sófocles”.

166 GAYO. IV,147

167 GAYO. IV,153

168 PETIT, Eugene. Derecho Romano ”ver cita completa en Bibliografía”

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Finalmente, aludiremos a una curiosa significación de la palabra colonato; aquélla que la vincula a la expresión colónico, y que se refiere a la combinación del ácido colónico con una base, destacándose que los colonatos alcalinos son solubles, a diferencia de los alcalino-térreos, que son insolubles. c) Antecedentes históricos Dejando atrás las nociones generales, es hora de remitirnos a los orígenes del colonato que, al parecer, se remontarían al arcaico Egipto y a las épocas clásica y helenística griegas. Con respecto al primero de los territorios mencionados, es decir Egipto, podemos señalar que concentró su riqueza en la agricultura, a pesar de que la “tierra negra” sólo comprendía una estrecha franja ubicada a ambos lados del Nilo, exceptuándose su tramo final que se ensancha, desembocando en forma de delta, en el Mediterráneo. La fertilidad del río era variable año tras año; y cuando las aguas se encontraban más bajas, el país se veía amenazado por el hambre y la ruina. Es decir que, la prosperidad de Egipto, dependía específicamente de las inundaciones del Nilo, que comenzaban en julio, entre los días diecinueve y veintiuno, e iban aumentando en volumen hasta mediados de octubre, razón por la cual, se realizaron obras hidráulicas consistentes en canales artificiales, diques y presas, que permitieron ampliar las superficies de cultivo. Lamentablemente, la ineficacia de los gobiernos reinantes y el surgimiento de dificultades financieras, condujeron a la decadencia de estas obras; hasta que, bajo la autoridad de Augusto, se iniciaron trabajos de limpieza y renovación de los canales del majestuoso río. Tras la muerte del mencionado emperador, los sucesores mantuvieron - durante cierto tiempo- un clima de concordia, lo que permitió a la agricultura egipcia perdurar en un plano de prosperidad. Tal florecimiento demandó, a los colonos, el pago de rentas, que podía realizarse mediante la entrega de una parte de la cosecha, de una suma de dinero o de un elevado canon de arrendamiento.

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También se cree que los campesinos estarían sujetos a altos impuestos territoriales en trigo; advirtiéndose que, durante la dominación romana, las cargas tributarias fueron más gravosas en relación a las épocas anteriores. Dentro de la producción, se destacaron especialmente, el trigo y los cultivos de legumbres; la viticultura, la arboricultura y los huertos de dátiles, siendo ellos destinados al consumo de la población y a la exportación; viéndose favorecida la fuerza de la productividad, por el clima óptimo y el fértil suelo, apto para la diversidad de las cosechas. Lo cierto es que las tierras de Egipto eran depositadas en manos de cultivadores inmediatos. Desde larga data, se conocieron distintas clases de tierras; entre ellas, las gobernadas por el rey; las concedidas o dejadas por el gobierno y otorgadas a otras personas (situación de las tierras sagradas). También estaban las asignadas a nuevas ciudades griegas; y las tierras de ciertos lugares, entregadas en posesión, como las adjudicadas a los clerucos; asimismo existieron superficies de propiedad privada. Más allá de la distinción señalada, el rey era considerado el propietario absoluto del dominio egipcio, teniendo la propiedad o el uso del suelo, la calidad de una concesión soberana. Realizada esta observación, veamos algunos aspectos de la llamada tierra real, la cual fue trabajada por labradores o granjeros reales, que revestían el status de hombres libres, y vivían diseminados por todo el territorio. Estos cultivadores abonaban su arriendo a través de un canon, por un breve tiempo, lo cual demandaba la realización de un contrato escrito entre el rey y el labrador; más tarde, la duración de este negocio varió en relación al plazo, que fue más extenso y a veces, a término impreciso; además se le imponía un elevado número de impuestos. La actividad agrícola llevada a cabo por esta clase de trabajadores, era celosamente vigilada y controlada por guardias especiales. Dentro de la categoría de tierras concedidas, estaban comprendidas la de los templos y la destinada al pago de remuneraciones correspondientes a los distintos servidores del Estado, incluyendo soldados y dependientes civiles de

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diversos grados; asimismo, los más altos funcionarios del rey, militares o no, recibieron como obsequio grandes extensiones de campos. En lo relativo a las tierras sagradas, eran del dominio de alguna divinidad, y recibidas en posesión hereditaria por los sacerdotes, quienes podían venderlas, arrendarlas o legarlas como si fuesen propias. Estas tierras fueron cultivadas por esclavos de la deidad, y adjudicadas perpetuamente a ellos, permitiéndoseles su disposición. Era causal de preocupación para el soberano, que la producción de los templos fuera de mayor entidad en relación al gasto ocasionado por los mismos, de manera tal que generara un ingreso, cuyo excedente engrosara a las ganancias reales. En lo que concierne a las tierras de los clerucos, éstas eran parcelas territoriales entregadas al ejército y a los mercenarios de diversos lugares, en forma de pago, por los servicios prestados al monarca. Los lotes mencionados, de diversas dimensiones, en función del cargo y antigüedad del oficial o soldado actuante, se encontraban diseminados por las antiguas poblaciones u otros pueblos, y quienes los obtenían, podían ser militares reclutados, veteranos de a pie y de a caballo. Mientras el soldado permanecía en las tierras asignadas, éste se dedicaba al cultivo de las mismas, pero cuando era llamado nuevamente a las filas del ejército, dejaba el terruño a labradores locales, en calidad de arriendo. El cleruco era libre en el cultivo de sus tierras; solía transformarlas en viñedos, olivares o jardines, pero con la autorización del gobierno; asimismo, no tenía derecho a vender, hipotecar ni legar su lote, mas él quedaba en posesión de las tierras hasta su muerte; luego su hijo las entregaba, aunque la historia relata que en la práctica, el hijo quedaba en calidad de arrendatario al mismo tiempo que el padre; para el rey lo importante era el producto de la tierra. Como en otras situaciones, estos labradores también debían pagar numerosos impuestos. En cuanto a las tierras privadas, éstas se hallaban distribuidas en todo el territorio de Egipto, trabajadas en viñas, jardines y otras dedicadas a los cereales; ellas podían ser vendidas libremente, compradas, hipotecadas y legadas, todas

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bajo el dominio del gobierno. Los Tolomeos fomentaron el desarrollo de estas tierras, disponiendo que la autoridad vendiera, y de ésta forma regularon la tenencia enfiteútica o también denominada catafitéutica. Esto trajo aparejado la existencia de un nuevo cuerpo de propietarios, que aumentarían las superficies plantadas y continuarían transformándolas en viñedos y jardines, lo cual formaba parte de sus intereses. En lo que concierne a la Grecia del periodo clásico, como otra cuna de la institución, objeto de nuestro estudio, el colonato, es factible indicar la existencia de dos estructuras: por un lado, los poblados que aglutinaban a los campesinos; y por el otro, vastas granjas dispersas; siendo el agrupamiento, la situación más usual. Modelo de ello, fueron los demos o pueblos del Ática, en que los agricultores construían sus viviendas, unas inmediatas a otras, en tanto que sus tierras estaban diseminadas por el campo. Pero también se hallaban las granjas referidas, en una de las cuales vivió Jenofonte, en el S. IV A.C. En lo que concierne a la explotación, ésta podía realizarse de varias maneras; destacándose, como la más común, la directa a cargo de pequeños campesinos, al estilo de los llamados auturgoi, en las tierras del Peloponeso. Mientras que, en los dominios de escasa extensión, el trabajo podía llevarse a cabo por un esclavo de confianza del propietario, que asumía el papel de pequeño colono; en las amplias propiedades, era preciso recurrir, en momentos de grandes labores, a la actuación conjunta de esclavos y asalariados. Además existía otra particularidad: si el dueño estaba a cargo de la dirección de las tareas, integraba la burguesía rural, no siendo la situación más corriente. Por lo general, entonces, se acostumbraba a confiar la vigilancia de la explotación a un intendente, hombre libre o esclavo. También era común el arriendo como institución, en esta época. El aparcero que había existido en una etapa anterior, la arcaica, parecía haber desaparecido gracias a Solón. Además, mientras los pequeños campesinos sólo pensaban en obtener lo necesario para vivir, los ricos propietarios hacían óptimas negociaciones en base a

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la compra de asoladas tierras que, adquiridas a bajo precio, luego cultivaban

racionalmente, sacando partida de un suelo ingrato. En la etapa helenística griega, comprendida entre Alejandro Magno y Augusto, la agricultura fue lo principal; era una ocupación normal de los hombres libres y ciudadanos, que podían ser de distintas ciudades; y se la consideraba una actividad crediticia, saludable, respetable y de un sencillo aprendizaje. Por entonces, aún existían colonos y pequeños propietarios, junto a los grandes dueños que habitaban en la ciudad, y encomendaban sus posesiones a ciertos administradores asistidos por esclavos. El tema de las tierras, en las ciudades griegas, no fue de un gran

tratamiento, debido a la falta de estadistas, que se ocuparan de la distribución de las mismas, entre los pobladores de las distintas clases sociales. Alrededor del siglo V, la superficie se encontraba poseída por labradores, pero esta situación fue decayendo en el tiempo; comenzando una nueva posición

al respecto, la tierra de los simples labradores o granjeros pasó a distintas

entidades corporativas, pertenecientes a las ciudades, templos y a los

terratenientes que explotaban sus propiedades, obteniendo un ingreso no elevado

de la venta de los productos, o alquilando sus heredades a los arrendatarios.

La información sobre el régimen de los suelos y los métodos de cultivos, derivó de los contratos de arriendo, que estaban grabados en piedra y descubiertos en distintos lugares, de Grecia y Asia Menor. Las partes intervinientes en estos negocios eran las entidades corporativas y los particulares; destacándose la ausencia de contratos entre particulares y sus arrendatarios, lo cual no significa que no se produjeran, sino que probablemente fueron realizados

en

forma oral, ya que en piedra resultaban demasiado costosos. Entre los cultivos que introdujeron, podemos mencionar el olivo, la higuera

y

los árboles frutales; también explotaron los huertos y se dedicaron a la

producción del aceite, a la apicultura y al trabajo en las granjas, con la cría de pollos, gansos y patos, entre otros. Veamos ahora el panorama propiamente romano, siendo factible señalar que, el colonato, se perfiló como institución recién en la época del Bajo Imperio,

101

mas en la etapa del Principado, -período de transición entre la economía liberal característica de la fase Republicana y la economía dirigida, propia del Imperio Absoluto-, ciertos adelantos contribuyeron al aumento de la producción agrícola, entre ellos, las importantes obras de irrigación y la incorporación de maquinarias. A su vez, podemos mencionar como hipótesis de la aparición del colonato, entre otras, las siguientes:

Primeramente, se señala que la calidad de colono es adquirida por nacimiento; surgiendo al respecto, un nuevo y riguroso criterio, que difiere de aquél principio aplicable en materia de status libertatis y civitatis, “de que los hijos nacidos de justas nupcias, siguieran la condición del padre”; se dejó establecido entonces que, será colono, quien tenga a alguno de sus progenitores en esa situación. A la par, se hizo esta distinción: si los padres son colonos de distintos patrones, los hijos se dividirán entre los dos; y si el número es impar, tendrá preferencia el patrón de la madre. En segundo lugar, aquélla hipótesis que sostiene que este instituto agrícola deriva de la esclavitud o se relaciona con ella. A su vez, dentro de esta posición hay subdivisiones, por cuanto algunos autores piensan que, tras una manumisión especial, los esclavos se convirtieron en colonos, quedando vinculados a perpetuidad, al terreno a cuya explotación estaban dedicados; mientras que para otros, los hombres libres se sometieron voluntariamente al colonato mediante un pacto. En tercer orden, se señala que los romanos acostumbraban a convertir a los bárbaros subyugados por las legiones, de esclavos en colonos de las tierras del Imperio, idea sostenida especialmente por Zumpt 169 y ampliada por Savigny, quien sostuvo “que la necesidad del establecimiento de los bárbaros y la de transformar la antigua esclavitud romana, se fundieron en la expresión jurídica del colonato”. En cuarto lugar, se atribuye el origen de esta creación rural, a las graves dificultades con que tropezaban algunos arrendatarios para cumplir con el pago de los arrendamientos; circunstancia ésta que los condujo a vincularse hereditaria y

169 Académico alemán

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perpetuamente a la tierra que cultivaban, con el fin de eludir las consecuencias que se derivarían del ejercicio de las acciones correspondientes, por parte de los propietarios. En quinto término, podía adquirirse la calidad de colono, como pena que

se aplicaba a los vagos y mendicantes.

sexto orden, se ingresaba en esta institución rural, por prescripción, cuando una persona libre perduraba treinta años como colono de un mismo dueño. La causal anteriormente señalada, hállase descripta en el Código, Libro XI, Título XLVII, cuya rúbrica es “De los agricultores, de los sujetos a censo y de los colonos”, al expresar en su Constitución 19, lo siguiente:

“Unos agricultores son adscripticios, y sus peculios competen a los dueños; pero otros se hacen colonos por espacio de treinta años, quedando ciertamente libres con sus bienes, si bien también éstos están obligados a cultivar la tierra y a pagar renta. Más esto es conveniente tanto al dueño como a los agricultores” 170 . Finalmente, cabe señalar que el colonato obedeció a una necesidad económica. No olvidemos que en Roma, existieron los grandes latifundios y que, a causa de los gravosos impuestos o de la deficiente mano de obra de los esclavos, llegaron a ser casi improductivos. Así apareció esta “forma jurídica de relaciones agrícolas”. Indicadas las causales que dieron lugar a la aparición de este instituto, contemplemos cuál fue la situación del campesino en dos momentos históricos: el de los emperadores Adriano y Diocleciano. El primer regente imperial, se propuso elevar a los rurales a la categoría de possessores, para contar con una mayor cantidad de propietarios que acataran tres objetivos básicos: el cultivo de la tierra con suma precaución, el cumplimiento del pago del arriendo y el buen desempeño en el ejército. Llegado el segundo momento imperial, Diocleciano fue el continuador de la política agraria anterior; entre las actividades que realizó, se cuenta con la

En

170 C.11.47.19

103

transformación de las grandes extensiones de tierras imperiales, en dominios privados, ascendiendo a los cultivadores al rango de propietarios; esta iniciativa contribuyó a la valorización del trabajo y les posibilitó vivir del rendimiento de su labor; a su vez, generó conciencia en el rural sobre la dignidad adquirida, en provecho de sí mismo y de la comunidad en general. Las grandes extensiones de tierras incultas, permitieron que campesinos se establecieran en ellas, para explotarlas con el fin de venderlas o transmitirlas a su prole. Un sinnúmero de textos, comprueban la confianza depositada por el trabajador del campo, en su ocupación; a modo de ejemplo, transcribimos el siguiente comentario, manifestado por un campesino, a saber: “Mi padre era propietario de una tierra, que declaró en tiempos de Diocleciano. Adquirió otra, y como amaba el trabajo, puso mucho de su sudor y de su dinero en roturarla; transformando una parte en viña y sembrando en la otra trigo; y la cultivaba, y tenía su plena propiedad”. Se acostumbraba, por aquellos tiempos, que diversos grupos de agrícolas realizaran peticiones ante el emperador y en distintos lugares, como en Egipto, África, Asia Menor, Libia y Tracia, entre otros; estas preces eran siempre del mismo contenido; primeramente, los peticionantes manifestaban su confianza en la autoridad y le requerían ayuda; más tarde, se presentaban lamentándose de sí mismos, como “Gentes del campo, pobres que ganan apenas, y duramente, con qué vivir, gracias al trabajo de sus manos”; a la par, detallaban los diversos atropellos de los cuales eran víctimas, y señalaban que bajo esas condiciones les resultaba imposible realizar su labor de campesinos, expresando que ante tal injusticia no podían cumplir con su “deber fiscal”; esta situación, los llevaba a buscar una solución inmediata, y decían: “ huiremos allí donde podamos vivir como hombres libres”. En el fondo, conminaban al emperador a que se hiciera cargo de sus intereses, amenazándolo; y, si no cumplía, le amedrentaban vociferando que perjudicarían los suyos, con la huída. Esta actitud mostraba el sentimiento de una fuerza, y esa fuerza era la conciencia de que el deber de servir al Estado llevaba

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consigo, automáticamente, el derecho de trabajar en condiciones normales. Todo esto suponía también, que el Estado reconociera e hiciera respetar ese derecho. Las peticiones realizadas comenzaron a elevar el nivel de vida de los humildes, dando continuidad a la valorización de su trabajo, pero el progreso en esta actividad no fue muy lejos, ya que hubiera sido necesario introducir en la sociedad del Bajo Imperio, una política igualitaria. En cuanto a las referencias que nos permitieron conocer el instituto que nos ocupa, debemos observar que –hasta no hace mucho tiempo-, contábamos con escasas relaciones aportadas por algunas constituciones imperiales encerradas en el Código Teodosiano. Esta realidad varió, gracias al descubrimiento de una inscripción que testimonia la existencia de la llamada Lex Hadriana, que habría sido promulgada por el emperador Adriano. Dicho hallazgo, fruto de la labor de una misión arqueológica italiana, data del año 1999, y tuvo lugar en Lella Drebblia, localidad ubicada a unos 5,5 kilómetros al este de Aïn-Ouassel y a 13 kilómetros al oeste de Aïn el- Djemala. Este documento epigráfico, tiene dos precedentes que mencionan a la precitada ley. Por un lado, la inscripción de Aïn-Ouassel, aparecida en 1891, cuyo valor radica en plantear, por primera vez, la cuestión relativa a la manera en que Roma organizó la explotación del gran territorio africano; debiéndose destacar que ese testimonio sólo contiene algunos pasajes de la ley referida, los cuales corresponden a los tiempos de Septimio Severo y sus hijos, Caracalla y Geta. Por otra parte, contamos con la inscripción de Aïn el- Djemala, correspondiente a la época de Adriano, documento que, a pesar de ser más antiguo que el anterior, fue hallado recién en 1906, cuya significación se resume en contener las peticiones formuladas por los colonos a los funcionarios responsables de la administración de los territorios imperiales en que residían, y las respuestas que los procuratores 171 daban a los trabajadores agrícolas.

171 Funcionarios imperiales encargados de la administración de la hacienda pública; con anterioridad, se desempeñaron como simples custodios de los bienes particulares del emperador.

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Como común denominador de ambos precedentes, destacamos que éstos se conservan en las dependencias del Museo del Bardo en Túnez. En consonancia con lo anteriormente expuesto, merece una especial consideración la Lex Hadriana, que se constituyó en una medida legislativa que, a modo de contestación, recibieron las citadas autoridades, tras pedir consejo al gobierno central sobre la solicitud de los colonos consistente en el permiso de cultivar olivos y viñas, en tierras pantanosas y boscosas. La respuesta de los funcionarios imperiales, ante el requerimiento, fue favorable y concordante con la política agraria de Adriano y los demás Antoninos, tendiente al cultivo de todo el terruño apto para ello, sin tener en cuenta qué se cultivaba, si trigo, olivo o viñedos. Entonces, al efectuar su consulta, los procuratores encontraron que el mentado emperador había publicado una normativa que propiciaba la ocupación de las tierras baldías o abandonadas. Conforme al propio título de esta ley, que figura impreso en la inscripción de Aïn-Ouassel, la medida se aplicaría sobre los suelos improductivos y los que no habían sido cultivados en los últimos diez años consecutivos. A su vez, varias son las interpretaciones en torno a los beneficios alcanzados con la promulgación de la mencionada norma. Según algunos autores, la Lex Hadriana se orientaba al logro de un aumento de la productividad de los dominios imperiales; mientras que para otros, revelaba la preocupación de un emperador -Adriano-, por mejorar la calidad de vida de los pequeños labradores propietarios. Ahora bien ¿Cuál era por entonces, la situación de las tierras de un dominio imperial? Las mismas eran propiedades jurídicamente independientes de la ciudad o ciudades donde estuviesen encerradas y, frecuentemente, el emperador arrendaba a los conductores (ricos campesinos), una parte de ellas a los fines de su explotación, constituyéndose por esta circunstancia, en un típico caso de contrato de arrendamiento (locatio - conductio), de carácter quinquenal, susceptible de renovación; posibilitándose al arrendatario (conductor) la explotación –en forma personal- de la tierra o el subarrendamiento a los colonos.

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Todo ello, explica el por qué de esta medida referida a la explotación de los suelos abandonados ya que, en teoría, se trataría de los que –el emperador-, previamente, había arrendado a los conductores. Por ello, para impulsar a los colonos a la realización de las tareas agrícolas, se aplicaron dos vías. Por una parte, fueron exceptuados durante varios años, del pago de tributos mientras las superficies cultivadas no dieran sus frutos. Por la otra, les fue concedido el derecho de usufructo perpetuo del bien, y a la par, la aptitud de legarlo en herencia, ya que el emperador les otorgó la posibilidad de enajenar, a sus herederos, los derechos de explotación. En lo concerniente al plazo de la condonación impositiva, el mismo variaba conforme al tipo de cultivo elegido por los colonos. En el supuesto de los olivos, la exención era de diez años. Así lo dispusieron las leyes Hadriana y Manciana. Para los otros sembradíos, el término se reducía a siete años. Una vez transcurridos los plazos establecidos, los campesinos debían hacer entrega de un tercio de la cosecha, como venía siendo aplicada desde que comenzó a regir la Lex Manciana. La inscripción de Aïn-Ouassel hace alusión a dicha ventaja tributaria y a la vez, incluye una curiosa novedad relativa al cultivador de trigo, y es la siguiente:

debía entregar un tercio del rendimiento durante el plazo de cinco años al conductor que le arrendó el dominio, aunque ese período sobrepasara el tiempo por el cual lo había alquilado. Concluido el término, debía realizar tales pagos en especie, a la administración imperial. En cuanto al espacio de aplicación de esta ley, existen discrepancias ya que algunos autores sostienen que fue pensado para todo el Imperio, en tanto que –para otros-, sólo tuvo alcance en África. Además, hay quienes señalan que la misma abarcó exclusivamente los dominios imperiales por tratarse, no de una ley pública, sino de un orden redactado por un propietario particular, el emperador, con el objetivo de establecer los requisitos de explotación de sus territorios.

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En una posición diferente, se sitúan quienes manifiestan que las disposiciones de la ley se extendieron a las propiedades privadas. Sin embargo, parecería preponderar la idea inicialmente indicada. Finalmente, y en lo que concierne a la trascendencia que tuvo la aplicación de la Lex Hadriana y su relación con la Lex Manciana, resulta inconcebible que la primera hubiera desplazado a la segunda, ya que en la inscripción de Aïn el- Djemala y Aïn-Ouassel, se establece que las nuevas tierras se trabajarían conforme a las directrices fijadas por la Lex Manciana, siendo ésta última, un reglamento que ordenaba las condiciones de la labor agrícola, y los vínculos existentes entre colonos y conductores que habitaban y explotaban los dominios imperiales.

2. EL COLONO Veamos diversos aspectos. a) Vida y costumbres Apartándonos de las consideraciones generales relativas a la institución de antiquísima data, designada –como es sabido- bajo el nombre de colonato, y a la que los Padres de la Iglesia denominaron “servidumbre de la gleba”, es tiempo de esbozar la figura de su protagonista principal: el colono, persona ubicada en una categoría intermedia entre el hombre libre y el esclavo; y que, a pesar de tener personalidad jurídica, estaba junto a su familia, sujeto a perpetuidad al suelo que cultivaba, no siendo propietario del mismo. Esta adscripción del labrador al terreno que trabajaba, era la característica por excelencia de dicha forma de explotación agrícola. En cierto momento de la historia, las tierras del Imperio fueron infinitas y diversas, así también el hombre; pero el Estado, amén de la repartición de ellas, se encontraba en una situación de indiferencia, a tal punto que su lema era “dejar hacer”, careciendo de interés tanto en la organización como en la explotación territorial. A la vez, el sistema esclavista, había comenzado una etapa de crisis, lo cual traía aparejada para el propietario, la pesada carga que implicaba el

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mantenimiento del esclavo y su familia; esta situación conllevaba a que el amo se liberara de su siervo para transformarlo en colono. Éste, trabajaba el suelo y recibía en pago la mitad o el tercio de los productos, correspondiendo el remanente al propietario. La superficie que debía explotar era de cinco aruras, es decir, un equivalente a uno coma tres hectáreas; el terruño que en los hechos necesitaba el campesino para subsistir. El otro representante en el escenario de la vida rústica, fue el “señor de la tierra”, con quien el colono entabló una verdadera relación jurídico-laboral, en la que el latifundista se vio favorecido con la obtención de grandes beneficios sin mayores esfuerzos. Por contrapartida, la precaución que debía tener en cuenta el propietario, era la siguiente: cuantas más tierras poseyera, mayor sería su ausencia en el lugar, y esto le acarrearía un perjuicio en el trabajo; al respecto, un agrónomo cartaginés, llamado Magón, manifestó textualmente, lo que expresamos a continuación: “Aquel que ha adquirido una tierra debe vender su casa, por temor a que prefiera vivir en la ciudad a vivir en el campo; si alguien prefiere habitar la ciudad, no tiene necesidad de un bien rústico”. Es sabido que esta institución del colonato, se presentaba dentro de un latifundio, es decir, en una propiedad agrícola de grandes extensiones, y consistía en la entrega que hacía el propietario al colono, de una porción de tierra junto a los instrumentos necesarios para su trabajo; en virtud de este vínculo laboral, al final de la cosecha, el dueño traspasaba al cultivador, una parte de ella, la cual destinaba a su propia subsistencia y a la de su familia. De esta manera, la unidad económica volvió a ser, como en otras épocas, la domus del señor territorial, donde se producía todo lo necesario –economía familiar cerrada- tanto para él como para los grupos familiares radicados en su heredad, con absoluta independencia del poder central y con un ejército propio, a los fines defensivos. Se había dado el primer tranco hacia el feudalismo de la Edad Media. Con respecto a las herramientas de trabajo que usaban, hay poco para manifestar, pero entre ellas se encontraban las azadas, rastrillos, podaderas,

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hoces, picos, plantadores; todas de hierro y las adaptaban de acuerdo a los variados trabajos; los instrumentos se utilizaron por lo general, en distintos lugares y éstos perduraron inclusive, más allá de la época moderna; entre las mejoras que se les introdujeron, podemos mencionar, la prensa del vino, o la sustitución de la muela a brazo por el molino movido por un animal; por lo tanto, el progreso técnico se fue produciendo no en orden a la invención, sino a la adaptación de nuevos procedimientos. En cuanto a la agricultura, especialmente de la península Itálica, recibió las enseñanzas cartaginesas y griegas que, al aplicarlas, produjeron el mejoramiento de las razas del ganado, una mayor atención en los cruzamientos, en la alimentación y en la higiene; además, se dedicaron a espaciar los olivos y a plantarlos al tresbolillo, a orientar los viñedos, a colocar los plantíos en fosos, protegiendo las raíces del calor del verano y de las lluvias, llenando de a poco los hoyos de tal forma que las mismas crecieran en profundidad; también se dedicaron a preparar abonos por medio del estiércol y orujo de uva, y a elaborar el vino como el de Falermo, entre otros. En lo que concierne al salario del agrícola, podía ser a destajo con un pago de ocho dracmas verbigracia, por limpiar un granero de las ratas que lo infectaban; o por pieza, con un costo de dos dracmas. La remuneración se calculaba en orden a la duración del trabajo, pero esa operación dependía de ciertos elementos, como el salario diario, que era proporcionalmente más elevado al salario mensual, aunque este último, tenía un componente de importancia, a saber, la estabilidad. Por su parte, los salarios temporeros que se abonaban – ejemplificativamente hablando- en las vendimias o en la siega, estaban supeditados a la demanda del momento, y variaban según la diversidad de las condiciones de trabajo, entre ellas, la dureza, los conocimientos técnicos, las horas de jornada, y el rendimiento del trabajador. En el tipo de actividades descriptas, también participaban niños y niñas, con la particularidad de que el sueldo percibido era mucho menor.

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El promedio del salario mínimo vital oscilaba entre los ciento ochenta y doscientos ochenta dracmas; en tanto que las remuneraciones mensuales eran más razonables, y fueron establecidas entre los doscientos ochenta y trescientos ochenta dracmas, produciéndose excepciones en épocas de grandes demandas. En este sistema, se incorporaron también campesinos libres que, apesadumbrados por los impuestos del imperio, eligieron ingresar como dependientes del dueño de las tierras y de esa forma, se vería disminuido en la cuantía del pago. A su vez, dentro de las propiedades, trabajaban artesanos que producían todo lo necesario para sus habitantes; esto demandaba una gran mano de obra, lo cual implicaba que tenían la capacidad de autoabastecerse y de elaborar para ellos mismos, alejándose de las comunidades comerciales. Desde otro ángulo, tenemos que el culto del campesino estaba consagrado al beneficio de la agricultura, y respondía al objetivo de preservar y reproducir el ganado, las simientes sembradas y las cosechas; tema que se encuentra en el tratado de agronomía de Catón, quien relata numerosos detalles referidos a las fiestas a celebrar, los sacrificios, las oraciones y las procesiones de animales alrededor de las heredades. Recordemos que las distintas actividades de la vida agrícola eran acompañadas de un acto religioso, tendiente a apaciguar, tal vez, la irritabilidad de la divinidad del lugar. Acostumbraban, en la ceremonia previa a la cosecha, a ofrendar las entrañas de una marrana y vino a Ceres, a Jano y a Júpiter; también presentaban incienso y una variedad de dulces, entre otros ritos; y por ejemplo, antes de talar un monte, se sacrificaba un cerdo; en todas estas festividades, quien oficiaba era el propietario, como jefe de familia, teniendo a su cargo el culto familiar, cuya actuación contribuía a la prosperidad de todos. Para concluir con el aspecto divino, podemos manifestar que desde los orígenes, la mayoría de los dioses pertenecían a la vida rural o se asociaron a ella. Entre los principales, mencionaremos a Júpiter Liber, dios de la viña; Neptuno, el de los manantiales y luego del mar; Marte, especializado en el ejército y la guerra, quien asumió anteriormente el papel de protector para el trabajo del agrícola y sus

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productos; en relación a él se produjo también, la celebración de la “ilustración” que consistía en la purificación por medio de una procesión circular, continuada con un gran sacrificio y una serie de oraciones, cuyas expresiones eran: “que impidas, rechaces o alejes enfermedades visibles e invisibles, esterilidad, devastación, calamidades y otras desdichas”. b) Clases de colonos 172 Diversas fueron las expresiones, revestidas de un matiz singular, que se utilizaron para designar a la población rural, según las fuentes, a saber: coloni, inquilini, adscripticii, originarii, tributarii, suscepti, obnerati y rustici, de las cuales seguidamente mencionaremos su distinción, comenzando por los llamados coloni, es decir, aquellos que se encontraban en los campos sembrados y cultivados; situación diferente a la de los