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EL CORAZÓN DE JESÚS

Y EL MODERNISMO

P. MANUEL AICARDO S.J.

SEVILLA

1909
EL CORHZÚN DE JESÚS
"5T

EL MODERNISMO
S ER MONE S PREDICADOS EN SEVI LLA
Y EN LA IGLESIA DEL SAGRAN) IM IÍN

roí; 1:1.

P. JOSÉ MANUEL AICARDO


ile '.i\ C'oinimñm «¡p .lesús

en J u n : r dL e 19c3

MADRID
A D M IN IS T R A C IÓ N D E R A Z O N Y F E
P.nzn d e S n n to H nm iniro, II.
ELfiOBflZOHDEJESD8
EL M O D E R N I S M O
EL CORAZÚN DE JESÚS
"3T

EL MODERNISMO
SEIMONRS PREDICAIIÜS E.V SEVILLA
Y EN LA IGLESIA DEL SAGRADO CORAZÓN
l'Oll El.

P. JOSÉ MANUEL AICARDO


de la C o m p iiia de Jesús

e n J - ^ n i o d e 1906

M A D R I D
A D M IN ISTR A C IÓ N D E «RAZON Y F E >
riftzt de Sao lo Dcmiaffo, 14.

16 0 9
APROBACIONES

IMPRIMI POTEST
Josephua Pagasartandúa, 5. J.
praepotiiut provinciae Toletanae.

NIHIL OBSTA.T
P. V i l l a d a , 8. J.
(eeiuor ecclet.) IMPRIMATUR
José María,
Obispe de Madrid-Alcalá.

Es propiedad. — Reservados todos los derecluta.


(^ut<la hecho el dejiósiío <¡m marea la ley.

Madrid. -Im prenta de Fortaneti cali® de la Libertad, d ú o . 29 —Teléfono 991.


AL EXCMO. Y REVERENDÍSIMO SEÑOR

D. E n r i q u e A l m a r a z y S a n t o s
A r z o b is p o de S e v il l a ,

CO.V CU VA BENDICIÓN, BENEPLACITO V ASISTENCIA


SE PREDICARON ESTOS SERMONES,
LOS DEDICA SU AUTOR

EN PRENDA DE AMOR, VENERACIÓN V AGRADECIMIENTO


R. P. José M. Aicardo, s. j.

Mi estimado Padre en Jesús: Grande es la honra que recibo


al dedicarme el libro en que se publican los sermones que usted
predicó en esta ciudad durante la novena del Sacratísimo Cora­
zón de Jesús.
Acepto la dedicatoria con gratitud; no porque la merezca,
sino por la sencilla razón de que me es sumamente grato apro­
vechar la ocasión que ella me proporciona para recomendar la
lectura del libro ú mis diocesanos, ya que por todos no pudo
¿er escuchada la elocuente palabra de Ud. en los días del No­
venario. y, además, porque de este modo podrán los verdade­
ros creyentes formar idea exacta de la trascendencia del error
Modernista, tan oportuna y tan sabiamente condenado por
Nuestro Santísimo Padre el Papa Pío X.
El error Modernista, como todas las herejías, se propone
alucinar los entendimientos para pervertir con más facilidad
el corazón, y se viste con ropaje científico para minar los ci­
mientos de la fe católica, que se apoya en la autoridad de Dios
que revela verdades y de la Iglesia que las propone á la creen­
cia del pueblo cristiano.
En suma, preséntase el Modernismo como una novedad cien­
tífico-religiosa, cuando realmente no es otra cosa que el Pro­
testantismo que ha reclamado el auxilio del Racionalismo,
errores que han sido causa de tantas ruinas pora el individuo
v la sociedad.
Dios nos libre de que en España se propague, r mucho con­
tribuirá la lectura de este libro para abrir los ojos de los que
se empeñan en tenerlos cerrados ú la luz de ¡a verdad.
Le bendice su afmo. Prelado
I 3S T D I O E

Páginas Páginas
SBRMÓN QUINTO
Carta del Bzcmo. é lim o. S r. A no-
blipo da Sevilla............................. vi AgnosUclem o i iam aneatlsm o
ap licad os............ ..................................40
I.—Errores en el wrrano tool&gi-
INTRODUCCIÓN eo, bíblico é lilalArieo......... 141
II.—Amplitud del objeto da la rey
I . —P o r qpsé da cate l i b r o ............ 1
au apareóte conflicto oca la
I I . - P o r q u é d e lo n o v e n a ............ 4
ra ió n .................................... 1W
UI.-UlTlalónjr piando cate libro 10
SERMÓN SBXTO
SERMÓN PRIMERO
M odernismo social....................... 108
N a tu ra le z a d e l m o d e rn is m o 19 I.—Loe modernistas sa arrogan
I. —Caracteres eitrlnaeeoa da loa lai cuestiones aocialea....... 110
moieralatae........................ ....... 31 II —Loa modernista* corromper
II.—SlnteilB <lel modernismo....... ....... H4 ooa errortB la roíIób aoelal 17S
III.—Necesidad de aata rafutac'.An. 88 III.--El modelo de la acción social
eatólira................................. 191
SERMÓN SEGUNDO SERMÓN 8ÉPTIM0
K a i ó n m o t i v a d e l m o d e r n is m o 87 Modernismo p o lític o ................... 201
I.—El falso amor á la I(Tiesta..............SO L—La doctrina católica................ 306
II.—Amor verdadero gue Heneo al II —Errores moderalalas.............. 814
error..................................... ......."8 III.—Reprobaciones y oenauras.... 234

SEHMÓN TERCERO SERMÓN OCTAVO


A gn osticism o................................. &0 Ketonnlsmo modernista............ ......D I
1.—Naturaleta, orígenes y con- I.—Reforma en la formación In­
soeaeneiae del agnoatiola- telectu al....... ................... ......242
mo.......................................... 91 II.—Reforma en la disciplina.............349
II.—Intelectualiimo católico......... 104 III.—Reforma de orden m oral.............255
IV..- La verdadera reforma............. 3R2
SERMÓN CUARTO 8BRUÓN NOVENO
Inm ajientlam o 114 A n tlm od ernlam o.......................... ......371
I.—Quimérico aa au fundamento 115 1.—Relamen del modernismo__ ___274
II.—Abaordo y herético en au II.—Katadio y conocimiento de la
desarrollo......... ........................ 119 verdad.........................................384
III.—Ateiata y enemigo del Sa­ III.—Confaaiin de aatimodernismo 291
grado Coruón..................... ...... ISO IV. - Non corporiboe, sed cordibus. 904
IN TR O D U C C IÓ N

Por qué de este libro.

Donaire fué del em inente Doctor de n u e stra Com pañía, el C ar­


denal Ju a n de Lugo, com enzar la edición de sus obras teológicas
protestando de que r.o las publicaba constreñido y forzado n i de los
ruegos de los am igos, ni de los im perios de la obediencia, sin duda
p ara n o tar y evidenciar á. los in num erables que de estas razones h a ­
cían defensa y disfraz 6 sus vehem entes ansias de verse en letras de
im prenta; pero á mi m e es indispensable tom ar en boca esta razcn y
decir del origen de este libro p ara abroquelarm e contra justos rep a­
ros, exculparm e de vicios y defectos que en él Se puedau n o ta ry que
yo ultroneo confieso, y dejarlo en su ju sto valor, sin p erm itir que a l­
g ú n incauto le eleve á com entario teológico dé la Encíclica Pascendi
cou m anifiesto yerro y patente olvido de las m odestas intenciones
de q u ien lo escribió.
Invitado por la benevolencia del Apostolado de la Oración y A.rclii-
cofradía del Sagrado Corazón de Jesú s de Sevilla á predicar la novena
que pom posam ente celebran an u a lm e n te en n u estra Iglesia, titu lad a
tam bién del Corazón divino, tom é por asunto g en e ral de ella «cómo
el Corazón Sagrado de Jesucristo es blanco y terrero de los errores
m odernistas y su a u g u sta Devoción h a de ser desagravio y pelea
contra tau fu n esta herejia».O brando asi, estaba yo persuadido de que
hacia obsequio de obediencia filial & Nuestro Padre el G eneral de la
Com pañía de Jesú s, quien acababa de m andarnos ocupar un puesto
de v a n g u a rd ia en la refutación de este error, como fué tradición en
n u e stra Com pañía; de sum isión y acatam iento al Vicario de Nuestro
Señor en la tie rra que con el Decreto Lam eniabili y con la Encíclica
Pascendi y con repetidos actos de v ig ilan cia pastoral hace de este
erro r la co n tra-bandera de su lem a: Instaurare omnia in CAristo y de
su refutación el medio m ás adecuado á llevar á la cim a esta em presa
de su pontificado; de am or y desagravio al Corazón sacratísim o, la ­
cerado y herido con las im pías blasfem ias m odernistas, y últim o
blanco de sus in fern ales conatos de arrojarlo de las naciones, p u e ­
blos, fam ilias é individuos y h asta de arran carle de las sienes aq u e­
lla corona de Rey con que su P adre le coronara.
Convidábam e & ello la g allard a actitu d de los sevillanos, cu y a fe
centelleaba h asta los últim os confínes de la tierra.¿Q ué era, si no, el
proyecto regio de ofrecer á Jesucristo la tiara cou coronas de Dios,
de sacerdote y de rey, sino decirle al m odernism o que no p isara
tie rra sevillana, porque si él borra la divinidad del Señor ex te n u á n ­
dolo con Arrio A puro hom bre, si él n ie g a los sacram entos haciendo
de ellos con Lutero y Calvino signos únicam ente de la g racia, si él
no quiere q ue reine Jesucristo en el Estado y en la Sociedad hacien­
do A aquél y A ésta in diferentes y acristianos; los devotos del Cora­
zón de Cristo desde Sevilla in v ita n k los del orbe entero k clam ar
con su oro, con eus jo y as y con sus ofrendas que Jesucristo es Dios
como el P adre y su Verbo consubstancial. Sacerdote sum o de la Ley
de g ra cia que por su san g re penetró los cielos y bajo especies p e r­
m anece en la tierra, y Rey suprem o aute quien reyes y señores do­
b larán la rodilla y de quien recibirán leyes? ¿Qué era ese anhelo
santo de los devotos sevillanos de ofrecer al Seflor espléndida ofren­
da de tia ra y coronas, sino re tro traer al m undo m oderno á los á u ­
reos dias de la E dad Media y por ende p ro testar co n tra el an sia de lo
m oderno q ue da su nom bre y su veneno a l últim o error y hacer
palpable y tan g ib le aquel triunfo de Jesucristo, que según las p ala­
bras del polem ista W eiss es la idea marire de la P.dad Media?
«E lcielo y la tierra no form an m ás que un reino indivisible... Dios
es el Rey de este reino hom ogéneo (1). El es el Señor im perial (2). El
es no sólo el E m perador del cielo ó el representante del reino celeste,
no sólo el Em perador de las alm as, sino tam bién el Seflor m ás alto que
h a y sobre la tierra, el E m perador de todos los reyes, el Rey de todos
los Em peradores: denom inaciones que se a trib u y e n especialm ente
á Nuestro Seflor Jesucristo» (3).

(1) 8. Pedr. Damián. S e ra . 8.—Dant. Paiaia. x x t; 11.—(2) Helor. Sena. Leben.


(3) P . 8, t i; p. 643- 544.
Idea m adre, q u e rev erb era asim ism o en este cántico m edioeval,
donde parecen h a b e r buscado su idea los católicos de Sevilla y es
que bebieron en idéntica fuente, del m ás puro sentida cristiano:
«Cuaudo eu la Cruz Jesucristo uos dió vida con su m uerte, em puñó el
triple cetro de su dom inación y coronó su cabeza con la tiara de triple
honor. De pie en su trono era el Em perador que dom inaba á toda la
tierra; con su corona de espinas como diadem a, y con su sangre
como con vestido de roja escarlata, era el Sumo Capitán que arrancó
a l enem igo el precio de la victoria y 6. sus cautivos dió libertad;
vertiendo su sa n g re en sacrificio, fué Sacerdote Sumo de la N ueva
Ley. E m perador, Capitón y Sacerdote, recibe á tu pueblo bajo tu
protección» (1 ).
Convidaba todo esto á com partir m is serm ones entre el Corazón
de Crislo y el m odernism o, y lo hice; y debieron decir algo que te­
n ia eco en los corazones de nuestro católico pueblo, porque de p a­
lab ra prim ero, y por escrito después, me pidieron la im presión, &
que m is superiores accedieron gustosos.
Pero escritos aquellos serm ones como se escribe siem pre que hay
que predicar á diario, no pudieron agotar la m ateria, ui ser un tra ­
tado de refutación com pleta, ni uu com entario de la Encíclica Pas-
ceíidi; y recogidos ahora, corregidos, aum entados y arreglados
en tre id én ticas an g u stias de tiempo y las m ism as ocupaciones, no
h an podido ser m ás de lo que fueron, aunque h ay an procurado
serlo m ejor.
Am pliación y copias de citas, testim onios y a de la Encíclica, y a
de doctores y autores am igos ú hostiles, supresión de algunos m ovi­
m ientos oratorios propios del piilpito é im propios del reposado es­
crito, adición de hechos y dichos recientes y algún m ayor aseo eu
la form a y elocución es casi lo único á que se h a podido aten d er al
p re p ara r este opúsculo para las prensas. Llám esele, pues, colección
de serm ones, tratados didácticos, libro de polém ica, obra ascética al
estilo del siglo xvi, ap untes sobre el tem a del m odernism o ó como se
qu iera, no será n u n c a otra cosa m ás que un conato de popularizar
la E ncíclica de Su S antidad Pío X p ara contribuir á poner un dique
al m odernism o ó á precavernos de él am plificando sobre todo, claro
está, aquellos puntos de m ayor utilidad en u u estra Espuüa.

(1) Heln. Seue. Leben, p. 669.


Por qué de la novena.

CcntWts, ego rfei Joans. 16,88.


A n W i po venei al un ido. Sao Juan 16,
t . 88.

Isaías, David y San Pablo, com pletándose y declarándose, nos


dan la clave histórica del desarrollo de la Iglesia. Cristo Jesú s, ven*
cedor de su propia m uerte, pisoteados sos enem igos, de la san g re de
cuyos cráneos a ú n lleva salpicados los vestidos, se acerca K las
puertas de la Salem sa n ta y llam a & ellas intim ando su rendición-,
m erecida le era la victoria de aq u ella pelea en que p a ra com pensar
soledades de todo hom bre ne valió de su indignación y odio á la m al­
dad como de poderoso a u x ilia r; pero h ab la vencido y subiendo sobre
todas las je ra rq u ía s an gélicas dió ¿ s u Padre la m ano, el cu alle asentó
á su diestra. ¿Cómo y p a ra qué y por cuánto tiem po? Doñee ponam
inimicos luos sca b elh m p ed n m tu o n m ; h asta que fuera poniendo á sus
enem igos uno por uno como escabel de sus plantas; h a sta que d u ­
ran te la sucesión del tiem po fuera rindiéndole cuanto se lev an ta ra é
irg u ie ra co ntra ¿ 1, h asta que se destruyera el enem igo postrero, q u e
será la m uerte y asi se consum ará el triunfo d e Jesucristo.
A. él y á este espectáculo h a asistido la Ig le sia y en él estrib a su
h isto ria. S n b jtcit ei omnia, todo se lo h a ido som etiendo su E terno
Padre. Le sometió prim ero la S inagoga, reprobada en la plaza del
Pretorio, h erid a de m uerte en el Calvario y arrojada en pavesas con
su ciudad por las arm as y fuegos de V espasiano, y con ella le so­
m etió la hipocresía de los fariseos, y la erudición de los escribas y
el derecho de los legisperitos y el fausto de todas las tradiciones
hu m anas y del reprobado sacerdocio levltico; subjeeii ei omnia, le
sometió después á Roma, ebria en las orgías de Lúculo, en cenagada
en los vicios de Lucrecio, cebada en las cenas de H eliogábalo, h a rta
de san g re en los espectáculos de N erón y Diocleciano, d ebilitada y
m u erta en las poquedades de los A ugústulos, y sacrificada y ejecu­
tad a por los cascos de Iob caballos de Atila, G enserico y Alarico y
con ella le so m etió la p rudencia de los p ru d e n te s,el valor de los pode­
rosos, el orgullo de los sofistas y las teosofías indias y las m itologías
egipeina y loa restos de Snlón y Sócrates y Platón y Aristóteles y los
esplendoras del g enio griego y todas las herencias que Roma h ab la
oifrado en si del m undo antiguo, presa de su rapacidad, y todos los
portentos de su propio ingenio ea elocuencia y en filosofía, en a rte y
en poesía, s u b jtd l ei onmia. Todo se lo sujetó.
Ni se acabó con esto la glorificación de Cristo Jesús. Siguió el P a­
dre poniéndole á los pies nuevos enem igos; el duro Sicam bro incli­
nó su cuello a n te él y su m inistro San Rem igio; el y a feroz visigodo
fué dócil cordero apacentado por San Leandro y San Isidoro; el de­
vastador ostrogodo se ahinojaba delan te de San B enito; el orgulloso
lom bardo tem ía k la autoridad de San G regorio Magno; el indóm ito
germ ano sufrió el y u g o de San Bouifacio, y el anglo audaz y el cor­
sario norm ando y el h ú n g aro rebelde y el bárbaro eslavo, llegaron
¿ los pies de Jesucristo y besaron la m ano de sus m inistros San Co-
lum bano, San A gustín de C antorbery, San Eruerano, San E steban, el
venerable Beda y San A dalberto. Snbjecit ei oíimia. Y con ellos vinie­
ron gen tes y trib u s y pueblos nuevos & re c ib irla legislación del
Evangelio y en los Concilios toledanos y en las C apitulares de Cario
Magno y en loa Concilios de In g la te rra é Irlan d a encontró Jesucristo
el triu n fo que su Padre le decretara y Europa las naciones nuevas
y cristian as que se form aban al am or de la Cruz del Señor. Subjecil
ei turnia. Y casi al m ism o tiem po u n a nación, sím bolo de la fuerza
b ru ta, últim o esfuerzo de la raza de A braham m aldita fuá tam b ién
som etida á Jesucristo en A useba, y en los cam pos C ataláunicos y en
Clavijo, en C alataüazor y en las Navas y en V alencia y en el Bala­
do, en A lgeciras, M&laga y G ra n ad a y con ella la fuerza de la g u e ­
rra , la rediviva circuncisión, la raza de Ism ael, la su p erch ería j u ­
daica, la sensualidad del h arén , la ley de la carne. SuOjecilei tm uia.
Y al desenvolverse y m odelarse aquellas n uevas generaciones, cu án ­
tos y cuántos levantaban sus frentes como hijos orgullosos contra
el padre ¿ q u ien todo se lo debían; señores feudales que esclaviza­
b an , esclavos revoltosos q u e se revolucionaban, g u errero s am bi­
ciosos, sabios sem ipaganos y sem iárabes, em peradores ansiosos de
toda su prem acía, sacerdotes y clérigos m al avenidos con su propia
san tid ad ; pero todos fueron som etidos á Jesucristo. Concilios que
an atem atizan á loa concabinarios, Padres y escritores que tru en a n
co n tra los abusos, decretos de m anum isión y libertad de los esclavos
cristianos, m onjes q ue fecundizan la tie rra y am aestran ¿ los cam ­
pesinos, grem ios, concejos y com unidades que se form an al calor y
soplo de la Iglesia; Pontífices como los Gregorios é Inocencios que
tratan á los Enriques y Federicos como A hijo s, y a aterrándolos con
el an atem a, y a atrayéndolos con el abrazo; teólogos y ju rista s que
como Carlom agno, Alfredo de In g la te rra , San E steban de H u n g ría,
San F ernando de Castilla y su hijo Alfonso el Sabio, Jaim e el Con­
quistador, San Lnis de F rancia, San TomAs y San H aim undo, Ino­
cencio III y San B u en aventura condensan el gobierno cristiano en
F o rn n Indician, las Partidas, los Uaatg-es, los D ecretos, el tratado
Be Regimiue Principian, la C arta inglesa, los F ueros de A ragón, el
Corpus J im s y la Teología escolástica: ese es el ejército suscitado
por el Padre p ara som etérselo todo A su Hijo: Snbjecit ei omnia.
Y siguió el P adre poniendo de escabel á su Hijo los enem igos d e ­
rrotados; porque á la voz de Pedro el E rm itaño, de San B ernardo y
de San Luis quiso y consiguió E uropa liacer resp etar el nom bre de
Cristo en Asia y rescatar el Sepulcro del Seilor, y m ás que esto, po­
n er en contacto dos m itades del m undo, larguísim o tiem po divor­
ciad as..... Subjecit ei omnia. Todo quedó sujeto A El y A su R eligión
é Iglesia; el entendim iento, cuando se d iscu rría é in v en tab a en la
ciencia bajo el am able faro de la verdad revelada y se fu n d ab a la
EscolAstica, beso de paz entre la razón y la fe; la fantasía, cuando se
creab a un arte purísim o propio p ara vestir de conceptos, de colores
ó de líneas las levantadas ideas del cristianism o; el alm a h u m a n a
toda, cuando se trazab a u n a m oral cristiana, u n a legisprudencia
cristiana, u n a econom ía cristian a, un arte cristiano, diversión y
recreos cristianos, actividad c ristia n a ..... subjecit ei omnia....... Todo
quedó sujeto A Jesucristo en la poesía del Dante, en la p in tu ra del
A ngélico, en las catedrales de Colonia, P arís y Burgos, en la prosa
de San Bernardo y San Anselmo y Beda el V enerable, en la dram á-
tica de los Misterios, en la filosofía de Sau B u en av en tu ra y Alberto
Mag'no, de Escoto y Santo Tom ás eu la legislación del Rey M agno,
del Rey Sabio y del Rey Apostólico, en las victorias de Godofredo,
de San Luis, de R icardo Corazón de L eón, de nuestros Alfonsos,
Fernandos, Jaim es y Ram iros. Subjecit ei omnia......
Subordinación absoluta á Jesucristo com pletada en n u e stra Es­
p a ñ a por la teología española de Cauo, de Sutu, de V ictoria, de YAa-
quez y de Suárez, y por el arte sagrado de ZurbarAn, de M urillo, de
Velázquez, de R ibera y por la ascética y elocuencia de G ranada, de
M árquez, Chaide, de Torres y de Sigiienza; por el teatro eucarístico
de Lope, Tirso y Calderón; por el g’enio m ilitar de Carlos V, D. Ju a n
de A ustria, A ndrés Doria, S an ta Cruz, Farnesio, Alba, R equesens
y Spínola; por el genio diplom ático de Felipe II, Lerm a y tantos m ás;
por toda la actividad h u m an a subordinada á Jesucristo en aquella
prolongación y reflorescencia de la Edad Merlia que se llam ó siglo
de oro español. Subjecil ei omuia.
R esum en y cifra de todo esto 66 lo que escribe Su S antidad Pío X:
«Tan iu ten sa ea la luz de la revelación católica que se derram a vi­
vísim a sobre toda ciencia; tan g ra n d e la v irtu d de las m áxim as
evangélicas que los preceptos de la ley n atu ra l arraig an con su a u ­
xilio m ás profundam ente y adquieren fuerza m ayor; tan g ra n d e por
últim o, la eñcacia de la verdad y de la m oral enseñada por Cristo
que ay u d a y favorece aún el bienestar m aterial de los individuos, las
fam ilias y la sociedad. P redicando á Jesucristo crucificado, escánda­
lo y lo cu ra p ara el m undo, la Iglesia h a sido prim erísim a inspirado­
ra y pro p ag ad o ra de la civilización, la llevó adondequiera que p re­
dicaron sus Apóstoles, conservando y perfeccionando los elem entos
utilizublcs de laa an tig u as civilizaciones paganos, sacando de la
b arb arie y am aestrando para u n a constitución civilizada de la so­
ciedad á los pueblos nuevos que en su seno m atern al se am pararon
é im prim iendo á la sociedad entera, si bien poco á poco, de modo se­
guro y siem pre progresivo, el sello esplendente que universalm ente
conserva todavía. Por lo cual, en lo tocante á la virtu d in trín seca
de las cosas la Ig lesia viene á ser de hecho g u ard ad o ra y pro •
tecto ra de la civilización cristiana; hecho que en otras edades fué
reconocido y adm itido y que form a aú n el fundam ento inconm ovi­
ble de la legislación civil» |1). Subjecil ei omnia.
¿Todo? [Ah!, no; queda el orgullo hum ano, la razón h u m a n a , la
carne hu m an a, el hom bre am ado basta ahora de Dios que elevado
con los dones de Dios, enriquecido con ellos, engrosado con ellos se
alce , recalcitre, rom pa el y u g o y q u iera endiosarse: Revolución
religiosa del 1500 q ue acab ará tam bién por caer á los pies de Cristo
Jesú s.
Pero esta será v ictoria p riv ativ a del Corazón de Jesucristo.

La Encíclica del P apa León XIII A nm m i Sacrtm , que in tim a á


todo el m undo la Solem ne C onsagración al Corazón divino, divide la

(1) E n c í c l ic a d e U A c c ió n C a tó lica , 11 J u d í o 16G6.


histo ria de la Iglesia en dos g ra n d es periodos: h asta la Revolución
religiosa, el u d o ; desde la Revolución religiosa, el otro; ea el p ri­
m ero, dom ina como lábaro la Cruz; en el segundo, dom inará la Cruz
en el Sagrado Corazón de Jesús.
E ntendam os y penetrem os la verdad de esta idea.
Toda la obra de sujeción á Jesucristo que se hizo antes de L ute­
ro estab a sim bolizada por la Cruz, coronada por la Cruz y ejecutada
bajo los brazos de la Cruz: regnavit a ligno Deus.
Y n ad a m ás proporcionado á la realidad.
La Cruz significa el triunfo de Jesucristo como R edentor, el na-
cim iento y la propagación de su Iglesia, la adoración debida al Dios
y Hom bre verdadero, el testim onio del A utor y consum ador de n ues­
tra fe, la conquista del m undo......Omnia traham ad me. Y la Cruz
predicada y deseada es la predicación de los Apóstoles, que no p re­
dican sino este escándalo y esta locura; y no desean sino d a r la vida
en tre sus brazos. La Cruz, después de trescientos años, viene á coro­
n a r aquellos cam pos de apostolado y de m artirio y desde este m o­
m ento em pieza en C oustantino á ser lábaro y corono, lo que h abía
sido objeto de predicación é instrum ento de m artirio: la Cruz desde
ah ora u n g e á los reyes, corona á los em peradores, ad o rn a á los g u e ­
rreros, señ ala á los cruzados, funda las noblezas, preside las A cade­
m ias, santifica las U niversidades, pasea los cam pos de b atalla, con­
forta á los soldados, g alard o n a á los vencedores, se clava e a la tu m ­
ba de los m uertos y cobija, finalm ente, con sus brazos toda u n a so­
ciedad su jeta y ren d id a al poder de Jesucristo: Om ita traham ad me.
Esto ocurrió an tes de la Revolución religiosa, cuyo abanderado
fué L utero (1): después y a será o tra cosa.

(1) La Idea que hace de Latero on heresUrca aislado y original, y qae ciñe b u
obra á ana disidencia teológica se opone á la historia de aquel periodo, no
explica la trascendencia y feracidad maldita qne tuvo, y es rechazada hoy por
los propios historiadores católicos alemanes. Léase, para mayor conocimiento, á
Janeen, y, en breve suma, lo que escribe el Padre Weiss:
«Nadie duda que la Reforma no estalló de repente, como relámpago en cielo
sereno. Jam ás hubiera podido producir efectos tan profundos y consecuencias
tan duraderas como los que ha producido. Pero tampoco es posible dudar sobre
I o b preenraores que tuvo y sobre lo que constituyó su primer pnnto de partida.
El germen de la división completa de la Iglesia y de la separación de la Religión
encontrábase ya en aquella funesta desunión del mundo natural y del sobrena­
tural en aquel apartarse la vida pública de la Iglesia. Aquella ra^fde amargura,
ó, para hablar con el poeta, aquella semilla diabólica, enya flor emponzoñada ha
sido el ataque cuntru el clero y la Iglesia, y su fruto el udiu cuntra todu lo qae
E sta revolución, p reñ ad a de h e rejías, tiene carácter m arcadísim o
de in g ra ta apostasía y de apostasía en todo cuanto se h ab ía h asta
entonces ejercitado la actividad h u m a n a ; decirse puede que es el
hijo pródigo, Europa p ródiga, que h u y e de la casa p atern a, y en su
fu g a disipa el caudal por largos quirico siglos atesorado. R eniega
de la tu tela p atern al, ab u sa de la R edención, blasfem a de la sag rad a
Eucaristía, desprecia los Sacram entos, vasos de la san g re del Seüor,
n ie g a la vida in terio r de la g ra c ia , trasto rn a el libre albedrío,
sacude el y u g o de la obediencia á Dios, erige en ídolo su concupis­
cencia, se mofa de los votos consagrados al Señor, prostituye la
im agen de Dios, y ciega, desagradecida, frenética, hiere con d es­
am or el Corazón de su Dios, de su P adre y de su R edentor. Y en esta
época de la apostasía aparecen los precursores de M argarita M aría,
aparecen los prim eros destellos d e l am or al Corazón de Cristo y de
su desagravio. ¿Dónde? En las obras de los ascéticos y m ísticos cas­
tellanos, en los cscritos del Beato P adre Canisio y de San F ran ­
cisco de Sales; esto es, en la len g u a del puebLo m ása n tilu te ra u o de
Europa, del pueblo arm ado por Dios, como David, veucedordel l u l o
ranism o y en el alm a y en los soliloquios del prim er apóstol de Dios
co ntra la G erm an ia lu te ra n a y revolucionaria y del prim er apóstol
de Dios co n tra la F ran c ia calvinista y ja n se n ista y revolucionaria.
Y pasó este p rim er periodo de la Revolución religiosa. Esta
em pieza á salir de A lem ania, codificada por Calvino, y con la
som bra de la espada de Francisco I y de E nrique IV, va á dom inar
á F ran cia: F ran c ia se a lia rá con Jan sen io y S aint-C yran, y con
nuevo nom bre de jan senism o va á dom inar á Europa. En este m o­
m ento histórico, Jesucristo Nuestro Bien in clin a los cielos, y jad e a n te
y anheloso de am or, roto el pecho de p eu a j de tristeza, viene
á ex h alar sus quejas, pidieudo correspondencia á su caridad u ltra ­
jad a: se aparece en el retiro silencioso de P aray-le-M onial á la esco­
g id a V irgen M argarita M aría de Alacoque.
No es la devoción al Corazón divino tan solo u n entretenim iento
de la piedad in d iv id u al y un cebo de pocas alm as escogidas; es u n a
devoción que sim boliza la Reconquista del mundo para Jesucristo.

se refiere á la Iglesia, contra toda ingerencia de parte de ta ta y de lo sobrena­


tural. constituyó el principio de la Reforma. >
Gomo se ve con mayor claridad á medida que b u s propios hijos se separan
de ella eiu dejar de ser lo que san, la Reforma no ea el principal acontecimiento
en el umbral de los tiempos modernos. Demasiado honor le hacemos al conside­
rarla como el acontecimiento capital que abre esta Kd*d.
El espíritu de desagravio, que corre como savia por toda e lla , la
pone en relación y contacto con todo escándalo, con todo pecado de
los hom bres, y la hace abarcar y deplorar lo mismo la ceguedad del
idólatra que la p ertin acia del cismático; lo m ism o la obcecación del
hereje que la debilidad del falao cristiano; lo m ism o los delitos del
libertino y desalm ado que la m udez vendida del v ig ía de Israel y la
pereza tib ia de la esposa del Cordero; lo m ism o las abom inaciones
que se com eten ea Versalles que las voces parricidas de la Revolu­
ción popular y ebria: el espíritu de desagravio que late en las obras
de M argarita M aría lo abraza todo con odio idéntico y perfecto: per­
fecto odio oderam.
Las prom esas hech as por N uestro Señor á su fiel y consagrada
sierv a dan á esta devoción idéntico carácter y sem ejante am plitud.
E l Corazón de Jesús, venerado y adorado, perfeccionará á los in d iv i­
duos, y a haciéndolos de pecadores justos, y a levantándolos de tibios
á fervorosos, ya elevándolos á m ayor ju stic ia y perfección; el Cora­
zón de Jesú s será la coruua y sautidad de los estados particulares; el
predicador h a lla rá en el Corazón de Cristo las len g u as de fuego del
apostolado, los religiosos la san tid ad é ideal de sus C onstituciones y
R eglas, los seglares el ardor santo p ara coronarse en las lides del
m atrim onio y de sus deberes; las sociedades im perfectas ten d rá n
escudo en el Corazón de Jesús; las casas p a ra h a lla r la paz y la
defensa de todos los peligros; las asociaciones p ara en contrar en él
aquel bien propio de «u organización y aú n lns ejércitos si lo colocan
en sus banderas, los reyes si se le consagran y los reinos si le a c la ­
m an su Rey Eterno verán h u ir á sus enem igos, venir sobre ellos la
paz y la cu ltu ra y sonreir por todas partes la obediencia y la b ien­
and an za. En resum en, el Corazón de Jesú s quiere por esta su m a n i­
festación á los hom bres renovar la obra de la Redención: la R evolu­
ción religiosa no quiso m ás que a n u la r la obra de la R edención.
Jesu cristo q u iere reconquistar al m undo perdido á su am or: lo
reco n q u ista por su divina Corazón.
He aquí, pues, el trascen d en tal significado de esta devoción, y lo
q ue significam os al decir qne es y será verdadero lábaro de la Edad
m oderna y contem poránea.

¿Lo com prendió así la Revolución religiosa? Siem pre y por


siem pre.
Esa Devolución es u n a desde Lutero h asta hoy, y los errores
diversos quo tem poralm ente h an reinado no son sino fases de
u n a cam p aú a, ó si se quiere, cuerpos distintos de un solo é infernal
ejército.
Pues todos los cuerpos de ese m ism o ejército, el calvinism o, j a n ­
senism o, filosofismo y liberalism o, lian odiado igualm ente al Cora­
zón de Jesú s, y con su odio h a n dem ostrado lo mismo: que el Cora­
zón de Jesú s es el lábaro de la Edad contem poránea, de la a n tirre -
volución, de la Iglesia en nuestros días.
El calvinism o desató su odio sin g u larm en te contra la E ucaristía,
principalísim o am or de los devotos del Corazón divino, y señaló su
paso por F ran cia y los Palees Bajos con sacrilegios horrendos, ü n o
de ellos suscitó la protesta de nuestro rey D. Felipe IV, y ocupó la
nerviosa elocuencia de nuestro D. Francisco de Quevedo.
lío los otros agravios hechos por F ran c ia á E spaña concitaron el
ánim o del escritor católico y español: «apoderóse em pero de m i
esp íritu , continuarem os con palabras suyas, el saco de Mos de
X atillon, vuestro g eneral, en Filim ón; estando p arlam entando con la
villa saqueó el lu g a r, degolló la g en te, forzó las vírgenes co n sag ra­
das á Dios, quem ó los tem plos y conventos, rom pió las im ágenes,
profanó los vasos sacrosantos; últim am ente, ¡oh, SeñorI ¿dirélo?

si bien se espanta el alm a de acordarse


y con dolor re h ú sa la m em oria;
dió en las hostias consogradas k sus caballos el Santísim o S acra­
m ento, que p o r excelencia se llam a E ucaristía, bien de gracia, p an
de los ángeles, carne y sangre de Cristo, cuerpo re al y verdadero de
Dios y Hom bre. ¿Qué le dejó esta fu ria y ejército de dem onios que
desear m ás a l infierno?......»
Tal era el odio del calvinism o y del protestantism o todo á la E u­
caristía y al am or de Cristo, cuyo símbolo es ella, y al Corazón de
Cristo en ella v iviente y ofendido. Estos agravios inauditos llenan
los libros de los prim eros apóstoles del Corazón de Cristo y sirven de
incentivo al desagravio y al am or dolorido, fiu últim o de esta d e­
voción.
E sp íritu de desagravio á que se an ticip ab a E spaña como lo ex­
presa la m ism a elocuente plum a de Quevedo:
«Yo espero que vos grande, vos poderoso, vos cristianísimo castigaréis (como
fuese posible al humano poder) delito á que sólo se proporcionan los eternos
castigos. Dos ángeles os asisten como á rey, obedecedlos como ángel.... Iloy
el Rey mi Seilor, provocado de vuestras armas, os buscará, pues asi lo que­
réis, no con nombre de enemigo. Su apellido será católico vengador fie las in­
jurias de Dios, de los agravios hechos á Cristo Nuestro Seflor en el Santísimo
Sacramento y en sns imágenes y eu sus esposas y ministros: los cuales sobe­
ranos blasones constituyen &vuestro Xatillon reo de innumerables crímenes
de lesa majestad divioa y de la carne y sangre do Dios Hombre.»
Mas si el protestantism o odió a l Corazón de Jesú s en la E ucaris­
tía y dió m ateria & la reparación, es decir, fué bostil ¿ la devoción
an tes de n acer, b u s herederos la odiaron y a nacida.
Después de C&lviao, Port-R oyal.
Esta Meca del jan senism o antes de su ru in a , en bu ru in a y des­
pués de su ru in a, aborreció la recién nacida devoción con s a ñ a ir r e ­
conciliable, satán ica, infernal.
Su ortodoxia, la au ten ticid ad de su origen, los apóstoles de su
propagación, las im ág enes que la fom entaban, los m edios con que
conseguía su fin, todo cayó bajo la du d a, la cen su ra, ln sá tira , la
d iatrib a, la calu m n ia del jansenism o; que co n tra ella esgrim ió el
sofisma teológico y la superchería ascética y las faldeadas a le g a ­
ciones p atrísticas y el escándalo farisaico y la caricatu ra ta b e rn a ­
ria y el libelo calum nioso y la alg arad a periodística y cu au to soüó
y m aq u in ó y tram ó el espíritu del m al.
Un h isto riad o r de Port-R oyal, jan sen iz au te él, escribe:
«Lo, contínuaoión necesaria ele la piedad £. lo San Francisco de Sales, con­
tinuación niojor ó peor entendida y que acaso él misino no hubiera aprobado
sin reserva, llevaba por la pendiente por él empezada & los devociones al Sa­
grado Corazón de Jtjsús y la Inmaculada qne Port-Royal miró siempre como
idolatrías» ( 1).
Esa b an d e ra la llevó siem pre desplegada.
Objeto de su g u e rra fué la Orden de la V isitación.
No faltaron en el clero de F ran cia doctores con g ra n renom bre
de doctrina, pero m ás ricos de ciencia que de virtud; directores que
o cultaban bajo la m áscara de u n a au stera piedad los proyectos m ás
funestos á las alm as; a lg u n a vez tam bién hubo obispos que quisie­
ron ab u sa r de bu au toridad sobre sus ovejas p ara a p a rta rla s de la
ortodoxia y p recipitarlas ¿ los abismos. Estos p artidarios del error
110 om itieron medio alguno para introducirse en los M onasterios de
la V isitación. La fam a m ism a de v irtu d de que gozaban, aum entaba
el apetito q ue los ja n se n ista s te n ía n de e n tra r allí. ¡Qué triunfo para
la 9ecta poder tran sfo rm ar los principales M onasterios de la V isita­
ción en otras tan tas sucursales de P ort-R oyall In ten taro n contra las
h ijas de San Francisco de SHles la m entira y el miedo; pero ellas
con su sim plicidad de palom as, desenm ascararon el em buste.
¿Cuál fué el medio de que se valieron p ara su defensa?
Ya la b eata M arg arita M aría lo h ab ía previsto al escribir que
«este divino Corazón h ab ía de ser el m edio m ás eficaz para preser­
v a rlo s de su cu m b ir & n n espíritu ex tra ñ o , orgulloso y am bicioso
que no preten d ía sino a rru in a r el espíritu de hum ildad y sim plici­
dad, fundam ento del edificio que S atanás pretende dem oler. No lo
co n seg u irá si tenem os al Sagrado Corazón por protector, por defen­
sor y por escudo» (1 ).
Los ataques del jan senism o contra el Corazón de Jesús siguieron.
P rocuraron h acer creer que se adoraba el Corazón separado del
cuerpo del Señor y de la persona del Verbo; calum niaron á la beata
M argarita y al P. LaColombifere como plagiarios en la devoción que
defendían; in su ltaro n á los autores de las vidas de la B ienaventu­
ra d a con brom as m ordaces, ironías am arg as y reproches in ju stísi­
mos; el periódico Nouvelles Ecclesiastirjves se hizo colector ele todas
las d iatrib as, de todos los em bustes y de todas las calum nias contra
los m iem bros de la Com pañía de Jesús; á los defensores de la perse­
g u id a devoción ee lee llam ó berruyeristas, pichonistas, alacoquistas
y cordícolas, y no se vió en ellos sino partidarios de la m oral re la­
ja d a , je su íta s ó sospechosos de jesuítas.
Todas estas calu m nias quedaron proscritas por Pío VI en la Bula
A u ctoren fidei y en sus proposiciones 62 y (53.
Pero el jansenism o engendró la Enciclopedia.

Pascal nace en el jansenism o y vive en laE nciclopedia: es el lazo


que u n e k Port-R oyal con V oltaire.
Este nuevo cuerpo de ejército, laE n ciclo p ed ia, e s ta f a s e d é l a
Revolución religiosa tuvo un período de erupción, como los volca­
nes, que se llam ó el Terror. T error que difundía por todas p artes,
pero que tam bién h a c ía presa en el. ¡Quó terror! Un terro r in ex p li­
cable pero verdadero, terro r m ás hondo y m ás trAgico que el que se
apodera de lady M acbeth en u n a pieza fam osísim a del teatro inglés.
Alii, aq u ella crim inal se alza sobresaltada del sueño, y d elira n te ,
cree ver que sus m anos chorrean la sangre que su esposo h a b ía v er­
tido p ara serv ir A. su propia am bición y k la de la sonám bula y q u ie­
re lavarse..... lady M acbeth se lava....... y sus m anos sig u en g o te a n ­
do sa n g re ......vuelve á lavarse....... y g o tean ....... y g otean.......y siguen
goteando b a sta que la a n g u stia desesperada le a rra n c a tales voces
que d elata sus asesinatos y los de su esposo y quedan am bos rendi­
dos en público patíbulo.
Algo así le pasó al T error.
En su pecho ferm en tab a el odio á Cristo y al Sagrado Corazón
que en vano enm ascaró coa el am or á la H um anidad, con el odio ¿
las dinastías, con los chistes y brom as de la c u ltu ra y del ingenio:
era odio á Cristo y & su divino Corazóu. Y vió que las religiosas de
Com piégne lA cían escapularios del Sagrado Corazón y quiso acabar
con ellos y las m andó g u illo tin ar y las guillotinó, quedando purifi­
cado con san g re de m ártires el escudo del Sagrado Corazón; y vió
que las Y isltaudinas tam bién hacían escudos y estam pas del S agra­
do Corazón y las m andó g u illo tin ar, y como u n a pesadilla volvió á
v er escudos ea los héroes de la B retaña y en los aristócratas pros­
critos y h asta en los cuellos de la fam ilia de Luis XVI y no se pudo
contener, y declaró al m atarlos que lo que odiaba sobre todo era el
.Sagrado Corazón de Jesús y declarándolo quedó á sus pies confuso,
g u illotinado, m uerto. SuVjecil ei omnia.
El liberalism o, que es la Revolución sin guillotina, h a heredado
los odios del Terror al Corazón de Jesucristo. Odios hipócritas, odios
velados, odioe contenidos, odios enm ascarados, pero odios y odios
im placables, satánicos, infernales.
Acaso por alg ú u tiem po disim ula y perm ite eu buen hora las
im ágenes, los tem plos, las fiestas al Sagrado Corazón con tal que no
ocupen el sitio donde él establece sus reales, que es el gobierno, pues
escéptico por naturaleza, hace caso poco ó n in g u n o de las disquisi­
ciones que tan to preocuparon al jansenism o. Em pero si son ejérci­
tos ó soldados que llevan en su bandera y en sus pechos el Corazón
de Jesús, no los sufre y los fusila y asesina como en Castelfidardo ó
en el M aestrazgo; si son pueblos que q uieren poner en las p u e rta s
de sus casa 3 los escudos del Corazón de Jesú s, no los sufre y a rra n ­
ca las sag rad as im ágenes y las echa por m ano de sus esbirros ¿ los
carros de la basura; si son ejércitos de peregrinos que van á Rom a
á aclam ar al P apa Rey, no los sufre y les q u ita entre silbidos y pe­
drad as los escapularios del Corazón del Jesú s del pecho p ara piso­
tearlos; si es u n a R epública modelo que se consagra oficialm ente al
Corazón de Jesú s, no la sufre y asesina por la espalda & G arcía Mo­
reno y rom pe la consagración oficial del Ecuador.
El liberalism o en esto? casos se olvida de su tolerancia decanta­
d a y se acu erd a que vieue eu lía e a recta del Ju eg o de Pelota de Pa­
rís y de las bacan ales san g rie n ta s del 93.
El Corazón de Jesú s lo vencerá.
Venció al calvinism o can las adoraciones y desagravios de los
nuevo3 devotos; venció al jansenism o con la condenación solem ne
del sínodo de Pistoya; venció á la Enciclopedia, pues en su ru in a
se levantaron tem plos y se m ultiplicaron im ágenes del Corazón de
Jesú s. Y al q u ed ar veucidos y á sus pies estos enem igos le sometió
el Padre á su Hijo la hipocresía farisaica, el trabajo orgulloso de in­
vestigación, el abuso de la im prenta, del poder y del favoritism o, la
elocuencia, las artes, las ciencias, la erudición, la fuerza, la tiran ía;
todo lo que aquellos errores significaban se lo sometió: subjecil
ei m im a .
Y seg u irá venciendo y seg u irá el P adre som etiéndolo, todo y lo
que es lábaro de n u estra pelea será em blem a de n u estra victoria.
Oid la voz de toda la Ig lesia en el Sacrosanto Concilio Vaticano;
oid á Pío IX, de san tísim a m em oria; oid á León, su inm ediato su­
cesor; oiil A Pío X, n u estro ac tu a l Padre y Pontífice; todos os decla­
ra rán idéntica esperanza al ped ir, a l conceder, al m an d ar y al per­
p etu ar que el Orbe entero se consagre al Divino Corazón de Jesús.
Concluyam os, pues, que si la Revolución en su últim a forma odia
cordialm ente al Sacratísim o Corazón lam biéu encontrará eu su culto
su derrota.
Subjecil ei omnia.
Sí; es la ley de la Ig lesia y de la glorificación de Cristo sobre sus
enem igos, que sig u e cum pliéndose, y que así como h asta la apos-
tasía europea se significó, como triunfo de conquista, por el leño
desde el que reinó Dios; así á p a rtir de esa apostasía se sim boliza en
triunfo de R econquista por otro lábaro de am or: el Corazón am an te
y desagraviado de Jesucristo.
C onsiderar así esta devoción es dejar hecho el necesario preám ­
bulo para que parezca verosím il la proposición de todo este nove­
nario: .E7 Corazón de Jesús, objeto de odio para el modernismo y símbolo
de victoria sobre el modernismo.
División y plan de este libro.

El m odernism o es m ás bien que u n a h erejía el cúm ulo de todas


las que h a abortado Satanás desde Lutero h asta hoy: «om nium
hneresum collectura (system a) esse affirm em us». «Ipsum Chti reg-
n u m evertere fu n ditus n itu n tu r» . «Icta autem (fide) radice hac in -
m o rtalitatis, viru s per oranem arborem sic propagare p e rg u n t u t ca-
th o lirae v e rita tis m illa sit pars linde m am isab stin e an t, n u lla quam
corrum pere no n elaborent» ( 1 ).
«Este sistem a es m ás que u n a la reunión de ¿odas las herejías-, in ­
siste él y sus secuaces en descuajar y arru in a r el reino de Jesucristo;
hiere y ataca la raíz m ism a de la vida divina, que es la fe, y difunde
por todo el árbol su veneno de tal modo que no queda parte a lg u n a
de la verdad católica ilesa y salva, n in g u n a que no trab aje por a d u l­
te ra r y corrom per.»
Con las cuales g rav ísim as palabras bien nos declara Pío X la
m alicia y extensión del m odernism o y cómo es uu general ataque
dado en toda la lín ea al ejército católico: errores luteranos, p an teis-
tas, racionalistas, escépticos, positivistas, jan sen istas, Iibrecultistag,
liberales, toleranti&tas, todos tino agm inese lanzan contra los b alu ar­
tes de 1h Iglesia. Mas no s e lanzan paladina y abiertam ente, d d s c
p ro pugnan con los claras sofismas cien veces pulverizados; no, sino,
arrojado el lastre de la arg u m en tació n directa, se quieren Im poner
como necesidades de la época, por razones de conveniencia, de u ti­
lidad, como perm an en tes conquistas m odernas, p ara h u ir !a nota de
reacción p a ra no q u ed ar estacionados y solos en m edio del univer­
sal m ovimiento: motivo, á fe, de n in g ú n valor, verdaderos respetos
h u m an o s, pretextos de ánim os cobardes y titubeantes, pero que son
lns únicos que aleg a y con que hnlnga á. los suyos el m odernism o.
Ya con esto solo queda indicado lo am plio de la m ateria, lo ex*
tendide del campo ¿ nuestros ojos abierto. Por eso la Encíclica la
considera por partes, estudiando al m odernista como filósofo, cre­

tí) Encíclica Pasíendi.


yente, teólogo, critico, exégeta, historiador y reform ista, señala los
caracteres del m odernista, asig n a las causas de tanto erro r y p e r­
suade y m an d a los rem edios q a e se deben tom ar.
R em edando casi la división del Sumo Pontífice, se dividirá este
trab ajo eu nueve serm ones ó tratados, conform e al espacio de tiem po
de que en la Novena se disponía.
A barcará alg u n o s puntos afinca de la Encíclica y que no p a r e ­
cieran tan vulgarizados en nuestra España; y, en cam bio, por an á­
logas ó co n trarias razones alg ú n punto del docum ento pontificio se
dilatará en m ás de un serm ón de éstos.
Como necesario preám bulo pone Su Santidad, y nos d arán m ate­
ria p ara dos sen n u n es, los caracteres extrínsecos de los m odernistas
y el espíritu in terior que los anim a: aquéllos nos servirán p ara
form ar n u estra p ru d en cia cristiana y h u ir de los falsos profetas: éste
nos form ará in teriorm ente y nos será enseñanza bien provechosa.
Asi, pues, la división y p lan de todo este opúsculo será como
sig u e:
1. N aturaleza del m odernism o.
II. Razón m otiva del m odernism o.
III. A gnosticism o.
IV . Im m anentism o.
V. Agnosticism o é im m anentism o aplicados.
V I. M odernism o social.
V II. M odernism o político.
V III. Refbrm lsm o m odernista.
IX . A n tlm o d e m ism o .

Corazón de Jesú s, tem plo del E spíritu Snulo, tesoro escundido de


la d iv in a S abiduría, centro de todas las virtudes, sagrario de la p e r ­
fección y santidad, tú fuistes el origen de la Iglesia, que míis h e r ­
m osa que la prim era Evu, salió de ese costado d u ra n te el sueño de
la m uerte del segundo Adán; contra ti van los tiros de esos ingratos
hijos que, ap aren tan d o am or, cariño y benevolencia por ceguedad
é ig n o ran cia, h ab lan lenguaje de m uerte y ruina; por ti querem os
ser ilum inados, con tu sab id u ría ilustrados, con tu fuego abrasadas,
con tu calor anim ados p ara conocer la verdad que en ti se escon­
de, p ara ab razar el bien de que eres abism o, para aborrecer el error
y la m ald ad como tú la aborreces, k fin d e q u e volvam os k la fuente
del bien y de la verdad, y toda Europa, reconocidos sus pecados,
vu elv a y reto rn e &. la casa p atern a y á los brazos del P adre Celestial.
M adre y abogada, gloriosa V irgen María: tú haa conculcado y
vencido todas las h erejías del m undo, y la Iglesia tiene en ti su único
auxilio y pecu liar protectora. Ni fué solo en el tiem po an tig u o , en
Efeso y en Bizancio, donde por San Cirilo, San León y S anta P u l­
q u ería obtuviste triunfos señalados sobre Nestorio, sobre E utiques y
aquellos prim eros heresiarcas; ni fué solo tu brazo en defensa de la
Ig lesia co ntra el poder de enem igos por raza y religión colocados
fu e ra del seno de la cristiandad, como en V iena y en Lepanto, contra
el poder de los turcos; sino que tu Ig lesia h a pedido y experim entado
tu favor contra el poder revolucionario de Napoleóu y de Víctor Ma­
n u e l cuando los Pastores de la Ig lesia se vieron am enazados en Sa-
vona, F o n taiu eb leau y Saeta y por tu m ano fueron libres y vence­
dores.
Y hab lan d o en E spaña y por E spaña, tu p la n ta santificó n u estra
tie rra en Zaragoza; tu s apariciones fundaron n u e stra nobleza y n u es­
tro solar en la R econquista; tu s favores y tu am or bendijeron n u es­
tros pendones en la Cruzada contra la h erejía lu te ra n a y contra el
poder de los turcos; tu brazo nos levantó p a ra lu c h a r á la desespe­
rad a co n tra las C onstituciones revolucionarias del corso audaz; tu s
ojos nos m iraron propicia en la g u e rra cru en ta ó in c ru e n ta con el
liberalism o; sea tu favor, M adre de E spaña y M adre de la Iglesia, el
que en ósta tritu re y pulverice el novísim o error y el que en nu estra
p a tria no le deje g erm in a r, aventando, si alg u n as hay, las p ern i­
ciosas y en v en en ad as sem illas. Am én.
Naturaleza del modernismo

F ilio li, uovissim ú hora a i et aient ñ u d istfs


filia a u tic h ristu s uenit, et iitiue a n lic ir is ti
m u U i f t c t i s u n t. I . Jo&dd. 2, 18.

H ijuelos m ies, ha llegado la hora postre­


ra y lo que babéla oído de que el an tlcrlsto
viene ya sa Iia r e a g u d o , pnrqua hftn «u r­
gido m uchos a itic ris to a . S. J ' j a n , ep. I, e. 2.

Recostado J u a n en el pecho del Maestro bebió de aquella fuente


viva no sólo rau d ales evangélicos ( 1 ) de doctrina p ara esclarecer el
m undo con su Evangelio, sus epístolas y su predicación repitiendo
aquel quod vi dimus annnntiam us (2) os anunciam os lo que habernos
visto; sino incendios tam bién de am or p ara dolerse de lasap o stasías
de los que saliendo d« la Tg'lesia n u n ca hab ían sido de ella: ex nolis
prodieinnt, sed non erant ex nolis (3). Conocim iento de la persona del
Señor, do su divinidad, de su realeza, rex om iium regnm terrae (4);
dolor amoroso del desconocim iento, del desprecio, de las negaciones
de los hom bres p ara con el Señor anliclirisli miríli fa c íis u n t (5) y ad ­
m iración de la g ran d eza del brazo divino restau ran d o el im perio de
Jesucristo en toda la h istoria del m undo; dignus est A gnus qui oc-
cisiis est... (6) son las ideas que llenaban el pecho del discípulo a m a ­
do y que resum en toda 9u predicación y el asunto de sus escritos.
¿Qué hace la devoción al sacratísim o Corazón sino discípulos am a­
dos y am antes del Señor? E lla nos re g ala con el conocim iento de
aquel Corazón «abismo de virtudes,» «secreto y tesoro de sabiduría y
ciencia,» «habitación y m o rad a de la plenitud de la divinidad» (7);

(1) Finen ta Evangelii de ipso eacro Dominici pectoris fonte potavit. OS.
JEccl in eius fest. die 26 Dec.—(¿) Joann. 1, 14.—(9) L 9, 19.—(1) Apoc. 1, 5.—
(5) I. 2,1?.—(6) Apoc. 5,12.—(7) Cor Jeen, virtntum nmniiim abysHUB. Gor Jesn,
in qao snnt o m n e s t b e s a u r i s a p ie n tia e et s c ie n tia e . Cor Jesu, in q u o h a b ita t
omnis p le n itu d o d iv iD ita tis .— Litan SS. Cord.
ella nos une con ¿1 no recostándonos en el pecho qne lo encierra, sino
abrazándonos y transform ándonos en si m ism o por la frecuente Co­
m unión; razón será, que como hem os sido elegidos para ln im itación
del Amado Discípulo, así sean tam bién n u estra s virtudes im itación
de las suya*. Quedemos, p u e s , llenos de esplendores y luces de la fe
p ara recouocer, confesar y p reg o n ar la divinidad, el principado y la
realeza de Cristo; quedem os abrasados en los ardores y llam as de su
am or para consum im os en dolor al v er la apostasín de tantos a n ti-
cristos; quedem os por &n esforzados, esperanzados \ dispuestos á
reivindicar sus privilegios p ara Cristo, sabiendo que hoy como ayer
y como siem pre oportet i l h m regnare será suya la victorin, el honor,
la corona y el perd u rable triunfo.
Anticristos, cuya apostasía debemos llo rar, h a habido siem pre en
la Iglesia de Dios y hoy día sou en crecido núm ero: racionalistas,
que n ieg an lo so b ren atural; positivistas, que se desentienden de
toda razón y arg u m en to en prueba de la verdad; tolerantistas y l i ­
berales, que dan ó perm iten iguales derechos á Dios que á Satanás;
católicos liberales, que & pesar de su to leran cia perniciosa quieren
viv ir en el seno del catolicism o; socialistas, que sueflan con despo­
j a r k los m ás acaudalados en pro de su s am biciosas fantasías; todos
estos y m uchos m ás son en últim o térm ino enem igos de la Cruz de
Criato, de su adorable P ersona, anticristos.
Mas & los que se les aplican del todo las palabras de San J u a n
e 3 & los m odernistas. Después q n e el Apóstol am ado h a dicho que
son enem igos de ú ltim a h o ra y anticristos, p re g u n ta : ¿Quién es ese
m endaz y falsario auticristo, sino el que n ie g a que Je sú s es Cristo y
es Dios? Este es el verdadero anticristo, que de consecuencia en con­
secuencia negaudo al Hijo, n e g a rá al P adre, qui negat Filitim , uec
P a lm a habet.
Pues enem igos de últim a hora son tam bién los m odernistas; pós­
trenla hac adate, de esta ú ltim a época, los llam a Su S antidad: y
enem igos que con atrevim iento sacrilego niegan la divinidad de
Jesacristo y reducen y am inoran su divina Persona al rango de puro
y sim ple hom bre avsit sacrilego D ivim Reparatoris Pei'sonam ad piir
rum patumque hominem extenúant; anticristos verdaderos, que como
Iob de San J u a n , negando al Hijo, nieg an al Padre y de acristianos
se tru ecan en ateos: ex agnosticismo, ad atheisnium seientificvm et
histuricuin modernistas transeunt.
Contra estos an ticristos debem os esgrim ir nu estras arm as, p are
lo cual debem os an tes de todo conocerlos.
Estudiem os, pues: 1), los caracteres extrínsecos de los m odernis­
tas; 2), la síntesis é historia de su error; 3), la im portancia que tiene
su refutación.
Im plorem os, etc. A ve M aría.

Caracteres extrínsecos de los modernistas.

G uardáos de los profetas falsos que se os presentan con piel de


ovejas y son por dentro lobos rap aces ( 1 ): con estas palabras preve­
n ía el Salvador á sus prim eros discípulos y en ellos á los de todos
los tiem pos y k nosotros tam bién contra los falsos am igos y craeles
enem igos que h ab ían de hacer á su Ig lesia y á nuestras alm as la
m ás cruel y peligrosa de las g u erras y estas palabras son las que
apoyados en la autoridad de Pío X repetim os hoy y repetirem os sin
cesar contra los m odernistas.
Y es m uy de n o tar que em peñada la lu ch a etern a de la Iglesia,
que es la de Jesucristo contra S atanás, con tantos enem igos, con
protestantes y cism áticos y racionalistas y sensualistas y radicales
y ateos y m aterialistas y socialistas y an a rq u ista s, etc., el Sumo
Pontífice d a la preferencia en la v ig ila n cia y en el an a te m a á estos
lobos con piel de ovejas, declarándolos Ecclesiae adversaria quovis
alio pem iciosi ores los adversarios y enem igos de la Iglesia m ás p e r­
niciosos.
¿Y por qué? Precisam ente por la piel de ovejas.
Im ita el Pastor suprem o la conducta del Pastor de los Tastores
que dirigió y asegundó y repitió sus anatem as y tristes am enazas y
llenó de ellas los E vaugelios co n tra los que oraban larg as oraciones,
co ntra los que profanaban sentándose en ella la cátedra de Moisés,
co n tra los guard ad o res de la ley, que se prevalían de todos estos
privilegios p ara oponer m uro de resistencia á su doctrina; sigue las
huellas de todos sus predecesores y sin g u larm en te de Pío IX que
m urió declarando los m ás funestos á los católicos liberales y m ás
funestos que los m onstruos de la Commune.

(l) S. M a t.7 ,1 6 .
¿Cuál es este disfraz de los m odernistas? ¿Cómo h an abasado de
ól? ¿Cómo los conoceremos? Todo esto lo vam os á estu d iar y & a p re n ­
der p ara g ra n provecho y formación de la p rudencia cristiana, de
aq u ella p ru dencia, digo, que n i condena los actos buenos porque
abusen de ellos los malos, ni se deja em belesar de los m alos porque
se presenten practicando actos b uenos, sino que tiene y observa
aquel justo medio que en la m ateria de castidad dió San G regorio M.:
N ec castilas ergo magna est sine bono opere, nec opus bonum est aliquod
sine caslitate: Ni hay castidad que v alga sin buenas obras, n i b u en a
obra n in g u n a sin castidad; y que se aplica m uchísim o mfts á la fe:
Ni la fe sirve de nada sin bu en as obras, ni las obras b uenas son para
el cielo m ás que hipocresía sin la fe.
Los m odernistas, pues, tienen obras buenas, quieren ser llam a­
dos y tenidos por buenos y óptimos católicos, se ofenden y se exa­
cerban cuando los otros católicos los refutan ó redarguyen y h asta
lleg an á hacer broquel y escudo suyo la censura eclesiástica, la
am istad del clero, la longanim idad con que los tolera la Iglesia.
Oigamos la voz del Sumo Pontífice:
«Agrégase tam bién en los m odernistas, y es aptísim o m edio de
ofuscar, uu gen ero de v id a extraordinariam ente activo, un estudio
vehem ente y continuo de toda clase de erudición y el esplendor y
alab an za que buscan con unas costum bres por lo com ún austeras» ( 1).
Com entario de esta descripción son los siguientes panegíricos de
los m odernistas, trazados ó por sí mismos ó por plum as de sus p a r ­
ciales.
Corifeo de los m odernistas italianos y conocidísim o y célebre en
todo el m undo es el abate Rómulo M urri y de él nos hacen retratos,
como el que se va & ver, plum as tan am igas como la del ab ate N audet
en F ran cia, que asienta b ab e rsid o su revista la Juslice Sociale lo que
en Italia quiso ser la Cultura Sociale de Rómulo Murri, y el abate
Verdcssi, que es redactor en M ilén d e la h o ja dem ocrática L ’Osservz-
tare Callolico y colaborador de la re v ista protestante Foi et Vie.
«Murri es un sacerdote joven, activo, fogoso, batallador, audaz; su cultura
amplia y abundante la bebió en la Universidad gregoriana y en la Universidad
oficial; su campaña ec Italia y en los quince ailos que precedieron ú la Encí­
clica Pascendi, no lia tenido otro móvil que responder á los mfiltiples proble­
mas que lu exógesis, la filosofía, la sociología y la historia moderna discuten;

(1) Accedlt praeterea in lilis, aptissime ad fallendos ánimos, genoe vitae cum
máxime actuosum, asaidoa ac vehemena ad oiuoein eruditioaem occupetio, mo­
rí bus plerumque aueteris qnaeeita laus. Encíclica Paeoendi sub init.
6U celo se lia manifestado fundando la Obra de ios Congresos, la Liga deino-
crátiea nadonal, dirigiendo y redactando la Cultura y siendo como el centro
de atracción de mucha juventud ilustrada, á quien preocupa la crisis actual
del catolicismo....» ( 1 ).
Por sus trabajos de pro p ag an d a y por su novela U Santo, que
pronto fué trad u cid a y obtuvo cinco ediciones en F rancia, y que,
au n q u e tard e, dolorosam ente h a sido taiubiéu puesta eu castellano,
es otro jefe y encarnación del m odernism o el senador rom ano Anto­
nio Fogazzaro.
B astará p ara el fin de este in stan te recordar que, conocido por
sus cam pañas y obras m odernistas en las cuales h abia ejercitado esa
actividad perniciosa de que h ab la el Papa, fué llam ado á P arís en
Enero de 1907 por hom bres que se llam aban Blondel, B ureau, F on-
segrive, Klein, H em m er, L aberthoniére, Lem ire, en fin, por los
redactores de Le B ullelin de la Semaine, p a ra que les diera u n a con­
ferencia, y que ól lo hizo cum plidam ente, leyendo el program a de
m odernism o que presentó en el capítulu n de su reprobada novela.
Pues la presentación, el saludo que le dirigió Mr. IiulmrL correspon­
de á las ideas que sus obras nos d an de él. Aquel pequeño m undo
«de la F ran cia liberal, esp iritu alista y cristiana» saluda y acaricia
en Fogazzaro «al m aestro incansable», al «escritor que se h a hecho
en su p atria y en E uropa en te ra el conquistador por la h erm o su ra y
belleza de su estilo», «al creyente de g ra n d eza incom parable, que
ju n ta la m ayor libertad de pensam iento con la m ayor lealtad & su
fe», al «pensador profundo e n esta crisis dolorosa que en g en d ra un
m undo nuevo»....... etc.....
La m ism a revista glorificó ¿ Fogazzaro en 30 de Octubre del 1906,
con ocasión de la condenación hecha por Rom a de su novela m oder­
nista; y dejando los otros elogios, confirm a el que k sí m ism o se tr i­
bu tó el au to r al llam arse Caballero ie l Jí’s p in tu Santo: «lo h a m e re ­
cido por h ab e r llevado á las alm as el reposo, la fuerza y la justicia;
por habernos enseñado que la ciencia es u n a prolongación de la fe,
no su con trad icció n ......a
Por desgracia, fu era de los elogios interesados, todo lo dem ás
que aquí se alah a y de que a q ’.ii se desprende, la actividad tenaz, la
p ro p ag an d a incansable, el uso de todos los m edios de palab ra y de
escrito, el lu c h a r inin terrum pido de Fogazzaro y los m odernistas es
am arg a, pero certísim a realidad.
Lo mismo se puede v er en el abate Loisy, por citar siq u iera al
que es un adelantado del m odernism o, y que por sus ex trav ag an tes
aseveraciones pasa en tre algunos por su única personificación (1 ).
En la y a citada novela U Sanio, vademécum verdadero del m oder
nism o, se nos p resentan estos «católicos liberales», «católicos p ro ­
gresistas», «caballeros del Espíritu Santo», «cristianos reform ado­
res» con los mismos caracteres de cclo, actividad, p ropaganda y
acción p ara su ru inosa em presa, que deplora Su Santiilad y que
estam os deplorando: allí estos hom bres de perdición se presentan
como profesores en U niversidades y Sem inarios, publicistas y e ru ­
ditos, periodistas y oradores; todos anim ados de celo ardiente por la
Iglesia, todos del lin aje y corte de (riovanni S e b a , fig u ra que lo
m ism o puede ser Rómulo M urri en Italia, que Alfredo Loisy en F ran ­
cia, que Tyrrell en In g la te rra , que el Dr. Schell en A lem ania, y por
el cual suplica describiéndolo Benedetto en presencia del propio
Pío X.:
— «¡Es un justo, es nn gran Santo! Sus libros lian sitio denunciados al In­
dice, y acaso tendrán algunas opiniones atrevidas. Poro ¿nué comparación
pnede haber entre la religiosidad ardiente y profunda de los libros ile Selva
y el formalismo gélido, miserable, (le tantos y tantos libros que corren en
manos del clero mis que el Evangelio? Santísimo Padre, la condenación de
Selva darla un golpe terrible á. las energías más vitales y mfis activas del ca­
tolicismo» (2).

Sobre la au steridad y ju stic ia de Selva, á quien su autor llam a


«Legión», está la pretendida santidad del protagonista de la obra de
Benedetto, del Santo. B enedetto es para el novelador m odernista el
tipo ideal de la v irtud n u e v a , el apóstol del nuevo error, el hom bre
de Dios de la secta. De sus errores y falsas direcciones ascéticas y
de fe h ab rá ocasión de tra ta r m ás tarde, m as ahora caen como en
su lu g a r algunos de los. consejos que m oribundo, liado en u n a
m anta, conducido al pobre lecho de un jard in e ro , entre los brazos
de éste y de u n a H erm ana de la Caridad da Benedetto á la flor de
sus am igos, á los apóstoles del m odernism o: actividad y honestidad.
Pero veamos el len guaje seudo-ascético em pleado para au to rizar
esos consejos, como los consejos sirven para autorizar la secta.

(1) Véaase en Rizón y Fe loa artícolos acerca de El ábate Alfredo Loisy y loa
demás sobre el modernismo, y en la Civilfá Cattoliea los dedicados al propia
asunto, y se comprenderá la actividad desplegada por los sectarios en propagar
y extender sus ideas.—(2) Pég. 2T9.
«Trabajad para que la fe purificada penetre en la vicia.... No toinóis pú­
blicamente el puesto de los Pastores de la Iglesia, sino trabajad en lo que es
posible: trabaje cada uno eu su familia, trabaje entre sus amigos personales;
los que puedan trabajen con libros y escritos, y de este modo prepararéis ol
terreno en donde surgen los Pastores....»
«Sed puros en vuestra vida, porque si no deshonraréis á Cristo delante del
munclo; secl puros en vuestro pensamiento, porque si no deshonraréis á Cristo
delante de los espíritus buenos y de los espíritus malos que combaten en el
corazón tle los vivientes.... Sed sautos: no busquéis ni lucro ni honras; vivid
de rentas comunes; dad para vuestras obras de verdad y de caridad lo que os
sobra, como os clicle la voz interior del Espíritu; sed amigos bienhechores
para todos los dolores humanos que se os presenten; estad llenos de manse­
dumbre pwfv c;on todos los que os ofenden ó que os hurlan r zahieren, y ten­
dréis así muchos aún dentro de la Iglesia; sed intrépidos ante la desgracia:
favoreceos unos á otros. Si no liacóis esto no servirúis al Espíritu do Verdad,
y si lo hacéis la "Verdad será por ene frutos conocida del mundo y por vues­
tros frutos sabrán vuestros hermanos qne sois de la Verdad» (1).
Por desdicha este program a de actividad y celo, de h u m a n ita ris­
mo y filantropía, de desinterés y m oralidad se cum plió b astante bien
y los m odernistas llenaron k Europa de revistas im pregnadas de su
virus, como I I Rincvamenlo, La Cultura Sociale, D o m m i d ’ Ita lia ,
L' Osservalare Cattolico de M ilán, Demain, La Juslice Sociale, La Vie
Caiholiq'iie, La Qimcaine, B ullelin de la Seviaine, Anuales de philo-
sophie chvétienne, Revue kistoive et de liltératnre religieuse, R em e
critique, Qualerhj Review, Hochland, por citar sólo a lg u n a s de las
m ás señaladas; l'ueron legióu en cien y cien libros y escritos de
Loisy, Blondel, L abertlioniére, Klein, Tyrrell, Le Roy, M urri, Seme
ria, Schell, Saintyves, L agrange, Naudet, Boeg-lin, G ayraud, Lem ire,
R ifaux, Fonsegrive, S a n g n ie r/H o u tin , Viollet, Hem m er, Fogazzaro,
y m uchísim os m;is que con discursos, conferencias, lecciones y li­
bros em pujaban el m ovim iento m odernista; se hicieron ellos en m u ­
chas ocasiones el alm a y el eje de las obras sociales, peregrinaciones
obreras, congresos de sacerdotes ó católicos, conferencins del clero,
inficionando instituciones en teras como la llam ada Le Sillón con
sus revistas, hom bres y ardiente, pero en m uchos caeos poco a te n ta ­
da ju v en tu d .
Y como todos ven, estos hom bres no sólo b o u activos, quieren
aparecer filántropos, sino que áto d o trance quieren ser católicos, ser
tenidos por católicos, vivir dentro de la Iglesia (2).

(I) Pág. 368.—(2) Qna in re ut moran ne interpon amas íllud in primis exigit,
qaod fautores errornm iam non ínter apertos hostes qnarendl gunt medo; vernm
«Y es razón p rin cipalísim a p ara no d ila ta r el rem edio á este mal
del m odernism o, que los fautores de estos errores no están sólo en ­
tre los enem igos paladinos de la Ig lesia, sino lo que es m ás triste y
tem ible, se esconden en el seno m ism o de ella, y son tan to m ás per­
niciosos cu an to m ás disim ulados.»
Y co n tin ú a el Papa:
«Hablam os, venerables herm anos, de m uchos católicos laico 9
unos y , lo q ue es m ucho m ás deplorable, sacerdotes otros......» ( 1 ).
«Y de que Nos depuiem os hom bres asi por enem igos de la Ig le ­
sia n adie se sorprenderá con razón, au n q u e ellos se den por sorpren­
didos» ( 3).
Y en otro lu g a r después de lam en tar el Pontífice la falsa s u m i­
sión y obediencia de los novadores, que heridos por el an a te m a y la
condenación in clin an , hipócritas, la cerviz, pero sin desistir de su in ­
tento, añade la razón que p a ra ello tienen y es no salir de la Ig lesia
porque eso es lo que liace á sus Intentos de m ejor cam biarla y tro ­
carla (3).
Este em peño de ser y parecer católicos los lleva á su frir m al el
celo de aquellos que se afanaban por arran carles la m áscara y el
disfraz llegando al denuesto, a l testim onio, k la ofensa (4).
«Tienen fuerza co ntra los m odernistas lo que escribía con a n ­
g u stia su m a nuestro inm ediato Predecesor. P ara hacer d esprecia­
ble y odiosa á la m ística Esposa de Jesucristo que es luz del m u n ­
do acostum bran los hijos de los tinieblas á calu m n iarla torpem ente

quad dolendum máxime verendumqne est, in ipao latent sino gremioqoe Eccleaiae
eo aane nocentioreB quo minus perspicui. Encíclica Pascettdi sub in it—>1) Lo-
quimur, Ven. FF., de multia e catholicorum laicorum numero, quin, quod longo
miaerabilius ex ipso aacerdotum coetu...— (2) Homines eiusmodi EccleslaeNoa
uoslibus mlscribere, etui mireutur ipsi, uetuo tamen ujirabilur iare... Ibid.—
13) Sic autern votantes omnino pradcntosqao ngunt; tum quia tenent aactoritatem
«timulandam esse non evertendam; tu m quia necease lilis est intrft Kccleaiae
aepta manere ut collectivam conacientiara aeosim im n u te n t.—(4) Valent enirn
de moderaiataram grege, quae moerore sammo Decessor noater scribebat: Ut
mysticam Sponaara Christi, qui lux vera est, in contemptum et invidiam vocarent
tenebraruin filii conauevere in vulgus eam recordi calumnia impetere et conver­
sa rerom nominumque ratione el vi compellare obacaritatia amicam, altricem
ignorantiae, scientiarum luiuinl et progressui infensam. Quae cum ita sint, Veo.
FF., mirum non eet ai catholicos homines; qui strcouc pro Ecclesia dcccrtont,
suma malevolentia e t livore modemistae impetunt. Nullum est injurinrum genuB,
quo illos non lacerent; sed ignorantiae paasim pervicadaeque accueant. Quod bí
refellentinm ernditioaem et vim pertim eicant, efficaeiam derogant conjúrate
ailentio. Encíclica Paseendi aub med.
á los ojos del vulgo y, m udada la Fuerza y significación de las p a la ­
bras, llam arla o scu ran tista, fautora de la ig n o ran cia y enem iga de
las luces y del progreso. Y asi, venerables herm anos, no es raro que
los m odernistas ataq u en con envidia y m alevolencia sum a & los c a ­
tólicos que lu ch an in cansables por la Iglesia. No hay linaje de i n ­
sulto que no escupan contra ellos, acusándolos sobre todo de ig n o ­
ran cia é indocilidad. Y cuando tem en su erudición y fuerza en re ­
futarlos, les q u itan eficacia envolviéndolos en afectado silencio»( 1 ).
Poco trabajo, y a ú n m ejor n in g u n o , costará ver confirm adas esas
aseveraciones de la Encíclica en los dichos y hechos de los autores
ahí indicados.
P orque el deseo de llam arse católicos y de vivir y quedarse entre
ellos es esencial & todos los m odernistas antes y au n después de 1&
condenación y p alp ita en estos párrafos prim ocurrentes de .£7 Santo:
— «Ahora mirad lo que quiero yo responder al abate Marinier. Seamos
nosotros algo así como b s profetas de sse Santo, de ese Jlesías; preparémosle
sus caminos. Lo único que quiero decir con esto, es que trabajemos en hacer
sentir, por dondequiera, la necesidad de recovar en nuestra religión todo lo
que es vestido y no cuerpo (le la Verdad, aunque esta renovación cueste á
algunas conciencias dolores de parto. Ingemisctí el p a rtw it. Y todo esta se
ha.ni permaneciendo dentro del más puro catolicismo, esperando de los auto­
ridades viejas leyes nuevas» (2 ).
Pues en o tra p arte hablando Benedetto:
«La Iglesia es un laboratorio de vordncl sin cosar cr. accidn, y Dios os
manda que os quedéis en la Iglesia, que trabajéis en la Iglesia, para que seáis
en la Iglesia manantial de aguas vivas.»
*Pues ¿cuál es vuestra fe si habláis de salir de la Iglesia porque os han
molestado algunas ideas mohosas de sus cabezas, algunos decretos do las Con­
gregaciones romanas, algunas maneras de gobierno de un Papa?.... Si unidos
en el seno de la Iglesia y en el espíritu do Cristo os unís ¡i El eu el Sacra­
mento, ¿os turbaréis por los decretos del índice 6 del Santo Oficio? Si aban-
dorados en ese seno maternul penetráis por las obscuridades de la muerte, ¿os
será menos dulce la paz qne os venga de Cristo porque un Papa fué hostil á.
la democracia cristiana?» (3).
Sirvan p ara el mismo propósito estas afirm aciones de M urri des­
pués de su condenación, reunidas en u n a en trev ista con un redac­
tor del Spetlalore de Roma (Junio 1900):
«Cuando se ve á uno en oposición de ideas ó de conducta en el orden
social ó político con el Vaticano, se piensa inmediatamente que no tiene otra

(1} Encíclica PascenAi sub med.—(2) Fág. 64.—(8) Pág. 336.


salida lógica que la deserción de la Iglesia; y cuando no se hace eso, el público
le tiene &uuo por hombre blando, cobarde, qne quiere y no quiere, que no va
al fondo de la cuestión: como si ir al fondo no fuera, en este caso, equivocar el
camino. Este plblico, juzgando asi, es excusable, por aplicar &lo presente las
categoríua de lu pasudo. Los novadores que 61 conoce, ó salían del verdadero
catolicismo, ó se oponían paladinamente al cristianismo falso y corrompido
que ellos decían ser el de la Iglesia romana. Hoy día no es asf: precisamente
la garantía que tenemos para el sujctivis'mo íeligioso, es que buscamos un
cristianismo verdadero en lo común y uno do las creencias, una sooialidad do
la fe y da la vida religiosa, que es prueba y efecto de la presencia del Espí­
ritu Santo en la sociedad cristiana. Ved, pues, por qué los críticos míís avan­
zados y más radicales quieren quedarse en la unidad de la Iglesia á toda costa,
menos ii la de una mentira neutra su propia conciencia fie investigadores ini-
parcialcs de los liacho9.»

Antes de ad elan tar un paso queden como subrayadas ideas con­


ten id as en esas confesiones y que nos servirán desde ahora. La ra ­
zón y el por qué de quedarse en la Ig lesia después del a n a te m a es
porque en tien d en caber dentro de la Iglesia todas las opiuiones, es
el escepticism o, el tolerantism o religioso: á esto es á lo que con hi­
pocresía se llam a al principio divergencias con el V aticano en con­
d u cta, m iras, puntos sociales ó políticos. M enester es a n d a r sobre
aviso y m uy prevenidos contra este diccionario m odernista, por des­
g ra cia no desconocido de n u e stra p atria .
Pero ese Indiferentism o dogm ático, esa tolerancia con los errores
no la usan con los apologistas que contra ellos dan la voz de alerta,
tocan al arm a, clam an como atalay as vigilantes, ponen en tela de
ju icio la realidad de su titulo de católicos. Ya lo dice Su Santidad en
p alabras que quedan citadas y q u e no hacen sino condensar largtts
p ág in as de la h isto ria de este error.
Se trata b a de los libros del abate Loisy, su condenación se discu­
tía en Roma y los teólogos y los publicistas, con autoridad privada,
pero en fuerza de las razones contundentes, delataban á la execra­
ción pública los errores de un sacerdote tanto m ás pernicioso, cu a n ­
to más autorizado. E staban á ello obligados por títulos de caridad y
de ju stic ia : el bien com ún lo reclam aba, sa oficio y calidad se lo
im ponían. Pero los m odernistas se veían desenm ascarados y
d esenm ascararse y , por ejem plo, por boca de F onsegrive en La
(luimaiiie decían la siguiente «palabra de paz, de docilidad, de li­
bertad:»
P ara Loisy, ó m ejor para las escandalosas audacias de Loisy,
veam os la m ansedum bre que tiene:
«En primer término repmebo toda palabra de odio, toda insinuación ma­
ligna acerca de la rectitud é intenciones de un escritor falible, sin duda, como
todos nosotros, poro estimable, 7 cuya ciencia, trabajo austero, talento y ca­
rácter empezaban íi exigir el respeto de todos....»
P ara los apologistas que opusieron m uro pro domo Israel, es la
dulzu ra y m elosidad de llam ar á. su acción «m iserables procedim ien­
tos de Inquisición», «cliism esydelaciones m iserables», «suspiricues
im pertin en tes de la ortodoxia de 1111 respetable sacerdote»; y á ellos
m ism os «sicofantes de entendim iento, sin talento, sin m ás autoridad
que la que le da su soberbia y que predican sin cesar la obediencia
& la fe y son ellos los m ás desobedientes...»
C ontinuando las dulcedum bres, prosigue F o n seg riv ed irig ién d o ­
se al Mr. el abate Maignien y á los dem ás defensores de la ortodoxia,
y loe llam a «sem ejantes k esos pájaros que andan volando alrededor
de los casa-* donde va ó e n tra r la m u e rte ... pájaros negros, pájaroa
inm undos, no tendrem os jam ás b astan te desprecio p a ra con su in ­
g rato n atu ral, b astan te com pasión para con su m iseria y ru in d ad ,
b astan te tristeza p ara con su ceguera (1 ).
Estos son los m odernistas pintados por sí mismos.
V erdaderam ente u rg ía su condenación.
¿Y podráu lleg ar á más? ¿A. m ás que á. llam arse católicos, á m ás
que á in su lta r á los buenos que los descu b ran 4 ¿A más?
Sí: podrán lleg ar h a sta 'e l A ve, R a lb i; basta, el beso de Judas.

Porque no se contentarán con La agitación febril de lina activi­


dad im p ru d en te con que aparezcan yendo al pueblo, fundando
círculos, asociaciones sociales, conferencias parn el cloro, congresos,
y a de eclesiásticos, y a de laicos, escribiendo libros y revistas donde
ai no im p era la m ás sana y tradicional d octrina escolástica, por lo
m enos se com pite en erudición con los racionalistas m ás orgullosos
de ella, saliendo, según su frase, de las sacristías pura llenarlo todo,
ag itarlo todo, dom inarlo todo; ni se satisfarán con orgullosas pro­
testas de catolicism o y con erguirse heridos escupiendo ‘.os insultos
de refractarios, reaccionarios y desobedientes contra los apologistas
que con razones sólidas y arg u m en to s contundentes saldan á ata-
ja rle s los pasos: no se satisfarán, digo, con n ad a de esto para p a re ­
cer verdaderos católicos, sino que cubrirán sus m ercancías con la
cen su ra eclesiástica y sus personas con la m entida am istad de p rin ­
cipes de la Iglesia.
Ya Su S antidad da la voz de alerta cuando al prescrib ir á. los
Pastores en la Encíclica la vigilancia que sobre los libros y los pe­
riódicos h an de ejercer, les apercibe que no Be detengan en conde­
n a r por v er la aprobación eclesiástica á la cabeza del libro ( 1 ).
«No os d eten g a (p a ra co n d en ar libros), venerables herm anos, el
que los libros de alg ú n autor estén provistos de la licencia, llam ada
Im p i'iu a iu r; porque á veces puede ser fingida, ó porque fué dada con
neg lig en cia ó excesiva benignidad ó confianza n im ia en el autor,
cosa que h a sucedido a lg u n a vez en las Ordenes Religiosas» (2).
La cautela y pru d encia de las p alab ras pontificias nos descubren
bien á las claras la au dacia y em peño m odernistas en conservar la
piel de ovejas, am onestan k los fieles acerca del valor de la censura
eclesiástica, que n u n ca es definitiva sino cuando procede de au to ri­
dad pontificia, y confirm an los mil hechos de la historia de libros
aprobados por los Ordinarios, objeto prim ero de denuncia privada,
luego de discusión pública, y por últim o, de condenación suprem a
é inclusión en el Indice de la Inquisición Rom ana.
Los m odernistas, decíam os, abusan de la censura diocesana y
aú n de la aprobación de la Comisión de Estudios bíblicos y de la
am istad y benevolencia de los Príncipes de la Iglesia.
Esta últim a q ueja la repite delicadam ente Su S antidad en los co­
m ienzos de la Encíclica. Porque refiriéndose prim ero á. los últim os
tiem pos en g en eral, se duele de lo m ucho que lia crecido el núm ero
de enem igas de la Cruz de Jesucristo, y cómo h an abusado de la
ben ig n id ad usada con ellos como con hijos, esperando su arrepen­
tim iento y conversión ',3).

(1) Nihil vos teoeat, Ven. FF., quod forte libri alicojua auctor ea sit alibi
facúltate donatus, quam valgo Imprima tur appellant; tum quia eiinulata esse
poBsit, tum quia vel negligentiuB data vel benignitate nimia nimiave fiducia de
anctore concepta, quod poatremum ln religioBorum forte Ordinibus allquando
eyenit...»—(8) Encíclica Pasctndi sub fin.— (3) Verum.tamen inimicorum Cracis
Christi postrema hae aetate numernm erevUse admodum fateadum est... Equi-
dem aperavimuB huiusmodi qnandoque homines ad meliora revocare; quo in
genere auavitaíe priruiim cum filiis, tum vero aeveritate, demum quamquam
inviti anitnadversione publica ubí aumue. Nostia tam en, Ven. F F ., quam haec
fecerimas iuaniter.»
Perm itidm e que á las palabras del Pontífice añada otras de los
m ism os m odernistas, au nq u e n os nausee oir & Judas alabándose de
que la m ansedum bre de D ios Hombre le soportó ¿ su lado.
Del abate Loisy, adelantado en las fronteras m odernistas, escribía
su admirador Mr. el abate Dabry, que siendo en el instante el m ás
grande ex ég eta del catolicism o era con todo «el más sum iso y obe­
diente á la autoridad d e León XIII» (1). La filosofía m odernista, que
uo era sin o un kantism o hipócrita, se quiso poner bajo la égid a pro­
tectora de la m ente de León XIII y así escribía el abate Goosjeau:
«Seguir la dirección kan tista es interpretar en el sentido m ás recto y
claro las exhortaciones hechas repetidas veces por León XIII» (2); y
el abate Mans, discípulo del m odernista B londel, repetía del k a n ­
tism o y aludiendo á la E ncíclica A e lm ii P a ír ís que «era suficiente
para restaurar de u n modo definitivo y sobre base sólida '.a filosofía
cristiana» (3).
Oigamos las elocu en tes palabras de Mgr. T urinaz, obispo de
R ancy, que resum en tudo este punto y el anterior y nos ahorran la
enfadosa tarea de oir á los propios reos.
El celoso v ig ía de Israel denunció á sus herm anos de Episcopado
y á la autoridad poutificia el peligro m odernista en libro que m e­
rece llam arse precursor de la B ula Pascendi.
«Recuerda León XTTT las apostasías que regocijan ¡í los enemigos de la
Iglesia, y lineen llorar ú los Obispos y ¡í los piadosos fieles. ¿Cuáles son? Las
de aquellos sacerdotes que caen por liaberse, temerarios, entregado ú pen­
dientes resbaladizas, desoyendo las caritativas advertencias do sus superiores
y de sus hermanos m is viojos y experimentados. Pues?, ¿cuáles son esas pon-
dientes resbaladizas quo llevan á la apostasm? Son un celo presuntuoso que
desdeña las reglas tradicionales de la discreción, de Li modestia y de la pru­
dencia sacerdotal; las innováronnos peligrosísimas de lenguaje, iIr mmpoita-
miento y de relaciones, innovaciones paliada; con las pretendidas necesida­
des de acomodar las necesidades del ministerio á los tiempos en que vivimos:
el celo presuntuoso, que llama anticuados é incompatibles con tales necesida­
des los principios de disciplina y de conducto que estos sacerdotes recibieron
de sus mayores en los Seminarios. En una palabra, es ln transformación por
nn celo vanidoso y c íc jío de las condiciones del clero francés, de la enseñanza
y de la formación ele los sacerdotes jóvenes; innovaciones de disciplina y for­
mación sacerdotal quo tienen por auxiliares y por principios innovaciones
más funestas aún, condenadas ya por León XIII en esta misma carta al clero
francés, innovaciones en filosofía, en teología, on la critica é interpretación

(i; La Fíe Cathclique, 21 Octubre 1900.—(2) Razón y Fe, Mayo 1906, pág. 40.
(3) lbid.
do los lihros santos, en la apología y que toca los fundamentos mismos del
dogma cristiano.»

E sta es la descripción del error, con lo cual se ve que sobre los


m odernistas van las p alab ras que siguen y que com pletan n u e s ­
tras ideas:
«Pues, ¿<1111611 Sun los apóstoles, los promotores, los organizadores de tales
novedades? Los que nos hablan á cada instante de las d:reccioue9 pontificias,
que acusan diariamente de ser refractarios (ellos quieren decir reboldos), &los
que se permiten 110 pensar cnm<j ellos eu alguna cuestión, y sobre todo en
lodas sus innovaciones, tentativas y tendencias. Interpretan á su gusto las
direcciones pontificias en nn punto particular de conducta; y on cambio, ¿qu6
hacen de las enseñanzas solemnes y hasta dogmáticas de Ijeón XIIT, de esas
enseñanzas citadas por mi desde ol principio al fin de esta demostración?
¿Quien son cso3 modernistas sino los quo á si mismos se llaman demócratas
cristianos? Porquo ei alguno do las cscritoroe cuyos errores lio señalado,
como, v. g-p., 3Ir. Loisy, no lia hecho, á io que yo sopa, profesión expresa de
democracia cristiana, sin embarco 011 l.os revistas de los talos demócratas lia
publicado sus escritos, y estas revistas y astos diarios da los demócratas cris­
tianos so.i los que le han sostenido, alabado y preconizado» ( 1 ).

Mas ¿para qué ad ucir testim onios particulares cuando n ad a más


común eu los m odernistas que ponerse todos en b lo q u e á la som bra
del Episcopado y de León XIII?
En 1900 los dem ócratas cristianos, llam ándose reform adores de
la Ig lesia, calu m n iab an al Episcopado francés diciendo «que al s o ­
plo renovador de la dem ocracia se arran c ab a de las tradicionales
idean y viejas rutin as y los llam aba á ellos como am igos y guias» ( 2).
Después de la condenación del m odernism o se h an q u erid o h acer
m aravillas para conservar 1a piel de ovejas, la m áscara de catolicis­
mo. Ya se ha diebo que precisam ente Pió X no lia querido sino lo
que los m odernistas q u ería n (3;; y a con despecho se b a querido opo­
n er Papa i Papa y León á Pío (4;; y a por últim o, se b a afectado no
ser entendidos {!í) y se h a afectado esperar el triunfo propio p re c isa ­
m en te de la condenación.
P ara protestar de ésta y á. raíz de ella tuvieron ú ltim am ente los
cabpxas del m odernism o un congreso ó asam blea en Roma, de donde
salió un m anifiesto intitulado: Le Programwe des Modernisles, donde

(1 ) Perils de la fui et la ditcipline, páginas 68-99.— (2 ; La Yie Catholique, 14


Octubre 1000.—(3)Ibid., 21 Septiembre 1607.— ¡4) Ibid., 11 Maro 1907.—(6) M.
¿onsegrive, Le l'emps, 28 Septiembre 1607 y 6 Febrero 1(07.
reiteran la protesta de ser católicos y se irrita n contra los que les
acu san de hacer traición al catolicism o.
Basta y a, am ados herm anos míos, de asquerosa hiprccresía, que
n i eis nu ev a en la h istoria da la Iglesia, ni ¡ay Dios! será, tam poco la
últim a. Después de la del falso Apóstol cenando con el y a vendido
M aestro, recibiendo el bocado de pau, com ulgando de su mano, acep­
tando y perm itiendo cálidos besos en sus traidores pies, no lia ce­
sado n u n c a de ser im itad a por los novadores. Arrio es activo presbí­
tero de A lejandría; Nestorio extrem a su celo contra los gen tiles y
arríanos é in su lta á Cirilo, que le convence de error en la fe; Euse-
bio de Cesárea es erudito historiador, dedicándose á. ello p ara evitar
las cuestiones que San Atanasio prom ovía y así se hace prin cip al fa u ­
to r del sem iarrianism o; U rsacioy V alente seducen al orbe que «sor­
prendido gim ió de verse am an o » ; Celestio busca salvaguardia con­
tra San A gustín y su Concilio en el candor de San Zósimo, & quien
sorprende; luteranos y erasm istas se gloriaban de la am istad de
León X y tem blaron despechados cuaudo este Pontífice escribió la
condenación del Iuteranism o; S aint C yran, y Pascal y A m oldo y Ques-
n ell y todo el jansenism o buscó, según la frase de un escritor, vivir
en la Ig lesia ¿ p e s a r de la Ig lesia y siendo por ella rechazados y
arrojados de su seno aquellos heresiarcas y fautores buscaron y
pretendieron quedarse y perm anecer en ella; L am ennais y Monta-
lem bert y los católicos-liberales que tanto am arg aro n el Pontificado
de Pío IX, ja m á s se profesaron anticatólicos. Y en n u estra E spaña
¿quién no sabe las seducciones frustradas de D. Opas al rey D. Pela*
yo; la g u e rra cruel del m alacitano Hostigcsia y su concilio contra
Sau Eulogio, el abad Sansón, San Alvaro y todo el pueblo de los m u-
zárab es;las inq u ietu d es del erasm isla Vives y de los erasm istas iodos
co ntra el fallo de la Inquisición espadóla; las tu rb u len c ia s susci­
tadas por el arzobispo C arranza, sospechoso de luterauism o; y en
n u estra edad las protestas de catolicism o en tre que nació la C ons­
titución liberal de 1812, los Muñoz T orreros, V illanuevas, Listas,
G allegos y otros indignos sacerdotes patrocinadores de nuestra R evo­
lución; y el continuo alarde de catolicism o, pero ilustrado, toleran­
te, culto, que hace n u e stra pren sa a ú n la más y m ás fervientem en -
te liberal?
El m odernism o, pues, se p resen ta vestido como sus ascendientes:
como sus ascendientes tam bién será conocido.
¿Cómo? A fm c tib m , a ferm ento, a, doctrina.
Por sus frutos, por su a g ria levadura, por su doctrina.
II

Síntesis del modernismo.

Y todas estas m anifestaciones de celo ardoroso y trab ajad o r,


todas esas protestas de ser y q u erer se g u ir siendo católicos é hijos
de la Iglesia, esa m ism a m olestia revelada en el len g u aje acre y
p u n zan te al ver pu esta en duda la propia ortodoxia, esa com placen­
cia en gozar de las distinciones de los Padres y Pastores de Israel,
todo ese cúm ulo de ap arien cias favorables, jayl no sirven de nada;
a ú n es peor, sirven de m ucho m al, porque no se asien tan sobre el
firm e cim iento de la in teg rid ad de la fe, del espíritu profundam ente
católico; son, en este caso, los g rito s de Domine, Domine, que d arán
m uy en vano los operarios inicuos, que no hicieron lo que su Señor
q u e ría (1 ).
¡Así es el m odernism o!
Al propio tiem po que alard ea de inm enso catolicism o, m ina la fe
católica, an iq u ila el credo católico, lo reduce á u n a utopia p ara en ­
treg arlo vendido k los enem igos.
«Y en cerrado escuadrón atacan audazm ente cuanto de m ás
sagrado hay en la obra de Cristo Nuestro Señor, sin dejar incólum e
ni su D ivina P ersona, que rebajan á la sim ple categoría de puro
hom bre» ( 2 ).
Y co n tin ú a el Sumo Pontífice:
«Nadie h a b rá que, con ju stic ia , se adm ire de que Nos coloquem os
«\ estos hom bres en tre los enem igos de la Iglesia, si considera, d e ­
jan d o á un lado sus intenciones que solo Dios ju z g a , su s doctrinas
y su modo de h ab lar y de obrar» (3).
In sta u ra el Sumo Pastor en estas palabras al criterio da N uestro
Señor y de toda la Iglesia acerca de los novadores: a fructibus eorum
cognoscctis eos, por sus frutos los conoccróis. Las doctrinas que sus-

(1) Matth. 7, 22.—(2) Facto audflcius agmine, quidqnid sanctius est in Christi
opere impetunt; ipsa hand incolnmi divini Keparatoris persona,quam aasu sacri­
lego t\r1 pnnini pntnmque hominem extenuant.—(3) Homines eiasmodi JScclesiae
Nos honlbüs adscríbete, etal m irantur ipai, nemu lamen mirabiiur Jure, qui men­
te animi sepoaita cuiua penes Denm «rbitrium oat, ¡llorona doctrinas et loquendi
agendiqoe rationee cognorit-Enclclica sub. init.
te n ta n , las m aneras de h a b la r y de obrar son los seguros criterios
p a ra que el fiel cristiano conozca en el com ercio de la vida al hom ­
bre infiel, a l hom bre sospechoso con quien no debe de tra ta r. Estas
elocuentes y exactas p alab ras tiene San Ju a n Crisóstomo:
«C uando el apóstol San Pablo dice omnis qui iudieat, todo aquel
q u e ju z g a á su h erm ano no h ab la solam ente con los que tienen
oficio y cargo, sino tam bién con las personas p articu lares y con los
súbditos. Porque todos los hom bres, au n q u e no ten g an trono y tri­
b u n al, n i verdugos, n i horcas, n i penas, ju z g a n de los que f&lt&n y
pecan en sus conversaciones y reuniones, y ju z g a n por la sentencia
q u e su conciencia les d a , y nadie se atreve á decir que el adúltero
no es malo» (1 ).
E stas razones de las obras y de las palabras, estos frutos, son los
que condenan en el trib u n al privado de que h ab la San Crisóstomo:
estas m ism as las que se deben oir y aten d er tam bién en más altos
trib u n a le s de la ju stic ia eclesiástica, y estas razones, estos frutos,
son los que pueden atra er a ú n la sen ten cia irreform able del trib u n al
infalible.
Asi nos lo m an d a el Evangelio, así nos lo ordena la Iglesia, asi lo
persuade la luz n atu ra l y la de la fe: obras y doctrinas sustentadas.
P alab ra s de protesta se las lleva el viento.
Las intenciones, como añade Su S antidad, son m ateria del juicio
de Dios; y el hom bre, au n q u e sea el Pontífice, las respeta en¡ el
hecho ó dicho que rejwueba como en el que enaltece (2).
Las obras del hom bre al contacto de la alabanza, ó sobre todo al
golpe de la trib u lació n, m anifiestan lo que cada uno es.
Bien lo h an m anifestado las de los m odernistas eu esta ocasión:
bien h a n enseñado el barro frágil de sus autores.
Forque después de haberse prevalido de su condición de estar en
la Ig lesia y de h ab e r por m il m edios, como la enseñanza, el perió­
dico, los discursos, las conferencias, I03 congresos, etc., procurado
poner la se^ u r ¿ la raiz y d estru ir la fe católica al recibir las censu­
ras de la S anta Sede, en sus Encíclicas y enseñanzas han revelado
cuán fútil é inconsistente era su ortodoxia.
In ú til me parece em plear tiem po en probar cómo aten tan á la fe
y m in an sus fundam entos cuando todos los discursos siguientes,
h a sta el fin, uo probarán otra cosa; pero no me lo parece el ¡m licar
el soberano desdén y la libertad y aun licencia con que h ab lab an de
las enseñanzas dogm áticas de la Iglesia que á ellos m ás les esco­
cían, p ara a ñ a d ir después algo del hipócrita halag o y lisonja y de
la taim ad a y venenosa censura que h a n em pleado con los Rom anos
Pontífices, seg ú n que los rep u tab an fautores ó censores de sus per­
versos intentos.
Menester será que perdone el piadoso lector si se le h ace leer
tales insu ltos irrogados ¿ la s personas de los V icedioses en la tierra;
m as ¿cómo no descubrir del todo la m aldad m odernista y la fuente
envenenad a de donde m anan aseveraciones sem ejantes que y a han
corrido en uuestra patria por las colum nas de la prensa m ala y de
los labios de sus oradores?
Del SyUabus de Pío IX escribía u n a publicación m odernista:
«El SyUctlus noa paroco hoy (lia nn verdadero anacronismo: no tiene más
interés que el hi.stúrioo, como signo de una ópoca. Aunque apenas tiene oua-
renta aíios de vida, ya no puede aplicarse en una naciúu tan dividida como la
nuestra. En vano levantaría su voz la Iglesia para reivindicar sus anti­
guas prerrogativas; ya está reducida ea esto íi pedir y redamar el derecho
corntiu » (1).

Del SyUabus y de todas las Encíclicas pontificias ju z g a así otro


m odernista, M. Leroy-fieaulieu, en su obra sobre los católicos libe­
rales:
«Llegamos al puuto que es el carácter del SyUabus y de todos los actos
pontificios del propio género. Para justipreciarlos no se debe olvidar que 6 on,
antes que nada, declaraciones de principios relativos raóa á la teoría que &su
aplicación, ti la tosis más quo &la hipótesis, á los sistemas filosóficos ó políti­
cos más que á Lis logislaciones 6 constituciones existentes. Los Papas y los
teólogos, al asentar sus principios, raciocinan, en derto modo, en abstracto,
para una sociedad que conserva la unidad de su fe y está sometida filialmente
4 la Tglesin. lw.cn íi su manera, si puedo hablar así, su isla de Utopia, sil Ra-
lento ó su República de Platón, exponiendo, según sus máximas, las leyes de
una sociedad perfecta, sin pensar en las necesidades contingentes y en la
realidad actual, lo cual no impide tenerlas en cuenta en la práctica ni acomo­
darse á las circunstancias. Si esas reglas ideales así establecidas están en
contradicción manifiesta con los principios del derecho público, ¿liabrá moti­
vos para alarmar á los gobiernos y pueblos modernos? No, en Francia, por lo
monoB; porque aquí los fanáticDS é iluminados que sueííaa en construir en la
tierra un como remedo de la Jcrusalén celestial, son los únicos que ven en
esas máximas reglas de conducta aplicables á nuestros tiempos. Los demás,
no sólo los católicos quo al contacto del siglo se han resabiado poco ó mucho
<]e liberalismo, sino todos los <iue tienen algún espíritu político ó algún sen­
tido práctico, sienten la locura de semejantes ensueños.»
Los que tan desdeñosam ente b acen le tra m u erta las enseñanzas
de los M aestros, alab an lisonjeram ente, h u m an am en te las personas
de los P apas cuando los creen con m en tira inclinados á sus errores,
ó las v itu p eran cuando no.
A León X III no le valieron ni las repetidas confirm aciones del
S y lla lu s , n i sus Encíclicas dogm áticas, n i la condenación del am e­
ricanism o p ara que no le h icieran el a n ta g o n ista de Pió IX, u n P apa
m odernista.
Por desdicha ab u n d a n los testim onios, las frases m alignas, que
h asta h an llegado á p asar los Pirineos é infíccionar las gacetillas de
n u e stra prensa m ás órnenos conscientem ente m odernizante. C ontra
ellos todos hacem os constar n u estra enérgica protesta y los om iti­
mos porque si fuesen verdad lloraríam os en silencio las debilidades
prácticas de un Padre, y siendo m en tira no m erecen sino el m entís
y la protesta y después el olvido. De León XIII quedará p eren n e el
m onum ento de sus Encíclicas, que en dicho del P. W ernz. actual
G en eral de n u estra C om pañía, son al Syllabus de Pío IX y á sus
condenaciones algo así como los capítulos del Concilio V aticano y
T ridentinn con relación á los cánones, su declaración (1 ).
Cuando m ás descubrieron su pecho los m odernistas fué cuando
en los albores de sn Pontificado comenzó Pío X, continuando la obra
de León XIII, á condenar y reprobar por decretos de las Congregacio­
nes los libros de Loisy, M urri, L aberthoniére, T yrrell y dem ás av an ­
zados del m odernism o; y los hom bres audaces que de las doctrinas
enseñ ad as por Gregorio, Pió y León, h ab ían dado tau g allard as ev a­
sivas, que se habían hecho pasar por los órgauos auténticos de la
politica de León XIII, que h ab ían ensalzado h asta la lisonja los ta ­
lentos de éste, quisieron om prender cam ino ig u al con Pío X.
El nuevo Pontífice propendía á los reform istas; su política iba á
ser la de ellos; era tam bién un Papa liberal; pero la cam arilla que
le rodeaba era reaccionaria; no se podía hacer todo según sus
deseos.
Véase con horror lo que B enedetto (el Santo de Fogazzaro) dice
de su fingida en trev ista con el Papa: u n a interviú periodística, d o n ­
de todo el virus m odernista se cubre con ten u e antifaz de redom ada
hipocresía.
ü enedetto p resen ta ¿ Pío X todo el p lan de reform as m odernis­
tas, los espíritus malos que corrom pen la Ig lesia, los m edios de e x ­
tirp arlo s y h asta llega á pedirle que salg a del Vaticano, que pasee
por Roma, que visite el Q uirinal.
Pió X le contesta gim iendo que m uchas de esas ideas se las h a
puesto Dios á él en el corazón, que no es de ay e r desde cuando 61
las desea; pero que en tanto que B enedetto «no tra ta sino con Dios,
él (el Papa) tiene que habérselas con los hom bres que an d a n A, su
alrededor; que es como u n infeliz m aestro de escuela que de s e te n ta
discípulos tiene veinte m enos que m edianos, cu a ren ta m edianos y
sólo diez buenos; éste m aestro no puede gobernarse en su clase aten­
to á estos diez y yo no puedo gobernar la Iglesia p ara ti y p ara los
que son como tú . Mira, por ejem plo, Jesús pagó el trib u to al Estado
y yo como Pontífice no. sino como ciudadano, p ag a rla mi tributo de
respeto á ese palacio cuyas luces has visto tú , si no tem iera ofender
¿ m is sesenta alum nos y perder sus alm as que me son tan caras
como las vuestras. Lo mismo di de q u ita r del Indice ciertos libros,
de llam ar al Sacro Colegio algunos hom bres cuya reputación no es
de estrictam en te ortodoxos, y de sa lir del V aticano é ir ex abrupto é.
v isitar los hospitales de Bom a.....»
— «Además (prosiguió el Papa), yo soy dejo, estoy cansado: los Cardenales
no saben á quién han puesto aquí, y yo, yo no quería Además, estoy enfer­
mo, tengo señales de que pronto comparecerá ante el divino Juez. Conozco
que tienes, hijo, buen espíritu, pero el Señor no puede exigir las cosas que
tú dices y que requerirían un Papa fuerte y joven, de nn pobre hombre
como yo» (1 ).
Vino el Decreto Lamentábili con el nuevo S y lla h ts, vino la Encí­
clica P ascenii y, perdiendo toda m áscara, m ostráronse los m oder­
nistas cuales eran , por sus ideas, por sus p alab ras, por sus frutos.
Ya opusieron P ap a á Papa, Pío ¿ León, m ientras creyeron que
así bastab a p ara su victoria y p a ra esterilizar y a n u la r los decretos
del Santo Oficio.
Mr. el ab ate Boeglin:
«Quiero, antes de los hechos que sa acercan (2). explicar á los lectores uno
de los episodios más curiosos del espíritu humano: el renacimiento de la Iglesia.

(1) PAginas 270-279.—(2) Le Pape, la 'France et le momement intellectuel.


Con eete lítalo se publicaba este articulo en La Vie Catholique, en 20 de Julio
de 1907. Era, put», en vísperas de la Eucfcliua, y los hechos que se temían eran
estos, para cuya anulación escribía BoegUn b u diatriba.
«Desde aquel día en que León x m dió la señal de renovación interior, en
Francia la Iglesia popular, la generación joven, ansiosa de reforma y de tra­
bajo, se hizo sembradora de ideas y de esperanzas. En todos los surcos echó
el oro de su semilla. Exégesia, crítica, historia, arqueología, filosofía, teología,
agiografía, liturgia, patrología y patrística; todo3 los dominios de la inteligen­
cia, todas las ramas del saber, fueron cultivadas, y se adornaron de flores y
de yemas. En la filosofía, Blondel y Fonsegrive; en la teología, Dom Cabrol;
los Diccionarios y colecciones inmensas de Battifol: en exégesis buen número
de profesores; por la mejora de los seminarios, Mgr. Latty, Mgr. Touclict,
Mgr. Canuta, el abate Q-uibert. Portal; en economía política ó historia, Allard,
H. Lorin, Ooyan, etc., ponen á Francia al frente del movimiento cristiano.^
«Estos ensayos tenían como todo esfuerzo, sobre todo en au conjnnto, algo
de exageraciones, inexactitudes, errores.... León XIII, aquel estratego in­
comparable, dejaba paciente desarrollarse las ideas. Cuando el torrente, pen­
saba, baje í la llanura, el agua eerá. de cristal. Vendrá el reposo cuando los
saltos se acaben. ¡Cierto que León YTTT tenía razón! Esporar así, e3 la mitad
del genio y los dos tercios del éxito.... »
«Pero bien pronto algunos, inquietos y audaces, se extralimitaron, y
Pío X se inquietó. La autoridad, guarda del depósito, cumple un deber cuan­
do señala los peligros. Desdichadamente se introdujo el espíritu de partido, y
comprometió la obra de prudencia. Los señalados como sospechosos, con ó sin
razón, se defienden bien, repitiendo que tales y tales grupos que hasta ahora
lian dirigido la educación clerical, inventan de cuando en cuando conspiracio­
nes de modernismo para conservar la dirección del movimiento intelectual,
aunque estén ya del todo desautorizados; que las Congregaciones romanas, ya
hace tres siglos apegadas á doctrinas de escuela, no quieren ni pueden coope­
rar á la reforma de los establecimientos eclesiásticos; que, en una palabra,
gente poderosa en Rema, hostil á León XIII, tratan de detener la corriente de
reconstitución y de convencer á la Santa Sede que todo método nuevo merece
excomunión y quo hace falta salvar ü la Iglesia dél cisma y la here;la....Sea
lo que sea, no es creíble que Pío X se deje arrastrar por esos esbirros inquisi­
toriales.»
Como u n jan sen ista de los m ás puros tiem pos, h a b la M. Fonse­
g riv e a l escribir acerca de la E ncíclica y a publicada: El P apa no h a
condenado á los autores m odernistas, sino la atm ósfera g en eral que
se h a creado; el P apa no rechaza la idea de los m odernistas, pero
quiere que se p rescinda de ella y que los racionalistas se arreglen
como puedan; & él eso no le im porta.
«Pío X no ha querido escribir un capítulo de historia de la filosofía. Los
autores aludidos no son nombrados en ningún punto de la Encíclica, y no
pueden, con justicia, quejarse. Tampoco ha profesado ninguno de ellos entera
la doctrina condenada. Por eso el Papa no tanto se inquieta por ellos, sino por
el estado general de espíritu qne SU3 escritos han producido, y le preocupan
menos los pensamientos propios de cada autor, que la atmósfera intelectual
que sus libros han creado. Es posible que un historiador do la filosofía obje­
tivo y crítico, no pueda encontrar el conjunto de teorías que la Encíclica de­
signa con nombre de modernismo y en que ella ve el conjunto de todas las
herejías, ni en la carta de Tyrrell, ni en los Essai? de Philosophic chretienne
de Laberthoniére, ni en el Dojme et witique de Le Roy, ni tampoco en 11
Santo de Fogazzaro.... Pío X, al condenar el modernismo, no ha hecho sino
proseguir su política religiosa.... Quiere separarse dol mundo pernicioso ó
enemigo, que los fieles se encierren en la ciudad santa, lejos de las tempesta­
des ú e l siglo; quo elloE s e basten &sí mismos, y como sitiados en una ciudad
(juiiSBi'vuu intacta la luz sagrada hasta que, saneada lu uLmósíei'u exterior,
puedan de nuevo socarla j mostrar su claridad. En lo de hacer salidas y tra­
tar de destruir el enemigo, Pío X no piensa asL Que el enemigo ó el extraño
se gobierne como puecia; la Iglesia sdlo trata do sus hijos » (1).

Otros tratan de q u itar im portancia á la Encíclica, y a aseverando


que no tra ta sino del loisysmo, de errores filosóficos y exegéticos sin
im portancia en el orden social, m oral ó político (2); que las ideas
dem ocráticas no tien en relación alg'una con el m odernism o (3); que,
en sum a, Pió X, con sus actos, uo quiere siuo la verdad y el bien, y
que ellos tam poco quieren sino el bien y la verdad, y consiguiente­
m en te todos coinciden en una y sola aspiración (4); ó, por fin, afir­
m ando con estupendo aplom o que Pío X no h a querido sino cortar
de raíz las cuestiones escolásticas y em pujar á los católicos á que,
dejadas las disquisiciones especulativas, tra te n d é lo práctico y tr a ­
b ajen en el terren o de la p ráctica (5).
Veam os estas ideas en los propios docum entos.
Estos son los prim eros frutos que nos clasifican el árbol.
Ya es tiem po de p en e trar en la idea g e n é tic a del m odernism o; de
conocer m ás y m ás sus obras y sus puntos.
Y lo harem os com probando cómo es hijo n atu ral y g en eraliza­
ción del liberalism o católico, tan condenado por Pió IX. Así lo con­
sideran La Civillii Cattolica, el Presbítero C avallanti, M gr. D elas-
sus y , en g en eral, los escritores que em plean sus plum as en su
refutación; asi tam bién los protestantes que históricam ente lo co n ­
sideran y estudian; así, por últim o, lo confiesan los propios in tere­
sados, llam ándose h sí m ism os católicos liberales ó progresivos. V
no sólo las denom inaciones, sino el espíritu es idéntico; aquellos

(1) Le Temps, 28 Septiembre 1907.—(2) Mr. l’abbé Naudet, 20 Septiembre


1907.—(3) Mr. l'abbé Deagranges, Le Sillón, 10 Noviembre 1907.—(4) Mr. l'abbé
Dabry, La Vie Catholique, 2L ¡septiembre 1907.—(5) D eLéon X I I I a u Sülon,
pág. 67-68.
católicos liberales pretendían acom odar la Iglesia al progreso mo­
derno; así los m odernistas, siguiendo á los am ericanistas, de quien
son u n a varian te, ¿qué pretenden sino la absurda y soñada recon­
ciliación?
Desde que en 1854, 1871 y 1873 h ab la Pío IX, de santa m em oria,
hccho oir su voz, sin g u larm en te contra el catolicism o liberal, h a sta
que en 1878 m oría plácidam ente en su Cruz, no h ab ía habido ui
un in stan te de reposo y tre g u a en la refriega. El error, herido eu las
ú ltim as proposiciones del Syllabus, se revolvía herido é irritado:
D upanloup, M aret, M ontalem bert, Falloux, todos los secuaces de
L am ennais, trata b an en vano de «catolizar la revolución», y, a u n ­
q ue el an atem a pontificio lo estorbaba, ellos q u erían elu d ir el an a­
tem a pontificio.
Murió el Pontífice del SyUabus, y m urió, como se cu en ta, con
aquel dolor con que San Pablo lloraba al despedirse de los presbí­
teros de Efeso: intrabunt post discessionem meam lupi rapaces (1);
v en d rán después de m i p artid a lobos rapaces, lobos con piel de
ovejas... Leóu XIII, su sucesor, repitió eu cien docum entos el a n a ­
tem a de Pío; pero en la prensa, en la opinión, en los libros se hizo
la conjuración del silencio y hubo quien im aginó que los católicos
liberales h ab ían dejado de e x istir con su g ra n defcelador, y h asta
quien dijo que aquellos peligros de la Iglesia eran causados por la
in tran sig en c ia católica, representada en Pío IX. Torpísim a ca lu m ­
n ia que acaba de rep etir en n u e stra p a tria E l Im parcial (24 Sep­
tiem bre 1908).
Los católicos liberales no h abían cesado e n |s u obra ab su rd a de
reconciliar & Dios con Bclial, la luz con’la obscuridad.
Y reapareció con otro^nom bre y con otros hom bres y quiso en ­
tra r en la vida, así disfrazado, llevado por la m ano del abate Kleiu
y protegido por la le n g u a de D upanloup y de M ontalem bert.
El am ericanism o, nacido en los Estados Unido 9, era traducido al
francés por el abate K lein, y quedaba precisam ente en esta tra d u c ­
ción fulm inado por Su Santidad León XIII; y el am ericanism o no
era sino u n a form a del catolicism o liberal.
León XIII lo declaró en la condenación:
«Las opiniones n u ev as de que Nos hablam os descansan en el
principio de que es preciso que la Iglesia, p a ra a tra e r m ás fácil­
m en te á los disidentes, se acomode preferentem ente á la civ iliza-

(l) Act. 20, 2 ff.


ción de u n a época adulta, y relajando s u an tig u o rig o r h a g a a lg u ­
n as concesiones ¿ los principios y tendencias nu ev as ( 1 ).
Los propios fautores y propagadores del am ericanism o lo con­
fesaron, como v. gr. el abate C harbonnel, que, explicando su apos-
ta s ía y salid a de la R eligión é Ig lesia Católica, decía «haber per­
dido sus ilusiones de u n a acom odación y evolución lib eral del cato ­
licismo» (2).
In stru c tiv a es, & m i parecer, la sig u ien te inquisición h istó rica
h ec h a en vivo por la sagaz observación de Mr. A ug. S abatier que,
au n q u e p ro testan te, estudiaba los hechos con im parcialidad. Don­
de p ara n ad a influ ía la pasión sectaria, es testigo abonado y tan to
m ás cuanto que á su campo se refu g iaro n los más radicales am e­
rican istas después de la condenación:
«¿Os acordáis (le la 9 violentas batallas de hace cuarenta aflos liabidas en­
tre Luis Yeuillot y el Obispo Dupanloup, entre católicos liberales y católicos
ultramontanos? Los periódicos y revistas católicas desde luice seis meses nos
vuelven á aquélla época. £ 1 conflicto es el mismo de principios y sentimien­
tos y coa otros nombres, más ó monos exóticos, sou siempre los mismos ene­
migos dentro de la misma Iglesia.»
«Después del Concilio Vaticano el catolicismo liberal parecía muerto y
Roma parecía gozar de paz.... Faz falsa. E l catolicismo liboral de Jlontalem-
bert, de Broglie, Dupanloup, P. Gratry, no babía muerto, había emigrado &
los Estados Unidos....Pronto este liberalismo pasó el Ocóano y reapareció en
Francia con nombre de americanismo. Mgr. Irelaml so hizo su misionero y
vino 4 Paris á pronunciar discursos famosos que reunieron en torno Rtiyo
cuantos quedaban liberales impenitentes, ya en el clero joven, ya entre loa
seglares. Karardotes que temían hablar en nombre propio tradujeron los dis­
cursos de Mgr. Lelnnd y del Cardenal Gibbons, la Vula del P. Hecker, escrita
en inglés por un discípulo suyo: el P. Elliot. Otros, como historiadores y tu­
ristas, nos contaban «cosas de América...... (3).

¿Para qué h a b la r del am ericanism o?


P orque es hijo suyo el m odernism o, é inficionado está, del m ism o
veneno.
E n los fautores del am ericanism o en F rau c ia descuella el ab ate
K lein, el ab ate N audet, el ab ate Lem ire, F onsegrive, Goyeau, en
u na palabra, m uchos de los q u e h ab lan de defender, p atro cin ar y
profesar el catolicism o progresista ó m odernism o; todos nos h a­
blan y a clara, y a am b ig u am en te (que es como Pío X. nos en señ a que

(1) Testera benevolente. 33 Junio 18B9. —(2) Revite Chritúrme, 1 Octubre 1898.
(8) Jiecue Vhritienn», 1 Octubre 1893.
h ab lan los m odernistas) de la fam osa reconciliación de la Iglesia
con la civilización m oderna.

Pero antes de dar u n paso m ás no dejem os & n u e stra espalda un


equivoco, p erpetuo nido del m odernism o.
E tern am en te los enem igos de ayer y los de lioy repiten que la
Ig lesia es en e m ig a del progreso m oderno, de la civilización m oder­
n a, de la m oderna cu ltu ra de los pueblos.
Digám oslo p ara siem pre; si y no.
N o es enem iga de aquel progreso racional y ju sto por el cual la
física y la m ecánica, com binadas, ofrecen al hom bre m ás am plio do­
m inio de los ag en tes n atu rales y nuevos m edios de ejecu tar obras
de a rte ó de. u tilizar la actividad: lo m ismo es á. la luz de la recta ra ­
zón y del cristianism o la fuerza m ecánica de m illones de esclavos
que se em plean en las pirám ides de E gipto, que la de cientos de
an im ales de carg a que se em pleen en las catedrales de la Edad Me­
dia, que la que desarrolla el vapor ó la electricidad. No es enem iga
la Ig le sia de la tran sm isión de la h u m a n a palabra por un aparato te­
lefónico y del hu m an o signo por un hilo telegráfico; porque p a ra ella
y p ara la razón lo m ism o es como transm isor el hilo que el aire, el
alam bre que las ondulaciones atm osféricas. No es e n e m ig a n id e las
n u ev as m áq u in as de g u e rra , ni de los nuevos aparatos de luz, ni de
los nuevos procedim ientos de ciru g ía, ni de los nuevos tra ta m ie n ­
tos m edicinales, ni de los nuevos descubrim ientos de la geografía,
n i de las nuevas y ciertas afirm aciones de la astronom ía, n i de los
delicadísim os m ecanism os de verificar la convulsión m aterial en la
sensación, ni de n ad a que signifique extensión de aquel reinado
que Dios en el principio concedió al hom bre recién criado, ni n ad a de
lo que sea lógica aplicación del entendim iento, de la razón, de la
actividad h u m an a. No es la Ig lesia en em ig a de este progreso y tan
no es su en em ig a como que ella es la que siem pre lo h a bendecido,
la q ue lo h a iniciado, la que fué siem pre su patrocinadora.
«Predicando á Jesu cristo crucificado, escándalo y locura p ara el
m undo, la Iglesia h a sido p rim erísim a inspiradora y propagadora
de ln civilización; la llevó adondequiera que predicaron sus Apósto­
les, conservando y perfeccionando los elem entos utilizables de las
a n tig u a s civilizaciones p ag a n as, sacando de la burb&rie y am aes­
tran d o p a ra u n a constitución civilizada de la sociedad & los pueblos
nuevos que en su seno m atern al se am pararon, é im prim iendo á la
sociedad en tera, si bien poco á poco, el sello esplendente que u n i­
v ersalm en te conserva todavía* (1 ).
Pero si es su en em iga y enem ig a irreconciliable del progreso mo 1
derno, civilización m oderna y c u ltu ra m oderna, que por oposición 6.
la a n tig u a y cristian a asien ta como derecho de la razón d iscu rrir
sin respeto n i aención á la fe y estudia la form ación y corteza
de la T ierra y la constitución de los astros p ara buscar form a de n e ­
g a r el G énesis ó de buscar en él contradicciones; y raciocina y
sofística para dem oler los fundam entos del conocim iento hum ano,
las propiedades del alm a h u m a n a , la noción y atrib u to s de Dios
queriendo m ás p erd er todo el caudal de la ciencia h u m a n a que
coincidir con la revelación y la ciencia divina. Si es enem iga de
aq u ella civilización quo constituye La suprem a razón de la m o rali­
dad y del derecho ó en u n a tradición histórica, ó en la fuerza de las
m ayorías, ó en las pasiones legisladoras; que establece como bien
de las sociedades y los pueblos el ateísm o de las leyes, la tolerancia
religiosa, la indiferencia en tre Jesucristo y S atanás, la licencia de
em itir el pensam iento, de escribir, de im p rim ir y de reunirse pres­
cindiendo de la Ig lesia de Cristo y de su fe ó en g u e rra con ella. S i
es en em ig a la Ig lesia y enem iga irreconciliable de la civilización
que n ieg a ó discute el derecho de propiedad, que hace de la fam ilia
u n consorcio p u ra m e n te anim al y terreno, que llam a derecho á la
fuerza coronada por el éxito y niega derecho á vivir vida pública k
la m ism a Ig lesia y los cuerpos ju ríd ico s y eclesiásticos. S i , es y lo
será, en em ig a de la m oderna civilización, que con las ventajas re ­
portadas por la m ecánica, la física y la quím ica acicatea las co n c u ­
piscencias, ex cita el lujo, fom enta los placeres, desboca la lu ju ria y
convierte el m undo en plaza de todo vicio, m ercado de todo decoro,
alm oneda de las alm as y escarnio de la Cruz del Salvador. S i es y
será siem pre en em ig a acerba de esta civilización m oderna que huye
p ródiga de la casa p atern a, derrocha licenciosa el caudal que en si­
glos ateso rara, apóstata de Jesucristo y encum bra a S atanás: de
esta civilización, de este derecho nuevo, ele este progreso, de esta
civilización es y será siem pre enem iga la Iglesia, de ellos se verifi­
ca la l x x x proposición del Syllabus, que e s contra la que forcejean
los m odernistas.
E n efecto, q u ien léalo s docum entos de P ío IX c o n tra los católicos
liberales y los com pare con los de Pío X contra los católicos progre­
sistas ó m odernistas, h allará sorprendente paralelism o. Aquel santo
Pontífice los describía con estas palabras, resum en de m ás de cua­
re n ta condenaciones: «Los im buidos de e 3toa principios católico-
liberales hacen profesión, cierto, de am or ii la Ig lesia y de respeto ü
ella, consagran, en apariencia, á defenderla, su ingenio y su activi­
dad, pero procuran p erv ertir su doctrina y su sen tir, y según las
d istin tas propensiones de cada uno, in clin ar al servicio y obsequio,
ó del César, ó de los derechos m anifiestos de la falsa lib e rta d , pen­
sando que no puede h ab er otro cam ino de q u ita r las causas de dis­
cordias. de reconciliar con el E vangelio el progreso m oderno de la
sociedad y de restablecer el ordeu y la tranquilidfld, como si la
luz pudiera unirse con las tinieblas, y como si la verdad no p erdiera
su n atu ra leza en cuanto que violentam ente torcida se la despoja de
su n ativ a entereza. Si trab ajáis por extirpar este error insidioso,
tanto m ás peligroso que u n a ab ierta enem istad, cuanto que se cubre
con el velo de falso celo y caridad..... » (1 ).
Las palabras de Pío X contra los m odernistas repiten lo peligroso
del ataque pérfido y traicionero, el ap aren te falso am or de los
nuevos sectarios á la Iglesia, su actividad ea obras de celo y de bien
social, su tenaz propósito de falsear la verdad en provecho ó del
Estado civil ó de la ciencia atea, la necesidad que pretextan de
h ac er todo esto p ara lleg ar á u n a concordia en tre el siglo y la
Ig lesia católica, am enazándola con peligro de m uerte en caso de
in tran sig en cia.
La m ism a sem ejanza y parecido han encontrado en tre los dos
errores los polem istas católicos que h an refutado al nacer el últim o,
y au n los buenos católicos ajenos á la pelea.
Mgr. D elassus, conocidísim o y honrado en F ran cia por su valor
en la ru d a lu ch a contra el m odernism o, escribía de él después de la
condenación:
«El Papa nos dice oomo una de las amenazas de los modernistas, que «si
la autoridad odoeiástioa no quiere en ol seno de las conciencias católicas pro­
vocar y fomentar un conflicto, debe acomodarse ¿ las fariñas democráticas. T
si no lo hace, esto será, su ruina, porque es locura pensar eu qne el sentimiento
de libertad, tal y como está, vuelva atrás». Pues estas amenazas qne los de­
mócratas cristianos cantan al unísono con los modernistas, no son sino la pro-
longoción de la antífona entonada hace tres cuartos de siglo por 9u padre y
maestro Lamennais.... £1 fué el primero que dijo lo que ellos no cesan de re­
petir: que la Revolución francesa habla salido del Evangelio, y que la Iglesia
debía acomodarse 6. ella si quería seguir viviendo. Él fué quien después de
exagerar el ultramontaDismo puso la soberanía en el pueblo, aun en el orden
religioso. Él quien el primero profirió esas amenazas contra la Iglesia si ésta
no se decidía 5. acomodarse á la forma democrática.....Fogazzaro, Riffaux,
Rauder, Sangnier y otros no son sino ecos, y ecos fieles de aquéllos (1).
Los simples fieles, católicos sanos, han experimentado la misma
impresión de afinidad entre ésto y aquéllo después de la Encíclica
Pascendi.
«El liberalismo sintió en Francia largo tiempo los duros golpes asestados
á él por el Vaticano. Pero bajo León XTTT empezó poco &poco á levantar la
cabeza sin osar afirmarse como tesis, sino invocando la hipótesis. Con pretexto
de obviar las dificultades de los tiempos se acentuaba esta doctrina y se
transformaba con apariencias científicas en sistema. Este es el modernismo.
Desenmascarándolo Fío X con sus sublimes enseñanzas, toca en su raíz el
mal qne corree profundamente eu nuestra época la sociedad civil....El punto
en que se unen estos errores es la pretendida obligación de ceder en todos los
terrenos á la comente de las ideas recibidas y reconocidas como popidares, á
fin do dar fuerza al progreso y de no enajenar* los ánimos con resistencias
temerarias á los prejuicios reinantes, lie aquí el pretexto do mtiohos católioos
para el resurgir del liberalismo. No es que se trate de mantener reglas salu­
dable? para conservar la ley, sino solamente de no arriesgarse ni crear con­
flictos por desagradar íi la opinión reinante, y para esto se imponen á los
principios los sacrificios necesarios. Asi se lia formado el modernismo» (2).
La misma confesión se encuentra en todos loa periódicos sana­
mente católicos ¿ raíz de la Encíclica: la misma en los autores con­
denados y proscritos.
JNnda míis común en ellos que hablar de las dos corrientes de los
tiempos modernos que ellos pretenden armonizar; de la batalla que
se da en lodos los terrenos, y en que ellos se arrogan el papel de
parlamentarios; la crisis honda de los espíritus creyentes, de la cual
ellos quieren sacarlos.
Las citas se podrían llevar hasta el tedio; valgan por todas las
palabras siguientes del abate Naudet, á que acabo de aludir: lo de
las crisis:
• Somos en la Iglesia más numerosos de lo que se cree los quo pertene­
cemos ¡i rsüi raza. Habernos pasado por crisis que, gracias ¡i Dios, han afirma-

(1) La Semaine Relijieuse, de Cambrai, 0 Noviembre 1D07.—(2) El coron.


Parseva), en Le Réveil Frarifais, Octubre 1007.
do en nuestro ánimo lo que debía quedar arraigado, pero que también lian
hecho una separación forzosa entre lo qne era del hombre y lo qne es de
Dios. La fe nuestra ha salido incontestablemente más católica, más viva de la
lucha, precisamente porque ha salido más libre, menos esclava de ciertas
afirmaciones de los hombres, afirmaciones de otros tiempos y que el tiempo
debe matar, pero más asida al esplendor incomparable de la verdad de Dios.
Pero, ¿soy yo exacto al decir nuestra esta crisis? No; no es nuestra, es la del
mundo moderno. Nosotros la hemos padecido los primeros, ya les tocará á
todos, es necesaria, fatal; será bendita y los esbirros de la ortodoxia que ahora
nos acusan la sufrirüu» (1 ).

Mas lo que nos dicen los novadores entre confusiones y equívo­


cos, natural 'expresión de los que siguen «al Caudillo de todos los
enemigos, que se asienta en un gran campo de Babilonia, como en
cátedra de fuego y humo», nos lo declara la Encíclica, cuyo autor
hace profesión de haber leído á. los adversarios y procurado euteu-
derlos y proponer bien hiladas sus afirmaciones (2|.
Ya el nombre de modernistas con que, no la Iglesia por afrenta,
sino el sentido vulgar los ha señalado, sic iure in vutffiis midiwni,
denuncia el afán, nunca oculto por ellos, de que el catolicismo evo-
lucione, progrese, se reforme, se renueve, tome nuevas orientacio­
nes, rompa los viejos moldes, salga de las sacristías, etc., que todas
estas son frases peligrosas, inventadas por ellos para dorar y enme­
lar la copa de su veneno.
Y si de las palabras m ás ó menos ambiguas pasamos A las doc­
trinas y & los hechos, vemos lo propio: entre aquellas dos banderas
que San Ignacio, Nuestro Padre, dice dividirse la vida y el iuuudo,
diríase que nuestro m odernista se ha arrogado la misión de procurar
¡a paz, el abrazo, el beso, sí, el beso de Judas.
Porque siguiendo paso & paso la Encíclica, podremos considerar
al modernista como filósofo, creyente, teólogo, historiador, crítico,

(1) La Justiee Sociale, 13 Abril 1907.—(2) Quia vero modernistarum (sic eoim
jure iu vulgns andiuul) callidifieiuiuui aitifirium est ut doctrinas biibb non ordine
(ligcstas proponant atque in naum coUectns, sed epareaa velnti atque invicem
sejunctan, ut nimirnm fincipitpn et qnasi vagi virleantnr eum e contra firmi fiint
et constanteF; prnestat, Yeu. FF., doctrinas easdem tino beic rorspect» exhibere
jjrimum, uesumque indicare quo ínricetn coaleacunt nt deinde erroram causas
scrutemur nc remedia ad averrucandam perniciem prneBcribamua. ( l’ascenái in
init.)
apologeta y reformador, y bajo todos esos nombres no es más que el
amigo de los enemigos de Dios, la eterna sirena que incita hacia las
peligrosas sirtes.
£ n efecto, el filósofo racionalista clama incesante que la ciencia
se opone en sus deducciones á las enseúanzas de la fe católica; la
filosofía católica afirma q u e, aunque tal oposición es aparente
cuaudo se trata de la verdad, porque la fe puede servir de faro á la
hum ana razón eu el m ar de su estudio, y á esa luz superior y divina
es justo que sirva y se conforme la luz teuue y hum ana, todavia
entre la ciencia racionalista y la fe la hay, oposición honda é irreduc -
tibie. ¡Quimera!, exclama el m odernista; la ciencia es im a cosa y la
fe otra; la ciencia tiene un campo param ente fenoménico y limitado
donde no puede ni debe alum brar la fe; y la fe tiene un objeto abso­
lutam ente iucoguoscible para la razón hum ana. ¿Oposición? Impo­
sible, como no la puede haber entre el día y la noche que le sigue:
son facultades y conocimientos independientes; pensar en oposición
es una quim era (1).
Igual modo de delirar abrazan como creyentes cuando en reali­
dad miran al mismo problema de las relaciones entre la fe y la ra ­
zón desde el lado del dogma. Pero en este caso todo lo que era
libertad antes para el filósofo, se trueca en subordinación de la fe á
la filosofía en el creyente, porque en cualquier afirmación religiosa
se presentan las fórmulas religiosas, los fenómenos empíricos que per*
tenecen á la ciencia; se presenta la idea de Dios que en su evolución
y desarrollo corre por el campo de la ciencia; y por último, en el
hombre mismo, el creyente y el filósofo son una misma cosa y por
ende, el creyente ha de estar armonizado y subordinado al ülósofo.
De aquí que concluyen con la lucha entre la razón y la fe, subordi­
nando ésta k aquélla y querellándose de la obstinación de la Igle­
sia (asi ellos blasfem an), que no quiere reconciliarse con la filo­
sofía (2).
Oficiando el m odernista de teólogo asiste, claro estft, al constante
y eterno batallar de las religiones falsas contra la única verdadera,
de las sectas disidentes con la Santa Madre Iglesia; del Estado in ­
vasor contra los augustos derechos de la Esposa del Cordero; bata -
llar que lia llenado la historia del mundo desde la reprobación de
la Sinagoga hasta el librecultismo; batallar con el Estado que ba

(1) Re porro huc adducta..... (Encíclica Tasandi juxta med.)—(2) Ex his te­
men fallitnr....(Encíclica aub med.)
llenado la historia de la Iglesia de cismas, guerras, rebeliones y
anatem as desde Constantino hasta Napoleón y desde Focio hasta la
separación en Francia de la Iglesia y el Estado. El modernismo se
ríe de ese batallar. ¿Las religiones? Todas son para el modernista
verdaderas coa tal que sean sinceram eate sentidas por el creyente:
«subobscure alii, alii apertlssime religiones omnes contenduut esse
veras..... »
¿La secular lucha del Estado contra la Iglesia! El modernista la
hace desaparecer: ¿acaso, y sin acaso, como desapareció en la fá­
bula la contienda del lobo contra el cordero? Poco im porta, la lucha
desaparece con palabras de grande neutralidad. «Como la cien­
cia y la fe por razón de su objeto material son independientes entre
sí. del mismo modo por razón d esú s fines m aterial el uno, espiri­
tual el otro, la Iglesia y el Estado son independientes también; una
cosa, pues, es el Estado y otra el catolicismo, como una cosa es el
ciudadano y otra el católico.»
El mismo afán de reconciliar á la Iglesia con la civilización mo­
derna, á costa siempre de los sacrosantos derechos de la verdad y
de Jesucristo, se m uestra ea todo lo demás.
¿Es la historia evangélica y eclesiástica en manos de racionalis­
tas y protestantes arm a contra la revelación y la divinidad do la
Iglesia Católica? Los m oderm staseucueutrau modo de componer las
enemisladps, distinguiendo el Cristo de la historia, y el Cristo de la
fe; la Iglesia de la historia y la Iglesia de la fe; los Sacramentos de
la historia y los Sacramentos de la fe; como historiadores im parcia-
les y sin prejuicios teológicos afirmarán aquel Cristo, aquella Igle­
sia y aquellos Sacramentos eu los que uoliay nada divino, nada so­
brenatural, nada ultrasensible; como cutólicos, que prescinden de
la historia, afirmarán el Cristo Dios Hombre; la Iglesia, institución
divina; los Sacramentos, causa de Santificación. ¿Qué contradicción
puede haber?
Si los exégetas y criticistas protestantes y racionalistas guerrean
sin cesar y hacen armas contra los textos sagrados, haciéndolos fal­
samente de edades posteriores á los hechos ó para restarles su ca­
rácter profético, en los de profecías, ó para despojarlos de toda in ­
tervención milagrosa y sobrenatural en los rigurosam ente históri­
cos, y la Iglesia Católica, ayudada del estudio y erudición do sus
sabios, h a guardado la integridad del cauo:i y de los sagrados vo­
lúmenes, todo eso h a sido porque no se contaba con el poderoso a u ­
xilio de los críticos modernistas. Los cuales se pertrechan con la
4
acostumbrada distinción entre el hombre y el creyente, y al hom­
bre le dejan aceptar cuanto la crítica heterodoxa sueña y calum nia
en los libros santos, y reservan al creyente la única ocupación de
aceptar ciegamente cuanto un desarrollo evolutivo del primitivo
dogma le ofrece y le impone (1).
¿Cómo defiende la Religión Católica el apologista modernista? En
prim er lugar se dirige al ejército del racionalismo que encuentra
armado contra la verdad divina del catolicismo y le advierte que él
no viene al campo de la apología con la vieja artillería de textos
.sagrados , historia eclesiástica, A n tig u a esc o lá stic a , sino únicam en­
te , con la moderna historia real y palpitante y agradable al racio­
nalismo. Dado ya este prim er abrazo al enemigo, que entusiasmado
le aclama su mejor aliado (2), empieza su obra de apología con a p a ­
rentes razones, que seráu de otro lugar el analizar, y por rem ate y
corona de ellas y para conservar la neutralidad de quien afecta ser
¿rbiti'O de dos contendientes, conceden errores, equivocaciones,
paralogismos en la doctrina de la Iglesia; pero inevitables, justos,
necesarios (3). ¡Asi se engañan ellos deque han reconciliado &los
racionalistas con la lg le sia y de quehan librado á ésta de incesantes
adversarios!
El reformador m odernista persigue el propio fin. Hacer una filo­
sofía no anclada en las vetusteces escolásticas, sino presentable y
acepta & la germ ánica y moderna sofística de K ant; una teología
sin cuestiones interm inables y difíciles en las que Santo Tomás,
Escoto, Suárez, Soto, Molina, Lugo, Franzeliu y Mazzella perdían
el tiempo sino en una teología histórica, positivista, acepta á nues­
tros adversarios; una historia m oderna, u n a catequesis nueva, un
régim en de la Iglesia liberal y acomodado á las circunstancias públi­
cas. La Iglesia, continúa en su liturgia, en su jerarq u ía, en su opu­
lencia y exterior pom pa, debe procurar no chocar con sus enem i­
gos, para atraerlos y vivir con ellos en paz. ¿Qué más? Por agradar
y atraer á los protestantes, desean que se suprim a hasta el celibato
eclesiástico (4).
Basta ya de exposición somera para demostrar cuán dominados
están los modernistas de esta ansia funesta de reconciliación entre
lo que es irreconciliable y adonde llegan en su aviesa pretensión,

( 1; l’rneit pliilosoplnis.... (Encíclica Pascendi snb £□.’—(2) De adserenda


vero... (Encíclica Pascendi snb fln,)-(3)Dum tamen....[Ibid.)—(1) Pauca demum...
(Encíclica Pascendi sub fin.)
que en otro documento formuló Su Santidad Pío X por estas pala­
bras, que condenó y anatematizó: «El catolicismo actual no puede
concillarse coa la verdadera ciencia, si no se transform a en un
cristianismo no dogmático, esto es, en un protestantismo amplio y
liberal (1).

Quien haya penetrado con la meditación en el Corazón de Jesu ­


cristo y haya alguna vez rumiado aquellas palabras: Nemo potest
duoíus domiiiis nadie puede servir á dos señores, porque ag ra­
dando al uno despreciará al otro; ó aquellas del mismo Señor: Qui
non est mecum contra me est, el que no está conmigo es mi enemigo,
comprenderá la guerra que hace al Divino Corazón quien con más­
cara de paz no quiere sino aniquilar y destruir su obra querida la
Iglesia de Dios. Quien verdaderam ente conozca el plan divino en la
devoción al Sagrado Corazón de Jesús no podrá menos de oír como
voces del Salvador divino aquellos comienzos del profeta Isaías:
¡Oidme, cielos y tú tam bién, tierra, oid la voz del Señor: Crié hi­
jos y los ensalcé y ellos me menospreciaron. Los anim ales reconocen
& su dueño y la casa de su amo y mi pueblo no me ha conocido á mi
y no ha escuchado mi vozl
Ese pueblo católico de Europa y de América, seducido por el amor
de falsa y engañosa paz, olvida ¿ quien lo sacó de la idolatría, lo re*;*
cató de la barbarie, lo puso en sendas de civilización, le hizo posible
el saber y la grandeza, lo llenó de victorias, 1c ciñó la diadema del
mundo, lo hizo su pueblo escogido durante veinte siglos. ¡Ese pueblo
ahora, cuando abren los ojos á la luz naciones largo tiempo infieles^
él los cierra seducido, sorprendido, embelesado, me niega el dominio
que como su Criador y su Padre, su Redentor y su Maestro tengo ad"
quirido sobre él y no quiere oir ni mi revelación, ni mis preceptos, ni
mi ley, ni mi enseñanza, ni mi doctrina, ni mis am arguísim as que­
jas! Pues, devotos de mi Corazón ¿dónde está vuestro espíritu de re­
paración y desagravios?

(1} Dccr. Lamenlabdi, n. 66.


III

Necesidad de esta refutación.

Hay un detalle curioso en la historia del americanismo. El abate


Klein y en general los demócratas cristiauos, enamorados de las doc­
trinas am ericanistas las empezaron k ensalzar cuanto llegó á F ran­
cia el rumor de ellas; no sólo se lanzaron á traducirlas, propagarlas
y recomendarlas en conferencias, libros, versiones, periódicos y re­
vistas, sino que las llegaron & llam ar «armonía necesaria y profun­
da del nuevo estado del espíritu hum ano non el cristianismo», «fór­
m ula precisa de '.a formación del clero moderuc» y otras á. este te­
nor; al abate Klein, traductor de la vida del F. Hecker, se le dijo
apóstol de los tiempos modernos que acomodaba á Francia la nueva
doctriua: pero sonó el anatem a pontificio y la condenación de
León XIII y ¡cosa m ás admirable! en Francia no había am ericanis­
mo, el americanismo era un duende, nadie sabia lo que era am eri­
canismo!
«¿Q’.ié r s ol americanismo? ¿Un estado ele pspíritn, una doctrina? Si os una
doctrino, confesamos haberla encontrado en el libro de j\L el abate Maignen y
en los avtícidos de L a Vcrité que la denuncian. pero en ninguna otra parte,
ni aún siquiera en la adaptación frausesa de la Vula del P. Heckcr» (1).
¡Pues en e9to pienso yo cuando recuerdo lo que en España noa ha
ocurrido. Hace tres, cuatro, seis años liemos oído hasta el cansancio
repetir lo de los viejos moldes que hay que romper, lo de la necesi­
dad que tenemos de ser de nuestro siglo, lo del acomodarse á los
tiempos y á las necesidades de la época, lo del espíritu de tolerancia,
lo de que ya la libertad y la revolución no vuelve atrás, y tantas y
tantas frases del repertorio m odernista dichas y repetidas con igno­
rancia ó con malicia por periódicos, revistas y apóstoles de estas
evoluciones! Cualquiera diría que querían introducir en nuestra
tierra el modernismo y acaso lo diría con visos de probabilidad al
observar que de todo eso hablaban inspirados por libros, folletos, re­
vistas y diarios franceses de los que entonces pasabau por católicos
y aun se escudaban con la censura eclesiástica y se llam aban ellos
intérpretes únicos de las direcciones episcopales y pontificias.
Pero condena Su Santidad Pío X el modernismo, sale el Decreto
Lamentabili sane y la Encíclica Pascendi y en España se repite que
no hay modornismo, se achicael campo de la condenación 6 solas las
cuestiones bíblicas y se propala por todas partes la idea de que el
modernismo es una gravísim a herejía que, gracias á Dios, ni refu­
tarla es m enester en España.
Yo, al escuchar ahora estas frases, me acuerdo de lasque oí hace
tres, cuatro, seis años y traigo á la memoria el episodio curioso del
americanismo, que os he relatado.
Esas frases, pues, no nos deben mover á no refutar enérgicam ente
el modernismo. Muévannos más la voz augusta de Pío X que no dió
su Encíclica ni su Decreto únicam ente para una ó dos naciones, sino
para toda la Iglesia universal; muévanos su ejemplo soberano, que
m andando establecer ju n ta s diocesanas de vigilancia no ha exclui­
do k nuestra España, antes particularm ente la ha incluido; muéva­
nos su voz angustiada de Padre que ha reconocido los peligros de
modernismo en nuestra querida España.
Muévanos además la experiencia y el conocimiento de nuestro
estado. En todo el siglo xvm y xix lo habernos con dolor experi­
mentado: el jansenism o de la corte últimos de los Luises, el enci­
clopedismo de Y oltairey de Rousseau, el liberalismo de Lamennai9
y Montalembert, las modas, aficiones, gustos y costumbres perver­
sas nos h an venido, como al pueblo de Dios, del trato de las nacio­
nes prevaricadoras que viven á nuestro alrededor, y singularm ente
de Francia; en España hemos tenido hegelianismo, kantism o, krau-
sismo y todos los errores alem anes por el vehículo de la lengua
francesa,, ¿quiéu será capaz de asegurar que sólo del modernismo
nos vamos á ver libres cuando infesta á Alemania, Inglaterra, Ita ­
lia, Bélgica y Francia?
Pero, ¿quién no tem erá el contagio? ¿Quién 110 sabe que nuestra
prensa liberal sabe lo que pasa en Europa y eu el mundo por la
prensa de París? ¿Que nuestros eruditos beben su saber en libros
franceses y que hasta los eruditos y polemistas católicos toman su
ciencia de I09 que por polemistas vienen reputados de Francia?
¿Quién ignora que revistas modernistas francesas se han honrado
con firmas de publicistas españoles, y e n cambio revistas españolas
han acogido en sus planas escritos y correspondencias de colabora­
ción de modernistas franceses?
Mas ¿para qué discurrir en cierto modo a p rio ñ ?
Apenas se oyó el anatem a que hería al abate Loisy, salieron elo­
gios de él en el Heraldo de M adrid, y aún m anaba sangre la conde­
nación de la novela 11 Santo del senador romano Fogazzaro, ya es­
taba traducida en castellano y se vendía en Madrid y hasta en las
últim as provincias de Cádiz y Málaga, donde yo las lie visto en
venta.
Y es natural.
El modernismo, como hemos visto, no es sino el último asalto
que dan todos los errores modernos al campo católico; prescinden
astutos de su demostración científica, ya muy pulverizada por los
sabios ortodoxos, y se presentan como necesidad de la época, pro­
greso contra el que no se puede trabajar fructuosamente, afirma­
ciones cuya negación nos debe llenar de rubor ante el mundo; pues
¿cómo podremos presum ir de vemos libres de tanto mal cuando
precisamente por esas razones se enseñan en nuestras U niversida­
des y Liceos la historia envenenada, la filosofía á servicio de Kant,
Erause y Schopeuhauer, el materialismo, el positivismo y el trans­
formismo; cuando sólo por parecemos á los pueblos cultos admiti­
mos el liberalismo, la libertad de im prenta, la de religiones y hasta
la de la carne? ¡Ay! con dolor debemos decir que el espíritu del mo­
dernismo intoxica hace doscientos años nuestras costumbres.
Si no tenemos el nombre, ¿qué nos importa?
Pero ojalá me equivocara en esta argum entación; ojalá la vigi­
lancia de Su Santidad tuviera el consuelo de no ser necesaria en
nuestra España; ojalá sólo una imprudencia de lenguaje hubiera
sido la causa de aquellas frases dudosas y malsonantes; ojalá con -
tra ía s leyes físicas y las leyes morales los vieutoa sembrados en
nuestras Universidades, Institutos, liceos, libros, folletos, periódicos
y revistas no produjeran tempestades ningunas; ojalá el principio
cobarde y petulante del modernismo que nos hizo caer en otros
errores no nos impela á este; ojalá los principios de error que inva­
den los entendimientos españoles en medicina, cosmogonía, m eta­
física, literatura, política y religión no nos empujen á las am alg a­
m as y m aridajes modernistas; ojalá nuestra patria sea cuna y m an­
sión única del antimodernismo.
Aun entonces seria necesaria su refutación.
España fué por su historia el paladín de la Religión Católica con­
tra la Revolución religiosa, cuyo prim er anillo lué Lutero y cuya-
últim a manifestación es el modernismo. España se alzó como un
gigante en Europa, y con el guantelete de hierro del Emperador
detuvo y contuvo la guerra religiosa del lado allá del Elba; ella, con
sus teólogos y sus maestros Valencia y Suárez, hirió en el corazón
& la revolución de Lutero en G erm aniay í la revolución de Enrique
y Jacobo en Inglaterra; ella, con sus apóstoles y sus apologistas,
rafutó y pulverizó I09 libelos de los herejes. Ella fué también muro
contra el jansenism o, que chocó contra un pueblo tradicionalm ente
católico; ella tam bién fué el David providencial que hirió en Bailón
al Goliat de la Revolución arm ada. Por eso debía esta España ocu­
par la vanguardia contra el modernismo, y por eso debe conocerlo
como último cachorro de la Revolución para profesarle el odio in­
extinguible que i sus predecesores profesaron nuestros padres.
Así sea.
Razón motiva del modernismo

Chistas dilexit Eccletiam et S€ ipsttm tra-


didit pro ea. A<1 EpUtjB, 8,25.
C ria tó a m ó á la Iglesia y ¿ a l mismo se en­
tregó á alia. A loa efeíioa, S, 25.

Verdad es confirmada por la historia que más que hacer la filo­


sofía los errores, los errores hau sido los que se lian hecho su filo­
sofía. Antes de que los filósofos encontraran la proposición que
encerraba un pensamiento, habla ese pensamiento minado los cora­
zones de la sociedad y sido la norm a de la3 acciones del pueblo. l)e
no, el pensador hubiera sido vejado como loco y su error hubiera
parecido estéril.
Así Platón y Aristóteles y Zenón y Epicuro y Lucrecio con sus
doctrinas tiránicas, eiperim entalistas, escépticas, sensuales ó m a­
terialistas no hicieron más que dar fórmula al orgullo de los aristó­
cratas ó al hastio del positivismo por lo abstracto, ó á los de la grey
que hozaba en el triclinio y en el burdel, ó á, la dorada ignorancia
ó al'fastuoso olvido de toda sabiduría.
Más claro se ve eso en la Iglesia. Arrio es la voz de un m undo
medio pagano, medio judio, que no acaba de romper con la idea de
un profeta ó un dios gentílico para figurarse á, Jesucristo; Focio,
desgarrando la unidad, es el grito subversivo del orgullo bizantino
que había hervido siempre en odio & Roma latina; Pelagio es la
fórm ula de la soberbia hum ana, que ciega por la ignorancia, no ve
en la elevación sobrenatural sino un grado supremo de grandeza
natural: Lutero se siente empujado por una revolución religiosa que
ferm entaba en el seno de Europa y A la que él ha dado verbo in-
conscientemente; Voltaire es el gu?ano de la putrefacta Francia de
Luis XV. En una palabra, las costumbres viciosas, los pecados de la
sociedad engendran una atmósfera en que está latente un principio
malsano, una Idea corruptora: llega el instante en que uu talento
descarriado, un hijo de su siglo, lanza en proposición audaz lo que
muchos practican, y aquel hombre es el corifeo, el abanderado, el
heresiarca. Su palabra h a sido chispa; la sociedad era el ligero com­
bustible: es un incendio.
Obedeciendo ¿ e sta ley histórica, ¿habrá sido asi el modernismo?
¿Habrá habido en nuestra sociedad ideas latentes, generalizadas,
vicios del corazón ó del entendimiento m ás ó menos obscuros ¿ im ­
palpables, confuEos é implícitos que hayan tenido por fruto y
fórmula las doctrinas que refutamos? ¿No han sido éstas incendio en
Italia, Austria, Alemania, Inglaterra, Francia, esto es, en casi toda
la Europa católica? ¿No han tenido representación en la Teología y
en la Filosofía, en el dogma y en la moral, en el periodismo y en la
cátedra, en los Seminarios y en los liceos, en la ciencia y en las
artes, en la acción social y en la acción política? ¿No dicen ellos que
«probablemente hay en el mundo católico m ultitud de quienes
piensan asi?» (1). [Qué digo! ¿No afirm an sin recato que el tipo del
modernista, que«Giovanni Selva pertenece al m undo de la realidad
como vosotros y como yo?», ¿que Fogazzaro, su autor, le forjó un
falso nombre, que luego le suprimió y le dejó claro en pública con­
ferencia dada en París en 1906)
«Giovanni Selva (son palabras de Fogazzaro) es un ser del mundo
real como vosotros y como yo. Le forjé un seudónimo para presen­
tarlo en mi novela (El Santo), pero ahora le voy á desenm ascarar
por prim era vez á nuestra vista.
«Su nombre es «Legión»; vive, piensa y trabaja en Francia, en
Inglaterra, en Alemania, en América como en Italia. Tanto lleva
sotana y uniforme como chaqueta y americana; aparece en las Uni­
versidades y se esconde en los Seminarios; lucha en la prensa y
reza en el claustro; predica, aunque rara vez, y da m uchas confe­
rencias; es exégeta ó historiador, teólogo y erudito, periodista y
poeta. Ni siempre es escritor, acaso no es m ás que lector apasio­
nado, creyente con ribetes de pensador; es repnblicano y realista,
demócrata cristiano ó simplemente liberal» (2).
Pues, ¿será posible que mal tan hondo y tan extendido no arra i-
gue en el corazón, no haya sido antes vivido por muchos, qne for­
mulado por unos pocos?
Por desgracia parece que si.
Pío X asigna dos causas próximas al modernismo, ríos motivos
morales de él que, si bieu los pensamos, están en la atm ósfera, se
hallan vividos y generalizados.
He aquí la necesidad de presentarlos á vuestro aborrecimiento y
A vuestra enseñanza.
Imploremos los auxilios..... A ve Mario,.

El ialso amor á la Iglesia.

Estos hombres desgraciados y perniciosos que por confesión pro­


pia y por declaración de la Encíclica m aquinan la ruina de nuestra
Religión dentro de ella y sin querer salir contra ella en campo
abierto, obran asi, no confesando odio, sino pretextando, acaso sin ­
tiendo amor.
Pero, ¿qué amor? Fucoso quodam Ecclesiae amare, millo solido philo­
sophiae ac theologiae p ra esiiio : amor & la Iglesia falso y engañoso,
amor ciego y destituido de razón sólida en La filosofía y en la teolo­
gía; amor falaz y engañoso, porque quiere para la Iglesia no los
bienes esenciales que la hacen esposa de Cristo, inm aculada y san­
ta, sino los bienes falaces con que el mundo paga la prostitución
de las almas; amor falaz y engañoso como el de los que querían para
el pueblo de Dios los carros, los caballos, el oro., la opulencia, el
ordeu y la policía de las ciudades gentiles, haciéndole ulvidar que
éstas son las añadiduras y que es sólo bienaventurado el pueblo
que tiene & Dios por único Señor; amor falaz y ciego á quien no
alum bra el esplendor de la revelación sino la luz del sentido, &
quien no guia la filosofía cristiana, sino la prudencia de la enrne:
f acoso quoiam Ecclesiae añore, nullo solido philosophiae ac theologiae
praesidio.
I.as declaraciones de los mismos modernistas no escasean nada.
Fogazzaro, el autor de ffl Santo , que acabamos de citar, después
de sacudir de sí, pero en vano, el nombre de modernista, continuaba
diciendo en su conferencia de París:
«El católico progresista se cree, y lo es, u n a fuerza: y este es el
título que yo os presento para pediros que le miréis con interés,
cualesquiera que sean vuestras cree Licias y vuestras opiniones. Bl,
como os digo, se cree ana energía vital en el seno de la Iglesia ro­
m ana, organismo gigantesco, del que anda diciendo el mundo qne
tiene la9 arterias endurecidas por la vejez, que ha perdido por ende
toda facultad de adaptación á su medio y que padece verdadera
ataxia. Griovanni Selva (el modernista-tipo) no piensa asi ¡ cree que
su Iglesia de cuando en cuando está, amenazada de euvejecery aun
tiene apariencias de ello; pero él cree que tiene un fondo de eterna
y siempre renaciente juventud.....Por eso, cuando los católicos pro­
gresistas se extienden á más que á señalar á los preladas de la Igle­
sia, algo más que ciertos abusos á corregirse, cuando expresan su
upinióu sobre el modo y la actitud que frente á la ciencia debe to­
m ar la fe, cosa que hacen siempre con el mayor respeto; no preten­
den más que la belleza moral exterior de su Madre, la Iglesia, be­
lleza moral que llegue á imponerse á la admiración del m undo..... »
«Se les llama, concluye, reformistas; en buena hora, lo son como
los católicos del siglo xvi, que emprendieron una acción purifícado-
ra de la Iglesia para resucitar su prestigio y la autoridad moral de
Roma» (1).
Y lo que en su conferencia de París, lo habla dicho en todas las
páginas de la novela, de la cual bastará aducir unas palabras.
Constituida la Asamblea de m odernistas, hecha entre ellos iig'a
de trabajo y acción «una francmasonería católica», concluyen de
este modo:
«5i sentimos y sabemos que la Iglesia de Cristo adolece, bástenos
eso para unirnos en el amor de nuestra Madre, asistámosla por lo
menos coa nuestras plegarias, nosotros y aquellos de nuestros h er­
manos que reconozcan con nosotros su dolencia» (2).
Mr. Fonsegrive, bien conocido modernista, publicó á raíz del do­
cum ento pontificio, una especie de protesta ó contra-encíclica a u ­
daz, irreverente, envenenada; nos servirá en otros momentos, ahora
sírvanos para recoger de sus labios las mismas protestas de am or á
la Iglesia y á su bien de ella.
«Lo que acaba de hacer Píg X es la ruptura de las negociaciones
entre la Iglesia y el siglo. Siempre que estas negociaciones se han
iniciado ó por algún tiempo seguido, la Iglesia ha condenado á los
negociadores: Pío IX, condena el liberalismo; León XIII, el america­
nismo-, Pió X ahora, condenando el modernismo, condena el princi­
pio mismo de toda negociación. Rechaza y anatematiza hasta el uso
de las filosofías del sig lo; y casi con su nombre indica y nota la obra
religiosa ejecutada por Brunetiére. Los parlamentos se han roto y
cada uno queda en sus posiciones. El trabajo de los parlamentarios,
de los autores modernistas, no será vano; quisieron servir si la Igle­
sia y la servirán (1)....»
Un testimonio más.
Bien conocido es en el mundo católico el abate Rómulo Murri y
su revista La Cultura Rocíale, órgano muy principal del modernis­
mo italiano; pues no hablemos de cimo él se presentaba á sus lec­
tores; veamos (y de un camino harem os dos mandados), cómo lo
presentaba el abate Naudet al dar cuenta en La Justicc Sacíale de la
condenación de Slurri y desaparición de su revista en 30 de Juniu
de 1906:
«Suceso importante eu la vida católica de Italia y que ha reteñido
hondamente en los corazones, lia sido la m uerte de La Cultura So­
ciale del abate R'iinuh Murri. lista revista, que contaba más de ocho
años, había procedido de la energía audaz é indomable de Murri,
sacerdote valeroso, y estaba sostenida entre obstáculos de todas cla­
ses por el conocimiento claro de las necesidades del día; había to­
mado posiciones fijas y precisas en todas las cnestiones que dividen
el campo católico, detorminnudo un movimiento rápido y concreto...
Gozando bajo León XIII de libertad relativamente amplia había re­
movido todo el terreno, penetrado en los jóvenes, en los estudiantes,
en los obreros; había suscitado en su carrera progresiva tenaces
oposiciones, amor y odio, entusiasmo estruendoso y secretas conju­
raciones; pero había adquirido rara difusión..... La Cultura Sociale
en Italia, era como La Jvstice Sociale en Francia, el agora de cita
para muchos sacerdotes, y para no menos seglares que soñaban cou
volver á los métodos apostólicos y trabajaban en la conquista de la
democracia por el cristianismo.»
Mas decía Su Santidad que este amor á la Iglesia era falaz y
mentido: fncoso amare. ¿Cómo así?
Porque es un amor falto de fe, fa lto de saber, fallo de abnegación:
le falta la fe que lo informe, lo eleve y lo sobrenaluraliue, que le
h aga entender que la Iglesia no es meramente una sociedad hum a-
na, un reino temporal sino la Esposa divina de Jesucristo cuya vida
y ser reposa eu la palabra de su Esposo; le falta la ciencia y saber
alto y teológico que le haga comprender cómo el único bien de la
Iglesia está en ser lo que es y que amor que no le desea este bien ó
que le quiere privar de este bien, es amor falaz y mejor, verdadero
odio, que le haga comprender que amor que la incite ¿ desconside­
rar la palabra de su Esposo, á mancillar su doctrina, á entregar el
depósito, á violar su moral, á olvidar sus promesas, es voz de eirena
y seducción de infidelidad; le falta, por fin, abnegación para am ar
¿ la Iglesia en la soledad del Cenáculo, y en la tristeza de las Cata­
cumbas, y en el abandono de la Cruz.
Todo esto lo podemos comprender por la Encíclica de Su Santi •
dad y por las mismas obras de los modernistas.
Su Santidad nos dice que una y acaso la principal razón que adu -
cen para clam ar porque la Iglesia tome régimen, costumbres, gobier­
no y máximas de la revolución, es porque si no amenaza, es in m i­
nente su muerte.
«'Vivimos en época en que el sentido de la libertad ha llegado al
summum; la conciencia pública ha introducido en el Estado civil el
régim en popular. 7 como en el hombre la conciencia pública y la
individual son lo mismo, la Iglesia debe, si no quiere dividir al
hombre con guerra intestina y cruel, usar en su gobierno formas
democráticas, y si no lo hace, de seguro se arruina, desaparece» (1).
Y ¿por quó?
«Porque loco será quien crea que el torrente de la libertad, que
todo lo a rro lla, va á tener regreso y volver á su fuente: represado
por fuerza y contenido romperá con más violencia el dique, lleván­
dose arruinadas la Relig-ión y la Iglesia» (2).
No: estos hombres no creen en la Iglesia y en la Religión, estos
hombres no creen que son tentativas del infierno la libertad, el su
fragio universal, el derecho nuevo y que la Iglesia es iucoumovible)

(1) «fc'a porro tempestate nanc vivimus cnm libertatis seruus in fastigium
summum excrevit. In civili etatu conscientia publica populare regimen invexit;
sed conscienlin in homine asque atque vita una eat; niai ergo in hominum con-
Bcientiis intestinum velit excitare bellum ac fovere, auctoritate Ecclesiae officium
inest democratiris utendi formis; eo vel magia quod, ni faxit, exitum imminet.»
(Encíclica Fascendi.)—(2¡ «Nain amena profecto fuerit qui in eengu libertatia,
qualis d u d c vi¡je t , regresaniu posee fieri aliqnaiido autuiuet. Coustrivtus vi ñique
iaclusue fortior se profundet, Ecoleeia pariter ac religione deleta.» (Encíclica
Pascemli.)
eterna, porta?, inferí non praevalebunt; estos hombres, si aman á la
Iglesia, la aman sin fe., no la conocen.
[Y de cuántos y cuántos modos repiten la misma desoladora é
im pía afirmación! Que nos quedamos solos, que la Iglesia se aísla,
que se priva de los auxilios del siglo, que es quijotada el no ceder ¿
las circunstancias, que los torrentes no vuelven atrás.....; pero mejor
será dejarlos hablar á ellos.
Oigamos primero al más nombrado de los italianos, á Rómulo Mu-
rri, quien en entrevista tenida con un redactor del fipettatore, se ex­
presó asi hablando de su condenación y de la de La Cultura Sociale-.
«Hacer una crítica de esas m aneras viejas y falsas de represen­
tarse y de practicar el catolicismo, no es combatirlo, sino combatir
lo que no es, lo que es una vegetación parásita que le consume y
cuita la vida. Operaciones son estas que se han de hacer con dolor,
como se arrancan en la carne viva las excrecencias parásitas; pero
operaciones de esta cirugía espiritual que nadie puede impedir, por­
que hombres de cultura y de talento no se pueden resignar á vivir
un cristianismo con las categorías y estados de alm a del tiempo pa­
sado. El catolicismo no puede ser lo que muchos quisieran, una es­
tufa que im pidiera ó retardara artificialm ente la vegetación de las
almas» (1).
El ya citado abate Naudet, tan propenso al modernismo, nos da
en pocas palabras el fin de sus aspiraciones:
«Lo que siempre habernos afirmado, lo que repetimos hoy, es que
sostener cu política y sociología tesis de reacción, es condenamos h
la impopularidad y á la más completa impotencia» (2).
El Indice y la Romana Inquisición liau sido v son piedra de escán­
dalo de los modernistas; ya habrá ocasión de conocerlo. Por ahora
nos basta apuntarlo y anotar las frases durísimas con que Mr. el
abate Dabry se revuelve airado contra las censuras fulminadas por
ambas Congregaciones.
iQué hacen esos autores que las censuras romanas condenan? Se
pregunta y se contesta:
«Esos hombres saben que una ciencia implacable m ina y zapa
los antiguas teoremas de la fe y se agrupan con el designio de se­
guir a esa ciencia en sus trabajos y pelear con ella en su propio te­
rreno: ¡delito imperdonable! Eso es los que periodistas, cazadores de
herejías, denuncian prontos á condenar lo que no les cabe cu su
cabeza. Palidecerían de seguro si viesen el daño, el horrible vacio
que hacen en las alm as los resultados ciertos que han obtenido, y
cuya autoridad no pueden destruir las infantiles fórmulas con que
se quiere contestar á todo. Mafiana, con la H istoire des Religions se
liará, en toda Francia directam ente guerra á la fe del niño y del ado­
lescente. Asustados buscaréis quien sepa contestar, quien pueda al­
zar cátedra contra cátedra, propaganda contra propaganda. ¡Ay!
acaso estarán, todos los que podrán, descorazonados (por los anate­
mas) y habréis dado el golpe de gracia á esa misma fe que queríais
defender. Por esa política habréis provocado la destrucción m aterial
de la Iglesia, por ese modo de tratar los entendimientos prepararéis
su irremediable ruiua moral» (1).
Cerremos estas confesiones modernistas en que tan poca fe, tan
ninguun, m uestran tener de la duración y vida sobrenatural de la
Iglesia con citas de un modernista que se cubre con el seudónimo
de Dr. A lta y que se explica a s í:
«Los artículos titulados U/i estado de espíritu me hacen esperar
en que usted (se dirige al abate >~audet, director de La Jtistice So-
cinlej querrá también publicar unas páginas á que daré con gusto
el mismo titulo. No gustarán, claro, á ciertos adictos á una escuela
político-religiosa, pero San Bernardo, San Vicente Ferrer, y otros
reformadores católicos encontrarán muy ortodoxas, aunque h a la ­
guen poco á los quijotes ele la ortodoxia. Pero yo no pretendo infun­
dir una brizna de juicio á esos debeladores de molinos de viento....»
Llegando á proponer la materia, escribe:
«Es nn lugar común ¿no es asi? repetido por todos nuestros dia­
rios y revistas y hasta por letras episcopales y aún papales que el
catolicismo es aún en Roma objeto de suspiciones y de elim ina­
ción..... »
El va á estudiar las causas para remediarlas ¿cómo no?
Uua de ellas es el orgullo que aísla á. la Iglesia eu su intransi -
gencia.
«La batalla eternam ente perdida, la hostilidad siempre creciente
desde los Antonellis y Luis Veuillot y sus sucesores que trabajan
por el absolutismo de la Iglesia enfrente de la libertad y la ciencia
dem uestran lo contraproducente de esa táctica inconcebible; obsti­
nándose en ese procedimiento se conseguirá hoy el desdén ó el des­
precio de los intelectuales.»
Y para concluir añadía, con frases dignas de Lutero y de Calvino:
«Loa poderes del infierno existían en tiempo de Jesús y de los
Apóstoles, y la Iglesia estaba aún sin edificar. Pues esta Iglesia n a ­
ciente venció las potestades infernales. El poder del infierno hoy en
la Masonería y la Revolución, ha prevalecido y prevalece contra
nuestra Iglesia, no sólo existente, pero organizada é impuesta ofi­
cialmente por siglos de Papado, de inquisiciones, de Concordatos,
de alianza con el Estado, ¿por qué? Evidentemente porque nuestra
Iglesia, nuestra fe, nuestro método por lo menos no es el de Jesús y
sus Apóstoles» (1).
¿Habéis visto la falta absoluta de fe de tales herejes? ¡Ese es el
amor k la Iglesia; en eso vino k parar aquel deseo del esplendor de
la Iglesia para vencer al siglol
Pero no menoa está oso amar ciego y fa lto de teológico saber.
Del principio sobrenatural de la fe vive la Iglesia, que es una
reunión de fieles unida en una creencia y anim ada del mismo espí­
ritu de Dios que une sus miembros y los vivifica; pero Jesucristo,
su divino Fundador, le entregó el depósito de su palabra escrita y
tradicional, la adornó y pertrechó con la jerarquía y con sus docto­
res que la rigen é ilum inan, le confió el precio de su sangre para
que en los sacramentos lo adm inistrara, la hizo sociedad perfecta y
hum ano-divina para que viviendo en la tierra y conviviendo con
las otras sociedades tuviera coa ellas relaciones y á todas ayudara
& cam inar á la eternidad de bienaventuranza.
Todo esto pide y supone un cuerpo de doctrina que no puede sin
estudio mucho adquirirse y conservarse; porque si el organismo hu­
mano origina la ciencia de la anatom ía y de la filosofía y los orga­
nismos sociales la de la sociología y los m ás perfectos organismos
morales, que son las naciones, la ciencia del derecho privado ó pú­
blico, nacional ó internacional: es razón y necesidad que la palabra
de Dios, la constitución y ministerio de su Iglesia, sus relaciones
privadas ó públicas engendren ciencias sagradas que sin variar los
fun flamen tos. puestos por la revelación divina los apliquen, los es­
tudien, los enseñen y divulguen.
Estas son las ciencias sagradas que deben saber los sacerdotes y
polemistas católicos y que son el lastre para que no naufrague núes -
tra fe en los procelosos mares de la polémica y de la lucha; y estas

s
son cabalmente las ciencias de que se hallan ayunos los modernis­
tas, las ciencias que ellos desdeñau y m enosprecian.
Nullo solido Theologiac acpftilosophiae jpraesiiio nos dice Su San­
tidad Pía X, y en otros lugares se lamenta, del desprecio en que tie­
nen estos novadores la filosofía y teología escolásticas y la erudición
vana en ciencias físicas y en disquisiciones filológicas á que con
preferencia se entregan.
No hay más que abrir sus obras, verbigracia, las exegéticas de
Loisy; las filosóficas de L aterthoniére y de Le Roy; las sociales y pe­
riodísticas de Naudet, Boeglin, Fonsegrive; las literarias y apologé­
ticas de Klein, Fogazzaro, Rifaux., etc.; las de Tyrrell, Turmel, Tti-
rot, Blondel y las de todos para llorar eu ellos la falsedad en la ex­
posición de las doctrinas católicas y escolásticas, la inanidad de las
razones con que las quieren refutar, la vanidad y suficiencia con
que hablan de si, el supremo desdén con que repiten, como papaga­
yos, lo de las cuestiones ociosas, el dogmatismo teológico, el autori­
tarismo escolástico y otras fórmulas varias, pero llenas de ignoran­
cia y orgullo, si la ignorancia y el orgullo sirven para llenar algo.
Como al fin de estos sermones habrá quedado hecho un trabajo,
si incompleto, prolijo de cien refutaciones en que todo lo dicho que­
da comprobado aquí no se aducirá sino un texto que en su prim era
parte habla con pleno desconocimiento de la doctrina católica y en
la segunda descubre entre frases hinchadas los estudios pedantes­
cos de los modernistas.
«Mientras oradores elocuentes y escritores doctos no cesan de afir­
m ar la incompatibilidad esencial entre la ciencia y la fe, la contra­
dicción irreductible entre la gracia y la autonom ía de la persona
num ana, la oposición entre las afinidades monárquicas y reacciona­
rias del cristianismo y las instituciones m odernas..... »
Hasta aquí lo falso. La incompatibilidad esencial, está entre la
fe y el error, que eso es la cieucia falsa; está tam bién entre la g ra­
cia que enseña el catolicismo y la moción determ inada del protes­
tantism o y entre ésta y la libertad física, que precisamente desde
San Agustín que recogió la tradición de la Iglesia grieg a hasta Be-
larm ino, Leaio y Molina que declararon el sentir comúu entonces
de la Escuela, lo que su h a salvado siempre en cualquier explica­
ción católica es la concordia entre la gracia y el libre albedrío; la
incompatibilidad esencial está entre las afinidades católicas con el
derecho de Dios y el derecho nuevo ó de Satanás y el volver á aquél,
dejado y renunciado éste, es la verdadera reacción.....
Pero oigámosle hablar de si: no cumplen aquello de lattdei te os
alimum .
Mientras se predican esas soñadas incompatibilidades:
«Se Ten formar en el seno de la sociedad cristiana hombres que
honran ó. una la Iglesia y la sociedad laica por la libertad de su
espíritu, la extensión de su ciencia, la independencia de su carác­
ter, su am or sincero á las Instituciones democráticas y republica­
nas. En todas las ciencias, hasta en las que tocan indirectamente
las instituciones religiosas, como la exégesis, la historia de la Ig le­
sia y del pensamiento cristiano, la filosofía y la sociología, reivindi­
can los derechos de la libre disquisición científica según métodos
autónomos y procedimientos propios de investigación» (1).
Esta ignorancia y superficialidad es causa sin duda de que como
veremos han entregado al enemigo la posesión de la verdad con una
filosofía escéptica, la santidad de las Escrituras con interpretaciones
falaces y arbitrarias, la autoridad y prestigio de la Iglesia m ania­
tándola aule el poder civil, el depósito de las religiosas tradiciones
tem blaudo al prim er sofisma del enemigo, la constitución jerárqui­
ca, el esplendor litúrgico, la santidad monástica y religiosa á las en­
vidias, licencias é impiedad de los adversarios; como niños que no
conocen el valor de la herencia recibida de sus padres ó como aque­
llos indios de la conquista que no apreciaban las barras de oro puro,
asi estos ignorantes prescinden del caudal de conocimientos y de
arm as que sus mayores les legaron y encantados y embelesados con
los cambiantes de unos vidrios rotos entregan, el oro de la verdad
tradicional y heredada por las fruslerías y nonadas do u n a erudi­
ción aparatosa y de oropel.
Ese amor á la Iglesia de que se jactan, ni tiene fe, ni tiene saber
y divina prudencia, ¿tendrá acaso abnegación?
Tampoco.
Los modernistas no son de raza de mártires.
Nada más común en sus libros, de lo cual llevamos dadas
muchas é irrebatibles pruebas, que apelar como suprem a razón de
su conducta k las necesidades de los tiempos, al deseo de evitar k la
Iglesia disgustos de sus enemigos, al afán de conciliario todo, de no
ver desiertos los templos, de no ocasionar la m uerte del catolicismo;
en una palabra, al miedo á la persecución, que como ¿ sus progeni-
torea los católicos liberales de Pió IX les impulsa á sacrificar la
verdad y su libertad en confesarla.
Las obras de los modernistas revelan lo mismo, cuán lejos se
hallan del amor de abnegación de la Iglesia, porque ellos han sido-
en Francia particulares iniciadores y como el alm a de congresos,
peregrinaciones, asambleas donde tras aparatosas exhibiciones de
elocuencia, de esplendor y de actividad febril, peligrosas cosas
todas ellas, aunque por un bien mayor tolerables, no se ha sacado
más fruto que el que ellos en sus apasionadas relaciones declaran:
«Los congresos no suelen ser otra cosa que un deporte anual y
platónico que sirve de desahogo á elocuencias desconocidas, de pre'
texto á admiraciones recíprocas, de pasatiempo & filantropías vaga­
bundas, que siempre gozan en juntarse en algún sitio para decidir
que se desclaven las estrellas y que se renueve en seguida] la faz
del cielo y de la tierra. El congreso nacional de la Democracia cris­
tiana, tenido en Lyon en Noviembre de 1896, ha roto de pronto este
concepto del Congreso..... Este ha sido un signo de los tiempos, ha
sido el vibrante despertar de un estado nuevo de alm a, la prueba
de que bajo las frías cenizas de lo viejo, que frente 4 una generación
que arrastra su languidez hacia la tum ba y el olvido, otra se
levanta que ve sin enfado el progreso, sin miedo el porvenir, y cree
que hay que ser culpable ó loco para desconocer las transform aclo-
nes sociales, negar la evidencia, m aldecir la República, y delirando,
juntarse y abrazarse al mundo para hacerle andar atrás» (1).
A confesión de parte..... Cuando se leen ésas se acuerda uno de
las palabras de Pió IX y de «los que tuercen las recomendaciones de
la Santa Sede en adulaciones del César». Siempre es un amor sin
abnegación el que los inspira.
Más escandaloso fué el incidente del otro congreso habido en F rí-
burgo en el mismo afio de 1897. Era internacional, de eruditos cató­
licos, entre los cuales andaban modernistas. Cuentan las relaciones
publicadas por todos los periódicos de Fraacia, que en la últim a
recepción tocaron diversos himnos nacionales, sin duda para lison­
jear á los congresistas; el nacional alem án, el nacional inglés, el
ruso, y, por fin, el himno de la Revolución francesa, la Marsellesa:
«T aquí fué cuando se produjo un incidente que no puede menos
de parecer escandaloso. Un núm ero de congresistas jóvenes, entre
los cuales no eran los menos los eclesiásticos, hicieron repetir por
dos veces el himno sangriento del Terror.....Aún más, ellos mismos
acompañaron la orquesta coa sus voces, laicos y eclesiásticos, ento­
nando la letra de las terribles matanzas:
Q’un sang impuro abreuve nos bíIIodb......>
Pocos dias después La Semaine Religieuse, de París, daba cuenta
del incidente con estas palabras:
«La Marsellesa, tocada por la música del landwher, fué saludada
con las ovaciones entusiastas de todos los católicos franceses y
aplaudida frenéticam ente por los congresistas.»
De segaro que todo esto se disculpaba por un amor á. la Iglesia
de Francia sin sacrificio ni abnegación.
Concluyamos este punto que parece evidente, y se hará más bien
pronto, con unas palabras de elogio con que la Liberté dv Cantal co­
ronaba á Fonsegrive después de las prim eras condenaciones pontiñ'
cías del modernismo:
«Católico precursor es el representante del catolicismo intelectual
de m añana con sus audacias, sus generosidades, sus inquietudes, su
ideal jam ás satisfecho y siempre mayor. Hombre de su siglo crcc
que va á la par de la flor intelectual de él y no deja caer sobre los
atrasados y retardatarios sino miradas de ironía desdeñosas y alta­
neras..... En estos tiempos de mediccracia, de emplastos, de tiquis­
m iquis y de frases se tienen miedo á esas voces robustas que en me­
dio de nuestra culpable indiferencia se obstinan en predicarnos la
verdad, en profetizar derrotas próximas. Eso es Jorge Fonsegrive y
por eso será siempre un desconocido» (1).
Decididamente los m odernistas no tienen á l a Iglesia el amor
hum ilde, resignado, lleno de abnegación que tenían I09 mártires: su
amor busca 6alir de las tinieblas, quiere el tráfago y el esplendor
m undano, se esfuerza y se perece por conquistar las sonrisas de la
Revolucióu, y herido eu su desgracia, desdeña y desprecia creyén­
dose más, mucho más que todos: non sum sicut caeteri Aomines.

Cuán opuesto es este amor al amor que el Corazón de Jesús tiene


á su Iglesia y nos enseña que le tengamos.
Ckristus dilexit Ecclssiam. La amó antes deque lu era y para que
fuera: la amó como Paraíso único de deleite en medio de un m undo
inhabitado y hórrido todavía; la amó como & única arca de salud en
las aguas de perdición y vicios que anegan la tierra; la amó como k
Abraham y Sara en uua nación prevaricador» y maldita; la amó en
u n a cautividad de Egipto para preservarla de plagas y castigos y sa­
carla ilesa sobre sus alas omnipotentes; la amó rodeada de gentes
perversas y condenadas á, la destrucción; la amó como viüa escogi­
da que plantó, defendió, dotó y favoreció; la amó cuando pecadora
y prevaricadora, '.a llamó, la amenazó, la purificó, la hirió, la hum i­
lló y la redimió; la amó como única paloma, única escogida, única
amA(la, única esposa de. su Corazón; la amó cuando tr a d iiit serne-
tipsuvipro ea, se entregó por ella á la m uerte, cuando dormido en la
Cruz la vió nacer de su Castado partido pura, inm aculada, enjoyada,
coronada; cuando le dió el tesoro de su sangre para la continua re­
novación y santidad de sus hijos; cuando la hizo monte firme de
Sión adonde corrieran por luz y doctrina los pueblos todos; cuando
la puso como señal de paz y salud para las gentes; cuando la hizo
santa en medio de pecadores, infalible en medio de engaños y so­
fistas, indeficiente entre los vaivenes de lo caduco y mortal; cuando
la hizo Jerusalén santa en la tierra, Sión gloriosa en el mundo;
cuando le dió Apóstoles que la fundaran, Mártires que la confesa­
ran, Confesores que la ilustraran, Vírgenes que la hermosearan,
Santos que fueran b u ornato y su gala; tradidil semelipsum pro ea,
la amó trabajando por ella más que Jacob por Raquel, sacrificándo­
se por ella ruás que José en el cautiverio, muriendo por ella entre
las agonías de su Pasión, y esto, no para que fuera objeto de aplau­
so del mundo prevaricador, sino para que fuese Sancta et immacula,-
da, santa é inmaculada, sine macula aut ruga, sin lunar ni arruga.
La amó enviándola á un mundo, ¿ quien había de conquistar, y la
envió como su Padre á El, como cordero entre lobos, como signo de
contradicción, como piedra de escándalo, y tam bién como amor de
los buenos, encanto de las predestinados, imán de los elegidos, ad­
miración y luz, dulzura y sabiduría de los que, paganos ó judíos,
creyeran en ella y la recibieran. La amó antes de ser para que fue­
se su paloma única, la amó cuando los pecados de sus hijos la afea­
ron y m ataron para que volviera á ser su lavada y purificada Espo­
sa perenne, la amó para que en el mundo fuese lo que El habla sido
con ella. Redentora y luz del mundo y como El lo había sido entre­
gándose al martirio por ella, así ella se entregara tam bién por la
obra de la santificación del mundo.
CAnstus dilexit Ecclesiam: la amó y para que este amor del Co­
razón divino á su Iglesia y la correspondencia de ésta á El no falta­
ra la quiso, como dice San Buenaventura, proveer de todo y le dió
m aniata, fiagella, charismaia, tentavienta; preceptos, persecuciones,
privilegios y tentaciones: porque m aniatis firmalur, con los precep­
tos se afirma; fiagellis probalur, con el azote se prueba; charismati-
bus decwatur , con los cnrismas se enjoya; teniamsntis coiiservaiur (1),
se conserva con las pruebas. Grande amor el de Jesucristo entre­
gándose á sí mismo por la santidad de su Iglesia; no menor el que
le tiene entregándola á ella por su propia santidad y perfección.
Y como la tribulación no procede sino de este acendrado é infinito
amor, por eso, en lo más rudo y cruel de ella le habla & su corazón
y le dice: Acuérdate del modo de obrar que yo he tenido siempre y
á lo que hice en uu principio ya con Abraham y Sara, ya con la pe­
queña grey de m is primeros Apóstoles; los atribulé para consolarlos
y así haré ahora remediando todas tus quiebras y ruinas y convir­
tiendo en paraíso el desierto y e n jardín escocido la soledad: levan­
ta & mi tus ojos, que yo soy tu Salvador, y todo lo que te aflije se
acabaré, cuando los cielos y la tierra y sus habitadores han de pere­
cer como si se apolillaran. Yo, yo que te saqué de las asechanzas
pérfidas de la Sinagoga, yo que hundí en un m ar de sangre al Ro­
mano que paladeaba la de mis Santos, yo que detuve y deshice los
orgullos de Mahoma; yo, yo seré tam bién tu único consolador: ego,
ego misolabo)' tos. Es cierto que las calamidades que padeces sou
m uchas, como también fueron muchos los pecados de tus hijos, aun
de tus sacerdotes, pero yo te digo que pelearé por mi pueblo, que
arrancaré de su mano al cáliz amargo que de dolor te trastorna y no
perm itiré que lo apure9, sino que sus heces se las daré ¿ beber á los
enemigos que te hum illaron y pensaron que te iban á destruir (2).
El amor que prueba á su Iglesia ó para acrisolar el oro de la vida
sobreualural que hay en ella excaqnam (id pnrum scoriavi tuam (3)
ó para redim ir por ella al mundo adimpleo ea, quae desuní passio-
m m C hñsti (4), completando con sus padeceres los méritos de su Fun­
dador; ese amor no permite que pasada la hora del Calvario tarde
mucho la hora de la resurrección y de descubrirse ese amor triun­
fador.
Entonces es cuando le lee esta otra página de sus promesas, que

(1) £xpoa. 2, eup. Psalm. 128,— (2) Isaías, c. 01, n. 1-20.—(.1) Ibid. 1, 20.—
4) A d. O oíos. 1, 24.
verificará ahora como hasta ahora la ha verificado: Levántate, le­
vántate de la uoche de tu dolor y abre tus ojos á la luz del Señor
que raya en el horizonte y ha de ilum inarte y llenarte de gioria, en
tanto que á tus enemigos los envuelve para siempre la obscuridad.
Reyes y pueblos antes hostiles y apartados, buscarán ahora tu en­
señanza, tu luz y tu amor de madre; porque vendrán como hijos en
infinita muchedumbre: míralos, alza tus ojos, que vienen de todas
partes, de Asia y de Africa, de América y de las islas del Océano.
¿No te acuerdas qae eso te pasó después de la torm enta de sangre
desde Nerón á Juliano?, los remotos bárbaros te pidieron leyes, amor
y justicia, y tú se las diste: y los antiguos reyes te sirvieron &ti como
vasallos y besaron los pies de tus Sacerdotes y Pontífices. Pues lo
mismo te sucederá ahora: fuiste perseguida, abandonada, te haré
gloria del mundo y orgullo de la tierra; te llamaron proscrita y esté­
ril, serás fecunda degeneración en generación, para que conozcas
tú y todos los hombres que mi brazo es el que te ha sacado vence­
dora. Mi bra 20, que se mostrará rodeándote como en otros días aún
de los bienes de la tierra, y como por Catacumbas te di templos, y
por circos de fieras coronas y propiedades, y por suplicios y piras,
tribunales y varas de justicia; así te daré por el hierro oru, y por el
acero purísim a plata, y por las piedras metales y te coronaré de
triunfo sempiterno y tus pobres y tus niños valdrán por ejércitos y
naciones ( 1 ).
CAristus dilexit Ecclesiam: la h a amado con ese amor de triunfo
que de su Corazón divino brota, y la h a amado con los parciales
triunfos que le da de sus enemigos. Porque Lutero y Calvino y Zuin-
glio y Ecolampadio, y Enrique, é Isabel y Gustavo Vasa y Gustavo
Adolfo y novadores y príncipes y guerreros del cisma protestante,
murieron y la Iglesia de Roma ha rehecho su jerarquía y ha recibi­
do la obediencia antes negada y abre sus brazos á alem anes, sajo­
nes, suizos, ingleses, dinam arqueses y polacos que vuelven al seno
materno como hijos pródigos, pidiendo perdón; y la tempestad janse­
nista trajo m ás robusta que nunca la autoridad de Pío VI y de Pío VII
que acabaron con la pretendida Iglesia galicana; y los desafue­
ros y orgullo y tiranías de Napoleón le llevaron á él k Santa Elena
y devolvió Dios é Roma su Pontífice, que inauguró nna era de Papas
santos, y de tal esplendor de Roma papal, que compite con el de los
tres primeros siglos de la Iglesia; y Victor Manuel y la Revolución
consiguen hacer una iniquidad m ás al entrar por la Puerta Pia; pero
el Corazón de Cristo consuela á su Iglesia coa la extensión de su
apostolado en China, el Japón, las dos A.méricas y el continente
africano y em puja é. los pueblos de Europa á m ostrar en continuas
peregrinaciones su inquebrantable adhesión 6. Pedro encadenado.
Señales todas de que vendrá triunfo mayor y más completo, porque
el Corazón de Cristo ama á su Iglesia en sí misma, en la augustia y
el castigo, para el triunfo y la corona. Esta es la gran propiedad que
el amor de Cristo da á su Iglesia u t tuncvincat cum laeditur; tune iitr
telligat, cum arguitur; tune secura sit cim deseritur; tune oblineat cum
supwata videtur (1 ). que herida, venza; argüida, se arraigue eu su
creencia; abandonada, esté segura y tranquila; derrotada, quede
vencedora. Recordemos lo que su historia nos asegura, que siempre
creció con los trabajos, se aumentó y dilató con las aflicciones, ven­
ció todos los obstáculos con la paciencia. Recordamini Ecclesiavi sem-
p er laboribus crevisse, pussionibus multiplicatam esse, tolcrantia cun­
eta resistenlia evicisse (2).
JNc ha de ser otro el am or que á la Iglesia tenga el devoto del di­
vino Corazón de Jesús, ¿ fin de que siendo ilum inado por la fe,
adoctrinado por la teología, lleno de abnegación en la lucha sea del
todo opuesto al ilusorio y falaz amor de los modernistas.
Primero, ame á la Iglesia por lo que ella es en si misma.
Ámela, porque es el cuerpo místico y visible rie Jesucristo Nues­
tro Señor, su Esposa divina é inm aculada, su viña escogida y segu­
ra de peligros, el arca de salvación en el diluvio de los pecados, el
pueblo escogido y segregado de los infieles, la uave que nos conduce
al puerto en m ar procelosísimo, el huerto y paraíso de virtud y ssau-
tidad, la torre íortísima é inexpugnable, la ciudad santa de Sión en
la tierra y la Jerusalén divina, patria única de todos los redim i­
dos. Ámela, omitiendo metáforas sagradas, por ser la depositaría de
la doctriua celestial, la m aestra infalible de la vida, la luz indefi­
ciente del mundo, la tesorera de la sangre de Jesucristo y de los
merecimientos de los predestinados, la dispensadora de los Sacra­
mentos con que nacemos, crecemos, nos alimentamos, somos reci­
bidos en la vida sobrenatural, la m adre a norosa de individuos y
pueblos cuyos consejos sirven para la vida temporal, y para la in v i­
sible y sin tiempo, la promovedora de la civilización fundada en el

(1) S. Hilar. De Trin. 1. 7.—(2) Petr. Maur. lib ro 1, ep. 1, ad Innoc. Pap.
Evangelio y en la Cruz de sa Redentor; ámela por todo esto, y la
am ará en sí m ism a.
Ámela tam bién para que sea en sí mismo; es decir, para que la
doctrina de ella ilustre su entendim iento, y la santidad de los sa­
cramentos vigorice y engTueBe de Dios & sa alm a, y la prudencia de
sus leyes guie y ordene sus pasos y para que la voz del consejo di­
vino ordene la familia, regule loa contratos, santifique el matrim o­
nio, eduque ti los hijos, gobierne á los gobernantes, presida eu I09
tribunales, infunda savia á las leyes y, en una palabra, sea la Igle­
sia en él y en todo lo suyo.
Ámela tam bién para que sea en el mundo, amando asi con e)
mejor amor al mundo. Mas no para que el mundo sea en ella modi­
ficando sus escrituras, falseando su tradición, truncando su doctri­
na, alterando sil liturgia, deshaciendo su jerarquía, destruyendo su
autoridad; sino para que ella sea en ei mundo reprensión si yerra,
atracción si se descarria, castigo si se obstina, m edicina bí adolece,
resurrección si muere. Si el mundo es Herodes. la Iglesia debe ser su
Bautista; si es David, su Natáu; si es Jezabel, su Elias; si es Saúl, su
Samuel; la Iglesia de hoy es y será para un mundo enorgullecido y
sanguinario como Teodosio, el constante Obispo de Milán; para un
m undo Atila, San León; para Enrique IV, San Gregorio VII; para
Isabel de Inglaterra, San Pío V; para Arrio, San Atanasio; para Pe-
lagio y Celestio, San Agustín; para Hostigesis y Abderramán, San
Eulogio; para Napoleón, Pío VII; para Víctor Manuel será siempre
el santo Pontífice Pío TX!.
Ámela asi el buen cristiano á. la Iglesia, y si por ello cae sobre
la Esposa de Jesucristo la herencia de su Maestro, ámela en la sole­
dad del Cenáculo, y en el desamparo de las Catacumbas, y en el
olvido de los yermos, y en las crueldades del Coliseo, y en las tor­
turas de la Torre de Londres, y en las m atanzas del Rliin y de los
Países Bajos, y en las agonías del Temple y en los triunfos de la
guillotina de París. Y cuando así vea á su querida Iglesia, ámela y
repita á sus oídos que Pedro, atado y crucificado, glorifica así &
Dios (1), que es m artirio, y m artirio glorioso, el resistir á la incruen­
ta persecución, y que aun en tiempos de aparente paz se puede p a ­
decer glorioso martirio (2); que la Iglesia vence cuando es conde­
nada, triunfa cuando sus hijos m ueren por ella (3); que el mundo es

(1) Joann. 21 , 10.—(2) Isid. Hisp. VE. Etimol., c. 1 1 .—(3) Ambr. Sera. 70. De
nat. MM.
felizmente infeliz, y los que padecan son infelizmente felices ( 1 );
que tanto es más glorioso el triunfo cuanto la pasión es más
cruel (2); que la pelea por la fe y por la Iglesia es pelea celestial, pe­
lea de Dios, pelea espiritual, batalla de Jesucristo (3); que para ala­
bar en esos periodos & la Iglesia basta decir que padece martirio,
appellabo marlyrem, praedicavi satis (4); repitam os delaute de todos
con santa jactancia la palabra del Salvador: Cuando os separen, y
os insulten, y os arrojen de una y otra parte, y os condenen por el
Hijo del Hombre, alegraos porque sois bienaventurados (5).
Ámela así el buen cristiano, y entienda que es ley divina que en
la Historia de la Iglesia se cumple que cuando ella es puesta en
Cruz atrae á sí todas las cosas (6}.
Una de las frases huecas y am biguas que decoran los modernis­
tas, heredada de los católicos liberales, es que debemos acomodar­
nos á ¡as necesidades de la época: y ea verdad.
Pero, ¿cómo? Como se acomodaron San Pedro y San Pablo á las
necesidades de la ¡sinagoga, repitiéndoles opporlime el importune
la reprensión de su deicidioy la resurrección de Jesucristo; como se
acomodaron todos los Apóstoles á las necesidades del imperio ro­
mano predicando la unidad de Dios, la falsedad del politeísmo, los
vicios de la filosofía, que era lo que Roma negaba con encarniza­
miento; como se acomodaron los Padres de Nicea y San Atannsio á
las necesidades de su siglo, confesando la consust&ncialidad del
Verbo sin callar por las amenazas de los césares ni por las tergiver­
saciones de los obispos semiarrianos; como se acomodaron á, los vi­
cios de su siglo los anacoretas, protestando con su fuga de la g an ­
grena del imperio decadente; como se acomodaron estos mismos
santos anacoretas, dejando la paz del desierto por la bulla de la cor­
te, cuando los herejes prendían fuego á la Casa de Dios. Asi se lia
acomodado siempre la Iglesia á su siglo, condenando, reprendiendo,
anatem atizando los errores y los vicios m ás amados de él y repi­
tiendo hasta la victoria las verdades que él más contradecía; Pío IX,
con aquella su célebre frase «cuarenta veces he condenado e; cato­
licismo liberal, y estoy dispuesto ¿ condenarlo otras tantas, porque
no hay más pernicioso error», nos da la m edida de cómo la Iglesia
de Dios desde San Pedro se ha venido acomodando al siglo ciego
para ilum inarlo, enfermo para sanarlo, gangrenado pura cauteri-

(1) Aog. Sup. ps. 63, v. 2.—(2) Cypr. ep. ad. MM. et Conf.—(3¡ Ibid.—(4) Ambr.
De viign. 1.1.—(6)Math. 6.11, 12.—(6) Joann. 12,12.
zarlo, muerto para salvarlo. Así hoy día Fío X, apenas subido al
trono de San Pedro, se acomoda k su siglo para seguir la obra re ­
dentora de la Iglesia y nos enseña que acomodarse k bu siglo es c u ­
rarle de la enfermedad de que el siglo adolece.
Lo otro es aum entar la enfermedad, propagar la enfermedad,
am ar la enfermedad; y esto es en rigor y en verdad lo que hacen
los m odernistas.
No am an á la Iglesia, aunque lo dicen; am an el error, aunque no
lo dicen.

n
A m o r verdadero que tienen al e rro r.

Después de declarar Pío X que es amor falso, ignorante y ciego


el que alardean los modernistas tener á la Iglesia, añade: «y aúu
imbuidos profundam ente en las doctrinas envenenadas de los ene­
migos de la Iglesia» ;i).
Más adelante: «Lo más raro y sorprendente es que se den católi-
cosy sacerdotes que aunque estos absurdos, como queremos creer,
los abominen, todavía obran como si les merecieran toda su apro­
bación. Porque dan públicamente tales alabanzas álos maestros de
esa<? errores y les dan tanto honor, qne fácilmente creerá cualquiera
que así no honran tanto al hombre, que quizá, tenga alguna cosa
laudable, sino los errores que éstos afirman claram ente y vulgarizan
instantem ente» (2 ).
Por último: «No se cuidan de afirm ar su sinceridad en escribir;
ya los racionalistas los conocen, ya los alaban como si pelearan en
sus banderas; alabanzas que rechazaría todo buen católico, y á ellos
los envanecen, y con ellas se escudan contra las amonestaciones
de la Iglesia» (3).

(1) «Irnmo adeo venenatiB irnbuti penitua doctrinis quae ab EccleBlae oeoribuB
tradantur.»—(2) «IllaJ slupendam cuno máxime catholicos dari viroa ac sacerdo­
tes qui, etsi nt autumari malumos eioBmodi portenta horrent, agant temen, ac si
plene probeot. Eas etenlm errorum t&llum m aestría tribnunt laniea, eos pnbllce
liabent honores nt aibi quisque snadeat tacile ilion non homines honorare, aliquo
foraan numero non experto», sed errores potios, quos hi aperte aaserunt inqne
Yulgus Bpargere omni ope nituntur.»—(3) «De asaerenda vero sna Ln Bcribendo
ainceritate securi aunt; jam apnd rationaliatas noti aunt, jam ut Bab eodem ve-
sillo stípendia merentes, laudati; de qua laudatione, qnam verus catholicuB rea-
pueret ipai aibi giatulantar, eamque reprensionibus Ecclesiae opponunt.»
Después del Pontífice, vengan al tribunal los reos. Sus frases
confirmarán lns de la Encíclica, derram arán sobre ellas luz, dándo­
nos á conocer todo su sentido, y acaso no nos parezcan nuevas-
acaso las hayamos leído ú oído algunas veces.
«El carácter que domina en los escritos de Rómulo Murri es una
admiración supersticiosa de las ideas «modernas», de la sociedad
«moderna», con un soberano desdén por los hombres y las cosas del
tiempo pasado» (1 ).
Del P. Hecker, tipo del americanismo condenado por León XIII,
se leía en una revista abierta al entonces llamado catolicismo pro­
gresista:
«Era Hecker hombre de soberana y excepcional valía, repetía un
protestante respetable que le conoció mucho. Era, sobre todo, un
pensador; su entendimiento parecía estar siempre en gestación de
ideas nuevas y sugiriéndole nuevas y maravillosas relaciones. De
cuando en cuando se conocía que sus estudios no habían sido com­
pletos, pero se compensaba esto con la originalidad de sus ideas.
»Su aptitud para la metafísica hacia que hubiera en él la veta de
un gran teólogo, en el sentido que esta palabra tiene aplicada
á ciertos Padres de la Iglesia, como San Justino ó San Agustín.
»Bien se puede decir que si San Francisco de Sales fué suscitado
del Espíritu Santo contra Calvino para oponer & una religión de
terror otra de amor, el P. Hecker tuvo la misión de levantar frente
á la democracia incrédula de Rousseau el tipo de la democracia
cristiana, anim ada de la llam a de la caridad divina y elevada al
ideal de los santos.
»Las conversaciones del religioso americano en las verdes coli­
nas del Saléve, frente & la llanura azulada del lago de G iuebray de
las nevadas cimas de los Alpes, hacían soñar sin querer con los d is­
cursos del Salvador al borde del Genesaret y en los montes de
Galilea» (2).
iBasta, basta! |E1 P. Hecker, el de las ideas heréticas y reform is­
tas del americanismo, un gran hombre, un santo, un Padre, un
San Agustín, San Justino y San Francisco de Sales, atin un Mesíasí
De K a n t, cuya filosofía errónea es el origen de la corrupción
filosófica de nuestro tiempo, dice Mr. José Serre:

(1) La Juatice Sociale, 80 Junio 1906.—(a) Bevue iu Clergé Franqaü, Marzo


1808.
«Las dos Críticas de la Razón, de Kant, dominan como dos torres de una
catedral el pensamiento filosófico de nuestros días, á sus pies de gigante re­
posa y duerme la ciudad» (1 ).
Del abate Loisy, ya condenado por la censura de los teólogos
católicos y en vísperas de serlo por la Sagrada Congregación, á pro­
pósito de su libro L 'E vm gile et TEglise , escribía Mr. G. Fonsegrive:
«Las obras evangélicas de Loisy no pueden incluirse en sencillas notas y
merecen estudio aparte y en detalle. Estos miamos citando so apoya en Bó­
lidos fundamentos documentados, interesan al público de importancia. En
esta obra eo trata nada manos que de la crítica do las tan famosas conferen­
cias de Hamack sobre la esencia del cristianismo hecha desde el campo ca­
tólico por un espíritu muy amplio, y tan discreto y aiulaz. Todos los qne ven
con intPiva los problemas religiosos leerán estas grandes páginas, donde
acaso haya algunas expresiones propias del lenguaje del antor y que temo
sean entendidas por los leyentes ultra el deseo y pensamiento de M. Loisy;
pero eu ellas se encontrarán las mejores razones en pro de la Iglesia, su
autoridad, su jerarquía, sus sacramentos, su culto y aún sus devociones que
son las que pueden parecer menos inteligibles i los que las consideran desde
fuera» (2).
En otro diario se hablaba haciendo paralelo entre Hen&n y los
apologistas católicos antiguos:
«¿Los apologistas? Los apologistas, no los que ahora buscan caminos nue­
vos, sino los apologistas antiguos, estos estaban llenos de las mismas ilusio­
nes que Renán- (3).
En la revista Demain se desfigura asi el caso del apóstata Tyrrell:
«Taya un ejemplo do la tiranía intelectusd ejercida bajo Pío X. En los
últimos diez años era el müs eminente de los esoritores ingleses jesuítas el
P. Jorge Tyrrell. Después de haber pasado en la Ccmpailía veinticinco años,
creyóse obligado á pedir sus dimisorias, y hace cosa de \m año quo solicitó
del P. General una salirla honrosa. Durante los trámites de su demanda apa­
reció en Italia anónimo un opúsculo que trataba de las relaciones entre la
critica y la teología y de la adaptación que debía sufrir la teología del por­
venir. El General, que era hacía tiempo enemigo personal de Tyrrell, le exi­
gió que negara toda responsabilidad en el opúsculo en cuestión. Negóse el
P. Tyrrell, fué expulsado de la Compañía, se le declaró suspenso á divinis,
etcétera» (4).

(1) LaJustice Sociale. ¿Pourqui je suia croyant? (Noviembre y Diciembre 1007.)


(2) La Qtiinzaine, 1902.—(3) L'Onwen, 1 Febrero 1899. Estudio del libro La
demonstratim pnilosopltique, del abate J a l Martín.—(4) 15 Marzo 1907.
Una cita m ás y nada más.
El Dr. Hermán Schell fué como el portavoz del modernismo ale­
mán; en 1898 fueron condenadas sus obras por la autoridad romana:
murió en 1906, y ¿ 20 de Julio del mismo año hacia de éi el siguien -
te panegírico el mismo periódico m odernista Demain:
«En una ¿poca en que por considerarse antropomórfico y supersticiosa­
mente los dogmas de la religión se alejan de ella y de la fe los salios, en co­
sas en que una dialéctica inerte y seca no ofrece á los que tienen aspiracio­
nes elevadas sino los guijarros do fórmulas muertas; Schell pretendió propo­
ner el ideal verdadero, quo siempre está, aunque dormido y confuso, en el
6eno del catolicismo. Pretendió antes que todo andar y abrir un camino nue­
vo á la ciencia entre los católicos y facilitar la inteligencia entre la Iglesia y
la sociedad moderna. En su discurso inaugural de un nuevo departamento
en la Universidad de Wurzburgo, declaró ser su divisa: Teriiaíi. La teología
debe ocupar de nuevo su posición central en el círculo de las ciencias moder­
nas, pero correspondiendo ella Ti su vez á lo que las ciencias modernas, exi­
gen. Esta tesis es la que él declara eu su escrito tan sensacional: Lev Katlio-
lizismus ais Prin:ip des Forlschritls (eL catolicismo principio de progreso),.
A1H descubre sin embajes las llagas de la vida católica moderna, reinitiOndo-
se con frecuencia al padre y principal apóstol del americanismo, P. Hecker
y á Mgr. L'eland y también á «los nueve obstáculos para el desarrollo del
catolicismo» en los tiempos presentes clel Cardenal llanmng, quo Purcell
acababa de publicar; allí también proponía medios prácticos para el renaci­
miento intelectual y. moral da la sociedad católica... »
«Es justo, pues, que Francia, on cuya evolución y progreso tuvo Scliell
la vista fija, que Demain, cuyos comienzos saludó Schell con gozo y cuyos
esfuerzos seguía con atención, guarden perpetua memoria y agradecida de
este valiente soldado y noble pensador.»
Para concluir este punto de elogios á, heterodoxos ó k hombres
condenados por la Iglesia ó á defensores de doctrinas erróneas, adu­
ciremos una carta donde se ve todo: los elogios de los modernistas á
ellos, los elogios de ellos á los modernistas y el agradecimiento y
vanagloria con que son los tales elogios recibidos.

«A todos los lectores de L ’Avant-Garde, amigos y compañeros de tra­


bajo, salud y fraternidad.»
«•Más abajo citaremos, en número bion considerable, fia-mas y comunica­
dos de personalidades católicas, cosa muy interesante; presentemos ahora al­
gunos. Ahí está .José Fabre, el piadoso cantor de Juana de Atco; el Padre
(ex-padre) Jacinto, verdadero apóstol de la reforma católica...; está el abalo
Naudet, valiente director de La Jmtice ¿Sociale; está el alíate Celestino Samuel,
cuyas obras de beneficencia, tan ignorada de muchos, está dando en todas
partes frutos de bendición.... En los dos meses últimos ha aumentado rnuclií-
simo el número de eclesiásticos católicos inscritos en los registros de L’AvanU
Garde, como la lista de nuestros lectores laicos de todas categorías....»
«Se encuentran todavía, y es cosa dulcísima, hermanos que buscan lo que
buscamos y como nosotros lo buscamos. Esta comunidad da miras y deseos
nos une con ellos en indudable parentesco espiritual. Con pena se acuerdan
de los días (le ayer en que por prevenciones nos desconocíamos, nos despre­
ciábamos, nos combatíamos, era porque nos desconocíamos. Unos Aotros nos
decimos lo qne me escribía hace poco el abate Naudet, y que encontré con gozo
días pasados entre mis papeles:
«Desde entonces he andado mucho; usted también. Creo que ha sido
hacia la luz, la justicia y la verdad, y aunque quedan puntos en qne amlamu.s
todavía separados, cuántos hay en que en nuestro común maestro Jesús, po­
demos tener cor unum et anim a una » (1).
¿Quién es el autor de tal circular?
El pastor protestante Roth.
¿Qué periódico es I 'A v a n t Garde?
«Periódico de evangelización y órgano de loa cristianos sociales
de Lengua francesa», como reza el subtitulo.

Cuán lejos se encuentran los modernistas del amor que el Cora­


zón de Jesiis tiene á su Iglesia y del aborrecimiento con que se
aparta de sus enemigos.
Pocas veces nos detenemos á considerar este afecto del divino
Corazón, que es de santo aborrecimiento. Avezados k repetir las dul­
zuras del amor, no nos paramos en las energías saludables del odio,
cuando éste es correlativo de aquél, como que no es sino la misma
tendencia hacia el bien, que se encuentra con el mal contrario (2 ).
Con la misma energía con que amamos la salud, la honra, la
vida, la virtud, nos apartamos, aborrecemos, odiamos la enferme­
dad, la infam ia, la m uerte, el pecado.
Sara aborrece á Ismael en la m edida con que am a & Isaac; Lot
aborrece k Sodoma en proporción al amor con que am a su vida y la
de los suyos; Moisés aborrece á Amalee y Jehú. k la casa de Acaz y
Jezabel, en proporción al amor que tiene á Dios y k la justicia; J u -
dit aborrece á Holofernes por el amor que profesa á Betulia y al

(]) L'Avatit-Garde, 16 Agosto 1907.—(3) Sto.Tom.,1,9,q. 26, a. S.


Santo de Israel y de Judá: y en todos ellos se verifica que religio-
sum est odium, quo tie s is nolis odio est, qui Devm odit, que aborrece­
mos con odio santo á los que odian el objeto del verdadero amor,
que es Dios (1).
Pues lleno el Corazón de Jesíis del amor vehemente de su Padre
Celestial estuvo que estar más abrasado que Finees en odio santo &
los enemigos de Dios y de su Esposa, la Iglesia. Nonnc qui oderant
te, Domine, oderain. ¿No es verdad que odiaba, Dios mío, á los que
te odiaban y me consumía por causa de tus enemigos? et sujier im i­
níeos titos tabescebam? Perfecto odio oderam eos (2). Mi odio hacia ellos
era absoluto y santo y los reputé á todos por enemigos míos perso­
nales. ¡Gran idea de que rebosa el Sagrado Corazón de Jesús para con
los enemigos de su Iglesia! Los odia, como el Salmo dice, y los odia
con la actividad, solicitud, deseo de venganza que se expresan en el
verbo tabescebam, me consumía; y odiaba contristándose tan singu­
larm ente con odio que en las lenguas prim itivas se significa por las
voces de completo, sumo, acabado y supremo, mortal; y tal que
reputa como propios loa enemigos de su Dios para castigarlos y ven­
gar las ofensas hechas á su Padre y á su Iglesia como suelen los
hombres iracundos vengar las injurias personales: ¡Saule, Sanie quid
me persegiieris (3): por suya reputaba la persecución de Saulo á la
Iglesia de Damasco y por suyo reputará el bien ó el mal heclio á los
m ínimas en su Iglesia (4).
Todo este sentimiento de odio santo, pero irreconciliable, sedes-
cubre en las sagradas páginas por toda la predicación del Salvador:
lleno de indignación divina arrojó non nzote del Templo á los que lo
hacían casa de negocios, cueva de ladrones, como él lo llamó; nun­
ca pudo reprim ir el enojo que con sus sofismas y preguntas capcio­
sas despertaban en su pecho los taimados fariseos y letrados de la
ley; no empleó palabras de inús odio con ninguno, siuu con ellos
mismos en aquellas amenazas con que censuró su orgullo, su hipo­
cresía, sus supersticiones, su superchería, su codicia, su crueldad y
con que les empujó á llenar la medida de ira de sus padres, para
que sobre sus cabezas se despeñara la lava hirviente de la sangre
injustam ente derram ada por ellos y por sus antepasados; ira y sa­
g rad a cólera llenaba su Corazón cuando ya no pudo más sufrir á su

(1) S. Hilar, in. Fe. 125.-(2; P b. 138., y. 21, 22.—(3) Act. Ap. 9, v. A —
(4) Mfltth. 26, 43.
S
lado al impudente discípulo traidor, y se sintió glorificado al par­
tir éste ¿ consumar b u delito sin igual.
En herencia dejó el Sagrado Corazón de Jesús este aborrecim ien­
to á su Iglesia y ella lo lia conservado hasta nuestros dias.
El discípulo amado, al recostarse sobre el pecho del Seüar, bebió
de allí amor inmenso á ln Iglesia, de cuya caridad es el apóstol y
odio perfecto con que odiar á. los heterodoxos. S i quis zenit ad vos el
hanc doctrinan non ajtert nolile recipere eum in doman: al que 110 tie­
ne la doctrina que os predico ni recibirle en casa; necave ei (HxeH-
tis (1 ), ni saludarle.
El apóstol San Pablo, apóstol de la caridad para con la Iglesia, en
cuyo dolor se dolía, en cuyo escándalo ardía de pena y con cuyas
agonías agonizaba, odiaba y m andaba odiar al heterodoxo: komincm
Aaei'etiaim devila (2) y evitar su trato y sus palabras que corroen y
cundeu como cáncer yerno eorum ut cáncer serjñt (3).
Educados en esta iglesia los Santísimos Padres de la Iglesia y los
Varones apostólicos, tuvieron tanto y tan perfecto odio de los que
de algún modo mancillaron su fe, que ni tratarlos de palabra q u i­
sieron: Tanturn Apostoli et eon m distipuli kabuerwil timorem ut ñeque
verbo lenus communicarent alicui qni adnlleraveruiit verilatem.
Así San Policarpo, animado de este odio, huyó rozar su palabra
con Mareión, y á su im prudente pregunta de si le conocía: Agnosco,
te, primogenitum Satanae (4). Sé que eres primogénito de Satanás.
Así San Antonio, Padre de la vida eremítica, tanto aborrecía é. los
herejes, comonos cuenta San Atanasio, que á sus monjes Ies repetía:
Huid del veneno de los herejes y cismáticos, é im itad con ellos mi
odio: Haereticorum et sch im a tico n m venena vítale, memique circa eos
edinm seclamini (5). Asi San Cipriano, obispo de Cartago, daba ó. su
rebafio la misma voz de alerta: «Los cristianos huyan con firmeza y
eviten con tesón las palabras y los coloquios de aquellos cuya con­
versación cunde como cáncer; nada de trato con ellos, nada de con­
vites, nada de pláticas amistosas; estemos de ellos tan lejos, como
ellos lo están de la Iglesia: Declinent fo rtile r el evitent verba et collo-
quia eon m , quorum sermo ut cancei' sei'pil, m illa cum talibus commer-
cia, m illa convivía, nulla colloquia misceaniur; sinlque ab eis tam
separali, quam sunt illi ab Eccltsia profugi (S). Y San León Maguo,
insigne Pontífice y Padre de la Iglesia L atina, como si de tanto

(l)Ep. Joann.2.10.-(2)IIA d Tim. 3, 6.—(3) Ibid. 2. 18.—(4) Euseb. IV,


Hiet. c., 13.—(6) Athan. opera, Vit. S. Ant., c.—(0) L. 1. ep. 3. ad Comel.
atrás preveyera á los modernistas, era que conocía á sus padres, nos
m anda h uir su trato y aborrecerlo como de venenosas serpientes
quia kumililer hrepunt, Mande capiunt, molliler ligarU, laienter occi-
dunt (1 ): hum ildem ente sa insinúan, blandam ente cogen, suave­
m ente enredan, y sigilosamente m atan.
Inspirándose en el mismo odio perfecto de la Iglesia, y razonán­
dolo con toda exactitud teológica, da Santo Tomás la razún de que
no sólo se le puede y debe separar del consorcio y comunión de los
católicos por la excomunión, sino de la compañía de todos los hom ­
bres con la m uerte; palabra durísim a que m al resisten los oídos
modernistas y tampoco los de los católicos liberales y tolerantistas,
sus inmediatos ascendientes, y que por ser tan fundam entales
copiaré en este lugar:
«Mullo enim gravius est corrumpcre fidem, per quam est animae
vita, quam falsare picv.niam, per quam temporali vilae sulveuitnr.
U nic si fá ls a ñ i pecuniae vel a lii malefactores slatim per saecnlares
principes ju ste vw rti tradunlur, multo magis /laerelici slati/ii ex quo de
haeresi convincnnlnr, possm t non solitm excommunicari, sed el ju ste
occidi» (2). A. más no puede llegar el santo odio y perfecto de la Igle­
sia, á. excomulgarlos como á corruptores en su raíz de la vida del
alma, á entregarlos al brazo secular, y matarlos.
Heredado este santo aborrecimiento ¿ los herejes de toda la tra ­
dición católica por los Padres de la Compañia en los siglos xvn
y xvm, hizo de ellos felizmente los atletas elegidos por Dios contra
el jansenism o, pero I09 hizo tales por hallarse escudados con el
Corazón de Jesús. Este divino lábaro los defendió, y contra él dispa­
raron sus tiros los hombrea de Port-Royal en el libro de la Comu­
nión frecuente de Arnaldo, en las Provinciales de Pascal, eu la
revista l e s N ouulles Ecclesias tiques, y, por fin, en toda la guerra sin
cuartel que tuvo su Viernes Santo con el Breve de extinción de la
Compañía de Jesús y su Domingo de Resurrección en la B u la jl ?íC/o-
rem fidei condenando el Sínodo de Pistoya.
Pero más clara y patente apareció la oposición mortal entre los
devotos del divino Corazón y los herejes, el odio que á, éstos inspi­
raba aquél en donde m ás desaparecían las razones de saber teoló­
gico y de prudencia hum ana, donde la resistencia era más divina
por más desprovista de medios naturales.
Hablo de las Hijas de la Visitación.

(1) Serm. 6. de jej. decim. mens.—(í) L. 2. q. 11. a. 3.


Todas, en su totalidad m oral, habían recibido hacia el año 176o
la devoción inspirada á eu herm ana la purísim a Virgen M argarita
María, y todas también ardían en las llam as de celo santo, de des­
agravio, de odio ¿ los herejes, que consumían el pecho de la prim er
apóstol úe esta Devoción: no hubo entre ellas ni un solo caso excep-
cioual. Ni uno, digo, entre los monasterios que aceptaron la Devoción
salvadora. Porque en la Orden hubo una triste y m om entánea ex­
cepción, que fué el monasterio de Castellane en la reducida dió­
cesis de Senez.
Mal dirigidas aquellas religiosas por Mgr. Soanen, obispo ape­
lante y jansenista, cobraron al mismo tiempo odio á la Devoción del
Corazón divino y amor á. los errores de su Pastor lobo, y fué tanto y
tan profundo, que, aun depuesto éste por ol Concilio de Embi'un
en 1727, aún duraba en el pecho de aquellas seducidas religiosas.
El mal crecía, con lágrim as de toda la Orden: se intentaron medios
de rigor y de blandura, se m ultiplicaron oraciones, consejos, exci­
taciones; todo fué en vano. Por fin, sólo atrayéndolas á la Devoción
al Corazón de Jesús, se consiguió que volviesen á la ortodoxia y que
aborreciesen al mal Pastor que las habla seducido.
Igual ejemplo se cuenta del monasterio de Nevers. Por dicha
todo el Instituto se entregó á oraciones y penitencias por el bien de
este monasterio, y en 6 de Abril de 1777 pudo la M. María Isabel de
Promiral Dinguimberti comunicar la reducción de esta casa de Ne-
vcrs en circular que pinta lo profundo del m al y la victoria del Sa­
grado Corazón.
Esta circular concluye con estas palabras:
«Al fin se viú establecida er. nuestra Iglesia la Asociación de honor y
adoración continua del Sagrado Corazón en el Sacramento de su amor. Esta
devoción, que antes de ser asociación pública bendecida por la Iglesia, había
sido en todo tiempo la devoción de las almas más sautas; esta devoción tan
propia para reunir con Jesucristo y ganarle todos los corazones, invitándolos
£ entrar en el Corazón elimo, á unirse con él en todos sus movimientos y la­
tidos y á beber de él el amor ardiente que les haga sensibles á todas Jas in­
gratitudes y todos los ultrajes que 01 recibe y sufre de los hombres; esta de­
voción que, no siendo sino la expresión de la fe ni5s viva, de la caridad más
ardiente, será siempre el atractivo de las almas nobles, lia sido, ha llegado á
ser el amor de todas nuestras hermanas y el objeto de su carillo y fervor.
Esta devoción tan unida con d conocimieuto de Nuestro Señor y de sus mis­
terios lia arrastrado y cautivado todos los corazones....» (1 ).

(1) 1’. Letierce, S. } ,t Elude tur le SaCi'i Coeur. i, pAge. 512-615.


Resumamos los dos primeros discursos (1)-
He aquí, pues, el modernismo con que se manifiesta «la ignoran­
cia religiosa obstinada y del peor género». Sus adeptos «tanto ecle­
siásticos como seglares» uo se profesan enemigos del catolicismo,
sino que en sus revistas, diarios, entrevistas, conferencias y con­
versaciones se declaran «m ás católicos que tantos otros católicos,
más devotos y creyentes que sus impugnadores»; pero «si se ven
atacados por la prensa papal por ciertos viejos conciliatorismos,
transacciones, alabanzas y tendencias; todos i. una se ponen k la
defensa, se ayudan recíprocamente y responden que no hay que ser
más papistas que el Papa». Ellos alardean de vivir en la Iglesia, de
permanecer en la Iglesia, de ser la única Iglesia.
Activos, emprendedores, periodistas, sociólogos, forman con Mu­
rri, Semeria, Gallarati-Scoti en Italia, con Naudet, G ayraud, Klein,
Boeglin, Dabry, etc. en Francia los llamados demócratas cristianos
dándose á conocer en Congresos, Ligas, peregrinaciones sociales «y
corrompiendo así la obra de los Congresos y Ligas católicas».
Aunque «en algunas ocasiones se ostentan enemigos del libera­
lismo» en otras y en realidad ya «heredando los errores de Lam en-
nais», ya «siguiendo las huellas del americanismo», ya por sus afir­
maciones mismas «en sociología y politica» son secuaces y conti­
nuadores del liberalismo y «leí liberalismo católico. Lo cual no es de
adm irar al q ue considere que el modernismo es « loisismo en herm e­
néutica, americanismo en religión, liberalismo en política, liibridis-
mo en sociología», es decir, que ya toma una, ya otra forma como el
tentador que bule la fortaleza del alm a por donde más expugaable
la sabe y considera (2 ).

(1) No es para dicho, pero se deja adivinar el contento que he experimentado


al leer el opúsculo del Presbítero italiano Alees. Oavallanti, que traducido en cas­
tellano por el Padre Jaun Mateos,se intitula: Modernismo y moilernütat. Eu este
libro el autor toma eu eu conjuto el modernismo gq modo parecido al en qno se
tiene en eatos discursos y coincide en. machéis citRs y nombres de corifeos. Como
su libro viene con verdadera legión de honor de aprobaciones episcopales y de la
prensa católica italiana, sas citas darán á nuestro modestísimo trabajo luz y pres­
tigios. Pot eso omitiendo casi el resumen que aqaí estaba de los dos primeros
discursos, lo damos coa muchas palabras tomadas de Cavallanti. El lector saldiA
ganando.—(2 ) «Qnien ha vivido en la segunda mitad del sigla pasado sabe bien
cómo el liberalismo tuvo por «ucudáiieo al catolicismo liberal, miserable hipocresfn
&la que rocurricron las sectas para impedir qne se viese el fondo de lo que Be pre­
paraba en daño de ln fe y de la Iglesia y las luchas de los católicos contra el ca­
tolicismo liberal fuaron ciertamente más ásperas que las libradas con el liberalis­
mo de cara descubierta. Hacia fines del siglo s is estaban muy lejos de acabar
Porque éstos, jóvenes en edad ó eu sexo, uo pretenden máB
que reconciliar la Iglesia con el siglo presente. «Entretanto los pro­
sélitos aum entan eu número, crecen los despreciadores de lo viejo,
que dicen no lia de volver más, progresan los adoradores de la épo­
ca m oderna que todo lo renueva condenando al olvido los errores
lam entables de lo pasado, escudriñando y explicando los más recón­
ditos secretos de la vida hum ana social y que & sus ojos se m uestra
como la edad que más se avecina al ideal cristiano», como «la edad
<lel Espíritu Santo». De aquí proceden como de raíz dañada los dife­
rentes errores modernistas y que no son sino aplicaciones A los dis­
tintos ramos de la vida y del saber del fundam ental. «El uno sos­
tiene que el Evangelio..... necesita ser modernizado un poco, puesto
eu contacto con el espíritu moderno»; «el otro, que los dogmas deben
renovarse conforme á la interpretación de la alta inteligencia mo­
derna, eternam ente progresiva» (1 ); tai vez otro vería de buen g ra ­
do la reforma de los seminarios á. fin de tener un clero i. la altura
de los tiempos, de sentido y tacto modernos, sin escolásticas, sin
cuestiones de la Edad Media, sin silogismos, sin infolios (2), que
esas luebns; antes bien, loa acontcciuiiontos que cntonccs so preparaban en
Francia, habrían debido hacernos más precavidos y animarnos más á la Inclín.
No fué asi; ea lagar de eso precisamente, volvió á proclamarse ea alta voz y en
mil lugares que el liberalismo, el catolicismo liberal, el rosminianismo eran cues­
tiones ya agotadas, que habían cumplido bu misión y que debían por lo Unto aban­
donarse definitivamente: habíaa llegado tiempos nuevos que requerían nuevos
ideales que difundir por todas partes. Y los ideales nuevos aparecieron y fueron
los del americanismo recibido en triunfo hasta por muchos que se reputaban sa­
bios, elogiado, aplaudido y aclamado por doquiera, impuesto hasta doude se po­
día imponer y, sobre todo, enseñado á la juventud casi como cosa santa, porque
venia garantizado por el nombre de nn pretendido 6anto el P. Hecker. El ame­
ricanismo no era sino el catolicismo liberal llevado de Francia á América y vuelto
de allí con nnevas formas y principios.... En Francia se iniciaba entonces guerra
sin cuartel á los religiosos y se dió entonces el increíble espectáculo de periódi­
cos católicos que eu lugar de combatir las lucas doctrinas de Hecker hablaron de
que si los religiosos dominicos franceses eran llevados á loe tribunales lo babian
merecido, que ernn refractarios, desobedientes, rebeldes porque no habían pedi­
do autorización y se difundió entonces una nueva audacia de pensar, y de juz­
gar, como no se había visto jamás. La cual apareció en la contiendA sobre el
americanismo; se vió también al aparecer el primer Moiu proprio de Pío X, que
regalaba definitivamente la acción social. ¿Qué faltaba para el moJemismoi’
Nada.... He probado ya que no creo muy numerosos á los modernistas que han
llegado á serlo por el entusiasmo, no siempre sensato del trabajo; mientras que
los que podrían considerarse como despojos del americanismo digo que forman
le mayor número. {P. José Barbieri, S. J., Modernismo y modernistas. Apéndice i,
páginas 497-498.—(J) Sílabo de Pío X, números 22-54.—(2) En cierto seminario
de la izquierda del Po se ha ido más allá incluyendo la agricultura entre las ma-
sepa predicar «sacando del m undo moderno los argum entos que
haya de exponer, que dé á conocer desde el púlpito la sociología, la
física, la politica, la historia de las hum anas vicisitudes, un poco
de Loisy y un poco de Fogazzaro».
Lo único intolerable para los modernistas son los católicos «más
papistas qne el Papa», los que «sueñan con el Papa-Rey», los esbi­
rros y soplones de la ortodoxia, los «exagerados y nada prácticos»,
los inquisidores. «Si alguno se propusiera gobernar la Iglesia con
tales ideas antim odernistas..... en tal caso, de una sola cosa habría
que lam entarse, de que haya pasado el tiempo de las hogueras.
¡Cuántas si Cnvallanti fuera inquisidor bajo la soberanía política de
un Papa-Rey de Italia, cuántas de estas hogueras no se encenderían!
¡Y qué fiestn para el antimodernismo en Italia! Lo ha dicho y en
latin uno que es en Roma persona de m uchas campanillas: Felices
illae / lammte qua& pauconm corporum incendio, te t animas salva-
baut (1). El recuerdo es trágico, pero la imagen e 3 cómic»» (2).
Todo la cual lo hacen por amor á 1& Iglesia, por «seguir las di­
recciones de León XIII» contra una cam arilla que intim ida á Pío X;
por evitar «excrecencias de la Iglesia ya decrépita» que ya por una
ya por ot.a razón «sirven de estorbo á los entendimientos que
aspiran al bien puro y son la causa potísima del abandono de la re­
ligión cristiana y del ridículo de tantos católicos..... pasados por
agua»; porque saben que haciendo como ellos el siglo atraído por
la ciencia moderna, arrojará sus pasiones y prevenciones á un lado
y se vendrá á nuestro campo, á la fe, á la Iglesia, se harán secuaces
de Jesucristo.
Con esta m áscara cubren el verdadero amor que á los errores
tieueu, am or que les hace gozar con las alabauzas de los hetero­
doxos y alabarlos ellos, ya francam ente, ya con frase ondulosa y
fluctuante: así alaban á K a n t, á Lamennais, á Hecker, «posponen
los padres intelectuales de la Edad Media fi los padres del espíritu
nuevo Bacon, >‘ewton, Kant, Darwin y Hegel; ensalzan al protes­
tante Sabatier y llegando al sxmmum dan el triste espectáculo de

teñas obligatorias del coreo de Teología y dejando á Fogazziro queliaga por alU
sus excursiones para ensefiar ascética, so ascética. Veremos si n'nom después
de la Encíclica Pascendi se tendrá valor para seguir. (Modernismo y modernútat,
capitulo i, pá?. 40(1).—(1) iBenditas hogueras que quemando pocos cuerpos sal­
varon tantas aliñas! —(2) De un articulo de Murri publicado contra el libro de Ca-
vallanti en 1a Revista de Cultura. Roma, 1 Marzo 1007. Modernismo y modernista».
Introducción, pág. 24.
una peregrinación 6 romeria para felicitar al cantor de Satanás, a!
poeta blasfemo, á José Carducci» (1).
Ni siquiera los anatem as de la Iglesia los mueven; porque es lo
que dicen ellos el modernismo «no ea más que algunas audacias de
Loisy, alguna propensión de Newinan ó de sus discípulos y alguna
otra de Tyrrell, Leroy y su concepción del dogma» (2); y aun la En­
cíclica ¿qué condeua?«Un círculo reducido de estudios y de críticos,
la mayor parte de los cuales, además de no pertenecer á la vida
m ilitante de los católicos de acción, la hostilizan frecuentem ente,
declarándola intempestiva y hasta inútil» (3), ¿Qué más? Con la En­
cíclica ¿ha quedado herido de muerte el modernismo? No: «ha que­
dado condenarlo k vivir en la sombra donde continuará, creciendo,
fortificándose, organizándose en espera del día no lejano en que
podrá resurgir de nuevo» (4).
Nacido de malos padres, hipócrita y taimado, ignorante y pre­
suntuoso busca conciliar á la Iglesia con todas las conquistas de la
Revolución moderna pretextando que si no ..... Es que uo tieue fe y
am a con crimen ú los enemigos de Dios. Es el modernismo, pues,
la últim a fase de la apostasía universal de Europa y América, que
se opone diam etralm ente al amor del Corazón de Jesús, á su Igle­
sia y á su ffloria y que por el Corazón de Jesús y en su devoción
hallará su antídoto y su ru in a .—Así sea.

(I) «Fué verdaderamente un triste espectáculo el que ofrecieron los moder­


nistas cuando peregrinaron piadosamente A la casa del insultador de Jebuvi
para ponerse á !ob pies de Carducci, guiados por L'Avvenire el'Italia, do Bolonia.
No Be puede perdonar la alabanza A aquellos que en ella tomaron parte sin re­
servas (Oiornale di Roma) confesando que aprobaban totalmente sus produc­
ciones hasta el himno á Satanás y las blasfemias qne á manos ll9n«s se disemi­
naron literalmeate. • {Modernismo, págs. 440-141.) En Eapafla todavía no he­
mos llegado, sino i, los homenajes de Echegaray y de Cavia y á la estatua de
Castelar en Madrid.—(2) Oiservatore Católica, de Milán. l'J Julio 1007. (Moder­
nismo. Apéndice i, pág. 310.)—(3) L'Avvenire d'Italia, 1!) Julio 1007. (Modernis­
mo. Apéndice t, pág. 511.|—(4) Tyrrell, The Times, 1 Octubro 1007. fH)denii>mo.
Apéndice i, pág. filfl.)
SERMÓN TERCERO

Agnosticismo.

fa n i au tcin iu a t omnes //omines in qiiibus


non suiestscientia Dti. S ap. 13,1.

Son vanos todos los hom bres qu e no tie­


nen ciencia y recto conocim iento de Dios.
Sabld. 13 , v. 1.

Los modernistas, naturalm ente, vician la filosofía. ¿Lo liacen por


aborrecer la verdad, ó por cubrir con logomaquias sus obras, ó por
que obrando mal necesitan pensar erradamente? ¿Son como aquellos
otros impíos del Salmo xm que dijeron primero en su corazón para
pronunciarlo después con la lengua: No hay Dios, ó perdida la fe,
perdida la conciencia de los deberes, ¿perdieron tam bién la luz de
sus entendimientos?
¡Dios lo sabe! Lo cierto es que han corrompido la filosofía cris­
tiana y que hau caído en el torpísimo error del agnosticismo; agnos­
ticismo que después servirá de m uletilla para salir de toda dificul­
tad; agnosticismo que viciará lio sólo la filosofía, sino la historia, la
crítica, la exégesis, la teología m odernista y que por eso m enester
se hace refutarlo ya en este primer paso, aunque para ello haya que
dar algunas explicaciones de filosofía cristiaua.
¡Filosofía cristiana! Estas ideas han de ser las que, pasando del
entendim iento al corazón, m uevan las manos y la lengua y deter­
m inen el curso de nuestra vida; éstas, las que han de ser luz de
nuestros pasos, alm a de nuestras palabras, guía de nuestras obras;
éstas, que son el ocuhis simplex ó nequam del Evangelio, son un de­
ber de conciencia para los católicos para h u ir de los falsos profetas
y dar el por qué de nuestra creencia y nuestra moral. Estns ideas de
filosofía cristiana son las que inculcan los Santísimos Padres á los
nuevos cristianos, que, en expresión repetidísima de San Crisóstomo,
son «filósofos cristianos» y «sabios verdaderos»; éstas, las que los
Pontífices Gregorio, León y Pios (le nuestros tiempos no cesan ni
han cesado de enseñar A los católicos, para que conozcan y sepau lo
que han de pensar, decir y confesar; éstas no están todas iucluidas
en el tesoro de la revelación, mas prohijadas por el magisterio de
Pedro llegan A todos los oídos, penetran en todas las inteligencias y
vienen &ser patrimonio de hum ildes y sencillos: ideas, por fin, de
filosofía cristiana, que se atesoran en el Corazón de Jesús y que vi­
bran en todas las palabras y obras que de él procedieron.
Astuto es el error moderno, ya desde el siglo xviii, en este punto:
conociendo la importancia de las ideas de filosofía en las accioues,
pide para la discusión de las verdaderas y difusión de las falsas, am*
plia y completa libertad; á la Iglesia le quiere salir al paso con la
independencia y neutralidad dogmática del terreuo filosófico, y á los
fieles que privada, pero eficazmente, pueden atajarla, los quiere in ­
utilizar ó con el desdén ó con hacer patrimonio de pocos esas m ate­
rias. Lo cual uo impide la propaganda dogmática y continua de to­
dos los errores. ¡Eterna contradicción de la mentira! La difusión da
los errores, constante, la repetición de ellos sin cesar, el infiujo de
ellos en costumbres, leyes, modas, caprichos, necesidades, usos y
vida pública, indiscutible ¿inevitable; pero su refutación no se pue­
de hacer, ni por l t Iglesia, porque no es su terreno, ni por los fieles,
porque sou ignorantes.
Asi como la Iglesia, en función de su divino magisterio, no hace
caso del astuto sofisma, así los hijos de la Iglesia no deben aterrarse
por su pretendida ignorancia de saber lo que deben saber y saber
como los antiguos cristianos ¡sólida filosofía cristiana!
No os aterre, pues, la palabra. No penséis que sólo para las per­
sonas de carrera, sólo para los hombres va á ser este sermón. Error
sería fundado, en el sonido de la palabra, y quiera Dios uo lo estu­
viera tam bién eu la falacia ya indicada paco ha, que negara á un
sexo lo que el error radical niega A todos los que no sou sus pro­
sélitos.
No; esta filosofía cristiana, A diferencia de la pedante é hinchada
d e los filósofos modernos y modernistas, es aquella que dice de sí:
«Yo vengo para dar A los niños prudencia y Alos jóvenes sabiduría y
madurez; vengo predicando y enseñando, no en recónditos cóncla­
ves, sino en medio de las plazas y calles, clamando y dando voces
para que todos me vean, me oigan y me atiendan; no me retiro y
hablo A pocos discípulos como los filósofos del muudo y del error,
sino como la Verdad encarnada, asisto allí adonde todos concurren
y hablo un lenguaje sencillo y paladino y hasta en las puertas de las
ciudades doy lecciones» ( 1 ).
Esta es la filosofía cristiana qus Jesucristo Nuestro Señor, que
los Apóstoles, que los Santísimos Padres enseñaron y que hoy día
debemos enseñar y debéis aprender; y ¡ay de mí, si no os la enseño!,
¡av de vosotros si la rechazáis por cualquier pretexto! Entonces se
verificará en nosotros que comeremos los frutos de nuestra conducta
y que nos envenenarán nuestras ideas erradas y torcidas; entonces
nos m atará la aversión que como niños tenemos á la sabiduría cris­
tiana y nos perderá la aparente tranquilidad y dicha en que la ig­
norancia nos hace vivir (2 ).
Nada de esto se puede hacer sin las gracias que brotan de aquel
Corazón hi quo suni omnes iftesauñ sapiciiliae et scienitae en que se
atesora ln ciencia y sabiduría toda y sin que nos la consiga aquella
que es tic des sapieuiiae.

A v e María

Para proceder con orden diremos primero del agnostidsuo, decla­


rando su naturaleza, orígenes y consecuencias, y después del saber
cristiano, como de su antidoto, hablando proporcionalmeute de su
naturaleza, orígenes y saludables consecuencias.

Naturaleza, orígenes v consecuencias del agnosticismo.

Agnosticismo: no os turbe la palabra griega que no es sino el ro­


paje extranjero de lo que llamamos en romance desconocimiento,
ignorancia. Será si queréis ignorancia metódica, ignorancia cientí­
fica, ignorancia hinchada, ignorancia disfrazada con sofismas; pero
ignorancia. El aguosticista.con más ó menos soberbia, se os confesará
ignorante, inscio, desconocedor, ignaro, que todas son palabras equi­
valentes y sinónimas. Si le preguntáis por una demostración de la
existencia de Dios, os responderá con más humildad que, Alberto
Maguo y Santo Tomás que no sabe ninguna; si le preguntáis y le
requerís ¿ que os demuestre la existencia del alma, su inm ortalidad,
el más allá de la otra vida, os contestará con la misma soberbiosa
hum ildad de Sócrates, qne no sabe sino que no sabe nada; al
mismo problema de suyo tan fundam ental de la esencia y existen­
cia de loa seres que los sentidos perciben, sutilm ente ignorantes, se
escudará con logomaquias para deciros que no sabe nada; ese es
su agnosticismo. Agnosticismo que llevan todavía & otras materias;
bajo él caen la existencia de los milagros de Jesucristo, el origen
histórico de los Evangelios, el sentido de los dogmas de nuestra fe,
las afirmaciones de la historia eclesiástica, toda la filosofía y la mo­
ral y la teología y la exégesis y el dogma y la tradición y la historia,
todo: el agnosticismo, esa científica é hinchada ignorancia lo abar­
ca todo.
¿No me lo creéis? Cierto qne si la Encíclica nonos lo dijera, y los
libros y escritos de los modernistas no lo dejaran fuera de toda duda,
era sencillamente increíble.
Increíble y verdad.
La Encíclica de Su Santidad nos lo describe:
Solum est in ignor alione, todo el agnosticismo, la esencia del ag ­
nosticismo es ignorar.
Pasando á explicarlo más en detalle:
«Como fundamento primero do su filosofía religiosa ponen los modernistas
la doctrina que llaman agnosticismo. cu cuya virtud la razón humana queda
encerrada en los fenómenos, en lo quo aparece y se porcibc exteriormente y
nada más que del modo como aparece» (1 ).
«Pasar esos límites de los fenómenos sensibles, continúa el Pontífice, ni
puede ni debe la razón. Por lo cual, ni tiene fuerza para elevares áDios, ni para
conocer su existencia, aunque sea por el espectáculo do la naturaleza» (2).
Sus consecuencias, más ó menos lógicas, son que la ciencia h u ­
mana, que la historia hum ana no puede, no debe decirnos nada de
Dios, porquo eso sería salirse la razón de sus límites, lo cual ellos
por mofa llaman intetectualismo ó metafísica.
«Tienen, pues, como fijo é inconcuso qne la historia y la ciencia ha de
prescindir del todo de Dios y de to:lo lo que es divino y suprasensible, que­
dándose ambas reducidas ti los fenómenos, &lo sensible y exteriora (3).

(I) Philosophiae religiosae fundamentuaa in doctrina illa modemiatae ponunt,


quam valgo Rgnoeticiamum vocant. Vi huías humana ratio phaenomenia omnino
iucluditur, rebaa videlicet quae apparent enque apecie qua appareat.—(2) Earam-
tlem praetergredi t e r m i c O B neo jus neo potes tatem habet. Quare neo ad Deum se
erigero potis est, nec Ulitis extistentiam utnt per ea quae videntnr flgnosceie.—
(3) Id ratum ipais flm m eat, atheam debere esse scientiain itemque historian);
in quarum ñnibus nonnisi phaenomenia possit esse locos, exturbato penitns Deo
et quidquid divinum est.
De este absurdo principio ¿qué no se ha de seguir como necesa­
ria aplicación? El m is completo escepticismo, el positivismo más
crudo eu todos los órdenes. En la creación el entendimiento hum ano
no percibe más que la hermosura, la variedad, el orden, los sensi­
bles, lo aparente, ¿hay detrás de todo esto un argum ento evidente
que clama por uu creador, ordenador, por un priucipio incausado,
por un Ser absoluto y no dependiente? La razón, la ciencia no sabe,
no puede saber nada. En las historias evangélicas, en la del mundo
se presenta Jesucristo, haciendo prodigios de taum aturgo divino,
surge la Iglesia como una sociedad maravillosa é inconmovible, se
nos dan los Sacramentos como signos sensibles productivos de g ra­
cia, ¿es aquel taum aturgo verdadero Dios? ¿Es esa Iglesia institución
divina? ¿Son estas Sacramentos algo más que señales? El agnosticis-
ta, la razón hum ana uo lo sabe, ella juzga de los fenómenos y se
para.
«Según el agnosticismo como la ciencia, la historia no trata sino de los lie •
chos fenomúnicos. Dios, pues, y tocia intervención divina eu lo humano, se
debe dejar para la fe, porque á ella sola le atañe, Por eso, si ocurre en un
caso algo humano y divino, como son Cristo, la Iglesia, los Sacramentos y
demis, se lian de dividir de arte qne lo humano corresponda Ala liistoria y lo
divino á la fe» (1 ).
Los propios sectarios y fautores del modernismo son bien ex­
plícitos.
Oigamos á algunos.
El bam abita P. Semería:
«.•Las verdades del orden religioso y moral 110 se pueden demostrar física
ni empírica, ni científicamente, y las cinco vías de Santo Tomás (para probar
la existencia de Dios) conducen hacia Dios, pero no hasta Dios» (2).
El P. Mattiussi, recogiendo el pensamiento de Semería en el Cat-
iolico M ilitante, le escribe:
«Nadie me quitará do discurrir mientras tenga aliento exponiendo mis opi­
niones... Un hecho contra el qne, según usted, se estrella todo argumento es
que los silogismos de los escolásticos y del mismo Santo Tomás, a.1'111 lns re-

( 1) agnosticismo historia non aliter ac srieutia unice de plmenomeuia est.


Ergo tam Dcua quam quilibet in humanis divinus interventus ad fidem rejicicn-
riiiB est, ntpot.fi ad illnm pertinnns tinam. Qnapropter ni quid oennrrat dnplici
constans elemento diviso atque humano, cuiusmodi sunt Christua, Ecclesia, Sa­
cramenta, aliaque id genus multa sic partiendum est ac secernendum ut quod
liumanum fuerit hiatoriae, quod divinuni tribuatar fidei.—(2 ) Rivista (le Macera-
ta, 1906, p. 134.
putados irrebatibles, carecen do eficada pora persuadir &los sabios de mies*
tros tiempos... Los escolásticos, &juicio de usted, confiaban demasiado en sus
silogismos y el continuo pensar en el primer motor era causa de ntio viesen
en la cuestión de la existencia de Dios una Tentad apodícticamente de­
mostrada» (1 ).
Otro m odernista, el presbítero Bonaiuti, se mofa de los Doctores
escolásticos como de presumidos omniscientes, en sus palabras late
el espíritu del agnosticista más presumido aún: calcas, sed alio Jasín:
«Los escolásticos non siempre un poco alquimistas..,, sabeu de lodo y res­
pecto de todo pretenden qne las cosas son y lian de ser como se piensan» (2).
En Francia los modernistas aclaran con bu lenguaje el lenguaje
de sus cofrades de Italia.
Mr. Joa. Serre, después de alabar las obras filosóficas de Kant,
concluye:
«La inteligencia, el objetivismo, el absolutismo racionalista 6 dogmático del
pensamiento, que son un modo de considerar la verdad, nos interesa mcno.s
qne el modo contrario. Ya nos preocapamos poco del valor objetivo de la»
¡deas, de las esencias de las cosas, de la realidad del mundo, de Dios, de los
conceptos, y nos ceñimos y limitamos n sn efecto sobre nosotros... El relati­
vismo, d sujetivismo, el pragmatismo son como las columnas del templo del
saber moderno» (3).
'Williams Jam es en su discurso de La Unión Filosófica de la Uni­
versidad de California, redujo todo el papel del filósofo y de la filo­
sofía «á encontrar la diferencia práctica para vosotros y para mi, en
instantes dados de nuestra vida entre la fórm ula del mundo que
tengo yo y la qne tenéis vosotros» (4).
£1 célebre J. Fonsegrive escribía:
«Nuestra lógica vale para nosotros y para el arreglo de nuestros pensa­
mientos y para el concepto metafísico de la esencia de las cosas, pero ¿quién
nos dicc qne sirve también para el orden de la existencia? He ahí el problema
objetivo y ontológico: «al que no so puede responder sin petición de prin­
cipios» (ó).
P. Burean, hablando de la existencia de Dioa y de las prueba»
metafísicas en que se apoya el orden moral:
«No se pnede negar d valor científico de las objeciones dirigidas contra
ciertas pruebas tradicionales de la existencia de Dios, cuyo desarrollo no lia

(I) Moderniimo y modenittoi, cap. 8, p. 241-112.—(2) Cultura Sociale, 16 Oc­


tubre 1005.—(3) Fourqwije tuü croyant. En La Juitiu Sociale, 2 Noviembre.—
7 Diciembre 1007.—(4) Heme de PMiot., 1 Mayo 1900.—(6) La Fu Cath., 2b Ma­
yo 1007.
seguido el moderno movimiento crítico... Antes se afirmaba corrieuteniente
que sólo los talentos limitados, los de ignorancia y mala fe notorias podrían
negar la existencia de Dios: hoy eso nos liace reir» (1).
¿Y por qué es toda esta ignorancia?
«¡Ah! porque la pobre razón humana no es más que humana y como huma­
na relativa. El hombre tiende ü ser excesivamente dogmático y npod íctico, y
al ser así ponemos mucho nuestro en nuestras afirmaciones. Sin duda que hay
algo de eterno en nosotros mismos, pero eso ¿quó es? ¿Es un pensamiento?
esto es insostenible, porque la verdad no es patrimonio del pensamiento, de hv
concepción, ni del discurso; en realidad no poseomos la verdad» (2 ).
Todo el libro de La Demostración filosófica, por el modernista
abate Julcs Martín y toda su doctrina agnosticisja, quedan condcn-
sados en estas lineas del examen que dió de él L ’Univers, antes que
fuera prohibido. £ 1 autor de la cita es demasiado benévolo con el
autor del libro:
«El libro de la DcmonstmUon propone á su manera una idea y concepto
del mundo, una teoría de la inteligencia, una teoría del raciocinio, una teoría
del conocimiento sensible. Teorías que ¡ay! llegan á una y misma conclusión:
nosotros no comprendemos totalmente nada, no sabemos totalmente nada:
error, verdad, todo en el fondo es misterio!» (3).
Podríanse m ultiplicar los textos, pero parece inútil. Queda, pues,
declarado que segúu los modernistas la huuiaua razón es si eterno
Pilatos, que no hace más que preguntar á las cosas ¿Quid est t e n ­
ías?, y las cosas todas no le responden sino con desdeñosa y despre­
ciativa mueca: ¡Pobre razón hum anal ¡eres hum ana!, til patrimonio
es el tentar, rastrear, conjeturar, pero saber... no. La verdad no
es tuya.
Y cuando el alm a se revuelve contra esa teoría y toma alas y
escala los espacios y quiere descubrir k Dios, la ley moral, ¡el mo­
dernista le rompe esas alas, y clavándole en el pecho el dardo de su
negación le hace rodar palpitante al abismo de la inercia, de la ig­
norancia, de la duda, del científico agnosticismol
¡Cuánta verdad es lo que nos dice la palabra revelada: Vani snnt
omnes /tomines in r/uibiis non subesl sdentia l)ei! ¡Cuán vanos son to­
dos los hembres que no tienen ciencia de Dios!

(1) Crise morale des temjis nouveaux, p. 412.—(2 ) Mr. Marc. Ripaux, Conditions
du relour an catfiolicúme, p. 197.—(3) 1 Febrero 1800.
Porque esta última es la prim era causa de tanto error.
Olvidada la teología y la doctrina católica, olvidadas las defini­
ciones del Concilio Vaticano, en qne se aseguraba siguiendo la doc­
trina revelada quo se puede conocer evidentem ente ó. Dios por las
criaturas; olvidadas las recomendaciones del mismo Concilio de las
verdades definidas y de todas las demás conexas con ellas, y que
forman el tesoro de la ciencia del cristiano dereliquenmt Deum aban­
donaron á Dios fonlevi aqum ziva, fuente m anantial de sabiduría et
foderunt siU cisternas, cisternas dissipatas quee coniincre aquas non
m len t (1 ), se liicierou unas cisternas y aljibes lodosos, que dejan
salir por cien grietas el agua del saber, aun del saber hum ano, y
queriendo ellos decirse sabios stu lli fa eli sunl (2).
Aparte las metáforas. Esas cisternas de agua lodosa y resque­
brajadas, son las conciliaciones de que nos habla la Encíclica, entre
la filosofía católica y la sofistería racionalista, máxime de Kant:
conciliación que acaba, como tiene que acabar, por la ruina del sa­
ber cristiano en las cúbalas racionalistas y en la corrupción del ag u a
purísim a eu los lodazales del error.
El escepticismo, ó sea la ignorancia presum ida y perezosa, ha
sido el patrimonio necesario de los pueblos abandonados á los esfuer­
zos de la hum ana razón. En Grecia, después que asordaron los escue­
las los sofismas ¿argum entos de Sócrates, de Platón, de Aristóteles,
hastiado el pueblo de fuera de tanta controversia, se burló incrédu­
lo de ella en Eurípides y en Aristófanes, y preparó el am biente para
que surgiera el escepticismo de Pirrón, al derrum barse la vieja y
legendaria Átenos, ante la fuerza bruta macedónica; en Roma, si
a lg u n a vez hubo filosofía, bien pronto la convirtieron eu duda sis­
tem ática los académicos, durados epicúreos que trajeron de la mano
la grey positivista que comía el fruto sin discutir ni m irar el árbol.
Es natural: al acercarse los días lúgubres de la ruina de Je ru sa -
lén, surgían de las piedras seudomesias y seudoprofetas, y al oir re­
petir en todos lados: Chrisius esi Me, acababan pronto por 110 saber
dónde estaba Cristo y por tomar á engaño cualquier nueva afirm a­
ción. Del propio modo oyendo decir k todos: aquí está la verdad,
acaban los hombres por encogerse de hombros desdeñosos y enton­
ces cristaliza en sistema filosófico lo que es rumor, opinión, des­
engaño de lodos.
Abandonada la razón á sus solas fuerzas, eso tiene que suceder;
y eso sucedía cuando apareció Manuel Kant en la palestra filosófica.
Profesó K ant Lógica y Metafísica desde 1770 hasta 1804 en la
Universidad alem ana de Konisberg. ¡Pero qué lógica, y qué mota-
física j qué filosofía se profesaba entonces! Francia, prevalida de su
hegem onía diplomática y política, daba á beber á todas la naciones
■ei vino de su prostitución, y el influjo de Luis XIV quedó trocado
«n influjo moral ó inmoral que con moda3, literatura, artes y buen
tono llegaba & Inglaterra con nombre de Renacimiento, á España en
forma de filosofismo, á Alemania como filosofía sensualista y á todo
■el mundo en gérm enes de revolución.
Descartes había librado batalla, acaso la más cruda, contra la
sabiduría escolástica; Gassendi y Bacon habían exagerado el empi­
rismo y el sistem a de observación; Locke y Condillae, dando un
paso m&s, reducían el entendimiento á un sentido más y de más
■categoría y dominaban en el campo de la filosofía estos errores
cuando tomó su cátedra Manuel Kant.
El cual se fundó en estas ideas, vulgares entonces, y en vano
quiso salir de ellas; en vano revistió sus obras de los pomposos y
altisonantes nombres de Prolegómenos á toda metafísica, Bases de una
metafísica, de las costumbres, Principios metafisicos de la doctrina de
la virtud y Critica de la razón pura y Critica de la ra:ón práctica: con
tale» promesas y tan sonoros y significativos apellidos, no supo ele­
varse de la ciencia de la carne, de los sentidos.
Los sentidos, pensó K ant y acertaba, ponen al hombre, me po­
nen á mi en contacto con el mundo, ellos me dan los elementos
necesarios del couocimiento. Pero, ¿qué elementos? ¿Qué elementos
sino los que los ojos, los oídos, los demás sentidos pueden dar, es
■decir, lo resistente, lo cuánto, lo coloreado, lo sonoro, lo externo?
Mas yo pienso y concibo lo abstracto, lo espiritual, lo infinito, que
ni tiene cantidad, ni sabor, ni resistencia, ni dimensiones, siuo que
las excluye. Pues ¿quién saca á mi entendimiento de lo concreto á lo
abstracto, de lo accidental á lo sustancial, de lo variable á lo perm a­
nente, (le lo fenoménico á lo real? ¿Quién me garantiza á mí la cer­
tidum bre de ese paso?, ¿la certidumbre déla afirmación de mis sen­
tidos?
Y Kant desea irse elevando y se va cada vez hundiendo m ás al
abismo de la duda escéptica. Entabla el examen de su razóu eu el
orden especulativo, que esto vale lo que él intituló Critica ó examen
de la razón pura ó especulativa, y olvidándose que no es filosofía la
que destruye la razón hum ana y lo que ella da con evidencia inm e­
diata, que no es filosofía, sino delirio la que desdeña la invencible
afirmación de la naturaleza, empieza & demoler para construir fan­
tásticos castillos completamente en el aire.
Los sentidos de suyo no dan sino los fenómenos, y esta certeza
v ulgar del fenómeno no le satisface á. él, necesita una fuerza suje­
tiva que le haga conocer la realidad del sér ó el noúmeno; que el
le haga dar el salto de lo real á lo ideal, de lo m aterial á lo inmate -
rial, del orden sensible al orden intelectual. Fantasea para eso unas
formas sujetivas que inconscientemente y sin certeza filosófica ne­
cesariamente, instintivam ente sean el puente deseado, hagan dar
el paso tan apetecido.
¡Pobre Manuel ICant! ¡Soñó ser Hércules y despertó ícaro! Porque
esas formas sujetivas, por sugestivos nombres que presenten, son
instintivas, inconscientes, no científicas, y por lo mismo no sirven
para fundar una suprema razón filosiñca, un criterio último de cer­
teza. Yoló en alas del sujetivismo; voló creyendo tocar con su mano
el sol de la certidumbre y de la verdad, cuando, derretidas las alas,
rodó y cayó y se sumió en las afirmaciones de los sentidos, en el caos
de la duda, de la ignorancia, del escepticismo desesperado.
Esa desesperación filosófica se siente al concluir de ver la obra
demoledora de Kant; bajo la impía piqueta no quedan sino escom­
bros; el hombre no tiene certeza sino de sus sensaciones; si á ellas
responde ó no algo en la realidad, ¿quién lo podrá saber?
Esto es desesperante, pero es la sum a de la sofistería de Kant.
Desesperación filosófica que no se remedia, antes se aum enta al
pasar de la especulaciúu k la práctica, de la metafísica á la moral.
La filosofía especulativa es para la moral; de modo que los filó­
sofos griegos y romanos hicieron su moral según los principios de
la teoría. Sócrates y Platón y Aristóteles y Epicuro y Pirrón y Séneca
en tanto teorizaban en cuánto habían de fundar una Moral.
El cristianismo dió primero su doctrina práctica, y la teoría fué
la conveniente para darle sér y confirmarla.
Kant hubo de hacer lo propio, y por eso k su Critica de la Razón
pitra hizo seguir el examen de los principios morales ó Crítica de la
Razón práctica.
Pero Kant se encontraba con que su afán demoledor no había
respetado nada y no tenía dónde poner el pie. Al tocar el ordeu mo­
ral comprende el sofista de Konisberg que necesita afirmaciones
sólidas en que cim entar su construcción; es necesaria la idea del
mundo, es necesaria la idea del alm a y es necesaria la idea de Dios.
Estas afirmaciones no las puede sum inistrar la filosofía especula­
tiva, pero son necesarias; admítanse como postulados. ¿Diréis que
eso es echar tres bloques en el vacío para edificar sobre ellos? ¿Di­
réis que eso es tom ar por suelo la arena movediza? ¿Diréis que eso
es ser creyente á la fuerza? Asi es; pero no es otra cosa la vanidad
del delirio kantista. ¡Qué vanos son los hombres que no m iran &
Dios! ¡CuA.n necios los que pur no uir sus palabras alzan sus castillos
en la arena frágil y deleznable! ¡Vani sunl omnes homines in quibus
non sutest stientia Uei!
¿Para qué nos habernos entretenido en tan árida exposición? No
á la verdad para ofenderos con alardes de ciencia prestada, sino
para qne veáis de qué ídolo tan falso se han enamorado los moder­
nistas.
Hnmhres sin estudios teológicos pálidos, sin amor ilustrado y se­
guro á la Iglesia de Dios, sin confianza robusta en la inmortalidad
de su santa doctrina, enamorados no poco del oropel y aplauso que el
mundo da á todas estas soñaciones febriles y queriendo &todo tran ­
ce vivir eu la Iglesia y cou sus enemigos, lian aceptado ese escepti­
cismo y negación kantiana, han caldo en el lazo de los postulados
del orden moral y los han llamado necesidad de la naturaleza, y asi
se han enorgullecido de haber resuelto el problema de la contradic­
ción entre el intelectualismo católico (que asi lo llam an al saber ca­
tólico y sólido) y la razón hum ana(que asi apellidan á sus delirios,
cuales se ven en Manuel Kant).
De ese sentimiento que suple ó enm ascara los postulados prác­
ticos de K ant con harapos tomados & Spencer, hablaremos en el
siguiente discurso, y en el otro del fracaso total de la concordia pre-
teudida y soñada; ahora vengan algunos testimonios breves que,
tocando primordialmente el agnosticismo, uos revelen los amores des­
ordenados á Kant: es el amor que el pueblo de Dios tenía & los dio­
ses de las naciones que le rodeaban; amor que nacía en el orgullo y.
llevaba á la prevaricación, á la idolatría.
Labor que nos da hecha el P. Ugarte de Ercilla con palabras que
nos van & servir de comprobante:
«Es un hecho innegable en la historia de la Filosofía que el criticismo (leí
filósofo de Kónisberg es la levadura pie ha liec-lio ferinencar casi todos los sis­
temas heterodoxos modernos. El álate Fontaine en su obra Lf»'JnfiUrations
Kantieunes, dice qne «todos ó casi todos los profesores de lns Universidades
que se dedican á la filosofía son kantianos, aun aquellos mismos que lian te­
nido la gran dicha de nacer y crecer en el seno de familias u túlicas. Estos
últimos empican sus energías intelectuales en conciliar el kantismo con sus
creencias».
«Ahora bien, los modernistas han hecho suya la orientación crítica de Kant,
siquiera sea por motivos distintos. En sentir de algunos..., como Fonsegrive,
el estado actual de los ánimos es una enfermedad, y las inteligencias do los
contemporáneos son víctimns del microbio kantiano (1 ); á juicio de otros, como
31. Blondel, profesor de la Universidad de Aix, ese estado es de perfecta salud
y dado que existiera tal microbio habría que inocularlo como fermento activo'
de una renovación necesaria y fecunda... (2). El R. P . Labertkonmrre del Ora­
torio, afirma que Al. Jilondel ha llegado i comprender que la certeza que tiene
por cbjeto el sór, en vez (le imponérsenos de f iera como una modificación que
sufrimos es más bien una acción (3). Por último, para otros, como Mi'. l'abbé
Grosjean, segnir la dirección kantiana es interpretar on el sentido más recto
y claro las exhortaciones hechas repetidas veces por León X III, para contri­
buir á la restauración dentro de la Iglesia de los estudios filosóficos (4). Eu
términos parecidos escribía JIr. l ’nbbr Mano, disoipido de Blondel, calificando
el punto de vista kantiano de punto de vista fundamental y permanente y su­
ficiente para modificar el pensamiento filosófico y restaurar (lo modo definiti­
va y sobre Lases sólidas la filosofía oristiana» (ó). Restaurar la filosofía
cristiana injertándola en el árbol kantiano. Asombrado de tales afirmaciones
el ánimo se resiste ii creer que quienes cisí expresan se hagan cargo de las fa­
tales consecuencias del criticismo kantiano. Hemos visto, en efecto, quo este
sistema mutila da tal modo las facultades cognoscitivas que las incapacita por
completo para llegar al conocimiento cierto de las cosas; lo cual signiñea lógi­
camente tres cosas: negación de tales facultades como criterios de verdad y
fuente de certeza, negación de todo conocimiento cierto, y consiguientemente
la proclamación del escepticismo y negación del valor objetivo de la verdad.
He allí la labor demoledora de la razón pura (le Kant, E e ahí el término á qne
en lógica conduce el agnosticismo critico; y ese es el punto de partida de la
escuela modernista. Es esto tan cierto qne ios modernistas, lejos de retroceder
espantados ante tamañas aben-aciones, las lian profesado de nuevo pública y
solemnemente en su Prograinma-rijiosta á la Encíclica, con estas textuales
palabras: «Noi accetiaino la crítica (lo la ragione pura che Kant e Spencer
lianno fatto» (G): aceptamos la crítica de la razón pura que Kant y Spencer
han hecho» (7).

(1) L a Quivzaine, 1 Enero 1807.—Ya amonesta Su Santidad que los modernistas


□san para cus fines lenguaje vago y ondulante de modo que parecen frecuente­
m ente contradecirse. «Mr. Fonsegrive i, este talle usó en otras ocasiones lengua­
je en que d o tiene á lo filosofía de K ant por «microbio >, sino que como qae se
adhiere ó ella, encontrándola razonable, y después de conceder el eaeeptiaismo
de Kant, aQade: K ant no dijo nada ináa, y en eso no hay paralogismo ningu­
no».—(2) Anvnl. de phil. chrétienn. Janvier-Juillet 1806.—¡3) lb id . Noviembre
.1808—(1) lbid. Mareo 1807.—(ó) Prnbt. apolog.,p. 20.—(0) Ilprogramma deim o-
dernisti, p. 98.— (T) Razón y Fe, Mayo 1008, p. 46-67.
E l can san cio d e e sp e ra r á M oisés, d e te n id o p o r Dios e a el S in al,
fu é la ocasión q u e tu v o a q u e l p u e b lo p a ra e n tre g a rs e á com er, b e ­
b e r y , po r fin, ¿ j u g a r y d a n z a r id o lá tric a m e n te , y es q u e h a y com o
u n a c o n se c u e n c ia ló g ica en n u e s tra p o b re n a tu ra le z a e n tre el c a n ­
sancio y la d esilu sió n y los goces d el cuerpo y m a te ria le s. C apua, d e­
trá s de C an n as, es u n sím bolo: la lu ch a p ro d u ce fa tig a , la fa tig a c a n ­
sancio, el c a n sa n c io tra e consigo la d e silu sió n , y la d e silu sió n a rr o ­
j a al h o m b re en brazos de su u tilid a d y d e le ite . E l vocerío de a c ad é­
m icos, p e rip a té tic o s, z e n o n ista s, socráticos y p irro n ia n o s, p ro d u jo
n a tu ra lm e n te en R om a la d o rad a y re tó ric a in d ife re n c ia do C icerón,
d esp u és com o u n in c e n d ió la in te re s a d a y ú til filosofía de E picuro.
¿Qué tie n e q u e a c a rre a r e l ag n o sticism o ? ¿Cuál es el estad o n a t u ­
ra l del a lm a fa tig a d a p o r el b a ta lla r in ú til de o p in io n es, a rra n c a d a
c ru e lm e n te á la ilu sió n d e h a lla r la v e rd a d , e m p u ja d a con fu ria y
s a ñ a al b á ra tro de la ig n o ra n c ia forzosa'?¿Qué h a r á la opinión g e n e ra l
c u an d o se p e rc a te de q u e ni los se d ic e n te s sab io s p u e d e n a tin a r con
las v e rd a d e s p rim eras? ¿Qué h a r á e lla q u e por fa lta de tiem p o , de
aten ció n y de p re p a ra c ió n p u ed e ta n poco y con ta u ta d ific u lta d en
el áspero cam in o d el saber?
¿Qué h a rá ? P rim ero m a rip o se a rá p u e rilm e n te e n tre opin io n es y
v e rd a d e s, lla m á n d o la s á to d as v e rd a d e s si la s a d u la , ó á to d as o p i­
n io n es si la s ju z g a le a liu e u te ; no se in te re s a rá p o r n in g u n a , b u s ­
c a n d o en to d a s la m ie l d e a lg ú n p ro v ech o , a u n q u e no sea sino el
provecho de la su fic ie n c ia y de la o p in ió n de s a b id u ría y de im p a r ­
cia lid a d .
«Esta situación escéptica de los espíritus no se dabe reprender como de­
fecto, ni como debilidad. Aguijonear el talento liasta llegar á poseer por igual
todos los sistemas que se dividen y disputan la humanidad, penetrar y pro­
fundizar una doctrina hasta sacar de ella las consecuencias necesarias con más
seguridad que los que son sus discípulos, estudiar y rodear las cuestiones es­
peculativas hasta encontrarles el pnnto débil y la escapatoria oportuna, no
entregarse cautivo de ninguna teoría, compensarse de no pnder alcanzar cer­
teza de nada* recabando la propia independencia en todo, vengarse do la duda
con la libertad; esto es emplear bien las facultades humanas. Quien así traba­
jo y trabaje con ardor, con Inicua fe, si tiene que padecer en esta iiupiiMción,
bien puede no envidiar la dicha de los dogmáticos que no dudan: no tiene nada
de qué avergonzarse írente á ellos» ( 1 ).
E ste es el p rim e r consuelo de la d esesp eració n a g n o stic ista .
P ero no h a de d u ra r. S ien te sed de v erd ad el a lm a y s iq u ie ra , si-
q u ie ra la p re te n d e a p a g u r en la p rim e ra v erd ad del o rd e n m o ra l, en
la e x iste n c ia d e D ios ó eu la p rim e ra v e rd a d d el credo c ató lico , en
la c e rtid u m b re de la cre d ib ilid a d .
Todo in ú til, re p ite el m o d e rn ista , n i e sa v e rd a d p u ed es conocer;
pero no te d esesp eres; e sa s v e rd a d e s son n e c e sa ria s , y , p o r lo ta n to ,
a c é p ta la s ; v ív elas.
«La prueba fundamental de la existencia de Dios, irresistible, á nú parecer,
liara todo entendimiento recto que quiera profundizar en el análisis del pro­
pio sór pnede resumirse asi: Dios es un postulado de nuestra alma, que lo
desea como supremo deseable y como único necesario, según se expresa
3L Blondel^ (1).
«Las conclusiones (previas íi la fe) llamadas científicas no son sino conje­
taras probables, acaso muy probables, pero nunca ciertas y necesarias. En
cambio, las conclusiones teológicas, bien deducidas, son necesarias para la
vida católica. Los pensadores se inclinarán en favor da éstas contra aquéllas,
porque las necesidades de la práctica deben siempre sobrepujar ¿ las proba­
bilidades de la teoría» (2).
Esle u tilita ris m o escép tico lo p ro c la m a n con n o m b re de p ra g m a ­
tism o , h u m a n is m o y otro s, q u e todos v ie n e n á d e c ir lo m ism o: la
u tilid a d , e l re su lta d o , el é x ito .
«La esencia y íin del ponaamiento no puede ser otro que la producción de
las creencias, siendo la creencia la semicadencia que cierra una frase musical
en la sinfonía de nuestra vida intelectiva. Tjas creencias son reglas de acción,
y toda la función del ¡tensar consiste en producir hábitos de acción... Toda
parte de pensamiento que no ejerciera influjo sobre sus consecuencias prácti­
cas, carecería de significación real... P ara desenvolver el sentido de un pen­
samiento no es preciso determinar la conducta que es capaz de inspirarnos:
esa es su solo sentido» (3).
D e e sta s p re m is a s ¿qué consecu en cias?
Los americanistas, precursores de los modernistas, la sacaron tal
y tan cruda como Buena e n esta frase:
«El catolicismo americano es una religión de acción social, también es uua
religión de indiferencia dogmática* (4).
«A pesar de todo este «mús allá» existe, y hay preguntas más importantes
que las de física y química que el hombre puede y debe hacerse. ¿Para qué
es la vida? ¿Qitó sucederá después de la muerte? ¿Quó solución tiene el enig­
ma humano? ¿(Juó cosa es Dios? L a filosofía y la religión natural se declaran
impotentes, y de ahí proviene el agnosticismo, que os la gran tentación do
uuestros tiempos. De esc más allá, de esas cuestiona) grandes y elernas que

(1) M. Rihnx, Crúé..., p. 50.—(2) Fonaegrire.—(3) W. James.—(4) Mr. B atgj,


La Religión... aiix Etats-Unis., p. 190.
interesan y orientan tocia la vida no podemos saber natía, ó muy poco, por la
razón ó la ciencia» ( 1 ).
D esde a q u í c o m p ren d éis, lecto res m íos, q u e es lo c u ra ó b o b ería
p e n s a r q u e no se h a y a n d esp eñ ad o los m o d e rn ista s p e n d ie n te ab a jo ;
<le todo eso á la m o ra l in d e p e n d ie n te h a y u n paso, y la m o ra l in d e ­
p e n d ie n te v iv e c o lin d a n te con la in m o ra l d e sa te n ta d a .
A caso, acaso en este m ó v il e stu v o el p rim e r m otor de todas esas
h ip o cresía s filosóficas: e l e p icu reism o es c o n se c u e n c ia é in sp iració n
-del escep ticism o .
«Tros de lns bellos cosas quo el P. Ghignoni lia recogido como ramillete
<lo flores sicológicas en su carta a] «queridísimo Murri», eobre la Cultura Co­
cíale se halla ésta de altísimo sentido... moral:
«Nada que sea verdadero es malo, la verdad es pura como Dios. Xrnla que
sea voluptuoso os lmcno; la sensualidad f>s snein como el fango. La Venus (le
Múdicis es divina, yo casi he sentido la necesidad de arrodillarme ante ella;
La Santa Teresa de Bernini es seductora, y le he vuelto la espalda con desdén,
después de haber admirado su arte. ¿Ya bien así?
»Va de bien en mejor, querido P. GhipnonL ¿Puede liaber cosa, observa
la Iiiscossa, mús poética, más edificante, ni más moderna que ver á un fraile
arrodillarse con el hábito y la capa, ceñido con su correa ó cordón, el rosario
pendiente, y el breviario en la mano en actitud extática aute la procaz desnu­
dez de una Venus, y como á cosa divina adorarla; y eso dcspuús de liaber
vuelto desdeñosamente la espalda á una Santa Teresa para librarse del peligro
de una seducción vestida hasta las orejas y cubierta hasta I03 cabellos» (2).
C oncluyam os e ste p u n to d e ja n d o b ie n a se n ta d o q u e el o rg u llo
tr a e á la d u d a ; la d u d a p ro d u ce el escepticism o; el escepticism o a b re
la p u e r ta á la lic e n c ia , y la lic e n c ia e rig id a e a d o c trin a a rro ja al b á ­
ra tro de la In ju ria . ¡Qué v a n o s so n I03 h o m b rea q u e no conocen ni
s a b e n q u ié n es Dios!
Hoy como a y e r, y com o sie m p re , re p ro d u c e n el cu ad ro q u e S an
P ablo trazó d e los acad ém ico s y p irro n ia n o s g e n tile s: T r a d iiil illos
Deus in j vassiones ignominiae... mercedem quam oporluit erroris m i in
semetipsis recipientes. ¡Los dejó Dios en brazo s de su s ig n o m in io sa s
c o n c u p isc e n c ias p a ra q u e ellas les d e u el p a g o c o n v e n ie n te de su s
y erro s!

(1) J . Serra, La Justiee Sociale, 7 Diciembre 1007.—(2) Modernismo y moder-


niatus, c. 14., p. 413. ta to s elogioB al desnado ó mejor al encueros, ae han repro­
ducido en Eapafia por el Sr. Octavio Pieón en su discurso de entrada en la Aca­
dem ia de Bellas Letras y por F.l Imparcial y otros diarios.
II

Inlelectuallsmo católico.

Nos lla m a n d o g m ático s, in te le c tu a lis ta s , escolásticos á los c ató li­


cos y se ríe n de nosotros. L a E n cíclica nos lo a s e g u ra y e a las o b ra s
m o d e rn ista s p u lu la n los te stim o n io s. No los c ita ré p o rq u e te n d rá n
ca b id a m ás a d e la n te , y p o rq u e a h o ra ace p ta m o s com o ho n ro sas e sa s
calificacio n es, no en lo q u e p u e d e n sig n ific a r eu >1 , sin o e n lo q u e
sig n ific a n en las o b ras de los m o d e rn ista s.
Alli no s ig n ific a n sino el car& cter d istin tiv o d el c ristia n ism o d e
a m o r á. la v e rd a d , de c o n cien cia d e la v e rd a d , de co nfianza en la v e r ­
d ad , de posesión de la v erd ad ; c a rá c te r con q u e selló su g r a n o b ra
filosófica y d e e d u c a c ió n c ie n tífic a de E u ro p a , q u e se re su m e y c ifra
en la E sco lástica y filosofía c ris tia n a d e S an to T om ás: a lli no s ig n i­
fica sin o q u e el m u n d o , aleccio n ad o p o r la Ig le s ia y p o r s o s D octores
escolásticos, vivió u u a v id a ro b u s ta de filosofía, y n o conoció la d u d a
e n te c a y el escep ticism o , p a trim o n io d e e n te n d im ie n to s m ediocres.
L as o tra s acep cio n es q u e se p u e d a n re c ib ir en m al sen tid o , la s
o m itim o s, y si a lg ú n católico h a caldo en esto s ó en otros defectos,
no sólo no h a caldo en ellos com o católico, sin o q u e su razón de c a ­
tólico es u n a c o n sta n te p ro te s ta c o n tra ello s.
E l d o g m a tism o , p u e s, in te le c tu a lism o ó esco lasticism o d e la I g le ­
s ia y de los cató lico s, n o e s m á s q u e el co n o cim ien to cierto y e v id e n ­
te de m u c h a s v e rd ad es a u n de o rd e n n a tu r a l ay u d a d o y ro b u stec id o
con la re v e la c ió n .
D esde q u e Je su c ris to N u estro S eñ o r noa d ijo s e r él la v erd ad : ego
sum veriias, los cristian o s se lla m a ro n y fu e ro n los h ijo s de la v e rd a d
y de la lu z, y en l'a c a m p a n a q u e so stu v ie ro n con el m u n d o , oían p o r
c o n tin u o co n su elo que la v erd ad los s a c a rla lib res: veriias iiberabii
vos. E jército de sab io s, los llam ó el m u n d o filósofos, estoicos, h o m b re s
de e stu p e n d o sab er; h a s ta m a g o s los q u iso ap o d ar; la stu liilia crucis
p re d ic a d a p o r ellos, c o n fu n d ía y s u p e ra b a a ú n á los p ru d e n te s filó­
sofos de R om a, y ca u sa ro n ta n to e s tra g o e n el escéptico sa h e r d el
im p erio q u e J u lia n o el A p ó stata le 3 q u iso a r r e b a ta r los libros d el h u ­
m a n o estu d io p a r a a sfix ia rlo s p o r ig n o ra n c ia . T e rtu lia n o , L a c tan c io ,
S a n J u s tin o , San A g u stín , S an J e ró n im o , so n e stre lla s del sa b e r y
de la cie n c ia y m a rtillo s de la h in c h a d a eru d ic ió n de los sofistas y
retóricos d el se n e sc e n te im p erio .
Así fu é desd e u n p rin cip io el c ristia n ism o : asi nos lo d e c la ra co n ­
tr a el ag n o stic ism o de los filósofos g e n tile s académ icos el g r a n P a ­
dre S an A g u stín :
«Los académicos modernos, como declara Yarrón, lo tienen todo por in­
cierto y dudoso; grave error que la Ciudad da Dios, es decir, la Iglesia de Cris­
to en la tierra, reputa y detesta como verdadera locura y crec tenor de las
cosas que comprende con su entendimiento y razón, ciencia y ciencia cicrtí-
siraa, porque como clicc el Apóstol: E x •parte seimus; y crce tft.nbk'n ii sus
sentidos en la evidencia quo tiene de los cosas do que usa el alma valiéndose-
del cuerpo, porque es mucho más deplorable el error dol quo dice que no hay
que creer nada Cree por fin tambiún en ]as Sagradas Escrituras, tanto an ti­
guas como nuevas, que ro llaman Canónicas, y por las que se concibe la fe de
que vive el justo, y por la cual sin linaje ninguno de duda andamos este des­
tierro de la vida, mientras no llegamos al Señor. Pero tambiún dejando á sal­
vo la fe, dudamos, sin justa reprensión de cosas, que ni el sentido corporal,
ni la razón percibe, ni la Escritura canónica nos declara, ni lia llegado d nues­
tra noticia por testigos que sería absurdo no creer» ( 1 ).

E ste p ro fu n d o am o r, e s ta c o n fian za en la v e rd a d , en to d a v e rd a d
a rra ig a d o s en los corazones de los c ristia n o s, h a b ía n e c e sa ria m e n te
de p ro d u c ir, y p ro d u jo u n a c ie n c ia filosófica y teo ló g ica, q u e es la
filosofía y te o lo g ía e sc o lá stic a , la E sco lástica, la ta n c a lu m n ia d a y
a b o rre c id a E sco lástica.
E sta , con el trib u n a l del S anto Oficio y con la v id a re lig io sa y r e ­
g u la r, h a ten id o el p riv ileg io de c o m p a rtir los odios de la R evolución
d esde L u te ro ¿ M urri, L oisy y L a b e rth o n n ié re , y es p o r en d e m e ­
n ester q u e s e a con su s h e rm a n a s en e l odio sectario p re fe re n te o b je ­
to de a m o r de todo b u e n cató lico .
R econociendo esta d o c trin a con la v e rd a d e ra y s a n a filosofía q u e
el co n o cim ien to im p líc ito y m ediato p u e d e se r ta n e v id e n te com o el
exp lícito é in m e d ia to , a s ig n a com o ú ltim a ro c a v iv a en donde se d e b e
a s e n ta r el p ie de la in v e stig a c ió n , la e v id e n c ia in m e d ia ta é in e lu d i­
ble con q u e 'lo s ojos y los oídos y el tacto y los sen tid o s no s p o n e n en
co m u n icació n con u n m u n d o re a l y o bjetivo q u e d istin g u im o s p e r-
fec ta m e n te d el m u n d o fenom énico d e l su e ñ o , de la ilu sió n y d e las
A pariencias, la m ism a e v id e n c ia in m e d ia ta q u e nos h a c e a firm a r la
ex iste n c ia p ro p ia , la e x iste n c ia d el m u n d o in te rio r de m i razó n , de
m i c o n c ie n c ia , d e m i sé r.
A poyado e l ñlósofo c ristia n o en e sta roca v iva, ro d e a su s ojos y
d escu b re el m u n d o con to d a su re a lid a d , el a lm a h u m a n a y el p ro ­
pio sé r con to d as su s re la c io n e s, y , p o r ú ltim o , alzan d o m ás su s ojos,
el su p rem o sé r de Dios q u e se le e n tr a e v id e n te m e n te por los ojos de
c o n sid e ra r lo q u e es y lo q u e se m u ev e, lo q u e m u e re y lo que v ive,
lo re lativ o y lo ab so lu to , lo que es y lo q u e no, lo q u e p u ed e se r y lo
q u e a ú n no h a salido á la re g ió n d e la e x iste n c ia .
De esta p rim e ra id e a , c u ltiv a d a y d e sa rro lla d a por la p ro p ia r a ­
zón, con raciocinio cierto y m an ifiesto , v a n s u rg ie n d o y p re s e n tá n ­
dose o tra s y o tra s id e as q u e, co m p letan d o la de D ios, p e rfec cio n an
y a q u ila ta n la s del m u n d o , d el h o m b re , de !a creación y de todos los
se re s y tie u e a su m a ra v illo so re su lta d o e n el o rd e n m o ral. L a E sco­
lá stic a puso con S an to T om ás en su p rim e ra p á g in a la id ea de Dios,
y de ella, b ie n a p lic a d a p o r el ra c io c in io , s u rg ió el m aravilloso m u n ­
do filosófico, m á s a d m ira b le , si cab e, q u e el m ism o m u n d o d e los
sen tid o s.
E n este ta n racio n al fu n d a m e n to se ap o y a e x trín se c a m e n te ta m ­
b ié n el m u n d o de n u e s tr a fe; y así com o de la c o n te m p la c ió u del o r­
d e n n a tu r a l se v ie n e en conocim iento cierto de su a u to r, así de la
c o n te m p la c ió n del o rd en n a tu ra l su b o rd in a d o p o r excepciones m a ­
rav illo sa s a l o rd en de la rev elació n , se v ie n e en co n o cim ien to cierto
d e ln e x iste n c ia de e sta m ism a re v e la c ió n y d el R ev elad o r div in o
q u e nos la p resen tó . Eso es lo que se lla m a la e v id e n te cred ib ilid ad
d e n u e s tr a fe.
V erd a d e s son to d as e sta s q u e la razón h u m a n a , ra c io c in a n d o li­
b re , d e se m b a ra z a d a y s a g a z m e n te , p u e d e d e s c u b rir; p ero pocas veces
lo h a c e a sí en la re a lid a d de la v id a. U nos, d o tad o s p o r Dios de m e ­
n os a p titu d e s, en ferm o s acaso, acaso in ep to s p a ra el e stu d io , no p u e­
d e n p e n e tra r cou se g u rid a d eu ese tem p lo d el saber; con streñ id o s
m u ch o s p o r la p o b reza y el a fá n de b u s c a r los m edios de su b sistir,
e x p e n d e n m al su tie m p o e n lu c u b ra c io n e s filosóficas; no pocos, p o r
d e sg ra c ia , p ero p o r d e s g ra c ia h u m a n a m e n te in e v ita b le , co n su m en
s u in ú til vida en el ju e g o , el ocio y el p la c e r, sin p e rm itirse el r o ­
b u sto ejercicio m e n ta l q u e re q u ie re e ste p rim e r paso del cam ino de
la sa b id u ría .
P u es a u n e n tre los q u e p u e d e n y se e n tr e g a n a l estu d io ¿no s u r ­
g e n g ra v ísim o s in c o n v e n ie n te s? E l la rg o tiem p o que es m en ester,
e l ejercicio en la s o p eracio n es in te le c tu a le s, el h á b ito de ra c io c in a r,
l a p ro fu n d id a d de la s v erd a d e s, las p a sio n e s que e m p a ñ a n el b rillo
d e las fa c u lta d e s y e m b o ta n su s aceros, la in q u ie tu d de la ju v e n tu d
y de la ad o lescen cia, los e rro res de u n o s, la fain a irra c io n a l a d q u iri­
d a p o r los sofistas, el in te ré s q u e cie g a , la im a g in a c ió n q u e se d u c e ...
¿ q u é pu ed o e n u m e ra r todos y ca d a uno de los escollos q n e h a c e n de
d ifícil n a v e g a c ió n este m a r, con sólo la lu z de p ro a, de la razón y
d isc u rso h u m an o ?
¿Qué re m e d io "para q u e con se g u rid a d , con u n iv e rsa lid a d y con
fa c ilid a d se p u e d a n a v e g a r este piélag o ? ¿Qué p a ra q u e todos con
p ro n titu d y sin tra b a jo a rrib e n al p u e rto d e la verd ad? ¿Cómo p o d rá
p a s a r u n p u e b lo , la h u m a n id a d e n te ra p o r d o n d e n a u fra g a ro n los
sab io s y g im n o so fista s in d io s y eg ip c io s, el p u e b lo a g u d ísim o de los
g rie g o s, la n ació n in g e n io s a de los ro m a n o s, salv á n d o se a p e n a s e n
e l c o m ú n n a u fra g io , y casi 110 sa lv á n d o se h o m b re s e x tra o rd in a rio s
com o S ócrates y Solón, P itá g o r a s y P la tó n , A ristó teles y Séneca?
¿Qué? L e v a n ta r u n faro en c e n d id o p o r la m a n o d iv in a de Dios el
fa ro d e la rev e la c ió n , el cu al ilu m in e lo n a tu r a l y dé se g u rid a d e s de
c o n se g u irlo ; d a r u n m a e stro al m u n d o q u e lo lib re d e los sofistas:
magisler tesler Christus (1).

Obra fué é s ta q u e tu v o su s n a tu r a le s co n secu en cias. E n p rim e r


lu g a r , cesó la flu c tu a c ió n q u e tra e consigo la ig n o r a n c ia y que h a b ia
sido p a trim o n io de la in te lig e n c ia h u m a n a en el d ecu rso de los si­
g lo s; q u e d a ro n m u e rto s desd e San A g u stín los resto s e ñ m e ro s de
escep ticism o q u e dejó e n h e re n c ia e l m u n d o p a g a n o . E n se g u n d o
lu g a r , la razón h u m a n a su b ió al m á s a lto g ra d o de c o n o cim ien to s
eu las p ro fu n d ísim a s o b ras de San A nselm o, G u illerm o de P aría,
R icardo de San V ícto r, H u g o de Sau V íctor, P ed ro de P o itiers, G ui­
lle rm o A ltisid o ro , Pedro L o m b ard o e l M aestro de las S e n te n c ia s,
A le ja n d ro de H alés, S an B u e n a v e n tu ra , líic a rd o de M ediavilla, E n ri­
q u e G a n d a v e n se , A le ja n d ro M agno y e l d iscíp u lo d e todos los p r e ­

d i Santo Tomás: Contr. Gent. I, c. 4. Esta doctrina de Santo Tomás y de to­


dos los doctores católicas la sumó el Concilio Vaticano en b u Constitución Dtfide.
c e d e n te 3 y m a e stro de los q u e le h a b ía n de s e g u ir, S an to T om ás d e
A quino. ¿Q uién c o n ta rá la s p stre lla s del firm a m e n to y q u ié n e n u m e ­
r a r á las d el cielo del s a b e r h u m a n o y escolástico? In ocencio V,
E g id io R om ano, J u a n D u n a Escoto, P ed ro A ureolo, G u ille rm o O cani,
D u ra n d o de San P orcian o , J u a n C apreolo, D iego Deza, F rau cisco d e
F e rra ra , el c a rd e u a l C ayetano, J u a n de T o rq u e m a d a , G erardo de
B olonia, G uido d e P e rp iñ á n , P ed ro de C usa, T om ás V ald en se, S an
A u to n in o de F lo re n c ia , el c e le b é rrim o T ostado.
P o rq u e v in ie n d o á tiem p o s m e a o s olvidados, a p a re c e n c o n tin u a n ­
do la g lo rio sa c a d e n a de sab io s, h o n ra del p e n sa m ie n to h u m a n o ,
A m brosio C atarin o , M elchor Cano, D om ingo y Pedro de Soto, A lfonso
d e C astro, M ig u el d e M ed in a, A ndrés V ega, Pedro C anisio, E d m u n d o
C am piano, A lfonso S alm eró n , D iego L ainez, J u a n de M aldonado,
B enito J u s tir.ia n i, C ornelio A láp id e, G u illerm o E stío, el c a rd e n a l
B clarm in o , T om ás S ta p lc to n , Jaco b o G re tsc r, F ran cisco de V ic to ­
ria , el c a rd e n a l T oledo, B arto lo m é M edina, P e d ro de L ed esm a, D iego
A lvarez, T om ás de L em os, J u a n de S an to T om ás, L u is de M olina,
G reg o rio de V a le n c ia , G a b rie l V ázquez, F ran cisco S u árez, F ra n c is ­
co Lesio, A dam T a n n e r, R uiz de M ontoya, J u a n y Je ró n im o de R i-
p a ld a , F ra n c isc o A m ico, G a sp a r H u rta d o , F ran cisco de L u g o , el
c a rd e n a l J u a n de L u g o , P a lla v ic in o , F ra n c isc o de H e rre ra , y sin
h ip é rb o le n in g u n a , m ás de seis m il m us q u e el P. H u rte r e n u m e ra
en su Nomenclátor y c u y a g lo r ia m euos d e c a n ta d a s u p e ra á los sofis­
ta s d e se q u ilib ra d o s de la E n ciclo p ed ia y de la im p ied a d , com o C al-
vino, V o ltaire, R o u sseau , K ra u se , S c h o p e n h a u e r, etc., ó ú la s m e­
d io crid a d e s h in c h a d a s p o r in te ré s de s e c ta filosófica com o L uis
V ives, F o x M orcillo, S eivet, E rasm o , dofia O liva Sabuco, G óm ez
P e re ira , Sanz d e l Río, S alm eró n y a lg u n o s m ás.
T a n ta a b u n d a n c ia de s a b e r filosófico no se lim ita b a á e ste ó
a q u e l re in o , á e sta ó a q u e lla p a tr ia p a r a in d ic a r q u e con el c ris tia ­
n ism o h a b ía ra y a d o u n sol de v e rd a d q u e a b ra z a b a á todos con su
calor; y a si I n g la te r r a se e n o rg u lle c e con San A nselm o, A le m a n ia
con A lberto M agno, Ita lia con S anto T om ás, B é lg ic a con Lesio,
I'ra n c ia con G u illerm o de P a rís y de P o itie rs, E sp a ñ a con el T ostado,
Deza, M olina, los L u g o s y S u árez y sólo se m a n ifie sta m ás fe c u n d a
a q u e lla tie r r a donde m á s a r r a ig a la d o c trin a de la fe.
Lo cu al no te n ía n a d a de m arav illo so , p o rq u e p la n te le s de estoa
sab io s e ra n la s U n iv ersid ad es y U n iv e rsid a d e s q u e h u b o en Oxford
de I n g la te r r a y en P ra g a de G e rm a n ia , y la c e le b é rrim a de P arís, y
la s no m enos céleb res de B olonia, R om a, S a la m a n c a , A lcalá, y h a s ­
ta las h u b o pocos años d esp u és del d e sc u b rim ie n to e n M éjico, Quito
y L im a. jY ou est qui se abscondat a calort eius.
D esde las U n iv ersid ad es, g ra c ia s á. s u p o p u la rid a d , el sa b e r se d i­
fu n d ió p o r s i p u eb lo ; el la tín lla n o d e a q u e llo s doctores e ra conocido
d e todos y no e ra lo q u e en rig o r se lla m a le tra m u e rta ; á las U n i­
v ersid ad e s y á la s E sc u e la s de T eo lo g ía y F ilosofía escolásticas co n ­
c u rría n n o sólo los q u e d e b ía n s a lir d octores en estas fa c u lta d e s
sin o los m édicos, los ab o g ad o s, los ju r is ta s , todos los hom bres de
le tra s y a d e m á s u n p u eb lo in n u m e ra b le q u e o c u p ab a las a u la s y
a u n la s p lazas h o ra s y h o ra s a n te s , y q u e to m a b a p a rte en las d is­
c u sio n e s esco lásticas com o p u ed e h oy to m a rla en las d e lib e rac io n es
d el ju ra d o en u n c rim e n trá g ic o ó en el esp ectácu lo d e u n a s C ortes
en días de e x tra o rd in a ria a n im a c ió n y so le m n id a d .
L a lite ra tu ra , la le n g u a , la s a rte s to d a s que co nvivieron con la
E scolástica, tie n e n su sello de p recisió n filosófica, de certeza d e te r­
m in a d a , de b u e n se n tid o p re d o m in a n te . Así fu ero n en A lem an ia los
M isterios, la s o b ra s de A g ríco la, el re n a c im ie n to in ic ia l y h a s ta las
e n se ñ a n z a s m u d a s a rq u ite c tó n ic a s de su s c la u s tro s y ca te d ra les; asi
en In g la te rra , la s o b ras d e los S antos A n selm o y B eda, p a d re s de la
cien c ia y de la a sc é tic a in g le s a s , y h a s ta en la c ró n ic a rim a d a de
R oberto de G lo u cester. Así F ra n c ia , desde el h u m a n o R om an ce de
la R osa h a s ta e l ú ltim o h á lito de lite r a tu r a in d íg e n a , la s e q u ilib r a ­
das y fe stiv a s fá b u la s de L a fo n ta in e ; así sobre todo n u e s tra E sp a d a ,
q u e conserv ó ese soplo de c re e n c ia y s e re n id a d escolástica en su
g ig a n te s c a a sc é tic a , v e rd a d e ra te o lo g ía p o p u la r; e n su in m o rtal
ro m an cero ; p e rp e tu o d erech o n a tu r a l vivo en la h is to ria p a tria ; en
su n a c io n a l te a tro , te a tro de tesis no a b u r r id a y m a c h a c o n a, sino
d e tesis d ifu sa y e x a c tísim a en los p ro b le m a s del h o n o r, e n los p ro ­
b le m a s del a m o r, y sobre todo en la s d o c trin a s de G ra c ia y E u ca ­
ris tía , so b e ra n a m e n te re s u e lta s p o r Lope, T irso y C alderón.
Lo q u e escrib ió Pedroso en c rític a im p e re c e d e ra del sa b e r te o ló ­
g ic o de u n p n e b lo q u e te n ía p o r solaz los a u to s eu carísticos, se hace
e x te n siv o & to d a la lite r a tu r a , a u n á la p ic a re sc a. N ada de n ie b la s,
n a d a de d u d a s, n a d a de escep ticism o .
]Al rev és de hoy! H oy se d u d a d e todo y d e todos, y la n e g a c ió n ,
com o e l b u itre de P ro m e te o , corroe laB e n tra ñ a s de n u e s tra so cie ­
d a d , a ta d a co n c a d e n a s de egoísm o á. la ro c a de lo sen sib le, de lo
ú til, del ta n to p o r c ie n to .
¡Feliz d el c re e r ro b u sto de a q u e llo s d ia s a le g re s de escolasticism o
c u a n d o E u ro p a, y n u e s tr a E sp a ñ a a p e n a s h a c e c u a tro g e n e ra c io n e s,
n a v e g a b a p o r el m a r de la in v e s tig a c ió n , ce rtific án d o se de q u e ib a
b ie n p o r el faro s o b re n a tu ra l de la fe, q u e desd e re g ió n m á s e le v a d a
le a lu m b ra b a y d irig ía ! ¡Pebre é iu fe liz d e l d u d a r de n u e stro s d ía s
c u a n d o p o r h a b e r v u elto la e sp a ld a y h a s ta q u e rid o a p a g a r el fa ro
b ie n h e c h o r p a lp a m o s tin ie b la s, chocam os u n o s co n otros y , d e sa le n ­
ta d o s, ab atid o s, d esesp erad o s, d esconfiam os d e todo cam in o y te n ­
ta tiv a y nos co n d e n a m o s & siste m á tic o a g n o stic ism o é ig n o ra n c ia
sabia!
Sobre to d as esas tin ie b la s a ú n se le v a n ta u n fa ro salv a d o r, es el
C orazón de Je su c risto . De él n o s dice la Ig le sia : in quo su n t omnes tke-
sauri sapientiae et scientiae, en q u ie n e s tá n todos los tesoros de s a b i­
d u r ía y c ien cia.
De esto s teso ro s a b u n d a n te s salió a q u e lla c ie n c ia del apóstol y
e v a n g e lis ta S an J u a n , de q u ie n dice O rígenes:
Cerlum est quod Joanm.es in principalihis Coráis Je m atqueinlernis
doclrinac ehts sensibus requievisset ibi requirens et perscrutaiis thesan-
ros sapientiae et scientiae qui reconditi erant in Chisto Jesu (1). C ie rta ­
m e n te el apóstol a m a d o d escan só y d e sc u b rió los m á s recónditos y
p rin c ip a le s se n tid o s de la d o c trin a de Je su c ris to b u scan d o y e sc u d ri­
ñ a n d o en el d iv in o C orazón los tesoros de s a b id u ría y c ie n c ia e n é l
esco ndid o s. Myslice ig itu r debetnr intelligi quod de dominici pectoris
fonte, ubi erant thesauri sapientiae absconditi potandus eral, qua eruc-
larel itlu d d iv in im m ysterium : l n principio erat Verbum (2).
Así dice el v e n e ra b le B eda, a firm a n d o q u e de a q u e l C orazón b e ­
b ió S a u J u a u el a g u a de sa b id u ría co n q u e com o e m b ria g a d o ex­
c la m a ra : «In p rin c ip io e ra t V erb u m » .
P u es ap a re c id o en e l m u n d o el C orazón de J e s ú s, tie n e q u e con­
tin u a r la m is m a O b ra de lu z y de e n s e ñ a n z a q u e com enzó en el
C enáculo con el d iscíp u lo am ad o .
E scogió á la s R elig io sas de la V isitación de S a n ta M aría p a ra q u e
fu e ra n apósto les d e su cu lto , y y a e n M a rg a rita M aría de A lacoque
d ifu n d ió las lu ces é ilu stra c io n e s de su s a b e r s o b re n a tu ra l, de l a
m á s c la riv id e n te p ru d e n c ia , d e l co n o cim ien to v a ro n il y cierto á
p ru e b a de todos los c o n tra ste s.
D espu és de M a rg a rita , su s H e rm a n a s de h á b ito . E l Corazón d e
J e s ú s les sirv ió en todos su s M onasterios p a r a c o n se rv a r la fe ile s a
e n m edio de las te n ta c io n e s h u m a n a m e n te irre s istib le s del ja n s e ­
n ism o .

(1) Pag. 366, edit. 1548.—(2) In Joan, c. i, ed. 1030, t . :, p. 800.


De los P a d re s de la C o m p añ ía de J e s ú s , ¿qué podré decir? P a ra
n o re p e tir lo sab id o p o r lodos, fíja te , le c to r ú o y en te, e n u n a co in c i­
d e n c ia . L a B u la A u ctw em fidei, co n d en ació n ú ltim a del ja n se n ism o ,
co n tien e la s p ro p o sicio n es «52 y G3 en q u e se define y defiende la o r­
to d o x ia del c u lto a l S a g ra d o Corazón de J e s ú s , y la proposición
79 en q u e se d efien d e d e to d a m u rm u ra c ió n y odio ja n s e n is ta I»
E scolástica, su s doctores y las g ra n d e s co n tro v e rsia s de ellos, ú t i ­
lísim a s p a ra el e sc la re cim ie n to y d ifusión de la v e rd a d . A quellos
d o ctores b e b ie ro n , com o d isc íp u lo s am ad o s, en el Corazón de Jesú s;
el ja n se n is m o los u n ió en su odio c o n tra el Corazón de Je sú s, y la
Ig le s ia reiv in d icó s u g lo ria á u n a de la g lo ria del C orazón de Jesú s.
U na g ra n a lm a , la m u je r fu e rte , Sofía B arat, fu é la p rim e ra q u e
escogió p a ra u n a n u e v a aso ciació n re lig io sa el lá b a ro del S agrado
C orazón de J e s ú s . ¿T en d ré q u e p ro b a r q u e lo escogió como luz de
sa b e r cristian o y com o re p ro d u c c ió n de a q u e l e sp íritu de sa b id u ría
q u e Dios N uestro S eflor d ifu n d ió d esd e los p rim e ro s dias del c ris tia ­
n ism o e n d o ctas v írg e n e s y m a tro n a s c ris tia n a s , com o C a ta lin a de
A le ja n d ría , P a u la y E sto q u ia de R om a, C a ta lin a de S en a, G e rtru d is
de L itu a n ia , M aría de A g red a, M aría d e la A n tig u a , T eresa de J e sú s
y ta n ta s otras?
D ado el ejem p lo p rim e ro , todo se lm seg u id o al propio ten o r. Los
m isio n e ro s q u e v a n á d ifu n d ir el s a b e r y la fe c ris tia n a en C hina,
J a p ó n , A m érica y A u stra lia , to m a n p o r escudo y sím bolo el Corazón
de Je sú s; los sab io s q u e escrib en de E s c ritu ra , de T eología, de p o lé­
m ica, a b re n su s lib ro s c o n sa g rá n d o se lo s al C orazón de Je sú s; los Co­
leg io s, U n iv e rsid a d e s, L iceos cató lico s, h a s ta los C ongresos m ism os
y la P re n sa cató lica, p e rp e tu o re d u c to de la d o c trin a v e rd a d e ra co n ­
t r a la s in c u rsio n e s de la falsa, b e b e n e n se ñ a n z a s ó in sp ira c io n e s en
el Corazón de J e s ú s .
No p o d ía s e r de otro m odo. El Corazón de J e s ú s es h o y d ía el sím ­
bolo de u n a n u e v a R ed en ció n del m u n d o , d e la p o stre ra m a n ife sta ­
ción de J e su c risto á los h o m b re s, de la c u a l se dice lo q u e de la p r i­
m e ra dijo el P ro fe ta R nruch: Post haec in terris r,isns asi cum homi-
nilrns conversatus est ( 1 ).
M as ¿de q uó h a b la e l P ro fe ta en todo a q u e l cap ítu lo , q u e a l te r ­
m in a r a ñ a d e : post kaec, después? ¿Qué sig n ific a este después?
Nos h a b la p in ta d o a l p u e b lo de Dios sed u cid o p rim ero p u r la s a ­
b id u ría de los eg ip c io s, caldeos, a g a re n o s y d em ás id ó la tra s, pueb lo s
lim ítro fe s, y co rrien d o tra s los in v e n to s m a te ria le s, tr a s la fo rta­
le z a h u m a n a , tra s el fa u sto y el p o d e r q u e a q u e lla c ie n c ia ja c ta b a ;
p e ro & la p o stre , d e se n g a ñ a d o , escép tico , ig n o ra n te , d esesp erad o . A.
« ate p u eb lo así, a g n o stic ista , d iría m o s h o y , se d irig e el P ro fe ta , d i-
c ié n d o le :
«Oye, Israel, los secretos de vida, escúchalos para que sepas dónde está
la sabiduría y la prudencia. Huiste de tu Dios y viniste ti vivir tierra extran­
jera, en qne has envejecido y te has rebajado tanto que ya te cuentan entre
los muertos y los habitantes de los cementerios. Es que dejaste el verdadero
y único camino de la sabiduría; que si no, tu paz y tu felicidad hubiera sido
perpetua y sin mudanzas».
«Pues ahora, conlimla Baruch, ahora ven y apreude dónde está la pruden­
cia, dóndo Ja energía, dónde la inteligencia, dónde la lu í de los ojos, del alma
y el camino de ln paz y de la felicidad.
Nadie lo halló y ninguno pudo dar con 61. Los filósofos de las gentiles,
pudieron hallar el modo de dominar &los animales y á lus aves del ciclo, de
atesorar oro y plata eu que esperan los hombres, de labrar vajillas y obras de
precio desconocido; pero no pudieron encontrar remedio ú la muerte: murie­
ron, pasaron y otros ocuparon sus puestos.
«Detrás de éstos surgieron 6iis hijos, adolescentes ilusos y llenos de espe­
ranzas: pero en vano se cansaron y se fatigaron, porque filó también rano su
sabor. No se halló en la tierra esta sabiduría: no la busquéis en los cananeos
industriosos, ni on los Tomanitas, rpie son los sabios de Idumea, ni entre los
ngarenos, ni entre los comerciante» de fie rra ó de Tem&n, ni entre los que
escribieron parábolos y fábulas morales, ni entre los quo indagan la natura­
leza y profesan las ciencias naturales, porque ninguno do estos sabios cono­
cieron el camino de la sabiduría verdadera» ( 1 ).
•Non hos elegit Douiinua, nec viatn discipliiiae iuveiierunl, propierea perie-
rwil: et quoniaui non hábucrunt sapiaiíiant, perierunt propter suan tnsi-
jñenliam.
»Xo los escogió Dios ¿esos filósofos, puramente racionalistas, y perecieron,
y perecieron en la vida intelectual y verdadera por su necedad ó ignorancia
ensoberbecida.
•Sólo Dios, sólo el que lo sabe todo es el autor de la verdadera ciencia; £ l
'fjue preparó y crió la tierra en remoto tiempo, y la llenó de animales y de fieras;
El, que envía la luz, y va, y la retira y le obedece; Él, que ú las estrellas que
están dando su brillo &su tiempo y en su lugar, las llama y le obedecen, y lo
•dicen: «Prestas estamos»; Kl, que es Dios, y el fínico verdadero Dios, supo
ludlar la sabiduría y se la revoló á su pueblo escogido: primero & Abraham y
-á Israel, y después 1 la Iglesia Católica, donde quiso liabitor y vivir y con­
versar con los hombro** (2).
P u e s este D ios, d e sp u é s de h a b e r h e c h o v a n a la c ie n c ia de los
-sabios d e O rien te, vino a l m u n d o y co n v ersó con los h o m b re s y los
aleccion ó p a r a c o n fu n d ir & los filósofos, g rie g o s y ro m an o s, suceso­
re s d e aq u ello s de E d ó n , T e m á n , E g ip to y tie r r a de A g ar; y d esp u és,
c u a n d o se alzaro n n u ev o s sab io s p a g a n o s ó p a g a n iz a d o s en filosofías
s e n su a le s ó ra c io n a lis ta s, ta m b ié n los co n fu n d ió , los hizo p e re c e r y
d e sp u és se m an ifestó de n u ev o & los h o m b re s p a r a e n se ñ a rle s los te*
soros del sa b e r de su C orazón, y con ellos la v id a b ie n a v e n tu ra d a en
«1 p re se n te sig lo y en la p e rp e tu a v id a de la e te rn id a d .

a sí sea
SERMON CUARTO

Inmanentlsmo.

K ttio a a M t otte¡uiem vatrum . Ad Rom.


12.1.
9aa racional vuestro obsaqnio. A Ion
rom. 12, v. 1.

Del ag n o sticism o a l escep ticism o filosófico y al a teísm o re lig io ­


so no h a y m á s q u e u n paso. L ó g ic a m e n te d e b ía n d a rlo los m o d e r­
n ista s; p ero a si p e rd e ría n la piel d e o vejas y n o p o d ría n e n p ie l d e
lobos d estro z a r á m a n s a lv a el re b a ñ o d e la Ig le sia . P a ra c o n se g u ir
esto v e n d rá n n o m b re s q u e se d u z c a n & los c&ndidos: in m a n e n c ia ,
se n tid o relig io so , su b co n c ie n c ia , su je tiv ism o , etc.
«Reconociendo(1)los modernistas que la razún práctica de Kaat y la afir­
mación del absoluto do Speucor sou impotentes para resistir á la fuerza de la
lógica agnosticista apelan fv otros recursos, ti otias vías que en sentiv de ellos
son seguras. ¿Cuíilca? «La necesidad de nuestra vida moral, dicen, la expe­
riencia de lo divino que se .realiza en las más obscuras profundidades de
nuestras conciencias, conducen &un sentido especial de las realidades supra­
sensibles que se enseñorea do toda nuestra existencia ótica ó moraL En nos­
otros mismos encontramos este sentido ilativo de que habla Xewrnan, qne nos
permite sentir en nn inefable misterio la presencia de energías superiores con
las que nosotroR estamos en contacto directo. Comparado cou esto el agnosti­
cismo .aparece como un sistema filo y racional» (2 ).
E n su m a : afirm am o s la v erd ad , la e x is te n c ia d e Dios, la del o rd e n
so b re n a tu ra l, la d e la re lig ió n , no p o rq u e lia y a a lg o fu e ra d e n o s ­
otros claro y e v id e n te q u e nos o b lig u e & a s e n tir, sin o p o r u n a nece*
sid a d irre sistib le , p u ra m e n te s u je tiv a , in c o n sc ie n te , q u e n o s in c lin a
& ello; e s ta fu e rz a se lla m a se n tim ie n to re lig io so , q u e no b ro ta d e la
id ea , sino q u e la p re c e d e .

(1) P. Ugarte, S a tín y Fe, Septiembre 1008.—(8) Pngram m a dei moder-


núti, p. 96.
E ste se n tim ie n to relig io so e s q u im é ric o e a su fu n d a m e n to ; a b ­
su rd o y h e ré tic o en s u d esarro llo ; a te ís ta e n s u s ú ltim as c o n se c u e n ­
c ias, y sie m p re e n e m ig o d e l S a g ra d o Corazón d e Je sú s.
E sta es la p ro p o sició n .

A ve María .

Quimérico en su fundamento.

P a ra p ro b a r e s ta afirm ació n p o q u ísim o se d eb e tra b a ja r. L a E n ­


cíclica de S u S a n tid a d con la fu e rz a ló g ica de la ev id eu cia in m e ­
d ia ta , no cesa de lla m a r d e lirio , sofism a, s u e ñ o , in v e n c ió n & to d a la
to rre de B abel q u e alzan los m o d e rn ista s, y no se n e c e sita sin o oirlos
h a b la r p a r a co n v en cerse que m ás h a b la n com o d e m e n te s que com o
a co rd ad o s p e n sa d o re s.
(E l agnosticismo no es sino la parte negativa <le la doctrina modernista,
cuyn paite positiva consiste en la imimueucia vital: el paso de una á otra es
como se sigue. Toda religión, natural A sobrenatural, es nn hecho, y corno tal,
necesita una explicación; explicación que no se debe buscar sino dentro del
propio sujeto, ya quo por el agnosticismo se borro toda teología natural y todo
acceso & la revelación, por liaber sido recluuuulos todos los motivos de credibi­
lidad y negada la existencia de toda revelación exterior» ( 1 ).
P rim e ra a rb itra rie d a d q u im é ric a de los m o d e rn ista s, la a firm a ­
ción de q u e fu e ra d el h o m b re n o p u e d e h a b e r razó n o b je tiv a p a ra
a c e p ta r la re lig ió n . Su p ru e b a no es o tra sin o el a g n o sticism o , cuyo
a b su rd o ellos m ism os reco n o cen y q u ie re n h u ir b u sc a n d o e l m odo
d e e v ita r su s co n se c u e n c ias. ¿No s e ria lo p ru d e n te y lógico c o n c lu ir
diciendo : p u esto q u e el a g n o stic ism o n o s lle v a & la n e g a c ió n de
todo co n o cim ien to , re p u d ie m o s, co n d e n e m o s e l a g n o sticism o ? No;
lo q u e h a c e n los m o d e rn ista s es, p a r a s a lv a r ese ab ism o, a firm a r sin

(1) Hic tamen agnosticitrntu in disciplina modernistarum, nonnisi nt pura ne-


gans habenda est; positiva, a t aiant, in immanentia vitali conatituitur. Harom
nempe ad aliam ex a lte n sic procednnt Religlo, aive ea naturalu, ai ve anprana-
toratn, cea qaodlibet factum, explicationem allqoatn admittatoportet. Explicatio
autem, natniall theologia deleta aditnqne ad revelationem ob rejecta credibillta -
tío argumenta lnterclaso, immo utiam revelatione qoalibet externa penitUB nub­
láis, extra hominen Inqairltnr (nutra». (Ene. JPastendi).
fu n d a m e n to q u e h a y q u e b u s c a r en lo su je tiv o lo que la re a lid a d no
no s p u ed e d a r. ¡Q uim era y absu rd o !
«Hay, pues, qne buscar la religión en el sujeto, y liay qne buscarla y Im­
itarla en la vida humana, puesto que ella no es sino uua forma del vivir. Así
se afirma el principio de la inmanencia vital» (1).
Desde e ste c im ie n to , m á s fa n tá stic o q u e los e n su eñ o s c a b a lle re s­
cos del C aballero de la T riste F ig u ra , veam o s cóm o s u r j e todo e l
p alacio en c a n ta d o .
*Tollo fenómeno vital, como ya se lia dicho que es la religión, tiene siem­
pre alguna causa primera, que no es más que uua necesidad ó impulso n a tu ­
ral: necesidad ó iir.ptilao que en último término se reduce á. un movimiento del
corazón, que se llama sentido. Así, pues, la fe, que os el principio y funda­
mento de toda religión, puesto que étsta tiene íi Dios por objeto, no es más quo
un sentimiento íntimo que nace de la necesidad que ¿lo lo divino experimen­
tamos. Necesidad de 'o divino es ésta que uo puede ser renunciarla por nues­
tra conciencia, porque sólo se siente en ciertas y determinadas circunstancias,
y por eso tiene que estar latente y desconocida en algo más hondo y abismá­
tico que la conciencia, 6 sea en la subconcieiieia» (2).
C o n tin ú a la E ncíclica:
«¿Cómo, pregúntala alguno, esta necesidad de lo divino llega íi hacer la
religión? Contesl.au lus modernistas: La ciencia y la historia están encerradas
en los límites de los fenómenos y de la conciencia; pasar de ellos no pueden
porque se tropiezan con lo incognoscible. En su presencia la necesidad de lo
divino cxcita en el alma un sentimiento que no se funda en un juicio de la
mente y que tiene on sí mismo la divina realidad como objeto y causa íntima
suya, y que de esto modo une en cierto modo al hombre ccn Dios. Este sen­
tido es el que los modernistas llaman fe, y es comienzo de la religión. NI h a­
cen aquí punto en sus filosofías, ó mejor, en su3 delirios» (3).

(i) Eat igitur in ip90 homine quaerenda; et quoninm religin vitne qnaedam eat
forma in vita omnino bominii reperienda est. Ex boc immanentiae religiosae
principium aseeritar» (lbid.)—(2) Vitalia porro cuicacumque phaenomeni cniai-
modi r e lig io n e m esse iam dictum est, prima velati motio ex indigentia quapiam
seu impolsione est repetenda, primordio vero, si de vita preesiua loquaranr, po-
nenda aunt in motu quodam cordis, qui tennis dlcltur. Eam ob rom, i-uui religionia
objectum sit Deua, concludendum omniao eet fldem qaae initium est ao funda—
mentam cajusvis rellgioaia in sensu quodam intimo collocari debere, qui ex in­
digentia divini oriatnr. Haec porro divini indigentia, qcia nonniai certia aptisque
in complesibue sentiatur, pertinere ad conedentiae ambitum ex ee non potest;
latet autem primo infra conscientiam, seu, ut, mntnato vocabalo a moderna phi-
losophia loqauntur, in subconucientia, ubi etiam illiua radix occalta manet atqne
indeprehensa.» (lbid.J—{'i) Petet quie torean, haec divini indigentia, quam lioino
in se ipae perdpiat quo deinuui pacto iu religiouem evadat. Ad haec modernista®
scientia atque historia, inqniunt, duplici inclndantni termino; altero externo,
espectabili uirnirnm mundo, altero interno, qui est conscientin. Alterutruni nbi
D elirios, ¿ fe, son y su eñ o s de c a le n tu rie n to s to das esas a firm a ­
ciones, ta n sin otro fu n d a m e n to q u e no q u e re r a d m itir el proceso
n a tu ra l y e v id e n te del e n te n d im ie n to h u m a n o , q u e v a desde lo evi­
d e n te in m e d ia to ¿ lo e v id e n te m ed iato , y de a q u í & lo cierto y desde
esto v a fo rm an d o el edificio de su s co n o cim ien to s.
D elirios ta n a rb itra rio s com o q u e n i los pro p io s m o d e rn ista s co in ­
cid en eu la ex p licació n y a lc a n c e de la iu in a u e u c ia . Si B ossuet le
dijo al p ro te sta n tism o : V a ría s, lu e g o n o tie n e s la v e rd ad ; cu á n to
m á s podrem os d e c ir al m o d ern ism o : No tie n e s n o cio n es tija s y c la ­
ra s, lu e g o e re s d elirio .
P o rq u e , «si h em o s de c re e r á F o n se g riv e , el m étodo d e in m a n e n ­
cia co n siste en o c u p a r la posición d e los d iscíp u lo s d e Ivant, en no
la n z a rse fu e ra de sí ap o y ad o s so b re p rin c ip io s á q u e m u y á la lig e ra
se ro n ced e v a lo r objetivo y en rio p re o c u p a rse m á s q u e de o rd e n a r
las id e as, c la sific a rlas, a rm o n iz a rla s , etc.» ( 1 ) ; se g ú n M. l'ab b é
Cli. D enis, «es la e x iste n c ia del su je to en el m ism o su jeta; hacem o s
uso in m a n e n te de la v o lu n ta d , de la razó n y de la acción cu a n d o
nos serv im o s de e lla s e x c lu siv a m e n te p a ra c o o rd in a r los datos q u e
el ejercicio e x p e rim e n ta l de e sta s m ism a s fa c u lta d e s nos s u m in is ­
tra»; y a ñ a d e : «que el fu n d a m e n to y b ase de la filosolia m o d e rn a es
la au to n o m ía , es d e c ir, el a trib u to de la v o lu n ta d , de .a razó n , d e 1
a lm a to d a de d a rse k si m ism a la ley de la v o lu n ta d del p e n s a m ie n ­
to de la v ida in te rio r p o r m ed io de u n acto reflejo; y , p o r el c o n tra ­
rio , re c ib ir e sta ley del e x te rio r, com o im p u e s ta por u n a g e n te e x ­
tra ñ o , es h e te ro n o m ia m o ral in te le c tu a l ó re lig io sa » ( 2). Es m ás
exp lícito B lo u d el. P a ra é l e l p rin c ip io d e iu m a n e n c ia co n siste «en
que n a d a p u e d e a d m itir el h o m b re q u e n o s a lg a del m ism o h o m b re,
y q u e de a lg u n a m a n e ra no co rresp o n d a k la ex p a n sió n de su e sp í­
ritu » (3). «Ni se debe s u p o n e r lo s o b re n a tu ra l com o e x iste n te , sino
d e m o stra r q u e es ex ig id o por el p e n sa m ie n to y la acción» (4). M on-

attingant, ultra quo procedant non habent: hos enim praeter fines adest Incognos-
cibile. Coram hec incognoacibili sive íllud sit extra hominem ultraque aspectabilem
naturam, remen, eive intua in anbconscientia lateat indigectia dirini in animo ad
leligionem prono, nullo secundum fideismi bu¡U, priieverlenle lueulia iudiuio,
peculiarcm quemdnm commovet eensam; hic yero divinain ipeatn r c a l i t n t c m tum
tainquam obiectum tum tamquam sui cansam intiman], in Be implicatam hnbet at-
que hominem quodammodo cum Deo conjungit. Est porro hic sensns quem mo-
dernistae fidei nomine appellant, eatque illis religioniB initium. Sed non hic pliilo-
sopbaodi, seu rectiua delirandi finis.—(I¡ La Quinzaine, Enero, 1897.—(2) Annal.
de Fhil. chrel., Julio de 1807-Abril, 1898.— (3) Ibid., Enero á Julio de 1806.—
4) Annal. Letíre., Enero 1890, p. 272.
s ie u r E. Le Roy es d el m ism o p a re c e r; p a ra él todo lo q u e es ra d ic a l­
m e n te c o n tra rio á la in m a n e n c ia , c u a n to se im p o n e de fu e ra com o
u n d o g m a , es u n a re stric c ió n de la lih e rta d in v e s tig a d o ra , es u n a
a m e n a z a de tir a n ía in te le c tu a l (1). L a b e rth o n n ié re p re te n d e e x p lic a r
la in m a n e n c ia p o r la p e n e tra c ió n d el in flu jo s o b re n a tu ra l en n u e s ­
tr a v id a: «Por la g r a c ia —d ice—p e n e tra en n o so tro s lo so b re n a tu ra l,
y , & p e s a r de lo lie te ro g é n e o 'd e los ó rd en es n a tu ra l y s o b re n a tu ra l,
h a y en n o so tro s u n id a d de v id a p o r u n m odo de in m a n e n c ia » (2 ).
¿H asta dónde lle g a e s ta p en e tra c ió n ? H a sta el p u n to de q u e «la a c ­
ción q n e c o n stitu y e la b ase y fu n d a m e n to de n u e s tr a v id a se h a lla
de h ech o in fo rm a d a s o b re n a tu ra lm e n te p o r Dios». Esto" su p u e sto ,
ex p lica el paso de la in m a n e n c ia á la tra s c e n d e n c ia , p o rq u e «en la
n a tu ra le z a , n o en c u a n to ta l, sino en c u a n to in fo rm a d a p o r la g r a ­
c ia so b re n a tu ra l, h a y e x ig e n c ia s d e lo s o b re n a tu ra l» (3). E n este
sen tid o de in tim id a d y p e rm a n e n c ia e n tie n d e la sig n ifica ció n in m a ­
n e n te B u isso n cu a n d o h a b la de «Dios in m a n e n te en el h o m b re» , de
«Dios qu e e n c a rn a sin c e sa r en la h u m a n id a d » ; su fó rm u la es: «Soy
h o m b re y n a d a divino m e es e x tra ñ o » (4).
Las m ism a s afirm a c io n es g r a tu ita s y o n d u la n te s, v a g a s y q u in ­
ta e se n c ia d a s en los d e m á s lib ro s de los m o d e rn ista s. Los c a b a lle ro s
d el E sp íritu S anto q u e se re ú n e n en los c o n v e n tíc u lo s p re sid id o s
por S elva y B en ed etto en II Sanio de F ogazzaro , no sa b e n la re li­
g ió n , n i q u ie re n a p re n d e rla , n i la p re te n d e n d e fe n d e r (lie a q u í el
agnosticism o ); pero no les h a c e fa lta eso p o rq u e la v iv e n , se u n e n
se n sib le m e n te en Cristo la te n te en su s a lm a s y re p ite n fan ático s
a q u e lla s p a la b ra s d e l E v a n g e lio p é sim a m e n te ap licad as: Ut sint
•unvm siciil et nos. ¡Sean u n o s com o T ú y Yo! B en ed etto , el sa n to m o ­
d e rn ista , tie n e otro ta n to de ilu so y todo lo q u ie re reso lv er con ese
se n tim ie n to de p ied ad , p ro p en so ¿ in f in ita s in te rp re ta cio n e s, q u e lo
m ism o le llev a á v iv ir en m o n a ste rio sin q u e re r h á b ito relig io so , q u e
á h a b ita r u n a ch o za, q u e k a s is tir á los c o n v e n tíc u lo s h eterodoxos,
q ue á v is ita r k Pío X , q u e á los m in istro s de V ícto r M anuel III; todo
eu este fan ático e s tá á m erced de la im p resió n fa n tá stic a q u e le c a u ­
se la desvelación de u u a n o ch e m a l cen ad o , ó el a te rim ie n to de u n a
m o ja d u ra , ó el susto del h u r a c á n ó el r u g ir y e s p u m a je a r de u n rio
desbordado; B en ed etto irá al im p u lso del lla m a d o sentimiento reli-

(1) l a Quinzaine, 10 Abril 1905.—(2) Estáis dePhil. Relig., p. 109.—(3) LeProbl.


relig., p. 21.—(-4) La Religión, la Moral et la Seientie, p. 255. Véase Razón y Fe.
Octubre 1908, p. 45 y 17.
j/ioso. Im a g e n de los m o d e rn ista s q n e son, com o y a dijo S an J u d a s :
nubes sineaqua, n u b e s v a c ía s q u e el v ie n to la s e m p u ja .
M. Jo sé S erre q u ie re c u b rir ta n ta q u im e ra y g r a tu ita afirm ació n
con n o m b re s, con m u c h o s n o m b re s, e s d e c ir, con p a la b ra s y m á s
p a la b ra s:
<La razón y '.a ciencia son cierto impotentes para decirnos el más allá do
nuestra vida y de nuestra alma; poro ¿es qne d o hay en el hombre sino razón
y ciencia? ¿Es que 110 hay otra facultad más elevada que 80 llama fe, corazón,
intuición, misticismo, sentimiento de lo divino? Ante ésta el agnosticismo ex­
pira» (1).
p o b r e s m o d e rn ista s! |M ás d e sg ra c ia d o s q u e la h e ro ín a de S h ak s-
p e a re , lad y M aclib eth , no se p u e d e n la y a r d e l c rim e n com etido al
q u e re r m a ta r en el h o m b re l a c e rtid u m b re de u n conocim iento! Ese
es el re m o rd im ie n to q u e los p e rs ig u e y q u e v a n a m e n te q u ie re n
a c a lla r. A c u m u la n n o m b re s y n o m b res ta n m a l ap a re ja d o s com o
fe é in tu ic ió n , m istic ism o y corazón, in tu ic ió n y s e n tim ie n to .
¡C uán a p re ta d o s se v e ría n si les p id ié ra m o s d efiniciones c la ra s y
p re c isa s de u n a fe q u e n o cree, de u n a in tu ic ió n que no ve, de u n
corazón q u e no p u ed e la tir p o rq u e 110 tie n e en n n eim ien to , de un
m isticism o sin só lid a b ase, de u n s e n tim ie n to q u e es irracio n al!
Nubes s im aqua, qnae a veníis c im m /e ru u tn r (2). ¡N ubes v a c ía s, tr a í­
d a s y lle v a d a s p o r los vientos!
Y m en o s m a l si uu fu e ra u m ás q u e q u im é ric as esta s d o c trin a s
m o d ern ista s; pero son ta m b ié n

II

Absurdas y heréticas en su desarrollo.

M uchas son la s m a n e ra s com o esto s h ijo s de B elial d isfra z a n y


v e n d e n su s m e rc a n c ía s, y m u c h a s la s co n tra d ic c io n es eu q u e in c u ­
rre n . Pero c o n v ie n e n en d ife re n te s a firm a c io n e s q u e so u [desarrollo
n a tu ra l de la d o c triu a in m a n e n tis ta .
L a p rim e ra q u e la E n cíclica p one d e re lie v e es la n e g a ció n del
o rd en sobren» tn r a l, de la g r a c ia s o b re n a tu ra l, de la f« so b re n a tu ra l.
E n efecto, s e g ú n esto s se c ta rio s, e l h o m b re tie n e v e rd a d e ra neco-

(1) Serre, La Justice Social?, 2 Noviembre A 7 Diciembre 1907.—(2) Jud.


Epist., v. 12
sid a d de lo s o b re n a tu ra l; e s ta n e c e sid a d se e x c ita con el a g n o stic is­
m o y es la q u e d e sp ie rta e l s e n tim ie n to relig io so ; este se n tim ie n to
relig io so , n a tu r a l en el a lm a y d e sp e rta d o n a tu ra lm e n te en ella, e s
la fe, q u e es e l p rin c ip io de to d a n u e s tr a re lig ió n . ¿Dúudé estA lo so­
b re n a tu ra l? N a tu ra l e s la in d ig e n c ia d el a lm a , n a tu ra l el se n tim ie n ­
to relig io so la te n te en la su b c o n c ie n c ia , n a tu r a l su ex citació n y n a ­
tu ra l su d esarro llo . L uego p a r a n a d a h a c e fa lta g ra c ia so b re n a tu ra l.
«El sentimiento religioso, pues, que brota d élo íntimo de la subconciencia
por la inmanencia vital os el germen de la religión y de la razón última ele
cuanto hubo y hay en ella. Primero estaba rudo y amorfo esto sentimiento,
pero poco ¡i poco y por obra del secreto principio que lo originó, creció al
mismo paso que el progreso moderno, cuya forma es una dé sus manifesta­
ciones. l'a teuemos el origen de toda religión, aún do la sobrenatural, porque
todas ollas no liaeec sino desarrollarlo. Nadie exceptúe la do Jesucristo, por­
que es en este igual i'i las demás; y ella nació por esto proceso do inmanencia
vital en el alma de aquel hombre períectísimo que se llamó Cristo >.
«Blasfemia que hurrurizm'á ú. loa que Li oigan; jteru que ¡mr desdicha no
la repiten sólo los hombres incrédulos. Católicos liay y sacerdotes, no pocos,,
que lian enseñado c3tos absurdos, y que con ellos quieren reforma;-la Iglesia.
Ya 110 so trata del antiguo error en que se liada lo sobrenatural como necesi­
dad do la naturaleza humano; ahora k c lia avanzado nías y so dico quo nues­
tra santísima religión brotó natural y espontáneamente en tíl alma de Jesu­
cristo, como en las nuestras. Nada más &propósito, por cierto, para concluir
«nn el orden sobrenatural; poroso el Concilio Vaticano decretó: cSi alguno di­
jere que el hombre no puede ser por Dios elevado í conocimiento y perfec­
ción sobrenatural, sino que puede y debe por sí mismo y por continuo pro­
greso llegar al fin á la posesión de toda verdad y de todo bien; sea
anatema» (1).

(1) JReligimms igilur Heneas qui per vitalem (mmanentiam e latebria subcon-
scicntiac orumpit germen est totius religionie ac ratio pariter omnium quae in ro
ligione qunvis fuere aut sant futura. Budis quiilem iuitio ac pene informis
eiosmodi sensua p&alatim atque intíuxu illius arcani principii unde ortum
habnit, adolevit una cum progresan humanae vitae, cnins, ut diximus, qnaedani
est forma. Habemue igitnr religionis cuiuslibet etiam eupernaturalis originen);
sunt nempe illae religiosi sena as merae explica tiones. Nec quis catbolicam ex-
ceptam putet, immo vero ceteria omnino parem; nam ea in conscieDtia Chriati,
electieaimae natnrae viri, cuiusmodi nemo ullua fuit nec erit, vitalis imuianen-
tiae, non aliter, nata est. Stnpent profecto, qui hocc nuíiant, taatem ad adea-
rendum audaniam, tantum aanrilpginm. Attnmen, Ven. FF., non haecaunt solurn
ab incredulis effutita temere. Catholici homines, immo vero e sacerdotibas plu-
res, linee palam edisaerunt talibuaque deliramentis Ecclesiam -se instauraturos
iactant. Non heic iam de veteri errore agitar, quo naturae humanae euperaatu-
ralis ordmia velnti iua tribaebatur. Longius adnodum processum est; ut nempe
Bunclissima Religlo nostra in homlne Chrfsto aeque ac in nobis a natura, ex se
D estru id o el o rd e n so b re n a tu ra l y h e c h a la re lig ió n , p a trim o n io
d el se n tim ie n to y de u n o s pocos fa n á tic o s ó fa n a tiz a d o s, q u e til cabo
todo v e n d ría en eso ti p a ra r, d a n los m o d e rn ista s otro paso no m e n o s
fu n esto , p ern icio so y e rró n e o . L a re lig ió n , d icen , se debe m ira r ú n i­
c a m e n te com o a lg o p rá c tic o ; ln esp ecu lació n se debe c o m p le ta m e n ­
te p ro sc rib ir; b o rra n de u n a p lu m a d a el credo y se q u ed au con los
m a n d a m ie n to s, y u tiu casi con los m a n d a m ie n to s de la se c u n d a ta ­
b la; los d e b e re s p a ra con Dios ¿no tie n e n alg o y m ucho de esp ecu ­
lativos?
N u estro s m o d e rn ista s v a n ellos p o r sí solos á, d e c la ra rs e u sa n d o
el le n g u a je , no desconocido en n u e s tra p a tria , de cierto a m o r, cier­
to h u m a n ita ris m o , c ie rta s v irtu d e s n a tu ra le s q u e sin fe no sirv en
de n a d a p a ra el cielo.
Le SW.on , A sociación fra n c e sa de jó v e n e s so ciales e x te n d id a en
n u m e ro so s c e n tro s, p erió d ico s y re v ista s, y en cuyo seno se h a n fa­
vorecido h o m b re s y te n d e n c ia s m o d e rn ista s, e scrib ía en 1809 e n u n a
especie de p ro g ra m a ó m an ifiesto :
«En resumen, déjese más sitio íi La vida cristiana en su forma sentimental,
íntima y personal, también en sil forma social, común y eclesiástica, en estas
dos formas qito son tan reales, tan fecundas. tan aptas para completarse la una
á la otra y á peileccionarsc mutuamente, y déjese menos lugar ;í la especula­
ción racional, á eso que se lkuna filosofía y <[lie tle filosofía tiene sólo la apa­
riencia, porque son sistemas de ideas que no se acercan ni so ívladuimu 1:011
la lógica viviente, cou la razón práctica; son ¡rroducaión del cerebro y no de
toda el alma, y eo han recibido la consagración vivificadora quo da la con­
ciencia social de la Iglesia ú las ideas fecundas, á las aproximaciones vealo*
de ln verdad inexpresable. >

B ien claro a p a re c e e n todo ese fra g m e n to el v iru s de a g n o stic is­


m o y de in m a n o n tism o , q u e lle v a al d e s p re c b de la v erdad e sp ecu ­
la tiv a y de la filosofía.
Mr. M arc. R ifaux se e x p lic a con m a y o r cla rid a d :
«Lo (pío míis nos hace falta quizás, lo fpic nos es menester niayormcut<.>
para atraer ¡i la doclríua de Cristo el respeto tic ios iiik.'lcctualcs es el senti­
miento de la relatividad de todo lo que somos y tambiún de nuestros ]uvjpio.-‘

suaqae aponte, edita alTirmetur. Hoc autem nll profecto aptius ad oiunem super-
naturalein ordineui abolenduin. Quare á Vaticana Synodo ¡ore sumwo sancituni
fuit: Si quia dixerit homineni ad cognilionein et perjectionem quae natnruleni supe-
ret, divinittu evelti non posee sed ex seipso ad omnis tándem veri et boxi posas-
ssionem iugi profictupertingerepo&ue et debere, a. «. (De Revel. can. 3). Encíclica
Paacendi.
pensamientos. Somos dogmáticos con exceso: cosa, claro está, bien naturaL
Los que se creen en posesión de lina verdad revelada tienen derecho de
liaolar alto y fuerte: y al obrar así no nos damos cuenta que ponemos mucho
de amor propio en la expresión de la verdad. Sin duda en nosotros hay algo
eterno; pero ¿no será eso un pensamiento que los hombres formnlan así, ó asf,
segfln las circunstancias de tiempo y do lugar y cuyas fórmulas recibirán tan­
tas interpretaciones como entendimientos? Decir otra cosa es palmaria contra­
dicción. Lo cual es porque la verdad no es patrimonio del pensamiento, ui de
la concepción, ui del discurso, no es propiciad del entendimiento... La ver­
dad, en rigor, no se posee, la verdad se vive, que es mejor / (1).
M r. Jos. fierre, en a rtíc u lo s y a m en cio n ad o s:
< ¿Qué es (ui dogma? Digamos con la escuela contemporánea y con la Igle­
sia, que el dogma católico es práctico. Qne enuncia, no única, sino esencialmen­
te una prescripción tle orden práctico; que es más que todo la fórmula do una
regla de conducta. Creo en el dogma, porque es vida y acción; porque ln acti­
tud moral suya es la santidad.»
«El pragmatismo nos demuestra qne si la creencia en l)ios os verdadera,
<lebe transformar nuestra experiencia; y esta es su verdadera significación. La
controversia de la existoneia de Dios, tan trivial en su aspecto académico y
teológico toma sentido trágico en sus resultados positivos.. Vivamos primero
y como mejor podamos, y después veudráu los principios dogmáticos; recemos
primero la oración de Cristo, después estableceremos sn filosofía; primero la
vida, después la doctrina..»
EL fam oso a b a te R óm ulo M urri, sobre s u p o lé m ic a con los socia­
lista s, esc rib ía :
iT uestro Dios es en verdad mejor que el que (socialistas) y (católicos)
imaginan. Él, que liacc descender el sol y la lluvia sobre los justos y los in­
justos y no vino ¡i buscar á los buenos, sino á los que habían perecido para
qne se salvaran. La religión para nosotros se manifiesta en la vida pública,
no sugiriendo éste ó aquél programa, sino dirigiendo los ánimos á la honesti­
dad, la justicia y el bien. Nosotros decimos al proletario: Tenemos algo que
pedirte y que sugerirte y es tu libre consentimiento para una religión espiritual
y de amor y de justicia, pero no tenemos nada que imponerte, y siempre que
se trate de justicia ó de tu elevación civil nos tendrás contigo, y para ti vayas
<>no á la Iglesia, to gobierne Turati ó Ciccotti ú otro cualquiera» (2).
El ab o g ad o ita lia n o M eda dió en 1906 u n a c o n fe re n cia e n e l C írcu ­
lo u n iv e rs ita rio de R om a. F u é te m a de e lla la u n ió n de los c a tó li­
cos, y la p rim e ra base p a ra c o n s e g u irla d ecía h a b ía de se r ésta:
«Dejar aparto 1a causa de la religión y dirigir hacia otro latió las fuerzas
que hasta ahora se reunieron en torno de ella. Porque (nótense Lien estas pa­
labras) es preciso ipie rl conflicto preponderante religioso pase á segunda lí-

(I) Retour au cal/iolic., p. 107.—(2) Modernismo y modarnistas, p. 3*1, 372.


n e a y a q u e tiene ocupadas inútilmente fuerzas que podían gastarse ea otro
campo con inmediata ventaja de la misma cnusa católica» (1).
De a q u í á las v irtu d e s n a tu r a le s , u n paso.
E l a b a te N a u d e t escribe:
«En nuestra educación y formación del hombro interior se lian olvidado
qukás demasiado las virtudes naturales para ocuparse exclusivamente do las
sobrenaturales... Prodiguemos A nuestra juventud la prudencia, la justicia, la
fortaleza y l;i lempluuza; llagamos de ellos Ilumines y estillemos más seguros
de hacer cristianos > (2).
T de a q u í & a firm a r q u e e sa s v irtu d e s n a tu ra le s , las ú n ic a s de
e stim a , d o a d o rn a n & los católicos, sin o á los a m e ric a n is ta s , á los
m o d e rn ista s, á los h e te ro d o x o s, n i el ta n to de u n a u ñ a:
«No Coti’i el mayor peligro para íu vida moml en el <juc lir.ii incurrido los
c-atól icos cou el aislamiento social en que se lian encerrado, sino pie aún pa­
recen :i veces menos aptos quo sus adversarios, los 1lijos dol espíritu moder­
no, para la práctica de ciertas virtudes naturales y sociales que nuestra
democracia, con justo título estima mucho, y que el ilustre P. Hecker reco­
mendaba ú la consideración de los católicos americanos. T*i probidad eu los
negocios, la fidelidad en guardar la palabra empellada, el ardor en el trabajo,
la rectitud en pagar los tributos ó las deudas, la honradez perfecta electoral,
todas estas virtudes y otras parecidas no encuentran ontre los liijos do la tra ­
dición la acogida entusiasta que sería de desear, y así se acredita la opiuión
de que los qne se quieren hacer pasar como representantes de la virtud, ñola
practican» (3).
P a ra d a r u n so lem n e m e n tís á ta le s afirm a c io n es, que eu E sp a ñ a
se su elen re p e tir d isfrazad as de an g lo -sa jo n ism o , b a sta h o je a r la h i s ­
to ria de los Concilios, la s leyes e sc rita s p o r San F e rn a n d o , A lonso el
S abio, C a rlo m a g n o .S a n L u is y S an E s te b a n d e H u n g ría , el e sp íritu r a n ­
cio y cab allero so q u e a ú n v iv e e n los cam p o s ad o n d e no lia lleg a d o
el lib eralism o y la d e g ra d a c ió n m o ra l, e n todos los ó rd e n e s q u e p ro ­
d u ce la p re n s a , los esp ectácu lo s y la v id a d el p ro g re so m o derno. E sta
es la ú u ic a y v e rd a d e ra c a u sa de la h o lg a z a n e ría , de la d e p re d a ­
ción b u ro c rá tic a , del ag io , de la u s u ra , de la fa lsía y m e n tira , da la
tira n ía y o p resió n de los desv alid o s. Pero se tra ta de in s u lta r á los
católicos, «hijos de la tra d ic ió n » , y p a ra eso h a y q u e p o n er p o r la s
n u b e s & los im píos, á. los h e re je s, á los p e rju ro s, á loe que no h a n
sabido m ás q u e n e g a r á Dios su s derech o s. ¿Cómo re s p e ta rá n los de
su s lierw a u o s?

(I) Ibid., 370.—(3) Notre devoir sociale. París.—i'lamtnarion, p. t>5, 07.—(3) La


crite des temps noavella, P. Bureau, p. 241.
P a n o ra m a d e todo e ste su jetiv iam o relig io so con to d as su s fa ta ­
les co n se c u e n c ias nos ofrecen e sta s p a la b ra s de F c n s e g riv e , g r a n
p a la d in del m o d ern ism o :
«La religión me parccc un sistema de creencias y prácticas que tienen por
fin ostablecer la comunión tío todas las almos, ln multiplicación del goce indi­
vidual por el goce (lo todos. Toda idea quo tienda á eso ee idea religiosa. Todo
sentimiento que nos empuja á la armonía, al gozo uni^orsal es un sentimiento
religioso. Así, pues, lns socialistas, hambrientos do justicia, lns Anarquistas que
qideren acabar con las leyes pava tener paz, tienen id ruis y sentimientos reli­
giosos. Pero no llegan á conseguir lo que es religión.
»La religión propiamente es trascendental, aspira a la coninnión entre los
hombres, al desarrollo completo de la vida; pero conociendo, ni par que estas
altas ambiciones, la imposibilidad quo tiene el liombre de conseguirlas, porque
en suma el hombre no puede ser Dios, que es fi lo que aspira. Entonces es
cuando se acuerda de Dios, y lo llama como H poder sobrehumano, apela íi su
gracia para llegarse á Él y realizar on É l y por É l la comunión de todos los
hombros. Son, pues, los elementos de toda religión, la aspiración del hombre
¡í divinizarse, la existencia de Dios, la gracia de Dios; y Ja única religión po­
sitiva que ha comprendido esto es el cristianismo, y por eso no morirá, por eso
es la verdadera. Morirán las formas religiosas que no son adecuadas á los (la­
tos esenciales del problema religioso, como, por ejemplo, en el cristianismo las
Jornias restrictivas del protestantismo, que tienden á borrar la trascenden­
cia, lo sobrenatural y la gracia. En el catolicismo no puede haber destrucción,
sino concentración, que se opera sin evolución, propiamente dicha, sino con
ritla y j>ru;peso 1insta tomar una furnia específicamente diferente, pero sin
imitación de forma (?). Todos los fenómenos ¿i que asistimos como laicisación
progresiva del Estado, desaparición de ciertos hábitos intelectuales, mina de
ciertas formas disciplinarias, no ea más que ol resultado do ln ley de división
del trabajo. Continuamente ln religión toma conciencia do el y posesión de su
terreno propio, que no es el foro, ni la escuela, ni la ciencia orofana, sino la
comunicación espiritual del hombre con Dios y por Dios con todos si;s her­
manos, en el tiempo y más allá » (1).
Y a en e sta s d e c la ra c io n e s se v e n los a b su rd o s ú ltim o s h q u e ta n to
e rro r em p u ja ; p ero a u te s de v e rlo en to d a sn d e sn u d ez y feald a d ,
se rá buen o re c o rd a r la d o c trin a c a tó lic a sob re el a cto de n u e s tra fe,
a b ie rta m e n te o p u e sta a l su je tiv ism o m o d e rn ista : esto no s ilu s tra r á ,
é ilu strá n d o n o s, nos p ro p o rc io n a rá la m e jo r re fu ta c ió n de todo lo
h a s ta a q u í d eclarad o .
F e sig n ific a , h a s ta en el le n g u a je co m ú n , el acto de a se n tim ie n to
p re sta d o á q u ie n afirm a algo b a jo su p a la b ra , y uo liay acto m ás
c o m ú n y n e c e sa rio en la v id a h u m a n a . F e tie n e el niüo en su p a d re ,
q u e le a d o c trin a y a m a e s tra e n los p rim e ro s alb o res de s u vida; fe
tie n e el d isc íp u lo en la e n s e ñ a n z a d el m a e stro , q u e recibe de sus
labios; p o r fe afirm am o s los h ech o s h istó rico s que ó los d o cu m en to s
4 las h isto ria s n o s a s e v e ra n , y a sí fe h u m a n a es la que nos im p o n e
e n q u ié n fu é Ciro y A lejan d ro y D arío, A ntonio y C leo p atra, C ésar y
P om peyo, V irg ilio y C icerón, C a rlo m a g n o y P ip in o, Ja im e el C on­
q u is ta d o r y S an F e rn a n d o , y en e 9a íe h u m a n a se a s ie n ta la h isto ­
ria p o lític a , filosófica, lite r a r ia y a d m in is tra tiv a de los pu eb lo s de
ay er; ¿ q u é más?: en ú ltim a ro so lu ció n , p o r fe a firm am o s la com po­
sición, e s tru c tu ra y peso de los astro s; p o r fe la d im e n sió n y form a
y com posición de la tie rra ; p o r fe l a n a tu ra le z a y p ro p ied a d es d e los
c u e rp o s y loa efectos de los a g e n te s físicos, y fo y no m ás que fe, y
ta u tn s veces im p ru d e n te , es la q u e á la c o n tin u a p re stam o s á las
in fo rm a c io n e s de v ia je ro s, á las n o ticias del te lé g ra fo , del teléfono
y del p erió d ico . Es q u e la fe h u m a n a es la base de n u e s tra v ida.
P u es b ie n . Dios N uestro Señor h a q u e rid o h a c e r ta m b ié n de la fe
b a se de n u e s tr a v id a s o b re n a tu ra l sptrandarum subslantia rerum y
a rg u m e n to de lo in v isib le , argum enhm non apparentium: y así com o
a q u e lla fe h u m a n a , así e sta fe d iv in a es fo rm a lm e n te c o n sid e ra d a acto
y h á b ito de n u e stro e n te n d im ie n to , no afecto de n u e s tra v o lu n ta d .
L a d ife re n c ia e se n c ia l q u e m ed ia e n tre ¡a fe h u m a n a y la d iv in a
es q u e a q u é lla so a p o y a en la a se v e ra ció n d el h o m b re , é s ta e n la
de Dios; a q u é lla p u e d e c a e r con lo cad u co , é s ta es m ás firm e q u e
ro ca se c u la r; a q u é lla es la c a ñ a q u e a l q u e b ra rse p u ed e sa c a r sa n g re
a l q u e se a p o y a b a en ella, é sta es la c o lu m n a in c o n m o v ib le que no
te m e ni a g u a c e ro s de in v ie rn o n i p o testad es d e l in fiern o c o n tra e lla
■conjuradas.
L a R elig ió n C atólica, p u e s, se a p o ja en e s ta v ir tu d in te le c tu a l
de la fe, q u e es com ienzo, raíz y fu n d a m e n to de la v id a s o b re n a tu ­
ra l, pero q u e no se p u ed e lla m a r en el sen tid o u su a l de e sta
p a la b ra .
Como acto in te le c tu a l, el de la fe no es im p ru d e n te , n i cieg o , n i
in stin tiv o , sino el razonable obsequio de q u e nos h a b la S an P ablo; y
p o r eso podem os y d ebem os u sa r de n u e s tr a razón p a ra conocer los
m otivos de n u e s tra c re d ib ilid a d , c u l u o la usam os p a ra d a r p o r b u e ­
n a la a u to rid a d de u n te stig o y la c e rtid u m b re de su n a rra c ió n te s­
tim o n ia l.
P u es b ie n , ¿qué h o m b re q u e te n g a id e a de D ios no c o n ce d e rá
com o e v id e n tísim o q u e Dios no p u e d e m e n tir? Impossibile est men-
tir i Drnrn; im p o sib le ea la m e n tira en Dios: im p o sib le tn m b ié n la
ig n o ra n c ia . T e stig o s los m ism os g e n tile s q u e n u n c a d u d a ro n de q u e
e a Dios no p o d ía c a e r n i ig n o ra n c ia n i m e n tira .
Todo el tra b a jo de la c re d ib ilid a d e stá e n sa b e r con c e rtid u m b re
q u e D ios es el q u e h a h ab lad o , y e sa c e rtid u m b re es ]a que p u ed e te n e r
n u e stro e n te n d im ie n to , p a ra q u e no sean e x cu sab les los in c ré d u lo s.
D o ctrin a es e sta de la Ig le s ia p ro p u e sta p o r Pío IX y p o r e l C on­
cilio V atican o . Pío IX:
«Ciuiu admirables, cuín csnlOiiilklos argumentos sa nos ofrecen con f;wili-
ilatl, por los cuales la rozón humana evidentísimnmente queda convencida de
que es divina la Religión Católica* (1).
El V aticano:
«Para qne el obsequio de nnostra fe sea conforme á nuestra razón, quiso
Dios Nuestro Señor q.ie ¿i los interiores auxilios del Espíritu Santo so junta­
sen argumentos do su revelación, es dotar, hcclio3 divinos, y en primer térmi­
no milagros y profecías, r^ue siendo como son testimonios evidentes de la om­
nipotencia y saber infinito tle Dios, son al mismo tiempo signos certísimos de
la revelación divina, acomodados íi toda3 las capacidades» (2).
A hora b ie n , ¿cuáles y c u á n to s son estos m otivos de ev id e n te c r e ­
dib ilid ad ? C uales y c u a n to s no los h a te n id o n u n c a certeza n in g u n a
a d m itid a e n tre los h o m b re s p o r irre fra g a b le .
L a a n tig ü e d a d n u n c a in te rru m p id a de u n a d o c trin a p ro fesa d a y
d e fe n d id a p o r g e n e ra c io n e s sin c u e n to ; la su b lim id a d y s a n tid a d d e
s u s d o g m a s y su s precep to s; la a u to rid a d d e u n a n u b e de te stig o s
q u e ¿ m illa re s y á m illones la h a n co n firm ad o con su sa n g re ; la in ­
te rv e n c ió n in d u b ita b le de la m an o p o d ero sa d e Dios, q u e p o r m ila ­
g ro s y profecías h a re v a lid a d o la p re d ic a c ió n d el E v an g elio ; la p ro ­
p a g a c ió n y con serv ació n de u n a Ig le s ia sie m p re d e sv a lid a de fa ­
v o r h u m a n o , y siem p re v en ced o ra de E m p e ra d o re s ro m a n o s, C alifa»
m a h o m e ta n o s, cau d illo s b á rb a ro s, P rin c ip e s a p ó sta ta s, sab io s o rg u -

(1} Quam mira, quam aplendida praeato Bunt argumenta quibns humana ratio
luculentifláme evinci onmino debet divinam esse Chriflti reUgíonem. (Encíclica
Qui pltcribus, 9 Noviembre 18461.— (2) Ut nihilominua fldei nystrae obaequi'jin
rdtioni consentanenm eaBCt voluit Deua cam i otomía Spiritaa Sancti anxiliie iangi
revelationis s'iae argumenta, faeta seil. divina, atque imprimía miníenla et pro-
phetiae, qnaecum Dei omnipotentíam et infinitam Bcientiam luculenter common-
atrent, divinae revelationis signa sunt certissima et omnium intellígentiia accom-
modata. (Cons. Dei Füius, c. 1).
liosos, n ac io n e s e n e m ig a s, y de c u a n to de p oder, de fu erza, de p re s ­
tig io , de riq u e z a se tie n e en e l m u n d o , son te stim o n io s e v id e n te s
q u e b a s ta n en el uso h u m a n o p a r a h a c e r creible u n a d o c trin a , y
q u e e stá n en los ojes de todos d e m o stra n d o q u e D io se s el que h a b la
en n u e s tra re lig ió n , y ta n to , q u e vi3tas esas se ü a le s de la d iv in a in ­
te rv e n c ió n se e x c la m a con C asiano: Dios ha hablado; su palabra ha
de ser Ja suprema razón; no más argumentos, no más disputas, baste
para cveer la autoridad del que me habla (1).
P o r eso los p ad res y docto res de la Ig le s ia lla m a n n ece d ad y d u re z a
el no a b r ir los ojos á la lu z c la rís im a de ta n to s m otivos. F a d liu s dulri-
tarem Tivtre me e sc rib e Sun A gustín e n sn s C onfesiones quam esse vera
qnae andivi (2): Más fác ilm e n te d u d a ría yo d e m i e x iste n c ia q u e de
la v e rd a d de la d o c trin a cató lica; y Pico d e la M irá n d u la: Magna in ­
sania est Evangelio non credere euius veritatem sanguis m a rlym m cla-
m at, Apostolicae vesunant voces, prodigia probant,rutio confirmal, ele­
menta loqmtnlur, daemones con/iCcutur (3). L o cu ra y n ecedad es no
c re e r en el E v a n g e lio , c u y a v erd ad p re g o n a la s a n g re de los m á rtire s,
a te s tig u a n las voces de los apóstoles, p ru e b a n los m ila g ro s, c o n fir­
m a la razón, d e c la ra n los e lem en to s y h a s ta los d em onios confiesan.
P o r eso desd e el p rin cip io del c ristia n ism o h a s ta n u e stro s d ía s
no h a n cesado los e scrito res eclesiásticos de o b te n e r con ellos g r a n ­
des y sa lu d a b le s triu n fo s: T e rtu lia n o , San J u s tin o , l.ac tan c io , Teófilo
de A n tio q u ia, O ríg en es, San J u a n C risóstom o, San A g u stín , E u seb io ,
A rnobio , V icen te de L c rín s sob re el g e n tilism o ro m ano; y de los b á r ­
b aro s en los p rim e ro s sig lo s: Santo T om ás, el F e rra rie n se , M iguel
M edina, el c a rd e n a l B elarm in o , el P. G regorio de V alen cia, B artolo­
m é M ed in a, el v e n e ra b le P. L u is de G ra n a d a , fray L uis de León y
m u c h isim o s m á s c o n tra los h e r e je s p a g a n iz a d o s de los tiem pos a n ­
te rio re s , y en n u e stro s d ias u n a m u c h e d u m b re sin n ú m e ro , e n tre
los que d e sc u e lla n el c a rd e n a l F ra u z e lin , el c a rd e n a l M azzella, B al-
m es, el P. C eballos, el P . A lv a ra d o , y e n g e n e ra l los po lem istas y p e ­
rio d ista s católicos, com o T.uis V e u illo t, el P . M ateos G ago, D. F élix
S a rd á y S a lv a n y , q u e de u n a ó de o tra m a n e ra h a n lieclio v n ler es­
tos m otivos de c re d ib ilid a d c o n tra los filosofistas, lib erales, ra c io n a ­
lista s é in c ré d u lo s co ntem p o rán eo s.
L a Ig le sia C atólica e s a q u e lla C iu d ad de Dios a p o ca líp tic a b a ja ­
d a d e l cielo, com o esp o sa a ta v ia d a al e n c u e n tro de su Esposo, y e s­
tos m otivos de c re d ib ilid a d , com o las doce p u e rta s p rim o ro sa s p o r
d onde p e n e tra en su seno la m u c h e d u m b re d e loa cre y e n te s, p u e r ­
ta s q u e c a d a u n a b a sta p a r a d a r c e rtísim a e n tra d a A todos los que
«leseen e n tra r y sean p ru d e n te s y ju icio so s, y q u e m ira d a s desde
d e n tro de la ciu d a d e stá n e lla s ta m b ié n ilu m in a d a » p o r la luz del
C ordero. No es n ecesario q u e todos los h ijo s de la Ig le sia h a y a n co n ­
sid erad o to d as e sta s re g ia s e n tr a d a s de la C iudad de Dios, sino que
b a s ta h a b e r e n tra d o p o r a lg u n a d e e lla s a y u d a d o s sie m p re d e la
p ia d o sa y g r a tu ita m oción d e l E s p íritu S an to .
O igam os u n a s p a la b ra s de S an A g u stín :
«Venios que unos se m ueren por unas razones para creer, y otros por otras,
aunque sean las mismas los demostraciones y las solíales que ven unos t
otros. Ya ea, verbigracia, Simeón qne cree en Jesucristo Nuestro Señor, toda­
vía infante y niño, porque le movió á ello ol Espíritu do Dios; ya es Natnnacl,
que con sola aquella palabra que le dijo el Señor: Prímquam te Philippus
vocaret, eum esnes sub arborc flei vitli le, antes que te llamase Felipe, cuando
estalui debajo ríe la higuera, te vi, respondió confesando ser Cristo Dios y Rey
de Israel: Pabbi, tu es Filñis Dei, tu es Per Israel; cosa de tanto valor quo
poriine red ro mucho después la confesó, mereció oir que era bienaventurado
y que se le liarían las llaves del reino de los cielos. Por sólo aquel milagro de
la conversión del agua en vino hecho en Canil de Galilea, el cual dice el evan­
gelista San Juan que fué el principio de sus milagros, creyeron en É l sus dis­
cípulos. ilu d io s llamó S la fe con sus palabras; muchos no creyeron en Él
.aún vista la resurrección de algunos muertos; el ladrón, en cambio, cuando no
veía resplandor ninguno de obras maravillosas, sino compañía y consorcio en
su suplicio, entonces creyó. De s;is mismos discípulos, uno, después de la re­
surrección, creyó en Él, no por ser vivos sus miembros, sino por palpar las
recientes cicatrices, ilu d io s que le despreciaron &É l cuando hacía prodigios
y que le llegaron á crucificar creyeron al oir la predicación de sus Apóstoles
y ver las maravillas que hacían en su Nombre» (1).

(1) Videmns alios aliter iisdem rebns deroonatratia vel Bignificatis ad creden-
dum moveri. Sicut, ex. gr. Simeón in D. N. Jesumchriatum infantem parvulom
credldlt, splrltu el revelante cognoscens. Nathanael ad unam aententlam, quam ab
¡Uo audivit: Prias quam te Phllippua voenret, cuín caaes sub arbore fici vidi te,
respondió R ibbi, tu ea Filius Dei, tu ea Rex Israel: quod tanto poet quia cortes­
ana eat Petrua mernit audire quod beatus easet et quod ei daten tu r claves regni
ccelorum. Miraculo facto in Cana Galilea*, quod initium signorum Jesu Joannes
evangelista commemorat, aqua in vinum conversa, crediderunt in eum discipnli
eius. Multos loqueado inviU vit ad fldem, Multi nec anací latía mortuia credide­
runt, et tamen latro tnne credidit, qnnm eum non praestantiorem videret in ope-
ribas, sed cou sor tío crucis aequalein. Unua etiaui de numero dittuipulorutn poat
-eius resarrectionem non tara vídeatibua membria, quam rcccntibue cicatricibua
credid t. Multi ex eomm numero a quibua cruciflzua eat, qui videntes eum tni-
racula facicntem contcmpsernnt, discipulis eius praedicantibns et in nomine eius
-alia facientibua crediderunt, (I. Ad Simplic. qaaeat. 2).
E l h o m b re , p u e s, ra c io n a l y e v id e n te m e n te , conoce la re a lid a d
de lo que le rod ea; este co n o cim ien to , cierto é in d u b ita b le , le lleva
p o r la m a n o & la e v id e n c ia de su Dios; ap o y ad o en am b as e v id e n ­
cias, d esc u b re á la Ig le s ia C atólica co n c a ra c te re s clarísim os de se r
o b ra de la m a n o d iv in a , y ay u d a d o de la m oción piadosa del E sp í­
r itu S an to , sin la c u a l no pod em o s n a d a b u e n o , a c e p ta la revelación
com o p a la b ra d e Dios, sin d is c u tir la m a te ria so b re que ella v e rsa .
Si Dios N u estro S eñ o r se d ig n a h a b la rle de cosas q ue y a el e n te n d i­
m ien to h u m a n o p u e d e a lc a n z a r, a c e p ta a g ra d e c id o su rev elació n ,
q u e fa c ilita y a m p lía el co n o cim ien to n a tu r a l; si DÍ09 N u estro S e ­
ñ o r se d ig n a le v a n ta r e l velo q u e o c u lta su s a rcan o s, c a u tiv a su e n ­
te n d im ie n to en la p a la b ra de u n M aestro q u e n i p u ed e e n g a ñ a rs e ,
n i q u e re r e n g a ñ a rn o s ,
¿Quién no co m p ren d e q u e u n acto de fe de e sta n a tu ra le z a tie n e
q u e se r firm ísim o , in c o n tra s ta b le , in tra n s ig e n te ?
Se pro p o n e la v e rd a d ta n c ie rta m e n te , q u e e x c lu y e to d a duda;
ta n in fa lib le m e n te , que exclu y o to d a p o sib ilid a d de falso; es D ios
q u ie n h a b la , n o h a y q u e rep licar; ta n n e c e s a ria m e n te , q u e uo se
p u e d e a d m itir algo y re c h a z a r alg o , p o rq u e re c h a z an d o a lg o se r e ­
c h a z a to d a la a u to rid a d d e Dios.
Desde q u e S a n P ab lo e sc rib ía á los g á la ta s el fam oso a n a te m a
c o n tra todo a q u e l, &ngel ú h o m b re , q u e e v a n g e liz a ra alg o d istin to
d é lo q u e él h a b ía e n se ñ a d o , h a sido sie m p re la voz de to d a la S a n tn
Ig le sia : De m i v id a y de m i e x iste n c ia d u d a ría yo, escribió San
A g u stín , a n te s q u e de la v e rd a d de m i fe. L a fe es u n a , dice San
L eón M. (1), y si no es u n a n o es fe. P o rq u e los q u e d iv id en la fe d i­
v id iría n & C risto, y d iv id iría n con la m e n tira , com o a rg ü ía T e rtu ­
lia n o (2).

E n estas a la s del e s p íritu cató lico , ;c u á n lejos h em o s volado de


la s to le ra n c ia s m o d ern istas!
La E n c íc lic a d e Su S a n tid a d , la s d ed u ccio n es ló gicas de los p rin ­
cipios m o d e rn ista s, la s p ro p ia s confesio n es de p a la b ra y de h ech o
de los ta le s h e re je s , n o s h a b la n d e e s ta ú ltim a y p ern ic io sa conse­
c u e n c ia de s u siste m a y d o c trin a s, q u e so n , por c o n sig u ie n te

(1) Fides ai una non ett, fldes non est. (De Xntiv. s. 4).—(2)Quid dividía mon­
d ado Chriatum? Totas veritts eet. (L. de carn. Cb. c. 6|.
III

Ateístas v enemigos del Sagrado Corazón.

P ió X d escrib ién d o lo s:
«Pora ellos no so exceptúa la Religión Católica, sino que es igual á las de­
más, immo vero ceterie omttino pareni*.
Y m ás a d e la n te :
«¡Cuftn lejos nos encontramos cíe las afirmaciones católicas! Ya vimos un­
tes cómo tocios estos delirios habían sido condenados por el Concilio Vaticano.
Admitidos una vez estos errores con los demás de que se lia hecho mención
está patente el camino al ateísmo, como después diremos; por ahora bastará
advertir <|ite (le esta doctrina do la experiencia interna, unida ú ln del simbo­
lismo. hay que tenor por verdadera cualquier religión, sin exceptuar la ele los
paganos» (1).
Y d a la razó n el Sum o Pontífice:
'¿P or no lian de ocurrir en otras religiones estos experiencias inter­
nas?, ya más de uno de entre ellos las afirman. Pues ¿con q tiú iloroclio lógico
Iia de negar el modernista A esta experiencia rii verdad que arroguen sólo ñ.
la experiencia de los católicos? No, ellos no lo niegan; y confusamente unos y
otros con mucha claridad aseveran y quieren probar que todas las religiones
son igualmente verdaderas* (2).
F in a lm e n te , d e sp u é s d e d e c la ra r el P a p a la ta n in c u lc a d a d o c tri­
n a de los m o d e rn ista s de q u e l a re lig ió n se vive y q u e es v e rd a d e ra
p o rq u e se v ive y q u e se v iv e p o rq u e es v e rd a d e ra , c o n c lu y e le g íti­
m a m e n te : De lo c u a l se d ed u ce en ú ltim o caso q u e to d as las re lig io ­
n e s q u e v iv e n y se v iv e n son v e rd a d e ra s , p o rq u e s i n o , ni v iv iría n
n i s e ría n v iv id a s (3).

(I) Quam hlc tange absumus a catholicisinstitatlsl Coun m entaeitum odia Va­
ticana Hynodo improbata lam vidimus. Hifl eemel admiasie, una cum erroribua
ceterie iam memoratia quo pacto ad atheiemum pateat via inferius dlceroue; nuno
statim id vertiese iuverit ex hac experientiae doctrina conjnncta alteri de sim b o ­
lismo religionemquamlibet.etbnicorum ininiuieexcepta,ut veraiu eaee habendam.
(Encíclica P utandi).—(9) Quidni ctenim in religioso qnavie experienliae hulus-
modl occurrant? occorriase vero non nnns aaaerit. Qao iare anteen u odem lstae
veiitatem experientiae abnnant, qnam torca affirmet, veraaqae eiperientiaa onia
catholicis vindicabnnt? Neqoe id reapae modemistae deaegant; qoia immo Bub-
obaenre alii, alii apertiaaime, religiones omnes contendout ese veraa.ifrid.—(3) Ex
qao inferre demum lícebít religiones omnes qnotqaot exatant veras ene, nam aeena
nec vlverent Itrid.
F á c ilm e n te se co m p ren d e cóm o se d ed u ce de los p rin c ip io s m o ­
d e rn is ta s este in d ife re n tism o relig io so y ateísm o p ráctico d e s u s se-
-cuaces.
F ijos los m o d e rn ista s eu el a b su rd o p rin c ip io del ag n o sticism o
ó ig n o ra n c ia a b so lu ta , sólo p ro p o n e n el su je tiv ism o in m a n e u te com o
u n rem ed io in co m p leto , d e fic e n tís im o y p u ra m e n te p erso n al; pero
siem p re sin base o b jetiv a n in g u n a . El católico, el p ro te sta n te , el
ateo positivo, el b u d ista , etc., etc., no sa b e n q u e su c re e n c ia es en
si v e rd a d e ra ó no; no p u e d e n en rig o r d efen d erla, n i p ro p a g a rla , n i
im p o n e rla , p o rq u e no es m ás q u e e l re s u lta d o , la m a n ife sta c ió n d e
la p ro p en sió n n a tu r a l, re lig io sa de todo h o m b re q u e por c irc u n s­
ta n c ia s p a s a je ra s y p a rtic u la re s h a c rista liz a d o en fo rm a b u d is ta
e n tre los in d io s y en fo rm a m a h o m e ta n a e n tre los a fric an o s y tu rc o s,
y en fo rm a c a tó lic a ro m a n a e n tre los d el M ediodía de E u ro p a ó p u e ­
blos la tin o s y en fo rm a p ro te s ta n te e n tre los de ra z a a n g lu -s a jo n a , y
c rista liz a rá en fo rm a p u ra m e n te re lig io sa de m a n c o m u n id a d u n iv e r­
sa l, c u a n d o to d as esas form as b u d is ta , m a h o m e ta n a , c ris tia n a , cató­
lica, p ro te sta n te , etc., h a y a n d e sa p a re cid o por el p ro g reso u n iv e rsa l.
M ientras q u e esto n o aca e ce , los p recu rso res, los c re y e n te s m o ­
dern o s, los m o d e rn ista s a b re n á, todos los e s p íritu s relig io so s su s
brazos y su s co razones, p rescid ien d o de las fó rm u la s p a r tic u la re s d e
su s c re e n c ia s. M ás a ú n : com o e n tre to d as la s re lig io n e s la ú n ic a q u e
q u ie re c o n se rv a r irre d u c tib le su d o g m a , la ú n ic a in tra n s ig e n te es
la C atólica, de a q u í q u e estos c a b a lle ro s d e l E s p íritu S anto a b o rre z ­
ca n y d e te ste n m ás á la R e lig ió n C atólica ó, com o ellos d icen , ¿ los
clerica les, católicos e x a g e ra d o s, in te m p e ra n te s , in tra n s ig e n te s , q u i ­
jo te s, in q u is ito ria le s , esb irro s de la o rto d o x ia , cazadores de h e r e ­
jía s , v a tic a n ista s, etc.
Tiem po es de oírlos L e ’.los.
Mr. R ifa u x estab lece, y a con p a la b ra s eq u iv o cas,p ero bien claras, el
p rin cip io m o d e rn ista de to le ra n c ia como u n p ro g re so d e n u e s tra E dad:
tSTo so puede negar quo un poderoso movimiento (le tolerancia circila
más y m:is cutre los discípulos do Cristo. Los odios antiguos son menos vivos.
Los defensores de una opinión contraria nn son tenidos como enemigos, sino
oomo hermanos separados (¡ extraviados. Las polémicas personales y violentas
lian perdido sil ciúlito. El purísimo espíritu evangélico, es decir, ol de man­
sedumbre y caridad comienza á florecer ea algunos corazones como cu la pri­
mavera del cristianismo: voces elocuentes se alzan cu todos partes contra la
•estrechez de espíritu - (1).
Yo no sé n i n in g ú n católico sab e k q u é p rim a v e ra id e a l del c ris-
tia u ism o se refiere K ifau x en esas a lu sio n e s, p u e s de S an P o licarpo,
d isc íp u lo d e San .Tuan. se c o n se rv a a q u e lla re s p u e sta v ig o ro sísim a
d a d a al ¿me conoces>, q u e le d irig ió el h e re s ia rc a lla rc ió n : Agnosco
te pñm ogem tam Satanae : te conozco p o r p rim o g é n ito de S a ta n á s.
¡E strechez de e s p íritu d e S an Policarpo!
P ero el m ism o Rifaux. eu o tro escrito d e sc u b re m ás su p e n sa ­
m ien to :
A ludo á su a rtic u lo V evx coitranls, cuyo titu lo nos h a c e p e n s a r
en lu c h a s p re se n te s y c o n te m p o rá n e as y a ú n en los Dos Fanatismos ,
de E c h e g a ra y , y de n u e s tro s p e rio d ista s y o radores lib erale s.
A sien ta com o fu n d a m e n to el ag n o stic ism o , la ig n o ra n c ia «sobre
los p ro b le m a s d e n u e stro fin y d e stin o , so b re n u e s tra alm a», ig n o ­
ra n c ia q u e d efiende h u rla n d o y c e n su ra n d o k los «orgullosos que
creen sa b e r de eso con certeza». C onvertido el e rro r en v irtu d , y b a u ­
tizado el v e rd a d e ro o rg u llo con n o m b re de h u m ild a d , es u cccsnrio
s a lv a r e l ab ism o , y a q u í v ie n e la fe com o com odín su je tiv o á uso
m o d e rn ista , fe u a tu ra lm e u te p ro g re siv a , p e rfe c tib le, de lo c u a l no
se esca p a la fe católica:
«•Convencidos por otra parte que el catolicismo es para nosotros igualmen­
te discutible que cualquier otra creencia, iudagaremoa si los errores que cree­
mos descubrir eu ti proceden de las fórmulas humanas que liau pretendido
unirse u 01 indisolublemente; liaciemlo esto, restableceremos la armonía entro
la fo y la razón y ganaremos alimento do verdad?.
E x ten d ién d o se en c o n d e n a r «las fó rm u la s ríg id a s q u e e n c ie rra n
el d o g m a p o n ien d o o b stácu lo s á la ex p a n sió n de la v id a, lle g a h a s ta
d e cir q u e sc u ta le s fó rm u las la s p a la b ra s de la E sc ritu ra , «que m u y
fre c u e n te m e n te son ta le s q u e e n se ñ a n h ech o s h istó rico s m a n ifie sta ­
m e n te fa'.sos». A conseja ro m p e r esas fó rm u las en b ie n del p ro g reso
y de la c a rid a d u n iv e rs a l, co n clu y en d o con esta s p a la b ra s:
«¡Sería tan fácil presentar las palabras de la Biblia corno símbolos maravi­
llosos ile un contenido religioso y moral infinitamente precioso!
»rero anto todo y sobre todo llagamos la unión de las almas y de los co­
razones. Seamos plenamente humanos en la noble acepción do esta palabra y
desarrollemos nuestra razón. Rivalicemos en celo por el amor de nuestros
hermanos. Eu todas uucsinuj ludias uu usemos sino ajuma leales. Aunque la
verdad acabe con costumbres seculares, no le resistamos nunca. Nada do
anatemas que irritan» (1J.
11 Santo, de F o g azzaro , h o rm ig u e a en se m e ja n te s afirm acio n es:
Los c ab a lle ro s « fran cm aso n es católicos» q u e se re ú n e n p a ra la in i­
cia c ió n en el re tre te d e l p ro te s ta u te G io v a n n i Selva nos h a b la n con
h o rro r del celo q u e a b o rre c e, com o en e l S alm o, ¿ los e n e m ig o s de
DÍ09, y lo re p re n d e n 20 u e sta s p a la b ra s d e b la n d u r a y to le ra n c ia :
«No formaremos á Cristo en nosotros, dijo Selva conmovido también y
contento por sentir el soplo mÍ6t¡co qne circulaba on la asamblea, si 110 puri­
ficamos por el amor nuestras ideas de reforma... Esa indignación, esa cólera
de que dom Paolo lia habla/lo son tretas y pader del maligno Espíritu, tanto
mayor cuanto que tiene en nosotros apariencias, y p.lgnna vez, como en los
Santos, realmente bondad. En nosotros, porque no sabemos anmr, es casi siem­
pre enemistad verdadera. Por eso la oración que después del Padre Nuestro,
prefiero yo entre todas, es la oración de la Unidad, la oración que demanda
nuestra unidad con el espíritu de Cristo, cuando él se dirigió á sil Padre cli-
c iúndole: T't ij>si in nobis imum sini. Tengamos Bierapre el deseo y la espe­
ranza de unimos en Dics con aquellos hermanos nuestros quo están separados
de nosotros por las ideas...» (1).
De a q u i los elogios q u e los m o d e rn ista s tr ib u ta n 6, los p ro te s ta n ­
tes, su s a lia n z a s con ellos, su acción c o lig a d a e n m il ocasiones, fa ­
v o res todos q u e los p ro te s ta n te s les p a g a n lla m á n d o lo s su s aliados,
y con otros encom ios de c u y a m u e s tra p u e d e n se rv ir los q u e el sec­
ta rio P a u l S a b a tie r d irig e & la re v is ta Dernain, d o n de al lado de su
d ire c to r P ie rre J a y , al lado d el se c re ta rio g e n e ra l M arcelino R ifaux
fig u ra b a n F o g azzaro , F o n s e g riv e , R óm ulo M u rri, el P. S em ería,
M arcelin o S a n g n ie r, d o cto r Scliell, el P. L aberthonnii* re, F élix K lein,
H a m m er, el b aró n de H üg'el, P a u l B u re a u , P a u l V iollet, e tc ., la flor
y n a ta , e l estad o m ay o r d el m o d ern ism o .
' P u e s d ice P . S a b a tie r:
«¿Qué es Dcmaiti? Uu periódico católico, pero católico del todo bueno.
Pues bien, este es el periódico que yo recomiendo instantemente, ahincada­
mente A los protestantes, porque sería para ellos muy higiénico cor.occr otros
católicos qne los católicos febriles y facciosos que benefician y hasta confiscan
en su provecho una Iglesia que ellos aterrorizan. En Demain so sirve A la
Iglesia, pero nada más que A la Iglesia. Aunque los protestantes que confun­
den la Iglesia con los sectarios que forman en los bandos clericales «on dis­
culpable, con ludo seria oportuno que llegasen ¡i tener uu conocimiento más
elevado y mús verdadero do la realidad. Las locuras sanguinarias del 03 no
velaron en Eiu-opa la hermosura, grandeza y anhelos del csf'icr/.o revolucio­
nario; no permitáis tampoco 11 lna actuales locuras clericales velar y ocultar la
hermosura, grandeza y deseos ti-asocudcntalcs de la Iglesia...
Mas no sólo la s 'p a la b ra s, sin o la s o b ra s de los m o d e rn ista s v ie ­
n e n á d a rn o s cab al y te rrib le id e a d e su ateísm o .
A som bra y e s p a n ta la s a n g re fría con a ñ o s p asad o s; los h o m b re s
y a llenos de e ste esp iritu ^m o d srn o q u isie ro n llev ar su a u d a c ia h a s ta
p re s e n ta r ¿t la R elig ió n de Je su c risto , com o en p ú b lico m ercado, con
la s falsas re lig io n e s é la Ú n ica é In m a c u la d a E sposa del C ordero
con las im p ú d ic a s y p ro stitu id a s sin a g o g a s de S a ta n ás.
D espu és q u e .e n C hicago, el añ o de la E xposición de 18D3, se h a ­
b ía te n id o in ic ia d o p o r p ro te sta n te s u n en say o de P a rla m e n to de re ­
lig io n e s, a l q u e se a d h irie ro n los católicos, m ovidos acaso p o r u n
deseo poco razo n ad o de la m a n ife sta c ió n y e p ifa n ía de la R elig ió n
C atólica y de e n c o n tra r asi o casió n de p ro p a g a n d a eficaz y m a g n í­
fica, ta n o p o rtu n a en los E stad o s n a c ie n te s a m e ric a n o s, d espucs de
q u e no se co g iero n los fra te s q u e sin d u d a se a p e te c ía n (1). h o m b re s
de fe d u d o sa, que d esp u és h a b ía n de lla m a rse m o d ern istas y q u e se
lla m a b a n e n to n c e s católicos p ro g re siv o s, h o m b res como el a b a te
C h arb o n n e l á u n dedo y a de la a p o s ta s ía , com o los jó v e n e s ilu so s
G . F o n se g riv e y J o rg e G o y au , p a la d in e s de la evolución de la
Ig le sia , com o el a b a te F é lix K lein , el p ro lo g u is ta de la Vie dn P . Uec-
Jter y a u to r re n o m b ra d o d e l libro Les tendences nomelles en religión
eí en liltem h ire, los a b a te s L em ire y N a u d e t, M. A u atole L eroy-B eau-
lie u , loa clérig o s in q u ie to s y p e lig ro so s del C on g reso eclesiástico de
R eim s y , e n u n a p a la b ra , c u a n to s re n d ía n cu lto al p ro g reso de la
Ig le sia , & la evolución so cial del e sp íritu c ristia n o , á. los n u ev o s d e ­
rro te ro s y o rie n ta c io n e s de la re lig ió n , á todo lo q u e en la E n cíc lic a
Pasccndi q u e d a fu lm in a d o , p re v a lié n d o se del sile n c io p ru d e n te u s a ­
do p o r la S a n ta Sede, co n cib iero n la id e a y em p ezaro n á p ro p a g a rla
de a m e n iz a r la E xposición u n iv e rs a l de P a rís en 1900 con un Con­
g re so u n iv e rsa l de re lig io n e s.
¡Y con q u é p a la b ra s p re p a ra b a n “.1 aco n tecim iento!

(I) U q indio qne hizo b u b estadios en la Universidad de Cambridge, ex­


presaba en el mismo Chicago su criterio «cerca de loa frutos reales del desdicha­
do proyecto. Kn la India, decía este Mr. Salthianadhan, la consecuencia del Con­
greso de Chicago ha sido positivamente dafio°a ¿ la expansión y propagación del
cristi Anismo. La impresión que de allí habernos sacado es de qne Iob americanos
no están satisfechos del cristianismo y qne lo miran como uno de tantos siste­
mas religius'jB que tienen una excelencia relativa. Nuestros delegados vinieron
perBuadidoa que nuestra religión indostánica está tnn bien acomodada á laB ne­
cesidades de la India, como el cristianismo á las de los americanos, y hasta tra­
jeron la opinión de que América ofrece á loe misioneros del Indostán un campo
de acción muy preparado. (Mgr. DelasBus, L'Americanisme, p. 333).
M gr. K ean e, e scrib ien d o en 1894 en el Bullelin do l'ln s titu l ca-
tholiqve de Parts, d a b a el fin q u e se p o d ía in te n ta r en e l pro y ecto
cou e sta s p a la b ra s:
«Ya que América tiene la misión providencial de destruir las viejas ba­
rreras de razas... ¿por quó no 9e podría intentar algo análogo en el punto par­
ticular de las (1iris iones y hostilidades religiosas? ¿I'or qué los Congresos de
religiones no llegarán ¿ un Congreso internacional de todas ellas, donde todas
se unan en una tolerancia y caridad mutua, donde todas las formas de religión
se ur.aa para dirigirse cuntru todas las formas de irreligión?»
fin 1805 se lanzó y a al p ú b lico el p ro y ecto p o r su a u to r.
«La religión, como decía Carlyle, es cosa viva, y por eso siempre en movi­
miento, y debe adaptarse ü las necesidades de todos los días. Si las doctrinas
son en su esencia inimitables liay en cierto sentido cierto desarrollo, cierta
evolución de doctrinas por la interpretación qne las va adaptando á las cir­
cunstancias que cambian. Ahora el cristianismo da á su predicación y á su
apologética un fin social, proclama en los pueblos el espíritu democrático del
Evangelio, recuerda á todos los deberes de caridad, de justicia, de compasión,
y hasta interviene en la reconciliación y resolución de los conflictos que sur­
gen en nuestras democracias. Por el impulso dado por un gran Papa la Iglesia
Católica se pone íl la cabeza de los estudios sociales. Los teólogos y los ora­
dores se limitan y se dedican &buscar medios prácticos de asegurar uu tillen
social muy justo. A todos los observadores serios, á los filósofos, ¡i los hombres
políticos, A los sociólogos les parecerá de gran interés estudiar como se jioclní
hacer en un Congreso esta vitalidad nueva de lns religiones y on especial del
cristianismo...»
P o r fo rtu n a , todo este le n g u a je de re lig ió n v iv a , v id a relig io sa ,
ev o lu ció n , p ro g reso , a d a p ta c ió n á las n e cesid ad es, in v o cació n ca­
lu m n io s a á León X III, etc., e s tá y a re fu ta d o y e x p lic ad o , y s e g ú n la
E n c íc lic a Paseen&i, sab em o s á q u é a te n e rn o s . P ero d e a h í se com ­
p re n d e el le n g u a je m o d e rn ista de esos h o m b re s cieg o s y d e lo q u e
s ig u e el v e rd a d e ro fin d e l C ongreso.
«Sin duda, continúa el programa, la fusión do todas las croencias es nn
vano ensueño... ¿Pero no se podría intentar lo que podríamos decir la unión
moral de todas las religiones? Se haría nn pacto de alianza y de silencio sobre
todas las particularidades dogmáticas que dividen los espíritus y un pacto de
acción común por lo que une los corazones, por la virtud moral y consoladora
que hay en la fe. Esto sería el abandono de viejos fanatismos. Esto sería la
ruptura con una larga tradición de mentecaterías que tienen á los hombres
enredados en mil sutiles disentimientos doctrinales y el anuncio de tiempos
nuevos en (pie no se cuidarían de separarse en scctns y en iglesias, de abrir
zanjas y elevar barreras, sino de propagar mediante una unión cordial el be­
neficio social del sentimiento religioso. Los sectarios (es decir, los católicos)
y entiendo los sectarios creyentes presentarán una grave objeción. Para olios
el principio mismo, la idea (le un Congreso de|religiones seiía muy discutible.
Reconocer á todas las formas el derecho común (le exponer sus credos, sería
para la Iglesia verdadera, cualquiera <pie ella sea, un renegar de la tradición
dogmática de una sola verdad en una sola verdadera Iglesia y ln confesión de
la idea herética de que todas las religiones son buenas y de igual valor».
Los in ic ia d o re s se p o n en á si m ism o s e s ta objeción, y sin p o d er
re c h a z a rla la v ie n e n á c o n firm a r y á a g r a v a r co a e l re sto de esta
c ita q u e, a u n q u e es la r g a , es n e c e sa ria.
«lío inercnios negar á los sectarios qne el Congreso universal de religiones
irá sobre todo dirigido contra ellos. Un Congreso de religiones es una reunión
de hombres de creencias diversas, donde cada cual tiene derecho da exponer
su fe. donde todos admiten el valor que dan ú la verdad completa y aún al
error de la buena fe y la sinceridad. Un Congreso de religiones es un Congre­
so de hombres religiosos. No se negarán allí ni las deficiencias de tal ó cual
religión, ni la superioridad de otra cualquiera. Nada se afirma sobre el valor
absoluto ele los credos diversos. Esta comparación de religiones servirá no
tanto para comparar el valor absoluto y objetivo de cada unas cuanto para co­
nocer su valor relativo 6 sujetivo por la apropiación que tía ellas se hacen las
almas y también los derechos iguales de todas las conciencias, que las profesan
en espíritu y verdad. Las religiones allí serln estudiadas por el lado del hom­
bre. No serán consideradas como doctrinas abstractas, sino como un elemento
de la personalidad moral y no se tratará tanto (le credos y de verdad cuanto
de almas creyentes y de sinceridad. La Iglesia Católica, todo el mundo lo ve,
será ln que deberá para esta gran idea del Congreso universal de religiones,
hacer los mayores sacrificios. Sacrificios que no quedarán sin recompensa» (1).
Todo se p re p a ra b a ; v in ie ro n ad h esio n es, se p en só e n u n com ité
o rg a n iz a d o r p re sid id o p o r p rín c ip e s de la Ig le sia , se tra tó de h a c e r
e n tr a r en el p la n a l clero s e c u la r y r e g u la r, y p o r d iario s y re v ista s
se h a c ia fav o rab le a tm ó sfe ra á la g r a n id e a , com o se la lla m a b a , de
reno v ació n de la Ig le sia .
P u ra colm o de a u d acia, se citó A P ío IX , se citó A León X III,
se a m en azó con la ru in a de la Ig le s ia , se in s u ltó ¿ los b u e n o s c a tó ­
licos q u e no se e n tu s ia s m a b a n ; todo el v o c a b u la rio m o d e rn ista .
«León \ i i i en su carta Pracclnra y en sus letras al puoblo inglés lia pues­
to de relieve lo que une y acerca no lo que separa y divide. Su mente lia sido
que la Iglesia Católica, apercibida con las enseñanzas de Fío IX contra los
ataques y hasta contra las sorpresas del error, puedo ya sin peligro ninguno
para su integridad abatir sus puentes levadizos y que no se falta en modo al­
guno con la verdad absoluta, buscando pimíos de contacto cun los que no la
poseen entera. Meditando en estos documentos y viendo estos ejemplos se (le-
lien preparar los católicos al Congreso de religiones. Para excusar el retrai­
miento alegarán ellos los derechos de la verdad que no dicen bien con ciertos
contactos; pero caerán en la acusación de cubrir con esta excusa su falta do
confianza en la fuerza intrínseca de la verdad. Sil retraimiento no será tenido
sólo por un acto de intolerancia, sino que por el inundo irfi como nota de
hombres de poca fe. Si el Congreso no se tiene con ellos, se tendrá siu ellos.
Todas las religiones se atreverán á afirmarse y el catolicismo perderá. No se
dirá que es obscurantista sino perezoso y miedoso. Porgue Jesús, su fundador,
mandó poner la candela en el candelera y no bajo el celemín. No se les expli­
cará quo en un Congreso de religiones el público y el mundo laico son mny
indiferentes. Cuanto m is angostas sean las murallas de la Iglesia, cuanto más
altas las llameadas, más contentos estarán esos católicos; cuanto más estre­
chas sus ideas más se creerán ellos de la Iglesia. Eljrrognso los asusta. Lla­
marlos reaccionarios es demasiado honroso para ellos; porque no anclan nip aia
atrás. Yo les llamarla mejor sedentarios. Estos son los enemigos del Congreso;
la Iglesia no, porque no es sedentaria, sino apostólica» (1).

L a tr a m a de los falsos cató lico s ib a a d e la n te .


P a ra c o m p re n d e r b ie n la triste z a q u e de los á n im o s de los b u e ­
n o s se ib a de d ía e n d ía ap o d e ra n d o , fig u ra o s con la im a g in a c ió n
lo q u e a q u e l paso sig n ific a b a , y lo q u e se p ro p o n ía n su s in icia­
d ores.
E n aq u el Cam po de M arte, d e P a rís; en a q u e lla com a gTan fe ria
d o n d e se d a b a n c ita los cap rich o s de la m o d a, los a tra ctiv o s de la
in d u s tria , la s cre a c io n es p ro fa n a s d e l a r te , lia s ta la q u e se llam ó
« d a n z a d el v ie n tre » ; a llí d o n d e com o fi g r a n e x h ib ició n dB lujo, de
p la c e r, de so b e rb ia , de d isip ació n , de v a n id a d ib a á c o n c u rrir el
m u n d o ad o ra d o r del b e c e rro de oru ó de la b e s tia apocalíp tica; allí
se q u e ría q u e se a lz a ra n p a b e llo n e s á lo s Ídolos sucios de la p a g o d a,
á los re p u g n a n te s sim u la c ro s de D uda, á los to rp es p lac eres del Al­
c o rá n ; que fu e ra n re p re se n ta c io n e s de m u ftíe s, de b ra h m a n e s, de
p asto res lu te ra n o s y c a lv in ista s, de sa cerd o tes ju d ío s é id ó latra s;
q u e a p a re c ie ra n en v itrin a s la s p á g in a s del A lco rán , los libros de
C onfucio y de V eda, la s b ib lia s p ro te s ta n te s , el T alm u d , y a llí se
q u e ría ta m b ié n q u e com o u n o de ta n to s ,s in d ia d e m a de único R ey,
Btj p re s e n ta ra 'Je su c risto N u estro S eñ o r con su Corazón d e s a n g ra d o
en el pcclio.
Así se p re s e n ta ría . S a n g ra n d o p o r la s h e rid a s q u e le c a u sa b a n
a q u e llo s cieg o s id ó la tra s, a q u e llo s o b stin a d o s ju d ío s , a q u e llo s o r­
g u llo so s h e re je s, a q u e llo s b á rb a ro s m a h o m e ta n o s, y m ás que n a d a ,
a q u e llo s ciegos m al llam ad o s católicos p ro g resiv o s, q u e q u e ría n r e ­
g r e s a r a l p a ra n g ó n m e m o ra b le q u e hizo P ila to s e o tre C risto y B a ­
rra b á s.
Y ¿con q u é u tilid a d ? Con n in g u n a re a l y v e rd a d e ra , claro e stá ,
p o rq u e no es u tilid a d lo q u e se c o n q u ista con el to le ra n tism o y e s ­
cepticism o relig io so , pero n i s iq u ie ra u tilid a d a p a re n te y ficticia.
P o rq u e ta l ex h ib ició n de re lig io n e s y de la R elig ió n de J e s u c ris to en
el g rn n b a z a r p a risie n se fu e ra del a tra c tiv o e scan d alo so de la c u rio ­
sid ad m a lsa n a , ¿qué ib a k co n seg u ir?, ¿ a u m e n ta r la fe de a lg u n o s? ,
¿ d ism in u ir la in c re d u lid a d d e otros?
¿Qué p re te n d ía n su s p rom otores? D ecían p re te n d e r ú n ic a m e n te
u n a p ro te sta de todos los c re y e n te s c o n tra todos los in c ré d u lo s, y
u n a dem o stració n de q u e la a b s o lu ta in c re d u lid a d e s c o n tra ria k la s
id e as m ás a r r a ig a d a s del g é n e ro h u m a n o y á todo su b ien . Pero si esa
dem o stració n es y a v u lg a r y ta n co m ú n q u e no h a y q u ie n la igno»
re, el po sitivism o la sab e y la q u ie re d esco n o cer. D espués d e l C on­
g reso h a b ría h e ch o lo propio.
Q u erían ta m b ié n los a u to re s y d efen so res d el C ongreso que r e s u l­
ta r a de ¿1 la id e a de Dios, com o triu n fa d o ra . ¡Vano deseo! L a h e re ­
j í a y la su p e rstic ió n no son cap aces n u n c a de d a rn o s id e a s del v e r­
d a d e ro Dios. No; a q u e llo no e ra si no u n a lección de escep ticism o
relig io so en p re se n c ia d e ta n to s cultos, todos ellos con id én tico s d e ­
rechos, todos ellos con ig u a le s re p re se n ta c io n e s sólo q u e d a ría en p ie
la d u d a . Je su c ris to y la Ig le sia C atólica v iv e n b ie n c la ra m e n te en el
m u n d o , sin n e c e sid a d d e a c u d ir á co n fu n d irse en u u g r a n m erc a d o
con su s p ropios e n e m ig o s.
E ra el e sp íritu m o d e rn is ta q u e en s u fieb re de n o v ed a d es to c a b a
su s ú ltim a s co n se c u e n c ias, y a sí com o te n ía p o r re lig ió n sólo e l s e n ­
tim ie n to y c re ía q u e todos los c u lto s e ra n ig u a lm e n te b u e n o s, así
p ro c u ra b a d a r v iv a y ta n g ib le su tesis en ta n colosal esp ec tác u lo . Se
h a b ía p ro g re sa d o m u ch o desd e los d ia s en q u e los D u p a n lo u p , los
M aret, los M o n ta le m b e rt y los F a llo u x se e m p e lla b a n en re c o n c ilia r
la Ig le sia con el s ig lo ; su s d e sc e n d ie n te s q u e ría n q u e la ig le s ia de
J e su c risto a b rie ra u n p u esto en la fe ria de las re lig io n e s.
Dios N u estro Señor se lev an tó , com o no p o d ía ser m enos, á j u z ­
g a r su c a u s a ,.y p rim e ro su scitó al v e n e ra b le A rzobispo de P aría,
m o n señ o r B ic h a rá , q u e p ro m etió im p e d ir se m e ja n te a b o m in a c ió n ,
y p o r fin hizo o ir en tu d a la I g le s ia l a voz a u g u s ta d e Pedro que lin -
b la b a en L eó n X III.
León X III, ta n c a lu m n ia d o p o r los m o d e rn ista s, e sc rib ía á m o n ­
se ñ o r Satolli. d eleg ad o apostólico eu los E stad o s U nidos:
«Que aunque tales Congresos habían sido hasta entonces tolerados por un
silencio prudente, todavía nos parece mejor que los católicos tengan sus Con­
gresos aparte; si bien para que el provecho no sea para ellos solos, puedan
disponerlos de tal modo que los que están íuera del seno de la Iglesia puedan
asistir á título de oyentes».
Esto lo h a c ía Su S a n tid a d « h a b ie n d o q u erid o c u m p lir u n d eb e r
de sn c a rg o apostólico». Roma loquuta est.
El C ongreso de re lig io n e s de P a rís no se hizo; el a b a te C h a rb o n n e l
ap o sta tó y se pasó ú los p ro te sta n te s ; su s d e m á s fa u to re s ele m o d e r­
niz ac ió n de la Ig le s ia h a n q u e d a d o h e rid o sp o r la b u la Fascencü.
E l triu n fo d el Corazón de J e s ú s sob re su s en e m ig o s es ciar» y m a ­
nifiesto: en él h a n a p re n d id o sie m p re los católicos la u n id a d de su
fe, la in to le ra n c ia con el e rro r, ta n o p u e sta s a l su je tiv isin o m o d er­
n ista , que h ace de la c re e n c ia u n a afección sin c o n cie n cia de s u v e r­
d a d , y p o r lo m ism o, v e rs á til, to le ra n te , escép tica, p rá c tic a m e n te
a te ísta .
Agnosticismo é inmanentismo aplicados-

Quii est meurfax nisi gni ntgat qncniam


Jesús est Chrlstmf Hic est antichHsius qni
nejat Patrem et Filium. I. Joatn 2!.
¿Quién ea el m endaz si d o el que niega
q u e Je sú s e a C rista? Bst« e B an tlcrlato ol
q u e u¡ey& a l Padre y al H ijo. 1.*, Ep. de
S an Ju a n , 2, v . 22.

L leg am o s lioy á u n te m a donde to d a ap licació n ¿ la devoción


d el Corazón ríe J e s ú s h o lg a r á , p o rq u e la e v id e n c ia h a r á la a p lic a ­
c ió n . L leg am o s á la s te rrib le s co n secu en cias d e l ag n o sticism o y d e l
in m a n e n tis m o e n la te o lo g ía , en la c rític a b íb lic a y e n la h isto ria
e c le siá stic a , y al g o lp e a u d a z d el m o d ern ism o ■vamos á v e r p o r t i e ­
rra lu im a g e n a d o ra b le d el R e d e n to r y d e s ú s s a u to s , aeg-adoa su s
m iste rio s, p ro fa n a d o s su s S a c ra m e n to s , e sc a rn e cid a su p a la b ra ,
d esco n o cid a su acción s o b re n a tu ra l y , si p u d ie ra s e r, d e stru id a
n u e s tra fe , d e sa c re d itad a s n u e s tra s E sc ritu ra s y d isipado y co n cu l­
c ad o el d epósito de n u e s tra s s a n ta s tra d ic io n e s. Y to d a v ía , ¿ h a b rá
q u ie n cre a n ecesario p ro b a r q u e la devoción d e l Corazón s a c ra tís i­
m o de D ios-H om bre n a c id a p a ra a m a rle por los q u e no le a m a n ,
d e s a g ra v ia rle por loa q u e 1p. in s u lta n , sa tisfa c e rle p o r los q u e le abo­
rre c e n , e s tá e n c la r a , c la rísim a oposición con el e rro r q u e tie n e á
J e s u c ris to , p e rd o n a d m e , S eñ o r, si rep ito lo q u e v u e stro s en em ig o s
b la sfe m a n , por u n falsario y ó la Jg leaia su E sposa p o r u n teso ro de
falsed ad es, c u e u tu s y ley en d as? ¿Será n e c e s a ria m u c h a elo cu e n cia
p a r a q u e v u e stro s corazones se a b ra s e n en el fu ego del escán d alo
q u e c o n su m e á v u e stro s h e rm a n o s? No, y cien v eces no.
B asta rá , p u e s, la exposición se n c illa de los e rro re s c o n tra p u e s ta á
la sen cilla exposición del d o g m a c a tó lic o , p a r a q u e v u e stro s pech o s
a r d a n en a m o r, deseos d e d e sa g ra v io s y re p a ra c ió n de los a g ra v io s,
in su lto s y h e rid a s q u e re c ib e ese C orazón ad o rab le in domo eorum
(pii. Ailigebant m e ; e n tra n q u ello s y ríe a q u e llo s q u e dicen a m a rle y
a m a r c o rd ia lm e n te &. su Ig le sia .
Im p lo rem o s, etc.
A vr M abía .

P a ra d a r el p r im e r p a so con los m o d e rn ista s no te n em o s m ás q u e


a b rir p rim e ro la E n cíclica, d e sp u é s a lg u n o s de los libros de ellos.
T,a razó n h u m a n a , a rg u y e n fistos m o d e rn ista s, se d etien e ante-
lo in co g n o sc ib le q u e sie n te y a c e rc a de ese in co g n o scib le su rg e la
fe: los objetos de a m b o s con o cim ien to s so n d iv erso s y p u d ie ra n lla ­
m a rse p aralelo s, p o r ellos n o p u ed e h a b e r m o tiv o n iu g u u o de con­
flicto. Pero lo que no h a y p o r p a rte de los objetos lo p u ed e h a b e r por
p a rte del su je to ; éste n o p u e d e s a f r ir en si g u e r r a ni d u a lid a d a lg u ­
n a , p e n sa r y ra c io c in a r con la c ie n c ia p ro g re siv a m o d e rn a y c re e r
con la fe a n tig u a y d e la E dad M edia, no p u e d e ser. E s, p u e s, abso­
lu ta m e n te p reciso q u e a u n q u e la cien cia se v e a s u e lta é in d e p e n ­
d ie n te de la fe, la fe te n g a en c u e n ta los p ro g reso s de la ciencia y á
ellos se su b o rd in e . Y a te n é is la tá c tic a de estos sec tario s en todos
los ó rd en es de l a a c tiv id a d h u m a n a : el filósofo, diceu a q u í, es i n ­
d e p e n d ie n te d el h o m b re d e fe , p ero el c re y e n te h a de su b o rd in a rse
y a te n d e r al filósofo; d e sp u é s d irá n lo m ism o d el c rítico b íb lico y
d e l cre y e n te y te ó lo g o , com o lo d irá n d el cristia n o en el o rd en so ­
cia l y en el p o lítico ; sie m p re q u e rrá n lle g a r ú la su b o rd in a c ió n y
e sc la v itu d de los c ristia n o s en todos los ó rd e n e s de su a c tiv id ad á l o
q u e es re v o lu c ió n re lig io s a é im p ie d a d .
De e s ta se p a ra b ilid a d te ó ric a y su jeció n p rá c tic a de la fe y la
filosofía, sa c a n n u e stro s m o d e rn ista s dos co n se c u e n cias q u e m a r a ­
v illo sa m e n te la s a p ro v e c h a n ; es la p rim e ra , p o d e r con to d a lib e rta d
e n C á te d ra s, A sam b leas y C ongresos p o rta rse com o ra c io n a lista s y
e n e m ig o s de la f e , y en los p ú lp ito s y las ig le s ia s , sa c a r con e stim a
la teo lo g ía , S an to s P a d re s, los C oncilio s, la trad ició n cató lica p a ra
e n g a ñ a r la c á n d id a fe del a u d ito rio ; y es la s e g u n d a , el e rg u irs e
o rgulloso s c o n tra la a u to rid a d e c le s iá s tic a , c u a n d o les re p re n d e
a q u e l m odo de p e n s a r , de h a b la r y de e sc rib ir. D u a lid a d , com o se
v e, q u e sólo sirv e p a r a d a rle s á ellos a q u e lla lib e rta d q u e p a ra s i
p re te n d ía L u tero de d e sp re c ia r C ánones, d efin ic io n e s, tra d ic ió n y
E sc ritu ra y , com o ello s s o ñ a b a n , p a r a p ro p o rc io n a rle s m edios c o a
q u e e sq u iv a r la a u to rid a d de la Ig le s ia y a c u s a rla de o s c u ra n tis ta ,
re tró g ra d a y re a c c io n a ria (1).
A. esta d escrip ció n to m a d a do la E n cíclica co rresp o n d e la re a li­
d a d de los lib ro s m o d e rn ista s.
E n p r im e r lu g a r, el a b a te N a u d e t n os ofrece u n tex to q u e su p le
p o r m u ch o s; la d u a lid a d q u e c e n s u ra Su S a n tid a d en los m o d e rn is­
ta s , tie n e n ellos e l v alo r de p o n e rla en los m ism os escrito res sa­
g ra d o s :
«No perdamos de vista que los Evangelios son más bien guia, del predica­
dor que trabajo de historiador... Del nacimiento de Jesucristo no tenemos
sino liedioa aislados y éstos discutibles, á juicio de m ichos. Al referir los dis­
cursos del Salvador, los sinópticos tienen á los ojos meno3 la exactitud histó­
rica que la edificación religiosa; y cnando se ve en dos evangelistas, verbigra­
cia, en Mateo y Lucas, la misma parábola contada en modo diferente, ¿uo nos
vemos como autorizados á decir que las palabras del Maestro lian sufrido
cierta idealización, ya provenga esta idealización de los mismos escritores,
ya de la tradición cristiana que luego la tomó?.. Bien se descubren en los
Evangelios acomodaciones y paráfrasis de discursos que el Salvador no pro­
nunció como se nos refiere» (2).
Si los evaD g'elistas se c re ía n e n el caso d e id e a liz a r lo que h a b la n
v isto ú oído de testigoB p re se n c ia le s p a ra fav o recer la p ie d a d del
p u eblo y a fe rv o ra rlo , ¿q u e m a ra v illa q u e los a u to re s d el dia, s in s a ­
b e r re p lic a r ¿ los filósofos, les den com o h o m b re s la razón y luego
se la n ce n al p ú lp ito y a llí fo m en ten la p ie d a d p o p u la r con piadosas
falsedades?
Mas no se d ig a , p ro sig u e n los m o d e rn ista s, q u e esto a c a rre e u n a
lu c h a ó conflicto con la fe y la ra z ó n ; n a d a de eso: la fe y la razón
no son n i s iq u ie ra h e rm a n a s .
< líe aquí un error capital, del oual so necesita reponerse. La razón y la fo
no son hermanas: no tienen el mismo objeto diversamente presentado (;i me­
nos quo no se diga de la razón consumada y la razón no se consuma nunca, y
aquí so habla de la razón sin consumar). Entrambos dominios son diferentes;
de mía parto lo absolnto. de otra lo relativo. Quien vive en lo relativo debo
confesar que lo absoluto no es para él, y por eso puede haber dogmas sin qne
la razón sufra la menor sombra. Al revi's, el que \ive en lo absoluto debe re­

tí) Vid. Encíclica Paacendi: Re porro huc adducta.,.—(2) La Justice Sociale, 20


Agosto 1904.
conocerse incompetente en el orden relativo, y por eso la razón debe conser­
var el pleno dominio de sus movimientos y de sns pases, porque la razón es
el juicio que damos de las cosas, según la apreciación científica ó filosófica
que tenemos do la naturaleza» (1).
E n la m ism a o b ra f ig u r a la s ig u ie n te p á g in a , todo u n p ro g ra m a
d e m o d e rn ism o e n la p re se n te m a te r ia , escrito p o r el d ire c to r de La
Quiniaine M r. F o n se g riv e , q u e n o o m itim o s p o r e q u iv a le r & u n a
le g ió n :
«El catolicismo ni está con la ciencia, ni contra la ciencia, está fuera y per
encima de la ciencia Esos sabios que se imaginan poder tocar el catolicismo
y herirlo con sus razones, no saben lo que es el dogma. Creen que se puede
contradecirlo con razones, pero el dogma está, situado en un plano paralelo á
la ra/.úu y no puede ésta llegar ú él... En edades antiguas el catolicismo se
hallaba ligado por sus propagadores y sus defensores á un conjunto de pensa­
mientos, proposiciones, teorías que parecían entonces y aún parecen formar
con el dogma como un cuerpo. Pues bien,esos pensamientos, esas teorías, eaos
proposiciones lian caducado. La oiencia antigua ya no os ciencia. Con la ruina
d e estos sistemas racionales imidos ol dogma, pareció á muchos qne se arruina­
ba la religión, y de ahí los anatemas quo lanzaron muchos teólogos contra la
ciencia y las patentes de defunción que al catolicismo le firmaba la ciencia.
«Semejante lucha de inadaptación no puedo durar, porque los católicos van
más y más persuadiéndose de que la ciencia es una cosa y la religión es otra;
que hasta para que la religión quede con honra delante de la ciencia quo vivo
y progresa, el que se divida sencillamente el trabajo; especule el teólogo acer­
ca de lo sobrenatural, segríu las enseilanzas de la revelación y de la Iglesia y
dejo al sabio razonar sobre lo natural con los datos de la experiencia.
»En las mismas cuestiones mixtas, verbigracia, la autenticidad de los li­
bros sagradns. su integridad, la historia de Jesucristo, el método científico y
el teológico usan de principios distintos; y aún puede suceder qne lleguen
ambos mótndos á resultados muy opuestos por caminos igualmente legítimos.
Los sabios se deben atener ú las conclusiones científicas, los teólogos á las
teológicas.
»El que desee coordinar ambos resultados y ser inteligente, al paso que
buen católico, deberil notar que en tales materias las conclusiones llamadas
científicas r,o pasan jamás de conjeturas probables, acaso muy probables, pom
nunca ciertas y necesarias. Por lo contrario, las conclusiones teológicas bien
deducidas s in muy necesarias á la vida católica. Los hombres, pues, do juicio
so decidirán por estas verdades contra aquellas, porque las necesidades de la
práctica del>cu prevalecer sobre las probabilidades científicas, l ’cro este acto
de fe no debe impedirles reconocer el valor de las conclusiones quo rech(uuui
cuando solo las consideren desde el punto de vista científico.
»lío aquí c jmo la criéis intelectual que preocupa á todos Ion pensadores

(1) Mr. Diman, Condition» di* retour au Catholicisme, por M. Rifaax, p. 20(i.
no se resolverá ajustando ¿le nuevo la ciencia y la teología, sino dividiendo'
estudiadamente el trabajo, distinguiendo poderes, separando funciones».
T a n fam oso com o en F ra n c ia el d ire c to r de La Q uíntame es en
Ita lia e l a m ig o y p ro tecto r de M u rri, Conde G a lla ra ti Scoti, que en
c a rta a l p ro sc rip to a b a te R óm ulo, d e s a h o g a a sí su in d ig n a c ió n con­
tr a las re p re n sio n e s y aviso s de la Ig le sia .
E m p ieza p o r a d h e rirs e & la L ig a d e m o c rá tic a m u rria n a y p ro tes­
ta r c o n tra « la a c titu d re a c c io n a ria d e Hom a»; d espués aflade u n a
profesión de fe u n iv e rsa lis ta , n o cató lica, y s e n tim e n ta l, y e n s e g u i­
d a se d e s a ta con los s ig u ie n te s in s u lto s , q u e son g lo ria del p o n tifi-
cad o .d e Pío X.
«Es oportuno que le haga yo obsorvav á usted que para ln autoridad eolc-
eiáitica nada hay más soepaohoeo que ol progreso intelectual en una verdad de
quo ella es la guarda, y que por un fenómeno í’aro... el Yatieauo se opone íi la
investigación religiosa, como 9Í ésta no debiera confluir al centro común de
todo, á la Iglesia. La Curia romana, después de la muerte de León X III, lia,
tomado con relación al inundo del pensamiento una actitud reaccionaria que
recuerda los tiempos de Pío IX» (1).
A sí c o n tin ú a to d a la ep ísto la, siu q u e falten la s frases de « cru ci­
fixión del p en sam ien to » , « lib e rta d q u e do el soplo del E sp íritu S a n ­
to» y la s d e m á s q u e fo rm a n el re p e rto rio m o d e rn ista .
B e n ed e tti, el S an to de F ogazzaro, se q u e ja ta m b ié n ¿ S u S a n tid a d
del « e sp íritu d e in m o v ilid a d * q u e co rro m p e á la Ig le sia (2).
Más e sc a n d a lo sa s so n , si c a b e , la s c o n se c u e n c ias q u e sa c a d e l
ag n o sticism o y sim b o lism o el m o d e rn is ta teólogo. No es y a p a ra él
la teo lo g ía a q u e lla cien cia d iv in a , q u e to m a n d o por p rin c ip io la r e ­
velación y u sa n d o o rd e n a d a y ló g ic a m e n te d el racio cin io h u m a n o ,
le v a n ta e l edificio de la s v e rd a d e s re lig io sa s; es ú n ic a m e n te la
re u n ió n de u n a s fó rm u la s d o g m á tic a s con q u e se e x te rio riz a el se n ­
tido relig io so , y a el n u e stro in d iv id u a l, y a el de los p rim itiv o s c ris­
tia n o s; fó rm u la s fu n c io n a ría s de la s c irc u n s ta n c ia s en q u e se p ro d u ­
je ro n , y p o r lo ta n to , m u d a b le s; fó rm u la s, si n e c e sa rias a y e r p a ra
sig n ific a r e l se n tim ie n to relig io so en a q u e l estad o, in ú tile s h o y y
cad u cas, p o r no c o rre sp o n d e r á n u e s tra s a sp ira c io n e s m o d e rn a s.
F ó rm u la s, s e g ú n ellos, q u e lo son todo: los S a c ra m e n to s, fórm ulas-
a fo rtu n a d a s q u e lia n serv id o p a ra e x c ita r y c o n se rv a r en los h o m ­
b res la s id e a s del n a c im ie n to , v id a y p erfecció n s o b re n a tu ra l; los li­
b ro s san to s, fó rm u las, ó m e jo r, fo rm u la rio s de la e x p e rie n c ia y s e n -
tid o relig io so de las p a sa d a s g e n e ra c io n es; lo q u e decim os in s p ira ­
ció n , fó rm u la p a r a in d ic a r e l se n tid o y la e x p e rie n c ia re lig io sa q u e
e n u n g ra d o de e x a lta c ió n poseem os y podem os poseer todos (1).
V eam os con q u é a u d a c ia , p o r no d ecir d esv e rg ü en z a; c o a q u é
su p e rio rid a d , p o r no d e c ir soberbia; con q u é p e tu la n c ia , por no d e ­
c ir im p ie d a d , d e c la ra Mrl D u m a n , e n la o b ra de R ifau x , la d o c trin a ,
el e rro r d e l sim bolism o ó fo rm u lism o q u e h ab ern o s expuesto. H ab la
d e l A n tig u o T estam en to y de los d o g m as y v e rd ad es en él re v e ­
ladas:
«Unn verdad revelada es necesariamente una verdad que trasciende el es­
píritu v concepción humana, que el hombre r.o puede pensar en su verdadera
forma y que para no perderla necesita el envolverla en figuras y símbolos,
como envuelve en palabras é imágenes Bonsibles sus conceptos intelectuales,
que de otro modo nunca form aría EL valor de este simbolismo, naturalmente,
está en proporción con la capacidad intelectual de los que lo crean. Inteligen­
cias cultivarlas y vigorosas traducinín sabiamnnte, aunque siempre inadecua­
damente, la verdad intraducibie; inteligencias groseras y sencillas no encon­
trarán para expresar esas ideas sino símbolos de extrema materialidad. Así
era inevitable que lo hiciera el pueblo hebreo...» (2).
No fu é sólo el p u e b lo h e b re o , s e g ú n los m o d e rn istas, sin o el p u e ­
blo c ristia u o , su teo lo g ía la q u e usó de e sta s fó rm a la s, g ro se ra s, in ­
fa n tile s, q u e h a n n e c e s a ria m e n te caducado:
«La movilidad que es verdadera, tratándose de Lis demüs verdades, tam­
bién lo e9 hablando de la verdad cristiana. E s inmutable en su fondo, mudable
en su forma, y sit forma rx la te.obyia. La teología que ha tenido, no digamos
el pecado, porque las cosas no podían suceder de otro modo, sino la grandísi­
ma desgracia de inmovilizarse desde lm.ee seis ó siete siglos cuando todo pro­
gresaba en torno. Por eso está caduca en su estado actual» (3).
¿P ara q u é m u ltip lic a r c ita s enojosas? No e stá n a h í to m ad as de la3
o b ras de L oisv, L a b e rth o n n ié re , T y rre ll y otros m o d e rn istas, la s p ro ­
posiciones del Silabo de Pío X, q u e se re p ru e b a n y d icen así:
20. L a R ev elació n no p u d o se r o lra cosa q u e la c o n cien cia a d ­
q u irid a p o r e l h o m b re de su relació n con Dios.
22. Los d o g m as q u e la Ig le s ia p re s e n ta com o revelados, no son
v e rd ad es d e sc e n d id a s del cielo, sin o c ie rta in te rp re ta c ió n de hechos
religioso s q u e la h u m a n a in te lig e n c ia lia form ado con laborioso e s­
fuerzo.
26. Los d o g m as de la fe se h a n de re te n e r so lam en te se g ú n e l

(1) Vid. Encíclica Pascendi: S ie ., iam., Ven. FF.....—'2) Pig. 182.—(3) Pág. 197.
10
sen tid o p ráctico; esto es, com o n o rm a p re c e p tiv a de o b ra r, no co m o
n o rm a de cre e r.
31. L a d o c trin a de C risto q u e n o s enseQ an P a b lo , J u a n y lo&
Concilios K iceno, E fesino y C alcedonense, no es la que J e s ú s e n se ­
ñó, siu o la q u e de Je sú s se form ó la co n c ie n c ia c ris tia n a .
39. L as o p in io n es acerca del o rig e n de los sa c ra m e n to s, en la s­
que e sta b a n im b u id o s los PP. d e l C oncilio T rid e u tin o , y q u e tu v ie ­
ro n , sin d u d a , in flu jo en su s cán o n es d o g m ático s, d ista n m u c h o d e
la s q u e a h o ra so stie n e n , cou razó n , los in d a g a d o re s h istó rico s de la s
cosas c ristia n a s.
40. Los S acram en to s tu v ie ro n o rig e n en la in te rp re ta c ió n que
los A póstoles y su s su ceso res d ie ro n á a lg u n a id e a ó in te n c ió n de
Cristo, segi'in lo a c o n se ja b a n y d e te rm in a b a n la s c irc u n sta n c ia s ó lo*
aco n tecim ien to s.
41. Los S a c ra m e n to s no tie n e n otro objeto q u e evocar en el e s ­
p íritu del h o m b re la p re se n c ia sie m p re b en éfica del S eñor.
T ales son ta m b ié n la s p ro p o sicio n es s ig u ie n te s , h a s ta la 51, en
las q u e el bautism o no es m ás q u e u n a p rá c tic a r itu a l c o n v e rtid a e n
n e c e sa ria p o r la ev o lu ció n sim b ó lica; la C onfirm ación no es o tra cosa
q u e el c o m p lem en to litú rg ic o d el B au tism o ; se im p u g n a ó debilito
la E u c a ristía , cn a n d o se afirm a q u e «no to d as la s cosas q u e n a rra
San Pablo ace rc a la in s titu c ió n de la E u c a ris tía ......se h a n de e n te n ­
d er h istó ric a m e n te » ; el sa c ra m e n to de la P e n ite n c ia se afirm a se r u n a
evolución re la tiv a m e n te m o d e rn a ; se b o rra de la E x tre m a u n c ió n todo
otro sello q u e el de p iad o sa co stu m b re; y se c o n sid e ran com o e v o lu ­
ciones sim b ó licas el O rden sa c e rd o ta l y el M atrim onio.
Cou p ro ced im ien to ta n seu cillo y a l propio tiem po, ta u a rb itra rio ,
lle g a n los m o d e rn ista s á p o n e r su s m a n o s a u d a c e s en la s d iv in a s
E sc ritu ra s.
La c ritic a ra c io n a lis ta m a ltra ta de m il y m il m odos n u e stro s s a ­
g ra d o s libros: em p ieza por n e g a rle su c a rá c te r d iv in o y de in s p ir a ­
dos p o r Dios; los p re su m e e s tu d ia r irre v e re n te m e n te y com o u n l i ­
bro c u a lq u ie ra a n tig u o , ó p eo r ó con m ás odio q ue u n lib ro c u a l­
q u ie ra a n tig u o ; c o m p a ra sus afirm acio n es con in co m p leto s ó falsos
d e scu b rim ie n to ? de lin g ü is tic a , h is to ria y g e o g ra fía , y con alto
d esprecio los a rro ja al m o n tó n de fá b u la s v e n e ra n d a s p o r su s m u ­
chos sig lo s. Asi la e sc u e la d e T u b in g e n ; a si ü a r n a c k , p rin c ip a l­
m e n te .
¿Qué h a c e n fren te p o r fre n te á este ejército los m o d e rn ista s q u e
se lla m a n católicos?
«iluchos escritores, en efecto, y entre ellos no jiocos católicos y aún sa -
ncrflot.es, cobraron mínelo al aparato ciontífico fie los adversarios y trataron de
disminuir el blanco de sus ataques, (le atenuar el dogmatismo, do nginr ni
vino; aceptaron las opinionesde los incrédulos y protestantes sin esperar n que
ésto3 probasen en serio sus afirmaciones 6 hipótesis, y lo que es más aún, se
convirtieron en paladines de ellas, y mirándolas sin prevención trataron de
modificarlas, liacerlas entrar á formar parte del patrimonio do la Iglesia».

Con este le n g u a je e m p lead o p o r los Obispos del P ia m o n te , en


c a rta -c irc u la r d irig id a a l clero s u b a lp in o , se d e c la ra el mrivil de los
m o d e rn ista s, q u e es el m ied o y el p rin cip io que los m u ev e, q u e es
n o sa b e r c o n te sta r í. los ra c io n a lista s, ó sea la ig n o ra n c ia . ¡G ran d í­
sim a lla g a de n u e s tro sig lo , en q u e d esco n o cid a la fu e rz a d e la teo -
lo g ia cató lica y le v a n ta d o s h a s ta la s n u b e s los n o m b res g e rm á n ic o s
de u n p u ñ a d o de im p ío s, tie m b la n los católicos, ó que se d iceu ta le s,
de in c u r r ir en el d esd éu de los m ás y q u ie re u p o n e r ludo su em peño
en a te n u a r el b lan co de su s tiro s, e n to rc e r la v e rd a d á m erced de
su s e x ig e n c ia s y a c a b a n p o r fo rm a r con ellos eu las tila s d e la im ­
piedad!
Asi los m o d e rn ista s h a n id ead o la fam o sa d istin ció n e n tre el c r i ­
tico y el católico: ellos, com o crítico s, no h a n de a d m itir sin o lo q u e
los sabios se d ic e n te s a d m ite n ; ellos, com o crítico s, lm n de leer los
lib ro s san to s com o libros p rofanos, com o libros c u a le sq u ie ra ; p a ra
ellos, com o críticos, h a d e s e r m u d a la T rad ició n , n u lo s los te stim o n io s
de los Santos P ad res, n in g u n a la a u to rid a d de la Ig le sia; i ellos, como
& críticos, no les lia d e h a c e r fu erza sin o e l tex to o rig in a l, el estudio
de las le n g u a s, el de los m o n u m e n to s de A siría y E gipto, el c o n o c i­
m ie n to de la s c ie n c ia s p ro fan as, de la h is to ria p ro fan a; ellos, como
críticos, re c h a z a rá n en esos libros cu a n to no c o n v e n g a con las a se r­
cio n es lin g ü ís tic a s , con los m o n u m e n to s histó rico s, con las afirm a­
cio n es d e la e g ip to lo g ía , asirio lo g ía ó h isto ria a n tig u a , con las hipó­
tesis de la g e o lo g ía y p a le o n to lo g ía . Como católicos, a c e p ta ra n lo
q u e la Ig le s ia , la T rad ició n , los P ad res e n se ñ a n ; pero ccm o católicos
sab io s é ilu stra d o s, s a b rá n c o n fesarse á sí m ism os la co n trad icció n .
P a ra re m e d ia rla y uo p ro d u c ir g u e r r a civil en el e sp íritu h u m a n o ,
lo propio, lo ún ico , es re c o rta r la e n se ñ a n z a católica, d ism in u irla ,
e x p lic a rla de m odo q u e uo d ig a lo q u e p arece d ecir; en u n a p a la b ra ,
p ié rd a se el católico y sálv ese el sabio.
Y ¡cu án to s re s o rte s 'p a ra d e c ir lo inism o! U nos h a n q u erid o c ir­
c u n s c rib ir la rev elació n á las m a te ria s pro p ias del o rd en religioso;
otros h a n in tro d u c id o , com o L e n o rm a n t, '(cuasi m itos» eu las pfigi-
ñ as sa g ra d a s; o tro s, con L agrang-e, h a n d istin g u id o lo que h a y de
d o c trin a l de lo h istó rico en la E sc ritu ra , re se rv a n d o la in sp ira c ió n
p a ra lo p rim ero : q u ié n , com o N ew m an, h a p en sad o se r d isc u tib le lo
q u e «se dice de paso» é in d ire c ta m e n te ; q u ié n h a lleg ad o á re s tr in ­
g ir la in fa lib ilid a d á los lu g a re s en q u e se d e c la ra n m a te ria s de fe y
co stu m b res d e fin id a s p o r ju ic io so lem n e de la Ig lesia; otros, s ig u ie n ­
do ¿ ra c io n a lista s com o S te u e rn a g e l, ltosenm U IIer, H a rn a c k , lte u ss,
e tc é te ra , a d m ite n en la B ib lia d iversos g é n e ro s lite ra rio s com o el le ­
g e n d a rio , el religioso, el a n tig u o ó poético, el p o p u la r ó fab uloso, e t ­
cé te ra , con u n a clase de v e rd a d re la tiv a en ca d a u no de ellos; f in a l­
m e n te , otros q u ie re n su p o n e r aco tacio n es im p líc ita s y a p a rie n c ia s
h istó ric a s, s e g ú n las c u a le s, el h isto ria d o r n a rró no lo q u e e ra, sin o
la le y en d a p o p u la r q u e c u I 03 tiem p o s a q u e llo s a n d a b a a u to ri­
zad a (1).
P or estas y o tra s m a n e ra s , q u e ellos a p e llid a n c ritic a e lev ad a ,
su b lim e, m o d e rn a , cieu tifica, in te rn a , etc., 110 d e ja u eu los lib ro s d e l
A n tig u o y N uevo T estam en to n a d a c o n tra lo q u e n o e s g rim a n s u pi-
q u e ta d em o led o ra. La creació n d e l m u n d o , el P araíso te rre n a l, el
árb o l de ia v id a, la lo n g e v id a d de los P a tria rc a s, el D iluvio u n iv e r­
sal, son p a ra ellos le y e n d a s m á s p o éticas y fab u lo sas q u e la m e ta ­
m orfosis de Ovidio ó q u e los v erso s de Hesiodo: ley en d as y m itos son
p a ra ellos la c o n fu sió n de la s le n g u a s de Babel, la p e re g rin a c ió n de
A b rah am á E g ip to , Lot y la d e stru c c ió n de Sodoina, la elección de
Isaac so b re Ism ael, la h isto ria de R eb eca y las p a té tic a s v ic isitu d e s
de Jo sé; en u n a p a la b ra , los o rig e n e s d el p u eb lo de Dios los e s ­
tu d ia n y h a b la n de ellos com o de la s h isto ria s y ley e n d as de Orfeo,
d e Cadm o y de los p rim e ro s fu n d a d o re s de c iu d a d e s y p u eb lo s. El
paso m ilag ro so del M ar Rojo p a ra e n tr a r en el d e sierto y el paso del
J o rd á n p a ra p e n e tra r en la tie rra p ro m e tid a , los su p o n en h is tó ric a ­
m e n te falsos y h u m a n a m e n te ex p licab les; to d as las escen as a te r r a ­
d o ras del S in aí, q u e d e sp u é s co n firm a la predicación de los A pósto­
les, son p a r a ellos le y e n d a s p ro d u c id a s p o r la a lta id ea y h o n d a im ­
p resió n q u e dejó en el p u eb lo el h e c h o d e d a rle s ley M oisés: red u c en
á idilio poético el libro de R u t, y á c a te g o ría s de p ará b o la s los libros
de Jo b , Tobías, E ster y J u d it; en u n a p a la b ra , d e ja n eu p o d er de los
e n em ig o s, ex p licán d o lo en sen tid o p a ra b ó lic o , p oético, le g en d ario ,
m etafórico ú falso, c u a u to p o r su c a rá c te r m arav illoso ofende á los
ra c io n a lista s. ¡G ran siste m a de e v ita r conflictos, d e ja r siem p re a l

(1) Vid. fi. Schittini. S. J. bivinitas Scriptor. p. 93, 103.


c o rd ero en la s g a rra s d e l lobo!; pero m u y p arecid o a l q u e se u s a en
todos los ó rd e n e s de la in ju s tic ia ; no e x a m in a r ad ú nde se in c lin a la
ra zó n , sino h a c ia d ó n d e v a el poder, p a ra re n d irs e & su fuerza.
G u ián d o se p o r estas m a n e ra s de p e n s a r, se ve conducido L oisy &
co n fesa r q u e «desde la p rim e ra p á g in a d e l Génesis b a s ta la ú ltim a
del Apocalipsis , no h a y c a p itu lo ó sección en q u e la in te rp re ta c ió n
ec le siá stic a c o n v e n g a con la h is tó ric a » (1).
Pero d ejem os q u e h a b le n n u e stro s a d v e rs a rio s ; no p a re zca q u e
los c a lu m n ia m o s.
U n cierto X , salu d ad o p o r e l p ro feso r T o rrc g ro se com o u n o de
los pocos ita lia n o s q u e conocen a m p lia y p ro fu n d a m e n te e l m ovi­
m ie n to d e la c rític a e x e y é tic a d e n u e stro s tiem pos, escribió:
«La Listona israelítica se desenvuelve realmente en sus líneas fundamen­
tales tal como nos la describe el Exateuco (2), y no como por razones con
frecuencia nada positivas y críticas se la foijan los críticos racionalistas».
H a sta a q u i, q u ita n d o el con frecuencia p o rq u e es siempre, no apa-
ce el m o d e rn ista ; p ero sig am o s, q u e y a se andará, todo.
«Esta verdad histórica substancial ti el Exateuco no impide por lo demás que
la historia primitiva, en razón do su misma naturaleza, nos sea narrada en la
forma más 6 menos legendaria que había tomado en la tradición popular (yo
pareció aquello), aunque el elemento legendario sea en la Biblia mnclio más
pareo, más noble, más puro que en todas lna historias primitivas de los demás
puebloe. (Quiún e o e o consuela...) Correspondo, puos, íi la critica y i la Iglesia
discernir el núcleo verdaderamente histórico de las formas de la tradición po­
pular do quo 61 se reviste: la crítica cou el examen científico y la Iglesia con
juicio auténtico cuantío se trato de hechos relacionados con la fe».
«De igual modo la verdad histórica substancial del Exateuco no impide,
datlas las condiciones literarias que ea aquellos tiempos, y entre orientales es­
pecialmente regulaban la historiografía, que el autor sagrado nos refiera he­
chos y circunstancias tomadas según las ofrecían las fuentes de información
oral ó escrita, sin que se le liaya ocurrido á nadie pensar si respondía plena­
mente ó no á la realidad objetiva, ni que el misino autor sagrado, para mejor
declarar una verdad religiosa y moral la liaya expresado ü veces envuelta en
ciertas anécdotas de apariencia histórica ó haya modificado y acomodado de un
modo más conveniente al fin, las circunstancias reales (le los sucesos que nos
refiere. Tambión aquí corresponde ú la crítica y i la Iglesia distinguir y
discenir* (3).
No h a y te x to m ás claro p a ra d e c la ra r e l a fá n m o d e rn ista de con-

(1) Antoar d’un petit livro, p. 64. Silab. núm. Bl. —(9) Es decir, los cinco libros
de Moisés más el de Josué. Los libros de Moisés se llaman en ln Biblia: Génesis,
Exodo, Levitico, Números y Deuteronomio.~-(2) Cavallanti. Obra citada, p. 195-8.
c ilia r a l p u eb lo alb o ro tad o con la V erd ad encarnada-, az o tán d o la,
(frita n los ra c io n a lista s: |L a s E s c ritu ra s son fáb u las! Dice la I g le ­
sia: Las E s c ritu ra s son p a la b ra s de D ios. T e rc ia n los m o d e rn ista s:
Las E sc ritu ra s son p a la b ra s de Dios en lo s u b s ta n c ia l; ¡ tie n e n fá b u ­
la s ... v am o s, fá b u la s o rie n ta le s!; pero los a u to re s, el E sp íritu S anto,
¡¡no se dió c u e n ta de ello!!
P ero, ¿qué es lo substancial? ¿Q uién lo p o d rá d ecir?
P o r lo m en o s, p a ra el a u to r q u e se firm a Jean le Morin, eso s u b s ­
ta n c ia l no e ra la a u te n tic id a d de los lib ro s sa g ra d o s n i su h is ­
toricid ad :
< La Biblia queda en el último rango de Ir. historia. ¡Qtió enseñanza tan
angustiosa para los que han creído en la doctrina tradicional (lo la Iglesia! ¡Y
Hilé amarga decepción para los que han consagrado su vida ¡Vdefender la doc­
trina católica» (1).
«Las conclusiones de la ciencia destruyen casi todas las enseñanzas de la
Iglesia, porque nunca menos que en los primeros capítulos del Gcnesú, se
encuentra la explicación de las creencias fundamentales del cristianismo.
¡Que desilusión ton cruel!» (2).
Ni tam p o co el d o g m a de la S a n tís im a T rin id a d a l q u e d a o rig en
p ag an o :
«Si el dogma do la Trinidad se halla en la primitiva Iglesia es porque es
osa idea de Trinidad tiene su origen en las religiones antiguas y en las escue­
las filosóficas» (3).
Ni los E v an g elio s m ism o s se e sc a p a n k la r u in a co n co rd ista, a n ­
tes c o n tra ellos, se d e sa ta m á s la te m p e sta d . Es ta n c la ra la co n se ­
c u e n c ia q u e b ro ta de a d m itir q u e los E v a n g e lio s e stá n escritos ó p o r
testig o s o cu lares de los h e c h o s ó p o r su s in m e d ia to s discípulos; es
ta n notorio q u e si esto es así tie n e n q u e s e r h isto ria s v e rd a d e ra s,
p o rq u e n i la p a tr a ñ a es p o sib le, tra tá n d o se de cosas ta n g ra v e s y
tra sc e n d e n ta le s q u e lo q u e se p ro c u ra p o r los ra c io n a lista s d e c ir
es q u e n i S an Mateo, n i San L u cas, n i San M arco s,ni s o b re to d o S an
J u a n , fuero n los v erd ad ero s y p rim itiv o s a u to re s. C ódices de siglos
p o sterio res escritos p a ra p asto de la p ie d a d fa n tá s tic a , fu ero n a tr i­
bu id o s á a q u e llo s h o m b res com o la Balracomiomaquia á H om ero;
¡p u ra iu iu g iu ació u !
Los m o d e rn ista s se p e re c e n p o r b u s c a r d e s a tin a d a s co n cordias,
acab a n d o p o r s e r los m ás h u m ild e s soldados d e fila del ra c io n a lis­
m o; ¡es n a tu ra l!
S em ería fiu g e y a firm a q u e los v e rd a d e ro s a u to re s d e los E v a n ­
g e lio s son la s tu rb a s e n c u y a a p re n sió n y c o n cien cia y en cuyos la ­
b io s se elaboró la p rim itiv a m a te ria e v a n g é lic a , de a q u í to m a ro n los
p rim itiv o s e v a n g e lis ta s y escrib iero n lo q u e p u e d e llam arse p rim e r
'ev an g e lio ó p ro to p laam a e v a n g é lic o : lo q u e h o y ten e m o s es u n
desarro llo .
L oisy con su s se g u id o re s, su p o n e la c re a c ió n d el c u a rto E v a n g e ­
lio, d e l E v a n g e lio de San J u a n , u n sig lo ó m á s d esp u és de la A s­
cen sió n del S alv ad o r p a r a d a r cuerp o á. la id e a d e d eificación q u e y a
ib a to m a n d o la a d m ira c ió n le g e n d a ria p o r Je su c risto (1).
P a ra co m p le ta r su s afirm a c io n es todo lo m ila g ro so ó s o b re n a tu ­
ra l lo e x p lic a n , e s d e c ir, lo fa lse a n ú su ta la n te . P ero o igam os a lg u ­
nos p a sa je s de ellos:
E l y a citad o D u m a n escrib e ápropÓ 3Íto d e l N uevo T esta m en to :
«A pesar de todo es preciso confesar qne la lectura do los Evangelios, so­
bre todo la de los tres primeros, liace por un momento la impresión do que se
vive eu una atmósfera de leyendas. El Niflo do Dios nacido, los ángeles que
cantan en el cielo, sus voces que so oyen en la tierra, los magos '[iiu para ado­
rarle vienen del Oriente, guiados por una estrella que los gula; el demonio quo
para tentar á Jesús lo lleva al pináciüo del templo, de donde le aconseja quo
rq tire; que luego le sube á un rao oto desde donde vo tadoa los reinos do la
tierra... ¿Cómo tomar á la letra todos estos cuentos? ¿Cómo no vor la parto quo
en todo eso lia tomado la imaginación, y que por endo no son hachos históri-
f.08 esos que tenemos delante'-1Lo mismo sucede con varios milagros (le Cristo,
El de la curación del paral fti en en la probática piscina ¿no so torra sospoclioso
por la circunstancia, fruto evidente de la imaginación popular, de qne un án­
gel bajaba de tiempo en tiempo y movía la piscina para que se curara precisa­
mente aquel enfermo quo bajase el primero después do la remoción del agua?
Aquel otro (le los demonios arrojados por Jesús del cuerpo de un loco furioso,
y que le suplican entrar en los cuerpos de una piara do (los mil cardos, que
e n seguida se echan al mar y se ahogan, esc es pura niñería. Claro que 110 son
todas leyendas las de los Evangelios. No hablamos de la doctrina que ss admira­
ble y que directamente viene de Jesucristo, hay también una parto (le historia
quo es completamente sólida, pero hay también algo de leyenda, eso es
innegable» (2).
Q u iera Dios q u e n u n c a h a y a lle g a d o á v u e stro s oídos le n g u a je
parecid o á todo e l q u e a c e rc a d e las S ag rad o s E sc ritu ra s d e ja m o s
co m o e n p icota de v e rg ü e n z a citad o ; á. los m íos os lo confieso, lia
venido y m u c h a s veces. Si com o & m i os h a p asad o 6. vo so tro s, cou-

(1) Vid. L aFoutaiue, Le» itifiUratio*8..~ c. 4.—L. Murillo. S. J, E l Evangelio


de San Juan.—['i) H itaos, Des comIUíohs ilu retour au eatkolicüme, p. 182.
fesad q u e en E sp a ñ a , a ú n en p u n to ta n escan d alo so com o éste, h a y
infiltraciones de modernismo.
C errem os y a e s ta ta re a con u n a s p a la b ra s q u e se refieren a l libro
de Jean D ’Ahna (p seu d ó n im o claro), in titu la d o : La Conlroverse du
quatriéme E vangile y son en su elogio to m ad as de la re v ista d el
a b a te N au d et.
«El año 1907 lia sido fecundo en obras acerca clel cuarto Evangelio. P are­
ce que las meditaciones provocadas por la grande obra de Mr. Loisy lian
venido á fruto casi ni mismo tiempo. Esta obra..., respetando la teoría da la
olcgorización de los sinópticos (1), pretende descubrir en el cuarto algo más
que una pura alegorización de ideas, y juntarle la alegorización de los hechos
de la historia judío-cristiana desdo la muerte de Cristo á la ruina de
Jemsuléu.
»Así se puede explicar la vida de las narraciones, la pentecostús de años
<jue abraza la duración biográfica del Cristo ele Juan y el cambio constante de
(lccoraciúu local. Los fracasos sucesivos del Verbo en su pueblo, fracaso ju ­
dio, fracaso saman taño, galileo, no bou sólo personales del Salvador en su vida
mortal, sino más de los Apóstoles en su vida resucitada. Mejor y más verosí­
milmente se atribuyen á éstos que 4 Jesús las discusiones polémicos sobre la
oposición do las leyes antigua y nueva del bautismo do Juan y del de Cristo,
de la Eucaristía y del Maná. Las idas y venidas do Cristo desde Jerusalén á
Galilea, (le Galilea á Jenisalén, sus frecuentes fugas á Efrain, ó más allá del
Jordán, las piedras, las expulsiones de la sinagoga, miraban müs tí los discípu­
los judio-cristianos que al misme Cristo y la vida de él es la vida da ellos, la
historia de él es la historia de ellos en el cuarto Evangelio. Juan D ’Alma pre­
tende que ésta es la historia entera del Verbo, principio de vida y de luz in­
manente para el mundo, pero cuyo punto de inserción era el pueblo judío y
esto es lo que se debe leer en este libro sagrado. El prólogo resumirla, como
dijo Mr. J. Reville, la historia do la venida del Verbo al mundo; el cuerpo del
Evangelio expondría la unión íntima y última con los elementos materiales y
allí se vislumbrarla el cristianismo con que nace la muerte de Jesús, ó que se
extiende definitivamente en el mundo después de la ruina del Antiguo Testa­
mento como la ascensión indefinida del Verbo: Ascendo ad Pairan ineum et t a ­
irem vextnm... Visto así el cuarto Evangelio so presenta en verdad como his­
toria y como apología. El sagrado autor muestra cómo la religión del Verbo se
salió de su sitio, eúuio el principio de vida y de luz se divorció de 3U pueblo
para extenderse fuera del templo bajo los nuevos signos de la sangro y del
agua: ¡el Bautismo y la Eucaristía! Seductora es esta concepcióo, y eu suma*
parece fundado...» (2).
L a S a g ra d a C o n g reg ació n del In d ic e p ro h ib ió en 1908 la o b ra de
Jean D 'Alma.

(1) Llaman sinópticos á los Evangelios de San Mateo, San Lucas y San
Marcos.—(2) L a Juatice Sociale, 4 Mayo 1807.
U na vez m ás la Iglesia no h a pensado como Mr. el ab a te
N audet.
Los m odernistas, aplicando su agnosticism o de la realidad y su
inm an cn tism o y sentido 6 propensión re lig io sa, dividen ni hom bre
en dos: en filósofo y católico; en científico y crey en te; en critico y
cristiano. El filósofo, el científico y el critico pueden profesarse dis­
cípulos de K ant, Strauss, H arnack y Eeusch, de quien quieran; p u e­
den con arg u m en to s y sofismas decir cuanto q u ie ra n ; pensar cuan­
to qu ieran con tal que como creyentes, como cristianos y como ca­
tólicos oigan á la Iglesia. ¿Hay a lg u n a vez contradicción? Redúzca­
se entonces el blanco, acomódese la doctrina, bi'tsquese modo de
que en realidad venza la razón á la fe; h ág an se racionalistas y p e ­
rezca el cristiano.
Asi d iscu rren en teología, en filosofía, en crítica esc ritu raria; lo
hem os visto, de sus m anos nada sale ileso: motivos de credibilidad,
m ilagros, au ten ticid ad de lus libros sim ios, veracidad de ellos, divi­
n id ad de N uestro Sefior Jesucristo, infalibilidad de Su Esposa la
ig lesia, dogm as, la S antísim a T rin id ad , la E n ca rn ac ió n , los S acra­
m entos, todo, todo, todo es profanado por sus im plas m anos.
¿Y q u errían estos h o m bres’seg u ir perteneciendo á la Iglesia?
Feliz y m il veces b en d ita la hora en que Pió X , alzándose
en el solio de San Pedro, requirió los rayos de sus an atem as re­
pitiendo:
Procul, oh!procul svnio excilalores discordiaruin! (1). Agitadores y
sem bradores de discordias y de cizaña, ¡afuera! ¡afuera!
¿Pensáis que tales hom bres van á perdonar la historia y las pia­
dosas tradiciones? De nin g ú n modo.
Arm ados con la p alabra crítica, que sin crilica esgrim irán, darán
á los pro testan tes y enem igos de Dios la razón y a denigrando ó con
calu m n ias ó con verdades (que era verdad aquello de que se había
m ofado C am ), &veces ex a g era d as, procuraran oponerse á l a piedad
sencilla y afectuosa del pueblo con pedantes erudiciones históricas,
a rra stra rá n por el lodo los hom bres de fe intem erada y católica de
los siglos pasados; se h arán m alos hijos por q u erer oropel de buenos
críticos y m irará n con desprecio las tradiciones venerandas, porque
les falta un p erg am in o , cuando tienen el sen tir de m uchas g e ­
neraciones ó como si los pergam inos no pudieran ser testigos r e ­
cusables.
U ltim a y desgraciada m anifestación de unas alm as sin fe , que
co n trastan soberanam ente consigo m ism as, porque ellas que antes
de besar u n a reliq u ia qu ieren a b rir juicio contradictorio, pondrán
eu v itrin as y en cojines do terciopelo y a u n a joya de Ram sés I I , ya
u n a lig ad u ra de u n a m om ia eg ip cian a, y a n n hallazgo de la edad
de p iedra, y a law biéu el hueso de uu an im al prim itivo y con la
propensión crédula que en g e n d ra el deseo de esas rarezas y la esti­
ma de los descubridores extranjeros que las au ten tizan las creen l i ­
geram ente tales, y ¡ay del que se sonria con critic a , porque el a n a ­
tem a de ig n o ran te y otro tanto caerá sobre su frente! No tien en los
m odernistas fe.
E sta falta de fe es la que hace censurables sus alardes aun en
aq u ellas cosas en que aciertan históricam ente.
Oigamos á Pío X ejercitado en esta m ateria:
«Los modernistas que se dedicr.n á escribir historias euidau con gravidísi­
ma vigilancia de no parecer filósofos, y hasta hacen gala do que ellos no son
filúsoíos; astuto modo <le proceder para evitar piense alguno que ellos seguían
por opiniones preconcebidas, y que no sen puniiumito objetivos» (1).
C ontinúa Su S antidad dem ostrando cómo precisam ente toda su
h isto ria es filosófica é im buida por la filosofía del agnosticism o,
del sentim entalism o religioso y de la división entre el crítico y
e l creyente y cómo de este modo, lejos de escribir h isto rias,
hacen libros de apología heterodoxa. Se verifica ah o ra u n a vez m¿s
e n estos herejes lo que y a hem os visto en varias ocasiones; alard ean
de aquello de que carecen; echan en cara á sus adversarios lo que
ellos mismos h acen. Se diceu a.ui¡gus de la Ig lesia y liendeu ú des­
tru irla ; alard ean de ser ellos los intérpretes del Papa, y son sus hi­
jo s más rebeldes; profesan ser im parciales en historia y no son 3ino
falseadores de ella por p a r ti- p ñ s ; escupen contra sus adversarios
que van á m atar á la Iglesia con sus intem perancias, y ellos son los
parricidas; los in su ltan por refractarios y desobedientes, y ellos son
los que poneu cortapisas i su autoridad divina y luego se declaran
■en rebeldía; se mofan de los apologistas católicos por escribir u n a
historia edificante, no verdadera, y precisam ente pecan ellos escri­
biendo u n a h isto ria escandalosa, y mendaz.

(1) Modemistaram quidam, qui componendis historiis se dedvmt, sollíciti


magnopere videnlur ne credantur pliilo6ophi; profatentur quia imo philosophiae
se penitas-espertes esse. Astute id quam quod máxime, ne scilicet cuipiam sit
opinio eos praeiudicatis imbuí philosophiae opiuationibus, nec esse propterea
u t ainnt, omniuo objectiros. (Encíclica Pasemdi}.
C ontinúa Su S antidad Pío X:
«•Al escribir la historia con apariencia do decir la verdad, sacan á luz con
gratule diligencia y manifiesta delectación todo lo que puede manchar el nom­
bre de la Iglesia. Lns sagradas tradiciones populares, llevados do cierto pru­
rito jvpriorístico, trabajan por borrarlas con gran conato. Desprecian las sagra­
das reliquias recomendadas por la antigüedad. Se dejan llevar de un vano
deseo de que el mundo los alabe y hable de ellos, y creen que' no lo vau á
conseguir si dicen lo que todos y siempre han dicho» (1).
Estos son m odernistas; pero tam bién los hay que obran así y son
tro p a a u x iliar del m odernism o, como el mismo Poutifice lo dice en
la Encíclica:
«Creen quizás que con esto sirven á Dios y á la Iglesia, cuando en verdad
yerran gravisimamente, no tanto por lo quo hacen, cuanto por la intención con
que lo iiacen, y porque dan muy útil ayuda á los modernistas» (_).
P a ra ten er alg u n a am pliación de las ideas de la E ncíclica en
punto de ta n ta aplicación en n u estra España, donde se pueden se­
ñ a la r m uchas infiltraciones m odernistas en este particular, acerca
de las ven eran d as tradiciones del Pilar, venida de S antiago, apari­
ción de Covadonga, X uestra Señora d e G uadalupe y tautns m ás, re ­
m itirem os á nuestros lectores el citodo libro Modernismo y modernis­
tas, del presbítero C avallanti y á su capitulo vii, C ritica religiosa .
Allí se ve que la critica m odernista de M urri, G liiguoui, Musaiui
(F r a P aolo), Minocchi, Feis, del Corriere della Sera, de los S tvM R e-
liffiosi, de la R evista de Cultura y de otros de la propia calaña, se
quiere cebar en las devociones m is populares de San Francisco, n e­
gando aúu el valor histórico y la existencia del Santo, de San A nto­
nio, censurando el uso de los cepillos y billetes petitorios, de S anta
F ilom ena y San Expedito y de otros m uchos Santos, negando su
existencia, de la S anta Casa de Loreto sofisticando acerca tle su m i­
lag ro sa traslación, del Santo Niño de F rag a rugiendo contra sus
atrib u to s de realeza, etc., etc.
Ni se detienen eu su furor en u n a ú otra im agen, sino que ata-

(1) En conacribendia historiis specie adferendae veritatis quidquid Eccleaiae


maculara videtur aspergare id manifeata quadam voluptate in lucera diligentisai-
m e pununti. Sacras populareB traditiones apriorisiuo quoudaui ducti, deleie omni
opo commtnr. Sacras reliquias vetustate commcndatna deepectui habent. Vano
Bcilicct desiderio ferontur nt mundua de ipsis loquatur, quod f n t i i r i i m non an tn -
m ant, bí ea tanturn dicao t quae eemper quaeve ab ómnibus sunt dicta.—(2) Inte­
res. Bundent forte sibi obaequiutn se praeataro Oeo etEocleaiac; renpse olfendunt
graviasime; non aun tanturn ipai opera, quautum ex mente qua ducuntur et quia
perutilem operarn moderniatarum aueibuB conferunt.
can en g en e ral y valiéndose de pretextos discutibles, como son la-
m ayor ó m enor h erm osura y valor artístico de la im agen, la inferio­
rid ad de aquel Santo coa relación á otros m is venerados, la supers­
tición, que llam an , de codiciar m edallas, rosarios y figuras sagradas.
M onseñor Bonomelli, Obispo de Crem ona, escribió u n opúsculo
Intitulado E l Culto religioso: defectos y a lu s o s , de cuya refutación,
por el presbítero C avallanti, tom am os a lg u n as frases:
«Habla primero de ciertos finí es que al practicar el culto externo tributa­
do ¿LDios, á la Virgen y á los Santos no establecen diferencia alguna entre las
i’iversas veneraciones ó lo hacen al rovús de lo debido, descubriéndose y pos­
trándose de hinojos ante las imágenes de la Madre de Dios y ante las reliquias
C imágenes de los Santos qne son llevadas procesionalmente por las callos
mientras apenas tributan homenaje alguno 5. Jesús Sacramentado... £1 mismo
autor prevé la objeción, y se apresura á decir: Si yo preguntara á un mucha­
cho 6 á iv.ia mujer del pueblo, me respondería inmediatamente dando a enten­
der que saben distinguir ti Dios de Jesucristo y á la Virgen de los Santos...
Pues entonces ¿valía la pena de escribir tantas páginas para combatir molinos
de viento?*
«Después de probar con buenas razones que no deben confundirse en los
honores del culto á Jesucristo, la Virgen y los Santos, escribe: ¿Quiónconrae-
mora, celebra ó venera á aquellos gigantes de santidad que se llamaron Igna­
cio M„ Policarpo, Justino, Atanasio, Crisústomo, Cirilo, Agustín, y bajando
hasta Gregorio M.. Anselmo, Bernardo, francisco de Sales, Vicente de Paúl y
otros? ¿Quién? Los sacerdotes especialmente y todos los lióles... Pero cadafiel
puede elegir á 3u gusto y tomar por abogado al Santo quo estime convenien­
te, Santo que podrá ser mayor 6 menor con respecto á loa anteriormente
enumerados».»
«Del culto de los Santos, pasa el egregio escritor al culto do las reliquias
6 imágenes... Escribe: «Los fieles dan la preferencia ¡í tal ó cual imagen y es­
tatua, y la honran y veneran con especial amor, aunque tal vez sea artística­
mente inferior y hasta indecente; y si se trata de mudarla ó trasladarla A otro
sitio ó sencillamente de reformarla protestan, gritan, se oponen furiosamente.
¿No es por desgracia semejante modo de proceder un indicio de superstición?
Poco íi poco; que si los fieles, por ejemplo, de Caravaggio, de Vicenza, de
Lourdes i de Zaragoza (y en general de sitios donde hay imágenes antiguas y
milagrosas) viesen que se trataba de mudar ó trasladar las imágenes do sus
Vírgenes, ¿no cree el docto autor que obrarían con perfecto derecho al protes­
tar y oponerse?»
«Hemos de decir con entera franqueza lo que decimos (transcribo textual­
mente de Mons. Bonomelli’i: ¿Podéis vosotros imaginar un San Pablo que reco­
rrió el mnndo anunciando el Evangelio y derramando su sangre; un San Am­
brosio, un Kacianceno, un (Jirilo, un Cipriano, nn Bonifacio, un francisco
Javier cargados de medallas, de imágenes, de efigies sagradas, de emblemas
religiosos de toda especie?... Y ti continuación añade: Conste que yo no condeno
«1 uso (le las medallas, rosarios, etc... Pero las palabras primaras, ¿qué impre­
sión os producen, lectores...* (1).
El b alancín y la fluctuación de Bonomelli, se tra e c a en p e d a n ­
tesco descoco en los dos textos que com pletan nuestras pruebas.
Cita num erosos m ilagros tom ados de las vidas de los Santos, y
sig u e:
«Dejo también las numerosas santas que se casaron con Jesucristo, y reci­
bieron de manos de Salvador en persona su anillo, su ropa y castos besos...
En verdad, el editor de quien recojo estas maravillas no tieDe el monopolio
ile ellas. Eu uno de los últimos boletines del Messager Eucharistiquc [1906)
leí que un acólito desayunaba todas las mafianas con una estatua (le piedra
del Niño Jesús, que so animaba y comía con él de buen grado y con ganas.Eu
Junio (le 1907 en el Bnllctin dit Ibsaire so nos contaba que hacia 1S70 en
Soriano (de Calabria, amigos), en pleno día y ante una multitud la estatua de
Santo Domingo se movió, y se volvió muchas veces hacia la capilla del Rosa­
rio. Ko nos olvidemos de San Patricio, de Santa Isabel y de otros qne colga­
ban los guantes y ropas de un rayo de Sol; de San Norberto, que dejó en uu
rio las huellas de 3 us pies, y que estornudando echó una nrañí. que había be­
bido al consumir el Sanguis. Pero, al fin, me gritan, todo eso es posible. Sí;
posible, sí, que Dio» es omnipatente. Mas antes de creer que Dios se lia pres­
tado á todas esas bizarrísimas, fantasías se necesitan pruebas colosales, y lo
■que por lo común nos dan son testimonios de neuróticos ó do personas que
florecieron en los días afortunados do las falsificaciones piadosas ó del entu­
siasmo irreflexivo. Estas oosos elegantes y escogidas, tan bien fundadas como
Croquomitaine, son el fecundo dominio donde reunían en paa los redactores de
los Pelcrin, Mes-sagas, Bulktin Marialó del Saint liosa iré. Faltan ásu colec­
ción Betrbe-Bleu, el Pelil-Paucct y Cendrillon. Es do esperar quo para hacer
sus hojas nn'is amenas, llenrin'm bien pronto tan lamentable vacío.
E l abate AIaxttel Uütiiet » (2).

P ara concluir, véase con qué escandaloso em brollo y con qué li­
b erta d h ab la Mr. L ancry de los m ilagros de Lourdes:
«¿Por qué, dianclic, no llamar así á las curaciones maravillosas de Lourdes?
El milagro dicc necesariamente un hecho contrario ¡l las leyes de la naturale­
za. ¿Quién lia visto, probado y examinado ooii autoridad uu verdadero milagro,
un hecho teológicamente milagroso en Lourdes? ¿Dónde eslú escrito, dianclie,
que la creencia de los milagros de Lourdes es de fe? Por amor de Dios, Míne­
se las cosas por su nombre: una maravillo, es una maravilla; no un milagro en
ol sentido teológico do la palnbrn. Quiérese asegurar quo en Lourdes ha habi­
do milagros, enhorabuena; poro tómase ol trabajo do probarlos, comprobarlos
y demostrarlos. Cósese ya ile hacer como hasta aliora para saber si un tal X
os catíilifio; ns dw.ir, no (1fijan de preguntarle si «-ño en los milagros de T/tur-
des y .se olvidan de preguntar si cree en la Santísima Trinidad ó en la Encar­
nación» (1).

II

D eclarem os y a brevem ente la doctrina católica frente & tan tu


e rro r y ta n ta Ignorancia.
E n discursos anteriores, quedan explicados los fundam entos de
credibilidad del acto de fe y su econom ía; aquí solam ente s e n o s
ofrece d eclarar la am plitud del objeto de la fe y el aparente con­
flicto en tre la razón y la fe.
L a fe es aquella v irtud y fuerza sobrenatural por la cual acepta­
m os y creem os las verdades que Dios nos h a revelado, por la a u to ri­
dad del m ismo Dios que lo revela. L a autoridad, la palabra de Dios
in terp u esta, es el motivo por el cual aeeutim os; la verdad que se nos
presen ta bajo cata au toridad divina, ea lo que suele llam arse objeto,
ú objeto m aterial, ó m ateria de n u estra fe. Así es m ateria de nuestra
fe la creación del m undo, la S antísim a T rinidad, la E ncarnación del
Hijo de Dios y la doctrina que él predicó, etc.
Sólo de esta enunciación se desprende que puede ser doble la
m ateria de n u estra fe, verbigracia: la S antísim a T rinidad y la des*
trucción de Jeru salén por I03 asirios. Lo prim ero, es algo que se e le ­
v a sobre tocia n u estra com prensión, por ser de esas cosas que sólo
puede escru tar el E spíritu de Dios y que llam a San Pablo prc¡fnndn,
Dei. Lo segundo, es algo que las historias h u m an as asirías no3 p u e­
den com unicar. Pero cuando á am bas cosas leídas en la E scritu ra
dam os nseutim iento, lo hacem os porque se interpone la palabra v e ­
raz de Dios revelante. Guando la liisturiu y lu asiriología. vieue
& declararnos la seg unda verdad del cautiverio de Israel y de
Judft, viene, no & q u itarnos el prim er conocim iento, sino ¿ darnos
otro que lo robustece.
Caso éste v u lg a r en la vida h u m an a: declara un profesor á su&
discípulos las prim eras lecciones de u n a F acultad, donde, por fu e r-
za, se suponen m ach as cosas que ig n o ran aquellos principiantes y
que creen por la opinión de ciencia y de veracidad de que adornan
A su m aestro; correa los dias y a lg u n a s de aquellas afirm aciones
pasan al tesoro propio del alum no, que las defiende, por des m oti­
vos: el de la auto.ridad de su m aestro y el que de su propio esLudiu
h a sacado; otras habrá, que, procedentes de la ciencia suprem a del
profesor, do podríiu ser defendidas por el discípulo sino por fe.
Discípulos todos los hom bres de Dios, recibim os de este suprem o
Maestro lecciones en su E scritura y en su Tradición revelada, y en
ellas nos p resen ta verdades q u e sólo Él, por su altísim a ciencia, p u e ­
de conocer, y otras que n u e stra razóu, con estudio y tiem po puede
alcanzar; son las un as, verdades sobrenaturales ó m isterios, y las
otras, verdades natu rales; pero u n as y otras, propuestas bajo la a u ­
toridad de Dios, son verdades de fe.
¿Puede h aber conflicto en tre la fe y la razón?
A parente, sí; real, no.
A parente en las verdades de orden n atu ral, cuando la razón des­
b arre y se equivoque y llegue á conclusiones contrarias; y así se lla ­
m aría torpem ente conflicto la oposición que h u b iera en tre el faro
que señala la costa y la vista del m arino que h u b iera creído d iv isar­
la en otra parte.
A parente en las verdades del orden sobrenatural, cuando la ra ­
zón q u iere volar por espacios vedados ó g u ia r el carro del sol, que
entonces, eu castigo, se le derriten las alas ó se abrasa.
¿Cómo se resolverá, pues, todo conflicto entre la fe y la razóu?
Pues como se resuelven los conflictos entre el n avegante eu m ar
obscura y tenebrosa y el faro parpadeante de la costa; como se r e ­
suelve el que pueda h ab er entre u n a observación física ó astronóm i­
ca y la fórm ula algebrfiica que prevé el resultado; como se resuelve
el que su rja entre la resolución de un problem a h ech a por un alu m ­
no y la del m ism o problem a hecha por un doctor; es decir, resol­
viendo á favor de lo seguro contra lo inseguro, di¡ lo especulativo y
cierto co ntra lo incierto; de la sab id u ría contra la ignorancia. La
ciencia de ¡a fe es el faro, es la fórm ula algébrica, es la palabra de
Dios sapientísim o; la razón h u m an a fluctúa m ás que el ciego n a v e ­
g an te, se equivoca mfis que la observación, y erra mús que el p rin ci­
pian te discípulo.
Por eso, no hay sino decir con Pío IX:
«Oficio de la filosofía es en las cosas ilc l¡i religión no dominar, si-io servir;
no determinar quO se ha ele creer, sino abrazarlo con obscpiiu razonable du
fe; no escrutar la profundidad de los misterios de Dios, sino reverenciarlos pía
y humildemente» (1).
De los que obran en contrario, escribió Gregorio IX:
«Algunos de entre vosotros, hinchados como odres con viento de vanidad,
quieren traspasar los límites impuestos por los Padres seducidos do profanas
novedades; el sentido de las sagradas páginas lo inclinan y acomodan á la
doctrina filosófica racional para ostentación de ciencia, no para provecho algu­
no de sus oyentes... Engallados por doctrinas varias y peregrinas, reducen á
cola la cabeza y obligan á la reina á que sea esclava de su esclava» (2).
Ni tem an que esta esclavitud redunde en daño do la razón; antes
d ig an con el m ism o Pío IX que «m ediante la noticia que da la reve­
lación de las cosas divinas, preserva á la razón de torios los errores
y m aravillosam ente la ilu stra, confirm a y perfecciona» (3).
Puesto como p ied ra a n g u la r este fundam ento, 6e deben aceptar
los dogm as, no como la razón h u m an a lo q uiere desfigurar, sino
corno Dios N uestro Señor nos lo revela y la Iglesia iufaliblu nos los
propone. «Aunque u n ángel del cielo os predicara, escribía San P a ­
blo, doctrina diversa de la que yo os predico, arrojadlo, sea a n a te ­
ma» (4).
Esta es la firm eza de la fe que h a habido en la Iglesia desde su
fundación. Los Apóstoles reciben como divino depósito la doctrina
q ue Jesucristo N uestro Salvador les enseñó; ellos repiten á los discí­
pulos, como el Apóstol San Pablo el deposilum cuslodi; los discípulos
cum plen el encargo apostólico y San Ireueo exhorta á acudir en d u ­
d as de doctrina á las Iglesias apostólicas, como depositarías del s a ­
g ra d o tesoro; los Santísim os Padres todos y la Iglesia R om ana, m a­
dre y cabeza de las dem ás, uu se h an reputado fundadores ó inicia­
dores de u n a doctrina, sino tesoreros de enseñanzas divinas y
extrínsecam ente im puestas. Este es el sen tir de la Iglesia, desde el
Concilio de Jeru salén al Concilio Vaticano, desde San Pedro á P io X ,
deposilum cuslodi.
lis verdad que en la Ig lesia Católica existe u n a verdadera histo ­
ria del dogm a, pero que lejos de favorecer á los m odernistas los
refuta victoriosam ente. Es historia, es evolución, es progreso, pero
no del no ser al ser, sino de lo obscuro i'i obscurecido á lo m ás claro,
de lo confuso & lo determ inado, de lo im perfecto h lo perfecto. A lgu­
nos dogm as, m ejor dicho, todos los declarados en tiem pos posterio-

(1) Brev. ad episc. Wratialav, 15 Junio 1867.—(2) Epist. ad niaj. theol. Paria.
Non., Jul. 1229.—(3) Encíclica de 9 de Noviembre 1846.—'4) Ad. Galat.
res, eran y a explícitam ente, 6 hab ían sido profesados en los p rin ci­
pios; y un regreso en el conocim iento de elloe, por parte de algunos
cristian o s, hizo necesaria la declaración.
Cuando el Concilio de Nicea proclam ó la divinidad de Cristo, no
hizo sino enm udecer k Arrio, disipar la. obscuridad que él h ab la d i ­
fundido y restablecer á su luz los discursos del Señor en los E vange­
lios, el punto cardinal de la predicación apostólica, la profesión in -
discutida de los Padres de los prim eros siglos. ¿Qué hizo el Concilio
d e Efeso contra Nestorio sino form ular en un canon nuevo la fe a n ­
tig u a , la contenida en térm inos expresos en la E scritura, en los li­
bros de los Padres, en la profesión constante de los fieles? ¿Quién fué
el prim ero qne denunció los errores da Nestorio? ¿Xo fué el pueblo
sencillo constautinopolitano? Si aquel dogm a h u b iera sido u n a n o ­
vedad, si el articulo de la m aternidad divina de N uestra Señora no
h u b iera sido patrim onio de todos, ¿hubiera podido el pueblo horro­
rizarse al escuchar las im piedades de su indigno Pastor?
Cuando en los tiem pos m odernos del Concilio de Trento quiso
exponer la doctriua de la Iglesia sobre los libros de la Iglesia, sobre
el pecado original, sobre la gracia y la justificación, sobre el n ú m e­
ro, ser y eficacia de los Sacram entos, sobre el P urgatorio y las re li­
quias é invocación de los Santos ¿qué hizo? ¿Inventar cosas descono­
cidas ó que eran patrim onio de pocos? N ada de eso; sino que en
medio del núm ero tan gran d e de puntos definidos sobre cada u n a de
las m aterias dichas, ap en as se hallará, aserción de im portancia ó de
p asajes conocidísim os y claros de la E scritura y de los Santísim o»
Padres, ó de definiciones expresas de Concilios anteriores, y aú n a l­
g u n a s las reproduce A la letra.
P ues el V aticano ¿quéhizo? Léase, com púlsense sus citas y se verá
que su obra toda fué declarar verdades contenidas y expresadas con
toda evidencia en la E scritura, confesadas constantem ente por todos
los fíeles, consignadas expresam ente en los mismos sím bolos de fe.
;Ah!, si; los herejes h an contribuido á este desarrollo, siendo la
ocasión prim ero de la discordia en la Iglesia, después del ejercicio
de la autoridad dogm ática, p ara h acer callar á los que á. sí mismos
se llam aban novadores. Las dem ás historias de los dogm as que, si -
guiendo á. H arnack, quieren los m odernistas, no son sino delirios
m onstruosos, apriorísticos, en donde con falsedades históricas, c a ­
llando unas cosas y exagerando otras, se incurre m uchas veces en
el absurdo de h acer á la Iglesia a n d a r y desandar, tejer y destejer,
p ro g resar y reg resar arb itrariam en te.
T'no de estos dogm as tan religiosam ente h a sido el de los libros
santos 6 E scritu ra S agrada. Abraza dos partes que sou A ntiguo y
Nuevo Testam ento: en el A ntiguo se incluyen los libros anteriores ú
Jesucristo N uestro Señor, y e n el Nuevo los que son posteriores á él;
am bos T estam entos se subdividen en libros históricos, proféticos y
didácticos, sin que esto q u iera significar ab so lu ta separación de
m aterias y que los libros históricos no contengan profecías y ense­
ñan zas y asi proporcionalm ente de los dem ás. Los históricos del
A ntiguo Testam ento abrazan la historia del pueblo escogido, é in ­
directam ente la del m undo, desde Adán h asta el im perio R om ano;
en el Nuevo ab arca la historia de los principios de la Iglesia con la
predicación de N uestro R edentor y la ríe los Apóstoles, p a rtic u la r­
m ente la de San Pablo. Los libros proféticos del A ntiguo T estam en­
to com pletan los históricos por cuanto coexistiendo los Profetas A, los
sucesos prósperos ó adversos de sus pueblos, los explican con la m ás
verdadera filosofía de la h istoria, los auuncian acaso declarando-
tam bién su por qué, d eclaran la razón histórica de encum bram ien­
to y ru in a de otros pueblos renom brados en la historia profana y
v aticin an la fu tu ra venida del Mesías y Libertador; en el Nuevo
Testam ento no h ay m ás libro profético que el A pocalipsis que traza
el cuadro futuro y alegórico de las persecuciones y triunfos de la
Iglesia, sin g u larm en te en la lu ch a cou Rom a p ag an a y la postrera
con el Anticristo. Los libros didácticos, tanto del uno como del otro
Testam ento, contienen divinas enseñanzas de v irtu d so b ren atu ral y
ad q u irid a, y sin g u larm en te en el Nuevo está, expuesto el dogm a y
la econom ía de la Iglesia Católica.
Pues estos libros, verdadero tesoro del cristiano, sor. el A rca S an­
ta donde en g ra n d ísim a parte se encierra n u estra Revelación. L i­
bros no escritos por inspiración h u m a n a , sino v erd ad eram en te dic­
tados por el E spíritu Santo.
Así lo tuvo y defendió la Iglesia desde los m és rem otos días de
su fundación. P ara aquellos Padres educados y formados por los
Apóstoles, la E scritura ten ia por carácter esencial ser carta del cie­
lo, dictado de Dios N uestro Señor. O rígenes y con él Snn Atanasio,
San Crisóstomo, Teodoreto y otros las llam an «escritos del E spíritu
Santo»; San C lem ente Rom ano dicc que son «ediciones del Espíritu
Santo», «enunciaciones, oráculos suyos, doctrina de Dios»; otros con
Clem ente de A lejandría, que son «voz de Dios», que «las dictó, las
hizo» Dios, que fueron escritas por operación de Dios.
Todos com prendéis que tanto énfasis indica la idea arraig ad ísi-
m a en la Ig lesia (le que no se debían estos Sagrados libros á u n a
com iin y g en eral intervención divina de la que se dijo: In ipso v iv i-
mus, e t movemnr et surmis, que vivim os en É l, nos movemos en Él y
somos en É l, sino u n a tan p artic u la r, que puedan especialm ente
llam arse las E scrituras, voz de Él, locución de Él, dictado de Él y
oráculo divino de É¡.
Comunicóse este sen tir de la Iglesia como precioso legado desde
el Oriente, donde tuvo su c u u a , al Occidente, donde lm bía de tener
su trono, y los Padres A gustino y Gregorio M. recogen la doctrina
de la inspiración bíblica con palabras tan claras que m ás no p u e­
den ser.
San A gustín:
«Habiendo los sagrados escritores escrito lo qne Dios les ir.anifostó y los
dijo, no so puede en modo alguno decir que nos las escribió El, poique sus
miembros trasladaron lo (pin supieron de lo que les dictaba su cabeza» (1).
San G regorio M .:
«Quién escribió los Sagrados libres es iuútil preguntar, porque todos creen
fielmente que el verdadero autor os el Espíritu Sauto. Aquel, pues, los escri­
bió, que dictó lo que lmbfa de escribirse; aquel los escribió, que fin’' el inspi­
rador de las obras » (2).
Tal es la voz que se p erpetúa en la Ig le sia , en los Concilios F lo ­
rentino, T ridentino y Vaticano que declaran: que «segt'ui la inspira­
ción del Espíritu Santa, hablaron aquellos Santos de am bos T esta­
m entos, cuyos libros tenem os y veneram os» ['3); «que es uno el a u ­
tor de ambos T estam entos, Dios» (4); y que «la razón (le te n e r por
sagrados y canónicos los libros de la E scritu ra , es porque « tien en A.
Dius por autor, como escritos bajo la inspiración del E spíritu San­
to» (5). Voz que repitieron León XIII, en su Encíclica P ro vid en tis-
sim v s y Pío X, en la P a scen ii D o m in id , contra los m odernistas.
La cadena de oro uo se h a ro to : la cadena de oro no se rom perá.
Los m odernistas p retenden ro m p e rla : y a los hem os visto. Dis­
tin g u ien d o m aterias, señalando fines, acotando órbitas, quieren
sacar de la infalibilidad an e ja á la inspiración d iv in a partes de la
E scritura. ¡Trabajo en vano!

(1) De conten*. Kvang. I, c. SB.—(2) Praef in Job, n. 2—Véanse mAs en el


P. Morillo, Jemcristo y la Iglesia Bomana. Part. 2, t. I, 8. 6, c. 1, § IV, p. 700-792.
(3) «Spiritu Sánelo ioapirante ntriaeqae Testamentó eancti loquuti sunt, quo­
rum libros (Synodus) auscipit et veneratur. Conc. Flor.—(4) Utrinsque Teata-
menti anua Deua est anctor». Conc. Tricient.—(6) Quia Spiritu Sancto inspirante
conscriptl Deum habent anctorem. Conc. Vatic.
Recibiendo en sí el testim onio y la voz de Oriente y de O cciden­
te, de la Tradición e n tera habló León X III, declarando en su ci­
tad a Encíclica:
«Crimen será reducir y coartar la inspiración sagrada á unas partes de ln
Sagrada Escritura con exclusión de otras. Intolerable es el modo de obrar de
los que íi las dificultades do los adversarios no saben responder sino diciendo
v concediendo que la inspiración divina no se extiende sino á las materias de
fe y costumbres. Xo es así, sino que todos y enteros los libros que la Iglesia
lia recibido y recibe como sagrados y canónicos con todas y cada una de sus
partes han sido usen tus, dictándolos el Espíritu San tu. Ésta es la antigua y
constante íe de la Iglesia» (1).
H abla, pues, el Doctor Infalible y h ab la recogiendo la a n tig u a y
sag rad a Tradición; h ab la y deben enm udecer los adversarios.
León \TIT pretende re su c ita r en Ior cristianos aq u ella fe de San J e ­
rónim o, que an te los libros sagrados se llenaba de tacita reverencia
y creínn tan firm em ente que no podían en cañ arse, que ei encontra­
ba en ellos algo que le pareciera opuesto á la verdad, an tes que
creer erro r en el sagrado autor, peusaría que el códice era m endoso
ó que el traductor no h ab ía acertado ó que su propio entendim iento
ñ aqueaba.
G ran fe com parable sólo con la de San A g u stín , quien al encon­
trarse en tre u n a proposición de la ciencia y u n a afirm ación de la
E scritu ra, «prim ero le pedirla á. la ciencia su b arg u m en to s, y si
éstos probaban con eerteza su verdad, procuraría h acer ver cómo
tal conclusión no se opone A. la letra de la E scritura; pero si la con­
clusión científica era opuesta k la letra cierta e sc ritu ra ria , entonces
dem ostrem os que lo objetado es falsísim o, si no podemos deraostrai’-
lo, cream os que lo es» (2).
¿Por qué? Porque hablando Dios y siendo Dios om uiscieute, infi­
n itam en te sabio, te n g a ó no en lo que h ab la fin científico m en tiría,

(I) Nefas omnino fuerit inspirationem Ad nliqnaa tantnm S. feripturae par­


tes coanguatare. Nec enim tolerand» est eorum ratio, qui ex istia difBcultatibua
BeBe expedinnt, id nimirnm daré non dubitautes inspirationem divinam ad res
fidei ’jQorumque, nibil praeterea, pertinere. Omnea libri atqne integri, quos Eccle-
eia tauquam Eacroa e t canonicoa recipit, cuín omnibns eoifi píirtibns, Spiritu S.
dictante, coDScripti sunt. Haec est antigua et constans lides Ecclesiae —Ene. Prov.
—(2) Quidquid ipsi natara rcrum veracibus docamentia dem onstrare potaerint,
OBtendnmue nostrla Litteris non eaae contrarinm; quidquid autem quibua libet
buíb Toluminibus his noetria Litteris, idestcatholicae fidei contrarium protulerint
au t aliqua etiam facilítate oatendarouB ant sino ulla dubitatione credamns esse
falaissimum. (De Gen. ad lltte. 1, 21, 41.)
au n q u e fuera con m en tira oficiosa; lo cual, sólo suponerlo en Dios
es blasfemo.
Asi nos lo expone Su S antidad Tío X por estas palabras:
«Dicen, pues, los modernistas que en los Sagrados libros hay muchas cosas
oiTÓ ieas en materia científica 6 histórica. Pero allí no se trata de ciencias ó de
historia sino tle religión y moral... Nos por nuestra parte, "Ver.. HíL, pai-a quien
lio hay sino una y linica verdad, y (pie creemos qne los libros santos inspira­
dos por el divino Espíritu tienen por autor á Dios, afirmamos que eso es lo
mismo quo atribuir á Dios una mentira útil ú oficiosa y aseveramos con San
Agustín: Admitida lina vez como regla alguna mentira oficiosa tratándose de
tanta antoridad no quedriríí partícula ninguna de los libros sagrados que no
pueda ser atribuida á deseo y propósito de mentir en el autor, ó á la utilidad
en ello, conforme íi cada uno le parezca ó difícil de liacer 6 dura de creer, y
esto siguieudu ajuella perniciosísima regla».
De donde resu ltará lo que el mismo Santo Doctor añade: que cada
uno creerá lo que q u iera y lo que no, no (1).
De la h isto ria eclesiástica, tradiciones populares y sagradas re­
liquias, acaso tendrem os ocasión de explicar los derechos de la fe y
de la piadosa credulidad, bástenos por ahora decir que lo que la
Iglesia rep ru eb a y condena en los m odernistas no es la investigación
razonada y p ru d en te acerca de los fundam entos que tienen ideas
históricas hum anas', obra que deben hacer los doctos eu lo secreto
de sus estudios siu el alarde pedante, la g u e rra sistem ática ft. lo m i­
lagroso, el desprecio ofensivo de los que nos precedieron y de la fe
sencilla del piadoso pueb.o cristiano. P u n to en que creo que Be
pondrán al lado de la Ig lesia, todo corazón noble y leal que sepa
detestar la risa im pía de Cam y com prenda la nobleza de los pasos
atrás, que llevando sobre los hom bros su capa dieron Sem y Jafet;
ni lado de laTglesia estarán tam bién los corazones bien nacidos, que

(]) Sic etiam, secundan ipsos, in sacria librie plurima in re ecientificft vel
histórica errore afflcinntar. Sed, inquiant, non ibi de acientita agí aut historia ve*
ram de religione tanturn ac re inorum..... Noa equidem, Ven. F F., quibus ana
atque única est ventas, quique sacros libros sic aestimamus «quod Spirita
Sto. inspirante scripti Deurn habent auctorem» *, hoc idem esse affirmamus
ac mendacinm utilitatis eeu ofüciosura ipsi JJeo tribnere; verbiaque Augustini
«Bserimua; Admissa aemel in tantum aucloritatls fastlglum oMeloso aliquu m ea-
dado, nalU illorum librorum partícula remanebit quae non ut cniqoo videbitur vcl
nd mores difficilis vel ad íldem incredibilis eadem perniciossisima regula ad men-
lientis anctoris consilium officiumque referator. Unde flet quod idem S. Doc­
tor adjungit. ln eis, se. ln Scriptaris, quo i vutt quisque credet, qnod non vultnon
credet. '.Encíclica Paseen di).
• Con. T a t. De Ke'vel. e. i.
sepan llorar sobre la ru in a de la nobleza de abolengo desde que se
rep utaron leyendas sus hechos an tig u o s y generosos; en aquellos
hechos legendarios vivía el genio de la casa, de la ascendencia, de
la raza, que voló p a ra no volver cuando m ano im pía le destruyó el
nido de su am or. La Iglesia, p u e 3, sale á la delensa del nom bre a u ­
gusto de sus Pontífices y de sus m ayores, y si a lg u n a vez se hace
preciso confesar a lg u n a de su3 desnudeces, lo hace tendiendo sobre
ella la capa de Jafet é im poniendo silencio á la b u rla de Cam. La
Ig lesia defiende la fe sencilla de los pueblos que vive en la atm ósfe­
ra de tradiciones, im ágenes y reliquias q ae son m ás que el genio
tu te la r de loa pueblos cristianos y si Dios N uestro Señor a e lia decla­
rado con m ilagros eu su favor, sacrilegio parecería rechazar por
falta de pruebas históricas la tradición, la im ag en , la reliq u ia en
que Dios Nuestro Señor, la S antísim a Virgen ó los Santos lian colo­
cado su trono de m isericordia.

Al h ab lar así he hablado y a del Sagrado Corazón de Jesús.


Cuando comenzó dije que por ser esta devoción de am or, de cul­
to y de reparación y por ser los m odernistas Insignes ofensores del
Señor en su Persona negando su D ivinidad, eu su palab ra n e g a n ­
do su veracidad, en sus Sacram entos negando su eficacia, en la E u ­
caristía negando la real presencia, en la vida de Jesucristo en su
pueblo n egando ó discutiendo su protección co n tin u a y su am or
providente, en su Madre y sus Santos hablando con desprecio de su
invocación y de su valim iento; era congruo y natu ral que el am or,
el culto y la veneración de los devotos de este Corazón se alzaran
escandalizados an te las ofensas m odernistas.
Lo h ab réis visto y tengo probada mi afirm ación.
Pero hay todavía más. Descendiendo eslos novadores de los ja n ­
senistas y católico liberales era necesario que h eredaran de ellos el
odio al Corazón de Jesú s y & su devoción y lo h an heredado.
Quedan a rrib a copiadas las refutaciones de C avallanti á las afir­
m aciones peligrosas de Monseñor Bonomelli sobre veneracióu de
santos, estim a de im ágenes, m edallas, reliquias y tradiciones, y no
dejam os completo aquel cuadro porque reservam os p ara este sitio las
p alab ras de aquel escritor am biguo sobre el Sagrado Corazón de
Jesús.
Al d iscu rrir en su libro acerca del Sacratísim o y divino Corazón
m uestro ea estilo vago y ondulante la poca afición que le tien en los
m odernistas. Em pieza por copiar u u a p ág in a d en ig rativ a de esta
Devoción escrita por otro Obispo francés, y a difunto, pero contem ­
poráneo, Mgr. Le Cam us, Obispo de la liochela, en la cual se dice:
«Suelen representar al Sagrado Corazón como en el acto de ostentar en
medio del pecho un gran corazón simbólico. ¿Xo es verdad que la significa­
ción de esa actitud se liallaría mejor expresada por un gesto ó una mirada?»
De toda esta p á g in a que el autor italiano transcribe con m orosi­
dad, dice él mismo que «no se h u b iera atrevido A escribirla»; des­
pués de ella continúa diciendo por su propia cuenta:
«No ignoro que todas estas devociones pueden eictisaiso Citada más!) y
defenderse con la autoridad de la teología y de la miis rígida ortodoxia, pero
cabe preguntar, ¿son útiles á la generación actual3... Apartémonos prudente­
mente de todo lo qne parece excesivo...»
E xcesiva , poco ú til, excusable, sólo le parece á estos autores res­
petables, pero equivocados, la Devoción al Sagrado Corazón.
¿Eso sólo? No, porque sin querer, es claro, repiten los sofismas de
los au to res jan sen istas.
Las im ágenes le parecen im propias, 110 en posición n a tu ra l; los
jan se n ista s las llam ab an rid icu las..... Tam bién cree peligroso el
considerar separadas las partes de la S agrada H um anidad, sin tien ­
do al p en sa r en ello cierta rep u g n an cia; detesta la m oda de devo­
ciones nuevas y tem e no 3e ponga e n ridículo el culto m ism o de
Jesu c risto ......
« Cristo, cxalauia cou ónfiisis, es uno solo en todos sns miembros, tanto en
el cielo como en la Eucaristía; adorémosle tal y como es en sí mismo ó en
iiníígcnes enteras».
In ú til es decir que se com prende la en e m ig a de los m odernistas.
Ellos in ten tan d estru ir la Ig lesia Católica haciendo de ella u n a secta
racionalista; la devoción al Sagrado Corazón in te n ta realzar y avi­
v a r la fe y la caridad enfriada de m uchos: Ellos 110 trab ajan sino
p or q u ita r á Jesucristo su divinidad, n eg arle su dom inio, discutirle
su s títulos á re in a r en los entendim ientos y corazones de los hom ­
b res; la devoción desea u n a como n u ev a R edención del m undo que
restablezca &Jesucristo en los derechos que los pecadores le niegan;
los m odernistas n ieg an en realidad la fuerza de la Cruz de Cristo,
la eficacia de su san g re, la san tid ad de su s Sacram entos, la reali­
dad de la E ucaristía y la devoción a l Corazón de Jesús, es u n a m e­
m oria renovada de los beneficios de R edención y Santificación del
m undo y de la E ucaristía sin g u larm en te; loa m odernistas nieg an de
hecho las revelacioues, los m ilagros, las m anifestaciones de culto y
la devoción al Corazón Sacratísim o, nació y vivió en las Revelación 3S
de M argarita M aría, en las piadosas m anifestaciones de culto que
son el modo de vivir ella en los corazones; el m odernism o es como
el resum en de las apostaslas lu terau as, de las hipocresías ja n s e n is ­
tas, de las locuras liberales, y el Corazón de Jesú s es un símbolo de
la fe católica, del am or de Jesú s & los hom bres, de las obras de su
Redención y del triunfo conseguido por Él sobre calvinistas, ja n s e ­
n istas y revolucionarios.
P or eso el m odernism o al sentirse e n presencia del divino Cora­
zón se estrem ece y exclam a como aquellos energúm enos del E van­
gelio, «¿por qué has venido ¿ m olestarnos y atorm entarnos?» El Co­
razón de Jesú s, insultado por ellos, los ato rm en tará, los vencerá,
será su ru in a .
¡Esto v en cerá & aquello! Porque Jesucristo h a vencido y vence y
v en cerá á todo el que le aborrece.
Ojalá, Señor, que lo veam os pronto.
Modernismo social.

Xolite {ttyniii ductre chm intdelibut.


2. t o r . 6,14.
No llevéis c ly jffo c o r los in fic es.
i: ú loe Cor. 6, v. 14.

El prurito desatentado de acom odar la Iglesia á la revolución y


progreso moderno, es el móvil de las acciones y doctrinas m oder­
n istas, como larg a y repetidam ente queda y a com probado. D ejar b
la filosofía racionalista, á la critica racionalista, & la teología racio­
nalista, á la historia racionalista como intangible y bu scar modo de
que la Iglesia Católica diga por fas ó por nefas lo que sus adversarios
dicen, au n q u e p ara esto h ay a de hacérsele decirlo que n u n c a h a di­
cho, esto es lodo el sistem a de concordia ideado por los m odernistas
e n el terren o filosófico, teológico, critico é histórico.
Si asi se desposee ¿ l a Ig lesia de su dogm a se buscará modo de
consolarla: la religión es vida, no teoría; la religión no es teología,
no es credo, es v id a y n ad a más que vida; sea ella b uena, trabaje,
se m u e ra y vivirá; el credo es cosa de que se debe prescindir.
D esdichada, pero repetida fórm ula de los desvarios m odernistas.
Ahora nos hallam os con u n a n u e v a aplicación de todos estos
principios á las cuestiones sociales; cam po donde crece como si
fu era tie rra propia el m odernism o.
V enga el Espíritu Santo, pa lcrp a u p en tm , á ilum inarnos y m over­
nos p o r la intercesión de la ú nica y verdadera consolatrix af/liclorum .

Ave María.
I

Itos modernistas se arrogan las cuestiones sociales.

Asi como el m odernism o eu los Estados Unidos, en In g la te rra y


•en A lem ania, tomó con T yrrell, Schell, H arnack, etc., u n a form a
critica, así eu F ran cia é Ita lia , sin desconocer aq u é lla , prefirió
la form a social, los estudios sociales, las m anifestaciones sociales.
Revistas ó defensoras del m odernism o ó de él fautoras fueron las
que sig u en , cuyos títu los sou u n a pru eb a de lo que decimos: R iv is-
ta di Cultura, A don e dem ocrática, rl «1 filíate TWmulo M urri; La fíius-
lizla Sociale, de Florencia; L a Plebe reiella, de Reggio Em ilia; L a T n -
!>uua A'ocialo, de Milán; L a Juslice Sociale, del abate N audet, Le S i­
llón con sus distintos órganos de provincias; L 'E veil démocratique ,
Labeur démocratique, P e tit Démocrate, Le Bien dn Peuple, Le Peaple
francais.
En F ran cia se formó el llam ado partido de los d em ó ra la s c ristia ­
nos que tuvo por jefes ó inspiradores los abates Klein, Lem ire, G ay-
rau d , N audet, G arnier, Dehon, Boeglin, D abry, V aneufrille, Glo-
rieu x , etc, en tre los sacerdotes y en tre los seglares León H arm el,
G eorges F onsegrive, Georges Goyau, Marc. S an g u ier, etc.
En Italia, ig u alm ente fué legión la llam ada Democmcia cristiana,
h u b o L iga democrática acaudillada por Róuiulo M urri, y se señala­
ron en esta fracción dctr&s del jefe el P. Som ería, B ertini, B attaini,
C ortini, Mazzotti, Avolio, V alente, Berlozzi, S tratta, P rezion, etcéte­
ra, cou un ejército de revistas y periódicos detrás.
Como se ve, en F ran cia y en Ita lia los m odernistas figuraban en
el cam po de los trabajos sociales. Ellos mismos se ja c ta b a n de su
labor y se d aban por los solos ó los principales operarios de este
cam po, y de ta l modo daban en alabarse á si m ism os y m enospre­
cia r cuanto los buenos católicos, í quienes llam abau por mofa re ac­
cionarios, conservadores é in tran sig en tes, liacian que llegaron á
ex citar el celo de León XIII que los apercibió en su Encíclica Graves
de communi. Antes y después qué vértigo de alabanzas.
Oigam os alg'unas, no m ás, p ara ju stificar nuestro aserto.
De Mr. M outhon, director de L a France libre y m uñidor en Lyon.
del prim er Congreso nacional obrero tenido en 1898.
«Los Congresos no han solido sor sino im deporte anual y platónico quo
servia de desahogo ¿i elocuenoias desconocidas, de pretexto ¿admiracionesre­
cíprocas, de pasatiempo fi. filantropías vagabundas, que so daban por contentos
con planear el modo de arrancar al délo la9 estrellas, de renovar en seguida
y cambiar la faz del cielo y do la tierra. El Congreso nacional de la democra­
cia cristiana qne se tuvo en Ljon en 1896, y en Noviembre ha roto de pronto
con asta idea tradicioual (¡claro!). Por sn exactitud práctica, por la exactitud
de su programa y de sus proyectos, señala una feclia feliz (¡y tanto!) en la
historia social de nuestra ¿poca: por su importancia numérica, su despertar y
su vida; por su resonancia que llevó ecos de entusiasmo ó de odio liasta los
últimos confínes de la batalla de ideas modernas, se oleva sobre todas las ma­
nifestaciones doctrinales de una escuela ú sobre las afirmaciones políticas de
un partido. Es im signo de los tiempos, la vibrante aparición de un estado do
almas, Ja prueba de qne bajo lus conizas mortecinas de lo viejo y conservador,
de que frente ú frente de uua generación que arrastra su desdioha íi la tnmba
y al olvido, se lovonta otra que mira el progreso sin odio, el porvenir sin es­
panto, y piensa que es menester ser criminal ó loco pora desconocer las trans­
formaciones sociales» (1).
El abate Boeglin e ra uno de esos m odernistas de q u e nos h ab la
la Encíclica, que p ara parecer legión ó com pañía se m ultiplicaba
en sus seudónim os y era T ib er en el Journal de Roubaix; Lncens e n
I'U n ive rs de París; R ich em lh en L a Vie Calholique ; Pennaoeia en
Italia; Itm om inalo, en Sun de N ueva York, y F idelis en los periódicos
de Bélgica. Pues este escritor, dem ócrata él, m odernista él, d ab a
cu e n ta tan pom posam ente, como se verá, de la peregrinación de la
dem ocracia c ristian a ¿ Rom a en 18(J7.
«Se siente como una primavera en la vida de la Iglesia. Por todas partes
so despierta. DespuOs que León XIII ha hablado ni siglo, la Iglesia que la
ciencia quería relegar al museo de los grandes cadáveres, ha vuelto ú empren­
der su fecunda carrera y solicita la utención universal. El partido crutiauo de
reformas sociales ha ocupado el puesto de vanguardia entre los causas de re­
nacimiento y de irresistible ascendiente.

L ucexs» (2).

Tanto ó m ás claram ente aparece lo que venim os confirm ando en


los párrafos q ue dedican á la form ación del clero joven:
«De uu número de la Battaglk doggi, de Níipoles, toma CavaHunti, y tras­
ladamos aquí, el siguiente ramillete de flores, y no violetos, que su director
•Tenosio Avolio ofrece á los párrocos, Obispos y al mismo Pontífice:
«Ahora nosotros, los rebeldes, ¿que pedimos? Pedimos qne el sacerdote
vuelva ú ser el sacerdote, el religioso; que frailes y sacerdotes vuelvan á ser
los Apóstoles de Jesús entre las masas, la luz del mundo por su ciencia, la sal
de la tierra por sus costumbres, y no la vergüenza y el daño, no los trafican­
tes de cosas sagradas, no los eternos muñidores de fiestas v los eternas
sepultureros.»
«Gritan á mbiar estos seflores sacerdotes modernistas que los tiempos se
precipitan, que se necesita nc desalentar la nueva vocación social del cleror
que es preciso reformar la Iglesia, que el clero debe ejercitar hoy una misión
más de cultura que eclesiástica, más social que religiosa, que debe, y ústa es
]a frase obligada, salir de las sacristías» (t).
A este clero así formado, que se q uería lan zar por nuevos d e rro ­
teros á quien se llam aba clero social, clero m oderno, clero de acción,
se le oponía el clcro antig’uo ó clero viejo agarrado k lus ciencias
teológicas, al que por mofa se le d e d a refractario. La señal caracte­
rística de este clero nuevo era ser social.
liste clero du ran te las vacaciones se empezó á re u n ir en Val-de-
Bois bajo la presidencia de Mr. León H arm el p a ra ten er allí «una
especie de noviciado social». Servían alli de profesores hom bres de
ideas m odernas, asistiendo los abates N audet, V aneufrille, Debon y
otros y «ocupando su lu g a r en medio de todos León Harm ul, que p e r­
tenecía de u n a m an era em inente a l regale sacerdolium». Allí se dis­
cu tía de firm e «sobre teología social» y k sus tiem pos el seg lar y a n ­
ciano fabricante H arm el «nos lanzaba algunos aforismos extraños
cu y a b ru talid ad buscada ocaltaba con la paradoja ó el buen h u m o r
el sentido hondo de quien h a visto m ucho y nos sacudía presentán­
donos delante la violación de los derechos del pueblo». Todos estos
días, concluye el testigo presencial, eran paradisiacos; «todo aquello
era bueno» (2).
Creo q u e se h a dem ostrado que los m odernistas ocuparon el
campo de estudios sociales y lo quisieron m onopolizar como propio;
y tanto, que excitaron el celo de León XIII, que les dió un prim er
apercibim iento en la Encíclica Graves de communi y poco despnéR en
u n a Instrucción de Febrero de 1902; prim eros pasos en la serie de

(1) Afios pasados en MilAa b o A l a b ó an convite parroquial con la consabida


frase de «es menester salir de ln sacristía». Un Padre de la Compañía que estaba
presente observó: «Tened cuidado de que no os ocurra lo que á muchos, que im­
pedidos por el bagaje de doctrinas mundanas ó liberales d o lian podido volver 4
entrar». Cavallanti, Modernismo, c. 18, p. 417).—(2) Mr. l'abbé Dabry, Let catho-
liqucs republicainet, p. 460.
docum entos an tim odernistas que se cierra con la inm ortal Pascendi
dotam ici gregis del actual Pontífice.
León XIII, p u e s, decía: «La Ig lesia S anta ee p u ed e con razón
.g lo ria r de h a b e r sie m p re favorecido e3tos estu d io s d e sociología q u e
muchos quieren ahora -presentar como nuexos. Seria soberanamente in i­
cuo ■presentar las asociaciones y obras católicas /a n d a d a s hasta ahora,
como ■poco m eritorias de la acción popular c n slia )ia . »
Eu estas p alabras vieron los buenos católicos una am onesta­
ción ¿ aquellos «dem ócratas cristiauos» que daban su acción b ien­
hechora del pueblo como la m ayor novedad y que despreciaban k
los dem ás como hom bres languidecientes, añejos, atrasados, m u e r­
tos y sepultados; pero ellos, los am onestados, no vieron sino motivos
de aliento y de perseverancia, y por el periódico Domani d’I la lia
repusieron:
«Seguiremos trabajando por la democracia cristiana, por la que amamos y
-queremos, 110 por la qne recibe hoy día los vergonzosos encomios do los con­
servadores, sino por la democracia de la Encíclica Enrían novarum, la do
Ketteler, Manning, Gibbons, Decurtius, Harmel, Toniolo y la de los demás
fieles iuUTprulefc del ijensuiuicuto del Pupa y de las aspirucijiies del pueblo...
¡Adelante!» (1).
El campo de la acción popular h ab ía sido elegido por los m o d er­
nistas como propio y se q u eríau hacer fuertes en él.
Aquellas reu n io n es de Yal-de-Bois en F rancia h ab ían traído u n a
organización del clero jo v en que abrazaba unos cin cu en ta sem ina­
rios y casi un m illar de sacerdotes jóvenes en el partido ó facción
de que La. Juslice Sociale del abate N audet y la Viáx du Siécle de
Mr. D abry eran los órganos. Los valientes sacerdotes P. F ontaine y
M aignen, el im p u g n ador del am ericanism o, dieron la voz de alerta
sobre los «sem inaristas sociales». H ablan dividido á F rancia en cin ­
co circunscripciones de sem inarios y cada u n a ten ía su hoja m en ­
su al litografiada que se intitulaban: T ra it d ’v.nion, L ien , Chaine,
Caritas .... Se hallab an en cam bio en com unicación con Le ¿'ilion y
L'Esperance, de París, y eran propagandistas de periódicos «cuya
lectu ra no podía no serles funesta» como los del abate N audet y del
abate Dabry, al decir del celoso Mgr. D ubillard, Obispo deQ uim per.
Por el contrario, y para probar lo mismo, N audet se felicitaba de
que m¿9 de seiscientos sem inaristas se acababan de suscribí? & sus
periódicos p ara vacaciones, por lo cual esperaban que estas Icctu-
ra s m odificarían profundam ente el estado de alm a ds los herm anos
en el sacerdocio que aú n se m an ten ían alejados de nu estras in icia­
tivas y h q u ien por lo atrevidas parecían descam inadas. N uestro
círculo de estudios sociales son un organism o vivo, de donde saldrá
pronto u n a ardiente é infatigable generación de apóstoles.
Mgr. T urinaz, Mgr. D ubillard, lae Semaines religieuses , de París,
Reim s, A utun y tre in ta m ás, reprobaron las tendencias m odernistas
del «clero social», y la prensa sinceram ente católica avisó del peligro
y secundó la acción episcopal.
E n Italia pasaba lo propio.
Poco después de la condenación solem ne del am ericanism o, a p a ­
recía en Italia, procedente de B élgica y de F rancia, el nom bre y Iu
cosa de democracia cristiana. Suscitó con su aparición, como no podía
se r menos, recelos, im pugnaciones, altercados; á todo ello se p re s ­
ta b a n las audacias del grupo nuevo, sus propósitos, su len g u aje.
León XIII creyó deber in terv e n ir é intervino prim ero con la E ncí­
clica Graves de com m m i (18 Enero 1901), después con su carta al Car­
denal F errari, Arzobispo de M ilán, con ocasión del Congreso dem o­
crático de Várese (21 Octubre 1901), m ás tarde con la Instrucción de
la S agrada Congregación de Negocios eclesiásticos (27 Enero 1902),
co n tra la cu al protestaron los m odernistas, y por fin, respondiendo
& esta protesta, con carta A. los Obispos de Italia, de 2 de Diciem bre
de 1902.
E n estos gravísim os docum entos se explica el nom bre de dem o­
cracia cristian a, se d eterm inan las reg las que h a de observar p ara
se r verdaderam ente católica y beneficiosa al pueblo, se indican los
errores m odernistas en que los dem ócratas caían y se apercibe k los
Obispos p ara que en Italia y , sin g u larm en te, en los Sem inarios, se
vigilase sobre la formación teológica, no social, del clero.
Asi las cosas, en 1903 fué elevado k la presidencia de la Obra de
los Congresos Católicos, especial instrum ento de la Dem ocracia
C ristiana, el conde Grossoli de F errara, agradable ft los m odernis­
tas, con lo cual ellos se crecieron y presum ieron del éxito, dando
con la elección de Grossoli por borrados todos los anteriores docu­
m entos de León XIII. Triste modo, pero m u y m odernista, de e n te n ­
der la obediencia; p referir u n acto de prudencia y de gobierno p rác­
tico & la enseñanza de la verdad, ó explicar ésta por aquél, cuando
debe do ser al contrario.
Ocurrió lo que era lógico. Los m odernistas se reuuieron en Bolo­
n ia p a ra tener un Congreso Católico N acional y ce le b raran triunfo;
los periódicos católicos tachados de in tran sig en tes L 'U n iia CaltoU-
ca y L a liiscossa, respondían á la invitación de asistir con un no
lleno de franqueza y d ignidad ó denunciaban por revolucionarias
aq u ellas sesiones. A estas protestas dieron carácter histórico las ad ­
hesiones num erosas de seculares, de eclesiásticos y de Obispos y
C ardenales. Por fin, se siguió el M ola Proprio de Su Santidad Pío X
(18 Diciem bre 1903) que, resum iendo los docum entos de León XIII,
rep rim ía la desordenada exaltación de los m odernistas.
Este es el m om ento en que com ienza la purificación práctica de
la acción social católica, la separación del elem ento m odernista, la
ru p tu ra del abate Rómulo Murri y su apostasía y la suprem acía del
orden católico sobre el llam ado dem ócrata cristiano, ta n penetrado
de los errores del hoy llam ado m odernism o.
Al M otu Proprio m encionado, siguióse la Encíclica sobre San
G regorio M., llen a de tonos apostólicos, y donde el P apa m an i­
fiesta que cree llegado el tiem po de arro jar del san tu ario t los pro­
fanadores. En m edio de la confusión de la b atalla se oían las voces
de consuelo de los católicos que avanzaban y los denuestos desespe­
rados de los m odernistas que caían. El P apa con tin u ab a por cartas, en
au d ien cias concedidas á periodistas católicos y por todos otros m e­
dios, anim ando y esforzando á aquéllos. El conde Grossoli, p resi­
dente ai'in de la Obra de lns Congresos católicos, quiso buscar la paz
en u n a com ponenda, como aquel otro conde Candidiano en Efeso
quiso b u sca r u n a fórm ula en tre San Cirilo y Ne9torio. Cándido pro­
ceder en que Grossoli tam bién fracasó y con daño. Porque publicó
u n a circu lar para u n iform ar la vida de la acción dem ocrática cristia­
n a, circu lar que pareció in sp irad a por M urri. M urri y Grossoli an d a­
ban entonces en viaje de propaganda dem ocristiana. La circu lar fué
desautorizada, y en 28 de Ju lio yino otro docum ento de la Secre­
ta ria de Estado en que se disuelve el Comité p erm an en te y las
agrupaciones de la obra, con excepción del Grupo «Acción popular
cristiana»; pero m andando que del mismo «sea elim inado todo
elem ento de discordia y con firm e dulzura sean siem pre exclui­
dos aquellos individuos eclesiásticos ó legos que son conocidos por
la poca ex actitu d doctrinal en cuestiones de acción popular católica,
am adores y disem inadores de novedades m alsan as, poco íntegros
en la defensa de los propósitos y derechos de la Sede Apostólica y
poco sinceros en la observancia constante de las direcciones pontifi­
cias».
M urri se apartó y formó su g rupo de dem ócratas autónom os.
Su S antidad Pío X, en C arta al C ardenal Svam pa, nos da el ú lti­
mo docum ento que por ah o ra necesitam os p ara form arnos cabal
idea de que en el campo social había, y cuánto, arraigado el m oder­
nismo.
«De ig u a l modo q ue en el cam po de la parábola evangélica, asi
en el de la acción católica desde hace alg ú n tiem po, h a sido so b re­
sem brada la cizaña que crece y sofoca el gran o escogido y esto no
por o b ra de enem igos francos, sino de aquellos mismos que se d e ­
claran católicos y de ello se precian».
Los mismos adversarios, si bien con otro lenguaje, confirm an
n u e stra aserción y llegan A. declarar v erdadera solidaridad en tre el
m odernism o, a u n en b u s errores m ás especulativos y los dem ócratas
cristianos. Así el ab ate Vercesi, redactor de la h oja dem ocrática
L'Ossa-valore cattolico , de Milán, se expresa del modo que sig u e en
u n a correspondencia enviada á una revista protestante:
< Cuando se disolvió por el nuevo Pontífice la Obra da los Congresos, JTu-
rri se hizo cabeza ele los autónomos, es decir, do los jóvenes que en el terreno
político y social rechazan la dependencia del Vaticano... Ofreció su brazo y su
ayuda primero á los radicales individualistas y después al socialista Turati
para caminar juntos en el terreno social. La oferta fui duramente recliazada
por el leader del socialismo reformista. Dom Roniulo llurri so unió entonces ú
la Liga demccriílica nacional que tiene nn número muy reducido de adeptos.
El Congreso de la liga so tuvo en Septiembre postulo (190G), y lo presidid el
joven conde liallarati Scotti, nombre que explica toda la situación. El conde
no es un demócrata cristiano en el sentido propio, pues ni tiene programa so­
cial conocido; pero es entusiasta de M u it í y de la Liga por la autonomía que
recaban para st de la Curia Romaua... La Rassegna soeiale, de Florencia, órga­
no de los católicos liberales, está eu el misino onleu de Ideas, y acogió calu­
ros ísimamente la Liga... He aquí el estado de las cusas. El antiguo programa
de Kcttclcr, de Decurtins, ele la Asociación católica de Francia se lia dejado.
El conflicto que con colores trágicos pinta la prensa liberal hn llegado, pero
por otro lado Dom Róniulo lia perdido terreno, y ínuoho, con los católioos; ha
ganado y mustio, al revús, con los liberales y los socialistas, y mientras 61 si­
gno audaz su camino y alimenta su rebelión por otro lado, el eminente Tonio-
lo, profesor de Pisa, se esfuerza in spein contra spem en salvar el antiguo
programa y on mantener viva la fe social tie los jóvenes; ¡dificilísima empresa!
Pues como si las dificultades del terreno político-social no bastasen se agregan
otras más intricadas aún. Las nuevas corrientes religiosas lum encontrado
grande eco entre nosotros. Los escritos de Loisy, do Tyrrell, Labcrthoiniure,
lllondel, Le Roy, Fonsegrive se lian leído mucho en Italia. Se dirá que la de­
mocracia cristiana no es ni la crítica bíblica, ni la filosofía de Ja acción; conce­
dido. Poro h democracia cristiana ha sido el cirineo que ha llevado la cruz, y
con el castigo de las suyos, el de las culpas ajenas. Los enemigos ele la
«Icmocracin cristiana le lian atribuido todos los errores y otros más que 90 co­
nocen en Italia con el extraño nombre de modernismo » (1).
Los m odernistas, p u es, crecieron como en campo propio e n el
cam po social: allí se defendieron y patrocinaron los errores filosófi­
cos, e&egéticos, críticos y teológicos de todos loa que v enían & refor­
m ar la Ig lesia con el hálito de vida del m oderno progreso, y allí
sem brarou ellos p articu lares errores del orden social que coudenó
en globo León XIII, cuando en la h istnicciiin y a citad a de la dem o­
cracia cristian a «se d esaprueba el len g u aje que asan y que parece
ridiculizar la piedad de los fieles en q u e se in sin ú an tendencias i'i
nuevas orientaciones de la vida cristian a, á nuevas orientaciones
de la iglesia, á nuevas aspiraciones del a lm a m o d ern a, á n u ev a vo­
cación social del clero, á. n u ev a civilización cristiana...»
Y.debían a n d a r ta n sollispados é inquietos los m odernistas de­
m ócratas después de los docum entos que dan g lo ria al alborear del
pontificado de Pío X, que cuando salió el Dccreto Lam entabili sane
exitu con el Silabo de proposiciones condenadas, como m alos a m i­
gos se quisieron a p a rta r de los otros m odernistas y se jaetnron de
q u e en aquel docum ento no h ab la ni u n a palab ra contra ellos: los
•arrojaban por lu borda.
E rver, en el O ssenatore, de M ilán, com enta así el decreto restán­
dole Im portancia:
<En sus principales artículos, algunos de los cuiúea so refieren al valor del
magisterio de ln Iglesia y de las Congregaciones Romanarse puede decir quo
el nuevo Sílaba va dirigido contra los errores de Loisy... A vuelta ilo alguna»
proposiciones de Novman y de sus disclpidos y de alguna que otra «lo
Tyrrell, Leroy, y su concepción del dogma, cabe asegurar que el más atacado
es el abato Loisy*.
Esto escribe y se frota las m anos, coutento como a n a s pascuas,
porque el Silabo «no hace la m enor referencia & la política, ni con-
tieu e u n a lin e a que se refiera al autonom ism o político y social»...
Rocca d'A drla, director del A w e n ire d ’I ta lia , nos ofrece la si­
g u ie n te pincelada:
■£1 ilcorcto va contra un círculo limitado de estudios y de críticos, 1a ma­
yor luirte ilo los cuales, además de no pertenecer á ln vida militante de lo»
católicos de acción, la hostilizan frecuentemente declarándola intoinpoKtivn y
jlasta inútil... Xnda de comíin tienen los doinúcratas cristiano», con los pío
lian sido condenados por el decreto do la Inquisición».
¿N adado com ún coa los dem ócratas M urri, Sem ería, G allarati-
Scotti etc.? ¿No os parece, lectores míos, que el juicio de Rocea
d ’Adria y del reverendo E rver se com pletan m utuam eute? (1).
Salió por fia la Encíclica Pascendi. Ya nadie puede dudar: loa
dem ócratas cristianos están alii incluidos, no sólo por la afinidad
con los otros m odernistas, sino por sus propios m éritos y errores en
m ateria social.

II

Los m odernistas corrom pen con e rro re s la acción social.

Las últim as p alab ras de León XIII que quedan m ás a rrib a cita­
das, las reitera y cita Pío \ en su Encíclica p a ra confirm ar todo lo
quo acabam os de decir:
<Por virtud do su enrgo pastoral tengan los Obispos cuidado tic vigilar r>
investigar con diligencia en los libros, todos los indicios y vestigios del moder­
nismo y para atender íí la pncservr>cii;n del clero y de la juventud, prescriban
las reglas ijuc la prudencia les sugiera, y e ro pronta y i'fícu/.uiuuti'. Evítese la
novedad de las palabras y ténganse presentes los avisos de León XIII: ■Xo so
puede permitir en los escritos de los católicos aquella manera do hablar que
biisr-ando una novedad malsana pnrece lmrJarsc de la piedad de los fieles, qne
habla de uu nuevo orden do vida cristiana, do nuevos mandato» de la Iglesia,
do nuevos deseos del alma moderna, do nueva vocación social del clero, de
11 nova educación cristiana y de otras muchas cosay íi este tenor--. Xada de esto
sufran ni en los libros ni en las oxplieaoioiies de cátedra* (‘2).
Pero í.o son éstos loa únicos errores m odernistas en el campo so­
cial; son otros y gravísim os.
P rim er error: N e u tra lid a d religiosa .—H abiendo oído h a b la r repe­
tid as veces en estos discursos ú m odernistas, dem ócratas y sociales
como Naudet, Dabry, F onsegrive, M u rri, etc., de lo que ellos e n -

(]¡ Cavalliinti. Apénd. 2.°, p. 610,11.—^2] Ufficii mucere liaec eibi demandata
babeant. Moderniemi iudicia ac vestigia tam in libris qnam inuagisteriis perves-
ticect diligenter: pro cleri iuventaeque ineolumitate pnulenter sed prompte et
efllcaclter praeeerlbant. Vocurn novitntem caveant meminerintque Ironía XIII
n:on¡ta; l’roburi non posae in catliolicomm scríptia eam dicendi rntionem quae
prnvRe novitoti studene pietatem fidolium ridere videatur loquaturque covum
cbristianac vitae ordineni, tovas Ecclosiae praeceptiones, nova moderni animi
desideria, novara socialem cleri vocationem, novata ebristianam humanitatem,
aliaque id gemie malta. Hnec in libris praelectionibusque no patiantur. (Ecci-
eliea Pascendi sub finem).
LOS JIO U IiH M STA S COUHÜ-Ml’liK CON IÍRHOHES L.V ACCIÓN SOCIAL 17í>

tie n d a n p o r relig ió n y del p u esto q u e dan á ln C atólica, lio se d e ­


b e n re p e tir los tex to s; e sta m o s su fic ie n te m e n te au torizados p a ra d a r
u n breve e x tra c to sin ó p tico ro g a n d o a l d esco n ten tadizo que por sí
m ism o los co m p u lse.
S e g ú n , p u e s, u u e slro s sectario s, la re lig ió n es u u se u liu iie u to
su b jetiv o , in d iv id u a l é in c o n sc ie n te ; re lig ió n tie n e y p ra c tic a uo
sólo ei p ro te s ta n te , el b u d h is ta , el tu rco , el m a h o m e ta n o , el idóla­
tra, sin o ta m b ié n e l so c ia lista y el a n a rq u is ta tie n e n re lig ió n y
h a c e n o b ra re lig io sa . Claro e s tá , com o q u e la re lig ió n se g ú n su s
p rin c ip io s uo es m á s q u e acció n de g o c e , b ie n e sta r y d u lz u ra , no es
m ás q u e u n lenitivo de m a le sta re s, n n c a lm a n te de dolores, u n a
d ro g a ben éfica com o la del d o c to r D u lc a m a ra ; el tu rc o , p u e s , el
a n a rq u is ta m ism o q u e de u n m odo ú o tro q u ie re u re sta b le c e r lo
q u e ellos c re e n ju s to , re s titu ir al h o m b re , ó á ciertos h o m b r e s ,e l
goce de la lib e rta d ó el d isfru te d e u n p ra d o de la v id a , son r e lig io ­
sos, p ro fu n d a m e n te re lig io so s, h a c e n u n a o b ra d e relig ió n . M as,
como son católicos se d ic e n te s los q u e de ta l m odo d e lira n , n e c e si­
ta n d a r u n a d ed ad a de m iel á los in c a u to s y p o r eso a ñ a d e n : La R e­
lig ió n C atólica es la q u e m ejo r h a re su e lto el p r o b le m a , la que m e ­
jo r d a esa paz, d u lz u ra , ju s tic ia , e tc ., en lo c u a l dicen m ás v erd ad
de lo que ellos p ie n sa n ; pero las da, y aq u í s ig u e n y a d e sb a rra n d o , 110
im p o n ien d o ideas, n o p re d ic a n d o d o g m as, 110 rec h a zan d o fa lse d ad e s
n i a se n ta n d o v erd a d e s, sino p ro c u ra n d o a b ra z a ’: á todos los h o m b re s
tu rco s y ch in o s, a n a rq u is ta s y c o n fu cistas eu u u solo am o r b la n d o ,
m an so , co n d e sc e n d ie n te, ciego y casi se n il, q u e no los u n ifiq u e ,
sino q u e p re s c in d a de to d as las d ife re n c ia s de re lig ió n . A. esto lla ­
m an ellos c a rid a d y am o r u n iv e rs a l, co m u n icació n y com u n ió n m ís ­
tic a de todos los h o m b re s en D ios, R ein o d el E sp íritu S anto. A ún
m á s, llevados de u n a c o n se c u e n c ia m u y n a t u r a l , afirm an q u e 110
sólo deb en la s c u e stio n e s sociales p re sc in d ir de re lig io n es, sino q u e
debe la re lig ió n e sp e ra r la solución social q u é las c irc u n sta n c ia s
p re se n te n p a ra a b ra z a rla .
E ste e rro r p rim e ro de los m o d e rn ista s d eriv ad o del in m a n e n tis-
m o y ateísm o p ráctico d e ellos se fo rm u la ab ra z a n d o , p rim ero la
n e u tra lid a d de las A sociaciones sociales respecto á la R eligión C ató­
lica y se g u n d o , la n e u tra lid a d de la R elig ió n C atólica respecto á la.*
soluciones sociales.
A quí y a sou n ecesario s los tex to s y las confesiones de ellos, a u n ­
que n o s v a n á b a s la r pocos, p u e s sou escogidos, a u to riz a d o s, cdh -
c lu y e n te s.
E l a b a te N a u d e t, en d is tin ta s ocasio n es, lia b ia estab lecid o la p r i ­
m e ra p a rte de la tesis m o d e rn is ta a c e rc a de la acción so cial, «qne
n u debe de se r con fesio n al» , es d e c ir, cató lica; el a b a te G a y ra u d ,
otro orficulo, re p itió lns m ism as p a la b ra s en el C ongreso de I03 d e­
m ó c ra ta s c ristia n o s d e L yon; p o r sil p a rte , el a b a te G a rn ie r en su
d ia rio Le Peuple F ra n a iis, e sc rib ía p a ra d ó jic a m e n te «q u e les c a tó ­
licos sociales d eb en se r católicos no c o n fe sio n a le s» ; el a b a te D abry
lle n a b a con e sta s d e c la ra cio n e s d a d a s & g ra n e l La Vie Calkoliqne.
a se n ta n d o com o n ecesario « re le g a r el clericu lism o A s e g u n d a fila,
no tr a ta r las cu e stio n e s re lig io sa s ó e c le s iá s tic a s , sino cu an d o ln
e x ija n los in te re se s g e n e ra le s de la nació n » ; p o r ú ltim o , Mr. M arc.
S a n g n ie r n o ce sa b a de p e d ir p a ra la A sociación L e S illó n el d erech o
de n e u tra lid a d p a ra to d a id e a co n fesio n al.
Mas á q u ie n co rresp o n d en los h o n o re s de u n a c ita d ec isiv a es
A M r. el a b a te G a y ra u d . A utor de u n libro Les Lém ocratcs Ckrétiens,
d ec la ra en él, que «ellos n o son u n p a rtid o p o lítico, n i u n p a rtid o
c o n fe sio n a l, sino u u p a rtid o social» y, re q u e rid o p o r Un am i de
L 'lfnivers a c e rc a d e la e x a c titu d de la frase, p rim e ro la quiso d is­
c u lp a r a trib u y é n d o la ó, cu estió n d e fo rm a y ju e g o de p a la b ra s; p ero
al fin co n streñ id o p o r la ló g ic a d el c o m u n ic a n te , re sp o n d ió con la
s ig u ie n te c a rta q u e d e sn u d a y ra z o n a su p e n s a m ie n to (1):
*E1 amigo (lo L'l'iiirern insisto y so lo agradezco, porque su última oarta
descubre que no* sopara mucho más que mora cuestión de palabra». Estamos,
on efecto, contrarios en ideas. 1." Sobro el postulado de la democracia cris­
tiana. '1° Sobre su ¡in.
adversario cree que el partido de la democracia cristiana exige de an­
temano la profesión de fe católica, y este es el postulado; y qne intenta y pro­
cura en último tírmino la preponderancia política del catolicismo, y ratees el
fin. To opino que en oso hay dos errores.
-1.° La democracia cristiana, ni por su doctrina económica, ni por su
programa social supone la profesión de fe católica. Un protestante, un judío,
un librepensador si aceptan los datos y las conclusiones de un buen juicio, de
la razón, del derecho natural; si quieren sinceramente la justicia y la fraterni­
dad entre los hombres, pueden muy bien adherirse á ellas. Basta para con­
vencerse de ello leer los programas democráticos (en esto clise verdad), y
liasta la Encíclica De condilionc opifieum (en esto calumnia y miente), que no
son sino la doctiina del decálogo y las principios de la fraternidad universal.
Cierto, que el desarrollo completo, la eficacia sobrenatural, y aun la teoría
perfecta del decálogo y de la fraternidad humana no se encuentra sino en el
<iistianismo y señaladamente en la Iglesia Católico, y esta es la m ó n porque
la democracia quo defendemos y exponemos sea en realidad cristiana. Pero
loe principios en sí son, como ol decálogo, de orden raciona' y 110 exigen para
sor admitidos la aceptación previa do la fe católica.
»2." E l partido democrático cristiano no se propone tle ningún modo como
fin establecer la preponderancia política de la Iglesia en el Estado; pido sola­
mente la libertad de la Iglesia. Mas no espora obtener esta libertad sino por
k noción social y como resultante de la acción democrática. Cristianizar la so­
ciedad significa en nuestro lenguaje hacer reinaren el orden social los princi­
pios cristianos de fraternidad y de justicia que de hecho admiten los librepen­
sadores demócratas y, sobre todo, las masas obreras.
>Asi, pues, el partido democrático cristiano no os nn partido confesional y
admite on s íá todas las gentes honradas, amigas de la paz de los ciudadanos
y partidarios resueltos do amplias reformas económicas y sociales > (1).

A confesión de p a rte .....


Pasém onos á Italia.
Donde te n d re m o s ocasión de o ír el m ism o le n g u a je en docu­
m en to s ta n oficiales com o se v erá.
R e cu é rd e n se la s afirm acio n es del cap o ral R óm ulo M urri, q u e c i­
tá ro n se m ás a rrib a y q u e se in c lu y e n eu la n e u tra lid a d m ás a b so lu ­
ta de relig ió n ; confesión d icen ellos, q u e rie n d o h a s ta en el le n g u a je
protestan tizar; p o rq u e p a ra a tr a e r k lns tra h fija rlo resy obreros socia­
listas no se q u ie re q u e « cau tiv en su e n te n d im ie n to » eu obsequio
raz o n a b le de fe, sin o q u e se p e rsu a d a n q u e «la re lig ió n p a ra los
m o d e rn ista s se m a n ifie sta en la v id a p ú b lica» , pero «110 ira p o -
uiendu credos ó p ro g ra m a s, .sino d irig ie n d o 6, los h o m b re s á la h o n ­
radez, la ju s tic ia y el bien » . P or eso no p re d ic a n los m o d e rn istas
sin c u n a « re lig iú n e s p iritu a l d e a m o r y de ju s tic ia » y no les im p o rta
q u e los o b rero s v a y a n ó no v a y a n k la Ig le s ia , e sté n g o b ern a d o s
«por T u ra ti ó Ciccoti» ó p o r el propio S a ta n á s .
A firm aciones de M urri q u e se v iero n sa n c io n a d a s p o r varios p ro ­
g ra m a s de ju n ta s sociales. E n 1906 p re s e n ta b a e l ab ogado M eda, en
R om a, un p ro g ra m a de u n ió n católica, cuyo a rtic u la d o e ra como se
sig u e :
1.° D e ja r a p a rte la c a u sa d e la re lig ió n y d ir ig ir h a c ia otro lado
la s fu erzas q u e h a s ta a h o ra se re u n ie ro n en to rn o d e e lla; po rq u e
es preciso q u e el conflicto p re d o m in a n te m e n te religioso pase >i s e ­
g u n d a lin e a , y a q u e tie n e o cu p ad as in ú tilm e n te fu erzas que p o d rían
g a s ta rs e en otro cam po con in m e d ia ta v e n ta ja de la c au sa re lig io sa.
2.° L as fu erzas sociales m o d e rn a s no son las q u e tie n e n n ecesid ad
de se r co n d u c id a s h a c ia el seno de la re lig ió n n i de v e n ir d ire c ta ­
m e n te de ella, sin o q u e s e rá b e n e m é rito q u ie n se p a e n se ñ o re a rse
del m o v im ien to e n cu a n to tie n d e á co n d u c ir la acción re lig io sa p o r
la d ire c triz de todas las d e m á s fu e rz a s sociales m o d e rn a s.—3.» E s
preciso q u e la re lig ió n s a lg a d e la re se rv a á. q u e se lia red u cid o , á
fin d e sa lv a r su p ro p ia d ig n id a d y p ro c u ra rle u n n u ev o puesto, d es­
de el c u a l le se a p e rm itid o re c u p e ra r su a n tig u a in flu e n c ia .—4.° El
lib e ra lism o se h a lla h o y a sim ila d o a l o rg a n ism o m o d ern o , y es
ra zo n a b le p re p a ra r u n a c u r a d e p u ra tiv a que poco á poco y p o r v ir ­
tu d de u n a a s id u a p e n e tra c ió n del e sp íritu cristia n o re n u e v e y s a ­
nee el o rg n n ism o , pero d ejan d o q u e s ig a sien d o lo q u e lia lleg ad o
si se r y q u e n a d ie p u e d e h a c e r q u e no 6ea.—5.° El m ovim iento ec o ­
nóm ico tie n e n e c e sid a d d e e n c a rn a rs e en la je r a r q u ía de las in s ti­
tu cio n es re lig io sa s si a su m e u n c a rá c te r confesio n al, pero no n e c e ­
s ita de ello si p e rm a n e c e e x tra ü o & fines d ire c ta m e n te e sp iritu a le s (1).
E l m isin o a u to r de q u ie n copiam os el a n te rio r d o c u m e n to , ofrece
e n su lib ro , ta n reco m en d ad o com o re c o m e n d a b le, u u a rtíc u lo In -
lerconfesiottalidad, d o u d e, 1.°, d e m u e s tra con d ato s y testim o n io s ser
p rincipio de los m o d e rn ista s ita lia n o s lo q u e llev am os dicho del ca-
rá c te r neutro d e las A sociaciones o b re ra s; 2.°, e stab lece b ien la d ife ­
re n c ia q u e h a y e n tre u n a u n ió n te m p o ra l y m o m e n tá n e a p a ra fines
p u ra m e n te h u m a n o s y del m o m en to y la esen cial n e u tra lid a d que
p re te n d e n los m o d e rn ista s. Esto se g u n d o lo d e c l a r a d a u to r n a r r a n ­
do el sig u ie n te caso: E u F lo re n c ia tira n iz a á les o breros la lla m a d a
Cámara del T rabajo; fre n te ¿ e lla un cierto Dr. N espuli, 110 c ie rta ­
m en te católico, le v a n tó u n a L ig a p a ra la defensa de ln libertad del
trabajo, lig a c o n tra la v a g a n c ia , a rm a u su a l del socialism o y co n v i­
dó á fo rm ar p a rte de e lla ¿ los católicos. Como e ra u u a o b ra m oral y
su fin co n creto , d e te rm in a d o , los católicos y h a s ta L a U n ili Callolica,
d iario flo ren tin o «el m ús in tra n s ig e n te q u izás q u e ex iste en Italia» ,
d ié ro u le su apoyo m oral y m a te ria l. P eriódicos m o d e rn ista s como
L ’A tte n ir e , de B olonia, y l a Patria,, de A ncona, c e n su ra ro n íi L a Uni-
la de q u e a c e p ta b a n e s ta u n ió n aco n fesio n al y no las q u e silo s les
pro p o n ían : ellos con el Osservatore, de M ilán, c o n c lu ían : «La fogosa
ad v e rsa ria de o rg a n iz a c io n es q u e no se a n a b ie rta m e n te católicas, h a
concedido su apoyo íi u n a L ig a n e u tra : el tiem p o v ien e ú d a rn o s la
razón». Eso 110 es, no p u e d e ser cierto , c o n te sta v ig o ro sam en te Ca-
v a lla n ti, copiándose á si m ism o. S aben y a los lecto res c u á le s se a n los
id e a le s del m o d ern ism o eu p u n to á o rg a n iz a c io n es o b reras: uo con­
s e rv a r en é sta s n i n o m b re ni aspecto e n m odo a lg u n o confesional,
esto es, u n a v e rd a d e ra y a u té n tic a n e u tra lid a d .
Los católicos de F lo re n c ia , lla m a d o s en b u a y u d a por los lib e ra ­
les h o n ra d o s p a ra u n fin c o m ú n , b u e n o y noble, com o es el de u n a
L ig a p a ra la tu te la de la lib e rta d del tra b a jo se a d h ie re n ; no ap o y an
a l socialism o , á los p illos n i á los in m o ra le s, a n te s al co n trario , los
c o m b a te n ; n o c o n fu u d e n , ni d e s n a tu ra liz a n su s o rg an iza cio n es
o b rera s, sino q u e la s m a n tie n e n s e p a ra d a s e s tric ta m e n te con el
n o m b re y e sp íritu católicos; no h a c e n o tra cosa q u e se c u n d a r la ac­
ción de los ciu d a d a n o s h o n rad o s, & fin de q u e F lo re n c ia se s u s tra i­
g a ¿ la s im p o sicio n es de la C ám ara d el T rab ajo y los o b rero s a s e g u ­
re n la in v io la b ilid a d de s u d e re c h o a l tra b a jo .
¡Qué d ife re n c ia de esto á la n e u tra lid a d q u e se re p re n d e en los
m o d e rn ista s, y al apoyo que ellos d a n ú los de la C ám ara so c ialista
d el T rabajo! De lo cu al d arem o s u n a ú ltim a p ru e b a ccpiuudo u n a
o rd en del d ía ap ro b a d a en re u n ió n re c ie n te de d e m ó c ra ta s cristia n o s
autó n o m o s:
< Considerando que la confcsioualidad de las unior.es profesionales no es
práctica y es poco útil. Considerando que el únicn medio de realizar la suerte
de tales asociaciones es la neutralidad absoluta en el campo político y religio­
so... Se acl' euda... Apoyar, después de un detenido examen, la inscripción eu
masa de todos los socios en la Cámara del Trabajo ■>(1).
La s e g u n d a p a rte ile este p rim er error y q u e c o n sistía en e sp e ra r
las so lu cio n es q u e á los p ro b lem as sociales fu e ra n dan d o los h ech o s
p a ra aco m o d ar i\ ellos la re lig ió n , es c o n se c u e n c ia de la lib e rta d
escép tica co n ced id a en la p rim e ra p a rte , y a la h em o s visto in s in u a ­
d a cu au d o se d a b an las fu erzas sociales m o d e rn a s como las q u e lia n
de se ñ a la rle á la re lig ió n su d irectriz, y es u n a afirm ació n q u e no
se re c a ta n de h a c e r los m o d e rn ista s.
Ni p u e d e n re c a ta rs e . P a ra ellos e l corazón de la tesis m o d ern ista
e9 la in m a n e n c ia re lig io sa , y se g ú n esto todo fenóm eno v ita l sie n te
p o r p rim e r e s tim u la n te u n a n e c e sid a d , y p o r p rim e ra m a n ife stac ió n
u n se n tim ie n to : asi, la n e c e sid a d d e lo d iv in o e n g e n d ra el s e n tí-
m i ento de la fe.
P u e s si los m o d e rn ista s b a ila n en sí p ropios A. Dios y de u n a v a g a
asp ira ció u k lo divino h a c e n s a lir los d o g m a s positivos y los p re ­
cep to s m á s c a te g ó ric o s de u n a re lig ió n d e te rm in a d a , m ejo r sa c a rá n
d e m odo p arecid o las so lu cio n es so ciológicas d e las p ro fu n d id a d e s
m iste rio sa s del a lm a . En efecto, n a d a m ás u su a l e n tre ellos q u e h a ­
b la r de la s a sp ira c io n e s del a lm a m o d e rn a , fra se s q u e re p ro b aro n
L eón X III y Pío X, n a d a m ás u s u a l que im p o n e r la o b ed ien cia ó. la s
q u e lla m a n n ecesid ad es irre sistib le s de la ép o ca, y así dicen y creen
se r el fu n d a u ie u tu de la m o d e rn a c ie n c ia social, a tre v e rse m ovidos
p o r los se n tim ie n to s q u e se d e sp re n d e n d e esas c o n sid e ra cio n es á
reso lv er los p ro b le m a s q u e se o c u rra n , p ero sin criterio , que llam an
d o g m ático , sin o s e g ú n u n m étodo q u e se irá. esclarecien d o y d e te r­
m in a n d o de d ía en d ía , y d e e ste m odo la acción social será el p ro ­
ducto vital de uu se n tim ie n to de am or, se n tim ie n to de a m o r colec­
tivo que se rv irá p a ra le v a n ta r la c iu d a d y la so ciedad del p o rv en ir.
lis ta m a n e ra de d is c u rrir sin n o rte objetivo, así com o llev a, en
e l te rre n o p u ra m e n te relig io so , á la can o n izació n de todos los c u l­
tos, asi e n e l te rre n o social llev a á to d as las fa n ta s ía s, ilu sio n es, te n ­
ta tiv a s , en say o s, y a ú n á to d as las lo c u ra s y erro re s. A¡ú ila r c . S a n g -
n ie r ju stific a com o ra c io n a l ta n ta in d e c isió n , p o rq u e « n u e stra s ideas
n o son to d a v ía precisas»; p o rq u e «todo n u e stro tra b a jo fra te rn a l no
h a pedid o lle g a r á p la n e s c o u c re to s» y «tam poco es n ecesario». Siem ­
p re lia h ab id o en to d as p a rte s m u c h a s p e rso n a s q u e en s u s g a b in e te s
d e estu d io y en su s cen tro s de re u n ió n h a n trazad o m il p la n e s d e fu ­
tu r a s sociedades y de le g isla c io n e s id eales. P ero, ¿cómo no co n fesar
q u e c a re c ía n de e sp íritu práctico? L as te o ría s se d e sp re n d e n m ejo r
d e la v id a m ism a , m á s fu e rte s, m ás a c o m o d ad as, m á s ro b u sta s p a ra
re sistir. Todos los C írculos, C entros, In s titu to s p o p u la re s, re u n io n e s
p ú b lic a s y las In stitu c io n e s esco n ó m icas so ciales se rv irá n sólo de
ta n te o p a ra p re p a ra r la d e m o c ra c ia fu tu ra ....»
E l periódico p ro te s ta n te L ’A m n t-G a r d e , n o s c u e n ta u n a sesión
h a b id a e n tre siilo n ista s y p ro te sta n te s, q u e es u n caso fla g ra n te de
n e u tr a lid a d co n fesio n al y de in c e rtid u m b re d e proced im ien to s y
lím ite de lo q u e p u ed e lle g a r á e x ig ir el alm a moderna:
< Según el venerable 51. Cousin, á filien frecuentemente han oído los que
frecuentan el Sillón, el cristianismo no se puede ni se debo considerar como
ligado á ústa ó aquélla doctrina social. Porque ol cristianismo es vida, y vida
que sobrepuja en fecundidad todas las teorías f[iie nosotros podemos levantar,
todos los estados sociales que llegáremos ú realizar. Supóngase, si so quiere,
que algún día la sociedad es comunista, entonces el cristianismo se ofrecerá
como un ideal más grande que todo lo que la sociedad lia realizado, y por en­
cima de lo que exista descubrirá el alma horizontes maravillosos de un pro­
greso mayor.
>Prodújose al hablar asi el orador sillouisla un episodio conmovedor. £1
ponente Mr. Amienx, al ver tnn precisamente expuesta su ¡dea, se levanta,
estrecha lns manos (leí orador, le tiesa en arabas mejillas, cn tif lo» aplausos
íi’cnóticos de la sala. Sí, exclama Mr. Amienx, el cristianismo sii|>orA totliv for­
ma fija; el Evangelio no (la solución cerrada á la cuestión ilo la propiedad; lo
primero será sentirlo, y después darlo forma acomodada. Pnr In «pie luico ¡i
las reformas sociales no pedemos pretender pouernos en cll¡w !m>t¡v ipie toda
entera, la humanidad, so lwya convertido* (1).
¡G ran d e y co n so la d o ra esperanza!
Segundo error: consentir en los de la itrofuciÚH.—'<Las asp irac io n es
d e l a lm a m o d e rn a » , q u e d icen lo* m o d e rn ista s, son e l a m p a ro y d e ­
fe n sa de to d as lns con cesio n es L e c h a s ni e sp íritu de ln revolución.
Como ellos, cu ú ltim o a n á lisis, n o q u ie re n sino s e r rev o lu cio n ario s,
s in el n o m b re, lle g a n en su p re te n d id a c o n c o rd ia h a s ta e n tr e g a r a r ­
m as y b a g a je s, y en m edio de m il equívocos y o n d u la cio n e s, su le n ­
g u a je co in cid e, a l fin , eu el odio de clases, en el desprecio de los
a ristó c ra ta s, en e la fA n de la tie r r a , e u los d erech o s de los p u eb lo s
con los m ás e x a lta d o s so cialistas y a n a rq u is ta s . F ieles al p riu cip io
m o d e rn ista de q u e uno es el c ristia n o y otro el h o m b re , a u n q u e
com o cristia n o s d ig a n s e r fíeles k la Ig le s ia , com o h o m b re s, se h a ­
cen a d o ra d o re s del b e c e rro de oro ó d e l d e re c h o n u ev o . ¡Tanto
m o n tal
D ejem os el uso d e la p a la b ra ¿ n u e s tr o s m o d e rn ista s.
121 a b a te K lein , en su o b ra Nouvelles lendanccs en reliffion et en
¡itterature, h a c ié n d o se c a rg o de la s p a la b ra s , e x aetn s en esto, de
otro m o d e rn ista , Mr. L ero y -B en u lieu , de q u e e n tre el socialism o y la
Ig le sia h a b ía oposición d e p rin cip io s, p o r m ir a r a q u é l & la tie rra y
á s u s b ien es, y é s ta al cielo y p ro m e te r a q u é llo s sólo «por a ü a d id u -
ra», c o n te sta q u e n o h a y «sino sim p le d iv e rsid a d de ten d en c ias» q u e
se re m e d ia rá in d u d a b le m e n te « a u m e n ta n d o poco & poco las a s p ira ­
ciones id e a le s d el p u eb lo y ta m b ié n el in te ré s q u e la Ig le sia no tie ­
n e d erech o á n e g a r á la s m ise ria s d el cu erp o » . M as com o si este len ­
g u a je ta n poco c ristia n o de d erech o s y d e b e re s, n o b a s ta ra p o r su
a m b ig ü e d a d , a ñ a d e d esc u b rié n d o se el e sc rito r y to rc ien d o & su m odo
el le n g u a je de L eóu X III;
«Toda entera la Encíclica Iicruin novarum, cuya pulilicaniún es uno de los
mayores acontecimientos de la historia religiosa, se presenta de ejemplo y
prueba en apoyo de nuestras ideas. Allí se trata menos do |uirafso que de sa­
larios, do la propiedad y de sindicatos; menos de paciencia, en medio do las
pruebas que de justicia social. Privilegio es éste de una Iglesia viva unitla A
la tradición y capaz (le iniciativas, poder sin renegar ele sns principios, insistir
según las épocas en lo qne se liaoe más necesario * (1).
H asta a q u í c ie rta m o d eració n e n la frase: m aiora tid c lis .
< El oficio de la democracia cristiana será llar á la religión una nueva
vitalidad haciéndola acomodarse y quebrar en algo según las necesidades
nuevas. Es preciso procurar que la democracia sep, reconocida como un ideal
<le caridad, do justicia y de íruleniidad... ¿Por quú cada suemiute eu su alileii
ó en su parroquia no había de ser un agente y nn guía de reformas sociales
s*:n segunda intención de propaganda confesional ó prosclitismo?» (2).

Ni re c a ta n el p o r q u é n u e s tro s sectario s:
- Hoy día no son ya los católicos, no son les curas los que predican las ¡ilnan
fundaméntalos del cristianismo, sino los socialistas y los anticlericales» (3).

V e n g a m o s á p a rtic u la re s .
E l d erech o de p ro p ied ad , sa n to p o r la ley n a tu r a l, san tificad o por
la le y e v a n g é lic a y cu sto d iad o y d efendido p o r las leyes e c le siástica
y civil, no se escap a A la dem o lició n m o d e rn ista .
E l conocido a b a te P o ttie r, fu n d a d o r de la L igue dém ocraliquc le l-
tje, sostuvo d u ra n te añ o s la r g a c a m p a ñ a c o n tra el so idisanl d ro il de
propicié, q u e no es, s e g ú n «1, sin o derecho de usu fructo, a rtíc u lo s en
q u e a b u n d a n los d ic te rio s « c o n tra la iu ic u a rep artició n de las riq u e ­
zas», «la m onopolización de la tie rra y de los m etilos de tra b a jo » (lo
de los la tifu n d io s), «el estad o a c tu a l económ ico c o n tra la n a tu r a le ­
za» y las elogios á las fu e rz a s so c ia lista s « que son la s ú n ic a s que
lia sta a h o ra se lian sabido colocar e n te rre n o firm e» y la s ap e lac io ­
n e s n a tu r a le s al so cialism o d el E stad o y ú la s fu e rz as de é ste p a ra
« re g la m e n ta r el derech o de p ro p ied ad , to m a n d o u n c o n ju n to de m e­
d id as q u e h a g a n im p o sib le ó c o rrija n la situ a c ió n a c tu a l ec o n ó ­
m ica B (4).
De p a re c id o m odo se e x p re sa N a u d e t, que lle g a á d ecir:
fííjnú es la propiedad? Unos dicen que es un derecho, otros que una fun­
ción. Me parece poderse conciliar ambas opiniones diciendo, que os nna auto­
ridad nuo conf iere derechos sólo en la molida do los deberes que impone para
con la sociedad. La noción de la propiedad resucitada en nuestros illas es abso­
lutamente contraria á ésta, y por eso la tenemos por profundamente injusta y
destructora del orden social. De hecho y en el rigor de la palabra, la propie­
dad no es un derecho absoluto > (5).

(1) 1*. 116-117.—(2) Clurbonnel, Reoue enciclopétlique, 27 Marzo 1897.—


(3) Dr. Lancry, L a Justice Sociale, 17 Julio 1905. —(4) Le Bien dupeitpls, 1801,
1892, 1893.—(5) L a Justice Sociale, 6 Mayo 1804.
El citad o a b a te P o ttie r fu n d ó la Union déMocratigue y la dotó de
u n re g la m e n to q u e s e p ro p a g ó m u ch o p o r F ra n c ia y que d o d e ja de
te n e r ncccso y a c e p ta ció n en E sp a ñ a . E n él se p re co n izab an los s i n ­
d icato s de colonos con e x c lu sió n de los p ro p ietario s; y ¿por qué?
«Porque ¿quién es el que en primer término tiene derecho do vivir do los
frutos de k tierra? ¿Es el dueño que la posee legítimamente ú el arrendador
el colono? Yo croo que es el que la riega con su sudor, el que la fecunda, el
que trabaja ta lo el aflo para arrancarle su subsistencia. E l color.o tiene dere­
cho de vivir de la tierra que cultivo, y si después do atender lionrailamcntc
á su subsistencia le queda algo para pagar al (lucilo, debe hacerlo en concien­
cia, en virtud del contrato. Todo poseedor exclusivo de una cosa, debe reco­
cerla por crmu'm en cuanto al uso; apliqúese esto principio ;i los inmuebles. En
cuanto al uso, la fortuna es común entre el pobre y el rico, y con más razón,
los inmneblcs en cuanto al uso son comunes cutre el dueño y el colono, el
cr.nl debe auto todo encontrar allí subsistencia. Esto es lo qno pretende ase­
gurar ln 1 ilion ih'niocrutifjiir > (1 ).

Omitimos mucho, porque lo dicho b asta y sobra, porque au n q u e


hiciéram os un libro de citas no las agotaríam os, y porque h ay que
v er cómo h ab lan de la distinción de clases, por ejem plo, y del am or
sil pohre.
Mr. León H a rin e l, casi u n o rácu lo de I ob d em ó cratas c ristia n o s:
< Los diarios conservadores (católicos rancios) consideran al obrero como
un ser inferior y peligroso, como un esclava que no puede estar sino en opre­
sión ó en rebeldía; temiendo ésta, prefieren aquélla. Hoy día no hay más que
dos fuerzas sociales: el cloro y el pueblo obrero, coordinándolas preparemos la
sociedad del porvenir y los triunfos de Jesucristo. Lascbises awmodadas, mi-
nadns por el paganismo y el placer, lian quedado reducidas á la impotencia...
Dicen que responda á sus ataques; lio quiero responder á los muertos... (2)
En la teoría asnal el dueíío ú i«trón está revestido de cierta autoridad de la
que los obreros no deben juzgar, etc— Pues bien, esta bella teoría que tanto
lia ponotrado en conciancius muy honradas, es una pura ilusión. La jiretonili-
da autoridad del patrón, así entendida, nn tieno otra baso que el libro cunsou-
liniiontii de los interesados. E l patrón es uu contratante, los obraros la otra
parte. Es menester renunciar ú la quimera de tal autoridad. Torla autoridad
facticia y fingida lio sirvo pai-a linda, y así hay que. hacerlo de alto abajo en
toda la escala social. Esta sciá la igualdad democrática conseguida por la or­
ganización de los intereses» (3).
Después de esto, ocupan propio lu g a r las ironías volterianas del
ab ate N audet, acerca de la pacieucia y resignación:

(1] Le Bien dupm ple, 31 Diciembre 1693.—(2) Le Bien da peujile de Lieja,


23 Jalio 1103.—(3) L e Bien dupeuple de Mr. Pottier, 2 Julio 18U3.
«Cierto que es un.i hermosa virtud; pero cnando se dice: resígnate, en el
nielo tendrás tu premio, eso no basta...» (1). «Nuestro ideal 110 se satisfaré en»
una sociedad que pontón por liase la resignación y por cúspide la enrulad» ( 2 \
<E1 pueblo se revuelve porque padece; uosotros le contestamos que se convier­
ta, pero como dice un Arzobispo americano, hasta que la condición de los tra­
bajadores 110 sea mejor, no se les puede hablar do vida sobrenatural y de de­
lir e s (8 ). tYo soy de la Iglesia de hoy y do la de niailana, pero 110 de la de
liace cieu años... La Gloria, el Paraíso lo quiero dar en segidda en la tierra
mientras se espera el otro» (A).
Sirva de punto final un incidente histórico que pone en clara luz
el len g u aje m odernista acerca del am or & los pobres, y perdone J e ­
sucristo N uestro Señor las insinuaciones blasfem as de sus m ayores
enem igos.
Se tra ta de dem ocratizar al m ism o Cristo, Nuestro Salvador, de
p resen tarle como el tipo del an a rq u ista m oderno odiado de los p u ­
dientes, seguido de la hez del pueblo.
3Ir. el abate Cam per, soltó u n a vez en u n b anquete la frase de
que: ?si Cristo tien e u n a aureola, es porque se encanalló con los g o l­
fos, y esos hom bres (los conservadores y hacendados) son los que le
crucificaron». Suscitóse con ocasión de esta frase un esc&tulnlo, in­
m otivado, como escribía Mr. Ch. Adrct en L a Veri té Fraurai&e:
«Porque todo el que tenga una tintura de la literatura democrática sabe
i|iic c-1 abate Camper no filó el autor de esa unión escandalosa de palabras.
Sino que el alíate Niimlet, en su libro Vera l'avenir, ilijo que «si la Iglesia fin'*
tan poderosa en Ja Edad íledia fué porque se encanalló muclio (pátj. :¡11); en
f l diario de Mr. el abato Garnier cscribiC en 2H de Diciembre rtltimo el abato
Dabry. entonces reilautox'-jofe, hablando de la villa pública de Nuestro Scflor
que <durante tres años fnú le gran feria de la canalia*. y mi S de Enero !>i-
,g uiento el misino firmaba mi artículo intitulado: E l uwiyo d e I j s raheces,
designando así la adorable persona de Nuestro Señor Jesucristo- (5).

Con esto tien en u n a idea lns lectores h asta de la lite ra tu ra m o­


d ern ista; cómo adm iten otros errores de la revolución, cómo, v e rb i­
g ra cia, el sufragio universal como única fuente de derecho, lo vere­
mos al m ism o tiem po que exponem os lo que puede llam arse
Tercer error: Democratización de la Iglesia .—No es tiem po de e n ­
tre te n e r h los que ten g an la paciencia de leer todas estas p ág in as, y
en especial los dedicados á dejar h ab lar eu m odernista, coa nueva»
parrafadas de prosa h istórica, indigesta, llena de palabras, palabras

(1) Ibid., 4 Diciembre 1BOS.—(2) Juitice Sociale, 16 Julio 1893.—(3; Id., id., 17
Marzo 1804.—(4) Discoars da Angers, 3 Marzo 1896.— (6) 23 Junio 1808.
LOS M O D EÜ K ISrA S CORROMPEN CON ERIIOEES LA ACCIÓN SOCIAL 189

y m is palabras sobre el obrero de Nazaret, la condicióu de los Após­


toles, 1a. destrucción de razas y condiciones, el am or de la Iglesia á
las m asas populares y cien otros lu g are s com unes, que si prueban
contundentes la divinidad de la Ig lesia, que sa propagó y propaga
por el cetro de hierro que es prim ero caña de Ecce-Hotno, 110 sig u i-
fica, ni puede significar que fueran rechazados los nobles senado­
res, los consulares, la9 dam as rom anas, los reyes y em peradores, los
ricos del m undo, con tal que su p ieran en ten d e r y practicar las vir­
tudes del E vangelio; San Paulino, San Jerónim o, S anta Paula, San­
ta P u lq u ería, S anta Elena, C onstantino y Teodosio, p ara no citar
sino nom bres y a v u lg are s del Im perio; por no h a b la r de S anta Clo­
tilde, San G otrando, S anta R adegunda, San H erm enegildo, San
L eandro, S anta F lo ren tin a, Saa Gregorio M., Clodoveo, Cario
M agno, San E steban de H ungria, S anta Isabel, San Casimiro, San
E duardo, San Luis y San F ernando, y de tantos otros reyes, duques,
potentados y g u errero s que honraron con la santidad los esplendo­
res del nacim iento, de la alteza y de la autoridad.
Mas lo inaudito é increíble de los m odernistas es que en su plan
preconcebido de form arse u n a Iglesia esencialm ente dem ocrática y
rahez, acudan & probar esto al siglo de las Cruzadas. Las Cruzadas,
que fué un m ovim iento europeo, pero presidido por los reyes, los
poderosos, los señores feudales, los g u errero s, movimientG en que
se distin g u en Pedro el Erm itaño, Urbano II y San B ernardo, pero
acom pañados de Godofredo, Ricardo de In g la te rra , los Em peradores
alem anes y Luis VII y Luis IX, reyes de F rancia. Nadie sino unos
hom bres desatentados dirán que aquello fué un m ovim iento demo­
crático social ..... Pero asi escriben la historia los m odernistas.
Mas au n q u e así fuera, de aq u í á lo que ellos pretenden h ay uu
abism o. Oigam os resum ir las pretensiones de m odernistas y dem ó­
cratas (ya hém osles visto coincidir), a l valeroso Mgr. Delassus, p re­
miado por Su S antidad Pió X con la m itra por sus batallas contra
entram bos:

«Los modernistas razonan de este medo: I.a religión no proviene (le una
revelación exterior y que venga de fuera, que venga de Dios, sino que tiene
su principio y su frente en la conciencia de cada nno: así dicen los ininanen-
tistas vitales. Se comunican entre sí las conciencias individuales, y de aquí
surge una conciencia colectiva, que por ser colectiva es una sociedad y reli­
giosa. ¿Cóiuo se debe gobernar esta sociedad? Por una autoridad que sea el
producto vital de las conciencias individuales, por una autoridad quo emane
de una manera de sufragio universal y que dependa de las conciencias que
la lian creado. La autoridad religiosa que llega á olvidar este origen y esta
dependencia se luieo tiránica, y eso es lo que por desgracia acaece hoy «lia.
Por eso si ln autoridad eclesiástica no quiere fomentar este conflicto «debe ple­
garse ú lns lormns democráticas>, «debe armonizarse ií líis formas civiles >,
«debe acomodarse ú lns formas populares». «Es menester que su espíritu y
sus procederes se pongan en relacióc con la conciencia popular que evoluciona
liacia la democracia»; *es necesario que se dé parto del gobierno al clero bajo
y aun á los laicos >, <que la autoridad so descentralice», de no hacerlo así,
guay de la religión, «porque sería loco quien pensara quo d rio de las li­
bertades va á remontar su corriente.
:>Los demócratas cristianos argumentan de otro moilo, pero llegan á lo
mismo. Imbuidos (le los falsos dogmas de J. J. Rousseau, creen que el estado
social no es obra de Dios, sino del hombre, resultando del contrato social que
los hombres, hartos de ser salvajes, hicieron un día feliz entre sí. Saliendo la
sociedad de iu cunlrulu, habiéndose convenido en crear una autoridad quo los
gobierne, isla depende de todos. De aquí la soberanía popular que da ó quita,
ensancha ú restringe el poder; de aquí el sufragio universal como única fuente
de derecho, el régimen democrático, qnc los dcmóoratns cristianos <5 no cris­
tianos declaran el régimen por cxcc'.onoia, el único razonable, el solo. Por tan­
to, Biendo esto régimen el solo, ol mejor, ol excelente dobo ser el do la Iglesia,
como es el del Estado... Para tomar de esto algún convencimiento Vastará re­
cordar aquí palabras do uno de s is jefes, pronunciadas en eircuistancias lien
solemnes en lo alto de la tribuna más conocida y más elevada que hay».
lira el 15 de Uñero de este añ o d e 1ÍK)7 y Mr. el a b a te Lerriire s u ­
bió k la tr ib u n a d el C ongreso y a llí dejó o ir su voz estas p alab ras:
cXo reconozco en nadie derecho para liaremos á los católicos siervos do un
régimen central ¡/.ador, í e un régimen Luis XIV. La Constitución do ln Ig le­
sia no eslú formada sobre ninguna de las formas ofímerES del gobierno huma­
no. La Iglesia no es nna monarquía. Es, hablando con propic iad, una jeiaivuía
que es 111113" diferente. Está gobernada por una serie do autoridades locales
dependientes unas de otras y vigiladas por una autoridad central y superior...^

H e a q u í cóm o los d em ó cratas cristia n o s lle g a n ¿i u n a disposición


de á n im o q u e les hace p e sa d a la situ ació n de la Ig le sia y de sus
fieles, c re a d a p o r la C onstitu ció n e se n c ia l q u e J e su c risto le dió. En la
m ay o r p a rte esto no p ro d u ce sin o u n a p red isp o sició n q u e les h a ce
poco su m iso s tí la a u to rid a d ; en los jefes esto es u n a id e a c la ra , d e ­
te rm in a d a , q u e se m a n ifie sta c u a n d o se p re se n ta ocasión, com o se le
p re se n tó A T.emire en el d ecu rso de la d iscu sió n de la sep ara ció n de
la Ig le sia del E stad o , c u y a ley , con la s aso ciacio n es c u ltu ra le s, te n d ía
n d em o c ra tiz ar la Ig le sia .
N uestro S an to P a d re el P a p a no se c o n ten tó en su E n cíc lica con
ilecir cóm u y p o r q u é los m o d e rn ista s q u e ría n d e m o c ra tiz ar la Ig le -
sia, sin o q u e se hizo eco d e las p ro fe ría s de estos señ o res que av isa n
á. la Ig le s ia q u e si no se rin d e & la s in v ita c io n e s q u e ellos les h a c e n
de refo rm a r c u a n to a n te s sa C o n stitu c ió n , n o p u e d e c o n ta r sino con
m u y pocos d ias d e v id a ......
E sta s a m e n a z a s q u e los d e m ó c ra ta s c ristia n o s c a n ta n al u n isono
con los m o d e rn ista s, son la c o n tin u a c ió n de la a n tífo n a e u to n a d a
h a c e tres c u a rto s d e sig lo p o r su p a d re y m a e stro , L a m e n n a is......
Fogazzaro , R ifa u x , N au d e t, S a n g n ie r y otros, no son sino su s ecos,
su s fieles ecos (1).

III

El modelo de la acción social católica.

lira el añ o 1897. D esp u és de v a rio s de in te rru p c ió n por la p e rse ­


cución fra n c m a só n ic a , podían n u m e ro so s sacerd o tes fran c eses a c a u ­
d illa r á los pies de León X III u n a im p o n e n te p e re g rin a c ió n o b re ra .
Allí, en a q u e lla s fa la n g e s de p e re g rin o s, h a b ía h ijo s fieles d e la
Ig le sia é h ijo s díscolos, h a b ía ad o ra d o re s en e sp íritu y v e rd a d y
ad o rad o re s de corazón alejad o de Je su c risto , h a b ía trig o y cizañ a,
h a b ía g é rm e n e s de m o d e rn ista s y sin c e ro s hijos de la F ra n c ia c ris.
tianÍBÍma. A los h ijo s, al trig o , fi los a d o rad o res en v erd ad , ¡V los h i ­
jo s su m iso s h ab ló con p a la b ra de consejo y a m o r el I’a d re com ún y
al h a b la r á ellos q u e ría to c a r el corazón de los J u d a s , q u e ría tru ca r
la cizafla en trig o , q u e ría ilu m in a r íi los e x trav iad o s y obcecados:
< Dulce líos es expresar nuestro, satisfacción en este momento, y en una
tan numerosa y esplendida reunión do sacerdotes franceses que contemplamos
en derredor nuestros unidos á la peregrinación obrera. ¡Sil presencia nos agra­
da porque bien sabemos Ñus que se consagran do palabra y de oliraá promo­
ver el bien moral y material de los obreros, disipando los equívocos, incul­
cándoles la concordia y haciendo penetrar en sus clases las realas do La vida
cristiana...»
D esp u és q u e e l V icario de J e su c risto en la tie rra h u b o h ab lad o
en estos y p arecid o s térm in o ? jiara co nsuelo de los quu h a b ía n de
p e rm a n e c e r y lu z y lla m a m ie n to de los d e s c a rria d o s, ondeó eu
a q u e lla m u c h e d u m b re u n a b a n d e ra , la b a n d e ra de la F ra n c ia (le
M o n tm a rtre , el e s ta n d a rte d e l S a g ra d o Corazón de Je sú s. León X III,
nos c u e n ta n , lo ab razó , lo besó resp etu o sa y lo co nsagró com o uu
lá b aro d el o rd en social q u e solo en él y en su a m o r p u e d e e n c o n tra r
salv ació n .
Otro silbo fné estfi del P asto r de la? alm as, p a ra a tra e r á. los d e ­
m ó c ra ta s y m o d e rn ista s: tu v ie ro n oídos y no oyeron.
P ero si a lg o s u e n a n la s p re d ic a c io n es e m a n a d a s de e ste Corazón
d iv in o , es el a m o r v e rd a d e ro á los p u eb lo s; si alg o es el C orazón de
Je su c risto , es el m odelo del A póstol so cial católico eu n u e stro s días.
En efecto, a l a n d a r en su s tres aílos de p red icació n e n tre ta n ta s
y tan g ra n d e s la c e rías y tra b a jo s de a q u e l pueb lo lleno d e ellos, se
aflig e y com padece N u estro S alv ad o r, com o de Corazón n obilísim o,
d e todos. Las lá g rim a s de la v iu d a de N aim , d e te rm in a n te h u sa r
de su p o d er p a ra d a r n u e v a v id a al h ijo d ifu n to ; los clam o res y la
in siste n c ia de la m u je r c a n a n e a , le a b la n d a n p a ra h a c e r un m i­
la g ro ai'in con los q u e no e ra n o v ejas d e Is ra e l; las im p o rtu n a c io ­
n e s del ciego de Je ric ó , e n c u e n tra n eco en su Corazón com pasivo y
m iserico rd io so ; la s lá g rim a s do M aría, h e rm a n a da L ázaro c u a tr i­
d u a n o , ro m p e n la d isim u la c ió n m o m e n tá n e a en q u e se e n c e rra b a y
le a rra n c a n lá g rim a s, tu rb a c ió u de C orazóu y la voz im p e ra tiv a del
m ila g ro ; el can sa n c io , el h a m b re , el d esfallecim ien to de u n a m u ­
c h e d u m b re dócil que le s e g u ía , le h ace d ecir aq u el: Misereo)' snpei'
íurbam , q u e h a in sp irad o ta n ta s o b ra s de c a rid a d y a m o r e n los
a m a n te s del Corazón D ivino.
H a m b re , en fe rm e d ad e s, defectos de m iem b ro s, posesiones d ia ­
b ó lic a s, trib u la c io n e s en a c c id e n tes físicos com o las b o rrascas,
la m u e rte m ism a, todo lo q u e e ra d e sd ic h a h u m a n a , ocasióu de
dolor, todo c a u s a b a aflicción en el p e ch o de Je su c risto y , a u n q u e
todo, com o o b serv a m u y b ie n San A g u stín , no lo re m e d ia b a p ro d i­
g io s a m e n te , todo lo co n so lab a con e n se ñ a n z a s y m u ch o tam b ié n
m ila g ro s a m e n te re m e d ia b a : es cierto q u e eu m u c h a s ocasiones se
v e p u e sta s u o m n ip o te n c ia á servicio de la a rd ie n te c a rid a d de su
D ivino Corazón.
M as a p á rte n s e los d e m ó c ra ta s y m o d e rn ista s co a su s sofism as
h ijo s del racio n alism o b íb lico con los c u a le s p re te n d e n d e m o stra r
q u e sólo la co m p asió n h u m a n a , la fila n tro p ía , el deseo de re m e -
• d ia r ¡a n ecesid ad física, le m ovió. Je su c ris to N uestro S eñor es a n te
todo y sobre todo p re d ic a d o r de la v e rd a d , fu n d a d o r y testig o de
n u e s tr a fe¡ si la co m pasión á los esposos de C ana le im p u lsa á evi­
ta rle s con u n prodigúo ol sonrojo fam osísim o, es p a ra com en zar la
c a rre ra dn su s testim o n io s y p a r a q u e su s d iscíp u lo s c re a n e n Él; si
c ie rra en su v id a p ú b lic a la s e rie de su s co m p asio n es con la re su rre c-
clón dé Lázaro, es p a ra que se m anifieste la gloria de Dios, es dila­
tando el tiem po p ara rodear de circunstancias espléndida? el p ro d i­
gio, es p ara h acer u n a obra de m isericordia como obra «le celo y de
propaganda; si se com padece de la tu rb a , es porque le h ab ían s e ­
g u id o d ías y días oyéndole predicar, es p ara m anifestar con una sor­
p rendente m ultiplicación de panes y peces, quién era quien les h a ­
blaba; era con ta n ta subordinación A la predicación evangélica que
cuando ellos después le volvieron codiciosos del pan terreno h buscar
le encontraron con la reprensión, el concejo y la sublim e enseñanza
en los labios: operamini non cibum q n ip c r il, buscad el m anjar que uo
perece; m an jar de fe, de enseñanza y de mi propio Cuerpo y S an­
g re , q ue os doy y os prometo.
Fieles los Snntos Apóstoles & esta m an era de com pndecerse de
los pobres, heredado de su Maestro y en el Corazón Divino ap ren d i­
da, se com padecen J u a n y Pedro del cojo de nacitnieuto de la P u e r­
ta Especiosa; pero no p ara darle plata y oro que no ten ían , sino
para hacerle creer en Je su c risto y tom ar ocasión de predicarlo k u n a
m uchedum bre de cinco m il. Y cum ulo esta m uchedum bre quiere
p articipar de los beneficios de este S eñor, cuyos tesoros descubrían
los Apóstoles, em pieza por recib ir ln seüal del B autism o, salirse de
la Sinagoga y quem nr lo que h ab lan adorado. Pertenecían y a A
aquel pueblo de adquisicióu, g en te s a n ta , Ciudad de Dios, qne no
debe m ezclarse con el pueblo de perdición, ni comer cou él, Mee
cibum sim ere, n i ai'in siquiera saludarle, nec A ve el d ix rrilis, consejo
que bebió en el Pecho del Señor el Apóstol de la Caridad.
Es que Nuestro Señor Jesucristo enseñó y prncticó lo que los
Santos Apóstoles enseñaron y practicaron y, practicándolo y ense­
ñándolo, formuló San Pablo en aquellns palabras: Sic nos existí mel
homo iil m inistros C hristi, siem pre y en todo reconozca en nosotros el
hom bre al m inistro de Cristo, al predicador del Evangelio; si nos
hem os de com padecer, com padezcám onos prim ero dt; lo que es pri­
mero; de la ceguedad del alm a, antes que de In del cuerpo; de la
enferm edud de las concupiscencia'), an tes que de las producidas por
g érm enes patógenas en el organism o; «le la m uerte del nhna en sus
pecados, que de la corporal y transitoria; de la tu rb a que no conoce
á Jesucristo, ó q ue no aprecia los tesoros de su Corazón, que de la
m aterialm ente h am b rien ta y sedienta: nt m inistros Christi.
Tal fué siem pre el len g u aje de 1a Iglesia en todas sus edades:
tal fué en los últim os tiem pos el de lus adoradores del Sagrado Co­
razón, que como La Colombiére, Croisset, Cardaveraz y C alatayud;
13
como los religiosos, nobles y religiosas del tiem po del T error;
como las H ijas de la Visitación y los Padres de n u estra Com pañía se
presentaron h los pueblos consolándolos, anim ándolos y sacrificán­
dose, pero como Apóstoles del Sagrado Corazón: u t m inistros C kristi.
Asi quiso León XIII, así quiere Pío X que sea nuestro apostolado
social:
«Es evidente que ante todo es menester íuirtur til objeto principal, cpie es
d perfeccionamiento moral y religioso, que es, sobro todo, el fin que debe re­
gular la economía <lc estas obras sociales; tic otro modo degenerarían y caerían
bien pronto, 6 poco faltarla en el número do sociedades dondo 110 hay religión
manifiesto. Pues do ¿qnó lo servirla al artesano encontrar en la corporación
abundancia material ni la falta do alimentos espirituales por.ou su alma en pe­
ligro de muerte? Quid prodest h om ini ni untad mu u n b ersu m lucretur animan
vero sim e detriiiienliim p a íia tw ? ¿Qiu* aprovecha ni hombre guuor el íuundn
entero rí sufre detrimento en eu alma? Este es el carácter con quo Nuestro
•Señor Jesucristo quiere que so distinga el cristiano del gentil: líate oinnia
gentes iiuptirunL. Ornente eryo jirininin reynum Dei et iusliltam eius et hnrr
onmia adjicinilur roLis. Estas cosas terrenas las buscan los gentiles; buscad
vosotros primero el reino do Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por
añadidura*. (León X III, Encíclica De eontlitione opifieum.)
Pió X en su Encíclica de 4 de Octubre 1003:
«Los tiempos actuales requieren acción, pero acción que consista en la
profesión franca y abierta do la Religión Católica».
En su Encíclica de Ju n io de 1905, escribe:
«El católico dota acordarse, sobre todo, do ser en todas las circunstancias
y de aparecer verdaderamente católico, aceptando ol desempeño de los cargos
púUieos y ejerciéndolos con el firme y constante propósito de promover con
todo sn poder el bien social y económico de la [«tria, y singularmente del
pueblo, según las máximas de la civilización puramente cristiana, y defender
juntos los intereses supremos de la Iglesia, ijue son los de la religión y de la
justicia».
Este es eco cien veces repetido de aq u ella voz: fitc nos existiviel
homo, tén g an n o s todos ut m inistros C hristi.

Ki es m en o r m odelo del corazón apostólico social el Corazón de


Jesú s si se atien d e & su am or verdadero y santo, á los pobres sin de­
clinar ni ú la adulación &. los poderosos ó al odio m al encubierto á la
propiedad, distinción de clases y dem ás necesarias preem inencias
sociales.
Ya al n acer quien era Rey esencialm ente y por naturaleza, como
que por tal le b ab ia ungido su Padre E terno, rodeó su pesebre pobre
y desabrigado de todas las categorías ds cielo y tierra p a ra dem o s­
trar, como observa San Ambrosio, que no venía A destruirlas, sino A
santificarlas: las jera rq u ías angélicas las llam ó A un m andato do su
Tadre p a ra que al en tra r Él, como prim ogénito de ¡ingeles y ho m ­
bres en el inundo, le adorasen; padre y m adre escogió reducidos y
modestos en bienes tem porales, pero no m eudigos ni de la íiitim a
capa social, an tes de regia davídica estirpe y que precisam ente se
hallab an en Belén por confesarlo así; amó ¿ lo s má9 pobres, es cie r­
to, y por eso llam ó con angélicas arm onías A los pastores, m as no
abom inó ni despreció A los ricos, au tes con prodigios estelares co n ­
vocó allí tam bién A los poderosos Reyes del Oriente; la viuda profe­
tisa del tem plo y el sacerdote Simeón vinieron A recibirle A los cu a­
re n ta días en representación de los m odestos y privilegiados del
pueblo elegido; y sú rechazó A Herodes, A AnAs y A Caifas, y A los
engreídos betlem itas, no fué por su grado jerArquico, sino por sus
pecados y m ata volu n tad.
D urante su predicación m ostró las m ism as en tra ñ as de caridad
para con todos. Si Él, modelo de Apóstoles, no tenia dónde reclinar
su cabeza, si lloraba con triste queja, que parece am enaza, los e n ­
gaños de las riquezas y de los ricos que no tienen puesto su consuelo
sino en la tierra; si A sus discípulos enviaba á p re d ic a r sin alforjas ni
prevenciones: no desdeñaba los esplendores de los esposos de CanA
escogiendo su convite p ara su p rim er m ilagro, llam aba A su co­
nocim iento al rico Zaqueo enseñándole A re stitu ir lo m al adquirido
pero no todo lo odquirido, dejaba en su Aurea fortuna á. sus amigo»
Lázaro y sus santas h erm an as, y quiso agradecer los oficios que la
posición y autoridad de José de A rim atea y Kicodemus pudieron dar
A su cadáver p ara ser noblem ente sepultado, y al despedirse de sus
Doce y dejarlos en el m undo de pobres y de ricos les dijo que los que
A Él le h u b iera n perseguido, perseguirían á ellos y que los que A Hl
hubieran recibido y creído, á ellos tam bién los recibirían y creerían.
¿Qué más? Viéndose líl sentado en el Olívete eu presencia de todas
las m agnificencias de la rebelde Jeru salén y abarcando con su m i­
rad a soberana y escudriñadora de la historia cuanto de gloria, g ra n ­
deza y bienestar, cuanto de realeza y dom inio le h ab ía un tiem po
dado y cuanto le deseaba dar, mostró lns ternezas de su Corazón llo ­
rando sobre ella porque no h ab ía correspondido A su insi.stentu
deseo de cobijarla bajo sus alas, quem adm odim g a llin a , siuo que se
h ab ía arrojado ¿ la m aldición que Tito y Vespasiano h abían de e j e ­
c u tar sobre ella. El Corazón de Jesú s am aba aquel esplendor h u ­
m ano que los Profetas habían ¿ Jeru salén prom etido y lloraba sobre
aquella ru in a que sus pecados acarreaban sobre su frente. Atrás,
atrás, pues, los sacrilegos calum niadores que hacen de los años de
predicación de Jesucristo, nuestro adorable R edentor, «la fiesta, la
pascua de la canalla».
Si el odio m anifiesta, como el am or, los efectos del corazón, el
del Sacratísim o Corazón de Jesucristo m anifestó como su am or, los
que atesoraba con los pobres y con los rico9. Censuró Nuestro S a l­
vador la dureza é incredulidad de sacerdotes y escribas, calló tenaz
m en te an te Piiato, Herodes y Caifas, fulm inó su an a te m a contra el
cruel Epulón; pero 110 se ablandó delante del m aterialism o y codicia
de la tu rb a que le buscaba porque le dió de com er, ni habló a n te el
populacho que en la plaza del pretorio le pedía para la m uerte, ni
dejó de quejanse contra los raheces y viles que & las p u ertas de ln
ciudad can taban co ntra él coplas entre las asquerosidades de la em ­
briaguez, ni dejó sin efccto la lluvia vengadora de su san g re sobre
la m uchedum bre an ó nim a que la pidió sobre sus cabezas. Atrás,
pues, otra y iníl veces los calum niadores blasfem os que hacen á
Nuestro Salvador un dem agogo y sus años de predicación «la fiesta,
la feria de la canalla».
En estos am ores y odios del Corazón de Jesús, h a encontrado
siem pre la Ig lesia de Jesucristo su modelo. Con los Apóstoles h a
repreudido t'i los ricos que defraudan de lo debido el jo rn a l de sus
trabajadores; pero allí donde la ju stic ia cesa no h a querido n u n ca
que la lim osna sea por fuerza y con apuro propio, ni h a querido
em pobrecer á los que tienen, p a ra en riq u ecer á los que necesitan:
h a dicho la verdad y la lia predicado librem ente bajo las varas y
golpes de A n é sy de Caifas, poique es m enester obedecer á Dios sobre
los hom bres; pero h a retirado su palabra de desacato con San Fablo
al conocer que aquél contra quien la profería era un m inistro de la
autoridad que viene de Dios; ha confesado y afirm ado que delante de
Jesucristo no h ay siervo ni libre, no h a y esclavo n i señor, porque
todos son el reino ele la gracia, son siervos de un mismo Dueño y
libres con la lib ertad de la redención; pero h a m andado á los escla­
vos qup acaten a ú n á sus señores gentiles é infieles porque en ellos
agrad ab an á Jesucristo, y daban testim onio de su doctrina sirvieudo
á los señores y am os tem porales; tam poco, pues, los años de la p re­
dicación apostólica fueron «la fiesta, ni !a feria de la canalla».
A estas enseñanzas bebidas en el Corazón de Jesucristo, fué
siem pre fiel la lg le s ia Católica, y con ella y en ella los propagadores de
la nu ev a devoción fi ese m ism o Corazón divino, du ran te los tu rb u ­
lentos años del nefasto siglo x v i i i . Estos Apóstoles de la renovación
del m undo por el Corazón de Jesús, tom aron, es cierto, p a ra sí la
pobreza y hum ildad del Salvador; pero no dejaron de aten d er las
clases y las diferencias establecidas por el m ism o Señor y Autor del
ordeu n atu ra l y del sobrenatural. Ya la b ien av en tu rad a M argarita
M aría, quiso liacer oir su voz, que no era sino la de su Divino Maes­
tro, en la opulenta corte de Luis XIV; fieles ¿ esta enseñanza, h a ­
blaron tam bién los devotos del Corazón de Jesús A Lilis XV, y en las
a m a rg u ra s del Tem ple oyó el desgraciado Luis XVI, aunque tarde
p ara él, como rey, los llam am ientos hechos il sus padrea por este
Corazón divino. Todos los Apóstoles de la nueva devoción ó del n u e ­
vo reinado hicieron lo propio, y al m ism o tiem po que fundaban Con­
g regaciones y rep artían im ágenes y escudos del Corazón de Jesús,
entre toda clase del pueblo, p ara anim arlos á la s virtudes propias de
su estado, no exceptuaban, autes se d irig ían al Rey, ¿ los m a g istra ­
dos, al prim ado de Polonia, al elector de Baviera, F ernando María y
á su esposa la princesa del Piam oute, E nriqueta Adelaida, á !a p rin ­
cesa de C arignau y A sus hijas, al duque de Saboya, Carlos Ma­
nuel II, al católico Rey de E spaña Felipe V, con toda su real fa­
m ilia.
Llegó el año del Terror; la H istoria, cou vergüenza, h a encade­
nado en sus paginas y clavado allí, como en ete rn a picota, aquella
fiesta de salvajes, de fieras, de dem onios. ¿Qué era? Era la plebe so­
berana; eran los desvestidos, los raheces que ejercitaban u n a sobe­
ra n ía de destrucción; pues en aquellos m om eutos el Corazón de J e ­
sús aparece como reprensión de ellos y objeto de su odio; p in tar sus
estam pas, delin ear su figura, coser bus escapularios se ten ia como
signo de realism o, de absolutism o, de reacción, y por tan atroz de­
lito fueron vejadas ó llevadas h la g u illo tin a las Salesas de los m o­
nasterios de M ontelim art, C hartres, P erigueux, Clerm ont, Amiens,
París, Lyon, S aint-F lour, Briomlre. Saiut-Uéré, A urillac, V illefran-
che, Paray, Avignon, Marseille, N antes, Toulouse, Uouen, Arles,
Blois y Pont-á-M ousscn. De las deim'is religiosas, á cientos y á m iles
fueron expulsadas, aherrojadas, guillotinadas y y a han subido á los
altares de estas víctim as sacrificadas por el populacho, por la bacanal
de la canalla, las Religiosas C arm elitas de Com piegne. ¡lis que J e ­
sucristo, ui eu sí, ni en la devoción al Sagrado Corazón, ha sido mili-
ca el dem agogo de las turbas, el prom otor de las fiestas caniba-
lescas de la canalla!
Acabemos co a las palabras de León XIII.
Quien abun d an d o en estos afectos del Corazón de Jesús, y am ando
al pueblo, no p a ra el orgullo, el delirio y la ru in a, sino para la r e ­
signación, la paciencia y el cielo; al propio tiem po que en su E ncí­
clica De cm dilione opifieum se duele de las verdaderas injusticias
y falta de caridad de los ricos, al mismo tiem po que se esfuerza por
buscar un lenitivo y rem edio á. los m ales de los pobres, no se olvida
de aconsejarles la p aciencia y resignación con su estado y eu su
su erte, diciendo así:
«El primar principio que se debe establecer es que el homure debe llevar
con paciencia su posición. Las desigualdades sociales son necesarias. £1 tra­
bajo y la desdicha son dos consecuencias inevitables del primer pecado, ü s
error capital crcer que estas diferencias deben constituir las clases eu estado
de ludia. Para disminuir este conflicto las instituciones cristianas poseen ad­
mirable virtud; en primer lugar la econoirJa de las verdades religiosas, enya
guardia y custodia ejercítala Iglesia y cuyo intérprete es, sirve por su na­
turaleza [jara reconciliar los pobres cuu los ricos, recordáudoles ú todos sus
deberes».
Por eso el m ismo Pontíñce cohibió en sus dem asías k los dem ó­
cratas cristianos probibiendo «cuanto pueda in sp irar aversión ¿ las
clases superiores que no contribuyen m enos que el pueblo llano &
la conservación y perfección de la sociedad» (1).

Por lUtimo, en n in g ú n otro modo se m ostró m ás el am or ence­


rrado en el Corazón de Jesú s p a ra con su Iglesia, que en fortificarla
contra los em bates satánicos en la solidez de la P iedra evangélica,
que con la u n id ad de su régim en m onárquico, en San Pedro y sus
sucesores.
No h a y que rep etir que este am or ó. la Ig lesia del Corazón de su
Divino F u n dador, la h a acom pañado en vicisitudes ta n diversas
como los períodos de la historia, h asta traerla Incólum e en su je r a r ­
q u ía y en su dogm a h asta nuestros días.
La devoción al Corazón sacratísim o nació am ando como su d iv i­
no Maestro, defendiendo esta p rerrogativa, oponiéndose al ja n se n is­
mo, q ue la n egaba, y buscando en los Pontífices calor y am or en
su s p rim eras lu ch as con el infierno. La S auta Sede correspondió al
am o r de ellos y Clem ente X III aprobó la ñ esta del Divino Corazón,
enriqueció con in d ú lte n la s sus Cofradías, y anim ó á los devotos en
piedad; Pió VI se irg u ió en su Sede y calcinó con el anatem a las blas­
fem ias del Sínodo de Pistoya contra este dulcísim o Corazón; Pío VII
llam ó á la v id a de nuevo i la Com pañía de Jesús que por el aposto­
lado del Sagrado Corazón liabia encontrado su m u erte y en él h ab ía
esperado sin tem or de ser confundida; Pío IX perm ite la Consagra­
ción de la Ig lesia al Sagrado Corazón de Jesüs, y León y Pío, sus
sucesores, con sag ran el m undo todo al Corazón divino de Jesucristo.
Tío h ay , pues, ofensa m ayor para el Corazón de Jesucristo que
h e rir de m u erte ¿ su Ig lesia m inando su je ra rq u ía ; ni puede la Ig le­
sia ten er m ejor escudo co n tra estos enem igos que el Corazón a m an ­
te de su Fundador.
Por eso al ver que lus m odernistas con aspiraciones del alm a m o­
d e rn a m in ab an en su piedra fundam ental la Iglesia, se alzaron los
Pontífices y los condenaron.
Oigamos & Pío X describiendo y condenando el error de la Cons­
titución de la Iglesia, según los m odernistas:

«Afirman en primer lugar que Ja Iglesianace de doblo necesidad; unn, la


del creyente, sobre todo aquel que Iul adquirido la primitiva y propia expe­
riencia, de comunicar su fe con otros; y otra, de la colectividad que nace des-
pnés que la fe se liace coinün entre varios y es necesaria para formar socie­
dad, para defender, para aumentar y propagar el bien común. ¿Qué es, pues,
la Iglesia? Es el paito de la conciencia colectiva ó de la uniúu do las concien­
cias singulares... Como toda sociedad necesita autoridad que la rija y que ten­
g a por oficio dirigir á los asociados al fin común y defender unidos ú los di­
versos elementos, lo cual en las sociedades religiosas se hace con la doctrina
y el culto; do aqní quo hay tres clases do autoridad on la Iglesia Católica, á
saber, disciplinar, dogmática y litúrgica. La medida de esta autoridad se debe
medir por su origen, y de su naturaleza lian de brotar los deberes y los dere­
chos. En las pasadas edades era un error vulgar el decir ipie ln autoridad le
había venido á la Iglesia de fuera, es decir, de Dios, y por eso se la tenía por
autocracia. Pero eso todo está ya anticuado. Poique del misino modo que la
Iglesia brota de la colectividad de las conciencias, así la autoridad se deriva
vitalmente de la Iglesia. Procediendo, pues, la autoridad, como la Iglesia, de la
conciencia religiosa, es inferior á ella, y si desprecia esta sujeción se convierto
en tiranía Pues bien, vivimos en unos tiempos on que el sentido de la libertad
ha subido ü lo sumo y en lo civil la conciencia pública introdujo el régimen
popular. Como eu el hombre la conciencia, como la vida, es una cosa; por eso.
á no ser que quiérala autoridad de la Iglesia suscitar en el hombro continua
guerra interior, debo usar de formas democrática?; y si no lo hace, le amenaza
la muerte. Poique es locnr.a pensar que se va ¡i dar paso atrás en oí sentido
(le la libertad, que ahora predomina. Al contrario, cnanto más lo opriman y en­
cierren más raíces echará con ruina ele la religión y de la Iglesia* (1).
Ee este concepto herético de la Constitución y autoridad de la
Iglesia Católica dependen tam bién estas absurdas consecuencias q u e
los m odernistas sacan y Pía X condena:
«Pretenden además variar por completo la acción y régimen eclesiástico
en el orden social y político de modo que al propio tiempo que se aparta de
las leyes civiles se acomodo ú ellas para llenarlas de su espíritu...»
* El ivgimcn de la Iglesia debe ser, claman, reformado en todos sus órde­
nes. sobre todo eu el disciplinar y el dogmático. Tor eso debe dentro y fuera
acomodarse á la conciencia moderna, que toda ella tiende á la democracia; por
eso se debe dar r.l clero inferior, y aún á los mismos legos, participación en el
gobierno de la Iglesia, y dividir la autoridad demasiado centralizada» (1).

(1) PoDnnt !n;tio eam ex dnplici neceasitate oriri, lin t in creciente quovis, in
eo p raesertm qui primigeniam ac aingularem aliqnam á t nactUB esperientiam
utfidem suam cum nliiscoinmunicet; altera, pastqiniin lides com inuniaínterplures
evaeerit, iu cuIIltií vítale ad coalesceuiluin in Hocielatett et luí comiuuue bonnrn
tuendum, augendum, propngnntlnm. Qaid igitur Ecclesia? partns eet conucienliae
collectivae sen nonsoriationis cnnseieotiiiriim gingnlarium, qnafi vi permanentine
viialis, r primo aliquo credcnte pendennt, vid. pro crlholicie A Cbristo. Porro so -
cietaa quaepiaiu uio lemtrice auctoritiüe iodiget, cuirs sit offichim coneociatos
orones in communein ñnetn dirigere et compugia elementa tueii prndenier quae
in religioso coetu doctrina i t cultn nbsolvnntur. Hiñe in Kccle>ia cmholica aucto-
ritaa tergemina, disciplinarla, dogmatlca, cu:tualis Jatn auctoritatia Uuius u.itum
ex origine colligendn eat; e s natura vero jura atque o (lacia repeLenJa. l'raeteriti»
aetatibue viil^arie fuil error qaod aucioritas iu X^culesiam extnnaecus accessorit,
nimiruin inunediate a Deo; quare antocratica mérito bnbebatur. .ved baec nunc
teuiporis ofcsolevere. Quo modo Ecclesia e coracientiaruin cullectivitiiie emanasae
dicitur, eo pariter aactoritaa ab ipsa Ecclesia vitaliter cmanat. Auctoritas igitur,
6icut Ecclesia, ex conscientia religiosa oriLur, atque ideo eidem subent; qttain bu-
biectiuiem si pprcverit in tyranmden vertitur. í.a porro tempestate nunc vivimue,
qiuun ldierLutús b íjisiis in fustigiiim summum e i c r t'il. Iu uirili ¡¡tutu couscienlia
publica populara redimen invexit. So<l conecicntia in homint*, ñeque atque vita,
lina est. Ntai erijo in houúaum conscieotiis inttfslinnm velit excitare bellam ac
f o ve re, auetorlnti líccleeiae oflhiuiii ineet deinocraticis utenúi formis; eo vel
magis (|uoil, ni íaxif;, exitiam iuiniinet. .Niui nmens profecto fnerit, q u iin sensu
libertalis, qunlis nunc viget, icgressiini posso fieri aliquaivlo antiimet. Coustrictns
vi atque inrlnsus, fortior se profundet, Ecclesia pnritor nc religinne dc-lcta. (En­
cíclica jPuSccnth).— (2) Item ecclesiastici regiminis actionem iu re política et socia-
li vaiiamlaui cniitenduut, ut simul n civililiutj orcliuuüouibua exulil, visdeuj la­
men se nplct ut. f ilo illas epirilu imbuut... Régimen ceulodiic omni unb rerpeetu
reforninnchim t'lniiiitnnt, prne:-ip:ie tmnen mi’j disciplinan L>t dogmático. Id to in -
ub foriBquc cmn m oderna u t niuut, conecicntia counponenduui, qnne tota ud d e-
inocmlium veigit, ideo inferiori clero ip sÍE q u e laicis partes tribuendae t t collecta
niiniuin contructinjue in ccntrum aucioritas dispertienda. (Encíclica PascendiJ.
Quien h ay a leído algo de la historia actual de F rancia y (le Italia
y Bélgica desde trein ta años acá, com prenden), refiriéndose Su San­
tidad á. esas Asambleas., reuniones públicas, Congresos, etc., en que
ó presidian ó en señaban seglares como Fogazzaro, Fonsegrive y
H arm el á sacerdotes y sem inaristas de distintas diócesis, ó C ongre­
sos eclesiásticos, contra los que tan elocuente diserta M gr. T urinaz
en su obra Les P erils de la fo i y cunlra los que finalm ente apercibe
la Encíclica Pascendi en estos térm inos:
«Ya conmemoramos (y encomendamos ;l ln. vigilancia episcopal) los Con­
gresos y públicas reuniones en que suelen los modernistas defender en públi­
co y propagar sus opiniones. Congresos sacerdotales no permitan los Obispos
que se tengan, sino rarísimos. Si los permiten sea con esta condición, que no
se trate en ellos nada quo toque ¡i la Santa Sede 6 á los Obispos, que 110 so
proponga ni se pilla naila que infiera arrogarse e lb s la potestad sagrada, que
ni unn palabra Irnya quo huela á modernismo, pre»biteiiar.ismo ó laicismo. A
estos Congresos, cuya licencia se dará para cada 11110 por escrito y á sil tiem­
po, no podrán concurrir sacerdotes de otras diócesis sin letras coincnilatteias
«le su Ordinario. Acuérdense bien todos los sacerdotes de estas gravísimas re­
comendaciones do León X III: Sagrada sea para los sacerdotes la autoridad de
sus Prelados; tengan por cierto que su ministerio sacerdotal no «jní ni santn.
ni útil, ni bueno, sino bajo el magisterio de sus Obispos^ (1).
Con tales enseñanzas, haciéndolas nuestros, perpetuem os n o s ­
otros el am or del Corazón de Jesi'is á su Iglesia, queriéndola, como
El la quiere, san ta, in m aculada y perpetua é inconm ovible, a se n ­
tad a en roca viva de fe y disciplina para co n trastar todas las tem ­
pestades que le m ueva el infierno.

ASÍ -SEA

(!) Congressns pnblicosqne coetns iam snpra meinomvimrs, ntpote in qnibus


saaa modernístae opiniones tueri palam ae propagare stn lent. Sacerdoluin c o l -
ventus Episcopi ic pofctcrum haberi ne siverínt, nisi rarissiwe. Qaod ai siverint,
ua tautuni lege siuant u t nulla fiat renuu tractatio, qnae ad Episcopos fcedemve
Apoelolirum perUneal; ut nillil propcmiilur vel puslulelur, quuil íuorae po'.esüiti»
nccapntioncm infirnt; ut quidquid moUpinismuin sapit, qaidqui<l presbytcriani-
Hmuui vel lnicisinnm, ito eo peaitus 91-rino conticeacut. Coetibus f i u s i n o i l i , quoa
oingulatim, ecripto, aptaque tempestate permití! oportet, nullus ex alia üioeoeui
sácenlos intersit. nisi litteris sui Episcopi commeudstu?. Otnuibus auteni eaccrdo
tibus animo.ne excidant qnae Leo XILI grarissime coinaieudavit: Sancta bit apud
sacerdotes Antistitum suorum auctoritas; pro certo habeant sacerdotale nmmis,
nial Bub magisterio Eplscoporum eierceatnr, ñeque eaoctmn, ñeque satis ntllo,
ñeque bonestuin futnrum (*). (Encíclica Pascenili).
■ (■) L ili. N obllissim a fa lio ru rn , 10 Febrero 1331.
SERMÓN SÉPTIMO

Modernismo político.

N on ftabemus regem, n isi Caesaretn.


Joaao. 10, 15.
Is'o teoemoa m ás rey q u e el C ésar.
San Juan. 10, v. 15.

La razón definitiva de crucificar k Jesucristo fué siem pre u n a


razón de suprem o interés hum ano, de interés político. Caifás en el
Sinedrio apela al venient rom ani, y el tem or de esa venida rom ana
acelera la m uerte del J u sto ; el pueblo en la plaza de Jeru salén
apostata & la luz del m ediodía y e n tre g a á N uestro Señor h la ju r i s ­
dicción de P ilato con el non kabemus regem, n isi Caesarem; Pilato
m ismo, vacilante, an te la iniquidad de m atar á un inocente, recibe la
moción que lo d eterm ina con la am enaza de que si lo perdonaba
non es amiciis Caesaris, no iba á ser am igo del César.
Aun m ás: da vagidos ese D ios-Hom bre eu la cu n a de in fan te
débil, y el prim er infanticidio cruel y horrendo Be comete por el
odio de un tirano á Aquél que d a los reinos t^pl cielo y no quiere
q u ita r los de la tierra :
Non eripit mortalia,
qui regna dat coelestia.
Im agen perfecta de todas las persecuciones de la Iglesia.
Ella como su Divino Maestro, lleva la divina enseña del Regnum
meum non esi de koc mundo, de que su reino no es de este m undo, no
q u ita reinos tem porales quien abre los alcázares del cielo y, con todo,
q u é in cesan te persecución lia sufrido de los tiranos de la tierra.
Ko penséis en N e ró n , T rajano, Diocleciano, Maxi m iaño, Dom lcia-
no, Ju lian o el A póstata y los reyes y reyezuelos idólatras de la In d ia,
Am érica, el Japón y de todos los paises conquistados p a ra Je su c ris­
to; lodos como H erodes, h a n querido a h o g a r en sangre la cu n a de
la Iglesia: p ensad m ás bien en los reyes y em peradores bautizados.
Constancio y V alente y aquellos em peradores bizantinos im itadores
suyos 6on los protectores de a r r i a n o 3 , nestorianos, eutiquianos, y de
loa herejes de su tiem po h asta concluir en el cism a y ru p tu ra de
Focio; las etern as g u e rra s e n tre el sacerdocio y el im perio e n sa n g rien ­
tan á In g la te rra , Ita lia y A lem ania d n ra n te la Edad Media; Felipe
«1 Hermoso en F ran cia da comienzo á ias luchas del poder civil
co n tra la Iglesia; L utero excita las am biciones de los príncipes y elec­
to res del Im perio, y q uiere poner en sus m anos el poder espiritual;
«1 cism a an g lican o se consum a á la voz de non habemus r e g m , n isi
Caesarem; la Revolución francesa, Napoleón I. ¿á qué quisieron obli­
g a r al clero, sino á ser n n a Ig lesia oficial y laica?; hoy m ism o, ¿qué
h a querido la revolución en Ita lia , sino hacer del P apa un súbdito
más?; ¿qué la separación en F ra n c ia , s i n o esclavizar íi la Iglesia?, y
¿qué quiere el liberalism o en los dem ás pueblos, sino em anciparse
pur completo de la Iglesia?: N on habemus regem, n isi Caesarem.
P or eso los herejes siem pre h an sido aduladores del poder civil;
los apóstatas del im perio rom ano no q uerían dejar el cinto m i­
litar; ios apóstatas de los siglos siguientes querían gozar de los
honores en las cortes de los Césares de Bizancio, de E nrique V y F e­
d erico fiarb arro ja, de Felipe el Hermoso y de la R eina de Nava­
rra ; los calv in istas adularon á Francisco I; los jan sen istas á Mada-
m e de M ontespan y de M aintenon; los anglicanos á E urique y á
A na Boleua; los curas constitucionales á los girondinos hechos
poder; los prelados dim isionarios de orden de Pío VII, al B onaparto
ensalzado, y los m odernistas... y a los verem os, no son excepciones
de la ley g en eral.
A ntes llega un m om ento eu que tan desapoderadam ente se
a rro ja la am bición sobre el alm a que este agrado del César es lo
único en que se piensa, A este agrado del César se subordina la teo ­
logía, la especulativa, y así Calvino acaba su exposición á F ra n c is ­
co I, poniéndole en sus m anos el dogm a, y Lutero haciendo cabeza
d e la Reform a al Elector de S ajonia, y W olsey, abdicando su auto­
ridad en E nrique y Aua B olena, y P ort-R oyal, sufriendo las v a r ia ­
ciones de la g-ran Corte y los m odernistas arrojando el lastre de las
teologías de Tyrrell, Loisy y L aberthonniére, con tal de conservar
sus adulaciones hereticales al pueblo y ¿ los g o b ern an tes en sus
erro res sociales y políticos.
En efecto, g ra n alegría tuvieron cuando la aparición del Decreto
ZamenlaM H y del Silabo de Pío X, porque allí, d e c ía n , no se conde­
n ab an su conducta social y política . Todos en F ran cia y en Italia se
apresuraron á echar todas las condenaciones sobre Loisy y otros te­
m erarios, y ellos se quedarou corno cantando victoria: el proceder
no era m uy leal; pero era práctico.
La E ncíclica Pascendi h ab la de doctrinas sociales, y a lo hem os
visto; h ab la de doctrinas políticas, vam os á verlo, con la g ra cia del
Corazón de Jesú s y la intercesión poderosa de N uestra Señora.
Avu M a h í í .

Al dar el p rim er paso deshagam os nieblas y expliquem os so­


fismas.
«La Iglesia no tiene que v er con la política», se dice y se repite
sin cesar, frase que envuelve en su am bigüedad varios sentidos.
P o lític a tiene de hecho dos acepciones: u n a, filosófica, cristiana
y racional, que es el gobierno de los pueblos; otra, por desgracia
usual, pero m oderna, revolucionaria é im propia, que es la posesión
del G obierno en cuanto satisface las am biciones y soberbias indivi­
duales. La p rim era acepción es la que tiene esa voz en los libros de
Platón y Aristóteles, en San León y San A gustín, en Santo Tomás y
Suárez, en M árquez, Torres y R ivudeneira, y por últim o en Ceballns
y Alvarado, p ara no decir n ad a de nuestros contem poráneos que
pelean co ntra el liberalism o. En esta acepción, y a lo verem os, la
Iglesia de Jesucristo h a ten id o , tien e y ten d rá que v er siem pre cou
la política, y aquella frase de que «la Ig lesia no tiene n ad a que ver
con la política» es la que condena Su S antidad en el párrafo de la
Encíclica que hoy explicam os.
La seg u n d a acepción la condena la Ig lesia y en ella no tiene
participación n in g u n a. Lejos de la Iglesia, del Sumo Pontífice, de
los sacerdotes, de los buenos católicos, toda am bición, todo deseo
condenado por el Santo Evangelio. La Iglesia defiende sus derechos,
los derechos de la verdad, de los pueblos, de los oprimido!?; pero
n u n ca eu tra en las lu chas y pugilatos de la am bición hum ana. Ella
dice la verdad á reves y pueblos, sabiendo que no es ese el lenguaje
de lu am bición, ni de la avaricia, y lo mismo hace ir ¿C anosa á E n­
riq u e, em perador de A lem ania que condena las dem asías de la d e­
m ocrática República de Loubet y Combes: por eso h a padecido de
todos persecución.
Obvio es y a disolver otro equivoco, el de los partidos políticos.
P lanta n u ev a y desconocida an tig u am en te en E uropa y en E spaña
«n p artic u la r los trajo consigo la Revolucióu religiosa y significan
en su ordinario sentido esas banderías y fracciones que dentro de
un m isino g en eral estado de cosa3, luchan por llevar a l poder una
íi otra tendencia, uno ú otro m atiz, m ás em puje ó m ás m oderación,
estos ó aquellos hom bres. Casi siem pre el móvil es la im paciencia
de la cesantía, el afán de la am bición; así lucharon eu n u estra p a ­
tria progresistas, m oderados, republicanos, fusiouistas, conservado­
res, dem ócratas y m uchos m ás.
Pero dado como u n hecho el que la revolución invadió los e sta ­
dos católicos y de uno y otro modo oprim e las conciencias católicas,
se hace lógico y lícito un estado de resistencia g en eral eu toda la
nación. Mas como ni todos pueden ni saben concretar r.i exteriori­
zar esa resistencia lógica y lícita, de aquí que se m anifieste en al­
g u n as lo qne es generosa anhelo de todos. Estos algunos se decidi­
rán á lu ch ar, p ara lo cual h an de constituir ag ru p acio n es, o rg a n i­
zaciones que sin ser unívocas con los partidos de la revolucióu, se
parezcan á ellos; estos son los que se llam an p a rtid o s católicos.
Lu Ig lesia recom ienda diversas veces, p articu larm en te al trata r
de acción social, que los católicos en la defensa del pueblo y del bien
com ún se ab sten g an de banderías políticas, y es n atu ral; pero reco­
m ien d a la accióu católica política, bendice las plum as de sus p e ­
riodistas, bendice y an im a sus periódicos y aún esfuerza con a lie n ­
tos y bendiciones á las m ism as agrupaciones políticas y lia repetido
por boca de Pió X que no quiere la desaparición de los partidos ca­
tólicos tradicionales.
Pues este es el sofisma y el equívoco m odernista, como m ás a d e ­
lan te verem os. Defieuden y pretenden que en el campo político no
entre la Ig lesia Católica p ara poder en F ran c ia vivir en am or con el
Gobierno sep aratista y ateo, eu Italia cuu el Gobierno italiauísiino,
cu todas partes con los Gobiernos hostiles á la R eligión Católica. Pero
cuando los docum entos pontificios ó la razón de la polém ica les afea
p erten ecer á esos partidos políticos hostiles ¿ la Iglesia, entonces
hacen arm as contra los partidos católicos, á los que odiau de
m uerte.
P ara desde ah ora cerrar la p uerta á todo equívoco habernos ex­
plicado este len g u aje tal y como nos parece m ás eu arm onía con el
modo ordiuario de h a b la r de nuestro pueblo, no quoriendo dar n u e ­
vas definiciones sino procurando p ara nuestro uso y e n beneficio de
ih claridad declarar nuestras ideas. Lo que querem os que quede
bien definido es la Idea, á. saber, que si a lg u n a política h a de estar
vedada á los católicos como tales, y á la Iglesia de Jesucristo será 1»
que se ocupe en lo puramente temporal y accidental, en lo pura­
mente personal y transitorio; pero no la que establece y aplica lo»
eternos principios de la justicia, (leí ordeu, del reinado de Jesucris­
to en laa leyes ú la gobernación de los pueblos.
Hechas estas aclaraciones, pasemos íi exponer la doctrina católi­
ca en las relaciones de la Iglesia y del Estado, para ver después lo »
errores modernistas y su condenación por Pío X.

ba doctrina católica.

Aduladores los modernistas de los revoluciouarios y liberales,


verdaderos hijos de los protestantes, quieren aceptar la rebelión 6
independencia del Poder civil frente al eclesiástico para llegar íi la
supremacía de aquél sobre éste. Los modernistas buscan fórmulas,
frases y modos para que esta independencia sea un hecho.
Por eso es oportuno empezar por establecer la doctrina católica
cierta en este punto, y el P. Sufirez, exim io Doctor de nuestra Com­
pañía, nos da hecha toda nuestra labor en su apología que intituló:
Defensa de la Fe Católica contra el Rey de Inglaterra, y que mereció
los honores de ser quemada por mano de verdugo; acaso, acaso por
estos capítulos que vamos A extractar: tan viejo es el error que aho­
ra quieren remozar Lem ire y Gayraud, en Francia; Murri y Fogaz-
zaro, en Italia.
En primer lugar, el Sumo Pontífice es Padre y Pastor supremo
de todos los reyes y principes temporales cristianos, de modo que
los tiene sujetos y son súbditos suyos en lo que toca á. sus propias
almas y al gobierno espiritual de sus pueblos.
Proposición es ésta de fe católica y clara como la luz del medio
dia. Porque si el Sumo Pontífice es el único Supremo Pastor del r e ­
dil de Jesucristo, ejerce y puede ejercer su autoridad sobre todas sus
ovejas; y ¿qué es el Rey, el Monarca, el Emperador?Es una oveja de
ese bendito redil, porque la dignidad temporal es como la sabidu­
ría, como el valor, como la riqueza, como la nobleza que pueden
muy bien unirse á la condición de súbditos en la fe cristiana.
Asimismo hablaron en la Iglesia de Dios todos los Padres, la
Tradición toda. Los Padre 3 del Concilio Niceno, celebrado en 318,
llamaron al Pontífice, «Pedro, con autoridad hi omnes Principes
Christianos el onincs ¡wpulcs eonm a, sobre todos los príncipes cristia­
nos y sobre todos sus pueblos. Asi, San Anastasio II y .San Símmoco,
hablando al Emperador Anastasio, le decia: «Si eres cristiano, debes
escuchar la voz de cualquier Obispo cristiano». Asi San Gregorio
Nacianceno, San Crlsóstcmo y San Ambrosio, que llega íi decir:
Reguin colla, subm ilti pedibus Sacerdolum. Los cuellos de los reyes se
han de inclinar á los pies de los sacerdotes.
No fué esta pretensión de los Pontífices y sacerdotes sino necesi­
dad impuesta por la profesión de la fe cristiana, como lo lian reco­
nocido todos los príncipes católicos derde los principios de su con­
versión. Constantino se presentó á, los Padres del Concilio Niceno,
«no para juzgar, sino para ser de ellos ju zgado»; Teodosio liizo pe­
nitencia pública á la voz de San Ambrosio; Felipe I, también Em pe­
rador, se sujetó como Teodosio á la penitencia pública liastu. que fué
recibido á la comunión eclesiástica. ¿Quién podrá enumerar las
muestras de respeto de todos los reyes y emperadores cristiano:?,
reputándose hijos sumisos de la Iglesia y de la Sede Apostólica;’ lias-
ten los nombres, ya que si quisiéramos exponer sus hechos no p o ­
dríamos pasar adelante. El Emperador Justino Huma su Padre al
Romano Pontífice; Santa Pulquería y su esposo Marciano y su her­
mano Teodosio, el joven, se ofrecieron á. San León M., como súbdi­
tos y cooperadores en la extinción (le las herejías; notable fué Carlo-
maguo en su amor filial á la Iglesia y tal, que ba quedado como
tipo y niofielo que imitar; San Luis de Francia murió recomendan­
do á su hijo el respeto y amor al Sumo Pontífice; ma?, ¿para qué me
canso y os canso? Todos los reyes, todos los emperadores, todos los
principes del Oriente y del Occidente lo reconocieron, aun eu sus
rebeliones, basta la ruptura de los protestantes en el siglo xvi.
N i sólo reconocieron la sumisión al Sumo Pontífice, sino como es
natural, la sumisión á su Prelado y Obispo, fuera del caso de exen­
ción hecha legítimam ente por la Santa Sede.
Mas la doctriua católica da un paso más y dos eusefía que los
príncipes seculares están sujetos á la potestad espitnal no sólo en
cuanto hombres sino en cuanto gobernantes, de modo que la potes­
tad y autoridad de la Iglesia puede mandarles ó prohibirles usar de
su poder, exigirles ó impedirles cuanto fuere necesario al bien y
propagación de la Iglesia.
Poca luz de doctriua católica y de fe se necesita para compren­
der una aserción que se deduce de la auterior. La potestad está
dada á los Poderes públicos para promover el bien y no el mal, para
que al que la ejercita le sirva para su propia salvación y no para su
condenación, para que pueda responder de su uso eu el tribunal del
Juez eterno. Ahora bien, ¿cómo responderá, cómo será para su pro­
pia salvación si esa potestad claf:» ó impide el derecho augusto de
la Iglesia á santificar el mundo, i. propagar la fe, á sahar las a l­
mas'? ¿Cómo tnmbión la Iglesia vn A apacentar el rebafio do Je­
sucristo si no puede quitar un impedimento que de la potestad
seculnr le venga, ó usar esta misma potestad para el bien de las
almas y la propagación de esta fe?
Esta es la razón que con palabras generales abraza el Pontífice
Nicolás I, escribiendo al Emperador Miguel cuando le decía que:
«los principes seculares necesitan para salvarse de la mano de los
Poutífices».
Estas dos potestades, la espiritual de la Iglesia y la temporal de
los reyes, son el alma y el cuerpo de la sociedad cristiana; son lo»
dos luminares el sol y la luna puestos por Dios en esto cielo del
mundo; son dos espadas puestas ambas en mano de Pedro para lo
defensa de la Iglesia y del orden.
Panto Tomás de Aquiuo:
< La potestad temporal, escribo, está subordinada á la espiritual, como el
cuerpo al alma, y por eso no so usurpa el poder cuando el Prelado espiritual
se mezcla en lo temporal» (1).
Todo lo cual lo declaró y explicó León X III por estus palabras:
«D e hecho la Iglesia y el poder civil tiene cada uno su esfera de autori­
dad, y por eso en las cosas á cada cual peculiares, ninguno obedece al otro,
cou tal que se encierren en los límites que sus causas próximas les determi­
nan. ilat; no eo vaya íi decir por esto quo lian do estar separados ni opuestos
mucho monos. En efecto, Dios no sólo nos lúzo paiíi sor, sino para ser buenos.
Por esn todo hombro exige del orden público, que es ol fin inmediato del os-
taclo civil, que le dé facilidad para vivir, y mucho mis quo le defienda y dé
medios para vivir bien, perfección qne sólo se luilla en el conocimiento de la
verdad y el ejercicio de la virtud. De la Iglesia pide también, y quiere en ella
encontrar, como debo, ayudas para satisfacer perfectamente íila perfección de
la piedad, lo cual no se halla sino en el conocimiento de la verdadera reli­
gión, que es la primera de las virtudes, porque llevándonos á Dios completa
y perfecciona todas las demás. A l hacer, pies, y sancionar las leyes hay que
tener presente la índole moral y religiosa del hombre, hay quo procurar, pero
recta y ordenadamente, sil perfección, y no se puede mandar nada, ni prohi­
bir nada sin tener en cuenta lo que os el fin de la sociedad civil y de la reli­
giosa. Por esto mismo 110 pueden serle indiferente ála Iglesia las leyes que ri­
gen en los Estados, no en cuanto leyes civiles, sino porque saliéndose á veces
de lo suyo propio invaden el derecho do la Iglesia. Aun más, Dios ha enco­
mendado & 511 Iglesia resistir á esas leyes cuando dallen i la religión, y pro­
curar (_un empello que eu liis leyes y constituciones de los Estados se iuíillro
la virtud del Evangelio» (1).

Pero no es esto lo que más irrita á los modernistas; todavía en­


contrarán ellos manera de decir que estas son «tesis, santas utopias,
la República de Platón» que se forjan los Pontífices: contra lo que más
se irritan es con la resistencia práctica á lo malo, con el deseo de los
católicos de poner ¿ servicio de la Iglesia el poder de que disponen
y si del supremo dispusieran, el Supremo Poder. Lo que á ellos los
irrita es la afirmación de que esta dirección de la Iglesia puede y
debe llegar á mover el poder de los principes seculares para que
cohíban á los herejes, defiendan la fe y pongan A servicio del brazo
eclesiástico el rigor y la fuerza del brazo seglar; el principio, en una
palabra, de la Inquisición española y de las guerras de Carlos V ,
Felipes Ii y III, contra turcos, luteranos y protestantes.
Les irrita á los modernistas, pero es verdad innegable y católica.
Verdad de la cual se tiene tal nube de testigos, que hace inútil toda
argumentación, toda amplificación.
Oigámoslos que ellos nos dan hecho el trabajo.
Sea el prim er testimonio la descripción y elogio que de los pri­
meros emperadores cristianos nos da el historiador Teodoieto:

ti
«Constantino Magno, dignísimo do toda alabanza, filó ol primero (juo con
ru piedad adorné la potestad impenal, y al rnr furioso r-on la idolatría al orbe
todo, prohibió absolutamente los sacrificios de los ídolos, aunque no quiso de­
rribar los templos, sino que los cerró. Sus hijos siguieron las huellas de su
padre. Juliano restituyó la antigua impiedad y encendió la hoguera de la vieja
idolatría. Joviniano, al ser elegido, prohibió de nuevo el culto de los ídolos, y
Valentiniano Magno también gobernó á Europa con iguales leyes. Valente, en
cambio, permitió á los demás tener la religión que quisieran y servir ti aque­
llos ¡i quienes tuviesen por dioses, y sólo persiguió á los que profesaban los
dogmas apostólicos.,. Así alcanzó las cosas Teodosio, emperador fidelísimo, y
extirpó el mal de raíz y lo borró con perpetuo olvido» ( 1 ).
Este proceder de los emperadores cristianos filé seguido por Jns-
tiniano, que privó & los herejes de las facultades y derechos de tes­
tificar en juicio, testar, heredar ó desempeñar cargo nlguuopúblico;
Honorio y Arcadio, por pública ley, prohibieron ii los donatistaa y
mauiqueus tomar posesión de bieues y herencias quo ley tocasen;
Valentiniano los desterró de todo su im perio. Insistiendo en esta
tradición, los Concilios V I y V III de Toledo mandaban á nuestros
reyes jurar, antes de ocupar el trono, que arrojarían de su reino los
no católicos y perseguirían con rigor á los herejes, enem igos de Dios
y de su Iglesia.
¿Por qué? Porque como escribe San León 51. al Emperador León
Augusto:
- Debes, sin caula alguna, pensar <pjeDios te concedió la regia potestad, no
sólo para gobernar el mundo, sino máxime para defensa de ln Iglesia,» (2).

San Gregorio Magno:


«El poder fué dado por Dios á la piedad de los emperadores, para que los
quo desear el bien hallen ayuda, y el reino temporal sirva y favorezca al es­
piritual: larestre rerjmnn coelesti reguío famuletvr» (3).
Ni es menos claro San Agustin. Quien sobre aquel versículo del
Salmo II:
•E t iniiic, reges, ¡ulclUgitc; crudimini, qni iudicatis terram; servita Dom i­
no in timorc. Pues ahora, reyes, entended, aprended, jueces do la tierra; ser­
vid con temor al Seilor, continúa y dice: De un modo le sirve como hombre y
de otro, como rey. Como hombre le sirve viviendo fielmente; como rey le sir­
ve dando leyes justas y sancionando con prudente rigor las que prohíben lo
molo» (4).

Con las mismas ideas exhorta San Ambrosio al joven Emperador


Valentiniano.
«Y a que todos los; Iiabitantes del imperio romano defienden con sus armas
vuestra causa ¡olí, emperadores y príncipes do la tierra!, también nosotros de­
bí'i s militar por Dios omnipotente y defender la fe. No or queda esperanza
ninguna de nsejrurar In salvación de vuestro pueblo, si no honráis de todo co­
razón ü vuestro Dios, es decir, al Dios de los cristianos, que todo lo go­
bierna... Todo aquel que milita en las banderas (le Dios le cree interiormente
en su corazón y exterionuente no disimula, ni mezcla su culto con el de los
deiníis dioses, sino que le venera con devoción y fe: y á él pertenece siquiera
impodir las adoraciones de los ídolos, y quo no resuciten los cultos falsos.
Nadie puede engallar ¡i Dios, nadie celarle los secretos del corazón. Si, pues,
obligación tuya es ser fiel á Dios, respetar la fe y defenderla, ¿quién pudo
pensar que liabías de mandar restituir los altares de los ídolos y que habías de
asignar expensas para los sacrificios? Si todo esto no estuviera ya abolido, gozn
mío sería que tú lo abolieses... ¿Todos temen violar la ley civil y se dará, vio­
lar impunemente las leyes de la religión? Tero si hay alguno, cristiano do
nombre, que cree (pie eso sería jnsto no hagas caso de personns viles; el quo
asiente á ese consejo ya es idólatra en su corazón. Y en verdad que si se de­
creta algo contra lo que yo te digo, no lo podrán sufrir ni disimular los Obis­
pos. Til podrás ir ¡i la Iglesia, pero la hallarás viuda de su Obispo, ó á ústu
resistiéndote la entrada. ¿Qué vas á responder cuando ól te diga: La Iglesia
recha/a tus doñea, porque los ofreciste también ú los ídolos?... Te ruego, pues,
que mires por tu salvación delante do Dioa» (1 j.

Con los Padres hablaron los Concilios que con el de París en 829,
proclamaron:
«Reconozcan los príncipes seculares qnn deben dar á Dios cuenta del bien
de la Tglesia que Jesucristo les encomendó para defenderla; porque ya se
aumente la paz y felicidad de la Iglesia por el favor de los príncipes cristia­
nos, ya por su culpa se disminuya y pierda, ellos tienen que dar cuenta ñ
Aquél que puso en manos de ellos la custodia de la Iglesia».
Agréguense, para terminar, á esta nube de testigo.? los testimo­
nios y euseñauzas de los Sumos Pontífices Bonifacio V III y San
Pío V.
Bonifacio V llí, en la Constitución Unam Sanctam , confirma la
sentencia de San Bernardo de que la Iglesia puede usar las dos es­
padas, el poder espiritual y el temporal: «Pero el primero, por la
Iglesia misma y por su mano; el segundo, lo usa la Iglesia, pero uo
por su mano; aquél lo esgrim e el sacerdote, éste el rey y el solda­
do, pero k voluntad y mandato del sacerdote.»
Pío V habla en tiempos más recientes, habla poniendo en boca de
su legado el Cardenal Commcudono palabras de aliento para Foli-
pe II, exhortándole á ocupar los Estados de Flandes y poner uu muro
á la herejía y de queja de los demás principes de Europa que, como
se dolía también San Vicente de Paúl, no ayudaban al Rey de Espa­
ña en sus guerras contra los herejes del NurLe. Lus aceutosde Pío Y
enseñan la tradición, y son de Doctor; anuncian las catástrofes que
ya son históricas y son de Profeta.
«Cuán triste es hoy díala suerte do la cristiandad, cuando crecen la auda­
cia de los herejes y los católicos la encubren y disimulan. Siguen las huellas
de esas mismas sectns, y Dios permite que caigamos más y más cada día per­
diendo la prudencia de los prudentes y disipando los consejos de los hombres,
para hacer que viendo r.o vean y oyendo no oigan. El que ahora descuida la
causa de la religión (la esperanza de qne nunca la ha do atender; y ú los que
se olvidan de sus obligaciones los llevará el Seilor con los que obran con ini­
quidad y los poderosos poderosamente serán castigados. Por cierto que hay
veces que al ver este modo de obrar de los príncipes cristianos, puede pensar
el Sumo Pontífice ser designio de Dios que, ya que los príncipes católicos no
lian aprovechado en acordarse de su deber, ni aún con el ejemplo de los herejes
que celan su rebeldía contra Dios, se sirva el Seilor de los mismos herejes que
se rebelan contra sus príncipes y les obligar, á declarar si de veras sirven á
Dios ó los despojen de sus reinos en justo castigo y por causa de esa contem­
porización ojii que las liau tolerado. Los reyes no quieren servirá Dios; tiem­
blan de confiar en el Omnipotente... La religión y la cansa del Señor, que es
la calieza de toda potestad, dejaron fuese pisoteada, y por necesidad todo está
destruido y perdido, despreciados todos los deberes, contra la autoridad surge
y atenta uno desonfronada democracia, ó mejor, horrenda anarquía; y cc-n todo
se tolera, se tieno esperanza contra toda esperanza y no se quiere poner en
Dios la confianza por medio de la verdadera fe... Ojalá sea permitido á los que
no lian qnerido acudir al peligro común, siquiera, siquiera luicer penitencia
para salvar sus almas y reconocer quo los males de la cristiandad 110 lian ve­
nido srtlo por justo, secreto juicio de Dios, sino que han sido justa pena do los
príncipes que trataron con benignidad á Lis sectas al nacer y también do los
que han tomado como forma de su gobierno, disimular y tolerar por amor al
lucro é interés humano, dando fútiles pretextos, por los que se conturban y
arruinan los imperios» ( 1 ).
Hermano en R eligión y en la Fe era el venerable Padre Fray
Luis de Granada, quien abunda en las ideas de San Pío V, eu estas
palabras apologéticas del Santo Oficio español que, como se sabe, uo
era sino la realidad jurídica de los principios hasta ahora estable­
cidos:
«Porque ¿qué otra cosa es el Santo Oficio, sino un muro de la Iglesia, co­
lumna de la verdad, guarda de la fe, tesoro de la religión cristiana, arma

(1) Graziani, De Seript., 1. 1;, p. 296.— Theolog. JUign., r, c. 1513.


contra los herejes, luz contra loa engaños (leí enemigo, y toque en que se
prueba la fineza de la doctrina si es falsa 6 verdadera? Y si lo queréis ver, ex­
tended los ojos pov Inglaterra, Alemania y Francia, y por todas esas regiones
.septentrionales, dondo falta esta luz d « la verdad, y veréis en míin espesas ti­
nieblas viven esas gentes y cuán mordidas están do perros rabiosos y cuán
contaminados con doctrinas pestilenciales. Y ¿qué fuera de España hoy si
cuando la llama de la herejía coincu/.ó ;l arder en Valladolid y eu Sevilla no
acudiera el Santo Oficio con agua á apagarla?»

Por donde concluye lógicamente el docto autor de quien toma­


mos esta cita que se lia de confesar con el Padre Granada, con Pá­
ramo, con Alvarado, el llamado Filósofo Rancio, cou Balines, con el
marqués de Yaldegamas y cou cien otros doctísimos varones «que
Uspaüa se vió libre de las calamidades y guerras horrendas civiles
y religiosas, gracias al Santo Oficio, que con tiempo voló á Vallado-
lid y Sevilla á apagar con la vara de la justicia el fuego abrasador y
herético encendido por los Cazallas y los amigos suyos.... A l Tribu­
nal Santo debemos hoy los españoles la integridad de los principios
político-religiosos, el amor á la fe católica y al patriotismo por la
verdadera libertad contra franceses invasores, contra Napoleón y
contra todos los afrancesados, enemigos todos ellos y opresores del
.Santo Tribunal» (1).
líesumamos: dos sociedades hay en el mundo dadas por Dios
para el bien y perfección material y moral de los hombres, temporal
la una, espiritual la otra; la temporal se llama Estado y puede cons­
tituirse ya eu una, ya eu otra forma, según la voluntad y necesida­
des de los que la forman. Dios ¡Nuestro Señor uo ha revelado nada
acerca de las Formas de gobernarse nn Estado, sino que ha entrega­
do este punto á la resolución de la razón humana. La sociedad es­
piritual ó religiosa no es asi; no hay más que unn y verdadera, que
es la Iglesia Católica, á la cual deben acatar y servir, de la cual son
hijos lodos los que reciben el bautismo y la fe, sean grandes, sean
sabios, sean poderosos, sean reyes.
Esta Iglesia Católica, en su cabeza el Papa, y e n los Obispos, uni­
dos con el Papa en comunión, puede ejercer verdadera jurisdicción
sobre todos sus súbditos, ya sean potentados, y a magna:es, ya gober­
nantes, ya príncipes. Y esto no sólo en todo aquello que pertenece h
los deberes individuales de religión, u t homo est, sino en el ejerci­
cio de sus cargos, til modo que el amo de casa y el padre, dtt fam ilia
y el profesor y el sabio, deben ser dirigidos por la religión y por sus
Prelados en los deberes de herilidad, de paternidad, de doctrina y
de especulación: por donde las leyes y las ordenanzas civiles deben
ser reguladas por la doctrina y autoridad de la Iglesia para que no
atropellen ni los derechos de Dios, ni los de los demás hombres.
Cuando los principes y emperadores son cristianos y católicos,
entonces se realiza el ideal divino de la sociedad humana, y la fuer­
za temporal de las armas, de los tribunales, de los castigos y de las
leyes, se pone á servicio déla Iglesia, no para que ésta atienda á su
propio engrandecimiento, sino para velar con el rigor de las leyes
por el bien de los pueblos, cortar á tiempo el cáncer de la herejía,
extirpar la cizaña de la liaza y heredad evangélica y preservar á los
sencillos é incautos de su ruina y perdición y aún defender ¿ los
Estados temporales de guerras, divisiones y calamidades sin cuento
y sin medida ( 1 ).
Esta es la suma de la doctrina católica opuesta diametralmente
á los errores modernistas, que se rozan con esta materia.

Errores modernistas.

De los modernistas se puede decir lo que San Ambrosio de los


que toleraban la idolatría, que ya lian idolatrado en su corazón. Por-

(1) Los doctores y teólogos católicas al tratar estos puntos llegan aún más
adelante, y establecen las siguientes proposiciones. £1 hereje incurre, ante toda
declaración judicial, la confiscación y pérdida de sus bienes. A l hereje no sólo se
puede, B ino se le debe im poner irremisiblemente peua de muerte, y en casoa de
contumacia ó reincidencia, aunque abjuren y detesten sua errores. Sobre la pena
condigna que se debía im poner deben leerse lo* teólogos al hablar de la pena de
fuege. Suárez dice: L a costumbre de la Iglesia (la cristiandad) es que se im ponga
á los tales pena de fuego; San Gregorio en sna Diálogos ll. c. 4) declara ser pena
antigua; y claro ejem plo de ello lo que se hizo en el C ondlIo de Constanza en que
fuó quemado Jerómm o de l'raga y los huesas de W ic le f y aún se puede alegar
otro ejem plo más antiguo del L. 3 de los Reyes, c. 23. V illadiego en su tratado
D e llaeretic, q. 15. u. 4., cree que la delem iiuacióu de esla peua luó consuetudi­
naria, I d cual quizá s e a verdad hablando csolusivnmcntc de los leyes del Cncrpo
del Derecho, porque fuere de él ee m a n d a expresam ente en la ley del Kmperador
Federico lnconsutilem, que los herejes sean quemados vivos, y la Iglesia aceptó
esa ley y la guarda y se debe guardar.» (Suárez, De fkle. d. 23. s. 2. n. 4, CI. ade­
más d. 22. s. 1. y d. 23. s. 1, 2.)
que arrastrados por el deseo de v iv ir bien y holgadamente en medio
<lel siglo revolucionario en todo y viendo que para esto más que ser
racionalista con los racionalistas y ateo con los ateos, era necesario
ser italianísirao con los italianísimos, republicano separatista con los
republicanos de Combes y Clemenceau, y liberal con los demás g o ­
biernos liberales, pusieron todo su empeño en separar el ciudadano
del católico, en hablar de lo imposible y absurdo de toda restaura­
ción y consiguientemente en la necesidad de uua separación de
funciones que acabara por someter la Iglesia al listado civil: eterna
pretensión de todos los sectarios, como ya nos dijo Pío IX al hablar
de los católicos liberales y de su deseo de agradar al César.
A l citar los testimonios modernistas queremos proceder con al­
gún orden, pero es muy difícil porque los autores se repiten de una
y otra manera. Haremos lo posible.
Y empecemos por lo más general, por la negación absoluta de
toda dependencia del Estado para con la Iglesia.
Mr. Sangnier en uua conferencia que tuvo en Burdeos en Abril
de 1907 respondiendo á la objeción que se le hacía de que, si era
verdad que la Iglesia Católica coarta el vuelo del pensamiento, ¿.por
qué seguía él siendo de la Iglesia?, replicó audaz:
«Y o distingo entro sí dos Iglesias: la Iglesia clerical, que es la de Mr. Piou,
la de la Asociación católica de la Juventud francesa, la do los nobles, la de los
reaccionarios de todas clases, y de esta Iglesia no será jamás Le- Sillón; y la
Iglesia Catilica. i¡ne es nuestra madre y nos ayudará á realizar la democracia.
Esta Iglesia no es el cloro; esta Iglesia no son los OLispos; esta Iglesia no es
el Papa; esta Iglesia es Jesucristo».
Estas declaraciones de rebelde se terminaron hablando el orador
de las dulzuras de la Sagrada Comuuión. ¡Profanaciones moder­
nistas!
Esa palabra clerical es preciso definirla, ella nos pondrá en el
centro de nuestro asunto:
«¿QuÍ! es el el?r ieolia»io? El clericalismo no es otra cosa que la mano fuer­
te ofrecida por el Estauo y puesta á servicio del triunfo de una ¡den religiosa,
filosófica ó moral. Pues esto es lo que aborrecemos; esto lo q'.ic no queremos.
Xada hay más opuesto al espíritu del Evangelio que el clericalismo» ( 1 ).
Acerca de esta doctrina, aún después de proscrita en el SyUabns
de Pío X, oigamos lo que, copiándolo con fruición de la North Ame­
rican Revieio, escribía Demain:

[1) Bu'bier, L e» Errettrs du Sillón, p. 03.


«Entre otros rasgos del gobierno político eclesiástico de Pío X, podemos
consignar el caso de Mgr. Bonomelli. Este excelente Prelado de Cremona, en
su carta pastoral para la Ciini-esma de 1905, se declaró fi-ancainente y con
energía contra la unión de la Iglesia y el Estado. Esta opinión es de aquellas
que no se debe suponer qne nadie sostiene. La Iglesia y el Estado deben estar
unidos, pensar lo contrario es detestable liberalismo; ósta es ’a tesis de teolo­
gía católica, afirmada de uuevo, del modo más categórico en el Syllabus. Para
nosotros, católicos americanos, por razonas obvias nc se refiere con frecuencia
esta enseñanza teológica. 101 lieclio es que los católicos americanos de alguna
instrucción, eclesiásticos ó no, se ponen decididamente al lado de nuestra
Constitución en este punto y deploran como una impertinencia impía la pre­
tensión de la Curia romana, de incorporar en la Heligiún del Hijo de Dios
esta doctrina de las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Pero el Papado se
aferm íi la teocracia medioeval y rechaza tenaz admitir que la teoría de la se­
paración sea otra cosa que un nial menor que la Iglesia tolera ú la fuerza? (1).
Este lenguaje, por desgracia, no es desconocido en nuestra Es­
paña; antes parece el dechado, como lo es, de muchos discursos y
artículos de periódicos y conversaciones de personas que se dan por
católicas.
Lo mismo se dig1» de las frases que vamos A. ver, tomadas del dis­
curso que Benedetto lanza á los ministros de Italia en su conferen­
cia con ellos.
«Acaso no conocéis bastante bien ol catolicismo, y así no entendéis qne el
protestantismo se descompone como Cristo muerto, y que el catolicismo evo­
luciona por virtud de Cristo vivo. Pero allora, á quien me dirijo es al hombre
de Estado, no por cierto para pedirle protección para la Iglesia Católica, qne
sería una desgracia, sino para decirle que si el Estado no delie ser ni católica
ni protestante, uu debe, sin embargo, desconocer á Dios» (2).

Con tan claras afirmaciones y hechas por modernistas norteame­


ricanos, franceses é italianos, queda, á lo que creo, bien declarada la
iesis general, y cómo no podemos los españoles decir que estamos
exentos de filtraciones modernistas; razón será ver ¿ los modernis­
tas en acción aplicando su tesis y sacando sus consecuencias.
Y empecemos por Italia.
La teoría de Benedetto ante los ministros de Víctor Manuel, tenía
que acabar, como dice la Encíclica, por la sumisión de la Iglesia, y
así, el mismo fanático se expresa en estos términos en su conferen­
cia con el Papa:
« V i r a d o do Cristo, pídote niln otra cosa más. Y o no so y más q ue un p e ca­
d o r iiidigiiu du ser com parado á lus Sautos, paro el E sp íritu d e D ios lu mismo
1la b ia p o r unos Libios pu ros que po r uuos viles. S i lina m u jer suplicó á un
P a p a á vo lv er ¡i B om a, y o os conjuro para que V u e s tra Santidad s o lfa <lel V a t i­
cano. Salid, P a d r e Santo, salid; pero la prim era vez, siqu iera la prim era vez
salid pnra lina o b ra d e vuestro m inisterio. L á za ro padcec y uniere; id ¡i visitar
¡i L á za ro . Jesucristo pido socorro en todos los po bres ipie p adecen » (1).

Omitimos la respuesta que .Fogazzaro fin ge en boca de Pío X,


porque Pío X la hadado auténtica, poniendo la obra de Fogazzaro
en el Indice. ¡No-es mala contestación!
Y a oímos á, Erver, sacerdote y redactor del O&strxatwe de Milán,
dejar á merced del Decreto Lamenlabili á los modernistas teorizantes
y darse él la enhorabuena de qu¡! no se condenaba allí ninguna
teoría sociai ni polilica; de algo le remordía la conciencia.
En efecto, con ocasión de un artículo publicado por V Osserva-
tore Remano , titulado I motivi di non cedere, la prensa modernista, y
entre ellos Erver, alborotaron el caiupu católico con himnos al pa­
triotismo, á la conciliación, & la unidad nacional y á las nuevas
orientaciones del Vaticano.
El propio Erver tenía en la noche de! 20 de Septiembre de 190í>
una conferencia en Milán, donde habló del poder temporal del Papa
como «necesario allá en la hórrida noche de la Edad Media»; dijo
que «ta l principado había concluido ya su misión en el mundo»; que
«e l catolicismo italiano no había sido nunca enem igo de la indepen­
dencia y unidad de la nación, unidad que había de Iraer y trajo
consigo la supresión de reinos civiles particulares»; que «este ideal
político de tantos hombres ilustres había llegado áser un hecho his­
tórico el 20 de Septiembre de 1870», y por fin, «que el siglo x ix , que
preparó y llevó íi cabo la calda del árbol aüoso, es en realidad para
los italianos el siglo de la resurrección nacional».
El Ciltadino daba estos consejos con ocasión de la visita de Lou-
bet k Boma:
«Ju nto íi la R o m a papal, que es la lio n m del m unilo cristiano, lin su rg id o
sobre baso estábil» la R om a de la casa dn fiib n y a, que os la U o m a d u Italia p o -
líticamoute unificado. Es necesario que el gflelfismo se adapto tí tal estado de
cosas, y urge además que se reforme á si mismo. A la restringida concepción
democrática de los qne hasta ahora lian vestido luto por ol 20 de Septiembre
do 1370, liav que sustituir una concepción más amplia 7 eficaz, tendiente no ú
reconstruir un gobierno temporal con piedras corroídas, sino nn gobierno espi­
ritual con almas jóvenes y llenas de la alegría del vivir. Tal ha de ser la ver*
dndera aspiración de los católicos úe Italia y Francia, mientras no se empellen
en seguir un camino de retroceso. Adáptense, pues, ú las formas políticas, re­
sultado de la evolución verificada en la conciencia de los tiempos y soau en
ellos esas foriuns una fuerza viva. Sólo entonces la Roma papal recobrará el
imperio del mundo, que en realidad le corresponde, y que no se funda en me­
ras combinaciones diplomáticas' ( 1 ).
L 'A v ía m e condenó la persecución de l 1'rancio, pero echándolas
de profeta, escribía:
«T o d o lo quo acaece en F rancia puedo oenvrir un din on Italia, ni 110 non
unim os al fin todos on aceptar sin restricciones la s le y e s patrias, la u nidad
nacional... (2 ).

Por último, la Rasstgna Nazionale, en carta que sin duda Angla


recibir de un Prelado, decía:
«El poder temporal está ya muerto y sepultado para siempre, no profane­
mos su tumba. El que snefla con restablecerlo, aunque sólo sea eu peqneilo,
pretende un imposible, y ¿quióu sino un loco pnede querer un imposible?» (3).
En todos estos testimonios está latente ó indirecta la idea de que
no tratándose sino de forma política, de idea política, el católico es
libre en opinar de una ó de otra manera; error que más de manifies­
to se pondrá en los testimonios tomados de los franceses.
Y comencemos por alguuos más generales.
Ya hemos oído hacer al director de L t Sillón, Al. Sangnier, la
distinción entre el clericalismo y la Iglesia de Jesucristo, y aquello
decía ser el poder c iv il puesto á servicio de la Iglesia; veamos ahora
la separación del Estado y la Iglesia, presentada como e l desiderá­
tum, de los verdaderos católicos. m
El Padre Maunius, en la última página de su libro Los católicos#
la libertad política, escribe:
' Las niimbiM de los católicos de Europa se vuclvcu con admiración 6. la
Iglesia de los Estados Unidos, pura aprender de ella lo quo puedo la libertad
ú servicio i'o la más grande, de la más noblo de los cansas. Solíamos estol'
ilidpucdloíi á creer quo la Iglesia quedada reducida ú la imjHiteucia cuando no
estuviese soatenida por la espada del poder civiL La experiencia do los cató-
líeos americanos nos enseña quo la libertad 1c basta á la Iglesia, y que las
instituciones políticas libres son infinitamente mus titiles á su desarrollo quo
la protección frecuentemente comprometedora del poder civil».
Dejemos los demás errores que hay en las anteriores lineas y
preguntemos tan solo: ¿no es esto resucitar la fórmula de Dupanloup:
La Iglesia libre en el Estado libre?
Y llegó en Francia ¿ tanto esta idea del derecho común y nada
más, con absoluta desesperanza de toda legitim a reivindicación, que
se censuró de exaltados, imprúcticos y apasionados los que admitían
aquella situación como algo medio y transitorio para llegar & la cris*
tianización de Francia, los que no olvidaban esto ante todo y sobre
todo.
«Sa trato simplemente de saber si debemos encerrarnos irreductiblemente
unreivindicaciones muy justas en teoría, 111113- propias, sobre todo, de elocuentes
discursos, pero, eu su efecto, absolutamente estériles 6 vanns; ó más bicu si de­
bemos colocarnos francamente como lo lin hecho siempre la Iglesia, y nos invita
hoy León X III i rento á fronte délas situaciones que se imponen, de las necesi­
dades del día y si queremos limitar el combate al derecho común, es decir, í
reivindicar las libertades comunes que nos niegan, d muy pocos, pero muy clo­
ros términos sobro los que se puede conseguir un resultado concreto é inme­
diato. Pora todo católico que haya aceptado sinceramente el gobierno estable­
cido y que haya renunciado ú fundar sus esperanzas en catástrofes quo pre­
paran siempre las reivindicaciones absolutas y estériles, la elección no es, no
puede ser dudosa».
M is adelante oiremos la voz de León X III, la de Pío X, y com ­
prenderemos que, acaso sin querer, se hallaban contagiados de
miasmas modernistas los que así hablaban; ahora nos basta iudicar
cómo este estado de ánimo deprimido traía por consecuencia acep­
tar de hecho las conquista* de lu revolución, disfrazadas con el nom­
bre de política.
La Devolución persistía en sus conquistas. En Enero de 18!»3, el
ministro de Cultos y de Instrucciúu pública, M. Charles Dupuy, d e­
claraba la situación del Gobierno frente k frente de los católicos:
«Y o no conozco miís que una cosa, y es la ley do mi naciún y yo la lian'
oluservar entera y dol todo. Si es fi este precio como so quiero lincer ln paz
entre el Estado y la Iglesia yo creo que se har.i; pero la Ijflosia sólo á sf mis­
ma ]>odr& culparse del retardo quo experimente la pacificación, y del dial ha­
blará M. d’llulst ü los otros representantes «le ella, si manifiesta ln pretensión
do tratar con el Estado de potencia á potencia y no como lo que es, como 111111
simple subordinado...»
Cuatro dias después, el presidente del Consejo, M. Casimir Pe-
rier, leía en plena asamblea el despacho enviado por él k su emba­
jador eu Boma:
* A n t e los caftiernos q u e se liíiccn jvu u torccr el sentido y el alcance (le la^
declaraciones (lcl Gabinete, m e parece conveniente precisarlas: el respeto del
blcro íi loes derechos del E stad o y su sum isión á todas las le ye s, son la condi­
ción esencial de u n a política do paz y d e toleran cia».

La declaración de guerra era clara y paladina; asi la entendie­


ron los católicos fervorosos y los liberales aún templados. Las leyes
que quería sostener la República francesa eran la secularización de
la enseñanza, el servicio militar obligatorio y todas las que se fun­
daban eu la negación ú olvido de la naturaleza y derechos esencia­
les de la Iglesia. Así lo decían los ministros desdo el banco azul, así
lo repetían los periódico?, así ee decía por todas partas; pues o ig a ­
mos k los modernistas hacer sutiles distinciones entre el católico y
el ciudadano.
Para condensar en pocas líneas lo mucho que hay que decir,
presentemos a vuestros ojos, leyentes ú oyentes, uu hombre cono­
cidísimo en Francia por su cargo de diputado del Norte, un sacer­
dote de larga historia y famoso últimamente por haber sido m erecí-
dísimamente arrojado y 110 recibido del Vaticano. Nobilísimo ejem ­
plo de un gran Papa y de saludables consecuencias: ha sonado en
Europa como el (liscedite... del Juez eterno.
El abate Lem ire fué diputado, y frente á frente de un Gobierno
perseguidor no tenía sino dulzuras y amabilidades ó interpretacio­
nes benignas á su conducta. El Gobierno, para agradar & las izquier­
das, se confesaba impío; el abate Lemire disculpaba, atenuaba, inter­
pretaba las intenciones. ¡Qué sofocación para el mismo Gobierno!
Brisson fué conocido y lo es por todo el mundo como francma­
són, ateo, librecultista, perseguidor de la Iglesia de Francia; el aba­
te Lem ire, en una conferencia política tenida á sus electores y cam­
pesinos del Norte, les decía:

< ¡N o tengáis miedo! L a política lib e ra l y el respeto á la religió n está ¡i la


orden d e l día. X o tení-is, pues, que tem er. Brisson tiene uu pro gram a rooda-
m l o » (1).

Otro hombre funesto para la religión en Francia fué M. Dupuy


en su cargo de director de Cultos, pues de ¿1 dijo en el Parlamento
nuestro abate diputado.
«El director de Cultos está animado de grau talento, tle gran lealtad y do
buenas intenciones relativamente á la Iglesia» (1).
£1 proyecto de ley de Waldeck-Rousseau, que después fué la fu­
nesta ley persecutoria de Aaociacioues, no era para el abate Lem ire
sino un conato, en el que el Gobierno no habla reparado, de hosti­
lidad.
«Se ve en este proyecto por primera vez ataque contra la Iglesia, uno do
esos aproches tácticos antes de atacar la fortaleza, que el clero secular. Yo
me siento obligado ¡i reconocer que, & mi juicio, el Gobierno no hn tenido se­
mejante intención • ( 2 ).
Con el mismo candor , ya lo veremos, liabló de la ley de separa­
ción y de las Asociaciones cultuales y de todo, aun después de los
solemnes juicios de la Santa Sede.
Pero todo esto lo hacia él como ciudadano ó como diputado, no
como católico.
Porque en la Cámara no habla más que diputados.
El lo confesó, uniendo á su suerte la del abate Gayraud, por es­
tas palabras, contestando al socialista Sembat:
«T o me permitiré observar que ni el abate Lcraire, ni el abate Gayraud
son diputados del catolicismo. El catolicismo en esta Cámara no tiene diputa­
dos, como no los tiene el protestantismo, como no los tiene la masonería, como
no los tiene el islamismo, como ninguna otra religión. Todos somos diputados
por el mismo título, nombrados por electores franceses y libres» (3).
Y otro día:
« Y o q u isiera que so comenzaso íi ap lioar el sistem a d o lu verd a d era lib e r­
tad y q u e se preparaso un estado sccLil p a ra la Iglesia , diferente del d e la
m ioja tradición de alianza entre e l E stad o y les cultos.
»Yn no quiero decir temeridades, ¡Dios me guarde! Si frera el abate Lo-
mire el que habla en esta tribuna no pondría el pin on un terreno en quo co­
noce que no puede llegar luista el fin. El se siento unido con d rosi«to más
profuudo, con el sentimiento de obedieucia interna á la autoridad suprema do
su culto, de su Iglesia, él sabe que el Papa León X III ha pedido á los católi­
cos... (Interrupciones).
♦Si yo me callo sobre las relaciones de la Iglesia y del Estado francés,
después de haber en determinados circunstancias oído liablar á hombres que yo
tengo por videntes en la Iglesia Católica, después de haber oído habhu- al Car­
denal Manning del estado de la Iglesia en Francia y de su presupuesto de cul­
tos como se liabla del lado allá del canal de la JLmclia; si yo inc callo después
do haber repetido aquellas primeras palabras cuando mi lengua y mi pluma

(1) Sesión de 2 de Febrero 1809.— (2) Id. del 28 y 29 de Enero 1001.— (3) Id. 30
d e N oviem bre 1830.
eran libres, es po rqn c y o no quiero m olestar ln mita m ínim o ¡i aquel viojo d e
cabellos canos q u e vive a llá y q u e du ran te veinticinco nfíos es el am iyo fie l rio
la R e p ú b lic a francesa y q ue en un docum ento p u b lico nos ha m andado á m í y
¡i inis correligionarios dejarle á é l l a solución.
«P e r o no el abate, sino el diputado L e m ire es el q u e va ¡i conclu ir...» (1 ).

Las aplicaciones funestas de estos principios se precipitaron.


Defendió las Ordenes religiosas «com o auxiliares del clero, como
una rama nacida en el tronco de la Iglesia », y concluía con palabras
que,, por mala suerte, tuvieron eco muy aplaudido en Esp&üa:
«R e c h a z o enérgicam ente el proyecto ele la comisión, y le rechazo no como
católico am igo p a rticu la r de esas Congregaciones, ni como sacerdote, lo cual
sería la opinión personal d e u n h om bre cuidadoso del bien (le la Iglesia, sin o
como francés, am igo de la lealtad, de la libertad y de la justicia, y eso os toca
á todos, seílo res» ('>).
L legó el momento del insulto que Francia infirió al Papa con In
visita del Presidente A Roma; el abate Lemire, como católico, deplo -
raba la intención; couio diputada, votó los créditos extraordinarios
para el viaje.
Un unión con la m ayoría de los católicos de la Cámara, monsieur
el abate Lem ire ha votado los créditos necesarios al viaje de m on­
sieur Loubet, y & uno que le pidió la explicación, se la dió en este
modo:
«Diputado ftaiicra lie votado esos cr'-ditos, porqn o no lio visto en e l viaje
d e l presidenlo do lo líeprtbliea sino un aoto ele cortesía personal al de los re­
y e s de Italia y do conveniencia nacional con respecto á un pueblo quo ticno
con el nuestro relaciones. E l P a d re Santo, al p en sar en esto deseo, no ha
pensado on la intención del Gobierno, ni en la intención (le la comisión de. p r e ­
supuesto. P o r tanto, tampoco de b ía m ezclarse en la intención de la C á m a ra -.

Asi se disculpaba en .su órgano L‘'Indicaltvr d'Hazcbrovck (3).


En el ánimo de Lem ire estaba hecha la separación autes que
cristalizara en ley inicua. Por eso, ¿qué de m aravillar es que no
viera en ella tendencia ninguna cismática, que no atribuyera la
ruptura entre la Iglesia y el Gobierno de la República íi culpa y res­
ponsabilidad, no del Gobierno, sino del Papa; que viera innumera­
bles bienes en ln práctica leal de la ley, que patrocinara las Asocia­
ciones cultuales y que, como fundarla en el espíritu de ellas, presen -
tara su proyecto de Bolsas de retiro para el clero?
Lem ire tenía eu el alma hecha la scpnración, y ciego con el or-
güilo de modernista y queriendo seguir el sistema hipócrita de todos
los sectarios, pretendió cou un viaje & Roma sorprender la buena fe,
de loa católicos; era el sistema de Fogazzaro en la interviú forjada
de Benedetto. Pero Dios Nuestro Señor velaba, y las puertas del V a ­
ticano ni se abrieron para el abate Letnire.
Concluyamos. Los modernistas separan al católico del ciudada­
no, h la Iglesia del Estado, como separan al filósofo, al hombre so­
cial, al historiador, etc , y de aquí que separen todas las funciones
que son del Estado ó que ellos les asignan de los deberes católicos;
quieren prensa neutra, escuela neutra, tribunales neutros y, en una
palabra, vida pública neutra.
Por eso no hay cosa que aborrezcan máa que la acción política
católica, descargando sobre ella y sobre los partidos católicos toda
su audacia. Cuanto dijimos en otro discurso de los dicterios de
«esbirros?», quijotes, reaccionarios, locos, etc., todo eso cuadra en
este sitio. Pero servinV un testimonio que se podría condensar en
esta frase: «¡Antes el petróleo que la reacción!»
Hablan después de la Encíclica los demócratas cristianos, y ha­
blan frente & los esfuerzos que hacían los católicos unidos para lu­
char con alguna ventaja las luchas electorales. A ellos se oponen
con estas palabras, que no tardaremos en ver desaprobadas por
Pío X.
'■Nuestro deber, en fin, ya que el esfuerzo de nuestros adversarios comu­
nes está en el terivno político, es concentrarnos en este terreno todos los de­
mócratas eatúlieos, sea cualquiera el grupo á que pertenezcan, y ya en oste
terreno todos nos entendemos perfectamente, buscar una relación política. En
una palabra, podríamos fundar un partido republicano demócrata que (’.e con­
cierto non todos los grupos repuliliuanos, con Ta Unión demor.riitic.iv La Unión
Republicana, el Comité radical socialista y los socialistas, ayudáramos íi ln,
República á quebrar cu las elecciones próximas el nuevo esfuerzo de la
reacción» ( 1 ).
El mismo espíritu, altamente sospechoso, por no decir otra cosa,
vibra en las páginas de un folleto escrito recientemente cu defensa
del Sillón j en contra de lo que el autor llama «conjuración reac­
cionaria». Cuu ésta, escribe, y con los que se llaman «católicos ante
todo» no queremos nada.
Dice asi:
«Guando los eternos enemigos de La democracia, los que nada lian apren­
dido do las lecciones de la historia, ni nada lian olvidado de antiguos renunro?
intenten rrfn pretexto fia unión religiosa, un íiltimn asalta pai-a detener la
marcha ascendente de esta flor y nata de conquistadores y pretendan en un
supremo esfuerzo quebrantar su energía, se verán obligados á comprender que
•es ínuv tarde. Sí, muy tanle; y es menester que los reaccionarios de todas cla­
ses tomen su partido; la unión política de los católicos, esa unión paradójica
y estéril á quedarla pretexto la religión, y (le la cual acabaría la religión por
pagar las costos, está para siempre deshecha.
» Y es que cuando los hombres están separados en un tiempo como el nues­
tro, y en el momento de la crisis del crecimiento de una sociedad nueva,
cuando delante de ellos se plantean los más apasionadores problemas, cuando
se hallan separados por divergencias (le mentalidad tan profundas y tan irre­
ductibles como las que tienen frente á frente el espíritu conservador y el es­
píritu democrático; es perder el tiempo, querer asociar y armonizar esas ener­
gías. Entre los que creen en el progreso social y que han resuelto colaborar á
él (le todo su corazón y de todas sus fuerzas y aquellos que le vuelven la espal­
da mirando fijamente lo pasíuln y sonando locamente en reanimar sombras 110
puede haber inteligencia, posible. Y ya que ni las advertencias ni las cuiisejus
de un gran Tapa no han podido determinar á. los monárquicos ¡i inclinarse ante
las legítimas preferencias de la Francia republicana, deben, al fin, comprender
que ni la diplomacia, ni loa amenazas de los partidos reaccionarios y de sus
aliados benévolos los «católicos ante todo», no determinarán ¿los republicanos
demócratas á inclinarse ante las ideas añejas del conservatismo agonizante» ( 1 ).

III

Reprobaciones v censuras.

Nada más opuesto á este leD gaaje que el lenguaje de la Ig-lesia


y singularmente de León X III y de su sucesor Pío X.
Dejemos oir la voz de los Pontífices y empapemos nuestra alma
en notas de virilidad y energía.
Empezando por la llamada cuestión romana, ó sea la causa de la
revolución en Italia y el punto pr&ctico que allí buscan resolver los
modernistas con sus distingos é imposibilidades, ¿qué es, según
Leóu X III, la cuestión rumana? Es la causa de «lo que de m ¿3 caro
y precioso tienen los Sumos Pontífices, la propia libertad en el g o ­
bierno de la Ig lesia » (2i es para la Santa Sede y para todo el inundo
católico '<el interés primario y vita l» (3); es singularmente para Ita-

(1) £. Dcsgróes du Loo, De Léon XIII au SiUon, p. 60-61.—(2) Carta al Car­


denal Rftrupolla, 15 Jnnio 1887.—[3) Ibid.
lia la cuestión de paz 6 de guerra, de prosperidad ú de desgracia, de
fuerza ó de debilidad, de gloria ó de h a m i Ilación, de vida ó de
muerte ( 1 ); es la causa «d e un derecho queniuguna fuerza humana,
ninguna razón política, ningún transcurso del tiempo puede jamás
destruir, ni tampoco mermar ó debilitar» (2). A los italianos toca en
primer término ilustrar ti las muchedumbres sobre este punto (3);
k ellos agruparse estrechamente en torno á la Santa Sede y desear
que el Sumo Pontífice sea repuesto en la condición de verdadera
independencia y soberanía que le es debida (4); & ellos incumbe no
ceder ante la violencia de los acontecimientos y del tiempo (5) y to­
mar la cuestión romana con tanto más empeño cuanto más urgente
es la necesidad de resolver la cuestión social, ya que con el triunfo de
la causa del Papado las cuestiones .sociales entrarán en el camino
de la m ejor y más completa solución ( 6 ). Y por último, «es necesario
que los católicos italianos no dejen pasar ninguna ocasión de cuan­
tas se les ofrezcan para afirmar altamente sus convicciones en este
importantísimo punto y reclamar la libertad é independencia terri­
torial para su augusta Cabeza, siguiendo el ejem plo de otro» países
y conforme ú las enseúanzns constantes de la Santn Sede» (7).
T ya que hablamos de León X III, oigamos en este panto sus en­
señanzas >i todos los católicos del inundo.
Sean lns primeras sus palabras acerca de lns relaciones de la
Iglesia y del listado y sus quejas acerca del derecho común, de la
separación y de la esclavitud de la Iglesia de Jesucristo.
«Dándose* por cierto rjiieol Estado ilos«ins.asoliiv'ft«tos principios, ipio hoy
¡rozan (lo gran favor, os fácil reconocer ndóndcrpioda injustamente relegada l.-i
Iglesia. Allí donde la práctica so acomoda ¡i tales teorías la Religión Católica
se ludia reducida ;'i una completa igualdad. ó acaso inferioridad, con lns otras
sociedados tan diferentes do din. y » se tienen en cuenta las leyes eclesiásticas,
y la Iglesia, quo de Jesucristo ha recibido otilen y misión «le enseñar ;i todas
las gentes, vo 4110 se le niega toda ingerencia en la euseílnnzu pUdica. Eu las
mismas nu'.terias tic fuero mixto, los golicrnantes dan por sí y auto sí decretos
arbitrarios y r.fcctan soberano desprecio en esto punto jura enn las leyes do la
Iglesia. As[ hacen que vayan íí su jurisdici-ión Jos matrimonios cristianos, dan
leyes solirc el vinculo r-onyugul, sobre su unidad ó indisolubili'lad: poivii su
mano en los líjenos «leí cl'>roy 11nmui á La Iglesia e[ dein-ho de poseer. Fu

(1) Carta al Canlenal Rampolla, ló Jnnio 18S7.- (2) Diwurso it las .Socieda­
des católicas, 21 Abril 1831.—(3| Knclclica, |.í Octubre isno. - ( í ) A los pen-trri-
nos laicos itiiliaiius.—(Si A los peregrinos itulinnos, 10 Orialin*. —(<0 KnrlnlliM,
15 Octubre 1883.—(7) Carta (U l Cantonal H am pollaal l>l>lspo ile MilÁti, 20 Octn-
bre 1901.
r>
suma, tratan á la Iglesia como si no tuviera ni carácter, ni derechos de socie­
dad perfecto y como si fuera una de taitas sociedades como viven en el Esta­
do. Mas, todo cuanto ella tiene de fuerza, de derechos, de acción legítima, todo
lo liacen depender de la concesión ú favor de los gobernantes. En aquellos Es­
tados en que la legislación civil reconoce ¡i la iglesia su autonomía y donde un
Concordato ha venido íi intervenir entre los dos poderes, se empieza por clamar
por la separación de la Iglesia del Estado, y esto para obrar contra lo solemne­
mente pactado y hacerse árbitro de todo, quitando cuantos obstáculos cree tener.
Pero cuino la Iglesia uu puede sufrirlo eu paciencia, porque eso sería abando­
nar sus mayores y más sagrados deberes y como ella reclama absolutamente
el exacto cumplimiento del compromiso estipulado, nacen con frecuencia entre
la potestad espiritual y la temporal conflictos que concluyen por sujetar al
poder del más fuerte d aquél que mita desprovisto so halla de medios huma­
nos. Así, pues, en esta situación política que muchos favorece];, hay tendencia
do ideas y de conatos para ai-rojía- á la Iglesia de la sociedad ó para tenerla
sujeta y encadenada al Estada Tfi mayor parte (le las medirins qur> por los fro-
biernos se toman tienden á eso. Las leyes, la administración pública, la edu­
cación aconfesional, la expoliación y destrucción de Las Órdenes religiosas, la
supresión del poder temporal dol Samo Pontífice, todo tiende íi herir en el co­
razón las instituciones cristianas, reducir á nada ln libertad de la Iglesia Cató­
lica y aniquilar tollos sus derechos* ( 1 ).
Cuadro magistral del estado persecutorio que aflige en Europa
al catolicismo y trazado con la vista ñja en Francia y en Italia, don­
de tan cordiales relaciones querían tener cou los Gobiernos Bouo-
melli, Semerla, Erver, Murri, Dabrv, Gayraud, Lem ire y tantos más.
En vez de esto L e ó n X lIl da lecciones de grandísim a fortaleza.
Después de haber descrito con vivísim os colores y soberana elo­
cuencia, como suele, las tempestades que agitan la Nave mística de
San Pedro y de haber inculcado el deber primero y principal de
aprender y de robustecer la propia fe, coutinúa:
« Otros deberes hay que si siempre importó para la propia salvación guar­
darlos y observarlos religiosamente hoy día. en nuestros tiempos, son de una
suprema importancia. A saber: en esta, do que hemos hahlado, lucha y loca
confusión do errores, tomar la defensa de la verdad y procurar desarraigar
errores de los ánimos do los demás, es y ha sido oficio de la Iglesia que debo
guardar con esmero y exactitud, porrpie así lo exige el honor de Dios y la sal­
vación y defensa de las almas. Pero cuando la necesidad eonstrifle (lf>hen guar­
dar la iucolnmidad de la fe, no sólo los Prelados, sino todos los fieles que
están obligados á propalar su fe ante los otros, ya para instrucción de los de­
más fieles, ya para confirmarlos en ella, ya para reprimir los insultos de los
enemigos (2). Porque ceder al enemigo, ó callar cnando por todas partes surge
tanta algazara para oprimir á la verdad, ó es de un cobarde, ó do uuo que (luda
si es verdad la íc que profesa. Ambas cosas son torpísimas, injuriosas á Dios;
ambas, enemigas del bien particular y del bien común de todos, y ambas cosas
sólo aprovechan á los enemigos de la fe por cuanto sirve para aumentar la au­
llada de los malos la remisión y frialdad délos buenos» ( 1 ).
Pero vengamos ya al Pontífice reinante, cuya labor, en sus pocos
años de Pontificado, es clarísima y verdaderamente apostólica.
Apenas elevado al trono de San Pedro, con ocasión de la ruptura
con Francia, hubo de publicarse el Libro Blanco , donde al tratar de
la provocativa visita de Loubet & Yíctor Manuel, se expresa asi el
Santo Padre:
«La cabeza visible de la Iglesia quo debe por institución divina procurar
la salud espiritual de todos los pueblos, no puede en las circunstancias actua­
les residir voluntariamente en territorio ajeno, sin que ante la pública opinión
dejo de aparecer gravemente comprometida su independencia respecto del
Croláerno á quien pertenezca el territorio donde resida, y de aquí que
resulte también comprometida su autoridad moral á los ojos de los demás
pueblos y de los demás Gobiernos y con la autoridad su misióu uuivei-sal. Hay
de consiguiente piara el Romano Pontífice un interés vital en ser de hecho y
ii los ojos (le la opinión pública, donde quiera y siempre independiente (lo
cualquier pocler civil, y para obtener este resultado no se lia hallado lmsta el
momento actual otro meclio qr.e el do la posesión de un territorio propio é in­
dependiente.
»Pnr consiguiente, el Romano Pontífice, en fuerza del deber gravísimo
que le incumbe de corresponder (i las miras de la Providencia divina, al ins­
tituir el Papado puede sufrir la situaciún que le han creado liasta el momento
actual los sucesos de 1870; pero no puede aceptarla ni permitir que la opinión
pública crea que la lia aceptado. De aquí su perpetua reclusión eu el Vaticano
v Bue protestas y reivindieacicner, repetidas, que tienen por fin mantener on
plena luz su independencia con respecto a Italia y de librar de todo atentado
su autoridad y misión en el mundo.
»Esta situación anormal ds la cabera de la Iglesia debe preocupar íi todos
los católicos, más particularmente á los jefes de las naciones católicas, y en
especial si son ellos misinos católicos, los cuales deben tener por ol Papa con­
sideraciones especiales en todo, concernientes á la independencia, autoridad y
misión divina del Papado, puesto que además de su deber iudividual como ca­
tólicos deben también procurar la salvaguardia de los intereses religiosos do
su nación».
Hablando ¿ los católicos de Italia en su Encíclica De acción cató­
lica, por rozones de general aplicación en todas las naciones, esto
«s , por la poca utilidad práctica que para remediar los males públi-
eos trae la acción social aislada permite á los católicos italianos, va­
riando en esto un poco la táctica de sns antecesores Pío y León, que
acudan á. la acción política para defender en los caraos públicos y en
las Cámaras legislativas los soberanos derechos de Dios y de la
Iglesia (1).
En su Encíclica de tonos tan apostólicos acerca de San Grego­
rio M., censura á los que ponen toda su confianza en los partidos ile
orden, que con más templanza profesan principios nada católicos y
recomienda lo que allí llama el partido de Jesucristo, es decir, la
reunión de valerosos que quieran llevar la doctrina de Jesucristo
Nuestro Señor á la legislación y al gobierno.
Y con esto llegamos á la Encíclica Pascendi.
En toda la cual, desde el uno al otro cabo, se censura el afán de
progreso que carcome á los modernistas hasta llamarse á si mismo»
no modernistas sino católicos progresivos, y particularmente se tra­
ta de osto allí donde, al modo de la revolución en los países domi­
nados por el liberalismo, se ponen en la Ig'lesla ilos fue reas, la con­
servadora eu favor de lo tradicional y antiguo y la progresiva que
tiende á lo nuevo y flamante y aventurado. Ya vimos eu diversos
pasajes el odio mortal que profesa y ha inspirado el catolicismo pro­
gresista al catolicismo tradicional que llama conservador.
Dice el Papa:
<Para declarar más la mente de los modernistas declaremos cómo la evo­
lución total proviene como resultante riel choque de dos fnor/ns designo con­
trario, la una impele al progreso, la otra es conservadora de l.i tradición. Esta
fuerza retardataria se muestro y domina en la tradición, y es ejercitada por la
autoridad. La cual, por derecho propio, jmes ose es su natural, custodia ln tra­
dición, y en efecto así lo hace, pues abstraída de las vicisitudes ile la vida,
poco ó nadr. siente los estímulos del progreso. Por el contrario, la fuerza pro­
gresiva que responde perfectamente á las necesidades de lns tiempos está la­
tente y trabaja en las conciencias ele los particulares, de aquellos en especial
que viven vida práctica y que toc-au más do cerca, como dicen, y más íntinia-

(1) «Gravísim as razones, V ererables Hermanos, nos disuaden de npnrtflrnr s


de la norma trazada por nuestro predecesor, Je santa memoria, Pío l.\, seguida
luego por nneslro predecesor L tó n X I I [ , de santa memoria, durante todo su larpu
Pontificado, norma conforme á la cual está fceneralmeute prchüiido A loe católi­
cos italianos e l formar parto (leí Poder legislativo.
• P or otro Indo, razones también crarísitnas, referentes al bien supremo de la
sociedad, que lmy que sslvcr A toda eos tu, pueden exigir en casos particulares que
la ley se dispense, singularmente cuando vosotros, Venerables flerm unos, reco­
nozcáis la estricta necesidad de ello en bien de las iilinns y de los supremos
intereses do vuestra Iglesia y lo solicitéis.»
mente lets necesidades de la época... Del conflicto de estos fuerzas brota corno
íc-sultante el progreso y la evolución--» ( 1 ).
Felizmente ya habernos oido á los modernistas y modernizantes
y aún podríamos llenar de citas un libro, son éstas las que más
abundan, y por ellas vemos que pretenden hacer que la Iglesia y
los católicos se plieguen y acomoden al sentido de libertad, al dere­
cho nuevo, á las formas políticas nuevas; que vuelvan la espalda á
todo lo tradicional, porque está muerto y enterrado, y ui los torren­
tes vuelven atrás, ni los muertos resucitan.
Naturalmente, Pío X tiene que censurar todo esto, y asi escribe
eu olru pasaje de la Encíclica:
«Eu nuestros tiempos, habiendo crecido hasta, lo sumo el sentido de la li­
bertad, en el estado civil ha introducido Ja conciencia pública el régimen po­
pular y democrático Pues como en ei hombre la üonciencia, como Javida, no es
más que lina, si la iglesia no quiere encender en la conciencia humana, la dis-
firdia y guerra civil es menester que use do las formas democráticas; necesi­
dad imperiosa si no quiere perecer. Porque serla loco quien pensara que va á
kibur regreso en el sentido de la libertad» ( 2 ).
Y más adelante:
«Por fin es cansa de la evolución de la Iglesia la necesidad que tieuc de
acomodarse y avenirse con las circunstancias históricas y cou las formas de
iíobicrno introducidas en los pueblos» (3).
Y por último:

(1) Hinc moüeruÍBtaiuin uienteiu pleoius sequuti evululiunem ex ctmílietiont)


<luarum virium evonire diccmus, qaaram altera ad progroasioncm agit, altera ad
cnnservationem retraliit. Vis con servatrii viget in E c d e tia contineturqae trad i-
tione. Eam vero es erit religiosa aucioritas; idque taui inre i pao, est euim in au-
ctoritatis natura traditionem tueri, tam re, anctoritaa nnmque a commutationibus
vitae redacta stiinulis ad progressionem pellentibus nih.il ant v is urgetur. E con­
tra vis ad progrediendum rapiens atqne intimis indigentiia respondería latet et
inolltur ln prlvatorum conscientlls, illorum praeclpue qul vltam, ut lnquiunt,
propiue atque intimius attingunt... E x convento quoilam et pacto ínter binas hasce
vires eoneervatricem et progreesionis fautricem ínter auctoritatem vid elicet et
conecientias privatonim progruamis nc mntatiemes oriuntur. —(2) Ea porro tem -
pestate nunc vivíam e, quum libertfttie sensas in fastiginm summum e x ere vi t. In
c iv ili statu conscientia publica populare regim en in »exit. Sed couscientia in k o-
inine, aeque atque vita, una est. N isi ergo in hominum conecientiis inteatinum
v e lit escitare bellum ac fuvere auctoritali Ecclesiae officim n inest democraticis
uleudi furuiiti, eu vel magia quod, ni fuxit, ezitiuui iminiuet. Naui amena p ro -
i'ooto fucrit, qui in Eonau libertatia quolia nanc viget, rcgrcsBum posea fieri ali-
qiiando autumet.— (3) Tándem pro Ecclesia evolatiouis ciinsn inrifi oritur, qi:od
eom poni egeat cam adjunctis historiéis cumque cirilis regiminis publico invectis
formis.
«Tratan de variar el régimen eclesiástico en el anlca social y político de
modo que, aunquo este separada dsl Gobierno civil y político, se adapto oon
todo :í él y &sus formas para imbuirlo de su espíritu ■» ( 1 ).
Y a ha sonado la palabra separación y ya viene el equívoco de
que la iglesia no tiene que mezclarse en politica, pero si aceptar el
liberalismo, la democracia, el sufragio universal y todo esto, ¿cómo?
Los modernistas discurren su famosa división entre el gobernan­
te y el católico, entre la vida pública y La privada, entre el ciuda­
dano y el ñel cristiano. El Estado, como decía Benedetto, no ha de
ser ni católico ni protestante; el derecho, la ley, el gobierno, la con­
ciencia pública no será, católica ni protestante, dirán otros. Todos
convendrán en hacer lo que quieran en la vida pública guardando
el respeto á la Iglesia y á. sus enseñanzas para la conciencia indi­
vidual.
«En las relaciones de la Iglesia y el Estado (reza la Encíclica) usan los
modernistas los mismas reglas que antes para la cieucia y la fe. Allí se luibla-
ba de objetos, aquí de fines, y así como allí por razón del objeto de la ciencia
y la fe no eran hermanas, sino extrañas, asi aquí el Estado y la Iglesia son
extraños el uno del otro por los fines que persignen, temporal y espiritual. En
otras edades bieu se pudo hacer que Ja Iglesia se mezclase en lo temporal como
reina y seilora, porque se creía que la Iglesia había sido fundada inmediata­
mente por Dios, autor del orden sobrenatural. Pero ya los filósofos ó historia­
dores lo rechazan. Hay, pues, que separar el Estado de la Iglesia, como el
ciudaduuo del católica Por tanto cualquier católico puede y debe cuino ciud;i-
dauo liacer lo que crea mejor y más conducente al bien y utilidad de su pue­
blo, sin liacer caso de la autoridad de la Iglesia, desatendiendo sus deseos y
consejos y mandatos y hasta despreciadas sus reprensiones. Prescribir la Igle­
sia ni ciudadano lo que debe hacer es nn abuso intolerable de la autoridad
eclesiástica...»
«... Y así como ln fe, dicen, es menester que se sujete 3, la ciencia en la
parte fenoménica, así es preciso qne la Iglesia se subordine en lo temporal ni
Estado. Acaso esto todavía r.olo dicen paladinamente; pero se les obliga lógi­
camente á admitirlo. Porque supuesto que en lo temporal el único que manda
es el Estado, es menester que los creyentes que no se contenten con los actos
interiores de la religión y qne hagan otros exteriores... caigan bajo el poder
del Estado. ¿Qué decir do la autoridad eclesiástica que toda se manifiesta por
actos exteriores? Toda ella estará sujeta al Estado. Lógicamente, muchos pro­
testantes de los llamados literales, se ven obligados fi proscribir todo culto
externo, toda asociación religiosa y dejar sólo la religión individual. Si Iob mo-

(1) Item eccleBÍaatid regiminis actionem in Te politica et Bodali variandam


contendunt ut simal a civilibus ordlnationibas exulet, eiadem tamense aptet nt
su illas Bpiritn imbuat.
ilernistaa no llegan todavía íi eso, pero piilcn entre tanto qne la Iglesia se in­
cline espentáneamantü adonde olios ln impelen y eo pliegue A loe formas po­
líticas» (1).

Aplicación de las doctrinas de la Encíclica, condenación de ln


conducta seguida por el funesto abate Lem ire y reprensión de las pro­
testas de los sillonistas y demócratas de querer mejor dar la mano
á los socialistas que aliarse con ios otros partidos verdaderamente
católicos, es la carta dirigida á Mgr. Delamaire por el Cardenal se­
cretario de Estado en respuesta á la que aquel Prelndo envió á Su
Santidad para reparar los insultos que le dirigiera el abate Lemire.

«Su carta, toda impregnada (le afectos de docilidad y gratitud, endulza eu


el alma del Soberano Pontífice la umaigura del temerario lenguaje que y a sa­
béis y le procura el consuelo (le comprobar cuán lamentable es la actitud de
ciertos sacerdotes y ciertos católicos, que, como decís, tiendenprácticamente la
mano en el terreno político á los enemigos de la Iglesia.
¿La reciente Encíclica sobre el modernismo, allí donde seríala los errores
relativos íi las relaciones de la Iglesia con el Estado y &las deducciones sacu­
das del fia do uuo y olru muestra claramente que £ « >'íuutülad ha tenido j » c-

(I) In hoc autem eisdetn plañe repulía utuntur, quae aupra pro ecientia atque
flde eunt allatae. Ibi de obiecto sermo erat, beic de flnibua. Sicnt igitur ratione
objecti fidem ac ecientiam extraneas ab invicem vidlmua, sic Status ab Ecclesia
alterab altera extmnea sunt ob fines qaoa peraequuutnr, teropcralem illa, haec
apirltoalem. Llcult prolecto alias temporale splrltuall subiiel, licuit de mixtU
quaeationibua sermonen) interserí in quibua Eccleaia ut domina et regina intereo-
■et quia oempe Ecclesia a Deo sine medio, ut ordinia supernataralis est auctor,
inatituta ferebatur. Sed iam haec a philoBophis atqne historiéis respuuntur. Sta­
tus ergo ab Ecclesia diasociandna sicot etiam catholicua a cive. Quamobrem catbo-
llcus quilibet, quia etiam civis, jua atqae officium habet Ecclesiae auctoritate
neglecta, eius optatia, consiliis praeceptiaque poatliabitis, sprelis immo repre-
hensionibos, ea perseqnendi qaae cifltatis utilitati conducere arbitretur. Viarn ad
agendutu civi praeauribere praetextu quulibet abuaua ecclesiuiitiaie uolesUlÍB esi.,
toto nisu reíicienüua... Sicut fldem quoad elementa, ut inquiunt. phaenomenicn
ficientiae anbdi npnrtet, sic in temporalibus negoniis F.cclesiam subeaae Statni.
Hoc illi aperte nondum forte asserant, raticcinationia tatúen vi c o k untar adniit-
tere. Fosito etenim quid in temporalibus rebus Status possit unus, si accidat cre-
dentem intimis religionia actibus haud contentum, in externos exilire... necease
erit baec sub Status dominium cidere. Ecquid tnm de eccleaiastica auctoritate?
Ciuam haec nisi per externoB aetus non expllcetur Statul tota quanta est erit obno­
xia. Hac nempe consecutione coacti mullí e protestantibuB liberalibus cultuin
onnem sacrom externum, quin etiam ezternam quamlibet ralígioaam consocia-
tionem e medio tollunt, religionemque, ut aiant, individualem, inveliere adnitan-
tur. Qaod si modernista: nondum ad haec palam progrediontur. petunt interea
ab Ecclesia quo ipsi ¡mpelluut sua se sponte incLiuet seaeque ad civiles for-
mas aptet».
senté en esta condenación doctrinal el equivoco fundamental en que esos sacer­
dotes y católicos apoyan su conducta». i Carta, 14 do Noviembre 1007.)

Corona y comentario de todo lo dicho por Su Santidad Fio X con­


tra la cobardía ante los progresos de la libertad de perdición,.contra
el deseo de separación de la Iglesia y del Estado y el empeño en
que olvidado lo pasado no se piense sino en lo presente é inmediato
es la alocución entera que pronunció el Sumo Pontífice al aprobar
los milagros de Juana de Arco. Asi como Francia fue la cuna de la
Revolucióu, asi es ahora dechado y ejemplo de las demás nacioues.
He aquí algunas de las palabras del Papa:

«No hay, pues, que exagerar las dificultades cuando se trata de practicar
todo lo f|iie la fe nns impone para cumplir nuestros deberes, para ejercer el
fructuoso apostolado del ejemplo que el Señor espera de cada uno de nosotros:
vvimñqvc mandaril de proximo suo.
i Las dificultados vienen de quien las crea y las exagera, de quien se con­
fía en sí mismo y no en los socorres del cielo, de quien ccde cobarde intimi­
dado por las sátiras y burlas del mundo. De lo cual se deduce que cu nues­
tros días mSs que nunca, la fuerza principal de los males que deploramos es
la cobardía y debilidad de los buenos, y todo el nervio del reino de Satanás
reside en la blandura de tos cristianos...

Acomoda Su Santidad ó. Francia esta reprensión paternal de la


flaqueza de los católicos, y volviendo ¿ incurrir con creces en los
reproches de inoportunidad que le lanzaron los modernistas yanquis
y franceses por la Euciclica, asegunda aquellos golpes recordando
al siglo x x los ejemplos de San Luis:

< Esta Francia filó llamada por nuestro predecesor •muy noble nación,
misionera, generosa y ile gran caballerosidad ■>: jara gloria suya añadiré yo
ahora lo que al Roy San Luis escribía ol Papa Gregorio IX :
¿Dios, ¡i quien obedecen las legiones celestiales al establecer acá abajo
idilios íl'fovfintns sngi'm ln diversidad de lenguas y do climas, miifirrt i un
gran número de Gobiernos misiones especiales para el cumplimiento de sus
designios. Y como en otro tiempo prefirió la tiilu; de Jnclá álas de otros hijos
de Jacob y lo colmó de especiales bendiciones, así entre todas las naciones de
la tierra prefirió á Francia para la protección de la fe católica y para la de-
fensade la libertad religiosa. Por este motivo, continúa aquél Pontífice, Fran­
cia es el reino de Dios mismo, los enemigos de Francia son los enemigos de
Cristo, y Dios ama ú Francia porque ama ií s i Iglesia. Dios ama ív Francia,
donde la fe no ha perdido su vigor en ningún tiempo; Dios ama á Francia,
donde los royes y los solí bulos no liau dudado nunca en afrontar peligros y
«lar su sangre por la conservación de la fe y de la libertad religiosa.» Así es­
cribía Gregorio IX.
»A vuestra vuelta, Venerable Hemíono (1), diréis ú vuestros compatricios
que b¡ aman á Francia, deben amor ADios, amar la fe y ainnr á ln Iglesia, que
es para ellos una madre muy tierna nomo lo fui de sus pudren. Decidles que
guarden como un tesoro los testamentos de San Roraigio, de Carlomagno y de
8an Luis, testamentos que se suman en aquellas palabras t:in repetidas por la
heroína de Orleans: «Viva Jesucristo, que es el Rey de los francos».
»Sólo por ese título es grande Francia entre tocias las naciones; con esta
voz de guerra, Dios la protegerá y la liarú libre y gloriosa; con esta condición
se le podrá aplicar aquella palabra de los Libros Santos: <-Xo luibo 'iu¡en in­
sultara á este pueblo sino cuando se apartó del culto de su Dios».
•No es, no, un ensueilo lo que lialtéis, Venerables Hermanos anunciado, os
una realidad y yo tengo firmísima certeza del triunfo mús completo...»

Hasta aquí el Pontífice reinante. Sus manos colocan en las sie­


nes de Jesucristo la corona de Rey de los pueblos y de Rey de F ran ­
cia, que hijos pródigos le han negado, y al enronquecido grita r de
la tercera República: Nolumus Aunc reptare sttper nos, contesta Pío
señalándoles á su Dios y Redentor y repitiendo: Bcce R e t veslei'; y
para avergonzar á. esa Francia apóstata y sacrilega evoca de sus
tumbas las sombras de Clodoveo, Carlomagno y San Rem igio, y to­
mando la Cruz de San Luis corre al encuentro de la Francia revolu­
cionaria.
La Francia católica hundirá en tiarra su freute y coerá de hino­
jos ante el Pastor de los pastores, y al escuchar su voz se acordará,
¡ay! de haber oido y despreciado otras, ó mejor, la misiua, eu otras
ocasiones.
Era eu 1570 cuando San Pió V, como vimos, se querellaba de la
pasividad del Gobierno ríe Francia en defender los derechos de Dios
y de la religión, en atajar los pasos del cisma y de la herejía, cuan­
do amenazaba con que la democracia, ó m ejor, la anarquía, seria la
espada de la justicia de Dios; era unos cien afioa m is tarde cuando
San Viceute de Paúl se lamentaba de que el ministro de Luis X III,
en vez de aliarse y favorecer h España en la causa de la guerra reli­
giosa le era li 06 til ó impedía su acción. Estos eran los precursores,
los silbidos amorosos de aquel Pastor divino que no se cansa en

(1| Mgr. Toachet.


llamar ó, la oveja descarriada y que bajabu ¿ Paray le Monial.
Estamoi en plena devoción al Corazón de Jesús.
Era el año 1C89, cuando la vida de la Virgeu-Apásiol declinaba.
En aquellos momentos supremos, Jesucristo, que había manifestado
los deseos de su Corazón divine, de una restauración completa de su
reinado y de una como nueva Redención, asi como llamó á Francia
en Clodoveo y Carlotnagno para ser su H ija prim ogénita y su brazo
armado para los admirables Gesta Dei per Francos, así quiere ahora,
al avecinarse la apostasía de Europa, llamar al Hey que ocupaba el
trono y el nombre de San Luis, á Luis XIV.
Jesucristo le había colmada de grandezas, le liabía dado el im­
perio de la tierra, la hegem onía de Europa, le había hecho heredero
de la cultura, del esplendor, del poder, de la riqueza de la Edad
Media; había llovido eu su curie la elegancia de la cultura, la abun­
dancia del imperio, las ñores de la poesia, la gloria del saber, el es­
plendor de las victorias, las conquistas del genio; había hecho que
le llamaran rey grande, rey Sol, Augusto de su siglo, y que la d i­
plomacia y las ciencias, y las artes y la literatura, y el buen gusto
aclamaran su tiempo como el venturoso siglo de Luis X IV .
¿Qué liaría Luis XIV? ¿Imitaría los últimos años de Salomón, per­
mitiendo á. los calvinistas, A los jansenistas, A los ateos levantar
templos y sinagogas? ¿Rodaría hasta el fin por turno entre los bra­
zos de la Montespan ó la Muintcuon? ¿Sería como aquel dileclus,
amado de la Escritura que, satisfecho, embriagado con los favores
de Dios, se alzara contra Él y de Él se olvidara recalcitravit?
Leamos las palabras de Jesucristo & Luis X IV , comunicadas por
la beata Margarita María:

«¡V iva .Teaúa! E l Padre Eterno, deseando reparar las amarguras y angus­
tias que padeció el Corazón do sil Divino Hijo en las oasas de los royes, entro
las otras humillaoionoa do bu Pasión, quiere establecer su reino on ol somzón
de nuestro gran Monarca, del cual quiere servirse para la ejecución de sus
deseos ijiie es liacer un templo donde sea colocada la imagen de su solo eo •
razón para rerihir allf la consagración y finito (leí rey y (lo su corte. Además,
este Corazón divino quiere hacerse protector y defensor ds su persona sagra­
da contra todos sus enemigos. Por eso le 1.a escogido como fiel amigo para
hacer aprobar por la Sauta Sedo la Misa y para obteuer los demás privilegios
riue lian de adornar ln devoción del Corazón Sagrado».
«También i|iiicrc reinar en su palacio, ser pintado en las banderas de
Francia y grabado en sus armas para hacerlas victoriosas de todos sus enemi­
gos, rindiendo ú sus pies sus cabezas orgullosos y soberbias y hacerle vence­
dor de todos los enemigos de su Iglesia».
Una, y dos y cuatro veces, repitió el llamamiento el divino Maes­
tro, la Santa Virgen lo comunicó otras tantas a la M. Saumaise,
quien per María de Módena, reina de Inglaterra, y por el regio con­
fesor P. La Chaise, dió su encargo al endiosado Luis X IV . ¿Qué
ocurrió?
Triste enigm a que se esclarece tristemente por los sucesos si­
guientes.
En el afrentoso reinado de Luis XV, la devoción de esta piadosa
devoción es tradición venerada de aquella Corte; las damas, las prin­
cesas angelicales, la victima María Leczinska, reina mártir de las
infidelidades de Versalles, se consagrau al Divino Corazón, llevan su
escapulario, adoran su im agen; mas ¿y el culto público?, ¿y la con­
sagración de la Corte?, ¿y las banderas?, ¿y el ejército?
Ocupado en la guerra contra Austria en la ciudad de Metz, y pe­
ligrosamente enfermo andaba Luis XV, cuando el Señor quiso repe­
tir el encargo frustrado en 1G89, por otra religiosa de Paray, su en­
tonces Superiora, la M. Elena Coing, quien al agradecer reales l i ­
mosnas, reitera eu nombre de la memoria de Margarita María los
designios y las promesas de Jesucristo.
Versalles y sus complacencias con la Enciclopedia, no dejó ¡i
Luis X V tiempo de responder.
Subió al trono de San Luis el «últim o Capeto». La revelación de
1689, que se habla en aquel palacio guardado romo acero en la va i­
na, no impidió á Luis, el nieto de Luis X IV , proclamar en 1789 la li­
bertad absoluta de cultos, cocccdicndo todos los dcrcclios civiles i\
los protestantes y restableciendo así el edicto de Nantes; era arran­
car de las bauderas de Francia lo poco que restaba de la Cruz de
Cristo. ¿Quién habla de pensar en describir en ellas el Sagrado
Corazón?
Pero el Seüor, que, prometiendo, habla amenazado á Francia,
hizo cuatro años después que se cumpliera la profecía de San Pío V.
Las aguas cenagosas de la democracia, de la dem agogia y de la
anarquía, invadieron las Tullerías y todos sabéis lo que pasó.
En la solitaria cárcel del Tem ple, en medio de las horribles tinie­
blas de la noche, al compás de los martillazos que levantan una g u i­
llotina, un hombre que fuó rey, dobla sus rodillas, enclavija sus m a­
nos, alza sus ojos y hace solemne voto de consagrarse él y consagrar
¿ Francia al Corazón de Jesús, de grabarlo en sus banderas....
¡Ah! ¡Nieto de Luis X IV , es muy tarde!
Hoy día, Francia recibe la postrera invitación de los labios de
Pió X, y del>-mos confiar en Dios y esperar, quo ya se acerca la Lora
bienhadada le quien escribió Margarita María:
«El Magra* I» Corazón reinará á pesar de Satanás y de todos los que él sus­
cita pura opoiuMuele».
Véis, pues, la corona de la devoción al Sagrado Corazón de Jesüs
en este rein ó lo que las naciones y los pueblos le niegan.
Vosotros, apóstoles del Corazón de Jesús, en Sevilla, lejos de
negarle estn forana, se la queréis poner como k Rey universal de las
naciones. A * 1mee rio asi, obráis bien y queréis demostrar que no es
completa ln iHvoción al Corazón de Jesucristo, si desde el culto p ri­
vado é im ln iilu a l, desde los escapularios y las novenas, no pasa
al reinadu :ulltico de Jesucristo, que aferradamente le niegau
liberales y modernistas. £1 Corazón de Jesús quiere reinar, ha de
reinar, y «:i pegar de Satanás y de sus instrumentos» reinará en los
individuos \ en las familias y también en los tribunales de justicia,
en Iob santm rios de las leyes, en las banderas d e los ejércitos, en
los designi* - «le los gobernantes, en los pechos de los monarcas.
Oporíet W aw regnare. Conviene y reinará.

A S Í SEA
SERMON OCTAYO

Reformlsmo modernista.

llague, fra tret, Hale t i Urnite Imdiliottcs


qttas didicistin iloe je r sw m m m , eitt pe>•
rp iiío la u l Hotlram.
II T h n a l ?, 14.

Así que, bb., catad D m » y n u n le n d las


tra d ició n » aprcodlilu |.or la predicación »
por cscrlto.
Ep. S i loa Teaal. !, v. 14.

Esta Idea de la reforma de la Iglesia es la que pudiera Humarse


idea madre del modernismo. Mal avenidos con andar en guerra cou
el mundo quieren, ya que no modificar el mundo, modificar la Ig le ­
sia que lo tienen por más fácil.
Entre el siglo moderno con sus conquistas, aspiraciones y usos, y
la Iglesia Católica con aspiraciones teocráticas, intransigentes, me­
dioevales, lmy verdadera oposición. Esperar la modificación del
muudo, del siglo moderno, de la civilización moderna e.-« i|iiijoterin,
es locura, es ensueño, y querer que perdure eternumcurc la oposi­
ción es soberbia, tenacidad y por parte de la Iglesia C'ntólicu -.nliu i't
su vida, instinto suicida. Luego t’l Tínico camino es que se reforme
la Igl3sia.
Al mismo punto se 1lega por otra t í a al parecer ' • i o n l i l i o i . E l
conocimiento de la verdad objetiva y absoluta está vei'udn ni hom­
bre, y la ciencia tiene su palacio en las cumbres del .Sin.-ií, en la
perpetua é infranqueable obscuridad, todavía 110 lia lia d lo, ni na­
cerá el Moisés que allí penetre. Lo único que es rierti», pn:-i|iii! lo
experimentamos, es la necesidad «le una religión y In i?\Utc*iicin
de un sentimiento religioso, fenómeno psicológico, « m í m i c o , fundo
« a l de loa m il y mil impresiones que v¡iu rorniumlo l.i opinión pú­
blica, la conciencia de los iníis, la conciencia ó c o i h h í u i í c i i I u rolcc-
tivo de la muchedumbre. Y al formar esta conciencia ó conocimiento
colectivo ¿cómo impedir que los enunciados de la ciencia contem­
poránea, las conquistas del progreso, los descubrimientos de la his­
toria, los aforismos morulesno dejen en ella su impresión, su huella
la modifiquen? La religión, pues, que no ca sino la forma senti­
mental de la conciencia pública, tiene que modificarse al compás de
la filosofía moderna, de la critica moderna, de la historia muderua,
d é la democracia moderna, de la política moderna, del progreso
moderno. Y ¡ay de la religión que no haga e9to, porque morirá! La
Religión Católica se halla en este caso; ella no es más que una for­
ma del sentimiento religioso; es sí, la forma más estética, más pura,
más ideal, más bienhechora, más dulce, más sublime; pero no es
más que una forma sometida á la ley general y esencial de progre­
so. Si no se somete á esta ley no le valdrá ni su estética, ni su pure­
za, ni su idealidad, ni su humanitarismo, y morirá. ¿Cómo evitarle
la muerte? Tues reformándola.
He aquí, pues, la idea madre del modernismo.
Sus aplicaciones son múltiples y variadas.
Unas se mantienen en los límites filosóficos, otras se extienden á
la naturaleza y evolución del dogma, otras tocan en la Exegética y
explicación de las Escrituras, otras penetran hasta las tradiciones
eclesiásticas y veneración de los Santos y de las Reliquias; y aún co­
brando alientos los sectarios se atreven á asentar sus reales como en
terrenos frugíferos en el campo social predicando democracia, so­
cialismo, y en el campo político predicando indepedeucia de Dios
y derecho nuevo y estatolatria á los poderes públicos.
Teorías gravísimas y absurdísimas que ya quedan refutadas en
los discursos antecedentes. Pero los raodernistaspuestosya en el de­
clive, no se contienen y extienden su reforma á toda la vida de la
Iglesia, y dentro de sus absurdos, lógicamente.
Porque si el dogm a es lo que ellos sueñan, y lo mismo la filosofía
y la exegética y la doctrina católica, debe en primer término refor­
marse la enseñanza del clero en los seminarios, el orden de sus es­
tudios y ocupaciones y después la enseñanza del pueblo en la pre­
dicación, en el catecismo y en la formación doctrinal. Las mismas
historias de Santos y eclesiásticas que completan la enseñanza tam­
bién han de sufrir renovación y reforma.
Si la Iglesia es esencialmente democrática y en ella los conser­
vadores y los progresistas tienen el mismo saludable efecto de equi­
librado progreso que fuerzas semejantes obtienen dentro del Estado
revolucionario, se sigue consiguientemente que todo lo que coarte al
elemento avanzante y todo lo que ejerza autoridad aristocrática es
reformable y reformado necesariamente. Las Sagradas C ongrega­
ciones Romanas del Indice y del Santo Oficio, la jerarquía y gob ier­
no reducido á pocos y en suma á una Cabeza; la separación de ove­
jas y pastores, de sacerdotes y de seglares, las relaciones con pueblo
y gobernantes se han de acomodar á ¡os gustos modernos, se han de
reformar.
Y como, por fin, en las costumbres se refleja el dogma y en la
moral la especulación, también ellas han de sufrir reforma. Róm­
panse los viejos troqueles de la liturgia y admítanse las lenguas
vulgares en ella; democratícese la autoridad y prestigio divino y
eclesiástico perdiendo el culto su esplendor, los templos su santidad,
las funciones religiosas su pompa y magnificencia, los ministros y
prelados aquel justo esplendor que el amor de sus hijos le ha dado;
y al propio tiempo que se quiere encanallar la Religión Católica con
pretexto de demorrania se ensalcen y practiquen tan solo las virtu­
des naturales y humanas, despreciadas la mortificación, la austeri­
dad, la castidad, la humildad y hasta el celibato eclesiástico (1).

(1) PaucH dernuin superaot addendn de modernista ut raforuiator «st. Jam


ca qunc hucueqno loquuti eumns, abunde manifedtant quanto ct quam acri in-
novsndi studio hi homines fernntur. Pertinfit, aníom hor. Rtiulinm nd rea omnino
orones quae apnd catliolicns sunt. Innovan volunt philosophiam in sncris praeser-
tim Seminariis, ita ut amandatn philosophia schol&sticorum ad historiam phi-
losophiae ínter caetera qaae iain obsolevere systemata. adoleacentibus moderna
tradatur philosophia quae una vera nostraeqne petati respondena. Ad theologiam
innovandam volnnt quam nos ratlonalem dicimuB, habere fundamentan! moder­
na xi philosophiam. PoBitiyam vero theologiam ni ti masime poetulant in hiatoria
dogmatum. Historiam qooque scribi et tradi expetunt ad auatn methodum prae-
scriptaque moderna. Dogmata eorundemque evolutionem cum scientia et historia
componenda edicunt. Ad catechesim quod speetnt ea tantum in catecheticis libris
notari postalact dogmata, quae innovata fuerint Bintqae ad vulgi captum. Circa
Sanctorum cultum, minuendas iuquiunt externas religiones prohibendamque ne
crescant. Quamvis equidem allí, qui symbolismo magis fnvent, in bac re indul-
gentiores se praebeaat. ttegimea ecclesiae omni stib respecta reforinaudum cla-
mltant, praecipue tamen aub dieciplinari ac dogmático. Ideo iot.ua foriaqae oam
moderna, ni aiunt, conarientia componendum, qnae tota ad demorratiam vergit
ideo inferiori clero ipsisque laida suae in regimine partes tribuendae et collecta
nimium contractaque in centrum auctoritas dispertienda. Romana consilia sacris
negotiis gerendis immutari pariter rolunt; in prirais autem tum qnod a Sancto
Offieio tnm quod ab Indice appellatar. Item ecclesiastici regiminis actionem in
re politica el sociali varían jam oontendunt, ut eimul a civilibus ordinalionibim
exulet, cisdctn tamen ee aptet ot suo illas spiritu irabuat, In re morum, illad
aaciscunt americanistarum scitum, activas virtutea passivis aatepoui oportere,
He aquí delineada la materia de vuestra atención.
Imploremos las bendiciones del cielo, etc.

A ve M a r í a .

Acabamos de oir en el exordio las palabras del Sumo Pontífice


que denuncia y condena la tendencia reformista de los novadores;
dejemos que ellos mismos nos declaren de igual modo su pensa­
miento.
Gay en la literatura modernista un fragmento que nos lo dice
todo; son las palabras de Benedetto al Papa en E l Sanio de Fo-
gazzaro.
«Santísimo Padre, la Iglesia está enferma. Cuatro espíritus malignos lian
entrado en ella para guerrear contra el Espíritu Siuito. E l primero es espíritu
'le mentira. El espíritu de mentira se transfigura en ángel de luz, y son mu­
chos los pastare.', muchos los doctores de la Iglesia, muchos los fióles buenos
y piadosos que escuchan devotamente esto espíritu de mentira creyendo es­
cuchar un ángel... Adoradores de la letra, pretenden constreñir á los ai luí toe á
un alimento do niílos quo los adultos rechazan; no comprenden quo si Dios es
infinito «'• inmutable, el hombre so va haciendo de É l una idea que se agranda
¡le siglo en siglo y que para úl es lo mismo con relación ú la "Verdad divina.
Estos son causa do una perversión funesta de la Fe, que corrompo toda la vida
religiosa; porque el cristiano que, haciéndose violencia, se aviene ú aceptar lo
quo ellos aceptan y á rechazar lo que ellos recliazan, creo haber hecho todo lo
que d ele para el servicio de Dios, y no lia hecho nada; ha lieolio menos que
nada, puesto que le falta vivir la fe en la palabra de Cristo, en la doctrina do
Cristo, vivir el fíat voluntas tua, quo es el todo. Santísimo Padre, pocos cris­
tianos salten lioy que la religión no es principalmente una adhesión de la in­
teligencia á ciertas fórmulas de verdad, sino que es sobro todo acción y vida,
según la verdad, y que ú la fe sincera no responden sólo deberes religiosos ne­
gativos y obligaciones con ln autoridad eclesiástica. Y los quo saben esto, los
■pie no dividen en su corazón la verdad..., son ásperamente combatidos, son
difamados como herejes, son constreñidos á callar, y todo por obra del espíritu
de mentira, quo desde siglos ya, trabaja por orear en la Iglesia una tradición
ilc error, jior la qne aquellos que sirven á esc espíritu creen servir á Dios
■■fimo lo creían los primeros perseguidores de los cristianos... Ilny muchos,
muy muchos coinzones do sacerdotes y de soglaios que pertenecen al Espíri­
tu Sautn; el espírilii de mculirn un ha podido pendrar eu ellos, aún Uijo ajm-

atqne illas prnc istia exerc’ tatione promover). Clernm sic comparntnm petunt ut
vetercm re'era t dcuiissloneni atrnil et panpertaiein, cogttatione lnsuper e t facto
cuín inoilern¡s:>ii pracceptia consciitint. Sunt ilcrr.uic qui magiatria protestan-
tibiiK dicto lulicntissime muliences, Mcrum ipsnm in sacerdotio coelibatum en-
blntmn ilnsidcrent. (Ene. Pascendi.J
riendas ele un ángel. Decid una palabra, Padre Santo, haced un gesto qne rc-
aoirae á esos corazones rendidos á la Santa Sede del Pontífice Romano... No
dejóis que el Snnto Oficio 6 ol Indica contienen por alguna osadía excesiva «i
hombres que son ornamento de la Iglesia, qne tienen La inteligencia llena de
verdad y el corazón lleno de Cristo, qne luchan por la defensa déla fe católi­
ca. Y ya que Vuestra Santidad lia dicho que Dios revela sus verdades en el
secreto del alma, no permitáis multiplicarse las devociones exteriores, ya su­
ficientemente numerosas, recomendad á los pastores la práctica y la enseüanza
de la oración interior...»
«Si el clero enseña al pueblo la oración interior, no menos saludable al
alma que ciertas supersticiones le son corruptoras, perderá mucho el seguido
espíritu maligno qne infesta la Iglesia transfigurado en ángel Ge lnz; el espí­
ritu de dominación que se lia apoderado del clero. Los sacerdotes dominados
de este deseo de dominar, no aprobarán el que las almas se comuniquen nor­
mal y directamente con Dios para pedirle consejo y dirección... Sino que ellos
quieren dirigirlas por sí mismos, como mediadores entre Dios y ellas, y estas
almas así dirigidas se hacen blandas, tímidas y serviles. Puede ser que halle­
mos pocas almas de éstas, los peores efectos del espíritu de dominación son
otros: lia acabado con la antigua y santa libertad católica, quiere liacer de la
obediencia, aun cnando 110 es debida, segiín la ley, la primera de las virtu­
des; querrían imponer humillaciones no obligatorias, retractaciones contrarias
íi la conciencia; desde que unos cuantos se asocian para algo lmeuo se toma
el mando de ellos, y si no se sujetan se les niega todo favor. Atm más; se in­
tenta sacar la autoridad religiosa fuera del dominio religioso. La Italia, Santo
Padre, sabe algo de esto... Acaso, acaso Su Santidad tenga también pruebas
de esto, porque ose espíritu de dominación quorrá ojeroerse sobro cdla. Do ce­
dáis, Padre Santo, á Vuestra Santidad es á qnien toca ol gobierno de la Igle­
sia, no permitáis qne otros os gobiernen, no sufráis que vuestro poder sea co­
mo un guante para cubrir las manos invisibles de otros. Tened consejeros
públicos, y esos sean los Obispos reunidos con frecuencia en Concilios nacio­
nales; liaced que el pueblo tome parte en la elección des los Obispos y escoged
hombres amados y respetados de su pueblo; que los Obispos se mezclen con
el pueblo, no sólo para pasar bajo arcos de triunfo y hacerse saludar al repi­
que de las campanas, sino para conocer las muchedumbres y ediíicarias á
ejemplo de Cristo y no estén encerrados en sus palacios como príncipes orien­
tales, según lo hacen muchos de ellos. Dejadles Vos también toda la autori­
dad compatible con la de Pedro...
>... El tercer espíritu maligno que corrompe la Iglesia, no se transfigura
eu ángel de luz... sino que se contenta con revestir apariencias de honradez
vulgar. Es el espíritu de avaricia. El Vicario de Cristo vive, ya lo sé, en este
palacio, como vivió en su obispado con corazón pobre; muchos venerables Pas­
tores viven en la Iglesia con semejante ánimo; pero el espíritu de pobreza no
es bastante enseñado como Cristo lo ensenó, les labios de los ministros de
Cristo son con frecuencia muy complacientes con los ambiciosos do riquezas...
Santísimo Padre, atraed al clero í mejur actitud pura con aquellos, ricos újw-
1iifts, ijtie ávidamente ansian loa bienes de este mímelo, acordadles la caridad
que amonesta, que amenaza, que castiga ¡Ah, Padre Santo!... £1 Espíritu
me fuerza á decir algo más. lío será obra de un ¿lía. pero ee preciso preparar
i'l día y nc dejar ese cuidado á los enemigos de Dios y de sil Iglesia; es pre­
ciso preparar el día en qne los sacerdotes de Cristo den ejemplos de pobreza
efectiva, vivan pobres por obligación y tomen por regla aquellas palabras de
Jesús ¡i sus setenta y dos. Entonces ol Señor rodeará á los últimos de entre
ellos, de un honor y de una reverencia tales cuales no las hay hoy en el cora­
zón del pueblo hacia los Príncipes de la Iglesin. Serán pocos, pero luz del
mundo. ¿Lo son hoy día? Algunos, sí; otros, la mayor parte, ni son luz ni
tiuieblas...»
«... E l cuarto espíritu maligno es el Espíritu de inmovilidad, que también
se transfigura en ángel de luz. Los católicos, eclesiásticos y seglares, domina­
dos por este espíritu de inmovilidad creen agradar ii Dios como aquellos ju­
díos colusos de 1» L e y míe hicieron crucificar á Jesús. Todos los clericales,
Santísimo Padre, y hasta los hombres religiosos que lmy eu la actualidad y
-son opuestos al catolicismo progresista, hubieran crucificado ¡1 Jesús de buena
fe en nombro de Moisés. Son idólatras de lo pacido, querrían que todo fucae
inmutable en la Iglesia, basta las fórmulas del lenguaje pontificio, basta los
/Uibclli quo tanto repugnan al corazón sacerdotal de Vuestra Santidad, hasta
las estúpidas tradiciones quo proliiben á un Cardenal salir á pie y quo liarían
considerar escandaloso que visitass á los pobres en í u r propias cosas. Espíritu
de inmovilidad quo queriendo conservar lo imposible, atrae sobre nosotros las
luirlas de los incrédulos. ¡Gran pecado ante Dios! (1).

He aquí el programa general de la reforma; examinémoslo por


partes.

Reforma en la formación intelectual.

Es el primer puntu que nos ofrecen los modernistas y de que


tratan.
En efecto, la fe cristiana es una enseñanza que nos hace el único
y verdadero Maestro, que es Jesucristo, y que dejó en su Iglesia per­
petuada como oficio propio de ella: (lócete omnes gentes, enseñad &
todos. Abarcan estas enseñanzas todas las relaciones de los hombres
cou Dios, ya como autor de la naturaleza, ya como autor de la g ra -
cia; coa los dem ás hom bres, sean superiores, igu a les ó in feriores,
estén ó no reunidos en sociedades naturales ó arbitrarias, perfectas
<j im perfectas, y consigo m ism o en su alm a con todas sus potencias
v cu su cuerpo con todos sus sentidos. No escapan A estas enseñan­
zas ni la revelación hecha por Dios, ni los deberes para con las au­
toridades legítim as, ni las obligacion es de ésta, ni los lazos de la
fa m ilia , n i las Dianifestaciones del culto, ni la cultura de nuestro
entendim iento, n i los afectos de nuestra volu ntad; todo, absoluta­
m ente todo, está regu lado p or estas enseñanzas, cuya depositaría es
2a Ig le s ia Católica.
A hora bien; h ay una ciencia que atesora todas estas enseñanzas,
que las ordena cien tíficam en te, que las razona y com prueba, que
las aplica y deduce de ellas las consecuencias. Esta cien cia se llam a
T eo lo g ía , c sea cien cia de Dioe, que en e u sentido m &6 lato a b ra ­
za, ó como ciencias subordinadas ó .como ram as del árbol cor­
pu lento, la ciencia de la revelación escrita, que es la E x egética ó
estudio de las divin as Escrituras, la cien cia del go b iern o eclesiás­
tico, (i sea el Derecho Pon tificio ó de la Ig le s ia , y la cien cia auxiliar,
pero provechosa, de la H istoria Eclesiástica, donde se v e en acción
esa v id a de la Ig lesia . Separada la T e o lo g ía de estas otras ciencias
se divide eu T eo lo gía especulativa, que estu díalos dogm as y las v e r ­
dades en sí mismas, y T e o lo g ía m oral ó práctica que los aplica á las
regla s y casos de la vida.
Sólo con esta natural y sen cilla explicación habéis com prendido
perfectísim am en te que si el bien com ún y la razón natural ex igen
que haya en una sociedad bien ordenada, m édicos que atiendan con
preferencia al conocim iento del organism o, de sus enferm edades y
de sus rem edios; abogados qu e dediquen sus esfuerzos á la com ­
prensión del derecho v ig en te, de sus aplicaciones y modo de re iv in ­
dicarlo; m ilitares á quien sea una obligación el conocim iento téc­
nico y el práctico de la defensa arm ada de los derechos de la nación,
y á este tenor innu m erables m ás ocupaciones, profesiones y oficios
que se necesitan para el pro y u tilidad común de los hombres; ta m ­
bién es m enester que sin gu la rm en te los m inistros de Dios y de su
Ig le s ia sean los tesoreros de esa cien cia sagrada que sirve á los fieles
para d irig ir sus pasos: de los labios de los sacerdotes requerirá el pue­
blo la ciencia, está escrito con gran razón y así debe de ser.
Y ¿qué ciencia?'N o ciertam ente una cien cia profana, que es eu
él un adorno; como eu e l m ilita r se tolera que no sepa la poesía y
se busca de él lo propio de su estado, asi en el sacerdote se tolera
por las personas sensatas '.a ausencia de profundos conocim ientos
profanos, pero es & los ojos de Dios, de su Ig le s ia y de los fieles in to ­
lerable la ign o ra n cia de las cienci&B sagradas.
Cierto eatas ciencias deben acom odarse á las necesidades del siglo,
utas no para olvidarlas, sino para afirm arlas más y más. Los erro­
res actuales nos deben servir para extirparlos con nuestras ciencias
sagradas: como sirvió ó, San Atan asió el arrianism o, y á San A g u s ­
tín el pelagian ism o, y á San G rego rio V II y B on ifacio V I I I las a m ­
b icion es del Im p erio, y á Pío IX las fierezas de la revolu cióu desca­
rada y los ardides del catolicism o liberal. H oy día nuestra lucha es
con el m odernism o en toda su extensión, y con el m odernism o se­
g ú n la form a que tom a en la nación y A u d i t o r i o que nos escucha; e l
m odernism o ex egético, en A lem a n ia é In gla terra ; social y m oral y
político, en Francia, Ita lia y España, sin h u ir de la arena cuando
cualquier otro en em igo se nos presente. En este sentido está m u y
bieu que el clero se form e en ciencias sagradas, estudiándolo lodo,
m as con preferencia las cuestiones que el adversario nos n iega .
Éste es el espíritu de la Ig le s ia desde P ío IX fi Pío X , y esto es
lo qu e pretendió León X I I I con la restauración de la filosofía c r is ­
tiana y de los estudios bíblicos; mas d o es lo que pretenden los m o ­
dernistas, com o les reprende elocuentem ente e l abate M aign en por
estas palabras:

«L o característico ¿leí nuevo y joven clero, es ciertamente la alianza de la


Iglesia y del siglo quo sintetiza eu su persona; e¡> también el predominio de la
palabra sobre la idea, de la sonoridad Tacía de las fórmulas que cubren lo
huero y nulo de les pensamientos. L o característico del nuevo clero es la
ignorancia de lo que lia sacerdote debe saber y la pretensión de comprender
lo que nn sacerdote puedo y algunos roces debo ignorar; c¡ nuevo clero
quiere mostrarse superior 5. los seglares, no sólo en su esfera y on su atmósfe­
ra, sino en la de ellos, lo cual ni es según las tradiciones de la Iglesia, ni si­
quiera el buen sentido.
»A pesar de su entusiasmo por la ciencia, el «elevo nuevo» desdeña las
viejas e.ieneias que se llaman eclesiásticas, y eso lo hacen cuando sacerdotes
y hasta muchos legos las estudian con afán. Menos cuidadoso de aprender que
de enseñar, se diría que el nuevo clero no aspira sino il medrar y á respirar
siguiendo la corriente del siglo.
»Se nos liabla de su obediencia á la Santa Sede... ¿Acaso por obedecer á
la Encíclica Acterni Paíris, que recomienda el estudio de Santo Tomás de
Aquino y el método escolástico, los jóvenes del clero se han lanzado al kantis­
mo y cartesianismo?
»;P o r obedecer i la Encíclica Providentissimns sobre la inspiración délas
divinos Letras los jóvenes del clero han ciado hasta más allá ele los límites co-
nocido; de la critica aleinaDa y algunos de ellos quieren tomarse más liberta­
des con el texto sagrado que lns mismos protestantes?
»¿Por obedecer íi los decretos de la Santa Sede sobre la predicación hay
jóvenes predicadores que se engalanan con los oropeles de tina retórica deca­
dente ó transforman la cátedra sagrada eu tribuna de arengas en que el nom­
bre de Jesucristo no se pronuncia ni una vez?» ( 1 ).

H em os nom brado la predicación y es consecuente.


L a predicación es al pueblo fiel lo que e l estudio teológico al
sacerdote; si el sacerdote lia estudiado a gricu ltu ra, in glés, ciencias
naturales, a siriología, novelas, periodística, etc., y no ha estudiado
T e o lo g ía y ciencias sagradas, ¿qué enseñará en sus sermonea? A.caso
como los párrocos austríacos en los aciagos días del Emperador-sa­
cristán enseüarán e l modo de preparar los abonos ó de sacar una
cosecha lucida de rem olacha, ó hablarán del cosmos y de las nebu­
losas, ó del su fragio universal y de las m aravillas de la dem ocracia;
pero no refutarán errores, ni arrancarán preocupaciones, ni en se­
ñarán la fe y doctrina cristiana, ni corregirán las costumbres cada
vez más depravadas.
Y eso qu e e l predicador es la sal de la tierra para que con las ten ­
taciones no se corrom pa, la luz del mundo para alum brar los ca m i­
nos y señ alar los precipicios y descubrir com o faro e l único puerto
segu ro adonde se d irijan los n áu fragos de la vida; y eso que el p re­
dicador es atalaya de Israel para avisar de los peligros, bajo pena
de ser él responsable de toda m uerte si por sueüo, cobardía ú petu­
lancia no clam a y vocea para que ei pecador abandone su cam ino
■de perdición; y eso qu e e l predicador es e l sucesor da los Profetas
de la A n tig u a L ey , puesto por Dios para arrancar errores, destruir
resistencias á la verdad, arru in ar soberbias que se alcen coutra Dios
y para plantar verdades en los en tendim ien tos y am or de Dios eu
e l corazón, para edificar el tem plo de Dics que es la Ig le s ia .Santa,
para form ar y en gen drar en la fe y en 1h virtu d cristiana los hijos
<lel E va n gelio .
Gran idea del predicador quo nos dan los libros sagrados, y quu
es diam etralm en te opuesta á la que nos dan los púlpitos m odern is­
tas ó m odernizados.
E l eje y centro de estas predicaciones es 110 desagradar al audito­
rio, s in o ¡m írlen les anribus, adulando sus oídos, consegu ir su aplau­
so. Si hablan ante un pú blico m undano y esclavo de su carne le dirá
con el P. Sem erla en Ita lia , que el cuerpo es obra prim a y prim orosa
de Dios y que no se debe destruir con la dem oledora piqu eta de la
m ortificación; y si se sospecha qu e h a y en el auditorio defensores
de la unidad italiana, se podrá como otros oradores italian os hablar
en tesis de unidad é in depen den cia de la p atria, prescin dien do de
hechos que acarreen sospechas sobre la casa de Sahova; y si no,
ahí está siem pre el tem a del socialism o y a anatem atizándolo en sus
horrores anarquistas, y a exclam ando que «e n m edio de la revu elta
de las ideas se van preparando nuevas form as que harán felices ¡t
los pu eblos», y a se lleg a rá á decir «q u e la R evolu ción francesu, sal­
vo algu n os in con ven ien tes, ha sido un gra n b ien ».
Mas, ¿para qué m u ltip lica r ejem plos que el P. Zocchi en la
C ivilth y en Opúsculo aparte sobre la predicación y Cavallanti y
otros nos dan y que Ja ex p erien cia nos ofrece? Lo que se busca es
que según la frase de E zequ iel, se citen al serm ón como á una dan­
za y una feria y se escuche al predicador com o un núm ero del p ro ­
gra m a de las fiestas, com o un cantante, un aetnr, ó 1111 diestro. Poi-
ahl v a la corriente aún de los auditorios piadosos; la elocu encia m o ­
derna por no perder esos auditorios qu ieren agradarlos.
Cuadran perfectam ente á la predicacióu m odernista estas censu­
ras más ge n era les qu e hace e l P. B arbieri:

«Un catolicismo que pura el conocimiento de Dios refuta los argumentos


de loa Doctores de la Iglesia por seguir ú Iíant, quo so arrastra por d polvo
oonfundiondo lo sobrenatural con lo nntm-al, que atribuyo ú disposiciones na­
turales de la voluntad ol acto sobrenatural de la fe, qne hace íi la naturaloza
buena testaferro de la divinidad, que como fiu del cristianismo pone el desen­
volvimiento completo de lo que es puramente humano, que parece dudar do
si los pueblos son cultos porque son cristianos 6 cristianos porque son cultos,
que niega á la sociedad cristiana el derecho de defensa propia, que confunde
la divinidad del cristianismo con la índole del alma semítica, que exagera el
influjo que en ]a propagación del cristianismo podrían tener t&mbiún los acon­
tecimientos d é la historia; una religión católica así concebida y enseñada es
propiamente la que se quería para atraer oves et boves en ciertas fiestas, en
ciertos altares y en ciertos púlpitos; porque á la postre en estos casos se va ¡i
la iglesia para oir qne la don ¡i uno razón, para tener la confirmación de los
propios prejuicios, para obtener el permiso de continuar como antes, para po-
ncr agua bendita sobro el liberalismo <juo so profesa, sóbrela vida púco correc­
ta y sin prácticas religiosas, para mofarse, en eninn, de los demás y do si
propio-» (1).

L o que se dice del pú lpito y de la enseñanza se a p lica , natural­


m ente, á todos los ram os de instrucción y de saber. El Catecismo es
entre las cristianos el p rim er libro que debe conten er la suma de
nuestra educación re ligio sa y el fundam ento .sólido de ella. E n hora­
buena, que con discreción y tino se a g reg u en á él ó pregu n tas ó e x ­
plicaciones necesarias contra los errores míis vulgarizarlos en nues­
tros dias, como ben em éritam en te ha hecho en España el Padre A r­
cos, de nuestra Com pañía; pero los m odernistas no se contctitan
con eso, sino qu e hablan con desprecio de las enseñanzas funda­
m entales, dan por nulas otras qu e responden perfectam ente á las
ju stas exigen cia s de la época actual, desfiguran la realidad y todo
para in trod u cir en el p rim er lib ro de la n iñ ez ideas abstrusas, cu an­
do no peligrosas.
T a l es el deseo form ulado por N au det en la sig u ien te cita :
«Abranse nuestros catecismos; allí so habla con admirable precisión iU>
deberes individuales, ¿se conoce uno siquiera que hable en un solo capítulo 'lo
deberes sociales? Allí se explica con gran lujo de detalles las diversas clnsos
de gracia, cómo se distingue la oración mental de la vocal, la diferencia quo
liay de un cismático ¡1 un hereje, entre un apóstata y un excomulgado; todo lo
cual está, bien, y de ello no nos quejamos. Pero en cuál de ellos se hallará 1111
capítulo bien detallado sobre los deberes del patrón para con sus oluoros, sobre
las responsabilidades morales de un maestro, de un dueño, de un amo para
con el alma de los que de 61 dependen? ¿Dónde la noción cristiana de la pro­
piedad y del buen uso (le los bienes, noción que es ciertamente otra cosa que
el precepto de la limosna y la virtud de la caridad?» (2).
Esta enseñanza se perpetúa y dilata en el catolicism o por m edio
de las tradiciones piadosas, de las historias y vidas de los Santos y
de las historias eclesiásticas, en todo lo cual h alla el m odernism o
de qué censurar y de qué hacer irrisión. Censuras y burlas dignas

(1) A travéi de los escritos del P . Semerla, p. 208. —(2) Mauvaúes méthodeg.—
J¡atice Sociale, 24 Noviembre 1908.
de reprobación más por la form a y el espíritu vo lteria n o que las
anim a que no por la razón objetiva.
V erd a d es, pero verdad dolorosa para corazones bien nacidos,
que reyes cristianos, Prelados y aftn Pontífices Rom anos han des­
lustrado con sus costumbres su a ltísim a d ign id a d ; mas en p rim er
lu gar, ¿qué u tilidad saca y reporta Cam de burlarse y p ro p a la rla s
desnudeces de su padre Noé? Eu segundo lu ga r, si es razón h istóri­
ca d ig n a de atención e l que se h a lle a lgú n pecado su ficientem ente
convencido por pruebas notorias,¿no es tam bién una razón histórica
atendible la sign ificación grandiosa de aquél personaje qu e fu é un
R ey, un Em perador, un Prín cip e cristiano, un Papa y eu cu ya hoja
de servicios el resplandor h eroico ocu lta el borrón de pequeñas
acciones individu ales? Si va le esto en la historia profana donde ni
la deform idad ó herm osura, n i la irascibilidad ó m ansedum bre ni
tan siqu iera los pecados fam iliares borran el resplandor de la sabi­
duría de Platón, de la elocuencia de Dem ósteues, de la facundia de
Cicérón, de lag'rau d eza de César, de la rectitud de Trajan o, e tc é te ­
ra, ¿cómo podrán obscurecer lunares de vid a privada los hechos
pontificales y católicos, las em presas de celo y de cristiandad, los
arrojos caballerosos y gu erreros de Clodoveo, C arlom agn o, Alfonso
el Católico, Carlos V , D. Juan de Austria y de in finitos héroes c ris ­
tianos, los de León X , G rego rio X III, Pío V I, Pío V II y de tantísim os y
tan gloriosos Pontífices de la Iglesia? L ey histórica y le y histórica
respetable es e l conjunto, la síntesis real y o b jetiva y no debe el
historiador de tal modo em belesarse tras los detalles que esta sínte­
sis deje de d ir ig ir su pin cel; er. otro caso se expone í\ sacar 110 r e ­
trato, mas caricatura.
Las tradiciones piadosas históricas, lns vidas de los Santos uo
tienen entre los católicos sino va lo r puram ente hum auo; pero va lo r
al que está a liga d o el am or de los pueblos y la veneración debida fi
las virtu des cristianas. Por am or ¡i esto y á la protección d ivin a que
los pueblos experim entan en sus Santuarios, im ágen es m ilagrosas
y Santos predilectos, se han de respetar los hechos históricos eu que
se fundan. Y cuando sea preciso estudiarlos, discutirlos ú retocar­
los hágase de m an era que ni los grandes intereses de la fe y la
piedad p a d ezca n , ni sufran detrim ento los pequeños y los sencillos.
¡Gran sabiduría de tal m anera atender k los fueros de la verd a d liu-
ninua que no padezca por n in gú n cabo la verdad y la m oral d ivin a !
Y gran prudencia de tal modo rendirse á las exquisiteces de la critica
que no se. defrauden las ju sta sex igen cia s del sen cillopu eblocristiau o.
II

Reforma en la disciplina.

Los principales tiros de los m odernistas van contra las C o u gre-


gaciou es rom anas y señaladam ente contra las del In d ice y del San­
to Oficio. D iríase que la m ala conciencia les hace odiar ií sus ju eces
naturales; v is a u te u , se les puede d ec ir con San Pablo, non timere
potes(aiem? ¿quieres no tem er á la autoridad? B o m m f a c e i habebis
lavdem ex illa ( 1 ): obra bien y ella te alabará.
Pero los m odernistas la tem en, la in ju rian y qu ieren d eb ilita rsu
fuerza.
Bastará para ello un solo ejemplo:
«¿Por qué, pues, escandalizarse ú inquietarse por los abusos do la autori­
dad de que los eclesiásticos soo los Añicos responsables? A l procurar la Ig le­
sia conservar dentro de sus límites muy estrechos y bien determinados la
prerrogativa de la infalibilidad obró con divina sabiduría, reconociendo loque
debe á la humanidad débil ú ignorante. Si algunas Congregaciones romanas,
olvidadas le que la autoridad de la Iglesia es más un servicio que un ejercicio
de tiranía violentan los derechos do la w j [ i - i e n e ¡ ; i ] mínima, diiu prueba un eso
de nna ligereza de espíritu y de 1111 desconocimiento de sus tiempos del que
ellas solas responderán ante Dios...»
«S i estos males quo deploramos nos parecen fundados en justicia, debe­
mos. pues, bajo pena de desobedecer á nuestra conciencia, poner « servioio di-
nuestras roolamaciones todn la fuerza de nuestra alma. Por eso no dudamos
en pedir, aun coa respetuosa energía, una. refundición completa de una insti­
tución tan arcaica como la Sagrada Congi-egaeinn del Indice, para no citar sinu
un ejemplo. Institución que desccnoce el valor de la persona moral, hasta el
extremo de condenar un autor sin advertirle y sin ai ríe, no os indiscutible. Y
no sólo condena la Sagrada Congregación del Indice sin avisar y sin oir, sino
que 110 motiva nunca su condenación. Xo dudamos en afirmar que los tales
principios repugnan á nuestra delicadeza morid. Y ailadamos tam'iién ein­
ciertas decisiones del Indice, lejos «pie hacer luz en las almas, pueden i-mi
frecuencia llevar íi ellas la turbación y el desaliento» (2).
A b uno... cuines. Todos tienen igu a l leug-unje, que se reduce ú los
tópicos d el progreso de las ideas, de la d ig n id a d hum ana, del des­
aliento infundido en los pensadores, de la igu u rau cia patrocinada
por Roma, de la esterilidad de los anatemas, de la sindicación de una
camarilla reaccionaria, de loa jesuítas y el Cardenal V ives, y otros A
este tenor.
Todo es luchar contra la autoridad y contra la antoridad ecle­
siástica ejercida con las mayores garantías de acierto. Grande y pa­
tente contradicción la de los modernistas. Ellos, en todas las nacio­
nes, se hacen eco de la adulación gubernamental y alaban ó discul­
pan y exigen que se sometan los católicos al estado de usurpación
de Italia, á las leyes de persecución de Francia, al artículo 11 de la
Constitución de España, etc.; ellos, en todo el orden civil y m ilitar
aceptan y aplauden, y en esto, no sin razón, los métodos rápidos, la
acción de los tribunales, etc.; sólo tienen reparos, objeciones y pro­
testas contra la acción eclesiástica ejercida por las Santas Congrega­
ciones.
Son éstas verdaderos cuerpos jurídicos, por los que ya en unos,
ya en otros ramos se ejerce la autoridad pastoral, judicial y legis­
lativa de la Iglesia. Tribunales subordinados al Sumo Pontífice, son
la autoridad primera delegada con relación á toda la Iglesia.
Los decretos doctrinales de las Sagradas Congregaciones de la In ­
quisición y del Indice, no son ciertamente infalibles, por ser la infa-
libidad prerrogativa que no se ejerce por delegación, y que el Papa
no puede comunicar á nadie; pero sin ser infalibles, son de grandí­
sima autoridad en toda la Iglesia, y no Be puede sin temeridad ni
pecado negar ó despreciar. Cuando estos decretos, como lo ha sido
el Decreto lamentaM H condenatorio del modernismo, son de modo
especial confirmado por la Sede Apostólica, gozan desde entonces de
infalibilidad.
Los mismos decretos disciplinares de las Sagradas Congregaciones
romanas tienen toda la autoridad que el tenor de la letra, su natu­
raleza y la intención de los venerables jueces nos indiquen; pero
siempre son respetabilísimos á todos, obligatorios á aquellos sobre
quien principalmente recae la sentencia jurídica y sirven, en g e n e ­
ral, de dirección y norma en casos semejantes (1).
Son, pues, aquellas Sagradas Congregaciones, tribunales pontifi­
cios de autoridad humana, que en sociedades perfectas es necesa­
ria, para defensa de la fe y de la disciplina eclesiástica.
Pero bien se descubre en todo el odio modernista á la Iglesia,
como sociedad perfecta y organizada. Si tratan de historia, lo que
quieren, en suma, es rebajar y deshacer los efectos sociales y poli-
ticos de la civilización cristiana y creen conseguirla cacareando, con
pretexto de imparcialidad, los pecados de los Principes católicos, la
relajación medioeval del clero, los delitos de los Obispos, las ambi­
ciones y pecados de los Papas; si se habla del ejercicio du la autori­
dad, se achicar&n las Congregaciones y tribunales eclesiásticos, se
difam ará su acción, se calumniarán sus sistemas de enjuiciar, se
deprimirán sus decisiones, porque asi piensan destruir los organis­
mos jurídicos, necesarios y naturales en una sociedad perfecta; si de
tradiciones se dice, se esforzarán por mofarlas una por una: ésta por
lo inverosím il, la otra por lo infundada, aquélla porque no hay do­
cumento escrito en su pro, esotra por lo que tiene en coutra; en una
palabra, quieren quitar ¿ la gran sociedad cristiana sus vínculos de
amor, que eon las tradiciones de fam ilia.
Por eso al hablar de este puuto, de que ahora diremos, hablamos
del eje de toda la reforma disciplinar. La Iglesia, dicen, debe perder
la ambición.
¿Qué ambición? Primero, la de dominar las almas:

«¿Qiió ofioio atribuimos nosotros, los clérigos, á los legos en la Iglesia? No


sólo &los ignorantes, ú los incapaces, sino ¿ loa filósofos, ú los sabios, ú los
genios, ¿qnó oficio? Escucharnos, aceptar ein cxaiucn nuestra teología y nues­
tra dirección. El Arzobispo do Milán, on carta i-eproducida en cien partes, le
recordó hace poon ;í Fogazzaro y á otros directores y escritores dol Iliuora-
mento, y desde los Cardenales liastn el más modesto Obispo ú siruplo cura nin­
guno deja pasar la ocasión de recordar il los fieles que en lo concorniecto ú
rienda religiosa y á disciplina eclesiástica deben someterse ¡i la Iglesia y .1 !
ulero» (1).

Como ya se ve, en esto ¿qué hay de injusto? SI los médicos ju z­


gan de medicina, y los abogados de leyes, y los soldados tienen fue­
ro, ¿por qué la Iglesia ha de ser de peor condición que cualquier or­
ganismo menos perfecto que ella?
La segunda ambición, la de dominar en los pueblos.
Un sacerdote católico lo escribió en la Norlk American Jtevieir, y
una revista francesa, con aprobación y deleite, copiaba y comentaba
un articulo acerca de los tres años y medio primeros del Pontiñcado
de Pió X, donde entre otras impiedades se leiH:
< E1 Paja actual es hombre (le cuya sencillez y pureza de intención no se
puedo dudar... Cuando anunció en sus primeras palabras que su empresa sería;
instaurare om iirt in Christo, renovarlo tocio en Cristo, esperábamos ver en b1
gobierno pontificio un espíritu de moderación y desprendimiento cual no ha­
bía visto el mundo desde los días de Gregorio 1 6 León L Desde hace tiempo
los católicos que piensan, están cansados de Pontífices, grandes diplomáticos,
grandes edificadores ó grandes teólogos- Todos mirábamos cómo el Cardenal
Sarto. hecho Papa, cumpliría sus promesas. ¿Se arrancaría él de las abomina­
bles tradiciones que han deshonrado la Santa Sede y le lian alejado las nacio­
nes más progresivas del mundo? ¿Pondría fin á treinta años de anatemas que
han pasado sobre el reino de Italia, y cuyo resultado ha sido la apostnsía de
hecho de la península italiana, mientras ^uc el mundo se asombra de que el
delegado de Cristo en la tierra pueda preferir á. la salud de las almas el poder
temporal...? ¿Disminuirá el poder injusto de los italianos en el gobierno de la
Iglesia y se daría participación A los otros países r¿ne soportan con impacien­
cia ser llevados con litigo y espuela por una facción de extranjeros igno­
rantes?...» ,
cPío X tiene que resolver dos linajes de problemas con preferencia, el uno
político eclesiástico y el otro intelectual. A l tratar del primero la obra gigan­
tesca de los tradiciones papales amontonadas durante siglos con sns miras aci­
culares. su fiereza autocrátioa, eu tenacidad férrea, y sv.s pretcnsiones teo­
cráticas so lian impuesto á espíritu como una cosa sancionada por el cielo,
como un inviolable monumento de dogmas en el que sería sacrilegio poner
mano irreverente. Si se pudo en otro tiempo pasar sin escrúpulo desde la me­
ditación rio las Tiionaventiirnuzíis al ospcctíic.nln de una autocracia, ¿por quéuo
podrá un Obispo piadoso, al ascender al solio pontifical, tomar como dogmas
las tradiciones de ese trono, tradiciones temporales, protocolarias y tiránicas y
llegar á ser tan déspota como un Julio I I I ó un Pío V?...» (1).

Deseos mal reprimidos de aniquilar los derechos y prestigios de


la Iglesia, como sociedad perfecta que se muestran además en las
otras reformas modernistas: aborrecimiento á las ceremonias au­
gustas que rodean al Vicario de Dios al presentarse en público, d e­
seo de que los pastores de la Iglesia vuelvan por obligación á la
antigua ,y prim itiva pobreza del tiempo de Ins persecuciones; des­
precio de la augusta pompa de las ceremonias eclesiásticas, repro­
bación de la liturgia sagrada en su lengua, sus ritos y en toda la
m agnificencia del culto externo; los modernistas odian en la Iglesia
su Madre cuanto la fe tradicional depositó á sus pies como ornato y
gala, y como hijos ruines quieren discutirle á su Madre toda la glo -
ría y esplendor que posee: ellos que al Estado y al siglo quieren dar
cuanto el Estado y el siglo desean, niegan á la Iglesia lo que no sea
indispensable para su vida.
Dastará aducir algún testimonio acerca de la liturgia. La Justice
Sociale nos los dará, abundantes, quien en artículos que film aba «un
feligrés observador» ó el conocido abate Boeglin, hablaba de litur­
g ia sagrada con el desprecio de un protestante. «Mascarada relig io­
sa semejante á una comedia en lengua in in teligible», ostentación
de «gestos, monerías, pantomimas, supersticiones y sortilegios»,
fórmulas de otros tiempos que necesitan absolutamente cambiarse
porque «¡i otros tiempos, otras costumbres», «arcaísmo liierfitico y
escandaloso», todo esto se mezcla en estos artículos con el llanto del
cocodrilo que derraman los autores sobre la hermosura de la litur -
g ia , lo patético de las oraciones de la Iglesia, la ternura de las cere-
mouias sagradas. T de todo, ¿qué consecuencia?

«Ya oigo la réplica. ¿Qué, te atreves tú á pener lengua en una tradición


dos veces milenaria? ¿Tratas á la Iglesia como una abuela? De ningún modo.
El respeto de la perpetuidad histórica, esa, perennidad de un uso reclaman
piedad y veneración. Pero á otros tiempos, otros métodos. Esa lengua muerta
vivía en las oraciones cuando las oraciones también vivían en las almas. La fe
les daba su voz. Pero cuando la generación nueva sabe apenas el Pater noster,
cuando han olvidado no sólo la mística de la liturgia, 6Íno el abecé de la reli­
gión. ese liieratismo es más que inútil, es un principio de incredulidad y de
frialdad religiosa» (1).

Reconstruyamos ya desde su origen esa gloriosa tradición de


respeto, de culto y de m agnificencia.
Los discípulos de Nuestro Señor y sus primeros Apóstoles reci­
bieron como tradición divina y ejemplo que im itar la m agnificen­
cia del Templo de Salomón y del seguudo Templo edificado en
tiempos de Nehemías. Tan lejos estuvo de reprobar tanta grandeza
y majestad, que lloró sobre ella al preverla arruinada. En verdad,
censuró la codicia de los que preferían la ganancia humana á la
santidad de la virtud, pero nunca la m agnificencia que daba h los
hombres idea relativamente grande de la divinidad.
Está, pues, fuera de toda duda que los Apóstoles y discípulos
empleaban en magnificencias del culto aquellos tesoros que los p ri­
meros cristianos ponían & sus pies. San Juan, en su Apocalipsis, nos
dejó un maravilloso cuadro de una pomposa liturgia: la asamblea
presidida por el antiqnus diernm en la corte de sus veinticuatro an­
cianos, ¡os espíritus angélicos, el liumo de los incensarios de oro, las
coronas, las trompetas, el altar, los candelabros, el libro sellado, los
himnos, los cánticos nuevos, las muchedumbres innumerables, ¿no
integran el modelo de la Iglesia en la tierra y de las ofreudas que
nosotros, mortales, debemos dar al que es sauto en la tierra y en el
cielo y al que debemos venerar así en la tierra como en el cielo?
Después, cuando los grandes, los poderosos, hasta los emperadores
y reyes, ante quieu todo el mundo enmudecíase rindieron á la Cruz
de Jesucristo y al verdadero Rey de reyes tuvieron á gloria y i d e­
ber contribuir con los dones de Dios ¿ la gloria del culto del mismo
Dios. Leed los escritos y poemas de aquel tiempo, y hallaréis testi­
monios de lo que os digo. San Paulino de Ñola escribe:

Aurea nunc ntveis orm nütr limina velis,


Clara coronan tur densis altaría h¡ehnis.

« s decir, nuestros templos adornados de oro se cubren de preciosos


velos blancos, y los altares se coronan y reciben claridad de profu­
sas lamparas y luces.
Decid al pueblo cristiano que para qué es ese esplendor y os dirá
que esa es palabra de Judas (1), que él ama esas santas m agnifi­
cencias del culto, porque aunque Dios no necesita nada, todo es poco
para Dios; que esa es la verdadera casa del pueblo y del pueblo de
Dios, y que ese lujo es indicio artístico de la idea divina que allí los
congrega. Que cae es el mejor empico del arte y que para eso ha
puesto Dios ec el hombre sentimientos artísticos, para realizar el
supremo grado de la belleza, que es la belleza de Dios.
Y a sabe el pueblo cristiano que ni Dios necesita esos esplendores
ni la Iglesia muere con el espolio y la desamortización; ya sabe el
pueblo cristiano venerar á aquellos primeros Apóstoles que la en­
gendraron con pobreza; y a sabe venerar los canastillos de mimbres
en que era transportada la Eucaristía, los altares de madera que se
emplearon en tiempos de persecución; ya sabe el pueblo cristiano
qufi la Tglesia sabe dejar sus grandiosos templos por el tesoro de su
fe y de su virtud y por rescatar cautivos, fundir cálices y vendei
joyas preciosas del templo; pero sabe también que eso se debe dejar
á la acción de Dios Nuestro Señor por medio de los perseguidores ó
de los azotes públicos, y saben también ser voz hipócrita de Julia­
no el Apóstata, que él quería despojar, vejar y perseguir á la I g le ­
sia por hacerla merecer y perfeccionarla y los hijos de la Iglesia
no quieren ser Apóstatas ni Julianos.
Dígase lo mismo del clero. Teodosio, postrado ante San Ambrosio;
Kecaredo, ante San Leandro en el tercer Concilio toledano; Carlomag-
no, en presencia del Papa Adriano; Rodolfo de Austria, dejando su
caballo y sirviendo de palafrenero al sacerdote que llevaba el Viáti­
co, son algún destello de lo que un pueblo creyente entiende de esos
hombres que son padres, maestros, luz, gula, jueces, bienhechores
de sus pueblos. Cuando la revolución los ha querido hacer meros
funcionarios públicos ha injuriado é. todos los católicos.
¡Que ese clero hace sus oficios en latín! ¿Sabéis la consecuencia
que sacó la Edad Media, la Edad de la fe? La única racional: se
aprende su lengua, se proporcionan libros con traducciones aproba­
das por la Iglesia, se procura entender la lengua materna. ¡Más d ifí­
ciles y menos útiles son las lenguas que el capricho, la vanidad, la
moda y la diplomacia imponen y no sólo se aprenden sino que es
motivo de desprecio el no saberlas! Es que apreciamos más la socie­
dad del buen touo que la Iglesia de Jesucristo, es que no pensamos
que la Iglesia es sociedad y sociedad superior a todas, y sociedad
perfecta.

III

Reforma de orden moral.

Mal avenidos los modernistas con la Iglesia, como sociedad que


tiene influjo, prestigio y autoridad, lengua oficial, solemne liturgia,
manifestaciones de arte sagrado, cultura espiritual y divina, no
quiere tampoco que tenga leyes morales é influjo en las costumbres.
Mas, ¿cómo presentar esto de un modo hipócrita y artero? ¿Cómo
no alborotar á los infinitos con la afirmación ruda y escueta? Y a lo
encontrarán, que en fascinador palabreo son maestras los moder-
malas.
Mr. Paul Bureau, en su libro Crise morale des temps nomeaux, nos
deja únicamente el trabajo de compendiarle.
Dos doctrinas morales se disputan la sociedad, la de «I03 hijos
del espíritu nu evo» y la de «los hijos de la tradición», una y otra
han contribuido á la presente corrupción que todos deploramos, pero
no se puede negar que la culpa mayor «incum be ú la Iglesia, k los
católicos, á los hijos de la tradición». ¿Por qué? En primer lugar,
porque las teorías de los hijos del progreso «auuque puramente
amorales ó neutras» bastan como fundadas en la naturaleza á hacer
la felicidad colectiva de los pueblos. Y así ha sucedido, asi se ha
realizado el admirable progreso en las comodidades de la vida, de­
bido á hombres que han cerrado sus oídos al sacrificio y á la virtud.
Además, el desarrollo de la vida económica exige costumbres de
trabajo, de lealtad, de sinceridad, de fidelidad en los contratos; y
hasta eu algunos momentos esta fe en los elementos biológicos y
económicos, puramente naturales, lleg'a á ser raíz y fuente de subli­
mes sacrificios. Verdad, continúa el autor que sumamos, verdad que
ha habido sus fracasos; asi «como en el orden social y en las refor­
mas sociales el éxito ha coronado el audaz empeño de los hijos del
progreso; y hubiera sido más rápido aún sin la oposición movida
por el espíritu de partido»; así hay también que confesar que la
obra no está completa y que hace falta educación moral.
Reparad en las afirmaciones hechas: la ley amoral (es decir, na­
turalmente moral ó arreligiosa) sirve para la felicidad, Los hijos del
siglo así lo han conseguido en gran parte, pero aún falta.
¿Qué? Estoy por decir que, según Mr. Bureau, lo que falta es que
los hijos de la tradición cultiven la moral amoral, ó naturalista.
Continuemos.

« Los hijos de la tradición lian caído en un olvido uo menos grave, no me­


nos funesto á la sociedad. En efecto, amenazada la Iglesia en los siglos xv y
xvi por el Renacimiento y la Reforma, quiso fortificar su organización y su
propia personalidad. En el ardor de la batalla no guardó la justa medida,
no pensó si el esfuerzo liecho por los cristianos para reprimir en si la vida,
para aparecer como un cadáver, perinde ac cadaver 6 un bastón de hombre
viejo, era ó no el modo mejor tle responder al deseo del cielo, ut vitam habeaut
deque tuvieran vida y villa abundante. Se hizo, pues, esta muerto del indi­
viduo como el ideal de la virtud cristiana y ese espíritu de docilidad, de su­
misión, de renuncia y de resignación fu é ó lo único, 6 lo que más se apreció
en el cristianismo. Disposición que fue el substratwn indispensable de todas
las virtudes y que tiene en n.iostra lengua muchos vooablos, llamándose, se­
gún las variaciones sumisión, docilidad, obediencia, dulzura, respeto, doscon-
fianza del propio sentir, paciencia, confianza, abandono, humildad. resigna­
ción, mortificación, etc. La vida moral y cristiana ec miró desde ontonoc^
como una minviciosa vigilancia sobre si misino y no como cultura y desarrollo
tle las facultades productoras del Lien. De aquí so siguió el que los hijos de la
tradiciión se vieran aislados del movimiento de progreso general y que se les
reputara raeuos aptos que los hijos dal siglo para la práctica (le ciertas virtu­
des Tiaturales y sociales que nuestra democracia tiene por justos títulos en
gran estima, y que ya el ilustro P. Heeker señaló á la atención de los católi­
cos americanos».
Lo que dijo Pío X en su Encíclica, que llegan cou los america­
nistas & preferir las virtudes naturales, que llaman activas, ¿ las
sobrenaturales, que llaman pasivas.
Y así coutiuúa y termina Mr. Bureau:
«La probidad en los negocios, la ficlelid&tl en guardar la palabra empeñada,
el ardor en el trabajo, la rectitud eu el pago de los impuestos ó de las deudas,
la honradez perfecta en los períodos electorales, todas estas virtudes y otras
aun no hallan entre loa hijos de la tradición ajuel acogimiento caluroso que
seria de desear, y asf se acredita la opinión de que aquellos que se dan como
presentantes de la virtud y del orden moral no son mejores que los otros >(1).
Dejemos las calumnias de todo ese párrafo y veamos cómo, sin
ser explícito, lo que afirma Bureau es la necesidad única de estas
virtudes cívicas y el desdén ó desprecio por las virtudes cristianas.

Consecuencia natural de todo lo dicho es e l modo cómo hablan


de las Ordenes religiosas. Ya las presenta, como el abate Lemire,
como un modo de v iv ir digno del respeto de la ley como el de los
cómicos, toreros ó francmasones, que pueden tener simpatías esté­
riles entre algunos diputados; ya como sociedades benéficas é in­
ofensivas, con lo cual entregan á la revolución los Institutos relig io­
sos que no se emplean en obras de caridad y beneficencia; olvidan
por completo que la9 Ordenes religiosas son ramas pujantes del ár­
bol de la Iglesia, reuniones de hombres quB tratan de grabar en sí
lo más escogido y como la flor del Evangelio, siguiendo los consejos
de Jesucristo y que, por tanto, tienen derecho á viv ir como lo tiene
la Iglesia.
Pero llegan los modernistas k más. Hipócritamente quieren la
disolución de todas las Ordenes religiosas, y véase el provecto pre -
sentado con alevosía y premeditación.

LOS RELIGIOSOS DEL PORVENIR

«Sr. Párroco de... (1).


cSu determinación (le usted merece mis elogios. Bien lejos estoy de des­
conocer los graneles servicios qric las Ordenes religiosas lian hecho á la Igle­
sia: ann pueden hacérselos. Mas para ello es menester que obren en sí mismas
transformaciones más 6 menos profundas. La sociedad hoy clia no tiene ni la
rrusma fisonomía ni la misma mentalidad que en la ópoca de la invasión '.lo
los bárbaros ó en los primeros siglos de la Edad Media....Lo que es eterno
es la necesidad de las virtudes cristianas, 6 si quiere usted monásticas; el
amor al tratajo, la pobreza, la castidad, la caridad, la humildad, la manso,
duiubre, la abnegación, eu una palabra. el sentimiento subrcuatiual que uos
impele íi sacrificarnos ú los demás. Pero desde el punto de vista do la civili­
zación Ti que hemos llegado, no me parece que se puede demostrar la necesi­
dad de encerrarse entre cuatro paredes y de aislarse del reato del mundo
para practicar la virtud sino en favor de algunas naturalezas muy débiles,
incapaces de mantenerse cu pie por sí miemos, 6 cuya inteligencia estre­
chísima tiene necesidad aAu en los detalles de un guia permanente y continuo.
No me olvido de la fuerza que da la disciplina y la cohesión; pero no hay que
olvidar que al alejarse el apóstol de las poblaciones que debe evangelizar y al
aislarse do aquellos sobre los que podría obrar, se pierden muchas fuerzas, y
es para pensarlo. Además, ¿esta disciplina y esta cohesión no se podrían obte­
ner por otros medies distintos de los claustros y del encierro material? En el
Evangelio hay una cosa que siempre me ha hecho pensar, el espíritu sobre la
materia. Pues bien, á mi juicio, eu las Ordenes religiosas del porvenir, la dis­
ciplina y la cohesión se obtendrían sólo por ol espíritu. La inteligencia mutua
se liaría por un santo y s?Ha, como entre los masones. ¿Es que los religiosos
serían menos capaces de esto que los francmasones? -
« Los religiosos, pues, del porvenir serán apóstoles que pasen unos días en
un cenáculo y qnc después de un contacto rápido, pero enérgico con el Espí­
ritu, salgan inflamados por !a gracia divina y dispuestos ú comunicar al mun­
do el fuego divino que lo purifique, sin miedo ninguno á ensuciarse ellos. Se
les dará una idea, un plan, una misión, un método, con una recomendación de
portarse como Santos, y eso bastará para largos años. Ya los soldados no pe­
lean juntos codo con codo, sino en orden disperso; asi pelearán los religiosos.
Jesucristo sen'i el general, el Evangelio la regla, y la clausura el Espíritu
Sauto.
T a c i . L a t c y r e » (2).

(!) Se dirige A un religioso exclaustrado que se hnbfa hecho cargo de uoa pa-
rxoqnia.—(2) Jiutice Scciale, 9 Enero 1001.
Acaso estos religiosos futuros, sin más clausura que el Espíritu
Santo, tengan ya originales en algunos modernistas, tipos que des­
cribe con estas palabras Cavallanti:
«Ed el Comiere di Genova (G-7 de Abril de 1903), bajo el título Una con­
ferencia del P. Semcria en una casa de israelitas, hallamos un resumen de la
pronunciada sobre «los ideales de la mujer en los albores del siglo xx», y el
articulista concluye por estas palabras: «Las seiloras y señoritas junto con los
dueños de la casa, rodearon al P. Semoria de afectuosas consideraciones. Des­
pués de un snntuoso refresco, los invitados se despidieron significando el más
vivo reconocimiento á los señores de Cabe-Bondi, por la cortés hospitalidad y
el goce intelectual que les proporcionó la docta y genial conferencia. Este jo­
ven religioso, frescote y jovial, inteligente y culto, que toma la vida como
cualquier despreocupado de buena fe, se dedica ü complacer las imitaciones
de israelitas ricos y ü dirigir la palabra &públicos compuestos en gran parte
de descendientes de Abrabam, que se reúnen en casa de otro vástalo de Ja­
cob. ¡"Vive Dios, que íws encanta este simpático fraile de arranques popula­
cheros y conquistadores!»
«A su vez, el Lavoro, de Genova (Enero 1907), decía: Por ahora el presbí­
tero de moda, la cogulla predilecta del femenino «auditorio genovés, el confe­
rencista idolatrado que da abundante materia ú prolongadas discusiones hasta
cu el boudoir secreto, adonde nuestras miradas no puecleu llegar desgraciada­
mente, es el P. Semería....Tengo á la vista un programa de la Asociación
Literario-Cientifica de C. Colón. Entre la romanza de Tosti, So/]no y la de
Torti, Dopo, cantadas ambas por dos señoritas, veo anunciadas en enormes
caracteres ln jialabra eJocnenle del P. O. Scmerun (1).

A este talle serían esos religiosos del porvenir, «cuyo General es


Jesucristo, cuya regla el Evangelio, cuya clausura el Espíritu San­
to»; ó al de este otro, que allá se va, autor de una novela, Más allá
de las estrellas, y que no es otro sino fray Fulgencio del Piano, car­
melita descalzo.
De su peligrosa obra tenemos el ju icio que dió el Prof. Tumfts
de Tütb en La armonía della fede, de Moutefalco:
«No es mi intento recoirer todo vuestro libro y regocijar el ánimo de los
lectores con las innumerables tonterías <|iie contiene; pero bastaría el episodio
de Bereuice y Amoldo (c. S), que bajo las miradas de Dios se consideran to­
davía felices con su terrenal amor y <se liablan en voz baja, juntos, muy jun-
titos, como dos enamorados vulgares «pie temou ser oídos; Instaría la descrip­
ción de sus figuras y do sus vestidos <de pliegues caprichosos y delicados» y
de «los ángeles que persiguen ú las vírgenes -, en el mismo capítulo; bastaría
la víctima de la amistad (c. 15) que para mí tiene el aspecto de una Dido aban-
donado, ú pesar dol sentido cristiano dado íi su amor, «Olivas bolina formas on­
dulantes bajo ol volo de tersa, linfa», vos no podríais mirar; bastaría la bollisima
Laiua que acompaíla también al cielo y consuela al solitario de Valcliiusa á
quien también en el paraíso hacéis bendecir «los bellos ojosa de 911 dama, y
bastaría la historia de Nelda (o.. 2 0 ) , que disfrazada do peregrino s r introdnoo
en el monasterio hasta la celda del monje Ezio, sil prometido, y allí escondida
lo espera para darle el último asalto y determinarle íi seguirla; liistoria, (ligá­
rnoslo claro, escandalosa é indigna de la pluma de un religioso íi pesar de su
éxito y de su fin; todo esto, digo, bastaría para que cualquier alma pudorosa,
cualquier alma que quiere abandonar los placeres sensuales y terrenos para
afirmarse en Dios, arrojase vuestra novela tí las llamas >(1).
Triste resultado de las virtudes naturales que suelen acabar en
la disolución y relajamiento de costumbres (2).
¡Dios ponga tiento en nuestra lengua y en nnestra pluma!

Y Él mismo conserve dóciles los oidos y corazones de mis lecto­


res para recibir en breves líneas «el rígido dogmatismo de la Com­
pañía de Jesús» (3) en panto tan delicado y de tanta aplicación en
nuestra España.
Llevados los modernistas de su amor á las virtudes activas, hu­
manas ó morales, como ellos las llaman, no admiten como virtud de
castidad aquel sacrificio, anhelo de almas elevadas, por el cual se
consagra á Dios la flor de la virginidad eu las aras del culto á Dios
ú del celo de las almas. No; para ellos la castidad es «un misterioso
impulso de la naturaleza», que «tiende asi á la perfección de la
raza» y «que tiene sus albores en el instinto de los brutos»; cuando
no es así y por esto, es «un acto incomprensible y censurable», una
«renunciación que va contra las leyes de la Naturaleza, que ator­
mentan al hombre con tremendas luchas» y «que impide k posibles
vidas humanas el acceso á, la existencia» (4).

(1) Ca vallan ti, p. 408.—(2) «Loa sacerdotes que pierden la fe 6 se echan el


alma á la espalda y se hacen librepensadores ó prescinden de la ciencia y se
hacen cortesanos: en Francia pasa con más frecuencia lo primero, en Italia lo
segundo».— (K. Mnrri, Rivvita di Cultura, 1 Abril 1907). También suela mifteder
que lo primero trae á lo segando; es probado— (3) H Latmata, 7 de Marzo de-
1906.— (i) ü Santo, p. 87-33.
Fuera de este caso, casi incomprensible, el placer es bueno y la
contemplación del desnudo humano es casta:
<Se unen las protestas de uu grupo animoso y noble de artistas contra la
comisión que lia hedió añadir <1la c a s t a deaL iu d ez do uu doloroso Adán... una
innoble hoja natural revestida de yeso y piutada con lucientes colores; arbitrio
detestable y sórdido repetido con otras estatuas inocentes» (1).
Asi se expresa L A tvenin d'Italia, hablando de una exposición
milanesa, y concluye contra «la esporádica é intencionada invasión
de hojas de higuera»:
«T«a más noble expresión del arte—el desnudo—queda atrofiada por la
rotrógada hipocresía» (2).
Quien llega aquí, ¿qué no tolerará, recomendará y pedirá?
Pues tolerará, y recomendará los dramas y tragedias de Annun-
zio, por más que sonrojen á los mármoles, y las de Roberto Braco,
aunque «sin decir nada de ellas», y empujará á los jóvenes álos es­
pectáculos públicos, porque
«Los decantados peligros del mundo no deben existir ya para las niños
sólida y modernamente educadas, porque precisamente nuestros tiempos tien­
den á dar ála debilidad femenina la conciencia de su propia fuerza oculta, en­
senándole los medios para luchar y vencer, y también esa famosa inocencia
•lúe en la mayor parte de las voces no es sino artificio, en la joven de nues­
tros días no estará compuesta do ignorancia, sino sólo de pureza...»
De aqui brotan, como ya se ve, loa métodos modernos de educa­
ción, lo que debe saber el niño, lo que debe saber la niña, lo que debe
saber el joven, lo que debe saber la recién casada.
Los modernistas, y ya sabemos que los hay aún sacerdotes y re ­
ligiosos, se lanzan al camino de permitir espectáculos, teatros, re­
presentaciones peligrosas, impulsados por el deseo de que no se
quede solo su confesonario, de no cobrar fama de intransigente, de
ceder á las necesidades de la época.
No ya nosotros, que profesamos, gracias á Dios, «el rígido dog­
matismo de. la Compañía de Jesús», heredado de los que nos gloria­
mos de tener por Padres, sino un periódico tan mundano como el
Lavoro, de Génova, pone como nota característica del religioso m o­
dernista y mundauizadu la licencia y libertad en aconsejar y per­
mitir teatros:
Después de lo copiado más arriba, semblanza del l’. Semería,
concluye:
«Hace algún tiempo hablaba una bella señorita de su asistencia frecuente
á la Seuola di Iteigiont del P. Serrería, y citaba & este propósito larga serio
de otras señoras, condiscípulos suyas. De pronto ¡te terció hablar de teatros, y
con ingenuidad envidiable concluyó por decir que había asistido á la función
de tarde del teatro Sickel, que hablan representado La prima nolte, que la ha­
bía encontrado ñoíía, pero en nada opuesta á la moral. ¡Y la que asi se expre­
saba era discípula y muy discipula de Semería!» (1).
Tras lo dicho sólo hay que agregar una cosa.
Los clérigos modernistas abogan por la abolición del celibato (2).
¡Naturalmente!

IV

La verdadera reforma.

Los modernistas son dignos de aleución y de estudio; guian.se


por las apariencias, y con mala ó con buena intención, Dios lo sabe:
afirman algo que es verdad, pero en sentido precisamente contra­
rio. Asi llaman quijotes á los defensores intransigentes de la fe, y
no éstos, 9ino ellos, son los que viven en el sueño optimista y risue­
ño del trastornado manchego, ellos los que forjan Malambrunos, lo
que apenas es un cuero de mosto; hablan de la desobediencia, re­
beldía y pertinacia de los reaccionarios, y, en efecto, ellos, los moder­
nistas, son los que insultan á. sus Prelados, injurian ¿ las Sagradas
Congregaciones, apelan &. la memoria de un Papa contra otro y aún
se obstinan en llamar á, Su Santidad Fío X «el sucesor de León XIII»,
acusan & la Iglesia de que por su intolerancia se aísla, se entrega al
desprecio, se suicida, y á ellos seria á los que debería la Iglesia su
muerte, si ella fuera capaz de morir y de entregarse á sus pernicio­
sas máximas; continuamente alardean de sabiduría, independencia
de criterio, fuerza y tesón de carácter, y sin discutir las objeciones
del adversario, las conceden; sin saber las grandezas propias, se
ofuscan por el resplandor de unos nombres que los enemigos ca­
carean y la debilidad y miedo son el único resorte que los mueve
en sus disquisiciones. ¡Pobres modernistas! Lo mismo les acaece con
lo de la reforma de la Iglesia; hablan de corrupción, de putrefacción,
de degeneración; son el cadáver del cuento, la llevan encima.
En efecto, que los católicos de cuando en cuando, ó mejor, siem­
pre han de estar en continua reforma para sanar y reparar con la
asiduidad y el celo lo que el mundo, el demonio y nuestra carne
enferma y desmorona; que desde la Revolución religiosa del si­
glo xvi se necesita mayor vigilancia y celo, nadie lo puede negar, y
mucho menos los devotos del Sagrado Corazón de Jesús.
Porque, ¿dónde nació esta devoción y cómo nació esta devoción
y qué significa eu el mundo esta devoción?
Nació en el retirado claustro de Paray cuando Margarita María
oraba delante del Santísimo Sacramento por los pecados de los hom ­
bres; nació entre inefables ternuras de amor y de desagravio á la
persona adorable del Salvador, y nació para ser eterno monumento
de caridad ofendida por parte de Dios y de caridad oficiosa por parte
de los hombres.
Era el día de San Juan Evangelista de 1673, y Margarita María
estaba en presencia de la Eucaristía cuando tuvo una de las prime­
ras y más solemnes apariciones.
Pero tomemos las mismas palabras de la Bienaventurada:

«Era un día do San Juan Evangelista, din en que después do reposar mu-
clias harás sobre ol sagrado pocha de mi Maestro rocibí de su araablo Corazón
gracias, cayo recuerdo me saca do mí mismo, y que aunque no creo necesario
especificar, quedarán grabadas en. mi recuerdo para siempre. Después vi al
Sagrado Corazón en nn trono (le llamas más rnsplandficientn que el sol y más
puro y lúcido que el cristal, y con aquella adorable herida que recibió en el
árbol de la Cruz ¡.
«Estaba circundado coa corona de espina*, símbolo de las heridas que
nuestros pecados le Lacen, tenía la Cruz encima para indicarnos que desde ol
primer instante de su Eucarnación, esto es, desde que el Sagrado Corazón fui’)
formado tuvo allí clavada la cruz y estuvo lleno desde aquellos primeros mo­
mentos de todas las amargaras que le debían causar las humillaciones, la po­
breza, el dolor y el desprecio que su Sagrarla Humanidad debía padecer en
el discurso de su vida y en su Sagrada Pasión. Entonces me manifestó que el
anhelo ardoroso que tiene do ser amado de los hombres y de apartarlos de los
caminos de perdición por donde el enemigo Los precipita en innumerable mu­
chedumbre, le liabía obligado á formar el designio de manifestar su Corazón
¡i los hombres con todos los tesoros de amor, de misericordia, de gracia, de
santificación y de salud eterna que contiene, á fin de enriqnecer con abundan­
cia y profusión ¿le los divinos tesoros del Corazón de Dios, fuente viva de to­
dos ellos, á cuantos quisieran consagrarle todo »u anuir y procurarle retornos
■le honor y gloria en la medida de sus fuerzas; que ora menester honrar al
Seilor bajo la figurado este Corazón de carne, cuya imagen quería ver expues­
ta á la veneración, llevada sobre mí y sobro mi corazón pura destruir en ol
in¡o todos los movimientos desarreglados; que por todas partes donde esta
sagrada imagen se colocara para recibir veneración y culto repartirla Él sus
gracias y bendiciones; que esta Devoción era como un supremo esfuerzo de su
amor deseoso de favorecer ¡i los hombres en estos últimos siglos con esta re­
dención amorosa y de librarlos del imperio de Satanás, imperio que Él desea­
ba destruir con el dulce vasallaje ele su amor. Que él quería restablecer esto
amor soberauo en <odos los corazones que abrazaran esta Devoción».
He aqui las encendidas y elocuentes frases de la Santa, elegida
de Dios.
Toda su revelación, como todas las que le siguen, no es sino un
argumento de que es una devoción de verdadera Reforma en Jesu­
cristo.
Quitar esas espinas que hieren el Divino Corazón y que son pe­
cados humanos, afligirse por esas amarguras que en su Corazón
apuró y apura en la continua Pasión que padece en su ley, en sn
doctrina, en sus fieles y en su Iglesia; esforzarse porque todos los
hombres huyan de la perdida y extraviada senda que muere en la
muerte eterna; luchar por destruir el reino de Sataná3 y sustituirlo
por el reino del Corazón amoroso de Dios; hacer en estos últimos si­
glos una nueva redención amorosa, ¿qué es, decidme, sino confesar
que los hombres se han extraviado, que todos habernos errado y pe­
cado y que necesitamos y debemos volver atrás y que el Corazón
de JesÚ9 es la verdadera y providencial reforma?

Pero los que más hocen urgente la reforma son los moder­
nistas.
Y en verdad que es triste y doloroso mirado con ojos de celo y de
amor á la Iglesia el número sinnúmero de escritos de literatura,
artes, ciencias, historia, filosofía, teología y exegóticaque en tantas
formas ven la luz pública y que merecen ser aprisionados perpetua­
mente entre los hierros del Indice; ¡triste y doloroso!, pero no por­
que sea excesivo el ejercicio del poder represivo, sino porque es ex­
cesivo y dolorosisimo el ejercicio de esta delincuencia intelectual.
¿Qué apostasfa teórica y práctica no significa tanto error Ubérrima­
mente propalado en las alas de la libertad de imprenta?
A tanta libertad se ¡sigue lógicamente no menor ignorancia.
El error á quien se reconoce beligerancia produce una atmósfera
de prejuicios, argumentaciones sofísticas, definiciones incomple­
tas, obscuridad de conceptos que acarrea la más completa ignoran­
cia y el desconocimiento absoluto de las verdades más fundamenta­
les, y asi es indudable que la actual «depresión y debilidad de las
almas, fuente y origen de los mayores males, provienen principal­
mente de la ignorancia de las cosas divinas y esto no sólo en la
plebe, sino también y más particularmente en aquellos á quienes
no falta entendimiento ni cultura y ha9ta se hallan adornados de
profana erudición, á pesar de lo cual eu las cosas de la religión v i­
ven y hablan del modo más temerario é imprudente que puede ima­
ginarse» (1).
Olvidan la ciencia verdadera y, una vez olvidada, tienen de ella
hastío. Gran verdad y gran dolor que haya predicadores que vayan
al púlpito no con la frente de diamante que Dios prometió á Eze-
quicl, sino haciéndose juglares piadosos de un auditorio corrompi­
do. Pero, ¿qué maravilla? Los predicadores tales son dignos de re­
prensión; pero, ¿no es verdad que pedir otra clase de predicadores
sería pedir Ezechieles? Cuando los auditorios hablan de los orado­
res sagrados en las plazas y en las puertas de las casas y se convi­
dan á oirlos para no hacer lo que dicen r/uia in candcuu oris veriiuU
illos (2), porque los oyen como una sinfonía agradable, se necesita
ser Ezequiel para decirles la verdad, la verdad amarga, toda la
verdad.
Se necesita reforma en la cátedra sagrada; pero, ;ah! ¡cómo ayu­
daría k ella la reforma de un auditorio verdaderamente ávido de las
enseñanzas divinas, de la ley de Dios! Ese pueblo que pida de los
labios de los sacerdotes la ciencia, no es el auditorio moderno, cóm ­
plice en la prevaricación del predicador, que exige curiosidades, la
que aplaude galas profanas, que busca halagos, que anhela el que
confirmen su manera de obrar: ese auditorio es el que sostienen los
vigías ciegos, los perros mudos, los pastores qui pascuniur seme-
íipsos (3) que no quieren sino los propios provechos.
Volved los ojos á esos templos de Dios y á esos ministros de Dios
de cuyo esplendor tiene celos el mundo moderno. ¿Tso os parece ho­
rrendo oír k Caín quejarse aún de lo poco y mezquino que consagra
úsuD ios?¿Y cuándohabiau así?Cuando precisamente las casas pare-
cea palacios, cuando los palacios se multiplican para el fausto, para
el recreo, para el ocio, para la lujuria; cuando los teatros, las casas
de ju eg o, las sociedades bancarias, los departamentos ministeria­
les, loa servicios públicos cdiñcau soberbios edificios más suntuosos
que los templos de Dios; cuando de todos los cuerpos sociales se alza
un clamor que exige más sueldo, más lujo, más ostentación; cuando
las fiestas públicas de Carnavales, recepciones, bailes, homenajes,
exposiciones y ferias, consumen capitales inmensos en la fastuosi­
dad, la crápula, el vicio y por lo meno3 la frivolidad.
¡Ah! Caín, Caín, ¡sólo te duelen los mezquiuos frutos de la tierra
que ofreces á tu Dios! Alza los ojos y compara: compara la fábrica
de tus templos con la fáhrica y arquitectura de tus palacios y aun
de tus monumentos públicos; compara el esplendor de los trajes sa­
grados, con el oro, la seda y las joyas de tus mujeres en los bailes;
compara el fausto y sencillo de tus Pastores y Padres con los uni­
formes de tus generales, ministros y funcionarios muchas veces tus
tiranos; compara y juzga. Y si te pesa no ver á tu Madre la Iglesia
descalza, harapienta, huyendo del sol en las Catacumbas, es que en
tu alma no eres su hijo, eres Nerón ó Diocleciano.
SI, y mil veces sí, necesita reforma el espíritu cristiano que abra
nuestros ojos para ver á Dios Nuestro Señor, á Jesucristo nuestro
Rey y nuestro Padre en su Iglesia, en sus templos, en sus Prelados,
en sus religiosos, en sus sacerdotes, en sus pobres: reforma que nos
haga ver que nosotros somos los que necesitamos el culto para d e ­
volver á Dios lo qac es de Dios, para ser generosos y espléndi­
dos de nuestra pobreza á quien tan largo y generoso ha sido con
nosotros.
También claman los modernistas contra la adulación á los Prín­
cipes de la Iglesia, al Soberano Pontífice, y contra la adnlañón debe­
rán hacerle coro todos los católicos sinceros. Pero, ¿ cómo llamar
adulación el obsequio debido á sus definiciones y enseñanzas, el
honor debido á su dignidad de vicedioses eu la tierra? ¿Cómo va á
ser adulación cumplir lo que nos manda el Apóstol de dar á cada
uno lo que se le debe por el cargo que Dios Nuestro Señor le ha
dado? (1). / Adulación! ¿Cómo no llamar adulación, la que en cien oca­
siones demostraron los modernistas, olvidando lo debido al oficio y
cargo en la Iglesia por dirigir sus inciensos al hombre, y nada más
al hombre?
«Rasgo esencial de 1a fisonomía de algunas personas es nue escriben siem­
pre para el Papa, como si el Papa debiera leer y pesar cada una de sus pala­
bras. Han hecho im estudio particular de León XI1.I, del hombre, nc del Pon­
tífice, para b cual se sirven también de conjeturas; se glorían de conocerlo
todo en la persona del Papa, sus costumbres, inclinaciones, repugnancias, su
manera particular de ver sobre infinitas materias, y cuando escriben todo lo
calculan en relación con el efecto que quieren producir en el espíritu del So­
berano Pontífice por interés, no por religión. C iando pensamos en estas in­
dustrias, nuestro corazón se subleva y jamás consentiríamos eu abusar de esa
manera del Vicario de Jesucristo (ó de cualquier legítimo Superior), nosotros
que vemos en él al Dios que representa y que temblamos delante de una dig­
nidad tan alta, no osaríamos sino procurar convencerle exponiéndole nuestras
razones» (1).
Esta es la noción de la verdadera obediencia y del verdadero res­
peto que profesamos los católicos opuesta á la verdadera adulación
que han practicado y practican los modernistas^ como Boeglin de
quien Bonnet particularmente nos habla, como Foggazzaro en la
persona de Benedetto, com o Rómulo Murri, Naudet, Dabry y todos
ellos en innumerables ejemplos.
Pues no son menos los necesitados de reformación los modernis­
tas y modernizantes al pensar y hablar de las Ordenes religiosas,
de la parte que el pueblo toma en las ceremonias sagradas; triste
es la guerra que el Estado liberal hace directa ó indirectamente
á los religiosos y tristísimo ver el menosprecio con que muchos
católicos aun sacerdotes, asisten á las ceremonias sagradas; pero,
¿no es aún más reprobable que pnr esa razón y precisamente para
evitar el abuso reciban golpe de muerte los Institutos religiosos,
despojándolos de su ser y queden ñ nada reducidos los oficios litúr­
gicos de la Iglesia?
Por último, ello sólo se declara cuáu necesitados de reforma pro­
fundísima están esos modernistas que calumnian la ascética, tradi­
cional y católica, prefiriéndola ¿ la simple moral naturalista; los que
se rinden al culto de la carne afrentando aún su hábito religioso,
los que empujan al los seglares por pendientes peligrosas y resbala­
dizas, donde difícil es detenerse, y los que con escándalo de todos
piden para sí mismos huir de la santidad de un voto que á los ojos
de todos les realza, menos á los suyos propios.
Reforma hace falta, pero aquella reforma que pretendía Jesucris­
to Nuestro Bien ni quejarse con Margarita María, su predilecta sier-
va, de las herirlas que recibía de los herejes y malos cristianos y
especialmente de aquellos que por estado y profesión le estaban sin­
gularmente consagrados; aquella reforma que vino á traer & la tie­
rra para destruir el reino de SatanáB y arrancar de los caminos de
perdición por donde se despeñaban á loa hombres y realizar eu ellos
una nueva redención en estos últimos s ig lo s ._
Reforma que verificará no sólo la caridad de Jesucristo, manifes­
tada en el odio de cuanto ofenda su divino y amabilísimo Corazón,
sino esa misma caridad y amor introduciéndonos é instruyéndo­
nos en los tesoros de este Corazón divino y en los secretos de su de­
voción.

Fieles los devotos del Corazón de Jesucristo á sus enseñanzas y


designios amorosos de la nueva redención del mundo, fueron Após­
toles de esta buena nueva por todas partes.
Ponían en primer lugar como fundamento de todas las enseñan­
zas, aquellas palabras del Señor: qma milis snm et humilis corde, y
asi era muy fácil inducir á las almas al dulce yugo de la fe, á la
piadosa credulidad, distintivo de corazones sencillos y llenos del es­
píritu de Dios Nuestro Señor. El Corazón amabilísimo del Salvador
es á la continua cifra y compendio y símbolo vivo de los amores om­
nipotentes de Jesucristo, y al adorarlo reconocen allí su Divinidad y
su Humanidad, su Encarnación y su Pasión adorable, la fuente de
los Sacramentos y de las gracias, y el origen de su Esposa la Santa
Iglesia Católica; en el Corazón de Jesús eucarístico, principal objeto
de esta devoción, halla su verdadero devoto alimento para su alma,
robustez contra las tormentas y tentaciones de la vida, luz y amor
para caminar la senda agria y estrecha del cielo, hallan vida y
abundantísima vida. Inflamados en celo de reparar las ofensas que
ti su Amor se hacen, salen de sí los devotos de este Corazón para sa­
tisfacer con obras de penitencia, de caridad y celo los olvidos, des­
precios é injurias que á este Corazón divino se le irrogan. Unificados
con el Corazón de Jesús en modo de amar, de sentir y de conocer se
olvidan de si propios para amar ¿ los pobres, 4 los pequefiuelos, &
los que creen en él y son suyos, y aman también para buscarlas á,
lns ovejas que hau huido del redil del ímico y amoroso Pastor. Cono­
cen perfectamente su voz estos devotos del Corazón diviuo y experi-
inentun la eficacia de sus promesas. Él prometió que aquellos predi­
cadores que ungieran eu lengua en la sangre de su Costado serian
eficaces para convertir á los pecadores más reacios y duros; líl pro­
metió que las casas religiosas, que tomaran su imagen y se consa­
graran él su culto, hallarían en este divino Corazón torrentes de
bendiciones para llegar ó. la perfección de su Instituto y de su regla
entre los peligros de la Edad actual; Él prometió que en las familias
donde su imagen fuera venerada, sería su adorable Corazón venero
inextinguible de paz, de amor, de obediencia y de todas las virtudes
domésticas; Él, finalmente, prometió que en todas las casas, socie­
dades, sitios y reuniones en que El presidiera, sería su Corazón ma­
nantial vivo tle perfección y de santidad, de paz y de verdadera di­
cha; que por Él y por la devoción á su Corazón sagrado los justos
serían más justos, los libros se afervorarían, los pecadores aborre­
cerían y penitenciarían sus pecados.
Ahora bien, yo os pregunto: ¿Hace falta reforma de costumbres
entre los católicos? ¿Es menester que viva la fe, instruidos en la reli­
gión hablen y sientan y piensen, no con la licencia de los hijos del
siglo sino con la verdad de los hijos de Dios? ¿Es menester que pre­
dicadores y pueblo, sacerdotes y seglares, rudos y sabios todos se
aficionen é. la doctrina de su casa paterna, la Religión Católica, h
sus sabios, A. sus santos, á. sus varanes insignes, ¿ sus tradiciones
santas de familia, & su vida y no i la vida, hombres, lenguaje, tra­
diciones, glorias de la ciudad de Satanás, del reino del enemigo?
Venid y entrad en el Corazón de Jesús; aprended ahi humildad y
docilidad para vuestro entendimiento, amor & lo que Él ama para
vuestros corazones, odio y horror para aquéllos cuyos planes, ideas
y palabras son de enemigos jurados de este Corazón divino.
¿Es menester que se conserve pujante y vigorosa la jerarquía
eclesiástica, en la obediencia de los guiados y en la dulzura y amor
de los pastores? ¿Es acaso de lamentar pecados de soberbia en algu­
nos, de dureza de corazón, de ambición y adulaciones humanas?¿Es
meuesler que el Templo de Dios quede purificado, que los sacerdo­
tes y los fieles den & sus ceremonias el esplendor que requieren, que
la misma pulcritud y magnificencia nos declare no la grandeza renl
de nuestro Dios sino la sublime idea que de Él tenemos? Venid y
entrad en el Corazón de Jesús y en los secretos de su devoción; ella
os enseñará á ser humildes y mansos ya mandéis como San Francis­
co de Sales, ya obedezcáis como el venerable P. Bernardo de Hoyos;
ella os hará llorar las soledades y abandono de los templos con Mar­
garita María de Alacoque y procurar que fieles y sacerdotes entien -
dan las rúbricas y ceremonias de la Santa Misa como hacía en sus
misiones el miaionero del Corazón de Jesús P. Pedro de Calatayud;
ella os dirá como A todas las almas amantes del Divino Corazón,
que esos templos materiales son la prisión amorosa & que su dueoo
divino se ha reducido y en que día y noche vela rendido y os impul­
sará como k sus devotos de Francia á levantar templo expiatorio al
Sagrado Corazón de Jesús, la basílica nacional de Mont-Martre.
¿Es menester que la reforma se vea en las virtudes, en las obras,
en la moral? ¿Es menester decirle á los hijos del siglo y de la civili­
zación moderna que la veracidad, la lealtad, la amistad, la laborio­
sidad, la fidelidad, el secreto, la acción, son también y fueron siem­
pre virtudes cristianas, y que el egoísmo, la ociosidad, la falsía, la
traición han sido pecados característicos de la revolución é hijos de
Satanás; que las Ordenes religiosas y el clero orando, ayunando,
mortificándose, siendo castos, son dignos de respeto, de elogio, son
provechosos al bien público y á los mismos imperios de la tierra?
Venid y entrad en el Corazón de Jesús y en las sólidas instrucciones
de su Devoción: allí en los abismos de santidad del Corazón divino
hallaréis todas las virtudes naturales elevadas al orden sobrenatural,
allí hallaréis la justicia en los contratos, la fe de la palabra empe­
ñarla, la tenacidad riel secreto, ln inflexibilidad ríe la energía, la
grandeza ríe la amistad heroica y veréis cómo el verdadero devoto
del Corazón de Jesús es más veraz que los veraces del mundo, más
amigo que los amigos del mundo, más leal que los leales del mun­
do, más trabajador que los activos del mundo, más virtuoso que los
virtuosos del mundo, porque al ser veraz, am igo, leal, trabajador y
virtuoso evita heridas al Corazón de Jesús, hace honra al Corazón
de Jesús, ama el Corazón de Jesús: en el Corazón de Cristo las Orde­
nes religiosas y el clero encontrarán el por qué y el dechado de todas
las virtudes sobrenaturales y privativamente cristianas, y el pueblo
fiel se animará también á venerarlas y practicarlas y ver en ellas
verdadera grandeza, utilidad y vida temporal y eterna.
Sau Justino en su Apología del Cristianismo se presenta á los
emperadores dieiéndoles: ¿Por qué nos persigues? Somos los mejores
súbditos del Imperio, así nos lo enseña nuestra religión. Si alguno
por acuso no lo es, uo es nuestro; mándalo ajusticiar, porque así
liarás servicio á las leyes imperiales y á las leyes de nuestro
Evangelio.
También podemos hablar así á los lujos del siglo los devotos del
Sagrado Corazón de Jesús: ¿Por q u é d o s perseguís? Somos los que
practicamos mejor esas mismas virtudes que alabáis, porque así nos
lo enseña el Corazón de Dios, nuestro dechado. Si alguno por acaso
no las practica, reo es de las leyes justas y inórales de la sociedad
y de las leyes de nuestro Evangelio y del Corazón de Jesús: á. ese no
le defendemos.

ASÍ SEA
Antimodernismo.

Opoi'let et haereses esse.


I. Cor. 11,19.

Conviene que haya herflj'Ha.


S. Pabl. d .1 á los Cor. 11, ▼. 19.

San Agustín, insigne doctor de la Iglesia, nos declara maravillo­


samente esta sentencia del Apóstol.
Dice así:
«Suelen los astutos herejes perturbar la santa paz de los buenos, lo cual
cede en mayor provecho y utilidad de los Santos: Opmiet el kaereses esse, por­
gue está escrito que son convenientes las herejías. Y en efecto, cuando los
herejes con astucia y espíritu inquieto impugnan muchas de las verdades
pertenecientes á la fe católica, entonces para poderlas defender contra ellos
et considei antur dilir/entim se meditan y estudian cou mayor esmero eí intel-
ligtintur elarius, y con más claridad se comprenden el inslantiuspraedicantur
y se predican y (laclaran con más continuidad y empeilo y la pertinacia de
los adversarios sirve tan solo de nueva ocasiún para aprender» (1).
Completa sus ideas el mismo Santo Doctor en otro pasaje de la
misma obra, donde se hace cargo del dolor y aflicción de los buenos,
del placer y consuelo que á. los débiles produce la paz, de los p eli­
gros de los tibios, de las asechanzas é insidias de los herejes, y mi­
rando por otro lado la herejía concluye la misma conveniencia,
aunque por otros motivos.
Cesaron las persecuciones, quedaron desiertos los templos idolá­
tricos y al Nombre del verdadero Libertador y Mediador nuestro

(1) Be Civitat. Dei. xvi, 2.


corría el mundo todo, entonces fue cuando el diablo suscitó á los
herejes que con nombre cristiano resistiesen á la doctrina de Cris­
to... Mas aún asi, con daño propio, sirven de provecho á los miem­
bros sanos de Jesucristo: eliem sic qitippe veris illis calholicis mem-
bris Ckristi malo sno jirosimt, porque Dios usa bien de los malos y
hace que todu se tome bien para sus amadores. Los enemigos de la
Iglesia, cuando obtienen poder de afligirla corporalmente, ejercitan
su paciencia; cuando de sólo espiritualmente, su sabiduría.
Ya habernos visto en otro pasaje del mismo San Agustín cómo
ejercitan los errores la sabiduría de la Iglesia excitando el estudio
de los dogmas, espoleando el celo y valor de los predicadores, con-
virtiendo en enseñanza lo que fué opugnación y sofisma. Pero los
fieles padecen, hay defecciones, hay escándalos: oid el consuelo que
sugiere San Agustín:
«Aquello que escribió el Sao lo Doctor de las gentes. San Pabla de los
que querían vivir piadosamente: qiti pie volunt viacre in Christo Jcsu de que
habían de padecer persecución, d o hay que pensar falte eu tiempo alguno.
Cuando los enemigos de lucra se apaciguan parceo qne lwy, y en verdad hay,
tranquilidad que llena de coasuelo máximo infinnin. sobre todo ;i los dóbilee;
pero no faltan, liay muchos que doutio de la Iglesia atormentan con sus ma­
las costumbres los corazones piadosos; por cansa de esos se blasfema el nom­
bre cristiano y católico, cosa tanto más acerba para los que desean vivir pia­
dosamente en Cristo, cuanto más caro es para ellos ese Noinbve, y por esos
también se ama menos ese Nombre de lo que las almas piadosas desean. Los
herejes también que al parecer conservan nombre de cristianos, que retienen
nuestros Sacramentos, nuestras Escrituras y nuestra profesión de fe, produ­
cen gran dolor ea los corazones de los piadosos, ya porque muchos que finie­
ren ser cristianos se retiran por esas disensiones de los herejes, ya porque
otros maldicientes encuentran en ellas materia de blasfemar el nombre de
Cristo, con el que de alguna manera se cnbren los herejes. Con estos vicios,
pues, y con estos errores continúala persecución de los que pie volunt viiwe
in Cltrinto Jesu, persecución que padecen co en el cuerpo, sino en el corazón,
patiuntur qu'tppe lutncpeisequulioiicm non in corporibus, scclin cordiin-s* (1).
He aquí las tres ideas que coronarán nuestra novena del moder­
nismo.
Esta reciente herejía traerá, para nosotros tres provechos in­
mensos:
Primero. Nos impulsará. A estudiar nuestra fe con m&a diligen­
cia, y i entenderla cou más claridad: et coasideraníur diligenlius el
intelliguntur clañus.

IB
Segundo. Nos animará á predicarla y confesarla con más valor
é insistencia: el instantius praedicantnr.
Tercero. Nos liará padecer, « o en el cuerpo, sino en el espíritu,
lapersecución de celo y de desagravio, propia délos devotos del Co­
razón de Jesús: patiuntur qwippe Aaue persccutioncm non in corpon-
bus, sed in cordibus.
A ve Marta.

Resumen del modernismo.

Ahora es el momento eu que podemos formarnos una idea cabal


y completa del modernismo, que nos será útil para concluir las
ventajas que nos puede traer y que nos animará pura apartarnos de
cuauto diga algo de modernismo.
Y, en primer lugar, el modernismo es uua «reunión y cúmulo de
herejías», aun se pudiera decir que es «la universidad de las here­
jías modernas». Lo cual comprenderéis recordando cuanto se deja
dicho en ¡os discursos anteriores.
Es herejía y error moderno el escepticismo más ó menos cientí­
fico. por el cual sus secuaces niegau el conocimiento científico y
reflejo de toda verdad; y es también error semejaute á éste el posi­
tivismo, verdadero escepticismo disfrazado, que niega ó la mente
humana el conocimiento de las esencias de las cosas, y le concede
sólo el conocimiento experimental, las experiencias. Error también
que lleva á éstos y que se origina de éstos, paradoja muy c o ­
mún en la génesis é historia de los errores, es el seusismo, que en
realidad niega el entendirafento del hombre, convirtiéndolo en un
sentido más. Pues el modernista cae en todos estos errores y los llega
á profesar; es escéptico más ó menos idealista, cuando nos dice que
el hombre no puede conocer sino las apariencias, los fenómenos,
nada del orden de las esencias; es positivista cuando funda su ign o­
rancia y agnosticismo en que sólo puede conocer el orden experi­
mental: es sensista ó sensualista, porque encerrado en su agnosticis­
mo, el entendimiento no supera á la materia, siuo que como unseu-
tido cualquiera, trabaja sobre ella. Y coma todo esto lo lia bebido el
modernista en las críticas demoledoras de Kant, es en realidad kan­
tiano, como discípulo de tan insigne sofista.
Mas completad la fisonomía del modernista en este su primer
paso de filósofo, y para hacerlo pensad, por ejemplo, en Fonsegrive.
Preguntadle ai es escéptico, si es positivista, si es sensista, y os lo
negari; os negará hasta que es kantiano; vosotros podréis deducir­
lo, lógicaiueute si queréis, perú eu sus obras no encontraréis explí­
cita ninguna profesión de esos errores. Esto no sirve para excu­
sarlos á los modernistas, ni para librarlos del anatema, sino para
distinguirlos, para clasificarlos. El modernista no cesará de decir­
nos que es católico, que ama la filosofía católica, que quiere restau­
rar la filosofía católica, que no pretende sino hacer cesar el antago­
nismo entre la filosofía racionalista y la católica, para lo cual admira
la filosofía racionalista, se fiippapa de la filosofía racionalista y arca­
ba por confundir la filosofía católica con la filosofía racionalista.
Los racionalistas lee llamaron sus aliados y fué propia calificación.
Dad un paso más», lectores míos, dad un paso más, y saliendo del
urden previo y primero de la razón, poned el pie en el umbral de la
fe; el modernismo, aliora como antes, es el cümulo de los errores
modernos, pero recabando y exigiendo para sí fisonomía propia, no
queriendo confundirse con ninguno. Los protestantes asentaron
como fundamento del orden religioso el libre examen, con lo cual
la religión queda convertida en un sentimiento individual; para
Kant, la ley moral, fundamento de la vida religiosa, descansa sobre
afirmaciones cuya necesidad se 9¡ente, pero no se puede probar;
para Hegel, la religión no es más que una fase de la evolución g e ­
neral de la Idea, fase que se acomoda y modifica Regi'm las infinita»
circunstancias de la historia; para los libertinos y tolerantistas, la
religión y la Religióu Católica no es mús que una furnia de cullu, y
Dios se satisface con cualquiera..... ¿Y el modernista.' Pues caerá en
lodos y cada uno de estos errores y podrá ser llamado partidario del
libre examen é indmdnahsta y secuaz de la moral independiente y
kantiano, y también defeusor de la evolución idealista y ket/eliauo, y
por admitir lógicamente todos los cultos, será indiferentista ó liber­
tino, y como todo esto lo establece saturado de las doctrinas sujeti-
vistas de Spencer, será verdaderamente spenceriano.
Porque después de afirmar que la razón humana no puede cono­
cer la esencia de las cosas, sino que tiene que limitarse al circulo de
los fenómenos ó apariencias, asienta el modernista la necesidad sen­
sible que tiene el alma de la religión, necesidad que 110 se ra ­
z o n a , que no es más que un sentimiento irresistible; senti­
miento y necesidad que toma diversas formas según las ideas, las
necesidades, los modos de hablar y de sentir de la sociedad en que
se vive, porque como todo fenómeno psicológico, es funcional de
cuanto le rodea. Mas aqui os sucederá con el modernista como an -
tes; jura y perjura que no es individualista, ni kantiano, ni hege-
liano, ni indiferentista, ni spenceriano; es un católico que quiere
hacer que desaparezca esa lucha entre el orden filosófico moderno y
el orden religioso católico y, claro está, que desaparece la contienda
absorbiendo el orden religioso católico en el orden ülosófico moder­
no. Recordad como verdaderos tipos de este segundo paso, no s ó lo á
Fonsegrive, sino al Selva de Fogazzaro, á Rifaux, á Serre, y á tantos
cuyas palabras quedan citadas.
De estad ideas del agnosticismo y del inmanentismo hacen nues­
tros sectarios la clave para acumular y acumular errores y herejías
en número increíble; todos los errores y todas las herejías de los
tiempos modernos. Porque allá, los criticistas alemanes y especial­
mente Harnack, negaron la autenticidad de los libros sagrados, y en
unos, como en el Pentateuco ó libros de Moisés, sólo admitieron un
núcleo primitivo, enriquecido y aumentado en tiempos recientes
con leyendas más ó menos aceptables, y en otros, como los Evange­
lios, dijeron que no eran libros históricos, sino reunión de narracio­
nes fantásticas de siglos posteriores; porque estoa miamos raciona­
listas ó protestantes quisieron encontrar en la geología y paleonto­
logía darvinistas y transformistas, hechos contradictorios á las
narraciones del Génesis, acerca de la creación del mundo y del Di­
luvio; ó en los descubrimientos de Egipto y Asiría, narraciones
opuestas á la Biblia ; ó porque Renán no ve en los milagros del
Evangelio sino hechos desfigurados y falseados, y en los discursos
de Nuestro Señor, del Evangelio de San Juan, sino arengas retóri­
cas escritas por algún discípulo entusiasta de Jesús; ya los moder­
nistas han de trabajarse para sacar con su agnosticismo é inmanen-
tismo lo que Harnack y Renán y los racionalietas calumnian. No leu
llaméis á ellos racionalistas, ¿cómo, si lo que pretenden es conciliar
la ciencia racionalista con la exegética católica? ¿Si ellos no quieren
sino que se acabe una guerra tan perniciosa para el catolicismo?
Ved y recordad cómo aplican sus principios. Como la razón no
llega á penetrar en las esencias de las cosas y se para sólo en los
fenómenos, no puede en manera alguna tener por sí misma conoci­
miento de nada superior á este orden relativo y fenoménico, no pue~
ile alcanzar nada divino, nada sobrenatural, y esto no lo ha podido
nunca, ni ahora, ni en tiempos de Jesucristo, ni en tiempos de Moi­
sés, ni nunca. Lo que vió, pues, y presenció de maravilloso en las
curaciones y milagros del Señor, en las obras portentosas de Jeho •
v¿, lo simbolizó según el modo como su conciencia ó su sentimiento
religioso estaba predispuesto; aquella generación lo transmitió á la
próxima con las necesarias variaciones en el simbolismo que aque­
lla generación introdujo, la siguiente hizo lo propio con la inmedia­
ta hasta que se escribieron esos libros santos, donde se hallan todos
los simbolismos precedentes que cristalizaron en uno m&s perfecto.
T.a consecuencia natural y lógica es, concluyen los modernistas,
que RosenmUller y Harnack y Renán tienen razón en sus investi­
gaciones científicas y en su orden puramente científico, y los Santí­
simos Padres y los teólogos y los exégetas católicos tienen razón en
e l orden de las leyendas afectivo-religiosas. Pero como I ob católi­
cos modernos tienen el mismo derecho ¿ dejar huella en los sím bo­
los religiosos que los católicos precedentes, y estos símbolos se for­
man en virtud de la concienciacom íin,de las opiniones generalizadas
en el terreno científico, de aqui que es necesario en Escritura evo­
lucionar hacia un simbolismo en relación con lns afirmaciones cicn -
tíficas de Harnack, etc., y de todo* los racionalistas.
Nuestros modernistas, pues, y acordaos de Loisy, D'Alma, doctor
Alta, Saíntyves, etc., no son racionalistas exégetas, sino que para
acabar la lucha con los racionalistas y reconociendo que la ciencia
de la exégesis ha progresado, y que el simbolismo católico debe aco­
modarse á ella acaban por reducir la ciencia católica de la divina
Escritura y confundirla con la exégesis racionalista.
Franco paso tienen nuestros alucinados autores de la Escritura
divina á los dogmas de la Teología: usarán de los mismos principios
y con idéntico resultado. Negaron los arríanos la divinidad de Nues­
tro Señor Jesucristo y su filiación divina, blasfemia que reproduje­
ron los socinianos y reproducen hoy Renán y los racionalistas; nie •
gan consiguientemente el dogma de la Santísima Trinidad todos
estos con espantosa herejía; hacen los protestantes de los Sacramen­
tos meros signos de la gracia, quitándoles su eficacia sobrenatural
y divina, los dejan reducidos á un baño, unas unciones, una cena y
un contrato humano revestidos de ceremonias como la colocación de
uua primera piedra ó la botadura al mar de un acorazado; deshacen
y destruyen el orden sobrenatural, la invocación y culto de los san­
tos llamándolo superstición, la veneración de las reliquias, etc. Los
modernistas, ¿qué hacen? ¿qué? ser arríanos con los arríanos, y soci-
nianos con los sociniauos, y macedonianos con los macedonianos, y
sacramentamos con los sacramentarles, y protestantes y racionalistas
é iconoclastas y ateos con los ateos, con los iconoclastas y cou los
racionalistas, y con los protestantes y herejes, con cuantos herejes
pueda abortar el infierno.
Mas eso sin confesarlo paladinamente, antes llamándose católi­
cos. Ellos distinguen la palabra de Dios en las Escrituras de la Tra­
dición. La Escritura ya vemos cómo la explican: hay en ella un ele­
mento humano que al unísono con las ideas, usos, costumbres y
sentimiento religioso, disfrazó, deformó, modificó I r revelación pri­
mitiva, la cual es lo único objeto de nuestra fe. Todo el toque ha de
estar en purificar el elemento revelado de las deformaciones, sím­
bolos, leyendas, mitos, disfraces y variacioues de que épocas de fer­
vor, de entusiasmo, de poca crítica lo han revestido. He aquí la
labor científica en la cual no debe ser molestada por la Iglesia,
porque no hará nunca nada contra ella. El católico debe aceptar las
conclusiones de la ciencia, y según ellas ir modificando el símbolo
de su creencia. De este modó ya hoy día no se puede decir que el
Verbo es Dios; ya hoy día no se puede aceptar el misterio de la Trini­
dad; ya hoy día no se puede afirmar la eficacia de los Sacramentos,
porque la critica y la ciencia han coucluído y determinado que la
doctrina del Verbo-Dios e3 platónica y la de la Trinidad india, y que
la idea que los Padres del Tridentino tenían de los Sacramentos, era
en su símbolo otra de la que tenían los primitivos cristianos.
La misma cuenta dan de la Tradición, pero con menos trabajo.
Los herejes niegan la Tradición ó, como los protestantes, niegan
su valor dogmático. Los modernistas no la niegan francamente, la
niegan dándole una explicación. Para ellos la Tradición es la serie
de manifestaciones simbólicas, que, según las distintas circunstan­
cias, iban los fieles dando á la revelación primitiva; esta Tradición
está siempre en evolución y va ganando y perdiendo & la continua,
es el elemento humano del dogma que se forma en relación á las
ideas predominantes en una época; ayer y en siglos pasados tuvo
el dogma formas escolásticas, hoy las perderá para tomarlas kantia­
nas; mañana, Dios sabe qué forma tomará. Ni lus herejes, pues, co­
nocen el catolicismo, porque combaten en él la tradición que es lo
variable; ni Roma lo conoce tampoco, queriendo petrificarse en las
últimas formas de la tradición: lo tradicional en la Iglesia es evolu­
cionar según las ideas predominantes en la ciencia, tener formas
neoplatónicas en tiempo del neoplatonismo; aristotélicas cuando el
aristotelismo, y tenerlas ahora kantianas cuando «el kantismo do­
mina con sus dos Criticas, como dos torres, la ciudad del saber
moderno».
¿Qué herejía hay que no haya abrazado el modernismo? ¿Qué
error? ¿Qué loca fantasía? Y todo lo ha hecho por reconciliar la filo­
sofía, la. crítica, la ciencia, el racionalismo con la fe.
Esto en el orden especulativo: resumamos sus errores de orden
práctico.

En torno de estas proposiciones se agita hoy día la controversia


de los apologistas católicos; por todas partes acaece eso, mas como
nota con tino la Civil la Caltolica (1), especialmente en Alemania,
por tener ahora Alemania cierta primacía en el orden científico, y
de aquí en las cuestiones de polémicas especulativas.
De libros y estudios germánicos bebieron tales doctrinas y las
llevaron Rómulo Mnrri, á. Italia, y A. Loisy, á Francia, y de estas
doctrinas participaron modernistas y demócratas cristianos en Fran­
cia y en Italia, pero nunca hicieron de ellas el campo de sus opera­
ciones, éste lo colocaron siempre en doctrinas prácticas, de orden
social, disciplinar, jurídico y político que es el punto donde desde
hace dos siglos presenta y da batalla el enem igo, el progreso mo­
derno á. la Iglesia.
También aquí es el modernismo cúmulo de todos los errores,
pero sin perder su carácter distintivo de pretendida reconciliación.
Fué error y herejía de Lutero, Calvino y, en general, de los pro­
testantes, que adoptaron y defendieron Van Espen, Febronio y los
g a lic a n o s franceses y que de nna ó de otra manera penetró en las
doctrinas regalistas y liberales la constitución de la Iglesia sin su­
prema Autoridad, sin Cabeza visible, sin Primado formando ó una
comunidad en que todos tenían iguales derechos, ó una aristocra­
cia gobernada por el cuerpo episcopal ó una sociedad imperfecta
que dependía exclusivamente de los príncipes seculares; herejías
gravísimas y el fundamento de todos los errores subsiguientes y he­
rejías en que incurren los modernistas. Porque Ritschl, Hatch, Har­
nack, Lüning y otro9 racionalistas con pretexto de estudiar históri­
camente los principios y desarrollo de la Iglesia, han renovado las
antedichas herejías, y con nombre de ciencia histórica baten I03
muros de la constitución monárquica de la Iglesia. Los modernistas
aprovechan aquí las antiguas distinciones entre la fe fundamental y
su símbolo, entre el contenido y la fórmula teológica y creen resol­
ver el antagonismo, callar los fuegos del progreso moderno que ha­
bla por Harnack, si conceden que la fórmula teológica de la autori­
dad ha cambiado, cambia y debe cambiar en la Iglesia; si fué impe­
rial, monárquica, absolutista es porque la ciencia pública sentia en
imperialista, en monárquico, en absolutista; pe.ro hoy que la demo­
cracia «no es un torrente avasallador» sino «una inundación sin lim i­
tes» la Iglesia se acomodará., se hará democrática; tanto más que esen­
cialmente eso fué la Iglesia desde su nacimiento; «la Iglesia no es
una monarquía» (1), la Iglesia es «cuándo feudal, cuándo conserva­
dora; fué mucho tiempo realista, liberal á tiempos, republicana,
también; y aun hoy día es imperialista bajo el Kaiser ó el Czar, mo­
nárquica en España, Inglaterra é Italia, y republicanay democráti­
ca en los Estados Unidos y en Francia, y es que ella es substancial­
mente democrática» (2). Los modernistas, pues, van por el camino
tan trillado, caeu en todos los errores y herejías del progreso m o­
derno mudando sólo el lenguaje.
Proudlion nos dió la fórmula del socialismo y del anarquismo y
de cuantos errores puedan venir en materias económicas con su
frase: «La propiedad es un robo»; los sociólogos del progreso m o­
derno nos dan el medio de llevar á la práctica cualquier revolución
con la soberanía popular ó leyes de las mayorías; con tales predica­
ciones germina el orgullo con nombre de odio á las clases, á la j e ­
rarquía y de hecho amor á la revolución con nombre de reivindica­
ción de derechos, maerte de la tiranía, abolición de las cadenas.
¿Qué harán los modernistas? Hacerse socialistas con los socialistas,
anarquistas con los anarquistas y aceptar la revolución social. ¿Cómo?
Fijos eu sus principios. Esas no son sino evoluciones de la concien­
cia pública, manifestaciones del sentimiento de la libertad, á las
qnc el catolicismo no debe oponerse. Y si alegáis los crímenes, los
horrendo* crímenes de la guillotina, los incendios, las bombas, el
odto á la Iglesia, la invasión de la propiedad, os contestarán con
Boeglin que esas son «las espumas del agua torrencial», ó con Des-
grées du Lou «que esas son las incorrecciones de una democracia
todavía joven y como joven imprudente».
V ¿cómo d o han de admitir los modernistas la revolución social
en el orden secular cuando la admiten eo el religioso? Según ellos,
no ia esencia que es incognoscible, sino la fórmula teológica del
gobierno de la Iglesia es hoy día la democrática, el Papa es el poder
moderador (1). algo asi c o n o un Rey ó Presidente constitucional; eu
esta democracia luchan á la desesperada dos fuerzas, lo mismo que
en los Estados que se rigen por los principios del progreso moderno;
estas fuerzas son, regresiva la ur.a y progresiva la otra (conserva­
dores y progresistas); el gobierno propiamente lo hace la resultante,
que siempre ha de aer progresista. El Papa ya se inclina á uno ya
al otro lado como un poder moderador.
Ahora se nos presenta va el centro de la lucha: el orden político.
Los protestantes reduj^rou á la Iglesia disidente á una oficina del
Estado, como sucedió en el Cisma griego; el febronianismo y el jose-
fiim m o austríaco pretendían lo mismo; el liberalismo conservó en
parte ó en todo las doctrinas cesaropapista del siglo xvm ; por últi­
mo, el catolicismo liberal ó por real indiferencia en materias religio­
sas ó por favorecer aparentemente íi la Iglesia, proclamó la práctica
separación de la Iglesia en el Estado. Todas estas herejías y errores
han sido siempre condenados por la doctrina católica; pero los m o­
dernistas se harán en esto reos de ‘protestantismo, febronianismo. jóse-
finismo, liberalismo y catolicismo liberal. ¿Cómo? Condenando comu
ya anticuada fórmula el Merocratismo (palabra nueva para ideas an­
tiguas) y aconsejando á, la Iglesia que se contenga dentro i!e los limi­
tes religiosos y sociales que son lossuyos y dejando el terreno políti­
co. El no hacer e30 «la Iglesia», ó mejor «la Curia romana», «la Curia
vaticana», «el Vaticano»/, «donde imperan los jesuítas» (2). produce
inmensos daüos á la sociedad política, á la tercera Italia, ti la terce­
ra República en Francia, á la atrasada España, «miyo atraso y vnina
no le viene sino del ultramontanismo». Enemigos, pues, los moder­
nistas, lo mismo del hierocratismo que de la esclavitud de ln Ig le ­
sia, adoptan la forma de América y de Bélgica ccmo la mejor, y
quieren que «el Estiido no sea ni católico ni protestante», sino
solamente teísta el Estado y con él todos sus organismos ó funcio­
nes, escuela, ejército, periodismo, etc., y reducen á este deísmo, ó
sentido religioso, los deberes del católico en la vida pública; todo
lo demfts lo llaman política, «con la cual nada tiene que ver la re ­
ligión».
Los demás errores en el orden disciplinar, litúrgico y moral se
formulan del mismo modo; todns esas variaciones que se han de intro­
ducir las exigen los tiempos modernos. La condenación de libros por
el índice y el Santo Oficio es un resto del hierocratismo intelectual, de
la teocracia ríe la Edad Media; la teología y filosofía de Santo TomAs
y de los escolásticos trae cousigo las fórmulas del dogma aristoté­
lico que la moderna civilización ha sustituido por Descartes y Kant;
lna antiguas historias y Vidas de Santos vivían del credulisino so
brenatural y fantástico, que era fórmula de creer de la fantasía m e­
dioeval y estaban impregnadas de aquel respeto Imperialista y hle -
rático que hacia defender á los Tapas, á los Obispos, á. los prínci­
pes católicos por cánones apriorísticos; la liturgia toda y el esplendor
de los templos era efecto de las ideas de la conciencia pública que
revestía toda manifestación religiosa de ese esplendor regio, pero
que pugna con el sentido democrático de nuestros días; las virtudes
mismas tienen el sello moníislico de sujeción, retiro, encogimiento,
sumisión, obediencia, retraimiento, que forma el carácter de una
sociedad sin vida exterior, sin expansión industrial y comercial, sin
sentido de libertad individual que son las conquistas imperdibles de
la civilización contemporánea.
Todo esto lo admiten los modernistas por amor á la Iglesia; pero
no á esa Iglesia «de fórmulas anticuarlas», de «excreciones parási­
tas», de «inmovilidad hierática»; sino á la Iglesia « católica, es decir,
universalentodasla3concienciasque son, h ansidov serán, aunquese
separen por confesiones y fórmulas distintas del dogma» (1). Aun á.
esa Iglesia, en lo que tiene de substancial la aman, y ellos lo que
procuran es «resolver la crisis religiosa», «detener la desbandada de
católicos», «atraer los hombres de buena voluntad», «unirse á todos
los que sienten y viven á DÍ03 en sus almas», oponer un muro de
sentimiento religioso, prescindiendo de fórmulas al sentimiento
aleo de nuestros días. Ellos se alian con los italianisimos, con los
protestantes, con los republicanos de Combes, con los socialistas
radicales, con los mismos anarquistas; pero nunca y de ningún modo
con loscatólicos intransigentes de L’ Unilfi Caltolica, ni con los calko-
tiques atañí íoul de L’ Univm ó La üroix, ni con los monárquicos de
L’Aclion francaise, porque esos son «los grajos que rodean las casas
de loa muertos», los «sepultados y cuatriduanos que inficionan con
su hedor», los que «indisponen k la Iglesia cou sus enemigos», los
«esbirros de la ortodoxia» que «renuevan métodos de delación en el
clero», los «inquisidores que, si pudieran, purificarían con llamas
las almas á costa de los cuerpos», «los quijotes del catolicismo que
sueñan con molinos de viento», «los poco prácticos que exigen y re­
claman imposibles», los que quieren atajar la democracia y el pro­
greso, que es torrente desbordado, ó mejor, «inundación que lo c u ­
bre todo».
¿Qué más? Estos hombres, ciegos de amor & todo lo moderno, &
todas las conquistas de la Revolución, no se contentan con despre­
ciar y denigrar & los Papas, Reyes, Emperadores, padres y defenso -
res del espirilu cristiano y de la Iglesia, con rebujar las empresas,
instituciones, progreso y cultura de los siglos de fe y religión; no se
contentan con insultar á los católicos que en la prensa, en los libros
se le oponen como inuro por la casa de Israel, sino que llegan A. des­
preciar á los Obispos cuando reprimen su mala doctrina, ó, las Con­
gregaciones romanas cuando condenan sus libros, ¿ los Sumos Pon­
tífices cuando cesan de sufrirlos. El glorioso Pío X ha sido víctima
de los modernistas, llamándolo por desprecio y como por reprensión
«el sucesor de León XIII», «apellidándolo ignorante, sin dotes de
gobierno», «cura de aldoa» y otros calificativos mhs indecentes qut'
me da vergüenza recordar. ¡Y estos eran los hombres que hace pocos
años, segíin decía Mgr. Turinaz, se tenían por los ecos de las direc­
ciones del Papa!
He aquí un breve mapa de la reciente herejía del modernismo;
herejía, resumen de todas las demás, como la llama el Papa; campo
de discusión donde se ventila, como observa LaCivUta, la proposi­
ción 80 del Sílabo de Pió IX: «El Romano Pontífice puede y debe
reconciliarse y componerse con el progreso, con el liberalismo y con
la civilización moderna»; herejía, por último, cuya síntesis podría
reducirse á estas palabras: Es el modernismo aquella herejía que,
intentando reconciliar la Iglesia con el progreso, con el liberalismo
y con la civilización moderna, destruye á la Iglesia en su filosofía,
en su dogma, en sus derechos, en sus relaciones, en su disciplina y
en su moral para hacer de ella lo que exige el progreso, ti libera­
lismo y la civilización moderna.
Ataque tan general íi toda la vida del catolicismo trae consigo
necesariamente la defensa de los buenos católicos, y aquel estudio
de que hablaba San Agustín cuando decía que el primer provecho
<ie las herejías era que por causa de ellas las verdades de nuestra fe
consideran tur diligentius et rnldVujimlur clarins.

II

Estudio v conocimiento de la verdad.

No es intento mío en este lugar hoccr un compendio de toda la


doctrina católica negada, impugnada ó vendida al enemigo por los
modernistas: tan solo cuadra en este puuto resumir las enseñanzas
católicas más en peügro y que ya se han ido exponiendo.
En lo cual hay que notar cuidadosamente lo que ya enseñó Pío IX,
de santa memoria, hablando de los católicos liberales, cuya conduc­
ta ya han practicado los modernistas; que no es lícito al católico
defender cualquier proposición errónea ó falsa, temeraria ó presun­
tuosa escudándose con la idea de que aún no ha recaído sobre ella
una definición, una condenación ex calhedi'a. Las Sagradas Congre­
gaciones, el magisterio ordinario de la Iglesia en la predicación y
los libros, la misma razón ilustrada por la fe, son normas de verdad
¿ q u e se hace necesario obedecer (1). Los católicos liberales, escri­
bía Pío IX, son tanto más perniciosos..... porque manteniéndose
dentro de ciertos limites de proposiciones condenadas muestran a l­
guna especie ú apariencia de probidad y de intachable ortodoxia (2).
Y Su Santidad Pío X termina su Encíclica amonestando á aquellos
que sin profesar desnudos errores modernistas se inclinan á ellos,
los favorecen y con palabras ambiguas parecen participar de su ve­
neno. Y la Sagrada Congregación del Santo Oficio ha recomendado
al celo de los prelados y de los de las comisiones diocesanas de v i­
gilancia denunciar los libros, periódicos y escritos no sólo los opues
tos á la fe, sino los poco conformes con las enseñanzas de la Iglesia.
Gran vigilancia y esmero eu la pureza inmaculada de la fe, que

(1) Satis non est baereticam pravitatem devitare, niei ii quoqae errores dili-
genler fugiantur, qni ad illam plus mlnuave accedunt. Conc. Vatic. De fid. catli.
—(3) *H¡ vero periculosiores omaino snnt et exitiosiarea apertis hoBtibus...
tuni quia intrn certos improbatarum opinionum limites consistentes, speciem
qaauidnm probltatis et inculpabais doctrinas praeleruut...... Breoe de Fio I X de
i¡ de Marzo 1873.
lia de servim os de ejem plo pura procurar no sMo no ser m odern is­
tas, sino ser positivam ente antim odernistas y para im itar el ejem plo
de aquel gran Padre Nuestro San Ign acio de Loyola. que n o se co n ­
tentaba con definir en los ejercicios cuál era la doctrina definida en
Constanza y Florencia por la Iglesia, sino que señala las R eglas
para sentir con la Iglesia tom ando para regla de nuestro sentir el
am or ile los católicos y el odio de los adversarios.
A pocos puntos podemos reducir este nuestro antimodw/iisiiio, y
sean puntos diametralmente opuestos á las tendencias de nuestros
adversarios de última hora.
En prim er lugar sea un am or decidido á la verdad ju n to con la
prudente confianza de alcanzarla. A im itación de nuestro divino
¡Salvador figurém osnos estar continuam ente frente á uu m undo es­
céptico, míis escéptico que el m undo sim bolizado por Pilato, que nos
pregunta desdeñoso: ¿Q «id est xeritasf ¿Qué es y dónde está la v e r ­
dad? Al cual nosotros contestam os con el valor de los confesores de
la fe: La verdad está prim ero y principalm ente en las euseñanza*
de las divinas Escrituras, que un pueblo de creyentes y de santos
lm transmitido hasta nuestros dias; la verdad está también, p rin cip a l­
mente, en esa contante y uniform e predicación y sentir unánim e d e
Obispos, sacerdotes y fieles unidos con su Cabeza el Papa, que son
la cadena áurea que m e com un ica con los cristianos de los siglos
medios, y por éstos con los de los siglos prim eros, y por éstos con
los Apóstoles y con el Señor, que es la verdad y viu o á dar testimo
n io d e la verdad; la verdad está tam bién en la obra y trabajo de m is
sentidos y de mi propia razón que puede alcanzar, y en m uchos casos
alcanza y posee la verdad; la verdad está en la eviden cia, la verdad
está en las d educciones lóg ica s, la verdad está aún en los co n o ci­
m ientos im propios com o el del alm a, del espíritu y de Dios, á quien no
veo, pero con ozco; de quien tengo evidencia, aunque no visión i n ­
tuitiva y propia (1); la verdad está asim ism o en el testim onio ajeuo
que puede ser de personas tan verídicas, tan doctas en lo que ase­
guran, tantas en núm ero, tan diversas en intereses que sea absurdo
y tem erario negarles asentim iento y fe; la verdad, por fiu, está en
esta razón hum ana ayudada, vigorizada, asegurada por la fe, la cual
no la destruye sino que la ayuda, com o ayuda el V.* B.° de un
maestro las investigacioues atinadas de un principiante y com o fa-

(1) Artlc. N icol ai de TJUrie. daaiuati a S. Sede ann. 134C. Enthir. Demingert
u , i.t t u i.Error d m n n . & Steph. P a r i f li e ü f l. epieco. a . 1276* Ibxd- n . l x .
vorece uu faro costero el trabajo y pericia del rem ar, del tim onear
d e laboriosos navegantes y com o esfuerza la mano de la madre sus­
tentante los primeros pasos del niño que procura andar y que anda.
Eu todo eso está la verdad y para eso lia ven ido el católico al m u n ­
d o para dar testim onio de la verdad.

Sea el segundo punto de nuestro an (modernism o una n oción c a ­


bal de lo que es la fe; noción que debem os tener para contestar v ic­
toriosam ente íi los que nos exam inen de ella. La fe católica objeti­
vam ente 110 es una ilum inación interna y secreta, un sentimiento
firm e, que mi alm a experim ente, de que Dios me habla, de que Dios
revela sus misterios; la fe 110 es una especie de inspiración privada,
un sentim iento va go religioso, u n aa feccióu sensible ó sensual; no, la
fe uu es uada de eso. La fe católica es esencialm ente una euseüauza
hecha por uu maestro Dios y recibida por mi su discípulo, y com o
enseñanza puede ser de cosas superiores á tu i entendim iento ó pa­
readas cou él, cosa sy verdaclesque me ilustren elevándom e á re g io ­
nes que ni mis ojos, ni mis oídos, ni mi inteligencia pudo en trev eró
asegurándom e, por la palabra de ese Dios mi Maestro, de la certeza
suma de aquello que yo ya sabía. La fe católica subjetivam ente es,
pues, este conocim iento que prescinde de la materia y se tiene sea
en una ó en otra materia porque Dios es el Maestro. La fe católica
no se funda ern la probable enseñanza de Dios, sino que se asegura
enteram ente antes de creer en la irle» de la certeza que hay «le que
Dios ha hablado eu su Iglesia. La fe católica, pues, 110 se puede
fundar sobre la arana inestable de la probabilidad, sino la roca firme
d e la certidum bre y de la evidencia de la credibilidad, de que Dios
lia hablado.
El amor de mi salvación y de mi bien rae debe necesariam ente lle­
var ú buscar y con ocer la revelación que es de Dios, la cátedra don­
de enseña Dios, el culto y la religión que prescribe Dios (1). Y para
afirm ar de hi revelación católica que es esa que yo busco, cuán a d ­
m irables, cuán brillantísim os argum entos me convencen de que es
d ivin a , de que «1 decir de .San Crisóstomo: :<El principio todo de
nuestros dogm as tiene su raíz en el Señor y dom inador de los c ie ­
los» (1) y de que por ende n o liay nada ni más cierto, ni más s e g u ­
ro, ni m&s santo, ni asentado sobre más firm es principios que mi fe.
La cual santísima fe no se funda en el furor de las armas y espauto
que produjera en el m undo com o el A lcorán; ni se fuuda en querer
cebar pasiones ilícitas y en las crueldades y guerras de un Mauricio
de Sajonia, de un Gustavo Vasa, de uu pirata Drake, ó de cualquier
rey ó general sagaz y afortunado, com o se extendió el protestantis­
mo; ni se funda tam poco en la sabiduría discutible de un Pascal, un
Voltaire, un Rousseau, un Diderot; ni en la espada soberbia de un
Napoleón; no: los m otivos de m i fe son más firmes, com o que el na­
cim iento, la vida, la m uerte, la resurrección, la sabiduría, loa p ro ­
digios, los vaticinios y profecías de su Fundador Cristo Jesús, la
confirm an y aseguran y me certifican ser esta fe maestra de la vida,
enseñanza segu ra de salvación, en em iga de todos los vicios, madre
fecundísim a de todas las virtudes. Y aún tengo más, porque esta fe
refulgente con la celestial luz de divinas virtudes y adoruada con
los carism as del cielo, tiene cum plidas en sí las predicciones de
tantos profetas; se avalora con el esplendor de innum erables m ila ­
gros; se en joya cou la sangre y los despojos do m illones y m illones
de mártires; se rodea de la gloria y esplendores de innum erables
Lijos, dechados de toda santidad; se gloría y enaltece con la pureza
de un E vangelio ante quien se sourojan y arden de vergüenza los
preceptos de Confucio, las prescripciones de Dudha, la sordidez del
Alcorán, las liviandades del libre exam en, las rigideces de Crom -
w ell, las hipocresías de íSaint-Cyran, las crueldades y utopias de los
derechos del hom bre; se ufana, por últim o, y para acabar nlguua
vez, de que ella, la fe católica perseguida p or el poder rom ano, por
el odio vandálico del arriuuo-bárbaro, por los celos de los cesares
bizantinos, por el fanatism o m usulm án, árabe y turco, por la cruel­
dad de Enrique, de Isabel, de los hugonotes y calvinistas, por el
furor salvaje de los hijos del Terror, por los sofismas de todos los
cabios-necios, por la fuerza de todos los fuertes-débiles ha salido
incólu m e, más vigorosa, llena de ganancias celestiales y ha se­
g u id o su cam ino apoyada en sola la Cruz de Jesucristo conquistando
pueblos, gentes, naciones bárbaras ó rebeldes, dándoles leyes, c iv i­
lización, am or y grandeza, ilum inaudo sus entendim ientos, su avi­
zando sus corazones, unciéndolos á todos al dulce y u g o y á la car*
g a ligera y predicando por doquiera la paz, el bien , el E van ­
g elio.
Esa es mi fe, y por eso creo y o en ella. Por eso mi razón, sintien­
do la luz de Dios eu esa Iglesia y en esa rev ela ción , se arroja coa
absoluta confianza en sus brazos y quiere ser m anuducido y guiado
de ella. Las Escrituras le aparecen no sólo com o libros santos con ­
servados religiosam ente por generacion es sin cu en to, no sólo com o
libros auténticos escritos por autores dignísim os de fe y aún por
testigos oculares de lo que narran, sino por libros inspirados por
Dios, dictados por Dios, escritos por el dedo de Dios y por eso ni
quita, ni varía, ni duda de una sola palabra del Libro Santo. Esa
m ism a fe me enseña el valor de la predicación eclesiástica, cadena
de oro que de eslabóu en eslabón viene desde los labios de Jesucris­
to á los de los A póstoles, de éstos ó. los Santos Padres, de los Santos
Padres á los polem istas, predicadores, teólogos, Obispos y fieles que
me com unican á m i lo que fué á ellos encom endado. Esa es nuestra
fe, no nueva, n o reciente, no com enzada en la g u illotin a , ni en el Jue-
g-u de Pelota, ui en Calvino, ni eu Lulero, sino heredada de los P a ­
dres, conservada por la T rad ición , custodiada por los Pastores del
rebaño de Dios, atesorada en la ininterrum pida sucesión de la Sede
Apostólica, recibida de los labios m ism os de Jesucristo y de sus
Apóstoles. Esa es nuestra fe no dudosa, no vacilan te, no opinión,
sino cierta, tenaz, in con m ovible, fortificada por la libre acción de
nuestra voluntad, y más fuerte que el conocim iento que tenem os de
nuestro propio ser, porque má-s fácil es que yo m e en gañ e al creer
que existo, que el que Dios se eng'añe ó me engañe.

El tercer principio de nuestro antm odm iism o debe ser nuestra


fe, nuestro amor á la Iglesia Católica. Iglesia, en prim er lugar, úni­
ca, ante la cual las sectas son las im púdicas rameras de que Eze-
quiel y Jerem ías nos hablan, son los hijos crim inales y rebeldes que
rasgaron el seno de su Madre, son los verdaderos crim inales que hu­
yeron de la Ciudad Santa, de la Jerusalén divina en la tierra. Iglesia
que es sociedad espiritual, cu yo fin es dirigir á los hom bres al cielo,
salvarlos com o Arca de salud espiritual, en el diluvio que auega la
tierra. Iglesia que es sociedad com pleta, perfecta, independiente y
.superior i todo im perio, reino y hum ana sociedad perfecta; que no
necesita ella del listado, porque sil reino no es de este m undo y que
por conservar esta suprem acía é independencia divina pndeciú tres­
cientos años de persecución desde Nerón A Constantino (1) y pade­
cerá cuantas perm ita su divino Fundador. Sociedad jerárqu ica y m o ­
nárquica con uu Supremo Padre, Pastor y Rey el Soberano Pontífice
que tiene verdadera autoridad doctrinal para enseñar, y gubernati­
va para m andar, castigar y juzg-ar; autoridad que en debida pro­
porción desciende ya á los Tribunales Supremos de R om a, ya á los
Obispos y jerarcas particulares. Sociedad que extiende su enseñanza
y autoridad sobre los reyes, principes y gobernantes cristianos que
por serlo, no dejan de ser ovejas del Pastor de R om a, hijos d é l a
Santa Madre Iglesia, ln cual los puede aconsejar, instru ir, d irigir y
m andar de modo que usen su autoridad para bien de sus propias
almas y de las de sus súditos y ciudadanos. Sociedad perfeeta que
tiene derecho á que los delitos com etidos contra Dios Nuestro Señor,
contra ella m ism a, contra su jerarquía y sus m inistros, sean repu­
tados por las leyes civiles com o verdaderos y gravísim os delitos y
sean castigados y condenados por la espada temporal, dada á los re­
yes y ju eces tem porales, no sin causa, más para el bien y no para
pantalla de la corrupción y apostasía de los pueblos. Sociedad única,
sania, perfecta, llena de herm osura, indefectible y perenne, Madre
y Maestra de los pueblos, cu y a sola cabeza visible es el Rom ano
Pontífice «al cual e3 necesario para la salvación que toda criatura
hum ana se som eta» (3).
Iglesia que debem os am ar según Jesucristo la amó: amar para
ella la incolum idad de su doctrina, ln disciplina de su jerarqu ía, la
superioridad de su ser, la entereza de sus derechos, la reivindica­
ción de sus agra vios; de m anera que por n ada, ni por nadie falsee­
mos sus d o g m a s , debilitem os su autoridad, pospongam os ante el

(1) «Neqnaqnam enim Bumaiii ornees religiones tolurabant, Bed eaa qua«
Pont. maz. idest, Caesari subesso dctroctabant aat ex sua opinione b o u o re ip .
nocebant ipsamque religionem Status reiiciebant, penitus exstirpare et prohíbe-
re conali Bant... Quae peraecationes divinatn originen) atque plenam perfectam-
que independentiam Ecclesiae a potestate civili evidentiasime demonstrarunt.»
Wemi. Jut. Deere l, 1. 1, p. 28, 24».—(2; «Porro aubesee Romano Pontifici om ni
humanae creaturae declaramue, dicimua, detiniinuB, et pronuntiamua omnino
eese de neceaaitate salutia >. Bonifacio VIII. Bu.ll. < Unam tanctam*.
César su prestigio, cercenemos sus fueros, callemos cobardemente
en sus atropellos, abandonemos desesperanzados el clamar por la
restitución de lo que por derecho divino le pertenece. Ella es divina
y no teine de los hombres que pasan; ella se asienta en peña viva y
no se tambalea al embate del huracán; la tempestad de hoy pasará
como pasó la de ayer y la dejará más embellecida, más llena de
trofeos, más hermosa.
A este amor á la Iglesia corresponde el que deseemos que acu­
dan á ella todGS los pueblos, reinos, naciones, clases sociales é indi­
viduos; pero nuestro amor debe ser para que esas multitudes expe­
rimenten lo que es la Iglesia; y, ¿cómo lo experimentarán si em ­
pezamos por deshacer ó enmascarar á esa Iglesia? ¿Cómo vamos á
lograr que este siglo pecador y apóstata halle su remedio en la Igle­
sia, si empezamos por hacer de la Iglesia el remedo del siglo após­
tata y pecador? Atraigamos, sí, ú todos, pobres y ricos, reyes y va­
sallos á. la Iglesia más para que gusten la dulzura de sus abrazos,
lo confortante de la inflexibilidad de su dogm a, lo elevado de su
moral divina, lo ordenado de su sabia disciplina, lo augusto de su
sagrada liturgia y de su sobrehumano culto.
A este amor, finalmente, toca el que deseemos rodear los tem­
plos y los ministros del Señor de la grandeza y pompa que demues­
tre la estima en que tenemos al Dios que vive y nos habla en ellos.
Amor que debe ser ordenado no queriendo herir &. la Iglesia en su
ser para que el mundo le siga prodigando sus honores; pero tampo­
co queriendo despojarla de sus debidos honores para hacerla agra­
dable á sus enemigos. Este amor solo podrá sentirlo el que ame ásu
Madre por lo que es: si por ser lo que es su Madre va á las Catacum­
bas el hijo, la amará doblemente alli, como Madre y como Mártir,
y no le aconsejará que reniegue ni por temor á las Catacumbas, ni
por deseo de salir de ellas; pero tampoco arrebataré el hijo á su
Madre ni las preseas que le dió Constantino, ni los Estados que
le dió Carlomagno, porque 63e hijo es hijo y no es el Apóstata Ju­
liano.
Digámoslo de una vez: ni Dios necesita de nuestros templos, ni
la Iglesia y el prestigio de su autoridad de nuestras humillaciones;
¿110 era acaso Dios cuando llenaba los espacios antes de que existie­
ra Adán?, y Pedro, ¿no era el Vicario de Dios, preso en la cárcel ma-
inertina y glorificando á Dios en su Cruz? Nosotros somos los que ne­
cesitamos darle á Dios honra y alabanza á nuestro modo, sacrificán­
dole y retornándole agradecidos algo de lo que B1 nos ha dado; nos­
otros somos los que necesitamos manifestar el amor, la veneración
y el respeto que tenemos á los que nos engendran por el Evangelio
hasta que se forme Cristo en nuestros corazones.

Cuarta regla de nuestro antimodmvismo sea el verdadero amor


de familia que tengamos á los miembros de esta sociedad, la Iglesia
Católica; á los católicos. Como en toda familia noble y morigerada,
amemos nuestros ascendientes, los blasones de familia, las tradicio­
nes de familia; en ellos busquemos continuamente ejemplos que
imitar, reprensiones para nuestra flaqueza, alientos y auxilios para
llevar con honra nuestro apellido y huyamos de escudriñar de tal
modo nuestros pergaminos que la desilusión y el envilecimiento
nos rebaje. No creáis que esto es metáfora: filii Sanclomm suimcs;
los santos son nuestros Padres, Padres llama la Iglesia á aquellos
primeros varones que plantaron las cristiandades con sudores y
sangre; Padres son de los pueblos los Santos Patronos de ellos y la
Iglesia toda es una familia en que unos son padres y los demás
hermanos.
¡Qué hermoso es sentir estas ideas y leer la historia de la Iglesia,
la vida de los santos, las tradiciones religiosas de nuestro pueblo
com o el álbum de nuestra ascendencia, como la colección de nues­
tras tradiciones de familia, como el espejo de vida eu que nos ha­
blan nuestros mayores! Cuando hijos espúreos ó hijos pedantes nos
quieran arrebatar ese tesoro con probabilidades más ó menos apa­
rentes, respondamos que ese cuidado de velar sobre ese árbol genea­
lógico, de depurar esas tradiciones, de revisar ese martirologio se
lo dejamos á los Padres y á la Iglesia Romana y que á nuestra fe le
hasta tener firme la tradición paterna y venerar á Dios en sti.s san­
tos y en sus obras, si bien dando á la narración humana la fe hu­
mana que le corresponde. Por lo que á mi toca os lo diré franca­
mente, prefiero equivocarme cien veces por respetar la tradición
paterna y la fe de los sencillos, que acertar una poniendo á mis m a­
yores de falsarios y escandalizando la fe del mínimo de mis herma­
nos en Jesucristo.
¡Qué hermoso es sentir estas ideas de santa fraternidad en toda
Ja gran familia cristiana, poniendo nuestro saber, nuestro talento ó
nuestro prudente silencio i. la defensa de los grandes intereses del
celo y de la religión, cuando ante los indiscretos peligran por las fal­
tas y debilidades humanas de esos nuestros Padres ó ascendientes
en Jesucristo! ¡Qué hermosa, tierna y edificante es el capa de Sem
y Jaíet, para contestar á las petulancias insolentes de Cam! Deje­
mos ese trabajo de hozar en los sepulcros venerandos de nuestros
mayores á las hienas y chacales de la heterodoxia, y nosotros, como
piadosos galaaditas (1), demos honrosa sepultura á los restos profa­
nados de Saúl. Por mi parte, repito francamente, más quiero ig n o­
rar cien pecados de mis padres que pongan en peligro mi respeto
debido h ellos y escaudaliccn á mis hermanos débiles en la fe,
que toda la ciencia histórica ú costa de tantos y tan lamentables
daños.
Este sentimiento de familia cristiana pongámoslo también á ser­
vicio de nuestros hermanos que guerrean sin cesar por la pureza
del dogma, integridad de la disciplina, conservación del espíritu
tradicional, santidad de las costumbres cristianas. Sean religiosos,
sean seglares, ya trabajen reposadamente sobre los libros como
cuerpo técnico de la fe, ya se coasuman en continua lucha en las
avanzadas y guerrillas del periodismo, del m itin , de la asamblea
legisladora, tengamos siempre para ellos, mientras la caridad pru­
dente lo permita, la interpretación am orosa,el consejo atinado, el
aviso desinteresado, y el bálsamo de caridad y la alabanza oportuna
para restañar su sangre ó encender sus generosos espíritus.

Quinta y última regla de nuestro antimodemismo sea huir del


campo de nuestros adversarios.
Huid, os diré, con un consejo del Apóstol, reproducido por
León XIII y por Pío X (2) hasta su manera de hablar, que t*s como
cáncer que corroe y mata. No toleréis en vuestra conversación y trato
esas frases de desaliento tan comunes en nuestros modernistas: que
la revolución no vuelve atrás, que las malditas libertades de perdi­
ción no tendrán regreso en la conciencia pública, que la Iglesia debe
olvidar sus reivindicaciones para poder conseguir algo, que lo me­
jo r para ella es contentarse con el derecho común, que pedir y ha­
blar de los derechos de ella sobre el Estado, es soñar con la Edad
.Media, alimentar ilusiones, fomentar un espíritu de quijotes, fanta­
sear con una Jerusalén muy buena para la gloria, pero no para v i­
vir en la tierra.
Huid de todas aquellas palabras que puedan indicar novedades
i;u el espíritu, disciplina, ritos de la Iglesia, ya por la petulancia que
encierran, ya por el peligro de escándalo; que es menester empren­
der nuevos caminos, renovar el catolicismo, salir de las sacristías,
romper los viejos moldes, ser hombres de su siglo, acomodar la dis­
ciplina ¡i los usos de la época, plegarse ;i las exigencias del alma
moderna, etc. Y mucho m is, huid de figuraos la Iglesia como
un Estado moderno solicitada por conservadores y progresistas y
caminando en continua evolución hacia la izquierda, sino que
guardando el hablar de los Padres, llaméis á los hijos fieles, que
con los Pastores y el Sumo Pontífice guardan el depósito tradicio­
nal de la fe. los verdaderos y fervorosos católicos, y k los otros,
senn quien sean, novadores, modernistas, ó á lo menos, moderni­
zantes.
Regulad tainbiéu vuestras relacioues con racionalistas, liberales
y protestantes, con las sabias reglas del Evaugelio y de Su Santidad
Pío X; no busquéis sus elogios ni os complazcáis de 3us alabanzas,
antes alegráos en sus diatribas y odio, porque non estis de mundo,
pues si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; si de mundo
fiiisselis , m/tudtts qnod smvi erat diliyerei (1); no tengáis con ellos
sino aquellas relaciones, no de amistad, que el ordinario comercio
de la vida y las necesidades de la Iglesia exigen; no toméis nunca,
ni de ellos, ni de sus libros, verdades ó doctrinas sanas, que mejor
Ins encontráis eu libros ortodoxos, y que son propiamente de la
Iglesia; ¿quién os manda, os diré con San Jerónimo, quaerere aurum
in stenjniHuio, buscar una pieza de oro en un muladar? Sentid, por
último, aquellas palabras tan fervorosas de un hijo predilecto de
Nuestro Padre San Ignacio, que hablando é instruyendo á los Padres
de la Compañía de Jesús, adelantados en frontera de herejes, les
decía:
' N o se amo on los lierejoe sino la naturaleza quo lian recibido do Dios; y
si j;aroc¡ei-a que licnou algo ó do virttulcb naturalets. porque os claro ijne no
tienen ninguna infusa y sobrenatural, ó <lo erudición aunque no estuviera con-
tagiacla 6 tocase á error de hornjfft, abominemos todo, absolutamente t.ndo Ir»
que de ellos procede» (1).
Como véis, nuestro antimodmiismo ha de abrazar todo el campo
de la filosofía cristiana, del credo cristiano, de la vida cristiana. Si
del ataque de nuestros enemigos sacamos estudiar nuestra filosofía,
uuestro credo, nuestras máximas de vida, habremos verificado el
oportet haereses esse de San Pablo, según el comentario de San Agus­
tín: á su rudo golpe, las verdades cristianas cousideranlur diligen-
liiis, intelligvntur clarisas.
También, con la gracia de Dios, se verificará lo que añaden: Y se
confiesan más asiduamente: inslanliuspraedicantur.

III

GonfesiAn de andmodernlsmo.

Gran asiduidad en confesar las verdades más contrarias á los


errores de los herejes de su tiempo mostraron siempre los Santos
Padres. A ejemplo de San Juan, que escribió su Evangelio contra
Cerinto, y en todas sus páginas acumula testimonios de la divinidad
del Señor, los Padres coetáneos de los arríanos y macedón ¡anos,
multiplican sus confesiones de la Santísima Trinidad, y con esta
doxología ó fórmula de glorificación acaban todos sus sermones, en­
tonando himno de gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; San
Agustín, San Próspero de Aquitania, los Padres de aquella edad, no
tienen idea alguna más presente, que Techazar laa imposturas de
los Pelagianos contra la gracia divina; los teólogos y escritores c a ­
tólicos del siglo xvi dirigieron á la continua sus tiros contra los
errores protestantes; Pío IX murió repitiendo por centésima vez sus
anatemas contra la moderna libertad, y Pío X no cesa de inculcar
las verdades más opuestas á los errores del modernismo: es la utili­
dad que sin querer traen las herejías que, como preservativo, se in­

(I) Nihil illorum ametor ni ai notara, qoam habent a Deo; ei quid enim alinii
habera videatnr vel virtatum moralium (nam apertum est nullam illos habere in-
fusam virtuteuij vel eruditioDis, etiamei nihil in illis eaeet depravatum, vel h ae-
resitu attingeret onmia tnmen sunt abominanda quae ab bis proáciacaatur.
(P. Nadal, Instruc. Vienuae data. Epist. P. Nad., iv, n. 139, p. 224.)
culcan ellas con aquella instancia que nos describe el Apóstol: op-
portv.ne et importune.
Pero h nosotros, los hijos de la católica España, ¿nos podri. pare­
cer alguna vez importuna la profesión de antimodernismo? No me
obligue uingún leyente mío á contestar categóricamente Tan solo
diré que quien crea en España inoportuna esa profesión de antimo­
dernismo, es para hablar mínimamente, porque ha olvidado, de se­
guro, que el antimodernismo es el mayor triunfo de nuestro secular
y viejo espíritu español.
Y he aquí lo que yo os voy brevísimamente á recordar.
Mas ¿para qué? ¿Para qué, si basta una sola reflexión? ¿Habéis
leído en todo lo que de modernismo se ha dicho un solo nombre es­
pañol? ¿Habéis leido, no ya entre los modernistas, sino entre los dio­
ses de óstos un solo hijo de nuestra tierra española? Kant, H&rnack,
Latero, de Lamenn&is, Heclcer, Descartes, Renán..... No; ¡ninguno
de les dioses del modernismo, es hijo de nuestro suelo bendito..... !
Digo más: no sido no son nuestros, sino que son nuestros enem i­
gos. Por ellos se blasfema nuestro uombre y nuestras glorias; ellos
sou los que apellidau obscurantismo nuestra ciencia, «demonio del
Mediodía» á nuestros mayores Monarcas; ellos los que nos enseña­
ron á odiar nuestras leyes, aborrecer nuestras usanzas, corromper
nuestra lengua y despreciar á nuestro pueblo, porque todavía es
medioeval. Esos hombres, los dioses del modernismo y los moder­
nistas, son los que han levantado entro nosotros una legión de rao
dernizantes, ignaros los más, ó todos ellos, que por instinto y petu­
lancia, odian la España inquisitorial, la España tradicional y nos
hablan sin cesar de España moderna, de España contemporánea, de
España en relación con Europa, de España europeizada; nos alaban
la mentalidad angio-sajena, la civilización dB París, la libertad de
los Estados Unidos, y llegan á tal grado de inconsciencia, por no de­
cir mentecatez, qne admiran el modernismo, y, llamándose católicos,
llegan á exclamar después de la Bula Pascendi, como yo mismo les
he oído: «En España no tenemos modernismo. ... ¡como estamos tan
atrasados
En cambio, queridos lectores, los fervientes católicos antimoder-
nistas de Europa, estudian nuestra tradición, La reproducen y luchan
como nosotros y nos envidian. Eu Italia, el presbítero A. Cavallnn-
ti, publicado su libro tan citado en éste, Modernismo y modernistas,
recibió por grande elogio de los autores por él delatados, el mote ili*
«gran Inquisidor», y en esas mismas diatribas se habla de un gran
personaje romano que bendecía la represión genuinamente españo­
la hecha por los castigos de la Inquisición (1). En Francia, son lla­
mados Quijotes los buenos y fervientes católicos, y los modernistas
denuncian como á revoltosos y sediciosos á los que «catholiques
ftvaut tout» ó con un deseo monárquico, piensan aún en la resisten­
cia armada (£), reproduciendo de este modo ideas familiares al pue­
blo heroico, que apellidó Luis Ycuillot «el pueblo de la eterna cru­
zada».
La más hermosa coincidencia está en las ideas que ahora expon­
dré: los modernizantes españoles nos hieren con nombres extranje­
ros, con filosofías, con sabidurías extranjeras, con progreso, cultura,
adelanto extranjero, mientras los católicos extranjeros, al batallar
contra los modernistas, citan nombres españoles, siguen filosofías y
sabidurías españolas, y conforme retornan A la casa paterna, vuel­
ven d un progreso, cultura y adelanto, que se puede llamar es
pañol.
¿Cómo asi? No creáis que mueve mi razón y mi pluma uu fatuo
sentimiento de orgullo nacional; uu creáis que participando y o del
criterio liberal y personalisimo que domina en la historia escrita des­
de el siglo xvin, quiera yo probaros la ridicula tesis de que nuestra
raza y nuestro pueblo es el mejor del mundo, sus talentos los más
despiertos, sus corazones los más animosos: no quiero probaros eso.
Para mí Germania fué gloriosísima nación en el crepúsculo último
de la Edad Media, Inglaterra fué, con razón, la Isla de los Santos al
recibir los primeros carismas de la Iglesia, y para la Francia, que
corre entre Clodoveo y San Luis es toda mi admiración en la Edad
Media, aunque conserve mi amor para la España de Recaredo, San
Fernando y los Reyes Católicos.
is’ o es mi Intento, pues, la pueril comparación de glorias particu­
lares. como tampoco el pueril entretenimiento de hablar de faltas ó
pecados particulares. Siempre el hijo de Adán lo lia sido y por eso
es pecador; lo que no ha sido siempre es hijo de la Iglesia ó apósta­
ta, y de esto es de lo que yo ahora trato, y de aquí procede el espa­
ñolismo del antimodernismo, si vale la frase. El modernismo viene en
linea recta de la revolución religiosa que inició Lutero en Alema­
nia; Enrique VIII, en Inglaterra; Calvino, en Francia, y que no
llegó á España hasta el fatal reinado de Carlas III. Esos dos siglos

(1) Introd., p. 21.—(2) Deagreéa du Lou, De Lion X I I I av Sillón, páginas


21-31, 83-fll.
de retraso los aproveché la Iglesia en nuestra España y en Italia
para continuar, perfeccionar y completar aquella educación y civi­
lización que habla en toda Europa, comenzado en la conversión de
las bárbaros, ijue había tenido un periodo glorioso eu el siglo de
San Luis y Santo Torafts, y que brutalmente habla interrumpido la
revolución religiosa primero en Alemania, luego eu Inglaterra y
después en Francia. España, pues, barreada por la iutoleraucia re
ligiosa habla llevado á sazón el punto de la civilización católica y
lo habia llevado precisamente cuando el imperio, el descubrimien­
to, la hegemonía marítima, el esplendor de las victorias la hacían
la nación gibante en el mundo. De nqní que nuestra filosofin fuern
la plenitud de la filosofía cristiana, nuestra política fuera la pleni­
tud de la política cristiana, nuestra fe ern la plenitud de la fe cris
tiana y la vida y el arte y la ciencia y la» costumbres de nuestro
pueblo eran las artes, la» ciencia;? y las costumbres vivificadas por
la savia cristiana. Hoy din, cuando el modernismo, último estertor
de la revolución, que hizo apostatar fi Europa, se escucha amena­
zando la filosofía cristiana, el arte cristiano, la vida cristiana, la polí­
tica cristiana, las costumbres cristianas, tiene de necesidad qne
volver los ojos el pueblo de Dios & Germania, antes de Lutero; A In­
glaterra, antes de Enrique VIII; ¿i Francia, antes de Francisco I, y i
España, antes de Cario» III. Nuestra superioridad consiste, natural­
mente, en la diferencia que hay entre documentos, libros y ejemploa
del 1300 A libros, documentos y ejemplos del 1G00; en que nuestro
esplendor va al compás del esplendor de las ideas católicas, y por
e 30 esos ejemplos, tratados y documentos tienen uua grandeza y
perfección que naturalmente no habían alcanzado eu aquellas otras
naciones en siglos tan remotos y en circunstancias tan contrarias.
Esto que un principio de filosofía histórica nos dice, se ve decla­
rado por el análisis de los hechos y de los puntos principnles del
modernismo.

En efecto, comienza lógicamente el modernismo su obra dem ole­


dora zapando el fundamento del saber, negando la certeza, procla­
mando de nnn ó de otra manera la nesciencia, la ignoraucia, la im­
posibilidad de atinar con la verdad, y de aquí arroja al hombre y A la
sociedad Abuscarloagoc.es materiales, la utilidad, el placer, el egoís­
mo. Condena por metafísica toda discusión de ideas, llama ideológi­
cos álos que estiman esas cosas y acaba por declarar guerra ¿m u er­
te á lft Escolástica, especie de tribunal de la Inquisición en el orden
especulativo, que odian tanto como ú la verdadera Inquisición en
el jurídico.
¿Habéis pensado alguna vez en lo antiespañol de todo eso? La
tradición filosófica española es la cristiana, que luego se llamó Es­
colástica: arranca de las enseñanzas de San Agustín comunicadas
por los libros de San Isidoro, se conserva entre las angustias de la
reconquista en un pueblo generoso 6 idealista, se libra de los mate­
rialismos de la pseudofilosofía de los árabes cordobeses y sale v ig o ­
rosa en forma de tradición escolástica en las aulas de Salamanca y
de Alcalá, para empuñar el cetro de la restauración escolástica del
siglo xvi, que se ufana con nombres casi todos españoles: El Tosta­
do, Diego Deza, Melchor Cano, Domingo y Pedro de Soto, Alfonso
de Castro, Francisco de Victoria, Bartolomé Medina, Pedro de Ledes-
ma, los Doctores Salmanticenses, Luis de Molina, Gabriel Vázquez,
Francisco de Toledo, Gabriel Vázquez, Ruiz de Montoya, el eximio
Doctor Francisco Suárez, por no citar sino á los que son gloria in­
signe de la Escoléstica é hicieron glorioso el talento filosófico de
España en París, Lovaina, Viena, Ingolstadt, Bolonia y Roma. De
aquí procedió aquel entusiasmo por las ideas y por la verdad, aque­
lla luz y sano realismo de nuestro arte, aquel entretenerse aún cou
los juegos del ingenio en nuestra comedia de entretenimiento,
aquel desapego á lo material y sacrificio de lo visible y útil que es
nota de antímodernísmo característica en el pueblo caballero, que
desde Hyrou llaman los escépticos, pueblo de quijotes.
El modernismo sigue su campaña demoledora entrando por la
Teología La teología modernista es, ya lo hemos visto, teología pro­
testante; continúa eu su odio irreconciliable, á la Escolástica, que
siempre fué Filosofía y Teología, realizando el beso de paz entre la
ciencia y la fe, anula la divinidad de Jesucristo, destruye la letra
de los libros Santos, niega los Sacramentos y singularmente la Eu­
caristía, trastorna, en una palabra, todo el depósito de la fe y renue­
va las locuras y apostasías de los protestantes.
M ks que filosófica fué España nación teológica, como es más
Teología cue Filosofía la ciencia escolástica. Pero no se contentó
nuestro pueblo y nuestros sabios con cultivar la Teología escolásti­
ca pii el recinto de sus Universidades con olvido de los errores que
que dominaban y ardían en Europa, sino que con los Padres y teó­
logos tridentinos hirió dogmáticamente al protestantismo, corri6
después á Praga y con las Controversias del P. Gregorio de Valen­
cia, hirió en su guarida al protestantismo; el P. Maldonado, en Pa­
rís, con sus explicaciones de los libros Santos; Suárez, con su Teolo­
gía en Salamanca y Roma: Vázquez, versadísimo en la Teología
positiva y estudio de los libros protestantes; todos los Doctores espa­
ñoles fueron una falange contra el protestantismo.
jLos Doctores? Más que los Doctores España entera; de su pueblo,
aún entregado ¿ público regocijo, Be escribió que reputaba
cada cascabel
de un danzante silogismo
contra el apóstata infiel.
¿Qué significa sino esa fe y ese saber teológico y ese conocimiento
dogmático la continua predicación, la representación teatral de las
grandezas de Jesucristo, de sus Sacramentos, de su Eucaristía? ¡El
pueblo español fué el pueblo de la Teología! Por eso nadie puede dar
un paso por las ciencias sagradas siu hallar por donde quiera nom­
bres, hechos y glorias del pueblo más teólogo del catolicismo.
Y si de aquí pasamos al mundo de la acción eu que sofistica el
modernismo, ¿qué podemos pensar míis antimodemista que nuestra
España? Porque las falsas teorías modernistas dividen al ciudadano
del católico, y consiguientemente quieren la enseñanza 110- católica,
y el periodismo no-católico, y la sociedad social no-católica, y la
gobernación no-católica, porque uno es el ciudadano y otro el cató­
lico, y uno es el maestro y otro el católico, y uno es el periodista y
otro el católico, y uno es el juez y otro el católico, y uno es ei g o ­
bernante y otro el católico. El modernista, lo que más odia es el
clericalismo, ó sea «la mano fuerte ofrecida n la Iylcsio para su de­
fensa», la subordinación de la espada temporal á la espiritual, la
lucha por la religión, la represión de los delitos de fe por la justicia
humana; el anteponer á todo los intereses de la religión católica il).
Pues, ¿qué puede ni soñarse más antiespañol que todo eso?
España tuvo, desde Recaredo á Carlos III, por lema primero de
su bandera el santo nombre de Dios, que significaba la realeza y

(1) A pesar de algunas disposiciones eu uuestra legislación, qne debemos


sufrir, toda recriminanión católica debe en esto momento ecenr. La opinión públi
es no sn preoenpa ifu In cnestiún religiosa porrue nn teme nnda de l;i religión,
ni por la religión. (Mr. l'abbé Dabry, Le Peuple frati(vis. Enero 191>3).
soberanía social de Jesucristo y las enseñanzas de la Iglesia Católi­
ca; el nombre de Espuña, donde se incluían todas las cristianas tra­
diciones déla patriay el nombre del monarca, símbolo de la auto­
ridad temporal encargada de mantener & los hombres en paz y ju s­
ticia y constituida eu campeón de la fe católica y en azote de los
enemigos de ésta
La unidad católica fué siempre la ley primera y fundamental de
la sociedad española; pero unidad católica no consisteute sólo en
declarar que es religión del Estado y de los españoles la ¿nica re­
ligión verdadera, sino que era Jesucristo imperando en las lej-esy
costumbres, en las instituciones públicas y particulares, en toda
enseñanza, en toda propaganda hablada ó escrita, eu el rey como
en los súbditos; era, en vina palabra, el gobierno de Cristo Rey, Due­
ño y Señor absoluto de todas las cosa?. Esta ley esencial y verdade­
ramente fundamental de la tradicional España lo mismo obligaba A
súbditos que á reyes, á grandes que ú pequeños; y los derechos de
Dios en ella preconizados, y que están sobre todo derecho, los de su
Esposa la Iglesia Santa, su voluntad y sus enseñanzas hablan de
estar garantidos con todos los medios de defensa y con la mayor
sanción, según la gravedad del ataque, de que dispusiera la so­
ciedad llj.
Como el cuerpo al alma estuvo unido y subordinado el Estado k
la Iglesia, el luminar menor al mayor, la espada temporal k la espi­
ritual en los términos y condicioues que la Iglesia dB Dios señala.
Asi que aquella España antigua y veneranda en el conjunto asom­
broso de leyes y tradiciones, costumbres ¿instituciones que la fe
católica, la razón de los sabios y la experiencia de los siglos al amor
y con las enseñanzas de la Iglesia establecieron en los Concilios de
Toledo, restauraron y prosperaron en las Cortes y Juntas de León,
Castilla y Aragón, dilataron triunfantes y envidiadas desde Cova-
donga y Asturias y los Pirineos hasta Valencia y Andalucía y más
allá de los mares hasta los últimos extremos del mundo. Aquella Es­
paña es el ser social incomparable donde maravillosamente se con­
funden el ser español y ser católico que nació de la.sangre de innu­
merables mártires y que perpetuaron cien generaciones de héroes
y de santos; ser social reconquistado eu siete siglos de luchar contra
moros, apóstatas y j udios, confirmado y glorificado en tres siglos de

(1) Partid. Pról. -P a r te 2.”, tít. 1,1. I.®— Part 7 » , Ut. 23,1. 3.*; tít. 24,1. 0.“-
: *; tit. 25,1. 4.‘ -8 ., ¡ tít. Í6.
palmas y ‘ le triunfos no visto» hasta entonces ni imaginados contra
protestantes, turcos, corsarios y bárbaros idólatras y reivindicado en
el último siglo con gloriosísimas guerras de religión dignas de los
tiempos más heroicos.
Esta es uuestra España, ésta fué nuestra suciedad, esto nuestros
reyes.
Todas las fuerzas sociales coincidieron en esto: el poeta y el lite­
rato cantaron y celebraron á Jesucristo y sus obras; el maestro y el
sabio pusieron su talento & servicio de Jesucristo y su Iglesia; la
imprenta sirvió para la glorificación de Jesucristo, su ley y su pala­
bra; la fuerza social se congregaba en el concejo, gremio ó munici­
pio bajo la mirada de Jesucristo, Juez y Señor de todos; las Cortes
del reino recibían sus representantes juramentados paro procurar
el pro de Dios y del reino que se le cometía; las banderas de los
ejércitos, las armas de los soldados, las bengalas de los capitaues
iban marcadas y benditas con la Cruz de Jesucristo y puestas ú d e­
fensa de su Iglesia. ¿Qué mucho? si la obra nacional que dominó y
embargó los ánimos españoles por setecientos años fué obra de Cru­
zada por el reino de Jesucristo contra Matutina, y las grande.' em­
presas á que luego se dilató filé ú abrir el mundo al Evangelio por
Colón, Pizarro, Cortés y Magallanes; A retener con mano fuerte al
hereje allende el Elba por medio de Farnesio, Alba, Requesens, Spi-
nola; ti confundir y acabar el orgullo turco en el Mediterráneo por
la fuerza de Cisueros. Santa Cruz, D. Juan de Austria y Andrés Do­
ria; & detener, en una palabra, el mundo viejo en su apostasia y íi
sacar al mundo nuevo de su noche idolátrica por el valor, tesón,
esfuerzo y diplomacias de Carlos Y, Felipe II y Felipe 111 y de todos
los monarcas de la Casa de Austria!
Esta fué la idea madre de aquel sublime pueblo que desde To­
ledo, pasando por el Guadalete, llegó hasta Granada; y desde Gra­
nada, pasando por Rocroy, ha llegado hasta nosotros, y siguiendo el
espíritu de su tradición, que es el de la Iglesia, seguirá reivindi­
cando para Dios y Jesucristo y su Iglesia lo que es suyo sin deses­
peranzar por dificultades y resistencias. Pueblo que sabe oponerle
A las olas sangrientas del ejército de Muza y de Tarik, de Almanzur
y del Miramamolin; pueblo que sabe por experiencia luchar sete­
cientos años, que no teme las fieras acometidas del turco, que sabe
afrontar al tirano de Europa en Bailén, ¿va 11 acobardarse ahora por­
que el progreso moderno y el liberalismo lleven cien aüos de discu­
tido dominio? Pueblo que tiene por tradición buscar ante todo el
reino de Dios y su justicia, ¿va á escuchar las sirenas modernistas
que le dicen oculte y calle la cuestión religiosa?
Creo haber probado, ó por lo menos indicado, cómo el ser viejo y
cristiano español es ser naturalmente antimodemista.
Facilísimo os ya sacarlas últimas consecuencias.

Destruida la Iglesia, en cuanto puede, por el error modernista,


reducida á una sociedad imperfecta que en realidad anda como una
de tantas dentro del Estado, pedisecua y subordinada k la ciencia
profana, á la autoridad profana, al mundo profano, ¿qué debe p e ­
dirse para esa Iglesia? Una limosna que le quieran dar. ¿Reivindi­
car sus derechos? Si no los tiene. ¿Desarrollar su autoridad1! Si el
mundo se la niega. ¿Aparecer con el prestigio jerárquico? Si nadie
se lo reconoce. El modernismo se lo niega tudo y la arroja de hecho
á las Catacumbas. Si quiere resistir, la amenaza de muerte; si desea
ejercitar su derecho, le objeta que va á ser ludibrio del mundo; si
reclama respeto para sus tradiciones, para su culto, para sus tem­
plos, para sus Prelados, le dice que el mundo se ríe.
Esto es lo que el error dice reforma disciplinaria de la Iglesia.
Restaurad nuestro espíritu español, y toda esa reforma desapa­
recerá. Si queréis recordar lo que nuestros padres pensaban de la
autoridad de la Iglesia eu prohibir libros, censurar autores y casti­
gar delincuentes, recordad la institución y ejercicio del Santo Oficio
español, que no fué otra cosa que esta potestad jurídica de la Igle­
sia ayudada del brazo secular, mediante Constituciones y Ordenes
Pontificias que regulaban su ejercicio. Si queréis com prenderlo que
sobre el culto, la pompa litúrgica y la autoridad de los Prelados pen­
saban nuestros mayores, fijaos en la Catedral de Burgos, León, Cór­
doba, Toledo, Sevilla y en El Escorial y Guadalupe; en los restos pre­
ciosos que aún se han salvado de la rapiña napoleónica y de las ra­
piñas desamortizadoras; entrad ligeramente en historias y narracio­
nes de fiestas del Corpus y la Inmaculada; acordáos del prestigio y
coste con que España envió é. Trento sus Obispos, y tendréis una
tenue idea del esplendor de la Iglesia Católica en España en los si­
g los de nuestra fe. Si queréis saber, por último, cómo aquel español
■esclavo de su palabra, galante y caballero hasta el exceso, amigo
leal ha 9 ta el sacrificio, desprendido y generoso hasta la abnegación,
rendía al propio tiempo que h estas virtudes naturales culto decidi­
do á laa sobrenaturales virtudes cristianas; acordáostan solo de que
en España se vieron unidas las virtudes del caballero y soldado con
las virtudes del Santo en los penitentes fundadores de la Orden m i­
litar de Santiago, en San Kaimundo de Fitero, fundador también de
la Orden militar de Calatrava y en las de Montesa y Alcántara que
le siguieron; españoles fueron Sauto Domingo de Guzmán y su dis­
cípulo San Vicente Ferrer; españoles San Pedro Alcántara, glorioso
reformador de los hijos de San Francisco, y el Cardenal Jiménez de
Cisneros, reformador insigne de las religiones de su tiempo y pre­
cursor de los que ha canonizado la Iglesia; españoles San Juan de
la Cruz y Santa Teresa de Jesús, que en si hau hecho vulgares todas
las alabanzas; español el Beato Juan de la Concepción y el Beato
Juan de Avila, reformador aquél de los religiosos de la Santísima
Trinidad y verdadero reformador éste del clero secular; españoles
también Nuestro Padre San Ignacio de Loyola con los más de aqué­
llos