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Carlo María Martini

Cardenal Arzobispo de Milán

La Debilidad es mi fuerza

Meditaciones sobre la segunda carta a los Corintios

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INTRODUCCIÓN

Te damos gracias, oh Dios Padre nuestro, porque nos has llamado a es- tos días de Ejercicios que queremos vivir con gran espíritu de generosi- dad hacia ti, nuestro Creador y Señor. Ábrenos el corazón y la mente, de modo que podamos ofrecerte nuestros deseos y nuestra libertad, todo lo que somos, todo lo que poseemos de cualquier modo, todo lo que pen- samos, que sufrimos y hacemos. Dispón de nosotros, oh Padre, según tu divina voluntad, Comenzamos este retiro con inmensa alegría y nos confiamos a la inter- cesión de la Virgen María, de san Ignacio, de los santos de la Compañía de Jesús y de toda la Iglesia. Danos, te pedimos, la perseverancia y la gracia de penetrar en el corazón, en los sentimientos, en el mundo de tu Hijo que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos, Amén.

Permitidme expresar ante todo la alegría que experimento al en- contrarme con un grupo de cofrades Jesuitas pertenecientes a paí- ses de lenguas diversas, pero reunidos en el amor y en la esperan- za. Ha sido un don ser invitado a tener los Ejercicios y, por tanto, a orar junto con vosotros por el pueblo chino a cuyo servicio os dedic- áis. Y toda ocasión en que predico un retiro resuenan en mi las pa- labras del apóstol Pablo en la carta a los Romanos: « 11 …ansío ve- ros, a fin de comunicaros algún don espiritual que os fortalezca, 12 o más bien, para sentir entre vosotros el mutuo consuelo de la común fe: la vuestra y la mía» (1, 11-12).Hay otra traducción del versículo 12 y que yo prefiero: «o mejor, para encontrar ánimo entre vosotros por nuestra común fe». Así pues, el deseo que me ha movido a aceptar la invitación de los Padres provinciales no era sólo el de comunicaros algún don, sino de recibirlo de vosotros, de ser anima- do yo mismo en el camino de la fe y del testimonio evangélico.

Por eso pidamos al Señor, los unos por los otros, la gracia de la comprensión y penetración en el misterio de Dios.

Naturalmente siento también algo de temor, pero esto no me qui- ta en nada la alegría.

Debo hablar en inglés, que no es mi lengua ni de muchos de vo- sotros.

A tal dificultad se añade la diversidad del contexto: es un contexto nuevo, es mi primer acercamiento a la cultura china y me siento un poco en la desazón de dirigirme a personas de las que no conozco

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y no puedo entender sus problemas, sus esperanzas, sus interro- gantes. Sé, sin embargo, que tenéis una gran historia de cristianis- mo, se sois una maravillosa comunidad cristiana y vivís vuestro apostolado en comunión con todos los miembros de la Compañía de Jesús presentes en el mundo. Ignacio de Loyola ha querido sub- rayar, con el nombre «Compañía de Jesús», que Jesús es el centro de nuestra vida y de nuestro servicio a la Iglesia.

El sentido de la centralidad de Jesús es algo que ustedes y yo te- nemos en común y que me conforta, incluso si no logro adaptarme a vuestra situación específica.

Una tercera dificultad depende del texto que he elegido para la meditación: la segunda carta a los Corintios. Quizá lo he elegido porque el año pasado, en la isla de Maritius, en el Océano Índico, reflexioné sobre la primera carta a los Corintios. Pienso, sin embar- go, que lo que más me movió a la elección del texto fue que en esta segunda carta, Pablo trata de fatigas, de problemas de la evangeli- zación, que corresponden a mi experiencia actual de cristiano y de obispo. Un texto bíblico es siempre útil para meditar sobre nuestra historia, para comprender con claridad lo que tenemos en el co- razón.

En todo caso, es una carta difícil: no es doctrinal, no es unitaria, probablemente está compuesta de dos o tres cartas o fragmentos de cartas, y las diferencias de tono lo hacen notar. No es fácil, pues, encontrar su estructura, el desarrollo de su pensamiento. Precisa- mente por esto me atrae y me apremia a examinarla con vosotros. Desde mi punto de vista, constituye un extraordinario ejemplo de discernimiento espiritual sobre la autenticidad de la evangelización y del ministerio; el tema del discernimiento nos recuerda, por otro la- do, a san Ignacio. Es, pues, una carta estimulante, que narra en cierto sentido la experiencia personal de Pablo, su relación con la comunidad de Corinto desde el principio, desde que fue fundada, una relación conflictiva por la divergencia en las interpretaciones del Evangelio.

Estoy, pues, muy contento de vivir con vosotros este curso de Ejercicios, esta aventura espiritual. Cada curso de Ejercicios es una aventura del Espíritu, porque no sabemos nunca si estaremos en una tierra desierta o en la veta de una montaña. Lo que cuenta es nuestra disponibilidad a dejarnos guiar por el Señor a donde él quie- ra llevarnos.

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1. Características de nuestros Ejercicios

Las características de nuestro retiro son dos.

1. No pretendo hacer una lectura continuada del texto de san Pa- blo del capítulo 1 al capítulo 13, ni siquiera una exégesis; diri- giré, en vez de eso, unos interrogantes a Pablo con la clave inter- pretativa de los Ejercicios de san Ignacio. De hecho, la experiencia me ha convencido de que Ignacio, en el proceso dinámico de sus ejercicios, pone las mismas cuestiones de que encontramos pro- puestas en la Sagrada Escritura. Es decir, existe una correlación muy estrecha entre su pensamiento, su enseñanza y su progresivi- dad del camino de la biblia, que se hace por etapas.

Soy consciente de proponer un método un poco insólito, pero confío en el auxilio del Espíritu Santo, y también en vuestra ayuda. Trataremos de encontrar, en la segunda carta a los Corintios, las respuestas a las preguntas típicas de un retiro espiritual, de los Ejercicios de Ignacio al que le mueve ante todo mostrar lo que es esencial den la vida de un cristiano, de un sacerdote, de un religio- so, de un obispo.

2. Una segunda característica. Estamos invitados a agrandar los horizontes, a tener presente el momento que estamos viviendo.

Reflexionamos sobre la carta de Pablo y hacemos los Ejercicios en el último año del milenio; no podemos olvidar el Gran Jubileo que la Iglesia universal se prepara a celebrar y que pide la conversión del corazón. El Papa ha sugerido a todas las Iglesias locales que se acerquen al 2000 dedicando la reflexión, en 1997, a la centralidad de Cristo; en 1998 al Espíritu Santo y su presencia santificadora al interior de la comunidad de discípulos de Jesús; en 1999 a la per- sona del Padre. El próximo año, siempre por invitación del Papa, se dedicará a la glorificación de la Trinidad, «de quien todo viene y a quien todo se dirige, en el mundo y en la historia» (Tertio millennio adveniente, n. 55). Por otro lado, en el año 2000 se realizará en Roma el Congreso eucarístico internacional.

Este amplio contexto Jubileo y conversión, año 2000, Trinidad y Eucaristíanos premite entrar gradualmente en el texto de Pablo y de sacar de él algunos puntos de reflexión para nuestra oración personal.

¿Qué podemos esperar de estos Ejercicios? Simplemente llegar al objetivo propio de cada retiro: poner orden en nuestra vida estan- do disponibles a la acción del Espíritu que nos lleva a encontrar la voluntad de Dios. Pero aún cuando el objetivo es el mismo que el

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de otros Ejercicios que hemos vivido, cada vez buscamos la volun- tad de Dios de un modo nuevo, según los problemas, las dificulta- des, las alegrías y los sufrimientos que hay en nosotros aquí y aho- ra. Este año deseo ayudaros y vosotros ayudadmea encontrar- la mediante la carta de Pablo.

2. Sugerencias

Quisiera ofreceros, antes de concluir la introducción, cuatro suge- rencias o consejos.

1. Es muy útil, para la disciplina del espíritu, programar las jorna- das según un horario preciso: cuál tiempo dedicar al espíritu, a la oración, a la adoración, a la lectura.

2. Para facilitar la comprensión de la lectio que haremos juntos,

es oportuno que cada uno de vosotros lea por entero y con mucha atención la segunda carta a los Corintios, de modo que se os haga familiar.

3. Os aconsejo también releer algunos capítulos del libro de los

Hechos de los Apóstoles, comenzando la lectura en el capítulo 9, porque se refieren precisamente a la comunidad de Corinto, expli- can el problema a que se enfrenta Pablo.

4. Cada uno de nosotros está invitado a preguntarse: ¿qué don

quisiera recibir del Señor en este retiro?, ¿qué cosa me parece más importante en este momento de mi vida y de mi ministerio?, ¿de qué cosa siento más necesidad?

Son preguntas que nos permiten ponernos en verdad delante de Dios, y escuchar la Palabra como dicha para mí, para iluminar mi situación y mi camino, y así es en realidad.

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I

EL PRINCIPIO DE CONSOLACIÓN

Oh Dios Padre nuestro, queremos entrar en el corazón y en la mente del apóstol Pablo para poder entender mejor el corazón y la mente de tu Hijo Jesús. Te pedimos que nos des inteligencia para descubrir, bajo la guía de la segunda carta a los Corintios, cuál es tu voluntad hacia nosotros con el fin de que nuestro comportamiento y nuestra vida te sean agradables, y nuestro servicio a tu Iglesia refleje la dedicación plena de amor de Jesús y el ejemplo de Pablo. Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. Amén.

Los protagonistas de la Segunda Carta a los Corintios

1 Pablo, apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Timoteo, el herma- no, a la iglesia de Dios que está en Corinto, con todos los santos que están en toda Acaya; 2 a vosotros gracia y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo.

Toda la carta pone en escena un drama, un conflicto, y los prime- ros dos versículos nos presentan a los protagonistas: Pablo y sus colaboradores, en particular Timoteo; la Iglesia de Dios en Corinto y todos los santos, los cristianos de Acaya; los adversarios, los ene- migos de Pablo, no vienen mencionados, pero son, de hecho, como veremos, otros protagonistas muy importante.

También actúan las personas divinas: Jesús resucitado, el Padre, el Espíritu que será recordado a partir del capítulo 3.

Durante estos días de Ejercicios, nos proponemos tomar parte del drama narrado por Pablo, con el deseo de descubrir como abrir el corazón de la gente al reino de dios, de comprender más a fondo las crisis y las angustias de nuestras Iglesias, los problemas de la evangelización.

Nos reconoceremos así en uno o en otro de los actores principa- les: ora en Pablo y en sus colaboradores, ora en la comunidad de Corinto, ora en sus enemigos, en los adversarios. Y trataremos de descubrir, en este conflicto humano, en toda la historia de la huma- nidad, la intervención de Dios Padre, de Jesús y del Espíritu Santo.

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«Principio y fundamento en san Ignacio»

Iniciamos las meditaciones con una pregunta a Pablo, relativa al «Principio y fundamente», y cito, pues, brevemente el texto de san Ignacio que está en la base de su libro, es como una premisa que debe guiar el camino de los Ejercicios.

El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecu- ción del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas, quanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse de- llas, quanto para ello le impiden. Por lo qual es menester hacernos indife- rentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que po- breza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados (IGNACIO DE LOYOLA, Ejercicios espirituales, n. 23).

Es una página que conocemos muy bien y cuando la releo o la recuerdo de memoria, recibo siempre una nueva ayuda, me permite poner orden en mis pensamientos: la salvación eterna, la plena rea- lización de nosotros mismos es el objetivo de la vida; todas las co- sas han sido creadas para ser usadas por el hombre; y para hacer uso de ellas sabiamente, es necesario hacernos indiferentes en el modo de elegir aquello que nos permite alabar y servir a la gloria de Dios.

Dejando a vosotros la meditación personal de este texto, quisiera preguntarle a Pablo: Hay en tu carta a los Corintios algún pasaje, algún versículo que pueda ser considerado, analógicamente, como un «principio y fundamento»

La pregunta que hago a Pablo me la he hecho a mí mismo y me he dado cuenta de que no es sencillo responder. Sin embargo, he encontrado algunas afirmaciones en la carta que, desde mi punto de vista, sirven como puntos de referencia. Otras afirmaciones serán encontradas por vosotros, según aquello que escribe Ignacio en la anotación 2:

la persona que da a otro modo y orden para meditar o comtemplar, de- be narrar fielmente la historia de la tal comtemplación o meditación, discu- rriendo solamente por los punctos con breve o sumaria declaración; por- que la persona que contempla [cada uno de vosotros], tomando el funda- mento verdadero de la historia, discurriendo y raciocinando por sí mismo, y hallando alguna cosa que haga un poco más declarar o sentir la historia, quier por la raciocinación propia, quier sea en quanto el entendimiento es

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ilucidado por la virtud divina, es de más gusto y fructo spiritual, que si el que da los exercicios hubiese mucho declarado y ampliado el sentido de la historia; porque no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gusta de las cosas internamente.

Lo mismo sucede con la Biblia. Os indicaré, pues, algunos textos de la carta de Pablo, pero depende de vosotros ir más allá y descu- brir aquel versículo, aquella palabra que más os ayuda.

3. Un principio y fundamente en 2 Corintios

3.1 El principio de consolación

La intuición de Pablo, que constituye el fundamento de la se- gunda carta a los Corintios y el principio sobre el que se ha de fun- dar la vida es que nuestro Dios es un Dios que consuela.

3 ¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre miseri- cordioso y Dios de toda consolación, 4 que nos consuela en toda tribula- ción nuestra para poder nosotros consolar a los que están en toda tribula- ción, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios! 5 Pues, así como abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, igual- mente abunda también por Cristo nuestra consolación. 6 Si somos atribu- lados, lo somos para consuelo y salvación vuestra; si somos consolados, lo somos para el consuelo vuestro, que os hace soportar con paciencia los mismos sufrimientos que también nosotros soportamos. 7 Es firme nuestra esperanza respecto de vosotros; pues sabemos que, como sois solidarios con nosotros en los sufrimientos, así lo seréis también en la consolación (1, 3-7)

Quisiera observar que ¡en griego el término paraklesis o el verbo parakaleo aparece diez veces! Igual sucede en la traducción de la Biblia de Jerusalén, donde aparecen diez veces los términos conso- lación o consolados, o el verbo consolar. En cambio en la traduc- ción de la CEI 1 aparecen consolación o consolados sólo nueve ve- ces porque en el v. 6b el griego parakaloumetha se traduce como confortados.

Eso de la consolación es verdaderamente, para Pablo, un gran principio: es el descubrimiento de que Dios no nos quiere temero- sos, no nos lanza a la oscuridad sino que, por el contrario, nos llena de valentía, nos consuela, nos abre a la esperanza. Y nosotros te- nemos mucha necesidad de consolación interior. Hoy la Iglesia en occidente tiene extrema necesidad de redescubrir que nuestro Dios es Dios de consolación.

1 Conferencia Episcopal Italiana.

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La segunda a los Corintios describe detalladamente las experien- cias de Pablo, las incomprensiones que sufrió incluso de parte de su comunidad, las interpretaciones conflictuales sobre cómo evan- gelizar, las diatribas con los adversarios; sin embargo, por encima de todo y en el principio de todo está la palabra, la acción consola- dora de Dios.

Este «principio y fundamento» retorna en 7, 6-7:

6 Pero el Dios que consuela a los abatidos, nos consoló con la llegada de Tito, 7 y no sólo con su llegada, sino también con el consuelo que le hab- íais proporcionado, comunicándonos vuestra añoranza, vuestro pesar, vuestro afán por mí, hasta el punto de colmarme de alegría.

El texto griego es más fuerte: paraklesei he paraklethe epf’umin [h-| pareklh,qh evfV u`mi/n], consolación con que ha sido consolado por vosotros, mejor que: «consuelo que le habíais proporcionado». Por tanto, Dios da consuelo a sus apóstoles, abre nuevos horizontes de vida, nos llena de coraje, nos estimula, nos sostiene.

3.2 Una consolación concreta

Hay un tercer aspecto de de eso que entiendo como «principio y fundamento de la segunda carta a los Corintios, y quiero subrayarlo:

la consolación de Dios es algo concreto, no sólo teórico. Toca coti- dianamente la vida de Pablo, como lo han demostrado los textos que he recordado.

Cito otros ejemplos concretos.

2 Co 1,8-10

8 Pues no queremos que lo ignoréis, hermanos: la tribulación sufrida en Asia nos abrumó hasta el extremo, por encima de nuestras fuerzas, que perdimos la esperanza de conservar la vida. 9 Pues hemos tenido sobre nosotros mismos la sentencia de muerte, para que no pongamos nuestra confianza en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos. 10 Él nos libró de tan mortal peligro, y nos librará; en él esperamos que nos seguirá librando,

Él siente que en los sufrimientos tenidos en Asia, el Dios de la consolación estaba presente con una acción concreta que le cambia el corazón, lo levanta de las aflicciones.

Podemos justamente pensar en muchas tragedias, en tantos epi- sodios de violencia que acontecen en torno a nosotros; Pablo nos exhorta a confiar en Dios, a creer que, no obstante todo, nos en- vuelve el consuelo de Dios y somos enviados a consolar a nuestra gente, a nuestras comunidades.

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Un ejemplo concreto lo hemos encontrado en 2 Co 7, 6-7: Dios

consuela al apóstol mediante la llegada de Tito, su fiel colaborador. La visita de un amigo es un evento ordinario, pero en tal evento leemos una acción de la providencia, del amor de Dios hacia noso- tros.

2 Co 7, 14-14:

13 Eso es lo que nos ha consolado. Y mucho más que por este consuelo, nos hemos alegrado por el gozo de Tito, cuyo espíritu fue tranquilizado por todos vosotros. 14 Y si en algo me he gloriado de vosotros ante él, no he quedado avergonzado. Antes bien, así como os hemos dicho siempre la verdad, así también el motivo de nuestra gloria ante Tito ha resultado verdadero. 15 Y su cariño por vosotros ha crecido al recordar la obediencia de todos vosotros y cómo le acogisteis con piadosa reverencia. 16 Me ale- gro de poder confiar totalmente en vosotros.

La misma comunidad de Corinto, la conversión y el cambio de mentalidad de estos discípulos han procurado consuelo en Pablo.

Debemos, en otras palabras, abrir nuestros corazones para tam- bién nosotros entender cómo nos consuela Dios en momentos y si- tuaciones particularmente fatigosas, difídiles.

Un último texto sobre el tema del consuelo de Dios lo extraigo

de la carta a los Romanos 15, 4: «En efecto todo cuanto fue escrito en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la es- peranza».

Un cristiano, un apóstol, un evangelizador, encuentran en las pa- labras de la Escritura una gran consolación, una formidable ayuda para perseverar en el camino de la fe, un sostén para continuar es- perando. De aquí la invitación a no cansarse nunca de leer la Biblia, la invitación de hacer de la Biblia nuestro nutriente diario, nuestra fuente de la consolación de Dios.

A modo de conclusión de este «principio y fundamento» en la se- gunda carta a los Corintios, podemos afirmar que hay afinidad entre Dios y consolación. Quisiera también recordar las Reglas para el discernimiento de los espíritus, más propias para la segunda sema- na, donde san Ignacio dice: «proprio es de Dios y de sus ángeles en sus mociones dar verdadera alegría y gozo spiritual, quitando toda tristeza y turbación, que el enemigo induce; del qual es proprio mili- tar contra la tal alegría y consolación spiritual, trayendo razones aparentes, sotilezas y assiduas falacias» (Ejercicios espirituales, n.

329).

El pensamiento de Ignacio es muy claro: nuestro Dios es un Dios que consuela, que quiere eliminar toda tristeza, toda turbación y

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darnos alegría y gozo interior. De esta consolación reconocemos la presencia de Dios, su actuar en nuestras confrontaciones. Es el mismo motivo de fondo de la carta de Pablo a los Corintios.

Continúa el libro de los Ejercicios: «sólo es de Dios nuestro Señor dar consolación a la ánima sin causa precedente» (n. 330). La con- solación es de tal manera propia de Dios, que Él puede darla sin una causa psicológica precedente; está en su naturaleza ser conso- lador: «porque es propio del Criador entrar, salir, hacer moción en ella, trayéndola toda en amor de la su divina majestad. Digo sin causa, sin ningún previo sentimiento o conoscimiento de algún obiecto, por el qual venga la tal consolación mediante sus actos de entendimiento y voluntad» (n. 330).

El teólogo jesuita Karl Rhaner ha usado muchas veces este texto de Ignacio para hablar de la actividad de la gracia en el corazón del hombre. Y ciertamente la regla del n. 330 expresa una consciencia mística de la acción de Dios que Ignacio ha tenido, una profunda experiencia espiritual.

4. Los efectos del principio de consolación en nuestra vida espiritual y pastoral.

En este punto queremos meditar sobre la verdad del principio de consolación, tratando de encontrar algunas consecuencias para nuestra vida espiritual y pastoral.

4.1 La consolación en los días de los Ejercicios espirituales

Ante todo, la consolación juega un rol fundamental en un curso de Ejercicios, en un retiro espiritual. A propósito escribe san Ignacio:

El que da los exercicios, quando siente que al que se exercita no le vie- nen algunas mociones spirituales en su ánima, assí como consolaciones o dessolaciones, ni es agitado de varios spíritus; mucho le debe interrogar cerca los exercicios, si los hace a sus tiempos destinados y cómo; asi- mismo de las addiciones, si con diligencia las hace, pidiendo particular- mente de cada cosa destas (Ejercicios espirituales, 6ª anotación).

Por tanto, Ignacio sostiene que la consolación y la desolación forman parte de un curso de Ejercicios. Esto vale también para nuestras oraciones: de cualquier manera debemos advertir que nuestro Dios es Dios que consuela.

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La consolación en la vida espiritual

El segundo mensaje que deduzco de la historia de Pablo es que la consolación juega un rol primario en la vida espiritual en general.

Recurro de nuevo al texto de Ignacio, en las Reglas para el dis- cernimiento de los espíritus, más propias para la segunda semana:

«es propio del buen espíritu dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando todos impe- dimentos, para que en el bien obrar proceda adelante» (n. 315). «Finalmente, llamo consolación todo aumento de esperanza, fee y caridad y toda leticia interna que llama y atrae a las cosas celestia- les y a la propia salud de su ánima, quietándola y pacificándola en su Criador y Señor» (n. 316).

Es el momento de preguntarnos, a modo de examen de concien- cia: ¿experimento en mi vida de oración la acción del espíritu bue- no, las consolaciones, las lágrimas, la quietud? ¿Siento en mí esa consolación que se expresa en un aumento de esperanza, de amor, de fe? ¿la esa alegría interior que aumenta en mí el deseo de las cosas celestes y me da la paz de Dios?

Porque el perdón de Dios, su gracia, siempre me son ofrecidos, nunca están lejanos de mi vida. ¿Quizá hay en mí alguna negligen- cia o pereza que me impide acoger sus dones, que no me permite advertir las buenas mociones, y que no me deja dejarme llevar por el bien?

4.3 Las consolaciones en la vida pastoral

Estoy muy convencido de que la consolación, y todo lo que signi- fica esta palabra como nos lo recuerdan las dos reglas de Ignacio-, juega un rol primordial también en la vida pastoral, en la vida de la Iglesia. Por desgracia, tal principio muchas veces es olvidado y, al menos en la vida dela Iglesia en Occidente, prevalece el desánimo, el fijarse más en las dificultades que en los gozos del camino de fe, los bozos del Evangelio.

De mi parte constantemente afirmo e insisto mucho sobre esto- que para comprender la voluntad de Dios en la vida de la Iglesia, en la vida pastoral, no debemos iniciar por enumerar, como suele su- ceder, las dificultades, los problemas, las crisis, las resistencias; y menos debemos iniciar por las estadísticas para valorar la situación. Las estadísticas, validas en sí mismas, no nos hacer ver la incesan- te acción de Dios. Así pues, para descubrir hacia donde está Dios guiando a su Iglesia, debemos comenzar por experimentar su con- suelo, por conocer de qué modo está consolando a su pueblo.

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El principio de consolación, tan claro en la segunda carta a los Corintios y en el pensamiento de san Ignacio, es sumamente impor- tante para toda la vida de la Iglesia. Estamos invitados a descubrir y a sacar a la luz los lugares, los ámbitos, las situaciones que expre- san alegría, sencillez, impulso, entusiasmo, apertura, que expresan la presencia y la acción de Dios, para poder también comprender cómo está operando el Espíritu Santo en la Iglesia y abrirle el cami- no.

En el segundo año de preparación al Jubileo, dedicado por el Pa- pa a la reflexión sobre el Espíritu Santo, he escrito una carta pasto- ral a la diócesis de Milán, intitulada Tres narraciones del Espíritu, con el deseo de fortalecer a los fieles para que descubran el modo en que Dios consuela a la Iglesia de nuestros días, incluso en cir- cunstancias muy difíciles y en un contexto de consumismo y de indi- ferencia.

Son tantas las consolaciones que Dios nos da, pero que olvida- mos y no logramos gustar, no hablamos de ellas y preferimos enu- merar las cosas que están mal; y esto es precisamente todo lo con- trario del principio de consolación.

A la luz de los textos de san Pablo, comprendemos mejor que tal principio puede constituir una regla para nuestra vida. Cada uno de nosotros puede traer a la memoria, durante la jornada, las consola- ciones recibidas de Dios en el último año: los lugares, las ocasiones exteriores o interiores en que Dios me ha abierto el corazón a la es- peranza, me ha confortado, me ha infundido valor, me ha consolado para permitirme continuar en el ministerio con más facilidad y paz? Poniendo juntos, como en un mosaico, los diversos momentos, las diversas experiencias vividas, podremos intuir hacia dónde nos está llevando Dios.

4.4 Tres tipos de consolación

El empeño de penetrar mejor en las páginas de Pablo, sugiero proseguir la meditación distinguiendo, en nuestra vida, tres tipos de consolación: intelectual, afectiva, sustancial.

Pienso, de hecho, que es muy útil conocer esta distinción.

Llamo consolación intelectual a aquella que se tiene cuando re- cibimos una nueva claridad interior, una visión más clara de la ac- ción de Dios en la historia de la salvación.

En algunos períodos de nuestra existencia no alcanzamos a ver más allá del momento que estamos viviendo. En otros, por el con- trario, llegamos a captar que la fe, la gracia de Dios, los problemas

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de la humanidad son un conjunto unitario cuyo centro es el Crucifi- cado Resucitado. Es una consolación «intelectual» porque podemos explicar ese conjunto unitario con el conocimiento y la razón, con palabras. Y es particularmente necesaria para los estudiosos de teología, de Sagrada Escritura y también para los pastores porque les permite tener un juicio global sobre la realidad. Este tipo de con- solación, en la tradición de la Compañía de Jesús, lleva el nombre- de contuitus mysteriorum porque hace tomar unitariamente el miste- rio de la revelación de Dios, con su origen, la Trinidad Padre, Hijo y Espíritu Santo-, con la Eucaristía y con la historia de la Iglesia.

La consolación afectiva no es, por el contrario, fruto de un co- nocimiento de la mente, sino de un sentir del corazón. En el corazón experimento la alegría inmensa de estar en el Señor, con el Señor, y no puedo dar razón de ello. Corresponde a aquello que escribe Ignacio en su libro: Dios da consolación al ánima sin causa prece- dente (cf. Ejercicios espirituales, n. 330). No es, pues, un contenido intelectual del que recibo consolación; se trata de una gracia inter- ior, de una serenidad inexplicable, de una alegría grande que me viene directamente del Dios de toda consolación.

La consolación sustancial es ciertamente la más importante. No nos ayuda a profundizar en el conocimiento y ni siquiera es un sen- tir alegría en el corazón, Quizá, pues, en la consolación sustancial no comprendamos ni sintamos nada, pero la parte más íntima de nuestra alma es tocada por Dios, y dios la llena de una paz tan pro- funda que podría existir incluso en medio de los dolores, de las pruebas, del sufrimiento. Experimentamos así que nuestro Dios nos consuela, nos da fuerza y perseverancia. La capacidad de discernir este tercer tipo de consolación es, repito, de absoluta importancia.

A veces sostenemos que no tenemos consolaciones porque no las experimentamos en el nivel emotivo. Sin embargo, si nos exa- minamos seriamente descubriremos en nosotros esa consolación sustancial que es la verdadera operación del Espíritu Santo en nuestra vida.

Te agradecemos, Señor, porque nos consuelas, nos tienes en tus manos y nos quieres dar alegría. Ábrenos al coraje del Espíritu de modo que po- damos consolar con la gracia con que somos consolados por ti. Enséñanos, por intercesión de Pablo y de Ignacio, a tener conocimiento interior de toda la gracia que hemos recibido para expresarla en la ala- banza y en la gratitud. De veras quisiéramos amarte y servirte en todas las cosas, pero sólo tú puedes realizar este deseo nuestro, oh Dios uno y Trino. Realízalo, pues, en cada uno de nosotros, te lo pedimos por Cristo Jesús nuestro Señor. Amén.

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CON JESÚS EN EL MONTE Y ENTRE LA GENTE

(homilía del lunes de la semana XVIII del tiempo ordinario

02.08.1999)

Las lecturas de la liturgia de hoy contienen una gracia y un men- saje para el momento que estamos viviendo.

Releamos en primer lugar el pasaje sacado del libro de los Núme- ros (11, 4-15).

4 La chusma que se había mezclado al pueblo se dejó llevar de su apetito. También los israelitas volvieron a sus llantos diciendo: «¿Quién nos dará carne para comer? 5 ¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos de balde en Egipto, y de los pepinos, melones, puerros, cebollas y ajos! 6 En cambio ahora nos encontramos débiles. No hay de nada. No vemos más que el maná.» 7 El maná era como la semilla del cilantro; su aspecto era como el del bedelio. 8 El pueblo se dispersaba para recogerlo; lo mol- ían en la muela o lo majaban en el mortero; luego lo cocían en la olla y hacían con él tortas. Su sabor era parecido al de una torta de aceite. 9 Cuando, por la noche, caía el rocío sobre el campamento, caía también sobre él el maná. 10 Moisés oyó llorar al pueblo, a todas sus familias, cada uno a la puerta de su tienda. Se irritó mucho la ira de Yahvé. A Moisés le pareció mal, 11 y le dijo a Yahvé: «¿Por qué tratas mal a tu siervo? ¿Por qué no he hallado gracia a tus ojos, para que hayas echado sobre mí la carga de todo este pueblo? 12 ¿Acaso he sido yo el que ha concebido a todo este pueblo y lo ha dado a luz, para que me digas: `Llévalo en tu regazo, como lleva la nodriza al niño de pecho, hasta la tierra que prometí con juramento a sus padres?' 13 ¿De dónde voy a sacar carne para dársela a todo este pueblo, que me llora diciendo: Danos carne para comer? 14 No puedo cargar yo solo con todo este pueblo: es demasiado pesado para mí. 15 Si vas a tra- tarme así, mátame, por favor, si he hallado gracia a tus ojos, para que no vea más mi desventura.»

1. El lamento del pueblo y la fatiga de Moisés

Los israelitas están cansados de comer el maná, añoran los ali- mentos que comían en Egipto y se lamentan provocando el desdén del Señor. Para nosotros es consolador ver que también Moisés, un gran guía del pueblo, llega al punto de no poder continuar. Se pone, como los israelitas, a lamentarse, no por la carencia de pescados y de melones, sino porque se siente maltratado por Dios; y se lo dice:

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«¿Por qué tratas mal a tu siervo? ¿Por qué no he hallado gracia a tus ojos, para que hayas echado sobre mí la carga de todo este pueblo? ¿Acaso he sido yo el que ha concebido a todo este pueblo

y lo ha dado a luz, para que me digas: `Llévalo en tu regazo, como

lleva la nodriza al niño de pecho, hasta la tierra que prometí con ju- ramento a sus padres?'¿De dónde voy a sacar carne para dársela a todo este pueblo, que me llora diciendo: Danos carne para comer?

No puedo cargar yo solo con todo este pueblo: es demasiado pesa- do para mí». Escuchemos como resuenan las palabras de Pablo en 2 Co 1, 8:

Pues no queremos que lo ignoréis, hermanos: la tribulación sufrida en Asia nos abrumó hasta el extremo, por encima de nuestras fuerzas, que perdimos la esperanza de conservar la vida.

Quizá hoy nosotros, como pastores o responsables de una co- munidad, lleguemos a pensar que el peso de la gente es demasiado grande. No hay nada de extraño, desde el momento en que Moisés

y Pablo han advertido la carga del ministerio, de la función que el Señor les ha confiado. Ha pasado a muchos santos, entre ellos a san Ambrosio, Obispo de Milán y uno de los más insignes doctores

de la Iglesia: intentó huir cuando lo querían hacer Obispo, sintiendo

el episcopado como un fardo insoportable.

Pablo nos ha enseñado a entender que el Señor lo permite para que no contemos más en nosotros mismos, sino en Dios que resuci- ta a los muertos.

Es el principio de consolación: Dios quiere mostrarnos su poder y precisamente cuando estamos perdidos, fatigados, se revela a no- sotros consolándonos y ayudándonos a perseverar. Quiere conven- cernos de que debemos volver a poner sólo en él la esperanza.

2. Con Jesús en el monte y con Jesús entre la muchedumbre

En el texto del evangelio de Mateo (14, 22-36) encontramos des- crita la experiencia de estos días de Retiro.

22 Inmediatamente obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por de- lante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. 23 Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí. 24 La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. 25 Y a la cuarta vigi- lia de la noche vino él hacia ellos, caminando sobre el mar. 26 Los discípu- los, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantas- ma», y de miedo se pusieron a gritar. 27 Pero al instante les habló Jesús

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diciendo: «¡Ánimo!, soy yo; no temáis.» 28 Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas.» 29 «¡Ven!», le dijo. Bajó Pe- dro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. 30 Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!» 31 Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» 32 Subieron a la barca y amainó el viento. 33 Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios.» 34 Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. 35 Los hombres de aquel lugar, apenas le reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y le presentaron todos los enfermos. 36 Le pedían que to- caran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaron salva- dos.

«Después de despedir a la gente, [Jesús] subió al monte a so- las para orar».

También nosotros hemos abandonado los quehaceres pastorales, los problemas, las preocupaciones para retirarnos a orar.

En este versículo encuentro un significado cristológico de los ejercicios. Estamos aquí no simplemente para vivir momentos de silencio y de oración, sino porque Jesús mismo ha vivido así y que- remos imitarlo en su soledad.

Recientemente estuve en Tierra Santa, cerca del lago de Gene- saret, y fue una experiencia muy intensa: miraba la colina donde Jesús se retiraba solo en la noche para orar, y trataba de unirme a su oración, a su misterioso, inefable diálogo con Dios.

En los ejercicios nos esforzamos en entrar en la oración solitaria de Jesús, en entender, por medio de él, el misterio del Padre y del Espíritu; mejor, de llegar al corazón del Padre en el corazón de Jesús con la gracia del Espíritu Santo.

Ésta es la finalidad del curso de Ejercicios: enraizarnos en el co- razón de Cristo para pronunciar con amor el nombre del Padre en la luz y en la potencia del Espíritu Santo.

En la página evangélica se habla también del temor de los discípulos que, en la barca, se dejan llevar por la desolación, como Moisés; hasta Pedro se espanta. Y precisamente en ese momento, Jesús los consuela: «¡Ánimo!, soy yo; no temáis».

Y de nuevo el principio de consolación: cuando tenemos proble- mas, cuando pensamos que estamos solos, que no tenemos salida, la voz de Jesús viene en nuestra ayuda: «¡Ánimo!, soy yo; no tem- áis». Debemos interiorizar, custodiar estas palabra en el corazón y escuchar al Señor mismo en particular en el momento de la Euca- ristía.

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Los discípulos están tan asustados que no reconocen a Jesús. Es la consecuencia del temor, de la poca fe, del estado de confusión en el que algunas veces nos encontramos.

Oremos, pues, los unos por los otros con el deseo de entender que el Señor está siempre cerca de nosotros.

« 34 Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. 35 Los hombres de aquel lugar, apenas le reconocieron, pregonaron la no- ticia por toda aquella comarca y le presentaron todos los enfermos. 36 Le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaron salvados».

La conclusión del texto sugiere algo más. Jesús que despide a la gente y sube al monte para orar, y luego vuelve a estar en medio de la muchedumbre, expresa la dinámica de nuestro ministerio, de nuestra vida. Tenemos necesidad de momentos de calma, de ora- ción, de recogimiento, pero para poder luego de nuevo retornar a la gente que siempre está presente en nosotros. Aunque Taiwan está muy distante de Italia, de Milán, siento muy cercana la presencia de mis sacerdotes, de la gente y sé qué cuanto vivo en estos días les sirve también a ellos, sirve para su bien, para su santificación.

Queremos, pues, estar con Jesús solo en el monte y con Jesús en medio de la multitud. Esta es nuestra misión y confiamos que, gracias al silencio de los Ejercicios, esta nuestra misión sea refor- zada e iluminada.

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II

EL PRINCIPIO DE GRATITUD Y EL PRINCIPIO DE LA RESURRECCIÓN

Estamos buscando, en este primer día de nuestro retiro, los tex- tos de la segunda carta a los Corintios que corresponden al «Princi- pio y fundamento» de san Ignacio o, mejor, a las actitudes que Ig- nacio desea hacer crecer en nosotros por medio de el «Principio y fundamento».

Además del principio de consolación, que hemos recordado, me parece que se pueden añadir otros dos: el principio de gratitud, y el principio de resurrección y de la vida.

1. La gratitud como principio y fundamento de la vida de Pablo

Es fácil deducir, de numerosos pasajes de la segunda carta a los Corintios, que san Pablo pide a sus comunidades que sepan agra- decer a Dios en toda ocasión, en cualquier circunstancia de la vida.

Vale la pena retorna a la explosión de oración y de alegría con que comienza la carta:

¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre miseri- cordioso y Dios de toda consolación! (2 Co 1,3).

Es un grande, estupendo acto de bendición y de agradecimiento.

En el v. 11 el Apóstol se refiere, cono en otras ocasiones, a la im- portancia de multiplicar y de acrecentar la gratitud hacia Dios:

[el Señor] seguirá librando, 11 si colaboráis también vosotros con la ora- ción en favor nuestro, para que la gracia obtenida por intervención de mu- chos sea por muchos agradecida en nuestro nombre.

Él desea que se interceda para recibir las gracias con muchas oraciones, que los sentimientos de reconocimiento se multipliquen y lleguen a ser una actitud, la dimensión cotidiana de la comunidad.

En 2 Co 2, 14, luego de haber evocado un momento difícil de su nimieterio pastoral, exclama:

¡Gracias sean dadas a Dios, que nos asocia siempre a su triunfo en Cris- to, y por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimien- to!

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Es muy bello este agradecimiento a Dios que lo ha consolado asociándolo al triunfo de Jesús, a su victoria.

El tema de la gratitud multiplicada retorna en 2 Co 4, 15:

Y todo esto, para vuestro bien a fin de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agradecimiento, para gloria de Dios.

Quiere decir: desde el momento en que muchos sois colmados de la gracia de Dios, todos debéis uniros a expresar el agradecimiento para la gloria de Dios.

En algunas circunstancias, en algunas acciones nos vemos invi- tados a glorificar y a agradecer al Señor.

El mismo Pablo nos da un ejemplo en 2 Co 8, 16. La colecta a

favor de la Iglesia de Jerusalén se convierte en ocasión para ben- decir a Dios:

¡Gracias sean dadas a Dios, que pone en el corazón de Tito el mismo in- terés por vosotros!

En el texto griego la expresión: «Gracias sean dadas…» es Ca,rij de. tw/| qew/|, «gratitud hacia Dios». Pablo no puede hacer menos que ser agradecido con el Señor y de serlo también por la inspiración de bien que sugiere a los hermanos.

Es particularmente significativo el texto de 2 Co 9, 11-15 porque

en cinco versículos aparece cinco veces el agradecimiento: dos ve- ces con el término griego euvcaristi,a «acción de gracias»; una con

doxa,zw, «glorificar; y dos con ca,rij, «gratitud».

11 Así seréis ricos para toda largueza, la cual provocará, por nuestro me- dio, acciones de gracias a Dios. 12 Porque la prestación de este servicio no sólo provee a las necesidades de los santos, sino que redunda tam- bién en abundantes acciones de gracias a Dios. 13 Experimentando el va- lor de este servicio, glorificarán a Dios por vuestra obediencia y la confe- sión de fe en el Evangelio de Cristo y por la generosidad de vuestra co- munión con ellos y con todos. 14 Y con su oración por vosotros, manifes- tarán su afecto hacia vosotros a causa de la gracia sobreabundante que en vosotros ha derramado Dios. 15 ¡Gracias sean dadas a Dios por su don inefable!

Aquí nos damos cuenta que la actitud del agradecimiento y de la alabanza está continuamente presente en la vida de Pablo, forma parte de su corazón, de su experiencia de discípulo, y lo expresa al comienzo de casi todas las cartas.

Recuerdo 1 Co 1, 4: «Doy gracias a Dios sin cesar por voso-

tros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Cristo Jesús». Y, en Rm 1, 8: «Ante todo, doy gracias a mi Dios por medio

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de Jesucristo, por todos vosotros, pues vuestra fe es alabada en todo el mundo».

Ambos textos nos ofrecen una enseñanza preciosa: cuando visi- tamos una comunidad cristiana debemos en primer lugar alabar al Señor que mediante su Espíritu la colma de dones, la hace crecer en la escucha de la Palabra, la nutre por medio de la Eucaristía. Puede suceder, por el contrario, que nos limitemos a subrayar las perezas, los retardos, las resistencias de la comunidad mostrando así no tener una mirada de fe, de carecer nosotros mismos de espe- ranza.

2. El principio de gratitud en nuestra vida

Ahora, a partir de la lectura de estos textos de la segunda carta a los Corintios, de encontrar algún mensaje práctico para nosotros.

1. En primer lugar, el principio de gratitud ha de vivirse en la vida cotidiana, ha de vivirse siempre. Incluso en las situaciones más difí- ciles, más confusas, más conflictivas, estamos invitados a pregun- tarnos: ¿hay alguna cosa por la que puedo agradecer al Señor? Es- toy convencido, por propia experiencia y por la experiencia de otros, que esta pregunta nos permite ser objetivos en esa situación, nos permite leerla desde otra perspectiva, verla a una nueva luz, descu- brir en ella un lado positivo. Si es difícil aceptar un evento, la actitud de alabanza y de gratitud a Dios nos cambia desde dentro hacién- donos reconocer que de cualquier manera nuestra vida está llena de su gracia, de su presencia.

Al menos en Occidente, los grupos de Renovación en el Espíritu Santo han ayudado mucho a la Iglesia a reconocer el primado de la oración de alabanza y de agradecimiento. De hecho, fuimos crea- dos como recuerda san Ignacio en su Principio y fundamento- para alabar a Dios, y es muy importante poner la alabanza en el primero puesto, sea en la vida personal, sea en la pastoral.

2. El principio de gratitud nos ayuda a experimentar el misterio de la Trinidad. El dar gracias por todo, incluso por lo que no nos agrada o no se logra entender, es un modo de entrar en el corazón del Hijo, de Jesús, para conocer con él el rostro del Padre y gustar el miste- rio trinitario.

En la carta pastoral que estoy escribiendo para la diócesis de Milán y que he dedicado, según la indicación de Juan Pablo II, a la reflexión sobre la Trinidad, me hago la siguiente pregunta: ¿cómo

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tener la experiencia de la Trinidad? Teóricamente se puede consi- derar a Dios en su misterio de unidad y de multiplicidad, estudiando las relaciones entre las personas para descubrir su reflejo en la co- munidad humana, especialmente en la comunidad cristiana. O bien, podemos acercarnos al misterio trinitario a través de las etapas de la historia de la salvación, porque la Trinidad se nos revela en la vi- da, muerte y resurrección de Jesús. Es en el misterio pascual que se nos ha concedido comprender el dinamismo del amor divino: el Padre dona a su Hijo, el Hijo se dona al Padre y se dona a nosotros enviándonos el Espíritu Santo.

Pero el cuestionamiento retorna: ¿cómo conocer la Trinidad con un movimiento espiritual que nos envuelva profundamente?

Pienso que la respuesta es una sola: debemos entrar en los sen- timientos del corazón de Jesús que ha dicho: «nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27). Y nosotros sabemos que la filiación de Jesús, su amor por el Padre se expresa sobre to- do en la gratitud: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tie- rra» (Mt 11, 25); «Padre, te doy gracias por haberme escuchado» (Jn 11, 41).

Es precisamente con la actitud de gratitud, de agradecimiento, que entramos en la experiencia de Jesús, en la gratitud del Hijo que todo recibe del Padre y en todo encuentra ocasión de alabarlo; y así podemos ivir algo del misterio trinitario.

3. El principio de gratitud se expresa especialmente en la cele- bración de la Eucaristía. De hecho, la Eucaristía es la más grande acción de gracias a Dios, y este acto de agradecimiento se extiende en toda la liturgia y en las oraciones de la Iglesia.

En 2 Co 1, 20 Pablo nos da un ejemplo: «… todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en él; y por eso decimos por él «Amén» a la gloria de Dios».

«Amén» es una palabra aramea conservada en griego en las fórmulas litúrgicas del Nuevo Testamento y en las de la Iglesia. Ella subraya la respuesta de nuestra fidelidad, llena de gratitud, a la fide- lidad de dios en Jesús, el Hijo.

4. Por último, quisiera observar que el principio de gratitud está muy presente en la mente y en los escritos de san Ignacio.

Donde habla del modo de hacer el examen de conciencia, que comprende cinco puntos, dice: «El primer puncto es dar gracias a Dios nuestro Señor por los beneficios rescibidos» (Ejercicios espiri- tuales, 43). Recomienda de nuevo el agradecimiento después de la

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meditación sobre los pecados personales: «Acabar con un coloquio de misericordia, razonando y dando gracias a Dios nuestro Señor porque me a dado vida hasta agora, proponiendo enmienda con su gracia para adelante» (n. 61). Y, en el n. 71, después de la medita- ción sobre el infierno: «Haciendo un coloquio a Christo nuestro Se- ñor… darle gracias, porque no me ha dexado caer en ninguna [el infierno]. Asimismo, cómo hasta agora siempre a tenido de mí tanta piedad y misericordia». El agradecimiento es una actitud profunda- mente enraizada en el corazón de Ignacio.

Cito un último texto, que forma parte de la contemplación para ob- tener el amor: «pedir cognoscimiento interno de tanto bien recibido, para que yo enteramente reconosciendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad».

La gratitud es pues la vía para obtener el don de amar y servir al Señor

3. El principio de la resurrección

Con la intención de entender mejor el principio de consolación y el principio de gratitud que mueven al apóstol Pablo, descubramos el surtidor, la fuente, en una persona: Cristo resucitado.

Es el Resucitado el verdadero «Principio y fundamento» de su vi- da y de su ministerio. Pablo experimenta la consolación de Dios y es capaz de agradecer porque ha encontrado a Jesús resucitado en el camino a Damasco y se ha aferrado a él y su vida en la carne, la vive en la fe del Hijo de Dios (cf. Gl 2, 20).

Nosotros que somos consolados podemos consolar y podemos dar gracias a Dios porque la luz del Resucitado nos ha iluminado. Escuchemos estas estupendas palabras:

el mismo Dios que dijo: Del seno de las tinieblas brille la luz, la ha hecho brillar en nuestros corazones, para iluminarnos con el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo (2 Co 4, 6).

Es un versículo muy denso y no es fácil de explicar lo que se in- tuye. Como Dios, el Padre, diciendo «Haya luz» (Gn 1, 3), ha venci- do las tinieblas y ha iluminado la creación, así Cristo con su resu- rrección ha iluminado la historia y los caminos de la humanidad.

También sostiene Pablo que la resurrección no corresponde sólo a Cristo, sino que penetra en el corazón de cada hombre, en nues-

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tros corazones, y los transforma de modo que puedan irradiar y dar

a conocer la gloria de Dios reflejada en el rostro del Resucitado.

Obviamente, al decir: «la ha hecho brillar en nuestros corazones», Pablo hace alusión a la revelación que ha recibido. Leemos de hecho en Gl 1, 12, a propósito del Evangelio: «yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo». Y más adelante:« 15 Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien 16 revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase en- tre los gentiles, al punto, sin pedir consejo a hombre alguno, 17 ni subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde volví a Damasco». Se refiere a su conversión, a la luz en la que ha visto y contemplado al Resucitado, a la aparición de la que habla Hch 9, 1-19.

Para nosotros, por el contrario, no se ha tratado de una revela- ción personal, sino de una tradición: « 3 Porque os transmití, en pri- mer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pe- cados, según las Escrituras; 4 que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras» (1 Co 15, 3-4).

Sin embargo me he preguntado y nos preguntamos: ¿no hay quizá, en nuestra experiencia, en nuestro conocimiento de Jesús resucitado, algo que se avecine a la revelación, algo que vaya más

de la tradición recibida y de la iluminación de la gracia propia del

Bautismo?

Yo pienso en el testimonio interior del Espíritu Santo, en esa es- pecie de revelación, que nos comunica simplicidad, paz, alegría jun- to a la fe en el Resucitado. Podemos vivir una experiencia espiritual profunda encontrando a Jesús en la Eucaristía, en la oración, en la adoración, en cada acción del ministerio.

El Resucitado nos revela a nosotros especialmente en eso que Pablo e Ignacio llaman consolación, derramada en nuestros cora- zones por la fuerza del Espíritu para que nos llenen y nos compene- tren los dones de fe, esperanza y caridad.

El evento de la resurrección es el verdadero «Principio y funda- mento» de todo lo que somos y hacemos, de toda nuestra existen-

cia, y nos impulsa a leer cada realidad a la luz de Cristo resucitado

y de la experiencia que tenemos.

Quisiera citar un texto en el que Pablo describe los efectos de la gloria de la resurrección d Jesús, presentes en él:

13 Pero teniendo aquel espíritu de fe conforme a lo que está escrito: Creí, por eso hablé, también nosotros creemos, y por eso hablamos, 14 sabien- do que quien resucitó al Señor Jesús, también nos resucitará con Jesús y nos presentará ante él juntamente con vosotros. 15 Y todo esto, para vues- tro bien a fin de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agrade- cimiento, para gloria de Dios (2 Co 4,13-14).

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La fe en la resurrección de Cristo y en la nuestra es la motivación de toda la actividad de Pablo y lo lleva a elevar el himno de alaban- za a la gloria de Dios. Los principios de consolación, de gratitud, de resurrección forman una unidad, constituyen el fundamento de la vida de Pablo y de nuestra vida.

4. Sugerencias para la oración

Os doy algunas sugerencias para la oración de este primer día de Ejercicios:

Pensando en lo que estoy viviendo, ¿en qué cosas puedo reco-

nocer a Dios?, ¿qué tipo de agradecimiento está más en consonan- cia con mi situación al descubrir todo lo que el Señor ha hecho por mí?

Yendo más allá de lo que se ve, podemos expresar los senti-

mientos de nuestra gratitud al Padre por el don inmenso de la Euca- ristía, por la presencia del Resucitado en nuestro corazón, por nues- tra misma vida.

Con el próximo jubileo queremos celebrar los dos mil años del

nacimiento de Jesús, de la encarnación del Verbo como principal evento de la historia, alabando al Padre que nos ha mandado al Hijo para salvarnos con su muerte y resurrección.

Os sugiero además que glorifiquéis a Dios por la belleza de la

Revelación, por la belleza de la Iglesia y de la vida humana. Recien- temente a salido un filme italiano intitulado La vita e bella, y es muy conmovedor porque muestra que también en una tragedia como lo fue la de la Shoah, del extermino de los judíos perpetrado por los nazis, se puede comprender la belleza del la vida.

Conservemos, pues, este maravilloso mensaje en el corazón: no obstante las dificultades, las fatigas u los sufrimientos de la existen- cia, podemos vislumbrar algún signo de vida, algún reflejo de la re- surrección. Todos tenemos necesidad de tal mensaje, la Iglesia hoy tiene necesidad de él.

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III

EN LA DEBILIDAD SE REVELA LA FUERZA DE DIOS

Te pedimos, oh Virgen María, que nos obtengas, de tu Hijo Jesús nuestro Señor, una triple gracia: poder tener un conocimiento interior de los pro- pios pecados y también de aborrecerlos; poder individuar el desorden d las propias acciones, de modo que las detestemos para corregirnos y po- ner en orden en nuestra vida; poder tener conocimiento del mundo para alejar de nosotros toda mundanidad y vanidad

Con esta oración a la Madre de Jesús y de la Iglesia, entremos hoy en ese proceso de purificación que Ignacio propone en la pri- mera semana de sus Ejercicios espirituales.

Hemos considerado tres principios que radican en la vida de Pa- blo como fundamento de su experiencia del Señor: nuestro Dios es un dios que consuela e infunde ánimo, fuerza y alegría; es justo y es nuestro deber agradecerle siempre y en todo lugar; la resurrec- ción de Cristo da luz a nuestros corazones y los transforma.

A los tres principios, cual «Principio y fundamento» de la segunda carta a los Corintios, se oponen tres mociones negativas que se producen en el alma: al principio de la consolación se opone el prin- cipio de la desolación, del temor, de la oscuridad; al principio de la gratitud, el de la ingratitud que no nos permite reconocer los dones y los beneficios de Dios; al principio de la resurrección y de la vida se opone el principio de la muerte, del desánimo, de la falta de apertura y de esperanza.

¿Cuáles son los consejos que San Ignacio da para el camino de la purificación en vistas a descubrir lo que el Señor quiere de noso- tros, con vistas a conformarnos con Jesús? Aconseja cuatro etapas de meditación.

1. En primer lugar nos invita a meditar sobre algunos ejemplos de desviación del plan de Dios, sobre «tres pecados» (de los ángeles, de Adán y Eva, de un pecador que se encuentra en el infierno).

2. En segundo lugar nos invita a reflexionar sobre nuestros peca- dos personales.

3. Nos propone luego una meditación sobre nuestra fragilidad, porque es importante descubrir el desorden presente en nuestras

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acciones, descubrir cuán inmersos estamos en la mundanidad, cuán lejana está del Evangelio nuestra mentalidad.

4. En la cuarta etapa Ignacio nos invita a detenernos en la conse- cuencia última del pecado, en la pena y la desesperación del infier- no.

Cada uno de vosotros puede elegir uno u otro de los cuatro pun- tos o incluso todos- para prepararse a vivir la Confesión sacramen- tal como una maravillosa y nueva experiencia de gracia y de alegr- ía.

Además queremos, por otro lado, meditar sobre el tema de la de- bilidad.

1. Lectio divina de 2 Co 4, 7-12; 11, 30-33; 12, 5-10

La debilidad, de hecho, es un aspecto peculiar de la segunda car- ta a los Corintios, que no nos hace conocer únicamente el corazón apasionado y la mentalidad de Pablo, sino también las incompren- siones entre él y la comunidad, basadas en parte en su debilidad humana. Por eso el término «debilidad», en griego avsqe,neia (ast- heneia), que indica una especie de enfermedad, de debilitación, de flaqueza relacionada o con el cuerpo o con el alma, es una pala- bra clave de la carta.

Pienso que la reflexión sobre tres textos que he elegido será utilí- sima para comprendernos mejor nosotros mismos, para entender a la Iglesia y la gloria de dios que se revela en nuestra debilidad.

1. El primer pasaje (2 Co 4, 7-12) es bastante conocido, muy bello para la imagen usada por Pablo.

7 Pero llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros. 8 Apreta- dos en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; 9 per- seguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados. 10 Lle- vamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes la muerte de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. 11 Pues, aunque vivimos, nos vemos continuamente entregados a la muerte por causa de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. 12 De modo que la muerte actúa en nosotros, mas en vosotros la vida.

En el texto no aparece el término avsqe,neia, y sin embargo son ci- tados muchos aspectos de debilidad.

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El icono de los vasos de barro subraya la fragilidad de un objeto, su facilidad para romperse. También nosotros llevamos el tesoro del Reino, de la fe, del Evangelio, pero somos un pobre vaso frágil, de- licado, débil.

Luego de habernos presentado esta imagen que queda impresa en la mente y nos recuerda nuestra debilidad, Pablo prosigue des- cribiendo algunos ejemplos de adversidad, de tribulaciones, de difi- cultades. De ello deducimos que el Apóstol ha sido tentado por el desánimo. Siente que no hay respuestas, que se encuentra en un callejón sin salida, y sin embargo logra dar a esta su historia una estupenda interpretación cristológica: «Llevamos siempre en nues- tros cuerpos por todas partes la muerte de Jesús, a fin de que tam- bién la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo». Turbado y perseguido, golpeado y atribulado, él sabe que participa en la muer- te de su Señor y logra conservar en sí la luz de la resurrección, esa luz que un día lo había deslumbrado.

Muchas situaciones de la historia de la Iglesia podrían reflejarse en este texto. El cristianismo, por ejemplo en China o en algunas partes de África, vive la experiencia de Pablo, la experiencia de las persecuciones; en otros lugares la Iglesia está marcada por graví- simas dificultades, tribulaciones, pero no se desanima, no se abate, no se desespera.

2. En 2 Co 11, 30-33 Pablo, luego de haber presentado la propia biogra-fía y de haber dado el elenco de las innumerables pruebas del ministerio, concluye la narración:

30 Si hay que gloriarse, en mi flaqueza me gloriaré. 31 El Dios, Padre del Señor Jesús, ¡bendito sea por todos los siglos!, sabe que no miento. 32 En Damasco, el etnarca del rey Aretas tenía puesta guardia en la ciudad de los damascenos con el fin de prenderme. 33 Por una ventana y en una es- puerta fui descolgado muro abajo. Así escapé de sus manos.

Los exégetas no se ponen de acuerdo sobre el significado de es- te pasaje. Ciertamente Pablo quiere evidenciar su incapacidad de resistir en la persecución, de afrontar al gobernador, y la fuga de la ciudad debe haber sido para él una humillación.

Fijémonos en la frase inicial: «en mi flaqueza me gloriaré». Pare- ce que intuye un significado importante de la debilidad; no intenta sólo hacer un relato de los acontecimientos negativos, sino hacer- nos entender algo más profundo, más positivo.

3. El tema de la vanagloria retorna en 2 Co 12, 5-10. En los versí- culos precedentes ha hablado de un hombre que fue arrebatado al tercer cielo, al paraíso donde ha sido introducido en un gran cono- cimiento de los misterios de Dios (vv. 1-4). De ese hombre,

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De ese tal me gloriaré; pero en cuanto a mí, sólo me gloriaré en mis fla- quezas. 6 Si pretendiera gloriarme no haría el fatuo, diría la verdad. Pero me abstengo de ello. No sea que alguien se forme de mí una idea supe- rior a lo que en mí ve u oye de mí. 7 Y por eso, para que no me engría con la sublimidad de esas revelacio- nes, me fue dado un aguijón a mi carne, un ángel de Satanás que me abofetea para que no me engría. 8 Por este motivo tres veces rogué al Señor que se alejase de mí. 9 Pero él me dijo: «Mi gracia te basta, que mi fuerza se realiza en la flaqueza». Por tanto, con sumo gusto seguiré glo- riándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. 10 Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte.

Así hemos llegado al corazón de la carta, al motivo de fondo que Pablo desarrolla en esta epístola: «cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte».

Pero, ¿qué cosa es el aguijón en la carne de quien pide ser li- berado?

Son muchos comentarios exegéticos. Me gusta citar lo que dice a propósito el filósofo Kierkergaard: «Este texto parece ofrecer, a ca- da uno de nosotros, la insólita oportunidad de interpretar la Biblia». Cada uno de nosotros presume de saber qué es el aguijón, pero las opiniones difieres una de la otra.

Para algunos exégetas, Pablo alude a tormentos espirituales; pa-

ra otros a tentaciones sexuales de la que no sería liberado; o tal vez un cierto sentido de indignidad, de inadecuación; el profuno dolor por la incredulidad de sus hermanos de raza, como dice en Rm 9, 1-

3.

Hay por el contrario quien piensa en una enfermedad física o mental, a un estado de depresión.

Y hay alguno que habla de persecuciones.

De hecho no sabemos qué cosa sea el aguijón en el corazón del Apóstol, pero es fundamental que se enorgullezca: el Señor no lo libera («Mi gracia te basta») y no explica el motivo; les hace enten- der a los corintios que la aflicción es parte de esa debilidad que forma parte del plan admirable de la salvación y permite que se ma- nifieste plenamente la fuerza de Dios. Es un mensaje formidable, inimaginable. Nosotros consideramos que la debilidad es un obstá- culo, por lo que debería ser superada así lo creía también Pablo-, y el Señor nos responde que forma parte de su plan de amor y de salvación.

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Por otro lado, es interesante notar que Pablo se enorgullece de su debilidad frente a una comunidad que se deja atraer por los dis- cursos elocuentes de «súper apóstoles» (cf. 11 5), que confía en quién sabe cuáles carismas. Y subraya que el tener visiones y reve- laciones no legitima del todo al apostolado; lo legitima la debilidad, la aflicción. La afirmación paradójica que trata de sobreentenderse y que hay que aclarar: en la debilidad de los apóstoles se revela me- jor aquella fuerza, proveniente de Dios, que legitima el ministerio. «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 18-19).

La debilidad que Pablo experimenta nace, por tanto, de un fee- ling, de un sentir espiritual que lo lleva a encarnar en la cotidianidad el misterio de la muerte de Jesús y le permite a Dios actuar libre y realmente por medio de su fragilidad.

Nosotros estamos muy lejos de este sentimiento y continuamos pidiendo grandes signos, habilidad en el hablar a la gente, éxito.

Es precisamente en la debilidad que Pablo se hace similar a Cristo, como leemos en 2 Co 13, 2-4:

2 Ya lo tengo dicho a los que anteriormente pecaron y a todos los demás, y vuelvo a decirlo ahora que estoy ausente, lo mismo que la segunda vez estando presente: si vuelvo otra vez, obraré sin miramientos, 3 ya que queréis una prueba de que habla en mí Cristo, el cual no es débil para con vosotros, sino poderoso entre vosotros. 4 Pues, ciertamente, fue cruci- ficado en razón de su flaqueza, pero está vivo por la fuerza de Dios. Así también nosotros: somos débiles en él, pero viviremos con él por la fuerza de Dios sobre vosotros.

Es una visión muy estimulante de la vida cristiana y del ministerio:

como Cristo revena en la crucifixión la fuerza y la gloria de Dios, también en nuestra pobreza, en nuestras debilidades, en nuestras tribulaciones estamos unidos a la cruz de Cristo y podemos confiar en la fuerza de Dios.

Ésta es la enseñanza del texto paulino: la salvación que viene de la gracia y de la fuerza divina se manifiesta mejor en instrumentos débiles y pobres. Es una enseñanza que muchas veces olvidamos y que, tal vez, queremos olvidar; las dificultades y persecuciones que registra la historia de la Iglesia, nos ayudan a ver con claridad que la victoria definitiva es fruto de la gloria de Dios, no de nuestros es- fuerzos.

El Señor nos ayude a intuir con el corazón esta verdad que las palabras humanas no alcanzan a expresar.

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2. Puntos para la meditación

Quisiera daros algunos puntos para la reflexión, en la meditación personal, con amor y paciencia sobre nuestra debilidad, sobre la debilidad de nuestra comunidad y de la Iglesia.

1. Nuestra debilidad. Cada uno de nosotros tiene una debilidad existencial que experimentamos de diversas ocasiones, tiene una larga historia de debilidades, conocidas o desconocidas. Natural- mente tratamos de removerlas, de no pensar en ellas; Pablo, por el contrario, nos invita a mirarlas, a considerarlas para descubrir la fuerza de Dios.

A nivel personal me vienen a la mente muchas experiencias:

cuando siento que no estoy a la altura de una determinada situa- ción; cuando advierto mis temores, mis lentitudes e incoherencias; cuando mi oración es árida, vacía, cansada y, aunada a esto, la ex- periencia del pecado y de la depresión.

Además de las debilidades existenciales, está la debilidad en el ministerio: la fatigosa experiencia de la distancia que hay entre mis palabras y mi vida cuando me doy cuenta que no soy capaz de vivir en verdad lo que predico a los demás. Mi pobreza espiritual frente a la necesidad que el mundo tiende de amor, de inteligencia espiri- tual, de comprensión. Mi incapacidad de responder algunos cues- tionamientos.

Cualquier cosa que pueda parecer una debilidad en el ministerio ha de ser recordado delante de la gracia de Dios, teniendo en men- te la afirmación de pablo: «seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas».

De hecho, todos sabemos que el ministerio revela nuestras fragi- lidades, y cuánto más somos cargados de responsabilidad, más sentimos nuestra incompetencia. Esto es un don de Dios, una ilumi- nación de él, es el conocimiento de Jesús crucificado que nos hace entrar en la mente y en el corazón de Padre. Lo que humanamente consideramos un obstáculo, se transforma en una gracia divina.

Comencemos, pues, nuestra reflexión con un examen de con- ciencia, según la sugerencia de los Ejercicios espirituales de san Ignacio para la primera semana, empeñándonos en considerar nuestras debilidades existenciales y del ministerio.

2. Es también muy oportuno meditar sobre la debilidad eclesiásti- ca, que es la debilidad de nuestras comunidades y de la toda Igle- sia. Podemos referirnos a los momentos en que experimentamos la dolorosa disparidad entre la altísima misión de la Iglesia y la inco-

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herencia de las personas a las que se les ha confiado; pensemos en la baja en las vocaciones y en todo lo que la Iglesia de Dios es pobre en este mundo. Los ideales son grandes, pero casi siempre su realización es insuficiente; en las comunidades locales, en las parroquias se multiplican las controversias y las divisiones, las envi- dias y los celos.

Pero también es verdad que cuánto más nos damos cuenta de nuestra pobreza, más conocemos la Iglesia desde dentro, más nos llenamos de estupor y nos maravillamos por la extraordinaria fuerza y la inmensa misericordia de Dios.

Es la confirmación de que el Señor actúa mor medio de instru- mentos miserables, débiles, incompetentes; una confirmación que nos ayuda a crecer en la humildad. San Ignacio, en la primera se- mana de los Ejercicios, no sólo nos invita a recordar nuestros peca- dos, sino sobre todo a recordar nuestra miseria para poder com- prender el don de la humildad y glorificar a Dios que está presente en la pobreza de nuestra vida.

Ciertamente es difícil no sufrir ante los defectos de algunas reali- dades eclesiales, ante las fugas de personas que eran prometedo- ras, que habían comenzado bien, con espíritu evangélico. Así Pablo nos invita a entrar con él en la lógica de dios, en esa experiencia que ha sido infundida en nosotros por el Espíritu Santo que nos hace capaces de contemplar la presencia de la gloria de Dios aquí y ahora.

De este modo evitaremos la tentación del escepticismo, del pesi- mismo y podremos cooperar con humildad y alegría en la vida y en la misión de la Iglesia.

3. Tres sugerencias conclusivas

Quisiera retomar, a modo de conclusión, tres puntos del mensaje de la segunda carta a los Corintios en los textos que he citado.

1. Es importante aceptar la debilidad existencial, ministerial y eclesiástica. No intentemos esconderla, removerla mentalmente, sino vivirla pensando en el infinito amor del Señor por nosotros.

2. La debilidad (el pecado, las dificultades, los problemas, la inca- pacidad de dar respuestas) es el lugar en el que se revela la fuerza de Dios. Siempre podemos esperar en la certeza de estar envueltos por la presencia salvadora y liberadora de Cristo Jesús nuestro Se- ñor crucificado y resucitado.

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3. Vivamos todo esto en la oración y en la humildad ara ser ayu- dados a comprender verdaderamente, poco a poco, la naturaleza, el rostro de Dios que es gloria, belleza, grandeza, potencia y también humildad, simplicidad, misericordia infinita.

El Dios de Jesucristo no sólo se revela en hechos de potencia, se revela sobretodo en el amor misericordioso para que nosotros, po- bres pecadores, contemplemos su gracia en nuestra vida.

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LA PURIFICACIÓN DEL CORAZÓN

(homilía del martes de la semana XVIII del tiempo ordinario

03.08.1999)

Estamos comenzando la primera semana de los Ejercicios igna- cianos, en la que debemos reflexionar sobre la gravedad del desor- den presente en nosotros y, por tanto, sobre la necesidad de purifi- cación. A ello nos ayudan los dos pasajes de la liturgia de hoy.

1. Una maravillosa definición de la oración

1 María habló con Aarón contra Moisés a propósito de la mujer cusita que había tomado por esposa: porque se había casado con una cusita. 2 De- cían: «¿Es que Yahvé no ha hablado más que por medio de Moisés? ¿No ha hablado también por medio de nosotros?» Y Yahvé lo oyó. 3 Moisés era un hombre muy humilde, más que hombre alguno sobre la faz de la tierra.

4 De improviso, Yahvé dijo a Moisés, a Aarón y a María: «Salid los tres hacia la Tienda del Encuentro.» Y salieron los tres. 5 Bajó Yahvé en la co- lumna de Nube y se quedó a la puerta de la Tienda. Llamó a Aarón y a María y se adelantaron los dos.

6 Dijo Yahvé: «Escuchad mis palabras: Si hay entre vosotros un profeta, en visión me revelo a él, y hablo con él en sueños. 7 No así con mi siervo Moisés: él es de toda confianza en mi casa; 8 boca a boca hablo con él, abiertamente y no en enigmas, y contempla la imagen de Yahvé.¿Por qué, pues, habéis osado hablar contra mi siervo Moisés?»

9 Y se encendió la ira de Yahvé contra ellos. Cuando se marchó, 10 y la Nube se retiró de encima de la Tienda, María advirtió que estaba leprosa, blanca como la nieve. Aarón se volvió hacia María y vio que estaba lepro- sa.

11 Y dijo Aarón a Moisés: «Perdón, Señor mío, no cargues sobre nosotros el pecado que neciamente hemos cometido. 12 Por favor, que no sea ella como quien nace muerto del seno de su madre, con la carne medio con- sumida.»

13 Moisés clamó a Yahvé diciendo: «Oh Dios, cúrala, por favor.»

Me parece importante lo que el Señor dice a Arón y a María acerca de Moisés: «boca a boca hablo con él» (v. 8).

Es una maravillosa definición de la oración, que encontramos en san Ignacio: «El coloquio se hace propiamente hablando [con Dios], así como un amigo habla a otro» (Ejercicios espirituales, n. 54). Y también Santa Teresa de Ávila, gran mística y doctora de la Iglesia,

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escribe: «La oración no es otra cosa que una íntima relación de amistad con Aquél del quien nos sabemos amados» (Vida, VIII, 5).

Nuestra oración pretende identificarnos con Jesús y así orar al Padre como él lo hace; quiere ser participación con la gracia de Moisés que habla cara a cara con el Señor.

Una segunda observación. La historia de Moisés criticado a causa de la mujer extranjera con la que se había casado, a nuestros oídos suena un tanto extraña. No nos es fácil juzgar cómo puede este hecho constituir una debilidad de Moisés.

De cualquier manera, el Señor se enciende de ira contra María y Aarón y, aunque no defiende al acusado, quiere que sea respetado en su misión prescindiendo de cualquier cosa, porque Dios siempre sabe realizar grandes cosas.

Por último subrayo la belleza del v. 3: «Moisés era un hombre muy humilde, más que hombre alguno sobre la faz de la tierra». El libro del Sirácida, en su «elogio a los antepasados», recuerda a Moisés con estas palabras:

1 Hizo salir de él un hombre de bien, que gozó del favor de todos, amado de Dios y de los hombres

4 Por su fidelidad y humildad lo santificó, lo eligió de entre todos los vivientes.

5 Le hizo oír su voz, y lo introdujo en la negra nube; cara a cara le dio los mandamientos, la ley de vida y de conocimiento, para enseñar su alianza a Jacob y sus decretos a Israel (45, 1.4-5).

Nos fascina esta descripción de Moisés, su mansedumbre y humildad que anticipan las bienaventuranzas evangélicas: «bien- aventurados los pobres… bienaventurados los mansos».

El Señor desea que, mediante la meditación de la primera sema- na de Ejercicios, nuestra vida espiritual se renueve, y aprendamos a aceptar la fragilidad y la debilidad, seamos mansos y humildes.

Todo esto está en relación con el estilo de la evangelización, con la sabiduría de la cruz, con el comportamiento de Jesús expresado por mateo que cita a Is 42, 2-3:

2 No vociferará ni alzará el tono, y no hará oír en la calle su voz. 3 Caña quebrada no partirá, y mecha mortecina no apagará. Lealmente hará justicia (Mt 12, 19-20a).

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En el ministerio debemos seguir a Cristo manso y humilde y pre- sumir, como Pablo, de nuestras debilidades porque Dios está de parte nuestra.

2. Purificación del corazón

En continuidad con el texto evangélico de ayer, releamos Mt 15,

1-3.10-14:

1 Entonces se acercan a Jesús algunos fariseos y escribas venidos de Je- rusalén, y le dicen: 2 «¿Por qué tus discípulos transgreden la tradición de los antepasados? Pues no se lavan las manos a la hora de comer.» 3 Él les respondió: «Y vosotros, ¿por qué transgredís el mandamiento de Dios por vuestra tradición? 10 Luego llamó a la gente y les dijo: «Oíd y entended. 11 No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre; sino lo que sale de la boca, eso es lo que contamina al hombre.» 12 Entonces se acercan los discípulos y le dicen: «¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oír tu palabra?» 13 Él les respondió: «Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial será arrancada de raíz. 14 Dejad- los: son ciegos y guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».

El tema de la pureza y de la impureza se está relacionado con nuestro empeño por purificar el corazón con la ayuda de la gracia sacramental. La verdadera impureza, afirma Jesús, no es la exte- rior, sino «lo que sale de la boca», y el v. 19 dice: lo que sale «del corazón».

Para purificarnos debemos ante todo examinar qué cosa anida en nuestro corazón: «Porque del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, inju- rias». Leyendo esta lista pensamos que se refiere a los pecadores, a las personas que acuden a la confesión. Pero, el texto evangélico quiere indicar que se habla de nuestro corazón, de nuestra debili- dad.

Quizá no encontramos pecados exteriores que correspondan a las intenciones malas, pero si reflexionamos atentamente descubri- mos que tales intenciones están enraizadas en nuestro corazón. Y es sólo a través de una mirada atenta que conocemos la fragilidad y la opacidad de nuestra naturaleza humana. En cada uno de noso- tros está la raíz de cada mal que hay en el mundo.

Cuando lo admitimos con toda sinceridad, nos hacemos capaces de entender que los pecados en los que otros caen, también pue-

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den ser cometidos por nosotros. Y es entonces que imploramos con el Salmo 51:

3 Piedad de mí, oh Dios, por tu bondad, por tu inmensa ternura borra mi delito, 4 lávame a fondo de mi culpa, purifícame de mi pecado.

Identificarnos con cuantos tienen intenciones malas nos ayuda a ubicarnos ante la cruz como bajo la gracia del Señor, bajo su infinita misericordia, y a no consentir los malos pensamientos escondidos en el corazón.

El Evangelio de este día nos invita a repetir con especial intensi- dad la exclamación: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para salvarme». Es una excla- mación que expresa claramente lo que nosotros somos frente al don inmenso de la Eucaristía, que expresa nuestra debilidad y al mismo tiempo nuestra confiada esperanza de obtener el perdón.

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IV

LAS AMENAZAS EN EL MINISTERIO

Dios Padre nuestro, te alabamos y te bendecimos porque nos das la gra- cia de hablarte cara a cara, como un amigo habla con otro amigo. Te pe- dimos nos concedas sentir y gustar internamente los misterios de tu Re- ino, y realizar ese proceso de purificación y de liberación de nuestros pe- cados, de nuestra afición a las realidades mundanas, aún cuando sean buenas. Eso nos permitirá experimentar la alegría de seguir a tu Hijo Jesús en el servicio a la Iglesia. Amán.

Mientras san Ignacio, en la primera semana de los Ejercicios, nos ofrece algunas indicaciones precisas para profundizar en el conoci- miento de nuestros pecados personales, la segunda carta a los Co- rintios no tiene textos específicos al respecto. Si quisiéramos ayud de Pablo deberíamos releer los capítulos 6 y 7 de la carta a los Ro- manos, ricos en consideraciones que nos son muy útiles. Basta con citar el siguiente pasaje:

14 Sabemos, en efecto, que la ley es espiritual, mas yo soy de carne, ven- dido al poder del pecado. 15 Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. 16 Y, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la Ley en que es buena; 17 en rea- lidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí. 18 Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, 19 puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. 20 Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí.

21 Descubro, pues, esta ley: aunque quiera hacer el bien, es el mal el que se me presenta. 22 Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, 23 pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros.

24 ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muer- te? 25 ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor! Así pues, soy yo mismo quien con la razón sirvo a la ley de Dios, mas con la carne, a la ley del pecado (Rm 7, 14-25).

Este texto describe nuestra división interior, nuestros sufrimien- tos, y es muy adecuado para reflexionar mejor sobre nuestros pe- cados personales.

La segunda carta a los Corintios, más que puntualizar sobre el proceso personal de purificación, insiste en la relación de un pastor con la comunidad. Así pues, es útil para un Obispo, cuyo horizonte

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siempre es su comunidad: la psicología de un Obispo está prácti- camente empeñada a considerar cada cosa en relación con la Igle- sia local que le ha sido confiada y en relación con la Iglesia univer- sal. E no sólo es útil para los Obispos, sino también para todos aquellos que están al servicio de una realidad eclesial.

En esta meditación queremos, pues, dejarnos guiar por Pablo en el deseo de reflexionar sobre los pecados y las desviaciones en el ministerio. He encontrado, entre muchos posibles, tres textos de la segunda carta a los Corintios sobre los que nos detendremos: en el primero se ofrece una lista de desviaciones parciales en el ministe- rio (4, 1-2); en el segundo se presenta una total desviación (1, 18- 22); en el tercero está delineado el espejo del verdadero ministerio (6, 3-7).

1. Desviaciones parciales en el ministerio (2 Co 4, 1-2)

1 Por esto, misericordiosamente investidos de este ministerio, no desfalle- cemos. 2 Antes bien, hemos repudiado el silencio vergonzoso no proce- diendo con astucia, ni falseando la palabra de Dios; al contrario, mediante la manifestación de la verdad nos recomendamos a toda conciencia humana delante de Dios.

1. La primera desviación, señalada en el v. 1, es el desánimo, el desfallecimiento. Es una gran desviación de la gracia del ministerio y, desgraciadamente es muy común, está muy generalizada: nos empeñamos, con todas nuestras energías, nos dedicamos a la co- munidad con todas nuestras fuerzas, pero la respuesta de la gente es insatisfactoria, los resultados son pocos. Esto provoca desmoti- vación, desánimo. Sin embargo, el desánimo, que de por sí es un enemigo peligroso, haciéndonos experimentar nuestra debilidad, debe ser considerado como un lugar en el que podemos tocar la gracia, la misericordia y la fuerza del Señor. Hemos visto que, en su debilidad, Pablo ha descubierto la manifestación de la fuerza divina. Cito el v. 16: «Por eso no desfallecemos. Aun cuando nuestro hom- bre exterior se va desmoronando, el hombre interior se va renovan- do de día en día».

2. Otra desviación es la disimulación, el silencio vergonzoso, el anunciar la verdad a medias, contentándonos con no decir toda la verdad.

¿Qué significa esto en el contexto de la carta? Probablemente Pablo quiere defenderse de sus adversarios, de acusaciones que son implícitamente revueltas. Un ejemplo de esto lo encontramos en

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Hch 15, 1: Bajaron algunos de Judea que enseñaban a los herma- nos: «Si no os circuncidáis conforme a la costumbre mosaica, no podéis salvaros».

Hoy, la disimulación, el anunciar la «verdad a medias» se verifica cuando, en nuestro servicio ministerial, no confiamos realmente en la gracia: hablamos pero confiamos más en la ley, en la disciplina. La ley es importante para la comunidad cristiana, pero la salvación no es el resultado de la ley y del orden, sino que es un don de la gracia de Dios.

Puede también suceder que pongamos más confianza, para la salvación, en la psicología teniendo más en cuenta las posibilidades humanas que la gracia. Es muy claro que el mismo Señor nos invita a hacer uso de los medios humanos, pero de cualquier manera la fuerza de su gracia tiene el primado.

3. Por último, Pablo subraya la posibilidad de falsear la palabra de Dios.

Esto se verifica en nosotros cuando no nos pronunciamos en hablar de la vida después de la muerte, cuando evitamos, en la pre- dicación y en las charlas con la gente, anunciar la vida celestial que nos espera. Y sin embargo, en occidente, donde se habla mucho de justicia, de ecología, de cómo vivir mejor y más cómodamente en este mundo, los responsables de la Iglesia deberían advertir la ur- gencia de tener viva la fe reclamando el horizonte de eternidad que ilumina el sentido de las realidades presentes, que confiere valor y dignidad a toda cada persona y coloca en la justa perspectiva los empeños y las esperanzas terrenas.

Otro modo de falsificar la palabra de Dios es el de reducir la libe- ración del corazón a la liberación humana, social. Es obligatorio hablar de la liberación en sentido humano, pero si no explicamos que la raíz de esta liberación está en la purificación de los corazo- nes, de los deseos, falseamos la Palabra.

Ciertamente son muchas las posibilidades de tal desviación, y cada uno de nosotros debe descubrir su eventual falta en el ministe- rio de la predicación que ha de ser continuamente revisada y corre- gida. El mismo san Agustín confesaba que nunca estaba satisfecho de sus sermones. Esto me permite cuestionarme, después de una homilía en una parroquia: ¿He anunciado verdaderamente el Evan- gelio, el mensaje de la salvación, o he dado una simple exhortación que, de hecho, no incide, no llega al corazón de la gente? Esta pre- gunta nos invita a reflexionar sobre el estilo de nuestra predicación

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para custodiar la fidelidad a la gracia recibida en la ordenación presbiteral.

2. La total desviación en el ministerio (2 Co 1, 18-22)

18 ¡Por la fidelidad de Dios!, que la palabra que os dirigimos no es y no.

19 Porque el Hijo de Dios, Cristo Jesús, a quien os predicamos Silvano, Timoteo y yo, no fue y no; en él no hubo más que . 20 Pues todas las promesas hechas por Dios han tenido su en él; y por eso decimos por él «Amén» a la gloria de Dios. 21 Es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, 22 y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones.

Es un texto que ye hemos recordado en parte a propósito del principio de gratitud. Ahora lo meditamos porque Pablo ejemplifica una situación de incoherencia en el ministerio, de total desviación.

No se trata simplemente de que a veces nos comportemos de un modo y otras veces de otro completamente opuesto, quizá por mie- do a las reacciones de la gente o para ser aprobados.

El «sí» y el «no» significa la tentación de no mantener nuestra promesa de vida sacerdotal y religiosa, el abandono del ministerio. El «sí» que se ha pronunciado se convierte con absoluta facilidad en «no». Es una gran tentación en la Iglesia de hoy, al menos en Europa: ya no se considera vinculante una promesa, una elección definitiva, también en la vocación al matrimonio. Después de un cierto tiempo de vida sacerdotal, religiosa, matrimonial, se pide que se les libere del vínculo, diciendo: ¡ahora me doy cuenta de que no sabía lo que quería!

Frente a la posibilidad de esta desviación total, Pablo insiste en dar una interpretación cristológica de la fidelidad a las promesas. Cristo Jesús es el «sí» de Dios a nosotros, un «sí» que sin retrac- ciones, por lo que nosotros debemos ser capaces de pronunciar un «sí» del que no nos hemos de arrepentir.

Esto vale antes que nada para los matrimonios, donde la gracia del Sacramento ayuda a transformar el «sí» del día de las bodas en un «sí» para siempre. Pero también vale para nosotros, para los consagrados, cuando el «sí» es dado en el nombre y con la fuerza del Señor.

Por tanto, es necesario orar por nuestra perseverancia, por la perseverancia, en la fe y en el ministerio, de todos los sacerdotes y los religiosos del mundo, así como para que no escandalicemos, entre otras cosas, a la gente que nos ha sido confiada por Dios.

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Obviamente podemos tener problemas psicológicos que en parte nos excusen de fallar a las promesas hechas a Dios, a la adhesión total a Jesús. En todo caso el abandono del ministerio está pesando mucho en la vida y en la imagen de la Iglesia, y os invito a reflexio- nar seriamente porque cada uno de nosotros puede ser tentado a decir «no» después de haber mantenido el «sí» por muchos años.

3. El espejo del verdadero ministerio (2 Co 6, 3-7)

3 A nadie damos ocasión alguna de tropiezo, para que no se haga mofa del ministerio, 4 antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios: con mucha constancia en tribulaciones, necesidades, angustias; 5 en azotes, cárceles, sediciones; en fatigas, desvelos, ayunos; 6 con pureza, ciencia, paciencia, bondad; con el Espíritu Santo, con caridad sincera, 7 con palabras verdaderas, con el poder de Dios; con las armas de la jus- ticia: a diestra y siniestra; 8 en gloria e ignominia, en calumnia y en buena fama; tenidos por impostores, siendo veraces; 9 como desconocidos, aun- que bien conocidos; como moribundos, pero vivos; como castigados, aunque no condenados a muerte; 10 como tristes, pero siempre alegres; como pobres, aunque enriquecemos a muchos; como quienes nada tie- nen, aunque todo lo poseemos.

Es un conmovedor texto autobiográfico compuesto por Pablo con entusiasmo como un himno al ministerio, en tres estrofas.

En la primera estrofa (vv. 4-5) enumera nueve situaciones difíci- les del trabajo apostólico tribulaciones, necesidades, angustias, azotes, cárceles, sediciones, fatigas, desvelos, ayunos- que ha vivi- do «con mucha constancia», sin dar a nadie motivo de escándalo, siempre dispuesto a sufrir por la comunidad con tal de cumplir con fidelidad y en plenitud la misión recibida de Dios.

A las nueve situaciones contrapone, en la segunda estrofa (vv. 7-7a), ocho disposiciones positivas, ocho cualidades sugestivas que debe transparentar la vida sacerdotal y que yo llamo «el espejo del ministerio»: pureza, ciencia, paciencia, bondad, con el Espíritu Santo, con caridad sincera, con palabras verdaderas, con el poder de Dios.

En la tercera estrofa (vv. 7b-10) se describe paradójicamente la vida apostólica, tejida de experiencias contradictorias: «con las ar- mas de la justicia: a diestra y siniestra; en gloria e ignominia, en ca- lumnia y en buena fama; tenidos por impostores, siendo veraces; como desconocidos, aunque bien conocidos; como moribundos, pe- ro vivos; como castigados, aunque no condenados a muerte; como

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tristes, pero siempre alegres; como pobres, aunque enriquecemos a muchos; como quienes nada tienen, aunque todo lo poseemos».

Es un estupendo poema que sale del corazón de Pablo como ex- presión de una alegría incontenible, de la alegría propia de quien se siente unido indisolublemente a Cristo Jesús, partícipe de su misión.

4. Nuestro ministerio

¿Cómo nos interpela la segunda estrofa, el «espejo del ministe- rio» de este himno? ¿Se dan en nosotros las ocho disposiciones que ahí se enumeran?

1. La pureza, en griego a`gno,thj (aghnotes), es la recta intención

en el ministerio, el actuar para la gloria de Dios y el bien de la Igle- sia, para la salvación de las almas, no para nuestra realización, nuestro interés ni nuestra afirmación. Sabemos que no es fácil por- que en lo que hacemos se mezcla siempre el amor propio, el deseo de ser los primeros, de vernos beneficiados, aún cuando reiterada- mente nos propongamos actuar siempre en vistas del crecimiento de los demás, de su camino de fe, esperanza y caridad. Por eso en necesario que cada día se renueve el empeño de purificar la inten- ción, de poner en el primer lugar la gloria de Dios y el bien de la comunidad. Es significativo que Pablo inicie su lista con la «pure- za», como para subrayar que es el primer objetivo a seguir, el punto desde el cual debemos velar y verificarnos.

2. La ciencia, en griego gnw/sij (gnosis), más que el conocimiento

intelectual, probablemente es el don del Espíritu que Ignacio rela- ciona con el «sentir y gustar las cosas internamente» (Ejercicios es- pirituales, anotación 2).

3. La paciencia, en griego makroqumi,a (makrothymia), es la longa-

nimidad (cf. Ga 5, 22), la capacidad de soportar por mucho tiempo un pesado fardo, de persistir con buen ánimo y con ardor de espíritu en circunstancias difíciles. La longanimidad es característica de la esperanza cristiana haciendo que nos adhiramos siempre y de cualquier manera a la voluntad de Dios. Por ello es una cualidad fundamental para el ministerio, para la vida de un pastor. La longa- nimidad no condena a nadie, no se echa para atrás en el momento de las pruebas.

4. La bondad, en griego crhsto,thj (chrestotes), nos permite ser

afables con todos, gentiles, premurosos, disponibles, sonrientes con la gente. Muchas veces las personas pretenden mucho de nosotros,

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no piensan que tenemos un horario, una agenda que incluye la ora- ción, el estudio, la meditación. Por ello hemos de decirle esto a la gente, pero hablándoles con gentileza, con amabilidad, sin hacerles sentir mal ni irritarlos. Este también es un don importante en el mi- nisterio.

5. Con el Espíritu Santo, en griego evn pneu,mati a`gi,w| (en pneumati

aguío), quiere indicar que toda nuestra acción tiene su fuente en una vida interior llena de la alegría y la paz del Espíritu. Una vida interior que debemos cultivar escuchando, sobre todo, las mociones

y las sugerencias del Espíritu Santo.

6. La caridad sincera, evn avga,ph| avnupokri,tw| (en ágape anypokritos),

es una disposición que aparece también en Ga 5,22. Un maravilloso ejemplo de caridad sincera lo tenemos precisamente en 2 Co 6, 11:

«¡Corintios!, os hemos hablado con toda franqueza; nuestro co-

razón está abierto de par en par». Es el corazón totalmente abierto

a la gente de la que somos responsables, a la que dedicamos nues-

tro ministerio. Es un amor afectivo, tierno, que siente la necesidad

de comunicarse de corazón a corazón; es el don de nosotros mis- mos a los demás.

Puede suceder que las circunstancias, los acontecimientos inten- ten cerrar nuestro corazón, bloquearnos, y entonces busquemos justificarnos; sin embargo el verdadero ministerio, el ministerio fiel a ejemplo de Jesús el buen pastor, es apertura del corazón.

7. Palabras verdaderas, en griego evn lo,gw| avlhqei,aj (en logo alet- heias), son por excelencia las palabras de la Escritura. La familiari- dad con la Biblia nos permite encontrar las palabras justas a decir en el momento justo, o bien, estar en silencio cuando no es oportu- no hablar.

8. Por último, el poder de Dios, en grieto evn duna,mei qeou/ (en dy-

namei Theou): para nuestra confortación, Pablo afirma que todo lo que hacemos en el ministerio no viene de nuestra fuerza, sino del poder de Dios presente en nosotros.

En esto tenemos suficiente material para examinarnos sobre el modo en que el Espíritu Santo actúa en cada uno de nosotros. Y, dado que algunas expresiones de 2 Co 6, 6-7a aparecen también en Ga 5, 22, podemos reflexionar también sobre el fruto del Espíritu para confrontarlo con nuestra vida y nuestro ministerio.

Pablo nos exhorta también a continuar el camino con serenidad y

alegría:

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Teniendo, pues, estas promesas, queridos míos, purifiquémonos de toda mancha de la carne y del espíritu, consumando la santificación en el te- mor de Dios (2 Co 7, 1).

Con frecuencia el ministerio es difícil, fatigoso, atribulado, pero, por el conocimiento que tengo de muchos sacerdotes y religiosos, sé que precisamente por esto nos conduce a la plenitud de la santi- dad.

Os invito a que oremos, nos examinemos y a pidamos, por inter- cesión de la Santísima Virgen y de san Pablo, que nuestro ministe- rio sea el verdadero medio para que lleguemos a ser santos, como Dios lo quiere, para gloria de la Trinidad Santa y para nuestra sal- vación y la salvación de todo el mundo.

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V

CONSIDERAR LA MUERTE

Estamos reflexionando, en el contexto de la primera semana de los Ejercicios espirituales, sobre la dinámica del pecado y del des- orden presente en nuestra vida.

Iniciemos esta meditación con la oración que conocemos de me- moria y que siempre me da mucha alegría, la oración que Ignacio sugiere en diversos puntos de su libro.

Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. Oh buen Jesús, escúchame. Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de ti. Del maligno enemigo, defiéndeme. En la hora de mi muerte, llámame y mándame ir a ti para que con tus santos te alabe por los siglos de los siglos. Amén.

La invocación «en la hora de mi muerte, llámame» expresa el te- ma de nuestra meditación, propuesta en el Directorio de los Ejerci- cios para el final de la primera semana.

San Ignacio toca el tema de la muerte también en los nn. 186 y 340: «considerar como si estuviese en el artículo de la muerte, la forma y medida que entonces querría haber tenido en el modo de la presente elección»; y a propósito del servicio de distribuir limosnas:

«quiero considerar como si estuviesse en el artículo de la muerte, la forma y medida que entonces querría haber tenido en el officio de mi administración».

Queremos meditar sobre la muerte a la luz de la segunda carta a los Corintios. Es un tema del que no se habla con gusto o, mejor, se discute en abstracto, teóricamente, evitando pensar en la propia muerte, en «mi» muerte. En los países occidentales parece incluso que los mismos sacerdotes y religiosos evaden el tema, y según los resultados algunas encuestas sociológicas un buen número de cris- tianos, con todo y creer en Jesús, dudan acerca de la existencia de

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una vida después de la muerte. Por eso muchas veces he denun- ciado con amargura la carencia de la esperanza cristiana en el mundo occidental.

La esperanza cristiana es una gracia de Dios, una gracia que hay que pedir siempre y sobre la que debemos vigilar.

Pablo, por el contario, suele hablar muchas veces de la muerte en relación con la resurrección de Cristo y nuestra. El texto más largo es el de 1 Co 15, y os aconsejo leerlo. Al mismo tiempo reflexione- mos sobre un texto muy importante de la segunda carta a los Corin- tios por medio de los tres momentos de la lectio divina: ¿qué dice el texto?, ¿cuál es su mensaje?, ¿cómo puedo orar a partir de él? Es el método que utilizo para explicar la Biblia, y los tres momentos co- rresponden a la subdivisión clásica memoria, inteligencia y volun- tad- de la que nos ofrece un ejemplo significativo san Ignacio en su libro: la memoria reclama un texto o episodio de la escritura; la inte- ligencia busca el sentido de los eventos; la voluntad involucra a quien está meditando, inclinándolo a orar.

1. Lectio de 2 Co 4, 16-5, 10

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16 Por eso no desfallecemos. Aun cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se va renovando de día en día. 17 En efecto, la leve tribulación de un momento nos procura, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna, 18 a cuantos no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas.

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1 Porque sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se

desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos. 2 Y así suspiramos en este estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habita- ción celeste, 3 si es que nos encontramos vestidos, y no desnudos. 4 Los que estamos en esta tienda suspiramos abrumados. No es que queramos ser desvestidos, sino más bien sobrevestidos, para que lo mortal sea ab- sorbido por la vida. 5 Y el que nos ha destinado a eso es Dios, el cual nos ha dado en arras el Espíritu. 6 Así pues, siempre llenos de buen ánimo, sabiendo que, mientras habi- tamos en el cuerpo, vivimos desterrados lejos del Señor, 7 pues camina-

8 Estamos, pues, llenos de buen ánimo y prefe-

rimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor. 9 Por eso, bien en nues-

mos en fe y no en visión

tro cuerpo, bien fuera de él, nos afanamos por agradarle. 10 Porque es ne- cesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, pa-

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ra que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal.

1.1 Contexto y dinamismo del pasaje

Es fundamental observar que Pablo, en la página precedente a ésta, ha exaltado con tonos fuertes y conmovedores el ministerio apostólico como un tesoro de gloria, un tesoro contenido en vasos de barro pero custodiado por el poder de Dios. Luego ha presenta- do algunas antítesis que ya conocemos Apretados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados- para expresar la participación del apóstol en la muerte de Jesús y la certeza de que la vida de Jesús se manifiesta en nuestra carne mortal. En tal con- texto ha de ser leído nuestro texto en el que Pablo continúa su es- tupenda declaración de fe para mostrar que nada, ni siquiera la muerte, puede opacar la gloria del ministerio, nadie puede desani- marnos.

Así podemos entender porqué la dinámica del texto es una diná- mica de contraste entre lo que es relativo y lo que es absoluto. Ca- da versículo evidencia una o dos contraposiciones: hombre exterior y hombre interior (v. 16), momentáneo y eterno, peso ligero y canti- dad desmedida (v. 17); visible e invisible, cosas pasajeras y cosas eternas (v. 18); tienda terrestre y tienda de Dios construida no por manos humanas (5, 1); cuerpo terreno y cuerpo celeste (5, 2). Es claro que Pablo tiene una profunda consciencia de cuán compleja es nuestra realidad, de la que muchas veces tenemos una visión superficial, que nos impide descubrir el secreto de la vida en tensión hacia una consumación futura.

1.2 Análisis de los versículos

● «…nuestro hombre exterior se va desmoronando, el hombre in- terior se va renovando de día en día» (v. 16). La oposición concier- ne al deterioro físico debido a la edad, y al crecimiento espiritual. En Europa las personas ancianas son más numerosas que las jóvenes, debido en parte a baja natalidad. Por ello se van difundiendo artícu- los y libros para responder a la pregunta: ¿cómo llegar a viejos sin temores y sin resentimientos, viviendo en paz y serenidad? Y Pablo, en este versículo, expresa en secreto: la fe nos ayuda a aceptar la declinación de las fuerzas físicas porque nuestro hombre interior se renueva de día en día haciéndonos experimentar de algún modo la resurrección. El hombre interior no envejece porque está marcado por el Espíritu de Dios. Aunque la edad no nos permite ya caminar,

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leer y hablar como una vez lo hiciéramos, hay algo en nosotros que rejuvenece.

Podemos recordar el texto de 2 Co 3, 18: «Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu». Cristo resucitado actúa en nosotros. La Trinidad está presente en nuestro corazón gracias al Espíritu Santo, y la debilidad que es con- secuencia del envejecimiento, no bloquea tal acción, al contrario, la favorece.

A propósito cito Ef 3, 16: «[el Padre] os conceda, por la riqueza de su gloria, fortaleceros interiormente, mediante la acción de su Espíritu», que es la realidad más preciosa y decisiva del hombre.

El tema de la interioridad es muy apreciado por Pablo que ha aprendido a distinguir entre lo que sucede en el nivel de la sensibili- dad inmediata y lo que en realidad sucede en el interior: «me com- plazco en la ley de Dios según el hombre interior» (Rm 7, 22). Hay, pues, en nosotros, en nuestro corazón, un «yo» invisible, interior, que no puede ser destruido, que se renueva de día en día. La inte- rioridad es la verdadera dimensión de la existencia humana, la que le da un significado definitivo.

En 2 Co 5, 17 expresa el mismo pensamiento con otra fórmula:

«el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo». Pablo siempre se refiere al hombre interior en el que ya está presente la nueva creación, la resurrección. Así, el fin de la vi- da, un fin precedido por la vejez, no es una destrucción, sino sim- plemente un entrar en el pleno significado de la vida terrena.

El v. 17 de nuestro texto explica cómo, a través de la percep- ción de la renovación del hombre interior, se hace posible superar el temor de la enfermedad y de la muerte. Aquí el contraste está entre las pruebas que han de ser vistas frente a la desmedida gloria que nos espera: «la leve tribulación de un momento nos procura, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna». Descubrimos, en estas palabras, la alegría que caracteriza la fe de Pablo incluso frente a la realidad de la muerte, el horizonte de esperanza en la que ya se vislumbra la grandeza de nuestro destino.

En efecto. «no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, si- no en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas» (v. 18). Me viene a la mente el himno a la fe de la carta a los Hebreos: «Por la fe, sabemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, lo visible, de lo invisible» (11, 3).

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La perspectiva del envejecimiento y de la muerte deja el lugar,

en el capítulo 5, al tema de la resurrección: «sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos» (v. 1). La resurrección es la Jeru- salén del cielo que viene a nosotros, el edificio de Dios en la que entramos para siempre. Es muy bella la imagen de la transferencia de una habitación provisional a una habitación, a una casa, estable, eterna; nos hace intuir el sueño de Pablo: que nuestro cuerpo mor- tal sea transformado en el cuerpo glorioso como el de Jesús.

Los vv. 2-4 son difíciles de explicar y los exégetas han discutido durante mucho tiempo sobre el significado de cada palabra:

2 Y así suspiramos en este estado, deseando ardientemente ser revesti- dos de nuestra habitación celeste, 3 si es que nos encontramos vestidos, y no desnudos. 4 Los que estamos en esta tienda suspiramos abrumados. No es que queramos ser desvestidos, sino más bien sobrevestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida.

Creo que lo que quiere decir es que nosotros quisiéramos evitar la muerte para pasar directamente a la vida sin fin; en cualquier ca- so experimentamos la gran necesidad del cielo, de estar ya con el Señor.

Pero, ¿qué entiende Pablo con: «si es que nos encontramos ves- tidos, y no desnudos»? Quizá aluda a la posible pérdida de la vesti- dura bautismal, nupcial, e invite a hacer un examen de conciencia sobre la fidelidad a la gracia del Bautismo.

El v. 5 reafirma su fundamental certeza: «Y el que nos ha desti-

nado a eso es Dios, el cual nos ha dado en arras el Espíritu». En cada uno de nosotros está el Espíritu de resurrección como una an- ticipación de la vida celeste, una garantía del futuro que nos espera.

En consecuencia, en los vv. 6-10, concluye el discurso diciendo

que, aunque tememos la muerte, estamos «llenos de buen ánimo» desando ardientemente «vivir con el Señor» sabiendo que «mien- tras habitamos en el cuerpo, vivimos desterrados lejos del Señor». Quiero destacar que el supremo deseo de Pablo es agradar al Se- ñor. Esta tensión se expresa con gran emoción en Flp 1, 21-24:

21 pues para mí la vida es Cristo, y el morir, una ganancia. 22 Pero si el vi- vir en el cuerpo significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger Me siento apremiado por ambos extremos. Por un lado, mi deseo es partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; 24 mas, por otro, quedarme en el cuerpo es más necesario para vosotros.

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El v. 10 es una invitación a obrar bien en el ministerio y, en gene- ral, en toda actividad terrena: «es necesario que todos nosotros

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comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reci-

ba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal».

Os habréis dado cuenta de que este texto de la segunda carta a los Corintios no es simple. Los pensamientos se entrecruzan, san y vienen porque Pablo mismo experimenta en sí, frente a la muerte, pavor y alegría, esperanza fundada en el Espíritu y tentación de desánimo, por lo que trata de mostrar a través de diversas imáge- nes ese extraordinario horizonte de la resurrección de Cristo que ilumina nuestro camino, nuestras pruebas, nuestras esperanzas y todo lo que vivimos.

Cada uno de nosotros podrá releer cada versículo confrontándo- se: ¿cuáles son mis deseos y mis esperanzas?, ¿qué tan tenaz es

mi fe?, ¿doy el primado al hombre interior que hay en mí?

2. Pistas para la meditación

En el momento de la meditatio es importante tomar los mensajes del texto.

Entre los muchos posibles me parecen útiles, en este día de Ejer- cicios, considerar tres modos de pensar ante la muerte:

1. En el nivel simplemente biológico, la muerte tiene un aspecto odioso porque es el fin de la vida terrena, un fin que rechazamos y que infunde temor, angustia. Justamente quisiéramos evitarla, como Pablo y como Jesús que ora al Padre diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa» (Lc 22, 42). Ciertamente es deseo de Jesús de evitarla era más profundo que el nuestro porque estaba afligido por los pecados de la humanidad y toda muerte es conse- cuencia del pecado: «como por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, ya que todos pecaron» (Rm 5, 12).

Por tanto, a la muerte, como evento ineludible y penoso, nos oponemos con una resistencia interior y un temor que nos acompa- ñan a lo largo de nuestra vida. No podemos olvidar este aspecto biológico.

2. Se puede también mirar la muerte con sabiduría filosófica:

Sócrates, como otros ilustres pensadores, veía en la muerte una realidad inevitable que hay que aceptar con paz y dignidad.

Es una sabiduría filosófica terrena, presente en algunas culturas más que en otras, pero que pocas personas logran alcanzar. Cada

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uno de nosotros ha conocido hombres y mujeres no creyentes que

han superado el temor a la muerte mirándola en su inevitabilidad y

la han afrontado con valentía y serenidad, quizá agradeciendo por

todas las cosas bellas que han experimentado en la vida. Se trata, de cualquier manera, de una sabiduría rara porque comporta una severa autodisciplina, una ascesis no común; allá donde se expresa es un secreto don de Dios. Sin la gracia del Señor, sin la fuerza del

Espíritu que actúa escondidamente en los corazones, no es posible aceptar la muerte por lo que es.

3. Por último, la visión cristiana de la muerte, la visión de Pablo y de todos los discípulos de Cristo, de aquellos que aman a Jesús y creen en la resurrección.

Sólo una fe profunda puede imprimir un nuevo horizonte a eso que es el último acto de la vida terrena, dándole su verdadero signi- ficado. Solamente la fe y la esperanza alimentan en nosotros el gran deseo de pasar a la vida eterna para estar con el Señor. Tam- poco esta fe y esta esperanza son fruto de una conquista nuestra, sino un don de lo alto, don de Dios que hemos de pedir e implorar.

Nosotros no podremos nunca dar por abolido el primer modo de mirar la muerte, pues incluso en los santos se da el temor ante la muerte, y permanecerá siempre. Pero la garantía del Espíritu, que anuncia en nosotros la resurrección, que pone en nosotros un ger-

men de resurrección, prevalece sobre el temor haciéndonos vivir en

la experiencia de la muerte el misterio de la Trinidad, del amor de

Dios que nos envuelve y custodia. Es una gracia grandísima que comporta nuestra correspondencia porque requiere un total aban- dono de nosotros mismos en el Señor Jesús.

No es, pues, un don obvio y sabemos que incluso los sacerdotes

y religiosos debe muchas veces luchar contra la angustia de la

muerte. Me ha tocado visitar personas ancianas muy sencillas, hombres y mujeres, y encontrarlos más serenos frente a la muerte que cualquier sacerdote o religioso que he encontrado. Es este un dato real que es difícil de explicar.

Pero no debemos espantarnos si somos asaltados por el temor y las tentaciones en la enfermedad y en la perspectiva de la muerte, porque el Espíritu santo está en nuestros corazones y continuará dándonos fe y esperanza.

Hoy y siempre queremos orar también por todos los moribundos; por las personas que, en razón de nuestro ministerio, debemos ayudar a acercarse a la muerte con esperanza; por todos los enfer- mos, porque el momento de la enfermedad es una ocasión de prue-

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ba, especialmente si es grave. Repitamos continuamente aquella bellísima invocación del Avemaría: «ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte», con la confianza de que la Virgen es- tará con nosotros y con todos los hombres y las mujeres de la tierra.

3. Para la oración

A partir del texto de Pablo, estamos invitados a entrar en el mo- mento de la oración contemplativa, la tercera parte de la lectio divi- na.

Por esto le sugiero a cada uno repetir lentamente la oración que he recitado al comienzo Alma de Cristo…-, allí donde pide: «en la hora de mi muerte, llámame y mándame ir a ti».

También podemos detenernos en la invocación del Padrenuestro:

«no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal», según el consejo de san Ignacio para el segundo modo de orar:

El segundo modo de orar es que la persona, de rodillas o asentado, según la mayor disposición en que se halla y más devoción le acompaña, teniendo los ojos cerrados o hincados en un lugar sin andar con ellos va- riando, diga Pater, y esté en la consideración desta palabra tanto tiempo, quanto halla significaciones, comparaciones, gustos y consolación en consideraciones pertinentes a la tal palabra, y de la misma manera haga en cada palabra del Pater noster o de otra oración cualquiera que desta manera quisiere orar (Ejercicios espirituales, n. 252).

Es un modo de orar utilísimo en los días de un retiro y hoy nos ayudará a meditar en la muerte con serenidad y con gozosa espe- ranza.

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EL MILAGRO DE LA FE

(homilía del miércoles de la XVIII semana del tiempo ordinario y memoria de san Juan María Vianney, 02.08.1999)

En la memoria litúrgica de san Juan María Vianney, oremos por todos los sacerdotes del mundo con el fin de que den testimonio en el ministerio con aquella actitud de pureza, benevolencia y pacien- cia que hemos contemplado en la segunda carta a los Corintios y se han reflejado espléndidamente en la vida del Cura de Ars.

De las dos lecturas bíblicas destaco los aspectos que me han lle-

gado de modo particular, a partir de Nm 13, 2-3.26-14, 1.26-30.34-

35.

13 2 En aquel tiempo, el Señor le dijo a Moisés en el desierto de Parán:

«Envía algunos hombres, uno por cada tribu patriarcal, para que exploren la tierra de Canaán que voy a dar a los israelitas. Que sean todos prínci- pes entre ellos.» 3 Los envió Moisés, según la orden de Yahvé, desde el desierto de Parán: todos ellos eran jefes de los israelitas.

26 Fueron y se presentaron a Moisés, a Aarón y a toda la comunidad de los israelitas, en el desierto de Parán, en Cades. Les hicieron una relación a ellos y a toda la comunidad, y les mostraron los productos del país.

27 Les contaron lo siguiente: «Fuimos al país al que nos enviaste, y en verdad que mana leche y miel; éstos son sus productos. 28 Sólo que el pueblo que habita en el país es poderoso; las ciudades, fortificadas y muy grandes; hasta hemos visto allí descendientes de Anac. 29 El amalecita ocupa la región del Negueb; el hitita, el amorreo y el jebuseo ocupan la montaña; el cananeo, la orilla del mar y la ribera del Jordán.»

30 Caleb acalló al pueblo delante de Moisés, diciendo: «Subamos, y con- quistaremos el país, porque sin duda podremos con él.» 31 Pero los hom- bres que habían ido con él dijeron: «No podemos subir contra ese pueblo, porque es más fuerte que nosotros.» 32 Y empezaron a desacreditar ante los israelitas el país que habían explorado, diciendo: «El país que hemos recorrido y explorado es un país que devora a sus propios habitantes. To- da la gente que hemos visto allí es gente alta. 33 Hemos visto también gi- gantes, hijos de Anac, de la raza de los gigantes. Nosotros nos veíamos ante ellos como saltamontes, y eso mismo les parecíamos a ellos.»

14 1 Entonces toda la comunidad alzó la voz y se puso a gritar; y la gente se pasó llorando toda aquella noche. 26 Yahvé habló así a Moisés y a Aarón: 27 «¿Hasta cuándo esta comunidad perversa murmurará contra mí? He oído las quejas de los israelitas, que están murmurando contra mí.

28 Diles: Por mi vida, oráculo de Yahvé, que he de hacer con vosotros lo que habéis hablado a mis oídos. 29 Por haber murmurado contra mí, todos los que fuisteis censados y contados, de veinte años para arriba, en este

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desierto caerán vuestros cadáveres. 30 Juro que no entraréis en la tierra en la que, mano en alto, juré estableceros. Sólo a Caleb, hijo de Jefoné, y a Josué, hijo de Nun. 34 Según el número de los días que empleasteis en explorar el país, cuarenta días, cargaréis cuarenta años con vuestros pe- cados, un año por cada día. Así sabréis lo que es rebelarse contra mí. 35 Yo, Yahvé, he hablado. Eso es lo que haré con toda esta comunidad perversa, amotinada contra mí. En este desierto no quedará uno: en él han de morir.»

1. Esperanza y temor

La página de los Números señala el grave peligro de una divi- sión creciente en la comunidad y explica muy bien como tal división nace entre personas que, aunque realizaron el mismo camino, vivie- ron las mismas experiencias y vieron la misma tierra, dan interpre- taciones opuestas.

Algunos dicen: es un país que mana leche y miel, y es fácil con- quistarlo. Otros, por el contrario: es un país de personas fuertes, de gigantes, no podemos conquistarlo.

¿Cómo es posible que emerjan dos modos de pensar, dos actitu- des contrapuestas?

El texto de la Escritura nos enseña a considerar el motivo que lle- va a la gente a dividirse en el modo de interpretar los acontecimien- tos. Los que creen que pueden conquistar la tierra se dejan llevar por la esperanza de arriesgarse y realizar algo grande por el Señor. Los que disienten de esto se dejan llevar por el temor.

Por ello, debemos revisar nuestros sentimientos interiores cada vez que nos encontramos frente a diferencias y divisiones en la co- munidad cristiana. Muchas veces los puntos de vista son discordan- tes, no tanto por la diferencia de los objetivos que nos proponemos, sino como consecuencia de la esperanza o del temor.

La justa actitud viene de la comprensión de que nuestro Dios siempre nos consuela y quiere infundirnos vida y ánimo.

Me llama mucho la atención el hecho de que el Señor no ama los litigios y los lamentos, Conocemos otros ejemplos de lamentos por parte del pueblo de Israel durante los años que pasó en el de- sierto, y también de la primera comunidad cristiana, como nos lo re- cuerda el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Los litigios y las murmuraciones no coinciden con el proyecto de Dios que nos pide superarlos poniendo nuestra confianza en él.

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2. Un milagro de fe

El texto evangélico de Mateo 15, 21-28 es particularmente con- movedor.

21 Saliendo de allí Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón. 22 En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba di- ciendo: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada.» 23 Pero él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: «Despídela, que viene gritando detrás de noso- tros.» 24 Respondió él: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel». 25 Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo:

«¡Señor, socórreme!» 26 Él respondió: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». 27 «Sí, Señor -repuso ella-, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos». 28 Entonces Jesús le respondió: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas». Y desde aquel momento quedó curada su hija.

La fe de la mujer cananea es extraordinaria. Es una mujer simple, no instruida, sin consciencia de la tradición helénico-judía, y sin em- bargo las palabras que le salen del corazón tocan a Jesús: «Sí, Se- ñor, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos».

Es una fe límpida, es en sí misma un milagro porque la mujer con su oración toca el misterio de Dios. No se ofende por la dura res- puesta de Jesús, no se desanima pues lo único que le importa es la salud de su hija. Eso la hace estar segura de sí misma.

Hace algunos años, en Australia, comentaba la narración de los dos discípulos de Emaús y alguien me preguntó: ¿No cree usted que tal vez uno de los dos discípulos sea una mujer? Le respondí:

«No, porque Jesús en los Evangelios jamás reprobó a las mujeres falta de fe».

Estoy convencido de que las mujeres constituyen en la Iglesia una gran reserva de fe y de esperanza. Muchas veces nos enseñan lo que significa verdaderamente creer y esperar. De ello debemos darle gracias a Dios.

En la cananea que ora insistentemente reconocemos también la imagen de la Iglesia en continua oración por el mundo, por la humanidad, por nosotros. Cuando nos damos cuenta de que nues- tra fe es poca y queremos tener más, podemos pedir, como nos su- giere la oración que recita el sacerdote en los ritos de Comunión de la Misa: «Señor Jesucristo…, no tengas en cuenta nuestros peca- dos, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad» De hecho, por la fe de la Iglesia somos salvados y consolados.

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ORACIÓN EN LA CELEBRACIÓN PENITENCIAL

La liturgia de una celebración penitencial parte siempre de la pa- labra de Dios y he elegido un pasaje de la segunda carta a los Co- rintios sobre el tema de la reconciliación.

17 Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. 18 Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. 19 Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación. 20 Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios ex- hortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡re- conciliaos con Dios! 21 A quien no conoció pecado, le hizo pecado por no- sotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él.

6 1 Y como cooperadores suyos que somos, os exhortamos a que no re- cibáis en vano la gracia de Dios. 2 Pues dice él: En el tiempo favorable te escuché, y en el día de salvación te ayudé. Mirad ahora el momento favo- rable; mirad ahora el día de salvación.

Nosotros, como sacerdotes, somos ministros de la reconciliación; precisamente por esto debemos, ante todo, vivirla nosotros.

Reconciliémonos con Dios

Reconciliarnos con Dios es fácil. Estamos seguros de su amor, de su perdón que se renueva de día en día. Tenemos la certeza de que Jesús, con su muerte y resurrección, ha restablecido la Alianza quebrantada por el pecado del hombre y nos ha abrazado con el don de la misericordia del Padre.

Dios espera de nosotros una sola palabra: «¡Ayúdame a reconci- liarme!».

Reconciliémonos con nosotros mimos

A diferencia de la reconciliación con Dios, es difícil reconciliarnos con nosotros mismos, aún cuando esta segunda acción es conse- cuencia de la primera.

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Muchas veces no somos capaces de perdonarnos y aceptarnos como somos. Quisiéramos ser diversos, más capaces de entender las situaciones, más buenos, más transparentes, más optimistas; estamos descontentos de nuestro carácter, de nuestra personali- dad.

¡Oh Dios Padre nuestro, tu nos has hecho así, no como nosotros nos imaginamos, sino como somos! Concédenos la gracia de perdonarnos, de aceptarnos a nosotros mismos porque somos aceptados por Ti, por tu amor infinito, por tu mirada paterna y misericordiosa.

Reconciliémonos con los demás

La reconciliación con los demás es todavía más difícil: con nues- tra comunidad religiosa, con la comunidad parroquial, con las per- sonas de las que somos responsables, con la Iglesia y con el mun- do. Conservamos dentro de nosotros algunos rencores, malhumo- res, juicios negativos que, si no superamos, nos oprimen y a la larga nos oprimen.

En Mt 18, 21-22, el Señor le responde a Pedro que le preguntó cuántas veces debe perdonar a su hermano: hasta setenta veces siente. Una respuesta fuerte que nos estremece porque significa que debemos perdonar siempre, continuamente cualquier cosa. Una comunidad es verdaderamente cristiana si perdona. El cristiano es aquel que perdona, que pasa por alto el mal recibido, que olvida los pecados y los golpes recibidos, que sabe descubrir siempre el bien en lo que otro hace.

Danos, Dios Padre nuestro, el don de reconciliarnos con todas las perso- nas y con cada situación que nos toca vivir. Danos el don de comprender que, en la cruz, Jesús nos ha perdonado para hacernos capaces de per- donarnos entre nosotros, cosa que tú has querido desde los inicios de la Iglesia fundada, sobre el perdón. Si la Iglesia, extendida por toda la tierra, sigue unida después de dos mil años de historia, es gracias a la vivencia- da el perdón. Sin el perdón, nos abandonaríamos todos a la violencia más salvaje. Te pedimos, oh Padre, la gracia de reconciliarnos con las otras confesio- nes cristianas: la Iglesia ortodoxa rusa y griete-, la Iglesia anglicana, la Iglesia luterana… Te pedimos que nos des la oportunidad de practicar, en el nuevo milenio, gestos de reconciliación y de unidad cristianos, entre los hombres y las mujeres en la familia y en la sociedad, entre todos los pue- blos del mundo. Te pedimos, oh Padre, como don particular, la reconciliación al interno de nuestra comunidad; ser Jesuitas, «Compañía de Jesús» y amigos en el Señor es un ideal estupendo, nunca realizado del todo aún cuando la tra-

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dición y la espiritualidad nos unan. Ayúdanos a recomenzar continuamen- te. Concédenos, oh Dios Padre nuestro, la capacidad de reconciliar las pa- rroquias, los grupos eclesiales, las diócesis; danos coraje y fuerza, como se las diste a Pablo, para evitar los malentendidos, para aclarar las cosas confusas y difíciles de modo que parroquias, grupos y diócesis camine- mos unidos por la vía del Evangelio, iluminados y socorridos por la Pala- bra de vida. Danos la gracia de evangelizar a todos los cristianos que nos han sido confiados para que juntos salvamos delante de tantos desafíos del mun- do, para dar testimonio de aquel «amaos los unos a los otros» que es el mandamiento nuevo de Jesús para hacernos prójimos de los pobres y de todas las situaciones de pobreza, sin excluir ni rechazar ninguno. Enséñanos, oh Dios Padre, una gran compasión, la compasión que tu Hijo Jesús ha mostrado durante su vida terrena y en la cruz. Enséñanos de qué modo la compasión, la bondad, el amor son vitales para el futuro de la humanidad. Enséñanos a entendernos a nosotros mismo, a saber superar las diferen- cias de lengua, cultura, tradiciones, para así saber tomar la verdad pre- sente en cada persona humana, porque todos somos amados por ti, o Padre, todos hemos sido creados por ti como hijos en tu Hijo, todos esta- mos llenos del Espíritu Santo que nos mueve a la confesión y a la reconci- liación. Amén.

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VI

UNA OBRA MAESTRA DE TEOLOGÍA

Oh Padre nuestro, estamos ante ti como hijos tuyos que quieren conocer- te, amarte y servirte. Te pedimos, por Jesús Hijo tuyo y señor nuestro, el don de perseverar en la oración, en la alabanza y en la acción de gracias. Amén.

San Ignacio le da mucha importancia a la repetición de las medi- taciones y de las contemplaciones. Habla de ello al menos cinco veces en su libro. En el n. 62, en la primera semana, después del segundo ejercicio, recomienda hacer un tercero: «Después de la oración preparatoria y dos preámbulos, será repetir el primero y 2º exercicio, notando y haciendo pausa en los punctos que he sentido mayor consolación o desolación o mayor sentimiento espiritual». Y en la segunda semana, después de la segunda contemplación so- bre el misterio de la Navidad, en el n. 118, invita a una tercera con- templación, repitiendo el primero y el segundo ejercicio, «notando siempre algunas partes más principales, donde haya sentido la per- sona algún conoscimiento, consolación o desolación…».

Algunas veces, durante los Ejercicios espirituales, olvidamos esta enseñanza de Ignacio, quizá porque no hemos entendido la utilidad de retomar un texto, de volver a orar sobre él, de modo que la medi- tación sea instrumento de purificación y liberación del corazón.

Quisiera, pues, proponeros una breve repetición de la segunda carta a los Corintios para llegar a entenderla en su unidad y para tener una visión completa del mensaje que Dios nos da a través de Pablo.

Desde el inicio, nuestra lectura ha sido fragmentaria, no continua- da y ello corresponde, en cierto sentido, a la naturaleza misma de la epístola.

De hecho, Pablo salta de un pensamiento a otro, como las ardi- llas que veo en el jardín de esta casa; cuando trato de seguir su ras- tro para ver donde se han posado, ya han saltado a otro ramo. También Pablo pasa fácilmente de un concepto a otro haciendo más difícil la carta, pero a la vez más rica: las temáticas se trenzan dejando transpirar el corazón, las emociones, la personalidad del Apóstol; la trama del discurso no siempre es clara, y es necesario

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meditar y volver a meditar uno y otro textos para llegar a hacerse una idea del contenido de la carta, para encontrar un orden.

1. Reasunción de la segunda carta a los Corintios

1. la carta se abre con los saludos propios del inicio y una bendi- ción: «¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación…». Esto permite a Pablo hablar de las consolaciones y de las tribulaciones (cf. 1, 1-

11).

2. Después de este prólogo, inmediatamente, se ponen en el fue- go algunos contrastes entre Pablo y la comunidad de los Corintios. Ante todo la incomprensión de la que habla la primera parte de la carta (cf. 1, 12-2, 17).

Las reflexiones sobre el ministerio apostólico son muchas, pero el punto principal está constituido por la respuesta a la pregunta: ¿es Pablo un mentiroso porque no ha mantenido la promesa y ha olvi- dado el plan de viajar a Corinto?

Él se defiende de la acusación, quiere probar su sinceridad, ape- na al testimonio de la conciencia e insiste en el inmenso afecto que tiene por la comunidad:

23 ¡Por mi vida!, testigo me es Dios de que, si todavía no he ido a Corinto, ha sido por miramiento a vosotros. 24 No es que pretendamos dominar so- bre vuestra fe, sino que contribuimos a vuestro gozo, pues os mantenéis firmes en la fe (1 ,23-24).

Luego, con palabras que llegan, repite: «Ciertamente no somos no- sotros como muchos que negocian con la palabra de Dios. Antes bien, con sinceridad y como de parte de Dios y delante de Dios, hablamos en Cristo» (2, 17)

Una segunda pregunta pregunta clave de la carta- está en el capítulo 3: ¿Es legítimo el ministerio de Pablo? Si es legítimo, ¿cómo es posible que experimente debilidad y sea perseguido? Si el éxito y la gloria prueban la legitimidad de un apóstol, entonces Pablo no puede ser un evangelizador auténtico.

A este dramático cuestionamiento, da tres respuestas.

En 3, 1-18 es un texto particularmente denso- evoca la gloria del ministerio de Moisés para subrayar que, el suyo, es mucho más glorioso porque es el ministerio del Espíritu, no de la letra.

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En 4, 1-15 afirma que la debilidad, la fragilidad humana es la característica del ministerio apostólico. El ministerio, de hecho, es un tesoro de gloria fundado en la misericordia divina, en el poder de Dios que se manifiesta mejor en la debilidad del apóstol.

En 4, 16-5, 10 proclama que, precisamente por esto, no tiene miedo, ni siquiera a la muerte.

Así, pues, su ministerio es legítimo porque es conforme al ejem- plo de Jesús, débil, humilde, crucificado.

Continuando su defensa, en los vv. 5, 11-6, 10 reafirma bajo el tema de la reconciliación- su consciencia de haber sido invitado por Jesús, suplica a los corintios que se dejen reconciliar y, a modo de conclusión, enumera las tribulaciones y alegrías, dándoles la forma de un himno, con la única intención de demostrar que en su aposto- lado nunca ha dado motivo escándalo.

Esta primera parte de la carta se ve repentinamente interrumpida por una exhortación de tipo parenético (6, 11-18) sobre la pureza legal hecha a base de una serie de citas del Levítico y de los profe- tas Ezequiel, Isaías y Jeremías.

En el capítulo 7 retoma el discurso de sus relaciones con la co- munidad, reclama la incomprensión, pero sobre todo expresa el gran afecto que tiene a los Corintios:

3 No os digo esto con ánimo de condenaros. Pues acabo de deciros que en vida y muerte estáis unidos en mi corazón… 8 Porque si os entristecí con mi carta, no me pesa. Y si me pesó -pues veo que aquella carta os entristeció, aunque no fuera más que por un momento- 9 ahora me alegro. No por haberos entristecido, sino porque aquella tristeza os movió a arre- pentimiento. Pues os entristecisteis según Dios, de manera que de nues- tra parte no habéis sufrido perjuicio alguno… 13 Eso es lo que nos ha con- solado.

3. La segunda parte de la carta comprende los capítulos 8-9 dedi- cados a otro argumento, relativo a la comunidad: la colecta a favor de la Iglesia de Jerusalén. Es el tema del uso del dinero en la Igle- sia, de nuestro comportamiento cuando somos llamados a adminis- trarlo.

4. La tercera parte de la carta (capítulos 10-13) nos presenta de nuevo a Pablo que debe responder a las acusaciones de los adver- sarios, y lo hace con mucha más fuerza, con tonos más vivaces y más polémicos. Parece escrita en otro momento, antes o después de la llamada «segunda» carta.

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Meditaremos estos capítulos en los próximos días. Mientras tanto, podemos destacar que Pablo, frente al desafío de los acusadores, hace una apología personal que es la biografía de su ministerio.

En la última sección (12, 14-13, 10) anuncia la tercera visita a los Corintios para aclarar la situación.

5. El epílogo , muy breve, cierra la carta.

Estamos, pues, invitados a releer, a repetir las meditaciones so- bre los fragmentos de textos que hemos ya considerado, colocándo- los en el diseño completo de la carta.

2. Puntos para la meditación

Ciertamente la comunidad de Corinto no era fácil. Afrontaban problemas continuamente, se suscitaban incomprensiones que cau- saban sufrimientos y tribulaciones a Pablo que revela en esta carta, más que en otras, su grandeza de apóstol y de creyente.

Nos quedamos estupefactos ante las acusaciones que le hacen porque la primera carta a los Corintios ofrece muchas respuestas precisas a cuestionamientos diversos haciendo que pensemos que todo se ha aclarado. De hecho, Pablo se ha limitado a rediseñar el retrato del verdadero discípulo de Cristo, a denunciar a los falsos predicadores, a reclamar la paz y la reconciliación.

Tomemos, en primer lugar, una enseñanza para nuestras rela- ciones con la comunidad. Ante las divisiones, no debemos desani- marnos, sino buscar ponerlo todo en discusión con la intención de aclarar, dialogando siempre con amor, con afecto, ce corazón a co- razón.

Un segundo mensaje precioso: Pablo leía también en las divi- siones la manifestación del designio de Dios y aprendía de los su- frimientos que vivía para entrar en un conocimiento más profundo del misterio de Cristo.

Si no hubiesen existido los Corintios, son sus problemas y sus in- comprensiones, no tendríamos esta obra maestra de teología altí- sima expresada con tonos poéticos y místicos- que es la segunda carta.

Releyéndola, aprendemos que las tribulaciones, las pruebas, las persecuciones, nos ayudan a penetrar en el Evangelio, en el amor de Dios Padre revelado en Jesús, en el misterio de la vida trinitaria.

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Toda la carta aparece, en una visión panorámica, como un gran proceso de discernimiento, como he dicho al inicio.

Pablo responde a un cuestionamiento de fondo: ¿Qué es la evangelización?, ¿cuáles son las características de una verdadera misión?

Y es interesante observar que precisamente por medio de los conflictos y los contrastes conocemos el amor de Pablo por la co- munidad y el amor de la comunidad por Pablo.

Quizá el Señor ha permitido la situación de de la que ha nacido la segunda carta a los Corintios para prepararnos a acoger hoy la vo- luntad de Dios sobre nosotros, en modo mediante el cual Dios que quiere revelar.

3. El espejo roto

1. Les propongo ahora una reflexión sobre el Sacramento de la reconciliación al que nos acercaremos a modo de conclusión de la meditación que hemos hacho teniendo presente la primera semana de los Ejercicios espirituales ignacianos.

En primer lugar hay que reconocer que, desde hace ya varios años, este sacramento está en crisis en la Iglesia. Las confesiones comunitarias no hay remediado el asunto; de cualquier manera, éstas no podrán nunca suplir la reconciliación individual. Los jóve- nes, y también los adultos, cada vez en más número, no alcanzan a entender el por qué motivo deben practicar la confesión. Los mis- mos sacerdotes y religiosos la tienen cono una pura formalidad, como algo casi inútil. Y quizá la culpa es nuestra porque, cuando administramos el sacramento somos repetitivos, no sabemos decir nada nuevo, no lo vivimos y no ayudamos a vivirlo como momento de crecimiento en la fe.

Recuerdo que hace algunos años escuché a algunos que critica- ban la confesión y me quedé impresionado. Me dije: si una confe- sión breve resulta un problema, por el riesgo de ser muy formal, ¿no sería mejor cambiar a un diálogo menos tenso, más largo, que no se limite a enumerar los pecados?

Poco a poco me he orientado hacia un nuevo modo y he experi- mentado ventaja para mí y para muchos otros a los que les he su- gerido esto. Se trata de dar mayor espacio al sacramento de la re- conciliación a través de tres pasos que nos ayudan a entendernos a nosotros mismos, a captar el corazón de Cristo y su misericordia, a

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buscar la voluntad de dios: confessio laudis, confessio vitae, con- fessio fidei.

Confessio laudis -en el sentido que Agustín daba a las confes-

sioni- quiere decir partir de la oración de alabanza, de la proclama- ción de la bondad de Dios y del agradecimiento. Así, comienzo por preguntarme acerca de los momentos por los cuales puedo expre- sar gratitud al Señor en mi vida. Por desgracia, como Obispo, casi no tengo tiempo de dedicarme al servicio de la reconciliación; sin embargo, cuando puedo sentarme en el confesonario y el penitente empieza a decir sus pecados, lo interrumpo y le pregunto: ¿hay

algún evento, situación, o encuentro que te lleve a alabar y agrade- cer a Dios? Infaliblemente la respuesta es «sí»: le agradezco por- que me ha confortado en un momento difícil, ha ayudado a mi padre y a mi madre que no encontraban la salida de una situación, me ha hecho encontrar a cierta persona…

Este primer paso nos mete en la justa posición delante del Señor; lo alabamos reconociendo el bien que hay en nuestra vida; los do- nes recibidos, también la perseverancia que me ha llevado a confe- sar es una gracia.

La confessio laudis facilita la segunda fase que llamo confessio

vitae, es decir, la confesión de los pecados, pero con un rasgo par- ticular, como respuesta a la pregunta: ¿qué cosa no quisiera haber hecho ante el Señor?, ¿qué hay en mí que me aflige, me tiene des- contento? Los pecados no deben ser enumerados como una lista material de culpas, de faltas, sino como expresión de lo que no qui- siéramos que existiese en nosotros? Es entonces que salen a relu- cir las raíces profundas de un pecado pequeño, venial; antipatías, personas que nos resultan insoportables, desilusiones…

Por último, la confessio fidei es creer en la infinita potestad de Dios y pedirle que me cure, me sane con su infinita misericordia, que me purifique de mis culpas desde su raíz, que me de la alegría del Espíritu Santo por medio de la imposición de manos del sacer- dote, que me guíe por el camino, que me renueve interiormente.

Gracias a la extensión de una confesión, en este sentido, sin limi- tarnos sólo a decir los pecados, podemos vivir el sacramento de la reconciliación quedando en paz y descubrimos que nos permite te- ner una idea más clara de nosotros mismos y experimentar de mo- do nuevo el encuentro con Jesús Resucitado.

Espero que mi propuesta pueda seros útil, porque es un signo muy negativo para la Iglesia la pérdida de este don precioso de la confesión o reconciliación personal. Desde hace tiempo me auguro

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que este don encontrará su justo lugar en la vida cristiana, y le pido al Señor que así sea. Ya en 1983, siendo relator en el Sínodo de los Obispos cuyo tema ere La reconciliación y la penitencia en la misión de la Iglesia, me empeñé con los otros Obispos a hacer todo lo po- sible para actualizar y rejuvenecer este sacramento. En realidad, la exhortación postsinodal Reconciliatio et poenitentia no ha ofrecido un cambio significativo en la praxis, y la crisis ha continuado.

De cualquier manera la Iglesia no puede perder el sentido del pe- cado, del perdón y de la reconciliación, y por tanto nosotros, ayu- dando a los demás a vivir la práctica de la confesión, trabajamos por el bien de la gente y en la esperanza de una futura recupera- ción, de un modo oficial y universal mejor para reconocer los pro- pios pecados, pedir perdón y cultivar el espíritu de penitencial.

2. Quisiera hablaros, por último, de la experiencia del espejo roto, una experiencia ligada a la confesión.

Los psicólogos sostienen que generalmente vivimos como si es- tuviéramos ante un espejo, es decir, ante nuestro súper ego, nues- tro censor interior que nos acusa o bien -en otros términos- nuestra imagen idealizada.

Esclavos de este espejo, perdemos la serenidad, la paz y la liber- tad del corazón porque estamos preocupados por obedecer a la imagen. Pablo nos ofrece un ejemplo en 2 Co 11, 21-23a:

Para vergüenza vuestra lo digo; ¡nos hemos mostrado débiles…! En cualquier caso en que alguien -presumiere es una locura lo que digo- también presumo yo. ¿Qué son hebreos? ¡También yo! ¿Qué son israeli- tas? ¡También yo! ¿Son descendientes de Abrahán? ¡También yo! ¿Mi- nistros de Cristo? -¡Digo una locura!- ¡Yo más que ellos!

Este es el espejo según el cual Pablo se entendía a sí mismo, y la primera parte de su vida fue un tentativo de representar tal imagen. Este tentativo lo evoca en Flp 3, 4-6;

4 aunque yo tengo motivos para confiar también en la carne. Si algún otro cree poder confiar en la carne, más yo. 5 Circuncidado el octavo día; del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo e hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo; 6 en cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia de la Ley, intachable.

Son bellísimos los vv. 7-14 que describen la ruptura del espejo, el gran giro de su vida:

7 Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. 8 Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del co- nocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, 9 y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe en Cristo, la

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justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, 10 y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hecho semejante a él en la muerte, 11 tratando de llegar a la resurrección de entre los muer- tos. 12 No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que con- tinúo mi carrera para alcanzarlo, como Cristo Jesús me alcanzó a mí. 13 Yo, hermanos, no creo haberlo ya conseguido. Pero una cosa hago: olvi- do lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, 14 corriendo hacia la meta, al premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús.

El espejo se ha despedazado, Pablo se comprende a sí mismo a la luz de Jesús y, aunque todo permanezca invariable en su vida, ya no es esclavo de nada porque Cristo le ha abierto el corazón y la mente. La imagen se ha fragmentado y conoce únicamente el amor de su Señor muerto en la cruz: la misericordia y el perdón de Dios.

Pienso que este es el fruto de una auténtica confesión y, más en general, un fruto de transparencia: libres de la esclavitud del espejo y reconciliados con nosotros mismos, con Dios, con la Iglesia, con la sociedad y con el mundo.

Es una gracia que imploramos los unos para los otros.

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VII

EL AMOR DE CRISTO NOS POSEE

Te agradecemos, Dios Padre nuestro, por el don de María, la madre de tu hijo y madre nuestra. A ti, María, te pedimos abras nuestros corazones de modo que podamos amar a Jesús como tú lo has amado; que abras nues- tro oído para escuchar las palabras del apóstol Pablo, de modo que po- damos volver a ofrecer nuestra vida a Jesucristo, nuestro Rey Redentor que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo. Amén.

En el libro de san Ignacio la segunda Semana comienza con la contemplación de la llamada del rey temporal como punto de partida para contemplar la vida del Rey eterno (Ejercicios espirituales, nn.

91-98).

Es una meditación fundamental y debemos retomarla con fre- cuencia porque nos ofrece la clave de lectura para entender el signi- ficado de las palabras y de las acciones de Jesús en el Evangelio. Sustancialmente desarrolla cuatro puntos:

- Jesús es todo para nosotros, es nuestro Rey, nuestro Dios, nuestro Salvador. Aquí Ignacio presupone cuanto ha dicho al final del primer ejercicio de la I semana:

Imaginando a Christo nuestro Señor delante y puesto en cruz, hacer un coloquio; cómo de Criador es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados… y así viéndole tal, y así colgado en la cruz, [conversa con él] (n. 53).

¿Cómo es posible que el creador haya venido al mundo para hacer- se hombre, que haya pasado de la vida eterna a la muerte temporal, que muera por mis pecados para que luego resucitado esté para siempre conmigo?

- Jesús llama y me llama a mí.

- Jesús me confía una misión.

- Jesús quiere hacerme partícipe de su modo de vivir.

Cada uno de nosotros, a partir de hoy, podrá dedicarse a re- flexionar sobre esta primera importante meditación de la segunda semana.

Yo repetiré a san Pablo la pregunta que le hemos hecho también a propósito del «Principio y fundamento»: ¿cuáles textos, en la se-

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gunda carta a los Corintios, corresponden a la página de Ignacio, en la llamada de Jesús, al amor de Dios por nosotros, por mí?

Creo que san Pablo nos diría que el texto es: 2 Co 5, 14-17, un pasaje de aquel capítulo 5 que nos ha ayudado a reflexionar sobre el envejecimiento y la muerte (cf. 4, 16-5, 10).

1. Lectio de 2 Co 5, 14-17

14 Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. 15 Y murió por todos, para que ya no vi- van para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. 16 Así que, en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne. Y si co- nocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así. 17 Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo.

1. Sobre todo queremos detenernos en los versículos 14-15 ya que los que siguen a estos son una explicación práctica del principio contenido en estos dos. La palabra clave es sune,cei (sunechei):

apremia.

«El amor de Cristo nos apremia», en griego sune,cei, un verbo que tiene una serie de significados (estar juntos, abrazar, custodiar, adherir…), y es difícil entender cuál es el posible significado del tex- to paulino.

La New American Bible lo traduce como impels us, nos estimula, nos apremia. La Revised Standard Version prefiere controls uns, nos dirige, nos controla, nos tiene en su poder. La Vulgata, como todas las traducciones latinas, recita urget nos, nos urge, pero a su vez la palabra latina puede ser entendida, en español, de diversos modos.

Dado que considero fundamental la comprensión de este sune,cei, he considerado oportuno buscar su significado en la filosofía griega. Hace algunos años se me presentó la feliz oportunidad de visitar una fascinante localidad del sur de Italia. Elea, una pequeña ciudad que en la antigüedad perteneció a la Magna Grecia y que hoy se llama Castellamare di Velia. Elea era la patria del gran filósofo grie- go Parménides -a quien Platón dedicó uno de sus Diálogos-, princi- pal exponente de la escuela eleática. En sus poemas usa con fre- cuencia el verbo sune,cein para indicar que el Ser está siempre, nos circunda por todas partes como una esfera en la que estamos y vi- vimos. Mientras estaba yo en la acrópolis de la antigua Elea, de donde se contempla un panorama magnífico, intuí, experimenté eso que decía Parménides: Veo al mar que abraza todo el horizonte y,

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aunque la ciudad no es una isla, uno se siente como si estuviera en una isla circundada por las aguas. Así nos abraza el Ser y no po- demos imaginarnos fuera de este ser.

Me parece que el significado de sune,cein en la acepción filosófica de Parménides, nos ayuda a entender el pensamiento de Pablo:

hagamos lo que hagamos, donde quiera que andemos, estamos circundados por el amor de Cristo. No podemos huir de él, estamos dentro de él, sumergidos en su amor. Todo lo que vemos, tocamos, escuchamos es el amor de Cristo por nosotros.

Encontramos el mismo significado en el libro de la Sabiduría de la Biblia griega: «Porque el espíritu del Señor llena la tierra, lo contie- ne (sune,con) todo y conoce cada voz» (1, 7). «Contiene», otra tra- ducción del verbo sune,cein: el espíritu del Señor nos conoce porque nos abarca, nos circunda.

Así, pues, Pablo intenta expresar esta gran intuición. Es tan po- tente, tan amable, tan extraordinario el amo de Cristo que no pode- mos restringirlo, no tenemos elección cuando lo encontramos ver- daderamente.

Pablo se ha aferrado de tal modo a esta experiencia que habla de ello en otros pasajes de su epistolario. Cito Flp 1,23-2423 Me sien- to apremiado por ambos extremos. Por un lado, mi deseo es partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; 24 mas, por otro, quedarme en el cuerpo es más necesario para vo- sotros. «Me siento apremiado» traduce el griego sune,comai (sune- chomai), no puedo escapar, he tenido una experiencia de Cristo tan profunda que no logro siquiera pensar o hacer ninguna cosa sin su amor.

Me he alargado con el verbo sune,cein porque considero de suma importancia para nuestra vida personal y pastoral la certeza de que estamos envueltos, abrazados por Jesús que nos ama.

«El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron». Partiendo del amor de Cristo, Pa- blo desarrolla su credo, el que ha recordado en 1 Co 15, 3: «Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras».

2 Co 5, 15: «Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos». En pocas palabras se dice lo que san Ignacio nos invita a meditar y a sentir contemplando al rey eterno, Jesús.

Es interesante el pasaje paralelo de Rm 14, 7-9:

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. 7 Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. 8 Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, pa- ra el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos. 9 Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muer- tos y vivos.

Ésta es una idea fundamental de Pablo, lo mismo que de Ignacio, sobre nuestra relación con Cristo, una idea que es fruto de su vi- vencia, de su experiencia cotidiana.

De hecho, Pablo añade inmediatamente: « Pero tú ¿por qué juz- gas a tu hermano? Y tú ¿por qué desprecias a tu hermano? En efecto, todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios» (Rm 14, 10). Si creemos en el amor de Cristo, debemos asumir to- das las consecuencias, entre ellas el amor fraterno. Es el amor de Jesús el que inspira nuestro comportamiento hacia los demás.

En Ga 2, 19-20 subraya que la fe abre al hombre al amor gratuito y salvífico de Cristo: « 19b con Cristo estoy crucificado; 20 y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Esta vida en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí». Cris- to nos ha dado una nueva capacidad de amar como él nos ha ama- do.

2. Releamos brevemente los vv. 16-17, en los que Pablo hace una aplicación de su pensamiento sobre el amor de Jesús: « 16 Así que, en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne. Y si co- nocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así. 17 Por tan- to, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo».

El amor de Cristo nos ha hecho libres, nos ha arrancado del viejo modo de vivir, de la manera humana de juzgar: somos nuevas crea- turas, hemos conocido una nueva escala de valores, hemos escu- chado la llamada de Jesús y queremos participar en su vida, diría san Ignacio.

El v. 17 forma parte del texto que nos ha guiado en la oración de la celebración penitencial (cf. 5, 17-6, 2) y cada uno de nosotros puede retomarlo, personalmente, colocándolo en el contexto de to- do el capítulo 5.

2. Sugerencias para la meditación y la oración

Luego de haber tratado de comentar la metodología de Pablo pa- ra hacernos comprender que el amor infinito de Cristo que nos

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abraza por todos lados y nos empapa en él, os ofrezco algunas su- gerencias de meditación y de oración en forma de preguntas.

1. Puestos frente al Señor, crucificado y resucitado, preguntémos-

le: Jesús, ¿quién eres tú para mí?, ¿quién fuiste para Pablo?, ¿quién fuiste para Ignacio? Y dejemos que la respuesta emerja de nuestro corazón.

2. En estos días de Ejercicios estamos llamados a renovar nues-

tro ofrecimiento a Cristo. Pero, ¿Qué significa ofrecer mi vida a Cris-

to hoy, en la situación espiritual y pastoral en que me encuentro, en las circunstancias actuales?

Una sugerencia para responder a esta pregunta nos la da el texto

de 2 Co 4, 16: «Aun cuando nuestro hombre exterior se va desmo-

ronando, el hombre interior se va renovando de día en día». Nues-

tra vida está siempre en tensión dinámica.

3. Recordemos el n. 98 de los Ejercicios espirituales, donde Igna-

cio nos invita a ofrecernos a Cristo y luego añade un punto que será precioso para nuestras siguientes medtaciones:

Eterno Señor de todas las cosas, yo hago mi oblación, con vuestro favor y ayuda, delante vuestra infinita bondad, y delante vuestra Madre gloriosa, y de todos los sanctos y sanctas de la corte celestial, que yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, sólo que sea vuestro mayor servicio y alabanza, de imitaros en pasar todas injurias y todo vituperio y toda po- breza, así actual como spiritual.

Es la oración que hemos recitado en el noviciado, al comienzo de nuestra vida de jesuitas. ¿Qué experimento al recitarla hoy? ¿Qué

significa para mí renovar esta oblación? ¿Cómo puedo hacer de ella

mi experiencia cotidiana?

Estoy convencido de que descubriremos como ella es hoy más verdadera de cuánto lo fue entonces. Corresponde, de hecho, a lo que vivimos, y expresa lo que estamos llamados a hacer por Cristo.

Te agradecemos, Señor Jesús, porque nos has amado al grado que no podemos hacer otra cosa más que amarte con todo el corazón, con toda la mente, con toda la vida. Sí, Jesús, tu amor nos envuelve, nos circunda: estamos en ti y podemos contemplar en todo tu gloria, tu amor tu amor que nos es dado. Cada hombre y cada mujer de la tierra están envueltos por el mismo Espíritu de amor. Incluso lo están nuestros pecados, todas las siguaciones

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que encontramos. ¡Jesús, haznos crecer en tu amor! Danos la gracia que san Ignacio nos enseña a pedir para llegar a tener un mayor conocimiento interior de ti oh Señor, que te has hecho hombre por mí, para amarte siempre con más intensidad y seguirte más de cerca. Imploramos esta gracia del Padre, por medio de ti, Jesús, que vives y reinas con Él en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

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EL PRECIO DE LA LIBERTAD

(homilía del jueves de la XVIII semana del tiempo ordinario y memoria de la dedicación de la Basílica de Santa maría la Mayor 5.8.1999)

Celebramos la memoria de la Bienaventurada Virgen maría que se venera en la Basílica de Santa María la Mayor en Roma.

Cuando voy a Roma, casi siempre me hospedo en el Pontificio Seminario Lombardo, ubicado precisamente frente a esta Basílica, y desde mi habitación puedo ver a todos los fieles, provenientes de todo el mundo que entran a dar homenaje a la Madre de Dios. Hoy queremos orar especialmente por la multitud de peregrinos que lle- gan a esa iglesia con ocasión del Año Santo.

La vida y la devoción de los primeros jesuitas está, además, muy ligada a Santa María la Mayor, lugar preferido de san Estanislao de Kostka que amaba profundamente a la Santísima Virgen. Así que pedimos también por la Compañía de Jesús.

1. La libertad es un don de Dios

La primera lectura bíblica propone un tema interesante: el precio de la libertad. Nm 20, 1-13:

1 Los israelitas, toda la comunidad, llegaron al desierto de Sin el mes pri- mero, y todo el pueblo se quedó en Cades. Allí murió María y allí la ente- rraron. 2 No había agua para la comunidad, por lo que se amotinaron contra Moisés y contra Aarón. 3 El pueblo protestó contra Moisés, diciéndole:

«Ojalá hubiéramos perecido igual que perecieron nuestros hermanos de- lante de Yahvé. 4 ¿Por qué habéis traído a la asamblea de Yahvé a este desierto, para que muramos en él nosotros y nuestros ganados? 5 ¿Por qué nos habéis subido de Egipto, para traernos a este lugar pésimo: un lugar donde no hay sembrado, ni higuera, ni viña, ni granado, y donde no hay ni agua para beber?»

6 Moisés y Aarón dejaron la asamblea, se fueron a la entrada de la Tienda del Encuentro y cayeron rostro en tierra. Y se les apareció la gloria de Yahvé. 7 Yahvé habló con Moisés y le dijo: 8 «Toma la vara y reúne a la comunidad, tú con tu hermano Aarón. Hablad luego a la peña en presen- cia de ellos, y ella dará sus aguas. Harás brotar para ellos agua de la pe- ña, y darás de beber a la comunidad y a sus ganados.» 9 Tomó Moisés la

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vara de la presencia de Yahvé como se lo había mandado. 10 Convocaron Moisés y Aarón la asamblea ante la peña y él les dijo: «Escuchadme, re- beldes. ¿Haremos brotar de esta peña agua para vosotros?» 11 Y Moisés alzó la mano y golpeó la peña con su vara dos veces. El agua brotó en abundancia, y bebió la comunidad y su ganado. 12 Dijo Yahvé a Moisés y Aarón: «Por no haber confiado en mí y reconoci- do mi santidad ante los israelitas, os aseguro que no guiaréis a esta asamblea hasta la tierra que les he dado.» 13 Éstas son las aguas de Me- ribá, donde protestaron los israelitas contra Yahvé, y con las que él mani- festó su santidad.

Cuando eran esclavos en Egipto, los israelitas desearon fuerte- mente la libertad. Pero el episodio del libro de los Números saca a la luz que, de hecho, no son capaces de pagar el precio de la liber- tad. No queremos, pues, aceptar que ser libres implica sacrificio, disciplina y austeridad.

Esto es un gran desafío, también para la sociedad actual y para la Iglesia.

Hace tiempo, con un grupo de sacerdotes de Milán, visité una diócesis de Europa del Este, y nos encontramos con el Arzobispo del lugar. Luego de una larga persecución de los comunistas que le impidieron ejercer el ministerio y a trabajar en la ciudad como lim- piador de las ventanas de las casas, obtuvo la libertad. Hablando con nosotros de los cambios acontecidos, concluyó: «Antes todo era más fácil». De hecho, antes los cristianos sabían que debían resistir mediante la oración, la fe y la esperanza, incluso si se ven impedidos para hacer apostolado. Ahora que tienen libertad, están muy confundidos porque no saben cómo hacer uso de ella.

Es absolutamente necesario educar para la libertad que es un don de Dios. Y no es fácil este tipo de empeño educativo.

La experiencia muestra que en la persecución la fe es fuerte, la Iglesia crece, aumentan las vocaciones. En tiempos de tranquilidad, la libertad se vuelve libertinaje, la gente considera que puede hacer todo lo que quiere -en particular si hay mucho dinero circulante- y olvida que la verdadera libertad nos ha sido dada para entrar en re- lación con los demás, sobre todo con el «Tú» divino que es la raíz de nuestra dignidad.

San Ignacio, con sus Ejercicios espirituales, intenta educar para la libertad y elegir libremente servir al Señor y a los hermanos. Ésta es precisamente la función de la Compañía de Jesús: enseñar no simplemente el amor a la libertad, sino a usarla en la dedicación de sí mismo a Dios y al prójimo.

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2. Nuestra responsabilidad

Otro tema nos ofrece la conclusión de la narración. El de la res- ponsabilidad.

«Dijo Yahvé a Moisés y Aarón: ―Por no haber confiado en mí y re- conocido mi santidad ante los israelitas, os aseguro que no guiaréis a esta asamblea hasta la tierra que les he dado‖». ¿Por qué fue tan duramente castigado Moisés? No sabemos con precisión a qué co- sa alude el Señor. Alguien piensa en el hecho de que Moisés gol- peó la roca dos veces porque tenía poca fe. Ciertamente que una culpa ha tenido y probablemente no ha mostrado la fe que se re- quiere en un guía de pueblo, en un responsable de otras personas. Moisés conserva su grandeza, pero ha caído, ha pasado por una situación difícil.

Sólo la fe que viene de Jesús y de su amor por nosotros nos hace capaces de responderle y de servirle en los hermanos.

La página evangélica nos dice que también a Pedro sucedió algo parecido.

Mt 16, 13-23:

13 Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» 14 Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Je- remías o uno de los profetas.» 15 Díceles él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» 16 Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vi- vo.» 17 Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. 18 Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. 19 A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra que- dará desatado en los cielos.» 20 Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo.

21 Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. 22 Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!» 23 Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!

24 Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. 25 Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará.

26 Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?

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Pedro es más grande que Moisés, pero en cierto punto su fe se empobrece. Estupendamente ha proclamado: «Tú -Jesús- eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo», pero no sabe aceptar que el Mesías tenga que sufrir: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!» Su fe se debilita delante del misterio de la cruz.

Debemos orar continuamente con el fin de que nuestra fe pueda crecer en la contemplación del Crucificado resucitado. El vado que hay que pasar en estos días de Ejercicios consiste precisamente en experimentar la gloria y la alegría de la cruz, la gloria y la alegría de seguir a Jesús que va hacia Jerusalén, donde lo espera la muerte.

Pidamos en la oración a Dios, nuestro Padre, que nos dé, a noso- tros y a todos los responsables de la Iglesia, la gracia de reconocer la divinidad de Cristo en su modo humilde de vivir y en su muerte de cruz.

Tal reconocimiento se realiza cada día en la Eucaristía, donde contemplamos a Jesús humilde y silencioso y, en el Hijo que da su vida por la humanidad entera.

La Virgen nos ayude a abrir los ojos y el corazón para descubrir la belleza del misterio pascual.

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VIII

SIERVOS DEL AMOR DE CRISTO

Te alabamos y te bendecimos, Señor Jesús, por tu inmenso amor, y te pedimos la gracia de conocerte más íntimamente cada día para amarte y seguirte a donde tú nos llames, para imitarte y vivir en ti la comunión con el Padre y el Espíritu Santo. Amén.

En esta meditación nos dejamos inspirar por tres textos del Nue- vo Testamento: Mc 10, 41-45; 2 Co 4, 5; Lc 17, 10.

41 Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. 42 Jesús, llamándoles, les dice: «Sabéis que los que son tenidos co- mo jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. 43 Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, 44 y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, 45 que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 41-45).

Hay dos palabras clave -de las que buscaremos su ocurrencia en otros pasajes bíblicos-: dia,konoj (diakonos): servidor y dou/loj (dou- los): siervo. Jesús usa ambas para autodefinirse y para decirnos como quiere que seamos.

No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos -dou,louj- vuestros por Jesús (2 Co 4, 5).

En un tercer texto, Jesús, luego de haber dicho la pequeña pará- bola del siervo que regresa a casa del trabajo en los campos, con- cluye:

De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os mandaron, decid: No somos más que unos pobres siervos -dou/loi-; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer.

Queremos reflexionar sobre el significado de estas palabras, so- bre su congruencia para nuestra vida a la luz de la segunda semana de los Ejercicios. Ella nos propone una serie de meditaciones y con- templaciones sobre la vida de Cristo a partir de la Natividad, con la intención de hacernos crecer en el deseo de repetir nuestra obla- ción a Él, y de ser en y como Jesús. Podemos, pues, retomar per- sonalmente una o más páginas de los evangelios deteniéndonos en aquellos misterios de la vida del Señor que sintamos más en sinton- ía con nuestra situación espiritual y a nuestro camino de oración.

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Para la lectio divina nos volvemos a la segunda carta a los Corin- tios para entender la autodefinición de Jesús en Mc 10, 45 y enten- der como quiere que seamos.

1. Lectio sobre el ministerio de Cristo y de Pablo

1.1 Jesús siervo del Padre y de la humanidad

Nos preguntamos: ¿cómo se ha presentado Jesús a sí mismo?, ¿qué es lo que caracteriza su misión, su actividad, su modo de ac- tuar? Se ha presentado como siervo y ha retomado toda su vida en el servicio. Ciertamente ha dado también otras definiciones de sí, pero la de siervo es fundamental porque de algún modo revela el misterio de Dios.

Ya en los profetas podemos encontrar la expresión «siervo», especialmente en Isaías.

1 He aquí mi siervo a quien yo sostengo,

mi elegido en quien se complace mi alma.

He puesto mi espíritu sobre él:

dictará ley a las naciones.

2

y

3

No vociferará ni alzará el tono,

no hará oír en la calle su voz.

Caña quebrada no partirá,

y

Lealmente hará justicia;

4 no desmayará ni se quebrará hasta implantar en la tierra el derecho,

y su instrucción atenderán las islas (Is 42, 1-4).

mecha mortecina no apagará.

Dios presenta, pues, a su elegido como siervo.

Me dijo [el Señor]: «Tú eres mi siervo (Israel),

en quien me gloriaré» (49, 3).

13 He aquí que prosperará mi Siervo, será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera.

14 Así como se asombraron de él muchos -pues tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre, ni su apariencia era humana-,

15 otro tanto se admirarán muchas naciones; ante él cerrarán los reyes la boca, pues lo que nunca se les contó verán,

y lo que nunca oyeron reconocerán (52, 13-15).

6 Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino,

y Yahvé descargó sobre él

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la culpa de todos nosotros.

7

Fue oprimido, y él se humilló

y

Como un cordero al degüello era llevado,

y como oveja que ante los que la trasquilan

está muda, tampoco él abrió la boca.

no abrió la boca.

8

Tras arresto y juicio fue arrebatado,

y

Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido;

9 y se puso su sepultura entre los malvados

y con los ricos su tumba, por más que no hizo atropello

ni hubo engaño en su boca.

10 Mas plugo a Yahvé quebrantarle con dolencias. Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días,

y lo que plazca a Yahvé se cumplirá por su mano.

11 Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará.

Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos,

y las culpas de ellos él soportará (53, 6-11).

de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa?

También en los sinópticos hay claras referencias o alusiones a la definición de Jesús como siervo.

Mc 1, 9-11:

9 Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. 10 En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él.

11 Y se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco».

En este texto, Marcos tiene en mente Is 42, 1.

Recordemos también el primer texto en el que me he inspirado:

Mc 10, 41-45, donde el mismo Jesús se propone a los apóstoles como modelo de servicio.

Mt 8, 16-17 reporta la significativa cita de Is 53, 4:

16 Al atardecer, le trajeron muchos endemoniados; él expulsó a los espíri- tus con una palabra, y curó a todos los enfermos, 17 para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías: Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades.

Jesús es presentado como siervo no sólo en el momento de morir por la multitud, por todos los hombres, sino en cada momento de su vida, en cada una de sus acciones. Él salva y sirve a la humanidad.

De nuevo en Mt 12, 15-21:

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15 Jesús, al saberlo, se retiró de allí. Le siguieron muchos y los curó a to- dos. 16 Y les mandó enérgicamente que no le descubrieran; 17 para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías:

18 He aquí mi Siervo, a quien elegí, mi Amado, en quien mi alma se complace. Pondré mi Espíritu sobre él, y anunciará el juicio a las naciones. 19 No disputará ni gritará, ni oirá nadie en las plazas su voz. 20 La caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha humeante, hasta que lleve a la victoria el juicio:

21 en su nombre pondrán las naciones su esperanza.

Mateo que, en su evangelio, revela el rostro de Jesús como el cum- plimiento de las profecías, quiere subrayar que no sólo es el Maes- tro por excelencia, un maestro superior a Moisés, sin que és tam- bién el Siervo sufriente de Isaías, el siervo lleno del Espíritu y en- viado por Dios y a la gente.

El evangelista Juan nos ha regalado un texto estupendo sobre Jesús siervo, el del lavatorio de los pies (13, 1-17), donde realiza precisamente un gesto humilde, típico de los siervos. Releo algunos versículos:

12b «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? 13 Vosotros me llamáis `el Maestro' y `el Señor', y decís bien, porque lo soy. 14 Pues si yo, el Se- ñor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. 15 Porque os he dado ejemplo, para que también vo- sotros hagáis como yo he hecho con vosotros.

16 «En verdad, en verdad os digo:

no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que lo envía.

17 «Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís» (vv. 12-17).

12 Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la me- sa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? 13 Vo- sotros me llamáis `el Maestro' y `el Señor', y decís bien, porque lo soy. 14 Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vo- sotros también debéis lavaros los pies unos a otros. 15 Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros.

16 «En verdad, en verdad os digo:

no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que lo envía.

17 «Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís.

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A partir de los textos que he citado se ve fácilmente que estar al servicio de la gente, de la humanidad, corresponde a una profunda experiencia de Jesús.

Es una temática que estimula mucho a Pablo y que la retoma en sus cartas presentando a Jesús como siervo.

Pensemos en Rm 15, 7-8:

7 Por tanto, acogeos mutuamente como os acogió Cristo para gloria de Dios. 8 Pues afirmo que Cristo se puso al servicio de los circuncisos a favor de la veracidad de Dios, para dar cumplimiento a las promesas hechas a los patriarcas

Dios es fiel porque ha mandado a Jesús poniéndolo al servicio de su pueblo.

Releo Flp 2, 5-8 donde Pablo cita el bellísimo y, probablemente, el primer himno litúrgico, transmitido por él:

5 Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo:

6 El cual, siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios

7 sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre,

8 se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz.

También en la primera predicación de la Iglesia Jesús es califi- cado como siervo: «El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres ha glorificado a su siervo Jesús» (Hch 3, 13).

Recuerdo, por último, la oración que la comunidad eleva a Dios en Hch 4, 24b-28:

24b «Señor, tú hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, 25 tú dijiste por el Espíritu Santo, por boca de nuestro padre David, tu siervo:

¿Por qué se agitan las naciones,

y los pueblos maquinan vanos proyectos?

26 Se han congregado los reyes de la tierra

y los jefes se han aliado

contra el Señor y contra su Ungido. 27 «Porque verdaderamente en esta ciudad se han aliado Herodes y Pon- cio Pilato con las naciones y los pueblos de Israel contra tu santo siervo Jesús, a quien has ungido, 28 para realizar lo que tu poder y tu voluntad habían predeterminado que sucediera».

Era, pues, común interpretar la existencia terrena de Jesús como un servicio, hablar de él como del siervo.

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1.2

Pablo, siervo de Cristo y de la comunidad

En el deseo de seguir y de imitar a su Señor, Pablo lee su misión en el sentido del servicio y, ante todo, afirma que es siervo, esclavo de Jesús.

En su epistolario usa dos palabras griega: dia,konoj (diákonos) y dou/loj (doulos). Doulos es un término más fuerte, significa esclavo; diákonos es más genérico y quiere decir siervo. A ambos los encon- tramos en la Biblia con referencia a Jesús, a los grandes personajes que dedicaban su vida al servicio de Dios desde Abraham hasta el Mesías-, al ministerio.

Entre las cartas de Pablo, cito Rm 1, 1-4:

1 Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios,

2 que había ya prometido por medio de sus profetas en las Escrituras Sa- gradas,

3 acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne,

4 constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos,

Es interesante que comience declarándose esclavo. Un esclavo, un siervo mandado (avpo,stoloj = apóstol) a anunciar el evangelio.

Flp 1, 1: «Pablo y Timoteo, siervos de Cristo Jesús, a todos los santos en Cristo Jesús, que están en Filipos, con los epíscopos y diáconos», aquellos que sirven.

Precisamente porque es siervo de Jesús, no busca el favor de

los hombres, no tiene ambiciones mundanas: «Porque ¿busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O es que intento agradar a los hombres? Si todavía tratara de agradar a los hom- bres, ya no sería siervo (doulos) de Cristo» (Gá 1, 10).

De Cristo proviene la consciencia de ser siervos y esclavos del Señor y por tanto los apóstoles, especialmente Pablo, se definen como siervos del plan salvífico de Dios para la humanidad.

Este tema es recurrente sobre todo en la segunda carta a los

Corintios. Así, la terminología dia,konoj (diákonos), diakoni,a (diakon-

ía), diakonei/n (diakonein) constituye una clave de lectura del texto.

2 Co 3, 5-65 No que por nosotros mismos seamos capaces de atribuirnos cosa alguna, como propia nuestra, sino que nuestra ca- pacidad viene de Dios, 6 el cual nos capacitó para ser ministros -iako,nouj, siervos- de una nueva alianza, no de la letra, sino del Espíritu, pues la letra mata mas el Espíritu da vida».

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2 Co 6, 4: «nos recomendamos en todo como ministros de Dios:

con mucha constancia en tribulaciones, necesidades, angustias…». En todas estas pruebas Pablo es un siervo, un verdadero ministro de Dios.

Así, pues, -y aquí volvemos a pasajes que ya hemos citado-, es siervo del Espíritu (2 Co 3, 8), siervo de la justicia (2 Co 3, 9)siervo de la reconciliación (2 Co 5, 18). Tiene una profunda consciencia de ser esclavo de Jesús, al servicio del proyecto de, Dios y de ser ser- vidor de la comunidad.

El segundo texto inspirativo con el que hemos comenzado nues- tra meditación habla precisamente del servicio a los hermanos: «No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Se- ñor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús» (2 Co 4, 5).

Por lo demás, los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan no hacen otra cosa que narrarnos como Jesús, el Hijo de Dios encar- nado, se ha puesto a nuestro servicio, se revela como siervo de nuestra alegría y de nuestra salvación.

2. Meditatio: conocimiento de Dios y ministerio

En el cuadro de los textos que he recordado -algunos entre mu- chos- podemos buscar la respuesta a dos preguntas:

- ¿Cómo interpelan nuestro conocimiento de Dios?

- ¿Qué mensaje nos dan para nuestro ministerio?

1. El concepto de «servicio» como actitud ya presente en el Pri- mer Testamento y de manera expresa en los Profetas, que se mani- fiesta plenamente en Jesús y se convierte en criterio de la misión de los Apóstoles y de los primeros cristianos, nos revela algo de la na- turaleza de Dios; no es, pues, una simple elección de Jesús. Proba- blemente podría haber elegido algo diferente. Pero es Dios que, en el Hijo encarnado, quiere presentarse como siervo. No conozco otras religiones, fuera del cristianismo, que hablen de Dios al servi- cio de los hombres; diversamente es el hombre quien debe ofrecer a Dios un servicio.

En realidad, el Dios de los profetas bíblicos, de Jesús y de los apóstoles encuentra su gloria en el servicio. Obviamente nosotros lo conocemos por medio de sus grandes actos de poder -la creación, el juicio- y aún así confía la manifestación de su gloria al servicio, a un servicio de amor. No lograremos nunca entender a fondo esta

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verdad que, sin embargo, nos envuelve. Y Jesús, que es rey (Jn 18, 37), que se define a sí mismo como Maestro y Señor (Jn 13, 13), se entiende mejor en la imagen del Siervo como modalidad para ex- presar el hecho de que se ha puesto a nuestra total disposición, pa- ra revelar el verdadero rostro de Dios.

Incluso cuando usa la metáfora del Pastor, la aplica a sí añadien- do la característica (no específica de quien tiene el encargo de cui- dar el rebaño) de dar la propia vida por las ovejas, de servirles al grado de morir por ellas.

Dios, pues, ama la humildad, ama servir en un don gratuito de sí. Por esto Jesús propone a todos sus discípulos el amor muto, la ayuda y el servicio recíproco, la disponibilidad absoluta.

La reflexión nos permite intuir la vida de la Trinidad como amor mutuo, servicio mutuo, mutua donación.

Sirviendo a los hermanos nos sólo realizamos una buena acción, sino que revelamos algo de la naturaleza de Dios, del misterio trini- tario.

La bellísima expresión: «el amor de Cristo nos abraza», que hemos comentado esta mañana, se convierte: en el amor de Dios nos hace participar en su dar y recibir, nos hace partícipes de su servicio. No un servicio entendido según el significado común, sino un servicio que es don gratuito de sí.

Me doy cuenta de que no es fácil explicar más de este tan grande misterio y por eso san Ignacio nos invita a pedir la gracia de entrar en el corazón de Cristo, en su corazón de Crucificado para conocer interiormente el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Oh Jesús, contemplándote en la Eucaristía, podemos comprender quién eres, mi Señor y mi Dios. Tú estás presente en las especies del pan y del vino para servirnos y nutrirnos. Obtennos el don de prepararnos a la cele- bración Eucarística, hoy y siempre, dando tiempos largos a la oración y al silencio.

2. Consideremos ahora tres mensajes para nuestro ministerio, los cuales recabo de los textos bíblicos: la Iglesia como sierva, la Com- pañía de Jesús como sierva, nuestra oración personal como servi- cio.

Si ser siervo corresponde a la verdadera naturaleza de Cristo que revela algo del misterio de Dios Uno y Trino, la Iglesia está lla- mada a servir. Muchos malentendidos en la historia de la Iglesia han nacido del hecho de que ella se ha presentado como un orga- nismo de poder en correspondencia con otras sociedades de ese

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tipo, como una sociedad capaz de hacer muchas cosas, sin subra- yar suficientemente que todo era un servicio.

Nosotros nos auguramos que en el futuro se pueda comprender como la Iglesia no quiere poderes y privilegios, sino sólo servir a la gente; ella vive en medio de la gente para servirla, también si ello comporta la necesidad de tener bienes materiales a su disposición.

La compañía de Jesús ha nacido para servir a la Iglesia y a la gente, como afirman nuestras Constituciones: nos hemos hecho je- suitas para nuestra santificación personal y para ayudar a los de- más. De aquí el principio de la flexibilidad y movilidad: queremos servir desde la Compañía donde podamos hacerlo mejor. La pronti- tud para ir allí donde hay necesidad es parte de nuestro carisma y es un elemento que ha de conservarse con gran cuidado porque está en sintonía con el corazón del Evangelio.

Hoy tenemos mucha necesidad de vivir la oración personal por- que tenemos mucha necesidad de la gracia y el consuelo del Señor, de estar ante él en la escucha, en la adoración.

No olvidemos que la oración, incluso cuando es personal, es siempre un precioso servicio para toda la Iglesia; no sólo la oración litúrgica comunitaria, sino también la meditación silenciosa. El hecho de saber que es al servicio de la Iglesia, nos ayuda a resistir en los momentos en que encontramos dificultad, en que experimen- tamos aridez, pereza, desolación.

El Señor nos pide que no bajemos la guardia en la oración, desde el momento en que estamos al servicio de cuantos no pueden o no son capaces de orar, de tantas personas que se han olvidado de Dios, de aquellos que se encuentran en situaciones de extrema po- breza, de miseria, que se encuentran en países en guerra o en con- flictos.

Nuestras oraciones forman parte de nuestro servicio a Jesús, a la Iglesia, al mundo, y nos permiten imitar a Jesús, ser servidores de Dios y de la humanidad.

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IX

IRRADIAR LA GLORIA DE CRISTO EN EL MINISTERIO

Te rogamos, Señor Jesús, que nos hagas siervos de tu amor que res- plandece e irradia desde tu corazón. Préndenos a ti, llévanos al monte de la Transfiguración a contemplar al menos una chispa de tu gloria y concé- denos luego reflejarla en nuestro ministerio, en nuestra vida religiosa, en nuestras comunidades. Imploramos este don del Padre por medio de ti, Señor Jesús, que con él reinas en la unidad del Espíritu Santo por los si- glos de los siglos. Amén.

Continuamos en la meditación sobre la revelación de Dios en la carta de Pablo, especialmente en la segunda carta a los Corintios. Al mismo tiempo queremos empeñarnos en conocer mejor a Jesús para amarlo más y servirlo mejor, siguiendo las indicaciones de san Ignacio.

Tratando de unir los dos objetivos, en este primer encuentro de hoy consideraremos el texto de Mt 17, 1-9 en relación con 2 Co 3, 4-11. El episodio de la Transfiguración lo he elegido como icono de mi próxima carta pastoral dedicada a la Santísima Trini- dad; de hecho, me parece que entro en el misterio de la Trinidad a partir de la experiencia de Jesús, Hijo del Padre, que se transfigura sobre el monte. Así pues, me alegra retomar este pasaje que hace algún mes fue objeto de mi reflexión.

Una premisa

Antes que nada quisiera responder a la primera de las dos muy buenas preguntas surgidas del encuentro de ayer tarde, la cual reza así: Tengo cierta resistencia a pensar en Dios como siervo. ¿Pode- mos de verdad decir que Dios, el Omnipotente, es siervo o, más aún, que el Dios encarnado se ha hecho hombre asumiendo la for- ma de siervo?

Es una argumentación ciertamente sutil: «La acción y la vida de Dios sobre la tierra es fundamentalmente servicio, pero, ¿este Dios es un siervo?

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Confieso que también yo tengo cierta resistencia a hablar de Dios como siervo sin hacer algunas clarificaciones. Pero me limito a de- jar, a quienes entre vosotros son teólogos, la profundización del te- ma, limitándome a expresar tres simples indicaciones:

1. En primer lugar debemos proclamar que Dios es glorioso y po-

deroso en la Creación, en la Redención, en el Juicio. Su poder es

absoluto, ilimitado. Antes que nada, Dios es absoluta y completa- mente «Otro» y supera todo lo que podemos pensar de él; es Dios.

Pero, ¿en qué sentido es poderoso? Es necesario que nos pre- guntemos sobre el modo en que Dios ejerce su poder.

2. La línea del servicio, que parte del Primer Testamento, es más

evidente en el Nuevo Testamento. María, la madre del Señor, ha repetido dos veces la afirmación: «soy la esclava -dou,lh- del Señor».

En la respuesta al ángel Gabriel (cf. Lc , 38), y en el canto del Magníficat: «ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava» (Lc 2, 48). Y también los apóstoles son exhortados por Jesús a vivir el servicio.

3. Pero, ¿es posible aplicar el tema del servicio no sólo al Verbo

encarnado que asume la figura de esclavo, sino a Dios mismo? La teología reciente está convencida: pienso por ejemplo en Hans Urs von Balthasar y en F. Varillon en el área católica, en K. Barth y en J. Moltmann en el área protestante. Estos teólogos sostienen que la manifestación de Dios en la humildad de Jesús siervo no es una es- tratagema pedagógica para enseñarnos la humildad, sino que co- rresponde a su íntima naturaleza trinitaria. A ellos les parece que Dios elije servir porque su potencia y su gloria se revelan en el ser- vicio más que en el dominio y la fuerza. El mismo dinamismo de la vida de la Trinidad puede ser entendido como mutuo servicio: cada una de las divinas Personas se da a la otra totalmente como expro- piándose.

Obviamente estamos tocando un misterio y no me siento capaz de definir nada al respecto. Podemos por el contrario ponernos en la oración delante de Dios, delante del Santísimo Sacramento, y abandonarnos a la gracia de las intuiciones, de las luces que se nos ofrecen en la contemplación.

Os propongo también releer el texto tan profundo de san Ignacio, en el n. 236 de los Ejercicios Espirituales. Admito que nunca antes había puesto tanta atención a este punto como lo he hecho hoy mientras me esforzaba en considerar la posibilidad de entender la gloria de Dios como servicio. Es el tercer punto de la contemplación para llegar al amor, y reza así: «considerar cómo Dios trabaja y la-

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bora por mí en todas cosas criadas sobre la haz de la tierra, id est, habet se ad modum laborantis. Así como en los cielos, elementos, plantas, fructos, ganados, etc., dando ser, conservando, vejetando y sensando, etc. Después reflectir en mí mismo». Así, pues, Dios act- úa como aquél que quiere estar a mi servicio, como aquél que quie- re hacer algo por mí, que trabaja para mí. Yo soy su gloria, su gloria es mi ayuda, mi vida. Justamente el gran teólogo, Obispo y mártir, san Ireneo decía: «La gloria de Dios es el hombre viviente».

Recuerdo a un muy querido hermano jesuita, muerto de cáncer hace algunos años, que en los últimos momentos de su vida oraba al Señor con estas bellísimas palabras: «Señor, yo soy tu tesoro, tú me quieres, yo soy tu obra maestra y tú cuidas de mí». No «Señor, tú eres mi tesoro», sino «yo soy tu tesoro». Esto nos indica que la verdad de Dios Amor, de un Dios que cuida de nosotros, puede hacernos intuir algo de su misterio y del porqué Jesús ha privilegia- do, al venir al mundo, la figura de siervo.

Introducción al tema de la gloria del ministerio

Ahora paso a 2 Co 3, 4-11 para introducirnos en la narración de la Transfiguración.

4 Esta es la confianza que tenemos delante de Dios por Cristo. 5 No que por nosotros mismos seamos capaces de atribuirnos cosa alguna, como propia nuestra, sino que nuestra capacidad viene de Dios, 6 el cual nos capacitó para ser ministros de una nueva alianza, no de la letra, sino del Espíritu, pues la letra mata mas el Espíritu da vida. 7 Que si el ministerio de la muerte, grabado con letras sobre tablas de piedra, resultó glorioso hasta el punto de no poder los hijos de Israel fijar su vista en el rostro de Moisés a causa del resplandor de su rostro, aunque pasajero, 8 ¡cuánto más glorioso no será el ministerio del Espíritu! 9 Pues si el ministerio de la condenación fue glorioso, con mucha más razón lo será el ministerio de la justicia. 10 Pues en este aspecto, lo que era glorioso ya no lo es, en com- paración de esta gloria sobreeminente. 11 Y, si aquello, que era pasajero, fue glorioso, ¡cuánto más glorioso será lo permanente!

Es un texto que ya hemos citado, y lo releemos porque hace pen- sar en el episodio de Jesús transfigurado en el monte. Con Él con- versan moisés y Elías, pero su rostro era mucho más resplande- ciente, irradiaba la gloria de su ministerio, más grande que la gloria de Moisés, una gloria que -como veremos- está ligada a la pasión del siervo del Señor. Nos dedicamos así a la lectio de Mt 17, 1-11 para retornar, sucesivamente, a 2 Co 3, 4-11.

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1. Lectio de Mt 17, 1-9

1 Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su her- mano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. 2 Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. 3 En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él. 4 Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» 5 Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salió una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchad- le.» 6 Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. 7 Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo.» 8 Ellos alzaron sus ojos y no vieron a nadie más que a Jesús so- lo.

9 Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muer- tos.»

La narración se divide claramente en tres partes:

- los discípulos suben al monte con Jesús;

- se revela la gloria de Jesús;

- mientras descienden del monte, los discípulos reciben de Jesús una misión.

1.1 Hacia el monte

Subiendo al monte, los discípulos seguramente llevan algunas preguntas en el corazón.

¿Quién es Jesús, tan poderoso y humilde a la vez? De hecho, no lograban conjugar su poder al curar, al realizar milagros, y su humil- dad (había dicho: «aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» [Mt 11, 29]).

También: ¿No es demasiado manso para ser ese Mesías que es- peramos? ¿Qué podemos pensar de él que nos llama a seguirlo?

Una tercera pregunta: ¿Por qué nos habla tan frecuentemente de su muerte? En el capítulo precedente al nuestro, Mateo anota:

«Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día» (16, 21) y Pedro había protestado.

Los interrogantes que afloran en el corazón y en la mente de los discípulos que suben al monte son los mismos que se hace Pablo respecto a su ministerio: ¿Por qué mi ministerio de débil, marcado

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por las pruebas, por los sufrimientos, por las tribulaciones? ¿Es ésta

mi misión según las intenciones de Dios?

Y son los mismos que nos hacemos hoy cuando consideramos la Iglesia y nuestro ministerio. ¿No es demasiado débil, demasiado pobre la Iglesia para dar un testimonio creíble? ¡Hay necesidad de dinero, de poder para atraer a la gente! ¿Cómo puede un Evangelio, tan humilde y exigente a la vez, ser propuesto a tanta gente, y acep- tado por ella?

1.2 La revelación

La segunda parte de la narración nos presenta la revelación en el monte: « 2 Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillan- te como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. 3 En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él…»

El humilde Jesús, el siervo es realmente aquél del que han hablado la Ley y los profetas, Moisés e Isaías. El v. 5b: «… una voz que decía: ―Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escu- chadle‖», evoca y funde al mismo tiempo dos famosos pasajes:

«Yahvé tu Dios te suscitará, de en medio de ti, de entre tus herma- nos, un profeta como yo: a él escucharéis» (Dt 18 15); «He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi al- ma» (Is 42, 1).

Nos podemos preguntar: dado que el Deuteronomio es el libro de Moisés, es lógico que éste aparezca en escena, pero, ¿por qué aparece Elías junto a Moisés y no Isaías, de quien se cita implícita- mente un texto? Es difícil dar una respuesta absoluta. Quizá Jesús quería mostrar en la Transfiguración que era el Mesías anunciado por toda la tradición profética y no sólo por alguna cita de la Escritu- ra. Elías no nos ha dejado ningún libro, pero es indudablemente el personaje más representativo de la tradición profética. Y más veces

es mencionado en los evangelios como el precursor de la venida del

Señor. En Lc 1, 17 el ángel que se aparece a Zacarías para asegu- rarle que Isabel le dará un hijo, dice «irá delante de él [del Señor] con el espíritu y el poder de Elías…» Cuando Jesús quiere saber quién dice la gente que es del Hijo del hombre, los discípulos res- ponden: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías…» (Mt 16, 14). También en Jn 1, 21 los sacerdotes y los levitas le pre- guntan a Juan: «¿Eres tú Elías?».

Un segundo mensaje de la revelación: la humildad de Jesús co- rresponde al plan de Dios.

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Y su misión está ligada con la muerte en cruz. La muerte es

mencionada por Mateo en 16, 21 y en 17, 12 inmediatamente des- pués de la transfiguración: «el Hijo del hombre tendrá que pade- cer…».

En la narración paralela de Lucas la conexión de la revelación de la gloria de Jesús con la cruz es explícita: «Y he aquí que conver- saban con él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales apa- recían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Je- rusalén (9, 30-31).

El tema de la conversación entre Jesús, Moisés y Elías era preci- samente el de la partida, en griego e;xodoj (éxodo); en Jerusalén se cumplirá el éxodo de Jesús de su condición terrena, carnal, su muerte que preludia la condición de Resucitado.

Su misión está en relación con el Espíritu simbolizado por la

nube luminosa que le envuelve con su sombra. Es un ministerio del Espíritu, resplandeciente de la gloria que irradia del Espíritu, como subraya Pablo en el texto de 2 Co 3, 1-11.

Por último se nos enseña que a la persona de Jesús se le com-

prende a partir de la revelación de Dios Padre, Hijo y Espíritu. Su gloria refleja la gloria de la Trinidad, su servicio hasta el don de su vida en la cruz refleja el gran amor de la Trinidad por nosotros, un amor pronto a servir.

Esta segunda parte de la narración es el nudo, el corazón del epi- sodio.

1.3 La misión

En la tercera parte se presenta la misión confiada a Jesús y a sus discípulos mientras bajan del monte. Podemos descubrir tres aspec- tos de la misión.

Mt 17, 7: «Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levan-

taos, no tengáis miedo». Son las primeras grandes palabras de consuelo que Jesús nos dirige: no tengáis temor, estáis llamados a revelar alguna chispa del misterio de Dios, tened valentía.

Sabemos cuán en serio ha tomado Pablo la invitación de Jesús recibiéndola como un precioso fortalecimiento de su ánimo y afir- mando que no tiene temor porque tiene la certeza de que Dios está con él, está de su parte.

hasta que el Hijo del

hombre haya resucitado de entre los muertos».

Mt 17, 9: «No contéis a nadie la visión

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Una clara y completa comprensión de la gloria de Cristo se reali- zará después de la Resurrección, sólo a partir de tal acontecimiento los discípulos podrán proclamar la gloria del Resucitado y también la gloria de la Cruz. La predicación de los apóstoles anunciará la salvación que brota de la muerte y resurrección:

45 Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escritu- ras 46 y les dijo: «Así está escrito: que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día 47 y que se predicaría en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. 48 Vosotros sois testigos de estas cosas (Lc 24, 45-48).

Es exactamente el camino que san Ignacio nos pide seguir duran- te los Ejercicios: pasar de la vida oculta a la vida pública de Jesús, a la cruz, a la resurrección, para poder entrar más profundamente en el misterio del Hijo de Dios, para conocerlo y amarlo con total dedi- cación, para seguirlo con prontitud y con alegría.

Sobre el tercer aspecto de la misión ya he hecho alusión: los discípulos son exhortados a entender la relación entre su ministerio y la cruz. Es lo que Pablo quiere expresar en la segunda carta a los Corintios: ¿Qué luz recibe mi ministerio, mi actividad apostólica de la cruz de Cristo? ¿Qué relación hay entre mi ministerio y su cruz?

2. Síntesis de 2 Co 3, 4-11

El texto de 2 Co 3, 4-11 nos ha introducido en la relectura del epi- sodio de la Transfiguración. En este momento me parece útil reto- mar brevemente la densísima página de Pablo para mostrar como su discurso corresponde al contenido de la revelación sobre el mon- te.

1. El ministerio de la Nueva Alianza es ministerio del Espíritu. El Espíritu presente en el misterio de la Transfiguración es el gran pro- tagonista, el autor principal de nuestro apostolado.

Cito la segunda de las dos preguntas surgidas en el encuentro de ayer tarde: «Recientemente me ha hecho reflexionar el libro de un autor español porque afirma que la acción del Espíritu en nosotros debería ser visible. Algunos textos de Pablo le dan la razón. Por ejemplo 2 Co 1, 22; 5, 5 o también Ef 1, 14, donde habla de «arras», de «sello». La prenda, el sello es algo visible. Si esto es verdad y es importante, debemos admitir que en la Iglesia de hoy faltan signos visibles del Espíritu. ¿Qué opina usted de esto?».

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Los signos del Espíritu pueden ser físicos: curaciones, milagros; pero más frecuentemente son espirituales: conversiones del co- razón, nuevo modo de vivir, nuevo modo de relacionarse con los miembros de la comunidad. Ciertamente un poderoso signo del Espíritu es el amor fraterno en la comunidad cristiana, la capacidad de dar la vida por los hermanos.

Pablo afirma que nuestro ministerio es glorioso, pero puede que no se note porque es cumplido en pobreza, en circunstancias difíci- les. De hecho, en la segunda carta a los Corintios, trata de explicar- se a sí mismo, y a nosotros, cómo puede ser glorioso un ministerio ejercido en las persecuciones y en los sufrimientos. Y precisamente éstos son signos de la autenticidad del ministerio.

2. El ministerio del Espíritu es superior al de Moisés que estaba escrito con letras sobre piedra. Es duradero, no efímero; da vida, no muerte; da santidad y es la última, la definitiva revelación de la glo- ria y del amor de Dios.

Son interesantes estos puntos de contacto entre el pensamiento de Pablo y la narración de la Transfiguración: la gloria, la presencia de Moisés; la acción del Espíritu, la íntima unión entre la gloria y la cruz.

3. Nuestra participación en la gloria de Jesús

¿Cómo podemos nosotros participar en nuestro ministerio de la gloria de Jesús? ¿Cómo experimentar la gloria del ministerio?

Pablo nos responde en dos pasajes que hemos ya considerado, pero que ahora entendemos mejor.

2

Co 3, 18:

Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma ima- gen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu.

2

Co 4, 6:

Pues el mismo Dios que dijo: Del seno de las tinieblas brille la luz, la ha hecho brillar en nuestros corazones, para iluminarnos con el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo.

La gloria de Cristo resplandece en nuestros corazones y se irra- dia en nuestro ministerio. A esto estamos llamados, a dejar que se transparente la gloria de Dios.

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Pero no es un logro que se alcance con nuestros esfuerzos; es una gracia, un don. Es muy probable que al examinar el transcurso de los años nos vengan a la mente muchas personas a las que hemos ayudado a conocer a Jesús, a encontrarlo, a caminar en la fe, aún cuando nuestras palabras fueran pobres; era el espíritu el que nos movía, era la gracia del ministerio.

1. Una gracia, un don que, antes que nada, requiere de nuestra

parte una gran apertura a Dios en la oración.

El Evangelista Lucas, en la narración de la Transfiguración, anota que «mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó», se puso resplandeciente, «y sus vestidos eran de una blancura fulgurante» (9, 29).

La oración continua, constante, permite que la gloria de Dios se refleje en nuestro cuerpo, en nuestro rostro y se expanda en la Igle- sia.

2. Es necesaria también la apertura a la Iglesia, en particular a la

Iglesia local. No debemos vivir el apostolado como si estuviésemos solos, porque formamos parte de un cuerpo; no debemos programar iniciativas pastorales como si fuésemos los únicos en trabajar, sino ante todo debemos articular nuestra misión sintonizándonos con el camino de la diócesis.

Es un principio que conocemos, pero que teóricamente olvida- mos. Cuando lo olvidamos no irradiamos realmente la gloria de Cristo.

3. Apertura, también, a la Compañía de Jesús y a los Superiores,

según la tradición ignaciana. Es verdad que el Derecho Canónico defiende la privacy de la persona, pero en la Compañía la apertura es una parte importante del patrimonio espiritual que se nos ha transmitido. Apertura espiritual y apostólica, sin reservar nada para sí, y apertura práctica, por ejemplo transparencia financiera.

La transparencia financiera es hoy sumamente necesaria para defender la buena fama de la Iglesia.

He recordado tres condiciones para obtener del Señor la gracia de participar en la gloria de Jesús, de experimentar su gloria en el ministerio.

Quisiera detenerme en el empeño de la vida religiosa en cuanto llamada específicamente a irradiar la gloria de Dios. No es casuali- dad que el episodio de la Transfiguración haya inspirado la larga exhortación post-sinodal de Juan Pablo II titulada Vita consecrata. Leo un fragmento del n. 19:

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Dejándose guiar por el Espíritu en un incesante camino de purificación, llegan a ser, día tras día, personas cristiformes, prolongación en la historia de una especial presencia del Señor resucitado. Con intuición profunda, los Padres de la Iglesia han calificado este camino espiritual como filocalia, es decir, amor por la belleza divina, que es irra- diación de la divina bondad. La persona, que por el poder del Espíritu Santo es conducida progresivamente a la plena configuración con Cristo, refleja en sí misma un rayo de la luz inaccesible y en su peregrinar terreno camina hacia la Fuente inagotable de la luz.

El misterio de la Transfiguración de Jesús se refleja en la gloria y alegría de la vida religiosa.

Esto significa, concretamente, superar el individualismo: la vida consagrada es un reflejo de la vida de la Trinidad, de la unidad de las Personas en una sola naturaleza.

Hoy no tenemos tanta necesidad de la alta filosofía, sino de ser nosotros mismos filósofos testimoniando la belleza de Dios con el vivir de los hermanos en el amor; una comunidad religiosa refleja de modo mejor dinamismo del amor trinitario. Superando el individua- lismo realizamos pues el designio de Dios, su gloria.

Pienso que os he ofrecido suficiente material para vuestra medi- tación y contemplación subiendo con Jesús al monte de la Transfi- guración.

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LA SOBERANÍA ETERNA DE JESÚS

(homilía en la fiesta de la Transfiguración del Seño -

02.08.1999)

En esta fiesta de la Transfiguración del Señor se cumple el XXI aniversario de la muerte de Pablo VI.

Todavía permanece vivo en mí el recuerdo de aquel día. Me en- contraba en Ain-Karim, cerca de Jerusalén, lugar del encuentro en- tre María y su prima Isabel; en la mañana, con mucha prisa, me había ido al Santuario para orar y el guardia que me abrió la puerta me dio la noticia: anoche murió el Papa. Me quedé sorprendido y adolorido. Algunos meses antes, en febrero de 1978, había predi- cado en el Vaticano, en su presencia, los Ejercicios espirituales y también por ello me sentía particularmente unido a él. No imaginaba que yo sería su sucesor en Milán, donde él ejerció el ministerio episcopal de 1955 a 1963. En la diócesis es considerado santo y nos auguramos que su proceso de canonización se concluya en po- co tiempo. El permanece en nuestra memoria como un hombre que amó muchísimo a la Iglesia y se entregó totalmente a su ministerio.

Por otro lado, la primera encíclica que escribió como Papa -Ecclesiam suam- está fechada el 6 de agosto de 1964 para indicar cuán ligado estaba él al misterio de la Transfiguración.

De las tres lecturas bíblicas de la Misa de hoy, me detengo en la primera, sacada del libro del profeta Daniel. De hecho, en la medi- tación, ya he propuesto algunas reflexiones sobre la narración de la Transfiguración de la que hablan la segunda y la tercera lectura.

1. El contexto de la primera lectura

Dn 7, 9-10.13-14:

9 Mientras yo seguía mirando, prepararon unos tronos y un anciano se sentó. Sus vestidos eran blancos como la nieve; sus cabellos, como lana pura; su trono, llamas de fuego; las ruedas, fuego ardiente. 10 Fluía un río de fuego que manaba delante de él.

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Miles y miles le servían, millones lo acompañaban. El tribunal se sentó,

y se abrieron los libros.

13 Yo seguía mirando, y en la visión nocturna vi venir sobre las nubes del cielo alguien parecido a un ser humano, que se dirigió hacia el anciano

y fue presentado ante él.

14 Le dieron poder, honor y reino

y todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su poder es eterno

y

nunca pasará,

y

su reino no será destruido.

El profeta Daniel ve aparecer entre las nubes a uno semejante a un hijo de hombre, que, del venerable anciano, recibe el poder, la gloria y el reino; un poder eterno y un reino que no tendrá fin.

Podemos pues contemplar la soberanía de Jesús, el crucificado resucitado, y parangonarla con las potencias que dominan nuestros días.

2. Las ideologías fuertes

Conocemos bien las fuertes ideologías que han causado muchos males y calamidades. Hace poco, en 1986, encontré en Alemania del Éste algunas autoridades locales plenamente seguras de su po- der que duraría por años. Los mismos responsables de la Iglesia, protestantes y católicos, estaban preparados para vivir bajo esas ideologías por mucho tiempo; habían elaborado un programa para poder resistir en la fe por otros veinte o treinta años.

Improvisada e inesperadamente la situación cambió. Esto para reconocer que la potencia de dios es inmensamente más grande e interviene cuando y como quiere.

En todo caso, hay dos tipos de potencia que producen preocupa- ción en todo el mundo.

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3.

Las ideologías débiles

Ante todo las ideologías débiles, que no tienen una estructura, si- no que radican un poco en todas parte y por lo mismo son más difí- ciles de ser combatidas, de ser descubiertas, desenmascaradas.

Una es el consumismo, ideología que consiente una vida cómo- da, privada de sacrificios, una vida que excluye la sobriedad, la mo- deración y suprime los valores más importantes.

Está luego esa ideología llamada pensamiento débil, con mucha presencia en Occidente: no hay ninguna verdad absuluta, sino sólo aproximaciones de verdad y cada quien puede encontrar su camino, su verdad parcial.

4. La ideología de la libertad

El tercer tipo de potencia peligrosa que se propaga es la ideología de la libertad. Ya hemos hablado de ella en la homilía de ayer, pero n está de más volver sobre ella porque pretende disfrazarse de la verdadera libertad que es un don maravilloso. Es ideología cuando se hace lo que más agrada, con tal de que no interfiera con la liber- tad de los demás; y es positivo afirmar el respeto de los otros, pero es muy difícil conjugarlo con hacer lo que se quiere. Ahora bien, es ideología no querer confrontarse con los parámetros, discordar de los puntos de referencia, no considerar como obligatorias las leyes, las normas, las reglas para vivir en una comunidad, en una socie- dad.

5. El poder de Jesús

Confrontando con el texto de Daniel las tres potencias que he mencionado, queremos contemplar la gloria de Dios en la transfigu- ración.

¿Cómo combate Jesús las tres potencias que nos dominan hoy?

Con el amor, con el servicio, con el don de la vida: ésta es la glo- ria poderosa que se refleja en el rostro y en el cuerpo de Cristo.

Y las palabras de Daniel sobre el poder eterno y sobre el reino in- destructible nos aseguran que siempre y en todas partes la sobe- ranía de Jesús se revelará. Nosotros participamos en la pasión de

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Jesús y en la victoria sobre el mal si, como él, amamos, servimos y donamos la vida.

Son dos los modos en que podemos dar la vida por Cristo y por los hermanos: el martirio, en caso de persecución, o bien y no me- nos fácil ni menos fecundo- empeñándonos día a día en el ministe- rio reconociendo en cada evento y en todos los momentos -luminosos y oscuros, gozosos y dolorosos- la presencia de Jesús, el plan de Dios que se desarrolla en la historia.

Vivir así por amor a Jesús y por la salvación de los hermoanos es la gloria de nuestro ministerio.

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UN MINISTERIO FIRME Y SEGURO

Espíritu Santo que procedes del Padre, Espíritu de amor y de consolación dado a nosotros por el Resucitado, ven en auxilio de nuestra debilidad. No sabemos qué cosa pedir, sino intercedes tú por nosotros con gemidos inenarrables. Señor Jesús, tú que ves los más profundos secretos de los corazones y conoces los deseos del Espíritu, ora pon nosotros y por la Iglesia entera. Oh Dios Padre nuestro, en la consciencia de que el Espíritu intercede por nosotros según tu voluntad y tu proyecto, tenemos la confianza de poder dirigir todos nuestros pensamientos a tu gloria, de poder penetrar el senti- do de las palabras de la Escritura y de vivir estos días de silencio y de oración con paz y serenidad. Te pedimos nos concedas crecer en la con- fianza. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Hemos reflexionado sobre tres características del ministerio de Jesús y el ministerio de Pablo.

- Es un ministerio de amor, del amor de Cristo que nos abraza,

nos envuelve, nos posee. En Jesús somos, pues, nuevas creaturas, llamados a amar con el amor de Jesús.

- Es un ministerio de humildad porque Jesús y Pablo son siervos.

- Es un ministerio de