Sie sind auf Seite 1von 6

¿Qué puede decir el Psicoanálisis sobre la inteligencia?

(Co-escrito con Fiama Mendez y Karina Filippini)


31 de octubre de 2013 a las 21:23
Introducción

Como plantea Silvia Bleichmar: “¿Es el pensamiento algo que constituye el patrimonio del sujeto
desde el punto de vista biológico, o es el efecto de las improntas de la cultura en los tiempos de su
estructuración?”[1].
En el presente trabajo, siguiendo los lineamientos recorridos durante el año, apuntamos a desarrollar
las propuestas teóricas del psicoanálisis que refieren a la problemática de la inteligencia y la
simbolización en tanto nos resulta interesante poder dar cuenta de que esta corriente no deja dicho
abordaje de lado, y son muchos los autores que la trabajan.
El ser humano no nace con la capacidad pensar en el sentido en que habitualmente entendemos.
El pensamiento propiamente lógico y simbólico resulta de un proceso de hominización, es decir, de
inserción del sujeto en un mundo de lenguaje, de sentidos, de expectativas y prohibiciones.
De este modo, apuntamos mediante distintos conceptos fundamentales: subjetividad, alucinación
primitiva- imaginación radical, parasitismo simbólico, simbolización poder dar una respuesta a la
problemática de la inteligencia que funciona de eje en el presente escrito

Capítulo I: Una definición de subjetividad…

Para el abordaje del problema de la inteligencia, nos parece pertinente desarrollar primero la noción
de subjetividad, entendiendo que este es un concepto multidisciplinario, que si bien emerge en el
campo de la filosofía con Descartes, es también trabajado por la psicología, la historia y el
psicoanálisis, entre otras. Sin embargo, entendemos que no es un concepto inherente a este último.
Descartes, uno de los pensadores que va a considerarse de los más influyentes de la Revolución
científica del XIX, inaugurará el concepto de subjetividad a partir del uso sistemático de la duda,
poniendo en jaque los cimientos de las certezas filosóficas. Esta duda es llevada a su punto cúlmine
en el momento que recae en la propia existencia del sujeto. Desde nuestra perspectiva, consideramos
este el momento más fructífero puesto que evidencia la verdadera naturaleza del sujeto, un sujeto
que piensa allí donde no es.
Sin embargo, Descartes avanza en este desarrollo postulando la certeza de que esta duda existe en la
medida de que hay un yo que piensa. Fundamento del cogito ergo sum.
La filosofía se ocupa del sujeto ya constituido, pero no se preocupa por la psicogénesis y es ahí que
aparecen las teorías acerca de la subjetividad: el constructivismo y el psicoanálisis.
En “Inteligencia y simbolización – una perspectiva psicoanalítica”, Silvia Bleichmar aborda el
concepto de subjetividad para construir una definición. En principio, tiene que ver con el sujeto que
no coincide en su totalidad con el yo, es decir, el sujeto cree ser amo de su propia acción pero existe
en realidad una determinación inconciente. El sujeto está sujetado a un lugar en donde cree ser,
donde el yo cree detentar el mando.
Además, debemos pensar al sujeto al interior de una tópica, sujetado a ella, en relación al Superyó y
el inconciente. Lo que caracteriza justamente a la tópica es el emplazamiento de ese sujeto al interior
de ella.
“Subjetividad” también tiene que ver con elementos históricos, no sólo con elementos permanentes.
Cada época produce un tipo determinado de subjetividad, determinados modos de concebir la
relación del sujeto con el deseo y el semejante.
Siempre existen una serie de pautas que organizan las relaciones deseantes entre los seres humanos
Citando a Silvia Bleichmar podemos decir que “Desde la perspectiva psicoanalítica consideramos
que la subjetividad se inscribe en la concepción de un psiquismo estratificado, compuesto por
instancias que cualifican y cuantifican de un modo heterogéneo las inscripciones. El aporte que hace
el psicoanálisis es que la subjetividad no recubre el conjunto de lo pensable por un sujeto, es decir, el
psiquismo y su complejidad admiten un pensamiento sin sujeto, un pensamiento para-subjetivo.”

Capítulo II: Alucinación primitiva y parasitismo simbólico

¿Qué es lo que hace que el sujeto piense allí donde no es?, ¿Cuál es la necesidad de conceptualizar el
aparato psíquico?
Partimos de la afirmación de que, pensar la subjetividad, implica dar cuenta de este artilugio que
media entre la naturaleza y cultura que es el aparato psíquico como emergente de la introducción del
lenguaje en el organismo.
Hablar de aparato psíquico implica necesariamente pensarlo como una instancia dividida en estratos.
Este no es equiparable a una instancia en sí misma, sea Inconsciente, Percepción-conciencia sino que
puede definirse a partir de la articulación de estos sistemas. Entonces cabe preguntarse, ¿Qué es lo
que da inicio a este aparato, es decir, la división en estas instancias?
Siguiendo a Bleichmar, podemos entender que el inconsciente no está de entrada, que “el
inconsciente no existe desde los comienzos de la vida, sino que es el efecto de una fundación en dos
planos.
Por un lado, en tanto inscripciones que el semejante instaura no sabiendo que lo está haciendo (si
ustedes quieren parasitismo simbólico de la madre respecto del hijo, para invertir la cuestión del
parasitismo: si el hijo parasita biológicamente a la madre, la madre lo parasita simbólicamente).
Parasitismo simbólico del semejante por un lado, entonces, y estatuto posterior de este parasitismo
constituido por lo que en Psicoanálisis llamamos tópicamente “el inconsciente”.[2]
En los primeros momentos del ser humano en el mundo, el Otro auxiliador provee de algo que
excede lo autoconservativo y que llamamos sexualidad (definida ampliamente más allá de la
genitalidad). Esta sexualidad refiere a la incrustación de representaciones ligadas al placer por parte
de una alteridad[3].
“…en el momento en que la boca encuentra al pecho, encuentra y traga un primer sorbo de mundo.
Afecto, sentido, cultura, están copresentes y son responsables del gusto de estas primeras moléculas
de leche que toma el infans; el aporte alimenticio se acompaña siempre con la absorción de un
alimento psíquico que la madre interpretará como absorción de una oferta de sentido.”[4]
La intervención violenta del Otro con su mundo simbólico a cuestas, provee del objeto de la
necesitad, provoca en el organismo un proceso de alucinación primitiva, primer intento de ligar y
organizar el excedente de excitación proveniente del exterior, primer esbozo de pensamiento. Este
plus que quedará como resto real no abarcable es el que el aparato intentará siempre metabolizar y
remetabolizar una y otra vez. Algo de lo animal queda excluido para siempre y es relevado por las
constelaciones pulsionales propias del ser parlante. Cuando hablamos de intervención violenta, no
hacemos sino referencia al concepto de violencia primaria, es decir, la imposición de un pensamiento
o una acción a la psique de otro y que se vale de un objeto de necesidad para este.
Al respecto, Piera Aulagnier plantea que la meta de la representación es metabolizar los elementos
hetoregéneos para transformarlos en elementos homogéneos a la estructura de cada sistema
psíquico[5].
El principio de placer como automatismo que está por fuera de la conciencia, busca la evacuación y
equilibración del aparato; tratando siempre de mantener un nivel de constancia. En este sentido,
cuando el objeto de la necesidad está ausente la vivencia de satisfacción provoca un
autoengendramiento alucinatorio –neocreación, imaginación radical para tomar la expresión de
Castoriadis[6]- que genera un plus de placer. Sin embargo, la necesidad persiste y esta alucinación
fracasa.
¿Cuál es la naturaleza de esta alucinación? En principio no podemos decir que esta implique una
inteligencia en el sentido corriente del término, pero sí en el sentido piagetiano de inteligencia
sensorio-motriz. “Se trata de un pensamiento que es en si mismo acción y no una representación
tendencial hacia la realidad. Esta accion inscribe una huella de memoria no memorizable, es decir,
sin que haya un sujeto capaz de memorizar. Es el residuo de un encuentro con un objeto
privilegiado (creación a partir de los restos existente de lo real”, que se da a partir de una
experiencia con un otro. [7]
Con inteligencia sensorio- motriz (0 a 2 años) Piaget[8] alude al primer estadio, base que organiza la
estructura y en el cual hablamos de un aprendizaje a partir de lo fisiológico, empleando los recursos
reflejos innatos que posee el niño.

Capítulo III: Inteligencia y simbolización

La alucinación primitiva responde a un modo de labrado de la energía psíquica por el proceso


primario que consiste en un monto de energía no ligado que busca la descarga directa hasta la
conciencia. Debido a este fracaso de la alucinación, se instaura lo que se conoce como proceso
secundario que implica una identidad de pensamiento. Es en este momento que hablamos de
inteligencia propiamente dicha.
La inteligencia es planteada como la capacidad que tiene la psique de crear representaciones
(simbolizar), al tiempo que es la posibilidad de poder desarrollarse, proceso por el cual va a sufrir
distintas transformaciones cualitativas.
Y esta “capacidad de producir representaciones” si bien es un fenómeno individual, no deja de ser
colectivo. Esto en la medida de que si el aparato psíquico se modifica, es a partir de los influjos que
vienen del exterior, es decir, del otro.
No podemos hablar de conocimiento e inteligencia sin que antes esté conformada la instancia del yo,
pero tampoco sin que esté esta distinguida del sistema inconciente. “El inconciente es imprescindible
para el pasaje de la inteligencia animal a la inteligencia humana”[9]. A la vez, esta requiere de un
ordenamiento del Yo frente a los embates externos e internos.
A causa de un estallido de los aparatos adaptativos, emerge la inteligencia humana como modo de
encontrar nuevos carriles de recomposición[10]. “…el inconciente, y en consecuencia el
pensamiento, no surgen como correlato de la adaptación, sino que surgen como formaciones en el
interior del proceso de constitución del sujeto como elementos de profunda desadaptación. Es decir,
la cuestión del pensamiento desde el punto de vista del Psicoanálisis, así como la cuestión de la
sexualidad, surge rompiendo las nociones psicológicas asentadas de que el pensamiento es
adaptación”[11]. Debemos pensar que en el aparato psíquico freudiano siempre está implícita la
noción de conflicto, en tanto que siempre está el inconciente desadaptando al sujeto, interpelándolo y
cuestionando la integridad del Yo. Para Freud, este conflicto es siempre pulsional e inherente a la
vida, es decir, responde a la fractura original del aparato (represión originaria) consiguientemente a
un deprendimiento de un tipo de angustia que siempre insiste como exceso. Esto sustenta los
procesos de inteligencia y representación que no son intrínsecos a los mecanismos cerebrales, sino
que derivan de un proceso de cultura/ proceso hominizante. Entonces, de lo que se trata no es de que
el sujeto se adapte al mundo, sino que opere sobre el mundo intersubjetivo en que está inserto de
algún modo. Así, la inteligencia no se define en contraposición a la inteligencia adaptativa, sino que
es un “modo de pautación de la relación del sujeto entre el deseo y el mundo intersubjetivo en que
se mueve”[12].

Capítulo IV: ¿Qué significa simbolizar?

En principio, simbolismo refiere en el “Proyecto” freudiano a la formación de símbolos mnésicos


que remiten a otra cosa que a sí mismos, esa otra cosa es un elemento olvidado. Es decir, por
sustitución y desplazamiento se forma una presencia en el lugar de una ausencia primordial y
original del objeto que satisface la pulsión. El síntoma resulta el paradigma de la simbolización, este
se define como: “la expresión simbólica del deseo que opera por sustitución”[13]. Hablamos de una
transacción frente a un conflicto inevitable, un acto que entra en concordancia con otro, a partir de lo
cual puede producirse una significación al respecto: “…lo simbólico va unido a la idea de dos
representaciones que no pueden entrar en contacto, efecto de la defensa.”[14]
Al sujeto se le impone el dilema de qué hacer con eso que ingresa y que no puede articular desde la
alucinación primitiva. La respuesta es el armazón del proceso secundario, un nuevo artificio para
regular los vestigios de la represión originaria racionalizándolos mediante una fachada sin descuidar
el objetivo del placer: “…se instaura la negación, la temporalidad, en el cual se constituyen
categorías de sentido que toma a su cargo no sólo lo autoconservativo de la vida, sino que es capaz,
en la medida en que hay una lógica de la negación, de producir interrogantes.”[15]
A estos interrogantes los podemos llamar “preguntas por la existencia” que son el fruto de la
organización yoica. Sin ellas no existiría conocimiento que se construya, es decir, no habría un
interés por el saber y por el mundo. Es lo enigmático lo que nos lleva a producir el conocimiento
que, a la vez que moviliza los procesos de significación y simbolización de lo ausente, también
provoca angustia en el sentido de que el sujeto debe encontrarse necesariamente con esa ausencia
para simbolizar.

IV: Conclusión

A modo de conclusión podemos decir que si bien el Psicoanálisis no se postula a sí mismo como una
doctrina capaz de dar respuestas a todos los interrogantes, realiza una teorización que no podemos
dejar de considerar respecto de la inteligencia, y que fue el eje abordado en el presente trabajo.
Donde no dejamos de reconocer la existencia de otros posibles abordajes teóricos por parte del
constructivismo (Piaget-Vigostky).
La inteligencia y/o simbolización no se puede pensar desde una perspectiva biologicista-adaptativa,
que si bien tampoco se excluyen, obedecen a una capacidad de representación del aparato a partir de
la posibilidad de autoorganización de las instancias psíquicas.
Es en este sentido que se considera el producto de un proceso hominizante propio de la cultura en la
cual nos vemos inmersos y de donde no podemos dejar de prescindir de la figura del otro,
fundamento último de las relaciones sociales que nos atraviesan.
[1] AA. VV. “Aportes psicoanalíticos para la comprensión de la problemática cognitiva”. En:
Cuando el aprendizaje es un problema. Ed. Minio y Dávila editores, Bs. As.

[2] AA. VV. “Aportes psicoanalíticos para la comprensión de la problemática cognitiva”. En:
Cuando el aprendizaje es un problema. Ed. Minio y Dávila editores, Bs. As.

[3]Bleichmar, S. “”. En: Inteligencia y simbolización: una perspectiva psicoanalítica. Ed. Paidós, Bs.
As., 2010.

[4]Schlemenson, S. “El aprendizaje: un encuentro de sentidos” Ed. Miño y Davila. Bs. As., 1997.

[5]Aulagnier, P. “La violencia de la interpretación”. Ed. Amorrortu. Bs. As., 1999.

[6] Cuando hablamos de Imaginación radical debemos entender el flujo condicionado (no
determinado) y constante irreductible a una causa eficiente de representatividad. Es la fuente de
creación de nuevas figuras, aquello que permite diferenciar el hombre del animal, permite que la
psique sea capaz de producir representaciones, fantasmas que no resultan de las percepciones. Es la
capacidad de formular eso que no está, de ver en cualquier cosa lo que no está allí. No está sometida
a un fin determinado. Las representaciones que intentan traducir la pulsión a lo psíquico son una
manifestación de la imaginación radical, base de la capacidad humana del simbolismo. El cruce
Imaginario-Simbólico se enlaza al aspecto económico funcional de las instituciones para permitirle
al ser humano sobrevivir. El Imaginario radical, en su dimensión colectiva, es Imaginario social.
El conjunto de representaciones que son producidas por la Imaginación radical y a partir de las
cuales el hombre obtiene placer, conforman muchas de ellas al sistema inconciente. Este tiene el
modo de ser de un magma, de una organización abierta cuyos componentes se relacionan por
remisión los unos a los otros, no es una arcilla amorfa, sino un modo de organización del contenido
icc del cual se pueden extraer infinita cantidad de organizaciones ensídica, representa la plasticidad
ilimitada de la psique. Pero al momento de su socialización, todo ser humano debe apostar a una
renuncia primordial a este placer de representación que se plasma en varias fases de la constitución.
El primer estado psíquico es la mónada psíquica o núcleo primero donde no existe registro de lo
exterior y la satisfacción del deseo por alucinación prima. Después, el niño vivencia el enlace con la
madre y su pecho, atravesando lo que Castoriadis teoriza como fase triádica. Aquí se inicia la
diferenciación que culminará en la conformación del individuo social, se distingue un exterior: la
madre. Ella aparece como portando todos los sentidos y como nominadora de los afectos del niño.
Esta cupla se rompe por intervención del otro, el padre, quién debe mostrarse como portavoz de la
ley que lo reconoce como padre entre otros padres. Así, este niño inicia una apertura a los otros, a la
sociedad y busca resarcir sus renuncias. Comienza a ser parte de un discurso de conjunto que
instituye un contrato narcisista, según explica P. Aulagnier. El discurso de conjunto es el conjunto de
voces presentes que tienen una lengua en común, se explican un fundamento común del grupo, están
regidas por las mismas instituciones e ideología y dependen de una cultura determinada. El discurso
está basado en ideales que lo social provee al individuo, ideales que le aseguran la existencia a
cambio de que su voz repita aquello que sostiene al grupo. El grupo, entonces, le provee
identificaciones, un modelo de futuro y ciertas certezas acerca de su origen, lo catectiza. Esto le
permite al niño librarse de la dependencia de sus primeros referentes. Estos tesoros no pueden ser
rechazados sin rechazar a la vez a la lógica de conjunto (Castoriadis, C. “Nuevamente sobre la
psique y la sociedad”).

INTELIGENCIA, PENSAMIENTO Y SIMBOLIZACIÓN

De acuerdo con Bleichmar (2009), la inteligencia es un proceso de adaptación, planificación y


coordinación de conductas con arreglo a metas, que por sus características y funciones no
puede ser definida del lado del inconsciente. Bleichmar (2009) considera, por tanto, que se
puede someter a caución el derecho del psicoanálisis de pretender abordar
psicodinámicamente la problemática de la inteligencia ya que el inconsciente es pensado en el
marco de una a-intencionalidad radical, como un espacio psíquico sin sujeto y en virtud de
ello, sostenido al margen de la adaptación, del razonamiento con arreglo a fines y regido por
la repetición. Sin embargo, Bleichmar (2009) apunta que la inteligencia humana se
fundamenta en un proceso heterogéneo de simbolización psíquica que es preciso revisar.

Bleichmar (2009) se pregunta qué tipo de relación puede establecerse entre la inteligencia
humana y la inteligencia animal, antes de la intervención sexualizante que ejerce el semejante
y la cultura. Para Bleichmar (2009), la inteligencia animal es efecto de una serie de montajes
adaptativos innatos y consecuencia de un aprendizaje definido por fines prácticos (dando
cuenta de un proceso de adiestramiento), mientras que la inteligencia humana es el efecto de
una humanización de la cría que posibilita la representación de su existencia, su supervivencia,
sus angustias y temores, sus modelos operatorios acerca del mundo e incluso la posibilidad de
una mutación representacional. En este caso, Bleichmar (2009) plantea que aunque existen
montajes adaptativos biológicos desde el nacimiento, éstos maduran de forma diferente por la
intervención de los modos de crianza humana.

Bleichmar (2009) propone que sin esta intervención del semejante y la cultura, la inteligencia
de la cría humana podría encontrar formas animalizadas y autoconservativas de adaptación,
sin que necesariamente llegaran a obtener las características de la inteligencia humana. Por
tanto, para Bleichmar (2009), la inteligencia corresponde al proceso secundario como forma
de relación con el mundo atravesado por la lógica, considerando que es imposible la adaptación
sin la estructuración de la lógica clasificatoria que requiere de organizadores que en el ser
humano se definen bajo las reglas del tercero excluido, la negación y la contradicción.

El pensamiento, de acuerdo con Bleichmar (2009), puede ser un enunciado o un elemento


aislado que está ligado siempre al orden de la simbolización. Freud (en Bleichmar, 2009)
propuso en los trabajos sobre la histeria que la representación es residual al traumatismo, y
más tarde, en los trabajos de Metapsicología, que la representación, proveniente de la biología,
encuentra su expresión en lo psíquico, estableciendo la diferencia entre representación y
afecto, que componen al representante representativo de la pulsión como delegado de lo
somático en lo psíquico.

Laplanche y Pontalis (1967) refieren que la representación es un término utilizado en filosofía


y psicología para designar lo que uno representa, lo que forma el contenido concreto de un
acto de pensamiento y especialmente la reproducción de una percepción anterior. Casas de
Pereda (1999) indica que el término de representación es alcanzado por el desarrollo de la
lingüística que entra modificada al psicoanálisis a través de la obra de Lacan, aunque en los
últimos años es influido por la semiótica y la pragmática que relevan y renuevan la lingüística.
De esta manera, el símbolo y el proceso de simbolización se colocan a la par de la
representación. El lenguaje deja de ser esencialmente comunicación y se destaca en él el
proceso de producción (Casas de Pereda, 1999).