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XI.

Rasgos característicos del General don José Ballivian

De estatura alta, temperamento nerviosos-sanguíneo, constitución atlética, Ballivian era una de


esas naturalezas exuberantes, en las que el vigor de cada fibra, se comunica a todos y cada uno de
los actos del espíritu.

Su fisonomía era distinguida; frente ancha, confundida con una espaciosa calva, que contrastaba
con la frescura y lozanía de su rostro. Barba y cabellos negros, ojos pardos, de mirada dominante.
Nariz recta, perfilada, de forma enteramente correcta. Labio inferior un poco grueso.

Tez blanca, limpia, sonrosada. Acostumbrados como estamos a ver a nuestra imaginación. La
expresión general de su fisonomía y de su continente, era la de un apuesto caballero, cualidades
con que no podía dejar de atraer la atención del bello sexo, que tanto se preocupaba de la belleza
del sexo feo.

En el trato social, eran cultos y delicados sus modales, en especial ante las señoras, a las que
tributo un culto semejante, al de los caballeros de la edad media.

En sus relaciones familiares, era amable y chistoso. Amenizaba las conversaciones con la redacción
de anécdotas de su propia vida o la de sus conmilitones. Cuando estaba de buen humor, dirigía
chanzas epigramáticas a los que frecuentaban su trato.

La caza era uno de sus entretenimientos favoritos.

Hacia 1831 ó 32, Ballivian contrajo matrimonio con la señorita Mercedes Coll, perteneciente a una
distinguida familia de la ciudad de La Paz, habiéndoles servido de padrinos, el General don Andres
Santa cruz y su esposa doña Francisca Sernadas.

Profesaba un afecto tierno a su esposa y amaba entrañablemente a sus hijos, de cuya educación
cuido con esmero.

Ballivian oía siempre con gusto las indicaciones que se le hacían, cuando las consideraciones
sinceras; mas había sufrido desengaños, de parte de ciertos políticos, que desconfiaba de sus
consejos.

Ballivian era entusiasta por todo lo que importase una mejora cualesquiera para su país.

Hallándose en Cochabamba (1846), una mañana que iba de paseo por la campiña de la Recoleta,
acompañado de algunos amigos, la comitiva desemboco por una callejuela, en el bello paisaje que
se extiende al frente de la huerta de Morales. Ballivian al contemplar el magnífico cuadro que
representaban unas hileras de elevados y corpulentos sauces, levantando en alto su brazo exclamo
con satisfacción infantil: “Así, así ha de ser la alameda”, aludiendo a la que en aquellos momentos
se construía por sus órdenes.

En esos mismos días estimulaba vivamente a los hacendados de Cochabamba, para que
aprovechando de la benignidad del clima y de los abundantes pastos que poseía su país, se
empeñaran en mejorar la cría de sus caballos, que “si bien”,” decía,” son de excelentes
movimientos, tiene formas poco correctas “, y el mismo empezó a contribuir a este propósito,
enviando, poco tiempo después, a un amigo suyo, un hermoso caballo semental de raza limeña.

Preocupado con la aridez de nuestra altiplanicie, que no posee otra vegetación que la de la tola y
queñuas, creyó que uno de los árboles que podría aclimatarse en aquellas frías regiones, era el
pino del norte de Europa y mando traer una buena cantidad de semilla de esta planta, que
distribuyo entre los hacendados.

Despertóse bajo su gobierno el gusto por el teatro: en las ciudades principales se habían
organizado compañías de aficionados, que daban representaciones periódicas; más la satisfacción
de este inocente pasatiempo, encontraba dificultades en la falta de obras dramáticas; necesidad
que él supo satisfacer pidiendo una copiosa colección de piezas, que distribuyo en los
departamentos.

Como todos los grandes administradores, Ballivian se ocupaba, no solo de la dirección general de
los negocios públicos, sino que descendía con frecuencia a los detalles de su ejecución. En 1845,
había mandado redactar un texto de geografía para las escuelas primarias.

Ballivian tenía inteligencia clara y una memoria poderosa. Habiéndose consagrado al estudio, logro
cultivar estas disposiciones naturales . Es probable que sus conocimientos no fueran bastante
sistematizados, porque le faltaba la base de instrucción preparatoria y sobre todo, una dirección
conveniente.

Redacto un código militar, trabajo que consulto al ilustrado Coronel peruano, don Manuel
Mendiburu, habiéndose merecido su aprobación. Es probable que este hubiera servido de base a
la comisión que después se nombró para redactar aquel código.

Su larga experiencia en los negocios públicos y quizá aptitudes especiales, hacían de él uno de
aquellos políticos dotados de sentido práctico, que no se dejan arrastrar por teorías inaplicables, al
modo de ser del país que gobiernan.

Era el quien dirigía la prensa oficial, impartiendo a sus redactores numerosas indicaciones sobre
todos los ramos de la administración.

Como Bolivar, Ballivian detestaba la anarquía; abrigaba; como aquel, la convicción de que la paz
pública, era la condición indeclinable del progreso de las sociedades, la sola base del
afianzamiento y mejora gradual de sus instituciones.

Sabía respetar el liberalismo dictado por sinceras convicciones y aspiraciones patrióticas.

Era muy sensible a la censura de la prensa; aspiraba a que su crédito, como gobernante, se
mantuviera sin mancha y todo lo que pudiera empañarlo, lo contrariaba vivamente. Mas esta
misma delicadeza, era un estímulo que moderaba las explosiones de su carácter violento y
apasionado.
Bajo su gobierno las leyes fueron leyes y los magistrado verdaderamente tales, sabían ser
obedecidos. Tenemos una muestra de ello, en el hecho siguiente:

En 1843 tuvo conocimiento el gobierno de que los propietarios de Yungas y otros individuos

interesados en la conservación de abusos pasados, desacreditaban el impuesto sobre cocas, Que


acababa de establecerse ,y oponían embarazos a su recaudación, en perjuicio de los licitadores de
esta contribución; con tal motivo escribía al gobernador de dicha provincia: ”Estoy resuelto a
sostener esta medida, aun cuando fuera preciso poner en cada aduana un batallón y un jefe de
cascara amarga, hasta que se plantifique este nuevo sistema, que es imposible que agrede a tanto
pillo que vive del erario”. Preveniale en consecuencia: Procure, pues, no cruzar a los rematadores
ni ponerles obstáculos, que me desagradarían mucho; que no roben ni cometan vejaciones ; pero
tampoco se dejen robar, aunque saquen del fruto doscientos mil pesos, pues así el año que viene
pagarán otro tanto y el Estado ganara”

El impuesto fue establecido con este acto de firmeza y hoy constituye uno de los principales
ingresos de la hacienda nacional.

Era severo con la disciplina militar; mas cuidaba también del soldado, haciendo que fuese bien
tratado por sus jefes y oficiales y que nada le faltase.

No le gustaba familiarizarse con él; pero cuando llegaba la ocasión, como en las inspecciones
extra-oficiales, que hacía con frecuencia en los cuarteles, daba muestras de paternal cuidado,
informándose prolijamente de todas sus necesidades.

Si era severo en los castigos, también sabia ser justo en las recompensas y el oficial honrado,
ponderoso y cumplido, estaba seguro de no ser postergado en su carrera.

Con dotes brillantes, era reputado como uno de los generales más hábiles de la América. En cierta
ocasión decía el General Bulnes al Sr. Joaquin Aguirre: “Con un aliado como Ballivian no temería a
ninguna potencia de América”.
XII. Desde su caída, sucesos que se desarrollan en la república, hasta sus últimos momentos.

Ballivian fijo su residencia en Valparaiso. Allí, en ese emporio del comercio del Pacifico, se ponía en
contacto inmediato con el mundo civilizado. Desde allí podía seguir su espíritu sereno, el curso de
la política de las repúblicas Sur-americanas, estudio de observación, que hizo de él uno de los
políticos y estadistas más notable de su época.

Con la mira de procurarse una ocupación y darla a su hijo Adolfo, emprendió varios negocios de
comercio y de minería; más los hombres que han pasado su vida en la carrera pública, no son los
más aptos para este género de especulaciones, así es que hizo negocios desgraciados, que
menoscabaron una buena parte de su caudal.

Mientras luchaba con estas contrariedades, tan ajenas a su pasada vida política y militar, los
sucesos que se desenvolvieron en su patria, empezaron a agitar su ánimo. Desde la ciada del
orden de cosas que dejo establecido en ella, tuvo el sentimiento de ver perseguidos
implacablemente, a sus amigos políticos y a todos los miembros de su familia, sin exclusión de
mujeres ni niños, por aquellos mismos que para derrocar la administración Santa-Cruz, habían
proclamado los principios del derecho y de la justicia.

Po después, contemplo con dolor que era lanzada su patria en una vía peligrosa, levantando las
masas rudas e ignorantes, contra las clases cultas y acomodadas, a nombre de ideas socialistas y
principios seudo democráticos, que el mismo caudillo que los invocaba no los comprendía.

Alarmadas las clases propietarias, con el torrente de ideas anti-sociales, que amagaban lanzar unas
clases contra otras y minar la propiedad por sus cimientos, pensaron en Ballivian, como en el único
capaz de contener el impetuoso torrente de las masas populares; y fue llamado a ponerse a la
cabeza de un plan de revolución que se había combinado.

Antes de deja r su asilo de Valparaiso, Ballivian creyó oportuno dar un manifiesto a la nación.

Hombre de alma retemplada por la desgracia, no podía dejar de elevarse muy alto, sobre los
sentimientos de vanidad y amor propio, para reconocer sus errores.

Pues bien: en el manifiesto de que acabamos de hablar, hacia esta confesión: “Mi administración
cometió errores, que cualesquiera otro hubiera cometido y de los cuales no pretendo justificarme;
p pero sean ellos cuales fueren, nadie duda, en vista del espectáculo que presentaba, que el orden
público estaba asegurado por un largo periodo, y que tal estado de cosas, podía servir de base
para arraigar instituciones, sobreponer los principios a las personas; las ideas a la fuerza y la
libertad moderada, a la licencia desenfrenada de los pueblos”.

Mientras que Ballivian se posesionaba de Cobija, habíase efectuado en La Paz y Cochabamba los
movimientos de marzo, que terminaron tan trágicamente, a causa de errores cometidos por sus
directorios, y cruzados por los velaquistas, que preferían la denominación de Belzu, al triunfo de
sus antiguos enemigos.
Excesos de todo linaje, siguieron al triunfo del partido belcista: fueron saqueadas en La Paz, la casa
de doña Isidora Segurola, madre del General, la de doña Josefa Ballivian, Hermana de este y varias
otras; en Cochabamba la casa de comercio del Sr.Agustin Morales; la del Sr.Lorenzo Maldonado y
otras

Persiguese después en masa a los ballivianistas, y se impuso a las familias de los fugitivos fuertes
contribuciones.

Estos sucesos contrariaron su ánimo y volvió a su antigua residencia de Valparaiso.

La tenaz oposición que Belzu encontraba de parte de los bandos caídos, exaspero su espíritu y su
gobierno no fue ya sino el de la violencia y del terror.

Comprendieron al fin sus enemigos, que el poder de Belzu provenía solo de la división en que ellos
se hallaban.

Mientras tanto Ballivian y Linares se habían dirigido a la frontera del sur de Antofagasta, supieron
el trágico suceso del 5, que acababa de echar por tierra sus designios y venía a empeorar la
situación. Dirigiose Linares a Salta y Ballivian repaso la cordillera para volver a su antigua
residencia.

Poco después de su arribo a Valparaiso, sobrevino un cambio en el personal de la administración


de Peru. Castilla, enemigo personal suyo, dejaba el mando en manos de Echenique. Ballivian creyó
ver abierto en este cambio, un campo a la prosecución de los designios de los partidos aliados a
Belzu. Por otra parte, su permanencia en Chile se había hecho harto azarosa, después de los
últimos sucesos.

Era enemigo personal de Echenique y del General Torrico, quien había sido nombrado Ministro de
la Guerra.

Aprovechando de tales circunstancias, se dirigió a ambos preguntándoles si le sería permitido


residir en Lima.

Habiendo recibido una con testación satisfactoria, marcho lleno de confianza al Callao, de donde
les escribió anunciándoles su arribo. Apenas supo Castilla la llegada de Ballivian, cuando se dirigió
a Echenique, desaprobándole su conducta y expresándole que Ballivian era enemigo capital del
Peru, y que en ningún caso debía dársele asilo. Acabo por intimarle, que si consentía en su
desembarque, lo echaría del poder. Echenique que debía su puesto a las influencias de Castilla, y
que temia el crédito que este conservaba en el ejército, pasó por la debilidad de faltar a su
compromiso y negó a Ballivian su desembarque.

Fácil es comprender la impresión, que después de las decepciones pasadas, produjo en su carácter
altivo, la falta de fe del uno y la implacable saña del otro, saña llevada hasta la más baja ruindad.
En los primeros momentos de su exaltación, escribió a Echenique una carta, en que le enrostraba
su deslealtad y la humillante dependencia en que se hallaba colocado Meditando luego a su difícil
situación, se preguntó más de una vez : ¿a dónde ir Volver a Chile por tercera vez, le era
vergonzoso. ¿ Que hacer pues?. Empero, siempre pronto en sus determinaciones, resolvió
marchar a Buenos Aires.

Allí, después de Caceros, se había operado también un cambio en el personal del gobierno;
contaba en aquel país con muchos e influyentes amigos, entre los militares que entonces
figuraban en el nuevo orden de las cosas. Por otra parte, sus parientes de Buenos Aires le habían
invitado desde tiempo atrás a hacerles una visita, y a gozar a su lado de algunos días de
tranquilidad. Tomo un buque y se dirigió a Panamá, creyendo que al otro lado hallaría una
embarcación que lo condujera a Rio de Janeiro o Montevideo, y solo hallo un buque ballenero de
pésimas condiciones, en que se embarcó para el Brasil, acompañado de sus fieles amigos, el Sr.
Franciso Sires, el Coronel Pizarroso y el Oficial Herrea (alias el Polvorero).

Su viaje fue penoso, a causa de las malas condiciones del buque, que más de una vez estuvo a
punto de zozobrar.

Llegado a Rio de Janeiro, pensó pasar a Buenos Aires , después de un breve descanso; mas se halló
falto de recursos y resolvió enviar a Pizarroso a dicha ciudad , con el objeto de procurárselos.
Cuando este estuvo de regreso, Ballivian se hallaba enfermo. Un desarreglo en el régimen, le había
ocasionado una fuerte calentura, que luego degenero en fiebre amarilla. Había llegado a la bahía
un buque francés, cuyo capitán era amigo suyo y fue a bordo a hacerle una visitan en la hora del
calor más fuerte. Durante su viaje de ida y regreso, el sol ardiente reinaba, le produjo una
transpiración abundante, que suprimía rápidamente, ocasiono su enfermedad.

Fue para él una circunstancia feliz, la de hallarse en esta ocasión, al lado de sus fieles compañeros
Sires y Pizarroso, que le prodigiaron cuidados solicitos. Una hermana de caridad, llenaba cerca de
él la delicada y tierna asistencia, que tan solo la mano de la mujer, sabe desempeñar en el lecho de
dolor.

Cuando llego a comprender lo grave de su enfermedad, se resignó a su suerte, con admirable


conformidad; hizo con edificante calma disposiciones religiosas y falleció el día 16 de octubre de
1852, “con una muerte propia de un apóstol.