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Maestros y 230 26 265

universidad
H A *

alvo algunos momentos, las universidades no han dejado de contribuir


de manera muy importante a darle la razón y argumentos al Imperio,
incluso proveyéndolo de armas. El napalm, por ejemplo, esa sustancia
gelatinosa inflamable que produce enormes bolas de fuego que arrasan
con familias y vecindarios enteros, fue concebido y desarrollado en los
laboratorios de la Universidad de Harvard y probada por primera vez en sus
campos deportivos. Pero en otras muchas áreas la producción de conocimiento
ha sido orientada por las necesidades del Estado y los grandes negocios. Como
las simientes, en los años 70, de lo que después se desplegaría por el mundo con
el nombre de neoliberalismo (Friedman, Universidad de Chicago). A pesar de la
autonomía –ese principio magnífico que mitiga el poder de gobiernos y empresas
sobre la orientación del conocimiento–, nuestras universidades no han escapado
de la fuerte presión por generar innovaciones, productos y razones al Imperio.

En los 90 se describía, por ejemplo, cómo una universidad mexicana, pública


y autónoma había establecido un acuerdo con la sucursal de una multinacional
que, entre otras cosas, proveía de sistemas a los aviones de caza, tanques y
helicópteros de combate de las fuerzas armadas estadunidenses. Según este
convenio, la universidad facilita, gratuitamente, investigadores, instalaciones y
laboratorios dentro de su campus. Por otra parte, alguna institución mexicana
incluso ha hecho contribuciones al desarrollo de misiles de combate, sin que
sirva de consuelo que la beneficiada haya sido la Marina Armada de México, y
cientos de universidades participan en convenios con banca Santander (por
conducto de Universia). Además de estos llamativos ejemplos, hay una miríada
de proyectos académico-empresariales-gubernamentales que sistemáticamente
aprovechan las instalaciones y reclutan al personal calificado de las
universidades para campañas de recolección de muestras de especies de la flora y
fauna mexicana destinadas a laboratorios trasnacionales, asesoran dependencias
gubernamentales, hacen análisis e impulsan programas de estudio diseñados
específicamente para determinada empresa. En suma, un subsidio sistemático de
recursos públicos al ámbito privado. El folleto de una institución llegaba a
plantear como ideal convertirse “en un hotel de cinco estrellas” para albergar
proyectos de investigación de grandes empresas.

Se ha creado así una cultura que ha convertido en huésped distinguido al


actor empresarial en la vida universitaria. El problema, sin embargo, es que una
institución pública de educación superior y, especialmente, una universidad
pública y autónoma que es sostenida con recursos del erario tiene en su ley
orgánica un mandato social muy amplio, “atender a los problemas nacionales”, y

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es claro que éstos no son necesariamente los del Estado o de las grandes
empresas. Como muestran claramente los datos y análisis críticos y los airados
reclamos de las manifestaciones que vemos en las calles, la enorme mayoría de
los mexicanos tiene necesidades y problemas que no se han resuelto ni se
resolverán desde la lógica de la ganancia o la del poder.

La vinculación con esos poderes no es un asunto sólo del subsidio que


representa el uso de recursos públicos y universitarios a los que menos necesitan,
sino también en la progresiva adopción de una visión que acepta que los nuevos
conocimientos, la generación de dispositivos y políticas públicas y hasta la
formación de jóvenes estudiantes son final y principalmente productos para el
consumo privado o estatal, y que por tanto las grandes corporaciones tienen un
interés legítimo y prioritario en determinar sus características. Una visión que
nazca desde el espíritu mismo de la educación superior pública y, además
autónoma y universitaria, va en otra dirección; busca atender los problemas
nacionales también desde la perspectiva de quienes los sufren. De ahí que
declarar “visitantes distinguidos” a las maestras y maestros que se manifiestan en
la Ciudad de México es una manera real y simbólica de señalar que la visión de
quienes sufren y conocen de cerca la situación de las grandes mayorías es la más
importante. Provenientes muchos de ellos de las clases populares, encargados de
crear condiciones para que se formen millones de niños y jóvenes, los maestros
son uno de los sectores con mayor capacidad de entender y manifestar cuál es la
situación y problemática del pueblo mexicano a partir, precisamente, de su
vivencia en decenas de miles de pequeñas comunidades rurales, las periferias de
las ciudades, los barrios pobres de las capitales.

La educación es, reconocidamente, uno de los más graves problemas


nacionales, pero, más grave aún, nos dicen, una reforma educativa que busca
eliminar a quienes son los más fidedignos portadores y mensajeros de la realidad
del país, los maestros. Se busca excluirlos, acosarlos con evaluaciones y
eventualmente expulsarlos –como ya lo fueron de la Ciudad– también del aula o
del empleo. Así será posible sustituirlos, incluso con egresados de la educación
superior capaces de garantizar su eficiencia en la formación de niños y jóvenes
de futuras generaciones como parte del “capital humano” que demanda
reiteradamente Mexicanos Primero.

Para tener una posición respecto de la reforma educativa, las universidades


deben, por lo menos, escuchar a los maestros y distinguirlos de quienes hoy están
dispuestos a arrasar los principios progresistas que todavía mantiene el tercero
constitucional. Son dos clases distintas en lucha por la educación.

*Rector de la UACM

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