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Traducción Sylvie Le Poulichet

Lo informe y los Procesos límites

Lo informe en psicoanálisis designa a la vez procesos inconscientes subyacentes a


vacilaciones identificatorias, así como las formaciones sintomáticas que desde aquí resultan,
desde la pérdida temporal de la percepción del rostro o los contornos del cuerpo hasta
sensaciones de auto-absorbción o de cadaverización corporal parcial y diferentes formaciones
adictivas.
Dos fragmentos clínicos podrán situar este tipo de procesos y de formaciones
sintomáticas.
En el curso de las primeras entrevistas, una joven describe el problema que la invade
desde hace algunos meses: cuando intenta mirar su propio rostro en el espejo, ella no ve más
que una “plasta monstruosa” que quisiera destruir en su propio cuerpo. Más tarde, luego de
que el analista ha tratado de domesticar ese “monstruo” insistiendo sobre el hecho de que
había mucho por decir y que una imagen así se creaba para mostrar elementos importantes, la
paciente pudo formular que ella nunca había logrado “salvar a su madre congelada”, y que por
esta razón ella se sentía “tan mala, tan culpable”. Resultó que la imagen de la madre
aborrecida por su presencia helada y gélida podía así devolverse sobre la superficie del espejo,
dado que la niña se identificaba inconscientemente a esta madre. El rostro, entonces, no era
más que un vis-a-vis madre-hija sellada en el odio, un rostro que era necesario destruir. Lo
informe inconsciente era aquí una “masa-plasta” madre-hija, una confusión parcial de dos
cuerpos, que quitaba a la paciente el poder de dar forma estable a un “Yo”.
El segundo fragmento clínico llama la atención sobre otro tipo de confusión y sobre
formaciones sintomáticas diferentes:
Luego de una larga elaboración en relación a una indeterminación y una profunda
inestabilidad que infiltraba todos los aspectos de su vida, una paciente se da cuenta que no
puede finalmente aprehenderse ni como femenina ni como masculina. Esta mujer, que nunca
pudo obtener de su madre ni de su padre un reconocimiento de su feminidad ni darse una
pseudo-identidad masculina, se encuentra así entregada a un informe fundamental. Y es un
circulo infernal de bulimia y de anorexia que se presenta de algún modo como solución
transitoria para tratar de figurar este informe fundamental, desplazándolo. Así, tiene lugar, en
una escena consciente, el paso incesante de una forma corporal a otra: el pensamiento de la
paciente se encuentra cada día invadido por las representaciones de un “devenir esquelética” y
de un “devenir enorme”.
De diferentes maneras, en estas dos configuraciones clínicas, una ausencia
fundamental de delimitación arroja al “Yo” a una vacilación identificatoria. Este “Yo” no puede
constituirse en una forma estable en relación al “ello” sin encontrarse el mismo fragmentado.
En lo informe, ningún límite puede detener la vacilación identificatorio, los sujetos son menudo
llevados en la realidad a tratar de romper los límites que afectan directamente al cuerpo. Los
capítulos de este libro presentaran aún otros modos de pasaje (franchissement) de límites que
aquellos que han sido evocados de entrada en esta introducción.
A condición de no reducir estos fenómenos a manifestaciones ya repertoriadas y
estáticas en significaciones preestablecidas, la situación psicoanalítica permite recoger esas
formas en movimiento, no separando las formas del cuerpo de aquellas del lenguaje. Son
entonces la escucha y los pensamientos del analista los que deben permanecer en movimiento,
a fin de dejar las vacilaciones identificatorias del paciente arrojar sus resortes inconscientes.
En esta clínica, es a menudo a través de identificaciones inconscientes a una parte
“muerta” o “informe” de un objeto, o a un objeto-sustancia del otro, poniendo a veces en obra
insólitas penetraciones sexuales inconscientes, que pacientes inventan una manera de
recomponer un tenant lieu (expresión lacaniana/lugarteniente) del yo que canaliza las
pulsiones sexuales, sin perjuicio que esas últimas finalmente replican el movimiento de una
pulsion de muerte.
En todos los casos, lo que vuelve tan característica la angustia desmedida que pueden
expresar los pacientes confrontados a lo informe es que un “Yo” está a la vez ahí para
experimentar y decir que el no está más. Además, ni la imagen del yo ni el lazo al objeto
pueden mantenerse en continuidad, ya que sin cesar una cosa se reversa en su contrario y una
afirmación deviene igual a su propio rechazo por un imperceptible e incontrolable paso de
límite.
Así se manifiesta un informe inconsciente relevando de una ausencia fundamental de
delimitación, subyacente a vacilaciones identificatorias, a un pasaje de límites o a pasos de una
forma a otra. A través de la clínica, este informe nos confronta finalmente a diferentes modos
de procesos límites que comprometen la estabilidad de las formas constitutivas de la identidad.
Tales procesos aparecen cuando existe en un paciente “un espacio donde el yo puede advenir 1
pero no mantenerse.
Precisemos que esos procesos límites atraviesan la vida pulsional y están en marcha en
los conflictos de pulsiones, en la relación del cuerpo a la psiquis, antes incluso de que haya una
tentativa de organización psíquica por la represión. Sin embargo, no excluyen a priori
operaciones de represión, y pueden continuar actuando a la vez del lado pulsional y el lado
preconsciente al nivel de los mecanismos de defensa. Hay que notar por otra parte, que los
mecanismos de clivaje (escisión) que impiden los pasos de límites, se presentan
completamente como el contrario de un proceso límite.
Los procesos límites tienen también la característica de volver frágil todo límite,
esencialmente entre el afuera y el adentro, entre lo muerto y lo vivo, entre el yo y el objeto,
entre lo somático y lo psíquico, entre lo masculino y lo femenino. Ellos pueden entonces poner
en marcha procesos de atravesamiento, de paso de fronteras o de límites.
Es claro que , para cada uno, no existe nuca una total delimitación entre los elementos
de esas parejas de opuestos, por ejemplo, entre el yo y el objeto: entre ese “yo que hunde sus
raíces en el ello” (según la imagen freudiana de 1923) y el objeto siempre más o menos referido
a la imagen de un objeto interno; o aun entre el adentro y el afuera recompuestos por el juego
de proyecciones e introyecciones. La especificidad de los procesos límites sería a la vez
representada por la amplitud de los atravesamientos y la fuerza pulsional que los sostiene,
luego, por su capacidad de instaurar procesos psíquicos singulares a fin de paliar una vacilación
identificatorio importante ligada a movimientos arcaicos. Los procesos límites pueden volver
indecidibles los límites entre el ser y el no-ser, el tener y no tener, luego entre el ser y el tener.
En consecuencia, la posibilidad para un sujeto de inscribir una “admisión en el yo”, un “juicio de
atribución” o un “juicio de existencia”- según las fórmulas freudianas de 1925- permanece muy
frágil. Las vacilaciones identificatorias que resultan de ahí pueden provocar angustias de
desintegración.
La toma en consideración de tal problemática se sitúa más allá de una nueva evaluación
de la nosología. Ella supera la noción de “estados límites”, en favor de un análisis de los modos
de alteración que vuelven móviles todos los límites y que crean nuevas formas identificatorias
inconscientes. Tales procesos no afectan nunca únicamente al yo y su economía narcisista,
ellos trastornan igualmente los límites comprometiendo investiduras libidinales de objetos. La

1
según la formula de Piera Aulagnier
dimensión pulsional esta en el núcleo de la puesta en marcha de esos procesos, pero ella no es
siempre identificable como tal.
Numerosos autores están de acuerdo en el hecho de que no es oportuno calificar a
pacientes de “estados límites”, en tanto que ellos representarían una categoría general o una
tercera vía designando estados ni neuróticos ni psicóticos. Es destacable que podamos a veces
escuchar en las curas de pacientes designados como “estados límites” esos dos niveles de
organización psíquica atravesados por procesos límites muy precisos. Como si dos estados de
organización psíquica fueran susceptibles de encontrarse superpuestos en la inestabilidad, el
analista debe poder escuchar esta doble resonancia y nunca instalarse en la escucha de
procesos supuestamente estables y ya conocidos. Esto requiere una particular movilidad del
analista que no hace justamente caso a un “estado”; sino a movimientos psíquicos poniendo en
juego “potencialidades psicóticas” no brotadas (florecidas), esbozos de triangulación edípica o
problemas graves de narcisismo. Y es bien a menudo en el núcleo de una “economía
traumática” que aparecen estas formas psíquicas lábiles.

El analista está entonces atento a los movimientos de las crisis, de las construcciones,
de las puestas en acto, o de los episodios de destrucción y autodestrucción, de tal suerte que
puede sin cesar cambiar de registro de escucha y desplazarse en la transferencia. Se trata de
escuchar los modos de intrincación de los fantasmas sexuales inconscientes con extrañas
formas (o deformaciones) de imágenes del cuerpo y de representaciones psíquicas de un
trabajo de muerte. En esas condiciones la escucha solicita la capacidad del analista de poder
inventar en todo momento modos de intervención sin sistematizarlos, de modo diferente en
cada cura, en función de la singularidad de los procesos límites que ahí se despliegan. Es
también porque, en cada una de esas curas enfrentadas a procesos límites, deben ser muchas
veces reconstruidas figuras instauradoras d aun lazo al objeto que re-identifica al “Yo” (Je).

El interés de tal problemática sería precisamente de obligarnos a pensar la especificidad


de esos procesos, en lugar de apresurarnos a subsumirlos bajo el pseudo-concepto de “estado”
que reagruparía en un cuadro la diversidad extrema de procesos. No se trata tanto de hacer
lugar a una nueva categoría intermedia o a una “estructura” original que de re- poner en
entredicho una posología y una psicopatología que subordina los procesos singulares a clases
de fenómenos o a categorías descriptivas.
Resaltar el termino de procesos, cuyo uso no está limitado a la esfera de aquello que es
inconsciente, sino que puede ser escuchado en todo aquello que es pulsional, vuelve a
privilegiar una perspectiva metapsicológica. El objeto metapsicológico está precisamente
constituido de procesos, es decir, de formas en devenir, y no de “estados”, que dependen más
bien de categorías descriptivas. En lugar de llevarnos a pensar en términos de “déficits” desde
una perspectiva del desarrollo, el estudio de procesos límites nos vuelve atentos a la
especificidad de los dispositivos pulsionales y fantasmáticos que llevan consigo pasaje de
límites. Estos pasajes peligrosos de límites son a menudo puestos en juego inconscientemente
por sujetos muy diferentes los unos de los otros y que no son susceptibles de ser reagrupados
en una clase psicopatológica homogénea.

El concepto de límite no tiene interés sino como un concepto dinámico, en el sentido de


fuerzas que provocan pasajes. Privilegiar una investigación sobre los procesos límites responde
a una hipótesis de trabajo: el punto de vista psicoanalítico nos invita a pensar los eventos
psíquicos en devenir en la transferencia y no un supuesto “estado” estable considerado desde
el exterior a partir de la observación de comportamientos. Es gracias a tal punto de vista
psicoanalítico, que se abstiene de aplicar a priori un saber ya constituido sobre un paciente que
la perspectiva del cambio psíquico puede desplegarse verdaderamente en la cura.

Los capítulos que siguen (y que no ofrecen ninguna enumeración exhaustiva de los
procesos límites) presentan algunos enigmas suscitados por lo informe, donde se ponen en
marcha procesos afectando esencialmente los límites entre lo visible y lo invisible, el afuera y el
adentro, lo muerto y lo vivo, el yo y tl otro, luego lo somático y lo psíquico. Y es bien la
problemática del cambio psíquico la que se encontrará aquí privilegiada en el núcleo de una
clínica de lo informe. Esta última fórmula recubre las manifestaciones que relaciona las
vacilaciones identificatorias y los procesos límites, y que traen consigo un informe inconsciente
fundamental así como fenómenos que relevan lo preconsciente. La clínica de lo informe no
coincide con la clínica de las psicosis aunque existan pu nos de intersección entre las dos, desde
el momento en que lo informe fundamental afecta ya las relaciones del cuerpo y de la psiquis
antes de que se ejerza una tentativa de organización psíquica por la represión. De hecho esta
clínica de lo informe puede interrogar y atravesar el campo completo de la nosografía
conservando su especificidad definida por los desarrollos precedentes ligados a la puesta en
juego de procesos límites.
Agregaré que ciertos procesos que he tenido ocasión de describir estos últimos años,
tales como la operación del pharmakon como principio de reversibilidad puesto en marcha en
las toxicomanías2, el instante catastrófico en tanto que fenómeno de desarticulación temporal
precedente de las tentativas de paso al acto suicidas3, así como la pasión del borramiento y la
crisis de los objetos, que suscita modos de auto-engendramiento por una “puesta en marcha”
en algunos creadores4, pertenecen igualmente al campo de los procesos límites en el marco de
una clínica de lo informe. Yo no puedo sin embargo decirles que hoy, después de haber
recopilado y prolongado los elementos de esta investigación que se encamina desde hace 20
años en la escena de una clínica psicoanalítica del destino de los acontecimientos traumáticos.

PRIMER CAPÍTULO

LAS TEORÍAS INFANTILES DE LO INFORME Y LA ELABORACIÓN DEL CUERPO


AGUJEREADO (HUECO podría ser también, pero vale más hueco en este campo)

“Ceso que quiere decir el rostro humano no ha encontrado aún su cara”


Antonin Artaud

A partir de una clínica del “desenrostramiento” (dévisagement), en el marco de los


trastornos del narcisismo, parece esencial diferenciar los terrores de lo informe- poniendo en
peligro la integridad de la imagen del cuerpo - y las teorías infantiles de lo informe que
elaboran defensas contra esos terrores. Esas teorías, lejos de asimilarse a los delirios clásicos,
desarrollan figuras fantásticas e inquietantes manifestaciones que sin embargo intentan
preservar la existencia de una imagen especular.
¿Por qué introducir esta nueva noción de teorías infantiles de lo informe? Su
presentación responde a una preocupación clínica mayor: los procesos límites confrontando a
los analistas a extrañas formaciones psíquicas cuya especificidad merece de ser reconocida, a

2
Le Poulichet, S. Toxicomanies et psychanalyse. Les narcoses du désir. PUF, 1987
3
Le Poulichet, S. , “L’instant catastrophique”, in L’Oeuvre du temps en psychanalyse. Payot & Rivages,
1994
4
Le Poulichet, S. L’art du danger. De la détresse à la création, Anthropos, 1996.
fin de que sean pensadas las condiciones de instauración de dispositivos especulares
transferenciales.
La elaboración de un “aire de lo informe” en la transferencia es susceptible de acoger la
actividad de pensamiento y la actividad onírica engendradas por esas teorías, de tal suerte que
una “puesta en movimiento de las formas5” deviene la fuente de un nuevo anclaje de las
pulsaciones en las imágenes. Veremos más particularmente que el pasaje, en el curso de un
análisis, de la representación de un “cuerpo plano” a un “cuerpo agujereado” acechado por la
voz desbarata el terror de lo informe erotizando un habitáculo corporal que confiere un
volumen a la imagen especular.

La experiencia del rostro

El rostro no puede quedar reducido a una parte del cuerpo ni, más precisamente, a la
parte anterior de la cabeza. Es el origen etimológico del término el que abre el acceso al
sentido íntomo y complejo que él recela: el rostro sería ante todo el “campo visual” mismo. En
efecto, el latín “visus” designa simultáneamente eso que se ve la acción de ver. Si bien que, en
esta afirmación primera, el rostro representa eso que todo a la vez es visible y vidente.
Ese “lazo (entrelacs)”6 del vidente y de lo visible hace de la experiencia del rostro un
lugar privilegiado del “entre-dos-sujetos”, principalmente en el encuentro clínico. En efecto, el
rostro no es solamente la propiedad privada de un cuerpo, sino también el lugar de
culminación de una experiencia producida entre al menos dos sujetos de la visión, que se
presentan simultáneamente como dados a ver y viendo. La palabra y la escucha vendrían
entonces a desplegarse y resonar en la distancia instaurada por el entre-dos-sujetos, en la
presencia que entrega la experiencia del rostro7. Habría que agregar que, en la experiencia
analítica, la experiencia del rostro designa esencialmente la vez que da rostro a la palabra y que
lleva al deseo en la palabra. (revisar)
Inspirándose en las reflexiones de Lévinas, Blanchot dice del rostro que es esta
presencia que “siempre desborda y la representación que yo puedo hacerme de eso y toda

5
Fédida, P. “Le mouvement de l’informe” in La part de l’oeil nº 10, 1994 p. 24
6
Merleau-Ponty, M. Le visible et l’invisible, Gallimard, 1964
7
“La experiencia del rostro” es la expresión retenida por M. Blanchot, en su comentario de Totalidad e
infinito. Ensayo para la exterioridad de E. Levinas, in Blanchot, M., L’entretien infini, Gallimard, 1969, p.
78
forma, toda imagen, toda vista, toda idea donde yo podría afirmarla, detenerla o solamente
dejarla estar presente8”
Por esta presencia que desborda toda representación y toda forma, “Yo” y otro
podemos entrar en un vis-a-vis que los supera y los conecta, como extrañezas (étrangetés)
entrelazadas. El rostro no es una forma en ella misma detenida, él llama a otro en su presencia
extranjera y familiar (incluso virtualmente) para que tenga lugar la experiencia del rostro
animada por la voz.
El rostro no es entonces “en sí”, pero se recibe y se escucha en ese lugar del entre-dos-
sujetos, en entrelazo del vidente y de lo visible, de lo dicho y de lo escuchado. La experiencia
del rostro da así a cada uno su lugar de extranjero y desconocido aunque semejante. Cada uno
está para el otro y se sabe para el otro el prójimo y el extranjero. ¿No sería esta experiencia del
rostro entonces una de las condiciones fundamentales de la apertura de la palabra al
extranjero: logro de la alteridad en una palabra verdadera que separa los rostros a la vez que
los entrelaza? En el transcurso de la voz, ser visto vidente y ver al otro verme,
simultáneamente, puede dar lugar, no a una pura simetría, sino que al encuentro del extranjero
en la palabra. Al respecto, Blanchot escribe:
“Si por el discurso no me viniera algo extraño […] ya no cabría la posibilidad de hablar. Es
porque, en el mundo donde sólo reinase la ley de lo Mismo […], el hombre - se puede suponer-
perdería su rostro y su lenguaje”9
También podríamos preguntarnos: ¿Tal palabra tiene un rostro? ¿Puede ella
pronunciarse en el lugar del entre dos sujetos, que vincula al próximo (cercano-no projimo) y al
extranjero? Una palabra sin rostro no sería sin duda más que un discurso, el lenguaje se
encontraría entonces desprovisto de los lazos de lo visual que da anclaje al cuerpo en la
nominación.
Preguntémonos: ¿Un rostro puede ser sostenido por la palabra, incluso si él se ha en un
momento dado, vuelto invisible por el dispositivo psicoanalítico? Sin duda, si por la palabra de
otro y la suya ese rostro permanece modelado por la dimensión de la mirada en el lenguaje,
comprometiendo a la vez al deseo y la relación a lo desconocido. ¿Qué es la mirada en el
lenguaje? Ese “punto de fuga” hacia el cual se tiende la palabra como un arco para apuntar a la
figuras de lo desconocido. En esas condiciones la palabra puede dejar ir libremente sus formas

8
Ibid, p. 77
9
ibid p. 79
o sus deformaciones, desde el momento en que ella es sostenida por la experiencia del rostro
que la aleja del caos.
Pero “Perder su rostro y su lenguaje” es eso que ocurre en ciertos “mundos” donde la
ley de lo Mismo prohibe “tener rostro10 (resistirse) para pronunciarse. Es este seguramente la
aproximación clínica del “desenrostramiento11” que puede a su vez permitirnos situar mejor la
relación entre el rostro y el lenguaje.
No sabríamos decir exactamente que es o no es un rostro. No atribuible ni al ser ni al
tener, el puede sin embargo tomarse o perderse, hacerse y deshacerse: esta es una de las
paradojas del rostro, de la cual exploraremos algunos aspectos. Tomar rostro: tomar
superficie, contorno y aliento alrededor del nombre propio sostenido (porté) por la voz.
No puedo ver mi rostro de otro modo que bajo una forma inversa en un espejo. Sin
embargo, pasa lo mismo con otras partes del cuerpo; pero el hecho de que el lugar desde
donde yo veo, desde donde yo escucho y desde donde yo hablo me sea directamente inasible
abre una reserva de extrañeza a mí misma, no dando oportunidad a una reflexividad pura una
inmediata autoaprehensión.
Desde un punto de vista fenomenológico, el rostro es el lugar de develamiento más rico
de mis sensaciones y mis percepciones, mientras que yo no puedo verlo directamente,
mientras que el se ofrece tan fácilmente a la vista del otro. Comprendemos que la figura del
otro pueda entonces parcialmente identificar a esa reserva de extrañeza evocada más arriba:
mi íntima extrañeza a mi misma, mi propia ceguera acerca de mi rostro- que además autoriza
las cualidades particulares de mi mirada y de mi palabra- podrían tan fácilmente encontrarse
aprehendidas (fantasmáticamente) como una devolución de poder al otro. En esta confusión
se dibujan una figura de alienación y, ya, el riesgo de dejarse desenrostrar.
La instauración del lugar y del lazo psicoanalíticos dependen tanto de la capacidad del
analista para limitar esta confusión así como de la devolución de poder que se le será hecha. En
esas condiciones, el rostro modelado por el lenguaje entrega las figuras inventadas por la
palabra, que el analista refleja para re-darlas.(devolverlas).
Ciertamente, el propio rostro se escapa en sus expresiones, más que toda otra parte del
cuerpo: emociones, sorpresas, afectos diversos dejando allí sus marcas, incluso ínfimas. Eso no
quiere decir, como lo había imaginado Descartes- y otros que lo siguieron, que podría existir

10
Expresión del siglo XV que se ha sustituido por “mostrar rostro”. Las dos tienen el sentido de
“resistirse”
11
en el sentido fuerte que le daba el siglo XVI
una forma de adecuación o de correspondencia rigurosa entre lo visible que se expresa sobre el
rostro y lo leíble de la experiencia de un individuo. Sin embargo, un intimo-extraño se devela
aquí, pero sobre todo para otro. Es por esto que el rostro- tan singular, tan íntimo, tan
personal- puede devenir el símbolo de un proceso fundamental de devolución de poder a otro
(ese otro presente o ausente que sería desafortunadamente supuestamente más sabio que yo
sobre esta reserva íntoma y extraña que hace mi singularidad).
En ese fantasma tan común opera la anulación de la experiencia del rostro o la
reducción del lugar del entre-dos-rostros. La dimensión de lo desconocido y de lo extraño-
íntimo puede desde entonces fijarse en la figura de un Otro omnipotente o persecutorio. Y el
lenguaje mismo sería entonces tomado en un vis-a-vis donde las palabras no podrían resonar
más, sino solamente significar. Es ahí, entre otros, que puede manifestarse el riesgo de un
desenrostramiento dejando a la palabra inerte. Es por esto que la movilidad del rostro del
analista, llevando consigo la dimensión del juego en su escucha, es a veces llamada a fin de re
situar el punto de fuga de lo desconocido y el recurso del inconsciente en el lugar del entre-
dos- sujetos.

Lo inquietante irreductible

La famosa anécdota autobiográfica relatada por Freud en 1919 en su texto sobre “Lo
inquietante”, nos entrega un ejemplo de desposesión brusca y de no-reconocimiento del
propio rostro, sin que podamos saber por cierto a cuál tipo de devolución de poder al otro se
asociaba. La puerta que llevaba al baño de su compartimento de coche-cama es de repente
abierta, él creyó ver un hombre extraño entrando a donde él, pero “el intruso era mi propia
imagen devuelta por el espejo de la puerta intermedia12”, escribe Freud, quien pasará bastante
rápidamente por el análisis de este fenómeno.
Así, eso que representa lo más íntimo se encuentra de golpe percibido como la intrusión
de un extraño: más precisamente, es a otro a quien se atribuye y a quien pertenece de repente
su propio rostro. El breve comentario de Freud nos deja, por cierto, percibir su malestar, que
intenta ocultar una forma de racionalización: “Todavía sé que esta aparición me era totalmente

12
Freud, S. L’inquiétante Étrangeté et autres essais, Gallimard,1985 p. 257
desagradable13”, escribe. Sin embargo, comparando su experiencia a la de Mach, concluyó: “En
lugar entonces de aterrorizarnos de nuestro doble, nosotros no lo habíamos, Mach y yo,
simplemente, reconocido”. Freud parece deber apoyarse inmediatamente sobre la experiencia
de un semejante para intentar banalizar la suya. Pero él entra, por tanto, en contradicción con
sus propios predecesores, que mencionaban el “terror” experimentado por Mach al momento
en el que él reconoció que el rostro que él veía era el suyo. Ahí estaba el famoso momento de la
“aparición” según el término freudiano: la aparición de el intruso en sí mismo.
Tal fenómeno se presenta, en cierta manera como la experiencia inversa de aquella del
“estadio del espejo” descrita por Lacan, donde la aparición ligada al reconocimiento de su
propia imagen, produce para el niño un verdadero júbilo, constitutivo de una “identificación
primordial14. Antes de este júbilo, el niño podía también tomar su reflejo en el espejo por otro,
pero eso no podía de ningún modo inquietarlo: no había nada que perder ni que reconocer aún.
¿No son el júbilo y el terror dos aspectos potenciales del efecto del espejo? Desde el
momento en que pueden surgir el júbilo y el reconocimiento, eso que se supone que adviene
desde este momento: “algo” ahí donde nada se animaba: es en el después del espejo que
puede aparecer el riesgo de la “nada”, o bien el pensamiento de un borramiento y de un rapto
posible de la imagen. Al mismo tiempo, es necesariamente a través de una experiencia de
angustia, que se acopla progresivamente para todo infans este modo de aparición del ser,
luego del tiempo de júbilo delante del espejo. Al igual que una “consciencia” de vivir es
indisociable de una forma de aprehensión de la muerte, “vida” y “muerte” tomando sentido el
uno para el otro en una pareja de oposición simbólica, la revelación de una “forma” en la cual el
yo se identifica, abre la dimensión potencial de lo informe. La experiencia de la angustia –
aunque silenciosa- acompaña definitivamente la aparición del otro. Y, en relación a la imagen
especular, el inquietante “asunto del doble” es una de las marcas o uno de los retornos más
manifiestos.
Algunas páginas antes de la presentación aquí evocada, Freud asimilaba el “asunto del
doble” – en el adulto- a una “formación que pertenece a los tiempos originarios ya superados
de la vida psíquica, y en aquellos tiempos tenía un sentido más benigno15”. Según él, en efecto
“estas representaciones han nacido sobre el terreno del irrestricto amor por sí mismo, del
narcisismo primario”16: “la creación del desdoblamiento” permite “evitar la aniquilación”.

13
Ibid
14
Lacan, J. “Le stade du miroir comme formateur de la fonction du Je”, in
15
Lo ominoso (lo tomé de la traducción en castellano)
16
Ibid p.234
Freud precisa sin embargo, que con “la superación de esta fase, el signo del que está afectado
el doble se modifica: de seguro de supervivencia pasa a ser el ominoso (unheimlich) anunciador
de la muerte17”. Los estadios posteriores de evolución del yo dan un nuevo contenido a la
representación del doble, principalmente bajo la influencia de esta instancia psíquica particular
del superyó que Freud evoca todavía en 1919 bajo el término de “consciencia moral” sirviendo
a la observación de sí, a la autocrítica y a la censura psíquica. Sin embargo, Freud no desarrolla
claramente su propósito y lo esencial de su texto reenvía “lo ominoso” a un efecto de la
angustia de castración. No obstante, un punto vivo ha sido tocado aquí, ya que si hay horror o
terror – en este domino de “lo ominoso”- ¿No es el la medida donde se pone en juego una
relación terrorífica relación de persecución, que se produce una aniquilante devolución de
poder al otro? Tratándose más precisamente de la desposesión del rostro propio, ¿No hay que
olvidar, igualmente, tomar en consideración el acto mismo de un brusca pérdida del rostro de
si por sí-mismo? Más allá del espejo que reconoce, alguien ha aquí realmente visto su propio
rostro, sin preparación, sin que un prisma imaginario y simbólico anterior haya acomodado
esta percepción: el rostro ha surgido, absolutamente real, crudo.
Olvidamos a menudo que en una forma de automatismo un proceso complejo de
preparación permite la aproximación del la mirada del rostro propio en el espejo: se trata de un
implícito “voy a verme” o de una presentación particular que viene a situar un “yo” frente al
encuentro. Ese “Yo”, referido a una serie de referencias simbólicas, avanza hacia el espejo bajo
la cubierta de un dispositivo imaginario e insertado en una trama social, listo para recibir el velo
de su propia imagen como una evidencia. Pues ¿cómo sería el encuentro del rostro propio sin
“Yo” y sin espera del reflejo, entonces, incluso, que la evidencia parezca anteriormente
instalada? Es el encuentro del rostro real, desnudo, desprovisto del prisma de un espejo que se
sabe como tal para hacer imagen y reflexión: encuentro “normalmente” imposible. Si ella se
produce, por tanto, entonces podemos verdaderamente evocar el terror y el pavor, en esas
condiciones de falta de preparación (que es una de las formas inconscientes de un “falta de
preparación por la angustia” (pilar: apronte angustiado)) de falta de anticipación, que harán
eventualmente inclinar el rostro del lado del “soñador”, del lado del muerto que me mira,
detrás de todo espejo.

El terror de lo informe

17
ibid
Inmediatamente después de este breve episodio de desposesión y de no reconocimiento del
rostro, Freud se recupera. El tenía, el rostro bien fijado. No era esa mujer “en la esquina de la
calle Notre-Dame-des-Champs” que Rilke evocaba en sus Cahiers de Malte Laurids Brigge:
“La mujer se asustó, se arrancó de sí misma. Demasiado rápido, demasiado violentamente, de
manera que su rostro quedo en sus dos manos. Yo podía verlo, y ver su forma hueca. Me costó
un esfuerzo inaudito quedarme en esas manos, no mirar eso de lo que se había despojado. Me
erizaba de ver también un rostro del adentro, pero tenía todavía más miedo de la cabeza
desnuda, arañada, sin rostro”18
Esta ficción permite a Rilke nombrar el terror suscitada por la posibilidad de tal visión y
autoriza la apertura de una pregunta vertiginosa: ¿qué es una cabeza sin rostro, cuando este
último a caído bajo el golpe del pavor? Los cuadernos de Rilke dicen la violencia de la pérdida
del rostro y dejan una fisura en la realidad, por lo que se produce una pregunta inaudita. Parece
que aquí se alcanza el umbral de lo visible, más allá del efecto de no reconocimiento del rostro
propio evocado por Freud. El asunto de la caída o del borramiento del rostro no es pura
fantasía literaria; la encontramos en la clínica, con la ocasión de episodios de
despersonalización y a través de la vida onírica. Sus raíces no se hunden en “el amor ilimitado
por sí mismo” en el marco del narcisismo primario, sino más bien en el caos de los terrores
infantiles de lo informe, fuera de todo lo que se ha podido evocar, en lo que refiere a los
desplazamientos de la angustia de castración y de los fantasmas que ponen en escena la
identificación del rostro al sexo, incluso si esos fantasmas pueden retroactivamente asociarse a
los terrores infantiles.
Lacan, ha sabido aproximarse, en su comentario del sueño de Freud, figurando la
apertura de la boca de Irma, eso que yo llamaré aquí el terror de lo informe. Más allá de las
múltiples significaciones posibles del sueño, Lacan sitúa el efecto de un “horrible
descubrimiento, aquel de la carne que no se ve jamás, el fin de las cosas, el reverso de la cara,
del rostro, lo segregado por excelencia, la carne de la cual todo sale, al más profundo de los
misterios, la carne en tanto sufriente, que es informe, que su forma por si misma es algo que
provoca la angustia. Visión de angustia, identificación de angustia, última revelación de tu eres
eso- Tú eres eso, que es lo más lejos de ti, eso que es lo más informe”19

18
Rilke, R.M. Les cahiers de Malte Laurids Brigge, Seuil, 1966 p. 14
19
Lacan, J. Le Séminaire, livre II, Le moi dans la théorie de Freud et dans la technique psychanalytique, Seuil,
1978, p. 186
Tal “identificación de angustia” (la expresión me parece importante y merece ser
desarrollada en al campo de la investigación sobre lo informe) no puede tener lugar sino
cuando, por medio del sueño o de un episodio crítico, se está parcialmente descompuesto no
teniendo más la unidad que podía más o menos producir la sedimentación de diferentes capas
de identificación a los objetos. Si la angustia, en la teoría freudiana, afecta al yo haciéndolo
vacilar, la “identificación de angustia”, en cuanto a ella, asigna al cuerpo un foco de
desagregación o de descomposición. En ese contexto, el “Tu eres eso… eso que es lo más
informe” evoca la presencia persecutoria de un superyó feroz (desconectado de toda ley
simbólica), que dicta el contenido de la identificación de angustia; superyó feroz cuya figura se
asimila a la de Otro absoluto, más allá de toda intersubjetividad. En esas condiciones, el
encuentro con lo informe supone que un real sea aprehendido por debajo de toda mediación:
aquella del espejo y de la relación imaginaria al semejante como aquella de las referencias
simbólicas que podían interponerse en la relación entre el sujeto y el mundo pacificándola. No
queda más que la devolución de poder a ese Otro absoluto, que deja al sujeto en suspenso en el
terror de lo informe.

Las teorías infantiles de lo informe y el otro a doble cara

En la situación analítica, el sueño y la transferencia pueden acoger y dar lugar a los


movimientos de lo informe, de tal suerte que las preguntas encriptadas de un sujeto pueden
toar figura y transformarse, en lugar de volver en lo real y provocar el terror.
Ocurre que luego de episodios traumáticos poniendo en juego el “asunto del doble” o
una perdida de los contornos del cuerpo, los pacientes vienen a consultar en la urgencia
asolados por el terror de lo informe. Más precisamente se presenta a veces el horror de una
pérdida del rostro, volviendo más angustiante el intento de percibir su propio rostro en el
espejo. Una impresión de “los propios ojos desplazados” y vueltos extraños que perforan el
espejo, una fragmentación parcial del rostro y una falta de definición de sus contornos
acercarse al espejo, vuelven este acercamiento demasiado aterrorizador. El “frente a frente”
con un semejante engendra en sí mismo una gran angustia, ya que se manifiestan vértigos,
temblores y la sensación de que el propio rostro así como el rostro del otro no pueden en el
espejo sino deformarse monstruosamente si ellos se inmovilizan en esa postura.
A veces, esos pacientes ya han realizado un camino analítico y no recuerdan, en un
primer tiempo, haber conocido tal catástrofe. Un primer análisis les ha permitido “hacer
frente”, a las dificultades de la vida y ellos se sienten más que satisfechos, teniendo
firmemente una relación a los ideales que pueden sostener un trayecto social valorado. Pero
eso es contar sin la insistencia de lo informe que, a la primera venida, puede deshacer esta
trama, siempre que los terrores infantiles hayan, anteriormente, devastado la cara de la
realidad.
Aparece así que, durante un primer análisis, algunos recuerdos y episodios extraños
fueron simplemente mencionados y permanecen en enigma. Pero, en el núcleo de la crisis
presente, es toda una serie asociativa la que surge en el afán, como por re-pegar, en la
urgencia, las partes de una historia que no había sido nunca reconocida como tal, modelada
por una teoría infantil de lo informe.
Así, las aventuras de ese rostro, que no habían podido ser jamás tomadas
verdaderamente en cuenta antes: una paciente, presentando los trastornos aquí mencionados
de la percepción del rostro en el espejo, se sorprende re encontrando ahí a menudo el recuerdo
de un sueño antiguo que había hecho hacia el fin de su adolescencia:
Su departamento venía de ser asaltado y ella había asistido, sensata e impotente, a este
despojo. Se encontraba entonces en su cocina, y ahí su rostro se separaba de su cabeza, como
una vieja máscara permaneciendo en sus manos. Ella podía ver que el bosquejo horroroso de
otro rostro, todo arrugado, trataba de tomar forma en el espacio que había dejado.
Le volvió entonces a la memoria que, de niña, ella no estuvo nunca segura de poder
mantener su rostro, y ahí prosigue toda una descripción de una teoría infantil de lo informe:
ella se precipitaba a veces hacia el espejo para verificar si su rostro estaba ahí, idéntico,
suponiendo una artimaña a Otro omnipotente que se divertiría engañándola haciendo
aparecer un rostro únicamente cuando ella se miraba en el espejo. Por el mismo
procedimiento, ese genio maligno habría tenido el poder de desenrollar como una alfombra el
paisaje y la realidad en su campo visual para hacerle creer en esta ilusión. Ya que, pensaba, si
un día ella se daba vuelta bruscamente, sin que ese Otro lo haya previsto, ella podría tal vez ver
que en verdad no hay nada, la alfombra de esa ilusión de realidad enrollándose
automáticamente detrás de sus pasos. La realidad estaba en riesgo de no ser más que una
decoración en cartón piedra! Tratándose de su propio rostro, ella se quedaba un cierto tiempo
delante del espejo para tratar ahí de “fijar” los trazos por “la acción de ver” en el tiempo.
Felizmente, la niña no había totalmente adherido a esta extraña teoría.
Los dos tipos de “artimañas” hipotéticamente puestas a la cuenta de Otro demiurgo
son aquí lógicamente complementarias. Recordemos que, en el proceso del estadio del espejo
estudiado por Lacan, no es solamente el cuerpo del niño el que se encuentra reflejado por el
espejo e investido libidinalmente en tanto imagen, unida y reconocida; es igualmente el campo
de la realidad (habitación, objetos, etc) los que aparecen reflejados alrededor del cuerpo y
entre en un mismo dispositivo especular. La superposición y la articulación del tejido de la
realidad y del cuerpo propio constituyen incluso un aspecto esencial de la experiencia que hace
tener unido al mundo y al cuerpo en el campo visual, en tanto que imágenes reflejadas sobre
una misma superficie desde un mismo punto dado de la visión. Poder confundirse y aparejarse
con tal unidad virtual, en una captura idenficatoria, produce un efecto de toma recíproca de la
imagen del cuerpo y aquella del mundo que la rodea, al punto que ese mundo susceptible de
ser reflejado al mismo tiempo que mi imagen representa también de una cierta manera mi
cuerpo, mi cuerpo en extensión.
Este reconocimiento y esta articulación fundamental no se dan fundamentalmente sino
gracias al dispositivo especular que organiza el juego de la palabra en el campo del lenguaje, y
más generalmente el mundo simbólico mismo. Ahí todavía, no es ni mi imagen preestablecida
ni mi palabra premeditada que me devuelve el otro o el espejo, sino lo inverso: eso que viene
del exterior en ese dispositivo especular se revela formador y constitutivo de transformaciones
internas. Como lo ha mostrado Lacan, yo recibo del otro mi propio mensaje como en espejo y
bajo una forma invertida que me permite captarme ahí para identificarme: “Tú eres Paul, mi
niño, reflejado en ese espejo del comedor”. Veremos justamente más adelante que episodios
de pérdida del uso de la palabra, algunas afasias particulares pueden igualmente surgir cuando
todo este dispositivo especular está amenazado.
Pero volvamos a la teoría de las artimañas del Otro a fin de precisar el estatuto de las
teorías infantiles de lo informe. La tentación del “darse vuelta bruscamente” evocada a través
de la teoría de la ilusión del adorno de la realidad (darse vuelta de golpe hacia atrás o hacia el
espejo y descubrir que ahí no hay nada) hace eco al “vuelco” que realiza el niño del estadio del
espejo: por ese gesto esencial en la experiencia del reconocimiento, aparece Otro primordial (y
no “nada”) que puede nombrar los lugares y los eventos sobre un fondo de intercambio de
miradas. El advenimiento de la palabra que reconoce y que es constituyente en el marco del
intercambio de miradas representa la matriz de la experiencia del rostro y de la apertura del
lugar del entre-dos-sujetos: es a partir de ese momento que el estatuto de “vidente-visible”
puede encontrarse concedido a cada uno en un vis-a-vis que los separa y los une al mismo
tiempo. Es en el marco de ese “campo visual” y del lugar del entre-dos-rostros animado por la
palabra, que el niño se toma objeto de mirada del otro, incluido en ese campo de deseo y de
realidad abierto por la presencia del otro, dando en espejo consistencia a la presencia del niño.
En esas condiciones solamente, la identificación a la “forma” del cuerpo es “constitutiva”
produciendo transformaciones tales como la experiencia de la “permanencia mental del YO20”.
La huella de esta “forma”, de ese contorno, tendrá desde ese momento el poder de instaurar
“el marco simbólico en el cual se inscriben las imágenes” 21 o el “armazón original” en la cual se
engancharon las imágenes de los otros a los cuales el yo se identifica.
A través de las teorías infantiles de lo informe, se ve que son las dudas relativas a la
inscripción y a la permanencia de esta forma, puesto que el intento de mantener la
representación de un Otro mirando, las que se encuentran puestas en juego. La dimensión del
pacto simbólico establecido en el marco del intercambio de miradas puede, en efecto,
revelarse en falla y volver incierta la apertura del lugar del entre-dos-sujetos, ese lugar que
pacifica y mediatiza las relaciones imaginarias a los semejantes.
Cuando surge el terror de lo informe, son precisamente tres elementos que se
desanudan parcialmente, la imagen del cuerpo, el tejido de la realidad que la toma
habitualmente en su masa y la trama del lenguaje que los ordena; tal nudo supone las
dimensiones de la continuidad y del sentido donde un Otro primordial sería garante. Un terror
de este orden no podría asediar a aquel que nunca ha tenido acceso, aunque sólo sea
parcialmente, al dispositivo de la especularización. Puesto que es la irrupción de ese dispositivo
la que suscita terror, seguido de líneas de falla que estaban precozmente trazadas.
Es entonces necesario diferenciar el terror de lo informe, que puede muy temprano –
por crisis- disolver al yo, distorsionar la percepción de la realidad y desarticular el lenguaje, de
aquello que llamo aquí las teorías infantiles de lo informe, que no intervienen sino
posteriormente, a título de construcciones defensivas. Si esas teorías vehiculizan el terror,
constituyen también intentos de curación contra él. Más precisamente, ellas intentan dar una
significación a la precariedad de la permanencia de la imagen propia y aquella de la mirada del
otro gracias a invenciones poniendo en juega los temas de la invisibilidad, de ilusión o de la
virtualidad. Paralelamente, esas teorías ponen en escena y en cuestión una relación
fundamental de persecución que da lugar a una devolución de poder al Otro. A través de esas
teorías, el niño interroga a menudo la figura de un genio maligno, de un Otro omnipotente y
engañador, incluso si esa figura no aparece siempre tan claramente como en el primer ejemplo
citado anteriormente. Una teoría infantil de lo informe puede también limitarse a esta

20
Lacan, estadio del espejo…. P. 95
21
Es decir que el yo, en tnto que formación iaginaria dependiente de las imágenes, aparecerá al interior del marco de
ese “YO” simbólico.
proposición: “Mi rostro ha estado (sido) mal formado y tengo la impresión de que no es el mío.
Puede ser que una mañana me despertaré con un nuevo rostro, el verdadero, que se me habrá
devuelto”
¿No es el terror suscitado por la figura del otro a doble cara que el niño trata de
domesticar a través de sus teorías? Podemos en efecto suponer- teniendo en cuenta la
especificidad de las angustias posteriores- que el niño mismo se encuentra aprehendido como
informe después de haber conocido experiencias precoces de transformación del Otro
primordial en un todo extraño (a veces fijado, inerte) y entonces amenazante: el Otro
primordial ha perdido a menudo toda forma familiar, el “mismo” amenaza de ahí en delante de
volcarse hacia la extrañeza. Más tarde, en lugar de sentirse pasivamente entregado, en tanto
que objeto, a la buena voluntad o al desvanecimiento de es Otro con el cual no es posible
establecer un verdadero pacto de reconocimiento, el niño puede hacerse sujeto de una duda y
autor de teorías fantásticas. El escapa así parcialmente al poder de este otro a doble cara.
¿Sería este otro el padre (parent) amante y amado que, en todo momento, puede volverse en
su contrario, traicionar, humillar, abandonar, volver al niño invisible o desprovisto de contorno?
Se objetará que todo otro parental se encuentra necesariamente aprehendido por el niño
como estando a doble faz (Cara): bueno y malo, cercano y lejano, amante y hostil. Eso que
parece más fundamental y específico en esta clínica de lo informe es la dimensión de un otro a
doble cara en el sentido de vivo-muerto, animado-inanimado.
Ya que, paralelamente a los trastornos del reconocimiento de la imagen por un Otro
primordial, son las figuras de la muerte, de la caída o de la descomposición de otro parental
que se revelan decisivas en esta clínica. SI el niño puede precozmente aprehenderse como
informe en el terror, es a menudo en la medida donde él ha percibido que otro parental (y el
puede a menudo tratarse del padr) se encuentra el mismo amenazado de deformación. En el
núcleo del terror, el niño se identifica inconscientemente a esta parte mortificada o
descompuesta del otro parental. Ahí estaría el verdadero sentido de la identificación de
angustia. Y las teorías infantiles de lo informe aparecen posteriormente como defensas que
apuntan a mantener en vida o a mantener en una forma humana a alguien que tiene riesgo de
desaparecer. Esas teorías intentan finalmente de reanimar a otro inerte o en vías de
borramiento, y ello aunque pongan aparentemente en escena el borramiento posible del niño.
Así, dos figuras del otro parental se ven comprometidas a través de los terrores y las
teorías infantiles de lo informe: por una parte, aquella que priva parcialmente al niño de un
reconocimiento permitiendo autentificar la integridad de la imagen del cuerpo (es la que
asimila a la figura del Otro omnipotente y persecutor), y por otra parte la figura del otro
deformado y amenazado de desaparición al cual el niño se identifica inconscientemente.
Según las composiciones psíquicas propias a cada uno, aparece que cada una de las figuras,
desplegando un informe inconsciente fundamental, puede ser portada por un padre diferente
o bien por un solo y mismo padre.

La identificación de angustia

Las “teorías sexuales infantiles” son a la elaboración de la diferencia de los sexos eso que las
teorías infantiles de lo informe son a la constitución de la imagen especular. Si las primeras
hacen oficio de defensas contra la angustia de castración y representan un tiempo de
elaboración fantasmática de los orígenes sexuales, las segundas constituyen defensas contra
los terrores de lo informe que llevan al caos e intentan inventar las condiciones de una posible
identificación a la imagen del cuerpo propio. Ellas pueden representar en los sujetos que sufren
problemas del narcisismo un tiempo de elaboración fantasmática que constituye un intento de
tomar rostro o de tomar cuerpo. Sin embargo, las teorías infantiles de lo informe son menos
comunes que las teorías sexuales infantiles: se trata de defensas que no afectan
necesariamente el devenir psíquico de todo sujeto.
El terror de lo informe y la identificación de angustia que motivan la creación e teorías
infantiles de lo informe se desarrollan particularmente cuando el rostro es dejado al
descubierto, en la angustia de no ser fundamentalmente mirado de ninguna parte y por nadie,
ese rostro no habiendo sido suficientemente tomado en una forma ni recubierto de insignias
del reconocimiento del Otro primordial. La identificación de angustia provoca desde entonces
una precipitación en un espacio sin borde, en un real sin fondo, donde parece haber
pronunciado un veredicto: “Tú eres lo informe”, como en eco a una condena pronunciada en el
encuentro de otro parental. Tal edificación que suscita el terror de lo informe no existe sin lazo
con el defecto de elaboración de eso que Geneviève Haag llama “el primer sentimiento de
capa” que se construye con la integración de la sensación táctil del contacto de la espalda
(llevada o cerrada por el brazo del adulto) “aliada a la penetración de la mirada”.
“La percepción de la primera relación, aquella que funda el primer sentimiento de capa
del bebé, parece ser ese: “Es necesario que algo entre por los ojos al fondo de la cabeza del
otro y de sí en espejo y deje huella, y luego se vaya, efectuando una suerte de boucle”. Los
puntos de retorno de esos boucles terminan por hacer una primera suerte de tejido alrededor
del sujeto (incluso sujeto parcial). Ese primer sentimiento de capa, que no está pegada a la piel,
parece ser un sentimiento de circularidad alrededor, y que no engloba todo el cuerpo: parece
haber ahí primero una emergencia del cabeza-a-cabeza, la primera percepción de separación
está entre las dos cabezas”22
Geneviéve Haag, interesándose en la historia de las formas, “en tanto que las formas
son una percepción de los lazos”, describe así ese “primer objeto-fondo” que los niños autistas
intentan dibujarle: un espacio interior amenazado por la confusión de las “paredes” de la
“espalda” y de la “delantera”. Es la alianza de las cualidades sensoriales y de la relación que es
susceptible de fabricar “la pantalla de las representaciones y memorizaciones” estas últimas
deben estar superpuestas a la imagen del rostro”23. Según el autor, las sensaciones de
despellejamiento, de caída en el vacío, de derrame o de desecamiento resultan de una no-
asociación de esos elementos. Y se puede pensar que esas angustias de tipo autísticas pueden
– sin necesariamente dejar al niño sumido en el autismo- deformar la imagen especular a venir
por terrores innombrables.
Agregaría que esos terrores se manifiestan de manera privilegiada en la vida onírica, y
traeré aquí dos ejemplos de verdaderos sueños de angustia ligados a lo informe, el primero
privilegiando la figura del derrame del cuerpo y el segundo el terror de la presencia en lo inerte:
antes que nada, ese sueño que una paciente calificaba de “interminable” donde “por un
intersticio se derrama incansable y lentamente una sustancia viscosa y desconocida, viniendo
de ninguna parte y encaminándose más abajo en un espacio saturado, esta saturación
asimilándose al anuncio de una aniquilación”
Y aún, ese sueño donde se encuentra figurado “un fondo oscuro totalmente inerte,
plano e inquietante hasta que un desplazamiento de algunos milímetros se produce, dejando
descubrir la presencia aterrorizante e insospechada de un enorme reptil fundido en esa masa”
Cada vez, el soñador aterrorizado que se despierta sabe íntimamente que él mismo es
la masa reptiliana o la sustancia viscosa: verdaderos representantes del sujeto en el sueño,
sujeto reducido a lo informe por la identificación de angustia: “Tú eres eso!”
A veces, son también los contornos del cuerpo entero los que permanecen difusos,
como para esta otra paciente adulta que había soñado su propio cuerpo desnudo repartido
sobre el suelo, y cuyos contornos permanecían inciertos. Cuando sus crisis de angustia surgían,
le era imposible dejarse tocar, e incluso el contacto de su ropa sobre su piel le era desagradable
(como si ellas se pegaran a una carne sin capa mientras que sensaciones de vértigo y de

22
Haag, G. “Aux sources de la vie. Le langage préverbal et l’emergence des représentations du corps en situation
psychanalytique individuelle ou groupale avec des enfants autistes” in Dialogue n 123, 1994, p. 41
23
Ibid. P. 43
deformación del marco de las ventanas podían invadirla (las ventanas siendo sustitutos del
marco del espejo así como el contorno del cuerpo). Ahí aún, eso que no había sido abordado en
un primer análisis era, entre otras cosas, la dimensión del terror infantil frente a los ojos de la
madre, ellos siendo percibidos como simples “agujeros sin fondo” que no habían nunca podido
enrostrarla, es decir permitirle tener su propio rostro.
Recordemos que los terrores de lo informe así como las teorías invocan a título de
defensas, suscitando diferentes modos de pérdida de rostro y de deformación de la
percepción, no ahorran el lenguaje. La dimensión de lo informe e el lenguaje puede
conjuntamente manifestarse en algunos pacientes más particularmente cuando la figura de un
padre (o de un sustituto) comienza a vacilar. Es a la ocasión de ese tipo de acontecimiento
traumático que formas de afasias transitorias (sin ningún correlato orgánico) pueden
engendrar terrores impresionantes: una “papilla de migajas de palabras, de sílabas” se
presenta de repente en lugar de la frase que debía ser pronunciada. Toda capacidad de
encadenar significantes para producir el sentido de un mensaje parece de ahí en adelante
súbitamente perdida. Todo esfuerzo es vano, pese a la consciencia aguda e intolerable del
fenómeno de desposesión: la palabra propia no es más que un caos, mientras que es aún
posible de comprender la palabra de un cercano. La operación misma del desciframiento de un
texto, por ejemplo algunas líneas de un diario, ha devenido igualmente imposible: no hay más
límites entre las palabras ni orden de sucesión que permita distinguir eso que comienza de eso
que sigue – y cada sílaba interfiere con las que la rodean. No es sino después de algún tiempo
de contacto sostenido con un cercano que habla y que mira al sujeto que el problema puede
desaparecer progresivamente. A través de esos fenómenos, el lenguaje no es más canalizado
por la dimensión de la experiencia del rostro o de un posible intercambio de miradas, y es a
menudo una angustia insostenible de muerte (esencialmente la de una figura paternal) y de
descomposición del cuerpo que deshace en ese momento el dispositivo de la especularidad.
Los fenómenos de este orden no se manifiestan en todos los pacientes autores de teorías de lo
informe; sin embargo, ellos revelan ahí la posible desorganización transitoria del dispositivo
especular que estructura tanto la relación al lenguaje como la relación a las imágenes.
Volvamos a las teorías infantiles de lo informe que simultáneamente, presentan el
terror e intentan de responderle. En el marco de los problemas graves del narcisismo en adulto,
esas antiguas (o presentes) teorías no son en general nunca comunicadas a otro, salvo a veces
a un analista, sino a condición de que este último tenga la oreja muy atenta y capaz de acoger
ese tipo de fenómeno, sin que el paciente tenga la sensación de ser sospechoso de “locura”.
Esas secretas teorías infantiles de lo informe pueden también ser confiadas – aunque con
grandes reticencias – a psicólogos que trabajan en servicios de cirugía plástica. No es raro, en
efecto que los terrores de lo informe motivan un intento de pasaje al acto apuntando a resolver
la dificultad de tomar rostro: un otro- y esta vez más a menudo un hombre – va en fin a
remodelar y fijar “los trazos”. El llamado a un padre reparador y pacificador se escucha bien en
ese caso: un padre que, en sí mismo, re-engendraría esta carne y la cerniría en una forma
deseada. La teoría de lo informe que se encuentra aquí reactivada puede por ejemplo
formularse así: “Mi rostro ha estado inconcluso, los rasgos no están bien fijados, cada vez que
miro mi rostro en el espejo, no es siempre el mismo”
Lo más frecuente, son sueños de angustia los que reactualizan las teorías infantiles de
lo informe y que , principalmente en el curso de un análisis, intentan inventar una solución Así,
ese sueño de la paciente que, cuando era una niña, no estaba nunca segura de mantener su
rostro:
Ella se encuentra al borde del mar sobre una inmensa playa que ha frecuentado a
menudo durante las vacaciones. Pero ella percibe de repente con terror que los granos de
arena no están pegados los unos con los otros; la playa no va a mantenerse! La soñadora está
ahora obligada – tarea aplastante e infinita que se le viene – de re-pegar cada grano de arena
con todos los otros.
La paciente asocio esos granos de arena a “granos de la piel”, esa piel “al borde de la
madre”, que justamente no tiene suficientemente de borde al lado de la madre. Luego de un
largo tiempo de elaboración poniendo en juego el reconocimiento y el enlace de numerosos
acontecimientos psíquicos hundidos ene l terror, esta paciente relacionó esta vez un verdadero
sueño de júbilo, equivalente onírico de una asunción jubilosa del niño. El sueño decía: “Está
decidido, mañana, mi imagen va a ser desarrollada. El negativo ha sido dispuesto donde el
fotógrafo”
Más allá del asunto del doble y de lo “ominoso” freudiano, el terror de lo informe devela
el poder la identificación de angustia precozmente sellada en una confusión de cuerpos
amenazados de ser borrados. De manera insólita, las teorías infantiles de lo informe intentan
posteriormente de restaurar las condiciones de elaboración de una imagen especular. Sin
embargo, sólo un dispositivo especular transferencial tendrá la capacidad de acoger esos
terrores para transformarlos, permitiendo a los sueños de angustia fundamentales de forjarse
nuevas salidas.

El aire de lo informe en la transferencia


En esta clínica de lo informe, el analista es a menudo llevado a ocupar el lugar del Otro
del espejo: aquel que se anima, nombra y reconoce. Dicho de otra forma, un dispositivo
especular transferencial24 puede acoger para transformar los terrores de lo informe y las
teorías infantiles de lo informe, en el marco de una situación psicoanalítica que no permita
identificar pura y simplemente la figura de demiurgo persecutor a la de un “analista-supuesto-
saber”. La palabra puede entonces progresivamente encontrar su lugar en una experiencia del
rostro donde el encuentro de dos videntes-visibles deja espesare una presencia a la vez extraña
e íntima. Nada debe permanecer fijado en ese lugar, ni debe ser privado de la dimensión de la
mirada que pone en movimiento la palabra. Sin embargo, no perder la dimensión de la mirada
y del campo visual (el rostro) en la transferencia, no significa de ninguna manera que un real
“frente-a-frente” debe necesaria y sistemáticamente prolongarse. Algunas palabras y algunos
silencios miran y nos miran, mientras que otros permanecen ciegos, incluso en “frente a
frente”. Y la voz puede portar lo visual en la presencia sobre un fondo de ausencia.
La función del espejo pone igualmente a prueba el lenguaje del analista, de una manera
que describe muy precisamente Pierre Fédida:
“No sería falso agregar que el paciente quiere destruir el lenguaje y engendrar un nuevo
lenguaje con el analista. Hay que destacar que estos pacientes están al acecho de las palabras
del analista, y que su sufrimiento parece aumentarse en sesión desde el momento que una
palabra pronunciada por el analista no constituye ese espejo de germinación en el cual ellos
podrían reconocerse y habitar. Estamos ahí en presencia del problema de la capacidad poética
(poïetique) del lenguaje del analista25”
Se trata también de rearticular las dimensiones del lenguaje del rostro y del tejido de la
realidad donde le paciente se mueve, gracias a la superficie de reflexión que modela la
transferencia. Y es en el lugar supuesto del entre-dos-sujetos que debe poder inventarse un
“aire de lo informe”, como una materia onírica que sería esculpida entre-dos-rostros. Es
entonces esencial que las teorías infantiles de lo informe, asociadas a las actuales crisis de
deformación, puedan en esas condiciones conocer sus fuentes y sus funciones en relación con
la vida infantil y eventos recientes que han desgarrado el velo del semblante.
Tomé aquí la feliz expresión de Winnicott: “el aire de lo informe” (que aparece en un
texto titulado: “Soñar, fantasear, vivir”26), aunque el uso que hace de la noción de lo informe

24
P. Fedida señala a propósito de la cura que “todo pasa como si nos ocupáraos en la constitución progresiva de un
espacio especular de sueño cuyo dispositivo óptico sería invisible”, en Crise et contretransfert, PUF, 1992, P. 140
25
Fédida, P. Crise et contre-transfert, op. Cit p. 124
26
Winnicott, D. W. Jeu et réalité. L’espace potentiel, Gallimard 1971 p. 50
sea diferente de aquel que presenté anteriormente. En el caso clínico desarrollado por
Winnicott, es la necesidad de “comenzar por ser informe”, que toma sentido, frente al temor
de la paciente de “perder su identidad” porque ella ha sido “modelada” demasiado
precozmente, “cortada a partir de un patrón cuyas formas habían sido concebidas por otros”.
Winnicott agrega que “se podría relacionar ese sentido a la sumisión y a la organización de un
falso self27” y él aplica la palabra “informe” a “la actividad soñante en general”28, que permite
sustraerse de dicha sumisión y de “ser sin que haya un objetivo”. La secuencia clínica que ocupa
esas páginas trata de un paciente con defensas rígidas que lo obligaban a controlar todo, a
prever todas sus actividades, para que ningún sentimiento de incertidumbre pueda surgir
jamás. Las intervenciones de Winnicott permitieron entonces a la paciente de dejarse llevar a
soñar, principalmente durante la terapia. Y, en la lectura, se puede suponer que es esta libertad
de soñar “sin objetivo” lo que él asimila a un “aire de lo informe”. Más fundamentalmente este
pensamiento de deber “comenzar por ser informe”, de disponer de alguna manera de esta
libertad, permitir considerar que “lo informe no es más el signo del caos (es al contrario la
impresión del caos que es repudiación ansiosa de lo informe)”, como lo destaca tan justamente
Pontalis29.
“El aire de lo informe” en la transferencia podría así acercarse a un “espacio potencial”
donde se pone en juego una puesta en movimiento de formas referentes a la movilidad, de la
figuración en el sueño y a la dimensión poïética del lenguaje en el análisis. Pero eso no es
posible sino luego de una transformación de los terrores de lo informe que, dan testimonio de
una dolorosa pérdida de la forma o de un proceso incesante de deformación no pudiendo
disponer de ningún juego y de ningún humor.
Reservemos por el momento la expresión “aire de lo informe” a un lugar transferencial,
en la medida donde el sueño y la transferencia dan lugar a los movimientos de lo informe así
como a sus teorías infantiles acogiéndolas. Se trata entonces de reconocer la fecundidad
psíquica de un “aire de lo informe”, que las puras experiencias de deformación (o bien el temor
de alejarse de una forma estática, para permanecer fiel al texto de Winnicott) no pudieron
instaurar fuera de la cura.
Dicho de otro modo, el objetivo terapéutico no se asimila a una tentativa de
erradicación de lo informe ni de fijación de una “buena forma”, en un ensayo ingenuo de

27
Ibid. 52
28
Ibid
29
Pontalis, J-B. “Encontrar, acoger, reconocer lo ausente” Prefacio a Juego y realidad. Op cit. P. XV
normalización. No conviene suprimir ni de desconocer la especificidad de una realidad psíquica
precozmente abierta a los movimientos de lo informe. Si, en el tiempo de la constitución de la
imagen especular, una distancia instaurada por lo informe (eso que no tiene forma
determinada, fija o acabada) a impedido parcialmente la identificación a una “estatura” y a una
“estatua” del yo, según las fórmulas de Lacan, lo que viene a decir que la sumisión imaginaria a
la “identidad alienante, que va marcar de su estructura rígida todo el desarrollo mental”, ha
fracasado en parte. Un fracaso así, cuando no es total, no presenta sino inconvenientes!
Es por esto que es esencial sostener la transformación de la queja y de la demanda de
estos pacientes, que podrían desgastarse en la búsqueda reivindicativa de una curación
ortopédica. La experiencia de la no-coincidencia con un reflejo ideal o con una “armadura”
narcisística (armadura que, para cada uno no puede ahí hacer más que acentuar un señuelo y
una ilusión de potencia suscitando el sufrimiento de no poder llegar en todo momento al
reflejo ideal engañoso) trae en ella misma la originalidad de un trastorno especular cuyo “aire
de lo informe” puede desplegar la fecundidad separándolo de las fuentes del terror. Estas
últimas deberán sin embargo, encontrarse circunscritas y largamente elaboradas. “Una cosa
terrorífica es una cosa que no ha sabido asegurar y consolar a tiempo”, decía un día Godard. En
la cura, es posible tomar en serio dicha perspectiva que invierte la relación de persecución: se
trata entonces de prestar socorro a eso que es terrorífico y recomponerlo en el núcleo de
metáforas (Se encuentra aquí un aspecto de la problemática evocada anteriormente en
referencia a la identificación del niño con un padre inanimado que suscita el terror, pero al cual
habría que prestar socorro).
Por poco que un pacto simbólico sea progresivamente reinstaurado en la cura, no es
“fútil” explorar y cultivar las consecuencias de una no-captación de una forma ideal y estática.
Un defecto del proceso de especularización puede, en ciertas condiciones, autorizar el
despliegue de otros recursos psíquicos. Y está ahí, entre otros, el sentido de la apertura de un
“aire de lo informe” en la situación analítica.
Winnicott tenía toda la razón de insistir sobre la capacidad de los pacientes de dejarse
llevar a experimentar lo informe, pero eso no es posible sino a condición que lo informe no sea
más asimilado a un verdadero peligro. Se puede en efecto pensar que ciertas teorías de lo
informe relevan de la elaboración de un “YO” capaz de soñar y de pensar una identidad en
transformación, que no se toma simplemente por su propia imagen. En relación a esto, no es
imposible que esas teorías permitan finalmente acceder a eso que G. Didi-Hunerman llama “la
vocación metamorfósica de la figura humana”30.

Pulsiones e imagen especular: La elaboración del cuerpo en el espacio (hueco  creux)


Si la expresión “aire de lo informe” ha sido aquí pedida prestada a Winnicott, este
último no la ha sin embargo, puesto en relación con los terrores de lo informe y las teorías que
suscitan. Sin embargo, es a través de una aproximación clínica de la depresión con mujeres que
él pudo asociar ciertos trastornos de la percepción del rostro o del cuerpo propio con la falla del
“rol de espejo de la madre31
Agreguemos que Winnicott toma precaución de alejar de esos desarrollos el rol de las
mociones pulsionales, mientras que no parece posible en análisis de disociar la aproximación
de los trastornos narcisistas y la dimensión de lo sexual infantil inconsciente. Si Winnicott ha
tenido razón de atraer la atención sobre los efectos considerables de “defectos del ambiente”;
queda repensar en cada configuración clínica la articulación de dos dimensiones. Eso que pasa
en un cuerpo sexuado que recurre a los fantasmas, y comprendidos a los fantasmas en actos.
Tratándose de los trastornos de lo informe relacionados a los procesos de especularización, no
podemos disociarlos de movimientos caóticos y de inversiones de lo pulsional. Y el trabajo en
el “aire de lo informe” no debe sobre todo excluir las figuras monstruosas de lo sexual a las que
se ha podido asociar los terrores de lo informe, provocando a menudo el rechazo ulterior de
todo placer sexual.
¿Cómo construir en efecto un lugar para lo sexual, cuando identificaciones de angustia
han – por momentos- asimilado el cuerpo propio y el cuerpo del otro a masas informes? Y
¿Cuáles son los destinos de las pulsiones sexuales que no han encontrado bordes en formas
erotizables? Cuando las crisis de deformación y de alteración vuelven móviles a todo límite
(principalmente los límites entre el afuera y el adentro, entre lo muerto y lo vivo), las pulsiones
sexuales pueden reavivar experiencias de aniquilación y de condena donde se carga fácilmente
un superyó feroz. Los equivalentes singulares de la fórmula: “Tú eres lo informe” asimilan
fácilmente la sexualidad a esas experiencias, y posteriormente, por un nuevo giro de la
interpretación infantil, es la sexualidad misma que asume la responsabilidad de lo informe. Se
concibe bien entonces, como lo muestra la clínica, que una problemática neurótica dominada

30
Didi-Huberman, G. La Ressemblance informe, Macula, 1995 p. 72
31
Winnicott, D.W. Jeu et réalité. P. 151-162
por la culpa puede a veces articularse a los problemas narcisistas relacionados a los terrenos de
lo informe.
La convicción de no ser fundamentalmente mirado-reconocido en el mundo, y a veces
de experimentarse como invisible en ciertas situaciones, vuelve precaria la posibilidad de
investir un cuerpo propio deseable y deseante. En tales condiciones, no es raro que los límites
entre el “devorar – ser devorado” o el “rechazo y el devenir desecho” permanezcan bastante
lábiles y que puedan desarrollarse – particularmente en la adolescencia- formas de anorexia y
de bulimia. De manera más general, ciertas “adicciones” trataran a veces de poner en juego
una sustancia supuesta que resuelva el enigma de la articulación entre lo sexual, la
“concepción” y las formas corporales.
Antes de estudiar esas problemáticas adictivas en el curso de los capítulos siguientes,
volvamos más precisamente a las condiciones de elaboración de un cuerpo suficientemente
consistente para experimentar la continuidad de un lazo confiable con otro, y por tener acceso
a un placer sexual en el lazo con el otro. Esas dos experiencias están íntimamente articuladas,
pero ellas permanecen casi inaccesibles cuando la palabra y el pensamiento no parecen
encontrar su anclaje en una representación erotizada de un cuerpo a la vez “cavidad” y
“continente”. Desde el momento en que subsiste un defecto de especularizaicón correlativo de
la no-elaboración de un verdadero “continente”, el cuerpo permanece más bien asimilado a
una superficie evanescente, sin espesor, sometida a las turbulencias del borramiento, de la
transparencia y de la no-consistencia. Un cuerpo que no se reconoce como cavidad no puede
darse un habitáculo capaz de conferir volumen a la imagen especular. Y parece entre otras que
es una verdadera articulación de la dimensión de la voz deseante a aquella de la mirada que es
susceptible de animar y de re-dar volumen a la imagen del cuerpo en el espejo.
Es necesario redefinir en este punto la noción de cuerpo-cavidad: como lo señala
Georges Arthur Goldschmidt en la tradición del pensamiento de Husserl32, existen dos
términos alemanes para designar el cuerpo, “der Leib” y “der Körper”. El primero, “der Leib”,
es verdaderamente carne y este término es utilizado para designar el cuepro en tanto que
cavidad, en tanto que espacio, luego continente; por ejemplo, “in dem Leib” es a veces
traducido por la expresión “en el seno maternal”. “Leib” viene de “das Leben”: la vida. Mientras
que “der Körper” posee un campo semántico más vasto, viniendo del cuerpo anatómico hasta
eso que se llama el “oficio” (le corps de métier). El cuerpo funcional reenvía más a la estatura, a
la constitución.

32
Goldschmidt,G. A. Quand Freud voit la mer. Freud et la langue allemande, Buchet&Chastel, 1988, p. 16
Incluso si Freud no recorta explícitamente en esta distinción entre “Leib” y “Korper”,
esto nos abre sin embargo nuevas perspectivas. La investidura narcisista del cuerpo es en
efecto bastante diferente según si integra o no la dimensión del “Leib”, del cuerpo en espacio
(hueco). Si el “Körper” está presente de entrada, la elaboración del “Leib”; no se da por hecho.
En su texto de 1908 sobre las “teorías sexuales infantiles”, donde la cuestión de nuestra
“Leibchkeit” (nuestra “corporalidad”, según la traducción de Goldschmidt) se encuentra
evocada de entrada, Freud nos muestra al niño en conflicto con un difícil trabajo de
elaboración del cuerpo sexuado, que choca a menudo con el no-reconocimiento de las
cavidades. Y más tarde, en 1937, en su artículo “Análisis terminable e interminable”, Freud
afirma que las dos “rocas” sobre las cuales pueden chocar los fines de un análisis son
precisamente la envidia del pene en la mujer y el rechazo de su propia feminidad para el
hombre: dos maneras de impedir la investidura del “Leib” del cuerpo-cavidad o del cuerpo
hueco, es decir, de la feminidad del cuerpo (de otro modo nombrado “corporalidad” por
Goldschmidt). Sin embargo, la apertura y el reconocimiento del “Leib” no depende únicamente
de esas dos “rocas”. Paralelamente, es la dificultad de investir la articulación del cuerpo hueco
y de la imagen especular que se encuentra ahí involucrada.
Resulta que la elaboración del “Leib” incluye a menudo un trabajo de construcción en el
análisis, principalmente a partir de figuras insólitas que pueden entregar los sueños. Y son
también algunos verbos utilizados por el paciente e incluidos por el analista, o metáforas que
propone este último, que podrían h hacer resonar la presencia del “Leib”. El análisis de los
fantasmas no puede acabar verdaderamente sin que se efectúe el trabajo paralelo de
construcción de “Leib” que conlleva la actualización de lugares y de lazos, a través de la puesta
en figura de cavidades y de contornos anudando lo sexual y la imagen especular. La
experiencia clínica muestra que ese trabajo de construcción pasa entre otras cosas por la
investidura de la voz propia que, en el vínculo con el otro, hace resonar una cavidad interna y, al
mismo tiempo, permite situar al cuerpo como separado y no confundido con eso que podría
dar o con aquello que el da.
En el curso de numerosas curas, cuando un trabajo de separación de cuerpos y de
generaciones se efectúa, principalmente gracias a la superación del odio por la madre, pasa así
que, a menudo, la voz de un paciente se vuelve centro de gravedad del cuerpo. La voz se
impone entonces como el objeto que da peso y resonancia a lo visual, permitiendo así una
nueva articulación entre el afuera y el adentro. La experiencia de un esparcimiento de la voz
que desarrolla una cavidad en el adentro, abierta a un nuevo espacio en el afuera, parece
asociada a ese tiempo de elaboración del “Leib”, donde el cuerpo cesa de ser aprehendido
como vacío y transparente, entregado a la dimensión persecutoria de la mirada (o de la no
mirada) y del juicio del otro.
Esta erotización de la voz propia – objeto vocero que despliega un nuevo espacio-
coincide con la puesta en silencio (mute- segundo plano) de la voz del Otro: aquella del superyó
que denunciaba lo informe de la imagen corporal. En ese pasaje desparece poco a poco la
queja depresiva que, al incio de la cura, daba a escuchar un cuerpo sin espesor, un cuerpo plano
únicamente mantenido por una exigencia de verticalidad.
El pasaje, en el curso del análisis, de la representación de un cuerpo plano (sometido a
una no-mirada o a un juicio de una mirada) a aquella de un cuerpo vidente-visible animado por
la voz hace resonar la dimensión de un adentro-cavidad. La puesta en perspectiva de la voz
tiene ese poder de sostener la investidura narcisista de un continente que transforma la
relación a lo visual y vuelve erotizables los contornos del cuerpo, así como el cuerpo en hueco-
orificio (oral, anal, vocal y genital). Gracias a la puesta en juego de una reversibilidad entre
contornos y orificio, la imagen del cuerpo no se reduce más a un objeto sometido a la demanda
del otro, sino que da lugar a un cuerpo-cavidad fuente de deseos hacia el otro.
En esos momentos de la cura, la voz desarrolla un espacio que transforma la relación a
lo visual. Y no es fortuito que tal transformación pueda a menudo operar en el contexto de una
lenta reconstrucción de la “escena originaria”. El despliegue y el reconocimiento de esta escena
actualizando la separación del cuerpo del niño y dando un lugar psíquico a la existencia de
“cavidades”: el cuerpo de los padres, así como el cuerpo propio devienen “Leibe”. Es primero la
elaboración de la figura cuerpo-cavidades de los padres que vuelve posible la investidura
narcisista del cuerpo propio como cavidad y continente. Antes, el cuerpo podía permanecer en
el vacío de la confusión: figura depresiva de cuerpos planos no separados, o bien bajo la
amenaza de insólitas deformaciones.
Se sabe que la elaboración de la “escena originaria” vuelve posible la investidura
narcisita del cuerpo como producto de la unión sexual entre los padres y de la residencia en el
habitáculo maternal. En el curso del análisis, la puesta en resonancia de la voz propia-
correlativa de la investidura de un adentro y de un continente- parece a menudo asociarse a
esta puesta en perspectiva. La voz ubicada- aquella del analista tanto como la del analizante-
dice de algún modo la separación del cuerpo, ella dibuja su habitáculo, su residencia.
La investidura narcisista de un cuerpo vocal erotizado sostiene un trabajo particular de
articulación entre la imagen especular y el cuerpo (en) hueco (orificio), mientras que la
identificación narcisista a la imagen del cuerpo devuelta por el espejo puede fijar la
representación de un cuerpo plano (revestimiento borrable o folleto sin consistencia) que no
estaría directamente asociada a un “detrás”, al habitáculo de un cuerpo-cavidad animado por
las pulsiones.
Si la imagen especular no está en permanencia animada y sostenida por el “Leib”, es
toda la experiencia de la percepción y de la sensación que se encuentra ahí marcada: Son
necesarios a veces muchos años de cura antes de que un paciente descubra que el había casi
siempre percibido a los otros y su propio cuerpo como superficies planas, no engendradas,
suscitando el terror de lo informe.
¿En qué condiciones la experiencia del espejo deviene constituyente de un habitáculo
que confiere un volumen a la imagen especular? Y ¿Por qué la investidura de ese cuerpo hueco
es correlativa de un sentimiento de continuidad de existencia así como de una posible
confiabilidad de los lazos?
La parte trasera del cuerpo cavidad-introduce las dimensiones del espesor y de la
permanencia, de la reserva y la residencia, puesto que ese “detrás” no es otro que un fondo
constituido por la introyección de otro primordial. Más precisamente, ese Otro primordial debe
poder corresponder superponerse al Otro del espejo, como el adulto detrás del niño en el
espejo, portador de la voz que lo nombra y lo reconoce. Así, la proyección de la imagen del
cuerpo puede articularse a la introyección del Otro primordial: el cuerpo del niño ubicado entre
el espejo y el adulto no esta más entonces preso del vacío. Ese cuerpo toma rostro en un lazo:
entre su propio rostro reflejado en el espejo y la voz del adulto.
Son esas condiciones que permiten que se diferencien y se articulen una forma del
cuerpo y un fondo. Esta problemática de la separación y entonces de la ligazón posible entre
fondo y forma interroga también el proceso de elaboración de la mirada propia. Ahí todavía, es
el análisis de los terrores y de las teorías de lo informe evocadas en las curas que nos permite
aproximarnos más finamente a esos procesos: imaginémonos un espejo que no devuelve al
niño una forma de su cuerpo netamente diferenciada de un fondo y que su “punto de vista” no
cesa de vacilar. Imaginémonos que esa forma sea particularmente confundida con el fondo y
que el lazo al otro sea simultáneamente el motivo de una inmensa angustia de desagregación.
Resulta que la mirada, como tal, no puede surgir sino en la medida donde un espacio se
interpone entre el vidente y el visto (visible), haciendo eco a la diferenciación de la forma y del
fondo. La no inscripción o la reducción de esa distancia eclipsa el lugar de quien mira. Y este
eclipse sería correlativo de un borramiento – incluso parcial – de los contornos del cuerpo,
afectando toda posibilidad del lazo o todo pensamiento de separación con el otro. La
superficie corporal parcialmente “despellejada”, “arrancada” o “fundida” no tiene entonces el
poder de proteger al cuerpo de la efracción (violencia): toda excitación interna o externa puede
permanecer no ligada y todo sentimiento de continuidad encontrarse fracasado.
El sentimiento de continuidad de existencia asociada a una posible confiabilidad de los
lazos depende del conjunto de ese dispositivo, en el cual debiese elaborarse el “Leib”, el cuerpo
(en) hueco, tanto como la imagen especular, más precisamente, la proyección de una imagen
corporal articulada a la introyección de un lazo al Otro primordial. La introyección de ese lazo
al Otro-de atrás que constituye un “fondo” de la imagen del cuerpo permite también trazar ahí
contornos durables. Para el niño situado entre el reflejo del espejo y el adulto hablante y que
mira, se despliegan un tiempo y un espacio donde se él se revela simultáneamente vidente y
visible, mantenido en una forma-contorno articulado a un fondo vocal. En el contexto de la
experiencia del espejo que reactualiza y experimenta las dimensiones del lazo y de la
separación, es el conjunto de ese dispositivo que entrega el equivalente de una piel psíquica
protegiendo de la efracción (violencia ) y de la desagregación.
Viniendo de evocar el dispositivo óptico y acústico de la experiencia continente del
espejo, donde el cuerpo del “niño” toma consistencia y contorno frente al espejo gracias a la
presencia de la voz que hay detrás, yo no puedo sino revelar la correspondencia parcial con el
dispositivo de la situación analítica. Incluso si la implementación inicial de esta situación por
Freud no le debía nada a tales consideraciones, permanece que la presencia, y la voz, del
analista detrás no puede hoy días sino aparecer destacable por la intuición que ella trae
consigo.
He aquí la ocasión de reflexionar más precisamente acerca de eso que quiere decir del
punto de vista del lugar del analista, si aceptamos la idea de que el trabajo acometido con
pacientes asaltados por los terrores de lo informe nos lleva a reinterrogar la situación analítica.
Porque esas curas ponen bien en evidencia el hecho de que el analista está en la obligación –
desde atrás- de orientarse de una forma en movimiento al frente (au-devant/ puede ser
adelante tb): forma invisible, virtual, que se pone-frente-al paciente en función de eso que es
dicho. También el analista se encuentra corporalmente comprometido en la instauración de
ese dispositivo óptico y acústico, y él mantiene su propia escucha hacia eso que es necesario
nombrar como la extraña sensación de ser corporalmente distendido entre los dos puntos del
dispositivo: todo eso permaneciendo atento a las transformaciones que se producen sobre una
superficie de proyección hacia el frente, él da consistencia a un fondo de atrás desde donde su
voz y su silencio son sostenidos, y sobre los cuales el paciente puede de algún modo apoyarse
para tomar el riesgo de lo informe a través de las imágenes y el lenguaje. La elaboración, en
ese dispositivo, de un espejo-piel y de un cuerpo (en) hueco puede en efecto garantizar al
paciente que no será aniquilado o que el no perderá su rostro “entregándose al otro”; o aún que
sus palabras y sus emociones no irán a perderse en un abismo sin fondo dejando su cuerpo
desprovisto de contornos.