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EL SIGNIFICADO DE LA ADOLESCENCIA
PARA LA CRIMINOLOGÍA
CHRISTOPHER H. BIRKBECK
Profesor de Sociología y Criminología
Universidad de Salford

«La actividad de ciertos jóvenes frente a los adul-


tos ha sido siempre motivo de preocupación,
sólo que hoy, en una época de cambio y quizás
a causa de la desproporcionada cantidad de
menores de 18 años que hay en la población
mundial, parece más notoria»,
Rosa del Olmo, 1979: 14.

Indudablemente, la criminología tiene aportes que hacer a la reflexión sobre el


tema de la adolescencia. Sin embargo, el enfoque que he elegido para organizar este
breve ensayo invierte el orden de los conceptos y pregunta por el significado de la
adolescencia para la criminología. Ello obedece a mi percepción que la crimino-
logía no tiene un planteamiento acabado sobre la adolescencia, situación esta que
no es, para nada, problemática. Como veremos, la adolescencia suscita preguntas
e inquietudes que conducen al corazón del quehacer criminológico, y allí nos
encontramos con los aciertos, incertidumbres, avances y estancamientos que carac-
terizan cualquier disciplina científica. En todo caso, la recensión de ese cúmulo de
reflexiones y análisis, por más provisionales que sean, nos revela dimensiones inte-
resantes de la adolescencia —dimensiones que deben ser incorporadas a los plan-
teamientos que resultan de los otros enfoques disciplinarios sobre el tema.
Dado lo anteriormente expuesto, no trataré como problemático el concepto
de la adolescencia, sino que la entenderé —al igual que la define la ley venezola-
na— como el período de vida que se inicia a los doce años de edad, y termina con
el cumplimiento de la edad de mayoría (Venezuela, 1998). Esa etapa vital encie-
rra el inicio, en la mayoría de los casos, de la actividad delictiva y por ende llama
obligatoriamente la atención de aquellos que buscan explicaciones para la delin-
cuencia. En las breves consideraciones que siguen, reseñaré, en primer lugar, la
investigación y planteamientos que han surgido en la criminología en torno a
la relación empírica entre la edad y el comportamiento delictivo. Y en segundo lugar,
me ocuparé del significado teórico que tiene la edad para las explicaciones de la
delincuencia.
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1. La edad: ¿una constante en la investigación criminológica?

Cuando los criminólogos examinan las variables asociadas con la conducta delic-
tiva, encuentran dos que se destacan con gran frecuencia. La primera de ellas, que
no será objeto de estudio en este ensayo, es el sexo de la persona (los hombres pre-
dominan —a razón de ocho o nueve hombres por cada mujer— en la actividad
delictiva). La segunda de ellas, y la que nos ocupa aquí, es la edad. Si observa-
mos el comportamiento delictivo de los diferentes grupos etarios, encontramos
que la tasa varía considerablemente. El Gráfico No. 1 ilustra la forma típica de
esa variación: antes de los diez años, la actividad delictiva es prácticamente nula;
de diez a doce años de edad, la proporción de individuos que cometen delitos
aumenta con una rapidez notable, alcanzando su tasa máxima a finales de la ado-
lescencia o principios de la adultez joven. A partir de allí, hay una disminución
paulatina de la tasa delictiva, llegando casi a cero a partir de los 60 o 65 años de
edad.
Es menester recordar que la proporción de personas, en cualquier grupo eta-
rio, con participación en el delito (o por lo menos el delito de cierta gravedad),
es baja, lo cual no es otra cosa que el reflejo de la delincuencia como una activi-
dad de minoría. Sin embargo, el Gráfico No. 1 indica que hay una asociación
entre edad y comportamiento delictivo. Ella no es directa (a mayor edad, mayor
conducta delictiva) ni inversa (a mayor edad, menor conducta delictiva), sino
curvilinea: en la medida en que ascienda la edad, primero aumenta la conducta
delictiva y después la misma disminuye. Y de allí el posible significado de la edad
para la explicación del comportamiento delictivo. Si el pico de la curva edad-
delincuencia es muy pronunciado, ello denota una tendencia particularmente
fuerte hacia la comisión de delitos en ciertos grupos etarios (como, por ejemplo,
entre los adolescentes en el Gráfico No. 1). Entonces, cabe aplicar la estrategia típi-

Gráfico n.º 1: Una distribución típica de tasas


delictivas según la edad

4000
3500
Tasa Delictiva

3000
2500
2000
1500
1000
500
0
0 6 12 18 24 30 36 42 48 54 60 66 72 78
Edad
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ca de la criminología que estudia la etiología de la conducta delictiva, esta es, la


comparación de grupos con altos y bajos niveles de comportamiento delictivo
para ver en qué se diferencian (aparte de sus tasas delictivas). En este caso par-
ticular la pregunta es ¿Qué es lo que caracteriza al grupo etario con la máxima
tasa delictiva, lo cual podría explicar su actividad delictiva?
Sin embargo, antes de intentar la formulación de una respuesta a esta pregun-
ta, es necesario recordar que la misma sólo tendrá valor si se cumplen dos requi-
sitos:
a) que el pico de la curva edad-delincuencia sea muy pronunciado, indican-
do una tendencia considerablemente mayor hacia la comisión de delitos
por parte de un grupo etario en particular. De lo contrario, no habría
una asociación marcada entre comportamiento delictivo y edad, y por
ende ningún interés teórico en la edad como variable explicativa de la
delincuencia.
b) Que el pico de la curva edad-delincuencia se registre siempre en el mismo
grupo etario, indicando una tendencia universal hacia la mayor comisión
de delitos por parte de ese grupo. De lo contrario, estaríamos frente a
una relación entre edad y comportamiento delictivo que varía según el
período histórico y el lugar, restando significado teórico a un grupo eta-
rio (sea los adolescentes, sea los jóvenes adultos) en particular.

La relevancia de estos requisitos no es poca, dado que los criminólogos no


han llegado a un acuerdo sobre si se cumplen o no. De allí que se ha presencia-
do un vivo debate en años recientes en la criminología norteamericana sobre la
forma y significado de la curva edad-delincuencia. Para ilustrar ese debate, rese-
ñaré los planteamientos de Gottfredson y Hirschi (Hirschi y Gottfredson, 1983;
Gottfredson y Hirschi, 1990) y de Steffensmeier y Allan (1991), quienes han pres-
tado particular atención al asunto.
El argumento de Gottfredson e Hirschi es bastante sencillo: existe una asocia-
ción entre la edad y el comportamiento delictivo que muestra la misma forma en
cualquier lugar y cualquier período histórico. Esa asociación se observa en una cur-
va edad-delincuencia como la que construimos, hipotéticamente, en el Gráfico
No. 1, y por consiguiente incluye un pico muy pronunciado de altas tasas delicti-
vas entre los adolescentes y/o jóvenes adultos. La postulación de esta asociación
universal se basa en la presentación, por parte de estos autores, de ocho conjun-
tos de datos provenientes de tres países: Inglaterra (arrestos o condenas 1842-44;
1908; 1965), Estados Unidos (arrestos, 1977; delincuencia, 1945; infracciones
cometidas en cárceles, 1975; accidentes de tránsito, 1977) y Argentina (delincuen-
cia juvenil, 1965). Como podemos ver, los autores no solamente remiten a datos
sobre la delincuencia, sino que incluyen datos sobre otros fenómenos (accidentes
de tránsito, infracciones cometidas en la cárcel) que supuestamente indicarían la
amplia influencia del efecto de la edad sobre el comportamiento del ser humano.
La afirmación, por parte de Gottfredson y Hirschi, de una asociación cons-
tante entre la edad y el comportamiento delictivo luce atractiva porque represen-
taría uno de los pocos datos «firmes» de la criminología, el cual adquiriría gran
importancia teórica. Sin embargo, su planteamiento se considera polémico, ya que
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no es compartido por la mayoría de los investigadores. Steffensmeier y Allan


(1991:81), por ejemplo, presentan datos sobre la distribución de arrestos para
tres tipos de delitos en Estados Unidos (hurtos en inmuebles, fraudes y apuestas
ilícitas) que reconstruimos en el Gráfico No. 2. Allí se observa que, si bien la cur-
va edad-hurtos es similar a la distribución «universal» planteada por Gottfredson
y Hirschi, las curvas para edad-fraudes y edad-apuestas son distintas. La curva edad-
fraude tiene un pico mucho menos pronunciado (ubicado en los 25 años de edad),
mientras que la curva edad-apuestas carece de un pico claramente identificable, sugi-
riendo, quizás, que la edad ejerce poco efecto sobre ese tipo de delito.

Gráfico n.º 2: La curva edad-delincuencia para tres


delitos

4000

3500

3000
Tasa Delictiva

2500

2000

1500

1000

500

0
0 6 12 18 24 30 36 42 48 54 60 66 72 78
Edad

Hurtos en inmuebles Fraudes Apuestas ilegales

Otros autores han aducido variaciones culturales e históricas en la curva edad-


delincuencia. Por ejemplo, Rosa del Olmo observó:

...en el mundo occidental contemporáneo tendemos a esperar que la adoles-


cencia sea una etapa de conducta perturbada, pero los antropólogos han
señalado que en otras sociedades —como por ejemplo en Samoa— ésta no
es una edad de ansiedad y conflicto, sino un período de transición tranquila
de la niñez a la edad adulta. Esa tendencia del adolescente a diferenciarse
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del adulto podría ser más bien producto de la cultura occidental a lo largo
de la historia. (Del Olmo, 1979:14)

De modo similar, Greenberg (1990) plantea que la tasa de participación máxi-


ma en el delito se ubicaba después de la adolescencia en los Estados Unidos e
Inglaterra durante el Siglo 19. Greenberg identifica la actual curva edad-delincuen-
cia como un reflejo de la sociedad industrial moderna que ejerce presiones delic-
tógenas muy fuertes sobre los adolescentes. Y otros autores han estudiado la tra-
yectoria delictiva de individuos, encontrando variaciones importantes en la relación
edad-delincuencia. Así, Jolin y Gibbons (1987) describieron tanto el patrón «típi-
co» de actividad delictiva (inicio temprano en el delito; desistencia temprana)
como patrones atípicos (por ejemplo, inicio temprano; desistencia en la vejez).
De estas observaciones contrarias al planteamiento de Gottfredson y Hirs-
chi, algunas se pueden descartar, pero otras indican asuntos todavía por resolver.
Entre las primeras se ubican los hallazgos de Jolin y Gibbons, que, al parecer,
tratan la conducta delictiva como una variable dicotómica (o sea, se define en
términos de su mera presencia o ausencia) y no como una variable contínua
(medida como tasa). Ni la edad de inicio en la delincuencia, ni la edad en desis-
tir, indican algo sobre la frecuencia (o tasa) delictiva en distintas edades. Es posi-
ble, entonces, que todos los patrones de actividad delictiva descritos por Jolin y
Gibbons manifiesten mayores tasas delictivas durante la adolescencia o la adul-
tez joven.
En cuanto a los datos de Steffensmeier y Allan sobre la curva edad-delincuen-
cia para distintos tipos de delito, la respuesta de Gottfredson y Hirschi (1990) es
fundamentalmente teórica. Desde la perspectiva adoptada por estos últimos auto-
res, no existe especialización en la actividad delictiva: por ejemplo, el individuo
que comete hurtos también puede incurrir en actos de violencia, o el consumo de
drogas. Por ende, el estudio de la curva edad-delincuencia para tipos específicos
de delito sólo indicaría las edades para las cuales existen máximas oportunidades
y recompensas para cada delito, pero nada diría sobre la criminalidad del indivi-
duo durante el ciclo vital. Volviendo a referirnos al Gráfico No. 2, y a riesgo de
trivializar el planteamiento de Gottfredson y Hirschi, diríamos que los delin-
cuentes tienden a cometer hurtos en inmuebles durante la adolescencia, para des-
pués dedicarse mayormente a los fraudes y, por último, a las apuestas ilícitas;
todo ello sobre un trasfondo de asociación entre edad y criminalidad cuya cur-
va se aproxima a la constante identificada por Gottfredson y Hirschi. La resolu-
ción de este debate sólo se logrará mediante la recopilación de datos sobre el gra-
do de especialización o diversificación en la actividad delictiva, junto con estimados
de la frecuencia de comisión de delitos a diferentes edades.
El hallazgo más problemático para el planteamiento de Gottfredson y Hirs-
chi es, quizás, la variabilidad en la edad que muestra la mayor actividad delicti-
va. Cuando se trata de la tasa delictiva general (o sea, sin discriminar por tipos
específicos de delito), esa variabilidad no es grande, dado que el pico ocurre gene-
ralmente entre los 15 y 25 años de edad. El problema, más bien, radica en cómo
interpretar esa variabilidad y determinar su significado teórico. Pongamos de
lado el argumento que la variabilidad se debe a variaciones en los procesos socia-
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les mediante los cuales el sistema de justicia penal «produce» el delincuente, dado
que ningún investigador lo ha planteado (y ello con razón, porque la demostra-
ción empírica sería un reto muy grande). En esencia, el debate actual se ubica en
una de dos alternativas. La primera es que la variación en la ubicación del pico
de la curva de edad-delincuencia es significativa y digna de atención teórica, la
cual representa el punto de partida del ensayo de Greenberg. La segunda, adop-
tada por Gottfredson y Hirschi, es que la variación es natural (nada es perfecta-
mente constante en el mundo empírico) pero no llega a eliminar la asociación
típica entre edad y delincuencia. Más que ocuparse de la ubicación precisa del pico
de participación, Gottfredson y Hirschi resaltan la forma similar de la curva para
diversas series de datos.
¿Qué hemos de concluir sobre la asociación entre edad y conducta delictiva?
En primer lugar, el debate anteriormente reseñado se ha originado en relativa
ausencia de datos, y de datos comparables. La afirmación de constancia en la
asociación fue formulada por Gottfredson y Hirschi con base en solo ocho series
de datos en tres países. Desde la perspectiva de la ciencia empírica, ocho puntos
de medición lucen claramente insuficientes para establecer una tendencia univer-
sal; y desde la perspectiva de la criminología comparada la restringida distribu-
ción geográfica e histórica de los datos pone en duda la pretensión generalizado-
ra de los autores. Evidentemente, el estudio de la asociación edad-delincuencia
se beneficiaría apreciablemente de la recopilación de nuevas series de datos. A la
vez, dichos datos tendrán mayor valor en la medida en que se refieran al mismo
fenómeno. Como hemos visto, por ejemplo, medir la distribución de tasas delic-
tivas por edades para tipos específicos de delito no es necesariamente lo mismo
que medir la distribución de la tasa delictiva general.
En segundo lugar, poca duda existe, hasta el momento, sobre la forma de la
curva edad-delincuencia, por lo menos para los delitos comunes. Ella manifies-
ta un pico bastante pronunciado, donde las tasas máximas de conducta delicti-
va superan las tasas mínimas por un factor de tres o cuatro. Y si bien no hay cer-
teza sobre la ubicación del pico (sea durante la adolescencia, sea durante la joven
adultez), es evidente que la edad se asocia de manera significativa con la conduc-
ta delictiva. De allí podríamos concluir, tentativamente, que la edad merece aten-
ción como correlato de la delincuencia común, aunque no necesariamente de
otros tipos de delito. Por otra parte, no tenemos conocimiento cierto sobre el
lugar que ocupa la adolescencia en la carrera delictiva del individuo: como hemos
visto, la actividad delictiva tiende a iniciarse e incrementarse durante la adoles-
cencia, pero la máxima tasa delictiva podría registrarse entre los jóvenes adultos.
Con estas formulaciones, pasemos a considerar brevemente las diferentes
maneras en que los criminólogos han incorporado la edad a sus explicaciones de
la delincuencia.

2. La edad en las explicaciones del delito

Los textos sobre la metodología de la investigación suelen distinguir entre dos


estrategias para la formulación de las teorías: la deductiva y la inductiva (ver, por
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ejemplo, Wallace, 1977). Mediante la primera estrategia, el investigador concibe


en términos abstractos la interrelación entre dos fenómenos, uno de los cuales, se
postula, es causa del otro. Posteriormente, se debe proceder a la observación
empírica, para determinar si la relación teóricamente planteada corresponde con
los datos recopilados. En cambio, la estrategia inductiva implica partir de la
observación empírica para, de allí, identificar —si es posible— la relación cau-
sal subyacente. Al ver una asociación entre dos variables, el investigador se pre-
gunta por conceptos más abstractos que representen, o por lo menos determinen,
estas variables y que harían entendible la asociación entre ellas. Las dos estrate-
gias se observan, aunque no en forma totalmente pura, en la elaboración de teo-
rías criminológicas que aspiran explicar el comportamiento delictivo; y la edad
entra en ambas pero, como debe ser evidente, juega un papel distinto en cada
una.
Para la construcción deductiva de una teoría criminológica, la edad represen-
ta una de las primeras variables empíricas con la cual se evalúa la validez de la
misma. Más de un investigador que ha propuesto una nueva teoría a partir del
proceso deductivo ha preparado una lista de variables o asociaciones «estableci-
das» por la investigación empírica de las cuales la teoría debe dar cuenta. Por
ejemplo, así como hemos mencionado que la asociación entre sexo y conducta delic-
tiva es bastante notable (los hombres cometen muchos más delitos que las muje-
res), una teoría formulada deductivamente debe explicar esa asociación. De la mis-
ma manera, la asociación entre edad y comportamiento delictivo, expresada en
la curva edad-delincuencia que hemos reseñado, debe ser explicada por la teoría.
Un ejemplo reciente de este modo de proceder se encuentra en la obra de Braith-
waite (1989), quien propone una nueva teoría del comportamiento no delictivo
en base a un proceso que denomina «desaprobación reintegradora»1. Braithwai-
te dedica un capítulo entero de su libro a «los hechos que una teoría etiológica
tiene que explicar», y allí incluye tanto la asociación entre sexo y comportamien-
to delictivo como la asociación entre edad y delincuencia (para un ejemplo ante-
rior, ver Cohen 1955).
Habiendo descrito el papel de la edad en la estrategia deductiva, no voy a ocu-
parme de las distintas maneras en que los teóricos hayan interpretado la asocia-
ción edad-comportamiento delictivo. Ello nos llevaría a una simple revisión de las
teorías criminológicas que el lector puede obtener en cualquier buen texto de cri-
minología. Además, la estrategia deductiva subsume la edad bajo una explicación
general y no toma como objetivo específico de atención la curva edad-delincuen-
cia. Por ende, las teorías deductivas dicen relativamente poco sobre la mayor par-
ticipación de los jóvenes en el comportamiento delictivo y corren el peligro ine-
vitable de atribuir a la adolescencia o al joven adulto características que predice

1
La lógica del método de comparación de dos variables, expuesta con suma claridad por John Stuart
Mill (ver Zelditch, 1971), implica que una explicación de la presencia de un fenómeno también es una explica-
ción de su ausencia. Los investigadores en criminología han reconocido esta situación desde hace mucho tiem-
po, como se puede ver en la obra de Sutherland (1939), o de Hirschi (1969). En el caso citado en el texto, Braith-
waite tiene igual interés en el comportamiento delictivo y en el comportamiento no delictivo. Sin embargo,
dado que la «desaprobación reintegradora» se postula como un proceso que previene el delito, la teoría de
Braithwaite tiene que ser descrita como una teoría del comportamiento no delictivo.
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la teoría pero que no corresponden con la realidad. De ninguna manera quiero


dar a entender que la estrategia deductiva es menos fructífera para la criminolo-
gía que la estrategia inductiva. Sólo quiero advertir que, tomando en cuenta el inte-
rés de este ensayo en la naturaleza de la adolescencia, es más provechoso para noso-
tros examinar la edad desde la perspectiva inductiva, ya que ella exige una revisión
mucho más detallada de la asociación entre la edad y el comportamiento delic-
tivo y, como veremos, proporciona ideas interesantes sobre la condición de los jóve-
nes.
Cabe señalar que la reflexión inductiva sobre la curva edad-delincuencia no
ha sido muy frecuente en la criminología. Para ilustrarla, me basaré en los plan-
teamientos de Steffensmeier y Allan (1991), quienes ofrecen un inventario de las
posibles maneras de interpretar la mayor tasa delictiva normalmente observada
entre adolescentes y jóvenes adultos. Ese inventario comprende tres dimensiones
de la persona: la biológica, la psicológica y la social.

2.1. El desarrollo físico

Algunos criminólogos (por ejemplo, Wilson y Herrnstein, 1985) apuntan que


la comisión de muchos delitos comunes requiere de cierta capacidad física. Así,
por ejemplo, escalar paredes para hurtar de viviendas, dominar a las víctimas en
un atraco, o enfrentarse a golpes con otros, amén de la necesidad de —en algu-
nos casos— huir corriendo, implican un estado físico que no tienen ni los niños,
ni los adultos que ya pasan los 30 años de edad. Por consiguiente, la mayor par-
ticipación de los adolescentes y de los jóvenes adultos en la delincuencia podría
obedecer a sus excelentes condiciones físicas, como ha sugerido Gove (1985). Sin
embargo, en contra de esta hipótesis Steffensmeier y Allan comentan que existe
un desfase entre los picos de desarrollo físico y de participación delictiva. Los
estudios sobre el proceso de maduración biológica (por ejemplo, Shock, 1984) indi-
can que la mayor capacidad física se alcanza entre los 25 y 30 años de edad, lo
cual ocurre después de la máxima actividad delictiva (que generalmente se regis-
tra, como hemos visto, entre los 15 y 25 años de edad). Por ende, es difícil pos-
tular el estado físico de la persona como causa del comportamiento delictivo.

2.2. El desarrollo cognitivo

Otra dimensión del desarrollo individual que podría mostrar una asociación
con las tasas de delincuencia juvenil es la cognitiva, que comprende tanto el modo
de entender el mundo como el esquema de valores inmersos en el comportamien-
to de la persona. Quizás allí se observan procesos que se sincronizan con los cre-
cientes niveles de comportamiento delictivo. En este sentido, Steffensmeier y
Allan (1991) hacen referencia a las etapas del desarrollo cognitivo descritas por
Piaget (1932) en sus investigaciones pioneras sobre el tema. Para ellos, el inicio de
la adolescencia se caracteriza por el egocentrismo, el hedonismo y la creencia de
ser invencible. Estas características interactúan con la percepción cambiante
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del mundo de los adultos y sus diferencias con el mundo de los jóvenes. Concre-
tamente, los adolescentes empiezan a percibir que existen dos conjuntos de reglas:
uno para los adultos y otro para la juventud. Así, los adultos pueden consumir
alcohol, tener relaciones sexuales, adquirir automóviles, etc., pero los jóvenes no.
Esta situación fomenta en el adolescente un sentimiento de «opresión» a manos
de los adultos y desencadena actos de rebelión que frecuentemente se convierten
en delitos2. Según Steffensmeier y Allan (1991), el desarrollo cognitivo durante los
últimos años de la adolescencia involucra una disminución en el egocentrismo
de la persona, y una mayor conciencia sobre las necesidades y demandas de otras
personas. A la vez, el individuo manifiesta mayor aceptación de los valores socia-
les y una mayor preocupación por el significado de la vida. En la medida en que
la personalidad adulta adquiera mayor madurez, las infracciones cometidas duran-
te la adolescencia aparecen ahora como actuaciones infantiles o tontas y el rit-
mo de actividad delictiva baja considerablemente.
Esta es solo una de las maneras de vincular el desarrollo cognitivo con el com-
portamiento delictivo y, evidentemente, todavía queda mucho por elaborar, sobre
todo en la especificación de cómo las características de la personalidad (egocen-
trismo, hedonismo, etc.) llevan al delito en vez de, o a la vez de, otras conductas.
Otra línea de análisis prometedora concierne la dimensión moral del individuo,
basada fundamentalmente en los planteamientos de Kohlberg (1984) sobre las eta-
pas del desarrollo moral (ver, por ejemplo, Jennings y otros, 1983).

2.3. La situación social del joven

Al igual que en los enfoques anteriores, los criminólogos interesados en la


dimensión social buscan identificar algún proceso que se sincroniza con el pico
en la curva edad-delincuencia. Y dicen encontrarlo, por lo menos para las socie-
dades industrializadas, en la exclusión social del adolescente. Para citar a Green-
berg (1990:201, traducción nuestra), quien es quizás el principal expositor de este
argumento:

Entre las fuentes estructurales de la delincuencia del adolescente que aquí


hemos identificado, el ámbito del trabajo adulto juega un papel fundamen-
tal. La exclusión del adolescente del trabajo desempeñado por los adultos sur-
te un doble efecto: por un lado, incrementa la dependencia del joven sobre sus
pares en relación con el mantenimiento del estatus; y por otro, elimina una
fuente de ingresos para apoyar las intensas actividades que se desarrollan
durante el tiempo libre. El trato poco respetuoso que reciben algunos ado-
lescentes en la escuela resulta de su bajo estatus social, el cual se deriva a
la vez de la falta de trabajo e ingresos. Durante la adolescencia tardía y la

2
De hecho, ciertas conductas que son completamente lícitas para los adultos, por ejemplo, comprar licor,
manejar un vehículo... se catalogan como infracciones cuando el actor es un menor de edad. Esas infracciones
representan una penalización de la «adultez precoz» y no deben confundirse, quizás, con los comportamientos
(por ejemplo, el hurto o las lesiones personales) que se catalogan como delitos, cualquiera que sea la edad de
su autor.
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temprana adultez, el temor que la condición de desempleado perdurará duran-


te la vida provoca una ansiedad en torno al logro de las metas tradicional-
mente fijadas para los varones, especialmente entre los jóvenes ubicados en
las capas inferiores de la clase trabajadora, lo cual contribuye a altos nive-
les de violencia.

Steffensmeier y Allan (1991:85) identifican cinco cambios importantes que


ocurren entre las edades de 17 y 22 y que reducen las presiones hacia el delito:

1. Mayor acceso a fuentes legítimas de bienes materiales y placeres.


2. Mayores expectativas de la sociedad en cuanto a la madurez y responsa-
bilidad, junto con la asimilación interna del rol del adulto y una menor acep-
tación subjetiva del rol de desviado.
3. Menor interacción con personas de la misma edad y sexo.
4. Mayor penalización de la conducta delictiva, porque la persona pasa del
sistema de control juvenil al sistema penal.
5. Ampliación de oportunidades ilícitas, por ejemplo, en materia de fraude,
peculado y apropiación indebida, producto de la participación en el mer-
cado de trabajo, con menores probabilidades de reflejarse en la estadísti-
ca delictiva oficial.

Desde esta perspectiva, el pico en la curva edad-delincuencia se asocia con el


período más agudo de exclusión del adolescente del mundo adulto. Si este plan-
teamiento tiene fundamento empírico, deberíamos observar un pico mucho menos
pronunciado en las sociedades donde la transición de la niñez a la adultez no
pasa por la etapa intermedia de la adolescencia3. Esta posibilidad ha sido insinua-
da por Greenberg (1990), aunque no disponemos de los datos necesarios para
determinar si tiene razón4.

2.4. En resumen

Aceptemos, por ahora, que la perspectiva fisiológica sobre la relación edad-


delincuencia ofrece pocas posibilidades de producir una explicación convincen-
te y centremos la atención en las perspectivas cognitivas y sociales. Cada una
ofrece ideas interesantes, cuyo significado teórico está todavía por dilucidarse en

3
Es interesante acotar que, en Norteamérica, la palabra «adolescencia» tuvo poco uso, fuera del ámbi-
to científico, hasta 1890, cuando apareció como el título de una obra muy popular publicada por el escritor Stan-
ley Hall. En vez de suponer que Hall simplemente describía una condición perenne de la persona joven, hemos
de entender su libro como parte del proceso histórico que iba definiendo con cada vez mayor claridad (en las
sociedades de pleno desarrollo industrial) un estatus intermedio entre el niño y el adulto (ver Kett, 1973).
4
En una de las pocas investigaciones empíricas disponibles sobre la delincuencia juvenil en países peri-
féricos, Hartjen y Priyadarsini (1984) encontraron, en las estadísticas oficiales de la India, relativa escasa par-
ticipación de los menores de edad (aunque no prepararon una curva edad-delincuencia que permitiera una
comparación con las curvas correspondientes a países industrializados, como aquellas citadas por Gottfredson
y Hirschi). Los autores atribuyen ese hallazgo al mayor grado de integración de la juventud hindú a las activi-
dades laborales y familiares.
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forma detallada. La tesis fundamental de la perspectiva cognitiva, que interpre-


ta la conducta delictiva como el resultado de una etapa particular del desarrollo
vital podría encararse hacía las teorías de la personalidad (como sugieren Stef-
fensmeier y Allan) o hacia el desarrollo moral. Igualmente, la noción de exclusión,
que maneja la perspectiva sociológica, podría conducir a teorizaciones tan diver-
sas como la de las oportunidades diferenciales, que predice la conducta delictiva
cuando coinciden la frustración de metas y la disponibilidad de medios ilícitos (ver
Cloward y Ohlin, 1960), o la del control, que ubica la causa de la delincuencia en
los vínculos débiles entre el individuo y las instituciones principales de la socie-
dad convencional (ver Hirschi, 1969).
Es posible, también, que surjan otras propuestas teóricas a partir de la refle-
xión sobre el significado de la curva edad-delincuencia. Por ejemplo, hay datos
que indican la relativa frecuencia con que las infracciones juveniles se cometen en
grupos, frente a la delincuencia adulta que tiende a ser una actividad más indi-
vidual (Erickson y Jensen, 1977). Quizás la naturaleza grupal de mucha delin-
cuencia juvenil aumenta los índices de prevalencia de manera significativa, ya
que implica la participación relativamente amplia de los jóvenes en la actividad
delictiva5. Ello indicaría que algún provecho teórico podría derivarse de una con-
sideración del papel del grupo en la génesis del delito.
Por último, también es importante considerar la necesidad y posibilidad de inte-
grar dimensiones teóricas, ya que muchos criminólogos coinciden hoy en día en
entender la conducta delictiva como el resultado de una interacción entre varia-
bles individuales y variables sociales.

3. Conclusión

La posible asociación entre la edad y la delincuencia ocupa un lugar intere-


sante en la criminología. La curva edad-delincuencia se considera uno de los
«hechos» de la disciplina y, sin embargo, encontramos que el fundamento empí-
rico de ese hecho no es tan sólido como algunos criminólogos quisieran pensar.
Quizás esa situación determina el significado teórico que reviste la edad para este
campo de estudio: ella ha sido tratada mucho más como una variable que tiene
que ser incorporada a cualquier planteamiento deductivo y mucho menos como
el punto de partida para una teorización específica, fundamentada en datos sobre
edad y conducta delictiva.
Las vías de acceso a los temas centrales de una disciplina son múltiples y el inves-
tigador no está obligado a tomar una o ignorar otra. En ese sentido, el criminó-

5
Al igual que en la epidemiología, en criminología la «prevalencia» se entiende como la proporción de
una población que manifiesta una condición cualquiera (generalmente, la de ser delincuente) durante un perío-
do determinado. Aparte de la prevalencia, la criminología también ha manifestado interés en el promedio de
actos delictivos cometidos por los delincuentes durante un período determinado (el cual se ha denominado,
de manera equivocada según Olweus (1989), «incidencia»). Sería muy interesante preparar curvas «edad-pre-
valencia» y «edad-promedio de actos delictivos» para luego examinar sus semejanzas y diferencias, ya que las
mismas podrían sugerir ideas muy útiles. Sin embargo, desconozco un estudio de esa naturaleza, probablemen-
te porque no existen los datos necesarios.
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168 DERECHO PENAL Y CRIMINOLOGÍA COMO FUNDAMENTO DE LA POLÍTICA CRIMINAL

logo podría dar a la edad un lugar de gran importancia en sus investigaciones. Sin
embargo, espero haber demostrado en este breve ensayo que una reflexión soste-
nida y más profunda sobre el significado de la edad tendrá que partir de la reco-
pilación de mayores y mejores series de datos. Sólo con ellas podremos empezar
a resolver las dudas sobre la forma y constancia, o no, de la asociación entre edad
y comportamiento delictivo.

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