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HORA SANTA CUARESMAL

De ti procede el perdón (Sal 130, 4)

1.- MONICIÓN INICIAL


Lector 1: Este tiempo de Cuaresma lo vivimos para experimentar la misericordia de Dios con
más intensidad y fuerza. Nosotros somos los hijos pródigos de hoy que nos alejamos del hogar
paterno, pero también somos los hijos mayores que muchas veces nos cuesta aceptar que Dios
nos ama a todos. Por eso, en esta noche queremos ponernos ante la presencia de Jesús
sacramentado, para que Él, que siempre fue misericordioso con todos y es el rostro de la ternura
de Dios, nos ayude a nosotros a saber experimentar ese amor y a llevarlo a aquellos que
necesitan, a aquellos que sufren.

Leer Evangelio (Lc 15, 11-32)


CANTO

II.- REFLEXIÓN
Lector 1: Hemos escuchado una de las páginas más bellas del Evangelio, que tiene como
protagonista a un padre con sus dos hijos. Este padre es un hombre siempre preparado para
perdonar y que espera contra toda esperanza. Sorprende sobre todo su tolerancia ante la decisión
del hijo más joven de irse de casa: podría haberse opuesto, sabiendo que todavía es inmaduro, un
muchacho joven, o buscar algún abogado para no darle la herencia ya que todavía estaba vivo.

Lector 2: Sin embargo le permite marchar, aún previendo los posibles riesgos. Así actúa Dios
con nosotros: nos deja libres, también para equivocarnos, porque al crearnos nos ha hecho el
gran regalo de la libertad. Nos toca a nosotros hacer un buen uso.

Todos: Padre, hemos pecado contra el cielo y contra ti. ¡No somos dignos de llamarnos hijos tuyos!

Lector 3: Pero la separación de ese hijo es sólo física; el padre lo lleva siempre en el corazón;
espera con confianza su regreso, escruta el camino con la esperanza de verlo. Y un día lo ve
aparecer a lo lejos (cf. v. 20). Y esto significa que este padre, cada día subía a la terraza para ver
si su hijo volvía. Entonces se conmueve al verlo, corre a su encuentro, lo abraza y lo besa. ¡Cuánta
ternura! ¡Y este hijo había hecho cosas graves! Pero el padre lo acoge así.

Todos: Padre, hemos pecado contra el cielo y contra ti. ¡No somos dignos de llamarnos hijos tuyos!

Lector 1: La misma actitud reserva el padre al hijo mayor, que siempre ha permanecido en
casa, y ahora está indignado y protesta porque no entiende y no comparte toda la bondad hacia
el hermano que se había equivocado. El padre también sale al encuentro de este hijo y le
recuerda que ellos han estado siempre juntos, tienen todo en común (v. 31), pero es necesario
acoger con alegría al hermano que finalmente ha vuelto a casa.

Lector 2: Cuando uno se siente pecador, se siente realmente poca cosa, entonces es el momento
de ir al Padre. Por el contrario, cuando uno se siente justo —«Yo siempre he hecho las cosas

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De ti procede el perdón (Sal 130, 4)
bien...»—, igualmente el Padre viene a buscarnos porque esa actitud de sentirse justo es una
actitud mala: ¡es la soberbia! El padre espera a los que se reconocen pecadores y va a buscar a
aquellos que se sienten justos.

Todos: Padre, hemos pecado contra el cielo y contra ti. ¡No somos dignos de llamarnos hijos tuyos!

Lector 2: El rostro de Dios es el de un padre misericordioso, que siempre tiene paciencia. ¿Has
pensado en la paciencia de Dios, la paciencia que tiene con cada uno de nosotros? Ésa es su
misericordia. Siempre tiene paciencia con nosotros, nos comprende, nos espera, no se cansa de
perdonarnos si sabemos volver a Él con el corazón contrito. «Grande es la misericordia del
Señor», dice el Salmo.

Lector 1: El Señor nunca se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir
perdón. Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo. Los errores que
cometemos, aunque sean grandes, no rompen la fidelidad de su amor. En el sacramento de la
Reconciliación podemos siempre comenzar de nuevo: Él nos acoge, nos restituye la dignidad de
hijos suyos, y nos dice: «¡Ve hacia adelante! ¡Quédate en paz! ¡Levántate, ve hacia adelante!».

Lector 3: Contemplando a este Padre lleno de misericordia, digámosle juntos la siguiente


oración:

Todos: Señor, Dios nuestro, tú eres el Padre de todos. Tú nos creaste para que estuviéramos
siempre contigo en tu casa, para alabar tu gloria. Nosotros nos hemos apartado de ti por nuestras
culpas. Abre, pues, nuestros corazones para que escuchemos tu voz y podamos volvernos a ti de
todo corazón y así reconozcamos que tú eres nuestro Padre, lleno de misericordia con los que te
invocan; que nos corriges para que nos apartemos del mal, y nos perdonas nuestros pecados.
Devuélvenos la alegría de tener tu vida, a fin de que, convertidos a ti, podamos gozar otra vez de
estar contigo en tu casa, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

SILENCIO MEDITATIVO
CANTO

III.- SALMO 102 (A DOS COROS)


Coro 1: Bendice, alma mía, al Señor, el sacia de bienes tus anhelos,
y todo mi ser a su santo nombre. y como un águila
Bendice, alma mía, al Señor, se renueva tu juventud.
y no olvides sus beneficios.
Coro 1: El Señor hace justicia
Coro 2: El perdona todas tus culpas y defiende a todos los oprimidos;
y cura todas tus enfermedades; enseñó sus caminos a Moisés
el rescata tu vida de la fosa, y sus hazañas a los hijos de Israel.
y te colma de gracia y de ternura;

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duran lo que la hierba,
Coro 2: El Señor es compasivo y florecen como flor del campo,
misericordioso, que el viento la roza, y ya no existe,
lento a la ira y rico en clemencia; su terreno no volverá a verla.
no está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo; Coro 2: Pero la misericordia del Señor
no nos trata como merecen dura siempre,
nuestros pecados su justicia pasa de hijos a nietos:
ni nos paga según nuestras culpas. para los que guardan la alianza
y recitan y cumplen sus mandatos.
Coro 1: Como se levanta el cielo sobre la
tierra, Coro 1: El Señor puso en el cielo su trono,
se levanta su bondad sobre sus fieles; su soberanía gobierna el universo.
como dista el oriente del ocaso, bendecid al Señor, ángeles suyos,
así aleja de nosotros nuestros delitos. poderosos ejecutores de sus órdenes,
prontos a la voz de su palabra.
Coro 2: Como un padre
siente ternura por sus hijos, Coro 2: Bendecid al Señor, ejércitos suyos,
siente el Señor ternura por sus fieles; servidores que cumplís sus deseos.
porque él conoce nuestra masa, Bendecid al Señor, todas sus obras,
se acuerda de que somos barro. en todo lugar de su imperio.
¡Bendice, alma mía, al Señor!
Coro 1: Los días del hombre

CANTO

IV.- REFLEXIÓN
Lector 1: La acogida del hijo que regresa se describe de un modo conmovedor: «Estaba él todavía
lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó» (v. 20). Cuánta ternura;
lo vio cuando él estaba todavía lejos: ¿qué significa esto? Que el padre subía a la terraza
continuamente para mirar el camino y ver si el hijo regresaba; ese hijo que había hecho de todo,
pero el padre lo esperaba.

Lector 2: La misericordia del padre es desbordante, incondicional, y se manifiesta incluso antes de


que el hijo hable. Cierto, el hijo sabe que se ha equivocado y lo reconoce: «He pecado... trátame como
a uno de tus jornaleros» (v. 19). Pero estas palabras se disuelven ante el perdón del padre. El abrazo
y el beso de su papá le hacen comprender que siempre ha sido considerado hijo, a pesar de todo.
Nuestra condición de hijos de Dios es fruto del amor del corazón del Padre; no depende de nuestros
méritos o de nuestras acciones, y, por lo tanto, nadie nos la puede quitar, ni siquiera el diablo.

Lector 3: El hijo menor pensaba que se merecía un castigo por sus pecados, el hijo mayor se
esperaba una recompensa por sus servicios. Los dos hermanos no hablan entre ellos, viven
historias diferentes, pero ambos razonan según una lógica ajena a Jesús: si hacen el bien recibes

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De ti procede el perdón (Sal 130, 4)
un premio, si obras mal eres castigado. El padre recuperó al hijo perdido, y ahora puede también
restituirlo a su hermano. Sin el menor, incluso el hijo mayor deja de ser un «hermano». La alegría
más grande para el padre es ver que sus hijos se reconocen hermanos.

Lector 1: Ahora digamos todos juntos el salmo 130:

Todos: Desde lo hondo a ti grito, Señor; espera en su palabra;


Señor, escucha mi voz; mi alma aguarda al Señor,
estén tus oídos atentos más que el centinela la aurora.
a la voz de mi súplica.
Aguarda Israel al Señor,
Si llevas cuenta de los delitos, Señor, como el centinela la aurora;
¿quién podrá resistir? porque del Señor viene la misericordia,
Pero de ti procede el perdón, la redención copiosa;
y así infundes respeto. y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.
Mi alma espera en el Señor,

CANTO

V.- INVOCACIONES PENITENCIALES


Lector 3: Dios, nuestro Padre, espera siempre con amor a los hijos que se han apartado de él y,
cuando vuelven, los recibe con gran ternura; ahora que nosotros queremos sinceramente volver
a él, pidámosle que nos reciba con bondad, diciendo: Señor, ten misericordia de nosotros.

1. Por haber hecho mal uso de los bienes que nos diste, hemos pecado contra ti. R.
2. Por haber apartado de ti nuestra mente y nuestro corazón, hemos pecado contra ti. R.
3. Por haber rechazado tu amor, hemos pecado contra ti. R.
4. Por haber preferido nuestro placer, en vez de buscar nuestro propio bien y el de nuestros
hermanos, hemos pecado contra ti. R.
5. Por habernos preocupado muy poco de nuestros hermanos, hemos pecado contra ti. R.
6. Por haber sido tardos en reconocerte en nuestros hermanos, hemos pecado contra ti. R.
7. Por habernos olvidado de tu misericordia con la que nos acogiste una y otra vez, hemos
pecado contra ti. R.
Lector 1: Pidamos a Dios, nuestro Padre, con las mismas palabras que Cristo nos enseñó, que
nos perdone nuestros pecados y nos libre de todo mal. Padre nuestro…