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VIOLENCIA EN EL NOVIAZGO

El estudio de la violencia en las relaciones de noviazgo es importante por tres razones: en primer
lugar, se ha encontrado que una agresión física previa al matrimonio supone una probabilidad del
51% de que esa agresión se repita a lo largo del primer año y medio de convivencia. En segundo
lugar, el estudio de la violencia puede ayudar en la comprensión general del fenómeno de la
violencia en las relaciones íntimas. Finalmente, el conocimiento de este fenómeno puede ayudar a
planear y fomentar su prevención. El estudio de la violencia en las parejas se ha centrado
históricamente en la mujer, sin embargo, investigaciones recientes apuntan a que, por lo menos,
en las parejas de novios, la diferencia entre géneros se está disminuyendo o incluso invirtiendo. En
el presente estudio se presentan los datos obtenidos de una encuesta aplicada a un total de 40
jóvenes de uno y otro sexo en la Universidad Privada Domingo Savio, sobre violencia en el
noviazgo. Los resultados indicaron que el ___ y el ___ de hombres y mujeres, respectivamente, es
decir, el 46.2% del grupo total sufre de violencia en alguna medida. Eso significa que en nuestro
estudio no se encontraron diferencias significativas en cuanto al ejercicio de la violencia entre
géneros.

Justificación

Con lo anterior queremos apuntar que las agresiones aceptadas desde el principio en una relación
de noviazgo se vuelven costumbre y se hacen cada vez más frecuentes e intensas. Como se puede
observar en los datos presentados, poco se ha realizado en cuanto a la investigación en las
relaciones de noviazgo en adolescentes en lo que se refiere al rango de edades entre y años y se
ha dejado de lado que los adolescentes se ven influidos por una gran cantidad de modelos:
parentales disfuncionales, modelos televisivos, en video (algunos importados) en los que se
privilegia y destaca un tipo de relación interpersonal caracterizada por las agresiones físicas,
verbales y psicológicas; más aún, podríamos decir que las relaciones violentas se han convertido
en una moda entre los jóvenes. ¿Cuál es la dinámica de la relación interpersonal de noviazgo en
los adolescentes de secundaria y bachillerato del estado de Veracruz?

Objetivos

1.2.1. Objetivo general

Analizar la violencia en la relación de noviazgo en los estudiantes de la UPDS en la materia de


Deontología y Prosocialidad y proponer una estrategia de prevención.

1.2.2. Objetivos particulares

1) Detectar formas/estilos de violencia en la relación de noviazgo que establecen los

adolescentes;

2) detectar la presencia de alguna forma de violencia intrafamiliar;

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3) descubrir la relación entre violencia y el uso de alguna sustancia adictiva;

4) descubrir la incidencia de los modelos televisivos en la generación de violencia en el

noviazgo;

2. MARCO CONCEPTUAL

2.1. Violencia en el noviazgo.

La violencia en el noviazgo en parejas de adolescentes es un estudio reciente al cual no se le

ha prestado la importancia que amerita pero, actualmente, ha comenzado a ser estudiado por

las implicaciones sociales que tiene, particularmente en estratos poblacionales en edades

tempranas. Es un fenómeno social que tiene graves consecuencias tanto en lo personal como

en las relaciones de pareja futuras.

El noviazgo como relación diádica implica formas de interacción social y actividades

conjuntas con la intención ya sea implícita o explícita de mantenerla en tanto ambos estén de

acuerdo y/o que alguno decida terminarla, o bien se llegue a otra forma de relación más

estable como el matrimonio o la cohabitación (Straus, 2004, p. 792). Otra concepción de

estas formas de relación es la que plantean Rodríguez y de Keijzer (2002, p. 42) quienes la

describen como Una relación social explícitamente acordada entredós personas para

acompañarse en las actividades recreativas y sociales, y en la cual se expresan sentimientos

amorosos y emocionales a través de la palabra y los contactos corporales. Es, como lo

señalan algunos (Larson, Clore y Wood, 1999) la época del “primer amor” que conlleva una

paradoja: tiene un gran valor sentimental, pero también es considerado como un elemento

disruptivo que puede alterar en forma dramática las opciones de vida de los/las adolescentes.

Es evidente que este tipo de vínculos ha experimentado múltiples cambios a lo largo de la

historia por diversos motivos, y uno de ellos es la violencia de pareja.

Es muy importante que para que esta última pueda ser estudiada debamos tomar en cuenta el

contexto en el que los jóvenes se encuentran insertados, una sociedad posmoderna (RojasSolís,
2013a, p. 3), en cuyo contexto se encuentran en transformación constante y cambiando

la identidad de género y los roles, los proyectos de vida, así como costumbres y formas de

relación interpersonales, lo que genera una diversidad de matices en la vivencia de los

individuos.

Vemos cambios en los roles y formas de vida de las personas y así lo vemos en las relaciones

de noviazgo; esto es fácil de percibirse, sobre todo, cuando hablamos de actos violentos; en

años anteriores se veía a la mujer como víctima de este tipo de situaciones pero, aunque con

pocos estudios al respecto, se ha destacado que ella también ejerce actos violentos contra el

varón.

La violencia, según Sanmartín (2012) no es la mera agresividad. La violencia no es una reacción

sino una acción o una in-acción.

Es la conducta resultante de convertir la reacción consciente en que la agresividad

consiste en acciones (o inacciones) conscientes: es la acción(o inacción) hecha a

propósito que causa o puede causar un daño… es el resultado de poner la agresividad

bajo el control de la conciencia. Es el producto de dotar de intencionalidad a la conducta

agresiva (pp. 145-147).

Así, deja claro que lo que transforma en violencia una conducta agresiva es la intencionalidad

del hecho.

La violencia se manifiesta, generalmente, a través del ejercicio del poder mediante el empleo

de fuerza (ya sea física, psicológica, económica o política) e implica la existencia de una

lucha de poder (Corsi, 1995, cit. en Ramírez y Núñez, 2010, p. 276).

Así, siguiendo a Sanmartín (2012)

Causa un daño y genera en la víctima un sentimiento de impotencia o indefensión lo

que la lleva a acomodarse a la victimización que sufre, justificando que sus intentos

por salir de la situación pueden acarrearle efectos peores por lo que decide permanecer
junto a quien la agrede; con ello le confiere al agresor un poder sobre el rumbo de su

propia vida (pp. 148-149).

Esto llama la atención que ocurra en la etapa que se estudia, toda vez que no se encuentran

viviendo una relación de pareja con otra clase de compromisos y responsabilidades, como

pueden ser los hijos.

Wolfe et al. (2001, p. 35, cit. en Osorio y Ruíz, 2011, p. 35) describen la violencia en el

noviazgo como cualquier intento por ejercer control o dominio para provocar alguna forma

de daño como puede ser físico, sexual o psicológico. Desde su perspectiva, Castro y Casique

(2010, cit. en Rojas-Solís, 2013b, p. 5) la describen como acción, omisión, actitudes o formas

de expresión que puedan ejercer un daño (emocional, físico o sexual) en el otro con quien se

tiene una relación afectiva e íntima, pero sin una forma de convivencia física ni relación

marital.

En este estudio, al tratar las relaciones de noviazgo, la violencia se entiende como: “Actos

específicos intencionales de agresión hacia la pareja (novio/a o ex novio/a) –por acción u

omisión– por medio de los cuales busca someter y controlar a la otra persona, infligir

sufrimiento o daño físico, sexual y/o psicológico, de forma directa o indirecta” (González,

Yedra, Oliva, Rivera y León, 2011, p. 13).

De acuerdo con estas definiciones, queda claro que cuando se habla de violencia no se hace

referencia solamente a agresiones físicas, sino que también se ejerce violencia a través de

palabras, lo cual muy difícilmente puede ser notado por los jóvenes; por las características

propias de su edad lo ven como algo natural o normal. El Instituto Tlaxcalteca de la Juventud

indica que “las conductas violentas en las relaciones de pareja no formales no son percibidas

como tales, ni por las víctimas ni por los agresores, sino que el maltrato y las ofensas se

confunden con el amor y el interés por la pareja” (2008, cit. en Peña, Zamorano, Hernández,

Hernández, Vargas y Parra, 2013, p. 28).


2.1.1. Ciclo de violencia.

En las relaciones de pareja, la violencia se manifiesta través de una forma cíclica y reiterativa;

a esto lo denominó Walker en 1970 el ciclo del maltrato (Dutton y Golant, 1997; Almeida y

Gómez, 2005; Barea, 2006; Cortaza, Mazadiego y Ruíz, 2011; Yedra y González, 2011). Las

fases pueden variar de pareja en pareja en duración e intensidad y a partir de los hallazgos de

Walker se describen de la siguiente manera: Acumulación de tensión; explosión violenta;

arrepentimiento o “luna de miel”.

Acumulación de tensión: Sin que haya una relación con lo que les rodea, la tensión crece por

distintas circunstancias, las cuales pueden ir desde situaciones estresantes, problemas del

trabajo o características personales del/la agresor/a. Generalmente, inicia con ataques

verbales pudiendo llegar a los físicos. La función de esta agresión verbal es debilitar la moral

de la víctima y de esa forma armarse de valor justificando su conducta.

Explosión violenta: La tensión va en aumento y suele provocar que el/la agresor/a tenga

pensamientos obsesivos respecto del “problema”, lo que vuelve irresistible el deseo de

destruir a su víctima, llevándolo/a a la liberación de la ira y tensión reprimidas.

La tensión puede descargarse mediante palabras hirientes, insultos, golpes, lanzando objetos,

rechazo de la pareja, silencio, forzando relaciones sexuales, avergonzándola ante los demás,

hablando mal de ella, y muchas otras formas. Uno más de los riesgos en esta fase es que el

proceso se potencia a sí mismo, lo que determina que los golpes puedan ser más frecuentes

y más intensos.

Asimismo, Torres (2005) señala que después de una discusión se puede presentar el primer

golpe, que puede ser un episodio aislado que no se repita o puede ser el inicio de una escalada;

la violencia puede ir en aumento y pueden conservarse las formas leves de maltrato. Del

mismo modo, se puede apreciar cómo se articulan distintas formas para incrementar la

angustia y la desesperación de la pareja.


Arrepentimiento o “luna de miel”: Al bajar la tensión, comienza una fase en la que el/la

agresor/a comienza a ejercer una manipulación afectiva pidiendo perdón a su víctima,

negando o minimizando el hecho y garantizándole que no volverá a ocurrir. Las conductas y

actitudes típicas incluyen el llanto, la sumisión, la amabilidad, las promesas de cambio

asegurándole que hará todo lo que ella (la víctima) quiera.

De este modo, la víctima se siente con poder y ninguno de los dos quiere recordar los hechos

y mucho menos hablar de ello. Sólo desean vivir esta “luna de miel”. Sin embargo, como

menciona Barea (2006), no es adecuado llamar así a este período ya que no es en realidad

una situación tan dulce y acordada por ambos ya que el/la victimario/a es quien establece

cuándo, su duración y características, lo que lleva a un estado de confusión en la pareja. Para

esta autora sería más adecuado denominarla “fase de manipulación afectiva” ya que es esta,

precisamente, la intención del agresor (consciente o no) y se muestra tan convincente (tal vez

porque en este momento siente realmente culpa) que la pareja accede a su solicitud de

mantener la relación, convirtiéndose prácticamente en su rehén.

Por su parte, Almeida y Gómez (2005) consideran que a partir de esta fase de reconciliación

o “luna de miel” se desprende una fase de aceptación, la víctima acepta continuar la relación

porque no quiere que se enteren los demás.

Una situación común entre los/las agresores/as es que buscan que recaiga la culpa sobre la

víctima acusándola de provocar la agresión. Esta fase puede involucrar a otras personas, a

quienes pide que intercedan para que la pareja lo/la acepte nuevamente.

En realidad no podría hablarse de un ciclo de violencia ya que esta no se repite de igual

manera sino que modifica su frecuencia e intensidad. Particularmente, al referirse a la

violencia física Torres (2005, pp. 121-122) considera que a partir de que se propina el primer

golpe todo va en aumento: la frecuencia y la intensidad, la agresividad de uno, la angustia

del otro, la desesperación de todos. Dadas sus características, diversos autores (Barea, 2006;
Dutton y Golant, 1997; Torres, 2005) consideran más apropiado denominar esta etapa como

una escalada de violencia y Barea la precisa aún más como una espiral de violencia, toda vez

que cada vez que se repite el ciclo aumenta la intensidad del maltrato.

Al tratar este ciclo o escalada de violencia debe reconocerse que el maltrato verbal puede ser

tan dañino y destructivo como la agresión física ya que mantiene a la víctima aterrorizada

por el temor de que vuelva a presentarse. Como señala Barea Una vez que da inicio la

estructura cíclica, la escalada es casi imparable (2006, p. 55).

Una vez ocurridos este tipo de actos, estos no cesan sino que tienden a repetirse con más

probabilidad, son actos cíclicos; la violencia, a simple vista, a excepción de la física, muchas

veces no puede identificarse como tal, por lo que, González y Santana señalan que (2001, cit.

en Tronco y Ocaña, 2012)

La visión excesivamente romántica de las relaciones de pareja es un elemento

fundamental que propicia la violencia, toda vez que se adoptan creencias como: el

amor lo puede todo, te celo porque te amo, no puedo vivir sin ti, entre otras, que guían

a algunos/as jóvenes a considerar que sus esfuerzos son suficientes para allanar

cualquier inconveniente que aparezca en la relación y, por lo tanto, el rechazo o las

distintas formas de violencia son interpretadas como obstáculos a vencer. Esta visión

puede también contribuir a que el sentimiento amoroso sea utilizado para justificar el

control que se desea ejercer sobre la pareja (pp. 8-9).

Ante ello, Ferreira (1995, cit. en Blázquez-Alonso, Moreno-Manso y García-Baamonde,

2011, pp. 398-399), en un estudio realizado, indica que “el 25% de los sujetos víctimas de

los malos tratos sostienen arraigadas creencias basadas en un ideal de amor romántico, donde

el dolor, los celos y la dependencia emocional son asimilados como elementos

consustanciales de la relación amorosa”; por lo tanto, el hecho de que los jóvenes no

identifiquen tales actitudes y comportamientos como violencia es una de las principales


razones por las que se fomenta en sus relaciones de pareja.

2.1.2. Formas de expresión de violencia en el noviazgo.

Es pertinente en primera instancia aclarar que existen diferentes formas de ejercer dicha

violencia. Así, en este estudio, la violencia se entiende como: Actos específicos de agresión

hacia la pareja, (por acción u omisión) por medio de los cuales busca someter y controlar a

la otra persona, infligir sufrimiento o daño físico, sexual y/o psicológico, de forma directa o

indirecta.

En lo general, son reconocidas cuatro formas de violencia entre las parejas cuando se estudia

la violencia doméstica o intrafamiliar: física, psicológica o emocional, sexual y económica.

Sin embargo, toda vez que no es habitual que exista una dependencia económica entre las

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parejas de novios, en este estudio no se ha considerado la violencia económica aunque será

brevemente explicada más adelante.

A continuación se describen las formas de violencia.

Violencia Física.

Hace referencia al sometimiento del cuerpo, desde un pellizco hasta la muerte y puede ser

ejercida con objetos. Implica el ejercicio o amenaza de golpes, empujones y/o caricias

violentas de un miembro de la pareja. Esta forma de violencia siempre vulnera la integridad

emocional de la víctima (INEGI, 2007b). Se clasifica de acuerdo a su intensidad en tres

niveles: leve, media y severa. (IMJ & SEP, 2008).

Leve: expresiones relacionadas con empujones, arañazos, jalones de cabello, mordidas.

Media: expresiones relacionadas con bofetadas, golpes, patadas, romper objetos personales

de la pareja.

Severa: expresiones relacionadas con quemaduras, intentos de estrangulamiento, amenazas

con arma punzo cortante u otra.

Violencia psicológica o emocional.


Se entiende como el abuso emocional, verbal, maltrato y menoscabo de la estima hacia una

o varias personas. Es una forma sutil que no es visible a primera vista, se caracteriza por

insultos, amenazas, celotipia, intimidaciones, humillaciones, burlas, aislamiento, infidelidad.

No se le identifica fácilmente ya que suele hacerse uso de metáforas y ante la ausencia de

evidencias no es fácil de percibir (INEGI, 2007a). No es algo objetivo ni demostrable; no hay

huella en el cuerpo.

Póo y Vizcarra (2008), señalan que la violencia psicológica se caracteriza por el uso de

insultos, humillaciones, negación de la pareja y control de los vínculos familiares y sociales

de esta. Es difícil de identificar puesto que muchos jóvenes suelen confundir cada uno de

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estos actos con el amor, pensando que si su pareja lo hace es porque lo/la quiere; más aún,

los daños que esta produce inicialmente no pueden notarse a simple vista.

Esta forma de violencia se encuentra siempre presente en todas las otras manifestaciones. Sin

embargo, es la única que se puede presentar de forma separada.

El impacto de este tipo de violencia es de largo plazo, ya que incluye actos de coerción,

manipulación y presión, concentrando los eventos de este tipo de violencia en actitudes de

control y subestimación. Quien ejerce esta forma de maltrato tiene la intención de humillar

al otro, degradarlo, buscando que se sienta mal al decirle, por ejemplo, palabras hirientes,

usando la mordacidad, bromas hirientes, la mentira, la ridiculización, el sarcasmo, el silencio,

el aislamiento e incluso las amenazas de ejercer otras formas de violencia. Todo esto busca

una disminución de la autoestima produciendo un daño emocional que vulnera la integridad

psicológica (Torres, 2005).

Esa autora también señala que entre los efectos que tiene en las víctimas encontramos

problemas de salud (psicofísicos) por la somatización, tales como alteraciones físicas,

trastornos en la alimentación y en el sueño, jaquecas, dolores musculares, gastritis, úlceras,

entre otros.
Las mujeres que ejercen este tipo de violencia lo hacen a través de la crítica, el control y el

menosprecio hacia los hombres. Por su parte, los hombres ejercen este tipo de violencia a

través de actitudes de intimidación (IMJ & SEP, 2008).

Violencia sexual.

Comprende toda forma de dominación o coerción, por medio de exigencias o el uso de la

fuerza física o moral a tener algún tipo de actividad sexual sin el consentimiento de la

persona; la expresión más evidente es la violación. Esta forma de violencia va acompañada

de un impacto emocional en la víctima (INEGI, 2007).

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Es identificada como los contactos sexuales en contra de la voluntad, impedir el uso de

anticonceptivos y forzar a realizar prácticas sexuales no deseadas. La forma más contundente de

la violencia sexual es la violación, pero no es la única y, como señala Torres (2005), se

incluyen los tocamientos en el cuerpo, obligar a la pareja a tocar el cuerpo del agresor, llevar

a cabo actividades sexuales que no son deseadas por la víctima, el acoso y el hostigamiento,

además de las burlas hacia la sexualidad de la otra persona.

Así como es difícil encontrar de manera aislada las formas de violencia en las parejas –sean

establecidas de forma permanente o de noviazgo–, también es difícil que una vez iniciadas

estas manifestaciones de maltrato, se detengan de forma espontánea; más aún, la violencia

no desaparece sino que tiende a presentarse de forma recurrente.

La violencia económica en las relaciones de noviazgo se presenta en formas limitadas.

Olvera, Arias y Amador, (2012) señalan que se manifiesta a través del derroche de dinero

por parte del hombre, el cual no da explicaciones de cómo distribuye sus gastos; así mismo

éste manifiesta ser el que trabajará si se llegan a casar. Stordeur y Stille (1989, cit. en
ReyAnacona.,

2013) conceptualizan la violencia económica como una forma de violencia de

pareja en donde a la mujer no se le deja trabajar cuando puede hacerlo y la otra persona
aprovecha el hecho de que su pareja depende económicamente de ella.

Los diversos tipos de violencia se presentan de forma variada en las relaciones de noviazgo

de adolescentes y en grados distintos. Varios estudios coinciden en apuntar que la violencia

psicológica es la que se presenta con más frecuencia en los noviazgos de adolescentes;

Blázquez-Alonso, Moreno-Manso y García-Baamonde (2011) mencionan que este tipo de

maltrato se manifiesta en jóvenes de entre 17-20 años, siendo el intervalo de edad 17-18 años

donde se evidencia un mayor número de indicadores de violencia psicológica; asimismo citan

a Fernández-Fuertes y Fuertes (p. 406) quienes señalan que en dicha edad la agresión verbal

y emocional, en concreto, representa la forma más común de conducta violenta. Del mismo

modo, González, Yedra, Oliva y Calderón (2012) encontraron la mayor incidencia de

violencia en la modalidad psicológica, incluyendo la verbal.

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Dentro de las agresiones físicas más frecuentes, en un estudio realizado por Olvera, Arias y

Amador (2012) con estudiantes universitarias de la UAEM, Zumpango, encontraron:

...el empujar y el dar golpecitos, cerca del 40% lo señalaron, otro 15% mencionó que

su pareja la besaba sin consentimiento de ella, 12% de las mujeres señaló que eran

empujadas cuando su pareja ya no quería estar con ellas, en promedio de 20% de las

encuestadas revelaron haber sido víctimas de mordidas y/o chupetones; después

figuran agresiones tales como haber sido jaladas del cabello, ser rasguñadas, y por

último hay que destacar agresiones como ser alcanzadas por algún objeto lanzado y/o

ser golpeadas por su pareja en el único fin de lastimarlas (p. 162).

En cuanto a la violencia sexual se presentan con mayor frecuencia las caricias desagradables,

lo cual implica ser besada o tocada de forma que causa incomodidad; existe también la

comparación sexual con otras ex parejas, obligación a tener sexo, el varón decide cuándo

tener sexo obligando a su pareja a realizar posiciones sexuales incómodas. Se presentan

también casos de forma mínima, el tomar fotografías sexuales, obligar a practicarse el aborto
y la negación a que la mujer se realice un examen de detección de enfermedades de

transmisión sexual (Olvera et al., 2012, p. 163).

La ENVINOV 2007 (IMJ y SEP, 2008) deja ver que ya para ese año 15% de las y los jóvenes

habían experimentado al menos un incidente de violencia física, en cuanto a la violencia

psicológica se revela que el 76% de los jóvenes han sido víctimas de ésta, mientras que 16.5%

de las jóvenes entrevistadas señaló haber sufrido por lo menos un evento de violencia sexual,

de lo anterior, a manera de conclusión podemos notar que más del 70% de los adolescentes

han sido víctimas de violencia psicológica, siendo notable también que este tipo de

agresiones son las de mayor prevalencia en las relaciones de noviazgo.

Según informes de Rey-Anacona (2013), en un estudio realizado con jóvenes

colombianos, el 85.6% de los participantes informó haber ejercido, por lo menos una vez,

de alguna forma de maltrato por parte de su pareja (p.146). El tipo más frecuente fue el

psicológico, seguido por el físico, el emocional, el sexual, el económico y el negligente. Estos

datos coinciden con los de otros estudios que señalan que las agresiones psicológicas a veces

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se identifican menos que las de tipo sexual o física, pero su prevalencia es mayor en los

noviazgos (Kuffel y Katz, 2002; Forke, Myers, Catallozzi y Schwarz, 2008; Shorey, Temple,

Febres, Brasfield, Sherman y Stuart, 2012, Cit. en Rojas-Solís, 2013b, p. 6).

2.2. Violencia en la familia como antecedente de la violencia en el noviazgo.

Son diversos los factores que tienen gran influencia para que se desarrolle la violencia

durante el noviazgo; por ello, considerando a Velázquez (2011, p. 41), para analizar el caso

de la violencia en las relaciones de noviazgo de adolescentes es importante “tomar en cuenta

los antecedentes de violencia que se presentan en las familias de los jóvenes, puesto que ésta

(la familia) es el principal medio por el cual se transmiten los valores, la cultura, las formas

de ser, así como la forma de pensar y actuar.”


En ese sentido, Goleman (1999, cit. en Ramírez y Núñez, 2010, p. 274), señala que las formas

diversas de ver el entorno por cada uno de los integrantes de la pareja está relacionado con

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las formas de crianza que vivieron: disciplina férrea o comprensión empática, muestras de

cariño o indiferencia; cualesquiera que fueran repercutirán en su vida emocional y formas de

relación interpersonal posteriores.

Así, es importante mostrar la relación que existe entre las formas de convivencia en la familia

de origen, incluida la violencia vivida, y las manifestaciones posteriores de violencia en las

relaciones de pareja. Almeida y Gómez (2005) refieren que la violencia se gesta en la

desigualdad y se nutre en el poder y en la familia se reproducen jerarquías sociales de

dominación y desigualdad. Las experiencias vividas en la familia de origen constituyen

modelos de aprendizaje y respaldo cultural por los que los adolescentes se pueden convertir

en victimarios de sus parejas (Rey-Anacona, 2008, p. 237; González-Ortega, Echeburúa y

Corral, 2008; IMJ y SEP, 2008). Al respecto, la ENVINOV 2007 muestra que la transmisión

de la cultura de una generación a otra es, tal vez, el aspecto más importante que caracteriza a

la violencia en las relaciones de noviazgo: 21.3% de los jóvenes encuestados en sus hogares

refirió que en sus casas había insultos, teniendo mayor incidencia en los hogares urbanos;

9% mencionó que había golpes. Estar expuestos a la violencia en el hogar tiende a perpetuar

en ellos la percepción de hostilidad y la tendencia a repetir esos patrones en sus posibles

relaciones.

En otro estudio realizado con estudiantes de secundaria (Sánchez, Muñoz, Barrigüete y

López, 2005, p. 74) entrevistaron a profesores y, a pregunta expresa, ¿cómo crees que influye

la familia sobre los problemas de violencia en el centro? la totalidad del profesorado

entrevistado dijo que es fundamental la influencia de la familia para la presentación de la

conducta violenta: si existe violencia en el núcleo familiar, esto es un modelo que cualquier

niño o adolescente reproduce. Crecer en este tipo de familias tiene como consecuencias la
pérdida de confianza en sí mismo y en los demás, baja autoestima y problemas subsecuentes

en las relaciones íntimas, como el noviazgo (Canales, 2014, p. 51). Los adolescentes son más

vulnerables a convertirse en víctimas o victimarios de violencia en las relaciones

interpersonales, situación que no solo es determinada exclusivamente por la edad, sexo, clase

social (Abad, 2008, p. 1; en Lievano, M., Duque, M., Shears, M. y Castro, K., 2013) sino

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también por el hecho de vivir o haber vivido en una familia disfuncional caracterizada por la

violencia al interior de ella.

En muchos de los casos, interpretando a Olvera, Arias y Amador (2012) , el hecho de que en

una relación de noviazgo se presente algún tipo de violencia depende mucho de los patrones,

que tanto hombres como mujeres, han aprendido desde la infancia, principalmente en el

entorno familiar, toda vez que dichos patrones son normalizados y validados como formas

de común convivencia en la sociedad; así lo plantea Sears (2007, cit. en Rey-Anacona, 2008,

p. 232) cuando menciona que la vivencia de una forma particular de violencia en la familia

de origen (o de la pareja) incide en el tipo de relación que establecerá.

Los factores de riesgo de la violencia en las parejas jóvenes que han sido más estudiados son

la observación de violencia entre los padres, la aceptación de la violencia en las relaciones

de pareja, tener amigos o conocidos que han sido víctimas o victimarios de dicha violencia,

los roles tradicionales de género y la experiencia de haber sido víctima de violencia por parte

de la pareja o en la familia de origen (Matud, 2007; Sears et al, 2007; Smith et al, 2005, cit.

en Rey Anacona, 2008, p. 232). En ese sentido, el hecho de que los adolescentes se hayan

desenvuelto en un ambiente donde hubo actos de violencia de cualquier tipo se asocia tanto

con la victimización como con la práctica de ésta, y esto no sólo en las mujeres, sino también

en los varones.

Así pues, Velázquez (2011, p. 41) en su estudio, encontró que las mujeres que reportaban

violencia conyugal (55%) habían sido objeto de maltrato durante su infancia; asimismo, de
las mujeres que padecen violencia física o sexual con su pareja sufrieron violencia cuando

eran niñas (65%).

Es evidente que la familia juega un papel muy importante como modelo de aprendizaje y

legitimación de la violencia en las relaciones de la pareja; la violencia puede ser una conducta

aprendida, previa a la formación de la pareja, y, como señalan Osorio y Ruíz (2011), no

cambia espontáneamente por la voluntad o promesas del agresor o por el amor y cuidados

que le profese a la pareja.

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Cortaza, Mazadiego y Ruiz, (2011, p. 15), revelan en su estudio que “la violencia para

algunas de las participantes se ha iniciado desde el núcleo familiar, ya que el 6.1% de estas

jóvenes reportó haber vivido situaciones de violencia ocasionadas por algún integrante de su

familia.”

Existen otros factores incluidos en el contexto familiar que pueden llevar a que la violencia

se reproduzca, como se muestra en el estudio de Ramírez y Núñez (2010, p. 278) quienes

reportan que “56% de los encuestados manifestó que la autoestima era el aspecto que más

podría influir para que ocurriera la violencia en el noviazgo, seguido de los factores de estilos

de crianza (31%) y finalmente el económico (26%).”

En un estudio más reciente, realizado por Rey-Anacona (2015) señala que el hecho de que

los jóvenes hayan observado actos de maltrato entre los padres está relacionado con la

ejecución de malos tratos durante sus relaciones de noviazgo, aceptan el uso de violencia y

se adjudican rasgos agresivos. Asimismo, su estudio revela que los jóvenes que vivieron en

un ambiente violento cuando niños, veían con naturalidad las agresiones en las relaciones

románticas creyendo así que la violencia es común en las relaciones de pareja de sus pares.

Es así que, quienes presencian violencia entre sus padres muestran una tendencia hacia una

actitud en favor de la violencia y tienen un riesgo de recibirla y ejercerla.

2.3. Consumo de sustancias y violencia en el noviazgo.


Diversos son los factores de riesgo de violencia, por ejemplo, que los jóvenes hayan

presenciado estos actos en su entorno familiar, en sus relaciones entre iguales, etcétera. El

consumo de sustancias es otro factor muy importante y la relación entre el consumo de drogas

y la violencia en el noviazgo no se expresa en una relación causa-efecto, sino como parte de

un complejo fenómeno multicausal, existiendo en la base de ambos fenómenos, factores que

influyen en la aparición y mantención de ambas problemáticas (Saldivia y Vizcarra, 2012).

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En diversas investigaciones se ha destacado que existe una relación significativa entre el

consumo de sustancias y la probabilidad de ejercer algún tipo de agresión contra la pareja.

En el estudio de Yedra, González y Oliva (2013) con estudiantes de una universidad

portuguesa se encontró una relación estadísticamente significativa entre consumir alguna

droga y la expresión de ciertos comportamientos violentos con su novio/a, tales como:

Ignorar las opiniones, callar al otro bruscamente, gritos, insultos, empujones, entre otras

formas. En los datos reportaron que 47.8% de los estudiantes consumen alguna sustancia

adictiva; de ellos 53.7% son hombres y 43.4% mujeres; la sustancia de mayor consumo es el

alcohol, con 83.7%, seguido del tabaco con 70.0%. El consumo de marihuana, es

considerablemente elevado (26.0%), le siguen en preferencia la cocaína, el éxtasis y el crack,

consumo que se ha asociado a la manifestación de violencia.

Guzmán, Esparza, Alcántara, Escobedo y Henggeler (2009) indican que existe relación entre

el consumo de alcohol y la violencia psicológica, tanto la que ejerce el hombre como la que

recibe la mujer, reportando que 80.3% de las mujeres han sido víctimas de violencia

psicológica en el noviazgo y 77.4% de los hombres han ejercido violencia psicológica

durante esta etapa; estos eventos se caracterizan por: explicaciones acerca de sus conductas,

control del uso del móvil y gritos. Los autores destacan que existe relación positiva y

significativa entre el consumo de alcohol y la violencia psicológica ejercida por el hombre;

el consumo por parte de las mujeres está asociado positivamente con ser víctimas de abuso
psicológico; a mayor consumo dependiente y perjudicial del hombre, mayor es el abuso

psicológico que ejerce contra su novia.

Comparando los datos anteriores con el estudio que realizaron Cortaza, Mazadiego y Ruiz

(2011) encontraron que las parejas de las adolescentes presentan consumo de bebidas

alcohólicas (29%) y ellas señalaron haber sido víctimas de violencia psicológica (61.2%);

también reportaron haber recibido golpes con las manos u objetos por parte de sus novios

(3%) y haber sido obligadas a tener relaciones sexuales sin consentimiento 4.4%.

En su estudio, Muñoz-Rivas, Gámez-Gaudix, Graña y Fernández (2010) destacaron que se

ha encontrado que los adolescentes presentan un nivel de consumo de drogas ilegales y

alcohol elevado lo que incrementa la probabilidad de informar agresión física y sexual para

20

ambos sexos. Incluso los varones con un alto consumo reportaron ser ellos quienes iniciaban

las agresiones contra su pareja. Concluyen que el uso de alcohol y drogas resulta un riesgo

para la violencia durante el noviazgo y debe ser considerado en las formas de prevención de

la violencia de los adolescentes.

Se ha encontrado también que el uso de sustancias no solo favorece el maltrato sino que

también mediatiza la forma en que se realiza, por ejemplo, el alcohol está asociado con el

nivel de violencia, con la forma física y no con el abuso sexual; la cocaína sí se asocia al

abuso sexual y no al maltrato físico (Rodríguez, Rodríguez y Antuña, s/f).

Por otro lado, Saldivia y Vizcarra (2012) hallaron que en relación a la prevalencia del

consumo de drogas 81.3% de los jóvenes universitarios ha consumido alcohol durante el

último año, 48% ha consumido tabaco, 22.2% marihuana, 2.6% otros alucinógenos, 1.5%

anfetaminas, 1% cocaína y 5.7% otras drogas. Lo anterior se asocia, según los autores, a la

prevalencia de la violencia en el noviazgo, resultando que 71,7% de los estudiantes

encuestados declara haber experimentado al menos un episodio de violencia en su relación

de pareja, 62 % declara haber experimentado episodios de violencia psicológica y 31.7%


violencia física.

Desde una perspectiva masculina, Barbosa (2013), en la Universidad Autónoma de

Querétaro, encontró que 54.8% de los varones había consumido algún tipo de droga, de estos,

la de mayor prevalencia fue el alcohol con 51.6% sobre el uso de sustancias ilícitas; 27.41%

habían consumido marihuana y 22.04% crack, cocaína, anfetaminas, opio, alucinógenos,

inhalables y anabólicos. Vinculado el comportamiento y el consumo de sustancias, se

encontró que 16% han experimentado un cambio de humor cuando han consumido alcohol y

3.8% para otras drogas. En cuanto a la relación con el consumo de alcohol y prevalencia de

violencia en el noviazgo, 10.2% mencionó que se siente agresivo al consumir esta sustancia;

3.2% han insultado a su pareja estando bajo los efectos de la misma y 1.6% ha destruido

cosas de su pareja estando alcoholizado.

21

Los datos anteriores muestran la incidencia que tiene el uso de sustancias (legales e ilícitas)

en la generación de episodios violentos en las relaciones de noviazgo de adolescentes. Así

como el consumo de sustancias en adolescentes incrementa la probabilidad de ejercer

violencia contra su pareja existen otros factores de riesgo que los impulsan a hacer uso de

este tipo de actos, entre ellos los medios de comunicación, principalmente la televisión.

2.4. Incidencia del consumo televisivo en la violencia en el noviazgo.

Las actitudes violentas, según Bandura (1976) pueden ser aprendidas a partir de la

observación e imitación de modelos entre los que podemos incluir los parentales pero

también los televisivos y que de una manera u otra han sido reforzados por la interacción

habitual.

Una investigación llevada a cabo en EUA, que analizó 188 estudios realizados durante el

periodo 1957-1990, concluyó que: "en general, la mayor parte de los estudios, fuera cual

fuera su metodología, mostraban que la exposición a la violencia en televisión provocaba un

comportamiento cada vez más violento, tanto en el momento como con el paso del tiempo",
según refiere Pérez (2008) y explica la violencia en los medios de comunicación en cualquier

modalidad como se lee

Es la presentación de imágenes y textos destinada a excitar instintos humanos

fundamentales hacia actos contrarios a la dignidad humana, que describen actos de

poder u omisión intencional dirigidos a dominar, someter, controlar o agredir física,

verbal, psicoemocional o sexualmente, sin justificación, a cualquier miembro de la

sociedad o de la familia, mediante expresiones concretas como el maltrato o la fuerza

física, psicoemocional o sexual, no con un fin didáctico o de sensibilización y

concientización respecto del fenómeno, sino por el contrario, únicamente como

reproductor de tales imágenes.

Asimismo, reconoce que para que se presente la violencia, en cualquiera de sus modalidades,

los medios de comunicación tienen gran influencia en ambos sentidos: para que se presenten

y se reproduzca el problema y también para que se prevenga y se pueda erradicar. Si bien las

22

personas aprenden quiénes son a partir, principalmente de su grupo primario de adscripción

(la familia) y el medio que le rodea, no se puede dejar de lado la influencia de las imágenes

y narraciones a través de las cuales se aprenden valores y antivalores, así como formas de

comportamiento y socialización.

La televisión ya es reconocida como uno de los medios que influyen en la transmisión de

valores, actitudes y patrones de pensamiento y conducta. De acuerdo con diversos estudios

de televisión en sus programas suele haber contenido tanto positivo como negativo; ejemplos

de ello, actos violentos presentando ante los televidentes violencia física, verbal, psicológica

y sexual; entre dichos programas, según Mesa (2002), están los anuncios de series, películas,

vídeos musicales, autoanuncios de películas, series dramáticas, reality shows, series cómicas,

entre otros.

Siguiendo las líneas de mismo autor (pp. 213-214), se afirma que la televisión puede tener
una poderosa influencia en el desarrollo de un sistema de valores (o antivalores) y en la

formación del comportamiento; pero ante una programación cargada de violencia puede

causar efectos en niños y adolescentes puesto que pueden volverse <<inmunes>> al horror

de la violencia; aceptar gradualmente ésta como un modo de resolver problemas; imitar la

violencia que observan en la televisión e identificarse con ciertos caracteres, ya sean víctimas

o agresores. Señala que la psicología del comportamiento advierte que la violencia televisiva

refuerza las tendencias violentas existentes en el sujeto; provoca un efecto directo en el

consumidor al contagiarse con esas conductas; al observar conductas violentas en la

televisión tienden a actuar de forma violenta imitando esos modelos observados.

En concordancia con lo señalado, un estudio realizado por Andrade, Céspedes y Villamil

(2012) muestra que 60% de los programas de televisión tienen algún contenido de violencia;

aunado a esto, Arboccó y O’Brien (2012) mencionan que la observación de episodios

agresivos en la televisión sirve para estimular sentimientos agresivos en el espectador

afectando de esta manera los valores y modelos de conducta en proporción al tiempo que se

le dedica.

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El contenido televisivo está basado directa o indirectamente en roles masculinos y femeninos

desfigurados, los modelos de belleza femenina, la mujer como objeto sexual, la neurotización

de las relaciones de pareja expuestas en las telenovelas, entre otros (Arboccó y O’Brien,

2012) y con ello, el hecho de que los adolescentes observen ese tipo de contenido los lleva a

apropiarse de diversas actitudes y comportamientos, tanto mujeres, con el hecho de observar

una imagen femenina pasiva, como varones al mirar conductas machistas, principalmente en

las telenovelas.

De acuerdo con este tipo de contenidos y visión de modelos, se van adoptando formas de

comportamientos que les indican cómo, contra quién y cuándo ejercer violencia; otro de los

aprendizajes es que la intimidación física es efectiva para controlar a otros (Myers, 2004, cit.
en Andrade, Céspedes y Villamil, 2013). Otro aspecto a considerar es que los Mass Media

pueden ser, en realidad, reforzadores de los modelos familiares, con lo que se van

consolidando las formas disruptivas de comportamiento.

Por otra parte, Kubey (2010, cit. en Pérez et al., 2013 p. 14) señala que la televisión se ha

convertido en una fuente de polémicas en torno al contenido que ofrece y a la influencia

ejercida en el comportamiento de los adolescentes; ha señalado que es enormemente adictiva,

pudiendo provocar (a largo plazo) trastornos mentales, tendencias a la agresión y reduce la

habilidad de comunicación interpersonal, problemas de obesidad y sedentarismo.

De esta manera es como se considera que los televidentes, en este caso los adolescentes, al

permanecer por períodos muy prolongados frente a la pantalla les producirá dependencia a

ésta, y sus programas con contenido de violencia afectarán su comportamiento; además de

impedirles desarrollar las habilidades para comunicarse, tanto en la familia, en la escuela y

en cualquier entorno que tuviese que convivir, alterando su desarrollo psicológico normal.

En el Informe de Ejecución del Plan de Acción contra la Violencia Doméstica (1998-2000,

cit. en López, 2006., p. 8) se señala que “es todavía frecuente que tanto en los programas

como en la publicidad se sigan reproduciendo estereotipos y roles sexistas que, bien de una

manera abierta o bien de un modo más encubierto, contribuyen a perpetuar situaciones de

desigualdad, de prevalencia de un sexo sobre otro, que pueden favorecer la aparición de

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manifestaciones de violencia” lo que pone de manifiesto el efecto que tiene las diferentes

formas de comunicación masiva en la formación de patrones de comportamiento.

Los datos anteriores nos dejan ver cómo los niños y adolescentes al presenciar los programas

televisivos suelen hacer representaciones románticas de las relaciones de noviazgo aceptando

como normales las expresiones violentas; la televisión también puede influir para tener

ciertos comportamientos pero también para modificarlos de acuerdo con los modelos que en

ella se les presentan.


Por lo antes mencionado, podemos reconocer la gran influencia que ejercen los medios de

comunicación en los adolescentes quienes, por la edad en la que se encuentran, pueden llegar

a ser afectos a diversos programas que tienen, en muchos casos, contenido de actos violentos;

la exposición a estas imágenes los insensibiliza y, al mismo tiempo, anima a imitar esos

comportamientos violentos tratando de resolver los problemas mediante ese tipo de acciones.

Los adolescentes toman de los modelos televisivos representaciones sobre las relaciones

románticas mismos que usan para orientar su comportamiento en sus primeras experiencias

de noviazgo. Por ello, se requiere que niños y adolescentes aprendan a visualizar los

contenidos televisivos de manera razonada y crítica, de acuerdo a su edad, para poder decidir

lo que es acorde a su estilo de vida familiar, sus valores y cultura; en síntesis, que puedan

decidir lo que es conveniente y lo que no.