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N A R R AT I VA S

de memorias y resistencias

Autores
Nathalia Martínez Mora
Paola Acosta Marroquín
María Carolina Alfonso Gil
Roberto Caicedo Narváez
Adrián Tabares
Sonia Ruiz Galindo
Angélica María Nieto García
Nathalia Martínez Mora
Doctoranda en Educación Doctorado Interins-
titucional en Educación DIE sede Universidad
Distrital Francisco José de Caldas. Magíster
en Estudios Sociales Universidad Pedagógica
Nacional. Licenciada en Educación Básica con
Énfasis en Ciencias Sociales Universidad Distrital
Francisco José de Caldas. Docente Investigadora,
Coordinadora de Publicaciones y Editora Revis-
ta Polisemia, Centro de Pensamiento Humano
y Social, Corporación Universitaria Minuto de
Dios. Miembro de los Grupos de Investigación
Ciudadanía, Paz y Desarrollo Corporación Univer-
sitaria Minuto de Dios y Grupo de Investigación
Cyberia Universidad Distrital. Correo electrónico:
nathaliamartinezm@gmail.com

Nadia Paola Acosta Marroquín


Magíster en Investigación Social Interdisci-
plinaria y Licenciada en Pedagogía Infantil
Universidad Distrital Francisco José de Caldas.
Investigadora, Corporación Internacional para
el Desarrollo Educativo (CIDE). Docente In-
vestigadora, Programa de Pedagogía Infantil
Corporación Universitaria Minuto de Dios.
Correo electrónico: paolitaj3@hotmail.com

María Carolina Alfonso Gil


Magíster en Estudios Sociales y licenciada
en Educación Básica con Énfasis en Ciencias So-
ciales, Universidad Pedagógica Nacional. Coordi-
nadora y docente de la licenciatura en Educación
Básica con Énfasis en Ciencias Sociales (LEBECS)
Universidad Pedagógica Nacional, donde ha traba-
jado en seminarios de investigación, pedagogía y
dirección de tesis. Investigadora del Grupo Cyberia
de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas,
en los temas de mujeres, memoria, movi-
miento social de mujeres y conflicto armado.
Correo electrónico: carolina.alfon@gmail.com
Narrativas de
memorias y resistencias
Narrativas de
memorias y resistencias

Autores

Nathalia Martínez Mora


Paola Acosta Marroquín
María Carolina Alfonso Gil
Roberto Caicedo Narváez
Adrián Tabares
Sonia Ruiz Galindo
Angélica María Nieto García
Martínez Mora, Nathalia
Narrativas de memoria y resistencias / Nathalia Martínez Mora y otros 6 .-– Bogotá: Corporación
Universitaria Minuto de Dios. Facultad de Ciencias Humanas y Sociales, 2014.

256 p. : Incluye bibliografía


ISBN 978-958-763-090-9

1. Conflicto armado-Memoria histórica-Colombia-Estudios de casos. –- 2. Víctimas del conflicto


armado-Colombia. –- 3. Organización Femenina Popular-Historia-Colombia. -– 4. Violencia-
Colombia-1948-1958-Relatos personales. – 5. Mujeres-Condiciones sociales-Colombia-Siglo XX
I. Acosta Marroquín, Paola. -- II. Alfonso Gil, María Carolina. -- III. Caicedo Narváez, Roberto- --
IV. Tabares, Adrián. -- V. Ruiz Galindo, Sonia. – VI. Nieto García, Angélica María

BRGH: 303.6 M17n

Narrativas de memorias y resistencias


© Corporación Universitaria Minuto de Dios – UNIMINUTO
Centro de Pensamiento Humano y Social (CPHS).
© Nathalia Martínez Mora, Paola Acosta Marroquín,
María Carolina Alfonso Gil, Roberto Caicedo Narváez,
Adrián Tabares, Sonia Ruiz Galindo, Angélica María Nieto García.

Primera edición. Bogotá, Colombia. Febrero de 2014.


Isbn: 978-958-763-090-9

Corporación Universitaria Minuto de Dios – uniminuto


Leonidas López Herrán Irina Florián Ortiz
Rector General uniminuto Corrección de estilo

P. Harold Castilla Devoz María Cristina Rueda Traslaviña


Rector Sede Principal uniminuto Wilson Martínez Montoya
Realización gráfica y pinturas originales
Luz Alba Beltrán Agudelo
Vicerrectora Académica Sede Principal Capítulo Las políticas de la memoria y la identidad
política en la Organización Femenina Popular (OFP):
Carolina Alfonso Gil
Amparo Vélez Ramírez
Directora General Investigaciones Capítulo Maternidades en resistencia:
Sonia Ruiz Galindo
Carlos Germán Juliao Vargas Capítulo Resignificando La Casita del Terror: el
Director de Investigaciones Sede Principal espacio como representación de la reconciliación:
Angélica María Nieto García
Marlene Sánchez Moncada Fotografías
Piedad Ortega Valencia
Universidad Pedagógica Nacional Ciudadanía, Paz y Desarrollo
Pares evaluadoras (Categoría A1 Colciencias, 2012)
Grupo de Investigación
Nathalia Martínez Mora
Coordinación Editorial Impreso en Colombia – Printed in Colombia

Reservados todos los derechos a la Corporación Universitaria Minuto de Dios - UNIMINUTO. La reproducción parcial
de esta obra, en cualquier medio, incluido electrónico, solamente puede realizarse con permiso expreso del editor y
cuando las copias no sean usadas para fines comerciales. Los textos son responsabilidad del autor y no comprometen la
opinión de UNIMINUTO.
Índice

Presentación . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 8

Aproximaciones teóricas y metodológicas


al estudio de la memoria . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 14

Visibilización de la memoria:
un análisis a la producción académica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 17
Nathalia Martínez Mora, Nadia Paola Acosta Marroquín

Las políticas de la memoria y la identidad política


en la Organización Femenina Popular (OFP):
una mirada teórico-metodológica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 73
María Carolina Alfonso Gil

Construcción de memoria histórica-colectiva


desde las víctimas en Colombia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 109
Roberto Caicedo Narváez
Narrativas:
mujeres, lugares y subjetividades . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 138

Rojos y azules:
rastros de una violencia de distintos trapos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 141
Adrián Tabares

Maternidades en resistencia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 191


Sonia Ruiz Galindo

Resignificando La Casita del Terror:


el espacio como representación de la reconciliación . . . . . . . . . . . . . . . 229
Angélica María Nieto García

6 Narrativas de memorias y resistencias


Presentación

D
e manera reciente Colombia asiste nuevamente a un pro-
ceso de diálogo y negociación entre el gobierno nacional
y la guerrilla de las FARC, con el objetivo de cesar el
estado de guerra, nominado internacionalmente (DIH) conflicto
armado interno, que ha convulsionado al país desde hace más de
cincuenta años.

Un conflicto que surge como consecuencia de la presencia de


un Estado débil, incapaz de superar el contexto de desigualdad y de
pobreza extrema que recae sobre la mayoría de las comunidades, la
distribución inequitativa de la tierra, los recursos y las riquezas, la
violencia ejercida por miembros de las fuerzas estatales y la impo-
sición de un modelo económico, social, cultural y político, que pri-
vilegia una visión de sociedad y de sujetos e invisibiliza y quebranta
formas tradicionales de economía, de relación con la biosfera, de
gestión de la vida y de saberes autónomos existentes a lo largo del
territorio colombiano. Pero que además, expresa desde hace varios
años alianzas intrincadas con la actividad del narcotráfico.

Todo ello, ha devenido en la precarización de las condicio-


nes de vida de centenares de personas que vienen soportando las
consecuencias inefables de una confrontación que sobrepasa los
límites de lo humano, lo cual se traduce en el agotamiento de la
sociedad en su conjunto. Pero este agotamiento no se manifiesta
únicamente en el malestar sino en la materialización de experien-

8 Narrativas de memorias y resistencias


cias alternativas que apuntan a construir opciones de relaciones
distintas y formas diversas de tramitar y superar estos efectos. Una
de ellas es la memoria, que en las últimas décadas se ha venido
constituyendo en una plataforma de acción y resistencia, de estra-
tegia para el agenciamiento de políticas y de fuente de reflexión y
comprensión de aquello que nos constituye hoy como sociedad,
tanto para las organizaciones sociales, como para la academia, las
comunidades artísticas e instituciones de carácter oficial, lo cual
configura un escenario de disputa por la producción de sentidos
sobre el pasado reciente.
En este sentido, el libro Narrativas de Memorias y Resisten-
cias se enmarca en el proceso de discusión y fundamentación de la
línea Memoria, Territorio y Ciudadanía del Grupo de investigación
Ciudadanía, Paz y Desarrollo, como resultado del trabajo investiga-
tivo desarrollado por Sonia Ruiz Galindo, Angélica Nieto García
y Nathalia Martínez Mora docentes investigadoras del Centro de
Pensamiento Humano y Social y de Roberto Caicedo, del Instituto
Bíblico Pastoral Latinoamericano de Uniminuto, en compañía de
Carolina Alfonso, Paola Acosta y Adrián Tabares, como docentes
invitados externos, que tiene como propósito contribuir a la com-
prensión y visibilización de miradas y propuestas alternativas que
se vienen gestando desde hace varias décadas frente a: la idea de
maternidad que de forma hegemónica se ha impuesto socialmente,
a los proyectos de desarrollo extractivos que se implementan en el
país, a los efectos devastadores de la violencia y el conflicto armado
sobre las poblaciones y los territorios. Pero también, ofrece una
mirada a los crecientes estudios en el tema de la memoria, como
una forma de aportar al desafío que reviste para la academia la
producción de conocimiento socialmente pertinente.
El libro se divide en dos grandes apartes: Aproximaciones
teóricas y metodológicas al estudio de la memoria, conformado por
tres capítulos que enfatizan en los resultados de carácter teórico
y metodológico de las investigaciones desarrolladas, y Narrativas:
mujeres, lugares y subjetividades compuesto de tres capítulos en donde
los resultados obtenidos en el trabajo con testimonios resulta ser
el centro de exposición para estas investigaciones.

Narrativas de memorias y resistencias 9


De esta manera, el primer aparte inicia con el capítulo titulado
Visibilización de la memoria: un análisis a la producción acadé-
mica, que presenta un estado del arte de la producción académica
existente sobre memoria histórica, social y colectiva, a partir de un
balance que compila cincuenta y seis tesis de posgrado de nueve
universidades de Bogotá en un periodo amplio que va desde 1990
al 2012, debido a que en este tiempo se localizaron los estudios
de memoria, con una mayor concentración en 2008. El proceso de
elaboración del estado del arte corresponde a la primera fase de la
investigación Aproximaciones epistémicas al campo de la memoria:
una mirada a la perspectiva del acontecimiento, cuyo objetivo consistió
en identificar como ha sido abordado este tema de investigación en
el escenario académico en términos teóricos y metodológicos. En el
estado del arte se lograron determinar cinco ejes temáticos que se
van configurando en lugares específicos de interés e indagación, y que
van posicionando enfoques, metodologías, categorías y perspectivas
de conocimiento particulares para el estudio de la memoria. Asimis-
mo, el estado del arte permitió definir los campos de saber que se
están constituyendo en el ámbito académico frente a la producción
de memoria en Colombia, los cuales se encuentran relacionados con
las propuestas formativas de las universidades estudiadas.

El segundo capítulo Las políticas de la memoria y la identi-


dad política en la organización femenina popular: una mirada
teórico-metodológica, ofrece una mirada al proceso analítico esta-
blecido para el desarrollo de la investigación Políticas de la memoria
e identidad política en la Organización Femenina Popular, desde la
perspectiva teórico-metodológica empleada. Tres apartados constitu-
yen la estructura de este texto: el contexto histórico de surgimiento
y fortalecimiento de la OFP, las fases que componen la metodología
y las claves de lectura que orientaron la investigación. El énfasis
particular de este capítulo reside en el análisis de las categorías de
políticas de la memoria e identidad política, a partir del trabajo de
la Organización Femenina Popular OFP, desde donde se concluye
que tanto las políticas de memoria, como su identidad política se
constituyen en algunas de las apuestas políticas para reivindicar los
procesos de memoria y resistencia frente a los efectos del conflicto

10 Narrativas de memorias y resistencias


armado colombiano. Justamente, la relación mujer-madre se vuelve la
bandera política que le permite a este movimiento de mujeres seguir
construyendo experiencias de vida en medio de este contexto. En este
sentido, se aprecia una cantidad de referentes biográficos, materiales
y simbólicos, que dan cuenta de las luchas y reivindicaciones políticas
que se entretejen en una región tan golpeada por el conflicto.
El tercer capítulo Construcción de memoria histórica-colectiva
desde las víctimas en Colombia presenta una primera aproximación
a los procesos de construcción de memoria colectiva e histórica y
sus implicaciones en la configuración de la categoría de víctimas del
conflicto armado colombiano. Los ejes de reflexión de este capítulo
están conformados por: el contexto general del conflicto armado y el
surgimiento de la categoría víctima desde el campo jurídico y desde
el reconocimiento que realizan las mismas víctimas de su condición;
el contexto de aparición de organizaciones defensoras de derechos
humanos y de víctimas y el trabajo de memoria que realizan desde
hace varias décadas, como parte de las estrategias políticas definidas
en la búsqueda de la verdad, la justicia, la reparación y las garantías
de no repetición; los mecanismos de revictimización que se han
establecido por parte del Estado y de los actores armados hacia las
poblaciones afectadas por el conflicto; para terminar en el análisis
del papel que juega la memoria en la constitución de las victimas en
sujetos sociales y políticos, que permita un diálogo trasversal entre
éstas, el Estado y la sociedad en general, pero también, fortalecer
sus acciones y procesos políticos.
Por su parte Rojos y azules: rastros de una violencia de dis-
tintos trapos, capitulo que abre el segundo aparte del libro, expone
avances de la investigación Las Marcas del Desplazamiento en la
Mentalidad del Colombiano de los Años Cincuenta, que como núcleo
central se pregunta por la influencia generada por el desarraigo, el
desplazamiento, la persecución y el miedo en la intimidad colectiva
y la subjetividad de poblaciones rurales que vivieron la llamada
época de La Violencia (1948-1954). A partir del análisis de diecio-
cho testimonios de protagonistas, espectadores y víctimas en ese
periodo, cuyas consecuencias marcaron su infancia y juventud, se
pretende reconstruir los vestigios producidos en la cotidianidad de

Narrativas de memorias y resistencias 11


miles de familias campesinas por los acontecimientos producidos
en dicha época, que con su migración fortalecieron el crecimiento, el
poblamiento y las costumbres de los centros urbanos en las décadas
1950 y 1960. Tres ejes de análisis constituyen el desarrollo de este
capítulo: el significado de narrar una historia, la manera como se
narra y las condiciones históricas que hicieron posible la época de
La Violencia en Colombia. Se considera de enorme importancia este
tipo de estudios, debido a la invisibilidad en la que recayeron estas
historias, junto con las implicaciones de La Violencia en la cultura y
en las relaciones cotidianas, gracias al silencio tanto público y privado
que fue imponiéndose frente a lo acontecido.
El quinto capítulo Maternidades en resistencia presenta un
trabajo histórico realizado desde la perspectiva género, que indaga
por las maternidades que se van configurando desde principios del
Siglo XX, a través de las historias de vida de tres mujeres que se
desarrollaron en el contexto rural de Santander, departamento de
Colombia. Se analizan, entonces, los roles de sexo que jugaban estas
mujeres y el simbolismo sexual en el marco familiar y el de pareja,
pero también en el ámbito público y la incidencia política que ello
significo, a partir del testimonio de Adelaida que se convierte en
hilo conductor de las historias, pues su experiencia de vida narrada
ofrece una aproximación a la manera cómo actúan las relaciones de
género. Lo que muestran estas historias de vida es que la maternidad
ensoñada, idealizada, feliz y deseada, ligada exclusivamente al cuerpo
y a la experiencia vital de la mujer y que ha sido naturalizada casi
de forma privilegiada en nuestras sociedades occidentales, no es tan
común como pareciera ser. Por el contrario, la angustia, la espera,
el delegar la crianza de los y las hijas, las relaciones madre-guerra,
madre-proveedora y madre-maestra se consideran quiebres, que
aunque se ubiquen en la lógica de sociedades patriarcales que im-
ponen normativas que nos instituyen, permiten evidenciar rupturas
en las maternidades que han devenido hegemónicas históricamente.
El último capítulo titulado Resignificando la “casita del terror”:
el espacio como representación de la reconciliación muestra un
trabajo de memoria realizado en el marco de la investigación Apren-
diendo del “Progreso”, Haciendo Memoria con los Sancarlitanos: la

12 Narrativas de memorias y resistencias


Construcción de la Hidroeléctrica de San Carlos en los Años 80’s. En
el texto se particulariza la relación entre los lugares y las imágenes,
como vehículos de la memoria, mediante el análisis de las marcas
producidas por el conflicto armado en un lugar: el hotel Punchiná
en el municipio de San Carlos- Antioquia, que con la incursión del
paramilitarismo en esa región se convirtió en el sitio privilegiado
de torturas, desapariciones y asesinatos, pero que luego de la des-
movilización de estos grupos armados, sirvió de espacio para el
funcionamiento del Centro de Acercamiento para la Reconciliación
y la Reparación CARE, hoy Centro de Emprendimiento Unidos por
San Carlos CEUSACA, a partir de un ejercicio de intervención que
logra configúralo en lugar de memoria mediante ejercicios simbólicos
de resignificación. La transformación de este lugar, se señala en el
texto, es posible gracias a las disputas políticas que han tenido que
emprender las organizaciones de victimas presentes en la región, en
una apuesta por construir futuros deseables.
Esperamos que este trabajo colectivo sea un aporte a la cons-
trucción de memorias y a la reflexión de la producción que se hace
de ésta, sobre todo en un contexto en el que la lógica patriarcal, el
modelo económico desarrollista, la guerra, la violencia y el conflicto
armado han sido predominantes en la configuración de la cultura
y la sociedad colombiana. Este es un esfuerzo por contribuir a las
múltiples visiones y luchas ético-políticas que se entretejen en la
búsqueda de otros mundos que ya son posibles.

Nathalia Martínez Mora


Bogotá, enero de 2014

Narrativas de memorias y resistencias 13


Aproximaciones
teóricas y
metodológicas
al estudio
de la memoria
Visibilización de la memoria:
un análisis a la producción académica1

Nathalia Martínez Mora2


Nadia Paola Acosta Marroquín3

Introducción
En las últimas décadas, Colombia ha sufrido diferentes experiencias
conflictivas que han marcado no solo la vida de las personas, sino que
también han cambiado el rumbo y la configuración de los territorios,
las subjetividades y las relaciones sociales; lo anterior está enmarcado
en el contexto de violencia sociopolítica que se configura desde la dé-
cada de 1960 con el surgimiento de grupos insurgentes (cfr. Gallego,
1990, 2001, 2009; Sánchez, 2002; Pécaut, 2012), lo que ha generado

1 El estado del arte presentado en este capítulo hace parte de la investigación Aproximacio-
nes epistémicas al campo de la memoria: una mirada a la perspectiva del acontecimiento,
desarrollada durante el periodo 2011-2012, como parte del grupo de investigación
Ciudadanía, Paz y Desarrollo, perteneciente al Centro de Estudios e Investigaciones
Humanas y Sociales (CEIHS) de la Corporación Universitaria Minuto de Dios. Este capítulo
da cuenta, mediante la elaboración de un estado del arte, de las principales investi-
gaciones de posgrado sobre memoria, realizadas en nueve universidades de Bogotá,
las cuales permiten un acercamiento conceptual y metodológico frente a este tema de
investigación en el escenario académico.
2 Estudiante del Doctorado Interinstitucional en Educación, Universidad Distrital Francisco
José de Caldas. Docente investigadora del Centro de Investigaciones de la Corporación
Universitaria Minuto de Dios. Correo electrónico: nathaliamartinezm@gmail.com
3 Magíster en Investigación Social Interdisciplinaria, Universidad Distrital Francisco José
de Caldas. Docente investigadora del programa de Pedagogía Infantil de la Corporación
Universitaria Minuto de Dios. Correo electrónico: paolitaj3@hotmail.com

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 17


efectos sociales y políticos relacionados con el aumento de la pobreza,
el desplazamiento y el aniquilamiento de poblaciones enteras; además,
la persistencia de un modelo político de gobierno basado en los dis-
cursos de la seguridad y ligado a la lógica del mercado ha agudizado
dichos efectos.

Con la necesidad de resignificar estas experiencias, que en muchas


ocasiones carecen de historia escrita, y de hacer viva la voz de quienes
las han vivido, surge la memoria como una posibilidad de reconstruc-
ción y comprensión del pasado desde el presente, se evita así el olvido
de estos acontecimientos significativos y se procura su reconocimiento
por parte de la sociedad. Más aún, en relación con el contexto men-
cionado, en el que los procesos llevados a cabo por distintas organi-
zaciones de la sociedad civil (en su mayoría víctimas directas de este
conflicto) posicionan la memoria en la matriz ético-política: verdad,
justicia, reparación integral y garantías de no repetición frente a los
efectos producidos por la violencia sociopolítica, constituyéndose en
una estrategia de movilización, resistencia y generación de futuros
posibles y deseables.

Pero si bien la mayoría de estos ejercicios de reelaboración de la


memoria están relacionados con fenómenos violentos, siendo abor-
dados de manera privilegiada por disciplinas como la antropología, la
sociología y la historia, también se empieza a evidenciar el estudio de
la memoria desde otros campos de saber como el arte, la arquitectura,
el derecho y la literatura, que le dan un sentido multidisciplinar, a la
vez que aparece un interés por otorgarle nuevos sentidos a los territo-
rios, reelaborar identidades, evidenciar prácticas sociales, culturales y
religiosas diversas, que de manera individual y colectiva resignifican
y dan cuenta de la historia de lugares y de poblaciones desde órdenes
culturales propios, que han sido parte fundamental de las prácticas
tradicionales de las comunidades.

En el marco de este análisis, se consideró necesario realizar un


acercamiento teórico de la memoria que permitiera abordarla desde
las condiciones propias de existencia de esta categoría. Para ello, se
definieron dos fases de investigación: la elaboración de un estado del
arte sobre las investigaciones de posgrado realizadas en diferentes

18 Narrativas de memorias y resistencias


universidades de Bogotá, que se presenta en este capítulo, y la con-
ceptualización de la memoria como acontecimiento discursivo. Se
priorizó la producción del ámbito académico universitario, pues en
un ejercicio previo de inventario sobre las producciones de memoria
en distintos lugares políticos,4 realizado como parte de una investi-
gación anterior, se evidenció un proceso asimétrico del trabajo de
memoria, que claramente era dinamizado por las organizaciones
de la sociedad civil y, en buena parte, por instituciones oficiales, más
que por la comunidad académica, lo que plantea un desafío para el
campo intelectual debido a la responsabilidad histórica y social que
este tiene en la comprensión y transformación de la realidad social.
Por consiguiente, el cuestionamiento que direccionó esta fase del
estudio fue: ¿cuál es el nivel de producción académica e investigativa
reciente sobre la memoria, en el marco de la explosión de memoria,
que caracteriza las sociedades contemporáneas?
Esta pregunta responde a la necesidad de realizar un balance de este
tipo de producción reciente sobre la memoria, en la medida en que el
estado del arte, como parte de la investigación cualitativa, se constituye
en una fuente fundamental para establecer el estado de conocimiento
de un tema, fenómeno o un campo de saber, a través del acopio de in-
formación sobre este, de igual manera, para determinar la manera como
ha sido abordado un tema específico a investigar, precisar las principales
tendencias o los enfoques teóricos o metodológicos. Siguiendo a los
autores Sandra Rodríguez y Wilson Acosta, este tipo de investigación:

[…] permite definir —en la espesura informativa— el rumbo


que están tomando los campos de saber, de distintos niveles de
formalización —ciencias, disciplinas, ámbitos interdisciplinares o
transdisciplinares, estudios temáticos y saberes no sistematizados—;
identificar las dinámicas y perspectivas del conocimiento acumulado
sobre una problemática específica, evaluar la gestión de los organis-
mos locales, nacionales o multilaterales que financian dichos estudios
y definir líneas estratégicas de intervención política. (2006, p. 96)

4 Buena parte de lo consolidado en este inventario se presentó en el XV Congreso Co-


lombiano de Historia, realizado en la ciudad de Bogotá, del 26 al 30 de julio de 2010
(cfr. Silva y Martínez, 2010).

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 19


A partir de la recuperación de conocimientos en torno a un
fenómeno social o una problemática, es posible generar procesos de
transformación social, complejizar o ampliar un determinado campo
de saber. En este proceso se trabajaron las investigaciones que asumen
la memoria social, colectiva e histórica como fundamento analítico y
conceptual, y se excluyeron las investigaciones que la conciben como
función mental (anamnesis), abordada principalmente desde la psi-
cología y la medicina. El objetivo de este estado de arte5 consistió en
estudiar y analizar el nivel de producción académica sobre la memoria,
lo que permitió establecer la configuración de esta como objeto de es-
tudio en auge y posterior consolidación epistemológica y metodológica.
Las fuentes de información utilizadas residían en las bases de
datos de la Universidad Colegio Mayor Nuestra Señora del Rosario,
la Universidad de los Andes, la Universidad Nacional de Colombia, la
Universidad Pedagógica Nacional, la Universidad Distrital Francisco
José de Caldas, la Universidad de La Salle, la Universidad Externado
de Colombia, la Universidad Santo Tomás y la Pontificia Universidad
Javeriana, las cuales, en su mayoría, son documentos escritos de acceso
público. Con la información recolectada, se elaboraron fichas analíticas y
bibliográficas compuestas bajo la estructura de nombre, problema, objeto
de estudio, enfoques teóricos y metodológicos, resultados y la referencia
bibliográfica general. Posteriormente, con este archivo consolidado, se
realizaron quince matrices que permitieron niveles de relación entre las
tesis, a través de lo cual se generó la caracterización de las investigaciones.
De ellas, se determinaron patrones comunes sobre la memoria.
La estructura del texto está dividida en dos apartados: el primero
presenta una caracterización general de las investigaciones, y el segundo
contiene los ejes temáticos sobre memoria que surgieron del estado
del arte (agrupados en cinco categorías). Finalmente, se presenta un
balance general del proceso de inventario.

5 En el estado del arte no fue definido un periodo de búsqueda de las investigaciones


sobre memoria; por lo cual, se cuenta con tesis realizadas desde la década de 1990,
aunque en el proceso de revisión de las bases de datos de las universidades se encontró
una concentración de la producción de estos estudios desde el año 2008 hasta el primer
semestre del 2012.

20 Narrativas de memorias y resistencias


Investigaciones en el escenario académico
El archivo recopilado que constituye el estado del arte cuenta con un
total de 213 fichas,6 de las cuales se analizaron 56, correspondientes
a las tesis de especialización, maestría y doctorado. Partiendo de un
ejercicio relacional, se determinaron los campos profesionales y los
proyectos formativos de cada universidad, las disciplinas, las cate-
gorías recurrentes en ellas, las perspectivas metodológicas comunes,
las temáticas generales en las que la memoria aparece como objeto de
estudio y, finalmente, la agrupación en cinco ejes temáticos en los
que se inscriben los proyectos, que son descritos a continuación.

Caracterización de las investigaciones


Las investigaciones que se registran suman en total cincuentas y
seis. De estas, catorce fueron elaboradas por la Javeriana; trece, por
la Nacional; once, por la Pedagógica; nueve, por los Andes; cuatro, por
el Rosario; dos, por la Santo Tomás; una, por la Distrital; una, por La
Salle, y una, por el Externado. En la mayoría de los informes se hace una
presentación general del problema de investigación, las orientaciones
metodológicas, el desarrollo del proceso analítico y las conclusiones
del proyecto.
En primer lugar, las investigaciones se hallan enmarcadas en
unos campos profesionales específicos, desde los cuales, en este
momento, se vienen produciendo proyectos sobre memoria; en-
tre ellos se encuentran las maestrías en Estudios Políticos, Artes
Visuales, Urbanismo, Planeación Urbana y Regional, Patrimonio
Cultural y Territorio, Política Social, Historia, Literatura, Teología,
Educación, Estudios Culturales, Antropología, Antropología Social,
Arquitectura, Historia, Hábitat, Administración, Desarrollo Edu-
cativo y Social, Estudios Sociales, Investigación Social Interdisci-
plinaria y Docencia; las especializaciones en Métodos y Técnicas de

6 El total de las fichas responden a las investigaciones realizadas a nivel de pregrado


y posgrado.

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 21


Investigación Social, en Gerencia y Gestión Cultural, en Psicología
Jurídica, y el Doctorado en Sociología Jurídica e Instituciones Políticas.
Las facultades y disciplinas en las que estos campos profesionales
están inscritos son: Ciencias Sociales, Ciencias Humanas, Ciencias
Religiosas, Derecho, Comunicación Social y Periodismo, Teología,
Arquitectura y Diseño, Ciencias Políticas y Relaciones Internacio-
nales, Educación y Artes. Todo esto muestra que existe una apertura
de campos profesionales y disciplinares en el abordaje de la memoria,
que en principio, tal y como ocurrió en otros países, era un ámbito
casi privilegiado para el campo de las ciencias sociales; con la incur-
sión de disciplinas como la arquitectura, la literatura, el derecho,
la teología y el arte se produce un aporte en sentido metodológico,
epistémico y analítico, que permite complejizar su desarrollo para el
contexto colombiano.
En segundo lugar, las categorías más recurrentes son: marcos
sociales de la memoria, de Maurice Halbwachs (2004); lugares de
memoria, de Pierre Nora (2009); olvido y memoria colectiva, de Paul
Ricoeur (1999) y la relación entre memoria e historia que este plantea,
junto con la respectiva propuesta de Jaques Le Goff (1991); memoria
de la Violencia, de Daniel Pécaut (2003); luchas políticas por la me-
moria, de Elizabeth Jelin (2002) y sus aportes sobre emprendedores
de memoria; políticas de la memoria, de Paloma Aguilar (2008); usos
de la memoria de Tzvetan Todorov (2002). Asimismo, las perspec-
tivas teóricas acerca del boom de la memoria y la musealización del
mundo, propuestas por Andreas Huyssen (2002), y los desarrollos,
especialmente en el marco del conflicto armado, de algunos autores
colombianos como Ingrid Bolívar, Maria Victoria Uribe y Gonzalo
Sánchez y de instituciones que han trabajado en esta línea como el
Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep), la Comisión
Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR), el Movimiento
Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice), el Centro de
Estudios Políticos y Alternativos (CEPA), y el Centro de Estudios e
Investigaciones Sociales (CEIS) de la Universidad Externado como
los más mencionados.
Las discusiones desde dichas categorías y perspectivas se cen-
tran en la problematización de la compulsión del recuerdo en las

22 Narrativas de memorias y resistencias


sociedades contemporáneas; la relación entre el olvido y la memoria; la
conceptualización de los marcos sociales; la memoria colectiva, social
e histórica; la cuestión de las luchas o combates por la memoria; los
vehículos o lugares de la memoria, y la subjetividad.
También aparecen otros desarrollos conceptuales vinculados con la
memoria; por ejemplo, los planteamientos de Pierre Muller (2002) sobre
política pública; de Aldo Rossi (1986) sobre el hecho urbano; de Juan
Carlos Pergolis (1998) y Kevin Lynch (1966) sobre ciudad y patrimonio
cultural urbano; de Armando Silva (2009) y Fabio Zambrano (2003)
sobre la experiencia urbana; de Bachelard (2006) frente a la relación
que plantea entre el recuerdo y la ensoñación con un espacio físico; de
Silvia Arango (1943) con su estudio de la arquitectura colombiana; de
Karl Brunner sobre planeación urbana; de Esmir Garcés (2004) y de
Philippe Aries (1987) sobre infancia; de Alfonso Torres (1993) sobre
la educación popular y las experiencias educativas en organizaciones
populares; de Pierre Bordieu (2011), Michael de Certeau (1999),
Hugo Zemelman y Emma León sobre estructuras sociales (1997); de
Berger y Luckman (1999) sobre la construcción social de la realidad,
y de William Ospina (996) sobre la propuesta de nación.
Todos estos establecen una aproximación a la memoria desde
orientaciones epistémicas que atraviesan el campo de las ciencias hu-
manas, sociales, el arte y la arquitectura, la educación y la literatura, que
podrían complejizar y ampliar los desarrollos que se han establecido
sobre la memoria, convocando a un trabajo interdisciplinar, aunque
su abordaje queda subordinado a una corriente o categoría teórica
proveniente de una disciplina particular.
En cuanto a las orientaciones metodológicas, la totalidad de
investigaciones señalan su ubicación desde el enfoque cualitativo de
investigación social, algunas desde el paradigma interpretativo, ya
sea el análisis histórico o historiográfico, la crítica textual, el análisis
lingüístico sintáctico o semántico, el análisis retórico del discurso y del
guión museográfico, la etnografía, el análisis arquitectónico, el análisis
de la información fotográfica y el periodismo investigativo, o desde los
aportes de la investigación socio-crítica, como la recuperación histórica
de la memoria, la teoría fundamentada o la sistematización. En estas
se recurre a técnicas como entrevistas, relatos orales, documentales,

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 23


testimonios, historias de vida, consulta de archivos, observación
etnográfica; otras técnicas novedosas que aparecen para el tratamiento
de la memoria son dibujos, fotografías, filmes, audiovisuales, objetos
materiales, recorridos y escritos autobiográficos.
Por último, las temáticas generales que van determinando la
memoria como objeto de estudio se agrupan en cinco grandes ejes
temáticos: 1. Memoria, conflicto armado y violencia sociopolítica,
2. Memoria y educación, 3. Memoria y arquitectura, 4. Memoria,
literatura y arte y 5. Memoria e historia, las cuales van configurando
lugares particulares de indagación sobre esta.

Memoria, conflicto armado y violencia sociopolítica


En el primer eje temático se ubican veintidós investigaciones que pro-
ponen una aproximación a la memoria desde el contexto del conflicto
armado en Colombia, tituladas: Memorias, pluralidad y movimiento
social: la experiencia del Movice; Memoria de Jesús, memoria de las víc-
timas: una interpretación desde Lc 22.14-22; Análisis de la recuperación
de la memoria colectiva de las víctimas de crímenes de estado como una
lucha política y como un problema para la política social; Memoria y ex-
cepcionalidad en el Alto Sinú, los límites y alcances de la re-presentación;
Memoria e historia de la violencia en los municipios de San Carlos y
Apartadó 1980-2005; Construyendo memoria: debates y controversias en
el proceso de paz de Belisario Betancur (1982-1986) desde la perspectiva
de autores y actores; Noticia al aire...memoria en vivo: etnografía de la
comunicación mediática de una muerte violenta y su influencia en la expe-
riencia del duelo; Los vehículos de la memoria. Discursos morales durante
la primera fase de la violencia (1946-1953); Los rumores del silencio: de
la memoria en Segovia a la memoria en casa; Memoria colectiva y despla-
zamiento forzado: el caso de los altos de Cazucá; Políticas de la memoria
e identidad política en la organización femenina popular-OFP; Luchas
políticas de la memoria sobre el conflicto armado colombiano: una mirada
a la Masacre de Trujillo; Resignificación de la violencia intrafamiliar a
partir de la reconstrucción de la memoria de las víctimas; El genocidio
político contra la Unión Patriótica; Política de vida y muerte. Etnografía de
la violencia de la vida diaria en la Sierra de la Macarena; Treinta años de
desaparición forzada en Colombia, reconstrucción histórica, 1977-2007;

24 Narrativas de memorias y resistencias


Memoria, venganza, aprendizajes y negociación. El caso de las FARC-
EP; Memoria colectiva y procesos de identidad social en el Movimiento
Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice) 2008; Memoria
histórica de las masacres en Colombia quinquenio 1985-1989; Recuento
histórico de las masacres en Colombia durante los últimos 25 años, un
aporte a la memoria histórica de la violencia en Colombia desde el año
1990 hasta el año de 1994; Memoria histórica como relato emblemático:
consideraciones en medio de la emergencia de políticas de la memoria en
Colombia, y, finalmente, El arte como instrumento de reparación simbólica
en los casos de violación a los derechos humanos.

En estas investigaciones se aprecian énfasis particulares en los


análisis y los problemas de estudio. La mayor parte centra la mirada
en escenarios particulares afectados por el conflicto armado. Otras se
enfocan en organizaciones que realizan procesos de memoria y, por
último, unas cuantas se interesan en experiencias propias contenidas
en el contexto mencionado.

Dentro de las categorías más referidas y desarrolladas en el marco


del análisis del conflicto armado aparece la memoria colectiva, en algu-
nos casos, particularmente de las víctimas, asociada a la lucha contra la
impunidad, la negación del olvido estatal, los procesos de resistencias
y de multiplicidad de significados, la visibilización de los delitos de
lesa humanidad perpetrados en el país y la comprensión de las causas
del conflicto armado. Desde esta concepción compartida, se reitera
continuamente el sentido político de la memoria, asumiéndose “como
quehacer social proyectado a un trabajo transformador que incorpora
a la historia colectiva las diferentes interpretaciones y experiencias
particulares acerca de la violencia sociopolítica” (Vidales, 2008, ficha
20), mediante la exposición pública de las versiones y testimonios de las
víctimas. Pero, por otro lado, es percibida como resultado de una espe-
cie de mnemotecnia del terror que genera la proyección de los cuerpos
en el territorio, debido a su concentración sobre estos. De esta forma:

[…] los cuerpos sometidos en su nuda vida a efectos de reconfigurar


un cuerpo territorial en un orden específico es ya memoria colectiva
[…] que aunque no se haga presente a cada instante, no implica
la ausencia de representación sino la imposibilidad de decir en el

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 25


lenguaje; pues, es la voz, aquella del dolor y del placer, la más intima
y privada, la que sostiene la afección de los hechos corporeizados.
(Guerrero, 2009, ficha 7)

Las diferentes concepciones a apuestas van delineando un campo


de luchas por los sentidos y representaciones de un pasado común
(Rodríguez, 2008, ficha 16) así como por la significación de esta ca-
tegoría que se pone en disputa por su definición. En relación con la
memoria colectiva aparece la referencia a la memoria de la violencia
y la memoria histórica. Para definir la memoria de la violencia, las
investigaciones retoman los aportes de Daniel Pécaut, para asumirla
“como un fenómeno histórico —para hacer una “historia social del
recuerdo”— que enuncia la hipótesis de la crisis del orden simbólico”
(Rodríguez, 2008, ficha 16), lo que permite revalidar el uso de un
corpus documental producido sobre ello para explicar la época de
la violencia en el país. En cuanto a la memoria histórica, se señala su
emergencia en el contexto colombiano con un componente político
central, pues la categoría de memoria histórica hace alusión a una
“memoria prestada de los acontecimientos del pasado que el sujeto
no ha experimentado personalmente, y a la que llega por medio de
documentos de diverso tipo” (Antequera, 2012, p. 38), lo que implica
asumir responsabilidades compartidas por la sociedad en general,
que trasciende la mirada sobre la afectación exclusiva de las víctimas
directas de los actos de violencia.

Asimismo, se asume la memoria histórica como un “concepto de


la recuperación de la capacidad de articulación, de comprensión, de
enfrentamiento del miedo, y de más efectos buscados en el sometimien-
to” (Antequera, 2012, p. 40), que sugiere la transmisión de un tipo de
narración sugerente de lo sucedido, más que pretender agenciar una
verdad detallada de ello. La apuesta desde esta perspectiva consiste en
influir en el proceso de construcción de relatos emblemáticos a partir
de un enfoque desde las víctimas y la misma sociedad, considerada,
de igual manera, como víctima (Antequera, 2012).

Cabe anotar que en estas distintas consideraciones aparece, de


forma recurrente, la mención a la influencia de las estructuras sociales,
las relaciones culturales y las identidades —individuales y colectivas—

26 Narrativas de memorias y resistencias


en la manera en que se recuerdan los hechos de violencia; esto se
muestra claramente en un estudio comparativo entre dos municipios
de Antioquia (San Carlos y Apartadó), donde “la estructuración de
la sociedad y el desarrollo de su temporalidad, implican actitudes y
experiencias diferentes con respecto a los procesos de recuerdo, re-
conciliación y reparación” (Restrepo, 2010, ficha 15).

Otra de las categorías más trabajadas es la de reparación colectiva, la


cual es abordada desde un vínculo con el arte, y a partir de este cumple
una función restitutiva que se distancia de la supremacía de la repara-
ción material, ligada principalmente al ámbito jurídico y circunscrita
a la Ley 975 de 2005, denominada Justicia y Paz. En este sentido, se
considera que el arte “facilita el proceso de reconstrucción del tejido
de la memoria en el seno de una colectividad afectada por la violencia
[…] y posibilita una estrategia no violenta de legitimación de las me-
morias” (Sierra, 2010, ficha 18) para tramitar, construir y comunicar
interpretaciones particulares sobre ellas, en el escenario público.

Asimismo, se encuentran las categorías de luchas políticas por la


memoria y políticas de la memoria, relacionadas con la manifestación
de las acciones y los sentidos que la memoria posee, tanto para las
víctimas como para la sociedad dentro de los ámbitos público y privado
(Guerrero, 2009). Las luchas políticas expresan reivindicaciones y de-
mandas de una diversidad de actores, que pretenden un reconocimiento
de su versión sobre el acontecimiento conflictivo, las nominaciones,
las fechas, los responsables, es decir, sobre la representación de estos.
En tanto, el sentido por el pasado, basado en la búsqueda de la justicia
en el presente, permite que la memoria se articule al pedido de verdad
y justicia (Martínez, 2011).

Por su parte, las políticas de la memoria entendidas como aquellas


“iniciativas de carácter público destinadas a difundir o consolidar una
determinada interpretación de algún acontecimiento del pasado de
gran relevancia para determinados grupos sociales o políticos, o para
el conjunto de un país” (Aguilar, 2008, p. 53), que pueden ser oficiales
o no oficiales, son constituidas por prácticas sociales sistemáticas de
producción de memoria, que articulan la identidad de colectivos y
organizaciones (Alfonso, 2011).

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 27


La última categoría con mayor desarrollo dentro de las investiga-
ciones es la de emprendedores de memoria, central en los estudios de
memoria, y retomada por Jelin (2002) de la figura de moral entrepeneurs
de Howard Becker, desde la cual se reconocen diversas experiencias
internacionales donde se pueden observar agentes que participan y
pretenden definir el campo de las luchas por las memorias, cuyo em-
prendimiento es de carácter social o colectivo. También hace referencia
a las organizaciones sociales que están relacionadas con los trabajos
de la memoria y, por tanto, sus proyectos están orientados hacia esto.
Se retoma esta categoría para el análisis de la violencia sociopolítica
y el conflicto armado pretendiendo abordar “cuestiones concretas
como la caracterización del momento actual de la batalla de y por la
memoria en Colombia, los presupuestos de construcción de un relato
emblemático, la memoria hegemónica en situación, y por supuesto,
la perspectiva del deber ser del relato general y su correspondencia
con la concepción de las políticas de memoria” (Antequera, 2012,
p. 91), en particular, las que se enfocan en el reconocimiento de los
derechos a la verdad, la justicia y la reparación.
Es de anotar que la categoría de víctima aparece dentro de las
investigaciones desde una relación complementaria con el estudio
de la memoria, aunque en ellas no se manifieste un desarrollo con-
ceptual amplio o compartido, como sucede con las demás señaladas
anteriormente. No obstante, se observa un acercamiento en sentido
problémico, por ejemplo, a partir de la categoría de sujeto víctima,
que emerge de acuerdo con un conjunto de estrategias, instituciones,
campos discursivos y luchas políticas, y que ha adquirido gran pre-
ponderancia en los debates públicos, las producciones académicas, las
movilizaciones sociales, los reconocimientos normativos y legislativos.
Otra aproximación a la categoría de víctima se encuentra en la
lectura teleológica y política de la memoria, donde la figura de Jesús
es vista desde la categoría de víctima. En tanto, la memoria de Jesús,
en el contexto de la Cena Pascual, se concreta en torno a visibilizar la
situación de padecimiento, anhelar la superación de este y trascender
de su condición de víctima (Caicedo, 2008); allí, la memoria se refiere
al suceso que enfrenta una persona siendo víctima de otras, y a la co-
munidad que se cuestiona sobre las causas y fines de ese padecimiento

28 Narrativas de memorias y resistencias


y la posibilidad de ser superado, entonces, “hacer memoria de Jesús
[…] es hacer memoria de una víctima del poder político, religioso y
social que la provocó […] también es hacer memoria de la comunidad
víctima del poder que le oprime y le hostiga por ser diferente. En este
sentido se convierte en una comunidad anamnética, que memoriza y
es memoria para los que vienen luego” (Caicedo, 2008, ficha 4), por
lo que la memoria en el relato de la última cena no sería únicamente
cúltica y religiosa, sino, sobre todo, teleológica y política; hallazgo que
permitiría la actualización de la lectura del texto bíblico y, aún más,
del propio rito. Desde este estudio se propone el compromiso de las
iglesias, las comunidades cristianas y sus instituciones a promulgar
una justicia que contenga como aspecto central una perspectiva de
reparación integral de las víctimas, en este caso, del conflicto colom-
biano, a partir de sus memorias y la inclusión de estas en los actos
litúrgicos, delineando la opción preferencial por las víctimas.

Las claves analíticas que brindan las categorías mencionadas


se enmarcan en acontecimientos violentos y traumáticos sucedidos
en el país o en fenómenos derivados de estos, como la desaparición
forzada, el desplazamiento forzado; pero también en la recomposi-
ción de la vida individual-familiar, en las nuevas relaciones que se
van tejiendo (Alfonso, 2008) y en la reconfiguración de experien-
cias particulares que se inscriben en la lógica del conflicto armado.
Uno de estos acontecimientos es el genocidio contra la Unión Pa-
triótica, considerado como “el único caso por el cual formalmente
se ha elevado una demanda de responsabilidad contra el Estado
colombiano por haber cometido un genocidio y este a su vez lo
ha reconocido” (Merchán y Ortiz, 2004, ficha 10), o por las masa-
cres ocurridas entre los años 1985 a 1994, recopiladas en las tesis
Memoria histórica de las masacres en Colombia, quinquenio 1985 a
1989 y Recuento histórico de las masacres en Colombia durante los
últimos 25 años, un aporte a la memoria histórica de la violencia en
Colombia desde el año 1990 hasta el año 1994, las cuales registran
que dichas masacres ascienden a 504 eventos, con un estimado de
2.389 asesinatos registrados en el país, lo que demuestra el aban-
dono, la falta de control y el liderazgo social del Estado (Narváez
y Parra, 2011; Torres, Medina y Pérez, 2011).

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 29


Dentro del tratamiento de estas masacres, se encuentra el estudio
particular por la producción sobre la Masacre de Trujillo, que pro-
pone la pregunta por la configuración de las actuales luchas políticas
por la memoria, sus ejes de controversia y los temas centrales en las
propuestas de construcción de memoria, determinando sus referentes
políticos y sus criterios de elección. En el análisis, emerge la memoria
como una categoría en disputa, que expresa unos efectos políticos de
acuerdo con el tipo de producción y agencia de esta memoria. Se afirma
que las luchas políticas, en el caso de dicha masacre, se manifiestan a
través de la definición e interpretación de un acontecimiento violento
o conflictivo, por la representación de este acontecimiento, con cues-
tiones referidas a cómo debe ser transmitido y comunicado y quién
decidirá qué y cómo se hará; por la relación con las acciones judiciales
emprendidas, y por los reconocimientos simbólicos, las fechas, los
aniversarios y las conmemoraciones (Martínez, 2011).
Por su parte, la indagación por el desplazamiento reside en el papel
que cumple “la memoria colectiva en los procesos de consolidación
del tejido social y su rol al interior de un grupo de personas con un
pasado común: el desarraigo” (Pulido, 2008, ficha 14). Esto muestra
cómo en un nuevo asentamiento, como es el caso de los Altos de Ca-
zucá, la memoria ayuda a reconstruir significados sobre el pasado, y se
convierte en condición de resistencia cultural no solo frente a valores
hegemónicos, sino también frente a los acontecimientos violentos.
En relación con los estudios sobre experiencias propias en el
marco del conflicto, la pregunta se centra en la interpretación de la
información que circula sobre el acontecimiento conflictivo, la defi-
nición de la narración del recuerdo que se genera a partir de dicha
información y su influencia en la elaboración del duelo individual y
colectivo (familiar); de forma particular, se aborda la discusión sobre
los efectos que producen los medios masivos de comunicación en la
circulación de tales acontecimientos, constituyéndose en un vehículo
casi privilegiado en el país para su transmisión, así, por ejemplo, se
indaga sobre “las maneras en que el proceso de comunicación de una
muerte violenta a través de imágenes televisivas puede moldear la
experiencia del duelo” (Diettes, 2009, ficha 6), poniendo en juego la
aparición del concepto espectador-víctima.

30 Narrativas de memorias y resistencias


Del mismo modo, se exploran los silencios que acompañan los
procesos de memoria, como el caso de Segovia-Antioquia, frente al
contexto de explosión de memorias, por un lado, y de promulgación de
la reconciliación sin garantías de verdad y justicia, por el otro; explo-
ración de la que resulta que “en medio de la agitación de las memorias
se evidencian espacios sociales y familiares dominados por el silencio,
donde la posibilidad del olvido frente a violencias acontecidas se torna
plausible” (Chaparro, 2010, ficha 5).
Asimismo, las categorías mencionadas se relacionan con el naci-
miento y el desarrollo de movimientos de víctimas u organizaciones
defensoras de los derechos humanos como la Corporación Reiniciar, el
Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice),
el Proyecto Colombia Nunca Más, el colectivo Hijos e Hijas por la
Memoria y Contra la Impunidad y la Organización Femenina Popular.
En las investigaciones que centran su mirada en estas organizaciones se
particulariza el análisis de las condiciones que hicieron posible su apa-
rición, el contexto político, marcado por la promulgación del Estado de
excepción, en el que surgen y realizan sus acciones, las luchas políticas
por la memoria que libran a partir de sus demandas, agendas políticas
y propuestas proclives a la restitución de los derechos quebrantados
(Vidales, 2008) (Alfonso, 2008) (Herrera, 2008) y la emergencia de
políticas de la memoria, que inciden en los procesos de configuración
de la identidad política de sus miembros (Alfonso, 2011).
El énfasis en el estudio de estos movimientos a la luz del análisis
de la memoria radica, especialmente, en cuatro propósitos. El primero
reside en evidenciar su afirmación frente al panorama de impunidad y
recrudecimiento del conflicto y la respuesta que ofrece a la violencia
estatal de la que han sido víctimas durante décadas, basada especial-
mente en procesos de resistencia y memoria (Mora, 2010). El segundo,
se centra en resaltar el trabajo que realizan para ubicar en los ámbitos
jurídico y social el derecho a la verdad, la justicia y la reparación de las
víctimas del conflicto y de la sociedad, en general; pero, sobre todo, en
el reconocimiento de la responsabilidad estatal en la “victimización y
aniquilación de personas, colectivos, movimientos sociales y grupos
políticos a lo largo de más de cinco décadas de conflicto armado inter-
no” (Vidales, 2008, ficha 20) y en la garantía de los derechos humanos

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 31


y constitucionales. El sentido que esto conlleva, se señala, radica en
la necesidad de estudiar, comprender, esclarecer y hacer público los
efectos de la guerra política que se expresa en el país.

El tercer propósito se basa en comprender y analizar el desarrollo


del proyecto paramilitar, junto con sus efectos en las comunidades, y
la reivindicación de lo doméstico y de la mujer-madre como bandera
política, para el caso de la Organización Femenina Popular (OFP)
(Alfonso, 2011). El último, consiste en identificar los mecanismos
y las disputas por medio de los cuales la memoria es aceptada como
estrategia para la búsqueda de la justicia y la reivindicación de las
víctimas. Igualmente, por medio de estos estudios se pretende indagar
sobre las causas, las condiciones y los efectos de la violencia en el país,
su reproducción en la sociedad colombiana y “las razones por las que
dicha reproducción es posible” (Herrera, 2008, ficha 8).

Por último, en este eje temático se encuentran cuestionamientos


acerca de la memoria de los actores del conflicto, como el caso de la
memoria de distintos actores participantes en la negociación de paz
adelantada en el gobierno de Belisario Betancur con las FARC-EP
(1982-1986), en la que se concluye, en líneas gruesas, a partir de la
relación entre las fuentes, que el tema de la paz fue un eje central
dentro de la disputa política, en medio del debate electoral; que las
fuerzas militares fueron actores relevantes en la negociación; que va-
rios momentos políticos fueron decisivos en dicho proceso, como la
Cumbre Política, la conformación de la Comisión de Paz, la amnistía
propuesta por el presidente, entre otros; que no existieron garan-
tías reales para la conformación de la Unión Patriótica (UP)7 y la

7 La UP fue un partido político de Colombia, fundado en 1985, que hacía parte de una
propuesta política legal de varios actores sociales: el Movimiento de Autodefensa Obrera
(ADO) y dos frentes desmovilizados (Simón Bolívar y Antonio Nariño) del Ejército de
Liberación Nacional (Colombia), las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia
(FARC), que posteriormente sufrió un proceso de exterminio (incluye candidatos presi-
denciales, congresistas, alcaldes, militantes, etc.) concertado entre grupos paramilitares,
las fuerzas de seguridad del Estado (Ejército, Policía secreta, inteligencia y Policía regular)
y narcotraficantes. Algunos de los sobrevivientes al exterminio se vieron obligados a
abandonar el país. En julio de 2013 fue restituida su personería jurídica.

32 Narrativas de memorias y resistencias


reincorporación a la vida civil de excombatientes, y que la consecución
de la paz requiere de una acción conjunta y coordinada del conjunto
de la sociedad (Rojas, 2007).

Otro caso es el de las FARC-EP, a partir del análisis de las narra-


tivas de miembros de esta organización en el marco de la experiencia
de los procesos de negociación con el Gobierno nacional (1998-2002),
que muestra varios usos: la legitimación de su lucha, la construcción
identitaria del grupo y el aprendizaje en los procesos adelantados. En
esta línea, se entiende la memoria como “aproximación a las subjetivi-
dades de los individuos y de los actores colectivos […] como fuente de
la construcción histórica, pero también reveladora de los sentimientos
y de los significados particulares” (Nieto, 2004, ficha 13).

Es importante señalar que, de manera reiterada, las investi-


gaciones aluden al reconocimiento del lugar de la academia en el
análisis del conflicto armado y sus manifestaciones, con el propósito
de establecer responsabilidades sociales y de aportar a su posible
resolución. Igualmente, se afirma que la inclusión en el ámbito aca-
démico de esta problemática posibilita la compresión de fenómenos
complejos que aquejan al país, en el marco del conflicto armado, y
que se expresan en la constitución de subjetividades, prácticas co-
lectivas e identidades.

Retomando lo expuesto, podría concluirse que dentro de este eje


temático, nominado memoria y conflicto armado y violencia sociopolíti-
ca, surge como tema central la pregunta por el desplazamiento forzado
y el significativo número de masacres, lo que muestra una condición
particular en el país frente a otras latitudes, donde la aproximación se
realiza desde el estudio y la conceptualización del destierro, el exilio
o las desapariciones; caso similar ocurrió con la discusión sobre la
apropiación de niños y niñas en Argentina y España. Esto manifiesta
una cuestión singular para los trabajos de memoria en Colombia, que
se relaciona directamente con los procesos de violencia y las lógicas de
terror trazadas a través de las alianzas que se establecen en el marco
del conflicto armado. No obstante, de ello se plantea el desafío por
una lectura más amplia desde el contexto regional y nacional, que,
aunque desborda a este tipo de investigaciones, se constituye en una

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 33


apuesta para el trabajo de la academia, las organizaciones sociales y
las instituciones de carácter oficial creadas para ello como la Comisión
Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR), con el Grupo
de Memoria Histórica (GMH), mediante la conformación de redes
investigativas que permitan una comprensión más amplia y compleja
sobre este fenómeno.
También se evidencia la memoria colectiva como la categoría
con mayor referencia y desarrollo dentro de este eje, la cual alude a
la imposibilidad del recuerdo individual sin recurrir a los contextos
y referentes en los que está inscrita, así como a la estructura de los
códigos culturales compartidos. De manera contraria sucede con los
trabajos de memoria de las organizaciones sociales como el Movi-
miento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado y la Comisión de
Memoria Histórica (CMH), en los que aparece la memoria histórica
como categoría principal dentro de sus elaboraciones.
En los primeros, se consideran como un mecanismo de recons-
trucción de los acontecimientos violentos en los crímenes de lesa
humanidad, un hilo conductor del proceso de lucha por la verdad, la
justicia, la reparación y las garantías de no repetición, cuyo objetivo es
conocer los hechos históricos registrados en relación con la violencia
sociopolítica para divulgarla y oficializarla de manera colectiva. En
los segundos, son concebidos como un instrumento primordial de
la justicia transicional en Colombia, como un derecho fundamental,
que debe orientarse con una perspectiva de futuro que garantice la
no repetición y sirva como partida a una nueva ética en la sociedad
(CMH, 2008); lo que establece debates cruciales por la definición del
campo de la memoria.
En uno u otro caso, la memoria histórica se plantea desde una
tensión permanente con la categoría de memoria colectiva; lo que
sugiere un interrogante sobre la mención recurrente de la memoria
colectiva en este eje, cuando en el debate público la memoria histórica
es la que aparece como referente más común. Por su parte, la cuestión
acerca de la víctima aparece como una categoría indefinida concep-
tualmente, aunque este sea uno de los enunciados más reiterados en
las investigaciones, en contraste con la discusión y la producción a
nivel internacional, donde se aprecia un auge de reconocimiento y

34 Narrativas de memorias y resistencias


significación, al grado de afirmarse que se asiste en la actualidad al
tiempo de las víctimas (Eliacheff y Soulez, 2009). De esto se delinea
un lugar de indagación para las investigaciones sobre el tema.
Un punto de crítica central que abre las investigaciones es el papel
de los medios de comunicación en el tratamiento de los acontecimientos
conflictivos o de violencia, particularmente los noticieros y la prensa
(escrita y virtual), el cual refleja un manejo mediático determinado por
el consumo noticioso, que permite mantener la audiencia y promover
la opinión pública, pues en muchos casos se evidencia la alteración
de la verdad de los hechos o su fragmentación, además se expresa la
adhesión a las versiones oficiales que circulan; lo que genera, como lo
afirma el proyecto Colombia Nunca Más (2007), señalamiento a las
poblaciones afectadas, aumento del miedo y, en cierta forma, justifi-
cación y aceptación de lo sucedido. Todo ello denota la ausencia de
una perspectiva crítica e independiente en la mayoría de los medios,
tal y como sucedió en Argentina o Uruguay, donde estos tuvieron una
fuerte influencia en la consolidación de diversas memorias del pasado
reciente de las dictaduras, por ejemplo, con la difusión del Proceso
de Reorganización Nacional que fortaleció la “memoria de la guerra”,
pasando de la versión de la guerra interna contra la subversión al
show del horror, y se benefició del uso mediático de las pruebas y los
testimonios de las víctimas y los torturados sobre lo ocurrido (cfr.
Lvovich y Bisquert, 2008). Por tanto, queda explícita la reflexión que
se proyecta sobre la responsabilidad de los medios de comunicación
frente a un mandato ético-político y a su función social.
Finalmente, de los avances y los desarrollos de este eje se puede
afirmar que la memoria del conflicto aparece como una categoría ana-
lítica, que permite la compresión, la problematización y el abordaje
del fenómeno del conflicto armado y la violencia sociopolítica del país,
lo cual aporta a la consolidación del campo más amplio de discusión
sobre la memoria, desde distintas perspectivas y lugares teóricos.

Memoria y educación
En este eje temático se concentran siete investigaciones que desde la
reflexión conceptual y metodológica sobre la educación realizan un

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 35


acercamiento a la memoria, planteando relaciones con categorías y
temáticas exploradas en campos de saber consolidados como la infan-
cia, las expresiones de juventud, la educación popular, la enseñanza de
las ciencias sociales y los proyectos formativos; estas se titulan: Una
aproximación a las prácticas de enseñanza de la lectura y la escritura en
una escuela colombiana, en 1940; Memoria de la infancia en escritos au-
tobiográficos colombianos 1964-2004; Identidades narrativas y memoria
social, experiencias de juventud; Memorias, narrativas y experiencias
de educadores populares del Sur Oriente de Bogotá. Historias de vida
de los procesos formativos; El olvido de la memoria en la enseñanza de
las ciencias sociales; Recuperación de la memoria histórica del Colegio
Claretiano 1967-2007; La memoria y el currículo.
En el total de las investigaciones enmarcadas en este eje el trata-
miento de la memoria aparece desde una lógica de reconstrucción del
pasado, a manera de recuento histórico, y se agrupan en tres lugares de
indagación. El primero se conforma alrededor de la escuela, tratando
temáticas relacionadas con las prácticas de enseñanza, el currículo, la
inscripción de los recuerdos de jóvenes escolarizados y las experien-
cias educativas de maestros. El análisis a las prácticas de enseñanza,
particularmente en la década de 1940, se trabaja desde dos niveles: el
contexto social y educativo del país, y las relaciones entre el maestro,
el alumno y el saber, enfatizando sobre las condiciones sociales e insti-
tucionales en que se desarrollan dichas prácticas (Mora y Ruiz, 2009).
En este análisis se vislumbra la presencia de prácticas mediadas
por la repetición y copia de modelos, los propósitos de la enseñanza
ligados fundamentalmente a civilizar a la población, moldear la moral
religiosa y formar trabajadores para el desarrollo, donde los textos de
lectura aparecen como instrumentos didácticos y como dispositivos
ideológicos; adicionalmente, se señala la influencia de la Iglesia en los
modelos educativos de principios del siglo XX. Sumado a las prácticas
de enseñanza, aparece la cuestión del currículo centrada en problema-
tizar las perspectivas que han orientado su construcción, el modelo
enciclopédico que lo caracteriza y los contenidos que hacen parte de
este. Desde esta problematización se plantea la relación entre currículo
y memoria, entendida como “un proceso de apropiación, modelación,
consolidación y transformación de la realidad” (Vergara, 1999, ficha

36 Narrativas de memorias y resistencias


25), asumiendo que esta debe ocupar un lugar central en el proceso
de elaboración curricular para configurar una memoria institucional.

Frente a la cuestión de los recuerdos y los olvidos de jóvenes esco-


larizados, se sugiere su inscripción en marcos sociales de la memoria
compartidos como parte de su identidad narrativa, así, por ejemplo,
las narraciones acerca de la familia se definen por la descripción de
los miembros que la conforman, las relaciones existentes entre ellos y
las dificultades económicas, entre otras (Carrillo, 2008). Por último,
se encuentran la sistematización de experiencias educativas, que se
ocupan de describir e indagar las corrientes pedagógicas que orientan
la enseñanza-aprendizaje, en algunos casos desde perspectivas críticas,
la construcción curricular ligada al contexto social, el trabajo comu-
nitario y las acciones democráticas que se configuran en la escuela.

Un segundo lugar de indagación se constituye en torno a la edu-


cación popular, pretendiendo reconocer el saber del educador popular,
sus potencialidades frente al cambio y la importancia de los ejercicios
de memoria. Se señala la necesidad de cualificación de los lugares de
lectura y el conocimiento del contexto por parte de los educadores
populares, “las características del nuevo capitalismo, las condiciones
culturales y políticas […] y se reconoce en la educación popular una
nueva posibilidad histórica de contribuir desde su acumulado peda-
gógico y político a que otro mundo que sea posible” (Tarquino, 2010,
ficha 24), desde procesos formativos alternativos que lo permitan.

El tercer lugar propone la pregunta por la memoria de la infancia.


En estas investigaciones, como en el caso del análisis a los escritos
autobiográficos, se señalan los componentes que hacen parte de los
recuerdos de la infancia, vinculados a “figuras fundamentales como el
padre, la madre, los abuelos, las nanas (o “amas”), los hermanos, los
amigos. Se les recuerda apelando a sentimientos e impresiones que
fijaron el recuerdo: paisajes, olores, sabores, violencia, pobreza” (Ila,
2009, ficha 22), los cuales se inscriben en los ámbitos vitales donde
transcurrió la infancia; al igual que aparecen relacionados con los jue-
gos, los juguetes, la escuela y la relevancia de las creencias religiosas.
El contenido fijo en la representación de la infancia es el de la esco-
larización y la presencia de la lectura en sus prácticas cotidianas. En

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 37


estos estudios se considera que los relatos que componen los recuerdos
aportan a una legitimidad de la escritura sobre aspectos de lo privado
que son fundamentales para la existencia (Ila, 2009).
A partir de este tercer lugar de indagación, se va delineando un
campo de análisis significativo para los trabajos de memoria, que se
nutre de las investigaciones que abordan como cuestión central los
recuerdos de la infancia, ya sea desde la relación con el conflicto armado
en Colombia (especialmente la desvinculación de grupos armados)
(Silva et al., 2010), con la escuela y los procesos de enseñanza-apren-
dizaje (Castiblanco, 2009) o con espacios y objetos vitales de esta (cfr.
Cárdenas, 2009). De manera particular, las investigaciones inscritas
en este eje temático permiten profundizar la relación esbozada con
la memoria a través de la literatura autobiográfica, pues “allí aparecen
representaciones sobre la infancia que pueden dar cuenta de una expe-
riencia infantil con rasgos comunes o disímiles, o muy contrastantes,
respecto de épocas anteriores o en relación al presente” (Carli, 2002, p.
2). En ese sentido, el aporte de la literatura autobiográfica consistiría:
“por un lado, en mirar y analizar la experiencia infantil, pero por otro,
la pregunta por la infancia supone una pregunta dirigida a los adultos
[…] como algo que está inscrito en nuestra biografía individual, pero
también en nuestra biografía colectiva (Carli, 2002, p. 3), siendo este
lugar de indagación una posibilidad analítica sobre los sentidos que
se le han otorgado a los recuerdos de la infancia.
Es importante mencionar que la relación entre memoria y educa-
ción, planteada en este eje, visibiliza referentes analíticos propicios para
comprender las condiciones culturales, sociales, políticas y educativas
propias del contexto colombiano; asimismo, dan cuenta de la experien-
cia de los sujetos delimitados en marcos de referencia, que permiten
encarar el juego entre pasado, presente y futuro a través de ejercicios
de memoria. No obstante, en su mayoría, estas investigaciones abordan
esta relación entre memoria y educación desde lo que podría llamarse
una historización de la memoria, que se aproxima a su comprensión
como categoría metodológica, tal y como ocurre con las indagaciones
sobre la escuela o la educación popular que recurren a la memoria para
hacer un recuento histórico de procesos tanto institucionales como
organizativos, experiencias educativas o prácticas de enseñanza.

38 Narrativas de memorias y resistencias


Memoria y arquitectura
En este eje temático se encuentran diez investigaciones que priorizan
el estudio de la memoria desde las categorías de lugar, espacio, re-
presentación social, ciudad, identidad, vivienda obrera, entre otras, a
través de las lecturas que brindan la arquitectura, la planeación rural
y urbana y el patrimonio cultural. Ellas son: Espacio público y calidad
de vida urbana: la intervención en el espacio público como estrategia para
el mejoramiento de la calidad de vida urbana; La valoración del bien
de interés cultural de carácter nacional, pasaje comercial Hernández;
Vivienda estatal obrera de los años 30 en Bogotá: los casos de los barrios
Restrepo y Centenario, aportes, recuperación de memoria y pautas de
valoración patrimonial; Los usos del espacio público en Bogotá de 1910
a 1948, una mirada histórica desde las prácticas sociales y la memoria
colectiva; Estructura cultural itinerante: espacio, reconocimiento, me-
moria e identidad; Imagen y memoria de la transformación urbana de
San Victorino; Tejiendo la memoria y reinventando el porvenir, pro-
yectos de vida en barrios populares; Lugares dentro de lugares, el rito
de la memoria en la composición arquitectónica, centro cultural Jorge
Eliécer Gaitán: Rogelio Salmona; El habitar en la Jiménez con séptima
de Bogotá, historia, memoria, cuerpo y lugar; Niñas, dicen que estamos
en casa. Memoria del habitar de las mujeres, 1958. Urbanización el
polo club y otros proyectos.

Las distintas investigaciones que hacen parte de este eje se divi-


den en tres ámbitos de indagación. El primero de ellos se conforma
alrededor del urbanismo, donde aparece como un punto de análisis
la significación del lugar para los habitantes en la memoria, así como
la relación entre el habitar y el lugar. Un ejemplo de ello es el sector
comercial San Victorino en Bogotá, que comporta un reconocimiento
como centro importante de producción de capitales y distribución de
mercancías para sus habitantes. Razón por la cual se afirma que “al
observar el lugar se pueden identificar los procesos y las dinámicas
que han intervenido en su construcción y configuración particular”
(Sabogal, 2006, ficha 33).

Desde esta perspectiva, el urbanismo se relaciona con la memo-


ria, pues a través de los ejercicios de recuperación de esta, afirman,

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 39


se puede caracterizar un sector en diferentes momentos históricos
y comprenderlo como construcción y manifestación social, al igual
que “identificar elementos, conceptos, situaciones y valores urbanís-
ticos que han estado presentes en sus transformaciones y que le han
permitido permanecer en el tiempo” (Sabogal, 2006, ficha 33). Otro
ejemplo son el cruce de la avenida Jiménez con la carrera Séptima y el
pasaje comercial Hernández, los cuales se ha constituido en lugares
de valor nacional por su carácter histórico y simbólico; lo que permite
relacionar “los cambios físicos que desde el urbanismo y la arquitectura
impactan la vida cotidiana con el habitar […] debido a su consideración
como hito referente y significativo en la vida de varias generaciones
de habitantes” (Perilla, 2007, ficha 30).
Otro punto de análisis dentro de la indagación por el urbanismo
es la cuestión de la construcción de identidad de los habitantes ur-
banos mediante sus distintas manifestaciones en los espacios arqui-
tectónicos. En consecuencia, se pretende generar “una nueva manera
potencializadora de producción cultural, identificación y valoración
de elementos de significación y finalmente, de reconocimiento de la
diversidad a partir de la construcción de la memoria colectiva como
elemento identitario” (Salazar, 2007, ficha 35), a través de una estruc-
tura cultural itinerante que transite por la ciudad, recolectando las
manifestaciones culturales de los habitantes. Por otra parte, se señala
la consideración de distintos lugares (particularmente urbanos), obje-
tos del análisis arquitectónico compuestos por la memoria individual,
colectiva y universal arquitectónica, que se convierten en “una máquina
de producir memoria, haciendo de la memoria un instrumento orable
en la arquitectura” (Salazar, 2009, ficha 34); tal es el caso del Centro
Cultural Jorge Eliécer Gaitán o la vivienda estatal obrera construida
en la década de 1930. En este sentido, identificar el aporte de dichos
lugares a la construcción de la ciudad se considera uno de los puntos
centrales dentro de las pautas de valoración patrimonial debido a su
calidad arquitectónica y urbanística (Pulgarín, 2009).
El segundo ámbito de investigación, que tiene un fuerte vínculo
con el primero, corresponde a la pregunta por el espacio público, bus-
cando visibilizar y recrear las prácticas sociales desplegadas en él que
se expresan en la memoria individual y colectiva de los pobladores,

40 Narrativas de memorias y resistencias


así como los lugares, emociones, acontecimientos y protagonistas
del espacio público que son significativos para dichos pobladores. A
través de estos estudios:

Se pretende otorgarle los significados y las reglas de uso a los lugares


más importantes de la ciudad, para contribuir con el afianzamiento de
la identidad del individuo (identidad urbana) […] en tanto, [espacio
público] tendrá que incluir en su definición el rol que cumple como
escenario de formación ciudadana, donde los individuos aprenden
reglas para relacionarse con los otros, en particular con extraños,
con la mediación del ambiente físico. (Cuervo, 2007, ficha 27)

Lo anterior, plantea una relación entre el espacio público, la iden-


tidad y los procesos de recuperación de memoria. De igual manera, se
proyecta “la generación de un espacio público que permita la satisfacción
de las necesidades actuales y futuras de acceso a los bienes públicos y la
satisfacción de la necesidades colectivas de las poblaciones presentes, la
generación de nuevas formas de apropiación de los espacios colectivos”
(Murcia, 2009, ficha 29), debido a la identificación de un déficit de
espacio público como un factor que afecta la calidad de vida urbana.

El tercer lugar de indagación se realiza en torno a la memoria


individual y colectiva de habitantes de propuestas arquitectónicas ur-
banas y su relación con la ciudad, las urbanizaciones y la vivienda. En
estos análisis se pretende “comprender los modos en que las acciones
cotidianas de un grupo de la sociedad —en este caso las mujeres—
tejen redes, usan la ciudad, el barrio y la casa, en forma individual y en
grupo, conforman indicios, y reforman sutilmente nuestras prácticas
del habitar con cambios de larga duración” (Casas, 2004, ficha 26).

Además, aparece la pregunta por los proyectos de vida de estos


habitantes, en el marco de la planeación participativa de los barrios o
asentamientos, esencialmente populares, que manifiestan la ausencia
de políticas sociales y de la presencia del Estado. En últimas, se indaga
sobre sus maneras de ser, hacer y representar estos asentamientos al
encarar sus necesidades; se examinan “dichos proyectos de vida en
relación, en primer lugar, con las maneras de ser, recordar y olvidar,
hacer e inventar, que producen los sujetos en la cotidianidad […] Así

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 41


mismo, se problematiza el impacto de los condicionamientos exter-
nos a los sujetos y sus asentamientos, en la formación de la gramática
cultural” (Franco, 2005, ficha 28).

Se concluye de este eje temático “memoria y arquitectura” que


los aportes destacados se delinean alrededor de la identidad, a partir
de la relación entre espacio público y los procesos de recuperación de
memoria, que aparece de manera significativa. Desde esta relación se
propone la identidad urbana construida a partir de los sentidos y usos
colectivos que se brindan a distintos lugares de la ciudad, según la defi-
nición clásica de la ciudad propuesta por Aldo Rossi y Lewis Mumford
(1986), esta es “como una obra de arte colectiva, una manufactura
realizada a lo largo del tiempo por una colectividad que, gracias a la
permanencia de la ciudad, reconoce su propia continuidad, los lazos
comunes que la vinculan con los antepasados” (Gorelik, 2009, p. 17).
Lo cual estima un círculo virtuoso entre ciudad y sociedad: “La ciudad
define una colectividad que construyendo su ciudad se reconoce como
tal, es decir, que construyendo su ciudad se construye su identidad. La
ciudad permite las representaciones que crean la imagen colectiva y, al
mismo tiempo, la ciudad es el texto de esa historia colectiva” (Gorelik,
2009, p. 17). No obstante, si se retoma la concepción de Halbwachs,
en relación con la ciudad, la memoria no alude a la permanencia, sino
a la transformación; por tanto, la identidad sería entendida desde una
figura móvil, siempre cambiante.

Otro elemento significativo que se resalta en este eje es la cuestión


de la cultura, donde la memoria de la arquitectura da cuenta de la ex-
periencia de los sujetos y comunidades con los lugares, pues a partir
del carácter religioso, jurídico, económico, entre otros, se explica el
funcionamiento de una cultura, sus mitos y creencias. Por tanto “lo
que nos revela este tipo de edificaciones, no es solamente un valor
estético (como obra de arte que hay que considerar), es también un
testimonio directo que nos informa sobre valores de índole arqui-
tectónica y antropológica; [como también de] los usos, costumbres,
supersticiones, creencias tradicionales” (Romero, 2000).

Un aspecto novedoso en el eje temático es señalar la arquitec-


tura como memoria, que da cuenta del entramado simbólico. Esta

42 Narrativas de memorias y resistencias


concepción se relaciona con una perspectiva contemporánea en la
arquitectura, que la entiende como “aquellas manifestaciones que
conservan el poder de situar el pasado en el presente, el poder del
recuerdo, del testimonio, de la presencia significativa [en donde] la
ciudad es memoria y presencia a la vez” (Saldarriaga, 2002, p. 16).
De manera que un trabajo de memoria colectiva permitiría “actuar
dentro de la ciudad y con ella. Por esto, la ciudad y la arquitectura son
óptimos recintos para habitar, para aprender” (Saldarriaga, 2002 p.
19). En este sentido, la ciudad sería el
[…] lugar de la constitución subjetiva del habitar de la especie humana,
la memoria o sus distintos registros estarán inevitablemente relacio-
nados con la manera de entender la ciudad. La ciudad está hecha de
espacio y tiempo, es decir de memoria, material e inmaterial, visible
y latente. La ciudad está hecha de lugares y el lugar es el sitio donde
algo tiene lugar, es el sitio donde el acontecimiento adviene y el lugar
es posible. Y la memoria es justamente eso, un encuentro indeter-
minado y complejo entre espacio y tiempo. (Sztulwark, 2009, p.11)

Finalmente, cabe anotar que dentro de este eje se observa una


ausencia en la definición de las categorías utilizadas como lugar, iden-
tidad, espacio, diversidad. Asimismo, la indagación por el urbanismo,
la arquitectura y su relación con la memoria se localiza en el espacio
urbano, prescindiendo de reflexiones sobre el espacio rural y plan-
teando la apertura a un campo de indagación en esta relación que se
propone entre memoria y arquitectura, a partir de las investigaciones
que se recogen como eje temático.

Memoria, literatura y arte
Este eje temático recoge once propuestas que proponen una aproxi-
mación a la memoria a partir del arte, desde campos disciplinares e
investigativos como la historia, el arte y la literatura; es así como la
fotografía, la pintura, el dibujo, la escultura, la exposición de monu-
mentos u objetos se asumen como parte importante en el ejercicio
de la recuperación de la memoria, al igual que el género literario
narrativo de la novela. Estos trabajos se denominan: Paisajes de me-
moria; Reconstrucciones. Cultura, memoria y estética en torno al carro

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 43


colombiano —el Renault 4 en Bogotá desde 1970—; Remembranzas.
Nido de la Memoria; Memoria en las salas históricas del Museo Nacio-
nal de Colombia; El modernismo como la modernidad: cierre ideológico
en la sala 17 del Museo Nacional de Colombia; Fotografía que cuentan
historias: sujetos y prácticas en Colombia: 1910-1940; Teusaquillo
Familiar, memoria de las imágenes; Documentación de la vida, obra y
aportes del maestro Aurelio Fernández Guerrero como estrategia para
la preservación y el fortalecimiento de las músicas de Pito atravesado
de la Depresión Momposina, y, finalmente, Análisis de algunos rasgos
de la nueva novela historia latinoamericana en dos novelas argentinas:
Respiración artificial y Santo oficio de la memoria.
Como se anotó, el arte (o las diferentes propuestas artísticas)
aparece relacionado con los ejercicios de recuperación, comprensión,
conservación y exhibición de la memoria colectiva, desde donde se
convoca a un ejercicio de construcción de significados compartidos;
se afirma que este contribuye a reconstruir, recordar y recomponer
narraciones por medio de las fotografías, las esculturas, las pinturas,
las imágenes, los dibujos, los objetos, el álbum familiar, los museos
y los lugares que hablan, que describen escenarios, territorios e
historias y producen nuevas sensaciones y sentidos, buscando no
solo compartir y poner en evidencia algún sitio o hecho, sino ser un
dispositivo para la reactivación y la comprensión de la memoria; en
suma, se consideran “un mecanismo para recordar y soñar a nivel
individual y colectivo […] es a partir de dichos ejercicios donde se
retoman las propuestas de arte y literatura como un elemento impor-
tante dentro de la investigación, tanto teórica como experimental”
(Murcia, 2009, ficha 40).
Por otro lado, se considera que aquello que se recupera mediante
la memoria puede ser materializado a través de dichas propuestas
artísticas, “así como también de paisajes y lugares propios que se re-
cuperan mediante la memoria para ser nuevamente habitados en el
dibujo. Algunos parten de mi memoria y la memoria del otro” (Aran-
go, 2009, ficha 36); de esta manera, se puede decir que los elementos
artísticos no solo recuperan y preservan la memoria, y actúan como
dispositivos, sino que, a la vez, son productos del mismo ejercicio de
memoria que la materializan.

44 Narrativas de memorias y resistencias


La literatura también se constituye en un elemento importante
para la recuperación de la memoria. Por ejemplo, en la investigación
Análisis de algunos rasgos de la nueva novela historia latinoamericana
en dos novelas argentinas: Respiración artificial y Santo oficio de la me-
moria (Castro, 1998, ficha 39) se evidencia un análisis narrativo de
relatos, teniendo en cuenta que la estructura narrativa y los elemen-
tos semánticos generan significaciones de la historia y de la cultura
contemporánea. En la primera novela, se hace una “revisión de los
imaginarios estéticos y culturales que pueden construir la tradición
literaria e intelectual de la Argentina y la recusación del proceso militar
de los 70 y 80” (Castro, 1998, ficha 39), mientras que en la segunda,
se exponen ideológicamente algunos problemas de la historia política
y cultural de Argentina desde 1885 a 1990. Estas propuestas literarias
son consideradas como un ejercicio de memoria, ya que se trabaja
desde el proceso de la identidad de la cultura, donde se retoman las
fuentes narrativas, los discursos y la historia de actores (Castro, 1998).
Partiendo de estas premisas, se observan dos puntos de análisis
entre la relación memoria y arte: la construcción de la expresión cultural
que “hace referencia al hecho de que el hombre para existir necesita
significar, dotar el mundo de sentido; esta dimensión de sentido de la
acción humana es el núcleo de las maneras de pensar y hacer del sujeto,
y es la fuente de la comprensión de los procesos que vinculan tanto al
sujeto como a sus manifestaciones en un contexto social específico”
(Perea, 2010, ficha 42), y la memoria desde un sentido de conservación
y exhibición, lo que es central en este eje temático.
En el primer punto de análisis, se identifica una mirada hacia lo
cultural y las experiencias vividas de las personas, en tanto que los
ejercicios de memoria “narran los hechos, relacionan un pasado y un
presente, dan cuentan de experiencias propias y colectivas, así como
también, cuentan la vida cotidiana de los pueblos” (Arango, 2009, ficha
36.); desde esta perspectiva, se resalta y se da importancia a la voz de
distintos actores: “La memoria se vuelve entonces, una herramienta
indispensable para preservar la cultura y dar cuenta de unos hechos,
[pues] sin memoria no hay historias” (Arango, 2009, ficha 36), lo cual
genera una valoración significativa de las historias y las percepciones
de las personas en su cotidianidad. Por otro lado, en el análisis de la

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 45


cultura emergen enunciados como “riqueza cultural”, tradiciones e
identidad, que son señalados como procesos colectivos (Orjuela, 2009,
ficha 41) que se desarrollan en torno a dos elementos fundamentales:
la música y los símbolos.
La música tradicional se concibe como una estrategia para la pre-
servación y el fortalecimiento de la cultura, como una “riqueza cultural”,
un arte que merece reconocimiento. En vínculo con esta, se retoman los
conceptos de tradición oral, memoria colectiva y patrimonio cultural
inmaterial; de esta manera, la música es un aporte a los procesos de
construcción de identidades, de historias de lugares o autores espe-
cíficos y de recuperación de memoria individual y colectiva, que se
definen a partir de los planteamientos de Cordi (1997), considerando
que esta representa un proceso de interacción temporal, en tanto que
reconstruye un pasado que se adapta y se actualiza al presente de forma
activa y colectiva, donde convergen elementos de subjetividad humana
(Orjuela, 2009); razón por la cual en estos trabajos investigativos se
abordan técnicas de recolección de información como la historia oral,
las historias de vida y las entrevistas a profundidad.
En cuanto a los símbolos, las investigaciones evidencian una
propuesta clara por preservar la memoria de experiencias de épocas
y procesos históricos que es evocada, se subraya nuevamente, a través
de imágenes, recuerdos, objetos y lugares, donde se sugiere que estos
no deben ser relegados, olvidados y dejados desvanecer en el tiempo,
por el contrario, se hace una invitación para que sean compartidos y
tenidos en cuenta como parte fundamental de la mirada hacia el pasado.
En este sentido, se señala que alrededor de los símbolos de una época
específica se entrelazan “algunas manifestaciones culturales, hábitos de
consumo, y formas de vivir y soñar el mundo […]” (Perea, 2010, ficha
42), que son definidos como un contenedor de recuerdos, capaces de
cargar emociones y sentimientos, de consolidar una memoria visual
que permita evocar historias tejidas en un momento, una experiencia
o época específica, y con la capacidad de reconstruir relatos contados
por estos mismos, como el caso del estudio del Renault 4, que es
tomado como “una clave para comprender algunas manifestaciones
culturales, hábitos de consumo, y formas de vivir y soñar el mundo
de estos sectores de la población” (Perea, 2010, ficha 42).

46 Narrativas de memorias y resistencias


Pero las investigaciones no se refieren exclusivamente a la
existencia material de los objetos, sino que también los abordan
como elementos que componen el mundo, la sociedad, la memo-
ria, las diferentes culturas, los mitos que se crean tras ellas, y que
surgen desde la misma humanidad, “que salen de nosotros mismos
y quedan después de una mirada hacia al pasado, vivencias que
se imponen a manera de huellas dentro de nosotros, que serán por
siempre el asiento de nuestras vidas” (Arias, 2005, ficha 37). Por tal
razón, aluden a su concreción en la vida u obra de las personas y en
la impresión producida en cada uno: “Las personas, sus vivencias y
la cultura a la que pertenecen, están señaladas o preservadas ante el
presente y el futuro mediante la memoria, un espacio donde se alber-
gan una serie de elementos simbólicos que la traducen, y que servirán
para anunciar ideas hacia otros” (Arias, 2005, ficha 37).
Frente al segundo punto de análisis, la memoria es asumida
desde dos sentidos: la conservación y la exhibición. El primero alude
al arte desde la función de preservar la memoria, principalmente
por medio de lugares e imágenes. Los lugares son concebidos como
elementos que propician relatos e historias, que guardan experiencias
vividas y recuerdos que pueden habitar en la memoria de todos y
que, de esta misma manera, pueden ser recuperados a través de ella,
“la categoría de lugares de memoria: dibujos, textos y fotografías que
parten de la memoria personal y las otras personas, permiten recons-
truir a partir de fragmentos un imaginario, partiendo de territorios
vivenciales e imaginados” (Arango, 2009, ficha 36).
Por su parte, las imágenes hacen referencia a elementos como los
dibujos o las fotografías que propician un encuentro con los lugares, que
recrean lo imaginado y lo ya vivido; por tanto, a través de estas se busca
“servir a la comprensión de nuestra memoria, de nuestro mecanismo
para recordar y soñar a nivel individual y colectivo” (Murcia, 2009,
ficha 40). Asimismo, la iconografía se considera como una herramien-
ta fundamental para el trabajo de los historiadores y la recuperación
de la memoria histórica, ya que es considerada como una fuente que
muestra aspectos del pasado que otros medios no podrían transmitir;
también se perciben las fotografías como parte de la memoria visual o
como recuperación y conservación de esta (Rubiano, 2009).

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 47


En el segundo sentido, referido a la exhibición, el guión museo-
gráfico, las pinturas y demás objetos de colección (Bonilla, 2008) se
consideran fundamentales para identificar el tipo de memoria que
conservan, pero, sobre todo, para analizar su exposición pública. Los
trabajos giran en torno al análisis de salas o exposiciones del Museo
Nacional de Colombia, teniendo en cuenta que a través de estas se
narran los procesos que ha vivido la nación, y donde se pueden identi-
ficar los relatos del pasado, lo cual “implica pensar en una renovación
total o parcial, de la colección para adaptarla a las exigencias de una
memoria social más inclusiva” (Bonilla, 2008, ficha 38). Se pone en
discusión qué tipo de hechos debe narrar esta institución (Museo Na-
cional de Colombia) y cómo el enfoque que se le da a las exposiciones
puede permitir o no pensar en procesos históricos (Vallejo, 2011); se
cuestiona así la curaduría como la selección de obras que no posibilitan
una apreciación más amplia de la memoria.
En esta perspectiva, también se retoma la discusión sobre la
memoria y la musealización; a través del plan estratégico 2000-
2010 del Museo Nacional se propone tener en cuenta en su guión
“los nuevos desarrollos de la historiografía, para elaborar un texto
más incluyente con sectores tradicionalmente excluidos del relato
histórico y adaptar este espacio a las demandas de una memoria
plural […] esto supone, como se sugirió, la superación de los modelos
museográficos e historiográficos dominantes en el museo” (Bonilla,
2008, ficha 38), con lo que se pretende superar las visiones lineales
de la historia, pues repensar los guiones “desde ‘lo historiográfico’,
implica pensar en una renovación, total o parcial, de la colección
para adaptarla a las exigencias de una memoria social más exclusiva”
(Bonilla, 2008, ficha 38).
Finalmente, las principales categorías trabajadas en este eje te-
mático son: identidad y memoria colectiva. La identidad es concebida,
por una parte, como una construcción de varios elementos culturales
que se construye desde un individuo hacia un colectivo y que depen-
de del contexto social; en estos estudios, se aborda la preocupación
por la identidad local desde la noción de campo, y se establece que
“la construcción de identidad depende de un contexto social y una
historia” (Arango, 2009, ficha 36). Ligada a esta idea aparece la

48 Narrativas de memorias y resistencias


reflexión sobre la necesidad de un ejercicio de indagación de la memoria
colectiva y personal, el cual retoma relatos e historias que comparten el
sentimiento de nostalgia al recordar aquellos lugares donde se creció
desde la distancia. En este proceso de reconstrucción de identidad, se
le da un valor significativo a las experiencias vividas, a los recuerdos
pasados y a los hechos que habitan en la memoria.

En relación con la categoría de memoria colectiva, se retoman


los aportes de Cordi (1997) para expresar que esta “es la dinámica de
reencuentro de sí y consigo mismos” (Orjuela, 2009, ficha 41), donde
se reconocen los elementos subjetivos presentes en esta, además se
concibe como un proceso de interacción relacionado con la tempo-
ralidad, ya que reconstruye un pasado y reconfigura el presente de
manera activa y colectiva. También se señala la participación masiva
de varias voces y actores, se valoran las experiencias de los sujetos, así
como los relatos (Arango, 2009).

De todo esto, podría concluirse que en este eje temático denomi-


nado “memoria, literatura y arte”, el arte se constituye en un elemento
importante para preservar, recopilar, conservar y exhibir la memoria
de un lugar o un hecho significativo, reactivando historias no contadas
y permitiendo una reconstrucción y resignificación de estas. En los
análisis expuestos, el arte y la literatura dentro de la memoria hacen
posible recorrer de otra manera los lugares, a través de las fotografías
o los relatos; permiten describirlos de forma específica y experiencial;
reconocer las tradiciones de las comunidades y su cultura, inclusive la
manera como se relacionan las personas en y con su entorno.

Los monumentos u objetos que se constituyen en soportes de la


memoria pueden hablar de una época, de un contexto social y de una
cultura específica, además de estar cargados de múltiples subjetividades
construidas a partir de las experiencias de los sujetos con estos. Los
objetos cuentan historias, dan cuenta de experiencias y muchas veces
son los protagonistas de relatos, son iconos representativos de épocas
y de manifestaciones propias de una cultura; los objetos son elementos
simbólicos y signos que aportan a la construcción de representacio-
nes e imaginarios individuales y colectivos, son un elemento para la
reactivación o conservación de la memoria o las distintas memorias.

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 49


Las investigaciones resaltan diferentes ejercicios de memoria que se
relacionan con otros procesos como la recuperación de la tradición
cultural, la construcción de relatos y experiencias y la construcción de
identidad, que se dan simultáneamente; así como lo propone Gonzalo
Sánchez (2006), estos ejercicios permiten conformar y evocar relaciones
alusivas a los procesos de construcción de identidad, a la pluralidad
de los relatos y a los lugares de memoria, que pretenden perpetuar la
presencia o la vida de personas, hechos y colectividades.
En este sentido, recuperar la memoria histórica de un lugar
específico como, por ejemplo, Teusaquillo, un sector de la ciudad de
Bogotá; de un personaje o de una tradición de una cultura, permite
hacer una reconstrucción de la identidad, lo que se opone al pasado
como un hecho muerto, enterrado en las mentes de las personas, a
partir de una recuperación de la memoria visual, política, colectiva e
individual, que puede estar apoyada en una memoria narrativa, “por-
que la memoria es, en sentido profundo, una forma de resistencia a
la muerte, a la desaparición de la identidad” (Sánchez, 2006, p. 21).
Asimismo, las expresiones artísticas se definen como propuestas
que luchan contra el olvido, puesto que “los símbolos, las iconografías,
los monumentos, los mausoleos, los escritos, los ‘lugares de memoria’
pretenden perpetuar la presencia o la vida de personas, hechos y colec-
tividades” (Sánchez, 2006, p. 21); por esto, las fotografías, las imágenes
y las pinturas son tomadas como un dispositivo, un mecanismo, un
instrumento que promueve el ejercicio de memoria, que legitima los
recuerdos, y que pretende mantener viva la memoria.
Por otro lado, se señala el capturar, recopilar, digitalizar, ordenar
imágenes e historias como acciones propias de un ejercicio artístico
e investigativo que va acompañado de una reflexión, lo cual permite
procesos de memoria histórica de un lugar o de un acontecimiento.
Por ejemplo, en las fotografías se cuentan historias, se resalta la vida
de personajes importantes y se recuerdan prácticas culturales pasa-
das, por tanto, en las investigaciones “se asume la fotografía como
una herramienta fundamental para el trabajo de los historiadores y
la recuperación de la memoria histórica” (Rubiano, 2009, ficha 43).
Por último, se evidencia un proceso dicotómico entre el papel de
la memoria como dispositivo, pero, a la vez, el arte como un elemento

50 Narrativas de memorias y resistencias


que produce memoria. Como parte de la metodología utilizada en estas
investigaciones, se plantea un ejercicio de reflexión mediante relatos
y narraciones, se hace un análisis del contexto social, de archivos y
de procesos históricos, que permiten rescatar, de múltiples formas, el
recuerdo y las memorias que narran hechos, que relacionan un pasa-
do con un presente y que cuentan experiencias propias y colectivas.
De igual manera, se plantea la memoria como “el centro de la vida”
que posibilita un andar, una construcción hacia el futuro y la huella
del pasado que queda grabada en la mente, donde se contraponen la
presencia del olvido y la ausencia de los recuerdos instaurados en la
memoria de cada persona.

Memoria e historia
En el último eje temático “memoria e historia” se encuentran siete in-
vestigaciones que abordan la relación entre memoria e historia como
forma de mantener, construir, entretejer y recuperar significativamente
historias de un territorio o personaje específico; por tanto, se trata de
estudios de carácter histórico que realizan una reflexión acerca de la
ausencia de una historia escrita y de una memoria organizada sobre sus
objetos de indagación, que permita revivir las tradiciones y el conoci-
miento del pasado, establecer un reconocimiento y una reafirmación
de la identidad nacional, los sujetos, una población, una comunidad
o una cultura. Estas investigaciones se titulan: “El chano Romero”.
Memoria para generar un sueño; El compendio de Joaquín Acosta y la
construcción de memoria histórica en Nueva Granada (1830-1848);
De la vereda al barrio: Historia del barrio Las Palmas de Neiva; La
construcción del héroe: Francisco José de Caldas; La utilización política
de una memoria científica, y Recuperación histórica, tradicional, oral y
memoria cultural del Tablón de Tamara Casanare y negros y mulatos
en Cartagena: reconocimiento, memoria y olvido (1839-1875).
En este eje se proyectan tres lugares de análisis alrededor de las
categorías: personajes, acontecimientos históricos y lugares, mediante
historias significativas que generan un conocimiento del pasado y que
se relacionan implícitamente con la memoria histórica. Dentro de la
categoría de personajes es central la figura del héroe, que describe la
constitución del prócer como un poder simbólico que permite entretejer

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 51


un imaginario nacional, por ejemplo, la investigación sobre Francisco
José de Caldas, que indaga sobre “el problema de la construcción y la
utilización de la memoria del científico mártir Francisco José de Caldas
durante el siglo XIX” ( Jiménez, 2007, ficha 49), la cual ha sido elabo-
rada y usada en diferentes discursos, desde los cuales se afirma que la
muerte y el recuerdo de Caldas “no es una proyección transparente de
lo que la memoria recupera del pasado; sino que muy al contrario, es
una creación e invención producto de estrategias reconstructivas que
vehiculan sus fábricas del pasado en el presente y futuro de la nación”
( Jiménez, 2007, ficha 49).
Estos sujetos, “los héroes” que representan una historia, lle-
van consigo contextos específicos, “lugares sociales”, posiciones
políticas e ideológicas que se plasman en los distintos discursos y
que aportan “en la elaboración de una memoria histórica nacional”
(Figueroa, 2007, ficha 47); de esta manera, se plantea la reflexión
sobre la construcción de una memoria nacional que se desarrolla en
el plano de lo político-cultural, y donde se movilizan “un conjunto
de estrategias políticas diseñadas y coordinadas desde el centro
de la nación, para vehicular a un símbolo nacional, a través de las
relaciones con los notables provinciales, buscando rentabilizar el
poder simbólico […] para construir un imaginario nacional” ( Ji-
ménez, 2007, ficha 49).
El segundo lugar de análisis, referido a los acontecimientos
históricos, se configura en torno a los procesos de descubrimiento y
colonización (de la Nueva Granada en el siglo XVI) y de los proce-
sos esclavistas que se dieron en la segunda mitad del siglo XIX (en
Cartagena), por medio del trabajo con escritos de carácter histórico,
que se centra en el análisis de los hechos. Frente al descubrimiento y
la colonización, la investigación El compendio de Joaquín Acosta y la
construcción de memoria histórica en Nueva Granada (1830-1848),
por ejemplo, indaga sobre la manera en que este libro aportó a la
construcción de una nueva memoria histórica nacional, en la medida
en que este “se constituye en una rica fuente para aproximarse a una
temprana interpretación del legado hispánico y aborigen de Colom-
bia […] que mantiene una postura crítica hacia los conquistadores
españoles” (Figueroa, 2007, ficha 47).

52 Narrativas de memorias y resistencias


Por su parte, los estudios sobre los procesos esclavistas desple-
gados en Cartagena focalizan la mirada en las condiciones de vida de
los negros y mulatos, asimismo, en los canales de movilidad que se
crearon en el periodo, los cuales posibilitaron su ocupación en pues-
tos públicos, pretendiendo responder a la cuestión de cómo algunos
esclavos alcanzaron un reconocimiento que les permitió ser incluidos
en la memoria de la ciudad, mientras que otros quedaron relegados al
olvido, “obligados a fundar otra memoria, que aún resulta incómoda
para muchos habitantes y dirigentes de la ciudad de Cartagena” (Ortiz,
2008, ficha 50). Desde este análisis a los acontecimientos históricos,
las investigaciones buscan redescubrir aquello que no ha sido dicho,
escarbar en la historia y tener otra perspectiva acerca de cómo ocu-
rrieron los hechos, dando importancia y apertura a la inclusión de
otras memorias que no han sido hegemónicas en el escenario público.
El último lugar de análisis es el correspondiente a los lugares, desa-
rrollado en torno a la cultura, el barrio y el municipio. En relación con
la cultura, se pone en escena la reflexión sobre la existencia de muchas
historias sin contar, carentes de historia documental, que desconocen
hechos relevantes para una cultura o población, o específicamente
la secuencia con la que ocurrieron estos; por esta razón se propone
rescatar la tradición y la memoria oral, reconociendo el pasado y re-
construyendo un camino ya labrado; como la investigación sobre el “El
Chano Romero”. Memoria para generar un sueño, donde se afirma que
“el conocimiento del pasado implica no solamente una revisión, sino
desbrozar el camino. Apropiar la historia es en conclusión definir un
destino” (Espinosa, 2000), pretendiendo proyectar el conocimiento de
la historia de los lugares como forma de movimiento cultural. Dentro
de las investigaciones inscritas en esta línea se hace una reconstrucción
de la historia en forma documental o escrita, en donde se propone a
través de estas acciones una organización de la memoria que posibilite
idear nuevos proyectos para la comunidad.
Respecto al barrio, se evidencia un interés de indagar por la his-
toria de estos lugares y reconstruir su memoria, entendida como “un
mecanismo importante para fortalecer el sentido de pertenencia, la
confianza en sus habilidades y capacidades colectivas y la proyección
de ellos como comunidad organizada” (García, 2008). Así lo muestra

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 53


el estudio acerca de la historia del barrio Las Palmas de Neiva, donde
se analiza el proceso de poblamiento de este barrio, los ámbitos en
los que este proceso transformó la vida cotidiana y el impacto que
tuvo en la identidad de los habitantes que migraron allí, junto con la
transición de lo rural a lo urbano, exaltando los obstáculos que en-
frentaron dichos habitantes para transitar de la vereda al barrio legal.
Se afirma, entonces, que este tipo de trabajos permiten “emerger
la memoria individual y colectiva de los habitantes para entretejer una
sola historia local” (García, 2008, ficha 48), tomando en cuentan las
voces de los habitantes, con el fin de contrastar las memorias, tanto
la memoria individual como la colectiva. En este punto aparece la
relación de la memoria con la identidad y con la historia local, donde
la memoria permite rehacer las historias de vida y, en este caso espe-
cífico, la del barrio, y se percibe como “un mecanismo importante para
fortalecer el sentido de pertenencia, la confianza en sus habilidades
y capacidades colectivas y la proyección de ellos como comunidad
organizada” (García, 2008, ficha 48).
Finalmente, sobre el municipio, las investigaciones plantean re-
cuperar la historia local y la memoria cultural de estos lugares a través
de la comunidad, por ejemplo, del Tablón de Tamara Casanare, con el
objetivo de construir “un mejor futuro al valorar la historia local y la
cultura regional” (Benítez, 1995, ficha 45); se acentúa que este ejer-
cicio permite que los habitantes de las regiones se sientan valorados
y puedan generar propuestas y tomar acciones para luchar en pro de
su bienestar y la convivencia social.
Dentro de este eje temático, puede concluirse que en la relación
memoria e historia las categorías más desarrolladas son memoria, his-
toria y olvido, así como también la memoria nacional, donde se rescata
el tema de lo político y lo cultural, especialmente en el análisis de la
figura del héroe como un elemento importante en la construcción de
las narrativas históricas y dentro de los procesos de la nación.
Las voces de las personas, el testimonio de ellas, las experiencias
vividas en determinado hecho o proceso son aspectos considerados
como fundamentales en estos trabajos, que buscan reconstruir y
agenciar no una sola memoria, una sola verdad, pues “a la inmediata

54 Narrativas de memorias y resistencias


fidelidad (o supuesta fidelidad) de la memoria se opone la intención de
verdad de la historia, basada en el procesamiento de los documentos,
que son huellas del pasado, y en los modelos de inteligibilidad que
construyen su interpretación” (Chartier, 2007, p. 36); se trata entonces
de múltiples memorias que constituyen otros sentidos de lo ocurrido.
Justamente, retomando a Gonzalo Sánchez, la memoria requiere del
apoyo de la historia, pero no se interesa tanto por el acontecimiento,
la narración de los hechos (o su reconstrucción) como dato fijo, sino
por las huellas de la experiencia vivida, su interpretación, su sentido
o su marca a través del tiempo; es transformada, reafirmada, revivida
y constituida por un proceso subjetivo.
Se evidencia un interés por trascender en el futuro, por retomar
aquello que se dejó en el pasado y transformarlo en el hoy, “el pasado
se vuelve memoria cuando podemos actuar sobre él en perspectiva de
futuro” (Sánchez, 2006, p. 12). Del mismo modo, en algunas de estas
investigaciones se rescatan los procesos de identidad nacional en los
ejercicios de memoria, referida a las representaciones construidas e
interiorizadas sobre la nación y que son compartidas por la mayor
parte de la sociedad.
Cabe anotar que si bien la relación historia y memoria es el centro
de análisis en este eje, no todos estos ejercicios podrían considerarse
en sí mismos procesos de memoria, pues lo que surge en ellos es lo que
podría considerarse como una historización de los acontecimientos
(hechos, personajes, lugares, periodos o fechas), como El compendio
de Joaquín Acosta, por mencionar alguno, que hace una reconstruc-
ción de un suceso histórico (la Conquista). Por su parte, la memoria
“sea colectiva o individual, [proporciona] una presencia al pasado, a
veces o a menudo más poderosa que la que establecen los libros de
historia” (Chartier, 2007, p. 34). Es así que seguirá abierta la discusión
de cuándo se hacen o no trabajos de memoria o simplemente una re-
flexión o descripción de un acontecimiento a partir de la historia o la
historiografía, dándose un proceso más de historización de la memoria,
como lo plantea Elizabeth Jelin: “La construcción de memorias sobre
el pasado se convierte entonces en un objeto de estudio de la propia
historia, el estudio histórico de las memorias, que se llama entonces
a ‘historizar la memoria’” (2002, p. 6).

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 55


Finalmente, se muestran dos tipos de memoria, la memoria reco-
nocida por todos o hegemónica y aquella relegada al olvido, silenciada
o marginada, pero que también es compartida colectivamente; se
plantean otras memorias, como las memorias de los excluidos, donde
se rescatan las voces de sujetos olvidados y relegados a la supresión,
pues, siguiendo a Jelin, “han sido siempre parte de la comunidad social
y política” ( Jelin, 2001, p. 5).

A manera de cierre

En este apartado se presenta un balance del proceso de organización,


clasificación y análisis de las investigaciones que conformaron este
estado del arte. De esta manera, de acuerdo con el cuestionamiento
que direccionó la elaboración del presente estado del arte, referido a
¿cuál es el nivel de producción académica reciente sobre la memoria,
en el marco de la explosión de memoria, que caracteriza las sociedades
contemporáneas?, se establecen las líneas generales de este proceso en
dos niveles: uno, en el sentido descriptivo de las principales reflexiones
y categorías que emergieron en las investigaciones trabajadas, que va
constituyendo un plano de discusión teórica sobre la memoria para
el contexto colombiano. Otro, desde la lectura de las dinámicas ins-
titucionales de cada una de las universidades, las cuales orientan la
producción de conocimiento sobre la memoria.
En el primer nivel, se percibe la configuración de cinco ejes temá-
ticos: memoria, conflicto armado y violencia sociopolítica; memoria
y educación; memoria y arquitectura; memoria, literatura y arte, y
memoria e historia, desde los cuales se define la memoria como una
categoría analítica y metodológica. El primero, se precisa y complejiza
alrededor del estudio de la memoria del conflicto armado colombia-
no y la violencia sociopolítica, a partir de categorías como políticas
de la memoria, luchas políticas por la memoria, emprendedores de
memoria, memoria histórica, social y colectiva, así como mediante la
relación de esta con la categoría de víctimas o duelo, y su análisis en
la constitución y consolidación de procesos organizativos, fenómenos
ocurridos en este contexto, como el desplazamiento y la desaparición
forzada o la participación de los diversos actores.

56 Narrativas de memorias y resistencias


De esta manera, la memoria del conflicto armado y la violencia
sociopolítica, aunque de manera reciente se observa un auge en la
producción académica colombiana, en comparación con las diferentes
propuestas y manifestaciones que a lo largo de los últimos años se
han generado al respecto por parte de estamentos oficiales, comuni-
dades académicas, artísticas y demás actores de la sociedad civil, se
muestra en este estado del arte como uno de los ejes temáticos más
desarrollados en las investigaciones. Igualmente, es desde dichas in-
vestigaciones que se realizan mayores aportes analíticos y teóricos al
campo de la memoria en el contexto colombiano, como se ha anotado
a lo largo del texto.
De acuerdo con los otros ejes, se evidencian dos temas de gran
relevancia en los debates sobre la memoria. El primero, se relaciona
con la necesidad de visibilizar otras memorias, memorias generalmente
ocultas del relato oficial, que están compuestas de distintas narraciones
y testimonios que no han sido institucionalizados, visibilizados y reco-
nocidos públicamente, pero que se disputan un lugar de legitimidad.
De esta manera, se identifica la potencia de estas en el marco de la
lucha por el sentido de un pasado de gran relevancia social y política.
El reto que plantea la visibilidad de otras memorias radica en
“constituir lazos críticos que les permitan un debate fluido [a la
historia y la memoria] sobre los sentidos que se construyen del pa-
sado y la disputa que se establece por instituirlos como parte de la
construcción de las identidades de los pueblos” (Silva, et al., 2009,
p. 209) y la apertura de la memoria como ámbito de indagación
fértil, en constante reconstrucción, y que permita afrontar las pre-
guntas y problemáticas del presente. Conceptualmente, las distintas
denominaciones desarrolladas en el campo de las ciencias sociales,
que podrían definirse como otras memorias, son: memorias débiles
(Traverso, 2007), disidentes (Gnneco y Zambrano, 2000), contra-
memorias (Nora, 2009) (Foucault, 1991), y contra-historia desde
abajo (Wachtel, 1999), como las más recurrentes, las cuales proponen
una fuerte ruptura con los esquemas de la legitimidad de la verdad,
fundados principalmente por la historia (memoria) oficial.
El segundo tema de relevancia hace referencia a la memoria na-
cional, constituida con la formación de los Estados en el siglo XIX (en

Visibilización de la memoria: un análisis a la producción académica 57


Latinoamérica), que opera como un dispositivo cultural y de saber,
que consolida sentidos de pertenencia y que constituye, de este modo,
la identidad nacional a partir de figuras representativas, de personajes
históricos, de fechas y lugares que se consideran emblemáticos, así
como determinando regímenes de verdad sobre lo que es aceptado
en los discursos sobre el pasado y las respectivas implicaciones en el
presente; con lo cual se instituye como memoria oficial:

[…] En los procesos de formación del Estado —en América Lati-


na a lo largo del siglo XIX, por ejemplo— una de las operaciones
simbólicas centrales fue la elaboración del gran relato de la nación.
Una versión de la historia que junto con los símbolos patrios, mo-
numentos y panteones de héroes nacionales, pudiera servir como
nodo central de identificación y de anclaje de la identidad nacional.
( Jelin, 2002, p. 40)

Lo anterior hace referencia a una memoria oficial que pretende


determinar y consolidar sentidos de pertenencia, propendiendo por
la cohesión social y la protección de límites simbólicos. Por otra parte,
en los ejes temáticos se asume y constituye la memoria como categoría
metodológica que responde a una historia de los acontecimientos,
personajes o procesos tanto institucionales como organizativos, a
manera de recuento histórico. Como se ha señalado a lo largo del
documento, se da cuenta más de un proceso de historización de la
memoria. Junto con ello, los enfoques metodológicos y las técnicas
específicas en el trabajo de memoria son los aspectos menos traba-
jados en las investigaciones, y su tratamiento queda supeditado a
metodologías establecidas en campos de saber consolidados como
la historia, la literatura o la educación.
En el segundo nivel de las conclusiones, se muestra que si bien
se observa una cantidad de estudios sobre memoria que muestran la
incursión de campos profesionales diversos como las artes visuales, la
arquitectura, la literatura o la educación, que podrían generar aportes
metodológicos y teóricos desde las disciplinas específicas, la aproxima-
ción conceptual, en la mayoría de estos, es ligera y ambigua, sin mayor
profundidad analítica; cualquier narración, recuerdo comunicado
puede considerarse un trabajo alrededor de la memoria, tal y como,

58 Narrativas de memorias y resistencias


en su momento, sucedió con la historia. Además de ello, se evidencia
que las investigaciones responden a las apuestas formativas de los
maestros que vienen impulsando estudios sobre la memoria, desde
donde se observa una apertura a grupos y líneas de investigación en
este campo. Sin embargo, estas apuestas no hacen parte aún de los
proyectos formativos e investigativos de las universidades, lo que
limita su desarrollo a programas, docentes y estudiantes particulares.
Finalmente, este estado del arte pretende ser un aporte a la de-
finición de los campos de saber que, en el ámbito académico, están
constituyendo la producción de memoria en el contexto colombiano y
las propuestas formativas de las universidades. Igualmente, se quiere
contribuir a la identificación de las perspectivas de conocimiento acu-
mulado, las problemáticas y las preguntas que orientan los estudios,
las temáticas abordadas, y las que los ejes temáticos van configurando
en torno a la memoria.

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70 Narrativas de memorias y resistencias


Las políticas de la memoria y la identidad política
en la Organización Femenina Popular (OFP):
una mirada teórico-metodológica

María Carolina Alfonso Gil1

L
a Organización Femenina Popular (OFP) fue fundada en
1972 como parte del trabajo de la pastoral social de la Iglesia
católica en la ciudad de Barrancabermeja (Santander), bajo
la influencia de la teología de la liberación.2 Cinco años después, las
mujeres decidieron tomar una orientación laica, sin dejar su trabajo
con la Iglesia, que consistía en el apoyo a mujeres, niños y población
vulnerable. Sin embargo, el carácter de la Organización se orientó
hacia la formación de las mujeres, la denuncia frente a la violación
de los derechos humanos (DDHH), sobre todo en la década de 1990
hasta el día de hoy.

1 Magíster en Estudios Sociales, Universidad Pedagógica Nacional.


2 El sacerdote y teólogo Carlos Novoa, profesor titular de Teología de la Universidad
Javeriana, considera que “La teología de la liberación es una reflexión de fe que se
desarrolla al interior de la comunidad eclesial de América Latina. Las Conclusiones
de la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Medellín, del
año 1968, y la publicación del libro ‘Teología de la liberación’ en 1971, escrito por el
teólogo latinoamericano Gustavo Gutiérrez, son considerados el origen formal de esta
reflexión de fe liberadora. […] Esta reflexión de fe latinoamericana busca conformar
una respuesta cristiano política a la dramática situación de injusticia y pobreza que
sufren millones de latinoamericanos, situación que según las conclusiones de la Confe-
rencia del Episcopado Latinoamericano de Santo Domingo 179, al ‘llegar a intolerables
extremos de miseria es el más devastador y humillante flagelo que vive América Latina
y el Caribe’” (Novoa, 2007).

Las políticas de la memoria y la identidad política en la Organización Femenina Popular (OFP) [...] 73
La Organización cumple cuarenta años de trabajo, con presencia
en más de veinte municipios, y ha tenido como escenario los procesos
de formación de mujeres populares en ámbitos como los derechos
humanos, la exigibilidad, la economía familiar, los procesos de
acompañamiento en salud, que han generado la constitución de es-
tas como sujetos políticos, y en acciones de reconocimiento social a
nivel nacional e internacional como la denuncia de violación de los
derechos humanos por parte de actores armados legales e ilegales, la
participación en mesas y movimientos regionales y nacionales como la
Marcha Pacífica de las Mujeres, la mesa de mujer y conflicto armado,
entre otras, con una apuesta por alternativas de paz orientadas a la
desmilitarización de la vida civil y la salida negociada del conflicto.
Tales demandas y acciones políticas han requerido por parte de las
mujeres de la OFP la creación de una serie de estrategias de denuncia,
protección, apropiación de espacios, discusiones y luchas por el sentido
y la posibilidad de construir una sociedad diferente a la heredada por
décadas de guerra y corrupción.
En ese contexto, se desarrolló la investigación3 “Políticas de la
memoria e identidad política en la Organización Femenina Popular”,
de la que se presenta en este capítulo el proceso de rastreo, clasifica-
ción y análisis de fuentes e información que, desde una perspectiva
teórico-metodológica, permitieron generar una reflexión investigativa
de segundo orden, que parte en su referente teórico de dos categorías
generales de análisis: las políticas de la memoria y la identidad política,
y en su aspecto metodológico se refiere a tres momentos clave: el pri-
mero, referido a la indagación de archivo; el segundo, el trabajo con
fuentes orales, y finalmente, el cruce de información que permitiría
definir y reconfigurar los planteamientos teóricos y metodológicos.

3 La investigación titulada “Políticas de la memoria e identidad política en la Organización


Femenina Popular” se realizó en el marco de la Maestría en Estudios Sociales de la Uni-
versidad Pedagógica Nacional, entre los años 2008 y 2011. Dicha investigación cuenta
con cinco capítulos: “Claves de lectura en el caso de la OFP: la memoria y la identidad”,
“Barrancabermeja, tras las huellas de la memoria”, “Las políticas de la memoria en la
OFP”, “La identidad política en la OFP” y “Conclusiones: La OFP, una organización de
mujeres que tejen la vida en medio del conflicto”.

74 Narrativas de memorias y resistencias


El presente texto está organizado en tres apartados. En el primero,
titulado “Las mujeres de la OFP y su contexto”, se aborda el marco
histórico en el que surge y se consolida la Organización Femenina
Popular. En el segundo, “Entre archivos y narrativas se construyen
mapas y se define el método”, se presentan los momentos y las etapas
en las que se rastreó y analizó la información de fuentes documenta-
les y orales. Finalmente, en “Claves de lectura en el caso de la OFP: la
memoria y la identidad” se muestra el marco teórico de análisis en el
que estas categorías son analizadas.

Las mujeres de la OFP y su contexto


Las mujeres son uno de los sectores sociales más afectados por el
conflicto armado colombiano. En Barrancabermeja,4 así como en
otras poblaciones del país, se han visto afectados por este conflicto
diversos ámbitos privados como la familia y la sociedad en general,
donde las mujeres, por su rol social asignado culturalmente, han sido
consideradas como madres, esposas, hijas, hermanas, sin tener pre-
sencia en el ámbito público ni político, y sin mayores posibilidades
de reivindicar esta condición política y la de sus familiares y amigos

4 La actividad sindical y la organización social que presenta Barrancabermeja es un


fenómeno que tiene sus orígenes en su fundación como enclave petrolero a mediados
del siglo XX, cuando nace en 1951 la entonces Empresa Colombiana de Petróleos, hoy
Ecopetrol S.A., noticia que “fue recibida por los barranqueños en medio de sirenas, pólvora
y algarabía. Diciembre se anticipó ese año y llegó el 25 de agosto con el regalo de la
reversión de la Concesión de Mares” (Ecopetrol, 2008). En 1961 la infraestructura de la
empresa queda bajo el control de Ecopetrol. Los sindicatos y los movimientos sociales
que se consolidaron después de los años cincuenta buscaban mejorar las condiciones
de trabajo de los obreros y recuperar tierras para los campesinos y fueron influidos por
la expansión de las ideas socialistas provenientes de la Revolución Cubana. Estos mo-
vimientos empezaron a ser estigmatizados por su vinculación con ideas propias de la
izquierda, su base popular los hacía una amenaza para los intereses de los terratenientes
de la región del Magdalena Medio y los propietarios de las empresas de explotación de
banano y, en épocas más recientes, de palma de aceite. Es justamente en esta región
donde se funda e implementa a partir de 1982, con la creación del MAS (Muerte a
Secuestradores), el proyecto paramilitar que se extendería al resto del país golpeando
directamente al movimiento social y sindical en general.

Las políticas de la memoria y la identidad política en la Organización Femenina Popular (OFP) [...] 75
víctimas de las acciones paramilitares. Sin embargo, en esta ciudad
ha existido una presencia pública de la mujer en la recuperación de
tierras desde la década de los setenta, su participación en huelgas y
marchas obreras, en organizaciones defensoras de los DDHH, hasta
la conformación de una organización de mujeres, la Organización
Femenina Popular (OFP).

Fotografía 1. Encuentro femenino coordinado por la Iglesia católica (1983, OFP)

Fuente: Cartilla Sujetas políticas para la vida, 2006. Parroquia Señora de los Milagros.
Encuentro femenino coordinado por el sacerdote Eduardo Díaz Ardila. Barrancabermeja.

Desde su aparición, las demandas de la OFP se han concentra-


do en dos ámbitos: el derecho a la tierra y los derechos básicos de la
familia, vivienda, alimentación, trabajo y salud. El primer paso para
alcanzar tales objetivos fue la creación de la Casa de la Mujer en 1972.
En este espacio las mujeres de la Organización encontraron asesoría
en aspectos legales, alimentación en los comedores populares y capa-
citación, no solo en la elaboración de manualidades, sino también en
aspectos como la exigencia de sus derechos.

76 Narrativas de memorias y resistencias


Fotografía 2. Casa de la Mujer. Barrancabermeja. OFP

Fuente: Cartilla Sujetas políticas para la vida, 2006.

Desde ese sentido de reivindicación de derechos de la mujer y


de la familia de la OFP, el ámbito doméstico se fue convirtiendo en
un referente de acción política, tanto así que con actividades como
sancochos comunitarios, campañas y denuncias se fue haciendo
frente a la incursión del paramilitarismo en la ciudad. Las mujeres
de la Organización emprendieron una lucha por la salvaguardia de
la vida, las familias y la comunidad, sus espacios de reunión, sus
conmemoraciones y, paulatinamente, también por la defensa de los
derecho humanos.
Esta defensa se potencia a finales de la década de 1980 cuando
el miedo y el olvido se extendían por la ciudad bajo el ruido de las
armas —inicialmente con la masacre del 16 de mayo de 1988—5,

5 Según la Fiscalía, alias “Camilo Morantes” ordenó la masacre en el barrio El Campín en el


Puerto Petrolero, aduciendo que las víctimas eran auxiliadores de la guerrilla. Dos meses

Las políticas de la memoria y la identidad política en la Organización Femenina Popular (OFP) [...] 77
los volantes con amenazas, las listas negras, las desapariciones y el
silencio del Estado. En Barrancabermeja, este marco dio inicio a
una confrontación entre grupos armados en medio de la población
civil, que duraría años y frente a la que la Organización Femenina
Popular ha generado una estrategia de contención de los efectos
producidos. Así lo relata una de las líderes de la OFP:
[…] Pienso que aun aquí, por lo menos podemos mantener los
sueños. Cada uno desde distintos espacios intentamos mantener-
nos y mantener la historia y lo que se ha venido haciendo en los
procesos. Tendremos que hacer esfuerzo a haber si las regiones
somos capaces de construir propuestas que permitan dinamizar
el país, propuestas más allá de nuestros procesos particulares,
propuestas regionales que articularan unas propuestas nacionales,
porque lo que hacemos es muy importante […] Creo en los pro-
cesos de mujeres, creo en las mujeres. Pienso que entre más uno
lee y retrocede la historia, se da cuenta que las mujeres siempre
hemos jugado un papel muy importante […] en estos momentos
difíciles somos las que, la historia ha mostrado, mantenemos la
esperanza y mantenemos las posibilidades de Organización y
hacemos resistencia. (Cinep, 2005, p. 112)

De esta forma, la memoria en Barrancabermeja se ha convertido,


bajo las marcas del conflicto armado, en la posibilidad de vida y justicia
frente a la lógica de muerte, silencio e impunidad que buscan imponer
los grupos armados y que hace presencia en los barrios y las familias.

después de la incursión, las autoridades establecieron que las 25 personas secuestradas


por el comando armado fueron asesinadas y sepultadas en fosas comunes en la zona
rural del municipio Sabana de Torres, Santander. Nueve años después de la masacre, en
septiembre de 2007, la Fiscalía 34, especializada en Derechos Humanos, ubicó varias
fosas en la vereda Mata de Plátano, en Sabana de Torres. De allí fueron exhumados
los restos óseos de seis de las víctimas que un año después, gracias a pruebas de ADN,
fueron identificadas y entregadas a sus familiares. Los otros 19 cuerpos no han sido
hallados y, según la información de desmovilizados de las AUC, algunas de las fosas
donde enterraron a las víctimas de la masacre fueron saqueadas con el fin de borrar
toda evidencia (Vanguardia, 2010).

78 Narrativas de memorias y resistencias


Las mujeres de la OFP son, de esta forma, las que reclaman y actúan,
las que organizan la resistencia frente al olvido y la impunidad, las que
resaltan la necesidad moral, ética y política de recordar.

Fotografía 3. Líder de la OFP

Fuente: fotografía de Caleb Harris, 2007.


Tomada de www.prensarural.com.co

Entre archivos y narrativas


se construyen mapas y se define el método
El acercamiento a la Organización Femenina Popular se origina a partir
del interés que la investigadora tiene frente al tema del movimiento
social de mujeres y los efectos que el conflicto armado ha generado

Las políticas de la memoria y la identidad política en la Organización Femenina Popular (OFP) [...] 79
sobre los procesos políticos que las mujeres agencian. Para el análisis
de esta experiencia política se realizó el trabajo teórico metodológico
que se presenta a continuación.

La mirada inicial sobre la Organización se dio desde los plan-


teamientos del feminimismo como apuesta orientada a la formación
de sujetos políticos y autónomos, y crítica frente a las prácticas
patriarcales que han otorgado y legitimado la subordinación de las
mujeres con discursos como la maternidad, la feminidad, la familia,
el cuidado del cuerpo y su medicalización. Sin embargo, el trabajo
de campo permitió reconsiderar tal orientación teórica, ya que en la
información recabada lo positivamente dicho, retomando los plan-
teamientos de Foucault (1979), orientaba la reivindicación política
de la Organización desde discursos como la maternidad y la familia.
Partiendo de la información documental, los testimonios y el trabajo
de campo se construyó la ruta teórico-metodológica de la investiga-
ción. En el aspecto teórico se abordaron dos categorías de análisis:
las políticas de la memoria y la identidad política.

Para las políticas de la memoria (Aguilar, 2008), el trabajo do-


cumental se inició con el acopio de fuentes en el archivo María Cano,
ubicado en la Casa de la Mujer, en el barrio Tocomora de la ciudad de
Barrancabermeja, en julio de 2009. En este archivo, la Organización
almacena documentos teóricos referidos a los derechos humanos,
revistas y libros de otras organizaciones y sus propias publicaciones,
entre las cuales se encuentran:

` Periódico Mujer Popular. Publicación trimestral organizada en


las siguientes secciones: editorial, donde una de las mujeres
de la Organización escribe respecto a temas de interés; sección
de opinión, donde se abordan temas políticos de actualidad;
sección de coyuntura, dedicada a las noticas regionales y nacio-
nales; sección de vida digna, que aborda la problemática de los
derechos fundamentales no garantizados y la violación de los
derechos humanos por parte de los grupos armados ilegales.
La publicación correspondiente a los meses de julio y agosto
de 2009 dedica dos páginas centrales a la conmemoración del
aniversario de la OFP (20 de julio).

80 Narrativas de memorias y resistencias


` Revista Mohana. Circula una o dos veces al año, de acuerdo
con las posibilidades de financiación, en esta revista se tratan
temas como las actividades de la Organización, las acciones
en las regiones, las denuncias, los testimonios y las entrevistas
referidas a los temas de interés, como el desplazamiento, la
seguridad alimentaria, el conflicto armado, el paramilitaris-
mo, las fumigaciones y la erradicación, y documentos y cartas
que la Organización recibe de organizaciones internacionales
defensoras de los DDHH.

` Volantes. Hojas sueltas que se clasificaron según el tema, con-


memoraciones (20 de julio, 8 de marzo y 25 de noviembre),
manifestaciones (vigilias contra la guerra), informativos (co-
medores populares, cursos de capacitación y tienda naturista
Madre Selva).

Para clasificar la información de estos documentos se crearon


tres categorías descriptivas:
` Los símbolos, donde se recopiló la información sobre la produc-
ción iconográfica de la Organización (flores amarillas, bandera
contra la guerra, la olla de la resistencia, la luz, los colores).
` Las celebraciones y manifestaciones con las que se rastrearon
las fechas de importancia para la Organización (20 de julio, 8
de marzo y 25 de noviembre) y sus manifestaciones públicas
(marchas de la luz, vigilias y el bazarte como festival el 25 de
noviembre).
` Los espacios de trabajo, donde se encontró que la Casa de la
Mujer es el espacio donde la Organización articula y pone
en funcionamiento su propuesta política (talleres, comedor
popular, oficina jurídica, salud).

En cuanto a la segunda categoría de identidad política (Gimé-


nez, 1982) (Restrepo, 2007), el trabajo de campo se adelantó en dos
momentos. El primero, en julio de 2009, con la visita a la ciudad de
Bucaramanga cuando la OFP organizó un encuentro del Movimiento

Las políticas de la memoria y la identidad política en la Organización Femenina Popular (OFP) [...] 81
de Mujeres contra la Guerra y por la Paz6 (del 3 al 5 de julio) en la
vereda Portugal. El objetivo del encuentro consistió en coordinar la
movilización programada para el mes de agosto de 2010. Terminado
el encuentro en Bucaramanga, fue necesario trasladarse a la sede prin-
cipal en Barrancabermeja, a la Casa de la Mujer del barrio Tocomora,
donde se encuentra el archivo María Cano.
En este primer momento se realizaron entrevistas semiestructu-
radas a líderes de la Organización, cuyos ejes temáticos fueron cinco:
la propuesta política de la Organización, la reivindicación de género
y clase, los símbolos y su origen, la organización interna de la OFP y
las dificultades que han enfrentado (incursión del paramilitarismo,
patriarcalismo y ausencia del Estado).

6 El Movimiento Social de Mujeres contra la Guerra y por la Paz nació en el año 2000, por
iniciativa de la OFP, en este momento hacen parte del movimiento el Consejo Regional
Indígena del Cauca (CRIC); la Organización Femenina Popular (OFP); Mujeres de Negro-
OFP Colombia; el Colectivo Policarpa Salavarrieta-La Pola, Cundinamarca; el Proceso de
Mujeres Campesinas (CIC-ANUC-UR); los Equipos Cristianos por la Paz (ECAP); la Asociación
de Mujeres Campesinas Pradera-Valle; el Comité Femenino de Caldas; la Coordinación de
Mujeres, Asentamiento de la Guajira; la Coordinación de Mujeres Campesinas, Atlántico;
la Asociación Mujeres Sembradoras, Pasto; el Resguardo Indígena Cariamomo, Caldas,
Risaralda; el Programa Mujer Indígena (CRIC); Pueblo Yanacona; Pueblo Totoroes; Pueblo
Orivac; Pueblo Coconuco; Pueblo Nasa; Pueblo Siapirara; Pueblo Eperara; la Asociación
de Proyectos Alternativos Comunitarios (APAC); la Asociación de Madres Comunitarias del
Área Metropolitana de Bucaramanga; la Asociación de Mujeres Productoras de Cárnicos
(Asomupcar); la Comisión Interfranciscana de Justicia, Paz y Reverencia con la Creación;
las Hermanas Nuevas Esperanzas, Alianza Fraternal de Mujeres; la Asociación de Mujeres
Fe y Vida (Amufevi); Ciudadanos por la Paz; Hermanas de San Juan Evangelista-Pastoral
Obrera (Bogotá,Bucaramanga, Barrancabermeja); el Movimiento Juvenil Quinto Manda-
miento; la Fundación de Apoyo y Consolidación Social para Desplazados por la Violencia
en Colombia (Fundesvic); la Constituyente de Betulia, Santander; Gobierno Ancestral
Organización Libre Indígena de Colombia (OLIC); Laicos Franciscanos, Bogotá; Red de
Mujeres del Nororiente Colombiano de la Provincia García Rovira; la Asociación de Madres
Comunitarias de la Provincia García Rovira; la Asociación de Madres Comunitarias de la
Provincia Puerto Wilches; la Asociación de Mujeres Rurales por la Paz y el Progreso, San
Gil; Emisoras Comunitarias Magdalena Medio; Pax Christy, Barrancabermeja; la Asociación
Municipal de Mujeres Campesinas de Lebrija (Ammucale); la Asociación Santandereana
de Servidores Públicos (ASTDEMP); el Movimiento por la Defensa de los Derechos del
Pueblo (Modep); el Movimiento Franciscano por la Paz (Mofrapaz); Siervas de San José,
Bogotá; la Corporación Mujer y Economía; la Liga Estudiantil Autónoma (LEA); el Centro
de Promoción y Cultura FASOL, Bogotá, y el Resguardo Indígena Triunfo Cristal Páez.

82 Narrativas de memorias y resistencias


Fotografía 4. Movimiento de Mujeres contra la Guerra
(3 al 5 de julio de 2009, Organización Femenina Popular, 2010)8

Fuente: Cartilla Sujetas políticas para la vida, 2006. Tomado de http://www.ofp.org.co

El segundo momento del trabajo de campo se realizó del 30 al


31 de marzo de 2010 en la ciudad de Bogotá, donde se adelantó una
reunión del Movimiento Social de Mujeres contra la Guerra y por
la Paz para ultimar aspectos de logística y orientación política de la
manifestación del 16 al 21 de agosto de 2010. Durante el encuentro
fue entrevistada Yolanda Becerra, líder de la Organización Femenina
Popular y gestora del Movimiento Social de Mujeres contra la Guerra
y por la Paz. La entrevista estuvo centrada en los ejes: ingreso a la
Organización; incidencia de su ingreso en la vida familiar, temores y
dudas; relación con otras organizaciones, condiciones de ingreso de
las mujeres; movilizaciones de la Organización, y consignas.

Las políticas de la memoria y la identidad política en la Organización Femenina Popular (OFP) [...] 83
Junto a estos testimonios se analizaron las entrevistas realizadas
por la Organización a las personas que conforman la OFP, en relación
con temas como los derechos humanos, las conmemoraciones y el
desplazamiento forzado. En cuanto a este último tópico, se abordó
el texto Afectos y efectos de la guerra en la mujer desplazada, un libro
escrito y publicado por las mujeres de la Organización en el año 2004.
Este trabajo

[…] como una mirada a la mujer desde la mujer, logra caracterizar,


analizar y ubicar el contexto en que se presenta el desplazamiento
forzado en los municipios de Barrancabermeja, Puerto Wilches,
San Pablo, Cantagallo y Yondó, en el Magdalena Medio, y espe-
cialmente visibilizar esta problemática desde el sentimiento de
las protagonistas, sus vivencias y sus apuestas formuladas con el
corazón y la razón. (OFP, 2004, p. 3)

Para clasificar la información de estos documentos se crearon


tres categorías descriptivas: las alegorías femeninas, que permitieron
el rastreo de las autorepresentaciones que la mujeres de la Organi-
zación tienen (tejer, parir, soñar, sembrar, nutrir), caracterización
del hombre (como fuerte, agresivo o como víctima), y mujer y guerra,
donde se rastrearon los efectos que la Organización identifica en
las mujeres y, a su vez, la posición y la propuesta de estas frente a
la guerra.

Estas categorías descriptivas permitieron delimitar los enunciados


y los ámbitos de discurso de la OFP. Las alegorías femeninas fueron
analizadas desde los planteamientos de Giménez (1982) sobre los
atributos identificadores relacionados con principios idiosincráticos,
la mujer como figura nutricia y protectora emerge en estas alegorías.
La caracterización del hombre, por parte de la OFP, se relaciona con
la figura masculina en tanto agresora o como ausente, la primera está
vinculada con el uso de la fuerza contra las mujeres y las comunidades,
y la segunda, como ausente, se refiere a que el hombre, a su vez, es
víctima del conflicto y deja a la mujer y a su familia, no hay una figura
masculina intermedia.

84 Narrativas de memorias y resistencias


La perspectiva genealógica-arqueológica y
la narrativa como marco metodológico

Las fuentes recopiladas sobre la OFP y los referentes teóricos trabajados


sobre las políticas de la memoria e identidad política fueron analizados
a partir de la integración de dos perspectivas metodológicas: el aná-
lisis del archivo desde los planteamientos de Foucault (1979), que
se constituye en el enfoque genealógico-arqueológico, para quien el
archivo no hace referencia a un conjunto de textos, sino “a un sistema
general de la formación y transformación de los enunciados […] es
la ley de lo que puede ser dicho, el sistema que rige la aparición de los
enunciados como acontecimientos singulares” (1979, p. 219). Y, para
el caso de los testimonios desde Duchet (citada en James, 2004), que
se centra en el análisis de las narraciones, partiendo del patrón clave
de la estructura narrativa que

reproduce en toda la narración una matriz reconocible de conducta


que impone una coherencia a la experiencia de vida del hablante,
la coherencia del “yo”. El patrón refleja en aspectos fundamentales
la relación del narrador con los modelos sociales dominantes.
También contiene juicios de valor adoptados por el narrador para
dar sentido a su vida. (2004, p. 164)

Desde el enfoque genealógico-arqueológico se busca rastrear los


saberes sometidos respecto al conocimiento científico y los efectos de
poder de este discurso. Llamamos genealogía, dice Foucault,

al acoplamiento de los conocimientos eruditos y de las memorias


locales que permite la constitución de un saber histórico, de la
lucha y la utilización de ese saber en las tácticas actuales […] se
trata de hacer entrar en juego los saberes locales, discontinuos,
descalificados, no legitimados, contra la instancia unitaria que
pretende filtrarlos, jerarquizarlos, ordenarlos en nombre del
conocimiento verdadero y de los derechos de una ciencia que
está detentada por unos pocos […] no se trata de rechazar el
saber… se trata de la insurrección de los saberes no tanto con-
tra los contenidos, los métodos y los conceptos, de una ciencia

Las políticas de la memoria y la identidad política en la Organización Femenina Popular (OFP) [...] 85
sino y sobre todo contra los efectos del saber centralizado que
ha sido legado a las instituciones y al funcionamiento de un dis-
curso científico organizado en el seno de una sociedad como la
nuestra… la genealogía debe luchar contra los efectos de poder
de un discurso considerado científico. (1979, p. 107)

Este enfoque rompe con la linealidad del tiempo histórico, con


los efectos de poder del discurso científico y, en general, con la idea
ontológica de interpretar y develar significados primigenios. Hablar
de discurso desde esta perspectiva es hablar de la formación y la trans-
formación de los enunciados y prácticas que constituyen el discurso
sobre los objetos y los sujetos, y que remiten a un contexto histórico
singular. A él corresponde como acontecimiento y no solo como signi-
ficado. Es decir, es el “conjunto de los enunciados que dependen de un
mismo sistema de formación, y así poder hablar del discurso clínico,
el discurso económico, el discurso de la historia natural y del discurso
psiquiátrico” (Foucault, 1979, p. 181). El discurso es el resultado de
prácticas discursivas y no discursivas que lo constituyen, que confi-
guran su lugar de emergencia. De allí la materialidad y el carácter de
acontecimiento del discurso.
Bajo estas condiciones, la genealogía toma como dominio de
análisis las prácticas en cuanto a qué interés responden y qué trans-
formaciones sufren. De esta forma, la genealogía se refiere a dos
términos: procedencia y emergencia (Foucault, 1987). El primero es
entendido como la pluralidad de acontecimientos que determinan un
fenómeno, en tanto que la emergencia hace referencia a la cuestión
del poder, al juego de dominaciones que hace posible la emergencia
de un fenómeno social. La ausencia de un Estado que garantice los
derechos fundamentales, la vida, la vivienda, el trabajo, la alimentación
y la salud en poblaciones como Barrancabermeja y demás municipios
donde hace presencia la Organización se constituye en una condición
de emergencia de la OFP, a la cual se suma el surgimiento del parami-
litarismo en la región del Magdalena Medio, que, como parte de una
política paraestatal, se ha extendido al resto del país.
Por su parte, de las narraciones de las mujeres de la OPF, recogidas
en las entrevistas que se realizaron, emergen tres tipos de continuidad

86 Narrativas de memorias y resistencias


discursiva que dan cuenta de las experiencias que como mujeres han
tenido en medio del conflicto armado. La primera, la mujer como
intrínsecamente luchadora y correcta en sus acciones. En segundo
lugar, la referencia a sus pérdidas —familiares y materiales— y a sus
logros —sus triunfos en medio de la adversidad— y, finalmente, la
alusión a sí misma, en términos de lo otro, los varones, las prácticas
patriarcales y la violencia.
Estos referentes, abordados desde el patrón clave de la estructura
narrativa ( James, 2004), permitieron identificar que este se halla ma-
tizado en la OFP por la reivindicación de la mujer (feminización), sus
espacios familiares y sueños. En segundo lugar, se pudo determinar que
el modelo dominante de la estructura narrativa está relacionado con
la épica, “una forma épica implica la identificación del individuo con la
comunidad y sus valores, y deja poco lugar a la expresión de la identidad
individual” ( James, 2004, p. 166). Esta estructura se complementa con
la del romance, en el cual puede contarse una historia más individual, “el
romance entraña la búsqueda de valores en un mundo degradado, y a
través de ella se establece la trayectoria moral del individuo gracias a su
capacidad de superar obstáculos y dificultades” ( James, 2004, p. 166).
La épica y el romance en la OFP están marcados por los efectos
del conflicto armado (desplazamiento, violaciones, amenazas), espe-
cialmente de las acciones de grupos paramilitares que han cobrado
la vida de varios de sus integrantes. Ellos, los integrantes caídos, no
tienen un estatus de víctimas, sino de luchadores. Para nombrarlos
(desde la épica) y referirse a la situación de su muerte se expresan
frases como “no los enterramos, los sembramos”.
En cuanto al romance, la narrativa de la Organización está enmar-
cada en la lucha por los derechos de las mujeres, por la oposición a la
lógica de guerra y muerte, a las pérdidas sufridas y los logros obtenidos
en el ámbito de lo político, la protección de los derechos humanos, lo
social, la seguridad alimentaria, entre otros. Una tercera categoría que
usa James es la del melodrama, este autor considera que:

El atractivo del melodrama es complejo […] De manera más


concreta, se consideró con especial atención su atractivo para las
mujeres como un vehículo narrativo que ponía en primer plano

Las políticas de la memoria y la identidad política en la Organización Femenina Popular (OFP) [...] 87
el género y el poder, y proporcionaba un espacio textual para
expresar problemas relacionados con la sexualidad […] Las con-
venciones del melodrama establecen una división maniquea del
mundo, un conflicto entre el bien y el mal que en general —pero
no siempre— tiene una resolución ética favorable al primero.
( James, 2004, p. 244)

El melodrama se desarrolla en tres momentos: la pérdida, la caída


y la redención. La pérdida se relaciona con el abandono de un estilo de
vida, de un territorio, con la ausencia de un ser querido, se ubica dicha
experiencia en un contexto de pérdida y ruptura de los referentes y los
valores culturales adquiridos. En su obra clásica sobre el tema, The
Melodramatic Imagination, Peter Brooks afirma que “el melodrama
nace en un mundo donde los imperativos tradicionales de la verdad y
la ética han sido violentamente puestos en cuestión, pero en el cual la
proclamación de la verdad y la ética, su instauración como modo de
vida, son una preocupación inmediata y cotidiana” (citado en James,
2004, p. 248).
El segundo momento, la caída, está relacionado con este cuestio-
namiento a los imperativos tradicionales. Finalmente, se encuentra
la redención, que puede ser alcanzada de dos maneras, a través de
la muerte o el sacrificio o la recuperación de las condiciones de vida
perdidas o soñadas. La pérdida, la caída y la redención en el relato de
la OFP están relacionadas con hechos como el desplazamiento forzado,
la violencia contra las mujeres y las amenazas. Frente a estas situacio-
nes, las mujeres se organizan, denuncian, exigen, se exponen desde
su condición de mujeres-madres para defender y proteger la vida; se
constituyen en las defensoras del hogar, de sus hijos y de la memoria.
Son estas consideraciones de la mujer como figura nutricia,
transgresora, víctima —en el modelo melodramático— y defensora
de los valores de la nación y la familia las que le otorgan dos funcio-
nes básicas en los procesos de represión: como reconstructora de los
lazos familiares y quien hace visible lo invisible, da voz a las víctimas
( Jelin, 2002). Estos mismos referentes se evidencian en el testimonio
de Doña Hipólita, quien, en una entrevista para el Periódico Mujer
Popular, narra su experiencia como mujer desplazada:

88 Narrativas de memorias y resistencias


Fue algo que de pronto esa gente llegó. Nosotros vivíamos en un
ranchito y ahí nadie nos había molestado, pero en un tiempo se
metieron ellos. ¿Quiénes son ellos? Las autodefensas y entonces
nos comenzaron a molestar. A mi paso que, nosotros nunca nos
habíamos metido con nadie y ¿por qué teníamos que salir así? Dejar
lo que con tanto sacrificio habíamos conseguido. Para nosotros
fue algo muy grande dejar lo que habíamos construido porque no
nos pudimos traer nada, todo lo perdimos, nos quemaron todo
y llegamos aquí sin nada. No teníamos ni una olla para cocinar
siquiera. (OFP, 2004, p. 55)

[…]

Apenas llegamos aquí como le digo, él consiguió trabajo y nos


fuimos pa´lla pa´l campo a trabajar, cuando salidos de allá, pues
con lo poquito que se ganó, compramos unas cosas y arrendamos
una casa […] Ahí antes me daba tristeza, no teníamos nada, te-
níamos que acostarnos sin nada, es más, no quiero recordar eso,
no teníamos ni donde dormir, teníamos que dormir en el piso
donde llegamos. […] Nos tocaba mantener 7 chinos y lo poco que
se ganaba. Con que comprobamos? Con el tiempo llego un señor
y me dijo que aquí había una personería, donde podíamos ir, y
si, […] En la personería me ayudaron a mí con mercado y para
los alimentos, ya lo poquito que ganaba pudimos ir comprando
las cosas, la ropa a ellos porque llegamos sin nada. […] La casa
de la mujer —para nosotros ha sido muy bien— hay grupos
de mujeres desplazadas que trabajamos, que tenemos trabajo y
hacemos trabajo en equipo. (OFP, 2004, p. 64)

En estos dos fragmentos se destaca la referencia constante que


hace Doña Hipólita a las condiciones de vida de su familia. La tristeza,
el despojo y la pobreza acompañan su narración. Esto es lo que Jelin
llama identificación familística:
Las mujeres tienden a recordar la vida cotidiana, la situación eco-
nómica familiar, lo que se suponía que debía hacer cada momento
del día, lo que ocurría en sus barrios y comunidades, sus miedos

Las políticas de la memoria y la identidad política en la Organización Femenina Popular (OFP) [...] 89
y sentimientos de inseguridad. Recuerdan en el marco de rela-
ciones familiares, porque el tiempo subjetivo de las mujeres está
organizado y ligado a los hechos reproductivos y a los vínculos
afectivos. (2002, p. 108)

La narración de Doña Hipólita permite considerar tres aspectos


que la configuran dentro de las identificaciones familísticas. Habla
en primera persona del plural: “nosotros vivíamos, nosotros dejamos,
nosotros no teníamos, nos quemaron todo, teníamos que […]” (OFP,
2004), donde ella es parte de una unidad. Su familia, su testimonio
y experiencia giran en torno al nosotros familiar, a la pérdida de lo
alcanzado con esfuerzo de todos. En el marco de sus relaciones fami-
liares, evoca el despojo, “no hay ni una olla para comer, no teníamos
donde dormir, arrendamos una casa, teníamos 7 chinos” (OFP, 2004),
situaciones que, en su conjunto, causan en el narrador emociones que
no quiere recordar.

Claves de lectura en el caso de la OFP:


la memoria y la identidad como marco teórico de análisis

Las políticas de la memoria y la identidad política de la OFP se configu-


ran de la siguiente manera: primero, en la relación mujer-madre, donde
la figura nutricia central es la referencia política de esta organización;
segundo, no se consideran feministas, tienen en su condición de mujeres
características que las hacen diferentes a los hombres, y que les dan unas
cualidades singulares que les permiten ubicar su discurso en la defensa
de la vida, la maternidad, la familia y los derechos. Las mujeres de esta
organización se identifican con esta condición, no buscan romper con
ella, denunciarla, sino convertirla en su lugar de legitimación política.

Las políticas de la memoria en la OFP

De acuerdo con Elizabeth Jelin (2002), se pueden identificar tres niveles


de análisis sobre la memoria: el político, el simbólico y el histórico, los
cuales permiten entender cómo y para qué se producen las políticas

90 Narrativas de memorias y resistencias


de la memoria, quiénes las agencian, hacia quiénes están dirigidas,
cuáles son sus silencios, cuáles sus reivindicaciones y luchas. Para el
caso de la OPF, la experiencia y la mediación narrativa, expresadas en
la documentación de la Organización, la iconografía y las entrevistas
realizadas, articulan estos tres niveles en un conjunto sistemático de
políticas de la memoria (Aguilar, 2008).
El nivel político se evidencia en la formulación de las políticas de
la memoria de la OFP y su disputa con el Estado y con los cuerpos
armados paraestatales que han vulnerado sus derechos. En las fechas
conmemorativas, en los espacios físicos y en las movilizaciones, la
OFP expresa su versión sobre el pasado reciente y lo confronta con
la construcción que sobre este ha legitimado el Estado. En el nivel
simbólico se encuentran los lemas de la Organización y las insignias
construidas durante su vida organizativa: la olla, las llaves, las flores
amarillas, las cintas de colores, las batas negras, la bandera contra la
guerra. Por último, el nivel histórico fue tomado de manera transversal
de los dos anteriores, en tanto que en ellos se expresa la manera como
se ha transformado la memoria de la OFP.

Nivel político: conmemoraciones,


fechas y lugares que marcan la memoria de la OFP

La OFP tiene en sus fechas, lugares y manifestaciones públicas una serie


de referentes temporales y políticos que restituyen la memoria. Sus
conmemoraciones, referidas a hechos de relevancia general como el 8
de marzo, el Día Internacional de la Mujer, y a situaciones de orden
local en las cuales la OFP ha tenido participación como las marchas de
la luz, realizadas contra la guerra y la incursión del paramilitarismo
en Barrancabermeja, son muestra de ello.
Para analizar las conmemoraciones, Jelin (2002) propone abor-
dar las dinámicas sociales en fechas, aniversarios y conmemoraciones
(fechas significativas, regionales, locales y personales) y las marcas
en espacios y lugares, en placas y monumentos que buscan dar ma-
terialidad a la memoria (parques, edificios, monumentos, viviendas,
calles, barrios). Respecto a las fechas, y teniendo en cuenta que existen

Las políticas de la memoria y la identidad política en la Organización Femenina Popular (OFP) [...] 91
diversidad de interpretaciones y significaciones sociales sobre el pasa-
do, “las fechas de conmemoración pública están sujetas a conflictos y
debates” ( Jelin, 2001, p. 101). Se cuestiona entonces ¿qué fecha con-
memorar?, ¿quiénes son convocados a conmemorar qué?, ¿cuáles son
los sentidos de las fechas que se conmemoran?, y ¿cómo se modifican
los sentidos de estas fechas en el devenir histórico?, en el proceso de
consolidación e institucionalización de las memorias y la participación
de nuevas generaciones y nuevos actores ( Jelin, 2001, p. 101).
Las conmemoraciones en la OFP están relacionadas con fechas
institucionalizadas: el 20 de julio, el 8 de marzo y el 25 de noviembre,
más el sentido que se les otorga está relacionado con situaciones que
la Organización ha afrontado con la incursión del paramilitarismo y
la falta de presencia estatal, la defensa de los derechos humanos, la
oposición a la guerra y a la militarización, entre otras. Estas condiciones
hacen de las conmemoraciones espacios de denuncia y reivindicación
política. El 20 de julio es celebrado dentro de la historia de la OFP como:

[…] la fecha desde la cual partió el proceso organizativo, fecha


que coincide con la celebración de la independencia nacional. En
este día se reitera el proceso independiente y decidido a favor de
la mujer, un proceso civilista en contra de la guerra, que año a año
le aporta a Colombia elementos de paz y de vida. Según Yolanda
Becerra, directora de la Organización Femenina Popular “esta
fecha es asumida simbólicamente como aniversario de la OFP, en
honor a la autonomía de un movimiento social transformador,
que impulsado por las mujeres, como sujetas políticas, logre in-
dependencia y libertad”. (Periódico, 2005, p. 12)

Desde este marco, también se evidencia la disputa por los espacios


físicos, por sus significados y su valor político, que, en palabras de Jelin
y Langland, se traducirían en las marcas territoriales. Ahora bien, lo
que aquí está en cuestión es cómo se configuraron esos significados.
Las autoras así lo refieren:
Hablamos de espacios materiales que, por la acción de grupos
humanos y por la reiteración de rituales conmemorativos en
ellos, se convierten en vehículos para la memoria […] Estos

92 Narrativas de memorias y resistencias


espacios se convierten en lugares de luchas entre quienes intentan
transformar su uso y de esa manera (o para) borrar las marcas
identificadoras que revelan ese pasado, y otros actores sociales
que promueven iniciativas para establecer inscripciones o mar-
cas que los conviertan en “vehículos” de memorias, en lugares
cargados de sentidos. (2003, p. 11)

La Casa de la Mujer en la OFP es un referente territorial, es el


lugar de encuentro, de reivindicación, de trabajo con las mujeres, que
ha pasado por varios momentos de configuración como una marca
territorial. El primero, su fundación en el año 1972, y el segundo, con
la incursión del paramilitarismo en Barrancabermeja a partir del año
2000, momento en que la Casa de la Mujer pasó a ser el lugar de re-
fugio y protección para decenas de familias amenazadas y expulsadas
de sus viviendas por los paramilitares.
Este tipo de acciones son contrarrestadas por la OFP con mani-
festaciones públicas de rechazo y denuncia de los actos de violencia
cometidos por los paramilitares, como las marchas de la luz. Son estas
políticas de la memoria, que construye y pone en práctica la OFP, las
que permiten evidenciar cómo las conmemoraciones se configuran en
lugar de disputa por la memoria; una memoria que, para este caso,
está anclada en el carácter femenino de la Organización y sus luchas.
Esto se evidencia en acciones como la siguiente:
El 27 de enero de 2001 a las once de la mañana, 2 paramilitares
llegan a la Casa de la Mujer en el sector sur oriental, en el barrio
el campestre, comuna 7 de Barrancabermeja exigiendo las llaves
y la desocupación de la casa, antes de las tres de la tarde, para
convertirla en centro de operaciones paramilitares. La respuesta,
sin vacilaciones, de la Organización Femenina Popular, rompió la
lógica de los paramilitares que venían expropiando las viviendas.
[…] Según el relato de Gloria Suárez, coordinadora del proceso
organizativo de dicho sector en aquella época “Ese mismo día
hacia las cinco de la tarde, en lugar de desocupar la Casa en el
plazo fijado, había 118 personas albergadas en ella, más de 20
familias, todas del sector, a quienes también les habían exigido
salir de sus casas y de Barrancabermeja entre tres y doce horas”.

Las políticas de la memoria y la identidad política en la Organización Femenina Popular (OFP) [...] 93
La mayoría eran familias desplazadas, acusadas por los paramili-
tares de ser auxiliadores o familiares de la guerrilla. Como algunas
mujeres amenazadas participan en el proceso organizativo de OFP,
recurrieron a la Casa de la Mujer con sus trasteos, con su cama,
con su ropa y con los niños. Así la sede se convirtió en un albergue
humanitario y con el acompañamiento de organizaciones socia-
les del país y de la comunidad internacional realizamos vigilias
de resistencia día y noche durante tres meses consecutivos. Así
fue como las llaves cobraron gran importancia como símbolo de
nuestra resistencia. (Periódico, 2006, p. 16)

La Casa de la Mujer durante este periodo fue el refugio de decenas


de familias, lo que la convirtió en objetivo de la acción paramilitar, y
ante esta situación no recibió ninguna protección por parte del Estado.
En este contexto de hostigamiento permanente, la OFP adelantó una
serie de acciones políticas entre las que se encuentran: las vigilias, las
marchas de la luz y la reivindicación como organización defensora
de los derechos humanos. Con esta primera exigencia de desalojo de
la Casa, por parte de los paramilitares, la Organización reafirmó su
oposición a la guerra.

Nivel simbólico:
producción iconográfica, mito y consigna
La producción iconográfica que hace parte de estas fechas, manifes-
taciones y espacios fue abordada desde el análisis semiológico del
mito como un habla de Barthes, quien lo concibe como “un modo de
significación, de una forma […] El mito no se define por el objeto de
su mensaje, sino por la forma en que se lo profiere: sus límites son
formales, no sustanciales” (2006, p. 199). El objeto es un referente del
mito, lo que le permite ser enunciado, lo que hace el mito es deformar
el objeto, no invisibilizarlo, es decir, el mito despolitiza el habla en
tanto la sustrae a su contexto de configuración, hace visible el objeto
para limitarlo, para detenerlo. En la OFP el mito está relacionado con
la imagen de la mujer como madre y figura nutricia que al ser natu-
ralizada pierde potencial político, el cual la OFP retoma e impulsa en
sus políticas de la memoria.

94 Narrativas de memorias y resistencias


Ilustración 1. Conmemoración 20 de julio.
La autonomía de las mujeres, Barrancabermeja

Fuente: volante (OFP, 2004).

La imagen está compuesta por tres elementos. El primero es el


enunciado “Un proceso de resistencia por la vida 20 de Julio, 2004 la
autonomía de las mujeres”. El segundo elemento es la imagen de la
cadena de mujeres en la parte inferior del texto. Finalmente, se en-
cuentra el signo que simboliza a la mujer, tanto en el encabezado de
la Organización como en el número 20. La conmemoración del 20 de
julio como fecha de fundación de la OFP se reivindica para exaltar un
proceso de construcción de soberanía, de autonomía de las mujeres,
de estas como colectivo, de aquellas que trabajan juntas, que caminan
juntas, que resisten juntas.
La mitificación que hacen las mujeres de la OFP con la fecha de
su fundación implica considerar que el 20 de julio no es un símbolo
vacío de significado, dado su carácter institucionalizado, sino un sig-
no, posible de ser resignificado, apropiado. Considerar el 20 de julio

Las políticas de la memoria y la identidad política en la Organización Femenina Popular (OFP) [...] 95
como fecha de fundación bajo los planteamientos de la soberanía y
la independencia de las mujeres es legitimar la posición política de
la Organización frente al Estado y la sociedad. No deben su proceso
organizativo a una instancia estatal, no deben su permanencia en el
escenario político a esta, deben su trayectoria histórica a sus accio-
nes políticas, a la distancia que toman del Estado, a las acciones de
denuncia, de movilización, de exigencia de los derechos. La autono-
mía y la soberanía de las mujeres han sido el camino de 32 años de
trabajo y marcan su continuidad bajo estos preceptos. Por otra parte,
los enunciados que la OFP pone en circulación fueron analizados
a partir de la categoría de consigna, propuesta por Deleuze, quien
plantea que:
La unidad elemental del lenguaje —el enunciado— es “la consigna”
esta unidad es una orden, atrapa, condiciona transforma, no es
una categoría particular de enunciados explícitos (por ejemplo
el imperativo), sino la relación de cualquier palabra o enunciado
con presupuestos implícitos, es decir con actos de palabra que
se realizan en el enunciado, y que solo pueden realizarse en él.
Las consignas no remiten, pues, únicamente a mandatos, sino a
todos los actos que están ligados a enunciados por una obligación
social. (1994, p. 84)

Las consignas en la OFP se encuentran, entre otros, en el lema


“Las mujeres no parimos hijos e hijas para la guerra” (2004, p.29), en
su himno (p. 27), en su forma particular de referirse a su condición
de mujeres, sus reivindicaciones, sus espacios y acciones colectivas
en que se resignifican políticamente, por ejemplo, las ollas que como
objetos domésticos cobran un nuevo sentido. Así lo manifiesta una
de las líderes de la Organización:
[…] las ollas son un símbolo para nosotras y qué historia hay
detrás de las ollas, cuando alguien un día dijo, “pero es que esas
viejas con esos sancochos comunitarios, esa olla comunitaria, y
los tamales que más van a hacer”, inclusive nos dijeron, cuando
se generó todo ese problema con los paramilitares, porque los
paramilitares fueron a pedirnos las ollas, porque estaban con-
centrando a toda la gente en el parque en el municipio de Puerto

96 Narrativas de memorias y resistencias


Wilches, y nosotras teníamos que entregarle la logística y eran
las ollas y nosotras dijimos ¡no vamos a prestar nuestra logística
para los actores armados!, y alguien nos dijo: “ustedes para que
joden la vida, saben que si no les prestan la ollas a esos manes,
se buscan problemas pendejos, quién va a saber que ustedes
prestaron las ollas”, decíamos ¡no!, es que la apuesta política de
la OFP no nos permite, y que fundamento tiene que nosotras
prestemos nuestra logística de vida, que son las ollas, porque
están en los comedores, que es donde la comunidad llega todos
los días a almorzar, vamos a prestarla para que a la gente la lleven
con un fusil en la espalda y donde la están presionando, para que
salga a movilizarse, esto, en contra de, en ese entonces, todo lo
del despeje en el sur de Bolívar […], nosotros somos civiles y
no nos tienen por qué involucrar, ha sido como esa la apuesta y
a uno lo involucran con una olla, con una carta, con un vaso de
agua, que usted le facilite a cualquiera de los actores armados,
entonces la OFP dijo, ¡no va a prestar la ollas!, y por eso las olla
se convierten en la olla de la resistencia, entonces, hacemos un
evento con una olla grande, coyunturalmente en ese momento
político donde la OFP dice…¡ no prestamos nuestras ollas para
que se violente a la población! (OFP, 2009)

La olla, relacionada con la seguridad alimentaria, ha sido para


la Organización un medio que le permite visibilizar la situación de
hambre que afrontan las comunidades más vulnerables del país. La
olla, referida a su uso, se relaciona con la preparación de alimentos
en un espacio doméstico: la cocina; de esta forma, el derecho a una
alimentación adecuada se vuelve un asunto privado. Lo que hace la
Organización es mostrar y denunciar la falta de garantías para acceder
a este derecho. De allí la exhibición de la olla en los espacios públicos;
se politiza el ámbito doméstico.

Los comedores populares de la Organización, ubicados en las


Casas de la Mujer, buscan hacer frente a esta problemática ofreciendo
alimentos a bajos costos, entre 1500 pesos y 2000 pesos. Adicional-
mente, crean una línea de producción de alimentos a base de soya
como estrategia para complementar la alimentación básica.

Las políticas de la memoria y la identidad política en la Organización Femenina Popular (OFP) [...] 97
Mujeres que paran y resisten:
identidad política en la OFP, una organización femenina

La OFP ha reivindicado su presencia y acción política desde la con-


dición de mujeres populares, madres, protectoras de la vida y que
están en contra del conflicto armado. Estas banderas hacen parte
de los referentes de identidad a los que aluden en sus documentos y
testimonios, así como bajo los cuales otras organizaciones sociales
las identifican y reconocen.

La identidad es un conjunto de relaciones y representaciones


que los sujetos hacen suyas para afirmar su particularidad. Por su
parte, las identidades sociales, desde la perspectiva de Giménez
(1982), suponen el reconocimiento de cuatro principios: distin-
guibilidad cualitativa, pertenencia social, atributos identificadores
y narrativa biográfica.

Desde el principio de distinguibilidad se analizan los rasgos de


identidad de la OFP, este hace referencia a las características exter-
nas de las personas que las distinguen de las demás, y que las otras
reconocen como rasgos externos, en contextos de interacción y de
comunicación, lo que requiere de una “intersubjetividad lingüística”
que moviliza tanto la primera persona (el hablante) como la segunda
(el interpelado, el interlocutor) (Giménez, 1982, p. 2). Las personas
no solo están investidas de una identidad numérica, como las cosas,
sino también de una identidad cualitativa que se forma, se mantiene
y se manifiesta en y por los procesos de interacción y comunicación
social (Giménez, 1982, p. 3).

Es decir, para que exista identidad el sujeto además de reconocerse


como tal, debe ser reconocido por otros. De esta forma, la identidad,
en términos de Melucci se define como “la capacidad de un actor de
reconocer los efectos de su acción como propios y, por lo tanto, de
atribuírselos” (citada en Giménez, 1982, p. 66).

98 Narrativas de memorias y resistencias


El himno de la Organización
está relacionado con estos referentes:

Himno de la Organización Femenina Popular

Coro
Compañera despierta compañera
a la conquista de la libertad
si nos explotan, porque no nos unimos,
si nos unimos nadie nos vencerá.

I
Son tus manos las manos de tu pueblo
encallecidas de duro trabajar,
con nuestra fuerza le estamos dando al rico,
el dinero, el progreso, el bienestar.

II
Si nuestros hijos hoy se mueren de hambre
y si desnudos ya ni a la escuela van
los culpables no son solo los ricos,
sino el cobarde que se niega a luchar.

III
Si hoy vivimos en mísero tugurios,
si no ganamos ni pa’ comprar el pan
es porque existe un sistema de gobierno
que nos explota y reprime sin cesar.

IV
Necesitamos por eso estar unidas,
la dura lucha con fuerza emprender ya,
marchemos juntas, seguras decididas,
que nuestro pueblo reclama libertad.

(Tomado de: www.ofp.org.co)

Las políticas de la memoria y la identidad política en la Organización Femenina Popular (OFP) [...] 99
Las mujeres reivindican sus derechos a partir de su condición de
madres, que subordina al colectivo, todas juntas y decididas deben
continuar, son mujeres-luchadoras. La figura gregaria de la mujer se
manifiesta en la caracterización social de esta como madre del pueblo,
que lucha colectivamente, son mujeres-colectividad. Son las mujeres
las llamadas a la lucha, de esta forma como agenciamiento colectivo el
himno está referido a las políticas de la memoria, en tanto que parte
de unos referentes implícitos, la figura materna de la mujer como
defensora de la vida, del hogar y, especialmente, de sus hijos, en un
contexto de injusticia social en el que el Estado no se presenta como
agente de garantías sociales.
De esta forma, la relación de autoreconocimiento y heteroreco-
nocimiento en la OFP se manifiesta en la figura de la mujer-madre,
mediante la cual la OFP se reconoce y busca reconocimiento y legiti-
midad de sus principios políticos y de acción, orientados a reivindicar
sus derechos y politizar el ámbito doméstico. La identidad se configura
así como un espacio de lucha política, de movilización, que establece
límites entre un referente femenino relacionado con la maternidad,
que ellas afirman como parte de su identidad y que promueven con
sus acciones y políticas, y un referente masculino, relacionado con
prácticas patriarcales, que ubican al hombre bajo una doble condi-
ción, como referente de provocador de actos de violencia política
(paramilitares) o como referente de ausencia (padres, hijos, esposos
asesinados o desaparecidos).
Los principios de pertenencia a una pluralidad de colectivos
(categorías, grupos, redes y grandes colectividades), presencia de un
conjunto de atributos idiosincráticos o relacionales y una narrativa
biográfica que recoge la historia de vida y la trayectoria social de la
persona, propuestos por Melucci, sirvieron de base para abordar los
referentes de identidad en las mujeres de la OFP. Desde estos, se iden-
tificaron los mecanismos mediante los cuales ellas se reconocen como
parte de la Organización, al encontrar en su propia acción política una
serie de atributos que se integran en su pasado biográfico, como se
muestra en la siguiente cita:
[…] de acuerdo con las entrevistadas, del ser de la mujer des-
plazada, podría predicarse que son hacendosas, trabajadoras,

100 Narrativas de memorias y resistencias


prolíficas, abnegadas, dedicadas a la cultura de la tradición y
de la costumbre; el fundamento de su vida, su ser en sí, gira en
torno a la familia, a su núcleo o su clan; claro, estos atributos no
son sólo de suyo de la mujer del campo o de quien es desplazada
forzadamente sino que también pertenecen a aquella que habita
en la ciudad. (OFP, 2004, p. 82)

Esta referencia biográfica que citan las mujeres de la OFP (2004)


contiene unos atributos idiosincráticos que hacen de la mujer des-
plazada un sujeto de valores y referentes relacionados con el cuidado
de la familia y la idea de la maternidad como actitud natural que se
mantiene aun en espacios urbanos. Esta alusión hace parte constitutiva
de los relatos biográficos de estas mujeres.

Entre los atributos mencionados se encuentran los estereotipos,


entendidos como modelo, que para el caso de la OFP no presentan
un carácter negativo que limite su acción, sino que son un referente
que le permite actuar políticamente y poner en cuestión el lugar ar-
quetípico de lo masculino y las prácticas patriarcales. Uno de ellos es
lo femenino-materno que aparece como referente de reivindicación
política que visibiliza la condición de marginalidad. El rol social de
la mujer, visto desde el estereotipo femenino-materno, es puesto en
evidencia y se ubica en la escena pública, lugar de lo masculino, que
como identidad arquetípica se invisibiliza, se naturaliza. Este referente
arquetípico puede verse en la OFP desde:

La naturaleza humana presenta diferencias básicas entre mu-


jeres y hombres, diferencias que culturalmente en todas partes
del mundo colocan a la mujer en una condición de inferioridad
frente al hombre, especialmente en el ámbito doméstico. Di-
ferencias que se soportan en un pensamiento patriarcal que
crea estereotipos de funciones y expectativas de acuerdo con el
sexo y que fija el predominio económico, social y político de los
hombres ejercido a través de la violencia para hacer prevalecer
el patriarcado. (OFP, 2005, p. 4)

[…]

Las políticas de la memoria y la identidad política en la Organización Femenina Popular (OFP) [...] 101
El hombre es el fuerte, el agresivo, el luchador, quien accede y
es actor principal de la vida pública, circunstancias que dada la
violencia política, la del narcotráfico y la delincuencia común, lo
colocan en mayor riesgo, y que, según estadísticas de asesinatos y
desapariciones forzadas las cifras son más altas para los hombres
que para las mujeres, lo cual no quiere decir que la de ellas, no
sea significativa. […] Ellas, sin quedar excluidas de los anteriores
riesgos, reciben un mayor impacto en tanto sufren por la desapa-
rición de sus seres queridos, deben enfrentar la lucha cotidiana
para volver a empezar y mantienen la gran incertidumbre por el
presente inmediato y el futuro. De manera abrupta se constituyen,
en muchos casos, en únicas proveedoras económicas y afectivas
de estos hogares que, forzosamente, se convierten en mono pa-
rentales. (OFP, 2004, p. 2)

El hombre se caracteriza en una doble condición, como agresor


o como víctima. Como agresor, el hombre está caracterizado por la
fuerza, la agresividad y la lucha, referidas al arquetipo socialmente
aceptado que se asigna a los hombres como seres fuertes y agresivos; es
lo que se espera de ellos como referente de masculinidad, al respecto,
La Cecla (2004) plantea que para la sociedad “nunca se es lo bastante
macho”, lo que implica para los hombres una reiteración constante de
su masculinidad. En el caso de las prácticas patriarcales, la referencia
a la fuerza y la agresividad son constitutivas de los rasgos masculinos.
En relación con esto, la narrativa biográfica remite a la revelación de
una biografía incanjeable, relatada en forma de “historia de vida”. Es lo
que algunos autores denominan identidad biográfica (Pizzorno, 1989),
identidad íntima (Lipiansky, 1992) o espacio biográfico (Arfuch, 2008).
Esta identidad biográfica cuenta con referentes asignados cultu-
ralmente que son abordados por Restrepo, quien plantea la diferencia
entre identidades proscritas o marcadas y las identidades arquetípicas
o naturalizadas:
Las primeras se refieren más a estereotipos de los atípicos a la
estigmatización, y se configuran en relación a las identidades
arquetípicas que al ser normalizadas se invisibilizan. No son
cuestionadas. Así, por ejemplo, dice Escobar, la blanquidad o

102 Narrativas de memorias y resistencias


mesticidad operan como identidades no marcadas y naturalizadas
desde las que se marca la indianidad o la negridad. Lo mismo
sucede con las identidades de género o la sexualidad, donde la
mujer/lo femenino/lo homosexual aparecen como los términos
marcados en una negatividad constituyente mientras que el hom-
bre/lo masculino/lo heterosexual operan en su no marcación,
naturalización y positividad. (2007, p. 31)

La figura arquetípica, es decir, la figura ejemplar, el modelo social,


en la OFP se configura desde dos lugares. Por un lado, se afirma el
lugar del estereotipo femenino como imagen de protección y amor
aceptada comúnmente frente a la condición masculina de fuerza y
agresividad. Por otro lado, el arquetipo es tomado por la Organización
para visibilizar y denunciar las prácticas patriarcales, la vulneración
de los cuerpos femeninos y el conflicto armado.
El arquetipo está referido en este caso no solo a la figura de lo
masculino, sino a las prácticas patriarcales que lo acompañan, de esta
forma, la marginalidad de la mujer y sus condiciones de vida, pobre-
za, desplazamiento, entra otras, obedecen a una ausencia del Estado
que reproduce prácticas patriarcales que vulneran los derechos de la
mujer y las comunidades.

Palabras finales
Los enunciados que configuran los ámbitos discursivos de la OFP se
encuentran en sus documentos y testimonios. Desde la perspectiva
de Foucault (1979) es posible abordarlos a partir de “lo positivamente
dicho”, los efectos de verdad que conlleva un enunciado, en tanto las na-
rrativas. Por su parte, los testimonios y las construcciones identitarias,
estereotípicas y alegóricas que los configuran fueron trabajados desde
el patrón clave de Duchet. Estos referentes metodológicos permitieron
rastrear y clasificar la información de diferentes tipos de fuentes con
las que se desarrolló el análisis desde las políticas de la memoria y la
identidad política de la Organización. Estas se configuran como parte
de sus estrategias y apuestas políticas de reivindicación de la memoria
en el marco de un movimiento de mujeres en el que los referentes

Las políticas de la memoria y la identidad política en la Organización Femenina Popular (OFP) [...] 103
biográficos se anclan en unas condiciones históricas que emergen en
las narrativas de las mujeres, su construcción simbólica, sus luchas y
reivindicaciones políticas frente a un Estado ausente que materializa
su presencia ampliando el pie de fuerza en la región. Frente a esto, la
Organización toma la figura de la mujer-madre como bandera política
que le permite mantenerse en un contexto de conflicto armado.
Este contexto incide directamente en las prácticas de la Orga-
nización, en sus producciones iconográficas, en sus construcciones
narrativas y en las acciones políticas que caracterizan sus reivindica-
ciones, la apropiación y significación de fechas conmemorativas y de
espacios que hacen parte de sus referentes de construcción colectiva.

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106 Narrativas de memorias y resistencias


Construcción de memoria histórica-colectiva
desde las víctimas en Colombia

Roberto Caicedo Narváez1

E
l presente trabajo hace parte de la formulación de nuestro
proyecto de investigación doctoral sobre la construcción de
memoria histórica y la constitución de las víctimas como su-
jetos sociales emergentes en el contexto actual en Colombia. En este
capítulo presentamos un acercamiento a la conceptualización de la
construcción de memoria y su relación con quienes han sido víctimas
en el conflicto colombiano. Nos centraremos en la construcción de
la memoria histórica y colectiva y su papel en la conformación de las
víctimas como sujetos sociales y políticos en el contexto del conflicto
armado en Colombia, no sin antes problematizar la situación de
las víctimas y hacer una aproximación a su definición y conceptua-
lización desde dos posibles miradas: el campo jurídico y desde las
víctimas mismas.
El principal argumento que nos dirige hacia esta reflexión es que
la construcción de memoria o los procesos de memorización empie-
zan a jugar un papel determinante en la constitución de este nuevo
sujeto social que llamamos “víctima”, en el contexto del conflicto y en
la búsqueda de su trasformación. Este proceso se ve empeñado, como
lo señalaremos más adelante, con la nueva situación de revictimización

1 Máster en Teología y candidato a doctor en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional


de Costa Rica. Profesor de la Uniminuto de Ciencias Bíblicas e investigador asociado al
Centro Nacional de Memoria Histórica.

Construcción de memoria histórica-colectiva desde las víctimas en Colombia 109


que sufren las personas que han sido victimizadas, lo cual agrega una
dificultad frente a esta tarea, pero que, a su vez, muestra la impor-
tancia de mantener los procesos de construcción de memoria unidos
a la búsqueda de la verdad, la justicia y la reparación, un imperativo
para las organizaciones de víctimas como para la sociedad en general.
Esperamos, pues, mostrar esta necesidad.
Para ello, en el primer apartado ubicaremos el tema dentro del
contexto del conflicto colombiano, de una forma general y con principal
énfasis en la afectación de la población civil no combatiente dentro de
este. En este punto comparamos algunos acercamientos a la definición
de “víctima” y planteamos un aspecto como punto de partida para
nuestra investigación. Después, ubicamos en este contexto el surgi-
miento de las organizaciones de víctimas y su esfuerzo de vincular la
construcción de memoria histórica con la lucha por los derechos de
las víctimas a la verdad, la justicia y la reparación como una de sus
principales estrategias. En la tercera parte planteamos que dentro de
este nuevo devenir del conflicto en Colombia y del surgimiento de las
organizaciones de víctimas se da una nueva situación de revictimiza-
ción como una nueva expresión del conflicto.
Luego, buscamos ahondar en el papel de la memoria, o procesos de
memorización, en la conformación de las personas victimizadas como
sujetos sociales y políticos en el marco de la sociedad colombiana. Re-
conocemos, en este punto, el “carácter dialéctico y crítico” de la memoria
histórica y colectiva; al respecto, tomamos los aportes de algunos(as)
estudiosos(as) tanto del tema de la memoria como del sujeto social,
quienes siguen adquiriendo cada vez más y nuevo interés para las
ciencias sociales. Finalmente, abordamos el aporte de esta díada en el
contexto del conflicto colombiano como una posible trasformación
de este desde la perspectiva de las víctimas.

Victimización y conflicto armado en Colombia


Son muchos años de un conflicto armado y social en Colombia, el cual
se ha profundizado y ha pasado por diversas etapas y momentos en
nuestra historia nacional. Sin embargo, se podría decir que después

110 Narrativas de memorias y resistencias


de los años ochenta del siglo pasado, el conflicto en Colombia ha
tomado matices diferentes. Antes de estos años, los grupos inmersos
en el conflicto social definían con una cierta claridad sus identidades
y posiciones en la lid, vinculadas a unas tensiones de carácter estruc-
tural que señalaban un “orden social y político sobreexplotador y
excluyente” (Gutiérrez, 1999, p. 177). Según Ricardo Esquivel, en su
estudio sobre el conflicto en Colombia, entre 1948 y 1991, año de la
Asamblea Nacional Constituyente, manifiesta que

[…] la verdadera constitución de Colombia fue el estado de sitio, se


militarizó la seguridad interna, mientras los empresarios controla-
ban la economía y los partidos se repartían el botín burocrático. La
violencia política generada por este régimen excluyente condujo a la
proliferación de grupos subversivos armados: la subversión marxista
y guerrillera, (las FARC y el ELN, entre otros); y la subversión de
derecha (AUC y otros grupos de autodefensa y paramilitarismo).
(2001, p. 85)

Las dos décadas siguientes a la Asamblea Constituyente se carac-


terizaron por la dilución del horizonte de compresión del conflicto en
nuestro país, lo que permitió, entre otras cosas, la puesta en escena
de otras fuerzas sociales y políticas más radicales y con pretensiones
hegemonizantes a cualquier precio. Se dio así el escenario propicio
para el afianzamiento del paramilitarismo, en el marco del conflicto
interno, que provocó el asedio masivo a la población civil mediante
formas extremas de crueldad y la agudización del conflicto. Esta
agudización ha conducido a nuestra sociedad de la “exclusión” a la
“eliminación social y política”, a “una de las expresiones más crudas y
feroces de la llamada globalización neoliberal” (Gutiérrez, 1999, p. 183).
Diversidad de documentos dan testimonio de este hecho de
“descomposición” y de victimización de la población civil en nuestro
país. Podemos citar, principalmente, el reciente informe del Grupo
de Memoria Histórica, ¡Basta Ya!, que retrata, de una buena manera,
la realidad de victimización del conflicto en Colombia. En el informe
se plantea que:
Entre 1996 y 2005, la guerra alcanzó su máxima expresión, extensión
y niveles de victimización. El conflicto armado se transformó en una

Construcción de memoria histórica-colectiva desde las víctimas en Colombia 111


disputa a sangre y fuego por las tierras, el territorio y el poder local.
Se trata de un periodo en el que la relación de los actores armados
con la población civil se transformó. En lugar de la persuasión, se
instalaron la intimidación y la agresión, la muerte y el destierro. Para
este periodo, la violencia adquirió un carácter masivo. Las masacres
se convirtieron en el signo característico. El desplazamiento forzado
escaló hasta llevar a Colombia a ser el segundo país en el mundo,
después de Sudán, con mayor éxodo de personas. Los repertorios
de violencia de los actores armados registraron su mayor grado de
expansión en la historia del conflicto armado Colombiano. (Centro
de Memoria Histórica, 2013, pp. 31-32)

Entre los años de 1985 y 2013 el Registro Único de Víctimas


reporta más de 166.000 víctimas del conflicto en sus diferentes
formas. El siguiente gráfico muestra que el año 2002 constituyó un
punto máximo de registro de víctimas y que más del 80 % de estas
son población civil.

Gráfico 1. Evolución de cifras de civiles y combatientes


muertos en el conflicto armado en Colombia, 1958-2012

16.000

14.000

12.000

10.000

8.000

6.000

4.000

2.000

0
1958
1959
1960
1961
1962
1963
1964
1965
1966
1967
1968
1969
1970
1971
1972
1973
1974
1975
1976
1977
1978
1979
1980
1981
1982
1983
1984
1985
1986
1987
1988
1989
1990
1991
1992
1993
1994
1995
1996
1997
1998
1999
2000
2001
2002
2003
2004
2005
2006
2007
2008
2009
2010
2011
2012

Civiles (RUV) Civiles (GMH) Combatientes (GMH)

Fuente: ruv, actualización del 31 de marzo del 2013/ gmh.

112 Narrativas de memorias y resistencias


De esta manera, una caracterización de las víctimas en Colombia
recurriría por lo menos a cuatro tipos de acciones de victimización:
(a) “la guerra sucia”, (b) el desplazamiento forzado, (c) los daños cola-
terales y el terrorismo y (d) el secuestro (Roldán, 2007, pp. 42 y ss.).
Hoy se calcula que por lo menos cuatro millones y medio de personas
han tenido que dejar sus viviendas y parcelas para huir a las ciudades
debido a las amenazas de algún grupo armado o porque han quedado
en medio del conflicto. Algunos(as) no alcanzan a huir y son víctimas
de la llamada “guerra sucia”, es decir, son objeto de ataques indiscri-
minados o son señalados como cooperadores del otro bando militar.
Otros(as), que sufren los daños indirectos de acciones de guerra y el
abuso por parte de actores armados, legales o ilegales, o son usados
como protección en el avance militar, no quedan registrados(as) en
las cifras y estadísticas oficiales. Igualmente sucede con los registros
de los(as) que son retenidos o secuestrados, ya sea con fines políticos
o económicos, en las cifras oficiales y las organizaciones dedicadas al
tema, como País Libre.
En este marco, cualquier definición de lo que implica ser víctima
puede quedar limitada o demasiado generalizada. Entonces, se puede
caer en el problema de dejar de lado algunas personas que de igual
forma se consideran víctimas del conflicto o, también, de ampliar tanto
el espectro que no haya forma de repararlas y sobrepasar las posibi-
lidades del Estado y la sociedad. Sin embargo, teniendo en cuenta la
preocupación antes mencionada, podemos considerar como víctima
a la persona o grupo de personas que han sufrido por lo menos una
de las cuatro formas señaladas por Roldán en el marco del conflicto
armado en Colombia. En principio, entonces, víctimas serían aque-
llos sujetos no armados, o relacionados(as) con las armas, que hayan
sufrido alguna de las cuatro formas de victimización enunciadas. Esto
implica asumir una posición frente a la victimización como resultado
del conflicto, pues consideramos como víctimas a las personas no
combatientes.
Lo anterior no significa que los combatientes, que pertenecen a
cualquier grupo armado, no sufran también el impacto del conflicto,
directa o indirectamente, sino que, para nuestra comprensión de la
condición de víctima, estarían en otra dimensión del conflicto que

Construcción de memoria histórica-colectiva desde las víctimas en Colombia 113


requeriría otro acercamiento diferente al que aquí asumimos. En
relación con este criterio, se encuentra la propuesta de la Comisión
Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR), organismo creado
en el 2005, y con la cual presentamos coincidencia en su exposición.
La Comisión excluye de su definición a los miembros de los grupos
armados exceptuando a los niños(as) o adolescentes “que hubieran
sido desvinculados(as) del grupo armado siendo menores de edad”
(Suárez, 2012, p. 69). Así:

[…] [se] considera como víctimas a todas aquellas personas o


grupos de personas que, en razón o con ocasión del conflicto
armado interno que vive el país desde 1964 hayan sufrido daños
individuales o colectivos ocasionados por actos u omisiones que
violan los derechos consagrados en normas de la Constitución
Política de Colombia, del Derecho Internacional de los Derechos
Humanos, del Derecho Internacional Humanitario y del Derecho
Penal Internacional, y que constituyan una infracción a la ley penal
nacional. (2012, p. 69)

En contraste, la Ley 975/05 de Justicia y Paz define la víctima


como:

La persona que individual o colectivamente haya sufrido daños di-


rectos tales como lesiones transitorias o permanentes que ocasionen
algún tipo de discapacidad física, psíquica y/o sensorial (visual y/o
auditiva), sufrimiento emocional, pérdida financiera o menoscabo
de sus derechos fundamentales […] También se tendrá por víctima
al cónyuge, compañero o compañera permanente, y familiar en pri-
mer grado de consanguinidad, primero civil de la víctima directa,
cuando a esta se le hubiere dado muerte o estuviere desaparecida.
La condición de víctima se adquiere con independencia de que se
identifique, aprehenda, procese o condene al autor de la conducta
punible y sin consideración a la relación familiar existente entre el
autor y la víctima. Igualmente se considerarán como víctimas a los
miembros de la Fuerza Pública que hayan sufrido lesiones tran-
sitorias o permanentes que ocasionen algún tipo de discapacidad
física, psíquica y/o sensorial (visual o auditiva), o menoscabo de
sus derechos fundamentales, como consecuencia de las acciones de
algún integrante o miembros de los grupos armados organizados al

114 Narrativas de memorias y resistencias


margen de la ley. Asimismo, se tendrán como víctimas al cónyuge,
compañero o compañera permanente y familiares en primer grado
de consanguinidad, de los miembros de la fuerza pública que hayan
perdido la vida en desarrollo de actos del servicio, en relación con
el mismo, o fuera de él, como consecuencia de los actos ejecutados
por algún integrante o miembros de los grupos organizados al
margen de la ley. (Corte Constitucional, 2005)

En esta ley se observan dentro de la tipificación de víctimas los


grupos de combatientes que pertenecen a la fuerza pública, aunque
no los combatientes de otros grupos armados involucrados en el
conflicto. Sin pretender agotar el tema, las anteriores definiciones
nos dejarían un amplio margen de consideración de lo que podemos
considerar como víctima, independientemente de quienes hayan
sido los victimarios y las circunstancias concretas de su accionar.
Igualmente, dejan planteada la discusión en torno al carácter de
las víctimas y los efectos políticos que se producen con este tipo
de caracterizaciones.

Asimismo, surge la inquietud por la relación entre las víctimas y


las condiciones sociales y políticas que enmarcan, generan y delimi-
tan el conflicto armado interno, pues pareciera que la consideración
de quién es víctima se pudiera aislar para la ley y la sociedad de las
motivaciones y las situaciones que le rodearon y que, por tanto, su
reparación sería independiente de que se conozcan y cambien dichas
circunstancias, y mucho menos que se garantice que quienes han sido
víctimas sea quienes agencien y reclamen sus derechos y la reparación
de las condiciones que generaron la victimización.

Para la ley, las víctimas se constituyen en agentes pasivos de los


procesos de reparación emprendidos desde el Estado y en la sociedad.
En este sentido, se impide que se constituyan en sujetos sociales y
políticos de dichos procesos. Nos surge, entonces, la pregunta sobre si
la construcción de la memoria histórica, en contrapartida con la mera
ejecución de la ley o de los programas de reparación emprendidos por
el Estado, aportaría a la constitución de las personas que han sido
victimizadas en sujetos sociales y políticos. Justamente, esta pregunta
es la que orienta la reflexión propuesta a lo largo del presente texto.

Construcción de memoria histórica-colectiva desde las víctimas en Colombia 115


La memoria y las víctimas en Colombia
En el marco de los efectos devastadores generados por el conflicto
armado interno en Colombia, antes descrito, se observa también un
crecimiento y la consolidación de organizaciones sociales y de víctimas.
Hay que señalar, en primer lugar, la diversidad de estas organizaciones,
pues no todas comparten las mismas características en cuanto al origen
y el tipo de victimización, aunque tengan un mismo hito general: el
conflicto armado.
Pero en medio de esta diversidad, la memoria histórica, o lo que
podemos llamar procesos de memorización, se ha constituido en un
aporte que ha permitido a las organizaciones de víctimas, que en las
últimas décadas han venido creciendo y consolidarse, y a la sociedad
en general dimensionar la magnitud del conflicto armado en Colombia
y argumentar un reclamo efectivo de los derechos esenciales de las
víctimas: la verdad, la justicia, la reparación integral y la lucha por la
no repetición de los hechos atroces que han marcado la historia de
nuestro país.
Podemos tomar como ejemplo la casi veintena de informes
realizados por el Grupo de Memoria Histórica que precedieron al
informe final recientemente presentado a la comunidad en general,
como también el trabajo de organizaciones de víctimas, como el
Movice o la Asociación de Familiares de Víctimas de Trujillo, y
otras organizaciones nacionales e internacionales, como el Centro
Nacional de Memoria Histórica o Amnistía Internacional. Estos
esfuerzos, entre otros, han ligado la preservación de la memoria
histórica con la búsqueda del cumplimiento de los derechos de las
víctimas mencionados. Planteamos una hipótesis que buscaremos
retomar más adelante: sin la capacidad de memorizar lo que ha su-
cedido y las condiciones por las que sucedieron no se puede lograr
establecer una verdad que pueda contribuir efectivamente a una justa
reparación de las víctimas.
Este clamor es constante en las diferentes movilizaciones y en-
cuentros de víctimas en Colombia. Desde el segundo encuentro de
víctimas de crímenes de lesa humanidad y violaciones a los derechos
humanos, realizado en Bogotá en el 2004, se señalaba la importancia

116 Narrativas de memorias y resistencias


de la memoria histórica. En su comunicado final, consideran la me-
moria como un derecho de las víctimas junto con el de verdad, cuando
afirman: “La VERDAD y la MEMORIA HISTÓRICA para que los
hechos de violencia no se repitan […] La verdad para que se reconozca
socialmente a las víctimas” (Segundo Encuentro de Organizaciones
de Víctimas, 2004). Pero, además, se había mencionado en un do-
cumento preparatorio al encuentro lo siguiente: “La verdad también
contiene la identidad, proyectos de vida, compromisos de lucha, res-
ponsabilidades en la construcción de un mejor país. La verdad hace
un reconocimiento moral, político y ético con los que siempre están
presente en la memoria y trasegar del pueblo” (Segundo Encuentro
de Organizaciones de Víctimas, 2004).
Esta petición y reconocimiento sigue estando vigente hoy, a
pesar de los esfuerzos hechos, tanto desde la oficialidad como fuera
de ella, en la labor de la búsqueda de la verdad y la reparación de las
víctimas. Aunque, también, podría afirmarse que a partir de estos
esfuerzos surgidos por fuera de la institucionalidad se puede hablar
de memoria en el país. De esta manera, desde hace varias décadas
las organizaciones no oficiales y de víctimas posicionan y reconocen
el papel de la memoria como fundamento para la búsqueda de la
verdad y como algo necesario y fundamental. Igualmente se percibe
este interés en el discurso institucional promovido por la CNRR,
donde se plantea:

Como medida de satisfacción, la víctima o sus familiares tienen


derecho a medidas que contribuyan, por ejemplo, a la recuperación
de la memoria de la víctima, al reconocimiento de su dignidad, a
la recuperación o reafirmación de su condición de ser humano, a
la preservación de la memoria histórica y a la aceptación pública de
los hechos. (CNRR, 2007, p. 19)

Por su parte, un reciente comunicado del Movice propone:

Avanzar en el fortalecimiento de las organizaciones locales y regio-


nales de víctimas a partir de nuestras estrategias de lucha en contra
de la impunidad, el genocidio político y el exilio, y en favor de la
búsqueda de la verdad, la reconstrucción de la memoria histórica, el

Construcción de memoria histórica-colectiva desde las víctimas en Colombia 117


fortalecimiento de la Comisión Ética y la movilización social por
la exigibilidad de nuestros derechos. (2012)

En este contexto de posicionamiento de la memoria, se promulga


una ley de la república donde se toca el tema de las víctimas en el medio
del conflicto. La ley 975 del 2005, aunque se hace en el marco de la
desmovilización de los grupos paramilitares y tiene graves falencias
frente a los estándares internacionales,2 contempla que las víctimas
tienen el derecho a la “reparación simbólica” y, como parte de esta, a
la memoria histórica de los hechos que les victimizaron. Roldán dice
sobre el alcance de esta ley:

También se contempla en la Ley la reparación simbólica, lo que se


refiere a toda ayuda realizada a favor de las víctimas o de la comuni-
dad en general, que asegure la preservación de la memoria histórica,
la no repetición de los hechos penales, la aceptación pública de los
hechos, el perdón público y el restablecimiento de la dignidad de
las víctimas. (2007, p. 63)

Cada vez es más clara la relación entre las aspiraciones de las


organizaciones de personas victimizadas y la construcción de la
memoria histórica. De allí, en parte, la importancia de los diferentes
esfuerzos en este sentido. Pero, ¿se constituyen dichos esfuerzos en
un aporte para la constitución de las víctimas como sujetos sociales y
políticos en Colombia?, ¿cómo podemos constatar si es así o no? Esta
inquietud, fundamental en nuestro artículo, se podría plantear también
así: ¿Han contribuido los procesos de memorización a la reivindica-
ción de los derechos de verdad, justicia y reparación de las víctimas
y a la constitución de estas como sujetos sociales hoy en Colombia?
Intentaremos contestar a estas preguntas partiendo de una mirada a
la situación de las víctimas en nuestro país y desde los alcances de un
proceso de memorización en particular.

2 Podría afirmarse, incluso, que se evidencian dificultades en la ley penal nacional, asi-
mismo, la inexistencia en las construcciones de Comisiones de Verdad, las estructuras
económicas y políticas del paramilitarismo. Sumado a todo lo anterior, está la necesidad
de fortalecer los procesos de justicia restaurativa.

118 Narrativas de memorias y resistencias


La situación de revictimización
de las víctimas en Colombia
Hablar de víctimas en el contexto colombiano es un tema de por sí
amplio y doloroso, como ya señalamos. Desde la década de los ochenta,
señalada como punto de quiebre en el conflicto colombiano (cfr. Gu-
tiérrez, 1999 y la primera parte de este capítulo), hemos tenido varias
experiencias de diálogo, amnistías y reinserción de combatientes, pero
en estos procesos se constata la ausencia en la toma de decisiones de
las víctimas directas del conflicto. Aquí se hace necesario pensar en
el imaginario o imaginarios construidos alrededor de la condición de
víctima. Debemos cuestionar si la víctima es “necesaria” para salva-
guardar un cierto orden social o como parte inevitable de los conflictos
sociales, como parece que ha sido asumida por algunos sectores de
nuestra sociedad. Nos enfrentamos así, en Colombia como en otros
lugares del mundo, a una singularidad y una problemática en cuanto
a las víctimas, como lo expresa Slavoj Zizek:

El Otro al que hay que proteger es bueno mientras sigue siendo una
víctima (por eso fuimos bombardeados con fotos de madres, niños
y ancianos kosovares indefensos, contando historias conmovedo-
ras sobre su sufrimiento), pero desde el momento en que deja de
comportarse como tal víctima y quiere defenderse por sí misma,
se convierte de inmediato en otro terrorista/fundamentalista/
traficante de drogas…Así pues, el punto crucial es reconocer clara-
mente esta ideología de la victimización global, en esta identificación
del propio sujeto (humano) como “algo que puede ser dañado”,
la forma de ideología que se adapta al capitalismo global de hoy.
(2002, pp. 79-80)

Esta singularidad detrás de la victimización es la que encontramos


en algunas actitudes y expresiones frente a las reivindicaciones de las
víctimas del conflicto armado en nuestro país. Tal y como sucedió con
uno de los defensores de las víctimas en Colombia, Iván Cepeda, que
fue acusado de estar en contra del Gobierno nacional (2006-2010) y
de su política de Seguridad Democrática, a raíz de una manifestación
pública en contra de la extradición de algunos de los jefes paramilita-
res. Igual suerte de amenazas han tenido que sufrir víctimas que han

Construcción de memoria histórica-colectiva desde las víctimas en Colombia 119


asistido a las audiencias públicas en contra de los jefes de estos grupos
paramilitares y preguntar por sus familiares desaparecidos.
Lo que podemos constatar en Colombia es que cuando la víctima
asume la lucha por sus derechos a la verdad, la justicia y la reparación,
como lo garantiza la ley, cuando busca la posibilidad de organizarse
para así luchar por estos derechos, se convierte en un “enemigo” del
status quo a quien preferiríamos ignorar o desaparecer; sobre todo
cuando sus denuncias implican a estamentos sociales importantes
como nuestra clase política y militar. Para ver esto basta la situación
desatada por los juicios a la llamada “parapolítica”, donde se han visto
implicados senadores de la república, gobernadores y otros estamentos
de la sociedad colombiana. En un comunicado de la Asamblea de la
Sociedad Civil por la Paz (APSCP) se afirma:

De los 97 políticos detenidos dentro del escándalo, a la fecha están


hoy privados de la libertad en las cárceles La Picota y Buen Pastor,
de Bogotá, 52 presuntos parapolíticos. De ellos a 13 personas,
la Corte Suprema les ha proferido sentencia condenatoria, los
restantes esperan juicio. De los 45 que salieron, muchos de ellos
quedaron libres por vencimiento de términos. También tenemos
otra preocupación, y es la relacionada con las ausencias en la
continuidad de las Audiencias Públicas, lo cual ha permitido que
Congresistas y políticos señalados por cientos de víctimas, como
es el caso de MARIO URIBE, queden libre por vencimiento de
términos. (APSCP, s.f.)

Pero lo más delicado en esta situación es que las víctimas que se


atreven a testificar en estos juicios son nuevamente perseguidas y, en
algunos casos, revictimizadas por “atreverse” a declarar y a exigir sus
derechos a la verdad y a la justicia. El siguiente testimonio ilustra la
situación descrita:

Una líder de las víctimas afectadas por este paramilitar aseguró que
siguen siendo estigmatizadas en el proceso que se adelanta en Justicia
y Paz. A Magdalena Calle Londoño se le notaba la indignación en su
rostro. En silencio no ocultaba qué le causaba escuchar los nombres
de las víctimas, entre ellos el de su esposo, y la justificación dada
por el ex paramilitar para explicar esas muertes: “Informantes de la

120 Narrativas de memorias y resistencias


guerrilla, cuatreros, vendedores de sustancias alucinógenas, ladrones
de barrio, piratas terrestres, compradores de ganado robado...”. En
el auditorio, las víctimas se contuvieron durante las casi tres horas
que duró la tercera sesión de imputación de cargos contra Rodrigo
Pérez Alzate, alias “Julían Bolivar”. (VerdadAbierta.com, 2011)

Lo anterior muestra la forma en que a las víctimas no solo se les


revictimiza, sino que además son vistas como culpables de lo que ha
sucedido o resultan ser un nuevo “enemigo social”, sobre todo si pre-
tenden organizarse y reclamar sus derechos. Esta lógica es la que está
detrás de muchas acciones, así en el marco jurídico se contemple otra
cosa, y de decisiones en contra de los movimientos de víctimas en los
últimos años. Lo cierto es que las víctimas no pueden llegar a ser un
número más, una mera estadística, sino que deben ser reconocidas y así
constituirse en sujetos sociales de derechos. Esto implica, entre otras
cosas, respetárseles su facultad de organizarse para exigir sus derechos:
la verdad, la justicia y la reparación, así como a ser tenidas en cuenta
a la hora de promover nuevas leyes, en la toma de decisiones políticas
y ser consultadas acerca de la forma como quieren ser reparadas.
La capacidad de interlocución y el nivel de organización que han
desarrollado las víctimas en Colombia son parte fundamental de su
constitución como sujetos sociales y políticos emergentes. Unido a
esto, los procesos de memorización se manifiestan como una de las
acciones que impiden que las víctimas sean relegadas a una mera
cifra estadística y que sus anhelos de verdad, justicia y reparación
sean negados u olvidados. La revictimización en Colombia muestra
la incapacidad del Estado, y de la sociedad en general, de dar un ma-
nejo adecuado a la situación de las víctimas, y refleja, igualmente, la
complejidad del conflicto en nuestro país, así como la permanencia
de algunos de los factores sociales, políticos y económicos que lo han
sustentado por muchas décadas. La ley misma contempla las faltas de
los funcionarios(as) públicos, a los(as) que les compete la atención
de las víctimas. La ley

establece como falta gravísima de los funcionarios públicos com-


petentes en la atención de víctimas, varias conductas, dentro
de las que figuran situaciones que impidan u obstaculicen a las

Construcción de memoria histórica-colectiva desde las víctimas en Colombia 121


víctimas, o su representante, el derecho a acceder a la información
y/o ofrezcan un trato discriminado. (Serrano, 2011, p. 96)

Aunque la ausencia de expresiones de victimización secundaria


o de revictimización se constituye, según Serrano, en una “enorme
aspiración” de la ley, como de las políticas actuales del Estado, estas se
siguen presentando. En medio de esto, los procesos de memorización
se pueden constituir en una estrategia de los movimientos de víctimas
en Colombia y de organismos afines para la superación de lo que po-
dríamos llamar el “círculo de victimización” en el conflicto en Colombia,
contrario de lo que algunos(as) pretenden al acallar dicha memoria y
verla como un “enemigo” de la tal anhelada paz en nuestro país. Así
planteamos, en términos generales, el debate en torno a esta necesidad
de la memoria en Colombia. Concluye un investigador sobre el tema:

Porque un proceso de reconciliación parte de allí: de ver, reconocer


y nombrar una realidad de sufrimiento y postración, para poder
transformarla, para que las víctimas recuperen su dignidad y se
conviertan en sujetos protagonistas de su propia trasformación y
de la reconstrucción del tejido social. (Villa, 2007, p. 572)

Es un reto que se presenta, en vista de la complejidad de este an-


helo, de su amplitud y del hecho de que aún en nuestro país no hemos
superado el conflicto que ha originado las diferentes formas de victi-
mización. No obstante, asistimos a un momento crucial en Colombia,
pues se promulga la Ley 1448 del 2011, llamada Ley de Víctimas, que
pretende dar respuesta a los vacíos de la ley anterior de Justicia y Paz
(975/2005), y, por otro lado, se inician nuevos diálogos con la guerrilla
de las FARC. Una de las estrategias previstas en esta ley, en relación con
la memoria, es la creación del Centro de Memoria Histórica que pretende
dar continuidad a lo realizado en este tema por el Grupo de Memoria
de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, y al proyecto
establecido por el Distrito Capital desde el año 2010. Este centro es de
carácter oficial, aunque con autonomía. Para su constitución, la Ley dice:

Créase el Centro de la Memoria Histórica, como establecimiento


público del orden nacional, adscrito al Departamento Adminis-
trativo de la Presidencia de la República, con personería jurídica,

122 Narrativas de memorias y resistencias


patrimonio propio y autonomía administrativa y financiera, el
Centro de Memoria Histórica tendrá como sede principal la ciudad
de Bogotá, D.C. (Congreso de la República, 2011)

Por su parte, las organizaciones de víctimas se han ido pronun-


ciando acerca del alcance de esta ley, que empieza a mostrar dificul-
tades tanto en su planteamiento como en su implementación. En un
comunicado del Movimiento de Víctimas se expresa que:

[…] La iniciativa y posterior trámite del proyecto de ley, además


de no contar con la participación de las víctimas, contraviniendo
un requerimiento establecido por el Sistema Interamericano en
relación con el diseño de políticas integrales de reparación, omitió
la consulta previa consagrada en el artículo 6 del convenio 169 de
la OIT que señala la obligación de los Estados de “consultar a los
pueblos interesados, mediante procedimientos apropiados y en
particular a través de sus instituciones representativas, cada vez
que se prevean medidas legislativas o administrativas susceptibles
de afectarles directamente”. (Movice, s.f.)

En esta discusión están en juego dos elementos fundamentales


para los movimientos de víctimas y los procesos de memorización. En
primer término, lograr el reconocimiento de sus derechos a la verdad,
la justicia, la reparación integral y las garantías de no repetición, y, en
segundo lugar, que las víctimas se constituyan en sujetos sociales y
políticos activos en la formulación de las políticas contempladas en la
legislación y protagonistas de sus propios procesos en la superación
del conflicto en Colombia.

Y, ¿para qué la memoria?


Pensar en el aporte de la construcción de memoria en la conformación
de las víctimas del conflicto en nuevos sujetos sociales y políticos
pasa por reconocer el carácter dialéctico de la memoria histórica y el
carácter crítico que adquiere frente a las formas de “amnesia cultural”
presentes en nuestro contexto y a los “fundamentalismos” de todo tipo,
que terminan negando los anhelos más preciados de la sociedad y de
las víctimas. En este sentido, el teólogo Metz comenta:

Construcción de memoria histórica-colectiva desde las víctimas en Colombia 123


¿Qué sucedería si alguna vez los hombres pudieran defenderse
con el arma del olvido de la infelicidad presente en el mundo, si
pudieran construir su felicidad sobre el olvido inmisericorde de las
víctimas, sobre una cultura de la amnesia en la que sólo el tiempo
se encargara de curar las heridas? (1999, p. 170)

Reconocer el carácter dialéctico y crítico de la memoria implica


considerarla como una construcción social y colectiva. Si entende-
mos que “la problemática del cambio social emancipador y de sus
sujetos-agentes sociales ha estado, por una parte, articulada con la
problemática de la conciencia social (colectiva e individual), [y] con
los procesos ideológicos de concientización social (colectiva e indivi-
dual)” (Sotolongo y Delgado, 2006, p. 105), y si como parte de estos
procesos ideológicos incluimos los procesos de memorización de los
sujetos sociales es posible caracterizar a un sujeto en su posiciona-
miento social, político o cultural. De esta manera, la memoria puede
ser entendida, en palabras de Emma León, “como la experiencia y la
utopía, que tiene, como núcleo constituyente, un valor heurístico y
hermenéutico para comprender uno de los aspectos esenciales del
análisis de los sujetos sociales: la configuración de sus proyectos y su
viabilización” (1997, p. 68).

Ahora bien, la acción del sujeto social y político está mediada


tanto simbólica como históricamente (Bhaskar, 2007, p. 11). Según
el realismo crítico, planteado por Bhaskar, la tarea de las ciencias
sociales consiste en “describir” los procesos sociales necesarios para
que puedan “producirse” otros fenómenos sociales aún no manifies-
tos. Proponemos, entonces, una postura social, política y cultural
anamnética, que permita la valoración y la acción de las víctimas del
conflicto en Colombia como sujetos sociales y políticos emergentes,
sin desconocer sus posibles debilidades, diferencias y contradicciones.
Como bien lo expresa Nelly Richard:

La memoria es un proceso abierto a la reinterpretación del pasa-


do, que deshace y rehace sus nudos para que se ensaye de nuevo
sucesos y comprensiones. ¿Pero a qué lenguaje recurrir para que
el recuerdo del pasado sea moralmente atendido como parte de
la narrativa social vigente, si los medios de masas sólo admiten la

124 Narrativas de memorias y resistencias


pobreza de experiencia de una actualidad tecnológica sin piedad
ni compasión hacia la fragilidad de los restos de la memoria herida?
(Girón, 2007, p. 114)

La “memoria histórica” la hemos planteamos como fundamental


en la construcción de la víctima como sujeto social y señalamos su
aporte en la construcción de escenarios de reparación en el marco de la
superación de la condición de víctima y, en últimas, en la trasformación
del conflicto armado en Colombia. Como plantea Halbwachs (2004),
la memoria es siempre una construcción social y, por tanto, colectiva.
Esto implica que la memoria no solo se concreta en forma colectiva,
sino que también se “ubica socialmente” en el tiempo y el espacio.
Esta memoria histórica y colectiva es fundamental en la cons-
trucción de identidad y también en relación con la construcción del
“poder social”. Según Halbwachs, “nuestra memoria no se basa en
la historia aprendida, sino en la historia vivida” (2004, p. 60), y esta
historia vivida también es una historia colectiva. Haciendo alusión al
trabajo de Halbwachs, Claudia Delgado afirma que “la memoria co-
lectiva refiere al producto y al proceso de poner recuerdos en común
[…] La rememoración en común presupone —al mismo tiempo que
reproduce— un depósito común de significado” (2008, p, 116).
Por otro lado, encontramos la perspectiva de la “memoria colec-
tiva” donde prima el contenido, la “memoria colectiva sería en este
caso la memoria de hechos colectivos, pero el actor puede ser uno o
varios sujetos independientes y aislados” (Páez, 1998, p. 20), en con-
traposición a la memoria personal o autorreferente. En este sentido,
los hechos sociales pueden ser vistos a partir tanto de los sujetos
individuales como de los sujetos colectivos. Queda aquí pendiente
lo que entenderíamos por “sujeto colectivo”, el cual podría concebirse
como la suma de varios sujetos aislados e independientes, pero que
comparten un mismo hecho histórico, o más bien como un colectivo
que se organiza en torno a ese hecho histórico y toma un sentido de
identidad social. De allí la necesidad de precisar entonces la cuestión
del sujeto social, con la cual también nos relacionamos más adelante.
Para Zambrano, “la memoria colectiva es una construcción
reflexiva de referentes para la acción colectiva y no la huella de los

Construcción de memoria histórica-colectiva desde las víctimas en Colombia 125


recuerdos y los olvidos de una sociedad. Su efecto se relaciona con
la experiencia colectiva que construye comunidades políticas”, y agre-
ga: “al hablar de la memoria colectiva se emplean los conceptos de
memoria histórica, memoria social, memoria cultural y en adelante
prosiguen formas de división arbitraria de la memoria comprensi-
ble en ámbitos disciplinarios” (2006, pp. 36-40). En este sentido, la
memoria colectiva abarcaría tanto la participación de quienes son
actores directos como de aquellos actores indirectos en los procesos
de memorización. Como lo plantea Paloma Aguilar:

La Memoria colectiva se asigna principalmente a los actores o


sujetos que vivieron en forma personal el hecho de los que se está
tratando; mientras que la “memoria histórica”, se asigna a sujetos
que no los experimentaron en forma directa pero que comparten
ciertos lazos de identidad o de interés por los hechos memorizados.
(2008, p. 59)

La cuestión del sujeto social y la memoria


El sujeto al cual nos referiremos como sujeto social se diferencia de
otras conceptualizaciones del sujeto ya trabajadas en las ciencias hu-
manas y sociales. En primer término, se distingue de la concepción
del “sujeto moderno” en cuanto a que esta perspectiva desplegó una
intencionalidad de vocación totalizadora, colocándose como “sujeto”
frente a la “totalidad” de la “realidad”, reducida a la condición de “objeto”;
esta perspectiva, concluye Yamandú Acosta, condujo a la “negación del
sujeto, que se destruye sin saberlo al destruir la alteridad en lugar de
reconocerla y orientarse a reproducirla como condición de posibilidad
de su propia mismidad” (1999, p. 28).
Por otro lado, se distingue de la perspectiva de “sujeto trascen-
dental” kantiano que queda supeditado al dualismo de lo natural y
lo espiritual y reproduce, según Acosta, “un modelo objetivamente
sacrificial” (1999, p. 28), el cual debemos superar en pro de un nuevo
modelo histórico. Nos acercamos, de esta forma, a lo que sería la
constitución del sujeto histórico que surge con la propuesta marxista
y sus desarrollos posteriores. Dicho sujeto frente a:

126 Narrativas de memorias y resistencias


[…] la totalidad concreta del capital,…sabe… de su no trascendencia
respecto de la totalidad en cuanto a realidad. En definitiva, se trata
de un sujeto moderno pero crítico de la formación capitalista de
la modernidad. [Pero] también monológico aunque en un modo
colectivo, bajo el cual subsume diferencias que quedan invisibi-
lizadas en el proceso homogeneizante de su propia articulación.
(Acosta, 1999, p. 28)

Este sujeto también entra en crisis con los cambios de épocas y el


fracaso mismo de su concreción histórica. Sin embargo, no podemos
desconocer el salto cualitativo dado con esta perspectiva del sujeto
histórico. Cuando Marx y Engels, concluye Carlos Pereyra, nos di-
cen que “los hombres son los que hacen su propia historia, nos dicen
que la dinámica del movimiento social rebasa la intencionalidad de
los individuos” (1984, pp. 27-28). Son estos agentes históricos, con
sus prácticas y voluntades, los que a nuestro parecer se van constitu-
yendo en sujetos sociales como parte de una determinada coyuntura
histórico-social.

Por otro lado, para Alain Touraine (1997) el sujeto no es “el alma”
presente en el cuerpo, o el espíritu de los individuos, sino la búsque-
da, emprendida por el individuo mismo, de las condiciones que le
permiten ser actor de su propia historia. Lo que motiva esa búsqueda
es el sufrimiento provocado por el desgarramiento y la pérdida de
identidad e individuación (Touraine, 1997). El esfuerzo del individuo
consiste en cómo transformar las experiencias vividas como proceso
de construcción de sí mismo como actor.

El sujeto como actor tiene capacidad de pensamiento y acción,


reconoce que tiene un devenir histórico (sujeto como movimiento)
que es capaz de modificarse y de modificar el medio, de esa manera
el sujeto es una afirmación de libertad. En el proceso de subjetivación
reconoce que las situaciones vividas cotidianamente forman una historia
de vida individual y no un conjunto incoherente de acontecimientos
(sujeto histórico). El deseo de ser sujeto puede transformarse en la
capacidad de ser actor social, a partir del sufrimiento del individuo
desgarrado y de la relación entre sujetos. Ese esfuerzo por ser un actor
es lo que Touraine denomina sujeto.

Construcción de memoria histórica-colectiva desde las víctimas en Colombia 127


Desde otra perspectiva, que puede relacionarse con la anterior, la
memoria histórica, como los diversos procesos ideológicos, se cons-
truye a partir de “sujetos negados”, que sería el caso de las víctimas.
Para Franz Hinkelammert el ser humano está llamado a hacerse sujeto
en un proceso en el cual se revela que no se puede vivir sin hacerse
sujeto. Pero en este proceso se enfrenta a ser “aplastado” por la inercia
del sistema y entonces debe recobrar “conciencia de ser llamado a ser
sujeto en cuanto se resiste a esta destructividad. Tiene que oponerse a
la inercia del sistema si quiere vivir, y al oponerse, se desarrolla como
sujeto” (Hinkelammert, 2003a, pp. 495-496).
En el planteamiento acerca de una economía para la vida, Hinke-
lammert y Mora (2009) parten de una crítica a la “racionalidad medio-
fin” imperante en el pensamiento occidental. Para esto, plantean que
el “sujeto social”, como ser humano, no se da como un a priori, sino
que se constituye en un proceso donde se desarrolla como tal, lo cual
implica reconocer que el sujeto aunque tiene un horizonte objetivo
de “vida y muerte”, este criterio está ausente de la racionalidad medio-
fin como criterio de verdad y que igualmente pretende construirlo a
partir de una “objetividad del mundo”. Frente a esto, la racionalidad
reproductiva de la vida plantea:

[el] carácter subjetivo de la objetividad de la realidad, porque la


concepción de la realidad con independencia del criterio de verdad
de vida y muerte y de los juicios de hecho correspondientes, propia
de la teoría de la acción racional medio-fin, implica la preeminencia
de las tendencias autodestructivas del mercado total. De manera que,
una Economía para la Vida no puede limitar su campo de acción a los
“actores” o “agentes económicos”, tal como lo hace la teoría neoclásica
o los enfoque sistémicos. (Hinkelammert y Mora, 2009, p. 696)

Esto implica que el mundo es subjetivo y que su “existencia


objetiva” es una conclusión teórica resultante de la abstracción del
sujeto. Hay, entonces, siempre una tensión dialéctica “sujeto-actor
social” inmersa en medio de las relaciones institucionalizadas, según
lo expuesto. Pero debemos añadir que también se presentan relaciones
no-institucionalizadas, las cuales afectan, de igual manera, esta tensión.
En la medida en que se conforma como sujeto se enfrenta al “sistema”

128 Narrativas de memorias y resistencias


de relaciones, pero, recalcan los autores, se necesita del “reconocimiento
mutuo” entre sujetos para someter, juzgar, interpretar y transformar la
racionalidad medio-fin, y sus relaciones mercantiles, a la “satisfacción
de las necesidades y al circuito natural de la vida” (Hinkelammert y
Mora, 2009, p. 695). En este sentido, concluyen:

El hecho de que el sujeto está constantemente enfrentado a la en-


crucijada de vida y muerte, y no a simples preferencias, constituye
esta realidad del mundo que se enfrenta a la racionalidad medio-
fin y al mercado. Se trata, con todo, de una subjetividad de validez
objetiva, necesaria, forzosa. (Hinkelammert y Mora, 2009, p. 695)

Enfatizamos la pretensión de validez que adquiere este princi-


pio planteado por los autores mencionados. Este horizonte de “vida
y muerte” se constituye en el criterio de validez tanto de la acción
como del conocimiento. Entonces, “la objetividad de la realidad existe
únicamente desde el punto de vista del sujeto natural y necesitado,
y el criterio de verdad de este sujeto es un criterio de vida y muerte”
(Hinkelammert y Mora, 2009, p. 696), es decir, si favorece la vida o
la muerte concreta de este sujeto. De allí su crítica a la racionalidad
medio-fin y al criterio mercantil que esta ha impuesto. Concluyen que
“el mundo es subjetivo y su existencia objetiva es una conclusión teórica
resultante de la abstracción de la subjetividad de la experiencia de las
cosas” (Hinkelammert y Mora, 2009, p. 699), cuando esto se olvida
o se ignora se da una “inversión del mundo”, al cual se le considera el
“mundo verdadero”, y la “muerte del sujeto”.
Estos autores dan un paso más allá en este planteamiento, ex-
puesto en forma general en este artículo; proponen una “causalidad
compleja” frente a la relación lineal medio-fin imperante en nuestro
pensamiento. Esta “causalidad compleja demuestra que ningún resto
de un cálculo medio-fin es irrelevante, aunque no sea calculable. Lo
no calculable deja de ser irrelevante, y en cuanto pone en peligro la
vida del sujeto, es lo decisivo” (Hinkelammert y Mora, 2009, p. 703).
Lo no calculable suele ser lo trascendental, aunque aparentemente
insignificante o desechable para el sistema, en cuanto a la conforma-
ción de los nuevos sujetos sociales emergentes, que, en nuestro caso,
serían las víctimas del conflicto en Colombia. Lo no calculable para

Construcción de memoria histórica-colectiva desde las víctimas en Colombia 129


el sistema es, pues, la forma como estas víctimas empiezan a reclamar
sus derechos, a organizarse y a constituirse en sujetos sociales. Lo no
calculable es su grito a pesar de estar ausentes en el sistema, de no ser
tenidas en cuenta cuando se hacen las leyes y los procesos de judicia-
lización de los diferentes actores armados. La víctima puede hacer
memoria de su pasado trágico, pero no puede reclamar sus derechos
y, menos, organizarse para exigirlos, tal cosa se ve como una amenaza
al sistema social y entorpece, según algunos(as), la consecución de la
tan anhelada paz en nuestro país.

En este mismo sentido, el ser humano está llamado a hacerse


sujeto en “un proceso en el cual se revela, que no se puede vivir sin
hacerse sujeto” (Hinkelammert, 2003a, p. 495). Pero en este proceso
se enfrenta a ser “aplastado” por la inercia del sistema y entonces debe
recobrar la “conciencia de ser llamado a ser sujeto” en cuanto se resiste
a esta destructividad. Tiene que oponerse a la inercia del sistema si
quiere vivir, y al oponerse, se desarrolla como sujeto.

Retomando la idea del sujeto histórico inmerso en el proceso de


construcción de su conciencia, o subjetividad (Acosta, 1999, p. 30), se
nos presenta una cuestión para aclarar. Al decir de Hugo Zemelman,
para “pensar el sujeto y sus formas de expresión en términos dinámi-
cos, quizá sea posible rescatar las potencialidades del sujeto y de su
subjetividad al interior de sus condicionamientos históricos” (2010,
pp. 40-41). Este rescate puede ser posible en la dinámica misma de la
constitución del sujeto como sujeto social y político, y no necesariamen-
te desde una construcción teórica o de una definición previa de este.

Emma León, por su parte, plantea “dos campos de visibilidad res-


pecto al estudio de sujetos sociales: el problema de su determinación
y el problema de su constitución” (León y Zemelman, 1997, p. 51).
Esta autora propone el concepto de subjetividad como una categoría
que permite aclarar las relaciones entre historicidad del sujeto, rela-
cionada principalmente con su determinación, y su constitución, que
tiene que ver especialmente con su práctica social. Este concepto o
categoría tiene, según la autora,

[…] un amplio rango de inclusividad de dimensiones, procesos y


mecanismos diversos […] [y] permite ingresar al problema de la

130 Narrativas de memorias y resistencias


historización de los sujetos sociales, dada su capacidad para abrirse
a la temporalización de sus sentidos y significados y de su objetivi-
zación en toda clase de productos culturales, políticos, económicos
[…] [y] la posibilidad genérica de la subjetividad para vincularse
con el plano de las prácticas y acciones sociales concretas. (León y
Zemelman, 1997, 50)

Siguiendo esta propuesta, la práctica social del sujeto no debe


ser considerada como una acción meramente instrumental sobre el
presente, sino como un “proceso cargado de sentidos que conectan a
los sujetos con su pasado y su futuro, [esto] implica una articulación
compleja que, al reconstruir el pasado e imaginar el futuro, pone al
sujeto en vinculación con su propio momento de apropiación” (León
y Zemelman, 1997, p. 55). En conclusión, “la subjetividad nos puede
permitir explorar diferentes modos de concreción de la objetividad
de un sujeto” (León y Zemelman, 1997, p. 55), en un determinado
tiempo histórico y construcción espacio-temporal.
La subjetividad es la forma como la práctica social del sujeto es me-
diada en un determinado tiempo histórico a través de la “construcción
de tiempos y espacios específicos” (León y Zemelman, 1997, p. 62).
Por otro lado, la posibilidad de que se dé una realización histórica de
los proyectos, de un determinado sujeto social, pasa, de acuerdo con
la autora, por el “núcleo constituyente de la subjetividad” conformado
por la memoria, la experiencia y la utopía como parte de la ubicación
histórica del sujeto, como ya lo señalamos.

Lo anterior porque es en el campo de las vinculaciones de sentido


en donde encuentran lugar la definición de opciones de presente y
de futuro, que pueden llevar a un sujeto a una ubicación histórica
que no es más que la capacidad de situamiento en el presente, para
“observar” desde allí sus realidades y a sí mismo; como también
para confrontarlo con la necesidad de reconocer en ese su presente,
realidades potenciales. (León y Zemelman, 1997, 68)

Por tanto, la memoria histórica-colectiva es una posibilidad


para “atender” los procesos de apropiación del pasado por parte del
sujeto social y político en el marco de las situaciones particulares de
sus luchas o reivindicaciones de diferente tipo, sociales, políticas o

Construcción de memoria histórica-colectiva desde las víctimas en Colombia 131


culturales. Los sujetos se constituyen como parte de una complejidad
social que le es intrínseca y por las situaciones históricas, también
complejas. Se van autodeterminando y, a su vez, son determinados
por el juego de esta complejidad en la cual están inmersos, no están
dados, sino que se constituyen y van ganando su espacio en el contexto
de las relaciones sociales, políticas y culturales. Esto pone en tela de
juicio, como lo constata Zemelman, los “parámetros de homogenei-
zación” para dar paso a la heterogeneidad y la diversidad del sujeto
social, cuestión más difícil de abordar desde la categoría del sujeto
histórico antes discutida.
Por su parte, Santos De Sousa propone un nuevo concepto, el
de las pluralidades despolarizadas, que articule las acciones colectivas.
Es, pues, el paso de lo epistemológico a lo político, “es decir, el lado
político de una epistemología de los saberes es la incomplitud de
propuestas políticas y la necesidad de unirlas sin una teoría general”
(2006, p. 84). En este sentido, desde su pensamiento postabismal,
coloca un criterio de veracidad a partir de los consensos particulares
y no universales que se van generando en las luchas y los procesos
sociales. De alguna forma, este criterio complementa la propuesta
anterior donde el criterio tiene que ver con las condiciones reales de
vida y muerte que generan estos procesos.

A manera de conclusión
Las víctimas del conflicto armado en Colombia, como sujetos sociales y
políticos que emergen, empiezan a diferenciarse de otros sujetos sociales,
a esgrimir una voz y una lucha propia. La constitución de estos pasa por
la formulación de una apuesta propia alrededor de lo que han precisado
como sus derechos fundamentales a la verdad, la justicia y la reparación
integral. Derechos que la normatividad en Colombia reconoce, como la
Ley 1448 del 2011, pero esto es insuficiente frente a la dimensión de
los daños causados y que se siguen causando a quienes los reclaman.
La constitución en sujetos sociales y políticos ha permitido una
mayor, aunque no siempre clara o respetada, interlocución con el
Estado y la sociedad en general. Pero, para esto, vemos que ha sido
necesario elaborar procesos de memorización histórica y colectiva,

132 Narrativas de memorias y resistencias


los cuales son materia prima de la conformación de su acción. Esto
no significa que antes no hubiese víctimas en Colombia, estas son tan
antiguas como el conflicto mismo, pero ahora tienen la particulari-
dad de presentarse como sujetos sociales y ser parte activa del debate
político que rodea el conflicto y de las salidas propuestas para este
a través de procesos de organización, incidencia y con capacidad de
interlocución con otros estamentos. Podemos resumir lo expuesto en
el artículo con el siguiente gráfico:

Gráfico 2. Memoria y víctimas

Organización e interlocución de las


víctimas frente al Estado

Posibilidad de Respeto de los derechos


revictimización o Constitución como fundamentales de las
superación de la sujeto social y político víctimas (verdad, justicia
condición de víctimas y reparación integral)

Procesos de memorización
histórica y colectiva
Fuente: Caicedo, 2012, p. 37.

Los procesos de memorización son uno de los aspectos funda-


mentales en la constitución de las víctimas como sujetos sociales y
políticos en Colombia, en la medida en que se articulan con los pro-
cesos de organización e interlocución que posibilitan el respeto de los
derechos de las víctimas dentro la tensión que implica la posibilidad
de una revictimización o la superación de la condición de víctima en
el contexto de la superación del conflicto.

Construcción de memoria histórica-colectiva desde las víctimas en Colombia 133


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Construcción de memoria histórica-colectiva desde las víctimas en Colombia 137


Narrativas:
mujeres, lugares y
subjetividades
Rojos y azules:
rastros de una violencia de distintos trapos

Adrián Tabares1

Introducción
Este capítulo es el primero de dos textos producto del proyecto de
investigación Las Marcas del Desplazamiento en la Mentalidad del
Colombiano de los Años Cincuenta.2 Tanto el concepto de mentalidad
como la perspectiva teórica recogen la propuesta de Michel Vovelle
(1985), quien en su libro Mentalidades e Ideologías reflexiona sobre
una posible historia de las mentalidades en la que esta sea entendida
como una forma de contar y de vivir, como el conjunto de actitudes,
pensamientos y prejuicios visibles en los comportamientos y costum-
bres de los individuos o las comunidades frente a lo universal: el amor,
la muerte, lo sagrado, el bien y el mal. De esta manera, el concepto de
mentalidad sirve para dar cuenta de lo que cambia y lo que no, a la
vez que entrelaza distintos tiempos de acuerdo a cómo ha cambiado
la vida de los individuos y la forma como estos cuentan esos cambios.
Para el caso específico de los dieciocho testimonios analizados
en este capítulo se busca comprender de qué manera los desplaza-
mientos, el desarraigo, la persecución, el miedo y el desamparo estatal

1 Filósofo de la Universidad Nacional de Colombia, candidato a doctor en Ciencias Lite-


rarias, de la Universidad de Potsdam, Alemania. Becario DAAD-Colfuturo. Catedrático,
docente e investigador en varias universidades e instituciones. Correo electrónico:
adriandejesus@yahoo.com
2 Proyecto dirigido por el profesor Gabriel Jerez y financiado por Conadi.

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 141


influyeron en las formas de sentir, juzgar, y actuar, tanto de los perso-
najes como de sus familias (mentalidad). Al tratarse de desplazados
rurales de los años cincuenta, pertenecientes a comunidades que de-
bido a su aislamiento preservaron tradiciones sociales ancladas en la
religiosidad, y que compartieron por ello un lazo cívico más cercano
al sentir de una comunidad de creyentes que al discurso de deberes
y derechos de una sociedad civil, la investigación desarrolla el con-
cepto de intimidad colectiva con el fin de describir más a fondo este
elemento de la mentalidad cuya pérdida o cambio va a tener las más
drásticas consecuencias en términos de violencia.

El concepto de intimidad colectiva deriva en parte del análisis


que sobre el desarrollo de la subjetividad en Colombia realizó Rubén
Jaramillo (2005) en su texto La postergación de la idea de moderni-
dad en Colombia: tolerancia e ilustración donde expone cómo en la
mentalidad colectiva colombiana ha primado social y políticamente
el vínculo de moralidad religiosa basado en los buenos sentimientos y
las tradiciones más que un espacio de opinión pública fundado en los
derechos ciudadanos.

En este sentido, la perspectiva de la investigación rebasa el marco


de la historia de testimonio y de las mentalidades, por vía de la intimi-
dad colectiva y la subjetividad, y trata temáticas de la psicología social
y la sociología. Consciente de ello, y de que las fuentes primarias y
principales son solo los testimonios y no otros estudios académicos
sobre la época de La Violencia, este texto inicia su reflexión desde la
pregunta por el acto mismo de contar, de ser preguntado, de recordar e
hilar una historia. Un ejercicio esencial si consideramos el tiempo que
ha transcurrido desde los hechos, el silencio voluntario o forzado sobre
ellos, y el contexto actual de una nueva realidad que ha empezado a
ocultar el pasado. Por esto, se optó por pedir a los personajes que nos
contaran sus historias de vida, aquellas circunstancias que precedieron
y sucedieron a la época de La Violencia, con el fin de poder dotar sus
relatos de un sentido amplio.

Este primer texto, que se materializa en un capítulo de esta pu-


blicación, tematiza entonces en sus dos primeros apartes los aspectos
concernientes al sentido y el significado de contar una historia de vida,

142 Narrativas de memorias y resistencias


desde los testimonios. En el primer aparte: “Empezar a contar: silencio,
relato y sentido”, las reflexiones de los personajes giran en torno a la
dificultad que supone recordar, hilar y darle sentido a sus historias, el
para qué y el para quién contarlas, y el porqué no hicieron parte de sus
relatos cotidianos hasta ahora. En el segundo aparte: “18 historias de
vida: ¿18 biografías? ¿18 subjetividades?”, la reflexión parte de cómo
cada personaje empieza a contar su historia, algunos como protagonis-
tas, otros como espectadores, otros como víctimas, analizando en su
discursividad el tipo de mentalidad, subjetividad o intimidad colectiva
que suponen. El tercer y último aparte del artículo: “Distintas regiones,
distintas historias, distintos rostros”, particulariza el análisis en torno a
las circunstancias históricas del estallido de La Violencia, sus diferencias
de acuerdo con la región y las condiciones de vida de cada familia y
personaje. Variables específicas como el género, lo étnico, la clase social
y los pormenores episódicos y políticos de los años de La Violencia
serán objeto de análisis de un segundo texto de la investigación.

Prefacio: una pequeña historia y una reflexión inicial

Los liberales del Cocuy y los conservadores del Guycán comenzaron


esa noche de los colores: liberales, conservadores, que unos son azules
y otros son rojos, ahí comenzaron las desavenencias, ya decían que los
que llegaban al Cocuy con sus cargas, que los del Cocuy comenzaban a
buscarle problema a los del Guycán […] ¿Qué hizo entonces Guycán?
Pues la carretera estaba hasta el Cordoncillo, comenzaron a nombrar
por cuadrillas de obreros, que un señor que tuviera con qué hacer un
amasijo, llevar bebida, llevar 8 o 10 señores para que los mantuviera
en el día, y a pico y pala sacaron la carretera del Espino a las piscinas,
unas piscinas que hizo, entonces ahí ya a la orilla del río hicieron unas
planas, ahí ya era el mercado para no tener que ir al Cocuy […] Se
unieron Guabita, La Uvita, San Mateo, la gente conservadora del
Espino, Guacamayas que allá también hay muchos conservadores,
yo no sé esos líderes, se fueron ayudarle a los pueblos sobre todo
Guycán que tenía mucho pedido, Dios mío, eso fue después del 9 de
abril, les dieron una mano, todos esos pueblos le dieron al Cocuy […]
Cuando a los pocos años volví supe que Guycán y Cocuy eran de lo
mas amigos, ¿Quiénes fueron los verdaderos líderes de la amistad?

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 143


Los estudiantes del Cocuy y del Guycán hicieron un reinado para
firmar esa paz, para esa amistad, para ese corazón que había desde
antes de los que crearon esos colores, entonces ¿qué pasó? Hicieron
un reinado en el Cocuy, mandaron a pintar las puertas de azul, todo
de azul claro y luego ya fueron del Cocuy al Guycán y allá mandaron
a pintar las puertas de amarillo y café, ósea de los colores contrarios
y hicieron esa hermandad tan linda que se acabó esa cosa del color
rojo y del color azul.3 (Del Carmen, 2009)

Cuando María del Carmen vuelve a Guycán han pasado por los
menos quince años del comienzo de la que ella llama “la noche de los
colores” para hablar de los años de La Violencia. Pero no será su gene-
ración, la de los niños y jóvenes que padecieron esta época, la que va
a firmar la paz entre los pueblos; son los nuevos estudiantes los que
pintan de otros colores las calles y las casas, colores contrarios a los que
defendieron y por los que mataron sus padres y abuelos, para que ahora
a través de esas calles pase la celebración de la paz materializada en un
reinado de belleza. Una celebración en la que los más jóvenes echan mano
de lo más antiguo y sin saberlo perpetúan una vieja tradición colonial:
las multitudinarias procesiones de estatuas e imágenes de los santos
y las vírgenes, estandartes en este caso de un ícono femenino que no
solo moraliza sino que se muestra como arquetipo de la belleza divina.4

3 Se ha querido de alguna forma guardar el acento y los giros propios de los personajes
entrevistados, por ello en muchos casos el texto sacrifica la ortografía de algunas palabras
para guardar fidelidad al testimonio.
4 El folclor colombiano es abundante no solo por sus distintas etnias y culturas, sino por-
que durante los cuatro siglos de la Colonia las únicas manifestaciones culturales que se
permitieron fueron las celebraciones (procesiones, llegadas de obispos y virreyes, fechas
santas, matrimonios, etc.), pero fueron desestimuladas o prohibidas las manifestacio-
nes académicas, políticas y artísticas (excepto las del catolicismo), lo que limitó así la
esfera de lo público a la expresión repetitiva de una catarsis religiosa. Solo finalizando
el siglo XVIII se formaron grupos intelectuales entre los criollos de algunas ciudades. El
carácter festivo o “folclórico”, uno de los modos de ser por los cuales es reconocido el
colombiano, y la forma cultural de tramitar los conflictos por medio de la celebración,
más que de la memoria, hay que buscarlo primero en las prohibiciones de la Colonia.
Sobre la celebración cfr. Gonzales (1998); sobre la Colonia cfr. Franco (1992, pp. 34-54);
en relación con los modos de ser del colombiano cfr. Ardila (1986).

144 Narrativas de memorias y resistencias


Procesiones que en la época de La Violencia hicieron también los
conservadores y los liberales, los primeros para amedrentar a punta
de vírgenes, santos y plomo a la “chusma liberal”, quienes respondían
armados con maldiciones, machetazos y persecuciones a los “pájaros
godos”. Lo que entonces no hubo fue reinado, pues las vírgenes no se
vieron como ícono de la belleza humana y divina, sino como símbolos
de la pureza político-religiosa. Por lo general, cuando se enarbolan
símbolos de pureza alguien debe irse, alguien debe ser perseguido.
Pero, ¿por qué esta fusión entre religión y política?, ¿por qué esta paz
simbólica se celebra en lugar de conmemorarse?, ¿por qué no es la gene-
ración de María del Carmen la que protagoniza el final de su historia?
El pintar de los colores contrarios las casas de los pueblos es una
señal contundente de reconciliación y olvido, de estar dispuesto a dejar
el pasado atrás. Es la celebración de una generación que no vivió los
hechos, que no los conmemora porque no los recuerda, pero que en
cambio los conjura simbólicamente para que nunca regresen. Es un
pacto de un olvido mutuo que se ampara en el silencio colectivo sobre
los crímenes, en el silencio del Estado sobre su papel y en el silencio
familiar y público de protagonistas como María del Carmen que ahora
simplemente ven con alegría que todo se haya acabado.

Empezar a contar: silencio, relato y sentido

Claro que en ese tiempo recordar uno eso era duro, hoy no porque
ya uno pasó por ahí, ya sabe uno como es, ya como que uno no siente
nada, ya uno sabe qué hay guerrillas que ahí matan, que queman, que
bueno de todo, no tiene uno esos nervios, esa cosa, que como
que no sabe qué hacer […] Ya le digo, todo esto es todo lo que me
quedó, es como un comercial le cuento. (Rodríguez, Aureliano, 2009)

El silencio privado de María del Carmen y la dificultad para recordar


y contar de la que nos habla Aureliano Rodríguez es un sentimiento
compartido por los dieciocho entrevistados, hombres y mujeres de
origen campesino, nacidos entre 1928 y 1942, quienes vivieron la época
de La Violencia durante su infancia y adolescencia, así como el despla-
zamiento y sus secuelas el resto de sus vidas. El silencio que guardan

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 145


en torno a los años de La Violencia, sobre todo con sus familias, no se
debe solo al dolor que supone revivir hechos traumáticos que se creen
enterrados,5 obedece también a la falta de una reelaboración pública de
esos sucesos, una reelaboración estatal y social, más allá de los estudios
académicos, que hubieran reconocido sus historias como parte de la
historia del país, que a través del reconocimiento como víctimas les
hubiera permitido reconstruir esas historias dentro de otras más gran-
des y darles así un lugar, un marco de comprensión para sí y para los
otros, un puente entre sus traumas y una posible explicación. Aureliano
termina diciendo: “Ya le digo, todo esto es todo lo que me quedó, es
como un comercial le cuento” (2009), contar una serie de hechos vio-
lentos o tristes puede resultar a veces tan difícil o contradictorio como
narrar un sueño, pues periodos de tiempo que se experimentan
como largos se resumen en unos cuantos rasgos, que poco a poco se
van hilando en un intento por armar un relato con sentido. El intento
de los entrevistados por darle significado a sus historias es un esfuerzo
personal fruto en este caso del tiempo y el olvido.

Formas de narrar: contar cotidiano e historia de vida


“Sí, pues a mi hija, pero muy poco, muy poco les he comentado, pero
si unas cosas, que nos habían sacado de la casita donde vivíamos y
todo lo que yo luche por ellos” (Carmen, 2008). Carmen le cuenta a
su hija lo que ella siente que le puede contar, lo que considera impor-
tante que sepa como ejemplo de vida desde su condición de madre;
son contenidos que están mediados por sus sentimientos hacia ella.
En este sentido, existe una clara diferencia entre el contar cotidiano y

5 La palabra “trauma” proviene del alemán traum (sueño). Los sueños deben ser narrados
(reelaborados) para poder ser interpretados, pues en los sueños no hay un sujeto que
sueñe voluntariamente esto o aquello, o que decida cambiar su sueño, el sujeto es presa
de sus sueños y solo puede escapar despertando, cfr. Bachelard (1994). Del mismo modo,
la víctima de hechos violentos es presa de estos, no los puede controlar, son sucesos que
rompen su cotidianidad y deshacen sus tejidos sociales, le generan incertidumbre sobre
el futuro y desconfianza frente a su entorno; si los hechos violentos no se reelaboran
permanecerán enquistados en los sentimientos (represión) determinando las actitudes
y los pensamientos de la víctima; al respecto, cfr. Jimeno (2003).

146 Narrativas de memorias y resistencias


la entrevista, mientras en el primero median la confianza, los intereses
personales o la casualidad para la elección de los temas y su profundidad;
en la segunda media el tipo de entrevista (estructurada, semiestructu-
rada, etc.), su finalidad y el juego de rol entrevistador-entrevistado.6
En una entrevista, sin tener que partir de una confianza previa con
el entrevistador, o un conocimiento de sus intereses, el entrevistado
está en disponibilidad de ser preguntado y responder; dependerá de la
estructura de la entrevista y de la habilidad del entrevistador conseguir
el tipo de respuestas, temas o emociones que se deseen. El entrevistado,
por su parte, asume un rol de personaje, de aquel cuya importancia
reside en que sabe lo que los demás quieren preguntar; para el caso
de nuestros dieciocho entrevistados la importancia es doble, pues se
trata de sus historias de vida: de las creencias, los sentimientos y los
hechos, que hacen de ellos lo que son y lo que fueron, lo que los define
ante los demás con un nombre propio.
Dentro de sus historias se hace énfasis en los años de La Violencia
y sus consecuencias vitales, consecuencias que de distintas formas van
a marcar sus mentalidades y sus maneras de vivir. El silencio doble al
que se vieron abocados como víctimas de la violencia de los cincuenta,
silencio privado y público, supuso que sus historias no fueran indaga-
das, y en algunos casos ni siquiera autoindagadas por ellos mismos. De
esta manera, su rol de entrevistados cobra una relevancia aun mayor,
al punto de querer no solo contar, sino también asegurarse de que su
testimonio quede. Pedro dice: “Yo es que deseo, como poder grabar
bien ésta vaina, la historia de mi vida, eso es muy larga, de lo que yo
viví, de lo que yo he visto” (Montes, 2009).
Pedro Montes nació en Salazar (Norte de Santander) en 1928,
en sus testimonios recuerda y lamenta la persecución de la que fue
objeto su familia por parte de los liberales, no solo de la “chusma”, sino
también del Ejército cuando los liberales tomaron el poder; se declara
un hombre no sectario en cuestiones de política, pero a la vez confiesa
el orgullo que siente de que sus hijos “hayan salido conservadores

6 Para el proyecto se diseñaron entrevistas semiestructuradas con el fin de dar cuenta de


las historias de vida.

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 147


como él” y voten por el presidente Uribe. Gracias a la filiación conser-
vadora de su familia Pedro obtuvo un puesto en la Policía, de la que
hoy es jubilado. Para Pedro la violencia entre liberales y conservadores
es cosa del pasado, tanto, que a diferencia de antes, hoy no siente miedo
de declararse conservador y pedir que su testimonio quede grabado.
Pero hay otro tipo de personajes para quienes el final de la violen-
cia partidista fue solo el comienzo de la lucha revolucionaria, aquellos
que de ser “chusma liberal” pasaron a ser “guerrilla”, y guardan todavía
cierta desconfianza, producto de una persecución que no ha cesado,
es el caso de Doña Mariana (nombre cambiado), quien también desea
ser grabada, pero advierte: “No, yo dije que no la publicaran porque es
que las cosas no son así, que ya uno después de muerto que publiquen
lo que quieran [...] Cuando resuman estos casetes por favor no van
a publicar todo, saben qué deben publicar y qué no deben publicar,
porque más tarde, si es importante, queda eso vivo para la gente, para
la nueva generación” (2009).
Doña Mariana fue activista de izquierda, padeció La Violencia
y luego la persecución del Ejército y la Policía, estuvo en la cárcel, su
estilo de vida clandestino la lleva a actuar con cautela, pero asimismo
esa militancia le permite ubicar la importancia de su testimonio en
términos de “la nueva generación” como una esperanza política de
un vínculo con las luchas del pasado.7 Doña Mariana siente, a pesar

7 El término “generación”, aplicado a los jóvenes, data de finales del siglo XIX cuando las
universidades europeas masificaron su público, y los jóvenes adquirieron un espacio propio
de interacción que los diferenciaba en tanto jóvenes del resto de población. En Colombia este
proceso comenzó en los años sesenta, con serios problemas de cobertura y sin soluciones
definitivas hasta hoy; debido a esto, a la hora de definir una nueva generación colombiana
hay que tener muy en cuenta variantes como región, ruralidad, etnia, género y clase. Sin
embargo, esta primera clasificación de los jóvenes de los siglos XIX y XX, por edad y actividad,
se va a multiplicar en otros factores con el desarrollo de los medios y la virtualidad.
Para Leggewie (2002) lo que hoy define una generación tiene que ver con los hitos
históricos de los que se es partícipe, no ya como activista, sino como telespectador
o internauta (La caída del muro de Berlín afectó no solo a los jóvenes alemanes, sino
que quedó inserta en la generación global de los ochenta). Una generación global está
mediada por el acceso a canales de comunicación, hobbies y grupos virtuales que com-
parten modas y opiniones, grupos donde la edad y la actividad quedan en un segundo
plano. Al respecto, cfr. Leggewie (2002).

148 Narrativas de memorias y resistencias


de sus recelos, que tiene un legado que trasmitirle a la nueva genera-
ción; al respecto afirma: “Un joven sin estudio y capacitación política
es como llenar un chorizo solo a punta de cebolla y tomate” (2009).
Este tejido político a futuro que intenta hacer Doña Mariana tiene su
origen en sus años revolucionarios, cuando fue alguien dentro de un
grupo armado, cuando una ideología le justificó y le hizo comprender
su historia de vida con una aparente coherencia, pero su llamado no
es un llamado hecho desde sus experiencias durante la violencia de los
cincuenta. A pesar de que la generación de la violencia no pudo contar
casi nada sobre ella a la siguiente, en casos como el de Doña Mariana
existe una resignificación ideológica de esas experiencias que le otorga
otros marcos para entender y transmitir su historia.

Para qué y para quién contar


Más allá del beneficio psicológico de la reelaboración para los entre-
vistados, y en algunos casos de sus esperanzas políticas de que los
jóvenes lean sus testimonios, cabe preguntarse ¿para qué y para quién
contar? Si tenemos en cuenta que hoy asistimos a las consecuencias
de la caída de las ideologías políticas, con su capacidad explicativa del
presente y el pasado en términos económicos y sociales, explicaciones
que atravesaron de distintas formas las mentalidades de diversos
pueblos en tiempos y lugares diferentes, y como su contraparte a la
globalización de la cultura de masas, caracterizada por el consumo en
pro del placer individual y de la vivencia de un presente constante sin
una red orgánica con el pasado, un tipo de cultura masiva en la que
más allá de un inventario de productos, hobbies y sitios comunes,
una generación no tendrá nada que decir a la otra sobre sí, sobre su
lugar en la historia, pues en rigor carecerá de un lugar diferenciado.8

8 Acerca de la historia en la cultura de masas, Arendt (1958) reflexiona que debido a


la búsqueda del placer solitario del consumo los hombres se aíslan, debilitándose la
experiencia del mundo y su verbalización (relato). En una sociedad de masas, los indivi-
duos pierden la capacidad de acción mientras asimilan los modelos de conducta social
(publicidad); las ciencias sociales se esfuerzan por asir esos modelos en esquemas y
presentarlos como reflexiones sobre el mundo. Es aquí donde irrumpe la estadística como
ciencia moderna: a la estadística le interesan los comportamientos comunes, las rutinas,

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 149


En este sentido, el fenómeno de la globalización del consumo y de
la cultura teje más allá de las fronteras nacionales e ideológicas una
continuidad entre las generaciones, sin apelar a patriotismos o par-
tidismos, sino en tanto generaciones de seres humanos indistintos y
habitantes del globo, es decir, alrededor de los ideales de los derechos
humanos y el internacionalismo, que se supone cobijan a todos los
hombres allende los Estados.
Estos ideales conllevan teóricamente a una adaptación selectiva
del pasado donde la memoria histórica ahora se encarga de recordar
traumas y crímenes contra la humanidad, de reponer injusticias, todo
con el fin de elevar las conductas humanas al plano del derecho inter-
nacional.9 Es en el marco de este tipo de memoria en el que adquiere
sentido la indagación en las historias de vida de los entrevistados.
Es en sus testimonios donde se construye el puente biográfico entre
una generación y otra, donde se puede ir más allá de los discursos
masivos de las ideas y los personajes, del entretenimiento, al relato
personal de las vivencias y las circunstancias de la propia cultura. Sin
embargo, falta aún un quién pregunte, Georgina Gómez comenta:

no las acciones. Para Arendt, la acción humana corresponde a la dimensión simbólica


del hombre, a sus palabras, a sus gestas, a sus pensamientos y a todos aquellos relatos
que significan algo a algún hombre sobre otros. La acción humana se lleva a cabo en
el espacio público, donde los hombres se encuentran libremente entre sí.
En Colombia, el acceso al espacio público (academias, artes, política, reconocimiento
social) ha estado socialmente restringido, debido a esto los colombianos no se acostum-
braron a contarse y escucharse en condiciones de igualdad, sin prejuicios ni desprecios
sociales; quizá esto tenga que ver con que en el país la violencia parezca cíclica, al igual
que el olvido y el silencio sobre ella. No hay que olvidar que para Arendt la violencia
siempre es nombre de…, es decir, es un acto mudo en el que no hay diálogo ni signifi-
cado, una renuncia al sentido y a la historia en tanto acción humana.
9 Una discusión de esta idea data de años antes de la Segunda Guerra Mundial, para el
teórico alemán Carl Schmitt (1932) el triunfo del internacionalismo y los derechos huma-
nos significaba el fracaso de la política. Según Schmitt, la política es un asunto existencial
de cada pueblo, por el que decide la posibilidad y las condiciones de su existencia. En
este sentido, la guerra es un asunto político ya que a través de ella se define quién es
amigo y quién enemigo, o bajo qué condiciones y con quienes podemos existir. En el
marco del internacionalismo y los derechos humanos no hay enemigos, se trata de una
legislación supranacional que cobija a todos sin importar sus diferencias. Para Schmitt
esto supone la banalización de la política y de lo humano, pues las decisiones existen-

150 Narrativas de memorias y resistencias


Yo como que me desahogo, cuando encuentro una persona que me
hable algo, yo me desahogo como que descanso; pero yo, yo no me
atrevo hablar casi con nadie… casi no porque… pues como nadie
me preguntaba ni nada y yo soy una mujer, vivo como […] si ha
visto usted que yo no hablo ni nada. (2009)

La vivencia de fenómenos como la globalización y el interna-


cionalismo en Colombia está matizada por condiciones sociales y
económicas peculiares que alejan a gran parte de la población de los
ideales de consumo y bienestar, así como del conocimiento y defensa
de sus derechos humanos, lo que hace que perciban la época y sus
cambios no tanto desde los medios y las modas, sino, en el caso de
los entrevistados, desde su nueva conciencia de tales derechos, desde
su condición de vejez, su relación con la tecnología y con sus nietos.
Acerca de lo humanitario y el desplazamiento que vivieron en los
cincuenta, confiesan: “En ese tiempo no se hablaba de desplazamiento
sino de violencia” (Contreras, 2009); “La violencia ha existido toda
la vida. Desplazamientos han habido toda la vida, lo que pasa es que
cuando eso no se les pagaba y ahora se les paga” (Montes, 2009); “Es
que el desplazamiento en ese tiempo no le decían a uno desplazado,
la palabra desplazamiento la alcancé yo a escuchar en los tiempos de
este último presidente (Santofimio, 2009).
Las palabras “desplazado” y “desplazamiento” son desconocidas
como referentes de la época, y, menos, hacen parte de un discurso
humanitario sobre derechos o sobre víctimas. Estos términos son
entendidos en el mejor de los casos desde el presente, desde el estatus
que supone ser reconocido como “desplazado”, es decir, recibir algu-
nos beneficios compensatorios del Estado. Contrario a lo que, más
adelante contarán, ocurría con los “desterrados” y los “asilados” de la

ciales se dejan de lado para hacer parte de un mercado de opiniones y espectadores en


el que las discusiones son infinitas y estériles, mientras las organizaciones deciden sobre
la existencia de los pueblos. Años después de la Segunda Guerra Mundial, Habermas
(1964) vería en el internacionalismo y los derechos humanos la única posibilidad política
de que un episodio como el holocausto no se repitiera, siempre y cuando los individuos
asumieran la responsabilidad de estar informados para que sus opiniones y discusiones
incidieran sobre las decisiones democráticas.

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 151


época, a quienes continuaban persiguiendo aun en las ciudades, pues
de donde huían y a donde llegaban los “desplazados de los cincuenta”
lo hacían en calidad de liberales o conservadores, de ateos o de fieles,
de copartidarios o de enemigos, no de víctimas de La Violencia.
Acerca de su condición de vejez, reflexionan: “Ha habido un
cambio de esa época a esta. El ciento […] digo yo, de un cuatrocientos
[…] porque hoy la tecnología […] la tecnología nos está atrofiando a
los viejos. No somos ni capaces manejar ni un celular” (Rojas, 2009).
Georgina afirma:

Uno viejo hace estorbo, le hace carga a todo mundo; vea y piensen y
se acordarán de mí más adelante. Uno es muy apetecido cuando está
joven, sabiendo que uno puede trabajar y todo. Uno todo mundo
lo quiere, pero después que uno no pueda trabajar y no tenga nada
[…] Ya por vieja ya lo único que anhelo y deseo y yo le pido a dios
que me dieran un pedacito de tierra pa´ donde yo pueda hacer un
rancho y meterme, donde yo pudiera vivir tranquila que si yo no
tengo qué comer yo me tomo posillao de agua y me acuesto tran-
quila, en paz. (Gómez, 2009)

Si bien es cierto que estos testimonios nos sirven para empezar a


construir el puente biográfico entre las generaciones, pues describen a
partir de una comparación con el hoy uno de los momentos que deter-
minaron sus vidas (desplazamiento) y a la vez cuentan de qué forma
se ven y sienten en el presente como viejos, no nos dan cuenta del para
qué, a su juicio, hablar en particular de lo ocurrido hace sesenta años
en La Violencia. Aldemar, de familia liberal, desplazado del Valle a
Bogotá por los “pájaros” conservadores, nos da a su modo un para qué:
“El colombiano tiene como un espíritu de nobleza y sensibilidad, pero
cuando se rompe eso el individuo se vuelve como un asesino, se vuelve
sin corazón, entonces ese es el equilibrio que hemos roto aquí desafor-
tunadamente y ese es el tejido que hay que reconstruir” (Aldemar, 2010)

18 historias de vida: ¿18 biografías? ¿18 subjetividades?


“Eso ha sido mi biografía, yo siempre he sufrido bastante, sufrí…
anduve, pero siempre fue sufriendo. Pero aun con los sufrimientos,

152 Narrativas de memorias y resistencias


aquí estoy, parado, y todavía así como estoy, en la edad que tengo […]”
(Rojas, 2009). Concepción Rojas nació en 1931 en la vereda Agua
Bonita (Tolima), vivió su infancia entre Tolima, Caldas y Valle, huye
a Santa Rita (Cundinamarca) a causa de la violencia que se desató en
los pueblos de Tolima. En Santa Rita aprende el oficio de carbonero;
fue perseguido bajo la acusación de “chusmero”. Al hablar de su bio-
grafía, Concepción cuenta su historia haciendo énfasis en la cadena
de sufrimientos que vivió durante La Violencia, una suerte de calvario
inesperado del que fue víctima y del que no quedó otro remedio que
recobrarse en silencio. Pero no solo Concepción, la mayor parte de
entrevistados que no tuvieron acceso a una educación media, o a algún
otro tipo de formación sindical o partidista, narran sus vidas desde lo
que les pasó y no tanto desde lo que hicieron.
En este sentido, los hechos van impactando sus subjetividades,10
son las víctimas de algo que los arrojó fuera de su cotidianidad familiar,
causándoles en su infancia un sentimiento de desprotección y desam-
paro que les impide contar la época como protagonistas o como dueños
de la historia, pues el tejido social que debía cobijar esos primeros
relatos de infancia, dándoles una continuidad y significado (familia,
vecinos, escuela), quedó deshecho de un momento a otro, dando lu-
gar hoy a unas narraciones en las que más que un hilo conductor o la
reconstrucción de una historia, queda la sensación dramática de una
exposición a la intemperie. María Candelaria, de padres liberales, pero
quien fue adoptada por una familia conservadora, recuerda:

Ellos eran conservadores y tenían que buscar sus conservadores,


cada quien tenía que buscar. Mis papás eran liberales y yo después
del nueve de abril yo no supe más nada de mi papá ni de mi mamá,

10 La subjetividad en Occidente se desarrolla a partir de la Reforma Protestante y su idea


de una relación íntima de cada individuo con Dios a través de la lectura de la Biblia y
la interpretación del mundo como su obra (ciencia). En Colombia (hasta mitad del siglo
XX), por el influjo del catolicismo español y su contrarreforma, la idea de subjetividad,
y su experiencia individual, no va a ser apropiada a través de la lectura ni de la inter-
pretación del mundo, sino que va a permanecer en la forma de una intimidad referida a
los buenos sentimientos (ética religiosa) y a una relación cotidiana con lo trascendental
a través de la superstición. Al respecto, cfr. Jaramillo (1998).

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 153


no me dejaron carta y ellos no me llevaron a donde ellos quedarían,
o sin saber si estarán vivos todavía, yo no sé […]. (2009)

Abel cuenta:

La familia mía, prácticamente se acabó. Y yo tengo, tendré tíos por


allá en Manizales, donde ellos vivían, po’ allá en Pereira, por allá
tendré tíos y parientes, pero que me dé cuenta de ellos nada [...]
Entonces no puede uno contar con nada, hacer ilusiones. Ya uno
no puede hacer ilusiones porque, porque no puede. (2009)

A pesar de que lo que queda de su familia se encuentre en la ciudad,


Abel decidió quedarse en el campo, pues tiene claro que su vida solo
es posible allí. Él es analfabeto y sabe que su oficio es el de la tierra,

Yo en la ciudad no topo qué hacer. Yo no, no le veo objeto a la ciudad


porque es que para mí no hay nada qué hacer en la ciudad. Yo no sé
nada de letra, pa’ ir a defenderme de pronto con un negocio, así de
pronto pues así grandecito. Pa’ uno meterse a una casa, a vivir en
una casa, sin renta ninguna, no puede ser. Po’ allá tuviera por ahí en
un puente, pidiendo limosna, donde yo me ponga con esas. (2009)

Pero no solo la familia se deshace, el entorno también deja de


ser el mismo, las rutinas y las personas dejan de ser predecibles y la
estabilidad de lo local se transforma en incertidumbre y miedo. Al
respecto, Doña Mariana dice:

La gente vivía bajo las piedras, y allí cocinaban cada tres o cuatro
días, los perros se pusieron mudos, no latían, pa’ que vea usted, que
el miedo, el gallo no había por bulloso, porque todo el que hacia
bulla se lo comían […] Llegaba este tipo con los niños de dos o tres
días de nacido, los cogía de las paticas y les mochaba la cabecita, y
entonces les decía: “Así es como desangran los armadillos” ¡Eso no
es mentira! […] Eso daba lástima vea: a uno lo seguían las galli-
nas, lo seguían los marranos, con hambre esos animalitos, y ¡tanto
animal, tanto marrano, tanta gallina!, que eso daba pesar. (2009)

La familia, el entorno y la escuela son las tres primeras esferas


sociales en las que se tejen los relatos como propios, se socializan

154 Narrativas de memorias y resistencias


como pertenecientes a una comunidad que los comprende y los puede
narrar generando referentes de identidad. Acerca de la escuela, Pedro
Montes comenta:

Cuando eso un quinto primaria era muy berriondo, llegaron los


soldados y a mí me llamaron, me vistieron de soldado y me enseñó
un reservista a manejar el rifle, que era de palo […] Aquí mataron
mucha gente, miserablemente, y uno como no ha sido de raza ase-
sina, entonces a uno como que le duele esa vaina. (2009)

Al respecto, Georgina Gómez cuenta: “Yo fui a la escuela pero


ya como unos… pequeñita… como a los 7 años… hasta que paso la
violencia de ahí ya no más porque no podía uno ir ni la profesora podía
llegar a la escuela ni nada eso, yo vine aprender a leer ya de adulta”.
Doña Mariana afirma que: “No había escuela sino hasta 5 de primaria
porque en ese entonces los viejos eran muy fregados, entonces yo tuve
posibilidad de estudiar aquí en Bello, pero papá no me dejó” (2009).

María Candelaria, acerca de su adopción y educación, relata:

La profesora le dijo a mi papá que por qué no me dejaba con ella,


que ella me enseñaba, me sacaba el estudio hasta donde yo qui-
siera, que… mejor dicho, que ella veía de mí […] La pobreza a mi
papá se le hizo fácil y mi mamá mucho mejor, porque mi mamá
no podía vivir con nosotros, digamos diariamente, porque ella la
buscaban por allá a cegar trigo […] Mentira, ellos me pusieron a
trabajar, a cocinar, a lavar, a hacer todo lo de la casa, entonces yo
no me quedaba tiempo de estudiar … a las nueve, nueve y media,
iba a recibir clase, yo con qué tiempo, yo tenía que salir, a las diez
y media tenía que ir a montar almuerzo… Ella vio de mí en el ves-
tuario y en la comida y quizá en el respeto porque ella si me daba
muchos ejemplos. (2009)

La dificultad de un itinerario interior o de una proyección personal


de los hechos que brindaría un tipo de circunstancias menos inciertas
o por lo menos más controlables por los protagonistas es compensada
por la ética de los sentimientos sobre la cual se erige el principio de
intimidad, una subjetividad religiosa que sirve de referente para hilar
los hechos y hallarles un sentido. Dice Georgina Gómez sobre su padre:

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 155


Con nosotros él era un hombre rígido y discreto, pero usted cree
que él andando con toda esa gente por allá defendiendo no iba
matar; hay yo eso digo yo no sé, no puedo criticarlo o asegurar las
cosas pero yo digo tuvo que haber… matado a alguien pa’ defender
tanta gente y pa’ salir… tuvo que haber matado a alguien porque
él decía “Si a mí me toca matar uno de los mismos míos lo mato,
porque yo tengo que defender las familias buenas, las familias
sanas. (2009)

Concepción, sobre su salida de la casa, perseguido, afirma:


Dije… “Mire madre, para que usted sea feliz y… no tenga más tro-
piezos, haga de cuenta que soy muerto, chao”, y así fue, para que
fuera feliz, porque uno debe darle la felicidad a la madre, que es
la que lo tiene. El padre puede ser cualquiera, pero madre no hay
sino una. Entonces ante eso yo fui muy respetuoso, ante mi madre.
Y me arrodillé y le pedí la bendición. Y hasta el sol de hoy. (2009)

La explicación de los sucesos a la luz de los valores, las tradiciones


o la religión, si bien le dan un fondo mental y psicológico a la historia,
está limitada a lo dado, es decir, a la interpretación cultural o a la apro-
piación hereditaria de esos valores, tradiciones o religiosidad. Se trata
más de una intimidad colectiva, que de la narración de una subjetividad
individual debido a una serie de circunstancias históricas cuyas raíces
se hunden en la Colonia.11 En el caso de la Colombia de los cincuenta,
una sociedad básicamente rural, la intimidad colectiva nos habla de
comunidades aisladas que comparten creencias religiosas esencialistas

11 El desarrollo individual de la subjetividad va de la mano con el desarrollo colectivo


de la sociedad civil. En Colombia, la fusión de la Iglesia con el poder político, desde
la Colonia y hasta la República, determinó que las creencias religiosas se convirtieran
en caballos de batalla políticos e impidió que la Iglesia, como institución en la que
se delegó la educación y su veeduría, contribuyera a formar una sociedad civil plural
(espacio público) en lugar de la comunidad de creyentes que terminó forjando de
acuerdo con sus intereses partidistas, cfr. Jaramillo (2005). En este sentido, también
se entiende el término intimidad colectiva; una comunidad emotiva de creencias y
sentimientos esenciales, donde se confunden y extreman lo religioso y lo político, lo
privado y lo público; algo distinto de lo que ocurriría en una comunidad de opinión
pública. Este trazo de líneas de tiempo, de la Colonia al siglo XX, se explican no solo

156 Narrativas de memorias y resistencias


(alma individual, vida eterna, cielo-infierno, pecado-culpa-castigo-
salvación, etc.), creencias que se funden y conforman históricamente un
solo tejido con los ideales políticos, sociales y morales, determinando
actitudes, conductas, juicios y prejuicios comunes (mentalidad), ya sea
porque las refuerzan (conservadores) o porque contradicen algunas de
ellas (liberales). Cuando una división política afecta comunidades con
estas características, la división puede volverse también social, moral
y religiosa, llegando incluso a ser irreconciliable, pues aquí no se trata
de un simple pleito de opiniones políticas, se trata de un conflicto por
quién represente, proteja o ataque esas creencias que como sujetos los
familiarizaban y como comunidad los fundaba; se deshacen los lazos
emotivos que los congregaban como comunidades y se desarrollan
lazos de sobrevivencia que los agrupan en facciones, dando lugar a la
violencia. Abel lo recuerda así

Antes de la guerra de Gaitán, ninguno era liberal, ni ninguno era


conservador. Yo no veía que mataban; yo taba ya de doce años, yo
no veía que mataban a nadie […] Nadie decía “¡Ah! que lo mataron
por liberal, o que lo mataron por conservador”, nadie decía eso.
Pero jue matar a ese hombre y fue como quién sabe que jue lo que
hubieran matado, porque se estalló esa guerra […] ¡Una guerra de
solo política! Eso cuando uno no se peleaba por plata, ni por comida,
nadie peliaba porque todo mundo teníamos. Teníamos cómo vivir
hasta cuando se principio la violencia… Todo se lo fueron llevan-
do, se lo robaban, nos tumbaron, nos dejaron en la calle. A mucha
gente… jue muy rarito, el que se escapó siendo campesino. (2009)

a partir de la ruralidad de los entrevistados, condición que los marginó de algunos


cambios sociales del siglo XX; se explica sobre todo, porque la historia en América
Latina, como dice H. Dongui, es más una historia de lo que permanece que de lo que
cambia: “Si hoy Simón Braudel puede reivindicar como la conquista acaso más valiosa
de la historiografía última el haber descubierto que la historia no es solo ciencia de
lo que cambia, sino también de lo que permanece, ese descubrimiento es para el
estudioso de la América Latina incomparablemente más fácil: quizás por eso mismo
puede también ser a menudo menos fructífero” (1985, pp. 8-9). Y es mediante la
historia de las mentalidades como mejor podemos rastrear lo que permanece, lo que
en cada quien queda de la historia: sus actitudes, pensamientos, comportamientos,
prejuicios.

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 157


Abel habla de “la guerra de Gaitán” y de “una guerra solo de polí-
tica” como de algo inédito e innecesario, algo que se convirtió en una
razón para matarse, algo que les llegó de repente de la ciudad, se les
impuso, y les cambió la vida. A pesar del vívido recuerdo de Abel, “la
violencia” no estalló tras la muerte de Gaitán y el Bogotazo como un
polvorín, la verdad es que se demoró en propagarse por el país, hubo
regiones en las que no estalló hasta dos años después del asesinato y en
otras, como la Costa Caribe, no se extendió (Buschnell, 2007). Sobre
el mismo punto, Andelfo Contreras comenta: “Los pájaros mataron
a ese señor, pero todos no tienen que pagar, si uno mataba un liberal,
el liberal se iba desquitar, o el liberal mataba un conservador, o el que
fuera le iban dando, porque ya lo conocían” (2009). Acerca de las
contradictorias relaciones con vecinos que antes fueron “compadres”,
pero que cuando estalló La Violencia se volvieron de pronto enemigos,
Georgina Gómez cuenta:

Ellos por la tarde bajaban comían y se iban a patrullar, pero eso


eran cuadrillas de hombres, como de 30, se reunían entre liberales
y conservadores y mi papá decía “Todos somos humanos y todos
tenemos derecho a la vida, bueno mijos, a defenderse, a ayudarsen
a defender” […] Mi papá desterró esa gente, y solo que nadie mue-
re en la víspera, ni cuando lo amenazan, uno muere el día que mi
dios le tenga la muerte; lo tenían amenazado por eso, porque era
collarejo, porque defendía […] Era tan sectario tan sectario pero a
la hora de la verdad él… como le dijera, él tenía un corazón como
muy noble, él no convenía porque él decía “Ellos son liberales pero
les corre la misma sangre, la sangre mía no es azul, la sangre mía
es roja como la de ellos y si yo tengo derecho a una familia, ellos
también tienen el derecho. (2009)

Al respecto, Doña Mariana dice: “Yo conocí los jefes de los


conservadores, allá los conocí, conocí las fincas, pero libre de que
esa gente iban a ser tan malos” (2009); Guillermo Santofimio, des-
plazado de Calarcá a Bogotá, comenta: “Un señor que se llamaba
Gerardo Masu que después de haber sido un buen vecino fue el
que ayudó a hacerle la violencia a los vecinos de por ahí y se volvió
ladrón” (2009). Andelfo Contreras, quien llegado a Bogotá decide
“voltearse” de conservador a liberal para poder conseguir un empleo

158 Narrativas de memorias y resistencias


en una empresa de servicios públicos, intenta, sin embargo justificar
el destino de su vecino liberal:

Como mi papá fue conservador, yo también he sido conservador.


El vecino en la parte de abajo era liberal pero… pero era un señor
demasiado no educado, él vivía sobresaltao y echando sátiras y todo
eso, mi papá era muy pacífico, no le paraba bolas a los insultos que
él hacía. Se fue formando ya en el 49, el 9 de abril, cuando mataron
a Gaitán, mi papá le tocó favorecerlo a él, entonces le llegaron a él
los conservadores a matarlo y yo no sé qué, entonces él en un salto
voló una cerca que había de alambres, se metió debajo de la cama
donde nosotros dormíamos… “No, aquí no lo hemos visto dentrar,
aquí no ha llegado nadie”, mi mamá se paró en la puerta y no dejó
dentrar. (2009)

Aureliano Rodríguez, quien a diferencia de Abel decide quedarse


en Bogotá, decisión de la que se lamenta debido al desamparo que
como viejo padece hoy en la ciudad, nos narra sobre sus días en el
campo y la estrecha relación entre religión y política que le tocó vivir
en los días de La Violencia en el municipio de San Miguel de Sema:

Los chulavitas que eran como la policía, ellos eran nombrados por
los alcaldes y el cura… El cura era el que mandaba la autoridad…
Mandaba a las veredas a recoger a todos los muchachos y los an-
cianos a llevarlos allá, amarrados como fuera. Primero lo llevaban
a la casa cural y allá llegaban y “Ah usted que usted es fulano de tal
entonces tiene que voltearse”, “—¿Por qué me tengo que voltear?—”
“—Que sí, tiene que voltearse, como es liberal tiene que voltearse a
conservador—”… Tenía un rejo especial el cura, cogía a la gente y
dele juete, porque era él mismo […] Bueno los que podían salvarse
o los que querían salvar la vida, “Sí que me volteo, que no se qué”
“—Bueno ya—” los despachaban, podían irse como fuera para la
casa después de una juetiada de esas todos sangrados todos heri-
dos y con ese refresco de ají en el cuerpo y la cara […] Una señora
preparaba unas tinajas con ají, ella machacaba el ají y lo echaba a
la olla y la cargaba y se iba para el pueblo y llegaba donde el cura,
“Aquí está el remedio”, y lo colgaba en la puerta, delante del cuadro
del sagrado corazón. (2009)

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 159


Años después en la ciudad de Tunja, Aureliano Rodríguez, quien
en su testimonio no expresa ya resentimiento hacia los chulavitas que
persiguieron a su familia por haber sido su padre un policía liberal,
nos comenta sin embargo sobre su reencuentro con el cura de San
Miguel de Sema: “Yo lo ví y tiene uno tan malas y malas energías,
malos pensamientos contra una persona así de ver el sufrimiento tan
verraco de personas, y uno y más mamá” (2009).
Al inicio de este aparte hablamos de sujetos de hechos (presas de
circunstancias inciertas e incontrolables) pero no de subjetividades
(itinerario interior o proyección personal de lo acontecido); si ahora
articulamos esto con la idea de intimidad colectiva, tenemos como
resultado unas comunidades de individuos cuya subjetividad más
que asumir caracteres personales, es compartida en la forma de una
familiaridad de modos de sentir y pensar, un lazo íntimo (familiar)
que junta unos a otros en medio del aislamiento geográfico y social,
aislamiento que les garantiza la seguridad de lo propio pero los condena
a la reproducción de lo mismo, un lazo del cual apartarse conlleva un
drama sentimental en las demás esferas de lo cotidiano, un conflicto
social de sentimientos dentro de la lógica de una familia extensa y tra-
dicional.12 Pero esta intimidad colectiva de las comunidades originarias
de los entrevistados va a estar mediada en el tiempo por las experiencias
propias de cada quien: su escolarización, sus desplazamientos, sus
muertos, sus nuevos amigos y entornos, sus hijos y las nuevas épocas,
y todo aquello que sienten que, a pesar de todo, no ha cambiado, sus
rastros y sus marcas. Acerca del aislamiento, Doña Mariana cuenta:
En una vereda rural del municipio de Paipa, y ahí como no había
forma de comunicarse así rápido pues como a los tres días, mi
papá era muy aficionado a comprar el periódico porque eso había
que bajar los domingos a misa de alguna u otra forma, era como
obligatorio, y a él le gustaba mucho comprar el periódico y cuando
supo esa noticia que mataron a Gaitán, cuando supimos allá ya
habían aquí quien sabe cuántos muertos, ya hacía tres días. (2009)

12 Sobre algunos aspectos psicológicos y sociales de la familia en Colombia, vista por


regiones, cfr. Ardila (1986). Para una perspectiva histórica y de género, cfr. Velásquez
(1995)

160 Narrativas de memorias y resistencias


En el campo el único acceso a la cultura escrita era el periódico,
el ideal de lo escrito circuló más en la forma de noticia que en la de
literatura. Las ediciones dominicales de los diarios nacionales llega-
ron a suplir la carencia de bibliotecas y librerías, y junto con la radio
consolidaron la primera forma de opinión pública nacional, en un país
caracterizado por la incomunicación y el difícil acceso.
Uno de los rasgos que los entrevistados más recalcan acerca de
sus orígenes campesinos, independientemente de la región, es la ge-
nerosidad y solidaridad de la gente del campo, tanto con el conocido
como con el desconocido. Una solidaridad que no solo a raíz de La
Violencia de los años cincuenta, sino también debido a los demás
episodios violentos de Colombia (siglos XIX y XX), ha terminado por
convertirse en hospitalidad13 una de las cualidades por las que es reco-
nocido el colombiano por otros pueblos. Georgina Gómez recuerda:

Junto al patio de la casa pasaba el camino pa’ Roldanillo y la gente


pasaba por ahí, todo el que pasaba mi mamá lo hacía entrar, que
tenga esta tajadita, claro, en pura leche, que no señor que espere
pa’ que almuerce antes de seguir, mi mamá todo mundo que pasaba
hacia entrar pa’ darle comida y aun mi papá también era así y… ellos
cuando tenían su cultivo llamaban la gente del pueblo, vaya suba
esta semana, que hay buena mazorca. (2009)

Guillermo Santofimio, quien se desplaza de Calarcá a Bogotá tras


el asesinato de su padre, quedando al cuidado de otros, compara la
época de su desplazamiento con el presente de los desplazados por el
conflicto armado: “Que lo ayuden a uno a que tome un tinto o coma
este plato de frijoles. No era más, digamos, que lo mas ayudar así que

13 Hospitalidad proviene del latín hospes que significa huésped; de hospes se transformó
en hospitalia que significa “departamento para visitas extranjeras”, y de hospitalia
en hospital que significa “lugar de auxilio a ancianos y enfermos” (http://etimologias.
net/?hospital, consultado el 27 de abril de 2010) En el caso colombiano la hospitalidad
está vinculada a la atención y el cuidado de otros, a la amabilidad y el ofrecimiento
de posada. La tradición campesina de atender bien al que llega se debe en parte
a los desplazamientos continuos a los que han estado expuestos, es un vínculo de
reciprocidad. La hospitalidad resulta ser así una red de solidaridad en medio de la
guerra. Una práctica efectiva para mantener el tejido social

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 161


continúe sus estudios. Yo creo que en ese tiempo a nosotros había
como un poquito más humanismo que ahorita” (2009).
Guillermo habla de humanismo, no de humanitarismo, se trata de
un sentimiento recíproco que no tiene que ver con la vindicación
de derechos o con la demanda de compensaciones. Guillermo no se
asume como un desplazado ni se siente visto así. En este sentido, en
torno a las relaciones personales con el trabajo, visto como un favor
o una cuestión de confianza y compadrazgo, explica:
Es que llegó esa violencia como una maldición, como una cosa para
toda la gente, los trabajadores también que eran gente buena que le
trabajaban a uno por los papás de uno, no como hoy que le dicen
venga le ayudo a esto pero cuánto me paga; en ese tiempo uno iba
y le ayudaba a una persona y lo que a uno le dieran. (2009)

El mutuo reconocimiento familiar, la reciprocidad de los favores y el


compadrazgo fueron tradiciones que tras La Violencia paulatinamente
decaen por la reubicación de las familias, su desaparición, el crecimiento
de las ciudades gracias a la migración y la aparición de nuevas demandas
sociales y labores por parte de los grupos de izquierda, los sindicatos
y las guerrillas, ya en tiempos del Frente Nacional (Archila, 1997, pp.
189-215). En cuanto a las relaciones personales, sobre todo las de
género, el esquema patriarcal de las familias campesinas domina con
sus cuadros de roles, autoritarismo masculino y confinamiento de la
mujer a la esfera privada, según las descripciones tanto de entrevistados
como de entrevistadas. Doña Mariana, quien después se convertiría
en activista y líder de movimientos de izquierda, recuerda sobre su
matrimonio: “De mi papá nos separamos cuando teníamos 3 hijos, mi
papá no nos dejaba salir, no porque sufríamos, [sino] porque yo era la
menor de todas y él fue el que me crió […] Cuando teníamos tres hijos
nos dijo ‘Si van hacer casa háganla ahí cerquitica’” (2009).
A diferencia de Doña Mariana, Georgina Gómez, debido a su
temprano desplazamiento a Bogotá y a la muerte por enfermedad de
su padre, circunstancia que la hace sentir aún más desamparada en
la ciudad, experimenta a lo largo de su matrimonio las consecuencias
de sus esquemas tradicionales que no le permiten corregir situaciones
a tiempo sino que la condenan a repetirlas, particularmente con su

162 Narrativas de memorias y resistencias


esposo a quien define como “un artista de ciudad” en contraste con
“una campesina como ella”:
Yo tuve 4 hijos de él y nunca estuvo conmigo, cuando iba a nacer un
hijo él se iba con otra, él era un hombre pero malo, pues no digamos
malo, porque no era matón, no era ladrón, pero era muy mujeriego,
entoces se iba y volvía cuando el hijo estaba por ahí de un año a
conquistarme, que volvía era un artista mejor dicho completamente,
ji, ji, y yo una boba que cada que llegaba me acomodaba un hijo y
volvía y se iba. (2009)

Acerca del entorno político, tiempo después de haberse inde-


pendizado de su padre para vivir con su esposo, y tras la muerte de
este, Doña Mariana incursiona en los movimientos de izquierda y
compara las actitudes de la gente de las dos épocas a partir del ejer-
cicio de militancia:
No había sapos, uno iba hablando con una persona de confianza y
le iba hablando despacio hasta que se lo ganaba; pero hoy en día la
gente es muy activa porque la gente lo conoce a uno, como ya tiene
idea, entonces se burlan de uno, hoy en día es más maluco, más
peligroso porque lo destapan a uno muy fácil. Pero anteriormente
la gente era más sana, menos vicios. (2009)

Doña Mariana describe a la gente “sana” de antes como aquella


que quizá por falta de experiencia o conocimiento se dejaba convencer
con facilidad, en contraposición a los “sapos” de hoy quienes ya saben
de qué les están hablando, una diferencia educativa que Doña Mariana
termina curiosamente vinculando con los vicios. Luego, en relación con
las condiciones de la juventud de antes y las circunstancias de la actual,
añade:“La cantidad de gente que sale de bachillerato fumando marihuana
y robando eso no es de ahí porque si hay una garantía para trabajar no
había ese problema, pero esta gente qué hace, se dedican a vicio, al atraco,
eso no es vida de jóvenes, la vida de jóvenes es estudiar y trabajar” (2009).

Testimonios: entre la oralidad y la escritura


Doña Mariana ha podido reelaborar partes significativas de su vida
gracias a su contacto con una ideología política que le brindó un

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 163


marco de referencia nuevo para entender algunos sucesos particu-
lares: una explicación posible de la violencia y los desplazamientos
que padeció con su familia. En otras palabras, le permitió darle un
giro más individual, o más sectorizado, a su relato, una subjetividad
no tan dependiente de las creencias y tradiciones de su intimidad
colectiva. Circunstancia que no indica un avance ni un retroceso, sino
simplemente el contacto con otro referente que puede incluso ser
más dogmático que el anterior. No se trata entonces de una escalera
conceptual que va de lo íntimo a lo subjetivo, sino de dos experiencias
paralelas del mundo y las relaciones.
La subjetividad individual y la intimidad colectiva son igualmente
reflejos de la realidad. Sin embargo, como medio de expresión, en la
primera prima lo escrito, en la segunda, lo oral; la escritura posee una
distancia reflexiva (artificio) que la oralidad difícilmente alcanza, y lo
oral supone una pureza emotiva que lo escrito apenas consigue imitar. A
pesar de la importancia de la tradición académica y literaria desarrollada
en los siglos XIX y XX, Colombia continúa siendo un país donde la
tradición oral sigue fundando lo cotidiano y lo cultural; esto tiene que
ver no solo con el peculiar desarrollo de la subjetividad en el que no se
incentivó el ideal de la lectura, sino el de la asimilación del dogma, tanto
en lo religioso como en lo político, a través del sermón, el memorial,
el panfleto y el pasquín, difundidos gracias a las arengas y la lectura a
voz en cuello por parte de los curas en las iglesias y los pregoneros en
las plazas de mercado, quienes por los menos hasta los años cincuenta
del siglo XX se dirigían a un público mayormente analfabeta y devoto.
También hubo periódicos de efímera circulación y existencia entre las
élites del siglo XIX, y de gran tiraje y difusión para el público del siglo
XX, aunque fueron política y moralmente dependientes hasta la mitad
del siglo. Esto influyó en la orientación religiosa, moral y abstracta de la
educación pública, y a su vez determinó las condiciones restringidas de
acceso a la cultura escrita.14 Acerca de estas condiciones, Samuel comenta:

14 Asumiendo la influencia de la oralidad de las culturas indígenas y afros, la preponde-


rancia de esta en la Colombia mestiza tiene también que ver con uno de los primeros
mecanismos de control social del Estado en la Colonia: la Inquisición, una denuncia
ante el tribunal, suponía un proceso de desprestigio social, del que se cuidaba la gente
no dando de qué hablar, el “qué dirán” como mecanismo de control, tiene aquí su

164 Narrativas de memorias y resistencias


Aquel tío que le sigo contando de cuando vivía aquí fue un segun-
do padre, en medio de su ignorancia y le gustaba tomar mucho,
me enseñó muchas cosas de bien, el decía aprenda a ser honrado
y a trabajar que es lo importante […] En esa época no se hablaba
de quinto de primaria sino aprender a leer y a escribir y listo, ya
cuando me vine a los 15 años, ya en la ciudad me fui dando cuenta
yo mismo que tocaba estudiar. (2009)

Gustavo dice: “Yo no estudié, para que le digo, yo fui cuando tuve
hijos que me tocaba llevarlos a la escuela y sé más que uno que estudió,
yo le miro la cara a una persona y de una vez la detallo” (2009). Gus-
tavo no estudió y parece tampoco requerirlo, pues piensa que con su
experiencia le basta para saber lo que necesita. Debido a sus múltiples
desplazamientos, y a una historia de maltratos desde su infancia, ha
llevado una vida en la que sus instintos son mejores consejeros que la
educación que no desea. Su mundo es de decisiones prácticas y rápidas,
las que debió tomar para sobrevivir como chusmero y ex guerrillero.
Gustavo desconfía de su entorno, pues siente que aún lo persiguen,
que corre peligro en cualquier lugar; su experiencia de vida no ha sido
mediada por factores menos inmediatos. No existe como tal un mundo
de Gustavo, existe una reacción de él frente al mundo que ha vivido.
En este sentido, su experiencia no obedece a la vivencia rutinaria de
la idea de subjetividad, en la que la relación del hombre con el mun-
do se mediatiza por la actividad de la conciencia creando los mundos
particulares de cada individuo, el germen de la literatura moderna.
La expresión literaria de la subjetividad es la novela, pues se
constituye a partir de la modernidad en la confesión de esos mundos
íntimos o subjetivos. Sin embargo, en Colombia durante la Colonia la
novela como género fue prohibida, pues era considerada como peligrosa

origen. La denuncia, el comentario y el chisme suplían el papel de la ley escrita, a la


que pocos tenían acceso, y cuyo lema rezaba “Se acata pero no se cumple”, debido
a lo extenso del territorio, la falta de funcionarios y las condiciones sociales diversas.
Además, la Inquisición constituyó el primer escenario de reconocimiento social para
la cultura mestiza: mulatos, mestizos y pardos, gracias a su condición podían entender
distintas culturas e idiomas, y servían de traductores e intérpretes oficiales para los
inquisidores (cfr. Ceballos, 2002).

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 165


socialmente y poco ortodoxa como literatura, es decir, poco controlable
en términos políticos. A pesar de la producción novelística del siglo
XIX, posterior a la Independencia, la novela circuló solo en grupos
selectos, igual que los textos científicos, sirviendo más como vehículo
para el debate ideológico que como obra literaria. En el siglo XX, a
pesar de los esfuerzos de difusión en los periódicos y de la creación de
entes oficiales de promoción de la cultura, solo hasta 1930 se logra un
primer éxito de ventas con La Vorágine. Pero la novela seguirá siendo
un género menor que solo en la Costa Caribe, la región menos afectada
por La Violencia, va a poder dar un giro literario al coincidir con la
tradición oral y el folclor.15
No obstante, la referencia imaginaria de la palabra “novela” va a
estar asociada más a su contraparte oral y visual: la telenovela, una
expresión dramática y conflictiva de las formas de sentir, una mirada
directa al tejido familiar y emotivo de la intimidad colectiva. Abel
nos explica: “Porque venga le digo que yo soy un tipo, que he sido
hasta muy poco novelero. Y cuando la persona es muy novelera, hay
muchas cosas, muchas partes de la situación que no se comprenden,
no se ve” (2009).
A la asociación de la palabra “novela” con el drama televisivo, y,
por ende, con el conflicto emocional, Abel le otorga un significado
negativo: una falta de lucidez para comprender o solucionar las si-
tuaciones cotidianas. Situaciones en las que pareciera que la lógica
del lenguaje (discusión) y los roles propios de cada conflicto se im-
ponen a los personajes, quienes terminan siendo poco más que un
instrumento, un escenario, para que el conflicto dé inicio, alcance su
clímax y tenga un desenlace predecible, sin que puedan adueñarse de
la cadena de sucesos ni del sentido de las palabras que los acompañan.
Es decir, un conflicto en el que los personajes no son protagonistas
de sus dramas sino que se limitan a padecerlos, como si las palabras
y la lógica de lo dado impusieran no solo el principio y el fin de la
escena, sino además la articulación y el sentido. Los testimonios de

15 Para Williams (1991), un rasgo de las culturas orales es que son acumulativas, redun-
dantes, conservadoras, cotidianas y enfáticas.

166 Narrativas de memorias y resistencias


los entrevistados nos revelan una estructura similar: una cadena de
hechos que se padecen y unas descripciones que difícilmente los hilan
en un sentido más allá de lo dado.
Si para concluir este aparte recogiéramos conceptos como: sujetos
de hechos, intimidad colectiva y cultura oral, e intentáramos articularlos
en torno a los entrevistados y sus testimonios, desembocaríamos en
una perspectiva cercana a la de Foucault cuando reformula las ideas
modernas de sujeto y discurso para adaptarlas a las realidades de las
culturas de masas, y habla de actores para reemplazar el término su-
jeto y su uso como dueño del lenguaje y su sentido.16 Los conceptos
empleados nos han servido para aproximarnos a los entrevistados en
cuanto personajes y a las entrevistas en tanto testimonios: su intención,
sus destinarios, su objetivo, sus supuestos históricos, etc., tejiendo un
posible vínculo entre dieciocho historias disímiles en experiencias,
región, género, interés político y expectativas, que nos permite com-
parar las distintas consecuencias que la época de La Violencia tuvo
en las mentalidades, identidades e imaginarios.

Distintas regiones, distintas historias, distintos rostros

De cómo comenzó todo: la parte difícil

La violencia principio en el año de 1948 cuando mataron a Jorge


Eliécer Gaitán, yo tenía más o menos 12 años, recuerdo tanto

16 Foucault niega al sujeto como sujeto del lenguaje y pregunta por el ser de ese lenguaje
que lo constituye. El discernir el ser del lenguaje nos impedirá afirmar la existencia del
sujeto como fuente de la individualidad, como poseedor del sentido de las palabras. El
sujeto responsable del discurso se deshace hasta convertirse en una variable gramatical
(cfr. Foucault, 1993). Gadamer lo ve desde la hermenéutica: “La tradición histórica no
tendría en modo alguno nuestra atención si no tuviera algo que enseñarnos y que no es-
taríamos en condición de conocer a partir de nosotros. La frase ‘un ser que se comprende
es lenguaje’ debe entenderse en este sentido. No hace referencia al dominio absoluto
de la comprensión sobre el ser, sino que por el contrario indica que se experimenta el
ser no allí donde algo puede ser producido y por lo tanto concebido, sino solo allí donde
meramente puede comprenderse lo que ocurre” (1993, pp. 18-19).

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 167


que en mi tierra (La Tebaida, Quindío) eso fue una fiesta para
nosotros, porque habían unos palos de mango en la plaza del
pueblo, en ese tiempo no los dejaban tocar la policía, ese día fue
el show de nosotros coger los mangos mientras que estaban pe-
leando los liberales y los conservadores. Nosotros los muchachos
felices, a nosotros no nos importaba que la policía matara gente.
(Rojas, 2009)

Los sucesos que dieron inicio a La Violencia hacen parte de los


recuerdos de infancia de los dieciocho entrevistados, va a depender
del tipo de infancia que cada uno tuvo y de la intensidad y la duración
de sus sufrimientos, el énfasis o no en ciertos detalles. En este caso,
Concepción Rojas, quien no recuerda haber padecido graves maltratos
en su infancia, y quien decidió marcharse joven de su casa, recuerda el
inicio de La Violencia como una ocasión propicia para robar mangos
mientras la Policía mataba gente. María del Carmen, en cambio, lo
recuerda asociado a la escuela y la pólvora:

Los liberales entonces hacían unas señales en los sitios santos,


tocaban un cuerno grande y ese cuerno se oía hasta el otro lado,
eso era una señal, cuando había mucho peligro echaban esa…
pólvora, esa que tiene una cañita […] Prohibieron para las fiestas
echar voladores, porque eso se volvió una señal crítica, si echaban
un volador era como decir señal amarilla, si echaban 2 ya era señal
naranja, si echaban 3 era ya peligro que estaban ahí ya quemando,
entonces nosotros, hartos niños en la escuela, cuando la profesora
oía el cuerno ahí mismo ponía atención, si echaban un volador, la
señal de que algo iba a pasar, cuando ya echaban tres rápido para
sus casas. (2009)

Tulia, aunque ubica los sucesos también en su infancia, los re-


cuerda desde su situación de esposa y madre a los trece años:

Me case de trece años, y allá llegó la violencia que fue en el cuarenta


y ocho... y fue mucho sufrir porque yo ya tenía como tres o cuatro
hijos, y nos tocaba dormir en el monte, nos quemaron la casa,
se llevaron todos los animales, y sufrí mucho, y de allá entonces
pasando eso, salió la… en ese tiempo no se llamaba guerrilla ni
nada de eso, se llamaba era la chusma, ja como el cuento de la

168 Narrativas de memorias y resistencias


chusma, entonces esto nos dejaron a brazo cruzado, nos fuimos
pa’ la montaña, allá viví bajo una cueva como dos meses, con mis
dos o tres hijos chiquitos. (2009)

Por otra parte, los recuerdos del comienzo de La Violencia están


atados como es obvio al tema de lo político, tema que los entrevistados
que no ejercieron un activismo partidista en la época, ni guerrillero
después, describen a partir de lo cotidiano, de lo que significó la
oposición del rojo contra el azul en las rutinas de vida y en la forma
de relacionarse con los otros: “Cuarenta y ocho el nueve de Abril, que
de ahí para acá fue cuando ya dependió la violencia política de los
colores” (Pérez, 2009), “Leticia, ella era profesora y estando en todos
esos despelotes ella se ha puesto un vestido blanco con un cinturón
rojo y el propio papá dio orden de que le mocharan el cinturón rojo,
en plena calle le mocharon la correa” (Doña Mariana, 2009), “Llegó
una violencia entre liberales y conservadores que hermano eso no
podía ir usted a Génova con corbata roja porque ahí mismo a matar
ese tipo, no podía ir un conservador con corbata azul porque también
lo mataban y eso los lunes bajaban en esas mulas de a dos a cada lado,
cuatro campesinos, ¿Quién los mató? La chusma, la chusma eran los
liberales” (Contreras, 2009), “Cuando eso también los presidentes
peliaban allá la cucharita; y se montaba un liberal, los conservadores
taban, si se montaba un conservador los liberales estaban bravos. De
todas maneras así no hubieran matado a Jorge Eliécer Gaitán, la guerra
había habido” (Abel, 2009).
Para Abel, el asesinato de Gaitán es un acontecimiento episódico,
desde su vivencia el país ya estaba dividido por la forma tradicional
de hacer política, o de “peliar la cucharita”, a través del enfrentamien-
to reiterativo y dogmático entre los dos partidos; una tradición que
se remonta a las numerosas guerras y levantamientos del siglo XIX
y al inicio del XX con la Guerra de los Mil Días, y no cesa hasta la
década del cincuenta con La Violencia. El final de este fenómeno,
del enfrentamiento político-religioso, va a coincidir con el inicio del
enfrentamiento político-social entre las guerrillas de izquierda y el
Estado colombiano. No se tratará ya de un conflicto entre vecinos y
parroquianos que vindican un partido y/o una Iglesia, sino entre la
oficialidad y la insurgencia, entre el pueblo y la élite.

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 169


A diferencia de Abel, quien se reivindica campesino y a quien no
le gusta hablar de política, Pedro Montes, conservador jubilado de la
Policía y quien contó con un respaldo económico mayor por parte de
su familia, dice al respecto: “Si no matan a Jorge Eliécer Gaitán, en lo
que yo oía, en Colombia estaba mandando el comunismo… porque
él era ampón, él era comunista… y a él, no lo mataron como dicen
los conservadores, lo mandaron a matar los liberales, como hicieron
ahorita con Galán” (2009).
Otra visión tiene Carlos Gómez, quien fue desplazado de Tolima
a Cundinamarca por La Violencia; luego a Santander por la lucha
guerrillera, y de ahí a Bogotá donde se vuelve líder sindical y recibe
una formación ideológica como militante de izquierda: “Y por ese
motivo es que lo asesinan, porque es que estaba buscando el problema
de que hubieran igualdades; entonces al matar a Jorge Eliécer Gaitán,
ellos pensaron que la situación iba trancar ahí, entonces se viene el
problema de que uniforman gente, arman gente de la delincuencia”
(Gómez, 2010).
Para Carlos Gómez la diferencia entre soldado, guerrillero y de-
lincuente, y la inclusión de estos últimos en el enfrentamiento es lo
que marca el verdadero inicio de La Violencia. Cuando los delincuen-
tes se uniforman de “pájaros”, “chusmeros” o soldados, la violencia se
torna indiscriminada, deja de ser un asunto político y se convierte en
bandolerismo y barbarie. Ligándolo más con el presente, pero desde
una posición liberal, Concepción Rojas afirma:

Laureano Gómez se ganó la elección fue a base de fusil, entonces


qué y quién le iba a decir que no. Así fue entonces la política; lo
que pasa es que hoy en día, hay un poquito… digamos un poquito
de libertad para varios entes políticos. Sí, porque fíjese usted, eso
es como cuando botan una bomba de colores al aire: ¡Uzzz! que
pasa la bomba, bota estrellas, pa’ allá, pa’ aca, así le pasó al partido
liberal y al conservador, se explotó y nacieron muchos partidos
alrededor, entonces el gobierno está un poco frenado, porque le
nacieron muchos movimientos y al nacerle muchos movimientos
el gobierno tiene que empezar a aflojar un poco, o apretar como
dijo Uribe, “Mano firme y corazón blando”; entonces, eso pasa, eso
he notado en los pocos conocimientos políticos que tengo. (2009)

170 Narrativas de memorias y resistencias


De cómo era todo cuando La Violencia comenzó
Era delito ser una persona conservadora, a nosotros nos tocó que
irnos para el monte, y yo casi nazco en el monte, huyéndole al go-
bierno porque si no nos perseguían el ejército, la policía, que era
policía agitadora de Enrique Olaya y Alfonso López Pumarejo […]
Mandaban al ejército a matar a conservadores desde lo que decían
que vivía julano de tal, había que matarlos y le mandaban una pa-
trulla del ejército, era una matanza investigadora. (Montes, 2009)

Pedro Montes habla de liberalismo y conservatismo, del Ejér-


cito, la Policía y el Gobierno, pero no habla en términos de Estado.
Pedro es conservador, en este sentido los entrevistados que tuvieron
una militancia o una persecución por su filiación partidista hablarán
sobre la época más en términos de Gobierno o de color político; pero
aquellos que no tuvieron una filiación clara o que después participaron
en movimientos de izquierda, hablarán más en términos de Estado
y sociedad. Para los primeros, la filiación partidista es algo que sigue
influenciando sus actitudes y juicios políticos; para los segundos, el
partidismo queda como algo que hizo época dentro del Estado. Recor-
dando su infancia, Georgina Gómez nos cuenta acerca de su primer
contacto con el partidismo de los cincuenta:

Yo una vez me hice dar una pela de mi papá porque uno de chiquito
es muy metido, yo fui le dije ja… pues claro Gómez tenía que ser,
¡ay padre mío!, un niño hablar que Laureano Gómez era un asesino
tremendo, el culpable de todo ese problema, entonces yo, Gómez
tenía que ser vendito, me cogió mi papá y me dio una pela que casi
me mata, él era de esos hombres bravos, él tenía un rejo tieso de
cuero de res, él le hacía nudo en las puntas haciendo 2 correas y en
cada punta tenia uno ese rejo […] ¡Ay! casi me mata ese día por
haber dicho eso, y yo que Gómez tenía que ser, ¡ay dios mío, uno
muchacho! (2009)

No solo en su infancia, que vivió en El Dovio (Valle), sino a lo


largo de su vida el contacto que Georgina va a tener con lo político será
indirecto, a través de su padre o de su esposo, debido al confinamiento
a la esfera privada (hogar, hijos, etc.) que suponía para una mujer ser
parte de una familia campesina de tradición patriarcal. Su contacto con

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 171


lo público tendrá el filtro de los hombres de su familia y sus filiaciones
dependerán de ellos. Caso contrario al de Doña Mariana, de proceden-
cia también campesina, pero de familia con tradición matriarcal (de
Antioquia), quien tras La Violencia se vincula a la guerrilla y asume
una ideología distinta a la de su familia.

Sin embargo, en uno y otro caso, así como en la mayoría de tes-


timonios, la infancia y la figura del padre están asociadas al maltrato.
Para los entrevistados el maltrato es físico, el maltrato psicológico es
apenas enunciado pero no ejemplificado; cuando quieren hablar de
maltrato narran detalladamente una serie de castigos violentos, es
decir, aquellos en los que el dolor infringido no es proporcional a la
ofensa o a la violación de la norma (desobediencia).

Al respecto, Georgina Gómez empieza diciendo “Yo una vez me


hice dar una pela de mi papá porque uno de chiquito es muy metido”
(2009), pareciera que en su caso la violencia del castigo está justifi-
cada por ser todavía una niña, por no saber aún bien lo que se debe
hacer y decir, condición que el adulto (padre) ya ha superado y tiene
la responsabilidad de corregir con violencia desde la autoridad que
le confiere su experiencia; Georgina continúa: “¡Ay! casi me mata ese
día por haber dicho eso, y yo que Gómez tenía que ser, ¡Ay, dios mío,
uno muchacho!” (2009). La paternidad, la experiencia y en últimas la
tradición familiar, legitiman para Georgina la autoridad violenta de
su padre, así como la propia aceptación del castigo excesivo da lugar
al respeto y al temor que le profesa; Georgina se deja castigar violen-
tamente en virtud de una tradición que mezcla y confunde el miedo,
el respeto y la autoridad.

En este sentido, la aceptación de la corrección o castigo no tendría


por qué justificar la violencia, como tampoco la simple tradición y la
costumbre legitimarían la autoridad. Sin embargo, al estar la autoridad
justificada en la mera tradición, sin otro referente que la explique o
verbalice a través del diálogo, de los pactos o las normas de mutuo
cumplimiento, la socialización del respeto a tal autoridad tendrá ne-
cesariamente que ser violenta, es decir, no por reconocimiento de su
razón en el ejercicio de deberes y derechos, o del cumplimiento de los
acuerdos comunes, sino por sometimiento a una voluntad personal

172 Narrativas de memorias y resistencias


que impone su arbitrio sobre las demás, una socialización donde no
es el respeto a la autoridad el que legitima la corrección, sino que es
esta, a manera de castigo violento, la que se convierte en el vehículo
para lograr el respeto y justificar la autoridad.
Se origina entonces un código ambivalente en el que el respeto se
convierte en amor y miedo a la vez, inhibiendo las posibles respuestas
que pudieran explicar o restringir el abuso de autoridad; de igual forma,
al estar sometida más al capricho personal que a normas previsibles, la
autoridad se torna impredecible: no se sabe qué tipo de castigo esperar
y por qué, o en cuál nueva violencia puede terminar un arrebato o una
pérdida de control del padre. Este tipo de autoridad no propicia esque-
mas sociales de confianza sino que genera sentimientos personales de
incertidumbre con respecto al entorno y al futuro, pues no se apoya
en reglas con las cuales se puedan prever las sanciones adecuadas a
las propias faltas, dando lugar a que las primeras experiencias sociales
queden filtradas por el miedo y la desconfianza. En el caso de los en-
trevistados, la violencia física del castigo, al parecer desproporcionada
con respecto a las faltas que puede cometer un niño, no es significativa
en términos de corrección, pues no sirve para explicitar la falta con
respecto a la norma, no edifica una lección simbólica de conducta, sino
que queda sin verbalizar como un evento traumático que no se desea
padecer de nuevo, un miedo al castigo, mas no una conciencia de la
falta y menos aun de la norma.17 Pero no solo la familia reproduce
tradiciones de maltrato, la escuela es otro escenario:

17 Al respecto, una investigación realizada en Bogotá sobre la forma como niños de


distintos estratos dibujan el castigo resulta reveladora: los niños de estratos 4, 5 y 6
dibujan primero la infracción cometida, luego los parlamentos de regaño de los padres y
finalmente el castigo impuesto (se trata de un proceso donde el castigo está fraccionado
por lo verbal, haciéndose consciente y simbólico); en cambio, los niños de estratos 1 y
2 no dibujan la infracción sino el castigo, que en su caso está asociado a una amenaza
y a la imposición de dolor (dibujos de correas, palmadas, palos), se trata de un proceso
donde el castigo no empieza con el reconocimiento de la infracción, sino con el miedo
a la sanción y con la amenaza como antesala del dolor. Este tipo de castigo genera un
patrón de socialización donde la autoridad del padre supone una pérdida de control a
la hora de sancionar (maltrato), que se convierte en fuente de miedo y angustia (auto-
ritarismo) (Tabares, 1998).

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 173


Si no llevaba las tareas, porque era todo memorizado, entonces lo
arrodillaban en un ladrillo, echaban un montón de arveja o maíz y
ahí lo arrodillaban a uno hasta cuando hacía la tarea […] Cuando
eso los padres eran de una rigidez, mejor dicho la educación que
había era rígida, uno temblaba ante los papás cuando no hacía las
tareas, cuando no estudiaba porque en ese entonces mandaba la ley
de de la sangre, la letra con sangre entra. (Contreras, 2009)

Los soldados le lavan el cerebro bien, y les dicen hagan esto así y
así, lo otro y punto, y uno se vuelve un minus como dicen, no piensa
nada, y le dicen a uno personalmente así sea su mamá pero dele,
eso no ponen a decirle que compasión con nadie, señor háganle,
y allá habían cabos y sargentos, malos los malparados, le ponían
un chino de doce años o de trece y lo mataban, lo mataban porque
era liberal […] La vida militar mía, para mí fue buena, porque uno
muchacho no le importa a uno combatir, en ese tiempo no habían
guerrillas sino la chusma […] Pagué servicio de 16 años, porque
no les gustaba llevar gente liberal para el ejército, entonces llegó los
tipos, los del pueblito, “Ah usted es conservador”, “No pero es que
yo tengo 16”, ahí fue cuando me arreglaron la cédula, o la partida
de bautizo con más años para poder que me llevaran al ejército.
(Rojas, 2009)

Los testimonios de maltrato en las escuelas y en las institucio-


nes de adiestramiento militar: Ejército, la Policía, la guerrilla, etc.,
son abundantes y repetitivos. En este sentido, cabe recordar que los
símbolos de dolor se consideran, no solo en Colombia, sino en la ge-
neralidad de las sociedades occidentales, como mecanismos adecuados
para la reposición del orden social (Nills, 1984, citado en Tabares,
1998, p. 286). La necesidad de creación de dolor (castigos, sanciones,
etc.) constituye un proceso de socialización que forma parte de los
materiales culturales de cada sociedad. Los materiales culturales son
aquellos referentes que en un momento dado permiten o impiden
crear alternativas frente a la realidad; en el caso de tradiciones rígidas
como la del maltrato, a menos de que se les brinden otros referentes
a los niños, estos no podrán imaginar a futuro alternativas a sus
patrones de crianza, y terminarán reproduciendo la violencia en el
trato con sus hijos.

174 Narrativas de memorias y resistencias


Más de la mitad de los entrevistados recordaron la infancia como
un periodo hostil, donde vivieron una cadena de maltratos: en el ho-
gar, la escuela y el entorno, además de una falta de conciencia sobre el
maltrato mismo: no existían denuncias al respecto ni la idea clara de
un Estado que pudiera proteger su integridad.18 Este vacío reforzó la
tradición de autoridad arbitraria (autoritarismo), que al auspiciar el
miedo y la prevención terminó minando la confianza colectiva en el
entorno: es decir, rompió los vínculos interpersonales de fiabilidad,
base esencial de las relaciones sociales lo que supuso también la quiebra
de lo público y el arrinconamiento de los sentimientos de confianza al
plano de las relaciones privadas o familiares, circunstancia que debi-
litó los demás tejidos sociales y sirvió de escenario para la repetición
cíclica de la violencia al obstaculizar la construcción de respuestas
colectivas o alternativas culturales. Sobre la violencia en el entorno
Carlos Gómez cuenta:

Coger mujeres embarazadas y sacarles los fetos y asesinarlas, matar


los fetos así con bayonetas, matar niños por ahí de dos años, peque-
ñitos, en ese tiempo había una vaina que llamaban bayoneta calada,
que era un chuzo así y se la metían al fusil, eso era del ejército, de
la policía, eso lo utilizaron ellos. (2009)

Por su parte, Georgina Gómez recuerda:

Le regaban gasolina por debajo de las puertas, le prendían candela


para que la gente pudiera huir y ahí los cogían y eso… eso, cuando
ya fuimos los tenían todos en hilera macheteados [...] Cuando en
medio de eso voló fue mi papá vio que lloraba un niño y miró y
había una niña, de un añito por allá donde picaban caña para los
caballos, pa’ los marranos, arrastrándose con todas las tripitas por
fuera y… eso cuando se arrastraba, se le pegaba todo ese bagazo
de la caña. Cogieron un señor lo mataron, lo pelaron, le sacaron

18 Jimeno (1998) documenta una experiencia similar con 264 desplazados en Bogotá, de
los cuales la mitad describió su infancia como un periodo violento; circunstancia que hoy
hace de ellos adultos tristes y nerviosos: tristes debido a la desconfianza y la inseguridad
que no les permitieron constituir círculos sociales amplios, y nerviosos por la prevención
frente a la pérdida de control o desbordamiento de la autoridad.

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 175


todo el cuero, toda la cara y sabe que le hicieron así encuerado le
pusieron un tabaco en la boca. Y luego así pelao lo sentaron en la
orilla de una quebrada. (2009)

En los relatos de Carlos y Georgina la violencia está asociada con


la vulnerabilidad de la gente, más allá de su género o edad, y con la
impunidad de los bandos que parecen competir en brutalidad. Cuando
la vulnerabilidad empieza a hacer parte de los hechos rutinarios es
porque se han desestabilizado las estructuras que daban sentido a
los lazos colectivos y a la vida en común (Brinkmann, 2002, citado en
Tabares, 2004, pp. 32-34), la violencia ha irrumpido en lo cotidiano
y en las relaciones trastocándolas o invirtiéndolas sin dejar espacio
para una elaboración consciente del día a día, para lo que sería un
posible retorno a la normalidad de las rutinas; en este contexto, la
impunidad constituye el mayor obstáculo para que los eventos cobren
algún significado, pues esta valida la ausencia de sentido del acto
violento y lo legitima creando un nuevo marco de referencia cultural.

La autoridad arbitraria, el maltrato, el respeto producto del


miedo, la impunidad y las condiciones sociales de la época (trabajo
infantil, orfandad, pobreza) confluyen en un escenario que dificulta
la elaboración de alternativas culturales al nuevo marco de referencia
colectivo: el de La Violencia. Estas circunstancias, sumadas al despla-
zamiento y a la pérdida de las redes sociales locales, determinan que la
mayor parte de los entrevistados hayan tenido que sacrificar las etapas
de formación del carácter y búsqueda de identidad, propias de los
cambios físicos y sicológicos de la infancia y la adolescencia, además
de la necesidad natural de socializar con sus contemporáneos, crear
comunidad y aportar en ella, todo esto para darle paso a una adultez
temprana, fruto de las circunstancias. En este sentido, se pierde la
diferencia entre infancia y adultez.

Concepción Rojas nos cuenta: “El Santandereano tenía como


objeto regalarle al ahijado, si era un varón, ¡el ajuar era el revólver!
Para que el hijo se defendiera” (2009). Por su parte, Pedro Pérez dice:
“Ella cosía para las escuelas los uniformes y todo eso, y para la gente así
civil, y nosotros, en la escuela porque nosotros la mayor parte vivíamos
era en la escuela, porque habíamos cinco en la escuela y el resto ya los

176 Narrativas de memorias y resistencias


que podían trabajar, a trabajar por ahí, cuando eso si permitían que el
niño trabajara” (2009). Y Aureliano Rodríguez cuenta que “Fue a los
7-8 años, ya me vine para Bogotá porque ya no… no podía, a uno lo
perseguían como si fuera una persona ya mayor de edad, o se iba uno
con ellos o nos mataban” (2009). Por último, Gustavo afirma:

Hay cosas que uno todos los días se levanta y están ahí en la cabeza,
pues yo quedé huérfano muy pequeño, de ocho o nueve años, yo
me fui de mi casa a muy temprana edad […] Mas o menos unos 14
o 15 años, a esa edad ya era una persona grande, ya era un hombre
completo, porque hoy en día un muchacho de 18 años es un niño
todavía, en ese tiempo yo viví eso de estar uno trabajando, y llegaba
el ejército y venga para acá, lo uniformaban y le ponían un fusil y
al batallón. (2009)

Curiosamente, después de La Violencia el Estado no los va a tratar


como sujetos históricos, es decir, no los va a reconocer en términos
de deberes, derechos y reparaciones efectivas, sino desde una postura
paternal de perdón, de comprensión de sus crímenes y barbaries, como
si se tratara de niños grandes que no merecen ser escuchados pero
tampoco perseguidos, quedando sin una voz y sin una identidad que
dé cuenta de su historia en el conflicto: en rigor no serán ni víctimas ni
desplazados. Abel nos cuenta sobre su vida después de La Violencia:

Ellos se quedaron con las tierras. Ningún campesino, de los que


tenían… del Opón para allá, no hay tipo que diga “Yo tumbé esta
montaña y aquí estoy”. Toda esa gente salió. Y entraron fue mafiosos
[…] Esa gente que descubrió esas tierras, que se mataron tumbando
aquel palo allí a hacha, esa gente no vive, ya no viven ninguno, o si
viven, tan por ahí arrimados, pidiendo limosna, puai mendigando
el pan. Y aquel que vivió, que supo vivir, vino le quitó lo que tenía
y allá ta viviendo bien la vida, en la tierra de él. Definitivamente
eso es lo que, lo que hace la vida. (2009)

Acerca de su relación con el Estado después de La Violencia,


Guillermo Santofimio dice: “Nunca del gobierno hemos sentido, tal
vez usted se ha dado cuenta, que nunca hemos recibido una panela,
nunca, todo lo que lo que yo me he puesto, lo que me he comido

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 177


antes con mi mamá y después con ustedes, todo ha sido ganadito
trabajandito, poquito, pero ganadito” (2009).
Pedro Pérez recuerda: “Tocó fue entrar a una colonización que
era allí en Peroles, porque eso era tierra baldía que venía enmontada,
entonces nosotros nos pusimos a colonizar y a sacar arroz, duramos
dieciocho años sembrando arroz, hasta que al fin ya me hice a una
finca” (2009). Y Gustavo cuenta que: “Uno veía que ya no lo dejaban
trabajar, pues ya le tocaba coger otro rumbo, y ahora la gente busca
es la ciudad, porque uno iba a coger para el pueblito pero allá estaba
peor, uno no podía salir a la calle porque la policía lo cogía y hasta
luego, póngale la firma que la gente se desaparecía y muchas mujeres
quedaban viudas” (2009).

De cómo comenzó todo: la parte menos difícil


Así como las cadenas de maltrato y arbitrariedad hicieron parte
de las experiencias de crianza y socialización de la mayor parte de
los entrevistados, también hubo en algunos casos otros referentes
culturales que bajo distintas tradiciones, no ya las de la arbitrarie-
dad y el miedo, sino las de las buenas maneras (“caballerosidad”), el
temor de dios y la educación profesional19 sopesaron o influyeron

19 Para Ardila (1986) el ideal de las buenas maneras, tiene que ver con el de desarrollo de
Colombia como país de ciudades y municipios, en el que los ideales de conducta han
estado asociados a lo urbano como lo civilizado, lo culto. En este sentido, las buenas
maneras han hecho parte del protocolo social en las ciudades, sobre todo entre las
clases altas, que generalmente terminan por convertirse en el referente de las demás;
también el buen uso del lenguaje ha hecho parte de estos ideales cultos, que han
llegado a confundirse con el significado de cultura en la forma de una valoración de
la gramática, las artes (poesía), la política (retórica), pero no así de la ciencia, de los
oficios prácticos, ni de la investigación que podría replantear costumbres. La preserva-
ción de los ideales cultos se explica, según Ardila, por el aislamiento interno y externo
del país que hace que se refuerce lo autóctono en la forma de una melancolía por el
pasado, una tendencia atávica que al carecer de otros referentes se cierra sobre sí ge-
nerando violencia frente a los cambios (dogmatismo). En línea próxima, para Jaramillo
(2005) las buenas maneras obedecen a una educación religiosa que hizo énfasis en
valores intimistas, que han servido para definir éticamente los comportamientos de

178 Narrativas de memorias y resistencias


de otro modo en las experiencias de crianza, infancia y juventud.
Guillermo Santofimio nos cuenta sobre su padre: “Él no podía ver
que a uno le picaba una pulga porque ya estaba encima a ver qué le
pasaba, era extraordinario. Ver que a uno se le llevan el papá y uno
pequeñito pues llorar, uno lloraba, mi mamá se trastornó, es que
uno no lo puede volver a contar, porque, es que ese recuerdo es, es
grande [llanto]” (2009).
Doña Mariana, desde su experiencia como madre, nos dice: “Uno
cría y educa a un hijo, pero de gustos si no, porque nacen con una
conciencia buena o mala, hay que luchar mucho por esa conciencia
mala porque si la percibe un hijo como el pollo pelietas de la casa,
travieso, a ese no hay que darle odio hay que darle mucho amor para
sacarle esas ideas” (2009).
Uno de los ideales culturales más arraigados para ascender en la
escala social es el de la obtención de un título universitario.20 Entre
las profesiones más anheladas, desde la Colonia y hasta nuestros días,
se encuentra la que hoy conocemos como Derecho, carrera elegida
con miras no solo a su ejercicio profesional, sino a la posibilidad que

los individuos pero no para causarlos, pues los valores no estuvieron asociados con
el cumplimiento de ley ni con lo público y no sirvieron para erigir el comportamiento
colectivo. En este sentido, los colombianos incumplen sus leyes, circunstancia que no
supone que se consideren deshonestos, pues los valores están referidos a lo privado
más que a lo público. Esto terminó convirtiendo a las buenas maneras en el referente
de la ética pública: una valoración social de conductas externas que tuvo que recurrir
a manuales técnicos que las detallaran paso a paso (La urbanidad de Carreño), pero
no a una ética que emanara de compromisos colectivos llevados a cabo por convicción
pública en esos valores.
20 Lo que en la Colonia significaban los títulos nobiliarios y los certificados de blancura para
ascender en la escala social y acceder a los cargos públicos, después de la Independencia
lo representaron los títulos universitarios, la carrera militar o el sacerdocio. Sin embargo,
hasta la década del sesenta, en el siglo XX, el acceso a la educación estuvo restringido a
una minoría de clase alta, situación que determinó ya no solo una distancia económica y
de oportunidades sino una diferencia cultural entre las clases, diferencia que contribuyó
a definir lo que hoy se entiende por pueblo colombiano, una acepción que indica más
la pertenencia a una clase social que un principio nacional o cultural común. En este
sentido, el título profesional es buscado con el fin de “llegar a ser alguien en la vida”.

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 179


brinda de adentrarse en el mundo de la política y la burocracia. Esto
indica que la concepción de la educación, del conocimiento y de su
praxis, continuó siendo de orden ilustrado, cuyo culmen es el hombre
sabio o culto, el hombre de las luces, pero no el científico.21 Guillermo
Santofimio comenta: “El ideal de uno que uno estudiara algo para
entrarse en actividad, para trabajar y ganar mejor, estar uno mejor
porque el ideal era entrarme a la vida política (como abogado) uno
entra en todo, el abogado se entromete en toda la vida social de la
sociedad” (2009)

Sobre la forma de enseñar y la pedagogía Tulia dice:

La enseñanza en ese tiempo era que mientras no se aprendiera una


tarea no pasaba uno a la otra, pero ahora, es tantas tareas, tantas
¿cómo llaman? tantas materias y no se aprenden todas, sino ape-
nas… eso no, nosotros aprendimos así lo poco o mucho, hasta que
no aprendíamos cualquier número, cualquier cosa, no pasábamos al
siguiente número. Yo me acuerdo que yo duré muchos días bregando
a hacer el número dos, y yo no era capaz de hacerlo y mientras no
lo aprendí, ya me pasaron a otro, era muy distinta la enseñanza en
ese tiempo. (2010)

No obstante, para la mitad de los entrevistados, los patrones de


crianza de su infancia garantizaban más el orden y la disciplina indi-
vidual y colectiva, en este sentido validan en sus testimonios el adagio
popular: “Todo tiempo pasado fue mejor”. A pesar del maltrato y el

21 La educación religiosa, la teología, el énfasis en la gramática y la urbanidad impidieron


el desarrollo durante el siglo XIX de la idea de ciencia. El proceso de independencia
interrumpió el primer esfuerzo científico: el de la expedición botánica, encabezada
por Mutis, quien al ser sacerdote, médico y botánico, representaba el ideal ilustrado
del hombre de conocimiento; solo hasta 1852, Codazzi retomaría la tarea cartográfica
emprendida por Mutis y los ilustrados gracias a un contrato con el Gobierno; luego,
tras la fundación de la Universidad Nacional la ciencia será entendida desde la me-
dicina y las matemáticas, pero conservará un ideal abstracto de ciencia pura, no uno
investigativo de praxis, se tratará de un discurso teórico para especialistas, lejos de
la experiencia cotidiana de la gente, y que en principio no buscará lo específico, sino
las explicaciones generales: una ciencia discursiva, una teología empírica (Bejarano,
et al., 1998).

180 Narrativas de memorias y resistencias


autoritarismo paternos, expresan su malestar con respecto a la falta
de control de la juventud actual, a la incapacidad que padecen como
padres o abuelos de corregir como antes. Aunque no todos extrañan la
aplicación de castigos violentos, sí añoran el sentimiento de autoridad
familiar (miedo) que se generaba a partir de ellos, sentimiento que
sienten se ha perdido por los nuevos mecanismos de castigo y sanción.
Pedro Montes, conservador jubilado de la Policía, opina: “No había
esa corrupción que hay ahora, que hay que ponerle un espía a la niña
o al niño y toda esa cosa, sino que todo lo había que hablar con los
padres continuamente y obedeciéndoles, lo que ellos dijeran y toda
esa cosa” (2009).

Al provenir de tradiciones campesinas, unos de los aspectos que


van a sentir ajenos en su cotidianidad en las ciudades serán los modis-
mos y el trato de la juventud urbana, así como sus hábitos mucho más
relajados en comparación con las costumbres del campo y el trabajo
de la tierra. Georgina Gómez nos cuenta: “En ese tiempo no se decían
palabras feas, como las de hoy en día, sino que decían hijuepadre o
hijueperra, era la palabra mala tenían” (2009); “Yo le decía a mis hijos
‘Ustedes la han pasado de locha, porque es que ustedes no han hecho
nada de lo que me toco a mí’” (2009).

También la conciencia política de los jóvenes ha cambiado, Con-


cepción Rojas lo ve en sus hijos, quienes han crecido en la ciudad: “Ellos
(hijos) sí son conservadores, eso si no ha podido salir de la cabeza de
ellos, pero supongamos, los hijos de uno ya entienden y cuando nos
ponemos a conversar ellos si… cuando hay que voltear pa’ otra parte,
porque estos malparados no…, le dicen al papá, ‘no ve ese señor lo
que hizo con nosotros’” (2009).

La formación de una opinión propia y al cabo de una opinión


pública depende muchas veces de la posibilidad de sentirse parte de
un grupo, de compartir con contemporáneos experiencias y sentimien-
tos, y así consolidar a partir de lo individual y local una idea acerca de
lo general y del porvenir. A diferencia de las comunidades aisladas,
las redes sociales urbanas facilitan que la única autoridad no sea la
familia, que existan otros referentes y otras posibilidades, entre ellos
la ley, las instituciones, y en la actualidad los medios. Estos referentes

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 181


construyen, junto con la educación, la confianza social que la violencia
destruye generan un espacio público incluso dentro del mismo ámbito
familiar, donde la política, la religiosidad y la moral, ya no se funden
en una sola autoridad de tipo personal.
Los dieciocho entrevistados, una parte estadísticamente muy pe-
queña de la generación de La Violencia, se vieron forzados y terminaron
por acostumbrarse a no hablar, enseñaron con su silencio el desinterés
y la apatía hacia lo político: una forma efectiva de sobrevivir y no ser
perseguidos, de hacerse de nuevo una vida. Hoy, en su vejez, cuentan
sus historias a estudiantes y profesores, pero también a sus familias,
quienes escuchan en silencio y opinan sin temor sobre lo sucedido y
sobre sus vidas, las de todos ellos.

Conclusiones
El texto ha querido basar su reflexión en la pregunta por el acto mis-
mo de contar, de ser preguntado, de recordar e hilar una historia. Un
ejercicio esencial si consideramos el tiempo que ha transcurrido desde
los hechos de La Violencia, el silencio voluntario o forzado sobre ellos
y el contexto actual de una nueva realidad que ha empezado a ocultar
el pasado. Por estas razones se decidió pedir a los personajes que nos
contaran sus historias de vida, aquellas circunstancias que precedieron
y sucedieron a la época de La Violencia, con el fin de poder dotar sus
relatos de un sentido amplio más allá de la descripción de una lista
de eventos violentos y traumáticos.
La búsqueda del sentido en lo que se cuenta es importante a la
hora de poder narrar, pues brinda un espacio para hacer consciente
el presente desde el que se habla y se teje lo que se recuerda. Hasta
la fecha muchos episodios de las historias ni siquiera eran conocidos
por los familiares más cercanos de los personajes, en este sentido la
ausencia de un reconocimiento público como víctimas, victimarios o
desplazados, por parte del Estado y la sociedad, hizo que en muchos
casos los sentimientos de desamparo y pérdida que rodearon los he-
chos, sumados al miedo a que se repitieran, dificultaran la hilación
de los relatos y su narración en un círculo familiar, quedando buena

182 Narrativas de memorias y resistencias


parte de sus historias de infancia y juventud en el plano de lo trau-
mático, es decir, de aquello que influye o determina sentimientos,
conductas y percepciones, pero escapa finalmente al significado y la
explicación conscientes.

La mayoría de los personajes terminaron de esta forma, sin


proponérselo, enseñando a sus hijos a callar, a no hablar de eso, a no
meterse en problemas, a comer callado y a guardar apatía frente a los
temas sociales y políticos (una de las características de la juventud de
los ochenta). Esto explica el hecho de que sean pocos los personajes
que manifiestan que quieren contar su historia para que los demás se
enteren, para que la juventud aprenda de su experiencia y recuerdos;
curiosamente los pocos que reflexionan así son los que tuvieron de
alguna manera una formación política o sindical, los demás hablan en
el mejor de los casos de un ejemplo moral para sus hijos.

Las distintas condiciones educativas de los personajes marcan


diferencias importantes a la hora de poder explicar sus experiencias
y hacer de ellas algo significativo para sí y para otros. En este sentido,
gran parte de las historias siguen la secuencia de los hechos como si
se tratara de un sueño, de una serie de eventos fortuitos a la que los
personajes están expuestos y lo único que pueden hacer es padecerla
sin remedio, pero no explicarla o significarla dentro de un contexto
más amplio; son relatos en los que solo esporádicamente aparece un
protagonista que reflexiona o contextualiza lo que le acontece a él y a
su familia. Es aquí donde la diferencia entre conceptos como intimidad
colectiva y subjetividad aporta dentro del análisis y la comprensión
de los testimonios.

En sus historias de vida los entrevistados hablan del drama, el


miedo y la incertidumbre, que les generó la ruptura repentina de su
cotidianidad rural, de sus costumbres, redes sociales, sentimientos
colectivos y reconocimiento local, que compartían en sus comunidades
y que de un momento a otro se quebraron para dar inicio a la ene-
mistad y la persecución entre antiguos vecinos y “compadres”. Estas
comunidades rurales, debido a su aislamiento, preservaron tradiciones
culturales y sociales ancladas en la religiosidad y compartían por ello,
más que un lazo social cívico, un vínculo de intimidad colectiva, es

Rojos y azules: rastros de una violencia de distintos trapos 183


decir, un vínculo más cercano al sentir de una comunidad de creyen-
tes (emotividad) que al discurso de deberes y derechos recíprocos de
una sociedad civil; un vínculo de moralidad religiosa basado en los
buenos sentimientos y las tradiciones más que un espacio de opinión
pública fundado en los derechos ciudadanos (subjetividad). Este tipo
de vínculo, o de intimidad colectiva, hizo que el enfrentamiento po-
lítico entre liberales y conservadores, y el protagonismo de la Iglesia
a favor de los segundos, generara a la vez la división religiosa de las
comunidades y extremara las consecuencias del conflicto en términos
de duración y violencia.

Los valores cristianos de la piedad y la compasión no eran apli-


cables ya a aquellos que ahora eran vistos como enemigos de Dios:
“la chusma liberal”, no importaba que esta estuviera conformada por
sus propias familias. La Violencia hizo que los tejidos sociales de las
familias (vecindad, escuela, parroquia, mercados, etc.), fundados en la
religión, se deshicieran dando pie al partidismo fanático y a la lucha
en nombre de los partidos y de Dios.

Es curioso notar cómo en las regiones más apartadas de Bogotá


(Costa Caribe, Nariño, Putumayo), relegadas al abandono por parte
del Estado central y donde de los problemas partidistas se sabía por
el eco de las noticias, el conflicto político no tuvo la intensidad y la
violencia de la zona andina. En el caso particular de la Costa Caribe,
el conflicto tampoco estuvo signado por el fanatismo religioso y la
ruptura abrupta de los vínculos colectivos. En el Caribe, la religión
católica, sus prácticas y su discurso moral de las buenas costumbres
y el pecado no fueron los únicos referentes de conducta social, las
culturas africanas con su ritualidad, danzas, músicas y una morali-
dad al margen del poder político y no tan enfática en el control de las
creencias y las conductas sexuales (herejía, pecado y buenas costum-
bres) hicieron que el fanatismo partidista no cobrara tantas víctimas,
torturas y desplazados.

Al ser este el primero de dos textos resultado del proyecto de


investigación Las Marcas del Desplazamiento en la Mentalidad del
Colombiano de los Años Cincuenta, algunas de las temáticas tratadas
aquí serán profundizadas en apartes específicos de un segundo artículo.

184 Narrativas de memorias y resistencias


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Maternidades en resistencia

Sonia Ruiz Galindo1

E
n este texto2 se intenta realizar una aproximación a la histo-
ria de vida de Adelaida, una mujer nacida en Charalá (San-
tander) en 1923. Sus experiencias de vida sirven como hilo
conductor para evidenciar a través de su narrativa, y la de algunas
mujeres relacionadas con ella, cómo operaban y operan las relaciones
de género. Partiendo de la perspectiva que aporta la categoría de
género a la reflexión histórica, se pretende, en este caso, esclarecer
el significado de los sexos y de los grupos de género en el contexto
rural santandereano de principios del siglo XX. Esto con el propó-
sito de identificar el alcance de los roles sexuales y del simbolismo
sexual, y descubrir qué significado tuvieron y cómo funcionaron para
mantener el orden social o para promover su cambio. Lo anterior
de acuerdo a la reflexión de Scott (1996) en la que plantea que el
género es un elemento constitutivo de las relaciones basadas en las
diferencias que distinguen los sexos, lo que configura una forma
primaria de poder.

1 Historiadora y magistra en Estudios de Género Mujer y Desarrollo de la Universidad


Nacional de Colombia, coordinadora de investigación e investigadora de la Corporación
Universitaria Minuto de Dios. Correo electrónico: ruizoni@gmail.com
2 Este capítulo está basado en la tesis presentada para optar por el título de la Maestría
en Género, Mujer y Desarrollo de la Universidad Nacional de Colombia, 2013.

Maternidades en resistencia 191


En este sentido, uno de los temas centrales de este capítulo es
el de los distintos tipos de maternidades, tema con el que se busca
empezar a explicar cómo operaban y operan las dinámicas de género
a partir de la pareja y la familia. Y aunque Adelaida3 y su relato son
los protagonistas de esta reconstrucción de memoria histórica, en la
reflexión aparecen múltiples voces de mujeres que acompañan su his-
toria con el fin de visibilizar experiencias de maternidad anteriores a
su nacimiento, contemporáneas y posteriores a ella. Sin embargo, los
relatos no dan cuenta de un orden cronológico, sino temático, orden
que permite presentar teóricamente y de manera general los símbolos
disponibles culturalmente, la normatividad de la época, y al tiempo
brindar el contexto en el que nace Adelaida.
El texto inicia con una memoria que Adelaida tiene sobre Ana,
su madre, se ubica al lector o lectora espacio-temporalmente en la
Charalá de principios del siglo XX. A partir de este recuerdo, surge
la maternidad de Ana como eje temático y articulador de otras ma-
ternidades como la de la propia Adelaida. Seguida de la experiencia
de Paulina, contemporánea y coterránea de Ana, quien es considerada
por su hija Beatriz (cuñada de Adelaida) como una mujer moderna;
luego, se aborda la maternidad de Jacinta, abuela paterna de Beatriz,
en un contexto de guerra civil, y se finaliza la reconstrucción con la
opción de la no maternidad como alternativa de vida. En cada relato
se procura explicar cómo fueron interpretados aquellos dispositivos
normativos y, en algunos casos, cómo aquel sentido hegemónico de
maternidad fue subvertido.

Mujeres que esperan, una tradición


Esperando ser madre
Adelaida: Mi mamá siempre permanecía embarazada, siempre
esperando, mi papá viajaba pero mi mamá siempre esperando

3 Para esta investigación se contó con el consentimiento informado de quienes brindaron


su testimonio; sin embargo, para la presente publicación todos los nombres fueron
cambiados.

192 Narrativas de memorias y resistencias


[…] Mi papá fue casado varias veces, era un viudo, mi papá era un
partidazo…
Sonia: ¿Cuantos años tenía tu mamá cuando se casó?

Adelaida: Ella 19 y él 40 años… No… mi mamá tenía 17 años más


o menos […]. (Adelaida, 2012)

La mujer que Adelaida evoca en su primer relato es ante todo


madre, el significar a Ana solo como madre parecería obvio cuando
es la hija quien la recuerda; sin embargo, el hecho de que Adelaida
recuerde a su madre “siempre” en gestación, como una mujer em-
barazada, y no la relacione en principio con la crianza, nos habla
de una realidad de su tiempo; Ana fue madre de diecinueve hijos,4
permaneció en estado de embarazo de los 18 a los 38 años. Su
primer hijo, Gabriel, nació en 1921; el segundo, Rodrigo, hacia
1922, y Adelaida, la mayor de las hijas, en 1923 en el municipio de
Charalá, Santander.

Adelaida en su relato describe a Ana como una mujer con una


corporalidad específica, aquella circunscrita al cuerpo que genera
vida, que se reproduce y se sacrifica, tal vez porque desconoce otras
formas de ser, pues la suya tendrá como dimensión básica la ma-
ternidad. Esta representación de la madre como gestante resultará
ser la herencia simbólica que Ana dio a Adelaida, herencia que, a su
vez, Adelaida dejará a su hija Inés, la mayor de sus once hijos, quien
recuerda y afirma con respecto a su madre: “mi mamá, toda la vida
embarazada”; aquello que Adelaida nombró como característico de su
madre, es lo que su hija señalará como una particularidad en Adelaida,
de esta manera se hace evidente un patrón de comportamiento que
es heredado, repetido y encarnado.

4 Cronología de los 19 nacimientos: Gabriel, 1921; Rodrigo, 1922; Adelaida 1923; un niño
nace y muere, 1923; Alicia, 1924; Blanca, 1925; Eugenio, 1926; Flor, 1927; Rosa, 1928;
Ester, 1929; Dora, enero de 1931; Juan, noviembre de 1931; María, 1932; Miguel, 1933;
Luis, 1934; Veneranda, 1938; Consuelo, 1940; Cristina, 1942; Teresa, 1945. Todos los
nacimientos ocurrieron en Charalá, Santander.

Maternidades en resistencia 193


Según Puyana (2000, p. 91), este tipo de representación de la mujer
se debe a una operación simbólica basada en valores culturales donde
los símbolos que configuran el “ser femenino” están sujetos a la mirada
sobre la mujer en tanto reproductora, mirada que le asocia cualidades
específicas, que al ser incorporadas por las mujeres darán sentido a sus
vidas, confundiendo así el rol de “ser mujer” con el ser persona.

La identidad mujer-madre terminará siendo aprendida por la


hija a través de una práctica cotidiana, en la que Adelaida no será una
simple espectadora, sino una aprendiz; Adelaida se desarrollará en
un ambiente que genera dispositivos que refuerzan aquel supuesto
destino “natural”. En ese sentido, la mujer madre:

Encerrada en múltiples prácticas sociales de la maternidad que


lograron normativizar los deseos femeninos casi exclusivamente
alrededor del deseo de ser maternal, de alguna manera, la mujer
madre había sido apropiada materialmente y por consiguiente
desposeída mentalmente. Volviéndose permeable al mundo se
perdía a sí misma porque perdía el sentido de sus límites; personaje
errante sin “habitación propia”, no tanto física sino subjetiva, y por
consiguiente sin “si mismo”, debía permanecer como una simple
herramienta de la naturaleza. Durante siglos el deseo de procrear
fue el único posible y legítimo. Su anatomía era su destino y, con
muy pocas excepciones, su único destino. (Thomas, 2000, p. 161)

Adelaida no solo describe a Ana como una madre, como una


mujer en gestación y espera, sino que al hacerlo, lo dice con un tono
particular, un tono de pesadumbre o desdén, un malestar queda en
el aire donde, al contrario de los supuestos presentes en la tradición
católica, la alegoría a la maternidad no es presentada como una ex-
periencia virtuosa, sublime y plena de bendiciones. Se trata de una
representación de la mujer que la ha naturalizado como madre, hacién-
dola portadora de un instinto materno que le imprime unas cualidades
biológicas específicas, comunes a todas las mujeres, y de las cuales es
imposible escapar o reinterpretarse.

De esta manera, las representaciones sociales son incorporadas de


manera desigual en la experiencia de vida de cada mujer, presentándose

194 Narrativas de memorias y resistencias


incoherencias en unos aspectos y en otros, tienden estos a ajustarse a
las representaciones dominantes a través de distintas prácticas sociales
(Puyana, 2000, p. 92).

En este sentido, el de las representaciones y las prácticas, podemos


identificar al menos dos puntos en el relato de Adelaida: primero, el
de la representación de la mujer-madre como un cuerpo en gestación y
espera, y, segundo, en la práctica, la contradicción entre los ideales
y la realidad vivencial de la maternidad.

Al respecto Alessandra Bochetti (1995) en su texto Lo que quiere


una mujer teoriza sobre la experiencia de ser mujer y la relación con
el cuerpo desde la maternidad, experiencia caracterizada por algu-
nas mujeres como una “pérdida de sí”, entendiendo la pérdida de sí
como un estado en el que los confines del propio cuerpo ya no son
percibidos, se confunden con el todo o con Dios o con Cristo en la
experiencia mística, con el cuerpo del otro en la experiencia erótica,
con el cuerpo de la madre en la experiencia de la primera infancia.
Estos tres estados no prevén una salida al final de la experiencia: la
recuperación del yo, definida esta como una condición de “existencia”
en la que el cuerpo del hijo no es significado como un cuerpo separa-
do, sino como parte del propio cuerpo, el que a manera de fusión se
configurará como una experiencia vital continua, sin final, que implica
una pérdida de sí, en la que la recuperación del “yo” será imposible:

Hasta el momento la maternidad nos ha sido contada por la socie-


dad, por la religión, por la moral como una plenitud, la reflexión
aquí planteada nos invitaba a reflexionar sobre la maternidad como
vacío, como experiencia de “pérdida de sí”, revelando su ambigüedad.
Todas las mujeres que tienen hijos conocen ese vacío, la institución
médica que lo diagnostica como fenómeno patológico lo ha trata-
do apresuradamente, o bien, si han encontrado las palabras para
contarlo, han sido burladas por las mismas palabras, que sonaban
demasiado retóricas, descualificadas. (Bocchetti, 1995, p. 34)

La maternidad al ser relatada desde la religión y la cultura


como una esfera vital en la existencia de las mujeres, a manera de
misión universal que por ello mismo enmascara un supuesto que las

Maternidades en resistencia 195


naturaliza y homogeneiza, ha escapado en las sociedades tradicionales,
entre ellas la de Charalá a comienzos del siglo XX, a la perspectiva de
las propias mujeres y a su comprensión tanto en el espacio privado como
en el público. Sin embargo, la idealización de la maternidad también
en el caso de Ana, más allá del tono de voz de Adelaida, presenta una
realidad que se aleja del punto de vista tradicional. Adelaida consigue
expresarlo así:

Sonia: Cuando eras niña tu mamá siempre estaba en embarazo,


cuéntame ¿qué decía de estar en embarazo siempre?

Adelaida: Le daba angustia, le daba angustia más que todo, me pa-


rece que no quería a mi papá, le tenía asco, me parece, en ese tiempo
no había remedios para eso, para evitarlos […]. (Adelaida, 2012)

Adelaida atina a nombrar ese sentimiento de ambigüedad como


una angustia, la angustia ante la llegada de un nuevo niño o niña, la
incertidumbre y el temor que embargaban a Ana. Este sentimiento
dista de aquella maternidad ensoñada que recubre las tradiciones, y nos
habla, en cambio, de una rutina en la que la pérdida de sí no acaba y no
encuentra otro camino de salida más que la angustia, la resignación y
el miedo. Un malestar que, a su vez, no se sabe nombrar porque carece
de un nombre específico o de un concepto que contenga o explique el
sentimiento, por lo que queda invisibilizado en las representaciones
o reunido bajo la categoría de sufrimiento o sacrificio materno.
Por otra parte, la supuesta “condición natural” de la mujer, la de
ser madre, es cuestionada cuando afirma que “En ese tiempo no había
remedios para evitarlos”, es decir, en “ese tiempo” la mujer no podía
decidir sobre su maternidad, esa era la “condición natural” y su desti-
no. Sin embargo, en el relato se observa que el asumir ese destino no
siempre fue motivador ni grato, pues la asociación que Adelaida hace
de su madre embarazada es negativa: la relaciona, en un primer mo-
mento, con una espera constante (pasividad); luego, con una angustia
ante lo inevitable, y, por último, asocia esa espera y esa angustia con
un sentimiento de rechazo hacia el padre.
Cuando Adelaida sentencia: “siempre esperando, mi papá viaja-
ba pero mi mamá siempre esperando”, se entiende también el doble

196 Narrativas de memorias y resistencias


significado de la espera: Ana permanece a la espera de una nueva hija
o hijo y, a la vez, espera la llegada de su esposo; es una madre repre-
sentada desde la quietud, que se mantiene expectante, inmóvil. Ella es
observada en oposición al padre, quien tendrá en el relato de Adelaida
una movilidad especial, pues Adelaida habla poco sobre Ana, y cuando
la nombra lo hace brevemente. Al preguntarle directamente por su
madre, Ana lleva el relato hacia el recuerdo del padre.
Este elemento emerge desde la primera memoria de Adelaida, la
espera de la llegada del otro, que connota dependencia de la madre
respecto al padre. Esta espera nos habla de una mujer que traza su
existencia a partir del devenir de otros u otras, en primer lugar ella
será para las hijas y los hijos y, en segundo lugar, para el padre, pues
a ellos y ellas espera.

Fotografía 1. Fotografía de la casa paterna, Charalá, Santander

Arriba, de izquierda
a derecha: Adelaida,
Ana y Alicia. Abajo, de
izquierda a derecha:
Teresa y Consuelo.

Fuente: archivo familiar.

Maternidades en resistencia 197


A la espera del esposo
Adelaida nos cuenta que Ana no solo no quería a Justino, sino que
le tenía asco, ¿podría tener esto alguna relación con la diferencia de
edades entre ellos o con las dinámicas de las relaciones matrimoniales
de la época? Al respecto, Adelaida comenta cómo se conocieron Ana
y Justino:

Sonia: Y Justino ¿ya la conocía o la había visto?


Adelaida: La vio, le echó el ojo y dijo esa es la buena para mí…
Sonia: ¿Por qué era buena?
Adelaida: Porque sabía leer
Sonia: ¿Tu papá sabía leer?
Adelaida: No sabía, no sabía leer
Sonia: ¿La que sabía leer era tu mamá?
Adelaida: Mi mamá porque estudió, estudió en la misma escuela
con Josefina, la hija de la primera esposa de mi papá.
Sonia: ¿La hija del primer matrimonio?
Adelaida: La hija del primer matrimonio, estudiaron juntas…
Sonia: ¿Él le propuso matrimonio?
Adelaida: Sí
Sonia: y Ana ¿sí quería?
Adelaida: Pienso que no, pienso que no […]. (Adelaida, 2012)

Justino nació en 1870, enviudó a los cuarenta años, su primera


esposa María muere dejando huérfanos a seis hijos, entre ellos a Jo-
sefina, la hija mayor de ese matrimonio. Josefina y Ana asistieron al
colegio de La Presentación, en Charalá, las dos tenían la misma edad
y eran compañeras de estudios, gracias a esto Justino conoce a Ana
cuando ella tenía diecisiete años.
Ana era la única mujer de un hogar conformado por cuatro hijos,
sus padres eran propietarios de un chircal (antigua fábrica de ladrillos
y tejas), fruto de una herencia familiar. Gracias a que la familia poseía

198 Narrativas de memorias y resistencias


y trabajaba en la fábrica, contaron con los recursos suficientes para
enviar a su única hija al colegio de las hermanas de La Presentación.

La relación entre Justino y Ana comienza con un cortejo de


presentes. Justino obsequiaba no solo a Ana, sino a toda su familia,
bultos de papa, arracacha, huevos, plátanos, frutas y otros productos
que cosechaba en sus parcelas. Durante un tiempo la familia recibió
los regalos de Justino, señal de aceptación, y al cabo consideró que se
trataba de un “buen partido” para su hija, pues además de los presentes,
Justino era conocido por ser el dueño de un molino de granos y un
arreo de mulas, arreo con el que más tarde transportaba de Charalá
a Mogotes, San Gil, Barbosa y otros municipios de la región produc-
tos derivados del fique como cabuyas, costales, lazos, alpargatas, que
fabricaría junto con Ana y su familia en una finca en la que también
se cultivaban y hacían tabacos.

Justino fue considerado un “buen partido” porque detentaba las


condiciones que le permitían ser un buen proveedor. Al ser un pe-
queño productor y comerciante, las posibilidades de mantener una
nueva y numerosa familia se elevaban. Sin embargo, aunque el papel
del hombre proveedor fuera importante para la economía familiar,
este no habría podido sostener a su familia por sí solo, los roles que
cumplían la esposa, las hijas y los hijos eran fundamentales para ge-
nerar un circuito de trabajo que tenía por objeto no solo trasportar,
sino también elaborar los productos que el padre comercializaría. No
obstante, la figura de poder dada al padre llegaba a magnificar su labor
y a subestimar las tareas relacionadas con la producción agrícola y
artesanal y las labores dentro del hogar, consideradas como “naturales”
o “propias de las mujeres” y como parte de la formación de las hijas
y los hijos. Este aspecto contrasta fuertemente con el hecho de que
a los jornaleros o peones sí se les reconocían económicamente estas
labores como un trabajo específico con su respectivo pago.

La relación entre Ana y Justino fue desde el comienzo un tipo de


acuerdo entre él y la familia de ella, un pacto que tuvo como propósito
propiciar un vínculo social y la conformación de una nueva familia,
entendida esta como un espacio donde cada uno tiene unas respon-
sabilidades y roles preestablecidos por el orden social de la época.

Maternidades en resistencia 199


En este sentido, y siguiendo el planteamiento de Gerda Lerner
(1990), se podría afirmar que la mujer accede a los medios de produc-
ción a través del hombre que la “posee”. La situación de dependencia con
respecto a quien es cabeza de familia reproduce el modelo patriarcal
como un “control en pirámide” vital para el orden social. Esta regulación
de la sexualidad femenina es un sistema jerárquico creado y nutrido en el
seno de la familia, sistema extraordinariamente flexible que posibilita
el predominio masculino sobre la esfera pública, las instituciones y el
Gobierno. La familia es el reflejo y reproductor de este orden. La
jerarquía implica la valoración del dominante y la subvaloración del
dominado o dominada. En la familia patriarcal no se distribuyen por
igual las responsabilidades, por ejemplo, el hijo varón está sometido
temporalmente, mientras que la esposa es sometida de por vida.
La familia que nos presenta Adelaida ha otorgado un escenario
específico a la madre, al padre y, con ello, a las hijas y los hijos, corres-
pondiéndose el espacio asignado con los comportamientos y los roles
preexistentes en la sociedad, los que, según características biológicas, mar-
can y distinguen los cuerpos, denominándolos femeninos o masculinos.
Esta interpretación nos remite a una clasificación de las y los miembros
de la familia, en la que el sexo contiene una carga simbólica que solo
permite asumir los cuerpos bajo una concepción binaria, la que, a su vez,
los delimita y orienta de acuerdo con un deber ser,5 que con frecuencia
los presenta de manera complementaria o contradictoria. A manera de
problematización de esa condición “natural” dada a los cuerpos, y para
referirnos especialmente al género, es preciso comprender que:

El género es performativo puesto que es el efecto de un régimen que


regula las diferencias de género. En dicho régimen los géneros se di-
viden y se jerarquizan de forma coercitiva. Las reglas sociales, tabúes,
prohibiciones y amenazas punitivas actúan a través de la repetición
ritualizada de las normas. Esta repetición constituye el escenario
temporal de la construcción y la desestabilización del género. No hay
sujeto que preceda esta repetición de las normas. Dado que ésta crea

5 Al respecto, Judith Butler (1993) argumenta que el género, concebido como un ideal,
puede entenderse como un objeto intencionado, un ideal que se ha constituido pero
que de hecho no existe.

200 Narrativas de memorias y resistencias


un efecto de uniformidad genérica, un efecto estable de masculinidad
o feminidad, también produce y desmantela la noción del sujeto,
pues dicho sujeto solamente puede entenderse mediante la matriz
del género [...] No hay sujeto que sea “libre” de eludir estas normas
o de examinarlas a distancia. Al contrario, estas normas constituyen
al sujeto de manera retroactiva, mediante su repetición; el sujeto es
precisamente el efecto de esa repetición. (Butler, 1993, p. 58)

De acuerdo con esta autora, se entiende que cada una de las y los
sujetos no puede eludir esas normas, por el contrario, las repite, se
ubica o es ubicado dentro de un ideal de comportamiento, según una
normatividad de género que se asume como una condición “natural”.
Para el caso que nos ocupa, este comportamiento determina el lugar
social, económico, político y familiar que encarnan las consideradas
mujeres (madres).
De este modo, a nivel familiar, en el ámbito de lo privado, Adelaida
no logra reconocer muchas características que le permitan destacar
a su madre más allá de su espera, ella la nombra como madre, pero
no lo hace en un sentido valorativo, naturaliza su labor, pues no hay
nada especial en la madre, dado que la madre es madre. Esto ocurre
precisamente porque el espacio privado, del cual Ana es representante,
resulta ser el lugar del “no-reconocimiento”, al que alude Celia Amorós
(1994, p. 23). Adelaida nos remite, entonces, a una construcción social
del ideal femenino, del ser materno, el cual es nombrado, en este caso,
como un estado de doble espera, un estado en el que la individuali-
dad se reduce al incremento de una misma rutina y a la consecuente
angustia frente a lo que no termina.
Un elemento más de la relación entre Ana y Justino que resulta
significativo es la diferencia de edades. Cuando Justino le “echa el
ojo”6 a Ana, como dice Adelaida, lo hace observando unas cualidades
especiales; la primera es la juventud, a los diecisiete años Ana es una
mujer saludable (físicamente más grande que él) y, sobre todo, es una

6 La expresión “echarle el ojo” denota una intención en la que quien observa decide actuar
con el propósito de poseer lo observado, por su parte, la observada es objetualizada y
desconoce aquella intención, que en el caso de Ana la convierte en una sujeta pasiva
respecto a decisiones vitales como lo es el matrimonio.

Maternidades en resistencia 201


joven fértil con quien podrá procrear muchos hijos. Una segunda
característica es que Ana, dada su juventud, y como parte de su for-
mación en el “ser mujer”, aprenderá a “lidiar” a su esposo, y aunque
esta conducta sea considerada como algo natural que emana de la
“naturaleza femenina”, en verdad hace parte de una tradición en la
que las mujeres “deben aprender” el “arte” de saber “llevar” al esposo.

No resulta extraño, entonces, que el término “lidiar” provenga de


la lidia taurina, y que haya sido incorporado a nuestra jerga colonial
de herencia española. En la lidia el torero es diestro en el arte de en-
gañar y manipular la fuerza del toro, de manera semejante era común
que las mujeres aprendieran desde una edad temprana a manejar el
temperamento y las “mañas” de sus esposos, padres y hermanos. En
virtud de esto, de la joven Ana se espera y se supone que esté educada
para adaptarse, pues pasará de la casa paterna a la casa matrimonial.
Sin embargo, dadas las condiciones del acuerdo nupcial, la nueva es-
posa se aproxima más a una hija-madre que a una compañera de vida.

Según Gerda Lerner (1990), el paternalismo se da entonces por


medio de un “acuerdo” de intercambio económico, en el que se brinda
protección a cambio de subordinación en el servicio sexual y el trabajo
doméstico. Ocurre allí un proceso que moldea psicológicamente a la
mujer para que se convenza de su inferioridad, tal condición subordi-
nada limita la solidaridad femenina, pues transgredir el orden familiar
significa la expulsión de la familia o la agresión al honor familiar; siendo
así, las mujeres contribuyen a la reproducción del sistema patriarcal
porque no tienen un conocimiento de su historia; son privadas de la
enseñanza; inculcan los roles de género, también los juicios de valor
relacionados con lo desviado y lo respetado en tanto sexualidad; son
reprimidas o discriminadas en el acceso a recursos económicos y po-
líticos, y se presentan casos donde se premian a algunas en oposición
de otras de acuerdo con esas mismas valoraciones.

En este sentido, es preciso entender que la dominación masculina


se expresa, primero, en el control del cuerpo de la mujer, debido a su
capacidad reproductora: las mujeres tienen menos libertad porque los
hombres “poseen” el control de una parte de su cuerpo, situándola en
un estado de necesidad (embarazo).

202 Narrativas de memorias y resistencias


Mujeres que delegan: la madre hermana
En el caso que nos ocupa, Ana es la madre biológica de las y los hijos,
sin embargo, es deber de Adelaida cuidar de sus hermanas y hermanos,
pues comparte con la madre la condición de mujer, “tiene” el instinto
materno que la naturaliza a pesar de su infancia como mujer-madre.
Adelaida está sujeta a la lógica patriarcal que opera sobre su madre, y
que la misma Ana reproduce al encomendarle el cuidado y la atención
de la familia. Más tarde, hermanos y hermanas verán en Adelaida
una figura que, al igual que los padres, ordena el universo familiar.
Adelaida inició la construcción de su identidad como mujer-madre
desde la infancia, así llegado el momento de la propia maternidad,
ella sería consecuente con lo aprendido, con lo que se esperaba de ella.
Adelaida, al ser heredera del sistema patriarcal, parece encarnar
a la mujer que se convence de su papel y, aunque represente un sufri-
miento vital, no toma distancia de él. En este sentido, es importante
considerar que Adelaida tiene una clara noción del ser madre, pues
ella vio a su madre en sus múltiples embarazos, los vivió con ella,
experimentó los quehaceres de la maternidad antes de estar emba-
razada, y ella misma tuvo once embarazos consecutivos. Adelaida
reflexiona sobre ello:

Adelaida: Las mujeres sufrían mucho…


Sonia: ¿Por qué sufrían mucho?
Adelaida: Al tener los hijos, sufrían mucho, era mucho lo que
padecían, ¿Usted no ha tenido hijos?
Sonia: No, y no voy a tenerlos.
Adelaida: ¡Ah!.. entonces mejor no ser mujer…
Sonia: No me digas eso…
Adelaida: Pues claro, no es lo que uno quiera, es lo que Dios dis-
ponga, Ave María purísima […]. (Adelaida, 2012)

Para Adelaida resulta imposible la idea de no ser madre, ante tal


afirmación responde: “entonces mejor no ser mujer”, esta respuesta
contiene, además, un elemento que completa el razonamiento como

Maternidades en resistencia 203


un sinsentido, y es que se trata de un deber ser sujeto a las dispo-
siciones divinas, en el que la decisión de la maternidad no está en
manos de las mujeres ni tampoco es competencia del hombre, pues
es Dios quien la designa. La abnegación a los mandatos divinos es
la que fundamenta el orden dentro de la familia católica, la divina
providencia delega en las mujeres la reproducción de la humanidad,
y las mujeres deben asumir esta tarea sin importar el costo, dado que
su sacrificio se transforma en una virtud, el principal ejemplo de ello
es la Virgen María, la madre de Dios, quien al serle anunciado su
embarazo y su destino los acepta con total obediencia.
La maternidad como destino es la razón de “ser mujer”, esto es
algo que Adelaida considera inevitable. Sin embargo, ser una mujer
procreadora no siempre significó que el ejercicio de la maternidad
fuera una actividad que recayera únicamente sobre la madre biológica,
pues la madre reproduce su rol a través de las hijas y las hijas al ser
madres en potencia deben experimentar con la madre la maternidad.
De esta manera, “el ejercicio de los oficios domésticos forma a la niña
en el servicio a los demás, anteponiendo el cuidado de los hijos a los
proyectos vitales, personales y adecuándolos así a la ecuación mujer
igual madre” (Puyana, 2000, p. 104). Un ejemplo de cómo la mater-
nidad fue una actividad compartida por las hijas mayores lo relata
Inés, la mayor de las hijas de Adelaida, quien cuenta sobre su infancia:

Sonia: ¿Cómo era tu mamá embarazada?


Inés: De un genio tremendo, trabajando todo el tiempo, con los
celos más alborotados del mundo, manipuladora, eran embarazos
voluntarios, a ella no le dieron malestares, sí le daban antojos de
comer café tostado en pepa, y era todo el tiempo comiendo su café
tostado[…] Recuerdo que cuando ya nacían los niños venía la par-
tera que se llamaba Carmen, ella le recibía los niños, y a nosotros
chiquitos nos sacaban de la alcoba, nos mandaban a la sala, y ya
cuando nacía el niño, mi Papá y Carmen lo sacaban y nos llevaban
al niño, para conocerlo, para nosotros mirarlo como era, y yo que
era la más grande siempre lo alzaba.
Mi mamá no veía de los niños, a mí me tocaba calentarles el te-
tero a los niños en un pocillo de lata, con una vela, porque como

204 Narrativas de memorias y resistencias


la estufa era de carbón y yo a la madrugada no iba a prender la
estufa toda dormida.
Sonia: Inés, ¿cuántos años tenías?
Inés: más o menos siete, porque me acuerdo que le calenté el tetero
a José, y nos llevamos 6 años, le calenté el tetero a María, Joaquín,
Clara, Ignacio y Daniel.
Sonia: ¿Solo tú?
Inés: A Manuel y a mí nos tocaba, a Clemencia no porque era la
consentida, la más bonita, Manuel era más chiquito que Clemencia,
pero él si me ayudaba.
Sonia: ¿No tenían niñera?
Inés: Ninguna niñera, ni tampoco la empleada de la cocina se le-
vantaba a hacer eso...
Sonia: ¿Y entonces para qué era la empleada?
Inés: De día, como mis papás no estaban, ellas eran de día, nos
bañaban, nos vestían, cambiaban pañales, mi mamá no fue una
mamá de cambiar pañales, de bañar niños, ella no tenía tiempo, o
no le gustaba, yo no sé, ella delegaba.
Cuando nació Daniel a mí me tocó cuidar al niño, de mamá canguro,
como mi mamá no daba pecho porque no le salía leche, entonces
yo cuidaba el niño de noche, el niño dormía sobre mí, para que no
se muriera de frío, y para que no llorara toda la noche, ya cuando
yo me levantaba y me tenía que ir para el colegio, envolvía el niño
y se lo dejaba a mi mamá. Ya para esa época no teníamos niñera,
por la separación de mi papá y mi mamá, solo una señora que venía
a lavar. (Inés, 2012)

El testimonio que Inés nos presenta se ubica en la Bogotá de me-


diados del siglo XX y nos remite a la práctica de delegar en las hijas
tareas que se podrían considerar propias de la madre. Nos habla de
una realidad en ocasiones inesperada, si se la compara con aquellas
representaciones que consideran a la madre como una mujer entrega-
da por completo al cuidado de las hijas y los hijos, aquella que no los
desampara, y que sin importar la hora, las necesidades e, incluso, la

Maternidades en resistencia 205


propia salud finalmente es en quien recae toda la responsabilidad de las
y los pequeños y los quehaceres. Es este uno de los sentidos en los que
hablamos de una serie de expectativas que operan sobre las mujeres.
Expectativas en las que se idealiza y naturaliza a la madre, permi-
tiendo la sobrecarga de la niña y justificando tal comportamiento como
un proceso de aprendizaje coherente con un instinto incorporado en
su biología. Sin embargo, el relato de Inés nos permite problematizar
tal naturalización, ya que es Manuel, el hermano menor, y no una
hermana, quien la acompaña. Emerge así, una vez más, en el relato
aquella distancia entre las prácticas y las representaciones. Asimismo,
el relato ilumina un elemento más, y es el sentido de la belleza como
un privilegio, un valor que es atesorado por la madre, pues la belleza

Fotografía 2.

De izquierda a derecha:
José, Clemencia, Adelaida
alzando a Daniel y en
estado de embarazo,
Inés alzando a Ignacio
y Manuel. Abajo, de
izquierda a derecha:
Martín, Clara y María.

Fuente: archivo familiar.

206 Narrativas de memorias y resistencias


en el mundo patriarcal es un poder que da la posibilidad a la hija o
mujer bella de elegir, por eso la hija bella no debe ser agotada.
Para Alessandra Bochetti (1994) la expectativa generada alrede-
dor de la maternidad, al ser el rol de madre el más importante de “ser
mujer”, es exigida por la sociedad, la política, la familia y las mismas
mujeres, lo que crea un imaginario que está alejado del lenguaje y de la
interpretación femenina más allá de la expectativa, por esto se considera
que el cuerpo de la mujer y la maternidad deben ser estudiados desde
las experiencias de las mujeres, coincidan estas o no con lo esperado
socialmente. La autora reflexiona desde una perspectiva de género y
plantea que desde allí no se ha elaborado el tema completamente, a
pesar, incluso, de haber sido incluido en su análisis por otras disciplinas
(la medicina, la psiquiatría, etc.), aún se encuentra que el discurso sos-
tiene un tipo de naturalización de la maternidad que, a su vez, ignora
la realidad en ocasiones contradictoria experimentada por las mujeres.
Un ejemplo de esta relación contradictoria la podemos observar
en la experiencia de Inés, quien desempeñó un papel fundamental en
el cuidado de sus hermanos y hermanas menores; tarea asignada por
su madre Adelaida, quien considera el ser madre como una condición
del “ser mujer”, condición que coincide con los mandatos divinos, sin
importar el sufrimiento que genere o la “carga” que implique el ser
madre de un número elevado de hijos e hijas. Las consecuencias de
la maternidad deben ser asumidas y Adelaida cuenta con su hija para
cumplir con este papel.
Esta naturalización de la maternidad como condición del ser mujer,
que lleva a Adelaida a delegar en su hija las labores maternas, cumple
una doble función en la experiencia de vida de Inés; por una parte,
descarga a Adelaida de responsabilidades y, por otra, es educada para
su futura maternidad. En este sentido, lo que llamamos delegación
es visto por las protagonistas como una dinámica natural, propia del
género femenino, experimentada también por Adelaida, quien al ser
la mayor de las hijas compartió con la madre el cuidado de las hijas y
los hijos. Alicia, una de las hermanas de Adelaida, se refiere así de ella:
“Adelita era la que nos mandaba, porque era la mayor y la respetába-
mos y la queríamos mucho, nunca decirle Adelaida, nunca, siempre
era Adelita” (Alicia, 2012).

Maternidades en resistencia 207


En la familia, como en la sociedad, la gran transmisora de
valores y de símbolos es la madre, ella es la figura fundamental y
Adelaida está ejerciendo su papel de madre como le fue inculcado,
a través de la práctica en su niñez y juventud, así al educar a su hija
educará a la madre, pero también a la madre-esposa, por ello es
fundamental enseñar el papel de madre y el servicio a otros en el
ámbito doméstico:

La categoría que abarca el hecho global constitutivo de la condición


de la mujer en la sociedad y la cultura es la madresposa. En el mundo
patriarcal se especializa a las mujeres en la maternidad: en la repro-
ducción de la sociedad (los sujetos, las identidades, las relaciones,
las instituciones) y de la cultura (la lengua, las concepciones del
mundo y de la vida, las normas, las mentalidades, el pensamiento
simbólico, los afectos y el poder). (Lagarde, 2003, p. 365)

Especializar a las mujeres como madresposa implica un tipo de


educación que no solo se refiere a la dimensión del cuidado de otros,
sino a la reproducción de patrones de comportamiento, en los que las
mujeres son transmisoras de valores y tradiciones. Esta educación a las
otras y los otros se inicia en el hogar, la madre enseña a su hija mayor
esos valores y demás dispositivos culturales que permitan compartir
la educación de la familia.
Probablemente fue la condición de ser mujer, sujeta a unos
determinantes históricos, sociales, culturales, económicos y a unas
circunstancias inmodificables, teniendo en cuenta ese supuesto
destino, lo que también generaba angustia a Ana, sentimiento que
se puede interpretar ahora como la única posibilidad de resistir su
deber ser madresposa, deber que, en ausencia de otros referentes,
cumplió a cabalidad y se aproximó a las expectativas que sobre ella
operaron.
Ana es un ejemplo histórico que da cuenta de cómo la madre
se restringió a la familia, y la maternidad se convirtió en la meta del
“ser mujer”. Con ello, se consiguió que la mujer fuera excluida de
otras instituciones sociales, práctica aún vigente, en la que se incul-
ca a las niñas valores asociados con la subordinación y un tipo de
maternidad en la prevalece el sufrimiento, un afecto incondicional

208 Narrativas de memorias y resistencias


hacia el otro que torna imposible el valorarse a sí misma, y en la
que el erotismo femenino es controlado por medio de la exaltación
de la virginidad (Puyana, 2000, p. 97).
Las experiencias hasta aquí descritas ejemplifican un tipo de
maternidad que surge desde una lógica patriarcal, que, a su vez, es
atravesada por un discurso que naturaliza a la mujer con la maternidad,
una maternidad que, además, es asumida desde la reproducción y la
pasividad. Como Adelaida lo señala, cuando acota la expresión “hijos
para el cielo”, habla de una maternidad donde los hijos reproducen
el esquema patriarcal trabajando y aportando a la economía familiar,
hijos e hijas cuyos hijos e hijas realizarán algo semejante cuando ten-
gan sus propias familias.

Las rupturas
Los siguientes testimonios presentan una serie de narraciones que
emergen como puntos de fuga o rupturas respecto a la maternidad
hegemónica. Las mujeres que hablan en este aparte significaron y
apropiaron de manera distinta aquellas representaciones e imagina-
rios sobre “el deber ser mujer” que operaban sobre ellas, y aunque se
encuentran permanencias de los modelos tradicionales, en sus expe-
riencias vitales se visibilizan cambios y resistencias que configuran las
rupturas que se describen.

La madre guerrera
Beatriz, nacida en 1927, contemporánea, coterránea y cuñada de
Adelaida, nos relata la historia de Jacinta, su abuela paterna, historia
que se enmarca en la Guerra de los Mil Días, y que narra, desde la
perspectiva de su padre, una relación madre-hijo que visibiliza una
maternidad configurada desde un lugar distinto al señalado por la
mirada hegemónica de la maternidad patriarcal.

Beatriz: Mi papá quedó huérfano. Él tenía su papá y su mamá y


entonces fue la guerra de los mil días, él contaba que en la guerra
de los mil días se llevaban a los hombres, y algunas mujeres se

Maternidades en resistencia 209


iban con su marido. Como ellos no tenían sino un hijo, entonces se
fueron y dejaron al hijo con la tía Mariana, tía de mi papá, hermana
de la mamá, entonces se fueron y la mamá se fue con él […] Por allá
habían matado al papá, contaba él, nosotras no habíamos nacido
[...] Bueno, ya había pasado la guerra que llaman ellos de los mil
días, y ella [ Jacinta] se consiguió un señor que era del Santander
del Norte, por allá cerca de Cúcuta y se fue con él. Era según mi
papá un viejo rico, que tenía tierras, que tenía fincas, que tenía
ganado […] Bueno, ya pasó el tiempo y mi papá creció, entonces
él deseaba conocer a su mamá porque no se acordaba de ella, y de
pronto un amigo que tenía un arreo, en ese tiempo era arreo de
mulas, mulas con carga, como tenía mi suegro [ Justino], que tenía
mulas cargadas con sal, con tabaco, con no sé qué más, que llevaba
a San Gil o a Duitama […] Entonces mi papá no tenía arreo de
mulas, pero tenía un amigo que sí y lo llevaba, mi papá le ayudaba
a arriar las mulas, y lo acompañaba porque eran muy amigos, y
él viajaba por allá por el lado de Cúcuta y le contó una vez a mi
papá que él había preguntado por la señora… como se llamaba…
Jacinta, y que la señora Jacinta se había casado con un señor, un
tal… que vivía por allá por esas tierras. Entonces mi papá, en otra
salida del amigo se fue con él, arriando las mulas, que es cuando le
cuento que el propio dueño de carga y de las mulas iba fumando
un tabaco, contaba mi papá que él ahí loco por fumarse un tabaco
y no lo tenía, entonces como cuando ya está chiquito el tabaco que
lo llaman chicote ellos lo botan, lo apagan y lo botaban, mi papá le
dijo “ya lo va a botar, ya lo va botar”, él iba detrás […] “cuando bote
el chicote yo me lo fumo […]”, nada, fumó y hasta última hora ya
lo apagó en la cabeza de la silla, y dijo mi papá “ya lo va botar […]”,
y el amigo se lo echó a la boca a masticarlo.

[…]

Bueno, mi papá se fue y preguntando por entre las fincas, por donde
llevaban las mulas, que era por caminos que llamaban camino real,
los caminos de los campos… entonces empezó a preguntar por la
señora Jacinta y el señor, no me acuerdo el nombre, que si ellos
vivían en tal pueblo. Y por ese camino iba hasta que llegó a una
finca y ahí preguntó por la señora, ahí le daban posada a las mulas
y a la gente, a las mulas pues ahí tenían pasto donde soltarlas, y a

210 Narrativas de memorias y resistencias


los señores les daban posada en los corredores, se acostaban en una
estera. Entonces empezó a conversar con la señora de la cocina, y
con la gente de ahí, con las empleadas y él les dijo que si conocían a
la señora Jacinta y ellas le dijeron que sí, que la señora Jacinta vivía
en la casa de la finca, que era la señora de Don Fulano, que no sé
qué y se fueron a avisarle, eso fue maravilloso… Ya lo recibieron, ya
le dieron agüita caliente para que se bañara los pies, porque estaba
muy cansado, entró a la casa de la finca, y claro, la señora Jacinta
salió porque eran unas casas inmensas y dice mi papá que venía
para acá la señora y el de para allá y claro él no conocía a la señora,
pero ella sí lo conoció […] y claro llegó mi papá y nos contaba que
había conocido a su mamá, que no sé qué, bueno, todo ese cuento
para contarle a mi mamá, y a mi tía Mariana. (Beatriz, 2012)

La Guerra de los Mil Días contó con la participación de mujeres


y niños. Las mujeres desarrollaron labores similares a las domésticas:
cocinaban para los combatientes, cuidaban a los enfermos, prepara-
ban las armas, zurcían los uniformes, cargaban los trastos, etc. Sin
embargo, también estaban preparadas para enfrentar, dado el caso,
al adversario, y muchas de ellas combatieron. Aída Martínez, en su
artículo “Las capitanas de los mil días”, explica:

Esas mujeres que de alguna forma habían elaborado su discurso, que


tenían partido y bandera, no permanecieron pasivas ante la tensión
política de la última década del siglo, y cuando los estridentes clari-
nes revolucionarios se oyeron en octubre de 1899, ya estaban listas
para cambiar o resistir y lo hicieron de múltiples maneras. Muchos
fueron sus roles en esa contienda: las que marcharon con su marido
porque temían el desamparo, el abandono, las represalias y el riesgo de
quedarse solas; las que asumieron la aventura para seguir al amante,
las que ofrecieron apoyo económico y logístico, las que organizaron
redes de postas y de espías (que las hubo de todos los rangos sociales),
las que convirtieron su casa en hospital de sangre, las que animaron
a sus hombres y se resignaron a verlos partir y, finalmente, aquellas
que se enrolaron en las fuerzas contendoras con la esperanza de
recibir un arma, ser llamadas a combate y entrar en acción. (2000)

Una de las mujeres que participó en la Guerra fue Jacinta, quien


dejó a su hijo único al cuidado de su hermana Mariana. Jacinta se

Maternidades en resistencia 211


fue a combatir con su esposo en la Guerra, esto supone una renuncia
a la maternidad y a la espera, lo cual tiene un significado simbólico
particular, diferente a una renuncia a la maternidad sin justificación
(abandono) o, incluso, a una renuncia a la paternidad.
El relato nos muestra otra configuración de la maternidad, la
de la madre ausente, una mujer que en el caso de Jacinta podríamos
significar ahora como patriota, no tanto ya como madre en términos
de su época, pero en cambio sí como esposa solidaria, una mujer que
luchó por los ideales junto a su esposo. Jacinta no es más una madre
en su hogar, y su esposo no es más el padre que lo sustenta; a Jacinta
no se le puede ubicar junto a las mujeres que cumplieron con lo que
se esperaba de ellas como madres, pero en cambio sí en la historia que
nombra a las mujeres que tomaron otros rumbos. El relato de Beatriz
no evoca resentimientos ni dolores, y aunque Beatriz nombra a Jacinta
como “la señora”, lo hace para referirse a alguien distante, sus palabras
no son despectivas, ella narra la historia con un carácter anecdótico.
La historia nos presenta también a un hijo que busca a su madre
para reconocerla, simplemente para eso, el encuentro se da y eso es
lo único que él esperaba, la vida del joven continúa, probablemente
porque la figura materna tradicional fue reemplazada por la de su tía
Mariana. Al respecto, Elisabeth Badinter explica en torno al “deber
ser” de los sentimientos maternales:

El amor maternal es solo un sentimiento humano. Y es, como todo


sentimiento, incierto, frágil, e imperfecto. Y además, contrariamente
a las ideas que hemos recibido, tal vez no esté profundamente ins-
crito en la naturaleza femenina. Si observamos la evolución de las
actitudes maternales comprobamos que el interés y la dedicación
al niño se manifiesta o no. La ternura existe o no. Las diferentes
maneras de observar el amor maternal van del más al menos, pa-
sando por nada o casi nada. Convencidos de que una buena madre
es una realidad entre otras, nos hemos echado a buscar diferentes
figuras de la maternidad, incluidas aquellas que rechazamos en la
actualidad, probablemente porque nos asustan. (1981, p. 13)

Una de esas maternidades es la de Jacinta, quien reconoce a su


hijo, pero no lo retiene, o, tal vez, es él quien decide no quedarse. Él

212 Narrativas de memorias y resistencias


percibe a su madre como una mujer lejana, no esperó de ella sino una
imagen, la que le permitía reconocerla. La historia que nos cuenta
Beatriz no referencia ningún reclamo, ninguna queja por parte de
ninguno de los dos, Jacinta continúa su vida en su finca y el padre de
Beatriz vuelve a Charalá con la tía Mariana.
El padre de Beatriz, Pedro, contó a sus hijas, esposa y tía el bre-
ve encuentro con su madre Jacinta, también les narró cómo una vez
su madre le presentó a su nuevo esposo, este lo invitó a pasar a una
habitación oscura donde entregó a Pedro un montón de monedas de
oro, monedas que él recibió y calculó cuando ya estuvo en casa con
su familia. El hijo buscó a su madre y recibió unas monedas de oro
de quien podría ser su padrastro, fue, tal vez, una forma de “compen-
sar” aquella carencia de la madre o del padre o de lo que se perdió.
No obstante, este es un acto entre dos hombres, donde Jacinta se
mantuvo al margen.
Varios elementos confluyen en este acto final, uno de ellos es que
Jacinta había reconstruido su vida al margen de su primer hijo, ella
fue a la Guerra de los Mil Días y, probablemente, ello le permitió sig-
nificarse en otros roles, que aportaron a una construcción identitaria
desde nuevas perspectivas.
Jacinta, una mujer de la guerra, podría ser la antítesis de la repre-
sentación de la maternidad, pues ella, como gestadora de vida, hizo
parte de aquellas hordas aniquiladoras. Jacinta logra romper la cues-
tión de la naturaleza femenina, ya que las virtudes consideradas como
propias de lo femenino como la ternura, la sumisión y la pasividad no
serán las cualidades que mejor definan a una mujer guerrera, por ello
Jacinta representa la maternidad que no obedece a una lógica patriarcal,
la que une indisoluble y eternamente a una madre con su hijo.

La madre proveedora
Otro caso que presenta una construcción distinta a la maternidad tra-
dicional santandereana es el de Beatriz, ella, al igual que Adelaida, nos
brinda una imagen de su madre, recuerdo que nos permite reconocer
otra maternidad, significada en los siguientes términos:

Maternidades en resistencia 213


Mi mamá era una mujer que todos los días se arreglaba y se iba a
su almacén que tenía propio, todavía tenemos ese local, nosotras
nos íbamos para el colegio, a nosotras nunca nos faltaba nada por-
que, por ejemplo, los uniformes, los libros, todo esto lo vendían
en el almacén de mi mamá, entonces nosotros teníamos siempre
los uniformes, los zapatos, todo, porque allá vendían todas esas
cosas. (Beatriz, 2012)

Beatriz, contemporánea y coterránea de Adelaida, vive en Charalá,


pero, a diferencia de Adelaida, las relaciones económicas y sociales
de su familia no tienen que ver directamente con la producción agrí-
cola. Beatriz recuerda a su madre como una mujer independiente, el
recuerdo de la gestación o la maternidad no aparece en esta primera
memoria. Beatriz representa a su madre como una mujer autónoma,
propietaria, que accede a recursos económicos, y cuya cotidianidad se
podría ubicar fuera del hogar, en el escenario público, entendiendo el
almacén como un espacio abierto y opuesto al privado, y el ejercicio
del comercio como una acción de alta interacción; es decir, una mujer
que se arregla y sale a trabajar en un almacén propio cumple el papel
de proveedora.
La distribución espacial diferencia claramente los roles y da
cuenta de un ordenamiento social, en el que lo público es valorado
y las actividades allí desarrolladas gozan de prestigio, asimismo este
espacio está caracterizado por ser un universo acotado que da lugar a
lo individual, erigiéndose como “el espacio del reconocimiento, el de los
grados de competencia del más al menos” (Amorós, 1994, p. 23); en
tanto que el espacio privado es oculto y no opera bajo la misma lógica
de competencia, en el mundo privado no se comprende claramente el
sentido de lo individual.
En la familia patriarcal se generan unas dinámicas que no permi-
ten el acceso de la mujer-madre al escenario público, ni posibilitan su
autonomía, pues el lugar de sus responsabilidades es el hogar; de igual
modo, su capacidad productiva no es reconocida económicamente,
sino que es naturalizada como su labor propia en tanto mujer. En ese
sentido, la narración de Beatriz recrea una imagen mujer-madre que,
antes de ser madre, es mujer-negociante, y para quien sus hijas no de-
bieron desempeñar un oficio o labor doméstica complementaria para

214 Narrativas de memorias y resistencias


la economía familiar, una mujer-madre que al ser proveedora puede
aportar al bienestar de las hijas, dotándolas de zapatos, uniformes y los
utensilios escolares necesarios para su cotidianidad como estudiantes.
Este aspecto, el de los oficios y las labores maternales o familiares,
requiere aun de otro análisis. La familia campesina (la de Adelaida)
se articula alrededor de las tareas agrícolas y productivas; debido a
esto se hace necesario tener hijas e hijos aptos para el trabajo en el
campo, a diferencia de la familia urbana, que, en el caso de Beatriz,
se configura alrededor del intercambio y la comercialización de pro-
ductos ya manufacturados en un mismo sitio; pero, a pesar de ello,
la filiación de sus actividades es distinta por la actividad económica
ejercida por los padres.
Beatriz hace parte de un hogar conformado por una madre que
tiene un lugar social y familiar reconocido (público). Su madre es va-
lorada no solo como madre y gracias a ello no ocupa un rol secundario
en la vida familiar; respecto a ella, Beatriz continúa:

Mi mamá, yo me acuerdo que mi mamá como que lo educaba, mi


mamá decía que el primer hombre que uno educaba era el marido,
uno en esa época no entendía, uno es un chino, eso como que uno
no comprende, pero una vez cuando uno crece y se casa eso es cierto,
¿quién es el primero que usted educa? No puede educar a su papá,
por respeto alguna cosita le dice, pero a su marido sí, porque con
su marido ya entran a convivir los dos. (Beatriz, 2012)

El papel tradicional de la madre dentro del hogar es ser la edu-


cadora: transmite los valores, las costumbres, la cultura; en este caso,
es una labor dirigida específicamente hacia las hijas y los hijos, dado
que en las relaciones intrafamiliares la mujer se ubica en una categoría
inferior respecto al padre. No obstante, la madre de quien nos habla
Beatriz es una mujer que educa al esposo. El reconocer en la madre a
la educadora no solo de la familia, sino del esposo, significa otorgarle
una sabiduría y con ella una valía de sí y una “autoridad”. Aquí nueva-
mente encontramos un punto de fuga respecto a la familia patriarcal,
caracterizada por la asignación de una voz autorizada al padre, quien,
por su parte, se asume como una figura de autoridad indiscutible.
Contrariamente, el ser educado por una mujer que está en el espacio

Maternidades en resistencia 215


público ubica a la mujer en un lugar de igualdad respecto al hombre,
en un proceso de aprendizaje mutuo que es bien recibido y que no
implica un desafío a la autoridad. Beatriz es consciente de ello, sabe
que su madre es una mujer moderna, y es una figura admirada por
ella. Se trata de un recuerdo que dejará un aprendizaje simbólico,
ubicado en el orden de la autonomía y la autoestima, en ese sentido,
Beatriz continúa afirmando:

Pero es cierto que uno educa al marido […] Mi mamá me decía, es


que la primera persona que uno educa es al marido, y yo ahora ya
grande y todo, me ponía a pensar, sí, yo me acuerdo que mi mamá
le decía a mi papá. Cuando eso había tiendas de chichería, no se
vendía mucho la cerveza, entonces con los amigos por allá iban,
como dos cuadras para allá había una cosa de esas, eso era muy
normal, entonces mi mamá una vez, yo me acuerdo como ahorita,
que le dijo “mijo, yo le voy a pedir un favor”, —“¿qué será?”— yo le
voy a pedir un favor, yo le quiero decir que cuando usted se quiera
tomar —allá le vendían piquetes y un vaso de chicha, entonces ya
empezaba tal vez la cerveza, yo me acuerdo de niña que tomaban
era brandy, no era como tal el whisky—, lo mejor es que no vuelva
allá a esas tiendas, el día que te quiera comer un piquete, aquí lo
hacemos, traemos a sus amigos y si quieren que venga y le hacemos
una jarra de chicha, pero no debe de volver allá, porque eso no le
queda bien”, y nunca más.

[…]

Me acuerdo que en mi casa yo no vi nunca que mi padre tratara


mal a mi mamá, ni que le pegara, ni que eso, porque habían otras
familias que, oía uno de niño, que le pegaban, en mi casa no vi eso
nunca, jamás, de mi papá y de mi mamá. (Beatriz, 2012)

Esta última afirmación, respecto a los golpes y el maltrato, nos


habla de cómo la sumisión de la madre y de las hijas e hijos al padre era
algo común y cómo a pesar de su violencia no acarreaba una sanción
social específica. De esta manera, se ejercía el control de y mediante
sus cuerpos.

216 Narrativas de memorias y resistencias


Beatriz nos presenta un relato que revela cómo emerge una ma-
ternidad, una paternidad y, por tanto, una familia con características
que se diferencian de la tradicional familia patriarcal santandereana.
Pedro fue criado por una mujer soltera, su tía Mariana, lo que supuso
que creciera sin aquel referente paterno, no fue educado a través del
castigo físico, y su referente femenino no reproducía la representación
de la típica madre-esposa santandereana, ya que, además, Mariana
era independiente económicamente. Pedro hereda una comprensión
diferenciada de la que es ofrecida por las representaciones tradicionales
de la maternidad y de la mujer, para él una mujer es una compañera y
en esa línea, y gracias a Paulina, las niñas de este matrimonio no serán
educadas para ser mujeres-madres, en el sentido unidimensional de la
mujer en el sistema patriarcal santandereano. Podría decirse que los
miembros de la familia de Beatriz, especialmente su madre,

romperán la ecuación que sustenta el modelo de familia patriarcal,


pues cuando una mujer gana nuevos espacios de participación en
el mundo público, logra una mayor capacidad para controlar la
reproducción, rompe la ecuación mujer igual madre y comienza
a proponer alternativas que le faciliten su actuar distinto en la
sociedad, en consecuencia, las representaciones sociales acerca de
la maternidad están sujetas a procesos de reproducción y cambio.
(Puyana, 2000, p. 101)

La madre maestra
Las distintas maternidades expuestas hasta el momento dan cuenta
de cómo, a pesar de la típica conformación patriarcal de la familia,
coexistieron diferentes tipos de maternidad dentro del mismo esquema.
Sin embargo, es preciso también visibilizar a aquellas mujeres que en
la época tomaron distancia del ser mujer-madre; Alicia, hermana de
Adelaida, nos cuenta su historia:

Alicia: Allá había chircal, tejar, cigarrería, pesebrera, sastrería,


adobería o sea donde se hacía adobe y molino…

Sonia: ¿Quiénes trabajaban allí?

Maternidades en resistencia 217


Alicia: Buscaban obreros, pero a nosotras nunca nos dejaron de
balde, mi papá decía que el que está de balde está teniendo malos
pensamientos… como había tanto trabajo, barrer, trapear, picar
pasto, picar caña, desgranar maíz para las gallinas y para las are-
pas, ordeñar vacas, ayudarle a la empleada, a Susanita, todo esto
nos tocaba.

Mi mamá pobrecita, ella trabaje y trabaje con Susanita, me acuer-


do que pelábamos la yuca, porque habían obreros y teníamos que
darles desayuno, media mañana, almuerzo, onces y comida… A
Adelita como era la mayor todos le obedecimos, la respetábamos
y la queríamos mucho, mi hermano Rodrigo también fue muy
trabajador, porque como había chircal, a él le tocaba antes de irse
para el colegio dejar el oficio hecho. Y como le digo no nos dejaban
de balde […] Eso a las cuatro de la mañana era la levantada, y se
rezaba el rosario y luego cada uno a su oficio, como le digo unos a
partir la leña, otros a moler para la arepa, porque allá era todos los
días mazamorra y arepa, con chocolate, eso sí la comida era muy
buena, mi papá compraba la carne era por arrobas […] Fíjate para
educar tantos hijos lo que tuvo que trabajar mi papá. Piense usted
para educar 24 hijos, seis de la primera esposa y 18 nosotros.

Sonia: ¿Y si se querían ir de la casa?

Alicia: ¡Irse para donde!.. No eso nadie se podía ir, si se iba era casada,
como le digo no nos dejaban de balde, el rosario era a las cuatro de
la mañana y en la noche a las 8, y el domingo a misa. (Alicia, 2012)

Al preguntarle a Alicia por su infancia, ella no habla de juegos,


describe un escenario rural, en el que, junto con sus hermanas y her-
manos, estaba dedicada al trabajo en la casa, el chircal, la pesebrera,
donde todas y todos tenían responsabilidades. Describe cómo los días
transcurrían entre el trabajo y el rosario, y ante la pregunta sobre la
posibilidad de un mundo fuera del hogar, Alicia responde categóri-
camente que era imposible salir de casa a no ser casada y precisa la
dinámica. En este relato se detalla la cotidianidad campesina de las
mujeres de su familia. Alicia presenta este panorama para desde allí
construir su experiencia y plantea, a manera de explicación, cuál hu-
biera sido esa vida de casada que ella rechazó.

218 Narrativas de memorias y resistencias


Es preciso recordar que Ana, Adelaida y Alicia hacen parte de
familias típicamente rurales, es decir, numerosas, trabajadoras y cató-
licas, que, a diferencia de la familia de Beatriz, están más vinculadas
con la producción agrícola que con el comercio de artículos ya manu-
facturados (almacén). Siguiendo el relato de Alicia, en especial en lo
que se relaciona con el trabajo cotidiano y la imposibilidad de dejar
la casa, podemos intentar dilucidar la doble condición de servilismo
y presidio que ella describe, volviendo a las ideas de Marcela Lagarde
cuando escribe: “Las mujeres deben mantener relaciones de sujeción
a los hombres, en este caso, a los conyugues. Así articuladas, la ma-
ternidad y la conyugalidad, son dos ejes socioculturales y políticos
que definen la condición genérica de las mujeres; de ahí que todas las
mujeres sean madresposas” (2003, p. 365). Alicia no va a ser esposa
ni tampoco madre biológica, y asume la vía del trabajo y del cuidado
de otros a través del Liceo. El relato de Alicia continúa:

Sonia: ¿Qué opciones había si no se querían casar?

Alicia: Pues trabajar, como yo, que no me casé pero puse mi colegio
[…] Yo solo tuve hasta cuarto de primaria en cambio Adelita tuvo
más, y todas las demás, yo fui la que menos estudié pero la que
más trabajé, y aquí todo el mundo me dice señorita Alicia, señorita
Alicia, muy poquita persona me dice señora, pero porque no me
conoce. Hoy tengo 85 años, y de esos 44 años educando.

Sonia: ¿De dónde vino la idea de montar un liceo?

Alicia: Fui catequista, empecé de profesora en una escuela, pero


nadie sabía que yo solo había hecho sino hasta cuarto de primaria,
luego me salí de ahí y en la misma casa paterna empecé a enseñar,
con poquitos niños, pero así empecé, se mandaron a hacer pupitres
y como la casa era una casa grande que tenía calle por tres partes y
su solar, yo empecé ahí, en por decir la sala, era un colegio mixto,
el Liceo Santo Domingo Sabio se llamaba, era solo de primaria. Yo
le alcancé a comprar la casa a mi papá y a mi mamá, y con cuarto
de primaria, todas mis hermanas estudiaron hasta el bachillerato
yo no porque me dediqué a trabajar, y no me pesa.

Yo soy la sexta de los hijos, fui la más negra y la más fea, pero fui la
que más serenatas tuve, y tuve serenatas bonitas, para las serenatas

Maternidades en resistencia 219


no lo dejaban salir a uno, tocaba mirar por la ventana, a ver quién
era y para cuál era, sabiendo quién era uno sabía para cuál era […]
Sí, tuve muchas serenatas.

Sonia: ¿Y ninguno te llamó la atención?

Alicia: Sí, pero no, no me casé, pero fui la que más hijos tuve y
ese respeto, señorita Alicia, señorita Alicia, miles de hijos tuve, mi
papá les decía a mis hermanas, eso no se casen, sigan el ejemplo de
Alicia, solteras pero bien solteras no a medias, después cuando les
daban serenatas a las otras, no me pesa no haberme casado, tienen
que sufrir ser esclavas del marido y de los hijos, hay que estar pen-
diente de ellos, bañarlos, vestirlos, peinarlos, remendarles, y todo,
porque por más empleada que haya tienen que trabajar mucho, hay
que tener cuidado con la empleada coqueta con el marido, todas
menos Susanita, ella fue como una mamá para nosotros, mi mamá
nos decía que el matrimonio era muy pesado, pero todas se casaron.

Sonia: Cuéntame sobre tu mamá

Alicia: Mi mamá siempre en la casa, siempre, y la correa era en una


puntilla, en un clavo allá, colgando y con que uno medio molestara
o dijera alguna mala expresión miraban la correa y uno quedaba
quietico, porque qué tal que la bajaran y le dieran, así nos educaron,
con mucha disciplina, y todas muy obedientes, ninguna metió las
paticas, todas se casaron, muchas serenatas, fui la que más y fui la
única que no me casé.

Sonia: ¿Por qué no te casaste?

Alicia: Es que el marido no es cualquier cosa, para estar esclavas de


ellos, y ellos sí pueden estar con una y con otra, y la pobre mujer
cocine, lave, planche, remiende, muy pesado… No me casé, tuve
mi colegio, y a los niños los sacaba adelante, tengo muchos curas,
muchos doctores, gamincito ninguno, y nadie me podía perder.
(Alicia, 2012)

Alicia es enfática cuando equipara la condición de madre con


la esclavitud, con la trampa que para ella contenía el matrimonio,
una experiencia dolorosa caracterizada por la ausencia de libertad.

220 Narrativas de memorias y resistencias


Fotografía 3. Fotografía de Charalá Santander, Colegio Santo Domingo Sabio

Al Centro, párroco, a su izquierda, Ana Fuente: archivo familiar.


y, a la derecha, Justino. Primera línea
superior derecha, Alicia.

Alicia decidió no contraer matrimonio a pesar de tener muchas se-


renatas, de lo que podríamos suponer que tenía muchos pretendien-
tes; su opción de vida fue desempeñarse como maestra, oficio que
era reconocido como uno de los pocos trabajos en los que se podía
desempeñar una mujer, ya que, al estar asociado con el cuidado de
las niñas y los niños, se le asimilaba con lo que tradicionalmente se
consideraba “propio de la mujer”, como también sucedía con los oficios
de enfermera y religiosa. En el caso de Alicia, el oficio de enseñar se
desarrolló en la casa paterna, lo que le permitió contar con el apoyo
familiar, asimismo es significativo el hecho de que sea el padre quien
aconseje a sus hijas no contraer matrimonio y, a la vez, que sean ellas,
a pesar de la insistencia del padre, quienes busquen el matrimonio
como una opción de vida.
Alicia insiste en que ella consiguió hacerse una vida decorosa
habiendo cursado solo hasta quinto de primaria, y sin contraer matri-
monio, a pesar de haber sido pedida en matrimonio en varias ocasiones.

Maternidades en resistencia 221


Ella, a diferencia de sus hermanas, no se casó, decisión respetada por
su familia, pues tenía una idea clara sobre el futuro que le deparaba ser
una madre-esposa, por ello siguió los consejos de sus padres y tomó
la decisión de conseguir su propia autonomía ejerciendo una carrera
docente. Inicialmente se desenvolvió como catequista para luego fundar
su colegio en la casa paterna, casa que al final compró a sus padres.
Cuando Alicia señala que consiguió respeto y admiración no exagera,
pues el Consejo Municipal de Charalá, en el año 2010, exaltó su laboral
al considerarla: “patrimonio viviente quien ha contribuido al progreso
educativo del municipio, quien con su mente clara e impetuosa infunde
a la comunidad propósitos de progreso personal y educativo de los
niños y jóvenes charalenos” (Consejo Municipal Charaleño, 2010).
Alicia constituye un sentido diferente de la maternidad, ella se
asume como una madre, considera que de sus hermanas, ella fue la que
más hijos tuvo y que de estos ninguno salió “gamincito”, esta reflexión
nos permite comprender cómo Alicia construye una maternidad pa-
ralela a la maternidad patriarcal, y se significa madre, pero esa no fue
su única dimensión, creó una identidad que le permitió habitar un
mundo patriarcal y, al tiempo, resistirlo.
Ana, en cambio, nacida a principios del siglo XX en un sector
rural, encarnó una vida determinada por un esquema patriarcal, en
el que las mujeres permanecieron en el hogar y asumían las labores
agrícolas como una proyección de sus responsabilidades de cuidado,
y los hombres eran los encargados de proveer y representaban la au-
toridad al interior de la familia. Ana y Justino ejemplifican la familia
santandereana típica, educaron a sus hijos e hijas siguiendo el patrón
patriarcal, y velaron por el cumplimento de sus costumbres según la
usanza, en parte porque ello era mandado por Dios.
Por su parte, Adelaida y Alicia, nacidas en la segunda década del
siglo XX, intentaron asumir la maternidad como una normativa que
se debía seguir o, tal vez, no. Adelaida la reproduce a semejanza de
su madre, como un “deber ser” esencial o una permanencia natural;
Alicia, en cambio, si bien también la entiende así, fractura la lógica
de la maternidad patriarcal al no asumirla, sin embargo, homologa el
rol con el de maestra, logrando una transformación significativa que
no la estigmatiza al no cumplir con el deber ser. Al contrario, su libre

222 Narrativas de memorias y resistencias


decisión sobre la maternidad le permitió entregarse por completo a
su labor de maestra, consiguiendo autonomía y reconocimiento, y
construyendo una identidad sustentada en otro oficio, que, aunque
relacionado con el cuidado, representaba un cambio significativo, pues
era de los pocos escenarios aceptados para desempeñarse como mujer.
Al comparar estas dos experiencias relacionadas con la mater-
nidad, en un contexto familiar idéntico, la historia de Jacinta cobra
un sentido diferenciado, si tenemos en cuenta la típica configuración
santandereana. Jacinta toma distancia de la representación de la mujer-
madre, fracturando el modelo de la maternidad, pues es una madre
que abandona, que renuncia a su rol, a lo esperado. Se podría decir,
incluso, que ella se ubica fuera del escenario familiar. En este sentido, la
construcción familiar del niño Pedro no reprodujo la maternidad ni
la paternidad patriarcales en su pleno sentido, de ello nos da cuenta la
experiencia de Beatriz.
Jacinta es una mujer recordada en el nivel de la anécdota, su au-
sencia es un fenómeno que permitió a Pedro significar de otra forma
las relaciones de género en el mundo tradicional santandereano de
principios de siglo y que, a su vez, impactó a la generación siguiente,
la de Beatriz; una ruptura que se da en el mismo pueblo en el que vive
Adelaida, y que obedece a circunstancias coyunturales que moldean
y posibilitan la deconstrucción y la reconstrucción de las identidades
más allá del referente cotidiano.
Para la segunda mitad del siglo XX Adelaida ya es madre de una
prole, e Inés, la mayor de sus hijas, nos relata algunos pormenores que
recrean la maternidad de Adelaida. Uno de ellos es la delegación de
responsabilidades, elemento que da cuenta de la reproducción de un
aspecto de la maternidad patriarcal y, al mismo tiempo, señala cómo
estas responsabilidades debieron ser asumidas porque Adelaida no tenía
tiempo, pues estaba trabajando. Se introduce así un nuevo elemento:
la autonomía económica, en sintonía con los cambios económicos y
urbanos de la época, que generaron otras prácticas para la maternidad,
como lo señala Florence Thomas problematizando el siglo XXI:

No se le puede pedir por más tiempo a las mujeres, cumplir si-


multáneamente con nuevos roles generados por los contextos

Maternidades en resistencia 223


socioeconómicos y las dinámicas políticas actuales, y viejos roles
definidos hace siglos muy sutilmente naturalizados por una cultura
patriarcal que quiere modernizarse sin tocar el corazón de sus viejos
fantasmas, representaciones e imaginarios. (2000, p. 165)

La memoria de Inés documenta el inicio de esa nueva estructura a


la que Adelaida empieza a vincularse, ya no en un contexto rural, sino
urbano. Este es un caso en el que la maternidad patriarcal de Adelaida
es cumplida por transferencia, pero, a la vez, se ve modificada, pues
Adelaida no está la mayor parte del tiempo al cuidado de los hijos y
las hijas, resignificando la maternidad en clave patriarcal.
Asimismo, y con la intención de visibilizar cómo la estructura
patriarcal se adapta reclamando lugares tradicionalmente ejercidos
por las mujeres, el relato de Inés nos habla de cómo el nacimiento era
un acontecimiento familiar íntimo, que ocurría en el hogar, y en el que
las hijas y los hijos participaban, y en el caso de Inés, fue su padre, en
compañía de la partera, quien presenta a sus hermanas y hermanos
los recién nacidos. Las parteras eran mujeres sabedoras, llenas de un
conocimiento que las facultaba para tal acontecimiento, sin embargo:

La ideología patriarcal logró despojarlas y recuperar casi todo lo


que rodeaba el acto de dar a luz: se entregó el parto al saber médico
practicado exclusivamente por los hombres hasta mediados del si-
glo XX en Colombia, alejando y castigando a las mujeres que eran
meras reproductoras de vida habitadas por un instinto materno,
vaciando así casi totalmente este hecho de su sentido sagrado y tan
hondamente simbólico. (Thomas, 2000, p. 112)

La configuración del orden patriarcal a nivel familiar es repro-


ducida por las mujeres formadas para tal fin, el relato de Inés revela
cómo operaron las dinámicas de las mujeres en el hogar, transmitiendo
de una generación a otra el modelo de organización familiar y las res-
ponsabilidades. Asimismo, el relato nos brinda otras características
de la configuración familiar, que entre una generación y otra tiene
variaciones, transformaciones y permanencias, que, a su vez, obedecen
a procesos económicos, políticos, culturales y a unos discursos que
nos revelan cómo la estructura patriarcal se presenta en distintos
momentos históricos.

224 Narrativas de memorias y resistencias


Bibliografía

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maternidades, resistencias y locura”. Entrevista de S. Ruiz Galin-
do. Universidad Nacional de Colombia, Maestría en Estudios de
Género, área Mujer y Desarrollo, Charalá, Santander.

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maternidades, resistencias y locura”. Entrevista de S. Ruiz Galin-
do. Universidad Nacional de Colombia, Maestría en Estudios de
Género, área Mujer y Desarrollo, Bogotá.

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226 Narrativas de memorias y resistencias


Resignificando La Casita del Terror:
el espacio como representación de la reconciliación

Angélica María Nieto García1

E
n su libro El arte de la memoria, Frances Yates2 explica en detalle
el arte de la retórica, que se apoya en la mnemónica pensada
y perfeccionada por los griegos. Grosso modo la técnica con-
siste en relacionar lugares e imágenes con grandes cargas emotivas,

1 Politóloga. Magíster en Estudios Políticos y Máster en Ideas Políticas e Inteligencia del


Mundo Contemporáneo, Universidad de Marne La Vallée (Francia). Docente investigadora
de la Corporación Universitaria Minuto de Dios, Bogotá, Colombia. Este texto surge como
parte del proyecto de investigación “Aprendiendo del ‘Progreso’, Haciendo Memoria con
los Sancarlitanos, la Construcción de la Hidroeléctrica de San Carlos en los Años 80’s”,
financiado con recursos de la I Convocatoria de Investigación de la Dirección General
de Investigaciones de esta misma institución.
2 Para entender un poco la mecánica de la mnemónica, me gusta citar un bello pasaje del
libro de Yates: “En un banquete que daba un noble de Tesalia llamado Scopas, el poeta
Simónides de Ceos cantó un poema lírico en honor de su huésped, en el que incluía un
pasaje en elogio a Cástor y Pólux. Scopas dijo mezquinamente al poeta que él solo le pagaría
la mitad de la cantidad acordada y que debería obtener el resto de los dioses gemelos a
quienes había dedicado la mitad del poema. Poco después se le entregó a Simónides el
mensaje de que dos jóvenes le estaban esperando afuera y querían verle. Se levantó del
banquete y salió del exterior, pero no logró hallar a nadie. Durante su ausencia se des-
plomó el tejado de la sala de los banquetes aplastando y dejando, bajo ruinas, muertos a
Scopas y a todos los invitados; tan destrozados quedaron los cadáveres que los parientes
que llegaron a recogerlos para su enterramiento fueron incapaces de identificarlos. Pero
Simónides recordaba los lugares en los que habían estado sentados a la mesa y fue, por
ello, capaz de indicar a los parientes cuáles eran los muertos. Los invisibles visitantes, Cástor
y Pólux, le habían pagado hermosamente su parte en el panegírico sacando a Simónides
fuera del banquete momentos antes del derrumbamiento” (1974, p. 17).

Resignificando La Casita del Terror: el espacio como representación de la reconciliación 229


que instalan el recuerdo en la mente de quien la ejercita. Esa relación
entre lugar e imagen es importante para entender por qué los lugares
son poderosos vehículos de la memoria. Así, los espacios donde se
han cometido graves hechos de violencia se convierten en lugares
de memoria: en marcas que solo el tiempo y cuidadosos ejercicios
simbólicos de resignificación pueden cambiar.
El caso del hotel Punchiná, en el municipio de San Carlos (An-
tioquia), nos permite efectuar una reflexión acerca de las marcas que
deja la violencia en los lugares y la difícil tarea de su resignificación.
Los sancarlitanos, que han sufrido los embates de todos los grupos
armados en confrontación dentro de su territorio, han apostado a la
reconciliación como camino privilegiado hacia el futuro y parte de
este ejercicio incluye la intervención de dichos lugares de memoria.
Así, el presente texto está dividido en tres partes: la primera, en
la que se efectúa una contextualización acerca del municipio y de la
violencia de la que ha sido objeto; la segunda que describe los ciclos de
la memoria que aparecen en los relatos de sus habitantes, y una tercera,
que aborda las disputas por el lugar como desafío a la reconciliación.

Lo que hay en disputa


San Carlos es un municipio ubicado a 119 km de Medellín, capital
del departamento de Antioquia y segunda ciudad más importante de
Colombia, donde están ubicadas élites políticas e industriales de alta
incidencia en el país.
Podría decirse que en San Carlos coexisten dos tipos de eco-
nomía: una que moviliza los grandes recursos que genera la central
hidroeléctrica más importante del país,3 propiedad de la empresa
Isagén y que se conecta con los circuitos de los capitales nacional
e internacional; y otra local, en la que intervienen casi todos sus

3 La central hidroeléctrica de San Carlos es la de mayor capacidad de generación de


energía eléctrica de Colombia (1.240 MW).

230 Narrativas de memorias y resistencias


pobladores, representada en la agricultura (café, plátano, yuca, fríjol,
tomate chonto y cacao), la ganadería, la porcicultura, la avicultura
y la explotación maderera y minera, actividades que se han visto
ampliamente afectadas por la crudeza de la violencia ejercida en su
territorio.

Debido a la belleza de sus paisajes, caracterizados por hermo-


sas caídas de agua, el municipio tiene un gran potencial turístico
que hasta ahora no ha podido desarrollarse adecuadamente por las
secuelas de la guerra y porque las vías que lo comunican con la Au-
topista Medellín-Bogotá y con el resto del país están en condiciones
lamentables, pese a que es uno de los municipios que genera más
recursos de la región.4

Según sus habitantes, muchos políticos que han ido a San Carlos
en tiempos electorales han prometido la mejora de las vías pero hasta
ahora esto no ha sido posible. Todo se queda en promesas. En palabras
de la alcaldesa actual, el arreglo de las vías sería una muy buena forma
de reparar a la comunidad sancarlitana por los hechos de violencia de
que fue objeto en los últimos años.5

Desde el punto de vista estratégico, San Carlos tiene una ubica-


ción privilegiada, ya que comunica al centro del país con el Magdalena
Medio y se convierte en paso obligado para el tráfico de armas y estu-
pefacientes. Este aspecto, aunado a su riqueza en recursos naturales,
lo ha convertido en territorio en disputa de todos los actores armados,
desde la década de los años ochenta.

4 En territorio sancarlitano se encuentran seis ríos (San Carlos, Samaná norte, Guatapé,
San Miguel, Arenal y Calderas) y aproximadamente 76 quebradas. Cada año entre el 8
y el 15 de agosto se celebran las fiestas del agua, a las que concurren turistas de todo
el departamento.
5 María Patricia Giraldo, alcaldesa elegida para el periodo 2012-2016, hizo esta afirmación
ante funcionarios de diversas instituciones estatales de órdenes nacional y departamental
y ante agencias de cooperación internacional, en una reunión realizada en mayo de
2012, con el fin de presentar el balance del retorno de familias desplazadas, auspiciado
por la Alianza Medellín-San Carlos.

Resignificando La Casita del Terror: el espacio como representación de la reconciliación 231


En resumen, se puede afirmar que como muchos lugares de Co-
lombia, San Carlos enfrenta la paradoja de contar con grandes recursos
naturales que son explotados, sin que esto se vea revertido en buenas
condiciones de vida para sus habitantes.6

La violencia y sus secuelas


Las fuentes escritas de Restrepo (2010), García et al. (2011), Memo-
ria Histórica (MH)7 (CNRR y MH, 2011), así como los testimonios
obtenidos con los habitantes de San Carlos, coinciden en ubicar el
inicio de la violencia a principios de los años ochenta, cuando los lí-
deres de los movimientos cívicos empezaron a ser asesinados a manos
del recién creado grupo Muerte a Secuestradores (MAS), financiado
por los narcotraficantes del cartel de Medellín. Es así como el 23 de
octubre de 1983 fue asesinado el primer líder cívico del Oriente An-
tioqueño, Julián Conrado David, que pertenecía al movimiento cívico
de San Carlos.8
Como protesta ante este asesinato y con el fin de denunciar el
incumplimiento del Gobierno de los pactos establecidos con el Mo-
vimiento Cívico de Oriente, el 12 de febrero de 1984 se realizó un
paro de 48 horas en toda la región. En San Carlos, sin embargo, este
paro se prolongó por diez días más, lo que derivó en que varios de sus
líderes fueran asesinados en los años siguientes.

6 Según registros del DANE, a 2005 en San Carlos había 29,93 % de NBI: 27,66 % en la
cabecera municipal y 31,9 % en el área rural (Restrepo, 2010, p. 33) y el 98 % de las
familias se encuentra por debajo de la línea de pobreza (CNRR y MH, 2011, p. 384).
7 Memoria Histórica es un grupo de investigación que hace parte de la Comisión Na-
cional de Reparación y Reconciliación (CNRR). Este grupo tiene como función elaborar
informes sobre la memoria de la violencia en Colombia. En virtud de la cantidad de
hechos de violencia (más de 2.000 masacres contadas desde 1964), se decidió utilizar
la metodología de documentación de casos emblemáticos. Es así como en el año 2011
MH presenta su informe “San Carlos. Memorias del éxodo en la guerra”.
8 Otros líderes asesinados fueron: Iván Castaño y Jairo Giraldo en 1984; Gabriel Velásquez
y William Tamayo en 1986; Jorge A. Morales, Héctor Giraldo y Luis Felipe Noreña en
1988 (CNRR y MH, 2011, p. 138).

232 Narrativas de memorias y resistencias


Entre 1988 y 1997, los grupos guerrilleros Ejército de Liberación
Nacional (ELN) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia
(FARC) mantuvieron su hegemonía en el municipio. En consonancia
con lo sucedido en toda la región del Oriente, en San Carlos estos
dos grupos tuvieron momentos de cercanía y de confrontación por el
dominio territorial.

A finales de los años noventa, se inició el periodo más fuerte de


la violencia en el municipio, como resultado de la aparición de los
paramilitares que buscaban exterminar a los grupos guerrilleros. La
violencia extrema se prolongaría hasta mediados de la década del
2000. Según cifras del MH, entre 1998 y 2010 se perpetraron 33
masacres, concentradas en el periodo 1998-2005. El total de personas
asesinadas fue de 219; 23 de estas masacres fueron perpetradas por
los grupos paramilitares, seis por las FARC y cuatro no han podido
ser atribuidas a ningún grupo en concreto.

Como resultado de la violencia ejercida por todos los grupos


armados sobre los habitantes de San Carlos, cerca del 80% de su
población debió desplazarse: entre 1998 y 2005 fueron desplazadas
17.724 personas. Los años más intensos fueron el 2003 y el 2004
(CNRR y MH, 2011, p. 68).

El desplazamiento forzado trajo como consecuencia la descom-


posición de los grupos familiares, el desarraigo, la desestructuración
de los proyectos de vida, la deserción escolar, el rezago de la economía
local, la desaparición de las fuentes de empleo y la aparición de todo
tipo de enfermedades mentales. Cabe decir que los sancarlitanos
sufrieron múltiples modalidades de violencia: asesinatos, tortura,
secuestros, violaciones sexuales, extorsión y mutilaciones por minas
antipersonas, entre otras más.

Desmovilización y reconciliación
Como resultado de las negociaciones entre los grupos paramilitares y
el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, en 2003 se inició el proceso de des-
movilización formal de estas estructuras. Este proceso estuvo rodeado

Resignificando La Casita del Terror: el espacio como representación de la reconciliación 233


de críticas por escándalos de falsas desmovilizaciones9 y por poner
énfasis en la voz de los victimarios dejando de lado a las víctimas.10 En
San Carlos la desmovilización se terminó en el 2005. A continuación
cito un testimonio recogido en el informe de MH:

En el momento de la desmovilización se quedó en San Carlos más


gente de fuera que propios, no operaban aquí pero vinieron a ope-
rar en los últimos días para responder por el número de hombres
a desmovilizar, los trajeron a finales de mayo y se desmovilizaron
en agosto. Muchos de los de verdad no se desmovilizaron, otros se
desmovilizaron en Cristales y al momento de ubicar dónde residen-
ciarse se ubicaron en otro municipio. ¿En qué consistió la desmo-
vilización? ¡Uchi ganado!, cogieron los fusiles que iban a entregar
y ¡uchi ganado!, ahí un carro esperando, como cuando usted arrea
para una pesebrera; tres carros en la Esperanza y ahí hay que meter
tantos hombres. Se fueron a diferentes partes del municipio a traer
muchachos para completar números, por eso siempre hemos dicho
(que) los desmovilizados no son todos los que están, ni están todos
los que son. Terminaron metiendo a ese cajón a gente que nunca
fue. (CNRR, MH, 2011, p. 336)

Como se percibe en este testimonio, en San Carlos la desmovi-


lización de los grupos paramilitares no estuvo exenta de críticas y de

9 Actualmente Luis Carlos Restrepo, el comisionado de paz del gobierno de Álvaro Uribe
Vélez, está siendo investigado por la falsa desmovilización de la Compañía Cacica
Gaitana de las FARC. El juicio se está realizando en su ausencia, ya que salió del país
argumentando falta de garantías. Organizaciones no gubernamentales y de víctimas
denunciaron en su momento que las sonadas desmovilizaciones no se estaban llevando
a cabo con la transparencia requerida.
10 Durante los dos periodos del gobierno de Álvaro Uribe Vélez (2002-2010) tuvo lugar
la desmovilización de grupos paramilitares. Se les dieron ventajas como por ejemplo,
que al confesar sus crímenes podrían pagar una pena máxima de 8 años de cárcel y en
el caso de los soldados rasos se les dieron subsidios de sostenimiento, capacitación en
oficios e incluso ingreso a las universidades. Por el contrario, en el caso de las víctimas,
las ayudas no llegaban o eran de difícil acceso debido a los trámites burocráticos. De
hecho, en 2010 el gobierno de Uribe, con el apoyo de miembros del Congreso de la
República, llevó al hundimiento de una iniciativa que buscaba la reparación integral a
las víctimas (Ley de Víctimas).

234 Narrativas de memorias y resistencias


desconfianza. Sin embargo, y a diferencia de muchos otros municipios
del país, allí un sector de las víctimas decidió impulsar la idea de la
reconciliación.
Para ello se iniciaron varias actividades: cara a cara entre víctimas
y victimarios en el parque central, solicitudes públicas de perdón por
parte de los victimarios, talleres psicosociales con víctimas y con vic-
timarios (aparte), y diversos ejercicios de memoria con las víctimas,
cuya finalidad era reflexionar acerca de lo sucedido como parte del
proceso terapéutico de sanación individual y colectiva.
Asimismo, se intervinieron dos espacios que por su significación
en la historia de la violencia de San Carlos fueron considerados clave:
el parque central en el que se levantó un monumento de reparación
simbólica a las víctimas del conflicto armado denominado El Jardín
de la Memoria, y el antiguo hotel Punchiná, donde se perpetraron
varios de los crímenes cometidos por los grupos paramilitares, y del
que se hablará en extenso a continuación.

Fotografía 1. El Jardín de la Memoria

Fuente: archivo personal.

Resignificando La Casita del Terror: el espacio como representación de la reconciliación 235


Un mismo espacio, diferentes lugares
Elizabeth Jelin afirma que “cuando en un sitio acontecen eventos
importantes, lo que antes era un mero ‘espacio’ físico o geográfico
se transforma en un ‘lugar’ con significados particulares, cargado de
sentidos y sentimientos para los sujetos que los vivieron” (2003, p. 3).

Pues bien, en el hotel Punchiná sucedieron y han sucedido di-


versidad de hechos, unos felices y otros de extrema violencia, que sin
duda han marcado las vidas de los sancarlitanos. Se ha convertido en
un “lugar de memoria”, y justamente por eso, por los significados que
encierra, en un lugar en disputa, de lucha política.

Lazzara (2003, p. 129) invita a distinguir entre el lugar físico y


el lugar de enunciación del sujeto que narra y le da sentido al lugar.
Afirma que los lugares físicos en sí mismos no producen sentidos, sino
que los sentidos son producidos por medio de los actos de narración
de los seres humanos. No todos los relatos contenidos en el presente
texto son iguales; en ellos podemos distinguir el relato de los que
Jelin denomina emprendedores11 de la memoria (2002, p. 48), de los
relatos de los otros, de los vecinos;12 es decir, que es posible diferenciar
dos lugares de enunciación de lo sucedido.13

11 Según Jelin, los emprendedores de la memoria son personas que desarrollan actividades
que permiten construir sentidos del pasado. Estas actividades pueden ser conmemora-
ciones, rituales, elaboración y difusión de documentos, etc., y tienen siempre un sentido
público y político.
12 Son quienes viven o vivieron cerca del lugar de memoria y cuyos testimonios transcurren
entre el “saber- no saber” (Mendizábal, 2012, p. 311).
13 El lugar de enunciación de los emprendedores de la memoria en San Carlos está mediado
por la experiencia traumática de la violencia sobre sí mismos, sus familias y su entorno,
y la apuesta política por la reconciliación, por su visibilización como ejemplo a seguir,
como muestra de que sí es posible. Por otro lado, el lugar de enunciación de los veci-
nos, aún tiene que ver con su fragilidad económica y política. Son personas que no han
asumido un rol protagónico y temen futuras retaliaciones. En algunos casos se percibe
cómo empiezan a pensar que su testimonio “tiene un valor”, es decir, que piensan que
si dan testimonio pueden llegar a tener ciertas concesiones económicas o tener acceso
a los beneficios de las políticas de reparación más fácilmente.

236 Narrativas de memorias y resistencias


Las etapas que aparecen en el relato tienen relación con los dife-
rentes usos que se le han dado al espacio físico; a su vez, este espacio
ha sido nombrado de una manera diferente en cada una de ellas: pri-
mero se le llamó hotel Punchiná, luego se le denominó La Casita del
Terror, posteriormente Centro de Acercamiento para la Reconciliación
y la Reparación (CARE) y actualmente Centro de Emprendimiento
Unidos por San Carlos (Ceusaca).

En el caso que nos ocupa es interesante percibir cómo la narra-


ción de la historia de San Carlos se condensa en la narración de lo
sucedido en el antiguo hotel. Parece una narración de fractal, o quizás,
como una de esas muñecas rusas, en las que cada una es copia de la
que la contiene.

A pesar de ser un lugar de memoria, o más bien, justamente por


eso, los relatos van y vienen, la memoria no es lineal y eso se constata
claramente en los testimonios de las personas entrevistadas. Al escu-
char las narraciones se pueden distinguir claramente tres momentos
de memoria en torno al hotel Punchiná: el primero que nos presenta
lo que podríamos denominar la edad de oro del hotel; el segundo en
el que el hotel se torna en un sitio del horror y el último en el que es
convertido en un lugar resignificado, un lugar que representa el futuro,
la reconciliación y la reconstrucción de San Carlos.

La edad de oro-El hotel Punchiná


[…] hotel Punchiná, bar Bululú, eso era bonito cuando las compa-
ñías… hasta vinieron artistas ahí… ahí vino este Caballero Gaucho,
muchos… y ya después cuando eso se volvió un cementerio… ¡ahí
sí se acabó todo! (Testimonio de una mujer mayor que es vecina
del hotel Punchiná)

Cuando se indaga sobre la época en la que funcionaba el hotel


Punchiná, no hay una gran diferencia entre los testimonios de los
emprendedores de la memoria y los vecinos del lugar.
Ninguno de los entrevistados sabe a ciencia cierta cuándo fue
inaugurado. Eso sí, recuerdan claramente que era el hotel más lujoso

Resignificando La Casita del Terror: el espacio como representación de la reconciliación 237


de San Carlos y sitúan sus recuerdos en los años ochenta cuando el
municipio era visitado por muchas personas.14 En general los relatos
sobre esta época son cortos, limitados en detalles. Quien más hace
alusión a este periodo es una señora mayor de setenta años que re-
cuerda la belleza del lugar, las grandes sombrillas colocadas enfrente
del hotel, los conciertos del Caballero Gaucho y de muchos otros
artistas que pasaron por sus salones. En sus descripciones se percibe
la nostalgia sobre el tiempo en el que San Carlos —y el hotel— eran
prósperos y bellos.
Al identificar este hueco en los relatos, se decidió ampliar la
información obtenida en los testimonios y preguntar entonces sobre
su propietario. La respuesta de todas las personas entrevistadas fue
precisa pero corta: Gabriel Puerta, sin muchos detalles. Al insistir,
algunos mencionaron que este señor fue extraditado por narcotráfico,
pero no dijeron nada más, tan solo añadieron que durante diez años
el hotel estuvo administrado por un hombre llamado Pacho Loaiza.
Con el fin de entender por qué la gente no quería hablar sobre esta
persona, se recurrió a fuentes escritas, donde se pudo establecer que
Puerta es miembro de una familia prestante de San Carlos, que fue
extraditado a los Estados Unidos por narcotráfico y que actualmente
se encuentra libre.15

14 El auge de la llegada de personas al municipio en los años ochenta corresponde a la


afluencia de trabajadores e ingenieros que participaron en la construcción de la hi-
droeléctrica de San Carlos y a la aparición de los carteles de narcotráfico en la región,
principalmente del Cartel de Medellín.
15 Gabriel Puerta es abogado y ganadero; fue funcionario de varias instituciones del Estado,
entre ellas el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) e incluso fue miembro
del cuerpo de seguridad del presidente Carlos Lleras Restrepo en los años sesenta. A
finales de los años noventa Puerta fue secuestrado por las FARC. Según un artículo de
la página web Verdad Abierta, después de su secuestro se trasladó al Valle del Cauca y
participó en la conformación de la Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Además sirvió
como mediador entre el cartel del Norte del Valle y los grupos paramilitares. En 2006 fue
extraditado a Estados Unidos por cargos de narcotráfico y lavado de activos. En agosto
de 2010 regresó al país tras purgar 3 años de prisión, cuando la pena original a la que
fue condenado era de 22 años. Al final, este señor acusado de narcotráfico, lavado de
activos, conformación de grupos paramilitares y tortura, purgó tan solo 5 años de cárcel.

238 Narrativas de memorias y resistencias


El prontuario delictivo del dueño del hotel y la certeza de que
actualmente se encuentra en libertad explica por qué la gente de
San Carlos no habla mucho de él en sus testimonios. Esto nos hace
preguntarnos en qué momento es posible “hacer memoria” y qué in-
convenientes y riesgos deben afrontar quienes testimonian sobre lo
sucedido, en un caso en el que no han transcurrido más de ocho años
desde que empezó el proceso de desmovilización de las estructuras
paramilitares. Nos hace pensar también en la responsabilidad de aque-
llas instituciones que impulsan políticas de memoria sin que existan
garantías de seguridad para los testimoniantes y la indefensión en la
que aún se sienten las víctimas de la violencia.

De la época dorada a La Casita del Terror


La belleza no se instala en la memoria tan fuertemente como el
horror. Las cortas alusiones que se hacen sobre la época dorada del
hotel solo sirven como marco que resalta la crudeza del dolor que se
vivió después en este espacio. Así como en el relato griego citado por
Yates, la fiesta ofrecida por Scopas solo es la antesala de la desgracia
que sobrevino después.

Como ya vimos en la contextualización histórica, hacia finales de


los años noventa los grupos paramilitares hicieron su aparición en San
Carlos, esto como parte de la estrategia contrainsurgente del Estado
en contra del ELN y las FARC, así como por la disputa en torno a un
territorio que adquiría cada vez más relevancia económica y estratégica.

El hotel Punchiná dejó de ser el reflejo de una sociedad próspera


y empezó a ser denominado La Casita del Terror. Entre sus paredes
ya no se escuchaban más las canciones arrabaleras del Caballero Gau-
cho, que hablaban de amores perdidos y nuevas ilusiones, sino que
se estremecían con los gritos de dolor de los torturados. Las jóvenes
mujeres ya no eran llevadas allí como parte del cortejo amoroso, sino
que sus cuerpos eran violados y mutilados por los señores de la guerra.
Muchos de los que entraron nunca salieron, muchos desaparecieron
y se dio inicio al largo camino de los duelos sin resolver por parte de
sus familias.

Resignificando La Casita del Terror: el espacio como representación de la reconciliación 239


Los testimonios sobre lo vivido durante estos años son sobrecoge-
dores, no solo por los detalles en los que entraron algunos entrevista-
dos, sino por la manera como los recuerdos pasaban por sus cuerpos;
sus rostros se tornaban muecas de dolor y sus brazos se cruzaban en
busca de protección.
A pesar de que en los relatos hay una clara identificación de esta
época con el terror es importante decir que hay diferencias marcadas
entre lo dicho por los vecinos y lo expresado por los emprendedores
de la memoria, ya que estos últimos entraron en detalles que develan la
elaboración de un discurso sobre lo sucedido, así como su agencia. En los
testimonios de los emprendedores no hay duda sobre el horror y sobre
la denuncia de los paramilitares como los perpetradores de la violencia.
Los testimonios de los vecinos, en cambio, están atravesados por
ese saber/no saber de los que tienen miedo a sufrir nuevas victimiza-
ciones. Síntomas de la no elaboración discursiva, son la imposibilidad
de establecer un hilo temporal en el testimonio, la narración en tercera
persona: dicen que otros les contaron, que hay rumores sobre esto o
aquello, pero no se atreven a afirmar que vieron u oyeron algo directa-
mente —cosa improbable porque sus casas están ubicadas muy cerca
del hotel— y las contradicciones en las que incurren permanentemente.
Para ilustrar este punto, tomamos fragmentos de la entrevista
efectuada a una de las vecinas. Ella afirma:

[…] Ellos venían ahí y le hablaban a uno (se refiere a los parami-
litares) […] nosotros nunca escuchamos gritos o que uno viera que
entraban a alguien nunca, nunca... Fue cuando ellos desocuparon
que nosotros volvimos… entramos. Porque eso lo desocuparon, eso
lo dejaron solo, pero uno no entraba solo porque le daba miedo,
eso lo dejaron abierto. Uno veía letreros como de sangre, cosas así,
pues eran cosas muy malucas, muy miedosas, muchas cosas como
satánicas. […] uno sí entra, sube. Hay como nostalgia, pero como
ahí no fue donde le pasó nada a la familia de uno… pero sí da como
tristeza de ver cómo era ese lugar, porque eso era muy hermoso, de
verlo cómo destruyeron todo, mirar que la Policía estaba ahí y no
hacían nada, tampoco el Ejército, nadie hizo nada y entonces pues
todo eso le da a uno mucha tristeza.

240 Narrativas de memorias y resistencias


Los apartes destacados en cursivas fueron tomados de diferentes
momentos de la entrevista y nos permiten señalar la contradicción
que surge entre los primeros momentos del testimonio, en los que
se afirma no saber, no haber percibido lo que sucedía en el hotel, y lo
que podríamos llamar “el clímax” de la entrevista en el que la mujer
ha logrado tal confianza que reclama la responsabilidad de las fuerzas
estatales —por lo menos por omisión—, lo cual deja en evidencia
que los hechos sí eran de su conocimiento y que además afectaban la
cotidianidad de las personas vecinas al lugar.16

Fotografía 2. Ubicación del hotel Punchiná

Estación
de Policía
Hotel
Punchiná

A la derecha el Hotel Punchiná y a Fuente: archivo personal.


la izquierda la Estación de Policía.

16 Cabe destacar que el cuartel de la Policía queda a menos de media cuadra del hotel.

Resignificando La Casita del Terror: el espacio como representación de la reconciliación 241


El relato paradigmático del horror en el hotel es el que se refiere
a Leidy Johana Cano Mesa, una joven de 15 años que fue contactada
por un hombre en el parque de San Carlos, a dos cuadras del hotel,
y que luego fue conducida a este sitio para ser violada, torturada,
asesinada y desaparecida.

El posicionamiento de este caso se produjo porque es el único en


el que se ha comprobado que la víctima fue conducida al edificio para
luego ser asesinada y enterrada allí. Según las investigaciones, ante
los reclamos de la madre de la joven, la Fiscalía fue a corroborar si el
cuerpo estaba en el hotel, pero días antes fue sacado para ser enterrado
en una casa vecina, porque los paramilitares fueron informados de la
visita de los funcionarios judiciales.

Este aspecto es importante porque dada la representación del


lugar como sitio de tortura y desaparición, algunos de los familiares de
las víctimas fueron a buscar allí indicios de lo que les pasó a sus seres
queridos, e incluso construyeron relatos sobre la posible existencia
de cadáveres entre las paredes de la cocina o en el piso de las habita-
ciones. Estos rumores fueron desmentidos después de las acciones de
búsqueda de la fiscalía en el solar del edificio, único sitio probable para
enterrar personas. Pastora Mira, líder del municipio, destaca cómo
se creó un mito que ella tuvo que ir desmontando, haciendo visitas al
edificio y mostrándole a la gente que sus paredes eran tan delgadas
que allí no podía haber enterrado ningún ser humano y además que
ya se habían efectuado las diligencias de revisión de todo el hotel para
descartar las presencia de más cuerpos.

Del terror a la reconstrucción. El CARE-Ceusaca


Después de la desmovilización de los grupos paramilitares en 2005,
la tranquilidad fue retornando poco a poco al municipio. A pesar
del dolor que significó la presencia de los grupos paramilitares en el
hotel Punchiná, los emprendedores de la memoria concentran sus
testimonios en la etapa actual, en la que el edificio ha sido recuperado
para ser convertido en un lugar donde se trabaja todos los días en la
reconstrucción de San Carlos.

242 Narrativas de memorias y resistencias


Este proceso ha tenido tres momentos principales: 1) la recons-
trucción física que se inicia cuando empezó a funcionar allí el CARE;
2) la resignificación por medio del trabajo con las víctimas y los desmo-
vilizados; 3) el periodo actual en el que el edificio se ha convertido en
un espacio donde funcionan diversas organizaciones que le apuestan
al futuro de San Carlos.
1. La reconstrucción. En 2006 se creó el CARE por iniciativa de
algunas mujeres víctimas del conflicto armado. En sus inicios funcionó
en la casa de una de ellas, pero cuando empezaron los encuentros con
los desmovilizados, ese ya no podía ser el lugar de reunión y se buscó
financiación para alquilar una casa que sirvió para los encuentros hasta
que se acabó el dinero del proyecto y fue necesario buscar otro lugar
para su funcionamiento.
Estando en esta situación, surgió la propuesta de uno de los
fiscales que estaba llevando el caso de extinción de dominio del hotel
Punchiná, para que el CARE empezara a funcionar allí. Esta idea,
que en principio parecía difícil de llevar a cabo por las condiciones
de abandono en las que se encontraban las instalaciones del edificio,
y los recuerdos de dolor y miedo asociados a él, se convirtió en el
motor de una tarea casi quijotesca. Así lo describe una de las mujeres
entrevistadas:
Fue un trabajo duro, de locos. Porque no era transformar un es-
pacio físico no más, porque eso era lo más fácil entre comillas. Fue
difícil porque no contábamos pues con un dineral para hacerlo,
era transformar imaginarios que quizás no eran tan imaginarios,
era transformar un espacio de dolor, de sufrimiento, de violencia,
de horror, por un espacio de recogimiento, de reconciliación, de
perdón, de unión, de reparación. (Entrevista con una mujer que
hace parte del CARE)

Al preguntar a esta mujer si la decisión de que el CARE funcio-


nara en ese edificio obedeció más a una necesidad que a una apuesta
por la resignificación del lugar, ella respondió enfáticamente: “Podía
haber soluciones más fáciles pero este es un sitio para resignificar”.
En efecto, la reconstrucción del edificio no ha sido fácil, pero mucho
menos lo ha sido su proceso de resignificación.

Resignificando La Casita del Terror: el espacio como representación de la reconciliación 243


La reparación del edificio se ha hecho posible principalmente
gracias al trabajo de las víctimas que han dedicado tiempo de manera
gratuita para esto. Algunas instituciones han designado recursos para
comprar los materiales necesarios para realizar tareas pequeñas, pero
no ha sido lo fundamental. Como parte del proceso de reparación
material a las víctimas, algunos desmovilizados de los grupos para-
militares han contribuido con horas de trabajo que les son tenidas en
cuenta en sus procesos judiciales.17
Los trabajos que se han realizado en la planta física del edificio han
sido lentos debido a la falta de recursos del CARE. Primero, limpiaron
las paredes del lugar donde había letreros soeces, rastros de sangre y
mugre; luego pusieron unas tuberías en las afueras del edificio para
tener servicio de agua; después consiguieron dinero con la Alianza
Medellín San Carlos18 y pintaron las paredes de adentro, la fachada
y limpiaron el solar en el que montaron una pequeña huerta jardín.
Al mismo tiempo que se producía la recuperación física del lugar,
se empezaron a hacer visitas, rituales religiosos y talleres,19 con el fin de
que la gente le perdiera temor a visitarlo y después para resignificarlo
como representación de “la resiliencia de los sancarlitanos”.20 Una de
las mujeres entrevistadas afirma:

[…] era difícil porque antes cuando la gente venía a este espacio, la
gente llegaba con ese temor a entrar aquí, y es que cuando nosotros

17 Según la Ley de Justicia y Paz los desmovilizados están obligados a reparar simbólica
y materialmente a sus víctimas. En el caso mencionado, quienes han contribuido en la
reparación del edificio son hombres que tenían un rango bajo en la estructura paramilitar.
18 La Alianza Medellín-San Carlos es un convenio a través del cual se busca ofrecer con-
diciones óptimas de retorno a las familias que se desplazaron de San Carlos hacia la
ciudad de Medellín, a causa de la violencia ejercida por los actores armados.
19 Se realizaron talleres de memoria y de recuperación de salud mental por parte de las
Promotoras de vida y salud mental (Provísames) que hacen parte del CARE.
20 En el caso de algunas mujeres que hacen parte del CARE se puede percibir la apro-
piación de un lenguaje que proviene de las capacitaciones y de los ejercicios de
memoria acompañados por psicólogos y profesionales de diversas áreas que han
estado en San Carlos.

244 Narrativas de memorias y resistencias


llegamos sí se sentía una energía maluca, se hicieron misas, vinimos
con el padre xxx que fue nuestra mano derecha. Nosotras mismas
ayudamos a arreglar, tapar huecos. Las paredes eran sucias con letre-
ros feos, ropa vieja tirada, no sabemos si de los victimarios o de las
víctimas, todo a punto de caerse, totalmente en abandono físico. A
través de rituales lo cambiamos las Provísames.21 Me decían: “ponga
muchas flores, que entren niños, eso ayuda”. Con ayuda de nuestro
señor y de todas las almas que sufrieron acá. […] Hicimos talleres,
empezamos a hacer talleres, inclusive una madre comunitaria que
le habían matado varios hermanos, ella no pasaba de la puerta,
no se atrevía. Entonces cuando había el refrigerio la llamábamos
para que entrara y poco a poco fue sanando y finalmente entrando.
(Testimonio de mujer perteneciente al CARE)

Esta estrategia del refrigerio en los talleres, también fue utilizada


para posibilitar el encuentro entre los desmovilizados y las víctimas.
Cuenta una de las líderes que con el fin de iniciar el proceso de re-
conciliación, en una ocasión empezaron a hacer talleres en diferentes
espacios del hotel. En una sala asistían las víctimas, en otra los victi-
marios. Al principio ni siquiera se miraban, pero un día pusieron el
refrigerio para todos en la misma mesa y fue así como poco a poco se
fueron acercando y empezaron a hablar entre ellos.22
Las actividades que se han realizado como parte del proceso de
reconciliación se han dado en lugares donde ocurrieron hechos
de victimización. Así, además de los talleres y la contribución al
arreglo del edificio por parte de los desmovilizados, se han realizado

21 Promotoras de Vida y Salud Mental, que estaba conformado por un grupo de mujeres
de la región, principalmente víctimas, que fueron formadas por organizaciones no gu-
bernamentales, con el fin de hacer trabajo psicosocial con otras víctimas.
22 Es importante aclarar que el apoyo al proceso de reconciliación en San Carlos no es
unánime, sino que corresponde a la iniciativa de algunas organizaciones sociales, la
administración municipal y los Gobiernos departamental y nacional. Hay críticas en
torno a la llegada de algunos desmovilizados y su papel en la sociedad sancarlitana, y
diferencias sobre el para qué de la reconciliación y su relación con la búsqueda de la
verdad, la justicia y la reparación (CNRR y MH, 2011, pp. 335-341).

Resignificando La Casita del Terror: el espacio como representación de la reconciliación 245


ceremonias de cara a cara entre víctimas y victimarios en el parque
central del municipio. Allí los desmovilizados han pedido perdón
público al pueblo sancarlitano por todos los actos de violencia
perpetrados.

Fotografía 3. Mensaje a paramilitares desmovilizados

Oficinas del CARE en el edificio del antiguo hotel Punchiná Fuente: archivo personal.

246 Narrativas de memorias y resistencias


Como parte de la resignificación del lugar, poco a poco se han
venido instalando allí, organizaciones e instituciones de diversa índole.
Lo que tienen en común es que todas manejan proyectos que tienen
que ver con la reconstrucción del tejido social de San Carlos. Además
del CARE, hoy día funcionan allí la Asociación de Piscicultores, la
Corporación Ayuda Humanitaria, la Asociación de Víctimas de Minas
Antipersonas, la Alianza Medellín-San Carlos que apoya los procesos
de retorno de los desplazados, próximamente empezará a funcionar
la oficina para la restitución de tierras e incluso la Escuela Superior
de Administración Pública (ESAP) que ofrece algunos cursos de ca-
pacitación para funcionarios públicos.
Otro aspecto importante es que el nombre del edificio se ha cam-
biado y hoy en su fachada se resalta el nombre Ceusaca,23 que resultó
de una convocatoria en la que podían participar todas las personas
del municipio. Este último cambio se dio muy recientemente, por lo
cual aún no hay una identificación del lugar con el nombre designado.
Cuando se les pregunta a las personas: ¿qué funciona allí? Afirman
inmediatamente: “El CARE”. Incluso algunos miembros que trabajan
en las organizaciones e instituciones que funcionan en el edificio, lo
identifican de esa manera.
En resumen podemos afirmar que el proceso de resignificación
del lugar ha sido impulsado principalmente por miembros de las orga-
nizaciones de víctimas. Esta resignificación pasa por la reconstrucción
de la planta física, pero también y quizás esto sea lo más importante,
por rituales y nuevas formas de nombrar el lugar, con el fin de avanzar
hacia un futuro más promisorio para San Carlos.
A continuación presentamos fotografías del solar del hotel Pun-
chiná antes y después de su reconstrucción. No hay que olvidar que
este lugar tiene un especial significado ya que se pensaba que allí había
enterrados varios cuerpos de víctimas de los paramilitares. Como parte
de las labores de resignificación del lugar, los emprendedores de la
memoria lo intervinieron para convertirlo en un jardín.

23 Centro Unidos por San Carlos.

Resignificando La Casita del Terror: el espacio como representación de la reconciliación 247


Fotografía 4. Solar del antiguo hotel antes de la intervención

Fuente: archivo personal.

Fotografía 5. Solar del antiguo hotel después de la intervención

Fuente: archivo personal.

248 Narrativas de memorias y resistencias


Las disputas por el lugar
Como ya se dijo, el hotel Punchiná era de propiedad de Gabriel Puerta,
un abogado y hombre prestante de San Carlos, que fue extraditado a
los Estados Unidos por cargos de narcotráfico y lavado de activos.24
Según versiones periodísticas, Puerta regresó a Colombia en 2010 y
desde entonces no se conocen noticias acerca de su ubicación o de sus
actividades. En una entrevista que le concedió al diario El Tiempo,
Puerta habló de sus oficios como mediador entre las Autodefensas
Unidas de Colombia (AUC) y los carteles del narcotráfico (El Tiempo,
22 de febrero de 2010).
Esta información, que fue recopilada a partir de fuentes periodísti-
cas que le hacen seguimiento al conflicto armado en Colombia, permite
dimensionar la importancia, el poder y la peligrosidad del antiguo
dueño del hotel Punchiná. Explica también, por qué en los relatos de
las víctimas y de las personas entrevistadas, siempre se hacen alusiones
muy vagas sobre él. Jamás, en ningún testimonio, se ha afirmado que
tenga algo que ver con la ola de violencia que se vivió en San Carlos
durante la incursión y permanencia de los grupos paramilitares. La
pregunta que surge entonces es si el hotel Punchiná fue “tomado” por
los paramilitares, o más bien, si el dueño se los puso a su servicio.
Esta pregunta adquiere mayor relevancia, cuando al relatar la
historia de la reconstrucción y resignificación del hotel, una de las
mujeres afirma que desde que el CARE empezó sus actividades allí,
ha tenido dificultades con una señora llamada Gloria Yepes que dice
reclamar la propiedad del edificio porque su “amigo” Gabriel Puerta
así se lo ha pedido.

Se sufrió mucho en este espacio porque el año pasado don Gabriel


Puerta, que es muy amigo de una señora que se llama Gloria Yepes,

24 En sentencia proferida por la Corte Suprema de Justicia el 18 de octubre de 2005 aparecen


los motivos por los cuales el Gobierno de los Estados Unidos solicita su extradición: “1)
el tráfico ilícito de cocaína; 2) el lavado de ganancias del narcotráfico; 3) el soborno de
oficiales de la ley y oficiales públicos de Colombia; 4) el secuestro, tortura y asesinato
de informantes, narcotraficantes rivales, y otros enemigos percibidos de la empresa”.

Resignificando La Casita del Terror: el espacio como representación de la reconciliación 249


entonces a ella le dio el arrebato porque este espacio era de ella.
Le dio el arrebato, nos cerró. Incluso cuando recién llegó, se había
comprado unas cosas para la cocina: un mesón inoxidable —que
Usted sabe que eso no es regalado—, varias cosas que habíamos
hecho, le dio el arrebato y nos cerró todo. Nos cerró lavadero, que-
damos prácticamente sin agua, entonces mi esposo instaló tuberías
por fuera. Ella llegaba, nos miraba feo, nos decía que qué estábamos
haciendo, es que ella dijo que nos estábamos apoderando del espacio
y que ella nos iba a sacar. Ella fue candidata en las elecciones. Este
no era un espacio del que uno se quería apoderar; es que esto no es
de nadie, es de todos y no es de nadie […] Era incluso hasta grosera
y estaba pidiendo cuentas que por qué ella tenía plata. Pero como
Samper: ¡Aquí estoy y aquí me quedo!25 (Testimonio de mujer
entrevistada, a principios del mes de agosto de 2012).

Denuncia también esta mujer situaciones en las que objetos


asociados a los talleres de memoria realizados por el CARE se han
perdido debido a las imposiciones de Gloria Yepes:

Teníamos incluso en el segundo piso un lugar que llamábamos


el rincón de la memoria donde teníamos material de los talleres,
las historias de vida, había muchas cosas que unas eran rebrujo
y otras eran muy lindas. Nos tocó bajarlas porque ella dijo que
esas bobadas las sacáramos de allá y fueron cosas pues tristes y
se dañaron una cantidad. Fue triste, porque eso es no respetar. Si
usted no ha sufrido la violencia, por lo menos ponerse en el lugar
del otro, eso es desconocer los procesos. Afortunadamente, para
otras personas este lugar tiene mucho valor, por ejemplo para las
víctimas de la desaparición forzada, este jardín es el jardín de la
esperanza. (Testimonio de mujer entrevistada, a principios del mes
de agosto de 2012)

25 La expresión “pero como Samper: ¡Aquí estoy y aquí me quedo!” es muy popular en
Colombia y hace alusión a la negativa del presidente Ernesto Samper (1994-1998) de
renunciar a su cargo, después que se conoció que su campaña electoral había sido
financiada con dineros del cartel de Cali, presidido por los hermanos Miguel y Gilberto
Rodríguez Orejuela.

250 Narrativas de memorias y resistencias


Indagando sobre la señora Yepes se pudo establecer que fue
candidata a la Alcaldía de San Carlos en las últimas elecciones que
se realizaron en octubre de 2010.26 Llama la atención que además de
ella, en los resultados publicados por la Registraduría Nacional (n.d.,
2011) aparece como candidato un señor llamado Francisco Loaiza que
resultó ser el Pacho Loaiza del que se habla en los relatos, es decir, el
administrador del hotel Punchiná durante varios años.
Los reclamos por el espacio en este caso parecen ir más allá de
la simple propiedad. Según una de las mujeres entrevistadas, el tra-
bajo que viene haciendo el CARE con víctimas y desmovilizados, no
es bien visto porque se puede ventilar información que conduzca a
responsabilizar a políticos y personas prestantes del municipio con
actos delictivos.

[…] es que hay una mala política y una buena política. Dentro de la
violencia hubieron instituciones que respaldaron todo eso, políticos
que respaldaron la violencia, ¿cierto? Entonces todas estas perso-
nas y todas estas instituciones, no están muy de acuerdo de que se
destape y de que se hable, porque usted sabe que para haber una
reparación tanto simbólica como económica, como administrativa,
debe haber una verdad y una justicia, y un reconocimiento del de-
lito y entonces a la gente hay veces no le gusta, no le conviene que
usted hable como victimario, o que usted hable como testigo, o que
usted hable como hijo incluso. Entonces como tenemos cola que
nos pisen, por decir algo, entonces todas esas personas que tienen
cola que les pisen no les conviene que se inicien todos esos proce-
sos. (Entrevista con mujer a principios del mes de agosto de 2012)

Los ataques al proyecto del CARE se han enfocado en contra de


la mujer que ha liderado los procesos de memoria y reconciliación

26 Gloria Yepes se presentó como candidata por el Partido Movimiento de Inclusión y


Oportunidades (MIO), asociado con el ex senador Juan Carlos Martínez Sinisterra, que
fue condenado por vínculos con grupos paramilitares y narcotraficantes del Norte del
Valle. No hay que olvidar que Gabriel Puerta sirvió de enlace entre este cartel y las AUC
que incursionaron en San Carlos. Para conocer más de este partido político se puede
consultar en Montero (11 de mayo de 2011).

Resignificando La Casita del Terror: el espacio como representación de la reconciliación 251


en el municipio. De hecho, una de las entrevistadas considera que
dichos ataques no son directamente contra el CARE, sino contra
Pastora Mira.
[…] Gloria es más por darse ínfulas, porque la señora tiene su vaina
rara allá… entonces para mí, palabras más, palabras menos, ha sido
Juan Alberto,27 un ex alcalde el que ha puesto mucha zancadilla,
de hecho aquí ha mandado gente para que demande a Pastora. De
hecho, más que todo no es con el proceso, es con doña Pastora
como tal, porque mucha gente ha querido callarla, ha querido mal-
tratarla, de hecho mire todo lo que le ha pasado. Claro que yo creo
que ella nació con el sello de sufrir violencia desde niña, porque a
ella le mataron el papá cuando era una bebé casi, entonces después
cuando tenía quince años le mataron el papá de su hijo mayor. Yo
pienso pues, que ella nació como con esa… y como ella es la que
está frente al proceso. Usted sabe que el ser humano es muy dado
a quitarle, a ver los demás agachados, y como ella que ha sufrido
tanto no la han podido ver agachada, pues es esa rabia también con
ella y además como decía (xxx): ella es la que tiene información
directa y contacto directo con la fiscalía. (Entrevista con mujer a
principios del mes de agosto de 2012)

Pastora Mira, quien puede considerarse como la persona más


representativa del proceso de reconciliación en San Carlos, ha sido
concejala durante los últimos cuatro periodos de gobierno. Desde su
curul ha impulsado procesos como los que dieron vida al CARE y
casi todos los ejercicios de memoria que se han efectuado en el mu-
nicipio. Además, ha liderado el proceso de desminado humanitario
y ha contribuido a la búsqueda y ubicación de cuerpos de víctimas,
incluyendo el de su propia hija.

27 Juan Alberto García Duque fue elegido alcalde de San Carlos para el periodo 2001-
2004. No terminó su periodo de gobierno porque aunque fue investigado y dejado en
libertad (por vencimiento de términos) por la supuesta apropiación de un lote que fue
despojado a los campesinos por grupos paramilitares, fue destituido e inhabilitado para
ocupar cargos públicos durante 12 años, ya que utilizó de forma indebida 1.013 millones
de pesos de recursos destinados al Sistema General de Participaciones para el periodo
fiscal de los años 2003 y 2004. Coincide su gobierno con el momento más álgido de la
violencia ejercida por los grupos paramilitares en San Carlos.

252 Narrativas de memorias y resistencias


Las razones por las cuales esta líder se convirtió en un riesgo para
algunos personajes de San Carlos, están relacionadas con su activi-
dad política y con la gran credibilidad que tiene entre las víctimas y
los desmovilizados. En el ámbito de la política, ha denunciado actos
de corrupción y en las pasadas elecciones impulsó la candidatura de
María Patricia Giraldo Ramírez, una joven mujer que fue víctima de
la violencia y que ocupó el cargo de personera del municipio.
Según datos de la Registraduría Nacional, Patricia Giraldo ganó
las elecciones por 48 votos, sobre la candidata del Partido de Inte-
gración Nacional (PIN),28 Luz Marina Marín, esposa del ex alcalde
destituido Juan Alberto García. Este triunfo ha constituido uno más
de los indicadores del cambio en San Carlos, ya que nunca había ga-
nado las elecciones un partido diferente al Conservador o alguna de
sus facciones. En los testimonios recogidos se afirma que la campaña
electoral de Gloria Yepes costó cerca de tres mil millones de pesos,
mientras que la de Patricia Giraldo se hizo con recursos propios y
aportes de las organizaciones sociales.
Actualmente, varios de los cargos de la Alcaldía municipal están
ocupados por jóvenes que han hecho parte de las organizaciones so-
ciales de víctimas y del CARE, lo cual ha permitido que las políticas
públicas estén enfocadas en la reconstrucción del municipio y en la
reparación a las víctimas.
La labor del CARE y de la comunidad de San Carlos ha sido reco-
nocida nacional e internacionalmente. En el año 2011 le fue concedido
el Premio Nacional de Paz al municipio, como reconocimiento a la
manera como se ha producido el proceso de retorno. Este esfuerzo
mancomunado entre la administración local y la alcaldía de Medellín
ha sido liderado por miembros de las organizaciones de víctimas, entre
los que se destaca Pastora Mira.
Gracias a su infatigable labor en favor de las víctimas y al liderazgo
del proceso de reconciliación con los desmovilizados, Pastora recibe

28 El PIN es un partido que ha sido asociado con la financiación de grupos paramilitares


y está relacionado con el MIO, partido que avaló la campaña de Gloria Yepes.

Resignificando La Casita del Terror: el espacio como representación de la reconciliación 253


información permanente acerca de las vulneraciones cometidas y de
los hallazgos de la Fiscalía, aspecto que también la pone en riesgo.
Los grandes cambios en el ámbito político y social del municipio,
no son bien vistos por los opositores de Pastora, lo que la hace blan-
co de permanentes ataques que van desde denuncias en su contra y
difamaciones hasta graves amenazas contra su vida.
Las disputas por el espacio del antiguo hotel Punchiná tienen
como trasfondo la lucha política entre quienes históricamente han
agenciado y propiciado la violencia contra la comunidad sancarlitana
y las mujeres y hombres valientes, quienes a pesar de estar en un lugar
altamente vulnerable, deciden enfrentar el monstruo mirando al pa-
sado, buscando las verdades y dándole un nuevo significado al futuro.
Lo que le pasa al hotel Punchiná, ¡le pasa a San Carlos!

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Resignificando La Casita del Terror: el espacio como representación de la reconciliación 255


Narrativas de memorias y resistencias

Editado por el Centro de Pensamiento Humano y Social (cphs)


de la Corporación Universitaria Minuto de Dios – uniminuto.

El texto se compuso con fuentes


Adobe Jenson Pro, Adobe Garamond Pro y Clearface Gothic Lt.

Impreso en Naranjo Comunicación Gráfica S.A.S.,


en Bogotá, en abril de 2014.

Primera edición 300 ejemplares


Roberto Caicedo Narváez
Estudiante de Doctorado en Ciencias Sociales
Universidad Nacional de Costa Rica. Magíster en
Teología y Licenciado en Ciencias Bíblicas. Pas-
tor de la Iglesia Menonita de Colombia, docente
universitario e investigador externo con el Centro
Nacional de Memoria Histórica. Correo electrónico:
rocainar@hotmail.com

Adrián Tabares
Filósofo, Universidad Nacional de Colombia. Can-
didato a Doctor en Ciencias Literarias, Universidad
de Potsdam (Alemania). Becario del Convenio
DAAD-Colfuturo 2013. Docente e investigador
universitario. Autor de diversos artículos académicos
sobre filosofía política, historia del pensamiento
político colombiano, y reconstrucción de memoria
histórica. Asesor en políticas públicas de educación,
estándares básicos de competencias y procesos
evaluativos de selección docente (Ministerio de
Educación - Universidad Pedagógica Nacional).
Correo electrónico: jesusjimenez484@yahoo.com

Sonia Ruiz Galindo


Historiadora y Magister en Estudios de Género, Área
Mujer y Desarrollo Universidad Nacional de Co-
lombia. Se desempeño como Coordinadora e Inves-
tigadora de la Corporación Universitaria Minuto de
Dios. Actualmente trabaja como investigadora aso-
ciada a la Corporación Universitaria minuto de Dios.
Correo electrónico: ruizoni@gmail.com

Angélica Maria Nieto


Master en Ideas Políticas e Inteligencia del Mun-
do Contemporáneo, Universidad de Marne La
Vallée (Francia). Magíster en Estudios Políticos y
Politóloga egresada de la Universidad Nacional de
Colombia. Docente investigadora Centro de Pen-
samiento Humano y Social (CPHS) Corporación
Universitaria Minuto de Dios. Correo electrónico:
angelicanieto@yahoo.com
E
l libro Narrativas de Memorias y Resistencias se enmarca en el
proceso de discusión y fundamentación de la línea Memoria,
Territorio y Ciudadanía del Grupo de investigación Ciudadanía,
Paz y Desarrollo, que reúne trabajos investigativos desarrollados desde
el Centro de Pensamiento Humano y Social, el Instituto Bíblico Pas-
toral Latinoamericano de Uniminuto e investigadores externos; cuyo
propósito consiste en contribuir a la comprensión y visibilización de
miradas y propuestas alternativas que se vienen gestando desde hace
varias décadas frente a: la idea de maternidad que de forma hegemónica
se ha impuesto socialmente, a los proyectos de desarrollo extractivos que
se implementan en el país, a los efectos devastadores de la violencia y el
conflicto armado sobre las poblaciones y los territorios. Pero también,
ofrece una mirada a los crecientes estudios en el tema de la memoria,
como una forma de aportar al desafío que reviste para la academia la
producción de conocimiento socialmente pertinente.

[...]

Esperamos que este trabajo colectivo sea un aporte a la construcción


de memorias y a la reflexión de la producción que se hace de ésta, sobre
todo en un contexto en el que la lógica patriarcal, el modelo económico
desarrollista, la guerra, la violencia y el conflicto armado han sido pre-
dominantes en la configuración de la cultura y la sociedad colombiana.
Este es un esfuerzo por contribuir a las múltiples visiones y luchas
ético-políticas que se entretejen en la búsqueda de otros mundos que
ya son posibles.

La editora