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INTRODUCCIÓN

El presente trabajo aborda diversos temas sociales de una de las etapas más
importantes en la historia de México, que comprende a partir de su Independencia
hasta la Constitución de 1824.

Es por ello que dentro del desarrollo de los diferentes tópicos, se resaltan los
acontecimientos más sobresalientes de ese periodo, destacando el papel central que
dio origen al Imperio de México y sus actores, así como al fallido Imperio de Iturbide;
antesala del tránsito hacia el federalismo y su institución en la Constitución de 1824.

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IMPERIO DE MÉXICO

Miguel Miranda (2000, p. 85), señala en su libro que México nació a la vida
independiente con las aspiraciones y sentimientos propios de un pueblo libre, pero que
estaba en desacuerdo con sus costumbres políticas y con un atraso en el orden
económico y social. Por otra parte faltaban hombres capaces para dirigir los destinos de
la nación, y los pocos que había carecían de sentido práctico y de conocimientos
idóneos para el caso.

Manuel Ferrer (1995, p. 109), expresa que conforme a las previsiones de Iguala y
Córdoba, apenas el Ejercito Trigarante hubo efectuado su entrada en México, se
pusieron en marcha los instrumentos de gobierno diseñados por Iturbide que, como
presidente de la Regencia, generalísimo y almirante, e investido de la más amplia
autoridad, controlaba los resortes del poder, y acometía la constitución de una Junta
Provisional, en la que dio entrada a una diversificada representación de intereses.

Según Ángel Miranda, (2000, pp. 85-87), La Junta se instaló el 28 de septiembre de


1821, y después de prestar juramento de cumplir el Plan de Iguala y los Tratados de
Córdoba, redactó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano.

En seguida procedió a nombrar una Regencia, compuesta de cinco miembros, para que
desempeñaran el Poder Ejecutivo, habiendo sido designados: Iturbide, como
Presidente; don Juan O’Donojú, el canónigo don Manuel de la Bárcena, el oidor (Juez)
Isidro Yáñez y don Manuel Velázquez de León, exsecretario del virreinato.

Como al mes siguiente murió O’Donojú, fue sustituido por el obispo de Puebla, don
Antonio Joaquín Pérez. Y para el despacho de los negocios se organizaron cuatro
Ministerios: de Relaciones, Justicia, Guerra y Hacienda.

El principal objeto de la Junta era convocar a elecciones para el Congreso Nacional, y


conservar el orden y la paz mientras se organizaba el gobierno definitivo.

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Pero presentándose serios obstáculos a la marcha del gobierno, derivados unos del
estado anárquico del país y de las actividades políticas de los partidos en formación, y
originados otros por la falta de fondos, la Junta se dedicó preferentemente a resolver
los problemas más difíciles en política, en legislación y en hacienda, dejando para más
tarde la convocatoria del Congreso.

Al fin se publicó la convocatoria para el Congreso Constituyente (17 de noviembre de


1821) que debía establecer la organización política del Imperio Mexicano.

Para dicho congreso las provincias deberían elegir un diputado sacerdote, un militar, un
abogado y un representante de los gremios dominantes en la región, por cada partido o
división territorial de dicha provincia; el Congreso se componía de dos cámaras y la
elección sería directa.

Las elecciones recayeron en mayor parte en abogados, sacerdotes y militares faltos de


experiencia en los negocios públicos, aunque muchos suplían su falta de conocimientos
con honradez y patriotismo.

El Congreso se instaló el 24 de febrero de 1822, y desde luego se atribuyó la soberanía


nacional, comenzando sus trabajos legislativos sobre todas las materias, pero
olvidándose de redactar la Constitución de acuerdo con las bases del Plan de Iguala y
de los Tratados de Córdoba.

En el Seno del Congreso pronto surgió una gran agitación por la naturaleza de los
asuntos que se trataban y de las personas que intervenían. Además reinaba profunda
agitación por la noticia de que las Cortes de España habían rechazado los Tratados de
Córdoba y por tanto se creaba el problema de la elección del emperador de México.

La división de personas y de principios era bien clara entre los insurgentes y los
realistas que trabajaron por la independencia en 1821. Los primeros se inclinaban por el
establecimiento del sistema republicano, aunque sin un plan concreto; con ellos estaba
la clase media, formada por los artesanos, el pequeño comercio, los rancheros y los
profesionistas que sustentaban ideas liberales.

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Es preciso señalar que de acuerdo a Manuel Ferrer (1995, p. 115), en lo concerniente a
[…los términos artesano, minero y empleado no significaban trabajadores, sino más
bien personas que poseían u operaban actividades artesanales o mineras y altos
empleados del Estado.].

Los realistas aspiraban a que se estableciera el sistema monárquico, pero estaban


divididos en dos facciones: una compuesta por los amigos y partidarios de Iturbide (la
nobleza, el ejército y el clero), que deseaban llevarlo al trono, llamándose iturbidistas, y
otra, la de los borbonistas, que sostenían el Plan de Iguala sin modificaciones, y que
estaba compuesta en su mayoría por españoles y absolutistas.

Las luchas entre los partidos de uno y otro bando fue terrible, y a ello contribuyó la
Prensa que, dando a conocer lo que cada partido ambicionaba con el triunfo de sus
ideas, agitó las pasiones del momento y preparó una crisis formidable.

Y así el 19 de mayo de 1822 culminó la comedia del primer Imperio Mexicano sin
monarca.

IMPERIO DE ITURBIDE

De acuerdo con Ángel Miranda (2000, pp. 87-90), los partidarios del caudillo resolvieron
el motín del 18 de mayo de 1822, recurrir a la violencia, a fin de obligar a sus contrarios
a reconocerle por emperador, y con tal objeto prepararon un motín.

El sargento Pío Marcha y el Coronel Epitacio Sánchez, personas que habían militado a
las órdenes de Iturbide, hicieron tomar las armas a algunos soldados del antiguo
regimiento de Celaya y seguidos del populacho recorrieron las calles de la ciudad de
México, gritando: “¡Viva Agustín I emperador de México!”, hasta llegar a la casa del
caudillo en la noche del 18 de mayo de 1822.

Iturbide salió a recibir a los que le aclamaban, manifestándoles su agradecimiento y


exhortándolos a que sometieran su petición al dictamen del Congreso.

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Al día siguiente se reunió el Congreso en medio de una muchedumbre entusiasta e
insolente que aclamaba a Iturbide.

El Congreso estaba en franca pugna con Iturbide y su mayoría le era adversa; pero las
amenazas y gritos del populacho no dejaban deliberar a los diputados. Hubo necesidad
de llamar al mismísimo Iturbide para que restableciera el orden, y en esas condiciones,
con una asistencia que no era la reglamentaria, se discutió el asunto.

El diputado Mier y Terán y otros opinaban que no se tomase ninguna resolución hasta
que se consultara a las provincias, en tanto que Gómez Farías y otros diputados
pugnaban por el nombramiento inmediato de Iturbide. Puesta a votación la propuesta
de Gómez Farías, fue aprobada por mayoría.

Elegido Iturbide emperador, se procedió a dar forma al Imperio, nombrando príncipes al


padre, a los hijos y a la hermana del caudillo e improvisando una corte con la
aristocracia colonial, formada por ricos hacendados y mineros, que habían comprado
sus títulos de nobleza.

A pesar de que las condiciones del tesoro público eran desfavorables, celebráronse las
ceremonias y fiestas de coronación con tanto esplendor y alegría como si la situación
del país hubiera sido de lo más bonancible (21 de julio de 1822).

Los ministros de Estado de la Regencia fueron confirmados en sus puestos y fue


conservado el mismo congreso que lo había elegido emperador; pero día a día
aumentaba más la oposición entre Iturbide y las Cámaras, cuya mayoría estaba contra
él.

Había transcurrido poco tiempo desde la coronación de Iturbide cuando se recrudeció la


oposición del Congreso hacia el emperador manifestando una tendencia republicana,
apoyada por las logias masónicas, a las que se habían afiliado muchos jefes del
ejército.

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Se fraguó un plan, que consistía en sublevar a la guarnición de la capital, y bajo su
protección trasladar el Congreso a Texcoco, en donde se declararía nula la elección de
Iturbide y se proclamaría un gobierno republicano.

Denunciada la conspiración, el emperador ordenó el arresto de diecinueve diputados en


agosto de 1822, lo cual causó indignación en el Congreso, por considerar éste
inviolables a sus miembros y envió una representación al emperador.

En vista de eso, Iturbide resolvió disolver el Congreso, encargando de ello al brigadier


Luis Cortázar, quien se presentó en el salón de sesiones el 31 de octubre de 1822, a
comunicar la orden a los diputados, los cuales se retiraron sin oponer resistencia.

Después de ese golpe de Estado, Iturbide, que se había convertido en soberano


absoluto, procedió a formar un nuevo cuerpo legislativo, que se llamó Junta Nacional
Instituyente en noviembre de ese mismo año, formada por sus amigos y partidarios,
para que se encargaran de redactar la Constitución del Imperio.

En general la situación del país era desconcertante.

El erario estaba agotado y el ramo de hacienda totalmente desorganizado, habiendo un


déficit de cuatro millones de pesos, pues mientras los gastos de la corte habían
aumentado, los ingresos habían disminuido. Y mientras se concertaba un empréstito
para salvar aquella situación, la Junta Instituyente recurría a imponer gravosas
contribuciones y a crear papel moneda de circulación forzosa para remediar las
exigencias del momento.

En aquellas condiciones el régimen imperial era insostenible y el disgusto era general;


algunas provincias, como Jalisco y Yucatán, pretendían constituirse en Estados
independientes. De todo lo cual se aprovecharon las logias masónicas y los políticos
para promover un cambio de gobierno favorable a sus intereses.

En tal situación, Iturbide salió de México rumbo a Jalapa (noviembre de 1822), con el
pretexto de activar las negociaciones para la rendición del Castillo de San Juan de

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Ulúa, pero en realidad era para impedir que estallara en Veracruz el pronunciamiento
que preparaba Antonio López de Santa Anna, resentido con el emperador porque no le
había concedido los puestos que ambicionaba.

Además, el despotismo de Iturbide, hacía aumentar el número de sus enemigos, pues


los antiguos insurgentes que se habían adherido al Plan de Iguala y habían contribuido
a su triunfo, eran vistos con menosprecio en la corte imperial, en tanto que los realistas,
sus enemigos, disfrutaban de los mejores empleos.

Durante su estancia en Jalapa Iturbide hizo comparecer a Santa Anna para que le diera
cuentas de su conducta política; más como no quedara satisfecho de sus explicaciones,
lo separó del mando de la guarnición de Veracruz y le ordenó presentarse en México.

Santa Anna ofreció que marcharía a la capital después de la partida de Iturbide; pero en
vez de cumplir su promesa se pronunció en Veracruz, proclamando la República.

Santa Anna se puso al frente de sus tropas en Veracruz (diciembre de 1822), y publicó
un manifiesto, en el que se decía que habiendo quebrantado Iturbide el juramento de
respetar la libertad política de la nación, desconocía al emperador y volvía el país al
estado en que se encontraba antes de su proclamación.

Poco después los generales Vicente Guerrero y Nicolás Bravo abandonaron la ciudad
de México y se dirigieron a Chilapa Guerrero, donde se levantaron en armas contra el
emperador y publicaron un manifiesto pidiendo la reinstalación del Congreso (enero de
1823).

Comprendiendo Iturbide la gravedad de aquel movimiento, mandó fuerzas contra Santa


Anna a las órdenes de los generales Echávarri, Cortázar y Lobato; pero éstos invitados
por las logias masónicas a las cuales pertenecían, acabaron por entenderse con Santa
Anna y firmaron el Plan de Casa Mata (febrero de 1823), en el cual se pedía convocar
un nuevo Congreso Constituyente y se desaprobaba la conducta del emperador.

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El Plan fue rápidamente secundado en las principales ciudades del país, propagándose
la defección en todo el ejército, aun en los cuerpos que guarnecían la capital.

Iturbide, al ver que sus más fieles partidarios y amigos lo abandonaban y se pasaban a
las filas del enemigo, mandó reinstalar el Congreso que un año antes había disuelto,
haciendo salir de la cárcel a muchos diputados para que concurrieran a las sesiones.

Rehabilitado el Congreso (marzo de 1823), los diputados profundamente resentidos,


continuaron haciendo fuerte oposición al emperador; por lo que éste viendo perdida su
autoridad, presentó su abdicación ante la Cámara (19 de marzo).

El Congreso no sólo se abstuvo de aceptarla, sino que declaró nula su elección como
emperador; por ser obra de la violencia y de la fuerza, y ordenó su propia salida del
país, concediéndole una pensión de $25,000.00 pesos anuales.

Al mismo tiempo declaró insubsistente el Plan de Igual y los Tratados de Córdoba,


dejando en libertad a la nación para constituirse en la forma de gobierno que más se
ajustara a sus aspiraciones y condiciones.

Iturbide salió de la capital el 30 de marzo, y el 11 de mayo de 1823 se embarcó con su


familia en el puerto de La Antigua Veracruz, en la fragata inglesa Rawllings, que lo
condujo a Liorna, Italia.

EL FEDERALISMO

Carlos Nava (2010, pp. 73-74), expresa que al proclamarse la independencia de México
en el año 1821, existían dos partidos políticos, el Monárquico y el Republicano.
Después de haberse improvisado el imperio de Iturbide en el año de 1822 y 1823, las
tendencias monárquicas dejan de tener vigencia, por lo que se crean los partidos que
tratan de establecer si la república es un federalismo o un centralismo; son los Tratados
de Córdoba y el Plan de Iguala.

Reunido el Congreso Constituyente que habría de elaborar el Acta Constitutiva del 31


de enero de 1824, que daría como resultado la Constitución del 4 de octubre del mismo

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año para determinar el tipo de gobierno de la República, si sería federalista o centralista
–que fue el debate principal a discutir en esa sesión–, resultó triunfador el federalismo
pero no como dicen sus críticos fue imitación de la Constitución norteamericana, sino
porque la situación imperante propiciaba ese resultado.

Asimismo, Carlos Nava (2010, pp. 183-185), manifiesta que el Estado Federal
mexicano es un Estado unitario, se ha superado ya la vieja idea de que era una Unión
de Estados. Lo que existe hoy es, tan sólo, sigue siendo la idea de Wilson, un gobierno
doble, lo cual trae dos consecuencias importantes:

1. La necesidad de definir en donde se ubica el poder federal y cuáles son los


poderes locales.
2. Las relaciones que pueden darse entre el Estado federal y las entidades
federativas.

Los poderes pertenecientes a la Federación se encuentran señalados exhaustivamente


en el pacto federal; los que corresponden a las entidades federativas se encuentran
delimitados en las Constituciones locales, de aquí la obligación que tienen todos los
Estados de darse una Norma constitucional que no podrá contrariar la Constitución
federal:

Artículo 41. El pueblo ejerce su soberanía por medio de los Poderes de la


Unión, en los casos de la competencia de éstos, y por los de los Estados y la
Ciudad de México, en lo que toca a sus regímenes interiores, en los términos
respectivamente establecidos por la presente Constitución Federal y las
particulares de cada Estado y de la Ciudad de México, las que en ningún caso
podrán contravenir las estipulaciones del Pacto Federal.

Artículo 133. Esta Constitución, las leyes del Congreso de la Unión que emanen
de ella y todos los tratados que estén de acuerdo con la misma, celebrados y que
se celebren por el Presidente de la República, con aprobación del Senado, serán
la Ley Suprema de toda la Unión. Los jueces de cada entidad federativa se

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arreglarán a dicha Constitución, leyes y tratados, a pesar de las disposiciones en
contrario que pueda haber en las Constituciones o leyes de las entidades
federativas.

La Constitución General de la República está por encima de las Constituciones locales;


si ocurriese que éstas tratasen de violar el Pacto Federal, los Tribunales de la
Federación estarán listos para mantenerlos en sus límites competenciales.

Por lo que respecta a la segunda consecuencia, podemos decir que de acuerdo con los
artículos 40 y 115 constitucionales, las decisiones políticas fundamentales que existen
en la máxima Norma Federal deben existir también en las Constituciones locales; es
decir, tanto la fundamental como las otras son homogéneas, se trata de una unidad.

Artículo 40. Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una República


representativa, democrática, laica y federal, compuesta por Estados libres y
soberanos en todo lo concerniente a su régimen interior, y por la Ciudad de
México, unidos en una federación establecida según los principios de esta ley
fundamental.

Artículo 115. Los estados adoptarán, para su régimen interior, la forma de


gobierno republicano, representativo, democrático, laico y popular, teniendo
como base de su división territorial y de su organización política y administrativa,
el municipio libre, conforme a las bases siguientes…

El Diccionario jurídico Mexicano (2009, p. 1570), dentro de su definición de Estado


Federal, señala que la Constitución recoge, en los artículos 40 y 115, la existencia, por
esencia, de identidad y conciencia de decisiones fundamentales entre la Federación y
las entidades federativas. O, en otras palabras, no es concebible la existencia de una
monarquía o la supresión del sistema representativo de un estado miembro. Esta
identidad de decisiones fundamentales es una de las características del Estado federal
mexicano.

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Asimismo el artículo 41 claramente indica que el Estado federal mexicano existe una
división de competencia entre los órdenes que la propia Constitución crea: la federación
y las entidades federativas. Y en el artículo 124 precisa la idea anterior.

Según los preceptos citados, el Estado federal mexicano posee los siguientes
principios:

1. Existe una división de la soberanía entre la Federación y las entidades


federativas; estas últimas son instancias decisorias supremas dentro de su
ámbito de competencia (a. 40).
2. Entre la Federación y las entidades federativas existe coincidencia de decisiones
fundamentales (aa. 40 y 115).
3. Las entidades federativas se dan libremente su propia Constitución en la que
organizan su estructura de gobierno, pero sin contravenir el pacto federal inscrito
en la Constitución general, que es la unidad del Estado federal (a. 41).
4. Existe una clara y diáfana visión de competencias entre la Federación y las
entidades federativas: todo aquello que no esté expresamente atribuido a la
Federación es competencia de las entidades federativas (a. 124).

Estos preceptos no nos los únicos artículos que se ocupan de determinar la


naturaleza del Estado federal mexicano; hay otros, algunos de señalada
importancia, como el artículo 122 y la fracción V del artículo 76.

Que las entidades son libres y soberanas es una idea que proviene del federalismo
mexicano. Prisciliano Sánchez, en su obra El Pacto Federal del Anáhuac, de 28 de
junio de 1823, se refirió a las entidades federativas como soberanas e
independientes en todo lo relativo a su régimen interior, pensamiento que coincide
con el que siguieron los estados que se declararon, en ese año libres y soberanos.

El artículo sexto del Acta Constitutiva de 1824 sostuvo que la federación está
integrada por “Estados independientes, libres y soberanos en lo que exclusivamente

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toque a su administración y gobierno interior…”, pero en la Constitución de ese
mismo año ya no encontramos declaración semejante.

De la Constitución de 1857 proviene el artículo 40. Ya que pasó de forma íntegra a


la de 1917. Tanto en 1856 como en 1916 este artículo motivó debates sobre puntos
secundarios que en nada afectaron a su estructura. Respecto a la idea de que los
Estados son libres y soberanos, nadie realizó ninguna objeción.

LA CONSTITUCIÓN DE 1824

Se trata de la primera Constitución de México. Fue elaborada por el llamado


Segundo Congreso Constituyente mexicano y promulgada el 4 de octubre de 1824,
dos días después de haber sido declarado presidente Guadalupe Victoria primer
presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos.

Ángel Miranda (2000, pp. 94-95), señala que se adoptó el sistema de gobierno
republicano, representativo, popular y federal.

El país quedó dividido en diecinueve Estados libres y soberanos en su régimen


interior y cuatro territorios dependientes del centro; además se creó el Distrito
Federal; hoy Ciudad de México, para la residencia de los Poderes de la Unión.

El poder se dividía para su ejercicio en Legislativo, depositado en dos cámaras, de


diputados y senadores; el Ejecutivo encargado a un Presidente y un Vicepresidente,
y el Judicial, que se confiaba a la Suprema Corte de Justicia, a los tribunales de
circuito y a los jueces de distrito.

Esta Constitución, que había adoptado los principios de la Constitución Francesa y


de la Constitución de Cádiz, y un mecanismo de gobierno semejante al de los
Estados Unidos, estuvo en vigor desde el 4 de octubre de 1824 hasta el 30 de abril
de 1836, en que fue sustituida por una Constitución Centralista.

Conservaba muchas tradiciones de la Colonia, se mantenía el principio de


intolerancia religiosa y los privilegios del clero y del ejército.

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Entre sus principales mandatos se hallaban las garantías individuales, se insistía en
la libertad de pensamiento y de imprenta, se trataba del fomento a la riqueza, de la
vías de comunicación y de las relaciones internacionales.

Y para fomentar la instrucción se creaban algunos establecimientos de cultura


superior, en los cuales se introducía la enseñanza de las ciencias naturales y
exactas.

La Constitución de 1824, sólo consideraba el aspecto político, pero no penetraba en


los problemas económicos y sociales del país, pues a nadie se le ocurría que para
construir una nueva nación era necesario destruir antes el régimen heredado de la
Colonia, basado en la desigual repartición de la propiedad de la tierra y en la
explotación del trabajo humano.

La población campesina de la República perdió más bien que ganó con la nueva
Constitución, pues según ella todos eran iguales: ya no había indios, ni castas, ni
criollos, todos eran ciudadanos mexicanos.

Pero al convertirse el indio en ciudadano tuvo que pagar impuestos y prestar el


servicio militar; en tanto que las ventajas que le otorgaba la Constitución no podía
disfrutarlas por falta de capacidad para ejercer sus derechos.

En cuestión de política fiscal se adoptó el sistema proteccionista, pensado que el


país podría convertirse en una floreciente nación industrial, fomentando su
desarrollo económico propio por contar con grandes riquezas naturales.

Se prohibió la importación de artículos semimanufacturados y de materias primas


como la seda labrada y el algodón en rama. Además se prohibió la entrada de telas
y ropa, cuando aún no existían en el país fábricas de hilados y tejidos.

En realidad, el sistema prohibitivo sólo produjo resultados negativos, porque se


intentaba proteger a un pueblo carente de industria, que no tenía máquinas ni
personal preparado para una renovación industrial.

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CONCLUSIÓN

Una vez visto los presentes temas, y atendiendo al llamado de la historia es imperativo
señalar la importancia de transmitir el conocimiento de los hechos que han forjado la
vida de nuestra nación, a fin de generar conciencia sobre la evolución histórica de
nuestro país y hacer un llamado en general a involucrarse en las decisiones que
afectan los destinos de la nación, mínimamente dentro de su esfera social, donde tenga
repercusión directa en su persona y fomentar el patriotismo, a fin de acrecentar su
porvenir ya que el futuro de la nación está vinculado a la existencia e interés de sus
habitantes; en aras de no repetir los errores del pasado e impedir que se fomenten
prácticas políticas más o menos retrogradas y/o abusivas por parte de la autoridad y
sociedad en general.

Ya que en una Nación democrática como la nuestra, es menester seguir en la lucha de


las ideas, y materializar aquellas que contribuyan al desarrollo de la Nación, para un
mejor porvenir tanto en lo particular como en lo colectivo, a través de mejores políticas
que permeen en las instituciones del país y se supere día a día la adversidad,
combatiendo aquellas prácticas que atenten contra el progreso de los pueblos y la
dignidad de las personas.

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BIBLIOGRAFÍA

 Miranda, Ángel. (2000). La Evolución de México. México: Porrúa.


 Ferrer, Manuel. (1995). La formación de un Estado Nacional en México. El
Imperio y La República Federal 1821-1835. Universidad Nacional Autónoma de
México: Instituto de Investigaciones Jurídicas. Serie C: Estudios Históricos, Núm.
55.
 Nava, Carlos. (2010.). Curso de Derecho Constitucional. Puebla, Pue.: Suprema
Corte de Justicia de la Nación, & Benemérita Universidad de Puebla Facultad de
Derecho y C.S.
 Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. (2009). Diccionario Jurídico
Mexicano. México: Porrúa.

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