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Manuel Delgado

espacio público como ideología

MANUEL DELGADO
LICENCIADO EN HISTORIA DEL ARTE Y DOCTOR EN ANTROPOLOGÍA POR LA UNIVER­
SITÄT DE BARCELONA. ES DESDE 1984 PROFESOR TITULAR DE ANTROPOLOGÍA RELI­
GIOSA EN EL DEPARTAMENT D'ANTROPOLOGIA SOCIAL DE LA UNIVERSITÄT DE BAR­
CELONA Y COORDINADOR DEL PROGRAMA DE DOCTORADO ANTROPOLOGÍA DEL
ESPACIO Y DEL TERRITORIO, ASÍ COMO DE SU GRUPO DE INVESTIGACIÓN SOBRE
ESPACIOS PÚBLICOS. DIRECTOR DE LAS COLECCIONES “BIBLIOTECA DEL CIUDADA­
NO" (EN LA EDITORIAL BELLATERRA) Y "BREUS CLÀSSICS DE LANTROPOLOGIA” (EN
LA EDITORIAL ICARIA). ES MIEMBRO DEL CONSEJO DE DIRECCIÓN DE LA REVISTA
QUADERNS D E L'ICA, FORMA PARTE DE LA JUNTA DIRECTIVA DEL INSTITUT CATALÀ
D’ANTROPOLOGIA Y ES PONENTE EN LA COMISIÓN DE ESTUDIO SOBRE LA INMIGRA­
CIÓN EN EL PARLAMENT DE CATALUNYA. HA TRABAJADO ESPECIALMENTE SOBRE LA
CONSTRUCCIÓN DE LAS IDENTIDADES COLECTIVAS EN CONTEXTOS URBANOS. TE­
MA EN TORNO AL CUAL HA PUBLICADO ARTÍCULOS EN REVISTAS NACIONALES Y
EXTRANJERAS. ADEMÁS, ES EDITOR DE LAS COMPILACIONES ANTROPOLOGÍA
SOCIAL (1994). CIUTAT I IMMIGRACIÓ (1997), INM IG RACIÓN Y CULTURA (2003) Y
CARRER, FESTA I REVOLTA (2004). ASÍ COMO AUTOR DE LOS LIBROS: D E L A M UERTE
D E U N DIOS (BARCELONA. 1986). LA IR A SAGRADA (1991), L A S P A LA B R A S D E OTRO
H O M B RE (1992). DIVERSITAT I INTEGRACIÓ (1998). CIUDAD LÍQUIDA. CIUDAD INTE­
RRUMPIDA (1999). EL A N IM A L PÚBLICO (PREMIO ANAGRAMA DE ENSAYO, 1999),
LUCES ICONOCLASTAS (BARCELONA. 2001 ). DISOLUCIONES URBANAS (2002). ELOGI DEL
CATARATA
V IA N A N T (2005). SOCIEDADES MOVEDIZAS (2007) Y LA CIUDAD MENTIROSA (2007).
ÍNDICE

PRESENTACIÓN 9

CAPÍTULO 1. ESPACIO PÚBLICO, DISCURSO


Y LUGAR 15
El espacio público como discurso 15
El espacio público como lugar 27
El público contra la chusma 3 3
DISEÑO DE CUBIERTA: ESTUDIO PÉREZ-ENCISO
FOTOGRAFÍA DE CUBIERTA: © VICENTE PLAZA
CAPÍTULO 2. LAS TRAMPAS
© MANUEL DELGADO. 2011
DE LA NEGOCIACIÓN 41
© LOS LIBROS DE LA CATARATA. 2011
FUENCARRAL. 70 Relaciones situadas en contextos
28004 MADRID
TEL. 91 532 05 04 urbanos 41
FAX 91 532 43 34
WWW.CATARATA.ORG Anonimato y mística ciudadana 47
EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA Ciudadanismo y movimientos
ISBN: 978-84-8319-595-6
DEPÓSITO LEGAL: M-18.269-2011
sociales 52
El orden social en el plano de la interacción
ESTE MATERIAL HA SIDO EDITADO PARA SER DISTRIBUIDO. LA INTENCIÓN
DE LOS EDITORES ES QUE SEA UTILIZADO LO MÁS AMPLIAMENTE POSI­ pública 57
BLE. QUE SEAN ADQUIRIDOS ORIGINALES PARA PERMITIR LA EDICIÓN
DE OTROS NUEVOS V QUE. DE REPRODUCIR PARTES. SE HAGA CONS­ Nadie es indescifrable 60
TAR EL TÍTULO y LA AUTORÍA.
CAPÍTULO 3. MORFOLOGÍA URBANA Y CONFLICTO PRESENTACIÓN
SOCIAL 73
Una especie de espuma que golpea la ciudad 73
Gueto y prisión 87

CAPÍTULO 4. CIUDADANO. MITODANO 95

BIBLIOGRAFÍA 107

¿De qué se habla hoy cuando se dice espacio público? Para


urbanistas, arquitectos y diseñadores, espacio público
quiere decir hoy vacío entre construcciones que hay que
llenar de forma adecuada a los objetivos de promotores y
autoridades, que suelen ser los mismos, por cierto. En
este caso se trata de una comarca sobre la que intervenir y
que intervenir, un ámbito que organizar para que quede
garantizada la buena fluidez entre puntos, los usos ade­
cuados, los significados deseables, un espacio aseado que
deberá servir para que las construcciones-negocio o los
edificios oficiales frente a los que se extiende vean ga­
rantizada la seguridad y la previsibilidad. No en vano la
noción de espacio público se puso de moda entre los pla­
nificadores, sobre todo a partir de las grandes iniciativas
de reconversión urbana , como una forma de hacerlas ape­
tecibles para la especulación, el turism o y las dem an­
das institucionales en materia de legitim idad. En ese
caso hablar de espacio, en un contexto determinado por la
ordenación capitalista del territorio y la producción

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGIA

inmobiliaria, siempre acaba resultando un eufemismo: fundamentales —el del disfrute de la calle en libertad, el de la
en realidad se quiere decir siempre suelo. vivienda digna y para todos, etc.— y la desarticulación de
En paralelo a esa idea de espacio público como com­ los restos de lo que un día se presumió el Estado del bienes-
plemento sosegado de las operaciones urbanísticas, vemos lar. En una aparente paradoja, tal dejación por parte de
prodigarse otro discurso también centrado en ese mismo las instituciones políticas de lo que se supone que son sus
concepto, pero de más amplio espectro y con una voluntad responsabilidades principales en materia de bien común
de incidir sobre las actitudes y las ideas mucho más ambi­ está siendo del todo compatible con un notable autoritaris­
cioso todavía. En este caso, el espacio público pasa a con­ mo en otros ámbitos. Así, las mismas instancias políticas
cebirse como la realización de un valor ideológico, lugar en que se muestran sumisas o inexistentes ante el liberalismo
el que se materializan diversas categorías abstractas como urbanístico y sus desmanes pueden aparecer obsesionadas
democracia, ciudadanía, convivencia, civismo, consenso en asegurar el control sobre unas calles y plazas —ahora
y otros valores políticos hoy centrales, un proscenio en el obligadas a convertirse en "espacios públicos de calidad”—
que se desearía ver deslizarse a una ordenada masa de concebidas como mera guarnición de acompañamiento
seres libres e iguales que emplea ese espacio para ir y venir para grandes operaciones inmobiliarias.
de trabajar o de consumir y que, en sus ratos libres, pa­ Ahora bien, ese sueño de un espacio público todo él
sean despreocupados por un paraíso de cortesía. Por des­ hecho de diálogo y concordia, por el que pulula un ejérci­
contado que en ese territorio corresponde expulsar o negar to de voluntarios ávidos por colaborar, se derrumba en
el acceso a cualquier ser humano que no sea capaz de mos­ cuanto aparecen los signos externos de una sociedad cuya
trar los modales de esa clase media a cuyo usufructo está materia prima es la desigualdad y el fracaso. En lugar de la
destinado. a mable arcadia de civilidad y civismo en que debía ha­
Lo que bien podría reconocerse como el idealismo del berse convertido toda ciudad según lo planeado, lo que se
espacio público aparece hoy al servicio de la reapropiación mantiene a flote, a la vista de todos, continúan siendo las
capitalista de la ciudad, una dinámica de la que los elemen­ pruebas de que el abuso, la exclusión y la violencia siguen
tos fundamentales y recurrentes son la conversión de gran­ siendo ingredientes consubstanciales a la existencia de
des sectores del espacio urbano en parques temáticos, la una ciudad capitalista. Por doquier se da con pruebas de la
gentrificación de centros históricos de los que la historia ha l'rustración de las expectativas de hacer de las ciudades el
sido definitivamente expulsada, la reconversión de barrios escenario de un triunfo final de una utopía civil que se
industriales enteros, la dispersión de una miseria crecien­ resquebraja bajo el peso de todos los desastres sociales
te que no se consigue ocultar, el control sobre un espacio que cobija y provoca.
público cada vez menos público, etc. Ese proceso se da en Este libro contiene una serie de consideraciones a
paralelo al de una dimisión de los agentes públicos de su propósito de estas cuestiones. En primer lugar, un ensayo
hipotética misión de garantizar derechos democráticos en que se procura una génesis y el análisis de la función

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MANUEL DELGADO
EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGIA

dogmática del concepto actualmente en vigor de espacio actualmente en marcha, amparado por el Plan Nacional
público. Se le ha dado el título de El espacio público como de I+D+i del Ministerio de Educación y Ciencia, titulado
ideología y resume una crítica a lo que son hoy las retóri­ i',studio comparativo sobre apropiaciones sociales y compe­
cas legitimadoras que acompañan la planificación urbana tencias de uso en ciudades africanas, cuya referencia es
y los discursos institucionales destinados al discip li- C SO 2009-13470, uno de cuyos objetivos es poner de
namiento moral de los habitantes de las m etrópolis. El manifiesto hasta qué punto resulta extraña y artificial la
prim er capítulo, "Espacio público, discurso y lugar” , se .'tplicación del concepto de espacio público alo que son hoy
presentó como conferencia en el Tercer Encuentro Inter­ las calles de ciudades como las consideradas en el m en­
nacional sobre Pensamiento Urbano, celebrado en Bue­ cionado proyecto: Praia, Nouakchott y Addis Abeba.
nos Aires en septiembre de 3007. El segundo capítulo es Este libro está dedicado a mis compañeros y compa­
una discusión sobre la imposibilidad de realización de ñeras de equipo investigador, como presente de gratitud
esos principios de desafiliación y anonimato que se p re­ |ior dejarme compartir sus esfuerzos y su talento: son los
sume que hacen posible la convivencia pacífica en esos profesores Alberto López Bargados, Gérard Horta, Roger
espacios llamados públicos. Resulta de un encargo que me Sansi, Adela García y Fernando González Placer, de mi
formularon en su día Santiago López Petit y Marina Gar- Departament d Antropología Social i Historia dA m érica
cés para su foro de discusión Espai en blanc y fue presen­ ¡ Africa; Nadja M onnety José Sánchez García, del Depar­
tado como una conferencia en el Arkitekturmunseet de tament d’Antropologia Social de la Universität Autónoma
Estocolmo en octubre de ?oo8. "Morfología urbana y de Barcelona; Rosa Mari y José García Molina, del Centro de
cambio social” , el capítulo 3 , es el aporte a una compila­ Kstudios Universitarios de la Universidad de Castilla-La
ción que preparaban Roberto Bergalli e Iñaki Rivera y que Mancha en Talavera de la Reina, y Manuel Joáo Ramos y
apareció en la Editorial Anthropos en 25006 con el título Antonio Medeiros, del Núcleo d’Estudos Antropológicos
Emergencias urbanas. El capítulo final es "Ciudadano, del Instituto Superior de Ciencias do Trabalho e da Empre­
mitodano” , mi contribución a una discusión con Armando sa (ISCTE-NEANT), en Lisboa. También forman parte del
Silva a la que fui invitado por Nuria Enguita, en el contex­ ese grupo de investigadores doctorandos a los que agra­
to de una exposición sobre imaginarios urbanos latinoame­ dezco que me hayan brindado el privilegio y el placer de
ricanos que se celebró en la Fundació Tapies en la prim a­ dirigirlos: Miguel Alhambra, Caterina Borelli, Martí Marfá,
vera de 3007. Como quizá se habrá reconocido, el título Verónica Pallini, Dani Malet, Marco Stanchieri y Muña
del libro es una referencia respetuosa al de una obra de Jür- Makhlouf.
gen Habermas: Ciencia/técnica como "ideología” (Habermas, Este libro ha sido concebido y redactado con el re­
199? [1968]). cuerdo siempre presente de mi maestro Isaac Joseph, con
Todo el argumentarlo que sigue se encuentra en la quien sigo manteniendo una impagable deuda de respeto
base teórica de partida de un trabajo de investigación y añoranza.

i3
CAPÍTULO 1
ESPACIO PÚBLICO, DISCURSO Y LUGAR

KL ESPACIO PÚBLICO COMO DISCURSO

Cada día se contempla crecer el papel de la noción de


espacio público en la administración de las ciudades.
Aumenta su consideración en tanto que elemento inm a­
nente de toda morfología urbana y como destino de todo
tipo de intervenciones urbanizado ras, en el doble sentido
de objeto de urbanismo y de urbanidad. Ese concepto de
espacio público se ha generalizado en las últimas décadas
como ingrediente fundamental, tanto de los discursos
políticos relativos al concepto de ciudadanía y a la realiza­
ción de los principios igualitaristas atribuidos a los siste­
mas nominalmente democráticos como de un urbanismo
y una arquitectura que, sin desconexión posible con esos
presupuestos políticos, trabajan de una forma no menos
ideologizada —aunque nunca se explicite tal dim ensión-
la cualificación y la posterior codificación de los vacíos u r­
banos que preceden o acompañan todo entorno construido,
sobre todo si éste aparece como resultado de actuaciones

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

de reforma o revitalización de centros urbanos o de zonas 151, i 6 3 , 211 y 251), nada comparado con las decenas en
industriales consideradas obsoletas y en proceso de re ­ que se utilizan las voces calle o plaza. En otros textos des-
conversión. lacables de la teoría de la ciudad antes de los años no­
Sería importante preguntarse a partir de cuándo venta, cuando se utiliza espacio público es siempre para
ese concepto de espacio público se ha implementado de designar de forma genérica, y sin ningún énfasis especial,
form a central en las retóricas político-urbanísticas y .1 los espacios abiertos y accesibles de una ciudad, un tér­
en sus correspondientes agendas. Lo cierto es que si se mino de conjunto para el que algunos hemos preferido
toman algunas de las obras clásicas del pensam iento usarla categoría espacio urbano (Whyte, 2001 [1980]; Joseph,
urbano procuradas en las décadas de los sesenta, setenta e 1988; Delgado, 1999 y 2007), y no como espacio "de la
incluso ochenta, el valor espacio público apenas aparece o, ciudad” , sino como espacio-tiempo diferenciado para un
si lo hace, es ampliando simplemente el de calle y con un tipo especial de reunión humana, la urbana, en que se re ­
sentido al que también le habrían convenido otros con­ gistra un intercambio generalizado y constante de infor­
ceptos como "espacio social” , "espacio común” , "espacio mación y se ve vertebrada por la movilidad.
compartido, "espacio colectivo” , etc. Así, tomemos, por Desde otra perspectiva, espacio público también
ejemplo, el fundamental Muerte y vida de las grandes ciu­ podría ser definido como espacio de y para las relaciones
dades, de Jane Jacobs, y se verá que la noción espacio públi­ en público, es decir, para aquellas que se producen entre
co aparece en una sola oportunidad (Jacobs, 2,010 [1961]: individuos que coinciden físicamente y de paso en luga­
4 3 ) y como sinónimo de calle o incluso de acera. En una res de tránsito y que han de llevar a cabo una serie de aco­
obra fundamental para el estudio de las prácticas peato­ modos y ajustes mutuos para adaptarse a la asociación
nales, Pasápas, de Jean-FramjoisAugoyard (2010 [1979]), efímera que establecen. El libro de referencia en este cam­
tampoco se da con la acepción espacio público, a pesar de po es el de Erving Goffman: Behaviorin Public Places: Notes
que se podría pensar que ése es su tema. En los índices on the Social Organization of Gatherings, aquí retitulado
analíticos de La buena forma de la ciudad, de Kevin Lynch como Relaciones en público. Microestudios de orden públi­
(1985), o d eAspectos humanos de la forma urbana, de Amos co (Goffman, 1979 [1968]). A esa línea cabe adscribir los
Rapoport (1978), aparece "espacio público” . Uno de los trabajos de Lyn H. y John Lofland, para los que la defini­
teóricos actuales del espacio público, Jordi Borja, no em­ ción de espacio público no puede ser más clara: "Por
pleaba ese concepto en su Estado y ciudad, que reúne tex­ espacio público me refiero a aquellas áreas de una ciudad
tos propios de la década de los setenta y ochenta (Borja, a las que, en general, todas las personas tienen acceso
1981). Ni Henri Lefebvre (por ejemplo, en 1988 y 1987) legal. Me refiero a las calles de la ciudad, sus parques, sus
ni Raymond Ledrut (1978) hablan para nada de espacio lugares de acomodo públicos. Me refiero también a los
público. En el también básico City, de William H. Whyte, edificios públicos o a las 'zonas públicas’ de edificios p ri­
espacio público aparece en cuatro páginas (Whyte, 1988: vados. El espacio público debe ser distinguido del espacio

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

privado, en el que este acceso puede ser objeto de restric­ desde hace no mucho más de dos o a lo sumo tres décadas
ción legal” (Lofland, 1985: 19; véase tam bién Lofland y responde a una sobreposición de interpretaciones que
Lofland, 1984,). liasta entonces habían existido independientemente: la
En paralelo, tenemos otra línea de definiciones acer­ del espacio público como conjunto de lugares de libre
ca del espacio público propia de la filosofía política y que acceso y la del espacio público como ámbito en el que se
remite a un determinado proceso de constitución y orga­ desarrolla una determinada forma de vínculo social y de
nización del vínculo social. En este caso, espacio público relación con el poder. Es decir, es lo topográfico cargado
se asocia a esfera pública o reunión de personas particula­ o investido de moralidad a lo que se alude no sólo cuando
res que fiscalizan el ejercicio del poder y se pronuncian se habla de espacio público en los discursos instituciona­
sobre asuntos concernientes a la vida en común. Aquí, el les y técnicos sobre la ciudad, sino también en todo tipo
concepto de espacio público, en cuanto categoría política, de campañas pedagógicas para las "buenas prácticas ciu­
recibe dos interpretaciones, que remiten a su vez a sendas dadanas” y en la totalidad de normativas municipales que
raíces filosóficas. Por un lado la que, de la mano de la opo­ procuran regular las conductas de los usuarios de la calle.
sición entre polis y oikos, implicaba una reconstrucción Lo que se está intentando poner de manifiesto es que la
contemporánea del pensamiento político de Aristóteles, ¡dea de espacio público había permanecido en el campo de
debida sobre todo a Hannah Arendt (1998 [1958]). Por las discusiones teóricas en filosofía política y, con la relati­
otro, una reflexión sobre el proceso que lleva, a partir del va excepción de la identificación del modelo griego con el
siglo XVIII, a un creciente recorte racionalizado de la agora, no había sido asociado a una comarca o extensión
dominación política y que implica la institucionalización física concreta, a no ser como ampliación del concepto de
de la censura moral de la actividad gobernante sobre la calle o escenario en el que, a diferencia del íntimo o del p ri­
base de una estructura sociopolítica fundada en las liber­ vado, las personas quedaban a merced de las miradas e in i­
tades formales —opúblicas—y en la igualdad ante la ley. Si ciativas ajenas. Es tardíamente cuando se incorpora como
al prim er referente podríam os presentarlo como el ingrediente retórico básico a la presentación de los planes
modelo griego de espacio público, al segundo lo recono­ urbanísticos y a las proclamaciones gubernamentales de
ceríamos como el modelo burgués, cuya génesis ha sido temática ciudadana. Guando lo ha hecho ha sido trascen­
establecida sobre todo por Koselleck (1978) y Habermas diendo de largo la distinción básica entre público y privado,
(1981 [1963]), y cuyas implicaciones sociológicas han sido que se limitaría a identificar el espacio público como espa­
atendidas, entre otros, por Richard Sennett (3009 [1974). cio de visibilidad generalizada, en la que los copresentes
Ninguna de las mencionadas acepciones de espacio forman una sociedad, por así decirlo, óptica, en la medida
público es, por sí misma, la que encontramos vigente en la en que cada una de sus acciones está sometida a la conside­
actualidad. La utilización generalizada de este concepto ración de los demás, territorio por tanto de exposición, en
por parte de diseñadores, arquitectos, urbanistas y gestores el doble sentido de exhibición y de riesgo. El concepto

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

vigente de espacio público quiere decir algo más que espa­ r/,quierdismo de clase media, pero también de buena parte
cio en que todos y todo es perceptible y percibido. ile lo que ha sobrevivido del movimiento obrero (véase el
Es decir, el concepto de espacio público no se limita a planfleto "El impasse ciudadanista” , www.universidadno-
expresar hoy una mera voluntad descriptiva, sino que vehicu- 1nada.net/IMG/doc/criticadelciudadanismo.doc).
la una fuerte connotación política. Como concepto político, El ciudadanismo se plantea, como se sabe, como una
espacio público se supone que quiere decir esfera de coexis­ r s p e c i e de democraticismo radical que trabaja en la pers­

tencia pacífica y armoniosa de lo heterogéneo de la socie­ pectiva de realizar empíricamente el proyecto cultural de la
dad, evidencia de que lo que nos permite hacer sociedad es modernidad en su dim ensión política, que entendería
que nos ponemos de acuerdo en un conjunto de postulados la democracia no como forma de gobierno, sino más bien
programáticos en el seno de los cuales las diferencias se ven como modo de vida y como asociación ética. Es en ese
superadas, sin quedar olvidadas ni negadas del todo, sino terreno donde se desarrolla el moralismo abstracto kan­
definidas aparte, en ese otro escenario al que llamamos pri­ tiano o la eticidad del Estado constitucional moderno
vado. Ese espacio público se identifica, por tanto y teórica­ postulada por Hegel. Según lo que Habermas presenta
mente, como ámbito de y para el libre acuerdo entre seres como "paradigma republicano” —diferenciado del "lib e ­
autónomos y emancipados que viven, en tanto se encuadran ral”—, el proceso democrático es la fuente de legitim i­
en él, una experiencia masiva de desafiliación. dad de un sistema determinado y determinante de nor­
La esfera pública es, entonces, en el lenguaje político, mas. La política, según ese punto de vista, no sólo media,
un constructo en el que cada ser humano se ve reconocido sino que conforma o constituye la sociedad, entendida
como tal en la relación y como la relación con otros, con los como la asociación libre e igualitaria de sujetos cons­
que se vincula a partir de pactos reflexivos permanentemen­ cientes de su dependencia unos respecto de otros y que
te reactualizados. Esto es, un "espacio de encuentro entre establecen entre sí vínculos de mutuo reconocimiento.
personas libres e iguales que razonan y argumentan en un Es así que el espacio público vendría a ser ese dominio en
proceso discursivo abierto dirigido al mutuo entendimiento el que ese principio de solidaridad comunicativa se esce­
y a su autocomprensión normativa” (Sahui, ?ooo: 2,0). Ese nifica, ámbito en el que es posible y necesario un acuer­
espacio es la base institucional misma sobre la que se asien­ do interaccional y una conformación discursiva copro-
ta la posibilidad de una racionalización democrática de la ducida.
política. Ese fuerte sentido eidètico, que remite a fuertes El ciudadanismo es, hoy, la ideología de elección de
significaciones y compromisos morales que deben verse la socialdemocracia que, como escribía María Toledano
cumplidos, es el que hace que la noción de espacio público (3007), lleva tiempo preocupada por la necesidad de ar­
se haya constituido en uno de los ingredientes conceptua­ monizar espacio público y capitalismo, con el objetivo de
les básicos de la ideología ciudadanista, ese último refugio alcanzar la paz social y "la estabilidad que permita preser­
doctrinal al que han venido a resguardarse los restos del var el modelo de explotación sin que los efectos negativos

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGIA

repercutan en su agenda de gobierno” . Pero el ciudada­ cu llamar ciudadano, se correspondería bastante bien con
nismo es también el dogma de referencia de un conjunto algunos conceptos que Marx propuso en su día. Uno de los
de movimientos de reforma ética del capitalismo, que más adecuados, tomado de la Crítica a la filosofía del Esta­
aspiran a aliviar sus consecuencias mediante una agudi­ llo de Hegel (Marx, ?o o? [1844,]), sería el de mediación, que
zación de los valores dem ocráticos abstractos y un expresa una de las estrategias o estructuras mediante las
aumento en las competencias estatales que la hagan posi­ cuales se produce una conciliación entre sociedad civil y
ble, entendiendo de algún modo que la exclusión y el I'lutado, como si una cosa y la otra fueran en cierto modo lo
abuso no son factores estructurales, sino meros accidentes mismo y como si se hubiese generado un territorio en el
o contingencias de un sistema de dominación al que se <|ue hubieran quedado cancelados los antagonismos
cree posible mejorar éticamente. Como se sabe, esa ideo­ múñales. El Estado, através de tal mecanismo de legitima­
logía, que no impugna el capitalismo, sino sus "excesos” do n simbólica, puede aparecer ante sectores sociales con
y su carencia de escrúpulos, llama a movilizaciones m asi­ 1ritereses y objetivos incompatibles —y al servicio de uno
vas destinadas a denunciar determinadas actuaciones de los cuales existe y actúa— como ciertamente neutral,
públicas o privadas consideradas injustas, pero sobre to­ encarnación de la posibilidad misma de elevarse por
do inmorales, y lo hace proponiendo estructuras de acción encima de los enfrentamientos sociales o de arbitrarlos,
y organización lábiles, basadas en sentimientos colecti­ en un espacio de conciliación en que las luchas queden
vos mucho más que en ideas, con un énfasis especial en como en suspenso y los segmentos confrontados declaren
la dimensión performativa y con frecuencia meramente una especie de tregua ilimitada (cf. Bartra, 1977). Ese
"artística” o incluso festiva de la acción pública. Prescin­ electo se consigue por parte del Estado gracias a la ilusión
diendo de cualquier referencia a la clase social como cri­ <|ue ha llegado a provocar —ilusión real, y por tanto ilu ­
terio clasificatorio, remite en todo momento a una difusa sión eficaz— de que en él las clases y los sectores enfren­
ecúmene de individuos a los que unen no sus intereses, ados disuelven sus contenciosos, se unen, se funden y se
sino sus juicios morales de condena o aprobación (refe­ confunden en intereses y metas compartidos. Las estrate­
rentes para conocer los postulados ciudadanistas y el gias de mediación hegelianas sirven en realidad, según Marx,
papel que en ellos juega el concepto de espacio público para camuflar toda relación de explotación, todo disposi-
en Borja, 1998; Innerarity, 2007 y Subirats et al, 3006, I ivo de exclusión, así como el papel de los gobiernos como
con textos de Salvador Cardús, Joan Subirats, Josep Ma­ encubridores y garantes de todo tipo de asimetrías socia­
ría Terricabras, Marina Subirats, Manuel Castells, entre les. Se trata de inculcar una jerarquización de los valores
otros). y de los significados, una capacidad de control sobre su
En tanto que instrumento ideológico, la noción de producción y distribución, una capacidad para lograr que
espacio público, como espacio democrático por antono­ lleguen a ser influyentes, es decir, para que ejecuten los
masia, cuyo protagonista es ese ser abstracto al que damos i ntereses de una clase dominante, y que lo hagan además

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

ocultándose bajo el aspecto de valores supuestamente basadas en la simple coacción. Se sabe que lo que garanti­
universales. La gran ventaja que poseía —y continúa pose­ za la perduración y el desarrollo de la dominación de clase
yendo— la ilusión mediadora del Estado y las nociones nunca es la violencia, "sino el consentimiento que pres­
abstractas con que argumenta su mediación es que podía ta n los dominados a su dominación, consentimiento que
presentar y representar la vida en sociedad como una hasta cierto punto les hace cooperar en la reproducción de
cuestión teórica, por así decirlo, al margen de un mundo dicha dominación [...] El consentimiento es la parte del
real que podía hacerse como si no existiese, como si todo poder que los dominados agregan al poder que los domi­
dependiera de la correcta aplicación de principios ele­ nadores ejercen directamente sobre ellos” (Godelier,
mentales de orden superior, capaces por sí mismos —a la 1989: 3 i).
manera de una nueva teología— de subordinar la expe­ Se pone de nuevo de manifiesto que la dominación de
riencia real —hecha en tantos casos de dolor, de rabia y de una clase sobre otra no se puede producir sólo mediante la
sufrimiento— de seres humanos reales que mantienen violencia y la represión, sino que requiere el trabajo de lo
entre sí relaciones sociales reales. que Althusser presentó como "aparatos ideológicos del
La noción de espacio público, en tanto que concre­ listado” , a través de los cuales los dominados son educa­
ción física en que se dramatiza la ilusión ciudadanista, dos —léase adoctrinados— para acabar asumiendo como
funcionaría como un mecanismo a través del cual la clase "natural” e inevitable el sistema de dominación que
dominante consigue que no aparezcan como evidentes las padecen, al tiempo que integran, creyéndolas propias, sus
contradicciones que la sostienen, al tiempo que obtiene premisas teóricas. De tal manera la dominación no sólo
también la aprobación de la clase dominada al valerse de domina, sino que también dirige y orienta moralmente
un instrumento —el sistema político— capaz de convencer tanto el pensamiento como la acción sociales. Esos in s­
a los dominados de su neutralidad. Consiste igualmente trumentos ideológicos incorporan cada vez más la virtud
en generar el espejismo de que se ha producido por fin la de la versatilidad adaptativa, sobre todo porque tienden a
deseada unidad entre sociedad y Estado, en la medida en renunciar a constituirse en un sistema formal completo y
que los supuestos representantes de la primera han logra­ acabado; se plantean a la manera de un conjunto de orien­
do un consenso superador de las diferencias de clase. taciones más bien difusas, cuya naturaleza abstracta,
Sería a través de los mecanismos de mediación —en este inconcreta, dúctil..., fácil, en una palabra, las hacen aco­
caso, la ideología ciudadanista y su supuesta concreción modables a cualquier circunstancia, en relación con la
física en el espacio público— que las clases dominantes cual —y gracias a su extremada vaguedad— consiguen
consiguen que los gobiernos a su servicio obtengan el tener efectos portentosamente clarificadores. Y no es sólo
consentimiento activo de los gobernados, incluso la cola­ que esas nuevas formas más lábiles de ideología domi­
boración de los sectores sociales maltratados, trabados nante prim en el consenso y la complicidad de los do­
por form as de dom inación mucho más sutiles que las minados, sino que pueden incluso ejercitar formas de

ü4 25
MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

astucia que neutralizan a sus enemigos asimilando sus hí 110 de la mano de la mucho más sutil de incívico, o sea,
argumentos y sus iniciativas, desproveyéndolas de su ca­ contraventor de los principios abstractos de la "buena con­
pacidad cuestionadora, domesticándolas, como si de tal vivencia ciudadana” .
asimilación dependiera su habilidad para la adaptación a Todo ello afecta de lleno a la relación entre el urba­
los constantes cambios históricos o ambientales o para nismo y los urbanizados. Dada la evidencia de que la mo­
propiciarlos. delación cultural y morfológica del espacio urbano es cosa
Tendríamos hoy que, en efecto, las ideas de ciudada­ de élites profesionales procedentes en su gran mayoría de
nía y —por extensión— de espacio público serían ejemplos los estratos sociales hegemónicos, es previsible que lo que
de ideas dominantes —en el doble sentido de ideas de kc da en llamar urbanidad —sistema de buenas prácticas
quienes dominan y de ideas que están concebidas para cívicas— venga a ser la dimensión conductual adecuada al
dominar—, en cuanto pretendidos ejes que justifican y urbanismo, entendido a su vez como lo que está siendo en
legitiman la gestión de lo que vendría a ser un consenso realidad hoy: mera requisa de la ciudad, sometimiento de
coercitivo o una coacción hasta un cierto límite consen­ ésta, por medio tanto del planeamiento como de su ges­
suada con los propios coaccionados. Estamos ante un tión política, a los intereses en materia territorial de las
ingrediente fundamental de lo que en nuestros días es minorías dominantes.
aquello que Foucault llamaba la "modalidad pastoral del
poder” , refiriéndose a lo que en el pensamiento político
griego —tan inspirador del modelo "ágora” en que afirma EL ESPACIO PÚBLICO COMO LUGAR
inspirarse el discurso del espacio público— era un poder
que se ejercía sobre un rebaño de individuos diferencia­ lis ese espacio público-categoría política lo que debe
dos y diferenciables —"dispersos” , dirá Foucault— a cargo verse realizado en ese otro espacio público —ahora físico—
de un jefe que debía —y hay que subrayar que lo que hace que es o se espera que sean los exteriores de la vida social:
es cumplir con su deber— "calmar las hostilidades en el la calle, el parque, la plaza... Por eso, ese espacio público
seno de la ciudad y hacer prevalecer la unidad sobre materializado no se conforma con ser una mera sofistica­
el conflicto” (Foucault, 199 1: 10 1-10 3 ). Se trata, pues, de ción conceptual de los escenarios en los que desconocidos
disuadir y de persuadir cualquier disidencia, cualquier totales o relativos se encuentran y gestionan una coexis­
capacidad de contestación o resistencia y —también por tencia singular no forzosamente exenta de conflictos. Su
extensión— cualquier apropiación considerada inapro­ papel es mucho más trascendente, puesto que se le asigna
piada de la calle o de la plaza, por la vía de la violencia si es la tarea estratégica de ser el lugar en que los sistemas
preciso, pero previamente y sobre todo por una descalifi­ nominalmente democráticos ven o deberían ver confir­
cación o una deshabilitación que, en nuestro caso, ya no mada la verdad de su naturaleza igualitaria, el lugar en que
se lleva a cabo bajo la denominación de origen subversivo, se ejercen los derechos de expresión y reunión como

26
MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

formas de control sobre los poderes y el lugar desde el que i icrlo aspecto de la ideología dominante —en este caso el
esos poderes pueden ser cuestionados en los asuntos desvanecimiento de las desigualdades y su disolución
que conciernen a todos. cu valores universales de orden superior— adquiere, de
A ese espacio público como categoría política que pronto y por emplear la imagen que el propio Lukács pro­
organiza la vida social y la configura políticamente le urge ponía, una "objetividad fantasmal” (Lukács, 1985 [1933]:
verse ratificado como lugar, sitio, comarca, zona..., en que II). Se consigue, por esa vía y en ese marco, que el orden
sus contenidos abstractos abandonen la superestructura eco uómico en torno al cual gira la sociedad quede soslaya­
en la que estaban instalados y bajen literalm ente a la do o elidido. Ese lugar al que llamamos espacio público es
tierra, se hagan, por así decirlo, "carne entre nosotros” . »mi extensión material de lo que en realidad es ideología,
Procura con ello dejar de ser un espacio concebido y se fn el sentido marxista clásico, es decir, enmascaramiento
quiere reconocer como espacio dispuesto, visibilizado, aun­ 11 íetichización de las relaciones sociales reales, y presen-
que sea a costa de evitar o suprim ir cualquier em ergen­ la esa misma voluntad que toda ideología comparte de exis-
cia que pueda poner en cuestión que ha logrado ser efec­ Iir como objeto: "Su creencia es material, en tanto esas
tivamente lo que se esperaba que fuera. Es eso lo que ideas son actos materiales inscritos en prácticas materia­
hace que una calle o una plaza sean algo más que simple - les, reguladas por rituales materiales, definidos a su vez por
mente una calle o una plaza. Son o deben ser el proscenio el aparato ideológico material del que proceden las ideas”
en que esa ideología ciudadanista se pretende ver a sí (Althusser, 1974: 62;).
misma hecha realidad, el lugar en el que el Estado logra El objetivo es, pues, llevar a cabo una auténtica tran-
desmentir momentáneamente la naturaleza asimétrica de Kubstanciación, en el sentido casi litúrgico-teológico de la
las relaciones sociales que administra y a las que sirve y palabra, a la manera de como se emplea el término para
escenifica el sueño imposible de un consenso equitativo a Iudir a la sagrada hipóstasis eucarística. Una serie de ope­
en el que puede llevar a cabo su función integradora y de raciones rituales y unos cuantos ensalmos y una en ti­
mediación. dad puramente metafísica se convierten, de pronto, en cosa
En realidad, ese espacio público es un ámbito de lo sensible, que está ahí, que se puede tocar con las manos
que Lukács hubiera denominado cosificación, puesto que y ver con los ojos, que, en este caso, puede ser recorrida y
se le confiere la responsabilidad de convertirse como sea atravesada. Un espacio teórico se ha convertido por arte
en lo que se presupone que es y que en realidad sólo es un de magia en espacio sensible. Lo que antes era una calle es
debería ser. El espacio público es una de aquellas nociones ahora escenario potencialmente inagotable para la comu­
que exige ver cumplida la realidad que evoca y que en nicación y el intercambio, ámbito accesible a todos en que
cierto modo también invoca, una ficción nominal conce­ se producen constantes negociaciones entre copresentes
bida para inducir a pensar y a actuar de cierta m anera que juegan con los diferentes grados de la aproximación
y que urge verse instituida como realidad objetiva. Un y el distanciam iento, pero siem pre sobre la base de la

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGIA

libertad formal y la igualdad de derechos, todo ello en una modelo que le prestaba Atenas o las ciudades renacentis-
esfera de la que todos pueden apropiarse, pero que no pue­ IíiK, de las que el espacio público moderno quisiera ser
den reclamar como propiedad; marco físico de lo político reconstrucción, taly como HannahArendt estableciera en
como campo de encuentro transpersonal y región sometida mu vindicación del ágora griega. Son tales principios de
a leyes que deberían ser garantía para la equidad. En otras conciliación y encuentro —síntesis del pensamiento poli-
palabras: lugar para la mediación entre sociedad y Estado Iico de Aristóteles y Kant—los que exigen verse confirma­
—lo que equivale a decir entre sociabilidad y ciudadanía—, dos en la realidad perceptible y vivible, ahí afuera, donde
organizado para que en él puedan cobrar vida los principios la ciudadanía como categoría debería verse convertida en
democráticos que hacen posible el libre flujo de iniciativas, real y donde lo urbano transmutarse en urbanidad. Una
juicios e ideas. urbanidad identificada con la cortesía, o arte de vivir en la
En ese marco, el conflicto antagonista no puede per­ corte, puesto que la conducta adecuada en contextos de
cibirse sino como una estridencia o, peor, como una pa­ encuentro entre distintos y desiguales debe verse regula­
tología. Es más, es contra la pugna entre intereses que se da por normas de comportamiento que conciban la vida
han desvelado irreconciliables que esa noción de espacio en lugares compartidos como un colosal baile palaciego, en
público, tal y como está siendo empleada, se levanta. En el el que los presentes rigen sus relaciones por su dominio
fondo siempre está presente la voluntad de encontrar un de las formalidades de etiqueta, un "saber estar” que los
antídoto moral que permita a las clases y a los sectores que ¡guala.
mantienen entre sí o con los poderes disensos crónicos En la calle, devenida ahora espacio público, la figura
renunciar a sus contenciosos y abandonar su lucha, al hasta aquel momento enteléquica del ciudadano, en que
menos por medios realmente capaces de m odificar el se resumen los principios de igualdad y universalidad
orden socioeconómico que sufren. Ese esfuerzo por so­ democráticas, se materializa, en este caso, bajo el aspecto
meter las insolencias sociales es el que hemos visto re ­ de usuario. Es él quien practica en concreto los derechos
petirse a cada momento, justo en nombre de principios que hacen o deberían hacer posible el equilibrio entre un
conciliadores abstractos, como los del civismo y la urba­ orden social desigual e injusto y un orden político teóri­
nidad, aquellos mismos que, por ejemplo, en el contexto camente equitativo (cf. Ghauviére y Godbout, 1995). El
novecentista europeo, en el prim er cuarto del siglo XX, usuario se constituye así en depositario y ejecutor de
pretendían sentar las bases de una ciudad ideal, embelle­ derechos que se arraigan en la concepción misma de civi-
cida, culta, armoniosa, ordenada, en las que un "amor I ¡dad democrática, en la medida en que es él quien recibe
cívico” les sirviese para redimirse y superar las grandes los beneficios de un mínimo de simetría ante los avatares
convulsiones sociales que llevaban décadas agitándolas, de la vida y la garantía de acceso a las prestaciones socia­
empañando y entorpeciendo los sueños democráticos de les y culturales que necesita. Ese individuo es viandan­
la burguesía. Ésta nunca había dejado de guiarse por el te, automovilista, pasajero..., personaje que reclama el

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

anonimato y la reserva como derechos y al que no le chine, de edad, de género, de etnia, de "raza” . A determi­
corresponde otra identidad que la de masa corpórea con nadas personas en teoría beneficiarías del estatuto de
rostro humano, individuo soberano al que se le supone y (ilnia ciudadanía se les despoja o se les regatea en público
reconoce competencia para actuar y comunicarse racio­ I11 igualdad, como consecuencia de todo tipo de estigmas y
nalmente y que está sujeto a leyes iguales para todos. negal ivizaciones. Otros —los no-nacionales y por tanto
Con ello, cada transeúnte es como abducido imagina­ un ciudadanos, millones de inmigrantes— son sometidos
riamente a una especie de no-lugar o nirvana en el que las ti un acoso permanente y al escrutamiento constante tanto
diferencias de estatus o de clase han quedado atrás. Ese ilc su identidad como de su identificación. Lo que se tenía
espacio límbico, al que se le hace jugar un papel estructu­ 111*r un orden social público basado en la adecuación
rante del orden político en vigor, paradójicamente viene a enl re comportamientos operativos pertinentes, un orden
suponer algo parecido a una anulación o nihilización de la l ni nsaccional e interaccional basado en la comunicación
estructura, en la que lo que se presume que cuenta no es generalizada, se ve una y otra vez desenmascarado como
quién o qué es cada cual, sino qué hace y qué le sucede. Tal una arena de y para el mareaje de ciertos individuos o
aparente contradicción no lo es tal si se entiende que ese colectivos, cuya identidad real o atribuida los coloca en un
limbo escenifica una por lo demás puramente ilusoria rulado de excepción del que el espacio público no les libe­
situación de a-estructuración, una especie de communitas ra en absoluto. Antes al contrario, agudiza en no pocos
—por emplear el término que Víctor Turner propondría casos su vulnerabilidad. Es ante esa verdad que el discurso
(Turner, 2004)— en la que una sociedad severamente ciudadanistay del espacio público invita a cerrar los ojos.
jerarquizada y estratificada vive la experiencia de una
imaginaria fraternidad universal en la que el presupuesto
igualitario de los sistemas democráticos —del que todos i :i, PÚBLICO CONTRA LA CH USM A
han oído hablar, pero nadie ha visto en realidad— recibe
la oportunidad de existir como realidad palpable. En eso Nada nuevo, en cualquier caso. Nos encontramos ante
consiste el efecto óptico democrático por excelencia: el de la revitalización de problemáticas que están en la base
un ámbito en el que las desigualdades se proclaman mági­ misma de la historia de las ciencias sociales, cooperantes
camente abolidas. necesarias en la formalización teórica de la reconciliación
Ni que decir tiene que la experiencia real de lo que entre dominadores y dominados y la consideración pato-
ocurre ahí afuera, en eso que se da en llamar "espacio logizante de todo lo que no sea producción de consenso
público” , procura innumerables evidencias de que no es social. Por supuesto que es el caso de toda la sociología
así. Los lugares de encuentro no siempre ven soslayado francesa que, en soporte de los valores republicanos, nace
el lugar que cada concurrente ocupa en un organigrama a finales del XIX alrededor de la figura de Durkheim, teó­
social que distribuye e institucionaliza desigualdades de rico fundamental de la solidaridad social como tercera vía

3? 33
MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

entre socialismo marxista y liberalismo (Álvarez-Uría y H KigloXVU, es decir, como ámbito para la reconciliación
Varela, 3004: 207-338), aunque no todos sus desarrollos y el consenso entre sectores sociales con identidades e
se produjeran en ese sentido y la corriente conociera intereses contrapuestos. Entre otras definiciones, a la de
variables de mayor radicalidad política. Es el caso tam ­ üh/hicíopúblico se le puede asignar el espacio de un perso­
bién del pragmatismo norteamericano. Gomo en Europa naje colectivo al que solemos reconocer como el público.
de la mano de Le Bon o Tarde, también en Estados Unidos I)e nuevo es pertinente remitirnos a la manera como Jür-
—en este caso con Dewey— encontramos esa voluntad de ^en Uabermas (1981 [1963]) ha indagado en la historia de
poner en circulación el concepto depúblico para codificar en;i noción, público, en este caso para designar a un tipo
en clave de concierto pacífico una agitación social cuyo de agrupación social constituida por individuos supuesta­
protagonismo estaba correspondiendo a las masas u r­ mente libres e iguales que evalúan aquello que se expone
banas, con frecuencia presentadas como las "turbas” o el II ku juicio —lo que se hace público— a partir de criterios
"populacho” . De ahí la Escuela de Chicago y su vocación racionales de valor, bondad y calidad.
en buena medida cristiano-reformista de redención m o­ Es aquí donde resultaría importante reconocer la
ral de la anomia urbana. Cabe pensar en cómo Robert Ezra deuda contraída con Gabriel Tarde (1986 [1904]), para
Park reconocía sólo dos modelos de orden social. El "cul­ i|iñen el público asume un tipo de acción conjunta que
tural” , basado en un orden moral, guiado por principios, renuncia al espacio material y se conforma a partir de un
valores y significaciones compartidas, y aquel otro orden vinculo meramente espiritual entre individuos dispersos,
que el propio P ark—tan cercano, como es sabido, al dar- un conjunto humano del que el factor cohesionador
winismo social—definía como "biótico” o "ecológico” para non las opiniones que comparten unos componentes cuya
aludir a dinámicas competitivas en pos de recursos escasos, coincidencia corporal es prescindible. Tal tipo de conglo­
ajustes recíprocos de naturaleza polémica, adaptación merado social sólo se puede entender en contraposición
traumática a contextos sociales poco o mal estructura­ ¡1 la de la multitud, ese otro personaje colectivo que, ése
dos, fenóm enos de expansión e in serción en el terri­ kí, se concreta en el espacio como fusión de cuerpos que
torio (Park, 1999 [1936]). La reforma debía consistir en actúan el unísono. Es a las multitudes a las que se había
transitar de ese orden sociobiótico carente de corazón, visto protagonizando a lo largo del siglo XIX todo tipo de
que generaba conflicto y se alimentaba de él, a ese otro revoluciones y algaradas y al que la prim era psicología
orden social moral superior, fundamentado en el acomo­ de masas —Izoulet, Sighelle, Rossi, Espinas, Le Bon, más
do recíproco y la asimilación. adelante el propio Freíd— estaba atribuyendo una condi­
Recuérdese que —como establece en su propuesta de ción infantil, criminal, bestial, primitiva, histérica —es
geneología Reinhart Koselleck (1978)— "lo público” nació decir, femenina—, incluso diabólica, por su tendencia a con­
en buena medida como dominio destinado a que se dilu­ vertirse en populacho. Ese tipo de agregado humano sobre
yeran en él las grandes luchas de religión que caracterizaron cuya preeminencia en el mundo contemporáneo alertara

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

Ortega y Gasset en La rebelión de las masas (3009 [1931]). Es alude en este caso a un tipo de asociación de espectadores
como contrapeso a esa tendencia psicótica atribuida a las es decir, de individuos que asisten a un espectáculo públi­
multitudes que vemos extenderse otro tipo de destinatario co , de los que se espera que se conduzcan como seres res­
deseado para la gestión y el control políticos: la opinión ponsables y con capacidad de discernimiento para evaluar
pública, es decir, la opinión del público como conjunto dis­ ;i(|uello que se somete a su consideración. Se da por descon­
ciplinado y responsable de individualidades, la categoría vido que los convocados y constituidos en público no renun­
básica para la gestión estatal de las muchedumbres. cian a la especificidad de sus respectivos criterios, puesto
En esa misma senda, a John Dewey (3004 [1927]) le 11 ue ninguno de ellos perderá en ningún momento de vista lo
corresponde una de las principales formalizaciones de esa 11 ue hace de cada cual un sujeto único e irrepetible. Lo que se
categoría de público, destinada a aludir a una asociación ca­ opondría a esa imagen deseada de un público espectador
racterística, frente a otras formas de comunidad humana, de racional y racionalizante sería un tipo de aglomeración de
las sociedades democráticas. Uno de sus rasgos principales espectadores que hubieran renunciado a mantener entre sí
sería el de la reflexividad, en el sentido de que sus com­ la distancia moral y física que les distinguiría unos de otros y
ponentes serían conscientes en todo momento de su papel aceptaran quedar subsumidos en una masa acrítica, confusa
activo y responsable a la hora de tener en cuenta las conse­ y desordenada, en la que cada cual habría caído en aquel
cuencias de la acción propia y de la ajena, al tiempo que toda mismo estado de irresponsabilidad, estupefaccióny embru-
convicción, cualquier afirmación, podía ser puesta a prueba lecimiento que se había venido atribuyendo a la multitud
mediante el debate y la deliberación. Pero conviene remar­ e nervada, aquella misma entidad frente a la que la noción de
car que esa filosofía estaba en buena medida concebida pre­ piiblico había sido dispuesta. El conjunto de espectadores
cisamente para sentar las bases doctrinales de una auténtica degenera entonces en canalla desbocada, víctimas de una
democratización de las muchedumbres urbanas, a las que el súbita enajenación que les ha cegado y los inhabilita para el
proceso de constitución de la civilización industrial había inicio racional, predisponiéndolos para que la respuesta a
estado otorgando desde hacía décadas un papel central, los estímulos recibidos desemboque en cualquier momento
tantas veces inquietante para el gran proyecto burgués de <■11 desmanes y violencia.
una pacificación generalizada de las relaciones sociales. Ese fue el objetivo de entonces, que se traduce hoy en
Ese contraste —dialéctico y de fronteras reversibles— nuevas fórmulas para lo mismo: conseguir que las masas
entre público y multitud o masa se ha venido manteniendo irracionales se conviertan en público racional y que los
bajo una forma u otra. Pensemos en la concreción de la refe­ o11 reros y los miembros de otros sectores sociales eventual-
rida idea abstracta de público que supone su acepción como mente conflictivos o "peligrosos” se conciban a sí m is­
grupo de personas que participan de unas mismas aficiones mos como ciudadanos y, por supuesto, no en el sentido que
o con preferencia concurren a determinado lugar, esto es, el término había adquirido, por ejemplo, en la Comuna
como actualización del concepto clásico de auditorio. Se de París de 1871, sino en el de integrantes de una esfera de

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

confraternidad interclasista. Se hizo, y se continúa hacien­ legislaciones y normativas presentadas como "de civismo” .
do, impregnando cada vez más las convicciones y las prácti­ Aprobadas y ya vigentes en numerosas ciudades, son un
cas de aquellos a los que se tiene la expectativa de convertir ejemplo de hasta qué punto se conduce ese esfuerzo por
en creyentes, puesto que, a fin de cuentas, es un credo lo nrile todo conseguir que ese espacio público sea "lo que
que se trata de hacer asumir. Para ello se despliega un dis­ debiera ser” . Ese tipo de legislaciones encuentran un ejem­
positivo pedagógico que concibe al conjunto de la pobla­ plo bien ilustrativo en la de Barcelona, presentada en el
ción, y no sólo a los más jóvenes, como escolares perpetuos otoño de 2005, bajo el título "Ordenanza de medidas para
de esos valores abstractos de ciudadanía y civilidad. Esto se lo 1nentar y garantizar la convivencia ciudadanas en el espa-
traduce en todo tipo de iniciativas legislativas para incluir i'io público de Barcelona” . Su objetivo: "Preservar el espacio
en los programas escolares asignaturas de "civism o” o púb lico como un lugar de convivencia y civismo ” .
"educación para la ciudadanía” , en la edición de manuales Por mucho que se presenten en nombre de la "convi­
para las buenas prácticas ciudadanas, en constantes cam­ vencia” , en realidad se trata de actuaciones que se enmar­
pañas institucionales de promoción de la convivencia, etc. can en el contexto global de "tolerancia cero” —Giuliani,
Se trata de divulgar lo que Sartre hubiera llamado el esque­ Sarkozy—, cuya traducción consiste en el establecimiento
leto abstracto de universalidad del que las clases dominan­ de un estado de excepción o incluso de un toque de queda
tes obtienen sus fuentes principales de legitimidad y que se para los sectores considerados más inconvenientes de la
concreta en esa vocación fuertemente pedagógica que exhi­ sociedad. Se trata de la generación de un auténtico entor­
be en todo momento la ideología ciudadanista, de la que el no intimidatorio, ejercicio de represión preventiva contra
espacio público sería aula y laboratorio. sectores pauperizados de la población: mendigos, prosti­
Ese es el sentido de las iniciativas institucionales en tutas, inmigrantes. A su vez, estas reglamentaciones están
pro de que todos acepten ese territorio neutral del que sirviendo en la práctica para acosar a formas de disiden­
las especificidades de poder y dominación se han reple­ cia política o cultural que se atreven a desmentir o desacatar
gado. Hacen el elogio de valores grandilocuentes y a la el normal fluir de una vida pública declarada por decreto
vez irrebatibles —paz, tolerancia, sostenibilidad, convi­ a mable y desproblematizada.
vencia entre culturas— de cuya asunción hemos visto que El civismo y la ciudadaneidad asignan a la vigilancia y
depende que ese espacio público místico de la democracia la actuación policiales la labor de lograr lo que sus invoca­
formal se realice en algún sitio, en algún momento. A su ciones rituales —campañas publicitarias, educación en
vez, esa didáctica —y sus correspondientes ritualizaciones valores, fiestas "cívicas”— no consiguen: disciplinar ese
en forma de actos y fiestas destinados a sacralizar la calle, exterior urbano en el que no sólo no ha sido posible man-
exorcizarla de toda presencia conflictual y convertirla en lener a raya las expresiones de desafecto e ingobernabi-
"espacio público”— sirve de soporte al tiempo ético y Iidad, sino donde ni siquiera se ha logrado disim ular el
estético que justifica y legitima lo que enseguida serán escándalo de una creciente dualización social. La pobreza,

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MANUEL DELGADO

la marginación, el descontento, no pocas veces la rabia CAPITULO 2


continúan formando parte de lo público, pero entendido I AS TRAMPAS DE LA NEGOCIACIÓN
ahora como lo que está ahí, a la vista de todos, negándose
a obedecer las consignas que lo condenaban a la clandes­
tinidad. El idealismo del espacio público —que lo es del
interés universal capitalista— no renuncia a verse des­
mentido por una realidad de contradicciones y fracasos
que se resiste a recular ante el vade retro que esgrimen
ante ella los valores morales de una clase media bienpen-
sante y virtuosa, que ve una y otra vez frustrado su sueño
dorado de un amansamiento general del vínculo social.

It ELACIONES SITUADAS EN CONTEXTOS URBANOS

El espacio público urbano —en cualquiera de sus acepcio­


nes— vendría a ser una comarca en la que cada cual está
con extraños que, de pronto y casi siempre provisional­
mente, han devenido sus semejantes. Se habla entonces
de un supuesto escenario comunicacional en que los
usuarios pueden reconocer automáticamente y pactar las
pautas que los organizan, que distribuyen y articulan sus
disposiciones entre sí y en relación con los elementos del
entorno. Lo que se distingue ahí se supone que no es
1111 conjunto homogéneo de componentes humanos, sino
más bien una conformación basada en la dispersión, un
conglomerado de operaciones en que se autogestionan
acontecimientos, agentes y contextos. El soporte de ese
paisaje son las personas que concurren, que se presume
(pie no funcionan como miembros de comunidades iden-
(1 l icables e identificadoras, sino como ejecutores de una
praxis operacional fundada en el saber conducirse de

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

manera adecuada. Ese supuesto en el que se fundamenta col id ¡ana y de mantener con sus protagonistas algo pare­
la relación social en público es el que hace del anonimato cido al distanciamiento, a la indiferencia e incluso a la
una auténtica institución social, de la que dependen fo r­ 11ml.ua aversión. Ese principio de conducta es el que más
mas de interrelación de base no identitaria. Es porque se adelante Erving Goffman (1979 [1963]: 35-4 1) designará
da por sentado que los interactuantes han aceptado de­ como desatención cortés o principio de no interferencia,
finirse aparte, que se pueden ejecutar de manera correc­ 110 intervención, ni siquiera prospectiva en los dominios
ta unas formalidades que hacen abstracción de cualquier (|iie se entiende que pertenecen a la privacidad de los
cosa que no sea la competencia para comportarse ade­ desconocidos o conocidos relativos con los que se inter-
cuadamente, es decir, para asumir las normas y los pro­ aclúa constantemente. Esa desatención cortés —también
cedimientos que hacen a cada cual acreedor de su recono­ indiferencia de urbanidad— permite en teoría superar la
cimiento como concertante en cuadros sociales casi siempre desconfianza, la inseguridad o el malestar provocados por
únicos. la identidad real o imaginada del usuario en el espacio
Cabe insistir en que ésa es la clave del papel central público.
que se espera que asuma, en ese tipo singular de vida En teoría, ese orden social fundamentado en el
social entre extraños, la capacidad que éstos tienen y el ext rañamiento mutuo, esto es, la capacidad y la posibili­
derecho que les asiste de ejercer el anonimato como dad de permanecer ajenos unos a otros en un marco
estrategia de ocultación de todo aquello que no resulte le rapo-espacial restringido y común, no sólo no obliga
procedente en el plano de la interacción en tiempo pre­ a que el otro se presente, puesto que toda relación en
sente. Permanecer en el anonimato quiere decir reclamar contextos de pública concurrencia se establece, como ha
no ser evaluado por nada que no sea la habilidad para señalado Isaac Joseph al reconocer las fuentes de nuestra
reconocer cuál es el lenguaje de cada situación y adaptarse idea contemporánea de espacio público (Joseph, 1999), a
a él. Se supone que cada momento social concreto im pli­ partir únicamente de lo que se hace y de lo que se debe
ca una tarea inmediata de socialización de los copartíci­ hacer, es decir, a partir de las codificaciones que afectan
pes, que aprenden rápidamente cuál es la conducta ade­ a las maneras de hacer y a los ritos de interacción. Ese
cuada, cómo manejar las impresiones ajenas y cuáles son principio de reserva es el que exige reclamar y obtener el
las expectativas suscitadas en el encuentro. De ahí que re­ derecho a resistirse a una inteligibilidad absoluta, re ­
sulte indispensable reclamar para tal actividad aquel ducir toda afirm ación de sociabilidad a un régimen de
principio de reserva al que Georg Simmel (1986 [1903]) comunicación fundamentado en una vinculación inde­
dedicó su conocido ensayo sobre la vida urbana y que con­ terminada, cuyos componentes renuncian, aunque sólo
sistía en la necesidad que los habitantes de las ciudades sea provisionalmente, a lo que consideran su verdad p er­
tenían de distanciarse ante la proliferación extraordinaria sonal, a partir de la difuminación de su identidad social y
de acontecimientos con los que debían toparse en su vida de cualquier otro código preexistente, el privilegiamiento

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

de la máscara, el ocultamiento y el sacrificio de toda coinciden en que la realidad es una producción social,
información sobre uno mismo que pudiera ser conside­ |icro algunas, como el interaccionismo simbólico y la
rada improcedente. d no metodología, han trabajado tomando como dato cen-
Llegamos, desde esa preocupación nodal por los Iral la manera como quienes conforman unidades sociales
vínculos provisionales entre extraños que proliferan en 111>arentemente espontáneas y más bien azarosas las con­
la vida de las ciudades modernas, a las diferentes teorías cillen, interpretan y definen, haciéndolo siempre a partir
situacionales, todas ellas atentas a las relaciones huma­ de una actitud que se supone creativa, reflexiva y activa,
nas basadas en la inmediatez y en cierta indeterminación en condiciones de superar o arrinconar, ni que sea mo­
identitaria de sus protagonistas. Sus puntos de partida mentáneamente, los condicionantes externos a la situa­
serían la sociología de Simmel en general o un texto clási­ ción que les afectan. La interacción se entiende como
co publicado por el fundador de la Escuela de Chicago, articulación de subjetividades con iniciativas, potenciali­
William H. Thomas (2:002; [19^3]), sin olvidar la precoz dades y objetivos propios, que acuerdan generar realida­
intuición de Gabriel Tarde acerca de la importancia socio­ des específicas a partir de elementos cognitivos y dis­
lógica de la conversación (Tarde, 1986 [1904]). Desde tal cursivos que se trenzan para la oportunidad y que pueden
arranque se han venido desarrollando un conjunto de prescindir total o parcialmente de estructuras sociales
estrategias metodológicas y teóricas cuya premisa com­ preexistentes.
partida sostendría que la interacción, en tanto que deter­ Lo que cuenta para estas tendencias es la significa­
minación recíproca de acciones o de actores, no sólo ción que los interactuantes dan a su acción recíproca, el
puede ser considerada como un fenómeno en sí mismo, Irabajo mental que les permite crear y sostener las carac-
y por tanto observada, registrada y analizada, sino que lerísticas de escenarios socialmente organizados. Esto
merece que se le atribuya centralidad en la consideración supone que las condiciones consideradas racionales de la
de la conducta social humana. Estas perspectivas entien­ conducta práctica no son fijadas o reconocidas como con­
den la situación como orden social elemental que puede secuencia de una regla o método obtenido independíen­
y debe ser reconocido como ejemplo de organización so ­ le mente de la situación en que tales propiedades son usa­
cial dotada de cualidades formales específicas, a la que es das, sino realizaciones contingentes de prácticas comunes
viable viviseccionar, aislar a afectos analíticos, tratarla organizadas socialmente. Cada situación social ha de en­
como un orden de hechos como otro cualquiera, un siste­ tenderse, por tanto y desde esa perspectiva, como autoor-
ma en sí, es decir, como una entidad positiva que justifica ganizada, autogestionada en cuanto al carácter inteligible
un trabajo científico. de sus propias apariencias. Toda situación se organiza
Ahora bien, no todas las corrientes situacionales perci­ endógenamente y lo hace a partir de parámetros irrepeti­
ben de manera coincidente la naturaleza de la situación co­ bles que hacen posible definir sus contenidos como real­
mo objeto de conocimiento. Son construccionistas, es decir, mente reales, tal y como proponía William I. Thomas en

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

su famoso principio: "Si los individuos definen una situa­ ilc terminada realidad, por momentánea y provisional que
ción como real, esa situación es real en sus consecuen­ rula sea, y hacerlo como seres autónomos y competentes a
cias” . Planteado de otro modo, no existe un orden social Iji hora de pactar formas diferenciadas de ser el mundo y
que tenga existencia por sí mismo, independientemente ilc estar en él. Es decir, se subraya la tendencia que la
de ser conocido y articulado por los individuos en el plano inleracción experimenta a escapar de las regulaciones so-
tanto mental como práctico. El orden social, en efecto, cíiiles y de las condiciones estructurales y de los interac-
no es un reglamento declarado, sino un orden realizado, Iliantes a comportarse como seres que han podido acce­
cumplido por interactuantes que se conducen en cada der a un grado cero de identidad, desde el que se hacen
coyuntura como sociólogos o antropólogos naífs que le­ presentes en cada circunstancia como recién nacidos a
vantan su teoría —es decir, evalúan índices—, y orientan rila. El "ponerse en situación” consiste precisamente en
su práctica—esto es, consensúan procedimientos—, obte­ hacer como si cada cual se hubiera zafado de cualquier
niendo como resultado las autoevidencias, lo "dado por imposición estructural, como si fuera reconocido en tanto
sentado” , las premisas mudables para cada oportunidad i|iie ser que pertenece al lenguaje y se mueve sólo en su
particular que permiten vencer la indeterminación y pro­ hciio, es decir, como alguien que obtiene su reconoci­
ducir sociedad. Todo ello calculando sus acciones en fun­ miento como concertante a partir de su competencia co­
ción de las condiciones de cada una de las secuencias en rnil nicacional.
que se hallaban comprometidos y de los objetivos prácti­
cos a cubrir.
Eso no quiere decir que la situación no padezca de­ ANONIMATO Y M ÍST IC A CIUDADANA
terminaciones procedentes de las estructuras sociales,
políticas, económicas, culturales, jurídicas o de cualquier I,;i cuestión no es baladí ni se limita al campo de la teoría
otro tipo preexistentes. Aunque se coincida en entender­ Hncial. Ese personaje abstracto que se despliega en el uni­
la como una actuación humana basada en la autodetermi­ verso de 1a. interacción más o menos pura que imaginan
nación recíproca, cada autor o tendencia situacional las teorías hermenéuticas de la situación, que ejerce una
aporta visiones propias acerca de cuál es el peso de los i a pacidad de modelar a voluntad la división entre público
organigramas económicos o político-institucionales, por y privado —es decir, entre lo que se decide someter a la
ejemplo, y sólo en sus expresiones más banalizadas se le mirada y el juicio ajeno y lo que no, o, lo que es lo m is­
otorga al individuo una independencia absoluta a la hora mo, que puede graduar sus dinteles de anonimato—, es
de negociar la realidad que vive. En lo que todas estas el mismo que en teoría centra en torno de él la llamada
corrientes coinciden es en atribuir a los protagonistas de democracia participativa. En ese orden de cosas, el prota­
la interacción potencialidad poco menos que ilimitada gonista de la interacción como concreción de la hipoté­
para generar cooperativamente y gestionar luego una tica sociedad anónima urbana, entendida como entidad

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

hecha toda ella de lenguaje, es en el fondo idéntico al que dialogante de estrategias de cooperación, de afinidad o de
se proyecta en esa otra ecúmene igualitaria que funda la c(ni l licto, que se articulan en el transcurso mismo de su
posibilidad misma de un sistema político basado en el devenir. Ahora la deliberación se lleva a cabo en el campo
individuo autónomo, responsable y racional, calificado de l;i accióny se traduce no sólo en circulación y consen­
para manejar adecuadamente recursos y oportunidades tid de opiniones, sino en una determinada idea de orden
presupuestas como iguales para todos. publico, pero no en el sentido de orden jurídico del Es-
Ese agente libre y consciente de su capacidad de lndo ni de orden de las relaciones en público, es decir,
propiciar todo tipo de cambios es idéntico a esa especie leeíprocamente expuestas y observadas. Orden público se
de rey de la creación del sistema político liberal que se entiende ahora en tanto que orden del público, esa cate­
identifica con la figura no menos abstracta del ciudada­ g o r í a social conformada por individuos privados, cons­
no. La racionalidad política se basa entonces en la activi­ cientes y responsables que ejercitan de forma racional
dad concertante y deliberativa de seres para los que cual­ mi capacidad y su derecho a interpretar, pronunciarse y
quier identificación que no sea la genérica de ciudadanos neluar en pos de objetivos comunes, que pueden ser con­
resulta improcedente. Nos encontramos con el núcleo du­ estentes y duraderos o provisionales, pero que sólo pue­
ro de lo que vimos que sería para autores como Haber- den concebirse en relación a acciones prácticas en si-
mas el concepto republicano de política, para el que ésta Inación.
sería el artefacto mediador que permite y regula la auto­ A su vez, orden público puede identificarse también
determinación de agregaciones solidarias y autónomas, con el propio de una arena real, empíricamente fundada,
formadas por individuos emancipados conscientes de su asociada a la noción de espacio público, pero no sólo como
recíproca dependencia, que, al margen del Estado y del espacio de mutua visibilidad y mutua accesibilidad, en el
mercado, alcanzan el entendimiento convivencial m e­ ipie los individuos se someten a las miradas y las iniciati­
diante el intercambio horizontal y permanentemente re ­ vas ajenas, sino como algo mucho más trascendente y a lo
novado de argumentos. Como se sabe, ésa está siendo la «pie ya se ha hecho referencia: el proscenio para las prác-
doctrina de elección de la socialdemocracia, pero tam­ lieas cívicas concretas, escenario en que la pluralidad se
bién de lo que en el capítulo anterior presentamos como somete a normas de actuación pertinentes, racionales y
ciudadanismo, la ideología que han hecho suya los restos pistificables, cuya generación y mantenimiento no depen­
de la izquierda sindical y política que un día se pretendió den de normas jurídicas, sino de una autoorganización
revolucionaria. sensible de operaciones y operadores concretos en que se
Iluminada por las perspectivas situacionales, ese de- realiza una coexistencia fundada en competencias no dis­
mocraticismo radical trasciende la filosofía política para cursivas, sino en disposiciones y dispositivos prácticos,
ir a beber de una sociología de las relaciones urbanas, teo­ emanados de un cierto sentido común, con frecuencia
rizadas como fundándose en una coordinación dialogada y provisto ad hoc. La teoría política del espacio público —esto

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es, el espacio público no como lugar, sino como discurso- La vida social se convierte entonces en vida civil, es
trabaja a partir de su consideración como ámbito en que decir, en vida de y entre conciudadanos que generan y
cobra dimensión ecológica una organización social basada controlan cooperativamente esa cierta verdad práctica
precisamente en la indeterminación y en la ignorancia de la que les permite estar juntos de manera ordenada. El ciu-
identidad ajena, puesto que lo que cuenta en ese escenario dadanismo como ideología política se convierte en civismo
no son las pertenencias, sino las pertinencias. 0 civilidad como conjunto de prácticas apropiadas en aras
En ambos casos, el individuo alcanza aquí no sólo su del bien colectivo. La convivencia cívica es, de este modo,
máximo nivel de institucionalización política, sino tam ­ concebida como un grandioso mecanismo de interacción
bién su nivel superior de eficacia sim bólica. Sale del generalizada, "una conversación de todos con todos” , por
campo de la entelequia, deja de ser un personaje teórico decirlo como hubiera propuesto John Shotter (2001), una
y se cosifica, aunque sea bajo la figura de un ser sin ros­ polifonía gigantesca en la que las distintas voces argu-
tro ni identidad concreta, puesto que le basta con ser una mentany deliberan con el objetivo de conformar un cos­
masa corpórea con rostro humano para ser reconocido mos compartible, bastante en la línea de lo que Habermas
como con derechos y obligaciones. El ciudadano, en efec­ define —con abundantes referencias a los teóricos del
to, es por definición una entidad viviente a la que le mteraccionismo y la etnometodología (Habermas, 1992
corresponde la cualidad básica de la inidentidad, puesto 1 1981]: I/ 12 2 -19 6 )—como "acción comunicativa” o "si-
que se encarna en la figura del desconocido urbano, al que 1nación discursiva ideal” , pero que no se conforman con
le corresponde una con sideración en tanto que libre hablar, sino que acuerdan obedecer un conglomerado
e igual al margen de cuál sea su idiosincrasia. Es a ese de "buenas prácticas” , un "saber estar” y "saber hacer”
personaje incógnito —el mítico "hombre de la calle” del <Iue igualan y que se producen desconsiderando toda
imaginario político liberal— al que le corresponde la génesis histórica o cualquier constreñimiento socioes-
m isión de coproducir con otros desconocidos con quie­ Iructural. Se instaura así una tierra de nadie, reino del
nes convive comarcas de autocomprensión normativa consenso y la comunicación, cuyos habitantes llegan a
permanentemente renovadas, compromisos entre ac­ acuerdos acerca de qué creer y qué hacer en cada situa­
tores emancipados que se encuadran en esa experiencia c i ó n . Esa tierra de nadie en que reina el civismo —el con­
masiva de desafiliación que es la esfera pública dem o­ junto de las llamadas no en vano "normas de conviven­
crática. La sociedad democrática sería así, de hecho, cia”— existe y funciona, hemos visto más atrás, como si
una amplificación universal de la idea matriz de sociedad las instituciones y las autoridades administrativas se hu­
anónima mercantil, cuyos individuos participan en fun­ bieran convertido en realmente neutrales, los disposi­
ción no de su identidad, sino en tanto comparten —en tivos de producción, intercambio o distribución hubieran
un sentido ahora em presarial— intereses, acciones y quedado al margen y los segmentos sociales que man-
valores. lienen entre sí antagonismos crónicos e insuperables

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hubieran decido firm ar una tregua en sus conflictos en pragmatismo había supuesto constituyendo el eje no
aras a pactar dilatados paréntesis hechos de acuerdo y tsiilo de la vida urbana, sino del ciudadanismo como acuer-
negociación. ilo de heterogeneidades inconmensurables que, no obs-
1,1 ule, asumen articulaciones cooperativas momentáneas
para la consecución de objetivos compartidos. Se pasa
CIUDADANISM O Y M OVIM IENTOS SO CIALES ¡iki de la situacionalidad como característica del urba­
nismo como forma de vida —por volver a la imagen pro­
Nos hallamos, a partir de lo planteado hasta aquí, con puesta por Louis Wirth (1988 [19 38])— al planteamien-
"una dinámica de producción de actores individuales y lo situacionista, no como ideología ni como adscripción
colectivos, cuya identidad no está nunca establecida ple­ organizativa, sino como criterio de y para la acción so ­
namente de entrada, sino que se modula en el transcurso cial colectiva.
de sus intervenciones y de sus interacciones” (Cefa'i, Esas formas crecientemente dominantes de m ovili­
2¡oo2¡: 54,). Es interesante constatar que ese principio de zación p refieren m odalidades no convencionales y
producción de cultura pública del que se nutre la defini­ espontáneas de activismo, que expresan una forma
ción de la civilidad como práctica intersubjetivamente enérgica de lo que hemos visto que era el concepto feno-
acordada en situación es el que encontramos en la base menológico de intersubjetividad con el que los construc­
misma de la forma que está adoptando en la actualidad lo cionismos hermenéuticos elaboraron su teoría social.
que, a partir de Zizek, se da en llamar postpolítica, una de I ndividuos conscientes y motivados, sin raíces estructu­
cuyas expresiones la encontraríamos en algunos de los rales, desvinculados de las instituciones, que renuncian
llamados nuevos movimientos sociales (cf. Mario Do­ o reniegan de cualquier cosa que se parezca a un en-
mínguez, 2007). Estos no dejan de revitalizar el viejo euadramiento organizativo o doctrinal, que proceden y
humanismo subjetivista, pero aportan como relativa no­ regresan luego a una especie de nada sin estructura se
vedad su predilección por un particularismo o circunstan- prestan como elementos prim arios de uniones volátiles,
cialismo militante, ejercido por individuos o colectivos pero potentes, basadas en una mezcla efervescente de
que se reúnen y actúan al servicio de causas hiperconcre- emoción, impaciencia y convicción, sin banderas, sin
tas, en momentos puntuales y en escenarios específicos, himnos, sin líderes, sin centro, movilizaciones alterna-
renunciando a toda organicidad o estructuración durade­ livas sin alternativas que se fundan en principios abs­
ras, a toda adscripción doctrinal clara y a cualquier cosa tractos de índole esencialmente moral y para las que la
que se parezca a un proyecto de transformación o emanci­ eonceptualización de lo colectivo es complicada, cuando
pación social que vaya más allá de un vitalismo más bien no imposible.
borroso. Estos movimientos llevan hasta las últimas con­ Una de las figuras predilectas para ese individualis­
secuencias la lógica de las sociedades anónimas que el mo comunitarista o de ese comunitarismo individualista,

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

basado en la sintonía sobrevenida entre sujetos, es la de <>!»<•tan como espasmos en relación y contra determinadas
la red, lo que no es casual, pensando en la sociabilidad circunstancias consideradas inaceptables, iniciativas de
que propicia Internet, paradigma de relación reticular, apropiación no pocas veces inam istosas del espacio
paraíso donde se ha podido hacer palpable por fin la publico que pueden ser especialmente espectaculares,
utopía de una sociedad de individuos desanclados y sin ipic ponen el acento en la creatividad y que toman p res­
cuerpo, en un universo de instantaneidades. También tados elementos procedentes de la fiesta popular o de la
la de la muta o manada, opuesta por definición al reba­ performance artística. Se trata, por tanto, de moviliza­
ño y que se constituye en metáfora perfecta del pequeño ciones derivadas de campañas específicas, para las que
grupo hiperactivo que se reúne para actuar. Se puede puede establecerse mecanismos e instancias de coordi­
recurrir igualmente a figuras m íticas como las de la nación provisionales que se desactivan después..., hasta
tribu o el nomadismo, form as de evocar e invocar algo la próxima oportunidad en la que nuevas coordenadas
así como un prim itivism o igualitario, basado en una y asuntos las vuelvan a generar poco menos que de la
solidaridad empática basada en el diálogo y el acuerdo nada. Cada oportunidad movilizadora instaura así una
sincrónico entre personas individuales con un alto verdad comunicacional intensamente vivida, una exal­
nivel de exigencia ética consigo mismas y con el m un­ tación en la que las relaciones de producción, las depen­
do. Entre otros efectos, este tipo de concepciones de la dencias fam iliares o las instituciones oficiales del Esta­
acción política al m argen de la política se traduce en do se han desvanecido.
la institucionalización de la asamblea como instrum en­ Se produce de este modo una traslación a la activi­
to por antonom asia de y para los acuerdos entre in d i­ dad política de las virtudes de la situación, cuya manipu­
viduos que no aceptan ser representados por nada ni lación creativa permite encontrar un refugio ante otra
por nadie. Esta form a radical de parlam entarism o se verdad, percibida como inapelable, que es la de la es­
conform a como órgano inorgánico, cuyos com ponen­ tructura, una emancipación en última instancia ilusoria
tes se pasan el tiempo negociando y discutiendo entre de la gravitación de las clases y los enclasamientos, vic­
sí, pero que tienen graves dificultades a la hora de n e ­ toria momentánea de la realidad como construcción
gociar o discutir con cualquier instancia exterior, p o r­ 1nterpersonal sobre lo real como experiencia objetiva
que en realidad, como señala Cari Offe (1992: 179), no del mundo.
tienen nada que ofrecer que no sea su autenticidad Estos movimientos políticos fuera de la política se
com unitaria y que es más intralocutora que interlo- pretenden antidoctrinarios, pero la continua referencia
cutora. a un número restringido de modelos teóricos acaba
El activism o de este tipo de m ovim ientos se ex­ estableciendo una especie de ortodoxia para heterodo­
presa de modo análogo: generación de pequeñas o gran­ xos cuyos mimbres suelen ser fácilmente reconocibles,
des burbujas de lucidez e im paciencia colectivas, que lin cambio, aparece menos explícita la deuda que estos

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

movimientos y movilizaciones tienen contraída con la i:i, ORDEN SO CIAL EN EL PLANO


sociología situacional interpretacionista, cuya génesis DE LA INTERACCIÓN PÚ BLICA
hemos situado en una cierta manera de leer a Tarde,
Simmel, los pragmáticos y a algunos de los teóricos de la Ahora bien, esa presunción relativa a la autonomía de los
Escuela de Chicago. Los nuevos movimientos han sido acontecimientos que se producen en el transcurso del
descritos como "redes flexibles y móviles de actores flujo de los encuentros, es decir, a la consideración en
individuales o colectivos [que] se ligan por preocupa­ l <1oto que realidad exenta de la situación comunicacional,
ciones convergentes y actividades conjuntas, en univer­ se desvela un espejismo cuando se pone de manifiesto que
sos de respuestas recíprocas y regularizadas, a través el espacio de los entrecruzamientos sociales por excelen­
de procesos de interacción más o menos estabilizados cia, esto es, el espacio público urbano, no es tanto el pros­
en un juego de acomodamientos, de concesiones y de cenio de la puesta en escena de las diferencias como el de
compromisos de todo género por los que se configuran la puesta en escena de las desigualdades. En efecto, en
territorios, colectivos, organizaciones e instituciones. cada cuadro dramático que se desarrolla en contextos
Las arenas sociales abren transversalmente esos m un­ públicos, los intervinientes pueden perder la protección
dos sociales unos a otros. Los ponen en contacto, los fe ­ (pie les concede hipotéticamente el anonimato al verse
cundan y los im pulsan, contribuyendo a los procesos delatados por indicios que denotan en ellos un origen
de transformación, de desintegración y de recom posi­ socioestructural o una desviación de la norma suscepti­
ción, de segmentación y de intersección, de denegación bles de provocar desazón o embarazo en sus interlocuto­
y de legitimación que las animan” (Cefa'i, 3 0 0 ? : 57). Pe­ res. Quien notó y colocó en prim er término esa proble­
ro ésas son las características que se postulan para la mática —la de la manera como la situación no se produce
idea hoy hegemónica de espacio público, entendido co­ en ningún caso de espaldas o al margen del orden social
mo acaecer, como generación de grupalidades en proce­ en cuyo marco se da—fue Erving Goffman, que se instala­
so permanente de estructuración, basadas en una cone­ ba de ese modo fuera del campo del interaccionismo sim ­
xión flotante, hecha de códigos abiertos, intensidades bólico para proponer una línea microsociológica más afín
emocionales, flujos y haces de interactividad recíproca a la tradición estructural-funcionalista en la que se fo r­
entre individuos; la vida social como actividad situada, mara. Para Coffman, la atención por la versatilidad y
es decir, como concatenación y encadenamiento de coa­ dinamismo de los microprocesos sociales era del todo
liciones momentáneas entre individuos que definen lo compatible con la puesta en evidencia de que la interac­
que ocurre a medida que ocurre y enfrentan emergen­ ción está gobernada por regulaciones sociales ajenas y
cias problemáticas administrándolas desde una racio­ anteriores a la situación. Es más, es a él a quien cabe el
nalidad cooperativa elaborada desde dentro de cada c ir­ mérito no sólo de contemplar cómo la acción situada
cunstancia particular. encarna el orden social establecido, sino la manera de

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGIA

cómo los intervinientes en cada interacción están contri­ definido, y que pueden ocultar o disimular, pero que en
buyendo de forma activa a su mantenimiento, aviniéndo­ 11 i ngún momento les abandonan. En efecto, para Goffman,
se en todo momento a colaborar y luchando por mantener en cada negociación los individuos trasladan y encarnan
a raya cualquier factor que lo amenace. los discursos y los esquemas de actuación propios del lu­
La perspectiva interaccionista —como ocurre con la ga r del organigrama social desde el que y al servicio del
etnometodológica, las teorías de la conversación y otras cual gestionan a cada momento su presentación ante los
variables de construccionismo cognitivista— trabaja a demás.
partir de un supuesto troncal que otorga a los intervinien­ Es en esa obra fundamental para las ciencias sociales
tes en cada encuentro la capacidad de determinar o inten­ de la desviación que es Estigma donde Goffman (1998 [1961])
tar determinar en el curso mismo de la acción lo que en más enfatiza el peso que sobre cada situación vivida ejer­
ella va a suceder. Esa perspectiva no niega que ciertos cen estructuras sociales inigualitarias. El derecho y la po­
determinantes estructurales —por ejemplo los derivados sibilidad que tienen los interactuantes, al menos en teo­
de una estraficación clasista, étnica o de género o cual­ ría, de no definirse y permanecer en el anonimato se ven
quier otra forma de jerarquización social— tengan un desmentidos en cuanto una serie de tabulaciones clasifi-
papel importante en la coproducción de consenso y en las catorias, que hasta aquel momento podrían haberse li­
transacciones comunicacionales, pero éstas no son una mitado a distinguir entre la pertinencia o no de las actitu­
mera reverberación de esas relaciones asimétricas, sino des inmediatas o inminentes, reconoce en alguno de los
"otra cosa” , y otra cosa para la que la libertad de decisión presentes una identidad social despreciada o reputada co­
y acción de los individuos es decisiva. Ese supuesto que mo por una causa u otra problem ática. El identificado
los interaccionistas asumen permite distinguir, como como perteneciente a un segmento social considerado por
propone Anselm Strauss (1978: 9 7-10 3), entre contexto debajo del propio o peligroso, adherido a una opción cul-
estructural y contexto de negociación. El contexto estructu­ lural inaceptable o discapacitado física o mentalmente,
ral pesa sobre el de la negociación, pero éste remite a con­ pierde de manera automática los beneficios del derecho al
diciones y propiedades que son específicas de la propia anonimato y deja de resultar un desconocido que no pro­
interacción y que intervienen decisivamente en su desa­ voca ningún interés para pasar a ser detectado como
rrollo. Es tal distinción la que Goffman no reconocería alguien cuya presencia —que hasta entonces podía haber
como pertinente, puesto que la autonomía de la interacción pasado desapercibida— acaba suscitando malestar, in ­
respecto de la estructura social en que se produce es una quietud o ansiedad. Un relación anodina puede conver­
pura ficción, en tanto presume una improbable capacidad tirse entonces, y a la mínima, en una nueva oportunidad
de los seres humanos para superar o incluso vencer las para la humillación del inferiorizado, para un rebaja­
constricciones ambientales que les determinan, desde miento que puede adoptar diferentes formas, que van de
las que han ingresado en la interacción y que la han la agresión o la ofensa a una actitud compasiva, tolerante
MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

e incluso "solidaria” , no menos certificadoras de cuán 1>con frecuencia quienes ostentan rasgos que los convier-
ficticia era la tendencia ecualizadora de la comunicación len, a los ojos de una mayoría social o el poder, en inacep-
entre desconocidos en los llamados contextos públicos lablemente raros, forasteros, diferentes, inválidos, infe­
urbanos. riores, desviados, disidentes..., y que no han podido o no
han querido disfrazar quiénes son en realidad —es decir,
en qué lugar de una estructura social asimétrica están s i­
N A D IE ES IN D E SC IFR A B L E tuados—quedan colocados en un estado de excepción que
los inhabilita total o parcialmente para una buena parte
A muchísimas personas de nuestro entorno no les es dado de intercambios comunicacionales.
conocer la suerte del pintor de la vida moderna al que Otros, quienes tienen el privilegio de dominar los
Charles Baudelaire consagró uno de sus más conocidos modales y el aspecto de clase media, tienen más posibili­
textos, ese merodeador urbano, observador abandonado dades de ejercer esa indefinición mínima de partida que
a la pura diletancia ambulatoria, elflánn eu r. El es ese permite escoger cuál de un repertorio limitado de roles
"príncipe que disfruta en todos sitios de su incógnito” disponibles se va a desarrollar en presencia de los otros.
(Baudelaire, 1995 [x8 6 3 ] : 87]. Un número importante de I)e los "normales” —como los designa el propio Goffman—
individuos pueden modular sus niveles de discreción y se espera que escojan el rol dramático más adecuado para
en ciertos casos pueden incluso desactivar su capacidad pa­ resultar procedentes, es decir, aceptables en relación con
ra el camuflaje asumiendo fachadas que indican de fo r­ lo que un determinado escenario social espera de ellos y
ma inequívoca una determinada adscripción ideológica, que ellos deberán confirmar. En eso consiste precisa­
estética, sexual, religiosa, profesional, etc. Desde una mente lo que ya se ha reconocido como mundanidad, que
pequeña insignia en la solapa hasta un uniforme comple­ se basa en una deseada abstracción de la identidad, ese
to, existen diferentes maneras a través de las cuales las grado cero de sociabilidad que se espera que sea el ejerci­
personas pueden informar a los demás acerca de un cio de un anonimato del que se sale sólo para actuar como
determinado aspecto de su identidad que desean o nece­ .ser de relaciones. Se trata, en ese caso, de practicar una
sitan que quede realzado. Pero para otros no hay opción cierta promiscuidad entre mundos sociales contiguos o
factible. Hagan lo que hagan no podrán escamotear rasgos i nterseccionados, travestirse para cada ocasión, mudar de
externos --fenotípicos, fisiológicos, aspectuales en general, piel en función de los requerimientos de cada encuentro.
aunque sean circunstanciales— que hacen de ellos seres Si nuestro aspecto no delata de forma inmediata y fla ­
marcados, la relación con los cuales es problemática grante ningún motivo de desacreditación, si podemos
puesto que han de arrastrar todo el peso de la ideología negociar cada encuentro sin que una determinada iden­
que los reduce permanentemente a la unidad y les fuerza tidad real o atribuida aparezca como un motivo de aler­
a permanecer a toda costa encapsulados en ella. Siempre ta o simple incomodidad en nuestros interlocutores,
MANUEL DELGADO
EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

entonces se entiende que seremos dignos de sentarnos a la circunstancias” , es decir, resultar predecible, no serfuen-
mesa imaginaria en que de igual a igual se juega a la so­ le de incomodidad o alarma, brindar garantías de conducta
ciedad.
adecuada.
Es esa labor de mundanidad —a la que, como ha que­ Eso es fundamental, puesto que, como Richard Sen-
dado subrayado, no todo el mundo tiene pleno acceso— la nell. nos ha enseñado, la urbanidad moderna se funda en
que requiere el ocultamiento o al menos el desdibuja- cambios conductuales por lo que hace a los encuentros no
miento de toda identidad que no sea la estrictamente ade­ programados entre extraños que, en un cierto momento
cuada para la situación. En eso consiste ser ese descono­ de la historia de la construcción del mundo moderno, dé­
cido que vimos que se suponía conformando la materia la ron de confiar los unos en los otros y optaron por no
primera de la experiencia urbana moderna y que, a su vez, (Ii rigirse la palabra y no prestarse mutua atención, dejan­
se situaba también en el subsuelo fundador de la noción do a su aspecto la labor fundamental de ofrecer una infor­
política de ciudadano, que no es sino eso: un cuerpo abs­ mación suficiente para establecer relaciones fiables.
tracto cuya mera presencia es en teoría merecedora de ’Cuando la ciudad cayó en el silencio, el ojo se convirtió
derechos y deberes en relación con los cuales la identidad en el principal órgano a través del cual las personas
social real es o debería ser un dato irrelevante y, por tanto, adquirían la mayoría de sus informaciones directas acer­
soslayable. Ese desconocido es aquel que puede reclamar ca de los desconocidos. ¿A qué tipo de información acce­
que se le considere en función no de quién es, sino de lo de un ojo mirando su alrededor? En tales condiciones, el
que hace, de lo que le pasa o hace que pase y sobre todo de ojo puede estar tentado a organizar su información acerca
lo que parece o pretende parecer, puesto que en el fondo d(i los desconocidos de manera represiva... Examinando
es eso: un aparecido, en el sentido literal de alguien que uria escena compleja y no familiar, el ojo procura ordenar
hace acto de presencia en un proscenio del que él sería el rápidamente lo que ve usando imágenes que correspon­
rey y señor: el espacio público, en el sentido político del den a categorías simples y generales, extraídas de estereo-
término, es decir, en el de lugar físico en que emergen, (ipos sociales” (Sennett, 1995: i 3 ?; en general, cf. Sen-
como por arte de magia, los principios esenciales de la nett, 199 1). En efecto, los desconocidos que traban entre
igualdad democrática. Pero ese sistema al que se atribu­ ellos una relación aparentemente azarosa se han etique-
yen virtudes igualadoras está pensado por y para una lado mutuamente, se han ubicado en una cuadrícula de
im aginaria pequeña burguesía universal, que es la que ese orden clasificatorio a partir de cualidades sensibles
puede reclam ar ejercer el derecho al anonimato, es i nmediatamente percibidas que la eventual charla irá con­
decir, el derecho a no identificarse, a no dar explicacio­ firmando, matizando o descartando, recomendando afian­
nes, a mostrarse sólo lo justo para ser reconocida como zar el vínculo o desactivarlo. Incluso ese personaje anó­
apta para "presentarse en sociedad” , en encuentros con nimo por antonomasia que es el transeúnte urbano, el
gente que también ha conseguido estar "a la altura de las viandante con el que se mantiene una relación de mutua

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

indiferencia, clasifica y es clasificado a partir de las cuali *»eeretos que esperamos que los demás no sepan, al tiem ­
dades objetivas que, por discretas que se pretendan, no po que hacemos lo posible para conocer, adivinar o intuir
puede dejar de ostentar o de reconocer en los demás, aun ­ lim secretos del otro. ¿Yqué es lo que ocultamos o se ocul-
que sea de reojo. I»? Lo que se oculta es precisamente aquello que no nos
Es por ello que resulta tan imperdonable la impostu liaría aceptables o pertinentes, lo que haría manifiesta la
ra de cualqtiier tipo, puesto que ésta implica defraudar presencia, también en cada uno de nosotros, de motivos
esa fe que debe merecer, en el código de conducta de la para la descalificación. Lo que se oculta es lo imperdona­
clase media, la manera como cada cual se pone en escena ble o, como escribió Georges Bataille, lo que no es servil,
a sí mismo y su capacidad para manejar su propia imagen es decir, lo inconfesable (Bataille, 1980 [194,8]: 39). Ésa es
ante los demás. Porque al fin y al cabo se trata de un la labor fundamental del anonimato como factor estruc-
juego, pero un juego de y entre apariencias; apariencias a lurante de la relación en público, consentir una inde­
cargo de aparecidos que no sólo —como antes se ha hecho finición de partida que permita ganar tiempo antes de
notar— aparecen, sino que sobre todo parecen o quieren interpretar correctamente qué es lo que el orden de la in-
parecer. De ahí que reclamen ese punto muerto de la leracción—recuérdese: el orden social en el plano de la
mundanidad que hemos establecido que es el anonimato interacción— nos está urgiendo a que entendamos, acate­
y que lo hagan para poder administrar su propia comple­ mos y reproduzcamos. Se supone que mientras que al
jidad, prim ando un aspecto —el procedente— en d e­ esligmatizable en primera instancia —aquel que no puede
trimento de todos los otros potencialmente incorrectos. d ¡simular los motivos de su inhabilitación— se le niega el
Los otros con quienes nos encontramos nos exigen lo derecho a la complejidad, el resto, los "norm ales” —en
mismo que les exigimos a ellos: esa mínima inteligibi­ tanto ganamos la posibilidad y por tanto el derecho a la
lidad que requiere una sim plificación del interlocutor, mentira, a los dobles lenguajes y al disimulo—, sí que po­
una reducción a la unidad que, a diferencia de la que se demos asumir aquel de nuestros aspectos que está siendo
le impone al estigmatizado inmediato, se supone que llamado a escena.
es la consecuencia de una determinación soberana del Ahora bien, tanto la pretensión que nos hacemos de
individuo en situación. Es esa tematización elegida la que los demás nos toman por quienes queremos parecer
que demanda que seamos reconocidos de entrada como y que suele deber ser lo que ellos esperan que parezca­
personajes, por evocar el título de la famosa novela de mos—, al igual que nuestra convicción de que queremos
Robert Musil, "sin atributos” , en condiciones de asumir, mantener en reserva lo que de desprestigiable hay en
desde ese nivel cero, un número determinado de perso­ nosotros, son igualmente ficticias. Ese "mundo de extra­
nalidades sociales adecuadas a cada coyuntura. ños” que se presume que es el espacio público (Lofland,
Tal presunción es, en el fondo, ingenua. Ser anóni­ 1985 [1978]) es bastante menos de extraños de lo que pre­
mo es básicamente ser ser secreto o ser de secretos, y de suponemos. En realidad, el anonimato no deja de ser una

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

ilusión. Es más, cada personaje de cada cuadro escénico 1 nía bien entrenado y ha desarrollado una cierta habili-
social sabe bien que el mínimo desliz, la menor salida de ilml a la hora de "dar el pego” social, a la manera como
tono o paso en falso delataría de manera automática el jirelende hacer Pigmalión con su pupila en la célebre
fraude que toda identidad representada implica, aunque ulna de Bernard Shaw. Esa labor de rastreo de rasgos
esa identidad sea la de individuo inidentificable, a la Identificado res estratégicos se pone en marcha no sólo
manera como la arrogante figura del cosmopolita o ciuda ­ cuando las relaciones en contextos urbanos pasan de no
dano del mundo aspira a llevar hasta su máximo nivel de localizadas a focalizadas, es decir, cuando la interacción
pretenciosidad. Lo que oculta o cree ocultar en su puesta id diga al otro a salir de su anonimato, sino incluso cuan­
en situación no es sólo su verdadera identidad social, sino do ese otro cree estar en segundo plano o, incluso, al
cualquier otra información susceptible de generar des­ loado del escenario. Hemos visto que el rabillo del ojo se
confianza o malestar en el interlocutor. Es eso lo que con­ lia ocupado de clasificar a ese ser anónimo justamente
vierte a todo ser mundano, señala Isaac Joseph (1999), en para hacer del enigma que pretende encarnar algo más
un ser apegado a su línea de fuga, un traidor, un agente bien relativo, puesto que ya lo ha tipificado, como m ín i­
doble, alguien que sufre un terror de la identificación, un mo, como digno de confianza o motivo de intranquilidad,
impostor crónico y generalizado, ser sociable en tanto lisa capacidad para captar indicativos desacreditadores o
que es capaz de simular constantemente, exiliado de sí incluso amenazantes puede demostrar una extraordina­
mismo, siempre en situación crítica —a punto de ser des­ ria agudeza, sobre todo cuando los eventuales signos ex-
cubierto—, adicto a una m oral situacional, en todo lernos no son suficientemente esclarecedores sobre la
momento indeterm inada, basada en la puesta entre identidad social de un interlocutor o cuando éste ha con­
paréntesis de todo lo que uno es más allá del contexto seguido im itar formas de conducta consideradas ade­
local en que se da el encuentro. cuadas desde la cultura pública dominante. Es entonces
Pasamos de la negociación como trama a la negocia­ cuando podemos comprobar hasta qué punto puede ser
ción como trampa, si se me permite jugar, como se ha hábil eso que Harvey Sacks (?ooo) llamaba "la máquina
reconocido al principio, con el título de una compilación de hacer inferencias” , en que la microscopía social ha
francesa de textos de Anselm Strauss (199?). Ninguno demostrado que nos convertimos en nuestras relaciones
de los participantes en cada situación esporádica pierde de con desconocidos.
vista esos elementos apenas perceptibles que permiten La lingüística interaccional ha advertido que la
detectar lo que los otros pretenden camuflar acerca de igualdad comunicacional —y con ella la esfera política en
quiénes son en realidad, es decir, cuál es el lugar que ocu­ la que se institucionaliza— es, en el fondo, una quimera.
pan en una estructura social que nunca deja de estar ahí, a Claro que individuos pertenecientes a subgrupos sociales
pesar de que se juegue a olvidarse o a prescindir de ella. distintos —y desiguales— pueden pactar encuentros
Eso ocurre incluso en los casos en que el interactuante supuestamente improvisados en los que demuestran su

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

capacidad para conmutar sus códigos, por emplear una 1nIeraccionistas y etnometodólogos consiste en definir la
figura teórica tomada de la gramática generativa. Pero esa mlitación no como un episodio en el que se encuentran
convergencia conversacional no puede ocultar la diver­ ubicaciones reales en lugares reales de una estructura ob­
gencia social que hacen por enmascarar. La ideología está jetiva, sino como avatares irrepetibles en que seres singu-
ahí, como lo están todo tipo de disparidades estructurales, lares generan oportunidades no menos singulares. Pero
impregnando una situación discursiva cara a cara que esa virtud poco menos que portentosa del encuentro ca-
nunca deja de estar guiada —incluso de manera incons­ Hual es una quimera. Los cruces en apariencia espontá­
ciente— por pautas de interpretación e inferencia, si se neos nunca dejan de estar orientados por la percepción
nos permite la expresión, con "denominación de origen” . de indicadores objetivos, por tenues que resulten, que se
Hasta cuando los aspectos más descarados de una identi­ desprenden de una inspección que, ya a primera vista,
dad social inferiorizada han podido ser "perdonados” e procura pistas indicativas de una eventual desventaja so­
incluso en el caso de que los interactuantes reproduzcan cial preexistente. Pueden ser éstas pequeños rasgos rela­
una estructura gramatical común, sus socilolectos no tivos al cuidado personal o vestimentario, por supuesto,
podrán evitar colocarlos en desventaja a la hora de domi­ pero también conductas que advierten de una falta de
nar unas maneras de hacer y de hablar estandarizadas, autocontrol que predomina en los sectores sociales más
que están estipuladas siguiendo cánones de conducta débiles, como fumar o padecer sobrepeso (Grignon, 1993).
propios del estilo cultural dominante (Gumperz y Gum- Bourdieu llama la atención acerca de cómo esa función
perz, 1988). A la hora de la verdad, el conversador más identificadora indirecta puede venir dada hasta por los
ordinario deberá demostrar la sofisticación retórica y el gustos personales que se detentan o proclaman, a partir
conocimiento de postulados con frecuencia no formula­ de los cuales los interactuantes podían ser localizados en
dos que hagan de él un verdadero personaje anónimo, un esquema clasificatorio capaz de distinguir adhesio­
todo y sólo comunicación, en la medida que ha sabido nes ideológicas, inclinaciones culturales, pero sobre todo
superar, aunque sea por un momento y en situación, la emplazamientos estratégicos del organigrama social en
fragilidad de su ser social real. vigor.
Ha sido Pierre Bourdieu quien ha puesto de m ani­ No vale llamarse a engaño. No existen sociedades
fiesto cómo los gestos más automáticos e insignificantes anónimas, es decir, formas de vínculo social cuyos com­
pueden brindar pistas sobre la identidad de quien los rea­ ponentes humanos sean totalmente extraños unos a otros.
liza y el lugar que ocupa en un espacio social estructurado. Quizás existan espacios del anonimato, pero no puede
Bourdieu descalifica "la ilusión subjetivista que reduce haber seres espaciantes —permítase evocar a Heidegger—
el espacio social al espacio coyuntural de las interaccio­ anónimos, es decir, individuos que desarrollen en esos
nes, es decir, a un sucesión discontinua de situaciones espacios vínculos completamente desafiliados. Sólo en
abstractas” (Bourdieu, 19 9 1: 241). En efecto, el error de mera teoría nos corresponde el derecho a ser reconocidos
EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA
MANUEL DELGADO

como no reconocibles. Puede ser que existan territorios comentarios sobre Baudelaire, reconocía que "nadie es del
sin identidad, pero no cuerpos sin identificar, es decir, sin lodo indescifrable” (Benjamín, 1970 [1989]: 105). Por eso
enclasar. Ni los espacios públicos o semipúblicos urbanos es inútil resistirse a la identificación, porque nos pasa­
—la calle, la plaza, el vestíbulo, el parque, el transporte mos el tiempo aplicando sobre los demás lo que los de-
público, el café, la discoteca...— ni los supuestos no-luga mas aplican sobre nosotros: un entramado preexistente
res —aeropuerto, hotel, centro comercial...— son excep­ de categorías, algunas de las cuales, excluyentes e incapa-
ciones de ese mismo principio que establece que pensar eiladoras. Porque los participantes en cualquier encuen-
es pensar socialmente y pensar socialmente es clasificar so - 110 aplican esquemas perceptuales y reproducen principios
cialmente, es decir, aplicar sobre la realidad circundante normativos que determinan la definición y el transcurso
una trama taxonómica que no tolera la ambigüedad y la de cada secuencia de acción, no podemos evitar que los
neutraliza. pequeños detalles nos delaten. Podemos sacrificar nues­
Nadie es un desconocido total. Hay quienes ni siquie­ tra identidad para ser aceptables para los otros, pero
ra pueden intentar serlo. Otros consiguen prolongarse un la Ita que los otros acepten y den por buena la ofrenda. No
poco más en su intriga, aunque no se tarde en desenmas­ existen, salvo en el campo de lo virtual o de la fantasía,
cararlos y, como suele decirse, "ponerlos en su lugar” . Es sociedades desencarnadas, relaciones inmateriales entre
a quienes somos capaces de mantener por más tiempo seres sin un cuerpo. Más tarde o más temprano aquéllos
una apariencia de clase media que nos es dado gozar de con quienes estamos reconocerán las marcas visibles o
comarcas en las que reina sólo la comunicación, en algu­ i nvisibles que detentamos sin querer y en las que está in s­
nos casos hasta exaltada por todo tipo de emociones com­ crito quiénes somos, cómo hemos llegado hasta aquí y a
partidas. La ecúmene del lenguaje nos ha rescatado de lo dónde queremos ir a parar.
real, nos ha deparado la ilusión de que era posible ser
nadie, ser cualquiera, ser todos; perder nombre y domi­
cilio; no haber nacido antes de ese momento. Habíamos
creído que nos era dado esconder nuestra vida, pero no
hemos podido; nunca podemos del todo. Siempre brinda­
mos más información sobre nosotros de la que nos imagi­
namos y de la que desearíamos. Tenía razón Ortega y Gas-
set (1966 [1939]: 8 1-90) cuando afirmaba que nuestra
pretensión de que podemos ocultar algo que nos conviene
que los demás no conozcan está del todo injustificada:
"Somos transparentes los unos a los otros” . Walter Ben­
jam ín llegó a una conclusión parecida cuando, en sus


CAPITULO 3
MORFOLOGÍA URBANA Y CONFLICTO SOCIAL

l iNA E SP E C IE DE ESPU M A QUE GO LPEA


IA CIUDAD

Se ha remarcado lo suficiente que resulta ingenua e injus-


Ii 1'icada la pretensión, que desde el diseño de ciudad suele
sostenerse, de que la constitución desde el proyecto de una
morfología urbana determina de manera automática la
actividad social que se va a desarrollar en su seno. Esa suer­
te de idealismo urbanístico trabaja a partir de la pretensión
de que la forma urbana es una especie de sistema conduc-
I ista que orienta las actuaciones humanas a partir de refle­
jos condicionados de los que la fuente es la disposición de
los volúmenes arquitectónicos o la distribución de los ele­
mentos de un espacio público. En cambio, sabemos que es
otra morfología —la social— la que tiene siempre la última
palabra acerca de para qué sirve y qué significa un determi­
nado lugar construido. Ahora bien, no es menos cierto que
los estímulos físicos procurados por un medio ambiente
proyectado están en condiciones de desencadenar ciertas
MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

pautas de comportamiento o cuando menos predisponer a ilc que escogían el propio entorno inmediato como arena
ellas, de forma que una toma de postura por parte de un para el enfrentamiento—, sino porque las motivaciones
grupo humano podría a su vez depender "de una determi­ para la acción colectiva estaban directamente relaciona­
nada configuración de los estímulos existentes en un das con condiciones de vida que los propios vecinos, en
determinado contexto urbano” (Harvey, 1977: 8 3 ). tanto que tales, consideraban inaceptables.
Las movilizaciones colectivas en exteriores urbanos En todos los casos, y desde que existen, los polígo­
son un excelente ejem plo de cómo la m orfología u rba­ nos de viviendas —los barrios populares de bloques, las
na no es un factor determinante, pero sí condicionante. ciudades-satélite, las ciudades-dorm itorio...— han sido
La manera de cómo los grupos humanos que mantienen escenario de muchas de esas movilizaciones y con fre ­
determ inados intereses en cormin deciden salir a la cuencia han aparecido como núcleos de acción antago­
palestra para visibilizarlos tiene en cuenta el espacio so­ nista o impugnadora difíciles de controlar y capaces de
bre el que despliegan sus deseos o sus impugnaciones. Con demostrar una notable capacidad para la actuación con­
frecuencia ese espacio devenido marco para la vindica­ certada. Como se sabe, con sus precedentes directos en
ción y la protesta es el centro de la ciudad en que se vive o las casas baratas de finales de los años veinte, los con­
incluso otra distinta a la que los protestatarios se despla­ glomerados urbanizados basados en grandes bloques de
zan para hablar juntos y en voz alta de los asuntos que les viviendas responden a un modelo que se empieza a ex­
incumben más directamente, pero no es menos frecuen­ perimentar y que da a conocer sus expresiones más
te que el lugar en que la movilización del grupo humano interesantes en los años treinta —los siedlungen alema­
agraviado se apropie del entorno de su vida cotidiana, las nes o las hófe austríacas, por ejem plo—, se pervierte de
proximidades de su propia vivienda —su calle, su pla­ la mano de los urbanismos nazifascista y soviético y se
za...—, sobre todo cuando las reclamaciones planteadas generaliza, ya completamente envilecido, en la década
se refieren a las condiciones de vida más inmediatas, como de los sesenta, en la que todas las grandes ciudades eu­
puedan ser los servicios públicos, las infraestructuras ropeas y otras muchas del mundo entero ven desperdi­
barriales o la vivienda. A sí ha sido desde que existen ciu­ garse por sus periferias grandes barrios de bloques de
dades y en ellas se escenifican conflictos sociales de to­ easas, obedeciendo a un esquema cuya expresión más
do tipo: una fracción agraviada de la sociedad toma los elocuente y espectacular serían los grands ensembles
entornos de su propia cotidianeidad y, si es preciso, franceses o los new towns británicos. Este tipo de ma-
los convierte en baluartes a defender de enemigos exter­ crounidades residenciales encarnaba —a pesar de que
nos que pretenden tomarlos. Ha ocurrido una y otra vez de forma del todo distorsionada por la preeminencia de
con motivo de todo tipo de luchas obreras y, más recien­ intereses políticos o inm obiliarios— el modelo de nú­
temente, en el marco de luchas específicamente barria­ cleos urbanos integrales que concibieron los Congre­
les, no porque las anteriores no lo fueran —en el sentido sos Internacionales de Arquitectura Moderna y que el

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

urbanismo y la arquitectura organicistas se encargaron cuidado a la hora de generar calidad en los intersticios, la
de difundir. inexistente atención por el mantenimiento de las obras,
La doctrina en la que se fundamentaban, al menos la escasa o nula actuación en materia de equipamientos y
en su raíz, es bien conocida y destaca precisamente por comunicaciones, todo estimulado ya por los atractivos que
instalar la vivienda en el centro de sus preocupaciones. la explotación del terreno en materia de edificabilidad
¿Cuáles eran sus objetivos, de los que las viviendas en implicaba por la obtención de beneficios económicos
bloque querían serla realización?: simplificación, econo­ tapidos y abundantes o por el interés de las administra­
mía de reagrupamiento, control legal de la edificación, ciones para solucionar de manera expeditiva los proble­
pedagogía pública, salud, higiene, antiacademicismo, or­ mas de demanda masiva de vivienda que los grandes
ganización de la circulación, orden funcional, separa­ movimientos demográficos hacia las ciudades estaban
ción de funciones, cuestionamiento de la trama de calles provocando. El resultado final fue que el énfasis planifi­
convencional y especialmente la idea de unidad de vecin­ cador heredado del racionalismo se convirtió, en la ma­
dad, tan cara a la tradición visionaria de Owen o Fourier, yoría de casos, en planificación de la pura segregación,
de una solución planificada al problema de la vivienda por adoptando la forma además de aquello que se ha califica­
medio de grandes grupos de viviendas, protegidos del trá­ do acertadamente como "barraquismo vertical” . Otra cosa
fico urbano y levantados en grandes extensiones de terre­ es que, como veremos enseguida, algunos de los efectos
no lo más liberados que fuera posible de constreñimien­ en materia de vida comunitaria previstos sí que se logra­
tos financieros, políticos o técnicos. Se trataba, al menos ran y que determinadas formas de acción social fueran, si
en principio, de levantar conjuntos de bloques elevados no provocadas, sí facilitadas por la morfología de las v i­
de viviendas, al margen de las tramas viarias clásicas, y viendas en bloque.
sometidos a una fuerte zonificación, con una radical sepa­ Esa crítica altamente negativa de la vivienda social de
ración entre las viviendas y el resto de actividades. masas tuvo ocasión de ser matizada después, una vez
Esta propuesta morfológica tenía o pretendía tener, abandonada como tipología de crecimiento urbano. Hubo
como es bien sabido, unas fuertes implicaciones sociales <|uien planteó la necesidad de una crítica a la crítica fácil
en la medida en que preveía la dotación de zonas verdes y contra las agrupaciones de viviendas en bloques que ha
de esparcimiento interiores a cada isla, instrumentos for­ sido dominante en los últimos años desde prácticamente
males al servicio de las prácticas de sociabilidad y de la toda las instancias con competencia sobre la cuestión del
articulación de una determinada noción de comunidad. crecimiento urbano (Ferrer, 1996). El argumento de base
En la práctica, sin embargo, la proliferación de este tipo era que, con todos sus inmensos defectos, la construcción
de morfología urbana vino marcada por la mala calidad de de conglomerados de bloques implicó, en un cierto m o­
los materiales empleados, el uso generalizado de sistemas mento y de entrada, la definición de las expansiones
de construcción basados en el prefabricado, el poco urbanas y de la ciudad m ism a colocando en prim er

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

térm ino la cuestión de la vivienda social, que adquiría asi i onl'lictividad difícil de fiscalizar políticamente y com­
un protagonismo que ni había tenido nunca ni recupera plicado de someter en cuanto experimentaba alguno de
rá posteriormente. Esta defensa no ignoraba —más bien aI m u s periódicos estallidos de descontento social. Y esto

contrario— los innumerables defectos de este tipo de edi­ necia válido tanto para el caso en el que estos conglome­
ficación como consecuencia de las condiciones de some­ rados se convertían en focos de marginación autogestio-
timiento a principios de beneficio económico o políti iinda como cuando se convertían en referentes de lucha
co-institucional y a la pésima calidad arquitectónica de de clases.
la mayoría de los proyectos, pero sí que subrayaba que la De hecho, en buena medida el sistema de bloques
forma de agregación de las viviendas y la provisión de i triplicaba una alternativa al hacinamiento de la clase tra­
espacios para el encuentro —aparte de otros méritos, ba jadora en determinados barrios viejos o en centros
como por ejemplo las nuevas formas de habitabilidad o urbanos, ejecutada en nombre de principios de salubri­
la evidencia de que realmente no había alternativas ha - dad pública y de bienestar social, pero no menos ante la
bitacionales por los grandes cambios demográficos que evidencia de cómo esos barrios populares resultaban
experimentaron las sociedades urbanoindustriales eu­ laciles de cerrar con barricadas y se convertían en autén-
ropeas— potenciaron expresiones de vida colectiva, una Iicos fortines desde los cuales los sectores más ingober­
de las cuales fue justamente la de la movilización para la nables de la ciudad se habían hecho tantas veces fuertes y
lucha social. habían resistido el asedio de la policía e incluso del ejér­
Este estilo de crecimiento urbano empieza a recibir cito. Es bien sabido que esta tendencia de las clases tra­
críticas sistemáticas y generales en todo el mundo a par­ bajadoras europeas a cerrarse en barrios intrincados y
tir de los años setenta. Entre las causas explícitas que convertirlos en fortines insurreccionales es lo que había
determinan su abandono figuran sin duda su fracaso para lustificado en buena medida las actuaciones urbanísticas
articularse en criterios de ordenación territorial más presentadas como de "esponjam iento” e "higienización”
amplios, la arbitrariedad de sus ubicaciones territoria­ urbanas a lo largo de los siglos X IX y XX, de las cuales la
les, la evidencia de que no se habían tenido en cuenta de Haussmann en París sería el paradigma. Ahora bien,
multitud de factores infraestructurales y de com unica­ esta alternativa consistente en llevarse a la clase obrera a
ción, su inviabilidad económica y funcional, entre otros los suburbios y alejarla de los núcleos de las ciudades
factores. Haría falta considerar, no obstante, si entre los fac­ comportó resultados imprevistos, entre ellos el de cons­
tores que condenaron a muerte la política de vivienda tituirse en un artefacto de sociabilidad tampoco tan dis-
social en bloques no debería figurar en lugar destacado la l i rito del de la vecindad tradicional, incluyendo su capa­
evidencia, perfectamente constatada a través de ejemplos cidad para devenir, en ciertas circunstancias, escenario
recurrentes y generalizados, de que este tipo de agrega­ para la autoorganización para la defensa de intereses de
ciones humanas acababan constituyendo un núcleo de clase.

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

En cuanto empezó a aplicarse esa política de exilio de Para entender el papel de los grandes barrios de blo-
la clase trabajadora a los alrededores de las ciudades se <Iues en las formas de lucha social de las últimas décadas
puso de manifiesto que la ciudad burguesa iba a pasar de podríamos fijarnos en el caso estudiado por Manuel Cas-
sentir el enemigo de clase en su corazón a sentirlo al­ lel ls y un equipo de investigadores por él dirigido de uno
rededor, rondándole, levantando un sitio permanente en de los grands ensembles franceses por excelencia, el de
torno a ella. Se le daban razones para que Le Corbusier Sarcelles, finalizado en el año 1974, con i 3 .ooo viviendas
notara lo que era cierto en el momento en que se redactó y más de 60.000 habitantes en aquel momento (Castells,
la Carta de Atenas y que lo es en la actualidad. Primero, 1986 [1974]: 118 -14 8 y Castells, 1978). Allá se desarrolla­
"que los suburbios son los descendientes degenerados ron luchas sociales de gran entidad contra el Estado, en
de los arrabales” y, luego, que el suburbio "es una especie de lauto que administrador del crecimiento urbano del que
espuma que golpea la ciudad” (Le Corbusier, 1986 [1943]: los vecinos de aquella ciudad-dormitorio se sentían vícti­
41). Ya en las jornadas de junio de 1848 en París se vio a mas. La tesis de Castells es que lo que allí se produjo fue
los obreros asentados en las comunidades periféricas una traslación al campo vecinal de una dinámica casi
marchar sobre el centro de la capital francesa, y lo mismo idéntica a aquella de la que había surgido el primer sindi­
pudo contemplarse en la Comuna de 1871. Las banlieues calismo obrero a mediados del siglo XIX, en la medida que
—convertidas en nidos revolucionarios o de agitación los altos niveles de socialización de los entornos habita­
social— empezaban a ocupar el papel de los faubourgs en dos que conocieron las viviendas de masas descubrie­
las luchas sociales ya desde mediados del siglo XIX, en un ron un conjunto de intereses comunes, en una unidad de
proceso del que en las últimas décadas no hemos hecho vecindad que reproducía las condiciones de concentra­
sino conocer nuevos episodios en todo el mundo: descon­ ción capitalista de la producción y la gestión que habían
tentos que cercan literalmente las ciudades o multitudes conocido las grandes concentraciones fabriles de la revo­
de trabajadores o desheredados que, desde sus barrios de lución industrial y que estuvo, a su vez, en el origen de
concentración en la periferia urbana, acuden a los centros los primeros sindicatos obreros. Esto se podría traducir
urbanos para inundar con sus protestas —a veces rabio­ en un cambio no sólo en las formas de lucha obrera, sino en
sas— las hasta entonces confiadas zonas de negocios o el propio escenario escogido para ellas, que no es única­
para hacerse presentes físicamente en los centros histó­ mente el de la esfera de la producción, sino el de áreas
ricos ante las sedes de las instituciones que considera­ metropolitanas en que se han reproducido, en términos
ban causantes de sus desgracias. La historia de los cin­ espaciales, la lógica del fordismo. La producción en cade­
turones rojos europeos es la historia de los episodios en na de la fábrica se traslada ahora de manera generalizada
que columnas de trabajadores en protesta salen de ellos -justo de la mano de los grandes polígonos de vivienda—
para invadir y conquistar sus respectivos centros m etro­ a la "vida en cadena” que caracteriza —o debería caracte­
politanos. rizar— la manera de habitar los grandes polígonos de
MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

viviendas en las periferias urbanas. Se pasa de la lucha de estrategia al fin y al cabo destinada a generar confor­
los vecinos-obreros, como obreros, haciéndose fuertes mismo entre los trabajadores, lo que tendríamos es que
en sus barrios en las grandes revueltas urbanas contem ­ la situación urbanística generada acabaría propiciando
poráneas anteriores, a la lucha de los vecinos-obreros, en larde o temprano que los conflictos latentes deviniesen
cuanto vecinos, en los grandes conglomerados de vivien­ abiertos, lo que acabaría haciendo "posible el aprovecha­
das que rodeaban las grandes ciudades europeas desde miento de tales espacios comunes con fines no deseados”
finales de los años sesenta y a lo largo de toda la década (Iglesias et al., 1970: 62).
de los setenta. En los nuevos barrios de bloques europeos se Esa tendencia de los polígonos de viviendas a resultar
desarrollan luchas por la mejora en las condiciones en escenario de conflictos se ha mantenido en toda Europa,
que se ejecuta el sistema de reproducción y en lo que se da como lo demuestra el hecho de que vengan siendo perió­
en denominar "salario indirecto” : vivienda, transporte, dicamente escenario de estallidos de aquello que los
escuela, servicios públicos, infraestructuras, equipamien­ medios de comunicación tildan de "violencias urbanas” ,
tos... (Fernández Durán, 1996: 14 3-14 5). en que el calificativo "urbano” no es sino "una eufemiza-
Se está hablando de cómo en estas condiciones, tan eión de una violencia social vinculada a las relaciones
directamente vinculadas a la proliferación de polígonos sociales de exclusión” (Macé, 1999: 61). Se trata de autén­
de viviendas, se podía producir por primera vez una per­ ticas revueltas protagonizadas por sectores insumisos de
cepción en clave de lucha de clases del significado del la población, sobre todo por jóvenes hijos de la antigua
fenómeno urbano. Entra en cuestión entonces un aspecto clase obrera —lo que es lo mismo en casi todos los sitios
fundamental en la vieja discusión sobre el valor y el sen­ que decir de la inmigración o las repatriaciones postcolo-
tido del urbanismo producido por el Movimiento Moder­ niaies— que se rebelan contra la condena a la postración a
no en materia de vivienda de masas. Si se pusiera el acento la que se les ha abocado. En estos casos, la liquidación del
en su evaluación positiva, tendríamos que, por criticables sindicalismo de clase tradicional y su desplazamiento de
que fueran con respecto de las condiciones de proyecta- la fábrica al barrio se ha visto sustituida por una creciente
ción, ejecución, asignación, mantenimiento, etc., respe­ miserabilización de determinados polígonos de vivien­
taron elementos de aquel proyecto moderno de grandes das, cuya población se ha visto victimizada por el paro y la
nucleaciones orgánicas de vivienda social que se deriva­ precarización laboral o por el desguace generalizado de las
ban directamente de su inspiración sindicalista, como políticas sociales de lo que un día fuera o quisiera haber
por ejemplo la adopción de islas abiertas, la incorpora­ sido el Estado del bienestar, y ello en todas sus variantes:
ción de centros cívicos y sobre todo la apología que ha­ escolarización, atención sanitaria, servicios sociales y,
cían del modelo de unidad de vecindad. Si, por el contra­ sobre todo, crisis absoluta del alojamiento social. El tono
rio, interpretamos las propuestas racionalistas de grandes despiadado que ha tomado la desindustrialización y la
concentraciones aisladas de vecindad obrera como una revisión liberal del Estado-providencia se ha traducido en

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

un fuerte aumento del malestar, sobre todo entre una En todos los casos, hubo un elemento común y básico
masa de jóvenes a los que se les ha escamoteado literal ­ para esa creciente conflictivización de las áreas metrópo­
mente el futuro y que han aprovechado la mínima oportu li lanas habitadas por obreros y sus fam ilias y para que
nidad para expresar radicalmente su frustración. en ellos se reprodujera —aunque fuera usando lenguajes
Es ése el momento en que el peligro de las grandes (irganizativos y de movilización singulares y reclamando
concentraciones de viviendas socialmente homogéneas metas distintas— la tendencia a convertir los espacios en
abandona sus reclamaciones explícitamente político- (pie se vivía en baluartes desde los que expresar, como
sindicales para desplazarse al campo difuso de una inor- hubiera escrito Raoul Yaneigem (1988 [1977]: ? 8 3 ), la fu­
ganicidad de aspecto anómico, que —al menos tal y como ria por su secuestro. Ese factor fue —una vez más— el de la
es mediáticamente exhibida— recuerda a las revueltas concentración. Es decir, la aceleración-intensificación
"sin ideas” en la Europa preindustrial o los levantamien­ que en cualquier momento podían conocer las relaciones
tos que protagonizan sectores del subproletariado urba­ cotidianas entre personas socialmente homogéneas para
no a lo largo del siglo XIX. Se trata ahora de estallidos Ilevarlas a hacer lo mismo, enun mismo momento y lugar,
de odio contra las instituciones y su policía, motines que en función de unos mismos objetivos compartidos —en
—como consecuencia de la creciente etnificación de la eso consiste básicamente toda movilización— era la con­
m iseria y la marginación urbanas— han podido tomar secuencia directa de un hecho físico simple, pero estraté­
eventualmente el aspecto de "raciales” , "étnicos” o —en gico, cual era la copresencia y la existencia de un nicho de
un último periodo y por la imagen oficial, mediática y interacción permanentemente activo o activable.
popularmente propiciada acerca del Islam— incluso reli­ La acción colectiva resultaba entonces casi inherente
giosos. Los medios de comunicación pueden entonces a una vida cotidiana igualmente colectiva, en la que la
mostrar a una nebulosa turba de jóvenes airados, previa­ gente, como suele decirse, coincidía en el día a día, se veía
mente mostrados una y otra vez como asociados a la de­ las caras, tenía múltiples oportunidades de intercambiar
lincuencia, la drogadicción o al fundamentalismo re ­ impresiones y sentimientos, se convertía en vehículo de
ligioso, abandonarse al pillaje de establecim ientos, al transmisión de todo tipo de rumores y consignas. No era,
incendio masivo de automóviles y a los enfrentamientos como se ha escrito una y otra vez, el fracaso de la sociali­
con la policía. Los ejemplos son numerosos desde finales zación, sino el desenmascaramiento de la socialización
de la década de los setenta hasta ahora mismo. La gran institucionalizada y su sustitución por formas extrema­
explosión de rabia social que conocieron las banlieues damente enérgicas de sociabilidad fusional. La contes­
francesas en el otoño de 3005 ha sido el máximo expo­ tación, incluso la revuelta, estaban ahí, predispuestas e
nente del potencial conflictivo que mantienen en Europa incluso presupuestas en un espacio que las propiciaba
los barrios de grandes bloques de viviendas en zonas a partir de la facilidad con que en cualquier momento se
periurbanas. podía "bajar a la calle” , y además a la propia calle, la que

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

se extendía inmediatamente después del vestíbulo de la convirtiendo unos y otros en focos permanentemente al
escalera, en un espacio exterior en el que el encuentro con borde de la perturbación del orden social dominante.
los iguales era poco menos que inevitable y donde era no
menos inevitable compartir preocupaciones, indignacio­
nes y, luego, la expresión de una misma convicción de que GUETO Y PRISIÓ N
era posible conseguir determinados fines por medio de la
acción común. Kntodo proyecto urbanístico siempre hay mucho más que
Por rudimentarios y maltratados que fueran los espa­ una mera intención ordenadora que emplea para sus f i ­
cios de coincidencia suscitados, el modelo racionalista de nes determinadas composiciones formales. Existe, detrás
vivienda de masas que pervivía todavía en los polígonos de cada iniciativa en materia urbanizadora, una doctrina
había propiciado un ambiente estructurante, en el sen­ relativa a lo que se quiere que suceda o que no suceda en
tido de desencadenante —en otros casos inhibidor—, de ella, a qué tipo de acontecimientos se pretenden propiciar
determinadas relaciones sociales, entre ellas las asocia­ o evitar a toda costa. En ese orden de cosas, cabe recono­
das a la actuación colectiva en pos de objetivos comunes. cer que la hipótesis según la cual las dificultades a la hora
Concentrar se reconocía una vez más como sinónimo de de controlar política y policialmente las ciudades-dormi­
concertar o, dicho de otro modo, nos volvíamos a encon­ torio fue una de las razones que determinaron su abando­
trar con las consecuencias del factor aglutinante en los no como tipología a practicar, es osada, aunque plausible.
procesos de contestación, factor que no resulta de otra Ahora bien, lo que debería estar claro es que entre estos
cosa que de la existencia de contextos espaciales que favo­ factores que, incluyendo aquél o no, provocaron el decli­
recen la interacción inmediata y recurrente (Auyero, 3005). ve de los barrios populares de bloques no figura el de
De ahí que resulte del todo plausible la existencia de una la solución definitiva de los problemas de acomodo de los
voluntad de, vista la experiencia histórica, evitar a toda cos­ más desfavorecidos que provocaron su generalización.
ta la concentración si ya no de una clase obrera nacional Las abominables y abominadas ciudades-dorm itorio de
en buena medida domesticada y en cierto modo disuelta los sesenta resultaron de una intervención pública que
hoy, sí de las nuevas y las viejas versiones de las que Louis ensayó soluciones al cada vez más acuciante problema de
Ghevalier llamara, en un célebre ensayo, "clases peligro­ la vivienda, un problema que hasta entonces había sido
sas” (Chevalier, 1969), es decir, aquellos grupos sociales aliviado a través de la igualmente detestable alternativa de
que por una causa u otra pudieran resultar ingoberna­ la autoconstrucción en agrupaciones chabolistas. No se
bles; evitar que pudieran enrocarse para conspirar o para discute que tanto una solución como la otra fueron inde­
defenderse en aquello que fuera la intrincada trama de seables y es difícil justificar un elogio tanto de la infravi-
ciertos barrios antiguos de las grandes ciudades y más vienda barraquista como de la construcción casi fraudu­
tarde las grandes concentraciones de bloques sociales, lenta de bloques en pésimas condiciones. Ahora bien,

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

eran ciertamente soluciones, y soluciones a un problema cualquiera de los cientos de edificios insalubres e inse­
que no ha dejado nunca de existir, si es que en ciertos guros disem inados por los barrios más deteriorados de
sentidos no se ha agudizado con la persistencia de una París, de otras ciudades y de sus respectivos extrarradios.
demanda que continúa bien activa: la de los jóvenes que No cabe duda de que el origen de las "violencias u r­
quieren constituir nuevos hogares, la de las personas banas” que estallaban generalizadamente en las banlieues
mayores y los empobrecidos en general que sólo pueden francesas en el otoño de 3005, pero que se habían conver­
pagar alquileres muy bajos y, una vez más, como siempre, tido en recurrentes desde hacía casi veinte años atrás,
la procedente de una inmigración hacia las grandes ciu­ trasciende las competencias del urbanismo, pero éstas no
dades del capitalismo avanzado que se ha vuelto a intensi­ le son del todo ajenas. Las 75? "zonas urbanas sensibles”
ficar por las demandas de los nuevos ciclos económicos. censadas por el gobierno francés eran, en casi todos los
El caso de las dinámicas migratorias que atraen hacia casos, grandes conjuntos de vivienda social, esa fórm u­
los núcleos urbanos a individuos y familias destinados a la de construcción masiva que se consideraba en crisis.
alimentar el mercado laboral es elocuente. Ese mismo Como se acaba de subrayar, hasta principios de los años
tipo de población procedente del exterior, que en fases setenta, la política de grandes bloques de viviendas había
anteriores se había asentado en barrios de autoconstruc­ servido para absorber a los cientos de miles de inmigran­
ción y luego en los grandes barrios de bloques en las peri­ tes y de repatriados de las colonias emancipadas. Los
ferias urbanas, se ve hoy condenada a vivir en unas cre­ grandes conjuntos e incluso las nuevas ciudades fueron la
cientes condiciones de clandestinidad, no sólo jurídica y alternativa para asentar a esa nueva población, aunque
laboral, sino también habitacional. Sin ningún tipo de fuera en zonas mal comunicadas, estranguladas entre
previsión de vivienda social para ellos, se les obliga a dis­ infraestructuras viarias, sin apenas equipamientos... En
persarse por la trama urbana en busca de la escasa oferta un cierto momento, coincidiendo con la instalación en las
de vivienda asequible para ellos. En Francia, en el verano cercanías de esos núcleos populares de otros de viviendas
de 2005, poco antes de que estallara la insurrección en las unifam iliares destinadas a clases medias, se inicia un
viviendas HLM, habían ardido en pocos días dos edificios proceso de deterioro que devalúa las viviendas y las con­
ocupados por inmigrantes, con el resultado de dieciséis vierte en las únicas asequibles para la última hornada de
muertos en cada caso. Al año siguiente, en agosto de 2006, inmigrantes. Muchos de esos barrios de bloques son des­
la policía francesa desalojaba por la fuerza a más de mil truidos, algunos de notable valor arquitectónico, como La
inmigrantes de origen africano que desde hacía cuatro Cité des 4000, en La Courneuve. En un artículo copiosa­
años tenían ocupadas unas instalaciones escolares aban­ mente reproducido en su día —a la sombra de los aconte­
donadas en Cachan, cerca de París. Tales sucesos advir­ cimientos en Francia—, el arquitecto y urbanista François
tieron de la crudeza de la vida de los inmigrantes más Chaslin se preguntaba de qué iba a servir la demolición
recientes, que tenían que acomodarse como podían en masiva de las 350 .0 0 0 viviendas, que un día fueron

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

sociales, en una política que parecía ensañarse extraña­ hacinándose en pisos ruinosos —por los que pagan alqui­
mente contra las construcciones más valiosas arqui­ leres abusivos—, aprovechando pensiones ilegales, real­
tectónicamente —los trabajos de Emile Aillaud y Jean quilando habitáculos a veces insólitos —balcones, patios
Dubuisson, por ejemplo—, patrimonialmente o hasta interiores, camas calientes...—u ocupando fincas rurales
sentimentalmente, como en los casos en que los ve ci­ abandonadas (cf. Martínez Veiga, 1997 y 1999). Los jóve­
nos se movilizaban para im pedir la destrucción de sus nes precarizados tienen pocas posibilidades de adquirir
bloques. un piso a precio de mercado y ninguna de encontrar al­
La situación en el Estado español no es menos deso­ go asequible en un mercado de alquiler prácticam en­
ladora por lo que hace a políticas de vivienda social senci­ te inexistente, pero, si existe algún amago de iniciativa
llamente inexistentes. Los núcleos de bloques que sirvie­ inmobiliaria de protección oficial, se cuida enseguida de
ron en su día para realojar a los chabolistas han heredado advertir que sus destinatarios serán justamente compra­
su estigma y continúan siendo un foco de miseria y mar- dores o inquilinos jóvenes, cuya pobreza se entiende que
ginación que los planes de rehabilitación de seguro que ni es provisional y superable, en contextos en que no se con­
siquiera lograrán aliviar. El proceso que, partir de los años templa la posibilidad de que alguien pueda pertenecer o
setenta, lleva a una recuperación capitalista de los centros acabar perteneciendo a algo que no sea una abstracta clase
urbanos, rehabilitados para convertirlos en polo de atrac­ media universal. Toda iniciativa en materia de alojamien­
ción para clases medias y altas dispuestas a reinstalarse en to social masivo es rápidamente tildada de promotora de
cascos viejos vendidos como cargados de valores históri­ guetos y cuestionada.
cos y sentimentales, ha conllevado políticas masivas de No es cuestión de insistir más en las dimensiones del
desalojo de antiguos inquilinos, muchas veces mediante problema de la vivienda en Europa y en España en parti­
el hostigamiento y la coerción, lo que se da en llamar cular, pero sí en que la alternativa a las viejas políticas de
mobbinginmobiliario. Los barrios de bloques ocupados por construcción social no han sido nuevas políticas de cons­
la antigua clase obrera defienden las prerrogativas conse­ trucción social, sino la dimisión de entender la vivienda
guidas mediante la movilización y con frecuencia se blin­ como un servicio público y la renuncia casi absoluta a
dan ante nuevos vecinos que puedan alterar la ya de por sí plantearse la cuestión de su inaccesibilidad para una
precaria estabilidad social obtenida, con frecuencia con­ buena parte de la población. Es más, parece que la situa­
cretada en viviendas de propiedad que han resultado de lo ción se invierte. Si en los sesenta y setenta se pudo ser
que fuera la política franquista de "un operario, un pro­ testigo de expropiaciones masivas de suelo privado por
pietario” . En tal marco, las oleadas de inmigrantes que parte de la Administración, ahora son los Ayuntamientos
llegan convocados por las demandas de mano de obra in ­ los que se dejan expropiar por las inmobiliarias, en la
formal acaban encontrando viviendas igualmente infor­ medida en que han descubierto que poner terrenos públi­
males, auténticos sum ideros en zonas depauperadas, cos al servicio de la promoción privada y la especulación

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

constituye una de sus grandes fuentes de recursos, si no la penitenciaria fue —así se explícito— asegurarse de que
más importante. El resultado final: un marco definido por los presos vascos nunca aparecerían reunidos en un
la casi desaparición de la vivienda protegida y de promo­ centro en la suficiente cantidad y capacidad de contacto
ción pública, una oferta de alquileres cada vez más escasa como para que su agrupación física se tradujera en orga­
y más caray, aun, la desaparición de las pensiones baratas nización, conspiración para la desobediencia y finalmen­
en los centros urbanos deteriorados, que eran el último te formas de resistencia. Pues bien. Vacquant nos advertía
recurso de las personas en situación más precaria. Pero si de que las políticas presidiarías están siendo por doquier
acaso la preocupación por la vivienda social se recuperara una continuación natural de las políticas de guetización
y se retomara el papel central de la gestión pública en el de la m iseria urbana y que la cárcel es de algún modo hoy
crecimiento urbano, está claro que no se traduciría en una una continuación natural del gueto, del que supondría
revitalización de lo que fueron las políticas de grandes una sim biosis estructural y un sustituto funcional. Tanto
conjuntos residenciales para las clases populares ni la el gueto como la cárcel se conforman en instituciones de
tipología de los desprestigiados polígonos de viviendas. Y encierro forzoso: "El gueto es una especie de 'prisión so­
es probable que en el descarte de este tipo de opción figu­ cial’, mientras que la prisión funciona como 'gueto jurídi­
re el fracaso de este formato urbanístico para purgar la co’. Ambos tienen como misión confinar a una población
vida urbana de su crónica tendencia al conflicto y su pre­ estigmatizada con el fin de neutralizar la amenaza material
disposición a ser justamente lo contrario de lo que se pre­ y/o simbólica que esa población plantea para la sociedad de
veía que fueran, es decir, núcleos desde los cuales los la que, por decirlo así, ha sido extirpada” (Vacquant, 2006:
poderosos recibieran noticia de la consubstancial condi­ 217-218). Es partir de ello que cabe pensar que si las polí­
ción ingobernable de las ciudades. ticas carcelarias aplicadas a los presos de ETA renuncian e
Permítasenos una analogía, a partir del paralelo que incluso combaten su guetización es porque ya hay quien ha
Lo'ic Vacquant (1997, 2 0 0 3 ) tiene planteado entre gueto y llegado a la conclusión de que ni siquiera el sistema carce­
prisión. En diciembre de 1985 se inicia en España —bajo lario debería tolerar que la concentración de presos, cuya
los auspicios de Enrique Múgica como ministro de Justi­ homogeneidad fuera más allá de su condición de encerra­
cia y previo pacto entre los diversos partidos políticos dos, acabara traduciéndose en capacidad de contestación
autodenominados democráticos— una política carcelaria organizada a su situación.
consistente en distribuir a los prisioneros de ETA en Así, a partir de esa comparación, cabría preguntarse
diversos presidios a lo largo y ancho del Estado. Esa in i­ si las políticas de vivienda que se presentan a sí mismas
ciativa —conocida como "política de dispersión de pre­ como destinadas a evitar la formación de guetos no esta­
sos”— fue luego recurrentemente cuestionada, incluso rán orientadas también en el sentido de procurar la dis­
por algunos de los partidos que inicialmente le habían persión de los sectores sociales potencialmente conflic­
dado apoyo. La función de esa orientación en política tivos, difum inar su descontento, obstaculizando de ese

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MANUEL DELGADO

modo que, a partir del elemental contacto cara-cara, pu­ CAPÍTULO 4

dieran tomar conciencia de su situación, pero sobre todo CIUDADANO, MITO DAÑO
de su capacidad de actuar colectivamente y con eficacia
contra ella. La heterogeneidad social que se proclama
buscar en la constitución de los barrios urbanos no sería
entonces sino una estrategia para diluir la potencialidad
cuestionadora de aquéllos a los que se ha colocado en los
flancos más vulnerables y vulnerados del sistema de vida
que unos gozan y muchos más han de sufrir. D ispersa­
dos, atomizados, alejados unos de otros, amontonados
en reductos intersticiales, los desfavorecidos —los jóve­
nes sin perspectiva de incorporarse a la clase media, la
depauperada y todavía desarticulada clase obrera que ali­
mentan los inmigrantes, los nuevos marginados de toda la Tenía razón Gornelius Gastoriadis (19 8 6 :19 -36 ) cuando se
vida—, viviendo en agujeros separados unos de otros, quejaba de la trivialización de que estaba siendo objeto el
verán colapsada cualquier oportunidad de contemplar concepto de imaginario social, que se había incorporado
hasta qué punto son muchos y capaces de impugnar con como naturalmente a todo tipo de discursos, tanto más o
fuerza el desorden que padecen. menos académicos como populares, de una manera ade­
más que hacía difícil reconocer en esas apropiaciones algo
de lo que él había sugerido al plantear esa noción como
central en su teoría. Esa tendencia al abuso y a la alegría en
la utilización del concepto de imaginario no ha hecho sino
agudizarse desde entonces. Así, de un lado están todas las
lecturas hermenéutico - culturalistas que han hecho del
imaginario uno de los ingredientes con que nutrir una
especie de jerga oscurantista que remite a no se sabe bien
qué tipo de entidad abstracta imposible de contornear
teóricamente e ilocalizable en el mundo empírico; del
otro, simplificaciones que se limitan a identificar mecáni­
camente la noción de imaginario con la marxísta de ideo­
logía o la durkheimniana de representación colectiva, ellas
mismas también objeto recurrente de simplificación.

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

Si atendemos ese ámbito concreto de lo que se pre­ como de la promoción mercadotécnica de sus singularida­
senta como imaginarios urbanos, el paisaje resulta enton des estéticas de cara a promotores inmobiliarios, clases
ces en especial desolador. Si en general los imaginarios inedias ávidas de nuevos y viejos "sabores locales” y al
han acabado sumergiendo lo que pudo haber sido su valor turismo de masas, todo ello en un contexto generalizado de
conceptual en un océano de distorsiones y opacidades reapropiación capitalista de las metrópolis y de conversión
—siempre basculando entre lo banal y lo soteriológico—, de éstas en mero producto de y para el consumo.
en las cercanías de las ciencias sociales de la ciudad la Es por ello —por los derroteros que está tomando la
categoría imaginarios —ahora con la denominación de ori ­ noción de imaginarios urbanos y el tipo de señores a los
gen "urbanos”—ha caído de pleno en manos de los llama­ que ha acabado sirviendo— que convendría recuperar
dos "estudios culturales” , esa apoteosis de la superstición autores que empezaron hace años a usar el concepto de
de la autonomía de los hechos culturales que está causan­ imaginarios urbanos, seguramente sin ni siquiera intuir en
do estragos en lo que es suya larga agonía. Un seguimiento qué acabaría convirtiéndose con el tiempo. Me refiero a
pormenorizado de los avatares de la escuela revela ense­ Raymond Ledrut, quien acuñó en su momento la catego­
guida su escasez de aportes teóricos serios y solventes, ría teórica deforma social justo para remitirse a la interre-
difíciles de encontrar entre una maraña de artículos m e­ lación intensa e íntima entre la morfología social y el
nores producidos con sospechosa copiosidad. La contri­ orden de las representaciones, poniendo de manifiesto
bución metodológica de ios cultural studies ha sido pobre y no ya su mutua dependencia, sino su indiscernibilidad
se ha reducido a una depredación de propuestas ajenas, mutua. Ledrut escribía: "El realismo banal quiere depurar
entre ellas algunas de las impugnadas desde la propia la sociedad de sus imaginarios, pero olvida que éstos son
corriente (Reynoso, 2000). El resultado: un eclecticismo reales y forman parte de la sociedad real [...] Esos imagi­
que, como suele ser habitual, no hace sino disimular la narios no son representaciones, sino esquemas de repre­
mediocridad de sus resultados. Por otro lado, a pesar de sentación. Estructuran a cada instante la experiencia so­
presentarse como algo parecido a una antidisciplina, los cial y engendran tanto comportamientos como imágenes
estudios culturales han acabado propiciando nuevas fo r­ reales” (Ledrut, 1987: 84).
mas de autoritarismo ortodoxo, a costa de desfigurar cada La ciudad, en efecto, no es sólo una agrupación de
vez más lo que de valioso había en su propio proyecto in i­ volúmenes construidos, ni una trama de canales y cone­
cial, derivado de la obra de Raymond Williams, Richard xiones ni una sociedad de individuos, segmentos e in s­
Hoggart o Stuart Hall, entre otros. En particular, en manos tituciones. No es sólo suma de cantidades contables o es­
de los estudios culturales la noción de imaginarios urbanos tadísticas, sino organización o estructura de calidades
ha acabado convirtiéndose —como culminación de su socialmente establecidas. Una ciudad es sobre todo un
deriva— en instrumento al servicio tanto de la legitim a­ campo de significaciones. Son esas significaciones las
ción simbólica de las instituciones políticas de la ciudad que proveen de la materia prima de la que está hecha la

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

experiencia urbana, que es justamente lo que el científico que las representaciones colectivas no son en Durkheim
social toma como su objeto de conocimiento. Experiencia un espejo de la realidad social, sino la realidad social,
como vivencia subjetiva, pero no menos como experi­ desvelada como constructo construido, pero deconstrui-
mentación empírica, como conducta; emoción y textura; ble y reconstruible en todo momento. La infraestructu­
al tiempo sentimiento, sensación y acto. Gomo escribe ra es, en Marx —recordém oslo—, una combinatoria de
Ledrut (1978: 13): "Las significaciones no existen en una diversas condiciones materiales y sociales que permite a
ciudad en sí misma, separada de la práctica que llevan a los miembros de una sociedad producir y reproducir los
cabo los hombres de un tiempo y de un mundo [...], no medios materiales de su existencia social. Tales condi­
están ni en las cabezas ni en las cosas, están en la expe­ ciones son las ecológicas y geográficas concretas, las
riencia: aquí la experiencia urbana” . relaciones de producción, pero también las fuerzas pro­
Una sociedad —urbana, por ejemplo— no consiste en ductivas, que son los medios materiales e intelectuales
una acumulación de estratos superpuestos, el superior que utilizan los miembros de dicha sociedad después de
conteniendo las constelaciones ideológicas y el inferior, haberlos inventado, copiado o heredado. En nuestro caso
la morfología social en sí. Una sociedad es un sistema de —el de la ciudad— buena parte de esos esquemas de sig­
relaciones entre seres humanos, relaciones jerarquizadas nificación o imaginarios están ahí no como una ilusión
según la naturaleza de sus funciones y que tiene cada una espectral o un espejismo de la sociedad urbana, sino co­
un peso específico en la producción y reproducción mo un factor de cohesión, desarrollo y prosperidad,
social. Es decir, los imaginarios no son meras proyeccio­ como no menos de los conflictos que la desgarran y hacen
nes especulares, a la manera como entienden las inter­ que pase buena parte de su tiempo enfrentándose consi­
pretaciones vulgares la relación entre infraestructura go misma. El imaginario —identificado aquí con lo que
y superestructura en Marx, ni modalidades ideales del Godelier llam aría parte ideática o ideacional, que no
sistema social, como ha venido pretendiendo el estructu- ideal, de lo real— no debe ni puede ser objeto de herm e­
ralfuncionalismo menos exigente teóricamente. Si tuvié­ néutica o exégesis alguna, porque no es un mensaje ocul­
ramos que plantearlo en términos marxistas, ese orden de to o un texto en cifra. Los imaginarios urbanos no repre­
significaciones —o al menos buena parte de sus elemen­ sentan a la ciudad —en el sentido de que están en su lugar
tos— no tendría por qué ser un mero sistema de meras y hablan o muestran en su nombre—, sino que son la ciu­
proyecciones o emanaciones epifenoménicas, puesto que dad. Una ciudad no connota, es las connotaciones que
—como nos ha recordado Maurice Godelier (1989: 165- suscita, las conexiones, oposiciones, taxonomías que or­
168)—la distinción entre infraestructura y superestructu­ ganizan significativamente sus elementos y permiten re ­
ra no es una distinción entre niveles ni entre instancias o conocerlos como unidades discretas —ese momento, ese
instituciones —aunque así pueda aparecer—, sino que es sitio, aquella silueta, esta ausencia...—, de igual m ane­
sobre todo una distinción entre funciones. De igual forma ra que los seres urbanos —habitantes o usuarios— no

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interpretan la ciudad, ni siquiera la leen, sino que sim ­ disponemos indican que se levanta sobre esa base que
plemente la viven. constituye el conjunto de las prácticas espaciales efectivas
La noción de imaginario tampoco impugna la vieja que los habitantes hacen de los lugares urbanos” (Fauque,
premisa materialista según la cual son las condiciones x975: 74) • Es eso lo que hace de los imaginarios todo lo con­
objetivas de vida las que en última instancia determinan lo trario de lo que sus apropiaciones superficiales hacen de
que las personas piensan de sí mismas y del mundo en que ellos: los imaginarios no son "imágenes” sólo, sino autén­
viven. Una puesta de relieve de los imaginarios y de su ticas epifanías, manifestaciones; no son una designación,
importancia no cuestiona lo que Lévi-Strauss (1985 sino una encarnación, a la manera de como el vuelo de las
[1961]: 298), en su polémica con Sartre, llamaba "la indu­ aves le permite al augur ver lo que de otro modo no se podría
dable primacía de las infraestructuras” . El imaginario se ver, es decir, acceder a las dimensiones invisibles de la rea­
identifica con ese esquema conceptual que gobierna las lidad y recibir allí información precisa acerca del significa­
prácticas, pero que no es ajeno a la praxis, en el sentido do profundo, estratégico, de las cosas y los hechos.
marxista de la palabra, es decir, como algo que es una en­ De ahí que Ledrut —como harán más tarde la mayoría
tidad a la vez em pírica e inteligible, acontecimiento y de autores que han trabajado la cuestión— reclame el plu­
ley teórica. Ese imaginario urbano —como cualquier otro ral para hablar no de imaginario, sino de imaginarios
imaginario— no es una nebulosa abstracta que revolotea urbanos. Haciéndolo advierte que ese campo de significa­
en el ambiente o en la cabeza de los individuos. Ni siquie­ ción que es la experiencia urbana es un sistema heterogé­
ra es propiamente un código del que dependería la orga­ neo y diferenciado, hecho de encabalgamientos y cruces
nización de la realidad urbana. Todo lo contrario, es lo de significaciones, no por fuerza armoniosas, puesto que
que le sucede a los individuos —incluyendo en ello lo que en ellas las incompatibilidades y los choques son cons­
sueñan, esperan, planean o añoran— de lo que se nutre tantes. Eso es lo que le permite a Ledrut señalar la dis­
todo imaginario para constituirse y constituir, de igual tancia inmensa que suele haber entre el imaginario del
forma que es el habla la que determ ina la lengua, el urbanista y los esquemas imaginarios que aplican o que
mensaje al código, la vida a la idea. Ningún imaginario reconocen quienes están o recorren un espacio urbano
urbano existe como colgado en el vacío ni surge de una cualquiera, del vecino al merodeador. Nada hace demos­
nada metafísica o de un orden arquetípico universal des- trable que los lenguajes que emplea el habitante o tran­
contextualizado, sino que, como establece Ledrut, es un seúnte urbanos sean variaciones sumisas del sistema que
lenguaje que "reposa en definitiva sobre una experiencia un grupo dominante impone a través de su control sobre
y sobre una práctica” . O planteándolo como hace otro la producción de formas y símbolos urbanos. Al contrario,
autor: "Ese imaginario que autoriza y define las condicio­ los "doctrinarios” del urbanismo —como les llama Ledrut
nes de una lectura de la ciudad no cae, por expresarlo así, (1978: 18)— no pueden hacer otra cosa que realizar una
del cielo. Tiene su razón de ser. Todos los hechos de que imagen "racional” , imagen que puede ser considerada

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—y es constantemente considerada— como "no racional” pocas ocasiones articulándose y negociando con los siste­
por el "no urbanista” , que trabaja siempre el espacio que usa mas institucionalizados de representación —monumen­
a partir de elementos latentes, sobreentendidos, implíci­ tos, nombres oficiales, planes urbanísticos, discursos
tos..., elementos de los que el técnico en ciudades y el pode­ políticos, solemnidades ciudadanas—, que pueden llegar a
roso al que sirve no saben ni pueden saber en realidad ape­ usufructuar en favor de sus intereses.
nas nada. Tampoco los imaginarios urbanos tienen por qué No menos importante es el sentido que ese énfasis en
identificarse —aunque se identifiquen sistemáticamen­ lo plural y heterogéneo tiene de oposición y hasta de
te—con la imagen que de una determinada ciudad se preten­ impugnación de lo que han sido teorías de un conductis-
de dar desde las campañas oficiales o comerciales de pro­ mo vulgar que han trabajado sobre presupuestos fuerte­
moción, destinadas a turistas, inversores o a los propios mente psicobiológicos, que entenderían la imagen de la
ciudadanos. Ese tipo de imaginarios usurpados destinados a ciudad como formando parte de mecanismos de adapta­
la propaganda o a la publicidad se basan en la simplicidad y ción a entornos urbanos para los que la cuestión de la
son de hecho imaginarios caricaturescos, hechos de tópicos legibilidad resultaría fundamental. Desde tal perspectiva
y clichés orientados a convertir a sus destinatarios en súbdi­ determinados contextos demasiado embarullados o con­
tos dóciles o en consumidores dependientes. fusos tendrían efectos negativos en la medida que im pli­
En estos casos cabría hablar de imaginario dominante, carían disonancias perceptuales que dificultarían la adap­
al que se le podría aplicar lo que se ha escrito sobre la tación territorial, primero sensitiva y luego vital.
noción marxista de ideología dominante, que casi nunca En ese tipo de postulados se inspiran iniciativas
ha conseguido ir mucho más allá de ser la ideología de los urbanísticas que urgen generar espacios transparentes,
dominantes, que no la que domina en realidad (Abercom- claros, previsibles, en los que una distribución adecuada
brie y Turner, 1985). Es decir —parafraseando las teorías de elementos induciría —a la manera de una caja de Skin-
que, inspirándose en Gramsci, han escrito sobre las cul­ ner— determinados significados y determinadas prácti­
turas subalternas—, el imaginario hegemónico lo es por­ cas, a las que es fácil presuponer como pretendidamente
que lo es de las clases hegemónicas, pero no de las mayo- deseonflictivizadas y sosegadas. Ese tipo de concepciones
ritarias clases hegemonizadas, por así decirlo, que tienen de la imagen de la ciudad como paisaje tranquilo y tran­
sus propios imaginarios, con tanta frecuencia ajenos, quilizante son incompatibles con la naturaleza crónica­
indiferentes y hasta antagónicos y hostiles a aquellos que mente alterada de la experiencia urbana y los imaginarios
se les pretende imponer sin éxito. No es sólo, entonces, a ella asociados, puesto que, como señala Ledrut, "los
que haya diferentes imaginarios, sino que esos imagina­ conflictos, las tensiones y las incoherencias que apare­
rios plurales pueden estar —están todo el tiempo— pug­ cen en el campo del 'imaginaiio urbano’ no tienen menos
nando por librarse del encorsetamiento al que se intenta importancia que los acuerdos, las concordancias y las es­
someterlos, existiendo en paralelo, de espaldas y en no tructuras, ya se trate de relaciones entre grupos, y los

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MANUEL DELGADO EL ESPACIO PÚBLICO COMO IDEOLOGÍA

modelos o relaciones que se den en el interior mismo los lugares de cualquier ciudad los que empleen a los
de la aprehensión individual del mundo urbano” (Ledrut, humanos —esos transeúntes que van de aquí para allá—
1973= 29). para comunicarse y hacer sociedad entre sí. Ciertamente,
Hablar de la ciudad como un campo de significado —y por ello, todo ciudadano es en realidad un mitodano, el
el propio Ledrut así lo reconoce: "La imagen de la ciudad habitante de un mito.
es parecida al mito” (1973= 18)— es hacerlo homologando Salir a la calle entonces es iniciar un viaje, y un viaje
la ciudad a un mito, no en el sentido de m ixtificación no muy distinto que el que a principios del siglo XX llevó
o reducción falsificadora de lo real, sino como planteaba a Víctor Segalen al extremo Oriente. ¿Qué es lo imagina­
Glaude Lévi-Strauss (3006 [1971]: 601-602;), es decir, en rio?, se pregunta Segalen: lo que hay antes de la partida, lo
tanto que instancia inteligente en la que los tres niveles que luego se abandona al llegar —en el momento de
en los que se expresa el mundo a los humanos —lo Real, lo enfrentarse con lo real—, pero que luego se reencuentra y
Simbólico y lo Imaginario— coexisten mezclándose. En la se imbrica con ese mismo real. O, como él mismo escri­
ciudad vemos la misma sobreposición de instancias —la bió: "Peripecias: yo, partido en busca de lo Real, fui apre­
de lo Real y la de lo Imaginario— a las que se suma ense­ sado de golpe y no siento otra cosa. Poco a poco, muy deli­
guida el trabajo de lo Simbólico —que, por otra parte, no es cadamente, asoman los muros de un imaginario anterior.
otra cosa que eso, es decir, un trabajo o producción— en Después de algún tiempo: juego alterno. Luego triunfo de
una tarea que en el fondo no es muy distinta que la que lo Imaginario por el recuerdo y la nostalgia de lo real” (Se­
hemos visto ejercer siempre a los mitos, empeñados unay galen, 1985 [1910]: 10). Los imaginarios sociales son en­
otra vez enjugar con los distintos planos de la experiencia tonces, como propone Ledrut, "aquellas representaciones
hasta hacerlos indistinguibles. En ese orden de cosas, colectivas que rigen los sistemas de identificación y de
la ciudad, en efecto, ejerce esa misma labor que Lévi- integración social, y que hacen visible la invisibilidad
Strauss contemplaba que llevaban a cabo los mitos, que es social” . Y qué es eso que funda y organiza lo social, pero
la de confundir esos tres niveles: lo imaginario —entendi­ no se ve, sino lo evocado, lo recordado, lo invocado, lo es­
do como la expresión más plausible y más ejecutiva de la perado, lo soñado, el deseo... Todo lo que anuncia su naci­
realidad—, lo simbólico —como labor de producción de miento; todo lo que se niega a morir. Un montón de res­
sentido— y lo real —como eso que está ahí y cuya presen­ tos; lo que está a punto de suceder.
cia intentamos inútilmente conocer o quizá tan sólo man­ Pasear por las calles, atravesar cualquier plaza,
tener a raya. Acaso, como en relación con el mito, el urba- transcurrir por el corredor del metro, subir o bajar las
nita sólo puede vivir la ilusión de que realmente es él escaleras de tu propia casa o de la casa de otros es pasear,
quien emplea los lugares de cualquier ciudad como in s­ atravesar, transcurrir, subir o bajar uno o varios imagina­
trumentos a través de los cuales pensar y hacer. Probable­ rios, el propio y el de todos los otros que dejaron o deja­
mente sea lo contrario y, como ocurre con ios mitos, sean rán allí o por allí sus huellas. El ciudadano es entonces el

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MANUEL DELGADO

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Si urbanistas, arquitectos y diseñadores pueden concebir el
espacio público como un vacío entre construcciones que
hay que llenar de forma adecuada a los objetivos de promo­
tores y autoridades, es decir, como un com plem ento para
operaciones urbanísticas, existe otro discurso en el que
este concepto se entiende como la realización de un valor
ideológico. El espacio público es entonces el lugar en el que
se materializan diversas categorías abstractas como demo­
cracia, ciudadanía, convivencia, civism o, consenso, etc.,
y por el que se desearía ver transitar a una ordenada masa
de seres libres e ¡guales que emplean ese espacio para ir
y venir de trabajar o de consumir y que, en sus ratos libres,
pasean despreocupados por un paraíso de cortesía. Sin
embargo, como afirma Manuel Delgado al analizar ese sue­
ño de un espacio público hecho de diálogo y concordia,
éste se derrumba en cuanto aparecen los signos exter­
nos de una sociedad cuya materia prima es la desigualdad
y el fracaso.

Manuel Delgado es profesor titu la r de Antropología Religio­


sa en el D epartam ent d ’Antropologia Social de la Universi­
tä t de Barcelona. Coordinador del programa de doctorado
Antropología del Espacio y del Territorio, a s í como de su
Grupo de Investigación sobre Espacios Públicos, es colabo­
rador habitual de la cadena SER.

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