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Ecumenismo y colegialidad, fuentes de

escándalo y confusión
21/05/18 12:00 am por Mario Caponnetto
El escandaloso episodio recientemente protagonizado por la Conferencia Episcopal alemana
relacionado con la llamada intercomunión entre católicos y luteranos para los casos de matrimonios
mixtos, y la posterior actitud de la Santa Sede de negarse a dirimir la cuestión ante el reclamo de unos
pocos obispos que se oponen a esa iniciativa han puesto, una vez más, en el foco de atención los dos
temas que mayor incidencia han tenido y tienen en la actual crisis de la Iglesia: el ecumenismo y la
colegialidad. Ambas cuestiones se hallan implicadas en el “caso alemán”. En efecto, el planteo de una
intercomunion entre católicos y luteranos sólo pudo tener lugar en el marco de un ecumenismo que,
definitivamente, ha perdido el rumbo; por su parte, la renuncia papal a pronunciarse sobre un asunto de
vital trascendencia doctrinal y pastoral transfiriendo semejante responsabilidad a una Conferencia
Episcopal sólo ha sido posible en el contexto de la llamada colegialidad, concepto difuso e indefinido
que ha trastocado buena parte de la eclesiología contemporánea.
Ecumenismo y colegialidad, como bien sabemos, son dos herencias negativas del Concilio Vaticano II.
Si hablamos de ecumenismo, se ha de decir que jamás la Iglesia dejó de desear y promover la unidad de
todos los cristianos frente a las dolorosas secuelas de las herejías y de los cismas. Pero esa unidad se
cifraba en una sola condición: el retorno al seno de la única y verdadera Iglesia de Cristo, la Iglesia
Católica, de cuantos la habían abandonado. Ese retorno era el anhelo y la vehemente oración de la
Iglesia. Así lo entendieron unánimemente los Sumos Pontífices quienes, al tiempo que alentaban los
esfuerzos en pro de la verdadera unidad, desalentaban cuando no directamente prohibían la
participación de los católicos en las reuniones e iniciativas “ecuménicas” por fuera de las estrictas
directrices del Magisterio. Pero la situación cambió radicalmente a partir del Concilio; el Decreto
conciliar Unitatis redintegratio dio un giro más que significativo al sustitur la explícita exigencia del
retorno de todos los separados al seno de la Iglesia Católica bajo la autoridad del Romano Pontífice por
un tono francamente conciliador y hasta concesivo al reconocer en las confesiones separadas (sobre
todo las derivadas de la Reforma Protestante) ciertos elementos salvíficos que pueden encontrarse aún
fuera del recinto visible de la Iglesia Católica y que tales elementos, aun desgajados del tronco de la
unidad, conservan plenamente su eficacia. Lo mismo se dice respecto de ciertos actos de culto que
practican los cristianos separados[1]. Todo esto, unido a la ambigua eclesiología de Lumen Gentium, dio
curso en los años subsiguientes al Concilio a este ecumenismo que, repetimos, parece definitivamente
haber perdido el rumbo.
Ahora bien, uno de los frutos más amargos de este ecumenismo desviado ha sido, sin duda, el intento
de licuar la doctrina católica sobre la Eucaristía en aras de una supuesta comunión con el luteranismo.
Al respecto es bueno recordar un documento publicado en 2013 con el título Del conflicto a la
comunión. Conmemoración conjunta luterano-católico romana de la Reforma en el 2017. Este texto,
suscripto por la Federación Luterana Mundial y el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad
de los Cristianos, contiene una serie de importantes consideraciones y conclusiones respecto de un
diálogo entre luteranos y católicos en vista a la conmemoración conjunta del V Centenario de la
Reforma en el pasado año 2017. En el Capítulo IV, bajo el título Temas fundamentales de la Teología
de Lutero a la luz de los diálogos luterano-católico romanos, se aborda una serie de temas agrupados
en cuatro cuestiones: Justificación, Eucaristía, Ministerio y Escritura y Tradición. Según el método
adoptado por los redactores del texto, la discusión de cada tema se desarrolla en tres pasos: la
perspectiva de Lutero, luego una breve descripción de la posición católica y, finalmente, una síntesis en
la que se muestra la forma en que los diálogos ecuménicos han establecido una relación entre la
teología de Lutero y la doctrina católica[2]. Es interesante leer atentamente cuál es la “síntesis” a la que
se llega en el tema de la Eucaristía:
Comprensión común de la presencia real de Cristo. Tanto luteranos como católicos pueden afirmar en
conjunto la presencia real de Jesucristo en la Cena del Señor: «En el sacramento de la Cena del Señor,
Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está presente total y enteramente, con su cuerpo y su
sangre, bajo los signos del pan y del vino». Esta declaración en común afirma todos los elementos
esenciales de la fe en la presencia eucarística de Jesucristo sin adoptar la terminología conceptual de
«transustanciación». De esta forma, católicos y luteranos entienden que «el Señor exaltado está
presente en la Cena del Señor, en el cuerpo y la sangre que él ofreció, con su divinidad y su humanidad,
mediante la palabra de promesa, en los dones del pan y del vino, en el poder del Espíritu Santo, para su
recepción mediante la congregación»[3].

Si se repara en esta fórmula se advertirá con poco esfuerzo que así enunciada esta proposición sobre la
Presencia real de Cristo en la Eucaristía no corresponde, de ninguna manera, a la doctrina católica por
lo que ningún católico puede aceptarla. En efecto, no se trata de cualquier presencia sino de una
presencia substancial, realísima. El Magisterio unánime de la Iglesia y de los Concilios, a lo largo de la
historia, ha enseñado constantemente que en el momento de la consagración de las especies eucarísticas
Cristo se hace presente por “la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo y de toda la
sustancia del vino en su sangre; conversión admirable y singular, que la Iglesia católica justamente y
con propiedad llama transustanciación”[4].

Se ve, por tanto, claramente, que el problema viene de tiempo atrás. Este ecumenismo extraviado, que
nadie corrige, nadie desmiente y el mismo Papa alienta, ha trastocado lo más sagrado y precioso de la
fe católica, el Sacramento de la Eucaristía. De aquí a la intercomunion no hay más que una lógica e
inevitable consecuencia.
La otra cuestión en juego en todo este penoso asunto de los obispos alemanes es la colegialidad.
Concepto inasible y difuso, como dijimos, fue uno de los grandes caballitos de batalla del Concilio
Vaticano II. Lo que se proponían los Padres Conciliares era definir la función de los Obispos que en
cuanto sucesores de los Apóstoles constituyen el “Colegio Apostólico” (de allí lo de “colegialidad”) y
de qué modo ese Colegio se vincula con el Primado. El mismo Benedicto XVI en su discurso al clero
romano la noche del 14 de febrero de 2013, cuando ya había abdicado pero permanecía aún a cargo del
gobierno de la Iglesia, reconoció que la palabra “colegialidad” era muy discutida, que se la eligió a
falta de otra mejor y que este asunto dio lugar a debates enconados y exagerados[5]. Mas, sea como
fuere, la cuestión es que la famosa “colegialidad” nunca quedó definida. Pero lo más grave es que de
este concepto indefinido surgieron las Conferencias Episcopales tal como las conocemos en el día de
hoy. Ellas son hijas del Concilio y poco o nada tienen que ver con las Conferencias y Asambleas de
Obispos que existían desde el siglo XIX y que eran tan sólo meras reuniones consultivas de los obispos
de un mismo país que aunaban sus esfuerzos para enfrentar los poderes políticos infiltrados y
dominados por el laicismo masónico.
El Concilio dedicó dos de sus Documentos al tema de las Conferencias Episcopales. La Constitución
Dogmática Lumen Gentium al hablar de los obispos, recuerda el hecho histórico de que varias Iglesias
fundadas por los Apóstoles y sus sucesores en diversas regiones se reunieron en grupos estables,
orgánicamente unidos, los que dejando siempre a salvo la unidad de la única Iglesia, constituyeron, con
el tiempo, Iglesias particulares cada una con sus ritos y sus tradiciones propias; y cita entre ellas a las
antiguas Iglesias Patriarcales a las que designa como “madres en la fe que engendraron a otras como
hijas y han quedado unidas con ellas hasta nuestros días con vínculos más estrechos de caridad en la
vida sacramental y en la mutua observancia de derechos y deberes”[6]. Lo significativo es que hacia el
final del parágrafo se afirma que “de modo análogo, las Conferencias Episcopales hoy en día pueden
desarrollar una obra múltiple y fecunda, a fin de que el afecto colegial tenga una aplicación
concreta”[7].

Sin lugar a dudas que en esto se advierte un cambio más que importante; en efecto, a partir de esta
declaración del Concilio, las Conferencias Episcopales hodiernas adquieren una dimensión y una
misión esencialmente distinta de la que venían cumpliendo hasta ese momento puesto que la misión
que ahora se les asigna es que, análogamente a las venerables Iglesias patriarcales, sean una concreta
aplicación del afecto colegial. Sin embargo, resulta problemático entender qué analogía pueda
establecerse entre aquellas antiguas Iglesias Patriarcales que, como reconoce la misma Lumen Gentium,
derivan directamente de la tradición apostólica, se erigen en torno de una única autoridad local y
guardan una indiscutible unidad de ritos y de tradiciones propias, y estas Conferencias Episcopales
actuales (Coetus Episcopales las denomina el texto original latino, es decir, reuniones, uniones,
asambleas o grupos de obispos) que no reconocen origen apostólico, ni guardan unidad de tradiciones
ni de ritos propios ni responden a una autoridad única local sino que son meras organizaciones
administrativas, órganos de consulta y de coordinación cuyas autoridades se eligen y se renuevan por
mera elección periódica de sus miembros. Esta dificultad nunca fue del todo superada. En efecto,
ninguno de los Documentos que a partir de Lumen Gentium se ocuparon de las Conferencias
Episcopales (el Decreto Conciliar Christus Dominus, el Motu Proprio Ecclesiae Sanctae, de Paulo VI,
el Código de Derecho Canónico y el Motu Proprio Apostolos Suos de Juan Pablo II), aun cuando
contienen abundantes precisiones sobre su organización, funcionamiento y competencias, no aportan
una sólida base jurídica y teológica que sirva de fundamento a las Conferencias Episcopales cosa que,
como veremos enseguida, ha reconocido explícitamente el actual Sumo Pontífice. Tal fundamento, por
otra parte, es hoy un tema en debate en el que se cruzan posiciones diversas y contrapuestas.
A favor de esta falta de sólido fundamento, en la práctica las Conferencias Episcopales han sido, en
general, más un obstáculo que un beneficio para la vida de la Iglesia. De hecho han significado una
verdadera reducción de la autoridad de los obispos y un recorte más que importante de sus atribuciones
sin contar el hecho, nada menor, de que en los últimos tiempos vienen exhibiendo una peligrosa
tendencia centrífuga respecto de Roma. Por desgracia, el actual Papa alienta esta tendencia. En la
Exhortación Evangelii Gaudium, tras recordar el ya citado texto de Lumen Gentium, escribe:
Pero este deseo (se refiere a que las Conferencias Episcopales sean aplicaciones concretas de la
colegialidad) no se realizó plenamente, por cuanto todavía no se ha explicitado suficientemente un
estatuto de las Conferencias episcopales que las conciba como sujetos de atribuciones concretas,
incluyendo también alguna auténtica autoridad doctrinal[8].

Si a esto se suma el reciente Motu Proprio Magnum Principium en el que se confiere a las Conferencias
Episcopales la facultad de decidir acerca de las traducciones de los textos litúrgicos y la reunión de la
Comisión de los nueve Cardenales designados por Francisco (el C9) del pasado 26, 27 y 29 de febrero
donde se anuncia el tratamiento, entre otros temas, del “estatuto teológico” de las Conferencias
Episcopales[9], se tendrá un panorama bastante claro respecto de dónde apunta en esta materia el
Pontificado actual. En este marco, por tanto, no puede sorprender el gesto del Papa Francisco de
negarse a dirimir la cuestión planteada por los obispos de la minoría de la Conferencia Episcopal
alemana sobre un tema tan grave como la intercomunion. De hecho, Francisco ha abdicado del
ministerio petrino y ha transferido a una Conferencia Episcopal la facultad irrenunciable e indelegable
de decidir respecto de cuestiones que afectan gravemente al depósito de la fe cuyo custodio supremo
es, precisamente, el Papa. Será muy difícil, a partir de ahora, no suponer que otros Episcopados
reclamen para sí decidir acerca de este o de otros temas similares. De este modo se va acelerando este
proceso de progresiva desmembración de la unidad de la Iglesia iniciado ya, de alguna manera, en los
años del Concilio. Lo que sólo puede traer mayores males y un daño inconmensurable para las almas.
El ecumenismo y la colegialidad, tal como se han venido planteando y desarrollando en estos últimos
cincuenta años, son dos grandes fuentes de confusión y de escándalo; por eso nos ha parecido
importante reconducir el grave episodio de la Conferencia Episcopal alemana hacia esas fuentes en las
que reside, sin duda, su causa primera. El Arzobispo de Utrecht, en relación con este episodio, ha
hablado de la apostasía final. Palabras durísimas, por cierto, que nos han hecho recordar las
admonitorias palabras del Señor: Cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿hallará acaso fe sobre la tierra?
(Lucas 18, 8).
_____
[1] Cf. Decreto Unitatis redintegratio, n. 3.
[2] Cf. Del conflicto a la comunión. Conmemoración conjunta luterano-católico romana de la Reforma
en el 2017, Sal terrae, Cantabria, España, 2013, n. 95.
[3] Del conflicto a la comunión…, o. c., n. 154. El subrayado es nuestro.
[4] Paulo VI, Carta Encíclica Mysterium fidei, n. 6.
[5] Benedicto XVI, Encuentro con los Párrocos y el Clero de Roma, 14 de febrero de 2013.
[6] Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, n. 23.
[7] Ibídem.
[8] Evangelii Gaudium, n. 32.
[9] Véase Zenit, 28 de febrero de 2018.

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