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La prevención del delito de tortura.

Un análisis de las nuevas legislaciones

Mauricio Balbachan
Facultad de Derecho, UBA

1) Introducción
El delito de tortura se encuentra tipificado en nuestro país desde 19841 pero en
los últimos años se han sancionado un conjunto de leyes que abordan esta problemática
desde un nuevo enfoque orientado a su prevención. Producto de la obligación asumida
como Estado al ratificar el “Protocolo Facultativo de la Convención contra la Tortura y
Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes de las Naciones Unidas” 2, esta
nueva legislación plantea la utilización de herramientas de intervención no
(exclusivamente) penales sobre un fenómeno social delictivo como es la tortura.
Este Protocolo dispone la creación de “mecanismos nacionales” y “mecanismos
locales” de prevención de la tortura, que se replican en la legislación argentina. El
“Sistema Nacional de Prevención de la Tortura y otros tratos o penas crueles,
inhumanos o degradantes” fue creado en el 2012 mediante la ley n° 26.8273 y, en forma
paralela, se han creado “mecanismos locales”4 de prevención de la tortura en las
provincias de Chaco (en 2009), Río Negro (2011), Mendoza (2011), Salta (2012),

1
Si bien la prohibición de la tortura estuvo presente en los inicios formativos del estado argentino, con la
resolución de la Asamblea del año XIII y la sanción del artículo 18 de la Constitución Nacional, fue
recién en el año 1984, en el marco de una reforma integral al Código Penal en el retorno de la
democracia, que se incluyó el delito de tortura en el artículo 144 ter. Previamente se encontraban
incorporados al código otras figuras típicas como “severidades”, “vejaciones”, “apremios ilegales” y
“tormentos” (sobre los cambios en la codificación de la tortura y un análisis de la figura en la
jurisprudencia por crímenes de terrorismo ver Felgueras y Filippini, s.f)
2
El 15 de noviembre de 2004, a través de la ley 25.932. El artículo 17 del Protocolo establece que “cada
Estado parte mantendrá, designará o creará, a más tardar un año de la entrada en vigor de dicho
Protocolo o de su ratificación o adhesión, uno o varios mecanismos nacionales independientes para la
prevención de la tortura a nivel nacional”.
3
En vigencia a partir de su promulgación el 7 de enero de 2013.
4
Utilizamos “mecanismos locales” o “mecanismo nacional” porque así se encuentran definidos en el
Protocolo Facultativo. Sin embargo, como podrá observarse a lo largo del texto, las leyes provinciales
utilizan otras denominaciones tales como “comité provincial”, “comisión provincial”, “mecanismo
provincial”, etc. De acuerdo a la Asociación para la Prevención de la Tortura (APT) los “mecanismos de
prevención” son órganos de monitoreo establecidos por los Estados partes del Protocolo, independientes
de las autoridades estatales cuyo mandato consiste en visitar lugares de encierro, examinar leyes y
prácticas relacionadas con la privación de la libertad, hacer recomendaciones para mejorar el trato y
condiciones de encierro y mantener contacto con el Subcomité de Prevención de la Tortura, órgano de
monitoreo supranacional establecido por el Protocolo (APT, 2014: 24)
Misiones (2014) y Corrientes (2014)5. También fueron presentados proyectos de ley en
las provincias de Buenos Aires, Neuquén, Santa Fe, Córdoba y Tierra del Fuego6.
Frente a estas nuevas legislaciones, resulta un ejercicio interesante analizar cómo
el legislador nacional y provincial ha proyectado un diseño efectivo tendiente a
disminuir o morigerar las prácticas de tortura en contextos de encierro. Para ser
considerado “efectivo”, la APT establece que debe tener las siguientes condiciones: ser
independiente (funcional, personal e institucionalmente), poseer recursos suficientes
(humanos y financieros), tener un carácter multidisciplinario, y ser competente para
garantizar el acceso a los lugares de detención, a los detenidos y a la información y
contar sus miembros con protecciones especiales (2014: 28). Al observar las leyes en
cuestión podremos encontrar que muchos de sus artículos describen el funcionamiento
interno de los mecanismos (composición, miembros, criterio de selección, duración de
mandatos, etc.), pero difícilmente pueda pensarse que un diseño formal eficiente pueda
por sí, disminuir hechos de tortura.
La preocupación entonces que guía el presente trabajo, es analizar ese aspecto
sustancial de la materia, es decir, las funciones previstas en las leyes que se encuentran
específicamente orientadas hacia la prevención de la tortura. Entendemos que estas
“funciones” son las acciones que el legislador ha diseñado para cumplimentar el
objetivo propuesto por la ley, de manera que serán consideradas en conjunto con los
objetivos que cada ley se plantee. Para realizar esto, nos valdremos tanto de las leyes
mencionadas, como también de los fundamentos que sus autores han sostenido para su
sanción, y de los debates legislativos7 que las motivaron.

Una vez relevadas las acciones previstas para la prevención de la tortura, nos
preguntaremos acerca de su factibilidad. Poco se ha dicho acerca de la relación entre la
tortura y las acciones diseñadas para su prevención. La literatura sobre prevención de la
tortura tiene su origen en ONG´s y organismos internacionales que se sostienen sobre
un discurso del derecho, es decir, del deber ser.8

5
Leyes provinciales n° 6483, 4621, 8284, 7733, IV 62 y 6280, respectivamente.
6
Si bien esta provincia cuenta con un órgano creado por ley, el mecanismo nunca fue puesto en marcha y
en la actualidad se debate reformar la legislación vigente que había sido objeto de numerosas críticas.
7
Salvo en los casos de Misiones y Corrientes en los que no contamos con la versión taquigráfica de las
sesiones.
8
Una excepción a este corpus es el trabajo emprendido por Carver (2012) a pedido de la Asociación para
la Prevención de la Tortura (APT) con el objetivo de contestar, a partir de un estudio de campo en
distintos países, si “funciona la prevención de la tortura”, aunque el mismo se encuentra aún en una fase
exploratoria.
Por esta razón, creemos que utilizar un marco de referencia distinto,
concretamente la narrativa vinculada a teorías de prevención del delito, permitiría
pensar las posibilidades concretas de la prevención de la tortura. Si bien esto puede
implicar en cierta forma una limitación, creemos que la idea de plantear escenarios
concretos de prevención de la tortura (cómo, a través de qué medios, con qué objetivos),
podría potenciar su puesta en marcha.9
Hacia el final del trabajo realizaremos una evaluación de estas acciones
relevadas y sugeriremos que su eficacia puede ligarse al conectar las limitaciones
propias de la prevención del delito (en general) con las circunstancias concretas de la
producción y el contexto institucional del delito de tortura.

2) La tortura y su prevención
Previo a considerar las acciones que tienen como objetivo la prevención de la
tortura, debemos tomar una definición de la tortura en sí. Esto será de vital importancia
al circunscribir las funciones preventivas ya que, como veremos a continuación, las
legislaciones contienen varias funciones que podrían considerarse como formales o no
operativas, es decir, cuya puesta en práctica difícilmente pueda tender a una reducción o
morigeración de prácticas de tortura.
Todos los mecanismos creados reconocen como fuente a la Convención contra la
Tortura, que en su artículo 1º establece que “se entenderá por tortura todo acto por el
cual se inflija intencionalmente a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean
físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una
confesión, de castigarla por un acto que haya cometido, o se sospeche que ha cometido,
o de intimidar o coaccionar a esa persona o a otras, o por cualquier razón basada en
cualquier tipo de discriminación, cuando dichos dolores o sufrimientos sean infligidos
por un funcionario público u otra persona en el ejercicio de funciones públicas, a
instigación suya o con su conocimiento o aquiescencia”.
Entonces, a la hora de pensar cuáles serán las funciones de prevención debemos
considerar la evitación de estos dolores físicos o mentales graves. Más allá de esta
definición, cada mecanismo establece diferentes objetivos. El mecanismo nacional,
tiene por objeto “garantizar todos los derechos reconocidos tendientes a la prevención y

9
Por otra parte y como efecto no intencionado, esta discusión también puede resultar valiosa para ampliar
el horizonte de proyección de la “prevención del delito”, generalmente circunscripto a los delitos
llamados “callejeros”, “urbanos”, “comunes”, etc., y divorciado de marcos de referencia ideológicos o
contextos políticos específicos (O´Malley, 2006; Crawford y Evans, 2012).
prohibición de la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes”,
consagrados en la Constitución Nacional y otros tratados internacionales. En sus
fundamentos podemos encontrar referencias explícitas a la tortura como “prácticas
vejatorias”, pero también a un “mejoramiento institucional” o la “eliminación de
ambiente propicio a la vulneración de derechos”. En el debate parlamentario algunos
legislador hablaron de “hacinamiento” o del “estado deplorable de las cárceles”, pero
también (como veremos luego replicado en algunos mecanismos locales) algunos
legisladores consideraron otros fines que la ley no establece, especialmente en relación
al potencial efecto sobre la sociedad que vive fuera de los muros de las cárceles, en
clave de “defensa social” o “seguridad urbana”.10
En el caso del mecanismo de la provincia de Chaco, la ley n° 6483 le asigna la
finalidad de “fortalecer la vigencia y el cumplimiento de los derechos y garantías de las
personas privadas de su libertad velando por el mejoramiento de las condiciones de
detención de éstas, y reforzar la protección de las mismas contra todo tipo de trato o
penas prohibidas… así como procurar la prevención y el logro de la erradicación de la
tortura” (artículo 4°). En el debate parlamentario, el diputado Martínez (Libres del
Sur11) expresó que: “se trata de llegar antes que ocurran estos acontecimientos atroces
para el género humano; se trata de no repetir experiencias nefastas de las que ha sido
parte la historia de nuestro país durante la última dictadura; y se trata también de
comenzar, desde nuestra provincia, a cumplir los compromisos constitucionales
establecidos en los artículos 21 y 27 de nuestra sabia Constitución12 1957-1994, de sus
sabias normas declarativas y de sus más sabias normas operativas, aún”13. En este
discurso encontramos una mención explícita a la “prevención”, como adelantamiento al
resultado que se procura evitar.
Siguiendo con el resto de los mecanismos, el 13 de diciembre de 2010 los
legisladores de Río Negro sancionaron la ley n° 4621 creando el “comité provincial”,

10
Sin dejar de reconocer el “estado deplorable de las cárceles”, “la sobrepoblación”, el “hacinamiento” y
la “concepción autoritaria y represiva” de las fuerzas penitenciarias, el senador Artaza (UCR), uno de los
impulsores de la ley, encuentra también como motivo el “espiral de violencia” que hace que los
“detenidos salgan en peores condiciones”, como “uno de los engranajes de la violencia y de la
inseguridad urbana que estamos viviendo en la Argentina” (Diario de Sesiones de la Cámara de
Senadores de la Nación, 14ª sesión ordinaria, 14/11/2012, p.47).
11
El “Movimiento Libres del Sur” es un partido político que integró hasta el 2008 la coalición de
gobierno (nacional y provincial) Frente para la victoria, para luego formar parte de distintas alianzas con
partidos de la oposición.
12
Se trata de la Constitución de la Provincia de Chaco.
13
Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados de la Provincia de Chaco, Sesión extraordinaria n° 2,
17/12/2009, p. 435.
como “organismo local complementario” del nacional, “en cumplimiento de los
objetivos e implementación del Protocolo Facultativo” (artículo 1°). En el recinto, la
autora del proyecto de ley, la legisladora Horne (FpV- PJ), consideró que la “esencia”
de la ley era “impedir que se cometan violaciones a los derechos de las personas en los
lugares de encierro”14.
La provincia de Mendoza ha creado mediante la ley n° 8284, la “comisión
provincial de prevención de la tortura”, con el objetivo de ser el “órgano de aplicación
en la Provincia de Mendoza del Protocolo Facultativo” (artículo 1°). Durante la
presentación del proyecto, la senadora provincial Naman (ARI15) quien afirmó que se
trata de un “organismo extra poder que pueda controlar garantizando la independencia
funcional, la autarquía financiera y la transparencia y confidencialidad de las
denuncias”16. El debate parlamentario estuvo signado por enfrentamientos entre el
oficialismo y la oposición por la responsabilidad en la prevención de la tortura y,
paradójicamente, sobre la efectividad de las leyes en el plano de la realidad17.
Más allá de esto, los legisladores mendocinos también argumentaron sobre el
“beneficio” de la prevención de la tortura sobre el resto de la población no prisionizada
en clave de “seguridad”, como una suerte de “efecto bumerang” de la violencia
penitenciaria volviéndose sobre la ciudadanía18. También observamos posiciones

14
Diario de Sesiones de la Legislatura de la Provincia de Río Negro, 14ª reunión ordinaria, 18/11/2010, p
312.
15
El ARI es un partido político creado en el 2002 que en el 2009 pasó a llamarse Coalición Cívica- ARI.
Formó parte de distintas alianzas a nivel federal siempre en oposición al oficialismo nacional. Al
momento de la sanción de la ley, en Mendoza, formaba parte de una alianza opositora al gobierno
provincial.
16
Diario de Sesiones, Honorable Cámara de Senadores de la Provincia de Mendoza, 15ª sesión de tablas,
8/2/2011, p. 3463.
17
Sucedió que días atrás había trascendido por los medios de comunicación un video en el que podía
verse a agentes penitenciarios cometiendo hechos de torturas sobre una persona en la cárcel provincial de
San Felipe. Si bien la cárcel depende lógicamente del Poder Ejecutivo, algunos funcionarios habían
responsabilizado a los legisladores por el hecho de no haber sancionado con anterioridad esta ley,
provocando el repudio de muchos legisladores de la oposición y la declaración de la relatividad de este
tipo de leyes. La senadora Naman por ejemplo afirmó que “no por la existencia de un mecanismo
especial que prevenga la tortura, los malos tratos o los tratos inhumanos, van a dejar de existir. No
vamos a ser ingenuos pensando que es tan fácil cambiar una realidad que desgraciadamente se da”
(Diario de Sesiones, … p. 3463). Con el mismo espíritu la Senadora Gallardo (PJ-FpV) planteó su
desconfianza en que una ley pueda “solucionar el problema de por sí” y afirmó que “lo que hacemos es
poner el foco especialmente en la prevención de las torturas y esto es lo más importante, la prevención,
vamos a tener un organismo cuyo fin va a ser exclusivamente en esto tenemos que hacer hoy hincapié y
bregar para que realmente tengan los medios y posibilidades para lograr de una vez por todas que
nuestra Provincia no tenga estos métodos que lamentamos hoy nos pone mal como seres humanos” (Ibíd.
P. 3465).
18
Senadora Naman (ARI): “poder reinsertarse en la sociedad y no tener ya el dedo o la mano que los
culpa, pensando que son irrecuperables, pensando que se pudran solos y tristes sin tener ningún tipo de
posibilidad de recuperarse y de cambiar su vida. Saben ¿por qué? Porque este es un bumerang, y nos
gustaría también que mis colegas senadores escucharan lo que se dice, porque esta es una cosa grave y
contrarias a su sanción por considerarla “de segunda importancia” en una agenda ideal
de derechos a sancionar.19
La provincia de Salta, por su parte, posee su propio mecanismo local desde el
año 2012, creado por la ley n° 7733. Consta de pocos artículos y establece el fin de
“prevenir la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes”, a través de
“visitas periódicas a los lugares en que se encuentren personas privadas de su
libertad”20. El senador Maita (PJ), miembro informante de la comisión de DDHH y
asuntos indígenas de la Cámara Alta, afirmó en el parlamento: “de transformarse en ley
este proyecto, será un instrumento vital para prevenir y combatir la tortura y otros
tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes. De este modo la provincia de Salta,
además de satisfacer una necesidad de sus habitantes, se coloca en una posición de
pleno cumplimiento y tomando medidas efectivas para el respeto de la Declaración
sobre la protección de todas las personas contra la tortura y otros tratos o penas
crueles, inhumanos o degradantes, respetando los propósitos de la Carta de las
Naciones Unidas en su artículo 2º y la Declaración Universal de los Derechos
Humanos en su artículo 4º, evitando así toda ofensa a la dignidad humana”21.
La provincia de Misiones sancionó el 28 de agosto de 2014, la ley n° 65 (IV 22),
que crea el “mecanismo provincial de prevención de tortura” del que depende la
“comisión provincial” para la “evaluación y seguimiento de la aplicación de la
Convención contra la Tortura…” (artículo 3°). En el tratamiento del proyecto, la

seria –repito- es un bumerang que va y viene, porque no es esa persona no vaya a salir nunca de la
cárcel, esa persona que entró en la cárcel, le dicen “ratita”, “infeliz”, muchos otros epítetos que no vale
decirlos acá y que muchos de ustedes no se imaginan que pueda llegar a existir tienen derecho a tener un
estudio a poder pensar en trabajar” (Diario de Sesiones, Honorable Cámara de Senadores de la Provincia
de Mendoza, 15ª sesión de tablas, 8/2/2011, p. 3463).
19
(Diputado Vinci, Partido Demócrata, votó por la negativa): “Me pregunto: aquellos privados de la
libertad, ¿alguno de los presentes pretende o tiene la intención de que los traten mal?. No, en esta
Cámara todas las leyes que se sancionan para que todos traten de vivir en una sociedad mejor, incluso,
los que están privados de su libertad. Pero también creo que se tendrían que haber creado la Defensoría
del Pueblo que defienden a los ciudadanos comunes, los que cumplen con sus obligaciones con el Estado,
los que no cometen delitos, los que están en la calle todos los días sujetos a cualquier tipo de
inconveniente y esta no existe en Mendoza; pero sí nos preocupamos por esos videos aberrantes que
aparecieron para que exista la Defensoría para los que se encuentran privados de la libertad. Nosotros
estaríamos de acuerdo en tratar esto en un paquete. Hubiéramos sacado primero la Defensoría del
Pueblo; pero no; hicimos todo lo contrario: “Hemos puesto el carro delante del caballo”; y esa es la
principal objeción de nuestro bloque de acompañar este proyecto, Diario de Sesiones de la H. Cámara de
Diputados de la Provincia de Mendoza, 19ª sesión de tablas, 16/3/2011, p 30. El resaltado me pertenece.
20
Como se observará luego, el núcleo de las acciones que presentan todas las leyes se centra en este
punto, la visita periódica.
21
Diario de Sesiones de la Cámara de Senadores de la Provincia de Salta, 15ª sesión ordinaria, 16 de
agosto de 2012.
22
La legislación provincial se estructura por “ramas” del derecho según sea la ley que se trate, en donde
el “IV” corresponde a las leyes que versan sobre derecho “constitucional”.
diputada Marchesini (Frente Renovador de la Concordia Social23), afirmó que servía
para “proteger, prevenir aquellos actos que tengan que ver con torturas, tratos
inhumanos, penas crueles o degradantes”24.
Por último, la provincia de Corrientes creó en el 2014 el “comité provincial de
evaluación del seguimiento y aplicación de la convención contra la tortura” como
“organismo local complementario” del mecanismo nacional. En sus fundamentos, los
diputados provinciales Fagetti (PJ) y Breard (UCR) luego de mencionar como
antecedente concreto las torturas cometidas en la última dictadura militar, afirmaron que
“en la actualidad, si bien la práctica de tortura no se planifica o programa como
política de Estado, tampoco es un hecho aislado. Por el contrario, existe un patrón de
violencia intramuros, en tanto la tortura suele ser utilizada como mecanismo
disciplinario y de castigo por infracción de normas o reglamentos internos en muchas
instituciones penales o de encierro. De allí se deduce la importancia de implementar
políticas de prevención de la violencia, entre ellas la institucional, en el marco de la
agenda de las políticas de seguridad pública”. En este caso, como puede observarse los
legisladores correntinos incluyeron a las torturas como un hecho de inseguridad
pública.25

3) Las acciones para la prevención de la tortura


Consideramos que cada ley contempla distintas acciones para realizar su
cometido, es decir, que los mecanismos puedan prevenir hechos de tortura. Como
observaremos en este apartado, existen algunos mecanismos con muchas funciones
preventivas, mientras que en otros la lista se achica. De cualquier forma, no estaremos
analizando cada mecanismo en particular sino a las funciones para la prevención de la
tortura como un todo. Esto quiere decir que podemos llegar a encontrar distintas
funciones que, aunque tengan nombres distintos o sean redactadas con diferentes
palabras, tienen el mismo significado. De hecho, existen bastantes similitudes en las
leyes a la hora de establecer las funciones que tendrán los organismos que crean.
Comenzando por la legislación nacional, el organismo que crea, el “comité
23
Se trata de un partido provincial integrado por radicales y peronistas, que apoya tanto al oficialismo
provincial, como al nacional, sin filiación con el partido Frente Renovador cuyo referente a nivel nacional
es Sergio Massa.
24
Diario de Sesiones de la H. Cámara de Representantes de la Provincia de Misiones, 13ª sesión
ordinaria, 28/8/2014, p. 39.
25
En igual sentido se había expresado su colega misionero, el Diputado Bárbaro (Frente Agrario y Social)
cuando se refirió a la tortura como “hecho de inseguridad” (Diario de Sesiones de la H. Cámara de
Representantes de la Provincia de Misiones, 13ª sesión ordinaria, 28/8/2014, p.44).
nacional”, tiene como primera función actuar como organismo rector del sistema
nacional (particularmente con los organismos locales). Esto se debe a que el sistema
plantea una coordinación entre el comité nacional y los mecanismos locales.
Pero el comité nacional no es solo un comité rector o coordinador, sino que
cuenta además con funciones operativas como mecanismo nacional, de manera que la
ley le asigna también funciones operativas de prevención. Estas son (artículo 7):
“realizar visitas a los lugares de detención”, “recopilar y sistematizar información”,
“sistematizar los requerimientos de información”, “crear y coordinar un registro nacional
de casos de tortura” y otro de “acciones de habeas corpus motivadas en el agravamiento
de las condiciones de detención”, “elaborar estándares y criterios de actuación, respecto
de inspección y visita a los lugares de detención, condiciones de detención, capacidad de
alojamiento, empleo de la fuerza, requisa y medidas de sujeción, régimen disciplinario,
designación de funcionarios, documentación e investigación de casos de tortura, régimen
de traslados, fortalecimiento de los controles judiciales, y todas aquellas (funciones)
medulares para el cumplimiento del protocolo facultativo”, “diseñar y recomendar
acciones y políticas para la prevención de la tortura... y promover la aplicación de sus
directivas, recomendaciones, estándares y criterios de actuación por las autoridades…”,
“adoptar medidas dirigidas a garantizar el funcionamiento del sistema nacional”,
“convocar reuniones urgentes del consejo federal de mecanismos locales”, “poner en
conocimiento… el plan de trabajo y los informes de actuación, inspección y temáticos”,
“promover… la creación, o designación y fortalecimiento técnico, administrativo y
presupuestario de los mecanismos locales…”, “asesorar y capacitar a entidades u
organismos públicos o privados que tengan vinculación con su actividad, así como al
personal afectado a los lugares de detención y a las personas privadas de su libertad”,
“generar vínculos de cooperación con… órganos de los sistemas regionales e
internacionales de promoción y protección de derechos humanos”, “representar al sistema
nacional ante el Subcomité para la Prevención de la tortura…”, “comunicar a las
autoridades nacionales, locales y magistrados y funcionarios judiciales… la existencia de
hechos de tortura… solicitar la adopción de medidas urgentes para el cese… y su
investigación y para la protección de las víctimas y/o denunciantes”.

Luego, la ley describe detalladamente otros requisitos formales de


instrumentación, como la integración de los organismos que crea, mecanismo y criterio
de selección de sus integrantes, duración de mandato, mecanismos de remoción,
relaciones entre organismos, su estructura, su patrimonio, estándares mínimos para los
mecanismos locales, entre otros aspectos que hacen a la estructura organizacional y
funcional del mecanismo.
Podemos encontrar las mismas funciones en las leyes provinciales26,
especialmente, la realización de visitas periódicas sin previo aviso.
Existen sin embargo, dos mecanismos provinciales que difieren del nacional,
uno porque posee aún más funciones y el otro porque tiene sólo dos funciones asignadas
por la ley para prevenir la tortura. Se trata del mecanismo de la provincia de Salta, cuyas
dos únicas funciones son: “examinar periódicamente el trato de las personas privadas de
su libertad, con miras a fortalecer, si fuera necesario, su protección contra la tortura y
otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes” y “hacer recomendaciones a las
autoridades competentes con objeto de mejorar el trato y las condiciones de las personas
privadas de su libertad y de prevenir la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos
o degradantes…” (Artículo 4°, ley provincial n° 7733).
Por el contrario, el mecanismo de Chaco, posee aún más funciones que el
mecanismo nacional, como por ejemplo “promover la investigación social como forma
de construcción de conocimientos sobre la problemática de las personas en situación de
encierro…”, y la facultad de “convocar a los funcionarios y empleados para que brinden
explicaciones e informaciones sobre cuestiones referidas a su objeto de actuación sin
que puedan oponer reserva alguna” (incs. “m” y “g” art. 14, ley 6483).
Ahora bien, si consideramos todas las funciones comunes previstas para los
distintos mecanismos, más allá de las diferencias territoriales de los lugares de encierro
sobre los cuales los mecanismos deben actuar, podríamos enumerar diez funciones
destinadas a la prevención de la tortura que las leyes establecen para los mecanismos.
En forma sintética, son: 1) actuar como órgano de cumplimiento del protocolo
facultativo, 2) visitar regularmente y sin aviso los lugares de detención, 3) crear
registros de tortura, 4) elaborar criterios internos de actuación, 5) diseñar y recomendar
acciones y políticas públicas de prevención, 6) promover acciones judiciales (denuncias,
medidas de protección, etc.), 7) capacitar y/o “sensibilizar” al personal vinculado con
los lugares de detención, 8) realizar campañas de información/ difusión sobre lo que
sucede en las cárceles, 9) promover investigaciones sobre la problemática y 10) requerir
a funcionarios y empleados para que brinden explicaciones e informaciones.

26
Sin ánimo de desmerecer el trabajo de los congresales provinciales, no tendría sentido repetir aquí las
funciones similares que sólo varían en cuestión de palabras o de orden en el listado. Para una descripción
exhaustiva pueden observarse los arts. 14 de la ley 6483 (Chaco), art. 7 de la ley 4621 (Río Negro), art. 4
de la ley 8284 (Mendoza), art. 4 de la ley 7733 (Salta), art. 12 de la ley 65 (Misiones) y art. 7 de la ley
6280 (Corrientes).
Observando estas funciones, podemos notar que no todas parecen tener una
incidencia directa en la prevención de la tortura. Es decir, la relación de las causas
(acciones) con la consecuencia esperada (prevención de la tortura) no parece igual en
cada una de ellas. Por ejemplo, resulta evidente que cualquier organismo nuevo debe
elaborar para sí criterios de actuación, pero esta acción formal difícilmente pueda tener
un efecto inmediato o directo para impedir o reducir hechos de tortura. De manera que
si nuestra intención fuese sólo evaluar las acciones previstas en los mecanismos cuyo
efecto tienda a reducir o prevenir la tortura, necesitaríamos hacer un recorte. No se trata
de una cuestión menor, ya que si pretendemos que la prevención de la tortura no sea una
entelequia, debemos considerar seriamente sobre la racionalidad y el resultado esperable
de las funciones para prevenir. Siempre es importante, en palabras de Bottoms et al
(1995: 90) “especificar los mecanismos preventivos relevantes, esto es, cómo
exactamente esta medida en particular se supone que reducirá el delito o contribuirá al
orden social”27.
Entonces tomando tanto la definición de la tortura de la Convención como los
objetivos propuestos en los mismos mecanismos, podríamos preguntarnos, ¿actuar
como órgano de cumplimiento del protocolo facultativo puede reducir o eliminar los
sufrimientos físicos o mentales impuestos por un funcionario público con un fin
determinado? ¿y visitar regularmente y sin aviso previo los lugares de detención? De
esta manera, podemos llegar a pensar que considerarse órganos de cumplimiento del
Protocolo o de la Convención no reduce la imposición de sufrimientos (función 1). En
el mismo sentido, aunque resulta absolutamente necesaria la recolección y
sistematización de la información para dimensionar el fenómeno de la tortura, sea para
elaborar diagnósticos o para dar a conocer a la opinión pública, la creación de registros
(función 3) no previene de por sí la imposición de sufrimientos físicos o mentales en
contextos de encierro. A las mismas conclusiones podríamos llegar con las funciones 9
y 10 por su relación lejana con la reducción de la violencia, la 4 por su carácter
organizacional, y la función 5 (diseñar y recomendar acciones y políticas de prevención
de la tortura) por su carácter “abierto”28.
De esta forma sólo cuatro funciones de las previstas en las leyes podrían tener
efectos concretos en la prevención de la tortura a evaluar: a) visitas regulares

27
La traducción es propia, el resaltado original del autor.
28
Siguiendo a Coriolano (2013: 97), este tipo de función “abierta” responde a la intención del Protocolo
de no imponer “nuevas obligaciones sustantivas” sino la posibilidad de ofrecer asesoramiento o
sugerencias para reducir la tortura sobre la base de la experiencia e información recogida en las visitas.
sorpresivas; b) capacitación ; c) campañas de difusión ; y d) interposición de acciones
judiciales.
Recordemos que este recorte no pretende decir que no puedan existir otras
funciones para la prevención de la tortura como tampoco afirmar que éstas pueden en la
práctica cumplimentar su objetivo, sino que se trata de un recorte de las funciones
propuestas por los legisladores nacionales y provinciales.

4) La prevención del delito de tortura. Alcances y limitaciones


Como hemos podido observar, todos los mecanismos poseen en común la
función de realizar visitas con cierta regularidad a los lugares de encierro. La
explicación está en el mismo Protocolo Facultativo, cuyo objetivo es “establecer un
sistema de visitas periódicas a cargo de órganos internacionales y nacionales
independientes a los lugares que se encuentren personas privadas de su libertad, con el
fin de prevenir la tortura…” (Artículo 1).
Por supuesto que esto no podría ser la única actividad orientada a la prevención.
La Convención contra la Tortura, de hecho, obliga a los estados parte a “tomar todas las
medidas necesarias” para impedir actos de tortura, lo que incluye medidas “legislativas,
administrativas, judiciales o de cualquier índole” (artículo 2). Este enfoque denominado
“integrado” o “integral” (APT-IIDH, 2010: 20; Coriolano, 2013: 119) estima que las
visitas de por sí no son suficientes, y por lo tanto se requiere una gama de medidas
amplias.
Ahora bien, la noción de prevención no es novedosa para el discurso jurídico
contra la tortura como tampoco para el discurso de control del delito29. En las últimas
décadas ha (re)surgido un enfoque preventivo, especialmente en el contexto
norteamericano ante la pérdida de fe en el ideal rehabilitador que las instituciones
penales podían ofrecer.30
En nuestro país esta tendencia comienza a mediados de la década del ´90 como
una respuesta estatal “adaptativa” (Garland, 2005) a la “emergencia” de la
“inseguridad”, en tanto “crisis” ante el crecimiento de los índices delictivos, pero

29
La sugerencia de intervenir preventivamente por medio de “sustitutos penales” puede rastrearse a fines
del siglo XIX en una rama de la escuela criminológica positivista (Garland, 2000: 4).
30
Sintetizado en la célebre y pesimista frase de Martinson (1974) “nothing works” al preguntarse qué
funcionaba respecto de las instituciones penales para reducir el delito. Para un análisis detallado veáse
Garland (2005: 107 y ss.).
también como novedad respecto del tratamiento del fenómeno en el plano político y
mediático (Sozzo, 2009; Beltrame, 2011).
Resulta difícil encontrar una definición pacífica o acabada del término, y es
posible que esta característica “camaleónica” sea una de las causas de su difusión
exitosa en países con realidades tan disímiles (Hughes, 1998: 13; Selmini, 2009: 43).
En términos sencillos podemos decir que se trata de un conjunto de acciones dirigidas a
intervenir “ex – ante”, es decir antes que el fenómeno (delito) se produzca, con la
intención de evitar que el mismo suceda, en contraposición con la “clásica” herramienta
“penal” que interviene “ex – post” a la comisión del delito y se centra en la represión.
Al observar la literatura sobre prevención de la tortura esta diferenciación no es
tan categórica, ya que allí se distingue entre una prevención “directa” y un tipo de
prevención “indirecta”. Mientras que la primera sucede antes que se produzca la tortura
a través de la reducción de factores de riesgo y eliminación de las posibles causas, la
segunda, también llamada “disuasiva”, ocurre después con el objetivo de “evitar la
repetición” de hechos de tortura (ACNUDH, APT, Foro Asia-Pacífico, 2010: 3).
Si utilizáramos esta clasificación podríamos ubicar, por ejemplo, a las visitas, la
capacitación y las campañas de difusión en la prevención “directa”, mientras que la
interposición de acciones judiciales, en la llamada prevención “indirecta”, en tanto esta
acción sea una denuncia penal, con el “objetivo de convencer, a los torturadores
potenciales” del precio que se “paga” al cometer hechos de esta índole (ACNUDH,
APT, Foro-Asia Pacífico, 2010: 3).
El problema de esta clasificación, que remite sin lugar a dudas al ámbito de la
salud pública31, es que no permite establecer una conexión entre los factores de riesgo/
causas de la tortura y los remedios para combatirlos, o bien, la misma no está
explicitada. No se explica en detalle, siguiendo a Bottoms et al (1995), cómo el
“monitoreo”, la “formación” o las “campañas” pueden contribuir a prevenir la tortura, o
bien lo hacen en forma muy genérica32, impidiendo un análisis crítico. Creemos que es

31
Al igual que la clasificación entre prevención primaria, secundaria y terciaria del delito, hoy en desuso.
La primera dirigida a eliminar las condiciones criminogéneas cuando todavía no sucedió el hecho, la
segunda dirigida hacia “grupos de riesgo” y la tercera cuando ya sucedió el hecho y orientada a
“ofensores” conocidos (Selmini, 2009: 46)
32
Se dice: “toda estrategia de prevención directa debería comenzar por hacer un análisis exhaustivo de los
factores de riesgo que aumentan las posibilidades de que ocurra la tortura”, para hacer referencia a un
“entorno político, social y cultural” como así también “analizarse el marco jurídico”, el “funcionamiento
de la justicia penal” y el “entorno institucional en general”. Pero luego establece que “cualquier situación
en que exista una persona privada de su libertad y en la que exista un desequilibrio de poder, constituye
una situación de riesgo” y que todas las personas privadas de su libertad “son víctimas potenciales”
(ACNUDH, APT, Foro-Asia Pacífico, 2010: 4).
posible encontrar la lógica tras la acción preventiva y el posible efecto al considerar las
funciones bajo otras clasificaciones propias de la prevención del delito en general,
analizando las acciones mencionadas anteriormente.

4.a) Visitas a los lugares de detención


Este tipo de función preventiva coincide con los postulados de la llamada
estrategia de “prevención situacional ambiental” cuyo objetivo consiste en
“transformar” las “situaciones” o “ambientes” en los que ocurren hechos delictivos para
modificar comportamientos y así reducir las oportunidades de su comisión.
Dicha estrategia se funda en una manera de pensar el delito y el control del
delito a través de dos “teorías”, una que opera a un nivel micro y la otra macro
(Crawford y Evans, 2012: 774). En un micronivel parte de la “teoría de la elección
racional”, por la cual todo ser humano se guía por un cálculo de costos y beneficios al
momento de tomar decisiones. En un nivel “macro”, toma de la “teoría de las
actividades rutinarias” la focalización en “eventos” donde suceden los hechos
delictivos, con el objetivo de reducir las oportunidades de su comisión. De acuerdo a
Cohen y Felson (1979), esto sucede cuando se elimina cualquiera de estos tres
elementos: un “ofensor motivado” (cualquier persona que por cualquier razón podría
cometer un delito), un “blanco conveniente” (objetos o personas que serán atacados por
el ofensor) o la ausencia de “guardianes capaces” (cualquier persona que podría
intervenir para detener la ofensa).33
En este sentido, al remover el componente “ausencia de guardianes”, o lo que es
igual, incluyendo en el “evento” a cualquier persona que “vigile” el objetivo, las
probabilidades que el mismo suceda se verían reducidas.
Ésta es la lógica no explicitada de las visitas a los lugares de detención. Se
sugiere que con las visitas, los mecanismos pueden generar un “efecto disuasivo” sobre
los potenciales torturadores, frente a “la posibilidad de estar sujeto a un escrutinio
externo inesperado” (APT, IIDH, 2010: 20).34
Ahora bien, la prevención situacional ha sido objeto de numerosas críticas. En lo
que aquí respecta, es decir, en relación a la prevención de la tortura, debemos considerar

33
La relación entre los niveles macro y micro resulta evidente. Si los comportamientos humanos no
estuvieran atravesados por un cálculo racional de costo y beneficio, la posibilidad de incorporar un
guardián, o volver menos conveniente un “objetivo” por ejemplo, no reduciría las posibilidades que se
cometa un delito.
34
Aunque también se considera un segundo objetivo, el de construir conocimiento sobre las condiciones
que hacen posible la tortura (APT, 2014: 44).
el “talón de Aquiles” (Sozzo, 2009: 64) de este tipo de acciones que es su “efecto
desplazamiento”. Se dice que cuando la situación ha sido ya controlada, el delito no
desaparece sino que se desplaza hacia otro lugar, o bien se desplaza en el tiempo. La
cárcel (al igual que otros espacios cerrados como shoppings o barrios cerrados) presenta
límites físicos bien marcados que dificultarían un corrimiento espacial del fenómeno
delictivo a prevenir35. Mayor atención debe prestarse al posible “desplazamiento
temporal” ya que la disuasión opera (al menos desde la teoría) sólo si los potenciales
ofensores desconocen cuándo estarán ante la presencia de un control externo (cualquier
momento del día, cualquier día de la semana). Por ello, siguiendo al miembro del
Subcomité para la Prevención de la Tortura, Enrique Font, las visitas sólo podrán
prevenir si “se realizan de manera sistemática y sin previo aviso”36. Esto implica
además que no estén sujetas a los horarios laborales en que suelen desarrollarse las
actividades de la administración pública o judicial.
El enfoque de la prevención situacional y sus lógicas explicitadas parecerían
haber estado en la cabeza de algunos legisladores al sancionar los mecanismos. Por
ejemplo, la diputada Marchesini (Frente Renovador de la Concordia Social, Misiones)
dijo que el mecanismo “tendrá un presupuesto para realizar todas aquellas acciones de
prevención. Esto significa visitas en horarios diferentes, en días diferentes, imprevistas,
a los ámbitos de encierro, a los ámbitos de jurisdicción provincial públicos o privados”
(Diario de Sesiones, 2014: 40). Su par, el diputado Bárbaro había presentado un
proyecto similar37 al de creación del mecanismo provincial, que contemplaba la
vigilancia a través de nuevas tecnologías, como instalar cámaras de seguridad dentro de
las comisarías con el objetivo de que, “de una vez por todas se controle lo que pasa en
cada comisaría, justamente donde hay mayor denuncia de tortura” (2014: 44).
Siguiendo este enfoque, los potenciales ofensores realizan un cálculo del costo y
del beneficio. Asumiendo que existe este cálculo racional, aun uno “limitado” que
busque explicar “algunas decisiones” en determinados “eventos” (Clarke y Cornish,

35
La cárcel (o comisarías, o cualquier lugar de encierro), es por antonomasia donde se cometen hechos de
tortura, y difícilmente pueda existir un desplazamiento de este fenómeno hacia el exterior, como sí puede
pensarse en relación a otros delitos y los espacios fuera de otros lugares como centros comerciales o
barrios cerrados. Esto no significa que la cárcel no produzca dolor y sufrimiento hacia fuera, que sucede
por ejemplo con los familiares y amistades de los presos, en los casos que por traslados se pierda contacto
afectivo como también en los casos que reciben maltratos durante las visitas. Pero no tiene nada que ver
con un desplazamiento de riesgos, sino que es un efecto auténtico y originario de la cárcel.
36
En las Jornadas realizadas en Panamá por la APT (2014: 44).
37
Expediente D-42.247/14.
1985: 149), el problema del “costo” de la tortura y el “potencial ofensor” presenta
algunos desafíos.38
Si entendemos por “costo” la consecuencia penal del delito de tortura es difícil
pensar en la actualidad su valor, considerando los elevados niveles de impunidad de las
prácticas de tortura39. Se trata sin lugar a dudas de un problema cuya solución debe
construirse en el mediano y largo plazo, y que podría incluir otro tipo de “costos” de
carácter administrativos.
Por otra parte, este enfoque presenta un criminal “abiográfico”, abstraído de su
contexto y estructura social (O´Malley, 2006), que sólo actúa acorde a un cálculo
racional de costo- beneficio. Pero en el caso de la tortura, lejos de suscribir a la
caracterización de un potencial ofensor “abiográfico” y “racional” que sopesa los costos
y beneficios en carácter individual, debemos considerar a los potenciales torturadores
como un sujeto colectivo, inscripto en un contexto institucional determinado, cuyo
cálculo racionalista se vería (al menos) ligeramente influido por la conformación del
“espíritu de cuerpo”40 que caracteriza a las fuerzas de seguridad militarizadas. En forma
contraria a lo que ocurre con “costos” de las víctimas potenciales “racionales” cuya
preocupación individual puede incluso resultar competitiva (Hope y Sparks, 2000: 182),
la conformación de un espíritu de cuerpo permitiría pensar que existe una distribución
“solidaria” de los “costos” de la tortura.

4.b) Capacitación
La capacitación de funcionarios puede ubicarse como parte de las estrategias que
componen la llamada “prevención social” del delito. Si la prevención situacional actúa
sobre las situaciones y rutinas donde se producen hechos delictivos, la prevención
situacional apunta sobre las “causas” o factores que dan origen a esos hechos en
relación a la disposición de ciertas personas o grupos de personas a cometer delitos. En
este sentido, se supone una intervención también ex ante pero con muchísima antelación
al hecho. Supone que existe un déficit (material, cultural, educativo) en las personas que

38
El “cálculo” de costos y beneficios es presentado en la literatura de prevención de la tortura como parte
de la prevención “indirecta”, es decir a largo plazo, con el objetivo de evitar la repetición de hechos de
tortura (ACNUDH, APT, Foro Asia-Pacífico, 2010:10). Aquí sostendremos que además importa para la
llamada “prevención directa”, ya que si no existiera ninguna consecuencia negativa para los potenciales
autores de torturas, las visitas, en su función preventiva, carecerían de sentido.
39
Pueden consultarse al respecto los apartados “La tortura y su tratamiento judicial” y “Datos del
Registro de casos judiciales de la Tortura” de los Informes Anuales de la Procuración Penitenciaria de la
Nación (2007; 2008; 2009; 2010; 2011; 2012; 2013).
40
Veáse para el caso del Servicio Penitenciario Federal, Mouzo, 2010: 134-176.
cometen delitos, de manera que la intervención debe orientarse a compensarlo. Es decir,
educar a quien no está bien educado, ayudar económicamente a quien lo necesita o
compensar psicológicamente a quien se encuentra desequilibrado, porque es esta
falencia la causal del delito41.
En relación a la prevención de la tortura, la capacitación de funcionarios
ha sido entendida muchas veces como un “blanqueo” para mostrar que se hace algo sin
que “nada cambie” (Coriolano, 2013: 91). No obstante, al atender que la prevención de
la tortura debería abarcar “el mayor número posible de los elementos que en cada
situación pueden contribuir a disminuir la probabilidad o el riesgo de la tortura” es que
no debe descartarse (2013: 97).
Sin embargo, es posible establecer algunas consideraciones similares a las
realizadas para la prevención situacional de la tortura. Particularmente, la consideración
al sujeto penitenciario, como sujeto colectivo. La capacitación supone una
“sensibilización” de los potenciales ofensores (todo agente policial o penitenciario) pero
no puede pensarse este proceso de formación de carácter individual, disociado de su
proceso de formación práctico donde se forja un modo de pensar y actuar
colectivamente.
Por otra parte, resulta interesante destacar que no todas las funciones creadas por
ley enmarcadas en este enfoque se orientan en forma exclusiva hacia los agentes
penitenciarios o fuerzas de seguridad. En algunos casos, como en la legislación
nacional, esta capacitación se encuentra dirigida también a cualquier entidad pública o
privada que tenga vinculación con su actividad, como también a las personas privadas
de su libertad. Resulta un enfoque que también apunta a lo social pero desde otro
ámbito, importante a la hora de considerar las resistencias de agentes penitenciarios y
las consecuencias recién observables en el largo plazo. Un caso paradigmático es,
siguiendo a Coriolano (2013), el de los funcionarios judiciales, particularmente el de los
defensores públicos. Dadas su función y sus facultades42, su capacitación en materia de
prevención de la tortura, podría ubicarlo como un actor estratégico para aquellos fines.

41
De hecho una de sus críticas es la focalización sobre colectivos ya marginados, a la hora de pensar
políticas públicas que terminan estigmatizando esos sectores pobres o excluidos, como si fueran las
únicas personas capaces de cometer delitos. Esto por supuesto no tiene ningún asidero en la tortura, que
sólo puede ser cometida por funcionarios públicos, por definición. El enfoque también ha sido criticado
por proponer un tipo de intervención cuyos resultados no podrían observarse en el corto plazo, de manera
que la clase política termina optando por otras opciones o discontinuando programas de prevención
social, por otros de mayor visibilidad e impacto en el corto plazo (Sozzo, 2009: 67).
42
Especialmente la relación de confidencialidad con sus defendidos, que permite generar una relación de
confianza (Coriolano, 2013: 22).
Pero resulta evidente en este punto que este tipo de formación debe exceder a los
“policías, militares y personal penitenciario”, y pasar a distintos niveles educativos, en
distintas formaciones profesionales “en el campo jurídico, de la salud, de la psicología,
del trabajo social, etc.” (Coriolano, 2013).

4.c) Campañas de difusión/ interposición de acciones judiciales


Este tipo de acciones pueden enmarcarse dentro de lo que se conoce como
“estrategia de prevención comunitaria” del delito. Se trata de un conjunto de acciones y
políticas muy disímiles cuyo punto de contacto es interpelar a la “comunidad”, en su
doble valencia, como “objeto” pero a la vez como “sujeto” a activar, capaz de hacer
algo en relación a su propia seguridad. Para Máximo Sozzo (2009) este tipo de
estrategia en realidad parte de la instrumentación de la “comunidad” pero para tipos de
intervención cuya racionalidad puede orientarse hacia lo “social” o hacia lo
“situacional” de acuerdo al caso. Por ejemplo, puede apelarse a la “comunidad” para
movilizarla con el objetivo de crear un programa de vigilancia vecinal, cuya lógica
apunta a reducir el delito desde un enfoque situacional, como también puede apelarse a
la comunidad para la creación de programas “barriales” de intervención comunitaria,
como la ayuda a organizaciones de la sociedad civil que actúen sobre determinados
“grupos de riesgo”.
En el caso de la prevención de la tortura, una crítica usual en este tipo de
intervención puede invitar a la reflexión, y es la configuración de esa “comunidad”. Se
ha dicho que para que la prevención de la tortura sea exitosa, debe incluir un “enfoque
holista, dirigido a la sociedad en general” (APT, IIDH, 2010: 10) y así también lo han
entendido algunos legisladores. Por ejemplo la senadora Escudero (FPV-PJ) afirmó al
momento de sancionar la ley de carácter nacional que “es muy importante que las
cárceles se abran a la sociedad. La sociedad quiere saber qué es lo que sucede en las
cárceles. La sociedad civil podría asistir también, con muy buenas ideas, con control,
brindando asesoramiento y realizando actividades de recuperación de las personas
privadas de su libertad” (Diario de Sesiones de la Cámara de Senadores de la Nación,
2012: 53). Es decir, se parte del presupuesto que la “comunidad” o la “sociedad” es un
sujeto a activar con el objetivo de reducir las torturas. Debemos pensar en cierto punto,
y quizá tomando como referencia otras prácticas estatales que a lo largo de la historia
han infligido dolor de manera ilegal a miles o millones de personas, qué fue lo que se
hizo con ese “conocimiento sobre el sufrimiento ajeno” y de qué forma ese
conocimiento afecta o moviliza a la comunidad (Hughes, 1964; Cohen, 2005). Aún sin
negar que pueda llegar a ser una herramienta importante en la prevención de la tortura,
debemos considerar si la “comunidad” a interpelar, se va a sentir identificada con las
víctimas de la tortura, atendiendo a sus características especiales.
Por último, incluimos aquí a las funciones que podrían tener algún impacto en la
reducción de la tortura, a la “interposición de acciones judiciales” más allá de las
denuncias penales, ya que este tipo de funciones también pueden encuadrarse en una
estrategia comunitaria, pero en un sentido distinto a las “campañas”. Una parte
importante de acciones de habeas corpus correctivo, son presentadas por personas
privadas de su libertad a favor de un conjunto de compañeros. El objetivo de estas
acciones es intentar que se haga cesar, a través de una orden emitida por un juez, un
agravamiento en las condiciones de detención de las personas privadas de su libertad,
que devino en ilegal la detención. En este sentido, también deben pensarse en distintas
organizaciones de la sociedad civil que a diario promueven acciones colectivas a favor
de las personas privadas de su libertad.
Hemos relevado hasta aquí las funciones destinadas a los mecanismos de
prevención de la tortura para cumplir su objetivo. Como hemos observado existen
reparos en cada una de estas acciones que pueden ser sorteados, pero sólo hasta cierto
punto. Si existen dudas acerca del éxito de ciertas medidas de prevención del delito en
ámbitos de libertad, no debemos por qué pensar que las mismas podrían funcionar sin
reparos en contextos de encierro. En este sentido, un antecedente importante para pensar
estos problemas es un trabajo de Bottoms et al (1995) sobre las estrategias de
prevención en contextos de encierro. En este trabajo, en el que no se pretendía analizar
la prevención de la tortura sino la de los delitos (o desórdenes) cometidos por los
detenidos, los autores han demostrado que incluso en un ámbito tan “controlado” como
es la cárcel, los distintos tipos de enfoques preventivos también poseen muchas
limitaciones, y no son automáticamente efectivos.

5) Entre la paradoja del compromiso político y el necesario escepticismo


intelectual (a modo de conclusión)
En una conferencia en honor a William Bonger, Stanley Cohen (1994) planteaba
la dificultad de integrar los niveles teóricos y prácticos en el campo del “delito” y del
“control del delito” y argumentaba que el “escepticismo” necesario para la investigación
científica no podía transformarnos en observadores pasivos eternos, sin compromiso y
políticamente inactivos. Particularmente cuestionaba la simpleza y naturalidad de
algunos “slogans” de la postmodernidad (1990: 30).
En este sentido, debemos dudar cuando se nos presentan desde la teoría distintas
acciones orientadas hacia la prevención de la tortura, como si fuera un “menú de
opciones” cuyos resultados pueden alcanzarse con sólo llevarlas a cabo. Lejos de
conformarse con estas respuestas, debemos pensar las acciones preventivas inscriptas
dentro del escenario institucional en el que se pretende intervenir. Por supuesto que
existe una razón por la cual esto presenta un desafío: los delitos cometidos por el estado
difícilmente formen parte del “sentido común” de los delitos (predatorios, callejeros) a
los cuales las estrategias de prevención del delito se encuentran dirigidas (Hughes,
1998: 13; Crawford y Evans, 2012: 800). Pero esto no obsta pensar seriamente esas
“situaciones” en una forma novedosa y diferenciada, más allá del monitoreo como
respuesta. De hecho, podría resultar atractivo, y por demás útil, el estudio de las
“situaciones”43 donde se produce la tortura y la posibilidad de su prevención. Analizar
en detalle esa relación, con el objetivo de crear “nuevas rutinas” institucionales
(Coriolano, 2013: 87).
El análisis que intentamos desarrollar aquí debe ser leído como incompleto,
como temporal, en tanto se realicen estudios empíricos acerca del funcionamiento de los
mecanismos de prevención de la tortura. Una línea de investigación interesante para ser
desarrollada podría ser justamente el estudio de esas situaciones en donde la tortura
puede ocurrir y en donde el mecanismo pudiera intervenir. Desarrollar esa noción de
“situación” de tortura y “mecanismos de prevención” se hace una tarea necesaria, si se
desean crear las condiciones para lograr cambios a través de “nuevas rutinas”
institucionales (Coriolano, 2013: 87).
Pero además del “escepticismo” necesario para dudar de cualquier solución que
parezca simple, debemos contar con el compromiso político para tornar nuestro
pensamiento en acción. Y aquí nos encontramos con una paradoja. Por supuesto que es
importante que haya sido incluida en la agenda política de un país, una problemática por
demás grave pero que sólo afecta a un grupo relativamente reducido de sus habitantes (y
cabe agregar particularmente vulnerable). Esto es un hecho que puede considerarse en sí

43
Refiriéndose a los delitos comunes, Hope y Sparks apuestan al desarrollo de una “teoría sociológica de
las situaciones”, en contraposición con lo que consideran un “positivismo situacional” que reduce toda la
estrategia de prevención situacional a “un rol hacia las prescripciones de los proveedores de cierto
conjunto de prescripciones técnicas, con una distracción de los contextos institucionales y políticos de las
actividades preventivas” (2000: 175).
mismo como positivo y que además, consolida la posición argentina en el plano
internacional de respeto, resguardo, promoción y protección de los DDHH44.
Sin embargo no puede dejar de mencionarse la confusión que pudimos observar
respecto de los debates legislativos y fundamentos de las leyes. La mayoría de ellas
tienen como referencia explícita las obligaciones internacionales asumidas por el estado
argentino. En muy pocas de ellas pudimos observar la relación entre el sufrimiento que
se puede padecer en lugares de encierro, y las acciones que podrían disponerse para su
prevención o erradicación. Como si las condiciones para la producción de la tortura no
tuvieran nada que ver con el ejercicio de los derechos de las personas privadas de su
libertad. Como si la prevención de la tortura no necesitara contar con un trasfondo
democrático, un consenso anti-represivo. Como si los discursos y prácticas de la
mayoría de partidos políticos que votaron estas leyes estuvieran disociados de sus
discursos y prácticas sobre el delito y el delincuente. Como si el sufrimiento que implica
la tortura pudiera impedirse con la creación de organismos nuevos, dotados de un
“paquete” de acciones preventivas de carácter abstracto.

6) Referencias

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44
Realizando una comparación con la región, debe decirse que de los catorce Estados parte del continente
americano que han ratificado el Protocolo (se trata de la segunda región, detrás de Europa, que cuenta con
más ratificaciones), sólo nueve han designado o creado mecanismos nacionales de prevención de la
tortura, y de ellos, sólo dos, Argentina y Brasil, han creado mecanismos locales en algunas de sus
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