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HENRI PERES

ESPLENDOR
DE AL-ANDALUS
LA PO ESIA AN D ALU ZA EN ARABE CLÁSICO EN
EL SIG LO X I. SUS ASPECTOS G E N E R ALE S , SUS
P R IN C IP A L E S TEM AS Y SU V ALO R DOCUM ENTAL

Traducción de Mercedes García-Arenal

I
Hiperión
lib ro s H ip e rió n
C o le c c ió n d ir ig id a p o r Jesús M u n á rriz
D is e ñ o g r á fic o : E q u ip o 109

T ítu lo o r ig in a l: La p o é s ie a n d a lo u se en a ra b e cla s s iq u e au X I ' siécle.


Ses a sp e cts gé n éra u x , ses p r in c ip a u x th é m e s et sa v a le u r d o c u m e n ta ire

© P r im e r a e d ic ió n : P arís, L ib r a ir ie d 'A m e r iq u e et d 'O rie n t A d rie n


M a is o n n e u v e (P u b lic a tio n s d e I ’In s titu t d 'É tu d e s O rien ta les.
F a c u lté d es L e ttr e s d ’A lg e r ), 1937
© S eg u n d a e d ició n , re v is a d a y c o r re g id a , id. id., 1953
© D ere c h o s de e d ic ió n en es p a ñ o l res e rva d o s :
E d ic io n e s H i p e r ió n , S. L.
S a lu s tia n o O lóza ga , 14. M adrid-1 T e lé fo n o 401 02 34

I S B N : 84-7517-097-8
D e p ó s ito le ga l: M-16.200-1983

C o m p u e s to en L in o tip ia s M . M ín g u e z. C a ro lin a C o ro n a d o , 46
Im p r e s o en T é c n ic a s G rá fic a s , Las M atas, 5. M a d rid
E n c u a d e rn a d o en S a n fe r. H e rm a n o s G óm ez, 32. M a d rid
NOTA DE LA TRADUCTORA

Según confesión expresa de H. Peres, su preocupación no es la materia


poética en sí misma, sino el valor documental que pueda obtener de ella.
En su prologo el autor explica y justifica su técnica de traducción
de las numerosas poesías árabes que incluye, señalando, entre otras
cosas, que ha intentado respetar al máximo la literalidad, incluso conser­
vando giros sintácticos propios del árabe cuando éstos son com pren­
sibles. Teniendo en cuenta esta intención expresa del autor, me ha
parecido inadecuado traducir de nuevo y directamente del árabe estas
poesías o sustituir las traducciones de Péres por otras ya existentes en
castellano de esos mismos poemas, realizadas en su mayor parte con
puntos de vista diferentes y, en general, mas atentos a la estética y a la
lorma. En lugar de ello he procurado a mi vez traducir lo más literal­
mente posible las versiones de Péres, recurriendo al original árabe solo
para perfilar y ajustar frases o términos que en la traducción francesa
resultaban ambiguos. El lector puede encontrar un com entario a las
traducciones de Péres en el artículo de E. García Gómez - Una obra im por­
tante sobre la poesía arábigo-andaluza. Reseña del libro del profesor
H. Peres», Al-Andalus, IV (1939), pp. 283-316, en el que se encuentran
ademas propuestas de traducción alternativas (y siempre respetando la
literalidad) a no pocos pasajes poéticos.
Igualmente he respetado la literalidad al máximo en la term inología
utilizada por Peres, aunque pueda resultar chocante en ocasiones al lector
castellano (p or ejem plo, España por al-Andalus, o español aplicado a los
habitantes de ésta), puesto que responden a conceptos integrantes de la
tesis general de la obra y de las ideas en cuyo apoyo está concebida. En
rasgos generales, Péres mantiene que la poesía de al-Andalus fue la pro­
ducción autóctona de una raza ibérica o española, que antaño se había
expresado en latín, ahora lo hacía en árabe y más tarde escribiría en
español. De acuerdo con esta tesis, encuentra una fuerte tradición nativa
con características muy marcadas cuyo rastro puede seguirse por cual­
quiera de las fases que la poesía ha atravesado en la Península Ibérica,
no im porta cuál sea la lengua en la que se ha expresado. La term inología
utilizada va en consonancia con esta tesis, y, por tanto, he procurado
respetarla al máximo. Ha colaborado en la traducción I. Rodríguez
Mellado.

M ercedes G a r c ía -A r e n a l
PROLOGO

El m ovim iento literario en la España musulmana del siglo x i no ha


sido objeto, hasta el presente, más que de m onografías de detalle o de
bosquejos generales, ocupando un escaso lugar dentro del marco de la
literatura árabe que va desde la conquista hasta la caída de Granada. El
período de los M ulük al-taw aif, o Reyes de Taifas, que domina todo el
siglo xi, desde el punto de vista literario, no aparece, la m ayor parte
de las veces, más que com o un m ero accidente al que apenas se presta
atención, entre la caída del Califato Omeva y la llegada de los Alm orá­
vides. Y, sin embargo, en ningún otro m om ento floreció la poesía con
tal exuberancia, pues si presenta rasgos comunes con la producida en
Oriente o en España, incluso en siglos precedentes, se distingue por carac­
teres originales todavía más numerosos que los que se deben a las condi­
ciones históricas particulares que marcaron el siglo xi. Con la desapari­
ción de la dinastía omeva, la descentralización multiplica las pequeñas
cortes principescas, las cuales, con fines en gran medida propagandísti­
cos, conceden un destacado lugar a las bellas letras; la vida provinciana
se torna asi más atractiva y la inspiración local tiende a ocupar un lugar
preponderante.
Otro factor que contribuye a dar a la literatura de imaginación su mas
com pleto desarrollo es la liberación de la presión religiosa que se había
venido ejerciendo sobre los espíritus en el siglo x, sobre todo en la época
de Alm anzor (al-Mansür).
Una raza andaluza se había ido form ando poco a poco por la fusión
de elementos étnicos diferentes, al amparo de los acontecimientos p olíti­
cos, la cual trata de realizarse dando un carácter netamente nacional a
todas sus empresas. La poesía, que es su medio de expresión más repre­
sentativo, refleja estas aspiraciones; en ninguna otra época ha presentado
un aspecto étnico tan marcado, diferenciándose de la literatura árabe,
tanto de Oriente com o de Occidente.
Nos ha parecido que este «m om en to» merecía una investigación mas
profunda. Nos damos cuenta de lo que la limitación del tema al período
que llamamos el siglo x i puede tener de relativo.
El fin del siglo X anuncia la época literaria de los M ulñk al-taw aif y el
com ienzo del siglo x i i no hace mas que prolongarla, si bien el régimen
político se ha visto transformado por completo. Por todo ello nadie debe
sorprenderse al encontrar en nuestra exposición a poetas com o Ibn
Suhayd y al-Ramádl, Ibn Jafava e Ibn Sara, que apenas han conocido los
Reinos de Taifas, pero que, por el carácter de sus obras, se sitúan indiscu­
tiblemente en el siglo xi.
Posiblemente se nos preguntara por que no nos hemos ocupado más
que de la poesía árabe clásica, esto es, de la que se expresa en árabe lite­
rario y según las formas tradicionales de la prosodia. Queremos destacar
que no hemos dejado de citar, llegado el caso, moaxajas (muwassahát) en
las que la lengua y la prosodia se mantienen clásicas, pero cuya form a
en las estrofas y estribillos es nueva. Si poemas de este género han encon­
trado un lugar en las antologías andaluzas y orientales, por el contrario
los zéjeles (zayal), que suprimen las desinencias de la tradición clasica, se
han eludido sistemáticamente. Es d ifícil señalar los que pertenecen a la
época por nosotros estudiada; los únicos'que se citan, y generalmente sólo
en notas, son los de Ibn Quzmán, del que se sabe vivió, sobre todo, en el
siglo X II.
En la poesía clásica no hemos concedido lugar a los tratados didácti­
cos, por considerar que tienen tanto de poemas com o los versos técnicos
de Juan el N in ivita (Jean Despautére) o las raíces griegas de Port-Royal.
El estudio de la form a se ha dejado deliberadamente a un lado.
No hemos discutido más que raras veces el valor histórico intrínseco
de los textos poéticos a los que hacemos referencias, al estimar que esos
textos, puesto que pertenecen a la misma época por nosotros estudiada,
son testimonio que debemos aceptar tal cual, porque son la expresión
directa de ideas y sentimientos por lo demás conformes a los textos his­
tóricos dignos de fe como los de Ibn Havván, al-Humaydí, Ibn Hazm
e Ibn Bassám.
Sólo nos quedan por añadir unas palabras sobre la form a en que
hemos reproducido las citas poéticas. ¿Deberíamos haber traducido ínte­
gramente los poemas y los fragmentos form ando un todo, o deberíamos
haberlos recortado o incluso, llegada la ocasión, no reproducido más que
un solo verso o una sola palabra? La cita truncada nos ha parecido en la
m ayoría de los casos una especie de traición; por eso nos hemos inclinado,
en general, a citar el verso-testimonio dentro de su contexto, aun a riesgo
de que resultara demasiado largo.
P or lo que se refiere a la técnica de la traducción, no creemos necesario
subrayar la dificultad que implica la transposición de una lengua poética
extranjera, esencialmente lírica, a otra lengua; nos hemos propuesto
ceñirnos al original lo más posible, conservando los giros sintácticos del
árabe cuando el carácter de nuestra lengua se prestaba a ello, incluso a
costa de cierta rudeza de expresión, a respetar literalm ente las com para­
ciones sin reemplazar ciertos términos contrarios a nuestro gusto por
otros que falsearían la visión del poeta, pues nos ha parecido fundamental
conservar el relieve y el color de la lengua original.
A pesar de todas las precauciones tomadas, en lo que respecta a la
exactitud habrá fragm entos que resultarán poco comprensibles; la poesía
árabe de Occidente, cuando reproduce los clichés de Oriente, presenta
siempre un aspecto enigmático que no se llega a superar más que con una
larga práctica de la lengua; pero cuando dicha poesía trata de expresar
los sentimientos y las ideas propias de los hispano-musulmanes nos pare­
ce muy próxim a a nosotros y accedemos a ella sin dificultad; sentimos
verdaderamente en nosotros un poco del alma de esos andaluces que no
nos son tan lejanos com o podría parecer a prim era vista. Si nuestro estu­
dio ha contribuido a servir de punto de partida para diferenciar entre
lo que es esencialmente occidental, esto es, autóctono, y lo que es conven­
cional porque ha sido importado, nos sentiríamos — y así osamos esperar­
lo— suficientemente justificados.
N o queremos dar por acabado este prólogo sin antes expresar nuestra
más profunda gratitud a los señores W. Margais, L. Massignon, Gaudefroy-
Demombynes, G. Margais, E. Lévy-Provengal, R. Blachére, G. S. Colin
y H. Massé, que tanto nos han ayudado con sus consejos y con sus
trabajos.
IN TR O D U C C IÓ N

La España musulmana conoció, desde la conquista hasta finales del


siglo x, un régimen político que tendía a la sumisión de todos los elem en­
tos étnicos, ya fuesen de origen cristiano, árabe o bereber, y a la centra­
lización de todos los servicios administrativos en manos de un solo
hombre, el califa, cuya capital era Córdoba. El últim o artífice de la
concentración de estos poderes, tanto espirituales com o temporales, fue
al-Mansür ibn Abl 'Am lr, o Almanzor; pero con la desaparición de este
gran gobernante, la obra realizada a lo largo de los siglos precedentes se
derrumbó de golpe.
El final del siglo iv de la Hégira, que corresponde a los comienzos del
siglo x i d. C., está marcado, en efecto, p or acontecimientos que van a pro­
vocar un cambio profundo en la situación política de la Península Ib é­
rica. El hecho que desencadena toda una serie de disturbios, que los
historiadores árabes denominan fitna, parece bastante inesperado: 'Abd
al-Rahmán Sanchol, h ijo de al-Mansür ibn Abi 'Am lr, se hace reconocer
solemnemente com o presunto heredero (w ali a l-'a h d )' del califa omeya
Hisám al-Mu’ayyad, que Alm anzor había tenido bajo su tutela durante
todo el período de su hüyiba. Tranquilizado por este acto con respecto
a las intenciones de los personajes que rodean al califa, 'Abd al-Rahmán
Sanchol, o Sanchuelo, parte en campaña contra los cristianos (en
399 = 1009). Expediciones de este género tuvieron lugar frecuentemente
bajo Alm anzor y su sucesor, al-Muzaffar, en ocasiones dos p or año, y estos
grandes ministros siempre encontraban a su regreso una capital sumisa
a sus voluntades y dichosa de festejarles com o paladines del Islam. Pero
con el segundo h ijo y sucesor de Alm anzor la situación cambia totalmente.
Apenas llegado Sanchol al noroeste de la Península en su lucha contra los
gallegos, tiene lugar una conjura en Córdoba, que destituye al califa
Hisám al-Mu’ayyad y proclama en su lugar a Muhammad ibn Hisám ibn
1 A c ta r e d a c ta d a por el v is ir-s e c re ta r io Ib n B u rd al-A sgar. C f. D ozv, H M E 2,
I I , 283.
'Abd ai-Yabbar ibn al-Nasir, del linaje de los omevas, que toma el título
de al-Mahdí.
Este hecho parece insignificante en sí mismo: Córdoba había conocido
otras muchas intrigas palaciegas y el regreso de Sanchol parecía suficiente
para restaurar el orden, pero el nuevo háyib fue muerto por los soldados
de al-Mahdí cerca de Córdoba, y su muerte marcó el comienzo de un largo
período de disturbios.
Se crean diversos partidos, y en un principio las disensiones parecen
provocadas sólo por ambiciones políticas que los historiadores explican,
demasiado simplistamente, en base a una rivalidad entre árabes mudaríes
y árabes yemeníes; los primeros, subyugados durante largo tiempo por la
fuerte autoridad de Almanzor, que era yemení, querían tomarse la revan­
cha y, aprovechándose de la ausencia de Sanchol, recuperar el poder pro­
clamando otro califa que les fuera adicto. Los acontecimientos, vistos
en su apariencia y en la lejanía, pudieron presentarse así ante los his­
toriadores árabes; pero hacía ya largo tiempo que los vocablos m udari
y yamani habían perdido todo su valor étnico y político. Sorprende encon­
trar en los cronistas de la época la expresión ahí al-Andalus, «lo s habitan­
tes de al-Andalus», para designar a los partidarios de este cambio político
en el ám bito español. Térm ino un tanto vago, pero que adquiere toda su
precisión poco tiempo después cuando un elemento bien definido entra
en escena para jugar un papel muy importante: nos referim os a los
bereberes.
Sabido es el papel que los bereberes, a los que se había hecho venir de
A frica a España en el momento de la disolución de los yund-s, desempe­
ñaron en la política de Alm anzor en tanto que fuerza armada incondicio­
nal a su jefe. P or tradición parecía natural que permanecieran adictos al
sucesor de este m inistro cuya grandeza no tuvo futuro. Descontentos con
Sanchol, se aliaron a al-Mahdí y, gracias a su apoyo, el anticalifa logró
triunfar de su adversario; pero los acontecimientos iban a demostrar que
una política omeya no respondía ya a la realidad. La política de contra­
peso para debilitar a un partido no podía ser ya obra de la voluntad de
un solo hombre. Los bereberes se dieron cuenta bien pronto de que
al-Mahdí, com o los habitantes de Córdoba, los detestaba: las antipatías
de raza imponen a la política sus razones profundas. Los bereberes sugie­
ren al omeya Hisám ibn Sulaymán ibn al-Násir que se haga proclamar
califa; el pueblo de Córdoba se subleva; el Hisám de los bereberes es
prendido y llevado ante al-Mahdí, quien, asustado sin duda, le condena
a muerte.
Esta muerte, la segunda en un intervalo de pocos años, señala, más
que la de Sanchol, el período de disturbios que llevarían a la caída defini­
tiva de los Omeyas y a la form ación de principados que iban a repartirse
Ja Península.
Todos los historiadores árabes son conscientes de la responsabilidad
que este acto inconsiderado hizo pesar sobre al-Mahdí: «Fue, dice Ibn
Hayyán, al-Mahdí quien rom pió la unidad (musulmana) en Córdoba
y quien originó la fitna devastadora: \ Del mismo modo se expresa Ibn
al-'Abbár: «Fue él quien suscitó la fitna en España (al-Andalus), quien
reanimó el fuego casi extinguido y quien desenvainó el sable enfundado
en su vaina» «el prim ero que encendió el fuego y transm itió en herencia
el o p rob io » \
Nuestro propósito en este capítulo prelim inar no es la exposición
de los acontecimientos que marcaron la historia de la España musul­
mana durante el siglo xi. Otros lo han hecho con tal competencia y talento
que nos eximen de insistir sobre el tema No queremos demorarnos
en estos hechos, cuya simple exposición sería muy monótona, más
que lo necesario para descubrir el hilo conductor y destacar la idea
fundamental que le confiere una unidad. Actuando asi podremos com ­
prender m ejor uno de los caracteres esenciales de la poesía en la España
del siglo xi y lo que ella debe a los orígenes étnicos del pueblo que la ha
concebido y expresado.
Tras la muerte del candidato a califa de los bereberes — Hisám— por
al-Mahdí, se constituyen dos grandes bandos de enemigos declarados: el
bereber y el andaluz, con un califa cada uno, mientras que el verdadero
califa. Hisám al-Mu'ayvad, arrastrará una existencia insignificante y ate­
morizada en el palacio de Córdoba.
El partido bereber sostiene prim ero como califa a un omeva de carác­
ter débil, al-Musta'ín (Sulaym an), sobrino de Hisám ibn Sulavmán, muerto
por al-Mahdí. Este Musta'ín será muerto a su vez en 407 = 1016, y en lo
sucesivo los bereberes elegirán sus califas entre los Hammüdíes, una fam i­
lia de descendientes del Profeta muy berberizados.
Frente a este partido de origen africano se crea otro partido, en apa­
riencia heterogéneo, pero al que da una gran cohesión el odio común a los
bereberes. Es este grupo el que aglutina a los últimos miembros de la
familia omeva — los 'Am iríes— y sus clientes eunucos y esclavos o eslavos

: « M n f a r r iq a l-y a m a a b i-Q u rtu b a w a -m u n b a 'it tilk a l-fitn a a l-m u b ir a », en Ib n


B assám , a l-D a jira . I I (O x fo r d ), 5 b-6 a, y en A bba d ., I, 244.
3 « B a i t a l-fitn a b i-l-A n d a lu s, m ü q id n a rih ü a l-ja m id a , s a h ir sa y fih ü a l-m u y m a d »
( a l-H u lla t a l-siy ará ', en N o tic e s , 159).
4 «A w w a l m an a rra t n á rahá w a -a w ra t s a n á ra h á » (a l-H tilla , en N o tic e s , 168).
5 N o s lim ita m o s a r e m itir al le c to r a la c lá s ic a H is to ir e des M u s u lm a n s d ’E spa-
gn e d e D ozy, en la segu n d a ed.. I I , 276-346; t. I I I , pp. 1-182; E. L é v i-P ro v e n g a l,
F ra g m e n ts d 'u n e c h r o n iq u e des M u lü k a l-T a w d ’if, te x to en al-B ayan, I I I , 289;
traduc. en H M E 2, I I I , A p é n d ic e I I , 215-236; A. P r ie t o V iv e s , L o s R eyes de Taifas.
C f. ta m b ié n las su g es tiv a s p á g in a s de G. M ar^ais, en M a n u e l d ’a rt m u s u lm á n , t. I
(1926), 293-305, de Ch. D iehI y G. M a rga is , L e m o n d e O r ie n ta l de 395 á 1081, p á g i­
nas 566-567, de H . T e rra s s e , en L ’a rt h is p a n o -m a u re s q u e des o rig in e s au X I I I ' siécle.
187-194, 209, 210, d e Ch. P e tit-D u ta illis y P. G u in ard , L 'e s s o r des E ta ts d 'O c c id e n t,
p áginas 294-314.
(saqüliba), y sobre todo a la población de las grandes ciudades com o Cór­
doba, Sevilla o Alm ería, y cuyo candidato será, en competencia con Hisám
al-Mu’ayyad, prim ero al-Mahdi, luego al-Murtadá y, sucesivamente, al-
Mustazhir, al-Mustakfí, al-Mu'tadd (m uerto en 428 = 1037 en Lérida, que
marca el fin de los omeyas en España). A este partido le daremos el nom­
bre de partido español, aunque los historiadores árabes lo han denomi­
nado siempre andaluz (andalusl), a pesar de que el vocablo Andalus, del
que se deriva, señala generalmente a la España musulmana más bien que
a Andalucía.
Tras su designación com o presunto heredero, inmediatamente después
de la muerte de su hermano 'Abd al-Malik al-Muzaffar, Sanchol trata de
congraciarse con los notables de las «dos razas», invitándoles a un ban­
quete (nádam wnyuh al-yinsavn), y el historiador que nos suministra este
dato precisa que esas «dos razas» son los bereberes y los andaluces (a ni
al-Bardbir wa-l-Andalus) 6.
Al com ienzo de la fitna el je fe de los bereberes, Záwl ibn ZIrí ibn
Manad, evalúa sus fuerzas en función de la ahí al-Andalus, es decir, «la
población de la España musulmana» o de la «población andaluza» 7.
Cuando Záw í derrota a las tropas partidarias del califa al-Mutardá y da
muerte al propio califa, «la nueva — dicen los historiadores árabes— de
la muerte de al-Mutardá y de la derrota de los españoles (al-Andalusiyyün)
le llegó a al-Qásim ibn H am m üd» 8.
Como se ve, la palabra Andalus o Andalusiyyün designa, en general, a
todos los partidos alzados contra los bereberes, a todos los grupos, sea
cual sea la raza a la que pertenecen, que defienden el territorio español
contra los extranjeros.
N o obstante, cuando los historiadores quieren precisar más, hacen una
distinción entre los 'Am iríes y los andaluces. «Abü-l-'Abbás Ibn Dakwán
el Cadí, los notables de entre los esclavos 'amiríes (wuyüh as-Saqaliba al-
am iriyyün) y los notables andaluces (wuyüh al-Andalusiyyin) llegaron a
Córdoba — dice el autor del Bayan 9— mientras que Sanchol permanecía
en el reducido grupo form ado por su harén, sus mercenarios (hasam) y las
tropas cristianas mandadas p or Ibn Gómez.»
El conjunto de la población española form ando bloque para defender
su unidad nacional contra los bereberes se designa con la palabra
al-yamaa. Hisám ibn al-Hakam es el califa campeón de la nación hispano-
musulmana (sáhib al-yam aa) en contraposición a S u l a y m á n ibn al-Hakam,
que es el califa «cam peón de los bereberes» 10.

b A l-B a y a n , I I I , 47, y A 'm a l, 109.


7 A l-D a jir a , I (P a r ís ), 121 r.° ( y en A b b a d , I I I , 128). Ed. d e E l C a iro , I, 1, 401.
8 A 'm a l, 152-53. C o m o s a b em o s, la d e r r o ta d e al-M u rta d á se d e b ió en g ra n p a rte
a la d e s e r c ió n d e lo s 'A m ir íe s al m a n d o d e J ay rá n e l E s la v o .
9 A l-B a y a n , I I I , 71.
Este antagonismo entre españoles y bereberes aparece netamente
exacerbado en las luchas de la fitna. Odio tan feroz no se había manifes­
tado nunca antes; la lucha es sin tregua ni cuartel. N o son respetadas las
mujeres, ni los niños, ni los ancianos; la cólera se descarga también en
los edificios y los cultivos. La devastación de España, y sobre todo de
Andalucía, tiene su com ienzo a principios del siglo x i (volverem os sobre
este tema en relación con las descripciones hechas p or los poetas). El
terror que los unos inspiran a los otros es similar: un sabio cordobés es
enterrado en 415 = 1024 en una plaza de Córdoba, Rahbat 'Azlra, porque
se teme un encuentro con los bereberes si se lleva el cadáver al cemente­
rio A un sinháyl se le da tierra a escondidas en la tumba preparada para
otro muerto sin haberle lavado previamente, sin envolverle en el sudario,
sin pronunciar siquiera las oraciones fúnebres 12. Al-Qásim ibn Hammüd,
al recibir con honores a una comisión bereber, provoca una revuelta de
los cordobeses y el asesinato de los huéspedes, que las leyes de la hospita­
lidad hacían sagrados 13.
Se podrían seguir citando múltiples ejemplos. Este odio es, p or otra
parte, com partido por las tropas cristianas, catalanas generalmente, que
responden a las llamadas de uno u otro bando, pero hay que destacar
que es sobre todo contra los bereberes donde se da libre curso al odio
cuando el partido español solicita su alianza. Tras la batalla de Guadiaro
(W ádi Aruh), los españoles, aun con la ayuda de los cristianos, son venci­
dos por al-Musta'In, y retroceden hacia Córdoba: el terror y el odio son
tales que los cristianos catalanes asesinan sin piedad a toda persona que
presente algún parecido en traje o fisonom ía con los bereberes ’4.
Nada expresa m ejor este odio recíproco que la palabra 'asabiyya, de la
que se sirven los genealogistas e historiadores árabes para destacar el
espíritu de cuerpo o la solidaridad de raza que enfrentaba a las tribus
de origen mudarí o yemení. A comienzos del siglo x i existe una 'asabiyya
barbariyya, com o también una 'asabiyya andalusiyya.
La antipatía que separa a las dos facciones la reflejan los historiadores
árabes en una expresión característica: «la repulsión natural» (al-nafára
al-tabi'iyya) l5. Ibn Hayyán, a propósito de Beja (en el Algarbe, al sur de
Portugal), nos aclara la significación de la 'asabiyya andalusiyya con estas
palabras: «L a solidaridad que existía entre los árabes y los muladíes

10 A 'm a l, 148 dl-149, I, 1. V . ta m b ié n la C h r o n iq u e a n o n y m e des M u lü k a l-T a w a 'if,


en a l B ayán, I I I , 311; trad . L é v i-P ro v e n g a l, en H M E 2, t. I I I , A p é n d ic e I I , 231,1. 9 af.
" Ib n B a s k u w á l, a l-S ila , 257; L é v i-P ro v e n g a l, L ’E s p a g n e m u s u lm a n e au X c s iécle,
209, nota, 1. 16-18.
12 A l-Ih á ta (C a ir o ), I, 288 (s e g ú n Ib n H a y y á n ).
13 A 'm a l, 157.
14 H M E 2, I I , 299, y R e c h e rc h e s 1, 246; al-B ayan, I I I , 97, 103.
>5 A 'm a l, 261.
(m uw allad) (al-'asabiyya bayn al-'Arab w a-l-M uw alladtn)» es decir, entre
los árabes y los descendientes de los cristianos convertidos al Islam ’7.
Cuando los Omeyas desaparecen de escena, en 428 = 1037, a la muerte
del últim o califa, al-Mu'tadd, en Lérida, el bloque español, que concentra
todos sus esfuerzos sobre Andalucía para conservar Córdoba y Sevilla,
continúa la lucha contra el bloque bereber, pero m ultiplicando los centros
de resistencia por toda la España musulmana. Acabado el período de la
fitna, los historiadores denominan al período que la sigue el de los ta w a if
(plural de ta ifa ), es decir, de los partidos que se reparten España, d iri­
gidos por jefes que son antiguos gobernadores de provincias o caudillos
militares.
El autor de al-Baydn ls nos muestra así la constitución de los dos gran­
des partidos en la España del año 435 = 1043:
1.° El partido español o andaluz está representado por Muhammad
ibn Yahwar, de Córdoba; Ibn 'Abbád, de Sevilla; Sulaymán ibn Hüd
al-Yudámi, de Zaragoza; Muqátil el Eslavo, de Tortosa; Abd al-'Azíz ibn
Abl 'Am ir, de Valencia; Ibn M a n (léase Ma'n ibn Sumádih), de Almería;
Sa'id ibn Rufayl, de Segura; Abü Nür ibn Ab! Qurra, de Ronda y de
Tákurunná; Isháq ibn Muhammad al-Birzálí, de Carmona; Ibn Nüh, de
M orón; Ibn Jazrün, de Arcos.
2.° El partido bereber comprende: Idrls ibn Yahyá, de Málaga; Bádls
ibn Habbüs el Sinháyl, de Granada.
Otros príncipes se mantienen en una prudente reserva; éstos son:
Ibn al-Aftas, de Badajoz; Muyáhid al-'Amirí, de Denia; Yahyá ibn Dü-1-
Nün, de Toledo.
Los dos partidos luchan todavía por un califa, pero el pretendiente de
los andaluces no es más que un esterero, sosias de Hisám al-Mu’ayyad,
que los 'Abbádíes han puesto en evidencia para ocultar sus designios.
El califa de los bereberes es el imán Idrís ibn Yahyá, cuya autoridad
espiritual y tem poral no rebasa el territorio de Málaga y Granada.
Sin duda este cuadro no nos presenta la lista com pleta de los M ulük
al-taw aif o príncipes menores que se repartirán España a la desaparición
de los Omeyas, pero tiene para nosotros el interés de concretar una polí­
tica instaurada por el peso de las circunstancias desde comienzos del
siglo xi: queremos decir una política española o andaluza. Los campeones
de esta política serán los 'Abbádíes de Sevilla, que, por medio de guerras
hábilmente emprendidas, a través de la traición cuando la mera fuerza les
parece im potente o que necesitará de un largo plazo para triunfar, por un
juego de alianzas cimentadas en matrimonios o regalos fastuosos a otros
príncipes, extenderán sus territorios — bien exiguos en un principio— a

16 A l-D a jira , I I (O x fo r d ), 3 r.° (y en A bba d , I, 223).


17 S o b re los m u w a lla d -s, cf. in fra , pp. 260 v ss.
'» A l-B a y an , I I I , 219-220.
expensas de los príncipes zanáta del sur y suroeste de la Península: los
Banü Birzál, de Carmona; los Banü Ifran, de Ronda; los Banü Dammar,
de M orón; los Banü Jázrün, de Arcos; los Banü Yahvá, Banü Bakr,
Banü Muzaym, Banü Hárün (N iebla, Huelva, Saltes, Silves y Santa María
del Algarbe); los Hammüdíes (parte del territorio de Granada y de M ála­
ga, sobre todo en la región de Algeciras); los Banü Sumádih o Banü
Tuyib, de Almería; los Banü Yahwar (Córdoba caerá por entero en manos
de los 'Abbádíes); los Banü Tavfür (de M ertola); los Banü Táhir (de
Murcia).
Esta política es todavía española, en el sentido de que adm ite las alian­
zas entre musulmanes y cristianos. Los 'Abbádíes, en su tentativa de
obtener la hegemonía en la Península, creyeron actuar bien al seguir una
tradición política que databa de la fitna y que era consustancial a las
aspiraciones profundas del pueblo hispano-musulmán, pero que tendría
consecuencias muy graves a fines del siglo xi. Castellanos y catalanes
habían tomado parte en las luchas entre bereberes y andaluces a com ien­
zos de este siglo 19. Su intervención, si se hacía necesaria, no se obtenía
sin concesiones: territorios, fortalezas, tributos anuales debían ser cedi­
dos o acordados, y esta dependencia frente a los príncipes cristianos del
N orte pondrá en grave aprieto a los M ulük a l-Taw aif cuando se vean fo r ­
zados por los acontecimientos a escoger entre una política francamente
española o a seguir una línea de conducta netamente inspirada en los inte­
reses del Islam.
Pero incluso cuando se vean impelidos a llam ar a los musulmanes
almorávides seguirán mostrándose antibereberes. «Les resultará muy des­
agradable, según expresión de un historiador-biógrafo, encontrarse entre
dos enemigos: los firany por el Norte y los musulmanes por el Sur» 20.
Se atribuye a al-Mu'tamid la siguiente frase: «P refiero ser cam ellero
[con los alm orávides] que porquerizo [con los cristian os].» Esta frase,
a la que no hay que conceder más crédito que a otras frases históricas,
debe, sin embargo, haber correspondido a algún propósito p roferido real­
mente, aunque es dudoso que haya tenido el sentido general que los cro­
nistas aplican a la fórm ula tal y com o ellos la transmiten. Significaba, en
un momento de excepcional gravedad, pensar exclusivamente en sí, ha­
ciendo caso om iso de su esposa I'tim ad, de sus hijos — sobre todo del
preferido: al-Rádí— , de su país; en fin, de la tradición política andaluza

19 E l c o n d e d e C a stilla , S a n ch o G a rcía , in te r v in o en la b a ta lla d e QantíS (c f. H M E -,


294-295, R . M e n é n d e z P id a l, L a E s p a ñ a d el C id, I, 94). L o s co n d e s c a ta la n e s R a im u n d o
d e B a rc e lo n a y E rm e n g a u d d e U r g e l to m a r o n p a rte en la b a ta lla d e 'A q a b a t a l-B a q a r
(c f. H M E 1, I I , 297 sp.). E l B ayan ( I I I , 86, 90) h a b la d e l c a p itá n c ris tia n o Ib n M á m a
a l-N a s rá n l o d e l c o n d e (a l-q iim is ) Ib n M á m a , qu e a p o y ó al c a lifa S u la y m á n y a los
b e re b e re s c o n tra los e s la v o s y o m e y a s ; fu e é l q u ie n d ijo d e los c o rd o b e s e s : «s o n
g e n te sin re lig ió n , sin v a le n tía y sin in t e lig e n c ia » (c f. in fra , p. 52, n. 17).
20 A n a l., I I , 674, 1. 4-5: k a rih ü an y a k ü n ü bayn ’adü w a yn a l-F ira n y m in s a m ü lih im
w a -l-M u s lim in m in y a n ü b ih im .
(o española) que le había legado su padre, al-Mu'tadid. Estas palabras
resultan demasiado chocantes en su persona para que demos crédito a los
historiadores que las han reprod u cid o21. El relato que nos parece mas
verosím il es el que incluye Lisán al-Dln Ibn al-Jatíb en A 'm al a l-a la m ",
tomado de una fuente antigua que no cita, pero que bien pudiera ser, a
juzgar p or el contexto, de Ibn Hayván o Ibn Bassám: -Al-Mu'tamid, nos
dice Lisán al-Dln, consulto a sus más íntimos allegados (a w liv a ) respecto
a las gestiones a hacer con los almorávides.
— Esfuérzate, le dice su hijo al-RasId, en zanjar este asunto con el
[p rín cip e] cristiano; no te precipites en introducir [en España] a aquel
que nos arrebatará el reino y dispersará el conjunto [coherente (al-saml)
que form am os]. Las personas [sensatas] son las que actúan [con
reflexión].
— H ijo mío, le respondió al-Mu'tamid, prefiero m orir de pastor en el
Magreb que hacer de España (al-Andalns) una tierra de infidelidad, ya que
la maldición de los musulmanes pesaría sobre mí por toda la eternidad.
— Padre, haced, pues, lo que Dios os señala.»
M om ento trágico en el que se enfrentan dos concepciones distintas,
una conform e a la lenta evolución de un pueblo que marcha hacia su
normal destino y la otra enzarzada aún en una red de preocupaciones más
cerebrales que afectivas, en la que el Islam no cuenta, sin embargo,
gran cosa.
El paso de abrazar el partido de los cristianos lo dara al-Mu'tamid algu­
nos años después, al tratar de rechazar al otro lado del Estrecho a los
bereberes alm orávides que él había llamado en defensa propia; pero era
ya demasiado tarde: las tropas cristianas que acudieron a su llam ad a2'
son insuficientes para rechazar al ejército de los * portadores del velo»
(M u la ttim ü m = Alm orávides).
La decisión que había tomado antes de Zalaca era contraria a todo lo
que se sabe de él en relación con los bereberes y a la línea de conducta
que le había trazado su padre, al-Mu'tadid. Éste había concentrado todos

21 P o r e je m p lo , Ib n a l-M a w á 'ín í (564 = 1168), R a yh án a l-albáb, en A bbad., I I , 8:


a w lá an a k ü n r ü 'i a l-y im á l m in an a k ü n rd 'i a l-ja n ü z ir; Ib n J allik an , W a fa y á t al-
a'ydti, E l C a iro , I I , 366, tra d . de Slan e, IV , 453; la-'an y a r'a aw ld dund y im a la h u m a h abbu
ila y n á m in an y a r'a w ja n d z ir a l-F ira n y ; a l-N a s ir!, a l-Is tiq s d , I, 113; trad . G. S. C olin ,
en A r c h iv e s m a ro ca in e s , t. X X X I , p. lo4; al-Ra\vd a l-m i'tá r, p. 85/106, r e p r o d u c id o en
A n a le cte s , I I , 678, y en A bba d., I I . 240-241. C f. H M E -, I I I , 124. S o b re el o r ig e n d e la
e x p r e s ió n -p o r q u e r iz o », cf. in fra , p. 245.
22 E d. L é v i- P r o v e n ia l, 281. V . ta m b ié n a l-H u la l al-m aw siyya, ed. de T ú n ez, 28
ir e p r o d . en A b b a d ., I I , 189); ed. A llo u c h e , 32, y a l-R a w d a l-m i'tá r, sv. a l-Z alláqa ,
p á g in a s 83-95/103-116.
23 C f. H M E 1, I I I , 145-146; A 'm a l. 189. A l-M u ta w a k k il, p rin c ip e a lta s i de B a d a jo z,
sus esfuerzos para luchar contra los príncipes zanáta y sinháya que le
acosaban por el sur y el sudoeste de su reino 24.
Siendo joven aún al-Mu'tamid, ¿no tuvo que lamentarse de los berebe­
res que entraron a form ar parte de su ejército mientras él operaba frente
a Málaga, y que fueron la causa de su fracaso? 25.
¿N o es el héroe de una historia que nos relata al-Hiyárl y que muestra
de manera sorprendente los sentimientos de los bereberes y andaluces los
unos para con los otros en la época misma del reinado de al-Mu'tamid,
cuando la codicia del príncipe de los almorávides comenzaba a hacerse
patente en la Península? «E l príncipe de los musulmanes, Yüsuf ibn
Tásufín, dice el autor del Mushib, regaló a al-Mu'tamid una esclava que
sabía cantar (yáriya muganniya) que procedía de Marruecos (al-'Idw a) (los
marroquíes detestan por naturaleza a los españoles); se la llevó a Sevilla
cuando se había generalizado el tem or de que el sultán de los m ulattim -s
(portadores del velo = alm orávides) aspiraba a arrebatar España a los
m ulük al-taw aif. El espíritu de Ibn Abbád (al-M u'tam id) estaba preocu­
pado con este pensamiento. El príncipe salió con su esclava para dirigirse
al palacio de al-Záhir, situado a orillas del Guadalquivir, y se instaló [en
un salón] para beber vino. Cuando se sentía ligeram ente ebrio, a la esclava
se le ocurrió cantar estos versos:

1. E llo s lle v a n c o ra zo n e s de le ó n e n tre sus c o s tilla s y e n r o lla d o s sus


tu rb a n tes ('a n ta ’im ) s o b re lunas.
2. E l d ía d e l c o m b a te han c e ñ id o e sp a d a s in d ia s, m ás c o rta n te s,
cu an d o e s tá n d esen va in a d a s, qu e lo s d estin os.
3. S i te a te rra n , estás o b lig a d o a lib r a r las b a ta lla s m ás d u ra s; si te
in s p ira n c o n fia n za , te in s ta la s en una m o ra d a de c o m p le to r e p o s o 26.

Al-Mu'tamid tuvo la intuición de que ella se refería a sus señores (alm o­


rávides) y, encolerizado, arrojó a la esclava al río, donde p ereció» 27.
Sorprende este gesto brutal del príncipe andaluz; la embriaguez por sí
sola no basta a explicarlo; en todo caso, conservó la suficiente lucidez
de espíritu para com prender los versos. Una palabra le hizo aguzar el
oído: ’a m a im ; sólo los bereberes llevaban «tu rbante», y su gesto es el del
hombre en el que se despierta el odio por las gentes de «la otra o rilla » y el
profundo apego a su clan.
Al-Mu'tamid brindará todavía una ocasión más a los historiadores

a c o s a d o p o r e l g e n e ra l S lr A b ü B a k r, tu v o e l m is m o g e s to : e n tr e g ó a A lfo n s o la
c iu d a d d e S a n ta re m , p r o m e tié n d o le in c lu s o B a d a jo z (c f. A 'm a l, 215).
24 C f. L é v i-P ro v e n £ a l, al-M u’ ta d id , en E n c y c l. i s i , I I I , 831: « E l (a l-M u 'ta d id ) n o
h a b ía te n id o o tro s e n e m ig o s qu e lo s b e re b e re s , m u su lm a n es c o m o él, p e ro m ás
le jo s d e su id e a l d e e s p a ñ o l qu e sus v e c in o s c ris tia n o s d e l N o r te . E n o tro s lu gares
le h u b ie ra n d e n o m in a d o e l «b e r b e r ó c to n o ».
25 S o b re e s te suceso, cf. H M E 2, I I I , 68-69.
26 R im a á ri, m e t r o k a m il.
27 Al-H i$'árí, a l-M n s h ib , en A n a le cte s , I I , 620-621.
de mostrar la antipatía que reinaba entre andaluces y bereberes. Al-
Marrákusl cita las palabras de al-Mu'tamid dirigidas a al-Mu'tasim acerca
de Yüsuf ibn Tásufín: «¿Q uién es ese miserable, quiénes son esos solda­
dos? Estas gentes estaban en su país ganándose duramente la vida; que­
riendo hacer una buena obra, les llamamos para darles de comer, pero
cuando estén saciados les devolverem os a su lugar de procedencia» 28.
El mismo al-Mu'tasim, ¿no se había mostrado «andaluz» por el mero
hecho de acoger en su territorio al poeta al-Sumaysir perseguido por los
esbirros de 'Abd Alláh ibn Buluggln, príncipe de Granada, por haber sati­
rizado a los b ereberes?29.
Un últim o hecho mostrará el antagonismo no sólo entre españoles de
la Península y bereberes de Marruecos, sino entre una fam ilia árabe
«andalusizada» de Zaragoza y una fam ilia de ascendencia bereber de T ole­
do, que a ojos de la prim era no parecía suficientemente evolucionada. El
autor de al-Bayan relata que Mundir ibn Yahyá, príncipe de Zaragoza, se
había casado con la hija de 'Abd al-Rahmán ibn Dü-l-Nün, hermana, por
consiguiente, de al-Ma’mün de Toledo; el h ijo de este matrim onio, Yahyá
ibn al-Mundir, fue mal visto por sus parientes más allegados al acceder
al trono a causa de la citada ascendencia, decidiendo asesinarle por ello
sus prim os de la rama paterna M.
En fin, bajo los almorávides, y en el momento de su máximo poder en
España, los kátib's, adictos a los conquistadores de la Península tras la
caída de los M ulük al-taw aif, pero que se mantuvieron españoles a pesar
de los acontecimientos, no temieron estigmatizar a los soldados bereberes
en las cartas que dirigían a su señor el bereber Yüsuf ibn Tásufín: dulce
venganza del letrado andaluz, que despr-ecia desde el fondo de su corazón
a estos africanos groseros que mancillan el suelo de E spaña31.

28 A l-M a rrá k u sI, H is t. A lm o h ., 96/117; R e c h e rc h e s 1, 118; H M E 1, I I I , 139.


29 A nal., I I , 280.
30 A l-B a y an , I I I , 221.
31 H is t. des A lm o h ., te x to D ozy, 127, E l C a iro , 114, trad . F agn an , 152-153. L a a n ti­
p a tía b e re b e ro -a n d a lu z a to m a r á a c o n tin u a ció n un c a riz e x c lu s iv a m e n te lite r a r io :
e l q u e in s p ir a rá las E p ís to la s d e Ib n S a 'Id a l-M a g rib ! y las d e a l-S a q u n d l a fin a le s
d e l s ig lo X II y c o m ie n z o s d e l x m (c f . A n a le cte s , I I , 121-126, 126-150. D. E. G a rc ía
G ó m e z ha h e c h o una tra d u c c ió n al e s p a ñ o l de la R is á la de a l-S a q u n d i b a jo el títu lo
d e E lo g io d e l Is la m E s p a ñ o l, M a d rid -G ra n a d a , 1934), s o b re los b o c e to s d e los dos
Ib n H a z m (A b ü M u h a m m a d a l-Z á h irí y A b ü -l-M u glra el V is ir ). U n o y o tro , en e fe c to ,
re s p o n d e n a lo s re p ro c h e s qu e Ib n a l-R a b lb a l-T a m lm l al Q a y ra w á n l h a cía a los
an d a lu c es d e n o h a b e r s a b id o e s c o g e r n i h a ce r v a le r el p a tr im o n io lite r a r io de la
E sp a ñ a m u su lm a n a. L a resp u esta d e l p r im e r o la r e p ro d u c e a l-M a q q a rl en el N a fh
a l-tib ( A n a le c te s ), 11, 109-121; la d e l segu n d o, s ó lo en fra g m e n to s , ha p e rm a n e c id o
in é d ita (c f . a l-D a jira , ed. d e E l C a iro , I, 1, 113). E s a A b ü -l-M u glra y n o a Abü
M u h a m m a d a q u ie n Ib n a l-R a b lb d ir ig ió sus rep ro c h e s (c f. A n a le cte s , I I , 108-109).
É n lo s s ig lo s p o s te rio re s , hasta la c a íd a d e G ran ad a, en 1492, los e s c r ito re s del
O c c id e n te m u su lm á n s ig u iero n d e s ig n a n d o a los m u su lm a n es d e E sp a ñ a con el
n o m b r e d e esp a ñ o le s o an dalu ces, y u n o d e e llo s d ir á d e l e jé r c it o d e lo s nasríes
q u e e s ta b a c o m p u e s to d e d os e le m e n to s (s in fñ n ): de a n d a lu ces ( o e s p a ñ o le s ) y de
b e re b e re s (c f. Ib n al-Jatib, a l-L a m h a t a l-ba d riyya , 21).
Así, pues, los acontecimientos del siglo x i pueden considerarse como
un duelo entre españoles musulmanes y africanos bereberes. En ningún
momento, com o hemos visto, se ha tratado de los árabes, y no es que
hayamos dejado a un lado sistemáticamente esta palabra. Los historiado­
res árabes no la emplean o lo hacen tan pocas veces que da la impresión
de que sólo le conceden una importancia secundaria. Durante la fitna
existe un partido andaluz que agrupa a los Marwáníes (om eyas), los esla­
vos y bereberes «andalusizados» y un partido bereber; bajo los m ulük
a l-taw aif existe, com o ya se ha puesto de relieve: una t ai f a bereber, una
t ai f a andaluza, una tai fa eslava, pero no existe una t ai f a árabe 32; es pre­
ciso observar que la tai fa eslava, indecisa en un principio sobre el partido
a tomar, se alia unas veces a la t ai f a andaluza y otras a la t ai f a bereber,
según las ambiciones del momento; después, cuando la cuestión del cali­
fato no cuenta ya, tras la desaparición indiscutible del últim o Omeya,
sigue una política «españ ola» opuesta a la seguida por la tai f a bereber.

Los historiadores árabes han tratado de explicar la caída de la dinastía


Omeya en España, a comienzos del siglo xi, y su sustitución p or pequeñas
dinastías locales. Algunos de ellos se han lim itado a hacer una com para­
ción entre los reyezuelos españoles y los m ulük al-taw aif de Persia, tras
la muerte de Darío: «T o d o iba a la deriva — dice al-Marrákus!— ; las fron ­
teras se hallaban indefensas, despierta y excitada la codicia de los pueblos
vecinos de Rüm » 3\
Este paralelismo que se impuso en el espíritu de los citados historia­
dores, los cuales no supieron encontrar una expresión más adecuada que
la de m ulük al-taw aif para designar a todos estos malik-s en miniatura
que se repartieron, tras un período de cuarenta años de disturbios, el
territorio español, no merece que nos detengamos en él: ¿dónde aparece
en el im perio persa, dividido en satrapías, el equivalente de la raza espa­
ñola en form ación, alzada contra los extranjeros? Para nosotros, la expre­
sión m ulük al-Taw aif, o su traducción española Reyes de Taifas, no tiene
valor si no se le da el sentido de «reyes de partidos».
Ibn Sa'Id ( f 685 = 1286), tratando de encontrar disculpa a su país de
la acusación que contra él había form ulado el viajero geógrafo Ibn
Hawqal en el siglo x 34, atribuye la caída de los Omeyas al debilitam iento
de la autoridad debido a su falta de prestigio 3S.

32 L é v i-P ro v e n g a l, E sp. m us. X e siécle, 19-20.


33 H is to ir e A lm o h ., te x to d e D ozy, p. 64 ( E l C a iro , p. 56); tra d . Fagn an, p. 78.
C f. ta m b ié n A b ü -l-F id á’, a l-M u jta s a r f i a jb a r al-basar, E l C a iro , 1325, I, 46.
34 V. A n a le c le s , I, 130, 1. 10-13,' H M E \ I I , 125-126. C f. in fra , p. 52-53.
35 A n a le cte s , I, 131, 1.6 sg.
Al-W atwát ( t 718 = 1318), en los Manáhiy al-fikar, declara que «la
Península no dejó de vivir en orden, otorgando a su soberano obediencia
dictada por el afecto, hasta el día en que el exceso de bienestar abrió a sus
habitantes el camino de la insubordinación y de la hipocresía» 36.
Ibn Jaldün ( t 808 = 1406), cuando estudia las vicisitudes de las tribus
árabes y de los im perios musulmanes, intenta destacar la razón de lo que
él llama «decadencia de la dinastía Omeya en España»: «E lla sucumbió
— dice— tan pronto com o perdió el apoyo de los árabes, cuyo espíritu de
cuerpo ( ’asabiyya) la había sostenido... España era entonces un país cuyo
espíritu de tribu y de cuerpo había cesado de existir... (Los reyezuelos)
reinaban aún cuando los almorávides de la tribu de Lamtüna, pueblo cuyo
espíritu de cuerpo era entonces muy fuerte, atravesaron el Estrecho, los
despojaron y depusieron. Los reyezuelos españoles no tenían fuerza para
defenderse porque les faltaba el apoyo de esa solidaridad de raza y espí­
ritu de cuerpo que funda y protege los im perios» 37.
Ibn Jaldün no nos parece lejos de la realidad cuando habla de un cam­
bio profundo en la manera de vivir de los musulmanes de España y de un
debilitam iento del espíritu de cuerpo peculiar de las tribus árabes. Pero
decir que en España «e l espíritu de cuerpo había dejado de existir» es
negar la existencia de un partido andaluz o español del cual hemos mos­
trado en líneas anteriores su fuerza com bativa contra los bereberes 37bl\
Un nuevo espíritu de cuerpo o, m ejor dicho, un nuevo espíritu de soli­
daridad nacional se revela en España en el siglo X I, lo que se debe a una
fusión de los elementos étnicos que se había acentuado en el siglo x, sobre
todo en la época de Almanzor, cuyos efectos se dejan sentir con especial
acuidad a principios del siglo xi.
Cuando al-Mahdl marchó contra sus enemigos en Qantls contaba en su
ejército no sólo con faqlhs y burgueses, sino también con carniceros
('annázün y yazzarñn), carboneros (fahham ün), barrenderos (zabbalün)
y otros elementos dispares plebeyos ( s ai r gawga al-aswüq) 3\ y si resultó
vencido es porque un ejército nacional, incluso cuando está impulsado
por sentimientos patrióticos, no puede luchar contra mercenarios o solda­
dos profesionales si no está iniciado, aunque no sea más que someramen­
te, en el m anejo de las armas y de la táctica m ilitar y enmarcado por jefes
experimentados. Se encontrará esta misma preocupación de apoyarse en
todas las fuerzas del reino en Abü-l-Qásim Muhammad ibn 'Abbád y en

36 C f. F agn an , E x tr a it s in é d its re la tifs au M a g h re b , 66.


37 P r o lé g o m é n e s , te x to Q u a tre m é re , I, 280-281; trad . d e Slan e, I, 320-322.
37 bis ib n H a zm , en Ib n H u d a y l, T u h fa t al-a nfü s, en L é v i-P r o v e n g a l, E sp. M u s u l.
du X ‘ s iécle, p. 134, n. 3.
38 Ib n a l-R a q lq , en A n a le c te s , I, 379; al-B ayán, I I I , 56-74; H M E 1,, I I , 285, 287,
295; a l-D a jira , I , 1, 31; H M E 2, I I , 287: « E s t e e jé r c it o te n ía c o m o o fic ia le s s u p e rio re s
h o m b re s d e l p u e b lo o d e la c la s e m e d ia : m é d ic o s , te je d o r e s , c a rn ic e ro s , g u a rn ic io ­
neros. P o r p r im e r a v e z la E sp a ñ a m u su lm a n a e ra d e m o c r á tic a ; e l p o d e r había
e s ca p a d o d e las m an o s n o s o la m e n te d e los 'a m iríe s , s in o d e lo s n o b les en g e n e ra l.»
su hijo al-Mu'tadid, que, no obstante, no desdeñó la cooperación de fuer­
zas mercenarias 39.
N o deja de tener interés el que un cronista de la época haya tratado
de caracterizar la sociedad de comienzos del siglo x i dividiéndola en clases
en las que la raza no juega ningún papel importante 40; es notable que en
el grupo que, a juicio del autor, constituye «la parte más noble del país,
que detenta la parte más considerable de la autoridad, que cuenta con la
mayoría de las gentes más relevantes», figuran los a'yam, esto es, los
cristianos mozárabes.
Se puede hablar, pues, sin pecar de arbitrariedad de una población
«andaluza» e intentar definir sus características generales a base de las
obras de autores árabes españoles.
Ibn Hazm (Abü Muhammad) cree reflejar m ejor la realidad recurrien­
do a comparaciones con otros pueblos de la tierra: «L o s españoles (ahí
al-Andalus) son chinos p or la perfección ( itqan) de su trabajo y la preci­
sión (ihk á m ) de la artesanía y artes decorativas (al-mihan al-süriyya);
turcos por la práctica de la guerra, el manejo de las armas y la previsión
de municiones de guerra y de boca ( m uh im m át) » 41.

39 A l-D a jir a , I I , 56; A bba d., I, 243: A q b a la a l-q á d i A b ü -l-Q á s im aw w a l w a q tih


y a d u m m a l-riy a l a l-a h rá r m in K u ll s in f; A l-B a yün , I I I , 205, y A 'm a l, 182, a l-D a jira ,
I I , 56, A b b a d ., I, 243: I q ta n ü a l-M u 'ta d id a l-g ilm a n w a -ta ja d a l-riy a l w a -n -ta q ü h u m
m in k u ll fir q a .
40 « L a p r im e r a clase, d ic e L is á n al-Dín Ib n al-Jatib, n o tie n e m ás p re o c u p a c ió n
qu e la de g o z a r de los b ie n e s de este m u n d o m u ltip lic a n d o e l n ú m e ro d e h ijo s ...:
son los [a n tig u o s ] c lie n te s (s a n a 'i') de a l-H a k a m , sus s e rv id o r e s (ju id á m ), sus
ayu d as d e c á m a ra f u m m á l), sus c ria d o s (f ity a n ) y o tro s h o m b r e s ...; la segu n d a
c lase está c o m p u e sta p o r el p e rs o n a l d e las o fic in a s d e la c a n c ille r ía (ú iw a n ), qu e
se c o n te n ta c on lo qu e la su e rte le d e p a ra ; es una c la s e a p a c ib le y tr a n q u ila q u e no
a s p ira m ás qu e a la p a z...; la te r c e r a es la de las gen te s qu e e s p e ra n o b te n e r
a u to rid a d y q u e a tizan , c u a n d o p u ed en , e l fu e g o (d e la d is c o r d ia ); . . .e n esta
ép o c a e ra la m ás d é b il...; la cu a rta la c o n stitu y en los h o m b re s qu e se p re o cu p a n
de este b a jo m u n d o ta n to c o m o d e l o tro ... y qu e o to r g a n c o n s id e r a c ió 'í a los qu e
están a la c a b e za d e la c o m u n id a d m u su lm a n a en las m e t r ó p o lis (u n im a h á t) d e l
país, lo s e s c la v o s (fity a n ), los p a je s (g ilm a n ), lo s m e d io c a s tra d o s (ta w ü s iy a ) y los
eu n u cos (jis y a n ); lo s e x tr a n je r o s (a ’y a m ) a lo s cu ales u n o se d ir ig e p o r m e d ia c ió n
de los d ra g o m a n e s ; los n iñ o s y las m u je re s . S on e llo s los q u e c o n s titu y e n la p a rte
m ás n o b le d e l país, la q u e d e te n ta la a u to r id a d m ás c o n s id e ra b le , qu e cu en ta con
la m a y o r c a n tid a d d e p e rs o n a s d estacadas... Son la m a y o r ía d e la p o b la c ió n ( y u m h ü r
a l-n á s ): fa q ih s y u lem as, p e rs o n a s de d is tin c ió n (j& ssa) o d e c o n d ic ió n osc u ra
(a l-d a h m a ’) . . . ; la q u in ta c o m p re n d e los p e c h e ro s qu e n o se p re o c u p a n sin o de
a q u e llo s qu e p u ed a n a lig e r a r sus c a rg a s o qu e c a m b ie n sus m o le s tia s en h o lg u ra ;
son los p e rd id o s (a w b á s ) d e lo s m e r c a d o s y los b ru to s v io le n t o s (h a m q a ’) qu e n o
te n d rá n p a r te alg u n a [en la v id a e te r n a ]...; la sexta m ir a h a cia el o t r o in u n d o...
y se ocu p a m u y e s p e c ia lm e n te d e su S e ñ o r; c o n s titu y e una g e n e ra c ió n p o c o n u m e­
rosa y s ó lo se la m e n c io n a p a ra o b s e r v a r una d iv is ió n (r ig u r o s a ); estos [d e v o to s ]
n o fa íta n en n in gú n p aís: son una b e n d ic ió n d e D ios e n tr e lo s s e rv id o r e s ; los santos
salen de e n tre e llo s » (A 'm a l, 51-56: a p r o p ó s ito d e H is á m al-M u ’a y ya d , h ijo de
a l-H a k a m ).
41 Ib n H a zm , R is á la , en A n a lecte s, I I , 105, y en A b ü H á m id al-G arn á tí, T u h fa t
al-albdb, ed. F erra n d , en J. A., 1925 (t. 207), p. 200; A l-N u w a v r l, N ih ü y a , I, 345-346;
L e rc h u n d i y S im o n e t, C re s to m a tía , 25. C f. in fra p. 333.
Ibn Gálib, genealogista y biografo andaluz del siglo vi = x n 4:, insiste
en las comparaciones matizándolas de antemano para m ejor caracterizar
el mosaico de razas en que, a su juicio, se constituye la poblacion anda­
luza: «L o s andaluces — nos dice— son árabes por su ascendencia genea­
lógica, por su orgullo y altiva independencia; por la elevación de su
pensamiento, la elocuencia de su lenguaje y la exquisitez de su alma: por
su poca paciencia para sufrir la injusticia; por la liberalidad con la que
dan lo que tienen; por su tendencia a librarse de cualquier clase de modes­
tia y a apartar de sí los [pensam ientos] viles.
— hindúes por la importancia que conceden a las ciencias, su amor
por ellas y el celo que les dedican para conocerlas y difundirlas con
exactitud;
— bagdadies por su cortesía (;.arf), limpieza, el refinamiento de sus
costumbres, viveza de espíritu, sutilidad de pensamiento, la altura de sus
miras, la generosidad de su caracter, la suavidad de sus ideas (adhan), la
agudeza de su pensamiento y la penetración de sus reflexiones:
— griegos por su talento para descubrir el agua, por el cuidado que
ponen en el cultivo de todo género de plantas, la selección que hacen de
toda clase de frutos, la habilidad para tratar los arboles y embellecer los
jardines y los huertos con toda variedad de legumbres y flores. Por todo
ello son los hombres más expertos en agricultura» 4i.
Pero todas estas comparaciones no le parecen suficientes a Ibn Gálib
para describir en profundidad la psicología del andaluz: abandona la tie­
rra por el cielo y declara, apelando a Ptolom eo, que "los españoles tienen
la constante preocupación — ya que están bajo el regimen de Venus
(al-Zuhara)— de vestir hermosos trajes y com er bocados escogidos, de ser
limpios y puros, amar los placeres y el canto e inventar nuevos aires musi­
cales; dado que sufren la influencia de M ercurio ('Utárid), llevan bien sus
negocios (husn al-tadbir), cultivan las ciencias, aman la sabiduría, la filo ­
sofía, la justicia y la e q u id a d »44.
He aquí una selección de dones que para sí desearían muchos pueblos;
está fuera de duda que los hispano-musulmanes han gozado de cualidades

42 C f. A n a lecta s, I I , 262 (p r im e r a lin e a d e p ro sa a los siete v e rs o s de rim a bah,


m e tr o s a ri', de Ib n a l-F a r ra ’ ): m in a l-m i'a al-sadisa.
43 Ib n G á lib , F a rh a t al-a nfu s, en A n a lecte s, I I , 104: estas c o m p a ra c io n e s se a tr i­
b u y en a Ib n H a zm , en A b ü H á m id al-G arn á tl, T u h fa t al-a lba b, ed. F erra n d , en J. A.,
1925 (T . 207), p. 200; a l-N u w a y rl, N ih a y a t al-arab, í, 345-340. <La s a b id u ría — p re te n d e
un a u to r a n ó n im o — ha d e s c e n d id o a la tie r r a p ara r e p a r tir s e en tres o rg a n o s
p e rte n e c ie n te s a tres p u eb los d ife r e n te s : el c e re b ro de los g rie g o s , la m a n o de los
ch in os y la le n g u a d e los á ra b e s .» C f. Anal., I, 152 (e x tr a c to d e Ib n J allik án , W a fa vü t,
ed. de E l C a iro . I I , 136 1. 3-2 af.: de Slane, I I I , 477). P e n sa m os en esos d e m o n ios ,
p a s to re s d e p u eb los, e n tre los cuales, si c re e m o s a P la tó n , S a tu rn o, en los c o m ie n ­
zos d el m u n d o, d is tr ib u y ó la d ire c c ió n de las d ife r e n te s n aciones. (C f. el T u n e o y las
Leyes, lib r o I V . )
44 Ib n G á lib , F a rh a t a l-anfus, en A n a lecte s, I I , 104. (V . Duaat, I n t r . a u x A n a lectes,
I, L X X I I - L X X I I I ).
que vienen tanto de Dionisio com o de Apolo; verdaderos artistas, han
mostrado tanto talento en las artes y en las letras com o erudición en la
jurisprudencia y las ciencias.
Si bien es cierto que la astrología y la comparación con otras naciones
indudablemente ponen al descubierto algunas ideas precisas sobre el
carácter andaluz, no llegan a definirlo por com pleto; tenemos la im pre­
sión de que este juego podría alargarse indefinidam ente porque tiene más
de retórico que de sociológico 45, y de hecho no sería d ifícil encontrar en
la literatura árabe 46 modelos o prototipos de este arte oratorio; inevita­
blemente se piensa en esos bellos alegatos apócrifos que a Kisrá, rey de
Persia, le gustaba tanto o ír de labios de los embajadores de las diversas
naciones del g lo b o 47; tampoco sería d ifícil probar que al-Yáhiz, con sus
Rasail, proporcionó no pocos argumentos a los autores españoles 4®.
«L o s habitantes de al-Andalus (España) — dice al-Maqqarl, cuya obra
se revela com o fuente fundamental para el estudio de lo hispano-musul-
mán— tienen en su conversación una form a de bromear, de decir las
cosas con determinada dulzura y de dar réplicas tan espontáneas, que
reducen al silencio al interlocutor. La cortesía ( i arf ) y las buenas maneras
(adab) son cualidades instintivas en ellos, y se dan tanto en sus hijos com o
en los judíos (sic) y con más m otivo en sus sabios y nobles (a k á b ir)» 49.
Sin duda, es trabajo en balde el tratar de caracterizar en pocas pala­
bras a los hispano-musulmanes del siglo xi, pero no todo lo dicho ante­
riormente es rechazable; en todo caso prueba que el andaluz, incluso para
los escritores musulmanes, no es un árabe puro; es árabe y algo más, que
los psicólogos y los sociólogos buscan fuera y lejos: en los hindúes, grie­
gos, chinos o turcos, cuando lo tienen al alcance de la mano, salta a la
vista: el hispano-musulmán es una amalgama de árabe, de ibero, de visi­
godo y de bereber, de persa (d e Bagdad) y de eslavo; es una feliz conjun­
ción de lo semita y de lo ario.
Al estudiar su literatura de imaginación, de la cual la poesía parece ser
la expresión más característica, no hay que pensar siempre y exclusiva­

45 E n c o n tra m o s el m is m o p r o c e d im ie n to en los a u tores qu e han d e s c r ito E sp a ­


ña. C f. in fra , p. 122.
4t' P au l M o ra n d , en R ie ti q u e la te rre , h abla de una A m é ric a «p u r ita n a en su c o r a ­
zón, es la v a en sus s en tid os, g rie g a en sus m ú s cu lo s » (e d . B ib lio th é q u e P lo n R e liée ,
p á g in a 23).
47 Ib n 'A b d R a b b ih , a l-'Iq d a l-fa rid , I, 124-126.
48 C f. a l- íá h iz , M a v m ü 'a t R a sü 'il, E l C airo , 2-81; ed. V a n V lo te n , T r ia o p u s cu -
la, 1-85.
49 A n a le cte s , I I , 259, 1.3 sg. Es de d e s ta c a r aqu í la a lu s ió n a los ju d íos, a los
qu e los h is to ria d o re s c o n s id e ra n c o m o fo r m a n d o p a rte de la p o b la c ió n an d a lu za
en ig u a ld a d d e c o n d ic io n e s con los m u su lm a n es d e c u a lq u ie r orig en .
mente en el origen sem ítico de sus representantes; no hay que perder de
vista que el pueblo hispano-musulmán del siglo xi no es más que una
prolongación étnica de la antigua población autóctona, y el crítico que
no quiera ver en la poesía española más que un reflejo de la literatura de
Oriente se arriesga a no considerar más que el lado menos interesante
de esta poesía.
PRIMERA PARTE

EL POETA:
Su formación y condición social
Los temas poéticos proporcionados
por la vida de la corte
Capítulo primero

MÉTODOS DE D IFU SIÓ N DE LA LENG UA ÁRABE


EN LA ESPAÑA M USULM ANA

Si los andaluces tendían cada vez más a diferenciarse, por sus carac­
terísticas étnicas, de los otros musulmanes, incluso de los del Magreb,
seguían siendo radicalmente orientales por el uso general que hacían de
la lengua árabe. En sus relaciones cotidianas e íntimas podían servirse
del árabe dialectal, del bereber o de la lengua romance, pero en sus rela­
ciones oficiales y en la correspondencia administrativa no empleaban más
que el árabe clásico. Los hombres de Estado: reyes, gobernadores, gene
rales, etc., tenían a gala escribirlo de manera satisfactoria; los magistra­
dos, los ministros y los secretarios debían conocerlo a fondo y em plearlo
con la máxima corrección. Tanto los seudocalifas de la fitna com o los
reyezuelos del período de Taifa-s, com o los almorávides después, se rodea­
ron de estilistas capaces de redactar la correspondencia oficial con todo
el refinamiento que habían tenido a gala los Ibn al-'Amid y los Sáhib ibn
Abbad en Oriente. Es curioso observar que las rivalidades entre las
dinastías no se manifestaron solamente en el terreno político; trataban de
superar a sus vecinos y rivales en la posesión de secretarios con repu­
tación de letrados altamente cualificados, que desesperaban a sus colegas
de otras cortes por el uso que hacían de palabras arcaicas. Al-Mu'tamid
trato de ganarse a Abu-l-Asbag Ibn Arqam, visir secretario de al-Mu'lasim,
príncipe de Almería, que su señor había enviado com o em bajador a Sevi­
lla; pero el visir rechazó cortésmente la oferta, v a su regreso a Almería
relato, con admirable franqueza, la tentativa de que había sido objeto ’.
En un capítulo de las Analectas de al-Maqqar! se puede ver el desdén

‘ Anuí., ri. 335-336.


con que se consideraba a los gobernadores que se contentaban con secre­
tarios de poca preparación 2. Todas las anécdotas que se cuentan de los
visires-secretarios y sus príncipes muestran que, si bien el uso de la lengua
árabe clásica correspondía a una necesidad de las cancillerías, era también
consecuencia de un gusto real por la cultura literaria.
El florecim iento de letrados que tiene lugar en el siglo x i no se debe
tanto a la protección y a la libertad que los reyezuelos otorgaron a todas
las manifestaciones intelectuales, incluso las filosóficas — veremos luego
las dificultades que sufrieron los poetas, que parecían los niños mimados
de estas pequeñas cortes andaluzas— , com o a la manera en que se había
asegurado la enseñanza del árabe clásico en España.
Tenemos inform ación muy precisa respecto a los métodos pedagógicos
al uso en la España musulmana del siglo xi. Basta con agrupar los datos
que los biógrafos y los cronistas árabes nos proporcionan acerca de los
cu rricu lu m vitae de uno u otro personajes, al insistir especialmente en sus
estudios, desde la adolescencia y juventud, e incluyendo los de la edad
madura. A estos datos dispersos hay que añadir el capítulo especial, con­
sagrado por Ibn Jaldün en sus Prolegóm enos, a la enseñanza musulmana,
en general, con las modalidades aplicadas en el Magreb y en España; si
su inform ación no parece aplicarse a una época precisa, al menos esta­
mos seguros de que, al transm itir las opiniones de Abü Bakr Ibn al-'Arabí
(468-543 = 1076-1148) sobre la enseñanza, tiene en cuenta muy especial­
mente el siglo de los m ulük a l-taw aif y de los almorávides:
« E l cadí Abü Bakr Ibn al-'Arabí — nos dice— propone [a los orienta­
les] en el relato de su viaje un plan de enseñanza muy original sobre el
que vuelve en varias ocasiones, añadiendo nuevas observaciones cada vez.
Según él, habría que seguir el sistema de los españoles y enseñar el árabe
y la poesía antes que las otras ciencias. He aquí sus palabras: "C om o los
poemas eran, para los antiguos árabes, registros [en los cuales incluían
todo lo que les parecía im portante], haría falta comenzar por el estudio
de la poesía y su lengua; la corrupción [gradu al] del lenguaje [qu e se
habla] lo exige imperiosamente. El alumno pasaría a continuación al estu­
dio del cálculo... Después se pondría a leer el Corán, del que encontraría
fácil el estudio gracias a estos trabajos prelim in ares"» 3.

2 C f. A n al., I I , 378-380.
3 Ib n Jaldün , a l-M u q a d d im a ( P r o lé g o m é n e s ), te x to Q u a tre m ére , I I I , 263; ed. de
B eiru t, p! 539; trad . d e Slan e, I I I , 289. P a r e c e ser qu e los a n d a lu ces p u s ie ro n en
p rá c tic a e l c o n s e jo q u e 'A b d a l-H a m íd ( t 132 = 750) d a b a a lo s s e c re ta rio s en una
c é le b r e e p ís to la : «B u s c a d c on a r d o r el c o n o c im ie n to d e to d o s los g é n e ro s lite r a ­
rio s (a d a b ) y tr a ta d d e h a ce ro s sa b ios en las c ie n c ia s r e lig io s a s e m p e za n d o p o r el
L ib r o d e D ios y p o r las p r e s c rip c io n e s d e la le y d ivin a . C u ltiv a d la len g u a árab e,
a fin d e p o d e r h a b la r c o n c o r r e c c ió n ; tr a b a ja d ta m b ié n en c o n s e g u ir una h e rm o s a
e s critu ra , pues el o r n a to d e b e e n g a la n a r v u e s tro s e s c rito s ; a p re n d e d d e m e m o r ia
Así, el «sistema de los españoles» es netamente diferente del de los
orientales y magrebíes. ¿No nos lleva esto lógicamente a atribuir una
concepción tan racional de la instrucción y la educación a la influencia
ejercida por la raza que se había constituido en España por la fusión de
los elementos étnicos en los que predominaba el ibero-romano? Cuando
en todo el mundo islámico las preocupaciones religiosas y morales ocupan
el prim er plano y hacen de las ciencias especulativas ('aqliyya) las siervas
y complementos de las ciencias tradicionales (naqliyya), en España, en el
siglo xi, sin dejar a un lado sistemáticamente las ramas del saber que
tienen por base el Corán y las tradiciones proféticas auténticas, se tiende
a conceder el prim er lugar a las ciencias secundarias llamadas especu­
lativas; antes que en la religión se piensa en el hombre, y la educación
tiende a desarrollar armoniosamente todas las facultades humanas; ella
es consecuencia de la introspección que los muytahid-s o investigadores
personales han instaurado en los estudios religiosos y que lleva a dos
extremos en los que en realidad no faltan puntos de contacto: el m isti­
cismo, por un lado, y el humanismo, por otro.
Y es, en efecto, un «hum anism o», incierto todavía en sus tendencias,
pero determinado en sus métodos, lo que el siglo x i inaugura en España,
y que constituye el acontecimiento más notable de la historia espiritual
del Occidente hispano-musulmán. ¿Resurgir del pensamiento antiguo que
sigue caminando, difuso, en el alma de los españoles, en la que la raza
árabe ha influido bien poco, o aparición espontánea, que expresa las
aspiraciones profundas de una raza? N o se sabe; tal vez haya que ver una
influencia marcada del espíritu judeo-cristiano y del pensamiento griego:
un filó so fo español, Ibn Masarra, del siglo x 4, nos invita a ello con razones
plausibles. En todo caso, este humanismo intelectual no parece un resul­
tado del pensamiento musulmán, sobre todo en Occidente. Cuando los
psicólogos españoles de expresión árabe dicen que el andaluz tenía, ade­
más de la «len gu a» árabe, el «cereb ro » del griego, no sabían hasta qué
punto acertaban, aunque hubiera sido más conveniente la expresión
«greco-rom ano»; se buscaría en vano en la literatura árabe de Oriente un
pensamiento tan humano com o el que ha expresado un gramático-poeta
de España, al-Zubavdl ( t 379 = 989), preceptor de al-Hakam II:

los p o e m a s (d e lo s á r a b e s ); fa m ilia r iz a o s c on las id e a s reb u s c a d a s y las e x p res io n e s


in s ó lita s qu e e n c ie rra n ; le e d la h is to ria d e lo s á ra b e s y d e lo s p ersas; re te n e d en
v u e s tra m e m o r ia los re la to s d e los g ra n d es h ech o s; to d o e llo os s e r v ir á d e g ran
a y u d a c u a n d o tr a té is d e m e d r a r » (c f. Ib n Jaldün , a l-M u q a d d im a [P r o le g o m é n e s ],
te x to Q u a tre m é re , I I , 26; trad . de Slane, I I , 30-31; ed. d e B e ir u t, 248-249; A. F. R ifa 'i,
'A s r a l-M a 'm ü n , I I , 54).
4 S o b re Ib n M a s a rra , cf. A s ín P a la c io s , A b e n m a s s a rra y su escuela. O ríg e n e s de
la f ilo s o fía h isp a n o-m u su lm a n a -, E n c v c l. Is l., Su ppl., 99-10Í. (a r t. d e A sín P a la c io s );
H M E 2, I I , 127-128, 277.
•L a tie rra e n tera , en su d iv e rs id a d , es una, y los h o m b re s son todos
h e rm a n o s y v e c in o s » 5.

Terencio habría encontrado en este aforism o un eco de su pensamien­


to: (Nada de lo que es humano me es ajen o» 6.
Se concibe fácilm ente que en la enseñanza de la España musulmana,
para concurrir a la form acion de este espíritu «hum ano», se diera cabida,
desde la más temprana edad, a un genero de «hum anidades» donde la anti­
güedad estaba representada por los poetas preislámicos y de los com ien­
zos del Islam, para continuar con el estudio de los ■<m odernos», es decir,
de los poetas y los prosistas del período 'abbásí.
La enseñanza, no retribuida ni regulada por el E sta d o 7, se impartía
por todas partes: las aldeas y los pueblos tenían escuelas primarias: los
centros de población mas importantes, cursos primarios v secundarios;
en las ciudades com o Sevilla, Córdoba, Toledo, Zaragoza, la enseñanza
era de tres órdenes: primaria, secundaria y superior; estas dos últimas
se confundían muy a menudo, y ello dependía de los profesores encarga­
dos de ellas. Los maestros, no retribuidos en un principio, recibían con
frecuencia pensiones, ya en dinero va en especies, del gobernador o del
principe, en general poco importantes *.
llniversidades del estilo de la de Nizámivya, que fue creada en 1065 en
Bagdad, no se dieron en España u. Córdoba, importante centro de estudios
en el siglo x bajo los Omeyas, pierde parte de su prestigio en el xi: la
dispersión de los reinos trajo la descentralización intelectual.
Nos es lícito creer que los reyezuelos en el siglo xi tuvieron a gala favo­
recer los estudios literarios, pero no es tan seguro que hayan concedido,
como el califa omeva al-Hakam, subvenciones a los maestros por enseñar

5 R im a a n ü, m e tr o sa ri'. Cf. A n a lecte s, I I , 51; D ugat, In t r o d u c t io n a u x A n a lecte s,


to m o I, p. L X V I I ; L. E c k e r, A ra b is c h e r... M in n e s a n g , 224. Abü-1-Salt de D enia
(■f 529 = 1134) d ir ía m ás ta rd e (r im a bi, m e tr o ta w il): «P u e s to qu e m i o rig e n v ien e
de la tie rra , toda tie r r a es m i p a tria y todos los h o m b re s del m u n d o son m is p a r ie n ­
tes p r ó x im o s » (c f. A n a lecte s, I, 532. É ste v e rs o se le a trib u y e tam b ién a Abü-I-'Arab
a l-S iq ill!, en A n a lecte s, I I , 38t>).
* T e re n c io , H e a u to n tim o r o iu n e n o s , a c to 1, escen a 1.a, v e rs o 25.
7 C f. J. R ib e ra , D is e rta c io n e s y o p ú s cu lo s , I, 250-251.
' C ita re m o s m ás ad elan te, pag. 439, al m a e s tro qu e p ed ia a H u sám al-D aw la Ibn
Ra/.in qu e se e n c a rg a ra al m is m o tie m p o de d irig ir la o ra c ió n en d os m ezq u ita s
d is tin ta s y de la e d u ca ción de los niños.
" N o es hasta m u ch o m as tard e, en el s ig lo x i l l , cu an do nace en M u rc ia la p ri­
m era u n iv e rs id a d tal y c o m o se la c o n c e b ía en la E d ad M ed ia . C re a d a p o r el rey
c ris tia n o A lfo n s o X el S a b io , se in a u gu ró con los cu rsos de un sa b io españ ol,
M u h a m m a d ibn A h m a d ibn B a k r al-RáqütT (d e R ic o t e ) al-M ursi, y cu yo a u d ito rio
e stab a fo r m a d o p o r árab es, ju d ío s y c ris tia n o s . (C f. A n a lecte s. I I , 510-511; R ib e ra ,
D is e rta c io n e s , I, 68, 245, n otas 1-2; G o n zá le z P a len cia , H is to r ia de la E sp a ñ a m u s u l­
m ana, p. 144; A lta m ir a , H is to r ia de Espa ña y de la c iv iliz a c ió n espa ñ ola, I, 281-282.
a los niños de padres sin fortuna l0. La perspectiva de alcanzar puestos
elevados basándose sólo en las capacidades personales incitaba tanto a los
campesinos com o a los habitantes de las ciudades, a los artesanos como
a los hijos ae los magistrados, a hacer estudios tan sólidos com o fuera
posible. Pero no existían títulos por los estudios; la iyaza o licencia para
enseñar no era en realidad más que un diploma de asiduidad que los jó ve­
nes estudiantes o los hombres maduros adquirían con mucha facilidad,
puesto que estaban habitualmente dotados de una memoria extraordina­
ria. La verdadera sanción se les concedía en las reuniones literarias: en
ellas los sarcasmos desinflaban las reputaciones sobrestimadas y la
admiración recompensaba el talento o el genio.

H M E ', I I I , 109; H M E 2, I I , 184-185 (segú n el B ayán, I I , 296, 397).


Capítulo II

M A TE R IA S Y OBRAS ESTUD IAD AS E N E L SIGLO X I

Las «humanidades», en el siglo xi, tendían a hacer de los letrados algo


más y m ejor que meros hombres de leyes. Hemos visto ya que, según Ibn
al-'Arabí, el estudio de la poesía clasica tenía una importancia que la situa­
ba por encima de la lectura y la recitación del Corán. Es lógico pensar que
hasta cerca ele la veintena el andaluz estudiaba cultura general y que sólo
al llegar a la edad madura se especializaba en una ciencia musulmana:
comentarios coránicos, tradiciones proféticas, etc., guardando siempre de
su form ación prim era una im pronta que persistía en él: el gusto de la
rima o de redactar en prosa artística.
Un autor del siglo x n que fue contemporáneo de la segunda mitad de
la vida de Ibn al-'Arabí, Abü Bakr Ibn Jayr (502-575 = 1108-1179), nos ha
dejado un documento de una gran importancia sobre los estudios hechos
en su tiempo en España: la Fahrasa o Index librarían de diversis scientia-
rnm ordinibus '. Si bien ligeram ente posterior, podemos considerarlo per­
fectamente válido para la época que estudiamos: los maestros de Ibn
Jayr, ¿no pertenecen a la generación que florece en la segunda mitad del
siglo xi, cuando el régimen de los M ulük al-tawá’if se desarrollaba en todo
su esplendor? A lo sumo podemos adm itir que, tras la reacción religiosa
instaurada por los almorávides, se da una acusada vuelta a las ciencias
religiosas que se traduce en el libro de Ibn Jayr por el m ayor lugar que
concede a las obras «tradicionales».
Pero el «catálogo » consagrado a los tratados literarios debe corres­
ponder, bastante exactamente, a los estudios más en boga en el siglo X I. Se
observa, por otra parte, que ninguna obra es posterior a 1050; las mas
tardías son el Zahr al-üdáb, de al-Husr! ( f 453 = 1061), el Saqt al-Zand
y las Luzümiyyát, todas de al-Ma'arrl ( t 449 = 1057).

1 E d. p o r C o d e ra y R ib e r a , en B A H , t. IX -X , Z a ra g o za , 1894-1895.
Nos vamos a ocupar únicamente de esta parte del libro de Ibn Jayr,
porque es la única que nos puede inform ar sobre la form ación literaria
de los poetas de los reyes de Taifas.
Las diferentes obras se pueden clasificar en antologías y dlwánes sepa­
rados, con o sin comentarios, clases de poetas, misceláneas literarias
(adab), monografías lexicográficas y rarezas filológicas (nawádir).

A) Las antologías más clásicas son las siguientes:


1." Los nueve poemas célebres de la Yáhiliyya, llamados mu'allaqát,
con el com entario de Ibn al-Nahhás al-Nahw! (+ 337 = 948)2.
2." Las Mufaddaliyyát y las Asma'iyyát, o selección de poemas por
al-Mufaddal al-Dabbl ( f hacia 170 = 786) y al-Asma'l (+ hacia 214 = 829) 5.
3." La Hamása de Abü Tammám ( t hacia 231 = 846), con tres comen­
tarios: de Ibn 'A l! al-Namarí, de Abü-l-Hayyáy al-A'lam (un español de
Santamaría del Algarve) y de Abü Bakr Ibn Ayyüb 4.
4." Antología de los poetas hudaylíes ( As ar Hudayl) \
5.” Los Seis Diwán's (K ita b al-asar a l-s itla )6.
6. N aqá'id bavri Y a rir wa-l-Farazdaq 7.
B) Los diwans separados son los siguientes:
1." Dü-l-Rummas.
2." A'sá B a k r9.
3.° Abü Tammám ( f hacia 231 = 846)

2 Ib n Jayr, In d e x , 366. E l n ú m e ro d e las m u 'a lla q á t ha v a r ia d o con el tie m p o :


e ra n s ie te en el al-Q urasI ( t h a cia 250 = 864) en su r e c o p ila c ió n lla m a d a Y a m h a ra t
a s'á r a l-'a ra b , d o n d e es d e d e s ta c a r qu e los p o e m a s m ás c é le b re s se han reu n id o
en s ie te g ru p o s, en ca d a u n o d e los cu ales h a y s iete p o e m a s ; m ás ta rd e, c o m o en
E sp a ñ a en el s ig lo x i, se cu en tan n u eve y las a n to lo g ía s m o d e rn a s ag ru p a n diez.
3 Ib n J ayr, /. ci, 390.
4 Ib n Jayr, l. c., 387-388, 415. E l c o m e n ta r io d e l a l-A 'la m , en ca d a c a p ítu lo , c o lo ­
c ab a los p o e m a s p o r o rd e n a lfa b é tic o (c f. a l-S afad l, N a k t, 314). L o c o m p u s o p ara
a l-M u 'ta d id d e S e v illa (a l-B a y á n , I I I , 284, segú n Ib n al-Q attán ). E l c ie g o d e D enia,
Ib n S ld a h (+ 458 = 1066), h iz o ta m b ié n un c o m e n ta r io titu la d o : K ita b a l-a n iq fi
sarh a l-H a m a sa (c f. a l-S afad í, N a k t, p. 205). Abú-l-Futúh a l- íu r y á m e x p lic a b a la
H a m á s a en G ra n a d a (c f. H M E 1, I I I , 31). E l c a lifa a lm o h a d e 'A b d al-M u ’m in h iz o de
él su lib r o d e c a b e c e ra (c f. H is t. A lm o h ., te x to , 162, E l C a iro , 147, trad., 194-195,
M a f a jir a l-B a rb a r, 65). L a H a m á sa fu e im ita d a lu e g o en O ccid en te.
5 Ib n J ayr, l. c., 389.
6 Ib n J ayr, /. c., 388; a l-A 'lam a l-S a n ta m a rí c o m p u s o un c o m e n ta r io p a ra al-
M u 'ta d id , p rín c ip e de S e v illa (c f. al-B ayán, I I I , 284, según Ib n al-Q attán ).
7 Ib n Jayr, l. c., 383.
* Ib n Jayr, /. c., 391. Se lo h a b ía a p r e n d id o de m e m o r ia A b ü -l-M u ta w a k k il al-
H a y ta m (c f. A n a lecte s, I I , 257) y A b ú B a k r Ib n Z u h r; é ste d e c ía qu e el D iw á n de
ese p o e ta rep re s e n ta b a la te r c e r a p a rte d el v o c a b u la r io á ra b e (c f. Ib n D ihva,
a l-M u tr ib , 152 a). L as a lu sio n es a M a y y a , su am an te, son fre c u e n tes .
9 Ib n Jayr, l. c., p. 391. E l D iw á n d e l g ra n al-A'sá, A'sá-Q ays, fu e e s tu d ia d o ta m ­
b ié n en e l s ig lo x i. C f. Q a lá ’id, 198 (n o ta s ob re Ib n al-Síd a l-B a ta lv a w s i).
10 Ib n Jayr, /. c., pp. 402-403; cf. Anal., I I , 225-499.
4.° Abü-l-Tayyib al-Mutanabbí (+ 354 = 965), con o sin comentarios
5." Al-Sanawbarí ( t 334 = 9 4 5 )i:.
6." Abü-l-'Alá al-Ma'arrl ( t 449 = 1057), Saqt al-Zand wa-daw'uhu, al
Luzümiyyát B.
7.” Abü-l-'Atáhiya ( t 213 = 828), Versos e historia de su vida l4.
C) Las«clases de poetas», que son una selección de poemas acompa­
ñados de una crítica sucinta, no son numerosas:
1.° Los Tabaqdt de Ibn Qutayba ( t hacia 276 = 889)
2.” Los Tabaqdt de Ibn al-N ah h ás(t 337 = 948)
D) Las monografías lexicográficas sólo están representadas por el
K itab al-maysir wa-l-qidáh, de Ibn Qutayba l7.
E ) Las rarezas filológicas, por los Naw ádir 1S de diferentes autores,
com o Al! ibn Házim al-Lihyání, Abü Ziyád al-Kilábí, al-Husrl e Ibn
Muqsim.
F ) Por último, las misceláneas literarias (adab), por el Zahr al-ádáb de
al-Husrl '9, que es del Magreb, y el K itab al-ádáb de Ibn al-Mu'tazz 20.

La lista de Ibn Jayr dista mucho de estar completa: no cita más que
un mínimum de las obras leídas y estudiadas en el siglo xi. Si no todos los
libros que formaban parte de la famosa biblioteca de al-Hakam 21 debie­
ron circular en numerosos ejemplares, al menos cabe pensar que algunos
de ellos eran conocidos por los letrados más próxim os a la corte omeya,
y que a la caída de esta dinastía el patrim onio literario acumulado en

" Ib n J ayr, /. c., pp. 403-405, 415.


12 Ib n Jayr, l. c., p. 408.
13 Ib n J ayr, l. c., pp. 411-412. E l S a q t fu e c o m e n ta d o p o r Ib n al-S íd a l-B a ta ly a w s í
(c f. Anal., I I , 124). E l a fta s í a l-M u z a ffa r c o lo c a b a a a l-M u ta n a b b í y a a l-M a 'a rrí p o r
e n c im a d e to d o s los p o e ta s (c f. A 'm a l, 212, e in fra , p. 54, n. 29).
14 Ib n Jayr, l. c., 414. Es n e c e s a rio h a c e r m e n c ió n e s p e c ia l d e los d iw á n es tra íd o s
a E spa ñ a d e O rie n te p o r A b ü 'A1T al-Q áli: los d e D iv l-R u m m a , 'A m r ibn Q a m i’a,
al Jan sá’, a l-H u ta v ’a, Y a m íl, A b ü -l-N avm , M a ’n ibn A w s , a l-N á b ig a al-D ubyání,
'A lq a m a ib n 'A b a d a , a l-S a m m á j ib n D irá r, al-A'áá M a y m ü n ibn Q ays, 'U rvva ibn
al-W ard , M u ta q q ib al-'A b d í, M a lik ib n a l-R a v b a l-M ázin í, a l-N á b ig a al-'í’a 'd í, K u ta y y ir-
’A zza, A w s ib n H a y a r a l-T a m ím l, al-Q u tám í, a l-A jta l, 'A m r ib n Sás, 'AdT ib n Z a v d
a l-'Ib á d í, 'A b a d a ibn a l-T ab lb , al A fw a h a l-A w d i, Z u h a y r ibn A b í S a lm á, ’ A b ld ibn
al-Abras, al- M u r a q q is a l-A k b a r y al-A sgar, S a lá m a ibn Y a n d a l, Q ays ibn a l-H atím
al-A n sárl, a l-T irim m á h , I m r u ’l Q ays, D u ra y d ib n al-S im m a , A b ü Jalad a, R u ’ba, 'U m a r
ib n A b í R a b l'a , A b ü N u w á s , y a r ír , T a r a fa ib n al-'A bd, T u fa y l, A b ü T a m m á m (c f. Ib n
Jayr, l. c., 395-398).
15 Ib n Jayr, /. c., 378.
16 Ib n J ayr, /. c., 379.
17 Ib n Jayr, /. c., 378.
18 Ib n Javr, /. c., 379.
19 Ib n Jayr, /. c „ 380.
20 Ib n Jayr, l. c., 405. Ib n J a y r n o c ita el D lw a n de Ib n al-M u 'tazz, p e ro esa
c o le c c ió n d e b ía ser c ie rta m e n te c o n o c id a (c f. A n a le cte s , I I , 415-416).
21 C f. a l-H u lla , en N o tic e s , 103; Anal., I, 249, di. 250, 256; I I , 49-50; L é v i-P ro v e n g a l,
E s p . M u s u l. au X 1' s iécle, 233-234.
Córdoba no debió desaparecer en su totalidad; la descentralización p olí­
tica conllevó la descentralización literaria, y la biblioteca de al-Hakam se
recobró, fraccionada, en las colecciones personales de reyezuelos y de
particulares que blasonaban de cierta cultura 22.
Así, pues, se puede pensar que el K itáb al-Agáni, de Abü-l-Faráy
al-Isbahání, uno de cuyos prim eros ejem plares había sido adquirido por
el califa al-Hakam 23, se leía en algunos cursos de ciertos profesores de
literatura. ¿N o se dice que Ibn 'Abdün aún lo recitaba de m em oria en su
vejez? 24. Ese L ib ro de canciones, que por su contenido tanto satisfacía el
gusto andaluz por la poesía y la música, debió, a pesar del restringido
número de ejem plares en circulación, ejercer una influencia considerable
en los medios ilustrados y refinados de la Península 25.
Otras obras muy importantes para el estudio de la lengua árabe no
figuran tampoco en la fahrasa de Ibn Jayr; no obstante, su existencia la
atestiguan documentos tales com o la Risala de Ibn Hazm y su com plemen­
to por Ibn Sa'Id y las numerosas anécdotas que nos proporciona al-
M aqqari en sus Analectas. Bástenos recordar las más importantes:
Los Naw ádir o Rarezas filológicas de Abü 'A l! al-Qálí, compuestas en
España, y que fueron imitadas en el siglo x i por 'Abd Alláh Ibn Abí-l-Jisál
en su Sirdy al-adab 26.
Los Amáli, del mismo autor, compuestos también en España, y que
fueron imitados p or al-Bakrí, el geógrafo, en sus L a a li11.
El «L ib r o » (a l-K itá b) de Síbawayh era, desde hacía mucho tiempo,
objeto de atento estudio; bajo al-Násir, el gramático Abü Wahb 'Abd al-
Wahháb, apasionado de Síbawayh, planteaba a cada paso cuestiones emba­
razosas a sus colegas 28; Ibn al-Abras le admiraba de tal modo que no
quería estudiar a nadie más que a é l 29. En Denia, Síbawayh había encon­
trado un com entarista un tanto prolijo, Ibn al-Munásif; había dedicado
veinte cuadernos a hablar de los kalim, porque había considerado ciento
treinta maneras de estudiar la cuestión 30.
El Fasih de Ta'lab ( t 291 = 904) tenía también sus fervientes seguido­

22 C f. S á 'id al-A n d alu s!, T a b a q a t a l-u m a m , te x to C h eik h o, p. 67; tra d . B la c h é re ,


p á g in a s 126-127; Q u a tré m e re , M é m o ir e s u r le g o ü t des liv re s ch ez les O rie n ta u x , 72-73
(s e g ú n a l-M a n h a l a l-S á fi); A n al., I, 250; H M E 2, I I , 303.
23 C f. H M E 2, I I , 184, y las r e fe r e n c ia s c ita d a s en la n o ta 21.
24 C f. H is t. A lm o h a d e s , te x to , pp. 61-62 ( E l C a iro , p ágs. 53-55); trad . F agn an , p á g i­
nas 75-77.
25 F u e im ita d o p o r e l m u rc ia n o Y a h y a al-H u d u y y en el L iv r e des C h a n son s anda-
lo u se s (c f. A n a l., I I , 125) y p o r su c o m p a tr io ta F ath ü n ó U m m al-F a th (c f. P on s
B o ig u e s, E n s a y o , 513; Ib n al-’A b b á r, M is ce lá n e a , nú m . 2868) y re s u m id o p o r el
p rín c ip e a lm o tia d e , g o b e r n a d o r d e S iy ilm á s a , A b ü -l-R a b f (c f. A n al., I I , 75, 1.3).
26 C f. A n a le c te s , I I , 124.
27 C f. A n a le c te s , I I , 124.
28 A i-H u lla , en N o tic e s , p. 130.
29 A n a le c te s , I I , 498-499.
30 A nal.. I I , 517.
res; había sido estudiado por Abü Tm rán Müsá ibn Sa'da ( t 514 = 1120)
El Islah al-m antiq de Ibn al-Sikklt tenía menos lectores, pero Ibn Sldah
lo había aprendido de memoria 32.
N o obstante, la obra que estaba más en boga era al-Garib al-Musannaf
de Ibn Sallám al-Harawl ( f 223 = 837). El cadí bereber Mundir ibn Sa'Id
al-Ballütl ( f 355 = 966) se lo pidió un día a Abü 'A l! al-Qál! y se intercam­
biaron versos a este respecto B. El Ciego de Denia, Ibn Sldah, lo sabía de
memoria; Abü 'Umar al-Talamankl lo enseñaba en Murcia 34. Ibn Hazm lo
recomendaba com o la obra más perfecta para llegar a conocer el vocabu­
lario árabe 35. El poeta al-Abvad, confundido en una ocasión sobre una
cuestión de lexicografía, se prom etió a sí mismo ponerse cadenas en los
pies, com o lo había hecho al-Farazdaq, hasta que se hubiera aprendido
esta obra de memoria; su madre, al verle en esta situación, se preguntó si
su hijo no se habría vuelto loco 36.
Una obra de Ibn Qutayba, no citada por Ibn Jayr, se consideraba tam­
bién com o un excelente manual de lengua árabe; se trata del Adab al-
kuttáb (o Adab al-kdtib), que un filó lo go de Badajoz del siglo xi, Ibn al-Sid
al-Batalyaws!, com entó bajo el título de al-lqtidab Ibn Sa'da lo estudió
en Murcia al mismo tiempo que el Fasih de T a’lab “ .
Otra obra, más gramatical e histórica que lexicográfica y poética, se
estudiaba también con fervor; se trata del K á m il de al-Mubarrad. La
había traído de Oriente Ibn Abl 'Aláqa en tiempos de al-Hakam al-Mus-
tansir 39. La «clie n te » del secretario Abü-l-Mutarrif Ibn Galbün de Valencia,
al-'Arüdiyya, la sabía de m em o ria 40.
El renom bre del K a m il y de los Naw adir era tal, que los filólogos espa­
ñoles o inmigrados los imitaban: Sa'id al-Lugawl compuso el Kitab
al-Fusüs4I; Ism á'íl ibn al-Qásim, los N a w a d ir42.
Ibn Jayr no pretendía, evidentemente, consignar en su Fahrasa todas
las obras literarias que se estudiaban en su tiempo o en la época inmedia­
tamente anterior. Tanto en los Diwan-s com o en las obras relativas a la
lengua, está lejos de ser exhaustivo. Es preciso com pletar su documenta­
ción con las indicaciones que nos procuran los retóricos del siglo xi, en

’ > Anal., I, 607.


,2 S á 'id al-A n d alu sí, T a b a q a t, te x to , p. 77, trad. B la n d ie r e , 142.
■« Anal., I, 473.
,4 A nal., I I , 258. S a 'id al-A n d alu sí, T a b a q a t, te x to 77; trad . B la n c h é re , 142.
M M s. de C o n s ta n tin o p la , a n a liza d o p o r Asín P a la c io s en al-A n da lu s, t. I I (1934),
lase., I, 130.
36 A nal., I I , 329. C f. ta m b ié n D ozv, L e tt r e ¿i F le is c h e r, 111-116.
37 A nal., I I , 124, 195, 626.
w A nal., I, 607.
w A nal., I, 560, 1.1 sq.
411 Anal., I I, 539.
41 Anal., I I , 118.
4- Anal., I I, 117, d i , 118.
particular Ibn Raslq, que redacto el manual fundamental de los estudios
literarios de esa época: al-'Umda 43.
«N o hay — dice— entre los modernos ( muwallad) poeta mas célebre
que al-Hasan [ib n H án i] Abü Nuwás, y tras el [Abü Tam m ám ] Habíb y al-
Buhturi; se dice que estos dos últimos sumieron de nuevo en el olvido, en
su época, a quinientos poetas excelentes. Fueron seguidos por otros dos
tan célebres com o ellos: Ibn al-RümT e Ibn al-Mu'tazz. El nombre de este
último adquirió tal celebridad que vino a ocupar el lugar de al-Hasan
[Abü Nuw ás] entre los modernos y de Im ru ’l-Qavs entre los antiguos.
Estos tres poetas son conocidos prácticamente por todo el mundo. Des­
pués llego al-Mutanabbi, que colm ó entonces el mundo y ocupo a todos
los hom bres» 44.
Ibn Raslq, en sus breves lineas, traza el camino recorrido por la poesía
árabe tras la Yáhilivya hasta su época; los jalones son representados por
los poetas que él considera de primera magnitud, pero si bien son conside­
rados com o genios por Ibn Raslq y sus contemporáneos, de los que no
hace más que reflejar sus ideas, es fácil creer que los valores pudieron
cambiar a finales del siglo xi y comienzos del xn con los almorávides, ya
que no figuran todos en la Fahrasa de Ibn Jayr.
Abü Nuwás es, sin embargo, el poeta «m od ern o» mas leído y admirado
por los andaluces. En el siglo x tenía fama de ablandar las almas, de lo
que da fe esta anécdota recogida por Ibn al-Qütiyya: Umayva Ibn 'Isa,
visir del califa Muhammad, estando en Córdoba, tuvo ocasión de pasar
cerca del lugar donde un profesor de literatura enseñaba versos de
"Antara a los príncipes aragoneses, los Banü QasT, que eran de origen espa­
ñol. El visir hizo llam ar al maestro y le prohibio que enseñara versos
de 'Antara, ya que podían despertar sentimientos de independencia, y en
su lugar le recomendó el estudio de los versos de al-Hasan ibn Hání Abü
Nuwás, mas intrascendentes, ya que cantaban las delicias del vino y otras
cosas por el estilo 45. En escenas recogidas por al-Maqqarl se ve a menudo
cóm o los príncipes invitan a sus poetas a im itar los versos de Abü Nuwás.
Sá'id al-Lugawí se sentía incapaz de hacerlo, incluso tomándose largo
tiempo de antemano para reflexionar 4n. Ibn Sabláq al-Hadraml al-Isbíli
sueña que pasa por un prado, cerca de una tumba, alrededor de la cual
hay un grupo de personas haciendo libaciones en medio de las flores. Le
detienen y le piden que pronuncie el elogio fúnebre del muerto, que no es
otro que Abü Nuwás 47. La prueba más convincente de su celebridad en
el siglo xi es el impresionante numero de imitaciones que suscito entre
los poetas: Ibn Darráv al-Qastallí imita su famosa ra’iyya dedicada a al-

43 S o b re Ib n R a s lq ( t 456 = 10o4), cf. E n c y c l. Is l.. I I , 434-435, art. de B en Cheneb.


44 Ib n R a s lq , a l-’U m d a , I, ó4.
45 Ib n a l-Q ü tivva, ed. de M a d rid , 94. Cf. R ib e ra , D is e rt., I, 290.
4<¡ A nal., I I , 67.’
47 A n a l. I I . 325.
Jaslb, gobernador de E g ip to 48; Abü Am ir Ibn Suhayd e Ibn Sara com po­
nen piezas con el m etro y rima de su daliyya 49; Ibn Rabáh al-Hayyám
imita su sinivya sobre la taberna y las copas talladas, pero con una rima
diferente 50.
Ibn al-Rüml ( t 284 = 897) estaba considerado por los letrados españo­
les com o un satírico 51, pero no se ignoraban sus obras en las que describía
la naturaleza, entre ellas aquella en que explicaba su preferencia por el
narciso y su desdén por la rosa, lo que le valió numerosas réplicas por
parte de los poetas andaluces 52. Sus tres versos sobre el panadero eran
conocidos universalmente 5\
En cuanto a al-Buhturl ( t 284 = 897), es junto con Abü Nuwás el poeta
preferido de los andaluces. ¿Se daría cuenta del valor profético de sus
versos cuando decía:

1. M is p oesía s lle g a n a to d o s los p aíses y to d o s bu scan su d e lic a d e za ;


2. S o n can tad as p o r los h a b ita n te s d e F a rg á n a , de los p u e b los de
Sus 54, de A lta y de S a da d;
3. y h a sta los lu g a res [d e la re g ió n ] d e T á n g e r y de Süs [ a l-a d n d ]
qu e están al o c c id e n te [ M a g r ib a l-s a m s ] lle g a n m is v e rs o s S5.

Su reputación no se para en Tánger; atraviesa el Estrecho, y los poetas


españoles tenían tantos puntos comunes con él que Ibn Bassám creía que
no podía expresar el talento de alguno de ellos de m ejor modo que dicien­
do: «Su m étodo (ta riq a ) en poesía es ejem plar; semeja al de al-Buhturí
tanto por su fluidez com o por su solidez, por su dulzura com o por su
v ig o r» Al-Buhturl no pudo escapar de las imitaciones y del plagio. Ibn
U jt Gánim, poeta de Almería, enviaba esta sátira a Ibn Saraf, originario
de Berja:

1. P re g u n ta d al p o e ta d e B e r ja si ha v e n id o del Ir a q y si p o s e e la
[c la s e ] n a tu ral de al-B uhturi.
2. N o s tra e p o e m a s qu e g rita n en sus m an o s d ic ie n d o : «¿ S e r e m o s
a trib u id a s a a lg u ie n qu e n o sabe r i m a r ? » 57.

48 Ib n J allik án , Wafay&t, E l C a iro , I, 42; trad. de Slan e, I, 121; S c h a c k -V a lera , I,


228-229; Z a k i M u b a ra k , a l-M u w á za nu , 221-252.
4l) Anal., I I , 176-177, y Q alci'id, 261-263.
50 A n al., I I , 282.
51 Anal., I I , 633, a b a jo (a p r o p ó s ito d e los v e rs o s e s ca b ro s o s d e W a lla d a ).
52 C f. in fra , pp. 188 y ss.
53 Anal., I, 533. E l p r im e r h e m is tiq u io d el v e rs o te r c e r o se ha d e s liz a d o en una
fra se de Ib n Jáqán, en Q a la 'id , 27 (A n a l., I I , 576).
54 Al-Süs en P e rs ia , s o b re el cu al, c f. E n c y c l. Is l., IV , 592-596 (a r t. d e S tre c k ).
55 Y á q ü t, M u 'y a m al b u ld ün , I, 350; I I I , 880. R im a ad, m e tr o ra m a l.
56 A l-D a jira , I I (O x fo r d ), 71 b (r e p r o d . en A bba d , I, 202, trad . 706).
57 A n a l, I I , 270 (tr a d . en R e c h e rc h e s 3, I I , 250). R im a ri, m e tro k a m il.
«Después llegó M utanabbí...». Con razón dice Ibn Rasiq que este poeta
colm ó al mundo y el Occidente musulmán sufrió su im p e rio 58; si no llegó
a borrar el recuerdo de los Buhturl y de los Ibn al-Mu'tazz, se ense­
ñoreó de los espíritus, pues a la habilidad en la rima añadió el pensa­
miento de un filósofo. Su diwán fue comentado por al-A'lam de Santama­
ría del A lg a rb e w, por al-lfllli ( f 441 = 1049)60 e Ibn Sldah de Murcia
( t 458 = 1066)41. Ibn Bassám se cree en la obligación de citarle, si bien
su cita es más anecdótica que literaria, en la Dajira 62; en los tres volum i­
nosos tomos de su antología, nunca deja de citar los versos de al-Muta-
nabbí con los que las poesías de los andaluces tienen cierta analogía y un
paralelismo frecuente. De todos los reyezuelos de la España del siglo xi,
al-Mu'tamid parece ser el que más le ha estudiado y apreciado. Su adm i­
ración, que no cegaba su espíritu crítico M, exasperaba a los poetas de su
entorno. Un día, cuenta al-Maqqarl, se extasiaba de gusto con este verso
de al-Mutanabbí:

C u a n d o las c a b a lg a d u ra s tro p ie za n c on tu m ira d a , ta n to las q u e se


e n c u e n tra n a g o ta d a s c o m o las q u e c o n se rv a n algú n v ig o r , se e s tre ­
m ecen b a jo esa m ira d a .

'Abd al-Yalll ibn Wahbün im provisa este dístico, en el que el despecho


lucha contra la admiración:

1. Si lo s v e rs o s d e Ib n al-H u savn [a l-M u ta n a b b í] son e x c e le n te s ,


se d e b e s ó lo a los d on es qu e los h acen tales, pues «la s d á d iv a s a b ren
las ú v u la s » M.
2. E l se p re te n d ió p r o fe t a p o r v a n id a d d e su p o e s ía ; si hu biese
s a b id o qu e tú c ita r ía s sus ve rs o s , se h u b iese c r e íd o un d i o s 65.

La España musulmana del siglo xi no se detuvo en al-Mutanabbí;


otros poetas solicitaron su atención. Ibn Jafáya, que pasa por ser el m ejor
pintor de la naturaleza, y que no es en realidad más que un im itador de
talento, confiesa que debe gran parte de su inspiración a poetas orientales
com o al-Sarlf al-Rad! al-Müsawí ( t 406 = 1 0 1 5 ) ' Abd al-Muhsin al-Süri

511 C f. R. B la c h é re , Le p o e te a ra b e a l-M o ta n a b b i e l T O c c id e n t m u s u lm á n , en R e v u e
des E tu d e s Is la m iq u e s , añ o 1929, fa s c íc u lo I, 127-135; A b o u t-T a v v ib al M o ta n a b b i,
293-299.
w Anal., I I , 124; a l-S afad l, N a k t, 314; R. B la c h é re , A b o u t-T a y y ib a l-M o ta n a b b i, 296.
m A l-S a fa d í, N a k t, 314; R. B la c h é re , /. c., 295-296.
M C f. R. B la c h é re , /. c., 296.
A i-D a jir a , I I I , 134 v." 135 r."
M Anal., I I , 611; R. B la c h é re , I. c., 295.
M Es d e c ir, su eltan las len gu as: a l-lu h ü ta fta h al-laha.
*5 Anal., I I , 131, 157; G a rc ía G ó m e z, E lo g io , pp. 59-60. E l v e rs o de a l-M u ta n ab b í
se e n c u e n tra en el C o m m e n ta ir e d e al-'U k b a ri, I I , 233, v en la ed. a n otad a de
a l-B a rq ú q í, E l C a iro , 1348 = 1930, I I , 235, 1. 3.
w Ib n B assám . en la D a jira , t. IV , le d e d ic a una nota.
( t 419 = 1028)1,7 y Mihyár al-Daylaml ( t 428 = 1036)“ . Y no sería d ifícil
de demostrar todo lo que se debe a al-Buhturl, del que acabamos de
hablar, y a al-Sanawbarl ( t 334 = 945) w. ¿N o se le llamaba el Sanawbari
de España? 70. En cuanto a Mihyár al-Daylamí, ha sido im itado por algu­
nos com o Ibn Jafáya; en al-Maqqarl se encuentra una pieza en ma de
Yahyá ibn Hudayl, visiblem ente inspirada en la mimiyya de M ih y á r71.
En lo que concierne a Abü-l-'Alá’ al-Ma’arrl ( t 363-499 = 973-1057), nos
sorprende un tanto ver que de sus obras sólo el Saqt al-zand y las Luzü-
miyyát se citan com o conocidas de los andaluces. Y, sin embargo, una de
sus Risala-s o epístolas titulada al-Sáhil wa-l-sdyih: «e l caballo y el m ulo»,
fue imitada por un hijo de 'Abd al-Gafür bajo el título de al-Sdyi'a (la
arrulladora) n, y parece inverosím il que otras no hayan llegado a manos
de los españoles, al menos en la segunda mitad del siglo xi.
El problem a de la influencia de la Risálat al-gufrdn en la Divina Com e­
dia de Dante, que ha provocado, com o sabemos, desde hace una treintena
de años investigaciones apasionantes sobre el contacto de las literaturas
orientales con las obras europeas medievales de inspiración cristiana, se
plantea para la España musulmana bajo un aspecto distinto, y de su
solución dependerá tal vez una orientación nueva del problema Dante-
escatología musulmana. Es sorprendente, en efecto, constatar que la Es­
paña musulmana haya conocido, desde el fin del siglo x y com o muy
tarde a comienzos del xi, por tanto antes de la Risalat-al-gufrdn, de al-
Ma'arrT, una obra que tiene por tema principal el viaje de un poeta al
Paraíso: la Risdlat al-tawabi' wa-l-zawabi' de Abü 'Am ir Ibn Suhayd73,
poeta y crítico que tendremos ocasión de citar a menudo. En esta epísto­
la, Ibn Suhayd se propone no tanto la descripción del Paraíso com o la
crítica, desde un punto de vista estrictamente literario, y en tono humorís­
tico, de los poetas árabes de la Yáhilivya y del Islam hasta al-Mutanabbí.
Algo más tarde, en la corte de al-Mu'tasim, príncipe de Alm ería, otro
Ibn Suhayd, cuya kunya es Abü Hafs, trata el mismo tema y desde el
mismo punto de vista en una Maqama 74 o «sesión literaria» que tiene

67 E l d íw á n p a re c e p e rd id o . S o b re e ste p oeta , cf. Ib n J allik án , W a fa yá t, I, 308-309,


trad . de S la n e, I I , 176-179.
68 Ib n B assá m , en la D a jira , t. IV , le d e d ic a una nota.
69 L o s fra g m e n to s d is p e rs o s d e a l-S a n a w b a ri se han re u n id o b a jo el títu lo de
a l-R a w d iy y ñ t, «P o e m a s d e los ja r d in e s », p o r M uh. R á g ib T a b b á j, A le p o , 1351 = 1932.
70 C f. A n a lecte s, I I , 328.
71 C f. A n a lecte s, I I , 241. El p o e m a de M ih y á r se e n c u e n tra en el D lw á n , I I I ,
327-328.
72 M a tm a h , p. 29 (r e p r o d . en Anal., I I , 372); el te x to d e esta ris á la n o se e n cu en tra
m ás qu e en la D a jir a , m s. d e T re m e c é n , ff.° 163 b-166 a.
73 A l-D a jira , I, 210-257; A. D a y f, B a lá ga l a l-'A ra b fi-l-A n d a lu s , 49-54; Ib n Su hayd
al-A n d alu si, R is á la t a l-ta w ü b i' w a -l-za w á bi', ed. B. al-B u stán i, pp. 115-209. (E s Z u h a y r
qu ien c o n d u ce a Ib n S u h a y d .) S o b re la a n te r io r id a d d e la R is á la t a l-ta w á b i' wa-l-
za w á b i' en r e la c ió n con la R is á la t a l-G u jrá n , cf. Z a k i M u b a ra k , La p ro s e a ra b e an
I V C s ié c le de l ’h é g ir e (X< s ié c le ), 239; a l-N a tr a l-fa tm t, I, 258-260.
74 A l-D a jira , I, I I , 184-195.
parecidos sorprendentes con la Risálat al-tawdbi' wa-l-zawábi', lo que nos
inclina a creer que Abü Hafs Ibn Suhayd, sLbien ha escrito en una época
contemporánea de los años finales de al-Ma'arrl o posteriores a su muerte,
se ha inspirado en su pariente y predecesor Abü 'Am ir Ibn Suhayd75.
Este, al no haber conocido la Risálat al-gufrán, no ha podido tomar esa
idea más que de sí mismo o del medio en que vivía. En este punto no
podemos más que hacer conjeturas: Abü 'Am ir Ibn Suhayd, que frecuen­
taba a los mozárabes, a los sacerdotes cristianos y a los judíos cordobe­
ses, pudo, por su mediación, leer una traducción, bastante im perfecta sin
duda, de los Diálogos de Luciano o del C ratilo y del Fedón de Platón 76.
Pero la hipótesis menos inverosím il es la que nos llevará a buscar las
fuentes de esta obra original, que es única en la literatura árabe hasta
comienzos del siglo xi, en las conversaciones que el adolescente Ibn
Suhayd pudo tener con su padre o con su abuelo. ¿N o es lógico adm itir
que el m onje Nicolás, enviado por el em perador de Bizancio Romano a
'Abd al-Rahmán al-Násir para traducir y explicar a Dioscórides haya
podido durante su estancia en Córdoba trabar conocim iento con Ibn
Suhayd (Ahm ad ibn 'Abd al-Malik), que había sido revestido de la digni­
dad, creada para él, de dü-l-wizáratayn, por 'Abd al-Rahmán, en 327 = 93977?
Este Ibn Suhayd, abuelo del autor de los Tawábi' wa-l-Zawábi', interesado
en la literatura, pudo obtener fácilmente inform ación sobre algunas de
las obras notables de la antigüedad griega, com o las de Luciano o Platón.
Los relatos recogidos por él son transmitidos — con ese punto de humor
que es tendencia característica de la fam ilia Banü Suhayd en literatura—
prim ero a su hijo, después a su nieto, con las transformaciones inevita­
bles o más bien las adaptaciones conformes con el carácter personal del
narrador. Así, a unos setenta años de distancia, resurge el pensamiento
griego o latino tras una lenta elaboración, bajo una form a que no tiene
nada de específicamente árabe, en esta obra de Abü 'Am ir Ibn Suhayd,
que encarna el tipo más perfecto del letrado andaluz.
Las hipótesis que acabamos de exponer, por frágiles que parezcan,
muestran en su verosim ilitud que en los letrados españoles las «hum a­
nidades», tal y com o nosotros las entendemos, se basaban en estudios no
sólo de autores árabes y sobre todo de poetas orientales, sino además
de autores griegos y posiblemente latinos, a través de traducciones.

75 P a r e n te s c o e q u iv o c a d o p o r un e r r o r en la v o c a liz a c ió n d e l n o m b re , pues se
tr a ta en re a lid a d d e A b ü H a fs 'U m a r Ib n al-S ahld , s o b re e l cu al cf. F. de la G ra n ja :
« L o s fr a g m e n to s en p ro s a d e A b ü H a fs 'U m a r Ib n a l-S a h íd » en M a q a m a s y R isa la s
andaluzas, M a d rid , 1976, pp. 81-118. S o b re e l e r r o r d e P érés, c f. en p a r tic u la r p á g i­
nas 82-84. ( N o t a d e la tr a d u c to r a .)
76 Ib n G a b ír o l c o m p o n e en 1045, en Z a ra g o za , su p r im e r lib r o d e filo s o fía m o r a l:
Is la h a l-a jla q , q u e c o n tie n e v e rs íc u lo s b íb lic o s , s e n ten cias d e l T a lm u d m e zcla d a s
c on m á x im a s d e l « d iv in o S ó c ra te s », d e P la tó n , d e A r is tó te le s , d e lo s filó s o fo s
árab es, etc. C f. G ra e tz, Le s J u ifs d ’E s p a g n e, p. 150.
77 V . L é v i- P r o v e n ia l, E s p . M u s u l. X e s iécle, 68, 101-102.
Las alusiones a la «sabiduría» griega y persa se encuentran frecuen­
temente en los versos orientales y occidentales. Al-Mutanabbí pasaba
— y pasa todavía— por el más filó so fo de los poetas, y al-Hátimi ha
escrito un opúsculo en el que, al lado de cada verso sentencioso del poeta,
cita una frase de Aristóteles, ofreciendo analogías sorprendentes desde
el punto de vista del significado 7íi.
Ibn Yannaq (Iñ ig o ) escribía en un panegírico dedicado a al-Muzaffar
Ibn Yahwar:

1. D e ja los sab ios p re c e p to s [h ik a m ] qu e los g rie g o s [Y ü n á n ] han


in m o r ta liz a d o y las p a rá b o la s m o ra le s qu e c irc u la b a n e n tre los sab ios
[h u k a m a '] de P e rs ia 7“.

Los estudios a los que se dedicaban los príncipes de la fam ilia


'Abbádí de Sevilla nos inform an también al respecto: al-Ras!d, hijo de
al-Mu'tamid, al decir de Ibn al-Abbár estudiaba las ciencias exactas
(riyadiyya), tocaba bien el laúd, era letrado y poeta, y en jurisprudencia
aplicaba en Sevilla el rito de M álik y sus discípulos S(l. Estas ciencias
exactas, en este discípulo de Málik, indicaban una curiosidad que debía
ser mas corriente de lo que se cree entre los andaluces.
El caso del hermano de al-Rasid, al-Rádl, es todavía más típico. Este
hijo mimado de al-Mu'tamid muestra un gusto casi exclusivo por las
cosas del espíritu: encuentra los combates fastidiosos y prefiere el estu­
dio de los gramáticos y jurisconsultos, de los poetas y filosofos, de los
matemáticos y de los astrónomos 81. Es con toda seguridad la encarnación
mas característica del humanismo, tal y com o se concebía en la época;
las ciencias se equilibraban armoniosamente con las letras; las artes
complementan la poesía; la busca del «h om b re» en la plenitud de sus
facultades ocupa el prim er plano de las inquietudes: las aptitudes guerre­
ras son desde ese momento desdeñables con respecto a la especulación
intelectual, pero, no obstante, el estudio no aniquila todas las virtudes
de lá acción.

78 A l-H á tim I (1 388 = 998), a l-R is a la t a l-h a tim iy y a , en a l-T u h fa t a l-ba hiyya, 144-159,
ed. de B eiru t, 1931; ed. R esch er, en Is lá m ico ., I I (1926), fase. 3, pp. 439 y ss.
7“ M e tr o ba slt, r im a ¡1. C f. Q a la 'id , p. 187, 1.3.
s" A i-H u lla , en A bba d., I I , 71-72.
81 Ib n a l-A b b á r d ic e qu e a l-R ad i a m a b a a p a s io n a d a m e n te la le c tu ra ( m u í a la 'a )
y el e s tu d io (d ira s a ), qu e h a b ía le íd o los lib ro s d e l c a d í A b ü B a k r a l-T a y y ib
[a l-B a q illá n !, qu e e ra as a r í], c o n o c ía a fo n d o la d o c tr in a de Abü M u h a m m a d Ib n
H a zm a l-Z áh irí, e ra v e rs a d o en el c o n o c im ie n to de los u siil, de las c ie n c ia s fís ica s
(t a b íiy y á t ) de las g e n e a lo g ía s á ra b e s y de las lengu as y lite ra tu ra s árab es. C f. al-
H u lla . en A bba d., I I , 75, y v e r in fra , pp. 436-37.
La España del siglo x i tuvo el privilegio de conocer este aspecto nuevo
del pensamiento musulmán. Sus letrados, al continuar inconscientemente
la tradición ibero-romana sobre la que se había injertado la cultura árabe-
musulmana, llegan, por medio de la libertad de la que disfrutaban, al
resurgimiento del pensamiento antiguo, dándole ese carácter especial
que se debe a la influencia judeo-cristiana; tendremos a continuación
repetidas ocasiones de mostrar sorprendentes manifestaciones de ello.
Capítulo I I I

O R IE N T E Y O CCID ENTE

El humanismo español extraía la m ayor parte de sus elementos del


estudio de la literatura árabe de Oriente. Las tradiciones de esta enseñan­
za fueron tan fuertes durante todo el siglo x, que después fue difícil
librarse de ellas.
Los mensajeros de la cultura árabe oriental en España tuvieron en
esa época, debido a su calidad, una influencia profunda. La disposición
de los espíritus era tal que difícilm ente podía ser de otro modo: los
Omeyas españoles volvían siempre sus ojos a los 'Abbásíes de Bagdad: el
buen tono en Córdoba, com o en las otras pequeñas cortes que se form a­
ban alrededor de los gobernadores de provincias, estaba en im itar lo que
se hacía en el Iraq. Los califas de Córdoba atraían a hombres de letras de
Bagdad, com o Abü ’AlI al-Qáli, más filó lo go que poeta \ y Sá'id al-Lugaw!,
poeta hábil y filólogo audaz, cuya historia nos ha sido contada reciente­
mente 2. El príncipe de Sevilla Ibráhím ibn Havyáy tenía junto a él a un
filó lo go de Hiyáz, Abü Muhammad a l-'U d rl3. Pero una influencia no
menos fuerte debieron ejercer las esclavas cantantes formadas en Oriente,
tanto en Medina com o en Bagdad, y compradas por los príncipes o gober­

1 A b ü A lí al-Q álí fu e lla m a d o a E sp a ñ a p o r 'A b d al-R ah m án al N á s ir ( t 350 = 961.)


L le g ó a C ó r d o b a en el 330 = 942. Un e s c r ito r e g ip c io m o d e rn o , 'Á b d al-R ah m án
a l-B a rq ü q í, ha n a rr a d o en fo r m a de n o v e la h is tó ric a el v ia je d e al-Q álí d e A le ja n d r ía
a A lm e r ía y C ó r d o b a en su H a d á ra t a l-'A ra b fi-l-A n d a lu s (E l C a iro , 1341 = 1923),
m a n ifie s ta m e n te in s p ir a d o en la H a d a ra t a l-is lá m f i d a r a l-S a lá m d e Y a m íl
M u d a w w a r (1 .a ed., B eiru t, 1888; 2.a ed., 1905; 3.a ed., 1932); in s p ira d a a su v e z en el
V o y a g e dn je u n e A n a ch a rs is en G ré ce , d el a b a te B a rth é le m y . A l-B a r q ü q i ha ig n o ra d o
q u e al-Q álí p asó p o r I f r iq iy y a (c f. A n al., I I , 107; a l-D a jira , I, en A bba d., I I I , 41, E l
C a iro , I, 1, 3; Ib n al-F arad í, T a 'r ij 'u la m a ' a l-A n d a lu s, I, 65-66: núm. 221).
2 R. B la c h é re , U n p io n n ie r de la c u lt u r e a ra b e o r ié n ta le en E s p a g n e au X c siécle.
S á 'id de B a gd ad , en H e s p é ris , 1930, 15-36. S á 'id e n tr ó en E spa ñ a h a cia 380 = 990.
3 H M E 2, I I , 89 (q u e r e m ite a al-B avá n , I I , 132/211.
4 C f. Anal., I I , 96-98.
nadores de España, que a menudo las conseguían a precio de oro en la
corte de Bagdad. Al-M aqqarí nos ha transmitido datos sobre las más
notables de ellas 4: al-Ayfá’, de Bagdad, y las tres medinenses Fadl, 'Ilm
V Qalam. Esta última, si bien form ada en Medina, no era de origen orien­
tal: traída muy joven todavía de Navarra, tras una expedición en el norte
de la Península, había sido llevada a Medina, donde pasó por todas las
etapas de la educación que debían recorrer las futuras cantantes; llegó a
ser hábil en el canto, en las letras, en la escritura y especialmente dotada
para m em orizar versos; fue com prada por el califa omeya de Córdoba
Abd al-Rahmán II, que debió apreciarla mucho, puesto que a pesar de
su larga estancia en Oriente había mantenido la tez de las rubias que
tanta seducción sabemos ejercía en los Omeyas de España 5.
Qamar, la cantante esclava com prada en Bagdad por el patricio árabe
gobernador de Sevilla Ibráhlm ibn Hayyáv al-Lajmí, merece también una
mención especial. Fue sin duda una de las mujeres que trajeron a la corte
de Sevilla esa cortesía exquisita cuya acción bienhechora se hizo sentir
sobre el carácter, un poco rudo, de su señor y de sus cortesanos 6; ella
contribuyó con su elocuencia natural y su disposición para la poesía a
difundir el gusto por la literatura del Iraq, de la que se sabía todas las
obras maestras de memoria.
En esta ojeada rápida sobre la influencia del Oriente en España en los
siglos ix y x no queremos olvidarnos del famoso cantor persa Ziryáb, de
sus hijas 'Ulayva y Hamdüna, sus esclavas Gazlán y Hunavda y su alumno
Mut'a 7.
En el siglo x i los mensajeros de Oriente no tienen la misma calidad;
España busca cada vez menos sus modelos en Oriente; tiene letrados,
poetas, pensadores, cantores y músicos de uno y otro sexos que no tienen
nada que envidiar a los de Bagdad o Medina. La vida en las pequeñas
cortes de los reyes de Taifas ofrece en algunos aspectos más refinam iento
del que hay en las grandes ciudades orientales. En el siglo x el grado de
cultura y de civilización de un Abü ’AlT al-QálI o de una Qamar es neta­
mente superior al de los medios que frecuentan en Andalucía; en el
siglo x i el orden de los valores se ha invertido en favor de los hispano-
musulmanes. Nos preguntamos, por ejem plo, lo que al-Fukayk (Abü-1-
Hasan al-Bagdádí), aquel pedigüeño descarado, aquel satírico desvergon­
zado, podía aportar a la corte de al-Mu'tamid de Sevilla, o a la de
al-Muqtadir ibn Hüd de Zaragoza. Un bufón real difícilm ente podría ser

5 C f. Ib n H a zm , T a w q , ed. P é tr o f, pp. 26-27; trad . N y k l. pp. 3940; trad. B erc h e r,


p á g in a s 26-7.
6 C f. A n al., I I , 97; H M E 1, I I , 89-90, y las re fe r e n c ia s citad as.
7 S o b re Z ir y á b y su in flu e n c ia e n E sp a ñ a en la é p o c a de 'A b d al-R ah m án I I ,
c f. A n a l, 83-92; Ib n D ih ya, a l-M u tr ib , ff.“ 112a-113b: H M E 1, I, 309-313; D ugat, p á g i­
nas 112-121; H . T e rr a s e , L ’a r t h is p a n o -m a n re s q u e des o rig in e s au X I I I e siécle,
p á g in a s 71-73; E. L é v y -P r o v e n g a l, L a C iv ilis a íio n a ra b e en E s p a g n e, pp. 69-74;
r e p r o d u c id a en H is t o ir e de l'E s p a g n e m u s u lm a n e , 2.a ed., I, 269-272.
más grotesco que este poeta que, por com parar a al-Mu'tamid con Salo­
món, se disfrazó un día de abubilla *.
Abü-l-Futüh al Yuryání, que había hecho estudios enciclopédicos en
Bagdad, residió algún tiempo en la corte de Muyáhid de Denia y después
en la de al-Mundir de Zaragoza y por fin se estableció en Granada. Letra­
do a ratos, guerrero cuando las circunstancias lo exigían, dejó tras sí la
reputación de un aventürero enredador que acabó siendo muerto por
Bádis ibn Habbüs. Los andaluces pueden agradecerle, todo lo más, el
haber explicado en Granada la H amasa de Abü Tammám
El único oriental que merece retener nuestra atención es Abü-1-Fadl
Muhammad al-Tamlml al-Dáriml al-Bagdádí, que, enviado com o emba­
jador por el califa 'abbásí al-Qá’im Billáh ante al-Mu'izz ibn Bádís, príncipe
de Ifríqiva, pasó a España tras la invasión de los árabes y se estableció
en la corte de al-Ma'mün de Toledo, donde murió en 454 ó 455 (1062 ó
1063). Hay en él una delicadeza de pensamiento, una cortesía refinada,
una distinción tal que le permiten entrar por la puerta grande en la
sociedad andaluza; el zarf de Bagdad no había encontrado, desde Qamar,
un mensajero tan perfecto y atractivo. Festejado en Qayrawán, donde
fascinó a los letrados que formaban, junto con el príncipe al-Mu'izz ibn
Bádis, la sociedad culta más refinada de la Berbería oriental, pasó a Es­
paña forzado por los acontecimientos políticos, y es en Toledo, en los
círculos allegados a al-Ma’mün, donde su tendencia a disertar sobre el
am or va a alcanzar su máxima plenitud al encontrar un medio favorable;
su poesía cortesana sólo floreció en España l0.

Abü-1-Fadl al-Dárimí, antes de embarcarse para Ifriqiya, había visitado


a Abü-l-'Alá al-Ma'arrl en M a'arrat al-Nu'mán ", Es fácil imaginarse la
conversación de estos dos hombres; tras hablar de Bagdad, fijarían sin
duda su atención sobre Occidente y con el pensamiento tratarían de repre­
sentarse lo que debería ser allí la vida intelectual. Si Abü-1-Fadl tenía
cierta prevención en contra del viaje, a pesar de su misión oficial, debió
ser tranquilizado rápidamente por al-Ma'arrí. Este, en efecto, estaba al
corriente de la producción literaria en la Berbería oriental y en España.
Tal vez le disuadiese de permanecer mucho tiem po en Qayrawán. ¿No
había juzgado muy severamente a Ibn Hání al-AndalusI?; «S u poesía
guarda un gran parecido con un molino que triturara cuernos» ’2. Encon­

8 C f. A nal., I I , 81-82. Ib n B assá m , en la D a jira , t. IV , le c o n s a g ra una nota.


9 H M E 2, I I I , 30-35, y la b ib lio g r a fía , p. 31, n o ta 1, C f. s itp ra , p. 38, n. 4.
10 C f. Anal., I I , 77-80. T e n d re m o s o c a s ió n de h a b la r d e e ste p o e ta , in fra , p á g i­
nas 423 y pa ssim .
11 Anal., I I , 77.
12 Ib n J allik án , W a fayat, E l C a iro , I I , 5; trad . S la n e, I I I , 127.
traba mucha rudeza y pocas ideas en el lenguaje que empleaba el poeta;
¡pero cuanto encanto encontraba en los versos de la poetisa andaluza
Hamda, hija de Ziyad al-Mu’addib ", de la que había aprendido de memo­
ria todos los fragm entos sobre el valle de Guadix! ¡Ah, qué santa indig­
nación le invadió cuando el poeta al-MunázI ( t 437 = 1045-b)l4, que había
venido a verlo, le recito esos hermosos versos, trémulos de un lirism o
desconocido en Oriente, com o obra de su propia cosecha! b. Occidente
no le era desconocido a al-Ma'arri y otros además de el estaban sin duda
inform ados también de lo que pasaba al otro extremo del Mediterráneo.
El intercambio literario debía llevarse a cabo rápidamente, puesto que
al-Munází, que pensaba poder plagiar impunemente a Hamda, se encon­
tró precedido en el conocim iento de dichos versos por al-Ma'arrí.
Podemos suponer que Abü-1-Fadl al-Dárimí, tras su visita a al-Ma'arri,
debió concebir la idea de aprovechar su misión en Berbería para ir a
Andalucía. Otros antes que él, com o hemos visto, se habían decidido a
em prender tan largo viaje; pero si bien los musulmanes del Magreb
visitaban frecuentemente el Oriente, ya fuese en peregrinación, ya en
viaje de estudios, los orientales, a pesar de las invitaciones que se les
hicieron en ocasiones, vacilaban en trasladarse a un país sobre el que
hasta entonces se habían hecho juicios tan desfavorables.

Al-Yahiz ( f 255 = 869) lo había calificado de «tierra inepta» (tina


h a m q a ) 16, y el viajero Ibn Hawqal, que lo había visitado a finales del
siglo m = ix, había escrito sobre él esta frase que provocaría la res­
puesta tardía de Ibn Sa'íd:
«L o que sorprende más a los extranjeros que llegan a esta Península
es que pertenece todavía al soberano reinante, pues los habitantes del
país son gentes sin orgullo y sin espíritu; son cobardes, montan mal a
caballo y son incapaces de defenderse contra soldados adiestrados, y por
otro lado nuestros señores (que Dios les bendiga) saben muy bien lo
que vale el país, cuánto aporta en impuestos y cuáles son sus bellezas
y delicias'» l7.

13 H a m d a o H a m d ü n a v iv ió a tiñ es d e l s ig lo iv = x; tal v e z a lc a n zo el c o m ie n z o
d e l s ig lo XI. U n a n o ta s ob re e lla nos v ie n e d ad a p o r a l-M a q q a rí, en Anal.. I I , 629-631.
N o s o tr o s d a m os, in fra , pp. 163 y ss., su d e s c rip c ió n del v a lle de G uadix.
14 S o b re al-M u n ází. cf. W a fa vá t, E l C airo , I, 44; d e Slane, I, 126.
15 A n a le cte s , I I , 630-631.
16 A l-S an d ü b i, A d a b a l-Y a h iz, pp. 69-71.
17 Ib n H a w q a l, K . a l-m a sü lik w a -l-m a m & lik ( B G A , I I ) , pp. 73-74 (r e p r o d . en
Anal., I, 130, y trad., en H M E 2, I I , 125-126); L é v i-P ro v e n c a l, E sp. X L' siécle. p. 135.
Un g en e ra l c ris tia n o , Ib n M á m a , qu e d u ra n te la fitn a a p o y o a los b e re b e re s y al
c a lifa S u la y m á n c o n tra los e s la v o s y los O m eva s, d e cía de los c o rd o b e s e s qu e «n o
ten ía n r e lig ió n , ni v a lo r, ni in te lig e n c ia ». Cf. al-B ayan, I I I , 90, y su pra , p. 19, n. 19.
Ib n S a 'id r e fu tó a Ib n H a w q a l en una p ágin a qu e se e n cu en tra en los Anal., I,
130-131.
El retrato es evidentemente poco lisonjero. La esclava-cantante Qamar,
acostumbrada a la cortesía de Bagdad, encontró también mucha rudeza
en los círculos allegados al gobernador de Sevilla, Ibráhím ibn Hayyáy
Abü 'A ll al-Qálí, que viajó por la Berbería oriental antes de acudir a la
llamada de 'Abd al-Rahmán I I I ’9, com probaba con estupor que cuanto
más se alejaba de Oriente, peor hablaban el árabe los musulmanes, y se
preguntaba si al llegar a España no se vería obligado a valerse de un
intérprete para hacerse entender 20.
N o obstante, a través de los viajeros, el Oriente no era totalmente
ajeno al conocim iento de Occidente, si bien eran escasos los que podían
hablar de otro m odo que no fuera de oídas. Abü Nuwás, en su encuentro
en Bagdad con el poeta español 'Abbás ibn Násih, le d ijo que le com pla­
cería oír los versos de Abü-l-Ayrab y los de Bakr al-Kinám, cuya repu­
tación había llegado desde España al Iraq, y 'Abbás lo hizo de buen
g ra d o 21. Pero los poetas de Bagdad tenían, en general, mala opinión de
los poetas andaluces. Se cuenta que, habiendo abandonado España al-
Gazál para librarse del odio de Ziryáb, se dirigió a la capital ’ abbasi. Un
día se encontró con un grupo de letrados que manifestaban un gran des­
precio por sus compatriotas. Se contuvo, pero cuando después se habló
de Abü Nuwás, cuya muerte era reciente, les dijo: «¿Quién entre vosotros
recuerda estos versos de Abü Nuwás?:

C u an d o v e o a los b e b e d o r e s (s a rb ), etc.

Con profunda admiración hicieron grandes elogios de estos versos.


«M oderad vuestro arrebato, d ijo entonces al-Gazál, pues son obra mía.»
Ellos se negaron enérgicamente a creerlo, pero el andaluz los dejó confu­
sos al recitar el poema desde el principio al fin 22.
Como Abü Nuwás, al-Mutanabbí apreciaba a ciertos poetas andaluces.
Un día que se encontraba en El Cairo coincidió en la mezquita de 'Am r
ibn al-'As con el español Abü-1-Walld Ibn 'Abbád, que volvía de peregri­
nar: «Recítam e, le dijo, alguna cosa del buen [p o e ta ] de Andalucía (M alíh
al-Andalus)», e Ibn 'Abbád, que adivinó a qué poeta se refería al-Mutanab­
bí, le recitó un fragm ento de cuatro versos de Ibn 'Abd Rabbih 2\
Apenas terminados de recitar los versos, al-Mutanabbí pidió que los

!i< A l-B a yán , I I , 132 = 211; Ib n al-A b b ár, T a k m ila , núm. 2114, y H M E 1, I I , 90.
19 C f. su p ra , p. 50.
20 A l-D a j¡ra , I, 1, 4, y en Abba d., I I I , 41. R e p r o d . en A n al., I I , 106-107.
21 A nal., I I , 151. 'A b b á s ib n N á s ih e ra d e o r ig e n ta q a fí y e je r c ía las fu n c io n e s de
c a d í en A lg e c ir a s a p r in c ip io s del s ig lo IX (c f. A n al., I, 220, 221, 633, 634; I I , 151).
A b ü -l-A yrab Y a 'w a n a ibn al-S im m a a l-K ilá b í e ra un p o e ta s a tír ic o c o n te m p o r á n e o
d e Y a r lr y d e a l-F a ra zd a q (c f. A n al., I I , 120). S o b re B a k r a l-K in á n l n o sa b em o s nada.
22 A n al., I, 633; Ib n D ihya, a l-M u trib , f.° 112b. D u gat, In tr o d . a tix A n al., I, L IV .
23 M e tr o k a m il, r im a iqa.
recitara de nuevo, v cuando asi se hizo: «¡O h Ibn 'Abd Rabbih! — d ijo — -
el Iraq vendrá a ti arrastrandose de rodillas» :4.
En suma, encontramos más desdén o indiferencia de Oriente por Occi­
dente que admiración o estima. ¿Se percibía algo extraño, no árabe, en
esta poesía de hombres tan próxim os de los ’áyam, tan mezclados con los
cristianos? Cicerón, en Pro Archia, ¿no se sorprendía también de ver a
sus compatriotas tan severos con un griego y en tan buena disposición
hacia los poetas de Córdoba, a pesar de lo que sus versos tenían «de recar­
gados y exoticos» (pingue quiddam sonantes atqne pere g rin a n )? 25.
Los orientales estaban imbuidos de la idea de que la luz sólo podía
venir de Oriente. Sin embargo, al-Mutanabbl había celebrado las virtudes
de personajes nacidos fuera del Oriente al decir:
— Y o d ig o : iA llá h A k b a r! [D io s es g ra n d e] en turno de sus m orad as
cu an d o los soles de esos lu g a res ap arecen , y sin e m b a r g o no está a llí el
L e v a n te 26.

Pero hay prejuicios difíciles de extirpar, sobre todo cuando son lite­
rarios, y hay que reconocer que, en lo que concierne a Occidente, los
españoles han sido responsables, en gran parte, del desden con que se les
pudiera tratar.
Ibn Abí-l-Jisál, en una epístola a Ibn 'Abdün, dice:
«¿Q ue tengo yo en común con Fulano? ¿Es otra cosa que un hombre
de Occidente, aunque se cree de pura raza árabe? ¿No es Occidente, ante
los ojos de otros pueblos, otra cosa que una simple glosa colocada entre
lineas?» 27. ¿M odestia o sentimiento real de su poco valor? Su corresponsal
sabe bien que es por exceso de modestia por lo que Ibn Abl-l-Jisál habla asi.
Cuando al-Marrákus! dice de Ibn Hání que era tan admirado que se
le comparaba con al-Mutanabbl, pero erróneamente 2!i, obedecía más a un
prejuicio que a un juicio justificado. Al-Muzaffar ibn al-Aftas de Badajoz
negaba a todo español de su tiempo el talento para hacer buenos versos
y proclamaba en las reuniones literarias que presidía: «¡Aquel cuya poe­
sía no sea com o la de al-Mutanabbl o la de al-Ma'arrl, que se calle, pues
no me satisface nada que le sea in fe r io r !» 29.
• • •
:4 H a b w a n : lite r a lm e n te , a rra s trá n d o s e s ob re el tra s e ro c o m o los b eb es (la im a ­
gen se e n c u e n tra s iete v e ce s en las T ra d ic io n e s d el P ro fe ta . C f. Jaldun. P r o le g o -
m én es, te x to , I I , 154; trad., I I , 176). S o b re esta an écd ota , cf. M a tm a h , p. 52 (r e p r o ­
d u c id o en A nal., I I , 382, y A. D a if, B aldga, p. 90, n. 2); Y á q ü t, Irs á d a l-a rib , I I , 71;
a l-T a ’á lib l, Y a tim a , I, 364. A l-M u ta n a b b l ten ía m en os a d m ira c ió n p o r al-R am ad i, uno
de cu vos v ersos d ir ig id o s a al-Q álí le im p u lso a h a ce r una b r o m a un ta n to esca­
b ro sa . C f. A nal.. I I , 49.
2? C ice ró n , P r o A rc h ia , 26.
:ñ A l-M u ta n a b b i, D lw á n , ed. S a d er, 24; ed. a l-B arqu qí, I, 480 (m e t r o k a m il, r im a
q i), y en A n al., I I , 150.
21 H is t. A lm o h ., te x to . 121 ( E l C airo , 109); trad., 145.
-8 H is t. A lm o h ., te x to , 77 ( Et C a iro , 68); trad., 94-95.
2l) C f. Ib n al-Jatíb, A 'm a l, 212. V. stipra , p. 39, n. 13.
La cultura literaria, que, como hemos visto, comenzo en España por la
poesía oriental, se impone de una manera tan despótica al espíritu de los
andaluces, que cuando quieren caracterizar a un letrado u otro personaje
buscan de inmediato en su m emoria al oriental con quien parangonarle.
A al-Mu'tadid se le compara con el califa 'abbasT Abü Y a ’far al-Mansür 30;
a al-Mu'tamid, con al-Wátiq Billáh, por la finura de su inteligencia y la
amplitud de sus conocimientos literarios 3I. Marwán al-Talíq, descendiente
de 'Abd al-Rahmán al-Násir, es, entre los Omevas de España, lo que es
Ibn al-Mu'tazz entre los 'Abbasíes 32. Al-Ramádl dice que él sale por la
mañana montado en un caballo que tiene las cualidades descritas por los
poetas orientales siguientes: Zayd al-Javl, al-Ganawl, al-Marbi y al-Dillil
( Imrü'-I-Qays) ’\ lo que hace suponer que los lectores conocen los diwánes
de estos autores orientales. A proposito de Ibn Zaydün, al-Marrákusi
declara que '- sus versos amorosos hacían olvidar a Kutayyir-'Azza; aque­
llos a los que otorga alabanzas eclipsan a Zuhayr ibn Abí Sulmá, y del que
quiere ostentar su orgullo, se cierne por encima de Im ru'l-Qays» 34. Ibn
Bassám, que ha dedicado tantos elogios a sus com patriotas en la Dajira,
se ve a su vez alabado por el autor de muwassah Abü Bakr Ibn 'Libada
al-Qassáz, con estas palabras:

1. Si te je s un e lo g io , eres Z u h ayr, o si haces un m a d rig a l, U n v a


Ib n Jizám ;
2. o si sales te m p r a n o a c a za r vacas b ra va s (m a lla ), Ib n H u y r
( I m r u ’l-Q avs), o si llo ra s los lu g a res [a b a n d o n a d o s ], Ib n Jid ám ;
3. si cu lp as al d e stin o c u a n d o lo m e re c e , A b u -l-T a v y ib (a l-M u ta n a b b í)
«d e p e n s a m ien to s de le jan o a lc a n c e » (a l-b a 'ld a l-m a r ü m i) 35.

Abü 'Abd Alláh al-Lüsi com paró a Ibn al-Saqqat con Habib (Abü Tam-
m ám ) y al-B uhturl30. Abü Bakr Ibn Quzmán se asemeja a al-Mutanabbí
porque «se preocupa ante todo de las ideas, mientras que Madgalís es
comparable con Abü Tammám, más preocupado por la busqueda de las
palabras (s i n a a ) » 31. Ibn Hazm, en su Risella sobre la superioridad de Es­
paña, compara a Ibn Darráv al-Qastallí con Bassar ibn Burd, con Habíb
(Abü Tam m ám ) y con al-M utanabbí3R. Ibn Táhir (Abü 'Abd al-Rahmán)

30 H is t. A lm o h ., texto, 67 (E l C airo , 59); (rad . 82.


31 H is t. A lm o h ., texto, 71 (E l C airo , 63); trad., 86.
32 A i-H u lla , en N o tic e s , 115 (s e g ú n Ib n H a z m ); Anal., I I , 398.
33 M a tm a h , 70.
34 H is t. A lm o h ., texto, 74 (E l C airo , 65); trad., 90.
35 R im a á m i, m e tro ¡ a fif ; Anal., I I , 330.
36 Q a lá ’id, p. 222, 1.2.
37 Anal.. 262; G o n zá le z P a le n c ia , H is t. de la lit. á rabe-esp., p. 110.
38 A nal., I I , 121. A l-T a 'á lib i, en la Y a t im a t a l-d a h r (t. I, p. 438), d e c ía qu e Ib n
D a rrá v era en E sp a ñ a lo qu e a l-M u ta n a b b í e ra en O rie n te ( cf. ta m b ié n Anal., U ,
131-132). Ib n J allik án , en los W a fa yá t, da el m o te de a l-M u ta n a b b í a Ib n H ani,
a l-R a m a d i e Ib n D a rrá v.
de Murcia se parece a al-Sáhib ibn 'Abbád w. La poetisa Maryam, hija de
Abü Ya'qüb al-Ansárl, en opinión del califa al-Mahd!, aventajaba a al-
Jansá’ 40.
Podríamos m ultiplicar las referencias, pero con las va citadas creemos
que hay más que suficiente.
La admiración por el Oriente se manifestaba en los españoles por la
tendencia a poner sobrenombres a sus com patriotas derivados de los
nombres de los poetas o filólogos orientales 41. El nombre de al-Asma'í
en España designa a Muhammad ibn Sa'id al-Zayyálí, que era de origen
b ere b er42. La Jansá’ del Magreb es Hamda (o Hamdüna), hija de Ziyád
al-Mu’addib de Guadix 4\ Un poeta de Badajoz sólo es conocido bajo el
nombre de al-K u m ayt44. Buhturí al-Garb es Ibn Zaydün 4\ $anawbari
al-Andalus es Ibn Jafáya 4o. El Ibn al-Rüml de España es Abü 'Abd Alláh
al-R usáfl47. A Abü Bakr al-Majzümí le denomina Ibn Sa'id el «segundo
al-Ma’a rrl» 48. En cuanto a los Mutanabbls, son numerosos, com o hemos
podido v e r 49.
Las comparaciones pasan de los hombres a los países o a las provin­
cias: «España — dice al-Hiyárí— es el Ira q de Occidente por el orgullo de
las genealogías [árab es], la delicadeza de las bellas letras, la preocupa­
ción constante de estudiar todas las ramas de la ciencia y la variedad de
ingenio que reina tanto en prosa com o en verso» 50. El Iraq, con Bagdad,
representa para los andaluces el lugar ideal donde el talento y el genio
son siempre reconocidos y donde están definitivam ente consagrados; es
una especie de Parnaso que ejerce una atracción tiránica sobre los espí­
ritus occidentales, una especie de Edén terrestre para los poetas y grandes
h om bres5'. Y es que Bagdad, Iraq y Siria son la patria de los grandes
poetas modernos: Bassar ibn Burd, Abü Nuwás, Abü Tammám, al-
Buhturi, Ibn al-Rümí, Ibn al Mu'tazz, al-'Abbás ibn al-Ahnaf, al-Mutanabbí
mismo, al-Saríf al-Radí, Mihyár al-Daylamí y también al-Ma'arr!.
El hayib al-Muzaffar, h ijo y sucesor de al-Mansür, decía: «¡Q ué her­
mosa es la fama de un hombre cuando está inscrita en las hojas de un
libro! Las bellas acciones nacen en España y después vuelan hacia Siria

39 A l-H u lla , en N o tic e s , p. 188.


•*o Anal., I I , 632.
41 V . n o ta 38.
42 A n a l, I I , 362.
43 A n a l, I I , 629.
44 Anal., I I , 306.
45 A l-S a fa d í, a l-W á fi, en A n a l, I I , 383.
46 A n al., I I , 328.
47 A n a l, I I , 327.
4Í A n a l, I, 117.
49 C f. su p ra , p. 55, n. 38.
50 A n a l, I I , 107.
51 C f. s o b re e ste tem a, E . G a rc ía G ó m e z, B a gd ad y lo s re in o s de T a ifa s , en R e vis ta
de O c c id e n te , t. C X X V I I , e n e r o d e 1934, pp. 1-22.
o el Ira q » 52. Como capitán, vuelve sus ojos a los Hamdánies de Siria; como
poeta, quisiera que su reputación llegara hasta el Iraq. Al-Bakri de Cór­
doba escribe a Ibn al-Saqqát, visir de Abü-1-Walid Ibn Yahwar, que se
encuentra de embajada en Granada;

— Si les fu e ra p o s ib le a las ciu d a d e s an d a r, B a g d a d y E l C a iro irían


a fe lic ita r a esa a fo r tu n a d a c iu d a d a causa de v u e s tra p r e s e n c ia 53.

Ibn Darráy al-Qastallí, en su panegírico de Javrán, el príncipe eslavo


de Almería, decía en 407 = 1016:

1. Si O c c id e n te [A r d a l-M a g rib ] c o n o c e m i lu g a r d e n a c im ie n to y si
c o m p a ñ e ro s y a m ig o s m e ig n ora n ,
2. ¡q u é buena a c o g id a d a rá a m i lle g a d a el I r a q (a rd a l-'Irá q ]
y cu án ta a le g ría m a n ife s ta r á p o r m í Jurásán! 54.

Estos versos son reveladores: si los poetas aspiran a ir al Iraq es por­


que sufren muchas decepciones en España. ¿Se deberá esto únicamente
a los disturbios políticos de comienzos del siglo xi que les impiden darse
a valer y gozar con entera libertad de las satisfacciones de su amor pro­
pio? Nos inclinamos a creer que son más bien las traiciones de los amigos
y la denigración de los compañeros las que provocan ese descontento
de los escritores ávidos de alabanzas, que les fuerza a volver los ojos hacia
esa Arcadia donde la envidia no existe v los poetas spn reyes.
El propio Ibn Hazm nos viene a confirm ar esta inquietud de la Espa­
ña letrada de la prim era mitad del siglo x i: «E l Iraq — nos dice en su
Risdla— es el lugar al que emigra la inteligencia com prensiva ( f ahm)
y aquellos que la poseen, y donde se va a buscar (m urad) los conocim ien­
tos y a los que los poseen» 55. Pero expresa m ejor aún su pensamiento en
los versos que dedica al gran cadí de Córdoba 'Abd al-Rahmán ibn Baslr:
en ellos nos desvela las aspiraciones inquietas de su alma, que no se vería
satisfecha incluso si le fuera posible ir al Iraq, objeto de sus ansias:

1. Y o s oy el sol qu e b rilla en el fir m a m e n to de las c ie n c ia s , p e ro


ten go el [g r a v e ] d e fe c to de e le v a r m e p o r O c c id e n te .
2. S i y o a p a re c ie s e en O rien te , ¡c ó m o se a p re s u ra ría n a to m a r to d o
lo qu e se ha p e r d id o d e m i re n o m b re !
3. S ie n to un a r d o r a m o r o s o qu e m e im p u lsa hacia las re g io n e s del
Ir a q ; a n a die p u ed e e x tr a ñ a r qu e el p ro fu n d a m e n te e n a m o r a d o (sabb)
sien ta n o stalg ia.
4. [P e r o ] si el M is e r ic o r d io s o p e rm ite qu e m e v a y a a in s ta la r e n tre
los h a b ita n te s [d e ese país le ja n o ], ¡en to n ces se m a n ife s ta ría n las
la m e n ta c io n e s y la p e sa d u m b re [d e m is c o m p a t r io t a s ]!

A 'm a l, 101, 1. 5-6.


53 Ib n al-A b b ár, a l-H tilla , en R e c h e rc h e s 1, 288, 296.
54 R im a tini7, m e tro tu w il. A 'm a l, 245.
55 Ib n H a zm , R isü lu , en Altai., I I , 120.
5. ¡D e cu án tos p ro fe s o re s he d e s p e r d ic ia d o la o c a s ió n de escu ch ar
c u a n d o p o d ía a s is tir a sus le c cio n e s o ra le s , y [a h o ra ] b u sco en los
lib ro s lo qu e éstos m e p u ed en a p o r ta r de su cie n c ia !
6. E n to n c e s nos d a m o s cu en ta d e qu e la d is ta n c ia tien e [la v irtu d
d e c re a r ] re la to s le g e n d a rio s y qu e la g ran d e s g ra c ia qu e causa el
m a ra s m o d e la c ie n c ia es su p r o x im id a d 56.
7. ¡Q u é cosa m ás e x tra ñ a ! A aqu el qu e les ab an don a, le buscan
a p a s io n a d a m e n te ; ¡p e ro es un c rim e n e s ta r c e rc a de e llo s !
8. E l p a ís en e l qu e n o he p o d id o e n c o n tra r un lu gar, se m e hace
lim ita d o , in c lu s o si se tr a ta d e un in m e n s o d e s ie r to d e a m p lia exten sió n .
9. Y lo s h o m b re s q u e no han e s tim a d o en su v a lo r lo qu e p o d ía
d a rles son unos d e rro c h a d o re s , y la é p o c a en la qu e n o he p o d id o c o s e ­
c h a r los fru to s ab u n d a n tes, un tie m p o d e esca sez 57.

Ibn Hazm nunca se ha retratado m ejor que en estos versos, v podemos


creer que no era el único en sufrir este estado de ánimo.
Si después de él, en la segunda mitad del siglo xi, decrece el deseo de
viajar a Oriente e instalarse en Bagdad, se sigue considerando, sin em­
bargo, el Iraq com o el lugar ideal, favorecedor de la inspiración de
las musas.
La queja de Ibn Darráy y de Ibn Hazm la volvem os a encontrar años
más tarde bajo los Alm orávides, cuando los poetas recorren España y el
Magreb en busca de dádivas para asegurarse el no m orir de hambre. Ibn
Baqí dirá a su vuelta de Marruecos, donde nada había obtenido:

— S i h o m b re [c o m o soy, tras h a b e r rec ru za d o el e s t r e c h o ], A n d a lu cía


m e rech aza, m e ir é al Ir a q , d o n d e to d o el m u n d o se p o n d rá d e p ie p ara
r e c ib ir m e ®.

Si bien Ibn Hazm, fino psicólogo que sabía leer en su propia alma,
reconocía que el Iraq le defraudaría tanto com o España, otros poetas
y hombres de letras seguían poniendo sus ojos en Oriente: «el alejam ien­
to — com o decía Ibn Hazm— juega un papel im portante». Sin embargo,
aquellos que se habían ido allá habían vuelto desencantados: la envidia
y la maledicencia hacían estragos lo mismo en Bagdad que en Córdoba
u otras ciudades de España: al-Gazál lo había experimentado e Ibn
Avsün pasará por la misma experiencia a finales del siglo X I 59.

56 Es c o m p a r a b le e ste p r o v e r b io an d a lu z: A l-'á lim k a -l-h a m m a : y a 'tlh a a l-bu 'ad a


w a-yazhad fih d a l-q u ra b a ': « E l s a b io es c o m o las aguas te rm a le s : las gen tes de le jo s
v ie n e n a e lla s y lo s qu e v iv e n ju n to a e lla s n o les h acen c a s o » (A l-B a k rí, K ita b
a l-a m ta l, en al-T iy án l, R ih la , ed. W . M a rga is , p. 97, 1, 9).
57 R im a bü, m e t r o taw il. C f. Anal., I, 514; H . A lm o h a d e s , texto, 33-34 (E l C airo ,
31-32), trad., 41: h a cia el 1-6 s o la m e n te ; a l-D a jira , I, 1, 145-146; A sín P ala cios,
A b e n h d za m , 1, 237; Y á q ü t, Irs a d , V , 96.
58 C f. n u es tro e s tu d io s o b re la P o é s ie á Fes á V é p oq u e des A lm o rá v id e s et des
A lm o h a d e s , en H e s p é ris , 1934 (t. X V I I I ) , p. 14.
59 Ib íd e m , p. 11.
Ibn Hazm era muy sensato al pensar que era inútil ir a buscar lejos
lo que se tenía al alcance de la mano. El entusiasmo por Oriente no era
tan general com o puede parecer: el humanismo español se daba cuenta
de que el estudio de la poesía oriental no era suficiente para dar un cono­
cim iento com pleto del hombre. Al exagerar el culto del Oriente se corría
el riesgo de no ver más que un lado de las cosas, el menos hermoso posi­
blemente, el lado puramente form al, en detrim ento de las ideas; se tenía
la sensación de que si bien Occidente debía mucho a Oriente, nuevos
valores habían surgido aquí que no se daban allá más que raramente; el
hombre de letras atento al justo equilibrio de las facultades debía tenerlo
presente.
Y, en efecto, en España en el siglo xt se puede constatar una concep­
ción muy amplia de la cultura: al Oriente hay que sumar el Occidente;
hay que reaccionar contra el desdén que por la literatura del Magreb se
insinúa en Oriente a causa, en parte, de los programas de enseñanza,
incluso en España. Se leerá y se estudiará a Ibn Hánl al-AndalusI com o a
al-Mutanabbl. Husám al-Dawla Ibn Razin, príncipe de la Sahla, se hace
leer el dtwán de ese poeta precoz muerto muy joven 60; Ibn al-Bayn al-
Batalyawsl no desdeña inspirarse en una de sus obras Ibn 'Ammár,
según al-Marrákus!, fue «uno de los gloriosos poetas que siguieron las
huellas de Ibn Hánl al-Andalus!» 62.
Al intervenir el amor propio, los andaluces quieren com petir con los
orientales. Al-Humaydí narra que le fue recitada, en presencia de un prín­
cipe andaluz, una poesía de un poeta oriental, en la que se decía:

1. ¿Q u é se les p o d r ía re p ro c h a r, si m e h u b ie ra n r e c o m p e n s a d o salu ­
d á n d o m e an tes d e p a r tir, cu an d o saben m u y b ie n q u e s oy un a m a n te
v íc tim a de la m ás v iv a p asión ?
2. P a r tie ro n de n o c h e c u a n d o las b rilla n te s e s tre lla s se le v a n ta b a n
[p a ra a lu m b r a r le s ], au n qu e e llo s fu e ra n en la n o ch e m ás b rilla n te s qu e
las e s tre lla s p a ra lo s o tro s h o m b re s.
3. O c u lta ro n a sus c a b a lg a d u ra s la m e ta d e su v ia je , p e r o su s o n ris a
se la r e v e ló en las tin ieb la s.

Uno de los asistentes hizo un elogio exagerado de estos versos: «H e


ahí, dijo, algo que no sabría hacer un español (A n d a lu si).» En la reunión
se encontraba Abü Bakr Ibn Hudayl, que im provisó en el acto:

1. H e s a b id o p o r el a r o m a d e la b ris a la d ir e c c ió n qu e han to m a d o ,
de d ó n d e h a b ía n p a r tid o los v ia je r o s en lite r a y en q u é lu g a r a c a m p a d o.
2. A m ig o s m íos, e n v ia d m e d e n u ev o a a l-H im á , p o r q u e n o q u ie r o
i r a o t r o lu g a r qu e a al-H im á.
3. P a s o la n o c h e en v e la con los d os F a rq a d en una s itu a c ió n aná-

«o C f. A n a l., I I , 277.
61 A nal., I I , 306.
62 H is t. A lm o h ., te x to p. 77 (E l C a iro , p. 68); trad., p. 94.
lo g a a la d e a q u el cu ya a lm o h a d a está hech a de t r a g a c a n t o 63 y c u v o
c o m p a ñ e r o d e le c h o es una a b ig a rr a d a serp ien te.
4. A m en u d o, h a cia una jo v e n c on o jo s d e hu rí, d e lá n gu id o s p á r­
p ad os, p a re c id a a una r a m ita d e m ir to (ra v h a n l en su fle x ib ilid a d
y d e lica d e za ,
5. d i r ijo m is m ira d a s ; sus o jo s y la s ed u cció n qu e d e e lla em a n an
m e dan la c e rte z a d e qu e n o s a ld ré in d e m n e M.

Al-Humavdí, que recoge esta anécdota, no saca una conclusión, pero


com prendemos muy bien que a sus ojos los versos del español Ibn
Hudayl son iguales, si no superiores, a los del anónimo oriental.
Pero hasta el siglo x i había tal vez razones materiales que motivaban
la poca estima de los españoles por su propia poesía y prosa; la carencia
de diwans v de antologías. Ibn Faray al-Yayyání (+ 366 = 976) había tra­
tado ya de llenar esta laguna al com poner el Kitab al-hadaiq, inspirado
en el K itab at-zahra de Ibn Dáwüd al-Isfahání. Esta obra no se nos ha
conservado, pero los extractos que los antólogos y biógrafos posteriores
nos han transm itido nos permiten decir que todos los fragm entos perte­
necían a autores andaluces 65. Esta antología, que tenía el propósito de
instruir a los españoles en su propia literatura, aparece com o el prim er
ensayo, tím ido todavía, de reacción contra Oriente. Menos de medio siglo
después “ un joven autor cordobés, Abü-1-Walíd al-Himyarl, h ijo de Habíb,
visir del Qádl Abü-l-Qásim Ibn 'Abbád de Sevilla, procuraba una continua­
ción al H a d a iq de Ibn Faray bajo el título de al-Badl' fi wasf al-rabi'. Por
fortuna, esta obra sí se ha con servado67. Los fragmentos, la m ayor parte
en verso, tratan de la primavera, los jardines y las flores y pertenecen
todos ellos a poetas o prosistas de Sevilla. La amplitud de la obra es tal
que nos preguntamos cuántos volúmenes le hubieran sido necesarios al
autor para transcribir todas las poesías del mismo género de toda
España.
El prefacio de Abü-1-Walíd al-Himyarí es un verdadero manifiesto de
nacionalismo literario. «Las poesías del Oriente, nos dice, han retenido
nuestra atención durante tanto tiempo, que han dejado de atraernos
y seducirnos con sus joyas. Por otro lado, podemos pasarnos sin ellas,
pues no es necesario recurrir a ellas cuando los andaluces poseen frag­

63 E l tr a g a c a n to (q a tá d ) es un a rb u s to m u y espin oso.
64 R im a m ü , m e t r o ta w il. C f. A n a l., I I , 106.
65 S o b re lo s H a d ü ’iq de I b n F a ra y, cf. Ib n . B assá m , a l-D a jira , t. I I (O x fo r d ),
c o p ia d e P a rís, 44a; al-D abbi, B u gy a , p. 141; Ib n D ih ya, a l-M u trib , f.° 5b; A n a lecte s,
I, 397, 801; I I , 118, 123, 451, 629; íb n al-A b b ár, a l-H u lla , en N o tic e s , p. 35. S o b re el
K ita b al-zah ra , c f. L . M a s s ign o n , R e c u e il de te x te s in é d its , pp. 232-240; A. R. N y k l,
p r e fa c io a la e d ic ió n d e l K it a b al-zahra.
66 L a s A n a le c ta s señ alan d os a n to lo g ía s d e l s ig lo xx, una d e 'U b á d a ib n M á
a l-S a m á ’ y o t r a titu la d a K it a b a l-ta s b ih á t m in a s 'a r a h í al-A n da lu s, d e Abü-l-H asan
'A1I ib n M u h a m m a d (c f. A n al., I I , 118).
67 M s. en E l E s c o ria l, núm . 353. E s te ms. nos s e rv ir á de base p ara el e s tu d io
d e las flo r e s d e A n d a lu cía.
mentos de prosa sorprendentes y poemas de original belleza... Los orien­
tales, a pesar del cuidado que han puesto en com poner versos, en escribir
su historia, favorecidos com o lo estaban por el largo período durante el
cual han hablado árabe, no llegan a dar en sus obras con las com paracio­
nes ( tasbihat) relativas a las descripciones que realzan las composiciones
de mis com patriotas (ahí b a la d í)...»
A fines del siglo x i y comienzos del xn, otro autor se cree obligado
a reanudar el mismo proyecto para el siglo x i completo, pues si la causa
está decidida, no está totalmente ganada. Ibn Bassám, para triunfar, com ­
pone su D ajira fi mahásin ahí al-yazira (« E l tesoro que guarda las bellezas
de los habitantes de la Península»), que constituye, para la época de la
fitna y de los reyes de Taifas, el documento literario e histórico más valio­
so. N o contento con dar noticia y citar versos de cada uno de los escrito­
res estudiados, transcribe, a propósito de los acontecimientos históricos,
largos fragm entos de una obra perdida de Ibn Hayván, al-Matin w.
Si Ibn Bassám parece desconocer a Abü-1-Walld, como éste parece
ignorar a Ibn Faray, reproduce las ideas de su predecesor dándoles una
form a más brillante para adaptarse al gusto de la época y así herir a sus
contemporáneos con sus propias armas: «Nuestra prosa, si al-Badí' [al-
Ham adám ] la viera, olvidaría su nombre, y si Ibn H ilál la descubriese,
se som etería a su autoridad; nuestra poesía, si Kutayyir la escuchara, no
com pondría nunca más poemas eróticos ni panegíricos, y si Yarwal [al-
Hutay’a ] 70 la escudriñara atentamente, no aullaría ni ladraría una vez
más [contra sus contem poráneos]; pero los habitantes de nuestro país
se rehúsan [a reconocer la belleza] para seguir a los orientales y referirse
a sus historias machaconamente, com o el hadit torna siempre a Q atád a71;
de tal modo que si en esa tierra [le ja n a ] grazna un cuervo o en el fondo
de Siria y del Iraq zumba una mosca, caen prosternados al suelo com o
ante un ídolo... Tal conducta me encoleriza y mi amor propio se indigna;
por todo ello he creído mi deber reunir las hermosas composiciones de
mi época y proseguir la búsqueda de las obras maestras de mis com pa­
triotas (ahí baladi) y de mis contemporáneos, impulsado por un celo
ansioso de que en esta tierra prodigiosa las lunas llenas no se reduzcan
a medias lunas y los mares no se vayan desecando, cuando los letrados
y sabios son tan numerosos... ¡Ah, quisiera saber quién sería tan osado

68 Abu-1-Walld a l-H im y a rl, a l-B a d i', f." 2 a-b. (


69 S o b re la im p o rta n c ia d e la D a jir a d e sd e el p u n to d e v is ta h is tó ric o , cf. E. L évi-
P ro v e n g a l, S u r des n o u v e a u x m a n u s c rits de la D a jira de d 'Ib n B a ss á m , c o m u n ic a ­
c ió n p re s e n ta d a e l 28 de a g o s to d e 1928 en el X V I I C o n g re s o In te r n a c io n a l de O r ie n ­
ta lis ta s en O x fo rd , p u b lic a d o en H e s p é ris , 1933 (t. X V I ) , 158-161.
70 í a r v v a l y K u t a y y ir e ra n dos p o e ta s d e l p e río d o o m e y a ; Ib n H ilá l y al-B adí',
d os p ro s is ta s d e l p e r ío d o ’A b b ásí.
71 Q a tá d a ibn D i'á m a ( t 118 = 736) e ra un sa b io tr a d ic io n a lis ta d e al-B asra.
com o para lim itar la ciencia a una época y conceder la belleza sólo a los
orien tales!» 72.
Ibn Bassám, a lo largo de su obra, no deja pasar la ocasión de señalar
la superioridad de los andaluces sobre los orientales y, a propósito de los
'Abbádíes, no teme proclam ar que «e l reino de Sevilla sobrepasa en esplen­
dor a los países del Ira q y hace olvidar la elocuencia de los escritores de
la dinastía dailam ita» 73.
Al mismo tiem po que Ibn Bassám, al-Fath ibn Jáqán componía sus
Qala'id al-'iqyán y su Matm ah al-anfus, que no sólo abarcaba el siglo xi,
sino también los precedentes 74.
Los más grandes poetas de aquel siglo habían reunido sus poesías en
diwan: al-Mu'tadid, al-Mu'tamid, Ibn 'Ammár, Ibn Zaydün, Ibn Jafáya,
Ibn Hamdís, etc. Fue precisa una tal abundancia de poetas — y excelen­
tes— durante el siglo x i para consagrar el m érito de la poesía hispano-
musulmana en la literatura árabe.
Ibn Dihya ( t 633 = 1235), algo más tarde, exageró, evidentemente,
cuando, a propósito de un poema de al-Gazál, dijo:
«S i este poem a hubiera sido compuesto por 'Umar ibn Abí Rabí'a, por
Bassár ibn Burd, por al-'Abbás ibn al-Ahnaf o por otro gran poeta que
haya escrito en el mismo género, se le admiraría, pero no se habla de él
porque es de un español (Andalusi). ¿Cómo explicar si no que no se le
con ozca?...» 75. Qué pensar también de Ibn Talha, que bajo los almohades
amonestaba a sus com patriotas de este modo: «Concedéis el más alto
prem io a Hablb [Abü Tam m ám ], a al-Buhturí y a al-Mutanabbí, cuando
tenéis en vuestra época [y entre vosotros] poetas que os llevan hacia
regiones insospechadas por esos orientales» 76.
Pero he aquí lo que atestigua la integración definitiva de la poesía
española en el campo de la literatura árabe de Oriente: «U n letrado — nos
dice al-Safadí en el al-W áfl— pretendía que el que se viste de blanco, lleva
sortijas de cornalina ( ’aqlq), que lee [a sus oyentes los tratados d e] Abü
'Amr, que sigue la jurisprudencia de al-Safi'í y que expone la poesía de
Ibn Zaydün, ha alcanzado el grado más perfecto de la "elegan cia" (qad
istakmala a l - i a r f a ) » v .

72 Ib n B assá m , a l-D a jira , I, I, 1-2; en A bba d ., I I I , 39-40, 57; Anal., I, 800-801.


73 A l-D a jira , t. I I (O x fo r d ), 71b, en A bba d ., I, 202.
74 A l-H iy ü r i ( t 550 = 1155) c o m p u s o ta m b ié n su M u s h ib a la g lo r ia de la p oesía
y d e los lite r a to s d e la E sp a ñ a m u su lm a n a (c f. Anal., I I , 108, 1.4-5).
75 Ib n D ih ya, a l-M u tr ib , f.“ 110b, trad . p o r D o z v en R e c h e rc h e s I I , 276.
76 A n al., I I , 208, 1. 2-3.
77 A nal., I I , 383.
Capítulo IV

LA PO ESÍA Y EL POETA CORTESANO

Los andaluces de cualquier clase social mostraban tal gusto por la


poesía que se diría que todos habían nacido para hacer versos o por lo
menos para sentir la belleza misteriosa encerrada en las sílabas rimadas.
Ibn Bassám, en su prefacio de la Dajira, ¿no decía que «había en cada
ciudad al menos un secretario hábil y un poeta indiscutible»? Otros
cronistas o geógrafos pretenden que incluso los había en los villorrios
más alejados, en ciertas regiones privilegiadas, es cierto, com o las de
Silves y G uadix2.

N o sólo los príncipes, los dignatarios, los magistrados y, en general,


todos aquellos que, por su rango social y económico, habían podido estu­
diar la poesía en su infancia y adolescencia, sino incluso los más modes­
tos artesanos, las gentes del pueblo privadas de cultura literaria propia­
mente dicha versificaban y gustaban de la poesía.
Los poetas o gramáticos iletrados (u m m i) se encontraban por todas
partes; com o la enseñanza estaba ampliamente difundida, no podemos
explicarnos que no supieran leer ni escribir, a no ser por el hecho de que
tomaran gusto a la poesía o a las ciencias tardíamente, escuchando a
ratos perdidos — cuando la edad de asistir al kuttab había pasado ya—
a los literatos y a los sabios; éstos admitían de buen grado en su com ­
pañía a cualquier persona con tal de que mostrara una cierta disposición
a pronunciar palabras ingeniosas o fragmentos rimados. Como es el caso

1 A l-D a jira , I, 1, 22 del. ( A n a le c te s , I I , 106, di.).


2 V . in fra , pp. 150-153.

63
de Ibn Yáj al-Ummí de Badajoz, del que hablaremos más adelante, y el de
Ibn Labbál al-Ummí, que fue maestro de Ibn 'Abdün \
Junto a los poetas que no sabían leer ni escribir hay que citar a los
ciegos. Numerosos son los letrados de la España musulmana que llevan
el epíteto de ciego ( ama, kaflf, makfüf, darir). Al-Safadí, en su libro con­
sagrado a los ciegos, N akt al-himyan \ habla de numerosos andaluces que
se distinguieron en literatura o en las ciencias musulmanas a pesar de
haber quedado privados de la vista al nacer o en el transcurso de su vida;
nos será suficiente citar, a guisa de ejem plo, en el siglo xi al filólogo Ibn
Sldah de Murcia y al ciego de Tudela (al-A'má al-Tutili).
Por lo que respecta a los artesanos cultos, debían de ser bastante
numerosos también; Ibn 'Ammár, de origen humilde, sabía el provecho
que se puede sacar del trato con las gentes del pueblo que luchan por su
pan cotidiano. Así, antes de estar vinculado a al-Mu'tamid, salía a la busca
de las producciones literarias de aquellos obreros (arbdb al-mihan) que no
desdeñaban, entre trabajo y trabajo, versificar sobre temas que Ies eran
fam iliares; sabía que entre ellos podía encontrar imágenes nuevas, com ­
paraciones exactas inspiradas por la realidad, vocablos sanos y sabrosos.
Fue él quien descubrió a Ibn Yám i', tintorero de oficio en Badajoz, y a
Yahyá, descuartizador (qassab) o carnicero (yazzar) en Zaragoza 5. En
Calatrava (Q al'at Rabáh) un cirujano-sangrador (hayyám), Abü Tammám
Gálib ibn Rabáh, se había hecho célebre por sus versos, de un realismo en
ocasiones repugnante, en los que hablaba a cada paso de úlceras cubiertas
de moscas o de entrañas devoradas por aves de p res a 6. «Ib n al-Labbána,
lo mismo que su hermano 'Abd al-'Azíz — nos inform a al-Marrákus!— , era
poeta; pero este últim o no lo era de profesión (siná'a) y no hacía de la
poesía su medio de vida ( maksab), porque era comerciante (m in al-tuyydr)
de o fic io » 7.
Pero la contribución de los campesinos a la vida literaria es, sin duda
alguna, la más importante; la vida del campo no es siempre un traba­
jo extenuador; deja lugar al ensueño, y puede decirse que la poesía
más profundam ente personal es la que emana de los hombres y mujeres
que están más cerca de la tierra, de la naturaleza; la gracia o la rudeza
de los paisajes se refleja en sus versos, y son estos poetas, más tarde

3 Ib n D ih ya, a l-M u tr ib , 136b.


4 A l-S a fa d í, N a k t a l-h im y a n , E l C a iro , 1329 = 1911. C f. ta m b ié n A. Z e k i Pacha,
S a fa d i. D ic t io n n a ir e b io g r a p h iq u e des a v e u g le s iIlu s tre s de l ’O rie n t. N o t ic ie b ib lio -
g ra p h iq u e et a n a ly tiq u e , E l C a iro , 1911.
5 Ib n Z a fir , B a d a 'i', p. 39 (r e p r o d u c id o en A n al., I I , 412). Y a h y á a b a n d o n ó la
p oesía p a ra v o lv e r a su a n tig u o o fic io . Ib n H a s d a y , e n to n ces m in is tr o d e Ib n Hüd,
e n c a rg a d o d e c u lp a r al trá n s fu g o y d e h a c e rle v a r ia r su d e cis ió n , re c ib ió una res­
p u esta en v e r s o q u e tr a d u c ire m o s m ás a d e la n te en el a p a r ta d o de « o fic io s d es­
c rito s p o r los p o e ta s ». C f. Anal., I I , 525.
6 A n a le c te s , I I , 282-283.
7 A l-M a rrá k u sí, H is t. des A lm o h a d e s , te x to D ozv, p. 104 (E l C airo , p. 93);
trad. F agn an , p. 126.
inmersos en la vida refinada de la ciudad, los que expresan los pensamien­
tos más poderosos junto a las imágenes más frescas o más llenas de
color; son ellos los que han dado a la poesía andaluza ese matiz bucó­
lico que la entronca con lo que Grecia o Rom a han escrito de más sincero
en el género geórgico, con o sin la gracia anacreóntica. Ibn 'Am m ár sintió
brotar su genio en la campiña de los alrededores de Silves; Ibn Saraf,
en la pequeña ciudad de Berja; Ibn Muqáná, originario de Alcabideche,
cerca de Cintra, sentirá tal nostalgia hacia el fin de su vida, que volverá
a sus campos y a sus cultivos \
En las clases altas se comprueba también un vivo gusto por la poesía.
Marwán al-Talíq, aquel omeya español que había encontrado su verdadera
realeza en la poesía, com o el 'abbasí Ibn al-Mu'tazz, decía, no sin orgullo,
en el largo poema que le ha dado fama:

32. M i n o b le z a es m i a lm a ; m i o rn a to , m i c u ltu ra lite r a r ia (a d a b );


m i e s p a d a es m i p a la b ra en el m o m e n to d e l en c u e n tro .
37. Y o s oy la g lo r ia (f a j r ) de los 'A b d S a m s [O m e y a s ] y g ra c ia s a m í
se ha r e n o v a d o su g lo r ia qu e se h a b ía d e te rio ra d o .
38. S o y y o el qu e r e v is to su g lo r ia d e s v a íd a d e e s p le n d o r g ra c ia s
a esas jo y a s de r e s p la n d e c ie n te b e lle z a qu e son m is v e r s o s 9.

Al-Muzaffar, hijo de al-Mansür, era muy aficionado a los versos que


describían flores, y él mismo proponía a los poetas temas sobre los jard i­
nes y los prados l0.
N i la política ni la guerra apartaban a los andaluces de sus ocupacio­
nes favoritas; al-Mustazhir, califa omeya durante la fitna, se ocupaba, a
pesar de sus luchas incesantes contra los bereberes, de literatura con Abü
'Am ir Ibn Suhayd, Abü Muhammad Ibn Hazm y su prim o 'Abd al-Wahháb
ibn Hazm ".
El ambicioso y cruel al-Mu'tadid componía versos en los que se descri­
bía m ejor que lo hubiera hecho un mem orialista o un cronista, donde se
mostraba en ocasiones tan tierno com o para poner celoso al más refinado
de los «Céladons». Y es que — antes de suceder a su padre el cadí Abü-1-
Qásim— había estudiado las antologías de poesía oriental, cosa accesible
a los príncipes capacitados. Y si es verdad que sus estudios no fueron
muy profundos, com o pone de relieve Ibn Bassám, se impregnó lo sufi­
ciente de poesía com o para, ayudado de sus dones naturales, com poner
versos excelentes l2. Sus obras eran tan numerosas, que su sobrino Ismá'Il

s C f. in fra , pp. 204-205.


9 R im a qü, m e tr o ra m a l. C f. a l-H u lla , en N o tic e s , 117-118.
10 C f. a l-B avá n , I I I , 18 (n o tra d u c id o en H M E 2, I I I ) .
11 Anal., I, 319-320.
12 A l-D a jira , I I , 6a (r e p r o d . en A bba d., I, 245, trad., p. 267).
pudo form ar un diwan con ellas r . El lilologo gramático al-A'lam al-Santa-
mari compuso para él un com entario sobre las dos antologías poéticas:
los Seis Diwans y la Hamása, base de los estudios literarios l4.
En lo que respecta a su hijo al-Mu'tamid, representaba al perfecto
poeta andaluz. Durante su largo reinado hizo de Sevilla el único polo de
atracción literario de la Península, y así, a la supremacía política, la capi­
tal de los 'Abbádíes añadió el predom inio intelectual. Los historiadores
árabes tienen razón al decir, empleando una m etáfora penetrante, que en
el tiempo de al-Mu’ tamid «e l mercado de los letrados estaba muy en boga
V todos corrían hacia este príncipe rivalizando en rapidez» l5.
La corte de Alm ería fue también, salvo en raras circunstancias, lugar
frecuentado por los poetas de la Península, con preferencia incluso a Sevi­
lla. Si los poetas protegidos por al-Mu'tasim se querellaban los unos con­
tra los otros, el príncipe, haciendo oídos sordos a la maledicencia y a las
calumnias, acogía a todo el mundo con la misma bondad y sabía perdonar
las ofensas cuando se excusaban con hermosos versos |B. En su entorno,
sus hijos e hijas mostraban la misma suavidad de carácter v el mismo
gusto por las cosas del espíritu ,7.
Los otros Reyes de Taifas tenían más capricho que gusto real por la
poesía. La declaración de al-Muzaffar de Badajoz de que no admitiría
poetas inferiores a al-Mutanabbí y a al-Ma'arrí 1;‘ debió enfriar notoria­
mente el celo de los letrados de su corte y atemperar los deseos de los
que querían establecerse junto a él. Algunos de ellos lo consiguieron, pero
al precio de las más bajas adulaciones. Así, Abü-1-WalTd Ibn Dábit, grama-
tico de Málaga venido a Badajoz en busca de fortuna, había dicho:

1. H e m o s e n g a s ta d o en tu h o n o r v e rs o s de una b e lle z a s o rp re n d e n te
p o r q u e sab em o s qu e la p oesía, c e rc a de ti, tien e é x ito

Pero Ibn Yáj, originario de Badajoz, en un elogio a al-Mu'tadid, nos


da otra opinion:

13 A l- D a jir a , I I , ob (r e p r o d . en Abba d., I, 245, trad., p. 268); al-H ulla, en Ab bad., I I.


49; al-Bayán, I I I , 285. Las p o e s ía s de a l-M u 'ta d id han sid o p u b lic a d a s re c ie n te m e n te
p o r K á m il K ílá n l y 'A b d a l-R ah m án J a lifa a c o n tin u a ció n del D iw a n de Ib n Z ayd ü n ,
El C a iro , 1351 = Í932, pp. 370-376.
14 A l-B avan, I I I , 284 (e x t r a c t o de Ibn al-Q attán ). Cf. supra , p. 38.
'5 A l-H u lla , en Abbad., I I , 63.
10 V é a n s e las a n éc d o ta s c on tad as en Anale cte s, I I , 421, y R e c h e r c h e s ', p. 88,
V 3.a ed., I, 246.
17 R a fí' al-D a w la p e rd o n ó a a l-A jfa s, a p e sa r d e qu e éste h a b ía in c e n s a d o a
S a m u el Ib n N a g r ila , en G ran ad a. C f. Anal., I I , 2o3.
S o b re el ta le n to p o é tic o de los h ijo s de a j-M u 'tasim , cf. al-D a jira , I, I I , 241-244;
al-H ulla, en N o t ic e s , pp. 174-179, y en R e c h e r c h e s ' , pp. 110-112, 120-121, 125-137;
3,' ed., I, 263-265, 270-271, 273-277; Analecta s, pp. 250-252, e in fra . pp. 437-438.
18 C f. supra, p. 54 y n. 29.
|a R im a faqíi, m e tro tawil. Cf. Anal., I I , 270.
1. L a p o e s ía [q a r id ] tien e una c o tiz a c ió n m u y b a ja en nu estra p ro ­
v in c ia , p e ro aqu í e n c u e n tra un p ró s p e r o m e r c a d o 20.

En Granada, los poetas parecen haber vivido en un constante terror,


al menos bajo el reinado de Bádis ibn Habbüs, pues si este rey acogía
muy bien a algunos letrados, como, por ejem plo, a Gánim al-M ajzü m i21
— sin duda porque los consideraba más bien com o faqihs que com o poe­
tas o lexicógrafos— , perseguía a todos aquellos que mostraban cierta
independencia de espíritu. Gánim había aconsejado a uno de sus sobrinos
abandonar su territorio, diciéndole: «S eré lechuza hoy o m añana22, pues
Bádis, príncipe de Granada, está ávido de sangre humana; ve a estable­
certe a Almería, pues si él me mata, tú me sobrevivirás.¿No estás en la
flo r de la edad?» 23. Y le envió todos sus libros.
Pero los sucesores de Bádis, completamente «andalucizados», se
rodearon de poetas y hombres cultos e incluso mostraron cierta pasión
por las musas. Los otros príncipes bereberes, si no componen versos, al
menos manifiestan placer al oírlos recitar. Al-Násir ('A ll ibn Ham müd), a
pesar de sus costumbres extranjeras y bárbaras, escuchaba con com pla­
cencia los panegíricos e incluso los provocaba 24. Una anécdota nos mues­
tra el poder de la poesía, incluso en los corazones más austeros: El visir
sinháyí Simáya, que en su vejez fue preceptor de los príncipes de Grana­
da, mostraba una severidad ejem plar contra los bebedores de vino: los
culpables eran condenados a muerte. Una noche tres jóvenes distinguidos
fueron sorprendidos en el momento en que se entregaban a alegres liba­
ciones; pero uno de ellos, en su medio inconsciencia, im provisó tres
versos, lo que hizo que inmediatamente disminuyera el rigor del terrible
c en sor25.
Pero el gusto por la poesía, ¿era tan señalado en las otras cortes
musulmanas de la Península? Hay indicios de que sí. Los príncipes de
Zaragoza y de Toledo eran conocidos por haberse dedicado muy particu­
larmente a la astronomía y a las matemáticas 26, pero también eran pro­
tectores de los letrados y sobre todo de los poetas.

20 R im a ádi, m e tro k á m il. C f. Anal., I I , 596 (r e p r o d . en A bba d., I I , 230). V é a s e


in fra , p. 81.
21 C f. A nal., I I , 180, 270.
22 E x p r e s ió n p r o v e r b ia l á ra b e qu e s ig n ific a : « M o r ir é p ro n to ».
23 C f. al-S uyü tí, B u gya , p. 47; D ozv, R e c h e rc h e s 1, 93, 94; 3.a ed., I, 269, y A pp.,
p á g in a s L I I - L I I I .
24 C f. A n al., I, 316, 1. 4.
25 A 'm a l, pp. 268-269. E s ta a n é c d o ta se a s e m e ja a o tr a m ás a n tigu a en la qu e
a p a re ce n tres jó v e n e s s o rp re n d id o s d e n o ch e p o r el g o b e r n a d o r a l-H a y y á y ibn
Y ü s u f y s a lv a d o s p o r lo s v e rs o s qu e im p r o v is a r o n . Cf. a l-N a w á y í, H a lb a t a l-k u m a y t,
46; M a ch u el, A u te u rs arabes, 165-166. R e c o rd e m o s el p e rd ó n c o n c e d id o p o r al-
M u s ta 'in B illá h S u la ym á n , c a lifa o m e y a d u ra n te la fitn a , a u n o d e sus s e rv id o r e s ,
p o r q u e sus excusas se p re s e n ta ro n en v e rs o (c f. a l-H u lla , en N o t ic e s , 163).
26 A l-M u ’ta m in d e Z a ra g o z a e s c r ib ió dos lib ro s s o b re las c ie n c ia s e x a c ta s (a l-'u lü m
a l-riy á d iy y a ): el k ita b a l-m a n á ¡ir y el k itá b a l-is tik m á l. C f. Anal., I , 288; Ib n Jaldün,
a l-'íb a r , IV , 162; al-Q alq asan d í, S tib h al-a'sa, V, 255.
¿N o es asombrosa esta «universalidad» de la poesía en la España del
siglo xi? N o se encuentra nada parecido, salvo alguna excepción, en
Oriente desde la llegada del Islam, nada en el Occidente musulmán en los
siglos que preceden a la época de los Mulük al-tawaif. En Oriente, la
poesía tiene el carácter de una producción aristocrática; para la España
del siglo xi, es realmente un rasgo nacional que se manifiesta en toda su
plenitud porque las circunstancias políticas y sociales se prestan a ello
de una manera admirable. La Edad Media cristiana, en los siglos xn
y x iii, ofrecerá un ejem plo igualmente sorprendente con los trovadores.
Para los obreros y los campesinos la poesía es un canto que les hace
olvidar sus duras faenas; para el secretario, el visir, el príncipe, es una
evasión de las preocupaciones e inquietudes; para los poetas oficiales, es
un m edio de vida, pero, no obstante su venalidad, no anula la preocupa­
ción artística. Para todos es un título de gloria, y entregarse a ella cuando
se es príncipe no va contra su dignidad; al contrario.
Los andaluces aman la poesía por ella misma, por el ritm o que hay
en ella, que la hace nacer de los labios, porque, «palabra alada», es música
antes de ser discurso. Se la canta, más que se la recita 27.

Los andaluces han amado la poesía con tal fervor, que en ocasiones
llega a verdadera pasión.
«D os cosas me subyugan y me hacen perder el dom inio de mí mismo,
decía un anciano: contem plar un bello rostro y escuchar una poesía que
brota con naturalidad»28. Una anécdota nos muestra al cadí Abü 'Abd
Alláh Muhammad ibn 'Isa, de la fam ilia de Yahyá ibn Yahyá, saliendo de
su casa para asistir a los funerales de un correligionario; tiene tiempo
suficiente y piensa hacer una corta visita a un am igo que le viene al paso.
Entra y escucha con placer unos versos de una cantante que le im pre­
sionan, y no puede evitar el escribirlos en el dorso de la mano, y con esta
nota extravagantemente escrita va a rendir el homenaje postumo al
muerto.
«Cuando el cadí, relata el testigo de esta historia, elevó las manos para
recitar el takbir de los funerales, vi los versos escritos [com o acabo de
in d ic a r]» 29.
¿Cuáles eran los versos que habían entusiasmado de tal modo al cadí

27 M u c h o s p o e ta s son al m is m o tie m p o p ro s o d is ta s y m ú sico s; p o r e je m p lo ,


A b ü 'A b d A llá h Ib n al-H a d d á d , d e A lm e ría ; A v e n p a c e (I b n B á y y a ), d e Z a ra g o za ;
al-R ád í, h ijo d e a l-M u 'ta m id .
28 A n al., I I , 274. S o b re e l s e n tid o p a r tic u la r d e « b e llo r o s tr o », v. I. M assign on ,
a l-H a lla j, 178, n. 3, y 796, n. 7. V . in fra , p. 364.
29 Anal.. I I , 382.
y que, anotados de manera tan original, corrían el riesgo de conllevar la
anulación de una oración ritual? Juzguemos:

1. A cau sa d e l p e rfu m e de tus en cía s (li t a t ) las cop as son d e licio s a s


y es el r o s ic le r d e tu r o s tr o lo qu e h a ce h e rm o s a s a las m an zan as;
2. c u a n d o la p r im a v e r a e n v ía sus e flu v io s , es el p e rfu m e de tu
a lie n to lo qu e la b ris a r e c o g e al pasar.
3. C u an d o las tin ie b la s se re v is te n d e su o s c u rid a d , es la luz d e tu
r o s tr o la que, en la p ro fu n d id a d de la noche, s irv e de lá m p a ra 30.

La traducción, por im perfecta que sea, trasluce la calidad de la em o­


ción poética que encontramos en todos los andaluces, constituida sobre
todo por el sentimiento profundo de la naturaleza mezclado a una especie
de culto idealizado de la mujer. Pero es sobre todo de la naturaleza de
donde los poetas andaluces han tomado los rasgos más hermosos para
escribir su poesía: escuchemos a al-Mu'tamid describir un poema que
dirige a su padre para conm overle:

39. Os o fr e z c o e l ja r d ín ( ra w d á ) d e m i p e n s a m ien to , en el qu e la
v e g e ta c ió n se ha h ech o lu ju ria n te , n o p o r el r o c ío ni p o r la llu v ia , sino
p o r las lib e ra lid a d e s q u e salen d e v u e s tra m a n o d erech a.
40. H e c o lo c a d o v u e s tro re c u e r d o en las te rra z a s c o m o un árb o l,
y en to d a s las o c a s io n e s en qu e e l c o s e c h a d o r pasa, e n c u e n tra fru to s 31.

La afectación es evidente, pero no podemos dejar de reconocer el


agreste frescor de este dístico.
Abü-l-'Alá’ Ibn Suhavb dice a su am igo Abü Umayva:

1. L as p a la b ra s in s p ira d a s p o r v u e s tra g ra n d e z a se d e sp la za n c o m o
la b ris a s o b re las flo r e s ;
2. lle g a n hasta los lím ite s e x tr e m o s d e la tie r ra , qu e es tan exten sa,
y a p o rta n en o fr e n d a las fre s c a s flo r e s a b ie rta s d e l ja r d ín de la p oesía.
3. E n el h o riz o n te (u f q ) están p e rfu m a d a s p o r lo qu e d icen d e vos
y m is p a la b ra s les e m o c io n a n y m i p e n s a m ie n to las hace s u b ir hasta el
firm a m e n to .
4. A c e p ta d g u s to s o d e m i p a rte este fr a g m e n to d e ja r d ín qu e os
lle v a e l sa lu d o d e m i a m is ta d y qu e e x h a la [el p e r fu m e ] de m i a g ra ­
d e c im ie n to 32.

Estos ejem plos son suficientes para mostrar uno de los conceptos que
los andaluces se han hecho de la poesía. Para sus almas de artista, la
poesía no se podía plasmar de manera más seductora que bajo la form a
de un jardín arom ático que seduce al mismo tiem po la vista y el olfato.

30 R im a ahü, m e tr o k á m il. C f. A nal., I I , 382.


31 R im a ríi, m e t r o b astí. A l-M u ’ta m id , D iw a n (a l fin a l d e l D iw a n d e Ib n Z a v d ü n ),
378); J a rid a t a l-qa sr, ms. d e P a rís, f.° 150a (r e p r o d u c id o en A bba d., I, 394). S e g u im o s
la le c ció n d el D iw a n . E ste d ís tic o está, sin nin gú n g é n e ro de duda, im ita d o de un
p o e ta o rie n ta l (c f. D ozy, D ic t., d ét. des v é te m e n ts , 133).
32 R im a ri, m e tr o taw il. Cf. Q a lü ’id, 283-284.
Pero los poetas no se han detenido en este concepto, que podría
considerarse como un acertijo más sutil que profundo. Si no han llegado
a una representación figurada de la poesía, como los griegos bajo la
forma de una musa, al menos tienen un concepto de ella que se le acerca
bastante. Una imagen poética que corría en Oriente un siglo antes, v en la
que reaparece una expresión an tigu a31, calificaba un poema original de
'adra: «virgen, sin desflorar». Los andaluces la desarrollan y llegan, por
una tendencia natural de su espíritu a personificar las ideas abstractas,
a hacer de ese cliché una cosa viva. La poesía, arte supremo para ellos,
se encuentra así representada bajo los rasgos reales de una virgen ('a d ra )
conducida la noche de bodas, toda engalanada, a su esposo.

1. R e c ib e m i p o e s ía — d ic e Ib n R u h a ym a uno de sus a m ig o s — c o m o
si fu e ra una n o v ia ('a r ü s ) c o n tu rb a d a [p o r su b e lle z a ] y a r ra s tra n d o el
b o rd e de su m a n to [n u p c ia l] con una d ig n id a d llen a de g ra n d eza 34.
2. ¡Q ué h e rm o s a es — d ic e a su v e z A b ü M u h a m m a d Ib n al-STd
a l-B a ta ly a w s í— la v irg e n ('a d r a l qu e m e habéis e n v ia d o , c o m o una
n o v ia en e l a ta rd e c e r p e rfu m a d o ...
3. C o m o d o te ( s a d á q J le he o fr e c id o m i s in c e ro a fe c to y p o r m o ra d a
el rin c ó n m ás s e c r e to de m i c o ra zó n ... 3\

Para otros poetas no será la virgen, sino la m ujer resplandeciente por


la belleza de su cuerpo y de sus galas, la que encarnará la poesía. De
este modo Ibn 'Am m ár describe los versos recibidos de Abü 'Isa Ibn
Labbün:

1. ¡Q ué h e rm o s a es esta m u je r ( 'a q ila i qu e he h ech o s a lir del gine-


c e o ( j i d r ) de tu p e n s a m ien to , a d o rn a d a de las jo y a s de tu e s tilo p o é tic o !
2. T ie n e una a b u n d a n te c a b e lle ra , cuyas tren zas están tan p e rfu m a ­
das c o m o sus la b io s d e p u rp u ra (la m a ), un talle e s b e lto , y su cu ello,
d e la base (t u la ) a la c im a (h a d l), está a d o rn a d o de jo y a s 3*’.

Este concepto tan elevado de la poesía, este entusiasmo por todo lo


que se refiere a la palabra rítmica, se acompaña, sin embargo, de ciertas
reservas en un buen número de andaluces, para los que el anatema lan­
zado por el Qur'án tiene permanente validez 37.
El m ayor y más grave reproche que se hace a la poesía es el de apovar-

33 C f. el Lisán, V I , 22o, 1. 18: iná anta bi-d í 'u d r h ada-l-kalá m : « t ú n o tien es la


p r im ic ia de estas p a la b ra s ».
34 R im a ri, m e tr o k á m il. Q a la ’id. 118.
55 R im a ri, m e t r o baslt. Qala'icl, 196.
36 R im a ádl, m e tr o k á m il. Qalá'id , 94.
37 C f. el Q u r ’án. X X V I (A z o r a de los p o e ta s ), 224-226. Es la c o r r ie n te p ie tis ta del
v ie jo Is la m qu e re a p a re c e de e ste m o d o en c ie rto s m ed io s y c o n tra la cual, en el
s ig lo x i, Ib n R a s lq tra ta de r e a c c io n a r (c f. a l- 'U m d a . I, 4-9. 12, 28-30).
se demasiado a menudo en la ficción, en la imaginación; en una palabra:
ser engañosa. El cadí Abü 'Abd Alláh Ibn Zarqün decía:

1. P id o p e rd ó n a D ios: pues si m is p a la b ra s son m alas, m i c o ra zó n


es casto.
2. E l p o e ta n o p o d r á ser a cu sa d o de c rim e n ( y u n á h ), pues da igual
qu e sea s in c e ro (s a d ü q ) o fa la z (k a d ü b ) 3*.

Pero el juicio más severo se debe a Ibn Bassám en el prefacio de su


Da jira-, si su antología es testimonio de una marcada preferencia por la
poesía y en particular por las com posiciones de sus com patriotas andalu­
ces, su prefacio, por el contrario — escrito en un momento en que los
acontecimientos políticos, tras la caída de los Reyes de Taifas, hacen a los
letrados la vida muy incierta— , trasluce un desencanto que hace de Ibn
Bassám el crítico más acerbo de la vida literaria de fines del siglo xi.
« Y o no he tomado la poesía — dice'en esta prosa, que a pesar de ser
rebuscada, no por ello deja de traslucir el pensamiento con una precisión
suficiente— com o una montura a dom ar o com o un m edio de adquirir
riquezas; tampoco la he frecuentado con fam iliaridad en mis estancias
o en mis desplazamientos; sólo la he visitado en breves ocasiones. La he
observado tratando de examinarla con cuidado, no para hacer de ella la
preocupación [d e todo mi tiem p o], sino para despojarm e de la humilla­
ción que me inflige y elevarm e por encima del lugar que ocupa. Cuando
su vino está mezclado con el agua y las copas circulan, no me acerco
demasiado y no soy intrépido más que de palabra. Porque, ¿qué tengo
yo de comün con ella? La mayoría de los versos no son más que traicio­
nes de hombres arteros o galas de hombres hinchados de presunción. La
poesía seria contiene relatos engañosos, de pura ficción; la poesía frívola
es causa de errores (tadlih) y confusión. La realidad de las cosas com pren­
sibles es más digna de nuestra atención que las futilidades de la prosa
y de la poesía » 39.
Ibn Bassám quiere sin duda engañarnos sobre sus verdaderos senti­
mientos; los amos de España, cuando él escribe, son los Alm orávides,
y considera que debe de andarse con cuidado con los nuevos campeones
de la fe, para quienes la «realidad de las cosas com prensibles» (h a q a iq
al-ma'lüm), es decir, la enseñanza de las ciencias religiosas, ocupa el pri­
mer plano de sus preocupaciones. Sin duda le impele a juzgar tan severa­
mente a la poesía el panorama que ofrecen las letras en Sevilla a fines
del siglo x i ; los literatos, poetas o prosistas le parecen demasiado pre­
ocupados con ganar dinero para poder com poner poemas verdaderamente
inspirados:
«E l espíritu literario (adab) en Sevilla — nos dice en el citado prefacio—-

3,1 R im a ü b ü , m e tr o ja jif . A n al, I I , 319.


39 Ib n B assám , a l-D a jira , I, 1. 7; r e p r o d u c id o en A bba d., I I I , 43, trad . la tin a, p. 63.
es más raro que la fidelidad, y el letrado es menos estimado que la luna
de invierno. El valor de cada individuo viene dado por su fortuna y los
modelos, en cualquier ciudad, son sus ignorantes. El hombre se contenta
con que sus riquezas permanezcan intactas, incluso si su reputación se
deteriora, con tal de que su dinero y su oro sean abundantes, aunque su
religiosidad y su valor personal sean insignificantes» 40.
Pero no era ésta la prim era vez que se acusaba a los letrados andaluces
de ocuparse de «fu tilid ad es» y de vivir en el desenfreno cuando la reli­
gión imponía com o deber imperioso dirigir sus miradas hacia la vida
futura. Y a a comienzos de la f i t n a 41 se había organizado una campaña
denigratoria contra Ibn Suhayd ante los príncipes s í íes de Andalucía. A
uno de sus parientes próximos, que le había hecho encarcelar, le decía
Ibn Suhayd:

3. L o qu e m ás m e ha p e r ju d ic a d o es el to n o jo c o s o d e m is versos,
o m ás b ien esa s u tile za qu e hace c r e e r qu e y o su sten to p e n s a m ien to s
in sen sa tos c u a n d o m i c o n c ie n c ia es b ie n recta.
4. H e c o m e tid o en e l salón (q u b b a ) rea l e l m is m o c rim e n qu e o tro s,
p e r o es m i c u e llo (v id ) el qu e se ha v is to a d o r n a d o con el c o lla r del
g ra n c rim e n .

Y tras estos versos, que invocan el derecho del poeta a com poner deli­
cados poemas incluso si no han de ser com prendidos del público, Ibn
Suhayd nos muestra, con un acento completamente moderno, cóm o el
poeta, bajo una aparente frivolidad, pone sincero lirism o en sus com po­
siciones y cóm o se equivocan los que ven sólo un juego de la imaginación
en este conjunto de palabras medidas y de rimas irisadas:

5. N o h a y en m í m ás qu e p o e s ía s ó lid a m e n te in s ta la d a p o r esta
p a s ión [s in c e ra ] qu e c irc u la a tra v é s d e l m u n d o c o m o una p e rla única.
6. E x p r e s o lo qu e s ien to , b u sca n d o unas v e ce s la b e lle z a de las
id eas y o tra s a ñ a d ie n d o y o a la p ro p ia b e lleza .
7. S i h e te n id o p o r la r g o tie m p o rep u ta c ió n d e h o m b re lig e r o es
p o r q u e soy un d e s g r a c ia d o qu e n o es fe liz m ás q u e rim a n d o p alab ras.
8. ¿ A c a s o he s id o yo, e n tr e los e n a m o ra d o s , el p r im e r h o m b re sen­
s a to c u y o e s p ír itu ha s id o a r ra s tra d o al a b is m o p o r o jo s [h e c h ic e ro s ]
y m e jilla s [q u e se reh ú s a n ]?
9. S i he te n id o p o r la r g o tie m p o fa m a d e h o m b re f r iv o lo es p o rq u e
[esos o jo s y esas m e jilla s ] e ra n cosas tan m a ra v illo s a s , q u e el m ás
e n d u re c id o c o r a z ó n n o p o d r ía c o n te m p la r la s con re s ig n a c ió n 42.

Alm a sensible, inteligencia viva, Ibn Suhayd no ve en la poesía un


vano acertijo, sino una necesidad psicológica que le perm ite evadirse del
ambiente en el que, com o Ibn Bassám más tarde, sufre roces y tropiezos.

40 A l-D a jira , I, 1, 8-9; re p r o d u c id o en A bba d., III, 45, 1. 3-5.


41 M a tm a h , 20-21 (r e p r o d . en A nal., 244-245). V. in fra , pp. 100-101.
42 R im a idü, m e tr o ta w il. C f. M a tm a h , p. 20 (r e p r o d . en A n a lecte s, I I , 244).
Nos damos perfecta cuenta de qué es lo que las personas cultas censu­
ran; no es la poesía en sí, sino al poeta que com pone versos sólo para
ganarse la vida 43; consideran a la poesía un juego sublime del pensamien­
to, un adorno del alma, y utilizarla para fines mezquinos es mancillarla.
Al-Mu'tamid, camino del destierro, dice a un tal Ibn al-Zanyarí que le
pedía versos com o viático:

1. O h tú, q u e s o lic ita s v e rs o s p a r a a tr a v e s a r e l d e s ie rto , e l p r o v e e r te


d e e llo s n o te im p e d ir á p a s a r h a m b re ;
2. ese v iá tic o h a ce d e v ie n to q u e n o q u ita la sed ni sa cia el h a m b re
y s ó lo es e s c o g id o p o r el h o m b r e d o ta d o d e in te lig e n c ia y p re d is p u e s to
a las b e lla s le t r a s 44.

El descrédito en el que se tenía la profesión de poeta aparece más


claramente aún en la anécdota en la que se ve al joven Ibn 'Abdün — a la
sazón de trece años— reprendido severamente por su profesor de gramá­
tica, Abü-1-Walld Ibn Dábit, porque mostraba un gusto demasiado mar­
cado por las musas:

1. L a p o e s ía — d ic e e l m a e s tro d e escu ela , qu e sin d u da nunca


h a b ía s id o r e tr ib u id o g e n e ro s a m e n te p o r sus v e rs o s — es una c a r re r a
h u m illa n te .
— P a r a el qu e b u sca alg ú n b e n e fic io ,

com pleta Ibn 'Abdün, y añade este verso:

2. P a ra el a n cia n o, la p o e s ía es un sa co ('a y b a ) d o n d e ac u m u la sus


d e fe c to s ; p a r a e l jo v e n , es un v a s o (z a r f) d o n d e r e c o g e sus c u a lid a d e s
d e h o m b r e h o n r a d o ( z a r f ) 45.

Es legítim o preguntarse si las críticas formuladas contra la poesía


emanan de alfaquíes con tendencias ascéticas y de gramáticos amargados
p or las heridas de su am or propio, o bien son inherentes a la condición
del poeta durante el período que estudiamos.
Cuando Ibn Dábit decía a su alumno Ibn 'Abdün que la «poesía es una
profesión hum illante», sólo alude a los poetas profesionales y a esa clase
especial que, por el número impresionante de los que la componían,
merece retener*nuestra atención 46.

43 U n asceta, B a k k á r a l-M a rw á n l, d e o r ig e n o m e y a c o m o su é tn ic a lo in d ica , d ijo


un d ía a un jo v e n p a r ie n te q u e h a b ía v e n id o a v e r le y le h a b ía d e c la ra d o qu e v iv ía
d e sus v e rs o s : « H i j o m ío , n a d a h a y m ás fe o qu e la p o e s ía d e la qu e se saca la
su b sisten cia (y u rta z a q b i-h i) y n a d a m ás h e r m o s o q u e la q u e s irv e d e a d o rn o
(y a ta h a llá b i-h i) y se la c o m p o n e p o r una r a zó n b ie n d is tin ta » (c f . A n al., I I , 226).
44 R im a b i, m e t r o ba sit. C f. a l-D a jira , I I , 17b (r e p r o d . en A bba d ., I, 314; trad., 356).
45 R im a fi, m e t r o m u y ta tt C f. A n al., I I , 270, 412; Q a la ’id, 147; Ib n Z á k íir,
f.° 101í>; H is t. A lm o h ., te x to 61 (E l C a iro , 53), tra d . F agn an , 74.
46 N o s v e m o s o b lig a d o s a q u í a d e ja r d e la d o a los p o e ta s q u e p o r su ra n g o
y s itu a c ió n e c o n ó m ic a n o se d e d ic a b a n a la p o e s ía m ás q u e en sus m o m e n to s de
o c io y s o la m e n te cu an d o se sentían d is p u es to s a h a ce rlo , c o m o es el ca so de los
Hay que reconocer que la profesión no había estado nunca tan solici­
tada com o en el siglo xi, y ello se debía, en prim er lugar, a la manera en
que se entendían los estudios en España. Hemos visto en líneas anteriores
que era por la poesía por donde se iniciaban dichos estudios, y es natural
que, bajo el influ jo del medio, los estudiantes se vieran impulsados a dar
un lugar preferente al ejercicio versificador, que consideraban com o el
máximo refinam iento del arte de escribir y de pensar y, por consiguiente,
a considerar la profesión de poeta com o la única susceptible de proporcio­
narles la satisfacción del am or propio... v del dinero: el éxito en el círculo
de los amigos, las múltiples anécdotas, tanto orientales como occidentales,
en las que se veía al poeta recompensado y mimado por una réplica sutil
o un poema sabiamente compuesto, les instaban a mantenerse firmes en
su resolución.

Resulta interesante investigar de qué manera debutaba un poeta


y cuando, por fin, había «llega d o», por qué medios se mantenía en su
puesto.
Para ello trazaremos el «curriculum vitae» del poeta español de origen
modesto. Su carrera podría resumirse en pocas palabras: estudios en
una pequeña ciudad, después en una gran ciudad v a continuación una
vida errante hasta el momento en que llegaba el éxito.
Muchos de estos poetas provenían del campo, y se intuye que el gusto
por la poesía les había sido inculcado por algún gramático amante de
los versos que lim itaba sus ambiciones a hacer de preceptor en algún
oscuro villorrio. Las anécdotas que se cuentan de Ibn 'Am m ár nos le
muestran llegando a Silves con una muía, a la que no estaba seguro de
poder mantener, por todo capital, y recibiendo de un comerciante — al
que había dedicado unos versos— una bolsa llena de cebada 47; en otra
ocasión, presentándose a Abü 'Abd al-Rahmán Ibn Táhir, señor de Murcia,

p rín c ip e s y los g ra n d e s m in is tro s , los M u 'ta m id o los Ib n Su hayd ; éstos en rea lid a d
v e rs ific a b a n tan s ó lo p a ra o b e d e c e r a sus d e m o n io s in te rio re s ; a c a b a m o s de v e r
el a lto c o n c e p to qu e d e la p o e s ía ten ía Ib n Su hayd. P a ra esta c a te g o r ía d e p oetas
n o se p o d r ía h a b la r de c o n c u rre n c ia v ita l, ni d e c a r re r a e n to rp e c id a ; la única
c r ític a q u e p o d r ía h a cérseles sería la de c o n c e d e r d e m a s ia d o lu g a r a la fr iv o lid a d
y a las chan zas — y se a d iv in a qu e era n las gen te s d e r e lig ió n las su s c ep tib le s de
h a c e rlo — y la ú n ica san ció n qu e se to m a b a c o n tra e llo s e ra la de r e to m a r la fa c tu ra
de sus v e rs o s ta n to d esd e el p u n to d e v is ta d e la fo r m a c o m o d el fo n d o e im p u g n a r
la cu a lid a d d e p o e ta n a to (m a t h ü '), c rític a s qu e só lo p od ía n e m a n a r d e o tro s
p oetas, fu e ra cu al fu e s e la c la s e soc ia l a la qu e p e rte n ec ie ra n .
47 H is t. des A lm o h a d e s , te x to , 80 (E l C a iro , p. 70); trad., p. 97. ib n 'A m m á r , v u e lto
m ás ta rd e a S ilv e s c o m o g o b e rn a d o r, d e v o lv ió al c o m e rc ia n te la b olsa lle n a de
d irh e m s . « ¡ S i m e la hu bieses lle n a d o de tr ig o , te la h u b ie ra d e v u e lto llen a de
m on e d a s de o r o ! » M is m a s refe re n c ia s . V. ta m b ién H M E 2, I I I , 83, 92.
con una amplia pelliza (farwa) y un burdo abrigo (gifara), vestimenta
que le hacía un tanto ridículo w.
Abü-1-Fadl Ibn Saraf de Berja, buscando fortuna en Almería, se pre­
senta ante al-Mu'tasim con un traje rústico que contrastaba de manera
especial con el bello ropaje de los cortesanos; uno de ellos tuvo la im per­
tinencia de preguntarle de qué desierto venía, pero la contestación m or­
daz del poeta demuestra que la rapidez de respuesta no era p rivilegio
de la ciudad 4°.
También a Alm ería llegó en su deambular el poeta al-Nahl! vestido
con un traje raído y negro cuando todo el mundo estaba de fiesta y vesti­
do de blanco 5".
Se necesitaba mucha voluntad y confianza en sí mismo para buscar
la gloria cuando se era de origen modesto: la perspectiva de llegar a ser
un poeta ilustre al mismo tiempo que un visir todopoderoso, incitaba sin
duda a los campesinos y a los artesanos de cierta cultura a tentar fo r ­
tuna. P or otro lado, sabían las dificultades que conllevaba esa profesión:
los versificadores eran tan numerosos — v los críticos tan perspicaces
v puntillosos— que se precisaba no sólo talento, sino también una gran
tenacidad y mucha capacidad de trabajo para abrirse camino.
Por eso es corriente encontrar en los poetas alusiones a las vigilias
que se veían obligados a dedicar al estudio de la poesía, ya que ocupaba
su jornada un trabajo, manual frecuentemente, que aseguraba su subsis­
tencia. Sólo por la noche, si aún le quedaban fuerzas, podía el artesano
entregarse a sus estudios favoritos, a la lectura de los poetas y a la com ­
posición de sus versos.
En ocasiones el poeta perdía la esperanza:

4* A I-H n lla , en N u tic e s , 189, y en A bbad., I I, 88; D ozv, V é te m e n ts , pp. 314-315.


A l-D a jira , I I I (G o th a ), 6b. Ib n T á h ir le r e c o r d ó este h ech o p a ra b a ja r le los hu m os
al p o e ta qu e h a b ía lle g a d o a s e r m in is tr o de a l-M u 'ta m id (c f. H M E 1, I I I , 110-111).
A lg ú n tie m p o desp u és, v in ie n d o de S ilv e s , el a u to r d e l M u s h ib , a l-H iy á rí, d e o rig e n
b e re b e r — e ra sin há ya — se p re s e n tó en A lc a lá la R e a l a la p u e rta d e 'A b d al-M a lik
Ib n S a 'íd , a b u e lo del a u to r d e l M u g r ib , c on un tr a je tan rú s tic o , qu e e l p o r t e r o le
p ro h ib ió la en tra d a . E l p o e ta c o n s ig u ió p a s a r una e squ ela. « ¡D e S ilv e s ! — e x c la m ó
Ib n S a 'íd — . ¡H a b r á re s u c ita d o Ib n 'A m m á r !» E l c a s te lla n o d e A lc a lá la R e a l n o
p o d ía a te s tig u a r d e o t r o m o d o su c o n o c im ie n to de la h is to ria lite r a r ia d e E spaña:
en el s o lic ita n te v e ía a un Ib n 'A m m á r c u y o tr a je no d e b ía p r e ju ic ia r en nada su
ta le n to p o é tic o (c f. Anal., I I , 506; a l-T iyán í, T u h fa t a l-'a rü s, en A bba d ., I I , 141).
Ib n 'A b d ü n , ya a n cia n o, se p re s e n tó un d ía en casa d e l v is ir A b ü M arvván ‘ Abd
al-M a lik Ib n Z u h r (A v e n z o a r ): «T e n ía un a s p e c to m ís e ro , c u e n ta el h ijo d e Aven-
zo a r, lle v a b a unas rop a s b u rda s d e lan a y se c u b ría la c a b e za con un tu rb a n te
cu yos p lie gu e s ap en as si estab an s u je to s , de m o d o qu e, a ju zg a r p o r su asp ecto,
le to m é p o r un c a m p e s in o » [H is t. A lm o h a d e s , te x to de D ozv, p. 61 (E l C a iro , p. 154);
trad . F agn an , p. 75],
49 R e c h e r c h e s 1, 91, 95; 3.a ed., I, 249-250. A n a lecte s, I I , 269.
5(1 A I-H n lla , en N o tic e s , 174; a l-D a jira , I, I I , 242. N o s v o lv e r e m o s a o c u p a r de
e ste tem a d el c o lo r de los tra je s y del luto.
1. N o h a y le tr a d o — d e c ía el c ie g o Ib n a l-H an n át— qu e n o sea v íc t i­
m a d e las v ic is itu d e s d e la s u e rte; no, p o r q u e es c o n n a tu ra l a la d es­
g ra c ia h e r ir [a to d o e l m u n d o ].
2. L a tie r n a fe lic id a d c o tid ia n a reh ú sa c o n c e d e r la m ás m ín im a
p a r te a lo s h o m b r e s in te lig e n te s .
3. D e l m is m o m o d o , e l qu e to m a la n o c h e p o r c o m p a ñ e ra c on el
fin d e e n c o n tr a r su p a r te d e fe lic id a d y de a v iv a r su in te lig e n c ia , v e rá
e s c a p a r e l b ie n q u e an sia 51.

Ibn al-Hannát juega con el vocablo «noches» que, en plural, significa


también «calam idades»; en el tercer verso hace alusión a la costumbre de
los estudiantes pobres que velan a la luz, bien débil, de las lámparas de
aceite o candiles (qindil). Ibn al-Zaqqáq, que llegaría a ser célebre como
sus com patriotas Ibn Jafáya e Ibn 'A ’isa, ¿no había sido reconvenido por
su padre, humilde artesano, porque gastaba demasiado aceite por la
noche? ¡Pero cuánta alegría la del joven poeta, recompensado por su
prim er panegírico al señor de Valencia, Abü Bakr Ibn 'Abd al-'Azíz, al
depositar trescientos dinares en el regazo de su padre «sentado en su
tienda, inclinado sobre su trab ajo». «¡Tóm alos, le dice, para com prar
aceite!» 52.
La anécdota que enfrenta a dos jurisconsultos y poetas del siglo xi,
Abü-1-Walld al-Báyl e Ibn Hazm, cuyas condiciones fueron muy diferentes,
al menos en su juventud, es todavía más característica:
«M is pensamientos en la búsqueda de la ciencia, d ijo un día al-Báyl
a Ibn Hazm, tenían más grandeza que los tuyos, porque tú trabajas a la
luz de una lámpara de oro (miskdt al-dahab), mientras que yo me alum­
braba con el candil (q in d il) del guardián nocturno del mercado.
— Esas palabras, replicó Ibn Hazm, lejos de serte favorables, te con­
denan, ya que, dada la situación en la que te encontrabas, sólo has bus­
cado al instruirte conseguir una condición parecida a la mía, mientras que
yo lo he hecho sólo en el m om ento que conoces y que acabas de mencio­
nar. Al hacerlo así, no esperaba otra cosa que adquirir m ayor valor cien­
tífico en este mundo y en el o tro » 53.
Esta contestación de Ibn Hazm dejó confuso a su adversario.
Cuando el aprendiz de poeta se sentía bastante seguro de sí mismo,
salía a buscar fortuna. Nunca ha conocido el mundo musulmán tantos
viajeros — los trovadores supondrán algo parecido un poco más tarde—
que iban de ciudad en ciudad, de corte en corte, ofreciendo sus com posi­
ciones en lo o r de un rico comerciante, de un alto funcionario o de un
príncipe generoso con la intención de obtener presentes en dinero o en
especies.

51 R im a ü b ü , m e t r o ta w il. C f. A n a le c te s , I I , 196.
52 C f. A n a le c te s , I I , 196. V e n c id o , e l p a d re b ie n h u b ie ra p o d id o e x c la m a r : «S tu d ia
lu c e rn a m o le n tia o p tim e o le n t»: « lo s e s tu d io s qu e h u elen a a c e ite , h u elen b ie n ».
53 A n a l., I , 511; D u gat, In t r o d . a u x A n a le cte s , I, X L V I I I ; A s ín P a la c io s , A ben-
hazatn, I , 206-207.
Parece ser que estos desplazamientos por el territorio español han
sido una regla y una necesidad para los poetas del siglo x i; se les encuen­
tra con un intervalo de unos pocos años, e incluso de meses, en ciudades
muy distantes unas de otras, tan pronto al norte com o al sur, al este
com o al oeste. Abü-l-Mutarrif Ibn al-Dabbág, p or ejem plo, vivió sucesi­
vamente en Zaragoza, en Sevilla, en Badajoz y volvió p or últim o a Zara­
goza 54; Ibn 'Ammár, del Algarbe y de Andalucía, se trasladó hasta Zarago­
za en la marca su p erior5S.
Este peregrinar se explica sobre todo p or el deseo de conseguir dine­
ro: un bienhechor podía cansarse de oír al mismo poeta cuando éste no
era capaz de renovar sus temas y sus expresiones; no era otra cosa que
la necesidad lo que les empujaba a desplazarse.

— D ic e Ib n S a ra : p a ra un h o m b r e lib re , r e s id ir en una tie r r a e n v ile ­


c e d o ra es m o s tr a r, p o r m i v id a , una g ra n im p o te n c ia .
— V ia ja , y si n o e n c u e n tra s u n h o m b r e g e n e ro s o , ¡p u es b ien , v e de
un h o m b r e v il a o t r o ! 56.

Las cortes de España, que no se imaginan sino a m odo de academias


en las que los poetas son niños mimados, no fueron siempre lugares
acogedores para los hombres de letras. Las innumerables quejas que reco­
gen los biógrafos y antólogos nos perm iten creer que hay algo de cierto
en estas rebeliones contra una suerte injusta. El poeta, con pocas excep­
ciones, sufre dondequiera que va la desilusión de no ser com prendido:
1. « H e id o — d ic e A b u B a h r Y ü s u f ib n 'A b d a l-S am a d — a b ie n de
p ro v in c ia s p a ra v e r a p e rs on a s q u e son m en o s q u e a m ig o s y h e a la b a d o
a lo s h o m b re s sin o b te n e r p resen tes.
2. L a fo r tu n a q u e c o n s titu y e n m is v e rs o s n o cesa d e c r e c e r y m u lti­
p lic a rs e , p e r o a l d e d ic a r m is e lo g io s a los a v a ro s h e d e d u c id o e l d ie z m o
p u r ific a d o r » 57.

Las quejas se hacen más amargas bajo los Alm orávides. Nunca se
había lanzado un alegato tan violento contra la indiferencia de la socie­
dad de fines del siglo x i p or las cosas del espíritu y por la poesía com o el
que lanza Ibn Baql. Hay que tener en cuenta, evidentemente, la exagera­
ción del poeta, que, com o artista y un tanto farsante, da a sus pequeños
fracasos la dimensión de heridas mortales, y tiende a ver por todas partes
personas ignorantes o zafias porque no siempre ha sido adm irado y re­
compensado generosamente por sus com posiciones poéticas; no obstante,
parece ser que la vida no era precisamente alegre para estos trovadores,
cuya única ocupación era cantar para vivir:

54 A l-D a jira , I I I (G o th a ), 67a-85a (r e p r o d . en p a r te en R e c h e r c h e s 1, 163-168, 170).


55 Ib n Q u zm á n h a ce alu sió n a sus fre c u e n te s v ia je s en e l zayal, núm . L X X X I V
( C a n c io n e r o , pp. 193-196).
56 R im a im i, m e t r o b a sit m u ja lla !. C f. Anal., I I , 484.
57 R im a a ti, m e t r o ta w ií. C f. Anal., I I , 359.
1. ¿E s qu e lo d o s los le tra d o s — d ic e Ib n B a q i— están tan a b a n d o ­
nados c o m o y o lo e s to y c o m o p a ra qu e p u ed a c o n s id e r a r la in ju s tic ia
qu e s u fro c o m o el tip o n o rm a l d e las in ju sticia s?
2. L a s rim a s d e la p oesía llo r a n a rau d ales p o r un á ra b e p e rd id o
e n tre las g en tes qu e no c o m p re n d e n el á ra b e la 'á y im )

Ibn Baqí no debió cambiar de opinión con el tiempo; recorrió Marrue­


cos y sólo recibió indiferencia; consciente de su valer, sueña con abando­
nar el Occidente y trasladarse al Iraq, donde piensa, equivocado sin duda,
que allí le recibirán con los brazos abiertos w. Es la época en la que
al-Hiyárí, com partiendo las desdichas errabundas del poeta, se comparaba
a la paloma mensajera Nl.
Pero a pesar de su vagar y de su bohemia, el poeta sabía, cuando llega­
ba a la ciudad donde reinaba un príncipe, plegarse a ciertas costumbres
que si bien habían existido en el siglo anterior bajo los Omevas, no pare­
cían haber tenido el rigor de un protocolo com o en el siglo xi.
En prim er lugar, el poeta que solicitaba el honor de ser recibido por
el príncipe o el gobernador indagaba en qué castillo o palacio residían
éstos, lo cual no debía ofrecer dificultades. A la puerta del palacio bas­
taba con decir: soy poeta, para que inmediatamente fuese conducido al
oficial encargado del alojam iento (sáhib al-inzál). La existencia de este
funcionario la atestiguan algunos fragm entos de las Analectas de al-Maq-
qarí, de la Hulla y de la Tuhfat al-qádim de Ibn al-'Abbár. Sus funciones
consistían en alojar a los poetas y a los invitados del príncipe en las
dependencias de palacio y, cuando se trataba de tropas, en las casas de
los habitantes del lugar M, por lo que estaba inform ado, sin duda, de las
habitaciones v locales vacíos o disponibles, va por declaración espontánea
de los propietarios o por investigación policial.
Los poetas no siempre estaban satisfechos con la hospitalidad, y son
sobre todo sus reclamaciones en verso, en un tono un tanto festivo, las
que nos dan noticias de estos funcionarios, cuya importancia debía ser
de poca monta, pues no se les menciona en ninguna otra parte.
La anécdota más antigua sobre el tema tiene por protagonista al poeta
Abü 'Umar Yüsuf ibn Hárün al-Ramádl y al gobernador de Santarem,
Farhün, más conocido bajo el nombre de Ibn al-Wabla (h ijo de la lluvia)
a fines del siglo x o muy a comienzos del xi. El gobernador, inform ado
de la llegada de al-Ramádí, ordenó se le alojara (amara bi-inzdlihi), pero
el funcionario encargado de h acerlo62, por inadvertencia o negligencia,
w R im a ü 'im i, m e tr o ta w il Q al., 280.
59 C f. n u es tro e s tu d io s o b re la P o é s ie á Fes sous les A lm o rá v id e s el les A lm o ­
hades, en H e s p é ris , t. X V I I I (1934), fase. 1, p. 14.
60 A nal., I I , 648, p e n ú ltim a : m it l al-ham & m .
61 C f. A nal., I I , 257: un le tra d o , A b ü -l-M u ta w a k k il a l-H a y ta m , p ro te s ta an te el
S a liib a l-in z á l p o r q u e han a lo ja d o en su casa tro p a s com p u e sta s de e s cla vo s a f r i­
can os ('a b id l.
N o se lla m a b a to d a v ía S á h ib al-inzál. Ibn al-A b b ár, qu e re c o g e esta h isto ria ,
d ic e s im p le m e n te n m ta w a lU d álik.
le asigno una sórdida habitación. El poeta se queja, en verso, al gober­
nador, que se encuentra en campaña contra los cristianos:

3. Oh capitán, que en tu e m p r e s a has a n iq u i la d o al e n e m i g o hacién­


d ole p r i s i o n e r o o e x te r m in á n d o lo ,
4. [sab e que] un hu ésped l le g a d o ju n to a ti, a quie n has d ic h o alilan
wá saldan ( ¡bien v e n id o ! ),
5. tiene para r e g o c i ja r s e eon creces d e la v e r g o n z o s a r e c e p c ió n que
le han hecho:
6. tiene p o r toda ropa de c am a una e s te rilla de las de o r a r
(m u s a lld )

El reproche es un tanto mordaz, pero Farhün, a quien se le habían


enviado los versos, se apresuró a contestar — también en verso— para
excusarse de la negligencia de su intendente e inform ar de que daría las
órdenes pertinentes; para estar seguro del perdón — un poeta encoleri­
zado es siempre peligroso— , rogaba a al-Ramádi que aceptara como pre­
sente una concubina.
El testimonio más convincente de la existencia del sühib al-inzál nos
la proporciona un texto de las Analectas y de la Tuhfat al-qadim. La esce­
na tiene lugar en Badajoz bajo el reinado del príncipe altasi al-Mutawak-
kil. Ibn 'Abdün, entonces poeta novel, se presenta en palacio, y el sühib
inzuí al-dür le asigna una casa cuyos muros amenazan con venirse abajo.
Como al-Ramadl, no duda en quejarse directamente al príncipe en un
tono jocoso, que subraya parodiando evidentemente una lamiyya celebre
del mas grande poeta preislámico, Im ru ’-l-Qays:

1. Oh tu, que te e leva s p o r tus p ad re s (v á n i b á n i ) ha cia las alturas


« c o m o las b u r b u ja s del agua, sin in terru p ció n : ,
2. A tu e s c la v o le ha sido asig nad a una m o r a d a en la que se ha
insta lado, p e r o que se p ar ec e a las m o r a d a s de Sa lina, p o r lo vetusta,
a Du-l-Jál».
3. Al c o n t e m p l a r su d e te r io r o , m e he dic ho: <¡Ea, buenos días,
ve stigio s d e t e r io r a d o s ! »,
4. y ella m e ha c o n te s t a d o — ¿ p o r que no p o d r í a r e s p o n d e r m e ? — :
« ¿ A c a s o se saluda al que v i v i ó en o t r o t i e m p o ? »
5. Dale al sühib al-inzál, r e s p e c to a la casa, una o r d e n im p e r ios a,
p o r q u e el h o m b r e jo v e n desatina, p e r o sin lle v a r a c a b o (las am enaza s
que profiere| 14

El hecho de alojar al poeta implicaba, tácitamente, el com prom iso de


concederle audiencia, pero en ocasiones la espera se prolongaba, sea por-

R i m a lc¡, m e t r o rainal. Cf. a l-Hulla , en N o t i c e s , pp. 155-156; C o r r e c t i o n s , p. 88.


M R i m a á 11, m e t r o tawil. Anahictes, I I . 199, 307; I b n al-Abbár, T u h f a t al-qádiin,
i." bla. Los segundos h e m is tiq u io s de esto s ve rs os se han t o m a d o de I m r u ’l-Qavs.
C f A h h v a r d t, S ix D iv ans, 151-153, pieza 52, v e r s o 2o, 4, 1, 32; D iw á n lniru'1-Qays,
ed. al-Sandübí, 105-108, pieza 52, v e r s o 21, 4, 1, 32. [El e d i t o r d e la T u h f a t al-qádini,
en M a s r ik . 1948, p. 559, no ha v o c a liz a d o . ]

yy
que el príncipe lo había olvidado, sea porque tenía ocupaciones absor­
bentes que le obligaban a posponer la recepción de los poetas.
Cuando el poeta no era demasiado orgulloso, se resignaba a esperar,
feliz tal vez, sobre todo tras un período de desplazamientos poco afortu­
nados, de ser alojado sin la preocupación del mañana; el sáhib al-inzál
debía, sin duda, tener facultades para atender a la subsistencia de todos
estos huéspedes de paso.
Sabemos, por ejem plo, que Ibn Hamdís, llegado a Sevilla después de
abandonar Sicilia, no fue recibido por al-Mu'tamid hasta el momento en
que, desesperado, estaba dispuesto a partir a otras cortes más clemen­
tes 65. ¿Negligehcia involuntaria o circunstancia deseada? N o podríamos
contestar. P or otro poeta, al-Mu'tamid m ostró un descuido más grave
aún: lo olvidó por com pleto; la víctima, Ibn al-Háyy al-Lüraqí, no pudo
contener sus amargas puyas cuando se alejaba de Sevilla:

1. H e v iv id o e n tr e e llo s c o m o un h u ésp ed d u ra n te tres m eses sin


r e c ib ir las c o m id a s d e la h o s p ita lid a d y d esp u és m e he p u e s to en
c a m in o sin las p ro v is io n e s d e v ia je 66.

Cuando el poeta conseguía la autorización para dejarse oír, debía pre­


sentarse en el salón del príncipe en un día determinado, que variaba de
una ciudad a otra e incluso en una misma ciudad de un príncipe a otro.
Sabemos que habitualmente el lunes era el día señalado en Sevilla en la
época de al-Mu'tadid, padre de al-Mu'tamid. El relato de una de estas
recepciones, en un tono heroico-burlesco, se lo debemos a al-Maqqarl. Lo
m ejor que podemosJia.cer es reproducirla íntegramente por los informes
precisos que nos procura respecto de una corte que pasaba por dar el
tono a toda la Península:
«Cuando el poeta Ibn Yáj llegó [d e B adajoz] a Sevilla, entró en la
mansión reservada a los poetas. Al preguntarle quién era, respondió:
"S o y poeta. — Recítanos, pues, le dijeron, alguna de tus com posiciones” ,
y entonces recitó:

— M e h e d ir ig id o a ti, oh 'A b b á d , c o m o e l h o m b re tu rb a d o c o r re
p r e s to h a cia e l b a rra n c o .

«Estallaron las risas y el menosprecio. — Dejadle, dijo alguien más


sensato, porque es un verdadero poeta y no parece inverosím il que entre
con los poetas y ocupe un lugar entre ellos. Pero nadie prestó atención
a las palabras de esta persona y se intercambiaron los propósitos más

65 A n al., I I , 416. V . la escen a d e su rec e p c ió n , in fra , pp. 292-293.


66 R im a ádi, m e t r o ta w il. C f. Q a la 'id , p. 143; A n a le cte s , I I , 581; Ib n D ihya,
a l-M u trib , 133b. L a h o s p ita lid a d d e b id a a un m u su lm á n no es d e tre s m eses, sin o
d e tre s días. Ib n a l-H á y y se m o s tr ó m u y e x ig e n te . M u ch o s a u to res han p ro te s ta d o
c o n tra estas p a la b ra s , qu e c o n s id e ra n p u ra calu m n ia. C f. A n a le cte s , I I , 581; Ib n
D ihya, o p cit., 133fo.
chuscos sobre el recién llegado. Ibn Y á j se quedó entre los poetas. Estos
tenían, durante el reinado de esta dinastía, un día señalado en el que
eran los únicos en entrar a presencia del príncipe; a menudo ese día era
el lunes. Pero se dijeron los unos a los otros: "S ería una vergüenza para
nosotros si un patán de esta índole llevara su audacia hasta osar entrar
con nosotros.” Se pusieron de acuerdo para que él hablara el prim ero el
día que les estaba reservado en el momento que el príncipe concediera
audiencia; pensaron que el recién llegado recitaría versos tan ridículos
com o los recitados anteriorm ente; el príncipe entonces le echaría, y en lo
sucesivo no habría razón para que poetas p or el estilo mostrasen una
desenvoltura tan audaz. El día fijado, cuando el príncipe tom ó asiento
en el salón y se colocó el tablado destinado a los poetas, se rogó al prín­
cipe que concediera la palabra en prim er lugar al recién venido. Y así se
hizo. El poeta subió al estrado. Todo el mundo esperaba que él recitaría
unos versos tan jocosos com o los recitados en la prim era ocasión. [P ero
¡oh sorpresa!], he aquí lo que dijo:

1. D e s g a rra s te , e l d ía d e la le ja n a s e p a ra c ió n , m i c o ra zó n , y p ro h i­
b is te a m is o jo s g u s ta r d e las d e lic ia s d e l sueño...

10. O h rey, d e q u ie n se e s p e ra [to d o ] y q u ie n p o r la a n tig ü ed a d de


su lin a je se e le v a en n o b le z a p o r e n c im a d e o t r o s rey e s :
11. la p o e s ía tie n e una c o tiz a c ió n m u y b a ja en n u estra p ro v in c ia , p e ro
a q u í e n c u e n tra un p r ó s p e r o m e r c a d o 67.

« — ¡Tú eres Ibn Y á j!,d ijo entonces el p rín cipe.— Sí, respondió el poeta.
Siéntate: te otorgo la dignidad de "Jefe de los poetas” . Al-Mu'tadid, tras
recompensarle generosamente, no perm itió a nadie más ese día tomar la
palabra después de é l» 6S.
N o exageramos al decir que era una verdadera prueba la que pasaba
el candidato, pero en el jurado que se encargaba de apreciar su talento
no tenían siempre sus colegas voz en el capítulo, pues bastaba que al
señor de la casa le agradara para que la admisión fuera hecha sin más.
Hay que advertir que el príncipe que presidía estas reuniones literarias
poseía tanta cultura y gusto com o pudieran tener sus poetas oficiales;
su decisión, no influenciada por los celos que viciaban el enjuiciam iento
de los poetas oficiales, inquietos, com o se concibe fácilmente, por la
ascensión de un rival, podía, incluso cuando se pronunciaba sin apelación,
constituir el juicio más equitativo sobre el valor de un recién llegado.

67 Y a h em os tr a d u c id o e s te v e rs o , su p ra , p. 67.
68 Anal., I I , 595-598 (r e p r o d . en A bba d ., I I , 229-230); trad . T e d jin i, U n R o í P o e te ,
p ágin as 128-9; A lc o c e r M a rtín e z, L a c o r p o r a c ió n de lo s po eta s, pp. 175-178.
Hemos visto de que manera lo;-, poetas podían hacerse admitir olicial-
mente en el entorno de un principe o de un gobernador poderosos. Su
mayor timbre de gloria, según al-Saqundí, era el de poder decir: «E stoy
vinculado especialmente a tal príncipe» Era confesar con toda sinceri­
dad el estado de dependencia en el cual vivían con respecto a los grandes
señores.
En efecto, están lejos ele ocupar los primeros puestos, y el protocolo
de las ceremonias oficiales les asigna, casi siempre, el último lugar y en
muchos casos el papel que desempeñan en los castillos o palacios es el
de criados. Al-Nahll, que tuvo la fortuna de agradar a al-Mu'tamid, tema
que permanecer noche y día a la puerta del recinto privado del príncipe
para acudir de inmediato a sus llam adas71. Ibn al-Haddad tuvo el valor
de declarar en una composición en verso sobre al-Mu'tasim, re\ de
Almería:
— Es un h o m b r o que cu an do le ha d a d o un g ra n o tic m osta za, te
pon e las cad enas del c a u tiv o c o n d e n a d o a m u e rte 7J.

Los poetas habrían podido considerar sin duda su condición, incluso


en estrecha dependencia con respecto al príncipe, com o digna de envidia
si no hubieran estado sometidos a los pérfidos ataques de sus colegas,
que por deshacerse de ellos no reculaban ante la calumnia y hacían uso
clel arma más pérfida de que se valen los hombres de letras: la denigra­
ción. No era bastante la lucha contra los faqihs, que veían en la poesía
una de las causas de la perdición de los hombres y que representaban su
papel tradicional de censores cuando invocaban, respaldados por abun­
dantes citas coránicas y de hculits más o menos auténticos, las desgracias
que caerían en el otro mundo sobre los fervientes de la poesía ; era nece-

"" Anal., I I , 128; G a r c ía Gome/., E l o g i o , 147.


7" Cf. al-Bayan, I I I , 9, trad. L e v i- P r o v e n c a l, en H M E 2. I I I , 191. B a j o los alm oh ad es ,
un has ib ( d e s c e n d ie n t e de fa m il ia que h u bie ra rein a d o en una p r o v i n c i a ) qued a
in s c r ito en la lista de p oeta s p e ns ion ad os ; o l r o haslb, Abü-l-Qasim I b n M as 'ada, al
a p e r c ib ir s e de e llo d e c la r a q u e es r e b a j a r a un h o m b r e de esa c a t e g o r ía el in cluir le
en la c ita d a lista (cf. Anal., I I , 284). M as la rd e, b a j o I b n al-Jatíb, los p oeta s estarán
s ie m p r e al fin al, con los cantores, tras los ju g a d o r e s de a je d re z, los ja rd in ero s-je fes,
los v e te rin a rio s , los m é d ic o s , los a s tr ó lo g o s , etc. Cf. Al-M a q q a rí, N a f h al-llb. IV.
241; al-Ihüta, en Abbad., I I , 166.
7' Anal., I I . 137, 222.
72 R i m a á'ih i, m e t r o k a m il. Anal., I I , 340; R e c h e r c h c s 1, 102-103; 3/ ed., 1. 254.
71 En la escena que h e m o s r e p r o d u c id o m ás ar rib a , el e n e m i g o de al- R am ad i
d ecía a al-M an sü r: « E s t o s p o e ta s f o r m a n una e s p e c ie ( s i n f ) de h o m b r e s cuyas
c a r a c te rís tic a s p rin c ip a les son la fa ls e d a d ( z ñ r ) y la d iv a g a c i ó n (h a d a y d n J; no a g ra ­
decen nin guna g ra c ia > no o b s e r v a n nin gu na ob lig a c ió n . Son los p e rr o s de los
v e n c e d o re s , c o m p a ñ e r o s de los que tienen un e n t o r n o n u m e r o s o y los e n e m i g o s de
las v íc t im a s de la escasez. R e c o r d e m o s que Dios — ¡su M a j e s t a d sea p r o c la m a d a ! —
ha d ic h o r e f i r ié n d o s e a ellos: Lo s poeta s serán segu id os p o r los d e sc arria d os . ¡N o
ves c ó m o vagan, en sus d is tra cc io n e s , en toda s las d ire c c io n es ! ¡Y que d ic en lo
que no ha cen ! ( Q n r 'ü n , X X V I , 224-226). Es m ás c o n v e n ie n te a le j a r s e q u e estar
cerca de ellos. Se ha d ic h o al r e s p e c to : ¡Que pensar de las gen te s cuya sin ceridad
no puede a p r e c ia r s e mas que fu e ra de e l l o s ! » Cf. Anal.. I I. 247.
sario, además, que hicieran frente a las críticas solapadas dirigidas contra
su talento por rivales al acecho de cualquier flaqueza.
Las críticas que se lanzaban habitualmente contra el poeta para per­
derle en el espíritu del público letrado y, sobre todo, para arrebatarle el
lugar escogido que ocupaba junto a un príncipe generoso o un personaje
influyente se dirigían, com o es fácil de adivinar, no sobre la conducta
privada, sino contra su profesión de poeta. Se estaba al acecho de los
más pequeños errores de versificación; se ponían de relieve en el acto
las imitaciones o parecidos; se era implacable ante los plagios no confe­
sados; el vocabulario se estudiaba minuciosamente hasta en sus menores
detalles; las figuras retóricas pesadas y medidas con una minucia que nos
muestra la importancia de la form a en los poetas andaluces. De no ser
así no se hubiera podido encontrar a alguien que, com o al-Farazdaq — al
que se le reprochaba una licencia poética— , repusiera: «A mí me toca
decir los versos y a vosotros discutirlos» 74.
Al parecer, nunca el afán denigratorio había sido tan vivo entre los
poetas de expresión árabe com o en Andalucía. Escuchemos lo que dice al
respecto el hombre que parece haber contemplado el siglo xi con mayor
profundidad, Ibn Hazm:
«E l juicio que debe hacerse de nuestro país no puede expresarse m ejor
de lo que hace el conocido proverbio (al-matal al-sair): "E l hombre más
aislado (azhud) es el sabio en medio de su fam ilia” , y yo he leído en los
Evangelios que Jesús — ¡la salud le sea concedida!— ha dicho: "E l pro­
feta no pierde su consideración más que en su propio país” Y estamos
seguros de la verdad de estas palabras porque el Profeta — que Dios le
bendiga y le salve— lo com probó con los Quraysíes, que son, no obstante,
los más generosos, los más sabios y los más pacientes de los hombres,
gracias al privilegio que se les ha concedido de habitar el m ejor de los
lugares y de nutrirse de las aguas más nobles...
»La verdad de estas parábolas se revela particularmente en España
(al-Andalus), porque es allí donde se encuentra sobre todo la envidia
(basad) que sus habilantes tienen al sabio que se manifiesta y adquiere
cierta habilidad entre ellos; se irritan por todo lo que el sabio produce
y rebajan sus rasgos más hermosos; se ensañan con sus flaquezas y sus
más pequeños pasos en falso; todo ello se lleva a cabo sobre todo cuando
está aún en vida y dos veces más que en cualquier otro país. Si destaca,
se dice de él: "E s un ladrón de osadas incursiones, plagiario sin pudor” ;
si es mediano, se dice: "E s un poeta flaco y frío, desfallece fácilm ente” ;
si muestra cierto ardor juvenil por apoderarse de la caña de la carrera,
dicen: "¿Cuándo ha entrado en la existencia? ¿Cuándo ha sido educado
y en qué época ha hecho sus estudios? ¡Pueda su madre traer tal h ijo !”
74 C f. Ib n Q u ta yb a, a l-S i'r w a -l-S u 'a rü ', ed. de L e id en , 25. 1. 7-8; I n tr o d u c c ió n ,
ed. y irad . p o r G a u d e fro y -D e m o m b y n e s , p. 25.
75 «N a d ie es p r o fe ta en su tie r r a », San Luca s, IV , 24. V. in fra , p. 465.
«Tras esto, si la suerte quiere que se com prom eta en uno de estos dos
caminos: o bien por la vía de la preeminencia que le eleva por encima de
sus iguales, o bien p or otra vía distinta que aquella que ellos mismos
acostumbran a seguir, entonces la hoguera irradia sobre el desdichado,
que se convierte en blanco de los chismosos, objeto de los calumniadores
e injuriosos, presa para las lenguas, ocasión de atacar su honor. A menudo
se le atribuye lo que no ha dicho, le ponen un collar con el que nunca se
ha adornado, se le imputan palabras que nunca pronunció e ideas que
nunca com partió.
»Con m ayor razón, cuando es el primero, el campeón: si no goza de
ciertas relaciones en el entorno del sultán de modo que tenga la fortuna
de salir indemne de desiertos peligrosos y de escapar de arriesgadas tra­
vesías, entonces, si compone un libro, se le mira de través y se marca su
reputación con los rasgos más pérfidos; las acusaciones rebasan los lím i­
tes; el m enor de sus propósitos se amplía exageradamente y el más insig­
nificante de sus lapsus es imputado com o algo odioso; sus buenas accio­
nes desaparecen, sus cualidades se ignoran, se grita y se interpela por sus
inadvertencias, y de este m odo los pensamientos más sublimes se quie­
bran, el alma se fatiga y el ardor se enfría.
«H e aquí lo que entre nosotros alcanza el hombre que se dedica a tejer
versos o que lleva a cabo un acto de noble autoridad: no escapa a las
redes (d e la calumnia) y no se salva de estas trampas más que com o el
pájaro que emprende el vuelo y huye o [sa lta ] com o hace un corcel para
recorrer la carrera de un tirón » 76.
Sorprende el tono ardiente de este pasaje. Si Ibn Hazm pensó en sí
mismo al escribirlo — sabemos que sus opiniones religiosas fueron áspera­
mente atacadas y discutidas— , al menos sus reflexiones tienen un carácter
general que no podemos ig n o ra r77.
Los poetas profesionales no eran los únicos en entregarse a esta crítica
puntillosa.

76 A n a l., I I , 114-115. Ib n H a z m n o ha s id o e l ú n ico en d e s ta c a r e s ta te n d e n c ia


a la d e n ig ra c ió n d e lo s a n d a lu ces. Ib n S a 'Id ta m b ié n p o n e d e r e lie v e la c r ít ic a tan
s e v e ra a la qu e e s ta b a s o m e tid o e l s e c r e ta r io d e la c a n c ille r ía (k á tib a l-ra sá ’i l )
(c f. A n al., I , 134, al p r in c ip io ).
77 S e p ie n s a in e v ita b le m e n te en M o n te s q u ie u , qu e en su D é fe n s e de l'E s p r it des
lo is d ic e : «L a s gen te s q u e q u ie r e n e n s e ñ a rlo to d o d ific u lta n m u c h o e l a p ren d er;
n o h a y g e n io q u e n o se lim it e si se le r o d e a d e un m illó n d e va n o s e s crú p u lo s:
aún te n ie n d o la m e jo r in te n c ió n se os fo r z a r á a d u d a r d e e llo . N o p o d é is o c u p a ro s
en e l b u en d e c ir c u a n d o ten éis el te m o r d e d e c ir m a l y cu an d o en lu g a r d e s e g u ir
v u e s tro s p e n s a m ien to s , n o os p re o cu p á is m ás qu e d e lo s té rm in o s q u e pu ed an
e s c a p a r a la s u tile za d e lo s c rític o s . N o s p o n en una b a n d a en la c a b e za p a ra d e c ir ­
nos a ca d a p a la b r a : g u a rd a o s d e c a e r: v o s q u e ré is h a b la r a v u e s tro m o d o , y o
q u ie r o qu e h a b lé is a l m ío . S i v a m o s a e m p r e n d e r el v u e lo , n os s u je ta n p o r la
m an ga. S i te n e m o s la fu e rz a d e la v id a , nos la q u ita n a fu e rz a de p in ch a zos. S i os
e le v á is un p o c o , a p a re ce n las g en tes q u e to m a n su p ie y su toesa, le v a n ta n la c a b e ­
za y os g rita n q u e b a jé is p a ra to m a r o s la m e d id a ... N o h a y c ie n c ia n i lite r a tu r a
q u e p u ed a r e s is tir a ta l p e d a n te r ía » (c f. D é fe n s e de l'E s p r it des lo is , I I I a p a r te ).
Abü-l-'Arab al-Siqillí, habiendo huido de Sicilia com o Ibn Hamdís,
vino a la corte de al-Mu'tamid y entregó al príncipe la hoja de papel en
la que había escrito una qasida. «Al-M u'tam id — dice el poeta— paseó su
mirada y su espíritu [escudriñador] sobre el poema mientras que yo espe­
raba sus críticas [con cierta aprensión], pues era en estas materias un
imam, y a menudo por esta razón los poetas le evitaban, salvo aquellos
que, conociendo la elevación de su alma, tenían entera confianza en é l» 78.
Ibn Zavdün mismo dice en un poema a este príncipe:

10. Y o hu ía d e la p o e s ía an tañ o, c on fir m e res o lu c ió n , qu e ten ía p o r


excu sa el te m o r d e tus c rític a s 79.

Si los poetas podían encomendarse al espíritu ilustrado de al-Mu'ta-


mid, no se acercaban sin tem or al príncipe de Denia Abü-l-Yays Muyáhid.
Este no gustaba siempre de la poesía, sobre todo en los períodos de pesi­
mismo que daban a su carácter esos contrastes tan molestos para los que
le rodeaban. Se dedicaba entonces a criticar minuciosamente las poesías
de sus aduladores; descubría con una alegría mal disimulada cualquier
palabra inapropiada, cualquier com paración equívoca, cualquier plagio,
cualquier transferencia de imagen ( ihála) 80.
Cuanto más numerosas eran las críticas — y es de suponer que no
todas tendrían fundamento— , menos considerables eran los presentes 81;
es de suponer que los poetas renunciarían — salvo cuando se encontraban
en situación desesperada— a recitar versos a aquel Z oilo coronado

M irándolo bien, el poeta del período de los Mulük al-Tawá’if gozó de


una situación menos precaria que la sufrida durante la fitna de com ien­
zos del siglo xi: «Durante ese período de disturbios, dice un historiador,
los poetas de los 'Am iríes y de los [ú ltim os] Omeyas, en cuyas bocas y en
cuyas salas de reunión las arañas habían tejido sus telas, vivieron en una
indigencia extrema y sus disposiciones naturales se marchitaron. Se sen­
tían com o halcones aislados y hambrientos que por extrema necesidad
se veían obligados a abatirse sobre los saltamontes» 83.

78 A n a lecte s, I I , 387; a l-T iy á n í, T u h fa t a l-'a rüs, en A bba d ., I I , 148. C f. ta m b ié n


H M E 2, I I I , 93.
79 R im a irü , m e tr o k á m il. D iw á n , 168.
80 A 'm á l, p. 251, y en C e n te n a rio de A m a ri, I I , 130-131.
81 N o o b e d e c ía c ie rta m e n te a los m is m o s m ó v ile s q u e C a rlo s I X c u a n d o d e cía
d e R o n s a rd : «T e n g o m ie d o d e p e r d e r a m i R o n s a rd y qu e d e m a s ia d o s b ien es le
v u e lv a n p e re z o s o en e l o f ic io d e las M u sas; un b u en p o e ta n o d e b e e n g o rd a r, c o m o
no d e b e e n g o r d a r un buen c a b a llo : h a y qu e a lim e n ta r lo s sin h a r ta r le s » (c f. F. Funck-
B re n ta n o , L a R ena is s a n ce , 141).
82 A b ü M a r w á n H u sám a l-D aw la Ib n R azln , p rín c ip e d e la Sahla, ten ía ta m b ién
fa m a d e s e r m u y d u ro con los p o e ta s (c f. a l-H u lla , en N o tic e s , p. 182, 1. 1-2).
83 A 'm á l, 143.
Incluso reducidos a la condición de criados, se consideraban afortu­
nados. El ideal para ellos, tras haber estado al servicio de un príncipe, se
cifraba en quedar inscritos en la nómina de pensiones. Estas nóminas de
pensiones o diwün existían ya bajo los Omevas españoles 84, que no hacían
sino continuar una tradición en honor a D am ascoS5. Bajo los Mulük
al-tawá’if, todas las pequeñas cortes tienen la vanidad de poseer su propio
diwün de poetas. Cuando Ibn ’ Ammar, entonces desconocido, se presentó
a al-Mu'tadid y le recitó la famosa qasida rimando en rü, recibió como
recompensa una cantidad de dinero (nial), trajes honorables y una mon­
tura (markab), y el príncipe ordenó que se le inscribiera en el diwün de
los p oeta s1"’. Bajo al-Mu'tamid sabemos por una queja en verso de Ibn
al-Hayy al-Lüraqi que el intendente encargado de pagar estas pensiones
se llamada Ibn Mádl
Algunas veces la pensión en dinero se reemplazaba por las rentas de
una tierra o de un caserío otorgado com o feudo al poeta que había tenido
la fortuna de agradar al príncipe, como fue el caso de Abü-1-Fadl Ibn
Saraf en Almería, en la corle de al-Mu'tasim l's.
Las pensiones no constituían los únicos recursos que los poetas obte­
nían de sus protectores; en épocas determinadas del año, com o las gran­
des fiestas religiosas o con ocasión de un acontecimiento importante:
vuelta de una expedición afortunada, recepción de una embajada, circun­
cisión, boda, etc., los poetas componían versos y los recitaban en sesiones
solemnes, concediéndoseles regalos o gratificaciones.
Confesaban sin vergüenza que eran «los regalos los que desatan las
lenguas» !i9. Podían, por otro lado, sentirse orgullosos de que un destacado
jurisconsulto de la época, Ibn 'Abd al-Barr, declarara com o lícito aceptar
presentes, por ajustarse a la vida de los compañeros del Profeta v de sus
«seguidores», así com o de los doctores de la le y 90.
Pero ¿podía Ibn al-Barr prever que desvergonzados poetas llegarían al
cinismo de exigir presentes, incluso por trivialidades? Si se quiere que
permanezcan, pues bien: a falta de pensión, hay que distribuir con lar­
gueza bienes a propósito de cualquier cosa: por una hermosa palabra
o por un poema, por un dístico o por un hábil remedo.
Abü Marwán Ibn Siráv dirá a al-Muzaffar Ibn Yahwar:

84 Ih a ta , E l C a iro , I I , 71, 1. 10: A l-M an sü r, en una d e sus c a m p a ñ a s se lle v ó a sus


p o e ta s p e n s io n a d o s : a l-s u 'a rü ' a l-m u rta z iq ü n b i-d lw ü n ih i. A l-H a k a m , p a d re de 'A b d
al-R ah m án , al o ír los v e rs o s d e H a ssá n a a l-T a v m iy y a , o r d e n ó qu e se le a sig n a ra un
su e ld o (iy r a m u r a tta b ) (c t. A n al., I I , 537).
85 V é a s e m i R é c e p tio n des p o e te s p a r le k lia life 'U in a r ib n 'A b d al-Aziz, en R e vu e
T n n is ie n n e , 3.° y 4." tr im e s tr e 1934, pp. 324 ss.
**• A m a ra an y u k ta b a f i d iw ü n a l-su 'a rü ’. C f. H is t. A lm o h a d e s , D ozv, p. 81 (E l
C a iro , p. 72), F aen an , p. 99.
87 Q a lü 'id , 143'.
88 V. Anal., I I , 269; R e ch e rch e s , 1 “ ed., pp. 95-96; 3." ed., I, 250-251.
89 C f. A nal., I I , 131, 157, v supra, p. 44, n. 64.
g" C f. Anal., I I , 158-159.
1. ¿ V o lv e r á m i cu b o v a c ío d e v u e s tro s m ares d e g e n e ro s id a d no
e s ta n d o s u s p en d id o de c u erd a s g astad as?;
2. ¿ S e rá m i c a m p a m e n to a z o ta d o p o r e sca sez tan m a n ifie s ta que
m e o b lig u e a v a g a r en busca d e p astos en o tro s p aíses?

5. Si v o s e s tim á is en p o c o el v a lo r de m i p e n s a m ien to , cu án tos o tro s


lo p on d e ra n y le con ce d e n el m a y o r p r e c i o 91.

Descontentos cuando no se les concede lo que esperan, se van — para


ser tratados a veces con mayor rigor— a otra ciudad. Entonces se darán
por muy satisfechos si pueden volver junto a su prim er mecenas. Ibn
Azraq, en la corte de Ibn 'Abd al-'Azíz en Valencia, escribe a Ibn Rasíq,
reyezuelo de Murcia:

1. ;Ah, si p u d ie ra s a b e r si v o lv e r é a los fa v o r e s qu e he c o n o c id o
c e rc a de vos, sin e s fu e rzo !
2. P o r D ios, qu e d esd e qu e m e he a le ja d o de vos, no he te n id o un
s o lo m o m e n to qu e no e s tu v ie ra u n id o a la pena.
3. C o n c e d e d m e , pues, la a u to r iz a c ió n d e c o r r e r hacia vos; no m e
da v e rg ü e n za d e c la ra r m i v iv a p asión p o r las riq u e za s c u a n d o el qu e
las o to r g a las a co m p a ñ a de a f e c t o ''2.

Con este ejem plo, que podría apoyarse en muchos más, puede parecer
que sólo los poetas que recibían una pensión permanecían fieles a su
señor; los que vivían de liberalidades intermitentes viajaban sin cesar
para probar fortuna.
Algunos poetas, si bien vivían de la generosidad de sus mecenas, no
siempre componían versos con un fin interesado. ¿Eran verdaderamente
sinceros? Cabe la duda. Abü Muhammad Ibn al-Sld al-Batalyawsí decía:

1. El d e s tin o se ha m o s tr a d o r ig u r o s o con n o s o tro s , sin duda, c o m o


si el a fe c to h u b iera v is to sus rien d a s a p a rta d a s de n o s o tro s p o r un
[e n e m ig o ] lle n o de od io .
2. Si no hu bieran c o n o c id o de n o s o tro s m ás qu e los v e rs o s [qu e
h em os c o m p u e s to ], te n d ría m o s d e re c h o en v e rd a d a la b e n e v o le n c ia y a
los fa v o re s.
3. S o b re todo, c u a n d o no h em os hecho, g ra c ia s a e llo s , d e la poesía
un m e d io d e v id a qu e a c a rre a n e c e s a ria m e n te al m e n d ig o la ru d eza y el
rech azo

Es sin duda alguna esta preocupación constante por conseguir dinero,


incluso cuando se acompaña de protestas de desinterés, lo que más cho­
cante nos resulta en los panegíricos de los poetas árabes de Occidente;
preferiríam os mayor pudor, pero no cabe duda de que esto formaba parte
de las costumbres v en esa época nadie se escandalizaba por ello, salvo
las gentes religiosas.

11 R im a ¿¡ni, m e tro k á m il. C f. Q a lü 'id , pp. 190-191.


1,2 R im a di, m e tro ta w il. Anal., I I , 388.
w C f. Anal., I, 429. R im a ánñ, m e tr o taw il.
N o deja de tener interés el destacar que algunos poetas, lejos de pedir
una recompensa, fijaban en principio el precio de un panegírico, y tal era
la estima que se tenía por su talento, que se aceptaba su voluntad. ¿No
se dice de Abü 'A ll Idrís ibn al-Yamánl que había jurado no escribir un
poema elogioso por menos de cien dinares? Y al-Mu'tadid, que pasaba por
tener caprichos tiránicos, ¿no tuvo que inclinarse ante esta exigen cia?94.
Si algunos poetas llegaban a «fija r el precio de la poesía», no hay que
olvidar que la fantasía más desbordada regulaba las recompensas conce­
didas por los príncipes a sus aduladores. En ocasiones, el regalo es tan
desorbitado que el poeta, pasmado, se encuentra enriquecido para el
resto de su vida; ése es el caso de 'Abd al-'Azíz, que por una düliyya a al-
Mu'tamid con m otivo de la campaña de al-Zalláqa, recibió una suma
ampliamente suficiente para establecerse en Alm ería con un negocio
próspero 95.
Pero es posible que las circunstancias influyeran mucho en los arre­
batos de generosidad. No es d ifícil echar'm ano de otras anécdotas en las
que poetas tan geniales com o el panegirista de al-Mu'tamid son recom ­
pensados después o despedidos sin ninguna retribución, por la única
razón de que el personaje al que se dirigían estaba distraído o preocu­
pado. Recordem os el mal humor de Ibn al-Hayy al-Lüraqí cuando aban­
donó Sevilla. En Alm ería, Abü Y a 'fa r Ibn al-Jarráz al-Batarní (de Paterna,
cerca de V alencia) asistió a una recepción de poetas; uno de ellos, Abü
Hafs ‘Um ar ibn Suhayd, entusiasmó de tal modo al príncipe al-Mu'tasim
que éste dijo; « — ¿Hay alguien entre vosotros que pueda ganar mi cora­
zón con versos similares? — Ciertamente, señor, d ijo entonces Ibn al-
Jarráz, pero la felicidad tiene soplos [caprichosos]. Y o os dediqué hace
algún tiempo un poema en el que decía:

1. N o he c e sa d o d e r e c o le c ta r c u a n d o la fo rtu n a , c o m o una tie r r a


e s té ril, n o m e o fr e c ía ni fru to s q u e c o g e r ni m ies e s qu e segar,
2. los fru to s d e v u e s tra g e n e ro s id a d , que, fá c ile s d e to m a r, estab an
su sp en d id o s d e ra m a s cu ya s o m b ra tu tela r se e x te n d ía s o b re m í;
3. b a jo esas ra m a s c o r r ía e l agu a d e las n o b les h azañas y s ob re
ella s los p á ja r o s de m i r e c o n o c im ie n to ca n ta b a n [v u e s tra s a la b a n za s ].

Al-Mu'tasim, en el colm o de la alegría, dijo: — ¿Ya me habías recitado


esos versos? — Sí. — ¡Dios mío, se diría que los oigo por prim era vez! Te­
néis razón; "la felicidad tiene soplos [cap rich o sos]” , pero os recompen­
saré doblemente: prim ero por los versos en sí y después por haberos
hecho esperar tanto tiempo lo que esperábais obtener y haber mostrado
ingratitud en recom pensarlos» 96.

94 A l-D a jira , I I I , 91 a; A n a le c te s , I I , 471-472; al-S aqu n d l, R isá la , en Anal., I I ,


129, y E. G a rc ía G ó m e z, E lo g io , 48.
95 C f. Anal., I I , 386-387.
96 A n al., I I , 280-281; R e c h e rc h e s ‘ , 105-106; 3.“ ed., I, 257. V e r in fra , p. 203. L o s
v e rs o s a r rib a in d ic a d o s son d e r im a dü y de m e t r o taw il.
La costumbre, sin duda, era que los poemas fueran recompensados de
alguna forma. Ibn 'Ammár, en sus comienzos, recibió un talego de cebada.
El alfaquí Sa'id ibn Adhá era tan pobre, que no pudo dar dinero al poeta
que le había dedicado tres poemas de form a diferente: una qasida clásica,
una muwassaha y un zéjel; tan desconsolado estaba por ello, que lloró
al no poderlo rem ediar 97. Al-Sumaysir tuvo un altercado con un patricio
de Alm ería que le había encargado un poema, pero no se lo había recom ­
pensado. El poeta se vengó de lo que consideraba, com o sus colegas, una
afrenta im perdonable 9S. El poeta a menudo se limitaba a recordar con
ingenio que esperaba un obsequio. Ibn Sára apostrofaba de este m odo la
carta que escribía al cadí Abü Bakr Ibn al-'Arabí:

1. Q u e rid o e s c r ito [te c o n ju r o ] p o r D ios, r e e m p la z a a m i b o c a para


b e s a r sus m an os, p o r q u e e lla s ie n te c ie r ta v e rg ü e n za (ih t is ü m ) de
h a c e rlo ;
2. desp u és, e x p líc a le q u e m i e s ta n c ia ha d u ra d o un añ o y a h o ra
te m o qu e o t r o añ o se le añada.
3. [E l p o e ta ] L a b ld n o p o n ía c o m o c o n d ic ió n a su lla n to m ás qu e
un añ o; c u a n d o éste h a b ía tra n s c u rrid o , d e cía : S a lu d [m e v o y ] " .

1. ¡O h p rín c ip e ! (m a lik ), d e c ía a su v e z Ib n 'A m m á r a a l-M u 'tasim ,


tú q u e p e rte n e c e s a una fa m ilia cu y a g ra n d e z a h a s id o e le v a d a p o r tu
p a d re M a 'n y p o r tu tío m a te rn o al-M an sü r,
2. [s a b e q u e ] en la c o r te d e tu p a la c io se e n c u e n tra u n tr o p e l de
le tr a d o s ('u s b a a d a b iy y a ) q u e n o c e sa [d e s d e h a ce tie m p o ] d e h a b ita rla .
3. T e han h e c h o lle g a r las h ija s d e sus p e n s a m ie n to s c o m o si fu e ra n
n o vias, y en c u e n tra n q u e ta rd a s d e m a s ia d o en e n tr e g a rle s sus d o te s
(m u h ü r ) 10°.

Los poetas recibían en recompensa no sólo presentes en especie o en


dinero, sino también cargos importantes que les retenían de ordinario
en la corte donde se les trataba bien.
«Al-M u'tam id, dice al-Marrákusí, no tomaba com o visires más que
literatos, poetas versados en toda clase de conocimientos, de suerte que
estaba rodeado de un conjunto de ministros-poetas com o no se había
visto jam ás» 101.
Parece ser que en el siglo x i la palabra wazir, «v is ir», que tenía la
acepción corriente de kátib (s e c re ta r io )l02, había venido a significar, por
la costumbre que hemos indicado, poeta. Sólo los poetas, por su cultura
literaria, tanto en prosa com o en verso, podían desempeñar esta alta

97 A n al., I I , 232.
9* A n al., I I , 217; B a d á ’i', 216-217; R e c h e rc h e s \ I, 261-262.
99 R im a a m u , m e t r o ja f if. C f. Q a la ’id , 264.
100 R im a ü rü , m e t r o k á m il. A l-H u lla , en C o r r e c tio n s , p. 114.
101 H is t. des A lm o h a d e s , te x to d e D o zy, p. 74 ( E l C a iro , p. 65); tra d . Fagn an,
p á g in a 90.
102 C f. A n al., I I , 653, 1. 8; L é v i-P ro v e n g a l, E s p . m u s u lrn . X e s ié cle , pp. 65-69.
(unción, que exigía de sus titulares no solo agudeza política, sino también
la aptitud de redactar los documentos fundamentales de la cancillería.
Los secretarios que han dejado la reputación de meros epistológrafos al
servicio de un príncipe son raros y se cita como escándalo el caso del
nieto de 'Isa ibn Sa'Td, Abü-l-Asbag, que «fu e elevado sir. motivos serios
a puestos de honor y llego a desempeñar el cargo de visir sin tener cultu­
ra (aclab) ni olicio (sau'a); ¡fue uno de los hechos más singulares acaeci­
dos en esta época de confusión! Inl.
El prim er ministro, que reemplazaba al príncipe cuando éste se ausen­
taba, usaba, para distinguirse de los otros visires-secretarios, el titulo de
dCi-1-wiz.aratayn, pero según pone de relieve Ibn Sa’Td al-Magribi, «si este
prim er ministro tenía con frecuencia cierto mérito en el campo de las
letras, sucedía en ocasiones que no poseía otros conocimientos que los
relativos a los negocios relacionados directamente con la realeza»
El título de visir se llego a aplicar, como indica el mismo historiador,
incluso a iodos «los cortesanos que tomaban parte en las reuniones orga­
nizadas poi el príncipe o que vivían en su entorno inm ediato» y cabe
asegurar que, dada la preferencia del príncipe por la literatura, esta
«c o rte » estaba compuesta en su mayoría de poetas.
Otro cargo que se podía asignar al poeta era el de kdlib al-ziuuun o se­
cretario de la función impositiva; pero esta delicada función exigía un
tacto y una integridad por encima de toda sospecha "’7; no podía confiarse
sin riesgo a los letrados, que tenían fama de bohemios y vividores
Asi se comprende por qué el jefe de policía (sühib ai-surta), llamado
comúnmente en España «gobernador de la ciudad» o «de la noche», no se
elegía entre los poetas. Y a pesar de que los tiempos cambiaron, no parece
que se haya registrado en el siglo xi un caso análogo al del poeta Abü
Marwán Ibn Idrís al-Yazírl, que por haber im provisado en presencia de
al-Mansür versos llenos de ingenio .sobre Sá'id al-LugawT, que se había
caído al agua, fue «elevado al cargo de je fe de policía» l"'1.

C o m o Abü U m a r Ib n al-Qallás > Abü 'A b d Allah Ib n M ustim , cuyas no tic ias
en la D a j i r a no c on tie n e n más que las e p ís tola s (c f ms. de Got ha, ti" 114¿>-123íí I.
" u A l-Bayün, I I I , 34; trad. L é v i- P r o v e n c a l. en H M E 2, I I I , 211. Este v is ir «sin
c ultu ra ni o l i c i o » lúe m uei tu p o r al-Muzal lar, h i jo y s ucesor de al-Mansür. Abü
M u h a m m a d Ib n al- Y ib b ii (v a r . Ib n a l-Y u b a v r e Ibn a l - H u b a v r ) c ri t i c a r ía más tarde
a los s e cr e ta r io s de los a lm o r á v i d e s ;
1 ) C u a n d o he v is to que el c a r g o de s e c r e ta r io se c o n fia b a a ignoran te s que
r ev e s tían de la d ig n id a d c o m o de una cora/.a (la 'm a ),
2) H e d ic h o at o d o j o v e n s e c r e ta r io d e m ucha e loc u e n c ia y gra n saber:
3) ¡Si o t r o s q u e no seáis v o s o t r o s llegan a ser p o d e ro s o s p o r la tinta, haga
Dios que no c re zc an sus c á la m o s ! {Qald 'id , 156: rim a ¿imalí, m e t r o m u t a q ü r i b ) .
105 Ibn Sa'Id, en Anal., I, 134.
ln" Ibn Sa'id, en Anal., I, 133.
Ibn Sa'Td, en Anal., I, 134, I. 8-9.
El k a tib cil -:¡m íu n no p o d ía ser ni c ris tia n o ni judio. Cf. Ibn Sa'Td, en Anal.. I,
134, 1.7-8. Cl. in fn t. p. 272, n. 72.
« An lia d ah ti li- l- s n r l a » ( cf. I b n Lu yun, L a in h a l-S ilir. I." 63/>).
El azar podía, en ocasiones, hacer que un poeta cortesano fuese nom­
brado gobernador de una ciudad; ése fue el caso de Abü-l-Hasan Ibn al-
Yasa’ , que por haber sabido — durante una campaña en el suroeste de la
Península— escuchar las confidencias de al-Mu'tamid sobre una de sus
concubinas, Umm 'Ubayda, y alabar con sumo tacto los versos amorosos
del príncipe sobre el asunto, recibió quinientos dinares de gratificación
v fue designado automáticamente gobernador de Lorca, donde se había
desarrollado la escena "{l.
Fuera de la corte los poetas se encargaban frecuentemente de las em­
bajadas. El eslavo Zuhayr, señor de Almería, envió a Córdoba para un
asunto político a su visir Abü Y a 'fa r Ibn 'Abbás, acompañado de los secre-
tarios-poetas Ibn Burd, Abü Bakr al-Marwánl, Ibn al-Hannát y al-Tubnl m.
Algún tiempo después al-Mu'tasim, príncipe de la misma ciudad, confió
una misión del mismo tipo — con respecto a al-Mu tamid— a Abü-l-Asbag
Ibn Arqam, acompañado de Abü 'Ubayd al-Bakrl y de Abü Bakr Ibn Sahib
al-Ahbás " 2. Naturalmente, los unos v los otros anunciaron su llegada por
medio de versos y en verso fueron contestados por el príncipe. Al surgir
un incidente entre Ibn Dü-l-Nün v al-Mu'tamid, los príncipes de Valencia,
de Zaragoza y de Alm ería tratan de restablecer la concordia enviando a
Sevilla dos embajadores que, por sus nombres, son muwallad-s: Abü
'Utmán Ibn Santaflr (Santaver) v Abü 'Am ir Ibn Gundisalb (Gundisalvo),
y no debe sorprendernos que su m ejor aliado en ese lugar sea el general
Ibn Martín. También ellos tienen una petición que hacer, y la hacen
en verso
Estos poetas-embajadores son enviados no sólo junto a los «reyezue­
los» musulmanes, sino también junto a los reves cristianos del norte de
España, lo que nos perm ite creer que todos ellos debían, m ejor o peor,
hablar la lengua romance. El kátib Abü U m a y y a Ibn Hisám, el cordobés
que durante la fitrni se había instalado en Tudela, fue enviado en comisión
ante el rey de Navarra Don Sancho ll4. Ibn 'Am m ár representó a al-Mu'ta-
mid ante Alfonso V I para solucionar algunos problemas fronterizos y tri­
butarios "\

110 Q a la 'id , 9-10 (r e p r o d u c id o en A n a lecte s, I I , 623, v A bba d., I, 44-45; trad . 101-103).
C o n v ie n e a ñ a d ir qu e Ib n al-Y asa' e ra d ñ -l-w iza ra ta vn .
111 A l-D a jira , I, 1, 261.
112 Q a la ’id, p. 8 (r e p r o d . en A bba d., texto, pp. 42-43; trad., pp. 95-96).
111 A n a le cte s , I I , 276-277 S e lam en ta n en v e rs o de v e rs e p riv a d o s d e vin o .
114 A l-D a jira , I, 1, 154. Es él qu ien nos in fo r m a d e qu e e n c o n tr ó al p rín c ip e c ris ­
tia n o v e s tid o a lo m u su lm án , p e ro con la c a b e za d e sc u b ie rta .
115 A I-H n lla , en A bbad., I I , 89; J a rid a t al qa sr, en A bbad., I, 386.
Capitulo V

TEM AS PROPO RCIO NAD O S A LOS POETAS POR


LA V ID A CO RTESANA

Los reyes de Taifas, al conceder su ayuda y protección a las personas


de talento, y especialmente a los poetas, no hacían sino reanudar o conti­
nuar la tradición que apreciaba en todo su valor el papel de los poetas
en la sociedad árabe-musulmana. Bajo los Omeyas de Oriente habían ayu­
dado a los califas sufyáníes y, despues de ellos, a los marwáníes, a adm itir
la idea del califato hereditario que los járivíes y los sí'íes com batieron
por su parte con empeño '.
Bajo los Omeyas de España contribuyeron a instalar y a fortalecer la
nueva dinastía; el gran Alm anzor (al-Mansür), cuando a su vez quiso con­
solidar su autoridad, supo ganar para su causa a la mayoría de los poetas
españoles y no dejó de proclamar, en contestación a las mezquinas críti­
cas de versificadores celosos, que la poesía y las letras eran el testimonio
más elocuente de la gloria de un gobierno 2.
Con la caída de los Omeyas tratan de justificar las pretensiones al
califato de los primeros reyes de Taifas de origen bereber o andaluz 3;
después, cuando la cuestión del califato se descarta definitivam ente, se
limitan a exaltar las virtudes de sus mecenas y a celebrar en verso sus
hazañas en la guerra o en la paz. Pero el fraccionam iento de la Pen­
ínsula hizo de estos soberanos principillos cuya autoridad era puesta en
duda continuamente; sus cortes, brillantes en apariencia, no son más

1 Cf. H. L a m m e n s , E tu d e s s u r M u 'ü w iy a ( e n M é la n g e s de la Fa c. O r ie n t. de
B e y ro u th , I I , 1907), 158; G a u d e f r o y - D e m o m b y n e s , L e m o n d e m u s u lm á n ju s q u 'a u x
C roisa d es , 253-254; C. D iehl y G. M ar gais , L e m o n d e o r ie n t a l de 395 á 1081, 344-345;
R. B la c h é re , A b o u t-T a y v ib a l-M o ta n a b b i, 6-12.
- A n al., I I , 247-249.
1 D i r e m o s unas p ala b ras m as ad e la n t e a p r o p o s i t o del p a p e l d e m e m o r i a l is t a
ju g a d o p o r el poeta.
que pequeños cenáculos que viven bajo el tem or del rey cristiano, a quien
pagan un tributo anual.
Y, sin embargo, los poetas han hecho de estas cortes un retrato muy
elogioso, tanto en sus panegíricos com o en sus cantos fúnebres; su papel
les obligaba a incensar siempre y a pesar de todo. A su respecto se ha
podido repetir la frase: «L a hipérbole es la llaga del elog io» Hay tal des­
proporción entre los personajes y las alabanzas que les son dirigidas que
nos preguntamos en función de qué ilusión óptica se ha podido encontrar
relación entre unos y otras.
La poesía cortesana se convierte asi en un pasatiempo vacío de sen­
tido. Los más grandes poetas se consagraban a ella con gran aplicación
y seriedad, y no por ello se exponían a la censura, pues no hacían mas
que plegarse a una moda. Qué pensar, por ejem plo, de Ibn Zaydün can­
tando la victoria de los Yahwaríes sobre los Banü Dakwán y los Banü
Jidám, que constituían grupos insignificantes de los alrededores de
Córdoba:

8. ¡S on [ v e r d a d e r o s ] reyes! L os o t ro s rey es de la tie rra están p or


d e b a j o de ellos, c o m o las noches ilu m in ad as p o r la luna llena s o b r e ­
pasan a las que Id están d é b ilm e n te ...
17. Abü-1-WalId (I b n Y a h w a r ] es un h o m b r e sin d e fe c to s ; su raza
le ha g e n e r a d o de sustancia pura, tal una e s pa da que los arte sano s
hu bie ran f a b r i c a d o sin falla 5.

Llegan a resultarnos chocantes los elogios del valor y la generosidad


que se distribuyen a diestro y siniestro. Todos estos reyezuelos son el rayo
de la guerra o fuente inagotable de liberalidad. A las imágenes orientales,
convertidas en clichés, se les dan tantas vueltas, que acaban perdiendo
el poco sentido que les quedaba. Los poetas españoles, no obstante, al
volverlas a usar se esfuerzan en renovar la expresión, pero no escapan
— si lo consiguen— a la imitación mas que modificándolas apenas o exa­
gerándolas, cuando los recursos del vocabulario lo permiten todavía. Es
por ello por lo que Ibn 'Am m ár dice a al-Mu'tadid:
7. El p r e s e n te c o n c e d id o p o r la m a n o de A b b a d v e r d e a m ie n tr as
qu e la a t m o s f e r a [en t i e m p o de sequ ía] se rev is te de un m a n to gris
de polv o...;
11. Si ha ce d on ele una v irg e n , la e s c o g e de senos ab un da nte s; si
de un c orc el, es de p e lo c o r to ; de una espada , esta e n r iq u e c id a con
p edrería .
12. En su m o r a d a , el sílex del e s la b ón de la g lo r ia no d e ja que se
a p a g u e el l u e g o d e la g u e rr a más que par a e n c e n d e r el de la h o s pi­
talidad ",

1 Ct. Anal.. I I , 293, 1.1: Iini al-gn lñ ü fa l al-madih.


5 R i m a Tí, m e t r o basit. D iw a n . 130-135; Cour, I b n Z a id o u n , 93 ( v en nota, p a g i­
nas 141-143).
‘ R i m a ra, m e t r o k á m il. Q a l , 9o; H is t. d t's A lm o h a d e s , texto, 80 ( E l Cairo, 71);
irad., 98.
Encontraremos aproximadamente las mismas imágenes en un elogio
de Ibn Yahwar por Ibn Zaydün:

8. G ra c ia s a el ja m á s he p e rc ib id o el r e lá m p a g o d e una nube sin


un c h a p a rró n b ie n h e c h o r y ja m á s he e n c e n d id o fu e g o con un eslab ón
sin qu e s a lle la c h is p a '.

En lostrenos se realza, com o en los poetas orientales, el apostrofe


a las nubes para que rieguen la tumba que encierra al hombre más gene­
roso, al cual sucede el principe más valiente de la tierra:

21. ¡Q ue esta tu m b a — d ic e Ib n Z a yd ü n a la m u e rte de a l-M u 'ta d id —


c o n tra ig a un p a c to con las n u bes! ¡Q ue al v e r t e r sus lá g rim a s s o b re el
suelo, hagan d ila ta r la son risa d e las flo r e s !
22. Es una p erson a d e tal n o b leza, qu e su a ltu ra no p u ed e ser s o b r e ­
pasada ni su g ra n d e z a ig u a la d a ...
37. C ó m o p o d ría o lv id a r te si tus m anos con m o n to n e s de riqu ezas
han lle n a d o m is m an os?...

Después, dirigiéndose al sucesor del desaparecido:

69. ¡E s un h é ro e ! Si se e n c u e n tra con un a d v e rs a r io , le rech aza,


y éste, qu e se h abía a c e rc a d o le n ta m e n te, se ve o b lig a d o a h u ir a lo d o
g a lo p e ..
72. Es un don de D ios, no un fa v o r ; un je f e s a b io q u e no se d e ja
a r r a s tr a r p o r sus p a s io n es ; un c o ra zó n p a c ie n te y no un c a r á c te r d é b il;
un h é ro e p o d e ro s o y no o r g u llo s o * .

Con la bravura v la generosidad, los poetas cortesanos se dedican tam­


bién a ponderar la nobleza del linaje. En este caso la hipérbole, cuando
sabemos la poca sangre árabe que corría por las venas de los hispano-
musulmanes, se transforma en una impostura; pero los propios príncipes
gustan de buscarse gloriosos antepasados de pura raza árabe, y los poetas
no dejan de satisfacer sus deseos.
Ibn al-Labbána alaba a los 'abbádíes por su descendencia de al-Mundir
ibn M á’ al-Samá’ :

1 D escien den de los Banü M u n d ir, qu e es una g e n e a lo g ía g lo rio s a ,


a la cual los 'a b b á d íe s han a ñ a d id o m ás g lo ria .
2. F o rm a n un red u c id o g ru p o , p e ro es el ú n ico q u e p u ed e p ro c re a r
a lta s v irtu d es , v es s a b id o qu e las altas v irtu d e s tien en p o c o s h ijo s '1.

Pero un poeta salido del pueblo, en un momento en que, im pelido por


la cólera y la desesperación, no se creía obligado a ocultar sus pensamien­
tos, dirá en una sátira contra los abbádíes:

7 R im a áh, m e tr o sa ri'. D iw á n , 90; C ou r, Ib n Z a id o im , 81.


* R im a rü, m e tro ta w il. D iw á n , 142-144, 148; C our, l. c., 146-148.
v R im a ad, m e tro ja fif. A l-H u lla , en A bbad., I I , 47; Ib n D ih va, a l-M n ir ib ,
fo lio 11, r."
1. ¡E a !, salu d a en e l A lg a r b e a una trib u e s ta b le c id a [a llí d esd e
h a ce m u c h o tie m p o ] q u e se ha o c u p a d o d e h a c e r a r r o d illa r a los c a m e ­
llo s y ha o b te n id o d e e s te m o d o c ie r t o s e ñ orío.
2. D e te n te en Y a w m ln 10, esa c a p ita l d el u n ive rs o , y d u e rm e ; tal
v e z la v ea s en sueños 11.

N o podía un poeta mostrar de m ejor modo la futilidad de los juegos


a que se veían forzados.
Las pretensiones de los príncipes de Sevilla, de Córdoba y de Alm ería
podían, desde el punto de vista del concepto árabe de la genealogía, defen­
derse perfectamente; pero ¿qué decir de los otros reyezuelos de la Pen­
ínsula de origen indudablemente bereber, com o los Aftasíes de Badajoz
y los Dü-l-Nün de Toledo, cuando los calificaban de árabes?
Ibn Saraf al-Qayrawám hizo la apología de al-Muzaffar, padre de al-
Mutawakkil, en este dístico:

1. ¡O h R e y , qu e tú s o lo has s id o c a p a z d e h a c e r a lo s tu y ib íe s tan
g lo r io s o s qu e lo s n iz á ríe s tie n e n ce lo s de los q a h tán íes,
2. sin ti, lo s m a 'a d d íe s n o h u b ie ra n c o n s e g u id o la a lta n o b leza, aun­
q u e sea p o r e llo s p o r qu ie n es A b ü D a r r y G ifá r han lle g a d o a ser
ilu s tre s ! 12.

Ibn Hayyán, que señala estos versos, no puede evitar el precederlos


con esta observación: «E s curioso y extraño que hagan rem ontar su
genealogía a Tu ylb » l3.
Verem os más adelante, en uno de los tres versos que Ibn al-Hayy al-
Lüraql consagra a la destitución de los Mulük al-Tawá’if, que Bádis de
Granada y Dü-l-Nün de Toledo pasaban por himyaríes 14. Algo más tarde,
al-Saqundi, en la famosa Risala en la que exalta a España y a los andalu­
ces y rebaja a los bereberes, se gloriaba de los príncipes árabes (al-mulük
al-'arabiyya) con los que España había contado en el siglo xi: ¡los Banü
Dü-l-Nün y los Banü Hüd! I5.

10 C a s e r ío d e l d is tr it o de T o c in a , a o r illa s d e l G u a d a lq u iv ir. C f. H M E 2, I I I ,
7, 1. 13-14.
11 E s te p o e ta es Ib n 'A m m á r . C f. al-H u lla , en A bba d., I I , 116: r im a ala, m e tr o
m u ta q a r ib , y la p a r á fra s is d e D o z y en H M E 2, I I I , 113: « I b n 'A m m á r o s ó r e p r o c h a r
a los 'A b b á d íe s e l n o ser, d esp u és d e to d o , m ás qu e os c u ro s c a m p e s in o s d el c a s e río
d e Y a w m ín , "a q u e lla c a p ita l d el u n iv e r s o ” , c o m o d e c ía con a m a r g a ir o n ía .» C f. ta m ­
b ié n H M E 2, I I I , 7.
12 R im a a r, m e t r o s a ri'. A 'm a l, p. 211; a l-H u lla , en R e c h e rc h e s •, 172.
13 L a s m ism a s re fe r e n c ia s p rec e d en te s .
14 C f. in fra , p. 109. L o s a lm o r á v id e s m is m o s serán c e le b ra d o s p o r lo s p o e ta s
c o m o si fu e ra n h im y a ríe s ; los a lm o h a d es , p o r e l c o n tra rio , se h a cen p a s a r p o r
Q ays-'A ylán , r a m a d e lo s m 'a d íe s o m u d a ríes.
15 A l-S a q u n d í, R is á la , en A n a le cte s , I I , 128, 1. 6 af.
Capítulo V I

EL PO ETA M E M O R IA LIS T A

Los poetas fueron algo más que meros panegiristas que se ingeniaban
en exaltar los méritos o las virtudes que no existían, la mayoría de las
veces, más que en su imaginación.
Los acontecimientos históricos en los que tomaron parte o que acon­
tecieron ante sus ojos han encontrado eco en sus poemas. La poesía se
constituyó de este m odo en una preciosa auxiliar de la historia; si no
supo o no tuvo la pretensión de exponer todo o de explicar todo, aclara,
sin embargo, muchos acontecimientos que sin ella parecerían oscuros,
y en ocasiones nos revela reacciones de orden psicológico que las crónicas
dejan por com pleto en la sombra.
¿Se puede encontrar un cuadro más sorprendente de la despreocupa­
ción de los últimos califas omeyas durante la fitna que en estos versos de
Ibn Abl 'Abda, que desempeñaba las funciones de visir con al-Mustazhir?:

1. C u an d o m e au sen to [p o r su s e r v ic io ], n o m e h a ce lla m a r, y cu an­


d o e s to y d e v u e lta , n o p re g u n ta p o r m í; le es, p o r ta n to , in d ife r e n te
q u e e s té p re s e n te o a u s e n t e 1.

¿N o demuestra el poeta cierto valor al condenar las debilitadas cos­


tumbres de los que tenían en sus manos el destino del califato?:

1. S i un [h o m b r e ] c o m o y o n o es r e tr ib u id o por su p a cien cia ,


¿ q u ié n d esp u és d e m í p o d r á s e rlo ?
2. ¡E n cu án tos c o m b a te s he lu ch a d o c o n tra v u e s tro e n e m ig o y le
he h e c h o e s p e ra r, en m i g u e rra c o n tra él, el re p o s o e te rn o !
3. P a ra lle g a r h a sta v u e s tro s e n e m ig o s m e h e h u n d id o en los a b is ­
m os d e la r e fr ie g a y v o y h a cia e llo s p o r un c a m in o q u e n a d ie e m p re n d e ,

1 R im a ib ü , m e tr o ta w il. M a tm a h , 27 (r e p r o d u c id o en A n a le c te s , I, 285, I I , 370).

97
4. m ien tra s qu e d o r m ita n le jo s de e llo s esos v e n tru d o s qu e com en
g lo to n a m e n te hasta la ta rd e d esp u és d e h a b er d o r m id o p ro fu n d a m e n te
hasta m ed io d ía .
5. ¿ C ó m o es p o s ib le qu e se haya p e rd id o la a u to rid a d , c u a n d o tu
e re s el a in in de D ios y d isp o n es de esa a u t o r id a d ? 2.

Pero las reacciones más violentas que manifiestan los poetas las susci­
tan los bereberes y aquellos que, aun siendo andaluces, por satisfacer
ambiciones que el desconcierto político podía excusar en cierto modo,
hacían el juego al enemigo de los hispano-musulmanes.
Los poetas, en estas circunstancias, incluso si es obligado reconocer
que están a sueldo de los jefes políticos, se muestran como intérpretes
más o menos fieles de la opinión pública.
Uno de ellos ! lanzó estos dardos contra el califa Sulaymán al-Mus-
ta'ín, que se apoyaba en los bereberes:

1. Q ue D ios no ten g a p ie d a d de v u e s tro S u la ym á n , p o rq u e es lo


c o n tr a r io del S u la y m á n (S a lo m ó n ) [d e la B ib lia ],
2. A e ste ú ltim o se d eb e qu e los d e m o n io s (s ü y& tin ) hayan sid o
e n ca d en a d o s, m ien tra s qu e el o t r o los ha d esen ca d en a d o.
3. En su n o m b re an dan e rr a n d o p o r la tie r ra p ara a n iq u ila r a sus
h a b ita n te s y sus m o ra d a s (a w lá n ).

Pero Sulaymán al-M ustaln no tenía sólo detractores; su poeta oficial,


Abü 'Umar Ibn Darráy al-Qastalll, le dedicó un panegírico de más de cin­
cuenta versos para defender la legitim idad de sus pretensiones y, lo que
es más difícil, para justificar su alianza con los bereberes Zanáta
o Sinháya J.
El seudocalifa, que sin duda sufría penosamente el yugo bereber, sus­
citaría nuevos odios contra él, incluidos los de los bereberes, pues tras un
tiempo en el error debió sentir que su temperamento de español no podía
satisfacerse mediante la alianza con aquellos que, por suraza, eran su
más mortales enemigos. Los historiadores no nos explican la razón por
la cual al-Musta'ín cayó súbitamente en la enemistad delos bereberes.
Pero la poesía nos da la clave de este brusco cambio: nohace más qu
confirm ar el antagonismo de raza que enfrentaba a los unos contra los
otros, africanos y españoles.
Al-Musta'ín había compuesto los siguientes versos, que confió a un
grupo de sus íntimos, compuesto en su mayor parte de bereberes ':

2 R im a ri, m e t r o ta w il. Anal., I, 285-286.


1 Un tal Ibn Jaldün, según A n a lecte s, I, 280. T ra d . p o r Do/y en H M E -, I I , 309.
R im a ana, m e tro taw il.
* A 'm a l, 143-145.
5 A n a lecte s, I, 280. Do/.y, qu e ha tra d u c id o esos v e rs o s en H M E 2, I I , 309, los
a trib u y e al m is m o p o e ta a n ó n im o qu e h em os c ita d o m ás a r rib a (r im a n i, m e tro
la w il).
1. H e ju r a d o p o r los qu e oran , ayunan y p ro c la m a n la g ra n d eza de
D ios, qu e y o « l a » hu n d iré, para qu e le s irv a de vaina, en el p ech o de
los qu e se c o m p o r ta n c o m o tira n o s v d é sp o ta s ...
4. Si m e fu e ra d a d o a c tu a r con lib e rta d , « lo s » e c h a ría y e n c a rg a ría
a m i espada p ro n u n c ia r el ju ic io s o b re e llo s con e n te ra lib e rta d .
5. O b ien será la v id a la qu e no p o d rá ser a g ra d a b le m ás qu e con
su d e sa p a ric ió n , o bien la m u e rte la qu e m e p e r m itir á el n o c o n tc m p la i
lo qu e es una c a la m id a d p ara m í".

Al-Murtadá, que sucedió a 'A l! ibn Hammüd com o calila de los anda­
luces, compuso contra los bereberes este incendiario libelo:

1. Los b e re b e re s han lle g a d o e n tr e n o s o tro s y g ra c ia s a n o s o tro s


a a lc a n za r tal g ra d o [d e p o d e r y de a r b itr a r ie d a d ! qu e han d e te r io r a d o
la situ a ció n y [a r ru in a d o ] el ord en ..
3. L e v a n tá o s , pues, con n o s o tro s c o n tra e llo s , en un m o v im ie n to
qu e nos d e s e m b a ra c e de la v e rg ü e n za y del d esp ech o.
4. P o rq u e en ese a rra n q u e v o lv e r e m o s a lo m a r el p o d e r o [v e n c id o s ]
no v e re m o s a aqu el p o r cuya cu lp a n u estros o jo s qu e d a rá n c ie g o s 7

Los poetas, pues, aclaran ciertos acontecimientos políticos de la filna


revelándonos a menudo los móviles secretos que han impulsado a los
bereberes y a los españoles a actuar con ese odio feroz, que de no ser así
nos parecería inexplicable.

• • •

Nos informan también sobre un aspecto de la lucha que enfrentó a


bereberes y omeyas y que los historiadores árabes o europeos han des­
cuidado o apenas esbozado. Nos referim os al aspecto religioso que las
contiendas bereberes tomaron hacia fines del reinado de Sulavmán al-
Musta'ín.
Parece ser que, a favor de los disturbios que señalaron el comienzo
del siglo xx, los bereberes disidentes trataron de hacer revivir enEspaña
el járiyism o que había ensangrentado Ifriq iya enel siglo precedente y que
subsistía aún bajo la form a del ibádismo. Ibn Bassám nos ha conservado
en la Dajira fragmentos de epístolas escritas en el período que nos ocupa
(en nombre de Sulavmán al-Musta'in) por Ibn Burd al-Asgar para apartar
al pueblo de los dos járivíes intrigantes llamados al-Mu'aytí y al-T álisI8
y en nombre del mismo califa a Ibn Sumádih (de Zaragoza) para expo­
nerle las consecuencias de la mala conducta de un járiví
Los señores de Carmona, de origen zanáta, Muhammad ibn Abd Alláh

" R im a ra, m e tro ta w il. S o b re la m u e rte de S u la v m á n al-M u sta'in , cf. H M E 1.


I I , 311-314.
7 R im a nía, m e tro sa ri'. A n a lecte s, I, 280-281.
s A l-D a jira , I (P a r ís ), f.° 27/?; El C airo , I, 1, 94; 1.13; al T á lib í.
v A l-D a jira , I (P a r ís ), f." 28íi; El C a iro , I, 1, 96.
y su hijo Isháq, de los Banü Birzál, fueron celebres por ser los únicos de
todos los birzalíes que profesaron las doctrinas járiyíes ibádíes de la
secta especial de los nákir-s o nakkar-s ,0. Lisán al-Dln Ibn al-Jatíb, que
cita estos hechos tomándolos de Ibn Havyán, añade, según esta misma
fuente, que los hechos e ideas de estos bereberes a este respecto eran bien
conocidos Ibn 'Ammár, en un panegírico de al-Mu'tadid, confirm a estas
referencias:
— L o s j á r i y íe s han p r a c t ic a d o [sus ideas ] hasta el d ía en que tú has
[ a p a r e c id o ] p a r a c o r r e g i r el g e s to de sus bocas d e f o r m a d a s p o r el
o r g u l l o l:.

Del mismo modo, Ibn al-Haddád, en un poema de elogio a al-Mu'tasim


de Almería:
— ¡C uán tas vece s p a r a una tr o p a [de m u s u lm a n e s ] que p r o f e s a b a n
las id eas de los j á r i y í e s has sid o tu un ’AIT g u e r r e a n d o [sin p ie d a d ]
c o n tr a ese v il r e b a ñ o ! 1’ .

Por lo que respecta al sí'ísmo, los historiadores arabes, por prejuicio,


guardan silencio en lo que a ello se refiere: 'Alí ibn Hammüd ( t 408 =
1017), llam ado 'Abd al-Wáhid al-Marrákusí, fue sucedido por su hermano,
diez años m ayor que él, al-Qásim ibn Hammüd, hombre de un carácter
afable, con el que su pueblo vivió tranquilo. Se decía que era s íí, pero
nunca lo manifestó y no cambió en lo más mínimo las costumbres y creen­
cias de sus vasallos. Y lo mismo sucedió con todos los demás príncipes
de esta creencia que reinaron en España» '4.
Los poetas, por el contrario, nos dan a entender que un m ovim iento
s íí bastante acusado se hizo sentir durante la fitn a ; los prom otores fue­
ron los principales 'alawíes, es decir, los Hammüdies, que pretendían
descender directamente de 'AlT ibn Abl Tálib, prim o y yerno del Profeta.
Ibn Jáqán, en el Matmah, nos cuenta las molestias que sufrió Abü 'Am ir
Ibn Suhayd por parte de los 'alawíes a causa de su libertinaje y del tono
burlesco de sus poesías ,5.

10 B i-m a d h a b a l-n á k irln m in f ir a q a l-iba diyya a l-ja w a riy . S o b r e esas palab ras
y s o b r e e sta secta, cf. D ozv, S u p p l., I I , 722, col. b y las r e fe r e n c ia s citadas ;
a l-T iv ám , R ih la , te x t o árab e, ed. W. M a r ca is, 87; trad. Rou sseau, en J. A., 4.a serie,
t o m o 20 (1852), pp. 166-167.
11 A 'm a l, p. 272. Es p o s ib le ta m b ié n q u e los B anü D a m m a r d e M o r o n h a yan sido
jar iyíe s -ib ád íe s, pues era n o r ig i n a r i o s d e Gab es (c f. C h r o n iq u e a n o n y m e des M u lú k
a l-ta w á 'if, te x t o en al-B ayán, f í l , 295: trad. L é v i-P r o v e n ^ a l, en H M E 2, I I , 219).
12 Q a ld 'id , 89: m e t r o m u ta q á rib , r i m a ar. Alu s ió n al Q tir'a n , X X X I , 17, y r e m in i s ­
c e n c ia d e un v e r s o de al- M u ta la m m is , D iw ü n . ed. V o lle r s , L e ip zig , 1903, p. 20
( p i e z a I, v e r s o 7).
13 R i m a á tih á , m e t r o taw il. A l-D a jira , I, I I , 221-222.
14 H is t. des A lm o h a d e s , te x t o Dozy, p. 35 ( E l C air o, p. 33); trad. Fagnan , p. 43.
D o z v n o v e s í'ís m o en E s p a ñ a hasta finale s del s iglo IX y c o m ie n z o s del x (c f. H M E 2,
t o m o I I I , pp. 124-128).
|s M a tm a h , pp. 20-21. V. in fra , p. 113, n. 58.
Los versos que el poeta compuso en esta ocasión 16 demuestran que, en
contradicción con las afirmaciones de al-Marrákus!, los Hammüdíes pre­
sionaron en las gentes que les rodeaban para hacerles cambiar de «h ábi­
tos» y de las ideas que no eran estrictamente sl'íes. Pero, sin duda alguna,
no es necesario ver, en lo que concierne a las medidas coercitivas tomadas
en contra de Ibn Suhayd, más que el deseo de reform ar las costumbres,
tan sólo un episodio de la campaña espiritual que los teólogos denom i­
naban al-amr bi-l-ma'rüf wa-l-nahy ’an al-munkar, y que incumbía, muy
especialmente, al imam por excelencia, al Príncipe de los Creyentes.
El verdadero instaurador de la doctrina sí'í en España fue, com o sabe­
mos por los poetas y en contra de las afirmaciones de al-Marrákusí, 'A lí
ibn Hammüd, califa proclam ado por el partido bereber a la muerte de
al-Murtadá. Los panegiristas no han cesado — con un calor y una convic­
ción que creemos tan sinceros o desinteresados com o los de sus rivales,
protagonistas de los Omeyas marwáníes— de demostrar la legitim idad de
los derechos al califato reivindicados p or los hammüdíes en su calidad
de 'alies.
Ibn Darráy al-Qastall!, que hemos citado com o poeta a sueldo de
Sulaymán al-Musta'ín, se tornó — desde el momento que le convino— en
abogado de al-Násir ('A lí ibn Ham m üd) y de los hammüdíes 17.
Hemos de reconocer más convicción a otro poeta, que tiene el m érito
de haber permanecido fiel toda su vida a los hammüdíes y a las ideas
sl'íes; nos referim os a Abü Bakr 'Ubáda ibn M á’ al-Sama’ 18. Era famoso
por su tasayyu , es decir, por su vinculación al sí'ísmo. Toda su obra está
consagrada a hacer el elogio de al-Násir 'A lí ibn Hammüd y de sus suce­
sores: murió antes del fin de la fitna, lo que le evitó el asistir al fracaso
de las ideas que tan importantes habían sido para él. A 'A l! le dedicó
estos versos:

1. Es v u e s tro a n te p a sa d o 'A lí q u ie n ha c o m e n z a d o en O rie n te a


c o n s titu ir la h e re n c ia d e la cu a l v o s o tr o s sois lo s b e n e fic ia rio s , y es ta m
b ié n su h o m ó n im o en O c c id e n te [q u ie n ha c o n trib u id o a e n g r a n d e c e r la ].
2. R o g a d to d o s p o r é l y d e v o lv e d le e l p o d e r, p u e s to q u e e l m a n d a ­
ta r io d e l P r o fe t a le ha e n c a rg a d o d e e llo ... ,9.

En otra de sus piezas dice:

16 R im a Idü, m e t r o ta w il. M a tm a h , 20-21 (r e p r o d . en A n a le cte s , I I , 244-245).


V é a s e su p ra , p. 72.
17 R im a il, m e t r o m u ta q á rib . C f. R . B la c h é re , L e v ie e t l ’o e u v re d ’I b n D a rrá y
a l-Q a sta lli, en H e s p é ris , t. X V I (1933), 12-13.
18 M u r ió e n saw\yal, 419 = 1028 (s e g ú n A b u 'A m ir Ib n S u h a y d ), o tra s e l te r r ib le
in v ie r n o d e l 421 = 1030 (s e g ú n Ib n H a z m ). N o se le d e b e c o n fu n d ir c on o t r o Ib n
M á ’ a l-S a m á ’, qu e v iv ió un p o c o d esp u és y e s tu v o e s p e c ia lm e n te lig a d o a a l-M u 'tasim ,
p rín c ip e d e A lm e ría . C f. s o b re é l: a l-D a jira , I, I I , 1-17.
19 R im a iy y u h u , m e t r o ta w il. L a s A n a le c te s ( I , 316) d an ese s o lo d ís tic o , qu e
fo r m a b a p a rte d e un la r g o p oem a.
4. Tú has re c ib id o el n o m b re de lu p a d re p ara v iv ir según sus
p re c e p to s .
5. Ei ja c ta n c io s o d ic e: m i p a d re es tai; a ti te b asta con d e cir:
;m i p a d re es el P r o fe t a ! 20.

Los argumentos invocados por 'Ubáda ibn M á’ al-Samá’ para defender


a los hammüdíes nos parecen muy endebles; en vano buscaremos en otros
dos poetas sííes, Ibn al-Hannát al K a fíf al-Qurtubl y Ibn Muqáná al-
Isbünl, alegatos más convincentes.
El prim ero :| empleaba en un poema la palabra fütim í para designar
al califa h am m üdí22. Nos preguntamos si no ha querido con ello indicar
que la conducta político-religiosa del príncipe estaba inspirada en los
principios del sí'ísmo, tal y com o se había desarrollado en Ifríq iya 2-\
En lo que se refiere a Abü Zayd Ibn Muqáná al-Isbüní, merece retener
nuestra atención por el panegírico que dedicó al príncipe hammüdí Idrls
ibn Yahyá al-Mu'talI, no tanto por los nuevos argumentos que hace valer
en favor de los 'Alies — com o vemos, todos estos poetas se repetían incan­
sablemente— com o porque atestigua la imitación, entre estos príncipes
del protocolo de las cortes orientales:

20. Se d ir ía qu e el sol qu e b r illa en el O rie n te y o b lig a a los o jo s


a d e s v ia rs e de él [a causa de su luz c e g a d o r a ],
21. es el r o s tr o de Id r ls ibn Y a h y á ibn 'A lí ibn H a m m ü d , el C o m e n ­
d a d o r de los C re y en te s ...
27. Oh, B anü A h m ad , el m e jo r de los h o m b res, hacia v u e s tro p a d re
M u h a m m a d a cu d ían los m u su lm a n es en d ip u ta c ió n .
28. L a re v e la c ió n d e s c e n d ió s o b re él ]y cu an d o e s to se p r o d u jo ] el
e s p íritu fie l (a l-R ü h a l-A m in ) se ce rn ía en las tin ieb la s s o b re e llo s ?\
29. E llo s han s id o c re a d o s d e agu a de e q u id a d y de te m o r d e D ios,
m ien tra s qu e el com ú n de las gen tes ha s id o c re a d a de agu a y b arro .

20 A l-D a jira , I, I I , 9-10: r im a iyyü, m e tro w ü fir.


21 C ie g o d e sd e su m ás te m p ra n a ed ad , a d q u ir ió n o o b s ta n te un g ran ren o m b re ,
ta n to p o r sus c o n o c im ie n to s lite r a r io s c o m o p o r su c ie n c ia en el a rte d e cu rar.
V iv ió , s o b re to d o , en A lg e c ir a s y en M á la g a ; la m u e rte le lle g ó el añ o 437 = 1045,
cu an d o los rey e zu e lo s ya h abían p u esto fin a la c u estión del c a lifa to re p a rtié n d o s e
las p ro v in c ia s de E spaña.
22 E l le tr a d o G án im ibn W a líd , en una carta, lla m a al p rín c ip e I d n s al-'AIT B íllá h :
«e l im án h á sim í, el re y fá tim í, la ram a 'a la w í [c f. a l-D a jira , I (P a r ís ), f.° 224 r.";
ed. de E l C a iro , I, I I , 353-4]‘.
25 N o s lla m a la a te n ció n en un v e rs o de Ib n Su hayd qu e c ita r e m o s m ás a b a jo
la e n ig m á tic a p a la b ra « ta m a s s a rü » qu e el p o e ta e m p le a a p r o p ó s ito d e los h a b i­
tan tes d e C ó rd o b a ; este n e o lo g is m o p o d r ía m u y bien s ig n ific a r: «h a c e rs e s im ila re s
a ios h a b ita n te s de M is r (E g ip t o ), e g ip c ia n iza rs e , es d e cir, h a cerse p a r tid a r io de
los p rín c ip e s fá tim íe s qu e rein a ro n en E g ip t o » (c f. iiifra , p. 128, n. 29; el v e rs o al qu e
h a ce m o s a lu s ió n ).
24 C om p. Ib n 'A b d ü n , a l-R a iy y a , v e rs o 41, en H is t. A lm oh a d a s, texto, 57; trad., 71,
V la n ota 1: « E l A lid a del cu al Jesús (a l-riih a l-a m in ) llo r a r a la m u e rte es H usevn,
el h ijo d e 'A1T...», D ozy, en H M E 2, I I I , 38, tra d u c id o p o r « e l án gel G a b r ie l». S o b re
al-Rüh al-Am ín, v. al-Q azw ín í, ’A y a 'il a l-m a jliiq ü t , p. 54; a l-Q itr'a n , X X V I , 193.
30. M ira d n o s , pues, p ara qu e p o d a m o s p a r tic ip a r d e v u estra luz,
pues esa luz. em a n a de la del D ios del u n iv e r s o 2’ .

Estos últimos versos, según pretende al-Maqqarí, causaron una impre­


sión tan viva en el hammüdí que escuchaba tras una cortina, a imitación
de los califas 'abbásíes, que ordenó a su hay ib o chambelán descorrer la
colgadura; después, levantándose, se acercó al poeta y se puso frente a él
sin ningún velo', e hizo que entregaran al panegirista un m agnífico regalo.
Con los Mulñk al-tawci'if, las preocupaciones religiosas desaparecieron
por com pleto; los príncipes bereberes de Granada y de Málaga, herederos
de los califas hammüdíes, aunque Sinháyas, no son va pro-sT'íes com o lo
fueron sus predecesores o com o sus antepasados de Ifrlq iv a 26; son ante
todo bereberes — que se «andalucizaron», por otra parte, muy rápida­
mente— , y así el último ferm ento espiritual que aún podía levantar a los
musulmanes contra los cristianos se desvaneció; en lo sucesivo, las luchas
entre los reyezuelos del sur de España y los príncipes de los reinos musul­
manes de la Península continuaron siempre en el terreno racial; no reve­
laron nunca más preocupaciones religiosas, y es esta indiferencia en
materia de fe lo que más escandalizará a los Alm orávides, tras su primera
intervención, y lo que les empujará, incitados por los alfaquíes, a destro­
nar a todos los principillos de España.

Por lo que atañe al período de los Mulñk al-tawci'if, sería aburrido y de


poco interés inform ar de todos los pequeños hechos políticos que los
poetas señalan en sus panegíricos. Las guerras, tan frecuentes, no dejan
huella más que por combates sin envergadura, donde el valor cede fre­
cuentemente a la astucia y a la perfidia.
Pero no tardaron los acontecimientos en tornarse graves. Dos adver­
tencias vinieron a sacar a los andaluces de su dulce calma: la derrota de
Paterna y la caída de Barbastro.
En 455 = 1063, los castellanos sitian Valencia; pero viendo que no
pueden tomarla por la fuerza, simulan alejarse. Los valencianos salen
entonces de la ciudad vestidos de gala para perseguirlos, pero cerca de
Paterna se entabla la batalla, que acabó en desastre para los habitantes
de Valencia.
1. Se habían p u esto las [c o ta s d e m a lla ) d e h ie r ro — d ic e en esta
oc a s ió n el p oe ta A b ü Ish á q al-T a ra sü n í— m ien tra s q u e v o s o tr o s v e stía is
túnicas d e seda c ad a cual m ás b ella.

25 A tuil., 1, 283-284 (lo s ve rs o s 20-21 y 30 se cita n en la m is m a o b ra , I, 132); H M E 1,


I I I , 38-39. R im a in, m e tro ra m a l.
26 S a b e m o s qu e en g ra n p a rte se d e b ió a las d o c trin a s sT’ íes d e los S in h á y a d e la
B e r b e ría o r ie n ta l el qu e los Z a n á ta tu v ie ra n qu e e x ilia r s e en E spaña. C f. A 'm a l.
261; al-Baycin, I I I , 267-270.
2. ¡Q ué fe o s res u lta b a n e llo s y q u é h e rm o s o s v o s o tro s si no h u b ie ra
s id o p o r lo qu e p asó en P a te rn a ! 27.

Al año siguiente, en 456 = 1064, Barbastro cae en manos de un ejército


normando. La ciudad fue entregada al pillaje. Un poeta, Ibn al-Gassál,
cuenta en verso las torturas sufridas por los musulmanes en esta ocasión:

1. L o s p o lite ís ta s nos han la n za d o fle c h a s qu e n o han e r r a d o [su


o b j e t o ] ; p o r e llo han c a u sa d o u n a in m e n s a d e sg ra c ia .
2. H a n d e s h o n ra d o c o n sus c a b a llo s lo s p a la c io s [h a sta en to n c e s ]
in v io la d o s , n a d a ha q u e d a d o [in t a c t o ], ni m o n ta ñ a ni llan u ra.
3. H a n r e g is tr a d o a tra v é s d e la r e g ió n (d iy a r ) d o n d e c ad a d ía
h a cía n una in c u rs ió n d esa strosa .
4. L o s c o ra zo n e s m u su lm a n es e s ta b a n a te r r o r iz a d o s y sus m e jo re s
d e fe n s o re s se m o s tr a b a n c o b a rd e s c u a n d o lib ra b a n b a ta lla .
5. ¡C u án tos lu g a res han s a q u e a d o sin m o s tr a r la m e n o r c o n s id e ­
ra c ió n p o r lo s n iñ os, lo s a n cia n os y las d o n c e lla s !
6. ¡C u án tos n iñ os d e p e c h o s e p a ra d o s p o r e llo s d e sus m a d re s g r i­
ta b a n y tr a ta b a n [d e v e r l a s ] !
7. ¡C u án tos n iñ os p e r d ie r o n a sus p a d re s a b a tid o s s o b re la tie r r a
sin o t r o le c h o qu e el c a m p o d e s ie r to !
8. ¡C u ántas d o n c e lla s g u a rd a d a s en el g in e c e o fu e ro n sacadas de
su m o r a d a sin p o d e rs e e s co n d e r!
9. ¡C u án tas p e rs on a s d e c a lid a d c a y e r o n e n tr e sus m an os, y d esp u és
d e h a b e r g o z a d o de e s tim a c ió n , tu v ie ro n qu e h u m illa rs e !
10. S i los m u su lm a n es n o h u b ie ra n c o m e tid o fa lta s y p e ca d o s g ra ­
ves d e los cu ales n in gu n o p e rm a n e c ió o c u lto ,
11. N i un s o lo c a b a lle r o c ris tia n o h u b iera re s u lta d o v ic to r io s o
c o n tra lo s m u su lm a n es: son las fa lta s las qu e han c a u sa d o to d o el m al!
12. L o s p e o r e s d e e n tr e e llo s n o se rec a ta b a n de h a c e r el m a l: las
bu en as c o s tu m b re s (s a la h ) d e lo s qu e a p a re n ta n su v irtu d n o son sin o
h ip o c r e s ía 28.

Pero Barbastro 29 estaba muy lejos de Andalucía y no despertó ninguna


inquietud entre la masa de los musulmanes; el golpe no había sido acu­
sado más que p or una élite. Fue necesaria la caída de Toledo a manos de
Alfonso V I en 478 = 1085 30 para que cundiera la alarma:

1. ¡O h h a b ita n te s de E sp a ñ a — d ic e Ib n al-G assál— , e s p o le a d vu es­


tras m o n tu ra s [p a ra p a r tir ] p o r q u e p e rm a n e c e r a q u í n o s e ría m ás qu e
un g ra n e r r o r !
2. E l m a n to se d e s fle c a p o r los b o rd es , p e ro y o v e o q u e e l de la
p e n ín s u la se d esh ace p o r e l ce n tro .

27 R im a áná, m e t r o k á m il. A n a l., I, 111; I I , 749. S o b re es ta b a ta lla , cf. H M E 1,


I I I , 78, y las r e fe r e n c ia s c ita d a s ; a l-D a jira , I I I (G o th a ), f.° 233 r.°-v.°; A 'm á l, p. 255;
R e c h e r c h e s ', 315-316; S e y b o ld , en Z D M G , t. L X I I I (1909), 355.
28 R im a a'u, m e t r o k á m il. A l-R a w d a l-m i'ta r, núm . 38, p. 40-41/51-52.
29 S o b re la to m a d e esta c iu d a d p o r los n o rm a n d o s , cf. H M E 2, I I I , 78-79, y las
r e fe r e n c ia s c ita d a s ; a l-D a jira , I I I (G o th a ), f.° 48 v.°-51 v.u; A 'm á l, 198.
30 C f. s o b r e e s te te m a L é v i-P r o v e n g a l, A lp h o n s e V I et la p ris e d e T o lé d e (1085),
en H e s p é ris , t. X I I (1931), 33-39, y las r e fe r e n c ia s citad as.
3. H en o s aqu í en m e d io de e n e m ig o s qu e n o nos a b a n d o n a rá n ya
nunca; c ó m o será p o s ib le la v id a con s e rp ie n te s (h a y y á t) en e l m is m o
c e s to ( s a f a t )3'.

Y un anónimo decía en un largo poema en el que, com o Ibn al-Gassal,


acusaba a las malas costumbres imperantes de ser la causa de todos los
males:

24. Si d e c im o s : es un c a s tig o qu e a lc a n za a n u estros c o r r e lig io n a ­


rios, una p ru eb a de qu e D ios d e sa p ru e b a su con d u cta,
25. d e b e m o s d e s ta c a r qu e s o m o s m ás c u lp a b le s qu e e llo s , pues
nos c o n d u c im o s in ic u a m e n te; ¿ c ó m o p o d r ía m o s s a lir in d e m n e s [d e
c a s tig o ] ?
26. ¿ P o d e m o s e s ta r s egu ros d e qu e la v e n g a n za [d iv in a ] n o ca erá
s o b re n o s o tro s , cu an d o e n tr e n o s o tro s rein a n a la v e z la d e p ra v a c ió n
y el lib e rtin a je ?
27. C o m e m o s m a n ja r e s p ro h ib id o s sin qu e nos p re o c u p e 32, y d e este
m o d o los a c to s m ás p en oso s se lle v a n a c a b o c on to d a fa c ilid a d .
28. L a au d a cia [d e las c o s tu m b re s ] lle g a hasta a v io la r los h o ga res;
así se c o m p o r ta el p e r r o a v ie s o y d e s c a rria d o .
29. E l v e lo qu e p r o te g e a un p u e b lo ca e c u a n d o se d a lib e rta d a la
d e so b e d ie n c ia 33.

Al-Mu'tamid, de acuerdo con al-Mutawakkil de Badajoz, decide ir a


pedir ayuda al em ir de los almorávides, Yüsuf ibn Tásufln. Los cronistas 34
afirman que el rey de Sevilla partió en 478 = 1085 con su flota, con una
dotación impresionante (yawüz fa jm ), rodeado de sus principales corte­
sanos. El pueblo le acompañó hasta el lugar de embarque en el muelle
del Guadalquivir, sin duda, pues no se hace mención de Algeciras, a pesar
de que en aquella época pertenecía al rey de Sevilla.
Dos poetas celebraron el acontecimiento: Abd al-Yalíl ibn Wahbün
y Abü 'Ubayd al-Bakrí.
El prim ero felicitó a al-Mu'tamid por:

— una d e c is ió n q u e ib a a r e n o v a r la v ic to r ia y el é x ito y un pen sa­


m ie n to al p r e c io d e l cu al los [o tr o s ] p e n s a m ien to s se e x tin g u e n 35.

El segundo, que nos es más conocido com o geógrafo, se nos revela


com o un perfecto cortesano cuando dice:

31 R im a ti, m e t r o basit. A n a lecte s, I I , 672 (e l p r im e r v e rs o está tr a d u c id o en


H M E 2, I I I , 123).
32 R e m in is c e n c ia d e l Q u r ’an, I I , 168; V , 5; V I , 119; X V I , 116.
33 R im a ü rü , m e tr o w ü fir. Anal., I I , 778. E l p o e m a e n te r o c o m p re n d e seten ta
y d os versos.
34 A 'm a l, p. 282; a l-H u lla , en R e c h e r c h e s ', 288-289; trad., p. 297. C f. ta m b ién H M E 1,
I I I , 133, 124, n. 3.
35 A 'm a l, 282 (la p oesía c o m p re n d e seis v e rs o s en rü , m e tr o b a s it).
1. E s b ie n d e sd e ñ a b le p a ra n o s o tro s ese n a v io (m a r k a b ) d e l fir m a ­
m e n to ( e l s o l), c u a n d o p o d e m o s c o n te m p la r ese r o s tr o d e g ra n d eza
m ien tra s el n a v io de la fe lic id a d salta [s o b r e las o la s] 36.

Y a sabemos el resultado de la gestión de al-Mu'tamid con Yüsuf ibn


Tásufín: los Alm orávides vinieron en socorro de los andaluces, y la arma­
da confederada de los musulmanes, en la que figuran solamente algunos
de los reyes de Taifas, se enfrenta con los cristianos, al mando de A lfon ­
so V I, en un lugar que los cronistas latinos denominaron Sagrajas o Sa-
cralias y los historiadores árabes al-Zalláqa. Los poetas no la llaman
nunca de otro m odo que «batalla del viernes» (waq'at al-yumua o yawm
al-'arüba) 3\
Es 'Abd al-Yalíl ibn Wahbün quien celebra las proezas de al-Mu'tamid
en esta batalla memorable, ponderando también las virtudes guerreras
de Yüsuf ibn Tásufín:

1. C re o q u e las d e sg ra c ia s d e la g u e rra han d ic h o : ¡S a lu d [a t i ] ! ,


p e ro tu s o n ris a [oh , a l-M u 'ta m id ] no se ha to rn a d o ceñ u d a al oírla s.
2. Un a lia d o s in c e ro , s u b le v a d o p o r un a r d o r c e lo s o de p r o te g e r el
h o n o r d e los suyos, se h a la n za d o al c o m b a te lib r a d o a lanza.
3. E l [Y ü s u f] h a c r e c id o en la trib u d e los H im y a r y tú en la d e los
L a jm ; h e a q u í e c h a rp e s [m u ltic o lo r e s ] b ien te jid o s .
4. T ú has s e g u id o e l c a m in o qu e v a a d a r a su to rr e n te , y, cu an d o
el tu y o se h a u n id o al suyo, el rau d al tu m u ltu o s o fo r m a b a g ra n d es
m asas acu m u lad as.
5. L a c o lin a d e la I n fid e lid a d fu e so c a v a d a p ro fu n d a m e n te m ie n ­
tras q u e to d a s sus p a rc e la s e ra n m on tañ as.
6 E lla a p a r e c ió en la s u p e rfic ie d e l su elo c o m o una tie r r a cuyas
d e p re s io n e s se p a rec ía n , b a jo e l a m o n to n a m ie n to d e los in fie le s , a c o li­
nas p o b la d a s d e á rb o le s .
7. E ra n tan n u m erosos, qu e n o se les h u b ie ra p o d id o c o n ta r ni
in s c r ib ir en su to ta lid a d en un reg is tro .
8. L o s a n im a le s fe ro c e s m ás d iv e rs o s se ap iñ a b a n a lr e d e d o r de e llo s
y n o les fa lta b a ni la b e b id a ni la c om id a .
9. S i el m a ld ito [p r ín c ip e d e los c ris tia n o s ] h a e sca p a d o , n o lo ha
h ech o c o m o un h o m b r e d e n o b le c o n d ic ió n , sin o c o m o se esca pa n las
gen te s viles.
10. ¡O h A lfo n s o ! ¡O h p e r d id o [p o r tu a m b ic ió n ]! ¿ P o r qu é n o te
has a p a r ta d o d e los v ie jo s , tú q u e e res jo v e n ?
11. L as m u je re s te p re g u n ta b a n [p a ra sa b e r qu é h a b ía s id o d e sus
m a r id o s ], p e ro n o lo h a cía n los h o m b re s [p u e s to qu e to d o s habían
m u e r t o ]; [v a m o s ], d in o s qu é h a y d e trá s d e ti, o h 'Is á m 38.

36 A l-H u lla , en R e c h e rc h e s ', 288-289; trad., p. 297; r im a en di, m e tr o ta w il.


37 S o b re esta b a ta lla , cf. E. L é v i-P r o v e n g a l, E. G a rc ía G ó m e z y J. O liv e r Asín,
N o v e d a d e s s o b re la b a ta lla lla m a d a de A l-Z a llá q a (1086), en A l-Á n d a lu s, vo l. X V
(1950), fase. 7, pp. 111-155.
38 P r o v e r b io á ra b e (F r e y ta g , A ra b u m p ro v e rb ia , I I , 589 sq.).
12. T e n c u id a d o c o n ellas, en tu re in o , c u a n d o se p re s e n te n an te
tí: c o m o nu bes [d e to rm e n ta ] d e sc a rg a rá n sus ra y o s s o b re ti a gu isa
d e p re s e n te s 39.

Se habrá observado en el verso 6 la alusión a los montones de cadáve­


res de cristianos; los historiadores, muy posteriores es verdad, dirán que
los musulmanes apilaron las cabezas cortadas de los vencidos y que desde
lo alto de este minarete im provisado los almuédanos llamaron a la ora­
ción durante tres días 40, pero no debe de ser más que una am plificación
de los datos aportados por los poetas.
Los poetas, sin embargo, a pesar de su reputación de embusteros y de
embellecedores de sus relatos, se mostraron en circunstancias especial­
mente dramáticas tan exactos com o los historiadores; tienen el m érito de
ser contemporáneos de los hechos que les sirven para tejer sus poemas.
Puede desdeñarse el aserto de 'Abd al-Yalll ibn Wahbün cuando dice, con
respecto a la muerte de Ibn 'Ammár, pensando en al-Mu'tamid:

— Cuán g ra n d e es m i e s tu p e fa c c ió n al p en sa r en a q u el a q u ie n llo r o
de to d o c o ra zó n , y y o d ig o : «Q u e la m a n o d e re c h a d e l a sesin o se qu e d e
seca [en ju s to c a s tig o d el c rim e n qu e ha c o m e t i d o ] » 41.

Este verso, debido a la pluma de Ibn Wahbün, aporta la prueba irrefu ­


table de que al-Mu'tamid mató con su propia mano a su antiguo visir.
Cuando los Mulñk al-tawaif fueron destronados, suscitaron entre los
poetas de la Península gran pesar, que los antólogos e historiadores han
registrado con evidente satisfacción; pero a estos elogios retrospectivos
no debe concedérseles excesiva atención; Ibn al-Labbána, sin embargo,
por los detalles que nos proporciona sobre la marcha de al-Mu'tamid de
Sevilla tras la toma de su capital por los Alm orávides (en rayab 484 =
agosto 1091), ha evocado la escena con tal fuerza, que su descripción en
verso, escrita algunos años después, nos ofrece un cuadro de lo más
sobrecogedor:

20. O lv id a ré [to d o ] s a lv o la m añ an a d el G u a d a lq u iv ir en la qu e los


m ie m b ro s de la fa m ilia p rin c ip e s c a esta b a n en los n a vio s ( m u n sa '& t)
c o m o c a d á v e re s en sus tum bas.

39 R im a á m ü , m e tr o w d fir. Q a ld 'id , pp. 13-14 (r e p r o d . en A bba d., I, 50, 116-117;


a l-D a jira , I I (T ú n e z ), f.u 51 r.° v.u; a l-M u trib , 91 r.°
40 V . J a rid a t a l-qa sr, m s. d e P a rís, 144 a (e n A bba d ., I , 384; trad., p. 399);
K. a l-ik tifá ', en A b b a d , I I , 23, y el R a y h á n a l-albáb, en A bba d., I I , 8. Ib n Z á k ü r, en
su c o m e n ta r io d e los Q a ld 'id , a p r o p ó s ito d e l v e rs o 6 d e 'A b d a l-Y a líl (e n A bba d., I,
117, n o ta 245), d ic e s o la m e n te q u e las cab ezas de los in fie le s fu e ro n r e p a rtid a s e n tre
las ciu d ad es d e E spa ñ a y M a rru e c o s ('a la m u d u n a l-A n d a lu s w a -b ild d a l-'id w a ):
a l-Q iríd s , ed. T o r n b e r g , p. 96 (c it a d o p o r S c h a c k -V a lera , I, 64). Ib n Q u zm á n re la ta
ta m b ié n , según te s tig o s , pues n o h a b ía n p a s a d o m ás qu e seis u o c h o añ os d e d ich a
b a ta lla , el e n c a r n iz a m ie n to d e l c o m b a te y la g lo r ia c on q u e se h a b ía n c u b ie r to los
a lm o r á v id e s en esa o c a s ió n (c f. C a n c io n e ro , ed. N y k l, Z e je l núm . X X X V I I I , 87-93,
386-387).
41 R im a ili, m e tr o k a m il. A l-H u lla , en A bbad., I I , 119, 1.4.
21. E l p u eb lo se a g o lp a b a en las dos o r illa s y c o n te m p la b a [con
a s o m b ro ] esas p e rla s flo ta n d o s ob re la espu m a del agua.
22. L os v e lo s [d e las m u je re s ] b a ja d o s h acían qu e las d o n ce lla s no
tu v ie ra n e s c o n d id o [el r o s tr o l y sus faces se d e s g a rra b a n c o m o se
h u b iera h e c h o con m a n to s p re c io s o s la b ra d ).
22 bis. E s tu p e fa c to s , tu v ie ro n qu e se p a ra rs e y cesa r su v id a en
com ú n , e llo s qu e habían c re c id o juntos.
23. C u an d o lle g ó el m o m e n to de los ad ioses, m u je re s p o r las qu e
lo h u b ie ra n d a d o to d o y h o m b re s p resto s a s a c r ific a r su v id a , lan zab an
g rito s d e s g a rra d o re s .
24. L o s n a vio s p a r tie ro n a c o m p a ñ a d o s de lú gu b res la m e n to s c o m o
c a m e llo s a los qu e el c a m e lle r o , can tan d o, e m p u ja hacia ad elan te.
25. ¡C u ántas la g rim a s c o r r ie r o n con el r ío ! ¡C u ántos jiro n e s de
c o ra zo n e s se lle v a ro n las g a le ra s (q a ta i'V . 42.

Sorprenderá tal vez encontrar el nombre y el recuerdo de al-Mu'tamid


en casi todos los escritos que hacen alusión a hechos historíeos aconte­
cidos en la época de las Taifas, y es que encarnaba por excelencia el tipo
de príncipe andaluz o español por su cultura y su fuerza; era el símbolo
perfecto de la nación hispano-musulmana en lo que tenía de radicalmente
distinta de la raza africana de origen bereber; todas las miradas se vol­
vían hacia él porque él era, tal vez, el único capaz de realizar la unidad
andaluza y de encontrar en ese momento trágico un niodus vivendi con
los cristianos.
Un poeta ha rendido tributo de admiración a al-Mu'tamid cuando decía
a Násir al-Dawla Mubassar, gobernador de Mallorca, orgulloso de su ais­
lamiento insular, que le ayudaba a escapar de los Alm orávides:

1. D ecid a aqu el qu e e s p e ra d o r m ir [tr a n q u ila m e n te ]: ¡hay m u ch o


tre c h o e n tre v u e s tro s c o s ta d o s y v u e s tro lech o!
2. A b ü Y a ’ qüb, del qu e h a blá is, es la p lu m a de una fle ch a e n e m ig a
y no la de un lecho.
3. C u an d o veis qu e el d e s tin o ha d e s p e d a za d o las m on tañ as de
R a d w á , ¿ c re é is qu e h ara de ellas m a r ip o s a s ? 4'.

Ante el descontento del pueblo y la inminencia de unarevuelta o de


graves acontecimientos que derribaran a los Mulük al-tawaif, elpoeta
de Granada al-Sumavsir compuso unos versos proféticos:

1. In te r p e la a los M u lü k y d iles: «¿ Q u e habéis to m a d o ? H a b éis


e n tr e g a d o el islam to rn á n d o lo c a u tiv o de los e n e m ig o s , ¿y p e rm a n e c é is
in a c tiv o s ? »

4: R im a adi, m e tr o basit. Q a la ’id. p. 23 (r e p r o d . en Abbad., I, 59-69);Anal., 11,


571; a l-D a jira , I I , 21 b ( v en A bbad.. I. 322); H is l. A lm o h a d e s , texto, p. 103; trad., pa­
gin as 125-125; H M E 2, I I I , 168-160.
43 A l-D a jira , I I I (G o th a ), 23b; en R e c h e rc h e s ', texto, p. 336; trad ., p. 349. El poeta
se lla m a A b ü-l-H usayn Ib n H a d w á r a h (? ). R im a asi, m e tro w a fir.
2. Es un d e b e r s u b le va rs e c o n tra v o s o tro s , p u e s to qu e v o s o tro s os
su b levá is [v o s o tro s m ism o s , p e ro ] con a yu d a d e los c ris tia n o s . N o nos
n egu éis e l d e re c h o a r o m p e r e l c e tr o [q u e nos r e g í a ] : ¿n o es el d el
P r o fe t a el qu e v o s o tro s h a b éis q u e b r a d o ? 44

Y estos otros:

1. ¡T e n ía m o s e sp era n za en v o s o tro s , p e ro n o nos h a béis o t o r g a d o


s o c o rro s s u fic ien te s ; fu n d á b a m o s en v o s o tr o s n u es tra e sp era n za , p e ro
nos h a béis e n g a ñ a d o !
2. ¡T e n d re m o s p a cien cia , pues el tie m p o e s tá s u je to a c a m b io s ra d i­
c ales; y [s o is lo b a s ta n te in te lig e n te s c o m o p a ra q u e ] p o r esta [s im p le ]
alu sió n c o m p re n d á is ! 45

Se destacan también algunos versos característicos sobre la caída de


los M ulük al-tawaif.
Así Abü Tammám Ibn Rabáh (o Riyáh) dice, tomando su m etáfora de
la costumbre musulmana de la poligamia:

— Sus p aíses se p a rec e n a las m u je re s a las qu e o tra s co-esposas


(d a r á ’ir ) a cosa ra n hasta c o n s e g u ir su r e p u d io 46.

Ibn al-Háyy al-Lüraql los compara a sólidos edificios derrumbados:

1. E n las re g io n e s o c c id e n ta le s , ¡cu án tos c u e rp o s d e b ilita d o s >' cu án ­


tos d e s tin o s in c ie r to s qu e d eb en re s ig n a rs e al d e s p r e c io !
2. E ra n lo s h ijo s de M a ’ n, d e 'A b b a d , de M a s la m a y d e los dos
h im y a ríe s : B á d ís y D u -l-N ü n 47.
3. Su s itu a c ió n en las b a n d e ja s del p o d e r e ra la d e un e d ific io
[e s p lé n d id o y s ó l i d o ] ; h elo s aqu í, los unos r e p o s a n d o en la tu m b a y los
o tr o s en p ris ió n 4S.

Ibn al-Háyy, que se quejaba del modo con que al-Mu’ tamid le había
recibido en Sevilla — ya hemos aludido a ello en líneas anteriores— olvida
aquí su resentimiento. Como los otros poetas, sabe cuánto pierde con el
derrumbe de estas pequeñas dinastías. N o es el momento de rencores
personales.

44 R im a tu m , m e tr o k á m il. C f. a l-D a jira , I, I I , 374; H M E 2, t. I I I , 136.


45 R im a m ü n a , m e t r o w á fir. L a s m ism a s refe re n c ia s .
46 R im a á q i, m e tr o w á fir. A l-D a jira , I I I (G o th a ), f.° 23b (e n R e c h e rc h e s ', p. 335;
trad ., p. 348); D o zy ha tra d u c id o , p o r e r r o r , d a rá ’ir, p o r «d e s tin o in e x o r a b le ». L is á n
al-D in ( A ’m a l, 280) p a re c e d a r un c o m e n ta r io d e ese v e rs o en e l p a s a je sigu ien te :
«D io s s u s c itó e n tr e esos p rín c ip e s , R e ye s de T a ifa s , un o d io , una e n v id ia y unos
c e lo s re c íp r o c o s tales c o m o ja m á s se h a b ía n s u s c ita d o e n tr e las co-esp osas r e b la n ­
d e c id a s p o r e l b ie n e s ta r y e n tre las trib u s c elosas las unas d e las o tra s .»
47 S e v e qu e el p o e ta c o n s id e ra a los b e re b e re s B á d ís y Dü-l-Nün c o m o Y e m e n íe s .
C f. su p ra , p. 96.
48 R im a en ü n i, m e tr o basit. A l-H u lla , en R e c h e rc h e s ', p. 175; C o r r e c tio n s , 101;
Q a lá ’id, 143.

109
Es sin duda una hora grave para los hombres de letras. Aquellos de
entre ellos — y son la mayoría— que se pliegan a las circunstancias lloran
a los príncipes caídos, pero dedican el final de sus poemas a alabar a los
almorávides. Es el caso de Ibn 'Abd al-'Samad. Los demás, a causa del dolor
que sienten, exhalan su tristeza sin pensar en el mañana. Hemos visto
con qué acento emocionado Ibn al-Labbána hablaba de la marcha de
al-Mu'tamid; incluso llegará a derramar lágrimas en su estancia en
Agmat, donde había ido a visitarlo, a pesar de la sospecha en que podía
caer al m anifestar tan abiertamente su fidelidad al príncipe destituido.

Pero no todos tienen el alma poética, porque no todos tienen una con­
vicción profunda; la retórica no desaparece del todo en ellos, y al cele­
brar las virtudes de sus mecenas, sobre todo la generosidad y el valor,
piensan ante todo en b rillar con un estilo rebuscado y en la acumulación
de recuerdos históricos.
Im presionados p or la grandeza de los acontecimientos, ya que no son
actores y víctimas al mismo tiempo, no dudan en com parar el reino e fí­
mero de estos reyezuelos con los más grandes imperios. En algunos de
ellos, las comparaciones son breves; Ibn al-Labbána, a quien hemos cita­
do ya, se lim ita a decir:

— S i n u es tro s p rín c ip e s a n d a lu ces han sid o d e stro n a d o s , [a n te s de


e llo s ], lo s 'A b b á s íe s lo h a b ía n s id o y an tes d e H im s (S e v illa ), la re g ió n
d e B a g d a d h a b ía s id o a lc a n za d a p o r la d e s o la c ió n 49.

Ibn 'Abd al-Samad lo am plifica un poco más siguiendo un orden cro­


nológico ascendente:

1. C u a n d o e l r e in a d o [d e los M tilü k a l-ta w á 'if] ha lle g a d o a su fin ,


la o p u le n c ia (g in á ) a lc a n za b a su m á x im o .
2. L o s 'A b b á s íe s han to m a d o la r e a le z a d e los O m ey a s cu an d o éstos
p o s e ía n la fa m a y los tesoros.
3. M u 'á w iy a ha v is to p e r e c e r a 'A l! c u a n d o 'AH e ra el león fe r o z
y te r rib le .
4. E l tie m p o h iz o p a r tir a T u b b a (d e l Y e m e n ) y a sus tro p a s y d es­
a p a r e c e r e l r e in o de la tie r r a d e la qu e d is p o n ía S a d d á d 50.

Abü Tálib 'Abd al-'íabbár al-Mutanabbx, con un propósito distinto,


redacta en versos mnemotécnicos la historia del mundo, desde la creación
hasta la batalla de Zalaqa, sin llegar a mostrar en esta rápida exposición
una sucesión de catástrofes dignas de hacer reflexionar a las generaciones

49 Q a lá 'id , 23. V . s u pra , p. 108.


50 A 'm a l, 193: r im a ádi, m e t r o ka.mil, v e rs o s 22-25.
por venir 51. Con Abü Muhammad 'Abd al-Mayíd ibn 'AbdCin al-Yábuii, el
género «catastrófico» alcanza su máximo desarrollo. Su elegía sobre el
fin de los Aftasíes, al-Mutawakkil y sus dos hijos Fadl y 'Abbás, muertos
por los almorávides, contiene poca cosa sobre los reyes de Taifas 52. Los
ocho primeros versos se consagran a consideraciones generales sobre las
vicisitudes de la fortuna (dahr o layáli); después (versos 9-21) enumeran
la caída de los grandes soberanos o de las grandes tribus antes del Islam:
Darío, Alejandro, Sasánidas, Ptolomeos, Tasm y Yadls, 'Ad y Yurhum,
Tubbá' del Yemen, Mudarles, Sabá’, Kulayb y Muhalhil, Asad, Dubyán
v 'Abs, Nu'mán de al-HTra, Parwíz, Yazdayird y Rustam. A partir del
verso 22 (y hasta el verso 44) se hace una rápida exposición de las desgra­
cias acaecidas a musulmanes como Y a 'far y Hamza, Jubayb, etc.; hasta
el verso 45 no comienza la historia de los Mulük al-Tawaif, que es tam­
bién la de los Abbásies, pues los mismos títulos honoríficos han sido
llevados por los unos y por los otros:

45. La to rtu n a ha e n c e rr a d o en sus lagos a tudos los M u 'ta m id


y c e g a d o a todos los M u q ta d ir.
4o. E lla ha in s p ira d o te m o r a to d o s los M a ’m ün y a to d o s los
M u ’ta m in ; e lla ha tr a ic io n a d o a todos los M a n sü r y a to d o s los
M u n tasir.
47. E lla ha h ech o c a e r a la fa m ilia de 'A b b a d — ¡p u ed a le v a n ta rs e
de n u e v o !— a la za g a de una g ra n y p e rtin a z d e sg ra c ia .

Estos son los únicos versos que se refieren a los Mulük al-Tawaif. Ibn
’Abdün se apresura en llegar a los Aftasíes, pero a los veintiocho versos
que les consagra no podemos referirnos aquí: no tienen nada de histó­
rico y su grandilocuencia nos impide gustar en toda su plenitud las refle­
xiones filosóficas de que están salpicados.
Las desgracias de la Península, hondamente sentidas por algunos espí­
ritus de élite, no suscitaron ninguna poesía realmente épica.

Con los Alm orávides el peligro de la reconquista queda alejado de


momento. Los adalides del Islam se ven pronto rodeados por la cohorte
de los poetas, que en este final del siglo X I se limitan a registrar, en la
misma form a que hemos señalado anteriormente, las ventajas consegui­

51 C f. a l- D a jira , I, I I , 402-431 (la p a rte qu e tra ta de E sp a ñ a en el s ig lo x i va de


la p. 427 a la p. 431). E se p o e m a esta le jo s de c o n s titu ir un p o e m a é p ic o , c o m o se
p o d r ía c re e r sin c o n o c e r el c o n te n id o (c f. J. R ib e ra , D is e r t a c io n e s v . O p ú s cu lo s ,
105, n. 2).
52 R im a ri, m e t r o basit. El te x to m as c o m p le to es el d a d o p o r al-M arra k u sí,
H is t. A lm o h a d e s , te x to , 53-60 (E l C a iro , 49-53); trad . F agn an , 65-74; a lgu n o s ve rs o s
se han s u p rim id o en Qalá 'id , 37-40; A 'm a l, 216-218; K . K llá n í y A. J a lifa , D iw a n I b n
Za y d u n , 346-348 (e n n o ta ).
das por los almorávides sobre los cristianos; pero Valencia, a alto precio
disputada por el Cid y los generales de Yüsuf ibn Tásufin, impresiona mas
vivam ente la imaginación a causa de las numerosas devastaciones que
sufrió.
En el 488 = 1095 fue atacada por el Cid. Ibn Jafáya compuso en esta
ocasión unos versos en los que llora a su ciudad incendiada:

1. L as espadas (zn btl ) han h e c h o e s tra g o s en tu patio, oh p alacio; la


ruina y el f u e g o han b o r r a d o tus bellezas.
2. C u a n d o se te c o n t e m p l a la r g o rato, se m e d it a d u r a n te t i e m p o
y se ll o r a mucho.
3. L a d e sg r a c ia se ha a b a tid o s ob re tus ha bit ante s y el d e s t in o
hace s e n tir su peso en tu ruina.
4. L a m a n o de la a d v e r s i d a d ha e s c r i t o en tus m o r a d a s in ter io r e s :
¡T ú v a no eres tú y tus casas ya no son casas! » 5-\

Valencia será reconquistada en 495 = 1101-1102 '4, y así el siglo xi, que
había comenzado con los disturbios de Córdoba, indicios del desmem­
bramiento del califato, terminara por una acción de guerra en la que el
Islam, momentáneamente reconstituido, mostrara su vitalidad frente a la
cristiandad.

El poeta, en su papel de memorialista, no solo ha consignado hechos


políticos, sino también los títulos tomados por los reyezuelos como signo
de su autoridad.
Es de destacar en prim er lugar que la palabra malik o malik no corres­
ponde a rev, sino a «p rín cip e» o a (jefe revestido de un poder mas
o menos real». Ibn Darráy al-Qastallí invita a sus pensamientos a volverse
«hacia los dos muv nobles príncipes» (ila al-Malikayn al-akramayn)55, que
no son otros que los esclavos Mubárak y Muzaffar. Abü Limar Ibn Sa'dün

53 R i m a árü, m e t r o k a m il. A l-D a jir a , I I ( G o t h a ) , 25 r."; Anal., I I , 754; R e c h e r c h e s ,


1.' ed., 340, 357, 380; 3.a ed., I I , p. 23, App., p. X V ; a l- R a w d a l- n ii'tar, núm. 51, p á g i­
nas 48-60; La E s p a ñ a del Cid, 555. El u l t i m o h e m is t iq u i o d e este f r a g m e n t o ha sido
t o m a d o p o r I b n J afáy a de Abü T a m m á n ( ¡ 231 = 84o) al c o m i e n z o de un p o e m a de
la m is m a r im a y del m i s m o m e t r o (c f. D íw an, 144).
Un añ o antes (e n e n e r o de 1094), a l-W aqqas í ha bía l l o r a d o a V a l e n c ia en una
e le g ía c u y o o r ig in a l en á r a b e no nos ha ll ega do , p e ro de la que p o s e e m o s una a n ti­
gua tr a d u c c ió n e s p a ñ o la grac ia s a la P r i m e r a c r ó n i c a gen era l. S o b r e esta elegía,
cf. P r i m e r a c r ó n i c a g e n era l, en N B A E , V, 576-577; Dozy, R e c h e r c h e s ' , 549-553; M a lo
de M o lin a , R o d r i g o el C a m p e a d o r , A p é n d ic e , 150-158; S c h ac k -V a ler a, Poesía, I,
192-200; R ib e r a , D is e rt . y opúsc., I I , 275-291 (a r t. c o m p u e s t o en 1887); R. M e n é n d e z
Pidal, S o b r e A lu a c a x i, en H o m e n a j e a C od era, 393-409; La E s p a ñ a del Cid, 493-495.
54 I b n Jata va c e le b r ó esta v i c t o r i a en un p o e m a de v e in tis ie te v e rs o s ( c f . su
D iw ü n , 103-104; trad. p arcia l p or M e n é n d e z Pidal. en España del Cid. I I, 621,
e in fra , pp. 358-359.
55 A 'm a l, 258.
llama a Ibn Razln de la Sahla: Malik al-ard, «príncipe de la tierra» 56. Para
Abü Isháq al-Ilblrl, que intenta sublevar a los Sinháya de Granada contra
los judíos, Bádís ibn Habbüs es:

— el p rín c ip e b ie n a c o g id o o s a n c io n a d o (a l-m a lik a l-tn u rta d a ) d escen ­


d ie n te d e los m ás g lo r io s o s p rín c ip e s (s a lil a l-m u lü k m in a l-m á y id in ) 57.

El título de am ir al-mu’minin lo usaron durante la fitna y al comienzo


de las Taifas todos los califas que, con razón o sin ella, suponían que
Hisám al-Mu’ayyad había muerto y se pretendían herederos suyos por tes­
tamento legal. Como los contrincantes fueron numerosos, tanto en el par­
tido andaluz com o en el bereber, no nos sorprenderá, por ejem plo, ver
a Abü 'Am ir Ibn Suhayd, cuando se encontraba en prisión a causa de su
conducta contraria a los principios del sí'ísmo, llam ar al califa hammüdí:
am ir al-mu’minin 58; Ibn 'Abbád, más tarde al-Mu'tadid, en súplica a su
padre el cadí Abü-l-Qásim, le llama malik y amir al-mu'minin 59, y él mis­
mo tomará este últim o título en 451 = 1059 al anunciar la muerte del
califa Hisám (en realidad el falso Hisám, el e s te re ro )60.
Al mismo tiem po que el vocablo malik, la palabra sultán se usaba ya
en el siglo xi. Ibn Hazm recomienda a los poetas que tengan «algún
vínculo con el sultán si no quieren correr rie s g o s »61. Ibn Razln, príncipe
de la Sahla, se vanagloria, a causa de su fidelidad, de ser el «S am a w ’al de
los sultanes» 62. Los príncipes zlríes de Granada son denominados de igual
modo por los cronistas 43. N o es com o el nombre de hávib, que no ha evo­
lucionado para designar las dinastías del siglo x i 64.
En lo que concierne a los títulos honoríficos, se sabe que 'Abd al-Malik,
hijo y prim er sucesor de al-Mansür, fue el prim ero en atribuirse los títu­
los de al-Muzaffar y de Sayf al-Dawla, en tanto que háyib del califa
Hisám 65, y a continuación los Mulük al-Tawá’if le imitaron; así el Yawharí
de Córdoba, 'Abd al-Malik, que sucedería a su padre, Abü-1-Walíd Ibn
Yahwar, se otorgó el doble título de al-Mansür Billáh y al-Záfir bi-Fadl
Alláh 66; 'Abbád ibn Muhammad los de al-Mu'tadid Billáh y de al-Mansür

56 Q a lá ’id, 52 (r e p r o d . e n A n a le cte s , I, 443).


57 R im a in, m e t r o m u ta q á rib . D iw á n , p ie za X X V , v e rs o 24; A 'm a l, p. 266, R e c h e r-
ch e s 3, I, 288, y A p p e n d ic e , L X V .
58 C f. su p ra , pp. 100-101, y M a tm a h , p. 21, 1. 8 (r e p r o d . en Anal., I I , 245, 1. 12,
v e rs o 21).
59 A l-H u lla , en A bba d., I I , 53; a l-D a jira , I I (O x fo r d ), 7 r.° (e n Abba d., I, 246).
C f. s o b r e este tem a, A. C ou r, en M é la n g e s R e n é B a sset, I I (1925), pp. 27-30.
60 Al-M arrákusT, H is t. des A lm o h a d e s , te x to D ozy, p. 66; E l C a iro , p. 59; trad . Fa-
gnan , p. 81.
61 A n a le cte s , I I , 115, 1. 3 (c f . su pra , p. 84, e in fra , p. 450 y n. 82).
62 Q a lá 'id , p. 54 ( y R e c h e rc h e s 1, 620-621).
63 C f. L é v i-P r o v e n g a l, Les «M é m o ir e s de 'A b d a llá h », In tr o d u c c ió n , p. 252 (tir a d a
a p a rte , p. 20), n. 38.
64 C f. L é v i-P r o v e n g a l, /. c., passim\ A n a lecte s, I, 133-134.
65 A l-B a y án , I I I , te x to , p. 17; trad . L é v i-P r o v e n g a l, en H M E 2, I I I , 198.
<* A l-B a y án , I I I , texto, 259, di.
bi-Fadl Alláh, y Muhammad ibn Sumádih, antes de su reinado, los de
Siráy al-Dawla y de Mu'izz al-Dawla, y a su acceso al trono, los de al-
Mu'tasim Billáh y de al-Wátiq bi-Fadl Alláh 67.
Estos títulos y sobrenombres, tomados a imitación de los califas
'Abbásíes y de los príncipes Büyíes o de los Hamdánles de Oriente, exci­
taron la inspiración de un poeta sobre cuyo nombre no se ponen de acuer­
do los historiadores y antólogos árabes: ¿se trataba de Ibn Raslq al-Qayra-
wání, Ibn Saraf al-Qayrawání o Ibn 'Ammár? Nos inclinamos a creer que
el dístico célebre, que corrió de boca en boca, fue obra de un desconocido
lo suficientemente ilustrado com o para engarzar en dos versos dos nom­
bres propios v un proverbio — los gramáticos tenían cierta habilidad en
esta clase de ejercicios— , pero profundamente español y cercano al pue­
blo com o para ser consciente de lo ridículo de tales denominaciones N1:

1. E n tr e las cosas qu e causan ir r ita c ió n en E sp a ñ a está la c o s tu m ­


b re d e to m a r títu lo s c o m o a l-M u 'ta d id y a l-M u 'tam id .
2. T ítu lo s rea les m u y m a l c o lo c a d o s , c o m o el g a to qu e tra ta de
im ita r , h in ch á n d o se, la fu e rz a im p e tu o s a d el le ó n 69.

Este juicio severo aplicado a los M ulük al-Tawaif por un hombre que,
por desconocido que fuera, fue con bastante probabilidad español expresa
de manera profunda el sentimiento de que las cosas de España no se
miden ya con el rasero de Oriente. B ajo los Omeyas la autoridad del cali­
fa no es reconocida en todas partes: siempre hay zonas disidentes,
núcleos irreductibles. Las campañas militares se organizan no sólo contra
los cristianos del Norte, sino también contra los rebeldes esparcidos por
todo el territorio, ya sean mozárabes com o 'Umar ibn Hafsün o musul­
manes de origen árabe com o los Banü Hayyáy de Sevilla o los Banü Tuylb
de Aragón. Sin embargo, en ningún momento se había visto surgir un
poeta que ridiculizara esos apelativos de Mu'ayyad, Mutansir o Násir
tomados por los califas de Córdoba, y que no tenían nada de omeya. Lo
que parecía natural en los siglos ix y x, no lo era ya en el xi. Y es que un
hecho de importancia capital había tenido lugar: la amalgama de diferen­

67 A l-H u lla , en R e c h e r c h e s ', 81, y n o ta 2.


68 S o n a tr ib u id o s a Ib n R a s iq p o r A n a le cte s , I, 131-132; Ib n Lu yü n , L a m h a l-sihr,
35 r.°; Ib n S a 'íd , en F re y ta g , C h re s t. A ra h . G ra m . h ist., p. 140; al-M arrá k u sI, H is t.
A lm o h a d e s , te x to , p. 50; tra d . F agn an , p. 661; Ib n A b í D ín ár, K . a l-m u 'n is , T ú n ez,
1350, 92; trad . P e llis s ie r y R é m u s a t, 168-169; en Ib n S a ra f, p o r Ib n Jaldün, P ro lé -
g o m é tie s , te x to Q u a tre m é re , I, 281; trad . d e Slane, I, 321; en Ib n 'A m m á r , p o r Ib n
J a llik á n , W a fa y a t, te x to , I I , 7; trad . d e S la n e, I I I , 131; en un a n ó n im o , p o r A 'm a l,
p á g in a 168; A n a le cte s , I I , 606; Ib n a l-M a w á 'in l ( t 564 = 1168), R a y h a n a l-a lbá b, en
A bbad., I I , 5. L a le c c ió n m ás a d m itid a g e n e ra lm e n te es la qu e d a e l n o m b r e d e los
d os p rín c ip e s a b a d íe s m ás c é le b re s , lo q u e p e r m it ir ía in fe r ir q u e es un e n e m ig o de
esta d in a s tía e l q u e ha c o m p u e s to o h e c h o c o m p o n e r e ste d ís tic o ; p e ro , sin e m b a rg o ,
es p o s ib le q u e se p u ed a e n c o n tr a r algú n d ía en O r ie n te el p r o to t ip o de estos v e r ­
sos. (C o m p . e l d ís tic o c o n tra los b e re b e re s , in fra , p. 266).
69 R im a di, m e t r o bastí.
tes elementos étnicos, de los que hemos visto su vitalidad y cohesión, se
había realizado frente al elemento bereber, estableciendo una diferencia­
ción cada vez más marcada entre los andaluces y los pueblos musulmanes
de Oriente.

• • •

Los poetas del siglo xi, por las referencias que nos aportan sobre los
acontecimientos históricos y por las reacciones que han manifestado con
ocasión de determinados hechos, prueban que no todos eran versificado­
res cortesanos incapaces de expresar sentimientos reales. Si la mayor
parte de sus versos — al menos a nuestros ojos de occidentales— presenta
un interés literario muy discutible y en ocasiones casi nulo, no por ello
debemos condenar en bloque su obra entera. Podemos encontrar en sus
poemas de circunstancias, e incluso en sus panegíricos, elementos frag­
mentarios pero interesantes acerca del medio en el que vivieron y de la
sociedad en la que se vieron insertos. Al agrupar y clasificar estas in for­
maciones nos damos cuenta de que la poesía tiene un valor real com o
documento y que puede por ello proporcionar una ayuda preciosa tanto
al sociólogo como al historiador.
SEGUNDA PARTE

Temas generales inspirados por la Naturaleza


Los poetas andaluces, obligados por las necesidades de su condición
a desplazarse frecuentemente, debieron tener ocasión de contem plar todo
tipo de espectáculos en su entorno. Y puesto que la facultad de observa­
ción no se había apagado del todo en ellos — acabamos de ver que su
visión del mundo exterior no siempre quedaba obnubilada por la preocu­
pación del panegírico— pudieron dejar transparentar en sus versos algo
del concepto que se habían form ado del m edio en el que vivían. Lo que
hemos dicho de su form ación literaria nos hace presumir que no todo era
original en su producción. El estudio de la poesía oriental, tal y com o se
concebía en España, debía marcar con su profunda huella la form a inclu­
so en la que el poeta vertía su pensamiento.
Desde que existían los poetas árabes, todo parecía haber sido dicho
ya. Pero conviene distinguir, en lo que respecta a los temas tratados, entre
el mundo exterior y la vida interior. Existen en el siglo x i modos de sentir
y com prender que son propios de los andaluces y que les distinguen de
los orientales; en cuanto a la naturaleza, inerte o viva, procura a los
poetas occidentales temas que se encuentran ya, más o menos, tratados
en la literatura oriental. Algunos, iniciados por Oriente, toman aquí un
desarrollo que parece invadir toda la producción poética; son aquellos
que tratan de ciudades, palacios y lugares placenteros; valles y montañas;
jardines y vergeles; aguas dormidas y aguas vivas; el mar y los barcos.
Se les podría considerar, vista su importancia, com o esencialmente hispá­
nicos. Otros que, por el contrario, no tienen aquí más que un lugar acce­
sorio pertenecen al fondo común de la literatura árabe; se dedican a des­
cribir todos los fenómenos atmosféricos (ocaso, noche, aurora, viento,
nube, lluvia, granizo, nieve, etc.), los cuerpos celestes (sol, luna, estrellas,
planetas) y los animales (dom ésticos y salvajes, que andan por la tierra
o vuelan p or los aires).
Sin embargo, es preciso destacar que estos últimos temas, ya muy
repetidos en Oriente y convencionales por su antigüedad, su frecuencia
V su expresión estereotipada, no se toman al pie de la letra. El poeta anda­
luz sabe insuflarles una vida nueva con una interpretación más antropo-
m órfica de la naturaleza que tiende a personificar continuamente y por
una vuelta a la realidad que frecuenta, realidad no asiática, sino andaluza,
de la que tomará la materia para sus imágenes poéticas. Este color local
es el que confiere a la literatura hispano-musulmana imaginación, incluso
en aquellos temas que pasan por convencionales, y rasgos particulares
que la distinguen de la oriental.
TEM AS PRE D ILE C TO S

Capítulo prim ero

ESPAÑA, LAS CIUDADES Y LOS LUGARES DE RECREO

Lo que parece verdaderamente diferenciar al poeta andaluz del poeta


oriental es su concepto del mundo material y el lugar destacado que con­
cede a la naturaleza que le rodea
Los críticos y literatos han explicado el predom inio de los temas inspi­
rados en la naturaleza por la fertilidad excepcional del suelo andaluz;
ya sabemos lo que hay que pensar de esta generalización un tanto apresu­
rada; no puede verse en la palabra «andaluz» el nombre de una provincia
bien definida, Andalucía o la Bética, porque en líneas generales este voca­
blo designa a toda la España musulmana. Pero los historiadores y litera­
tos, cuando hablan de aguas corrientes, de campos que verdean, de fértiles
vergeles, sólo piensan en Andalucía y en las regiones de Levante o del
Algarbe que rodean las grandes ciudades y donde la irrigación está metó­
dicamente organizada 2.
Abü 'Ubayd al-Bakrí, que pertenece al siglo xi, trataba de caracterizar
la diversidad de las regiones y climas de España empleando el procedi­
miento literario que ya hemos señalado a propósito del carácter y del
temperamento andalu z3: «Al-Andalus — dice— es com o Siria por lo ame-

1 C f. la lista d e los tem as tra ta d o s p o r los an d a lu ces en a l-H iv á rí, a l-M u s h ib , en


A n a le cte s , I I , 107-108.
2 A l-M a rrá k u s í d ic e : «N in g ú n c lim a tie n e una te m p e r a tu r a tan ig u a l, ni un a ire
m ás p u ro, m e jo r e s aguas, p lan tas m ás o lo ro s a s , ro c ío s m ás ab u n d a n tes, m añan as
m ás a g ra d a b le s , a ta rd e c e r e s m ás d u lc e s » [H is t. A lm o h ., te x to D ozy, 115 (E l C airo,
104; trad . F agn an , 138], L is á n al-DTn Ib n al-Jatíb tra ta d e s e r m ás e x a c to d ic ie n d o
qu e la n a tu ra le za de las tie r ra s es d ife r e n te según los c lim a s y qu e la te m p e ra tu ra
es te m p la d a , en g e n e ra l, p e r o con te n d e n c ia a s e r fr ía ; el r e s to d e su d e s c rip c ió n
p a rec e a p lic a rs e s o la m e n te a A n d a lu c ía (A 'm a l, pp. 2-3; re p ro d . en A n a le c te s , I,
81-82). Ib n S a 'id d ic e ta m b ié n q u e en sus v ia je s n o ha v is to «n a d a c o m p a r a b le al
e s p le n d o r qu e c o n fie r e n a A n d a lu c ía las agu as y los á rb o le s , s a lv o en F ez, D a m a s c o
y un p o c o en H a m a » (c f. A n a le cte s , I, 128. V. ta m b ié n A n al., I, 112, 1. 11 y 13).
3 C f. su p ra , pp. 25-27.

Universidad de S e v i l l a I

! Fac. F i l 0 Í 0 s ! « - B ¡ b l Í B l t r ?
no [d e su clim a] y [la pureza de su] aire; como el Yemen por su tempe­
ratura moderada e igual; como la India por sus perfumes penetrantes;
com o el Ahwáz por la im portancia de sus rentas; como la China por sus
piedras preciosas; com o Aden por los productos útiles de su lit o r a l» 4.
La visión que los poetas tienen de España no difiere en absoluto de la
citada:

1. ¡Q ué país tan a d m ira b le es e ste al-A n dalu s qu e n o cesa de p ro c u ­


r a rm e to d a c la s e de a le g ría s ! — d ic e un a n ón im o.
2. [N o h a y m ás qu e] p á ja r o s g o r je a d o r e s , fre s c a s s o m b ra s espesas,
aguas ru tila n te s y p a la c io s 5.

La admiración más entusiasta ha sido expresada por Ibn Jafáya, el


poeta de Alcira, en dos tercetos que no se pueden pasar en silencio:

1. ¡O h h a b ita n te s de E spaña, qu e fe lic id a d la v u e s tra al te n e r aguas,


so m b ra s , río s y a rb o le s !
2. E l Jard ín de la F e lic id a d E te rn a no está fu era , sin o en v u e s tro
t e r r ito r io ; si m e fu e ra d a d o e le g ir , es este lu g a r el qu e e s c o g e ría .
3. N o c re á is qu e m añ an a e n tr a r é is en el in fie r n o ; ¡no se e n tra d es­
p ués del P a r a ís o en la G eh en n a!

Y en otro lugar:

1. E l P a ra ís o , en al-An dalus, tien e una b e lle z a qu e se m u e stra [c o m o


la de una d esp o sa d a ) y el s o p lo de la b ris a está d e lic io s a m e n te per-
lu m ad o.
2. E n e fe c to , el r e s p la n d o r de sus s olead as m añ an as v ie n e de una
b o c a con h e rm o s a d e n ta d u ra y la n e g ru ra de sus n oches d el r o jo pro-
tu n d o de lo s lab ios.
3. C ad a v e z qu e la b ris a sop la c o m o un v ie n to d el E ste, m e d ig o :
<¡Ah, qu e v io le n ta p a s ió n s ie n to p o r al-A n dalu s! 7.

4 A l-B a k ri, en A n al., I, 82; trad . D u gat, en I n t r o d u c t io n a u x Anal.. 1, X X V 1 1 I-


X X I X , y L e v i-P r o v e n c a l, E s p . m u s u l. Av s ié cle , p. 158. A l-Q a z w ln í, A t a r a l-b ila d , en
K o s m o g r a p h ie , I, 338, a trib u y e la fra s e a a l-'U d rí (A h m a d ibn 'U m a r l, qu e es el
a u to r d e a l-M a m a lik w a -l-M a s á lik a l-A tid a lu s iv v a ; A b ü H á m id al-A n d alu sí al-G arnati,
T u h fa t a l-albab, ed. G. F erra n d , en JA, 1925 (t. C C V I I ), 200; A l-N u w a v ri, N ih á y a , I,
345: a tr ib u y e esta fra s e a Ib n H a zm , R isa la .
5 R im a ü r, m e tro ja fif. A n al., I, 140, 1. 5-6. L os An a l, c ita n o tro s dos fra g m e n to s
m ás la rgo s qu e d e s c rib e n E spaña, p e ro el p r im e r o p e rte n e c e a un p o e ta p o s te r io r
al s ig lo x i, I b n S a fa r a l-M a r in i (A n a l., I, 129: 13 v e rs o s , r im a a ü , m e t r o b a s it) v el
segu n d o a un a n ó n im o , qu e p o r las q u e ja s qu e e x p re s a no p o d r ía ser m a s qu e de
una é p o c a ta rd ía , p o s ib le m e n te del s ig lo x m ( A n a l., I, 140: 9 v e rs o s r im a aiu, m e tro
k á m il).
6 R im a á rü , m e tr o basit. Ib n J a fá y a , D iw á n , ed. B u la q , 72. E s to s v e rs o s , re c i­
tad o s m ás ta rd e an te el sultán m a rín i Abü 'In á n F áris, fu e ro n c o n s id e r a d o s p o r el
s o b e ra n o c o m o a fe c ta d o s de h e r e jía ; p e ro el a n d a lu z qu e los h a b ía r e c ita d o supo
con h a b ilid a d — h a c ie n d o a lu s ió n a las g u e rra s s o sten id as p o r los m u s u lm a n e s —
e x c u s a r a Ib n J a fá y a c ita n d o un h a d ít: E l P a r a ís o está a la s o m b ra de las espa­
d a s - (c f. A nal., I. 451-452).
7 R im a fasi, m e tr o ra m a l. Ib n J afáya, D iw á n , 75.
N o será la única vez que veamos a un hispano-musulmán calificar a
España de «el Paraíso de la tierra». Esta expresión parece proceder de
una tradición popular cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos,
y que puede ser anterior a la conquista musulmana: En el origen del
mundo, dice una leyenda española, España pidió al Creador un hermoso
cielo, y le fue concedido; un hermoso mar, hermosas frutas, hermosas
mujeres, y todo ello le fue concedido también; ¿y un buen gobierno?
«N o , respondió el Creador; sería demasiado. ¡España entonces sería un
paraíso te rre s tre !»8.
Los poetas andaluces, en sus panegíricos, no dejaron de com parar la
ciudad donde fueron recibidos y que tuvieron que abandonar por su
culpa con el Paraíso del que Adán fue arrojado:

1. D esde qu e h e p e r d id o el fa v o r d e Ib n S u m á d ih — d ir á al-N ah l!,


e x p u ls a d o d e A lm e r ía p o r a l-M u 'ta s im — n o h a y p e rs o n a en e l m u n d o
qu e m e p u ed a h a c e r fe liz.
2. A lm e r ía e ra un p a ra ís o , p e ro he c o m e tid o una fa lta tan g ra v e
c o m o la d e A d á n 9.

Ibn 'Am m ár increpa a Valencia, que él quisiera ver unida a su causa:

1. ¡A n u n cia a V a le n c ia — qu e e ra un p a ra ís o — qu e ha d e s c e n d id o
hasta el n iv e l d e l in fie r n o ! 10.

Algunas ciudades de España son denominadas «paraísos» por los poe­


tas, que debieron encontrar en ellas una felicidad efímera.

«V a le n c ia — d ic e A b ü ’í ’a 'fa r Ib n M a s 'a d a e l G ra n a d in o — es el p a r a í­
so (fir d a w s ) d e e s te m u n d o p o r su b e lle z a .»

Pero a esta admiración se mezcla cierta amargura:

«S u s h a b ita n te s , sin e m b a rg o , su fre n d e s a g ra d a b le m e n te a causa de


los m o s q u it o s » 11.

8 A. F o u illé e , E s q u is s e p s y c h o lo g iq u e des p e u p le s e u ro p é e n s , 167-168. A lfo n s o e)


S a b io , en su C r ó n ic a g e n e ra l, d irá , sin d u d a s ig u ie n d o te x to s á ra b e s: «E s t a E spa ñ a
pues, es c o m o e l p a r a ís o d e D io s » (c f. P r im e r a C r ó n ic a G e n e ra l de E s p a ñ a , ed. R. M e ­
n é n d e z P id a l, en N B A E , t. V , p. 311, col. a-b). L o s g e ó g r a fo s c o n s id e ra b a n a E sp a ñ a
c o m o u n o d e lo s c in c o p a ra ís o s te rre s tre s . L o s o tro s c u a tro e ra n : la G a w ta de
D a m a sco, e l r ío d e al-U b u lla, e l J ard ín d e S u vd y e l v a lle d e B a w w á n . C f. al-M uqad-
dasl, D e s c r ip t io im p e r ii m o s le rn ic i, 234 y 35, 1. 6-7; Y á q ü t, M u 'y a m a l-b u ld a n , I, 751;
a l-N u w a y rí, N ih a y a t al-a rab, X I , 257-262. P e r o es p o s ib le qu e e m p le e n esta e x p re s ió n
y a n n d t a l-d u n y a c o m o un c lic h é qu e n o su scite en e llo s m ás q u e la id e a d e una
tie r r a a b u n d a n te en agu a y d e v e rd e s p lan tas. A l-T a 'á lib I, en e l s ig lo x i, re c o g e
to d a s las e x p re s io n e s c o n v e r tid a s en m o n e d a c o r r ie n te d e lo s lite r a to s , en las qu e
se e n c u e n tra e l v o c a b lo ya n na : e n u m e ra d oce. C f. T im a r a l-q u lü b fi-l-m u d á f wa-l-
m a n sü b , 557-559.
9 R im a m ü , m e t r o tn u ta q á rib . A n a le cte s , I I , 421; R e c h e rc h e s *, 89. E n lo s Q a ld ’id
(p á g in a 252), este d ís tic o se a tr ib u y e a Ib n al-L a b b á n a d ir ig id o a a l-M u ta w a k k il,
p rín c ip e de B a d a jo z (c f. in fra , p. 154, n. 149).
10 Q a ld ’id, p. 61, p e n ú ltim a (r im a d ri, m e t r o k d m il).
Algunas aldeas, situadas en lugares llenos de verdor en contraste con
la desolación de los alrededores, despiertan también en el espíritu de los
poetas errantes recuerdos paradisíacos:

1. Si vas a B e r ja — d ic e u n o d e e llo s — en tus d e s p la z a m ie n to s in ce­


santes, p re p á r a te a e s ta b le c e r te y a a b a n d o n a r lo s v ia je s :
2. C u a lq u ie r lu g a r d e es ta c iu d a d es p a ra d is ía c o , igu al qu e to d o
c a m in o q u e a e lla c o n d u ce es in f e r n a l12.

El suelo que el poeta ha hollado y en el cual ha sido generosamente


tratado no podría ser légamo:

« H e d e s m o n ta d o — d ic e Ib n al-L a b b á n a — s o b re a lc a n fo r, p o lv o de
o r o y d e p erla s, qu e se d e n o m in a n v u lg a rm e n te g ra v a , a re n a fin a y tie ­
r r a » (Q a lü 'id , 249, 1.1).
« M e he e n r a iz a d o en una tie r r a — d ic e Ib n D a rrá y al-Q a s ta llí cu an d o
se d ir ig e a al-M u n d ir, r e y d e Z a ra g o z a en 428 = 1036-7— , cu ya g ra v a
ha s id o r e e m p la z a d a p o r el o r o y las p erla s, y m is o jo s han q u e d a d o
d e s lu m b r a d o s » (A 'm a l, 230).

E Ibn al-Haddád dice a al-Mu'tasim:

« T a l v e z, en e l v a lle c illo sa g ra d o , tú seas un rio , y lo qu e y o h u ello


c o n m is p ie s es c o m o á m b a r d e la I n d ia » (A n a l., I I , 3 3 8 ),3.

Estos ejem plos bastan para mostrar hasta qué punto los poetas anda­
luces han ponderado el valor de su tierra; no sería d ifícil encontrarles
m odelo tanto en la literatura hispano-magrebí com o en la o rie n ta ll4, pero
sinduda no podrían manifestar m ejor todo el valor que ellos concedían
a su país natal y toda la ternura que sentían por él.
Y es que, en definitiva, a pesar de todas las contrariedades que pudie­
ran sufrir en la Península, amaban con pasión ardiente la tierra que les
había visto nacer; nadie m ejor que Ibn al-Haddád ha expresado este amor
exclusivo de la patria:

1. C uántas v e ce s E g ip to (M is r ) m e ha d ir ig id o la p a la b ra p a ra qu e
to m e su N ilo , y B a g d a d ha tr a ta d o d e in s p ir a rm e el d e se o d e ir a b e b e r
las aguas [d e su c o r r ie n te d u lces c o m o las d e] el E u fra te s.

11R im a üdü, m e t r o w á fir. A n a l., I, 110. V a le n c ia ten ía la re p u ta c ió n d e e s ta r


in fe s ta d a d e m o s q u ito s (c f. in fra , p. 252).
12 R im a ar, m e t r o m u ta q a rib . A n a l., I, 114. Ib n S a r a f se a p r o p ió d e l segu n d o
v e rs o , c o m o v e r e m o s m ás a d e la n te. N á riy a , a ld e a d e la p ro v in c ia d e M á la g a , es
lla m a d a ta m b ié n p o r Ib n S a 'íd e l ja r d ín d el P a r a ís o (y a n n a t a l-fird a w s ) (A n a l., I,
110, 1.3); M u r c ia será, p a ra A b ü B a h r S a fw á n ib n Id r ls , q u e n a ció allí, el «p a r a ís o
t e r r e s t r e » (A n a le c te s , I, 107).
13 V e rs o s , re s p e c tiv a m e n te , de r im a bu y m e tr o ta w il, r im a rá y m e tr o k a m il,
r im a i ’ü y m e t r o taw il. V . ta m b ié n e l M a tm a h , p. 82; Ib n J allik án , W a fa yá t, ed. de E l
C a iro , I I , 35; tra d . d e S la n e, I I I , 200.
14 C f. Ib n H á n l, D iw a n , B e iru t, 26, 1.2; ed. Z á h id 'AH, 113 ( y en Anal., p. 148, I I ) ;
Ib n Sara, en Anal., I I , 639.
2. N in g u n a o lr a tie rra p o d r ía s a tis fa c e rm e sin o a q u e lla qu e ha v is to
el c o m ie n z o de m i ju v e n tu d , in clu so si v ie ra a p a r e c e r un sol en el c ie lo
de los g o b e rn a d o re s >\

Los poetas hispano-musulmanes del siglo x i manifestaron su adhesión


a España no sólo considerándola com o un país netamente distinto del
resto del im perio musulmán, sino describiendo además los lugares en que
vivieron durante su juventud o durante su vida errante de hombres ma­
duros; sus versos nos permiten ilustrar cada una de las ciudades de la
España musulmana y hacer revivir, en parte, la vida que tuvo por marco
las moradas señoriales, los palacios y los castillos de recreo (mnnya-s) l6,
los lugares pintorescos y los paseos agrestes.
Las grandes ciudades, sobre todo las que están atravesadas por un
n o o bañadas por el mar, son comparadas habitualmente a una novia
engalanada para la boda. Ibn Hisn dirá de Sevilla (H im s) cuando se
encontraba en Córdoba, a orillas del Guadalquivir:

1. ¡M e a c u e rd o de ti, oh H im s, con tal p asión , qu e s e ría c a p a z de


h a cer m o r ir al c e lo s o (h a sü d ), p re o c u p a d o sin d esca n so de a to rm e n ta r
a los e n a m o ra d o s !
2. T e p areces, cu an d o el sol está en el ocaso, a una n o v ia ( ' a rú s )
es cu lp id a en la b e lleza :
3. E l río es tu c o lla r C iq d ), la m on ta ñ a (ta w d ) tu d ia d e m a qu e el
sol c o ro n a c o m o un ja c in to ( y a q ü ta ) l7.

A un almeriense que no encuentra ningún encanto a Sevilla y a su río,


v que, por el contrario, pone por encima de todo su modesta casa de
Almería, una sevillana le dice: «¿Q ué puede inspiraros tanta admiración
por un país que tiene la cara salada y la nuca áspera?», y al-Maqqarl,
que nos transmite esta anécdota, nos explica que en lenguaje poético el
rostro de Sevilla es el Guadalquivir y la mica ( qafa) son los montes de la

15 R im a a tih a , m e tro fa w il. A l-D a jira , I, I I , 221-2.


S o b re el s e n tid o de esta p a la b ra , qu e se e n c u e n tra a n tig u a m e n te en E g ip to ,
cf. R ein au d , G é o g r a p h ie d ’A b o u lfé d a , trad . fra n cesa , t. I I , 1.a p a rte, p. 158, n. 1 (e n
E g ip to ); p. 258, n. 2 (e n V a le n c ia ); J. M a s p e ro y G. W ie t, M a té r ia u x p o u r s e r v ir a la
g é o g ra p h ie de l ’E g y p te , pp. 204-5; H. Z a y y á t,' en a l-M a c h riq , vo l. 45, e n e ro -m a rz o
1951, pp. 7-9 (e n E g ip to an tes, y d u ra n te el Isla m , en E sp a ñ a).
17 R im a tah, m e tr o m u ta q á rib \ a l-D a jira , I I (T ú n e z ), 34 r."; Anal., I I , 181, B a d á 'i',
p ag in a 208. Ib n al-Jatlb, en los A ’n u il (p . 170), p on e de r e lie v e esta fra s e de un h is to ­
ria d o r a n ó n im o a p r o p ó s ito de C ó rd o b a : «H a y tu a l-ta w d ka-l-táy, ytizd ü n u bi-lu ya yn
a l-'a d b a l-m u y a v : D on d e la m on ta ñ a es c o m o la c o ro n a a d o rn a d a c on la p la ta del
r o c ío .» Un a u to r de z é je le s d ic e de S e v illa en un p a n e g íric o de al-M u ’ ta d id : - S e v illa
es una n o v ia — cu yo e sp o so es 'A b b a d ; — su c o ro n a es el A lja r a fe , y su c o lla r , el
G u a d a lq u iv ir » (A l-S a q u n d i, Risüla, en Anal.. I I , 143; G a rc ía G óm ez, E lo g io , 96;
D u gat, I n tr o d . aux Anal.. I, L X X X ).
M isericordia (vibál al-rahma) que dominan la ciudad con sus viñas
e higueras 18.
A estas imágenes y comparaciones han lim itado los poetas sus descrip­
ciones de las grandes ciudades españolas. Se buscarán en vano en sus
composiciones cuadros que abarquen todo el conjunto de una ciudad con
su cinturón de barrios residenciales, de jardines y de montañas, pues,
com o vamos a ver, los poetas pintaron lo que a sus ojos constituían los
únicos valores dignos de ser destacados: los palacios, los lugares de
recreo, los paseos públicos en la ribera de los ríos o en los vallecillos
arbolados.
Se atribuye al califa 'Abd al-Rahmán al-Násir este dístico:

1. C u an d o los rey e s q u ie re n p e rp e tu a r p a ra la p o s te r id a d el re c u e r­
d o de sus m ás a lto s p e n s a m ien to s , lo hacen p o r m e d io d e l le n g u a je de
las [b e lla s ] c o n stru c c io n e s.
2. U n e d ific io , c u a n d o es d e g ra n d és p ro p o r c io n e s , in d ic a la m a je s ­
tad d e l ra n g o [d e l c o n s tru c to r] l9.

El constructor de Madlnat al-Zahrá’ y am pliador de la mezquita de


Córdoba podía a justo título repetir este dístico y hacerlo suyo.
P or mucho que el alfaquí Mundir ibn Sa'id al-Ballüt! protestara enér­
gicamente en nombre de las leyes religiosas contra la locura de construir
de al-Násir y el lujo inaudito que había desplegado en la ornamentación
de Madlnat al-Z ah rá)20, nada fue capaz de moderar el gusto por el dispen­
dio del califa ni su am or a las obras monumentales 21.

'• A n a l., I I , 264; re p ro d . y trad . en R e c h e re h e s ', 83. V . ta m b ié n in fra , p. 139. Ib n


M u flih d irá , en p ro s a , d e S e v illa : «S e v illa es la p r o m e tid a C a rüs) d e E spa ñ a, p o rq u e
su c o r o n a (tá y ) es e l S a r a f y p o rq u e lle v a a l 'c u e l l o e l c o lla r qu e le o fr e c e el
G u a d a lq u iv ir » (A n a l., I, 128). L o s lite r a to s ^ p o s te rio re s in s is tirá n to d a v ía en esa
len g u a té c n ic a (is tilá h a l-k u ttá b ); I b n S a 'id cjirá qu e la n o v ia a la q u e se c o m p a ra
c on una g ra n c iu d a d c o m o C ó r d o b a tien e, c u a n d o está e n g a la n a d a : un tr o n o
(tn in a s s a ), con lo qu e se d e s ig n a to d o lo qu e c o n c ie r n e a la c iu d a d en sí; una
c o ro n a (tá y ), es d e c ir, el g o b ie r n o re a l; un c o lla r ( s ilk ), es d e cir, los p o e ta s y los
p ro s ista s ; un m a n to (h u lla ), es d e c ir, lo s e s c r ito re s en p ro s a c om ú n ; fle c o s (a h d a b ),
es d e cir, to d o s a q u e llo s qu e p ra c tic a n e l a r te d e la ch an za (c f. An a l., I, 298, 1. 15-20).
V é a s e una d e s c r ip c ió n d e S a m a rc a n d a , en el m is m o e s tilo , p o r un p o e ta , en Ibn
J u rd ád b ih , a l-M a s á lik (B . G . A., V I ) , p. 172, 1. 7-8; tra d . fra n c e sa , p. 133.
19 R im a áni, m e tr o k á m il. A n a l., I, 342; S im o n e t, E l S ig lo de. O ro , p. 18.
20 A p r o p ó s ito de las te ja s d e o r o qu e cu b ría n el p a la c io d e a l-Z a h rá ’, el a lfa q u í
re c o rd a b a al p r ín c ije e l v e rs íc u lo 32 d e la a zo ra X L I I I , en la qu e D ios h a b la b a de
los «te c h o s d e p la ta » (s u q u fa n m in fid d a ) y d el c a s tig o q u e a g u a rd a b a a los qu e
los c on stru ía n . C f. M a tm a h , pp. 40-41; Anal., I, 375, 378, 379; L é v i-P r o v e n ? a l, E sp.
X c s ié cle , p. 229.
21 E s te g u s to se tr a n s m itió a los p rín c ip e s d e l M a g re b . A b ü 'In á n p a rec é ser qu e
d ijo , c u a n d o e l a r q u ite c to le m o s tr ó las cu en tas d e los g a stos d e la M e d e rs a
B ü 'In á n iy a :
« L o qu e es h e r m o s o n o es c a ro , a p e s a r d e lo g ra n d e q u e sea la sum a,
N i d e m a s ia d o es p a g a r lo qu e p la c e al h o m b r e .»
C f. a l-M a q q a r!, N a fh a l-tib , ed. d e E l C a iro , IV , 30, 1-2; L e ó n e l A fr ic a n o , D e s c r ip tio n
de l ’A fr iq u e , ed. S c h e fe r, I I , 75; A. B el, I n s c r ip tio n s a ra bes de Fes, tira d a a p a rte,
p á g in a 261.
Los andaluces fueron, en general, amantes de las hermosas construc­
ciones; todos los autores árabes que han hablado de Sevilla ponen de
relieve, com o una característica de su temperamento, el gusto por las
ricas mansiones: «L o s burgos de al-Saraf, dirá al-Saqundl en el siglo xn,
superan a todos los demás por la feliz elección de las casas y por el cuida­
do que los habitantes dedican tanto a su interior com o a su exterior,
de suerte que bajo el blanco encalado parecen estrellas en un cielo de
olivares» 22.
El visir Ibn al-Hammára expresará la misma idea en un verso:

— L a s a ld eas d e A n d a lu c ía a p a re c e n en m e d io d e la v e rd u r a de los
v e rg e le s c o m o p e rla s [b la n c a s ] e n g a sta d a s en m e d io d e e s m e r a ld a s 2}.

La poesía, por la inform ación que nos procura sobre los palacios, los
lugares de recreo (munya) y los paseos de moda, nos perm ite hacer sobre
cada una de las ciudades de la España musulmana una m onografía cuya
extensión varía de acuerdo con la im portancia de estas ciudades en el
siglo X I.
Córdoba, capital al mismo tiempo de los gobernadores y de los cali­
fas, merece, aunque en el siglo x i sea la segunda m etrópoli, después de
Sevilla, el prim er lugar p or lo mucho que ha inspirado a los poetas. Cuan­
do Sevilla era todavía poco conocida en España, Córdoba ya había difun­
dido los destellos de su fama hasta Alemania; la religiosa sajona Hros-
witha, en el siglo x, decía de ella: «Joya brillante del mundo, ciudad
nueva y magnífica, orgullosa de su fuerza, celebrada por sus delicias,
resplandeciente por la plena posesión de todos los bienes» 24.
Un poeta anónimo la celebraba de este modo:

1. P o r c u a tr o cosas su p era C ó r d o b a a las d e m á s m e tró p o lis : p o r el


p u en te s o b re e l G u a d a lq u iv ir y p o r su [g ra n ] m ezq u ita .
2. H e a q u í las d os p rim e ra s ; p o r e l p a la c io d e a l-Z a h rá ’, la te rc e ra ;
p o r la c ie n c ia , la cosa m ás c o n s id e ra b le , la c u a rta 25.

22 A l-S a q u n d í, a l-R isála, en Anal., I I , 143, 1.18 sg., y 144, 1.6 sq.; G a rc ía G óm ez,
E lo g io , p. 97.
23 R im a ü n i, m e tr o k á m il. A n al., I, 126.
24 C f. S c h a c k -V a lera , P o e s ía y a rte , 3.a ed., I, 57 (r e m it e a R o s w ith a e o p e ra ,
ed. S c h u zfle isc h , p. 120); R. M e n é n d e z P id a l, L a E s p a ñ a d e l C id , I, 89; E. L é v i-
P ro v e n g a l, E s p . m u s u l. X e s iécle, p. 235, e H is to ir e de l ’E s p a g n e m u s u lm a n e , 2.a ed.,
I I , 3, y n o ta 2; H M E 2, I I , 174; C h arles M a g n in , H r o s v ita , en R e v u e des D e u x M o n d e s ,
15 n ov. 1839; A. Z a k i, M u d u n a l-fa n n f i b ilá d al-A n da lu s, en a l-H ilá l, 43.° añ o, dic.,
1934, I, 132, n. 1.
25 R im a 'uhá, m e tr o b a sit A n al., I, 96. L a im p o rta n c ia c o n c e d id a a la c ie n c ia en
e ste d ís tic o nos hace p e n s a r qu e el p o e ta a n ó n im o es de la é p o c a de al-M an sü r ¡bn
A b í 'A m ir ; sin e m b a r g o , en o t r o p a s a je de A n a le c te s ( I I , 406) el p o e ta s e ría Abü
M u h a m m a d Ib n 'A tiy y a , d el s ig lo x i.
Pero, curiosamente, los poetas del siglo xi no han descrito ni el puente
ni la mezquita.
En sí mismo, el puente no parece ofrecer muchos motivos de inspi­
ración, y si hubiera sido un lugar de paseo hubiera retenido su atención;
la mezquita, lugar de oración y de enseñanzas religiosas, se aparta siste­
máticamente de su interés. Podemos preguntarnos, dejando de lado m o­
mentáneamente Madlnat al-Zahrá’, qué describen de Córdoba los poetas
del siglo xi.
La capital de la España musulmana se reponía apenas de las rudas
sacudidas que había sufrido a principios del siglo xi, durante la fitna 26.
Las descripciones más emocionantes se las debemos a Ibn Hazm e Ibn
Suhayd. «H e sabido — dice Ibn Hazm, que había abandonado su palacio
situado en el barrio de Balát M u g ít21, al oeste de Córdoba— por alguien
que venía de allá y que había visto nuestras mansiones que no quedan
más que ruinas» 2i.
Encontramos los mismos sentimientos en Ibn Suhayd:

1. N o h a y e n tr e las ru in as n in gú n a m ig o qu e p u ed a in fo r m a r m e ;
¿ a q u ié n p o d r ía p re g u n ta r p a ra sa b e r qu é ha s id o d e C ó rd o b a ?
2. N o p re g u n té is sin o a la s e p a ra c ió n ; s ó lo e lla os d irá si v u e s tro s
a m ig o s se han id o a las m o n ta ñ a s o a la llan u ra.
3. E l tie m p o se ha m o s tr a d o tir a n o p a ra c on e llo s : se han d is p e r ­
s a d o en to d a s d ire c c io n e s , p e ro e l m a y o r n ú m e ro ha p e re c id o .
4. L o s fu n e s to s a c o n te c im ie n to s han a c tu a d o con r ig o r s o b re sus
m o ra d a s y s o b re e llo s m ism o s , c a m b ia n d o a las unas y a los o tro s.
5. D e ja , pues, a la fo r tu n a e n c e n d e r en los p a tio s [d e sus casas]
una luz qu e p e r m itir á , tal vez, ilu m in a rs e a los c o ra zo n es.
6. P o r una c iu d a d c o m o C ó rd o b a , son p o c o ab u n d a n tes las lá g r i­
m as q u e v ie r te n lo s o jo s en c h o r r o in c o n te n ib le .
7. Q ue D ios p e rd o n e las fa lta s d e sus h a b ita n te s : se han id o a la
B e r b e ría o r ie n ta l, a M a r ru e c o s y a E g i p t o 29.
8. ¡E n to d a s d ire c c io n e s se han d is p e rs a d o los g ru p o s, in q u ie to s p o r
h a b e rla a b a n d o n a d o !
9. C u an d o y o la c o n o c í, to d o s sus h a b ita n te s estab an u n id os [en la
c o n c o rd ia ] y la v id a e ra b e lla ; ...
14. E l p a la c io , e l d e los O m ey a s , e s ta b a lle n o d e to d o lo d e se a b le
y e! c a lifa to e ra la c o s a m ás gran d e.
15. L a Z á h ir iy y a res p la n d e c ía c on los c o r te jo s rea les y a l-'A m iriv y a
e ra fre c u e n ta d a p o r una a flu e n c ia d e e s tre lla s .

26 C f. a este re s p e c to H M E 2, I I , 301-307 (s o b r e to d o pp. 305-306).


27 S o b re e s te b a r r io d e C ó rd o b a , cf. L é v i-P ro v e n ^ a l, E sp. m u s u l. X cs iécle, p. 207,
V n. 3.
28 C f Ib n H a zm , T a w q a l-h a m a m a , 87-88; trad . in g lesa d e N y k l, 135-135; ed.
v trad . fra n c e s a d e L. B erc h e r, pp. 240-245.
29 S e p o d r ía e n te n d e r así: « S e han b e rb e riz a d o , o c c id e n ta liz a d o y e g ip c ia n iz a d o .»
«B e r b e r iz a d o » , es d e c ir, se han to rn a d o b e re b e re s d e l E s te (S in h á y a ); «o c c id e n t a ­
liz a d o », es d e c ir, c o m o b e re b e re s d el O c c id e n te (Z a n á t a ), y «e g ip c ia n iz a d o », es
d e c ir, q u e h a b ía n a b ra za d o la d o c tr in a d e los fá tim íe s d e E g ip to . ( P o r lo qu e se
r e fie r e al s e n tid o d e esta ú ltim a p a la b ra , cf. s u pra , p. 102, n. 23).
16. L a g ran m e z q u ita (a l-y ü m i' a l-a 'lá ) re b o s a b a de to d a c lase de
gen te s qu e s a lm o d ia b a n el C orán , escu ch ab an las lec cio n e s qu e qu erían
y m ira b a n (lo qu e les ro d e a b a ).
17. L o s c a m in o s qu e lle v a b a n a los m e rc a d o s a te s tig u a b a n que la
c o n c e n tra c ió n d e l J u icio F in al n o lle g a r á a c o n te n e r to d a s las gen tes
qu e pasaban p o r esos cam in os.
18. ¡O h p a ra ís o s o b re el cu al el v ie n to de la a d v e rs id a d ha so p la d o
tem p e s tu o s o , d e s tru y é n d o lo , c o m o ha s o p la d o s o b re sus h a b ita n tes
a n iq u ilá n d o lo s !
19. E s to y d o lo ro s a m e n te a flig id o p o r la m u e rte qu e te ha h e rid o ;
¿n o e ra con ju s ta ra zó n c o m o , d u ra n te tu v id a , n o c e sá b a m o s de e n o r ­
g u lle c e m o s d e tu e s p le n d o r?
20. T u s p a tio s, p a ra los v is ita n tes , era n una M e c a en la cu al las
gen tes s o b re c o g id a s qu e en e llo s se refu g ia b a n e n c o n tra b a n ayuda
v soc o rro .
21. ¡O h m o ra d a en la qu e el a v e a g o r e ra se p o s ó ! ; tus h a b itan tes,
tras el c a m b io s u frid o , son irre c o n o c ib le s .
22. E n tre las dos o r illa s de tu r ío c o r r ía un agu a m ás g en e ro sa
qu e la d el E u fra te s, el T ig r is y el N ilo [ ¡q u é d ig o ! ] ¡y q u e la del
K a w ta r !
23. H a s s id o reg a d a p o r una nu be q u e v e r tía la llu v ia d e la v id a
y los ja r d in e s qu e co n te n ía s r e v iv ía n y flo re c ía n .
24. ¡C ó m o e c h o de m en os una m an sión d e la qu e he c o n o c id o to d a s
las p a rte s m ie n tra s las g a cela s se p a v o n ea b a n en el p a tio !
25. E ra en la é p o c a en qu e el o jo d e to d a n o b leza , d e sd e todas
p artes, m ira b a h a cia e lla ;
26. en la é p o c a en qu e la a u to rid a d e s ta b a reu n id a p o r e n te r o en
las m an o s d el p rín c ip e d e la c iu d a d o d e a q u e llo s qu e la habían re c ib id o
en d e le g a c ió n ;
27. en la é p o c a en q u e la m a n o d e la p a z se le v a n ta b a h a cia ella
para sa lu d a rla con d e fe re n c ia .
28. M i tris te za se ren u eva sin c e s a r d e llo r a r p o r sus n o b les p e r­
son a jes, sus lite ra to s , sus s a b ios d ig n o s d e c o n fia n za y sus d e fe n so re s .
29. M i a lm a su sp ira de p e sa r p o r sus fa v o r e s , su p u reza, su e s p le n ­
d o r y su gran d eza.
30. ¡Y m i c o ra zó n se p a rte al p e n s a r en sus sab ios, sus e ru d itos,
sus h o m b re s de le tra s y sus e s p íritu s d e lic a d o s ! 30.

Cuando el período de guerra civil (fitna) acabó, Córdoba, bajo la auto­


ridad de los 'íahw aríes, y después de los 'Abbádíes, restañó sus heridas;
pero se adivina a través de los relatos de los historiadores y los versos de
los poetas que muchas de las ruinas no fueron reconstruidas. Si el palacio
propiamente dicho (al-Qasr) permanece en pie, ¿qué se hizo de los pabe­
llones y los salones de gala que existían en el recinto del palacio, y de
los que Ibn Baskuwál nos da la lista? 31 Debieron desaparecer totalmente,

•,0 R im a rii, m e tr o k á m il. A 'm a l, 122-123. S e e n cu en tra n o tro s v e rs o s s o b re los


in fo rtu n io s d e C ó rd o b a d u ra n te la fitn a en al-B ayán, I I I , 110-111.
31 E s to s era n : a l-m a y lis a l-k á m il, a l-m u y addad, q a s r a l-h a ’y r, ul-raw da, a l-zá h ir,
a l-m a 'sü q , a l-m u b á ra k , a l-ra siq , q a s r a l s u rtir, al-táy, a l-b a d i' (c f . Ib n B a s k u w á l, en
Anal., I, 303; L é v i-P ro v e n g a l, E sp. m u s u l. X ‘ s ié cle , pp. 222-224). Ib n Jaldün da o tra
lista de los p a b e llo n e s c o n s tru id o s p o r 'A b d al-R ah m án a l-N á s ir: a l-m a y lis a l-zá h ir,
pues los historiadores y los poetas no vuelven a hablar de ellos. Lo mismo
sucedió con al-Záhira 32 y con al-Háyibiyva B.
En cuanto a Madlnat al-Zahrá’, parece ser que las diferentes construc­
ciones y alas que lo componían, tras el incendio y el saqueo de los bere­
beres a comienzos del siglo xi, quedaron por com pleto inhabitables 34; los
muros se mantenían en pie y algunos techos en los pisos bajos permane­
cían intactos, ofreciendo asilo a los huéspedes de paso o a los visitantes
que venían de Córdoba. Al-Mu'tadid quiso que fuera ocupado en 455= 1063
por su hijo Ism á'íl, aunque toda «su parte in ferior ha perdido todo ador­
no» 35; las pajareras y el parque zoológico han desaparecido 36, pero que­
dan aún rincones en el parque que conservan sus árboles y su verdor.
Abü-1-Walíd Ibn Zaydün, en unos versos que tendremos ocasión de citar
de nuevo a propósito de Córdoba, recordaba a su amante W alláda los
gratos momentos pasados en Madlnat al-Zahrá’ :

12. ¿ P o d rá un e x ilia d o v o lv e r a a l-Z a h rá ’ después de qu e el a le ja ­


m ie n to h aya a g o ta d o sus ú ltim a s lá g rim a s ?
13. ¿ [V o lv e r é a v e r] los g a b in e te s rea les, d o n d e los zó c a lo s de las
p a red e s e s ta b a n aún re s p la n d e c ie n te s ? ; ¡las n och es m ás oscu ras nos
p a rec ía n au ro ra s !
14. L a im a g in a c ió n , en to n ces, m e rep re se n ta b a con to d a e v id e n c ia
en el p a la c io los d os Q u rt, la Q u b b a , e l v a s to K a w k a b y el S a th 37.
15. E se lu g a r d e re p o s o re c u e rd a p o r su d u lz o r e x q u is ito al p a ra ís o
c e les te , pues el jo v e n q u e en él se e n c u e n tra n o s ie n te el s u lr im ie n to
d e la sed ni tien e qu e e x p o n e rs e al a r d o r del s o l 38.

al-bahw , a l-k á m il, a l-m u n if, d a r a l-ra w d a (c f. K it a b a l-'ib a r, IV , 144, rep ro d . en A nal.,
I, 380: L é v i-P r o v e n ia l, E s p . m u s u l. X c s ié cle , p. 224 y n. 2). A lg u n o s d e estos n o m b re s
d esig n a n ta m b ié n p a la c io s o p a b e llo n e s d e S e v illa (c f. in fra )-, p e ro las A n a lecta s
d e b ie r o n e q u iv o c a r s e al s itu a r en C ó r d o b a a l-Q a sr a l-M u k a rra m ( I , 103, 1.3)
(c f. in f r a )] a l-M u k a rra m o a l-m u k ra m d e sig n a b a ta m b ié n una sala d e l p a la c io de
a l-M a ’m ün en T o le d o (c f. in fra , p. 155, n. 151).
32 S o b re su d e stru c c ió n , cf. H M E 2, I I , 286; al-B ayán, I I I , 64 sq. S o b re el p a la c io
en sí, c f. L é v i- P r o v e n ia l, E s p . m u s u l. X e s ié cle , pp. 221-224; H M E 2, I, 406; I I , 281, 283,
382, 387-388; al-B ayán, I I , 294; trad . F agn an , I I , 460-461; I I I , 64-65.
33 C f. A l-B a y á n , I I I , 62. E ra el p a la c io d el há y ib a l-M u za ffa r, h ijo de al-M an sü r
ib n ab i 'A m ir.
34 S o b re la d e v a s ta c ió n de al-Z ah rá, cf. L é v i-P ro v e n ^ a l, E sp. m u s u l. X 1’ siécle,
p á g in a 288; E n c y c l. Is l., I I I , 95-96 sg.: M a d in a t a z -Z a lirá ' (a r t. d e L é v i- P r o v e n g a l).
35 Cf. H M E 2, í I I , 64 sg.; a l-D a jira , I I I (G o th a ), 38 r.° (r e p r o d . en A bbad., I, 256,
trad., p. 291) (a l-n u z ü l b i-z a h ra 'ih a a l-m u 'a tta la bi-a sfa lih á ).
36 'A b d a l-R a h m á n a l-N á s ir h a b ía in s ta la d o en el p a rq u e casas de fie ra s y p a ja ­
reras (c f. A n al., I, 380, según Ib n Jaldün, K . a l-'Ib a r, IV , 144).
37 N o s a b e m o s q u é e ra n los d os Q u r t (e l p a r de g ru esos p e n d ie n te s ). L a Q u b b a
y el K a w k a b e ra n dos g ra n d e s salas d e rec e p c ió n . L a S ath , c a lific a d a h a b itu a lm e n te
d e m u s r if (a l-s a th a l-m u s r if), e ra una gran g a le ría c u b ie rta (c f. L é v i-P ro v e n g a l, /. c.,
p á g in a 229; A n al., I, 303, 372), qu e no hay qu e c o n fu n d ir c on a l-sa rh a l-m u m a rra d
(c f. A 'm a l, 44-45; Anal., I, 377; M a tm a h , p. 45), que, a im ita c ió n d e l p a la c io d o n d e
S a lo m ó n r e c ib ió a la rein a de Saba, ten ía un e n ta rim a d o d e c ris ta l (c f. a l-Q u r’án,
X X V I I , 44, e in fra , p. 136).
38 R e m in is c e n c ia d e dos v e rs íc u lo s c o rá n ic o s : X X , 116-117.
16. A llí [s e v e ] en los esta n q u es una m asa d e agu a tan p ro fu n d a que
es azu l; en las o r illa s , e l r a m a je d e rr a m a su fr e s c o r ; es a llí d o n d e
c o n o c í e l d e stin o b a jo la fo r m a d e un ser n o b le y g e n e ro s o (s a m h ) 39.

Para Ibn Zaydün, al-Zahra’ conservaba el encanto de sus zonas de


agua sombreadas por grandes árboles, pero el palacio, en sus partes más
hermosas del tiempo de los Omeyas, no puede representárselo sino con
la imaginación. Se creería que las ruinas de la antigua residencia califal
se han hecho lugar de cita de la sociedad elegante de Córdoba; debía ser
fácil encontrar de com er y de beber, pues se organizaban reuniones allí.
El visir y alfaquí Abü-l-Hasan Ibn Siráy contaba a al-Fath ibn Jáqán la
placentera jornada que había pasado allí una vez en compañía de otros
visires o secretarios en la época de al-Mu'tamid: «el grupo [d e personas
alegres] no cesa de ir de palacio en palacio (qasr); con toda fam iliaridad
doblegan las ramas para coger los frutos o por cimbrearlas; suben a las
habitaciones altas (gurafát), se pasan las copas los unos a los otros en los
balcones (surafát) hasta que se van a los jardines (rawd), después de con­
ceder a las ruinas (atar) toda la atención debida y cargar de considera­
ciones filosóficas toda una caravana. Acampan en un lugar del parque
que les ofrece tapices (daránik) primaverales cubiertos de flores blancas
y recamados de canales (yadáwil) y de ríos (an1mr)\ las ramas se balan­
cean en los macizos y ceden bajo el peso de la brisa. Las ruinas del palacio
dominan a los alegres camaradas, y com o madres privadas de sus hijos se
lamentan de la devastación y del fin de las fiestas [d e las que han sido
testigos], pueslos lagartos se solazan en las partes construidas y en los
muros graznan los cuervos.Ya los acontecimientos funestos han borrado
las luces de los edificios y ahuyentado sus sombras... N o quedan más
que zanjas y piedras; las grandes salas con cúpulas (qibab) se han des­
plom ado y la lozana belleza del palacio se ha trocado en decrepitud; así
en ocasiones el hierro se reblandece v lo que es nuevo se pudre.
«Mientras pasaban de mano en mano grandes y pequeñas [copas]
y las hacían circular para excitar su alegre fam iliaridad o la propensión
a la meditación sobre la vida, he aquí que el mensajero de al-Mu'tamid les
llega con un billete que encierra este dístico:

1.E l p a la c io [en el qu e e s to y ] está c e lo s o p o r v u e s tra causa, y p or


causa de a l-Z a h rá ’ : ¡p o r m i v id a y p o r la v u e s tra que no se e q u iv o c a !
2. ¡O s h a b éis le v a n ta d o esta m añ an a en a l-Z a h rá ’ c o m o soles;
le v a n ta o s en n u estra m o ra d a esta noch e c o m o lunas! 40.

39 R im a ha, m e t r o ta w il. Ib n Z ayd ü n , D iw a n , pp. 56-57; Q a lü ’id, 72; A n al., I,


414-415; W e ije r s , S p e c im e n de Ib n Z e id u n o , 22, 74; C ou r, Ib n Z a id o u n , te x to n ú m e­
ro 27, trad . p. 75. D ife r im o s s e n s ib lem e n te de M . C o u r en la tra d u c c ió n d e los
v e rs o s 15-16.
40 Q a lá ’id, 10-11 (r e p r o d . en A n a lecte s, I, 411-412, y en A bba d., I, 45-46, trad . p á g i­
nas 103-105, y en M a n ü h iy a l-fik a r, apu d A n a lecte s, I, 327-328, trad . H. M asse, en
M é la n g e s R e n é B a sset, I, 251. R im a a ’a, m e tr o ja fif.
Al-Sumaysir, el poeta de Almería, que contem pló estas ruinas a finales
del siglo xi, nos las describe com o poco menos que irreconocibles:
1. M e he d e te n id o en al-Z a h rá ' llo r a n d o y m e d ita n d o c o m o si m e
la m e n ta ra s o b re m ie m b ro s d is p e rs o s [d e m i f a m i l ia ) .
2. ¡Oh, Z a h r á ’ !, he d ic h o , ¡v u e lv e !, y e lla m e ha c o n te s ta d o : ¿E s
q u e v u e lv e lo qu e está m u e rto ?
3. N o he c e sa d o d e llo r a r , d e llo r a r en ese lu gar; p e ro , p o r d e s g ra ­
cia, ¿ d e q u é p u ed en s e r v ir las lá g rim a s ?
4. ¡S e d ir ía qu e los v e s tig io s d e a q u e llo s qu e p a r tie ro n son p la ñ i­
d eras qu e se lam en ta n s o b re los m u e rto s ! 4I.

Estos versos, com o la anécdota transmitida por los Qalaid, nos mues­
tran los sentimientos que entristecían a los andaluces del siglo x i ante
el espectáculo de las ruinas que las guerras de la fitna habían sembrado
por doquier y que las continuas luchas intestinas continuaban esparcien­
do 42; se reúnen en festejos, pero la melancolía se mezcla a la alegría, y es
este matiz especial el que confiere a sus descripciones de las ruinas un
tono desconocido hasta entonces: intentan divertirse en «una alegre fam i­
liaridad», com o dice Abü-l-Hasan Ibn Siráy, pero dando libre curso a sus
«m editaciones». Los poetas orientales han descrito las ruinas de los cam­
pamentos abandonados, pero com o pretexto para hablar de la bienamada
real o imaginaria, es decir, del pasado; el mismo al-Buhturl había sabido
expresar con acento conm ovedor el dolor que el palacio de al-Qátül había
sentido con la pérdida de al-Mutawakkil 4\ pero sólo se trataba todavía de
una evocación del pasado. Los poetas andaluces del siglo x i llegan más
lejos: no sólo resucitan el pasado, sino que también tratan de represen­
tarse el porvenir, y para ellos el futuro está lleno de amenazas. Los reye­
zuelos, m irándolo bien, actuaron com o mecenas que fueron desaparecien­
do unos tras otros, y la incertidumbre del mañana — que hizo nacer la
llegada de los alm orávides— llena de angustia el corazón de los poetas:
«¡V u e lve !», clama al-Sumaysir en al-Zahrá', y en ese grito se percibe un
sincero pesar.
Desde luego, las ruinas nunca fueron tan numerosas com o en el
siglo x i : Ibn Jafáya las describe sin precisar el lugar, pero creemos que
se trata de Valencia o de su región:
— E l m u rm u llo d e las agu as qu e c o rre n p o r el can a l es c o m o un
s o llo z o [p o r ese m o n u m e n to d e s tru id o ] y el c a n to d e las aves es un
la m e n to fú n e b re 44.

41 R im a átá, m e tr o s a ri'. A n a le cte s , I, 347.


42 Es p o s ib le qu e el a b a n d o n o d e M a d ln a t a l-Z a h rá ’ h aya s id o en p a rte causa
d e su ru in a; en e fe c to , b asta d e ja r un p a la c io d e s h a b ita d o sin c u id a r lo p ara qu e
se a rru in e rá p id a m e n te .
43 C f. A l-B u h tu ri, D iw á n , ed. d e B eiru t, p. 44; Anal., I, 330; trad . H. M assé eri
M é la n g e s R e n e B a sset, I, 256-257
44 R im a ahü, m e t r o w á fir. Ib n Jafáya, D iw á n , p. 36; A nal., I, 330; trad . H . M assé
en M é la n g e s R e n é B a sset, I, 257.
Ahmad ibn Faray al-Ilbirí, conocido bajo el nombre de al-Sumaysir,
llora sobre unas ruinas que deben ser las de Granada o de sus alrededores,
y Abü 'Abd Alláh Ibn al-Hannát el Ciego lo hace sobre otras que deben
ser las de S e v illa 45. El destronado rey de Córdoba Abü-l-Hazm Ibn
Yahwar, al recordar el esplendor de los palacios califales de su tiempo,
reducidos a ruinas, dice:
1. Un d ía d ije a un p a la c io cu yos h a b ita n te s h a b ía n d e s a p a re c id o :
¿ d ó n d e están tus h a b ita n te s , q u e ta n to a m á b a m o s ?
2. P o c o han h a b ita d o aqu í, m e c o n te s tó ; se fu e ro n , ¡p e ro n o sé
ad o n d e! 46.

Y Muhyl al-Dín Ibn al-'Arabl, en su visita a Zahrá, poco después de


acabado el siglo xi, dice dirigiéndose a un pájaro que cantaba sobre un
árbol del parque:
— ¿ P o r qu é te la m e n ta s y g im e s ? P o r una é p o c a , c o n te s tó el p á ja r o ,
q u e ha p a s a d o y n o to rn a rá ja m á s 47.

Los poetas no podían expresar de otro modo el pesar que ellos sentían
no sólo por el siglo de los Omeyas, ya tan lejano, sino por el siglo xi, cuyo
encanto percibían m ejor tras haberlo perdido.
Creemos que esas ruinas no son ajenas al sentimiento de zuhd o de
renuncia del mundo que marcó la vida de algunos personajes del siglo xi,
y que se iría ampliando con el misticismo de reciente im portación 48.
Un palacio construido por los Omeyas se salvó del desastre en el
siglo x i; nos referim os al que llevaba el nombre de «D am asco» (Dimasq).
«Reproducía — dice al-Fath ibn Jáqán— su palacio de Oriente, y habían
llevado su perfección hasta extremos sin límites; incluso los patios esta­
ban llenos de ornam entos»; pero no sabemos en qué lugar se encontraba,
pues los historiadores no lo dicen. Ibn 'Am m ár tuvo ocasión, en el mo­
mento en que su vida errante dejó de serlo, de pasar una noche y una
mañana en su recinto, y su alegría fue tal que no pudo contener su
entusiasmo:
1. C u a lq u ie r p a la c io , d esp u és d e l d e «D a m a s c o », es re p r o b a b le , pues
en el «D a m a s c o » las fru ta s q u e se cosech a n son d e lic io s a s y el p e rfu m e
d e las flo r e s qu e se re s p ira , e x q u is ito .
2. E l lu g a r es e n c a n ta d o r, el agu a lím p id a , la tie r ra p e rfu m a d a y el
p a la c io e le v a d o (a s a m m ).
3. E n él h e p a sa d o la n och e, y la n o ch e y la a u ro ra han s id o p a ra
m í a lm iz c le n e g ro y á m b a r g ris 49.

45 C f. A n a le cte s , I, 329-330; trad . H . M assé, Z. c., I, 255-256.


4(’ R im a aína, m e t r o ja ftf. M a tm a h , p. 15 (r e p r o d . en Anal., I, 345).
47 R im a 'ü, m e tr o taw il. A n a lecte s, I, 344.
48 C f. in fra , pp. 454-455.
49 R im a m ü , m e t r o ja f if. Q a la 'id , p. 84 (r e p r o d . en A n al., I, 306-307). A l-M a q q a rl
d e s ta c ó q u e este fr a g m e n to se a tr ib u y e ta m b ié n al h á y ib A b ü ’U tm a n ’S’ a 'fa r ibn
U tm á n al-M u sh a fl (A n a l., I, 307, 1.4).
De otro palacio nos habla el autor de los Qalaid: es el que al-Mu'tamid
ocupó cuando se adueñó de Córdoba. Llam ado Qasr al-Bustán, se encon­
traba cerca de la Puerta de los Perfumistas (Báb al-'attárln); es de este
palacio del que dice el príncipe que estaba «celoso del de Zahrá’» 50, pero
no lo hemos encontrado mencionado en parte alguna 51.
Una antigua finca perteneciente a la fam ilia de origen bereber de los
al-Zayyálí había sido transformada, por su propietario y por disposición
testamentaria, en jardín público: llevó desde entonces el nombre de Hayr
al-Zayyall [Parque d el] Pabellón de al-Zayyálí. Creemos que es la p ri­
mera vez que un jardín privado se pone a disposición del público, y el
hecho merece ser señalado. El em bellecim iento de las ciudades y las pre­
ocupaciones urbanísticas no son, pues, cosa de hoy, y no es privativo sólo
de los pueblos occidentales, com o se ve, pero sin duda este jardín cer­
cado no debía estar abierto a todo el mundo; sólo la sociedad culta y ele­
gante podía visitarlo, com o era el caso de Zahrá'. El h a y r52 que ha dado
su nombre al parque designa un pabellón cuya descripción por al-Fath
ibn Jáqán merece ser reproducida:
«S e encontraba — nos dice— cerca de Báb al-Yahüd (Puerta de los
J u d ío s)53 Este hayr era el más admirable y hermoso de los lugares [d e
recreo] y el más com pleto y perfecto desde el punto de vista estético. Su
patio (sahn) era de m árm ol (m arm ar) de un blanco muy puro; un arro-
yuelo (yadwal) lo atravesaba com o una serpiente de vivos movimientos;
un aljibe (yabiya) acumulaba límpidas aguas. El cielo (s a m a ) de este
pabellón (hayr) era de estalactitas 54 teñidas de oro y lapislázuli, y con
estos mismos materiales se habían form ado los zócalos que cubrían los
tabiques (yawanib) y las [d iferen tes] oquedadesJ a ry a ). El jardín ( rawd)
tenía avenidas de árboles armoniosamente trazadas y sus flores sonreían
dulcemente en los capullos; el sol, [tan espesa era la enram ada], no podía

50 C f. s u p ra , p. 132.
51 Q a lá ’id, p. 11 (r e p r o d . e n A n a l., I, 412, y en A bba d ., I, 46-107). S o b re la p u erta
d e lo s p e rfu m is ta s , c f. L é v i-P r o v e n g a l, E s p . m u s u l. X e s ié cle , p. 76, 205, 207.
52 H e m o s v is to y a q u e la p a la b ra H á ’ir (e n la fo r m a d e l p art. a c t iv o ) d e sig n a b a
un p a b e lló n d e la é p o c a o m e y a d e n tr o d e l r e c in to d e l p a la c io (c f. s u pra , p. 129, n. 31);
e s ta m is m a p a la b ra , c o n la m is m a o r t o g r a fía y c on e l m is m o s ig n ific a d o o e l de
k io s k o , se e n c u e n tra en Abü-1-Walíd a l-H im y a rl (h a c ia 440 = 1048), A l-B a d i' f i w asf
a l-ra b i', m s. d e E l E s c o ria l, nú m . 353, f.° 10a, y es u n p a b e lló n d e un p a rtic u la r, en
un ja r d ín , lo qu e d esign a . E sta s d os p a la b ra s , h á 'ir y h a yr, p a re c e n s e r sin ón im as,
s ie n d o la p r im e r a de ella s d e uso m ás a n tig u o (c f. in fra , pp. 247 y 249).
53 S o b re e s ta p u e rta , lla m a d a m ás fre c u e n te m e n te B á b a l-H u d á (P u e r t a d e la
b u en a d ir e c c ió n ) p a ra e v ita r la p a la b ra Y a h ü d . C f. L é v i-P r o v e n ia l, E s p . X 1' siécle,
p á g in a 207, n. 3, in fin e .
54 E s un v e r b o en v o z p a s iv a lo qu e e x p re s a m o s así, p e ro c o n una o r to g r a fía
d u d osa; e n c o n tra m o s , e n e fe c to , las le c c io n e s sigu ien te s : q u rb is a (Q a l., ed. d e M ar-
s e lla -P a rís ); q u rb is a (A n a l., I , 420, 1.3); q u rn is a (Q a l., ed. d e B u la q , p. 153, 1.9).
C f. ta m b ié n De G o e je , G lo s s a ire , en Ib n íu b a y r , R ih la , 44; a l-D a jira t al-saniyva, 55.
ver la tierra, y la brisa se cargaba de perfumes al soplar desde el jardín,
día y noche... 55.
Este parque era célebre no sólo por su pabellón y su jardín, sino tam­
bién por dos tumbas que reunían los restos de dos amigos que habían
estado estrechamente unidos en su vida terrestre: A
Suhayd 56, que ya conocemos, y Abü Marwán al-Zayyáli57, propietario de
este lugar encantador. Al Fath ibn Jáqán había vivido allí momentos feli­
ces, y al visir de Badajoz Abü Bakr Ibn al-Qabturnuh le gustaba recordar
de vuelta a Badajoz las reuniones placenteras organizadas con sus amigos
de Córdoba:

10. R e c u é rd a le s — le e s c rib ía a uno d e estos a m igo s , Abü-l-H asan


Ib n S irS y — la é p o c a en qu e la b ris a sop la b a en el a ta rd e c e r , fre s c a
c o m o el s o p lo de las d e sa ta d o ra s de m a le fic io s ...
12. E n el «h a y r » : las nu bes n o p u ed en m o s tr a r un r o s tr o h u rañ o,
a llí, sin s o n re ír al p u n to c o m o un ju n co o d o r ífe r o ( i d j i r ) y una [g r a ­
m ín e a lla m a d a ] ya lil.
13. E l d ía y la n o ch e era n , ésta s ie m p r e una a u ro ra y a q u é lla una
m añ an a y un crep ú scu lo.
14. ¡L a s m e d ia s lunas qu e se le v a n ta b a n en to d o tie m p o n o c o n o ­
c ie ro n la fa s e m en gu an te, y las e s tre lla s nunca el o c a s o ! 5S.

En los alrededores de Córdoba había un cierto número de lugares de


recreo de los que se encuentra el nombre en varias obras de Ibn Zaydün:

1. M is dos a m ig o s — d ic e en una d e e lla s — ni la fie s ta de la ru p tu ra


d e a y u n o ( f i t r ) . ni la de los s a c rific io s (a d h á ), m e a le g ra n ; ¿cuál p u ed e
ser (e n e fe c t o ) e l e s ta d o de á n im o d e a q u el qu e ta n to p o r la n o ch e
c o m o p o r la m añan a está a to rm e n ta d o p o r la m ism a p asión (c o n ­
tr a r ia d a )?
2. Si la p a rte o rie n ta l de a l-'U q ü b m e ha in s p ira d o una v iv a p asión ,
y o n o c eso [in c lu s o a h o ra ] de d e d ic a r al fla n c o de esa c o lin a el m ás
p u ro a m or.
3. L a p a rte s e p te n trio n a l de a l-R u sa fa m e in s p ira s ie m p re p en ­
s a m ien to s que, r e a v iv a n d o un rec u e rd o , son segu id o s d e la m ás dolo-
rosa tristeza.
4. E l p a la c io de a l-F á ris i p ro v o c a en m i c o r a z ó n un a fe c to tal qu e
el d o lo r n o d e ja d e q u e m a rm e .
5. No es d e sd e ñ a b le e l tie m p o qu e he p a sa d o en el M ahbas de

55 Q a l, p. 153 (r e p r o d . en A n al., I, 420). V. ta m b ié n Y á q ü t, M u 'y a m a l-B u ld á n , I I ,


374, sv. h a y r al-zayyáli.
56 L o s v e rs o s qu e él q u e ría fu e ra n g ra b a d o s en su tu m b a en el p a rq u e de
a l-Z a y y á lí han s id o r e p r o d u c id o s en los Q a la 'id , p. 152 (y en A n a l., I, 420).
57 S egú n Ib n B assá m , el a m ig o de Ib n Su hayd , p r o p ie t a r io d el ja r d ín , lle v a b a
la k u n y a d e Abü-1-Walld (c f. a l-D a jira , I, 1, 287).
58 R im a ilá, m e t r o k á m il. Q a la ’id, 152-153 ( A n a l., I, 419).

I
'JNIVEHSID.SC DE fEVU. A
fsc. FilPllij'í ':MÍCÍ 2CS
N a s t h 59; en el e x c e s o d e m i p asión , p a rec e tr a e r lo [an te m í] c o m o un
c o n s e jo sin cero.
6. S e d ir ía q u e c e rc a d e 'A yn -Sa h d a (m a n a n tia l-ra y o d e m ie l) no he
lib r a d o un c o m b a te de r e p r o c h e s c u y o fin fu e la v ic to r ia [p a ra m í ] .
7. E s to s c o m b a te s h a b ía n s id o p ro v o c a d o s p o r sosp ech as m a lé v o la s
e in fu n d a d a s ; b a s tó c o n q u e e l e m b a ja d o r d e la h u m ild a d (ju d ü ') se
a p r o x im a r a a n o s o tro s p a ra c o n fir m a r la paz.
8. ¡C u á n tos d ías he p a s a d o en la c o m p a ñ ía le m i a m a n te en
a l-A q iq \ C u an d o la c ita n o e ra p a ra a l-'Id [a l- K a b ir ], lo e ra p a ra la
P ascu a (F is h ) 60.
9. Y estas v e la d a s p la c e n te ra s en e l e m b a ls e d e M á lik (m u s a n n á t
M a lik ), d o n d e c a m b ia b a c on lo s a m ig o s m i c o p a o m e e n tr e g a b a a la
n a tación .
10. A n te el agu a en ca lm a , nos sed u cía e l c ris ta l ( q a w ñ rir) v e rd o s o
d e la s u p e rfic ie , tan te rsa q u e im a g in á b a m o s q u e se tra ta b a d e l p a tio
a d o q u in a d o d e c r is ta l [en e l qu e S a lo m ó n r e c ib ió a la rein a d e S a b a ] 61.
11. ¡C ita s d e p la c e r !, ¡lu g a res d e a m o re s ju v e n ile s !, ¡h e o b te n id o
la m a y o r p a r te d e m is d e s e o s !...
19. S e g u r a m e n te q u e las n o ch es qu e p asab a en las o r illa s d e l B etis
(B it a ) era n m ás c o r ta s qu e las de [G u a d i] A to (A t u h ) y qu e las de la
B a th a 'l 62.

En el com ienzo de otra de sus piezas, Ibn Zaydün dice:

1. ¡Q u e un s a lu d o m u y p u ro se d ir ija d e m i p a rte a al-T agab


a l-S a h d t63 y o t r a al v a lle c illo d e a l-'A q iq !
2. ¡Q u e las flo r e s s o n rie n tes d e a l-R u sá fa n o d e je n ja m á s d e ser
reg a d a s p o r las lá g rim a s d e una nu be! 64.

En una muwassah que sería demasiado larga de reproducir habla, en la


V I estrofa, de al-Bunti (a orillas del Guadalquivir); en la V II, de la «parte
septentrional» de al-Rusafa, con su Rawd al-Uqhuwán (Jardín de las mar­
garitas o de la manzanilla; en la V I I I , de al-’Uqab, y en la IX y penúltima,
de al-'Aqiq, con su puente o compuerta (y i s r )65. En otra muwassah cita,
en la V I I estrofa, al-'Uqab, al-Rusafa, al-'f'a'fariyya; en la V I I I , al-'Aqiq',
en la IX , 'Ayn Sahda; en la X, al-Yisr, al-'í'awsaq al-nasri y al-W a'sa4 , en
la X I, M adyaat al-dawlüb y Qasr Násih, y por último, en la X II, al-Zahrá66.

59 A l-Id rls i, en el itin e r a r io p o r b a r c o d e S e v illa a C ó rd o b a , c ita c o m o ú ltim a


e s ca la an tes d e lle g a r a esta c iu d a d los M o lin o s d e N á s ih (c f. D e s c r ip tio n de
l'A f r iq u e e t de l'E s p a g n e , te x to , p. 207-208; trad ., p. 256; S ch a ck -V a lera , P o es ía , I I I ,
83 (s e g ú n W e ije r s , S p e c itn e n de I b n Z e id u n o , p. 542).
60 S o b re las fie s ta s c ris tia n a s c e le b ra d a s ta n to p o r los m o zá ra b e s c o m o p o r los
m u su lm a n es, c f. in fra , p. 306.
61 R e m in is c e n c ia e v id e n te d e un v e rs íc u lo d e l Q u r'a n ( X X V I I , 44). C f. supra ,
p á g in a 133, n. 37.
62 V . su p ra , p. 133, n. 39.
63 Y á q ü t, q u e c ita ta m b ié n ese v e rs o , da: a l-m u n 'a t a l-sa 'd i (c f. M u 'v a m a l-B u ld ü n ,
I I , 787).
M R im a ü m ü , m e tr o ta w il. D iw ü n , p. 276.
65 D tw á n , pp. 192-194; C ou r, l. c., pp. 152-153 (M . C o u r ha le íd o a l-'a fa f en lu g a r
d e a l-'u q a b y ha c o n s id e r a d o esta p a la b ra c o m o un c a lific a tiv o ).
66 D iw a n , pp. 229-235; C our, l. c., pp. 153-154 (la s tres p rim e ra s e s tro fa s ).
Agrupemos todos estos topónimos: al-Rusafa, al-'Aqiq, al-'JJqab o Sarq
al-'Uqab, el palacio de al-Farisi, Mahbas Ndsih (presa de Nüsih); 'Avn-
Sahda, el embalse de Malik, el Betis, [G u adi] Ato, al-Batha, al-Yafariyya,
al-Yisr, al-Yawsaq al-nasri61, al-Wa'sa, Madya'at al-dawlab. Excepto los
dos primeros, Ibn Zaydün es el único que los menciona; ¿es que se los ha
inventado? Parece más lógico suponer que todos estos lugares han exis­
tido en la época en que Ibn Zaydün iba a ellos con Walláda, pero que,
desde finales del siglo xi, han dejado de atraer a los jóvenes desocupados
de Córdoba.
En cuanto a al-Rusafa, el nombre se ha perpetuado hasta nuestros días
bajo la form a de Arruzafa. Fue 'Abd al-Rahmán al-Dájil el que acondicionó
para su uso personal este lugar de recreo, al noroeste de Córdoba, y quien,
en recuerdo de la Rusáfa de Siria, le dio este nombre. De esta munya
o palacio no debían conservarse en el siglo xi, tras el período turbulento
que señaló la caída de los Omeyas, más que algunos restos de edificios
ruinosos; el eslavo Wádih lo había hecho destruir por sus partidarios en
el año 401 = 101068; el parque en el que el prim er califa español había
hecho plantar árboles traídos de Siria, entre ellos granados de frutos
sorprendentemente gruesos y sabrososw, sufrió la misma suerte que
Madinat al-Zahra.
El valle de al'Aqiq, que cita Ibn Zaydün, continuó siendo frecuentado,
pero no sabemos dónde estaba situado exactamente 70.
La Munyat al-naüra, que al-Násir el Omeva había acondicionado cerca
del Guadalquivir y que se regaba con una máquina hidráulica o noria
(n a ñra ), había sido devastado por las tropas de W ádih en 401 = 1010, al
mismo tiempo que al-Rusáfa71. Nada quedaba ya de la Záhira y de la
'Amiriyya que lloró Ibn Suhayd72, de Munyat al-surü r73 y de Munyat
N a s r 74.
67 L a p a la b ra yaw saq se e n c u e n tra y a en O r ie n te p a ra d e s ig n a r los c a s tillo s :
a l-'í'a w sa q a l-y a 'fa ri, n o m b r e d e un c a s tillo d e a l-M u ta w a k il en S a m a r r a (al-
M a s 'ü d l, P r a ir ie s d 'o r , V I I , 276, 290, 350); a l-Y a w sa q al-h ad a t, en B a g d a d (A . M ez,
D ie R e n a is s a n ce , p. 362-3; trad . S a lv a d o r V ila , pp. 459-460). C f. o tra s c ita s p o r
H . Z a y y á t, en A l-M a s riq , añ o 45, fa se. 1 (e n e r o -m a rz o 1951 ), pp. 5-6.
68 S o b re la d e s tru c c ió n d e M u n y a t a l-R u sa fa, cf. a l-B aya n , I I I , 99, 102, 1. 3-4.
69 C f. s o b re e ste tem a, Anal., I, 305. V. ta m b ié n L é v i-P r o v e n g a l, E s p . m u s u l.
X e s ié cle , p. 224.
70 S e le c ita en el s ig lo X II c o n ju n ta m e n te con e l p a la c io de al-R u sa fa en un z é je l
de Q á s im ib n 'A b b ü d a l-R iy á h í (c f. A n al., I, 313, 1.1) y en e l K a n z al-adab o p o e m a
s o b re los lu g a res d e r e c r e o de C ó rd o b a , d e Abü-l-Q ásim Ib n H iS ám al-Q u rtu b í
(c f . A n a l., I, 356, 1. 4 a f).
71 C f. A l-B a y an , I I , 99, 102 (c f. su p ra , la n o ta 68). V . ta m b ié n L é v i-P r o v e n g a l,
E sp . m u s u l. X e s ié cle , p. 224-225; A n a l., I, 371; A 'm a l, p. 90, 1. 1; H M E 1, I I , 186.
Q á s im ib n 'A b b ü d a l-R iy á h í c ita , sin e m b a r g o , en su z e je l un lu g a r d e n o m in a d o
a l-N a w á 'ir q u e p a re c e s e r d is tin to d e a l-N á 'tira .
72 C f. su p ra , p. 128, v e r s o 15. V. ta m b ié n L é v i P ro v e n g a l, E s p . X ' s ié cle , 229-230.
73 E ra en e l r e c in to d e la Z á h ira d o n d e se e n c o n tra b a M u n y a t a l-s u rü r (c f. Anal.,
I, 385, 1.1; 406).
74 C o n s tru id a p o r el c a lifa 'A b d A llá h ib n M u h a m m a d ju n to al G u a d a lq u iv ir, al
e ste de C ó rd o b a . C f. a l-R a w d a l-m i'tá r, núm . 180, pp. 187/226-7.
La munyat al-Mushafiyya, que había pertenecido en el siglo X al háyib
Y a 'fa r al-Mushafi, pero de la que había sido desposeído por al-Mansür ibn
Abl 'A m ir (Alm anzor), existía aún, pues su nieto Abü Bakr Muhammad ibn
Y a 'fa r al-Mushafí, al pasar ante ella, la llora en cinco versos, en los
que dice:

— ¡D e te n te un m o m e n to an te a l-M u s h a fiv y a y la m é n ta te s o b re un
o j o sin p u p ila !
— ¡P re g ú n ta le a Y a 'fa r su p o d e r y su lib e ra lid a d en los tie m p o s
p asad os! 75.

Si bien es cierto que muchos lugares de recreo conocidos en época de


los Omeyas desaparecieron, aparecen otros que son obra de los Alm orá­
vides a fines del siglo xi: la Munyat al-Zubayr, construida por al-Zubayr
ibn 'Limar al-MuIattim, gobernador de Córdoba, era célebre por sus ave­
nidas de almendros; el poeta Ibn Baql los ha descrito en el momento de la
floración en unos versos conservados en las Analectas 76.
La moda de las citas en los «em balses» parece ser que no estuvo en
boga hasta principios del siglo xi. Ibn Zaydün nos indica, en dos versos
a propósito del embalse de M álik (musannát Malik), lo que se iba a buscar
en los alrededores de estos lagos artificiales: se bebía en los albergues
construidos en la orilla y se entregaban al placer de nadar o al deporte
del remo. Estos diques llevaban frecuentemente el nombre de sudd e in­
cluso de arha = molinos, pues las aguas represadas se usaban para m over
las muelas de m oler el trigo. Se multiplicaron en el siglo x n 77.
Más estudiosa que Sevilla, Córdoba sedujo también a buen número de
personas que sólo estaban de paso, dados los numerosos placeres que
ofrecía en el marco de una naturaleza umbría; la ciencia pudo ser una
de las cuatro cosas por las que Córdoba sobrepasaba a las otras ciudades,
pero esto no fue así más que en el siglo x; bajo los Mulük al-Tawaif, la
vida en la antigua m etrópoli venida a menos, aun siendo más austera, más
puritana que en otras ciudades com o Sevilla, se abría a la alegría. Los
cordobeses que por la fuerza de las circunstancias tuvieron que abandonar
su ciudad natal o patria de adopción manifestaron su pesar en versos
cuyo eco tiene algo especial. Es el caso de Abü Bakr al-Majzümí, refugiado

75 R im a áni, m e t r o ja fif. Anal. I, 307. «U n o jo sin p u p ila », es d e c ir, un ja rd ín


sin dueño.
76 C f. A n a le cte s , I, 307, 384. L o s c ita r e m o s a p r o p ó s ito d e los á rb o le s .
77 E n el s ig lo x u , el S u d d o a l-a rh a ' d e C ó r d o b a e ra c é le b r e (c f . A n al., I, 310, 311,
312). N o e s ta m o s s egu ros d e q u e d esig n a se el m is m o d iq u e qu e el de Ib n Z ayd ü n .
V o lv e r e m o s s o b re m ás «e m b a ls e s » en el e s tu d io d e o tra s ciu d a d e s d e la E spa ñ a
m u su lm an a. A lg u n o s p aseos de los a lr e d e d o r e s de C ó r d o b a n o p a re c e qu e hayan
s id o c o n o c id o s h a sta el s ig lo X II, c o m o son : Fahs a l-su rá d iq , a l-M a ry al n a d ir
(lla m a d o ta m b ié n M a ry a l-ja z z ), a l-M a ry a l-ja sib , a l-Ñ a w á 'ir, a l-R a w d a l-sa riq , W a d i
al-dayr, B a th a ’ 'A b d ü ñ (c f. Anal., I, 308-313, 356-357). A l-M a ry a l-n a d ir se h ic ie ro n
c é le b re s p o r las oca s (¿ c is n e s ? ) qu e e v o lu c io n a b a n a lr e d e d o r d e la isla (c f. Anal.,
I, 308-309).
en Toledo, que recibe la visita de dos personajes que vienen a saludarle:
«¿D e dónde venís?, les pregunta. De Córdoba, responden los viajeros.
¿Cuándo habéis estado allí? — Venimos directamente de allí. Acercaos a
mí, les dice con un gesto apasionado, para que pueda aspirar los efluvios
de Córdoba», y al acercarse a él uno de los viajeros, el exiliado le olfateó
la cabeza y se la besó, y a continuación compuso estos versos:

1. ¡O h C ó r d o b a h erm o sa , ¿ m e será d a d o v o lv e r a ti?, ¿está c e rc a


el m o m e n to en el qu e p o d r é v o lv e r a v e rte ?
2. ¡Q ue tu p a rte o e s te [d o n d e y o v iv ía ] r e c ib a e l a g u a c e ro b ie n ­
h e c h o r d e una nube, V qu e e l tru e n o resu en e e n los lu g a res qu e ocu p an
tus g ra n d es á rb o le s !
3. T u s n och es son au roras, tu tie r r a es un ja r d ín y tu s u elo está
im p r e g n a d o d el p e rfu m e d e las flo r e s y d e l á m b a r a z a fr a n a d o 78.

Ibn Darráy al-Qastalli le profesó una pasión tan viva com o si se tratase
de una m ujer adorada:

1. D ile a la p rim a v e ra : «E x tie n d e tu m a n to d e nu bes y d e ja c o lg a r


tus v e lo s en lo s lu g a res [en los q u e se han d e s e n ro lla d o ] m is b u cles
in fa n tile s ...
2. In c lín a te s o b re C ó r d o b a y a b rá za la p o r m í, c o m o y o la e s tre ­
c h a ría c o n tra m i c u e rp o y m i p e c h o 79.

En el siglo xi, Sevilla tomó el lugar que Córdoba ocupaba en el siglo x.


Hemos dicho en el capítulo introductorio el papel político que los 'Abbá-
díes quisieron hacer jugar a su principado; su capital, al convertirse en
el centro más importante de la actividad política e intelectual de toda la
parte meridional de España, atrajo un gran flu jo de población, fom entado
por la fertilidad del suelo y la facilidad de las comunicaciones por vía
terrestre o flu v ia l80. Como Córdoba, está regada por el Guadalquivir, pero
aquí el río, remansado más arriba de la ciudad, ofrece a los sevillanos
islotes y riberas propicios a la alegre expansión. Si es cierto que la mon­
taña está lejos — los contrafuertes de Sierra Morena, tan próxim os a Cór­
doba, se apartan a medida que el gran río avanza hacia el océano— , los

78 R im a dü, m e t r o ta w il. Anal., I, 98, 109. Y a h e m o s in d ic a d o m ás a r r ib a (p á g i­


na 135) c ó m o A b ü B a k r Ib n al-Q ab tu rn u h e v o c a b a los m o m e n to s p a sa d os en C ó r­
d o b a y s o b re to d o en e l p a rq u e d e al-Z ayyálI. A c o m ie n z o s d e l s ig lo xu, e l qá d l
T y á d , tras una la r g a es ta n c ia en C ó rd o b a , v o lv ía a M a r ru e c o s y e x p re s a b a en v e rs o
el d o lo r qu e sen tía al s e p a ra rs e de sus a m ig o s c o rd o b e s e s , qu e habían s id o p a ra él
c o m o una «s e g u n d a f a m ilia » (c f. Q a lá ’id, pp. 224-225, s ie te v e rs o s r im a n d o en abi,
m e t r o ta w il).
79 R. B la c h é re , Ib n D a rrá y a l-Q a sta lli, en H e s p é ris , t. X V I (1933), p. 114.
80 C f. una d e s c r ip c ió n d e S e v illa a la lle g a d a d e Y ü s u f ib n T áS u fín , en A n a lecte s,
I I , 690 (r e p r o d . en A bba d., I I , 250-251).
alrededores ofrecen algunos vallecillos que llevan al Aljarafe (al-Saraf)
bajo fresca sombra.
Ibn Hisn, impresionado por la belleza del sol al desaparecer tras el
Aljarafe, dice:

1. [¡O h , S e v illa ], te p a rec e s , cu an d o el sol está en el ocaso , a una


d e sp o sa d a e s cu lp id a en la b e lle z a !
2. E l r ío es tu c o lla r , la m o n ta ñ a tu co ro n a , qu e el sol d o m in a
c o m o un ja c in t o 81.

Comparaciones parecidas se encuentran en un zéjel compuesto en


honor de al-Mu'tadid K.
Hasta el siglo x i no se encuentra ninguna mención de palacios en Sevi­
lla y, sin embargo, las grandes fam ilias patricias com o los Banü Jaldün
y los Banü Hayyáy habían llevado un tren de vida fastuoso a fines del
siglo ix y comienzos del x La unidad del califato realizada por al-Násir
y consolidada por al-Mansür ibn Abi 'Am ir hizo desaparecer a los señores
provinciales y con ellos todos los palacios más o menos camuflados de
fortalezas.
Hay que llegar a la época de al-Mu'tadid para encontrar entre los histo­
riadores y los antólogos mención o descripción de residencias reales en
Sevilla.

En la historia de al-Mu'tadid, y sobre todo a propósito de sus disen­


siones con su h ijo Ismá'Il, se habla del Qasr al-Záhir o del Hisn al-Záhir,
que no estaba en la ciudad, sino al otro lado del río, sobre la orilla dere­
cha, frente a la ciudadela; por medio de barcas se pasaba de una a otra
orillas 85.

Cuando al-Mu'tamid sucede a al-Mu'tadid sueña con construirse una


residencia distinta a la de su padre; el fasto real parece convertir a estas
construcciones en una necesidad ineluctable, y probablemente las dificul­
tades de alojam iento de un nuevo harén en los mismos edificios en los
que se encontraba ya instalado el del difunto príncipe hacían necesaria la
marcha del sucesor a otro palacio.
La enumeración casi com pleta de estos palacios o salas de gala nos ha

81 C f. s u p ra , p. 125.
82 C f. su p ra , p. 125, n. 15.
83 C f. a l-D a jira , I I I (G o t h a ), 38 b (r e p r o d . en A bbad., I, 257; trad ., p. 292), H M E 1,
I I I , 65.
sido dada por el propio al-Mu'tamid en versos mezclados de reminiscen­
cias astrológicas que compuso cuando estaba cautivo en Agmát:

1. E l p a la c io d e a l-M u b á ra k llo r a s o b re las h u ella s d e Ib n 'A b b á d


c o m o llo r a s o b re las d e las g a cela s y los le o n es [q u e lo h a b ita b a n ],
2. Su T u ra y y á llo r a y sus e s tre lla s (su s t o r r e s ) n o están y a s u m er­
g id a s p o r las llu v ia s v e s p e rtin a s y m a tin a les p ro v o c a d a s p o r e l n a w ' de
las P lé y a d e s 84.
3. A l-W a h id llo r a , c o m o al-Z ah í y su q u b b a ; el r ío y su c o r o n a (e l
A lja r a fe ), ¡to d o m u e stra una p ro fu n d a h u m ild a d ! 85.

Dicha enumeración podemos com pletarla con estos otros versos del
mismo autor:

6. Q u is ie ra s a b e r si p a s a ré to d a v ía una n o c h e [c o m o a n ta ñ o ] te n ie n ­
d o d e la n te y d etrá s d e m í un ja r d ín (ra w d a ) y un e s ta n q u e (g a d ir),
7. s o b re una tie r r a qu e hace c r e c e r los o liv o s , qu e tr a n s m ite la
n o b le z a [a sus p o s e e d o r e s ], d o n d e se a rru lla n las p a lo m a s y g o r je a n
los p á ja ro s ,
8. en a l-Z á h ir, qu e a llí se e n cu en tra , la d e las a lta s to rr e s reg a d a s
g e n e ro s a m e n te p o r la llu v ia , m ie n tra s qu e a l-T u ra y y á p a re c e qu e nos
lla m a y qu e le lla m a m o s .
9. A l-Z á h í y su S a 'd al-Su'üd nos m ira n com o d os c e lo s o s : ¡el
e n a m o r a d o a p a s io n a d o es m u y c e lo s o !
10. T ú le c o n sid e ra s [a ese c a s tillo ] c o m o d if íc il y no fá c il de
c o n se g u ir; a h o ra b ien , to d o lo q u e D ios q u ie r e es f á c i l 86.

Con estos dos fragm entos llegamos a la conclusión de que al-Mu'tamid


continuó frecuentando el palacio de su padre, al-Záhir, pero que había
hecho construir para su uso particular un palacete en la otra orilla, al
que había dado el nombre de al-Záhi. Al-Fath ibn Jáqán dice que éste era
el que más placía a al-Mu'tamid, porque desde él se dominaba el río 87 y el

84 J u ego d e p a la b ra s c on T u r a y y á (n o m b r e de un p a la c io ) y T u r a y y á (n o m b r e
d e la c o n s te la c ió n d e las P lé y a d e s ). « E l naw es e l o c a s o d e la e s tr e lla en e l o e s te
con e l a lb a (o c a s o a c r ó n ic o ), c o n c o rd a n te c on e l n a c im ie n to a la m is m a h o ra de
o t r a e s tr e lla q u e se le o p o n e (n a c im ie n to h e lía c o )» (M o ty lin s k i, L e s m a n s io n s lu n a i-
res, 4, n. 1). E l p e r ío d o qu e va e n tr e ese n a c im ie n to y e se o c a s o e je r c e una
in flu e n c ia s o b re lo s fe n ó m e n o s a tm o s fé r ic o s : llu v ia , v ie n to , fr ío , c a lo r , etc.
(c f. M o ty lin s k i, l. c., p. V I I I ) .
85 R im a ádi, m e tr o basit. Q a lá ’id, 24 (r e p r o d . en A n al., I I , 619, y en Abba d., I,
61; trad., 141-143).
86 R im a ir ü , m e t r o taw il. Q a la 'id , pp. 24-25 (r e p r o d . en A n a l, I I I , 620, y en
A b b a d ., I, 63; trad ., pp. 145-146); a l-D a jira , I I (O x fo r d ), 19 b (r e p r o d . en A bba d ., I,
318; trad., 364), H M E 1, I I I , 174 (tr a d . v e rs o s i-2). Ib n B a ssá m , d e sp u és d e estos
v e rs o s (/. c., 20a), h a ce e l c o m e n ta r io s igu ien te : «A l-T u ra y y á , S a 'd a l-su 'ü d y a l-Z a h i
d e sig n a n salas c on cú p u las (q ib á b ) y e d ific io s rea le s ( m a s á n i' s u ltá n iy y a ) d e los
q u e se h a b ía c u id a d o la d e c o ra c ió n en p a la c io s d e S e v illa .»
87 P o s ib le m e n te se e n c o n tra b a en e l lu g a r actu a l d e la T o r r e d e l -Oro. (S a b e m o s
qu e la T o r r e d e l O r o = B u r y al-dahab n o se c o n s tru y ó h a sta c o m ie n z o s d el
s ig lo v i l = x i i i p o r e l g o b e r n a d o r de S e v illa , A b ü -l-'A lá’. C f. R a w d a l-q irtá s , te x to
T o r n b e rg , 161; trad., B ea u m ie r, 345.)
palacio grande y podían entregarse con entera libertad a los placeres más
diversos; el mismo biógrafo, para darnos una idea de la altura de al-Zühi,
le compara con la ciudadela de Alepo, donde vivían los Hamdaníes, y al
palacio, un tanto misterioso, de Gumdán, célebre por la leyenda de Sayf
ibn DI Yazan. Que al-Záhi dominaba el Guadalquivir es algo que no pode­
mos poner en duda; recordemos, en efecto, que fue desde lo alto de este
palacete de donde al-Mu'tamid precipitó en el río a la cantante bereber
que había tenido el atrevim iento de insolentarse alabando a los alm orá­
vides en su presencia *8.
En al-Záhi había un salón llamado Sa'd al-suñd 89: «la felicidad de las
felicidades». Un día al-Mu'tamid im provisó este hemistiquio:

1. S a 'd al-Su'ud se le v a n ta o r g u llo s o p o r e n c im a de a l- Z á h í. .

y pidió a los cortesanos que le rodeaban que lo completaran; nadie pudo


hacerlo, y entonces su hijo al-Rasíd dijo:

. . . y a m b o s están c o lm a d o s de b e lleza .
2. Y la qu e es la es p o s a le g ít im a de un p rín c ip e c o m o M u h a m m a d
(a l- M u 'ta m id ) se e n c u e n tra tan a lta m e n te in s ta la d a en la c e le b r id a d
q u e n o tie n e igu al.
3. Q ue m i n o b le p a d re, con estas dos m a ra v illa s , no cese d e o b te n e r
c u a n to d esea y qu e las m a y o re s d e s g ra c ia s a lc a n ce n a sus e n e m ig o s 90.

Es de suponer que al-Mu'tamid se sintió satisfecho de oír a su hijo


asociar a su madre, I'tim ád, a la alegría de esta reunión, pero nada nos
autoriza a creer que la reina habitaba en aquel palacete.
Al-Záhi no era visitado por al-Mu'tamid más que cuando se celebraban
fiestas íntimas. Los palacios en los que habitaba con su harén y todos sus
servicios administrativos se encontraban dentro del recinto fortificado,
uno de cuyos lugares estaba ocupado por al-Zühi. Estos palacios llevaban
el nombre de al-Mukarram y al-Mubárak 91.
De al-Mukarram se sabe poca cosa; en una de sus salas (gurfa) se en­
contraba al-Mu'tamid el día en que su visir Ibn 'Am m ár partió para Silves
com o «in sp ector» de esta región; el dü-l-wizáratayn (p rim er m inistro) Abü
Bakr Ibn al-Qasíra estaba esperando las órdenes del príncipe n. Sabemos
también p or la Dajira que en cierta ocasión al-Mu'tamid abandonó por
algún tiempo el palacio al-Mubárak para instalarse en al-Mukarram, lo

88 C f. su p ra , p. 21.
89 S e tr a ta una v e z m ás de una re m in is c e n c ia a s tr o ló g ic a . L a sa'd a l-su 'u d es la
24 m o r a d a lu n ar. L o s á ra b e s la c o n s id e ra b a n m u y fa v o r a b le (c f. M o ty lin s k i, Les
m a n s io tis lu n a ire s , 50, y passim\ T a llg re n , E s tre lla s , X X X , 6; X X X I , 8, § 65).
90 B a d á ’i', pp. 44-45 (r e p r o d . e n Anal., I I , 414); a l-H u lla , en A b b a d ., I I , 73. R im a
ahí, m e t r o k á m il.
91 C f. M e lc h o r M . A n tu ñ a, S e v illa y sus m o n u m e n to s á ra b es, cap . V I I I , pp. 61-83.
92 C f. Q a lá ’id, p. 5 (r e p r o d . en Abbad., I, 38-39; trad., 81-82).
que sugirió la idea al visir-secretario Abü Y a 'fa r Ibn Ahmad de escribir
una epístola en la que hacía hablar sucesivamente a uno y otro palacios;
pero de este escrito en prosa rimada no podemos obtener más que estos
pocos datos: al-Mukarram es de construcción más reciente y el jardín que
la rodea contiene gran cantidad de flores 9i.
Por lo que se refiere a al-Mubárak, es sin duda alguna el palacio que
se ha perpetuado hasta nuestros días, tras muchas m odificaciones y res­
tauraciones, bajo el nombre de Alcázar. Es a este palacio, que existía posi­
blemente desde tiempos de al-Mu'tadid, pero al que este príncipe prefería
al-Záhir: es a éste, decimos, al que consagró todos sus cuidados para
hacer de él una residencia espléndida. Pero los historiadores, tan elocuen­
tes sobre los palacios omeyas de Córdoba, apenas nos dicen nada del
Alcázar de Sevilla; todo lo más que encontramos en los autores de los
siglos x ii y x m son cortos pasajes por los que sabemos que Ibn 'Ammár,
después de su traición, fue «en cerrad o» en una gurfa (habitación alta)
situada encima de la puerta de al-Qasr al-mubárak y que su cadáver fue
enterrado cerca de este castillo 94. Al-Marrákusi atestigua que este palacio
existía todavía en su tiempo 95, e Ibn al-Abbár nos dice que en 615 = 1218,
cuando él estudiaba en Sevilla, una zona de la ciudad se llamaba Hawmat
al-qasr al-mubárak
La poesía, felizm ente, no ha guardado el mismo mutismo.
Abü-1-Walíd Ibn Zaydün, cuando era visir de al-Mu'tamid, decía en
unos versos dirigidos a aquel príncipe:

4. P o r lo qu e se r e fie r e a a l-T u ra y y a , es [u n s a ló n q u e se p a rec e


en to d o a las] P lé y a d e s , p o r su a lta situ ació n , lo s in fo r m e s ú tile s [qu e
p r o c u r a ], p o r su a ltu ra y su b elleza .
5. E l n o r e c ib ir tu v is ita m ás qu e ca d a d os d ías le in s p ira un d eseo
tan v iv o , qu e q u is ie ra , si le fu e ra p o s ib le , reu n irse c o n tig o c on la
im a g in a c ió n .
6. ¡V e a b e b e r [sus en c a n to s ] ca d a d ía p a ra d is fr u ta r d e una a le ­
g ría tra n q u ila y p ro lo n g a tu v is ita p a ra s e n tir tu e s p íritu fe liz !
7. Im a g ín a te al p a la c io d e a l-M u b a ra k c o m o la m e jilla [d e una
h e rm o s a m u j e r ] , en el c e n tr o d e la cu al se le v a n ta a l-T u ra y y á c o m o
un lunar.
8. H a z c irc u la r, a llí, una c o p a llen a d e vin o , con e l a ro m a m ás
p e r fe c to y e l m ás p u ro c o lo r d o ra d o .
9. E n e ste p a la c io h a y un e d ific io (m a s n a ') c on e s p lé n d id a s d e p e n ­
d en cias qu e a le g ra n la v is ta y que, si p u d ie ra , se e n o rg u lle c e r ía [d e
ta n ta b e lle z a ],
10. ¡Q ue p u ed as a c o s ta rte en la a le g ría c o m o s o b re un p a r te rr e

93 C f. a l-D a jira , I I I (G o th a ), f.° 207a-209a; t. I V (m s . L é v i-P r o v e n g a l), f.° 71 r."-


72 r.°; v. A b b a d ., I, pp. 141-142, n o ta 406.
94 A l-M a rrá k u sí, H is t. des A lm o h ., te x to , p. 87 ( E l C airo , p. 78); tra d . F agn an ,
p á g in a 109; Q a lá 'id , p. 83 (c o m ie n z o d e la n o ta s o b re Ib n 'A m m á r ).
95 H is t. A lm o h ., te x to , p. 87 ( E l C airo , 78); trad . F agn an , p. 107.
96 A nal., I I , 45.
f lo r id o y q u e te sea p o s ib le e n v o lv e r te en las d e lic ia s c o m o en la s o m ­
b ra fre s c a d e los b o s q u e s ! 97.

El cuarto verso de este fragm ento nos muestra claramente que al-
Turayya era un salón de gala situado en el centro de al-Mubarak com o un
torreón, y al com parar al sexto verso de este mismo fragm ento con el
segundo de la poesía d°, al-Mu'tamid citada más arriba (pág. 141) com pren­
demos que al-Turayya estaba rodeado de una serie de salones secundarios,
tantos com o estrellas tienen las Pléyades.
Leeremos a continuación, com o documento precioso, el poema en el
que Ibn Hamdls describe la sala principal con su cúpula:
1. ¡M o r a d a s o b e rb ia és ta en la q u e A lá d e c id ió qu e to d o p o d e r se
re n u e v e c o n tin u a m e n te sin p e re c e r ja m á s !
2. S a n ta casa, h a sta ta l p u n to q u e si M o is é s , in te r lo c u to r d e D ios,
h u b ie ra d a d o un p a s o en e lla , se h u b ie ra q u ita d o las san d alia s 98.
3. E s ta n o es o t r a q u e la res id e n c ia ( j i t t a ) d e l p rín c ip e , a n te la
cu al to d o e l q u e e s p e ra v ie n e a d e p o s ita r su e q u ip a je .
4. C u an d o sus p u e rta s se ab ren , se c r e e r ía qu e d ic en con a c e n to
a c o g e d o r a lo s q u e las fra n q u e a n : ¡b ien v e n id o !
5. L o s c o n s tru c to re s ( s u n ttá ') les tra s p a s a ro n las c u a lid a d e s d el
p rín c ip e , y e je c u ta r o n esta tra n s fe re n c ia m a ra v illo s a m e n te .
6. E n e fe c to , d e su p e ch o to m a r o n su a m p litu d ; d e l c o lo r d e su
tez, e l re s p la n d o r; d e su fa m a , las d iv e rs a s d e p e n d e n c ia s (ja r '), y d e su
g e n e ro s id a d , lo s c im ie n to s .
7. T o m a n d o p o r m o d e lo e l ra n g o q u e o c u p a e n tr e los reyes, han
p r o p o r c io n a d o la a ltu ra d e la s ala d e a u d ien cia s (n a d i) y, g ra c ia s a to d o
e llo , se h a e le v a d o p o r e n c im a d e la c o n s te la c ió n d e los D os-S im ák
(A r c t o s y la E s p ig a d e la V ir g e n ).
8. E s te p a la c io m e ha h e c h o o lv id a r p o r su e s p le n d o r el [fa m o s o ]
Iw á n d e C os ro e s, p o r q u e p ie n s o qu e p u d o s e r v ir le de m o d e lo , y a qu e
su m a g n ific e n c ia n o tie n e p a ra n g ón .
9. S e d ir ía qu e, a n te e l te m o r [d e una n e g lig e n c ia ], S a lo m ó n , h ijo
d e D avid , n o ha p e r m itid o a los g en ios el m e n o r d escan so en la c on s­
tru c c ió n ...
10. V e m o s a l s o l p a r e c id o a una p a le ta (liq a ), de d o n d e las m an os
[d e lo s p in to re s ] sacan lo n e c e s a rio p a ra d a r a sus rep re s e n ta c io n e s
fig u ra d a s (ta s a w ir) fo r m a s [v a r ia d a s ],
11. E sta s fig u ra s p a re c e n d o ta d a s d e m o v im ie n to a p e sa r d e su
in m o v ilid a d ; [n u es tro s o jo s c re e n q u e se m u e ve n ] y, sin e m b a r g o , ni
los p ie s ni las m an os c a m b ia n re a lm e n te d e lu gar...
12. C u an d o nos h em os c e g a d o p o r lo s c o lo re s in fla m a d o s [d e esos
m a ra v illo s o s d ib u jo s ], e m p le a m o s c o m o c o lir io el [d u lc e ] r e s p la n d o r
d e l r o s tr o d e l p rín c ip e

97 R im a ala, m e t r o ka.mil. C f. Ib n Z ayd ü n , D iw a n , p. 149 (n o h em os te n id o en


cu en ta los tres p rim e r o s v e rs o s d e es ta p ie za ). L a in te r p re ta c ió n y la tra d u c c ió n
qu e C o u r h a h e c h o de e s te p o e m a n o n os p a rec e n d e fe n d ib le s .
98 A lu s ió n a la le y e n d a m u su lm a n a q u e h a ce lle g a r a M o is é s hasta la r e g ió n de
T á n g e r, d o n d e se e n c u e n tra un M o n te de M o is é s (T a b a l M u s a ).
99 R im a la, m e t r o ta w il. Ib n H a m d ls , C a n z o n ie re , ed. S c h ia p a re lli, p ie z a 248,
Lo mismo que Córdoba, Sevilla ofrecía en sus alrededores lugares de
paseo donde las gentes iban a distraerse. Había, en prim er lugar, un cierto
número de islotes en el Guadalquivir que, al atraer a los alegres vividores,
vieron elevarse sobre su suelo, consolidado con el tiempo, construcciones
sin duda efímeras, donde podían tomarse comidas y bebidas.
Una de estas islas, la de Santabaws (Santiponce), tenía una torre cuya
luz por la noche se reflejaba en el agua; pasando en barca cerca de esta
isla un almeriense exiliado en Sevilla, im provisó un dístico en el que,
echando de menos a su patria, decía:

1. ¡D e ja d m e en p az con e ste río, c on estas b arca s (q a w á r ib ) y con


estos p aseos (n a zá h a ) 100 p o r S a n ta b a w s !
2. L a p la n ta d e a lb a h a c a (g a rs a l-h a b a q ) q u e te n g o en m i casa es
m ás c ara p a ra m í qu e el m is m ís im o P a r a ís o 101.

Una joven que le había escuchado sacó la cabeza por una ventana,
e interpelando al remero manifestó su sorpresa de verle p referir Alm ería
a Sevilla ’02.
Abü 'A lí 'Umar ibn Abí Jálid escribía a Abü-l-Hasan Ibn al-Fadl:

1. Abü-l-H asan, au n qu e hace m u c h o tie m p o q u e n o h e m o s e s ta d o


ju n to s e n tre la to r r e (m a n a ra ) y la isla,

v e rs o s 35-43, 48-49, 56; A n al., I, 321; trad . H . M a s s é en M é la n g e s R. B a sset, I, 238-239;


te x to y trad . p o r H u m b e r t, A n th o lo g ie ara be, 94-97; a l-N u w a y rí, N ih á y a , I (2 .a e d .),
392-393.
E n S e v illa los h is to ria d o re s y a n tó lo g o s señalan o tro s p a la c io s o m a n ya s. D a r
a l-m u za y n iy y a e ra u n p a la c io al qu e a l-M u 'ta m id acu d ía a b e b e r; D u jr al-D aw la,
h e rm a n o u te rin o d e l p rín c ip e , te n ía lib r e a c c e so a él. S ó lo los Q a lá 'id h a b la n d e ese
p a la c io (c f. p. 9, re p ro d . en A n al., I I , 622, y A bba d., I, 43, tra d . p. 98); algu nas
e d ic io n e s d e los Q a la ’id usan la o r t o g r a fía a l-m u z a y n a ). U n a m u n y a a o r illa s del
G u a d a lq u iv ir p e rte n e c ía al v is ir A b ü M a r w á n Ib n al-D ubb, y e r n o d e l a lfe q u í Abü
A y y ü b Ib n A b í U m a y y a ; fu e a llí d o n d e r e c ib ió a su s u e g ro d u ra n te las fie s ta s de
e s p o n sa les; c o m o to d a s las m an ya s, te n ía un ja r d ín en e l qu e las flo r e s m ás d iv e r ­
sas fo r m a b a n p e rfu m a d o s a r ria te s (c f. M a tm a h , pp. 28-29, re p ro d . en A n al., I I , 371-
372). S o b re el e m p la z a m ie n to de una lagu n a d e se c a d a casi p o r e n te r o (a l-b u h a y ra
a l-k u b rá ), a l-M u 'ta m id h a b ía c re a d o v e rg e le s y ja r d in e s fro n d o s o s y c o n s tru id o en
m e d io d e e llo s un p a b e lló n d e rep o so . U na n och e, D u jr al-D a w la s o r p re n d ió a su
h e rm a n o d e rr a m a n d o ab u n d a n tes lá g rim a s c on a s p e c to d e s e r v íc tim a d e una
p r o fu n d a tu rb a c ió n , p e ro n o p u d o s a b e r s in o qu e la causa p o d r ía ser un a m o r
c o n tr a r ia d o (c f . in fra , p. 463 y n. 156). E n e l re in a d o d e l c a lifa a lm o h a d e A b ü Y a 'q ü b
Y ü s u f se c o n s tru y ó en ese lu g a r un s o b e rb io p a la c io . N o c re e m o s q u e sea a c e p ta b le
la tra d u c c ió n d e « g r a n p is c in a » q u e D o z y ha d a d o d e e s ta e x p r e s ió n (c f . A bba d., I,
97, n o ta 126). V é a s e Q a la 'id , pp. 8-9 (r e p r o d . en An a l., I I , 624, y A bba d ., I, 43; trad.,
p á g in a 97 y n. 16), y M e lc h o r M . A n tu ñ a, S e v illa y sus m o n u m e n to s ára bes, 45, 46,
73, 75, 76, 77, 78, 81, etc., según e l h is to r ia d o r Ib n $ á h ib al-S alát.
100 S o b re esta p a la b ra , qu e s ig n ific a «p a s e o en b a rca , p a r tid a d e p la c e r s ob re
e l a g u a », cf. in fra , p. 213, n. 35.
101 Z é je l r im a n d o en aws. C f. Ib n Q u zm án , C a n c io n e ro , p. 170 (p ie z a 73, est. 5:
ga rs a t h a b a q ).
102 A n al., I I , 264 (r e p r o d . y trad . en R e c h e rc h e s ', 83-84), y v é a s e ta m b ié n supra ,
p á g in a 125. S o b re S a n ta b a w s, c f. A n al., I, 106, 618, 648; I I , 264, 293, 557, 559;
A b u -l-F id á’, G é o g ra p h ie , tra d . R e in a u d , I I , 1.a p a rte , p. 237; D o z y L e t t r e á F le is c h e r,
p á g in a 99.
2. ¿ te a cu erd a s de n u estros a le g re s m o m e n to s cu an d o la noche, tan
o scu ra, se ilu m in a b a con el v in o en el crista l de las cop as?
3. C u an d o el b a r q u e ro (m a lla h ) se e x tra v ia b a , m ira b a el vinu y v e ía
e n to n ces el c a m in o qu e d e b ía c o n d u c irle a su m eta ,0J.

Una pradera, bastante alejada de la ciudad y situada a orillas del Gua­


dalquivir, atraía visitantes de categoría: se trata de la Pradera de Plata
(Mary al-fidda). A esta pradera se dirigía a menudo al-Mu’ tamid bajo un
disfraz cualquiera acompañado de Ibn 'Ammár, y fue allí donde encontro
por prim era vez a la que llegaría a ser reina tras haber servido como escla­
va a un arriero: Rumaykiyva, cuyo nombre le sería cambiado por el de
I'tim ád y Umm al-Rabl’ , y a la que los cortesanos llamaban siempre al-
Savyidat al-Kubrá: la Gran Señora im. Dicha pradera continuó atravendo
a la sociedad elegante hasta el siglo x m ; en tiempos de Ibn Sahl al-Isrá’ili
V de Ibn Sa’id al-Andalusí, el lugar estaba cubierto de olmos (ansátn) l05.
El siglo xi no parece haber conocido, junto al Guadalquivir, el lugar
de recreo llam ado cd-Sultaniyya — descrito por Ibn Sa’Td "ln— , pero al pare­
cer estaba entonces de moda el valle de al-'Arüs (de la D esp osada),07. Por
lo que respecta a Triana y al islote de Qabtál, Ibn Sa’Td es el único que nos
habla de ambos sin dar detalles ni citar versos que los describieran, como
era costumbre hacer con los lugares en boga ’"s.
En el Aljarafe, al nordeste de Sevilla, había un valle que, como la
Pradera de Plata, gozaba del favor de al-Mu'tamid v de al-Rumavkiyya: se
trata del valle de las Acacias (Wádi al-talh); al menos Ibn Sa'Td (del
siglo x ii al x m ) así lo afirm a es bastante curioso que la única alusión
a este valle solo se encuentra, fortuitamente, en un verso de Ibn BaqT
(siglos x i-x n ) cuando, desesperado, sueña con partir para Oriente
Señalemos, por último, el «M irad or de la Fuente» (M an~arat al-Funt),
en un lugar agreste de los alrededores de Sevilla y cercado de prados que
la primavera cubría de flores m.
,(" R im a irá h , m e t ió w á fir. Anal., I I , 292.
104 Cf. al-T iv á n í, T u h fa t a l-'a rüs, en A bba d., I I. 151-152 (tr a d . en H M E 1, I I I . 86-87);
L é v i-P r o v e n g a l, I n s c r ip t io n s á ra bes d 'E s p a g n e , I (t e x t o ), p. X I X , 40-41 (n ú m . 32).
S o b re la h is to r ia d e e ste p r im e r en c u e n tro , v éa se ta m b ié n Anal., I I , 568 (r e p r o d . en
A bbad., I I . 225) e Ib n Z a fir , B a da i', p. 37 (r e p r o d . en Anal.. I I , 568-569, y Abba d.. I I ,
225-226). V o lv e r e m o s s o b re esta n o ta a p r o p ó s ito de los v e rs o s qu e d e sc rib en el
agua de los la g os y de los ríos.
Ins C f. A nal., 662-664.
106 Cf. Anal.. I, 663-664 (c u a tr o v e rs o s r im a n d o en ah ii).
107 C f. A n al., I, 670-671.
|IK Cf. Anal., I, 112, 1.1,2.
I(w C l. Anal., I, 459, 651 (N ü r al-Din Ib n S a 'id d e s c rib e este v a lle en una c o m p o ­
sic ió n d e tre in ta y tres v e rs o s de r im a bd, en m e tr o s a ri'). El p o e ta m o d e rn o
A. S a w q í ha to m a d o este v a lle c o m o (e m a de su N ü n iy y a (c f. n u estra E s p a g n e vite
p a r les v o y a g e u rs m u s u lm a n s de 1610 ¿i 1930, pp. 104-105).
110 C f. Q a ld 'id , p. 282 (r im a cuna, m e tro w a fir ).
111 Ib n Z a fir , B a d d ’i', pp. 120-121 (r e p r o d . en Anal., I I , 163; trad., fra n c e s a de
A. C our, en I b n Z a id o u n , 112-113). Es ahí d on d e tiene lu g a r la escen a de! c a b a lle ro
qu e m a ta in a d v e r tid a m e n te a un s irv ie n te qu e lle v a b a a los a le g re s v iv id o r e s un
q a m s d l (c á n t a r o ) d e nabid.
En general, Sevilla ha inspirado pocas añoranzas a los que la habían
visitado o la habían abandonado momentánea o definitivam ente u2.

— Es una ciu d ad , d ic e Ib n 'A m m á r , qu e, cu an d o la rec u e rd o , a tiza la


lla m a d e m i d o lo r, y c u a n d o g o lp e o el e s la b ó n [d el re c u e rd o ] saltan
ch isp as [q u e q u e m a n ] l13.

Lugar sin importancia en el siglo x, Almería, en la desembocadura del


río que pasa por Pechina, no se transform ó en ciudad importante y prós­
pera hasta el siglo xi, con los reyes eslavos Jayrá y Zuhayr, y después con
el príncipe, rival de al-Mu'tamid, al-Mu'tasim. Puerto sin tierra adentro
rica en productos del suelo o en minerales valiosos, Alm ería obtenía sus
recursos del exterior; el día en que le fue cerrado el mar decayó para no
levantarse nunca más " 4.
B ajo Jayrán, si damos crédito a un historiador, la ciudad se cubrió de
hermosos edificios y se extendió considerablemente. Fue él quien hizo la
traída de aguas y quien construyó los maravillosos baños (al-hamma) " 5;
sin duda alguna fue en su época también cuando se instalaron las famosas
cisternas (aljibes), cuyas ruinas pueden contemplarse aún. Ibn Darráv
al-Qastalli, en su arribada a Alm ería por mar, exclamó:

— A l v is lu m b r a r el P a la c io (a l-q a s r) d e A lm e ría , se sabe qu e se va


a d e s e m b a rc a r en un m a r de g e n e ro s id a d c u y o p u e rto e s tá h e c h o de
p e rla s y de c o r a l ll6.

Es en la época de al-Mu'tasim cuando se tienen más noticias de los


palacios y lugares de recreo de Almería. «E ste príncipe, dice al-Fath ibn
Jáqán tras haber descrito los escasos recursos agrícolas del país, se con­
tenta con su Sumádihivya, sorprendentemente hermosa, y con su Alcazaba
inexpugnable» " 7.

112 A c o m ie n zo s d e l s ig lo X I I , d u ra n te el p e r ío d o d e las luchas qu e an u n cian el


fin de lo s a lm o r á v id e s , e l g r a m á tic o e h is to r ia d o r A b ü Is h á q Ib r á h ím ib n a l-A 'lam
a l B a ta ly a w s ! d ic e d e S e v illa :
«1. ¡O h H im s , p o d rá s d e ja r d e ser algu n a v e z una m o ra d a y un lu g a r de tod a s
las d esd ich a s!
» N o h a y en ti lu g a r p a ra una a le g r ía tra n q u ila sin q u e se ve a tu rb a d a p o r algu n a
d e s v e rg ü e n za .» R im a ühah, m e t r o m u y ta tt {A n a l., I I , 305).
113 R im a a ru h ü , m e tr o k á m il. Q a lü ’id, 87, 1.1.
114 S o b re A lm e r ía en e l s ig lo x i, segú n los a u to res en p ro sa , cf. R e c h e rc h e s 1,
I, 242-244.
115 Ib n al-Jatlb, A 'm a l, p. 244.
116 R im a anü, m e tr o taw il. C f. Y á q ü t, I V , 517; Ib n al-Jatíb, A 'm a l, p. 246. Ib n
al-Jatíb m e n c io n a ta m b ié n en J a tra t a l ta y f e l B a h w d e Jayrá n (c f. M ü lle r, B e itra g c ,
p á g in a 34). B a jo Z u h a y r, qu e s u c e d ió a Ja y rá n en 419 = Í028, o tra s c o n stru c c io n e s
se p u s ie ro n en e je c u c ió n . L a G ra n M e z q u ita fu e re c o n s tr u id a y a g ra n d a d a en to d a s
sus fa ch a d a s, a e x c e p c ió n d e la c o r re s p o n d ie n te a la q ib la (c f. A 'm a l, 248).
Q a lü ’id, 47.

I U n iv e rsid a d de
¡ Fsc Filolo-f' ;
La historia de la fundación de dicho palacio recuerda, por algunos
rasgos, los escrúpulos que 'Abd al-Rahmán al-Násir sufrió a causa del
engrandecimiento de la Gran M ezquita de Córdoba.
Cuando al-Mu'tasim hizo construir el palacio de al-Sumádihiyya
— nombre que proviene de un antepasado llamado Sumádih— , los obre­
ros, a espaldas del principe, se adueñaron de un jardín que pertenecía a
unos huérfanos. Su tutor protestó contra tal medida arbitraria, pero sin
éxito. Decidió entonces dirigirse al príncipe en persona. Y un día que al-
Mu'tasim se encontraba en el parque vio flotar en el canal que le atrave­
saba una caña cerrada por ambos extremos con cera. Mandó que se la
trajeran, y al levantar la cera encontró un billete en el cual el tutor le
hacía responsable ante Dios de la injusticia com etida por sus obreros.
El príncipe les hizo venir, los reprendió ásperamente y, aunque el terreno
en litigio era necesario a la simetría de los edificios, restituyo a los huér­
fanos lo que era suyo. Cuando el palacio estuvo terminado, todo el mundo
se dio cuenta de que algo faltaba. Alguien hizo una observación al prin­
cipe. «Tenéis razón, le d ijo éste, pero teniendo que escoger entre la repro­
bación de los hombres de buen gusto y la del Eterno, mi elección no podía
ser dudosa. Os aseguro que lo que más me gusta de mi palacio es preci­
samente el defecto que tiene» " 8.
N o tenemos ningún detalle sobre este palacio; sabemos que contenía
dos salones de gala o maylis: el maylis al-haffa y el maylis al-bahw "°.
Ambos tenían «n ob le aspecto» y estaban hechos de «m árm ol ro jizo »
(ja m r i) En el parque que le rodeaba, arrovuelos atravesaban serpen­
teando lugares de reposo que debían parecerse al quiosco o pabellón del
parque de al-Zayyáli en Córdoba; al M utasim describió en una ocasion
uno de estos arrovuelos saltarines:

— M ira d — d e c ía a sus c o rte s a n o s — la b e lle z a de este agu a en su


r á p id o c u rso : se d ir ía una s e rp ie n te (a r q a m ) qu e se a p resu ra en su
hu ida m .

Ibn al-Haddád, poeta oficial de al-Mu'tasim, tuvo ocasion de describir


en un panegírico el palacio de al-Sumádihiyya; desgraciadamente, los
detalles que nos da son demasiado vagos para que puedan sernos de algu­
na utilidad ,22.
En los alrededores de Almería, las personas importantes poseían villas
llamadas bury (to rre), donde se retiraban a descansar de sus trabajos en
la ciudad. Ibn 'Abbás, ministro de Zuhavr el Eslavo, era dueño de una, en

118 C f. A n al., I f , 249; R e c h e r c h e s f, 245-246.


1111 E s te ú ltim o d e b ía de d a ta r de Jayrá n (c f. supra , p. 147, n. lió ).
Q a lá ’id, 47. S o b re e l s e n tid o de la p a la b ra ja m r i, cf. D ozy, S u p p l., i, 404, col. a.
121 R im a a b ih , m e tr o basit. Q al., 49; a lH u lla , en N o tic e s , 173; Anal., T, 442.
'-’2 R im a ü n íi, m e tro k á m il. J a rid a t al-qa sr, en A n a lecte s, I I , 491.
la puerta de la cual un letrado, que quería tomarse venganza del visir,
escribió estos versos:

— T e aíslas en la v illa ; ¿qu é o tra cosa p u edes h acer, oh h o m b re


s u p e rfic ia l?

Después de esto, Ibn 'Abbás hizo escribir:

— H a g o to d o cu an to m e p lace, m ien tra s e l c e lo s o qu e m e tie n e e n v i­


d ia se a b u rre e s p e ra n d o fu e ra 123.

Ibn al-Haddád no debía exagerar demasiado cuando, en un panegírico


de al-Mu'tasim, decía:

1. E l E u fra te s V el T ig r is no d e ja n c o r r e r m as agu a qu e sus dos


m an os largu ezas, si se a d m ite qu e A lm e ría es B agd ad .
2. G ra cia s a él las esta c io n es y el c lim a son te m p la d o s : d ic ie m b re
( k ü n ü n ) es tan d u lce c o m o s e p tie m b re (a y tü l) y ju lio (t a m m ü z ) c o m o
a b ril (n a y sa n ) l24.

Al-NahlT, com o hemos visto, comparaba Alm ería con el Paraíso l25. Pero
algunas notas discordantes nos son transmitidas por otros poetas. Al-
Sumaysir no temía proclamar:

1. ¡Q ué fa s tid io s o es h a b ita r en una ciu d ad c o m o A lm e r ía ! Sus


h a b ita n te s no hallan lo qu e desean.
2. Es una ciu d ad en la qu e s ó lo hay fru ta s cu an d o el v ie n to sopla,
y en oca s io n e s sop la y o tra s ve ce s no l> .

Y un anónimo decía:

1. M e han d ich o: A lm e r ía [tu qu e la has v i s t o ] . ¡d e s c ríb e la ! G atos


V a rte m is a , he resp on d id o .
2. Se ha d ic h o qu e se e n cu en tra n en e lla v ív e r e s [en a b u n d a n c ia ].
Sí, he co n te sta d o , ¡si el v ie n to sop la ! I27.

Los dos poetas destacan la dificultad del avituallamiento de la ciudad

123 R im a an, m e tr o s a ri'. A n al., I I , 3o0.


124 R im a anü, m e tr o taw il. A l-D a jira , I, I I , 231. C f. in fra , p. 202 y n. 115. Ib n
al-H a d d á d , e x p u ls a d o de A lm e ría , d irá :
■ E s c o n d o m i p asión y la d e s e s p e ra c ió n qu e m e aten aza al r e c o r d a r a A lm e r ía
V los su sp iro s qu e lo m a n ifie s ta n .»
(r im a ru h u , m e tro b a s it). C f. Y á q ü t, M u 'y a m , I, 831-2; IV , 517; G a u d e fro y-D e m o m -
b ynes, en a l-'U m ari, M a s d lik , trad . fra n c e sa , p. 238, nota 1, A nal., I I , 452; D o zv,
R e c h e r c h e s 3, I, 255.
125 C f. supra , pp. 122-123.
120 R im a bü, m e tr o ja fif. Anal.. I I , 2ü5 (v en R e c h e r c h e s ' . 84).
127 R im a ih ii, m e tro m u y ta tt. A l-R a w d a -m i'tü r. num. 175, pp. 183-4/221-3. Es
c u rio s o o b s e rv a r qu e estos m ism o s versos, con v a ria n te s al p rin c ip io , se en cu en tra n
en las M i l y una n och e s (870 n o ch e de la ed. de B u laq o de E l C a iro ; 861 n o ch e de
la ed. de B e ir u t), p e ro a p lic a d a s a A le ja n d r ía .
en frutos tempranos, que no podía obtener todo lo que le era necesario de
las campiñas en torno, poco fértiles como hemos señalado, v al-Maqqarí
precisa que es de Barr al-'idwa, de la «rib e ra » de enfrente, de Marruecos,
de donde Alm ería hacía venir sus alimentos ’28. Que la artemisa (slh) crecía
en los alrededores de la ciudad nos lo confirm a al-Fath ibn Jáqán cuando
subraya la pobreza de los recursos agrícolas: «E sta provincia es muy
pequeña; produce poco y se la abarca con la mirada; las nubes derraman
inútilmente sus gotas bienhechoras, pues no produce ni fruta, ni trigo;
los campos, en su mayoría estériles; sólo la artemisa crece»

Berja, pueblecillo perteneciente a la provincia de Almería, esta situado


al suroeste en un risueño valle cuya fertilidad contrasta con la desolación
de los alrededores de la capital. El poeta Abü-1-Fadl Y a 'fa r ibn Saraf, que
procedía de allí, la cantaba en estos versos entusiastas:

1. Son ja r d in e s que. p o rq u e el b ro c a d o (s ia u liis ) los ha a m a d o


a p a s io n a d a m en te , han e s tria d o sus m an to s con llo r e s res p la n d e c ie n te s .
2. Sus c o ro la s son c o m o o jo s que, s o b re las m e jilla s de las colin as,
tien en una m ira d a qu e sedu ce a to d o el qu e la c o n te m p la .
3. C u a lq u ie r lu g a r es p a ra d isía co , y c u a lq u ie r c a m in o qu e a ella
lle v a , in fe rn a l l3°.

Y en otro f ragmento:

1. D e p o s ita tu e q u ip a je en B e r ja y ve al e n c u e n tro del e s p le n d o r


para tu alm a,
2. En una c iu d a d e la (q a l'a ) qu e es c o m o un a rm a y en un b osqu e
(d a w h a ) qu e re c u e rd a a las m asas p ro fu n d a s del m ar.
Su fo r ta le z a ( h is n ) será para ti una p ru eb a de segu rid ad , y su b elleza,
un jú b ilo .
4. E n c u a lq u ie r o tra c iu d ad se hace una v is ita s u p e re r o g a to r ia
( ’u m r a ), p e ro en B e r ja es una v e rd a d e ra p e re g rin a c ió n (h a y y ) l31.

En Guadix (Wádi As) había un valle que ha sido a menudo cantado por
los poetas, sobre todo por las poetisas l,:!. Este valle ha debido contribuir
ciertamente, por su aspecto lleno de verdor, a despertar el sentimiento

128 A n a le cte s , I I , 265, 1. 4-5.


'-u Q a lá ’id, 47 ( y en R e c h e r c h e s ', I, 242-243).
L'" R im a ar, m e tro m u ta q á rib . Anal., I, 95 (c f. supra , p. 124, n. 12).
131 R im a yah, m e tro n n iy ta tt. Anal., I, 95.
132 V . in fra , pp. lfc>3-lo5.
de la naturaleza en los habitantes de la región, pues la ciudad pasa por
haber sido prolífica en poetas bucólicos m.

Granada, que suplantó a Ilbira en el siglo X I, no comienza a hacer


hablar de ella hasta hallarse bajo los M ulük al-Tawaif B4. Un poeta la des­
cribe empleando ese vocabulario especial que hemos notado al comienzo
de este capítulo sobre las ciudades de España:

— G ra n a d a n o tien e ig u a l n i en E g ip to , n i en S iria , ni en Ir a q .
— E lla es la d e sp o sa d a qu e se nos m u e s tra [e l d ía d e su b o d a ], y esos
p aíses le ja n o s , en su to ta lid a d , c o n s titu y e n su d o te (s a d d q ) l3S.

El palacio de la Alhambra no existe todavía; la Alhambra no es más


que una «to rre berm eja» del recinto de la ciudadela l36. Los Ziríes, que rei­
naran en Granada hasta la llegada de los Alm orávides, tienen que habitar
un palacio que tiene más de fortaleza que de residencia real, en el interior
del recinto que corona la colina sobre la aglom eración urbana. Pero sabe­
mos que un mawld de Bádís ibn Habbüs llamado M u’ammal embelleció
la ciudad y sus alrededores en sus funciones de edil; fue él quien puso su
propio nombre a un paseo de álamos en la orilla derecha del Genil: el
Hawr M u'a m m al B7, que al crecer los árboles se hizo célebre, a partir
del siglo x i i , por las citas de los enamorados que los poetas nos han
descrito.
Otro paseo, sobre una colina de los alrededores de Granada, iba a tener
una reputación parecida a partir del siglo x i i ; se trata del Nayd 138. Pero
los poetas del siglo x i no parecen haberlo conocido.
La Vega tiene ya toda s u fertilidad a fines del siglo x i , pues los escrito­

133 Ib n F a d l A llá h a l-'U m arí, M a s a lik al-absdr, en al-Q alq asan d i, S u b h al-a'sü,
V , 221; trad . G a u d e fro y -D e m o m b y n e s , 245; « L o s h a b ita n te s son c é le b r e s p o r su
ta le n to p o é tic o » , A n al., I, 94, 1. 18-19: «D io s ha c o n c e d id o , m u y e s p e c ia lm e n te , a los
h a b ita n te s d e G u a d ix (e l g u s to p o r ) la lite r a tu r a y e l a m o r a la p o e s ía .»
134 S o b re lo s o ríg e n e s d e G ran ad a, c f. L. E g u ila z y Y a n g u a s , O rig e n de las ciu d a ­
des G a rn a ta e I l l i b e r i y de la A lh a m b ra , en H o m e n a je a C o d e ra , pp. 333-338.
135 R im a d qü, m e tr o ba sit m u ja lla '. A n al., I, 94.
136 E n sus M é m o ir e s , e l Z ír í 'A b d A llá d ic e q u e es « e l ju d ío » , es d e c ir, Joseph
ib n N a g r á lla , q u ie n c o m e n z ó la c o n s tru c c ió n de la fo r ta le z a d e la A lh a m b r a (v . p á g i­
na 68 d e la tra d . d e L é v i- P r o v e n ia l).
137 E s te n o m b r e se a lte r a fre c u e n te m e n te en H a w z M u ’a m m a l. S o b re este p aseo
c f. A nal., I, 310, 649; I I , 147, 345, 348; Ih ü ta , I, 25-26. S o b re e l m a w la M u ’am m a l,
c f. H M E 2, I I I , 142-143, 144; E n c y c l. Is l., I V , 301, a rt. Z irid e s , d e L é v i-P ro v e n ^ a l;
L é v i-P r o v e n g a l, L es « M é m o ir e s » du r o i Z ir id e A b d A lla h , en a l-A n da lu s, t. I I I
(1935), fase. 2, 258 (t ir a d a a p a rte, 26). C f. in fra , p. 192, n. 65.
138 S o b re e s ta c o lin a c o n v e r tid a en lu g a r d e p aseo, cf. Anal., I, 925, 943; I I , 147,
345, 544; Ih a ta , I, 24-26; Ib n B a ttü ta , V o y ages, IV , 373; Lu cen a, P la n o de G ra n a d a
á ra b e (a l e s te d e l p la n o ); G a u d e fro y -D e m o m b y n e s , M a s d lik a l-a m s a r de a l-'O m a ri,
p á g in a 233, n. 2, y p. 234, n. 2.
res nos describen algunos jardines que no tienen nada que envidiar a los
de Córdoba o Sevilla. Al-Fath ibn Jáqán se demora complacientemente en
esa prosa que le es tan peculiar, y que no es otra cosa que verso libre, en
la descripción de una propiedad privada del cadí Abü-l-Hasan Ibn Adhá l39.
Ibn Sara, en un elogio al em ir alm orávide Abü Bakr Ibn Ibráhlm , nos
ofrece la primera descripción de la Vega:

1. H o g a ñ o la r e lig ió n d e l e r r o r ha a p a g a d o su fu e g o y la m o ra d a
d e la b u en a d ire c c ió n ha e n c o n tr a d o su p ro s p e rid a d .
2. L o s o jo s d e lo s h o m b re s se v u e lv e n h a cia G ran ad a, pues e lla es
el ja r d ín q u e d e s p lie g a sus flo r e s c o m o las d e un m a n to e s tria d o .
3. S e d ir ía q u e e l m es d e o c tu b re o n o v ie m b r e (t is r in ) es c o m o el
m es de a b r il ( naysán), pues r e v is te sus c o lin a s de rosas y ju n q u illo s .
4. T ra s las nu bes n o ctu rn as, cu yas lá g rim a s , p equ eñ as y gruesas,
p a rec e n p e rla s ,
5. c o m e te ré is lo c u ra s en esas c o r rie n te s d e agu a qu e rec u e rd a n al
p e ch o d e una h e rm o s a m u je r s o b re el cual, c on sus d ed o s, e lla h u b ie ra
a b ie r t o su b lu sa (s id á r),
6. o p o r ese ca n a l qu e p a re c e la e s p a d a en la m a n o d e un r e b e ld e
q u e h u b ie ra a fila d o la h o ja y la e s g r im ie r a ta ja n te ;
7. en m e d io d e lo s á rb o le s , b a la n ce á n d o s e c o m o un b e b e d o r qu e
h a ce c ir c u la r e l v in o c o lo r d e o ro ,
8. titu b e a n te c o m o los h o m b re s que, c u a n d o a lg u ie n les censu ra,
ab a n d o n a n su m an sa tra n q u ilid a d y su d ig n id a d l4°.

Si Granada se hace acogedora desde el siglo xi, Ronda, por el contra­


rio, se nos muestra com o una ciudad desagradable, si hemos de creer a un
poeta anónimo que la increpa de este modo:

1. Q ué fe a ld a d la tuya, s e m e ja n te a la rep u ls ió n qu e se e x p e rim e n ­

\ ta r ía le y e n d o p e ca d o s m o rta le s .

2. E s una c iu d a d qu e lle v a la m a rc a d e l s a lv a jis m o , pues la se ve ­


rid a d m ás d e s a b rid a n o la a b an d o n a nunca.
3. L o s qu e la han v is ita d o alg u n a vez, d esp u és d e a b a n d o n a rla n o
han te n id o in te n c ió n de v is ita r la d e nu evo.
4. A p e n a s a ca b a b a d e e n tr a r una m añan a en e lla , ya p en sab a en la
ta r d e [p a ra m a r c h a r m e ].
5. Su h o r iz o n te está s ie m p re b ru m o s o y su p la za llen a los c o ra zo n e s
de tris te za u l.

• • e

139 Q a lá 'id , pp. 174-175 (r e p r o d . en Anal., I, 448).


140 R im a árahá, m e t r o k á m il. Q a lá 'id , 264. S o b re la S ie r r a N evada (S td a y r ),
véa s e in fra , pp. 237-238.
Silves, la ciudad tan pródiga en talentos poéticos l42, ha sido cantada
por al-Mu'tamid, pues él había residido en ella com o gobernador en la
época de su padre, al-Mu'tadid. Más tarde, cuando ya era príncipe de
Sevilla, encargó a su visir Ibn 'Am m ár (Abü Bakr), que partía para Silves
en misión de inspección, este mensaje en el que revivía su ardiente
juventud:

1. S a lu d a en S ilv e s los lu g a res a m a d o s qu e tú sabes, oh A b ü B a k r,


y p re g ú n ta le s si han c o n s e r v a d o m i rec u e rd o .
2. S a lu d a e s p e c ia lm e n te al p a la c io d e a l-S a rá y ib d e p a r te d e un
jo v e n c a b a lle ro qu e sien te to d a v ía la m ás v iv a p a s ió n p o r él.
3. E ra n m o ra d a s llen as d e leon es y d e b lan cas b eld a d es. ¡Ah, qu é
h e rm o s a e ra la g u a rid a , qu é h e rm o s o e ra el a lb e r g u e !...
6. ¡C u ántas n och es he p a s a d o en la p re s a (s u d d ) d el río, r e to z a n d o
c on una m u je r c u y o b ra z a le te r e c o rd a b a la c u rv a tu ra d e la luna
lle n a ...! 143.

Al-Mu'tamid, en esta poesía, nos indica lo que en el siglo x i constituía


la gloria y el encanto de Silves: el palacio de al-Saráyib y la presa del río.
Del Palacio de los Balcones (saráyib) 144 no sabemos nada; tan sólo que
rivalizaba en belleza con Zaw rá’ al-'Iráq, es decir, con el más hermoso
palacio de Bagdad. Existía todavía en los siglos x i i y x m 14S.
P or lo que respecta a la «Presa del río », que nos recuerda el embalse
de Córdoba sobre el Guadalquivir, ha sido descrita al mismo tiempo que el
propio río por muchos otros poetas. Ibn 'Ammár, que era originario de un
pueblecito de los alrededores llam ado Sannabaws, decía en un panegírico
en honor de al-Mu'tamid:

— C uántas n och es h e m o s p a s a d o en el e m b a ls e (s u d d ) en m e d io de
las c o r rie n te s sinu osas d el río, q u e se d e sliz a b a n c o m o las s e rp ie n te s
m o te a d a s (a r d q im ).

141 R im a ub, m e tr o k á m il. Anal., I I , 512.


142 A l-Q a z w ln l (+ 682 = 1283) se c o m p la c ía en d e s ta c a r en su C o s m o g ra fía : «E s
r a r o e n c o n tr a r un h a b ita n te d e S ilv e s qu e n o c o m p o n g a v e rs o s y qu e n o se o cu p e
d e la lite r a tu r a ; si p asáis ju n to a un la b r ie g o (h a r r á t) tra s su a ra d o , tir a d o p o r
una p a r e ja d e b u eyes y le p ed ís u n os v e rs o s , lo s c o m p o n d r á in m e d ia ta m e n te s o b re
c u a lq u ie r te m a qu e le p r o p o n g á is » (c f. A t a r a l-b ilá d , ed. W ü s te n fe ld , 364; H M E \
I I I , 84; N ic h o ls o n , A L it e r a r y H is to r y o f th e A ra b s, 416). V . ta m b ié n al-D im a á q l
( t 727 = 1327), N u jb a t a l-d a h r, ed. M e h ren , 344; trad . M e h ren , M a n u e l d e la C o s m o -
g ra p h ie du m o y e n áge, 348; Abü-l-Fidá, trad . R e in a u d et G u y a rd , p. 237: « L o s h a b i­
tan tes d e S ilv e s e ra n c é le b re s p o r su a m o r a las b e lla s le tra s , lo qu e d io lu g a r a un
p r o v e r b io .»
143 R im a rí, m e tr o taw il. Q a ld 'id , pp. 5-6 (r e p r o d . en A bba d ., I, 39; trad ., p. 83),
32 (lo s d os p rim e r o s v e rs o s s o la m e n te ); S u b h al-a'sd, V , 224 ( e l se gu n d o v e r s o );
A b ü -l-F id á’, G e o g ra p h ie , te x to , p. 167; trad . fra n c e sa , pp. 237-8 (c o n la tra d . d el
v e rs o 2 a r r ib a c ita d o ); H M E 1, I I I , 91; A l-S aqu n d I, Ris&la, en A n a l., I I , 131, v e rs o s 6
y 9; trad . de G a rc ía G ó m e z, E lo g io , p. 57. C f. in fra , pp. 364 y 386.
144 S a ry a b , pl. sard yib. S o b re es ta p a la b ra , c f. D o zy, S u p p l., I, 742, co l. fe; Anal.,
í, 438, 648; I I , 555; Q a ld ’id, 30, 1. 9; Ib n H a z m , T a w q , te x to , 102; trad ., N y k l, 158,
ed. B e rc h e r, p. 284, 1. 1-285; H M E 1, I I I , 328; a l-H u lla , en N o tic e s , 200.
145 C f. a l-H u lla , en N o tic e s , p. 200.
— E sas c o r rie n te s pasaban ju n to a n o sotros, d esp u és se a le ja b a n
c o m o si se tra ta r a d e e n v id io s o s qu e q u is ie ra n d e ja rn o s su m a le d ic e n c ia .
— En el lu g a r qu e h a b ía m o s e s c o g id o , el ja r d ín nos v is ita b a , h a cie n d o
tra e r sus p re s e n te s en m an os de los v ie n te c illo s o lo ro s o s de la b ris a l4'’.

• • •

Los Aftasies trataron con su capital, situada al occidente de España,


en una región poco favorecida por la naturaleza, de rivalizar con los
príncipes de Córdoba, de Sevilla y de Almería. Sus residencias, a causa
de la vecindad de los cristianos, debían parecerse más a fortalezas que
a palacios.
Su Alcazaba de Badajoz dominaba el valle del Guadiana; el verso de
’Adí ibn Zavd sobre San'a’ serviría para describirla, nos dice al-Fath
ibn Jáqan:

— S a lon es c on cu p u las (q ib ü b ) a lr e d e d o r de un p a la c io (d a s k a ra l en
to rn o d el cual los o liv a r e s d e s p lie g a n su c la r o v e r d o r l47.

En los alrededores, al-Mutawakkil había mandado acondicionar una


munya a la que había dado el nombre de al-Badl' ( la Soberbia), y era allí
donde se reunía con sus familiares, en particular con los Banü al-Qabtur-
nuh, en alegres banquetes o para descansar en medio de los árboles y las
flores l4S.
Badajoz y sus alrededores han inspirado añoranza a los poetas más
por agradecimiento al principe al-Mutawakkil que por verdadera adm ira­
ción a la ciudad y el terreno que la rodeaba:

1. B a d a jo z — d e c ía el v is ir A b ü ’A m r Ib n a l-F allás— , nunca te o lv i­


d aré, sea la qu e sea la au sen cia qu e m e ten ga a le ja d o de ti.
2. ¡Q ue a d m ira b le s son los á rb o le s qu e te ro d e a n ! El v a lle de tu
h e rm o s o r ío a b re un c a m in o c o m o si se p a r tie ra de un t a jo un m a n to
lis ta d o ,4".

I4n R im a m i, m e tr o taw il. Anal., I, 13. Ib n J allik án , Wafayüt, ed. de E l C airo , I I , o.


Ib n 'A m m á r , en el m o m e n to en qu e se s in tió m o r ir, c o m p u s o e s te v e rs o p en san d o
en to d o s los suyos:
«S a n n a b a w s los llo r a con la g rim a s (ta n ab u n da n tes y r á p id a s ) c o m o el r ío que
la a tr a v ie s a con su c o r r ie n te fu r io s a .»
(r im a ári, m e t r o ká m il. A l-H u lla , en A bbad., I I , 115).
U n a a n éc d o ta c ita d a p o r a l-M a q q a rí s ob re dos p e rs o n a s de S ilv e s nos a u to riza
a c r e e r qu e el rio de S ilv e s estab a p o b la d o de ranas (c f. Anal., I I , 350, V Schack-
V a le ra , Poesía , í, 76).
147 R im a 'á, m e tr o m a d id . Q a l , 43 (r e p r o d . en Anal., I, 440).
148 C f. Q a lá ’id, 151 (r e p r o d . en Anal., I, 421).
,4“ R im a du, m e tro tawil. Anal., I, 114; S u b h al-a'sü, V, 233, 224. H e m o s v is to
qu e se a trib u y e un d ís tic o de a l-N a h lí a Ib n al-Lab b án a, en el qu e este c o m p a ra
a B a d a jo z con un p a ra íso. Cf. ta m b ié n A b ü -l-F id á’, G e o g r a p h i e , texto, p. 172; trad.,
paginas 247-8.
^ V ieja ciudad romana primero, luego visigoda, más tarde musulmana,
Toledo, en el siglo xi, es la capital de un reino en el que los Dü-l-Nüníes
tratan de rivalizar con el boato de Córdoba y de Sevilla.
Un anónimo subraya su posición sin igual sobre una altura que el Tajo
ciñe por tres de sus lados:

1. T o le d o está p o r e n c im a d e to d o lo q u e d e e lla se ha d ic h o : es
una c iu d a d s o b re la qu e se c ie rn e un fre s c o r e s p la n d o r (n a d ra ) y b ie n e s ­
ta r (n a 'im ).
2. D ios la h a a d o r n a d o [c o m o a una d e sp o sa d a ] c iñ e n d o su ta lle
con un r ío p a r e c id o a la V ía L á c te a y [c o r o n a d o su c a b e za ] c on ram a s
q u e son c o m o e s tre lla s 15°.

Lo que más llamaba la atención de los moradores y de los visitantes


era el palacio de al-Ma’mün. Esta antigua residencia de los gobernadores
tras la conquista, los Dü-l-Nüníes la habían agrandado, transformado
y em bellecido hasta hacer de ella una verdadera obra de arte 151.
La admiración de los poetas se concentra en el pabellón original que
el príncipe había hecho construir en el centro del palacio. Allí, en medio
de una gran alberca (buhayra o birka), se encontraba un quiosco en form a
de cúpula (qubba) hecha de cristal de colores con incrustaciones de oro;
el agua se había elevado por encima de la cúpula por m edio de un dispo­
sitivo muy ingenioso y descendía después distribuyéndose p or el exterior
de las paredes a m odo de una funda líquida, sin solución de continuidad,
por todo el quiosco. Al-Ma’mün permanecía sentado en el centro sin que
una sola gota de agua le tocara; por la noche se iluminaba el interior con
cirios, lo que producía, por irisación de la luz, un efecto prodigioso 152.
Un poeta de origen egipcio refugiado en la corte- de al-Ma’mün, Abü
Muhammad Ibráhlm al-Misrí, compuso este dístico al quiosco:

1. C o n tien e a la v e z el s o l y la lu n a lle n a ; el e s p ír itu p e rm a n e c e p e r­


p le jo c u a n d o tr a ta d e d e s c r ib ir lo p o r c o m p a ra c ió n .
2. S e d ir ía q u e a l-M a ’m ü n es la lu n a lle n a d e las tin ie b la s n o ctu rn a s
y el q u io s c o el fir m a m e n to qu e lle v a a c a b o su r e v o lu c ió n a lr e d e d o r
d e é l ,53.

Una leyenda relata que al-Ma’mün, mientras se encontraba en su quios­


co de cristal, oyó estos versos de un desconocido:

150 R im a im ü , m e t r o k á m il. Anal., I, 105.


151 L a ú n ica d e s c r ip c ió n en p ro s a qu e h e m o s e n c o n tr a d o e s tá en a l-D a jira , IV ,
102-104. Ib n B a ssá m nos señ ala q u e el sa lón p rin c ip a l lle v a b a e l n o m b r e de
a l-M u k a rra m o d e a l-M u k ra m (c o m o una d e las salas d e g a la d e a l-M u 'ta m id en
S e v illa ).
152 C f. Ib n B a d rü n , «C o m m e n ta ir e d e la R is á la t a l-'a b d ü n iv y a », 277-278 (r e p r o d . en
Anal., I, 347; I I , 673).
153 R im a iru , m e tr o sa ri'. A n al., I, 348.
1. ¿ H a b ría s e d ific a d o un m o n u m e n to e te rn o c u a n d o tu v id a en este
q u io s c o — ¡ah, si tú lo s u p ie s e s !— d e b e s e r b ie n c o rta ?
2. L a s o m b ra d e los [a rb u s to s e s p in o s o s lla m a d o s ] a rá k es s u fi­
c ie n te p a ra e l que, ca d a d ía qu e pasa, está en p e rp e tu o v ia je l54.

Esto era recordarle su efím era condición y, más supersticioso que al-
Násir, llam ado a reducir la ostentación por el severo Mundir ibn Sa'id
al-B allü til55, tomó estas palabras com o un mal presagio. N o volvió a poner
los pies en el quiosco y murió, se dice, un año después.
Al-Ma’mün tenía, com o los príncipes de Córdoba y Sevilla, un castillo
de recreo en m edio de unos jardines al borde del Tajo, pero no se sabe
dónde estaba situado exactamente. Dozy creía que esta munya había sido
acondicionada «en la orilla derecha del T a jo (es decir, sobre la orilla en
que se asienta T oled o), entre los puentes de Alcántara y de San M artín » 15é,
mientras que Gayangos lo identifica con las Casas de la Reina (Palacios de
G a lia n a )157, es decir, río arriba y bastante lejos de la ciudad, en la orilla
izquierda del Tajo. Esta munya tenía un salón de recepciones que llevaba
el nombre, muy característico, de Maylis al-ná'üra (Salón de la noria).
La munya y el citado salón han sido descritos por el gram ático filólogo
Abü Muhammad Ibn al-Sid al-Batalyaws! en un poema que nos procura
al-Fath ibn Jáqán. El poeta había contado al autor de los Qalá'id la jo r ­
nada que había pasado con al-Ma’mün en esta villa de recreo, y el biógrafo,
con el estilo que le es tan peculiar, nos transmite algunas de las palabras
del poeta a manera de introducción a sus versos:
«Ib n al-Sid al-Batalyaws! me ha inform ado de que se encontró [un día]
con al-Mamün ibn Dü-l-Nün en el Maylis al-ná'üra de la munya... El salón
resplandecía com o si el sol estuviera en su cénit y la luna llena en su punto
más alto com o una corona. Las flores exhalaban su perfume, y sobre el
agua del río los invitados bebían la copa de la mañana o de la tarde. La
rueda hidráulica (dawláb) gemía com o una camella que ha perdido su cría
o com o la madre tras la muerte de su hijo a causa de la llama devastadora
del dolor. El cielo tenía color de ámbar por las nubes cargadas de lluvia,
y el parque (rawd) estaba salpicado con las gotas de rocío; los leones
[fu en tes] abrían -sus grandes bocas y arrojaban por ellas el agua. Fue
entonces cuando Ibn al-Síd al-Batalyaws! dijo:
1. ¡O h e s p e c tá c u lo que, c u a n d o y o c o n te m p lo su e s p le n d o r, m e
re c u e rd a la b e lle z a d e l p a r a ís o e te rn o !
2. ¡T ie r r a d e a lm iz c le , c ie lo d e á m b a r, nu bes d e nadd (á m b a r n e g r o )
y fin a llu v ia d e agu a d e rosas!

154 R im a ilü , m e t r o ta w il. A n a l., I, 347; Ib n B ad rü n , l. c., p. 278.


155 C f. s u p ra , p. 126.
156 R e c h e r c h e s ', p. 598, n. 1. (D o z y se b asa en un p a s a je d e K itá b a l-ik tifá qu e
r e la ta la to m a d e T o le d o p o r lo s a lm o r á v id e s en 503 = 1110). V . ta m b ié n la m is m a
o b ra , p. 532, n. 1.
157 T h e M o h a m m e d a n D y n a s tie s in S p a in , I I , p. X L V . C f. ta m b ié n R. M e n é n d e z
P id a l, O b ra s , t. I I : H is to r ia y epopeya , 276.
3. E l agu a es c o m o la p is lá zu li c on qu e las b ocas de los leones-
fu en tes fa b ric a n p erla s...
5. V e m o s a estas aguas e n o rg u lle c e r s e c u a n d o a l-M a ’m ün se d etien e,
c o m o la m u ch ach a c u a n d o se a d o rn a c on un c o lla r.
7. S e d iría qu e los ja r d in e s se han re v e s tid o d e c u a lid a d e s n a tu rales
y de la g lo r ia qu e p osee e ste p rin c ip e m a g n á n im o ... I58.

Observamos que los poetas no dicen nada de otros monumentos o edi­


ficios maravillosos de Toledo com o el Puente (al-qantara), la rueda eleva­
dora (n attra) que se encontraba cerca de él, río abajo, en la margen dere­
cha IM, ni de las dos pilas ( bila) en la puerta de los Curtidores (báb al-
dabbagin) m.

La capital de la Marca superior, Zaragoza, poseía también en el siglo x i


un famoso palacio al cual los poetas llaman siempre qasr al-surür o al-
surür (palacio de la alegría), y nos preguntamos si se trata del mismo
palacio que se conoce desde muy al principio del siglo x n con el nombre
de A ljafería 161; pero si se tiene en cuenta el hecho de que fue al-Muqtadir
el Hüdí (441-474 = 1046-1081) el que fue célebre a propósito del Qasr
al-surür, y que este príncipe llevaba la qunya de Abü Y a 'fa r ’62, llegamos
lógicamente a la conclusión de que es a él a quien hay que atribuirle la
construcción del palacio 1M.
Al-Muqtadir compuso este dístico, que los libros de adab relativos a
España repiten sin cesar:

1. ¡Oh Q a s r a l-S u ru r y oh M a y lis a l-D a h a b (S a ló n d e O r o ), g ra c ia s


a v o s o tro s he lle g a d o al c o lm o d e m is d eseos!
2. A u n qu e m i re in o n o c o n tu v ie ra m ás qu e a v o s o tro s dos, seria
p ara m í to d o lo qu e p u d ie ra d e se a r IM.

158 R im a di, m e tr o m u n s a rih . Q a la 'id , p. 194 (r e p r o d . en Anal., I, 425-426). Ib n


Z a fir , B a d a 'i', 169-170 (r e p r o d . en Anal., I, 426-427).
159 C f. A n al., I I , 673.
"o C f. Anal., I, 126 d i -128
161 E n la p a rte d el B ayán r e la tiv a a los a lm o r á v id e s , cu ya e d ic ió n p re p a r a Lévi-
P ro v en ^ a l, se h ace m e n c ió n p o r p r im e r a v e z en el añ o 503 = 1109 de la A lja fe r ía
(a l-y a 'fa riy y a ) c o m o p a la c io d e Z a ra g o za . S o b re e s te p a la c io , cf. T é rra s s e , L 'a r l
h is p a n o -m a u re s q u e des o rig in e s au X I I I L siécle, pp. 200-209.
162 O tr o p rín c ip e hüdí, 'Im á d al-D aw la, lle v ó esta qu n ya , p e ro re in ó ap en as un
añ o y fu e d e s tro n a d o p o r los a lm o r á v id e s (c f. P r ie to y V iv e s , L o s R ey es de T a ifa s,
p á g in a 147; L é v i-P ro v e n g a l, Les M é m o ir e s de A b d A lla h , tira d a a p a rte , p. 197 (n . 16).
163 S a b e m o s qu e la A lja fe r ía , p o r el e s tilo de su d e c o ra c ió n , es in d u d a b le m e n te
del s ig lo x i (c f. G. M ar^ais, M a n u e l, I, pp. 298, 363-366; H. T e rra s s e , L ’a r l h ispan o-
m a u re s q u e , pp. 197, 200-206.
IM R im a bi. m e tro k á m il. Anal., I, 288-289; S u b h al-a'sü, V, 232.

157
Diversas anécdotas de la vida de al-Muqtadir tienen por escenario el
Salón de Oro l65.

Los únicos lugares de recreo de Valencia se encontraban fuera de la


ciudad: al-Rusáfa y la munya de Ibn 'Abd al-'AzIz l66.
De al-Rusáfa los poetas no nos cuentan nada 167; pero la munya de Ibn
'Abd al-'Azíz parece haber impresionado su imaginación, com o es el caso
de la de al-Ma’mün en Toledo. Había sido construida por al-Mansür ibn
Abí 'Am ir, descendiente del gran al-Mansür, que reinó en Valencia desde
1021 a 1061. El día de la inauguración dio una fiesta que reunió a la flo r
y nata del reinó; cien pajes de diez a catorce años servían las vituallas
y el vino; el príncipe distribuyó ese día veinte mil presentes y donó en
feudo propiedades importantes IM.
Todos los príncipes que reinaron en Valencia ocuparon esta munya;
incluso el Cid la destinó a su uso particular pidiéndosela a Ibn ’V'ahháf;
pero no tom ó posesión de ella por tem or a una emboscada l(’9.
En la época de los almorávides, el autor de los Q a la id tuvo ocasión de
visitarla en varias ocasiones. Se llegaba desde Valencia, saliendo por la
Puerta de la Serpiente (Bdb al-hanas). Comprendía un extenso jardín plan­
tado de árboles frutales y flores; un río lo atravesaba, y en el centro se
encontraba el palacio, uno de cuyos pabellones, ricamente decorados,
abría todas sus puertas al jardín. Cuatro versos de un poeta poco conoci­
do, 'A lí ibn Ahmad, nos describen este maylis, mientras que la munya se
había convertido, al parecer, en paseo público ,7°:

1. L e v á n ta te y s írv e m e d e b e b e r a h o ra qu e e l ja r d ín se ha v e s tid o
c on un b r o c a d o d e flo r e s t e jid o p o r la llu v ia ,
2. en ese sa lón qu e se p a r e c e al c ie lo y en el qu e a p a re c e la luna
llen a d e l r o s tr o d e q u ie n y o am o.
3. E l s o l lle v a su tú n ica te ñ id a d e r o jo u s fu r y la tie r r a m u e stra
p e rla s d e r o c ío s o b re sus ro p a je s lle n o s d e v e rd o r .

165 C f. A n al., I, 350-351; a l-D a jira , I I I (G o th a ), en R e c h e rc h e s *, 166, en nota. B a jo


la d in a s tía d e los T u y ib íe s , qu e p re c e d ió a la de los H ü d íe s , e l p a la c io d e Z a ra g o za
— ¿es e l m is m o qu e e l Q a s r a l-S u r ü r ?— fu e d e v a s ta d o p o r e l p o p u la c h o tras la
m u e rte d e M u n d ir ib n Y a h y á M u 'iz z a l-D aw la a m an o s de su p r im o 'A b d A llá h ibn
H a k a m ( o H a k ím ) en m u h a rra m 431 = sept.-oct. 1039. C f. al-B ayán, I I I , 180; A 'm a l,
228, 1. 6-8; a l-H u lla , en R e c h e rc h e s ', 53
m Ib n S a 'id , en A n a l., I, 110; S u b ff al-a'sü, V , 231
167 S e rá c a n ta d a m ás ta rd e p o r al-R u sáfl, qu e e ra o r ig in a r io d e a llí (c f. A nal., I,
111; I I , 421).
168 Q a la ’id, 69 (r e p r o d . en A n al., I, 436-437).
169 C f. R e c h e r c h e s ', I, 543.
170 R im a rii, m e t r o in u n s a rih . Q al., p. 69 (r e p r o d . en Anal., I, 436).
4. E l río es c o m o una V ía L á c te a qu e los c o m e n s a le s b o rd e a n a
m o d o de e s tre lla s b rilla n te s m .

La misma Valencia ha sido cantada por el poeta Ibn al-Zaqqaq


(siglos xi y x i i ):

1. V a le n c ia ; si m e d itá is s o b re e lla y sus m a ra v illa s , es la m ás res­


p la n d e c ie n te de las ciu d ad es.
2. M i m e jo r te s tim o n io es su b e lle z a m a n ifie s ta .
3. N u e s tro S e ñ o r la ha r e v e s tid o del b r o c a d o de la b e lleza , a d o r ­
n a d o de dos o rla s ( ’a l a m ) : el m a r y e l río 17:.

Si Valencia era famosa por los productos de su suelo — com o el azafrán


y una variedad de peras— , por la claridad de su luz y la pureza de su cielo,
que no se veía empañado por ninguna nube m, tenia también la fama
de serunaciudad infestada de mosquitos, y pronto tuvo además la de
una ciudad «cara», en la que los habitantes debían mantenerse en pie
de guerra.
Al-Husr! decía:

1. ¡Q ué in c o m o d id a d m e p ro d u c e V a le n c ia ! ¡N o p u ed o p e g a r un o jo !
2. Las p u lgas b ailan a c om p a ñ a d a s p o r el c a n to d e los m o s q u ito s 174.

E Ibn 'Ayyás:

1. V a le n c ia , a lé ja te de m i c o ra zó n para qu e e n c u e n tre el o lv id o ,
p o rq u e e res un ja r d ín cuyas llo r e s no m e causan n in gu na n ostalgia.
2. ¡C o m o p o d r ía a m a r un h o m b r e una m o ra d a qu e está d iv id id a
p o r la h o ja ta ja n te d e l h a m b re y d e la re b e lió n de los p o lite ís ta s ! 17S.

A lo que Ibn H aríq responde:

1. V a le n c ia es lu g a r d e to d a b e lle z a ; los te s tim o n io s m ás sin cero s


así lo p ro c la m a n en O rie n te y O ccid en te.
2. Si se d ic e: «E s lu g a r de v id a c a ra y s itio en el qu e caen las
llu v ia s d e l c o m b a te a sab le o a la n za »,
3. R e sp o n d e : < Es un p a ra ís o cuyas c olin a s están ro d e a d a s de dos
cosas d e te sta b les : el h a m b re y la g u e r r a : 17'3.

171 A b ü 'A b d A llá h Ib n ’A 'isa, b a jo los a lm o r á v id e s , irá a llí con a m ig o s p ara p asar
una v e la d a b a jo los á rb o le s d el p arqu e. Cf. M a t m a h , p. 85.
172 R im a adl, m e tr o wafir. Ib n D ih ya, a l - M u t r i b , f.u 83 r.u-v."
173 Ib n S a 'id , en Anal., I, 110; S n b h al-a'sa, V, 231.
174 R im a üdi, m e tr o m u n s a r ih . A n a l , I, 110; I I , 222. H e m o s v is to m as a r r ib a que
Ib n M a s 'a d a la h a b ría c o n s id e r a d o c o m o un p a ra ís o si no fu e ra p o r los m o s q u ito s .
175 R im a riki, m e tr o tawil. A n a l , I, 108, 110; Y á q u t, M u 'y a m , I, 731.
176 R im a bl. m e tr o wafir. Anal., I, 111. En el -.D ich o» de las V illa s , c o m p u e s to
p o r A b ü B a h r S a fw á n ibn Id r ís , en el s ig lo x n . T u d m ír re p ro c h a a V a le n c ia la
d ific u lta d de a v itu a lla rs e y el estad o, casi con stan te, de g u e rra y de re v u e lta s ( A n a l ,
I, 108, y Z á d a l-m it sa fir , p. 94).
Al-Sumaysir, por su lado, dice, impresionado por su lamentable estado
de falta de limpieza:

1. V a le n c ia p asa p o r s e r una c iu d a d p a ra d isía ca , p e ro tie n e d e fe c to s


qu e se r e v e la n a la e x p e rie n c ia :
2. A l e x te r io r , to d o son flo r e s y al in t e r io r n o h a y m ás q u e c h a rc o s
(b ir a k ) d e b asu ras <q a d a r) l77.

• • •

Ibn al-Labbána, tan generosamente tratado por el príncipe de Denia


y de Baleares, Mubassar el 'Am irí, con el sobrenombre de Násir al-Dawla,
pinta este cuadro de la ciudad de Mallorca:

1. E s un p a ís a l q u e la p a lo m a le ha p re s ta d o su c o lla r y elpavo
re a l lo ha r e v e s tid o c on su tr a je de plum as.
2. S e d ir ía qu e lo s río s son d e v in o y qu e los p a tio s (s ñ h ü t) d e las
casas son las c o p a s 178.

En honor del mismo príncipe, Ibn al-Labbána dice:

1. ¡V o s h a b éis c o lm a d o d e fa v o r e s al t e r r it o r io d e M a llo r c a y h a béis


c o n s tru id o lo q u e ja m á s e d ific ó A le ja n d r o ! ,79.

Mucho nos hubiera gustado conocer las obras arquitectónicas debidas


a la magnificencia de Mubassar, pero no sabemos nada más que lo que
nos dicen esos versos.

La isla del Júcar (yazlrat Suqr o al-yazlra, cuya deform ación en español
da A lcira) vio nacer numerosos poetas que, influenciados por el verdor
lujuriante de la región y por la belleza inigualable de la isla, en medio de
la corriente del río, fueron todos pintores de la naturaleza. Nos bastará
con citar a Ibn Jafáya, a Ibn 'A ’isa y a Ibn al-Zaqqáq:

1. E n tr e S u q r y la c o n flu e n c ia d e los d os b ra zo s d e l r ío — d ic e Ib n
J a fá y a — , en e l lu g a r d o n d e n u es tro s d eseos nos h u b ieran h ech o a r r o ja r
e l b a s tó n [d e l p a s e o ),
2. d o n d e e l p in zó n (m u k k á ’) c a n ta b a s ob re las d os o rilla s , e x c ita n d o
n u e s tro e s p ír itu , lib e r a d o así d e sus tra b a s l8°,

177 R im a a r, m e t r o m u ta q á rib . Y á q ü t, M u 'y a m , I, 732.


178 R im a üsü, m e t r o k á m il. Anal., 104; Á b ü -l-F id á’, G é o g ra p h ie , texto, I, 190;
trad ., I I , 271; trad . p o r D u gat, en I n tr o d . a u x Anal., I, X X X ; C a m p a n er, B o s q u e jo ,
311-312; F agn an , en E x tr a it s in é d its s u r le M a g h re b , 110. E ste d ís tic o se le a trib u y e
ta m b ié n a Ib n H a m d ís (c f . D iw á n , ed. S c h ia p a re lli, A p p e n d ice , 488).
179 R im a rü , m e t r o k á m il. A n a l., I, 104.
180 L ite r a lm e n te : « y d e e ste m o d o sus tr a je s d e p o s ic ió n en c u c lilla s fu e ro n s o l­
ta d o s » (fa -h u lla t h u b á h á ).
3. [v e ía m o s ] a v a n za r h a cia n o s o tro s una v id a cu yos fru to s ya m ad u ­
ro s era n m ás a p e tito s o s en la s o m b ra espesa, en el d e lic io s o re p o s o lsl.

Játiva tenía tres paseos célebres: al-Batha (e l Valle), al-Gadir (e l Es­


tanque o el Canal) y al-'Avn al-kablra (la gran F u e n te )l82.
Un anónimo hace este elogio de la ciudad y sus alrededores:

1. ¡Q ué a g ra d a b le le es p o s a r su e q u ip a je en J á tiv a al jo v e n qu e
ha h e c h o la rg o s v ia je s !
2. Es una c iu d a d en la qu e to d o s los in sta n tes son a u ro ra s (ash& r)
y d o n d e e l v ie n to d el e ste a p o r ta en el b o r d e d e su m a n to un [d u lc e ]
fre s c o r.
3. L a b ris a tien e un a r o m a d e lic io s o y las ra m a s en los ja r d in e s
tie n e n el b a la n ce o d e la e m b ria g u e z.
4. T o d o s los r o s tr o s tien en una b e lle z a r e s p la n d e c ie n te y to d a s las
p a la b ra s qu e se o y e n tie n e n la s a b id u ría d e lo s p r o v e r b io s l83.

Esta rápida ojeada a las ciudades de España es forzosam ente incom­


pleta; la lista que los poetas nos han perm itido confeccionar no com pren­
de, en suma, más que las ciudades de cierta importancia donde las
circunstancias políticas han perm itido que algunos reyezuelos gobernasen
durante algún tiempo y han hecho posible la construcción de monumentos
importantes para la época, hayan o no sobrevivido a su tiempo. La dise­
minación por todo el territorio de estos palacios y lugares de recreo nos
muestra la descentralización que la caída del poder O m e y a provocó en la
Península; el arte hispano-musulmán no se concentra ya en Córdoba, y los
arquitectos y decoradores recorren toda España com o los poetas y litera­
tos; sus obras, pocas de las cuales subsisten, probablemente porque se
llevaron a cabo demasiado de prisa y con materiales poco resistentes, dan
testim onio de un gusto firm e que ha tratado de sustituir la simplicidad
robusta del arte cordobés con una gracia ligera, reflejo innegable de la
vida artística de la sociedad del siglo x i l8\
Si bien es cierto que el Qasr al-Mubárak de Sevilla y la A ljafería de
Zaragoza reviven en los vestigios que se han conservado, las otras residen­
cias reales no son ya más que un recuerdo perpetuado por los versos de
los poetas. Los detalles arquitectónicos, salvo en los poemas de Ibn
Hamdls, son poco menos que inexistentes; lo que más llama la aten­

181 R im a áhá, m e tr o ja f if. Ib n 'A b d al-M u n 'im , a l-R a w d a l-m i’tá r, núm . 92
(s v . S u q r), pp. 103/126. S o b re el r ío d e A lc ir a , cf. in fra , pp. 215-216.
182 A l-Q a lq a s a n d i, S u b h , V , 231.
183 R im a lü , m e t r o m a d ld . Anal., I, 114.
184 C f. H . T e rra s s e , L 'a r t h is p a n o -m a u re s q u e des o r ig in e s au X I I I ‘ s ié cle , 201.
ción es la atm ósfera que tratan de crear los poetas a través de sus des­
cripciones.
Es de señalar, en efecto, que su inspiración toma a menudo la form a
del pesar: el encanto de la patria se acrece con la distancia, y la ciudad
que les parecerá más conm ovedora y más digna de ser cantada no será
aquella que manifiesta una vida trepidante, sino la que ha perdido el
adorno de sus hermosos monumentos: Córdoba, capital del califato, cen­
tro de la civilización musulmana, es tema poético en el siglo xi porque ha
sido despojada de sus prerrogativas reales y en gran parte arruinada.
De las propias ciudades no nos dicen apenas nada; buscaríamos en
vano un detalle preciso sobre una calle l85, un mercado o una puerta. Si les
llaman la atención los palacios es porque tienen el sentido de la belleza
monumental impregnada de grandeza y posiblemente también porque ala­
bar el palacio es alabar a la vez a su dueño. Pero la mayor fuente de inspi­
ración han sido las munyas y los alrededores de las ciudades, y muy
particularmente la presencia de un río en una campiña llena de verdor.
El poeta andaluz no sabría amar una ciudad sin campiña.

185 S a lv o un v e r s o qu e nos da una id e a d e p lo ra b le de las vías p ú b lica s en V a le n ­


c ia (c f. su p ra , p. 160).
Los wádí-s o valles, con sus caminos sombreados propicios a los paseos,
y sus ríos de riberas acogedoras no faltaban en España, sobre todo en
Andalucía; ya hemos citado, al hablar de los lugares de recreo, el Wádi
al-talh (V a llecillo de las Acacias) en Sevilla y el Wcidi al-'aqlq (V a llecillo de
la Cornalina) en Córdoba ', pero ninguno de ellos ha sido objeto de des­
cripciones especiales. Sin embargo, hay uno que ha permanecido célebre
en la literatura del Occidente musulmán com o el Si'b Bawwán 2 entre los
orientales; se trata del Wádi As, que ha dado su nombre al pueblo de
Guadix. ¡A cuántos poetas — y poetisas— ha inspirado dicho vallecillo! La
más hermosa de las descripciones se la debemos a una poetisa, que sería,
según unos, Hamda bint Zivád al M u’addib, y según otros, Muhya bint
'Abd al-Razzáq de Granada, en estos versos:
1. L a s lá g rim a s han r e v e la d o m is s e c re to s en un v a lle c illo cuya
b e lle z a tie n e s ign os m a n ifie s to s .
2. [E s to s sign os son ] un r ío qu e c o r r e p o r to d o el ja rd ín y un jard ín
qu e h a ce b r illa r sus c o lo re s p o r to d o el v a lle

Y en estos otros:
1. Un v a lle c illo nos ha p re s e rv a d o d e l a r d o r d e la c a n ícu la ; ¡sea
r e g a d o p o r los c h a p a rro n e s r e d o b la d o s de una nu be qu e c u b ra to d o el
c ie lo !

1 C o n v e n d ría a ñ a d ir el W cidi a l-Z a y tü n (V a lle de los O liv o s ), en los a lr e d e d o r e s


d e Z a ra g o z a , d e l qu e se e n c u e n tra una d e s c r ip c ió n en p ro s a en a l-D a jira , I I I (G o th a ),
15b (r e p r o d u c id o en A n a le cte s , I, 351-2).
2 S o b re este v a lle c illo s itu a d o en la P e rs ia o c c id e n ta l, cf. Y á q ü t, M u 'y a n t, I,
751-754; al-M u ta n a b b l, D iw ü n , ed. a l-B a rq ü q l, I I , 481-491 (r im a üni, m e tr o w a f ir );
B a r b ie r d e M e y n a rd , D ic t io n n a ir e g é o g ra p h iq u e , h is to r iq u e e t lit té r a ir e de la P e rs e
et des c o n tr é e s a d ja c e n te s , 119; C a rra d e V a u x , L es p e n s e u rs de l'Is la m , I I , 18-19;
B la c h é re , en A l-M u ta n a b b i. R e c u e il p u b lié á l ’o c c a s io n de son m illé n a ire , p. 62.
3 R im a üdi, m e tr o w á fir. Anal.. I I , 630.
2. L os g ra n d es á rb o le s b a jo los qu e nos h a b ía m o s a c o m o d a d o se
in c lin a b a n tie rn a m e n te s o b re n o s o tro s c o m o n o d riza s s ob re su n iñ ito.
3. ¡N o s ha d a d o a b e b e r, p a ra c a lm a r la sed a rd ien te , un agu a pu ra
m ás d e lic io s a qu e d e lic io s o es el v in o p ara un c o m e n s a l!
4. H a a p a r ta d o el sol d e d o n d e p o d ía h a cern o s fre n te ; lo ha v e la d o
V p e r m ite a la b ris a [su s o p lo ].
5. Su a re n a g ru esa e n c a n ta a las jó v e n e s a d orn a d a s con sus joyas,
q u e to ca n c on sus m an o s sus c o lla re s d e p e rla s b ien c o lo c a d o s [p a ra
as e g u ra rs e de qu e n in gu n a p e rla se ha s o lta d o ] 4.

Estos versos, que rezuman una ternura lánguida mezclada a un pro­


fundo am or a la naturaleza, bastarían para justificar la buena reputación
de que, com o poetas, gozaban los habitantes de Guadix.

Vemos, pues, que lo que retiene la atención de los poetas andaluces, lo


que les seduce, es el paisaje ameno, el marco de las fiestas campestres, los
lugares en los que, sobre todo, se disfruta de la frescura (ríos, vallecillos
som breados). La montaña no tiene ningún encanto para ellos. Sólo les
inspira un sentimiento de tem or o no les inspira ningún interés; si hablan
de ella, es sólo contemplándola de lejos, y cuando la utilizan com o com ­
paración por su masa potente asentada sobre la tierra, han agotado con
ello toda sugerencia poética. Se diría que los países musulmanes sólo con­
tenían llanuras y valles y, sin embargo, España muestra a la vista, en la
Marca Superior, las cimas nevadas de los Pirineos, y en Andalucía, los
picos de Sierra Nevada. Sin embargo, un poeta ha expresado el horror que
las altas cadenas montañosas inspiran a los viajeros que caminan a sus
pies. Ibn Jafava nos ha legado esta hermosa muestra:

10. A m en u d o h a cia una [m o n ta ñ a ] de p ic o agu d o, de e le v a d a c im a


o r g u llo s a q u e tra ta d e r iv a liz a r c on las m ás a lta s re g io n e s d el c ie lo con
una [c re s ta p a r e c id a a l] g a r r o te [d e una m o n t u r a ],
11. c o r ta n d o el s o p lo d e l v ie n to en to d a d ire c c ió n , rec h a za n d o los
m a tic e s g ris á c e o s d e la n o ch e c on los h o m b r o s [d e sus c o n t r a fu e r t e s ],
12. [e le v á n d o s e ] g ra v e en m e d io d e la d e s ie r ta lla n u ra c o m o si
d u ra n te las la rg a s n och es fu e ra un [p e n s a d o r] r e fle x io n a n d o s ob re las
con se c u e n c ia s [d e las c o s a s ],
13. p e r m itie n d o a las nu bes e n r o lla r s ob re e lla n e g ro s tu rb an tes
qu e, a la luz d e los relá m p a g o s , se a d o rn a n d e m ech as roja s,
14. he la n za d o g r ito s d e s g a rra d o re s , au n qu e se m a n tu vo s ord a
y m u d a: p e ro d u ra n te la n o ch e d el v ia je m e ha c o n ta d o cosas m a ra ­
villosa s.
15. « ¡ H a s t a cu án do, m e ha d ich o, s eré el r e fu g io d el c rim in a l y la
p a tr ia d el a flig id o qu e ren u n cia al m u n d o p ara v o lv e r a D ios!

4 R im a h n i, m e tr o w á fir. A n al., I I , 630. Son estos v e rs o s los qu e el p o e ta o r ie n ta l


al-M u n ázi se h abía a tr ib u id o p ara d a r una a lta id ea de su ta le n to a a l-M a 'a rrí
(c f. su p ra , p. 52).
16. «¡C u á n ta s veces han p a sa d o ju n to a m í v ia je r o s y e n d o en la
n o ch e o v o lv ie n d o [d e d ía ] y han h e c h o la siesta a m i s o m b ra m on tu ra s
y jin e te s !
17. «[¡C u á n t a s v e ce s ] m is fla n c o s han s id o la s tim a d o s p o r los v ie n ­
tos c o n tra rio s y m is c im ie n to s re c h a za d o e l a s a lto d e las m asas glau cas
d e los m a re s !
18. « P e r o to d o s esos seres han s id o re p le g a d o s p o r m a n o de la
m u e rte y lle v a d o s p o r el v ie n to d e la s e p a ra c ió n y de la a d v e rs id a d .
19. «L a p a lp ita c ió n d e m is b o s q u e c illo s n o es o tr a cosa qu e e l ja d e o
d e un p ech o, y el g e m id o d e m is p a lo m a s gris -c e n iza e l g r it o d e una
p la ñ id e ra m o rtu o ria .
20. » N o p o r q u e he o lv id a d o han d is m in u id o m is lá g rim a s ; [no,] no
he a g o ta d o m is lá g rim a s m ás qu e en la s e p a ra c ió n de los a m ig o s .»

24. Y la m o n ta ñ a m e ha h e c h o o ír en sus e x h o r ta c io n e s to d a s las


le c c io n e s p ro v e c h o s a s q u e tra d u c ía p o r e lla la len gu a d e la e x p e rie n c ia .
25. EHa v e r t ió e l o lv id o h a c ie n d o llo r a r y la a le g ría , e n tr is te c ie n d o ;
¿n o e ra e lla la m e jo r d e las c o m p a ñ ía s en el v ia je n o c tu rn o ?
26. « ¡ S a lu d !, le he d ic h o en el m o m e n to d e to m a r o t r a d ire c c ió n ;
e s ta m o s c o n d e n a d o s un os a p e rm a n e c e r y o tro s a p a r t ir » 5.

La personificación de la montaña altiva, eterna y, no obstante, com ­


pasiva con las miserias de los hombres que caminan por su base es cier­
tamente un rasgo original y que llama la atención. Destaquemos también
en este verso que nos revela m ejor que un largo tratado el papel, por así
decir, social de la montaña: «¡H asta cuándo será ella el refugio del crim i­
nal y la patria del afligido que renuncia al mundo para volver a D ios!»
(verso 6). El bandido que huye por los matorrales de la sierra para escapar
de la justicia no debía ser raro a finales del siglo xi; Ibn Jafáya había
tenido ocasión de com probar por sí mismo la inseguridad de los caminos
el día en que, acompañado de 'Abd al-Yalll ibn Wahbün, había sido ata­
cado por unos ladrones: su amigo resultó muerto y él escapó vivo de
m ila g ro 6.
Este verso es curioso además porque atestigua que ya a fines del
siglo x i y comienzos del x n existían anacoretas o eremitas a quienes las
ideas místicas, importadas hacía poco, inspiraban el renunciamiento al
mundo y el gusto por la vida contemplativa 7.

5 R im a b i, m e tr o taw il. D iw a n , p. 27; a l-D a jira , I I I (G o t h a ), f.° 156, r.°;


a l-N u w a y rl, N ih a y a , t. í, pp. 217-218.
6 C f. a l-D a jira , I I (O x fo r d ), 177 r.°-178 r.°; A n a l, I I , 215; Ib n D ih ya, a l-M u tr ib , 92 r.°
7 E n e l s ig lo v i i i = x iv , o t r o h isp an o-m u su lm á n , Ib n a l-H a y y a l-B a lflq l, h a b la
d e la m on tañ a, p e ro p a r a c r it ic a r lo s d e m a s ia d o s ascetas qu e en e lla se refu g ia n .
C f. Ib n al-Jatíb, a l-Ih a ta , ed. d e E l C a iro , I I , 117-118.
Si la montaña es hostil, inhumana, no hay, en cambio, para un andaluz
naturaleza más acogedora que la que ha sido embellecida por el trabajo
del hombre. De todos los temas poéticos, la descripción de los jardines
es tal vez la más fam iliar a los escritores musulmanes de España.
Este género, que ha recibido el nombre de rawdiyyát (de rawd = ja r­
dín), procura por sí solo materia para muchos volúmenes. Se diría que
Andalucía y España entera no han sido otra cosa que un vasto jardín en
el que las flores y los árboles hacían alarde de los colores más seductores
y de sus frondas más umbrías; pero nos daremos cuenta en seguida de
que el tema del jardín es inseparable del de la prim avera y de las primeras
lluvias fecundantes que señalan el fin de invierno y la llegada de los p ri­
meros calores. Vamos a verlo con algunos ejemplos, necesariamente lim i­
tados, que vamos a citar, pues los poetas acaban por repetirse, tanto más
en cuanto no tienen el m érito de ser por com pleto originales: Oriente, con
casi todos los poetas de la época ’Abbásí, del siglo v m al x, y sobre todo
al-Buhturi, Ibn al-Mu'tazz, al-$anawbarf y aquellos ligeram ente anteriores
a los Mulük al-Tawaif, o sus casi contemporáneos com o al-Saríf al-Radí
y Mihyár al-Daylamí, han abordado este genero Necesitaban, pues, los
andaluces mucho ingenio para com poner versos originales, y si lo consi­
guieron no fue tanto por las ideas com o por las palabras, más expresivas,
y por las metáforas, más evocadoras. Algunos de ellos han sido llamados
yannan-s, esto es, «amantes de los jardines», com o Ibn Jafáya, incluso en
vida, lo que no prueba que fueran los únicos merecedores de este título,
pero sí que aportaron mayor virtuosidad en la búsqueda de tropos. Tales
poetas de fines del siglo x y principios del xi no les son inferiores en nada;
si se habla menos de ellos es porque tal vez han tenido menos publicidad,

1 B a s te d e c ir qu e es, in d ire c ta m e n te , de in s p ira c ió n persa.


porque sus colecciones de versos se perdieron durante las turbulencias
que señalaron el com ienzo y el fin del siglo x i y las guerras sin fin que
marcaron el intervalo entre esos dos períodos.

Abü-1-Fadl Ibn al-A'lam dice de un jardín en el que las flores se doblan


bajo el viento y la lluvia:

1. M ir a las flo r e s (a z h a r) qu e se han le v a n ta d o en el c ie lo d e l ja r d ín


g e n e ro s a m e n te r e g a d o p o r la llu v ia , c o m o es tre lla s .
2. H a n id o c a y e n d o le n ta m e n te las unas tras las o tra s ; se d ir ía qu e
un g e n io m a lig n o tr a ta n d o d e r e v e la r un s e c r e to se ha a p r o x im a d o p ara
e s c u c h a r y qu e e lla s se han a b a la n za d o s o b re él p a ra la p id a rlo .
3. [M ir a ta m b ié n ] e l r ío s o b re e l cu al las b risas, c o m o h á b iles
a rtesan as, han c re a d o a d o rn o s c o n las b u rb u ja s (h a b a b )2.

Abü 'Am ir Ibn Maslama ve, sobre todo, tejidos:

1. A m en u d o , una p ra d e r a (ja m ila ) a la cu al la e s ta c ió n ha a d o rn a d o


la s u p e r fic ie d e te jid o s lis ta d o s (m u 'a d d a d , m u s a h h a m ) y b la n c o s (q a s ib ),
2. ha s o rb id o , un p o c o an tes d e l alb a, la s a liv a d e una nube, del
m is m o m o d o c o m o e l a m a n te b e b e en los la b io s d e su b ie n a m a d a 3.

Abü-1-Qásim al-Balmí evoca colores y perfumes:

1. C o n te m p la , p a ra r e c r e a r tus o jo s , un ja r d ín lu ju r ia n te s o b re el
c u al la b ris a n o cesa d e s o p la r y la llu v ia d e caer.
2. T e h a rá v e r e l a r te d e San'á* en los d ib u jo s qu e a d o rn a n sus
m a n to s [q u e se d iría n ] fa b ric a d o s en T u s ta r, p e ro qu e [a p e s a r d e la
e tim o lo g ía d e su n o m b r e ] n o se escon d en .
3. Sus c o lo re s son v a r ia d o s y e l a ro m a qu e él e x h a la es tan e x q u is ito
qu e h a ce q u e re c h a c e m o s el ’a b ir y qu e nos o lv id e m o s d e l á m b a r 4.

He aquí otros versos en los que los jardines se describen sin alusión
a la acción bienhechora de la lluvia.
Abü Muhammad 'Abd Alláh Ibn al-Simák dice:

1. E l ja r d ín ha p in ta d o d e v e r d e las c o lin a s (r u b d ) y se ha v e s tid o


p a ra los q u e le c o n te m p la n c on sus m ás h e rm o s o s c o lo re s .
2. S e d ir ía q u e una b e lla jo v e n , r e s p la n d e c ie n te c on sus c o lla re s
d e o r o , h a e x p u e s to a llí to d o s sus a d o rn o s d e d e sp o sa d a ( saw ar) 5;

2 R im a ü m á , m e t r o ka.mil. M a tm a h , p. 65 (r e p r o d . en A nal., I I , 432).


3 R im a Ib i, m e t r o kd.mil. M a tm a h , p. 24 (s e g u im o s la le c c ió n d e A n a l., I I , 367).
4 R im a rü , m e t r o ka.mil. A b ü -l-W alíd a l-H im y a rí, a l-B a d i'fi w a sf a lra b i', f.ü 15 r .°-v "
S a n 'á ’ en e l Y e m e n y T u s ta r en P e rs ia e ra n d os ciu d a d e s c é le b re s p o r sus telas
lis ta d a s (c f. in fra , p. 320, n. 120). E l 'a b ir es un p e r fu m e c o m p u e s to en e l qu e en tra,
s o b r e to d o , e l a za frá n .
5 C f. Ib n Q u zm án , C a n c io n e ro , p. 210 di. (p ie z a 88, estr. 22).
3. o qu e se han r o to en él p e b e te r o s d e a lm iz c le a m a s a d o c o n p e p i­
tas d e l m ás p u r o bán.
4. L o s p á ja r o s g o r je a n en las ra m a s c o m o ca n ta n te s in c lin a d a s
p a ra ta ñ e r [la s c u e rd a s ] d e su laúd.
5. E l agua, sin in te rru p c ió n , d e ja f lu ir sus o n d a s c o m o c a d en a s de
p la ta y p e rla s 6.

Abü Ayyüb Ibn Battál al-Mutalammis personifica las plantas de'


jardín:

1. L a tie r r a se m u e stra o r g u llo s a c on re s p e c to a n o s o tro s a causa


d e l e s p le n d o r d e sus v e stid u ra s .
2. Sus flo r e s son c o m o co p a s qu e h ic ie ra n a d e la n ta rs e las m an o s
d e lo s b e b e d o re s .
3. Sus ra m a s son c o m o b ra zo s q u e tra ta n d e e n lazarse.
4. L a s flo r e s p ro v o c a n tal a d m ira c ió n a los in sectos, qu e éstos
c a n tu rre a n ex ta sia d o s ;
5. y c u a n d o se b esa n b a jo e l im p u ls o d e l v ie n to d e l sur, se d ir ía
qu e son jo v e n c ita s qu e se besan.
6. L a s c o r o la s llen as d e r o c ío son c o m o p á rp a d o s q u e llo ra n la
s e p a ra c ió n de los a m ig o s 1.

Se establecen comparaciones muy precisas con ciertas partes del cuer­


po humano; así, Abü-l-Hasan Ibn Hafs al-YazIrí dice:

1. C u án tas v e ce s he id o en h o ra te m p ra n a a los ja r d in e s : las ram a s


m e re c o rd a b a n la a c titu d d e los am an tes.
2. ¡Q u é h e rm o s a s se m o s tra b a n c u a n d o el v ie n to las e n tr e m e z c la b a
c o m o c u e llo s [q u e se a b ra za n e s tr e c h a m e n t e ]!
3. L as rosas son m e jilla s ; las m a rg a rita s , b ocas s o n rie n tes , m ie n tra s
qu e los ju n q u illo s ree m p la za n a los o jo s s.

Abü Marwán Ibn Razin acumula las metáforas:

1. A m en u d o e l ja r d ín e s tá r e v e s tid o c on la llu v ia fin a d e un t e jid o


lis ta d o (m u y a d d a d ) e in s p ira a las alm a s el d e s e o d e d e te n e rs e en él
y sentarse.
2. C u an d o la b ris a le to ca c on su m an o , im a g in a m o s qu e sus ram a s
son d a n za rin a s qu e se b a la n cea n c on sus v e s tid o s v e rd e s d e te la ra y a ­
da ( ’asb).
3. A l v e r e l agu a d e s liz a rs e [a tra v é s d e las p la n t a c io n e s ], se d iría ,
c u a n d o la m a n o d e l c é fir o o n d u la su s u p e rfic ie , qu e es una lim a ;
4. y c u a n d o la b ris a la d e ja tra n q u ila , u n o se im a gin a , tan p u ra es,
una e sp a d a p u lid a , d é^ n ítid a h o ja , d esen va in a d a .
5. L a s p a lo m a s gris-cen iza qu e nos ro d e a n h a cen o ír una m e lo d ía
q u e nos h ace o lv id a r a [las ca n ta n te s c é le b r e s ] a l-G arid y M a 'b a d 9.

11 R im a a n i, m e tr o k á m il. Q a lá 'id , p. 205.


7 R im a á b ih á , m e tr o m u ta q á rib . Abü-1-WalTd, al-BadV, f.» 8 r.°
s R im a ü qi, m e t r o k á m il. Anal., I I , 466.
9 R im a da, m e t r o ta w il. Qal., p. 53 (r e p r o d . en A n al., I, 443-444); a l-H u lla , en N o t i-
ces, p. 783. S o b re e s to s ca n ta n te s c é le b re s , cf. in fra , pp. 384-385.
En Ibn Jafaya se encuentran las mismas imágenes, pero más rebusca­
das y acumuladas com o en alarde:
1. ¡S ea g r a t ific a d o el d ía en qu e m e p a ré al p ie de un g ra n á rb o l
(s a rh a ) d e r ic a v e g e ta c ió n ! E l v ie n to d el n o rte ju g a b a c on él, y él se
p re s ta b a al ju e g o .
2. E m b r ia g a d o con el a r r u llo d e la p a lo m a , se in c lin a b a d e a le g ría ,
V c u a n d o la nu be le s e rv ía d e b e b e r, b ebía.
3. D ía fe liz qu e se d iv e r tía : la b a n d e ra de la ju v e n tu d se alza b a
y el a s tr o d el v in o p u ro se e leva b a .
4. E l ja r d ín e ra un r o s tr o d e una b la n cu ra res p la n d e c ie n te , la s o m ­
b ra una c a b e lle r a (lim m a ) n e g ra y el agu a [d el a r r o y o l una b o c a de
h e rm o s o s d ien tes.
5. Fue a llí d o n d e la p a lo m a nos r e g o c ijó una ta rd e al d e ja rn o s o ír
su d u lce m elo d ía .
6. E l c o s ta d o d e l ra m o se a g ita a causa d e la a le g ría qu e sien te
p o r n o s o tro s y e l o c a s o s o n ríe d e sc u b rié n d o n o s la b o c a d el c u a rto c re ­
c ie n te d e la luna.
7. E se c re c ie n te al qu e la b e lle z a e s tá e s tre c h a m e n te lig a d a , ¿no
p a rec e un c o lla r d o r a d o [p o s a d o ] s o b re el m a n to d e 1a nu be? I0.
/
Del mismo poeta:
1. ¡q u é de cálic e s de flo r e s s o b re los qu e la m añ an a ha h ech o des­
c e n d e r el v e lo d e ja n d o al d e s c u b ie r to m e jilla s c u b ie rta s de r o c ío
2. [se v e n ] en un v a lle en el qu e las b ocas de las m a rg a rita s han
m a m a d o el p e ch o d e las nu bes d e c h a p a rro n e s g en e ro so s !
3. L a m a n o d e l E u ro ha e s p a rc id o s o b re el r e g a zo d e la tie r r a las
p erla s d e l r o c ío y los d irh e m s d e las flo re s .
4. L a ra m a d e te r r e n o a re n o s o se h a b ía e n v u e lto en su m a n to y los
[b ra zo s d e l r ío c o m o ] c u e llo s (s a w á lif) se habían a d o r n a d o de b u rb u ja s
d e agu a (h a b á b ) c o m o jo y a s .
5. M e in s ta lé a llí d o n d e el agu a es c o m o la m e jilla d e una p erson a
s o n rie n te y a le g re , a llí d o n d e el r ío se p a rec e a un fa v o r it o qu e c o m ie n za
a m o s tra rs e .
6. L a b ris a a g ita b a , te m p ra n o , las [p la n ta s c o m o las] c a b e lle ra s
(liin a t n ) d e las c o lin a s (r ith a ) y la fin a llu v ia h u m e d e cía los ro s tro s de
los árb oles.
7. Y o r e p a r tía m is m ira d a s e n tr e la b e lle z a d e la g ru p a d e la c olin a
( rá b iy a ) y el ta lle [d e p ro n u n c ia d o r e p lie g u e ] d e un v a lle p ro fu n d o .
8. y el a rá k a " , qu e, a cau sa d e la p a lo m a to rc a z qu e a rru lla b a en
sus ram a s en el m o m e n to en qu e la a u ro ra d e sc u b ría la fr e n te [lu m i­
n osa] d e l día,
9. a g ita b a [d e a le g r ía ] sus ram a s fle x ib le s , y a m en u d o el p á ja r o se
p o n ía el m a n to ( n iu la 'a ) q u e le d ab an las flo r e s l2.

Y todavía estos otros versos, en los que a anotaciones directas se mez­


clan recuerdos clásicos:

10 R im a bit, m e tr o k á m il. D iw á n , 32; a l-D a jira , I I I (G o t h a ), 151 r."


11 E s ta p a la b ra no d e b e d e s ig n a r el m is m o á r b o l qu e en A ra b ia . H e m o s tra ta d o
en v a n o d e id e n tific a r lo .
12 R im a á ri, m e tro k á m il. D iw á n , pp. 72-73; a l-D a jira , I I I (G o t h a ), f." 150 v.u-
151 r ” ; A n al., 1, 452; I I , 136 (v e r s o 7).
1. A m en u d o un arüka alza b a un d osel h u m e d e cid o d e r o c ío p or
e n c im a d e n o sotros, m ien tra s qu e los firm a m e n to s de las cop as hacían
su rev o lu c ió n .
2. L a base d e su tro n c o e stab a r o d e a d o p o r la v ía láctea d e un
a r r o y o s o b re el qu e las flo r e s b lan cas e s p a rc ía n sus es tre lla s .
3. El á rb o l con su a c e q u ia e ra c o m o una h e rm o s a con el ta lle a p r i­
sion a d o en un c in tu ró n (z u n n ü r).
4. L a cop a d e c ris ta l c o n d u cía |al d o m ic ilio d el e s p o s o ) el v in o c o m o
una d esp o sa d a qu e se m u e stra con to d o s sus a d o rn o s m ie n tra s qu e las
flo r e s d e las ra m a s se d e sp a rra m a n en g ran ca n tid a d ,
5. en un ja rd ín en el qu e la s o m b ra ten ía la o p a c id a d d e las tin ieb la s
y d o n d e las flo r e s se habían c o n d e n sa d o en luz;
6. ja rd ín lu ju r ia n te d o n d e el m e r c a d e r m o s tra b a p ara m í sus telas
listad as y d o n d e el p e rfu m is ta m o lía su a lm izc le .
7. El c a n to [d e los p á ja r o s ] se e le v a b a m ien tra s qu e el r o c ío h u m e­
d e cía el r o s tr o de la tie r ra y las flo r e s se d e sp e rta b a n .
8. el agu a [d el c a n a l], a d o rn a d a d e las jo y a s del ro c ío , se p a re c ía a
un c u e llo (n iu q a lla d ) s o b re el qu e los á rb o le s habían a b o to n a d o los cu e­
llos d e sus cam isa s (y ity iib )

Y por último, estos otros versos:

1. B eb e a tra g u ito s el v in o en ta n to qu e la b risa es d u lce y la so m b ra


fre s c a c o m o una b a n d e ra p a lp ita n te,
2. qu e la f lo r es un o jo qu e aca b a d e d e s p e r ta r s e llo ra n d o , qu e el
agu a es una b oca s o n rie n te, d e d ie n te s b rilla n te s , sed u ctora.
3. Del r e lá m p a g o d e las nubes se han izad o , a tra v é s d e la a tm ó s ­
fe ra , una b a n d era y un escu ad rón ,
4. hasta el m o m e n to en el qu e tod a ram a fre s c a d el b o s q u e c illo
bien r e g a d o se b a la n ce a b la n d a m e n te [b a jo el s o p lo del v ie n to l y en el
qu e v a lle s y to rre n te s reb osan de agua.
5. P o r g ra titu d a este r e lá m p a g o [b ie n h e c h o r] el a rü ka se in c lin ó
y d esp u és se c im b r e ó de a le g ría , y la p a lo m a to rc a z h iz o o ír su zu re o
e n tre las ram as.
6. [T o d o l el jard ín , de p u ro b ien esta r, a g ita sus m an to s [esm alta-
dos| c o m o un h o m b re e b rio , que, c u r v a d o p o r el v ie n to , se in c lin a ra
[p a ra caer|.
7. A este h e rm o s o ja r d ín el r o c ío lo ha p la te a d o , d esp u és se ha
s e p a ra d o [e v a p o r á n d o s e ! m ien tra s qu e el a ta r d e c e r ha v e n id o a d o r a r le
las m e jilla s l4.

Como vemos, Ibn Jafáya, llamado el Yannün, «Am ante de los ja rd i­


nes» l5, describía sobre todo árboles; en un jardín, lo que le llama la aten­
ción son las verdes frondas que se elevan hacia el aire y las sombras que
proyectan en la tierra; las flores t^o las considera más que com o acceso­
rios. Poeta paisajista, ve ante todo el «á rb o l», sin distinguir una u otra

13 R im a ürü, m e tro k a n iil. D h vü n , p. 74; a l-D a jira , I I I (G o th a ), í." 159 v.°; Anal.,
1 455.
14 R im a ¡la, m e tro katnil. D iw a n , pp. 105-106; a l-D a jira , 111 (G o th a ), f." 164 v."
Anal., I I , 136.
15 C f. su D iw ü n , p. 9, I 13. V. supra , p. 167, e in fra , p. 197.
variedades de manera estricta. Los otros poetas andaluces no han conce­
bido de otro modo los jardines; no nos dan descripciones precisas; no
vemos platabandas, ni avenidas; sus versos nos hacen pensar en el Gene-
ralife, donde el huerto domina al jardín propiamente dicho. Lo que han
retenido, sobre todo, es el aspecto ondulado de los espacios cubiertos de
grandes árboles umbrosos, al pie de los cuales corren las acequias, la sen­
sación de frescor que emana de estos jardines-oasis en que, a la música de
los pájaros, se mezcla el perfum e de las flores.

Junto a los jardines, las flores han sido uno de los temas preferidos de
los poetas andaluces: los nawriyyat o «poem as florales» son tan numero­
sos com o los rawdiyyat; si en este terreno todavía Occidente no ha creado
una innovación, al menos ha marcado una preferencia más natural y más
sincera p or todo lo que constituía el ornato de los jardines. En el siglo ix
se encuentran ya en España poetas que han descrito las flores, com o Ibn
'Abd Rabbih, Sá’ id al-Bagdádí 16 y Abü Bakr Ibn al-Qütiyya, pero se da en
ellos más retórica que observación exacta y más afectación que sincera
admiración. En el siglo x i el gusto por la naturaleza se extiende a todas
las clases sociales; la descentralización del poder, al dar lugar a todas
esas cortes de príncipes o de gobernadores semiindependientes, impulsa a
todos los que poseen alguna fortuna a construir suntuosas moradas en
m edio de jardines en los que las flores crecen en gran cantidad; nunca
la España musulmana había tenido tantos munyas, parques, paseos; las
flores y los árboles se encuentran en todo lugar habitado; el ideal de cual­
quier persona es poseer un poco de tierra en la que hacer crecer unas
flores. El Alm eriense expresa muy bien el gusto innato del andaluz por
la más modesta planta florida y verde cuando, de paso para Sevilla, añora
«la planta de albahaca (gars al-habaq) que tiene en su casa», porque para
él «es más deseable que el Paraíso» 17.
El andaluz ama las flores, pero la lista de las que describe en sus
versos no es muy nutrida; algunos de ellos insisten, con una frecuencia
sorprendente, en el m irto (as), la m argarita o camomila (uqhuwán), la
violeta (banafsay), el narciso (bahar), el lirio azul (ju rra m ), el m atiolo
( j l r i asfar), el alhelí ( j i r l nammam), la azucena (süsdn), el junquillo
(naryis asfar), el nenúfar (naylüfar), la rosa roja (ward) y el jazmín
(yasimin); ninguna otra se describe más que incidentalmente, com o la
flo r del granado silvestre o balaustia (yullanar), del granado fructífero
(nawr al-rumman), la amapola o anémona roja (saqaiq), el jazmín silves­

16 S o b re e s te p o e ta , v e n id o d e O rien te , cf. R. B la c h é re , U n p io n n ie r de la c u ltu r e


a ra b e o r ie n ta le en E s p a g n e au X ' s ié c le : S á 'id de B agd ad , en H e s p é ris , t. X , 1930,
p á g in a s 15-36.
17 A nal., I I , 264 (c f. s u p ra , p. 145).
tre am arillo ( layyán), la flo r de lino (nawr al-kittñn), la flo r del almendro
(nawr al-lawz), el narciso en cangilón de noria (naryis qádüsi), la flo r de
haba (nawr al-báqila o nawr al-yiryir) y la yedra o pervinca (al-galiba) 18.
Vamos a mostrar de qué modo han visto los poetas andaluces cada
una de estas flores; pero no traduciremos fragm entos enteros de versos;
nos lim itarem os a señalar los rasgos principales de la descripción, reser­
vándonos para el final del capítulo el citar íntegramente algunas piezas
características; ni siquiera creemos necesario mencionar para cada des­
cripción al poeta que es autor de la misma; bástenos decir que todas
nuestras citas pueden encontrarse en la antología de poemas flo ra ­
les de Abü-1-Walld al-Himyarl ( t hacia 440 = 1048) Al-Badt fi wasf
al-rabl', de que ya hemos hablado.

E l m irto o arrayán [<5s]

El nombre más corriente es as, raramente rayhdn 19 (que, sin embargo,


es la única denominación que ha pasado al español: arrayán). Los poetas
se han interesado especialmente por el color de los diferentes elementos
de la planta y por el perfum e que de ella se desprende. «S u tallo es como
una flo r » «qu e florece en todas las estaciones»; las ramas secundarias
(jalf, en plural ju lñ f) se asemejan a mechones de cabellos (limma, en plu­
ral lim a m ; gadlra, en plural ga d a ir) en desorden y polvorientos (s u 't)’, la
planta, verde oscura en su conjunto, sugiere a los poetas calificativos
o comparaciones en las que destaca la idea de lo negro: «las hojas son de
un encrespado (ta y id ) tu pido»; «se diría un negro crespo y rizado». La
baya, blanca prim ero y negra cuando está madura, puntuada de negro en
el intervalo es para un poeta «d e azabache (sabay) o de tejid o de sede
(sundus) coloreado». Estos frutos sugieren sobre todo la idea de botones
blancos o negros según el grado de madurez; «la nube (m uzn ) ha revestido
al m irto de galas verdosas (huía ju d r) que tienen botones (azrar) de alm iz­
cle (n egros) y de alcanfor (blancos)».
El perfume se define claramente: «su fragancia (sadá), al difundirse
serena y alegra el ánimo, lo que puede hacer creer que ha sido cortada en
el Paraíso».
Para designar las flores, «qu e entre las hojas son com o luces que apa­
recen en una noche oscura» o «com o las estrellas de Géminis brillan en
un cielo siempre verde (es decir, n egro)», los andaluces se valen habi­
tualmente de la palabra nawr, que les perm ite jugar con nür (lu z); pero

18 R e s u lta c u r io s o v e r qu e lo s a n d a lu ces d e l s ig lo x i n o han d e s c r ito e l c la v e l


( q a r a n fu l), e l b a s ilis c o (h a b a q ), la f lo r d e l a za h a r (z a h r), e l e s p lie g o (ju z a m á ), la
m e jo r a n a (m a r d a q ü s ) y la a d e lfa (d if la ), qu e son, sin e m b a r g o , flo r e s m u y m e d i­
terrán eas.
19 C f. e je m p lo s su pra , p. 60, e in fra , pp. 191 y 315.
encontramos a veces la palabra persa ramisneh, que abreviadamente es
rámisa 2Ü.

La camomila o margarita [uqh uw an]

La palabra uqhuwan 21 parece designar en el Occidente musulmán a la


margarita o maya, más que a la camomila. Los poetas se han admirado
sobre todo por el contraste de colores blanco y amarillo, periférico y cen­
tral, respectivamente, y es lo que han tratado de utilizar en sus com pa­
raciones.
Las margaritas son «copas (k a ’s) de plata (fidda) cuyo fondo está
cubierto de oro puro (midár)»-, «estrellas (de o ro ) caídas en un cristal
(maha) blanco»; «copas (yam) de cristal (mahá), en las que queda un poco
de dorado vin o». Para otros poetas representan «lingotes de oro (nuqar
tib r) en cajas de ungüentos (mudhuna, plural madáhin) de plata» o «cajas
de ungüentos de cristal (malta) artísticamente trabajadas en las que hay
azafrán»; «perlas blancas (d urr) que encierran oro ( ’asyad)» o «perlas
( l u ' l u ) colocadas alrededor de jacintos (yáqüt, plural yawaqit) am arillos».
La form a redondeada de la masa amarilla, constituida por multitud de
flores minúsculas en el centro de los pétalos blancos, sugiere en ocasiones
comparaciones con ojos cuyas pupilas estarían estupefactas o que deja­
rían caer lágrimas blancas; pero frecuentemente se las compara con bocas
sonrientes — «bocas de huríes», dirá un poeta— en las que los dientes
serían los pétalos y las encías la masa central amarilla, y estas com para­
ciones están siempre asociadas a la idea de la risa o de la alegría. Lo que
puede acentuar su aire reidor son las gotas de rocío o de fina lluvia (tall)
que vienen a jaspear sus corolas, lágrimas de alegría, pues el agua del cielo
trae siempre consigo la vida y la dicha: «sus dientes sonríen cuando el o jo
del cielo, al llorar, derrama lágrimas abundantes».
Rara vez se encuentran comparaciones con tejidos o vestidos: «son
mantos (burüd) blancos que el o jo del abundante rocío ha bordado de oro
(t ib r )». El perfum e de la camomila o de las margaritas no parece haber
llamado la atención de los poetas, sin duda porque es muy débil o poco
agradable.
En resumen, bocas reidoras y objetos en materiales preciosos es lo que
los andaluces han visto en estas flores.

2U S o b re estas p a la b ra s , c f. D ozy, C o r r e c tio n s , 86-87 (y las r e fe r e n c ia s d e el A ga tü


c ita d a s ); al-J afáyí, S ifá ' a l-g a lil, ed. d e E l C a iro (p . 94, c ita un v e rs o de A b ü N u w á s
e in v o c a la a u to rid a d d e a l-S ü lí); a l-F Irü zá b á d í, a l-Q a m ü s, I I , 275 (s v . r a m s ); Ib n
Z ayd ü n , D iw a n , ed. d e E l C a iro , p. 119, 1.7 ( y la n o ta de los e d ito r e s ); a l-H u lla , en
N o tic e s , p. 144, 1. 17.
21 E n pl.: a qá h i, y d e ah í el sin g u la r: a qá h , c o m o y a w á ri (e m b a r c a c io n e s ráp id a s,
p la n e ta s d e cu rso r á p id o ) se ha tr a n s fo r m a d o en y a w á r (Q u r'ü n , X L I I , 31; L V , 24).
La violeta es una de las flores apasionadamente amadas por los 'Am i­
ríes desde al-Mansür hasta el último representante de esta gran fam ilia en
el siglo xi. Los jardines de al-'Amiriyya, muy cerca de Córdoba, estaban
adornados sobre todo con violetas, junquillos, lirios, narcisos y rosas, en
la época del gran ministro de los Omeyas; lo sabemos sobre todo por los
versos de Sá'id al-Bagdádl y Abü Marwán 'Abd al-Malik ibn Idrís al-Yazírí.
En el siglo xi parecen muy extendidas por todas partes. Los poetas las
describen aisladas o bien form ando arriates. No tratan de bordar varia­
ciones sobre el tema del azufre (k ib rlt) que arde para dar el tono rojo
y azulado al mismo tiempo a los pétalos, pues parece definitivam ente
abandonado después de haber sido tratado por Abü-l-'Atáhiva ( t hacia el
210 = 825) o Ibn al Mu’tazz ( t 296 = 908) 22. Han buscado otra cosa y han
encontrado un parecido con las huellas de un mordisco en la m ejilla o en
el seno de la bienamada. Tienen dificultades para expresar los colores tan
particulares de esta flor; las palabras que emplean hacen alusión al azul
turquesa (firüzay), pedazo de cielo; al ro jo o am arillo com o el jacinto; al
negro com o el almizcle; al ro jo oscuro com o la mora (firsád); al labio pur­
púreo (la'as, ahwá), que nos autoriza a creer que se trata de pensamientos
y no de violetas.
El más hermoso hallazgo es el que la compara con «alas de mariposa
teñidas con moras del ja rd ín »; por el contrario, es menos acertado el que
evoca «palom as verdes (ju d r al-hamám) esparciendo sus collares». Las
hojas verdes que form an com o un tapiz aportan palabras com o esmeralda
(zum urrud) o masa de agua glauca (luyya) y, por asociación de ideas, la
flo r se transforma en perla (vawhar), que puede servir para adornar pen­
dientes (q u rt) o grandes brazaletes (dumluy). El perfume se evoca raras
veces y vagamente.

E l narciso de los poetas [ bahür]

Los andaluces designan al narciso con la palabra buhar (alteración de


la clásica ’abhar), y lo explican por el narciso am arillo o en parte am arillo
(narvis musfarr) distinguiéndolo del narciso común com pletamente ama­
rillo 23 (narvis asfar) y del narciso de cangilón de noria o flo r de ángel
(narvis qádüsi), que no se encuentra más que en España. Esta distinción
entre el narciso de los poetas (buhar) y el narciso-junquillo o junquillo

22 C f. Ib n al-M u 'tazz, D iw a n , 304; M a y n u i'a m in a l-n azm w a -l-n atr, 47; al-S arísi,
S a rh m a q á m a t a l-H a r iri, I I , 548-549; H a m z a F a th A llá h , a l-M a w ü h ih a l-fa th iy y a , I,
240; al-G uzülí, M a tá lV al-wud.ur, 1, 107 (a tr ib u id o a un a n ó n im o ).
23 A l-S a risi, en su S a rh M a q á m á t a l-H a riri, I, 32-35, m u e stra con e je m p lo s qu e
el n a ry is de los o r ie n ta le s es el b a h ü r de los an dalu ces, y v ic e v e rs a .
( naryis asfar) se desprende muy claramente de los fragm entos en verso
agrupados p or Abü-1-Walíd al-Himyarí en su antología del Badl' fi wasf
al-rabi' en cada una de sus rúbricas.
Los andaluces, ante el narciso de los poetas, tratan de reflejar tres colo­
res: verde para el tallo y las hojas, am arillo para la parte central de la flo r
propiam ente dicha y blanco para los pétalos. «L o s narcisos, dirá el poeta,
son ramas de esmeralda (zum urrud) que producen hojas de plata (fidda)
y para los que el oro acendrado (nudár mujallas) es flo r », imágenes que
se encuentran en otros poemas, con la sola sustitución de dahab (o ro )
por nudár.
«E l narciso es un jacinto (yáqñta) am arillo que lleva manos blancas
y finas o tal vez un jacinto am arillo que ha velado, por tem or de un celoso,
sus muñecas (ma'ásim) con trajes (m atárif) verdes y ha m ostrado plata
(fid d a )» o «vela, por exceso de pudor, sus muñecas con mangas (akmám)
verdes para sustraerlas a los ojos del celoso».
«S on cajas de ungüentos (madáhin) en oro (tib r) sostenidas por dedos
de plata (fidda) en brazos torneados en crisolita (zabaryad)». Se observa
un rebuscamiento m ayor en este poeta, para el que los pétalos son perlas
blancas (d urr), el corazón de la flo r jacintos (yawáqit) y el tallo de criso­
lita (zabaryad). «Son, dirá otro poeta, lingotes de plata (nuqar fidda) en
los que se han colocado copas de oro puro (dahab ib riz)». Es un ser vivo:
«S e diría que la tierra es un velo a través del cual las jóvenes de senos
firm es ( kawá'ib) tienden con sus manos copas [blancas] llenas de vino
[d o r a d o ]»; «m anos de alcanfor (káfüra) [b lan co ] que llaman a la prim a­
vera con una copa de oro (ka’s t i b r )»; «tizón de fuego en m edio del agua
congelada de sus vestiduras de un blanco muy puro (n a s a ) »; «perlas
[blancas] (d u rr) en m edio de las cuales se han dispuesto jacintos de un
am arillo puro (fáqi')»\ «esm eraldas de las que las ramas han hecho como
flores de perlas (durar), llevan un jacinto de am arillo puro; se diría oro
(tib r ) fundido sobre plata (luyayn)». Un poeta incluso dará con precisión
el número de los pétalos: «E s una rama de jacinto am arillo alrededor de
la cual se han engarzado seis perlas (d u ra r)». Posiblemente es la flo r de
ángel lo que reconocemos en ese narciso «parecido a un cuello de oro (yid
tib r) brillando en un collar de plata (tawq fidda)».
Junto a estas comparaciones con materiales preciosos u objetos artís­
ticamente trabajados 24 encontramos paralelos con los ojos.
«E s una pupila (m u q la ) que se queja al rocío de su insom nio»; «un
o jo en los párpados en el que se insinúa el sueño; hundido en la órbita,
no conoce el reposo nocturno»; «o jo s que miran lánguidamente, cuyas

24 S e e n c u e n tra e s ta a lu s ió n en un p o e ta d e l s ig lo x : «S o n d in a re s (d e o r o ) s o b re
d irh e m s d e p la ta p u ra ; Y a 'fa r n o ha c u id a d o nu nca la im p r e s ió n (la b ') d e éstos,
n i la m a n o d e Q a s im la a c u ñ a c ió n (d a r b ) d e a q u é llo s » (c f. Abü-1-WaÍId a l-H im y a rí,
l. c., f.° 51 v.°; v e r s o d e Ib n al-Q ü tiyya. R im a im , m e t r o ja f if ).
pestañas (asfár) son perlas (durar) y las pupilas (anási) son jacintos ama­
rillo s»; «Cuando se contempla el narciso, se dice: ojos de disoluto (jal?)
que se inclina ebrio y que se duerm e» (esta alusión a la actitud inclinada
del narciso no es frecuente); «Las pupilas del narciso son de una gracia
encantadora, com o una pupila (m uqla) en la que se insinúa el sueño».
Escasas, decíamos, son las alusiones a la postura inclinada de los nar­
cisos; he aquí una que puede parecer de dudoso gusto: « E l narciso deja
colgar (yudalli) cráneos (yamayim) tiernos...; se diría un hombre que se
aparta de un interlocutor que le desagrada».
Frecuentes son, por el contrario, las comparaciones simbólicas del
am arillo y del blanco con los enamorados: el blanco es el amante insen­
sible; el am arillo, el amante que se tortura de am or insatisfecho. «P o r su
color am arillo se diría que el narciso es un amante que viste, para la sepa­
ración, el traje [b lan co ] del lu to» 2S. «E l amante y la amante se reúnen en
su color blanco y am arillo; lleno de compasión para los enamorados, se
apresura a florecer en medio de las flores».
El narciso es loado de este modo porque es una de las flores que apa­
recen en el tiem po en que el invierno no ha cedido aún el lugar a la
primavera.
El penetrante perfum e de los narcisos se evoca a menudo comparán­
dolo con el del alm izcle o el azafrán.

E l ju n qu illo [ naryis]

Al lado del narciso, los andaluces conceden un lugar im portante al


junquillo. El naryis es, salvo raras excepciones, el narciso com pletamente
am arillo; no creemos equivocarnos al denominarlo junquillo.
La nota dominante es, naturalmente, el color am arillo; el tallo verde
se evocará también: «los junquillos son oro (tib r ) en ramas de esmeralda
(z u m u rru d )»; «su base ha verdecido bajo el am arillo»; «son esmeraldas
erguidas que llevan oro (dahab)»; «se han levantado sobre piernas ver­
des (m u jd a rr) vestidas de mantos (burüd) de seda verde (sundus)»; «c r i­
solita sobre la que hay oro (nudár) puro».
Como el tono am arillo domina, es este color el que los poetas ofrecen;
se encuentran de nuevo alusiones al am or semejantes a las que hemos
visto al hablar del narciso de los poetas.
El junquillo es, sobre todo, un o jo lánguido:
«E l junquillo mira lánguidamente (y a rn ü)»; «tien e la mirada ausente;
se diría que la tristeza (huzn) le hace su frir»; «b a ja los ojos enfermos b or­
deados por las pestañas»; «se despierta para m irar lánguidamente con
ojos que no pestañean».

25 S o b re e l lu to en E spaña, cf. in fra , pp. 301 y ss.


Su perfum e es mas penetrante que el almizcle: «exhala el aliento más
exquisito»; «es tan perfum ado que cuando se le respira parece que el
almizcle se esparce desde su centro»; «antes de contemplarle, viene a
nuestro encuentro con su fragancia».

E l narciso de cangilón o f l o r de ángel [n a rv s qádtisi ]

El narciso qádtisi (de qádüs, cangilón de noria en lenguaje popular


en España; en árabe clásico, qadas) no es otro que la flor de ángel; sólo
un poeta lo describe: Ibn 'AlT ( Abü-l-Hasan)

1. H a y una c o p a (k a 's ) de o r o cu yo to n d o [q á '} es e s tre c h o , p e ro se


en san ch a h a cia a rrib a y se m u estra para ser a d m ira d a .
2. Es un r a m ille te p e rfu m a d o cu an d o se o lfa te a su f lo r y es un
v a s o p a ra la b u ena c o m p a ñ ía cu an d o se d esean cop as ( n u ja b ).
3. Al in c lin a r el c u e llo ( y id ) a causa de la e m b r ia g u e z d e! b ie n e s ta r
qu e hay en él, im ita la in c lin a c ió n d e un h o m b re e b r io qu e se ap asion a
p o r el juego.
4. [o bien es] cual una b e lla m u je r e s b e lta qu e en su tr a je de seda
v e r d e (s iu id tis ) se le v a n ta ra e n tre los b e b e d o re s con una cop a de o r o
( d a h a b ) 21 en la m ano.

E l lir i o azul [ j u r r a i n ]

El j n rra m , que se traduce por süsán az.raq (azucena azul), parece ser
realmente el lirio azul, pero algunas descripciones, al hacer alusión a
estrías, no nos permiten ser rotundamente afirm ativos
«E s de azul antimonio ( k u h li )»; «su color imita a la turquesa (firüzay
o fayrüzáy), en el que se hubiera fundido oro (dahab) resplandeciente
( m u s r iq ) » : en este último rasgo se ha querido reconocer el pistilo y los
estambres. La siguiente descripción opone el lirio azul a la azucena blan­
ca: «H a desechado con repugnancia el traje blanco, color de su hermano,
para vestirse con un manto azul (hulla z a r q a ) cuyo destello parece toma­
do de la bóveda celeste; si el pavo real se lo pusiera, sería felicitado como
un rey por las otras aves»; «dulce ornamento, el lirio azul, por su colora­
ción y su aspecto, aparece ante los ojos como el arco de Quzah (arco
ir is )».

2h Abü-1-Walíd a l-H im v a rl, en a l- B a d V , d estaca qu e esta e s p e c ie de n a rc is o no


e x is te en S e v illa ( f." 58 r.°).
:7 R im a bi, m e tro basit. Abü-1-Walíd a l-H im y a ri, op. cit., f.u 58 r."
-8 D o zv, en su S u p p l é m e n t ( I , 367 a), n o se d e c id e a tr a d u c ir esta p alab ra. R en au d
y C olin , en la T u h f a t al-ahbáb, P a rís, 1934 ( t. X X I V de los P .I.H .E .M .), 16, num. 28,
dan: «ir is a : iris azul. Es al-siisün a l- a z r a q ; el lir io a zu l», lo qu e c o n fir m a nu estra
ira d u ccio n .
Los poetas distinguen el j i r i a sfa r2'’ (alhelí am arillo) del ji r i nammam,
sin que se pueda establecer la diferencia estricta ni desde el punto de
vista del perfume, que tanto en el uno com o en el otro sólo se expande
de noche.
Mostraremos, en prim er lugar, cóm o ha sido visto el alhelí amarillo:
«S e despierta de noche — pues ha dorm ido de día— com o se despier­
tan los bandidos (liss, en plural iusüs)»; «el oro puro (dahab ibriz) le ha
sido dado com o vestidura»; «su am arillo es narcisista».
En cuanto al perfume, parece ser que hay una confusión con el
nammam-.
«É l retiene su aliento durante el día y lo esparce por la noche»; «d e
noche, para los que velan (summar), difunde su fragancia (nasr) para que
obtengan el azafrán (ra d ’) de su aliento»; «cuando la mañana brilla, él
retiene su fragancia»; «e l almizcle precioso (misk nafis) le ha sido dado
com o aliento»; «com o un amante bien educado, huye de mañana de su
amiga, para acercarse a ella al atardecer»; «es com o un bebedor que
abandona la copa de mañana (sabfíh) por discreción y que, cuando viene la
noche, se perm ite vino fresco (sam ül)». Sin embargo, encontramos esta
descripción: «la superioridad me vuelve, pues, noche y día, mañana y tar­
de, difundo [m i p erfu m e]».
Deben recordarse algunos detalles botánicos o farmacéuticos: «el
alhelí tiene la naturaleza del repollo (kurunbi al-jaliqa)»-, «su olor es
desagradable cuando se le ha cortado y cuando se m archita»; «cuando se
leen las obras de los médicos (hukama ) sobre las utilidades de las flores
(manáfi' al-nuwwár), se le ignora».

E l alhelí « namman»

Supera en belleza y en perfume al alhelí blanco, pues — dice un poe­


ta— «e l alhelí ha am arilleado de celos del nam m a m »; «es un am or apa­
sionado el que siente por su homónimo (el alhelí n am m am ); la languidez
se ha convertido en su traje... y su flo r ha am arilleado».
¿Cuáles son, pues, los rasgos específicos del nam m a m ? «S u color es
el del cobre ro jo (nuhás)»; «su color es violeta (banafsayi al-lawn)», pero
se dice también «sus vestiduras están teñidas de ro jo (mudarray), su
hálito, almizclado; se diría que sus galas (huid) derivan de la oscuridad

29 E l n o m b re d e m a n tü r, qu e d e sig n a ta m b ié n al a lh e lí a m a r illo , lo e m p le a n
r a ra m e n te los p o e ta s d e l s ig lo xi.
30 R im a a ’í, m e tr o ja fif. E ste d ís tic o se le a tr ib u y e a 'U b á d á ibn M a al-
S a m á según Abü-1-Walid a l-H im y a rí, en a l-B ad V , I." 55 r.° V. in f r a , p. 446 y n. 57.
del fin de la noche (galas); se asocia a la violeta por la epidermis; su
color es el suyo, se diría que se lo ha hurtado»; «sus labios (marásif) son
ro jo oscuro (lu's); se diría que el sol le ha besado».
Por el perfume, el alhelí nammám no se distingue del alhelí am arillo;
sin embargo, de día tiene un olor desagradable: «su aliento, de día, es
fétido (t a fil)»; «en todo el día ella no acercó la nariz de quien ama en
extremo los perfumes (s a m m á m )», defecto que no tiene el alhelí amarillo.
Exhala su perfum e por la noche, generosamente. «C om o para el letrado
(adib), la noche es para él día y el día es noche»; para caracterizarlo
m ejor, un poeta lo compara al alfaquí, tal y com o debía ser en el siglo xi,
y al hacerlo se revela cierta crítica social:

1. E l a lh e lí n a m m á m , a l r e c a ta r su p e rfu m e , es c o m o el ju r is c o n ­
s u lto q u e d esea a r d ie n te m e n te p r o lo n g a r una h ip o c r e s ía (r iy á ’)\
2. m a n ifie s ta su ren u n cia d e l m u n d o (z u h d ) d u ra n te e l d ía y se
tr a n s fo r m a en lib e r tin o (f a t ik ) en c o m p a ñ ía d e gen te s c o rte s e s y e s p ir i­
tu a les (ii ir a f a ) 30.

N o resulta fácil, después de todos estos detalles, identificar el alhelí


n am m ám ; no parece probable que se trate del serpol; se cae en la tenta­
ción de denominarlo «vio leta nocturna» o «alh elí azul» 3I, y tal vez no
estemos muy lejos de la verdad al ver un «pensam iento».

Azucena blanca [ süsan o süsán] 32

Num erosísim os son los versos que describen la azucena blanca. Los
poetas han tratado de describir de esta flo r sobre todo el color y la form a
de la corola blanca y del pistilo am arillo; el tallo que soporta la flo r rara­
mente interviene en las descripciones.
«S on ojos de oro puro ( ’iqyán) en párpados de perlas ( l u 'l u ) en una
rama de esmeralda verd e»; «D e oro (dahab) que crece sobre alcan for»; la
form a recortada de la corola lleva a com pararla con «el cuello de una
camisa (yayb) desgarrada en un día de adiós»; «copas de cristal (billawr)
que se hubieran abarrotado de oro ( t i b r ) » ; «copas de plata (luyayn) ador­
nadas de incrustaciones (n iyá l)»; «copas de plata (fidda) en las que que­
dan restos del dorado color (suhla) del vin o »; «copas de cristal ( billawr)

31 U n b o tá n ic o m a r r o q u í c o n fir m a esta in te r p re ta c ió n . A b ü M u h a m m a d al-Q ásim


ib n M u h a m m a d al-G assání, en su H a d iq a t a l-a zh a r (m s . d e R a b a t, n. 760), sv. S irá y
a l-q u tr u b , h a b la d e a lh e líe s azu l y a m a r illo ( j i r i ) , y d ic e qu e al p r im e r o se le d e n o ­
m in a « v io le t a n o c tu rn a a cau sa d e l p e r fu m e qu e e s p a rc e d u ra n te la n o c h e » (c f. Re-
n a u d y C o lin , T u h fa t a l-a hbñ b, p. 163, nú m . 374. E s to s d os a u to res añ ad en q u e el
a lh e lí azu l es u n a v a r ie d a d d e la M a lt h io la annua, y e l a m a r illo , reí C h e ira n th u s
C h e ir i). M . G a u d e fro y -D e m o m b y n e s , en L a S y rie , p. 26, n. 5, lo id e n tific a con el
T h y m u s s e rp y llu m .
32 S o b re e s ta p a la b ra , c f. E n c y c l. Is l., IV , 598 (a r t. d e R u sk a ).
fabricadas en exágonos (musaddasát); en el interior hay lenguas (estam ­
bres) enfiladas en sus extremos con oro (dahab); en medio se encuentra
un [pisti-k+4 erguido (q á ’im), que han escogido com o rey; tiene la form a
de un m im en su curvatura (ta'a qquf) y su tinta es el oro natural ( ’iqyán)
fundido que la am arillea»; «cajas de ungüentos (m udhun) de plata (fidda)
adornadas con oro ( t i b r ) » ; «d e una blancura de perlas (d urri), han form a­
do lenguas que glorifican a D ios»; «e l oro (tib r ) en sus copas (garab) de
plata-; «las majas (fih r) en los m orteros (hd'ün) de perlas»; «limaduras
de oro en hojas de plata»; «pilones de plata (jassat luyayn)..., que tienen
en el centro un guardián que no duerme nunca».
La blancura de la azucena ha recordado las m ejillas o los cuellos blan­
cos de las amantes: «es un cuello (tulya) que se ha erguido por un pasan­
te»; «lenguas de perla (d urr) o cuellos (tula, plural de tulya) blancos»;
«cuellos (sawalif, plural de sálifa) de mujeres esbeltas (gid) de piel fina
(badda)»; « cuellos de mujeres esbeltas adornados de collares de perlas
( la’clli) » ; «cuellos (sawalif) de mujeres blancas que se aparecen a un
amante [p is tilo ] enamorado de su querida».
Algunas veces las comparaciones se establecen con vestiduras que per­
miten al poeta concretar su pensamiento; hemos visto ya com o la corola
recortada se compara al cuello de una camisa (yayb) desgarrado en el
momento de la separación; se habla también de «túnicas de Susa 33 (sñsi
al-galá’i l ) » y «lo s trajes de amplias mangas (a qba, plural de qaba )»;
«la plata pura ha creado sus mantos (burñd), así com o la ropa interior
(si'ár) adherente [a la p iel] (lasiq) y otra vestidura interior llamada
d itar»; «ser de una belleza delicada, con el cuello (yayb) hendido, de ros­
tro inocente; de sus hombros ( manákib) se libera una camisa (qamis) del
mismo modo que el sufrim iento (law'a) se exhala de un enferm o (danif)
afligido (ka’ib); su turbante ha sido empapado de tintura am arilla wars;
el pistilo se levanta com o el predicador, [p e ro ] sin predicar».
El blanco y el am arillo hacen pensar en la amante y en su amado.
La azucena, antes de abrirse, ha sido descrita por los poetas así: «tiene
la estructura de un lingote (sabika) sin mezcla, blanco, cuya fundición
ha sido un perfecto éxito; se alza, derecho, sobre una rama de esmeralda;
brilla com o la perla (d urr) en el h ilo »; «es una mano con los dedos reple­
gados que espera un donativo en o ro »; «es una caja de m arfil (huqq
al-'ay) en una rama, con la más noble de las vestiduras y el más elegante
de los mantos de gala (m i'rad); cuando se acerca el momento de la disper­
sión (nitár), los pétalos se abren para (lib era r) hermosas joyas; así como
los estuches de joyas (hiqdq al-haly) guardan cuidadosamente lo que
encierran, para celarlo de las miradas del traidor ( jdtil) que se presentara
inopinadamente».
El olor también interviene com o un elemento de la descripción: el

V . in fra, p. 320 \ n. 119.


polen am arillo que se adhiere a la nariz del ollateador osado se señala
frecuentemente.
Por último, una pieza curiosa sobre la azucena compuesta por Ibn
Darráy al-Qastallí en honor de Abd al-Malik al-Muzaffar ibn Abí 'Am ir
tras la toma de una fortaleza cristiana por dicho príncipe, a comienzos
del siglo xi. Las imágenes, demasiado rebuscadas, hacen en ocasiones a
esta com posición un tanto oscura; se adivina que se trata de alegres invi­
tados reunidos en un jardín alrededor de un macizo de azucenas y tenien­
do en sus manos copas y frascos:

1. P re p á ra n o s , en el ja r d ín , la e x p e d ic ió n de un m u h ta s ib ’4; in v ita
V c o n v o c a a es ta e x p e d ic ió n a a q u e llo s qu e pu ed an ay u d arn os.
2. E s g r im e las lan zas to m a d a s a los d eseo s m ás a le g re s y d esen va in a
los sab les to m a d o s al ju g o m ás v ie jo d e las uvas.
3. L e v a n ta m a n g a n e le s h echos d e b o te lla s (n iy a m ) y usa c o m o p ie ­
d ra s re d o m a s ( ra w á tim ) 35 y c o p a s e s c o g id a s ( n u ja b ):
4. p ara fo r ta le z a s d e azu cen as, d e las cu ales las m an o s de la p r im a ­
v e ra han e d ific a d o la c o n stru c c ió n s o b re ram as.
5. Sus [c o r o la s re c o rta d a s en ] alm en a s (s u r u fá t) son d e p la ta y sus
d e fe n s o re s (lo s e s ta m b r e s ) (h u m á t), a lr e d e d o r d el e m ir (e l p is tilo ),
a rm a d o s c on sab les d e o r o (la s a n te ra s ),
6. están a te n to s a sus órd e n e s , pues s o b re s a le p o r e n c im a d el e d i­
fic io y p a rec e te n d e r la m e jilla de un o b s e rv a d o r,
7. c o m o el s e ñ o r d e Lu n a 36 q u e h a b ía s u b id o [a lo a lto de su ciuda-
d e la ] cu an d o 'A b d a l-M a lik se a c e rc ó a él a la c a b e za d e un e jé r c it o
ru gien te.
8. [O h p rín c ip e ,] si a llá has to m a d o c o m o b o tín m u je re s c o m p a r a ­
b les a estatu a s (d u m á ), a q u í h a y h a b ita c io n e s d e a lm iz c le : haz tu b o tín
V saquea
9. los d on es m a g n ífic o s d e sa'bá n q u e ha m o s tr a d o su r o s tr o para
ti, a c a m b io de las rosas qu e rayab te h a b ía o fr e c id o c o m o p resen te.
10. A p o d é r a te p o r e n te r o de su b e lle z a y d el p e rfu m e d e su a lien to,
V c u a n d o se a c e rq u e el R a m a d á n , p ro s té rn a te y haz o fr e n d a s a D ios ’7.

34 E l m u h ta s ib n o es aq u í e l «fu n c io n a r io e n c a rg a d o de v e la r — en las g ra n d es
c iu d a d e s m u su lm a n as— p o r el fu n c io n a m ie n to , a tra v é s d e los sín d icos (a m in ), de
los usos c o r p o r a tiv o s e s ta b le c id o s y d e r e p r im ir los fra u d e s d e los arte s a n o s y los
d e lito s en m a te ria c o m e r c ia l» (c f. C o lín y Lévi-Proven <jal, U n m a n u e l h is p a n iq u e de
hisba. T r a it e d ’a l-S a q a ti. In tr o d ., pp. 1 ss.), s in o «e l g e n e ra l d e l e jé r c it o e in s p e c to r
d e to d o lo c o n c e rn ie n te a la g u e r r a » (c f. D ozv, S u p p ., I, sv.; Q u a tre m é re , M a m t..
I, 1. 114).
35 R a w á tim , pl. de ra w tu m a : se tra ta d el e sp a ñ ol a n tig u o ro to m a , h o y re d o m a :
«tr a s q u ito , b o te lla d e v id r io » , q u e D o zy y E n g e lm a n n n o han p o d id o id e n tific a r en
su G lo s s a ire des m o ts e s p a g n o ls e t p o rtu g a is d e riv é s d e l'a ra b e , 329-330, sv. re d o m a ;
D ozy, S u p p l., I I , 158, co l. b. S te ig e r lo a n o ta d os ve ce s b a jo la fo r m a ra d ü m a
(c f . C o n t r ib u c ió n a la fo n é tic a , pp. 163 y 354).
36 L im a : s o b re la id e n tific a c ió n d e esta lo c a lid a d , cf. E. L évi-Proven Q a l, H is t. de
l ’E s p a g n e m u s u lm a n e , 2.a ed., I I , 287, n. I.
37 R im a ab, m e tr o ká tn il. C f. a l-B ad V , f.° 65 v."
Los estanques de las moradas señoriales o de los lugares de recreo
debían estar adornados con nenúfares 3S. Lo que más llama en ellos la
atención de los poetas es, más que la hoja verde flotando sobre el agua, la
flo r blanca puntuada de negro en el centro y que, abierta de día, se
cierra al atardecer.
«S on botellas (madárib) de cristal ( mahá) » ; «se diría una copa (yátn)
de perla ( durr) en cuyo centro se hubiera fija d o artísticamente un engaste
(fass) de jade (sabay)»-, «una sortija de plata (fidda) cuyo engaste es de
jade ( sabay) » ; «una copa de plata cuyo fondo se ha tapizado de esmeral­
das verdes»; «una caja (majzana) de cristal (mahá) en medio de la cual
hay brillantes esmeraldas; alrededor de estas esmeraldas [se ven ] seis
lenguas de plata que un artesano ha confeccionado con cuidado»; «sus
pétalos form an una Ka'ba de plata ( luyayn) en medio de la cual se encuen­
tra la piedra negra».
A causa del negro que lleva en sí el nenúfar, éste representa m ejor que
el narciso o el junquillo un o jo embrujador.
El repliegue de los pétalos, en la noche, ha llam ado la atención de los
poetas. «E l nenúfar permite, de día, a sus visitantes m irar su rostro, pero
de noche lo veda, com o un mercader de esencias ( ’itr) que se estaría en su
tienda en tanto dura la luz del día, hasta la noche; pero que cuando llega
la noche, cierra y encadena su puerta»; «cuando la noche se ensom­
brece o comienza apenas a ensombrecerse, el nenúfar es com o una aya
(rawwada) de tez fresca y piel delicada que estrechara a uno de sus niños
nubios (m in al-zany)»-, «com o un rey de Abisinia (al-uhbñs) en una tienda
blanca que, apercibiéndose de la oscuridad, cierra la puerta».
En este replegarse sobre sí mismo el nenúfar aprisiona a menudo abe­
jas, que, impotentes para la evasión, mueren en su cárcel demasiado estre­
cha; de ahí el sobrenom bre de «asesino de abejas» que se le ha dado.

La rosa roja [ ward]

Es una de las flores más abundantes w. En Córdoba se cultivaban en


gran cantidad; una zona de los alrededores llevaba el nombre de yibál
al-ward, «m ontes de rosas», senda del ro s a l40; los poetas aluden frecuen­
temente a las rosas tempranas de Pechina (Bayyana) y de Rayyuh que se

,!l A ve ce s n e n ú fa re s a r tific ia le s , d e p lata. A l-M an sü r h abía h e c h o c o lo c a r uno


d e d im e n sio n e s e x tr a o rd in a ria s en la g ran b irk a d e la re s id e n c ia de al-Z áh ira.
C f. N a fh a l-tib (A n a l.), I I , 58-59.
39 C f. Ch. J oret, La ro se dans l'a n tiq u it é et au n io y e n age, y el C. R. de esta
o b ra p o r R. B asset, en M é la u g e s a fric a in s et o rie n ta u x , 353-361.
40 Cf. G a y a n g os, M o lí. D y n a s ties in S p a in , I I , 344, núm . 60; G a rc ía G ó m e z, E lo g io
d el Is la m e sp a ñ ol, p. 106, n ota 150; Anal., I I , 146.
recolectaban desde enero, o tardías que aparecían el día de mihraydn (24
de junio). Pero en lo que se refiere a esta flor, hay que reconocer que los
poetas no han mostrado excesivo ingenio ni sido muy fecundos. Lo cierto
es que no conocen más que una variedad de rosas, la roja, y todas sus
descripciones se dedican al ro jo de los pétalos y al am arillo de los estam­
bres y pistilos. El ro jo viene dado por piedras preciosas com o la corna­
lina ('a q lq ) y el jacinto (yáqüt), que es am arillo rojizo, o por la sangre
y por la brasa. Pero la com paración más frecuente es la de la m ejilla de
la bienamada que enrojece de turbación, y que no tiene nada de nuevo.
La idea del rubor y de la turbación recurre a nombres de vestiduras:
«L a rosa muestra túnicas (gald’il) rojas (humr), cuyo manto (izar) está
calado»; «está revestida de túnicas (galá'il) con joyas purpúreas, y cuyos
botones (azrdr) asoman a través de los cuellos (yuyüb)»; «ha venido a
despedirse, a toda prisa, vestida de velos (maqdni') verdes y túnicas
ro jas»; «h a velado su rostro con un burqu y, seductora, ha avanzado
hacia nosotros com o la joven púdica se vela para que no se vea su herm o­
so y precioso rostro».
El perfum e de la rosa no evoca nada de especial en el poeta; son las
mismas palabras, más o menos vagas, ya citadas a propósito de otras flo ­
res en sus versos; no obstante, la frecuencia de la palabra misk (alm izcle)
nos autoriza a creer que la rosa andaluza era almizclada.

E l jazmín cultivado [al-yasimin al-bustani]

El jazmín, com o en nuestros días, form aba cenadores y glorietas, y los


poetas se han dedicado a describir bóvedas de verdor salpicadas de flores
blancas.
«L o s jazmines, en sus ramas, son dirhemes en un velo (m itra f) verde»;
«esm eraldas consteladas de cajas de ungüento ( madahin) de plata pura»;
«esmeraldas salpicadas de perlas (d urr) preciosas»; «tron o de un rey
cuyo solio está form ado por un manto (musmala) verde sobre el cual se
ha cardado algodón»; «e l cenador ( ’aris) de jazm ín es un cielo; sobre él
hay pequeños escudos (hayaf) blancos plateados y pequeñas lanzas»; «el
jazm ín se eleva por encima de las otras flores en una pérgola (i'tira s )»]
son estrellas de plata (luyayn) que descubren un cielo de crisolita
(zabaryad)».
Las alusiones a su perfum e son escasas:
«E l sutil perfum e ('a rf daki) nos recibe sobre un trono real»; «e l jaz­
mín sobre su trono ( ’ars), domina; su perfum e le da a conocer ('arraf)
antes que le veamos (yu 'ra f)».
La amapola [saqa'iq o saqiq]

La palabra saqa'iq parece designar más exactamente la amapola que


la aném ona'"; se trata de una flo r roja con estambres negros.
«Camisa saturada de ro jo »; «ram as de m irto en cuyo remate hay
fu ego»; «d e color de cártama o alazor ( ’u sfu ri)»; «lo negro, en las amapo­
las, recuerda al perfum e galiya esparcido en cajas de ungüento (madáhin)
de cornalina ( ’a q iq )» ; «cop a de cornalina ( ’aqlq) en el fondo de la cual
hay alm izcle»; «cuando las amapolas florecen en el jardín (riyád), se diría
que son cabellos de jovencitas que brillan en velos (ju m u r ) rojos (h u m r )».

F lor de lino [ nawr al-kittdn]

El lino se cultivaba en España más com o planta textil que com o flo r
orn am en tal42. N o obstante, su flo r azul ha impresionado la imaginación
de algunos poetas:
«L a simiente del lino (bazr al-kittán) se logra en cualquier depresión
o elevación del terreno; se diría, cuando la flo r aparece, que son cajas
de ungüentos (madahin) en lapislázuli (lázaward)»; «las flores de lino
parecen ser manos (akuff) de turquesa (fayrüzdy) cuyas muñecas
(m a á s im ) estuvieran recatadas por un traje verde, o, más bien, jacintos
azules que se hubieran colocado sobre un tapiz de brocado verde (sun-
du s)»; «Bienvenida a las flores de lapislázuli; aparecen en el jardín de
lino que inclina el céfiro; si yo fuera ignorante las tomaría por un estan­
que y [a l m eterme entre ellas] arremangaría mis vestiduras sobre mis
piernas com o lo hizo la reina de Saba».

La flo r del almendro [ nawr al-lawz]

Arbol de terrenos secos, el alm endro se encontraba en todas las zonas


de España, com o sucede aún hoy; una leyenda encantadora, recogida en
«E l Conde Lucanor» y en la Tuhfat al-'arüs de al-Tiyání, atribuye a al-
M u'tam id las plantaciones de almendros de los alrededores de Sevilla:
«las blancas flores de estos hermosos árboles, que florecen en cuanto han
desaparecido las heladas, reemplazarían para al-Rumaykiyya, la esposa
adorada del príncipe, los copos de nieve que tanto había adm irado un
invierno en S evilla» 43.
Un poeta destaca el matiz particular de los pétalos: «blancos de color,

41 C o m o h o y d ía en M a rru e c o s . C f. T u h fa t al-a hba h , ed. R e n a u d e t C olín , núm . 441.


42 C f. L é v i-P r o v e n g a l, L ’E s p a g n e m u s itlm a n e au X e s iécle, 170.
4-' C f. D ozv, H M E 2, I I I , 87-88.
con túnicas (gald'il) que tienen el color de la adelfa (d if li )» ] «el almendro
lleva mantos (abrád) tejidos por los dos kanñn (diciem bre y en ero )»; «es
un explorador (r a id ) o un adelantado (tdli') escalando las elevaciones de
terreno (nuyüd) o un capitán (q á ’id) cuyas tropas son las distintas varie­
dades de flores».

F lor del granado fru ctífero [ nawr al-rumman]

Los poetas lo han descrito pocas veces:


«Adm ira el gran granado cuando aparecen sus flores: se diría manos
de [hermosas mujeres com o] estatuas (duma) teñidas con hené, o dedos
de palomas gris ceniza (wurq), o cajas (hiqáq) que se han abierto para
dejar ver túnicas (gald'il) centelleantes en su centro.»

La balausta o flor del granado macho [ yullandr\

Toledo era famosa por balaustas que llegaban a ser tan grandes como
granadas 44.
«S e parece a la rosa por su doble fila (ta d a u f) de pétalos, y su color
se aproxima al manto (hulla) teñido de cártamo ( ’u sfu r)»; «aparece enor­
gulleciéndose en una casa (vull) de fuego ( ndr) » 45; «im ita las m ejillas de
las vírgenes saturadas de rojo y que hubieran sido rozadas por guiños
v miradas».

E l haba [ bdqild' ó yiryir\

Esta leguminosa ciertamente no se cultivaba com o planta de orna­


mento 46. Su flo r blanca, puntuada de negro, sugiere a los poetas imágenes
que recuerdan a veces las que hemos señalado al hablar del nenúfar.
«S e diría un lunar (ja l) en la m ejilla de una m ujer blanca de piel
fin a»; «pendientes (suntif) de plata (luyayn) untados de alm izcle (gdliya)»;
«sus flores brillan en las hojas com o corceles píos (ablaq) en gualdrapas
(yilál) de esm eralda»; «eclipses en medio de una noche de luna llena

44 C f. al-Q alq asan d í, S u b h al-a'sü (s e g ú n el T a q w ln a l-b u ld á ii), V, 228, 1. 3-4.


45 El p oe ta da aq u í una e tim o lo g ía d ife r e n te d e la d el p ersa: f lo r o rosa de
g ra n a d o , c o n s id e r a n d o v u ll y n a r c o m o p ala b ra s árab es.
46 P o r a n éc d o ta s s a b em o s qu e al r e y e zu e lo Ib n T á h ir, qu e re in ó en M u rc ia de
1063 a 1078, le g u stab an e x tr a o rd in a ria m e n te las habas (c f. Ib n al-A b b ár, en N o tic e s ,
p ág in a 189), c o m o al c a d í Ib n Dakvván (fin a le s d el s ig lo xi, lo qu e le v a lía a este
ú ltim o las b ro m a s d el v is ir Ib n Su hayd (a l-M a q q a ri, Anal., I I , 164): los jó v e n e s
a n d a lu ces de los a lr e d e d o r e s de S e v illa no las d esd eñ a b a n ta m p o c o ( a l-D a jir a , I,
II, 371-2).
(b a d r)»; «alm izcle fgaliya) en perlas (la'all) blancas»; «tinieblas en medio
del alba (fayr)».

Flor de enredadera [ nawr al-galiba]

Terminamos esta lista con una tlor que la antología deAbü-1-Walíd


al-Himyarl llama nawr al-gáliba; la planta que lleva el nombre de gdliba,
tal y com o la describe el poeta Ibn al-Jarráz, debe ser la hiedra 47:

1.A m en u d o luna p lan ta] qu e tien e la a p a rie n c ia de la tela r a jt a y 48


y el c o lo r de las nubes (s a h á b i) 49 y p ro v is ta de p ie rn a s (t a llo s ) verd es,
im ita a un ja zm ín en su d e s a rro llo .
2. Sus ram as, cu an d o la b ris a las in clin a, se b a la n cea n del m is m o
m odo qu e el h o m b re e b r io (n a z if ) qu e se c o n to n ea b a jo el e fe c to de la
bebid a.
3. Se d iría qu e sus h o jas, en su h e rm o s o v e rd o r , están hech as de
e s m e ra ld a s , las m ás h e rm o s a s y b rilla n te s .

5. H a v e n c id o a las flo r e s de tal m o d o , qu e la han lla m a d o «v ic to ­


riosa: ( g á l i b a . . . ) 50.

Las descripciones que acabamos de citar dan, en general, la impresión


de flores vistas plantadas en los jardines o huertos; pero los poetas tam­
bién describían flores cortadas reunidas en ramos (mutayyab o bdqa,)51.
Los versos de Ibn Darráy al-Qastalll nos muestran incluso una utilización
curiosa de los pétalos del narciso, de la que se encuentra una reminiscen­
cia tal vez entre los tunecinos de nuestros días:

1. C u an d o se les reú ne en c o rd o n c illo s ( h i b á l ) de seda y se yerg u en


an te v o s c o m o m u ñecas ( lu ' b a , p lu ra l lu 'a b ),

47 C l. T u h f a t al-ahbáb, ed. R en au d et C olin , num. 209; « Y a d r a : h ied ra . E n lengua


vu lgar, al-galiba, es m u y c o n o c id o .» E l s ig n ific a d o de «h ie d r a » d a d o a al-gáliba v ie n e
c o n fir m a d o p o r el V o c a b u lis ta , ed. S c h ia p a re lli, 360, p e ro p o d r ía tra ta rs e d e la
p ervin ca.
48 R a jt a y : tela fa b ric a d a en N a ys a b ü r. C l. D ozy, L e r t r e á F le is c h e r, p. 29.
4“ S a h ab i: s ahabi al-lawn se en cu en tra en Ib n Y u b a v r, Rih la , ed. W r ig h t, L eid en ,
1907, p. 148, 1.8. E l e d ito r lo e x p lic a c o m o >-.said ot fin e, tra n s p a re n t lin e n ».
w C f. Abü-1-Walíd a l-H im y a rl, al-Badt, f.u 76 b. R im a hihi, m e tr o basit. E l v e rs o
c u a rto, b o r ra d o en p arte, es in c o m p r e n s ib le ; se d is tin g u e n algu n as p a la b ra s que
s ig n ific a n : «e n las c o r rie n te s de agua, su lu g a r d e c re c im ie n to ( m a n b i t ) ; se ha
ad u eñ a d o del p e r fu m e ...».
51 S o b re m u ta y ya b , v. A l-M a rrá k u sí, a l- M u 'y ib { H i s t o i r e des A lm o h a d e s ) , ed. de
El C a iro , p. 246, 1.5 al.; trad. Fagn an, p. 314 (a p r o p o s ito d el a p o d o de V a le n c ia :
m u t a y y a b al-A udalu s: «e l r a m ille te de E s p a ñ a »), B á qa se e n c u e n tra en un v e rs o
de Ib n H a m d ís en las qu e las P lé ya d e s se c o m p a ra n a «u n r a m ille te de n a rc is o s »
( cl . C a n z o n ie re , p ieza 93, v e rs o 22, p. 125). V. ta m b ié n Ib n RasTq, a l-'U m d a , I I , 227.
1. 8:b á qá t al-zahr. P ara o tra s refe re n c ia s , c f H a b íb Z a v v á t, en a l-M a s riq , ju lio-dic.
1949, pp. 520-523.
2. c o n r a z ó n p u ed en e lla s v e r a los b e b e d o r e s [reu n id o s en buen
n ú m e r o ] c o m o e n un m e r c a d o m u y s u rtid o , c on las c o p a s (n u jb a , p lu ra l
n u ja b ) en las m a n o s 52.

Junto a los nawriyyát y los rawdiyyat propiamente dichos, existe una


literatura abundante, en prosa y en verso, donde se establece un debate
entre dos flores a las que el autor hace hablar o entre dos escritores
sobre el tema de dos flores de las cuales una tiene superioridad sobre la
otra 53. En España parece que el punto de partida de estos debates haya
sido un poema de un oriental, Ibn al-Rüml ( t hacia 283 = 896), que decla­
raba p referir el narciso a la rosa 54.
Los poetas andaluces, con pocas excepciones, se muestran todos de
acuerdo, p or el contrario, en conceder su preferencia a la rosa, y sin duda
se trata menos de un ejercicio de retórica que la expresión de un gusto
profundo que, en su origen, puede ser claramente indo-europeo.
La prim era réplica a Ibn al-Rümi data de comienzos del siglo xi: es de
Abü Hafs Ibn Burd al-Asgar; la risala o epístola en prosa mezclada con
versos que escribió a este respecto se ha conservado, en extracto, en la
Dajira de Ibn Bassám, y por com pleto, en al-Badi' de Abü-1-Walld al-
H im y a rl55. Abü-1-Walíd se creyó en el deber de contestar a Ibn Burd para
tom ar la defensa del bahar y proclam ar su superioridad sobre la rosa — es
el único andaluz que com parte los gustos de Ibn al-Rüml— en una risala
que él incluye en su B a d i a continuación de la de Ibn Burd 56. Nosotros nos
lim itam os a señalar estas dos epístolas, porque están en prosa; pero los
argumentos que ponen en prim er plano los dos protagonistas, o m ejor
dicho el prim ero, que desdeña el bahar e inciensa a la rosa, los encontra­
mos en los poetas de fines del siglo x y comienzos del x i; el «d eb a te» que
había agitado los círculos literarios y los cursos de los letrados de los
M ulük al-Taw aif durante cerca de un siglo parece definitivam ente solu-

52 R im a ab, m e t r o m u ta q á rib . Abü-1-W alíd a l-H im y a rl, al B a d i', f.° 50 v.° 1. 1-2.
53 S o b re lo s d ife r e n te s te m a s o b je t o d e « d e b a t e s » en lite r a tu r a á ra b e, c f. D e r
Is la m , t. X I V , 1925, 397-401; M e z, D ie R ena is s a n ce , 249, n. 3; tra d . V ila , 320 (n . 3).
54 R im a di, m e t r o k á m il. C f. Ib n al-R ü m !, D iw a n , p ieza s e s c o g id a s p o r K á m il
K ílá n i, I I I , 389. Ib n a l-R ü m l c o m p u s o o tro s v e rs o s « c o n t r a » la rosa, e n tre o tro s
un d ís tic o r im a n d o en tih , q u e lo s a n to lo g is ta s n o osan r e p e tir p o r q u e e n c ie rr a una
c o m p a r a c ió n e s c a b ro s a (c f. Ib n A b í H a y a la , K it á b s u k k a rd á n a l-su ltá n , a l m a rg e n
d e a l-'A m ilí, A s r á r a l-balaga, a c o n tin u a c ió n d e l K it a b a l-m ijlá t, 19; Abü-1-
Q á s im a l-G arn á tí, R a f a l-h u y u b a l-m a s tü ra (c o m e n ta r io d e la M a q s iira d e Ib n
H á z im a l-Q a rtá y a n n l), E l C a iro , 1344, I, 155; a l-N u w a y rí, N ih á y a t a l-a rab, X I , 1. 2-3,
210 1 8
, . .
55 Abü-1-W alíd a l-H im y a ri, a l-B a d i', m s. d e E l E s c o ria l, ff.° 26b-29a; a l-D a jira , t. I I ,
m s. d e P a r ís (c o p ia d o d e l d e O x fo r d ), f.° 32b sq. (r e p r o d . en A. D a if, B a lá ga t a l-'A ra b
fi-l-A n d a lu s 153-156); a l-N u w a y ri, N ih á y a , X I , 196-200.
56 Abü-1-W alld, l. c., f.° 29a; Ib n B assá m , op . cit., f.° 33b (r e p r o d . en A. D a if, l. c.,
p á g in a 152, núm . 1).
cionado hacia 440 = 1048. Puede ser útil recordar aquí algunos de los
argumentos utilizados por los andaluces para refutar a Ibn al-Rüml: unos
son tomados de la observación directa o hacen alusión a costumbres anda­
luzas; otros no son más que juegos de palabras, y no merece la pena que
distraigan nuestra atención:
«E l narciso de los poetas (b a h a r) es un ingrato que ha tomado el aspec­
to de una anciana, mientras que la rosa es un ser que proclam a las alaban­
zas [d e su bienhechor] y se muestra com o una virgen de abultado seno
bajo su camisa roja. El narciso no tiene ninguna utilidad práctica, mien­
tras que la rosa, tanto fresca como seca, es solicitada siempre, y cuando
desaparece, permanece aún transformada en agua de rosas; la rosa anun­
cia la vida; el narciso, la m uerte»; «mi nombre, dice el narciso, puede
leerse ( b i r r habib), "a fecto de am igo” »; «T e equivocas, dice la rosa; pue­
de leerse: bayt jarib, "casa devastada” ; yo, a lo que mas me parezco es
a las m ejillas ruborizadas, mientras que tú te pareces a un o jo que siem­
pre permanece estupefacto com o el de un animal furioso». «E s verdad,
dice el narciso reconociendo la superioridad de la rosa, mi nombre debe­
ría leerse: barrahta bi, "m e has hecho sufrir cruelm ente” , o barh bayn,
"d o lo r de una separación” » 57.
Otros temas de «d eb ate» han sido tratados por los poetas andaluces:
el de la violeta, preferida al narciso y al junquillo; el alhelí a la violeta;
la violeta al alhelí; el narciso al junquillo; el alhelí am arillo al n a m m á m ;
el n a m m á m al alhelí am arillo 58; pero no dan lugar más que a observa­
ciones generales del mismo género de las que hemos visto a propósito
de la rosa y del narciso, y que creemos por esta razón que no es necesario
examinar.

El estudio de los temas florales quedaría incom pleto si no habláramos


de aquellos versos en los que la prim avera y las flores sirven de panegí­
rico a un príncipe o al retrato de la bienamada. Estas poesías son nume­
rosas, más numerosas de lo que se podría suponer, pues muchas de las
descripciones de flores o de jardines que nos parecen form ar un todo en
el estado en que los antólogos nos las han transm itido no eran en realidad
otra cosa que prólogos o pretextos para desarrollos retóricos considera­
dos más nobles. Si el andaluz tiene la tendencia a describir las flores por
ellas mismas y a generalizar de este modo un género literario del que
algunos orientales se habían mostrado muy fervientes, com o al-Sanawbarl
( f 334 = 945 ), no está lejos de considerar com o un arcaísmo de mal gusto

57 Abü-1-Walíd, t. c., ff.u 3t>«-39a; Ib n al-A b b ár, a l- H u lla , en N o t i c e s , pp. 133-134:


M a t m a h , p. 15.
58 Ib íd e m , l. c., ff.° 39í;-43ií.

Ukivexsí ;
el hecho de comenzar un panegírico o una elegía fúnebre con el relato
de un paseo a través de campamentos abandonados y, com o consecuencia,
de considerar com o una ley, dictada por la naturaleza misma, entrar en
materia con una descripción de ios jardines adornados de flores tales
com o Andalucía o las otras provincias de España podían mostrarlos a sus
miradas. En esto también habían tenido predecesores en Oriente, como
al-Buhturi, y más próxim os a ellos, com o Mihyár al-Daylaml y al-Saríf al-
Radí; pero en ellos es algo más que una audacia o una moda: es una
necesidad im periosa de su concepción de la poesía.
Algunos ejem plos pueden ilustrar lo que desarrollamos aquí:

1. L a c la r a (t a lq ) p rim a v e ra , d ic e A b u V a 'fa r Ib n a l-A b b á r en e lo g io


d el h á yib Abü-l-Q ásim Ib n 'A b b a d , se ha p u esto el m a n to de su ju v e n tu d
y s o n re íd o p a ra m o s tr a r su in d u lg e n c ia d esp u és d e su ruda s e ve rid a d .
2. L a rein a de las e s ta c io n es ( m a lik a l-fits id ) ha g r a t ific a d o a la tie rra
con rico s p resen tes, d e s p le g a n d o sus m ás h e rm o s a s galas en los v a lle s
y en los m on tes.
3. C on las flo r e s nos m u estra el te jid o b o r d a d o de su m a n to y con
los á r b o le s el [t e jid o ) v e rd e o s c u ro d e sus d o seles (q ib á b ).
4. Al a ta rd e c e r, los d o ra con los m a tic e s p u rp ú re o s d el sol qu e se
pone, y p o r la m añ an a los p la te a con las lá g rim a s d e la au rora.
5. H a lig a d o las in te lig e n c ia s de tal fo r m a qu e n o pueden e x p lic a r
c ó m o se ha fo r m a d o su b e lle z a y ha d o b le g a d o las [m ira d a s ] de los
o jo s c o m o c a b a llo s de e n g a n ch e (y a n á 'ib ) p ara h a ce rlo s m a rc h a r a su
c o s ta d o ;
6. [al la d o ] d e l h á v ib s o b re el qu e rep o sa n to d a s las esperan zas,
m ien tra s su b oca, b a jo el e fe c to d e la a le g ría , se ilu m in a con una son risa
y nu estra v o z p ro c la m a en a lto g ra d o la le g itim id a d d e su cau sa... 59.

Ibn 'Am m ár comenzaba de este modo su famoso panegírico de al-


Mu'tadid:

1. H a z c irc u la r la cop a, pues el c é fir o c o m ie n za a h a cerse sen­


tir y las e s tre lla s tiran d e las rien d as p ara d e te n e r sus ca b a lg a d a s
n o ctu rn as;
2. y ta m b ié n p o rq u e la a u ro ra nos o fr e c e su b lan cu ra de a lc a n fo r
d esp u és d e qu e la n o ch e nos ha r e t ir a d o su á m b a r,
3. p o rq u e e l ja r d ín es c o m o una h e rm o s a (h a s n á ') y sus flo r e s la han
re v e s tid o d e un t e jid o lis ta d o (w a s y ) y el r o c ío le ha h ech o un c o lla r
de p erlas,
4. o c o m o el p a je (g u lá m ), pues está o r g u llo s o de las rosas d e sus
p la ta b a n d a s q u e e n r o je c e n en su tu rb a c ió n y se e n o rg u lle c e de sus
m irto s c o m o un m u ch ach o al qu e ap u n ta la barba.
5. E l a r r o y o qu e c irc u la p o r el ja r d ín se p a rec e a un b ra za le te [d e
un b la n c o ] p u ro q u e c o r o n a ra un m a n to v e rd e .
6. C u a n d o la b ris a d e l este lo agita , u n o se im a g in a qu e es el sable
d e Ib n 'A b b a d qu e d e s tro za un e jé r c ito ... N'.

59 R im a á b ih i, m e t r o k á m il. Abü-1-Walld, a l-B a d i', ff.° 12b-13a.


N' R im a rá, m e tro k á m il. Q a lá ’id, 96 (r e p r o d . en Anal., I, 433). L o s dos p rim e ro s
ve rs o s los c ita al-M a rrá k u s!, H is t. des A lm o h a d e s , te x to de D ozv, p. 80. E l C airo,
Si los pasajes que acabamos de citar presentan alguna analogía en
cuanto a las imágenes se refiere — la personificación de la primavera
en reina no es cosa corriente— , encontramos una originalidad más nueva
en la evocación del amante inseparable de la primavera y de la flo r que,
a ojos de los andaluces, señala m ejor la renovación de los días hermosos:
queremos decir la rosa.
1. L a p rim a v e ra — d ic e Ib n al-L a b b á n a al c o m ie n z o de un p a n e g íric o
al p rín c ip e de B a le a re s M u b a ssa r N á s ir a l-D a w la — ha to m a d o su a s p e cto
s e d u c to r y la a tm ó s fe r a su lig e r e z a : ¡c o n te m p la la loza n a b e lle z a d e la
tie rra y del c ie lo !
2. H a z, en esta p rim a v e ra , d e a q u e lla qu e se p a re c e a la rosa, un
v in o [e m b r ia g a d o r ] cu ya m ezcla con e l agu a im ita las [b u rb u ja s ] que
suben d el agu a d e rosas.
3. N o era el m a rc h ita m ie n to (d u b ü l) d e la rosa; y o d iría qu e es la
m e jilla d e la b ie n a m a d a c u a n d o e l p u d o r la s o n ro ja .
4. M as ¿ q u é d ig o ? N o h a y c o m p a ra c ió n p o s ib le e n tr e la rosa y la
m e jilla d e a q u e lla qu e n o c a m b ia ja m á s el p a c to de fid e lid a d qu e la
u n ió a ti.
5. L as cu a lid a d es d e la rosa no son nada p ara la m ira d a de las
suyas, y el c a n to d e l p á ja r o n o es nada c o m p a ra d o con el suyo.
6. L a a u ro ra (is b a h ), c o m o el m ir to ( ra y h á n ), sacan su re s p ira c ió n
de los m o v im ie n to s d e su c u e llo ( in a 't if ) y d e la b e lle z a de su r o s tr o ... M.

Los poetas andaluces, en sus nawriyydt, muestran un am or sincero por


la flor; han buscado obviam ente una gran minuciosidad en las descrip­
ciones sin caer por ello en un preciosismo exagerado. Las flores que
ellos describen han sido contempladas de otro modo que el mero recuer­
do de escuela. Las precisiones que dan prueban que han tomado sus
observaciones directamente de la naturaleza; no se tiene en ningún mo­
mento la impresión de plantas pintadas en el papel. Si los metales pre­
ciosos abundan en las comparaciones, también se encuentran con frecuen­
cia referencias a los seres humanos. Sea el que sea el procedim iento
empleado para expresar sus impresiones, buscan siempre vivificar la
naturaleza, y en los colores, los perfumes y las formas tratan de encontrar
un reflejo de la civilización material, de la que pueden ver sus numerosas
manifestaciones alrededor de ellos a. Al dar tal magnitud a las descrip-
p á g in a 71; trad . Fagn an, p. 98 (v . in fra , p. 377 y n. 81). V. o tro s e je m p lo s en Ibn
Q u zm án , C a n c io n e ro , p ieza s L X V f f l , L X X I X y C X L V 1 1 L
61 R im a ü 'ih i, m e tro k á m il. A l-M a rrá k u sí, H is í. A lm o !}., texto, 108 (E l C airo , 97);
trad., 129-130.
"2 C o m p a re m o s estas n otas de B e rn a rd in de S t.-P ie rre : «L a s a n tera s a m a rilla s
d e las flo r e s , su sp en d ida s d e h ilillo s b lan cos, p resen ta n d o b le s v ig a s d e o r o en
e q u ilib r io s o b re co lu m n a s m ás h erm o sa s qu e el m a r fil; las c o r o la s , b ó v e d a s de
ru b í y d e to p a c io de una g ra n d e z a in c o n m en s u ra b le ; los n e c ta rio s , ríos de azú ca r;
las o tra s p a rte s de la flo r a c ió n , cop as, urnas, p a b e llo n e s , d o m o s qu e la a rq u ite c tu ra
y la o r fe b r e r ía d e los h o m b re s n o han c o n s e g u id o im ita r to d a v ía . N o d ig o esto
p o r c o n je tu ra s : pues un día, e x a m in a n d o al m ic r o s c o p io flo r e s d e to m illo , d is tin ­
guí, con g ra n so rp re s a , s o b e rb ia s á n fo ra s de la r g o cu e llo , de m a te ria p a re c id a a la
a m a tis ta , de cu yos g o lle te s p a rec ía n s a lir lin g o te s de o r o fu n d id o » ( E lu d e s de la
n a tu re , H , 5-6).

i Univehs,c
3 Fllvlj.
ciones de las flores se apropian, en cierto modo, de un género que los
orientales habían conocido, pero que no habían utilizado más que acceso­
riamente. La flor, con todo lo que sugiere de colores y perfumes, consti­
tuye verdaderamente el encanto de la literatura andaluza del siglo xi.

Los andaluces han amado no sólo los jardines y las flores que satis­
facían su gusto por lo hermoso, sino también los huertos y los árboles,
en general, porque eran conscientes del valor de todo lo vegetal, y así lo
demuestra la reconvención del em ir H aríz ibn 'Ukása, gobernador de la
región de Calatrava, a Alfonso V I, que había venido a devastar su terri­
torio destruyendo todas las construcciones y talando todos los árboles:
«N o es digno del carácter de un [p rín cip e] poderoso com eter estragos
y extender las ruinas, pues si de este modo establecéis vuestro poder
sobre el país, habéis deteriorado vuestro r e in o ...» 63.
Este respeto p or los árboles señala claramente la diferencia que separa
al hispano-musulmán del nómada árabe; marca un arraigam iento al suelo
que toma toda su significación si se piensa que en ese tiempo las tribus
hilálíes invadían el Africa del norte incendiando la mayor parte de los
bosques, algunos de ellos varias veces seculares.
Los andaluces no han expresado su am or por los árboles con el lujo
de detalles que hemos visto cuando se trataba de las flores, pero ya hici­
mos la observación de que el jardín, la m ayor parte de las veces, está
también plantado de árboles frutales o de adorno, en particular en Ibn
Jafáya, el poeta «am ante de los jardin es» (al-yanndn). Ríos y valles son
evocados junto a macizos umbríos, y recordemos el encanto que tenían
a los ojos de los paseantes en barcas por el Guadalquivir los olmos
(ansám) que bordeaban sus o rilla s 64.
Fue en el siglo x i cuando M u’ammal, liberto bereber de Badls Ibn
Habbüs, hace plantar álamos ( hawr) en un paseo de Granada que conser­
vó el nom bre de H aw r M u'ammal (alam eda de M u’a m m a l)6S. Al-Mu’ tamid,
prisionero en Agmát, evocaba sus palacios y residencias, uno de los cua­
les estaba situado en un terreno en el que habían crecido olivos (munbitat
al-zaytün) 6é.

63 C f. a l-M a q q a rí, N a fh a l-tib (A n a l.), I I , 377.


64 C f. in fra , pp. 212-213, y su p ra , p. 146.
65 E s te n o m b r e se v e fre c u e n te m e n te tr a n s fo r m a d o en H a w z M u ’a m m a l. C f. al-
M a q q a r l, N a fh a l-tib (A n a l.), I, 310, 649, 1. 2; I I , 147, 1. 5, 11, 13 (R is á la t a l-S a q u n d i),
345, 348, 5 4 3 ; 'Ib n al-Jatíb, Ih á ta (e s . d e E l C a iro , I, 25, di.; 26, 1.7; 264, 1. 14;
a l-'U m a ri, M a s a lik , tra d . G a u d e fro y -D e m o m b y n e s , p. 227, n. 5 (q a n ta r a t al-'üd, d e b e
le e rs e : q a n ta r a t a l-h a w r, q u e S e c o d e L u c e n a tra d u c e c o r r e c ta m e n te p o r P u en te
d e l A la m o ); S im o n e t, D e s c r ip c ió n , p. 67; E. L é v i-P ro v e n g a l, Les « M é m o ir e s » d e l rey
Z ir id e 'A b d A llá h , e n A l-A n d a lu s , v o l. I I I , 1935, fase. 2, p. 250, n. 55. C f. su pra , p á g i­
na 151, n. 137.
«> C f. su p ra , p. 141.
Algunas notas pintorescas se encuentran en los poetas:

« E l c ip ré s , a la o r illa d e l río, d ic e A h m a d Ib n M u g lt, es un n a d a d o r


q u e se ha a r re m a n g a d o lo s b a jo s de su t r a j e » 67.

Los poetas describen un olivo que sucumbe bajo el peso de una


p a rra 68, almendros en flo r (los de la Munyat al-Zubayr, bajo los alm orávi­
des, a fines del siglo x i ) w.
Pero estamos obligados a reconocer que si han sido «flo ris ta s», no
han sentido la misma propensión a ser «arb oricu ltores», dejando a los
agrónomos el cuidado de describir cada especie de árbol frutal en sus tra­
tados de agricultura. Al-TignarI, que procedía de una aldea de los alrede­
dores de Granada y murió, con bastante seguridad, a fines del siglo xi,
consagra en su Zahr al-bustün 70 capítulos detallados a la higuera, al olivo,
al granado, al melocotonero, al ciruelo, albaricoquero, manzano, peral,
m em brillo, cerezo, moral, cidro, naranjo, lim onero, almendro, palmera,
banano, nogal, algarrobo, viña; pero com o en ellos no hay descripciones
en verso no nos detendremos en ello.

Si los poetas no han precisado demasiado en lo que respecta a los


árboles ornamentales o los frutales, por el contrario han tratado con
tanto detalle com o a las flores las frutas que podían contem plar en las
ramas o en las mesas a la hora de las comidas o colaciones.
El tema de la manzana y de la granada ocupan lugar preferente en sus
versos. Ibn 'Ammár, al ofrecer vino acompañado de dos manzanas
(tuffáha) y dos granadas (rumm ána) a compañeros de placer, las presenta
con estos versos:

1. T o m a d la s , y a qu e h a b éis e x p r e s a d o e l d e se o : c o m o una d esp o sa d a


q u e n o d a ría m o s en m a tr im o n io a p e rs o n a vil.
2. C o n s id e ra d estas fru ta s c o m o lo s senos d e una jo v e n a los qu e
y o he a ñ a d id o las m e jilla s de un f a v o r i t o 71.

A propósito de manzanas y de peras (tuffdh e iyyas) dirá:

1. A c e p ta d la s c o m o m e jilla s q u e se q u ita ra n e l v e lo al ir h a cia v o s ­


o tro s o c o m o senos qu e p a lp ita ra n tím id a m e n te en v u e s tra s m anos,

67 R im a á q ih i, m e t r o sa ri'. A n al., I I , 162. V. in fra , p. 375, n. 75.


68 A b d a l - í a l í l ibn W ah b ü n , en Ib n Luyün, L a m h a l-sih r, m s. d e R a b a t, n ú m e­
ro 1033, f.° 68a.
69 C f. a l-M a q q a ri, N a fh a l-tib (A n a l.), I, 307-384.
70 P o s e e m o s m a n u s c rito s d e e s te tr a ta d o d e a g ric u ltu ra . N o s ha s id o d a d o
c o n s u lta r el e je m p la r de la S e c c ió n s o c io ló g ic a de la D ir e c c ió n d e asu n tos in d íg e n a s
en M a rru e c o s .
71 R im a & mi, m e t r o w a fir. Q a lá ’id, p. 87 (a l M a q q a rl, A n al., I I , 648).
2. estas m an za n as s e m e ja n te s a p e rla s qu e se e s p a rc iría n e n tre
n o s o tro s cu an d o fo r m a b a n c o lla r e s s o b re el c u e llo (a y y á d ) d e las
ram as.
3. T o m a d la s y o fr e c e d la s a los in v ita d o s , pues son c o m o v in o que
la c o n g e la c ió n h u b ie ra s o r p re n d id o en in v ie rn o.
4. H e a ñ a d id o , p a ra d o b la r m i p resen te, p eras, p e rs u a d id o de que
rea liza n la fo r m a m ás p e r fe c ta d e la b e lle z a ;
5. e x c u s á n d o m e no ob s ta n te , pues no son m ás qu e ro s tro s b lan co s
a los qu e se les han fija d o o jo s n eg ro s 7:.

Ibn Zaydün, al ofrecer manzanas a al-Mu'tadid, dice que es «vin o con­


gelado que le ha llegado», e invita a comerlas bebiendo «manzanas en
fusión», es decir, vino 75.
Las manzanas más famosas de la Península, desde el punto de vista de
su tamaño, eran las de Cintra, cerca de Lisboa; un campesino de esta
ciudad ofreció a al-Mu'tamid de Sevilla algunas que tenían cinco palmos
de circunferencia 74.
La com paración de las manzanas con las mejillas se impone a los
poetas porque éstos piensan en la variedad que es encarnada o sonrosada;
pero había otra variedad que era de un am arillo pálido, como se deduce
de algunos versos; por ejem plo, éstos:

1. Os he o fr e c id o estas m anzanas, d ic e Abü-l-H asan ibn a l-H á v y , sin


e s c a tim a ro s m is alab an zas, c o m o r e g a lo d e un a m ig o d e s in te re s a d o
y ad icto.
2. S on m e jilla s d e a m ig o s qu e os lle g a rá n llen as de a m o r y que
v o lv e rá n a flig id a s y a b ra sa d a s p o r el fu e g o d e l a m or.
3. L as e n ca rn a d a s son las qu e han s e n tid o tu rb a c ió n en el m o m e n ­
to d el e n c u e n tro , y las a m a r illa s las qu e han s u frid o el d o lo r d e la
s e p a ra c ió n 7\

Se comprende que el príncipe de Albarracín, Abü Marwán 'Abd al-Malik


ibn Razln, las haya comparado a senos com o granadas:

1. (¿ V o lv e r e m o s a v e r el d ía en el qu e ) n u estras b ocas m u erd a n las


m an za n as d e los senos y en el qu e n u estros o jo s se m ire n en los del
o t r o ? 76.

El perfume de la manzana ha impresionado a Ibn al-Yibbír, que, como


buen gramático, evocará el recuerdo de Síbawayh, cuyo nombre significa
«o lo r de manzana», para dar las gracias a su generoso donante;

72 R im a üdü, m e tr o k á m il. Ib n al-A b b ár, a l-H u lla , en C o r r e c tio n s , p. 113.


73 R im a bahá, m e tr o ká m il. Ib n Z ayd ü n , D iw á n , p. 91; Anal., I I , 486.
74 C f. A n al., I, 102; L é v i-P r o v e n § a l, E s p . m us. au X e siécle, 167, y las re fe r e n c ia s
d e la n. 3, a las qu e se p u ed e a ñ a d ir: al-Q alq asan d í, S u b h . V, 223.
75 R im a á q i, m e t r o w á jir. Q a lá 'id , p. 143.
76 R im a á qi, m e tr o ká m il. Q a lá 'id . p. 56.
— N u e s tro a m ig o ha a p o r ta d o el p e rfu m e C a rf) d e lic a d o de las m an ­
zanas, y v o he d ic h o : Es al-Jalíl [ib n A h m a d ] qu e ha v e n id o con
S íb a w a v h í77.

Ya hemos señalado con anterioridad un verso de Ibn Ammár en el


que se comparan las peras con «un rostro blanco en medio del cual se han
fija d o ojos negros».
Sulavmán ibn Battál al-AndalusI dirá que son:

1. Un e jé r c it o (v a y s ) d e n e g ro s (Z a n y ) p o r qu ien el e n e m ig o ha sid o
s u b yu ga d o en e l m o m e n to d e l c o m b a te .
2. Si e lla s hacen fra c a s a r la a m a r ille z qu e te a q u e ja es p o rq u e
los n e g ro s I za ny) son los e n e m ig o s de los h o m b re s a m a r illo s (B a n ü
a l- A s fa r )7R.

A los versos precedentes, que comparan las granadas con los senos,
añadiremos este fragm ento sobre una granada abierta:

1. E lla h a bita, d ic e Ib n S a 'd al-Jayr, a la s o m b ra de las ram a s, en


un ja r d ín (ra w d ) cu yas ram a s tien en un a s p e c to e n c a n ta d or.
2. [M ie n tra s qu e] sus c o m p a ñ e ra s ríen (d e p la c e r] p o rq u e los o jo s
del c ie lo v ie rte n lá g rim a s [d e ll u v i a ] ,
3. e lla a b re la b oca c o m o un león p a ra d e ja r v e r los d ie n te s tin tos
en sa n g re 79.

La clase más conocida y más apreciada era la que llevaba el nombre


de a l - s a f r l , se dice que por Safr, mensajero enviado por 'Abd al-Rahmán
al-Dájil junto a su hermana Umm al-Asbag, que se había quedado en Siria
para traer de Oriente semillas de plantas desconocidas en España 80.

77 R im a ayhi, m e tro w a fir. Anal., I I , 641.


78 R im a ri, m e tro sa ri'. A l-N u w a v ri, N ih a y a , X I , 136. S o b re la e x p re s ió n B a nü
a l-asfar, cf. in fra , p. 290 y n. 140.
79 R im a a n u h ii, m e tr o m u ta q á rib . A n al., I I , 409.
80 F ue en la R u s á fa d e C ó rd o b a d o n d e este p rín c ip e o m e v a h abía a c o n d ic io n a d o
sus v iv e r o s . S o b re la h is to ria d e la g ra n a d a s a frí, cf. A n a lecte s, I, 304, 305, 359; D ozy,
S itp p l., I, 559, sv. r u m m á n y las re fe r e n c ia s c ita d a s ; a l-T ig n a rí, I. c., pp. 142-143;
D o zy y E n g e lm a n n , G lo s s a ire , p. 358. E l p o e ta A h m a d ibn F a ra v a l-Y a y yá n i, a u to r
d e K ita b a l-h a d ü 'iq ( f hacia 366 = 976), d e s c rib e esta g ra n a d a en los sigu ien tes
vers o s :
«1. A m en u d o una (g r a n a d a ) v e s tid a de n á ca r (s a d a f) r o jo v ie n e a tu e n c u e n tro
c u a n d o está llen a d e p erla s:
»2. T ú la ab res, e n to n ces, c o m o si fu e ra una c a ja (h n q q ) e le g a n te qu e e n c ie rra
c o ra le s (m a r y ü n ) r o jo s ;
»3. o tal v e z g ra n o s p a re c id o s a las e n cía s de la b ie n a m a d a p o r la saliva, si lo
p re fie re s , o p o r el asp ecto.
»4. se le a tr ib u y e a S a fr, p e ro e lla no ha h ech o s a fa r ( v i a j e ) p ara q u e ja r s e del
a le ja m ie n to o s o p o r ta r las fa tig a s d e la noche.
»5. N o , e lla tan s ó lo ha d e ja d o el á r b o l d e lic a d o y fre s c o y las ram a s llen as
d e s a v ia .»
(r im a rü, m e tro m u ta q a rib . C f. Anal., I, 305). Ib n Q u zm án hace a lu sión a las g ra n a ­
das s a fr i en uno d e sus z é je le s (c f. C a n c io n e ro , ed. N v k l, p ie za X I X , estr. 5; te x to ,
p ágin a 45).
Las cerezas — qarásiyá en clásico y habb al-mulük en el Occidente mu­
sulmán, com o lo indica al-Maqqarí— 81 han sido descritas por un anónimo
en dos etapas distintas de su madurez:

1. L as ra m a s lig e ra s ( a sta b ) d e ese g ra n á rb o l, p en d en : qu e el T ie m ­


p o c o n s e r v e su b e lle z a en ta n to él lo desee.
2. L o q u e se d is tin g u e d e r o jo en él son en g a stes de c o rn a lin a
{ 'a q iq ), y lo qu e a p a re c e n e g ro son o jo s de v a ca s s a lv a je s (m a h á )* 2.

El lim ón (laymüna o laymü) ha procurado a 'Abd Alláh al-Muhayris


una com paración ingeniosa:

1. E l v is ir m e ha d a d o, en un ja r d ín , un lim ó n y, c on un g esto , c o m o
hace e l S e ñ o r, m e ha ro g a d o qu e b u sca ra una c o m p a ra c ió n ;
2. M e he q u e d a d o c a lla d o un m o m e n to y d esp u és he d ic h o : «S e
p a re c e a un c a s c a b el (y u ly u l) d e p la ta re c u b ie r to d e un a m a r illo d e o r o
( ’asyad) 83.

Un andaluz caracteriza así al m em brillo:

1. T ie n e e l c o lo r a m a r illo p u ro d e l o r o (m id á r ), el s a b o r d el v in o
('u q d r ), la te z d e l a m a n te y el a lie n to d e la b ie n a m a d a 84.

El resto de los poetas no han hecho más que desarrollar estas ideas M;
p or ello no los citaremos. Nos lim itarem os a traducir tres versos pedantes
y oscuros de Ibn Sára, que, al mismo tiem po que nos recuerdan los deba­
tes sobre el narciso, nos inform an sobre los tashif o metátesis de las letras
que componen la palabra sáfaryal, y sabemos así las supersticiones que
corrían a causa de este fruto:

1. N o h a y n a d a en e l s a fa ry á l (m e m b r illo ) q u e p u ed a h a cern o s
a u g u ra r m a l [d e l p o r v e n i r ] : n o os rep le g u é is, a causa de él, s o b re
e l d o lo r.
2. H e d ir ig id o m is m ira d a s al ta s h if d e sus le tra s c on so n a n tes y he
e n c o n tr a d o esta so lu c ió n : ta b b u n ta fa rra y a l i (u n p e r ju ic io se ha d is i­
p a d o p a ra m í).
3. Y o n o d ig o : s a fa r h a ll: un v ia je h a h e c h o in s ta la rs e a la d e sg ra c ia
o ha p e r m itid o qu e a c o n te zc a un su ceso g r a v e u .

81 C f. A n a l., I I , 409.
82 R im a ha, m e t r o m u ta q a rib . A n al., I I , 409.
83 R im a d i, m e t r o k á m il. Anal., I I , 292. L a c o m p a ra c ió n la r e c o g ió un p o c o m ás
ta r d e a l-K u ta n d i (e n la é p o c a d e Ib n M a rd a n ís ). C f. A n al., I I , 335, 1. 8.
84 R im a b i, m e t r o m u ta q a rib . A l-N u w a y r l, N ih á y a , X I , 170.
85 E n e l s ig lo X, al-M u sh a fí, e l h á y ib r iv a l d e a l-M a n s ü r, h a b ía c o m p u e s to y a un
la r g o fr a g m e n to d e n u eve v e rs o s e n lo s q u e se e n c o n tra b a n los m is m o s rasgos.
C f. M a tm a h , 5 (r e p r o d . en A n a l., I, 391); a l-H u lla , en N o tic e s , 144.
86 R im a li, m e t r o b a stí. Q a lá ’id, 270. S o b re las in te r p re ta c io n e s d e los d iv e rs o s
ta s h if d e s a fa rva l, cf. Z D M G , t. 61, p. 427, 753; t. 65, p. 53, 681 sq.; t. 68, p. 275,
298 s q „ 302.
El naranjo borde, de frutos amargos, piel rugosa y de un rojo vivo, ha
tenido mala reputación en la España del siglo xi: todas las desgracias
acaecidas a los reyezuelos de la Península, com o a al-Muqtadir Billáh de
Zaragoza, a al-Mu'tamid de Sevilla, a al-Qádir de Toledo y a particulares
de Granada y de los alrededores, se deberían, si creemos a al-Tignarl,
que nos lo transmite en su Z a h r a l - b u s t a n , al cultivo del naranjo amargo
( n a r a n y ) 8?. Bádxs ibn Habbüs vigilaba para que no se introdujeran plantas
de esta clase clandestinamente. Con una cierta aprensión, al-Tignarl se
decide a hablar de este árbol funesto; también se cree obligado a invocar
la ayuda de Dios para emprender la com posición de ese párrafo, y si lo
hace es porque en su tiem po — finales del siglo x i— , mientras los alm orá­
vides ocupan la Península, la superstición vinculada al naranjo amargo
parece haberse atenuado bastante, y la m ejor prueba de ello es que los
poetas describen el árbol con sus flores y frutos com o una planta común.
Dos de entre ellos se han distinguido en este tema: Ibn Jafáya e Ibn Sára.
Ibn Jafáya dice:
1. A m en u d o un [n a ra n jo s ilv e s tr e c o m o una m u je r c o q u e ta ] se
p a v o n e a v a n id o s a m e n te en ta n to qu e la llu v ia le ha r e v e s tid o de jo y a s
ro ja s y d e m a n to s verd es.
2. L a s a liv a d e l n u b a rró n fu n d e p a ra él p la ta y c o n g e la en sus ram as
e n c o rv a d a s o r o b r illa n t e 88.

Ibn Sara acumula otras tantas imágenes más o menos rebuscadas:

1. ¿S on b ra sa s lo q u e m u estra n , en las ram a s, sus v iv o s c o lo re s


o son m e jilla s qu e p on en d e m a n ifie s to las lite ra s ?
2. ¿ R a m a s qu e se b a la n ce a n o ta lle s d e lic a d o s qu e m e h a cen s e n tir
un s u fr im ie n to q u e n o s o y c a p a z d e d e s c r ib ir?
3. V e o qu e e l n a ra n jo a m a r g o nos m u e stra sus fr u to s p a r e c id o s a
las lá g rim a s qu e e l d o lo r ha te ñ id o de r o jo .
4. C o n g e la d o s , si se les fu n d ie ra , se tr a n s fo r m a ría n en vin o .
5. B o la s d e c o rn a lin a en ra m a s d e c r is o lita (z a b a ry a d ); p a r a ella s
las m a n o s d e l c é fir o tie n e n cayad os.
6. O ra lo s b esa m o s, o r a los o le m o s ; son p a ra n o s o tr o s c o m o m e ji­
llas o c o m o p e b e te r o s 89.

También compuso este dístico:


1. A m en u d o e l in v ita d o ju e g a con una n a ra n ja a m a r g a qu e s e m e ja
a una b o la (k u r a ) d e o r o r o jo ,
2. o a un tizó n (y a d w a ) qu e p o r ta la m a n o d e l b u s c a d o r d e fu e g o
( q á b is ), ¡p e ro un tizó n d e s p r o v is to d e lla m a ! 90.

87 A l-T ig n a rl, m s. d e la S e c c ió n s o c io ló g ic a de M a rru e c o s , 202, 203. V . la in te r p r e ­


ta c ió n d e Ib n Jaldün en a l-M u q a d d im a ( P r o lé g o m é n e s ), te x to de Q u a tre m é re , I I ,
259; ed. de B eiru t, p. 373; trad . d e S la n e, I I , 304-5 (d o n d e n a ra n y se to m a e rr ó n e a ­
m en te p o r «lim o n e r o » ).
88 R im a rá, m e tr o taw il. Ib n J afáy a, D iw á n , p. 58; A n al., I I , 408.
89 R im a yü, m e t r o taw il. Q a lá 'id , p. 267; A nal., I I , 281 (v e r s o s 5-6).
90 R im a bi, m e t r o basit. Q a lá 'id , pp. 267-268; A n al., I I , 408.

U N IV E R SID AD

Fsc. F ü o k g Í E
Las higueras se extendían por todas partes. Se estimaban, sobre todo,
los higos de Málaga, cuya belleza se hizo proverbial:

1. ¡Oh, h ig os d e M á la g a , d ic e A b ü -l-H a y vá y Yüsut ibn al-S a vj al-


B a la w í a l-M álaq l, seáis s alu d ad os! L o s n a vio s, p o r v o s o tro s , v ie n e n a
esta ciudad.
2. E l m é d ic o m e ha p ro h ib id o qu e os c o m a d u ra n te m i e n fe rm e d a d ;
¿ p o r qu é el m é d ic o m e p ro h íb e el o b je t o al qu e está v in c u la d a mi
v i d a ? 1,1.

Los higos de Sevilla también gozaban de cierta reputación n, así com o


los de Levante; a propósito de estos últimos dice Ibn Jafáya:

1. Las ram a s d e la h ig u e ra (b a la s ) se in clin a n y pen d en en tan to


q u e la a u ro ra ha r e c o g id o el fa ld ó n de la m añan a gris.
2. L os h ig os se lad ea n p a ra d e ja r c o r r e r el ju g o del panal d e m iel
c o m o m ana la s a liv a d e la b ie n a m a d a qu e d o r m ita 93.

Otras frutas tales com o las uvas ( ’inab), el m elotocón (jaw j) y la mora
(tü t) son descritas también, pero los poetas se limitan a repetir lascom ­
paraciones puestas en circulación en el siglo x w.
Los dátiles, así com o las palmeras, no parecen haber sido descritos
Los versos de Muhammad ibn Saraf al-Qayrawánl, padre de Y a 'fa r ibn
Saraf (Abü-1-Fadl), sobre los dátiles (rutab y tam r) son anteriores, con
toda seguridad a la llegada del poeta a España, v sólo se aplican a los
frutos de Ifrlqiva

91 R im a nahá, m e tro s a ri'. Anal., I, 96; al-’U m a rl, M a s á lik , trad . d e G a u d e fro y-
D e m o m b y n e s , p. 241; trad . A. Z a k i (e n H o m e n a je a C o d e ra ), p. 470; Ib n B attü ta,
R ih la , ed. D e fr é m e r y et S a n g u in e tti, IV , 366. Ib n 'A b d a l-M u n 'im a l-H im v a rí, a l-R a w d
a l-m i'tá r , texto, p. 179; trad., pp. 215-216.
92 Ábü M u h a m m a d A b d al-W ahh áb al-M un sí c o m p le tó de este m o d o el d ís tic o
d e A b ü -l-H ay y áy a l-B a la w í:
« N o o lv id é is los h ig os d e H im s (S e v illa ) y al tie m p o qu e h a b lá is d e sus higos
h a c e d lo d e sus a c e itu n a s » (r im a nahá, m e tro sa ri'. Anal., I, 96, 1.4).
Ib n Z a fir , en sus B a d á ’i' a l-b a d á ’ih, p. 39 (r e p r o d . en Anal., I I , 411), n a rra que
d esp u és de una c a b a lg a d a p o r los a lr e d e d o r e s d e S e v illa , a l-M u 'ta m id c la v ó su
b astón en un h igo, qu e q u e d ó e n s a rta d o en su punta; el p o e ta Ib n Y á j, qu e se
e n c o n tra b a c erca , c o m p a ró e s te h ig o n e g ro a «u n c rá n e o de n e g ro (Z a n v i) re b e ld e ».
93 Ib n J afáya, D iw á n , p. 76 (r im a as, m e tro m u ta q á r ib ).
94 U n p o e ta an d a lu z d el s ig lo x, Is m á 'íl ib n B a d r, d e c ía d e las m o ra s qu e eran
« o jo s d e vacas s a lv a je s (h a d a q a l-m a h á ), qu e algu n as rec u e rd a n a ios ja c in to s
(y á q ü t) o al v in o ( r a h iq ) p o r su c o lo r r o jo y o tra s con sus g ra n os n e g ro s y r o jo s
recu erd a n al a za b a ch e y la c o r n a lin a » (c f. Ib n al-A b b ár, a l-H u lla , en N o lic e s , p. 140,
1. 3-5). M u h ya, la a m ig a d e W a llá d a , hace, a p r o p ó s ito de los m e lo c o to n e s o fr e c id o s
p o r u n o d e sus a d m ira d o re s , c o m p a ra c io n e s es ca b ro s a s (c f. Anal., I I , 634). Se
e n cu en tran d e s c rip c io n e s d e uvas en Ib n Z ayd ü n , D iw á n , p. 152, 260.
95 C f. n u es tro e s tu d io s o b re L e p a lm ie r en E s p a g n e m u s u lm a n a , en M é la n g e s
G a u d e fro y -D e m o m b y n e s , pp. 225-239, y v. in fra , p. 204, n. 122.
96 L o s ru ta b (d á tile s fr e s c o s ) son c o m p a ra d o s con c o fr e c illo s (la w ü b it, pl. de
lá b ü tl d e c o rn a lin a C a q iq ) r e lle n o s d e o r o fu n d id o ; los huesos, en la tra n s p a re n c ia
Las legumbres, cuya descripción es bastante escasa en las diversas
literaturas, tienen también su lugar en la poesía andaluza. Los poetas han
descrito aquellas que han impresionado su imaginación: el haba, la alca­
chofa, la berenjena v la col.
La vaina del haba sugiere a Abü 'Am ir Ibn Suhayd:

1. Tus p erlas, d ic e d irig ié n d o s e al c a d í Ib n D ak w án , han d a d o n a ci­


m ie n to a la va n id a d (s a la f), pues están hechas con e s m e ra ld a s y n á ca r
(sa d u f).
2. Sus coesp osas h a b ita n los m a re s m ie n tra s qu e éstas h abitan , en
p ro de la b e lleza , un ja r d ín p e rfu m a d o .

7. M a n ja r d el h o m b re c o rté s , a lim e n to d el le tra d o , el haba ( f u l ) es


a m a d a p o r to d o s a q u e llo s qu e son cu lto s y b ien e d u c a d o s 97.

Del haba, Abü-l-Hasan Ibn 'A l! ha dicho:

1. E n g a s te de m a r fil ('a y ) cu ya c a ja (li u q q ) es d e ja d e ...


2. E n c ie rra lo n e g ro qu e a d o rn a su r o s tr o : c o m o un o jo qu e tu v ie ra
una m a n ch a negra.
3. S e la e s co g e fre s c a o seca y su d e lic io s o p e rfu m e e n can ta al
a lm a 9#.

En cuanto a la alcachofa (harsuf), Ibn 'Am m ár la describe así:

1. H ija d el agu a y de la tie rra , g en e ro sa s ie m p re p a ra el qu e la


desea, se v is te de un tr a je qu e s im b o liz a e l rech azo.
2. S e d ir ía qu e en su h e rm o s u ra y en su n e g a tiv a a d a rse en la c im a
de las ram as, es una jo v e n c ris tia n a v e s tid a de una c o ra za (d i r ') de
e sp in as (a s i = a sa l)

Para 'Abd al-Yalll ibn Wahbün, la alcachofa es:

«U n h u ev o (b a y d a ) qu e se h u b iera c o lo c a d o , p ara c o n s e r v a rlo , en la


p iel d e un e r iz o » l0°.

Ibn Suhayd, al pasar un día cerca de un vendedor de verduras


( ta ra ifl), se vio forzado a pararse para describir un cesto (zinkil) de
alcachofas:

d e la carn e, p a rec e n lenguas de p á ja r o : los t a m r (d á tile s s e c o s ) son c a ja s (ín a já z in )


de c o rn a lin a ( ’á q iq ) relle n a s de o r o (m id a r ), a za frá n qu e e n c ie rr a m iel líq u id a , cop as
llen as de v in o r o jo ('u q á r ). C f. a l-N u w a v rí, N ih ü y a t al-a rab, X I , 128. L a e x p res ió n
n ia jü z in a l-b illa w r se e n c u e n tra y a .e n un v e rs o d e Ib n a l-R ü m l al d e s c r ib ir las «u va s
r a z iq i» (c f. al-M as'ü d í, L e s P ra iria s d ’o r, V I I I , 233).
97 R im a fci, m e tro m u n s a rih . Abü-1-Walíd, al-B ad a ', f.** 76a; Ib n Z a fir , B a d a 'i',
p á g in a 165; A nal., I I, 164.
9Í R im a yü, m e tro m u n s a rih . Abü-1-Walíd, l. c., f.° 76a.
99 R im a li, m e tro basit. Ib n al-A b b ár, a l-H u lla , en C o r r e c tio n s , p. 113. V. in fra ,
p ág in a 286.
11,1 R im a di, m e tro taw il. Q ald id , p. 245.
1. A m ig o m ío , ¿han v is to tus o jo s algu n a v e z e riz o s v e n d id o s en
un c esto?
2. [H e a q u í] a lc a c h o fa s c u b ie rta s d e d a rd o s ca p a ces d e a tr a v e s a r
la p ie l d e l e le fa n te .

5. Es el n a q l '01 (p o s t r e ) d e l h o m b r e p o b re , e m b u s te r o e ig n o r a n te
V e l a lim e n to d e las gen tes q u e tie n e n la in te lig e n c ia m u y le jo s .
6. H e ju r a d o qu e n o se la o fr e c e r é p a ra c o m e r a m i in v ita d o y qu e
no la c o m e r é y o m is m o b e b ie n d o v in o fre s c o ,02.

Para la berenjena, un anónimo ha encontrado esta comparación, de


un relieve sorprendente:

1. Las b e re n je n a s se le v a n ta n en el e x tr e m o d e los p e c io lo s c o m o
c o ra zo n e s d e c o r d e r o s (n i'á y ) en las g a rra s d el á g u ila 105.

N o hemos pretendido con los extractos precedentes agotar todos los


temas descriptivos abordados por los poetas hispano-musulmanes, pero
creemos al menos haber dado una idea de su diversidad, y sobre todo
de su interpretación por los andaluces.
Todos estos versos muestran una dilección especial por la naturaleza;
el verso ideal para ellos es el que, en pocas palabras, es capaz de evocar
un jardín um brío donde todo es placentero para la vista y el olfato. Cuan­
do dos poetas compiten, el crítico que ha de valorarlos en el concurso
concederá la palma a aquel que, a las lágrimas de rocío, haya opuesto la
sonrisa perfum ada de las flores l(U. Poesía es ante todo evocación para
estos espíritus delicados, pero una evocación, eso sí, que sabe animar todo
cuanto toca. Si la poesía oriental había tenido la tendencia a petrificar, en
cierto modo, todos sus temas, comparando al hombre con una flo r o un
pájaro, y a la flo r o el pájaro con una piedra o un metal precioso 10S, pare­
ce ser que en España ha sido más frecuente la comparación inversa y as­
cendente: de la piedra a la flo r y de la flo r al hombre. Si la flo r despierta

101 S o b re esta p a la b ra , c f. in fra , p. 379.


102 R im a li, m e t r o rayaz. Ib n Z a fir , B a d a 'i', p. 166; A n a l., I I , 165-166.
103 R im a á n i, m e t r o ta w il. A n al., I I , 482. E l n o m b r e y e l o b je t o son d e o r ig e n
h in d ú (c f. A lp h , d e C a n d o lle , O r ig in e des p la n te s c u ltiv é e s , 229), p e ro sin d u d a es ta
b e re n je n a d e la E d a d M e d ia , o r ig in a r ia d e O rien te , es d ife r e n te d e la in tro d u c id a
en E u r o p a tras e l d e s c u b r im ie n to d e A m é r ic a (c f. R e n a u d et C olin , T u h fa t al-ahba,
n ú m e ro 235 (p . 105) y núm . 406 (p . 175).
104 C f. e l ju ic io d e un c r ít ic o en un c a s o p a r e c id o , en A n al., I I , 285-286.
105 L o s lite r a to s á ra b e s a trib u y e n estas c o m p a ra c io n e s a los p ersas y c ita n in can ­
s a b le m e n te las d e s c rip c io n e s d e l n a rc is o y d e la rosa, qu e se d eben , la p r im e r a a
A n ü s irw á n , la segu n d a a A rd a s lr. C f. a l-S arísí, S a rh M a q a m á t a l-H a riri, I, 32, 151;
al-H u sri, Z a h r al-adab, I I , 209, 211; A h m a d A m ln , D u h á a i-is la m , I, 383; v. s o b re
to d o L. M a s s ig n o n , L e s m é th o d e s de ré a lis a tio n a r tis tiq u e des p e u p le s d e l ’Is la m ,
in S y ria , 1921, p. 19; H . M assé, L e s é p o p é e s persa n es. F ir d o u s i et l ’é p o p é e n a tio n a le ,
207-208.
en el espíritu del andaluz la idea de perlas blancas, de cornalina, de jacin­
tos, de oro y de plata, le sugiere también muy a menudo imágenes cuyos
elementos poéticos se toman del hombre o de la m ujer: los colores ama­
rillo y blanco le recuerdan al amante desgraciado o a la amante insen­
sible; el encarnado, la m ejilla de la virgen o la turbación de la m ujer
púdica; los perfumes, suaves en el centro del día, violentos cuando el sol
se ha puesto, son alfaquíes, hipócritas de día y disolutos por la noche.
Los andaluces han amado profunda y sinceramente sus jardines y han
gozado plenamente de su encanto. De origen campesino la mayoría, como
lo hemos señalado ya, han aprendido desde niños a observar la naturaleza
en la que vivían cotidianamente; cuando más tarde los ha empujado
hacia las grandes ciudades el deseo de la gloria, más fijo s han guardado
en la m em oria para siempre los rasgos esenciales de los campos fam ilia­
res, unidos a la primeras emociones de su sensibilidad; y las metáforas
ante los hermosos jardines de los palacios señoriales o los ramos de los
salones principescos surgen fuertes y vivas, sostenidas por la observación
inconsciente de la realidad.
Hombres del campo, siguen siéndolo por esa curiosidad hacia todos los
libros que tratan de agricultura y de botánica. Leen atentamente el Kitab
al-nabát ( E l lib ro de las plantas) de Abü Hanifa al-Dínawarl ( f hacia
282 = 8 9 5 )106. Un poeta que vivió en Granada y en Almería, Ibn U jt Gánim,
lo com entó en sesenta volúmenes 107. Todas las obras de filología que
consagran uno o más capítulos a las plantas son estudiados con fervor 108.
Es en el siglo X I cuando aparecen por prim era vez en España tratados
de agricultura 109 com o los de Abü-l-Jayr al-Isbíli, Ibn al-Fádil al-Andalusí,
Ibn Hayyáy al-Isbllí y sobre todo los de Ibn W áfid al-Lajmi, de Ibn Bassál
y de al-Tignarl.
Ibn W áfid 110 e Ibn Bassál 111 fueron los directores del jardín botánico
del príncipe de Toledo al-Ma’mün ibn Du-l-Nün; a ellos se debe la crea-

106 S o b re e l cual, cf. E n c y c l. Is l., I, 1004-1005 (a r t. d e B ro c k e lm a n n ).


107 C f. A nal., I I , 270 (s e g ú n Ib n a l-Y a sa ', K it á b a l-M u g r ib ): D o zy , R e c h e r c h e s ',
99-100; al-S u yü tl, B u g y a t, p. 47, 106; Ib n J ayr, F a h ra sa ( B ib . a ra b. h isp., t. I X ) , I, 376.
108 C f. s u p ra , pp. 40-42.
109 T a l v e z s e ría c o n v e n ie n te c o n s id e r a r e l C a le n d a rio d e C ó r d o b a d e l an o 961
c o m o la p r im e r a te n ta tiv a d e c o d ific a c ió n d e re g la s d e l c u ltiv o ; p e ro e ste C alen ­
d a r io h a b la d e m u ch as o tra s cosas qu e n o tie n e n m ás q u e una r e la c ió n m u y le ja n a
c on la a g ric u ltu ra p ro p ia m e n te d ich a. S o b re e l c o n te n id o d e l C a le n d a rio p u b lic a d o
en te x to á ra b e c on una tra d u c c ió n la tin a de D ozy, en L e id e n , 1873, cf. D u reau de
la M a lle , C lim a to lo g ie c o m p a r é e de l ’I t a lie e t de l'Á n d a lo u s ie a n cie n n e s et m o d e rn e s ,
32-34, 65-84; L é v i-P r o v e n g a l, L ’E sp. m u s u lm . X c s iécle, 171-174.
110 C f. L e c le r c , H is t. de la M é d e c in e a ra be, I, 545-547; Ib n a l-Q u iftí, T a 'r ij al-
h u k a m á ’, ed. L ip p e r t, pp. 225-226; Ib n Jaldün , en C a s iri, B ib . arab. h ip. E s c u r., I I ,
131; M illa s V a llic r o s a , L a tra d u c c ió n ... de Ib n W á fid , en A l-A n d a lu s (1943), fase. 2,
p á g in a s 281-332.
111 C f. A n a l, I I , 104 (s e g ú n Ib n G á lib , F a rh a t a l-a n fu s ); S im o n e t, G lo s a rio , p á g i­
na C X L I X , n. 5; L e rc h u n d i et S im o n e t, C re s to m a tía , p. 96, núm 81; M illa s V a lli­
c ro sa, L a tr a d u c c ió n ... de I b n Bassál, en A l-A n d a lu s (1948), fase. 2, pp. 347-430.

201
ción de los jardines de los palacios y de los munva-s, de los que ya hemos
hablado en un capítulo precedente. Por lo que se refiere a al-Tignarl, del
que hemos hablado ya al citar su Zahr al-bustan wa-nuzhat al-adhán, vivió
sobre todo en Granada bajo los Zíríes, después bajo los Alm orávides,
y tuvo ocasión de coincidir en Sevilla con el agrónomo Ibn Bassál " 2.
Abü Ubayd al-Bakrí " 3, conocido com o geógrafo, era célebre también
com o botánico; su Kitdb a'yan al-nabat wa-sayariyyat al-andalusiyya " 4,
hoy perdido, tenía tanta fama com o su Tratado de los caminos y de los
reinos (Masálik wa-Mamálik).
Este amor de los andaluces por la agricultura y la botánica se conser­
vó por largo tiempo todavía después del siglo xt, perpetuándose del otro
lado del Estrecho, en Marruecos, hasta nuestros días.
Estos estudios, junto a las observaciones personales, permiten a los
poetas introducir en sus descripciones términos técnicos que no tienen,
sin embargo, nada de árido, sino que significan un afortunado enriqueci­
miento de la lengua poética: tafattah = abrirse; jalf, plural ju lü f = reto­
ño, brote, renuevo; ’üd = rama única; gusn = rama; qadib = tallo, rama;
kimama, plural k a m a im — cáliz; kumm, plural akmdm — brácteas, sépa­
los; waraq, plural awrdq = pétalo, hoja; táqa = lóbulo; nuwwdra, plural
nawáwtr = estambre; qd'im — pistilo; wasi'a, plural wasai' = antera del
estambre; habba = baya; zahr = flo r amarilla; nawr = flo r blanca;
tanwir = floración.
Los poetas, cuando hablan de la estación en que aparecen las flores,
emplean los nombres de los meses solares y no lunares; pero debemos
señalar que es porque no toman sus nombres del calendario juliano, sino
del calenlario siriaco: Kanün para diciembre y enero; subdt para febre­
ro; ádár para marzo; naysdn para abril. Se trata de una tradición siria
im portada por los Omeyas, y que se perpetuó a través de ellos en
Occidente,
Ibn al-Haddád, elogiando a al-Mu'tasim, dice:

— A lm e ría , g ra c ia s a ese p rín c ip e , g o za d e te m p e r a tu r a y d e e s ta ­


cio n es s ie m p re ig u a les: ká n ü n (d ic ie m b r e o e n e r o ) es a y lü l (s e p t ie m b r e )
V ta m m ü z (ju lio ), naysan ( a b r i l ) 115.

La vida del campo ha penetrado de tal manera en el espíritu de los


poetas, que las imágenes agrestes surgen continuamente cuando se trata
de dar un cariz concreto a las ideas:

1,2 C f. Ib n al-Jatíb, a l-lh ü ta , E l C a iro , I I , 207; S im o n e t, G lo s a rio , p. C L I I I y n. 3;


B ib lio th é q u e de la S e c tio n s o c io lo g iq u e d u M a r o c , en R a b a t, m s. 459 y 460.
113 S o b re e l cu al, cf. E n c y c l. Is l., I, 619-620 (a r t. de C ou r).
114 C f. Ib n Jayr, Fa hra sa , I, 377; D ozy, R e c h e r c h e s ', p. 292, 306.
115 R im a ü m l, m e tr o ta w il. A l-D a jira , I, I I , 231. C f. stipra , p. 149.
— C u an d o tus m an os, d ic e A b ü M u h a m m a d Ib n al-S ld a l-B a ta ly a w s I
a al-M u sta'in , p rín c ip e de Z a ra g o za , p lan ta n (g a ra s ) n o b les accion es
sob re m i suelo, las ram a s (a g s á n ) p ro d u c en , c o m o fru to s , e lo g io s
p ara ti llt’.

Ibn al-Jarráz, en un elogio a al-Mu'tasim, ya citado, nos da un pano­


rama bastante com pleto del ciclo de los cultivos " 7.
Umbrías y regadíos son evocados por Abü 'Am ir Ibn al-Murábit en
sus lamentaciones amorosas:

1. A llí hay un r ie g o fra y y) h e c h o con m is la g rim a s , ¡oh g a c e la !,


y una u m b ría to rm a d a p o r m is co s ta d o s;
2. a b r é v a te en este agua a b u n d a n te y v e n a g o z a r d e esta fre s c a
s o m b ra sin te m o r a ser rech a za d a ni asu stad a lls.

Ibn 'Ammár, en m ayor medida que ningún otro poeta, tiene tendencia
a buscar sus metáforas en el cultivo del campo:

1. Si esta tard e, le d ic e a a l-M u 'ta d id v ic to r io s o , te ha d a d o c o m o


fr u to la v ic to r ia , es p o rq u e habías p la n ta d o el e s p ír itu r e fle ja d o de ese
á rb o l l|g.

A al-Mu'tamid, a quien había irritado profundamente, le dirige estos


versos para ablandarle:

1. H e e x a m in a d o la r g a m e n te la luna de tu r o s tr o en la n och e de la
d e sg ra c ia y he o b te n id o ju n to a ti la ab u n d a n cia (ji s b ) en tie m p o s de
esca sez (y a d b )...
3. N o he d e ja d o d e v iv ir a la som b ra de tu g ra c ia r e c o rd a n d o los
d ías en qu e nos am áb am os.
4. L a v id a , en to n ces, b a jo tu s o m b ra p ro te c to r a , e ra g ra ta : n o cesa­
ba de d e s p la z a rm e de un p asto p r ó s p e r o a un a b r e v a d e r o de agua
d u lce

A Abü 'Isá Ibn Labbün, príncipe de M urviedro, le escribía:

1. E v o c o en m is rec u e rd o s las a lab an zas qu e os d ir ig ía y qu e fo r m a ­


ban un ja r d ín lu ju r ia n te a d o rn a d o de las flo r e s (n a w r) d e m i a fe c to ,
2. hasta el m o m e n to en qu e p a r e c ió qu e tus p lan tas (g a ts ) estab an
p ró x im a s a fr u c t ific a r y qu e los ta llo s de tus s e m e n tera s (z a r ') iban a
d a r su c o sech a (h a sá d ) l21.

116 R im a anü, m e tr o ta w il. Anal., I, 430, 1. 3.


117 R im a dü, m e tro taw il. Anal., I I , 281; D ozv, R e c h e rc h e s \ I, 257. V. supra ,
p á g in a 88.
Ils R im a ü 'í, m e tro hasit. Q a la ’id, p. 295.
119 R im a ar, m e tro m u ta q a rib . Q a ld 'id , p. 89.
12(1 R im a bi, m e tro taw il. Ib n al-A b b ár, a l-H tilla , en A bbad., I I , 95-9p.
121 R im a tidt, m e tro k á m il. Q a lá ’id, p. 94.
Ibn Zaydün hace alusión a la fecundación artificial de las palmera?

1. T ú has fe c u n d a d o m i e s p íritu , le d ic e a a l-M u 'ta m id ; c og e, pues,


la p r im ic ia d e sus fru to s : los fru to s d e la p a lm e r a p e rte n e c e n a aqu el
qu e ha p r a c tic a d o la p o lin iz a c ió n (á b ir ) ,n .

La amistad burlada, ¿qué es sino un árbol que da frutos amargos?

1. M e d e c ía a m í m is m o , c o n fie s a Ib n R a w b a s : he a q u í los c o m p a ­
ñ eros (ijw a n ) a los qu e c u id a ré c o m o p lan tas (g a rs ) h a sta qu e p e rc ib a
sus fru to s y h o ja s ;
2. p e r o c u a n d o las flo r e s han e s ta d o a p u n to y lo s fru to s m a d u ­
ros, han re s u lta d o s e r tan s ó lo c o lq u ín tid a s a m a rg a s p a ra los qu e las
p ro b a b a n 12J.

Ibn 'Abdün, en su célebre raiyya, dice de la fortuna:

— E lla actú a a e s co n d id a s p ara e n g a ñ a r s o b re sus accion es, c o m o la


v íb o r a (a y y im ) se a b alan za, s a lie n d o d e e n tre las flo r e s , c o n tra e l im p r u ­
d e n te qu e las c o r ta 124.

Abü-1-Fadl Ibn Saraf, a manera de proverbio, dice:

«E n s e ñ a r es c u ltiv a r los e s p íritu s , p e ro no to d a s las tie rra s dan


fr u to s » l25.

La atracción ejercida por la tierra siempre fue muy viva entre los poe­
tas andaluces, que en su m ayor parte eran de origen campesino. Y sucedía
en muchas ocasiones que, fatigados de la vida en la ciudad o agotados
por la dorada esclavitud que padecían en los palacios de los príncipes,
obtenían de sus señores" la autorización de volver a su tierra natal. Este
fue el caso de Ibn Muqáná al-Isbünl. Tras haber vivido en Sevilla en la
corte de los 'Abbádíes, después en Granada en la corte de los Zíríes, y ante
la futilidad de la vida cortesana, dejó el b rillo engañoso de los salones
reales y se volvió a su pueblo de al-Qabdáq 126, cerca de Cintra, para aca­
bar sus días cultivando sus campos. « Y o lo vi, dice uno de sus com patrio­
tas que contaba a Ibn Bassán su entrevista con el v iejo poeta, ya sordo,
con una podadera (mizbara) en la mano; me acerqué a él y, cogiéndom e
por una mano, me hizo sentar para contem plar un campo que estaban
labrando frente a nosotros. Le rogué que me recitara unos versos, e im­
provisó en el acto:

122 R im a rü, m e t r o k á m il. Ib n Z ayd ü n , D iw á n , p. 168, v e rs o 13.


123 R im a áqá, m e t r o ba sit. Ib n al-A b b ár, a l-H u lla , en N o tic e s , p. 192; M a tm a h ,
p á g in a 13; A n al., I I , 363.
124 A l-M a rrá k u sI, H is t. des A lm o h a d e s , te x to D ozy, p. 54 (E l C a iro , p. 50);
trad. F agn an , p. 66 (v e r s o 8 d e l p o e m a ).
125 Q a lá 'id , p. 253; D ozy, R e c h e rc h e s 3, I, 252.
126 Q a b d á b d e b e id e n tific a r s e con A lc a b id e c h e , qu e n o está le jo s d el m a r y en
los a lr e d e d o r e s de C in tra.
1. ¡Oh tu, qu e h a b itas al-Q ab d áq, qu e nunca te fa lte n g ra n o s para
s e m b ra r, ni c e b o lla s (b a s a l), ni c a la b a za s (q a r')\
2. Si e res un h o m b r e d e c id id o , n ecesita s un m o lin o qu e fu n c io n e
c on las nu bes sin te n e r n e c e s id a d d e fu en tes (n a b ').
3. L a tie r r a de al-Q ad b aq no p ro d u c e, c u a n d o el añ o es b u en o, m ás
de v e in te ca rga s d e cerea les.
4. Si da a lg o m ás, e n to n c e s lo s ja b a líe s ( ja n a z ir ) 127 d e los «d e s p o b la ­
d o s » ( m a fá w iz ) en g ru p o s [c o m p a c to s ] se su ceden sin in te rru p c ió n .
5. E lla tie n e p o c o de b u ena y d e u tilita ria , c o m o y o — c o m o sabes—
te n g o p o c o oíd o .
6. H e d e ja d o a los reyes c u b ie rto s d e sus m a n to s y he ren u n c ia d o
a a c o m p a ñ a rlo s en los c o r te jo s y a sacar p a r tid o d e ellos.
7. H e m e aqu í en Q a b d á q c o s e c h a n d o esp in as c o n una p o d a d e ra
(m iz b a r a ) r á p id a y c o rta n te .
8. S i te d ic en : ¿am as tan ta fa tig a ? — Sí, res p o n d erá s , e l a m o r de la
lib e rta d es la m a rc a d e un n o b le c a rá c te r.
9. E l a m o r y lo s fa v o r e s d e A b ü a l-M u z a ffa r l2íl m e han e n c a m in a d o
tan bien, qu e he p a r tid o h a cia un c a m p o p r im a v e r a l l29.

Henos aquí bien lejos de Ibn Muqáná, adulador de los Hammüdíes, del
que ya hemos hablado antes. El poeta de origen campesino no podía
expresar m ejor con estos sencillos versos, en los que se refleja algo de la
socarronería campesina, su vinculación al suelo de la patria y su am or
por las cosas de la tierra. Es tradicional en todos los hispano-musulmanes,
ya sean de origen árabe o bereber o incluso mozárabes, que el suelo de
España les haya dado form a de una manera tan original y que hayan sido,
en general, campesinos antes de ser secretarios, visires o soldados 15°.

127 V o lv e r e m o s a h a b la r d e los ja b a líe s en el c a p itu lo d e d ic a d o a los a n im ales.


I2S A b ü B a k r a l-M u za ffa r: es M u h a m m a d ibn 'A b d A llá h ib n M u h a m m a d ibn
M a s la m a ib n al-A fta s, p rín c ip e d e B a d a jo z , p a d re de al-M utu \vakkil. M u r ió el
460 = 1068. C f. E n c y c l. I s l , I, 182-183 (a r t. d e S e lig s o h n ): Ib n B assá m , a l-D a jira , t. I I
(O x fo r d ), f f ° 165b-168b; D ozy, R e c h e r c h e s ', 160-161.
129 R im a 'i, m e tro taw il. A l-D a jira , t. I I , ms. de T ú n ez, 163a.
130 A l-M an su r ib n A b í 'A m ir r e c ib ió de u n o d e sus in ten d en te s l'a n iil) una ca rta
re s p e c to a la p rim e ra la b o r de la tie r r a (q a lb ) y d el a b o n o (t a z b il) y la le y ó c on g ran
in teré s [c f. A nal., I I , 67-68; al-M arrá k u s!, H is t. des A lm o h a d e s , te x to D ozy, p. 23 (E l
C a iro , p. 21), trad . Fagn an, p. 27], E l m is m o al-M an sü r, b lo q u e a d o p o r los c ris tia n o s
en una e x p e d ic ió n al n o rte de la P en ín su la , se in s ta ló c o m o si fu e ra de m o d o p e r ­
m an en te, c o n s tru y ó casas y la b r ó la tie r ra (A n a l., I, 392, 1. 15). Su h ijo , a l-M u za ffa r,
tras una c a m p a ñ a fa m o s a , se a p o d e r ó de M u m a q s a r, d o n d e e s ta b le c ió s o ld a d o s que
re c ib ía n dos d in a re s al m es, a lo ja m ie n to y una c o n c e s ió n d e tie r r a de la b o r ( Ib n
Id á rl, al-B ayán, I I I , 7; trad . L é v i-P ro v e n g a l, en H M E 2, I I I , 189. C f. ta m b ié n L évi-
P ro v e n g a l, L 'E s p . M u s u l. X ' s iécle, p. 151). F in a lm e n te , un v is ir lla m a d o al-B ak rí, en
tie m p o de la fitn a , an u ncia a los b e re b e re s qu e han s id o a m n is tia d o s p o r el c a lifa
al-M ah dí, p e ro con la c o n d ic ió n de qu e v u e lv a n a sus casas y se hagan la b rie g o s
( h a r r a tñ n ) c o m o an tes (I b n 'Id á r i, al-B ayán, I I I , 82).
Capítulo IV

AGUAS ESTANCADAS Y AGUAS C O R R IE N T E S

Ya hemos visto como los ríos constituían el atractivo mas preciado


en los campos que rodeaban las ciudades. Los estanques y los arroyos
ocupan un lugar importante en los poemas andaluces.
Ibn Zaydün había com parado el agua remansada del embalse de Málik
ímusannat Mdlik), en Córdoba, con el cristal pulido. Lo que los poetas
destacan sobre todo es la apariencia que toma el agua cuando la brisa
produce en ella ligeras ondulaciones. Abü Muhammad Ibn Sufyán la com ­
para a una cota de malla:

— [E s ] una c o ta de m a lla (m u já d a ), a m p lia y lig e ra (:a g f ), cu yo


c u e rp o (q a m is ) se p a rec e al agu a d e un esta n q u e s o b re la cual había
p asad o el v ie n to d el n o rte

Y Abü-l-Qásim Ibn al-'Attár:

1. L a m a n o d e la b ris a ha t e jid o una c ota de m a lla (n u ifá d a ) sob re


el río, qu e n o tie n e o tra s m a lla s qu e las b u rb u ja s d el agu a -.
2. L a b ris a s o p ló al a ta rd e c e r y t e jió una c o ta de m a lla fza ra d ) para
el esta n q u e f g adir)-, ¡ah, la h e rm o s a a rm a d u ra d e fe n s iv a (yu m ia )\ \

Esta comparación, frecuente en la poesía árabe de España, lleva al


poeta, con toda naturalidad, a emplear la palabra gadlr — prim itivam ente
«estanque»— con el sentido de cota de malla (d ir') o de coraza (ditas), y se
puede decir, en términos generales, que los lagos no figuran de otro modo
más que asociados a la imagen de esta arma defensiva, evocando, en
suma, recuerdos guerreros. Ibn Baql dice:

1 R im a a lñ, m e tro k á m il. Qal., p. 138.


: R im a aq, m e tr o ta w il. Qal., p. 285; Anal., I, 431.
' R im a nah, m e tr o ja fif. Qal., p. 285; Anal.. I I , 639.
1. A m en u d o los jó v e n e s c a b a lle ro s se han r e v e s tid o c on la c o ta de
m a lla (d ir ', p lu ra l a d ra '), qu e se to m a ría , d ad a la s o lid e z [d e su t e j i d o ] ,
p o r p ie les d e s e rp ie n te en m uda.
2. C u an d o la c o ta (g a d ir ) r e v e s tía d e m a lla s (h a la q ) sus c osta d o s,
los ca scos (b a y d ) flo ta b a n s o b re sus ca b e za s c o m o b u rb u ja s ( h a b a b ) 4.

Podríamos m ultiplicar las citas, pero recordaremos solamente los


famosos versos, de los cuales al-Mu'tamid había im provisado el prim er
hem istiquio y a l - R u m a y k i y y a el segundo:

1. L a b ris a ha t e jid o una c o ta d e m a lla (z a ra d ) c on e l agua. ¡Q ué


h e rm o s a s e ría p a ra el c o m b a te si fu e ra d e m a te ria s ó lid a ! 5.

Los parques y los jardines privados estaban adornados con estanques


v fuentes, con o sin surtidores.
Ibn Sara nos describe una alberca (birka) de form a oblonga en la cual
había tortugas:

1. ¡Q u é h e r m o s o es — d ic e — ese e s ta n q u e lle n o d e agu a (m a s y ü ra )


en fo r m a d e o jo , al qu e las flo r e s h a cen d e espesas p estañ as!
2. E n él hay to rtu g a s (s a lá h if), y sus m o v im ie n to s en el agu a m e
han d iv e r tid o m u ch o; la esp u m a les p ro c u ra c o b e rtu ra (lu h u f).
3. S e d is p u ta n e l b ro c a l, e x c e p to c u a n d o lle g a el f r ío d e l in v ie rn o ;
e n to n c e s b a ja n al fo n d o y d esa p a recen .
4. [P e r o ] c u a n d o sus m o v im ie n to s les h acen a p a re ce r, se a s e m e ja n
a s o ld a d o s c ris tia n o s qu e lle v e n s o b re sus h o m b ro s a d a rga s de cu e ro
( hay a i ) 6.

En las descripciones de los surtidores (fawwara) encontramos el símil


de congelación explotado ya por los poetas refiriéndose al vino, las copas
v las frutas. Al-Mu'tamid dice:

1. E l s u r tid o r ha d e s e n v a in a d o p ara n o s o tro s el sab le de su agua,


e s c o n d id o a las m ira d a s en su fu nda.
2. E l la ha m a r c a d o c on una h u ella p ro fu n d a y ha a d o r n a d o una de­
sús c a ra s ; si se h u b ie ra c o n g e la d o , el sab le h u b iera p o d id o ser un
sab le i n d i o 7.

4 R im a bü, m e tr o basit. Q aL, p. 281. V . in fra , p. 356 y n. 16.


5 R im a ad, m e t r o ra m a l. E l p r im e r h e m is tiq u io es d e a l-M u 'ta m id y e l segu n d o
d e a l-R u m a y k iy y a ; p e ro se a trib u y e n ta m b ié n a a l-M u 'ta m id y a Ib n H a m d ís.
C f. a l-H iy á rí, a l-M u s h ib , en A n al., I I , 568-569 (r e p r o d . en A bba d., I I , 225-226);
a l-T iy á n l, T u h fa t a l-'a rü s , en A bba d ., I I , 151-152; trad . y d is cu sió n p o r D ozy, en
A b b á d ., I I I , 240-242; H M E 1, I I I , 86-87. A l-B a d í'I, en a l-S u b h a l-m u n a b b i (a l m a rg e n d e
a l-'U k b a rí), I I , 84-85, a tr ib u y e el p r im e r h e m is tiq u io a a l-M u ta n a b b í y el segu n d o
a Ib n H á n i’.
* R im a fü , m e tr o ba sit. Q al., p. 273. E n un p iló n d is p u es to en un salón d e al-
M ansü r, h a b ía ta m b ié n to rtu g a s (c f. los v e rs o s de Ib n Id r ís al-Jaw láni, en Anal., I,
348, I. 8, y d e $ á 'id , d e B a gd a d , en A n al., I I , 56, 1. 1).
7 R im a dei, m e tr o k á m il. Anal.. I I, 411; Ib n Z a fir , B a d á 'i', p. 37.
Los ingenieros andaluces conseguían form as muy curiosas en la pro­
yección del agua; así un andaluz anónimo nos describe un aparato (sakl)
que daba al agua la form a de una tienda de campaña ( j i b a ) :

1. A m en u d o una tie n d a ten sad a p o r sus cu erd as, fo r m a d a p o r el


agu a y cu y os p os te s n o e x is tía n m ás qu e en e l p e n s a m ie n to d e un
[a r q u ite c to ] h á b il y e x p e rim e n ta d o ,
2, e ra u n ju g u e te en m an o s d e la b ris a d e l este; se d iría n las m an o s
d e la p a s ió n ju g a n d o c on el c o r a z ó n d e l a m a n t e 8.

Los surtidores hacen suponer la existencia de aljibes muy por encima


del nivel de los jardines y parques o de canales que trajeran el agua de las
montañas próximas por medio de acueductos hasta una distancia muy
próxim a a los surtidores; las norias perm itirían obtener el mismo resul­
tado. El que un estanque pudiera alim entar un surtidor impresionaba
la imaginación de más de un poeta:

1. E n c im a d e l b o s q u e lu ju ria n te , d ic e Abü-1-Walíd al-Q asta llí, hay


un e s ta n q u e ( g a d ir) cu y a s u p e rfic ie relu ce c o m o la h o ja d e una e sp a d a
V cu y a p r o fu n d id a d está en ca lm a d a .
2. C u a n d o se d e rr a m a c o m o una [h o ja ] azu lad a, recta , se red o n d e a
en la p is cin a ( b u h a y ra ) p a r a d a r le la v u elta .
3. E l o r if ic io d e l c a ñ o (u n b ü b ) lo saca a la lu z c o m o [una esp a d a ]
p u lid a y ta ja n te , d esp u és lo r e tu e rc e c o m o un b r a z a le te ( s iw á r )9.

Las norias parecen haber sido introducidas — si no existían ya en


tiempos de los romanos— por los Omeyas desde la fundación de su dinas­
tía en España l0. Ya hemos hecho alusión, a propósito de Córdoba, al Q a s r
a l - N a ü r a o «palacio de la n oria», construido o acondicionado por 'Abd
al-Rahmán al-Násir ", y que subsistió posiblemente hasta el siglo x m bajo
el nombre de a l - N a w a í r , «las norias» l2. Se trata de una noria que, hasta
al-Hakam II, sacaba el agua de un pozo y la llevaba al pilón del s a h n de la
Gran Mezquita de Córdoba B. Lisán al-Dln Ibn al-Jatíb relata, según un
«L ib ro de conquistas», acerca del Guadalquivir en Córdoba, que «la cir­
cunferencia celeste ( f a l a k ) de la rueda elevadora ( d a w l á b ) , que se vuelca
con m ovimientos medidos e iguales, se endereza sobre su cubo ( m a d á r )
y hace resonar su lamento de am or por su prim era amante v en recuerdo
de ella » l4.

* R im a iq i, m e t r o k á m il. Anal., I I , 407.


9 R im a árá, m e t r o w á fir. A n al., I I , 467.
IU C f. s o b re e ste tem a, G. S. C olin , L a n o ria m a ro c a in e e t les m a ch in e s h y d ra u li-
q u e s dans le m o n d e a ra be, en H e s p é ris , t. X I V , fa c. I (1832), p. 36, 41, 44, 45;
L ’o r ig in e des n o ria s á Fes, en H e s p é ris , t. X V I , fases. 1-2(1933), pp. 156-157,
11 C f. su p ra , p. 137. E l a c u e d u c to q u e lle v a b a e l agu a a d ic h o p a la c io se in a u gu ró
el a ñ o 329 ó 330 = 940-1 ó 941-2. C f. A n al., I, 371.
12 C f. A nal., I, 312 (z é je l d e Q á s im ib n ’ A b b ü d a l-R iv á h í).
13 L é v i-P r o v e n g a l, E s p a g n e m u s u l. X e siécle, 218.
14 A 'm a l, 170, 1, 8-9.
No solo el agua bienhechora que ellas procuran ni el girar de sus can­
gilones de barro, sino además la rueda elevadora y la noria, por sus gem i­
dos, que se oyen tanto en Siria com o en Marruecos, en las orillas del
Orontes com o en las del río de Fez, han inspirado a los poetas andaluces.
Mahbüb, el gramático, que debió vivir a finales del siglo x o a princi­
pios del xi, describe de este modo una noria (na tira):

1. (E s ta m á q u in a ] c a p a z d e g e m ir, tie n e p á rp a d o s qu e no d is m i­
nuyen la m asa g lau ca de agu a p u ra d e rra m a d a s ob re sus b ord es.
2. E lla h ace llo r a r , p e ro p a ra re s u c ita rla , g ra c ia s a las lá g rim a s de
sus p á rp a d o s , a p a re c e un ja rd ín ( r i v a d ) con tap ices d e flo re s .
3. L as hay r o jo os c u ro , d e res p la n d e c ie n te a m a r illo , c o m p le ta m e n te
b lan cas y grisáceas.
4. Se d ir ía qu e los c a n g ilo n e s ( j u r ü f a l-m á ') s ob re su d o r s o son
p erla s p a ra a d o rn o c o lo c a d a s s ob re una d ia d e m a qu e ciñ e la tren te
( q u rt)

Abü Tammám Gálib ibn Tammám al-Hayvám dice de una dawláb:

1. ¡Cuán h e rm o s o lo qu e se ve del d a w lá b ; la nube está c e lo s a p o r


tan g ra n c h a p a rró n d e agua!
2. C anta m e lo d io s a m e n te y nos re c re a con su la m e n to re p e tid o ; se
d iría qu e lo ha to m a d o de Z iry á b lc.
3. C u an d o la o s c u rid a d [d e la n o c h e ] da un a c e n to a p a s io n a d o a su
voz, se d ir ía e n to n ces qu e se tra ta de D avid en el m ih rá h l7.

Hemos tenido ya ocasión de hablar del dawláb que regaba la munya


de al-Ma’mün en Toledo, y que dio su nombre al salón de gala de esta
residencia principesca, el maylis al-naüra. El elefante-fuente de este pala­
cio de al-Mu'tamid estaba alimentado por un dawláb /s. En los siglos x i i
y x m los poetas andaluces describirán aún las ruedas elevadoras, pero no
harán más que repetir las ideas y las imágenes de sus predecesores; en
suma, la rueda hidráulica no habrá sido para los poetas árabes más que
una plañidera de canto melodioso, pero al cantarla han puesto de relieve
sobre todo el poder fertilizante del agua, que sin ella hubiera sido un ele­
mento inútil en el fondo de los pozos o en el lecho de los ríos.

• • •

Las aguas corrientes: arroyos, ríos y afluentes, por la vida que las
anima inspiran a los poetas andaluces comparaciones con reptiles gran­
des o pequeños.

15 R im a ti, m e tro taw il. Anal. I I , 233; Bada i , 203.


16 S o b re este c a n ta n te c é le b re , cf. supra . p. 50.
17 R im a ábi, m e t r o k á m il. A l-D a jira , I I I (G o th a i, í." 227b. S o b re el m ih rá b o sala
rea l de D avid , cf. a l-Q u r'á n , X X X V I I I . 20-21; Ib n Z ayd ü n , D iw á n . p. 32, 1.3 (v e r s o 74
de la f á ’iy y a ). H a b ía ta m b ié n ru edas e le v a d o ra s y n o ria s en M a llo r c a en el
s ig lo x i (c f. a l-'U d rí, en al-Q azw In í, A ta r a l-b ilá d , 381, s.v. W ü lü ta ).
1(1 C f. los v e rs o s de Ib n al-M ilh , en Anal.. I I . 612, e in fra , p. 337.
El arroyo que corre ante al-Mu'tasim, en Almería, es una serpiente
moteada (arqam) l9. Para Ibn Razín (Husám al-Dawla), «e l agua que se
desliza (en el jard ín ) es com o una lima que la mano del céfiro ondula,
v cuando la deja tranquila, recuerda por su lim pidez a un sable pulido
que sehubiera desen vain ad o»20; el murmullo del arroyo (g a d ir )2' le
recuerda a Abü-l-Hasan Ibn Hárün el rugido del león 22; más débil, imita
el sollozo del amante afectado por la separación 23.
A propósito de los ríos, encontramos de nuevo algunas de las compa­
raciones empleadas para los estanques y los arroyos:

— C u an d o la b risa, d ic e Ib n al-H a d d á d , to m a al río b ien d e fre n te ,


bru ñ e su s u p e rfic ie y la m o d e la c o m o D a v id h a cía con la c o ta de m a lla
( s a rd ) 24.
1. P asam os, d ic e Abü-l-Q ásim ibn a l-'A ttá r, p o r la o r illa d el río, p or
e n tr e los ja r d in e s d o n d e las p u p ilas d e las flo r e s h acían d e te n e rs e los
o jo s [d e los p a s e a n te s ],
2. L a m a n o d e la b ris a h a b ía t e jid o s o b re el r ío una a m p lia c ota
d e m a lla (m u fñ d a ), cu yas m a lla s n o e ra n o tra cosa qu é b u rb u ja s de
agu a (h a b ü b )2S.

Algunas veces la acción de las gruesas gotas de lluvia se añade a la del


viento para despertar la misma idea:

— E l ag u a c e ro , d ic e Sahl ibn M á lik , d isp ersa , p o r la s u p e rfic ie del


río, m allas, qu e la b ris a reú ne p a ra h a ce r una c o ta (z .a ra d )26.

Otros poetas han tratado de expresar, junto a la sensación de forma,


la del color, sobre todo bajo los rayos del sol poniente. Ibn Sára dice:

1. C o n te m p la el río b a jo el m a n to qu e una n o v ia h u b ie ra te ñ id o con


el a za frá n del a ta rd e c er.
2. D espu és de qu e la b ris a h u b o s o p la d o s o b re él, é ste a g itó sus
fla n c o s en una c o ra za (d ilá s ) de g u e rr e ro a r m a d o d e la c a b e za a los
pies <k a m i) 27.

Con más rebuscamiento, Ibn Sára verá en las aguas ondulantes del río
la cintura de una bailarina apenas velada por su vestido transparente:

19 C f. N o tic e s , p. 173; Q al., p. 49; A n al., I, 442. V. su p ra , p. 148, n. 121.


20 R im a da, m e tr o taw il. C f. Q al., 53; a l-D a jira , I I I , 31 a-b; N o tic e s , p. 183.
21 Es d e d e s ta c a r el e m p le o de g a d ir n o con el s e n tid o d e e s ta n q u e o de c o ta
d e m allas, sin o d e a r r o y o o canal. C f. D ozy, S u p p l., I I , 202 (A lc a lá : v e n a o rau d al
d e r ío ); A n al., I, 310, 1.3 (g u d ra n ), 322, di. (g a d ir ), 325 (g u á ra n )-, I I , 146, 1. 15; 261,
1. 20; a l-D a jira , I, I I , 369.
22 N o tic e s , p. 168.
23 A nal., I I , 183; B a d a 'i', 42.
24 R im a di, m e t r o ta w il. A l-D a jira , I, I I , 226.
25 R im a aq, m e tr o taw il. Q al., 285; Anal., I, 431.
26 R im a da, m e t r o basit. Anal., I I , 407.
27 R im a i, m e tr o ja f if. Anal., I I , 407.
1. L a tú n ica qu e c u b re el ta lle d el rio es e le g a n te y el c o lo r del
a ta r d e c e r lo b o rd a (tir á z l.
2. L as ola s on d u la n c o m o si fu e ra n los p lie gu e s ( ’u k n ) de una c in ­
tu ra rec h o n c h a qu e a g ita r a la g ru p a [d e una m u je r ! 2*.

Ibn Hamdls hace sentir una sensación de dolor al rio que corre sobre
guijarros:

1. A m en u d o un [r io ] cu yas on d as se sigu en d e m a n e ra r e g u la r tien e


la s u p e rfic ie p u lid a p o r un c é fir o qu e d iv u lg a a los o jo s lo qu e g u a rd a b a
secreto.
2. H e r id o p o r las a ris ta s de la roca, cad a v e z qu e c o r r e s ob re ellas,
ex h a la su d o lo r p o r el r u m o r [q u e d e ja o ír ] 3M.

Todos estos versos se pueden aplicar indistintamente a todas las


corrientes de agua de España y, se puede decir, a todos los ríos del mun­
do; pero hay algunos ríos concretos cuya descripción se da frecuente­
mente en los poetas andaluces: se adivina que el más celebrado entre
ellos es el Guadalquivir. Se trata del rio que bañaba dos grandes m etró­
polis, Córdoba y Sevilla, y que, en la parte in ferior de su curso, tenía la
anchura de un brazo de mar donde se hacían sentir el flu jo y reflujo, per­
mitiendo a los navios remontar su curso hasta la capital 'Abbádí por
lo menos.
Entre Sevilla y Cordoba existía un servicio de embarcaciones que
permitía, al parecer, hacer el camino de manera más agradable que por
tierra. Unos versos que Ibn 'Ammár dirigía a al-Mu'tamid, entonces en
Córdoba, nos hacen suponer, en efecto, que dicho servicio, del cual al-ldrlsl
detallará el itinerario en el siglo siguiente existía ya en la época de los
'Abbádíes:

— Si q u ie re s [r e u n ir te c on la qu e te es q u e r id a ] p o r agu a (b a h r -ancho
r io ), e m b á r c a te a lo m o s de una [b a r q u illa ] ra p id a n a d a d o ra (s á b ih a ),
o si q u ie re s [ir p o r] tie rra , m o n ta a lo m o s de un [c o r c e l] r á p id o c o m o
un p á ja r o 31.

Dos poetas sobre todo han descrito el Guadalquivir en Sevilla, con sus
orillas orladas de olmos (ansüm): Abü-l-Qásim Ibn al-'Attar e Ibn
al-Labbána.
El prim ero dice, no sin pedantería:

28 R im a az.ü, m e tr o k á m il. Anal.. I. 327; I I , 407; H. M assé, en M al. R. B a sset,


I, 249.
29 R im a ir ih i, m e tr o ta w il. D iw a n . ed. S c h ia p a re lli, num . 114, p. 158: Anal., I, 327;
H. M asse, en M é l. R . B a sset. I, 249-250.
30 C f. a l-Id rls í, D e s c r ip t io n de l'A f r iq u e el de l'E s p a g n e , texto, pp. 207-208; trad..
p á g in a 256, y su p ra , p. 136, n. 59.
31 R im a á ri, m e tr o báslt. A l-H u lla , en A bbad., I I, 88: H M E : , I I I , 90.
1. N o s h e m o s e m b a r c a d o s o b re el e p íte to d e A lá c o n v e r tid o en r í o 3J;
se d ir ía una s e rp ie n te (h u b á b ) qu e tie n e en sus c o s ta d o s el o r n a to
m o te a d o d e las b u rb u ja s (h a b á b );
2. o m e jo r d ich o, un sab le cu ya h o ja r e la m p a g u e a n te h u b ie ra g ir a d o
p a ra to m a r d e la s o m b ra e x te n d id a [s o b re los b o rd e s ) una e s p lé n d id a
va in a 33.

El segundo, llorando a al-Mu'tamid que acababa de m orir en Agmát,


recuerda el encanto del Guadalquivir:
23. E ra una tie r r a q u e [en el m o m e n to qu e la o c u p a b a ] p a re c ía
c u b ie rta d e a n to rc h a s q u e p la n ta s s u rgid a s en los e s p íritu s h u b ieran
e n cen d id o.
24. E n las o r illa s d e su r ío h a b ía ja r d in e s [s a lp ic a d o s ] d e c olin a s
(r u b á )f b o s q u e c illo s d e o lm o s (a n s á m ) les d a b an som b ra .
25. Se d ir ía qu e su r ío e ra el c o lla r d e su c u e llo (la b b a ): ¿ N o es
c ie r to qu e la m a y o r b e lle z a es tá en los c o lla r e s y en los c u e llo s
(la b b ü t)? ...
29. A m e n u d o su b ía h a sta e l ja liy (b r a z o d e l r ío ); en e l ja liy , p ara
los a m a n tes d e l v in o h a b ía m o m e n to s de a le g r e c a lm a ;
30. y en las p la n ta c io n e s (g u r ü s á t) — ¡q u e les sea p o s ib le n o seca rse
ja m á s !— h a b ía p la n tío s d e fe lic id a d ( ria 'im ) a p u n to d e c o s e c h a r... 34.

Estos últimos versos nos permiten adivinar todo el encanto que el


Guadalquivir encerraba para los sevillanos; éstos no solamente se pasea­
ban por sus orillas sombreadas, sino que además navegaban en barcas
por sus aguas y parece ser que este género de distracción era especialmen­
te caro a los andaluces y a los hispano-musulmanes, en g e n era l35; se
puede pensar que los andaluces, al buscar en el deslizamiento ligero y acu­
ñador de la barca un apaciguamiento a sus pasiones o el alim ento de sus
sueños, no im itaron a los orientales. El gran al-Mansür (Alm anzor), al dar
a su góndola el nombre de al-Zaww 3\ no hace más que tom ar prestada

32 E l p o e ta d e s c o m p o n e el n o m b re d el río en K a b ir = g ra n d e ( l o qu e es un
e p íte to de D io s ) y w á d i = río.
33 R im a a b i, m e tr o taw il. Q al., p. 285.
34 R im a á tü , m e tr o b a stí. Qal., p. 30, 1.2 sq. (r e p r o d . en A bba d ., I, 70; trad.,
p ágin as 163-64). S e e n c u e n tra una re m in is c e n c ia d e estos v e rs o s en un z é je l d e Ib n
Q u zm án ( C a n c io n e r o , p ie za X X V I I I , pp. 67-68, 379-380). L a d e s c r ip c ió n de una
p a r tid a d e p la c e r s o b re e l agua, en S e v illa , en la cu al to m a n p a r te c in c o p o e ta s
en z é je l, en Ib n Jaldün , P ro lé g o m é n e s , te x to Q u a tre m é re , I I I , 405-407; E l C airo ,
548; trad . de S la n e, 437-438.
35 E ste g u s to se ha c o n s e r v a d o e n tre los m a rr o q u íe s d e R a b a t y S a lé, qu e d es­
c ie n d e n en su m a y o r p a r te d e a n d a lu ces (c f. L. B ru n o t, L a m e r dans les tra d itio n s
et les in d u s trie s in d ig é n e s á R a b a t e t S alé, 98-99). E s to s p aseos en b a rc a se d e n o ­
m in a b a n nazaha (c f. Ib n 'A b d ü n , T r a it é de h isba , n o ta p. 296; Ib n Q u zm án , C a n c io ­
n e ro , p ie z a X X V I I I , p. 67, 379; Ib n Jaldün, P ro lé g o tn é n e s , te x to Q u a tre m é re , I I I ,
405; E l C a iro , 548, 1. 4 af.; trad . d e Slan e. I I I , 437, y su p ra , p. 145, n. 100). S o b re un
s e n tid o d ife r e n te d e esta p a la b ra , cf. W . M a n ía is , L e d ia le c te a ra b e p a rlé á T le m e c e n ,
p a g in a 206, n. 3; D o zy, S u p p l., I I , 663.
36 E r a e l n o m b r e d a d o p o r los c a lifa s 'A b b á s íe s a l-M u 'ta s im ( t 227 = 842) y al-
M u ta w a k k il (+ 247 = 861) a su e m b a r c a c ió n d e r e c r e o s o b re e l T ig r is (c f . D ozy,
S u p p l., I, 610, y M e z, D ie R e n a is s a n ce , 457; trad ., V ila , 576). S o b re al-M an sü r y su
b a r c o a l-Z a w w , cf. Ib n al-Jatíb, A 'm á l al-a'lárn, p. 92.

213

U N IV ERSID AD DE S £ V ! ! . ( . *
fie. F llolojlj-tibliitetf
una palabra al Oriente: esta costumbre debía existir desde hacía mucho
tiempo en España, y es posible que se remontara incluso a la época rom a­
na. Son innumerables las páginas en que los antólogos hacen revivir esce­
nas, diurnas o nocturnas — más a menudo nocturnas— , cuyos protagonis­
tas son generalmente príncipes acompañados de sus fam iliares, siempre
hombres de ingenio notable; en ocasiones son poetas los que bogan a la
ventura al anochecer, llevando por todo fanal — a veces se producían
colisiones— cirios encendidos, cuyos reflejos se irisaban en las ondulacio­
nes del agua.

1. S e d ir ía q u e lo s d os c ir io s [q u e nos a lu m b ra n ] — señ ala 'A b d


a l-Y a lil ib n W a h b ü n — , p o r e l h e c h o d e qu e se y e rg u e n b ie n a lto , son el
c u e llo [d e c is n e ) d e un p a je d e e s b e lta b e lleza ;
2. Sus ra y o s d e luz en las e n tra ñ a s d e las on d as tra za n un c a m in o
p a r e c id o al d e l a m o r a r d ie n te to m a n d o la d ire c c ió n d e m i c o r a z ó n 37.

Un paseo en barco de vela al ponerse el sol placía más a otros:

1. E x a m in a n u estra situ a ció n , d ic e Ib n Sara, m ien tra s qu e el a ire


nos m u e stra su r o s tr o risu eñ o e n el m o m e n to en qu e el sol c o m ie n za
a e n s o m b re c e rs e :
2. [una b a rc a c o m o ] una v irg e n e n c in t a 38 nos hace c irc u la r, su v e la
( m i r t ) ten sa p o r una lig e r a b risa,
3. s o b re un r ío qu e, p a r e c id o al e s p e jo qu e tie n e la p u reza del
K a w ta r [p a r a d is ía c o ], r e fle ja b a el r o s tr o d e s a p a c ib le del c i e l o 39.

El Guadalquivir no era el único río de España que pudiera ofrecer


estos espectáculos de día y de noche. También el Ebro, en la época de
al-Musta'ín Billáh, tomaba en ciertas épocas del año una animación des­
acostumbrada, sobre todo en el momento en que abundaba la pesca. El
secretario-ministro Abü-1-Fadl Ibn Hasday nos ha descrito en verso una
partida de pesca en la que habían tomado parte el príncipe y sus corte­
sanos más íntimos; al-Fath ibn Jáqán, que nos inform a de ello, explica
a manera de introducción que «la barca ( zawraq) del príncipe estaba
rodeada de una multitud de embarcaciones; las melodías de los instru­
mentos de cuerda [laú des] (eran tan hermosas) que hacían pararse al
viajero en su camino y hacían enmudecer con su canto al pájaro más
elocuente; con estratagemas se hizo salir a los peces [d e las profundida­
des] y las artes de pesca se hundieron hasta ellos, haciéndoles aparecer
ante los ojos com o ramos de perlas o lingotes de o ro ...».

37 R im a di, m e tr o m u n s a rih . Q al., p. 243 (r e p r o d . en A nal., I, 435).


38 L a b arca , a causa d e su v e la , se c o m p a ra con una jo v e n qu e e s tu v ie ra en cin ta,
p u esto qu e h a y seres h u m an os a b o rd o , y sin e m b a r g o v irg e n , p u e s to q u e n o ha
p o d id o casarse.
39 R im a á ’ü, m e tr o w a fir. Anal., I I , 215.
1. ¡Ah, qu e m a ra v illo s a jo r n a d a !, e x c la m a Ib n H a s d a y , ¡q u é res p la n ­
d e c ie n te se m o s tra b a su r o s tr o [a m e d io d ía ] y qu é tin te s p la te a d o s
y d o ra d o s to m a b a con el alb a y el o ca so !
2. Se d ir ía qu e el T ie m p o , p o r h a b ern o s h ech o a n ta ñ o tan to m al,
q u e ría en ese d ía r e s titu irn o s su g ra c ia y m a n ife s ta r n o s la m a y o r
in d u lgen cia.
3. B o g á b a m o s en una b a r q u illa (z a w ra q ) qu e o tra s e m b a rc a c io n e s
ro d e a b a n p o r todas p artes, las unas en p e r fe c to o rd e n , las o tra s d es­
p e rd ig a d a s [p o r aq u í y p o r a l l á ] .
4. L a rg a m o s la v e la p o r c o m p le to , s o b re un p rin c ip e qu e ha s o b re ­
p asad o a los an tigu o s en sus rec ie n tes p ro ezas.
5. Es el m is m o im án m a g n á n im o al-M u sta'in q u ien se ha ad u eñ a d o
de la a lta d ig n id a d lega d a a a l-M u ’ta m in y la m a n tie n e c o m o una o fr e n d a
de a l- M u q t a d ir 1".
6. L a b a rq u illa e n c e rra b a con él una s o rp re n d e n te m a ra v illa : ¡un
m a r se h abía c o n d e n sa d o hasta c o n te n e rs e en un río !
7. Se h acen s a lta r, d e sd e las p ro fu n d id a d e s del río , los peces, que
se p escan en el m o m e n to en qu e suben a la s u p e rfic ie , c o m o p e rla s
c o g id a s p o r el n a d a d o r qu e se za m b u lle .
8. L o s in v ita d o s p od ía n a llí b e b e r p o c o o m u ch o v in o , p a r e c id o a la
s a liv a [d e la b ie n a m a d a ] qu e e n c o n tra m o s s ie m p re e x q u isita , ya sea
cu an d o se da o se r e c ib e un beso.
9. Se b e b ió a la salud de un s e ñ o r c u y o c a r á c te r es una f lo r de
p e rfu m e d e lic a d o y cu yo r o s tr o res p la n d e c e m ás qu e la lu n a 41.

A proposito de los paseos y lugares de recreo que rodeaban las grandes


ciudades, hemos tenido ocasión de hablar de los ríos cerca de los cuales
los alegres camaradas se daban cita para pasar agradables momentos;
nos será suficiente recordar el Guadalquivir y su embalse en Córdoba, el
río de Silves que riega Sannabaws, la patria de Ibn 'Ammár. Hay una
corriente de agua que nos sorprendería no encontrar mencionada aquí:
el Júcar, que todos los poetas de Alcira han cantado con gusto; nos lim i­
taremos a citar una de las descripciones de Ibn Jafáva, el más célebre
de todos ellos:

1. ¡Q ue a d m ira b le rio el qu e c o r r e p o r este v a lle ! ¡N o s gu s ta ría


m as b e b e r d e sus aguas qu e de los la b ios p u rp ú re o s d e una h e rm o s a !
2. Se c u rva c o m o un b ra za le te , c o m o si fu era , c u a n d o las flo r e s le
b ord ea n , la v ía láctea.
3. S e a d e lga za hasta ta l p u n to qu e se d ir ía qu e es un d is c o 42 de
p lata h u n d id o en un m a n to verd e.
4. Las ram as b ord ea n sus o r illa s c o m o las p estañ as b o rd ea ría n
un o jo azul.
5. H a c e m u ch o tie m p o qu e s o b re ese r ío o fr e c í un v in o d o r a d o que
teñía las m anos de los com en sales.

411 E l p oe ta da aq u í la g e n e a lo g ía del p rin c ip e de Z a ra g o za , qu e p e rte n e c e a la


d in a s tía de los B anü H üd.
41 R im a ri, m e tro b astí. C f. Qal., 185-18o (r e p r o d . en Anal., I, 425); Ib n Z á fir,
B a d ü ’i', p. 208 (r e p r o d . en A nal., I I , 181).
42 E l te x to no p a re c e a lte r a d o aqu í, p e ro no s a b em o s con qu é p a la b ra su stitu ir
q n r s : la le c ció n de A n a le c te s ( I I I , 136): fa rd , n o nos p a rec e s a tis fa c to r ia .

i Unm>,
6. L a b ris a ju g a b a to d a v ía con las ram a s c u a n d o y a el o r o d e l e re
p ú scu lo se h a b ía e x te n d id o s o b re la p la te a d a m asa d e l agu a 43.

Sin embargo, estos ríos españoles tan acogedores para los habitantes
de la ciudad podían tener terribles despertares.
Los poetas del siglo x i no nos describen solamente corrientes de agua
apacibles a propósito para las diversiones; encontramos en ocasiones alu­
siones a ríos corriendo torrencialmente tras la crecida, devastando todo
lo que encuentran a su paso. Valencia sufrió una inundación en octubre
del 481 = 1088; el bury al-qantara fue arrasado44; Murcia también pade­
ció daños considerables en la época de Abü 'Abd al-Rahmán Ibn Táhir 45.
Se puede creer que incluso el Júcar, en la estación de las lluvias, debía
inspirar serios temores a los ribereños, sobre todo en la región de Alcira.
Ibn Jafáya describe algunas de sus inundaciones:

— los e d ific io s se v e n ía n a b a jo , in c lin á n d o s e a tie r r a c o m o lo h arían


las c o m is io n e s d e la n te d e lo s reyes.
— se d ir ía qu e im ita b a n a los fie le s en o ra c ió n : unos rep re se n ta b a n
in c lin a c io n e s ( r u k u ') ) y o tro s p ro s te rn a c io n e s 46.

43 R im a á ’i, m e t r o k á m il. Ib n J afáy a, D iw á n , 16-17; A l-S aqu n d ¡, R isá la , en Anal..


I I , 136; trad . G a rc ía G ó m e z, pp. 72-73; a l-N m v a y rí, N ih á y a , t. I (2 .a e d .), p. 272, v e r ­
sos 1 ,4 , 6.
44 C f. K . al. I k t if á ', e n A bba d., I I , 24.
45 C f. Q a lá ’id, pp. 62-63.
46 R im a üdü, m e t r o m u ta q á rib . D iw á n , p. 49; v é a s e ta m b ié n la p ieza en r im a ri,
p á g in a 74.
España no es sólo un país de grandes ciudades, de valles y de monta­
ñas, de jardines y de huertos; es también un país m arítim o que no tiene
comunicación con el resto del dar al-Islám más que p or el mar.
Cuando al-Maqqarí decía que «tres cosas hay que no presentan nin­
guna seguridad: el mar, el sultán y el destino» ', expresaba el sentir, al
menos en lo que concierne al mar, de la mayor parte de los musulmanes.
En general, los poetas no describen el mar más que para señalar todos
sus peligros. Ibn Hamdls, que, de Sicilia a España y de España a Africa,
tuvo muchas ocasiones de hacer travesías, no parece recordar otra cosa
que no sean las náuseas que provoca y los peligros a que expone a los
pasajeros:

— N o m e e m b a r c a r é en e l m a r, p o r q u e te m o los p e lig r o s en qu e
m e pone.
— S o y d e a r c illa y él d e agua, y la a r c illa [c o m o es b ie n s a b id o ], en
el agu a se d is u e lv e 2.

Y en otro pasaje disuade de navegar a uno de sus amigos:

1. T e v e o e m b a r c á n d o te en p e lig r o s a s d ific u lta d e s , en un in m en so


m a r cu yos p e lig r o s n o in s p ira n n in gu n a c o n fia n za .
2. Sus n a ves (f u lk ) v a n d e l E s te al O e s te b a m b o le a d a s p o r el E u ro
V el A u stro.

1 R im a á nü, m e t r o s a ri' A n al., I, 24; D u gat, I n t r o d . a u x A n a l., I, X X V I I .


2 R im a ib , m e tr o m u y ta tt. A n al., I I , 617. Ib n H a m d ls r e c o g e la id e a d e un p o e ta
a n ó n im o :
«1. E l h ijo d e A d á n es d e a r c illa , q u e la m a r, q u e está h ech a d e agu a, d is u e lve .
»2. S i n o fu e ra p o r lo s v e rs íc u lo s q u e s a lm o d ia m o s , n o c o n s id e r a ría p e r m itid o
el e m b a r c a r s e en el m a r » (r im a buh, m e t r o m u y ta tt. A n a l., I I , 617).
3. A m i p a re c e r, h a y a lg o m ás d e s a g ra d a b le qu e n a v e g a r p o r el m ar:
¡los asu n tos q u e te o b lig a n a e m b a r c a r ! 3.

Abü-l-Hasan al-Husrí de Ceuta, que ha recibido una invitación de Sevi­


lla, no se cree obligado a acceder a las instancias de al-Mu'tamid, a pesar
de que no tenía que atravesar más que el Estrecho:

1. M e o rd e n a s e m b a r c a r p a ra a tr a v e s a r [el e s t r e c h o ]; ¡qu e el c ie lo
te c o lm e d e fa v o r e s !, ¡re s e rv a m ás b ie n esta p ru eb a a o t r o qu e no
sea yo!
2. ¡T ú n o e res N o é , cu ya a rc a ( s a fin a ) p u ed e s a lv a rm e [d e la fu ria
d e las o l a s ] , y v o n o s oy M o is é s p a ra c a m in a r s o b re el agu a! 4.

Abü-1-Walld Hisám al-Waqqasí dirá en el momento de embarcarse para


ir en peregrinación al Hiyáz:

1. Y o n o m e e m b a r c a r é en e l m a r, in clu so si tras h a b e rlo g o lp e a d o


c on una v a ra [c o m o M o is é s ], se a b rie s e [p a r a d e ja r m e un p a s a je
en s e c o ] .
2. ¡N u n c a he p o d id o c o n te m p la r las ola s en un e s tre c h o sin qu e
e x p e r im e n te un tr e m e n d o p a v o r ! \

Cuando los Alm orávides, por reacción al relajam iento de costumbres


de los M f d u k a l - T a w a ’i f , provocan una ola de puritanismo, los poetas con
tendencias m oralizadoras toman de los peligros del mar las com paracio­
nes con las que tratan de reforzar su pensamiento:

1. Es en las ola s d e l a m o r d o n d e las alm a s nadan, d ic e Abü-l-Q ásim


ibn a l- 'A t t a r !; ¡ah, si el a m o r p u d ie ra te n d e r una m an o a los n á u fra g o s
p ara s a lv a r lo s [d e una tra v e s ía d o lo r o s a ]!
2. E l m a r d e la p a s ió n s u m erg e in c lu s o sus o r illa s ; ¿has o íd o h a b la r
d e un m a r q u e e s ta ría p o r e n te r o c o m p u e s to d e m asas d e sb o rd a n te s? ... 6.

Los «naufragios de la vid a » inspiran a Abü-1-Fadl Ibn Hassán al-Gas-


sánl este dístico:

1. E l m u n d o n o es o t r a c o s a qu e m a re s en los qu e las ola s e n tr e ­


c h o ca n v io le n ta m e n te ; p o r e llo , ¡cu án tos n a u fra g io s en las o r illa s !
2. L a m a y o r ía d e a q u e llo s qu e han s id o m is c o m p a ñ e ro s han p e re ­
c id o en los n a u fra g io s d e la v id a ; ra ro s son los h o m b re s qu e han p o d id o
e s c a p a r a las m asas s u m e rg e d o ra s d e las ola s [d e la p asión ] 7.

3 R im a ü b ih , m e tr o w a fir. A n al., I I , 617.


4 R im a a ’i, m e t r o b astí. A l-S a fa d i, N a k t, p. 214; A. Z a k i, D ic t. b io g r a p h iq ite des
A v eu g les illu s ír e s de l ’O r ie n t, 57.
5 R im a aq, m e tr o s a ri'. Anal., I I , 256. Ib n a l-'A ra b l ha e x p re s a d o ta m b ié n , en
p rosa, el t e r r o r qu e le in s p ira b a la tra v e s ía p o r el m a r (c f. Anal., I, 480-481, e x tr a c to
de Q d n ü n a í-ta 'w il).
* R im a yü, m e tro b a sií. Q a ld 'id , 287.
7 R im a d ti. m e tr o b a sií. Anal., I I , 657. N o p o d e m o s d e ja r de c o m p a ra r estos
v e rs o s c on las b re v e s s e n ten cias en p ro s a d e un p o e ta d el s ig lo x i qu e y a hem os
c ita d o v a ria s v e ce s : «A q u e l qu e v iv e a exp en sas d e l sultán , d ic e Abü-1-Fadl Ib n
Sin embargo, estaba ya lejos la época en la que los árabes, apenas sali­
dos de la península arábiga, se lanzarían a la conquista del mundo y se
detendrían sorprendidos ante las olas del mar de los Rüm; la vacilación
no duro mucho, pues los musulmanes, ayudados por nuevos prosélitos:
egipcios, bizantinos, griegos y bereberes, que tenían la costumbre de nave­
gar tanto en cabotaje com o de altura, no tardaron en lanzarse al M edite­
rráneo, El Q u r’an y el Hadit les invitaban a afrontar la furia de las olas \
Los Omevas, sobre todo bajo al-Násir, tuvieron una flota imponente
cuyos astilleros estaban en Almería y en Qasr Abü Dánis 9; su almirante
era el lam oso Ibn Rumáhis sus navios dominaban el M editerráneo
y aseguraban el tráfico entre Alejandría y Almería. Es la época de la que
Ibn Jaldün ha dicho que «los cristianos no podían hacer flotar ni una
tabla» ", Los Fátimíes también tienen sus propios barcos: Ibn Háni al-
Andalusí los ha descrito en un panegírico que se ha hecho célebre 12. Con
la prosperidad que se extiende por España en el siglo x v la seguridad
que reina en el Mediterráneo, los musulmanes emprenden, cada vez en
mayor número, la peregrinación a la Meca por mar. El mar, si no se hace
del todo fam iliar, al menos no inspira los mismos temores que antes l3.
A la caída del Califato Omeya, los principados de Badajoz, Sevilla, Alm e­
na, Denia y Valencia se reparten la flota de la dinastía desaparecida.
En los principados marítimos en los que las grandes ciudades están
situadas en la costa, los navios permiten el avituallamiento en caso de
cerco por tierra y la huida en caso de desgracia. Cuando la tierra no resul­
ta segura a causa de las frecuentes guerras que libran entre ellos los

S a ra f, se p a rec e al m a r qu e p o r ta un n a v io (s a fin a ): si h a céis e n tr a r un p o c o de


agu a en el v ie n tr e d e l b u qu e, el m a r le h ace e n tr a r p o r e n te r o en el s u y o »; y este
o tro : « e l h o m b r e d e s p r e c ia b le d e l qu e n o p u ed e sacarse p r o v e c h o m ás qu e re b a ­
já n d o le , es s e m e ja n te al an cla (h a w y a l) de un b a r c o qu e no p re s ta s e r v ic io m ás
qu e c u a n d o se le tira d esd e un lu g a r e le v a d o a un a b is m o » ( Q a lá ’id , 252-253, rep ro d .
v trad. en R e c h e r c h e s 1, 97-98, y R e c h e rc h e s 3, I, 252, v A pp., p. L I V ) .
* C f. a l-Q ü r’an, X I . 43; X I V , 37; X V I I , 69; X L I I , 31; S a h ih a l-B u ja ri, I I , 99;
Ib n M á va , I I , 92: «lo s v ia je r o s en e l m a r son c o m o rey e s s en tad o s en tr o n o s »
(k a -l-m u lü k 'alá a l-a s irra ). C f. ta m b ié n L. B ru n o t, La m e r dans les tr a d itio u s et les
in d u s trie s in d ig é n e s ¿i R a b a t et S alé, P a rís, 1921, pp. 1-3, 239-242.
9 E n P o rtu g a l, h o y A lc a c e r d o Sal. C f. H M E 2, t. I I , 258; a l-Id ris i, trad . 211/219;
al-B ayan, I I , 254/394,' 317/492.
10 C f. Ib n Jaldün, P ro lé g o m é n e s , te x to Q u a tre m é re , I I , 35; ira d . d e S lan e, I I , 40;
te x to B eiru t, 253; E l C airo , 220; E. L e v i-P ro v e n g a l, H is t o ir e de V E s p a gn e m u s id m a n e ,
2.a ed., I I , 170-171, 191, 193, n. 1, 232, y s o b re to d o , 262 y n o ta 1.
11 C f. Ib n Jaldün, P ro lé g o m é n e s , te x to Q u a tre m e re , I I , 36; ed. d e B eiru t, 254,
in fine-, trad. de Slan e, I I , 42; G. M a rga is, N o t e s u r les rib a ts en B e rb é rie , en
M é la n g e s R e n e B asset, I I , 404 (tir a d a a p a rte , p. 10).
12 R im a iva, m e tr o ta w il. A n al., I I , 450; D iw a n , ed. Z á h id ' A1I, 818.
13 E l hay ib al-M u s h a li (s ig lo x ) d e s c rib e una te m p e s ta d en el m a r en un p o e m a
c ita d o p o r H u lla en N o tic e s , 143-144 (r im a 'a, m e tr o taw il)-, p e ro Ib n D a rrá v
a l-Q asta llí p o n d e ra a al-M an sü r ibn A b í ’A m ir al c o n s a g ra r en un p a n e g íric o o c h o
v e rs o s a la flo ta d e l p o d e ro s o m in is tr o (r im a ü lü , m e tr o taw il, en A n al., I. 480-481.
Cf. R. B la c h é re , La r íe et l'o e u v r e ... d 'lb n D a rrá v a l-Q a sta llí, en H e s p é ris , X V I ,
1933, 104).
Mulük al-Tawá’if, se toma un barco de cabotaje para ir de un puerto a
otro. Ibn Darráy al-QastallI, cuando busca un mecenas que sustituya a los
dispersos 'Amiríes, se reúne por m ar con Jayrán el Eslavo, príncipe de
Alm ería, y el prim er poema que dirige a su nuevo protector encierra dieci­
siete versos que narran la agitada travesía que ha tenido 14.
Al-Mu'tamid, cuando se reúne con Yüsuf ibn Tásufln para decidirle a
que acuda en socorro de los andaluces acosados por los cristianos, atra­
viesa el Estrecho en barcos que le pertenecen. Al-Bakrl y 'Abd al-Yalíl ibn
Wahbün relatan en verso el embarque del príncipe l5. Después de la toma
de Sevilla, los alm orávides incendian las galeazas (sawáni) de al-Mu'tamid
que se encuentran ancladas en el Guadalquivir 16. Destronado, el príncipe
'abbadí se embarca en Sevilla con parte de su fam ilia en unos navios; se
mantendrán en el recuerdo las escenas desgarradoras a las que esta ope­
ración da lugar; Ibn al-Labbána, sobre este tema, compuso unos versos
de una belleza dramática que ya se han citado anteriorm ente 17.
Al-Mu'tasim, príncipe de Alm ería, poseía también una flota. «É l no se
ocupaba de otra cosa, dice al-Fath ibn Jáqán, que de contem plar su flota
(asátil)..., y no se cuidaba más que de sus barcos rápidos (yawári) y de
sus navios (f u l k ) » I8. Ibn al-Haddád recoge algunos detalles de estos barcos
en un poem a que ha llegado hasta nosotros, sólo en parte, gracias a al-
M aqqari l9. La partida de 'Izz al-Dawla, huyendo por mar de los Alm o­
rávides que acababan de entrar en Alm ería, ha sido descrita por Ibn
al-Háyy al-Lüraql en un t a jm is 20.
Sin embargo, no hay que hacerse demasiadas ilusiones sobre la poten­
cia real de estas flotas, pues su radio de acción debía de ser bastante
limitado. La travesía del M editerráneo occidental presentaba graves peli­
gros, pues el dom inio del m ar se lo disputaban los cristianos. El texto más
significativo a este respecto nos ha sido transm itido por un poeta de Sici­
lia: Abü-l-'Arab Mus'ab al-Siqillí; a pesar de la bolsa de cincuenta dinares
que le ofrece al-Mu'tamid, rehúsa embarcarse para ir a Sevilla y declara:

14 R im a ánü, m e t r o ta w il. A 'm a l, 245; A n al., I I , 298; a l-T a m g rü tl, a l-N a fh a t


a l-m is k iy y a , tra d . d e C a stries, p. 17. E s e n e ste p o e m a d o n d e se e n c u e n tra e l v e rs o
tan tas v e ce s c ita d o :
« — ¿ V o lv e r e m o s a lg u n a v e z a la v id a d e l m u n d o, n o te n d re m o s o tr a tu m b a qu e
el m a r n i o tr a m o r ta ja q u e el a g u a ? »
15 C f. su p ra , p. 105.
16 C f. H is t. A lm o h a d e s , te x to , 99 ( E l C a iro , 88); trad ., 120. S o b re e l s e n tid o de
saw áni, cf. D o zy, S u p p l., I, 739, co l. a; G a u d e fro y -D e m o m b y n e s , en M é la n g e s R . B a s­
set, I I , 294, n. 3; R . B ru n s c h v ig , Deu.x r é c its ..., p. 91, n. 1; H a b lb Z a y y á t, en al-
M a s r iq , ju lio -d ic. 1949, pp. 346-7.
17 C f. su p ra , pp. 107-108.
18 C f. Q a la ’id, p. 47.
19 C f. A n al., I I , 458-459 (r im a ádü, m e tr o j a f if ). E l v e r s o 4.° p a re c e h a c e r a lu sión
al fu e g o g rie g o .
20 C f. A nal., I I , 494; Q a lá ’id, 48 (r e la t o en p ro s a ).
1. N o us s o rp re n d á is de v e r c ó m o m i cab eza ha e n c a n e c id o de pesa­
d u m b re ; s o r p re n d e o s m ás b ie n de qu e lo n e g ro d e m is o jo s 1 1 0 haya
b la n q u e a d o tam b ién .
2. E l m a r p e rte n e c e a los R ü m ; los n a vio s n a ve g a n e x p o n ié n d o s e
a g ra n d es ries g o s (ga ra r)-, [s o la m e n te ] e! c o n tin e n te p e rte n e c e a' los
á rab es 21.

No obstante, la marina de los príncipes de Denia y de las Baleares


mantiene cierto rango. Las flotillas heredadas de los Omeyas han aumen­
tado considerablemente: Muyáhid, cuando se apodera de Cerdeña, dispo­
ne de ciento veinte navios 22, y es que el poder m arítim o es para este reino
insular una necesidad vital. N o sólo guarda celosamente el acceso a las
islas, sino que le perm ite fructuosas expediciones por las costas de Italia,
Francia y Cataluña. Cuando la flota no está en campaña, navega entre la
costa y el archipiélago balear o reposa anclada en los puertos y las nume­
rosas caletas de las islas de recortadas orillas. En el solsticio de verano
(m ihrayan = 24 de ju n io )23 se organizan grandes regatas planeadas por el
príncipe. ¿Se trata de una costumbre repetida cada año en la misma
época? A esto no podemos contestar. Los únicos detalles que tenemos al
respecto se los debemos a un poeta, Ibn Labbána, que, originario de
Denia, estuvo por largo tiempo vinculado al príncipe Mubassar el Eslavo.
He aquí lo que dice:

1. B ien v e n id o sea el s o ls tic io d e ve ra n o , pues es un d ía que, p o r el


c u id a d o qu e p on es en fe s te ja r lo , resu lta res p la n d e c ie n te .
2. D u ran te ese d ía las siren as ( ba n al a l-m a ’) vu ela n con alas qu e las
h a cen s e m e ja n te s a los cu e rv o s, m ien tra s qu e las o tra s son g e r ifa lte s
(sa w d a q ).
3. E n el g o lfo (ja liy ) se ve una a rm a d a tan m ó v il c o m o el agu a del
g o lfo , pues am b as se a lab ean [c o n la m is m a f a c ilid a d ].
4. L o s h ijo s de la g u e rra se han e m b a r c a d o en rá p id o s n a vio s
(y a w á ri) qu e avan zan tan de p ris a c o m o los c o r r e d o r e s v e n c e d o re s
d u ra n te la c a rre ra .
5. E stos g u e rr e ro s a rm a d o s d e p ies a c a b e za cu b ren los puentes
y lle n a n el in te r io r , y los n a vio s lle g a n c o m o la nu be qu e d e rr a m a una
recia llu via.
6. Se za m b u lle n en el la g o qu e fo r m a el m ar, n a d a n d o con a g ilid a d ,
y se d ir ía q u e son c a m ella s en un e s p e jis m o .
7. ¡O h m a r a v illa !, ¡ ja m á s an tes de h a b e rlo v is to h u b ie ra p o d id o
im a g in a r qu e las e m b a rc a c io n e s p u ed an lle v a r fe ro c e s leon es!

21 R im a bi, m e tr o basit. ib n J allik án , en a l-S afad í, N a k t a l-h im yá n , 214. Abü-I-


'A r a b d e b ió s u p e ra r su te r ro r, pues se le e n c u e n tra p o c o d esp u és en la c o r te de
a l-M u 'ta m id (c f. in fra , p. 338).
22 A 'm a l, p. 251 d l„ 252.
'} S o b re la p a la b ra m ih r a y a n . cf. in fra, p. 308.
8. E llo s a g ita b a n , p a ra ir h a cia ti, re m o s qu e son c o m o las pestañ as
d e un o j o qu e m ira [p a lp ita n te ] al e s p ía c e lo s o ( r a q i b ) 24,
9. o c o m o lo s c á la m o s d e un e s c rib a d e l E s ta d o , que, a lo an ch o
d e una h o ja (q ir tá s ), tra za n lin eas h o riz o n ta le s y e s c rib e n con letras
a la rg a d a s 25.

Los fragm entos que acabamos de traducir muestran que los poetas
que buscan imágenes para describir las embarcaciones toman lo más
im portante de su vocabulario del lenguaje técnico de la marina. La flota
(ustül) se com pone de navios cuya denominación más común es safina,
col. safin, plural sufun y safain, y fulk, y más poéticamente, banát al-má,
«hijas del agua», «sirenas»; no encontramos más que muy raramente las
palabras markab 26 y qit'a, plural qata’i 27; cuando estos navios son rápidos
y sirven para com peticiones, se les llama ydriya, plural yáw üri28 (naves)
rápidas o sabiha, plural sabihdt (naves), navegadoras; a la embarcación,
por lo común de pequeñas dimensiones, se le llama zawraq; las velas se
designan con la palabra sira, y los remos se denominan miqdaf. La rapi­
dez hace que se compare al navio con un corredor de casta o con un
pájaro. El corredor de raza es agarr, es decir, marcado con la estrella
blanca frontal (gurra); pero la comparación más frecuente es la que evoca
pájaros conocidos por su gran envergadura y su potencia de vuelo o su
avidez alperseguir y alcanzar su presa: el cuervo (gurdb, plural agriba)
es elpájaro negro que no volvió al arca de Noé, pero es también la «c o r­
beta», la «fra g a ta » o el «bergan tín », sin duda a causa de sus velas grisá­
ceas que se confunden con la bruma y las olas; cuando las velas son com ­
pletamente blancas, no se compara al barco con la gaviota, sino con la
paloma (hamám); cuando son de color gris-claro, son las aves de presa,
que sirven para la caza, las que proveen el vocabulario poético: sawdak
o sawdak = gerifaltes; sáhln, plural sawáhin o sawühin = halcones blan­
cos, y algunas veces warqa , plural wurq = palomas gris-ceniza. Por últi­
mo, las galeazas se llamaban sawáni.
El arsenal de imágenes es aproximadamente el mismo en todos los
poetas: las velas son alas que palpitan y a veces corazones que laten; los

24 C f. in fra , pp. 419 y ss.


25 R im a qü , m e tr o k á m il. H is t. A lm o h ., te x to D ozy, p. 107 (E l C a iro , p. 96);
trad . F agn an , p. 129.
26 A b ü 'A m ir Ib n S u h ayd c o m p a ra los b a rco s con b o tin e s c o lo c a d o s a lr e d e d o r
d e una a lfo m b r a d e fie lt r o :
« — S e d iría qu e n u es tro s b o tin e s, s o b re esta a lfo m b ra , son b a rco s (m a r á k ib ) sin
p ilo to (d a lil)» . (A n a l., I I , 165, r im a ilü ). C f. ta m b ié n su pra , p. 106, los v e rs o s de
al-B ak rl, en los qu e se e m p le a la p a la b ra m a rk a b .
27 V. s u p ra , p. 108. S o b re el s e n tid o d e esta p a la b ra , cf. D ozy, S u p p l., I I , 372, col. a.
28 C a lific a d o s a veces de n iu n s a ’á t: «c o n las vela s la r g a d a s », c o m o en el Q u r'á n ,
L V , 24. V . supra , p. 107.
remos son pestañas, y no es sin una sorpresa agradable, tras todas estas
comparaciones que llegan a resultar com o clichés, com o nos encontramos
con este verso que hace época:

— H e v is to s ob re el m a r una c o ra za (d i r ') de un o r o r o jiz o h ech o


de a za frá n 2-,

Al-RamádT seguramente ha observado así, de manera distinta que los


poetas que le han precedido, el efecto de los rayos del sol poniente sobre
el mar.

R im a ani, m e tro k á m il. M a tm a h , 71 (r e p r o d . en Anal., 11, 441).


LOS TEM AS SECUND ARIOS

Capítulo prim ero

E L CIE LO Y LOS FE N O M EN O S ATM O SFÉRICO S

En esta revisión de los temas que los poetas andaluces toman de la


naturaleza que les rodea conviene conceder un lugar al cielo que se ilu­
mina o se ensombrece sobre el paisaje, así com o a los astros y a los
fenómenos atmosféricos que se asocian tan estrechamente al destino
humano.
La claridad del mediodía, las horas luminosas, no parecen haber inspi­
rado a los andaluces. El cielo no comienza a hacerse poético hasta que el
sol se pone.
Abü-l-Hasan Ibn Siráy ve en los colores del ocaso el azafrán ro jo y el
negro almizcle:

— E l sol d e rr a m a a z a fr á n s o b re las c o lin a s y d is p e rs a a lm iz c le s ob re


el fo n d o d e los v a lle s '.

Para Abü-l-Qásim Ibn al-Saqqát, se trata de oro fundido:

— ¡C u án tos d ías h e m o s p a s a d o en al-Jayf! L o s a ta rd e c e r e s ( a f il)


era n de una p ú rp u ra q u e e n c a n ta b a la m ira d a c o m o si fu e ra o r o
fu n d id o 2.

Pero sobre todo es la noche la que ejerce una gran fascinación sobre
los poetas árabes; hay por ella un gusto cuyo origen no podemos explicar­
nos muy bien. Una antología de «noches árabes» abarcaría tanto a los

1 R im a áni, m e tr o k á m il. Q a lá ’id, 169; a l-H u lla , en N o tic e s , 195; D ozy, L e t t r e á


F le is c h e r, 208.
3 R im a ábñ, m e tr o taw il. Q a lá ’id, 173.
mejores poetas com o a los más modestos, desde los orígenes hasta nues­
tros días.
Y es que la noche es poética en sí misma: el m isterio de la profunda
oscuridad y de la claridad difusa de las estrellas impresionan la sensibi­
lidad del poeta; ademas, la noche se asocia a los recuerdos amorosos.
La noche es a menudo comparada con un rey negro:

1. H e m o s p a sa d o n u estro tie m p o , d ic e A b ü 'A m ir Ib n Su hayd , c on ­


te m p la n d o la n o ch e qu e no rep le g a b a su m a n to y en cuya c a b e lle ra la
a u ro ra no h a cía lu c ir canas.
2. L a v e ía m o s c o m o un re y de los n eg ro s (z a n y J: a causa de su e x c e ­
s iv o o r g u llo , cu an d o q u e r ía m a rc h a rs e se d e m o ra b a en la a d m ira c ió n
v a n id o s a d e sí m ism a.
3. D o m in a b a to d o el h o riz o n te y la luna llen a le s e rv ía de coron a,
los G e m in is de g ra n d es p en d ie n te s 3.

La misma imagen la emplea también Abü Muhammad Ibn 'Atiyva:

1. Las e s tre lla s estab an p e rp le ja s , ah og a d a s en el m a r de las tin ie ­


blas, y el re la m p a g o p o r e n c im a d el m a n to (riela ) de la noch e era c o m o
una o r la ('a la m ).
28. Se d iría qu e la noch e e ra un n e g ro (z a n y i) con una h e rid a en el
h o m b ro , de la que, de v e z en cuan do, b r o ta r a la s a n g r e 4.

Raras veces se describe la noche sin la luna llena (badr) y raras veces
se deja de com parar la luna llena con la bienamada \ La luna llena repre­
senta también para el poeta al príncipe generoso que brilla en una asam­
blea nocturna.
Muy frecuentemente la luna llena es. para los poetas andaluces, inse­
parable de la naturaleza que les rodea, y se ingenian para hacerla descen­
der del cielo, sobre todo cuando, en una hermosa noche de verano, se
refleja en las aguas de un estanque.

1. M ira , d ic e Ib n S a ta , la luna lle n a y la ilu m in a c ió n qu e e lla p ro c u ­


ra s o b re el la g o en el qu e las ola s b rilla n
2. c o m o una p ie d ra de a fila r ( m i s h a d ) d e p ie d ra v e rd e s ob re la qu e
se h u b ieran tr a z a d o lín eas de o r o b rilla n te

1 R im a Id, m e tr o tawil. Anal., I I , 298.


4 R im a mi. m e tro bastí. Q a ld ’id, 209 (r e p r o d . en Anal., I, 819).
1 Ibri Id r is al-Jaw lání, de la é p o c a d e al-M an sü r ibn A b l 'A m ir (s ig lo x ), h abía
c o m p u e s to tres v e rs o s qu e se h ic ie r o n c é leb re s:
*1. V e o la luna llen a del c ie lo a p a r e c e r un m o m e n to y m o s tra rs e p o r c o m p le to ,
d esp u és e n v o lv e r s e en un v e lo d e nubes.
■2. O b ra de este m o d o p o rq u e , al a p a r e c e r v v e r tu ro s tro , ha s e n tid o v e rg ü e n za
y ha d e sa p a re c id o .
-3. Si las p a la b ra s qu e d ig o p u d ie ra n s e rle tra n s m itid a s a lo a lto , s e gu ra m e n te
m e r e s p o n d e r ía p a ra d a rm e la r a z ó n » (r im a aba, m e tr o w a f i r ) (Anal., I, 386;
M a t m a h , 14; S c h a c k -V a lera , L, 133).
6 R im a rü, m e tro sari'. Anal., I I , 406. El segu n d o v e rs o p a re c e h a ce r a lu sión a la
p ie d ra de to q u e ( m i h a k k ) m ás b ien qu e a la p ie d ra de a fila r ( mishadI.
La media luna en creciente procura a los poetas muchos temas de ins­
piración, sobre todo la que anuncia el fin del mes de Ramadán y la posi­
bilidad de celebrar la fiesta que sigue a este mes de ayuno, 'id al-fitr,
o fiesta de la ruptura del ayuno. Así lo cita Abü-l-Hasan Ibn Harün, reye­
zuelo de Santamaría del Algarbe:

1. O h n o ch e de la fie s ta , has v u e lto d e n u evo, y tus fa v o r e s , d e los


q u e m e ac u e rd o , han v u e lto al m is m o tie m p o ,
2. pues las gen te s se han p u esto a c o n te m p la r en tu d e lg a d a m ed ia
luna a [un ser] d e m a c r a d o y p á lid o 7.

Y Abü-l-Hasan Ibn al-Zaqqáq vuelve sobre el mismo tema:

1. F re c u e n te m e n te d u ra n te este m es h e m o s g ira d o , p ara a c e c h a r la


m e d ia luna, d ir ig ie n d o lo s o jo s h a cia el c ielo.
2. H a s ta el m o m e n to en qu e a p a r e c ió una h e rm o s a de la b io s c a r m í­
neos y g ra n d e s o jo s d e h u rí qu e a rra s tra b a tras de sí los fa ld o n e s de
ju v e n tu d d e su g ra n tra je .
3. Y o le d ig o : b ie n v e n id a la luna lle n a ( b a d r), qu e a to d a s sus c u a li­
d ad es añ a d e el g u s to e x q u is ito d e l v in o fre s c o .
4. ¿ C ó m o p u ed en las m ira d a s b u s c a rte en el c ie lo b a jo una fo r m a
in c o m p le ta cu an d o a q u í m a rch a s s o b re la tie r r a en to d a tu p le n itu d ? í .

Como se ve, la media luna, demasiado delgada, no puede evocar a la


bienamada; así los poetas se ingenian en com parar este fino filam ento
de luna con un objeto material. Los andaluces no han olvidado el acertado
hallazgo genial de Ibn al-Mu'tazz ( t 296 = 908) cuando dice:

1. M ir a la b e lle z a d e l c re c ie n te qu e a cab a d e a p a re ce r, ra s g a n d o con


sus ra yo s de luz las tin ieb la s,
2. c o m o una h o z d e p la ta que, b rilla n d o e n tre las flo r e s en la os c u ­
rid a d , sie ga n a r c is o s 9.

Los poetas tratan de rivalizar con él. Así, Abü-l-Muglra Ibn Hazm dice:

1. C u an d o he v is to al c re c ie n te , m ien tra s se fu n d ía en el b la n c o
ro s tr o d e la a u rora , e n tr a r en c o n ju n c ió n con V en u s (a l-Z u h a ra ),
2. le he c o m p a ra d o — y m is o jo s p u ed en a te s tig u a rlo — con un c u r­
va d o c a y a d o qu e ib a a g o lp e a r una p e lo ta l0.

7 R im a ü r, m e tr o m u n s a rih . A l-H u lla , en N o tic e s , 167.


f R im a la, m e tr o ta w il. A ÍH u lla , en N o tic e s , 167.
9 R im a sa, m e tr o s a ri'. D iw a n , 320. En su co n cis ió n , esta im a g e n tien e casi tanta
b e lleza c o m o la de V ic t o r H u g o :

... Q u e l d ieti, q u e l m o is s o n n e u r de l ’é te rn e l été


A v a it, en s'en a lla n t, n é g lig e m m e n t je té
C e tte fa u c ille d 'o r dans le c h a m p des é to ile s !

10 R im a ra li, m e tr o m u n s a rih . M a tm a h , p. 22 (r e p r o d . en A nal., I, 409); al-Suyütl,


R a sf a l-la 'ü l f i w asf a l-h ila l, en M a y m ü 'a adahiyya, 75.
Una estrella fugaz sugirió a Ibn Sara el siguiente dístico:

1. A m en u d o una e s tre lla , al a p e r c ib ir un d e m o n io ( ' i f r i t i qu e escu­


cha fu r tiv a m e n te [en las p u e rta s d el c i e l o ] , se tun de s ob re él, a tra y e n d o
tras él d e v o ra d o ra s lla m a s,
2. c o m o un c a b a lle ro , al qu e una rá p id a c a rre ra (ih d ü r ) ha d esh ech o
el to c a d o y a r ra s tra su tu rb a n te tras el c o m o un c a b o flu c tu a n te
('a d a b a ) u.

En la descripción de las constelaciones es donde los poetas andaluces


han m ostrado una m ayor imaginación creativa. Se representan la luna,
entre las estrellas, com o una reina que se pasea por su corte:

1. H e b e b id o v in o (r a l:) en el qu e la luz d e stella b a , d ic e al-M u 'ta m id ,


m ien tra s qu e la n o c h e e x te n d ía las tin ie b la s c o m o un m a n to [s o b re
la t i e r r a ] ,
2. hasta e l m o m e n to en qu e la luna lle n a se m o s tr o en la c o n s te la ­
c ió n de O rio n (al-G aw zcT), c o m o una re in a s o b e rb ia y m a g n ífic a ;
3. e s tre lla s ch isp ea n tes se e le v a ro n a p o r fía p a ra r o d e a rla con su
titila r y c o m p le ta r su p ro p ia titila c ió n .
4. A l h a ce r de su m a rc h a h a cia O c c id e n te un paseo, c o lo c o los
G e m e lo s p o r e n c im a d e e lla a g u isa d e s o m b rilla .
5. S e v e ía a las [o tra s ] e s tre lla s fo r m a r su c o r te jo , iza n d o las P lé ­
y a d es c o m o una b a n d e ra p o r e n c im a de e lla 12.

Son también los prim eros en imaginar un paseo nocturno de conste­


lación en constelación, reminiscencia no de la ascensión del Profeta, sino
del viaje por el cielo y el infierno del prodigioso visir-poeta que hemos
tenido ocasión de citar en varias ocasiones: Abü 'Am ir Ibn Suhayd, y tam­
bién de la R i s d l a t a l - g u f r á n o «D ivina Com edia» de Abü-l-'Alá’ al-Ma'arrí u.
Abü Muhammad Ibn Sufyán, dirigiéndose a Abü 'Isa Ibn Labbün,
reyezuelo de M urviedro, dice:

1. A b ü 'Is a , ¿ re c u e rd a s el m o m e n to en el qu e h ic im o s a lto para


a c a m p a r en la cú sp id e de las e s tre lla s ?
2. N o s o tr o s h o lla m o s con [las p atas d e] n u estros c a b a llo s las flo r e s
d e las P lé y a d e s ( a l-T u ra y y ü ) y les h a cía m o s b e b e r en la V ía L á c te a
( a l-M a y a rra J cu an d o ten ía n sed.
3. D e s ce n d ía m o s p o r la F re n te (a l-Y a b h a .) d el L e ó n (a l-A sa d ), desli-
za n d on o s cu an d o la luna lle n a (b a d r ) p asab a c o m o una b e stia acosada.
4. N o s e n c a m in á b a m o s , c u b ie rto s p o r la noche, h a cia el p a la n q u ín
de la V ir g e n (a l-A d ra .’), y e n trá b a m o s p a ra s o r p re n d e r la con tod a
segu rid ad .
5. C u an d o O rio n ( a l-Y a w z á ') nos can ta b a una can ció n , ten d ía m os,
para d e sa n u d a r su c in tu ró n (n itü q ). n u estra m a n o d erech a.

11 R im a bah, m e tro ba sit. Q al., 269.


12 R im a d'á, m e t r o k á m il. Q a lá 'id , p. 6 (r e p r o d . en Anal., I I , 624-625, v en A bbad.,
1, 40, trad . latin a, pp. 85-86); H M E -, I I I , 176.
13 C f. s u p ra , p. 45.
0. Si la m a n o ( K a f f ) de las P lé y a d e s se o fr e c ía a n o sotros, le q u itá ­
b a m os los b ra za le te s (ja la jil ) y las s o r tija s (b t ir in ).
1. C u an d o C an o p e (S u h a y l), a causa d e n u estras b ro m a s, e s ta lla b a
de ce lo s de S ir io (a l-S i'rá ), h u b iera s c r e íd o qu e se h a b ía v u e lto loco.
8. P a s á b a m o s d e a l-'A b ü r (a de S ir io ) a a l-G u m a y sa ( a d e P r o c ió n )
sin s e n tir te m o r an te la H id r a (a l-S u y ü ') qu e a p a re c ía c la ra m e n te [an te
n o s o tro s ] l4.

En la poesía del siglo x i se encuentran otros fragm entos que describen


las constelaciones, pero com o la m ayor parte de sus versos, para estable­
cer la comparación, comienzan por ka'atma: «es com o si» o «se diría»,
estamos seguros de que son im itación de la famosa pieza de Ibn Hání
rimando en fa en elogio del príncipe de Masila Y a 'fa r ibn 'A ll ibn
Hamdün 15 y nos parece innecesario citarlos.
Los versos que hacen alusión a la influencia de los astros sobre los
hombres toman su inform ación de los libros de astrologia inspirados en
todo o en parte en Ptolom eo. Y a hemos visto en líneas generales que Ibn
Gálib explicaba el temperamento peculiar de los andaluces por la influen­
cia de Venus y Mercurio La conjunción de los astros ( qirán) puede tener
repercusiones felices o desgraciadas sobre los habitantes de la tierra
y proporcionar presagios funestos o favorables l7. En esta España en la
que se cultivan liberalmente las más diversas ciencias nunca se vieron
tantos astrolabios; al-Qádir, al huir de Toledo, no se preocupa de tomar
consigo otra cosa que uno de estos instrumentos, que le es más preciado
que el oro o las joyas.
Con la astrologia, también la alquimia nos es revelada por los poetas
cuando éstos hablan de los astros. Al-Mu'tamid dice, por ejem plo:

1. E l [d o r a d o lic o r ] te ha lle g a d o d e n oche, en un t r a je d e d ía h ech o


de su luz y de su tú n ica (g ilá la ) de c r is ta l ( b u llá r );
2. [v in o y cop a son] c o m p a ra b le s a J ú p ite r (a l-M u s ta r i) e n v u e lto
p o r su p la n e ta M a r te ( M i r r i j ) , cu an do, s u m e r g id o en el agua, está r o d e a ­
d o de una a r d ie n te brasa.
3. L a c o n g e la c ió n (y u m ü d ) de u n o y o tr a se h a h e c h o tan g r a c io s a ­
m en te, qu e se han a rm o n iza d o , y estos dos c o n tra rio s n o han a c o g id o
a su o p u e s to p o r a n tip a tía ( n if a r ) 18.

14 R im a iná, m e tr o w a fir. Q a lü 'id , 136-137. P a ra in fo r m a c ió n s o b re los n o m b re s


de las c o n s te la c io n e s qu e p a rec e n a cu m u la rse c o m o p o r a la rd e en esta p ieza, nos
lim ita re m o s a r e c o r d a r la o b ra de M o tv lin s k i: L e s m a n s io n s lu n a ire s des A ra b e s ;
y la de T a llg r e n : E s tre lla s .
15 C f. Ib n H án í, ed. de B e iru t, 121-122; ed. Z á h id 'A1T, 442-445 (v e r s o s 16-28). S o b re
las im ita c io n e s de esta p ie za p o r los p o e ta s d e l s ig lo x i, cf. a l-D a jira , I I I (G o th a ),
f." 137 b, d o n d e d estacan , s o b re todo, los n o m b re s de A b ü -l-R ab l' Ib n A h m a d al-
Q u d á'i, y d e Abü-1-Fadl al-D árim í,
16 Cf. supra , p. 26.
17 Cf. Ib n H a zm , T a w q , te x to 1516, trad . N y k l, 20-21, y n ota, p. 225.
ls R im a a ri, m e tr o k a m il. Q a lü 'id , 6 (r e p r o d . en A bba d., I, 40); A n al., I I , ó24.
El sentido exacto de estos versos nos puede resultar incomprensible
en parte y, sin embargo, adivinamos que al-Mu'tamid, con Júpiter, hace
alusión al estaño, y con Marte, al hierro, com o era usual en la alquimia
de la Edad Media; «e l agua» (al-ma ) bien podría ser un ácido capaz de
disolver ambos metales cuando se someten a la brasa ardiente, es decir, al
fuego del atanor (al-tannür) l9.
La noche recuerda al poeta las largas horas pasadas con su amante.
Abü Tammám al-Hayvám dice:

1. H e h ech o una v is ita a m i b ie n a m a d a sin to m a r n in gu na p re c a u ­


ción , en una n o c h e qu e h a b ía b a ja d o sus p á rp a d o s ,
2. en una n o ch e en la qu e h u b iera s c r e íd o qu e las e s tre lla s , a causa
de su b e lle z a , era n d irh e m s , en m e d io d e los cu ales la luna (b a d r ) p a re ­
cía un d iñ a r 20.

Y Abü Am ir Ibn al-Yadd:

1. ¡Ah, la h e rm o s a noch e d e a m o r qu e m e fu e c o n c e d id a y qu e pasé


en d a r sin in te r r u p c ió n b eso s y a b ra zo s ...!
3. ¡C ó m o la he a m a d o esta n och e! ¿ N o e ra to d a e lla una a u ro ra
( s a h a r) lib ra n d o , al e n a m o r a d o qu e y o era , d e to d a excu sa [p a ra d a r]
y d e to d a re p r o b a c ió n [p a ra r e c i b i r ] ? 21.

N o todos los amantes son felices y sus noches, en espera de una cita,
se pasan en un insomnio inquieto y doloroso. ¡Qué largas son las noches
para estos amantes desgraciados! Pero el tema no pertenece en exclusiva
a los andaluces, por lo que no daremos más que un ejem plo:

1. ¡A m en u d o, d ic e Ib n Sara, he p a s a d o una n o ch e in te r m in a b le
p o r q u e el T ie m p o h a b ía p ro lo n g a d o su d u ra c ió n d á n d o le su p ro p ia v id a !
2. A lg u n a s p e rs o n a s se m a n tie n en d e la d u ra c ió n d e esta n o ch e qu e
n o ha d e ja d o p a s a r m ás q u e el m o m e n to d e l 'isa'.
3. L a s o m b ra d e las nu bes se ha e s p e s a d o d e tal m o d o qu e los o jo s
no p u ed en d is tin g u ir la tie r r a d el c ielo.
4. C u ando, en lon tan an za , el re lá m p a g o d e las tin ieb la s son reía,
im ita b a a un a b is in io (h a b a s i) qu e r e ía d e su lla n to.
5. C on el s a b le d e la v o lu n ta d he g o lp e a d o e l c u e llo de la o s c u ri­
d ad y h e te ñ id o el m a n to de la a u ro ra con la sa n g re d e esta n o ch e
[in te r m in a b le ] 22.

La noche seguida de la aurora es uno de los temas en que los poetas


andaluces han desplegado un m ayor ingenio. Nunca su gusto por la perso­

19 D a m os estas e x p lic a c io n e s segú n D ozy, en A bba d., I, 88. V. in fra , p. 238, una
alu sió n a la a lq u im ia (a l-k im iy a ) en un fr a g m e n to d e Ib n Sara.
20 R im a ara, m e tr o ba slt. Á n a l., I I , 282.
21 R im a li, m e t r o b a sit. A n al., I I , 468. E n e l c a p ítu lo d e d ic a d o a la m u je r te n d re ­
m o s m ás o c a s io n e s d e h a b la r s o b re las «n o c h e s d e a m o r ».
22 R im a a ’ih i, m e tr o taw il. Q al., 270.
nificación del m ito se ha manifestado m ejor que en la descripción de este
fenómeno misterioso: el día que sucede a la noche, la claridad que per­
sigue a las tinieblas. Los fragm entos son tan numerosas que haremos una
selección de ellos:

6. L a n oche, c e rc a d a , d ic e Abü-l-H asan 'A l! Ib n al-STd a l-B a ta ly a w s i,


e c h ó a v o la r su c u e rv o , y la a u ro ra le p e rs ig u ió c on su h a lcó n g ris 2}.
1. S e d ir ía qu e la noche, d ic e A b ü H a fs Ib n B u rd al-A sgar, en el
m o m e n to en qu e se v u e lv e p a ra m a rc h a rs e , m ien tra s la a u ro ra (s u b h )
ap arece,
2. es una c o r tin a (k illa ) n e g ra a la qu e p re n d e ría fu e g o un ayu d a de
c á m a ra CS.mil) al e n c e n d e r una lá m p a r a 24.

Abü-l-Qásim al-As'ad ibn Billlta, en un panegírico a al-Mu’ tasim, prín­


cipe de Almería, dice:

I. S e d iría q u e las tin ie b la s e ra n un e jé r c it o d e n e g ro s (z a n y ), en


cuya p e rs e c u c ió n la a u ro ra (is b á h ) e n v ia b a a los c o p to s 25.

Abü-l-Hasan Ibn Zinbá' (o Ibn B ayyá') pasa la noche soñando con su


bienamada:

9. E n e l m o m e n to en qu e un re ta z o d e o s c u rid a d se d e s g a rra p ara


d e ja r a p a r e c e r la c la r id a d d e la a u ro ra , a l m o d o en q u e la e s p u m a se
h ien d e p a ra d e ja r a p a r e c e r la s u p e rfic ie d e l agu a...
II. L a s e s tre lla s , asustadas, hu yen h a cia p o n ie n te c o m o hu yen los
o n a g ro s al g a lo p e a n te el to rr e n te 26.
12. E lla s e x p e rim e n ta n , a n te la r e p e n tin a a p a r ic ió n de la a u rora , tal
e s tu p e fa c c ió n , qu e las h a ce p a re c e rs e a lá n g u id o s o jo s .
13. S e d ir ía qu e las P lé y a d e s , p re s u ro s a s p o r a c o s ta rs e , son c o m o
la b rid a s o b re la c a b eza d e las tin ie b la s q u e h u yen al g a lo p e .
14. Y los o jo s n o d udan d e qu e las tre s e s tre lla s d e O rio n (a l-h a q 'a )
fo r m a n s o b re el h o m b r o f 'á t iq ) de los G e m e lo s 27 una d ia d e m a ( q u r t )
p la te a d a 2*.

Al rebuscamiento un tanto afectado de Ibn Zinbá' preferim os la sen­


cillez y la lozanía de color de los versos de Abü-1-Fadl Ibn Saraf cuan­
do dice:

1. L a n o ch e ta rd a b a m u ch o lie m p o en c u m p lir su p ro m e s a de
a u ro ra , V las e s tre lla s se q u e ja b a n d e su la r g o in s o m n io ;

23 R im a bi, m e tro k á m il. A n al., I I , 469. V. in fra , p. 352.


24 R im a üh am , m e tr o m a d id . Ib n S a 'id , 'Ú n w á n , 59; a l-D a jira , I, I I , 48; al-
S a qu n d í, R isa la , en A n al., I I , 133; G a rc ía G ó m e z, E lo g io , 65.
25 R im a tü, m e tr o taw il. M a tm a h , 83; Anal., I I , 490; Ib n J allik án , W a fa vá t, I I ,
36; de Slan e, I I I , 200.
26 T o r r e n te : tal v e z h a y qu e le e r U b i (c a c h o r r o d e le ó n ) en lu g a r d e sayl
( to rr e n te ).
27 S o b re estas c o n stela cio n e s , v. M o ty lin s k i, Les m a n s io n s lu n a ire s des A ra bes,
en el ín d ice, y T a llg re n , E s tre lla s , en el ín d ice.
2. [C u an d o d e re p e n te ] e l v ie n to fr e s c o d e l E s te to c ó [c o n su s o p lo ]
e l a lm iz c le d e las tin ieb la s , el ja r d ín tr a tó de g o z a r d e este a ro m a
d e licio s o .
3. E l a lb a (f a y r ) m u e s tra una m e jilla ru b o ro s a , b añ a d a en el r o c ío
s a lp ic a d o c o m o sudor.
4. E n to n c e s la n o ch e v a d e e s tre lla en e s tre lla [p a ra p e r m itir le s el
re p o s o ] y caen le n ta y s u c e siv a m e n te c o m o h o ja s de á rb o l...
6. E s ta c la r id a d [d e l s o l] se m o s tr ó d e l to d o p a ra to m a r e l lu g a r
d e la o s c u rid a d , y la o s c u rid a d se ha id o d e s v a n e c ie n d o p a ra d e ja r lu g a r
a la p ú rp u ra de la a u ro ra ( s a f a q )29.

Para Ibn al-Labbána,

« l a n o ch e h a t e jid o la u r d im b r e y la tra m a d e su tr a je m ie n tra s qu e


e l a lb a (f a y r ) e n v ía [c o n la la n za d e ra ] un h ilo b la n c o )30.

Si la literatura griega ha conocido la imagen de «la aurora de rosados


dedos» ( Ilíada, V I, 175 y passim), los poetas andaluces han empleado
esta comparación, también muy evocadora: «e l cuello de la amante es
la columna de la aurora» ('amñd al-fayr) 31.
Abü-l-Qásim Ibn 'Abd al-Gafür concibe la aurora de modo distinto:

1. D e s p a cio , ¡oh luna lle n a !, p o r q u e v e o qu e las c a m e lla s b la n ca s


están e x te n u a d a s c u a n d o las e s tre lla s (k a w á k ib ) suben [a l h o r iz o n t e ].
2. Se d ir ía q u e la e p id e r m is d e la a u ro ra h a s id o r e c o rta d a en e s tre ­
llas y q u e e n tr e e lla s ha s id o a b a n d o n a d a la c o r a z a re m e n d a d a d e la
n o ch e 32.

Adm irem os el ingenio de esta otra imagen:

1. C u an d o h e v is to el O c c id e n te , d ic e Ib n a l-R a ffá ’, to d a v ía s u m e r­
g id o e n las tin ieb la s , m ie n tra s q u e p o r O rie n te a p a re c ía n in d ic io s d e la
luz d e la m a ñ a n a (s a b á h ),
2. he te n id o la ilu s ió n d e q u e el O e s te e ra un m a r en el qu e m e
h u n d ía y qu e lo qu e a p a re c ía en O rie n te e ra una rib e ra 33.

Abü Muhammad Ibn 'Abdün personifica a la noche y a la aurora:

1. N o o lv id a r é n u es tra n o ch e en la qu e n u es tro s a b ra zo s nos han


u n id o p o r e n te r o el u n o al o tro ,
2. h a sta e l m o m e n to en qu e el d o r s o d e las tin ie b la s se ha e n c o r v a d o
[c o m o un a n cia n o ] y en qu e su m e jilla , lle g a d a a la e d a d m ad u ra ,
en ca n ece:

28 R im a dü, m e t r o taw il. Q a lá 'id , 228-229.


29 R im a q i, m e t r o ra in a l. A n al., I I , 267; R e c h e rc h e s >,91-92; R e c h e rc h e s 3, I, 248.
30 R im a da, m e t r o k á m il. Q al., p. 247.
31 A n a l., í , 531 (v e r s o d e Abü-1-Salt r im a n d o en q i). L a e x p re s ió n 'a m ü d a l-su b h :
«c o lu m n a d e la a u r o r a », es y a a n tigu a ; se e n c u e n tra en los D iw á n s d e a l-N á b iga , de
a l-H u ta y ’a, d e D ü-l-R um m a, d e ’ U m a r ib n A b í R a b l'a , d e A b ü T a m m á m .
32 R im a 'á, m e t r o ta w il. M a tm a h , p. 30 (r e p r o d . en A n al., I I , 373).
33 R im a lü, m e t r o ta w il. A n a l., Í I , 495-496.
La aurora y la mañana son inseparables, en el pensamiento del poeta
alegre y vividor, del vino que se bebe para salir de un sueño demasiado
pesado y para darse «án im o». Ya veremos, a propósito del vino, com o se
ha tratado el tema.

Las noches de Andalucía tienen un encanto más en las brisas refres­


cantes que se dejan sentir embalsamadas por el perfum e de las flores:

— Oh, a lie n to de las flo r e s , d ic e Ib n 'A b d ü n , tu v ia je n o c tu rn o (s u rci)


m e h ace lle g a r tu p u ro a ro m a c on el s o p lo e m b a ls a m a d o de m a rz o
( cld ü r) 35.

Pero la brisa más agradable es la que sopla al alba o al crepúsculo:

1. |Os e n v ío ] un saludo, d ic e Ib n R u h a ym , qu e os d esea una v id a


la rg a c o m o una fra g a n c ia (n a s r) p e rfu m a d a ( ’a íir ) o b ien c o m o una brisa
(n a s im ) s o p la n d o al alba (f a y r ) 36.

E Ibn B illita :

I. El lic o r b e r m e jo tie n e e l m is m o a ro m a en su b oca qu e el m ir to


Ira y h ü n ) en el c re p ú s c u lo (á.sal, p lu r a l de a s i!) 1,7.

Otros fragm entos nos permiten señalar que los nombres de los vientos
no se emplean al azar: la sabci designa la brisa del Este o del Nordeste.
Al-Mu'tamid de Sevilla cree percibir en la saba el aroma de los jardines
de Alm ería, donde se encuentra al-Mu'tasim Al-Mu'tadid de Sevilla escri­
be a su padre político Muyáhid al-'Amirí, príncipe de Denia:

1. H e p e r c ib id o e l p e rfu m e d el v ie n to d el E ste (sabü.) cu an d o su


s o p lo e m b a ls a m a d o m e ha lle g a d o d e l p aís ( u f q ) al qu e o t o r g o la m ita d
de m i c o ra zó n 39.

Ibn al-Labbána dice, dirigiéndose al príncipe de Baleares Mubassar


Násir al-Da\vla:

34 R im a al, m e tr o m u ta q a rib . Qal., 147.


35 R im a a ri, m e tr o ba sií. A l-D a jira , I I (O x fo r d ), 7 a (e n A bba d., I, 246).
36 R im a ri, m e tr o ta w il. Q a lü ’id, p. 119.
57 R im a üli, m e tr o k a m il. A l-D a jira , I I (O x fo r d ), en A bba d ., I, 298.
3,1 Ib n al-A b b ár, a l-H u lla , en A bba d., I I , 85, 1.2. E l v ie n to d el E s te se c o n sid e ra b a
fa v o r a b le . Un H a d ií d ic e: H e sid o a y u d a d o p o r el v ie n to del E s te » (c f. al-B u já rí,
Les tr a d itio n s is la m iq u e s , trad. H o u d a s y W . M a n ía is , I, 340).
,,J R im a ru h , m e t r o b a sií. Ib n al-A b b ár, a lH u lla , en A bbad., I I , 55; a l-D a jira , I I
(O x fo r d ), en A bba d., I, 246. L a o tra m ita d es, e v id e n te m e n te , para su esposa, h ija
d e M u yáh id .
Ibn Zaydün emplea la palabra qabül, sinónimo de saba, al hablar
de Valencia:

1. U n a b ris a d e s o p lo e m b a ls a m a d o , s o p la n d o al a ta rd e c e r, ha cu ra ­
d o a un e n fe rm o ,
2. A c o g id a [c o n p la c e r ], ha s o p la d o d e l E ste f q a b ü l): y es qu e
e m b a ls a m a b a in c lu s o la fra g a n c ia o lo ro s a .
3. ¿ S e tr a ta b a d e p a rtíc u la s d e a lm iz c le o e ra V a le n c ia la qu e e s p a r­
c ía a lo le jo s su p e rfu m e d e lic io s o ? 41.

• • •

Los diferentes fenómenos atmosféricos han llamado la atención de los


poetas andaluces: nubes, relámpagos, lluvia, son para algunos de ellos,
com o para los orientales por lo demás, símbolos que expresan la libera­
lidad de un príncipe o de otro gran personaje. N o son más que reminis­
cencias de poetas orientales pre o postislámicos imbuidos de visiones del
desierto. Allí, en efecto, la nube no trae lluvia más que cuando está sur­
cada de relámpagos, y sólo la lluvia vertida por esa nube hará nacer de
la tierra la hierba necesaria para la supervivencia de los rebaños. Pero la
m ayor parte de los poetas andaluces abandonan estos temas que resultan
inexactos en la Península Ibérica. Se dan cuenta de que el trueno lleva
consigo más a menudo el granizo que la lluvia y que el granizo está muy
lejos de ser beneficioso para la tierra y los cultivos. Para ellos, nubes
y lluvias son una ocasión de describir los espectáculos de la naturaleza
en los que el cielo entra en contacto con la tierra; no los aíslan en la
atmósfera; consideran su efecto sobre lo que, a sus ojos, constituye el
estado ideal del país en el que viven, sobre los jardines en flo r y sobre
las colinas cubiertas de prados o de árboles frutales. Buscan los símbo­
los más delicados, pero siempre inspirados en la observación directa de
los fenómenos naturales; la afectación, incluso, a que esta búsqueda les
lleva no es otra cosa que el deseo de liberarse de los lugares comunes
aprendidos en sus años de estudio.
Un cielo cubierto, lluvioso, con claros, inspira a Ibn Am már estos
tres versos:

1. E s un d ía en qu e las nu bes son tan espesas qu e se d ir ía qu e


fo r m a n d e l la d o d e la b ó v e d a c e le s te una h u m a re d a d e leña verd e.
2. L a fin a llu v ia (t a ll) es c o m o lim a d u ra s d e p la ta s a lp ic a d a s s o b re
un s u elo d e á m b a r...
4. E l sol b r illa p o r m o m e n to s c o m o una e s c la v a qu e se m u estra al
c o m p r a d o r 42.

40 R im a dá, m e t r o k á m il. Q a lá ’id, p. 246.


41 R im a im , m e t r o k á m il. Ib n Z ayd ü n , D iw á n , 35; C ou r, Ib n Z a id o im , 94-95;
Q a lá ’id, 74; A nal., I I , 184.
Al As'ad ibn B illita recoge la misma idea, pero traía de darnos, como
el pintor en el lienzo, la impresión colorista de una puesta de sol:

1. Si ñus h u b ie ra s v is to d esp u és d e m e d io d ía cu an d o la nube ( m u z n )


llo r a b a s o b re n o s o tro s , con los o jo s de un h o m b re d e rr a m a n d o abun­
dan tes lá g rim a s ,
2. y el sol qu e h a b ía a la rg a d o la c la r id a d de sus rayo s s o b re la tie rra
en el m o m e n to en qu e p a re c ía in c lin a rs e h a cia el p on ien te,
3. h u bieras c r e íd o qu e la fin a llu v ia (ra d a d ) e ra lim a d u ra de p la ta
c rib a d a s o b re un ta p iz de c u e ro d o r a d o 45.

La nube empujada por el viento y constelada de relámpagos sugiere


a Abü Hafs Ibn Burd el Joven el dístico siguiente:

1. Es una nube t'a r id ) qu e a van za en un lien/.o de tin ieb la s titu b e a n ­


te c o m o un h o m b r e h erid o.
2. E l s o p lo d e l v ie n to d el E ste d is p e rs a sus p e rla s > [p a ra b u sca r­
las] la n u be e n c ie n d e lá m p a ra s al v i e n t o 44.

El cuadro tiene mas diversidad en este fragm ento de Abü Isháq


Ibráhím ibn Jayra al-Sabbág:

1. Es un d ía en el qu e las nubes p a rec e n rev e s tid a s de te jid o s


m u s m a t de c o lo r a p a g a d o (g a m a m i) 45.
2. P o r e llo s el sol de la m añan a esta v e la d o , se d iría , p o r las alas
de las tó rto la s .
3. La llu v ia (g a y t ) llo r a p o r h a b e r p e rd id o el sol, y el r e la m p a g o se­
rie b u rlón .
4. El tru e n o p re d ic a con g ra n e lo c u e n c ia y la a tm ó s fe r a e n tr is te c id a
p e rm a n e c e silen ciosa.
5. El ja r d ín está re g a d o p o r la llu v ia (a l-h a y ü 'j y las flo r e s (n a w r)
lo c o n te m p la n un ta n to e stu p efa cta s.
0. B eb e v g o za [d e la v id a ] en un ja r d ín ; d iv ié r te te , pues la vid a
se esca p a <*.

* Y Yahyá ibn Hudavl dice, no sin rebuscamiento:

1. L a tie rn a p lan ta c o m o un in ta n tito d u e rm e en el r e g a z o d e l v ie n to


d el S u r ( m i'a m a ) p ara im p e d ir a la llu v ia ( l a l l ) e n tr a r en la cuna del
e s p lie g o (ju z á m á ).

4: R im a ri, m e tro k á m il. Anal., 11, 407. V. ta m b ié n un v e rs o de al-R a m á d l, rim a


lü, m e tro rayaz, en A n a l , I I , 471.
43 R im a bi, m e tro k á m il. A l- H u lla , en N o t ic e s , p. 192 (e l M a t m a h , p. 84, y los
Anal., I I , 455, no dan m ás qu e los d os p rim e ro s v e rs o s ).
44 R im a yá, m e tro ra m a l. A l- D a jir a , I, I I . 47. Ib n S a 'id , 'U n w á n, p. 59, y al-S aqu n d í,
Risála, en A n al.. I I , 133, a trib u y e n este d ís tic o a Abü Y a 'fa r a l-L a m á ’i.
45 S o b re g a m a m i , cf. D ozy, Sitppl., s. v.; m u s m a t , pl. m a s á m it, no v ie n e en los
d ic c io n a rio s , p e ro fig u ra en un ms. de al-Z u h rí, s. v. A l m a r i y a (A lm e r ía ), con la
e x p lic a c ió n de: j u l d i de seda (s o b r e ju ld i, cf. V o c a b u lis ta . 95, 288).
^ R im a it, m e tro k á m il. Anal., I I , 32t>. 3ó7; M a t m a h , pp. 23-24: a l- D a jira , I I
(m s. Z a v tü n a ), 1." 44 r,"
2. L a llu v ia p r im a v e r a l ( w a s m i) ha r e g a d o lo s ra m o s d e l te r re n o
a re n o s o y al c a e r b esa la b o c a d e lo s c o m p a ñ e ro s d e p la cer.
3. E l a lb a (f a y r ) les h a p a s a d o s o b re los p á rp a d o s e l k o h o l d e las
tin ie b la s y se ha c o n v e r tid o s o b re la m e jilla d e la a u ro ra ( s iib h ) en
un litá m .
4. C re e ría s qu e la lu n a lle n a es e l r o s tr o d e u n h o m b r e e b r io a
q u ie n la m a n o d e la a u ro ra h u b ie ra v e r t id o vin o.
5. A lr e d e d o r d e e lla las [e s tre lla s ] b r illa n te s son c o m o c o p a s en las
q u e e l a lm iz c le d e la n o ch e s irv e d e s e l l o 47.

El arco iris, que los árabes llaman «arco del ángel de las nubes,
Quzáh», ha inspirado a algunos poetas. Abü-1-Fadl Ibn Hasdáv al-Islámí
ha compuesto este verso:

— V e s a Q u zah a b r ir en el a ire su su rco qu e d e rr a m a n ie v e , p a r e ­


c id a al a lg o d ó n c a r d a d o 48.

El hijo de Al-Mu'tasim, ’ Izz al-Dawla, ha dicho:

1. L a h e rm o s a d e g ra n d e s o jo s d e h u rí ha la b r a d o d os g ra n d es
p e n d ie n te s p a ra sus o r e ja s y las P lé y a d e s c o m o b ra z a le te (d u m lu y ).
2. H a p e d id o c o m o d on g e n e ro s o al c ie lo tú n icas (h u la l) y Q u zah la
ha r e v e s tid o c on la q u e é l h a b ía t e j i d o 49.

Al-As'ad ibn Billlta, al hablar de una joven con aspecto masculino


(gulámiyya) y cuyos labios eran muy rojos, dice:

— T a l v e z has d a d o un b e so a Q u za h y m e im a g in o qu e, s o b re tus
la b io s p u rp ú re o s , él ha d e ja d o e s tría s d e c o lo re s 50.

Ibn Hazm hace una com paración con la cola del pavo real:

— E l a r c o d e l S e ñ o r ha a p a r e c id o en e l c ie lo v e s tid o d e to d a su erte
d e c o lo re s c o m o la c o la d e l p a v o rea l (tü u s ) 51.

Sobre el granizo existen pocos versos, pero los que hay son elegantes
e ingeniosos. Abü Bakr Ibn al-Mu'in dice:

1. S e d ir ía q u e el a ir e es un e s ta n q u e (g a d ir ) h e la d o e n el qu e los
r e lá m p a g o s fu n d e n g ra n izo s (b a ra d ).
2. S on sa rta s [d e c o lla r e s ] q u e se h u b ie ra n c o lg a d o e n el c ie lo y de
las qu e las m an o s d e l v ie n to h u b ie ra n d e sh e ch o lo s nu dos 52.

47 R im a a m a , m e t r o ra m a l. Anal., I I , 241. E l ú ltim o v e rs o h a ce alu sió n a las


ja r r a s cu yas ta p a d e ra s esta b a n c e rra d a s h e r m é tic a m e n te c on cera.
48 R im a fu , m e t r o ta w il. A n al., I I , 273; a l-D a jira , I I I (G o th a ), f.° 133a.
49 R im a ya, m e tr o ja fif. A l-D a jira , I I I (G o th a ), 133b.
50 R im a td, m e t r o ta w il. A l-D a jira , I I I (G o th a ), 133fo; M a tm a h , p. 84, 1.3(r e p r o d .
en A n al., I I , 454, 1. 17). V. in fra , p. 402, n. 12.
51 R im a w isi, m e tr o basit. T a w q , te x to , 125; trad . N y k l, 191.
52 R im a ad, m e tr o m u ta q a rib . M a tm a h , p. 97 (r e p r o d . en Anal., I I , 590).
La observación de la naturaleza parece más directa aún en este frag­
mento de Ibn Jafáya:

1. A m en u d o gru esas g o ta s se c o n g e la n y p o r e lla s e l g ra n iz o des­


c ie n d e d e l c ie lo p a ra a d o r n a r e l c u e llo d e la tie rra .
2. E s ta agu a c o n g e la d a la p id a lo s v a lle s , p e ro la tie r r a n o es to ca d a
m ás qu e p o r un c a s tig o qu e se fu n d e.
3. E l s o l r íe d e ja n d o a p a r e c e r [b o c a s d e flo r e s p a re c id a s a] c o lla re s
d e e s tre lla s qu e se han e x p a n d id o m ie n tr a s q u e el c ie lo , h o sco , fru n c e
las cejas.
4. S e d ir ía qu e la tie r r a ha c o m e tid o un a d u lte r io y p o r e llo la nu be
la p id a r ia se e n c a rn iza e n tir a r le p ie d ra s 53.

Muy raros son los versos que describen la nieve en España, a pesar
de que ciudades com o Zaragoza, Badajoz, Toledo, sufrían nevadas fre­
cuentes durante el invierno y las altas montañas, com o Sierra Nevada,
estaban cubiertas de nieve incluso en verano.
Pero si la nieve no ha encontrado lugar en los poemas andaluces, abun­
dantes son los versos que hablan del frío riguroso en la Península. Ibn
Sára marca bien la diferencia que existe a este respecto entre Arabia y Es­
paña cuando dice:

1. D e ja d a I m r u ’l-Qays ib n H u y r p a s a r la jo r n a d a llo r a n d o s o b re
los v e s tig io s d e l c a m p a m e n to ,
2. y d e s v ia ro s de v u e s tro c a m in o p a ra p a ra ro s c e rc a d e un fu e g o
q u e es d e ja c in t o y d e o r o y h a cia el qu e se a p res u ra , lo c o d e a m o r, e l
q u e está tra n s id o d e f r ío e n las fre s c a s m añ an as (s a b a rá t) 54.

El frío de M edinaceli (M adlnat Sálim ) se hizo p ro v e rb ia l55. Abü Bakr


'Ubáda ibn M á’ al-Samá’ nos inform a con precisión sobre el terrible
invierno del año 421 = 1030; el frío del mes de safar (febrero-m arzo) fue
especialmente duro:

1. ¡Q ué tr e m e n d o te m a d e m e d ita c ió n se o fr e c ió a los q u e saben


r e fle x io n a r , en la ta rd e d e l m ié r c o le s d e s a fa r!
2. A m a n o s lle n a s ese m es ha e n v ia d o gru e s o s g ra n izo s q u e se han
a b a tid o s o b re e l g é n e ro h u m an o...
3. ¡E l e s p e c tá c u lo p o d ía fu n d ir los c o ra zo n e s in clu so si se les
h u b ie ra p re s ta d o la d u reza de la p ie d r a !

En Granada, Ibn Sára está tan impresionado por el rigor del invierno,
causado por la proxim idad de la Sierra Nevada (m onte Sulayr = mons
Solarius), que llega a decir:

53 R im a ib ü , m e t r o k a m il■ D iw a n , 19; a l-D a jira , I I I (G o t h a ), 166b.


54 R im a rá ti, m e t r o ta w il. Q a ld 'id , 267 (lé a s e m a q r ü r en lu g a r d e tn a g rü r).
55 C f. Ib n H a zm , T a w q , te x to , 54; trad . N y k l, 84
56 R im a ri, m e t r o m u n s a rih . A l-D a jira , I, I I , 2-3.

rilurvESKiijAfí . 7 - - T - T f
%Jgg f f J-J
1. S e nos ha p e r m itid o d e s c u id a r la o ra c ió n en v u e s tro p aís y b e b e r
vin o , cosa p ro h ib id a ,
2. p a ra r e fu g ia r n o s en el fu e g o d el In fie r n o , qu e s e ria m ás c le ­
m e n te y m ás d u lc e q u e e l S u layr.
3. C u an d o s o p la e l v ie n to d e l N o r te en v u e s tra tie r ra , ¡q u é fe lic id a d
p a ra un p o b r e p e c a d o r e l p o d e r g o z a r de las h o gu era s [d e l i n f ie r n o ]!
4. Y o d iría , sin v a n a g lo r ia r m e d e m is p alab ras, lo qu e ha d ic h o
an tes qu e y o un p o e ta a n tig u o :
5. S i lle g a r a un d ía a e n tr a r en e l In fie r n o , ¡q u e sea en un d ía tan
r ig u r o s o c o m o éste, en e l qu e el In fie r n o será g ra to ! 57.

El fuego es, en efecto, un elemento de com odidad muy apreciable.


Corrientemente, el poeta andaluz no disocia el fuego del brasero en el que
éste se en cien d e5S. A este respecto Ibn Sara al-SantarinT es, en cierto
modo, un especialista en poesías sobre el fuego y el brasero; traducimos
alguna de ellas:

1. L a m u ch a ch a d e l e s la b ó n tien e en los h o rn o s (k a w á n in ) brasas


qu e se a s e m e ja n a las b r illa n te s e s tre lla s (d a r á r i) en una n o c h e oscu ra.
2. I n fo r m a d m e a su re s p e c to y n o m e m in tá is : ¿ e je r c e e lla el a rte
d e la a lq u im ia ( a l-k im iy á )?
3. E lla h a fu n d id o su c a rb ó n en lin g o te s ( s a b a 'ik ) d e o r o , qu e ha
in c ru s ta d o d e b la n c a p la ta (a l-jid d a a l-ba yd á ').
4. C ad a v e z qu e la b ris a le ca n ta sus a lb ó r b o la s (w a lw a í), e lla b a ila
en su tú n ica ro ja .
5. S e h a q u ita d o e l v e lo m ie n tra s c e n á b a m o s y nos ha m o s tr a d o el
r a y o d e s o l(¡lá y ib a l-sa m s) q u e se e le v a al c o m ie n z o d e la noche.
6. S i nos v ie r a s a lr e d e d o r d e e lla , d iría s : é s to s son los b e b e d o re s
qu e se p asan de m a n o en m a n o las c o p a s d e b e r m e jo lic o r 59.

Esta otra:

1. E l fu e g o ha s id o p a ra n o s o tro s , esta noche, una tria c a cu an do


los e s c o rp io n e s d e l f r ío (b a r d ) nos p ica b a n en la noche.
2. Es un b r illa n te (z a h rá ') qu e ha r e c o r ta d o p a ra n o s o tro s m an ta s
(lu h u f ) en su tib ie z a de tal m o d o qu e el f r ío n o p u ed e e n c o n tr a r lu g a r
en qu e m o rd e rn o s.
3. E lla e n c ie n d e el fu e g o en un fo g ó n (k á m in ), a lr e d e d o r d el cual

57 R im a m ü , m e t r o taw il. Y á q ü t, M u 'y a m , I I I , 317; S u b h al-a'sá, V. 215 (v e r s o s


1-2, 5 ); a l-'U m a rí, M a s á lik al-absár, trad . G a u d e fro y -D e m o m b in e s , 225; A. Z a k í, en
H o m e n a je a C o d e ra , 466 (tr a d . d e lo s v e rs o s 1-2, 5).
58 S e c o n s e rv a n a lg u n o s d e estos b ra s e ro s en la A lh a m b ra . C f. T o r r e s B alb á s, en
A l-A n d a lu s , 1934, v o l. I I , fase. 2, pp. 389-390, y p lan ch as 24, 25-26. V e m o s qu e p ara
c a le n ta r las h a b ita c io n e s g ra n d es, los an d a lu ces n o s ó lo u sab an g ra n d es b ra se ro s ,
s in o ta m b ié n v e rd a d e ra s e s tu fa s ; e ra así c o m o el to le d a n o A h m a d ib n S a 'íd ibn
K a w t a r (m u e r t o h a cia 403 = 1013) d a b a sus le c c io n e s a una c u a re n te n a d e d is cíp u lo s
en u n a h a b ita c ió n d e su casa, c a le n ta d a p o r m e d io d e un ká n ün , « la r g o d e la ta lla
d e un h o m b r e », d u ra n te lo s m eses d e n o v ie m b re , d ic ie m b r e y e n e ro ( c f Ib n
B a s k u w á l, a l-S ila , núm . 69, p. 39; L e rc h u n d i y S im o n e t, C re s to m a tía , núm . 100,
p á g in a s 112-113; D o z v , S u p p l., I I , 491, col. a )
59 R im a a l, m e tr o ja f if. Q a lá ’id, 266. Anal., I I , 299.
fo r m a m o s c irc u lo c o m o una g ra n cop a ( y a m ) de v in o en la qu e todos
b e b ié ra m o s .
4. E lla nos p e rm ite a c e rc a rn o s un m o m e n to y después nos a le ja
c o m o la m a d re qu e nos rehúsa la lech e en o c a s io n e s y [o tra s ) veces
nos a m a m a n ta w.

Los textos precedentes son suficientes para mostrarnos que los anda­
luces han conocido fríos rigurosos, por lo que no cabe considerar como
meros ejercicios de ingenio las comparaciones que hacen con metales
preciosos fundidos y con líquidos congelados, usadas ya en la poesía
oriental.
El tema tratado más frecuentemente es el de la bella copa de cristal
transparente que no es otra cosa que límpida agua congelada y vino rojo-
dorado que es oro líquido.
Al-Mu'tamid decía:

— E l e s c a n c ia d o r nos ha o fr e c id o , g ra c ia s a la a lq u im ia ( h i k m a ) , o ro
fu n d id o en agu a h e la d a 1’1.

Al-Mutawakkil, en viaje por la región de Santarem, recibe de Abü


Muhammad Ibn 'Abdün una gran garrafa ( q a tl') de vino, a la que acom­
pañan tres versos, el último de los cuales dice así:

— U na p a r te de esta g a rr a fa , a causa d el te m o r, se ha c o n g e la d o , y la
o tra p a rte, a causa de la c o n fu sió n , se ha lic u a d o h:.

Los poetas andaluces han adornado con numerosas variaciones este


tema. El vino no es siempre oro fundido, ni el cristal que lo encierra agua
congelada. Al Mu'tamid habla de este modo de un copero:

— ¡C uantas veces, c u a n d o la noch e e ra m u y oscu ra, m e ha s e rv id o


de b e b e r rosas fu n d id a s en agu a c o n g e la d a ! M.

Abü Muhammad al-Misrl, en un panegírico a al-Ma’mün, decía:

— Se d iría qu e las cop as, en su m an o, son de s o lid a p e rla en la que


se h u b ie ra fu n d id o o r o ( ' a s y a d ) M.

La idea de congelación y de fusión la transpone Abü-1-Fadl Ibn Saraf

1,11 R im a 'una, m e tro basit. Qalá'id , 267.


nl R im a bi, m e tro m u n s a r ih . Q a lá ’id, p. 9 (r e p r o d . en Anal., 11, 623).
nl R im a bi, m e tr o m u s a r ih . Qalá'id , p. 9 (r e p r o d . en Anal., I I , o23), y Abbad., I, 44.
R im a bu, m e tro rayaz. Qalá'id , p. 44 (r e p r o d . en Anal., I, 441); a l-H u lla , en
C o r r e c t i o n s , p. 104.
1,5 R im a di, m e tro m u s a r ih . Ja rid a t al-qasr, en Abbad., I, 393.
R im o dü, m e tr o k á m il. Anal., I, 348.
del terreno de la materia al de los seres animados; de este modo reme­
mora inocentes reuniones de placer:

— C on m u ch ach a s (ja w d ) jó v e n e s m u y b lan cas qu e p o d r ía c re e rs e


e s ta b a n c o n g e la d a s p o r la s e re n id a d (s a k in a ) o licu a d a s p o r la c o n fu ­
sión ( j a f a r ) 65.

Flores y frutas se describen con las mismas imágenes. Abü Muhammad


al-Misrí dice de los narcisos y del vino:

\ — N u e s tro s n a rc is o s son [b la n c a s ] p e rla s en fu s ió n s o b re o ro , y nues-


^ tr o v in o es o r o fu n d ié n d o s e s o b re p e rla s 66.

Ibn Zaydün dice de las manzanas y del vino:

1. E l v in o es m an za n a s q u e c o r re n en fu sión , y d e l m is m o m o d o las
m an za n as son v in o c o n g e la d o 67.

Ibn 'Ammár:

— A c e p ta estas m an za n as y o fr é c e s e la s a los c o m e n s a le s ; se tr a ta de
v in o q u e ha s id o s o rp re n d id o , en in v ie r n o , p o r la c o n g e la c ió n 68.

Las naranjas amargas son igualmente líquidos congelados. Ibn Sára


dice de ellas:

1. C osas co n ge la d a s , si e n tra ra n en fu sión , se tr a n s fo r m a ría n en


v in o ... w.

65 R im a ri, m e tr o b astí. Q al., p. 254.


66 R im a lü, m e t r o taw il. Anal., I I , 81, 1. 2.
67 R im a ad, m e t r o s a ri'. Ja rid a , f.° 155í> (e n C ou r, p. 109).
68 R im a ü d ü , m e t r o k a m il. A l-H u lla , en C o r r e c íio n s , p. 113.
69 R im a iyü, m e t r o ta w il. Q a ld ’id, 267. Y a h a b ía m o s e n c o n tra d o la id e a de la
c o n g e la c ió n a p lic a d a a la d e s c r ip c ió n d e los la g o s y de los s u rtid o res . C f. supra ,
p á g in a s 207-208.
En el cuadro de la naturaleza animada por la imaginación creadora
del poeta viven los animales, aliados o enemigos del hombre.
Encontramos la mayoría de los animales descritos por los poetas
orientales, pero, inspirándose siempre en la realidad, los andaluces no
han podido, incluso cuando hablaban del desierto y de mujeres en lite­
ra, incluir al camello, que, sin embargo, c o n o c í a n p o r el contrario,
mencionan animales que no se encuentran más que muy rara vez en la
poesía oriental, com o es el caso del jabalí, el mono, la girafa y el avestruz.
Los andaluces han demostrado por el caballo un gusto tan acusado
com o los orientales. Sus versos no nos aportan nada nuevo sobre este
animal, que los primeros lexicográficos han estudiado con detalles inusi­
tados. Al-Ramádl, en un fragm ento en el que hace el elogio de Abü 'A ll
al-Qálí, recordando el diwün de Im ru ’-l-Qays, dice que «é l se va por la
mañana, cuando la aurora comienza apenas a clarear, jin ete en un caballo
ligero (a qab b)» que posee todas las cualidades (sifüt) descritas por los
poetas antiguos com o Zayd al-Jayl, al-Ganawl, al-Marbl y al-Dillíl (el rey
errante = Im ru ’-l-Qays) 2.
Lo que aparece más a menudo com o señal digna de atención es la man­
cha blanca frontal y los cuatralbos; lo que más se aprecia es la velocidad.
El príncipe de Badajoz, al-Muta\vakkil, ordenó a sus poetas que descri­
bieran a uno de sus corceles, que era negro (adham), marcado con la estre­
lla blanca en la frente (agarr) y cuatralbo (muhayyal), y que llevaba en la
grupa (kafal) seis puntos blancos. Abü-1-Walld al-Nahlí comenzó:

1 V e r e m o s in fr a qu e los o b je to s p re c io s o s r e c ib ía n algu n a s v e c e s la fo r m a d e un
c a m e llo . A l-M a n sü r h a cía tr a n s p o r ta r los b a g a je s y las p ro v is io n e s m ilita r e s a lo m o
d e c a b a llo s , m u los y c a m e llo s (c f. A 'm a l, 116, a n te p e n ú lt.). Ib n 'A m m á r , en una
s á tira c o n tra a l-M u 'ta m id , d e c ía qu e los a b a d íe s se h a b ía n d e d ic a d o a n ta ñ o a «fhacer
a r r o d illa r c a m e llo s ( a n á jü y im a l) en la a ld e a de Y a w m ín (c f. su pra , p. 96).
2 R im a ilí, m e t r o k a m il. M a tm a h , p. 70. C f. su pra , p. 55.
1. [E l p rín c ip e tan h e rm o s o c o m o ) la luna lle n a ha m o n ta d o un
c o r c e l r á p id o (s á b ih ) c u y o m ás le n to p aso h ace p a r a r al v ien to .
2. E s te c o r c e l ha r e v e s tid o la n o c h e c o m o una a m p lia c a m isa m ie n ­
tras las P lé y a d e s están rep re s e n ta d a s p o r las [s ie te ] m a rc a s d e la gru p a.
3. E l e s ta n q u e d e la a u ro ra le ha s e rv id o p a ra b a ñ a rs e y, al m o ja r ­
se, a p a r e c ie r o n sus m an ch as b la n ca s 3.

Ibn al-Labbána continuó:

1. C u an d o v io q u e las tin ieb la s fo r m a b a n su tr a je , o t o r g ó a sus


c u a tro [p a ta s la b la n c a c o lo r d e ] la b u ena d ire c c ió n b a jo la fo r m a de
c u a tra lb o s (ta h y il).
2. Se d ir ía q u e en su g ru p a hay b o c a s s o n rie n tes q u e d e se a ría n
b e sa r sus p atas 4.

Y Abü 'Abd Alláh Ibn 'Abd al-Barr terminó con estos versos:

I. 'U m a r (a l- M u ta w a k k il) a lo m o s de su c o r c e l es c o m o la luna


(q a m a r ) lle v a d a p o r los c u a tro v ie n to s 5.

En otros autores aparecen reminiscencias de tratados de filología


oriental. Abü Muhammad Ibn al-Síd al-Batalyawsí, que comentó el Adab
al-katib de Ibn Qutayba, describe de este modo un caballo negro del prín­
cipe 'Abd al-Rahmán (es decir, al-Záfir ibn Dü-l-Nün):

1. Es un c a b a llo n e g ro (a d h a m ) p e rte n e c ie n te a la fa m ilia de los


[s e m e n ta le s ] a l-W ayíh y L á h iq ; la n o ch e le s irv e d e t r a je (la w n ) y la
a u ro ra d e c u a tra lb o s (h u y til).
2. E l agu a de la b e lle z a ha p e rm a n e c id o p a ra liza d a d e e s tu p e fa c c ió n
s o b re su p ie l (a d im )', si n o h u b ie ra s id o p o r el a r d o r d e la c a r re r a
(h u d r ), esa agu a h u b ie ra c o r rid o .
3. S e d ir ía qu e la m e d ia luna d e l fin a l d e l a y u n o b r illa en su ca ra
y n u estras m ira d a s , c on d eseo, se d irig e n h a cia él.
4. S e d ir ía q u e el v ie n to v io le n t o le lle v a c u a n d o su p e ch o y su
c u e llo e s tá n b a ñ a d o s [d e s u d or] 6.

Se podrían m ultiplicar fácilm ente las citas de versos en las que se


encuentran descripciones de los diferentes colores del caballo: asqar, ala­
zán; ashab, gris; adham, negro franco; asda, bayo castaño; ward, bayo 7,
o del caballo en acción durante el combate

3 R im a lili, m e t r o ra m a l. A n a le cte s , I I , 224.


4 R im a ila , m e t r o k á m il. A n a le c te s , I I , 224.
5 R im a 'ü, m e tr o k á m il. A n a le c te s , I I , 225.
6 R im a Üü, m e t r o ta w il. Q a lá ’id, p. 200, y v. A n a le c te s , I, 430.
7 S o b re e l c a b a llo a sqa r, cf. Ib n J afáya, D tw án, núm . 142, p. 76; núm . 32, p. 26;
n ú m e ro 182, p. 95. S o b re e l c a b a llo ashab, cf. Ib n Jafáya, l. c., núm . 164, p. 86;
A n a lecte s, I I , 325. S o b re e l c a b a llo a d h a m , cf. en esta m is m a p ágin a. S o b re el
c a b a llo a sd a ’, cf. a l-M u 'ta m id , en A bba d ., I, 386. S o b re e l c a b a llo w a rd , cf. A n a lecte s,
I I , 406. P a r a lo s d e ta lle s d e lo s d ife r e n te s tra je s , cf. Ib n H u d a y l al-A n dalu sí, La
p a ru re des c a v a lie rs e t ¡'in s ig n e des p re u x , 79-100.
* C f. Ib n J a fá y a , D tw á n , núm . 182, p. 95: núm . 231, v e rs o s 14-18, pp. 118-119.
Si al perro de caza, com o vamos a ver, la poesía le confiere sus hono­
res, al perro guardián se le ha considerado al parecer com o animal
impuro. Un hadlt decía: «Cuando un perro ha bebido en el vaso de uno
de vosotros, que éste lave su vaso siete veces » 9. En España, a los rebeldes
se les crucificaba entre un jabalí y un perro 'A ’isa la cordobesa, al
rechazar a un pretendiente indigno de ella, dice que no tomará por esposo
a un perro cuando leones han pedido su mano 11. Abü 'Isa Ibn Labbün,
habiendo perdido su principado, lamenta su grandeza pasada, pero no
consiente en humillarse:

— .No soy un m is e ra b le p e rr o qu e se c o n te n ta con una ca seta y un


hueso, no, sin o un ág u ila d e los c ie lo s l2.

Ibn Sara no encuentra medio m ejor de fustigar a sus contemporáneos


que diciéndoles:

1. L os h o m b re s, p o r ig n o ra n cia , h on ran g ra n d e m e n te al m u n d o,
au n qu e éste sea d e s p re cia b le .
2. Se q u e re lla n los unos c on los o tro s p o r el c o m o p e rro s p o r una
p ieza de caza h e rid a i ' a q i r a ) ,3.

Ibn Hazm. recordando el adagio griego, dirá de dos amantes rivales


y celosos:

— S on c o m o el p e r r o qu e g u a rd a una c a b a lle riz a ( u r i ): n o c o m e el


hen o ni se lo d e ja c o m e r a los d em ás >4.

Este horror por el perro desaparecerá por com pleto bajo la influencia
de las ideas místicas de los sítfís; los servidores de los süfls son perros
diligentes y fieles l5, y las diez cualidades fundamentales del f aq i r son las
del perro
La jira fa no parece haberse aclimatado nunca en España; el clima, sin
duda, debía serle funesto, como al camello. Los cronistas se refieren en

* A l-B u ja rí, al-S a h ih , títu lo IV , cap. 33, trad . H o u d a s v W . M a rca is, t. I, 77.
>" A n a le cte s, I I , 11, 12; H M E - , t. I, 159, 164, 167.
11 Anale cte s, I I , 632.
12 Ib n al-A b b ár, a l- Hulla, en C o r r e c t i o n s , p. 11b; Qalá 'id , p. 102; R e c h e r c h e s 1,
525 y 527. R im a d'i, m e t r o tawil.
13 R im a I r ah, m e tro wafir. Q a lá ’id, p. 261. Un a n ó n im o d ic e: «C ie r r a la m an o
s o b re el p e r r o qu e has c o g id o , te será n e c e s a rio , pues la m a y o r p a rte d e los h o m ­
b res se han tr a n s fo r m a d o en p u e rc o s » (r im a irá, m e tr o basit. A n a le cte s, I I , 503, 1.2).
14 R im a if, m e tr o sari'. Ib n H a zm , T a w q , te x to , p. 49; trad . N y k l, p. 76; ed. Ber-
cher, pp. 134-135. Se tra ta e x a c ta m e n te d e l a d a g io g rie g o , tan tas ve ce s a le g a d o p o r
L u c ia n o (c f. E ra s m o , Adagia, X , 13), qu e se e n c u e n tra ya en a l-Y á h íz, a l-B ujalá',
ed. de E l C a iro , I I , 102, 1.3; trad . fra n c e s a de Ch. P e lla t, Le s A vare s, p. 233. Ib n
H a z m con sid e ra , no ob s ta n te , al p e rr o c o m o un a n im a l «p u ro ^ ( t a h i r ) [c f. el ms. de
C o n s ta n tin o p la a n a liza d o p o r Asín P a la c io s en Al-Andalu s, I I (1934), lase. 1, 15],
15 A l-K a ttá n í, S alw a t al-anfás I. 14-15.
^ A n a le cte s, I, 939. L a fra s e s o b re las d iez c u a lid a d es d el p e rr o se le a trib u y e
ta m b ién a al-H asan al-B asrl ( i 110 = 728).
ocasiones a jirafas ofrecidas com o presentes a príncipes andaluces por
gobernadores o sultanes de África; así, en el año 384 = 994, Zírl ibn
'Atiyya envía a Alm anzor presentes entre los que se encuentra una jirafa;
el pobre animal no llegó con vida y fue disecada com o se la entregaron
al poderoso hayib ,7.
En el siglo x i algunos poetas del Occidente musulmán com o Abü 'Al!
Ibn Raslq y Muhammad ibn Saraf al-Qayrawání han descrito jirafas, pero
al parecer las habían visto únicamente en Ifríq iy a 18. En lo que concierne
a Ibn Hamdís, cuyo Cancionero contiene un poema de diecisiete versos
sobre la jira fa 19, no sabemos si el animal que él describe ha sido visto
en España o en Á frica del norte, en Bujía, por ejem plo; en la duda deja­
remos de lado los inform es que puede aportarnos al respecto.
N o encontramos nada original referente al «re y de los animales», que
es, igual para los andaluces que para los orientales, la encarnación de la
bravura y de la nobleza.
En lo que concierne al lobo, se lee en el Bayán de Ibn 'Id á rl un pasaje
curioso. Los bereberes llamados por al-Mansür devastan España: «qu e­
daron victoriosos, dice, tras el célebre ataque que dejó la mayor parte
de España inculta y desierta, que la llenó de lobos y fieras, privándola por
algún tiempo de seguridad» 20. Se adivina que en los períodos de escasez,
los lobos osarían acercarse a los poblados y atacar los rebaños de corde­
ros 21, y en ocasiones a las personas. Creemos que es la realidad lo que
nos describe Ibn Jafáya cuando nos habla del lobo, errante por la noche,
aullando siniestramente:

1. A m en u d o, a tra v é s d e los d e s p o b la d o s (m a fá z a ), p o r la n o ch e...


4. h e s id o e n v u e lto p o r la o s c u rid a d , en ta n to q u e e l lo b o , lle g a d o
c on las tin ie b la s , v is ita n te asid u o, ro n d a b a a lr e d e d o r d e m í.
5. T ie n e la c o s tu m b re d e a c e rc a rs e en la n o ch e p ara, en sus in c u r­
sion es, s o r p re n d e r c a u te lo s a m e n te a los a n im a le s y en g a ñ a rlo s.
6. V a p o r la n och e, c u a n d o e l r o c ío h a h u m e d e c id o e l r o s tr o d el
v ie n to d e l E ste, en su p ie l (fa rw a ) qu e r e c o r r e un e s tre m e c im ie n to
d e frío .
7. Y o c a m in a b a en las tin ie b la s d o n d e e l fu e g o s ó lo p o d ía a lu m ­
b ra rs e e n las p u p ila s d e l lo b o y en m i v a lo r [a r d ie n te ] 22.

Ibn Jafáya lo describe en estos versos:

17 C f. K itá b M a f á jir a l-B a rb a r, ed. L é v i-P r o v e n g a l, 27. M u c h o m ás ta rd e e l sultán


d e l S u dá n o fr e c e r á al su ltán d e M a rru e c o s , A b ü S á lim , una jir a fa , q u e Ib n Z a m r a k
d e s c r ib e en u n a la r g a qasida. C f. Ib n al-Jatíb, a l-Ih á ta , I I , 227-230.
18 C f. sus v e rs o s en a l-N u w a y rl, N ih á y a , I X , pp. 319-321.
19 C f. Ib n H a m d ís , D iw ü n ( I I C a n z o n ie r e ), ed. S c h ia p a re lli, p ie za 249, pp. 334-335;
a l-N u w a y rl, N ih á y a , I X , p p . 318-319; al-G uzülí, M a tá li', I I , 259-260.
20 A l-B a y á n , t. I I ; te x to , p. 293; trad ., p. 255.
2> C f. A n a le c te s , I I , 358, 1. 10, 12.
22 R im a á ru , m e t r o k a m il. D iw a n , p. 59 (n ú m . 95); a l-D a jira , I I I (G o t h a ), f.° 149b.
3. D e c o lo r g ris á c e o (a tla s ), o s c u ro (a gb a s ), v is ita n te a s id u o cu an do
lle g a la noche, s ó lo c a m in a d is im u lá n d o s e tra s e l v e lo d e las tin ieb las.
4. A b r e sus fa u ces c on la m o r d e d u r a d e l h a m b re y e x h a la su q u e ­
j i d o en un a u llid o c u a n d o el c ie r z o á s p e ro y s ilb a n te le e n v u e lv e p o r
c o m p le to .
5. P a r a c o n tr a r r e s ta r sus d eseos, te n g o la c h is p a d e una [esp a d a ]
ta ja n te q u e e l lo b o m ir a a te n ta m e n te c o n la c h is p a d e su m ira d a .
6. C u an d o el h a m b re le e x c ita c o n tra m í, se a cerca , p e ro el p a v o r
le a le ja d e m í y a b a n d o n a p o r fla q u e z a [su p r o y e c to ] 23.

Abü Isháq al-Ilblrl nos demuestra que los lobos no faltaban en los
alrededores de Ilbíra, en el lugar denominado al-'Uqáb:

— N o es qu e en su v e c in d a d , d ic e, n o h a ya una m a n a d a d e lo b o s,
p e ro sé p o r e x p e rie n c ia q u e los lo b o s son m en os te m ib le s q u e los
a lf a q u íe s 24

En tiempos de escasez los estragos no eran com etidos solamente por


los lobos; los jabalíes (janázir) también hacían incursiones en las tierras
cultivadas, y en algunas regiones eran tan numerosos, que incluso en
períodos de abundancia invadían los jardines. Recordemos lo que decía
Ibn Muqáná de su tierra de Alcabideche:

3. L a t ie r r a d e A lc a b id e c h e ( Q a b d á q ) n o p ro d u c e, c u a n d o e l añ o es
b u en o, m ás d e v e in te c a rg a s d e cerea les.
4. Si da a lg o d e m ás, en to n c e s lo s ja b a líe s d e lo s d e s p o b la d o s
(tn a fá w iz ), en g ru p o s [c o m p a c to s ] se su ced en sin in t e r r u p c ió n 25.

En ocasiones se les encontraba incluso en los cultivos de los alrede­


dores de Córdoba. En el año 398 = 1007, oficiales de al-Muzaffar, sucesor
de al-Mansür, levantaron uno en la llanura de Badr y le persiguieron al
galope de sus caballos. «E l animal, relata Ibn Tdárl, se lanzó p or las calles
de Córdoba, donde el vecindario se apiñaba ese día. Las gentes no cono­
cían este animal, pues todo el país estaba cultivado en una gran extensión
y no había animales salvajes en los campos, y con más razón en la ciudad.
El jabalí siguió corriendo, atravesando por en medio del gentío. Los jin e­
tes, que competían en velocidad para alcanzarle, acabaron por cogerle
a la orilla del río, frente al palacio del califa. Se habló durante bastante
tiempo de este suceso, siendo objeto de muchas conversaciones, y de él
se sacó un mal presagio» 2<\
El cerdo dom éstico no ha sido criado nunca, y con m otivo, por los
hispano-musülmanes. La peor injuria que podían hacer a un cristiano,

23 R im a rü, m e tr o ta w il. D tw án, p. 65 (n ú m . 112).


24 R im a ih i, m e t r o w á fir. R e c h e rc h e s 3, I, 286, y A pp., p. L X I f . C f. D tw á n , p ie za
X IX , v e rs o 3.
25 C f. su p ra , p. 204.
26 A l-B a yán , t. I I I , te x to , p. 23; trad., L é v i-P r o v e n g a l, en H M E 1, I I I , 201.
mozárabe o no, era llam arle «com edor de cerdo» 27. Conocida es la refle­
xión que la leyenda dice se hizo al-Mu'tamid cuando se decidió a llamar
a los almorávides: «S i hay que escoger, prefiero ser cam ellero que p or­
quero ( r a l al-janázir). » Pues era un hecho bien conocido que los esclavos
moros eran empleados por los cristianos en trabajos manuales com o los
de cocinero o panadero, en trabajos que exigían poco esfuerzo, com o los
de empleados en los baños o de porqueros 2*.
Ya hemos señalado que para humillar más aún a un malhechor o a
un rebelde se le crucificaba entre un perro y un ja b a líJ9.
Si el puerco o el jabalí servía para designar a los cristianos, el apela­
tivo de «m o n o » se reservaba generalmente a los judíos com o reminiscen­
cia de los versículos coránicos en los que Dios había castigado a los
israelitas culpables de haber infringido el sábado metamorfoseándolos
en monos -10.
Abü Isháq al-Ilbírí, en su poema contra los judíos de Granada, decía:
6. E l m on o , el m ás v il e n tr e to d o s los in fie le s , cu en ta h o y e n tre sus
s e rv id o r e s c on una in fin id a d d e p ia d o s o s y d e v o to s m u su lm a n es...
35. E l je f e d e estos m on o s ha e n riq u e c id o su casa con in c ru s ta c io ­
nes de m á rm o l; ha h e c h o c o n s tru ir fu en tes de las qu e m an a el agua
m ás p ura 11.

Es muy raro que los andaluces empleen el térm ino «m o n o » para sati­
rizar a un andaluz com o al-Mansür. Ibráhlm ibn Idrís al-Hasan! llegó
a decir de él:

27 H a s d á y Ib n S a p rü t, al r e g r e s o d e una e m b a ja d a a n te los c ris tia n o s , e ra a la b a ­


d o de e s te m o d o p o r uno d e sus c o r r e lig io n a r io s : «S in fle c h a s y sin espada, con
s ó lo su e lo c u e n c ia , h a to m a d o a los a b o m in a b le s c o m e d o re s d e c e r d o fo r ta le z a s
y c iu d a d e s .» C f. H M E 2, I I , 170, 171. Ib n M a n n A llá h , en su r e fu ta c ió n d e las id eas
su 'u b íes d e Ib n G a rs iya , d e c ía d e los c ris tia n o s q u e e ra n «g u a r d ia n e s de p u erco s
v c o m e d o re s d e g a to s (s in n a w r )» (m s . E l E s c o ria l, núm . 538, f.° 46 r.°, 1. 12; al-D a jira ,
I I I (G o t h a ), f." 199 r.u, 1. 14).
28 C f. G ó m e z M o re n o , Ig le s ia s m o z á ra b e s, pp. 242-243, y n. 7 (a p r o p ó s ito del
m o n a s te r io de C ela n o v a , d ir ig id o p o r R u d e sin d o , m u e rto en 977). P o r lo qu e re s ­
p e c ta a O rien te , es c u rio s o re s a lta r qu e un m u su lm á n , al-A 'm as ( t 148 = 765), d ic e
a u n o d e sus a m ig o s , S u 'b a ( t 159 = 775), qu e e s ta b a h a b la n d o con un g ru p o de
p e rs o n a s : «D e s g r a c ia a ti, o h Su 'ba, cu elga s p e rla s d e l c u e llo de los p u e rc o s .» Ib n
'A b d al-B arr, qu e re c u e rd a esta fra s e en su M u jta s a r y d m i' bayan a l-'ilm , n o nos
d ic e si estas p e rs on a s e ra n c ris tia n a s o n o (c o m p . P r o v e r b io s de S a lo m o n , X I , 22,
y E v a n g e lio d e San M a te o , V I I , 6).
29 C f. su p ra , p. 243, n. 10.
30 C f. a l-Q u r'a n , I I , 61; V, 65, y V I I , 166. A n o ta m o s qu e en la B e r b e ría o rie n ta l,
b a jo los A g la b íe s , el c a d í A h m a d ibn T á lib h a b ía o b lig a d o a los ju d ío s y a los
c ris tia n o s a lle v a r s o b re e l h o m b r o un p e d a zo d e te la b la n c a en la qu e estab an
r e p re s e n ta d o s un m o n o y un p u e rc o , y a c la v a r s o b re sus p u ertas una p la n ch a qu e
r e p re s e n ta b a un m o n o ( A l M a lik i, R iy a d a l-n u fü s, f.° 52b; ed. H. M u ’nis, p. 381;
cf. Id r is , C o n t r ib u tio n á l ’h is to ir e de l l f r i k i y a , en R . E . I . , 1935, c u a d e rn o I I , p. 142).
31 D iw ü n , p ie za X X V . C f. in fra , pp. 276-277. A b ü 'A m ir Ib n Su hayd , en una
e p ís to la a A b ü Y a 'fa r Ib n 'A b b á s , h a b la d e los ju d ío s c a lific á n d o lo s de m on o s
(q ir a d a ) (c f . a l-D a jira , I, 182). E l p rín c ip e z ír í 'A b d A llá h d esign a , sin e m b a r g o , al
v is ir ju d ío José c on la p a la b ra jin z lr , « c e r d o » (c f. M é m o ire s , te x to y trad . d e L évi-
P ro v e n g a l, 34, 37, 38-52, 60, 63).
1. Y he ahí s o ld a d o s que m a rc h a n a lr e d e d o r de un p a la n q u ín en el
qu e se e n c u e n tra un m o n o p a rd u sc o (q ir d a s h a b )i2.

También Alfonso V I, para agradecer a Husám al-Dawla Ibn Razln los


regalos que éste le había enviado, le envía a su vez un mono. El príncipe
de la Sahla, en su ceguera, no vio en ello una señal de menosprecio, sino
todo lo contrario '.
Se encuentra mención de otros cuadrúpedos com o el erizo ( la alca­
chofa, com o hemos visto con anterioridad, se le comparaba M), la tortuga
— que se cría en los estanques 15— y el camaleón. La voluble fortuna se
ha comparado a este animal:

— La F ortu n a , in m e rs a en la tin tu ra del c a m a le ó n (h ir b á '), d ic e Ibn


al-L ab b án a, tien e circ u n s ta n c ia s de c o lo re s c a m b ia n te s

Sobre los reptiles hay algunos versos que interesa destacar.


El arroyo, com o hemos visto, se compara con la serpiente (hayya),
pero no podríamos decir si se trata de una víbora, de una culebra o de
otro reptil concretamente. Ibn Hazm hace alusión a las víboras ( afai),
cuyas mordeduras, según la creencia popular, no pueden curarse mas que
con el cuerpo aplastado de las mismas víboras, esto es, con la triaca ,/.
Las gentes de condición humilde que alcanzan altas situaciones, lo que
les confiere gran poder, son comparadas, sobre todo por los andaluces
de origen bereber, con serpientes o lombrices de tierra (ahnds) que se con­
vierten en dragones (ta'ñbin) 38.

El gusto de los andaluces por los pajaros es tan notable com o el que
sienten por las flores. 'Abd al-Rahmán al-Násir no creyó poder com pletar
m ejor el adorno de los jardines de Madlnat al-Zahrá’ que construyendo
un verdadero parque zoologico con casa de fieras y pajareras Nos

p- Ib n 'Id á r l, al-Bayán, texto, I I, 302; trad., I I , 4o8; H M E 1, I I , 242; Ib n al-A bbar,


a l-H u lla , en N o t ic e s , p. 119; M a f á j i r a l- B a rb a r, p. 21. R im a bit, m e tro kámil.
» K i t á b a l- I k tif á , en Abbad., I I , 19; H M E 1, I I I , 121, 231.
,4 C f. supra, p. 199.
35 C f. supra, p. 208.
36 A l-M a rrá k u sl, H is t. des A lm o h a d e s , texto, p. 102 (E l C a iro , p. 92); trad., 124.
R im a átü, m e t r o basit.
Ib n H a zm , Tawa, texto, 87; trad. N y k l. 135; ed. B erc h e r, pp. 240-1.
3(1 A 'm á l, p. 150; A l- S a q u n d i, Risála, en A nale cte s, I I , 141.
" Ib n Jaldün, K . a l-'I b a r, IV , 144 (r e p r o d . en A n a le cte s, I. 380); Ib n Z ák ü r, S arli
Q a lá 'id al-'lqyáin, f.° 99a. E l p a rq u e z o o ló g ic o de M a d i n a t a l- Z a h r á ’ se d e n o m in a b a
c on el n o m b re de h á ’i r [cf. Ib n Z á k ü r, /. c., 99a, según Abü B a k r Ib n M u fa r r iv en
su nota s ob re Abü a l-Z u b a y d l (1 379 = 989) y vid . supra, p. 134, n. 52, e in fra , p a g i­
na 249, n. 43|. P ara O rien te , v. M ez, D ie Re nais sance , 38o, trad. V ila , 487.
hubiera gustado conocer el nombre de los pájaros encerrados en ellas.
Ibn Zaydün, en cierta medida, nos perm ite hacernos una idea de los
pájaros ornamentales que se podían encontrar en Andalucía. En uno de
sus poemas, redactado en form a de charada, enumera mezclados: la tór­
tola (q u m rl o sifnin), el gorrión ( ’usfur), el ruiseñor (bulbul), el águila
(nasr), el cuervo (gurab), el francolín (durráy), el estornino o chorlito
(zurzür), la grulla (girniq), el pinzón (? ) (m u k k a ), el m irlo (sursür), el
gavilán (büsaq) y el gerifalte (sáhin) 40.
Era p or su canto por lo que se buscaban algunas de tales aves. ¿Lle­
gaba el ruiseñor a vivir enjaulado? Parece ser que sí, pero deleitaba con
sus trinos cuando estaba en libertad; entonces no se le llamaba bidbtd,
sino um m al-hasan — «la madre de al-Hasan»— , nombre que se ha perpe­
tuado hasta nuestros días en África del norte. Al-Mu'tadid describe así
su canto:

1. U m m al-H asan ha v e n id o a tu e n c u e n tro c a n ta n d o con una h e r­


m o s a voz.
2. P r o lo n g a sus tem as m u s ica les (a lh á n ) c o m o en e l c a n to de
M ed in a .
3. M e tie n e e n c a d e n a d o c o m o si e s tu v ie ra p r o v is t o d e un lazo.
4. L a s h o ja s de los á rb o le