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EL VALOR DEL ENTENDIMIENTO DE LA VERDAD

Buenos días, el tema que me ha tocado es ‘La búsqueda del entendimiento


de la verdad’.

Y como el foco de atención de este asunto es justamente la verdad, es


conveniente empezar por averiguar si aquello que se llama verdad lo
experimentamos en nuestra vida corriente y también en la vida profesional.

Y, en efecto, en la vida corriente, desde que el bebé recién nacido abre los
ojos por primera vez, y se alegra de ver a su madre, experimentando el
afecto con el que ella lo mira, entonces, en el amanecer de su vida, el ser
humano se encuentra con la verdad.

¿Cómo ha ocurrido esto? La explicación está en la naturaleza misma del


entendimiento humano. Porque el entendimiento, o sea, la facultad o
capacidad cognitiva intelectual del hombre, está constituida para poseer
naturalmente la evidencia de la realidad; o sea, para contemplar la realidad
transubjetiva tal como la realidad transubjetiva es en sí misma. Frente a la
evidencia de la realidad, o sea, ante la evidencia acerca de las cosas que
están fuera de la mente, el intelecto humano está constreñido naturalmente
a no hacer otra cosa que rendirse por completo a la realidad en sí misma,
por la evidencia incontrovertible de la misma.

El entendimiento está naturalmente constreñido a aceptar la evidencia de la


realidad transubjetiva, siempre que esta última haya actuado previamente
sobre el entendimiento mismo, a través de los sentidos, y siempre que el
intelecto haya alcanzado información suficiente acerca del objeto que
conoce.

Esta seguridad que el entendimiento humano alcanza es una seguridad


absoluta basada por completo en la necesidad del objeto transubjetivo que
conoce, y no en el sujeto cognoscente.

En cambio, la duda y la opinión no son propiamente actos de conocimiento.


Acto de conocimiento es aquella operación del entendimiento que alcanza
evidencia de la realidad.

Pero, entonces, ¿qué es la verdad? La verdad es el juicio que hace el


entendimiento, en virtud del cual acepta con absoluta seguridad el objeto
conocido como necesario, rechazando así que la cosa conocida no exista,
por aplicación del principio de no-contradicción, que es evidente de suyo.
Este juicio está basado en la necesidad del objeto transubjetivo que existe
en la realidad extramental, y no en el sujeto. Por esta razón dice Tomás de
Aquino que la verdad se da propiamente en el entendimiento, y que
consiste en la adecuación del entendimiento con la cosa conocida.

Si tenemos en cuenta lo ganado hasta aquí, entonces podemos ser


conscientes que en cada instante del día, o sea, continuamente, conocemos
la verdad acerca de muchas cosas.

Nuestra cultura contemporánea podemos hoy llamarla, por uno de sus


rasgos más conspicuos, cultura científico-tecnológica, también escuchamos
expresiones como ‘cultura del conocimiento’. Pues bien, la ciencia
contemporánea tiene un compromiso muy serio con la verdad. Aunque no
lo tengan tanto algunos filósofos de la filosofía de la ciencia, cuando caen
en reduccionismos.

Así, pues, la verdad está con nosotros en cada momento de nuestra


existencia cotidiana, en el trabajo de la ciencia contemporánea y en el
quehacer filosófico.

Sin embargo, junto con la presencia de la verdad en nuestra cultura


contemporánea de la así llamada sociedad occidental, hay, junto con esta
presencia, un problema que fue muy bien diagnosticado por el filósofo
Alejandro Llano, catedrático de metafísica de la Universidad de Navarra,
en una tertulia cuyo tema de fondo fue: crisis, no sólo económica.

La tertulia tenía como marco de referencia la crisis económica que entonces


estaban experimentando los países europeos y la explosión de la burbuja
inmobiliaria en España. El diagnóstico de Alejandro Llano fue que la crisis
económica tenía como raíz una crisis mucho más profunda. La crisis de la
que hablaba el filósofo era la crisis del conocimiento. ¿En qué consiste esa
crisis del conocimiento que ya está llegando a pasos agigantados a Perú y
que ya padecen las generaciones actuales de los países económicamente
más adelantados de Occidente?

Es una crisis en el espíritu y en el entendimiento: En el siglo XXI las


nuevas generaciones de los países del primer mundo en Occidente carecen
ya de los conocimientos provenientes de la tradición. Durante el siglo XX
se rechazó frontalmente en Occidente todo conocimiento que viniera de la
tradición. Había que encontrar nuevos conocimientos, al margen de la
tradición y las costumbres que guiaban a la comunidad. A esto se sumó el
creciente relativismo militante de finales del siglo XX.

¿Cuál fue el resultado al que se llegó? El resultado lo vivimos hoy día y es


que los jóvenes actuales no saben a quién recurrir que les aconseje cómo
conducir su propia vida, y para saber las cosas que más nos importan a
todos en nuestra existencia cotidiana. Tampoco las costumbres y las
instituciones sociales nos indican mucho al respecto. Y si a esto añadimos
la diseminación global del relativismo expresado por multitudes de seres
humanos en nuestro mundo globalizado, entonces tenemos como resultado
un escepticismo y un relativismo bastante difundido en todo el mundo.

¿Qué hacer ante una crisis de tal magnitud? ¿Cuál será la ciencia que
debemos cultivar en primer lugar para hacer frente a este cáncer espiritual,
a esta crisis del conocimiento?

La respuesta a estas preguntas es que la ciencia que puede conducirnos a


una solución de este problema es aquella la ciencia mediante la cual
alcanzamos las respuestas más profundas que el intelecto humano puede
alcanzar mediante la fuerza natural de sus facultades cognitivas, acerca de
toda la realidad, el hombre, el universo físico, el fin último del hombre, el
conocimiento y la verdad. Esa ciencia es la filosofía, que con razón se
llama ciencia primera.

La universidad es ciertamente la institución social llamada a desempeñar el


papel preponderante en la solución de esa crisis del conocimiento que tiene
como causa el relativismo y una ignorancia generalizada del camino que
hay que recorrer para buscar y encontrar las respuestas más acertadas a las
cuestiones que son más importantes para la vida de cada hombre. La mejor
manera que tiene la universidad de combatir el relativismo, es justamente
poner en evidencia la realidad misma, por medio del estudio científico de la
misma. Asimismo es tarea de la universidad poner en evidencia el realismo
del conocimiento y el realismo científico; a la vez que demostrar las
inconsistencias del relativismo, el escepticismo y el idealismo; poniendo en
evidencia las aporías a las conducen tales ideologías y sus postulados.
La ciencia dedicada a estos asuntos en la universidad es precisamente la
filosofía. Y a la filosofía le corresponde realizar esta empresa de colosal
envergadura.

Uno de los puntos de crucial importancia que ha de ser objeto de tales


esfuerzos es el estudio filosófico del entendimiento humano en cuanto que
naturalmente diseñado para la evidencia de la realidad. Aristóteles nos
ofrece unas de las claves maestras que nos conducen hacia la comprensión
profunda del intelecto: Según el Estagirita, las cosas son causa de nuestro
conocimiento y de la verdadera estimación que tenemos de ellas. Si las
cosas transubjetivas no actúan sobre nuestros sentidos y éstos sobre nuestro
intelecto, el intelecto no puede conocer nada. Nuestro entendimiento
depende de las cosas. Y el entendimiento, como acertadamente dice Millán
Puelles, es reiforme. Tiene su fuente en la realidad y se acomoda a ella. En
efecto, el entendimiento está naturalmente hecho para la evidencia de la
realidad.

Santo Tomás hace una buena fenomenología del conocimiento. Un ejemplo


empleado por él es el de un ciego de nacimiento. Este ejemplo es muy útil
para comprender esta propiedad o carácter del entendimiento como facultad
que por naturaleza se acomoda fielmente a la realidad y tiene evidencia de
ella. El ciego de nacimiento nunca ha visto los colores, razón por la cual no
los conoce. Para que nosotros tengamos el concepto de color y el concepto
de rojo, es preciso primero verlo mediante el sentido de la vista. Una vez
que el hombre vidente ha visto el rojo, entonces su entendimiento es capaz
de conocer qué es rojo. El ciego de nacimiento, por mucho que le
expliquemos, jamás sabrá qué es rojo, ni qué es un color. ¿Por qué un ciego
de nacimiento no puede saber qué es el color rojo? La respuesta a esta
pregunta es que no puede saberlo porque jamás las cosas mismas han
actuado sobre el órgano de la vista, mediante los fotones de los rayos de luz
que llegan a la retina y el nervio óptico. Las cosas nunca causaron el
conocimiento en el sentido de la vista; razón por la cual el entendimiento
no puede comprender el concepto de rojo. Es evidente que el conocimiento
es causado por las cosas en nuestras facultades cognoscitivas; y no es
verdad lo contrario, o sea, no es verdad que las cosas transubjetivas
dependan de nuestro entendimiento.

Más bien es el entendimiento el que no puede conocer, si su conocimiento


no es causado por las cosas que actúan sobre él, a través de los sentidos. Y
el entendimiento por su naturaleza misma está hecho para la evidencia de la
realidad.

El escepticismo y el relativismo contemporáneos nacen de una


desconfianza en la capacidad de nuestras facultades cognitivas para
conocer la realidad. Esta actitud parece tener como raíces del nominalismo
de Ockham.

Estas posturas parecen tener en común la convicción de la incapacidad de


nuestras capacidades cognitivas para llegar a conocer fielmente la realidad
transubjetiva.

Descartes, en la Edad Moderna, intentó dudar de todas las cosas que


estaban presentes en su conciencia, como medio para adquirir el
conocimiento del yo, para llegar a la evidencia del cogito cartesiano. Pero,
¿es verdad que podemos dudar de todas las cosas que están presentes ante
nosotros?

Porque la verdad es que nuestro entendimiento parece estar naturalmente


diseñado para poseer la evidencia de las realidades transubjetivas y el
principio de no-contradicción, que es evidente de suyo.

Es conveniente, por tanto, analizar o evaluar la consistencia de esa empresa


de Descartes cuyo método es empezar por dudar de todo. ¿Es realmente
posible para el hombre dudar de todo?

La respuesta a esta pregunta se puede hallar examinando nuestro propio


entendimiento:

En primer lugar, sabemos con absoluta seguridad que los objetos


transubjetivos que están frente a nosotros existen, basándonos en la
necesidad que tiene cada objeto transubjetivo en su existencia extramental,
independientemente del sujeto cognoscente. Por lo tanto, la seguridad que
tenemos de la necesidad del objeto transubjetivo que conocemos, está
basada en el objeto mismo, y no en el sujeto.

Por ejemplo, sabemos y tenemos absoluta seguridad de que las personas


que vemos y están frente a nosotros existen, y sabemos también con
absoluta seguridad que lo contrario no es verdad, en virtud del principio de
no-contradicción, evidente de suyo. Por esta razón, poseemos evidencia de
la realidad constituida precisamente por los seres humanos que estamos en
el interior de este recinto.

Además, al conocer cada uno de nosotros las personas que están en este
mismo auditorio, nos conocemos a nosotros mismos, porque sabemos que
estamos experimentando un conocimiento de la realidad. Con lo cual ya
conocemos bastantes verdades acerca de la realidad.

Ahora bien, también es cierto que podemos dudar que hay personas fuera
de este auditorio, ubicados en los pasillos de este mismo edificio;
justamente porque no tenemos ninguna evidencia acerca de ello. Pero, a
pesar de que tenemos muchas dudas acerca muchas cosas, lo cierto es que
no podemos dudar de todas las cosas, porque ya tenemos evidencia de
muchas cosas, con certeza absoluta.

¿Por qué es inconsistente la proposición hay que dudar de todo, o sea, la


proposición de que hay que dudar de todas las cosas?

En primer lugar, es imposible dudar de lo que ya conoce con certeza


absoluta, o sea, cuando ya se ha alcanzado la evidencia de la realidad.

Pero, sobre todo, el intento de dudar de todas las cosas, que inauguraron los
sofistas, fue un intento vano, por la siguiente razón:

Para que exista cualquier duda, es necesario que el sujeto cognoscente se


encuentre frente a dos alternativas incompatibles entre sí, careciendo la
información suficiente que le capacite para saber con certeza absoluta cuál
de las dos alternativas contrarias es la que se da en la realidad.

Pero, respecto de la existencia de todas las cosas, el entendimiento humano


no se encuentra en esta situación, porque realmente el sujeto cognoscente
no se encuentra ante dos alternativas opuestas e incompatibles. Veamos por
qué:

Para que el sujeto cognoscente pueda dudar de la existencia del mundo


tendría que considerar dos proposiciones alternativas internamente
consistentes que son incompatibles entre sí. Y esas dos alternativas no
podrían ser otras que las siguientes: La primera sería que existe el universo
y nosotros mismos; y la segunda alternativa, que sería contraria a la
anterior, sería que no existe nada, ni el universo, ni nosotros mismos.
Pues bien, si examinamos la segunda alternativa, o sea, que no existe nada,
ni el universo, ni nosotros mismos, entonces tendríamos que deducir
forzosamente que, en este caso, no existiría tampoco ni el sujeto
cognoscente que duda, ni duda alguna ni evidencia alguna.

De lo cual, a su vez, se deduce que sólo cabe que tengamos duda o certeza
si existimos nosotros mismos y el universo; y la evidencia absoluta de los
objetos que conocemos era totalmente justificada. En efecto, tenemos
evidencia y certeza absoluta acerca de las personas que se encuentran frente
a nosotros en el interior de este recinto; y no podemos dudar de ellas;
precisamente porque ya las conocemos. El fundamento de esta seguridad
del intelecto procede de las realidades transubjetivas conocidas, y no tiene
como fundamento el sujeto mismo.

Asimismo resulta también justificado el hecho de que tengamos duda


acerca de si hay o no personas en los pasillos de este edificio y fuera de
este auditorio.

Lo que no está justificado es que se pueda dudar y tener certeza en la


alternativa de que no exista nada.

Esta demostración es una demostración defensiva de la evidencia de la


realidad. La evidencia de la realidad, como propiedad del entendimiento no
necesita justificación, y no necesita ser demostrada; porque ya el
entendimiento conoce con certeza absoluta que está conociendo la realidad
tal como la realidad en sí misma él. La demostración que acabo de formular
es meramente defensiva y se limita a probar el absurdo y la contradicción
de sostener que hay que dudar de todo.

Como podemos ver, el estudio filosófico del entendimiento humano y de la


verdad presta un gran servicio a la causa de nuestra civilización. Y nos
ayuda a dirigir las energías de la universidad y de la sociedad hacia el
conocimiento de la realidad. Y el conocimiento filosófico de la verdad nos
conduce a tener una mayor conciencia del valor inconmensurable de esa
grandiosa aventura del hombre que es la investigación de la realidad por
parte de las ciencias contemporáneas y la filosofía.

Muchas gracias.