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José Alejandro Gómez García

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Lecciones sobre enciclopedia y metodología de la historia: Droysen y la


filosofía de la historia en la investigación.

El autor desde un principio nos indica que su fin con el texto es mucho más
práctico, entendiendo qué es la historia y qué es precisamente lo que se da a entender
en los exámenes con la materia historia1. Todo ello con el objetivo de ampliar el
panorama de tareas y posibilidades que tiene la ciencia histórica. “Ante todo, ¿Cómo
podemos llegar a hablar de historia y de ciencia histórica? Para ello, el autor empieza
definiendo lo que es la historia, aclarando que esta definición no debe ser abstraída a
partir de reglas o conceptos de otras ciencias. Este concepto, o más bien objeto, lo
vemos como una serie de formas del conocimiento que ya no existen, pero tienen vida
en el espíritu, interactuando y operando allí constantemente2. Con la palabra historia,
entonces, se entiende la suma de lo que ha acontecido en el devenir en tanto y hasta
donde podemos llegar a saber de ello.

Con esto, Droysen nos quiere decir que la epistemología de la historia es una
epistemología limitada a la representación de los fenómenos. Fenómenos que son
captados diferentes a como son, no son reproducciones-reflejos, sino más bien son
signos que el sentido envía al cerebro sin guardar una correspondencia verídica con el
fenómeno3. Siendo esto muy subjetivo, cabe aclararse que ese conocimiento que se
adquiere, sin embargo, no es un conocimiento vacuo, sino que es un signo de algo que
acontece o permanece. El recuerdo queda y, si se vuelve a ver, se combina en tanto
existen unas categorías como las son el tiempo y el espacio. En otras palabras, la
representación está sometida a ampliaciones, complementaciones e incansables
correcciones. Espacio-tiempo, nos dice el autor, es una relación de lo permanente y lo
incesante4.

En este mismo sentido, el ser humano tiene unas capacidades en el devenir pues,
distinto al animal, tiene la posibilidad de legar en todo lo que rinde y crea reflejando su
más propio ser. Su ser creador y recreador, recuerda Droysen, es perteneciente a la
consideración histórica5. De esa duplicidad, en la que el ser humano es capaz de
obtener conocimientos empíricos o especulativos, es de la que se sostiene la historia.
Estos tipos de conocimiento, empero, no son contrapuestos, pues el yo cognoscente
sigue siendo el mismo actuando frente el mismo material. Los dos tipos de
conocimiento, en últimas, se ordenan en el espíritu como representaciones, palabras o
pensamientos.

1
DROYSEN, Johann. Lecciones sobre enciclopedia y metodología de la historia. Barcelona: Editorial Alfa, 1983, pág.
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Ahora bien, para poder ser más asertivos con la definición de historia, pues una de las
formas de definir es diferenciar, habría que preguntarse qué justifica el resumir las
percepciones sensibles como historia o como naturaleza. Aquí el positivismo del autor
está un poco más presente, pues llega a la conclusión de que las configuraciones
vividas que se articulen como progresivas son concebidas como historia. Esto basado
en que la “marca del desarrollo progresivo de la continuidad que crece en sí” 6 es una
marca humana en la medida en que es producto de la voluntad, deseo o intención que
se proyecta hacia el futuro o, en otras palabras, hacia adelante. Esta voluntad, que
puede manifestarse como individual o grupal, es la que mueve a la historia misma. No
obstante, el autor matiza un poco esta situación naturalizándola y recordándonos el
carácter humano de la historia, pues la historia, al igual que el humano , muestra
interrupciones o saltos en su devenir, en otras palabras, también retrocede. Retrocede,
para proseguir. En resumen, tenemos que el mundo histórico es el mundo de los
hombres, de su parte sensorial-espiritual tan lejano a la naturaleza y tan cercano a lo
sensible.

Teniendo claridad acerca de su parte conocible, el problema ahora es saber si estos


hechos, para ser conocidos de la forma más fidedigna, requieren o tienen una filosofía
concreta que pueda clasificarlos o entenderlos desde su naturaleza misma. Para poder
llegar una precisa respuesta, es quizá necesario ver cómo se han caracterizado los
trabajos del pasado que intentaban reconstruir la historia. Allí encontramos que la
ciencia histórica ha estado plagada de concepciones provenientes de otras ciencias
que, desde la filosofía, la teosofía y las ciencias naturales, han desconocido la
naturaleza misma de la historia. Por esta razón, han tomado un objeto que puede ser
percibido por ejemplo por sus características físicas, químicas y visuales, desde una
ciencia que puede tan sólo percibir lo visual. Por consiguiente, el autor se propone
redefinir o más bien reinterpretar cuál es el material que existe para hacer historia, cuál
es el método para obtener resultados a partir de ese material y la relación
epistemológica entre lo descubierto y lo encontrado7.

Sobre el primero, sabemos que el ser humano está en la constante tarea de llenar el
vacío de lo que fue a través de representaciones que son concebidas (vividas) o
también heredadas de la familia o los pueblos. Todas estas representaciones son,
inconscientemente, la suma de una inmensa cantidad de pertenencias espirituales que
nos definen. Para ello el Yo he de reflexionar, de diferencias los momentos para así
poder ubicar temporalmente lo que ha pasado. Todo este ejercicio desde el presente,
pues “no ha de buscarlos en ellos (los recuerdos pasados), sino solamente en lo que
queda de ellos, cualquiera que sea su forma”8. La ciencia histórica, en este sentido, es

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la investigación y no la historia, aunque la primera sí que amplía y profundiza la


segunda9, comprender lo que tenemos a la mano y da cuenta del hombre y toda su
base moral10.

Partiendo de esta base, en la que se deja claro cuál es el papel de la historia, sus
objetos y su naturaleza, el autor ofrece una extensa reflexión sobre las formas en que
se pragmatiza esta filosofía en la investigación misma. El autor ofrece para ello un gran
apartado sobre la metódica, el método de ejecución histórica que considera adecuado
para llegar a comprender y ampliar más la historia. En ella, empieza reflexionando
acerca de la importancia de lo que orienta con más exactitud la investigación, la
pregunta. Ésta, nos dice Droysen, a pesar de no ser la que defina la tesis, es la que
marca el sector que tratará la exposición11. Ella, por tanto, debe entender todo lo
correspondiente a las fuentes, es decir tanto su naturaleza, sus hilos conductores, los
materiales y su correlación, entre otras muchas más preguntas que hacen de la
pregunta principal una posible tesis.

Teniendo esto claro, el siguiente paso a seguir es el de la heurística. En éste, el


historiador se encuentra con cantidades imprevisibles de fuentes pues, tal como
consideraría muchos años después Braudel, “cualquier cosa que lleve la huella del
espíritu y la mano del hombre puede ser utilizada como material de investigación” 12.
Entre estas se encuentran diversas categorías de fuentes que abarcan desde lo
material del pasado, documentación, colecciones, pinturas, y los restos que han dejado
las sociedades anteriores: el pueblo, los monumentos, edificios, el Estado, la Iglesia,
las leyes y demás fuentes que puedan ser objeto de análisis en tanto reflejan rupturas y
continuidades. Todo documento por el que pueda moverse una investigación, de
manera que el investigador no se pierda entre el mundo de los materiales y desarrolle
de forma adecuada el arte de la heurística 13, que no se limita a lo obtenido a primera
vista, tan importante como es, sino que se interesa por ampliar las fuentes a través de
una clasificación, de una genialidad del investigador que convierte lo que no parece
fuente en material histórico14, la comprensión es quien los profundiza.

Consiguientemente, el paso a seguir que no ilustra Droysen gira en torno al ejercicio


crítico de las fuentes. Inicia recordándonos lo debatido del concepto, en tanto tiene un
alcance bastante impreciso y ambiguo. La palabra crítica, dependiendo de la disciplina,
tiene varias acepciones. Y en la historia estas acepciones han sido problemáticas pues,
como indica el camino ya trazado, la historia se ha decantado por muchos caminos en

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los que la crítica, teorizada por tantos, ha sido objeto de diversas y profundas
interpretaciones y, al llegar a Ranke, la tendencia final, del tiempo del autor, ha sido la
de dejar mucha fe a las fuentes y su carácter de verdad15.

Teniendo en cuenta el bagaje acerca de la crítica, que el autor repasa, Droysen


considera que el método más plausible debe dar cuenta de, en primer lugar, si el
material es realmente lo que se quiere o espera tener, si es auténtico; si el material es
realmente lo que se quería que fuera y qué modificaciones se le han hecho,
respondiendo así a la pregunta por el documento y sus modificaciones o errores; si el
material fue realmente lo que debió ser o si simplemente fue un testimonio, si es un
documento correcto y tiene una utilidad; Finalmente, se pregunta si el documento
responde en su totalidad a lo que se quiere responder o si es un documento
incompleto16. Con estos cuatro pasos, que son más profundos y amplios a como se
presentan en este texto, se da fin a la parte de la investigación que corresponde a la
crítica de fuentes.

Por ende, la interpretación es la que debe liderar la investigación por cuanto se encarga
de descomponer y recomponer los materiales históricos, dándoles de nuevo un sentido,
un movimiento y una recuperación de su lenguaje17, captando sus expresiones como
consecuencia de algo que se quería manifestar. Para esto, el autor sugiere siempre
tener una forma metódica de proceder, de forma que no se malverse la voluntad de
quien redactó el documento. Posteriormente, o más bien de forma paralela a todas
estas consideraciones, se deberá pasar los documentos por una interpretación
pragmática. Allí se intenta identificar la naturaleza de los materiales y, con ello, se
podría hacer una especie de reordenación de las fuentes en la que sea posible
comparar o, en su defecto, hipotetizar acerca de lo que se tiene18. Se localizan y
clasifican entonces: relaciones, mecanismos, fuerza, voluntad y finalidad de los hechos
ayudando, dicho sea de paso, a que el investigador dilucide el alcance de lo
descubierto19.

Asimismo, el filtro de la interpretación comprende, en lo que compete a Droysen, una


serie de medidas que el historiador debe tener en cuenta a la hora de interpretar. En
este fragmento es donde se refleja con mayor fuerza la máxima de la historiografía
alemana, pues sus consideraciones giran en torno a cuestiones más espirituales,
donde los documentos se evalúan según parámetros que, aunque comprenden efectos,
se decantan más por evaluarse desde lo moral. Por eso a la luz de los hechos, debe
darse primacía también a lo jurídico, a lo político, a los escrito en la medida en la que

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IBID, pág. 115
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IBID, pág. 122-123
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IBID, pág. 183
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IBID, pág. 194
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tiene la facultad de ser el resumen de una voluntad que piensa en el progreso 20 En todo
esto, nos recuerda el autor, pueden existir contradicciones o líneas que se cruzan para
contradecirse, no obstante “la interpretación no es problemática y digna de rechazo
cuando muestra los momentos contradictorios, sino que lo sería si no encontrara más
que condiciones simples, sólo un talante, una y la misma corriente” 21. La historia al ser
humana tiene estas facultades de ser moral o no, de reaccionar o no, de ser todo y
nada, y todo esto, de lo que nos habla Droysen, debe estar presentar al momento de
cuestionar a la fuente.

En síntesis, podría decirse que estos son los puntos capitales del trabajo de Droysen.
Si bien es cierto, su libro tiene más contenido acerca de las diferentes formas de la
investigación según sus materias, sus formas, sus trabajadores y sus fines, la gran
reflexión de su libro se encuentra en su disquisición en torno a la historia, su
naturaleza, su historia, las formas de trabajarla y las consideraciones a tener. Allí se
localizan sus pensamientos más brillantes, en los que reevalúa la escuela clásica
Rankeana que marcó al siglo XIX alemán al que pertenece, pero al que reformula y
critica en pro de lo que considera plausible de traer a consideración. Que la fuente
hable por sí misma deja de ser la manera en la que se quiere hablar y la investigación
abre sus puertas al Yo investigador, al Yo que desde lo metódico puede entrometerse y
decidir, tal como deja claro en sus últimos apartados, la forma de exposición en pro de
unos fines o, por ejemplo, la forma de clasificación de las fuentes. El trabajo de
Droysen sugiere, por una parte, guiarse por unos parámetros sin, eso sí, adentrarse en
una forma de trabajo que olvide al hombre que investiga y la incidencia que puede
jugar su actualidad al comprender los fenómenos que estudia.

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IBID, pág. 218-219
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IBID, pág. 209