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falla en la subjetivación.

Este defecto en la construcción del sujeto puede pasar desapercibido


mientras éste permanezca bajo la tutela parental, pero podrá revelarse catastrófico en la
adolescencia. Con ello queremos decir que el trabajo de simbolización no comienza en este
período; para que el sujeto se amolde a su nueva condición es preciso que la problemática fálica
esté instalada, que la metáfora paterna haya operado desde siempre y que la primera crisis
edípica se haya resuelto.1
Para destacar convenientemente las dificultades que implica este trabajo de ruptura y de
maduración propio de la adolescencia, me referiré a las contradicciones que se alzan ante el joven,
contradicciones provenientes tanto de situaciones exteriores como de conflictos internos
inconscientes. Apresado en imperativos paradójicos, reacciona con conductas desordenadas que a
su vez inducen actitudes reactivas en los adultos involucrados, sobre todo los padres, pero
también los docentes. Sucede a esto una interferencia, una incom- prensión de lo que sucede: la
comunicación ya no pasa, se instala un diálogo de sordos, sube la tensión y, junto con ella, los
actos desconsiderados. Declinaremos algunas de esas paradojas con las que tiene que vérselas el
adolescente.

Los imperativos sociales paradójicos


La sociedad hace presión para que los niños se responsabilicen desde muy pequeños: cuando los
padres están separados o ausentes, los niños deben arreglarse solos en numerosas circunstancias.
La propia escuela demanda tempranamente a los alumnos tomar decisiones que afectarán a su
futuro; a los 15 años tienen que optar por la orientación que seguirán en sus estudios. A esta
exigencia de autonomía, "debés asumirte, tomar tus responsabilidades", dicen los padres, le
corresponde una profunda incertidumbre en cuanto a la inscripción en el mundo de los adultos. Y
para esto hay varias razones: la prolongación de los estudios en una sociedad donde la
competencia es feroz, "si no tenés carrera, no sos nada", decía unaadolescente que acababa de
hacer una tentativa de suicidio. A esto podríamos agregar las dificultades para alojarse fuera de su
casa (en lo que inciden mucho los problemas financieros), el desempleo de los jóvenes, etcétera.
Vemos así que jóvenes parejas continúan viviendo con papá y mamá, situación cuya ambigüedad
los incomoda: siguen siendo niños, en una especie de tutela, al tiempo que potencialmente, y a
veces en la realidad, se hacen padres ellos mismos. Hay que abandonar la infancia para acceder a
un mundo adulto, sin entrar, no obstante, en él. Nuestras sociedades no conocen ninguno de esos
ritos que en ciertas comunidades acompañan al joven en el paso de la infancia a la edad adulta.
Todavía recientemente, el servicio militar, la finalización de los estudios, el alcanzar la mayoría de
edad cumplían un poco esa función de ritual de pasaje que marcaba a la vez la ruptura y el
compromiso. Las modalidades que adoptan los ritos

iniciáticos nos remiten a las interrogaciones propias de la adolescencia; en ellos se observa el


doble movimiento de diferenciación y de pertenencia (separación y entronización) que todo
adolescente debe realizar para pasar de una condición a la otra. En estas comunidades el cuerpo
social entero hace un trabajo de acompañamiento; en nuestras sociedades modernas, por el
contrario, el joven debe arreglárselas solo. Esos rituales reproducen las etapas que el adolescente
debe franquear: separación, renuncia, identidad sexual a conquistar , nuevas identificaciones a
construir. El gruposocial toma a su cargo esta promoción y participa emocionalmente en ella. Las
madres asisten a ciertas ceremonias y pueden expresar su sufrimiento por separarse de su hijo,
sostenidas por el grupo de las mujeres. Concluidas las pruebas, expresan su orgullo de ver a su hijo
convertirse en hombre. Estos ritos comprenden varias fases. Primeramente, el estadio de la
separación. Los adolescentes separados de su medio habitual comienzan la iniciación en un paraje
aislado del resto de la comunidad. Sufren allí diversas pruebas, siendo la más simbólica el marcado
de su pertenencia sexuada en el cuerpo; en los varones, frecuentemente, la circuncisión. Otras
pruebas aguardan al joven en las que el sufrimiento físico se asocia a desafíos morales. Se trata en
general de marcaciones del cuerpo como incisiones, tatuajes, mutilaciones (en ciertas tribus,
rotura de dos incisivos), etcétera, asociados a vejámenes diversos perpetrados por los mayores.
Estos vejámenes nos recuerdan (de lejos) ciertas novatadas practicadas en nuestras sociedades.
Viene después el período de aprendizaje. Los iniciados viven un tiempo fuera de la aldea, en una
construcción levantada para ese fin. Se los inicia en técnicas reservadas a los hombres: caza,
agricultura, danza; cada sociedad tiene las suyas. Pueden serles revelados también otros
conocimientos más específicos, de orden sagrado, por ejemplo. En las sociedades musulmanas, el
velo es la marca de la diferenciación sexual y de la pertenencia al grupo de las mujeres, y esto no
bien alcanzada lapubertad. En general, entre las muchachas el tiempo de iniciación es más corto
que entre los varones, pero ellas también tienen que soportar vejámenes. El saber comunicado
está referido a la sexualidad, a la maternidad, a los deberes de la esposa. Los rituales de pasaje
tienen un impacto muy fuerte en las sociedades tradicionales, donde el anudamiento social es
muy firme y donde las identificaciones grupales tienen un carácter pri2mordial. ¿Qué suerte
corren estos rituales cuando las familias de estas comunidades emigran? El problema es de
magnitud y merecería un examen más detenido, pues permitiría comprender mejor la índole de
las rupturas en la transmisión cultural y sus consecuencias. Ciertos investigadores se centraron en
el asunto y demostraron que, cuando los rituales pierden su valor simbólico, producen un efecto
desestructurante. Señalaron en particular la aparición en las madres de una violencia hacia su hijo
adolescente tras llevarse a cabo la ceremonia de la circuncisión: "A raíz a las nuevas condiciones
de vida, el grupo familiar se encuentra en la imposibilidad de entramar los términos del ritual
como acontecimiento simbólico. El ritual se degrada en simulacro... no existe aquel pasaje
simbólico del grupo familiar al grupo social... y, para el adolescente, del grupo de las mujeres al
grupo de los hombres." En el medio extranjero se echan de menos varios factores que hacían de
esa ceremonia un ritual estructurante sustentador de la promoción de un sujeto sexuado;
especialmente lacircuncisión, al perder su valor simbólico, puede ser sentida como un acto de
violencia sobre el cuerpo, violencia experimentada como una castración por un varón en pleno
conflicto edípico (alrededor de los 7 años). La participación de toda la comunidad en el ceremonial
de entronización y el puesto capital reservado al grupo de los hombres, son elementos que en
parte desaparecen en la sociedad de acogida. Los hombres, sobre todo, han perdido el poder que
detentaban en la comunidad de origen, se encuentran en situación de debilidad e impotencia en
un país donde no cuentan ya con la participación valorizadora que les procuraba el trabajo
remunerado. Cuando la función de tercero separador reservada al padre es deficiente por haberse
debilitado el poder de éste último, añadiéndose a ello la inconsistencia de valor simbólico en el
ritual iniciático de la circuncisión, el enfrentamiento imaginario madrehijo tendrá que desatarse.
Veamos lo que dice Benchemsi: "El rito cesa de ser ese acontecimiento refundador de la
pertenencia y del intercambio... La violencia del ritual fijada sobre el cuerpo real no enlaza el
traumatismo con un suplemento de significación, sino que enlaza el joven a la nada, esa nada que
es el lugar dejado desierto por una madre depresiva:.." Para el autor, librada a sus fantasmas,
alrededor de una experiencia vivida en otra parte y de un presente mal percibido y de contornos
siempre borrosos, la mujer árabe se desestabiliza en sus todas referencias. Su expresión de sujeto
irá a refugiarse en lo que ella creeconocido: su cuerpo, sus hijos".

La posición de estos adolescentes árabes es más conflictiva todavía por cuanto deben afrontar no
sólo las dificultades propias de su grupo étnico en la sociedad de acogida, sino también situarse
con respecto a las tradiciones del país del que son oriundos sus padres. Ahora bien, estas
tradiciones, al perder su autenticidad originaria y su valor simbólico, pierden su impacto
identitario. Más grave es el efecto de violencia que entonces revelan: violencia sobre el cuerpo,
violencia del enfrentamiento imaginario madre-hijo. Esta situación no puede sino reforzar la
tendencia al pasaje al acto propia de la adolescencia, y ello en el modo de la violencia física. A la
inversa de estas sociedades que subrayan con una inscripción corporal la pertenencia sexuada, la
sociedad occidental es proclive a borrar cada vez más las diferenciaciones: la diferencia sexual se
desdibuja, se exhibe el "unisex". Cada vez le resultará más difícil al adolescente encontrar modelos
identitarios, el machismo deja de tener vigencia, la femineidad reviste formas múltiples y en
muchos casos ambiguas. Las diferencias generacionales tienden también a confundirse, las
barreras que separan a una generación de la siguiente no son siempre muy claras. También aquí
los adolescentes tienen que afrontar una curiosa paradoja: se les demanda "asumirse", ponerse el
uniforme de la madurez, mientras que muchos adultos se identifican con ellos. Rechazar la vejez,
mantener la forma, conservar un cuerpo musculoso y una carasin arrugas, ¿acaso no aspiran hoy a
esto todos los hombres y todas las mujeres? Ciertos adultos llegan al extremo de copiar las
maneras adolescentes: su modo de vestirse, su lenguaje, su andar. Esta identificación a contrapelo
no facilita el trabajo de desasimiento y de reestructuración del adolescente. Puede llevar incluso a
que una madre se niegue a ser llamada "mamá" en público por su hija adolescente; cuando se
trata de un padre que acompaña a su hija, ¡qué placer si se piensa que ha salido con su amiguita!
Nada es más desestabilizador para un adolescente que esta actitud de renegar de la condición de
padres. A menudo se trasluce así en los progenitores la dificultad para resolver su propia
problemática edípica: celos y rivalidad se trasladan ahora sobre los hijos.

Las paradojas edípicas


3El trabajo de demolición y reconstrucción no se cumple sin tropiezos; ahora bien, los conflictos se
despliegan fundamentalmente en una relación con las figuras parentales y, por extensión, con los
adultos investidos afectivamente. El adolescente, deseoso de emanciparse, impugna ciertos
valores e intenta adoptar otros para afirmar su personalidad. Quisiera realizar esta ruptura sin
perder el amor de los padres. Empresa difícil, ya que es objeto de imperativos contradictorios que
lo descolocan: "Sepárate de nosotros, hacete indepen- diente pero seguí siendo nuestro hijo,
siempre parecido a nosotros. Debés cambiar pero ser siempre el mismo. Debés romper sin romper
. Debés diferenciarte de nosotros sindecepcionarnos." Los padres demandan la autonomización y
a la vez la temen, sienten que su hijo se les escapa, ya no tienen influjo sobre él y temen los
cambios que le exigen: "Ya no lo reconocemos... él, tan bueno hasta ahora... ya no nos quiere...",
etcétera. La inquietud, la angustia y luego el enfrentamiento acechan, el conflicto puede
exteriorizarse ruidosamente: vienen la revuelta, la oposición, el desafío. Los padres ya no saben
cómo conducirse, es verdad que todas sus actitudes serán interpretadas como otras tantas
manifestaciones de incomprensión: si se muestran demasiado permisivos, se los tachará de
indiferentes -"les importa un rábano, ya no se interesan por mí"-, de ahí el refuerzo en las
maniobras de provocación; posiciones demasiado rígidas, demasiado represivas por su parte
agravan la oposición hasta derivarla hacia sendas peligrosas: fugas, pasajes al acto suicida,
etcétera.

Sigue siendo, no obstante, el representante de la ley y es él quien correrá fundamentalmente con


los gastos de la protesta y de la revuelta de sus hijos adolescentes. Se habla mucho de la dimisión
de los padres en nuestra sociedad; ahora bien, el adolescente necesita tener frente a sí un adulto
sólido capaz de soportar el choque de la oposición, un hombre con el que pueda enfrentarse,
medirse, en quien encuentre rasgos con los que procurará identificarse o, por el contrario, que le
promoverán una negativa a la identificación. La revuelta edípica brota y se robustece a causa de la
madurez sexual, convirtiéndose el joven en un rivalen potencia. Esta problemática edípica puede
vivirse en un enfrentamiento real, con agresividad y rebeldía, pero el conflicto también puede ser
interiorizado y hallar su expresión en el síntoma neurótico, especialmente a través de la inhibición
intelectual y del fracaso, puntos que volveremos a tratar. La niña va a "provocar" al padre en el
estilo de la seducción o de la agresión. ¡Intenta seducirlo, temiendo a la vez que suceda! Al padre
le corresponde significar de nuevo la prohibición del incesto, pero manifestando siempre atención
y ternura. Cuando es la propia hija quien debe marcar los límites del acercamiento, la resolución
edípica se verá perturbada. De lo que podrán derivar consecuencias nefastas para su vida amorosa
ulterior. Ciertos padres se sienten muy incómodos ante la femineidad naciente de su hija y pueden
ponerse celosos, agresivos o rechazantes; ahora bien, la sexualidad femenina tiene sus raíces en el
amor o en la detestación del padre vía la posición materna. En análisis, cuando las mujeres hablan
de su deseo, de su goce, o evocan su frigidez, la sombra del padre está siempre presente. Simone
de Beauvoir cuenta los altercados con sus padres en la adolescencia, sobre todo con un padre
duro, cerrado, y una madre que hace cuerpo con él. Esta situación no deja escapatoria: es
preferible que se den posiciones más personalizadas en ambos progenitores, lo que permite al
adolescente mantener el vínculo y no sentirse completamente rechazado. Renuncié a discutir con
mi padre; no tenía la menorposibilidad de influir en sus opiniones, mis argumentos chocaban
contra una pared: él me había quitado la razón de una vez para siempre, y tan radicalmente como
mi madre; ni siquiera buscaba ya convencerme, sólo pillarme en falta. Las conversaciones más
inocentes encerraban trampas. Preferí guardar silencio. Sólo que a mis padres esto no les venía
bien y me trataban de ingrata. Yo 4

Las paradojas de la comunicación


Los adolescentes dicen de sus padres: "No nos comprenden", los padres reprochan a sus hijos no
confiar más en ellos: "No sabemos lo que piensa, ya no sabemos lo que hace, con quién sale." La
incomprensión y la ausencia de comunicación son los leitmotiv de todos los discursos proferidos
sobre la adolescencia; de ellos se hacen eco los medios al aconsejar a las familias: "Hablen con sus
adolescentes, ustedes deben ser los primeros confidentes." Sin salirme de la paradoja, responderé
a estos consejeros: tienen ustedes razón, pero también están equivocados. Conservar el contacto,
hablar, mostrar que uno sigue ahí, sí, pero esperar confidencias, no. Y hay para esto muy buenas
razones. El adolescente ya no ve a sus padres con mirada de niño, el padre idealizado de la
primera infancia ha caído de su pedestal y el muchacho va inventariando sus faltas y debilidades y
discute su poder.

Tenía el corazón mucho menos seco de lo que mi padre creía, y estaba desconsolada; lloraba de
noche en mi cama; incluso llegué a prorrumpir en llanto ante su vista; ellos se ofuscaron y me
reprocharon aún con más ímpetu miingratitud. Imaginé un ardid: dar respuestas pacificadoras,
mentir; pero no me resigné a hacerlo: me parecía una traición a mí misma. Decidí "decir la verdad,
pero de modo brusco, sin comentarios": de ese modo evitaría a la vez disfrazar mi pensamiento y
descubrirlo. No fue muy práctico, pues escandalicé a mis padres sin saciar su curiosidad. De hecho
no había solución, estaba acorralada. Volvamos al varón. La madre es mirada como una mujer
deseable, lo cual complica sobremanera las relaciones con ella: cualquier manifestación de cariño
demasiado enfática, cualquier conversación demasiado íntima se vuelven peligrosas, de ahí las
muestras de frialdad y retraimiento. Las madres no comprenden por qué su hijo grande les pone
mala cara. El frente a frente madre- hijo o padre- hija en familias monoparentales es muy
angustiante para unos jóvenes apresados en la erotización súbita de la relación. Los padres
involucrados no quieren saber nada de este nuevo esquema de situación y se quejan
amargamente de la distancia que ponen sus hijos en sus contactos con ellos. Los "psi" y los medios
de difusión, al preconizar la comunicación a toda costa, no miden la ambigüedad de esta
propuesta. El adolescente necesita sentir cerca a adultos atentos, amantes, pero no intrusivos.
Parecen decir: "Compréndanme, pero no me pidan nada." El diario íntimo, las confidencias al
amigo o amiga tan queridos sirven de exutorios a esos secretos demasiado pesados vinculados con
el surgimiento de una sexualidad que ahora no pueden confiar a sus padrey madre. El
desconocimiento de esta evolución da lugar a múltiples malos entendidos, en particular a la
culpabilidad de los padres, que se creen incapaces de comprender y ayudar a sus hijos. Lo que los
adolescentes esperan de los padres y de los adultos cercanos es que los escuchen cuando tienen
deseos de expresarse, que los respeten en sus elecciones y gustos, que no se burlen de sus
chifladuras, que no los juzguen por anticipado y no los condenen en nombre de principios que
ellos ponen en tela de juicio: valores familiares, ideal de vida, etcétera. Lo que quieren antes que
nada es que se les preste confianza y se los ame. Demandan a los padres ser fieles a sus
convicciones y principios y dar al mismo tiempo prueba de tolerancia y afecto hacia ellos. Para los
jóvenes no hay nada peor que ver a sus padres cambiando de opiniones, de conducta, perdiendo
sus convicciones ante la presión de sus hijos grandes, pasando, por ejemplo, de una extrema
rigidez a una permisividad incomprensible; es preferible un buen enfrentamiento abierto, siempre
y cuando, por supuesto, no prevalezca el odio. Podemos afirmar ya mismo que los malos
entendidos y las trampas de la relación padres- hijos reaparecen, con pocos matices de diferencia,
en la relación docentes a dolescentes.
Las paradojas puberales: el cuerpo
Los adultos han borrado de su memoria los tormentos de la pubertad –perplejidad, inquietud, a
veces abandono- ante un cuerpo que se trasforma, imagen de sí en la que ya no se reconocen.
Estos cambios toman al sujetopor sorpresa y es frecuente que se enfurezca por tener que sufrirlos
pasivamente. La anoréxica rechaza esta pasividad, quiere conservar el dominio de su cuerpo
controlando sus necesidades y dejar de ver en el espejo los signos de su feminidad naciente.
¿Cómo integrar psíquicamente el cambio corporal? ¿Cómo vivir las pulsiones sexuales? El empuje
puberal, con la excitación sexual resultante, obliga al sujeto a definirse sexualmente; la pulsión
está ahí: ¿qué hará con ella? ¿Qué objeto revelará ser la causa de su deseo: el cuerpo de la mujer,
el sexo del hombre? Si durante el período de latencia las ensoñaciones y los fantasmas bisexuales
no traían consecuencia alguna, ahora el sujeto debe saber sobre qué realidad se apoya su deseo.
En las curas analíticas el adolescente plantea siempre el problema de su orientación sexual: " ¿Soy
homosexual? ¿Soy heterosexual?", pregunta. La interrogación no termina aquí: "¿Cómo amar?"
Está enamorado del amor, pero el amor "de veras" le da miedo. La violencia de la pulsión se revela
a menudo antinómica a su ideal amoroso. Pero no dramaticemos: la metamorfosis puede
efectuarse también con alegría y encanto. En una novela recientemente publicada, Le Chasseur
zéro, encontré una bonita página sobre el descubrimiento de su cuerpo por parte de una
adolescente en quien la extrañeza se hace vértigo y no angustia. Por las noches me quedaba largo
tiempo bajo la ducha, rendida de una buena fatiga. Fue ahí, en esa jaula improvisada, mientras
golpeaban a la puerta porque tardaba, cuandomiré mi cuerpo por primera vez y me gustó. Tenía
largas piernas que me habían llevado fielmente, senos ya pesados 5cuya piel era tan fina que veía
correr por ella la red delicada de mi sangre. Me jaboné con esmero, como si lavara a otro. Y, sin
embargo, era yo. Estaba turbada. Porque, ¿quién era yo?: ¿la que lavaba o la que era lavada, la
que daba o la que recibía las fricciones jabonosas? Había un espejo en el corredor de las duchas.
No podía mirarme desnuda en él. Me detuve largo rato envuelta en mi albornoz y contemplé largo
rato mi imagen, repitiendo lentamente: "Laura, Laura Carlson." Era yo y otra hasta el vértigo. El
adolescente, preso en sus aspiraciones contradictorias, puede pasar de un extremo al otro,
explicándose así ciertas conductas desordenadas que dejan al observador perplejo. Cierto
adolescente se nutrirá de un amor idealizado por otro u otra inaccesibles (a imagen del amor
cortés). Los artistas y cantantes cumplen frecuentemente el mismo papel. Este mismo adolescente
se complacerá en descalificar al otro sexo con bromas donde lo sexual es rebajado a lo
escatológico. Hemos visto a adolescentes que participaban en violaciones colectivas mantener
relaciones amorosas normales con otras muchachas. En el trasfondo de estos comportamientos
advertimos el peso de una imagen materna que, desacralizada, al mismo tiempo es sexualizada.
¡Cuántos adultos no siguen aún prisioneros de esta doble imagen de la mamá y la puta,
perpetuando con ello la disociación entre pulsión y amor! La pulsión sexual puedetomar al sujeto
desprevenido y suscitar en él una intensa angustia; casi siempre le asocia la idea de suciedad y
culpa. Para defenderse, utilizará maniobras de represión: una de ellas es la religión, pero también
pueden ser conductas ascéticas en las que encuentra un ideal de pureza (regímenes alimentarios,
vegetarianos, anorexia). La sobreinvestidura de la actividad intelectual puede ser una defensa
contra la emergencia pulsional; el éxito, la posición de cabeza de clase se presentan como falo
imaginario y separan al sujeto de una parte de él mismo. Ciertos "cracks" se vuelven así adultos
poco cómodos en sus contactos, proclives a la neurosis obsesiva. No abundaremos en las múltiples
figuras que pueden revestir los amores adolescentes: ¡los novelistas y directores de cine lo hacen
mejor que los psicoanalistas! Puede ser la pasión absoluta con esa particular fascinación por la
muerte tan propia de esta edad, Romeo y Julieta y tantos otros. Puede tratarse también de la
inconstancia en los vínculos amorosos, a veces en sucesión vertiginosa: se "sale" un día con
alguien y al día siguiente con otro;

ciertas series de televisi6n que relatan asépticos amores de secundaria encuentran una fuerte
audiencia entre los jóvenes, pero, curiosamente, también entre personas de la tercera y la cuarta
edad... ¿Nostalgia? En todas estas modalidades encontramos un denominador común: el
adolescente busca conquistar su autonomía, construir su libertad; intenta abandonar su
dependencia afectiva hacia los personajes edípicos.Ahora bien, la investidura excesiva de un
nuevo amor implica el riesgo de una alienación similar. De igual modo, una demanda amorosa
demasiado acuciante por parte del compañero o la compañera tendrá este mismo efecto repulsivo
y lo (la) ahuyentará. El adolescente teme exponerse a una nueva dependencia afectiva en el
mismo momento en que procura desembarazarse de los vínculos parentales. En Vipere au poing,
Hervé Bazin hace decir a su adolescente, marcado por el odio a su madre: "El hombre debe vivir
solo. Amar es dimitir. Odiar es afirmarse. Yo soy, vivo, ataco, destruyo. Pienso, y por lo tanto
contradigo." Aquí se advierte claramente la necesidad, para existir, de manifestar agresividad en
esta época de la vida: contradecir, atacar, destruir, odiar. El problema de la violencia se inscribe en
esta dinámica de la exasperación.

Las manifestaciones de la crisis


¿Cómo se traduce en la realidad el malestar que hemos procurado describir? ¿Qué formas
adquiere la expresión de la crisis? Ciertos comportamientos son característicos de este período y
se los encuentra regularmente. Son más o menos acusados según la edad del adolescente, su
historia y el contexto social; en general desaparecen espontáneamente, pero también pueden
perdurar y fijarse en una patología propia de una neurosis o de una psicosis; en efecto, ciertos
signos pueden ser los indicadores de una descompensación psicótica. ¿Cuáles son las
manifestaciones más típicas?

La depresión
El malestar puede presentarse en forma de una depresión más o menosabierta que iría de la
taciturnidad, del sentimiento de tedio, al asco por la vida y la culminación en una tentativa de
suicidio. La depresión suele ocultarse tras quejas somáticas, dificultades escolares, inestabilidad,
enojos, repliegue sobre sí. El adolescente no expresa di6rectamente su desasosiego, le faltan las
palabras, no comprende el sentido de su malestar. Es importante responder primeramente a la
queja manifiesta: si se trata del cuerpo, tendrán que intervenir el médico clínico, el dermatólogo,
el ginecólogo, etcétera; si se trata de los estudios, un consejero pedagógico, un docente pueden
ser los primeros interlocutores antes de que el sufrimiento psicológico pueda ser dicho. Después
de su película Le Grand Bleu, que tuvo un éxito considerable entre los adolescentes, Luc Besson
recibió millares de cartas de las que reproducimos breves fragmentos: "Cuando pienso en la
población activa, en toda esa gente que trabaja, me pongo loco... esa película es como una droga...
se convirtió en un refugio, el de la pureza, el de la belleza restallante... hace brotar lo que estaba
en el fondo de nosotros, nos trajo un poco de la felicidad que esta sociedad nos roba día tras día.
Dan ganas de no llorar más, de no pensar en nada, dan ganas de abrazar por última vez el mar y
dormirse." Encontramos aquí la negativa a entrar en el mundo de los adultos y el impulso de la
regresión hasta el arrobamiento último del retorno al seno materno y del adormecimiento mortal.
A esta edad las tentativas de suicidio sonfrecuentes. Luego, cuando los adolescentes tratan de
explicar su acción, mencionan las dificultades a que hemos aludido: angustia respecto de un
cuerpo vivido como extraño o ajeno, malestar que puede llegar al sentimiento de
despersonalización: "quiero matar mi cuerpo", dice una adolescente suicida, y no "quiero
matarme". La tentativa de suicidio no siempre significa una búsqueda de la muerte sino que
aparece más como un deseo de ruptura y de renacimiento: "acabar con la vida para vivir otra",
dice una muchacha que se recupera de una tentativa de suicidio. La imposibilidad de arrostrar la
pérdida, la separación, y de encontrar en uno mismo los recursos necesarios para afrontar una
nueva vida, son preocupaciones siempre centrales en el proceso depresivo de los adolescentes.
Muchos hacen de este acto una llamada al Otro, una manera de plantear esta pregunta: " ¿Me
ama usted? ¿Va a echarme en falta?", tan grande es el desasosiego ligado a la separación. Podría
citar casos de adolescentes suicidas que formulaban esta interrogación al Otro en el marco de un
tratamiento por PPI (psicodrama psicoanalítico individual). Me acuerdo de una muchacha,
reincidente inveterada, cuyo empeño en destruirse no encontraba nada capaz de detenerlo y que
nos hacía representar su entierro, al parecer sin cansarse nunca. Todos los miembros de la familia,
cuyos papeles tomaba ella alternativamente, hacían comentarios alrededor del féretro y ella
pronto les añadió a sus médicos y psicoterapeutas. Estas escenas, bastante duras de soportarpara
los participantes por su carácter mórbido y recurrente, tuvieron sin embargo un efecto
terapéutico: un día, pudo ponerles fin y comenzar a interrogarse sobre un auténtico deseo de
vivir. Hasta entonces la muerte no tenía para ella más sentido que la vida, pues, viva o muerta, ella
no podía existir sino en el decir y en el afecto del Otro, de todos los otros. Vemos entonces que,
cuando el trabajo de separación que preside la construcción de un sujeto no ha podido llevarse a
cabo, subsiste una dependencia mortífera del Otro. Ciertas tentativas de suicidio parecen tener
para el joven un efecto liberador; en estos casos parece no existir patología grave subyacente, y el
pasaje al acto adquiere el valor de una prueba que el sujeto ha superado, a la manera de la
liberación que puede producir un ritual iniciático. Pero es preciso que el adolescente pueda hablar
de su acto en un a posteriori inmediato y efectuar un retorno sobre sí mismo en busca del sentido.
¡Es importante, pues, que los adolescentes suicidas no sean inmediatamente reenviados con sus
familias apenas salidos del coma! El acto es la expresión privilegiada del adolescente, el gesto
suicida es lo más temido, pero existen otros. El pasaje al acto del adolescente no responde por lo
general a una estructura perversa, sino que se debe fundamentalmente a la propia naturaleza del
malestar existencial en este período de la vida. ¿Qué tipos de pasaje al acto encontramos a esta
edad?

Consumo de droga
No hablemos de entrada de toxicomanía, que implicaacostumbramiento y dependencia al tóxico.
Muchos adolescentes toman drogas suaves en forma intérmitente, sin pasar a las drogas duras y
sin volverse toxicómanos. Fumar hachís en una reunión de amigos produce un apaciguamiento de
las tensiones internas y un "plus" de socialidad. La ingestión de alcohol es seguramente más
peligrosa pues en nuestra sociedad ha adquirido una connotación positiva, imagen de cierta
virilidad, y esto lo mismo que el cigarrillo, por ejemplo. El paso a las drogas duras es signo de una
renuncia a luchar por la vida, de un desasosiego insuperable; suele marcar la entrada en la
psicosis; el sujeto se tambalea, el objeto tóxico neutraliza la falta, restituye la ilusión de una
completud absoluta y disipa 7 de ese modo la angustia de, desestructuración psicótica.

Las conductas de riesgo


El adolescente es aficionado a este tipo de prácticas: pueden ser relaciones sexuales no
protegidas, con riesgos de embarazo en la muchacha y de contagio del sida. También están las
conductas de desafío a la muerte: deportes peligrosos, inobservancia de las reglas de conducción
automovilística o de motocicletas. En los años 1955-1960, varios filmes ponían en escena estas
conductas, así como actos de violencia en el adolescente. En Rebelde sin causa, film de Nicholas
Ray, James Dean y sus amigos juegan con la muerte frenando en seco al borde del acantilado
después de una carrera de coches; el mito de James Dean, adolescente temerario, muerto en un
accidente de auto, sobrevivió a varias generaciones. MarlonBrando, en Nido de ratas, con su
campera de cuero claveteada, fascinó a generaciones de jóvenes. Semilla de maldad, de Richard
Brooks, estrenado en 1955, es un filme sobre la violencia racista. En ese momento resultaba
escandaloso que transcurriera en un colegio, y poco faltó para que la película fuera censurada. A
propósito de este juego con la muerte (deportes peligrosos, tomas de riesgo excesivas), podríamos
hablar de conductas ordálicas. Cuando el sujeto triunfa en pruebas que se impone a sí mismo, cree
adquirir de este modo el derecho a la existencia. Muchos adultos son afectos a esta clase de
desafío dirigido a un gran Otro, cierto Dios oscuro, amo del destino. Salir vencedor del
enfrentamiento da derecho a vivir y refuerza el narcisismo. Haber superado la prueba, haberle
ganado a la muerte puede significar que se ha pagado la deuda, que se ha triunfado, que no se le
debe nada a nadie. Detrás de estas conductas hallamos con frecuencia un fantasma de
autoengendramiento.

bos se colocan en un pie de igualdad y la relación pedagógica se desvirtúa; ya no se puede hablar


de autoridad, término que implica el respeto al otro y el respeto a la ley, sino de autoritarismo,
que llama a la rebelión. Lacan decía que la relación padre-hijo era "circular, pero no recíproca": el
trueque no es nunca parejo; lo mismo sucede en la relación maestro-alumno, cada cual ocupa un
lugar específico y los lugares no son intercambiables. Además, el maestro no debería olvidar nunca
que su función lleva el sello de la transferencia.¿Podemos ver en estas actitudes -desafío,
violencia, conductas de riesgo, etcétera- la expresión de la crisis existencial propia de esta época
de la vida? Responderé que sí en parte, pues los propios componentes de la crisis vuelven a
aparecer en las modalidades del comportamiento.

Crisis existencial
El joven vive una situación de urgencia, debe renunciar a una condición que se ha vuelto caduca e
integrar otra que él no distingue claramente: tiene urgencia de hallar para sí una nueva manera de
ser, pero sin separarse de lo que fue él hasta entonces. Si el proceso de pérdida y de ruptura
domina, si el sujeto no puede recuperar sus basamentos, buscará escapatorias para su malestar en
objetos sustitutivos: drogas "anestesiantes" o acciones a repetición -juegos, ingesta de tóxicos
"duros", conductas de riesgo, etcétera- que moderen una angustia ligada a la falta. Esta última
puede ser experimentada como un vacío interior, como una desubjetivación que puede llegar a la
despersonalización. ¿Por qué ciertos jóvenes no conocen estas dificultades y viven este período de
transición con alegría y sintiendo que acceden a una libertad hasta entonces desconocida? Para
ellos, la ruptura y los cambios se cumplen a partir de bases estructurales sólidas; desde la más
tierna edad adquirieron una capacidad de simbolización y de sublimación que les permite integrar
nuevas elecciones identificatorias: se trata de un sujeto bien constituido, que hace pie en el futuro
sin zozobra. A la inversa, una fragilidad del sujeto quemuchas veces no ha sido exteriorizada puede
revelarse en forma de desencadenamiento psicótico o de una grave descompensación neurótica.
Cuando el terapeuta recibe jóvenes en consulta, es raro que se plantee una cura analítica tipo. Al
principio el adolescente suele ser reticente, sobre 8

La violencia
La violencia en todas sus formas se encuadra en el pasaje al acto: la violencia física, pero también
la verbal. Ella envenena la vida familiar y la vida escolar. Cuando el adulto la siente como una
agresión personal, como una manifestación de odio hacia su persona, recurre él también a la
violencia: se asiste entonces a un enfrentamiento imaginario, al juego de quién será más fuerte, de
quién aplastará al otro, momento en el que el miedo acude a la cita. Generado este
enfrentamiento en el que cada cual intenta dominar al otro mediante el terror, am todo si acude
por presión de los padres o de algún otro adulto bien intencionado; rechaza cualquier ayuda, dice
no estar enfermo (en lo cual tiene a menudo razón), no quiere ni "moral" ni "consejos", el diván lo
asusta, él no vino para "hablar del pasado sino del futuro", teme por encima de todo la regresión.
Pese a esto, las entrevistas tienen una dimensión analítica. A través del material de las sesiones, el
sujeto va relacionando lo actual de su condición con su primera infancia (lo que Freud y después
Lacan designaron con el término de "a posteriori"). Vemos así a los adolescentes abandonar sus
preocupaciones actuales -los padres, los amigos, el colegio- parade golpe entusiasmarse con el
contenido de sus sueños, lo cual aporta una dimensión distinta a la búsqueda de su identidad.
Toman entonces conciencia de la continuidad entre el pasado y el presente, advierten que la
rebeldía no conduce a una ruptura absoluta con los padres, con el pasado, que la fractura no es
irremediable: diríamos que, detrás de las modificaciones imaginarias, hay un sujeto que perdura y
se mantiene, hay sujeto del inconsciente.

A la inversa, el pasaje al acto es una actitud impulsiva con agresión sobre el propio cuerpo o sobre
el cuerpo del otro: grescas, enfrentamientos físicos, delirios violentos ligados al deporte,
automutilaciones, etcétera. Hay adolescentes, sobre todo mujeres, que practican escarificaciones
sobre su cuerpo lastimándose con hojas de afeitar, hiriéndose, pero sin que estas acciones
constituyan estrictamente tentativas de suicidio. Dicen que la herida, con el dolor que la
acompaña, las calma; han trasladado así su "rabia " a su cuerpo (pero ¿es realmente el suyo?) del
que buscan en esta forma los límites, un cuerpo que se les escapa y del que quieren reapropiarse.
Lacan dice que en el pasaje al acto "el sujeto es borrado al máximo por la barra", lo que significa
que su división ya no se le aparece, "cae fuera de la escena", dice. El pasaje al acto, sea cual fuere,
es un medio para anular la castración, es una manera de saltearse el trabajo de simbolización.
Todos sabemos que el acto reemplaza a las palabras cuando éstas faltan, y que la violencia se
ejerce cuando lapalabra no acude a la cita. Extraído con fines académicos del texto: CORDIÉ, Anny.
Malestar en el docente. Buenos Aires: Nueva Visión, 1998.

El actuar
¿Qué significaciones puede tener el pasaje al acto en la adolescencia? ¿Cuáles son sus relaciones
con la configuración psíquica del sujeto en esta edad? El joven padece las transformaciones de su
cuerpo así como una ardorosa excitación sexual debida al empuje de la pubertad, sin tener medios
para dominarlas. En lo inmediato, puede mitigar su desasosiego a través de la acción. La acción
implica una actividad física carente de significación personal, y esto la diferencia del acto que, para
nosotros, toma un sentido específico vinculado con la problemática inconsciente del sujeto. En el
pasaje al acto o en el acting out el sujeto quiere siempre decir algo. La acción está esencialmente
representada por las actividades deportivas: actuares codificados, encuadrados, que forman lazo
social. Estas actividades son fuente de intenso placer por las sensaciones que procuran, y aplacan
la tensión a través de un mecanismo de descarga muscular. Los torneos son pruebas en las que el
joven se afirma por sus cualidades físicas y morales y descubre sus puntos de referencia
midiéndose con los demás. El deporte y las actividades anexas no son meros exutorios a una
tensión que sería puramente física y fisiológica, sino que ayudan a metabolizar los conflictos
psíquicos propios de esta edad, permitiendo al sujeto descubrir otros valores, otros focos de
interés.