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Ser estable: ¿una necesidad en las construcciones identitarias?

Autor: Osvaldo R. Battistini

Introducción
Nuestro interés por el proceso de continuas transformaciones vividas por el
trabajo en Argentina, desde principios de los noventa, nos situaba frente a un espectro
de formas en el cual los trabajadores se nos aparecían cada vez mas diferenciados entre
sí. Era preciso comprender primero el todo y los condicionantes estructurales que lo
determinaban y condicionaban su existencia, para poder luego interpretar las
diferenciaciones y posibles articulaciones entre cada una de sus partes. Este camino nos
llevaba necesariamente a realizar un recorte sobre esa realidad compleja. Elegimos
situarnos en una de las formas más tradicionales, el trabajo industrial y en su interior el
de las grandes empresas terminales automotrices. En un momento en que la normalidad
del trabajo estaba preñada por el desempleo y la precarización laboral, queríamos
indagar que sucedía con quienes permanecían en el adentro, entre los grupos que ahora
parecían minoritarios y hasta privilegiados. Presumíamos que lo reducido del recorte no
limitaría las posibilidades de encontrar varios aspectos que nos reproducirían, y hasta se
constituirían en la avanzada, algunos de los cambios que estaban ocurriendo
fragmentariamente en las otras formas del trabajo. Allí, podríamos ubicar las diferentes
formas de inserción en el empleo, las diferencias entre cada una de los modelos
productivos, la amenaza del desempleo y la precarización sobre los trabajadores y sus
familias, así como las contradicciones en la representación sindical que no podía
reconocer los nuevos tiempos, de los cuales la forma de trabajo que estábamos
estudiando era uno de sus ejemplos más palpables.
Después de un tiempo, hurgando entre los recorridos que iban de una a otra de
las empresas y formas organizativas que constituían este espectro, comenzamos a
preguntarnos que sucedía con cada uno de los trabajadores ante los nuevos vientos que
soplaban implacables en las firmas que los empleaban. Queríamos saber, como habían
influidos los cambios en el empleo y en la organización de la producción en sus
percepciones sobre el trabajo, sus representaciones sobre el conjunto de los sujetos,
hechos o colectivos que enmarcaban su actividad e incluso su propia vida, como se
pensaban a ellos mismos como trabajadores y como individuos.
Buscando las herramientas que nos permitiera ver cada uno de estos aspectos, e
identificar las marcas dejadas por los movimientos del trabajo, encontramos que el
análisis de las construcciones identitarias de cada uno de dichos trabajadores nos podía
acercar a una mirada comprensiva y articulada de los mismos.
Si este camino nos permitía contar con un panorama mas abarcador de los
nuevos tiempos, no iba a ser sin grandes dificultades. En primera instancia, la Argentina
de los noventa nos presentaba un panorama signado por relaciones humanas en las
cuales las referencias parecían no poder estabilizarse jamás. Todo parecía moverse al
compás de pautas que hacían de lo precario y lo discontinuo una panacea. Las
relaciones ya no se establecían por mucho tiempo, el futuro era inmediato, los proyectos

Investigador CONICET, Profesor Universidad de Buenos Aires.

1
no tenían una prospectiva de muchos años. El trabajo no escapaba a esta situación, por
el contrario, era el eje daba sustento a la inestabilidad.
Por otra parte, cuando tratábamos de estudiar la identidad nos encontrábamos
con el entramado casi inasible planteado por una realidad semejante a un cuadro cuyo
pintor transformaba instante a instante, cuyos colores y figuras se modificaban y
entremezclaban. La definición generada por C. Dubar (2001: 109) nos colocaba en ese
terreno, ya que para el “la identidad no es otra cosa que el resultado a la vez estable y
provisorio, individual y colectivo, subjetivo y objetivo, biográfico y estructural, de los
diversos procesos de socialización que, conjuntamente, construyen los individuos y
definen las instituciones”.
De cualquier modo, la selección de casos a estudiar iba a ayudarnos a acotar, en
cierta forma, las incertidumbres. Se tratarían solamente de dos empresas terminales
automotrices, instaladas en el país a mediados de los años noventa. Una de ellas era de
origen japonés (Toyota) y la otra de origen norteamericano (General Motors), ambas
con el mismo modelo de organización de la producción (el toyotismo), pero con
sistemas diferentes de gestión de la mano de obra. Un factor que incorporaría alguna
complejidad sería el lugar de instalación ya que el elegido por cada una de ellas
implicaría características diferentes en sus trabajadores.
Por el tipo de análisis a realizar decidimos seguir una estrategia metodológica
asentada fundamentalmente en la realización de relatos de vida de los trabajadores de
ambas empresas. 1 En todos los casos con trabajadores de la línea de producción.
Complementamos este trabajo con entrevistas a responsables de las áreas de Relaciones
Laborales o Recursos Humanos y jefes o gerentes de secciones de producción. También
entrevistamos dirigentes gremiales de las empresas, informantes clave sobre la
instalación de las mismas en el país, funcionarios de los respectivos municipios
cercanos a ambas firmas, directivos de colegios secundarios con relación a la empresa
japonesa, animamos un grupo focal con uno de sus trabajadores y estudiantes de un
colegio secundario cercano a la planta de dicha empresa, participamos en reuniones de
presentación de la empresa en dicho colegio y revisamos documentos y materiales
referidos a ambas firmas.
En adelante, mostraremos en primera instancia como descomplejizamos la
pintura del cuadro para encontrar algún lente con el cual interpretar la amalgama de
colores que nos proponía la identidad, luego presentaremos, con mayor precisión las
múltiples figuras que nos mostraba un contexto complejo, para finalmente ver cuales
fueron los resultados de nuestra particular mirada sobre ambos.

Desarmar lo complejo para simplificar su análisis


Nuestros tiempos muestran, cada vez con mayor crudeza, la complejidad
creciente de nuestras sociedades. Si la identidad es una construcción social dicha
complejidad, entonces, no puede serle ajena. Ningún grupo ni individuo está encerrado
a priori en una identidad unidimensional. Es precisamente, su carácter fluctuante lo que
hace que se preste a diversas interpretaciones. La identidad resulta difícil de delimitar y
definir debido a su carácter multidimensional y dinámico. Esto es lo que le confiere su
complejidad, pero es lo que le da flexibilidad. La identidad conoce así variaciones, se
presta a reformulaciones y también a manipulaciones. (Cuche, 2001: 91, 92)

1
Efectuamos 22 relatos de vida en la empresa japonesa y 25 en la empresa norteamericana.

2
Se nos presentaba entonces el desafío de colocarnos ante una problemática
compleja, determinada por la multiplicidad, las fragmentaciones en el tiempo y en el
espacio de las referencias de identificación, las intersecciones y antagonismos entre los
discursos, prácticas y posiciones que le daban sustento. Si la identidad es una
construcción histórica (Hall, 1997), estábamos obligados a dar cuenta de cada uno de
los procesos de transformación de cada sujeto que enfrentáramos en nuestra
investigación.
Así, cuando la identidad nos presentaba sus diversas facetas y fluctuaciones, en
el momento en que su entendimiento se nos hacia mas dificultoso, sobre todo a partir de
los múltiples parámetros que debíamos considerar, la principal pregunta que nos
formulábamos era: ¿Cómo íbamos a generar datos suficientes y certeros para
caracterizar los diferentes procesos identitarios de los trabajadores que estábamos
estudiando?
Sabíamos además que la identidad se construye en la intersección lo que
nosotros predicamos de nosotros mismos y lo que otros dicen de nosotros. Pero esta
relación refleja y reflexiva no se da en un instante y para siempre, sino que es el
resultado de un proceso histórico, no lineal y aleatorio.
Asimismo, esos predicados propios estaban localizados en los discursos
autorreferenciados de los sujetos, que se constituían en nuestra fuente privilegiada de
datos. El conocimiento sobre sí implica necesariamente una profundidad temporal que
incluye la narración de la propia historia. (Taylor, 1998: 75)
Estábamos, por lo tanto, obligados a recurrir a las historias personales de los
trabajadores, a hurgar en ellas para encontrar referencias que nos permitan deconstruir
la complejidad de los recorridos de vida, con el objetivo final de localizar determinados
parámetros que den alguna forma, más o menos asible, de los respectivos procesos
identitarios.
Esto aun no mejoraba la situación sino que, por el contrario, la empeoraba.
Nuestra pretensión no era estudiar las construcciones identitarias únicamente referidas a
la dimensión laboral, sino que intentaríamos dar cuenta de cada una de las dimensiones
que enmarcaban cada proceso. En este sentido, era posible contar con las propias
percepciones actualizadas de los sujetos sobre sí mismos. Se hacía algo dificultoso, pero
no imposible, encontrar referencias, también situadas en el momento en que estábamos
investigando, sobre esos mismos individuos, realizadas por otros cercanos y
significativos. Lo que se nos hacía prácticamente imposible era reconstruir cada
momento relevante de las propias historias vividas, en los cuales estuvieran localizadas
las referencias fundamentales de las respectivas construcciones identitarias. Es decir,
¿Cómo daríamos cuenta de las interacciones significativas que fueron determinando
recorridos, interrumpiendo caminos o transformando perspectivas?
No podíamos volver materialmente atrás en la historia de cada trabajador para
apreciar cada momento, sólo podíamos contar con su relato de vida. Pero, “lo real es
discontinuo, formado de elementos yuxtapuestos sin razón, de los cuales cada uno es
único, por lo tanto más difícil de retener, dado que ellos surgen de forma, sin cesar,
imprevista, sin propósito, aleatoria” (Bourdieu, 1994: 83). Entonces, aquello que, en el
mismo relato aparecía ordenadamente, como con una continuidad lógica entre pasado y
presente, tal vez no había sido fruto de una construcción tan ordenada. Era preciso salir
de esta posible trampa que nos podía tender la excesiva confianza en alguna de las
herramientas que utilizaríamos en el desarrollo de nuestro trabajo de campo. Había que
escapar a la posibilidad que el relato de vida se aproxime a una presentación oficial de sí
3
(Bourdieu, 1994: 87), sacándolo de la estructura de un recuento sistemático de datos
biográficos que podrían ser incluidos en un currículum vitae, para llevarlo, de una forma
cuidadosa, a cierto espacio de la infidencia, al desarrollo de cierta familiaridad entre
nosotros y el entrevistado. Era la única forma que encontrábamos para recopilar datos
sustanciales sobre las construcciones identitarias y darles algún sentido científico.
Partíamos además de la idea que, las percepciones de una situación, que un actor
elabora constituyen para él la realidad de esa situación; y es en función de dicha
percepción y no en la realidad objetiva que la investigación sociológica busca conocer,
que el actor social será llevado a actuar. (Bertaux, 1997)
Una vez logrado esto, el interrogante seguía siendo ¿cuales serían los
indicadores que nos permitirían alcanzar alguna forma de entender cada proceso
identitario?
Si la inestabilidad era la norma de los tiempos que vivíamos y tal como venimos
advirtiendo la variabilidad, la contingencia, lo aleatorio, eran las formas en que vamos
construyendo nuestras identidades, igualmente no podíamos pensar dicha construcción
sin algunos momentos de relativa estabilidad o “posicionamientos” (Giddens, 1984).
Entonces sabíamos también que era necesario identificar dichos posicionamientos o
puntos significativos de la vida.
Ya podíamos considerar como “momentos identitarios relevantes” a aquellos en
los cuales el reflejo en la mirada del otro y la reflexividad sobre sí nos obligan a
profundizar nuestra mirada en el tiempo y el espacio. Ir más allá del momento que
estamos viviendo para mirar hacia atrás y encontrar las referencias que nos permitan
reconstruir pasos anteriores, redimensionarlas, revalorizarlas, deconstruirlas y construir
nuevas referencias, a partir de aquellas que se nos presentan en el momento actual.
Conocernos importa el análisis continuo de las múltiples miradas sobre nosotros
mismos, pero también el análisis de nuestros propios recorridos, con sus avances y
retrocesos, con sus éxitos y sus fracasos.
Pero, esa mirada temporal implicaba también alguna referencia en el futuro, a
aquello que se espera como posible o a aquello que puede ser proyectable sin que
necesariamente se tenga certeza de alcanzarlo totalmente 2 . El futuro se ubica en la
esfera de lo que se proyecta, aquello que, desde las bases del momento que se vive
puede pensarse hacia adelante. Los hombres son “seres de proyectos”, que los llevan
hacia el futuro y que se relacionan con su identidad personal (Bajoit, 2000).
El camino de nuestra historia está plagado de puntos o momentos en los cuales
nos detenemos para mirarnos con mayor atención, desde allí revisamos el pasado y
proyectamos un futuro.3
Aun siendo momentos de nuestra propia reflexión, dichos puntos significativos
no se dan en el vacío, no somos seres aislados del contexto en el cual desarrollamos
nuestras experiencias. Estamos influidos por condiciones que, en la mayor parte de los
casos escapan a nuestra capacidad de administrarlas. Entonces, la selección subjetiva

2
Es interesante aquí hacer la distinción que realiza Bourdieu (1994), cuando, retomando a Husserl, dice
que: “la relación al futuro que se puede llamar proyecto, y que pone al futuro en tanto que futuro, es decir
en tanto que posible constituido como tal, entonces como lo que puede llegar o no, se opone al futuro que
se llama protension o anticipación pre-perceptiva, relación a un futuro que es casi presente”.
3
La vida posee siempre un grado de comprensión narrativa asimilable a ese camino, por el cual se
comprende una situación presente bajo la forma de un “y luego”: a partir de A (lo que se es), y luego se
hace B (lo que se proyecta para el futuro) (Taylor, 1998: 72).

4
del camino futuro a recorrer se insertará en las restricciones objetivas del contexto desde
el cual estemos planteando el punto de partida y de aquellos que recorramos a lo largo
de dicho camino.
En dichos contextos se nos presentarán instituciones, organizaciones, empresas,
etc., que nos restrinjan o nos generen diferentes grados de libertad en nuestros caminos.
Es posible también que, con mayor o menor racionalidad, la elección que hagamos del
punto futuro al que nos dirijamos tenga en cuenta dichos contextos.
Asimismo, una vez seleccionado dicho punto en el futuro, una vez establecido el
proyecto de recorrido y puestos en él, es muy probable que la trayectoria no sea lineal,
precisamente porque tampoco los parámetros que compongan los contextos que
preveíamos encontrar se mantendrán estables en el tiempo y en el espacio. Es así que las
previsiones que hagamos sobre el recorrido no serán más que un proyecto a reformular a
lo largo del mismo camino. Es decir, ni la trayectoria, ni su forma y ni siquiera el punto
de llegada son parámetros que podamos establecer de antemano con absoluta certeza.
En cada punto de nuestro recorrido, hacia el pasado, en el presente y en el futuro
programado, dentro o fuera de las instituciones, organizaciones o espacios diferentes
que elegimos o se nos presentan para ingresar en ellos o para evitarlos, se establecerán
relaciones con “otros”. Así, cada uno de esos encuentros, implicará miradas cruzadas,
discursos contrapuestos, presentaciones de sí y de los otros. Estaremos obligados a
mirar, mirarnos, mostrarnos y ver como esos otros aparecen ante nuestra mirada, al
mismo tiempo que en la mirada de los otros se reflejará nuestro propio ser. Reflejo,
fragmentario, contradictorio, discontinuo y con variaciones no sólo en referencia a los
diferentes “otros”, sino también en los distintos momentos de encuentro con cada uno
de ellos.
En este caso, para interpretar estas situaciones recurrimos a la idea de un espejo.
Así, pudimos ver como, aun estando en el terreno de los fenómenos físicos, podíamos
dar cuenta de las diferencias de cada momento frente a los espejos o, en nuestro caso, de
cada momento de interacción. En principio, podemos argumentar que las variaciones en
los reflejos devienen del hecho que no existan espejos perfectos ni, por lo tanto, iguales
entre sí. El grado de reflexión de los mismos dependerá de la calidad de los materiales
utilizados y de la eficacia del trabajo que se realizó para su fabricación. No todos los
materiales reflejan y refractan la luz de la misma manera, por lo tanto los colores y sus
intensidades variarán de uno a otro. La calidad del pulido de la superficie y su
concavidad o convexidad también influenciarán sobre la forma del reflejo. Pero, aun
cuando contemos con el mejor de los espejos, debemos prever que nuestra imagen no
será exactamente una fiel reproducción de nuestro cuerpo y del espacio que nos entorna.
En principio, nuestra figura aparecerá invertida, el perfil izquierdo reflejado
corresponderá al derecho de nuestro cuerpo y viceversa. Si llevamos alguna inscripción
en nuestra ropa, la inversión la hará ilegible. Seguramente, el tamaño del espejo no
podrá componer todo el entorno que nosotros podremos divisar con nuestra vista y,
menos aun, las modificaciones del mismo (en ocasiones tan imperceptibles que nuestra
mirada instantánea tampoco podrá advertir).
Este pequeño rodeo por la física nos permite realizar una comparación con las
imágenes que los otros tienen de nosotros mismos, así como el reflejo que nosotros
tomamos de ellas. Nunca, las imágenes que transmitimos vuelven a nosotros con total
fidelidad. En primera instancia, nuestra presentación ante otros tiene características
diferentes según los contextos de referencia y según quienes sean esos otros. No es el
mismo papel el que llevamos adelante frente a nuestra madre, que en el trabajo, que

5
frente a alguien que tratamos de conquistar. Aun en este último caso, la presentación
que hagamos de nosotros mismos adquirirá diferente nivel o el grado de exposición
propia será mayor o menor, dependiendo del tipo de conquista que queramos hacer
(amorosa, frente a una posibilidad de ascenso en el trabajo, etc.). En cada caso,
modificaremos, en mayor o menor medida, nuestra presencia, nuestro discurso, las
referencias que incluyamos en él. Por otra parte, en muchas ocasiones, esas
interacciones no son lo suficientemente prolongadas para que los interlocutores cuenten
con la suficente cantidad de datos sociales sobre nosotros, que les permitirían dar cuenta
plenamente del carácter de nuestros actos. Por este motivo, solemos utilizar signos,
como sustitutos de algunos de dichos datos, que actúan como medios de predicción de
nuestras acciones. Así, las dos partes de la interacción se siguen moviendo en el terreno
de las apariencias. Además, para proteger nuestras propias proyecciones utilizamos
“prácticas defensivas” y cuando queremos salvar la definición de la situación
proyectada por otro, lo hacemos mediante “prácticas protectivas” (Goffman, 1981).
Aun cuando pueda suceder que la mayor parte de los reflejos que los otros nos
presentan de nosotros mismos no sufran distorsiones o recortes intencionales, son el
resultado de espacios acotados de relación y de miradas cruzadas desde situaciones
diferentes de vida. Somos nosotros mismos los únicos en este mundo con la
información plena de todos los actos de nuestras vidas, incluso con la capacidad de
olvidar circunstancialmente alguno de ellos o modificarlo en el tiempo según las propias
experiencias que estemos transitando y estrategias que podamos establecer en ellas. Los
datos que vamos acumulando sobre ella toman distinto carácter en distintos momentos y
contextos de nuestras vidas, esto hace imposible que los otros accedan con plenitud a
los mismos, aun con el mayor grado de intimidad que podamos y estemos dispuestos a
ofrecer. Por otra parte, nuestros interlocutores siempre nos observarán, serán testigos de
nuestras acciones o escucharán nuestras historias o argumentos, desde sus propios
planos de percepción de la realidad, a partir de sus propias historias, sus contextos y
valoraciones. Cada lente será diferente para mirar la realidad circundante, y su ángulo
de visión será diferente según lo que pueda interpretar o lo que quiera mirar.
De todos modos, cuando esperamos la mirada de los otros tratando de
observarnos en su reflejo, poca o ninguna importancia le adjudicamos a esas
distorsiones. En principio, cierta acriticidad original hace que busquemos los espejos
perfectos de una parte de nosotros o de la integralidad que pretenda ser demostrada con
esa parte.
N. Elias (1999: 248) decía que uno de los elementos esenciales que diferencia a
los hombres respecto de todos los otros seres vivientes, desde la hormiga hasta el mono,
es esa capacidad de efecto de espejo que puede desarrollar a partir de mirar y mirarse.
El hombre puede, de alguna manera, extraerse de sí mismo y colocarse frente a él de tal
suerte que él se vea como en el espejo de su conciencia. Un individuo humano es para él
mismo, a la vez, un yo, un tu, y un él o ella. Y un individuo no podría ser para él mismo
un yo, sin ser al mismo tiempo una persona que puede tomar distancias respecto de él
mismo y considerarse como un tu, un él o ella.
Para Foucault (1967) el espejo representa un espacio de utopía, porque se trata
de un lugar sin lugar. “En el espejo me veo donde no estoy, en un espacio irreal que se
abre virtualmente detrás de la superficie, estoy allá, allá donde no estoy, especie de
sombra que me devuelve mi propia visibilidad, que me permite mirarme allá donde
estoy ausente: utopía del espejo”. Foucault resignifica este espacio del espejo, dado que,
por contrario a los espacios irreales de las utopías, los espejos existen realmente y tienen,

6
sobre el lugar que ocupamos una especie de efecto de retorno, a partir del espejo nos
vemos ausentes del lugar en el que estamos, porque nos vemos allá. A partir de esta
mirada que de alguna manera recae sobre mí desde detrás del espejo, vuelvo sobre mí y
comienzo a poner mis ojos sobre mi mismo y a reconstruirme allí donde estoy.4
Esta idea, entonces, de mirarnos detrás del espejo y volver a mirarnos a nosotros
mismos nos remite nuevamente a la idea de reflexividad. Si los otros, frente nuestro
actúan todo el tiempo como espejos diferentes estaremos en cada momento abiertos a la
reflexividad que ellos nos ofrecen. Nuestras propias miradas a través de los otros hacen
que podamos distanciarnos y retornar sobre nosotros mismos, tomarnos como objetos y
ponernos en cuestión, podremos desimplicarnos (Bajoit, 2000).
La reflexividad es un dato central de la modernidad, desde entonces el hombre
vive cognitivamente en espejo de su propia vida, reflexiona y se analiza, hasta
transformar su cotidianeidad en objeto de interrogación comparable al objeto de
experimentación científica en un laboratorio. Pero, “la reflexividad sobre su propia vida
es necesariamente limitada, por un imperativo contrario, identitario. El individuo
moderno está emplazado en la obligación de construir y reconstruir sin cesar su
coherencia alrededor de un eje que no es otro que lo que se llama identidad. A la lógica
fisional de la reflexividad generalizada, que deconstruye en todo sentido las menores
certidumbres, él debe oponer la lógica fusional de la construcción de si, las líneas de
vida que dan sentido” (Kaufmann, 2004: 110)
Este doble juego de la reflexividad y la identidad se detiene a partir de que la
segunda actúa como filtro de la primera, ya que la identidad es un proceso de cerrado y
fijación, mientras que la reflexividad reposa en la lógica opuesta de la apertura y del
movimiento. Esta oposición no opera mas que en algunos momentos, cuando la caja
identitaria tiene necesidad de re-encerrarse sobre una unidad de sentido, y en otros
momentos por el contrario, la reflexividad puede preparar la puesta a punto de una
nueva grilla identitaria. Antagónicas en cuanto a la lógica de su funcionamiento,
reflexividad e identidad están frecuentemente asociadas en articulaciones complejas. En
el corazón del ejercicio concreto de la subjetividad. (Kaufmann, 2004: 111).

Ante el desafío de conceptualizar para comprender


Pero con sólo entender la realidad y las dificultades que nos presentaba el
dimensionamiento o el entendimiento de la identidad humana no bastaba.
Necesitábamos interpretar los recorridos de vida de los trabajadores que habíamos
entrevistado, al mismo tiempo que era preciso contar con indicadores que nos
permitieran dar cuenta de los momentos o puntos significativos de cada construcción
indentitaria. Envueltos en esa preocupación dos palabras comenzaron a resonar con
fuerza en nuestra mente, dos palabras que podían dar cuenta de eso que los mismos
discursos nos estaban mostrando. Esas palabras eran: “referencias” y “señales”. En
principio, pensamos que ambas podían llevarnos de la misma forma a dar cuenta de lo
que estábamos observando. Luego advertimos que podían tener distinta fuerza

4
Foucault (1967) llama a estos lugares, entre lo real y lo irreal, como heterotopías, “lugares reales,
lugares efectivos, lugares que están diseñados en la institución misma de la sociedad, que son especies de
contra-emplazamientos, especies de utopías efectivamente realizadas en las cuales los emplazamientos
reales, todos los otros emplazamientos reales que se pueden encontrar en el interior de la cultura están a la
vez representados, cuestionados e invertidos, especies de lugares que están en todos los lugares, aunque
sean sin embargo efectivamente localizables”. El espejo aparece para Foucault como una experiencia
mixta, entre la utopía y la heterotopía.

7
explicativa. La primera de ellas nos ayudó a encontrar un concepto de valor explicativo
más general, el de los referenciales identitarios. Nos referíamos, en este caso a aquellas
acciones, personas, organizaciones, que se situan como nuestras referencias5, que nos
sirven como marco desde donde mirar y mirarnos.
Podemos interpretar entonces a los referenciales identitarios como a aquellos
parecidos o diferentes, a quienes aceptamos o rechazamos para identificarnos o no con
ellos, a los grupos en los que actuamos o decidimos tomar como espacios de pertenencia,
asimismo a los espacios en los que deseamos no estar o no pertenecer, etc. Será así las
marcas que nos permitan distinguir fundamentalmente los puntos identitarios
significativos en cada historia de vida.
Dichos referenciales no se ubican en el vacío, no aparecen ante cada individuo
descontextuados, son producto de una determinada condición objetiva en la que ellos se
mueven, pero también son dependientes de su propia subjetividad para dotarlos de las
particularidades que adquieren en un determinado momento de su historia. Esto mismo
hace también que un mismo referencial no necesariamente adquiera similar valor o
preponderancia en diferentes momentos de su vida.6
Entonces, los referenciales pueden ser conformados, ante nosotros, por otros
individuos, por representaciones colectivas (grupos en los cuales participemos,
queramos o evitemos participar, ideologías que sean representadas por esos grupos).
Pueden ser de existencia actual o estar situadas en nuestro pasado o en la historia
anterior a nosotros. Organizaciones, instituciones, frente o en las que desarrollamos
nuestras experiencias marcan valores, tienen líderes, especifican comportamientos o
determinan parámetros ideológicos, prefigurando así, por identificación o por rechazo,
las formas que adquirirán o les otorgaremos a dichos referenciales.
Hay individuos que se constituyen en ejemplos de nuestras vidas, nos indican
una serie de valores que debemos o deseamos seguir. Por el contrario, otros individuos
se nos presentan como aquello que aborrecemos, lo que rechazamos, nos indican
nuestros odios y pasiones mas encontradas.
Si una persona puede constituirse en referencial identitario para otros, el
carisma personal, el lugar que ocupa, o la actividad que realiza genera los mecanismos
para ponerlo a la vista de los otros y mostrarlo como una imagen a imitar, seguir o
rechazar. Nuestro entorno más cercano (la familia, los amigos, los compañeros, el barrio,
etc.) constituye el medioambiente privilegiado para determinar los referenciales a elegir.
Pueden estar localizados en nuestra profesión o en alguna profesión a la que aspiramos
pertenecer.
Si la fuerza explicativa de este concepto nos parecía suficiente para poder
interpretar los recorridos de vida y en ellos identificar las relaciones de importancia, su
5
Según la Real Academia Española, la palabra “referencia” significa, entre otras acepciones: Relación,
dependencia o semejanza de algo respecto de otra cosa. Base o apoyo de una comparación, de una
medición o de una relación de otro tipo. Modelo, ángulo de referencia. Noticia o información sobre
alguien o algo.
6
La noción de habitus puede dar cuenta de esta relación entre la articulación de lo objetivo y lo subjetivo
en los referenciales identitarios. Bourdieu (1991) entiende el habitus como los “sistemas de disposiciones
duraderas y transferibles, estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras
estructurantes, es decir, como principios generadores y organizadores de prácticas y representaciones que
pueden estar objetivamente adaptadas a su fin sin suponer la búsqueda consciente de fines y el dominio
expreso de las operaciones para alcanzarlos, objetivamente „reguladas‟ y „regulares‟ sin ser el producto de
la obediencia a reglas, y, a la vez que todo eso, colectivamente orquestadas sin ser el producto de la
acción organizadora de un director de orquesta”.

8
nivel de generalidad no nos dejaba valorizar puntualmente cada una de dichas relaciones
o interacciones. El peso o valor que cada individuo le otorgue a cada referencial
determinará la fuerza o importancia que este adquirirá en su propia construcción
identitaria. En este sentido, sin querer graduar dicho valor, establecimos dos
denominaciones o sub-indicadores diferenciados, para distinguirlos según el momento y
su fuerza relativa en cada construcción.
Allí retomamos la palabra señales, que nos remitía a la idea de marcas que nos
permiten conocer o distinguir cosas, hechos, personas; también nos llevaba a pensar en
mojones en el camino, que nos indican por donde vamos, cuanto recorrimos, etc.; nos
daban idea asimismo de la imagen o representación de algo7. Si considerabamos al
proceso identitario como un camino en el cual se ubican determinadas posiciones, desde
las cuales se trata de ver hacia el pasado, el reflejo del presente y el proyecto futuro, el
concepto de señales nos parecía sumamente adecuado al respecto.8
Si hasta aquí podíamos estar otorgando un peso relativo a los referenciales,
creíamos que había situaciones en las cuales los mismos adquirían mayor fuerza que
una simple señal en el camino.
Para representar entonces una forma de mayor potencia representativa de los
referenciales, recurrimos a la idea de soportes, considerando que en este caso se trata de
los apoyos sobre los cuales nos asentamos en determinados momentos para decir
nuestra pertenencia o para utilizarlos como punto de partida para alcanzar un nuevo
lugar.
Aunque pueda ser emparentada con algunas otras definiciones del mismo
concepto9, la definición que en nuestro trabajo le otorgamos a la idea de soporte se
ancla en la idea de un parámetro desde donde el individuo puede pararse para decirse
similar, diferente, identificarse plenamente o tomar preceptos de conducta bajo los
cuales construya buena parte de su identidad. En este sentido, no significa una base de
sustentación sino un apoyo más en la construcción. No se trata de la base fundamental
sobre la cual se apoya el edificio de la individualidad sino de ladrillos que se suman
entre sí y conforman una estructura a lo largo de toda la historia personal. Son
seleccionados por los individuos en función de una oferta social, cultural, estructural y
no simplemente impuestos por el marco societal preponderante en un momento o en un
lugar.
Una vez definidos nuestros instrumentos de análisis, volvimos a los casos en
estudio para observar las características de cada construcción identitaria, sus similitudes

7
Acepciones correspondientes al Diccionario de la Real Academia Española.
8
La búsqueda de señales va más allá de la existencia de los mismos. El individuo se orienta en un espacio
que existe independientemente que se consiga o no encontrar tales señales, pero además, dicho espacio
vuelve inevitable la tarea correspondiente a dicha búsqueda. (Taylor, 1998: 50)
9
Varios autores han utilizado el concepto de soporte. Por ejemplo, E. Goffman (2001 :72_73), se refiere a
los soportes como marcas de identidad que diferencian a un individuo y lo hacen único, por ejemplo la
imagen fotografica que los demás tienen sobre él o el conocimiento de su ubicación especial dentro de
una red de parentezco. R. Castel (2001: 30) no refiere a los soportes respecto a la identidad, sino como
concepción objetiva de posibilidad de constituirse precisamente en individuo, o en persona, o en sujeto.
Hablar de soportes es hablar de “recursos” o de “capitales”, y representa la capacidad de disponer de
reservas que pueden ser de tipo relacional, cultural, económico, etc. Se trata de los bienes objetivos, cuya
posesión le aseguraría independencia al individuo. D. Martuccelli (2002: 64), por su parte, indica que el
individuo no existe mas que en la medida en que el sea sostenido por un conjunto de soportes, materiales
o simbólicos, próximos o lejanos, concientes o inconscientes, activamente estructurados o pasivamente
sufridos, siempre reales en sus efectos, y sin las cuales, el no podría subsistir por mucho tiempo. Los
soportes no son solamente materiales, sino que también pueden ser hasta ficcionales.

9
y sus diferencias, así como la influencia de los contextos en que cada una de ellas se
desarrollaba.

Diferencias y similitudes de los contextos de análisis


Circunscribimos una porción del contexto en el cual se desarrollaban los
procesos identitarios de los trabajadores que estábamos estudiando a las empresas donde
trabajaban. A pesar de ser sólo una parte de la vida de estos trabajadores, consideramos
que se trataba, en los momentos en que estábamos realizando nuestra investigación, una
de las más trascendentes.
Por un lado, las dos empresas tenían distintos origenes del capital y de relación
con el método productivo que iban a desarrollar. En el caso de la firma japonesa, se
trataba del proceso que ellos habían diseñado y puesto en marcha desde fines de la
Segunda Guerra Mundial en adelante, lo que imprimía mayor proximidad y
conocimiento con los los instrumentos que iban a aplicar y sobre todo su desarrollo en
el tiempo y el espacio. Los norteamericanos iban a aplicar un método, casi en forma
experimental, después de desarrollar en la mayor parte de sus plantas alrededor del
mundo, otras técnicas diferentes.
Por otra parte, ambas empresas iban a tener localizaciones completamente
diferentes, la japonesa iba a instalar su planta a aproximadamente 200 Km de la Ciudad
de Buenos Aires, en una zona que para para la ella aparecía como de mayor tranquilidad
que las grandes ciudades, tal como nos decía un empleado del área de Relaciones
Laborales, en la zona no “se nota tanto la presentica de movimientos sociales, no hay
tanta politización”. Esto es tomado, por la empresa como un dato de suma importancia a
la hora de contratar personal, el cual les garantizaría mayor docilidad y seguridad que el
que podría ser contratado en una gran ciudad. Todo lo contrario sucede con la planta
norteamericana, que está situada en las cercanías de la tercera ciudad en importancia del
país, en cuyos alrededores se constituía, durante los años sesenta y setenta uno de las
regiones industriales de mayor desarrollo de la Argentina, pero también de mayor
politización de la clase obrera. En el momento de instalación de la nueva planta, esta
zona ya no tenía las mismas características, la mayor parte de las empresas habían
cerrado sus puertas y lo que primaba era el desempleo y la pobreza, que
paradójicamente se habían constituido en una nueva fuente de politización y conflicto.
Otro dato de relevancia a la hora de diferenciar los espacios en que íbamos a
encontrar primariamente a nuestros entrevistados, era que la firma japonesa aplicaba
una política de relacionamiento con el personal de tipo casi paternalista, con sumo
cuidado en la evolución del trabajador en su trabajo y en su vida personal,
garantizándole la estabilidad en el puesto y generando una serie de incentivos reales y
virtuales de suma eficacia disciplinadora. En cambio, en la empresa norteamericana, la
estabilidad no estaba garanizada, sucesivos despidos masivos daban la pauta que el
empleo no era seguro, no se respetaban las carreras para los ascensos, los incentivos
prometidos no se cumplían en tiempo y forma, y se vivía en constante presión por la
productividad sin que esto sea recompensado convenientemente.10

10
Debemos aclarar que, en ningún caso, nuestras apreciaciones sobre estas diferencias están calificando a
la empresa japonesa como el mejor para los trabajadores. Simplemente estamos estableciendo las
diferencias entre un modelo otro. Toyota desarrolla mecanismos de disciplinamiento de su personal que
tienden a difuminar las imposiciones que se les realizan para que cumplan con las pautas de productividad,
para que se sometan permanentemente a un esfuerzo físico desgastante, para incorporar normas de

10
Por otra parte, la firma japonesa había puesto sumo cuidado en el sostenimiento
de determinadas pautas o condiciones para la contratación del personal. Todo sus
empleados deberían tener el colegio secundario finalizado 11 , no contar con gran
experiencia laboral anterior y no tener vínculos con lo sindical. En el caso de los
norteamericanos, algunas de estas premisas se respetaron en el primer grupo
incorporado, pero luego en los sucesivos ingresos esas restricciones se fueron
distendiendo.
Si ciertos factores específicos las diferenciaban, el contexto global del país las
acercaba. El modelo económico vigente desde 1991, las características del mercado de
trabajo, las condiciones de posibilidad para la implantación de nuevas formas
productivas, y las facilidades para la exportación al resto de los países latinoamericanos,
habían sido los elementos que las empresas consideraron a la hora de decidir la
inversión en el país.
Así entonces, en lo que sigue trataremos de mostrar brevemente cuales fueron
los referenciales preponderantes, así como sus respectivas valoraciones, en las
construcciones identitarias de estos dos grupos de trabajadores.

Inestabilidad versus estabilidad


En este apartado recorreremos algunos de los referenciales identitarios que se
fueron presentando como significativos en los relatos de los trabajadores y que, además,
nos permitieron llevar a cabo algún grado de comparación al interior y entre los dos
colectivos de trabajo.
Hasta los años setenta, en Argentina, el sindicalismo era un gran performador de
identidades sociales e incluso prefiguraba identidades personales 12 . Bajo nuestra
conceptualización, dichas organizaciones constituirían un fuerte soporte de identidad.
La ruptura generada por la dictadura militar, la consiguiente destrucción de los lazos
solidarios y políticos entre los trabajadores, el refuerzo individualizador de la
hiperinflación y el neoliberalismo posterior, el desprestigio de gran parte de la
dirigencia sindical, se concatenaron para que, en la actualidad, la mayoría de los
trabajadores entrevistados consideren a las organizaciones obreras como señales
negativas. Esto sucede fundamentalmente cuando se trata de trabajadores sin ninguna
relación anterior con lo sindical o lo político. Son estos quienes manifiestan hasta cierta

comportamiento absolutamente funcionales al modelo. El sistema de premios e incentivos, entre los


cuales el viaje a Japón es el más ansiado, se sostiene a rajatabla y es una de las políticas en las cuales la
empresa pone mayor esfuerzo. El incumplimento con estas pautas disciplinares hace que los trabajadores
de General Motors adviertan con mayor rapidéz la forma en que las técnicas tienden a extraerles mayor
productividad e incluso actuar en contra de su propia resistencia física y mental. Esto hace que adopten
formas de resistencia individual a las mismas.
11
En el inicio de cada campaña de reclutamiento masivo, Toyota se contactó con los colegios secundarios
de la zona y realizó charlas en ellos incentivando a que los alumnos se presenten a la convocatoria. En los
origenes de la empresa, se comenzó con los colegios secundarios técnicos, pero cuando se agotaron las
posibilidades de contratar a los recién graduados, se continuó con los que aun no lo habían hecho, los
cuales terminaron sus estudios en el transcurso de su primer año de trabajo. También, al no poder
completarse el plantel con estos trabajadores, se recurrió a las últimas camadas de los colegios
secundarios de la ciudad de implantación y de zonas aledañas, aunque no fueran de la especialidad técnica,
lo cual dejaba al descubierto que lo único que importaba era el nivel de formación y no su tipo. La
especialización del trabajo iba a lograrse cualquiera fuera el conocimiento previo de los trabajadores. Esto
estaba mostrando un cambio abrupto respecto de modelos productivos anteriores.
12
Hablamos de la identidad personal, que no puede ser otra cosa que una construcción social, y como tal
es creada y mantenida en interacción permanente. (Torregosa, 1983).

11
adversidad o rechazo frente a la mínima mención a alguno de estos temas. En la
empresa japonesa, esto sucedió con casi todos los trabajadores. Algunas de sus
condiciones de origen y hasta ciertos condicionantes relativos a las posibilidades de
ascenso o incentivos fueron induciendo el alejamiento respecto al sindicato, tal como
puede verse reflejado en el siguiente testimonio:
(...) entre nosotros, entre los que estamos con la posibilidad de obtener ascenso, algo de eso, no se si nos
creamos nosotros una persecución a medida, o es como que a los jefes, que vos estés metido con el
sindicato no les gusta. No quieren un rebelde. Y si vos tenés aspiraciones a algo lamentablemente tenés
que, aunque vos estés muy de acuerdo con las ideas del sindicato, tenés que tratar de sacártelas porque
no vas a llegar a nada. No te lo hacen notar, no te lo van a venir a decir pero es así, todos saben que es
así. Si estás muy metido con el sindicato fuiste, te marcaron, te hicieron una cruz, de la listita te sacan.
(Luciano, 26 años, Calidad, TM)
En otros casos, el acercamiento es simplemente utilitarista, lo cual haría perder
algo de la negatividad de la señal, pero no su sentido último.
Si se me agotan las posibilidades de solucionarlo [un problema en el trabajo]con recursos humanos,
buscaría otra alternativa. Si el sindicato como alternativa iría, pero tenés muchas formas de solucionar
el problema antes de caer al sindicato. Es como un último recurso si no tenés otra cosa. (Luciano, 26
años, Calidad, TM)
Estoy afiliado al sindicato hace muchos años y estoy tratando de buscar otra obra social que me
descuente menos porque el sindicato me descuenta el 8% en total y es mucho dinero. (Matías, 34 años,
pintura, TL)
P: ¿Estás afiliado? R: Sí, porque van a hacer un barrio en Baradero 13, en San Nicolás, SMATA lo va a
hacer. Y para estar en el barrio tenés que estar afiliado al sindicato, y mucha gente se afilió por eso.
(Rafael, 22 años, Pintura, TM)

Cuando se presentaban ciertos referenciales identitarios transmitidos a través de


las historias o relatos familiares, las señales referidas a los sindicatos perdían cierta
negatividad. De cualquier modo, lo que aparecía con fuerza en estos casos era una
mirada mayormente asentada en el “deber ser” y las falencias que respecto de él
presentaba el sindicato que los representaba. Se recurría a un pasado idealizado y hasta
a ciertos preceptos personales de cómo se debe llevar adelante una representación. Esto
sucedía sobre todo en la empresa de origen estadounidense, en la cual los filtros
relativos a las posibles relaciones con lo sindical o lo político, que en un principio
pareció imponer la empresa, fueron relajándose en el tiempo. Pero además, la existencia
de fuertes conflictos por despidos de personal o por aumentos de salarios incrementaron
la presencia sindical.
Es importante tener en cuenta también que no puede verse a los referenciales
identitarios en forma aislada unos de otros. Así el valor que adquieran en un
determinado momento tendrá relación con el que adquieran otros en ese mismo
momento o con la fuerza performadora que adquieran en competencia con ellos. Este es
el caso de los sindicatos en las dos empresas estudiadas. El comportamiento de estas
últimas respecto a los trabajadores y la existencia de un marco estructural destructor de
seguridades en el empleo, reforzaban el carácter negativo de la señal identitaria sindical
y promovían el desarrollo de un soporte identitario ligado a la empresa y sus valores.
De cualquier modo es interesante ver los resultados obtenidos en cada caso.
El sostenimiento de una gran coherencia entre el modelo productivo, la difusión
precisa y sistemática de sus valores, la seguridad en el empleo y los incentivos

13
En relación a un barrio que el sindicato planifica crear para los trabajadores de Toyota.

12
constantes a los trabajadores hicieron que Toyota fuera considerada, por la mayor parte
de ellos, como un soporte de fundamental importancia en sus vidas. En el caso de
General Motors, por el contrario, la empresa aparece con menor importancia en las
propias construcciones identitarias de gran parte de sus trabajadores, conservando en
muchos casos el carácter de soporte, pero sin la misma fuerza que en Toyota y pasando
a ser considerado como cualquier otro empleo. Ante la pregunta acerca de que
representaba la empresa para ellos, dos trabajadores nos decían:
Te digo una fuente de trabajo en este momento, nada más. (Victorio, 35 años, Ensamble, TL)
"es una empresa que hace sus negocios, sirven ó sino chau" (Federico, 35 años, Calidad, TM)

Para algunos trabajadores, el hecho que la empresa haya generado despidos masivos,
trasladando la carga del deterioro de la situación económica general sobre los
trabajadores, que las condiciones de trabajo no hayan sido las prometidas, a partir de las
presiones constantes por la productividad, el incumplimiento en el pago de los
incentivos, el deterioro del proceso productivo y finalmente del mismo producto, fueron
factores que los impulsaron a tener una mirada diferente de la empresa. Así, en este
grupo de trabajo, el referencial referido a la empresa muestra situaciones contradictorias.
En ciertos casos, para aquellos que lograron ascensos o tienen posibilidades de hacerlo y
que están fuertemente consustanciados con la empresa, el valor positivo del referencial
se sostiene, pero en otros casos, cuando estos valores no lograron anclarse fuertemente,
los factores anteriores hacen que el soporte identitario asuma la forma hasta de una
señal identitaria negativa.
El trabajo aparece como un soporte de fundamental importancia para la mayor
parte de los trabajadores entrevistados. Aún poniendo entre paréntesis las características
distintivas del empleo en ambas empresas, estos trabajadores veían al trabajo, no sólo
como fuente de subsistencia y seguridad familiar, sino también como base performadora
de futuros. Resulta interesante advertir sobre la forma en que el condicionante
estructural actúa en este caso, ya que en un contexto donde justamente el trabajo se
transforma en un bien escaso y hasta restrictivo de otras actividades de disfrute personal,
su representación en los sujetos se hace cada vez más fuerte.
El ascenso social a partir de la educación siempre constituyó para los sectores
medios argentinos un factor de suma relevancia. La sucesión de crisis económicas, el
aumento de la oferta de trabajadores como consecuencia del desempleo creciente y el
atraso del sistema educativo respecto a las formas más modernas del trabajo, hicieron
que la relación directa entre educación, trabajo y progreso social entrara en una
profunda crisis. En los dos casos que investigamos, parece generarse una situación
contraria, ya que una de las condiciones para la obtención del empleo ha sido la
posesión de un título secundario. Desde las perspectivas de progreso ofrecidas por estas
dos empresas, la educación pasó a convertirse en un soporte identitario de gran valor
para los trabajadores, fundamentalmente mirando el momento del ingreso. Es
importante destacar que quienes ingresaban a estas plantas lo harían en los puestos que
anteriormente desarrollaba un obrero industrial, para quien, este nivel educativo no
constituía ninguna exigencia. Por el contrario, quienes contaban con él iban a ocupar
lugares más elevados en la estructura empresaria (controles de calidad, supervisores,
encargados de mantenimiento, empleados administrativos, etc.).
Con el tiempo, cuando se observó que las capacidades generadas por la educación
formal no representaban una condición necesaria para el desarrollo de las tareas en la

13
empresa y que lo más importante era la formación específica14, la educación formal dejó
de ser un soporte para convertirse en una señal identitaria positiva, pasando la
formación específica a tomar el carácter de soporte, dado que es lo que iba a permitir el
progreso15. En Toyota esto ocurría en todos los trabajadores entrevistados. En General
Motors, en cambio, al no representar el título secundario una condición ineludible del
ingreso16 y al encontrarse, en muchos casos, deterioradas las posibilidades de progreso y
permanencia, este referencial adopta preferencialmente la forma de una señal identitaria
positiva, se considera su importancia, se la asume como un valor (incluso para
transmitir a sus hijos), pero no se la incorpora con fuerza en su propia construcción
identitaria. En ambas empresas, la educación se mantiene en el grado de soporte
identitario cuando los trabajadores deciden continuar con sus carreras universitarias,
más allá de las restricciones que impone el trabajo en la empresa, colocándola como
parte de un proyecto futuro.
Bajo un contexto en el cual las grandes empresas multinacionales, los valores
por ella difundidos y las posibilidades de progreso que parecen cristalizarse de forma
mas concreta que en otros espacios, los puestos jerárquicos o de conducción se
presentan como las señales identitarias en las cuales se apoyan las expectativas o
reflejos que indican el camino a seguir. En ese sentido, las pautas determinadas por el
puesto y las características específicas de quienes llegaron a esos puestos pueden
constituir los modelos a imitar si se quiere alcanzar tal proyección futura. Así, para el
caso que nos ocupa, la función del team leader representa una referencia permanente
para los miembros de cada grupo de trabajo. Se trata del puesto anhelado, ya que,
significa, para los trabajadores, la demostración palpable de que la promesa empresaria
de futuro puede concretarse, el signo de la estabilidad en el empleo y del
funcionamiento de los mecanismos de validación y reconocimiento de las capacidades
propias. Entonces, el puesto y la figura del líder del grupo es el espejo permanente en
quien mirarse para testear si se están cumpliendo las premisas indicadas por la empresa.
Pero además, la persona que lo ocupa adquiere el carácter de ejemplo de
comportamiento, porque se trata de alguien que pudo acceder a ese lugar 17. Por otra
parte, su papel es también el de evaluar al resto de los compañeros, con lo cual el lugar
de reflejo deja de ser sólo ejemplo simbólico y adquiere materialidad en la posición del
primer escalón en la determinación de los premios y castigos, y las consiguientes
posibilidades de ascender. Esta situación tiene mayor preponderancia en Toyota, ya que
todas las instancias de la carrea aparentan ser cumplidas a rajatabla, aun en el terreno de
lo virtual 18 . En General Motors, cierta discrecionalidad en la determinación de los
ascensos y las presiones que se ejercen sobre los puestos jerárquicos hacen que ciertos
superiores pasen a ser considerados como señales negativas. En forma adicional a esta
situación las presiones cotidianas sobre los que ocupan puestos jerárquicos y el traslado

14
De hecho, en la contratación no se valoriza de una forma diferencial la tenencia de un título técnico.
Cuando la exigencia se puso de manifiesto en forma explícita, fueron incorporados indistintamente
aquellos que contaban con títulos técnicos, bachilleres, etc.
15
Si en Toyota esto se valoriza mayormente al interior de la empresa, porque las posibilidades de
progreso se sostienen en el tiempo (aunque no vayan a concretarse de manera totalmente efectiva), en
General Motors pierde esta connotación (porque la inseguridad pasa a ser un dato de la realidad) para
pensarse también como posibilidad por fuera de ella.
16
Dicha condición fue sólo establecida en algunos de los procesos de incorporación y se dejó de lado en
otros casos.
17
Hecho que se refuerza si él mismo logra ser ascendido al puesto siguiente.
18
Es decir, aun cuando los ascensos no sean posibles, porque la estructura coyuntural de la empresa no lo
permite.

14
de las mismas, a través de ellos, al resto de los trabajadores, implica también cierta
desvalorización del puesto como señal identitaria.
En todos los relatos de vida de los trabajadores, la familia aparecía como uno de
los soportes identitarios de mayor fuerza. No sólo se trataba de una referencia al pasado,
a situaciones, en algunos casos, idealizadas, sino también como fuente de valores que
estructuraban el presente en el trabajo y en las pautas de comportamiento futuro.
En este último sentido, sobre todo para el caso de los trabajadores de Toyota,
gran parte de las referencias que hacían al trabajo se anclaban, en primera instancia, en
recuerdos de infancia, de sus propias familias (trabajos de los padres o de cada uno de
sus hermanos u otros parientes). El ejemplo del padre que trabajaba y con ese esfuerzo
pudo sostener a la familia se constituía en aquello que había que replicar en las propias
trayectorias personales y en el camino a desarrollar en el empleo conseguido en dicha
empresa. 19 El relato y el ejemplo familiar, generalmente ligado a las ideas de
“sacrificios” para sostener una familia, para dar un futuro a los hijos, se constituye en el
soporte identitario que es permanentemente resignificado y reforzado en cada acto de la
vida.
El paternalismo desarrollado por Toyota y las continuas referencias discursivas y
materiales a las familias de los trabajadores, sirven de sustento a esta relación. Por otra
parte, el sostenimiento de un espacio de seguridad permite pensar en proyectos futuros
para la familia (los hijos, la casa nueva, los electrodomésticos, el automóvil) y reforzar
al soporte identitario. Asimismo, otro elemento a considerar es que las relaciones y tal
vez la sensación de seguridad que la empresa japonesa tiende a generar suelen hacer que
en los relatos de los trabajadores la misma sea asimilada a una familia. Para gran parte
de ellos el trabajo, la empresa y la familia se interrelacionan y condicionan.
[Toyota] Me da trabajo y ya es como una familia, digamos, ya es como una familia porque estoy más
acá que en mi casa, estoy más con ellos que en mi casa. Y me dio mi primer plata, la platita... gracias a
ellos, no se, me pude comprar el auto en cuotas. (Joaquín, 21 años, Calidad, TM)
(...) no es que uno lo quiera decir por un compromiso, nada que ver... pero visto con otras relaciones
que yo he tenido de trabajo, es como una FAMILIA. (Víctor, 27 años, Motores, TL)
Por el contrario, General Motors nunca pudo establecer este tipo de
correlaciones entre trabajo, empresa y familia. Posiblemente, el hecho de no constituir
un espacio de plena seguridad hizo que gran parte de los trabajadores no puedan
asimilar el empleo en dicha firma con el lugar de la familia.

Conclusión
En el presente artículo, tanto la realidad empírica que nos íbamos a estudiar,
como la perspectiva teórica sobre la identidad nos proponían como eje la inestabilidad,
la aleatoreidad, la multiplicidad. Se nos presentaba una realidad social concreta, la de la
Argentina de fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI, donde lo que primaba eran
situaciones signadas por la ausencia o la dificultad de encontrar espacios estables de
relacionamiento.
Más precisamente, si el trabajo se imponía desde la inestabilidad permanente,
era muy difícil encontrar seguridades que se correlacionaran con él. Sin embargo, los
grupos de trabajadores que seleccionamos para nuestra investigación vivían una

19
Debemos recordar que la empresa Toyota tiene en cuenta especialmente estas referencias en las
historias particulares de los trabajadores, al momento de la selección para realizar incorporaciones.

15
situación relativamente privilegiada respecto del conjunto de los trabajadores, sobre
todo porque las características de las empresas en las que estaban empleados les
otorgaban cierta estabilidad y seguridad salarial. De cualquier modo, su inserción en
estas mismas empresas no dejaba de estar condicionada por las coacciones y
restricciones de un mercado expulsor de mano de obra.
El eje teórico sobre el cual íbamos a realizar nuestro estudio, por su parte,
también nos hablaba en principio de la ausencia de estaticidades, de lo múltiple, lo
cambiante, en referencia a las construcciones identitarias.
Sin embargo, cuando, desde nuestro propio análisis, correlacionamos los dos
ejes, los referenciales identitarios que presentaron mayor fuerza en el discurso y
adquirieron mayor presencia en las respectivas construcciones identitarias eran los que
indicaban seguridades y estabilidades. En todos los casos, los trabajadores buscaban
lugares relativamente seguros y estables para posicionarse, para presentarse frente a
otros y a nosotros como sus interlocutores circunstanciales. Al mismo tiempo, esos
lugares les permitían relatar sus propias vivencias del pasado como aprendizajes o
experiencias que les posibilitaron el presente, así como les brindaban puntos de apoyo
para proyectarse hacia el futuro.
En los espacios y momentos en que el empleo estable se constituía en fuente de
seguridades, cuando desde él pudo pensarse un proyecto de progreso personal, en lo
social y lo económico, otras fuentes de estabilidad se vieron revalorizadas, como la
familia y, en muchos casos, la radicación en el territorio20. Cuando alguna de dichas
seguridades peligraba, ciertos referenciales adquiridos (como la formación adquirida y
las competencias desplegadas a partir del trabajo desarrollado en la empresa) pasan a
conformar el punto de apoyo para pensar en posibles proyectos o búsqueda de
estabilidades futuras.
Los referenciales que ya no otorgan las seguridades que brindaban en otros
tiempos son descartados o colocados en un lugar secundario. Esto sucedió con el
sindicalismo, que de constituir un referencial de fuerte presencia identitaria en los
trabajadores de otros momentos históricos del país (los de muchos familiares de los
trabajadores que estudiamos), hoy es absolutamente relegado o posicionado en un lugar
absolutamente negativo o hasta de indiferencia y desconocimiento.
En absoluto, esta lectura trata de negar la multiplicidad, la variabilidad y la
aleatoriedad de las referencias identitarias, pero si lo que intentamos dar cuenta es de la
necesidad material y hasta simbólica que tenemos de fijar, en algún momento, los
espacios o los momentos desde donde llevamos a cabo nuestras construcciones
identitarias. Es muy posible, que si no pudieramos contar con estos posicionamientos
relativamente estables, tampoco sería posible incorporar realmente las multiplicidades y
estar preparado para enfrentarnos a las variaciones que las dinámicas de nuestras
propias vidas, así como de las coyunturas que se escapan a nuestro control, nos
presentan.

20
El referencial del territorio o el lugar de nacimiento no lo hemos mencionado en este trabajo, pero se
presenta con fuerza, sobre todo en los trabajadores de Toyota, quienes demuestran fuerte apego a la
ciudad donde nacieron. Esto se encuentra reforzado, seguramente, por el logro de haber ingresado a la
empresa y que esta les posibilite continuar viviendo allí. En el caso de General Motors, esta relación se
manifiesta, en algunos trabajadores, pero en forma contraria, porque las malas condiciones de trabajo, las
inseguridades y hasta el largo recorrido que tienen que hacer hasta la planta los impulsa a querer
encontrar algún empleo en el lugar de origen. Pero también es la misma empresa la que prioriza ciertas
características identitarias cuando contrata, la de los trabajadores de la zona.

16
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17
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18