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ANÁLISIS REFLEXIVO SOBRE SEGURIDAD SÍSMICA EN LA CIUDAD DE MÉXICO

Introducción.
Un sismo es un movimiento brusco de la corteza terrestre que se produce por el choque de
las placas tectónicas, que provoca la liberación de energía en forma de ondas. La magnitud
de un sismo es un número relacionado con la cantidad de energía liberada en el momento
de su ocurrencia. La intensidad de un sismo está asociada a un lugar determinado y se
asigna en función de los efectos causados en el hombre, en sus construcciones y en el
terreno natural de la localidad. Por ello, los efectos y nivel de afectación estructural y
poblacional no pueden ser predichos específicamente en ningún caso.

Frente a este tipo de fenómenos naturales es normal sentimos incapaces de controlar lo


que sucede y experimentar miedo, es una situación esperada ante lo inevitable. Las
experiencias previas nos han enseñado a temer ante los sismos; sin embargo, es
importante analizar un tema que dadas las actuales circunstancias en nuestro país puede
resultar muy polémico: un sismo no provoca directamente las tragedias ocurridas.

Presentación.

“Seguridad Sísmica en la Ciudad de México: algunas reflexiones”.


Cinna Lomnitz

Lomnitz (2000) pone sobre la mesa un tema que puede dar origen a muchos debates en el
artículo que a continuación analizaremos, cuando argumenta que en efecto, el riesgo de un
sismo es simplemente humano, y que un sismo no provoca directamente las tragedias
ocurridas. Sostiene esto con base en los siguientes elementos: debido a las estructuras
que están construidas en la Ciudad de México, edificios de 7 hasta 18 pisos de alto pueden
derrumbarse debido a la zona de suelos cubierta anteriormente por la Laguna de México,
dominando así una capa de lodo bajo la zona urbana del centro de la ciudad mejor conocida
como Zona III, esta capa de lodo ocasionaría la lenta propagación de la onda sísmica, las
cuales podrían ser menores a 180 km/h y su longitud sería de unos 120 metros, la onda
rebotaría en los bordes de la laguna y tendría una duración de hasta 5 minutos en un sismo
fuerte.

Continúa señalando que los edificios construidos sobre el lodo tienen pilotes que los
sostienen, pero no ayudan a su estabilidad cuando el edificio tiene una altura de más de
siete pisos. Esto quiere decir que un edificio oscila naturalmente con una frecuencia que
depende de su altura, los más altos son los más lentos, si la tierra vibra con esa misma
frecuencia, el edificio entra en resonancia y sus oscilaciones se hacen más y más amplias.
En cada región del lago y cada sismo, resuenan unos edificios más que otros, no es del
todo cierto que los temblores se sientan más, ni que uno corra más peligro en los edificios
altos, y eso lo mide una variable llamada “aceleración espectral”, que se refiere a la
aceleración (o la fuerza) que experimentan los edificios de distintas alturas, no es lo mismo
que la aceleración máxima del suelo durante el temblor, otra medida objetiva de intensidad.
Los ingenieros civiles usan ambas aceleraciones para calcular las estructuras de los
edificios, pero lo importante para la estabilidad de la estructura es la aceleración espectral.
Lomnitz menciona que la primera estructura mexicana con amortiguamiento (concluida a
finales del 2002) es La Torre Mayor, ubicada en el Paseo de la Reforma, un edificio de
estructura de acero de 57 pisos y que contiene 96 amortiguadores especiales a diferentes
niveles, este logro histórico (como él señala) marcaría un hito en la ingeniería mexicana,
pero recalca que las obras hechas con estos materiales deben ser imitadas, ya que no sólo
se debe disminuir el riesgo sísmico en la ciudad de México, sino de acabar con él para
siempre.

México es uno de los países con mayor actividad sísmica y que a lo largo de su historia ha
vivido muchos sismos de diferentes intensidades, el más devastador, recordado y trágico
fue por supuesto el del 19 de septiembre de 1985 con una magnitud de 8.1, 28 años antes,
en 1957 hubo también otro fuerte sismo de magnitud 7.7 el cual fue conocido como ‘el
terremoto del Ángel’ pues ocasiono que el Ángel del Monumento a la Independencia cayera
al suelo, el sismo de 1979 con magnitud de 7.7 conocido por haber causado el colapso de
la Universidad Iberoamericana en la capital de la Ciudad, el sismo del 2012 de magnitud
7.4 siendo Puebla, Oaxaca y Veracruz los estados más afectados y recientemente el sismo
del 19 de septiembre del 2017 con magnitud de 7.1. Este fuerte terremoto causo
nuevamente severos daños en la Ciudad de México, vemos entonces que cada vez que se
presenta un sismo de 7.0 en adelante varios edificios están condenados a derrumbarse,
¿por qué?, ¿qué podemos hacer para tener una mayor seguridad en las construcciones?
Primero remontémonos 60 años al pasado, el día 28 de julio de 1957, marcado como uno
de los sismos más intensos en México durante el siglo XX, este sismo se originó en la costa
del Pacífico, pero los efectos en el centro de la ciudad de México fueron realmente
sorprendentes debido al fenómeno de amplificación de la intensidad sísmica, la mayoría de
los daños ocurridos se concentraron en la zona centro, en lo que hoy es la Delegación
Cuauhtémoc. Según Ingenieros Civiles Asociados (ICA) (1992), se reportaron 39 muertos
en la ciudad de México y alrededor de 1000 edificios con daños. Para todo esto se necesitó
conocer más sobre los efectos que influyeron en el comportamiento estructural y la
presencia de daños, se realizó un análisis estadístico de varias estructuras considerando
los efectos que pudieron intervenir como: golpeteo, ubicación en esquina, tipo de sistema
estructural, número de niveles de la estructura, irregularidad en planta, cercanía del valor
del periodo del suelo y el periodo de la estructura, tipo de cimentación, etc. Y se llegó a la
conclusión de que muchas estructuras de esa época simplemente no tuvieron un diseño
sísmico y algunas de las que si lo tuvieron eran deficientes por la falta de algunos
conocimientos, el número de niveles de la estructura mostró ser un factor importante en la
presencia de los daños, además, el número de niveles de la estructura influía en la elección
del tipo de sistema estructural a utilizar que mostró ser también factor importante en la
presencia de daño ya que la calidad en el diseño y construcción que se tenía en la época
para cada tipo de sistema variaba mucho, pero entonces ¿Por qué no mejoraron las
condiciones estructurales con el paso del tiempo? Se tuvo que experimentar de nuevo un
fuerte sismo en 1985 para que se instaurara un nuevo reglamento de construcción, en el
cual actualmente se tiene más control y existen normas específicas para cada tipo, o eso
es lo que aparentemente se cree ya que desgraciadamente en nuestro país hay una enorme
distancia entre la teoría y la práctica.
Nuevamente desde el 2004, la Ciudad de México cuenta con un Reglamento de
Construcción en donde se toman en cuenta las diferentes problemáticas, tanto del suelo,
como de los distintos desastres naturales que pueden afectarla, pero principalmente de
sismos. Si bien, el reglamento toma en cuenta las diversas problemáticas que representa
una construcción y está diseñado para sismos muy fuertes, la aplicación de estas normas
no siempre se lleva a cabo o no es realizada en su totalidad por personal capacitado, todas
estas revisiones deben estar a cargo de ingenieros geotecnistas encargados de
la cimentación acorde al tipo de suelo, y por supuesto de ingenieros estructuristas,
encargados de revisar que los proyectos no representen algún riesgo y que se tomen en
cuenta las medidas estipuladas por el reglamento. La revisión depende completamente de
quienes desarrollan el proyecto; únicamente se establece una revisión delegacional urbana,
la cual se enfoca en el uso de suelo, pero no en la seguridad del edificio.
Tomemos ahora como ejemplo a Japón, este país ocupa el tercer lugar con mayor actividad
sísmica, esto debido por su ubicación en el cinturón de fuego del Pacífico, una zona de gran
actividad sísmica y volcánica por lo que ahí reposan varias placas tectónicas generando
una tensión que al liberarse provoca movimientos constantemente. Por supuesto, este país
ha sufrido muchos terremotos a lo largo de su historia, el más fuerte registrado hasta la
fecha fue el del 11 de marzo del 2011 con una magnitud de 9.0 y que con ello produjo un
tsunami de 4 metros de altura que había golpeado la Prefectura de Iwate. Fue una tragedia
enorme y que colocó a ese país poniéndolo en un punto de quiebre, pues pese al gran
adelanto y desarrollo tecnológico que posee para hacer frente a un desastre, no pudo actuar
de forma inmediata. Gran parte del suelo en Japón es blando, y fue después de la tragedia
del 2011 que hizo que se empezara a tomar mayores medidas de seguridad, por lo que se
vieron obligados a elegir entre dos opciones: mejorar el suelo de forma artificial
(compactándolo), o bien implementar una técnica conocida como aislamiento de base, esta
técnica consiste en interponer entre la cimentación y la estructura unos aisladores de
neopreno (caucho sintético que resiste temperaturas muy altas). Por lo tanto cuando hay
un terremoto el edificio se desplaza con el movimiento del suelo, sin ofrecer resistencia y,
por tanto, no colapsa y las edificaciones no están sujetas por las típicas vigas rígidas.
El gobierno japonés empieza a tomar más en serio medidas a fin de mejorar su sistema de
respuesta frente a un desastre de este tipo, algunas ciudades como Osaka y Kobe han
reforzado ya las estructuras de las escuelas primarias y secundarias y que también serán
utilizadas como refugios en caso de tsunamis, mientras que las acciones a fin de educar
sobre el tema de prevención se vienen dando a nivel de todo Japón a través de reuniones,
seminarios, simulacros, cursos de primeros auxilios, etc. Pero si Japón tiene mucha cultura
de prevención, también la hay en México, pues una cultura de la prevención efectiva debe
trabajar fomentando las prácticas cotidianas en contra de predicciones sísmicas que
promuevan la ansiedad o una calma injustificada, de manera que, sin evitar los riesgos,
reduzcan las vulnerabilidades que conducen al desastre, esta cultura debe estar integrada
en muchos sistemas y a todos los niveles. La cultura sísmica o la cultura de la protección
civil, es una parte importante de la cultura mexicana de la prevención.

Conclusiones

Es entonces que nos damos cuenta que no podemos predecir los terremotos, y que debido
a estos movimientos creamos en nuestra mente una sensación de inseguridad, pero lo que
si podemos hacer es prevenir los desastres. Para eso está el reglamento de construcción
de la Ciudad de México, elaborado tomando en cuenta todo lo que sabemos de las
particularidades del suelo del Valle de México gracias a las investigaciones de geofísicos e
ingenieros. Si se sigue el reglamento, no tendrían por qué derrumbarse construcciones en
esta ciudad, y es precisamente que Lomnitz remarcaba que edificios como La Torre Mayor
deberían ser imitadas. Deben ser totalmente reforzados para que México en un futuro acabe
con el riesgo sísmico para siempre.

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