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PROGRAMA DE FORMACIÓN GENERAL:

FILOSOFÍA
GUÍA TEÓRICA PARA LA SESIÓN 06
La posibilidad del conocimiento.
Introducción.

El texto que te presentamos es una reflexión sobre la posibilidad de un conocer


de forma fundamentada. Luego de ver las propuestas de Platón y Aristóteles, en
esta clase analizamos hasta que punto podemos CONOCER y reflexionamos
sobre lo que entendemos cuando afirmamos que SABEMOS.

El esfuerzo que te demanda la lectura no es definir lo que significa saber, sino


argumentar sobre los distintos sentidos que muchas veces damos por sentado.
Y el texto te demandará rigor argumentativo sobre el pensamiento.
Al presentarte el texto de Hessen deseamos que encuentres en s lectura el
devenir de la problemática sobre el conocer humano, verás que en sus
cuestionamientos y sustentaciones abarca lo que muchas veces hablamos
cotidianamente pero que no reparamos al decir que ya sabemos o cuando
damos nuestras opiniones sin saber realmente sus distintos sentidos..

SESIÓN: 6
TEXTO: Introducción al análisis filosófico
AUTOR: John Hosper

¿Qué es el conocimiento?

La palabra «conocer» es escurridiza. No siempre se usa de la misma forma. He aquí


algunos de sus principales usos:

1. A veces, cuando hablamos de conocer nos referimos a contacto directo de algún


tipo. Por ejemplo, «¿conoce usted a Richard Smith?» significa aproximadamente lo
mismo que «¿le han presentado a Richard Smith?» (¿se ha encontrado con él?, etc.).
Puede usted conocerle, en el sentido de tener trato sin saber * mucho sobre él; y
puede saber muchas cosas sobre alguien pero no conocerlo, porque nunca se ha
encontrado con él. O podríamos preguntar «¿conoce esa vieja y bonita senda que hay
a siete kilómetros al oeste de la ciudad?», y aquí, aunque difícilmente podemos hablar
en el mismo sentido que antes (no hemos sido presentados), aún hablamos de
contacto directo: ¿ha estado usted ahí, la ha visto? Usted podría saber que existe sin
conocerla, sin haber estado allí. Usted conoce (ha tenido contacto directo con) las
cataratas Yosemite si ha estado allí, aunque pueda no conocerlas en el sentido de
saber muchas cosas sobre ellas por haberlas leído en una enciclopedia.

2. A veces hablamos de saber cómo: ¿Sabe usted cómo montar a caballo, cómo usar
un soldador de acero? Usamos la expresión coloquial «saber cómo» al hablar de esto.
El saber cómo es une, habilidad, sabemos cómo montar a caballo si tenemos la
habilidad de montar a caballo, y la prueba de si tenemos esa habilidad es si, en la
situación apropiada, podemos realizar la actividad en cuestión. Si usted me coloca en
un caballo, pronto descubrirá los méritos de mi pretensión de saber montar a caballo.
3. Pero, con mucho, el uso más frecuente de las palabras «conocer» y «saber» —y
del que nos ocuparemos primariamente— es el sentido preposicional; «se que...»,
donde la palabra «que» va seguida por una proposición: «sé que ahora estoy leyendo
un libro», «sé que soy ciudadano americano», y así sucesivamente. Hay cierta
relación entre este último sentido de «conocer» («saber») y los anteriores. No
podemos haber tenido trato con Smith sin saber algunas cosas sobre él (sin saber que
ciertas proposiciones que versan sobre él son verdaderas), y es difícil ver de qué
modo se puede saber cómo nadar sin conocer algunas proposiciones verdaderas
sobre la natación, referentes a lo que se ha de hacer en el agua con los brazos y las
piernas. (Pero los perros saben nadar, aunque se supone que no conocen ninguna
proposición sobre la natación.) Sin embargo, una persona puede estar
considerablemente familiarizada con una zona rural sin conocer tantos hechos sobre
ese sitio como una persona que
nunca haya estado pero haya obtenido su información de otras fuentes; una persona
que sepa nadar puede no ser capaz de escribir un manual de natación; ni un buen
jinete necesita conocer tantas cosas sobre caballos como el zoopsicólogo que escribe
libros sobre caballos sin ser capaz de montarlos.

Ahora bien, ¿qué es lo que exigimos para conocer en este tercer y muy importante
sentido? Tomando la letra «p» para representar cualquier proposición, ¿qué requisitos
han de satisfacerse para que se pueda decir de alguien que conoce p? Hay, después
de todo, muchas personas que pretenden que conocen algo que no conocen; así que,
¿cómo se pueden separar las pretensiones de conocer correctas de las incorrectas?

a) p ha de ser verdadera. En el momento en que tengamos razón para creer que una
proposición no es verdadera, queda inmediatamente descalificada la pretensión de
saberla de cualquier persona: no podemos saber p, si p no es verdadera. Si digo «se
p, pero p no es verdadera», mi enunciado es autocontradictorio, pues parte de lo que
implica saber p es que p sea verdadero. Análogamente, si digo «él sabe p, pero p no
es verdadera», también esto es autocontradictorio. Puede que yo pensase que sabía
p; pero sí p es falsa, en realidad no lo sabía. Sólo pensé que sí. Sin embargo, si
pretendo saber p, aun admitiendo que p es falsa, mis oyentes pueden concluir
acertadamente que todavía no aprendí a usar la palabra «saber». (…) ¿qué es lo que
sabemos sobre p cuando sabemos p? Sabemos que p es verdad, naturalmente; la
misma formulación resuelve la cosa: saber p es saber que p es verdadera.

A este respecto, «saber» y «conocer» son diferentes de otros verbos como


«creer», «preguntarse», «esperar», etc. Puedo preguntarme si p es verdadera, y no
obstante p puede ser falsa; puedo desear que p, sea verdadera, aunque p sea falsa,
puedo creer que p es verdadera, aunque de hecho p puede ser falsa; y así
sucesivamente. Creer, desear, preguntarse, esperar y otros son estados psicológicos
(existentes y disposicionales); si usted me dice que cree algo, sé que usted está en
cierto estado psicológico —de creencia—, pero no tengo derecho a concluir nada
sobre si lo que usted cree es verdad, En cambio, no tengo derecho a decir que usted
sabe p a menos que p sea verdadera. A diferencia de preguntarse, creer y dudar,
saber no es meramente un estado mental; se requiere que la proposición que usted
asegura saber sea verdadera. Así, cuando leemos en una novela «ella estaba
convencida de que se encontraba incurablemente enferma», no tenemos derecho a
concluir que ella estaba incurablemente enferma, pero si leemos «ella sabía que
estaba incurablemente enferma», estamos capacitados para sacar esta conclusión, y
para acusar al autor de incoherencia si posteriormente resulta que su enfermedad,
después de todo, no era incurable.

Pero el requisito de verdad, aunque necesario, no es suficiente. Hay cantidad de


proposiciones verdaderas, por ejemplo en la física nuclear, que ni usted ni yo
sabemos que son verdaderas a menos que seamos especialistas en ese campo. Pero
el hecho de que sean verdaderas no implica que sepamos que son verdaderas. Y hay
cantidad de enunciados verdaderos que podríamos hacer sobre la flora y la fauna del
fondo del océano, si estuviésemos en condiciones de ir allí y observar por nosotros
mismos; pero, por ahora, aunque bien podrían ser verdaderos muchos enunciados
que podríamos hacer, no estamos en situación de saber que son verdaderos. ¿Qué
más se requiere entonces?

b) No sólo ha de ser verdad p; hemos de creer que p es verdad. Este puede ser
llamado el «requisito subjetivo»: hemos de tener cierta actitud hacia p, no sólo la de
preguntarnos o especular sobre p, sino creer positivamente que p es verdad. «Yo sé
que p es verdad, pero no creo que lo sea» no sólo sería una cosa muy curiosa de
decir; daría derecho a nuestros oyentes a concluir que no hemos aprendido en qué
circunstancias usar la palabra «creer». Puede haber muchos enunciados que creamos
pero no sepamos sí son verdaderos, pero no puede haber ninguno que sepamos
verdadero y sin embargo no creamos, puesto que creer es parte (una característica
definitoria) de saber. «Sé p» implica «creo p», y «él sabe p» implica «él cree p», pues
creer es una característica definitoria de saber. Pero creer p no es una característica
definitoria de que p sea verdadera: p puede ser verdadera aunque ni yo ni nadie la
crea. (La Tierra era redonda antes de que nadie creyese que lo era.) No hay
contradicción ninguna en decir «él creía que p (esto es, creía que p es verdadera),
pero p no era verdadera». Ciertamente, a cada momento decimos cosas de este tipo:
«El cree que la gente le persigue, pero, desde luego, no es verdad.» En este punto
hemos de tener sumo cuidado, pues mientras que no hay contradicción en «él lo cree,
pero no es verdad», o en «es verdad, pero no lo cree», hay, sí no contradicción, al
menos gran extravagancia en decir «es verdad, pero yo no lo creo». Desde luego se
puede decir esto en broma, o como una mentira deliberada. Pero, ¿y sí se dice
sinceramente? No sólo seria extravagante, sino autocontradictorio; pues entonces mí
enunciado pararía en esto: que yo lo digo y lo creo, a pesar de lo cual no lo creo, y
esta parte final, «lo creo pero no lo creo», me pondría en contradicción.

1. Es verdad, pero no lo creo.


2. Digo que es verdad, pero no lo creo.
3. Digo sinceramente que es verdad, pero no lo creo.
4. Lo digo y lo creo, pero no lo creo.

No hay ningún problema con 1: sin duda hay innumerables proposiciones verdaderas
que yo no creo, aunque no sea por otra razón que porque nunca las he oído. Tampoco
lo hay con 2: puedo estar mintiendo o bromeando. El problema comienza con 3,
porque decirlo sinceramente significa que yo creo lo que digo. Esto es más explícito
en 4, donde especificamos que se entiende por «sinceramente», y aquí damos en una
contradicción: creerlo pero no creerlo.
Podemos, sin embargo, tener algunas dudas sobre esta segunda condición. Creer
parece ser cosa de grado; podemos creer con diversos grados de convicción que
pasan por la duda y finalmente la no creencia. «Lo creo —podemos decir— pero no
con mucha fuerza.» ¿Con cuánta fuerza hemos de creerlo para satisfacer la
condición? ¿Hemos de creerlo realmente? En tanto que la proposición es verdadera,
¿no podemos saberla sin creerla realmente? “Yo sé que he ganado el premio de un
millón de dólares, pero no puedo creerlo todavía”. Esta última forma de expresión
generalmente es retórica: lo creemos (de otro modo no estaríamos tan sorprendidos),
pero no obstante nos resulta muy impresionante creerlo; o lo creemos («con la
cabeza» sabemos que es verdad), pero aún no podemos digerirlo, no podemos sentir
hacia ello lo mismo que sentimos normalmente cuando creemos algo (nuestros
sentimientos no están armonizados con la creencia). «Sé que el mundo no es plano,
pero aún no puedo creerlo.» Ahora «creer» ha trasladado su significado a «responder
emocionalmente a ello como a mis otras creencias». O: puede que yo sepa las
respuestas a todas las preguntas del examen, pero no puedo creer que las sepa, esto
es, no tengo gran confianza en que las sepa. Pero este caso es engañoso: cuando no
tengo gran confianza en que las sepa, no es que no las crea (las respuestas), sino
que no sé que puedo darlas. Saberlas presupone que sea capaz de darlas, y creer
que las conozco implica creer que puedo darlas, pero conocerlas no implica creer que
puedo darlas. No confundamos las dos cosas; conocer o creer las respuestas y
conocer o creer que puedo dar las respuestas son dos cosas diferentes.

A pesar de los diversos grados de convicción con que se puede creer, sería
extremadamente raro decir, si no es en sentido retórico, “sé p, pero no creo p”, tan
raro, por cierto, que una persona que fuese por ahí diciendo cosas tales como «sé que
los perros tienen cuatro patas, pero no lo creo» y «sé que 2 más 2 es igual a 4, pero
no lo creo» bien podría ser acusada de no haber aprendido qué significa la voz
«conocer» en nuestro lenguaje, lo mismo que podría ser acusado de esto sí
pretendiese saber proposiciones que admite ser falsas, Así que, con estas
aclaraciones, puede quedar como está nuestro segundo requisito.

Hemos examinado dos requisitos del conocer, uno «objetivo» (p ha de ser verdadero)
y uno «subjetivo» (p ha de ser creído). ¿Son suficientes? ¿Se puede decir que
conocemos algo, si lo creemos y lo que creemos es verdad? Si tal, podemos definir el
conocimiento simplemente como creencia verdadera, y éste sería el fin de la
discusión.

Infortunadamente, sin embargo, la situación no es tan simple. La creencia verdadera


no es aún conocimiento. Una proposición puede ser verdadera y podemos creer que
es verdadera, pero aún no saber que es verdadera. Supongamos que creemos que
hay seres animados en Marte y que en el curso del tiempo, después que los
astronautas terrícolas han aterrizado allí, nuestra creencia resulta verdadera. El
enunciado era verdadero en el momento en que lo proferimos, y también lo creímos
cuando lo pronunciamos; pero ¿sabíamos que era verdadero cuando lo
pronunciamos? Estaríamos inclinados a decir que no; no estábamos en condiciones
de saberlo. Fue una conjetura afortunada. Incluso sí teníamos algún indicio de que era
verdadero, no lo sabíamos en el momento en que lo dijimos. Por tanto, se requiere
otra condición más para impedir que pase por conocimiento una conjetura afortunada.
£n todo caso, habríamos sospechado que no es suficiente decir que «el conocimiento
es la creencia verdadera». Consideremos un tema del que aún nadie sepa nada,
como el de si hay planetas rotando en torno a alguna estrella lejana; consideremos
mejor mil de tales estrellas. O consideremos si las próximas cien tiradas sucesivas de
una moneda saldrán cara o cruz. Podríamos conjeturar «cara» para todas, y
supongamos que el 50 por 100 de las veces conjeturamos acertadamente. Ahora, si
somos del tipo de persona que en seguida se cree lo que dice, podríamos creer que
acerramos todas esas veces, Pero, con toda seguridad, no sabíamos si saldría cara o
cruz ese 50 por 100 de las veces que acertamos, no importa con qué fuerza lo
creyésemos. E1 conocimiento que tenemos no es mayor por el mero hecho de que
tengamos mayor confianza en nuestras creencias que las demás personas. No
depende de cuan firmemente creamos algo, sino de qué fundamentos, qué razones,
tengamos para creerlo. Esto nos lleva a nuestra tercera condición:

c) Hemos de poseer elementos de juicio a favor de p (razones para creer p).


Cuando conjeturábamos qué tiradas de la moneda serían cara, no teníamos ninguna
razón para creer que serían acertadas nuestras conjeturas, de modo que no lo
sabíamos. Pero después de que nos fijamos en todas las tiradas y observamos
cuidadosamente de qué lado cayó la moneda cada vez, lo supimos. Tuvimos la
prueba de nuestros sentidos —así como los de las personas de nuestro alrededor, y
fotografías si hubiésemos deseado tomarlas— de que esta tirada fue cara, esa cruz, y
así sucesivamente. De igual modo, cuando predecimos, sobre la base de la puesta de
sol roja de hoy, que mañana hará buen tiempo, no sabemos aún si nuestra predicción
será confirmada por los hechos; tenemos (quizá) una razón para creerlo, pero no
podemos estar seguros. Pero mañana, cuando salgamos a la calle y veamos qué tal
tiempo hace, lo sabremos seguro; cuando llegue mañana tendremos ante nosotros la
prueba total, cosa que aún no tenemos esta noche. Mañana «estará presente la
prueba»; esta noche, no es conocimiento, sino sólo una “conjetura aprendida”.

Este es, entonces, nuestro tercer requisito: que haya elementos de juicio. Pero en este
punto comienza nuestro problema. ¿Cuántos elementos de juicio han de haber?
«Algunos» no vale como respuesta: puede ser que haya algunos elementos de juicio
que indiquen que mañana va a hacer sol, pero todavía no sabemos que será así. ¿Y
«todos los elementos de juicio disponibles»? tampoco esto serviría; todos los
elementos de juicio ahora disponibles pueden no ser bastantes. Todos los elementos
de juicio de que ahora disponemos están lejos de hacernos capaces de saber si hay
seres conscientes en otros planetas. No lo sabemos, incluso después de haber
examinado todos los elementos de juicio que hay a nuestra disposición.

¿Y «elementos de juicio suficientes para darnos una buena razón para creerlo»? Pero
¿cuántos elementos de juicio son éstos? Yo puedo haber conocido a alguien y haberlo
encontrado escrupulosamente honesto siempre; prácticamente por cualquier criterio,
esto constituiría un buen elemento de juicio de que será honesto la próxima vez, y aún
así puede no serlo; supongamos que la próxima vez le roba a alguien la cartera. Yo
tenía una buena razón para creer que seguiría siendo honesto, sin embargo, yo no
sabía que seguiría siendo honesto, pues no resultó cierto. Todos estamos
familiarizados con casos en que alguien tenía una buena razón para creer una
proposición que, sin embargo, ha resultado ser falsa.
¿Qué es, entonces, suficiente? Ahora estamos tentados de decir «elementos de juicio
completos —todos los elementos de juicio que pueda haber—, las obras, todo». Pero
si decimos esto, démonos cuenta de que hay muy pocas proposiciones cuya verdad
podamos pretender conocer. La mayor parte de aquellas proposiciones que en la vida
diaria pretenderíamos sin la menor vacilación conocer no las conoceríamos, de
acuerdo con este criterio. Por ejemplo, decimos «sé que si soltase este lápiz se
caería», y no tenemos la menor duda de ello; pero aunque tengamos unos elementos
de juicio excelentes (los lápices y los demás objetos se caen siempre que los
soltamos), no tenemos elementos de juicio completos, pues no hemos observado aún
el resultado de soltarlo en este momento. Por tomar un caso incluso más claro,
decimos «sé que hay un libro delante de mí ahora», pero no nos hemos ocupado de
hacer todas las posibles observaciones que serían relevantes para determinar la
verdad de este enunciado: no hemos examinado el objeto (el que tomamos por un
libro) desde todos los ángulos (y dado que hay un número infinito de ángulos, ¿cómo
podríamos hacerlo?), e incluso sí lo hubiésemos mirado concienzudamente durante
media hora, no lo hemos hecho cien horas, ni un millón; y no obstante parecería
(aunque algunos lo han discutido, como veremos) que sí una observación proporciona
elementos de juicio, mil proporcionarán más elementos de juicio, ¿y cuándo
podríamos dar por acabada la acumulación de elementos de juicio? O también,
decimos «sé que la casa del señor Jones está en la esquina; he vivido en esa
manzana toda mi vida, he visto la casa cien mil veces, de modo que debo saberlo»,
aunque ciertamente no tenemos «todos los elementos de juicio que pueda haber».
¿Cómo podríamos saberlo, si la acumulación de elementos de juicio nunca parece
terminar? Por muchos que tengamos, siempre podríamos tener más; más allá de
cierto punto no los consideramos necesarios, aunque siempre podríamos obtener más
si quisiéramos.

Podríamos, sin embargo, aferramos a nuestra definición y decir que realmente no


conocemos la mayor parte de las proposiciones que en la vida diaria pretendemos
saber: quizá yo no sepa que tengo un libro ante mí, que estoy en casa y no fuera, que
estoy leyendo oraciones escritas en castellano o que hay otras personas en el mundo.
Pero ésa es una afirmación sorprendente y necesita ser justificada. Estamos
convencidos de que sabemos estas cosas: actuamos sobre su base cada día de
nuestras vidas, y si fuera de una clase de filosofía se nos preguntase sí las
conocemos, diríamos sin la menor vacilación que sí. Es seguro que no podemos
aceptar una definición de «conocer» que prácticamente niegue la existencia a todo
conocimiento. Pero si no, ¿qué alternativas tenemos?

«Quizá no tengamos por qué llegar tan lejos como para decir "todos los elementos de
juicio" y "elementos de juicio completos" y cosas por el estilo. Todo lo que hemos de
decir es que debemos poseer elementos de juicio adecuados.» Pero, ¿cuándo son
adecuados los elementos de juicio? ¿Es algo menos que «todos los elementos de
juicio que pueda haber»? «Bueno, adecuados para capacitarnos conocer.» Pero esta
pequeña adición a nuestra definición nos mete en un círculo. Estamos intentando
definir «conocer», y no podemos hacerlo empleando la conveniente frase “suficiente
para capacitarnos conocer”. Pero una vez que hemos abandonado la expresión «para
conocer», nos quedamos una vez más con nuestro problema: ¿cuántos elementos de
juicio son los adecuados? ¿Son los adecuados cuando hay algo menos del total? Si
no tenemos todos los indicios, sino sólo si 99,99 por 100 de ellos, ¿no podría ser que
ese 0,01 por 100 que fuese en contra del resto y nos exigiese concluir que esa
proposición, después de todo, no puede ser verdadera, y por tanto que no la
sabíamos? Es seguro que ha ocurrido con bastante frecuencia que un enunciado que
pensábamos saber, al que quizá incluso habríamos apostado nuestras vidas, resultó
al final falso o dudoso. Pero en ese caso, después de todo, realmente no lo sabíamos:
los elementos de juicio eran buenos, incluso abundantes, pero a pesar de todo no lo
suficientemente buenos, no realmente adecuados, puesto que no fueron suficientes
para garantizar la verdad de la proposición. ¿Podemos saber p con algo menos del
total de los elementos de juicio sobre p que pueda haber?

Visualizador de clase.
Hoja de trabajo en clase.

a. En grupo desarrolla las siguientes preguntas.

1. Explique por qué no basta la condición uno para definir el conocimiento.


2. Explique por qué no basta la condición dos para definir el conocimiento.
3. Si no es posible estar totalmente justificados en creer que algo es el caso,
¿se puede concluir que el conocimiento es imposible?

b. Luego de debatir tus respuestas en el grupo, exponlas a tus compañeros


de salón.