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¿QUÉ SÉ DE LITURGIA?

(por Xavier Aymerich)

1. Esta nueva sección (introducción)

El título nos da ya la pista de lo que pretendemos: "¿Qué sé de liturgia?". Se trata


de dar una formación básica sobre los temas fundamentales de la liturgia. Porque a
menudo nos ocurre que, cuando hablamos de cosas relacionadas con la liturgia, nos
referimos a aspectos prácticos de nuestras celebraciones, o sea, de cómo se deben hacer
la cosas. Pero nos falta el por qué, es decir, su sentido, su significado. Y también a veces
nos ocurre que, cuando queremos reflexionar más a fondo, de manera digamos más
teórica, lo hacemos sobre elementos diversos de la liturgia. La Eucaristía, los
sacramentos, las partes del ritual, los ministerios, los tiempos litúrgicos… Pero pocas
veces nos paramos a reflexionar sobre la liturgia en general, sobre su sentido e
importancia, sobre lo que significa para la fe cristiana la dimensión celebrativa. Éste es
el objetivo de esta sección: ayudar a los fieles a profundizar en la liturgia, es decir, en
nuestras celebraciones, como un momento central de la vida cristiana personal y
comunitaria. Eso sí, de manera llana y comprensible para todo el mundo.
Avanzamos ya, para empezar, que la fe cristiana tiene diversas dimensiones o
ámbitos, que podríamos resumir en tres: los contenidos de la fe, o sea, lo que creemos y
enseñamos; la celebración de la fe, especialmente en la Eucaristía y los sacramentos; y
lo que hacemos y vivimos, o sea, los valores, la ética propuesta por la fe cristiana. El
Catecismo de la Iglesia Católica denomina así las tres dimensiones: la profesión de fe,
la celebración del misterio cristiano, y la vida en Cristo. La liturgia sería el segundo de
estos ámbitos, o sea, el de la celebración de la fe. Y, significativamente, la celebración
de la fe está en el centro. Es decir, que lo que creemos (fe creída) lo celebramos (fe
celebrada, liturgia), y lo llevamos a la vida (fe vivida). De esta centralidad de la liturgia
en la vida cristiana, así como de su sentido y significado, iremos hablando en los
diversos artículos de esta sección.

2. ¿Qué quiere decir liturgia?

Liturgia es la palabra que usamos para denominar todos los actos en que la
Iglesia celebra su fe (Eucaristía, sacramentos…). Es una palabra de origen griego
("leitourgia") que significaba servicio, ministerio, función pública. Aplicado a la
religión, la liturgia era el servicio sagrado en el culto público a Dios. Pensemos que
estamos hablando de la Grecia antigua; por tanto, en el contexto de los dioses, los
templos, los ritos y sacrificios… Los sacerdotes, pues, eran los "liturgos", o sea, los
ciudadanos encargados de este servicio público, el culto religioso en este caso.
Aplicada al cristianismo, la liturgia será la celebración pública del culto ofrecido
a Dios por la Iglesia en nombre de Jesucristo, a través de los ritos correspondientes. La
liturgia cristiana evidentemente supera los cultos paganos, pero el significado se
mantiene en el sentido de celebración comunitaria, con unos ritos establecidos. El valor
añadido de la liturgia cristiana está en que no se trata solamente de un acto de culto del
pueblo para con Dios, sino también de santificación de las personas por la gracia de
Dios; o sea, en un doble movimiento "hacia arriba y hacia abajo", por decirlo de alguna
manera.
Explicado mejor, y para que se entienda… La liturgia celebra la obra salvadora
de Dios para con la humanidad, que empezó desde la creación del mundo y se ha ido
manifestando de diversas maneras a lo largo de la historia y que ha culminado en
Jesucristo: su vida, sus palabras, sus gestos curadores, y sobre todo su muerte y
resurrección, completada con el don del Espíritu Santo. Podemos decir que Jesucristo es
el gran sacerdote (mediador) en quien se hace presente de forma plena la obra del amor
salvador de Dios para con los seres humanos.
La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, continúa a través de la liturgia esta obra
salvadora de Dios en Jesucristo por la fuerza del Espíritu Santo. En la celebración
litúrgica los cristianos alabamos a Dios y le damos gracias por este amor tan grande
(dimensión ascendente), al mismo tiempo que se hace presente, se actualiza, se realiza
el misterio de la redención obtenida por él (dimensión descendente).

3. El lenguaje simbólico.

Para comprender la liturgia, nos hemos de detener en primer lugar en una


cuestión antropológica: el lenguaje simbólico. La vida humana está llena de signos y
símbolos que sirven para expresamos y para comunicarnos. Algunos son simples signos
convencionales: las señales de tráfico, por ejemplo. Pero los seres humanos tenemos
toda una riqueza simbólica que va más allá del lenguaje estrictamente racional y
conceptual. Las grandes experiencias humanas, las más internas de la persona (como
son las emociones, los sentimientos, también las creencias), sólo se pueden expresar a
través del lenguaje simbólico.
En la vida cotidiana hay muchos símbolos y gestos que refuerzan a las palabras:
una sonrisa, unas lágrimas, un beso, un abrazo, un regalo, una comida compartida…
Incluso las mismas palabras a veces adquieren un nuevo significado, como en el
lenguaje poético. Son gestos, objetos, acciones, que evocan, recuerdan, revelan otra
cosa más profunda que lo que son en si mismos: son signos exteriores que expresan un
sentimiento o una vivencia interior, que quedan transformados por el nuevo significado
que se les da. Y es cierto que la vida y las relaciones entre las personas están llenas de
estos símbolos o "sacramentos". De hecho, hay muchos ámbitos de la vida que tienen su
"liturgia" (las familias, las parejas, los grupos de amigos, los deportes…).
El lenguaje religioso está también lleno de elementos simbólicos que sirven para
expresar y vivir la relación con Dios, signos visibles para expresar lo invisible. La
relación entre Dios y los seres humanos, es decir, la fe, la vivencia espiritual y religiosa,
necesita de este lenguaje simbólico para expresarse. A veces son simples signos (una
cruz, una imagen, objetos sagrados…), a veces son elementos de la naturaleza que
cobran un nuevo significado (luz, agua, fuego, viento, un paisaje…), otras veces son
ritos que se celebran en comunidad (comidas, sacrificios, oraciones, peregrinaciones…).
Estos ritos simbólicos que utiliza una comunidad para relacionarse con Dios, para entrar
en el ámbito de lo sagrado, son lo que constituye la liturgia.

4. Los sacramentos de la fe.

En el artículo anterior explicábamos cómo la vida humana está llena de símbolos


y gestos que refuerzan las palabras; es lo que denominamos lenguaje simbólico. Y
también vemos cómo el lenguaje religioso está lleno de estos elementos simbólicos que
sirven para expresar y vivir la relación con Dios, para entrar en el mundo de lo sagrado,
signos visibles para expresar lo invisible. Estos ritos simbólicos son lo que se
denominan "sacramentos" o "misterios", entendiendo como "misterio" aquella
mediación a través de la cual se puede acceder a la presencia divina escondida, oculta,
tras aquel símbolo o rito. Todas las religiones participan de este lenguaje sacramental,
inherente a la experiencia religiosa de los seres humanos.
El Antiguo Testamento utiliza muchos de estos símbolos, ritos y fiestas que
expresan la alianza de Dios con su pueblo, que recuerdan y actualizan las obras
admirables realizadas por Dios a favor de Israel. Así, Moisés celebra un sacrificio como
signo de comunión con Dios (Éxodo 24), los profetas anuncian la venida del Mesías con
la imagen de un banquete (Isaías 25,6-9)… El gran rito del pueblo de Israel es la cena
pascual, a través de la cual el pueblo recuerda, agradece y de alguna manera participa
del gran acontecimiento de la Pascua judía, cuando Dios libró a su pueblo de la
esclavitud de Egipto (Éxodo 12).
También Jesús hace signos y gestos para acompañar sus palabras que traen la
salvación y anuncian la llegada del Reino de Dios. Éste es el sentido de tantos milagros
que aparecen en el evangelio, expresión de la solicitud y el amor de Dios para con los
pobres y los que sufren. En estas escenas, Jesús toca (Mt 8,3; 9,29), toma de la mano
(Mc 1,31), mira y ama (Mc 10,21), acoge y abraza (Mc 10,13-16)… También sus
palabras están llenas de simbolismos (por ejemplo, "Yo soy la vid, vosotros los
sarmientos", Juan 15,5; o cualquiera de las parábolas). Finalmente, las palabras y gestos
de la Última Cena se convertirán en ritos simbólicos que perpetuarán su presencia en la
comunidad (Mt 26,20-30 y paralelos; Jn 13,1-20).

5. Los sacramentos de la Iglesia.

En los dos artículos anteriores de esta sección hemos hablado del lenguaje
simbólico, concretamente aplicado al lenguaje religioso. Veíamos cómo la vida humana,
y concretamente la experiencia religiosa de las personas y de las comunidades, están
llenas de "sacramentos", tienen su "liturgia". Pero cuando hablamos de los sacramentos,
propiamente, ya quitamos las comillas que hasta el momento habíamos puesto al hablar
de los "sacramentos" de la vida y de los "sacramentos" de la fe. Porque los sacramentos
y toda la liturgia de la Iglesia, ciertamente, participan de este lenguaje simbólico, pero
van más allá.
Los sacramentos de la Iglesia no sólo son símbolos humanos, nuestros, sino que
son también, por llamarlo de alguna manera, símbolos de Dios. Los sacramentos no sólo
simbolizan a Dios, sino que, a través de ellos, Dios mismo se hace presente. Los
sacramentos nos comunican su gracia, nos hacen participar de la vida divina, nos unen a
Jesús muerto y resucitado. A Dios se le puede descubrir en todas partes (en la
naturaleza, en las personas, en la misma comunidad cristiana…), pero las celebraciones
litúrgicas son unos momentos privilegiados y reconocidos por todos, y con la garantía
de la Iglesia, de esta presencia de Dios en nosotros. Sin entrar aún en todo su contenido
y significado, es evidente que la celebración de los sacramentos son unos momentos
centrales para la vida cristiana, ya que por ellos celebramos nuestra fe, alabamos a Dios
y le damos gracias por todos sus dones, especialmente por Jesucristo, y al mismo tiempo
continuamos recibiendo la fuerza de su amor en el Espíritu Santo.
No obstante, para comprender y captar la importancia y la centralidad de la
liturgia, y para poder vivirla con intensidad, para que no se conviertan en simples ritos
sin sentido, se precisa una iniciación, una educación, tanto de la sensibilidad simbólica
de la que participan los signos sacramentales, como del significado y contenido de cada
uno de ellos. En un mundo tan secularizado y materialista como el nuestro, esta
formación es una primera condición y un reto pastoral para poder entender, celebrar y
vivir la liturgia y los sacramentos.

6. Jesucristo y la Iglesia.
Después de haber hablado de lo que significa la palabra "sacramento" en el
sentido amplio (los sacramentos de la vida, los sacramentos de la fe), y antes de entrar a
comentar los siete sacramentos de la Iglesia, vale la pena aún citar una aplicación del
concepto de sacramento que introdujo la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del
Concilio Vaticano II (n. 5-6). Y es que Jesucristo se puede considerar el "sacramento
originario" de Dios, y la Iglesia el "primer sacramento" de Cristo.
Efectivamente, la encarnación de Dios en Jesucristo es la plenitud sacramental,
es la suprema revelación de Dios. Dios se hace presente, visible, próximo a los seres
humanos en Jesucristo. La salvación de Dios se ha hecho presente en su vida, en sus
gestos y palabras, y sobre todo en su muerte y resurrección ("misterio pascual "). Por
eso podemos decir que Jesucristo, el Señor crucificado y resucitado, es el "sacramento
original y primordial" en el cual Dios Padre se ha hecho cercano a la humanidad para
darnos la salvación y la vida eterna.
La Iglesia, comunidad de creyentes en Cristo, podemos decir que es el “primer
sacramento” de Cristo, es decir, el signo permanente de su presencia en el mundo. La
Iglesia es el lugar donde más fácilmente podemos encontrar a Jesucristo: ella nos ha
transmitido el Evangelio, la tradición, está llena de “sacramentos” o signos de su
presencia (en la liturgia, en las personas, en la Palabra de Dios, en las múltiples
actividades…). Ciertamente es un lugar privilegiado de encuentro con el Señor, porque
él mismo está presente en ella en su Espíritu. Sin querer encerrar a Dios en las iglesias,
es evidente que en la Iglesia hay una densidad de “sacramentalidad” porque Cristo
Resucitado se hace presente en la comunidad de creyentes reunidos por el Espíritu
Santo.
Y esta Iglesia comunica su riqueza salvadora a través de las celebraciones
litúrgicas, y en concreto a través de los sacramentos (ya en sentido propio, los siete
sacramentos de la Iglesia), que se convierten en momentos especiales donde se expresa,
celebra y realiza esta presencia salvadora de Dios en Jesucristo.