Sie sind auf Seite 1von 5

“Quienes la poseen están más altos,

son más libres; la autonomía es una forma de


concebir lo que es ser una persona fuerte”
(Sennett: 116).

Autoridad y Autonomía

Lo primero que el término automomía evoca es la ley, una ley propia. Es autónomo
quien no depende de otros y se dicta su propia ley. La dependencia se opone a la
autonomía y esa es una de las razones por la que aautónomos e independientes
suele aparecer juntos hasta confundirse. Según Sennett, la autonomía recuerda el
dominio de sí. Es por esa razón que las personas autónomas inspiran respeto,
admiración, sumisión y/o temor. Existen imágenes de la autoridad que no precisan
del cuidado o el control de los otros. Quien no nos necesita para nada puede
prescindir de nosotros y dominarnos sin demasiado gasto de energía. Ese
desequilibrio produce una guerra de necesitados. Unos necesitan más y otros
menos. El mismo Sennett postula dos caras de la autonomía. Por un lado, en su
forma sencilla, tiene autonomía quien sabe hacer algo, es decir, quien tiene una
profesión, un oficio o una especialidad. Mientras que los especialistas son
personas que parecen no necesitar a los otros los dependientes son pura
necesidad. Mientras que el conocimiento libera y puede hacernos prescindir de
otros, la ignorancia nos transforma en dependientes. Mientras que la heteronomía
puede redundar en sumisión la autonomía se asocia a la libertad.

Por otro lado, la forma compleja de la autonomía no hace foco en el oficio o en la


virtud sino en la personalidad. Sus cualidades nos son familiares: Independencia,
dominio de sí y capacidad para influir en los otros. Como podrán ver, esta segunda
versión de la autonomía remite al trabajo sobre los otros y resulta particularmente
atractiva en tanto nos reenvía a la ya conocida dupla acción y reacción, tan decisiva
para entender los asuntos vinculados a la autoridad. Como hemos visto en Kojève,
la reacción muestra el fracaso de la autoridad. Un sacado, es la figura misma del
fracasi de la autoridad. La personalidad del excitado choca con el temple de las
figuras autorizadas. Por otro, lado, el rechazo/reacción a la autoridad muestra la
dependencia que lo funda. Sennett lo llama “dependencia desobediente”. Puede
ser útil seguir a Jon Elster cuando afirma que “tampoco puede uno, no
autónomamente, convertirse en autónomo” (80).

Otro de los rasgos más visibles de las personas autónomas radica en la negativa a
dejarse influenciar. Los fácilmente influenciables son (otra vez) débiles y
dependientes. Quien tiene capacidad de influenciar ejerce cierto tipo de autoridad.
En los relatos pedagógicos acerca de los maestros y profesores es común asociar la
autoridad a la influencia. El “dejar” marcas en los otros es uno de los nombres de
esa influencia. Para Sennett “la idea de influencia es la expresión última de la
autonomía”. (…) La influencia encaminada a hacer que los trabajadores estén más
contentos con su trabajo les niega una libertad equivalente: el carácter de las
satisfacciones es algo que se les da hecho, quienes tienen influencia no dicen quiénes
son, lo que representan ni lo que esperan; las influencias no son normas, sino
estímulos. Depende del subordinado averiguar qué es lo que se pretende. Este es el
ejemplo más extremo de un dicho de Hegel: la injusticia de la sociedad es que el
subordinado debe interpretar lo que es el poder” (113).

Mientras que la influencia (tal vez uno de los anhelos pedagógicos por excelencia)
es una de las formas de intentar generar en los otros ciertos estados emocionales,
el término más preciso para sintetizar el matrimonio entre autonomía y autoridad
puede que sea “indiferencia”, término que, entre paréntesis, es uno de los
antónimos de la palabra vocación. Quién se ha ocupado con talento al repecto es
Jon Elster. Una persona que disfruta consigo misma y con su propia grandeza apenas
le preocupa la impresión que causa en los demás y no la calculará precisamente. Y
esto los demás lo saben: saben que una expresión auténtica es aquella que se
despreocupa de la opinión ajena y que no mide sus efectos (…) esa “despreocupación
narcisista”, dice Elster, por la impresión que uno puede producir en los demás
(101)). Los autónomos no precisan reclamar ni admiración ni aprobación. Los
distingue cierta calma e inmutabilidad. Sennett usa la palabra “hechizo”. Los
indiferentes de todos los tiempos se nos presentan como no disponibles, inasibles
o imposibles. Pero la indiferencia puede, en un santiamén, trocarse en desprecio.

Como hemos sugerido, quien no nos presta ninguna atención nos ningunea o
directamente no nos cuenta, no nos tiene en cuenta. La indiferencia tiene varias
caras. Una de esas caras la podemos ver funcionar en la política. Como afirma
Jacques Rancière (El desacuerdo. Bs.As. 1996. Nueva Visión) “Hay política cuando
hay una parte de los que no tienen parte, una parte o un partido de los pobres. No
hay política simplemente porque los pobres se opongan a los ricos. Antes bien, hay
que decir sin duda qué es la política – esto es, la irrupción de los meros efectos de la
dominación de los ricos- la que hace existir a los pobres como entidad (…) El partido
de los pobres no encarna otra cosa que la política misma como institución de una
parte de los que no tiene parte (25 y 28).

Sennett dice lo siguiente:

“Una persona bien educada y segura de sí misma puede cuidarse de sí misma, es


independiente, se distingue de la multitud, todas esas imágenes se expresan en el
modismo idiomático de decir que esa gente tiene “clase”. Son como faros. En cambio,
las imágenes de quienes se hallan en la masa son de personas cuyos caracteres son
tan poco notables y están tan subdesarrollados que no despiertan ningún interés. Se
hallan en la sombra” (Sennett: 92). “La autonomía se refiere a alguien que ha
desarrollado su talento, una personalidad, un estilo que tampoco es normal, pero en
este caso la palabra que más vale utilizar es la de “corriente”. Pues lo que implica
“corriente” es un estado de ser carente de forma, nada notable, fofo; dicho de una
sola palabra, una condición amorfa de vida” (1982:93).

La indiferencia puede producir vergüenza y destruir una vida. La indiferencia


puede, incluso, confundirse con el desprecio, es decir, con “el fracaso de un objeto
en su intento de conseguir la atención del alma” (Sloterdijk, citando a Spinoza.
Editorial Nacional. Madrid: 42, 2002).

Uno de los tantos ejemplares autónomos de la cinematografía lo encarna Will


Freeman (Hug Grant) en la magnífica comedia “About a boy”. Freeman desprecia la
dependencia.”.
Es que efectivamente, el problema sigue siendo la relación. El mismo Sennett cierra
otro de sus magníficos libros con una pregunta formidable: ¿Quién precisa de
nosotros? “Si sé que un régimen que no proporciona a los seres humanos ninguna
razón profunda para cuidarse entre sí no puede preservar por mucho tiempo su
legitimidad” (La corrosión del carácter,155. Anagrama, 2009).

Pero la autonomía tiene su lado oscuro. Como afirma un personaje del genial
Philip Roth, en la novela que le valió el Pulitzer (Pastoral Americana. Madrid. Punto
de lectura. 2000): “El espanto de su terrible autonomía”. Para ver este dark side
de la noción sugerimos leer un libro “El respeto” libro que Sennett escribió 23
años después de “La autoridad”, dónde recorre, revisita y transforma la noción de
autonomía.

Autoridad y dependencia

Otra forma de enfocarnos en la cuestión de la dependencia es la que ofrecen Nancy


Fraser y Linda Gordon. Se trata de: “Una genealogía de la dependencia: rastreando
una palabra clave del Estado Benefactor” en el que las autoras desmenuzan y
analizan la noción. El punto de partida de las autoras es la constatación de que la
dependencia se ha vuelto una condición subjetiva. Suele verse como una falta, una
situación fallida o incompleta que debe ser reparada. Normal en el niño se vuelve
sospechosa y fatal para el adulto. El término es ubicuo y causa problemas como
consecuencia de su uso no reflexivo: “los usos irreflexivos de esta palabra clave
sirven para sacralizar ciertas interpretaciones de la vida social de la visa social como
intereretacionesde autoridad, así como para deslegitimar u oscurecer otras,
generalmente en beneficio de los grupos dominantes en la sociedad y en desventaja
de los subordinados. En USA dependencia se asocia al estereotipo de una mujer
pobre, desempleada, negra, soltera, con hijos, sin padre solvente a la vista. Esa
operación sesga el significado de la dependencia al mundo de la psicología y la
moral en desmedro de las responsabilidades políticas. Las autoras sintetizan su
esfuerzo inventariando cuatro registros del término:

a- Un registro económico circunscripto a la ecomomía, a la dependencia que se


manifiesta para subsistir.

b- Un registro asociado al estatus legal, acerca de la identidad, pública o legal.


La mujer casada depende de…

c- Un registro politico, es decir sujeción a un poder regulador externo.

d- Y un registro moral-psicológico asociado a la renuencia a querer una cuota


de poder o la “excesiva precariedad emocional (168).

El resultado de la alianza del trabajo de las dos profesoras (una historiadora y la


otra filósofa, ambas feministas) es que el significado de esta noción multiterreno
ha estallado y se ha diversificado. La novedad más relevante probablemente se
asocia la hegemonía de la versión psi de la dependencia con el dedibujamiento de
la responsabilidad política: “de manera sintomática, las que alguna vez fueron
comprensiones relacionales se han hipostasiado en una galería de retratos de
personalidades dependientes: primero, las amas de casa, los indigentes, los nativos y
los esclavos; luego, las madres solteras negras, adolesecentes y pobres”. (198). El
énfasis actual en la personalidad termina por exacerbar los problemas de género
haciendo de la independencia una virtud masculina. Una manera eficaz de sopesar
la eficacia política del concepto de dependencia es procurar conectarlo con la
noción de cuidado (Link a mi texto. Falsa antinomia entre enseñar y asistir y a
Todorov + sugerencia de lectura de Frente al límite. Todorov. Madrid. Siglo XXI,
1993. Caps. “Cuidado” y “despersonalización”, en especial del otro).

Sin embargo, pese al notable trabajo de Fraser y Gordon, creo que es nuevamente
Sennett quien describe con exactitud las ambiguedades de la dependencia. Su
hipótesis básica es que para el liberalismo la dependencia se asocia al parasitismo
y no es útil para la política. Depender es deshonroso.

En un primer momento, analiza lo que llama “la verguenza de depender”. Como


hemos postulado más arriba, quien necesita (depende) de otros se degrada. Los
dependientes son como niños que precisan ser guiados, son “espectadores”
pasivos de sus propias vidas, inmaduros crónicos. Sennett sigue a Kant y a Locke y
plantea que la dependencia puede ser autoimpuesta o producida por las
condiciones políticas. En el primer caso, evoca el pensamiento del genial Ettiene La
Boetie y su “Servidumbre voluntaria”. Su discurso comienza de la siguiente
manera: “De momento, quisiera tan solo entender cómo pueden tantos hombres,
tantos pueblos, tantas ciudades, tantas naciones soportar a veces a un solo tirano,
que no dispone de más poder para causar prejuicios que el que se quiera soportar y
que no podría hacer daños alguno de no ser que se prefiera sufrir a contradecirlo. Es
realmente sorprendente”. Éttienne de la Boétie. El discurso sobre la servidumbre
voluntaria. Tusquets Editories 1980 Barcelona, 52.

Sennett sigue la ruta de las autoras mencionadas y postula que aquellos que
afirman “no poder” disfrazan la vagancia, y que en realidad no es que no puedan
sino que “no quieren”, ignoran la conciencia de los privilegios propios, y el trayecto
que hace de cada uno de nosotros lo que en cierta manera somos. Cuando un
ejemplar vernáculo típicamente reaccionario señala a los que “no quieren
trabajar”, por ejemplo, según reza un enunciado protofascista tan típicamente
argentino, desconoce que la automomía, etendida como prescindencia de los otros,
es un derecho liberal. Como es sabido, los dependientes prefieren la institución con
sus virtudes y defectos, al entretenimiento fácil de las liberaciones.

En el otro extremo, nos enfrentamos a la dicha de depender, en tanto la vida sin


dependencia no tiene sentido, el “amor y sus talismanes”, como afirma Borges, “la
espera”, la de estar (o no estar) contigo que funda la poesía. Es en la ruta del amor
donde Sennett muestra como existen experiencias donde la dependencia y la
entrega no averguenzan sino que magnifican las relaciones, mientras que lo que
averguenza es, nuevamente, la indiferencia. Los autónomos pretenden
relacionarse con los otros sin amor.

El otro filósofo y psicoanalista que se detiene en el amor, es J.A. Miller. En otro


texto reciente, esta vez denominado, “Signos del amor. Cuando lo que se pide es
nada” ((http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-163348-2011-03-
03.html), se describe el valor de la ceremonia del amor, y la importancia de saber
que el otro esté: “que dé signos de su existencia; que responda, pues, al llamamiento,
o que llama para decir simplemente: “Aquí estoy”. Porque de lo que se trata es de
constatar de cualquier manera que “tu me faltas”.
Recordemos que, mientras que para Sennett la automía es autoridad sin amor,
para Kojève, también la relación de amor se opone a la autoridad (38).

¿Cómo se conectan autoridad, autonomía y dependencia? Bueno, nuestro amigo


Sennett lo dicen con sencillez: se concede autonomía y se respeta al otro.
Aceptando la necesidad de separarse de los otros al mismo tiempo que
reconocemos aquello que incluso no entendemos de los otros. Los ejemplos que da
Sennett son los de los maestros y los médicos: no entendemos qué hacen pero
confiamos en ellos al autorizarlos. Pero para que esto funcione se precisa que del
lado de quién confiamos, algo nos venga a cambio. Reciprocidad y mutualidad. El
secreto parece radicar en la alternancia de saber que “me falta el otro” y la
necesidad de librarme de él. La dependencia, vira en interdependencia. Pero no
parece nada fácil ¿No?

¿Qué sabemos?

- La autonomía tiene varias caras. Por un lado, al cederla valoramos a los


otros aún sin entenderlos. Por el otro, siempre se corre el riesgo de
utilizarla como manera de prescindir, ignorar, ningunear a los otros.

- La autoridad sin amor probablemente no sea autoridad, en tanto el amor


requiere de otros.

- La autonomía entendida como influencia puede impedir la reciprocidad.

- La entrega se opone a la indiferencia y no significa debilidad sino fortaleza.

- Probablemente Borges haya escrito la versión más atinada de la


dependencia. Su verso es realmente notable: “Estar contigo o no estar
contigo es la medida de mi tiempo”.