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Notas de tr.

: donde dice “testimonio directo” el inglés usa “eyewitness”, y donde dice


“indagación”, lee “inquiry”.

The Historian’s inquiry.


En la corte de los fenicios, Demódoco canta la disputa entre Odiseo y Aquiles y
encanta a su audiencia, con excepción del aun oculto Odiseo que cubre su rostro y llora.
Durante el banquete que sigue, Odiseo, a pesar de su lamento, manda al aedo una generosa
porción de carne y lo salud, alabando lo bien que cantó “todos lo que los aqueos hicieron,
sufrieron y padecieron, como si hubieses estado presente tú mismo, o lo hubieses
escuchado de quien estuvo” (Od. VIII. 489-91). En este simil, Odiseo anticipa los dos
métodos de validación de los historiadores contemporáneos: el testimonio directo
(autopsía) y la indagación de los participantes en los eventos. En la historiografía antigua,
las afirmaciones de autopsía e indagación se encuentran desde Heródoto hasta Amiano, y
sirven como uno de los medios más prominentes para reclamar la autoridad de narrar
tanto la historia contemporánea como no contemporánea.

I. Eyes, ears and contemporary history


En la historiografía griega, la confianza en la autopsía e indagación se encuentra por
primera vez en forma desarrollada a partir de Heródoto pero no sorprende, en vista de la
gran capacidad griega de examinación, que haya detrás del primer historiador una extensa
tradición de confianza en y cuestionamiento de la validez de esta clase de conocimiento.
En Homero, la autoridad de narrar el pasado viene de la inspiración de la musa. Odiseo,
en el pasaje citado arriba, equipara el canto de Demódoco inspirado por Apolo o por las
musas con el testimonio directo y la experiencia. Así también, el poeta de Ilíada invoca
las musas antes del catálogo de las naves en el canto II, llamándolas las diosas “que están
siempre presente y saben todo”, y como tales son superiores a los mortales quienes “han
escuchado rumores de ello, y no saben nada” (Il. II. 484-93). Para el poeta de Ilíada,
ninguna facultad natural sería suficiente si las musas faltaran. El énfasis aquí es en la
recha entre el “conocer” y el “aprender” el relato, no considerando al último como
conocimiento. Y el poeta sugiere que solo las musas pueden proporcionar ese
conocimiento al poeta.
En Odisea el descubrimiento y relato juegan un rol más importante, uno encuentra un
mayor interés en las fuentes humanas y en la veracidad (reliability) del conocimiento.
Cuando Telémaco visita a Néstor, le pregunta si ha visto o escuchado algo de Odiseo, “ya
sea que lo hayas visto quizás con tus propios ojos o hayas escuchado el relato de algún
otro viajero”; en el transcurso de su respuesta, Néstor confiesa su ignorancia sobre los
destinos de los aqueos y ofrece a Telémaco contarle “todo lo que he aprendido por
indagación sentado aquí en mi palacio” (Od. II, 92-95, III 186-7 Gould sostiene que la
estadía de Telémaco con Menelao es uno de los modelos para la indagación herodotea).
Esto no quiere decir, por supuesto, que el relato de otro tenga la misma validez que la
propia autopsía de Néstor: en efecto, es la ausencia de autopsía lo que garantiza la
ignorancia, así como el conocimiento se basa en ver por uno mismo: Eumeo, cundo cuenta
de las naves que los pretendientes han traído a Ítaca, dice “hay otra cosa que sé; porque
la he visto con mis propios ojos” (Od. XVII. 470). La jerarquía epistemológica en Odisea
es que la autopsía es la mejor y más confiable fuente de conocimiento, y el relato de los
testigos es el que sigue. Luego de esto, pareciera, ninguna certeza es posible,
especialmente en Odisea donde los viajeros son propensos a contar relatos imprecisos, y
el héroe en sí mismo teje engaños.
Con la revolución intelectual jónica del siglo VI a. C, comenzamos a ver
cuestionamientos al valor de la percepción sensorial. Aquí, por supuesto, la evidencia es
fragmentaria y, en el caso de los presocráticos, está sujeta a las interpretaciones más
variadas, aunque las líneas generales parecen más bien claras. Para simplificar, hay dos
acercamientos al problema de la percepción sensorial en los filósofos presocráticos. En
la primera, autopsía y el reporte oral, como experiencias sensoriales, son parte del proceso
que lleva al conocimiento y el primero es superior. Cuando Tales pregunta cuán lejos está
una mentira de la verdad, dice “lo mismo que los ojos de los oídos”. Al mismo tiempo
existe entre los mismos filósofos una desconfianza en la percepción sensorial y una
desvalorización del tipo de conocimiento que deriva de la mera indagación.
En Heráclito encontramos tanto una confianza en la percepción sensorial y la creencia
de que no es suficiente como medio para la sabiduría. Tenemos algunas pistas que nos
llevan a pensar que quizás vio la autopsía y el reporte oral como útiles y deseables. Polibio
afirma que para Heráclito los ojos son más dignos de confianza que los oídos, y que los
amantes de la sabiduría deben ser investigadores de muchas cosas (pollón hístorias). Pero
tal investigación no es suficiente, since much learning does not teach one to have
intelligence; for it would have taught Hesiod and Pythagoras, and again, Xenophonanes
and Hecateus (DK 22 B 40= FGrHist 1 T 21). De manera similar, Heráclito critica a
Pitágoras por seguir el camino de la indagación. Mucho aprendizaje (polymathíe) no es
sabiduría (noón éjein) porque la percepción sensorial es consistentemente problemática.
“Malos testigos para los hombres son los ojos y los oídos para aquellos cuyas almas son
bárbaras” (psichai barbaroí, ¿? DK 22 B 107). En las manos equivocadas y sin una guía,
los sentidos pierden el objetivo.
A mediados del siglo V a. C. Anaxágoras continúa cuestionando el valor de la
percepción sensorial, incluso cuando concede que a veces debe servir como fuente de
conocimiento. Sostiene que la debilidad de nuestros sentidos les impide ser capaces de
juzgar la verdad, aunque también sostiene que las cosas que son visibles (tá phainómena)
deben ser una visión (ópsis) de lo que es oscuro (DK 59 B 21; B 21a). Demócrito continúa
este pensamiento, de alguna manera contradictorio, volviendo a la noción de que los
sentidos son limitados, sugiriendo en un fragmento que no son parte de un conocimiento
genuino, mientras que en otro dice que la mente deriva sus pruebas de los sentidos. Sea
como fuere que construyamos estos diferentes puntos de vista, lo que podemos concluir
es que hubo un vigoroso y productivo debate entre los filósofos sobre el valor,
limitaciones y debilidades de la percepción sensorial.
Comparados con los filósofos, los historiadores no pueden sino parecer inocentes en
su fe en la sinceridad (directness) y veracidad de la percepción sensorial. Para ellos, la
afirmación resuelta de confianza en sus ojos y oídos permanece desde el principio como
la “metodología” elegida para la indagación histórica. Para estar seguros, esto no es de
ninguna manera inapropiado, dada su tarea; pero lo que nos falta es algún sentido de la
ocasionalmente problemática naturaleza de la percepción sensorial o su inadecuación
como metodología para escribir historia. Esta afirmación es tan simple y tan
indemostrable en última instancia que con facilidad llevó a la parodia (cf. Luciano VH
1.4, H.C. 29 y 28). Estudios modernos han notado la intensa dificultad de reconstruir
batallas a partir de los reportes de muchos testigos presenciales, pero los antiguos, con
pocas excepciones, parecen raramente haber imaginado tales problemas, y lo que
sorprende más es que muchos de ellos fueron ellos mismos participantes en un modo en
que los historiadores modernos raramente lo son.
No podemos decir mucho de la metodología de los historiadores tempranos. Nos
encantaría saber cómo Hecateo, que es llamado anér polyplanés, introdujo su Ges
Periodos, ya que la importancia de los viajes de investigación en una obra tal podría haber
sido prominente. Quizás métodos de indagación y su verificación existieron incluso antes
de Hecateo en la forma de reportes de viajes tales como el escrito por Escilax de Carianda.
Lo que está quizás implícito en Hecateo se hace explícito en Heródoto. Para este
historiador, el testimonio ocular o autopsía (ópsis) es el modo más certero de
conocimiento; donde no es posible, uno debe recurrir a los reportes orales, probablemente
de testigos. La confirmación de tales reportes podría ser establecida por la por la propia
autopsía (por ejemplo, un monumento); si la indagación es imposible, uno puede usar la
conjetura y someter al relato a la prueba de la probabilidad. Donde la certeza es imposible,
y donde las fuentes discrepan, uno puede intentar desenredar las tramas conflictivas pero
con mucha frecuencia uno no puede hacer más que establecer qué sostiene cada lado.
La decisión de Tucídides de escribir historia contemporánea abre nuevas
posibilidades para el historiador. Tucídides deja claro, como Heródoto solo sugiere, que
está basando su narrativa en lo que sus propios ojos vieron y en las noticias de otros que
también fueron testigos oculares (Thuc. I 22.2-3). En Heródoto, la superioridad de la
autopsía frente al testimonio oral es clara y consistente: de hecho, en la historia de
Cándules y Giges explícitamente afirma que “los oídos son menos confiables que los
ojos” (Hdt. I. 8. 2, Luc. h.c. 29). Para Tucídides, la línea entre la autopsía y el
conocimiento certero no esta tan directamente delineada. Preocupado como está por
subrayar realidades que no son siempre manifiestas o fácilmente percibibles (como en su
creencia de las causas de la guerra I.23.6), no sugiere que la autopsía es superior a la
indagación, y en al menos un lugar no deja dudas de la validez de la autopsía para la
historia contemporánea. En la Arqueología (I. 2-9), afirma que sería engañoso para las
futuras generaciones juzgar el poder de Atenas y de Esparta de acuerdo a sus
monumentos, ya que la austeridad de Esparta y la abundancia de Atenas podrían llevar en
cada caso a estimar erróneamente el poder de ambas ciudades (Thuc. I. 10. 1-3, esp. la
conclusión de 3). Esta es la razón por la cual en las afirmaciones metodológicas del libro
I, ninguna ventaja es asignada a la autopsía por sobre la indagación, ya que ambas deben
se sometidas a un proceso de verificación (I. 22. 2). Es claro que Tucídides someterá tanto
su propia autopsía como su indagación a un proceso de precisión (akríbeia), que aquí
debería significar “en consonancia con la realidad externa”. Su propia autopsía, confiable
en la medida de lo posible, no era sin embargo suficiente, o podría ser malinterpretada,
dado lo que estaba ocurriendo por todas partes, quizás sin su conocimiento.
Su contemporáneo Eurípides reconoció el problema también; en Las Suplicantes
Teseo no deja dudas de todos las noticias de los participantes en la batalla:
Hay una cosa que no te preguntaré para no caer en ridículo: con quién se enfrento
cada uno en el combate y de qué enemigo recibió herida de lanza. Estas palabras son
inútiles para quien las oye y para quien las pronuncia, si este ha asistido a la batalla,
cuando una nube de lanzas pasa ante sus ojos, y pretende relatar con exactitud quiénes
han sido los valientes (Suppl. 846-56).
De manera similar, Tucídides indica en sus palabras de apertura a la batalla de
Epipolas la dificultad de reconstruir no solo una batalla nocturna, sino incluso una que
ocurre bajo situaciones normales (VIII. 44. 1). Y aun así, la descripción de la batalla de
Epipolas tiene típica certeza tucididea (Dover, Thucydides). Es importante enfatizar este Commented [eg1]: Conseguir.

punto aquí ya que en ocasiones se sostuvo que la confianza de Tucídides en las marcas
de autopsía son superiores a las que encontramos en Heródoto. Tucídides, sin embargo,
le quita valor a la autopsía al decir que los testigos presenciales de un mismo evento no
siempre cuentan la misma historia (I. 22. 3). La memoria y el prejuicio (sumado a otras
dificultades) afectan el relato de tal manera que incluso la autopsía puede no ser confiable
en ocasiones, y las necesidades del historiador, por tanto, pueden establecer relatos
contradictorios con akribéia. Cómo hizo esto, no lo dice. En Tucídides, autopsía e
indagación están garantizadas en una forma general en la primera sección de la obra, y
una metodología que va a ser válida para toda la obra se elabora. La subestructura de la
indagación, prominente en Heródoto, ha sido tomada de la vista.
Jenofonte, como muy a menudo, deja su metodología implícita para ser inferida
del texto, y tenemos algunas razones para pensar que aceptó sin dificultad la creencia de
que el testimonio presencial (directo, ocular) era el más confiable (Xen. Hell. IV, 3.2).
Éforo, al ser el primero en escribir una historia universal, se preocupó por elaborar una
metodología que explicaría la actitud diferente a los distintos períodos abarcados por su
obra. Mientras que no tenemos afirmaciones de autopsía personal o de indagación en los
fragmentos que sobreviven, sí tenemos dos declaraciones metodológicas, probablemente
desde el prefacio de la obra completa, donde