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GUSTAVO GURRRF.

RO

Literatura, nación y globalización en


Hispanoamérica: explorando el
horizonte post-nacional

Este artículo examina la cuestión de si las literaturas latinoamericanas actuales


se pueden seguir considerando como literaturas nacionales. A través de un vistazo
al panorama de las editoriales en España y América Latina, reflexiona además
sobre la fragmentación de los mercados y su efecto sobre los géneros y estilos de
los autores actuales, y postula el surgimiento de un quehacer literario más indi-
vidualizado y menos sujeto a consideraciones de identidad nacional o regional
El artículo discute las obras de una amplia gama de autores hispanoamericanos
de las generaciones surgidas entre 1990 y 2010, enmarcando su discusión en el
contexto de observaciones de Roger Bartray Jesús Martín-Barbero en torno a la
crítica del nacionalismo como ideología y el resquebrajamiento del papel de la
nación como totalidad trascendente. Toma nota además de que, junto al nacion-
alismo oflcialista promovido por los estados nacionales, ha existido una tendencia
autónoma e individualista entre los escritores, fruto de la tradición moderna,
que los lleva a buscarse un lugar propio al margen de la sociedad burguesa. Los
autores posnacionales de hoy día, señala el artículo, se caracterizan no tanto por
el deseo de ampliar las fronteras de lo nacional como por rechazarlas.

En una de las entrevistas del programa de investigación Agora


Cero que están colgadas en YouTube, el escritor mexicano Alvaro En-
rigue (1969) le describe a su entrevistador. Octavio Avendaño Trujillo,
la estructura de su novela La muerte de un instalador (1996). Echando
mano de una conocida teoría de Ricardo Piglia sobre la estructura del
cuento moderno, Enrigue señala que, en aquella narración, había en
realidad dos historias: una más aparente o visible, y otra menos obvia
o sumergida. La primera, ambientada en la bohemia postmoderna del
México de los noventa, relata la aventura de un extravagante colec-
cionista que, cansado de comprar arte, decide extremar su pasión y

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coleccionar a la persona de un artista. La segunda historia, que también


procede del México del fin de siglo, la que habria que aprender a leer
como entrelineas o en un doble fondo con respecto a la primera, es—
afirma Enrigue—la del descubrimiento que hacen muchos mexicanos
en esos años de que su país es bastante más plural de lo que imaginaban
y que en él se había escondido y reprimido durante décadas la radical
diversidad de varios de los grupos y culturas que lo componían (Aven-
daño Trujillo).
No creo que haga falta destacar con cuánta claridad Enrigue
pone de relieve en estas declaraciones algunos de los efectos más eviden-
tes del proceso globalizador en América Latina, tal como ha sido expe-
rimentado y descrito por los autores de nuestras generaciones más jóve-
nes, las que empiezan a publicar y a darse a conocer aproximadamente
entre 1990 y 2010. Se trata del cuestionamiento de la homogeneidad de
las culturas nacionales y la critica a la idea misma de nación, dos eventos
concatenados que constituyen uno de los principales telones de fondo
sobre el que surge este conjunto de cuentistas, novelistas, ensayistas y
poetas. Es verdad que entre ellos parecen muy distintos y que ya no
se les puede encuadrar en una estética única; pero no lo es menos que
tienen en común justamente el pertenecer al primer grupo de escritores
latinoamericanos que hace sus armas literarias en nuestra era global.

Bien visto, no es casual que sea un escritor de México, de un


país donde se discutió como en pocos el tema de la identidad nacional
a lo largo del siglo XX, quien señale esta problemática como trasfondo
de su literatura en los noventa. La denuncia de la ideología nacionalista
en tanto mecanismo de poder autoritario que impidió durante décadas
el desarrollo de una democracia moderna está, en aquel entonces, en el
corazón mismo del debate intelectual mexicano, como nos lo recuerdan,
entre otros, varios libros indispensables de Roger Bartra. Sin embargo,
sabemos que el fenómeno es más amplio y que, por esos mismos años,
y en casi toda América Latina, la globalización económica y tecnológica,
al plantear una redefinición de la autonomía del Estado y de su mar-
gen de maniobra política en los más distintos sectores de la sociedad,
estaba suscitando una crisis general de los referentes tradicionales de la
identidad colectiva, al tiempo que abría las puertas a una revalorización
de otras formas de identidad que habían sido ignoradas, ocultadas o
perseguidas por el proyecto centralista del Estado-nación moderno.
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Este, que se habia constituido en el actor central alrededor del cual


giraban nuestras sociedades, vio asi contestada su hegemonia y no ha
podido evitar que, en las últimas dos décadas, se produzca, en el plano
simbólico, un "descentramiento de lo nacional", como lo llama Jesús
Martin-Barbero (Martin-Barbero 302-03). O sea, el resquebrajamiento
del papel de la nación como totalidad que trasciende a las personas, los
grupos y las clases, como comunidad de destino que representa el hori-
zonte último de las prácticas sociales. Fenómenos que se inician en los
ochenta y noventa, como el resurgimiento de las literaturas en lenguas
indigenas o la aparición de una poesia femenina, o escrita por mujeres,
son ya ejemplos ampliamente debatidos de esta erosión del monopolio
de la referencia nacional entre nosotros.
Ahora bien, en el caso Hispanoamericano, las transformaciones
que produce el impacto de la globalización no se inscriben en una lite-
ratura sin historia ni en una historia sin literatura, como nos recuerda
el caso mexicano. Aunque en muchas áreas la construcción de nuestros
Estados-nación haya sido contradictoria, incompleta y deficiente, en
la cultural es de reconocer que la literatura fue, desde muy temprano,
uno de los factores más eficaces y activos en la configuración de las
identidades nacionales no sólo como instrumento de educación sino
como repertorio de simbolos y espacio de consolidación de las distintas
narrativas patrias. Dos estudios ya clásicos, el de Benedict Anderson,
Lmagined Communities, Refiections on the Origin and Spread ofiNationa-
lism (1983) y el de Doris Sommer, Eoundational Eictions (1991), nos
enseña con cuánta enjundia y hondura se llevó a cabo este proceso en
el ámbito hispanoamericano.

No habria que olvidar, sin embargo, que nuestra literatura fue


también desde muy temprano una literatura moderna y trajo consigo
una doble agenda individualizadora y autonomista que no podia me-
nos que entrar en confiicto con una instancia nacional que buscaba
imponerle deberes ciudadanos y los designios de una voluntad colec-
tiva. En efecto, recordemos que, desde un comienzo, el escritor y el
artista moderno se conciben históricamente en función de una lógica
individualista que no sólo los llama a escapar de los moldes de una
sociedad estamental y jerárquica, como la del Antiguo Régimen, sino a
construirse un lugar propio al margen de los condicionamientos y los
principios dominantes de la sociedad burguesa. Su enfrentamiento con
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el nacionalismo era así prácticamente inevitable, sobre todo si se tiene


en cuenta que la otra cara del proyecto individualizador moderno—que
es, en el fondo, la misma—lo constituye la defensa de la autonomía de
la creación y el campo estético.
Sobran los testimonios de este forcejeo en la historia de las
letras hispanoamericanas. Todos tenemos presente al Rubén Darío
que, en Historia de mis libros (1916), evoca aquella época de sus ini-
cios, cuando la poesía no tenía otro objeto ni fin en nuestra América
que no fuera "la celebración de las glorias criollas, los hechos de la
independencia y la naturaleza americana: un eterno canto a Junín,
una inacabable oda a la agricultura de la zona tórrida, y décimas pa-
trióticas" (Dario 22-23). Pero también podríamos traer a colación
alguna frase de Borges escrita cuarenta años más tarde y que corre en su
célebre ensayo "El escritor argentino y la tradición". Verbigracia: "[L]
os nacionalistas simulan venerar la capacidades de la mente argentina
pero quieren limitar el ejercicio poético de esa mente a algunos pobres
temas locales, como si los argentinos sólo pudiéramos hablar de orillas
y estancias y no del universo" (Borges 271). Cabe añadir que, entre
el Dario de 1916 y el Borges de 1950, este forcejeo no se hace menos
visible desde nuestras primeras vanguardias en la gestión interna de la
problemática del mestizaje, el hibridismo y la transculturación. Autores
como Arguedas, Carpentier o el joven Uslar Pietri ponen de relieve muy
temprano la espesura de nuestro imaginario colectivo, localizándolo en
el ámbito de lo nacional pero como a contrapelo, como propuesta de
modernidades alternativas a la del modelo occidental decimonónico.
Lejos de producirse sobre una tabla rasa donde no hay nada
aún trazado ni pintado, el impacto de la globalización en las últimas
décadas opera así sobre el telón de fondo de un conflicto ya centenario
entre un nacionalismo oficial y un cosmopolitismo y un culturalismo
nacidos con el siglo XX. O, digamos, entre la exigencia de hacer patria
con las letras, como otros la hicieron antes con las armas, y la reivindi-
cación de la libertad del escritor, la incondicionalidad del caldo criollo
y la independencia de la creación literaria. De ahi que, en muchos
aspectos, el escenario reciente parezca como una prolongación de un
viejo debate, pero si se mira bien, se verá que, en el nuevo contexto, éste
va a transformarse y a cambiar de sentido, generalizándose, a menudo
radicalizándose y, en muchas ocasiones, diversificándose.
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Digo, en primer lugar, generalizándose porque no sólo la novela


de Alvaro Enrigue, Muerte de un instalador, presenta como entrelineas o
en un doble fondo el tema de una crítica de lo nacional. También vamos
a encontrarlo de distintas maneras en otras ficciones, ensayos y poemas
del período, y podemos observar aun que se hace bastante explícito en
varias de las más controvertidas intervenciones públicas de los autores
de esta generación. Pienso, por ejemplo, en el gesto del novelista Rodri-
go Rey Rosa (1958) cuando se le otorga, en 2004, el Premio Nacional
de Literatura Miguel Ángel Asturias, la máxima distinción de las letras
guatemaltecas, y, en lugar de agradecer la recompensa, dona el dinero
para que se cree un premio nacional de literatura en lenguas indígenas
de Guatemala. La verdad es que a cualquiera que conozca medianamen-
te la novelística del autor de Piedras encantadas (2001) o de Caballeriza
(2006) mal puede sorprenderle esa actitud en uno de los escritores más
críticos hacia la sociedad y la cultura guatemalteca en tiempos de post-
guerra y reconciliación nacional. Dos de sus compatriotas, los poetas
Javier Payeras (1974) y Alan Mills (1979), adoptan hoy posturas no
menos impugnadoras ni controvertidas en libros como Soledadbrother
(2003) y Síncopes (2005) respectivamente.
He dicho, en segundo lugar, que el viejo debate ha ido radica-
lizándose porque la globalización pareciera haber aguzado la pluma de
muchos autores jóvenes que han hecho de la nación y el nacionalismo
literario uno de los blancos predilecto de sus ataques. No contentos con
ello, han llevado sus dichos a la práctica, produciendo ficciones narrati-
vas abiertamente desterritorializadas, que cuestionan la naturalidad del
vínculo entre cultura y territorio, ficciones donde lo nacional, como
reza la muletilla, brilla por su ausencia. Así, en la entrada "Naciona-
lismo" del diccionario del grupo mexicano Crack redactado por Pedro
Ángel Palou en 2004, puede leerse, entre otras cosas: "Mal entendido
patrioterismo. En estética: esterilidad. Regresión anal, búsqueda de un
origen imposible. Toda nación es una mezcla, un potlach, una maraña.
No hay identidad, como no hay yo. El yo es los otros. La nación en
singular no existe. ¿Será posible vivir felices en todas las patrias?" (202).
Ver en varias novelas suyas, como en la reciente El dinero del diablo
(2009), una consecuente extensión de sus palabras resulta bastante fá-
cil, sobre todo si lo que se retiene es el contexto europeo y sin anclajes
locales de una historia que se desarrolla en el Vaticano hacia los años
treinta del pasado siglo y repite, de esta suerte, un modelo bien asentado
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en Otras novelas del grupo Crack, como En busca de Klingsor (1999)


de Jorge Volpi (1968) o Amphitryon (2000) de Ignacio Padilla (1968).
Lo interesante, sin embargo, es comprobar cómo se combinan
en el discurso de Palou la vieja crítica cosmopolita del nacionalismo
literario y la nueva que denuncia la reificación de las identidades y
ataca la excluyente singularidad de nuestras culturas nacionales. Hay
un tenue matiz entre ambas, pero que no se puede dejar de tener en
cuenta a la hora de entender la diferencia entra la práctica de la ficción
extraterritorial que se halla en escritores como Borges o, más atrás en el
tiempo, Darío, y el tipo de ficción desterritorializada que traduce una
intencionalidad distinta entre los jóvenes autores de las últimas décadas.
Y es que la continuidad aparente no debe ocultarnos la solución profun-
da entre el forcejeo de un Darío o un Borges con los límites de nues-
tras literaturas nacionales en la época del esplendor del Estado-nación
moderno y el descentramiento de lo nacional que se está produciendo
actualmente con la globalización y que ha llevado a poner en tela de
juicio la idea misma que teníamos de la importancia de los lazos entre
territorio, lengua, cultura y nación. En este sentido, puede decirse que
si Borges o Darío luchaban por ensanchar las fronteras temáticas de sus
literaturas nacionales y, por ende, de la nación misma, Palou, Padilla o
Volpi, con una actitud mucho más radical, las ignoran o simplemente
les dan la espalda. No en vano éste último ha reivindicado en más de
una ocasión la herencia del anti-nacionalismo de Jorge Cuesta.
Pero el viejo debate no sólo se transforma radicalizándose y
generalizándose en su nuevo contexto. He dicho también que se diversi-
fica, pues las formas de intervención en el mismo son variadas y pueden
situarse a diferentes niveles dentro del vasto museo de los símbolos, las
narrativas y las glorias nacionales. En los ensayos del libro El libro perdi-
do de los origenistas (2002), el cubano Antonio José Ponte (1964) se en-
frenta, por ejemplo, con la figura altamente emblemática de José Martí
y cuestiona con lucidez y valentía el lugar solitario y hegemónico que,
como instrumento del poder, ocupa dentro del proyecto nacional repu-
blicano y revolucionario. "Lo que escribió y su nación imaginada y su
propia figura" escribe, "presuponían la cita en los carteles, la recitación
matutina junto a la bandera, la obligación escolar de leerlo y el servicio
a cuánta política cubana aparezca" (Ponte 115). Ponte ve en la crítica
a Martí un paso necesario para la formación de un panteón politeísta
y abierto que permita repensar la nación cubana de cara al porvenir en
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términos plurales. Otros ensayos suyos, como La fiesta vigilada (2008),


prolongan su reflexión sobre esta misma problemática.
Diez años antes, y en un registro bastante diferente, Rodrigo
Fresan (1963) nos ofrecía con su libro Historia argentina (1991) un
paródico teatro simbólico de la patria donde Evita, los gauchos, los
montoneros y hasta la Guerra de las Malvinas aparecían como prota-
gonistas o figurantes de una farsa globalizada, absurda y brutal. Bien
vista, no resulta menos impugnadora la novela del colombiano Juan
Gabriel Vázquez (1973), Los informantes (2004), que exhuma uno de los
numerosos capítulos omitidos en nuestras historias oficiales y pone de
relieve como la nación colombiana moderna ha construido la memoria
de todos sobre el olvido de muchos. Vázquez muestra con su ficción que
el pasado puede ser un territorio tan inseguro como el porvenir y que
las narrativas nacionales, lejos de representar un uniforme y unívoco
relato, son hoy un campo de batalla político donde se afrontan distintas
manera de mirar nuestras sociedades.
Podríamos citar otros ejemplos que vengan a acompañar a los
de Ponte, Fresan y Vázquez tanto en el ámbito de la revisión de las his-
torias patrias como en el de la crítica a los panteones y a los símbolos.
Pienso en alguna crónica corrosiva del chileno Pedro Lemebel (1955)
sobre las fiestas de su país, "Chile, mar y cueca", en La esquina es mi
corazón (1995), pienso en el Sarmiento que protagoniza Montevideo
(1997), la novela erótica del argentino Federico Jeanmaire (1957),
pienso, en fin, en Un lugar llamado Oreja de Perro (2008), la novela del
peruano Iván Thays (1969) que pone en escena las contradicciones de
la narrativa de la reconciliación nacional tras la guerra contra Sendero
Luminoso y tematiza no sólo la dificultad para reconstruir una memoria
común sino la imposibilidad de establecer un auténtico diálogo inter-
comunitario en los confines de los Andes a principios del siglo XXI.
Todos estos autores y algunos más participan del proceso globa-
lizador con sus obras a la par como factores y productos del descentra-
miento de lo nacional que se ha operado en años recientes. Y todos le
han dado a mucha de la literatura última de Hispanoamérica un cierto
sesgo que acaso habrá que aprender a percibir también en otros autores
y en otros textos aunque sea entrelineas o en un doble fondo, como
ocurre con la novela de Alvaro Enrigue. Para describirlo, quisiera traer
a colación una de las afirmaciones más conocidas y controvertidas de
Fredric Jameson, aquella según la cual las literaturas del Tercer Mundo
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deben leerse necesariamente como alegorias de lo nacional. Quizás no


sea demasiado impertinente introducir un matiz en esa frase y decir que
buena parte de nuestra producción de entre siglos puede ser leida, con
distintos grados de profundidad, como una alegoria crítica de lo nacio-
nal que ha venido a contribuir a la redefinición del lugar de la nación en
el ámbito de nuestra cultura. En tanto prolongación o desembocadura
del viejo debate entre cosmopolitas y nacionalistas, dicha alegoria trae
hasta el presente una parte de nuestro pasado, pero, al mismo tiempo,
se asienta en una era distinta y en la cual, como ha señalado Martin-
Barbero, "la identidad no puede seguir siendo pensada como expresión
de una sola cultura homogénea, perfectamente distinguible y coherente"
(Martin-Barbero 301).
En efecto, la eclosión de las diferencias a nivel local ha impues-
to en este terreno, como en otros, una relativización acelerada de la
importancia de las referencias nacionales y ha allanado el camino de
su evolución. Pero subrayo de inmediato el verbo "relativizar", pues, si
bien es cierto que la globalización le ha restado poder al Estado-nación,
el horizonte nacional aún está lejos de desaparecer del todo—y parece
bastante improbable que esto suceda ni a mediano ni a corto plazo. De
hecho, ese horizonte sigue siendo un espacio de resistencia cultural para
comunidades sometidas a Estados ajenos y que aspiran a constituir sus
propios Estados, tanto en Europa como en las Americas. Sin embargo,
lo que si parece innegable es que ha disminuido su fuerza de coerción,
y su monopolio emotivo sobre las consciencias, abriendo la posibilidad
de que se le vea como un espacio de mediaciones identitarias donde la
lógica individualista del escritor y el artista moderno pueda ser llevada
hasta sus últimas consecuencias de un modo históricamente sin prece-
dentes. Máxime si se tiene en cuenta el agotamiento concomitante de
la agenda politica de fiituros alternativos que animó en el pasado a otras
generaciones nuestras, como la del Boom.
"Para el trashumante no existe limite. Todo es su territorio.
Ningún escritor de verdad sale ni llega a ninguna parte" (citado por
Hernández Montesinos 365) ha dicho el novelista peruano-mexicano
(o mexicano-peruano) Mario Bellatin (I960) en una página que bien
habriamos podido atribuirle al chileno Roberto Bolaño (1953-2003).
A mi modo de ver, ambos encarnan mejor que nadie en esta genera-
ción la libertad de un tiempo en el cual lo nacional puede no ser ya
subjetivamente un objeto de imperiosa lealtad sino una alternativa
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entre las varias de las que dispone un autor a la hora de construirse una
identidad y de vincular su obra a un contexto determinado. Mi poncho
es un kimono fiamenco (2005) reza el divertido título de un ensayo del
peruano Fernando Iwasaki (1961), que resume con bastante gracia ese
abanico de referentes que hoy se cruzan, chocan y se fusionan en las
nuevas configuraciones simbólicas de nuestra era global.
"¿Vamos a entrar en el tercer milenio con una conciencia na-
cional que es poco más que un conjunto de harapos procedentes del
deshuesadero del siglo XIX . . . ?", se preguntaba en 1987 Roger Bartra
en La jaula de la melancolía (18). Creo que nuestras últimas generacio-
nes de escritores nos están ofreciendo ya los elementos necesarios para
que empecemos a elaborar una respuesta.

UNIVERSIDAD DE CERGY-PONTOISE

OBRAS CITADAS
AvendañoTrujillo, Octavio. "Alvaro Enrigue y Octavio". YouTube. N.p., 8 agosto 2009.
Red. 4 sept. 2009.
Bartra, Roger. La jaula de la melancolía: Identidad y metamorfosis del mexicano. México,
DF: Grijalbo, 1987. Impreso.
Borges, Jorge Luis. "El escritor argentino y la tradición". Obras completas. Buenos Aires:
Emecé, 1974. 267-74. Impreso.
Darío, Rubén. Antología: Poesías, precedida de la Historia de mis libros. Madrid: Librería
de la Viuda de G. Pueyo, 1916. Impreso.
Hernández Montesinos, Héctor. Debajo de la lengua. Santiago: Cuarto Propio, 2009.
Impreso.
Martín-Barbero, Jesús. "Las transformaciones del mapa: identidades, industrias y
culturas". América Latina, un espacio cultural en el mundoglobalizado. Coord.
Manuel Antonio Garretón. Bogotá: Convenio Andrés Bello, 1999. 296-321.
Impreso.
Palou, Pedro Ángel. "Pequeño diccionario del Crack". Crack. Instrucciones de uso. Ed.
Ricardo Chavez Castañeda, et al. México, DF: Mondadori, 2004. 193-205.
Impreso.
Ponte, Antonio José. El libro perdido de los origenistas. México, DF: Aldus, 2002.
Impreso.

Palabras claves: globalización, México, Estados-nación, Darío, Enrigue, Crack, Volpi,


Ponte.
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