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C. C.

Interés para obrar


Artículo VI.- Para ejercitar o contestar una acción es necesario tener legítimo interés
económico o moral.
El interés moral autoriza la acción sólo cuando se refiere directamente al agente o a su
familia, salvo disposición expresa de la ley.

Comentario
Para ejercitar o contestar una acción es necesario tener legítimo interés económico o
moral.

El interés moral autoriza la acción solo cuando se refiere directamente al agente o a su


familia, salvo disposición expresa de la ley.

Es incontrovertible que la presente norma es de naturaleza procesal, al regular la


legitimidad para obrar. Explica PRIORI POSADA respecto del interés que en la sociedad
los hombres tienen un sin número de necesidades que deben satisfacer, para lo que
requieren de bienes aptos para ello, cuando se produce la relación entre la necesidad
del hombre y el bien apto para satisfacerla, ahora bien interés legítimo, es una de las
situaciones jurídicas de ventaja que imputa el ordenamiento jurídico a un sujeto de
derecho (las otras son el derecho subjetivo, la expectativa), así es una situación jurídica
de ventaja inactiva (porque no depende sino de otro sujeto de derecho), dirigida a
conseguir un resultado favorable consistente, según los casos, en la conservación o
modificación de una determinada realidad; la insuficiencia de los bienes para satisfacer
las necesidades de todos los hombres por escasez da lugar al conflicto de intereses,
que es resuelto de manera abstracta y general por el derecho objetivo, reconociendo
entre los intereses en conflicto uno que es prevalente: interés jurídicamente prevalente,
que pueden ser patrimoniales (a los que denomina "económicos") y no patrimoniales (a
los que denomina "morales"), debe entenderse por ende que cuando el artículo VI del
Título Preliminar del Código Civil dice "El interés moral autoriza la acción solo cuando
se refiere directamente al agente o su familia" está reconociendo que solo es digno de
tutela el interés moral respecto de situaciones relacionadas con la esfera de una persona
y las de su familia, y solo quien afirme ser titular de un interés moral tutelado por el
derecho objetivo estará legitimado para plantear una pretensión procesal destinada a
su tutela.
Cuando el Derecho objetivo ha realizado la calificación jurídica optando por el interés
que prevalecerá ante un determinado conflicto, imputa al titular del interés jurídico
prevalente una situación jurídica de ventaja (la que puede ser activa e inactiva) y en el
titular del interés jurídico que no es el prevalente, una situación jurídica de desventaja
(la que puede ser activa e inactiva).

Es decir, el interés legítimo tiene una noción y contenido propio, los mismos que parecen
haber sido olvidados o no tenidos en cuenta por el legislador nacional, pues usando un
término que corresponde a la teoría general del Derecho ha intentado regular una
institución procesal.

Si bien se hace referencia al legítimo interés económico o moral, en realidad solo el


interés material es el que puede ser patrimonial o no patrimonial, más no el legítimo
interés; pues este último es solo una situación jurídica que sirve para satisfacer el interés
material, sea éste patrimonial o no patrimonial.

Asimismo explica que la evolución del derecho procesal se encuentra íntimamente


ligada a la evolución del concepto del derecho de acción, evidenciando tres etapas: (i)
cuando no existía distinción alguna entre el derecho de acción y el derecho subjetivo
material; (ii) aquella en la cual se establece una clara distinción entre el derecho
subjetivo material y el derecho de acción, lo que se produce con la famosa polémica
Windscheid - Muther (1856) y se consolida con Giuseppe Chiovenda (1903); etapa en
la cual si bien se establece que el derecho de acción y el derecho subjetivo material son
dos derechos distintos, aún se mantiene la idea que existe el primero solo en la medida
que exista el segundo y es lo que ha dado lugar a lo que se denomina la teoría concreta
del derecho de acción, para la cual el derecho de acción es el derecho a obtener una
sentencia favorable; y, (iii) aquella en la cual se ratifica que el derecho de acción y el
derecho subjetivo material son dos derechos distintos, sin embargo, se llega a
establecer que la existencia y titularidad del derecho de acción en nada depende de la
existencia y titularidad del derecho subjetivo material; teoría abstracta cuya elaboración
final y difusión se debe al gran maestro italiano Francesco Carnelutti.

Así es incontrovertible que el derecho de acción es el derecho autónomo público


subjetivo y abstracto (para algunos, poder) de naturaleza constitucional de exigir al
Estado tutela jurisdiccional para un caso concreto. El acto procesal con el cual se
manifiesta el ejercicio del derecho de acción se conoce como "demanda". Por lo demás,
la demanda contiene una exigencia concreta de tutela al Estado para con ésta lograr la
satisfacción del interés material cuya lesión o amenaza se reclama, y a dicha exigencia
se le denomina "pretensión". Así explica que el Título Preliminar del Código Civil
confunde los conceptos de derecho de acción, demanda y pretensión; ya que lo que se
contesta en un proceso es la demanda y no la acción; y la legitimidad para obrar se
exige para poder plantear una pretensión, pero no para ejercer el derecho de acción,
por ser irrestricto, evidenciando con ello que el Código Civil de 1984 recoge la teoría
concreta del derecho de acción.

Propone entender el interés para obrar éste como la utilidad que tiene la providencia
jurisdiccional solicitada con el inicio del proceso para la tutela del interés lesionado o
amenazado; siendo ello así interés para obrar, interés material e interés legítimo son
conceptos absolutamente distintos, pero además, mientras el primero es un instituto
procesal, los otros dos son institutos de derecho material y si consideramos que el
derecho de acción es un derecho abstracto, la legitimidad para obrar (al igual que el
interés para obrar) no constituye un presupuesto para su ejercicio, pues una persona
puede ejercer el derecho de acción aun cuando no se encuentre legitimada. La
legitimidad para obrar se entiende más bien como presupuesto para poder plantear una
pretensión en un proceso, de forma tal que solo si la pretensión es planteada por una
persona legitimada, el juez puede pronunciarse válidamente sobre el conflicto de
intereses que le ha sido propuesto.

La legitimidad para obrar es entonces la posición habilitante para ser parte en el


proceso; en ese sentido, se habla de legitimidad para obrar activa para referirse a la
posición habilitante que se le exige al demandante para poder plantear determinada
pretensión; y se habla de legitimidad para obrar pasiva para referirse a la posición
habilitante que se le exige al demandado para que la-pretensión planteada en el proceso
pueda plantearse válidamente contra él, puede ser ordinaria por la simple afirmación
que realiza el demandante de la titularidad de las situaciones jurídicas que él lleva al
proceso y extraordinaria por la permisión legal expresa a determinadas personas a
iniciar un proceso, a pesar de no ser titulares de las situaciones jurídicas subjetivas que
se llevan a él.
C. P. C.
X. Principio de doble instancia
Comentario
En el proceso primitivo no se concebía la pluralidad de instancias porque se consideraba
que el fallo era expresión de la divinidad, por tanto, no se admitía que exista un órgano
superior a ella capaz de revocar sus decisiones. En la medida que el proceso se va fue
incorporando al orden estatal, se fue advirtiendo la conveniencia de proteger a las partes
del error o la arbitrariedad del juez.
Modernamente la organización judicial puede presentarse, según los grados de
conocimiento, en instancia única o en instancia plural. Según Monroy los que han
incorporado y consolidado procesos de instancia única, son aquellos que han logrado
una considerable evolución del Derecho y del proceso, así como un elevado desarrollo
en la solución de sus problemas básicos; por esa razón, estando al proceso de evolución
de los estudios procesales en el Perú y de solución de sus problemas esenciales, no
sería oportuno por ahora concretar legislativamente procesos de instancia única'.
Por otro lado, los que asumen la posición de pluralidad de instancias la justifican como
la garantía del individuo frente al Estado, frente a las providencias de los jueces, para
que sean revisados por otros jueces de superior jerarquía el control de legalidad y
justicia. La legislación suele limitar sus instancias a dos o a un máximo de tres. El
derogado Código de Procedimientos de 1912 es una expresión de la pluralidad de
instancias, al permitir no solo que los jueces de las salas civiles de la Corte Superior
conozcan del recurso de apelación sino que, a través del recurso de nulidad, se permitía
la intervención de las salas de la Corte Suprema. La Constitución Política del 93 también
regula la pluralidad de instancia (artículo 139 inciso 6) a diferencia del Código Procesal
Civil que lo restringe a la doble instancia.
El principio de economía procesal es el principal sustento para los partidarios de la
instancia única pues consideran que la multiplicación de instancias, so pretexto del
control de legalidad, permite la presencia de procesos eternos y costosos; sin embargo,
los valores jurídicos de seguridad y orden no se encuentran en función directa con el
número de instancias, y los postulados de economía y celeridad pueden darse
igualmente en ambos tipos procesales: la instancia única y la plural.
Sobre el número de jueces que deben fallar en el mismo grado de conocimiento, existen
dos criterios: la intervención de un juez (los unipersonales o singulares) y la intervención
de varios jueces (los pluripersonales o colegiados). En los regímenes sometidos a la
doble instancia se reserva al primer grado a los unipersonales, mientras que al segundo
grado a los pluripersonales; en los ordenamientos procesales de instancia única, existe
la tendencia hacia los jueces pluripersonales.
Nuestra legislación procesal opta por el doble grado de conocimiento, como juez único
en el primero y múltiple en el segundo, pero con las adecuaciones de la celeridad en el
proceso.
Un aforismo íntimamente ligado a la doble instancia es el tanfum devolutum quantum
appellatum, que implica a decir de Calamandrei@), "(...) el nuevo examen del juez de
segundo grado se ejercita solo en cuanto las partes lo provoquen con Su gravamen; en
apelación, lo mismo que en primer grado, la mirada del Juez se halla limitada, por decirlo
así, por la mirilla del principio dispositivo y no está en condiciones de ver sino lo que las
partes colocan dentro del campo visual contemplado desde esta estrecha abertura". La
reformatio in peius también concurre al accionar del colegiado superior en grado de
apelación y consiste en atribuirle una competencia revisora restringida a los aspectos
desfavorables a la quejosa, por tanto, el superior no puede modificar lo resuelto por el
juez inferior en sentido favorable a las pretensiones del impugnante, a menos que su
contraparte recurriera a esa parte de la resolución del inferior.
Ariano califica a las impugnaciones, en especial a la aplicación, una suerte de "garantías
de las garantías", esto es, una garantía del debido proceso mismo, porque son el más
efectivo vehículo para, por un lado, evitar el ejercicio arbitrario del poder por parte del
juez a quo y, por el otro, para permitir corregir (lo antes posible) los errores del mismo;
sin embargo precisa, que las impugnaciones van mucho más allá de la posibilidad de
llevar una controversia, ya resuelta en primer grado a un segundo. "El alcance garantista
de las impugnaciones no se agota en poder impugnar la resolución final del proceso en
primer grado para lograr su sustitución por otra (o su anulación), sino también en poder
impugnar todas las resoluciones que a lo largo del iter del proceso se pueden emitir. Y
es aquí donde nuestro CPC peca de cierto antigarantismo.
En oposición a la impugnación, Priori señala que si el error es el gran fundamento de
esta, habría también que permitir que la decisión de quien revisa sea también revisada,
pues, ella al ser emitida por un ser humano, es también susceptible de error, y por tanto,
jamás existiría decisión judicial definitiva ni se alcanzaría la paz social en justicia. Para
dicho autor, es sumamente importante que se llegue a una decisión justa lo más rápido
posible. "ello parece no importar, parece mucho más importante que exista todo un
complejo sistema de impugnación donde todas las resoluciones puedan ser apeladas.
Se olvida que ello recarga la tarea del juzgador. Se olvida que con ello no solo el
proceso, sino todo el sistema procesal se vuelve más lento, y, en consecuencia, menos
fiable".
Frente a dichas posiciones decimos que si bien la doble instancia es una garantía contra
la arbitrariedad, el error, la ignorancia o la mal fe del juez; no se puede dejar de
desconocer que las apelaciones limitan la tutela pronta y oportuna de los derechos
afectados, sin embargo, la realidad socio-jurídica de nuestro país, todavía no hace
aconsejable optar por la instancia única.
Bajo una deformación del mundo jurídico, que cuestiona la pronta justicia, se recurre a
la apelación -no como un mecanismo para corregir los errores de la resolución
impugnada que genera agravio- sino todo lo contrario, un medio para dilatar la solución
del conflicto. Decimos ello porque en la argumentación para la búsqueda del error y del
agravio se fuerza la realidad fáctica y jurídica, para alegar (a sabiendas) hechos
contrarios a la realidad y justificar así la apelación. El Código Procesal lo califica y
sanciona como acto de temeridad o mala fe procesal.
Como señala el inciso 1 del artículo 112 del CPC, constituye temeridad procesal,
"cuando sea manifiesta la carencia de fundamento jurídico de la demanda, contestación
o medio impugnatorio". Véase el caso, de la apelación a una sentencia, que bajo el
ropaje del agravio y del error, reproduce el apelante los argumentos ya planteados a
una excepción resuelta desfavorablemente en el saneamiento, la misma que no fuera
impugnada en su momento; o el caso, de alegar hechos contrarios a la realidad, en la
apelación, para generar confusión y dilación en el proceso.
Frente a ello decimos que si bien la doble instancia es una garantía del debido proceso,
también es cierto que la tutela efectiva se afecta por impugnaciones temerarias, a las
que el juez como director del proceso tiene el deber de sancionar.
Léase en ese sentido, la última parte del artículo lV del TP del CPC que dice: "las partes,
sus representantes, sus abogados y, en general, todos los partícipes en el proceso,
adecuan su conducta a los deberes de veracidad, probidad lealtad y buena fe. El juez
tiene el deber de impedir y sancionar cualquier conducta ilícita o dilatoria".
El Código regula en el artículo 111 del CPC, la sanción pecuniaria al abogado que ha
actuado con temeridad o mala fe; sin perjuicio de ello debe remitirse copia de las
actuaciones respectivas a la Presidencia de la Corte Superior al Ministerio Público y al
Colegio de Abogados correspondiente, para las sanciones a que pudiere haber lugar.
Por otro lado, debe tenerse en cuenta que el Juez es responsable disciplinariamente por
conceder una apelación, que no contenga agravios que corregir. Si bien el Juez revisor
declara la nulidad y la insubsistencia del concesorio de apelación, la afectación al
principio de celeridad procesal y tutela efectiva, es más cuestionable cuando la
apelación ha suspendido la ejecución del acto impugnado, como sería el caso de la
sentencia que ampara un derecho, pero que su ejecución se posterga a las resultas de
la apelación concedida indebidamente por el Juez inferior.
Sobre el particular, léase lo señalado en el artículo 213 de la LOPJ que dice: "Los
magistrados, en el conocimiento de los procesos o medios impugnatorios, están
obligados a aplicar las sanciones de apercibimiento o multa cuando advierten
irregularidades o deficiencias en la tramitación de los procesos, no siendo necesario
trámite previo. En la resolución se menciona el motivo de la sanción, la que es notificada
al infractor y anotada en el registro de medidas disciplinarias y en su legajo personal".
En conclusión, a pesar que las impugnaciones pudieren generar dilaciones al proceso y
afectar la tutela efectiva, la doble instancia debe seguir manteniéndose, como garantía
contra la posible arbitrariedad o error del Juez; sin embargo, cuando la impugnación se
ejerce con manifiesta carencia de fundamentación jurídica y se alega en hechos (a
sabiendas) contrarios a la realidad, este ejercicio temerario debe ser sancionado por
quien lo hubiere propiciado, tal como lo permite el artículo 111 del CPC.

Esquema de demanda y contestación


Según art. 424 C. P. C.
La demanda se presenta por escrito y contendrá:
1. La designación del Juez ante quien se interpone.
2. El nombre, datos de identidad, dirección domiciliaria, domicilio procesal del
demandante y el domicilio procesal electrónico, constituido por la casilla electrónica
asignada por el Poder Judicial de acuerdo a la Ley 30229.
3. El nombre y dirección domiciliaria del representante o apoderado del demandante, si
no puede comparecer o no comparece por sí mismo.
4. El nombre y dirección domiciliaria del demandado. Si se ignora esta última, se
expresará esta circunstancia bajo juramento que se entenderá prestado con la
presentación de la demanda.
5. El petitorio, que comprende la determinación clara y concreta de lo que se pide.
6. Los hechos en que se funde el petitorio, expuestos enumeradamente en forma
precisa, con orden y claridad.
7. La fundamentación jurídica del petitorio.
8. El monto del petitorio, salvo que no pudiera establecerse.
9. El ofrecimiento de todos los medios probatorios.
10. La firma del demandante o de su representante o de su apoderado y la del abogado,
la cual no será exigible en los procesos de alimentos y de declaración judicial de
paternidad. El secretario respectivo certificará la huella digital del demandante
analfabeto
Contestación:
1. La designación del Juez ante quien se inició el proceso
2. El nombre, datos de identidad, dirección domiciliaria, domicilio procesal del
demandado y el domicilio procesal electrónico, constituido por la casilla electrónica
asignada por el Poder Judicial de acuerdo a la Ley 30229.
3. El nombre y dirección domiciliaria del representante o apoderado del demandado.
5. El petitorio, que comprende la determinación clara y concreta de lo que se pide.
6. Los hechos en que se funde el petitorio, expuestos enumeradamente en forma
precisa, con orden y claridad.
7. La fundamentación jurídica del petitorio.
9. El ofrecimiento de todos los medios probatorios.
10. La firma del demandado o de su representante o de su apoderado y la del abogado.

Según art. 442 C. P. C.


1. Observar los requisitos previstos para la demanda, en lo que corresponda;
2. Pronunciarse respecto de cada uno de los hechos expuestos en la demanda. El
silencio, la respuesta evasiva o la negativa genérica pueden ser apreciados por el Juez
como reconocimiento de verdad de los hechos alegados;
3. Reconocer o negar categóricamente la autenticidad de los documentos que se le
atribuyen, o aceptar o negar, de igual manera, la recepción de documentos que se alega
le fueron enviados. El silencio puede ser apreciado por el Juez como reconocimiento o
aceptación de recepción de los documentos;
4. Exponer los hechos en que funda su defensa en forma precisa, ordenada y clara;
5. Ofrecer los medios probatorios; e
6. Incluir su firma o la de su representante o de su apoderado, y la del Abogado. El
Secretario respectivo certificará la huella digital del demandado analfabeto.