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Definición

El principio de beneficencia refiere a una acción o acto realizado por el bien hacia
otros y a eliminar o prevenir el daño. Se diferencian dos tipos de beneficencia: la beneficencia
positiva, (requiere la provisión de beneficios) y la utilidad, la cual realiza un balance entre
los beneficios y los daños. En común estos actos se representan como: buena voluntad,
amabilidad, caridad, altruismo, amor o humanidad y parten de las siguientes reglas: protege
y defiende los derechos de otros; previene el daño que pueda ocurrir a otros; quita las
condiciones que causaría daño a otros; ayuda a personas con discapacidades; rescata a
personas en peligro. Estos actos representan una exigencia ética y por ello, es importante
determinar las condiciones en donde hacer el bien es una exigencia; es decir analizar cuando
una persona tiene la obligación de beneficencia hacia la otra persona; esta situación se
presenta si y sólo si se cumplen las siguientes condiciones: La persona Y está en peligro de
perder la vida o recibir un daño significativo en su salud o en algunos otros intereses
importantes; La acción de la persona X se necesita, de modo singular o en unión con otros,
para prevenir esta pérdida o daño; La acción de x, de modo singular o en unión con otros,
tiene una alta probabilidad de prevenir esta pérdida o daño; la acción de X no representa
riesgos, costes o cargas significar para Y; el beneficio que se puede esperar que gane Y
sobrepasa a todos los daños, costes o cargas que pueden afectar a X (Aparisi, 2010).
Desde la perspectiva de Hortal (2002) el principio de beneficencia es en si el
contrapuesto a lo que refiere el paternalismo, ya que en el paternalismo no respeta la
autonomía de las personas a las que se propone beneficiar, considerando entonces que
beneficencia es el hacer bien el propio oficio con el fin de proporcionar los bienes y servicios
que cada profesión se esfuerza por realizar, es decir, actuar en beneficio de las personas,
grupos e instituciones destinatarios de los servicios profesionales, ejerciendo correctamente
una determinada profesión, en este caso la profesión de psicología. De hecho, este autor
sostiene que el principio de beneficencia, al estar enmarcado dentro “del hacer bien las cosas
para hacer bien a las personas”, implica intrínseca y extrínsecamente, una exigencia a cada
profesional en este caso de la psicología, y es el ser competente, eficiente, diligente y
responsable, conllevando no solo una preparación inicial, donde el profesional adquiere los
conocimientos teóricos y prácticos necesarios para saber qué hacer y cómo hacerlo, sino
también conlleva a estar a la vanguardia de los mismos; para ello, se debe tener en cuenta la
historia con sus respectivos desarrollos técnicos, cambios sociales y culturales, que
comportan una forma variable de entender lo que es una buena actuación profesional, ya que
no es lo mismo hacer un buen diagnóstico e intervención de trastornos psicológicos hoy que
hace cien años.
Por otro lado, Amaya, Berrio y Herrera (2014) expresa la definición de la
beneficencia desde la perspectiva utilitarista, fundamentada en postulados de Jeremy
Bentham y John Stuart Mill, sosteniendo que en el utilitarismo, las acciones y normas son
moralmente justas, cuando son causantes de mayor felicidad o bienestar para el mayor
número de personas, grupos o instituciones, es decir, un acto no será bueno cuando sea útil,
sino que debe cumplir con el criterio de generar la máxima utilidad posible para el máximo
número posible de miembros de la comunidad, esta sería entonces la norma general de
moralidad vista desde el utilitarismo.
Por tanto, si bien existen diferentes perspectivas, definiciones o posturas frente al
principio de beneficencia, todas llegan a una misma conclusión y es generar el bien en otro,
no por el hecho de cumplir normas y deberes escritas en diferentes decretos o leyes, sino que
rescatan el horizonte humanizado de respeto de la individualidad y dignidad de cada caso, ya
sean particulares o que implique a un grupo o comunidad en general.