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Domingo XV Tiempo Ordinario

15 julio 2018

Evangelio de Marcos 6, 7-13

En aquel tiempo llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en
dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que
llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan ni alforja, ni
dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de
repuesto.
Y añadió:
 Quedaos en la casa donde entréis hasta que os vayáis de aquel
sitio.
Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo
de los pies, para probar su culpa.
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios,
ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

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LA VIDA Y EL CAUCE

Probablemente, los relatos que hablan del envío de los Doce o, en el


caso de Lucas, de los Setenta (Lc 10,1) hayan sido elaborados a partir de la
misión postpascual, por lo que reflejarían más lo que fue aquella práctica
comunitaria que las propias palabras de Jesús.
En el propio texto encontramos detalles que parecen avalar esta lectura:
las indicaciones prácticas sobre el vestido y las posesiones –que encajan con la
costumbre habitual entre los maestros itinerantes de la época-, la advertencia
de quedarse en la misma casa –que fue una decisión de las comunidades, para
prevenir abusos que se habían dado-, la mención de la práctica de “ungir con
aceite”, que sin duda fue posterior…

La “misión” se entiende de manera diferente según el nivel de


consciencia en que las personas se encuentren. En el estadio mítico, tanto su
justificación como sus contenidos aparecían revestidos de una total claridad: se
trataba de un servicio para toda la humanidad, a la que eran enviados para
llevar la verdad y, por tanto, la salvación. Al identificar la verdad con la propia
creencia, y al entender esta como requisito para la salvación eterna, la
conclusión era evidente: el misionero era el portador de la verdad.
Sin embargo, apenas superado el nivel mítico, aquel esquema que
parecía tan claro se viene abajo. La verdad no se identifica con ninguna
creencia ni puede encerrarse en ningún credo. La verdad no tiene que ver, en
primer lugar, con los conceptos –aunque estos sean necesarios para
orientarnos-, sino con la realidad. La verdad, en fin, no es “algo” separado y

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secretamente guardado, sino sencillamente “lo que es”. Por eso, al alinearnos
con lo que es, descubrimos nuestra propia verdad, que es una con Eso.
¿En qué consiste, entonces, la “misión”? Con certeza, no en “algo” que
pudiéramos decir o hacer –aunque ambas cosas sean imprescindibles-, sino en
la actitud que nos lleva a percibirnos como cauces por los que la Vida se
exprese. La paradoja humana consiste en que somos, a la vez, “cauce” y “vida” .
Vivir conscientemente ese “doble nivel” nos permitirá avanzar en la
desidentificación del yo y en la ofrenda a los demás, no-separados de nosotros.

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