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Las instituciones son conservadoras; temen lo nuevo, lo diferente, lo que no estaba inscripto

en su reglamento o en sus usos y costumbres. Enfrentado con ese elemento extraño, es habitual un
doble movimiento: primero se le atribuyen peligros y malas intenciones, luego se lo ataca (aunque
se lo interprete como defensa) y se busca que permanezca por fuera de los límites de su territorio
Este rasgo común a la mayoría de las instituciones resulta particularmente problemático en
el hospital, donde concurren gente vulnerada por la enfermedad o la dolencia que lo habita y, en su
gran mayoría, por sus escasos recursos económicos. La hospitalidad supuesta a esa institución
parece encontrar límites con algunas figuras:
- El extranjero (sobre todo, el de países límitrofes y pobre), sospechado de delinquir o de, al menos,
quitarle trabajo a los argentinos, no pagar impuestos y aun así gozar de los beneficios del Estado.
Mientras otros extranjeros compran tierras, saquean recursos naturales y llevan las ganancias a sus
países de orígenes, algunos todavía creen que el peligro reside en el pobre que viene al hospital
- El loco. Algunos aun creen que su lugar específico es el manicomio, aislado y desterrado de la
polis donde habitarían los hombres de razón. Sigue habiendo dificultades para el loco sea atendido
por problemas de salud (sea porque se los presupone psíquicos y se desestima su gravedad orgánica,
sea porque no se lo recibe con el argumento de que no tienen personal calificado para ello)
- El adicto: vivimos todavía en un tiempo donde se sostiene que el hospital no es un lugar para tratar
las adicciones. Y que, dentro de ellos, las salas de internación de salud mental tampoco lo serían.

Con este marco simbólico nos encontramos en la Sala de Internación del Hospital Alvarez a la hora
de confrontarnos con un problema básico: muchas de las personas con las que nos topábamos en
una admisión presentaban, al mismo tiempo, riesgo para sí o terceros y consumo de sustancias. Si
nos hubiésemos dejado llevar por el hábito y por la tradición, diríamos: este no es un sitio para que
sea tratado, que vaya a “otro” lugar.
Pero muchos empezamos a pensar que podríamos hacer la apuesta de tratar a estas personas en el
hospital y, en algunos casos, en la sala de internación. Para ello tuvimos que revisar muchas de
nuestras creencias, supuestos y prejuicios que conformaban el marco simbólico que tendía a
justificar el rechazo de las personas que venían con estas problemáticas.
Me gustaría transmitir algunas de los debates que se generaron y las transformaciones que
intentamos vehiculizar a partir de esta apuesta.

1. Adicciones:
bajo este término, muchos supuestos problemáticos:
- Equiparación de consumo a adicción / no todo uso de drogas es problemático, y no todo consumo
problemático es adicción (entendiendo por esta una conducta compulsiva e irrefrenable)
- Equiparación de la persona que consume a la figura del adicto / El adicto es juzgado desde un
marco moral-religioso que lo equipara al vicioso y desde un marco legal represivo (instauradao a
principios del siglo XX en los EEUU) que lo convierte en delincuente por usar drogas ilegales. Si
quien consume es “vicioso” y “delincuente” entonces resulta culpable de lo que lo ocurre. Esta
interpretación dificulta enormemente la posibilidad de concebir su problema como un problema de
salud.
- Equiparación del problema de la adicción a una ausencia de palabras. El consumidor es visto
entonces como alguien carente de recursos simbólicos, incapaz de tramitar su malestar por vía de la
palabra así como de garantizar el cumplimiento de los pactos que la palabra vehiculiza.
- Deslizamiento del plano de las conductas al plano del ser: quien sufre de una adicción es un
adicto, y lo seguirá siempre para siempre. Por eso, o bien caerá nuevamente en la adicción
(rompiendo su pacto y volviéndose alguien en quien no se puede confiar) o bien deberá mantenerse
abstinente como único modo de solución para su problema (y de demostración de su compromiso)

2. Drogas:
empezamos a utilizar éste término en lugar del anterior por los supuestos que vehiculiza. Y eso
permitió visibilizar la diversidad de situaciones que ocurren en torno a las drogas, mucho más
complejas que las designadas bajo los términos “adicciones” o “narcotráficos”
- Diferentes efectos químicos de las drogas.
- Diferentes usos colectivos de las drogas a lo largo de la historia de la humanidad. Drogas:
comunicación con otros mundos, autoconocimiento, búsqueda de placer, alivio del malestar,
aumento del rendimiento y la fuerza, conexión con otros miembros de la comunidad. También vicio
(condenado como fue condenado casi cualquier búsqueda de placer en la cultura occidental), pero
solo muy recientemente delito y, consecuentemente, tráfico.
- Diferentes usos colectivos de las drogas en el presente, que exceden la figura simplificada del
adicto compulsivo, solitario y mudo. LSD en un grupo de artistas en el proceso de creación o en un
grupo de jóvenes en busca de experimentación, éxtasis en un grupo de amigos que solo consumen
cuando una fiesta muy particular lo amerita o en un grupo de trasnochadores que salen de lunes a
lunes, marihuana en el marco de una pareja que llega del trabajo o en una reunión de psicólogos o a
la salida del colegio, pegamento en un grupo de pibes que quieren soportar el frío, cocaína mientras
trabajan (los yuppies o los conductores de micros) o en una velada compartida que llega a la
trasnoche o en el marco de un recital de rock, paco para lograr un subidón rápido que apague el
dolor de la pobreza o como una experiencia extrema de los niños bien... las situaciones disímiles
que representa esta serie están mucho más determinadas por los vínculos sociales que generan que
por el efecto químico de las sustancias o por el fin de evadirse considerado como único objetivo del
consumo.
- Diferentes funciones subjetivas de las drogas. Más allá de los usos colectivos históricos y actuales
de las drogas, siempre existe un margen para la singularidad. Por eso también criticamos las
generalizaciones en torno a las estructuras clínicas: hay muchas funciones que pueden ocupar las
drogas en las neurosis y muchas funciones que pueden ocupar las drogas en las psicosis, que no se
dejan reducir a las toxicomanias en las primeras o al tratamiento de las voces en las segundas.
- El uso de drogas no puede ser equiparado a las toxicomanías. En ese punto, como psicoanalistas,
discutimos el sintagma “goce toxicománo” que plantea la existencia de un orden de satisfacción que
excedería el “goce fálico” y no se adecuaría al marco establecido por el fantasma neurótico. Ese
goce supondría una compulsión a la repetición que no sólo superaría el umbral del principio del
placer sino que generaría rupturas con el lazo social Es cierto que, algunos casos, podrían ser leídos
desde esta perspectiva. Pero no todos, pues muchas veces la droga entra en una economía libidinal
donde, a contramano de lo que se propone, el uso de sustancias encuentra medida, propicia el lazo,
no conduce a la repetición ni a la muerte.

3. Tratamientos
- Si no todo uso de drogas es problemático, y si no todo consumo problemático es adicción,
entonces es necesario cuestionar y diversificar los tratamientos tradicionales.
- La abstinencia no puede ser una condición para el ingreso a un tratamiento. Nadie le pediría a un
neurótico que supere sus inhibiciones y síntomas, a un fóbico que salga a la calle o a un
esquizofrénico que deje de ir voces antes de comenzar una cura
- La abstinencia no puede ser propuesta como el único fin posible de un tratamiento vinculado con
consumo de sustancias
- La perspectiva de reducción de daños abre un abanico más amplio de posibilidades para adecuar el
tratamiento al caso particular, y para ser más respetuoso de los derechos y de las elecciones de cada
sujeto.
- Una sala de internación puede ser un lugar posible para alojar, momentáneamente, a quien,
consumiendo o no, no puede responder a la coyuntura que le toca vivir más que entrando en riesgo
para sí o para terceros. Y el tratamiento puede ser llevado adelante aun cuando no pueda
garantizarse la abstinencia.
- Así, dejamos de pensar que “habría un lugar específico” para el tratamiento del consumo
problemático. Esa supuesta especificidad escondía siempre el anhelo de que fuera siempre “otro” el
lugar donde tratar a estas personas, que terminaban vagando entre servicio y servicio sin nunca
llegar a ser alojados.
- Un tratamiento en una sala de internación de un hospital público general puede ser más inclusivo,
respetuoso de los derechos y cercano a la posibilidades de reinserción y de reconstrucción de un
proyecto que una reclusión extensa en una comunidad terapéutica
- Pero para poder instaurar ese tratamiento, la tarea más difícil no es con el usuario de drogas, sino
con los que trabajamos con él, con nuestros hábitos, nuestros marcos conceptuales y nuestros
prejuicios, que constituyen el principal obstáculo para incluir al consumo problemático dentro del
ámbito de la salud mental.