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Acompañar la internalización de los valores.

Carlos Godoy Labraña Pbro.

Una de las dificultades más serias que encontramos en la formación sacerdotal es la


carencia de pedagogías adecuadas para acompañar procesos de internalización de valores
proclamados. Por un lado, les es complejo a nuestros jóvenes reconocer valores objetivos y
duraderos, y en esto, influye decisivamente la instalación de una cultura “de lo desechable” que
promueve criterios de discernimiento tan frágiles y fútiles. Por otro lado, son fuertes las
consecuencias de una sociedad cada más individualista que sobre exalta el Yo en perjuicio del bien
común.

Nos surgen ciertas inquietudes relativas a la forma en que acompañamos a nuestros


jóvenes en este proceso de internalización. Como lo hemos dicho, identificamos cierta deficiencia
en la propuesta psicopedagógica. Muchas veces, los formadores no tenemos itinerarios claros que
nos permitan acompañar procesos de formación más integrados.

La persona humana es un misterio1, y es por esto que no podemos entenderla


completamente. Es posible comprenderla con mayor profundidad a partir del trazado de sus
valores en la configuración de un proyecto de vida, y la tensión que pueda originarse en la
concreción de estos en el quehacer diario. Desde esta tensión se entiende al hombre como un
ser perfectible, libre y colaborador con la gracia de Dios y abierto a lo absoluto; pero también
sujeto de pecado y necesitado de redención. San Pablo representa muy bien esta tensión
escribiendo: “Realmente no comprendo mi proceder, pues no hago lo que quiero, sino lo que
aborrezco… Por una parte, me complazco en la ley de Dios, como es propio del hombre interior,
pero, a la vez, advierto otra ley en mi cuerpo que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la
ley del pecado que está en mi cuerpo” (Rm 7, 15. 22-23). Esta es la tensión entre el “Yo ideal” y el
“Yo actual” con consecuencias para la persona: por un lado, una visión realista que tiene en cuenta

1Cfr. IMODA, F. (2003). Desarrollo Humano: Psicología y Misterio. Ediciones Universidad Católica de Salta. Salta. 2003,
págs. 33 – 65.

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su naturaleza, su pecado, sus deseos y su libertad; y por otro, la visión de un Dios comprometido
con ella, ofreciéndole su Gracia y dejándola que aprenda a caminar con sus propios recursos.

Uno de los desafíos más importantes de la formación cristiana consistirá en generar

profunda confianza y apertura a la Gracia de Dios, facilitar el descubrimiento de las


propias motivaciones, la mayoría de ellas subconscientes, y reorientar todo aquello que
obstaculice el camino del discipulado2. En este sentido, el acompañamiento espiritual puede
ayudar de manera más concreta y efectiva. ¿Cómo puede darse esta ayuda?

En primer lugar, facilitándole al acompañado la clarificación de sus valores, ya que no


siempre los valores que proclama la persona tienen validez objetiva. Este será uno de los primeros
ejercicios que tendrá que proponer el acompañante: animar al sujeto a que reconozca y aprecie la
objetividad del valor. En esto, la confrontación con la Palabra de Dios, la doctrina de la Iglesia, la
antropología cristiana y la propia experiencia jugarán un papel fundamental. De estos aspectos se
desprenden los valores objetivos más trascendentales.

La relación de ayuda también tendrá que facilitar la elección de los valores reconocidos y
apreciados. Probablemente al entrar al seminario un seminarista trae consigo un conjunto de
valores que ha ido formulando a lo largo de toda su vida. El acompañamiento debe impulsar la
“relectura” de esos valores para fortalecer su conciencia y elección. Uno de los desafíos más
significativos de la formación es que la persona pueda ir adhiriendo vitalmente a esos valores. Es
un proceso lento y que requiere de paciencia.

También es necesaria la clarificación de una serie de variables que inciden en la elección

del valor como son: las motivaciones de fondo, las consecuencias de esa elección en la vida
concreta, especialmente en la relación interpersonal, y los costos que esa elección conlleva. Y esto,
porque en el “Yo actual/latente” influyen una serie de factores inconscientes que brotan de
manera distorsionada en el actuar y que, no reconocidos y no asumidos, obstaculizan la
internalización del valor.

2 Cfr. BIANCHIOTTI, R. Queremos ver a Jesús. Guadalupe. Buenos Aires. 2009, pág. 20

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Para lo anterior, V. Percassi3 propone la confrontación entre los valores proclamados y las
actividades prioritarias y pone el ejemplo de un novicio que se ha propuesto la vivencia de los
valores del Reino y la opción preferencial por los pobres como estilo de vida. Sin embargo,
descuida la vida comunitaria y las responsabilidades que le impone la vida religiosa. En este caso,
es evidente la inconsistencia entre los ideales y la vida concreta. Esto, se da con cierta frecuencia
en la formación sacerdotal. A menudo nos encontramos con religiosos y consagrados que se
proponen valores acordes al evangelio pero que no logran vivenciarlos con profundidad.

Resultaría más fácil reprocharle a un formando su incongruencia. Sin embargo, es


probable que esto lo bloquee al momento de reconocerla como una oportunidad de crecimiento y
de maduración. Percassi, recomienda que se inicie el proceso de acompañamiento con un
cambio de perspectiva que goza de un doble componente: por un lado, se trata de motivar
al formando a que “guste” su capacidad de elegir valores, de que tienda al bien, que tenga ideales
nobles y significativos para su vida y animarlo a la vivencia de esos valores. Por otro, ayudarlo a
que adquiera mayor conciencia de sus fuerzas motivacionales, para mirar más “serenamente” sus
puntos incongruentes y los reconozca como potencial de crecimiento.

Hemos hablado que el acompañamiento debe facilitar en el acompañado una mayor


conciencia de sus fuerzas motivacionales. Para ello, será fundamental una adecuada formación4.
Formar, significa incidir en los dinamismos de la conciencia para que la persona sea capaz de
desarrollar con mayor profundidad la percepción, la comprensión, el discernimiento y la elección
del proyecto de vida. Por lo tanto, el proceso formativo en el seminario, debe ayudar a “formar

la conciencia” del seminarista de manera que, este pueda conocer y desarrollar el conjunto de
operaciones de la conciencia, pero sobre todo estimulándolo a que se apropie de su interioridad y
no viva como extranjero en su propia tierra. Ese es el “humus” que riega el Espíritu Santo para ser
trasformado y santificado.

3Cfr. PERCASSI, V. Los procesos de apropiación de los valores: conocer, apreciar, elegir. Traducción: Fátima Godiño. En:
Tredimensioni 4 (2007) 135-143.

4Cfr. SEGUEDONI, I. “Dare buoni consigli non basta: formare la coscienza” en Tredimensioni 4 (2007) 144-152.
Traducción: Miguel Ángel Hernández Ocampo para el Curso de Psicología Evolutiva, Facultad de Teología “Monseñor
Mariano Soler”, Montevideo (2012). En: apuntes de Psicología del Desarrollo Moral. Escuela para formadores. Córdoba.
2014, pág. 73,2.

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Nos parecen particularmente relevantes las preguntas que se formula Ivo Seguedoni5 en
relación a la ayuda que obtiene la persona en el acompañamiento para

volverse más consciente, respecto al horizonte desde el cual se puede interpretar a sí


mismo y su comportamiento: “¿Cómo ve su propia vida frente a la realidad que lo rodea y de los
significados que están en juego? ¿Con cuáles criterios de acción afronta la realidad para afirmar su
propia identidad? ¿Cómo permanece fiel a su recorrido personal y a los propios valores, y cómo
juega su propia libertad en términos de originalidad, rechazando la homologación o la transgresión
por comodidad?”. Podemos decir con Seguedoni que la formación consiste en el proceso por el
cual la persona desarrolla su propia conciencia haciéndola progresivamente más idónea para
apropiarse de los significados y para responder a la realidad6. Esta progresión de la conciencia es
una dinámica que moralmente puede ser considerada bajo el principio de la gradualidad. La
persona sólo está obligada moralmente a dar los pasos que estén a su alcance dentro de un
proceso pedagógico. La tensión entre el Yo ideal y el Yo actual permite una

visión realista y comprensiva de la debilidad y de la limitación de la


persona en la vivencia de sus valores. Junto con la claridad del ideal, la conciencia de
las propias debilidades favorecen un impulso creador capaz de movilizar a la persona al cambio.

La internalización de los valores en la formación sacerdotal es un proceso esencial para la


vida del seminarista. Le permite la vivencia auténtica de los ideales que brotan,

especialmente, al contacto con la Palabra de Dios y del cultivo de la vida


espiritual. Para un auténtico desarrollo moral, es fundamental la
adhesión a esos valores, ya que ellos nos mueven a la autotrascendencia,
a vivir de acuerdo a ideales orientadores que le dan consistencia a la vida
humana. Son los que le ofrecen sentido a la vida. Son la respuesta al “para qué” de los distintos
acontecimientos existenciales.

La adhesión a los valores morales o religiosos, requieren de un apego no solo intelectual,


sino sobre todo afectivo. De esta manera, el compromiso con esos valores se dará a un nivel de
apropiación que le permite a la persona vislumbrar la validez intrínseca de los valores y la

5 Ibíd. pág. 74.


6 Ibíd. pág. 74.

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necesaria coherencia vital con su significado7. Así, los valores no quedarán solo en la región de las
ideas, sino sobretodo en una adhesión vital que genere cambios de vida y conformación con los
mismos.

La internalización de los valores comienza con el proceso de reconocimiento y aceptación


fundamental. Se trata de ir abordando todo aquello que pueda perturbar el proceso de
internalización, entre ello: las necesidades, resistencias y temores inconscientes. La vivencia del
valor, exige darse cuenta desde qué perspectiva es enfrentada la realidad y cómo se asume la
finalidad axiológica. Esto es crucial para el desarrollo moral, ya que lo anterior influye
decisivamente en el comportamiento de las personas. En el diálogo entre necesidades, valores y
actitudes nacen dimensiones humanas que nos hacen comprender con mayor profundidad el
misterio del hombre. La armonía entre necesidades, valores y actitudes generan la consistencia
humana. En este sentido, la formación debe ir favoreciendo esta armonía y la necesaria apertura a
la Gracia de Dios para una auténtica integración psicoespiritual.

La adhesión a los valores, en el caso de un seminarista, pasa por un profundo proceso y


evolución de identificación con Cristo Buen Pastor. Centrado en una figura paradigmática de
integración y libertad interior, como es la persona del Señor, el seminarista puede ir reconociendo,
asumiendo, y encauzando sus necesidades más profundas, sin renegar de ellas en función de un
proyecto de vida impregnado por valores autotrascendentes.

Hemos tratado de aproximarnos al proceso de internalización de los valores como aspecto


esencial en el acompañamiento espiritual desde la perspectiva de la formación sacerdotal. Es un
tema que da para mucho más. En ningún caso hemos pretendido acotarlo. Sin embargo, lo más
significativo es que, nos motiva seguir profundizando y aportando a la formación de futuros y
mejores sacerdotes8.

7Cfr. RULLA, L. En: apuntes de clase Psicología del Desarrollo Moral. Escuela para formadores. Córdoba. 2014. IPDM.
pág. 13.

8Cfr. CUCCI G. – ZOLLNER H. Pedofilia, una herida abierta en la Iglesia. Guadalupe. Buenos Aires. 2010, pág. 139.

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