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Juan Radhamés Fernández

La HONRA DEL
MINISTERIO
O El llamamiento según Dios O

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© 2009
La Honra del Ministerio – El Llamamiento Según Dios

Autor: Juan Radhamés Fernández


Edición: Marítza Mateo-Sención
Diseño de Cubierta: Arturo Rojas
Diseño Interior: Grupo Nivel Uno Inc.

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de este libro


se puede reproducir, guardar en un sistema electrónico
o transmitir en forma alguna sin el permiso escrito
de Vida del Reino Publicaciones.

ISBN: 978-0-9841373-0-5

Categoría: Ministerio Cristiano / Liderazgo

Impreso en Estados Unidos de América


Printed in the United States of America

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Índice

Dedicatoria . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7

Prólogo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9

Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 19

Capítulo I - Nadie Toma para Sí esta Honra. . . . . . . . . . . . . . 31


1.1 Los Ministros son de Dios . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 40
1.2 Dios es de los Ministros. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 48
1.3 La Heredad de un Ministro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 51
A) El Sacerdocio. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 52
B) Los Sacrificios. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 57
C) Los Diezmos. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 62
1.4 El Propósito de la Honra. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 72
1.5 “… como lo fue Aarón” . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 84

Capítulo II – El Llamamiento es Conforme


al corazón de Dios . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 105
2.1 “¿Qué tengo yo con vosotros, hijos de Sarvia?”. . . . . . . . . . . 109

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6 la honr a del ministerio

2.2 Los Dos Reinos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 128


2.3 “¿Por qué no levantas descendencia a tu hermano?” . . . . . . . 156

Capítulo III – El Llamamiento es Conforme


al Propósito Suyo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 177
3.1 “¿He de Dejar?” . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 182
3.2 La Gloria del Llamamiento. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 202
3.3 “Porque para esto He Aparecido a Ti” . . . . . . . . . . . . . . . . . 215

Capítulo IV – El llamamiento es Conforme


a Su Procedencia. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 239
4.1 “El bautismo de Juan, ¿era del cielo, o de los hombres?” . . . . 243
4.2 Si no Lucha Legítimamente. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 269
4.3 El Profeta de Bet-el. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 297
4.4 Encontrando el Libro. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 314
4.5 Si la Trompeta Diere un Sonido Incierto. . . . . . . . . . . . . . . . 348

Capítulo V – El llamamiento es Conforme a Su Honra. . . . 381


5.1 “… y antes que la lámpara de Dios fuese apagada”. . . . . . . . 384
5.2 Cuando Dios nos Engrandece . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 411
5.3 Toma la Vara . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 430

Capítulo VI – El llamamiento es Conforme


a Su Soberanía. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 451
6.1 Los Vestidos de José. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 456
6.2 La Rencilla por los Pozos. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 474
6.3 Amalec: enemigo del Trono de Dios. . . . . . . . . . . . . . . . . . . 508

Epílogo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 525

Bibliografía. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 535

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Dedicatoria

D
edico esta obra a los hombres y mujeres llamados por Dios al santo
ministerio, pero de manera especial, y por mandato del Señor, a
Domingo Aracil, siervo de Dios, quien pastorea la iglesia evangélica
“Casa de Oración”, en Cartagena, España. Él fue el instrumento que Dios
usó para establecer esa congregación, y de la misma han salido una docena
de pastores al ministerio. El pastor Aracil ha servido en el ministerio pastoral
(junto con su esposa Josefa Moreno) durante treinta y seis años. Ellos están
casados por cincuenta y un años, y han procreado ocho hijos, los cuales les
han dado veintiséis nietos.
Este hombre no posee ni fama ni renombre, pero su servicio ha logrado
agradar al Señor. Dios le dice al pastor Domingo: «Tu labor ministerial ha
sido para mí como el perfume de nardo puro, de mucho precio, con el cual
aquella mujer ungió mi cuerpo y me preparó para la sepultura. Por tanto, digo
de ti como dije acerca de ella:“…dondequiera que se predique este evangelio, en
todo el mundo, también se contará lo que [éste] ha hecho, para memoria de [él]”
(Mateo 26:13)». Dios me ha elegido a mí y a este libro para honrar pública-
mente un ministerio que le ha honrado a Él, y decirle a su siervo Domingo:
“… para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recom-
pensará en público” (Mateo 6:4).
En este tiempo existen dos clases de ministros: los que se ocupan de ven-
der su ministerio, y los que hacen del ministerio su ocupación (Lucas 2:49).

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8 la honr a del ministerio

Los que se dedican a vender su ministerio logran, a través de la publicidad,


el respeto y la admiración de los hombres. Pero los que hacen del ministerio
su ocupación, con el fin de honrar a Dios, como ha hecho el hermano Aracil,
serán aprobados por el Señor; “porque no es aprobado el que se alaba a sí mis-
mo, sino aquel a quien Dios alaba” (2 Corintios 10:18). Lo que el Señor quiere
testificar por medio de esta dedicatoria es que el ministerio de los hermanos
Aracil es como una ofrenda grata que ha “subido para memoria delante de
Dios” (Hechos 10:4).

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Prólogo

M
e es imposible prologar esta obra sobre la honra del ministerio, sin
quedarme abismada como le ocurrió a Job y de igual manera excla-
mar: “¡En Dios hay una majestad terrible!” (Job 37:32). ¿Quién con
labios inmundos podría invocarle? ¿Muéstrenme aquel que pudiera nombrar
ese nombre admirable y magnífico, sin antes caer postrado ante Su excelsitud?
Por la grandeza de Su poder y lo asombroso de sus obras se da a conocer el
Dios Altísimo, cuya magnificencia no tiene límites. Quien le conoce no pue-
de hacer otra cosa que no sea adorarle. Él se viste de honra y hermosura, y
desde sus alturas visita a sus criaturas. Santo, santo, santo es el Señor Dios
Todopoderoso, cuya grandeza es inescrutable.
Con todo, eso que lo hace a Él el Dios vivo
y verdadero es lo que más cuestionan los hom-
bres. Ellos no pueden comprender que siendo el “Estar
Dios grande, se haga pequeño; que Aquel que conscientes de
habita en las alturas se acerque a los contritos nuestra propia
de espíritu; que siendo el Santo, salve a los que- pecaminosidad
brantados de corazón; que Aquel que los cielos
y los cielos de los cielos no lo pueden contener, es un paso
pueda habitar en medio de los hombres; que gigante hacia
siendo el Invisible, se haga tangible; que sien- la santidad”
do el Inmarcesible y habite en santidad se haga

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uno con el hombre pecador y mortal. Y como su mente no alcanza a entender


la obra que ha hecho el Dios de toda la tierra, desde el principio hasta el fin,
orillan al creyente y lo condenan a un ostracismo religioso, despojándolo de
toda autoridad, para que no pueda ministrar con toda la libertad que el Señor
de los cielos le ha dado.
Entiendo que estar conscientes de nuestra propia pecaminosidad es un
paso gigante hacia la santidad, pero también es absolutamente necesario
reconocer la obra de Dios en nuestras vidas, para poder actuar conforme al
llamamiento santo. Por eso, este libro no persigue convencer al que cuestiona
y duda sobre la intervención divina en la vida del hombre, sino que viene a
arrancar y a destruir, para arruinar y derribar todo argumento y altivez que
se levanta en contra de la obra que Dios ha hecho desde antes de los siglos.
Pero también viene a edificar y a plantar aquello que Dios ha establecido en
Su perfecta voluntad a favor de sus escogidos (Jeremías 1:10).
Disertar sobre la honra que hay en el llamamiento del Dios que en sus
santos no confía y que ni aun los cielos son limpios delante de sus ojos (Job
15:15), parecería una osadía de Juan Radhamés
Fernández. Mas, sus referencias biográficas y
“La honra no trayectoria cristiana han sido reseñadas en sus
libros anteriores, por lo que prefiero en esta
es un asunto ocasión ahondar un poco más en el tema que
qué resolver nos ocupa, lo que necesariamente te hará cono-
o un tema qué cer un poco más a su autor. Nadie puede dar lo
debatir, sino que no tiene ni hablar de lo que no entiende,
un misterio en su caso, su ejemplo es una lección que todos
los hombres pueden leer. Con esto no digo que
que hay que sea el héroe de esta historia ni tampoco él me
vivir” lo permitiría, pues ninguno es más consciente
que él de su propia humanidad. No obstante,
es tan grande su deseo de honrar al Dios de su
llamamiento, que la experiencia de su sumisión y entrega es el aporte más
valioso que él puede hacer a esta exposición literaria.
Con este libro, Fernández viene a completar la trilogía del consejo divino
para un hombre de Dios: primero en su andar (en el espíritu), luego en su
obrar (siendo Dios el todo en todo y en todos), y ahora en su servir (honrando
el llamamiento). En esta oportunidad nos enseña tres aspectos fundamentales
de la honra que da Dios: Primero es el llamamiento; luego la visión; y final-
mente la instrucción, lo que a su vez implica autoridad, propósito y obediencia,

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prólogo 11

respectivamente. Es decir, en el llamamiento se recibe la autoridad del cielo,


con el propósito de que se cumpla la visión y se obedezca la instrucción, a fin
de que todo se haga según y conforme a la perfecta voluntad de Dios. Por
tanto, la honra no es un asunto qué resolver o un tema qué debatir, sino un
misterio que hay que vivir, pues siendo necios nos hizo sabios, siendo débiles
nos hizo fuertes, siendo viles y menospreciados nos escogió y nos dio un linaje
superior, para que podamos llevar con honra el santo llamamiento.
Su primera enseñanza es que la honra es el distintivo del llamamiento
ministerial, debido a que esa honra viene de Dios y esa honra es Dios. Ser hon-
rado por Dios no es como ser alguien conoci-
do o ser un magnate o potentado. La honra es
mucho más que eso. Es una clase de vida que “La carta de
solo se aprende por nacimiento, y en esa encar- recomendación
nación espiritual hay que sacrificar quién tú
de un hombre
eres, para ser lo que Dios te llamó a ser. Dios
es luz y a los que llamó los hizo luminares, llamado por
para iluminar a un mundo que está en tinie- Dios no es carne,
blas, siendo las lámparas que emitan Su luz o sino fruto, no
los espejos que la reflejen. Ahí no hay espacio son cualidades,
para el “yo”, por eso el apostolado de Pablo fue
en función al propósito y no a un puesto o a
sino carácter”
un título honorífico.
Dicen que la capacidad del donante mide
generalmente el valor del regalo, por eso la vida nueva que hemos recibido de
Dios tiene doble valor: el valor del que la da y el valor del que se dio, porque
sin Cristo nada de eso hubiese ocurrido. Entenderás entonces que recibir la
honra de Dios es recibirlo a Él mismo. De hecho, un ministerio sin Dios no es
honroso. Puedo decir que cuando somos llamados, somos vestidos de honra,
por eso el llamamiento es un revestimiento: Ya fuimos vestidos de salvación,
ahora somos vestidos de honra. Reconocer esa vestidura trae a mi memoria
un relato que recibí hace ya un tiempo (en inglés), el cual, desde que lo leí, ha
quedado en mi mente y como un grito en mi corazón, por lo que lo traduzco
a continuación:
«Cuentan que una noche, en un servicio de adoración en una iglesia, una
joven mujer entregó su vida a Cristo, respondiendo al llamado de salvación.
Aquella mujer, a pesar de su juventud, había tenido un pasado muy turbu-
lento, el cual envolvía drogas, alcohol y hasta prostitución. Mas, su cambio
fue tan evidente que los frutos de su arrepentimiento y conversión les eran

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de testimonio e inspiración a otros. Pasado el tiempo, ella era uno de los


miembros más fervientes y tesoneros de aquella congregación donde, even-
tualmente, empezó a envolverse en la obra del ministerio, enseñando a niños
y a jovencitos. Y no pasó mucho tiempo, cuando esta devota mujer cautivó el
corazón del hijo del pastor, cuarta generación de cristianos, cuyas vidas habían
sido entregadas completamente a la obra del ministerio. Su relación creció y
los “tortolitos” empezaron a hacer planes de boda, pero también empezaron
unos graves problemas.
»Sabrás que cerca de la mitad de la congregación consideraba que esa
mujer, con un pasado tan pecaminoso, no era la apropiada para el hijo del
pastor, quien se perfilaba a ser un gran minis-
tro. Por lo que la iglesia se dividió en opiniones,
argumentos y disensiones acerca de aquella
“Lo que cuestión. Era tanto el problema que decidieron
determina hacer una reunión para ponerle un punto final
la honra del a la contienda. Mientras la gente iba exponien-
ministerio no do sus argumentos, las tensiones aumentaban,
es el servicio hasta que la reunión se convirtió en un caos,
yéndose completamente fuera de las manos. La
ni la función, mujer estaba sumamente avergonzada y abo-
sino por quién chornada, viendo como toda su vida pasada
llamó” había sido ventilada en público, por lo que no
podía contener el llanto, quería esfumarse, huir
de aquel lugar y no volver a aparecer jamás.
»En medio de todo aquel escándalo y el
llanto incontrolable de aquella mujer, y las voces acaloradas de los que juz-
gaban el asunto, el hijo del pastor se levantó y tomó la palabra. Él no podía
aguantar más el dolor tan grande que se le estaba ocasionando a la mujer
que pronto sería su esposa, por lo que empezó a decir: «¡Escuchen todos!
El pasado de mi prometida no es lo que está hoy aquí en disputa. Lo que
ustedes están cuestionando es el poder de la sangre de Cristo para limpiar
el pecado. Eso es lo que está en juicio, la sangre de Jesús. Por tanto, yo les
pregunto: ¿la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado, si o no? ¡Respón-
danme! ¿Es poderosa, si o no?». La pregunta cayó como un rayo en aquel
lugar, y la iglesia entera empezó a llorar, realizando que ellos habían estado
menospreciando la sangre de Jesucristo nuestro Señor en la vida de aquella
mujer. Frecuentemente, aun los mismos cristianos, traemos el pasado y lo
usamos como un arma en contra de nuestros hermanos. Mas, el perdón es

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prólogo 13

un elemento fundamental del evangelio, pues si la sangre de Cristo no limpia


completamente la vida de las otras personas, tampoco las nuestras. Y si ese es
el caso, todos estamos ante un gravísimo problema».
Esas palabras finales fueron las que constriñeron aún más mi espíritu,
pensando precisamente en la honra de ser llamados al ministerio, de la cual
hay quienes dudan, y te llevan a ti mismo, en un momento, a dudar también.
Algunos esperan ver en ti el mismo resplandor que hubo en el rostro de Moi-
sés debido a que estaba en la presencia de Dios (Éxodo 34:30,33); o se refieren
a tu ministerio como a la calabacera de Jonás, que en una noche creció y a la
siguiente noche se secó, como diciendo: «Vamos a ver si ese llamado o minis-
terio permanece, de lo contrario no es de Dios» (Jonás 4:6,7). Mas, conoce
Dios los que son suyos, así que en lugar de dete-
nerte por los perros que ladran, debes seguir
al blanco de la soberana vocación, creyendo en
el poder de la sangre del Hijo de Dios, y de la “No es tan
sabiduría de Aquel que te llamó. Tu lealtad es importante en
al Dios de tu llamamiento. qué servimos,
Una de las características relevantes de este sino a quién
libro es que, precisamente, renueva nuestra dig- servimos”
nidad en Cristo y constituye un fortísimo con-
suelo de amor en el conflicto grande que se
padece por la visión (Daniel 10). Daniel, por
ejemplo, quedó solo, mudo y sin fuerzas, sintiendo que moría (Daniel 10:7-
11); y Moisés, frente al monte que humeaba, exclamó: “Estoy espantado y tem-
blando” (Hebreos 12:21). Entender las cosas de Dios es superior a nuestras
fuerzas. Alguien, muy cercano a mí, me dijo una vez, en medio de una gran
tribulación: «Marítza, tú has sido honrada, y honra son las cicatrices que
sufres en el camino». Sí, con el ministerio también se llevan las marcas de
quien te constituyó, por causa de aquellos que te persiguen y menosprecian, y
que a pesar de que se benefician de tus capacidades, te tratan como a un cual-
quiera. A esos tienes que tomarles las manos, y descubriendo tus pechos decir-
les, como dijo el Maestro a Tomás: «Ven, “Pon aquí tu dedo, y mira mis manos;
y acerca tu mano, y métela en mi costado” (Juan 20:27). ¡Ven, hermano mío,
hermana mía, acércate!, ¡atraviésame y cree!, no en mí, sino en quien me lla-
mó, a cuyos ojos he sido alguien honorable y de gran estima (Isaías 43:4)».
Mas, ¡bienaventurados son los que no vieron y creyeron! (Juan 20:29), aque-
llos que no te conocen en tu humanidad, sino en el Espíritu que les da testi-
monio de tu llamamiento. ¡Benditos sean! Son como el bálsamo de Galaad,

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14 la honr a del ministerio

precioso ungüento, aceite suave que cura la dolorosa llaga y venda las profun-
das heridas. ¡Ay, qué consuelo de amor! ¡Qué fortísima esperanza! ¡Ay, qué
misericordia! ¡Qué inmensa ternura! ¡Qué confortamiento en Cristo Jesús!
En este libro solo hay un vivo pensamiento y es que nadie puede estar en
el ministerio, si no es llamado por Dios. En esta afirmación, aunque el pastor
Fernández denuncia una práctica que viene escalando cada día más en la vida
eclesiástica, no es confrontativa, sino apelativa, llamando a la iglesia a volver
al orden, a seguir y a respetar lo que Dios estableció. Cuando Israel bendijo
a los hijos de José cambió la posición de las manos, y su diestra puso en el
menor, dándole la bendición de la primogenitura que pertenecía a Manasés,
lo cual trató de impedirlo José más de una vez (Génesis 48:14). Así hay quie-
nes llaman personas al ministerio que Dios no ha señalado, y se disgustan
cuando ven que el llamado al ministerio es otro que él no escogió, por lo que
tratan de impedirlo, cruzándose en el medio y tomando las manos antes que
les sean impuesta, y gritan: «¡Nooo! no hagas eso, Señor. “No así, padre mío,
porque éste es el primogénito; pon tu mano derecha sobre su cabeza” (Génesis
48:17,18). Pero, lo que ha determinado Dios “¿… quién lo impedirá? Y su mano
extendida, ¿quién la hará retroceder?” (Isaías 14:27). Ayúdenos Dios a corres-
ponderle a tan alto llamamiento, pues como dijo Simón Bolívar: “dichosísi-
mo aquel que corriendo por entre los escollos de la guerra, de la política y de
las desgracias públicas, preserva su honor intacto”. El apóstol Pablo, por causa
de su llamamiento, sufrió muchas penalidades, hasta prisiones, y ser tratado
como un malhechor (2 Timoteo 2:9), pero lo que es de Dios está por encima
de todas las cosas.
¿Acaso de Nazaret podría salir algo bueno? Pero Dios lo hizo (Juan 1:46),
por tanto, la carta de recomendación de un hombre llamado por Dios no
es carne, sino fruto, no son cualidades, sino carácter. Es cierto que Su lla-
mamiento nos desnuda, pero para Él revestirnos; Su llamamiento nos quita
las fuerzas, pero Su poder se perfecciona en nuestra debilidad; Su llamamien-
to nos trae grandes conflictos, para Él darnos Su paz; Su llamamiento nos
enmudece, para Él hablar; Su llamamiento nos hace desfallecer, al punto que
no podemos estar en pie, para Él levantarnos. Sí, a pesar de nuestras circuns-
tancias, de nuestras caídas, la Palabra de Dios sigue firme, erecta, indemne,
incólume. Nosotros no somos el modelo, la estampa es Jesús; Él es el molde.
Mirémosle a Él como la esfinge levantada en nuestro desierto, para ser salvos
y librados de toda caída y tentación.
Nunca olvidaré el día de mi ordenación, el consejo que recibimos, jun-
to a otros ministros, del presbiterio de la iglesia, de la boca del pastor Juan

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prólogo 15

Radhamés Fernández, cuando con grande súplica elevaba su voz y clamaba al


cielo, rogando al Señor que nos bañara con Su agua limpia, nos purificara, nos
vistiera y nos ungiera. Él dijo:

«Hay dos maneras de orientarte, para retomar de nuevo el rumbo


cuando lo hayas perdido. La primera es que lleguen a tus oídos las
palabras que el Señor le dijo a Saulo de Tarso cuando se le reveló: “Yo
soy Jesús de Nazaret” (Hechos 22:8), y luego que oigas la voz del que
llama, escuches la voz del que dijo para qué te llamó (Hechos 26:16).
Esa es la brújula de un ministro para retomar la ruta y reorientarse,
el fijar sus ojos en su elección divina y en el propósito de su llama-
miento. Las dos preguntas de Saulo cuando el Señor lo llamó fue-
ron: “¿Quién eres, Señor?” y “(….) ¿Qué quieres que yo haga?” (Hechos
9:5,6), primero quiso conocer quién le llamaba y luego se interesó en
saber el propósito de su llamamiento. ¡Ay de aquel que se enfoca en
los hombres!, pues un día llorará por experimentar la traición de aquel
en que se apoyó, pues los hombres siempre le acusarán, y nunca le
van a comprender; un día le alabarán y otro día le crucificarán, como
hicieron con Jesús. Fácilmente se pierde el rumbo cuando enfocamos
el ministerio hacia nosotros o como una plataforma o un medio para
lograr cosas. Es necesario tener claridad en tiempos como éste, y saber
a quién servimos y para qué le servimos».

Quedó claro entonces que el compromiso de todo ministro es con Dios,


porque Él fue quien lo constituyó. Mas, el Señor le dijo a Saulo de Tarso: “…
levántate, y ponte sobre tus pies” (Hechos 26:16). Es necesario que el que es
llamado se levante, aunque lo haga temblando (Daniel 10:11) y en su interior
siga humillado y postrado. El Señor no quiere autómatas, tampoco necios
ni insensatos, sino entendidos de cuál sea Su voluntad (Efesios 5:17), de otra
manera Él no podría revelarnos Su propósito. Por eso requiere de nosotros un
servicio racional y un sacrificio vivo. Luego, ya conscientes de quién es el que
llama y a quién servimos, recibiremos la instrucción bendita para servir y tes-
tificar de Su poder y sublimidad. Hecho así, no serviremos más al hombre.
Algo que el autor deja claro en esta obra es que si buscamos honra no
vayamos por el camino de la altivez y el orgullo, sino por el del abatimiento y
la humildad (Proverbios 18:12; 15:33). Entiendo entonces que todo aquel que
es llamado al ministerio debe guardar su corazón de dos excesos: del espíritu
de altivez, que lo lleva a la soberbia, y del espíritu de humildad extrema que

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16 la honr a del ministerio

lo lleva al servilismo. Hemos sido honrados, sacados de detrás de la manada


y puestos en un lugar de preeminencia, eso nos distingue y nos destaca de los
demás. Pero si nos enaltecemos puede que nos ocurra como a Uzías y tome-
mos atribuciones en el ministerio que no nos corresponden (2 Crónicas 26:16-
17); o si nos sentimos al menos como Saúl, nuestra preferencia será el favor del
pueblo antes que el de Dios (1 Samuel 15:17,30). Abraham Lincoln dijo: “casi
todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un
hombre, dadle poder”. He visto quienes toman el ministerio con halagos, mas
tienen la posición, pero no reciben la honra que solo da Dios (Daniel 11:21).
En el índice de este libro el pastor Fernández revela una gran verdad:
todo ministerio para ser honroso debe ser conforme a Dios, es decir, según Su
corazón, Su propósito, Su procedencia, Su honra y Su soberanía. Es preferible
ser un clavo en la casa de Dios, por asiento de honra, que una hermosa y deco-
rada columna en un castillo de arena a la orilla del mar. Lo que determina la
honra del ministerio no es el servicio ni la función, sino por quién llamó.
La sencillez no es sinónimo de insignificancia, como lo pequeño no implica
algo insulso y sin importancia. Una vez leí que pequeño es el niño y encierra
al hombre; estrecho es el cerebro y cobija el pensamiento; y que el ojo no es
más que un punto y abarca leguas de distancia. No es tan importante en qué
servimos, sino a quién servimos.
De hecho, la gloria de Dios es nuestro honor. Cuando Moisés le pidió a
Jehová que le mostrase su gloria, en ese momento tan glorioso, descendió la
nube y se oyó una voz proclamando el nombre de Jehová que decía: “¡Jehová!
¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericor-
dia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la
rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que
visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta
la tercera y cuarta generación” (Éxodo 34:6-7). Eso fue lo único que Moisés
escuchó en el monte santo, pues la mano de Dios le cubría en la hendidura de
la peña. El siervo de Dios pidió ver la gloria, pero Dios proclamó Su nombre,
es decir Su carácter, Su dignidad. Esa es la gloria de Dios, lo que Él es, por
tanto nuestra gloria no es lo que poseemos, sino lo que somos en Él.
Es indudable que la honra del ministerio trae gloria y hermosea al que la
recibe, pero hay un lugar donde se lleva toda honra y toda exaltación. Cuando
Juan vio la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, no vio en ella templo, sino que
el Señor Dios Todopoderoso era el templo de ella y el Cordero. Ese es el lugar
donde debemos llevar la gloria y la honra del ministerio: al Señor, al único
digno y a quien pertenece (Apocalipsis 21:22, 24,26).

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prólogo 17

En definitiva, estoy convencida que todo aquel que quiere corresponder


a la honra que le ha dado Dios, tendrá este libro como su gran aliado, para
retomar la senda de sus mandamientos, si la ha perdido o para mantenerse en
ella, de manera que lo cojo no salga del Camino. Indudablemente, la honra
es algo ajeno al hombre. Alguien dijo que nunca nadie ha pagado el precio de
un libro, sino su costo de impresión. No sé cómo ha llegado esta obra a tus
manos, pero espero que encuentres en ella las abundantes riquezas que con
temor y temblor su autor ha compilado en ella, y luego como sabio, tu corona
sea vivir para honrar al Dios cuyo llamado te dignificó. En Dios está el poder,
vivamos pues, para darle siempre gloria y honra a Él.

Marítza Mateo-Sención
Editora

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Introducción

C
uando el Señor instruyó a Moisés con relación a la consagración de
Aarón, y de sus hijos, Él le dijo: “Esto es lo que les harás para consa-
grarlos, para que sean mis sacerdotes (…) llevarás a Aarón y a sus hijos
a la puerta del tabernáculo de reunión, y los lavarás con agua” (Éxodo 29:1,4).
Aunque lo primero que menciona es lavarlos, está sobreentendido que antes
fue necesario desnudarlos o desvestirlos. Esto nos enseña que antes de ser
ceñidos de la vestidura de la honra ministerial es absolutamente necesario
que seamos despojados de nuestras vestiduras viles o comunes. De la misma
manera que para vestirnos del nuevo hombre es menester despojarnos del
viejo, que está viciado conforme a sus deseos engañosos (Efesios 4:22-32), así
también para vestirnos de las vestiduras santas del ministerio, Dios requiere
que seamos desnudados de toda vestimenta común o humana.
El apóstol Pablo dijo: “y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la
justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4:24). Debido a que el nuevo hombre
fue creado “según Dios”, “conforme a Dios” y “en conformidad a la naturaleza
divina”, lleva en sí mismo el carácter de Dios: justicia y santidad de la verdad.
Notemos como lo explica el apóstol Pablo a los colosenses: “Pero ahora dejad
también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras des-
honestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado
del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la
imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno (…) Vestíos,

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20 la honr a del ministerio

pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de


benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia (…) Y sobre todas
estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto” (Colosenses 3:8-10, 12,14).
Según Pablo, el vestido del hombre renovado, que no es otra cosa que la nueva
naturaleza, no solo fue creado por Dios, sino que lleva la “imagen del que lo
creó” (v. 10). Así que los creyentes en Cristo, cuando somos vestidos del nuevo
hombre, no cambiamos de forma, religión o hábitos, sino de naturaleza. Lo
mismo debe suceder cuando somos consagrados al ministerio de Dios.
El ministerio es un oficio santo, porque el que nos llamó es santo (1
Pedro 1:15,16). Dios capacita incapacitando, y a Moisés lo sometió a este
proceso durante cuarenta años. Entiendo que aquel día de su llamamiento,
en el monte Horeb, fue su graduación. El Señor vio que Moisés todavía
seguía impulsivo e intrépido y lo manifestó en la manera en que se acercó a
la zarza: “Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se
quema” (Éxodo 3:3). Entonces, Jehová le dijo: “No te acerques; quita tu cal-
zado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es” (v. 5). Nadie
debe acercarse al llamamiento ministerial con las sandalias polvorientas
de sus propias andanzas, es necesario cambiarse de vestidura y de calzados
antes de acercarse al servicio y llamamiento divinos. El Señor quiso enseñar
a Moisés que la empresa que iba a realizar en su servicio era santa y, por
consiguiente, no la podía llevar a cabo con
nada que fuera humano. El camino del Señor
“Nadie debe se recorre con el apresto o calzado de Dios.
acercarse al Esta misma lección la aprendemos en el
incidente con los hijos de Aarón, Nadab y Abiú,
llamamiento
quienes ofrecieron en el santuario fuego extra-
ministerial ño que Jehová nunca les mandó. Por lo cual, la
con las Biblia dice que salió fuego de delante de Jehová
sandalias y los quemó, y allí murieron delante de Jehová.
polvorientas La narración bíblica añade: “Entonces dijo Moi-
sés a Aarón: Esto es lo que habló Jehová, diciendo:
de sus propias En los que a mí se acercan me santificaré, y
andanzas” en presencia de todo el pueblo seré glorificado. Y
Aarón calló” (Levítico 10:3). A Moisés le dijo:
“No te acerques”, y aquí dice: “En los que a mí
se acercan” (los sacerdotes), los que entran a ministrarme en el Tabernáculo
“me santificaré”. Cuando nos acercamos a Dios para ministrarle, ni nuestra
vestidura ni nuestro fuego deben ser extraños. El ministerio es un oficio para

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introducción 21

santificar el nombre del Señor. Los ministros son consagrados para ocuparse
del servicio a Dios, y a través del santo oficio que ellos ejecutan, el Señor es
santificado y glorificado delante del pueblo. Solo con lo que es de Dios se
debe hacer lo de Dios.
¿Qué es fuego extraño? La Escritura responde: aquel “que él nunca les
mandó” (Levítico 10:1). ¿Qué es vestidura común? Aquella que no es sacer-
dotal, la nuestra, la humana, la que usamos para las actividades personales.
Notemos lo que el Señor dijo a Aarón, después de la muerte de sus dos hijos:
“Tú, y tus hijos contigo, no beberéis vino ni sidra cuando entréis en el tabernáculo
de reunión, para que no muráis; estatuto perpetuo será para vuestras genera-
ciones, para poder discernir entre lo santo y lo profano, y entre lo inmundo y
lo limpio” (Levítico 10:8-10). Es evidente que estos hombres estaban ebrios
cuando se atrevieron a cometer esa locura en el santuario de Dios. Se necesita
sobriedad espiritual para “poder discernir entre lo santo y lo profano, y entre lo
inmundo y lo limpio” (v. 10). Creo que lo que hizo errar a Nadab y Abiú fue
el efecto del vino y la sidra en ellos. Muchas veces estamos intoxicados con
vino de nuestro ego y emborrachados con la sidra de nuestra autosuficiencia.
Entonces, deliramos y nos despojamos del efod sacerdotal y nos vestimos con
el atavío del humanismo, el atuendo de nuestra iniciativa, la indumentaria del
intelectualismo, y la ropa de nuestras convicciones, para entrar al santuario de
Dios a realizar el santo oficio. Sin embargo, el Señor nos enseñó que cuando
Él consagra a un ministro, primero lo desnuda y lo despoja de toda ropa suya:
humana y terrenal.
No se debe entrar al santuario de Dios o acercarnos a su presencia con
vestiduras comunes y viles. Ninguna vestidura es adecuada para ministrar a
Dios, ni aun las finísimas de los reyes de la tierra, sino solo el efod, diseñado
exclusivamente para el oficio ministerial. David entendió tanto esta enseñan-
za que se despojó aun de su vestidura real –que en el caso de él era común-,
para vestirse con el efod de lino y ministrar al Señor (2 Samuel 6:14-23). Para
Mical, la esposa de David, él se había deshonrado, porque “se descubrió” o se
despojó de la ropa real. Para ella, por su miopía, su esposo se hizo vil, pero era
todo lo contrario, lo vil hubiera sido ministrarle a Dios con vestidura común,
aunque fuera real. David fue honrado, no solo por sus criados, sino por Dios,
y aun por la posteridad. Hoy sucede lo mismo, los ministros que se despojan
de todo lo humano y se visten de lo divino, para realizar con santa dignidad
el ministerio de Dios, son tratados con menosprecio y vistos como ridículos,
pero a los ojos de Dios son muy honrados y estimados.

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22 la honr a del ministerio

La segunda cosa que Dios ordenó a Moisés, con relación a la consagración


de los sacerdotes, fue: “Y llevarás a Aarón y a sus hijos a la puerta del taber-
náculo de reunión, y los lavarás con agua” (Éxodo 29:4). El bañar a los sacer-
dotes o lavarlos con agua nos habla de limpieza e higiene. Para llevar a cabo
el ministerio divino no solo es necesario desnudarnos y despojarnos de nues-
tro atavío común, sino también lavarnos de nuestras inmundicias. El apóstol
Pablo dijo: “Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2
Timoteo 2:19). Isaías escribió: “purificaos los que lleváis los utensilios de Jeho-
vá” (Isaías 52:11). El que no recibió primero
el llamado a la santidad, jamás debe acep-
tar la consagración al ministerio. Nadie está
“El día que apto para ministrar al Santo si antes no se ha
violamos santificado. Ningún hombre debe ceñirse el
nuestro voto de efod ministerial si primero no lava su vida en
consagración a la fuente de la santificación. La transpiración
Dios, la fuerza humana expele el hedor de las inmundicias
adánicas, y es necesario lavarnos y purificar-
que hayamos nos en las aguas sagradas, antes de ataviarnos
recibido por con el vestido sacerdotal.
el ungimiento La tercera cosa que el Señor ordenó,
divino se aparta tocante a la consagración sacerdotal, fue la
siguiente: “Y tomarás las vestiduras, y vestirás
de nosotros, y
a Aarón la túnica, el manto del efod, el efod y
somos “como el pectoral, y le ceñirás con el cinto del efod; y
todos los pondrás la mitra sobre su cabeza, y sobre la
hombres” mitra pondrás la diadema santa (...) Y harás
que se acerquen sus hijos, y les vestirás las
túnicas” (Éxodo 29:5-6, 8). La vestimenta de
los sacerdotes no era simplemente una forma
o hábito religioso, sino una distinción divina que los hacía diferentes a los
demás. De la misma manera que este atuendo se diferenciaba de las demás, en
su color, forma y diseño, así también era su representación. La ropa de los
sacerdotes era un símbolo de su santo oficio. El sacerdocio era un ministerio
consagrado a Jehová. Por ejemplo, el borde del vestido del sumo sacerdote
tenía unas campanillas o cascabeles (Éxodo 28:33-35), que cuando este se
aproximaba al pueblo, su caminar emitía un sonido muy peculiar, y la gente
decía: «Viene hacia nosotros el santo de Dios». Aun el mismo Señor lo identi-
ficaba por ese sonido, cuando él entraba a su presencia (v. 35). Es propósito de

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introducción 23

Dios que el manto ministerial represente la pureza y dignidad del servicio que
desempeñamos para Él; y que nuestro caminar produzca notas y sonidos que
hagan recordar a la gente lo celestial. El policía y el bombero visten uniformes
que lo identifican con su institución, el ministro también posee una represen-
tación, de forma que todo lo que él es y realice lo identifica con Dios.
Los ministros son de Dios, y Dios es de los ministros. La consagración
de un ministro es una dedicación a Dios. Cuando Ana ofreció a su hijo
Samuel a Jehová, ella dijo: “Por este niño oraba, y Jehová me dio lo que le
pedí. Yo, pues, lo dedico también a Jehová” (1 Samuel 1:27, 28). La palabra
“dedicar” significa literalmente “transferir”. Ella lo transfirió a Jehová y
por eso también dijo: “todos los días que viva, será de Jehová” (V. 28). En la
consagración u ordenación al ministerio, somos transferidos al Señor, eso
significa que ya dejamos de ser nuestros o de los demás, y pasamos a ser
exclusivamente para Dios y su propósito (Números 8:11-17). La vestimenta
ministerial que recibimos no es más que la representación de la consagra-
ción a Dios y a su servicio. La vestimenta de Aarón y de los sacerdotes es una
tipología perfecta de lo que representa el ministerio para Dios. De la misma
manera que la salvación está simbolizada con el manto inmaculado de la
justicia del Señor Jesús, así también la vestidura sacerdotal es una represen-
tación del oficio ministerial. El vestido representa el ministerio, porque el
ministro representa a Dios.
La mitra del sumo sacerdote -que era parte de su ornamento-, tenía una
lámina de oro fino, con una grabadura de sello que decía: “SANTIDAD A
JEHOVÁ” (Éxodo 28:36). Esto nos sirve de ilustración de la consagración a
Dios y a su servicio. La santidad es más que un requisito de Jehová para sus
ministros, constituye una insignia distintiva, una señal visible y manifiesta
del carácter de la persona que los ministros representamos, esto es a Dios y a
Su reino. La ordenación de Aarón y sus hijos terminó con el ungimiento con
el aceite de la consagración. La instrucción divina continua diciendo: “Y harás
vestir a Aarón las vestiduras sagradas, y lo ungirás, y lo consagrarás, para que sea
mi sacerdote. Después harás que se acerquen sus hijos, y les vestirás las túnicas; y
los ungirás, como ungiste a su padre, y serán mis sacerdotes, y su unción les servirá
por sacerdocio perpetuo, por sus generaciones” (Éxodo 40:13-15). Podemos decir
que cuando Aarón y sus hijos fueron desnudados y bañados estaban siendo
preparados para la consagración. El acto de ser vestidos con los ornamen-
tos sacerdotales era una señal de idoneidad para la hermosísima investidura.
Ellos recibieron la honra de representar a Dios y además fueron delegados y
autorizados para ejercer el santísimo oficio. El ungimiento con el aceite de la

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24 la honr a del ministerio

consagración era un símbolo de la impartición de Dios, que los capacitaba


para poder llevar a cabo el santo servicio con eficacia. Nota que lo último que
recibe un ministro en su ordenación es el ungimiento, que en el Nuevo Pacto
va acompañado de la imposición de manos de parte del presbiterio (Hechos
13:2,3), y que según el apóstol Pablo, en este acto había una impartición de
dones y capacidades ungidas (1 Timoteo 4:13,14).
Hoy el énfasis está concentrado en la unción. Todos hablamos de recibir
unción, y oramos por ella, nos enamoramos de esta bendición y esto es bue-
no, siempre y cuando no olvidemos que el ungimiento tiene el propósito de
capacitarnos, para llevar a cabo la obra del ministerio. También es necesario
recordar que la unción es lo último que Dios imparte. En el orden de Dios,
debemos recibir antes la preparación, o sea, ser probados y aprobados, lo cual
está representado por el desnudamiento y el lavamiento, en la enseñanza de la
consagración. Moisés duró cuarenta años siendo despojado y lavado, antes de
ser investido por Dios. Podemos mencionar el caso de Eliseo que, por años,
fue siervo de Elías antes de recibir el manto profético. Lo mismo ocurrió con
David, que por mucho tiempo sirvió a Saúl antes de servir a Dios, cuando
entonces fue desvestido y lavado. Los apóstoles duraron tres años y medio,
en este proceso, antes de ser ungidos. Saulo de Tarso fue discípulo un largo
tiempo, antes de ser el gran apóstol (Gálatas 1:16-18; 2:1). Luego el Espíritu
Santo ordenó: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llama-
do” (Hechos 13:1,2). La Escritura añade: “Entonces, habiendo ayunado y orado,
les impusieron las manos y los despidieron” (v. 3).
Después de ser aprobados por el Espíritu Santo, a través del presbiterio
de la iglesia, recibimos la investidura, la cual nos autoriza para representar y
ministrar a Dios. En la imposición de las manos del presbiterio (que equivale
al ungüento del Antiguo Testamento) recibimos impartición de capacidades
ungidas. Nunca debiéramos desear el ungimiento, si antes no hemos sido
desnudados, lavados y vestidos con el ornamento sagrado. Cada vez que la
iglesia ha sido ligera en imponer las manos antes de tiempo ha expuesto el
ministerio a la deshonra y al descrédito (1 Timoteo 5:22). La vida de Sansón
es quizás el ejemplo más revelador para nosotros, los ministros, de tan aciago
desliz. Sansón reconocía que su fuerza y poder radicaban en su consagración
a Dios. Él le dijo a Dalila: “Nunca a mi cabeza llegó navaja; porque soy nazareo
de Dios desde el vientre de mi madre. Si fuere rapado, mi fuerza se apartará de
mí, y me debilitaré y seré como todos los hombres” (Jueces 16:17), pues él estaba
convencido que lo que le hacia diferente a los demás hombres era su voto de
nazareo. Ojalá que todos los ministros del mundo entendiéramos

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introducción 25

y reconociéramos que el día que violamos nuestro voto de consa-


gración a Dios, la fuerza que hayamos recibido por el ungimiento
divino se aparta de nosotros, y somos “como todos los hombres”.
¡Qué revelación tan gloriosa! Cuando violamos el compromiso de con-
sagración, nos debilitamos e incapacitamos para hacer aquello para lo cual
fuimos apartados por Dios y para Dios. Sansón entendía y reconocía que su
fuerza y unción eran resultado de ser consagrado a Dios, pero nunca respe-
tó el voto de consagración. Miremos su ejemplo: a) Violó la ley de Moisés
tomando mujeres extranjeras (Jueces 14:1-4; 16:1-4); b) Comió miel del cuer-
po de un animal muerto, algo inmundo y cosa prohibida a los nazareos y a
todo israelita (Jueces 14:5-14; Números 6:1-8; Levítico 11:8, 24, 26-27,39); c)
Posiblemente en el banquete, ingirió bebidas alcohólicas, también prohibido
a los nazareos (Jueces 14:10; Números 6:1-8; Jueces 13:14); d) La quijada de
asno que tomó para matar a los filisteos era inmunda, por proceder del cadá-
ver de un animal muerto, por lo que en esta ocasión tampoco respetó el voto
(Jueces 13:14; 15:15-17; Levítico 11:8, 24-26); e) Los mimbres verdes, con los
cuales él sugirió que lo atasen, no eran hechos de plantas, sino que constituía
una cuerda nueva, hecha de los intestinos de un animal (Jueces 16:7), lo que
era una violación a la ley de Moisés y también al voto que le prohibía tocar
cosas inmundas, como lo era todo cadáver de animales o seres humanos (Jue-
ces 13:14); y f) Cuando cortó su cabello, violó también su voto (Jueces 13:5;
16:15-20; Números 6:1-8), pues la fuerza de Sansón no estaba en su cabello,
sino en su consagración a Dios. Su pelo solo era una representación, como lo
son las vestiduras y el aceite de la unción, en
el caso de los sacerdotes.
Sansón representa al ministro lleno de
unción, pero vacío de carácter. Aplicando “La fuerza del
nuestra enseñanza, diríamos que Sansón ministro es su
tenía el ungimiento, pero necesitaba ser des- consagración
pojado de sus ropas viles, y ser lavado de sus
inmundicias. No hay nada más peligroso en
al Señor; solo
el servicio de Dios que un “carnal ungido”. cuando vivimos
La ironía más incomprensible de la vida de el propósito
Sansón es que Dios empleó más sus debilida- de nuestro
des que su fuerza. Por ejemplo: a) Se enamo- llamamiento
ró de una mujer filistea, lo cual Dios usó para
vengarse de sus enemigos (Jueces 14:1-4); b) somos hermosos
Mató a un león para hacer una apuesta, y fuertes”

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26 la honr a del ministerio

comió miel de su cuerpo, violando su voto; dio de comer a sus padres y los
hizo violar a ellos también la ley. Aún así, el Señor halló en esto ocasión, para
destruir a los adversarios de su pueblo (Jueces 14:1-5; 15:20). c) Se enamoró
de Dalila, y le reveló el secreto de su fuerza. El nombre Dalila significa “lan-
guidez”, “debilidad”, “flaqueza”, “de poca fuerza”. Esto revela que la debili-
dad venció su fuerza, pero Dios venció, no con la fuerza, sino con la debilidad
de Sansón. d) El león que Sansón mató lo representa a él: fuerte, pero muerto.
Mas, fue después de muerto que del león salió la dulzura de la miel (Jueces
14:14,18), y en Sansón aconteció lo mismo: muriendo logró más que viviendo
(Jueces 16:28-30). Su enigma decía: “Del devorador salió comida, Y del fuerte
salió dulzura” (Jueces 14:14). Sansón era fuerte y devorador como león, pero
con las mujeres era tierno y dulce como la miel, y esto se convirtió en debili-
dad (Jueces 14:15-17; 16:6-19). Dios lo ungió con fuerza para vencer a los
enemigos y tuvo que debilitarlo hasta la muerte, para poder lograr su propó-
sito con él. Solo así salió miel del fuerte y del devorador. La fuerza del
ministro es su consagración al Señor; Solo cuando vivimos el pro-
pósito de nuestro llamamiento somos hermosos y fuertes.
Jehová dijo a Moisés: “Y harás vestiduras sagradas a Aarón tu hermano, para
honra y hermosura” (Éxodo 28:2). Este texto nos sirve de conclusión y confir-
mación de que la vestidura sagrada de la consagración representa la honra y her-
mosura de Dios en el ministerio. Por tanto, quiero terminar esta introducción
con la experiencia de Josué, el sumo sacerdote del tiempo de la restauración.
Leamos, a continuación, lo que aconteció a este hombre de Dios: “Me mostró al
sumo sacerdote Josué, el cual estaba delante del ángel de Jehová, y Satanás estaba a
su mano derecha para acusarle. 2 Y dijo Jehová a Satanás: Jehová te reprenda, oh
Satanás; Jehová que ha escogido a Jerusalén te reprenda. ¿No es éste un tizón arre-
batado del incendio? 3 Y Josué estaba vestido de vestiduras viles, y estaba delante del
ángel. 4 Y habló el ángel, y mandó a los que estaban delante de él, diciendo: Quita-
dle esas vestiduras viles. Y a él le dijo: Mira que he quitado de ti tu pecado, y te he
hecho vestir de ropas de gala. 5 Después dijo: Pongan mitra limpia sobre su cabeza.
Y pusieron una mitra limpia sobre su cabeza, y le vistieron las ropas. Y el ángel de
Jehová estaba en pie. 6 Y el ángel de Jehová amonestó a Josué, diciendo: 7 Así dice
Jehová de los ejércitos: Si anduvieres por mis caminos, y si guardares mi ordenanza,
también tú gobernarás mi casa, también guardarás mis atrios, y entre éstos que aquí
están te daré lugar” (Zacarías 3:1-7). Este pasaje está lleno de enseñanzas, pero
me gustaría connotar algunas interrogantes de esta abstracción.
¿Cuándo Satanás lanzó sus dardos acusadores contra el sumo sacerdo-
te? ¿Qué momento aprovechó el adversario para acusar al ungido de Jehová?

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introducción 27

Notemos lo que dice: “Y Josué estaba vestido de vestiduras viles” (v. 3). Esto quie-
re decir que no estaba vestido de su ropa de sumo sacerdote, sino de su ropa
común; o estaba vestido de sumo sacerdote, pero con su ropa sucia. Pongamos
atención a la orden del ángel: “Quitadle esas vestiduras viles” (v. 4), y después
dijo: “Pongan mitra limpia sobre su cabeza” (v. 5), y añade: “Y pusieron una
mitra limpia sobre su cabeza, y le vistieron las ropas” (v. 5). Infiero, entonces, que
el diablo lo acusaba porque Josué estaba con su ropa común o tenía las vestidu-
ras sacerdotales ensuciadas. Esto nos revela que hay dos ocasiones en el minis-
terio cuando somos vulnerables: primero, cuando estamos vestidos con nuestra
indumentaria humana, ya sea porque no hemos sido desnudados y bañados,
como hemos enseñado, o porque después de haber sido vestidos del manto de
la consagración, preferimos ministrar a Dios con la ropa del humanismo, y con
“… filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los
rudimentos del mundo, y no según Cristo” (Colosenses 2:8).
La segunda manera que somos vulnerables a las acusaciones de Satanás y
nos exponemos a la vergüenza, es cuando vestidos de las vestimentas ministeria-
les, las ensuciamos viviendo de una manera que no es digna de lo que somos y
representamos. El ángel dio dos instrucciones a favor de Josué, las cuales poseen
la fórmula restauradora de Dios para los ministros que han perdido su digni-
dad, por haber obrado de las dos maneras mencionadas. La primera es “Quitadle
esas vestiduras viles”, lo que significa ser desvestido, entonces El Señor nos dice:
“Mira que he quitado de ti tu pecado y te he hecho vestir de ropas de gala” (v. 4). La
segunda es “Pongan mitra limpia sobre su cabeza” (v. 5). La orden del ángel fue
obedecida, y a Josué lo vistieron con toda la vestimenta de sumo sacerdote, pero
lo que Jehová empleó para representar el cambio de indumentaria fue la mitra.
Era en la placa de la mitra que el sumo sacerdote tenía grabada la inscripción:
SANTIDAD A JEHOVÁ (Éxodo 28:36-38). En ese grabado estaba no solo
lo que Dios esperaba del sumo sacerdote, sino lo que este representaba delante
del pueblo. ¡Qué glorioso mensaje para todos los ministros de esta generación!,
sobre todo para aquellos que por alguna debilidad no han vivido de acuerdo a la
honra de la dignidad recibida del cielo. Yo bendigo al Señor porque nos brinda
una manera honrosa de ser vindicados y restaurados.
Nuestro Dios es Dios de restauración. Él nos ofrece, a través del men-
saje de este libro, una oportunidad de volver a ataviarnos nuevamente con
el ornamento sagrado de la “ honra y hermosura” (Éxodo 28:2). El propósito
de este libro es revelar cómo es el llamamiento según Dios, y de acuerdo a
la naturaleza de Su reino, porque creo que es la única manera de restaurar la
honra del ministerio.

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28 la honr a del ministerio

Una cosa es el ministerio según los hombres, donde todo se realiza de


acuerdo al criterio, idea y experiencia de los seres humanos, y otra cosa es el
ministerio según Dios. En el ministerio de acuerdo al Señor todo se hace y
se ministra en conformidad estricta a su naturaleza y a su Espíritu; de acuer-
do a las instrucciones de su voluntad, reveladas en su Palabra y ministradas
a través del Espíritu Santo a nuestras vidas. Mientras el ministro que no
teme a Dios no distingue entre lo santo y lo profano (Levítico 10:9-11), y
solo le importa el resultado, el éxito visible, sin tomar en cuenta el medio
cómo lo logre; en el ministerio según Dios toda diligencia y recursos son
utilizados para agradar a Dios y hacerlo todo conforme a su designio. Solo
lo que es como Dios agrada a Dios, así como solo lo que baja del cielo sube
al cielo (Juan 3:13, 31).
Una cosa es entrar al reino de Dios y otra diferente es que Su reino entre
en nosotros; una cosa es haber salido de Egipto y otra que Egipto haya salido
de nosotros (Hechos 7:39). Todos los creyentes cuando se convirtieron entra-
ron al reino de los cielos, pero no en todos ellos
ha entrado el reino de Dios. El reino de Dios
entra a nosotros cuando comenzamos a
“El reino de vivir en la tierra como se vive en el cie-
Dios entra lo. El Señor Jesús nos enseñó a orar así: “Venga
a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así
cuando también en la tierra” (Mateo 6:10). En el reino de
los cielos todo se hace según Dios, conforme a su
comenzamos voluntad, y de acuerdo a su carácter, naturaleza y
a vivir en la propósito. El reino de los cielos es santo, porque
tierra como Dios es santo. El reino es verdad y justicia, por-
se vive en el que nuestro rey es justo y verdadero. Jesús dijo:
“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en
cielo”
el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad
de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21).
¿Quién entra y ha entrado al reino de Dios,
según la enseñanza del maestro? El que hace la voluntad de su Padre que está
en los cielos. Aun Dios hace “todas las cosas según el designio de su voluntad”
(Efesios 1:11).
Un ministro es alguien llamado por Dios para realizar un propósito divi-
no para Su reino. Dios nunca llamó a alguien a hacer algo y le permitió hacer-
lo conforme a su idea o criterio personal. A todo hombre que Jehová llamó,
le reveló su voluntad y le exigió que lo haga todo de acuerdo al diseño de su

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introducción 29

propósito. Por tanto, ¿cómo será que Dios nos llama para hacer algo para Él
y lo estemos haciendo de acuerdo a la invención de nuestro propio corazón?
Por eso, en este tiempo que Dios está restaurando todo en conformidad a Su
reino y a Su corazón, se ha propuesto también devolver la honra al ministerio
de la iglesia. El Señor nos muestra que solo hay una manera de devolver al
ministerio cristiano la honra que ha perdido y es regresando al camino de
los apóstoles y profetas que nos ministraron la Palabra de Dios. Ellos vivie-
ron y nos enseñaron lo que es el llamamiento según Dios. Es necesario que
encontremos el camino, para no seguir extraviados. Regresemos y busquemos
cuidadosa y exactamente el lugar donde comenzó nuestro extravío, y desde
allí retomemos nuevamente la senda de nuestro caminar. El propósito de este
libro es justamente ese, enseñarnos a regresar al camino de la honra, realizan-
do un ministerio según y conforme a la voluntad de Dios.
Existe un animal carnívoro, muy pequeño y delicado, que habita en cier-
tos lugares de Europa y Asia, llamado armiño. Su piel suave y apreciada, par-
da en verano y blanquísima en invierno, es símbolo de lo puro e inmaculado.
Debido a que ésta es muy valiosa, los cazadores la procuran, y han descubierto
un método fácil para cazarlos por lo siguiente: cuando el armiño se ve frente
al lodo, para evitar ensuciar su linda y nítida piel, se paraliza y permanece
inmóvil, convirtiéndose en una presa fácil para los cazadores. El armiño pre-
fiere la muerte antes que manchar su precioso traje con el cual Dios lo ha
vestido. Con esta misma determinación, los ministros debiéramos cuidar y
preservar nuestro atavío. Por lo cual, a todos los hombres y mujeres que han
recibido la honra del ministerio y han sido consagrados a Dios, a través de la
vestidura sacerdotal y el ungimiento por el aceite de la unción, el Señor les
dice: “En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu
cabeza” (Eclesiastés 9:8). Amén

Juan Radhamés Fernández


Enero 2009

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Capítulo I

NADIE TOMA PARA SÍ ESTA HONRA

“Y nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por


Dios, como lo fue Aarón”
-Hebreos 5:4

N
o hay sobre la tierra una honra más grande que ser un ministro de
Dios. No se puede comparar el ministerio cristiano con nada que
exista en este mundo, y eso no es un concepto personal, sino algo
que se establece en la Palabra de Dios, cuando dice: “Y nadie toma para sí esta
honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón. Así tampoco Cristo se
glorificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo: Tú eres mi Hijo,
Yo te he engendrado hoy” (Hebreos 5:4- 5). Esto quiere decir que toda persona
llamada por Dios al santo ministerio recibe la insignia distintiva de la elección
divina. Todo aquel que reconozca a Dios como la persona más importante del
universo, considerará también su elección como la más honrosa. La distinción
del elegido radica en la importancia del que lo elige, así como la honra del
individuo honrado la determina el grado de dignidad de la persona que lo
honra. No es lo mismo ser honrado por un siervo que por un rey. Si el que
nos honra es digno, así será lo que recibimos de él.

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32 la honr a del ministerio

La honra del insigne nos hace ilustres; la honra del noble nos da prestigio;
la honra del célebre nos proporciona renombre. Lo que distinguió a Ester de
las demás doncellas fue ser preferida por el rey Asuero. Ella, la elegida entre
miles, se convirtió de huérfana adoptada a reina del imperio persa por la pre-
dilección del rey. Lo que le da valor a algo o a alguien es la manera que se le
estima o valora. El oro no sería diferente a otros metales si no fuera por el
aprecio que le ha dado el hombre. El oro es
mejor conductor de electricidad que el cobre,
pero no se le aprecia por su utilidad, sino por
“Nadie puede su belleza y apariencia. El hombre ha deter-
estimar el minado usarlo mejor para lucir, decorar y
ministerio si no representar, pues considera que es el don con
el cual el oro ha sido dotado por la naturale-
estima a Dios”
za. Hay metales que posiblemente sean más
útiles que el oro, pero no contribuyen a la
vanidad del ser humano. Por lo cual, el oro es
un símbolo de valor al que el hombre ha honrado a tal punto que lo ha trans-
formado en el metal más preciado. Este metal, después de ser procesado, tiene
sus méritos, tanto en el aspecto de la estética como en la utilidad, pero su
verdadero valor estriba en la forma como el hombre lo ha estimado y valo-
rado. Indudablemente que el elemento tiene sus cualidades, mas su verdadera
honra no radica en sus méritos, sino en ser preferido por el hombre. Si fueran
los perros que lo prefirieran ¿cuál sería su honra o cuánto su valor?
Aplicando estas comparaciones al ministerio, te diré que lo que hace
distinguido a un ministro no son sus méritos personales, sino el ser elegido
por Dios para realizar un servicio a favor de su santo propósito. La preferen-
cia de Dios sobre la vida de un ministro es lo que le da honra y distinción
a su existencia. La dignidad del ministerio está en lo que hacemos, pero
sobre todo para quién lo hacemos. Nadie puede estimar el ministerio si
no estima a Dios. Si alguien no aprecia el ministerio es porque nunca ha
valorado a Dios. El que subes­tima el llamamiento es porque menosprecia o
desconoce al que llama.
La honra del ministerio es el mismo Dios. La distinción del ministerio
se encuentra en el prestigio de Dios. La Epístola a los Hebreos destaca que
nuestra salvación es grande (Hebreos 2:3), y me pregunto: ¿por qué es grande
la salvación que hemos recibido del Padre? El escritor bíblico responde dicien-
do que la salvación es grande, primeramente, por el precio imponderable que
se pagó para lograrla; segundo, por su resultado, ya que logró reconciliar al

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nadie toma par a sí esa honr a 33

hombre con su Creador; y tercero, por su motivación, pues se manifestó el


amor de Dios por un mundo que no le amaba. Pero para mí, lo que hace
grande la salvación de Dios es su autor. Si hubiera sido un ángel, un querubín
o un serafín el autor de la redención del hombre, hubiera sido importante,
pero jamás se podría comparar con la salvación de Jehová. La salvación posee
la anchura, longitud, profundidad y altura del amor de Dios, el cual es ini-
gualable y excede a todo conocimiento (Efesios 3:18,19).
Lo mismo podemos decir del ministerio. La honra del ministerio excede
a cualquier otra, porque el que nos llamó supera en honor, prestigio, exce-
lencia y perfección a todo lo creado. El nombre del que nos llamó es “el
Admirable” (Jueces 13:18; Isaías 9:6). Él no solo es digno, sino que es el dig-
no; Él no solo es Dios, sino que es el Dios (1
Reyes 18:39). Lo que nos hace honorables es
la honorabilidad del que nos llamó a su servi- “La honra del
cio. Por lo tanto, el oficio más honroso y dig- ministerio
no al cual puede dedicarse un hombre es excede a
servir a Dios, en cualquier área ministerial.
Sin embargo, en la actualidad, al ministro de cualquier
Dios se le ve como un profesional, pues el otra, porque el
ministerio lo han convertido en una profe- que nos llamó
sión; y para la mayoría de las personas en el supera en honor,
mundo secular, un ministro es un cualquie- prestigio,
ra. Incluso, el oficio ministerial no se honra,
pues hasta nosotros, los mismos consiervos, excelencia y
no tenemos convicción de la honra que es el perfección a
llamamiento, y para poder honrar la voca- todo lo creado”
ción a la que fuimos llamados, tenemos que
estar llenos de esa certeza.
Muchos siervos de Dios ministran en lugares donde ser ministro es ser
un empleado, y eso lo viví en carne propia. En esos círculos le dicen al
pastor: «A usted le damos un salario para que predique». Por eso, cuando
se le pregunta a alguno de esas congregaciones: «Hermano, ¿por qué usted
no predica?» «Oh, no –responde- nosotros le pagamos al pastor para que
lo haga». También existen las llamadas “juntas” que emplean al pastor y se
sienten como los que tienen autoridad sobre el siervo de Dios y lo tratan
como su asalariado, y le dicen, por ejemplo: «Pastor, sus vacaciones son
dos semanas; ¿qué pasó que usted no vino ayer?; ¿quién le dijo que usted
podía tomar alguna decisión en ese asunto?, etc.». Por tanto, esas y otras

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34 la honr a del ministerio

conductas, no menos ofensivas, han desvirtuado la naturaleza del servicio


a Dios y la dignidad de dicha vocación. En consecuencia, muchos pastores
se sienten como empleados en su ­ministrar, y entonces buscan agradar a la
gente, haciendo una serie de cosas, las cuales Dios quiere romper y desarrai-
gar de su santo ministerio.
Sabemos que el Señor destruye, pero para edificar. Dios nunca va a cons-
truir sobre un cimiento humano, por eso dijo en Jeremías 1:10: “Mira que te
he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir,
para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar”. Por tanto, si hay un
área que marcó mi vida espiritual es esta. Ojalá Dios me ayude a comunicarte
esto, para que tú sepas quién eres como ministro de Dios y entiendas lo que el
Señor revela en su Palabra con respecto a lo que es un ministro para Él. Deseo
con todo mi corazón que lo que te diga a continuación vaya más allá de un
concepto, sino que el espíritu de estas palabras llegue al asiento de tus pen-
samientos, intacto, tal como el Señor me lo reveló y salió de Su corazón. El
versículo con el cual hemos dado inicio a este capítulo definió mi vida minis-
terial, por lo que quiero además, reproducirlo a continuación en la versión
“Biblia de las Americas 1986” para que nos arroje más luz a este respecto:

“Y nadie toma este honor para sí mismo, sino que lo recibe cuando
es llamado por Dios, así como lo fue Aarón”
(LBA Hebreos 5:4).

El que tiene el llamado tiene la honra. El llamado es un honor, una honra


de Dios. Ahora, aplica eso a Jesús: “De la misma manera, Cristo no se glorificó
a sí mismo para hacerse sumo sacerdote, sino que lo glorificó el que le dijo: HIJO
MÍO ERES TÚ, YO TE HE ENGENDRADO HOY; como también dice en
otro pasaje: TÚ ERES SACERDOTE PARA SIEMPRE SEGÚN EL ORDEN
DE MELQUISEDEC” (LBA Hebreos 5:5-6). Entiendo entonces que la honra
la recibe únicamente aquél que es llamado por Dios como lo fue Aarón. En
otras palabras, yo no me llamo a mí mismo, a mí me llama otro. Cristo, el
Hijo de Dios, no se llamó a sí mismo, siendo Dios y coeterno con el Padre.
Él pudo decir: «Yo Soy el que soy y puedo hacer aquí lo que yo quiera», sin
embargo no lo hizo, pues aun el llamamiento mesiánico de Jesús fue un lla-
mamiento de Dios. El Padre decidió que el Hijo descendiera y fuese el Mesías
de Israel. Dios lo decidió y lo decretó en el Salmo Segundo: “Mi hijo eres tú;
Yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, Y como posesión
tuya los confines de la tierra” (Salmos 2:7-8).

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nadie toma par a sí esa honr a 35

También, la Biblia dice: “Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y


Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque
preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies.
Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte. Porque todas las cosas las sujetó
debajo de sus pies. Y cuando dice que todas las cosas han sido sujetadas a él, clara-
mente se exceptúa aquel que sujetó a él todas las cosas. Pero luego que todas las cosas
le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas
las cosas, para que Dios sea todo en todos” (1 Corintios 15:24-28). Y yo pregunto,
¿quién determinó eso? El Padre. En el caso de Aarón es lo mismo, pues él no
dijo: «JAH, recuerda que yo no solamente soy el hermano de Moisés, sino tam-
bién su profeta; definitivamente el sacerdocio me corresponde a mí». Eso era lo
que creían Coré, Datán y Abiram cuando se rebelaron, porque pensaban que
Moisés y Aarón estaban monopolizando el ministerio de Dios (Números 16:3).
Pero Jehová no entró en discusión con ellos, sino que dijo a Moisés:

“Habla a los hijos de Israel, y toma de ellos una vara por cada
casa de los padres, de todos los príncipes de ellos, doce varas con-
forme a las casas de sus padres; y escribirás el nombre de cada uno
sobre su vara. Y escribirás el nombre de Aarón sobre la vara de
Leví; porque cada jefe de familia de sus padres tendrá una vara.
Y las pondrás en el tabernáculo de reunión delante del testimo-
nio, donde yo me manifestaré a vosotros. Y florecerá la vara del
varón que yo escoja, y haré cesar de delante de mí las quejas de
los hijos de Israel con que murmuran contra vosotros”
(Números 17:2-5).

La honra se recibe, no se exige. La vara de


Aarón reverdeció porque tenía el llamamiento
de Dios. Cuando Dios llama, Él hace reverde- “La honra se
cer la vara de tu llamamiento. No hay que
pelear por un ministerio, pues todo aquel que recibe, no se
disputa por un llamamiento es porque no lo exige”
tiene. El que es llamado simplemente recibe la
honra, y dice: «Yo no me llamé a mí mismo, el
Padre lo determinó». A veces andamos como el que está pidiendo permiso y
tiene que dar explicación a la gente. ¡NO! Tú tienes que tener seguridad de
quién te llamó. Lo que Dios no quiere es que tú uses mal esa autoridad, para
hacer daño, sino para edificación, que tengas la certeza de que Él te llamó.

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36 la honr a del ministerio

Por eso, a mí, personalmente, me ministra como Pablo empieza, casi todas
sus epístolas, diciendo: “Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la volun-
tad de Dios…” (…) Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado
para el evangelio de Dios, (…) Pablo, apóstol (no de hombres ni por hombre, sino
por Jesucristo y por Dios el Padre que lo resucitó de los muertos), (…) Pablo,
siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la fe de los escogidos de Dios y
el conocimiento de la verdad que es según la piedad…” (1 Corintios 1:1; Roma-
nos 1:1; Gálatas 1:1; Tito 1:1). Y cuando tuvo que defender su ministerio
apostólico, lo hizo con una santa dignidad, sin ofender o estropear a nadie,
sino diciendo:

“… por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en


necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy
débil, entonces soy fuerte. Me he hecho un necio al gloriarme; voso-
tros me obligasteis a ello, pues yo debía ser alabado por vosotros;
porque en nada he sido menos que aquellos grandes apóstoles, aun-
que nada soy. Con todo, las señales de apóstol han sido hechas entre
vosotros en toda paciencia, por señales, prodigios y milagros”
(2 Corintios 12:10-12).

Este hombre también dijo: “Ciertamente


no me conviene gloriarme; pero vendré a las
visiones y a las revelaciones del Señor. Conozco
a un hombre en Cristo, que hace catorce años “Hay dos cosas
(si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no que siempre
lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer deben ser la
cielo. Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, brújula de un
o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), que
fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras ministro para
inefables que no le es dado al hombre expresar. retomar la ruta
De tal hombre me gloriaré; pero de mí mismo y reorientarse, y
en nada me gloriaré, sino en mis debilidades” es fijar sus ojos
(2 Corintios 12:1-5). Pablo estaba seguro de
en su elección
quién era en Dios, tenía confianza en el amor
del Padre, pero también certeza de que Dios divina y en el
lo llamó. El que no tiene la convicción de su propósito de su
llamado andará siempre con doble ánimo, llamamiento”

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nadie toma par a sí esa honr a 37

oscilando y retrocediendo. Por el contrario, no hay nada más poderoso que un


hombre convencido de su llamamiento.
Es importante que recuerdes cuando Dios te llamó, pues hay momentos
en que el diablo viene a ti, no a decirte: «Si eres hijo de Dios…», pues quizás
tú tienes esa seguridad en tu espíritu, pero
sí a preguntarte, como cuestionaron a Jesús:
“¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿y quién
te dio esta autoridad?” (Mateo 21:23)» Segura-
“Solo cuando
mente, él te cuestionará y te traerá a memoria recibimos una
tus fracasos, las veces que te has equivocado, revelación de la
de la forma en que te han tratado aquí, allá; gloria de Dios,
tratará de infiltrar dudas en tu corazón en aprendemos a
cuanto a tu relación y función en la iglesia,
y en cuanto a lo que tú eres en Dios. Pero servirle como es
cuando tú sabes que fuiste llamado, dirás: « digno de Él, y a
¡No, yo no tomé esta honra, Dios me la dio! humillarnos en
¡Yo no me glorifiqué a mí mismo!, a mí me Su presencia”
glorificó Dios, como glorificó a Aarón cuan-
do hizo reverdecer su vara, así hizo reverde-
cer mi vida».
Nota que cuando la Palabra menciona a Jesús, está diciendo que él fue
llamado por el Padre, entonces, no hay llamamiento que no proceda de Dios.
El Hijo podía llamarse a sí mismo, pues poseía las prerrogativas divinas, pero
el Padre se lo pidió, por lo cual Jesús dijo: “Por eso me ama el Padre, porque yo
pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí
mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar.
Este mandamiento recibí de mi Padre. (Juan 10:17-18). Él se dispuso a obede-
cer al tiempo que cumplía un mandamiento de su Padre.
Saber quién eres en Dios te va a evitar un montón de tropiezos y sin-
sabores, especialmente el estar a expensas del diablo, quien tiene muchas
estratagemas para hacerte dudar. ¿Quién no necesita a veces pararse frente a
la adversidad, y frente a los enemigos de la causa del reino de Dios, cuando
hay cuestionamientos, y sin estropear a nadie, sin altivez, con la humildad
de Jesús, pero también con su seguridad y poder decir: «Yo sé quien soy; y sé
que el Señor me llamó desde el vientre de mi madre; mi embrión vieron sus
ojos»? De hecho, Dios quiere que tú tengas esa certeza, pues la vas a necesi-
tar, y más en un tiempo donde lo que Dios nos mandó a predicar es opuesto
a lo que se está practicando en la cultura eclesiástica. Por eso dicen: «Y éste,

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38 la honr a del ministerio

¿quién es?; a éste ¿quién lo envió? ¿por qué está aquí, por qué predica?».
Cuando Pablo fue a Atenas, dijeron: “¿Qué querrá decir este palabrero? Y
otros: Parece que es predicador de nuevos dioses” (Hechos 17:18). De la misma
manera, la gente te va a cuestionar, te va a retar, van a dudar del mensaje,
posiblemente dudan de ti, hablan de ti, pero eso no te debe importar tanto,
sino lo que tú sabes que eres para Dios.
Cuando vivimos una crisis personal, ministerial o de la índole que fuere,
nos desorientamos y tendemos a concentrarnos en nosotros mismos, en cómo
nos sentimos, qué están diciendo de nosotros; y para defendernos, argumen-
tamos, reaccionamos, tomamos decisiones, etc. Pero hay dos cosas que siem-
pre deben ser la brújula de un ministro para retomar la ruta y reorientarse,
y es fijar sus ojos en su elección divina y en el propósito de su llamamiento.
Las dos preguntas de Saulo cuando el Señor lo llamó fueron: “¿Quién eres,
Señor?” (….) ¿Qué quieres que yo haga?” (Hechos 9:5,6). Es decir, primero
quiso conocer a quién le llamaba y luego se interesó en saber el propósito de
su llamamiento.
Conocer quiénes somos para Dios, nos permite saber quiénes son los
demás, y podemos presentar todo hombre perfecto en Cristo Jesús (Colo-
senses 1:28). El saber quiénes somos para Dios nos va a dar una actitud de
gratitud, dependencia, diligencia, y seriedad, algo que trascenderá en nuestra
vida y cambiará la forma de ministrar a Dios y a los hombres. También nos
evita complejos, y muchas de esas cosas que nuestra alma -por emociones- pri-
va y obstruye la libertad que tenemos para ministrar la Palabra de acuerdo al
don que hemos recibido. A veces, por ejemplo, somos tímidos o tenemos un
problema de estima propia o estamos bajo la tensión del “qué dirán”, todo eso
impide que nos atrevamos a tomar las decisiones de Dios en nuestro liderazgo,
porque no sabemos quiénes somos.
Otra cosa igualmente importante en el llamamiento es el corazón. Si
no hay corazón no se puede entrar en la vida del reino de los cielos, porque
para servir al Señor hay que amarle. Para darle esa distinción a Dios, de
que Él sea el todo en nuestras vidas es necesario que le amemos como Él
merece ser amado. Dependiendo el concepto que tenemos de Dios, así es
la manera en que le amaremos y le serviremos. Por tanto, si el criterio que
tienes de Dios es pequeño, así va a ser tu adoración a Él. Si Dios para ti es
alguien más, un simple dios y no el Dios, pues igualmente a ese nivel será
tu adoración, limitada, y tu servicio escaso. Por eso, el apóstol Pablo habló
de andar de acuerdo a la vocación (Efesios 4:1). El que conoce la dignidad
de Dios, a esa altura le adorará.

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nadie toma par a sí esa honr a 39

En ocasiones, cuando he estado orando le he dicho al Señor: «Mi Dios,


¿qué te puedo dar yo? ¿Qué tipo de adoración te puedo rendir que sea digna de
ti?» Pues, ¡jamás!, por excelso que sea, podremos alcanzar el grado de sublimi-
dad de Dios. Nadie puede darle algo a Dios que esté al nivel de su dignidad,
fuera de Jesucristo. Pero, nuestro Señor, por el Espíritu Santo, puede darnos
la revelación y meternos en la dimensión de su grandeza. Esa es la razón que
cuando Él se manifiesta y vemos su majestad, entonces pasa algo en nosotros:
vemos nuestra pequeñez. Cuando Jehová le mostró la semejanza de gloria a
Ezequiel (Ezequiel 1:28), y él vio los querubines y todas aquellas cosas, quedó
impresionado, y cayó postrado, y oyó una voz que le dijo: “… hijo de hombre”
(Ezequiel 2:1), como diciendo: «Yo Soy el que soy y tú eres simplemente un
hijo de hombre». No fue que el Señor quiso humillar al profeta, sino que le
quiso revelar su grandeza, para que éste conociera quién le hablaba y a quién
le servía. Solo cuando recibimos una revelación de la gloria de Dios, apren-
demos a servirle como es digno de Él, y a humillarnos en Su presencia.
Dios da gracia a los humildes. El imán que atrae a la gloria de Dios es el
espíritu manso de un corazón humillado. Esta no es una ley religiosa, como
el que dice: «Me humillo y Dios desciende; me doblego y el Altísimo baja a
vivificar mi espíritu quebrantado», no, porque no es una fórmula. El asunto
es que Dios es humilde, tan simple como eso. Aunque Él es el Alto y el Subli-
me, también es humilde, pues hay algo en su carácter que lo hace manso y
fiel. Cuando el Señor ve a alguien que tiene su sentir y su naturaleza, que-
brantado y humillado, desciende a identificarse con esa persona. Así es su
carácter y su conducta, por eso el que le
conoce puede caminar con Él y no tropezar
jamás. “El imán que
El llamamiento es una honra que nin-
atrae a la gloria
gún hombre merece. La frase que el Señor
le dijo a David, el hombre conforme a su de Dios es el
corazón, nos puede ilustrar aún más sobre espíritu manso
este pensamiento. Él le dijo: “Yo te tomé del de un corazón
redil, de detrás de las ovejas, para que fueses humillado”
príncipe sobre mi pueblo, sobre Israel” (2
Samuel 7:8). Aunque aquí Él se está refi-
riendo a que sacó al hijo de Isaí de pastar las
ovejas de su padre, y lo hizo príncipe sobre su pueblo, el Espíritu me hizo ver
que nosotros los ministros somos también tomados de entre las ovejas del
redil divino. En otras palabras, tú eras una oveja como todas las demás, pero

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40 la honr a del ministerio

Dios te dijo: «Hijito mío, eres uno más entre todas mis ovejas, pero yo te
tomo de entre ellas para que seas mi ministro, mi servidor. Ven hijo mío». De
esta misma manera Dios tomó a los levitas entre todas las tribus de Israel para
que sirvan delante de Él. Jehová dijo a Moisés: “He aquí, yo he tomado a los
levitas de entre los hijos de Israel en lugar de todos los primogénitos, los primeros
nacidos entre los hijos de Israel; serán, pues, míos los levitas. Porque mío es todo
primogénito; desde el día en que yo hice morir a todos los primogénitos en la tierra
de Egipto, santifiqué para mí a todos los primogénitos en Israel, así de hombres
como de animales; míos serán. Yo Jehová” (Números 3:11-13). Por tanto, tú eres
de Dios, porque así a Él le plació. En este capítulo, te invito a que estudiemos
juntos, no tanto lo que hace honroso al ministerio, sino lo que considero es,
en sí misma, la honra de nuestro supremo llamamiento.

1.1  Los Ministros son de Dios


“Así apartarás a los levitas de entre los hijos de Israel, y serán
míos los levitas”
Números 8:14

En Egipto, Jehová redimió a todos los


primogénitos, por eso instauró como man-
“El llamamiento damiento a las tribus de Israel que sería de
Él todo aquel que abriere matriz, así como
hace a los todo primer nacido de sus animales (Éxodo
ministros 13:12). Por tanto, de una redención viene el
ofrendas” llamamiento al ministerio. Dios intercam-
bia, en su propósito, a los primogénitos por
una tribu completa, la tribu de Leví. Eso
tiene una enseñanza también para nosotros,
porque en el Nuevo Testamento todos los creyentes son sacerdotes y todos los
salvados son también primogénitos, pues Cristo es el primogénito de Dios
(Colosenses 1:15), y a nosotros se nos llama la congregación de los primo-
génitos (Hebreos 12:22,23). La Palabra nos enseña que Jesús es el principio
de la creación de Dios, el primero de entre los muertos; Él es la primicia de
la resurrección y luego todos nosotros en Él. Así que esto se aplica también
a nosotros como creyentes y como sacerdotes, en el aspecto de la redención,
pues fuimos redimidos para servirle al Señor.

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nadie toma par a sí esa honr a 41

En el aspecto del ministerio, los primogénitos son míos, dijo Dios, y yo


pregunto: ¿Acaso es poca honra que Dios te reclame como suyo y diga: «Los
ministros son míos, de mi propiedad, porque yo los redimí del mundo (Egip-
to) para que me sirvan a mí»? Por tanto, nuestra primera honra es que somos
de Dios, le pertenecemos al Padre. Si tú eres ministro de Dios, puedes decir:
«Yo soy de Dios, pertenezco a Él». Entendida esta verdad, veamos detallada-
mente, en los siguientes versículos, cómo Jehová estableció el oficio:

“Y cuando hayas acercado a los levitas delante de Jehová, pondrán


los hijos de Israel sus manos sobre los levitas; y ofrecerá Aarón los
levitas delante de Jehová en ofrenda de los hijos de Israel, y ser-
virán en el ministerio de Jehová. Y los levitas pondrán sus manos
sobre las cabezas de los novillos; y ofrecerás el uno por expiación,
y el otro en holocausto a Jehová, para hacer expiación por los
levitas. Y presentarás a los levitas delante de Aarón, y delante
de sus hijos, y los ofrecerás en ofrenda a Jehová. Así apartarás a
los levitas de entre los hijos de Israel, y serán míos los levitas.
Después de eso vendrán los levitas a ministrar en el tabernáculo
de reunión; serán purificados, y los ofrecerás en ofrenda. Porque
enteramente me son dedicados a mí los levitas de entre los
hijos de Israel, en lugar de todo primer nacido; los he toma-
do para mí en lugar de los primogénitos de todos los hijos
de Israel. Porque mío es todo primogénito de entre los hijos de
Israel, así de hombres como de animales; desde el día que yo herí
a todo primogénito en la tierra de Egipto, los santifiqué para mí.
Y he tomado a los levitas en lugar de todos los primogénitos de
los hijos de Israel. Y yo he dado en don los levitas a Aarón y a sus
hijos de entre los hijos de Israel, para que ejerzan el ministerio
de los hijos de Israel en el tabernáculo de reunión, y reconcilien
a los hijos de Israel; para que no haya plaga en los hijos de Israel,
al acercarse los hijos de Israel al santuario. Y Moisés y Aarón y
toda la congregación de los hijos de Israel hicieron con los levitas
conforme a todas las cosas que mandó Jehová a Moisés acerca de
los levitas; así hicieron con ellos los hijos de Israel. Y los levitas se
purificaron, y lavaron sus vestidos; y Aarón los ofreció en ofrenda
delante de Jehová, e hizo Aarón expiación por ellos para purifi-
carlos. Así vinieron después los levitas para ejercer su ministerio
en el tabernáculo de reunión delante de Aarón y delante de sus

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hijos; de la manera que mandó Jehová a Moisés acerca de los


levitas, así hicieron con ellos” (Números 8:11,13-14, 21,22).

¡Oh, qué hermoso! El pueblo ofrendaba una de sus tribus al Dios de Israel,
reconociendo la propiedad divina sobre los levitas. Ellos fueron apartados y
Aarón, como sumo sacerdote, los santificó. El pueblo ofreció a Jehová a sus
hermanos, los levitas, como una ofrenda apartada, santa, para que ellos le
sirvan todos los días de sus vidas. Mi hermano, ¡qué cosa preciosa es recono-
cer que los ministros son de Dios y como ofrenda son entregados a Él! Ellos
ofrecieron vidas consagradas al Señor, por eso el llamamiento hace a los
ministros ofrendas. Eso es lo que hace la iglesia cuando ordena a sus
ministros, significando que ese hombre o mujer ya no pertenece al pueblo,
porque son de Dios, Él los hizo ofrendas. Piensa en el día que se te ordenó o
consagró al ministerio, en el momento en que la iglesia te sacrificó para Dios
y te hizo ofrenda para Él. Qué lindo cuando el Espíritu Santo dijo: “Apartad-
me a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (Hechos 13:2) y los
ancianos y líderes, en representación de la
iglesia, pusieron las manos sobre Saulo y
Bernabé, y el pueblo se los dio como ofren-
“Para que lo da al Señor. Desde entonces, hasta el último
común se aliento que salió de sus narices, Pablo y Ber-
convierta en nabé fueron de Dios.
Una ofrenda para Dios significa que ese
algo superior o algo fue dedicado a Él, y por tanto es de su
extraordinario propiedad y Él puede disponer de ella como
tiene que pasar Él quiera y cuando Él quiera. Es el Señor
por un proceso quien define cada ministerio, pues llevan-
do cautiva a la cautividad dio dones a los
de santificación”
hombres, y a unos hizo apóstoles, a otros
profetas, evangelistas, pastores y maestros,
repartiendo dones como Él quiso, para su
provecho y propósito (Efesios 4:8-11). Dentro de las ofrendas apreciadas por
Dios están las primicias, pues Él merece lo primero y lo mejor. Las primicias
son de Jehová, y como los ministros reemplazan a “lo primero” delante de
Dios, constituyen en sí mismos una primicia. Lo que sustituye lo primero, se
constituye en primero. Dios dijo que lo primero nacido es el primer fruto, es el
primer vigor, cuyo producto Él merece, porque de Él “es la tierra y su plenitud;
El mundo, y los que en él habitan” (Salmos 24:1). Por tanto, esa es la honra de

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un ministro, que Dios a los primeros frutos de la tierra, de los animales, y de


todo lo más escogido, los haya cambiado por él. Jehová lo prefirió sobre todo
lo demás, por eso representa lo primero, una ofrenda enteramente para Él.
Cuando Ana dedicó a Samuel a Dios, ella dijo: “… todos los días que viva, será
de Jehová” (1 Samuel 1:28). Luego ella, de vez en cuando, iba a las fiestas y le
llevaba un efod a Samuel, su muchachito, pero reconociendo que no era suyo,
y que ni ella ni él podían disponer de vivir juntos de nuevo, o hacer planes para
el futuro, pues ya él le pertenecía a Dios.
El apóstol Pablo ilustró hermosamente este pensamiento cuando dijo: “Nin-
guno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que
lo tomó por soldado” (2 Timoteo 2:4). Por tanto, un ministro no se agrada a sí
mismo, sino que vive para agradar a aquél que lo reclutó. Ana, como madre, se
tuvo que olvidar de Samuelito como algo que era de ella, de su posesión. Ella lo
visitaba, le llevaba regalitos, y en verdad, Samuel seguía siendo su hijo, pero sin
olvidarse que él era de Jehová. Si un ministro entiende esto lo disfrutará aquí en
la tierra, pues no tiene que esperar llegar al cielo para cuando le den el galardón
decir: « ¡Aleluya! Yo soy de Dios». No, amado, regocíjate de tu llamado aquí y
ahora, ¡disfrútalo! Tú eres de Dios.
Ahora, todo lo que es ofrenda a Dios tiene que ser purificado y santifica-
do, como leímos: “Y los levitas se purificaron, y lavaron sus vestidos; y Aarón los
ofreció en ofrenda delante de Jehová, e hizo Aarón expiación por ellos para puri-
ficarlos” (Números 8:21). Para que lo común se convierta en algo superior o
extraordinario tiene que pasar por un proceso de santificación. Así los levi-
tas, como eran comunes, tuvieron que ser primeramente purificados y luego
santificados, para entonces ser ofrecidos a Dios. Después que ellos estuvieron
purificados y lavados vinieron a ejercer su ministerio en el tabernáculo, como
había mandado Jehová, no antes. Entonces, queda claro que un ministro per-
tenece a Dios enteramente, pues ni siquiera una hebra de su cabello es de su
posesión ni de nadie, pues totalmente es de Jehová. Por tanto, tú eres ministro
de Dios completamente, y eso significa íntegramente, todo tu cuerpo, alma y
espíritu, tiempo, talentos, energía, recursos, todo es del Señor. Los ministros
somos de Dios y Él nos reclama como suyos.
La primera honra del llamamiento es ser de Dios. ¿Sabes la importancia
de reconocer algo tan sencillo como que somos de Dios? ¡Cuántos problemas
enfrentamos cuando no entendemos esa verdad o se nos olvida! ¿Sabes tú
que el ministro, aunque le ministra al pueblo, no es del pueblo? El ministro
es de Dios. El ministro es un esposo, se debe a su esposa; el ministro es un
padre, se debe a sus hijos; el ministro es un pastor, pastorea a sus ovejas, sirve

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a los santos, pero sobre todo eso, el ministro pertenece a Dios. Por tanto, es
necesario que establezcamos una diferencia y digamos: «Yo le sirvo al pueblo
por llamamiento, pero no pertenezco al pueblo, sino a Dios; soy de su pro-
piedad privada». Eso hay que entenderlo, pues cuántas cosas se generan de
esta verdad: ¡Yo soy de Dios! Incluso el pueblo debe estar consciente de ello ya
que muchas veces manipula a sus ministros y los lleva, los trae, los empuja,
los pisa, y cree que les pertenecen, pero hay que pararse y decir: «Estoy aquí,
sirviendo a ustedes, pero antes que todo, yo soy siervo de Dios». Así tú, ten
claro que antes de ser de alguien, tú eres de Dios.
Una vez, una hermana profeta me dijo: «Usted no sabe quién es usted»,
y yo sé lo que ella quiso decir, y los espirituales también entienden este len-
guaje. Pero yo sí sé quién soy: Yo soy un hombre honrado por Dios. Desde
los dieciséis años que el Señor me llamó, para mí no ha existido honra más
grande que esa, por eso he vivido para cuidarla. Ya no estoy aguardando que
Dios me dé honra algún día, ¡ya me la dio desde que me llamó al ministerio!
Eso es tan valioso para mí que en una ocasión, cuando Dios me metió en
una crisis, para tratar conmigo y lograr ciertas cosas en mi vida personal,
lo que me pidió fue el ministerio, porque Él sabe que para mí es algo muy
elevado, de mucha estima y de gran valor. El honrar a Dios para mí ha sido
todo, y no escatimo nada, absolutamente nada, por el ministerio. A mí no
me importa el sacrificio que sea, lo que haya que hacer, a lo que haya que
renunciar, lo que tenga que entregar, con tal de honrar el llamamiento de
mi Dios, y valorar que Él haya puesto en mí sus ojos y que me haya tomado
junto con mi esposa, y mi familia, para apartarnos de la congregación de
Jehová, entre sus ovejas, para servirle a Él.
En estos treinta años como ministro, y más de treinta y siete como cre-
yente, he tenido que decir: «Yo soy de Dios». Hay momentos que se entra en
conflicto entre el pueblo, al cual nosotros servimos, y el propósito al cual Dios
nos llamó, y tenemos que decidir a quién le debemos más lealtad, a quién le
debemos más tiempo. Pero, por encima de todo, yo soy propiedad privada de
Dios, por consiguiente a Él me debo, y eso grábalo en ti, pues vive Jehová en
la presencia de quien estoy, que un día vas a necesitar de esa convicción. El
Espíritu de Dios, como saeta encendida del cielo, iluminará tu entendimiento
y este rhema traspasará tu mente, como la Palabra traspasa y divide el alma
del espíritu. Entonces, habrá ocasiones en que la autoridad de Dios vendrá
sobre ti, y dirás: «Un momento, yo soy de Dios», pero no lo dirás con orgullo
ni altivez, sino por convicción, por reclamo de un derecho por el cual, aun el
mismo Dios te pedirá cuenta.

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Estamos viviendo en un tiempo en que la iglesia está andando en demo-


cracia, un sistema donde el pueblo gobierna y manipula a sus dirigentes, y
éstos, a su vez, dependen de la opinión del pueblo para dirigir a la nación.
Eso es democracia, agradar a aquellos que nos han elegido. Pero a ti, siervo
de Dios, si el Señor te eligió, tienes que saber que tú eres primeramente
de Él, y tu primera lealtad debe ser al Dios que te honró poniéndote en el
ministerio, no al pueblo. Sabemos que Jeremías, aunque fue rechazado y
puesto en el calabozo, y hasta lo secuestraron, llevándolo a Egipto en contra
de su voluntad, aun así el profeta se mantuvo con el pueblo. A Dios no le
enoja que tú ames a su pueblo. Cuando un hombre intercesor se mete en
la brecha a favor del pueblo y dice, como dijo Moisés: “Te ruego, pues este
pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro, que per-
dones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito” (Éxodo
32:31-32), Jehová ve a un hombre que tiene su Espíritu, pues el Espíritu de
Cristo estaba en los profetas (1 Pedro 1:11), y no era Moisés intercediendo,
sino el Espíritu de Jesús en él (Hebreos 11:24-25).
Entendamos que cada vez que algo bueno brota en nosotros es porque
Dios lo pone. Nadie tiene nada que no haya recibido (1 Corintios 4:7). Así
que ministro: ama al pueblo, dirige al pueblo, ten paciencia con el pueblo, ten
misericordia con el pueblo, dedícate a servir al pueblo, pero sin olvidarte que
tú eres propiedad privada de Dios. Cuando entiendas esto dirás: «Mi primer
compromiso es amarlo, servirle, obedecerle, honrarle; y si un día me tocare
decidir entre el pueblo y Dios, aunque se pierda todo, yo seré honesto y leal a
Aquél que me tuvo por fiel sin serlo, poniéndome la investidura de honra para
que yo sea su sacerdote».
¿Has oído hablar de Guillermo Carey (1761-1834)? Este hombre fue un
zapatero, quien empezó lo que en la iglesia se llama “obra foránea” o misio-
nera. Él fue un instrumento para que la iglesia fuera a las naciones, por eso
es considerado el padre de las misiones modernas. Leí una anécdota y te la
compartiré parafraseada, de alguien que un día refiriéndose a él, cínicamen-
te preguntó: « ¿El gran señor Carey no era zapatero?», a lo que este hombre
de Dios, al oírlo le respondió: «No, amigo mío, zapatero no, era apenas un
remendón». Este siervo del Señor tenía en su taller un mapa del mundo, bien
grande, pues él oraba por las naciones y, como un estratega, marcaba las
naciones donde había más necesidad misionera. Se cuenta que en una ocasión
un amigo le dijo: «Guillermo, no puedo entender que tú descuides tu trabajo
por estar predicando, pues vives con la Biblia en la mano todo el día y frente
a ese bendito mapa. Atiende tu trabajo». Y él le respondió: «Un momento,
¿cómo que atienda mi trabajo? ¿Quién te dijo a ti que el trabajo mío es esto

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que estoy haciendo? Este trabajo es simplemente un medio de vida para soste-
nerme, pero el oficio mío es servirle a Dios».
Este hombre tuvo una lucha tremenda con la iglesia, para que ésta pudiera ver
la importancia de enviar misioneros al mundo. Finalmente, cuando logra conven-
cer a la iglesia y empezaron a enviar misioneros, él decidió dejarlo todo e irse a la
India, como misionero, y allá fue un instrumento poderoso, usado por Dios por
más de cuarenta años, sin un día de descanso. Él tradujo la Biblia a más de treinta
dialectos de la India y estableció la primera escuela cristiana en este país (el colegio
Serampore). Estoy compartiéndote esta historia porque cuando Carey estaba en
la India, su hijo Félix, el cual era un ministro de Dios como su padre, también
había adquirido mucho prestigio, y sucedió algo muy significativo. El gobierno
inglés le pidió al joven que aceptara ser embajador de Inglaterra en cierto lugar,
y él se sintió muy honrado por el imperio británico, y quiso aceptar esa posición.
Pero cuando Guillermo Carey oyó que su hijo había dejado el ministerio para ser
embajador de una nación, le escribió una carta diciéndole: “Si Dios te ha llamado
a ser misionero, no te rebajes a ser embajador del rey de Inglaterra”. Le quiso decir,
en otras palabras: «Hijo, tú te has degradado, creyendo que has ascendido. ¿Cómo
vas tú a cambiar el ser un ministro de Dios, para ser un siervo de los hombres?» El
hijo de Carey pensaba que había ascendido, como les pasa a muchos pastores que
andan buscando posiciones políticas, que tienen aspiraciones presidenciales, que
quieren ser gobernadores, senadores, etc., porque ignoran la dignidad que hay en
el llamamiento de Dios.
Estamos en un tiempo de restauración, y como ministros, hemos sido
restaurados para ser restauradores, y lo primero que hay que rescatar del
ministerio es la honra. Tenemos que admitir que el ministerio ha caído en
deshonra, en escándalos, en vergüenza. La Biblia dice que cuando Esdras
habló a la nación de Israel, estaba más alto
que todo el pueblo, pues estaba en una tari-
“El ministerio ma que lo hacía más alto, sobresalía entre
no está en ellos (Nehemías 8:5). Eso tiene un signifi-
cado. El ministro está en una plataforma o
competencia
tribuna, para que todos puedan verlo y
con ninguna escucharlo, y en el sentido de honra, tam-
profesión, pues bién está por encima del pueblo. Charles
nada se compara Spurgeon dijo que el ministro de Dios es
a ser llamado como el reloj de la plaza. Y tiene razón, pues
si tu reloj de pulsera está fuera de tiempo,
por Dios” solamente tú serás el que estarás desorienta-
do, pero si es el reloj de la plaza, todo un

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pueblo estará confundido. Así mismo, los ministros somos como los relojes de
la plaza, estamos en un pedestal de honra, lo cual es una de las cosas que
ahora hay que rescatar. ¿Por qué? Porque los ministros están pensando en ser
famosos, en llenar estadios, en tener la iglesia más grande de la ciudad, y otras
muchas cosas. Yo digo: «Dios mío, ¿pero qué le está pasando a esta gente?,
¿cómo se han dejado llenar la cabeza de la corriente del mundo, del comercio,
del mercantilismo, de la oferta y la demanda, de cosas que sólo corresponden
a estrategias modernas de crecimiento empresarial?». Muchos se hacen llamar
reverendos, pero en realidad son políticos, cuyos pensamientos no están en
Dios, sino en cómo hacerse grandes, famosos y ricos; y su énfasis es almace-
nar, hacer, ganar y competir. Ese no es el llamado de Dios para un ministro,
sino ser de Dios y que Dios sea de Él.
Si tuviera un hermano o una hermana que fuese abogado, ingeniero, médi-
co, empresario, enfermero, rico, famoso, etc. me alegraría y diera gloria a Dios
por su éxito, sus triunfos y superación. Ahora, yo, mi única posesión que tengo
de valor es mi herencia con Dios, saber que yo soy de Jehová y que él es mi Señor.
Esa es mi honra, independientemente que pueda yo también ostentar cualquier
título profesional. Cuando eres llamado, servirle al Señor es tu único sueño y tu
única ambición. El ministerio no está en competencia con ninguna profesión,
pues nada se compara a ser llamado por Dios. ¡No hay comparación! Así como
los cielos son más altos que la tierra, así es el ministerio con relación a cualquier
oficio sobre la tierra. Pero, los ministros tenemos que vivir con esa dignidad, esa
es nuestra honra, y hay que dignificarla, y vivir a esa altura. Tenemos que creer-
lo con todo nuestro corazón. Eso no significa que vamos a ser orgullosos, alti-
vos, ni que estaremos en la plataforma para estar por encima, como diciendo:
«Mírenme, apláudanme, pongan la alfombra roja, no, mejor la verde o la azul»,
no, no, no. Estamos hablando de honra que trae gloria al nombre de Dios, hon-
ra que pone demanda en nosotros, que nos hace asumir responsabilidad, que
establece orden en nuestras vidas, que representa dignamente a Dios. Honrar
el ministerio es hacer todo lo que da alabanza a Dios, todo lo que es digno del
llamamiento, de la vocación a la cual hemos sido llamados. La honra no es para
pretender, sino para ejemplificar, para representar honrosamente a Dios.
En algunos de nuestros países hispanos y en Estados Unidos, los pastores
están dejando el ministerio para ser senadores, concejales, alcaldes, etc., lo
que considero una vergüenza, pues manifiesta una franca ignorancia acerca
de la honra que es ser llamado por Dios al ministerio. No hemos entendido,
por qué para algunos el ministerio es una plataforma para darse a conocer,
una tarima para hacer muchas cosas. Hay quienes están en el ministerio para
escalar a la política, para tener influencia, para realizar obras sociales y hacer

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un montón de cosas, menos ministrarle a Dios. Hay una gran diferencia en


ser un cristiano que ostenta un cargo público, a ser un cristiano que deja el
ministerio para servir en un cargo gubernamental. Si bien, todas las autori-
dades por Dios han sido establecidas (Romanos 13:10), hay un llamamiento
superior en el establecimiento del santo ministerio.
La honra más grande que algún mortal haya podido recibir sobre la tierra
es ser un ministro llamado. El propósito de esta distinción debe ser, usar el
ministerio como un medio para honrar a Aquél que le llamó. No cambies el
ministerio, hombre y mujer de Dios, ni por ser presidente de una nación, ni por
ser embajador, ni por ninguna posición en la tierra. El que es llamado por Dios
jamás cambia la honra del ministerio por nada en la vida. Eso no significa que
no valoremos los oficios de los hombres, pero nada es superior a servirle a Dios.
Somos enteramente de Dios, y Él nos reclama como suyos (Números 8:15-16).

1.2  Dios es de los Ministros


“De la tierra de ellos no tendrás heredad, ni entre ellos tendrás
parte. Yo soy tu parte y tu heredad en medio de los hijos de Israel.
(…) Mas a la tribu de Leví no dio Moisés heredad; Jehová Dios
de Israel es la heredad de ellos, como él les había dicho”
Números 18:20; Josué 13:33

Hemos visto que el primer principio de


la honra del llamamiento es saber que los
“La herencia de ministros son de Dios (Números 3:11-13).
un siervo de Dios Pero, así como Él les ha dado honra en un
es Dios mismo” ministerio, también les ha dado herencia.
¿Sabes cuál es la herencia de un sier-
vo de Dios? Dios mismo; los ministros
son de Dios y Dios es de ellos. Jehová le dijo a Aarón: “De la tierra de ellos
no tendrás heredad, ni entre ellos tendrás parte. Yo soy tu parte y tu heredad en
medio de los hijos de Israel” (Números 18:20). Concluimos entonces que el
primer aspecto de la honra es que los ministros son de Dios, y el segundo es
que Dios es de los ministros.
Al principio Dios dijo: «Yo los he tomado, míos son» (Números 3:12),
y ahora dice: «Yo soy tu parte y tu heredad» (Números 18:20). Por lo cual,
los ministros pertenecen a Dios y Dios pertenece a ellos. ¿No es una honra
que yo sea de Dios y que Dios sea mío? A las once tribus de Israel, Dios les

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repartió tierras, heredades; pero a Leví le dijo: «Yo soy tu heredad, yo soy
tu parte, yo Jehová, soy tu herencia». Por eso es tan triste ver ministros tan
preocupados por usar el ministerio para adquirir dinero, para obtener pro-
piedades, que codician alcanzar prestigio, ganar fama, y se disputan espacios
en los medios masivos de comunicación, porque quieren ser “conocidos”,
anhelan ser famosos. Éstos ignoran que la herencia de un ministro es Dios,
y que servirle al Señor es y debe ser su todo. El verdadero ministro del Señor
vive enamorado de Dios, buscándole, porque Él es su parte y su riqueza; su
anhelo es adorarle, alabarle, servirle; su concentración es Dios, no puede
hablar de otra cosa, ni tiene otro tema. Ahora comprenderás el por qué nos
vamos de vacaciones y estamos hablando de Dios; estamos celebrando y nos
gozamos en el Señor, 24 horas sin otras preferencias, sin ningún otra aspira-
ción que no sea darle el todo a Él.
Ahora, como Jehová es la herencia de un ministro, en consecuencia el
ministerio es su heredad. Cuando Josué
estaba repartiendo la tierra que Jehová les
había prometido, le dio a cada tribu y a cada “Tener tierra
familia de Israel su porción de tierra en su y posesiones
orden, de acuerdo a la demarcación que
hizo Dios a través de Moisés (Josué 13:32). es poseer algo
Mas, ocurrió algo muy singular, la Biblia limitado, pero
dice: “Mas a la tribu de Leví no dio Moisés tener a Dios es
heredad; Jehová Dios de Israel es la heredad poseerlo todo”
de ellos, como él les había dicho” (Josué
13:33). ¿Qué hubieras pensado tú, si hubie-
ses estado allí, en lugar de los levitas? ¿Te
hubiese molestado que a todos tus hermanos les dieran grandes y fértiles terre-
nos, donde pudieran disfrutar de hermosos olivares, jugosas vides y siendo
propietarios de sus propias cisternas, y a ti no te den nada, porque Dios sea tu
parte, tu heredad?
Por eso cuando Pablo sufría su aguijón y pedía a Dios que lo quitase de
él, el Señor le dijo: “Bástate mi gracia” (2 Corintios 12:9), en otras palabras:
«Pablo, ¿qué quieres, prefieres liberación o me quieres a mí?», y aplicándolo en
este sentido: No tienes tierra, pero me tienes a mí; no tienes salud, pero me
tienes a mí». Siervo de Dios, puede ser que tú no tengas nada, pero si tienes
a Dios tú lo tienes todo. Cuando nadie te entienda, te entiende Dios; cuando
todos se alejan, se acerca Dios; cuando no haya provisión de ningún lugar,
Jehová enviará a los cuervos como los envió a Elías (1 Reyes 17:4), porque

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Dios tiene un compromiso con aquel al que llama. Él dice: «Ocúpate de mis
asuntos que yo me ocupo de los tuyos, yo Jehová» (Mateo 6:31-33)
Cuando Dios dijo: “Yo soy tu parte y tu heredad” (Números 18:20) quiso
decir, por ejemplo, la tierra tenía que producir para las otras tribus, pero a los
ministros o levitas los sostenía Dios. Mientras el pueblo dependía de la lluvia
temprana y de la lluvia tardía, los levitas dependían de Jehová. Las demás
tribus tenían que esperar que la tierra les diera el fruto, pero los sacerdotes
dependían del Señor de la tierra (Deuteronomio 11:14). Por eso, los ministros
solamente deben ocuparse en los asuntos de Dios, porque Él se ocupa de los
de ellos; los levitas deben ocuparse sólo en servirle, porque Jehová les sirve a
ellos, pues es su herencia.
El proverbista dijo: “El caballo se alista para el día de la batalla; Mas
Jehová es el que da la victoria” (Proverbios 21:31); y el salmista dijo: “No
confiéis en los príncipes, Ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación”
(Salmos 146:3). La salvación viene de Jehová, y habrá momentos que Él te
va a probar a ver si crees esta palabra. Y te profetizo que si no lo ha hecho
lo hará, porque nuestro Dios quiere que tú creas que Él es tu heredad. No
sé que sientes al leer esto, pero a mí el saber que Jehová es mi heredad me
consuela. Tener tierra y posesiones es poseer algo limitado, pero tener a
Dios es poseerlo todo. El hecho de que Dios reparta dones de gracia y pros-
peridad a la iglesia es una bendición, pero que también diga: «Yo no te doy
cosas, yo me doy a ti por entero» eso mi hermano, es mucho más excelente,
mucho más admirable y significa mucho más que cualquier dádiva que Él
nos pueda dar, es muchísimo más que una dosis o grado de fama, eso no
tiene precio.
Amado, ministro de Dios, esto no es un tipo de mensaje de inspiración
o de motivación para regalarte el cielo, porque no es del cielo que estoy
hablando, es del Dios del cielo que es tu dueño y tu heredad. Recibe esto,
hermano de mi alma, no solamente para que subas tu estima, sino para que
asciendas a la dimensión que ya Dios te puso, porque tú no te llamaste a ti
mismo. ¡Qué poderoso! Estoy que me tiembla el corazón, pues esto no lo
ministro solo a ti, sino que yo mismo estoy siendo ministrado por el Espíri-
tu. ¡Qué bueno cuando la palabra pasa por nosotros primero!
Cuando Ana lloraba su desgracia de no concebir y a la vez sufría por
las constantes humillaciones de Penina, su rival, su amado esposo Elcana la
consolaba diciéndole: “Ana, ¿por qué lloras? ¿por qué no comes? ¿y por qué está
afligido tu corazón? ¿No te soy yo mejor que diez hijos?” (1 Samuel 1:8). De esa
manera les dice Dios a todos sus ministros: «Mi siervo, ¿por qué lloras? ¿por

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qué no comes? ¿y por qué está afligido tu corazón? ¿No te soy yo mejor que
tierras, posesiones, propiedades, riquezas, fama y renombre? Yo soy tu here-
dad». ¿Cuántos ministros no reciben de parte de la iglesia una remuneración
justa por su labor ministerial? ¿Cuántos hay que tienen que realizar un trabajo
secular para poder sostener a su familia? Son innumerables los siervos de Dios
que, por circunstancias o por ignorancia de la iglesia, están viviendo en nece-
sidad y en limitación. A los tales, el Señor les dice: «Yo soy tu heredad».
Hay muchos otros que son ignorados y que sufren por no ser estima-
dos. En vez de honra reciben rechazos, incomprensiones y menosprecio,
a pesar de que se dan por entero y se gastan en el servicio de Dios. Solo
sus almohadas son testigos de sus lágrimas. Constantemente sus corazones
son lastimados con el cruel y despiadado aguijón de la ingratitud. Su úni-
ca recompensa, de parte del pueblo al cual sirven, es presión, demanda y
murmuración. La voz del Señor se deja oír a los oídos de estos santos y les
recuerda: “Yo soy tu parte y tu heredad en medio de los hijos de Israel (…) No
temas,… yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande” (Números
18:20; Génesis 15:1). La riqueza del ministerio no son los logros, las realiza-
ciones o los reconocimientos, sino Dios. El Señor es la heredad del ministro,
y su grande galardón.

1.3 La Heredad de un Ministro


“… fueron todos los contados seiscientos tres mil quinientos cin-
cuenta. Pero los levitas, según la tribu de sus padres, no fueron
contados entre ellos; porque habló Jehová a Moisés, diciendo:
­solamente no contarás la tribu de Leví, ni tomarás la cuenta de
ellos entre los hijos de Israel…”
- Números 1:46-49

Iniciamos este capítulo diciéndote que los ministros son de Dios y Dios
es de los ministros. Esta verdad toma una trascendencia enorme tomando en
cuenta que los levitas no se entregaron a Dios, digamos, voluntariamente,
sino que Dios los escogió para sí, y también Él se entregó a ellos. ¡Cuán gran-
de manifestación de amor! Entender esto nos debe conmover hasta las entra-
ñas y cual cantora enamorada, henchida de amor exclamar: “Mi amado es
mío, y yo suya” (Cantares 2:16). El Señor eligió a los ministros para tener una
relación más íntima con ellos, y no conforme con haberlos hecho su posesión

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exclusiva (Deuteronomio 14:1-2), también Él se entregó a ellos totalmente,


manifestando la esencia misma de su amor. Aparentemente, los levitas fueron
limitados en sus posesiones terrenales en comparación con las demás tribus,
sin embargo, Jehová le dio todo lo que era suyo. Veamos a continuación lo que
Jehová les dio en heredad a sus ministros:

A) El Sacerdocio

“Pero los levitas ninguna parte tienen entre vosotros, porque el


sacerdocio de Jehová es la heredad de ellos”
-Josué 18:7

El ministerio sacerdotal pertenece al Señor, pero Dios se lo dio en don


a los levitas (Números 8:19). Ministrar es servir, por tanto, la riqueza de un
ministro no es un invaluable patrimonio, sino servir a Jehová en la tierra de
los vivientes, esa es su riqueza y su verdadera herencia. ¡Oh, si todos los minis-
tros de Dios entendiéramos eso de verdad, y viéramos la fortuna que hay en
el servir a Jehová, nos sintiéramos completos en Él! ¿Qué tienes tú Juan Rad-
hamés? Tengo a Jehová y tengo su ministerio, el servirle a Él es mi herencia.
Acostumbro a decir que no me considero ser un hombre con muchos dones ni
talentos, pero sí estoy convencido que mi única honra es que Jehová me tomó
para Sí. A mí no me importa si no soy el ministro más grande del mundo,
tampoco si en lo humano reciba poco reconocimiento, simplemente el ser un
siervo de Jehová, ya yo tengo mi todo, Él es mi vida.
Nota que Dios a los levitas no les dio tierra, porque el ministerio era
su heredad. Por eso, Josué dijo a toda la congregación de los hijos de Israel:
“Vosotros, pues, delinearéis la tierra en siete partes, y me traeréis la descripción
aquí, y yo os echaré suertes aquí delante de Jehová nuestro Dios. Pero los levitas
ninguna parte tienen entre vosotros, porque el sacerdocio de Jehová es la here-
dad de ellos…” (Josué 18: 6 – 7). Concluimos entonces que si el sacerdocio o
ministerio es la heredad del ministro, su herencia es servirle a Dios. Entiende
amado, tu riqueza, gracia y bendición es servirle al Señor, ¿lo estás captando
como el Espíritu me lo está revelando? Si le sirves a Dios ya lo tienes todo, ¿o
acaso es poca cosa servirle al Rey del Universo?
Puede que llegue la ocasión que todos te abandonen y te quedes sin nada
y hasta tu cabeza ruede por el cadalso, como la de Juan el bautista, pero
si honraste tu llamamiento, te llevarás la honra de que le serviste a Jehová
Dios de Israel. Esa es tu recompensa en la tierra de los vivientes, por tanto,

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nadie toma par a sí esa honr a 53

¡defiéndela, valórala, aquilátala! Esa es tu riqueza en este mundo, y no la casa


que Dios te dio, ni el auto, ni el tener una congregación grande. Tampoco
es ser amado, ni aclamado, ni invitado, eso es algo más que se añade, pero la
verdadera riqueza es servirle a Dios. No tienes otra cosa más importante que
servirle a Él. El sacerdocio es tu heredad, no la tierra, ni bienes, ni honores, ni
nada. Servirle a Dios es lo máximo, y punto. Si lo valoras, vas a decir: «Yo no
quiero más, es suficiente; servirle a Dios es todo».
No obstante, y también por orden de Jehová, a los levitas les dieron ciuda-
des de refugio, seis lugares para que los homicidas se refugien en ellas. De esta
manera, si una persona mataba a alguien por error, se podía refugiar en ese
lugar hasta la muerte del sumo sacerdote. Igualmente, cada tribu debía donar
ciudades con abrevaderos (ejidos) para que los levitas tengan un lugar donde
habitar y cuidar su ganado. Notemos lo que dice en Josué: “Y todas las ciudades
de los levitas en medio de la posesión de los hijos de Israel, fueron cuarenta y ocho
ciudades con sus ejidos. Y estas ciudades estaban apartadas la una de la otra, cada
cual con sus ejidos alrededor de ella; así fue con todas estas ciudades” (Josué 21:41-
42). Es interesante, porque los levitas tenían dos lugares donde vivir, estaban
frente al tabernáculo, para cuidar la casa de Jehová, y estaban entre el pueblo,
para reconciliar a los hijos de Israel, y que no haya plaga en ellos al acercarse al
santuario (Números 8:19). Es decir, su habitación era cerca de Dios y cerca del
pueblo; para servirle a Dios, y también al pueblo. Cerca del tabernáculo para
cuidar de las cosas de Dios y entre el pueblo para ministrar al pueblo. Esas son
nuestras dos áreas de servicio, pero la herencia primordial es servirle al Señor.
Los levitas fueron esparcidos por toda la tierra y ocuparon lugar en el
territorio de las once tribus hermanas, para
que estuvieran cerca del pueblo, aunque no
se contaban entre ellos (Números 1:49-50). “Dios al pueblo le
Una cosa es que yo te sirva a ti y otra cosa dio tierra, pero a
que yo sea tuyo. El profeta Elías le dijo al
los levitas se dio
pueblo: “Acercaos a mí. Y todo el pueblo se
le acercó” (1 Reyes 18:30). ¿Por qué? Porque a Sí mismo”
el profeta debe estar cerca del pueblo no
solamente físicamente, sino padeciendo por
él, sintiéndose como parte de él, pues es su representante. Si el pueblo peca
no puedes decir: «Ellos pecaron», sino decir como dijo Daniel en su oración
intercesora: “… hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impía-
mente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus
ordenanzas” (Daniel 9:5). El ministro debe sentirse parte del pueblo aunque
es de Dios.

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54 la honr a del ministerio

Nuestro Señor dijo muy claramente refiriéndose a sus discípulos: “No son
del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Juan 17:16). Mas tú, ¿qué aspi-
ras: la tierra o a Dios? ¿Qué tu anhelas: prosperidad o a Dios? ¿Qué tu ambi-
cionas: viñas, olivares, lagares o quieres a Dios? Mi hermano, medita en eso,
pues esta es otra verdad que si la recibimos en espíritu nos va a sacudir, y va
trascender de manera que nos resolverá un montón de problemas en el minis-
terio. Muchos ministros han pasado por estrechez y necesidad en el ministe-
rio, esperando ayuda de los príncipes de la iglesia, de fulano, de perencejo, y
Dios dice: «Yo Jehová fui el que te llamé, fui yo el que te honré y te hice mío,
por tanto, yo soy el que te sostengo, yo Jehová. Tú eres mi ofrenda y yo soy tu
herencia. Yo me dispongo para ti, me entrego a ti y soy enteramente tuyo y tú
mío. Yo Jehová». Esa fue la distinción que hizo Dios entre el pueblo y los
levitas: al pueblo le dio tierra, a los
levitas se dio a Sí mismo.
“La herencia La herencia de un ministro es Jehová,
y su riqueza es servirle. Conociendo esta
de un ministro
verdad, podemos entender al apóstol Pablo
es Jehová, y y su devoción por el ministerio, cuando
su riqueza es dijo: “… prefiero morir, antes que nadie
servirle. desvanezca esta mi gloria. Pues si anuncio el
evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque
me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no
anunciare el evangelio!” (1 Corintios 9:15-16). Y en otra ocasión dijo: “Pero
cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de
Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia
del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y
lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él…” (Filipenses 3:7-9).
Pablo todo lo desestimó con tal de honrar al Dios que lo llamó. Meditemos en
ello mi hermano, pues lo que fuimos ya pasó, ahora somos de Dios.
Le doy gracias al Señor por su misericordia, pues, siendo yo de temprana
edad, comencé a entender algo de esto, de tal manera que en aquel tiempo tan
difícil que viví, en el cual fui probado por el Señor en grado superlativo, Él me
pidió que le entregara el ministerio y entendí el porqué. La razón era porque
yo lo había idealizado demasiado, pero no dudé en entregárselo. Tengo que
confesarte que, primero el amor a Dios, segundo el temor reverente, y tercero
lo que represento, han sido los frenos que me han librado de muchas tentacio-
nes. El hecho de que Juan Radhamés Fernández quede mal es uno más que
queda mal, pues ¡cuántos santos mejores que yo, estando en más honra, han

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caído! Así que el que yo caiga no se pierde mucho, pero que el nombre de Dios
sea blasfemado por causa mía, eso sí es grave.
Yo soy un hombre, pero que sea también un ministro ya es otra cosa. Yo
puedo ser el esposo de Migdalia, padre de dos hijos, abuelo de mis nietos,
tener padres, hermano y hermanas, también amigos, etc., ese soy yo, un hom-
bre que de seguro encontrarás defectos en él. Mas, lo que represento para
Dios, cambia totalmente el asunto. ¿Por qué? Porque llevo una investidura
que no es mía, una honra que no me perte-
nece, un llamamiento que no es de mi pro-
piedad, una confianza que no me merecía
“Procuremos
al tenerme por fiel cuando yo no lo era.
Entonces ¡qué se enlode lo que es mío, pero que nuestro
que no se me ensucie la vestidura sacerdotal ministerio no
que Él me dio! ¡No cuidemos tanto nuestra traiga oprobio
reputación, sino guardémosla en pureza, y vergüenza al
por causa de su gran nombre! Procuremos
que nuestro ministerio no traiga oprobio y
nombre de Dios,
vergüenza al nombre de Dios, sino que sino que añada
añada gloria a Su alabanza. gloria a Su
Coré, Datán y Abiram se rebelaron con- alabanza”
tra Moisés y Aarón, acusándolos de enseño-
rearse del pueblo y monopolizar el liderazgo
levítico (Números 16:1-14). Según ellos, toda
la congregación de Jehová era santa y Dios estaba en medio de ellos (v. 3).
Con esto quisieron decir que todos eran iguales y que Moisés y Aarón se esta-
ban levantando sobre la congregación. Pero Moisés, que conocía la intención y
motivación de estos levitas que ambicionaban ser sacerdotes, ya que todos los
sacerdotes eran levitas, pero no todos los levitas eran sacerdotes (solo los hijos
de Aarón), les dijo:

“Oíd ahora, hijos de Leví: ¿Os es poco que el Dios de Israel os


haya apartado de la congregación de Israel, acercándoos a él
para que ministréis en el servicio del tabernáculo de Jehová, y
estéis delante de la congregación para ministrarles, y que te hizo
­acercar a ti, y a todos tus hermanos los hijos de Leví contigo?
¿Procuráis también el sacerdocio?”
(Números 16:8-10).

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56 la honr a del ministerio

Los levitas servían en el tabernáculo, aunque no ministraban en el culto a


Jehová. Pero Moisés les hizo ver que ningún oficio o servicio hecho en el
ministerio es insignificante. En el ministerio de Dios no hay posiciones, ni
escalafones, sino grados de honra. Nadie
debe subestimar ningún servicio de Dios
por pequeño que este parezca. La honra estri-
“En el ministerio ba en servir a Dios, y no en ninguna otra
de Dios no hay cosa. Esta verdad es muy importante para
posiciones, ni nosotros hoy, pues en la actualidad se apela
escalafones, sino mucho a la grandeza en el ministerio. Vivi-
mos en el tiempo de la fiebre apostólica.
grados de honra” Muchos quieren ser apóstoles, no necesaria-
mente por las funciones de dicho ministe-
rio, sino porque interpretan que un apóstol
es pastor de pastores. Ellos ven el apostolado como un nivel jerárquico, y
aspiran estar sobre sus hermanos.
No obstante, el Señor Jesús enseñó que el grande en el reino de Dios no es
el que ocupa una posición eclesiástica, sino el que más y mejor sirve. El apóstol
Pablo enseñó que en el ministerio se crece en honra, y se alcanza un grado hon-
roso, cuando vivimos y servimos como es digno de Dios (1 Timoteo 3:8, 12,13).
Y de los ancianos también dijo: “Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos
por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar”
(1 Timoteo 5:17). Por tanto, a todos aquellos siervos de Dios que no estiman
su servicio, el Señor les dice: “¿Os es poco que el Dios de Israel os haya apartado
(…) acercándoos a él para que ministréis en el servicio (…), y estéis delante de la
congregación para ministrarles?” (Números 16:9). Nota como el Señor consoló a
su siervo, cuando este consideraba su esfuerzo vano y sin provecho:

“Mi siervo eres, oh Israel, porque en ti me gloriaré. Pero yo dije:


Por demás he trabajado, en vano y sin provecho he consumido mis
fuerzas; pero mi causa está delante de Jehová, y mi recompensa con
mi Dios. Ahora pues, dice Jehová, el que me formó desde el vientre
para ser su siervo, para hacer volver a él a Jacob y para congregar-
le a Israel (porque estimado seré en los ojos de Jehová, y el Dios
mío será mi fuerza); Poco es para mí que tú seas mi siervo para
levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de
Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi sal-
vación hasta lo postrero de la tierra. Así ha dicho Jehová, Redentor

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de Israel, el Santo suyo, al menospreciado de alma, al abominado


de las naciones, al siervo de los tiranos: Verán reyes, y se levantarán
príncipes, y adorarán por Jehová; porque fiel es el Santo de Israel,
el cual te escogió. Así dijo Jehová: En tiempo aceptable te oí, y en el
día de salvación te ayudé; y te guardaré...”
(Isaías 49:3-8).

Meditemos en eso, porque el tiempo de restauración de estos días


demanda hombres como los santos profetas y apóstoles que nos hablaron la
Palabra de Dios. Tenemos que desenredar el ministerio de todas esas tela-
rañas engañosas que han limitado a los siervos de Dios, a tal punto que hay
ministros acomplejados que no se atreven a decir: «Soy ministro», pues no
son tratados como tales. Estos son empleados de denominaciones que los
estropean, y los hacen sentir miserables. Les presentan el cheque, y a través
del salario los persuaden a servir a su institución a costa de deshonrar el
nombre del Señor, pues dejan de ser obedientes al Dios de su llamamiento
para servirles a ellos. Yo ruego a Dios que con humildad y sabiduría sepa-
mos vivir y enseñar la honra del ministerio en la dignidad y altura en que
revela la Palabra de Dios.

B) Los Sacrificios

“Pero a la tribu de Leví no dio heredad; los sacrificios de Jehová


Dios de Israel son su heredad, como él les había dicho”
-Josué 13:13-14

La otra parte de la herencia de un ministro son los sacrificios de Jehová.


Cuando Josué hizo la repartición fue estricto con la tribu de Leví y no le dio
heredad, porque los sacrificios de Jehová eran su heredad, como Él les había
dicho (Josué 13:13-14); y aquí llegamos a un clímax de este mensaje. Permita el
Señor que tú no limites el concepto de ofrenda a algo que se le da a Dios, para que
luego Él lo use en su servicio o lo invierta en su causa. Cuando alguien da una
ofrenda a Dios le está expresando en ella su amor; lo está distinguiendo, le está
obedeciendo, le está creyendo y le está dando junto a su corazón, su convicción.
Por tanto, para el Dios del universo, la ofrenda tiene un gran valor y le es
de sumo agrado. Una ofrenda a Jehová es la devoción de alguien que le ama,
que le reconoce, que le teme, que le cree, que le obedece; que voluntariamente,

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por honrarle, le da algo que Él le pide y se lo da de corazón. Y, ¿sabes lo que


dijo Dios? “Y el sobrante de ella lo comerán Aarón y sus hijos; (…) la he dado a
ellos por su porción de mis ofrendas encendidas; es cosa santísima, como el sacri-
ficio por el pecado, y como el sacrificio por la culpa” (Levítico 6:16,17). O sea,
Jehová dijo, en otras palabras: «Ya sea ofrendas de flor de harina o del holo-
causto, la que sea, sacrifíquenme la parte mía, y luego, tomen del animal esta
parte, para que sea comida por el sacerdote y su familia. De lo mismo que me
dan a mí, de aquello que me queman en el altar y asciende a mí en olor suave,
corten una parte para el ministro y su familia, para que él coma de lo mismo
que me ofrecen a mí». ¡Qué dignidad! Jehová comparte lo que para Él es san-
tísimo, conmigo y mi familia, porque le sirvo, porque soy suyo y Él es mío.
No hay forma de evaluar lo que es una ofrenda para Dios, tomando en
cuenta que por ella perdonaba pecados y tenía misericordia; sin embargo, Él
la comparte con sus siervos. El que Dios tome de lo que se le da a Él, para que
tu familia sea sostenida, eso es demasiada honra, si lo entiendes con el espíritu
de esta palabra. Veamos los siguientes versículos:

“Mas tú y tus hijos contigo guardaréis vuestro sacerdocio en


todo lo relacionado con el altar, y del velo adentro, y ministra-
réis. Yo os he dado en don el servicio de vuestro sacerdocio; y el
extraño que se acercare, morirá. Dijo más Jehová a Aarón: He
aquí yo te he dado también el cuidado de mis ofrendas; todas
las cosas consagradas de los hijos de Israel te he dado por razón
de la unción, y a tus hijos, por estatuto perpetuo”
-Números 18:7-8

De lo anterior podemos decir, que así como los levitas son un regalo de
Dios para su pueblo, ellos en sí mismos recibían como don el servir delante de
Jehová. Estar delante de la presencia de Jehová es algo tan santo que Dios mis-
mo advertía al pueblo no acercarse para que no muriesen (Éxodo 19:12). Por
tanto, ningún extraño podría ni siquiera acercarse y mucho menos realizar el
servicio sacerdotal sin haber sido llamado por Dios, como lo fueron ellos. Mas,
a los sacerdotes se les dio el servicio en el tabernáculo como regalo, así como
también el cuidado de las ofrendas y todas las cosas consagradas del pueblo, ya
que sólo ellos, por causa de la unción, podían tocar las cosas santas.

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“Esto será tuyo de la ofrenda de las cosas santas, reservadas


del fuego; toda ofrenda de ellos, todo presente suyo, y toda
expiación por el pecado de ellos, y toda expiación por la culpa
de ellos, que me han de presentar, será cosa muy santa para ti
y para tus hijos. En el santuario la comerás; todo varón come-
rá de ella; cosa santa será para ti”
-Números 18: 9-10

En otras palabras, las ofrendas del pueblo eran los sacrificios a Jehová, y
los mismos Dios se los dio a los sacerdotes. Por ejemplo, cuando el pueblo iba
a sacrificar un animal por el pecado, había
una parte que se le sacrificaba a Jehová y otra
que el sacerdote se llevaba a su casa para él y
su familia. Los sacerdotes tomaban parte de “Una ofrenda
la misma ofrenda, y de los mismos sacrificios no es solo algo
que se le daba a Jehová, porque Él compartía que se ofrece al
su ofrenda con ellos. ¿Sabes lo que signifi- Señor, mejor aún,
ca que la misma carne que se le presentaba
a Dios para honrarlo y servirle, el sacerdote
es una represen-
comiera una parte de ella? Eso quiere decir tación de lo que
que los ministros tienen parte de lo que es de Dios es para el
Dios. Por eso, escrito está: “¿No sabéis que los adorador”
que trabajan en las cosas sagradas, comen del
templo, y que los que sirven al altar, del altar
participan?” (1 Corintios 9:13).
Mas, detengámonos a pensar en lo que significa que de la misma carne
que se le daba a Dios como ofrenda, aquella que subía en olor suave y grato a
Él, de esa tenían parte los sacerdotes y su familia. Es algo sumamente hermo-
so que de lo más santo y sublime, Dios autorizaba a los sacerdotes a tomar una
parte. Y yo pregunto: ¿es poca cosa comer de lo que fue dedicado a Jehová?
¡Es una honra! Pero nadie toma para sí esa honra, si no le fuese dada como
se les fue otorgada a los ministros de Dios. Por lo cual, mi amado, la honra
del ministerio no es llevar una túnica como la de Aarón, o una mitra en la
cabeza; tampoco es simplemente ministrar, es tener parte de lo que pertenece
sólo a Dios. Es entender con temor y temblor que Jehová es mi herencia, que
el ministerio y los sacrificios de Jehová son mi heredad. Dios le da parte a su
sacerdocio de lo que el pueblo le ofrenda, y especifica:

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“En el santuario la comerás; todo varón comerá de ella; cosa san-


ta será para ti. Esto también será tuyo: la ofrenda elevada de sus
dones, y todas las ofrendas mecidas de los hijos de Israel, he dado
a ti y a tus hijos y a tus hijas contigo, por estatuto perpetuo; todo
limpio en tu casa comerá de ellas. De aceite, de mosto y de trigo,
todo lo más escogido, las primicias de ello, que presentarán a
Jehová, para ti las he dado. Las primicias de todas las cosas
de la tierra de ellos, las cuales traerán a Jehová, serán tuyas;
todo limpio en tu casa comerá de ellas. Todo lo consagrado
por voto en Israel será tuyo. Todo lo que abre matriz, de toda
carne que ofrecerán a Jehová, así de hombres como de animales,
será tuyo; pero harás que se redima el primogénito del hombre;
también harás redimir el primogénito de animal inmundo. De
un mes harás efectuar el rescate de ellos, conforme a tu estimación,
por el precio de cinco siclos, conforme al siclo del santuario, que es
de veinte geras. Mas el primogénito de vaca, el primogénito de
oveja y el primogénito de cabra, no redimirás; santificados son; la
sangre de ellos rociarás sobre el altar, y quemarás la grosura de
ellos, ofrenda encendida en olor grato a Jehová. Y la carne de ellos
será tuya; como el pecho de la ofrenda mecida y como la espaldilla
derecha, será tuya. Todas las ofrendas elevadas de las cosas santas,
que los hijos de Israel ofrecieren a Jehová, las he dado para ti, y
para tus hijos y para tus hijas contigo, por estatuto perpetuo; pacto
de sal perpetuo es delante de Jehová para ti y para tu descendencia
contigo. Y Jehová dijo a Aarón: De la tierra de ellos no tendrás
heredad, ni entre ellos tendrás parte. Yo soy tu parte y tu heredad
en medio de los hijos de Israel”
-Números 18:10-20

Nota que lo que se le ha dado a los


“La ofrenda mide levitas no es cualquier cosa, sino cosa san-
el grado de amor, tísima, algo sobre lo cual Dios es la única
autoridad, como son ofrendas mecidas,
la medida de votos, ofrendas elevadas de las cosas santas,
obediencia y el primicias para Jehová, de las cuales Él les
nivel de respeto daba parte. Una ofrenda no es solo algo
del adorador” que se ofrece al Señor, mejor aún, es una
representación de lo que Dios es para el

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adorador. Así como el dinero es la representación del valor de los artículos, de


la misma forma, una ofrenda expresa en sí misma lo que significa Dios para
el dador. La ofrenda mide el grado de amor, la intensidad de obediencia y
el nivel de respeto del adorador. Por tanto, la ofrenda no es cualquier cosa.
Judas valoró en dinero el perfume derramado por aquella mujer en trescientos
denarios (Juan 12:4,5). Para los otros discípulos fue un desperdicio, pero para
ella fue la máxima expresión de amor y gratitud para su Señor. El Maestro,
que conocía su corazón y lo que ella quiso manifestar, consideró como olor
grato y algo de alta estima aquel ungüento.
Tengo que decir con suma tristeza que la mayoría de los ministros no
sabemos lo que es una ofrenda para Jehová. La manera trivial y vergonzosa
que se usa para pedir ofrendas; el énfasis en la cantidad y no en el corazón;
la manipulación que se emplea para aumentar los fondos de la tesorería de
la iglesia que no es otra cosa, sino “simo-
nía” (que es la práctica de ofrecer los dones
o bendiciones de Dios a cambio de una
recompensa económica o de cualquier otra “Dentro de
índole -Hechos 8:9-24), solo revelan que cada ofrenda
ignoramos la santidad de la ofrenda del se oculta el
Señor. Es bueno que sepamos que todas corazón del
estas praxis y muchas otras que se usan
adorador, por
hoy, desvirtúan la esencia del ofrendar y
manifiestan claramente que los que minis- lo que puedo
tramos desconocemos lo que significa afirmar que
dedicar algo a Dios. tal como es la
Cuando aquella mujer derramó el fras- ofrenda, así es el
co de alabastro con perfume a los pies de
Cristo (Lucas 7:37-38), los ojos avaros de
adorador”
Judas solo vieron el valor monetario de
la esencia derramada; la vista corta de los
demás discípulos vieron en ello solo un desperdicio; pero Aquel, a quien se le
quiso expresar el amor y la gratitud, sí supo ver e interpretar la representación
de tan apreciado ungüento. Él no vio el valor del perfume en el mercado, sino
el precio del amor que se le quiso manifestar. El Señor lee el corazón en cada
ofrenda que se le trae a Él. Dentro de cada ofrenda se oculta el cora-
zón del adorador, por lo que puedo afirmar, que tal como es la
ofrenda, así es el adorador. Esa es la razón por la cual, la Biblia dice: “Y
miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín

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y a la ofrenda suya” (Génesis 4:4,5). Nota que primero vio a Abel y luego a su
ofrenda, así también ocurrió en el caso de su hermano; Jehová vio a Caín y
después la ofrenda que le trajo. ¿Quieres conocer quién es Dios para el adora-
dor? Mira su ofrenda. Hay quienes dan ofrendas, y quienes son ofrendas.
En cada ofrenda se oculta la expresión del corazón, por lo que en ella
hay amor, gratitud, cariño, obediencia, respeto, abnegación, entrega, sacri-
ficio, intimidad, voluntad, disposición, etc., todo lo que un adorador quiere
dar al Señor. Fuera de eso, aunque sea una fortuna cuantiosa, no es ofrenda.
Espero que entiendas ahora lo que significa que Dios comparta parte de la
ofrenda ofrecida a Él con los sacerdotes o ministros. Comprenderás, enton-
ces, por qué a la tribu de Leví no se le dio
heredad, porque los sacrificios de Jehová
Dios de Israel son su heredad (Josué 13:14).
“Hay quienes
La tribu de Leví, aparentemente no poseía
dan ofrenda, nada, pero en realidad con Jehová lo tenía
y quienes son todo. Veamos en el siguiente segmento,
ofrendas” otra cosa que nos pertenece como minis-
tros, según la Palabra de Dios.

C) Los Diezmos

“Y he aquí yo he dado a los hijos de Leví todos los diezmos en


Israel por heredad, por su ministerio, por cuanto ellos sirven en
el ministerio del tabernáculo de reunión. (…) a los levitas he
dado por heredad los diezmos de los hijos de Israel, que ofrecerán
a Jehová en ofrenda; por lo cual les he dicho: Entre los hijos de
Israel no poseerán heredad”
-Números 18:21,24

Dios quiere restaurar el ministerio y tiene que comenzar con nosotros,


sus ministros. A veces andamos como mendigos, pero Dios instituyó que los
diezmos fueran nuestros, por causa del ministerio, como les dio a los levi-
tas todos los diezmos, porque no poseerían heredad como las demás tribus
(Números 18:21,24). Jehová estableció que nuestro oficio es servirle a Él en el
ministerio, por lo que no podemos ocuparnos en otros trabajos, sino que nos
dio los diezmos para sustentar a nuestras familias.
Yo te quiero confesar -y lo digo como testimonio- que no ha sido una,
sino una veintena de veces, las ocasiones que le he dado gracias a Dios por

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sostenerme con sus diezmos. Muchos de mis hermanos en el ministerio cono-


cen mi historia, que duré cerca de ocho años rehusando tomar salario como
pastor, pues tenía el ideal de ser misionero, y quería vivir una vida sacrificada,
como los que viven en privación, aun viviendo en el país más rico del mun-
do, donde no era necesario. La razón era porque pensaba que privándome de
tomar un salario de los diezmos, estaba bendiciendo a la iglesia, hasta que el
Señor me dijo: «Estás totalmente equivocado, y con tu actitud lo que estás
haciendo es empobreciendo a mi iglesia». Reaccioné escandalizado, pues en
mi mente estaba convencido que mi ideal era espiritualmente sublime y justo.
Y para hacerte breve esta historia, desde el día que Jehová me ordenó tomar
salario, la iglesia ha sido bendecida en el aspecto financiero de una manera
milagrosa. En otros ámbitos también ha sido asombroso la honra y favor que
Él nos ha dado.
La bendición de Jehová es la que enriquece (Proverbios 10:22). Yo estuve
engañado, envuelto en un ideal, creyendo que estaba bendiciendo a la iglesia,
economizándole un gasto, y lo que estaba era privándola de una gran bendi-
ción. Realmente, estaba renunciando a mi herencia, pero la herencia es santa,
y también es mía. El que determinó que el que trabaje, viva del altar fue el
mismo Dios, no yo. Incluso, el apóstol Pablo dijo: “¿No sabéis que los que tra-
bajan en las cosas sagradas, comen del templo, y que los que sirven al altar, del
altar participan? Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio,
que vivan del evangelio” (1 Corintios 9:13-14). Por tanto, el salario que recibe
un ministro no es una limosna que le da la iglesia, sino algo que Jehová les
confiere a sus servidores. El pueblo se lo da a Dios y Él te lo da a ti. Es como
que mi esposa me regale algo a mí y yo te lo regale a ti, ¿quién te lo regaló?
¿Mi esposa? No, te lo di yo. Ella me lo dio a mí y yo te lo di a ti. Cuando el
pueblo te diga: «Yo te sostengo», tú tienes que decir: «Un momentito, aclare-
mos esto: ustedes no me sostienen; a mí quien me sostiene es Dios. Ustedes
dan ofrenda al Señor y Él me da una parte a mí. Nadie me dio un cheque
para yo depositarlo en el banco, y dar de comer a mí y a mi familia, sino que
se lo dedicaron a Dios como ofrenda y Jehová me da de lo suyo, porque Él me
llamó para servirle a Él. Por tanto, el recibir salario de sus ofrendas y diezmo
me corresponde, porque eso es mi honra y mi heredad».
No obstante, también debo decir que hay quienes abusan de este princi-
pio. Hombres carnales, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza,
pues sólo piensan en lo terrenal (Filipenses 3:19). Ellos sólo buscan lo suyo, los
cuales no son pastores, sino trasquiladores. A veces pensamos que el pecado
de la casa de Elí fue que ellos vivían con las mujeres del templo, y es verdad

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que lo hacían (1 Samuel 2:22), y eso fue algo terrible, pero ¿sabes cuál fue
el pecado más grave de ellos delante de Dios? El hecho de que por su causa,
los hombres menospreciaran las ofrendas de Jehová (v.17). ¿Sabes por qué?
Observa lo que dice la Palabra que hacían los hijos de Elí:

“… cuando alguno ofrecía sacrificio, venía el criado del sacerdo-


te mientras se cocía la carne, trayendo en su mano un garfio de
tres dientes, y lo metía en el perol, en la olla, en el caldero o en
la marmita; y todo lo que sacaba el garfio, el sacerdote lo tomaba
para sí. De esta manera hacían con todo israelita que venía a
Silo. Asimismo, antes de quemar la grosura, venía el criado del
sacerdote, y decía al que sacrificaba: Da carne que asar para el
sacerdote; porque no tomará de ti carne cocida, sino cruda. Y si
el hombre le respondía: Quemen la grosura primero, y después
toma tanto como quieras; él respondía: No, sino dámela ahora
mismo; de otra manera yo la tomaré por la fuerza”
(1 Samuel 2:13-16).

Este triste incidente lo podemos aplicar de muchas maneras, y una de ellas


es que cuando los ministros no viven bien, la gente menosprecia la
ofrenda a Dios. Si llevamos esto al tiempo de hoy, podemos recordar el caso
de un famoso evangelista, quien era reconocido mundialmente como un fenó-
meno televisivo, y la gente mandaba cuantiosas ofrendas, para contribuir con su
ministerio internacional. Pero, ¿qué ocurrió cuando los medios de prensa lo
sacaron en primera plana, por estar envuelto en un tremendo escándalo de
prostitución? Se vació no solo su congregación, sino también las de otros, y la
gente no volvió a dar ofrendas en muchas partes, porque decían que no creían
en ningún evangelista, pues para ellos todos eran unos charlatanes. Entonces,
los evangelistas serios sufrieron, la televisión
cerró sus puertas a los programas cristianos
“Cuando los en horario estelar, donde dicho evangelista
tenía su programación, y también otros, los
ministros no cuales pasaron a horarios de madrugadas.
viven bien, Nadie quería escuchar nada, es la verdad.
la gente Todos perdimos por ese mal testimonio, y
menosprecia la ahora la gente desconfía y ofrenda con mucho
ofrenda a Dios”

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cuidado. Cuando los ministros no vivimos bien, la gente pierde el respeto, la


devoción y la entrega desinteresada al Señor.
Los hijos de Elí dormían con las mujeres que velaban a la puerta del taber-
náculo de reunión, y la gente se quejaba de su mal comportamiento y su mala
fama aumentaba, haciendo pecar al pueblo de Jehová (1 Samuel 2:22-24). Estas
cosas, cuando la leemos, entristecen nuestro corazón, pero peores cosas estamos
viviendo en estos tiempos. Muchos ministros han sobrepasado la medida de los
hijos de Elí, con cosas que hacen en oculto que no se deben decir públicamente.
Y esto lo digo, no para criticar o exponer la iglesia, sino para que tú y yo honre-
mos a Dios, y los demás respeten el ministerio y lo que representa.
¿Por qué cuando los ministros viven mal el pueblo peca? Porque la gente
se enoja con Dios, se apartan de sus caminos y justifican el pecado, pensan-
do esto: «Si aquél que supuestamente debe enseñarme a mí, está viviendo en
pecado, ¡ya qué importa que yo también haga lo que quiera!» Así reacciona la
gente, y cuántos se van al mundo por esos escándalos. Ahora, no es cierto que
haya evangelistas ladrones, sino ladrones que se hacen pasar por evangelistas. Es
mucha la diferencia. Un evangelista nunca será un ladrón. Por tanto, entende-
mos que hay necesidad de un ministerio serio, porque hay muchos charlatanes
que se han vestido de ministros y no lo son, pues no fueron llamados por Dios
al ministerio.
Nota que la Escritura describe a los hijos de Elí como hombres impíos que
no tenían conocimiento de Jehová (1 Samuel 2:12), y sin embargo, fungían
como sacerdotes. La ley establecía que todo sacerdote debía conocer la ley,
pero estos hombres no tenían ese conocimiento. ¿Cuántos pueden ser docto-
res en teología y no conocer a Dios? ¿Por qué? Porque a Dios no se le conoce
sabiendo mandamientos de memoria o recitando salmos o por saber cuántas
yardas tiene la falda que llena todo su templo, no, no, no. El conocimiento
de Dios no viene por información, sino por revelación, teniendo
un corazón como el Suyo y participando de lo mismo que Él parti-
cipó. La Palabra dice: “Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a
luz…” (Génesis 4:1), es decir, intimó Adán con Eva; algunas versiones bíblicas
en lugar de “conocer” usan “entró” para referirse a la relación sexual. En otras
palabras, ya sea que entró o la conoció, entendemos que dos llegaron a ser uno.
Por tanto, conocer a Dios es ser uno con Él.
El que no vive a Dios no conoce a Dios, aunque tenga un montón
de información acerca de Él. Y ese es el problema ahora en el ministerio,
hay una gran cantidad de gente que predica de una manera tan elocuente, y
te citan los términos originales del griego y el hebreo, conocen las costumbres

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bíblicas, hacen un despliegue de su tremenda erudición, pero su vida personal


está seca, no han tenido intimidad con el Rey del universo. Y eso es lo que
quiero enseñar a través de estas páginas; esa es la restauración que requiere el
ministerio. Puede que nuestras palabras suenen un tanto raras, extrañas; que
nuestras expresiones no se usen en el lenguaje “positivista” de la iglesia, el cual
es muy bonito, pero está haciendo un considerable daño a los creyentes.
La Palabra dice que Elí amonestó a sus hijos, pero ellos no oyeron la voz
de su padre (1 Samuel 2: 23-25). No obstante, el pecado era muy ofensivo
delante de Dios, por lo que pienso que no era suficiente con una simple repri-
menda. Hay gente que quiere ser tan buena, incluso hasta más buena que
Dios, cuando el único bueno es Él. Mas, yo te digo amado, si amas a Dios y
a su iglesia, pero vives en pecado, apártate, deja el ministerio, pues con tu
conducta no sólo te estás haciendo daño a ti mismo, sino que le haces mucho
daño a la iglesia, al ministerio y al nombre del Señor.
El ministerio no es un lugar de ensayo, para ver “si funciono o no”. Cuando
alguien llega al ministerio es porque ha pasado por etapas, y se sobreentiende
que está apto para servir. Dios no llamó nunca a nadie e inmediatamente lo
puso a servir, sino que lo pasó por un proceso. Un ministro, primeramen-
te, debe ser maduro, tener control, ser un
buen administrador de su vida y goberna-
“El que no vive a dor de su casa, para poder cuidar la vida de
Dios no conoce los demás (1 Timoteo 3:5). Tiene que haber
vencido la carne y ser un maestro de pie-
a Dios, aunque dad, para enseñar piedad; maestro de domi-
tenga un montón nio propio, para enseñar dominio propio y
de información estar lleno del fruto del Espíritu, para poder
acerca de Él” impartirlo.
En cambio, lo que veo hoy es que si una
persona habla bonito, tiene talento, predi-
ca bien, tiene unción, la apartan inmediatamente para el ministerio. Luego,
como esa persona trae sus debilidades que todavía no ha vencido, hace pecar
al pueblo. La gente cuando lo ve pecar se desanima y se desenfrena. ¡Quiera
Dios que esto lo lea toda la iglesia de Cristo en el mundo, a ver si tenemos
todos un nuevo comienzo! Cuando un hermanito cae, nos duele a todos,
pero cuando un ministro cae no sólo nos duele, sino que le hace daño a
toda la iglesia, y eso es lo que no podemos permitir. Por eso le dijo Pablo
a Timoteo: “No impongas con ligereza las manos a ninguno, ni participes en

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pecados ajenos. Consérvate puro” (1 Timoteo 5:22), aun a los diáconos hay que
probarlos primero.
Volviendo al caso de los hijos de Elí, ellos no necesitaban amonestación,
sino ser echados del ministerio. Eso era lo que tenía que hacer su padre, levan-
tarse con autoridad, y decirles: « ¡Se me van de aquí! Ustedes son unos corrup-
tos, no son dignos de estar en la casa ni en el servicio a Jehová», eso era lo que
esperaba Dios de Elí. Puede que todos estemos de acuerdo con que la actitud
de Elí fue tolerante y dúctil con sus hijos, sin embargo, si te levantas e impides
a alguien que continúe con una mala conducta en el ministerio, encontrarás
quien diga: «Ay, pero que tipo inflexible ese. Lo que nosotros necesitamos
es restauración». Y yo digo, sí, vamos a restaurar al hermano, pero fuera del
ministerio, en su casa. La iglesia no es un lugar para pecar, sino para minis-
trar, aunque esté llena de pecadores. El ser débil, puede que le luzca al débil,
al niño en Cristo que cayó, pero que una persona que está en autoridad, ense-
ñando santidad, enseñando carácter, esté patinando en lodo es intolerable,
¡por favor, eso no es posible! Alguien dijo que para tú sacar a los pecadores de
las aguas resbaladizas del pecado, tienes que estar bien firme en la roca.
Conozco lugares donde se han cometido cosas abominables y terribles, y
para no traer escándalo al ministerio y evitar problemas con esas personas y
sus familias, los dejan en sus funciones, aunque son ellos que con sus vidas,
no tan solo dañan su propio ministerio, sino a toda una congregación. Yo creo
en la restauración, pero diciéndole al hermano: «Siéntate, deja de ministrar.
Comencemos un proceso de restauración. Tú no puedes estar ministrándoles
a los santos, porque en tu ministrar también va incluido tu ejemplo, y no se lo
puedes dar». Eso fue lo que Pablo le dijo a los judíos: “Tú, pues, que enseñas a
otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas?
Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos,
¿cometes sacrilegio? Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a
Dios? Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles
por causa de vosotros” (Romanos 2:21-24). Y no es que lo mandemos al infier-
no, no, pero sí debe salir del ministerio, porque no está apto.
Por tanto, en ese momento la amonestación de Elí no resultó como un
regaño, sino como una honra a sus hijos, a los ojos del Señor. Es como el
padre consentidor, que al saber que sus hijos están haciendo cosas indebidas
que afectan a otros, les da un discursito, y les dice: «Mis hijos, por favor, dejen
eso, miren que hay personas que eso les molesta [no que está mal]» y no les
impide seguir haciendo lo mismo ni toma el control. Por lo cual, es como si
no hubiese hecho nada. Los hijos de Elí se excedieron, pasaron el límite, y es

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lo que pasa hoy también en el ministerio. Jehová nos da honra y ya queremos


ocupar el lugar de Dios; le quitamos los aplausos, la alabanza, la admiración y
todo lo que pertenece sólo a Él. El ministro recibe honra, pero es la misma de
Dios, porque llevamos su nombre. Al representarlo, el Señor comparte de lo
que Él recibe (la ofrenda, los diezmos, etc.) y como Dios está en honor, el que
está sirviéndole a Él también recibe honor. Pero no honor de ser un dios, sino
el honor compartido de servirle al grande y al poderoso que es el Señor.
El ministerio no es una plataforma para que el ministro se haga grande ni
famoso, no me cansaré de repetirlo hasta el cansancio. Los ministros estamos
en una tribuna que la gente le llama altar, pero altar es donde está el Dios
Altísimo, quien también puede estar ahora mismo ahí junto a ti, donde estás
leyendo este libro. Él es omnipresente, por lo cual, el altar no es un lugar
geográfico o un lugar específico en la casa de oración, así como
el templo no es un lugar con cuatro paredes, sino la morada de
Dios con su pueblo. Somos morada de Dios en el Espíritu, y nuestro cuer-
po templo del Espíritu Santo (Efesios 2:22;
1 Corintios 6:19). El púlpito, que está ubi-
cado en una plataforma, no es un lugar más
“Que el ministro santo que otro, aunque sí es santo, porque se
tome el altar apartó para Dios. En él se ministra a Dios,
como lugar pero no es santo en el sentido místico ni
donde exhibirse, religioso, estemos claro en eso.
Se coloca al ministro un poco más
no es solamente arriba para que los que serán edificados no
una prostitución les sea difícil tener un contacto visual con
al propósito del él, a través del cual pasa la bendita gracia
ministerio, sino de Dios. Pero que el ministro tome el
una usurpación altar como lugar donde exhibirse,
no es solamente una prostitución al
al lugar de Dios” propósito del ministerio, sino una
usurpación al lugar de Dios. Eso es
violentar y adueñarme de la ofrenda, antes
de que sea dedicada a Dios. La honra del
ministerio es solo de Dios, aunque el Señor la comparta con nosotros; Él la
da, nosotros no la tomamos.
Con todo, hay ministros que están dependiendo de otras cosas para vivir,
porque tienen vergüenza de vivir del altar. El mundo ha logrado que el minis-
tro crea que es un ladrón porque vive del diezmo de Dios. Pero, si una persona

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va donde un abogado y le pide un servicio, él le cobrará sus honorarios y ésta


lo pagará sin pensar que ese hombre es un farsante porque le cobró. De la
misma manera, cada vez que alguien va al médico, sea la visita de rutina o no,
tiene que pagar. También se paga al barbero, al peaje cada vez que cruza un
túnel o un puente; se paga por usar la transportación pública; por estacionar
su vehículo en áreas comerciales (ya sea en la calle o en un estacionamiento);
incluso por mirar el paisaje a través de unos binoculares. Mas, dar a la igle-
sia los diezmos y ofrendas, no lo hace, porque considera que el ministro no
merece nada. Pero si el médico que cuida el cuerpo y el psiquiatra que trata
la mente, reciben una recompensa por su servicio ¿por qué el ministro que
nutre, alimenta y cuida nuestro espíritu no merece una retribución? ¿en tan
poco valoramos a nuestra alma y espíritu?
Igualmente, hay ministros que no entienden ni han aceptado su heredad,
y por eso el pueblo tampoco lo ha aceptado. No vivir ese principio divino ha
empobrecido a la iglesia, y los ministros que no lo han entendido están enseñan-
do al pueblo a negociar con Dios. El pueblo ha aprendido a mercadear con cosas
tan sagradas, como ofrecer una ofrenda a cambio de una bendición. Ahora sé
que muchos entenderán por qué digo que la iglesia no se sostiene ni vendiendo
arepas, ni haciendo rifas, ni vendiendo videos, ni DVD, CD o libros. Mucho
menos se sostiene la casa de Dios vendiendo adoración, ni cobrando para que
la iglesia asista a ver el show del “artista cristiano”, o por las comisiones dejadas
por un viaje turístico a Israel, para ver los lugares sagrados, etc., porque eso no
fue lo que instituyó el Señor. Jehová dijo que de los sacrificios del pueblo, y
sus diezmos, lo que produce el mismo altar, deben vivir los que trabajan en el
altar. Ningún ministro debe avergonzarse por ello, porque eso lo dijo Dios, es
un mandamiento. El Señor bendice y prospera al pueblo a través de su Palabra
predicada, y ellos le devuelven de corazón, los diezmos y ofrendas de lo que Él
les dio, lo cual Jehová comparte con sus ministros.
El apóstol Pablo tiene muchas enseñanzas acerca de esto en el Nuevo
Testamento. Quizás haya algún ministro que nunca reciba algún salario por
servirle a Dios, pero hay otros que cuando el Señor le dice: «Deja tu trabajo,
te quiero en el ministerio a tiempo completo», debe hacerlo con toda honra.
Él no debe sentirse mal o deshonesto, como el que está robando, ya que está
sirviendo al Dios Altísimo y el pueblo está dando ofrendas a Dios para soste-
nerle. De acuerdo a la bendición que Dios da debe ser su salario y debe ser su
recompensa. Pero ojo, ningún ministro debe usar el ministerio para lucrarse,
porque el ministerio no es un medio para enriquecerse, como está pasando
hoy en muchos lugares.

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70 la honr a del ministerio

Había una parte del animal sacrificado que Dios había asignado para el
sacerdote y su familia, como dice la Escritura: “Comeréis asimismo en lugar
limpio, tú y tus hijos y tus hijas contigo, el pecho mecido y la espaldilla elevada,
porque por derecho son tuyos y de tus hijos, dados de los sacrificios de paz de
los hijos de Israel” (Levítico 10:14). Así que de acuerdo al tamaño del animal
era la porción del sacerdote. Si se ofrecía un buey, por ejemplo, la parte del
sacerdote era mayor que si se hubiese ofrecido una oveja. Aplicando, podemos
decir que el salario del ministro deber ser proporcional a lo que la congrega-
ción ofrece a Dios, de acuerdo a la membresía de la grey y a la cantidad de
dinero que el pueblo diezme.
Conocemos de hombres que sirven en la iglesia, quienes han inventado
un montón de medios para hacerse ricos, y siempre están en medio de escán-
dalos. Y esto lo digo, porque estamos en un tiempo de restauración y Dios
quiere hombres que con su vida puedan dar un buen testimonio. Yo ahora,
con amor y autoridad, puedo instruir esta enseñanza, porque cometí el mis-
mo error al negarme a recibir parte de los diezmos y ofrendas de la grey que
pastoreo. Mas, actualmente vivo de mi herencia honrosamente, y lo hago con
la frente en alto, con dignidad y con integridad, sabiendo que soy un admi-
nistrador de Dios. Tristemente, en este tiempo, la honra de un ministro se
mide por cuánta gente convoca, cuántas invitaciones tiene, qué tan conocido
es, cuántas empresas e iglesias ha levantado, etc. pero eso no es la honra de un
hombre o mujer de Dios. Jehová, el ministerio, los sacrificios y los diezmos
son nuestra herencia; no nos avergoncemos, por el contrario, honrémoslo.
Concluyamos este tema, entonces, volviendo al relato bíblico y miremos
como termina la vida, en el aspecto económico, de un sacerdote que no honró
su ministerio:

“Jehová el Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la


casa de tu padre andarían delante de mí perpetuamente; mas
ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a
los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco.
He aquí, vienen días en que cortaré tu brazo y el brazo de la
casa de tu padre, de modo que no haya anciano en tu casa. Verás
tu casa humillada, mientras Dios colma de bienes a Israel; y en
ningún tiempo habrá anciano en tu casa. El varón de los tuyos
que yo no corte de mi altar, será para consumir tus ojos y llenar
tu alma de dolor; y todos los nacidos en tu casa morirán en la
edad viril. Y te será por señal esto que acontecerá a tus dos hijos,

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Ofni y Fines: ambos morirán en un día. Y yo me suscitaré un


sacerdote fiel, que haga conforme a mi corazón y a mi alma;
y yo le edificaré casa firme, y andará delante de mi ungido todos
los días. Y el que hubiere quedado en tu casa vendrá a postrarse
delante de él por una moneda de plata y un bocado de pan,
diciéndole: Te ruego que me agregues a alguno de los ministerios,
para que pueda comer un bocado de pan”
(1 Samuel 2:31-36)

Jehová castiga la casa de Elí de tres maneras: Primero, le quitó la honra y la


herencia que recibía por estar en el ministerio (vv. 31-34). Sabemos que cuando
Dios colmaba de bienes a Israel, los sacerdotes tenían en abundancia, porque
recibían el diezmo y las ofrendas de acuerdo a como Dios había bendecido al
pueblo. Mas, para la casa de Elí esa bendi-
ción fue cortada. Segundo, puso a otro en su
lugar, para que haga fielmente todo confor-
me al corazón y alma de Dios (v. 35). A ese, “Llevar el
Dios le daría casa firme y estaría lleno de su arca significa
unción y de su presencia. El profeta predice administrar
el traspaso del sacerdocio de la casa de Elí a honrosamente
la familia de Sadoc. Esto se cumplió parcial-
mente cuando Saúl mató a los sacerdotes de todo lo que el
Nob, descendientes de Elí (1 Samuel 22:11- Señor ha puesto
19), y se terminó de cumplir cuando Salo- sobre nuestros
món destituyó a Abiatar del sacerdocio, y en hombros”
su lugar estableció a Sadoc (1 Reyes 2:26-27,
35). Tercero, la casa de Elí fue empobrecida
y humillada al punto que sus hijos tendrían
que mendigar ministerios (v. 36). Sabemos de ministros que antes llenaban
lugares, eran poderosos en palabra y tenían unción, pero se vieron envueltos en
escándalos, y ahora andan por ahí pidiendo ayuda, y predicando por las iglesias
a cambio de una “ofrendita”.
El Dios Vivo solo honra a los que le honran. Y aunque estamos en medio
de crisis, y andemos como Lot, abrumados por la vergonzosa conducta de los
réprobos, afligiendo cada día nuestras almas viendo y oyendo todos sus hechos
inicuos (2 Pedro 2:7-8), sabemos que Dios está en control. Óyelo bien, Dios
está levantando un sacerdocio santo, y solo ministrarán para Él aquellos que

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tengan el corazón conforme al Suyo. El brazo de Dios no se ha acortado, y el


Señor hará que queden ministros dignos de Él, que honren su ministerio.

1.4  El Propósito de la Honra


“He aquí te he purificado, y no como a plata; te he escogido en hor-
no de aflicción. Por mí, por amor de mí mismo lo haré, para que
no sea amancillado mi nombre, y mi honra no la daré a otro”
-Isaías 48:10-11

Existe un solo propósito en el ministerio y es servir a Dios, honrarle, traer


gloria a su nombre y bendecir a los hombres con lo que hemos recibido de Él.
Conocer el oficio sacerdotal, por tanto, nos ayuda a entender aun más el pro-
pósito de Dios con nuestro llamamiento. En el libro de Deuteronomio encon-
tramos una descripción sumariada de las funciones de los levitas, y es la
siguiente: “En aquel tiempo apartó Jehová la tribu de Leví para que llevase el
arca del pacto de Jehová, para que estuviese delante de Jehová para servirle, y para
bendecir en su nombre, hasta hoy…” (Deuteronomio 10:8). Es decir, tres cosas
mandó Dios a sus sacerdotes, según este versículo:

• A que llevasen el arca del pacto de Jehová;


• A que estuviesen delante de Jehová para servirle; y
• A que bendijeran en su nombre.

Nota que en estas tres funciones, el pue-


blo es el último, no el primero. ¿Sabes lo
que es llevar el Arca en el lenguaje bíblico?
“Nuestra
El arca representa la presencia y la gloria de
concentración Dios. En el Nuevo Pacto, la gloria no se limi-
no debe estar ta a la presencia manifiesta del Señor, sino
puesta en la que abarca todo lo relacionado con su per-
manifestación sona, sus caminos y su propósito; pero sobre
todo, implica sus atributos divinos (su amor,
espiritual, sino su misericordia, su justicia, su verdad, etc.).
en la Ese es el carácter de la vida nueva que hemos
complacencia recibido en Cristo. Así que llevar el arca
al Padre” significa administrar honrosamente
todo lo que el Señor ha puesto sobre

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nuestros hombros. La manera digna y correcta de cargar el arca de Jehová es


haciéndolo de acuerdo a sus instrucciones. El arca no debe cargarse con bueyes
o carros nuevos, como hizo David (2 Samuel 6:3,6). Es una ofensa al Señor car-
gar su gloria empleando medios humanos. Dejar las instrucciones divinas para
implementar los sistemas y métodos del hombre es un menosprecio a la Palabra
de Dios y una prostitución del ministerio. Solo hay una manera de hacer las
cosas del Señor y es conforme a lo ordenado por Él.
Estar delante de Jehová para servirle es dedicar nuestra vida a Él en el
servicio. Un ministro no puede estar enredado en las cosas de la vida, ya que
su único negocio es servirle a Dios y estar delante de su presencia (2 Timoteo
2:4; Lucas 2:49). ¿Por qué Dios nos ha honrado? Para que le honremos. Dios
nos ha dicho -a mí como líder de nuestra congregación, y a los ancianos como
gobierno- que toda nuestra atención debe estar en agradarle a Él. Por tanto,
todo esfuerzo de nuestra parte, de la índole que sea, debe ser para agradar y
honrar a nuestro Señor.
Por ejemplo, nuestros servicios de adoración deben estar concentrados en
deleitar a Dios; por eso nuestro énfasis en la iglesia no está en sanidad divina
ni en otras cosas, sino en satisfacer a Jehová y que Él haga en el culto lo que
Él quiera. Toda nuestra atención está en Dios, solo en Dios y únicamente en
Dios. Ahora, ¿Él quiere sanar? Que sane; ¿Dios quiere salvar? Que haga todo
lo que esté en su perfecta voluntad. No estamos minimizando la superemi-
nente operación del poder de su fuerza (Efesios 1:19), sino que nuestra con-
centración no debe estar puesta en la manifestación espiritual,
sino en la complacencia al Padre. Todo nuestro culto y todas nuestras
actividades deben enfocarse en agradar a Dios y en obedecerle. Nada ni nadie
debe ser más importante para nosotros que Dios.
Hay iglesias que se concentran en añadir miembros a sus congregaciones,
por lo que todo el servicio es evangelismo y reclutamiento, y el culto a Dios está
enfocado en cómo se debe tratar a la gente, para que vuelvan o no se vayan, tal
como hace el comerciante con sus vendedores a los cuales les enseña el lema “el
cliente siempre tiene la razón”. Así los diáconos y servidores en las iglesias están
enfocados en las visitas, cuando lo importante de un servicio de adoración no son
los visitantes, sino Dios. La latria o adoración -que es una de las seis funciones
de la iglesia- nos enseña que la reunión de los santos es para adorar a Dios, como
la koinonia o compañerismo es parte de la reunión de los santos, pero ellos se
reúnen para adorar al Señor, y glorificar su nombre en la unidad de su relación.
¿Sabes dónde la iglesia primitiva ganaba las almas? Siendo testigos de
Cristo en todo lugar. Si estaban en las casas o andaban por las calles, en las

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74 la honr a del ministerio

plazas y donde quiera que se reunieran, mostraban a Cristo y así ganaban las
almas. Pero cuando se congregaban no era con el objetivo de salvar almas,
sino que su único fin era adorarle, y recibir palabra de Dios. El culto no es
para salvar gente, mas, si el Señor muestra que hay un llamado de salvación
se hace, pero ese no es el propósito de la reunión. Dios debe ser el centro, el
objeto de la alabanza, y todo tiene que estar enfocado hacia Él. ¿El hermano
fulano cumplió años? ¡Qué bueno que Dios le añadió un año más de vida!
¿Este hermanito es nuevo en la congregación? Sí, bienvenido, por todo eso le
damos gloria a Dios, pero en el servicio de adoración el TODO es Dios. En
el evangelismo, como también en el servicio, en la proclamación, en la ense-
ñanza y en toda función y actividad de la iglesia, debemos estar enfocados en
el Señor, porque el único propósito del ministerio es la gloria de Dios.
Ahora, ¿cuál es la causa por la que muchas iglesias concentran los servicios
de adoración en la gente? La razón es porque se han dejado influenciar por la
época que estamos viviendo. En la actuali-
dad todo es mercadeo, las ventas, el crecer, el
“Así como los multiplicar, pues dicen que el éxito visible es
querubines el que confirma lo que tú eres. Entonces, nos
del Arca y el hemos envuelto en estadísticas y nos hemos
olvidado de las prioridades del reino. En
propiciatorio
muchos lugares, el ministerio se ha converti-
eran de una do en cualquier cosa. Podemos afirmar, sin
misma pieza, el temor alguno, que el ministerio se ha prosti-
sacerdote y la tuido y necesita restauración. Los ministros
ofrenda deben hemos llegado a ser simplemente profesiona-
les del púlpito, administradores de iglesias,
ser de la misma
etc. No sé qué ocurre cuando un ministro
naturaleza” empieza su ministerio que se enfoca sólo en
números y estadísticas, y se enfila solamente
a ser grande, famoso, y en lo menos que está
pensando es en la naturaleza santa y en el propósito de su ministerio. Por eso
escribo este libro, porque Dios nos llama a restaurar, a que volvamos al orden
original. Y sé que nos considerarán ridículos, atrasados, místicos, puritanos,
retrógrados, reaccionarios a los cambios, etc. Mas, el Señor no nos llamó para
agradar a los hombres, sino a Él. Cuando Jesús subió al cielo y dio dones a los
hombres, dejó muy claramente constituidos los ministerios. Si bien en el ejerci-
cio de nuestras funciones, honramos a Dios y le servimos, y en consecuencia
también a los hombres, nuestro objetivo no debe estar concentrado en nada ni
en nadie que no sea en el Señor que nos llamó.

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Toda acción que se tome en el ministerio que desvía la atención de Dios


es una apostasía. La honra y la gloria pertenecen a Dios, pero hay quienes
que, como los hijos de Elí, se la arrebatan, pues la quieren para ellos. Ya vimos
que Dios compartía los sacrificios con sus ministros, y aunque la ofrenda era
heredad de ellos, no debían olvidar que antes era de Jehová. El que yo tenga
algún derecho en las cosas sagradas, no me da lugar a tomar la honra de Dios,
ni Su ofrenda ni mucho menos Su lugar.
¡Cuántas personas están hoy, por la fuerza, llevando al pueblo a honrarles
y servirles a ellos, y no a Dios! Jehová le dijo a David: “Yo te tomé del redil,
de detrás de las ovejas, para que fueses príncipe sobre mi pueblo, sobre Israel” (2
Samuel 7:8). Nota que Él no le dijo a David que lo llamó para que fuese “rey”,
sino “príncipe”, porque el Señor es el único Soberano, Rey de reyes y Señor de
señores. También la Palabra nos muestra que cuando al apóstol Pablo y a Ber-
nabé les querían hacer culto y ofrecerles sacrificios, ellos rasgaron sus ropas, y
se lanzaron entre la multitud, dando voces diciendo: “Varones, ¿por qué hacéis
esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros, que os anunciamos
que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra, el
mar, y todo lo que en ellos hay” (Hechos 14:15). Eso es lo que hace un sacerdote,
un ministro de Dios. Tenemos que aprender a lanzarnos sobre la muchedum-
bre y parar su locura de adorarnos. La adoración y la admiración pertenecen
solo a Dios. Estos siervos de Dios resistieron a ser adorados, sin importar qué
la multitud pensara de ellos y que al final los apedrearan hasta dejarlos como
muertos (v. 19). Y sé que así heridos, sangrando, con sus ropas hechas trizas
y con sus labios partidos, sólo musitaban estas palabras: «No, no a nosotros,
hónrenlo a Él, al Dios vivo; Él es el único digno, adórenlo a Él, no a nosotros,
no, no a nosotros, no, no, no…a Él únicamente a Él, adórenlo sólo a Él…».
El Señor me ilustró la similitud que hay entre la ofrenda y el sacerdote con
algo muy sublime. Él me dijo: Así como los querubines del Arca y el
propiciatorio eran de una misma pieza, el sacerdote y la ofrenda
deben ser de la misma naturaleza (Éxodo 25: 17-19). ¿Por qué? Porque
los querubines son los que cuidan la gloria de Dios. En el libro de Génesis
aparecen los querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos
lados, para guardar el acceso al árbol de la vida (Génesis 3:24). También,
vemos que en el libro de Ezequiel se nos habla de querubines en la entrada de
la puerta oriental de la casa de Jehová, donde estaba la gloria (Ezequiel 10:9).
Los querubines representan a los guardianes de la adoración, los cuidadores
de la gloria, y los ministros, como adoradores que ministramos en el altar,
somos los celadores de la gloria, para que lo que llegue a Dios sea lo mejor.

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76 la honr a del ministerio

Hay un propósito en el ministerio y es buscar la gloria de Dios. En el libro


de Levítico hay dos capítulos que a mí me ministran de forma muy especial, y
Dios me hizo ver algo muy importante, si lo aplicamos al tema que nos ocupa.
En su capítulo 21, se nos habla de que una persona que tuviera un defecto
físico no podía ministrar delante de Jehová (Levítico 21:17-23). Es decir, el
hecho de tener algún impedimento o defecto, descalificaba al individuo para
ser sacerdote. Por tanto, el sacerdote no podía tener defectos. Apliquemos
este pensamiento espiritualmente. Si el ministro es ciego hay escasa visión y
eso no santifica el nombre de Jehová; si es sordo, no tiene oídos para oír la
palabra de Dios, y eso impide que pueda obedecer y seguir las instrucciones
de la voluntad del Señor. Si tiene los testículos magullados o amputado su
miembro viril, tampoco representará bien a un Dios que da vida, pues es
incapaz de reproducirse; si es enano, su crecimiento será limitado, por tanto
no va a representar dignamente a Dios, porque hay una estatura, una plenitud
a la que debe llegar cada ministro (Efesios 4:13). Entendamos entonces que de
acuerdo como el ministro viva, vivirá el pueblo, pues éste representa a Dios.
El capítulo 22 de Levítico nos habla de esta misma manera de la ofrenda a
Jehová, ya que el animal ofrecido al Señor debía ser sin defecto (vv. 17-22). Y le
pregunté al Señor, ¿por qué tanto el sacerdote como la ofrenda debían de ser sin
defectos?, y Él me dijo: «Porque tanto el ani-
mal como el ministro son ofrendas». Entien-
“El ministerio do, entonces, que un ministro es para
únicamente Dios lo mismo que una ofrenda: cosa
permanece santísima para Jehová (Levítico 27:28).
cuando honra a Sólo de pensar lo que soy para Jehová, tiem-
Dios” blo, considerando que no somos perfectos.
Entonces, es en ese momento que doy con
más fe gracias a Cristo, porque Él es el Corde-
ro sin mancha y sin contaminación que fue ofrecido a Dios por nosotros y por
medio de Él, puedo ministrar delante de Jehová.
Cuando Jesús dijo: “Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también
yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A
quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les
son retenidos” (Juan 20:21-23). Es decir, «Yo los envío a ustedes, y respaldaré
lo que ustedes digan y lo que ustedes hagan», somos una representación. Por
tanto, cuando decimos: «En el nombre de Jesús» estamos diciendo: No vengo
en mí nombre, sino en el nombre de Jesús. Por eso vemos que cuando Moisés
se cansaba, el pueblo se cansaba (Éxodo 17:11), porque tanto la impartición

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como la unción vienen por la cabeza (Salmos 133:2). Tenemos que saber quié-
nes somos para Dios, para que sepamos cómo debemos representarlo digna-
mente y cumplir el propósito del ministerio.
Hemos sido honrados por Dios, pero esto no debe envanecernos, sino
hacernos deudores. Debemos vivir de tal forma que el resto de la iglesia de
Jesucristo, que esté debilitada o desanimada, sea estimulada a hacerlo por
causa nuestra. Esto no se consigue estrujándole en la cara a la gente que no
está viviendo según el reino de Dios, ni señalándole –con un espíritu de críti-
ca- que no están viviendo de acuerdo a los principios divinos. Lo digo, porque
todos hemos cometido ese error, llevados por el celo de que todos conozcan
a Dios. El Señor quiere que todos lo conozcan y lo conocerán, pero a través
de nuestro ejemplo, de vidas consecuentes con la verdad. El ministerio fue
dado para honrar a Dios. ¿Cuál fue el reclamo de Dios a Elí? Analicemos de
nuevo estos versículos, pero aplicándolo ahora al propósito del ministerio y a
su honra, aunque todo en Dios es una sola cosa:

“¿No me manifesté yo claramente a la casa de tu padre, cuan-


do estaban en Egipto en casa de Faraón? Y yo le escogí por mi
sacerdote entre todas las tribus de Israel, para que ofreciese sobre
mi altar, y quemase incienso, y llevase efod delante de mí; y di a
la casa de tu padre todas las ofrendas de los hijos de Israel. ¿Por
qué habéis hollado mis sacrificios y mis ofrendas, que yo mandé
ofrecer en el tabernáculo; y has honrado a tus hijos más que a
mí, engordándoos de lo principal de todas las ofrendas de mi
pueblo Israel? Por tanto, Jehová el Dios de Israel dice: Yo había
dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí
perpetuamente; mas ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga,
porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian
serán tenidos en poco”
(1 Samuel 2:27-30).

El ministerio es una honra para honrar a Dios y no un medio para adqui-


rir fama, dinero, posición, y tantas otras cosas. El Padre te honra para que tú
le honres a Él. El ministerio es como un intercambio de honra, donde entre
más tú le honras, más Él te honra. Pero si la honra que Dios te da, tú no la usas
para honrarle, ¿qué te vendrá después? Mira lo que le dijo Dios a Elí: “Nunca
yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán
tenidos en poco” (1 Samuel 2:30). En otras palabras, Dios le dijo: «Yo te honré

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78 la honr a del ministerio

dándote el ministerio, las ofrendas, los diezmos, todo, y ahora mira lo que tú
me haces: con la misma ofrenda con la cual yo te honro, con esa misma ofrenda
tu me deshonras». Lo que fue la causa de su honra, la convirtió en el motivo de
la deshonra del Señor, por eso Dios lo deshonró. ¡Qué nunca tal cosa hagamos
nosotros, mi hermano! Andemos en integridad, no nos llevemos de las modas
de esos movimientos, que son solo telarañas, mucho entusiasmo que no llevan
a nada; ilusionan a la gente por un tiempo, por dos días, pero al final… nada,
no permanecen. El ministerio únicamente permanece cuando honra
a Dios. El ministerio subsiste y se mantiene cuando tiene cimientos funda-
mentados en Cristo, en palabra, consejo e instrucción de Dios.
Hay ministerios que crecen mucho, y logran que todos hablen de ellos,
pero búscalos diez años después, ya no están. Imperios grandes, ministerios
titánicos que sufren la misma suerte que aquel famoso barco, pues navegan
por poco tiempo y luego naufragan. En las últimas décadas, ¿cuántos minis-
terios grandes han caído en descrédito y escándalos? ¿Cuántos famosos evan-
gelistas han naufragado? no importa que un hombre esté en el lugar
más encumbrado, si deshonra a Dios cae.
Lo más lamentable es que esta situación continúa sucediendo, y no pode-
mos rescatar a la iglesia de sus manos, porque se han hecho “dueños vitalicios
de sus ministerios”. Escuchamos de la iglesia tal, que su fundador, fulano de
tal, está preparando la iglesia para dejársela al hijo. El ministerio para ellos
es una patrimonio personal, y no les importa si el hijo tiene o no un llamado
de Dios. Sin discusión, para ellos la iglesia les pertenece como legado fami-
liar. Por eso es que estamos sufriendo esta situación de incredulidad, porque
estos individuos se apoderan de las iglesias, y ¿quién puede quitárselas de las
manos? Ellos dicen: «El que quiera que se vaya, pero aquí mando yo, pues
soy el fundador, o mi padre la fundó; han sido muchos años de sacrificio, no
los voy a regalar». ¡Basta ya! Las cosas tienen que cambiar le afecte a quien
le afecte, y aunque estas palabras suenen fuertes, no es menos lo que Dios
requiere de nosotros hoy.
La muerte de los hijos de Aarón, por ofrecer un fuego extraño delante
de Jehová que Él nunca les mandó, nos ilustra estos pensamientos (Levítico
10:1-2). Aplicamos como “fuego extraño” todo lo que se hace en el ministerio,
en el área que sea (en la adoración, en la mayordomía, en la predicación, en
establecer alianzas, en dar ministerios, en comprar, vender, en las toma de
decisiones, etc.), que el Señor nunca ha mandado. Observa que en este hecho,
Jehová dijo: “En los que a mí se acercan me santificaré, y en presencia de todo el
pueblo seré glorificado” (v. 3), refiriéndose a los sacerdotes. Ellos se acercaban a

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Jehová a ministrarle y a traer la ofrenda, para que en ella Dios se santificara,


o sea, cause temor y reverencia a Su santidad y gloriosa majestad. En otras
palabras ¿de qué manera Dios es santificado? A través de los ministros. Él
los llamó, los apartó, los santificó, los hizo ofrendas para Él, para entonces,
Él, a través de ellos, santificarse delante de todo el pueblo. Por lo cual, por la
forma de nosotros vivir, Dios es glorificado, de manera que si los ministros no
vivimos bien, mi hermano, el nombre de Dios en vez de ser santificado será
blasfemado. La vida de los ministros afecta la devoción del pueblo.
Si un ministro no vive de acuerdo con el propósito de Dios, se le nubla la
visión, se oscurece el consejo y no santifica el nombre del Señor.
Al principio, hablamos del honor y de la honra de ser ministro, y sé que si
recibiste esas palabras en tu corazón, tanto como yo, te gozaste, pero también
te digo ahora: Teme, porque eso no es cosa liviana. El ministro ha recibido
honra, pero todo eso tiene un propósito, y por ende encierra un gran compro-
miso, ante Dios y ante los hombres. Si volvemos al caso de los hijos de Aarón
-Nadab y Abiú- los cuales podemos afirmar que usaron el ministerio para
deshonrar a Dios (Levítico 10:1-3), veremos ciertas instrucciones que recibe
Aarón y los hijos que le quedaron, de parte de Jehová. Eso traerá más luz en
cuanto a la honra del ministerio, para verla no tanto como algo elevado, sino
como el propósito y nivel espiritual que hay en ello. Veamos exactamente lo
que les dijo Moisés, en los siguientes versículos:

“Y llamó Moisés a Misael y a Elzafán, hijos de Uziel tío de


Aarón, y les dijo: Acercaos y sacad a vuestros hermanos de delan-
te del santuario, fuera del campamento. Y ellos se acercaron y los
sacaron con sus túnicas fuera del campamento, como dijo Moisés.
Entonces Moisés dijo a Aarón, y a Eleazar e Itamar sus hijos: No
descubráis vuestras cabezas, ni rasguéis vuestros vestidos en señal
de duelo, para que no muráis, ni se levante la ira sobre toda la
congregación; pero vuestros hermanos, toda la casa de Israel, sí
lamentarán por el incendio que Jehová ha hecho”
-Levítico 10:4-6

Lo primero que noto es que no se le permitió a Aarón tocar ni enterrar


los cuerpos de sus hijos muertos, sino que Moisés llamó a otros, de su familia,
para que llevaran los restos fuera del campamento (v. 4). Lo segundo es que
se les prohibió guardar luto. ¿Por qué Jehová trató a Aarón con tanta dure-
za? Porque en los que se acercan a Dios, Él se santifica. Santificar significa

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80 la honr a del ministerio

apartar, que Dios los puso aparte para su servicio, para que santifiquen y glo-
rifiquen su nombre delante del pueblo. Es la razón por la que Dios reaccionó
de esta manera, porque los medios que Él había dado para honrarle, se usaron
para deshonrarle. Pero hay algo más aquí que llamó mucho mi atención, en
las instrucciones que les dio Moisés. Él les dijo:

“Ni saldréis de la puerta del tabernáculo de reunión, porque


moriréis; por cuanto el aceite de la unción de Jehová está sobre
vosotros”
(Levítico 10:7).

Hay un cuidado que todo ministro debe tener al momento de conducirse,


no tan sólo por la honra, sino por lo que Dios ha puesto en ellos: la unción del
Santo (1 Juan 2:20). Por tanto, por causa de
la unción que está sobre el ministro, este
“Hay quienes no puede hacer lo que hacen los demás,
aunque tenga el mismo derecho. Hay cosas
se sienten muy
que a otros les es lícito hacer, y a cualquiera
especiales por se le pasa por alto, pero a ti no, porque tie-
ser llamados nes el aceite de la unción encima. Amado,
por Jehová, pero eso implica mucho. Todo aquél que se le
pocos quieren muere un familiar tiene el derecho de ende-
charlo, de llorar a sus muertos juntos a sus
el compromiso familiares y amigos, pero Aarón no pudo
que implica el ser hacerlo, por causa del aceite de la unción de
ungido” Jehová. Veamos esto con más detalle en el
libro de Levítico, en las leyes tocantes a la
vida del sacerdote:

“Y el sumo sacerdote entre sus hermanos, sobre cuya cabeza fue


derramado el aceite de la unción, y que fue consagrado para
llevar las vestiduras, no descubrirá su cabeza, ni rasgará sus ves-
tidos, ni entrará donde haya alguna persona muerta; ni por su
padre ni por su madre se contaminará. Ni saldrá del santuario,
ni profanará el santuario de su Dios; porque la consagración por
el aceite de la unción de su Dios está sobre él. Yo Jehová”
(Levítico 21:10-12).

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Aunque era común en Israel descubrirse la cabeza y rasgar el vestido


cuando una persona estaba en duelo o en dolor, el sumo sacerdote no lo podía
hacer por causa del aceite de la unción. Podemos decir que permanentemente
el sacerdote tenía que mostrarse y estar disponible tal como Dios lo llamó. Su
vida había sido consagrada para llevar las vestiduras sacerdotales, por tanto no
podía comportarse como cualquier mortal. Nota otras cosas que se les exigía
a los sacerdotes:

“Tomará por esposa a una mujer virgen. No tomará viuda, ni


repudiada, ni infame ni ramera, sino tomará de su pueblo una
virgen por mujer, para que no profane su descendencia en sus
pueblos; porque yo Jehová soy el que los santifico. Y Jehová habló
a Moisés, diciendo: Habla a Aarón y dile: Ninguno de tus des-
cendientes por sus generaciones, que tenga algún defecto, se acer-
cará para ofrecer el pan de su Dios. Porque ningún varón en el
cual haya defecto se acercará; varón ciego, o cojo, o mutilado, o
sobrado, o varón que tenga quebradura de pie o rotura de mano,
o jorobado, o enano, o que tenga nube en el ojo, o que tenga sar-
na, o empeine, o testículo magullado”
(Levítico 21:12-14).

Un ministro tiene que ser diferente a los demás. Las cosas que Dios no
le requiere a otra persona, se las requiere a él, porque sobre él está el aceite
de la unción. Hay quienes se sienten muy especiales por ser llamados por
Jehová, pero pocos quieren el compromiso que implica el ser ungido. Existe
una implicación muy grande en esto, y eso es lo que Dios quiere restaurar en
nosotros; que entendamos que esa honra conlleva una responsabilidad. Cual-
quiera en Israel podía tener un defecto físico, pero no un ministro de Dios. El
apóstol Pablo, en el lenguaje del Nuevo Testamento, escribió:

“Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea. Pero


es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola
mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para ­enseñar;
no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias des-
honestas, sino amable, apacible, no avaro; que gobierne bien
su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad
(pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la
iglesia de Dios?); no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga

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en la condenación del diablo. También es necesario que tenga


buen testimonio de los de afuera, para que no caiga en descrédito
y en lazo del diablo. Los diáconos asimismo deben ser honestos,
sin doblez, no dados a mucho vino, no codiciosos de ganancias
deshonestas; que guarden el misterio de la fe con limpia concien-
cia. Y éstos también sean sometidos a prueba primero, y entonces
ejerzan el diaconado, si son irreprensibles”
(1 Timoteo 3:1-10).

El hombre de Dios tiene que ser un hombre crecido, maduro, porque lleva
el aceite de Jehová. Hay gente que anda detrás de la unción, y todos quieren el
aceite, ambicionan el poder, pero observo que en los requisitos mencionados
por el apóstol, no aparece poder ni dones espirituales, sino madurez y santi-
dad. Hoy el énfasis de la unción es el poder, pero en los tiempos bíblicos no
era así. Ser ungido representaba ser apartado para servir al Señor en algún
oficio, por ejemplo: como rey, profeta, apóstol, anciano, etc. El poder y los
dones eran el resultado, la manifestación de que esa persona fue capacitada
por Dios para realizar dicha función. Una cosa es la unción y otra el poder de
la unción, y lo último es un resultado de lo primero. La Palabra de Dios nos
manda a procurar los dones y entre ellos los mejores, pero también dice que
hay un camino aun más excelente (1 Corintios 12:31).
Los ministros tenían que ser irreprensibles, por causa del aceite de la
unción de Jehová, por ser hombres apartados para uso exclusivo del Señor.
Jesús dijo: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos
es perfecto” (Mateo 5:48). Lo que pertenece y es apartado para Jehová debe
ser lo mejor. El sacerdote tenía que ser como la ofrenda ofrecida a Jehová, sin
defecto. Jehová dijo a Moisés: “Ninguna cosa en que haya defecto ofreceréis,
porque no será acepto por vosotros. (...), para que sea aceptado será sin defecto”
(Levítico 22:20, 21). Ambos, tanto el sacerdote como la ofrenda son santifi-
cados para Jehová. Los ministros podían comer de la ofrenda y participar del
altar, porque eran una misma cosa con la ofrenda y el altar. Ellos pertenecían
a Jehová y fueron consagrados a Él.
Apliquemos eso al ministerio en el tiempo presente. Sabemos que el dine-
ro para muchos representa un gran tropiezo; y hay quienes evangelizan su
vida, pero no el bolsillo, de manera que no son fieles con sus diezmos y ofren-
das. Es tanto su endurecimiento que, en muchas congregaciones, venden e
intercambian incentivos por ofrendas. Jehová nos ha enseñado que no nos
conduzcamos de esa manera, porque una ofrenda que viene por manipulación

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es una ofrenda corrompida, como un animal sarnoso, y su corrupción está


en ella (Levítico 22:22-25). Por tanto, si yo predico un sermón para que me
den una ofrenda y comienzo a manipular y a maniobrar, llevando a los que
escuchan a culpabilidad, pero les digo que si dan ofrenda, Dios les abrirá la
puerta de los cielos, y ellos motivados ofrendan, eso es traficar con la Palabra.
Eso es una ofrenda magullada, porque vino de una manipulación y no de un
corazón agradecido a Dios, por lo cual no es acepta.
Este principio está tan claro en la Biblia que incluso el sanedrín, cuando
Judas, “arrepentido” por haber entregado al Hijo de Dios, les devolvió las
treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, ellos las
tomaron y dijeron: “No es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque es
precio de sangre” (Mateo 27:3,6). Entonces, compraron con ellas un campo
para sepultura de los extranjeros y le llamaron: Campo de sangre (vv. 7,8). Y si
esa gente que no tenía escrúpulos, que por envidia mataron al autor de la vida,
entendían que una ofrenda a Jehová debe ser santa, resultado de un corazón
que ama a Dios y le quiere honrar, ¡cuánto más debiéramos valorarla nosotros
que hemos recibido la vida del Espíritu! Por lo cual, toda nuestra ministración
debe ir encaminada para que la gente, voluntariamente, ofrezca a Dios cosas
por amor, dedicación y entrega, con buena motivación, con santidad, y no por
intereses mezquinos.
Es importante connotar que dependiendo como ministremos será lo que
recibiremos, por lo que si nuestra ministración es engañosa, y en ella se escon-
de avaricia, recibiremos del pueblo mezquindad. ¿Qué quiere Dios decirnos
con eso? Que si los sacerdotes somos sin defectos, las ofrendas también serán
perfectas. Aclaro que cuando decimos “sin defecto”, nos referimos a pureza,
integridad y madurez espiritual, no estamos hablando de impecabilidad, cua-
lidad única de Jesucristo. Es notorio que cuando el pueblo menospreció la
ofrenda de Jehová fue porque los ministros la habían menospreciado primero.
Recapitulemos entonces, iniciamos este segmento enumerando los tres oficios
principales -registrados en Deuteronomio 10:8- para los cuales Jehová apartó a
los sacerdotes: 1. “A que llevasen el arca del pacto de Jehová”, lo que nos habla de
la carga, del peso de la gloria de Dios, y lo
que significa representar al Señor como es
digno de Él, asumiendo el compromiso que
implica llevar sobre nuestros hombros la
El ministerio es
honra del llamamiento. 2. “para que estuvie- un oficio de
sen delante de Jehová para servirle”, lo que honra para
implica todo lo que es ministrar al Señor: honrar a Dios”
encender la lámpara, poner los panes,

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quemar el incienso y entrar al Santísimo (su presencia) para estar con Él; y 3.
“… para bendecir en su nombre”, esto quiere decir que los sacerdotes bendigan
al pueblo con lo que llamamos “la bendición aarónica”, declarando las prome-
sas del pacto. Pero la bendición más poderosa que el pueblo pudiera recibir de
sus ministros es el testimonio de vidas que los motiven, guíen e inspiren a
amar, temer y servir a Dios. Si las dos primeras funciones se ejecutaban digna-
mente, la tercera sería solo una consecuencia. De hecho, si los sacerdotes llevan
el arca de Jehová y están delante de Él para servirle, es seguro que el pueblo será
bendecido y edificado.
El ministerio es una honra que involucra cosas santas que nos elevan al
santísimo, porque su propósito es honrar a Dios. Él nos honra, para que lo
honremos, así como lo amamos, porque Él nos amó primero (1 Juan 4:19).
Por tanto, siervo de Dios, siéntete honrado, ama esa honra, pero vive para
honrar a Aquel que te honró primero: a Dios. Es importante que recibamos
la unción de esta palabra, que nos sintamos honrados por Dios, pero a la vez
que eso nos lleve a una responsabilidad muy grande, a un deseo inmenso
de honrar a Aquel que nos honró. Es necesario que sepamos administrar
nuestra herencia, sabiendo que la primera heredad es Dios, la segunda es el
ministerio, la tercera los sacrificios y las ofrendas de Jehová y la cuarta los
diezmos. El ministerio es un oficio de honra para honrar a Dios,
no lleguemos al punto que Dios nos reclame como lo hizo a Elí y a los hijos
de Aarón, quienes con el mismo ministerio le deshonraron. Las implicacio-
nes de esta enseñanza y sus solemnes demandas me obligan y me motivan
a caer a los pies del Señor y a orar con deprecación y súplicas en el Espíritu,
por nosotros los ministros del Señor.

1.5  “… como lo fue Aarón”


“Luego habló Jehová a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel,
y toma de ellos una vara por cada casa de los padres, de todos los
príncipes de ellos, doce varas conforme a las casas de sus padres;
y escribirás el nombre de cada uno sobre su vara. Y escribirás el
nombre de Aarón sobre la vara de Leví; porque cada jefe de fami-
lia de sus padres tendrá una vara. Y las pondrás en el tabernáculo
de reunión delante del testimonio, donde yo me manifestaré a voso-
tros. Y florecerá la vara del varón que yo escoja, y haré cesar de
delante de mí las quejas de los hijos de Israel con que murmuran
contra vosotros. Y Moisés habló a los hijos de Israel, y todos los

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príncipes de ellos le dieron varas; cada príncipe por las casas de sus
padres una vara, en total doce varas; y la vara de Aarón estaba
entre las varas de ellos. Y Moisés puso las varas delante de Jehová
en el tabernáculo del testimonio. Y aconteció que el día siguiente
vino Moisés al tabernáculo del testimonio; y he aquí que la vara de
Aarón de la casa de Leví había reverdecido, y echado flores, y arro-
jado renuevos, y producido almendras. Entonces sacó Moisés todas
las varas de delante de Jehová a todos los hijos de Israel; y ellos lo
vieron, y tomaron cada uno su vara. Y Jehová dijo a Moisés: Vuel-
ve la vara de Aarón delante del testimonio, para que se guarde por
señal a los hijos rebeldes; y harás cesar sus quejas de delante de mí,
para que no mueran. E hizo Moisés como le mandó Jehová, así lo
hizo. Entonces los hijos de Israel hablaron a Moisés, diciendo: He
aquí nosotros somos muertos, perdidos somos, todos nosotros somos
perdidos. Cualquiera que se acercare, el que viniere al tabernáculo
de Jehová, morirá. ¿Acabaremos por perecer todos?”
-Números 17:1- 13

Empiezo esta sección reproduciendo esta narración bíblica del capítulo 17


del libro de Números, la cual se ha aplicado, generalmente, como ilustración
de rebelión a lo establecido por Dios. También se ha empleado como tipología
del ministerio de Jesús, a su resurrección, etc., y está bien, pues toda Escritu-
ra representa a Jesús. Él está en la ley, en los profetas, en los salmos, y Él es
el espíritu y la esencia de la profecía, pero ninguna Escritura es de una sola
aplicación. En la misma también hay un mensaje glorioso para nosotros en el
contexto de lo que es el ministerio dado por Dios.
Sucede que en el capítulo anterior de esta cita (Números 16), hubo una
rebelión en el pueblo, donde tres hombres de la tribu de Leví: Coré, Datán
y Abiram, vinieron a Moisés y a Aarón, acusándolos de querer enseñorearse
del pueblo de Dios. Ellos estaban celosos, por lo que dijeron: “¡Basta ya de
vosotros! Porque toda la congregación, todos ellos son santos, y en medio de ellos
está Jehová; ¿por qué, pues, os levantáis vosotros sobre la congregación de Jehová?”
(Números 16:3). Moisés -que vivía el gobierno de Dios, y no una democracia,
que no estaba ahí para escuchar voz de hombre, sino voz de Dios- al oír esas
palabras, se postró sobre su rostro y les dijo: “Mañana mostrará Jehová quién es
suyo, y quién es santo, y hará que se acerque a él; al que él escogiere, él lo acercará
a sí” (Números 16:4,5).

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Luego vemos que Moisés los envió a llamar, pero ellos no quisieron ir,
diciendo: “¿Es poco que nos hayas hecho venir de una tierra que destila leche y
miel, para hacernos morir en el desierto, sino que también te enseñorees de nosotros
imperiosamente? Ni tampoco nos has metido tú en tierra que fluya leche y miel, ni
nos has dado heredades de tierras y viñas. ¿Sacarás los ojos de estos hombres? No
subiremos” (Números 16:13-14). Entonces, el siervo de Dios que siempre estaba
intercediendo por el pueblo, en esa ocasión, oró a Jehová diciendo: “No mires a
su ofrenda; ni aun un asno he tomado de ellos, ni a ninguno de ellos he hecho mal”
(v. 15). Estos hombres habían llegado al límite de la paciencia de Moisés.
La situación era bastante tensa, en medio de un desierto abrasador y un
pueblo que se rebelaba contra la voluntad de Dios. Por lo cual, era necesa-
rio detener el descontento antes que Jehová los consumiera en un momento,
por ser tan duros de corazón. Así que Moisés les dijo: “En esto conoceréis que
Jehová me ha enviado para que hiciese todas estas cosas, y que no las hice de mi
propia voluntad. Si como mueren todos los hombres murieren éstos, o si ellos al
ser visitados siguen la suerte de todos los hombres, Jehová no me envió. Mas si
Jehová hiciere algo nuevo, y la tierra abriere su boca y los tragare con todas sus
cosas, y descendieren vivos al Seol, entonces conoceréis que estos hombres irritaron
a Jehová” (Números 16:28-30). Y dicen las Escrituras que cuando Moisés
calló, al instante, se abrió la tierra y todos los rebeldes fueron tragados (pues
ellos lograron llevar el descontento a toda la congregación) y murieron más
de veintitrés mil personas ese día. Pero la intención de Jehová era acabar con
todos ellos y levantar para sí un nuevo pueblo.
La mortandad paró cuando Moisés, por iluminación del Espíritu, dijo a
Aarón: “Toma el incensario, y pon en él fuego del altar, y sobre él pon incienso, y ve
pronto a la congregación, y haz expiación por ellos, porque el furor ha salido de la
presencia de Jehová; la mortandad ha comenzado” (Números 16:46). Y dice que
el sacerdote tomó el incensario, y se metió entre los vivos y los muertos, como el
que se mete en medio de la balacera en un campo de batalla. Así se metió Aarón
en medio de la ira de Dios y de gritos de pavor, llanto de dolor, gente que caía
a un lado y otros que corrían aterrados, mientras él, con el incensario en mano,
atravesaba el campamento herido. Mientras, Moisés intercedía con gran impre-
cación delante de Jehová a que cesase la mortandad, y siendo el incienso tipo de
la expiación del ministerio de Cristo, Jehová oyó y la mortandad cesó.
Hecho así, después que enterraron a todos los rebeldes, y se tranquilizó
todo, Jehová entonces habló a Moisés y le dio una instrucción especial. Él
le mandó a que tomara una vara por cada casa de los padres de cada tribu,
y escribiera el nombre de cada uno sobre su vara, pero sobre la vara de Leví

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escribiera el nombre de Aarón. Luego, las doce varas serían colocadas en el


tabernáculo de reunión delante del testimonio, donde Dios se manifestaría
a ellos. Y la vara del varón que Jehová escogiera, sería la que florecería. Con
eso, Él haría cesar de delante de su presencia las quejas de ellos, pues saldría la
confirmación de la familia que sería elegida para el santo sacerdocio. Así, cada
jefe de familia de cada tribu trajo su vara (doce varas en total) y la deposita-
ron en la presencia del Señor, y al día siguiente aconteció que la vara de Leví
floreció y Aarón fue confirmado en el ministerio sacerdotal.
Aplicando esto a los creyentes, y entendiendo que en Cristo hemos sido
hechos “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios”
(1 Pedro 2:9), como lo fue la tribu de Leví en Aarón, puedo decirte que Dios no
te llamó a ti simplemente para ocupar un banco en una iglesia. El Señor a cada
persona que llama no solamente lo libra del infierno y de la muerte y lo traslada
al reino de los cielos, por la redención en la sangre del Hijo, sino que lo llama
con un propósito. El Señor siempre salva con un fin, pues la gracia se manifestó
por una causa. La Palabra dice que Dios “a los que predestinó, a éstos también
llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos tam-
bién glorificó” (Romanos 8:30). Todo lo que Dios hace, lo hace con un propósi-
to, lo que llama la Biblia el designio de su voluntad, la predestinación, el plan
creado antes del principio de los siglos (Efesios 1:11; Tito 1:2). Así que ahora
mismo tú puedes palparte y decir: «Yo estoy aquí en el reino, porque el Dios del
cielo se propuso en Él salvarme, para la alabanza de su gloria y para mostrar en
mí su clemencia, su amor y su misericordia. Pero antes que todo, me llamó para
desarrollar una función en su Cuerpo que es la iglesia». Por eso, lo más impor-
tante para mí desde que creí, después de mantener la comunión con mi Padre
(haciendo de Él el todo en mi vida) y servirle, es que me sea revelado el propó-
sito por el cual yo fui llamado y salvado de este mundo.
Todos los santos fuimos llamados a servir y a desempeñar una función
en el Cuerpo. La palabra ministerio significa servicio, y si todos fuimos lla-
mados, todos debemos ser servidores en
el reino. Sabemos que unos son apóstoles,
otros profetas, otros evangelistas, otros pas- “Todo aquel que
tores, maestros, etc. (Efesios 4:8, 11-12), y
que también entre ellos, muchos han sido Dios llama, lo
apartados a tiempo completo para dedicar- hace reverdecer,
se a Dios, de forma particular y exclusiva. florecer
Otros fueron apartados en forma parcial, y dar frutos”
pues se dedicaban a algún tipo de empleo,

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pero en sentido general, todos fuimos llamados a desarrollar un ministerio o


a participar en alguna función. Por eso el Señor derramó dones, ministerios
y funciones, que no es otra cosa que la gracia bendita de Dios manifestada, a
través del Espíritu Santo. Así que es muy importante para la iglesia, y para el
creyente, de manera individual, conocer acerca de lo que Dios revela en este
incidente.
Hay muchas lecciones que espigar de esta enseñanza, y lo primero que
voy a decir es que nadie debe pugnar ni reñir por tener un ministerio. En
el ambiente donde yo me formé creen que “el llamado” lo hace la iglesia.
Por tanto, su énfasis es preparar individuos (en el seminario) para servir a la
iglesia, pero no al cuerpo de Cristo, sino a la institución, lo que ellos llaman
“estructura”. Esto último también es un error, pues la iglesia de Cristo no es
una estructura, aunque sí, la iglesia debe estar organizada, pero no es una
organización, sino un organismo viviente en el que cada uno de sus órganos
están funcionando de manera coordinada, para que el Señor realice lo que Él
quiere hacer.
Recuerdo que en aquel lugar, ellos enseñaban de manera enfática que nos
estábamos formando en el ministerio para servir a la institución. De esta manera,
había muchos que querían ganarse la buena voluntad de los maestros para que
dieran de ellos un buen reporte, y cuando se graduaran, pudieran ser emplea-
dos por la organización. Entonces venía una etapa, después de la graduación,
en la que todos preguntaban: « ¿llamaron a fulano? ¿Llamaron a perencejo?»,
porque las instituciones o campos locales llamaban a los ministros de acuerdo
a los criterios que ellos tenían. Pero como no había cupo para todos, muchos
temían graduarse y luego quedarse desempleados, y por eso trataban de “servir
al ojo”, durante el período que estaban formándose, para ganarse la posición o
nombramiento. Como resultado, ellos se formaban para tener un empleo y no
para servir a Dios. De eso, alguien entre nosotros originó el siguiente dicho: «el
que busca un llamado de los hombres es porque no tiene el de Dios». Y eso es
una gran verdad.
Coré, Datán y Abiram eran levitas, pertenecían a la tribu elegida por
Dios para ministrarle solo a Él, sin embargo, a sus ojos, lo que ellos tenían
no les era suficiente. Por eso, Moisés les dijo: “¿Os es poco que el Dios de Israel
os haya apartado de la congregación de Israel, acercándoos a él para que minis-
tréis en el servicio del tabernáculo de Jehová, y estéis delante de la congrega-
ción para ministrarles…?” (Números 16:9), porque ellos no eran sacerdotes,
pero sí levitas. Toda la tribu de Leví fue llamada a servirle a Dios, pero no
todos los levitas eran sacerdotes; solamente la familia de Aarón. Los levitas

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trabajaban cargando el agua, sirviendo en muchos menesteres en el santuario,


pero ellos menospreciaban su ministerio. ¿Cuántos hay que están enamora-
dos del ministerio, de lo que llamo “el romance del ministerio”? El romance
es anhelar estar en el púlpito, predicar -y ahora- mostrarse en televisión, ser
popular, que lo amen, que lo aprecien, que lo soliciten, que lo busquen, que le
den honra, etc. Los ministros somos honrados por Dios y por el pueblo que
ama a Dios, y hay quienes son atraídos por eso.
Lo segundo que aprendemos es que Dios es el que llama. No hay necesidad
de envidiar ni de altercar con otros por ministerio, pues el que llama es Dios. Es
una honra servirle a Dios, es una honra llevar sus “vasos”, pero el que llama es
Él. Cuando el Señor llama a una persona, da señal de alguna manera de que Él
lo llamó a desempeñar esa función. No hay tal cosa como que Dios llame a
alguien y pase desapercibido. Todo aquel
que Dios llama, lo hace reverdecer, florecer
y dar frutos. Dios de una manera u otra le
hace ver a todos: «A ese lo llamé yo». No es “Dios no llama a
necesario buscar el destacarse y sobresalir, y nadie
mucho menos rebelarse contra el liderazgo, capacitado,
contra aquellos que están en autoridad y que todo lo
ya están sirviendo (como era el caso de Moi-
sés y Aarón). Si usted es llamado, tarde o
contrario, Él
temprano, el Dios del cielo se va a encargar lo capacita
de decirle a la congregación de Jehová: «Este incapacitándolo”
es mi sacerdote, este es mi ministro, a este lo
llamé yo».
En el relato bíblico vemos que había un espíritu de rebelión, de celos y
envidia, y eso no viene del cielo. No hay necesidad de que envidies el minis-
terio de otros, porque tú también has sido llamado por Dios. Podemos decir
que, en el contexto ministerial o funcional, Coré, Datán y Abiram no eran
sacerdotes, pero sí eran levitas, pertenecían a la tribu sacerdotal. Los levitas
eran siervos de Dios, solamente que ellos no ministraban en el culto y las
ofrendas, sino que esa función se la dio Jehová a los sacerdotes solamente. Los
levitas no oficiaban, pero sí facilitaban el trabajo a los sacerdotes. Pero tanto
los sacerdotes como los levitas tenían el mismo propósito: servir a Dios.
Cuando nosotros venimos a Dios, y somos llamados al ministerio, somos
como esas doce varas secas (y nuestro ministerio también) hasta que Dios
hace su obra en nosotros. Por tanto, nadie tiene de qué gloriarse. Hay un
principio del reino que dice que Dios no llama a nadie capacitado, todo lo

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contrario, Él lo capacita incapacitándolo. Cuando yo estaba en el seminario


escuché con frecuencia que decían que Dios usó más a Pablo que a Pedro,
porque Pablo estaba más capacitado que Pedro, pero hoy entiendo que eso es
totalmente falso. Él no usó más a Pablo que a Pedro, por su capacidad, todo lo
contrario, Pablo sufrió más que Pedro porque tuvo más que desaprender.
Ahora podemos entender mejor por qué Pablo dijo: “Aunque yo tengo tam-
bién de qué confiar en la carne. Si alguno piensa que tiene de qué confiar en la
carne, yo más: en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia
que es en la ley, irreprensible. Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he
estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas
las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi
Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar
a Cristo” (Filipenses 3:4- 8). Pablo tuvo que desaprender totalmente todo lo
que aprendió con Gamaliel, como Moisés tuvo que desaprender todo lo que
aprendió en la corte de los egipcios. Cuando Dios llamó a Moisés, él le dijo:
“¡Ay, Señor! nunca he sido hombre de fácil palabra, ni antes, ni desde que tú
hablas a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua. (...) ¡Ay, Señor!
envía, te ruego, por medio del que debes enviar” (Éxodo 4:10,13). Dios cuando
va a elegir a un hombre, primeramente lo busca incapaz, para que nadie se
jacte en Su presencia.
Me imagino que si tú hubieses estado en el lugar de Jesús, no hubieras
elegido ni a Pedro, ni a Santiago ni a Juan como tus discípulos; hombres del
vulgo, pescadores en el mar de Galilea. Mucho menos hubieses escogido a
Mateo que era un publicano, visto como ladrón, para honrarlo en el ministe-
rio, tampoco a todos los demás, pero el Señor así lo hizo. Cuando Dios llama
a alguien lo llama para hacer una obra nueva, pues Él no edifica sobre un fun-
damento humano. Por eso le dijo a Jeremías: “Mira que te he puesto en este día
sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para
derribar, para edificar y para plantar” (Jeremías 1:10). Por tanto, lo primero
que Dios hace es que te arranca todo lo que aprendiste de los hombres (huma-
nismo, intelectualismo, etc.), para luego comenzar a edificar lo suyo en ti.
Todavía hoy, no conozco a un ministro, en persona ni en las Escrituras,
que haya venido capacitado a los pies de Cristo. Todos somos varas secas. Con
esto no digo que el Señor menosprecie lo que hacen los hombres o que algu-
nas cosas no sean beneficiosas, claro que sí, para lo secular tienen reputación
y son de gran utilidad, pero en las cosas de Dios no. Para ver, creer y entender
al Señor, tenemos que poseer sentidos espirituales; la carne no tiene parte ni
herencia en el reino de los cielos. Por tanto, no tomes tus ojos naturales para

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ver algo que pertenece o está relacionado con la obra de Dios, porque lo espi-
ritual es invisible a esos ojos.
Hay algo que está muy claro aquí y es que la vara que reverdeció la hizo
reverdecer el Señor. Cuando vienes al ministerio no vienes florecido, aunque
seas el psicólogo más consultado, el teólogo más reputado o el filósofo más
escuchado, porque en el reino sólo representas un palo que golpea las piedras
y levanta polvo del camino. En ti, por ti mismo, no hay vida. Por ejemplo: un
cero a la izquierda equivale a nada; y si lees en un termómetro de mercurio la
ausencia del calor, verás que la unidad de temperatura desciende totalmente
hasta llegar a menos cero, y si continúa descendiendo todos los números serán
negativos. Pues, fíjate, así estamos tú y yo, bajo cero, que para llegar a Dios
tenemos que desplazarnos hacia arriba, pasar el cero y subir, subir y subir muy
alto, hasta llegar a sus alturas.
Por tanto, si tú estás capacitado, y en cierta manera, te sientes “enriqueci-
do” por el montón de títulos que has podido lograr, déjame darte una noticia:
En el reino de los cielos eres más pobre que
aquel que no ha podido obtener ni siquiera
el diploma de primaria. ¿Por qué? Porque vas “El evangelio
a tener que desaprender para aprender. Ser viene a cambiar
un profesional según los hombres es algo de
valor y muy beneficioso, pero en Dios es
el hombre, no a
como la armadura de Saúl, que impide tomarle alguna
pelear bien las guerras de Jehová (1 Samuel cosa prestada”
17:38). David le dijo a Saúl: “Yo no puedo
andar con esto, porque nunca lo practiqué” (1
Samuel 17:39), y quitándosela de encima, tomó su cayado y escogió cinco pie-
dras lisas del arroyo, y las puso en el saco pastoril, y con su honda en su mano,
se fue a enfrentar al filisteo (v. 40). El hijo de Isaí prefirió ir de esta manera,
porque al final de cuentas sabía que no era ni la armadura ni la honda lo que
le darían la victoria, sino el nombre de Jehová de los Ejércitos, pues “las armas
de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de
fortalezas” (2 Corintios 10:4).
No es la sabiduría de este siglo, ni los príncipes de este siglo los que hacen
sabio al sencillo. Al contrario, ese es uno de los grandes problemas que el
ministerio cristiano está enfrentando hoy. Muchos acuden a los seminarios
para prepararse y poder servir al Señor, y ocurre a veces que el seminario en
vez de capacitarlos los incapacita, pues en lugar de fe, aprenden incredulidad
y en lugar de devoción, aprenden confianza en su preparación teológica. Por

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ejemplo, hay quienes tienen doctorados en teología, pero cualquier niño les
puede enseñar las Escrituras, porque saben un montón de letras, pero no
poseen ni la “F” de fe. Ellos no pueden inspirar a nadie, porque están secos
como el desierto. No tienen nada espiritual, pues el Señor no ha pasado por
ahí ni ha caminado con ellos, son varas secas.
Por lo cual, Dios no toma nada humano para hacer algo de él, pues lo suyo
es santo, justo, verdadero y está en otra dimensión que no es la humana. El evan-
gelio viene a cambiar el hombre, no a tomarle alguna cosa prestada. El reino de
los cielos no necesita ninguna realización humana para hacer algo divino. Sabe-
mos que la enseñanza del evangelio es que el hombre es trapo de inmundicia,
cojo, miserable, ciego y desnudo. Por eso, el Señor le dice: “yo te aconsejo que de
mí compres oro refinado en fuego” (Apocalipsis 3:18) que simboliza excelencia. Así
que si quieres ser un ministro, un servidor en el reino de Dios, despójate, abre
tus ojos y mira lo que eres, una vara seca, y luego dile a Dios: « ¡Méteme en tu
santuario y hazme reverdecer!».
Hay cuatro cosas que ocurrieron con la vara del ministerio que Dios había
elegido, como cuatro cosas suceden cuando Dios llama a un hombre. Lo
primero que ocurre es que reverdece, señal de vida, fuerza y juventud. El
Señor te llama al ministerio y hace que de ti empiece a brotar el verdor, la
vida, la fuerza y el poder de Dios. Lo segundo que le sucede a la vara es que
florece. En muchas plantas, la flor es el órgano sexual reproductor, por lo que
donde hay flores seguro que veremos fruto. Se puede afirmar que el futuro
de un árbol está en que florezca y salgan renuevos. Dios hace florecer y hace
reverdecer el ministerio y luego salen los renuevos que son los vástagos, como
hablaron Isaías y Jeremías acerca de Jesús, el Mesías: “renuevo de Jehová”,
“renuevo justo” (Isaías 4:2; 53:2; Jeremías 23:5).
Nota la siguiente expresión que dijo el profeta Isaías: “Saldrá una vara
del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces” (Isaías 11:1). Cuando un
tronco es cortado, lo que se espera es que se pudra o lo tomen como leño para
encender alguna fogata, pues ya de él no se espera nada. Pero en el momento
que del palo seco sale un renuevo, hay esperanza, pues sabemos que hay vida.
Jesús fue un renuevo que salió de un tronco cortado, como vástago de Dios, y
por Él, de nosotros también, siendo varas secas, salió el verdor, brotó la vida, y
han comenzado a salir las flores, señal de que vendrá fruto. Después, seremos
árboles frondosos, y echaremos renuevos y más vástagos, hijos del árbol, como
sucede ahora con los ministerios que tienen discipulados, y están saliendo
ramas, y más renuevos, flores, y al final muchos frutos.

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Lo tercero que salió de la vara de Aarón fue fruto. Y ¿cuál fruto? Almen-
dras. Quiere decir entonces que la vara provenía de un almendro. La versión
Biblia de Las Americas agrega algo más, y es que dice que la vara produjo
“almendras maduras” (LBA Números 17:8). Lo destaco porque más adelante
verás que Dios no pudo elegir otro árbol mejor para representar su elección
que el almendro.
Un ministerio poderoso en Dios comenzó como una vara seca, como el
de Jeremías. El profeta Jeremías era una vara seca, un niño que no sabía ni
hablar, como él mismo le dijo: “¡Ah! ¡ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar,
porque soy niño” (Jeremías 1:6). Mas, Dios le dijo: “No digas: Soy un niño;
porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mandé. No temas
delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice Jehová. Y extendió Jehová
su mano y tocó mi boca, y me dijo Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu
boca” (vv. 7-9). En otras palabras, Jehová le dice al profeta: «No digas que eres
una vara seca, porque yo te haré florecer, y pondré mi palabra en tu boca». Un
ministro florece cuando Dios pone su palabra en su boca, porque en la pala-
bra está la vida, está el fruto. Como el agua que baja del cielo y hace producir
a la tierra, y da fruto al que siembra y granos a los que almacenan, así es la
palabra de Dios, una buena semilla que fructifica donde quiera, pues hace lo
que Dios le mandó a hacer, y nunca regresa a Él vacía (Isaías 55:10,11).
La palabra es la que tiene vida, y nos hace renacer cuando florece en noso-
tros. Ahora, nota lo que le dijo Jehová a Jeremías: “Mira que te he puesto en este
día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar
y para derribar, para edificar y para plantar” (Jeremías 1:10). Pero también le
dice: “¿Qué ves tú, Jeremías? Y dije: Veo una vara de almendro” (v. 11). ¿Acaso
crees tú que es una casualidad que cuando Dios llama al profeta siendo un
niño, y éste se siente incapaz, como una vara seca, Jehová le muestra una vara
de almendro? El almendro representa lo que es el ministerio de la Palabra de
Dios. En lo que a mí se refiere, puedo decir que cuando yo tenía dieciséis años
también Dios me mostró la vara de almendro. Yo iba a ser médico, tenía todos
los planes para entrar a la universidad y Dios me dijo: « ¿Qué ves tú Radha-
més?, y yo le dije: «Padre, veo una vara seca», mas Él me dijo: «Sí, pero tú vas
a florecer para mí, y yo pondré mi palabra en tu boca». Por eso es que tengo
mensaje de Dios, antes de eso, yo era simplemente una vara seca que se estaba
preparando para ser más seco, porque me estaba disponiendo para vivir para
mí, pero ahora estoy viviendo para Dios.
En esta porción bíblica, el ministerio es representado con una vara de
almendro, y cuando conocemos este árbol nos damos cuenta por qué Dios

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lo eligió para representar su llamamiento. Primeramente, el almendro se


adelanta a todos los demás árboles y florece comenzando el año, antes que
todos los demás. Así es un hombre llamado, se adelanta a los demás, y flo-
rece como la vara de Aarón floreció. Otra cosa interesante del almendro es
que echa las flores antes que las hojas, cosa muy extraña, pues, entiendo que
ese proceso se realiza a la inversa. Cuando Jesús encontró a la higuera llena
de hojas, pero sin frutos, la maldijo (Mateo 21:19). Asimismo, hay muchos
que reverdecen pero es simplemente apariencia, no encuentras nada en ellos.
¿Sabes cómo compara el escritor de Eclesiastés al almendro cuando florece,
por sus lindísimas hojas blancas? Él dice que son como las canas de los
ancianos (Eclesiastés 12:1-5). ¿Y de qué nos hablan las canas de los longevos?
De madurez, de virtud, de pureza, de honra (Tito 2:2-5). Así como el
almendro florece antes que todos los árboles, todo aquel que tiene un minis-
terio del Señor, florece donde nadie florece, y brota primero que todos,
porque es vara de Dios. El Señor llama al ministerio para florecer, porque
tiene su vida y su propósito. Cuando Dios
pone su propósito en ti, todo lo que es de
“Ningún Él tiene que adelantarse como el almen-
ministerio dro, no con hojas, pero sí con flores.
Jehová le dijo a Jeremías: “Bien has
florece fuera de visto; porque yo apresuro mi palabra para
la presencia de ponerla por obra” (Jeremías 1: 12). ¿Sabes
Dios” qué significa esto? Aquí hay un juego de
palabras, porque la palabra almendro sig-
nifica en hebreo “velar”, pero también sig-
nifica “amanecer” (la primera parte del día). Por lo que, dicho de otra forma,
Dios le dice al profeta: «Bien has visto, pues así de rápido tu ministerio de la
palabra va a florecer, porque yo velo por mi Palabra hasta que se cumpla». El
almendro (hebreo shaqed) aseguraba al profeta Jeremías que Dios no estaba
dormido, sino que velaba (hebreo shoqed) para apresurar su palabra y hacerla
cumplir. En otras palabras, de la manera que el almendro se adelanta a los
demás árboles en su florecimiento, así la Palabra de Dios se iba a adelan-
tar, pues Él la apresuraba, para que produzca y florezca. ¡Qué glorioso es ser
ministro de Dios! Florecemos, no simplemente para ser señalados entre diez
mil y que la gente sepa que somos llamados por Dios, sino que florecemos
para traer Su fruto. Nuestro florecimiento es la Palabra, y sus frutos son las
obras magníficas que realizamos en el nombre de Jesús y el Padre nos las
concede (Juan 15:16).

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Ahora, hay una cosa importante que llama mi atención, y es que Dios
mandó a que las varas sean puestas en su presencia, adentro, en el taber-
náculo. Dios pudo ordenar que se presenten todos los príncipes, cada uno
con su vara y luego reverdecer la de Aarón, a la vista de todo el pueblo. Mas,
Él no lo hizo así, sino que ordenó que sean colocadas en el santuario, por
lo que entiendo que ningún ministerio florece fuera de la presen-
cia de Dios. Esa vara reverdeció porque estaba delante de Él. Las varas que
son llamadas por Dios reverdecerán en su presencia. ¿Cuántos hay que están
tratando de florecer de otras maneras? Bebiendo de la savia de los hombres,
del humanismo y la teología filosófica que ha invadido a la iglesia. Por eso
muchos están secos o, posiblemente, dando una apariencia de que están flo-
recidos, como la higuera, pero lo que tienen son solo hojas. Mas, la vara que
hace florecer Dios, no tan sólo recobra la vida, sino que se llena de flores, da
renuevos y frutos incluso ya maduros.
Una almendra verde es sumamente amarga, pero las maduras son exqui-
sitamente dulces y sabrosas. Un ministerio para Dios reverdece, y luego
salen los renuevos, señalando no solamente que está floreciendo, sino que
se está reproduciendo. Ahora, si falta el fruto, para nada sirve. ¿Para qué un
árbol reverdece y echa flores, si no tiene fruto? Jesús dijo que por el fruto
se conoce el árbol, no por las hojas (Mateo 12:33). También dijo que lo que
agrada a Dios es el fruto (Juan 15:2, 5,8), por eso es que quiere que llevemos
Fruto (treinta), más fruto (sesenta), y mucho fruto (cien por ciento), en eso
es glorificado el Padre (Mateo 13:23). Quiere decir entonces que mi Padre
celestial quiere que yo me reproduzca al cien por uno. Él no quiere que me
quede al treinta, ni que me quede al sesenta, sino que mi ministerio llegue
al cien por uno, para que todo el que se acerque a mi árbol reciba sombra
y fruto, y sea alimentado. Nunca veremos un árbol comiendo sus propios
frutos, el árbol da frutos para que se los coman otros. Si nadie los toma,
caen, y los consume la tierra, los pájaros u otros animales e insectos. Quién
coma de nuestros frutos no debe ser nuestra preocupación, sino fructificar
como quiere el Señor.
Las cuatro fases que sufrió la vara seca de Aarón en su transformación a
rama reverdecida, florecida y parida, ocurrieron de un día a otro (Números
17:8), lo cual no es el proceso natural de un árbol. Eso sucedió porque Dios
quería mostrar algo y no podía dejar que pasen muchos días, pero para que
haya fruto en un árbol deben darse ciertas fases de crecimiento. Un árbol pri-
mero reverdece, después echa flores, luego brotan sus renuevos y por último
da el fruto. Por tanto, la primera enseñanza es que en Dios tenemos que pasar

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por un proceso; y lo segundo es que transcurre un tiempo, como pasaron las


varas secas un día en la presencia de Dios.
¡Cuánto sucede en nuestras vidas en una noche con Dios! Un ministro
llamado aprovecha más en un día con Dios que mil años aprendiendo de los
hombres. En mi experiencia personal, duré muchos años aprendiendo de los
hombres y lo único que conseguí fue incapacitarme para aprender de Dios.
Recuerdo que yo, decepcionado, lloraba como un niño, hasta un día que le
dije al Señor: «Padre mío, ¿por qué otros que comenzaron después que yo se
han ido adelante y yo todavía estoy aquí, en medio de este dolor y esta frustra-
ción?» y Él me respondió: «Porque ellos no tienen casi nada que desaprender,
en cambio tú tienes que dejar todo ese arsenal de información que te dieron
los hombres». ¡Cuánto tiempo perdido!
Un día con Dios no son necesariamente veinticuatro horas. Cuando la Biblia
habla del día de Jehová o del tiempo de Jehová, no se refiere a un tiempo de
veinticuatro horas, sino de un tiempo con Él. La vara para reverdecer necesitó de
ese tiempo. El que hace florecer es Dios, y el que produce el fruto también es Él.
El hombre no puede hacer florecer un árbol seco, solamente el Creador tiene esa
capacidad, pero se la da a aquellos que Él llama. Por tanto, Nadie crece, sino
en la presencia, nadie reverdece sino en la presencia, nadie florece,
sino en la presencia, nadie da fruto, sino en la presencia.
Luego que Moisés mostró la vara al pueblo, y con ello definió a quién
Dios tenía por digno de su llamamiento (a Aarón), Jehová le dio otra instruc-
ción. Entonces, Moisés sacó todas las varas de delante de Jehová y les retornó
a cada uno de ellos, excepto a Aarón (Números 17:9), porque Jehová le había
dicho: “Vuelve la vara de Aarón delante del testimonio, para que se guarde por
señal a los hijos rebeldes; y harás cesar sus quejas de delante de mí, para que no
mueran” (Números 17:10). Esa vara que reverdeció delante de Su presencia en
el tabernáculo del testimonio, ahora Jehová quería que permaneciera adentro,
en el arca con Él. Entiendo entonces que lo de Dios no está en exhibición,
sino para testimonio. Jehová no quiso que la colocara al lado del arca, sino
adentro, porque de ahí es que sale su gloria, su shekiná, su unción. ¡Qué tre-
menda enseñanza para los hombres que florecen! Los ministros de Dios no
estamos en una vitrina para ser vistos de los hombres, sino que después que
florecemos tenemos que quedarnos en oculto, para ser su testimonio: a la vista
de Dios, pero fuera de la mirada de los hombres.
Hoy, tristemente, el ministerio se ha utilizado para exhibición, cuando en
realidad ha florecido para testimonio del Dios vivo. Pablo dijo: “ habiendo yo
sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador; mas fui recibido a misericordia

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porque lo hice por ignorancia, en incredulidad. (…)… y no era conocido de vista


a las iglesias de Judea, que eran en Cristo; solamente oían decir: Aquel que en otro
tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que en otro tiempo asolaba. Y glorifica-
ban a Dios en mí” (1 Timoteo 1:13; Gálatas 1:22-24). ¿Qué hacía la gente?
Glorificaba a Dios en él, no a su persona. Hoy no sucede así, pues apenas
comenzamos a florecer, nos damos a conocer, y repartimos tarjetitas de presen-
tación, volantes de promoción donde nos presentaremos, y un listado largo de
referencias y títulos, para mostrar quienes somos. Si navegamos en la Internet
para conocer algunos ministros, lo primero que vemos cuando se abre su pági-
na es la foto de ellos y todo lo que hace su ministerio, y a veces al Señor ni se
menciona. Eso me indica a mí que no es Dios el que lo ha hecho florecer, por-
que cuando Dios hace florecer, lo esconde
en el arca, tipo de presencia, para sacarlo
luego como testimonio. Mas, yo prefiero ser
una vara seca en la mano de Dios, que una
“Un ministerio
florecida para ser exhibida por los hombres. no se mide por
Yo quiero florecer para servir de testimonio la cantidad de
de que el ministerio mío viene de Dios, y éxito visible, ni
que Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por lo conocido que
los siglos (Hebreos 13:8).
¡Qué interesante es ver que el ministro pueda ser, sino
reverdece, florece y produce fruto, mante- por el grado de
niéndose oculto en la presencia de Dios! honra que dé
Nota que el Señor Jesucristo cuando que- al nombre del
rían hacerlo rey se escondía (Juan 6:15).
Señor.
También, cuando entró a Jerusalén y la
gente con ramas de palmera salió a recibir-
le, clamaban: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey
de Israel!” (Juan 12:13); la multitud se iba tras él, y había quienes le rogaban
a los discípulos diciéndole: “... quisiéramos ver a Jesús” (Juan 12:20-21). Pero
cuando ellos se lo dijeron al Señor, él no les dijo a sus discípulos: «Pero, ¿qué
hacen que no los han hecho pasar?; rápido traigan esos hombres a mí, no los
hagan esperar. Entiendan que son gente importante que viene a conocerme,
¿dónde están? ¡Eh, estoy aquí! ¡Shu-shu, muévanse, quítense del medio, abran
paso por favor, ¿no ven que me buscan? ¡eh, aquí estoy!» Tampoco la Palabra
dice que salió al encuentro de ellos, con los brazos abiertos y esbozando una
sonrisa de político, tratando de conquistar prosélitos, ¡no! Él se detuvo en
medio del camino y levantó sus ojos al cielo, adorando a quien pertenece toda

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la gloria, y todo el honor y exclamó: “Ha llegado la hora para que el Hijo del
Hombre sea glorificado. (…) Padre, glorifica tu nombre” (Juan 12:23,28).
Jesús desvió la alabanza hacia Dios, por eso se oyó una voz del cielo que
dijo: “Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez” (Juan 12:28). La epístola a los
Hebreos dice: “Y nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios,
como lo fue Aarón” (Hebreos 5:4), y en seguida dice: “Así tampoco Cristo se glo-
rificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo: Tú eres mi Hijo,
Yo te he engendrado hoy” (v. 5). Quiere decir que él glorificó al que lo llamó al
ministerio, y toda su vida fue para dar testimonio de Aquel que lo llamó.
Hay tres cosas que Jehová pidió se colocaran dentro del arca: el maná, la
vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto (Hebreos 9:4). Esas mis-
mas cosas señalan a Cristo como: el maná escondido (Juan 6:58; Apocalipsis
2:17); el renuevo (la vara) sin parecer ni hermosura para que le deseemos
(Isaías 53:2) y el Cordero Inmolado, cuya sangre sin mancha y sin contami-
nación, representa el nuevo pacto (1Pedro 1:19; 2 Corintios 11:25; 2 Corintios
3:6). ¡Oh, bendito Dios! Así estaba Jesús como raíz, escondido, como todo
ministro debe estar oculto de los hombres, pero a la vista de Dios, para que
sus ojos estén sobre el ministerio y lo haga florecer, y le dé más y más, y más.
En cambio, hoy no esperamos que Dios sea el que testifique de nosotros,
sino que usamos los medios propagandísticos, para que la gente sepa quiénes
somos. Puede que tú le preguntes a alguien: ¿Conoces al pastor Juan Radha-
més Fernández? Y él te responda: «No, nunca he oído de él», y yo digo: « ¡Gra-
cias Padre, porque los hombres no me conocen, pero tú sí sabes quién soy!».
Un ministerio no se mide por la cantidad de éxito visible, o
lo conocido que pueda ser, sino por el grado de honra que dé al
nombre del Señor. Cuando Dios hizo reverdecer a Jesús, salió del sepulcro
victorioso diciendo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque
esté muerto, vivirá” (Juan 11:25). Cuando María lo encontró, lo quiso detener,
pero Él le dijo: “No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a
mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro
Dios” (Juan 20:17). En otras palabras: «Este es un momento de gloria, no
voy a estar con ustedes ahora, sino que iré después a Galilea. Ve y di a mis
hermanos que primero voy a mi Padre, pues florecí y tengo que presentarme
a Él como testimonio». Así tú, ¡ocúltate de los hombres, escóndete, guárdate,
sal de la vista! Nosotros no somos nuestros, mi hermano, somos de Dios, y
cuando un vaso cumple con su deber, el Señor le dice: «Ya te usé, ven ahora,
métete conmigo, te sacaré la próxima vez que te vaya a usar». Somos de Dios,
no somos de los hombres, y ese es el precio que hay que pagar por ser de Él.

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Aprendamos de Jesús. Cuando sus hermanos le dijeron: “Sal de aquí, y


vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces. Porque
ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto. Si estas cosas haces,
manifiéstate al mundo” (Juan 7:3-4), él les respondió: “Mi tiempo aún no ha
llegado, mas vuestro tiempo siempre está presto. Subid vosotros a la fiesta; yo no
subo todavía a esa fiesta, porque mi tiempo aún no se ha cumplido” (Juan 7:6,8).
Cuando un ministro se gobierna a sí mismo va donde quiera, y hasta se apa-
rece sin invitación, y dice: «Aquí estoy yo». Su tiempo siempre está disponible
para toda actividad, porque su interés es darse a conocer, mostrarse, pero
la vara de Aarón no era para ser vendida ni exhibida, era un testimonio del
sacerdocio de Dios. Jehová no te honra en el ministerio para hacerte grande,
ni para darte a conocer, sino para que seas de Él. La honra de Leví era Dios
(Josué 13:33), como la honra de un ministro es Dios. El ministro que no
conoce la honra de Dios no sabe cuál es su riqueza.
Observa que cuando traían las diferentes ofrendas y mataban el animal,
del Cordero había una parte presentada a Dios, y otra parte que se la comía el
sacerdote (Deuteronomio 18:1). Dios compartió todo con los sacerdotes, los
diezmos, la herencia, las ofrendas del pueblo, como diciéndole a Leví: «Las
otras tribus tendrán herencia en la tierra, pero tú me tendrás a mí; esa es tu
honra y tu riqueza». El ministro no fue llamado a andar por ahí, buscando
aplausos ni halagos, ni ningún reconocimiento (¡qué ungido eres tú; qué elo-
cuente, no hay quien hable como tú!), para que no ande envanecido, pues
como bien dijo el apóstol Pablo: “… ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no
hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibi-
do?” (1 Corintios 4:7). Por eso, yo quiero estar adentro, allá, escondido en Él,
para ser un testimonio oculto de servicio, y la gloria sea de Dios. La riqueza
de un ministro es Dios, la herencia de un ministro es Dios, la recompensa
de un ministro es Dios. El que no se conforme o quiera más que eso no ha
entendido el valor de ser llamado por Dios.
Sé que muchos ministros lo que han recibido del pueblo es dolor, sufri-
miento e incomprensión, como Jeremías recibió odio, azotes y prisión (Jere-
mías 37:15). Si Jeremías hubiese estado pendiente a lo que el pueblo le pudiese
dar, no hubiera podido levantar la voz, por la aflicción que estos le causaban.
Mas, cuando el profeta se iba y se ocultaba, encontraba consuelo y gozo en
Aquel que lo llamó y lo floreció. ¿Qué recibió Pablo, sino azotes sin medi-
da, cárceles, prisiones, peligros en el mar, amenazas de muerte de su propia
nación, oposición de los hermanos de algunas iglesias a su apostolado? ¡Cuán-
tas cosas le hicieron al apóstol! Pero él no buscaba lo suyo, sino la honra de

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Aquel que lo llamó. El mensaje para los creyentes es el mismo: “Porque el amor
de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos
murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino
para aquel que murió y resucitó por ellos […] Con Cristo estoy juntamente cruci-
ficado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo
vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (2
Corintios 5:13-14; Gálatas 2:20). Digamos nosotros también: ya no vivo yo,
pues estoy oculto y enterrado, para que viva Cristo en mí. Ya no me veo yo,
sino el que me honró.
¿Cómo es posible que una vara seca, que por misericordia la hicieron
reverdecer, ahora quiera estar en el medio exhibiéndose y quitándole la gloria
al Rey? El pueblo de Dios tiene que orar por nosotros los ministros, pues
hay mucha deshonra y pleitos en el ministerio, de gentes que dicen, como le
dijeron a Moisés y a Aarón: “¡Basta ya de vosotros! Porque toda la congregación,
todos ellos son santos, y en medio de ellos está Jehová; ¿por qué, pues, os levan-
táis vosotros sobre la congregación de Jehová?” (Números 16:3). Es difícil ahora
encontrar el espíritu de aquellos santos, hombres que se ocultaban en Dios,
para que el que brillara fuera el Señor. Es cierto que tenemos un llamado
para estar al frente, pero también no hemos de temer dejar el lugar, para estar
delante del Rey. Nuestra salvaguardia es la obediencia. Cuando tú andas en
obediencia no tienes que preocuparte por nada, porque cuando Dios te dice:
« ¡Ocúltate!», Él mismo te hará saber en el lugar que debes estar, en tal o cuál
día, sin temor a errar, por lo que tú dirás: «Señor, como tú digas». Aunque
en ausencia tuya el pueblo haga becerros, no temas, ocúltate. No digas: «Es
que el pueblo se va a desviar…», ocúltate; «es que el pueblo necesita al men-
sajero», ocúltate; «Pero, ¿quién le va a dar la palabra?», ocúltate; «es que sin
mí las cosas no van bien», ¡ocúltate!, porque el único que tiene que ser visto
es Dios. En el desierto, por cuarenta años estuvo Jehová de los ejércitos en la
columna de nube de día y en la columna de fuego de noche (Éxodo 13:21) y
el pueblo lo veía; también el pueblo veía el maná que caía todos los días desde
el cielo, pero a Moisés Él lo llamaba al monte y lo ocultaba en Su presencia. El
salmista dijo que Jehová a los hijos de Israel notificó sus obras, pero a Moisés
sus caminos (Salmos 103:7).
Una de las grandes herencias que el ser humano ha recibido del pecado de
Adán es la idolatría. A diario vemos cómo la gente corre detrás de los artistas
famosos, a quienes llama “ídolos”. La corriente de este mundo a cualquier
cosa (sea persona, animal o cosa) convierte en su “salvador”, lo levanta, exhibe
y reverencia. Entonces, algunos ministros dicen: « ¿Y por qué a nosotros no

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nos hacen lo mismo, cuánto más si somos los hijos de Dios?», y yo les digo,
porque no hay nadie que se exhiba más que el diablo. Ese es el espíritu que
dice: “… sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo” (Isaías
14:14). Pero tú no, tu belleza es Dios, y si Él aparece, apareces tú, porque estás
en Él. El deseo del apóstol Pablo era ser hallado en Él (Filipenses 3:8,9), y
ese debe ser nuestro deseo también, pues así renacemos, florecemos y damos
fruto en el secreto, delante del que nos hizo florecer.
No obstante, hay quienes dicen que el testimonio es darse a conocer, algo
totalmente contrario a lo que ya hemos visto. La vara fue mostrada, pero lue-
go fue guardada, para testimonio en el secreto con Dios. Si no lo ves de esa
manera, ve a los evangelios y lee cuántas veces Jesús despedía a la multitud
y luego se ocultaba a orar (Mateo 6:46; 14:23). Luego, vemos a los apóstoles
recorriendo las ciudades, haciendo milagros y maravillas, pero cuando oye-
ron que la gente decía: “Dioses bajo la semejanza de hombres han descendido a
nosotros” (Hechos 14:11), y que trajeron animales y guirnaldas para ofrecerles
sacrificios (v. 13), ellos rasgaron sus ropas, y se lanzaron entre la multitud
gritando que no lo hagan (v. 14).
Cuando la gente ve el poder de Dios manifestado en algunos hombres, los
idolatran, y eso solo acarrea confusión y caída. Recuerdo que cuando aquel
evangelista famoso cayó y confesó llorando su pecado, se lamentaba y decía
que hubiese podido vencer esa debilidad antes, si la hubiera confesado a la
iglesia, para que sus hermanos orasen y le ayudaran a vencer esa atadura que
traía desde su niñez. Pero como se había engrandecido y todos los ministros
venían a él, por ser la “estrella que más brillaba”, se consideró a sí mismo un
hombre muy elevado para pedirle consejo a otros. ¿Sabes quién tiene una gran
responsabilidad en que estas cosas ocurran? El pueblo que idolatra a los ungi-
dos y anda corriendo detrás de ellos, y halagan al que canta bonito, adulan al
que salmea, lisonjean al que predica, y veneran al que tiene el don de sanidad.
Andan detrás de ellos para adorarles, como los licaonianos a los apóstoles
(Hechos 14). Pero cuando Bernabé y Pablo oyeron eso, gritaron a la multitud:
“Varones, ¿por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a
vosotros, que os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo, que
hizo el cielo y la tierra, el mar, y todo lo que en ellos hay” (v. 15). Así también
a nosotros nos ha llegado la hora de lanzarnos sobre ellos, y gritarles: « ¡No,
no, por amor a su nombre, no lo hagan, yo soy un hombre semejante a uste-
des, adoren a Dios! ». Algunos dicen al ser halagados: «Pobrecitos, es que nos
aman y no saben lo que hacen», pero yo digo, sí saben lo que hacen, eso no
es más que un espíritu de idolatría que los lleva a adorar a las criaturas antes

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que a Dios. Sin embargo, pienso que peor es aquel que lo permite y alimenta
el monstruo del yo. ¡Bienaventurado aquel que está alerta para decir: «No, a
mí no, yo soy un hombre, alaben a Dios»!
¿Te digo algo? Nadie está libre de la idolatría, y cuando digo nadie es
ninguno. Ni Juan, el discípulo amado, fue exento de estas cosas. El que se
recostaba en el pecho de Jesús y que por tanto tenía mejor intimidad; al que
se le mostró el Apocalipsis y lloró porque no había nadie digno de desatar los
sellos; el que oyó que solamente había uno digno, el León de la tribu de Judá;
el que vio la visión en la que todos decían: « ¡Gloria al Cordero! ¡Gloria al
Cordero!» y vio a Jesús; pero no vio en el cielo a Pedro diciendo: «A mí me
crucificaron con la cabeza para abajo por causa del Señor», sino que todos
decían « ¡Gloria al Cordero! ¡Gloria al Cordero!» Tampoco vio que se levanta-
ra Pablo diciendo: «Miren todas mis cicatrices de tantos azotes, miren las
marcas de las cadenas», sino que oyó decir: « ¡Gloria al Cordero! ¡Gloria al
Cordero!»; el que escuchó a los veinticuatro ancianos, los cuatro seres vivien-
tes, los ciento cuarenta y cuatro mil, y que
todos adoraban al Cordero, ese hombre
también falló. Y eso para mí es contunden-
“El antídoto
te, pues Juan que vio todo eso, y que enten-
contra el dió que los únicos que perseverarán son los
germen de la que no adoran a la bestia ni a su imagen,
idolatría, que sino al Cordero, aún así, cuando vio al ángel
reside en nuestra en esa gran revelación se le tiró a los pies
para adorarlo, no una, sino dos veces.
carne, es recibir Entonces ese ser celestial, al ver a Juan pos-
el testimonio trarse para adorarle, le dijo: “Mira, no lo
de Jesús” hagas; yo soy consiervo tuyo, y de tus hermanos
que retienen el testimonio de Jesús. Adora a
Dios” (Apocalipsis 19:10). Quiere decir
entonces que todavía le faltaba a Juancito la vacuna contra la idolatría, para
matarle ese germen maldito que está en la carne, y que no puede ver tanta
gloria y revelación sin postrarse a adorar al que ha sido usado como instru-
mento, quitando la vista de Dios, quien es el que realmente hace todas las
cosas.
Nota que el ángel le habló a Juan de que él era consiervo de los que retie-
nen el testimonio de Jesús, por tanto, ¿para qué es el ministerio? Para testi-
monio de Jesús; ¿para qué hay que predicar el evangelio a toda tribu, pueblo,
lengua y nación? Para testimonio. Pero yo no soy el testimonio, sino aquel de

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quien Dios testificó (1 Juan 5:9-11). Dios no me dio el testimonio para que
lo tenga en mí, ni simplemente para honrarme, sino para que yo sea un ins-
trumento de Él, para llevar su gloria y darlo a conocer, para que todos digan:
¡Gloria al Cordero que fue inmolado!
Amado hermano y consiervo, tú eres una vara que ha sido reverdecida, y
has florecido, y llevas renuevos; una vara que ha producido almendras, y éstas
maduras. Por la gracia bendita del Señor somos lo que somos, y tenemos que
orar para que el Señor levante una generación de ministros como los de aque-
llos días. Ellos florecían en la presencia, y cuando estaban bien florecidos,
seguían delante de la presencia, para testimonio de la gloria de Dios. El Señor
no quiere que le hagamos culto a ningún ministerio ni a ningún hombre, pues
hay quienes no adoran a la bestia, pero adoran a la imagen. No te pierdas, la
imagen proyecta a la bestia. A veces estamos adorando imágenes que hemos
creado de los hombres. Y si Juan con toda esa revelación, no estuvo libre de la
idolatría, yo tengo que tirarme a los pies de mi Dios, y decirle: «Señor, líbrame
de la gloria humana a mí también».
El antídoto contra el germen de la idolatría, que reside en nuestra carne,
es recibir el testimonio de Jesús. Es mi deseo que Dios nos desanime de la
gloria humana, al punto de sentir un aborrecimiento por ella, pensando en
esto: No puedo recibir un honor que le pertenece a mi Señor o consentir que
me halaguen a mí y se olviden de Él. Yo quiero ser como Jesús, que cuando
lo estaban honrando, Él desviaba la gloria al Padre diciendo: “Padre, glorifica
tu nombre” (Juan 12:28); y cuando le pidió al Padre que le glorificara era para
luego glorificarle a Él (Juan 17:1). El propósito de nuestra elección y llama-
miento se logra solo cuando nuestro ministerio honra a Dios y añade gloria
a su alabanza.

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Capítulo II

EL LLAMAMIENTO ES CONFORME
AL CORAZÓN DE DIOS

“Y yo me suscitaré un sacerdote fiel, que haga conforme a mi


corazón y a mi alma; y yo le edificaré casa firme, y andará delan-
te de mi ungido todos los días”
-1 Samuel 2:35

T
al como son los pensamientos del corazón de Dios, así es Él. El Señor
siempre actúa en conformidad con su carácter y nunca realiza nada
que no armonice perfectamente con su forma de ser. Nuestro Dios es
fiel consigo mismo, por lo que si hay algo que la Biblia revela consistentemen-
te acerca del Señor es su integridad para con su naturaleza divina. Es notable
por todas las Sagradas Escrituras el celo de Dios por todo lo que es digno de
Él, por eso, todas sus obras están en armonía con sus atributos divinos. Por
ejemplo, Él reina en santidad porque Él es Santo; la justicia es el cimiento de
su trono, porque Él es justo; su palabra es verdadera porque Él es la verdad; y
la fidelidad le rodea porque Él es el Fiel y el Verdadero.
Lo que el salmista dice acerca de la Palabra de Dios es que la misma es
una manifestación de los pensamientos de su corazón. El dice: “La ley de
Jehová es perfecta, que convierte el alma; El testimonio de Jehová es fiel, que

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hace sabio al sencillo. Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el
corazón; El precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos. El temor de Jehová
es limpio, que permanece para siempre; Los juicios de Jehová son verdad, todos
justos. Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; Y dulces más
que miel, y que la que destila del panal” (Salmos 19:7-10). La ley de Jehová es
perfecta porque el Señor es perfecto; el testimonio de Jehová es fiel, porque así
es Él; los mandamientos de Jehová son rectos, porque expresan su manera de
ser; y sus preceptos son puros, porque revelan la pureza de su carácter.
Cuando Moisés contempló su gloria en el Monte Sinaí, también oyó su
potente voz describiéndose a sí mismo: “¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordio-
so y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda
misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que
de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los
padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta gene-
ración” (Éxodo 34:5-7). Dios no solo está interesado en revelar sus atributos
y carácter, sino que es celoso con su naturaleza divina, y esto lo hace notable
en toda la revelación bíblica. Él no solo actúa siempre en conformidad con
los pensamientos de su corazón, sino que exige a los que son llamados a su
servicio a vivir en perfecta armonía con todo lo que es Su santidad. Notemos,
por ejemplo, la siguiente exhortación del apóstol Pedro:

“… sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros


santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed
santos, porque yo soy santo. Y si invocáis por Padre a aquel que
sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, condu-
cíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación”
(1 Pedro 1:15)

¿Por qué debemos ser santos, según el apóstol? La respuesta es porque


el que nos llamó es santo y todo lo que está relacionado con Él también lo
es: Sus cielos son santos (Salmos 20:6); su templo es santo (Salmos 11:4); su
morada es santa (Salmos 68:5); su monte es santo (Salmos 2:6); su nombre
es santo (Levítico 20:3); su camino es santo (Salmos 77:13); como su ley y
mandamientos son santos (Romanos 7:12). Por eso, la santidad conviene a
su casa (Salmos 93:5), pues nuestro Dios es santo, habita en santidad, ama
la santidad, demanda santidad y solo le agrada lo que es santo. Del mismo
modo, este principio es aplicable a cualquiera de sus atributos divinos.

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el llamamiento es conforme 107
al cor azón de dios

La creación testifica de esta verdad. Decimos con frecuencia que el Señor


creó todo de la nada, pero eso que llamamos “nada” en realidad es el todo de
Dios. Afirmo esto porque la Biblia enseña que el Creador se tomó a sí mismo
para crear todo lo que existe. Por ejemplo, Él tomó su imagen, para hacer al
hombre (Génesis 1:26); también tomó su aliento para impartir vida a Adán
(Génesis 2:7). Hay una palabra de Dios en el sol, en la luna, en las estrellas;
igualmente hay una Palabra suya en el mar, en la flora, en la fauna (Génesis 1),
“… él dijo, y fue hecho; El mandó, y existió” (Salmos 33:9). El Creador tomó de
la esencia de sí mismo para crear todo lo que hay (Su voluntad, Su poder, Su
sabiduría, Su perfección, Su aliento, Su vida, etc.) y esta es la causa por la cual
la Biblia dice que Él puso su gloria en los cielos (Salmos 8:1). También afirma
que la tierra está llena de su gloria (Isaías 6:3), y que hizo todo con sabiduría
(Jeremías 51:15). Por tanto, “Los cielos cuentan la gloria de Dios, Y el firmamento
anuncia la obra de sus manos” (Salmos 19:1). Lo que quiero enseñar es que Dios
no creó ni una sola cosa de su creación separadamente de Él.
Este principio de la conducta divina no se limita a la creación natural,
sino que Él actúa de la misma manera en la dimensión espiritual. Por ejemplo,
la Biblia dice que el hombre nuevo que Él creó en nosotros fue “creado según
Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4:24). Las Escrituras afir-
man, además, que nuestro hombre espiritual es participante de la naturaleza
divina (2 Pedro 1:4). Nota lo que el apóstol Pablo escribió a los efesios: “Yo
pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con
que fuisteis llamados…” (Efesios 4:1). Pablo ruega a sus hermanos de Éfeso a
andar como es digno de la vocación a la cual fueron llamados. Esta forma de
caminar, según el apóstol, no es más que vivir conforme a la vida y naturaleza
de Dios, cuando actuamos: “… con toda humildad y mansedumbre, soportán-
doos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad
del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efesios 4:2-3). Todas estas son virtudes o
cualidades del carácter divino.
Escribiendo a Timoteo, el apóstol le dice: “… quien nos salvó y llamó con
llamamiento santo…” (2 Timoteo 1:9). ¿Por qué el llamamiento es santo? La
respuesta es simple: porque procede del Santo de los santos. Charles Spurgeon
dijo: «El que no es llamado primero a la santidad, jamás ha sido llamado por
Dios al ministerio». Esto no solo debe ser dicho con relación a la santidad,
sino también a la verdad, a la justicia, a la integridad, etc. Si estudiamos todos
los llamamientos que Dios hizo a sus santos hombres en la historia bíblica,
veremos que todos fueron llamados a hacer algo específico para Dios, pero
también a todos, sin excepción, se les exigió hacerlo conforme al corazón, a

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la naturaleza y al propósito divinos. Los que obraron de esa manera fueron


aprobados por el Señor, los que no lo hicieron, fueron desaprobados.
Es notorio en las Escrituras que Jehová dio testimonio de Moisés como
siervo suyo. Él destacó que Moisés fue el hombre más manso de la tierra
(Números 12:3); que no hubo profeta como él (Deuteronomio 34:10); y que
fue fiel como siervo en la casa de Dios (Hebreos 3:5). Mas, cuando en su repre-
sentación delante del pueblo, no actuó con-
forme al carácter de Dios, y no santificó el
“Los hombres nombre del Señor, fue desaprobado y casti-
gado (Deuteronomio 32:51-52). De la mis-
creerán de Dios ma manera aconteció con David, a quien
lo que vean y Dios mismo señaló como un hombre con-
oigan de los que forme a su corazón (1 Samuel 13:14; 16:7;
fueron llamados Hechos 13:22), al cual tampoco le encubrió
su falta. Cuando David tomó una mujer que
a representarlo y
no era la suya y mató a su esposo (Urías
darlo a conocer” heteo, un hombre leal), Jehová lo castigó
severamente y sentenció que la espada no se
apartaría de su casa (2 Samuel 12:10).
Aunque el Señor perdonó a David, notemos lo que la Biblia dice acerca
de la reacción de Dios ante su pecado: “Mas esto que David había hecho, fue
desagradable ante los ojos de Jehová” (2 Samuel 11:27). Y cuando Dios repren-
dió a su amado rey, a través del profeta Natán, le dijo: “Yo te ungí por rey sobre
Israel, y te libré de la mano de Saúl, y te di la casa de tu señor, y las mujeres de
tu señor en tu seno; además te di la casa de Israel y de Judá; y si esto fuera poco, te
habría añadido mucho más. ¿Por qué, pues, tuviste en poco la palabra de Jehová,
haciendo lo malo delante de sus ojos? A Urías heteo heriste a espada, y tomaste por
mujer a su mujer, y a él lo mataste con la espada de los hijos de Amón. Por lo cual
ahora no se apartará jamás de tu casa la espada, por cuanto me menospreciaste,
y tomaste la mujer de Urías heteo para que fuese tu mujer” (2 Samuel 12:7-10).
Fíjate como el santo del cielo catalogó el pecado de David, en las siguientes
expresiones: “… tuviste en poco la palabra de Jehová, haciendo lo malo delante
de sus ojos (…) me menospreciaste” (v. 9,10). El Señor considera un menos-
precio y tener en poco su palabra cuando, realizando un ministerio en su
nombre, hacemos lo malo delante de sus ojos. El adulterio, el homicidio,
la injusticia, la traición y la maldad obrada por David en perjuicio de Urías
heteo, en nada representaban el carácter y el corazón de Dios. El Señor recha-
za con gran desagrado, todo lo que se ministre para Él que no esté en armonía
con su pureza y santidad.

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el llamamiento es conforme 109
al cor azón de dios

¿Por qué Dios consideró un menosprecio a su persona la conducta de


David? La respuesta está explícita: obrar en representación de Dios de una
manera contraria a quien es Él es un menosprecio a su persona. Hacer algo
indigno de Dios, ministrando en nombre del Señor es menospreciarlo a Él.
La razón es simple: los hombres creerán de Dios lo que ven y oigan
de los que fueron llamados a representarlo y a darlo a cono-
cer. Israel menospreciaba la ofrenda de Jehová en los días que ministraban
los hijos de Elí, porque ellos también la tenían en poco (1 Samuel 2:12-17).
Cuando el ministerio sacerdotal de la casa de Elí le falló al Señor, obrando en
una manera que no era digna de su santo llamamiento, Él anunció: “… yo me
suscitaré un sacerdote fiel, que haga conforme a mi corazón…” (1 Samuel 2:35).
Por tanto, quiero invitarte a que estudiemos juntos lo que es un llamamiento
conforme al corazón de Dios, a través de las siguientes enseñanzas bíblicas.

2.1  “¿Qué tengo yo con vosotros, hijos de Sarvia?”


“Entonces Abisai hijo de Sarvia dijo al rey: ¿Por qué maldice este
perro muerto a mi señor el rey? Te ruego que me dejes pasar, y le
quitaré la cabeza. Y el rey respondió: ¿Qué tengo yo con vosotros,
hijos de Sarvia?”
- 2 Samuel 16:9-10

Antes de entrar en el tema, quiero decirte que este mensaje acerca de los
hijos de Sarvia, y otros, contenidos en esta obra, tienen un sentido profético.
Los mismos, Dios me los reveló en momentos proféticos, para exhortar y
revelar Su corazón. Este en particular, inicialmente el Señor me lo dio para un
ministerio radial, muy conocido en mi ciudad, y desde entonces han transcu-
rrido cerca de doce años, y es increíble cómo el mismo reveló los pensamien-
tos de muchos corazones (Lucas 2:35). De hecho, cuando este mensaje fue
ministrado causó tanta conmoción y lágrimas que algunos no se atrevieron a
predicar por días, pues sus corazones fueron reprendidos.
Con todo, este mensaje fue grabado y reproducido y ha circulado por
muchos países, y he sabido que conocidos predicadores lo han oído y también
lo han predicado. Por lo cual, me siento honrado que hombres de Dios pre-
diquen mensajes que originalmente el Señor me los haya revelado a mí. Solo
pido que todo aquel que repita cualquiera de estos mensajes sea sincero con

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110 la honr a del ministerio

esta palabra y se disponga de corazón a vivirla. El que predica está comprome-


tido con el mensaje que anuncia, pues predicar este mensaje solo porque cons-
tituye una poderosa y sorprendente revelación, y no desear vivirlo manifiesta
automáticamente que tenemos el espíritu de los hijos de Sarvia. Aclarado esto,
entremos al tema en cuestión.
En nuestro versículo tema, vemos que David responde al requerimiento
de Abisai con una pregunta: ¿Qué tengo yo con vosotros, hijos de Sarvia?” (2
Samuel 16:10). Sarvia era una mujer, hermana de David, la cual tuvo tres
hijos -Joab, Abisai y Asael- (1 Crónicas 2:16), quienes pertenecían al ejérci-
to de Israel, y eran considerados entre sus valientes. Conozcamos primero a
Joab, y luego a sus hermanos, en cada uno de los incidentes donde la Biblia
nos deja ver el perfil de estos hombres. “Entonces se fue David con todo Israel a
Jerusalén, la cual es Jebús; y los jebuseos habitaban en aquella tierra. Y los mora-
dores de Jebús dijeron a David: No entrarás acá. Mas, David tomó la fortaleza
de Sion, que es la ciudad de David. Y David había dicho: El que primero derrote
a los jebuseos será cabeza y jefe. Entonces Joab hijo de Sarvia subió el primero, y
fue hecho jefe” (1 Crónicas 11:4-6). Nota que Joab llegó primero a conquistar
la ciudad de los jebuseos y por mérito militar y valentía llegó a ser general del
ejército de David, su tío. Veamos ahora la segunda hazaña de Joab:

“Joab peleaba contra Rabá de los hijos de Amón, y tomó la ciu-


dad real. Entonces envió Joab mensajeros a David, diciendo:
Yo he puesto sitio a Rabá, y he tomado la ciudad de las aguas.
Reúne, pues, ahora al pueblo que queda, y acampa contra la ciu-
dad y tómala, no sea que tome yo la ciudad y sea llamada de mi
nombre. Y juntando David a todo el pueblo, fue contra Rabá, y
combatió contra ella, y la tomó. Y quitó la corona de la cabeza de
su rey, la cual pesaba un talento de oro, y tenía piedras preciosas;
y fue puesta sobre la cabeza de David. Y sacó muy grande botín
de la ciudad”
(2 Samuel 12:26-30).

¡Qué gesto de lealtad tuvo Joab con su rey! Observa que la palabra hebrea
“Rabá” significa grande o grandeza, bien podemos aplicar entonces que los
pensamientos de este hombre eran conferir todo dominio a su rey. Joab dijo con
esta acción: « ¡Yo no quiero que la ciudad lleve mi nombre, sino el nombre de mi
rey! Toda la grandeza de mi conquista es para él». Así pensaba Joab, con lealtad

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el llamamiento es conforme 111
al cor azón de dios

a favor de quien se esforzaba y arriesgaba su vida. Él no quería para sí grandeza,


logros ni conquistas, sino para el rey. Confirmémoslo en este otro incidente:

“Conociendo Joab hijo de Sarvia que el corazón del rey se incli-


naba por Absalón, envió Joab a Tecoa, y tomó de allá una mujer
astuta, y le dijo: Yo te ruego que finjas estar de duelo, y te vistas
ropas de luto, y no te unjas con óleo, sino preséntate como una
mujer que desde mucho tiempo está de duelo por algún muerto;
y entrarás al rey, y le hablarás de esta manera. Y puso Joab las
palabras en su boca. (…) Entonces David respondió y dijo a la
mujer: Yo te ruego que no me encubras nada de lo que yo te pre-
guntare. Y la mujer dijo: Hable mi señor el rey. Y el rey dijo: ¿No
anda la mano de Joab contigo en todas estas cosas?”
(2 Samuel 14:1-3, 18-19).

Destaquemos algunas cosas de este relato. Joab sabía que David estaba
muy deprimido por la ausencia de su hijo, después de la desgracia que había
sucedido en la familia. Ocurrió que Absalón había huido después de haber
dado muerte a su medio hermano, para vengar la honra de Tamar su her-
mana a quien Amnón había violado (2 Samuel 13:22, 28). El hijo de Sarvia
vio que David quizás ni comía por estas cosas, y para consolarle, tramó un
plan para que el rey hiciera volver a su hijo sin que con eso mostrare, diga-
mos, una debilidad de carácter que no correspondía a su dignidad como
monarca. Por tanto, podemos afirmar que Joab siempre estaba pensando en
el bienestar del rey, y se compadecía y hacía cosas para resolver sus proble-
mas y evitarle tristezas. En este otro relato notemos otra cualidad de Joab a
favor de su líder:

“Volvió a encenderse la ira de Jehová contra Israel, e incitó a


David contra ellos a que dijese: Ve, haz un censo de Israel y de
Judá. Y dijo el rey a Joab, general del ejército que estaba con él:
Recorre ahora todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Beer-
seba, y haz un censo del pueblo, para que yo sepa el número de
la gente. Joab respondió al rey: Añada Jehová tu Dios al pueblo
cien veces tanto como son, y que lo vea mi señor el rey; mas ¿por
qué se complace en esto mi señor el rey? Pero la palabra del rey
prevaleció sobre Joab y sobre los capitanes del ejército. Salió, pues,

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Joab, con los capitanes del ejército, de delante del rey, para hacer
el censo del pueblo de Israel”
(2 Samuel 24:1-4).

Hicieron el censo, Jehová se enfureció, y mandó una plaga y murieron


como setenta mil hombres (2 Samuel 24:14-15). Subrayemos ahora la inter-
vención de Joab, el cual trató de impedir que David hiciera algo en contra
de la voluntad divina, ya que sólo se contaba el pueblo cuando Jehová así lo
ordenaba, pues el único que tenía el derecho de saber su número era Dios.
El pecado de David con esta acción podía ser grave, tal como él mismo lo
definió, pues en última instancia fue una conducta impropia de parte del rey,
ya que sus victorias se las había dado Dios y no la fuerza ni destreza de su
ejército. Por eso, Joab le advirtió como diciendo: « ¡Que Jehová aumente aún
cien veces más del número de la población de Israel y que tú lo puedas ver!,
pero ¿para qué un censo? Eso te traerá problemas». Este hecho nos muestra a
un Joab preocupado por los asuntos del reino, tratando de evitar que David
pecara o que le sobreviniera un gran dolor. Ahora miremos este hombre como
militar, en el siguiente relato:

“Viendo, pues, Joab que se le presentaba la batalla de frente y a la


retaguardia, entresacó de todos los escogidos de Israel, y se puso en
orden de batalla contra los sirios. Entregó luego el resto del ejército
en mano de Abisai su hermano, y lo alineó para encontrar a los
amonitas. Y dijo: Si los sirios pudieren más que yo, tú me ayuda-
rás; y si los hijos de Amón pudieren más que tú, yo te daré ayuda.
Esfuérzate, y esforcémonos por nuestro pueblo, y por las ciudades de
nuestro Dios; y haga Jehová lo que bien le pareciere”
(2 Samuel 10:9-12).

¡Tremendo estratega! Un hombre que sentía carga por la causa de Israel, el


cual peleaba sus guerras y se esforzaba y celaba las ciudades de su Dios. Apli-
cando, podemos decir que este hombre era un siervo leal, esforzado y valiente
cuya vida exponía para su rey y que temía a Dios. Ahora, mi pregunta es si
Joab tenía tantas cualidades e hizo todas esas cosas para complacer al rey,
por qué David dice: “¿Qué tengo yo con vosotros, hijos de Sarvia?” (2 Samuel
26:10). Antes de responder a esta interrogante, conozcamos ahora a su otro
hermano, el segundo hijo de Sarvia llamado Abisai, el cual también era con-
tado entre los valientes de David. Veamos ahora una de sus hazañas:

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el llamamiento es conforme 113
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“Además de esto, Abisai hijo de Sarvia destrozó en el valle de


la Sal a dieciocho mil edomitas. Y puso guarnición en Edom, y
todos los edomitas fueron siervos de David; porque Jehová daba
el triunfo a David dondequiera que iba. Reinó David sobre todo
Israel, y juzgaba con justicia a todo su pueblo. Y Joab hijo de Sar-
via era general del ejército, y Josafat hijo de Ahilud, canciller”
(1 Crónicas 18:13-15).

Es decir, Abisai era un hombre valiente, de logro militar y esforzado,


como sus hermanos. Él, junto con ellos, contribuía grandemente al reino de
David, para que Dios pudiera hacer lo que quiso hacer con el hijo de Isaí.
Mirémoslo en este otro incidente:

“Y se levantó David, y vino al sitio donde Saúl había acampado;


y miró David el lugar donde dormían Saúl y Abner hijo de Ner,
general de su ejército. Y estaba Saúl durmiendo en el campa-
mento, y el pueblo estaba acampado en derredor de él. Entonces
David dijo a Ahimelec heteo y a Abisai hijo de Sarvia, hermano
de Joab: ¿Quién descenderá conmigo a Saúl en el campamento?
Y dijo Abisai: Yo descenderé contigo”
(1 Samuel 26:5-6).

¡Valiente ese Abisai! Él sabía que iba a arriesgar su vida, pero con arresto y
bravío se ofreció voluntariamente a acompañar a su rey. Delineemos su carác-
ter con este otro relato: “David, pues, y Abisai fueron de noche al ejército; y he
aquí que Saúl estaba tendido durmiendo en el campamento, y su lanza clavada
en tierra a su cabecera; y Abner y el ejército estaban tendidos alrededor de él.
Entonces dijo Abisai a David: Hoy ha entregado Dios a tu enemigo en tu mano;
ahora, pues, déjame que le hiera con la lanza, y lo enclavaré en la tierra de un
golpe, y no le daré segundo golpe” (1 Samuel 26: 7-8). Nota la actitud de Abisai,
él pensaba que había llegado el momento de que su rey, el ungido de Jehová,
reine, por eso no dudó en acompañarlo.
De hecho, este incidente no fue algo simple como decir que David junto
con uno de su ejército hizo un sencillo reconocimiento al lugar donde acam-
paban sus perseguidores, no. Entrar al campamento enemigo mientras éstos
dormían era como “meterse en la boca del lobo” o “ponerle el cascabel al gato”.
Abisai estaba consciente del riesgo que tomaba, por eso dijo que daría un gol-
pe, uno solo, pero fatal y certero que no necesitaría otro más. Sin embargo,

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David le respondió: “No le mates; porque ¿quién extenderá su mano contra el


ungido de Jehová, y será inocente? Dijo además David: Vive Jehová, que si Jehová
no lo hiriere, o su día llegue para que muera, o descendiendo en batalla perezca,
guárdeme Jehová de extender mi mano contra el ungido de Jehová. Pero toma
ahora la lanza que está a su cabecera, y la vasija de agua, y vámonos” (1 Samuel
26:9-11). David, que era el perseguido, no quiso hacerlo, pero vemos a Abisai,
que no era el objetivo ni el blanco de estos enemigos, y no le importaba perder
su vida al intentar matar a aquel que quería impedir que su rey reinara.
Miremos la actuación de este valeroso hombre de guerra, en este otro
incidente: “Volvieron los filisteos a hacer la guerra a Israel, y descendió David y
sus siervos con él, y pelearon con los filisteos; y David se cansó. E Isbi-benob, uno
de los descendientes de los gigantes, cuya lanza pesaba trescientos siclos de bronce,
y quien estaba ceñido con una espada nueva, trató de matar a David; mas Abisai
hijo de Sarvia llegó en su ayuda, e hirió al filisteo y lo mató. Entonces los hombres
de David le juraron, diciendo: Nunca más de aquí en adelante saldrás con noso-
tros a la batalla, no sea que apagues la lámpara de Israel” (2 Samuel 21: 15-17).
Esta gente sabía lo que era cuidar la cabeza y defender el reino. Cuando Abisai
notó que su rey estaba cansado y que aquel gigante, con ferocidad, trataba de
matarle, salió en defensa de David, ayudándole y quitándole la vida al desco-
munal filisteo. Y dice la Escritura: “Y Abisai hermano de Joab, hijo de Sarvia,
fue el principal de los treinta. Éste alzó su lanza contra trescientos, a quienes
mató, y ganó renombre con los tres” (2 Samuel 23:18).
Conozcamos ahora a Asael, el tercer hijo de Sarvia. Él era uno de los
treinta valientes del ejército de Israel bajo cuyo mando había veinticuatro mil
hombres (2 Samuel 23:24; 1 Crónicas 11:26; 27:7). Las Escrituras describen a
Asael como un hombre sumamente veloz y aguerrido en las batallas de Dios,
muy similar a sus hermanos. Mirémosle en la última de sus intervenciones, en
la cual no obtuvo, tristemente, un buen fin:

“La batalla fue muy reñida aquel día, y Abner y los hombres de
Israel fueron vencidos por los siervos de David. Estaban allí los
tres hijos de Sarvia: Joab, Abisai y Asael. Este Asael era ligero de
pies como una gacela del campo. Y siguió Asael tras de Abner,
sin apartarse ni a derecha ni a izquierda. Y miró atrás Abner, y
dijo: ¿No eres tú Asael? Y él respondió: Sí. Entonces Abner le dijo:
Apártate a la derecha o a la izquierda, y echa mano de alguno
de los hombres, y toma para ti sus despojos. Pero Asael no quiso
apartarse de en pos de él. Y Abner volvió a decir a Asael: Apárta-

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el llamamiento es conforme 115
al cor azón de dios

te de en pos de mí; ¿por qué he de herirte hasta derribarte? ¿Cómo


levantaría yo entonces mi rostro delante de Joab tu hermano? Y
no queriendo él irse, lo hirió Abner con el regatón de la lanza por
la quinta costilla, y le salió la lanza por la espalda, y cayó allí, y
murió en aquel mismo sitio”
(2 Samuel 2:17-23).

Asael, como hemos visto, era un soldado valioso para la armada de David y
fueron muchas las victorias que obtuvo para su reino. Sin embargo, el intentar
matar a Abner en aquel lugar que llamaron “Helcat-hazurim” o “el campo de
espadas” fue una osadía de parte del muchacho, ya que los generales al mando
de cada grupo -Joab y Abner- habían decidido que solo los jóvenes pelearían
en ese encuentro (2 Samuel 2:14). Y a pesar que los hombres de David gana-
ron frente al ejército de Is-boset, hijo de Saúl, matando como a trescientos
sesenta hombres, el cronista bíblico destacó que al pasar revista al ejército de
David faltaron diecinueve hombres y Asael (2 Samuel 2:30), destacando su
nombre, por lo que entendemos entonces que fue una gran pérdida.
En síntesis, muchas fueron las contribuciones de estos hombres, valientes
y meritorias, las cuales los llevaron a un merecido lugar de honor en la guardia
del rey. No obstante, insisto, por qué David dice de ellos: “¿Qué tengo yo con
vosotros, hijos de Sarvia?” (2 Samuel 16:10). Mas, luego de haber visto tantas
acciones valerosas de los hijos de Sarvia, creo que ya estamos listos para dar
respuesta a nuestra repetida pregunta. Empecemos entonces analizando la
misma interrogante.
Analicemos lo que significa la expresión “¿qué tengo yo con vosotros?”
La preposición “con” significa estar al lado de, juntamente, unión, coopera-
ción, por lo que entiendo que David quiso decir: « ¿Qué relación tengo yo
con ustedes, qué armonía, en qué me parezco yo a ustedes; por qué estoy yo
junto a ustedes, por qué ustedes están junto a mí?» Expresión muy parecida
a la que Jesús le dijo a su madre María, cuando ella le pidió que hiciera el
milagro en las bodas en Caná de Galilea: “¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún
no ha venido mi hora” (Juan 2:4). Aunque María tenía el corazón de Jesús, en
esta ocasión, por causa de ignorar el plan de Dios, se distanció del sentir de su
hijo. Por eso, Jesús le quiso decir, en otras palabras: «Tú no estás sintonizada
conmigo, mujer; no ha llegado mi hora, todavía no comprendes ni entiendes
mi tiempo, y el propósito del Padre conmigo». Algo semejante, le dijo Pablo
a los corintios: “… ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué
comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué

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parte el creyente con el incrédulo?” (2 Corintios 6:14-15). Así dijo David: “¿Qué
tengo yo con vosotros, hijos de Sarvia?” (2 Samuel 16:10).
La gran enseñanza es que Joab, Abisai y Asael eran parientes del rey, le
servían al rey, conquistaron reinos para el rey, eran leales al rey, celaban y pro-
tegían las cosas del rey, pero no tenían el corazón ni el espíritu del rey. Ellos
tenían sus propias agendas, sus propias aspiraciones en el reino, y actuaban en
consecuencia. De la misma manera, tú puedes estar peleando las guerras de
Dios, hacer muchas aportaciones a Su reino, y no tener el corazón del reino.
Se pueden hacer grandes esfuerzos en el reino de Dios y no tener nada que ver
con Dios. ¡Ojalá Dios nos haga entender lo que estamos diciendo!
Han habido hombres que se han esforzado de forma profusa para Dios, que
han dado sus vidas enteramente, desde niños hasta adultos, esforzándose con
mucho celo y, sin embargo, es como si no hubiesen hecho nada, pues no tienen
Su corazón. Éstos ignoran por qué Dios hace las cosas ni por qué las quiere
hacer; no conocen los Caminos de Dios, ni tienen la intención ni la motivación
de Él; están siempre equivocados, andan errados, haciendo esfuerzos inútiles,
porque son como los hijos de Sarvia, no tienen el corazón del Rey.
Tomemos ahora a David como un tipo del Señor, ya que el mismo Dios
lo describió como un varón conforme a su corazón (Hechos 13:22), y veamos
cómo él consideraba a estos hombres que habían arriesgado tantas veces sus
vidas por su reino, pero que no tenían ningún parentesco con él ni en carácter
ni en espiritualidad. ¿Fue David injusto al expresar su descontento y rechazo
a estos valientes de su armada? Bueno, respondamos esa interrogante con el
último incidente que hemos visto de los hijos de Sarvia, donde perdió la vida
Asael, el menor de ellos.
Para tener un contexto, recordemos a Abner (quien mató a Asael), general
del ejército de Saúl, el cual hizo rey a Is-boset hijo de Saúl, sobre todo Israel, a
excepción de la casa de Judá la cual siguió a David (2 Samuel 2:8,9). Sucedió
que después de un tiempo, Abner se enojó con Is-boset porque éste le reclamó
que había tomado como mujer a Rizpa, concubina de Saúl su padre (2 Samuel
3:8), así que decidió hacer pacto con David. Con ese fin subió Abner a Hebrón,
para reunirse con David, y luego que acordaron y comieron juntos se fue en paz
(vv. 12, 20, 21). Mientras esto ocurría, Joab no estaba en el campamento, pero
cuando llegó, alguien le dijo que Abner había estado allí (vv. 22-23), por lo que
fue y le reclamó a David diciendo: “¿Qué has hecho? He aquí Abner vino a ti;
¿por qué, pues, le dejaste que se fuese? Tú conoces a Abner hijo de Ner. No ha venido
sino para engañarte, y para enterarse de tu salida y de tu entrada, y para saber todo
lo que tú haces” (vv. 24-25). Hasta este momento, vemos a Joab reaccionando y

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el llamamiento es conforme 117
al cor azón de dios

advirtiendo a su rey lo peligroso que podía ser la unión con Abner. Aparente-
mente, su enojo era justificado, ya que Abner fungió como jefe de la armada del
bando contrario. Mas, ¿serían su enojo y su rabia motivados por esa sola razón?
Veamos ahora cómo sus hechos nos muestran su verdadera motivación y nos
acercan, aún más, al rhema de esta ministración.
Joab, inmediatamente que salió de la presencia de David, decidió actuar por
su propia cuenta y mandó a alcanzar a Abner. Las Escrituras relatan que cuan-
do éste se devolvió a Hebrón, Joab lo llevó aparte para hablar con él en secreto
y que allí, en venganza de la muerte de Asael su hermano, lo mató (2 Samuel
3:26-27). ¿Cuál fue el móvil de esta muerte? ¿Las guerras de Jehová? ¿Asegurar
el reinado de David su rey? No, el motivo que llevó a Joab a matar a Abner fue
la venganza. Miremos ahora como reacciona David a estos hechos:

“Entonces dijo David a Joab, y a todo el pueblo que con él estaba:


Rasgad vuestros vestidos, y ceñíos de cilicio, y haced duelo delante
de Abner. Y el rey David iba detrás del féretro. Y sepultaron a
Abner en Hebrón; y alzando el rey su voz, lloró junto al sepulcro de
Abner; y lloró también todo el pueblo. Y endechando el rey al mis-
mo Abner, decía: ¿Había de morir Abner como muere un villano?
Tus manos no estaban atadas, ni tus pies ligados con grillos; Caíste
como los que caen delante de malos hombres. Y todo el pueblo vol-
vió a llorar sobre él. Entonces todo el pueblo vino para persuadir
a David que comiera, antes que acabara el día. Mas David juró
diciendo: Así me haga Dios y aun me añada, si antes que se ponga
el sol gustare yo pan, o cualquiera otra cosa. Todo el pueblo supo
esto, y le agradó; pues todo lo que el rey hacía agradaba a todo el
pueblo. Y todo el pueblo y todo Israel entendió aquel día, que no
había procedido del rey el matar a Abner hijo de Ner”
(2 Samuel 3:31-37).

David lloró esta muerte, y con él también todo el pueblo, porque se dieron
cuenta que del rey no procedió ninguna estratagema para quitar del medio a
Abner. También dijo David: “¿No sabéis que un príncipe y grande ha caído hoy
en Israel? Y yo soy débil hoy, aunque ungido rey; y estos hombres, los hijos de Sar-
via, son muy duros para mí; Jehová dé el pago al que mal hace, conforme a su
maldad” (2 Samuel 3:38-39). ¡Qué expresión! Los hijos de Sarvia ¡son duros!
Esa palabra “duro” se traduce en la Biblia como brusco, cruel, insensible,
terco, obstinado. Esa expresión implica algo nocivo, dañino, desfavorable, en

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sentido figurado bien pudo decir el rey: « ¡Me son como una mala noticia!».
Por tanto, podemos concluir que los hijos de Sarvia no tenían el mismo sentir
que David ni sus corazones iguales al corazón de su rey.
Sabemos que Abner era enemigo de David, sin embargo, David lloró su
muerte, mientras Joab lo mató por venganza, envolviendo sus asuntos perso-
nales con los del reino. Y aquí vemos otra gran diferencia entre ellos: mientras
David amaba a sus enemigos, Joab les hacía pagar implacablemente sus dis-
crepancias. Como David lloró a Abner, también lloró a Absalón (2 Samuel
18:14, 33), y a Amasa, otro general del ejército enemigo que Joab mató y
David endechó, pues tampoco lo consintió (2 Samuel 20:10; 1 Reyes 2:32).
David era amigo de sus enemigos, porque era un tipo de Cristo (Mateo 5:44;
Lucas 23:34), pero ese no era el sentir de Joab, por eso eran duros los hijos de
Sarvia, obviamente no tenían nada que ver con el corazón de David y mucho
menos con el de Dios.
Cuando se lee todos esos logros y todo lo que hicieron esos hombres, para
contribuir en el establecimiento del reinado de David, luce como si estuvieron
unánimes sintiendo una misma cosa o con una misma mente y un mismo
corazón, sin embargo no fue así. Por tanto, ¡qué importa que contribuyan si
sus obras no son hechas según Dios! No es hacer obras para Dios, sino
andar en sus Caminos. El éxito de un ministerio no se mide por las tantas
cosas visibles que se hagan para el reino de los cielos, sino que aquel que las
hizo tenga el corazón del rey, para andar en obediencia y de acuerdo a su
sentir. Dios es misericordioso, David fue misericordioso; Dios es justo, David
amaba y se esforzaba por la justicia; Dios
ama a sus enemigos, David amaba a sus
enemigos. Pero eso no pasaba con Joab.
“No es hacer En el reino de Dios, dejemos a un lado
obras para Dios, las agendas y asuntos personales, los cuales
sino andar en sus no tienen ninguna relación con el propósito
Caminos” divino. Si algún hermano tiene alguna cosa
contra ti y tú tienes que juzgar algún asunto
donde él esté implicado, deja tus prejuicios a
un lado, porque ahora tú estás como repre-
sentante de Dios y tu juicio debe ser imparcial. El problema que tengas con
tu hermano resuélvelo con Dios, pero si el Espíritu Santo dice: “Apártame a
fulano” hay que apartarlo, aunque no sea amigo ni alguien de nuestra predi-
lección. Igualmente si eres profeta, no des bendiciones a raudales únicamente
a los tuyos, y maldiciones a aquellos que no lo son. ¡Cuídate de esas cosas!
Profetiza, predica y ministra de acuerdo al corazón de Dios.

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al cor azón de dios

El ministro de Dios dice como el Señor Jesús: “Mi madre y mis hermanos
son los que oyen la palabra de Dios, y la hacen” (Lucas 8:21). En el reino de los
cielos no hay preferencias ni simpatías personales. Actúe de acuerdo al cora-
zón de Dios, no importando lo que se sienta en ese momento. Puede que tu
deseo sea estallar en ira, pero debes actuar de acuerdo a como Dios actuaría,
con su mansedumbre. Eso no lo tenían los hijos de Sarvia, por eso para David
eran duros, nocivos, desfavorables como malas noticias.
Cuando Absalón se rebeló contra su padre, David fue traicionado no tan
sólo por su propio hijo, sino también por sus mejores amigos, incluyendo a su
consejero personal, Ahitofel (2 Samuel 15:12). Por lo cual, al ver el hijo de Isaí
que el complot en su contra se hacía más fuerte, decidió huir con unos cuantos
fieles. Esta penosa situación vino a conse-
cuencia de su pecado contra Urías heteo, por
cuya causa Jehová juró que la espada no se “No es tener
apartaría jamás de su casa (2 Samuel 12:9,10). celo de Dios,
Y como el rey estaba consciente de estas cosas, sino tener Su
lloraba amargamente sus culpas. Así, abando-
corazón”
nando el trono, subió David la cuesta de los
Olivos, descalzo y llorando, junto al pueblo
que le seguía (2 Samuel 15:30). Mas, al llegar
David hasta Bahurim sucedió el incidente, donde sale por primera vez la expre-
sión que nos ocupa, veámoslo:

“… y he aquí salía uno de la familia de la casa de Saúl, el cual


se llamaba Simei hijo de Gera; y salía maldiciendo, y arrojando
piedras contra David, y contra todos los siervos del rey David; y
todo el pueblo y todos los hombres valientes estaban a su derecha
y a su izquierda. Y decía Simei, maldiciéndole: ¡Fuera, fuera,
hombre sanguinario y perverso! Jehová te ha dado el pago de toda
la sangre de la casa de Saúl, en lugar del cual tú has reinado, y
Jehová ha entregado el reino en mano de tu hijo Absalón; y hete
aquí sorprendido en tu maldad, porque eres hombre sanguina-
rio. Entonces Abisai hijo de Sarvia dijo al rey: ¿Por qué maldice
este perro muerto a mi señor el rey? Te ruego que me dejes pasar,
y le quitaré la cabeza”
(2 Samuel 16:5-9).

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Nota como los fieles valientes protegían a David, rodeándolo, estando a


su derecha y a su izquierda. Abisai no pudo sufrir el insulto y las maldiciones
que Simei decía contra David y estalló en celo: « ¿Qué se cree este perro muer-
to que maldice a mi rey? ¡Déjenme que le arranque la cabeza!» Mas, David
quien era el blanco de todas aquellas maldiciones reaccionó diciendo:

“¿Qué tengo yo con vosotros, hijos de Sarvia? Si él así maldice, es


porque Jehová le ha dicho que maldiga a David. ¿Quién, pues,
le dirá: ¿Por qué lo haces así?...”
(2 Samuel 16:10).

Al analizar este incidente, es lógico que alguien diga: «Pero, ¿por qué
David reaccionó así contra Abisai? ¿Por qué él se enoja contra un hombre que
lo está defendiendo? Este hombre ha arriesgado su vida por él; en el momento
que todos sus amigos lo traicionaron, él permaneció; y todavía marchando
hacia su exilio, aparentemente derrotado, su celo no merma y demanda respe-
to para su rey». Es cierto, parece leal y noble la reacción de Abisai a favor del
rey, sin embargo, David se enoja y en su expresión denota descontento por su
manera de obrar y reaccionar. En otras palabras, David le dice: «Pero, ¿qué
tengo yo con ustedes? Esa no es mi forma de resolver los problemas. Yo no
necesito que nadie me defienda, ¡a mí me defiende Dios! Yo no resuelvo los
problemas con mis manos ni con violencia. Mi vida está sometida a la sobera-
nía de Dios». David, más que a un enemigo que lo maldecía, veía a Dios que
lo estaba disciplinando, tal como lo expresara el salmista: “Bueno me es haber
sido humillado, Para que aprenda tus estatutos” (Salmos 119:71).
Todo lo que le ocurría a David, él se lo atribuía a Dios, de manera que si
un hombre se atrevía a maldecirle, seguramente era porque Jehová lo permi-
tía. Y si así ha sido ¿quién lo puede impedir? David era un hombre maduro
que aceptaba la disciplina del Señor, porque sabía que nada ocurre sin que
Dios lo sepa o lo haga. Por eso, él se sometía a la soberanía de Dios y como
hombre maduro se dejaba disciplinar. En cambio, este hijo de Sarvia vino con
su celo sin ciencia, obviamente con otro espíritu y con violencia.
Muchas veces en nuestro celo por Dios se cuelan otras cosas. Por tanto, lo
importante aquí no es tener celo de Dios, sino tener Su corazón. El
celo según su corazón se define en un andar en el consejo de Dios, en su volun-
tad, en su intención y con su mismo Espíritu. Es un celo que se manifiesta en
el fruto del Espíritu, en amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,
mansedumbre, templanza, etc. (Gálatas 5:22,23). En la madurez hay sujeción a

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la voluntad de Dios, y sometimiento a la disciplina del Señor. Ese era el corazón


de David, pero no el de los hijos de Sarvia. Meditemos en estas cosas.
Hay ocasiones que manifestamos celos, pero es de nuestra carne, basado en
otras cosas menos en Dios. Jesús le dijo a Pedro, cuando intentó defenderlo de
la turba que vino con Judas a aprehenderlo en el huerto de Getsemaní: “… Mete
tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Juan
18:11) Y en Mateo dice: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que
él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían
las Escrituras, de que es necesario que así se haga?” (Mateo 26:53, 54). Y lo que
ocurre es que con nuestro celo entorpecemos los caminos rectos del Señor, por-
que no tiene ciencia ni está de acuerdo a Dios. El que tiene el corazón de Dios
actúa siempre sometido a la voluntad del Señor y no a la suya propia.
Si continuamos delineando el carácter de David versus los hijos de Sarvia,
reafirmaremos la gran diferencia de espíritus: el del rey apacible, mientras el
de ellos vengativo y sanguinario. Cuando muere Absalón, su padre lo llora y
vuelve a Jerusalén para restablecerse en su trono, pero cuando David estaba
cruzando el Jordán, Simei, el que le había maldecido corrió a recibirle jun-
to con los de Judá y el pueblo (2 Samuel 19:16). Entonces, Simei se postró
delante de él y le dijo: “No me culpe mi señor de iniquidad, ni tengas memoria
de los males que tu siervo hizo el día en que mi señor el rey salió de Jerusalén;
no los guarde el rey en su corazón. Porque yo tu siervo reconozco haber pecado,
y he venido hoy el primero de toda la casa de José, para descender a recibir a mi
señor el rey” ((2 Samuel 19:19-20). Vemos aquí un hombre que reconoce haber
pecado, y se arrepiente y se humilla delante de su agraviado. Mas, antes que
David pudiera articular una palabra nuevamente, le salió al encuentro Abisai
y le dijo: “¿No ha de morir por esto Simei, que maldijo al ungido de Jehová?”
(v. 21). Vemos otra vez la actitud de Abisai, el cual no había entendido y por
segunda vez David le reclama: “¿Qué tengo yo con vosotros, hijos de Sarvia, para
que hoy me seáis adversarios? ¿Ha de morir hoy alguno en Israel? ¿Pues no sé yo
que hoy soy rey sobre Israel? Y dijo el rey a Simei: No morirás. Y el rey se lo juró”
(vv. 22-23) ¡Qué corazón tenían estos hombres que no podían discernir el
tiempo ni las sazones de su rey!
¿Cómo puede David, en un día de gozo y de victoria, en que Jehová le
ha restaurado en el reino, ajusticiar a los que fueron sus contrarios? Hagamos
una retrospección e imaginemos el gozo que podía haber sentido David al ver
que Jehová lo había sacado de la humillación y de la vergüenza… Él volvía
con alegría a la tierra que tiempo atrás había dejado con lágrimas. Y para
coronar su victoria, los que habían quedado en Jerusalén vienen a recibirle,

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a rendirle honor, incluyendo sus enemigos, que ahora venían a humillarse


delante de él. Aquel que había sido más osado y se había atrevido a maldecirle,
ahora se adelanta para ser el primero en recibirle, y postrado pedirle perdón.
Pero Abisai, impulsivo y vengativo, abre la boca para clamar venganza, insen-
sible al corazón del rey donde hay perdón, agradecimiento y gratitud a Jehová
que nuevamente le honró. ¿Cómo podría derramar sangre en el día del gozo y
de la restitución? Definitivamente, no había concordia entre ellos, por eso de
colaboradores pasan a ser adversarios.
Existen cuatros palabras hebreas que son traducidas como “adversario”.
David pudo usar tres palabras de estas, pero la que usó es raramente usada en
el Antiguo Testamento. La palabra que utilizó David fue “satán”, de donde
viene el nombre Satanás. David les dijo: «Ustedes me son Satanás». En otras
palabras: «¿Qué tengo yo con ustedes? ¿Qué armonía? ¿Qué acuerdo? ¿Cómo
es que estamos juntos? ¿Por qué estamos unidos en una causa común si uste-
des no se parecen a mí? ¿Qué espíritu hay en ustedes que me es contrario, que
me adversa, que se me opone, que me es Satanás?» Y es que podemos hacer
un montón de cosas, pelear las guerras del reino, hacer proezas, conquistar
naciones, ser leales a nuestro rey, cuidarle, celarle, exponernos por él, gastar
nuestras vidas y recursos y al final todo se convierte en algo vano, si no tene-
mos su Espíritu ni su corazón.
¡Oye, iglesia de Jesucristo, tú siempre tendrás que ser un pueblo conforme
al corazón de Dios! Entiende que el hecho no es pelear, ni conquistar, ni gue-
rrear, ni darse, ni entregarse, ni esforzarse, es tener el corazón y la motivación
correcta. Tener su corazón es tener el mismo Espíritu, actuar en el fruto del
Espíritu, en todo lo que es Él y obrar como Él lo haría. El que no tiene el
corazón del rey siempre andará desorientado, “fuera de foco” y nunca dará en
el blanco del propósito divino.
Revalidemos este pensamiento en uno de los relatos del Evangelio. Para
tener un contexto, Pedro le dijo a Jesús: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios
viviente” (Mateo 16:16), expresando una verdad que sólo podía ser revelada
por el Padre que está en los cielos. Mas, luego que Jesús comenzó a declarar a
sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancia-
nos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al
tercer día, entonces dice el evangelio que Pedro le tomó aparte y comenzó a
reconvenirle diciéndole: “Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto
te acontezca” (Mateo 16:22). La actitud de Pedro no dista mucho de la Joab,
Abisai y Asael, tratando de evitarle un dolor a su líder. Pero Jesús reacciona
a esto y enfrentando a Pedro, le dice: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me

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eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hom-
bres” (Mateo16:23). Jesús también usó la palabra tropiezo del griego skandalon
que en su uso original es un tipo de trampa que se usaba en aquellos días. Por
lo cual, la enseñanza es esta: cualquiera se puede convertir en un Satanás -no
importa el nivel espiritual ni la revelación más elevada que haya recibido- si
pone los ojos en las cosas de los hombres y no en las de Dios.
De nada sirve que un hombre dé su vida y se esfuerce en las guerras de
Dios, cuando su fin es algo terrenal y no celestial. El que tiene el corazón
del reino, también tiene sus ojos puestos en las cosas del reino, actúa en el
Espíritu del reino, con la motivación del reino, en el propósito del reino, en
el consejo del reino, y sometido al plan de Dios y en lo que Él quiere hacer
en ese momento en beneficio de su reino. ¿Cómo es posible que personas
que pasan su vida sirviéndole a Dios, como estos hijos de Sarvia, que diri-
gieron hombres de guerra, conquistaron reinos y ganaron batallas, al final le
sean “satanás” al rey? Por tanto, no es hacer, sino ser. Obrar correctamente
es poseer el verdadero espíritu.
Me llama la atención la actitud de Pedro al reconvenir al Maestro, rogán-
dole que no se entregara porque temía por su vida, con la cual no es difícil
estar de acuerdo. ¿Quién quiere que se muera un amigo, que desaparezca
su compañero o que se tronche la vida de su líder? Pero la preocupación del
discípulo era falsa, pues en ella se escondían ciertos pensamientos que eran
contrarios al plan de Dios y propósito celestial. Pedro pensaba que si Jesús
moría no habría reino, y todo lo que había dejado por obtener una vida mejor
se podía venir al suelo con la muerte del Hijo de Dios. Este cristiano quería
un reino sin cruz, pero la Palabra de Dios dice que sin derramamiento de
sangre no hay remisión de pecados (Hebreos 9:22). La gloria se escribe
con sangre. Si Cristo no muere no hay gloria. ¡Sin la muerte del que era la
muerte de la muerte no habría reino de vida en la tierra!
La palabra reconvenir (gr. epitimao) significa juzgar, reprender, amonestar
duramente, mostrar el honor, levantar el precio. Aplicando, vemos que Pedro
comenzó a reprender a Jesús y también a halagarle, a mostrarle lo mucho que
valía para dejarse crucificar. Podemos decir que Pedro le prestó la boca a Sata-
nás, diciéndole: «¡Reacciona! ¿Es que te has vuelto loco? ¡Tú vales mucho! ¡Tú
no puedes dar tu vida! ¡Que eso no te ocurra, tu vida vale más que tu muerte!
¡No te entregues, ten compasión de ti!» Increíble, Pedrito el pescador, repren-
diendo al Hijo de Dios. Satanás quería ponerle tropiezo a Cristo, para que no
muriera y se aprovechó de esa falsa compasión. Hay celos que se convierten en
tropiezo, que hacen caer, que perturban el plan de Dios y hacen de la persona
que los siente un adversario del propósito eterno del Señor.

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Cuando no tenemos el corazón de Dios, ni el Espíritu del reino, aunque


realicemos muchas cosas y nos esforcemos, somos adversarios. Por eso, Jesús
dijo: “El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparra-
ma” (Mateo 12:30). Estar con Jesús es tener su mismo corazón, porque el que
no está con él, está contra él. Podemos tener muy “buena intención” y decir:
«Mira Señor he ganado tantas almas para el reino [conquista, esfuerzo]; vivo
para ti [entrega]; quiero que reines, cuido celosamente que se cumplan tus
mandamientos y no acepto que nadie te maldiga [celo]», y todo eso suena
bonito, pero cuando vamos a su esencia, a la verdadera motivación, puede que
todo eso sea un tropiezo, algo adverso al corazón de Dios.
Finalmente, volviendo a los hijos de Sarvia, cuando el ejército de David
salía a perseguir a Absalón, David quiso acompañarles pero el pueblo se lo
impidió, entonces él les recomendó a los capitanes y a los que estaban al man-
do (Joab, Abisai e Itai): “Tratad benignamente por amor de mí al joven Absalón”
(2 Samuel 18:5). Mas, cuando Absalón se encontró con la armada de David,
el mulo en el que andaba se entró debajo de unas ramas fuertemente tupidas
de una encina, y su larga y hermosa cabellera se le enredó en las mismas, por
lo que el mulo pasó, pero el joven se quedó suspendido en el aire, colgando de
las ramas y sin poder librarse ((2 Samuel 18:9). Uno de los soldados de David
que lo vio, fue y avisó a Joab, y éste le dijo: “Y viéndolo tú, ¿por qué no le matas-
te luego allí echándole a tierra? Me hubiera placido darte diez siclos de plata, y
un talabarte” (vv. 10-11). El hombre sorprendido le respondió: “Aunque me
pesaras mil siclos de plata, no extendería yo mi mano contra el hijo del rey; porque
nosotros oímos cuando el rey te mandó a ti y a
Abisai y a Itai, diciendo: Mirad que ninguno
toque al joven Absalón” (v. 12), entonces Joab
“Cuando no le respondió con desdén: “No malgastaré mi
tenemos el tiempo contigo” (v. 14). Hecho así, Joab tomó
corazón de Dios, tres dardos en sus manos y los clavó directa-
mente en el corazón de Absalón, luego diez
ni el Espíritu del
de sus escuderos le rodearon y terminaron
reino, aunque de matarle (v. 15). ¡Qué duro ese Joab! ¿Qué
realicemos tenían estos hijos de Sarvia con David que
muchas cosas ni siquiera a su propio hijo perdonaron?
y nos esforcemos, Aparentemente, Joab había matado a
Absalón por haberse rebelado contra el rey,
somos pero la verdadera razón fueron otras. Nota
adversarios” que si Absalón reinaba era probable que

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Joab no fuese el general de su armada, por lo que había sucedido entre ellos.
Sucedió que cuando David hizo volver a Absalón, después de haber sido echa-
do de su presencia por haber matado a su hermano, el joven trató de reunirse
con Joab y le mandó a buscar en dos ocasiones y éste no quiso ir, por lo que
Absalón mandó a prenderle fuego a un campo propiedad del general para ver
si así reaccionaba (2 Samuel 14:29-30). Entonces, Joab fue a verle y le pidió
explicaciones a Absalón, pero no hizo nada en su contra ni profirió palabra,
pero aparentemente le guardó la cuenta para otra ocasión, y se la cobró con
creces. Por tanto, la muerte de Absalón fue un ajuste de cuentas entre Joab
y el engreído jovencito, más que protección al reino. Es evidente que todo lo
que amenazaba a Joab, él lo incluía en su agenda militar sin importar rango (2
Samuel 3:27), ni relación familiar (2 Samuel 17:25; 20:20) ni mucho menos
orden recibida (2 Samuel 18:5). Todo lo que le estorbaba o fuera una amenaza
a sus intereses lo quitaba del medio.
Cuando el rey supo la noticia que Absalón había muerto, turbado lloró
amargamente y gritaba: “¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién
me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!” (2 Samuel
18:33). ¡Qué dolor! El cuerpo de David temblaba, sus piernas flaqueaban, pero
el rey seguía gritando, sin importarle que vieran su humillación… tan sólo que-
ría ver a su hijo… tocar su larga cabellera … No importaba la vergüenza que le
había ocasionado, el dolor que le había causado, la traición que había orquesta-
do, todo eso quedaba atrás, en un segundo lugar frente aquella hermosura iner-
te en Aquel que desde la planta de su pie hasta su coronilla no había defecto (2
Samuel 14:25), pero que ahora reposaba extinto e indiferente a sus pies. No…
su corazón ahora estaba traspasado de dolor, y de lo profundo de su ser solo salía
un punzante clamor: “¡Hijo mío Absalón, Absalón, hijo mío, hijo mío!” (2 Samuel
19:4). Mas, cuando le dieron aviso a Joab de las condiciones en que estaba el rey,
el general se enojó. Luego, sin mostrar un hálito de respeto al luto de aquel por
quien tantas veces se había esforzado, y sin ningún vestigio de arrepentimiento
por lo que había hecho, con gran desfachatez lo reprendió:

“Hoy has avergonzado el rostro de todos tus siervos, que hoy han
librado tu vida, y la vida de tus hijos y de tus hijas, y la vida
de tus mujeres, y la vida de tus concubinas, amando a los que
te aborrecen, y aborreciendo a los que te aman; porque hoy has
declarado que nada te importan tus príncipes y siervos; pues hoy
me has hecho ver claramente que si Absalón viviera, aunque
todos nosotros estuviéramos muertos, entonces estarías contento.

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Levántate pues, ahora, y ve afuera y habla bondadosamente a tus


siervos; porque juro por Jehová que si no sales, no quedará ni un
hombre contigo esta noche; y esto te será peor que todos los males
que te han sobrevenido desde tu juventud hasta ahora”
(2 Samuel 19:5-7).

¡Qué cinismo! Pero, ¿cómo podía entender este Joab que el rey estaba llo-
rando, no tanto a su hijo muerto, sino a las consecuencias de su pecado. Sin
dudas se había cumplido lo que Jehová sentenció por boca del profeta Natán:
“He aquí yo haré levantar el mal sobre ti de tu misma casa, y tomaré tus mujeres
delante de tus ojos, y las daré a tu prójimo, el cual yacerá con tus mujeres a la
vista del sol. Porque tú lo hiciste en secreto; mas yo haré esto delante de todo Israel
y a pleno sol. […] También Jehová ha remitido tu pecado; no morirás. Mas por
cuanto con este asunto hiciste blasfemar a los enemigos de Jehová, el hijo que te
ha nacido ciertamente morirá” (2 Samuel 12:11-14). David no sólo lloraba la
muerte de Absalón, sino: a) El pecado de Amnón, quien violó a su hermana
Tamar (2 Samuel 13:14); b) La posterior muerte de este a manos de Absalón
(2 Samuel 13:32); c) La revuelta de Absalón contra él (2 Samuel 15:12); y d)
La toma de Absalón de sus concubinas a quienes violó a la vista de todo Israel
(2 Samuel 16:22). Tal como él mismo había sentenciado, pagó cuatro veces
tanto (2 Samuel 12:6).
David era amigo de sus enemigos y lloraba también por sus hijos rebel-
des, como llora Dios. Nunca podría entender estas razones el general asesino,
poseedor de impulsos locos y maquiavélicos, porque obviamente pensaba que
el fin justificaba los medios. Hay cosas que parecen de Dios pero no son de
Dios, sino que son adversas y causan tropiezo. Sería terrible que nos convirta-
mos en adversarios de Dios sin saberlo; que nos pasáramos toda la vida sirvién-
dole y que al final todo ese esfuerzo haya sido inútil, porque no lo hicimos de
acuerdo con el corazón de Dios, el cual paga a cada uno conforme a sus obras
(Romanos 2:6). Por tanto, para tener el corazón de Dios hay que conocer a
Dios y luego someterse a Él. Veamos ahora cómo terminó Joab.
Al paso del tiempo que David había envejecido, Adonías, uno de sus hijos
nacidos después de Absalón, dijo: “Yo reinaré” (1 Reyes 1:5), y se puso de
acuerdo con Joab hijo de Sarvia y con el sacerdote Abiatar (v. 7). Sabemos que
Jehová había dicho a David que Salomón reinaría después de él, y David se lo
había prometido a Betsabé la madre de Salomón (v.13), pero ellos intentaron
ignorar estas cosas. Cuando David fue alertado sobre eso, llamó al sacerdote
Sadoc, al profeta Natán, y a Benaía hijo de Joiada, y les dijo: “Tomad con

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vosotros los siervos de vuestro señor, y montad a Salomón mi hijo en mi mula,


y llevadlo a Gihón; y allí lo ungirán el sacerdote Sadoc y el profeta Natán como
rey sobre Israel, y tocaréis trompeta, diciendo: ¡Viva el rey Salomón! Después iréis
vosotros detrás de él, y vendrá y se sentará en mi trono, y él reinará por mí; porque
a él he escogido para que sea príncipe sobre Israel y sobre Judá” (1 Reyes 1:32-35).
Ellos hicieron como David había ordenado y entonces Salomón fue confirma-
do en el trono de su padre, y todo el pueblo clamaba: ¡Viva el rey Salomón! Y
todos le seguían y la gente cantaba con flautas, y era notoria la algarabía que
había en Israel (vv. 39-40).
Cuando Adonías, Joab y los que con ellos estaban oyeron lo que había
ocurrido, dice la Biblia que se estremecieron y cada uno se fue por su lado.
Adonías se refugió lleno de miedo en el templo, y se asió de los cuernos del
altar (1 Reyes 1:49-50). Todo eso se lo hicieron saber a Salomón y éste dijo:
“Si él fuere hombre de bien, ni uno de sus cabellos caerá en tierra; mas si se hallare
mal en él, morirá” (v. 52). El rey lo perdonó
(v. 53), pero no corrieron con la misma suer-
te aquellos que anduvieron fuera de foco y
“No es hacer,
que en el momento que tuvieron que ungir
al que sustituirá al rey, se pusieron departe sino ser”
de los rebeldes, siguiendo a aquel a quien
Jehová no eligió. Entre ellos estaba Joab.
¿Por qué Natán no se puso de parte de Adonías, sino de Salomón aunque
era un joven? Porque el corazón del profeta estaba de acuerdo con el corazón
de Dios, y por consiguiente en armonía con su propósito. Los que son como
Dios dicen: «Al que elija Jehová a ese voy a seguir, a ese voy a ungir y a ese
me voy a someter». El pueblo de Israel le dijo a Josué, después de la muerte de
Moisés: “De la manera que obedecimos a Moisés en todas las cosas, así te obede-
ceremos a ti; solamente que Jehová tu Dios esté contigo, como estuvo con Moisés”
(Josué 1:17). Estemos siempre de parte de Dios.
Luego vemos, cuando llegó el tiempo que David había de morir, llamó a
su hijo Salomón para aconsejarle, pero también le advirtió: “Ya sabes tú lo que
me ha hecho Joab hijo de Sarvia, lo que hizo a dos generales del ejército de Israel,
a Abner hijo de Ner y a Amasa hijo de Jeter, a los cuales él mató, derramando en
tiempo de paz la sangre de guerra, y poniendo sangre de guerra en el talabarte
que tenía sobre sus lomos, y en los zapatos que tenía en sus pies. Tú, pues, harás
conforme a tu sabiduría; no dejarás descender sus canas al Seol en paz” (1Reyes
2:5-6). Con estas palabras, David sentenció a muerte a Joab, y no lo mató
cuando él reinaba, porque David es un tipo del Padre, y la Palabra dice que “el

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Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo…” (Juan 5:22). Luego
vemos que Salomón ordenó:

“… mátale y entiérrale, y quita de mí y de la casa de mi padre


la sangre que Joab ha derramado injustamente. Y Jehová hará
volver su sangre sobre su cabeza; porque él ha dado muerte a dos
varones más justos y mejores que él, a los cuales mató a espada sin
que mi padre David supiese nada: a Abner hijo de Ner, general
del ejército de Israel, y a Amasa hijo de Jeter, general del ejército
de Judá. La sangre, pues, de ellos recaerá sobre la cabeza de Joab,
y sobre la cabeza de su descendencia para siempre; mas sobre
David y sobre su descendencia, y sobre su casa y sobre su trono,
habrá perpetuamente paz de parte de Jehová. Entonces Benaía
hijo de Joiada subió y arremetió contra él, y lo mató; y fue sepul-
tado en su casa en el desierto”
(1 Reyes 2:31-34).

Joab murió, sin pena ni gloria, como un villano fue cortado, porque
en todo lo que hizo nunca tuvo el corazón del rey. Y fueron puestos otros
en lugar de todos aquellos que obraron fuera de la voluntad de su señor
(1 Reyes 2:35). Cuando lleguemos a la presencia de Dios puede que nos
parezca injusto ver a muchos grandes, que hicieron proezas para Dios y Él
les diga en aquel día: “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”
(Mateo 7:23). ¿Cómo puede ser, si esos hombres dedicaron toda su vida a
Dios? “Conoce el Señor a los que son suyos” (2 Timoteo 2:14). No es hacer,
sino ser, pues los que son como Dios actúan como Dios y nunca andan
errados o equivocados, ni motivados por un mal espíritu, pues tienen el
corazón del rey. A esos, Dios nunca les dirá: «¿Qué tengo yo con ustedes?».
Que Jehová nos bendiga y que haga que esta verdad quede para siempre en
nuestros corazones, para que todas nuestras obras sean hechas en Dios y de
acuerdo a su corazón.

2.2  Los Dos Reinos


“Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que
te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han des-
echado, para que no reine sobre ellos”

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el llamamiento es conforme 129
al cor azón de dios

-1 Samuel 8:6-7

Dios es soberano, Su poder es ilimitado y su dominio absoluto sobre


todo lo creado. Con todo, el hombre ha desechado a Dios de su vida y
vive fuera de su control, estableciendo en este mundo su propio reino.
Esta actitud humanista se ha fortalecido, aún más, a través del tiempo,
de manera que se ha infiltrado incluso en la iglesia, y se puede ver en ella
claramente estos dos reinos: el reino de los hombres y el reino de Dios. Es
posible que para algunos esta verdad resulte un tanto inconveniente, pero
conociendo que ningún ministerio es de Dios si no ha sido establecido por
Él y dirigido por su Santo Espíritu, esta aseveración en vez de escandali-
zarnos debiera preocuparnos.
En nuestro versículo tema, vemos como el pueblo de Israel pide a Samuel
un rey, desechando al Rey de reyes y Señor de señores. Pero, para tener una
perspectiva más clara del asunto, veamos el contexto en estos versículos:

“Aconteció que habiendo Samuel envejecido, puso a sus hijos


por jueces sobre Israel. Y el nombre de su hijo primogénito fue
Joel, y el nombre del segundo, Abías; y eran jueces en Beerseba.
Pero no anduvieron los hijos por los caminos de su padre, antes
se volvieron tras la avaricia, dejándose sobornar y pervirtiendo
el derecho. Entonces todos los ancianos de Israel se juntaron, y
vinieron a Ramá para ver a Samuel, y le dijeron: He aquí tú
has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto,
constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas
las naciones. Pero no agradó a Samuel esta palabra que dijeron:
Danos un rey que nos juzgue. Y Samuel oró a Jehová”
(1 Samuel 8:1-6).

Seguramente, has escuchado muchos sermones acerca de este incidente,


pero te aseguro que lo que vamos a estudiar en este segmento es distinto a lo
que hemos escuchado con relación a la aplicación de este pasaje bíblico. Por
tanto, la primera enseñanza de este mensaje es la causa por la cual Israel deseó
el reino de los hombres y no quiso más el de Dios. El motivo por el cual ellos
pidieron rey fue porque el ministerio profético y sacerdotal se había corrom-
pido. Los que conocen la historia saben que, tristemente, en la iglesia cristia-
na ha ocurrido lo mismo. La causa por la cual la iglesia dejó la teocracia -el
gobierno de Dios-, para tomar la democracia –gobierno de los hombres- fue

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130 la honr a del ministerio

porque perdieron la confianza en sus líderes. Los obispos y ministros man-


cillaron el oficio y empezaron a hacer política, a manipular con la Palabra,
entonces el pueblo les perdió el respeto y ellos perdieron el temor de Dios.
Ellos se apartaron de la dirección del Espíritu Santo de tal manera que tuvie-
ron que fomentar el gobierno de los hombres, para poder gobernar la iglesia.
Igualmente pasó en Israel. Samuel fue un hombre muy íntegro como profeta
y sacerdote, y también como juez de Israel, pero sus hijos eran corruptos, y
aunque él los amonestó, ellos no siguieron su camino, y el pueblo no soportó
dicha conducta
Por eso, ministros, ancianos, diáconos y servidores todos de la iglesia, los
que sirven a Dios deben ser íntegros, amando, respetando y viviendo los prin-
cipios del reino de los cielos, para que nunca el pueblo pierda el amor y el
respeto al Señor. Cuando la iglesia ve que no puede confiar en sus líderes
como guías espirituales, entonces busca el sistema de los hombres. Nota la
petición del pueblo: “He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus
caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas
las naciones” (1 Samuel 8:5). Es triste reco-
nocer que la iglesia vive hoy en esa realidad.
“El que se hace Y lo digo no como una crítica, sino con
mucho dolor, porque la iglesia representa el
rey en la iglesia,
cuerpo de Cristo, y nosotros somos parte de
a Cristo se opone” ese cuerpo, así que no podemos decir “ellos”,
sino “nosotros”, pues somos una sola cosa.
La iglesia, desde hace muchos siglos, ha
dejado el reino de Dios y le ha dicho al Señor con sus obras: «No queremos
que tú reines, sino que un hombre reine entre nosotros». De la forma como
Israel menospreció el reinado de Jehová, y prefirió sobre Él al sistema de los
hombres para parecerse a las demás naciones, así la iglesia ha apostatado de su
confianza del principio.
Hasta ese momento, Israel nunca había tenido un rey humano, sino un
líder espiritual, un juez o profeta que los guiaba bajo la dirección de Jehová.
Así gobernaba Dios en Israel, pero ellos menospreciaron Su forma de gobier-
no y lo desecharon como soberano de Su reino (1 Samuel 8:7). El sistema
de Dios se define como teocrático (del gr. theos, Dios y cracia dominio) que
significa “gobierno de Dios”, por lo que en otras palabras, ellos dijeron: «No
queremos teocracia sino democracia (del gr. demo, pueblo y cracia, dominio)»,
que gobierne el pueblo.

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el llamamiento es conforme 131
al cor azón de dios

Trasladémonos en este instante al momento de la crucifixión, y observe-


mos al pueblo de Israel frente a Pilato, pidiéndole a gritos que crucificase a
Jesús. Pilato luchaba por librarse de condenar a un justo, por eso les dijo: “¿A
vuestro Rey he de crucificar? Respondieron los principales sacerdotes: No tenemos
más rey que César” (Juan 19:15). También dijeron: “Si a éste sueltas, no eres
amigo de César; todo el que se hace rey, a César se opone” (Juan 19:12). Y yo
tomo esta última frase para decir lo que me dijo el Espíritu Santo: el que se
hace rey en la iglesia, a Cristo se opone, porque la iglesia tiene un solo
rey, y es nuestro Señor Jesucristo.
Ahora, ¿cuántos están reinando en la iglesia hoy con la llamada democracia?
En el tiempo antiguo, Dios tomó a Moisés para dirigir al pueblo, pero quien
gobernaba era Dios. Él escuchaba lo que Jehová le decía, lo cual se lo expresaba
al pueblo, quien a su vez obedecía, y Dios reinaba. Moisés sólo era el mediador
del pacto, el caudillo. Por tanto, sí, había un líder, pero era Dios el que reinaba.
Cuando hubo la necesidad de escoger setenta varones entre los ancianos de
Israel, la Palabra dice que Dios tomó del espíritu de Moisés y los repartió sobre
ellos (Números 11:24-25). Jehová dijo: “… yo descenderé y hablaré allí contigo, y
tomaré del espíritu que está en ti, y pondré en ellos; y llevarán contigo la carga del
pueblo, y no la llevarás tú solo” (Números 11:17). Ellos no eran una junta ni se
reunían para discutir los asuntos que Jehová les había encomendado. Tampoco
los ancianos levantaban las manos para ver quienes estaban de acuerdo o en des-
acuerdo y tener un consenso para tomar la decisión, sino que Jehová les dio el
mismo espíritu y la misma dignidad, para que ayuden a Moisés en la tarea que
Él le había encomendado a su siervo. No para ellos gobernar, sino para ayudar
al líder en la ejecución de la voluntad de Dios.
Así nosotros somos cola-boradores, ayudantes en el gobierno de Dios. El
Señor va al frente, porque es el líder y nosotros detrás, como “cola”, porque le
seguimos a Él. En el reino de los hombres se les llama servidores públicos a
aquellos que tienen una posición en el Estado o en alguna institución guber-
namental; en el reino de los cielos se les llama siervos, a los que tienen alguna
función en el reino, a través de los cuales Dios hace su voluntad.
Si volvemos al pasaje bíblico que nos ocupa, veremos que a Samuel no le
agradó el deseo del pueblo de tener un rey, y oró a Jehová y Él le respondió:
“Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan” (1 Samuel 8: 6-7). El Señor es
experto en oír y cumplir las oraciones de su pueblo. Recordemos cuando el
pueblo de Israel se preparaba para entrar a la tierra prometida, que Jehová
envió hombres a reconocer la tierra y los doce espías volvieron a dar su infor-
me. Estos dijeron a Moisés que no podían subir contra ese pueblo porque ellos

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eran más fuerte, que la tierra se tragaba a su moradores y que había gigantes,
hombres tan grandes que delante de ellos el pueblo de Dios era como insectos
y que así también ellos los verían (Números 13:31-33). Al oír ese informe el
pueblo se desanimó y lloró toda aquella noche (Números 14:1), y se quejaron
contra Moisés y contra Aarón diciendo: “¡Ojalá muriéramos en la tierra de
Egipto; o en este desierto ojalá muriéramos!” (v. 2). Y Dios oyó y les dijo: “Vivo
yo, dice Jehová, que según habéis hablado a mis oídos, así haré yo con vosotros. En
este desierto caerán vuestros cuerpos; todo el número de los que fueron contados de
entre vosotros, de veinte años arriba, los cuales han murmurado contra mí” (vv.
28-29). De esta misma manera dijo Jehová a Samuel que escuchara todo lo
que dijeran, porque exactamente lo que pidieran, eso les daría.
¿Sabes lo que hizo Dios frente a la petición de que les diera un rey? Se con-
virtió en un demócrata, porque todo el que escucha al pueblo para actuar se
vuelve un demócrata. Los gobiernos democráticos con que se rigen la mayoría
de las naciones en este mundo gobiernan de acuerdo a la opinión pública o
presión del pueblo. Las naciones ya no se dirigen por firmes principios, sino
por la variable opinión del pueblo. Apenas la gente protesta, el que está en
autoridad hace sus arreglos, porque su interés es estar bien con el pueblo, para
mantenerse en la posición, a pesar que el deseo de las masas sea incorrecto.
Así Dios oyó la oración, pero antes de dejarlos a su libre albedrío, Dios le
dijo a Samuel: “Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han
desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos. Con-
forme a todas las obras que han hecho desde el día que los saqué de Egipto hasta
hoy, dejándome a mí y sirviendo a dioses ajenos, así hacen también contigo. Aho-
ra, pues, oye su voz; mas protesta solemnemente contra ellos, y muéstrales cómo
les tratará el rey que reinará sobre ellos” (1 Samuel 8:7-9). Entonces Samuel
tomando la palabra les dijo:

“Así hará el rey que reinará sobre vosotros: tomará vuestros hijos,
y los pondrá en sus carros y en su gente de a caballo, para que
corran delante de su carro; y nombrará para sí jefes de miles y
jefes de cincuentenas; los pondrá asimismo a que aren sus campos
y sieguen sus mieses, y a que hagan sus armas de guerra y los per-
trechos de sus carros. Tomará también a vuestras hijas para que
sean perfumadoras, cocineras y amasadoras. Asimismo tomará lo
mejor de vuestras tierras, de vuestras viñas y de vuestros olivares,
y los dará a sus siervos. Diezmará vuestro grano y vuestras viñas,
para dar a sus oficiales y a sus siervos. Tomará vuestros siervos y

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el llamamiento es conforme 133
al cor azón de dios

vuestras siervas, vuestros mejores jóvenes, y vuestros asnos, y con


ellos hará sus obras. Diezmará también vuestros rebaños, y seréis
sus siervos. Y clamaréis aquel día a causa de vuestro rey que os
habréis elegido, mas Jehová no os responderá en aquel día”
(1 Samuel 8:11-18).

Esta es una perfecta descripción del gobierno de los hombres en el mundo


y también en la iglesia. Lamentablemente, en las iglesias donde no hay gobier-
no de Dios, los hombres colocan sus pólizas y constituciones por encima de
la Biblia, y toman sus decisiones de acuerdo a sus leyes. De esta forma, aquel
que sea más político o tenga más argumento para convencer al grupo, reinará
sobre todos. Entonces, después de haber discutido y de faltarse el respeto los
unos a los otros, tratando de imponer su punto de vista, se logra una decisión
a favor -aunque manipulada- y luego dicen: «Dios nos dirigió».
De hecho, en muchos círculos de la iglesia, cuando entras ya no tienes nada
qué pensar ni qué hacer, pues ellos deciden todo, incluso lo que debes comer y
hasta cuántas veces debes masticar la comida antes de tragártela. Te prohíben
ir a la playa, al cine, etc.; también te dicen cómo debes vestirte, con quién te
tienes que casar, cuántos hijos debes tener y quiénes podrían ser tus amigos.
En conclusión, te hacen un plan familiar y programan tu vida a tal punto que
¡ay de ti si no te sometes!, porque te pasan juicio y te discriminan, y hasta te
excomulgan. Es un control total sobre las personas. Así que en la iglesia donde
veas que hay un líder y una junta apropiándose de la gente, de sus bienes y de
su voluntad, allí está el reino de los hombres, y no el de los cielos, pues Dios
no reina de esa manera. El Señor toca y llama (Apocalipsis 3:20) y el Espíritu
Santo nunca obliga ni se impone, sino que convence (Juan 16:8).
En cambio, el hombre se adueña de las almas y las considera como si fue-
ran un ganado, y dice: «Tengo tantas almas» como si dijeran “vacas”. También
dice: «Mis arcas están llenas. Ellos diezman y dan tanto semanal, y con eso
pienso invertir en tal cosa», dándose ínfulas de grande inversionista y habla en
estadísticas, como si los creyentes fueran números o cosas. Con lo dicho estoy
describiendo una realidad vivida, por lo que no estoy en contra de nadie, sino
a favor del reino de Dios. Los que han estado en iglesias religiosas e institucio-
nalizadas saben ciertamente sobre lo que estoy hablando. Hace muchos siglos
que la iglesia está desviada por el gobierno de los hombres, y es necesario
que ahora nos volvamos a Dios. Por lo cual, apliquemos cada advertencia que
hizo Samuel a la iglesia de hoy, y veamos qué ocurre cuando el hombre reina
en la iglesia y no Dios:

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1. “tomará vuestros hijos, y los pondrá en sus carros y en su gente de


a caballo, para que corran delante de su carro”
En el reino de los hombres, todo esfuerzo o beneficio es para el que reina
y para los suyos. Ellos toman tu “ministerio” y lo ponen en sus “organizacio-
nes”, bajo “su gente que está a cargo”, para que “les sirvan y corran delante
de su [carro] organización. Para ellos lo más importante es la organización,
aunque se violen los principios divinos. Ellos predican la doctrina, pero
cuando hay dinero envuelto o un escándalo que pueda perjudicarles, prefie-
ren hacer cualquier otra cosa con tal de mantener el statu quo de la organiza-
ción. Se comenten injusticias, y si tienen que expulsar a algún obrero de
Dios, no les importa, lo hacen con tal de que la organización no sufra, sacri-
ficando al individuo para salvar la institución. En el gobierno de los hombres
todos trabajan para la organización y las personas no valen nada, sino su
sistema, sus intereses. Hacen trampas para salvar y mantener la estructura, y
dominan la vida de los creyentes a tal pun-
to que así como los casan también los
divorcian, para hacer una nueva “pareja
“En el reino de perfecta”.
Dios no hay jefes, Mas, en el reino de Dios ocurre todo lo
sino siervos, contrario. En el reino de Dios todos traba-
tampoco posición, jan para el Señor, para Su reino y para Su
sino función” gloria sine qua non. Lo más importante no
es la organización, sino Dios y el Cuerpo de
Cristo. No se usan las personas para fines
mezquinos o personales, sino para propó-
sitos benditos. Muy contrario a la ideología del reino de los hombres, que
como Caifás dicen: “Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos conviene que un
hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca” (Juan 11:49,50).
Aunque él no lo dijo por sí mismo, pues estaba profetizando que Jesús no sólo
había de morir por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos
de Dios que estaban dispersos (vv. 51-52). Pero lo que verdaderamente Caifás
pensaba en su corazón era matarle para preservar su organización, para man-
tenerse siendo el principal. Al hombre le gusta ser el primero, el “ungido” que
va al frente, y si te pone enfrente es para que le vayas abriendo el paso, para
anunciar su llegada, y todo el mundo sepa que alguien importante llegó, pues
necesita ser visto, quiere darse a conocer.

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2. “… y nombrará para sí jefes de miles y jefes de cincuentenas”


A estos nombramientos, en el reino de los hombres se les llama el “equipo”,
un grupo de gente que trabaja para mantener su sistema. Entonces nombra para
sí jefes y organiza la cosa de tal manera que a cada quien le da una posición: este
me manda la correspondencia, este otro me coordina los eventos, este se encar-
gará de llevarme la agenda, este me programa las vacaciones, etc. y mezclan su
organización con la iglesia, ya que la consideran una misma cosa. También ama
los títulos, por lo que a sus jefes les llama: “director”, “presidente” “coordina-
dor”, etc., reservando para él aquellos más llamativos: “reverendo”, “apóstol”,
“doctor”, “superintendente”, etc., so pena de ofenderse si no le dices el título
antes que el nombre. Ellos son jefes y lo enseñan, por lo cual en sus iglesias la
gente anda detrás de ellos para que los pongan en puestos.
Por el contrario, en el reino de Dios no hay jefes, sino siervos, tampoco
posición, sino función. Jesús dijo: “Sabéis que los gobernantes de las naciones
se enseñorean de ellas, y los que son grandes
ejercen sobre ellas potestad. Mas entre voso-
tros no será así, sino que el que quiera hacerse
grande entre vosotros será vuestro servidor, “En el reino
y el que quiera ser el primero entre vosotros se llega a ser
será vuestro siervo” (Mateo 20:25-27). En autoridad
el reino de Dios se crece sirviendo, no por
rango. En el reino se llega a ser autoridad
por elección
por elección divina, honra y testimonio. divina, honra y
Por lo cual, para alguien ser líder en Dios, testimonio”
antes tiene que ser probado y aprobado (1
Tesalonicenses 2:4; 1 Timoteo 3:1-15), pues
la autoridad se basa en la honra y no en la
posición o título.

3. “… los pondrá asimismo a que aren sus campos y sieguen sus mie-
ses, y a que hagan sus armas de guerra y los pertrechos de sus carros.
Tomará también a vuestras hijas para que sean perfumadoras, coci-
neras y amasadoras”
En el reino del hombre se convierte a los creyentes en esclavos, poniéndoles
cargas que les corresponden a ellos llevar en el ministerio. Todos sus asuntos
giran en torno al culto al hombre, al ego y a sus intereses. Así que orquestan
tremendos montajes y crean numerosas actividades para involucrar a toda la

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136 la honr a del ministerio

familia, y mantenerlos ocupados. Y para que el creyente no extrañe nada del


mundo, traen el mundo a la iglesia. Se la pasan imitando todo éxito visible,
porque lo que quieren es captar a las personas, para fortalecer su organización y
convertirse en un gran emporio. Así vemos que tienen escuelas, universidades,
hospitales, clubes, librerías, etc., y no es que haya algo malo en eso, el asunto es
su motivación, pues su único objetivo es hacerse grandes y no para engrandecer
el nombre de Dios. Se benefician de los creyentes y los despojan, diciéndoles:
«Yo necesito tal cosa y hace tiempo que no me dan una ofrenda. ¡Cuidado si les
están dando ofrendas a fulano o mandándolas a tal ministerio. Sólo aquí usted
debe ofrendar porque esta es su iglesia». Así les toman sus posesiones para hacer
sus obras, pues el fin es hacerlos suyos, no de Cristo.

4. “Asimismo tomará lo mejor de vuestras tierras, de vuestras viñas


y de vuestros olivares, y los dará a sus siervos. Diezmará vuestro gra-
no y vuestras viñas, para dar a sus oficiales y a sus siervos. Tomará
vuestros siervos y vuestras siervas, vuestros mejores jóvenes, y vues-
tros asnos, y con ellos hará sus obras. Diezmará también vuestros
rebaños, y seréis sus siervos”
El reino del hombre toma lo mejor de tus dones, de tus capacidades, de tus
bienes, etc., y los da a los de su círculo, a su grupito, solo a los que son como ellos
y mantienen la organización. De esta mane-
ra, sus oficiales y los que le sirven (que son
“Para el reino de como ellos) son los que salen en misiones, en
los hombres, lo giras, los que predican, los que tienen autori-
dad, etc. y no precisamente aquellos a quie-
que importa no nes el Señor llamó y capacitó para ello. Te
es lo que diga la sacrifican a ti y te exigen todo lo tuyo, para
Palabra de Dios, hacer lo suyo. Luego salen los grandes titula-
sino lo que le res de lo mucho que han hecho, pero en ver-
conviene a la dad, no han movido ni un dedo. Hecho así,
tú tienes la visión, pero ellos la toman para sí;
institución” tú escribes el libro, pero ellos son los autores;
tú el que trabaja, ellos se toman el crédito; tú
tienes el don, pero ellos son los “ungidos”; tú
eres el dueño de la hacienda, pero ellos te la quitan para la institución; tú tienes
tus hijos espirituales, ellos toman los mejores para que sirvan a su institución, y
al final también te convierten a ti en su servidor. Ellos hacen de los escogidos
sus sirvientes y los humillan, les imponen castigos y los ponen en disciplina si

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no se someten, convirtiendo en esclavitud la libertad que les ha dado Cristo


Jesús. Para el reino de los hombres, lo que importa no es lo que diga la Palabra
de Dios, sino lo que le conviene a la institución.
Alguien escribió una sátira refiriéndose a la manera cómo la iglesia evo-
lucionó de Cuerpo de Cristo a institución eclesiástica, de organismo viviente
a organización religiosa, la cual te la compartiré, de manera parafraseada, a
continuación: «Cuentan que en el principio todos los cristianos eran pesca-
dores de hombres. Cuando salían al mar a pescar, pescaban muchos peces,
pues Dios los bendecía. Pero cuando la iglesia comenzó a crecer, algunos del
gobierno de los hombres comenzaron a decir: “En verdad, hay que ser cons-
cientes. Miren esos hombres que pasan el día entero pescando con esas redes
anticuadas. Vamos a hacer redes modernas para facilitarles el trabajo”. Así lo
hicieron, pero después se fijaron que los botes eran muy pequeños e insegu-
ros y decidieron hacer grandes barcos de pescas. Ya tenían redes modernas,
poseían trasatlánticos para pescar, pero luego dijeron: “Oye, ¿y por qué no les
hacemos escuelas a los hijos de los pescadores? Eso es justo, porque ellos tra-
bajan en el altar”. Entonces hicieron escuelas para los hijos de los pescadores,
también colegios y universidades.
»Luego dijeron: “¿Por qué no escogemos entre ellos a los más destacados y
los llevamos a nuestras universidades para que enseñen a pescar?” De ahí surgie-
ron los llamados seminarios. Después dijeron: “Pero los pescadores se enferman,
vamos a hacer hospitales para sanarlos cuando se enfermen, ¡es justo!”. Y llegó
un momento que la iglesia tenía de todo: modernas redes para pescar, flamantes
barcos para navegar, destacadas escuelas y seminarios para enseñar, avanzados
hospitales donde se podían sanar, etc. pero el resultado de todo eso fue que ya
nadie salía a pescar, ya que todos estaban ocupados en distintos quehaceres
burocráticos. Había tiempo para todo, menos para la pesca [hoy en día ocurre
lo mismo. Hay tantas instituciones, pero no hay quien salga a hacer la obra].
»Sucedió entonces -continúa la sátira- que al paso del tiempo un visio-
nario se lanzó a alta mar y tiró sus redes. Este hombre pescó muchos peces e
inmediatamente lo supieron los hombres de los seminarios, y alarmados dije-
ron: “¿Cómo puede ser que fulano está en alta mar y haya pescado una gran
camada de peces?”. Cuando el hombre llegó a la orilla lo estaban esperando y
comenzaron a preguntarle: “¿Cómo fue que los pescaste? ¿de qué forma tiras-
te la red? ¿qué método empleaste? ¿quién te mandó a que lo hicieras? ¿a qué
concilio perteneces?” Y el hombre respondía: “Bueno, yo quería pescar, y tiré
la red así, y después hice así y luego así y así…”. Entonces ellos respondiendo:
“No, tú no puedes estar pescando. Eres algo prodigioso. A ti hay que llevarte

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138 la honr a del ministerio

como catedrático de la universidad para que enseñes a los demás a pescar”. Así
lo hicieron, y al único que salió y pescó también lo reclutaron».
Esa es la iglesia hoy, donde hay un sinnúmero de organizaciones, un mon-
tón de burocracia, tecnología y equipos modernos, pero no hay quien haga la
voluntad de Dios, pues nadie hace nada en el sentido espiritual, y al que hace
algo, también lo reclutan para la organización. Conocemos una gran canti-
dad de hospitales famosísimos que eran “cristianos”, incluso algunos se iden-
tifican todavía con el nombre de la denominación que lo fundó, pero lo que
era una casa de salud se ha convertido en un emporio de salubridad que toma
muchas cuadras, pero si llegas allí enfermo (seas cristiano o no), si no tienes
un plan médico no te atienden. Y me pregunto, ¿dónde está la piedad, la com-
pasión y los principios de Dios? Allí no tienen cabida, pues esa organización
ya no tiene nada de Dios, y es gobernada
por el hombre.
“Una cosa es la También hay iglesias que se dedican
a guardar dinero y llega un momento
iglesia y otra el que sus cuentas están tan repletas que el
institucionalismo estado tiene que decirles que inviertan ese
eclesiástico; dinero, porque al gobierno no le conviene
la iglesia solo es que instituciones sin fines de lucro y exen-
la víctima tas de impuestos, mantengan su dinero
detenido en el banco. Entonces, el dinero
secuestrada por de la iglesia, en lugar de ir a la casa de
ese tirano” los pobres, va a la bolsa de valores, y se
compran acciones en compañías que si
estuviéramos conscientes a qué se dedi-
can, lloráramos de dolor. Algunas inversiones se han hecho en empresas cuya
especialidad es en la venta de armas de fuego, por ejemplo, y sin embargo, sé
de iglesias que no les interesa invertir en la visión de Dios. Alegan que no hay
dinero para predicar, no hay dinero para ayudar al necesitado de la iglesia, no
hay dinero para hacer la obra de Dios, pero sí para todo aquello que mantiene
la organización. Eso es lo que pasa hoy y pasará siempre donde gobierne el
hombre y no Dios.
Todo lo que pasa y se mueve en el reino de los hombres es para pro-
mover sus nombres y darse a conocer. Gastan millones en promoción para
pedir ofrendas monetarias y mantener su institución, pero cuando les escri-
ben pidiendo oración, abren el sobre, toman la ofrenda y tiran la carta a la
basura. ¡No hay corazón! No les importa las almas, sino hacerse grandes y ser

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conocidos. Igualmente, cuando les viene abundancia por causa de la unción,


se dicen: «Hasta el perro de mi casa, debe comer en tazón de oro, pues yo soy
el ministro de Dios. Mi Padre es el dueño del oro y de la plata, yo merezco lo
mejor, por eso vivo en una mansión, porque yo soy el de la unción. Y si no me
rentan o compran un jet, no iré a ninguna misión». El tiempo de ellos siempre
es, pero el de Dios nunca llega.
Asimismo, ellos se dan las ínfulas de ser grandes autores, pero lo que real-
mente hacen es que se adueñan del derecho de autor, aunque otros sean que
hayan escrito los libros. Ellos echan a un lado al “hermanito” que Dios usó y no
le dan ningún crédito- y se justifican en que ellos son la lámpara donde Dios
puso la revelación para levantar esa organización en la que han “gastado su
vida”, y que por su nombre estar en la portada es que la gente comprará el libro.
Y puede que alguno haya escrito alguna obra, pero ¿quién les dio la inspiración
y la gracia para escribirlo? ¿Para qué lo escribió, cuál fue su motivación? ¿No se
lo dio Dios para la edificación de su iglesia? ¿de qué se glorían? Porque, como
bien dijo Pablo: “¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo
recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1 Corintios 4:7).
Mientras escribo esto, mi corazón sangra, pues nunca ha sido mi moti-
vación criticar a la iglesia. Una cosa es la iglesia y otra el institucionalismo
eclesiástico; la iglesia solo es la víctima secuestrada por ese tirano. Hoy los
hombres de Dios se sienten obligados a negociar y a cumplir las exigencias y
demandas de los secuestradores, con tal de no hacer daño a la iglesia cautiva.
La razón por la cual el Señor te habla a ti de aflicción y persecución por cau-
sa de la Palabra es por esa. Hay intereses demasiados poderosos para que el
gobierno de los hombres quiera oír el mensaje de Dios. Los puedo escuchar
decir: «Reconocer ese mensaje como de Dios haría que todo nuestros esfuer-
zos se vengan al suelo. Yo no puedo entregar mi iglesia a lo “espiritual”, para
que, supuestamente, el Espíritu la guíe, no, eso jamás. Yo también tengo el
Espíritu de Dios y sé lo que hago». A ellos no les resulta fácil, después de tener
una plataforma establecida donde eran las estrellas, dejar que el que brille sea
Dios y ellos desaparezcan; les es muy difícil soltar a aquellos de quienes se
benefician, se nutren y se mantienen.
El apóstol Pablo usó esta expresión: “mis colaboradores en Cristo Jesús”
(Romanos 16:1); sí, colaboradores del apóstol, pero en el Señor. Es decir, la
razón por la que sirves no soy yo ni es para mí, es para Dios y en Dios. Por eso,
no debo apropiarme de tus dones ni beneficiarme de ellos, sino junto contigo
dar honra al único digno, al Señor nuestro Dios. A ellos y a sus colaboradores
hay que hacerles todo y darles de todo, pero es para su beneficio personal y no

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para honrar a Dios. Y aquí no estoy diciendo que pongamos bozal al buey que
trilla, porque el obrero es digno de su salario (1 Timoteo 5:18), a lo que me he
referido -y quiero que quede claro- es que te hacen “trabajar para Dios”, pero
al final, el fruto de su trabajo es para ellos, para la organización. Eso es algo
muy penoso, porque como bien dijo el predicador: “Todas las cosas son fatigosas
más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído
de oír” (Eclesiastés 1:8). Por eso, el reino de los hombres tipifica el andar en la
carne, donde sólo hay demandas, exigencias, un apetito insaciable de placeres
y mucha presión. Todo eso se convierte en un gran suplicio, algo muy distinto
a cuando reina Dios que hay paz, reposo, y toda buena obra. Por eso el profeta
termina advirtiendo:

5. Y clamaréis aquel día a causa de vuestro rey que os habréis elegido,


mas Jehová no os responderá en aquel día”
Esa es la razón por la que vemos cómo la iglesia gime, clama y lamenta
con muchas lágrimas y lloro por todas estas injusticias, pero es como si los
cielos fueran de bronce y su clamor no se escuchara. Mas, ¿cómo Dios va a oír
si a Él no lo tienen como rey ni lo dejan gobernar? Mientras los hombres
reinen, el cielo va a estar cerrado, porque Jehová no puede contestar las ora-
ciones de la iglesia para que los hombres la administren para su propio pecu-
lio. El reino de Dios es de Dios y para Dios, no para los hombres. Por eso Dios
cerró el oído, pues ellos lo desecharon y
aunque clamen a Dios e invoquen su nom-
“Mientras los bre Él no los oirá.
hombres reinen, No obstante, a pesar del cuadro tan
realista que el profeta le expuso sobre el rei-
el cielo va a estar no de los hombres, el pueblo no lo quiso
cerrado” escuchar, sino que dijo: “No, sino que habrá
rey sobre nosotros; y nosotros seremos también
como todas las naciones, y nuestro rey nos
gobernará, y saldrá delante de nosotros, y hará nuestras guerras” (1 Samuel 8:19-
20). En otras palabras: «No nos importa como el hombre gobierna, ya te
dijimos, queremos ser como las demás naciones; elígenos un rey». Eso lo está
diciendo la iglesia desde hace mucho tiempo: «No podemos estar llevándonos
por profecías y luego esperar también un tiempo para confirmación, si ya
sabemos lo que tenemos que hacer. Nosotros también tenemos el Espíritu de
Dios y hemos organizado todo en nuestra constitución. Tenemos que tener
un líder que nos represente. La iglesia está muy anticuada y es necesario que

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se modernice al nivel de cualquier institución del mundo. No podemos que-


darnos atrás, tenemos que ir a la par del mundo. Elegiremos uno que nos
represente (el más inteligente y dotado) a ese seguiremos y él se encargará de
todo nuestros asuntos». Mas, cuando la iglesia desecha a Dios y prefiere al
hombre, no solamente se aparta del Señor, sino que también se desliga de todo
lo relacionado con Él.
Por tanto, como el pueblo insistió en su descabellada idea, Jehová le dijo
a Samuel que hiciera lo que ellos le pidieran. Por lo cual, el profeta ungió a
Saúl como rey de Israel (1 Samuel 10:1). ¿Sabes qué significa el nombre Saúl?
Pedido. El pueblo deseó un rey y Dios le buscó uno conforme al corazón del
pueblo. ¿Fue Saúl elegido por Dios? No, fue señalado por Dios, pero “pedido”
por el pueblo. Por eso le dijo a Samuel: “Oye la voz del pueblo en todo lo que te
digan” (1 Samuel 8:7), porque Jehová haría exactamente lo que ellos querían.
El pueblo quería un rey alto, fuerte, robusto, guerrero y valiente, como
los reyes de las naciones, y eso mismo le dio Jehová, un tremendo ejemplar.
Por eso, vemos más adelante cuando Samuel va a la casa de Isaí a buscar el rey
conforme al corazón de Dios, pensaba: «Bueno, este hombre deberá superar
en todo a Saúl», y al ver a Eliab, el hermano mayor de David, por su buen
parecer y lo grande de su estatura, dijo: “De cierto delante de Jehová está su
ungido” (1 Samuel 16:6), y si Dios no lo refrena, él lo unge. Esta es la única
vez que la Biblia muestra que este profeta se equivocó. Él sabía encontrar las
burras y hasta las agujas que se perdían, pero al hombre de Dios, no lo pudo
identificar. Samuel estaba buscando un rey de acuerdo a las características de
los hombres, pero el elegido era conforme al corazón de Dios.
Saúl fue pedido por el pueblo y Dios lo eligió para el pueblo. Jehová no le
puso tropiezo a Saúl ni al pueblo, todo lo contrario, les apoyó en sus decisio-
nes. Lo único que Dios pedía era obediencia, por eso Samuel les advirtió en su
discurso de despedida: “Solamente temed a Jehová y servidle de verdad con todo
vuestro corazón…” (1 Samuel 12:24). Esto quiere decir que Dios no eligió a
Saúl para fracasar, aunque lo eligió con dolor. Veamos ahora como reinó Saúl,
el “pedido” por el pueblo. Leamos el siguiente incidente, que retrata muy bien
el perfil de este hombre que era semejante a los reyes de las naciones:

“Y se juntó el pueblo en pos de Saúl en Gilgal. Entonces los filisteos


se juntaron para pelear contra Israel, treinta mil carros, seis mil
hombres de a caballo, y pueblo numeroso como la arena que está
a la orilla del mar; y subieron y acamparon en Micmas, al orien-
te de Bet-avén. Cuando los hombres de Israel vieron que estaban

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en estrecho (porque el pueblo estaba en aprieto), se escondieron en


cuevas, en fosos, en peñascos, en rocas y en cisternas. Y algunos de
los hebreos pasaron el Jordán a la tierra de Gad y de Galaad; pero
Saúl permanecía aún en Gilgal, y todo el pueblo iba tras él tem-
blando. Y él esperó siete días, conforme al plazo que Samuel había
dicho; pero Samuel no venía a Gilgal, y el pueblo se le desertaba.
Entonces dijo Saúl: Traedme holocausto y ofrendas de paz. Y ofre-
ció el holocausto. Y cuando él acababa de ofrecer el holocausto, he
aquí Samuel que venía; y Saúl salió a recibirle, para saludarle.
Entonces Samuel dijo: ¿Qué has hecho? Y Saúl respondió: Porque
vi que el pueblo se me desertaba, y que
tú no venías dentro del plazo señala-
“Cuando se do, y que los filisteos estaban reunidos
en Micmas, me dije: Ahora descende-
obedece la
rán los filisteos contra mí a Gilgal, y
voluntad de Dios yo no he implorado el favor de Jehová.
se paga el precio Me esforcé, pues, y ofrecí holocausto.
de esperar en Él, Entonces Samuel dijo a Saúl: Loca-
aunque tomemos mente has hecho; no guardaste el
mandamiento de Jehová tu Dios que
el riesgo de él te había ordenado; pues ahora Jeho-
quedarnos solos” vá hubiera confirmado tu reino sobre
Israel para siempre”
(1 Samuel 13:4-13).

Destaquemos ciertas enseñanzas que se desprenden de este relato. Nota


que Saúl esperó siete días según el plazo que el profeta le había dado, antes
de proceder, pero como Samuel no llegaba, el pueblo se le desertaba. Cuando
se obedece la voluntad de Dios se paga el precio de esperar en Él, aunque
tomemos el riesgo de quedarnos solos. Saúl comenzó a ver que el pueblo se
le iba y cometió el gran error de hacer algo que no le correspondía, y ofició a
Jehová. Esta función era exclusiva de los sacerdotes que Jehová había apartado
para el santo oficio. Pero este hombre hizo esa locura, no porque quería adorar
a Dios, sino porque veía que el pueblo se le escapaba, y para Saúl el pueblo
era más importante que obedecer una ordenanza de Dios. Por eso, Samuel le
dijo: “Locamente has hecho” (v. 13), lamentablemente Saúl era un gobernante
del pueblo y únicamente le importaba complacer al pueblo, no a Dios.

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Eso es, justamente, lo que pasa hoy en día en la iglesia. Cuando los que
dirigen se dan cuenta que el pueblo no quiere algo en particular o que los
miembros se les están yendo de la iglesia, inmediatamente comienzan a cam-
biar las cosas, para que no les deserten ni les abandonen. A ellos no les inte-
resa obedecer ni agradar a Dios, sino complacer al pueblo. En el reino de los
hombres la elección de la mayoría es la que gana, porque son elegidos por el
pueblo y para el pueblo. En cambio, en el reino de Dios las cosas ocurren
totalmente contrario. Cuando a Jesús los discípulos le dijeron que la gente se
estaba ofendiendo y que muchos se volvían atrás, luego de escuchar el mensaje
que predicaba, él les dijo: “¿Queréis acaso iros también vosotros?” (Juan 6:67).
Jesús no iba a cambiar aunque les pareciera a ellos duras sus palabras. En el
gobierno de Dios no importa el pueblo, sino Dios.
La Palabra de Dios dice: “… todos los que quieren vivir piadosamente en Cris-
to Jesús padecerán persecución” (2 Timoteo 3:12), por lo que entiendo que cuando
sacrificamos el deseo del hombre por obedecer la voluntad de Dios, seremos
perseguidos. Son muchas las voces que se levantan en contra, pero Jesús dijo:
“Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda
clase de mal contra vosotros, mintiendo” (Mateo 5:11). Si murmuran de un mal
testimonio, eso es otra cosa, pero si viene la persecución por causa de la palabra,
y nos acusan mintiendo, Dios será nuestro defensor. Por eso, amado, óyelo
bien, a la iglesia lo que le debe importar es agradar a Dios haciendo su voluntad.
Como “oveja”, eres importante en el redil, para alimentarte con sus delicados
“pastos”, pero no te seguimos a ti, sino al pastor que es Dios.
En una ocasión alguien me compartió una anécdota de un judío que fue a
un restaurante y el mesero estaba prejuiciado contra él, porque había leído que
los judíos habían matado a Jesús. La molestia del mesero era tan grande que le
dijo a su jefe: «Usted me va a perdonar, pero yo no voy a atender a ese judío,
porque ellos mataron a Jesucristo», a lo que el dueño del restaurante le contes-
tó: «Si tú no le sirves, estás despedido». Presionado por la condición, decide
de mala gana atenderle, y el judío cuando se fue le dejó una jugosa propina.
Cuando el mesero va a limpiar la mesa, se encuentra con la generosa suma, la
toma y la introduce en su bolsillo. El dueño del lugar, al verle, se le acerca y le
cuestiona con un gesto, a lo que el mesero rápidamente le responde: «Bueno,
los judíos no fueron tan malos; ellos no mataron a Cristo, solo lo torturaron».
Así es el reino del hombre, por intereses cambia rápidamente su convicción.
Igualmente, cuando el hombre gobierna la iglesia y ve que no hay ofren-
das y se están bajando las arcas del tesoro, ponen a todo el mundo a orar y a
ayunar y buscan que el profeta les hable. Mas, una vez que tienen el dinero,

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ya no hay tiempo para las cosas del Espíritu y ni caso les hacen a los profetas
de Dios. En mis tiempos de estudiante tuve un maestro que decía a la clase:
«por la plata baila el mono, y si no baila el mono, baila el dueño del mono», y
todo eso, por intereses. Hay que estar bien convencidos en Dios para mante-
nerse en sus principios, a pesar de ver que el pueblo se va y que nos quedamos
solos. A Juan el bautista sus seguidores se le fueron también (Juan 3:26), pero
él dijo: “No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo. Vosotros
mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delan-
te de él. El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su
lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está
cumplido. Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:27-30). Así
habla un hombre que está claro y comprometido con la verdad, el cual no le
importa quedarse solo, sino cumplir lo que Dios le mandó a hacer.
Los siervos de Dios son discriminados en el reino de los hombres y
nunca son bienvenidos en su círculo. Nosotros lo hemos vivido en el medio
donde Dios nos ha puesto, pues algunos consiervos ni te miran y te evitan,
porque por tu lenguaje saben que no simpatizas con la política ni con los
intereses humanos en que están sumidos en sus congregaciones. Pero un día,
todos le veremos la cara a nuestro Señor. El apóstol Pablo decía que quería ser
aprobado delante de Dios (2 Timoteo 2:15) y que si en su ministerio buscara
agradar a los hombres no sería siervo del Señor Jesucristo (Gálatas 1:10).
A pesar que a Saúl le importaba más el pueblo que Dios, vemos más ade-
lante que Jehová le da otra oportunidad y envía al profeta a ungirle y a adver-
tirle que esté atento a sus palabras (1 Samuel 15:1). Dios es santo y es bueno, y
a pesar que el pecado de Saúl le dolió en su corazón le da una nueva misión:
“Yo castigaré lo que hizo Amalec a Israel al oponérsele en el camino cuando subía
de Egipto. Ve, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades
de él; mata a hombres, mujeres, niños, y aun los de pecho, vacas, ovejas, camellos
y asnos” (vv. 2,3). Saúl, entonces, salió a la batalla y derrotó a los amalecitas (v.
7), pero la Biblia dice que: “tomó vivo a Agag rey de Amalec, pero a todo el pueblo
mató a filo de espada. Y Saúl y el pueblo perdonaron a Agag, y a lo mejor de las
ovejas y del ganado mayor, de los animales engordados, de los carneros y de todo lo
bueno, y no lo quisieron destruir; mas todo lo que era vil y despreciable destruyeron.
Y vino palabra de Jehová a Samuel, diciendo: Me pesa haber puesto por rey a Saúl,
porque se ha vuelto de en pos de mí, y no ha cumplido mis palabras. Y se apesa-
dumbró Samuel, y clamó a Jehová toda aquella noche” (vv. 8-11). Una vez más,
Saúl desagradó a Dios y ya ni las intercesiones y clamor de sus santos podrían
cambiar sus resoluciones. Dios no reina, sino en Su reino. Él no se sienta en

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sitial humano, sino en su propio trono para gobernar a los hombres. Son vanas
las oraciones en las iglesias mientras no haya en ellas un cambio de gobierno.
Hay quienes invocan a Dios con sus labios, pero andan en sus propios
caminos, y luego cuando les viene juicio son muy idealistas, y apelan por la
misericordia divina. Sin embargo, la Biblia dice que la justicia y el juicio son
el cimiento del trono de Dios, y así como Él es tardo para la ira, no tendrá
por inocente al culpable (Salmos 89:14; Nahum 1:3). Dios “… no es hombre,
para que mienta, Ni hijo de hombre para que se arrepienta” (Números 23:19);
Él es Dios. Hay que dejar que Él reine, sólo así lo veremos actuando a favor
del pueblo. Sin embargo, hay muchos que, aun estando en el camino, siguen
perdidos. Es el caso de Saúl, según vemos en la continuación del relato:

“Madrugó luego Samuel para ir a encontrar a Saúl por la mañana;


y fue dado aviso a Samuel, diciendo: Saúl ha venido a Carmel, y
he aquí se levantó un monumento, y dio la vuelta, y pasó adelante
y descendió a Gilgal. Vino, pues, Samuel a Saúl, y Saúl le dijo:
Bendito seas tú de Jehová; yo he cumplido la palabra de Jehová”
(1 Samuel 15:12-13).

Así como Saúl dicen todos los líderes en el gobierno de los hombres:
«Mira lo que hemos hecho. Estamos trabajando: hicimos un templo, hicimos
una catedral, levantamos una iglesia en tal parte, estamos preparando tal
cosa, etc.» Muestran un montón de cosas que ellos hicieron, pero no pue-
den mostrar nada que Dios les haya mandado a hacer. Samuel no tuvo que
inspeccionar el campamento para comprobar si Saúl le estaba mintiendo o
no, sino que el mismo anatema se manifestó en balido de ovejas y mugidos
de vacas, a lo que Saúl respondió:”De Amalec los han traído; porque el pueblo
perdonó lo mejor de las ovejas y de las vacas, para sacrificarlas a Jehová tu Dios,
pero lo demás lo destruimos” (1 Samuel 15:14-15). Nota el énfasis: “el pueblo
los trajo” y “el pueblo perdonó”, pero a quien Jehová mandó no fue al pueblo,
sino a Saúl. Él era el líder, pero gobernaba conforme al pueblo y no conforme
al mandato de Dios. Hoy también decimos “la junta decidió” y “el concilio
resolvió”, y yo me pregunto: ¿en todo eso, dónde está Dios? En el gobierno
de los hombres la mayoría gana, pero en el gobierno de Dios lo que vale es la
voluntad del Señor. Por eso, cuando Samuel escuchó la razón que le dio Saúl,
le respondió:

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“¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como


en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obe-
decer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la
grosura de los carneros. Porque como pecado de adivinación es la
rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación. Por cuanto tú
desechaste la palabra de Jehová, él también te ha desechado para
que no seas rey”
(1 Samuel 15:22-23).

Este era un momento crucial en el reinado de Saúl, porque a pesar que


fue el pueblo que lo pidió como rey, dependía de Dios que él permaneciera
en el trono. Jehová le había dado una nueva oportunidad a este hombre, ¿por
qué no siguió su instrucción? Saúl le dijo a Samuel: “Yo he pecado; pues he
quebrantado el mandamiento de Jehová y tus palabras, porque temí al pueblo y
consentí a la voz de ellos. Perdona, pues, ahora mi pecado, y vuelve conmigo para
que adore a Jehová” (vv. 24, 25). Es decir, Saúl no obedeció a Dios porque
temía al pueblo, pero “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para
obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis…?” (Romanos 6:16). Saúl se
había sometido totalmente al pueblo, le cedió su voluntad a tal punto que se
hizo su esclavo, y sin autoridad, no podía establecer la voluntad Jehová. En
cambio, en el reino de los cielos, se le teme a Dios, no al pueblo, porque el
que le puso en autoridad es el Señor para que le obedezca, no el pueblo para
que se le someta.
Vemos entonces que Samuel acababa de dictarle a Saúl prácticamente
una sentencia, la cual revelaba el desagrado que Jehová sintió por su desobe-
diencia. Era el tiempo para Saúl humillarse, para reconocer y rendirse a la
voluntad de Dios. Mas, esa no fue su actitud, sino muy al contrario, trató de
“echarle agua al vino”, minimizando el asunto, como diciendo: «Mira, lo que
pasa es que el pueblo lo decidió, y es un poco delicado contradecir al pueblo;
ellos eran la mayoría y temí por eso; y los dejé que hicieran las cosas como
ellos creían. Reconozco que fallé, pero ven, no te pongas así, cálmate ¿sí?,
volvamos y adoremos juntos a Dios». Mas, un hombre que teme a Dios ve las
cosas como Dios las ve, y no se une a lo mal hecho, por eso Samuel le respon-
dió: “No volveré contigo; porque desechaste la palabra de Jehová, y Jehová te ha
desechado para que no seas rey sobre Israel” (1 Samuel 15:26). En ese momento,
Saúl se desesperó, pues no pudo soportarlo y mira lo que ocurrió:

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“Y volviéndose Samuel para irse, él se asió de la punta de su


manto, y éste se rasgó. Entonces Samuel le dijo: Jehová ha rasgado
hoy de ti el reino de Israel, y lo ha dado a un prójimo tuyo mejor
que tú. Además, el que es la Gloria de Israel no mentirá, ni se
arrepentirá, porque no es hombre para que se arrepienta”
(1 Samuel 15:27-29).

Amado de mi alma, tú y yo nunca debemos estar con alguien que deseche


la palabra de Jehová, aunque no lo tengamos como enemigo (2 Tesalonicenses
3:14-15). El Señor nos ha hablado bastante y nos advierte que no apoyemos
ningún proyecto si no estamos seguros que venga de Dios. No colaboremos
con hombres que no obedecen, pues perderemos el tiempo, y no seremos
eficaces. Jehová es el que quita reyes y pone reyes, y aquellos que creen que
pueden gobernar fuera de Él, el que mora en los cielos se reirá y se burlará de
ellos (Salmos 2:4), porque sus pensamientos son vanidad y Dios los turbará
con su ira. Jehová estaba airado con Saúl y por eso decidió darle el reino de
Israel a otro. Cuando Saúl fue escogido como rey ni él mismo se conside-
raba digno, se sentía pequeño ante sus propios ojos, por eso cuando iba ser
presentado delante de las tribus de Israel se escondió en el bagaje (1 Samuel
15:17;10:22), pero Dios lo ungió como rey, lo hizo jefe, lo hizo grande entre
los hombres. ¿No era momento para Saúl honrar con su obediencia la honra
que recibió? ¿No era ese el tiempo de humillarse delante del Señor? Obvia-
mente, Saúl tenía los ojos puestos en los hombres, no en Dios, pues nota lo
que él le respondió al profeta:

“Yo he pecado; pero te ruego que me honres delante de los ancia-


nos de mi pueblo y delante de Israel, y vuelvas conmigo para que
adore a Jehová tu Dios”
(1 Samuel 15:30).

¡Qué terrible! Lo que le importaba a Saúl era estar bien delante del pueblo,
pues para él valía más la honra de los hombres que la de Dios. Él aceptaba que
le había fallado a Jehová, y que el Señor estaba disgustado y que a sus ojos no
era digno, por eso aceptaba su castigo. A Saúl no le importaba que Dios lo
deshonrara, pero que no lo hiciera el pueblo. ¿Notas el espíritu del gobierno
de los hombres? Es muy grande el dominio que ejerce el pueblo sobre sus
líderes, los cuales, por temor a la reacción y al peligro de perder su simpatía,
cometen los más terribles pecados y desobediencia a Dios.

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Sabemos lo que pasó luego, Samuel cortó en pedazos a Agag rey de Ama-
lec, después se fue a Ramá y nunca más volvió a ver a Saúl. Sin embargo no
dejó de orar y llorar por él (1 Samuel 15:33-35), hasta un día que Jehová le
dijo: “¿Hasta cuándo llorarás a Saúl, habiéndolo yo desechado para que no reine
sobre Israel? Llena tu cuerno de aceite, y ven, te enviaré a Isaí de Belén, porque de
sus hijos me he provisto de rey” (1 Samuel 16:1). Así fue como el hijo de Isaí fue
escogido por Dios y ungido para ser rey de Israel (1 Samuel 16:10:13). Ahora,
nota algo; la primera vez que Saúl desobedeció y locamente ofició sacrificios
a Jehová sin ser él un sacerdote, el profeta le dijo algo muy importante: “Mas
ahora tu reino no será duradero. Jehová se ha buscado un varón conforme a su
corazón, al cual Jehová ha designado para que sea príncipe sobre su pueblo, por
cuanto tú no has guardado lo que Jehová te mandó” (1 Samuel 13:14). Este verso
nos declara abiertamente que Saúl no tenía el corazón de Dios, porque sólo
palpitaba por el pueblo. Sin embargo, David fue escogido por Dios porque era
conforme a su corazón. Esta verdad, nos lleva a otro nivel en esta enseñanza,
la de conocer la vida de dos hombres que representan dos reinos: Saúl el de
los hombres y David el de Dios.
Ahora, ¿qué es tener el corazón de Dios? Busquemos la respuesta en el Nue-
vo Testamento, donde el apóstol Pablo se refiere a este incidente: “Luego pidieron
rey, y Dios les dio a Saúl hijo de Cis, varón de la tribu de Benjamín, por cuarenta
años. Quitado éste, les levantó por rey a David, de quien dio también testimonio
diciendo: He hallado a David hijo de Isaí, varón conforme a mi corazón, quien
hará todo lo que yo quiero” (Hechos 13:21-22). Por tanto, un hombre conforme
al corazón de Dios es el que hace todo lo que Dios quiere, así como un hombre
conforme al corazón del hombre hace todo lo que el hombre quiere. Y yo te
pregunto, ¿tú que corazón tienes, el del pueblo o el de Dios?
De manera perfecta, esta pregunta reflexiva nos pudiera servir como final
a este segmento, pero es necesario conocer profundamente la intención del
Señor con esta enseñanza. Hemos hablado detalladamente del reino de los
hombres y no fue nada difícil ver la iglesia retratada allí, porque es algo que
vivimos a diario, hombres que quieren vivir en el reino de Dios, pero siendo
gobernados por los hombres. Ya vimos que Saúl es representativo de esta for-
ma de pensamiento, pero ¿cómo era David? Empecemos delineando su perfil
con el siguiente relato:

“Envió, pues, por él, y le hizo entrar; y era rubio, hermoso de


ojos, y de buen parecer. Entonces Jehová dijo: Levántate y úngelo,
porque éste es. Y Samuel tomó el cuerno del aceite, y lo ungió en

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medio de sus hermanos; y desde aquel día en adelante el Espíritu


de Jehová vino sobre David”
(1 Samuel 16: 12-13).

Mientras el nombre de Saúl significa “pedido”, David significa “amado”.


Él no era tan gallardo ni tan alto como Saúl, aunque sí era de un hermoso
aspecto. Mas, lo más importante que tenía David era que el Espíritu de Jeho-
vá estaba sobre él. Nota que desde ese mismo momento, en que David fue
ungido como Rey, el Espíritu de Jehová se apartó de Saúl y un espíritu malo
lo atormentaba (1 Samuel 16:14). Veamos qué ocurrió:

“Y los criados de Saúl le dijeron: He aquí ahora, un espíritu


malo de parte de Dios te atormenta. Diga, pues, nuestro señor
a tus siervos que están delante de ti, que busquen a alguno que
sepa tocar el arpa, para que cuando esté sobre ti el espíritu malo
de parte de Dios, él toque con su mano, y tengas alivio. Y Saúl
respondió a sus criados: Buscadme, pues, ahora alguno que toque
bien, y traédmelo. Entonces uno de los criados respondió dicien-
do: He aquí yo he visto a un hijo de Isaí de Belén, que sabe tocar,
y es valiente y vigoroso y hombre de guerra, prudente en sus pala-
bras, y hermoso, y Jehová está con él”
(1 Samuel 16:15-17).

David era un adorador, y adoraba a Dios de manera tan sublime que al


tocar con su arpa, Jehová sanaba, restauraba, aliviaba. Pero nota cómo aun
los mismos criados de Saúl lo percibían: “He aquí yo he visto a un hijo de Isaí
de Belén, que sabe tocar, y es valiente y vigoroso y hombre de guerra, prudente en
sus palabras, y hermoso, y Jehová está con él” (1 Samuel 16:15-18). El verso se
explica por sí mismo. Ahora veamos cómo el hombre de guerra, entre otras
cualidades, se manifiesta en David, en el conocido relato, cuando Goliat tenía
aterrorizado al pueblo de Israel:

“Dijo Saúl a David: No podrás tú ir contra aquel filisteo, para


pelear con él; porque tú eres muchacho, y él un hombre de guerra
desde su juventud. David respondió a Saúl: Tu siervo era pastor
de las ovejas de su padre; y cuando venía un león, o un oso, y
tomaba algún cordero de la manada, salía yo tras él, y lo hería,

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y lo libraba de su boca; y si se levantaba contra mí, yo le echaba


mano de la quijada, y lo hería y lo mataba. Fuese león, fuese oso,
tu siervo lo mataba; y este filisteo incircunciso será como uno de
ellos, porque ha provocado al ejército del Dios viviente. Añadió
David: Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las
garras del oso, él también me librará de la mano de este filisteo.
Y dijo Saúl a David: Ve, y Jehová esté contigo”
(1 Samuel 17:33-37).

Es notable el celo de David por Dios. Al hijo menor de Isaí no le impor-


taba enfrentarse a aquel gigante que se había atrevido a desafiar al ejército
del Dios viviente (v. 36). También vemos cómo le atribuye a Jehová todas sus
proezas (v. 37), porque aunque él mataba las fieras con sus propias manos,
atribuía a Jehová haberlo librado de morir en esos salvajes enfrentamientos.
David estaba consciente de que su fuerza, su habilidad y destrezas venían de
Dios. En otras palabras, este hombre decía: «Yo soy valiente, porque Jehová
me da valentía; yo mato leones, porque Jehová me da la fuerza; y a este lo voy
a matar, porque Jehová también me ayudará». En el gobierno de Dios no se
habla tanto de las cualidades de los hombres (si es ungido, si tiene dones, si es
profeta, si hace esto, aquello o lo otro, etc.), sino que únicamente se le da glo-
ria al nombre de Dios. Sabemos que David mató a Goliat, pero te reto a que
me muestres uno de sus salmos donde el salmista se ufana de haber matado a
un gigante, porque el único gigante para David era Dios. Observa ahora sus
palabras, cuando se enfrentó al corpulento filisteo:

“Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti


en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones
de Israel, a quien tú has provocado. Jehová te entregará hoy en mi
mano, y yo te venceré, y te cortaré la cabeza, y daré hoy los cuerpos
de los filisteos a las aves del cielo y a las bestias de la tierra; y toda la
tierra sabrá que hay Dios en Israel. Y sabrá toda esta congregación
que Jehová no salva con espada y con lanza; porque de Jehová es la
batalla, y él os entregará en nuestras manos”
(1 Samuel 17:45-47).

El líder según el reino de Dios, confía en Jehová, le atribuye las proezas de


sus triunfos y cuando sale a pelear no se fía en sus armas, sino en el poder del
nombre de Dios. Lo que a él, principalmente, le motivaba a la batalla no era

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al cor azón de dios

defender al pueblo ni al rey, sino hacerle frente aquel que se atrevía a provocar
y blasfemar el gran nombre de su Dios. David entendía que las guerras eran
espirituales, no carnales, eran peleas entre dioses, no entre pueblos. El apóstol
Pablo lo definió así: “no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra prin-
cipados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo,
contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12).
Observa, por la expresión de David, que en el reino de Dios, todo es Dios:
El arma es Dios, el que pelea es Dios, el triunfo es de Dios, el que gana es Dios,
el celo es por Dios y toda la gloria es para Dios. Este pensamiento contrasta con
el reinado de Saúl cuyo énfasis era el pueblo, y todo lo hacía: por temor al pue-
blo, para retener al pueblo, para complacer las decisiones del pueblo y para tener
el favor del pueblo. En cambio, David todo lo hacía por el Dios del pueblo. Para
él, Jehová iba primero, y por eso recibió no tan sólo el favor del pueblo, sino
hasta la simpatía de los siervos del propio Saúl: “Y salía David a dondequiera que
Saúl le enviaba, y se portaba prudentemente. Y
lo puso Saúl sobre gente de guerra, y era acepto
a los ojos de todo el pueblo, y a los ojos de los
siervos de Saúl” (1 Samuel 18:5). Cuando “Cuando
honramos a Dios como primero y único, honramos a Dios
todo lo demás viene por añadidura (Lucas como primero y
12:31). Para David, honrar a Dios fue un único, todo lo
principio de vida, pero para Saúl que lo des-
echó, sólo fue una dolorosa experiencia lo
demás viene por
que, precisamente, recibió de aquellos de añadidura”
quienes buscaba reconocimiento. Veámoslo
una vez más en los siguientes versículos:

“Aconteció que cuando volvían ellos, cuando David volvió de


matar al filisteo, salieron las mujeres de todas las ciudades de
Israel cantando y danzando, para recibir al rey Saúl, con pan-
deros, con cánticos de alegría y con instrumentos de música. Y
cantaban las mujeres que danzaban, y decían: Saúl hirió a sus
miles, Y David a sus diez miles. Y se enojó Saúl en gran manera,
y le desagradó este dicho, y dijo: A David dieron diez miles, y a
mí miles; no le falta más que el reino. Y desde aquel día Saúl no
miró con buenos ojos a David”
(1 Samue118:6-9).

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¿Sabes cuál es la diferencia entre el reino de Saúl y el reino de David? Que


Saúl hiere sólo a miles, pero David a diez miles. Saúl peleaba con la fuerza del
pueblo y para el pueblo, pero David peleaba con Dios y para Dios. Aquí hay
una gran diferencia, y lo vemos en la iglesia en el reino de los hombres que
sólo hay triunfos de miles y en la que reina Dios hay triunfos de diez miles, así
es la brecha: de diez a uno. Ahora, lo más importante de esto es que aunque
David no obraba para ganar al pueblo, Jehová le dio el corazón del pueblo.
David no vivía para ganarse al pueblo, pero el que tiene a Dios, Dios le da el
corazón de su pueblo, porque el que inclina los corazones es Dios. La Palabra
dice: “Mas todo Israel y Judá amaba a David, porque él salía y entraba delante
de ellos” (1 Samuel 18:16). También dice: “Y salieron a campaña los príncipes de
los filisteos; y cada vez que salían, David tenía más éxito que todos los siervos de
Saúl, por lo cual se hizo de mucha estima su nombre” (1 Samuel 18:30). Cuando
un hombre vive para Dios, Él le honra, haciéndolo acepto delante del pueblo
y engrandeciendo su nombre incluso entre los enemigos.
Puede que alguien que desconozca diga: «Bueno, David era así porque
todavía no era rey sobre Israel, pero cuando esté al frente puede que otras sean
sus preferencias». Sin embargo, comprobemos que no era así en el siguiente ver-
sículo, cuando David ya reinaba en Israel dice que: “Todo el pueblo supo esto, y le
agradó; pues todo lo que el rey hacía agradaba a todo el pueblo” (2 Samuel 3:36).
Lo de David era carácter, corazón conforme al de Dios, por eso todo lo que él
hacía como rey agradaba no a unos cuantos, sino a todo el pueblo. Bien aplica
aquí el refrán que dice: “más vale caer en gracia que ser gracioso”. El proverbista
dijo: “Cuando los caminos del hombre son agradables a Jehová, Aun a sus enemigos
hace estar en paz con él” (Proverbios 16:7), ¡cuánto más a su pueblo!
Otra diferencia entre Saúl y David que muestran las Escrituras era que:
“… a todo el que Saúl veía que era hombre esforzado y apto para combatir,
lo juntaba consigo” (1 Samuel 14:52). En cambio, de David dice: “Vinieron
todas las tribus de Israel a David en Hebrón y hablaron, diciendo: Henos aquí,
hueso tuyo y carne tuya somos. (...) Vinieron, pues, todos los ancianos de Israel al
rey en Hebrón, y el rey David hizo pacto con ellos en Hebrón delante de Jehová; y
ungieron a David por rey sobre Israel” (2 Samuel 5:1,3). Nota que Saúl “junta-
ba” y a David se le “juntaban”, “venían” a él; Saúl reclutaba soldados, a David
le seguía el ejército de Jehová (1 Crónicas 12:22,38).
Mientras Saúl fue pedido por el pueblo, reinaba y gobernaba para el pueblo,
no obstante, el pueblo se le iba; David amaba a Dios y era amado de Dios, todo
se lo atribuía a Dios, peleaba las guerras de Dios, tenía celo por Dios, obedecía a
Dios, todo era para Dios y no le importaba ganarse la voluntad del pueblo, pero

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Dios se la dio. ¿Cómo es posible que al que reina para el pueblo, el pueblo se le
deserte y al que no reina para el pueblo, el pueblo lo siga y lo apoye? Eso está
pasando hoy en la iglesia y seguirá pasando. Aquellos que gobiernan para el pue-
blo se van a quedar sin el pueblo, y los que gobiernan para Dios tendrán a Dios y
al pueblo de Dios. Ahora veamos otra cualidad de David, en el siguiente relato:

“Después subieron los de Zif para decirle a Saúl en Gabaa: ¿No


está David escondido en nuestra tierra en las peñas de Hores, en
el collado de Haquila, que está al sur del desierto? Por tanto, rey,
desciende pronto ahora, conforme a tu deseo, y nosotros lo entre-
garemos en la mano del rey. Y Saúl dijo: Benditos seáis vosotros de
Jehová, que habéis tenido compasión de mí. Id, pues, ahora, ase-
guraos más, conoced y ved el lugar de su escondite, y quién lo haya
visto allí; porque se me ha dicho que él es astuto en gran manera”
(1 Samuel 23:19-22).

Saúl dice que David era muy astuto, porque aun teniendo informe donde
el hijo de Isaí se encontraba, él no lo podía hallar. La causa era que David,
antes de hacer cualquier movimiento, consultaba a Jehová y Dios le avisaba
cuando venía Saúl. Comprobemos esto en el siguiente relato:

“Dieron aviso a David, diciendo: He aquí que los filisteos com-


baten a Keila, y roban las eras. Y David consultó a Jehová,
diciendo: ¿Iré a atacar a estos filisteos? Y Jehová respondió a
David: Ve, ataca a los filisteos, y libra a Keila. Pero los que
estaban con David le dijeron: He aquí que nosotros aquí en Judá
estamos con miedo; ¿cuánto más si fuéremos a Keila contra el
ejército de los filisteos? (…) Mas entendiendo David que Saúl
ideaba el mal contra él, dijo a Abiatar sacerdote: Trae el efod. Y
dijo David: Jehová Dios de Israel, tu siervo tiene entendido que
Saúl trata de venir contra Keila, a destruir la ciudad por causa
mía. ¿Me entregarán los vecinos de Keila en sus manos? ¿Descen-
derá Saúl, como ha oído tu siervo? Jehová Dios de Israel, te ruego
que lo declares a tu siervo. Y Jehová dijo: Sí, descenderá. Dijo
luego David: ¿Me entregarán los vecinos de Keila a mí y a mis
hombres en manos de Saúl? Y Jehová respondió: Os entregarán”
(1 Samuel 23:1-3; 9-12).

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154 la honr a del ministerio

David todo lo consultaba con Jehová y el Señor le respondía a su sier-


vo. Así nosotros debemos consultar con Él todas nuestras decisiones, porque
nuestro Dios es el Dios Vivo, no es un ídolo. El que va de la mano de Jehová
camina seguro, ni sus pies tropiezan en piedras ni nadie lo arrebatará de su
mano. David se salvó de ser entregado a sus enemigos, no tan sólo porque
consultó a Jehová, sino porque estuvo atento a sus instrucciones. Por eso,
dicen las Escrituras: “… y lo buscaba Saúl todos los días, pero Dios no lo entre-
gó en sus manos” (1 Samuel 23:14). Ahora veamos cómo reaccionaba David
ante la adversidad, cuando él y sus hombres llegaron a Siclag y los de Amalec
habían invadido y asolado el lugar, prendiéndole fuego y llevándose cautivos a
sus mujeres y a todos los que estaban allí, desde el menor hasta el mayor:

“Entonces David y la gente que con él estaba alzaron su voz


y lloraron, hasta que les faltaron las fuerzas para llorar. Las
dos mujeres de David, Ahinoam jezreelita y Abigail la que fue
mujer de Nabal el de Carmel, también eran cautivas. Y David
se angustió mucho, porque el pueblo hablaba de apedrearlo, pues
todo el pueblo estaba en amargura de alma, cada uno por sus
hijos y por sus hijas; mas David se fortaleció en Jehová su Dios”
(1 Samuel 30:4-6).

Este fue unos de los momentos más difíciles en la vida de David, el ver
a sus hombres desesperados y que el pueblo hablaba de apedrearlo. David
estaba angustiado, como quizás pudo estar Saúl cuando vio que el pueblo se
le desertaba, pero ¿qué hizo David? Él no vino con diplomacia al pueblo, a
prometerle cosas para que ellos creyeran que él tenía el control; tampoco tra-
tó de justificarse ante ellos, al verlos en amargura de alma y temía que no le
siguieran apoyando más. Tampoco David hizo como Saúl que dijo: «Déjame
oficiar un sacrificio, para que ellos crean que Jehová está conmigo, y que yo
sigo aquí, siendo el ungido». Él no trató de manipular al pueblo, ni tampoco
de impresionarlo; su angustia no llegaba a hacerle olvidar quién era él ni cómo
a Jehová se le obedecía. David se fortaleció en Jehová, y siguió las instruccio-
nes (1 Samuel 30:7-8).
Ahora, yo te pregunto, si a ti te secuestran a tus hijos y a tu esposa, ¿con-
sultarías a Jehová si puedes salir a buscarlo o si denuncias a la policía que
han sido raptados? ¿te pondrías a orar en ese momento, y a titubear si llamas
al número de emergencia 911? Eso es lo que procede, pero ¿para qué hemos
de consultar a Dios en algo que, obviamente, requiere nuestra acción? Sin

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al cor azón de dios

embargo, aun eso David lo consultaba a Jehová. Continuemos viendo esa


misma actitud de David, en otras situaciones:

“Después de esto aconteció que David consultó a Jehová, dicien-


do: ¿Subiré a alguna de las ciudades de Judá? Y Jehová le res-
pondió: Sube. David volvió a decir: ¿A dónde subiré? Y él le
dijo: A Hebrón”
(2 Samuel 2:1).

El que David era el rey de Israel estaba sobreentendido, porque Dios le


había dicho a David que cuando Saúl muriese, él sería su sucesor. Mas, cuan-
do mataron a Saúl, en vez de David correr al trono, antes que apareciera
alguno, de parte de la familia de Saúl, a heredar la corona, David consultó a
Jehová para buscar su voluntad. Luego que Jehová le respondió “sube”, tam-
poco se apresuró a ir, sino que preguntó a dónde. Por lo que aprendo, que no
es sólo preguntar qué hago, sino consultar a Dios por específicas instruccio-
nes: «¿qué hago?, ¿cómo lo hago?, ¿cuándo lo hago? y ¿a dónde lo hago?» Ese
es el gobierno de Dios. Ahora, el fin de todo discurso es este, el relato de oro
que está contenido en el siguiente versículo, porque revela el fin de los dos rei-
nos. Ruego a Dios que abra tus sentidos espirituales para que veas y entiendas
lo que el Espíritu nos muestra:

“Hubo larga guerra entre la casa de Saúl y la casa de David”


(2 Samuel 3:1)

Amada iglesia de Dios, siempre habrá guerra entre el reino de Dios y


el reino de los hombres por largos días, hasta que Cristo se apodere de su
iglesia, rescatándola de las manos de los hombres. Así que no te extrañes, ni
te asombres ni te deprimas, porque Jehová nos muestra hoy que habrá larga
guerra entre la casa de Saúl, que es el reino de los hombres, y la casa de David,
que es el reino del Señor Jesucristo. Solo no olvides la segunda parte de ese
versículo:

“… pero David se iba fortaleciendo, y la casa de Saúl se iba


debilitando”
(2 Samuel 3:1)

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156 la honr a del ministerio

¡Gózate en el Señor, porque ese será el resultado de este conflicto! Siempre


hay guerra y habrá guerra en contra de los siervos de Dios. Nosotros lo hemos
vivido, cuando en medio nuestro llega alguien del reino de Saúl y se resiste a
la unción profética y no tolera el mensaje del reino. También hemos sufrido el
menosprecio de quienes se sacuden y se burlan del mensaje, como fue David
menospreciado, no nos asombremos por eso. Pero, aunque haya guerra y pare-
ciera que ésta nunca vaya a terminar, consuélate en saber que el reino de Dios
empezará a fortalecerse. Eso es lo que está pasando hoy donde hay guerra, el
reino de Dios está tomando auge y ya en los avivamientos se está hablando en
otro lenguaje diciendo que Dios es el todo, que Su reino debe establecerse, y
se habla de propósito, de principios, etc. El Señor está derribando la casa de
Saúl y pronto vendrá a nuestros oídos la noticia de que “Saúl” ha muerto y su
reino ya es parte del pasado.
Los que conocen la historia de la iglesia, saben que esto es verdad. Esta
es una revelación que Dios nos da para que veamos la diferencia en estos dos
reinos. Desde ahora en adelante el Señor cambiará tu lenguaje, y cuando
te refieras al reino de los hombres vas a decir el reino de Saúl, y cuando te
refieras al reino de Dios dirás el reino de David que es el ungido de Jehová,
Jesucristo. Es necesario iglesia que veas si has dejado a Dios, para irte a los
hombres, y digas: «Yo prefiero a Cristo, yo me decido por el gobierno de Dios
y no el de los hombres; yo no pertenezco a Saúl, sino al David del cielo, a Jesús
el ungido de Jehová, el amado del Padre». Obedezcamos a Dios, dejemos
de hacer elecciones ni pongamos al pueblo a elegir, porque el que elige sus
instrumentos, para edificación de la iglesia es Dios. No nos desviemos, sino
establezcamos el reino de Dios.

2.3  “¿Por qué no Levantas Descendencia a Tu Hermano?”


“Entonces Judá dijo a Onán: Llégate a la mujer de tu hermano,
y despósate con ella, y levanta descendencia a tu hermano. Y
sabiendo Onán que la descendencia no había de ser suya, sucedía
que cuando se llegaba a la mujer de su hermano, vertía en tierra,
por no dar descendencia a su hermano”
-Génesis 38:8-9

En el reino de Dios todo se hace según la naturaleza y el corazón del Gran


Rey. A Dios nadie jamás lo ha visto, pero el Hijo lo ha dado a conocer (Juan

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1:18). ¿De qué manera Jesús ha revelado al Padre (Mateo 11:27)? Observemos
cuidadosamente las enseñanzas del maestro y veremos que Él no hizo nada
que no vio hacer al Padre (Juan 5:19), y que sus obras las hacía el Padre, no
Él (Juan 14:10). El afirmó que aun las palabras que hablaba no eran suyas,
sino del que le envió (Juan 14:24). No olvidemos que Jesús vino del cielo y
desde la eternidad vive en el “seno del Padre” (Juan 1:18). Vivir de acuerdo
al cielo no era para Jesús una opción o una meta, sino su naturaleza misma.
El Padre le pidió que se despojara de su gloria, pero nunca que renunciara a
su naturaleza celestial. En lo físico fue desfigurado (Isa 52:14,15), pero en lo
espiritual no perdió la belleza de Su santidad. Puede que como humano no
tuviera atractivo (Isa 53:2), pero en su carácter espiritual, aun los demonios
reconocieron que Él era “el santo de Dios” (Lucas 4:34).
Jesús vivió la naturaleza del reino de los cielos y el carácter del Padre, por-
que Él vino del cielo, así como nosotros debemos vivir el reino porque hemos
entrado en él. La vida del reino de Dios no es cultura, sino naturaleza y carácter.
Para entrar al reino, tuvimos que nacer del Espíritu, el cual es la naturaleza del
reino. Dios nos hizo nacer en Su reino para que vivamos en conformidad a su
naturaleza divina (2 Pedro 1:4). A Dios únicamente le agrada lo que es como Él,
por eso solo aprueba lo que tiene la naturaleza de Su persona y de Su reino. Por
lo cual, si recibimos con sinceridad de corazón lo que Dios revela en este seg-
mento, cambiará nuestra manera de vivir y aun nuestra motivación ministerial
será transformada, según y conforme al corazón de Dios.

“Aconteció en aquel tiempo, que Judá se apartó de sus hermanos,


y se fue a un varón adulamita que se llamaba Hira. Y vio allí
Judá la hija de un hombre cananeo, el cual se llamaba Súa; y la
tomó, y se llegó a ella. Y ella concibió, y dio a luz un hijo, y llamó
su nombre Er. Concibió otra vez, y dio a luz un hijo, y llamó su
nombre Onán. Y volvió a concebir, y dio a luz un hijo, y llamó
su nombre Sela. Y estaba en Quezib cuando lo dio a luz. Des-
pués Judá tomó mujer para su primogénito Er, la cual se llamaba
Tamar. Y Er, el primogénito de Judá, fue malo ante los ojos de
Jehová, y le quitó Jehová la vida. Entonces Judá dijo a Onán:
Llégate a la mujer de tu hermano, y despósate con ella, y levanta
descendencia a tu hermano. Y sabiendo Onán que la descenden-
cia no había de ser suya, sucedía que cuando se llegaba a la mujer
de su hermano, vertía en tierra, por no dar descendencia a su
hermano. Y desagradó en ojos de Jehová lo que hacía, y a él tam-

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158 la honr a del ministerio

bién le quitó la vida. Y Judá dijo a Tamar su nuera: Quédate


viuda en casa de tu padre, hasta que crezca Sela mi hijo; porque
dijo: No sea que muera él también como sus hermanos.
»Y se fue Tamar, y estuvo en casa de su padre. Pasaron muchos
días, y murió la hija de Súa, mujer de Judá. Después Judá se
consoló, y subía a los trasquiladores de sus ovejas a Timnat, él y
su amigo Hira el adulamita. Y fue dado aviso a Tamar, diciendo:
He aquí tu suegro sube a Timnat a trasquilar sus ovejas. Enton-
ces se quitó ella los vestidos de su viudez, y se cubrió con un velo,
y se arrebozó, y se puso a la entrada de Enaim junto al camino de
Timnat; porque veía que había crecido Sela, y ella no era dada
a él por mujer. Y la vio Judá, y la tuvo por ramera, porque ella
había cubierto su rostro. Y se apartó del camino hacia ella, y le
dijo: Déjame ahora llegarme a ti: pues no sabía que era su nuera;
y ella dijo: ¿Qué me darás por llegarte a mí? Él respondió: Yo te
enviaré del ganado un cabrito de las cabras. Y ella dijo: Dame
una prenda hasta que lo envíes. Entonces Judá dijo: ¿Qué pren-
da te daré? Ella respondió: Tu sello, tu cordón, y tu báculo que
tienes en tu mano. Y él se los dio, y se llegó a ella, y ella concibió
de él. Luego se levantó y se fue, y se quitó el velo de sobre sí, y se
vistió las ropas de su viudez. Y Judá envió el cabrito de las cabras
por medio de su amigo el adulamita, para que éste recibiese la
prenda de la mujer; pero no la halló. Y preguntó a los hombres
de aquel lugar, diciendo: ¿Dónde está la ramera de Enaim junto
al camino? Y ellos le dijeron: No ha estado aquí ramera alguna.
Entonces él se volvió a Judá, y dijo: No la he hallado; y también
los hombres del lugar dijeron: Aquí no ha estado ramera. Y Judá
dijo: Tómeselo para sí, para que no seamos menospreciados; he
aquí yo he enviado este cabrito, y tú no la hallaste.
»Sucedió que al cabo de unos tres meses fue dado aviso a Judá,
diciendo: Tamar tu nuera ha fornicado, y ciertamente está
encinta a causa de las fornicaciones. Y Judá dijo: Sacadla, y sea
quemada. Pero ella, cuando la sacaban, envió a decir a su sue-
gro: Del varón cuyas son estas cosas, estoy encinta. También dijo:
Mira ahora de quién son estas cosas, el sello, el cordón y el báculo.
Entonces Judá los reconoció, y dijo: Más justa es ella que yo, por
cuanto no la he dado a Sela mi hijo. Y nunca más la conoció. Y
aconteció que al tiempo de dar a luz, he aquí había gemelos en

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el llamamiento es conforme 159
al cor azón de dios

su seno. Sucedió cuando daba a luz, que sacó la mano el uno,


y la partera tomó y ató a su mano un hilo de grana, diciendo:
Éste salió primero. Pero volviendo él a meter la mano, he aquí
salió su hermano; y ella dijo: ¡Qué brecha te has abierto! Y llamó
su nombre Fares. Después salió su hermano, el que tenía en su
mano el hilo de grana, y llamó su nombre Zara”
(Génesis 38:1-19)

He reproducido todo el relato, con la finalidad de que tengamos un con-


texto de esta historia, a la verdad muy triste, pero muy edificante para nuestra
vida espiritual. Entendemos que Dios había determinado que de la descen-
dencia de Judá viniera Jesús, por eso, ninguna descendencia del pueblo de
Israel era más importante que la de Judá. De esa tribu nacería Siloh, como
profetizó Jacob antes de morir: “No será quitado el cetro de Judá, Ni el legis-
lador de entre sus pies, Hasta que venga Siloh; Y a él se congregarán los pueblos”
(Génesis 49:10). También, cuando Balaam quiso maldecir a Israel que la mal-
dición se le convertía en bendición, dijo en su profecía: “Lo veré, mas no ahora;
Lo miraré, mas no de cerca; Saldrá ESTRELLA de Jacob, Y se levantará cetro de
Israel, Y herirá las sienes de Moab, Y destruirá a todos los hijos de Set” (Números
24:17). Esta es una alusión profética al “Mesías” y también figura o personifi-
cación del Dios Omnisciente. Esa estrella nació de Judá y es Jesucristo.
Por tanto, la descendencia de Judá era muy significativa y trascendental
para Dios, por eso lo juró y lo dejó establecido en el pacto que hizo con Abra-
ham: “Será tu descendencia como el polvo de la tierra, y te extenderás al occiden-
te, al oriente, al norte y al sur; y todas las familias de la tierra serán benditas en ti
y en tu simiente” (Génesis 28:14). De Judá entonces vendría el cumplimiento
de esa palabra, el nacimiento del Mesías, donde surgiría la simiente a través de
la cual Dios cumpliría su propósito eterno en la tierra. Esa es la importancia
de este pasaje de la Escritura, porque se refiere a la descendencia de un hom-
bre de donde vendría el Hijo de Dios.
Tristemente, Judá no se quedó en Canaán ni se casó con una de las mujeres
del santo linaje, sino que se fue a la tierra extranjera y escogió de allí mujer. Con
ella, tuvo su primer hijo llamado Er, a quien la Escritura lo describe como un
hombre malo y Dios lo mató, dejando viuda a su esposa Tamar (Génesis 38:7).
En aquellos días era costumbre hacer un matrimonio por levirato, una ley que
establecía que si un hombre moría antes de tener un hijo, uno de sus hermanos,
en orden de edades, debía tomar la viuda como mujer y hacerla concebir, de
manera que el primer hijo que naciera de esa unión se le consideraba legalmente

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160 la honr a del ministerio

como hijo del difunto, y así su generación no sería cortada. Este acto se llamaba
redención, redimir a su hermano, levantarle descendencia.
Para los antiguos era algo deshonroso el no tener hijos, pues consideraban
muy importante la descendencia. Esa es la razón por la que encontramos en
las Escrituras, capítulos enteros de genealogías, donde se dejaba por escrito
récord exacto de sus antepasados, ya que Jehová les había dicho que en la des-
cendencia estaba la bendición. Se debía mostrar que se pertenecía al pueblo de
Dios, mostrar quienes eran sus antepasados, para tener parte de la promesa.
Hoy en día todo es diferente, ni sabemos quienes fueron nuestros abuelos, y
mucho menos nuestros bisabuelos; y son muy pocos los que se interesan por
sus raíces. Aunque la experiencia de Judá aconteció siglos antes de la ley de
Moisés, todo lo que narra el relato está basado en la costumbre del levirato.
Jehová estableció que todo el que infrinja la ley sería cortado de Israel, de
la congregación o de entre su pueblo (Éxodo 12:15, 19; 30:38). La expresión
“ser cortado” significaba quedarse sin descendencia y por ende no pertenecer a
ninguna tribu de Israel, lo que representaba perder la bendición, y la posteridad.
Por tanto, la descendencia de Judá, la simiente de donde vendría el Mesías era
muy importante guardarla, protegerla, mantenerla y levantarla. Esa es la razón
por la que Jehová fue tan severo con estos hombres de la casa de Judá, cuyo
comportamiento denotaba no importarle su descendencia. Veamos realmente,
cuál fue la voluntad del legislador al establecer la ley de redención:

“Cuando hermanos habitaren juntos, y muriere alguno de ellos,


y no tuviere hijo, la mujer del muerto no se casará fuera con
hombre extraño; su cuñado se llegará a ella, y la tomará por su
mujer, y hará con ella parentesco. Y el primogénito que ella diere
a luz sucederá en el nombre de su hermano muerto, para que el
nombre de éste no sea borrado de Israel”
(Deuteronomio 25:5-6).

Nota cuál era el propósito de casar a una mujer con el hermano de su


esposo muerto: que el nombre del esposo no sea borrado de la descendencia
de Israel. Continuemos:

“Y si el hombre no quisiere tomar a su cuñada, irá entonces su


cuñada a la puerta, a los ancianos, y dirá: Mi cuñado no quie-
re suscitar nombre en Israel a su hermano; no quiere emparentar
conmigo. Entonces los ancianos de aquella ciudad lo harán venir, y

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hablarán con él; y si él se levantare y dijere: No quiero tomarla, se


acercará entonces su cuñada a él delante de los ancianos, y le quita-
rá el calzado del pie, y le escupirá en el rostro, y hablará y dirá: Así
será hecho al varón que no quiere edificar la casa de su hermano.
Y se le dará este nombre en Israel: La casa del descalzado”
(Deuteronomio 25:7-10).

Así se trataba al hombre que no quería levantar descendencia a su her-


mano, se le humillaba delante de todos, se avergonzaba públicamente y se le
ponía un nombre a su egoísmo: Casa del descalzado. ¿Cuántas casas de des-
calzados conocemos? ¿Cuántos hombres andan por ahí, espiritualmente, con
un pie descalzo, por no querer levantar descendencia a su hermano, por no
importarle el nombre ni la honra de su hermano? Algo totalmente contrario
al espíritu del evangelio (Romanos 12:10).
Dirijamos ahora nuestra mirada, primeramente a Onán, al que su padre le
pidió que se llegara a la mujer de su hermano muerto, para levantarle descen-
dencia, el cual aceptó, y sin embargo vertía en tierra, porque la descendencia no
sería suya (Génesis 38:8-9). Onán, aparentemente, se sometió a la ley del levi-
rato, y se casó con la viuda de su hermano. La llevó a su casa, la hizo su mujer,
y delante de todos estaba “calzado”, como alguien que honró a su hermano,
que pensó en su hermano, alguien que se dispuso levantar descendencia a su
hermano, se veía bien. Onán, delante de los ojos del pueblo, era el hombre que
cumplió, porque amó a su hermano y se dispuso para que su nombre no fuese
borrado del pueblo de Israel. Eso era lo que parecía delante de todos, en aparien-
cia, pero en la intimidad con Tamar, nos dice la Palabra que en el momento de
la consumación de este compromiso, cuando iba a eyacular, Onán derramaba
el semen afuera, para que no hubiese fecundación (Génesis 38:9).
Es decir, Onán perversamente vivía con la mujer, pero vertía en tierra
para no levantar descendencia a su hermano, pues sabía “que la descendencia
no había de ser suya” (v. 9). Él no quería darle un hijo a Tamar porque no
tendría ningún beneficio en ello. Según la ley, el primer hijo que nacía de esa
relación pertenecía al muerto y representaba la descendencia del difunto, y eso
era un sacrificio bien grande. Imagínate, que tú te debas casar con alguien
que tú no hayas elegido, pero que debes hacerlo por causa de un compromiso
o por la cultura del pueblo; y que, luego, la mayor bendición de esa relación
-el primer hijo- no te corresponda a ti, es un gran sacrificio. Me figuro lo
que Onán se preguntaba: « ¿Dónde está mi parte en este asunto? ¿Qué gano
yo con eso? ¿cuál es mi ganancia?» El primogénito heredaba la mitad de la

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riqueza de su padre, por lo que –automáticamente- a falta del patriarca, él se


convertía en el sacerdote de la familla y sustituto del Padre. Así que, por todos
esos beneficios y honra, los padres siempre buscaban tener su primogénito, y
que ellos recibieran de Jehová la bendición.
Ahora ya entendemos por qué también los hijos, no sólo anhelaban ser
primogénitos, sino que codiciaban ese lugar. Conocemos la historia de uno
que le dijo a su hermano: “Véndeme en este día tu primogenitura” (Génesis
25:31,33), y lo que pareció un juego de niños, un intercambio por pan y gui-
sado de lentejas, llegado el tiempo se convirtió en la gran usurpación (Génesis
27:16-29), como ya muy tarde reconoció el mismo Esaú: “Bien llamaron su
nombre Jacob, pues ya me ha suplantado dos veces: se apoderó de mi primogeni-
tura, y he aquí ahora ha tomado mi bendición” (Génesis 27:36). También com-
prendemos por qué José se turbó y se enojó tanto cuando presentó delante de
su padre a sus hijos, Manasés y Efraín, para ser bendecidos, y adrede, Israel
extendió su mano derecha, y la puso sobre la cabeza de Efraín, que era el
menor, y su mano izquierda sobre la cabeza de Manasés, aunque Manasés era
el primogénito y le correspondía la diestra
(Génesis 48:14). José trató de impedirlo
“Es necesario tomándole la mano a su padre, y reclamán-
consumirse para dole le dijo: “No así, padre mío, porque éste es
dar lo mejor de el primogénito; pon tu mano derecha sobre su
cabeza” (Génesis 48:17,18), pero Israel no
nuestras fuerzas,
quiso, sino que le dijo: “Lo sé, hijo mío, lo sé;
desprenderse también él vendrá a ser un pueblo, y será tam-
para que otro sea bién engrandecido; pero su hermano menor
alcanzado” será más grande que él, y su descendencia for-
mará multitud de naciones” (v. 19). Jacob
bendijo al menor porque ese era el elegido.
Todos querían la bendición para el hijo mayor. Así que, el que redimía a
su hermano se privaba del primogénito, ya que no pertenecería a su descen-
dencia, pues tenía que ceder también el hijo de la bendición al muerto. ¿Qué
dirías tú?: « ¡Qué injusticia! Tras que me caso con su mujer, -a quien ni sé si
algún día la llegue a querer- ahora también tengo que darle el primer hijo a
mi hermano muerto; no el último o el que quiera darle, sino ¡el primero!, el
hijo que -según nuestras costumbres- es el que lleva la bendición, se lo tengo
que dar a un muerto». Es por eso que Onán vertía afuera, porque sabía que la
herencia no iba ser suya.

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No obstante, delante de los ojos de todos, Onán se veía muy bien, pues
nadie sabe lo que pasa después que una pareja entra a su recámara y cierra
la puerta tras sí. Generalmente, por prudencia y delicadeza, nadie habla de
intimidades abiertamente a no ser que sea una persona descarada y desinhibi-
da que no tenga el más mínimo pudor de exponer a los demás sus relaciones
íntimas, y mucho menos en aquellos días, cuando el hombre tenía todo el
dominio sobre la mujer. Por consiguiente, Onán andaba tranquilo sabiendo
que nadie lo iba a saber, sabía que Tamar no iba a decir nada, y los demás cree-
rían que él estaba cumpliendo, y que era un hombre de respeto, que seguía sus
tradiciones. Nadie podía imaginar que, en el secreto de la intimidad del lecho
donde supuestamente subía para honrar la memoria de su hermano, Onán
orquestaba una gran falsa.
Por tanto, podemos decir que Onán andaba muy bien, pero hipócritamen-
te. Todos pensaban que él se estaba sacrificando, pero la verdad es que todo era
un engaño. Y aquí hay una tremenda enseñanza para nosotros, pues cuántos
“onanes” no habrá hoy en la iglesia que no quieren levantar descendencia a
sus hermanos. Estos dan la apariencia que están sirviéndoles, amándoles, que
quieren el bienestar de su ministerio; y aparentemente están llevando las cargas
de ellos, pero nada es genuino. La verdad es que ellos no quieren el éxito de sus
hermanos ni su prosperidad, sino borrar y anular sus nombres.
El que tiene el espíritu de redención es una persona que ama a su herma-
no. En el cumplimiento del levirato, el que ama genuinamente a su hermano
se casa con su mujer, porque siente un inmenso deseo de ver a su hermano
siendo parte de la santa genealogía de Israel. Y su sentir es que en la posteri-
dad, cuando se hable de las descendencias también se hable de su hermano;
desear que el plan de Dios se cumpla con su hermano; sacrificarse y llevar la
carga de su hermano y darle el primogénito de su fuerza a su hermano. Pero
para poder hacer eso, hay que anularse. Es necesario consumirse para dar
lo mejor de nuestras fuerzas, desprenderse para que otro sea alcanzado, tal
como hizo Jesús.
Cuando Adán pecó, murió para con Dios, y no podía dar descendencia
porque su naturaleza se había corrompido, y todo lo que provenía de él era
pecado (Romanos 3:11-12), y la descendencia de Dios tenía que ser santa,
como Dios es Santo. Por tanto, Cristo vino a redimir a Adán y ocupó su
lugar casándose con su mujer –que era la humanidad- para levantarle descen-
dencia a su hermano. Adán fue redimido por un hermano que lo amó, pues
Jesús le levantó simiente, y con ella llenó la tierra. El que no tenía pecado se
hizo pecado por nosotros, llevando la vergüenza, la ignominia, el castigo de

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nuestra paz, con tal de dejarle descendencia santa a Adán, para que sus hijos
sean contados, como dice la Palabra: “Porque ciertamente no socorrió a los
ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham” (Hebreos 2:16).
El Espíritu del que redime es un espíritu de abnegación, de entrega, de
menguar para que su hermano crezca. Por eso la Biblia nos amonesta: “Haya,
pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en
forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que
se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y
estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente
hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:5-8). Jesucristo se anonadó y
dejó de ser lo que era para ser lo que tú eras, y ahora puedas ocupar su lugar y
ser contado en la descendencia de la familia de Dios. ¡Eso es redimir!
Tú y yo ahora somos contados en las tribus de Israel y tenemos herencia con
Dios, porque hubo uno que no vertió en tierra. Hay uno que no nos amó en
apariencia, sino en verdad. Cuando fue llevado a la cruz, Jesús fue desnudado
públicamente (porque a los crucificados, para avergonzarlos se les quitaba la
ropa), y delante de todos fue humillado, escupido, escarnecido y afrentado
(Lucas 18:32). Él no hizo nada en secreto, sino públicamente, a la vista de todos.
De tal manera te amó que te redimió, para
que tú no seas anulado y tu nombre vaya a la
posteridad y esté escrito en el libro de la vida
“Hay que ser y tengas descendencia y parte con Dios. Pero
borrado para primero Él tuvo que ocupar tu lugar y tomar
que Cristo sea tu vergüenza. Jesús tomó los decretos que
escrito” estaban en tu contra, la condenación de la
ley, la maldición, la ira que estaba destinada
a caer sobre ti, cayó sobre él, con tal que no
desaparezcas de la genealogía divina. Él dijo:
“He aquí, vengo; En el rollo del libro está escrito de mí; El hacer tu voluntad, Dios
mío, me ha agradado, Y tu ley está en medio de mi corazón” (Salmos 40:7-8). Por
eso Él es tú redentor.
El espíritu de la redención es el mismo espíritu de Cristo, es el espíritu
de la cruz, el espíritu del Reino de Dios. Ese espíritu es el que la iglesia de
hoy necesita. La iglesia precisa del espíritu de Cristo que toma la carga de su
hermano, que se echa sobre sí la vergüenza de su hermano, que se anula para
confirmar a su hermano, que muere para que su hermano, en Él, tenga fruto.
El Señor nos llamó a vivir en Su reino, pero para eso necesitamos el correcto
espíritu. Por eso veo el énfasis del Señor y en su Palabra de mostrarnos la
esencia del reino y que reconozcamos su soberanía.

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al cor azón de dios

El espíritu del reino es un espíritu en donde yo me quito para que el Señor


aparezca. Él dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome
su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9:23). La esencia del Evangelio se resume en
este versículo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive
Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el
cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). ¿Por qué? Porque Él
ocupó mi lugar; Él me llevó a la cruz y fui clavado con él en el madero, luego
fui enterrado con él en la tumba, y cuando Dios Padre lo levantó del Seol y lo
glorificó, Él nació en mí dándome una nueva naturaleza, para llevarme a la
glorificación eterna. Ahora yo soy en el Cristo glorificado, como Él fue en mí
en su muerte. En el evangelio yo cada día muero, para que Cristo sea el que viva
en mí. En el reino de Dios la carne constantemente está desapareciendo para
que aparezca el Espíritu, y cada día muere, para que viva el Espíritu.
Hay un deseo en nosotros de que Dios
sea todo en todos (1 Corintios 15:28), pero
para que eso ocurra, yo tengo que ser nada, “El espíritu del
pues mientras yo sea algo, Él no puede ser
todo. El todo significa sin excepción de nada.
reino piensa en
Mi gloria tiene que ser revolcada en el polvo Dios primero”
para que solo aparezca la gloria de Dios. Por
eso es que muchos no entran en el espíritu
del reino, porque hay que morir, desaparecer, hay que ser borrado para
que Cristo sea escrito. Lamentablemente, ese espíritu es absolutamente
extraño para nuestra naturaleza carnal.
La mayor resistencia que tiene la iglesia de Cristo para funcionar de acuer-
do al plan divino es verse como Él la ve, como un cuerpo, miembros los unos
de los otros. La iglesia no es una organización, sino un organismo vivo, un
cuerpo cuyos miembros, aunque sean muchos, representan una sola cosa. A
pesar que la mano tiene más independencia que el cuello, por ejemplo, ésta
no le puede decir a la nuca: «no te necesito», pues ningún miembro del cuer-
po trabaja independientemente, sino que lo hace en unidad, para contribuir
al bienestar de todo el organismo. Dios le dio al cuerpo un sistema nervioso
para que cada miembro sienta una misma cosa. Por eso, cuando nos duele el
dedo meñique de un pie, se afecta todo el cuerpo. Igualmente, cuando en la
espalda hay un picor, esta no le dice al brazo: « ¿Me puedes ayudar?», sino
que el brazo, sin que le pregunten, dirige la mano, automáticamente, al lugar
donde necesita que se rasque, porque tienen el mismo sentir.

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Un organismo es un conjunto de órganos que funcionan como un todo,


para beneficio de uno solo: el cuerpo. Así la iglesia es una sola cosa en Cristo
Jesús. Mas, ¿qué ha pasado? Aparentemente, los miembros se han salido del
cuerpo y cada uno anda por su cuenta. Por un lado está el brazo que se hace
llamar “asamblea tal”, por el otro está el pie que cambió su nombre a “misión
tal”; por acá está el corazón que ahora se llama “bautista”; más allá están los
riñones que se hacen llamar “metodistas”; un par de extremidades que se
hacen llamar “reformadas”, por aquí el hígado que dice que su nombre es
“Pentecostal”, etc. Así estamos todos, esparcidos, tratando de triunfar solos,
autoproclamándonos cuerpo en nosotros mismos, siendo cada uno de noso-
tros simples partes de un todo.
El reino de Dios es todo lo opuesto a eso. En el cuerpo de Cristo sus
miembros trabajan para un solo reino, no para muchos reinos. En el reino, se
predica y si se convierten setenta personas, aunque se haya invertido treinta
mil dólares para organizar esa campaña de evangelización, y todas esas almas
no vengan a congregarse en la iglesia que pastorea el predicador, por encima
de todo eso, se goza, porque el reino de Dios se estableció en esas vidas. Esas
personas irán a sus comunidades, y asistirán a la iglesia donde el Espíritu
Santo las añada, y aunque ya no las vea más, el gozo estriba en saber que
fueron salvas, que el sacrificio de Cristo fue efectivo en sus vidas y que ahora
pertenecen al reino de Dios. La gente se salva para pertenecer al Señor y a Su
reino, no a un pastor o a alguna iglesia específica. El espíritu del reino piensa
en Dios primero, no importándole quién se favorezca visiblemente, porque
al final de cuentas lo que interesa es colaborar, contribuir con la obra divina.
En el reino no se vierte en tierra ni se da la apariencia que se está apoyando,
cuando en realidad no lo estamos haciendo.
Tristemente, tenemos que decir que el espíritu de Onán es el que está
gobernando en la iglesia de Cristo hoy. Cuando no queremos levantar simien-
te a un hermano; cuando no estamos dispuestos a hacer cualquier sacrificio
o una inversión para beneficiar a la iglesia de la esquina o al ministerio tal,
porque no administraremos el resultado, somos un “Onán”. El negarnos a
ayudar o a apoyar algo, porque no va aumentar las estadísticas de mi congre-
gación, o no van a contar como mío dicho esfuerzo, o porque no voy a recibir
crédito, eso no representa el espíritu del reino de Dios. Personas que piensan
y se conducen así se olvidan que la iglesia no es suya ni mía, sino de Cristo,
y que todo beneficio pertenece al reino de Dios. A Onán, Jehová le quitó la
vida y también la descendencia (Génesis 38:10), y eso mismo le ocurrirá a
todo aquel que tenga su mismo espíritu, no entrará al reino, pues allí solo

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entrarán los que hacen la voluntad de Dios (Mateo 7:21). Y no estoy hablando
de la salvación o vida eterna, pues está segura en Cristo, sino, ser cortado en
bendición, pues su egoísmo malsano lo va a destruir, lo va a paralizar y no lo
dejará disfrutar de las bendiciones celestiales.
Onán no le levantó descendencia a su hermano, porque el muchacho no
llevaría su nombre. Así andan muchos, buscando su propio nombre, levan-
tando iglesias que lleven su nombre, cubriéndose con la sombrilla llamada
“fundador”, cuando el verdadero autor y fundador de nuestra fe es Cristo
Jesús (Hebreos 12:2). Asimismo noto que algunos cantores, cuando sacan
una producción musical, por ejemplo, ponen su foto en la carátula, con poses
de artistas, porque ambicionan la descendencia, se deben a su público. Ellos
dicen: «Es mi voz, por tanto, mi nombre y mi foto deben aparecer ahí, para
que la gente me reconozca; ¡debo darme a conocer!, pues para qué entonces
tanto sacrificio y costosas inversiones, si al final nadie sabrá quién soy yo».
Mas, ¿y las almas que se benefician por esas alabanzas, y la gente que se acer-
can a Dios, a través de las canciones? ¡Ese es el fruto! No tu nombre. Ese era
el problema de Onán, que pensaba que si él no aparecía, si el niño no llevaba
su nombre, no valía la pena procrearlo. Dios aborrece a ese espíritu, porque es
el espíritu de Satanás, a quien también cortó del reino de los cielos y lo dejó
sin descendencia.
La palabra Onán significa “fuerza”, “agilidad”. Aplicando, vemos que los
que tienen la fuerza y agilidad no quieren usarla para bendecir a sus herma-
nos, sino que la usan para levantar su propio nombre, su propia descendencia,
su propio reino, y para su propia bendición y honra. Por eso, Dios confundió
a los hombres en Babel, porque ellos querían hacer su propio nombre (Génesis
11:4,9). La Biblia dice que solo hay un nombre que el Padre exaltó hasta lo
sumo y lo puso sobre todo nombre, “para que en el nombre de Jesús se doble
toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y
toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor” (Filipenses 2:10-11). Esa es la
lucha de hoy, el pensamiento que vemos a diario, en todos lados: «Si yo no
tengo parte, si mi nombre no aparece, si no hay para mi ministerio ningún
reconocimiento, entonces ¿de qué vale el sacrificio?» Como dice un dicho
popular: «Si yo no juego, qué importa que se rompan las cartas». Ese es el
espíritu de Onán, pero no de Cristo. Por eso, el Señor va a cortar a los “ona-
nes”, ese espíritu tiene que desaparecer de la iglesia, y en cambio, todo el que
levante simiente a su hermano tendrá parte con Dios.
Te aseguro que la iglesia no está ya en el cielo, porque estamos buscando
el beneficio personal y de nuestros ministerios. John Wesley en su tremendo

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avivamiento decía: «mi parroquia es el mundo”. Esto quiere decir: “Mi parro-
quia es la iglesia en toda nación, tribu y lengua y pueblo. Yo tengo que pensar
en mis hermanos que están en Rusia, en Turquía, en Argentina, en India o en
Japón. En donde quiera que haya un creyente, aunque esté solitario en una
montaña, allí está el cuerpo de Cristo, que es mi cuerpo también». Si yo pue-
do edificar aquella congregación de Dios que está allá, aunque nunca vea el
fruto, y ellos nunca sepan quién fue que los bendijo, yo lo debo hacer. ¡Qué
importa que nos reconozcan o no, lo que vale es que seamos bendición a los
demás! El Espíritu del reino consiste en que me anulo yo, para bendecir a los
hermanos y levantar el nombre de Cristo.
Es por eso que algunos no quieren la vida del reino de Dios, porque en
el reino se funciona como un cuerpo, y allí no hay posición ni jerarquía, sino
función. En el reino de Dios el pastor cuida a las ovejas, el maestro enseña la
Palabra, el profeta da el mensaje de Dios, el
apóstol equipa a toda la iglesia y sirve como
“Hay personas autoridad, pero ninguno es mayor que el
que nunca otro; simplemente tienen una función dife-
aparecen, sin rente los unos de los otros. Tú me profetizas,
yo te enseño la Palabra; tú predicas para sal-
embargo, son las vación de las almas, yo las apaciento. Somos
más importantes” un equipo, cada uno juega una base y cada
uno desarrolla una función.
Cuando he tenido la oportunidad de dis-
frutar viendo un partido de fútbol, he visto que cada equipo tiene jugadores que
son profesionales, armando el juego de manera que facilitan a sus compañeros
el anotar los goles. Todos conocemos a los famosos goleadores de los partidos,
y la emoción que generan cuando patean la bola y anotan un gol. Los medios
de comunicación al otro día sacan un gran titular con el nombre y la foto del
jugador que hizo la jugada, pero al que proporcionó el lance ni se le menciona.
¡Qué tremendo!, diría este jugador: «Si yo no le paso el balón, él no anota el
gol, y sin embargo, a él le dan toda la gloria, y yo ni cuento». Pero, lo que debe
pensar es que aunque al jugador que anotó el gol lo saquen en primera plana, el
titular también dice que “ganó el equipo” y si ganó el equipo, entonces él tam-
bién ganó. Alguien tiene que colocar la bola para que se haga el gol, no puede
ser uno solo el que lo haga todo, si son siete los jugadores en el terreno del juego.
Mi trabajo no es ser reconocido, sino jugar para que gane mi equipo.
Así también es en el reino de Dios, alguien tiene que colocar el balón (la
Palabra), en el centro del terreno, para que otro venga y le de un puntapié que

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atraviese el campo contrario, traspase la línea de meta entre los postes y pase por
debajo del larguero y haga el gol en el corazón del que escucha. Y para lograr
eso, hay que escoger al mejor, aunque ese no sea yo, porque lo importante es
que ganemos el partido al equipo contrario. Mas, el espíritu egoísta piensa: «Yo
quiero patear esa bola, aunque no ganemos. Yo prefiero que no gane nadie a que
este sea la estrella del equipo y no yo». En ese momento, tenemos que pensar en
qué le conviene al equipo y no en nuestros intereses personales. Hay personas
que nunca aparecen, sin embargo, son las más importantes. Por conducirse de
esta manera egoísta, Dios cortó a Onán y como resultado ni él ni su hermano
tuvieron descendencia, así que su equipo perdió.
Ahora veamos un ejemplo positivo de alguien que cumplió la ley del levi-
rato y redimió. Sabemos la historia de Rut, la moabita, nuera de Noemí,
quien al morir su esposo quiso quedarse en la casa con su suegra. Noemí era
viuda, y al morir también sus dos hijos, ella decidió regresar de la tierra de
Moab a Judá, y las viudas de sus hijos quisieron regresar con ella, pero ella les
dijo: “Volveos, hijas mías; ¿para qué habéis de ir conmigo? ¿Tengo yo más hijos en
el vientre, que puedan ser vuestros maridos? Volveos, hijas mías, e idos; porque
yo ya soy vieja para tener marido. Y aunque dijese: Esperanza tengo, y esta noche
estuviese con marido, y aun diese a luz hijos, ¿habíais vosotras de esperarlos hasta
que fuesen grandes? ¿Habíais de quedaros sin casar por amor a ellos? No, hijas
mías; que mayor amargura tengo yo que vosotras, pues la mano de Jehová ha sali-
do contra mí” (Rut 1:11-13). Pero Rut le respondió: “No me ruegues que te deje,
y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que
vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Donde tú murieres,
moriré yo, y allí seré sepultada; así me haga Jehová, y aun me añada, que sólo la
muerte hará separación entre nosotras dos” (vv. 16-17). Así esta mujer, aun sien-
do extranjera, decidió unirse con Israel, y se fue sin esperanza (ya que Noemí
no tenía más hijos que la pudieran redimir) a una tierra extraña, dispuesta a
quedarse viuda, junto a la mamá de su marido muerto.
Al llegar a Judá, Rut empezó a trabajar en el campo de Booz, pariente de
Noemí, ya que la suegra aconsejó a la moabita acercarse a él, aunque había
otro pariente que era más cercano que Booz e incluso también más joven, al
cual le correspondía redimir al esposo de Rut. No obstante, Booz prometió a
Rut que si éste se negaba a hacerlo, él asumiría la responsabilidad y redimiría
a su pariente. Así Booz preparó todo para el contrato, conforme a la costum-
bre y a la ley. Leámoslo a continuación, en la narración bíblica:

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“Booz subió a la puerta y se sentó allí; y he aquí pasaba aquel


pariente de quien Booz había hablado, y le dijo: Eh, fulano, ven
acá y siéntate. Y él vino y se sentó. Entonces él tomó a diez varones de
los ancianos de la ciudad, y dijo: Sentaos aquí. Y ellos se sentaron.
Luego dijo al pariente: Noemí, que ha vuelto del campo de Moab,
vende una parte de las tierras que tuvo nuestro hermano Elimelec.
Y yo decidí hacértelo saber, y decirte que la compres en presencia
de los que están aquí sentados, y de los ancianos de mi pueblo. Si
tú quieres redimir, redime; y si no quieres redimir, decláramelo
para que yo lo sepa; porque no hay otro que redima sino tú, y yo
después de ti. Y él respondió: Yo redimiré. Entonces replicó Booz:
El mismo día que compres las tierras de mano de Noemí, debes
tomar también a Rut la moabita, mujer del difunto, para que
restaures el nombre del muerto sobre su posesión. Y respondió el
pariente: No puedo redimir para mí, no sea que dañe mi heredad.
Redime tú, usando de mi derecho, porque yo no podré redimir”
(Rut 4:1-6).

No es una casualidad que a este hombre que se negó a redimir a su herma-


no, se le llame “fulano” y se omite su nombre, pues ese es el destino de todo
aquel que, por cuidar su nombre, no le levanta descendencia a su hermano;
su nombre será borrado de la genealogía y del propósito de Dios. Nota como
cambió el tono del pariente cuando se le dijo que también tenía que tomar a la
extranjera por mujer. Mientras se le habló de las tierras, sin titubear dijo: “Yo
redimiré”, pues cuando nos conviene queremos redimir. Mas, cuando se le
habló de casarse con la viuda y restaurar el nombre del muerto sobre su pose-
sión, o sea, levantarle descendencia a su hermano, para que su hijo reciba su
heredad y no él, este se negó. La avaricia es algo malsano, que no nos permite
actuar si no sacamos provecho de las cosas. Si no tenemos parte, preferimos no
participar, algo totalmente contrario al espíritu de la redención, al Espíritu de
Cristo, el cual dice: «Muero yo, para que mis hermanos vivan». Nota como
continuó el asunto:

“Había ya desde hacía tiempo esta costumbre en Israel tocante


a la redención y al contrato, que para la confirmación de cual-
quier negocio, el uno se quitaba el zapato y lo daba a su compa-
ñero; y esto servía de testimonio en Israel. Entonces el pariente
dijo a Booz: Tómalo tú. Y se quitó el zapato. Y Booz dijo a los

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al cor azón de dios

ancianos y a todo el pueblo: Vosotros sois testigos hoy, de que he


adquirido de mano de Noemí todo lo que fue de Elimelec, y
todo lo que fue de Quelión y de Mahlón. Y que también tomo
por mi mujer a Rut la moabita, mujer de Mahlón, para restau-
rar el nombre del difunto sobre su heredad, para que el nombre
del muerto no se borre de entre sus hermanos y de la puerta de
su lugar. Vosotros sois testigos hoy”
(Rut 4:7-10).

¡Para redimir hay que sacrificarse! Hay que llevarse a la cuñada y casarse
con ella, aunque sea fea, y cumplir con ella de manera que quede encinta, y
cuando nazca el hijo, aceptar que no es tuyo, sino del muerto. El que hace eso
no está descalzo, sino que anda bien calzado, con sus pies bien calzados, con
el apresto del evangelio de la paz (Efesios 6:15). El que redime a su hermano
tiene el espíritu del evangelio, que es la redención. En cambio, los que no
quieren redimir al hermano andarán con un solo zapato, y un pie descalzo;
y su casa será conocida como “la casa del descalzado”, casa que no amó ni
redimió (Deuteronomio 25:10).
Considero sumamente interesante y creo que es una intención de la provi-
dencia de Dios que las palabras hebreas “Onán y Booz” significan exactamente
lo mismo. Los nombres Onán y Booz significan en el idioma hebreo “fuerza” y
“agilidad”. Nota que Onán, a diferencia de Booz, no quiso usar ni su fuerza ni
su agilidad para beneficio de su hermano, sino para su nombre. ¿Para qué somos
fuertes? ¿Para el provecho de los demás o el nuestro? Mahlón se llamaba el falle-
cido esposo de Rut, cuyo nombre significa “enfermizo” en el lenguaje hebreo,
pero el fuerte Booz le curó su descendencia, levantándole un hijo sano al her-
mano debilucho. Así hizo Jesús, ayudó al débil Adán y usó sus fuerzas para
levantarle descendencia al que no quería ni podía tener descendencia (Romanos
8:7). Booz tomó por mujer a la moabita, no tomando en cuenta que por ser
extranjera podía dañar su descendencia (como había alegado el pariente). De
la misma manera, Jesús no tomó en cuenta ser igual a Dios, algo tan supremo
como para aferrarse, sino que, para redimirlos, se despojó de sí mismo, y se hizo
semejante a los hombres (Filipenses 2:6). ¿Hay en nosotros el mismo sentir que
hubo en Cristo Jesús? Meditemos en eso, y leamos ahora lo que respondieron a
Booz los que fueron testigos de estas cosas:

“Y dijeron todos los del pueblo que estaban a la puerta con los
ancianos: Testigos somos. Jehová haga a la mujer que entra en

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tu casa como a Raquel y a Lea, las cuales edificaron la casa de


Israel; y tú seas ilustre en Efrata, y seas de renombre en Belén. Y
sea tu casa como la casa de Fares, el que Tamar dio a luz a Judá,
por la descendencia que de esa joven te dé Jehová”
(Rut 4:7-12)

Fíjate la bendición que por boca de los ancianos dio Dios a Booz, porque
se casó con Rut para restaurarle el nombre a Mahlón. Y nota ahora como
terminó el asunto: “Booz, pues, tomó a Rut, y ella fue su mujer; y se llegó a ella,
y Jehová le dio que concibiese y diese a luz un hijo. Y las mujeres decían a Noemí:
Loado sea Jehová, que hizo que no te faltase hoy pariente, cuyo nombre será cele-
brado en Israel” (Ruth 4:13-14). ¿Sabes qué nombre fue celebrado en Israel y
ahora en toda la tierra? Jesucristo, pues de la descendencia de Rut nació Jesús.
¿Sabes como el nombre de Booz tomó renombre en Efrata? Cuando del hijo
de Booz, Obed, nació Isaí, el padre de David. Es decir, el hijo de Booz fue el
abuelo de David, y de David vino Cristo (vv. 15-17). Y esa fue la bendición de
Booz, ser contado en la descendencia de Jesús, porque redimió a su hermano,
y lo que salió de él se convirtió luego en el restaurador de su alma.
A Booz no le consumió el celo de que el hijo que tuvo con Rut fuera con-
tado como primogénito de otro, sino que disfrutó del niño en su ancianidad.
Después de ser un hombre solitario, Jehová le restauró dándole una compañe-
ra, y fructificándole en su vejez, dándole paz a su alma (Salmos 92:14). Ahora
la descendencia de Booz era la misma de Cristo, porque tenían el mismo
espíritu. Nota que en la bendición que recibió Booz se menciona a Tamar,
quien no concibió de Onán porque vertía en tierra, pero ella tuvo gemelos con
Judá (Génesis 38:11,18, 26). Como los hijos de Judá no la redimieron, ella se
disfrazó de prostituta y convivió con Judá, el cual ya había enviudado. De esta
relación nació Zares, a quien también vemos en la genealogía de Jesús:

“Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abra-


ham. Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, y Jacob a Judá y a
sus hermanos. Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara, Fares
a Esrom, y Esrom a Aram. Aram engendró a Aminadab, Amina-
dab a Naasón, y Naasón a Salmón. Salmón engendró de Rahab a
Booz, Booz engendró de Rut a Obed, y Obed a Isaí. Isaí engen-
dró al rey David, y el rey David engendró a Salomón de la que fue
mujer de Urías. Salomón engendró a Roboam, Roboam a Abías,
y Abías a Asa. Asa engendró a Josafat, Josafat a Joram, y Joram a

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al cor azón de dios

Uzías. Uzías engendró a Jotam, Jotam a Acaz, y Acaz a Ezequías.


Ezequías engendró a Manasés, Manasés a Amón, y Amón a Josías.
Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, en el tiempo de la
deportación a Babilonia. Después de la deportación a Babilonia,
Jeconías engendró a Salatiel, y Salatiel a Zorobabel. Zorobabel
engendró a Abiud, Abiud a Eliaquim, y Eliaquim a Azor. Azor
engendró a Sadoc, Sadoc a Aquim, y Aquim a Eliud. Eliud engen-
dró a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob; y Jacob engendró
a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo”
(Mateo1:1-16).

Tamar y Rut, estas dos mujeres extranjeras, bien representan a la iglesia gen-
til, la iglesia que fue añadida por Cristo (Hechos 11:18). Tamar, especialmente,
no se quería quedar sin descendencia, y andaba detrás de Judá para que le diera
a Sela, el hijo menor, quien tampoco se interesó. Entonces, ella se entregó al
“padre” y de allí nació el descendiente de Cristo. Pero aquellos que antepusieron
sus intereses personales, aquellos que no quisieron ampliar su “zona de como-
didad”, porque les importó más lo suyo que lo de sus hermanos, sus nombres
fueron cortados y no aparecen en la genealogía de Cristo. Es curioso que el
nombre de Booz, que no buscaba lo suyo, aparezca en la genealogía del Señor
Jesús y no el nombre del difunto, Mahlón. Booz apareció por su generosidad
y buen corazón. Este hombre no pensó en sí, pero Jehová sí, y lo contó en la
descendencia de Cristo, así como incluye a todo el que no piensa en sí mismo,
sino en su hermano; esos serán contados también en él.

“Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los san-


tos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y
serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los
unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos.
Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda.
Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi
Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la funda-
ción del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve
sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve
desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y
vinisteis a mí. Entonces los justos le responderán diciendo: Señor,
¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te
dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o

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desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la


cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto
os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos
más pequeños, a mí lo hicisteis. Entonces dirá también a los de la
izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado
para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis
de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me
recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la
cárcel, y no me visitasteis. Entonces también ellos le responderán
diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, foraste-
ro, desnudo, enfermo, o en la cárcel, y no te servimos? Entonces
les responderá diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo
hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis. E
irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”
(Mateo 25:31-46).

Jesús llama a aquellos que cubren a sus hermanos a tener nombre con Él, y
a ser parte de su descendencia. Por eso les dijo: “… el que no lleva su cruz y viene
en pos de mí, no puede ser mi discípulo. (…) Así, pues, cualquiera de vosotros que
no renuncia a todo lo que posee, no puede ser
mi discípulo” (Lucas 14:27,33). El que se nie-
gue a levantarle descendencia a su hermano,
“El Señor no
y a honrar el nombre de su hermano, le ocu-
realiza nada rrirá como a Onán, se va a quedar sin nom-
en su eterno bre y sin descendencia. Pero al que tenga el
propósito que sea mismo espíritu de Cristo, como lo tuvo
ajeno a su Booz, será contado en la santa descendencia;
tendrá renombre en Efrata y en Belén, y va
carácter, ni ser parte de la descendencia de Aquel que
ejecuta ninguna restauró su alma: Cristo Jesús.
acción que esté El Señor tiene misericordia de noso-
divorciada de tros, y una vez más nos ilustra lo que es el
su naturaleza tener el espíritu del reino de Dios. Por tan-
to, amado mío, recibe esta enseñanza en tu
santa” corazón y empieza a entregarte, comienza
a servirles a los hermanos, no importando
que tu nombre no aparezca, porque un día sí aparecerá en el registro del
cielo. En ese libro celestial están los nombres de todos aquellos que vivan

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el llamamiento es conforme 175
al cor azón de dios

con el espíritu de Cristo, quien no vivió para agradarse Él, sino al Padre:
“El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, Y tu ley está en medio de
mi corazón” (Salmos 40:8). Esos y los que son como ellos tendrán herencia
en el reino de Dios.
Este es un mensaje para todos los creyentes en el Señor Jesucristo, pero
sobre todo, está dirigido a los que, por su gracia, fuimos llamados a servirle en
el sagrado ministerio. Dios reina de acuerdo a como Él piensa, y sus pensa-
mientos son conforme a como Él es. El Señor no realiza nada en su eterno
propósito que sea ajeno a Su carácter, ni ejecuta ninguna acción que esté
divorciada de Su naturaleza santa. Todas sus obras revelan los pensamientos
de su corazón. De acuerdo a la naturaleza de sus atributos es el designio de su
voluntad. Dios hace y aprueba solo aquello que es conforme a su corazón, por
lo que solo lo que está en armonía con su carácter y naturaleza tendrá siempre
el sello de su aprobación. El Señor nunca dará el visto bueno a nada que no
esté perfectamente de acuerdo a su manera de ser o pensar.
Es una locura obrar o ministrar en el servicio de Dios de una manera
diferente o con un espíritu contrario a
lo que es la esencia misma del sentir de
su corazón. Es un atrevimiento que no “En el reino
quedará impune, obrar en el ministerio
de Dios damos
independientemente de su voluntad y
de su carácter. El Señor ha revelado a vida cuando
sus ministros en las Sagradas Escritu- morimos, y
ras y a través del ministerio del Espíritu descendencia
Santo, no solo su voluntad y propósito, cuando
sino también la pureza y la santa moti-
vación de su corazón. El llamamiento
desaparecemos”
que Él nos ha hecho siempre debe ser
conforme a su corazón. Esa es la razón
por la cual, antes de llamarnos a su servicio, nos llama primero a estar con
Él (Marcos 3:14). Por ese motivo, a todos los que llamó antes los capacitó,
para que fuesen idóneos para el ministerio.
Los ministros son probados, para ser aprobados (1 Tesalonicenses 2:4).
Nadie debe comenzar a ministrar, o ser aprobado por el presbiterio de la igle-
sia, si antes no ha alcanzado la madurez necesaria. Cuando el apóstol Pablo
escribe acerca de la idoneidad para el ministerio, él no habla ni de los dones
ni del poder del ministro, sino de su madurez y carácter (1 Timoteo 3:1-
7). Los ministros somos llamados y capacitados por Dios, para ser maestros

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176 la honr a del ministerio

de piedad. Solo el que tiene el corazón de Dios, le conocerá, le entenderá y


actuará siempre en conformidad con la naturaleza de sus pensamientos y la
motivación y la pureza de su alma.
Amado ministro, hay una sola manera de honrar el llamamiento celes-
tial y es ministrando en armonía con el corazón del Padre: restituyendo el
agraviado, haciendo justicia al desamparado y aprendiendo hacer el bien,
sin esperar ninguna recompensa que no sea la gloria de Su nombre. Jacob le
dijo a José: “… ahora tus dos hijos Efraín y Manasés, que te nacieron en la tie-
rra de Egipto, antes que viniese a ti a la tierra de Egipto, míos son; como Rubén
y Simeón, serán míos. Y los que después de ellos has engendrado, serán tuyos; por
el nombre de sus hermanos serán llamados en sus heredades” (Génesis 48:5-6).
Al Jacob hacer suyos a los dos hijos de José, como los hijos que engendró,
aparentemente, estaba dejando a José sin descendencia, pues le quitó incluso
su primogénito. En Israel había doce tribus, pero no había una llamada “la
tribu de José”, sino las tribus de sus dos hijos, Efraín y Manases. Cuando
José dio a sus hijos por él, su nombre desapareció de Israel, pero se perpetuó
en su descendencia. El mensaje es que José tuvo que borrar su nombre; dar
“su parte”, para “tener dos partes” con Jacob. Así Jesús fue el grano de trigo
que tuvo que ser sepultado, y gustar de la muerte para llevar a muchos hijos
a la gloria (Hebreos 2:9,10). Así vive un llamado conforme al corazón de
Dios, muriendo para que otros vivan, mermando para que otros crezcan.
Concluyo entonces con este pensamiento: En el reino de Dios damos
vida cuando morimos, y descendencia cuando desaparecemos.

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Capítulo III

EL LLAMAMIENTO ES CONFORME
AL PROPÓSITO SUYO

“… quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme


a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos
fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos…”
–2 Timoteo 1:9

E
n el capítulo anterior enfaticé que nuestro Dios siempre obra en con-
formidad con su forma de ser y pensar. Él nunca ha obrado en desar-
monía con su carácter divino. Es imposible en la conducta del Señor,
realizar cualquier acción que sea contraria o ajena a Su naturaleza santa.
Por ejemplo, la Escritura dice: “Palabra fiel es ésta: Si somos muertos con él,
también viviremos con él; Si sufrimos, también reinaremos con él; Si le negá-
remos, él también nos negará. Si fuéremos infieles, él permanece fiel; Él no
puede negarse a sí mismo” (2 Timoteo 2:11-13). Dios permanece fiel aunque
nosotros seamos infieles. Lo que entiendo es que si Él, como una reacción
por nuestra infidelidad, y para devolvernos de la misma manera, llegara a
actuar con infidelidad, se negaría a Sí mismo, dejando de ser quién es: el
“Fiel y Verdadero” (Apocalipsis 19:11).

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178 la honr a del ministerio

Otro principio importante en la conducta del Padre Celestial es que Él todo


lo realiza según su propósito. Podemos afirmar que tal como es Dios también
es su propósito y el designio de su voluntad. La Biblia revela que su propósito es
eterno (Efesios 3:11), porque Él es eterno; y su designio es santo, porque Él tam-
bién lo es (Lucas 1:49; 1 Pedro 1:15). Notemos lo que afirma el apóstol Pablo:
“En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propó-
sito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Efesios 1:11). Es
decir, Dios todo lo ejecuta en conformidad a Su propósito, y nunca actúa en
forma contraria a Su voluntad, ni se aparta un ápice de Su santísimo designio.
Todas sus obras, sus leyes, sus caminos, como también sus mandamientos, pre-
ceptos, juicios y testimonios, están en perfecta armonía con el propósito de Su
voluntad. Veamos algunos ejemplos en las enseñanzas paulinas:

“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan
a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.
(…) (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien
ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección
permaneciese, no por las obras sino por el que llama), (…) En
él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados con-
forme al propósito del que hace todas las cosas según el designio
de su voluntad, (…) conforme al propósito eterno que hizo en
Cristo Jesús nuestro Señor, (…) quien nos salvó y llamó con lla-
mamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el
propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes
de los tiempos de los siglos”
(Romanos 8:28; 9:11; Efesios 1:11; 3:11; 2 Timoteo 1:9).

El llamamiento de Dios es según su propósito. A todos los hombres que


el Señor eligió para su santo servicio, los llamó con un propósito, para un
propósito y conforme a su propósito. Cuando Saulo de Tarso oyó la voz que lo
llamaba, mientras iba camino a Damasco, él formuló dos preguntas: “¿Quién
eres, Señor?” (Hechos 9:5) y, “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” (v. 6). Estas
deben ser las dos preguntas que debe hacer todo aquel que es llamado por
Dios. Primero, debe tener seguridad que el Señor es quien lo llama. Pero la
segunda pregunta es tan importante como la primera, y es conocer cuál es el
propósito de su llamamiento. Te lo voy a decir redundantemente: el propósito
de esta pregunta es conocer el propósito del que llama. El Señor a todos los que
llamó les asignó una labor dentro del propósito de su voluntad. La respuesta

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el llamamiento es conforme 179
al propósito suyo

del Señor a la interrogante de Saulo fue esta: … para esto he aparecido a ti,
para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que
me apareceré a ti, librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te
envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y
de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón
de pecados y herencia entre los santificados. (…) [Dirigiéndose a Ananías] Ve,
porque instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los
gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel” (Hechos 26:16; 9:15).
Desde que el Señor le reveló al apóstol el propósito de su llamamiento, él
no vivió para otro motivo, sino para realizarlo y terminarlo cabalmente, con-
forme a lo diseñado y planificado por el supremo designio del Eterno. Cuan-
do se trataba del propósito de Dios en su vida y ministerio, Pablo era obstinado
e inflexible. Notemos su actitud en su último viaje a Jerusalén: “Ahora, he
aquí, ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén, sin saber lo que allá me ha de acon-
tecer; salvo que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio, dicien-
do que me esperan prisiones y tribulaciones. Pero de ninguna cosa hago caso, ni
estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y
el ministerio que recibí del Señor Jesús, para
dar testimonio del evangelio de la gracia de
Dios”(Hechos 20:22). El verbo griego que “Cuando algo
se usa en este versículo, para la palabra
“ligado” es deo que se traduce “ligar, atar, está en el
aprisionar”. Así que Pablo quiso decir, en propósito de Dios
otras palabras, que él iba «aprisionado en “es necesario”
espíritu» a Jerusalén, por lo que no tenía
manera de librarse ni de ser librarlo.
El apóstol estaba “atado” voluntariamente y por convicción a todo lo que
era parte del propósito de Dios con él. En este caso, el Espíritu Santo le daba
testimonio que era necesario que él fuese a Roma, pero antes tenía que pasar
por Jerusalén, donde le esperaban prisiones y tribulaciones (Hechos 20:22).
Unos días después de esto, Pablo y sus compañeros llegaron a Cesárea, y en
casa de Felipe el evangelista, vino a ellos el profeta Agabo y le profetizó a
Pablo acerca de su viaje a Jerusalén. Observemos las expresiones del narrador
bíblico en los siguientes versículos:

“Y permaneciendo nosotros allí algunos días, descendió de Judea


un profeta llamado Agabo, quien viniendo a vernos, tomó el cin-
to de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el

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180 la honr a del ministerio

Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de


quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles. Al
oír esto, le rogamos nosotros y los de aquel lugar, que no subiese
a Jerusalén. Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y
quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo
a ser atado, mas aun a morir en Jerusalén por el nombre del
Señor Jesús. Y como no le pudimos persuadir, desistimos, dicien-
do: Hágase la voluntad del Señor”
(Hechos 21:10-14)

Las tres formas del verbo “atar” que se usa en este pasaje es el mismo verbo
“ligado” de Hechos 20:22. Así que Agabo solo hizo una “representación pro-
fética” de la manera como Saulo iba a ser
atado en Jerusalén. Pablo fue a Jerusalén y
“El llamamiento tal como había sido anunciado por el Espíri-
no es algo tu, fue arrestado por los judíos y encarcela-
optativo o do por aproximadamente dos años. Padeció
mucho, pero allí testificó a Félix, a Festo y a
discrecional en Agripa, y más tarde al emperador. Eso era
cuanto a parte del propósito y de la visión celestial,
predilección, pues el Señor le dijo que él iba a ser su testi-
sino según el go delante de los reyes y gobernadores
(Hechos 9:15), pero no le dijo cómo.
propósito
Estando preso en Jerusalén, también
de Dios” el Señor se le apareció a Pablo y le habló
diciendo: “Ten ánimo, Pablo, pues como has
testificado de mí en Jerusalén, así es necesario
que testifiques también en Roma” (Hechos 23:11). Por lo cual, viendo Pablo
que no iba a recibir un juicio justo entre los judíos, apeló a César (Hechos
25:11,12). Entonces, el apóstol fue enviado en un barco a Roma con muchos
otros prisioneros. Este viaje fue horrible, y Pablo se salvó por la intervención
del Señor. Los capítulos 27 y 28 del libro de los Hechos, narran esta pesadilla
que vivieron aquellos hombres en alta mar. Mas, en el momento más difícil,
en medio de la tormenta, cuando todos estaban resignados a morir, el Señor
volvió y apareció al apóstol y le habló diciendo: “Pablo, no temas; es necesario
que comparezcas ante César; y he aquí, Dios te ha concedido todos los que nave-
gan contigo” (Hechos 27:24). He citado las dos ocasiones que el Señor se le
apareció a Pablo en este viaje para hacer notar que el verbo que se usa en los

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el llamamiento es conforme 181
al propósito suyo

dos incidentes “es necesario”, es el mismo verbo “ligar, atar, y aprisionar” que
estamos estudiando, y que también el Señor usó cuando le dijo a Ananías el
propósito que tenía con la vida de Pablo (Hechos 9:16).
Analizando este verbo griego “deo”, en sus diversas traducciones y signi-
ficados, el Señor me reveló esta gran verdad: Cuando algo está en el
propósito de Dios “es necesario”. No importa el precio ni el dolor que
tengamos que padecer es necesario sufrirlo con tal que se logre el propósito.
Por consiguiente, así como el apóstol Pablo, debiéramos nosotros “ligarnos” y
“aprisionarnos” a esa determinación del
Señor; “atarnos” al propósito, como las
víctimas son atadas con cuerdas a los cuer- “El ministro
nos del altar (Salmos 118:27), porque hay que no se ata
una causa, una razón, un fin. El llama-
miento no es algo optativo o discre-
voluntariamente
cional en cuanto a predilección, al propósito,
sino según el propósito de Dios. Para no terminará
arrojar más luz a este pensamiento, el Señor su carrera con
me reveló un contraste entre dos hombres gozo, sino con
que tenían un propósito santo, y que se
embarcaron en dos naves diferentes. Estos perjuicios”
viajantes eran Jonás y Pablo. Veamos:

1. Jonás se embarcó en la nave para huir del propósito, por su propia


decisión. A Pablo lo obligaron a embarcarse por causa del propósito
(Jonás 1:3; Hechos 23:11).
2. Jonás iba suelto, porque no quiso ligarse al propósito. Pablo, en cam-
bio, viajaba encadenado, porque voluntariamente se ató al propósito
(Jonás 1:3; Hechos 27:1,6).
3. Pablo embarcó en aquella nave porque estaba ligado al propósito.
Jonás viajaba porque se había desligado o desatado del propósito.
4. En el caso de Jonás, Dios tuvo que desencadenar una tormenta para
atarlo al propósito (Jonás 1:4). En cuanto a Pablo, por circunstancias,
el viento huracanado que dio contra la nave no logró desatarlo del
propósito (Hechos 27:14).
5. Ambos durmieron en el barco, solo que a Jonás lo despertaron los
hombres, para regañarlo por su indiferencia y apatía ante la adversi-
dad (Jonás 1:6); a Pablo lo despertó el ángel, para darle un mensaje de
ánimo y salvación, para él y sus compañeros (Hechos 27:24).

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182 la honr a del ministerio

6. La nave de los que iban hacia Tarsis se salvó porque tiraron a Jonás al
mar (Jonás 1:15), en cambio, la gente que viajaba con Pablo a Italia se
salvó, porque él iba a bordo (Hechos 27:24).
7. Dios “preparó” cinco cosas para ligar a Jonás al propósito: a) Un gran
viento en el mar (Jonás 1:4); b) Un gran pez que lo tragase (v. 17); c)
Una calabacera que le dé sombra (Jonás 4:6); d) Un gusano, para que
hiriera la calabacera y esta se secara (v. 7); y e) Un recio viento solano
que permitió que el sol hiriera a Jonás, de tal manera que este se deseó
la muerte (v. 8). En cambio a Pablo, el diablo trató varias cosas para
desligarlo del propósito, las cuales fueron inútiles, pues el apóstol se
determinó y se dijo con firmeza: “… de ninguna cosa hago caso, ni
estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con
gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del
evangelio de la gracia de Dios” (Hechos 20:24).
8. En lo único que se asemejan es que en los dos estaba el poder de salvar
las embarcaciones. En el caso de Pablo, se perdió la nave por error
del piloto y el patrón, los cuales no escucharon al hombre ligado al
propósito, quién tenía instrucción y revelación de cómo evitar pérdi-
das y salvar la tribulación (Hechos 27:41-44). Con relación a Jonás,
la nave se salvó al lanzar al mar al hombre que no se quiso “ligar” al
propósito, pues cuando le preguntaron cómo salvar la embarcación, él
respondió con desdén (Jonás 1:11-15).

El ministro que no se ata voluntariamente al propósito, no


terminará su carrera con gozo, sino con perjuicios. Tanto Jonás
como Sansón, por causa de su actitud, terminaron sus carreras sin gozo, y
con mucha pérdida y vergüenza (Jueces 16:30; Jonás 4:11). Cuando el amor
de Dios en nuestra vida excede a nuestros temores y conveniencias, decidi-
mos, por convicción, atarnos a Su propósito. Bienaventurado el ministro que
entiende que el llamamiento es según el propósito de Dios, y se liga a él con
firmeza y decidido corazón.

3.1  “¿He de Dejar?”


“... ¿He de dejar (...) para ir a ser grande...?”
-Jueces 9:9

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el llamamiento es conforme 183
al propósito suyo

Esta sección la empezamos con un relato del libro de Jueces, el cual es muy
revelador en cuanto al propósito de Dios en la función de autoridad. El perso-
naje principal es Abimelec (hijo que tuvo Gedeón con una concubina (Jueces
8:30-31) el cual, a la muerte de su padre, quiso usurpar el trono. Veamos:

“Abimelec hijo de Jerobaal fue a Siquem, a los hermanos de su


madre, y habló con ellos, y con toda la familia de la casa del
padre de su madre, diciendo: Yo os ruego que digáis en oídos
de todos los de Siquem: ¿Qué os parece mejor, que os gobiernen
setenta hombres, todos los hijos de Jerobaal, o que os gobierne un
solo hombre? Acordaos que yo soy hueso vuestro, y carne vuestra.
Y hablaron por él los hermanos de su madre en oídos de todos los
de Siquem todas estas palabras; y el corazón de ellos se inclinó
a favor de Abimelec, porque decían: Nuestro hermano es. Y le
dieron setenta siclos de plata del templo de Baal-berit, con los
cuales Abimelec alquiló hombres ociosos y vagabundos, que le
siguieron. Y viniendo a la casa de su padre en Ofra, mató a sus
hermanos los hijos de Jerobaal, setenta varones, sobre una misma
piedra; pero quedó Jotam el hijo menor de Jerobaal, que se escon-
dió. Entonces se juntaron todos los de Siquem con toda la casa de
Milo, y fueron y eligieron a Abimelec por rey, cerca de la llanura
del pilar que estaba en Siquem”
(Jueces 9:1-6).

Retrocedamos un poco en tiempo y recordemos al padre de estos dos


hombres, a Gedeón, aquel hombre que Dios usó como instrumento, para
libertar a Israel de la opresión y el cautiverio del pueblo de Madián (Jueces
7:15). En este relato se refieren a él, como Jerobaal, nombre con que fue lla-
mado cuando derribó el altar de Baal (Jueces 6:32; 8:35). Luego de esta gran
victoria, Gedeón estuvo como juez de Israel y en todo ese tiempo el pueblo
se sometió a su guía. Pero a su muerte, uno de sus setenta hijos debía susti-
tuirle, pero el hijo que Gedeón tuvo con la concubina, en Siquem, llamado
Abimelec (quien no era contado entre los setenta) vio la oportunidad para él
reinar. Entonces, este muchacho buscó el apoyo de todos los de Siquem, y de
los familiares de su madre, y alquiló a una turba de hombres ociosos, merce-
narios, quienes le acompañaron a la casa de su padre, y mató a sus setenta her-
manos, con excepción de Jotam, el menor, el cual escapó, porque se escondió.
Así se apoderó Abimelec del poder y comenzó a reinar sobre Israel.

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184 la honr a del ministerio

Jotam era el digno para reinar, alguien que podía representar bien a su
padre Gedeón, pero los de Siquem se identificaron con Abimelec, porque lo
vieron como uno de ellos, por lo que se reunieron en una llanura para con-
firmarlo en el reino. Al oír sobre esto, Jotam se puso en la cumbre del monte
de Gerizim, para advertirles a ellos que su elección no era buena. Mas, ¿cómo
podría Jotam hacerle entender al pueblo que uno de entre ellos no era digno?
Solamente ilustrándoles, por medio a una parábola, podrían ellos pensar que
habían elegido a un asesino, a un hombre que no le importó matar a sus pro-
pios hermanos con tal de reinar. Ese es el contexto histórico, de esta ingeniosa
parábola que les dijo Jotam a Israel, de la cual obtendremos una gran ense-
ñanza; leámosla a continuación:

“Oídme, varones de Siquem, y así os oiga Dios. Fueron una vez


los árboles a elegir rey sobre sí, y dijeron al olivo: Reina sobre
nosotros. Mas el olivo respondió: ¿He de dejar mi aceite, con el
cual en mí se honra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande
sobre los árboles? Y dijeron los árboles a la higuera: Anda tú,
reina sobre nosotros. Y respondió la higuera: ¿He de dejar mi
dulzura y mi buen fruto, para ir a ser grande sobre los árboles?
Dijeron luego los árboles a la vid: Pues ven tú, reina sobre noso-
tros. Y la vid les respondió: ¿He de dejar mi mosto, que alegra a
Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles? Dije-
ron entonces todos los árboles a la zarza: Anda tú, reina sobre
nosotros. Y la zarza respondió a los árboles: Si en verdad me
elegís por rey sobre vosotros, venid, abrigaos bajo de mi sombra;
y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano.
Ahora, pues, si con verdad y con integridad habéis procedido en
hacer rey a Abimelec, y si habéis actuado bien con Jerobaal y con
su casa, y si le habéis pagado conforme a la obra de sus manos
(porque mi padre peleó por vosotros, y expuso su vida al peligro
para libraros de mano de Madián, y vosotros os habéis levantado
hoy contra la casa de mi padre, y habéis matado a sus hijos, seten-
ta varones sobre una misma piedra; y habéis puesto por rey sobre
los de Siquem a Abimelec hijo de su criada, por cuanto es vuestro
hermano); si con verdad y con integridad habéis procedido hoy
con Jerobaal y con su casa, que gocéis de Abimelec, y él goce de
vosotros. Y si no, fuego salga de Abimelec, que consuma a los de

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el llamamiento es conforme 185
al propósito suyo

Siquem y a la casa de Milo, y fuego salga de los de Siquem y de


la casa de Milo, que consuma a Abimelec”
(Jueces 9:7-20).

Alguien dijo que donde comienza la aplicación comienza el mensaje, así


que empezaré aplicando la tipología de los árboles. La Biblia compara a los
creyentes como árboles del bosque (Mateo 3:10), como palmeras, cedros del
Líbano y plantíos (Salmos 92:12; 104:16; Isaías 61:3). El salmista dijo que el
hombre que sigue a Dios es “como árbol plantado junto a corrientes de aguas,
que da su fruto en su tiempo, Y su hoja no cae; Y todo lo que hace, prosperará
(Salmos 1:3). Esta parábola nos habla de los tres árboles más importantes de
la tierra prometida: el olivo, la vid y la higuera. Estos árboles no solamente
eran una bendición para Israel, sino que constituían su base económica. La
Biblia muestra, por ejemplo, cuando Salomón edificó casa a Jehová, él le daba
a Hiram rey de Tiro, entre otras cosas, veinte mil batos de vino, y veinte mil
batos de aceite, a cambio de madera de cedro y de ciprés (2 Crónicas 2:10). Es
decir que Israel hacía intercambio con otras naciones a base de esos productos.
En la actualidad, todavía el aceite de olivo es muy importante en Israel, así
como el producto de la vid y de la higuera.
Recordemos las palabras que usó Habacuc para mostrar su confianza
incondicional en Jehová: “Aunque la higuera no florezca, Ni en las vides haya
frutos, Aunque falte el producto del olivo, Y los labrados no den mantenimiento,
Y las ovejas sean quitadas de la majada, Y no haya vacas en los corrales; Con
todo, yo me alegraré en Jehová, Y me gozaré en el Dios de mi salvación” (Haba-
cuc 3:17-18). Habacuc menciona los tres árboles de la parábola, porque eran
los tres más importantes de Israel, pues no solamente nutrían a la gente en
alimento, sino que les servían como negocio con otras naciones.
La Biblia nos habla del olivo, como tipo del creyente. El salmista dijo,
comparando su riqueza de servirle a Dios con el poder de los “poderosos de la
tierra”, que ellos serían destruidos, mientras él podrá decir: “… yo estoy como
olivo verde en la casa de Dios” (Salmos 52:8). Otro salmo que ilustra la ben-
dición de Dios en la vida de los que siguen su Camino y le temen, dice: “Tu
mujer será como vid que lleva fruto a los lados de tu casa; Tus hijos como plantas
de olivo alrededor de tu mesa” (Salmos 128:3). En otras palabras, ¡qué bueno es
tener la vid cerca de la casa!, pues no hay que molestarse mucho para comer de
sus frutos, porque está accesible, sólo hay que extender el brazo y tomar de él.
Así es la mujer del creyente, ¡qué bueno que está cerca y es llena de fruto del
Espíritu! También dice que sus hijos serán como plantas de olivo alrededor

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186 la honr a del ministerio

de su mesa, porque el cristiano estará rodeado de sus hijos, y verá fruto en


ellos. También somos el fruto del sacrificio de Jesucristo, quien nos comparó
con el fruto de la vid, cuando dijo: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que
permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada
podéis hacer” (Juan 15:5).
La higuera, por su parte, que da un fruto dulcísimo que es el higo, repre-
senta en la Biblia seguridad, paz y reposo (1 Reyes 4:25; Miqueas 4:4). Muchos
ven en las siguientes palabras de Jesús una alusión a la nación de Israel, pues
interpretan que es la higuera profética, él dijo: “De la higuera aprended la
parábola: Cuando ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano
está cerca. Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, conoced que está
cerca, a las puertas” (Mateo 24:32-33). En fin, esos árboles somos nosotros y
nos representan en la parábola. Por eso, si los árboles del bosque representan
a los hombres, y entre ellos necesitan buscar a alguien para que los dirija, tie-
nen que buscar aquellos que son los más importantes, los más útiles, los que
tienen mucho que dar. En la parábola, el olivo, la vid y la higuera eran los
candidatos idóneos para reinar entre ellos.
Ahora, cuando fueron a proponerle al olivo que reine, él respondió con
una pregunta: “¿He de dejar mi aceite, con el cual en mí se honra a Dios y a
los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles?” (Jueces 9: 9). El olivo dijo:
«Dios no me llamó a mí a ser grande, ni a reinar, Dios me llamó a servir. Él
no me creó para ser grande, por consiguiente, la grandeza no es el propósito
de Dios conmigo. En el plan de mi Creador con mi vida no incluye que yo
reine o me enseñoree de los demás árboles. Dios, en su designio, me diseñó de
acuerdo a su elección para que de mí se sustrajese un producto llamado aceite,
el cual bendice a los hombres y honra a Dios. Yo para eso he nacido y para
eso he venido al mundo, no a reinar, sino a servir. La razón de mi existencia
es servir con lo que Dios me ha dado, con lo que yo soy». El olivo habló de
acuerdo a lo que dijo el apóstol Pedro: “Si alguno habla, hable conforme a las
palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da...”
(1 Pedro 4:11). Así tú, hombre y mujer de Dios, eres árbol de Dios, un olivo
verde que llevas en ti el aceite de la unción (1 Juan 2:20).
De hecho, la palabra Cristo significa Ungido; por tanto cristianos” signi-
fica ungidos. Dios llamó a Ciro “mi ungido” y también a Zorobabel y a Josué
hijo de Josadac, sumo sacerdote (Hageo 1:14; 2:4; Isaías 45:1-5). En el libro
de Zacarías, se nos habla de dos ungidos representados por dos ramas de olivo
que vierten de sí aceite. El profeta dijo: “Hablé más, y le dije: ¿Qué significan
estos dos olivos a la derecha del candelabro y a su izquierda? Hablé aún de nuevo,

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el llamamiento es conforme 187
al propósito suyo

y le dije: ¿Qué significan las dos ramas de olivo que por medio de dos tubos de
oro vierten de sí aceite como oro? Y me respondió diciendo: ¿No sabes qué es esto?
Y dije: Señor mío, no. Y él dijo: Éstos son los dos ungidos que están delante del
Señor de toda la tierra” (Zacarías 4:11-14). En el lenguaje hebreo, la frase “los
dos ungidos” se puede traducir, literalmente, como “los dos hijos del aceite”.
De la misma manera, los creyentes somos los ungidos, “los hijos del aceite”,
las ramas que fueron injertadas al olivo Cristo, y del cual recibimos la unción
del santo, el óleo superior.
La Palabra, refiriéndose al Señor expresa que: “Subiendo a lo alto, llevó
cautiva la cautividad, Y dio dones a los hombres. Y él mismo constituyó a unos,
apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin
de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del
cuerpo de Cristo...” (Efesios 4:8-12). Pero también dice el apóstol Pablo que no
todos son profetas, ni todos evangelistas, ni todos maestros, ni todos hacen
milagros, ni todos tienen dones de sanidad, ni tampoco todos hablan lenguas,
ni todos interpretan, pues el Señor a todos nos dio diferentes dones (Romanos
12:4) y capacidades ungidas, desde que creímos y nacimos de nuevo, para
edificación de la iglesia (1 Corintios 12:29-30; 14:12,26).
Como ministro, tú eres un olivo, hay unción en ti, un tipo de aceite que
brota de tus grosuras, el cual deleita al Señor. Por tanto, no fuiste ungido para
que seas grande, sino para edificación del cuerpo de Cristo y dar gloria al
nombre de Dios. Los dones de Dios no son para buscar grandeza. El minis-
terio de Dios no es una plataforma para hacernos famosos o ser reconocidos,
sino un instrumento para cumplir su santo designio, de acuerdo al llama-
miento recibido. Los dones espirituales son para honrar a Dios y bendecir a
los hombres. Según el propósito de Dios contigo es la unción que recibiste. Ya
seas olivo, higuera, o un fruto de la vid, en ti hay una bendición divina que
te impulsa a servir, no a reinar. Debiéramos rehusar a ser grandes, pues ya
hemos recibido la más alta jerarquía, y es ser llamados “hijos de Dios” (1 Juan
3:1). Poseemos la imagen de su Hijo, quien no vino para ser servido, sino para
servir (Marcos 10:45).
Cuando el sanedrín forzó a Pilato a que crucificase a Jesús, y él les dijo:
“¿A vuestro Rey he de crucificar?” ellos respondieron “No tenemos más rey que
César” (Mateo 18:15). Los judíos mintieron, pues odiaban a César, a quien
consideraban un déspota, un tirano, pero prefirieron que reine sobre ellos
antes que Jesús. Cambiaron al Hijo de Dios por César. Mas, hay algo que
ellos dijeron en ese momento que quiero parafrasearlo. Ellos dijeron: “… todo
el que se hace rey, a César se opone” (Juan 19:12), y yo voy a decirte lo mismo:

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188 la honr a del ministerio

todo olivo que quiera reinar, a Cristo se opone y contra Cristo se levanta, por-
que la iglesia solamente tiene a alguien grande y a un único rey: Jesucristo.
Todo aquel que use su unción para hacerse grande, para destacarse, para
ser famoso y enseñorearse de los hermanos, está contradiciendo la Palabra de
Dios. Solamente hay uno que el Padre exaltó hasta lo sumo y le dio un nom-
bre que está sobre todo nombre: a Cristo (Filipenses 2:9-10). La iglesia sola-
mente tiene un rey, y una sola corona monárquica, la cual pertenece a Él. El
Padre eligió a Cristo como rey por sus méritos, por su dignidad y por su vida
perfecta. Dios lo exaltó hasta lo sumo, porque Él se humilló hasta la muerte.
Entonces, el Padre haciéndolo su rey y su ungido, dio un decreto: “… te daré
por herencia las naciones, Y como posesión tuya los confines de la tierra” (Salmos
2:8). Cristo es el rey en los cielos y en la tierra, porque no se glorificó a sí
mismo, sino quien le dijo: “Tú eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy” (Hebreos
5:5). Él recibió la honra, Él no la tomó.
Nota que el Padre honró tanto al Hijo que, como a él no le correspondía ser
sacerdote porque era de la tribu de Judá y no de la tribu de Leví (de donde procede
el sacerdocio levítico –Hebreos 5:4), inició un nuevo sacerdocio, eterno e inmu-
table, para declarar a Jesús sacerdote para siempre: “Juró Jehová, y no se arrepen-
tirá: Tú eres sacerdote para siempre Según el orden de Melquisedec” (Salmos 110:4).
Dios cambió todo para darle la preeminencia en todo al Hijo, y para que toda
rodilla se doble y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor (Filipenses 2:11).
Te diré que yo crecí en un ámbito religioso, donde se alimenta el deseo de
tener un ministerio grande. Recuerdo cuando Dios me llamó al ministerio,
siendo un jovencito de diecisiete años, al ver a Billy Graham en los estadios,
la gran multitud que convocaba, yo anhelaba ser como él, pero era para desta-
carme, para estar en el medio, tener muchas personas siguiéndome y que, por
mí, vinieran a Cristo. Nunca pensé que en ese ideal no había un sentimiento
noble, pues sentía que yo ayudaba a Dios, que era, digamos, un “redentorci-
to”. Pero cuando Dios me reveló la vida del Reino, el andar en el Espíritu, me
di cuenta que mi aspiración no era espiritual ni santa, y que en ese percibirme
como un “redentor” -ya sea mediano o pequeñito- había una escondida inten-
ción de tomar el lugar del Señor Jesús. Mas, ahora solo quiero ser lo que Dios
quiere que yo sea; vivir de acuerdo a la función a la cual me llamó a desempe-
ñar en el cuerpo, sea la que sea. Y cuando alguien es impactado por la vida de
Jesús en mí y me quiere hacer grande y me quiere hacer “rey”, yo digo como
el olivo: « ¡No! ¿He de dejar lo que Dios me dio, con lo que agrado al Padre y
bendigo a los hombres, para ser grande entre los hombres? ¡Jamás! Yo quiero
que mi aceite honre a Dios y bendiga a la gente».

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el llamamiento es conforme 189
al propósito suyo

Por eso, considero que este mensaje lo necesita toda la iglesia de Jesucristo
y todos los que estamos en autoridad, porque hay algo en nuestros días que
no existía en aquellos tiempos. En la iglesia siempre ha habido pleitos por el
primer lugar, como lo hicieron los apóstoles cuando no entendían (Mateo
20:22), pero nunca he visto en el ministerio más fiebre de poder, de autori-
dad y de grandeza que ahora. ¡Basta ya de que la iglesia funcione como las
empresas multinacionales!, con “sucursales” donde quiera, y hasta vendiendo
la “franquicia”, ofertando beneficios para que ministros entren bajo su cober-
tura. Se nos enseña a producir, a crecer, a ser grandes, a reinar, a tener auto-
ridad, a ser conocidos, pero no fuimos instruidos así por Cristo. Él nos envió
a predicar el evangelio, las buenas nuevas de salvación, en la autoridad de Su
nombre, y para gloria de Dios Padre, no nuestra. El mensaje es acerca del
Señor, porque únicamente Él tiene qué dar. El mundo necesita oír de lo que
él hace por nosotros, no se lo neguemos. El evangelio es: Cristo crucificado y
resucitado para dar vida. Debemos proclamar las buenas nuevas de salvación,
y llenar la tierra de su conocimiento, no del nuestro.
El olivo de nuestro relato estaba claro de su propósito y función. Él dijo,
en otras palabras: «La razón de mi vida es vivir para aquello que Dios me creó,
y ser de bendición de acuerdo a mi capacidad ungida, y a lo que Dios me ha
dado. Soy olivo, produzco aceite, si hago otra cosa, dejo de ser quien soy».
Con el aceite se ungía a los reyes y a los profetas, ¡qué uso más excelso! A ti
también, Dios te ha hecho un olivo para que le honres y bendigas a los hom-
bres. ¿Qué sería de la iglesia si el olivo se pusiera a reinar? ¡Faltaría su unción!
¡Qué terrible! La iglesia sin unción, sin Espíritu, porque el olivo quiso reinar,
y está concentrado en otras cosas. Tristemente, conozco lugares donde hay
carencia de aceite, porque han dejado de ser “olivos”, para seguir una agenda
que los lleve a hacerse grandes y famosos. Es lamentable buscar grandeza y
dejar de ser lo que somos de acuerdo al plan de Dios. Por eso, yo te aconsejo
mi hermano que avives el don de Dios que está en ti y no dejes de ser lo que
Dios ha hecho que tú seas. Comprométete, delante del Señor y di: «No dejaré
jamás de ser lo que soy por andar buscando grandeza y posición».
No obstante, como el olivo se negó a reinar entre los hombres, los árbo-
les decidieron acudir a otro árbol importante, la higuera, y le dijeron: “Anda
tú, reina sobre nosotros” (Jueces 9:10). Pero ésta también respondió con una
pregunta: “¿He de dejar mi dulzura y mi buen fruto, para ir a ser grande sobre
los árboles?” (v. 11). El ministerio de la higuera es dar dulzura, pues no hay
un fruto más dulce que el higo, es delicioso. Así hay ministerios de dulzura,
gente llamada, cuya unción es endulzar, dar aliento y esperanza al débil y al

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190 la honr a del ministerio

que esté pasando por diversas pruebas. Pero, ¡cuántos amargados hay en la
iglesia!, ¡cuántos hay que cuando abren sus bocas, de su bóveda palatina (la
parte interior y superior de su boca) lo que sale es bilis, pura hiel. Estos siem-
pre están recordando las cosas negativas, las malas experiencias; todo les sabe
mal, sólo ven mal tiempo, mala gente. Parece que se alimentan de ajenjo, pues
todo en ellos es amargo.
Recordemos a los dos que iban camino a Emaús hablando y discutiendo
entre sí de todas aquellas cosas que habían acontecido (Lucas 24:4), pero lo
hacían de un modo, que Jesús al acercársele y escuchar lo que decían tuvo que
decirles: “¿Qué pláticas son estas que tenéis entre vosotros mientras camináis, y
por qué estáis tristes?” (v. 17). Ellos le respondieron: “¿Eres tú el único forastero
en Jerusalén que no has sabido las cosas que en ella han acontecido en estos días?”
(v. 18). Pero, cuántos hay que sí saben qué aconteció, y aún así viven amarga-
dos, apocados de espíritu, y necesitan del fruto de la higuera, su dulzura.
La iglesia precisa de esos hermanos que dicen: “Gustad, y ved que es bueno
Jehová; Dichoso el hombre que confía en él” (Salmos 34:8); esos hermanos que
vienen a tu vida a endulzarte con las promesas de Dios, y te dicen: «Hermano
confía en Dios y en su Palabra y nadie te podrá hacer frente, porque Él está
contigo. Él no te dejará ni te desamparará. Echa sobre Jehová tu carga, y él te
sustentará. Sé que lo que estás pasando no es fácil, pero nuestro Dios no deja
para siempre caído al justo, pues siete veces cae el justo, y vuelve a levantar-
se (Proverbios 24:16)». La iglesia requiere de gente como esa, que endulce el
ambiente, que llegue a los lugares cuando se esté murmurando o hablando cosas
impropias y diga: « ¡Ea, mis hermanos!, ¿qué conversaciones son esas? Paren eso
ahí porque no edifica» y con amor les hace memoria del mandamiento, que
con misericordia y verdad se corrige el pecado; bendiciéndoles, inspirándoles,
llenándoles de esperanza, despertándoles a la fe y a las buenas obras.
¿Sería justo que teniendo alguien un don como ese, deje de ministrarlo a
las vidas, para irse a reinar y hacerse grande? Nota que los tres árboles dijeron:
« ¿he de dejar?». Así también esa persona debiera decir: «No, yo no voy a dejar
lo mío, lo que Dios me encomendó, para hacer lo que Él no me ha mandado
a hacer. Si Dios me ha dado un ministerio de dulzura, para dulcificar la vida
de los amargados, y atenuar la aflicción de los tristes y abatidos de su pueblo,
si lo dejo, los privo de la bendición y desecho mi utilidad». De igual manera,
nosotros tenemos que vivir para hacer lo que Dios nos envió a hacer. Hace
un tiempo, mientras estaba en uno de los discipulados de la iglesia, el Señor
me hizo decir a los hermanos: «Amados, nosotros no los estamos preparando
para que ocupen una posición ministerial, aunque sabemos que hay lugares

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el llamamiento es conforme 191
al propósito suyo

que lo hacen así, pero nosotros no lo hacemos con ese fin. Ustedes están
siendo capacitados, para servir a Dios y ser idóneos para desempeñar el lugar
donde el Espíritu Santo quiera usarlos. No esperen de nosotros un nombra-
miento, sino capacitación».
El maestro dijo: “… quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que
seáis investidos de poder desde lo alto. (…) pero recibiréis poder, cuando haya
venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda
Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Lucas 24:49; Hechos 1:4,8).
Los discípulos no estuvieron en el aposento alto esperando una posición, sino
una capacitación, para, por el poder del Espíritu, ir a servir y ministrar por
medio de los dones recibidos. Sin embargo, veo que hay ambientes, según la
cultura eclesiástica, donde se predica solamente cuando llega el evangelista.
Pero el que anda en el Espíritu es un testigo las veinticuatro horas del día: si
está en la oficina del dentista, está testificando, si está en un avión a treinta
mil pies de altura, allá habla de Cristo, porque lo que más abunda es gente que
necesita oír las buenas nuevas. Cuando el Señor está en el corazón es como
un volcán en erupción, no se puede callar, y está en constante ebullición. Así
como tú recomiendas una cosa que te fue de bendición, así debes recomendar
a Cristo que te fue de salvación.
Hay quienes están esperando que la iglesia los organice para trabajar, y
los manden de dos en dos, mientras las almas se pierden. Hermano, ¡déjese
de organización y predique! No espere que lo manden, ya Cristo lo mandó,
¡vaya!, haga lo que Dios le mandó a hacer. El Señor le mandó a servir, no espe-
re que un día lo nombren y lo pongan en una posición. Tampoco la iglesia
es el único lugar de servicio para un enviado de Dios; váyase al hospital más
cercano, donde hay un montón de personas enfermas que necesitan servicio,
ancianitos que están en las casas y no tienen quién los asee, ni asista ni visite.
Existen un montón de cosas pendientes para hacer. La lista puede ser inter-
minable, pero preferimos esperar el “nombramiento”, que me “pongan”, para
salir a hacer algo. Pero sea lo que Dios le dijo que sea, bendiga a la gente con
lo que Dios le ha dado. La gente necesita su dulzura; su sonrisa puede cambiar
muchas cosas. Hay lugares con personas tan amargadas, que cuando ven a
un cristiano sonriendo, dando gozo, alegría, felicidad en Cristo, se inspiran,
se despiertan, se les abren los ojos para ver que hay una esperanza, que existe
un camino mejor.
Doy gracias a Dios de que en la narración bíblica, del libro de los Hechos
de los apóstoles, se nos habla de aquel barco donde iba Pablo y que estaba a
punto de naufragar (Hechos 27:10, 22). Y me pregunto, ¿qué hubiera sido de

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192 la honr a del ministerio

esa gente, en ese momento tan crucial, si en vez de ir con el apóstol hubie-
sen ido con alguien pesimista e incrédulo? Ellos tenían catorce días sin comer;
todos estaban temerosos y hambrientos. Pero en ese momento, Dios levanta a
su “higo” Pablo a llevarles paz, sosiego y tranquilidad. Él les dijo: “Habría sido
por cierto conveniente, oh varones, haberme oído, y no zarpar de Creta tan sólo
para recibir este perjuicio y pérdida. Pero ahora os exhorto a tener buen ánimo,
pues no habrá ninguna pérdida de vida entre vosotros, sino solamente de la nave.
Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo,
diciendo: Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César; y he aquí, Dios
te ha concedido todos los que navegan contigo. Por tanto, oh varones, tened buen
ánimo; porque yo confío en Dios que será así como se me ha dicho” (Hechos 27:21-
25). ¡Oh, gloria Dios! Yo quiero ir en un barco con un hombre así, y no uno que
diga: « ¿sabes lo que va a pasar? Que el tiempo empeorará y este barco no llegará
a ningún lugar. Pero es bueno que pase, porque yo les dije que no zarparan, y
ahora miren que si Dios no mete su mano, ninguno saldremos vivo».
Igualmente, ¿qué me dices de los hermanos que tienen el don de fe, otra
dulzura en la congregación? A veces hay hermanos que atraviesan grandes
pruebas y se acercan a un hermano y le dicen: «Sabes, los exámenes aquellos
que me hicieron dieron positivo… no sé qué pasará con mi vida de ahora en
adelante». Si se lo dijo a uno de los amargados puede que éste le responda: «
¡Qué pena, mi hermano! pero, ¿qué puedes hacer contra la voluntad de Dios?
Voy a estar orando por ti»; y se va pensando: «Míralo ahí, ahora está lloran-
do, pero seguramente es juicio de Dios en su vida, ¡quién sabe qué hizo!». En
cambio, aquel cuyo ministerio es higuera le diría como “higo” de Dios: «Mi
hermano ¿eso te dijeron en el hospital? Acuérdate que el médico lo analiza
todo de acuerdo al conocimiento, por lo que ha estudiado, pero el que hizo el
cuerpo te puede dar vida, no temas. El doctor te analizó anatómica y fisioló-
gicamente y te dio el diagnóstico, pero ahora espera a lo que dice Dios, el que
te creó. Mientras tengas una obra que hacer para Dios eres inmortal. Tú eres
importante para el Señor, ten paz. Ven oremos juntos al que te puede salvar».
¡Ay, qué higo dulce, qué palabras hermano, qué ungüento para esa herida! ¿Es
justo que alguien deje de endulzar para reinar? No, mi hermano, mi hermana,
deja el Reino a Jesús; que reine Él, y tú vete a servir.
Recuerdo una vez, apenas comenzando mi ministerio pastoral, se me
acercó una hermana de la iglesia, madre de dos niños, con una terrible crisis.
Ella me dijo: «Pastor, mi esposo está sirviendo en el ejército de los Estados
Unidos en Alemania, pero tenemos una grave situación entre nosotros y he
decidido divorciarme». La hermana me compartió el problema y mientras

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al propósito suyo

hablaba, yo oraba a Dios sobre cuál era su voluntad en este asunto, pues la
mujer estaba férrea en su decisión de separarse. Entonces, el Señor me dio
sabiduría y me hizo un higo dulce, ante un problema tan amargo y que pare-
cía sin solución. En aquel momento, pude darle a la hermana la palabra que
Dios me dio, y ella, entre sollozos, se persuadió de no divorciarse. Luego, al
ella enviarle un mensaje al esposo diciéndole que no se divorciarían, parece
que él pidió un permiso para ver a su familia, y cuando vino, ese hombre
andaba buscando quién fue la persona que convenció a su esposa de que no se
divorciase de él. El soldado vino buscándome a la iglesia, y acercándose, con
una amplia sonrisa, me dijo: «Pastor, gracias. Gracias a Dios y a usted mi
esposa no se divorciará de mí». Así que ellos se juntaron de nuevo, y ahí están
en un hogar feliz y sus hijos más felices todavía. Pasado el tiempo, un día,
mientras meditaba en las cosas del Señor, me conmoví en mí espíritu, recor-
dando aquel caso y pensando que si mi vida sirvió para devolverle la felicidad
a un hogar que estaba ya perdido, ha valido la pena servir a Jehová. Yo le dije:
«Padre, gracias por hacerme tu ministro. Soy útil; di felicidad perpetua a un
hogar que estaba roto». Por eso digo: ¿He de
dejar esto para hacerme grande? No, no
quiero ni puedo dejar mi vocación. La feli- “Nuestro
cidad de un ministro es dar dulzura, hon-
rando a Dios y bendiciendo a los hombres.
llamado no es
Volviendo a nuestra parábola, vemos que reinar, sino
los árboles, ante la negativa de la higuera acu- servir”
dieron entonces a la vid, y le dijeron: “Pues ven
tú, reina sobre nosotros”, pero ella les respondió:
“¿He de dejar mi mosto, que alegra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre
los árboles?” (Jueces 9: 12,13). La vid produce uvas de donde hacen el vino. En la
Biblia el vino es un tipo de gozo y el salmista dijo que el vino alegra el corazón
del hombre (Salmos 104:15). La Palabra registra que cuando no había uvas, en los
lagares había tristeza; pero cuando había el fruto de la vid, había gozo. También el
vino es un tipo de pacto. Vemos que Jesús levantó la copa y dijo: “Esto es mi sangre
del nuevo pacto, que por muchos es derramada” (Marcos 14:24). En la iglesia está
el gozo del Espíritu Santo, y hay hermanos cuyo don es como la vid, producen
mosto de alegría y dan gozo. Ellos llegan y con sus alabanzas alegran el ambiente,
hacen reír hasta a los moribundos, transmiten alegría y gozo. Si esa gente deja de
ser lo que es para hacerse grande ¡ay de la iglesia!, pues precisa de esa unción.
Cada don, cada capacidad ungida que Dios da a los santos, provoca algo;
produce honra, dulzura, gozo, unción que fortalece el espíritu de los que los

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rodean. Podemos hablar de otros árboles también, pero el mensaje es el mis-


mo. Mi hermano, nuestro llamado no es reinar, sino servir. Como
una confirmación del uno al otro, los tres árboles más importantes dijeron:
« ¿he de dejar?», lo que significa que tenían algo, que habían recibido algo y
podían dar. Ellos prefirieron servir antes que reinar. Pero, a cuántos les apela
más ser grandes que servir, ocupar una posición y estar en autoridad sobre los
demás que ser usado por Dios, en humildad y sencillez.
La palabra “dejar” implica que si decido reinar y ser grande, entonces
debo renunciar a mi oficio o propósito. Por lo cual, aprendo que no se
puede aspirar a ser grande y reinar, sin
poner en riesgo lo que fuimos llamados a
“La grandeza en hacer que es honrar a Dios y dar el fruto
el cielo no es una que bendice a los hombres. Cuando tú
dejas de ser lo que eres, de dar lo que reci-
posición, sino biste de Dios, para ser grande entre los
una aprobación” hombres, estás poniendo en riesgo el pro-
pósito divino en tu vida. Incluso, en el
reino de los cielos el que quiera hacerse
grande entre nosotros será nuestro servidor, y el que quiera ser el primero
será nuestro siervo, dijo el Señor (Mateo 20:26-27). Entiendo, entonces,
que el que sirve es el grande. La grandeza en el cielo no es una posi-
ción, sino una aprobación: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido
fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:21). El
gozo del Señor es el servicio a Dios. Miremos a Jesús “el cual por el gozo
puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la
diestra del trono de Dios” (Hebreo 12:2).
Volviendo a nuestra parábola, indudablemente que los árboles tenían
tremendo problema. Ellos querían rey, pero los tres árboles principales, que
tenían mucho que dar, no quisieron reinar. Por lo cual, no les quedó otra
opción que ir a la zarza y decirle: “Anda tú, reina sobre nosotros” (Jueces 9:14).
Me imagino lo contenta que se puso ella, pues seguramente pensó: « ¡Al fin
se han dado cuenta quien soy! ¡Todos lo árboles por unanimidad me han ele-
gido, me quieren como rey!». Así que en seguida ella respondió: “Si en verdad
me elegís por rey sobre vosotros, venid, abrigaos bajo de mi sombra; y si no, salga
fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano” (v. 15). ¿Has visto alguna vez
una zarza? Es un arbusto pequeño y espinoso, cuyas ramas son como aguijo-
nes. Prácticamente es una maleza del desierto, que absorbe el agua y daña el
terreno y le quita el lugar a otros árboles que sí son productivos.

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al propósito suyo

En el libro de Isaías dice: “Porque con alegría saldréis, y con paz seréis
vueltos; los montes y los collados levantarán canción delante de vosotros, y todos
los árboles del campo darán palmadas de aplauso. En lugar de la zarza crecerá
ciprés, y en lugar de la ortiga crecerá arrayán; y será a Jehová por nombre, por
señal eterna que nunca será raída” (Isaías 55:12-13). Es decir, cuando Dios
anuncia el tiempo de prosperidad, de bendición para su pueblo, dice que en
el lugar de la zarza crecerá ciprés. ¡Qué buena noticia, que en el lugar de un
arbusto tan feo y seco, crecerá un árbol hermoso y productivo! El ciprés es un
árbol de 15 a 20 metros de altura, que aunque por fruto da gálbulas o conos,
su madera es duradera. Además, a diferencia de la zarza, el ciprés sí puede
abrigar y dar sombra. ¡Oh, qué bendición! Jesús dijo: “Porque cada árbol se
conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se
vendimian uvas” (Lucas 6: 44). Si cada árbol se conoce por su fruto, la zarza se
conoce porque, prácticamente, no tiene ninguno. La vendimia es la cosecha
y recolección de las uvas, pero también podemos aplicarla como el provecho
o fruto abundante que se saca de alguna cosa, y la zarza no tiene mucho de
aprovechamiento en ella; solo espinas.
Me llama la atención que los tres árboles que tenían qué dar, dijeron: « ¿he
de dejar?» y en cambio la zarza, que no tenía nada, quería reinar (Jueces 9:15).
La zarza no tenía algo con que agradar a Dios y bendecir a los hombres, y ahí
se mide su espíritu. El que tiene mucha unción dice: «Yo no voy a renunciar a
mi unción para ser grande. A mí no me apela la grandeza, a mí me apela vivir
el propósito de mi llamamiento». ¿No fue eso lo que dijeron los tres primeros
árboles? Sin embargo, la zarza y los que son como ella, reinar es precisamente lo
que andan buscando. Mas, ¿sabes lo que me dice el Espíritu Santo? Que en la
zarza se revela un espíritu que hay en la iglesia, el cual no tiene nada que dar y sin
embargo quiere reinar. Ese mismo espíritu, también se encuentra en el hombre,
un espíritu de grandeza, de posición, que procura enseñorearse de los demás.
Por causa de la ambición de reinar y enseñorearse de los demás se pierde el
interés en ser lo que Dios nos mandó a ser, manifestándose otro espíritu que
no es el de Cristo. Jesús estaba reinando en el cielo y dejó de reinar para venir
a servir al Padre (Filipenses 2:6-7). Él dijo: “En el rollo del libro está escrito de
mí; El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, Y tu ley está en medio de
mi corazón” (Salmos 40:7-8). El Señor dejó de ser rey, para servir, y lo hizo
de forma tan excelente que Dios le devolvió la corona. El que se despojó fue
revestido, el que se humilló hasta lo más bajo, fue levantado hasta lo sumo.
Nota que la primera palabra que la zarza dijo fue “venid” (Jueces 9:15),
o sea, dio una orden, un llamado imperativo. Pero ¿que vengan a dónde? A

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abrigarse bajo su sombra, ¡qué arrogancia, qué cinismo! En otras palabras: «Si
en verdad ustedes me quieren como rey, sométanse a mí, y mi primera orden es
venir y ponerse debajo mío». Cuidado con el espíritu de la zarza, porque no es
según el Espíritu de Cristo, pues Él no se hizo rey para hacernos vasallos, sino
para que reinemos con Él (Apocalipsis 20:6). Ese espíritu de la zarza lo conocí
en la religión, en aquellos que dicen: «Si me eligieron a mí, sométanse a mí; yo
soy el que estoy aquí en autoridad y a mí hay que obedecerme.. ¡Eh, a ti! ¿qué
miras, qué buscas? ¡Sal de ahí! Esa es mi oficina y mi función, eso lo hago yo.
No toques ni te metas en lo que hago». ¡Qué espíritu! Todavía no la habían ele-
gido bien, sólo era una propuesta y ya la zarza estaba dando órdenes. Solamente
hay uno que dijo venid, y fue el rey Jesús, y nota el espíritu de sus palabras:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os


haré descansar. (…) Dejad a los niños venir a mí, y no se lo
impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos. (...) Yo soy el
pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que
en mí cree, no tendrá sed jamás. (...) Todo lo que el Padre me da,
vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. (...) Si alguno
tiene sed, venga a mí y beba. (...) Y si me fuere y os preparare
lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde
yo estoy, vosotros también estéis”
(Mateo 11:28; 19:14; Juan 6:35, 37; 7:37; 14:3).

Jesús tiene mucho que ofrecer, por eso puede llamar y decir: « ¡Vengan
a mí, síganme! Yo los haré descansar; les doy mi reino; les doy de comer;
les sacio su sed; les doy paz, salvación y los llevo al Padre». La zarza ofrecía
abrigo y sombra, pero no tenía ninguna de las dos cosas. Imagínate que vas
caminando bajo un sol abrasador y vayas a cobijarte debajo de una zarza,
¡qué sombra te va dar si sus hojas son arqueadas y divididas, y para colmo
hincan! Creo que más que recibir un alivio, saldrías bien lastimado. De
hecho, en la Biblia la palabra zarza tiene el mismo significado que espinos
y abrojos, y me pregunto, ¿cómo podría ofrecer cobertura un arbusto tan
pequeñito y sarmentoso? Y pensar que eso es lo que está pasando en la
actualidad, gente con “apostolados” que quieren dar cobertura sin tenerla.
Por eso, Dios está restaurando el ministerio apostólico. Todos quieren ser
apóstoles, pero sin pagar el precio del apostolado, ni llevar las señales que
Pablo describió:

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al propósito suyo

“… en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos,


en ayunos; (...) por honra y por deshonra, por mala fama y por
buena fama; como engañadores, pero veraces; como desconocidos,
pero bien conocidos; como moribundos, mas he aquí vivimos;
como castigados, mas no muertos; como entristecidos, mas siem-
pre gozosos; como pobres, mas enriqueciendo a muchos; como no
teniendo nada, mas poseyéndolo todo. (...) De aquí en adelan-
te nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las
marcas del Señor Jesús. (...) en el cual sufro penalidades, hasta
prisiones a modo de malhechor; (…) Por tanto, todo lo soporto
por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la
salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna”
(2 Corintios 6:5,8-10; Gálatas 6:17; 2 Timoteo 2:9,10).

Los falsos apóstoles dicen como la zarza: «Métete bajo mi cobertura, cobí-
jate bajo mi autoridad; seamos socios». Ellos andan buscando iglesias para
meterlas debajo de su sombrilla ministerial y dicen a los pastores: «Si tú quie-
res ser parte de esto, envíame los diezmos de tu iglesia y te pongo bajo mi
cobertura ministerial». ¡Santo Dios! Una zarza tirando manto. Pablo les llamó:
“ falsos apóstoles, obreros fraudulentos” (2 Corintios 11:13-14), y yo les llamo “el
manto de Drácula”, pues así como ese personaje siniestro, estos hombres te
envuelven con su manto y después ¡yack! te dan el mordisco. La zarza tiene
espinas y Drácula tiene tremendos colmillos para succionar sangre.
Es notable que tanto el olivo, la higuera, como la vid te bendigan, pero la
zarza te lastima. Abre tus ojos y tus oídos, porque aquí hay una muy grande
enseñanza. Cuando una persona está llena de orgullo, arrogancia y autosufi-
ciencia, cree que puede dar algo, pero no tiene nada, porque el orgullo la inca-
pacita para ver su deficiencia. El amor edifica, pero el orgullo infla, destruye
y estorba. A Jesús le decían “maestro bueno”, pero él respondía: “¿Por qué me
llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo Dios” (Lucas 18:19). Y cuando
entró en Jerusalén que lo aclamaron diciendo: “¡Hosanna al Hijo de David!
¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” (Mateo
21:9), lo hizo cabalgando en un pollino, como se había profetizado: “Alégrate
mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a
ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de
asna” (Zacarías 9:9). ¡El rey en un pollino de asna y prestado (Mateo 21:2)!, y
sus “siervos” ahora andan en aviones y jet privados; eso suena raro. Salomón
dijo: “Hay un mal que he visto debajo del sol (…) Vi siervos a caballo, y príncipes

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que andaban como siervos sobre la tierra” (Eclesiastés 10:5, 7). Así, Jesús el
grande, el que cabalga sobre los querubines, y vuela sobre las alas del viento,
el que ha puesto las nubes por su carroza y que ha hecho en el mar su camino
y sendas en las muchas aguas, cabalgó en un burrito prestado, porque aunque
era rey, su objetivo era servir, no reinar (Salmos 18:10; 104:3; 77:19).
La zarza también quería reinar a la fuerza. Ella dijo: “… y si no, salga fuego
de la zarza y devore a los cedros del Líbano” (Jueces 9:15). En otras palabras: «Si
no me ponen de rey, aquí se acabará el reinado; reino yo o nadie». Increíble,
cómo hablaba la zarcita, siendo tan pequeñita. Apenas le estaban ofreciendo
reinar y ya estaba mandando y amenazando. La zarza y la lengua tienen
muchas cosas en común: primero, se jactan de grandes cosas; y segundo,
las dos encienden tremendos fuegos (Santiago 3:5). Ellas tienen el espíritu
de fuego que destruye y que condena, como dice la Palabra: “… la lengua es
un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros,
y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es
inflamada por el infierno” (Santiago 3:6).
Lo peor es que con ese espíritu se logran muchas cosas hoy en día. Supe
que un pastor le dijo a alguien: «Uso mi autoridad apostólica para decirte
que si te vas de esta iglesia, ¡pierdes el Espíritu Santo, y hago que ni en len-
guas hables!». ¡Santo, Jehová! Este hombre se ufanaba de tener poder para
quitar no solo los dones -que son irrevocables (Romanos 11:29)-, sino hasta
el Espíritu Santo con el cual Dios nos selló (2 Corintios 1:21-22). Y pensar
que todas esas amenazas eran para que no se vaya y siga debajo de su cober-
tura, pues cuando no pueden retener a la gente con promesas, lo hacen con
amenazas y condenación.
Los tres primeros árboles tenían que dar y querían vivir dando fruto de lo
que recibieron del Señor. El apóstol Pablo escribió: “Porque yo recibí del Señor
lo que también os he enseñado...” (1 Corintios 11:23); y Pedro dijo: “Cada uno
según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores
de la multiforme gracia de Dios” (1 Pedro 4:10). Por tanto, si tenemos algo que
dar, porque Dios nos ha dado, no lo retengamos, pero si no tenemos para dar,
no caigamos en la arrogancia y petulancia de la zarza, ofreciendo lo que no
tenemos. Seamos lo que somos y demos lo que hemos recibido, en la humil-
dad del Señor Jesucristo. La única verdad que dijo la zarza fue al final, cuando
amenazó darle lo que podía: fuego, y no del Espíritu, sino con el único que
tenía, fuego destructor.
Está claro que el mensaje de Jotam a los habitantes de Siquem a través de
esta fábula fue que Abimelec, a quien ellos habían elegido rey, era como una

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al propósito suyo

zarza, pues no les podía ofrecer ninguna seguridad, por el contrario, sería cau-
sa de destrucción e instrumento de muerte para ellos. Estas palabras fueron
proféticas, pues Dios para vengar la sangre de la casa de Jerobaal (Gedeón)
que había derramado Abimelec, envió un espíritu de hostilidad entre éste y
los de Siquem (Jueces 9:22-24), y tal como él enseñó en la alegoría, Abimelec
prendió fuego a Siquem. Veamos la narración bíblica:

“Y fue dado aviso a Abimelec, de que estaban reunidos todos los


hombres de la torre de Siquem. Entonces subió Abimelec al monte
de Salmón, él y toda la gente que con él estaba; y tomó Abimelec un
hacha en su mano, y cortó una rama de los árboles, y levantándola
se la puso sobre sus hombros, diciendo al pueblo que estaba con él:
Lo que me habéis visto hacer, apresuraos a hacerlo como yo. Y todo
el pueblo cortó también cada uno su rama, y siguieron a Abimelec,
y las pusieron junto a la fortaleza, y prendieron fuego con ellas a la
fortaleza, de modo que todos los de la torre de Siquem murieron,
como unos mil hombres y mujeres”
(Jueces 9:47-49).

Es notable lo que dice el verso 23 de este capítulo: “Y tuvo Gedeón setenta


hijos que constituyeron su descendencia, porque tuvo muchas mujeres. También
su concubina que estaba en Siquem le dio un hijo, y le puso por nombre Abimelec”
(jueces 8:30-31). La aplicación espiritual es que el espíritu de la zarza que ha
entrado en la iglesia, y que está dañando el propósito de Dios en el ministerio
apostólico, nace de la misma manera que Abimelec, o sea, de una relación
ilícita entre el verdadero ministerio apostólico y el falso. Es el resultado de
una alianza parecida a la que hubo entre la casa de Josafat y la casa de Acab
y Jezabel (2 Crónicas 18:3). Este espíritu viaja por el mundo, tirando mantos,
ordenando al apostolado a personas no aprobadas por la iglesia; asimismo
ha usurpado la autoridad apostólica y no la usa para edificación, sino para
que todos se cobijen bajo la “sombra” de su cobertura ilegítima. El espíritu
de la zarza está encendiendo “los bosques” y trayendo consigo destrucción y
confusión a la iglesia. El Señor revela que en este espíritu se esconde avaricia,
orgullo y rebelión. El Espíritu Santo lo desenmascara y nos hace conocer que
su maligna intención, a parte de traer confusión es, que la iglesia (afectada
por sus vicios y excesos), deje de creer en el verdadero ministerio apostólico,
el cual el Señor está restaurando en estos días. Veamos cómo termina esta
historia y cuál el fin de Abimelec:

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200 la honr a del ministerio

“Después Abimelec se fue a Tebes, y puso sitio a Tebes, y la tomó.


En medio de aquella ciudad había una torre fortificada, a la cual
se retiraron todos los hombres y las mujeres, y todos los señores de la
ciudad; y cerrando tras sí las puertas, se subieron al techo de la
torre. Y vino Abimelec a la torre, y combatiéndola, llegó hasta la
puerta de la torre para prenderle fuego. Mas una mujer dejó caer
un pedazo de una rueda de molino sobre la cabeza de Abimelec, y
le rompió el cráneo. Entonces llamó apresuradamente a su escude-
ro, y le dijo: Saca tu espada y mátame, para que no se diga de mí:
Una mujer lo mató. Y su escudero le atravesó, y murió. Y cuando
los israelitas vieron muerto a Abimelec, se fueron cada uno a su
casa. Así pagó Dios a Abimelec el mal que hizo contra su padre,
matando a sus setenta hermanos. Y todo el mal de los hombres de
Siquem lo hizo Dios volver sobre sus cabezas, y vino sobre ellos la
maldición de Jotam hijo de Jerobaal”
(jueces 9:50-57).

Esta mujer que Jehová usó para acabar con la vida del fratricida Abimelec
es un tipo de la iglesia valiente y osada que el Señor está usando para detener
y destruir ese espíritu, que tanto daño está causando al ministerio de Dios.
La iglesia es el medio que el Señor ha elegido para destruir el pernicioso espí-
ritu de Abimelec (zarza). Añade más luz a nuestra enseñanza el hecho de que
el instrumento que aquella mujer usó para matar a Abimelec fue un pedazo
de rueda de molino. El Señor dijo: “Y cual-
quiera que haga tropezar a alguno de estos
“La zarza y la pequeños que creen en mí, mejor le fuera que
se le colgase al cuello una piedra de molino de
lengua tienen asno, y que se le hundiese en lo profundo del
muchas cosas en mar” (Mateo 18:6). Hacer tropezar es igual
común: primero, a hacer caer, inducir a pecar, tentar, seducir,
se jactan de etc., y esto es lo que este espíritu está rea-
lizando en la iglesia. Dios ha determinado
grandes cosas;
que sea con una piedra o rueda de molino
y segundo, las que se le rompa el cráneo y se haga morir al
dos encienden espíritu que dijo: “salga fuego de la zarza y
tremendos devore a los cedros del Líbano” (Jueces 9:15).
fuegos” Los cedros del Líbano son tipos de los jus-
tos (Salmos 92:12). Así que la guerra de este

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el llamamiento es conforme 201
al propósito suyo

principado es contra los santos de Dios. Por esa razón, el Señor usará a la igle-
sia (la mujer) para romper la cabeza de este adversario del propósito divino.
Hay otro asunto muy curioso de la zarza que nos muestran las Escrituras.
¿Sabías que Moisés no era el hombre más manso de la tierra, sino que llegó a
serlo? Cuando Moisés vio a sus hermanos en sus duras tareas, y observó a un
egipcio que golpeaba a uno de ellos, dice la Palabra que miró a todas partes, y
creyéndose que nadie lo veía, mató al egipcio y lo escondió en la arena (Éxodo
2:11-12). Aquí yo veo una reacción violenta ante una injusticia. Moisés no era
un hombre manso, pero ¿sabes cómo Dios logró que lo fuese? Lo mandó a pas-
torear ovejas por cuarenta años, y en ese trabajo cualquiera se vuelve manso. Las
ovejas son los animales más torpes de que yo
tengo referencia, pues nota que todos los ani-
males corren cuando ven a un depredador, “Cuando
pero las ovejas dicen ‘bee, bee’ como dicien- Dios se quiso
do: «Veen, veen, comemeeeé, comemeeeé», y
no saben qué hacer. Así que cualquiera apren- hacer nada, se
de paciencia pastoreando ovejas. manifestó en una
Cuando Jehová llamó a Moisés para zarza, pues para
enviarlo a liberar a su pueblo de las manos lo único que
del Faraón, le dijo: “¿Quién soy yo para que
sirve la zarza es
vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de
Israel?” (Éxodo 3:11). Jehová insistió, pero él para representar
le contestó: “¡Ay, Señor! nunca he sido hom- la nulidad”
bre de fácil palabra, ni antes, ni desde que
tú hablas a tu siervo; porque soy tardo en el
habla y torpe de lengua” (Éxodo 4:10). No obstante, Jehová todavía le habló de
todo lo que iba a hacer, y él volvió e insistió: “¡Ay, Señor! envía, te ruego, por
medio del que debes enviar” (Éxodo 4:13). Entonces Jehová se enojó y le dijo:
“¿No conozco yo a tu hermano Aarón, levita, y que él habla bien? Y he aquí que
él saldrá a recibirte, y al verte se alegrará en su corazón. Tú hablarás a él, y pon-
drás en su boca las palabras, y yo estaré con tu boca y con la suya, y os enseñaré lo
que hayáis de hacer” (vv. 14-15). Bien humilde estaba Moisés y con una estima
bien baja, como la de una oveja, la cual tuvo Dios tuvo que levantar prácti-
camente a gritos. Pero, ¿sabes cuando, realmente, Dios le enseñó a Moisés
humildad? El día en que Jehová se le apareció en una zarza.
Cuando Dios se quiso hacer nada, se manifestó en una zarza, pues para
lo único que sirve la zarza es para representar la nulidad. El único que le dio
importancia a la zarza fue Dios, porque a la zarza todo el mundo le prendía

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fuego, pero Jehová le dio el fuego divino que quema, pero no consume (Éxo-
do 3:2). Hay esperanza para “las zarzas”; pues aunque no dan fruto, Dios le
puede dar fuego para que alumbren. Tanto fue la importancia que Dios le
dio a la zarza en ese momento, que cuando Moisés bendijo las doce tribus
de Israel, y le iba a dar la bendición a José, dijo: “Con el fruto más fino de los
montes antiguos, Con la abundancia de los collados eternos, Y con las mejores
dádivas de la tierra y su plenitud; Y la gracia del que habitó en la zarza Venga
sobre la cabeza de José, Y sobre la frente de aquel que es príncipe entre sus her-
manos” (Deuteronomio 33:15-16). Nota que Moisés habló de frutos y dádivas
de la tierra, pero cuando mencionó a la zarza no pudo hablar nada de lo que
ella diera, sino de la gracia del que habitó en ella. En otras palabras, el Señor
manifestó la gracia cuando se apareció en una llama de fuego en medio de la
zarza. Eso nos habla de la humillación de Jesús, pues gracia fue lo que en su
Hijo, Dios nos manifestó.
El Creador del cielo y de la tierra, habitó en una zarza. Qué tal si la
zarza, de la parábola de Jotám, hubiera dicho a los árboles: « ¿Ustedes me
están pidiendo a mí que reine? ¿Pero qué tengo yo que ofrecer? ¿qué tengo
para dar? No tengo fruto, no tengo abrigo, no tengo sombra, soy una male-
za del desierto ¿Cómo voy a reinar? Si yo para lo único que sirvo es para
que me quemen. Lo único bueno que ha pasado en la historia de nosotras
las zarzas fue que un día el Santo de Israel, cuando quiso hacerse nada y
decirle a Moisés: “Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y
humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar
el corazón de los quebrantados” (Isaías 57:15), se manifestó en una zarza. Yo
no soy como el olivo que puede dar honra con su aceite, ni soy como el higo
que puede dar dulzura, tampoco soy como la vid que puede dar alegría con
el mosto, no sirvo para nada. Ahora, una cosa sí puedo hacer: servirle a mi
Dios, para que la gracia del Señor se manifieste, y habite en mí el fuego
que nunca consume». Entiendo, entonces, que la historia de la zarza hubiera
sido totalmente diferente.

3.2  La Gloria del Llamamiento


“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en
un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en
gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”
-2 Corintios 3:18

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el llamamiento es conforme 203
al propósito suyo

La gloria de Dios está manifestada en todo lo que Él es y hace. Mas, la


sublimidad de esa gloria y la manifestación de la misma es algo que no todo
el mundo puede ver. El profeta Ezequiel tuvo esa bienaventuranza de ver en
visiones cosas muy extrañas, asuntos que sólo son entendibles en el Espíritu,
por aquellos que Dios les abre el entendimiento para que puedan comprender
esos misterios. Si lees el primer capítulo del libro de Ezequiel, en sus primeros
versículos, encontrarás que el profeta vio cuatro seres vivientes semejantes a
hombres, pero con un aspecto muy extraño, que cuando corrían eran como
relámpagos (Ezequiel 1:5-13). También vio ruedas dentro de ruedas con ojos
que se movían y se levantaban junto a los seres vivientes, porque el espíritu
de los seres vivientes estaba en las ruedas (v. 20). Eran visiones muy extrañas,
pero eran revelaciones de la semejanza de la gloria del Señor y Ezequiel la
describió de esta manera:

“Como parece el arco iris que está en las nubes el día que llueve,
así era el parecer del resplandor alrededor. Ésta fue la visión de
la semejanza de la gloria de Jehová. Y cuando yo la vi, me postré
sobre mi rostro, y oí la voz de uno que hablaba”
(Ezequiel 1:28)

A mí, particularmente, me gusta la expresión “la semejanza de la glo-


ria”, porque todo lo que Dios le puede mostrar al hombre, y aquello que el
hombre sea capaz de ver, acerca de la gloria de Dios, es una semejanza. Todas
las cosas que nosotros vemos en la Biblia que ilustran la gloria, o que Dios usa
para dar a conocer su gloria, son simplemente una semejanza, porque ¿quién
en realidad ha visto la verdadera gloria, o sea, la plenitud de Su gloria? Natu-
ralmente, sabemos que Jesucristo es el resplandor de su gloria, pero me refiero
más bien a la gloria manifestada en una visión.
Por tanto, todo lo que se muestra en la Palabra sobre la gloria de Dios
es una semejanza. Por ejemplo, cuando Israel estuvo en el monte Sinaí, para
encontrarse con Jehová, que descendió en aquel monte, las Escrituras descri-
ben aquel momento glorioso, como una majestad terrible, donde hubo true-
nos y relámpagos, y dicen que una espesa nube cubrió el monte, y el sonido de
bocina era tan fuerte que estremeció todo el lugar. El monte Sinaí humeaba
porque Jehová había descendido sobre él en fuego, y el humo subía como
el humo de un horno, y todo el monte se estremecía, así como el sonido de
la bocina iba aumentando en extremo, mientras Moisés hablaba a Jehová y
Dios le respondía con voz tronante (Éxodo 19:16-20). Por eso el cántico: “A

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204 la honr a del ministerio

la presencia de Jehová tiembla la tierra…” (Salmos 114:7), pues fue algo tan
extremadamente impactante que el pueblo no pudo resistirlo. Israel temblaba,
y hasta en el libro a los Hebreos se registra que era tan terrible lo que se veía,
que Moisés dijo: “Estoy espantado y temblando” (Hebreos 12:21).
Era un momento de gloria, donde el pueblo vería cara a cara a su Dios
Inmortal e Invisible. Mas, no pudieron salirle al encuentro y le dijeron a Moi-
sés: “Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros,
para que no muramos” (Éxodo 20:19). Y esa era simplemente una apariencia,
una semejanza, pues la Biblia dice que los cielos de los cielos no lo pueden
contener (1 Reyes 8:27). La zarza fue otro
lugar en que se mostró la gloria de Dios,
pero también fue una semejanza (Éxodo
“Cuando Dios 3:1-5). Toda visión de la gloria es una seme-
se manifiesta, janza de la gloria, pero la realidad de la glo-
ria sabemos que es Jesucristo. Él no es una
no solamente semejanza, pues podemos decir que la gloria
revela su gloria, descendió en semejanza de Hombre, y aun-
sino también lo que Jesucristo era cien por ciento Dios, lo
que el hombre es” vimos en carne. Solamente aquellos tres que
lo vieron en la transfiguración lo vieron glo-
rificado, y todavía eso fue una limitación
(Mateo 17:2).
La gloria, gloria, esa verdadera gloria, ningún hombre la puede ver. Esa
fue la razón por la cual, el Señor se negó a mostrar su rostro a Moisés, pues
no hay hombre que vea su rostro y continúe viviendo (Éxodo 33:20). Por
tanto, las visiones de su gloria son una semejanza nada más. Sin embargo,
todos aquellos que han visto esa semejanza han sido cambiados, jamás fueron
los mismos después de ese día, porque la gloria de Dios transforma. Eso es lo
incomprensible del misterio de la iniquidad, que alguien que siempre veía la
gloria y que estaba lleno de la gloria, perdió la gloria, y en vez de ser cambiado
de gloria en gloria, lo que hizo fue que descendió y tuvo que ser arrojado de
su presencia, por rebelarse contra el Señor (Ezequiel 28:15-19).
Ahora, hay algo que a mí me llama la atención, después que el Señor le
mostró a Ezequiel esa visión. Vemos que el profeta se postró para oír la voz
de uno que le hablaba (v. 28), pero es interesante que la voz lo primero que le
dijo fue: “Hijo de hombre” (Ezequiel 2:1), y estoy seguro que el profeta pudo
entender la intención del que le hablaba. Con esa expresión daba a entender:
«Hombre, te habla el Altísimo, el Todopoderoso, el Grande, el Admirable. Y

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el llamamiento es conforme 205
al propósito suyo

aunque tú estás viendo mi gloria, yo quiero decirte que tú eres un Hijo de


hombre». Porque cuando Dios revela su gloria, nos hace ver lo que somos, ya
sea con la Palabra o con el sentir que produce en nosotros al ver lo pequeñí-
simo que somos. Cuando Dios se manifiesta, no solamente revela
su gloria, sino también lo que el hombre es. Únicamente a través del
espejo de la gloria de Dios se ve lo que es el hombre. Por eso, inmediatamente
el hombre ve la gloria, se postra, porque es un hijo de hombre. A Isaías cuan-
do Dios le mostró la gloria, escribió:

“… vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus


faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada
uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían
sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo:
Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está lle-
na de su gloria. Y los quiciales de las puertas se estremecieron con
la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije:
¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de
labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmun-
dos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos”
(Isaías 6:1-5).

Nota la expresión del profeta cuando le fue revelada la visión de la gloria


que en su sentir de indignidad, creyó que ya estaba muerto. Él se sentía tan
inmundo, tan poca cosa delante del Rey, Jehová de los ejércitos, que su men-
te no concebía que pudiera estar vivo. El apóstol Pedro, cuando el Señor hizo
la pesca milagrosa y vio que Jesús era más
que un hombre, pues contempló la gloria
de Su poder, cayó de rodillas ante sus pies,
diciendo: “Apártate de mí, Señor, porque soy
“La humildad es
hombre pecador” (Lucas 5:8). Al ver la glo- la señal que te
ria de Dios en Jesucristo, Pedro se sintió muestra si esa
indigno y reconoció que era un pecador. persona ha visto
Cuando un hombre en realidad, no en apa- verdaderamente
riencia, tiene un encuentro con la gloria, le
pasa lo mismo que a estos hombres: ve su la gloria, y
indignidad, se siente sucio, y descubre su cuánto ha
pequeñez, reconociendo lo que es: simple- asimilado de ella”
mente un hijo de hombre.

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206 la honr a del ministerio

Cuando Daniel tuvo aquella visión en el río Hidekel, los que le acompa-
ñaron no la vieron, pero se apoderó de ellos un gran temor y huyendo despa-
voridos, se escondieron (Daniel 10:7). Daniel se quedó solo, mudo y sin
fuerza, sintiendo que desfallecía (vv. 8-11). El ángel tuvo que tocarlo para
devolverle la fuerza y el habla (vv. 16-18). La
gloria de Dios debilita y eso nos confirma
“La gloria de que el hombre es nada frente a la majestad
Dios no te de Dios. Y qué decir de Juan, quien escribió
en el libro de la gran revelación: “Cuando le
aplasta, para
vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su
dejarte en el diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo
polvo, sino que te soy el primero y el último” (Apocalipsis 1:17).
humilla para que A veces decimos: «Señor, muéstrame tu glo-
dejes de ser lo ria», y me pregunto: ¿sabemos lo que esta-
mos pidiendo? El Señor dice: « ¿quieres
que eres y desees saber quién eres?» Todo aquel que pida la
ser lo que es Dios” gloria tiene que estar dispuesto a cuando
vea la gloria, también verse a sí mismo y
saber en realidad quién es él.
Por tanto, todos los que han visto “la semejanza de la gloria de Dios”
caen como muertos, pero también algo físicamente les afecta. En el caso del
sacerdote Zacarías, temporalmente se quedó mudo, cuando dudó de la visión
y el propósito con el hijo que había de tener (Lucas 1:18-20). A Moisés la voz
desde la zarza le advirtió: “No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque
el lugar en que tú estás, tierra santa es” (Éxodo 3:5), por lo que podemos decir
que la gloria le mostró cómo eran sus pies, tipo de humanidad y corrupción,
ante la perfección y santidad de Dios. A Isaías, por su parte, le mostró lo que
eran sus labios, inmundos (Isaías 6:5). Vemos a Josué, que al ver la visión se
postró y adoró, pero tuvo que despojarse, quitar el calzado de sus pies (Josué
5:15). A Saulo de Tarso la visión lo dejó ciego, le afectó los ojos (Hechos 9:8).
Por lo cual, podemos decir que la visión de la gloria afecta el cuerpo, por eso
cuando la gloria se manifiesta afecta la iglesia.
Cuando alguien habla de sí mismo con jactancia, o está tan admirado de
sí que no se calla de decir lo que ha logrado, puedes estar seguro que ese no ha
pasado ni siquiera a diez millas de distancia de donde estuvo la gloria de Dios.
Todas las personas que viven en la presencia se sienten más pecadores que los
demás, más pobres y limitados. Esos reconocen la gracia de Dios en sus her-
manos, y constantemente le dicen al Señor: « ¡Ay mi Dios! Mira mi limitación,

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el llamamiento es conforme 207
al propósito suyo

mira mi pobreza, yo no sé qué pasa, no me siento digno, no me siento suficien-


te». La humildad es la señal que te muestra si esa persona ha visto
verdaderamente la gloria, y cuánto ha asimilado de ella.
Ahora, cabe destacar que hay quienes siempre se sienten miserables y
pobres, pero no es porque han visto la gloria, sino porque tienen problemas
emocionales y una autoestima muy baja. Distingamos una cosa de la otra.
La Biblia dice que hay dos tristezas, una emocional que te lleva a sentirte
inferior a los demás, que viene de la carne, y otra que es según Dios, la
cual te lleva a arrepentimiento, porque te hace ver que eres pobre, desnu-
do, desvalido, miserable, pero no te sume en depresión ni en culpabilidad.
La tristeza según Dios, te lleva a una búsqueda de Su presencia y a una
actitud correcta, la cual es deberle todo a la gracia del Señor Jesucristo (2
Corintios 7:10). Puedo imaginarme cómo el Señor se siente -conociendo
los corazones- al oír ciertas oraciones nuestras: « ¡Señor, muéstrame tu
gloria! ¡Ábreme los cielos! ¡Úsame!». Pero Él dice: « ¿Y para qué quieres
la gloria? ¿Para tener un ministerio grande; para ser conocido por todas
las naciones como fulano y perencejo; para tener costosos edificios; para
hacerte de un grande nombre, el tuyo? ¡Ay, pero cuán lejos de mí está tu
corazón! Yo no muestro mi gloria para engrandecer al hombre; yo muestro
mi gloria para engrandecerme yo, y mostrarle al hombre quién es él delante
de mí y cuánto me necesita». La gloria de Dios no te aplasta, para
dejarte en el polvo, sino que te humilla para que dejes de ser lo
que eres y desees ser lo que es el Señor.
Por tanto, reconocer lo que somos es una bienaventuranza, pues nos hace
aborrecer lo nuestro, para amar lo que es Dios. Cuando un hombre está bien
humillado frente a la gloria es cuando ésta lo levanta, pero debe estar tan apla-
nado que su yo desaparezca, para poder volar entonces en las alas de su Espíri-
tu. Solo la humildad nos muestra a Jehová, porque nos da los ojos para ver al
Alto y Sublime, al que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo, al que
habita en la altura y la santidad, pero desciende para habitar con el quebran-
tado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para
vivificar el corazón de los quebrantados (Isaías 57:15). ¡Oh, si entendiéramos
lo que produce la gloria! A veces hablamos tanto de la gloria, de avivamiento
para ver la gloria, pero lo que queremos ver es la manifestación de la gloria,
el poder de la gloria, para recrearnos, saltar, y tener buenos momentos, pero
no sabemos lo que estamos pidiendo. Cuando Dios manda la gloria es para
producir un efecto en nosotros. Ninguno de esos hombres fueron los mismos
después que contemplaron la gloria de Dios.

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208 la honr a del ministerio

También me he dado cuenta que dependiendo de la semejanza de la gloria


o el aspecto de la gloria que Dios quiere mostrarme, dependerá el efecto que
esta produzca en mí. Por ejemplo, cuando
Dios le mostró a Isaías la gloria, le mostró
Su santidad, por eso los querubines decían:
“Si me dices lo “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos;
que has visto de toda la tierra está llena de su gloria” (Isaías
Dios, yo te diré 6:3). Y el profeta Isaías en espíritu entendió
lo que Dios ha que lo que Dios le quería mostrar no era
tanto el poder, porque temblaran los quicia-
hecho en ti” les de las puertas o que aquella casa se llena-
ra de humo y las faldas del Señor llenaban
el templo, mostrando su majestad (Isaías
6:4,1). Lo que Jehová le quería mostrar a Isaías en esta visión era lo que decían
los querubines, que Dios es santo. Por lo cual, al contemplar el aspecto de Su
santidad en la semejanza de su gloria, el profeta sintió lo inmundo que él era,
y por eso dijo: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de
labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis
ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Isaías 6:5). Mas, uno de los serafines voló
hacia él con un carbón encendido en sus manos, que tomó del altar con unas
tenazas y tocando con él sus labios, le dijo: “He aquí que esto tocó tus labios, y
es quitada tu culpa, y limpio tu pecado” (Isaías 6:6-7). Después de ese momen-
to, el profeta nunca más fue el mismo.
Si estudias la vida de Isaías, verás que a partir de ese incidente, hubo un
antes y un después. La gloria lo marcó y afectó su vida de tal manera que cam-
bió su lenguaje. Nota que el profeta, en sus escritos, usa una expresión como
si fuera un estribillo: “El Santo de Israel”. Si tomas una concordancia bíblica
y buscas las palabras “santo” y “santidad” comprobarás que Isaías es el profeta
que más las usa. De veinticinco versículos bíblicos en que se usa la expresión
“El Santo de Israel”, veintiuna corresponden al libro de Isaías, porque el pro-
feta jamás pudo hablar de la persona divina, sin decir: Él es el Santo. También
es el profeta que habla de la morada santa, del templo santo, de los cielos que
son santos; y todo su libro está lleno de lo santo y de la santidad de Dios. ¿Por
qué? ¿Qué fue aquello que él vio, que Dios le quiso manifestar? Su santidad.
Por tanto, cada uno habla de lo que ve y oye de Dios.
¿Qué has visto tú de Dios, mi hermano? Si me dices lo que has visto
de Dios, yo te diré lo que Dios ha hecho en ti. Ver a Dios no es con-
templarlo con nuestros ojos físicos, Él dice: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los

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el llamamiento es conforme 209
al propósito suyo

términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más” (Isaías 45:22). Cuando
tú miras como debes mirar, a cara descubierta como en un espejo la gloria de
Dios, serás transformado de gloria en gloria en la misma imagen, como por el
Espíritu del Señor (2 Corintios 3:18). Mirar, desde el punto de vista espiritual,
no es darse una ojeada, pues el que contempla la gloria, dependiendo de lo
que vea eso va a recibir. Por tanto, la arrogancia en una persona me muestra
que no ha visto nada de Dios, porque el que lo ve anda quebrantado, y se
siente pequeñito, pues ha sido impactado por la grandeza divina.
Cuando el Señor muestra algo de Su gloria es para hacerte de acuerdo a
aquello que Él te quiso mostrar de Su persona. Es por eso que el Señor se levanta
en medio de su pueblo y dice: « ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué oras diciendo:
“lléname Señor”? ¿Para que?». El Señor da su gloria solo a aquellos que quieran
ser como Él. No pidas gloria para exhibición, ni para fama, ni para ser conoci-
do; tampoco para destacarte o por curiosidad o por satisfacción personal, sino
pídela para ser como es Dios. Él es santo y porque has visto Su santidad, la
admiras y la anhelas. Es como cuando te enamoras de un lindo vestido, de
un buen auto, de una casa, de algo que deseas para ti, no por pretensión, sino
porque darías lo que no tienes por adquirirlo, porque sea tuyo. ¡Ay, desea ser
como Él!, ¡anhélalo a tal punto que vendas todo lo que tengas, a cambio de su
amor, de su esencia y de su ser! Generalmente, cuando queremos avivamiento
y llenura del Espíritu es cuando oramos. También oramos para pedir sanidad,
para ser libres, para tener unción, para hacer milagros, etc., y eso no es malo.
El Señor nos manda a pedir y a procurar los mejores dones (1 Corintios 12:31),
pero cuando tú pidas gloria, trata de hacerlo como Moisés. Él dijo primero: “…
te ruego que me muestres ahora tu camino” (Éxodo 33:13); y luego dijo: “Te ruego
que me muestres tu gloria” (v. 18). Primero una cosa y luego la otra.
La gloria de Dios tiene un camino y al hombre que lo transita, Él le abate
por el polvo su orgullo, mostrándole su condición. Y si ese hombre tiene el
verdadero espíritu, y frente a la gloria reconoce su pobreza, su limitación y su
inmundicia, algo pasa: es levantado, transformado y dignificado. Observa
que los caminos de Dios tienen que ver con conocer la conducta divina y
nuestra relación con él. La palabra “camino” en la Biblia se traduce de muchas
maneras, pero lo que más revela es conducta. Por ejemplo, la Palabra habla
del camino de Balaam (2 Pedro 2:15), el camino de Jehová (Génesis 18:19), el
camino de Caín (Judas 1:11); el camino de su padre (1 Reyes 15:26), impli-
cando conducta. Dijo el salmista: “¿Con qué limpiará el joven su camino [su
conducta]? Con guardar tu palabra” (Salmos 119:9). En el caso de Dios es lo
mismo, camino es conducta, pero también propósito, intención. Todo Él lo
revela en sus caminos.

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210 la honr a del ministerio

Tenemos que entender la conducta del Señor, y ver que su gloria la revela
para alcanzar un fin. ¿No dice la Biblia que Jesucristo es el resplandor de su
gloria y la misma imagen de su sustancia (Hebreos 1:3)? La Palabra dice que
a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos “con-
formes a la imagen de su Hijo”, y a los que predestinó, a éstos también
llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos
también glorificó (Romanos 8:29-30). Es decir que la gloria de la elección
tuvo como propósito que tú lleves la imagen del Hijo, así como la gloria del
llamamiento, la gloria de la justificación, y la gloria de lo que la Biblia llama
glorificación, tienen ese mismo propósito, librarte de la presencia del pecado
y darte lo excelso que está en el Señor.
Por tanto, la elección consiste en que Dios se propuso darte Su gloria en
Su amado Hijo. El llamamiento significa que Él te llamó para que la imagen
perdida de Adán, la recuperes en Jesucristo. La justificación es cuando eres
librado de la condenación del pecado y recibes la justicia del Hijo de Dios.
La santificación es librarte del poder del pecado, para que tú seas semejante
al Santo de Israel. Y finalmente, la glorificación que se realizará en el futuro,
en un abrir y cerrar de ojos, el día de su venida, cuando esto corruptible será
vestido de incorrupción, y esto mortal de inmortalidad. Por tanto, seremos
transformados. La glorificación significa que Él va a desarraigar el pecado
de ti, para que todo lo adánico que tengas salga, y solamente te quede lo que
tienes de Cristo.
Dios envió a Jesucristo, el cual es el resplandor de su gloria, para darte
su imagen. Por lo cual, cuando Dios manifiesta su gloria es con el fin de res-
taurarte, para producir en ti la imagen que fue dañada por el pecado. Dios
tomó al hombre caído en el polvo -porque polvo era y al polvo volvió (Génesis
3:19), y en la resurrección, lo levantó en el cuerpo de su Hijo y lo llevó a su
gloria. Cuando entendemos estas cosas, necesariamente tenemos que decir:
«Señor, perdónanos, hemos deseado tu gloria, la hemos anhelado para tantas
cosas… para tener buenos momentos contigo, para crecer en cantidades, para
ser vistos de los hombres, para que digan de mí, para que hablen y resalten mi
ministerio, y no para lograr Tu propósito».
¡Oh, amemos ser como Dios, deseemos ser como es Él! No es suficiente
pasar buenos momentos con el Señor, lo mejor es ser transformados a su seme-
janza. La gloria es todo lo que Él es y no simplemente el fuego de la platafor-
ma de su trono o el embaldosado de zafiro que haya debajo de sus pies. La
gloria no es meramente el resplandor del universo o la luz que pueda emanar
de Él, porque Dios es luz (1 Juan 1:5). Su gloria son sus atributos: Su santidad,

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el llamamiento es conforme 211
al propósito suyo

Su verdad, Su misericordia, Su justicia, Su poder, Su carácter, Su ternura, Su


amor, Su paternidad, Su esencia. En eso consiste su gloria, en todo lo que Él
es. Isaías vio Su santidad (Isaías 6:5) y de eso habló y profetizó; Moisés vio
su justicia y misericordia, lo cual escribió en leyes y estatutos (Éxodo 34:6-
7); y así cada uno miró algo y lo testificó. Pero Jesucristo no solamente miró
algo, sino que era el mismo Dios en Él (Juan 14:10,11). Por eso de su plenitud
tomamos todos, gracia sobre gracia (Juan 1:16) y hemos visto su gloria, la
gloria del Verbo de vida (1 Juan 1:1). Eso no es una gloria cualquiera, sino la
gloria del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (Juan 1:14).
¡Hay tantas cosas qué escribir de la gloria que nos quedamos cortos! Pídele
a Dios que te las revele; desea ver su verdad, su misericordia, todo lo que es
Suyo, pero no sólo para verlo o contemplarlo o decirlo a los demás. Al con-
trario, es mejor callar lo que viste y que la gente lo vea en tu vida. Con eso no
estoy diciendo que no hables de lo que viste, porque la visión hay que enten-
derla, escribirla y comunicarla. Pero lo más importante es vivirla. Cuando
vivo la visión significa que la he asimilado, y soy parte de ella; que está en mí
y vivo para ella. Cuando hablamos de la visión es como si expusiéramos la
teoría de la visión, pero cuando la vivimos, mostramos su resultado. Nuestra
vida es el laboratorio de la visión, donde se combina su fórmula, se prueba su
combinación y se asimila, para luego poder ver el resultado. La gente tiene
que ver que no solamente vi la gloria, sino que ella me tocó a mí primero.
Pedro, Jacobo y Juan vieron la gloria de Jesús, pero no salieron glorificados
del monte de la transfiguración (Marcos 9:2). Mas, ya vendrá el día, dice Su
Palabra, cuando contemplaremos su gloria y seremos semejantes a Él, porque
le veremos tal como Él es (1 Juan 3:2).
Naturalmente, entiendo que a Pedro le sirvió mucho estar con el Maestro
en el monte santo, para poder ser testigo de estas cosas, como luego escribió:
“Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar
atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día escla-
rezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones” (2 Pedro 1:19). ¡Claro
que sirve tener la convicción de que vimos a Dios y que adoramos a un Dios
vivo, real! Pero lo más importante de Dios no es hablar de Él, sino vivirlo. Esa
es su intención al revelarse. Él no se revela para decir: «Mírame como soy; ven
que quiero mostrarte mi espalda; mira qué lindas mis faldas; mira qué bien
me veo, adórame». Por eso, hay ocasiones que nos cansamos de rogar: «Señor
revélate, Señor manifiéstate…», pero Él dice: «¡Cálmate! ¿Todavía no te has
dado cuenta que yo desde antes de los tiempos me he manifestado (Romanos
1:19) y lo que pasa es que no tienes el corazón para verme, y en esa condición

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212 la honr a del ministerio

no puedo mostrarme a ti? ¿Para qué me quieres ver? ¿Para escribir un libro
y hacerte famoso? ¿Para jactarte que me viste y que todos te admiren? ¿O es
que estás dispuesto a ver la gloria y ser transformado por ella? Dime, ¿quieres
ser como la gloria y luego callarte y que nadie lo sepa, porque lo que estés
buscando es que la gloria te cambie a su semejanza? Entonces sí te la doy, para
que contemples su hermosura, y tu vida sea de testimonio de la obra que he
hecho en el hombre desde el principio hasta el fin».
Tenemos que orar por toda la iglesia de Jesucristo, y el mover de Dios en
este tiempo, pues todo el mundo habla de la gloria, cantan de la gloria, adoran
para que caiga la gloria, pero sus corazones
están muy lejos del Dios de la gloria. Ellos
“La gloria da a llaman a Dios, como hacen los encantado-
conocer a Dios y res que tocan la flauta, para que salga la ser-
piente, y empiezan a proferir palabras, a
hace notorio Su hablar en lenguas para elevarse y tener una
propósito” experiencia extrasensorial y salir del mun-
danal ruido, del estrés y la tensión. Luego
dicen: « ¡Ay que elevado estoy, qué paz!»
Pero eso es carne y sangre, mejor que se vayan a los yogas para que reciban
algunas técnicas de relajación, pero si buscan a Dios, no vengan con sus
expectativas, sino con corazones anhelantes de ser transforma-
dos. Acércate al Señor cuando hayas entendido quién es Él y
desees ser como Él.
Créeme que digo esto y siento ese mismo anhelo en mi corazón, pues,
también la Palabra pasa por mí, mientras la transmito, y mi espíritu le
ruega: «Señor yo quiero eso, quisiera ser el primero en vivir esa gloria, pues
ahora entiendo el resultado de la gloria y el propósito de la gloria». Y te pre-
gunto: ¿todavía quieres la gloria? ¿Quieres ver la gloria o quieres la gloria de
la gloria? La gloria de la gloria es lo que produce la gloria, especialmente en
tu carácter. ¡Cuántos hay que se sientan en el banco de una iglesia por años,
y la gloria no les hace nada!, siguen siendo los mismos hombres, carnales,
porque sólo han pasado buenos momentos con Dios y nada más. Como la
mujer que pasa buenos tiempos con el amante que la lleva al hotel, le da
regalos, pero luego que la pasión es satisfecha, ella no lo vuelve a ver hasta
después de muchos meses. Con él, ella solo tiene buenos momentos, pero
no lo posee a él. Así hay quienes quieren tener buenos momentos con Dios,
pero no quieren a Dios; desean sus cosas, pero no lo desean a Él; se pasan
buscándolo, pero Él no se ve en ellos.

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el llamamiento es conforme 213
al propósito suyo

Algo notable es que cuando se entra a la gloria turbado, se sale en paz;


cuando se entra con un conflicto, se sale ministrado; cuando se entra con un
problema con un hermano, se sale reconciliado; con un deseo inmenso de
perdonarlo, de abrazarlo y de amarlo, porque la gloria produce en nosotros
amor. En ocasiones, entramos a su presencia afectados, con amarguras, y el
Señor sabe lo que estamos sintiendo, y comienza su gloria a ministrarnos, a
cambiar nuestras actitudes hacia los demás. Lo he vivido, cuando he entrado
obstinado, con una tremenda convicción, pero la gloria me hace ver que mi
argumento no vale nada, y salgo tragándome las palabras y diciendo: «no
hablo más; tuyo es el reino, el poder y la gloria por los siglos de los siglos; y
tuya también la sabiduría, amén».
Después de leer lo escrito, ¿todavía
deseas la gloria? El propósito de Dios no es “Los cuarenta
desanimarte, todo lo contrario, Él desea que
le apetezcas y le anheles de corazón. Por lo
años en el
cual, te pido que en este momento unas tu desierto le
alma con tu espíritu y le pidas a Dios, con enseñaron a
todas tus fuerzas, ser como Él. Entra ahora Moisés algo, pero
en la presencia del Señor y lava tu conciencia la revelación
con el agua limpia, para que fluya la fuente
que salta para vida eterna. Deja que te lim- de la gloria le
pie de toda mala motivación, para que tú no enseñó todo”
pidas la gloria como un modismo, sino por
un anhelo ardiente en tu corazón.
La gloria da a conocer a Dios y hace notorio Su propósito.
Cada vez que el Señor ha revelado su gloria es justamente para darnos su
esencia misma, por eso su gloria tiene mucha relación con el llamamiento. Es
notable que la mayoría de los hombres que recibieron el llamado al ministerio
tuvieran, simultáneamente, una visión de la gloria de Dios, como Moisés,
Samuel, Isaías, Saulo de Tarso, etc. A otros les fue revelado el propósito de
Dios a través de una revelación de la gloria celestial, por ejemplo a Josué
(Josué 5:13-15), a Manoa (Jueces 13:8-25), a Zacarías (Lucas 1:5-25), entre
otros. Luego, las Escrituras nos muestran cómo la experiencia con la gloria
divina transformó las vidas de esos hombres, los cuales nunca más volvieron
a ser los mismos. Pensemos en Moisés, quien tuvo que quitar el calzado de
sus pies (Éxodo 3:4-6), y en cómo este hecho cambió su camino. Desde aquel
día, Moisés no anduvo de acuerdo a lo que él era o según había aprendido
en Egipto, sino conforme a lo que recibió de Dios. En Peniel, por ejemplo, la

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214 la honr a del ministerio

gloria de Dios convirtió a Jacob en un cojo (Génesis 32:24-32), pero también


lo mudó en otro hombre. Su nombre fue cambiado de Jacob (usurpador) a
Israel (el que ha peleado con Dios y venció). El cambio de nombre representó
un cambio de carácter y de naturaleza. También la gloria transformó la boca
de Isaías de inmunda a proclamar la santidad de Jehová. De la misma mane-
ra, la gloria del Señor derritió las escamas de los ojos de Saulo, y mudó su
visión de farisaica a celestial (Hechos 9:18).
Por tanto, Así como la Palabra de Dios hace aquello para lo
cual fue enviada, de la misma manera la gloria afecta la vida de
los hombres llamados. Nota que Moi-
sés era autosuficiente, emprendedor (Éxodo
2:11-14) y se acercó a la visión celestial con
“La gloria no osadía, con curiosidad (Éxodo 3:1-3), pero
solo embellece el después de la visión, confesó que no era
rostro, sino que nadie (Éxodo 3:11), que no sabía hablar
transforma el (Éxodo 4:10) e incluso, pidió a Dios que
corazón” mandase al que debía, al que a sus ojos era
el capaz (Éxodo 4:13). ¿Qué sucedió con
Moisés? La gloria lo convirtió en el hombre
más manso de la tierra (Números 12:3).
Aquel que sin ningún temor ni miramiento dijo: “Iré yo ahora y veré esta gran-
de visión, por qué causa la zarza no se quema” (Éxodo 3:3), después que oyó la
voz de Dios que le advertía: “¡Moisés, Moisés! (...) No te acerques; quita tu cal-
zado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es” (Éxodo 3:4,5),
entonces con aprensión cubrió su rostro “… porque tuvo miedo de mirar a
Dios” (v. 6). La gloria cambió su actitud y su corazón.
Sin duda que Moisés fue mudado en otro hombre. Los cuarenta años
en el desierto le enseñaron a Moisés algo, pero la revelación de
la gloria le enseñó todo. Así aconteció con todos aquellos a quienes Dios
les reveló su gloria. Todo aquel que ore como Moisés: “Te ruego que me mues-
tres tu gloria” (Éxodo 33:18), debe antes pedir lo primero que pidió este siervo
de Dios. Él rogó: “Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me
muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos; y mira
que esta gente es pueblo tuyo” (v. 13). Cuando un hombre como Moisés está
enfocado en el Dios de la gloria y no en la gloria en sí misma, la refulgencia
de la misma le hace brillar el rostro, pero el último que lo nota es él (Éxodo
34:29). Mas, cuando se percata que su cara resplandece, entonces se pone
el velo de la humildad, para ocultar la gloria de los curiosos y admiradores

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el llamamiento es conforme 215
al propósito suyo

del hombre (Éxodo 34:33). Empero, cuando vuelve a la presencia de Dios,


se descubre el rostro, para continuar contemplando la gloria y seguir siendo
transformado por ella (Éxodo 34:34,35). La gloria no solo embellece
el rostro, sino que transforma el corazón (Éxodo 34:29-35; Salmos
104:15; 1 Corintios 3:18), pues la intención de Dios es revelarse Él mismo y,
a través de su gloria, realizar su voluntad en sus escogidos.

3.3  “Porque para Esto he Aparecido a Ti”


“Yo entonces dije: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús,
a quien tú persigues. Pero levántate, y ponte sobre tus pies; porque
para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las
cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti, librán-
dote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío…”
-Hechos 26:15-17

Una visión celestial es una aparición de Dios a una persona, a la cual le


revela algo específico, para que esta realice una misión especial dentro de su
propósito eterno. Cada vez que el Señor se reveló, tenía un propósito, porque
la Palabra dice que Dios todo lo hace de acuerdo al propósito de su voluntad
(Efesios 1:11). Connotamos entonces que, el Señor nunca revela nada para
satisfacer la curiosidad de nadie, pues siempre hay algo particular que Él quie-
re alcanzar.
En ocasiones, la persona no entiende cuando es llamada, como en el caso
de Samuel, que oía la voz de Dios que le llamaba, pero pensaba que era Elí,
pues no conocía aún a Jehová ni su Palabra le había sido revelada (1 Samuel
3:7). Pero cuando él corrió donde su padre espiritual por tercera vez, Elí se dio
cuenta de que Dios le quería hablar al muchacho, y le dijo: “Ve y acuéstate; y
si te llamare, dirás: Habla, Jehová, porque tu siervo oye” (v. 9). Después de eso,
Jehová volvió a llamar a Samuel y en una visión le dijo: “He aquí haré yo una
cosa en Israel, que a quien la oyere, le retiñirán ambos oídos. Aquel día yo cum-
pliré contra Elí todas las cosas que he dicho sobre su casa, desde el principio hasta
el fin. Y le mostraré que yo juzgaré su casa para siempre, por la iniquidad que él
sabe; porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado. Por tanto,
yo he jurado a la casa de Elí que la iniquidad de la casa de Elí no será expiada
jamás, ni con sacrificios ni con ofrendas” (1 Samuel 3:11-14). Luego vemos que
Dios restauró el sacerdocio, el altar, el templo y el culto a Dios en Israel, con-
forme a la visión que le había revelado a Samuel.

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216 la honr a del ministerio

Cuando Jehová se le apareció a Abraham le dijo: “Vete de tu tierra y de tu


parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una
nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Ben-
deciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas
en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:1-3), y luego que él obedeció se
le apareció de nuevo y le dijo: “A tu descendencia daré esta tierra” (v. 7). En otras
palabras, ¿para qué se le apareció Dios a este hombre? ¿Simplemente para que le
vea? No, sino para dejar ver un propósito, pues la visión tiene un fin.
La visión celestial con Abraham fue sacarlo de su tierra y de su parentela, y
llevarlo a un lugar donde tratar con él, para hacerlo grande como nación y en su
simiente (o sea, en Jesucristo) bendecir a todas las familias de la tierra. Abraham
vivió para eso, pues todo su peregrinaje y ministerio, el trato de Dios con él y “los
desiertos” que recorrió, al final eran para cumplir ese propósito. Luego, Abraham
pudo decir como Cristo: “Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo…”
(Juan 18:37) para dar testimonio de esa visión,
ese es mi propósito y razón de mi existir». Por
“Lo que te hace tanto, el Señor para cada persona tiene una
eficaz en la visión, para cada congregación, y para la igle-
sia también, de manera universal. Y el prime-
visión celestial,
ro que se adapta a esa visión es Dios, pues Él
no es lo que tú trabaja con esa visión, respeta esa visión y no
eres ni lo que se sale de esa visión, porque en ella está su san-
puedas hacer, ta voluntad, lo que quiere que ellos realicen en
sino el propósito Su reino y en su propósito general.
Dirijamos ahora nuestra mirada a
que Dios tenga Moisés, a la luz de esta enseñanza. Jehová
contigo” comenzó a tratar con este siervo desde antes
de nacer. Recordemos la historia: Primero,
le preservó la vida en el vientre de su madre,
a través de unas parteras que temieron a Dios y no mataron los niños de la
hebreas, como había ordenado el rey de Egipto (Éxodo 1:17). Segundo, fue
criado por su madre, y adoptado por la hija del Faraón, en el tiempo en que
los niños hebreos eran echados al río para que se ahogasen, por orden de
Faraón (Éxodo 2:1-10). Tercero, crecido ya, Moisés mató a un egipcio cuando
maltrataba a uno de sus hermanos hebreos, por lo que al ser descubierto tuvo
que huir y habitar en el desierto (Éxodo 2:11-15); y cuarto, estuvo apacentan-
do las ovejas de su suegro Jetro, hasta que Jehová se le apareció en visión en
una zarza ardiendo (Éxodo 3:3-4), y dio un nuevo curso a su vida.

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el llamamiento es conforme 217
al propósito suyo

Cuando Moisés vio la maleza ardiendo dijo: “Iré yo ahora y veré esta grande
visión, por qué causa la zarza no se quema” (Éxodo 3:3). Pero al ver Jehová su
intención le dijo: “¡Moisés, Moisés! (…) No te acerques; quita tu calzado de tus
pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es. Yo soy el Dios de tu padre, Dios
de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob” (Éxodo 3:4, 5,6). Moisés cubrió su
rostro, entendiendo que estaba frente a Dios, y Jehová continuó diciendo:

“Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he


oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angus-
tias, y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacar-
los de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye
leche y miel, a los lugares del cananeo, del heteo, del amorreo, del
ferezeo, del heveo y del jebuseo. El clamor, pues, de los hijos de
Israel ha venido delante de mí, y también he visto la opresión con
que los egipcios los oprimen. Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a
Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel.
(…) En verdad os he visitado, y he visto lo que se os hace en Egipto;
y he dicho: Yo os sacaré de la aflicción de Egipto a la tierra del
cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jebu-
seo, a una tierra que fluye leche y miel. Y oirán tu voz; e irás tú,
y los ancianos de Israel, al rey de Egipto, y le diréis: Jehová el Dios
de los hebreos nos ha encontrado; por tanto, nosotros iremos ahora
camino de tres días por el desierto, para que ofrezcamos sacrificios
a Jehová nuestro Dios. Mas, yo sé que el rey de Egipto no os dejará
ir sino por mano fuerte. Pero yo extenderé mi mano, y heriré a
Egipto con todas mis maravillas que haré en él, y entonces os dejará
ir. Y yo daré a este pueblo gracia en los ojos de los egipcios, para
que cuando salgáis, no vayáis con las manos vacías; sino que pedirá
cada mujer a su vecina y a su huéspeda alhajas de plata, alhajas
de oro, y vestidos, los cuales pondréis sobre vuestros hijos y vuestras
hijas; y despojaréis a Egipto”
(Éxodo 3:7-10, 16-22).

Esa fue la visión de Dios con Moisés, la cual, al principio, él rehusó y dijo:
“¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?
(...) He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres
me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué
les responderé? (…) He aquí que ellos no me creerán, ni oirán mi voz; porque

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dirán: No te ha aparecido Jehová” (Éxodo 3:11,13; 4:1). Pero Dios le insistió y


le dijo: “¿Qué es eso que tienes en tu mano? Y él respondió: Una vara” (Éxodo
4:2), entonces Jehová le mostró varias señales sobrenaturales con las cuales
podría convencer a Israel que él venía de parte de Dios. Mas, Moisés volvió y
le objetó diciendo: “¡Ay, Señor! nunca he sido hombre de fácil palabra, ni antes,
ni desde que tú hablas a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua”
(v. 10). No obstante, Jehová lo tranquilizó diciendo: “¿Quién dio la boca al
hombre? ¿o quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Jehová?
Ahora pues, ve, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar” (vv.
11-12). Sin embargo, Moisés se negó diciendo: “¡Ay, Señor! envía, te ruego,
por medio del que debes enviar” (v.13). En ese momento, Jehová se enojó y le
contestó: “¿No conozco yo a tu hermano Aarón, levita, y que él habla bien? Y he
aquí que él saldrá a recibirte, y al verte se alegrará en su corazón. Tú hablarás
a él, y pondrás en su boca las palabras, y yo estaré con tu boca y con la suya, y os
enseñaré lo que hayáis de hacer. Y él hablará por ti al pueblo; él te será a ti en
lugar de boca, y tú serás para él en lugar de Dios. Y tomarás en tu mano esta vara,
con la cual harás las señales” (vv. 14-17). ¡Qué infructuosa es la ineptitud de un
hombre y su negativa, frente a lo irreversible del propósito divino!
Todos los impedimentos que Moisés pudo mostrar a Dios para declinar a
llevar a cabo ese plan divino, fueron pocos e insignificantes ante la grandeza
de la soberanía de Dios. El hombre no podía, pero Jehová dijo: “YO SOY EL
QUE SOY” (Éxodo 3:14). Y así partió Moisés, con un sentir de incompeten-
cia, pero con la vara de Dios en la mano, a realizar la misión, para la cual
Dios le había llamado en Su reino (Éxodo 4:20). Por tanto, lo que te hace
eficaz en la visión celestial, no es lo que tú eres ni lo que puedas
hacer, sino el propósito que Dios tenga contigo.
En tiempos de los jueces, también una mujer tuvo una visión celestial, don-
de se le apareció el ángel de Jehová y le dijo: “He aquí que tú eres estéril, y nunca
has tenido hijos; pero concebirás y darás a luz un hijo. Ahora, pues, no bebas vino
ni sidra, ni comas cosa inmunda. Pues he aquí que concebirás y darás a luz un hijo;
y navaja no pasará sobre su cabeza, porque el niño será nazareo a Dios desde su
nacimiento, y él comenzará a salvar a Israel de mano de los filisteos” (Jueces 13:3-
5). La mujer quedó impresionada con esta visión y se la compartió a su marido
Manoa, quien entonces oró a Jehová, para que le explicase a él (como cabeza
de la familia) lo que ellos habían de hacer con el niño que había de nacer (v. 8).
Dios oyó su oración y se le apareció de nuevo a la mujer, y ella corrió a buscar
a su marido y éste vino y le preguntó al ángel: “¿Eres tú aquel varón que habló a
la mujer? Y él dijo: Yo soy. Entonces Manoa dijo: Cuando tus palabras se cumplan,

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al propósito suyo

¿cómo debe ser la manera de vivir del niño, y qué debemos hacer con él? Y el ángel
de Jehová respondió a Manoa: La mujer se guardará de todas las cosas que yo le dije.
No tomará nada que proceda de la vid; no beberá vino ni sidra, y no comerá cosa
inmunda; guardará todo lo que le mandé” (vv. 11-14). Pasado el tiempo, nació
Sansón para salvar a Israel de mano de sus enemigos, y para eso vivió. Toda la
vida de Sansón fue dedicada a cumplir la visión celestial, y cuando se desvió de
ella, Dios permaneció. Jehová nunca cambia su propósito. Nadie puede inven-
tar una visión, ni tampoco añadirle o quitarle, pues la visión es de Dios, y si Él
no se sale de su visión, el que la recibe no debe salirse tampoco.
Vemos que cuando el profeta Isaías tuvo la visión del trono de Dios y de
Su santidad, temblaba de miedo y pensaba que ya estaba muerto. Pero oyó
la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?” (Isaías
6:8). Y aún sobrecogido de temor, el profeta respondió: “Heme aquí, envíame
a mí” (v. 8). Isaías no sabía si estaba muerto o si vivía, pero una cosa sí sabía:
Dios no le estaba mostrando simplemente sus faldas ni a los seres celestiales,
tampoco conmovió los quiciales de las puertas y llenó toda aquella casa de
humo, para asustar a una criaturita con Su fuerza y Su grandeza. El profeta
entendió que Dios le mostró una manifestación de su gloria, porque necesita-
ba enviar a alguien a mostrar a Israel y a las naciones el designio de su volun-
tad. Por eso se apresuró a contestar, para que el Señor no mandase a otro, sino
a él, porque sólo aquel que pudo ver la visión de su majestad podía hablar de
acuerdo a lo que vio, y decir a viva voz: “Así ha dicho Jehová, Redentor tuyo, el
Santo de Israel” (Isaías 48:17).
Asimismo, cuando el ángel Gabriel se le apareció a María, le dijo: “¡Salve,
muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres” (Lucas 1:28),
ella se asombró de ese saludo, a tal punto que se turbó. Esta salutación llenó
de temor a María, porque ella sabía que el único ser digno de adoración y ala-
banza es Dios. Por eso, el ángel le dijo: “María, no temas, porque has hallado
gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y
llamarás su nombre JESÚS. Éste será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y
el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob
para siempre, y su reino no tendrá fin” (vv. 32-34). Luego, el ángel, le manifestó
como ocurriría todo eso (v. 35). No obstante, cuando el ángel le dijo a María
que era favorecida y bendita entre las mujeres no lo hizo para halagarla, ni
para subirla en un pedestal, como la reina de los cielos, como piensan los que
la adoran, sino para manifestarle que, como mujer, Dios la había escogido
como instrumento para engendrar al Santo Ser que sería llamado Hijo de
Dios (Mateo 1:21). ¡Qué privilegio!

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Veamos también lo que le sucedió al sacerdote Zacarías. Él entró al santua-


rio, para ofrecer el incienso delante de Dios, y se le apareció el ángel de Jehová y
le dijo: “Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te
dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan. Y tendrás gozo y alegría, y muchos se
regocijarán de su nacimiento; porque será grande delante de Dios. No beberá vino
ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre. Y hará
que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos. E irá delante
de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres
a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un
pueblo bien dispuesto” (Lucas 1:13-17). Zacarías al verle se turbó, y le sobrecogió
temor, no lo podía creer, por lo que le preguntó: “¿En qué conoceré esto? Porque
yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada” (v. 18). Zacarías entendió que aquel
varón venía de parte de Dios, porque le habló de una oración que quizás por
años o décadas él había puesto delante del Señor y que por el paso del tiempo
ya había olvidado, pero en vez de decirle: «heme aquí» empezó a presentarle
impedimentos. De hecho, ¿no eran él y su mujer ya viejos para procrear? ¿Acaso
no era ya tarde para revertir en el cuerpo de una mujer, avanzada en años, la
esterilidad? ¿Quiénes eran él y su casa, para que Jehová hiciera con ellos algo
semejante a lo que hizo con su siervo Abraham? Quizás esa visión celestial sólo
era un simple consuelo, pensaría.
La Biblia destaca la vida de esta pareja y dice que tanto Zacarías como
su mujer Elisabet eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en
todos los mandamientos y ordenanzas del Señor. Ellos habían llegado a vie-
jos sirviendo al Señor, pero con el peso de la maldición de no tener linaje
(Lucas 1:6-7). Por lo cual, ¿cómo creer después de tantos años? Zacarías había
perdido toda esperanza, por eso sus palabras, su cuestionamiento y su impe-
dimento. Pero el ángel le dijo: “Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y he
sido enviado a hablarte, y darte estas buenas nuevas. Y ahora quedarás mudo
y no podrás hablar, hasta el día en que esto se haga, por cuanto no creíste mis
palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo” (Lucas 1:19-20). Por el efecto de
la visión, Zacarías no podía salir del templo, y cuando pudo, salió mudo, no
podía hablar, sino que hablaba por señas, y al permanecer mudo, el pueblo
comprendió que había visto visión en el santuario (Lucas 1:21-22).
Es interesante ver que el hombre que se quedó mudo por incrédulo era
sacerdote, un ministro. Por lo que entiendo que hay ministros que están
mudos, que no tienen palabra de Jehová, porque son incrédulos y no le creen
a la visión celestial ni a Dios, entonces tienen que callarse la boca, pues no
tienen nada qué decir. El que no le cree a la visión se queda mudo. Ahora,

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el llamamiento es conforme 221
al propósito suyo

hay algo que me gustó de esta historia y es que nuestro Dios es un Dios de
restauración, y restauró a Zacarías. Vemos que el niño nació y estaba todo el
mundo contento, pasándolo de brazos en brazos, y alabando a Dios porque
tuvo misericordia del sacerdote y su mujer, y los honró dándoles un hijo. Y
llegado el octavo día, fueron a circuncidar al niño, al que le llamaban con
el nombre de su padre, Zacarías (Lucas 1:59), pero Elisabet que sabía de la
visión dijo: “No; se llamará Juan”, y ellos, extrañados le preguntaron: “¿Por
qué? No hay nadie en tu parentela que se llame con ese nombre” (Lucas 1:60-61).
Juan significa “Jehová es bueno”, y claro que para ellos fue buenísimo, pero
no era un nombre que poseía ninguno de sus parientes.
Luego, cuando le fueron a preguntar al padre cómo le quería llamar al
niño y expresara su voluntad aunque sea por señas, Zacarías pidió una tablilla
y escribió: “Juan es su nombre” (v. 63). Todos se maravillaron en que ambos
escogieran el mismo nombre, pero en ese mismo momento fue abierta la
boca de Zacarías y suelta su lengua, habló bendiciendo a Dios (v. 64). ¡Qué
momento! Zacarías tuvo que mostrar señales de su fe, para recobrar el habla.
En la familia de Zacarías no había nadie con ese nombre, pero en la visión sí.
Dios dijo que se llamaría Juan y los padres de ese niño querían seguir todo
de acuerdo a la visión celestial. No nos salgamos de la visión, porque solo en
ella Dios da la instrucción, la forma y también el resultado. Hoy se acostum-
bra a ponerle al ministerio el nombre del ministro “fundador”, por ejemplo:
“Ministerio fulano de tal”, “Perencejo Ministries”, pero Zacarías le puso el
nombre de acuerdo a la visión, y no como querían todos que se llamase, como
el padre. El nombre que el ministerio debe llevar es el nombre que Dios le dio
en la visión, y no el nombre que suene más bonito o el que se suele poner por
tradición. Cuando una visión es humana debe llevar el nombre del ministro
que la forjó en su mente, pero si es divina, debe denominarse con el nombre
de Dios y de su propósito.
El apóstol Pedro un día subió a la azotea a orar, y sintió hambre, y mien-
tras le preparaban qué comer, de momento le sobrevino un éxtasis, y vio el
cielo abierto, y que descendía algo parecido a un gran lienzo, una sábana que,
atada en las cuatro puntas, era bajada a la tierra y estaba llena de animales
terrestres, reptiles y aves del cielo (Hechos 10:11-12). Entonces, le vino una
voz que dijo: “Levántate, Pedro, mata y come” (v. 13), pero Pedro no obedeció,
sino que dijo: “Señor, no; porque ninguna cosa común o inmunda he comido
jamás” (v. 14). La voz volvió y le dijo: “Lo que Dios limpió, no lo llames tú
común” (v. 15) y lo repitió tres veces. Pedro se quedó maravillado de esa visión
y perplejo dentro de sí de su significado (v. 17), pensando quizás: « ¿Cómo

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que mate y coma? ¡Jamás he comido cosa inmunda! ¿No nos prohibió Él, por
boca de Moisés, que no tan solo que no la comiésemos, sino que ni siquiera
la tocásemos por ser algo inmundo, pues nos haríamos inmundos también?
(Levítico 11); y ahora me pide, no tan solo que lo toque, sino que ¡lo ingiera!
No, no, no… ¿será esa voz de Dios? No, no lo haré, no comeré…». Así estaba
de perplejo el apóstol, pero una cosa estaba clara: a Moisés, Jehová le dijo “no
comas ni siquiera toques”, pero a él le estaba diciendo “mata y come”.
En la nueva dispensación hay que olvidarse de Moisés y ver a Jesús sólo
(Marcos 9:8). Muchos no hemos entendido todavía que Jesucristo cumplió
el Antiguo Pacto y comenzó uno mejor. Y en este Nuevo Pacto no se llama
inmundo ni común a lo que ya Dios limpió. Sin embargo, todo eso parecía
demasiado para Pedro, quien, turbado, ya se había olvidado del hambre, pues
toda su mente estaba en la visión. Entonces, el Santo Espíritu le dijo: “He
aquí, tres hombres te buscan. Levántate, pues, y desciende y no dudes de ir con
ellos, porque yo los he enviado” (Hechos 10:19-20). Cuando Pedro bajó, ya lo
estaban esperando; por lo que los hospedó en su casa y al otro día se fue con
ellos a la casa de Cornelio, pero llevándose consigo a algunos hermanos como
testigos. Al llegar a la casa de Cornelio, éste al verle se postró y le adoró, pero
Pedro lo levantó diciéndole: “Levántate, pues yo mismo también soy hombre”
(v. 26) y en seguida dijo: “Vosotros sabéis cuán abominable es para un varón
judío juntarse o acercarse a un extranjero; pero a mí me ha mostrado Dios que
a ningún hombre llame común o inmundo; por lo cual, al ser llamado, vine sin
replicar. Así que pregunto: ¿Por qué causa me habéis hecho venir?” (vv. 28-29).
Pedro tenía prisa, pues pensaba que pecaba por estar haciendo algo que la ley
prohibía (Éxodo 34:15-16), pero por causa de la visión obedeció, aunque se
hizo acompañar incluso de testigos, y le urgía pasar rápido la prueba.
Cornelio, entonces, explicó enseguida a Pedro el asunto, diciendo: “…
hace cuatro días que a esta hora yo estaba en ayunas; y a la hora novena, mientras
oraba en mi casa, vi que se puso delante de mí un varón con vestido resplandecien-
te, y dijo: Cornelio, tu oración ha sido oída, y tus limosnas han sido recordadas
delante de Dios. Envía, pues, a Jope, y haz venir a Simón el que tiene por sobre-
nombre Pedro, el cual mora en casa de Simón, un curtidor, junto al mar; y cuan-
do llegue, él te hablará. Así que luego envié por ti; y tú has hecho bien en venir.
Ahora, pues, todos nosotros estamos aquí en la presencia de Dios, para oír todo
lo que Dios te ha mandado” (Hechos 10:30-33). Y cuando Pedro oyó aquello,
dijo, maravillado: “En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas,
sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (vv. 34-35). En

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al propósito suyo

ese instante, Pedro entendió la visión y vio que Dios tenía un pueblo entre los
gentiles y que todo aquel que le ama y le sirve, Él lo hace Suyo.
Por tanto, aunque para un varón judío era algo terrible entrar en la casa
de un pagano incircunciso, ya Pedro sabía -porque Dios se lo había mostrado
antes- que no debía llamar a ningún hombre común o inmundo. No obstan-
te, el Señor no le mostró a Pedro en la visión hombres, sino animales, ¿por qué
él entonces dijo “hombres”? Porque con la visión, el apóstol comprendió que
los judíos consideraban como animales inmundos a los que no eran judíos,
pero que Dios en Jesucristo cambió esa percepción. Ahora Él prohibía llamar
inmundos a los gentiles que fueron lavados por la sangre de Jesús, y predesti-
nados para tener herencia entre los santificados (Hechos 26:18).
Con todo, este incidente llegó a los oídos de los judíos de Judea, de cómo
los gentiles habían recibido la Palabra de Dios y que Pedro los había visitado e
incluso comido con ellos, por lo que el apóstol Pedro tuvo que acudir donde
ellos a darles explicación del asunto. Así que, inmediatamente llegó Pedro,
comenzaron a disputar con él los que eran de la circuncisión, diciéndole: “¿Por
qué has entrado en casa de hombres incircuncisos, y has comido con ellos?” (Hechos
11:3). Entonces, Pedro les relató cada detalle de lo sucedido, desde su visión en
la azotea, hasta cómo también sobre los gentiles se había derramado el don del
Espíritu Santo (Hechos 10:45). Pedro les dijo: “Y cuando comencé a hablar, cayó
el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. Entonces me
acordé de lo dicho por el Señor, cuando dijo:
Juan ciertamente bautizó en agua, mas voso-
tros seréis bautizados con el Espíritu Santo. Si “Hacer las cosas
Dios, pues, les concedió también el mismo don diferente a como
que a nosotros que hemos creído en el Señor
ha sido revelado
Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a
Dios?” (Hechos 11:15-17). ¡Ah! Pedro en la visión
entendió la visión, y transmitió el mismo es rebelarse
espíritu a aquellos hermanos que al escuchar contra ella”
esas cosas también callaron, y glorificaron a
Dios (v. 18).
Desde ese momento, vemos más adelante que la iglesia se reunió y deci-
dieron no ponerles cargas a los gentiles de guardar la ley, como Dios había
mostrado en la visión, solamente que se abstuvieran de lo sacrificado a los ído-
los, de sangre, de ahogado y de fornicación (Hechos 15:27-29; 21:25). La igle-
sia se guió por la visión celestial, y no hubo más problemas, porque ya Dios
había hablado y mostrado que las cosas se debían hacer como Él las mandó,

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224 la honr a del ministerio

pues ¿quiénes somos nosotros para estorbar la voluntad de Dios? Entendido


esto, veamos ahora lo que le ocurrió al apóstol Pablo, inicialmente conocido
como Saulo, el que asolaba la iglesia y entraba a las casas y sacaba a hombres y
a mujeres arrastrándolos, para entregarlos en las cárceles (Hechos 8:3). Todo
eso, Pablo lo hacía voluntariamente, pues respiraba amenazas y muerte contra
los discípulos del Señor, a tal punto que iba donde el sumo sacerdote a pedir
cartas para las sinagogas, con la finalidad de que si hallaba algunos hombres
o mujeres del Camino, tener la autorización ya lista, para traerlos presos a
Jerusalén (Hechos 9:1).
En ese plan andaba este hombre, cuando le rodeó un resplandor de luz
desde el cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo,
¿por qué me persigues?” (vv. 3-4). Entonces él preguntó: “¿Quién eres, Señor?”,
y él le contestó: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces con-
tra el aguijón” (v. 5). Pablo estaba atónito y temeroso - el encuentro le quitó la
fiereza- y temblando dijo: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?”, como un manso
corderito. En otras palabras, Pablo dijo: «Yo, que en cuanto a la ley pertenecí
a la más rigurosa secta de nuestra religión, viví fariseo, celoso, buscando oca-
sión; hacía mis propios planes para hacer cumplir la ley, pero ahora entiendo
que mientras más los persigo más se multiplican, y mis esfuerzos se desvane-
cen, porque Tú eres el que manda. Dime, Señor, ¿qué quieres que yo haga?».
Sí, había entendido, por eso el Señor le dijo: “Levántate y entra en la ciudad,
y se te dirá lo que debes hacer” (v. 9). Ahora Pablo debía seguir una instrucción
y obedecer a una autoridad, pues hacer las cosas diferente a como ha
sido revelado en la visión es rebelarse contra ella. Por eso Pablo,
cuando estuvo frente al sanedrín dijo: “Por lo cual, oh rey Agripa, no fui rebel-
de a la visión celestial” (Hechos 26:19).
Luego, todo lo que el Señor le dijo a Pablo en la visión se cumplió, no
tan solo porque Dios cumple su Palabra, sino porque este hombre también
obedeció. Pablo estaba ciego, pero se levantó, y aunque tuvo que ser llevado de
la mano, se fue a Damasco y allí esperó por la siguiente instrucción (Hechos
9:8-9). El apóstol no se quedó en el desierto, en el lugar de la visión, sino
que prosiguió adelante a cumplir la voluntad de Dios. Por tanto, lo primero
que debemos hacer cuando recibimos una visión de Dios es levantarnos y
seguir la instrucción, pasando por encima de cualquier impedimento. No
hagamos como Pedro en el monte de la transfiguración que dijo: “Maestro,
bueno es para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres enramadas…” (Lucas
9:33), porque el Señor está revelando algo para que hagamos, no para que nos
quedemos paralizados en la impresión. Digamos como dijo Jesús, luego de

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al propósito suyo

explicarles a sus discípulos la promesa del Espíritu Santo: “Levantaos, vamos


de aquí” (Juan 14:31), pues hay un trabajo que hacer.
También, Dios le dio instrucción al hombre que usaría como medio para
devolverle la vista a Saulo. El Señor le dijo a Ananías: “Levántate, y ve a la
calle que se llama Derecha, y busca en casa de Judas a uno llamado Saulo, de
Tarso; porque he aquí, él ora” (Hechos 9:11). Imagínate que Saulo se hubiese
quedado en el desierto o se hubiese marchado a su casa y no siguiera la direc-
ción divina. ¿Qué tal que en vez de ir a la casa en Damasco a humillarse en
ayuno y oración, se hubiese ido a ver si encontraba a un médico que le curase?
Posiblemente se hubiese quedado ciego. Ananías lo encontró porque Pablo fue
fiel a la visión y permaneció en aquella casa. Meditemos en eso.
Ahora repasemos, detalladamente, sobre la instrucción que Saulo recibió
de parte del Señor: “… levántate, y ponte sobre tus pies” (Hechos 26:16). Pablo
se paró, se sacudió el polvo con todo y ceguera, y obedeció. Luego el Señor le
reveló el propósito de esa manifestación divina, diciéndole: “porque para esto he
aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de
aquellas en que me apareceré a ti…” (Hechos 26: 16). No sé si a este punto he
logrado transmitirte el rhema de Dios, pero yo estoy impactado en mi espíritu,
porque estoy entendiendo que cuando Dios me revela algo, Dios me va a decir
el “para qué”, el propósito de su aparición. Ese encuentro con Dios no será en
mi vida algo fútil, vano, infructuoso, un momento para recordar en un día de
ociosidad, sino que tiene un fin, un resultado para la gloria de Su nombre.
Por tanto, la visión hay que creerla. Zacarías se quedó mudo por no creer
a la visión (Lucas 1:20), y así hay ministros que aunque la vean y la escuchen
no la creen, y luego no pueden hablar la Palabra, porque no tienen nada qué
decir de Dios, pues son incrédulos y rebeldes a Su consejo. Ora porque nunca
haya incredulidad en ti frente a una visión celestial, porque mientras haya esa
fe dada por Dios en nuestros corazones, nuestra boca no cesará de decir las
cosas que hemos visto y oído tocante al Verbo de vida. Así como estuvo el
pueblo esperando que saliera Zacarías (Lucas 1: 21), hay un pueblo que está
esperando a los ministros que están en el santuario que salgan, para a ver si
traen visión de adentro. Por tanto, los ministros deben estar como Zacarías,
adentro con Dios, para cuando salgan al pueblo lleven la visión celestial. Hay
un pueblo que espera para oír Palabra de Dios, y por eso los ministros tene-
mos que estar en el santuario, en la intimidad con el Señor, para que nos dé la
gracia de que siempre cuando salgamos lo hagamos con una visión. Y aunque
Zacarías salió mudo, y les hablaba por señas, ellos comprendieron que había
tenido una visión (v. 22). El pueblo verá y sabrá si tú tienes visión celestial.

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La Palabra dice: “Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firma-


mento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua
eternidad” (Daniel 12:3).
La gente está esperando, porque está cansado de religión, hastiada de
liturgias. Hay un pueblo que enciende el televisor, sintoniza una emisora de
radio, se conecta a la Internet, compra libros, ve videos, DVDs, oye CDs,
Mp3s, lo que sea y como sea, porque necesita “pastos”, quiere oír Palabra
pura, y beber el agua que brota de la peña, y no la que algunos tienen posada
en estanques. Me pregunto cuánto tiempo el pueblo de Israel estuvo espe-
rando. Ellos tenían años afuera del templo, orando, esperando que saliera el
sacerdote, y terminara la oración, la liturgia muerta, sin sentido, pura rutina
que abrumaba el alma y que no llenaba el corazón. Y se iban a sus casas con
las mismas cargas, las mismas dolencias. Pero, cuando Dios en su gracia tocó
a Zacarías y le dio una visión celestial, el pueblo recobró la vida.
La iglesia de Cristo está esperando también, por años, para ver hombres
de fuego, llenos del Espíritu Santo. La iglesia quiere ver hombres que ten-
gan visión de Dios. La iglesia ya está hastiada de palabreros y religiosos que
la tienen como Faraón, edificándoles “palacios y monumentos” y haciendo
“ladrillos con paja”, para construirse ciudades, de almacenaje. Cuántas igle-
sias están construyéndoles tumbas a sus líderes, que como faraones, buscan
inmortalizar sus cuerpos muertos, como lleno está el Museo del Cairo de
momias y esqueletos. Pero el Señor no dio su vida para que la iglesia constru-
ya ciudades de almacenaje, ni tampoco nos dio vida eterna para inmortalizar
el nombre de una institución, ni de ningún hombre. Dios le dijo a Moisés
que dijera al Faraón: “Deja ir a mi pueblo, para que me sirva” (Éxodo 8:1). La
iglesia no existe para construir monumentos para “faraón”, sino para levantar
altares para Jehová Dios de Israel.
El pueblo está afuera esperando y sabrá si nosotros, los ministros, tene-
mos visión de Dios. Yo no quiero que el pueblo se quede esperando por mí,
afuera, y tampoco el Señor así lo quiere. Él tiene hombres como Zacarías, que
le están ministrando en su santuario, y a quienes en estos últimos tiempos
les ha dado visión celestial. Y esos “Zacarías” deberán ministrar y testificar
de acuerdo a la visión. No hablarán de la mudez o cómo se sintieron con la
aparición, ni por qué a ellos se les reveló Dios, sino del propósito y del enten-
dimiento de la visión.
Si algo tengo claro en cuanto a la visión que Dios nos dio como ministerio
es que el Señor nos llama a servirle y a ser testigos de lo que hemos visto. Por
tanto, debemos ministrar de acuerdo a lo que recibimos de Dios y testificar

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al propósito suyo

según la visión. Yo no puedo salir hablando lo que yo quiero decir, ni lo que


se me antoje, ni lo que me gustaría decir, sino ser un ministro fiel a la visión y
al Señor que me la dio. Tenemos que dar gracias a Dios, porque Él se encarga
de que eso se cumpla, aunque nos obligue. Lo digo por mí, porque a veces me
gustan ciertos temas que sé que han sido de bendición para quienes los escu-
charon, pero no puedo predicarlos, pues termino diciendo lo que Dios me
envió a decir, hablando de lo mismo: de la visión. No hay otro tema, no hay
otro asunto, no hay otra cosa más importante que la visión. Entonces entien-
do que nosotros no estamos para entretener a la gente, somos mensajeros y
heraldos de un mensaje, de la visión que Dios nos dio.
¿Por qué Pablo hablaba tanto de la gracia? Porque Dios le había dicho que
lo había llamado para la defensa y confirmación del evangelio (Filipenses 1:7).
Nadie lo defendió como él, al punto que tuvo que romper la hipócrita ética reli-
giosa de algunos que fingían y simulaban una cosa, arrastrando a otros. Él tuvo
que decirle a Pedro públicamente: “Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no
como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?” (Gálatas 2:14). Pablo amaba
y respetaba a Pedro, pero cuando vio que no se conducía de acuerdo a la verdad
del evangelio, salió el hombre en defensa de la visión de la gracia. Nosotros
también sabemos lo que tenemos que defender, lo que Dios nos ha revelado, eso
es lo que vamos a defender. Aunque nos llamen “los hombres de un solo tema”
eso es lo que hablaremos y testificaremos públicamente.
Dios nos ha instruido sobre la visión, nos ha hecho entenderla, nos da su
unción, y nos usa en eso que nos reveló, por eso somos efectivos. Por lo cual,
te advierto que el día que vayas a predicar otra cosa que no sea la visión, no
serás eficaz, si no hablas de lo que Dios te reveló. Ah, pero cuando hables
de las cosas que has oído y visto del Verbo de Dios, entonces sí serás un ver-
dadero testigo, pues tienes el poder y la autoridad para ministrarlo. Dios te
respalda porque tú estás siendo fiel a lo que él te reveló, pues para eso se te
apareció, no lo olvides.
En ocasiones, es difícil andar apegado a la visión celestial, y decir la pala-
bra de acuerdo a lo que el Señor habló, pero hay que hacerlo. Veo cómo actuó
el profeta Natán frente a la inquietud que le manifestó David, de construir
casa a Jehová, porque no soportaba vivir en una casa de cedro mientras el arca
de Jehová estaba entre cortinas. Natán le respondió: “Haz todo lo que está en
tu corazón, porque Dios está contigo” (1 Crónicas 17:2). Entre el profeta y el rey
había una linda relación, pues Natán amaba a David porque sabía que era un
hombre de Dios, y el mismo Jehová daba testimonio de su agrado por él. Por
eso, el profeta, sin consultar, le dio el visto bueno, dando por sentado que el

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Señor estaría de acuerdo. Mas, esa noche Natán tuvo una visión y una palabra
de Jehová que contradecía todo lo que él ya le había dicho al rey. Mas Natán
no dijo: «Yo lo siento, pero no iré a darle esa palabra a David, pues contradice
todo lo que le dije, y hará que pierda su confianza», sino que se presentó y le
dijo: “Así ha dicho Jehová: Tú no me edificarás casa en que habite” (v. 4). Me
imagino como era el sentir de estos dos hombres de Dios, uno por haberse
equivocado y el otro por no poder realizar algo para su rey que le salía de su
corazón. Pero ambos entendieron, respetaron y obedecieron a la visión.
En todo tiempo es difícil dar una mala noticia al hombre que está en
autoridad, pero si esa es la visión, de acuerdo a ella es que debemos hablar. No
importa lo que sea, incluso una amonestación hay que decirla. Natán también
lo hizo cuando tuvo que enfrentar a David por el pecado que cometió contra
Urías heteo. Estoy seguro que él hubiese querido que fuera otro el que tuviera
que enfrentarlo, pero Jehová a quien le había dado la visión y por consiguiente
había enviado era a él. ¿Cómo corregir el pecado de un rey? Con sabiduría.
El profeta usó un incidente en el que ocurrió una gran injusticia, y cuando
David, apelado por su sentir justiciero, y lleno de furor le dijo a Natán: “Vive
Jehová, que el que tal hizo es digno de muerte” (2 Samuel 12:5), el profeta le
contestó: “Tú eres aquel hombre” (v. 7), y entonces le dio la palabra completa
que Dios le había enviado. La palabra fue dura, cortante, verdadera, defini-
tiva, pero Natán lo hizo, porque esa era la visión que Dios le dio. Hay cosas
de la visión que no son fáciles comunicarlas, pero debemos decirlas, porque
tenemos que ser fieles, y ¡ay de nosotros si no damos el mensaje completo!
Isaías escribió: “Visión dura me ha sido mostrada” (Isaías 21:2). El profeta
dijo que la visión era dura, severa, pero hay que decirlo todo conforme a la
visión. Tratemos de entenderla y hablar de acuerdo a ella. Por eso, cuando cual-
quier ministro de nuestra congregación es enviado a ministrar a otras iglesias,
su trabajo es implantar los principios de la vida del reino de Dios, porque esa
es nuestra visión. Si fuera predicar por predicar, hay un montón de cosas de la
que podemos hablar, pero Dios solo nos revela lo que él quiere, de acuerdo al
propósito que tiene cada día, como parte del desarrollo de la visión.
El apóstol Pablo nunca se salió de la visión celestial, al contrario, él pagó
el precio de estar encadenado y ser llevado como preso de un lugar a otro,
pero lo que le mandó a hacer el Señor eso hizo. El Señor le dijo: “ahora te
envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y
de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón
de pecados y herencia entre los santificados” (Hechos 26: 18). ¿Qué hizo Pablo?
Arremetió contra el espíritu religioso para abrirles los ojos a los judaizantes; y

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escribió la epístola a los gálatas y también una a los romanos, ¿por qué lo hizo?
Porque esa fue la revelación que Dios le dio, para que a los que tienen un velo,
y están apegados a la ley y al Antiguo Pacto, él les abra los ojos a través de la
revelación de la gracia. Satanás les había cegado el entendimiento (v. 18), pero
Dios ahora se los abría por la fe en el Hijo.
Finalmente, quiero compartirte una enseñanza que Dios me dio de la
visión, pues sé que todos hemos sufrido por eso. La misma está contenida en
los siguientes versículos: “Pero aconteció que yendo yo, al llegar cerca de Damas-
co, como a mediodía, de repente me rodeó mucha luz del cielo; y caí al suelo, y
oí una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (…) Y los que
estaban conmigo vieron a la verdad la luz, y se espantaron; pero no entendieron
la voz del que hablaba conmigo” (Hechos 22:6-7,9). Cuando la visión se mani-
fiesta, solo permanecen aquellos a quienes Dios se la da. Nota que Pablo dice
que cuando el resplandor le rodeó, cayó al suelo, y los que con él andaban,
también vieron la luz, pero no entendieron la voz. Eso me explica por qué
muchos salen con nosotros y permanecen junto a nosotros en la visión, por
un tiempo, pero luego se apartan, porque “vieron la luz”, sus espíritus fueron
impactados y cegados por el resplandor, a tal punto que se espantan, pero tris-
temente se marchan. Vieron, oyeron, pero no entendieron. Por tanto, el que
nosotros hayamos permanecido es pura gracia de Dios, porque vimos, oímos
y entendimos. Hay muchos que andan con nosotros cuando Dios nos revela
algo, pero no captan nada y eso nos frustra, no lo entendemos ¡cómo puede
ser! Pero no debemos sentirnos mal, posiblemente no era para ellos esa visión,
pues ¿sabes quién oyó al Señor? Aquel a quien Dios se la dio.
Alguien que no oiga la visión, aunque la vea, no puede seguirla, por eso es
que esa persona se rebela y sigue sus propios caminos. Ellos dicen: « ¿Qué es eso
de visión? Hay una sola visión y todo el mundo la tiene», no entienden y se van.
A lo mejor, Dios a ellos les dará otra visión, y no es que se van a perder, pues
todos estamos seguros y salvos en Jesucristo, pero no permanecerán en el minis-
terio nuestro. Eso es muy importante que lo aclaremos. Dios a cada uno le ha
dado una visión celestial individual dentro
del Cuerpo. El Señor le habla a la mano
como mano, al pie como pie, al ojo como “Alguien que
ojo, al oído como oído, etc., pero el Cuerpo no oiga la
en conjunto también tiene que obedecer a
visión, aunque
una voz que le habló. Hay una visión indivi-
dual dada a los profetas, otra a los evangelis- la vea, no puede
tas, otra a los apóstoles, etc., que conforma y seguirla”

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es de acuerdo a ese propósito general que Dios da a un ministerio en particular.


En cuanto a la visión que el Señor nos dio a nosotros, como iglesia local, por
ejemplo, aunque muchos vieron, no la recibieron, porque no la oyeron, y por
ende, no entendieron. Mas, a quienes Él llamó, a esos que la luz derribó a tierra,
a quienes el Señor les hizo ver y oír, no solo tienen la responsabilidad, sino el
compromiso de servir y testificar de lo que han visto y oído (Hechos 22:15).
Cuando Pilato le preguntó a Jesús: “¿Luego, eres tú rey?”, Él le contestó: “Tú
dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para
dar testimonio a la verdad” (Juan 18:37). El maestro estaba claro en cuanto a
la visión, al propósito que Dios tenía en la tierra con Él. Yo bendigo al Señor
por esto, pues esa revelación me ha consolado, cuando miro hacia un lado,
y veo el lugar vacío de hermanos preciosos que hoy no están con nosotros
por no haber entendido. Igualmente, cuántas veces yo con mi idealismo he
querido que todo el que escuche nuestra programación de radio y televisión o
nuestros mensajes en la congregación o los libros que hemos escrito, acepte o
entienda la visión, y no ocurre de esa manera. Nota que aquellos que iban con
Saulo, vieron el resplandor, vieron a Pablo humillado, hablando con el Señor,
vieron su ceguera e incluso lo ayudaron a llegar a Damasco, pero no siguieron
con él, se quedaron tan sólo en el espanto (Hechos 22:9).
Tampoco Pablo fue entendido por sus hermanos. Él tenía una visión dada
por el mismo Señor, pero algunos lo veían como un rebelde que se rebeló
contra el judaísmo y que quería sacar a los judíos de ser judíos, para volverlos
gentiles, alguien que quería cambiarles su visión. No entendían que él era el
hombre a través de quien Dios iba a dar a conocer el Nuevo Pacto, que iba
a dar a conocer el evangelio a los gentiles, al tiempo de bendecir también a
Israel que confiaba mucho en la Ley y en las letras del Antiguo Pacto. Era a
través del apóstol y sus epístolas que Dios iba a revelar aquellas cosas que Jesús
dijo, pero cómo él mismo escribió: “Os di a beber leche, y no vianda; porque
aún no erais capaces, ni sois capaces todavía…” (1 Corintios 3:2). Pablo fue
juzgado como un falso apóstol (1 Corintios 9:2); otros estaban con él, como
Demas, y luego lo abandonaron (2 Timoteo 4:10); en el caso de Himeneo y
Alejandro, no mostraron su fe ni mantuvieron buenas conciencias, por eso se
separaron (1 Timoteo 1:19-20). Y los otros, que anduvieron con Pablo, que
estaban inclusive en el mismo equipo, sin embargo, no entendían la visión y
le causaron muchos males (2 Timoteo 4:14).
Nosotros también, como iglesia, en este caminar con el Señor a través
de los años, hemos tenido muchas rebeliones. No creo que haya una iglesia
que no las haya tenido, aunque unas más que otras. Con todo, eso nos dolió

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y fuimos muy afectados al ver hermanos que -en nuestra forma de ver las
cosas- fueron llamados junto a nosotros, pero después se rebelaron, dándonos
cuenta que estaban contra la visión, y se fueron. Les pasó como a Caín que se
enojó contra Abel (Génesis 4:5), así éstos se enojaron contra los instrumentos
cuando ellos fracasaron, y no aceptaban que eso les ocurrió, porque siguieron
sus propias voces, no la voz de Dios. Mas, al final de cuentas, lo que quiero
destacar es que en el corazón de ellos lo que había era rebelión en cuanto a la
visión que Dios había dado a este pueblo.
¡Cuántos trataron de conducir a nuestra iglesia por otro camino! Muchos
llegaban de otros lugares con una maleta llena de planes, incluso yo mismo
tenía la mía; la visión que traje de la otra
iglesia, que ahora iba a perpetuar, pues ya
tenía la libertad de hacer las cosas, pensaba. “Cuando se
Por eso sufrí muchos chascos, y a veces me
comportaba como Balaam, que cuando el
entiende la
asna veía el ángel y retrocedía, golpeaba al visión, se toman
animal, porque no veía e insistía que la bes- las armas que
tia lo llevara por un camino que Jehová no el Señor ha
quería que él pasara (Números 22:27). Así proporcionado
duré como cinco años, en una amargura de
espíritu buscando una explicación, porque y se siguen las
yo sentía que había perdido algo, y anhela- instrucciones
ba aquellos tiempos donde Dios me usaba que Él ha dado”
de cierta manera, en la otra denominación
donde estaba, y quería que esa gracia siguie-
ra. No entendía que no era la misma visión, que allá era una visión y aquí era
otra. Por eso, cuando me decían a mí que no estaban de acuerdo con la visión,
yo les respondía: «Yo tampoco estoy de acuerdo, porque yo tengo una visión
y el Señor me la está desbaratando». Y ellos se espantaban y entendían mucho
menos. Y así duró Dios años tratando con mi vida para forjar la visión, y
ahora que pensaba que ya la tenía, me estaba diciendo que esa no era, porque
apenas empezaba…
Se enfrentan problemas y se sufre por seguir la visión. Vemos a Jesús en
su angustia, que clamaba a Dios diciendo: “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué
diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. Padre,
glorifica tu nombre” (Juan 12:27,28). Y dice Juan que vino una voz del cielo
que dijo: “Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez” (v.28), pero la multitud
que estaba allí, que incluso oyó la voz, decía que había sido un trueno y otros

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que era un ángel que le había hablado (v. 29). Nota que éstos sí oyeron, pero a
algunos les pareció como un trueno, y otros no reconocieron la voz del Padre,
¿por qué? Porque no entenderán la voz, aunque la escuchen, aquellos que no
han sido llamados. Pero Dios te ha dado a ti el entendimiento y también a
los que se añaden a la visión, de abrir sus corazones y seguirla; de buscar, en
los anales de la historia de la congregación, aquellos mensajes que muestran
la manera en que Dios ha guiado a su pueblo. Porque cuando se entiende
la visión, se toman las armas que el Señor ha proporcionado y se
siguen las instrucciones que Él ha dado.
Ahora, ¿cuál es la actitud que debe tener aquel que recibe una visión
celestial? Una actitud de acercamiento. Cuando Moisés vio la zarza ardien-
do, ¿qué dijo? “Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza
no se quema” (Éxodo 3:3). ¿Qué quiere Dios contigo, ministro? ¡Que te
acerques! Que tú veas -si es que estás convencido que es una gran visión de
Dios- no a cuatro paredes o el espacio X que ocupa la iglesia, sino que mires
a un Dios que está ardiendo en fuego y no se quema. En aquel tiempo era
una zarza que ardía y no se quemaba, y la visión de Moisés estaba puesta en
un árbol, pero ahora la visión no está puesta en un arbusto, sino en un Dios
sentado en el trono, y al Cordero. Y si Moisés se sintió maravillado, impac-
tado por la grande visión y se acercó, tú también debes acercarte. Acerca
tu corazón a la visión, porque donde está el tesoro está también el corazón
(Mateo 6:21). Mira la gran visión y, como Moisés, medita también sobre
por qué causa la “zarza” no se consume. Escucha los mensajes, para que
sepas qué Dios está ministrando, oye las profecías para que recibas lo que
Dios está revelando. ¡Acércate! El Señor no está diciendo una cosa ahora y
dentro de dos meses o un año va a decir otra, sino que nos conduce, según
el propósito, en una sola dirección.
Otra correcta actitud hacia la visión celestial es considerarla e intentar
entenderla, como hizo Daniel: “mientras yo Daniel consideraba la visión y pro-
curaba comprenderla…” (Daniel 8:15). El considerar una cosa es lo contrario
a ignorarla, a no prestarle atención, sino inquirir en ella, desear entenderla,
prestarle la atención debida, para discernir y conocer la sabiduría que hay en
ella. Daniel, a quien Dios le había dado tanto discernimiento, no dijo: «Oh,
sorprendente la forma como sacrifican en el cielo… ¡Tremendos cuernos los
de esos carneros!», sino que la tomó en serio, como diciendo: « ¿Qué es lo que
Dios me quiere mostrar con todo eso? ¿Cuál es su significado?». También
María tuvo una actitud correcta hacia la visión del Salvador del mundo. Dice
la Biblia que ella guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón

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el llamamiento es conforme 233
al propósito suyo

(Lucas 2:19,51). Ella no se vanagloriaba al ver reyes y sabios adorando a su


niño en un pesebre (vv. 17-18). Tampoco se burló en el templo de aquellos
doctores de la ley, que se sentaron a oír y a preguntarle a Jesús, siendo un niño,
maravillados de su inteligencia y de sus respuestas, sino que María lo mante-
nía y lo meditaba constantemente en su corazón (Lucas 2:46-51).
También Daniel procuró entenderla, y esa igualmente debe ser nuestra
actitud: « ¿Qué es lo que Dios me quiere decir?». Nota que al ver esa actitud
en él, entonces se oyó la voz del Señor diciendo: “Gabriel, enseña a éste la
visión” (Daniel 8:16), porque Gabriel era el ángel revelador de los mensajes de
Dios, como ahora para nosotros es el Espíritu Santo (Juan 16:13). Por tanto,
¿quiénes van a tener al Espíritu Santo al lado? Los que consideran la visión, los
que procuran entenderla. Así hará Dios contigo, cuando te vea inquiriendo
delante de Él el significado de lo que Él está mostrando. Fue tanto el deseo
de Daniel de entender la visión que hasta se enfermó, como tal escribió: “Y yo
Daniel quedé quebrantado, y estuve enfermo algunos días, y cuando convalecí,
atendí los negocios del rey; pero estaba espantado a causa de la visión, y no la
entendía” (Daniel 8:27). ¿Quién que tenga una revelación de la voluntad de
Dios se quedará igual y no se quebrantará o enfermará por entenderla?
No hay quien al tener una revelación no caiga en una crisis por no enten-
derla, o sienta una carga, o una aflicción por causa de la visión. Hay un peso
muy grande para ministrar esas cosas, para que no se malogre el plan de
Dios en tu vida, pues, como bien dijo el apóstol: “Y para estas cosas, ¿quién es
suficiente?” (2 Corintios 2:16). Daniel se enfermó porque no entendía. Posi-
blemente, muchos de nosotros al no entender el trato de Dios, por el propó-
sito, nos ponemos tan susceptibles, y nos quebrantamos y lloramos, a punto
de enfermarnos. Estamos perplejos, pero, como Dios nos ama, así como a
Daniel, dará la orden a nuestros sentidos espirituales de entender y como a
Pablo, caerán las escamas de nuestros ojos.
Me llama la atención que Daniel no solamente se enfermó, sino que con la
visión le sobrevino dolores, y se quedó sin fuerza (Daniel 10:16). Hay quienes
deseamos la visión sin dolores, pero la visión viene en un kit, en un equipo
completo, pues junto con la visión viene el padecimiento. La visión de Dios es
como una mujer en parto, que junto con el niño, también vienen dolores. Hay
quienes quieren parir sin dolor, pero la Biblia dice: “con dolor darás a luz los
hijos” (Génesis 3:16), por tanto, no hay quien se escape. Así también la visión
viene con dolores, y si queremos ver el muchachito -la visión-, y soñamos con
palparlo, hay que estar dispuesto a sufrir los dolores, a pujarlo y a parirlo.

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234 la honr a del ministerio

La visión también trae un conflicto grande. Daniel escribió: “En el año


tercero de Ciro rey de Persia fue revelada palabra a Daniel, llamado Beltsasar;
y la palabra era verdadera, y el conflicto grande; pero él comprendió la palabra,
y tuvo inteligencia en la visión” (Daniel 10:1). Todo lo que Dios muestra es
verdadero, por eso el conflicto es grande, muy grande. Hay quienes se sienten
honrados por la visión de Dios, se sienten privilegiados por esa gracia, pero
se asombran cuando tienen que vivir el conflicto de la visión, y muchos no
están dispuestos a sufrirlo. El conflicto viene porque hay que obedecer a Dios
y eso pone presión sobre nosotros. Son muchos los aprietos que trae la visión,
además de largas noches de insomnio, porque el sueño huye de nuestros ojos,
tratando de entender. También se crean crisis con los hermanos, porque casi
nunca entienden y nos juzgan y nos ven mal.
Una de las cosas que sufren las iglesias y los hombres de Dios, a quienes
Dios les da visión celestial, es el dolor de la amputación que tienen que sufrir.
Jesús, al ver que muchos de sus discípulos volvieron atrás, les dijo a los doce:
“¿Queréis acaso iros también vosotros?” (Juan 6:67). Los que se fueron y lo deja-
ron no eran de la visión, pero los que se quedaron, participaron de la visión.
Nuestra congregación también ha sufrido y sé que no hay iglesia que se haya
escapado de sufrir la amputación de muchos de sus miembros, que estuvie-
ron en el momento en que Dios da la visión, pero no la oyen ni la entienden.
Nosotros nos asombramos cuando vemos que se espantan y se van; y lo sufri-
mos, porque deseamos que ellos también participen, pero la Palabra es muy
clara, solamente van a entender aquellos que han sido llamados a la visión, los
demás no serán ni ministros ni testigos de la misma.
Dios quiere que entendamos eso, y yo soy el primero que debo entenderlo,
porque me aflijo cuando veo que los que están alrededor no entienden. Mi
espíritu se entristece porque considero que el deseo de todo hombre de Dios es
que todos entiendan la visión, que a todos les sea revelada, que todos participen,
pero no sucede así. Ese es el conflicto, ese es el gran dolor. Pero Daniel com-
prendió la visión de Dios y tuvo inteligencia acerca de ella, o sea, entendió el sig-
nificado plenamente. Jesús dijo: “La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque
ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la
angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo” (Juan 16:21). Es
decir, que mientras dura el parto hay dolor, hay conflicto (¿qué será, cómo será,
cuándo nacerá?), pero luego que ha dado a luz al bebé, la mujer ni se acuerda del
dolor, porque siente un gran gozo y toda su atención está en “el niño”, es decir,
que el propósito de Dios se cumpla en la tierra.

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el llamamiento es conforme 235
al propósito suyo

Personalmente, he notado que aquellos que como Daniel estén dispuestos


a sufrir los dolores por la visión, el quebranto por la visión, la debilidad por la
visión y se atrevan a meterse en el conflicto por la visión, tendrán compren-
sión y sabiduría acerca de ella. Es una conducta de Dios que cuando Él quiere
hacer algo grande en medio de su pueblo, trae quebrantamiento, como dijo el
proverbista: “antes de la honra es el abatimiento” (Proverbios 18:12). Cuando
Dios derrama su presencia, trae un tiempo de quebrantamiento, para preparar
a su pueblo para una gran bendición. Entonces viene su Palabra como fuego
y como martillo que quebranta la piedra (Jeremías 23:29), revelando aquellas
cosas que están de acuerdo con la visión y lo que hay que padecer por ella.
No obstante, hay quienes cuando les tocan sus “becerros de oro” reaccio-
nan contra el mensaje y no estiman el consejo, sino que lo aborrecen y se
rebelan contra él. Entonces se levantan con su trompeta, dando sonido incier-
to, y cuando Dios dice quebrantamiento,
ellos dicen gozo, para cambiarle el rumbo al
pueblo. Y dicen: «Qué tanto lloriqueo, “Una visión
vamos a gozarnos; Cristo ya venció», divor- celestial es una
ciados totalmente del sentir del Espíritu
Santo, y llevando al pueblo por un lado que aparición de Dios
no es el lado que el Señor está indicando. a una persona,
¿Por qué? Porque no oyeron ni entendieron para revelarle
la visión y no pueden fluir en ella, y en vez algo específico,
de humillarse delante de Dios y pedirle la
a fin de que
revelación, se levantan contra ella.
Entender las cosas del Señor es miseri- realice una
cordia de Dios. La Biblia dice que es el soplo misión especial,
del Omnipotente lo que hace que el hombre dentro de Su
entienda las cosas que son del Espíritu (Job propósito eterno”
32:8). Si tú eres creyente, y escuchas de la
visión, pero no la entiendes, lo que debes
hacer es hablarle al Señor y pedirle: «Revéla-
me la visión de este pueblo, porque yo no quiero simplemente leer una profecía
de un libro sellado; yo no quiero ser un profeta de esos que están dormidos,
porque Jehová ha derramado espíritu de sueño sobre ellos y cerró sus ojos y
puso un velo en sus cabezas (Isaías 29:10), y ¡no disciernen! No quiero estar
embriagado con el vino de la ignorancia, y no poder comprender la visión. ¡Yo
quiero ser parte de eso que estás haciendo y vas a hacer! Déjame ver la visión,
permíteme escuchar la voz». ¿Para qué andar, simplemente, espantado con el

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236 la honr a del ministerio

pueblo que tiene la visión, o acompañar a los hombres a quienes Dios se la


ha revelado, y no tener nada que ver con ellos? Como los hijos de Sarvia, que
andaban junto a David, pero no tenían su espíritu ni su corazón (2 Samuel
16:10; 19:22). Nadie puede entender si Dios no abre los ojos.
A la visión hay que acercarse, hay que entenderla, hay que considerarla,
hay que amarla, hay que desear más de ella, hay que entregársele con toda la
pasión y seguirla. Cuando te metes en la visión, te sometes a ella y la sufres,
como Daniel. Se fluye en la visión, cuando
la entiendes y puedes expresar su significa-
“Si la visión no do. He visto personas que tienen tremendos
vino de Dios, dones y predican muy lindos mensajes, pero
el resultado lo que están predicando no es lo que Dios
quiere que se predique, por eso no fluyen ni
tampoco se ve la gracia en ellos, pues es como si vio-
será de Él” lentaran el plan de Dios. Por eso, mis con-
siervos en el ministerio, y yo preferimos
pagar el precio de pasar el tiempo que fuese
necesario, buscando la voluntad de Dios en cuanto al mensaje, antes de pre-
dicar cualquier sermón. A veces estamos todo el día preparando nuestro cora-
zón y el Señor no nos da nada y todavía ya estamos en el servicio de adoración
y estamos inquiriendo: «Señor, por favor ¿qué es lo que tú quieres que yo pre-
dique?» Porque hemos entendido que si vamos a predicar debe ser lo que Dios
quiere decir, de otra manera no vamos a fluir. Puede ser que el mensaje sea
muy bueno, pero no vamos a exponerlo en el Espíritu. Lo he visto, cuando he
preparado un mensaje y digo: «Tremenda revelación. Esto va a impactar a la
iglesia», lo predico y sin embargo nadie reacciona. Luego, con un tema senci-
llo que Dios me lo ha dado prácticamente antes de ir al púlpito, noto lo
mucho que fueron bendecidos los hermanos. Por lo que aprendo que si Dios
quiere en ese momento hablar y tú le prestas tu boca, entonces Dios fluirá a
través de ti y su pueblo será edificado y bendecido.
El Señor dijo: “Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los
cielos” (Mateo 13:11), ¿a quiénes? A los que aman y celan la visión. A esos se les
van a abrir los tesoros de la sabiduría de Dios para ver el propósito. No tanto
la forma (cómo lo voy a decir ni cómo lo voy a ilustrar en la Biblia, pues eso
también viene en la bendición), sino que lo más importante es describir lo que
está en el corazón de Dios y transmitirlo. Entiendo que a veces no tenemos las
palabras para comunicarlo, solo la idea y el corazón que está lleno de su revela-
ción, pero Dios nos va a dar la dicha que cuando salga el mensaje, aunque sea

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el llamamiento es conforme 237
al propósito suyo

por señas, Él abrirá el oído y el entendimiento de su pueblo para que entiendan.


Por tanto, primeramente acércate a la visión, después considera la visión, incluso
ora y ayuna como Daniel (cuando procuraba entenderla), y disponte a sufrir los
dolores, la debilidad y el quebranto, por entender la visión. Luego, sométete a la
visión y déjate guiar por ella, así Dios va a ser glorificado, pues su plan se va a
cumplir y tú serás un instrumento efectivo en sus manos.
Finalmente, antes de terminar esta parte y este capítulo, considero nece-
sario hacer algunas aclaraciones, para que se entienda claramente este mensaje
y seamos verdaderamente edificados. Comencé este segmento definiendo lo
que era una visión de Dios y dije que una visión celestial es una apari-
ción de Dios a una persona, para revelarle algo específico, a fin
de que realice una misión especial, dentro de Su propósito eter-
no. Esta definición está basada en la experiencia de los hombres que Dios
llamó o se les apareció, según los relatos bíblicos que ya hemos visto.
Nota que la visión es una aparición de Dios, donde Él se revela, habla,
instruye, ordena, etc. Hoy se llama visión a los ideales ministeriales y a las
metas, proyectos y sueños del ministro de la iglesia o denominación. A la luz
de esta enseñanza bíblica, queda claro que estas no son visiones celestiales, sino
humanas, por consiguiente, cuando se logran se constituyen en las “plantas que
no plantó mi Padre”, como dijo el Señor (Mateo 15:13), visiones de sus propios
corazones (Jeremías 14:14). Dios no respalda las buenas ideas, sino sus ideas, y
sólo está comprometido con su propósito, no con sueños, proyectos ni delirios
de los hombres. No obstante, el hecho de que una idea o iniciativa nuestra se
realice con resultados admirables o asombrosos, no significa que era de Dios
o que Él la haya respaldado. La inteligencia e ingenio, junto a la disciplina del
hombre siempre han logrado grandes realizaciones. Pero, si la visión no vino
de Dios, el resultado tampoco será de Él. Las visiones humanas, al
final, han traído deshonra al nombre de Dios y confusión al pueblo. Alguien
dijo: «una visión, más otra visión, más otra visión es igual a una división». Esto
es cierto y así sucede cuando las visiones proceden del hombre.
Lo segundo que quiero aclarar es que la iglesia de Cristo en el mundo,
en cuanto al propósito general de Dios, solo tiene una visión. ¿Nos estamos
contradiciendo? No. Lo que estamos diciendo es que una cosa es el propósito
general de Dios con la iglesia, como cuerpo universal, y otra el propósito espe-
cífico o individual que Dios asigna a una congregación local, a un ministro o
ministerio. Lo voy a ilustrar con el siguiente ejemplo: El propósito general de
Dios es semejante a un proyecto grande de construcción, mediante el cual, Él
está haciendo un edificio o templo espiritual. Él es el perito arquitecto, pues

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238 la honr a del ministerio

creó el diseño y asigna a unos la estructura (apóstoles y profetas -1 Corintios


3:10- ), a otros la electricidad, a otros la plomería, a otros la carpintería, a
otros la pintura, a otros la decoración, etc. Todos trabajamos en ese propósito
general, cuando realizamos nuestras asignaciones o funciones específicas.
Esas asignaciones distintas o funciones diversas las podemos considerar
como “las visiones de Dios”, en cuanto a nuestras tareas particulares. Por
ejemplo, a Moisés le dio la visión de sacar a Israel de Egipto y pastorearlo por
el desierto. A Josué le asignó la visión de sacar a los cananeos de la tierra y
darle heredad a Israel en la tierra prometida.
A Jeremías le delegó el anunciar el castigo
del cautiverio; a Saulo ser el apóstol de los
“Todo aquel que gentiles, y a Pedro el de la circuncisión
(Gálatas 2:7-8), etc. En resumen, la suma de
ha sido llamado “todas las visiones” debe reflejar y constitu-
por Dios al ye el propósito general de Dios con su
ministerio pueblo.
cristiano, Nuestro fin, en lo que hemos
debe guiarse expuesto, es mostrarte que el lla-
mamiento siempre será de acuerdo al
estrictamente propósito de Dios. La visión celestial nos
por la ha servido como ilustración o ejemplo, para
instrucción de hacer entender este tópico. Cada vez que
Dios” Dios se apareció a alguien le dio una visión
celestial, pues tenía el propósito de que esa
persona entendiese y realizara algo específi-
co, de acuerdo al plan divino. Así, cada apa-
rición o visión de Dios, generalmente, viene acompañada de instrucciones, para
que la persona llamada realice la encomienda divina.
Todo aquel que ha sido llamado por Dios al ministerio cristiano, debe
guiarse estrictamente por la instrucción de Dios. Así como ninguno se lla-
mó a sí mismo al ministerio, tampoco nadie debe realizar su propia visión.
Dios, el que llama, es el único que nos puede decir: “… para esto he apareci-
do a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto” (Hechos
26:16).

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Capítulo IV

El LLAMAMIENTO ES CONFORME
A SU PROCEDENCIA

“Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celes-


tial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión,
Cristo Jesús”
–Hebreos 3:1

C
uando el Señor Jesús enseñó a sus discípulos a orar, les dijo: “Vosotros,
pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea
tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así
también en la tierra” (Mateo 6:9-10). Por tanto, todo aquel que ame y desee el
reino de Dios, debe amar y desear todo lo que pertenezca a ese reino. ¿Por qué
dice: “como en el cielo”? la respuesta es simple, el reino que estamos pidiendo
que venga a nosotros es el de los cielos. El Padre, a quien se le hace la petición,
es el Rey de ese reino que habita en el cielo; Su trono y Su morada están en
los cielos, por tanto, Su reino es celestial. Dios reina en conformidad a Su
manera de ser y pensar, por lo cual, tal como es el pensamiento de Dios, así es
Él (Isaías 55:8-9). De acuerdo a Su naturaleza así es Su reino, por ejemplo, Su
reino es santo porque Él es santo; Dios reina en justicia porque Él es el justo;
Su reino es eterno porque Él también lo es.

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240 la honr a del ministerio

Nuestro Señor Jesucristo, revelándoles el reino de Dios a sus discípulos,


usó muchas veces la metáfora: “El reino de Dios es semejante a…” (Mateo
13:24, 33,44-45,47). Esto nos enseña que el reino de los cielos tiene una natu-
raleza que lo caracteriza. El apóstol Pablo escribió: “…porque el reino de Dios
no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Romanos
14:17). También dijo: “Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en
poder” (1 Corintios 4:20). Los apóstoles enseñaron que lo que no es compati-
ble con el reino de los cielos ni es de acuerdo a su naturaleza, no tiene parte ni
herencia en él. La Palabra dice: “¿No sabéis
que los injustos no heredarán el reino de Dios?
No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, “En las
ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que
se echan con varones, ni los ladrones, ni los
enseñanzas
avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, bíblicas, el lugar
ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. de procedencia
(...) Pero esto digo, hermanos: que la carne y la de las cosas
sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni define la
la corrupción hereda la incorrupción.(...) Por-
que sabéis esto, que ningún fornicario, o naturaleza de
inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene las mismas”
herencia en el reino de Cristo y de Dios”
(1 Corintios 6:9-10; 15:50; Efesios 5:5).
La naturaleza del reino de los cielos repele todo lo que es contrario a ella,
por ejemplo, el pecado. La Biblia nos enseña que los creyentes en el Señor
Jesucristo hemos sido trasladados de la potestad de las tinieblas al reino de la
luz (Colosenses 1:13). El Maestro enseñó que es necesario nacer del Espíritu
para entrar en el reino de Dios (Juan 1:5). En el mismo contexto, en su diálo-
go con Nicodemo, al contestar a su pregunta“¿Cómo puede hacerse esto?” (Juan
3:9), Jesús le dijo: “Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si
os dijere las celestiales?” (v. 12). Y más adelante, aplicando la enseñanza dice:
“El que de arriba viene, es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas
terrenales habla; el que viene del cielo, es sobre todos” (Juan 3:31).
Es notorio que en las enseñanzas bíblicas, el lugar de procedencia
de las cosas define la naturaleza de las mismas. Las cosas de abajo son
terrenales, por tanto, su naturaleza es terrenal. De la misma manera, las cosas
de arriba son celestiales y su naturaleza es celestial. El apóstol Pablo escribió: “Y
el Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para su reino celestial” (2
Timoteo 4:18). El adjetivo “celestial” no sólo define la procedencia o el lugar

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el llamamiento es conforme 241
a su procedencia

geográfico de dicho reino, sino su naturaleza. La Biblia llama a Dios “Padre


Celestial” (Mateo 6:14, 26,32; 15:13; 18:35; Lucas 11:13); a Su reino celestial
(2 Timoteo 4:18); a las cosas de arriba, celestiales (Juan 3:12); a la imagen del
hombre resucitado, celestial; y al cuerpo que traeremos, celestial (1 Corintios
15:48,49). La Palabra también se refiere a nuestra habitación que será celestial (2
Corintios 5:2), y nos habla del don celestial (Hebreos 6:4), de la “patria celestial”
(Hebreos 11:14-16); de “Jerusalén, la celestial” (Hebreos 12:22); de “los ejércitos
celestiales” (Apocalipsis 19:14), y de la visión celestial (Hechos 26:19).
En el versículo con que presidimos este capítulo, el escritor de la epísto-
la dice: “Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial…”
(Hebreos 3:1). Nota que al llamamiento del cual participamos se le llama celes-
tial. ¿Por qué nuestro llamamiento es celestial? Busquemos respuesta a esta inte-
rrogante en el testimonio de Saulo de Tarso acerca de su llamamiento, en el cual
él mismo relata: “Ocupado en esto, iba yo a Damasco con poderes y en comisión
de los principales sacerdotes, cuando a mediodía, oh rey, yendo por el camino, vi
una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol, la cual me rodeó a mí y a
los que iban conmigo. Y habiendo caído todos nosotros en tierra, oí una voz que me
hablaba, y decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa
te es dar coces contra el aguijón. Yo entonces dije: ¿Quién eres, Señor?” (Hechos
26:12-15). El apóstol cuenta que la luz que le rodeó provenía del cielo y también
la voz que le habló (Hechos 26:13), y por esa razón, el apóstol llamó celestial a
aquella visión (v. 19). Mas, la visión no solo era celestial porque procedía del cie-
lo, sino porque poseía la naturaleza, el carácter y el propósito del reino celestial.
Notemos lo que dijo la voz del que hablaba desde el cielo:

“Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, y ponte sobre


tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por
ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en
que me apareceré a ti, librándote de tu pueblo, y de los gentiles,
a quienes ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se
conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a
Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados
y herencia entre los santificados”
(Hechos 26:15-18)

El mensaje que anuncia el llamamiento celestial convierte a los hombres


de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios. Cuando el após-
tol escribió a los gálatas acerca de la manera en que recibió el evangelio y el

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242 la honr a del ministerio

llamamiento divino les enfatizó: “Mas os hago saber, hermanos, que el evange-
lio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí
de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo. (…) Pero cuando agradó
a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia,
revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles, no consulté en
seguida con carne y sangre…” (Gálatas 1:12,15-16); fíjate en sus expresiones
aclaratorias destacadas en negritas. La frase “carne y sangre” en el lenguaje
del Nuevo Testamento no solo se refiere al hombre en sí, sino también a la
naturaleza adánica que reina en él, la cual es contraria al reino de Dios y a su
llamamiento.
Si el llamamiento que hemos recibido es celestial, entonces no es de hom-
bre ni por hombre, ni tampoco posee la naturaleza de la “carne y la sangre”.
Nuestro llamamiento es celestial porque
procede del cielo y se originó en Dios
“Cuando no (Hebreos 3:1; Gálatas 1:15), por lo que en su
andamos como contenido, carácter y propósito, necesaria-
es digno del mente, refleja la naturaleza del Padre celes-
tial y Su reino de gloria. El Señor espera que
llamamiento
los que somos participantes del llamamien-
celestial, to celestial andemos como es digno de él. El
nos hacemos apóstol inspirado por el Espíritu dijo: “Yo
indignos del pues, preso en el Señor, os ruego que andéis
mismo” como es digno de la vocación con que fuisteis
llamados, con toda humildad y mansedum-
bre, soportándoos con paciencia los unos a los
otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”
(Efesios 4:1-3). Nota que andar como es digno del llamamiento es lo mismo
que andar de acuerdo al carácter o naturaleza de Dios y a Su reino que es
humildad, mansedumbre, paciencia, amor y paz. En otra parte dice, enfati-
zando el mismo pensamiento: “Por lo cual asimismo oramos siempre por voso-
tros, para que nuestro Dios os tenga por dignos de su llamamiento, y cumpla todo
propósito de bondad y toda obra de fe con su poder” (2 Tesalonicenses 1:11). De
esta palabra inspirada, podemos deducir que el llamamiento de Dios nos lleva
a Su propósito de bondad y a Su obra de fe con Su poder. Si combinamos estas
dos porciones bíblicas, podemos concluir que cuando no andamos como es
digno del llamamiento celestial, nos hacemos indignos del mismo. Enten-
der esto es de suma importancia para los que somos participantes de ese hon-
roso llamado, por lo que te invito a que estudiemos el significado del

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el llamamiento es conforme 243
a su procedencia

llamamiento celestial y sus implicaciones en las secciones en que hemos divi-


dido este capítulo.

4.1  El Bautismo de Juan, ¿era del cielo, o de los hombres?


“Jesús, respondiendo, les dijo: Os haré yo también una pregunta;
respondedme, y os diré con qué autoridad hago estas cosas. El bau-
tismo de Juan, ¿era del cielo, o de los hombres? Respondedme”
-Marcos 11:29-30.

La porción bíblica que nos sirve de tema y que también titula este segmen-
to, nos habla de un incidente que ocurrió a nuestro Señor cuando al volver de
Jerusalén se le acercaron los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos
de Israel, y le preguntaron: “¿Con qué autoridad haces estas cosas, y quién te dio
autoridad para hacer estas cosas?” (Marcos 11:27-28). Nota quiénes le formu-
laron la pregunta al Señor: los líderes religiosos de aquel tiempo, aquellos que
habían sido puestos en autoridad. Sin embargo, es el espíritu de Satanás que
pone la pregunta en la boca de ellos, porque al diablo le gusta hacer preguntas
para sembrar duda e incredulidad, de la misma manera que él acosó a Jesús en
el desierto. Allí, varias veces le dijo con insinuaciones: “Si eres Hijo de Dios…”
(Lucas 4:3,9), ahora, con su acostumbrada astucia y doble intención, le dice:
“¿Con qué autoridad haces estas cosas, y quién te dio autoridad para hacer estas
cosas? (Marcos 11:28).
La Biblia dice que Jesús fue llevado al desierto para ser tentado por el dia-
blo (Mateo 4:1), así Dios nos pondrá en esa situación, para que veamos cómo
el diablo y sus demonios, a través de la boca de cualquier hombre contrario
a la verdad, pudiera venir directamente a cuestionarnos sobre nuestro llama-
miento. Mas, como el Señor, también nosotros tenemos que tener respuestas
para el diablo, respuestas para los enemigos, y respuestas para nosotros mis-
mos en nuestra conciencia, si queremos ser transparentes delante de Dios. No
obstante, para poder responder adecuadamente y callar la boca de esos espíri-
tus inmundos, tendríamos que estar seguros de nuestro llamamiento.
¿Cuál era la intención de estos hombres al formular dicha pregunta al
Señor? No es difícil saberlo, los evangelios muestran que ellos estaban envi-
diosos, por el ministerio de Jesús (Mateo 27:18). Les preocupaba sobremanera
que la multitud le siguiera y decían: «Este hombre no estudió en la escuela
de los rabinos, no pertenece al sanedrín, ninguno de nosotros lo ha apartado

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para que sea un rabí, pero anda enseñando, obrando y predicando, y le lla-
man “maestro”. Si nosotros somos las autoridades espirituales en esta nación,
¿cómo es que no le conocemos? ¿Con qué autoridad él hace estas cosas?».
Obviamente, los líderes de Israel, los principales sacerdotes y los fariseos se
sentían amenazados con el ministerio de Jesús, pues eran muchos sus mila-
gros y señales, y la multitud que le seguía, para negar el poder que se mani-
festaba en Él.
Mas, no hay autoridad que no venga de arriba, porque la autoridad la
da Dios, y esa autoridad la recibió Jesús. Él dijo: “Toda potestad me es dada
en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18). Por eso, cuando Poncio Pilato trató
de avergonzarlo, y quiso reaccionar frente al silencio de Jesús, pues estaba
confundido al ver su serenidad y templanza, quiso hacerlo hablar cuando él
quería callar, le dijo: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para
crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte?” (Juan 19:10). Jesús, que hasta
ese momento no había hablado -pues Él no hablaba si el cielo no se abría y
había instrucción de Dios- alzando la cabeza lo miró, y vio que debajo de esa
aparente firmeza y voz dura, en los ojos de este hombre se escondía un gran
temor, entonces le dijo de manera categórica: “Ninguna autoridad tendrías
contra mí, si no te fuese dada de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado,
mayor pecado tiene” (v. 11). Y si Pilato estaba temeroso por la situación, al oír
sus palabras se le acrecentó el miedo, y empezó a buscar todos los medios para
soltarle (v. 12).
De hecho, los líderes de Israel y los principales sacerdotes tenían cierta
potestad, pero solamente era la autoridad que da la posición. Es innegable que
la posición da una autoridad, y el primero que la respeta es Dios. Digamos
que ellos tenían la credencial eclesiástica, pero no tenían la autoridad divina.
Así en este tiempo, también, existen dos autoridades: la autoridad que da la
posición y la autoridad que da la unción; la autoridad que da la institución y
la autoridad que da el llamado de Dios.
Una vez, estudiando sobre la autoridad, me quedé perplejo y maravillado,
porque yo era uno de los que reprendía al diablo e insultándole le decía: «Mira
tú, diablo mentiroso, diablo sucio, vete al infierno», etc., pero ese día el Señor
me reprendió diciendo: «No vuelvas más a dirigirte a Satanás de esa manera»,
y me dije: «¿Será Dios que me está hablando?, ¿es mi mente o es Dios que está
abogando por el diablo?», pero el Señor me dijo: «Soy yo el que te hablo y te
digo una cosa: el diablo me blasfema, induce a los hombres a que me nieguen,
y pequen contra mí, y tiene sus métodos para hacerlo, pero yo soy Dios, el
Santo de los santos, y nunca he usado insultos. El insulto es un recurso del que

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está vencido, y yo no lo estoy, pues aun sobre el infierno tengo la autoridad».


También el Señor me dijo: «Nota que cuando hubo la pelea por el cuerpo de
Moisés, el arcángel Miguel no se atrevió a proferir maldición contra el diablo,
sino que solo lo reprendió (Judas 1:9). Mira como mi siervo Pedro y Judas se
refieren de los que no temen decir mal de las potestades superiores, los llaman
blasfemos, atrevidos y contumaces (2 Pedro 2:10; Judas 1:8)». Al escuchar
esto, yo temblé, porque vi que el maldecir no era una conducta del reino de los
cielos, entonces cambié mi lenguaje para seguir el método de Dios. El Señor
nos enseña a respetar toda autoridad, no importa si es ilegítima.
Todo aquel que basa su autoridad en una credencial o posición no tiene la
autoridad espiritual. De hecho, cuando un ministro se aferra a la autoridad
de la posición es porque ha perdido la de su llamamiento. Al darnos cuenta
que hemos perdido la autoridad divina, nos parapetamos en la posición, y
decimos: «Yo estoy aquí porque a mí me mandó Dios; yo soy el pastor, el líder
en este ministerio y hay que sujetarse a mí». Entonces, a todo el que viene
diciendo “en el nombre del Señor” lo cues-
tionamos y nos oponemos, porque nos sen-
timos con derecho para hacerlo. Mas, en el “Cuando un
fondo lo que nos mueve actuar de esta ministro se
manera es el miedo de saber que no tene-
mos la autoridad espiritual que nos había
aferra a la
dado Dios, sino la de los hombres. Es por autoridad de
eso que nos preocupa todo movimiento la posición
espiritual, todo lo que nos pueda sustituir, y es porque ha
nos metemos en competencias, asumiendo perdido la
actitudes y neutralizando el ministerio de
los otros, porque lo vemos como una ame- autoridad de su
naza para el nuestro. Mas, el que sabe quién llamamiento”
es en Dios, y tiene la seguridad de la autori-
dad recibida, no obra de esa manera.
Hoy en día la iglesia está viviendo lo mismo. El “sanedrín” que tiene la
posición eclesiástica se siente amenazado cuando ve a Dios que levanta sus
profetas, a sus ungidos, que no están necesariamente sometidos a una orga-
nización, y que no ministran por la posición, sino por la autoridad que Él
les dio. Entonces, se preguntan lo mismo: « ¿Y este de dónde salió? ¿En qué
seminario estudió? ¿A qué concilio pertenece? ¿bajo qué cobertura está minis-
trando? ¿Cuál es su posición? ¿Con qué autoridad hace estas cosas y quién
se la dio?», de la misma manera que para los líderes de Israel, Jesús no estaba

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autorizado a predicar, porque no estaba bajo la cobertura de su autoridad. Esa


fue la razón por la que Jesús no les contestó sus preguntas, pues vio en ellos
una solapada intención, y por eso les dijo: “Os haré yo también una pregunta;
respondedme, y os diré con qué autoridad hago estas cosas. El bautismo de Juan,
¿era del cielo, o de los hombres? Respondedme” (Marcos 11:29-30).
La Biblia describe a Jesús como alguien que tenía autoridad divina. Los
evangelios registran que Jesús: “… les enseñaba como quien tiene autoridad,
y no como los escribas. (...) Y todos se asombraron, de tal manera que discutían
entre sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta, que con autoridad
manda aun a los espíritus inmundos, y le obedecen? Y se admiraban de su doc-
trina, porque su palabra era con autoridad” (Mateo 7:29; Marcos 1:27; Lucas
4:32). Él hablaba con autoridad y no como los escribas y fariseos que se basa-
ban en interpretaciones nada más, y no en la Palabra ungida de Dios. Jesús
hablaba aplicando la Palabra de Dios, por eso nadie podía resistirle.
De hecho, los evangelios registran que incluso, aquellos alguaciles que fue-
ron enviados a aprehender a Jesús dijeron a los principales sacerdotes, que le
reclamaron el no haberlo traído preso: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como
este hombre!” (Juan 7:46), porque nunca ningún hombre había hablado como
Él. La autoridad de su vida sometida al Padre, se manifestaba en sus palabras,
pero, ¿qué hablaba Jesús? El maestro hablaba la Palabra de Dios y no tradiciones
humanas. Él aplicaba la cátedra de Moisés, en cambio los escribas y los fariseos
“se sentaban” en ella, es decir, solamente la citaban, pero no la creían, no era
parte de sus vidas (Mateo 23:2). Jesús sabía quién él era y lo decía constante-
mente, porque era algo que todos debíamos saber. El Señor dijo:

“Yo soy el pan de vida;(...) Yo soy el pan que descendió del cielo
(...) Yo soy la luz del mundo; (...) Yo soy el que doy testimonio
de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí.
(...) Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este
mundo, yo no soy de este mundo. (...) si no creéis que yo soy, en
vuestros pecados moriréis. (...) Cuando hayáis levantado al Hijo
del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por
mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo. (...) De
cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy. (...) De
cierto, de cierto os digo: Yo soy la puerta de las ovejas. (...) Yo soy
la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y
hallará pastos. (...) Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida
da por las ovejas. (...) Yo soy la resurrección y la vida; el que cree

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en mí, aunque esté muerto, vivirá. (...) Yo soy el camino, y la


verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. (...) Creed-
me que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera,
creedme por las mismas obras. (...) Yo soy la vid verdadera, y mi
Padre es el labrador. (...) el mundo los aborreció, porque no son
del mundo, como tampoco yo soy del mundo”
(Juan 6:35,41; 8:12,18,23,24,28,58;10:7,9,11; 11:25;14:6,11;15:1;17:1).

Todo lo que Jesús era lo basaba en el Padre. Inclusive, él dijo refiriéndose


a Juan el Bautista: “Él era antorcha que ardía y alumbraba; y vosotros quisisteis
regocijaros por un tiempo en su luz. Mas yo tengo mayor testimonio que el de Juan;
porque las obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que yo
hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado. También el Padre que
me envió ha dado testimonio de mí. Nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su
aspecto, ni tenéis su palabra morando en vosotros; porque a quien él envió, vosotros
no creéis. Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis
la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí
para que tengáis vida. Gloria de los hombres no recibo” (Juan 5:35-41). Aunque el
Señor daba testimonio de Juan como profeta, no era tanto el testimonio de Juan
lo que podía determinar si Jesús era quién era, sino Dios.
Por tanto, Jesús no basaba su autoridad por las palabras de Juan, sino por
las palabras de su Padre que está en los cielos, porque estaba consciente de
que el testimonio de Dios es mayor que el de un hombre. Su mayor testimo-
nio era la voz celestial que varias veces se oyó desde el cielo, decir: “Éste es mi
Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17; 17:5;). Nota que Jesús
basó su autoridad en tres cosas. 1. Que Dios lo envió; 2. Obediencia absoluta
al Padre; y 3. El cumplimiento de las Escrituras. Él no basó su autoridad en
testimonio de hombres, aunque los hombres dieron testimonio de él. La ley,
los Salmos, los profetas hablaron de Él. Juan fue el último de los profetas y
no solamente habló, sino que señalándolo, dijo: “He aquí el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Sin embargo, para Jesús su mayor
testimonio en la tierra fue el de Dios. No es suficiente que los hombres den
testimonio de nosotros, aunque es bueno que lo hagan, pero no nos aferremos
a la autoridad de la posición, sino a la autoridad del llamado de Dios.
Todo el pueblo sabía que Juan el Bautista era profeta de Dios (Lucas 20:6).
Los profetas Isaías y Malaquías hablaron de Juan, diciendo: “Voz que clama en
el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro
Dios” (…) He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de

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mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel


del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos.
(…); “La voz de Jehová clama a la ciudad” (Isaías 40:3; Malaquías 3:1). Ellos
hablaron de él como mensajero que anunciaría al que había de venir a salvar al
mundo. Por tanto, para los judíos, Juan tenía autoridad divina, y sin embargo,
no lo escucharon cuando dio testimonio de que Jesús era el Cristo.
El mismo Jesús dijo: “Mas yo tengo mayor testimonio que el de Juan (…) las
obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que yo hago, dan
testimonio de mí, que el Padre me ha enviado”
(Juan 5:36). Los fariseos aparentemente bus-
“Nadie tiene caban respuesta acerca de la autoridad de
autoridad si Jesús, pero en realidad lo que querían era
Dios no lo llama, negar que Él venía de Dios; y el Señor, cono-
ciendo su verdadera intención, los llevó a
tampoco tiene
mirar el ministerio de Juan, el cual tenía
honra si de Dios mucha similitud con el de Él, ya que: a) El
no la recibe” anuncio del nacimiento de Juan vino por
una visión celestial, el de Jesús también
(Lucas 1:13; 30-33); b) Los dos nacieron por
un milagro de Dios, Juan del vientre de una mujer estéril y un hombre mayor,
y Jesús de una virgen, por obra y gracia del Espíritu Santo (Lucas 1:13, 35); y c)
Las Escrituras daban testimonio de ambos nacimientos (Isaías 40:3, 9:6). Sin
embargo, Jesús tenía algo más que Juan no tenía, y era que sus obras eran pode-
rosas, hacía grandes señales y bautizaba con el Espíritu Santo. A parte de que el
mismo Dios, con voz audible, lo declaró su Hijo. Por tanto, si los fariseos res-
pondían Su pregunta, darían respuesta también a las suyas.
Mas, ¿quién envió a Juan? Dios. El apóstol Juan escribió: “Hubo un hom-
bre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan” (Juan 1:6). Esa expresión a mí me
sacude internamente, pues hemos creído, y si mi vida está escrita en el libro de la
vida yo quiero que se diga: «Juan Radhamés Fernández fue un hombre enviado
por Dios…». No quiero que se escriba de mí como un hombre que se auto lla-
mó, ni que emprendió el ministerio por su propia iniciativa, sino uno que obró,
porque tuvo el llamamiento santo de Dios. Recuerda que nadie tiene autoridad
si Dios no lo llama, tampoco tiene honra si de Dios no la recibe.
Antes de que Juan conociera a Jesús y diera testimonio de Él, dijo: “… yo no
le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: “Sobre quien
veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el
Espíritu Santo. Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (Juan

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1:33-34). Nota que en su expresión, Juan no dijo: «El que me envió a predicar»,
sino que dijo: “el que me envió a bautizar con agua” y la pregunta que hizo Jesús
fue: “El bautismo de Juan, ¿era del cielo, o era de los hombres?”. Sabemos que Juan
fue un hombre llamado de Dios, y su primera experiencia con el Espíritu Santo
empezó desde el vientre de su madre. Antes de que Juan naciera, el ángel de
Jehová se le apareció a su padre Zacarías y le anunció su nacimiento y el minis-
terio al cual había sido llamado (Lucas 1:13). Por eso, desde antes, su embrión
fue lleno del Espíritu y su ministerio fue tan poderoso que la Palabra registra
que todos lo tenían como un verdadero profeta de Dios.
Mas, Juan bautizaba porque Dios le dijo que lo hiciese y daba testimonio
de Jesús, porque también el Padre le dio testimonio de quien era su Hijo,
aunque los principales sacerdotales, sobre esto último no le reconocían a Juan
dicha autoridad profética, ya que de otra manera tendría que aceptar a Jesús
como Hijo de Dios (Marcos 11:32). Y yo me pregunto, ¿será posible que el
pueblo tenga más visión que sus líderes? ¿No será que los líderes tienen con-
flictos de intereses y por eso es que no les conviene aceptar a quienes tienen el
llamamiento divino? ¿No será que el apego y el temor de perder la posición es
lo que les impide ver a los que son llamados por Dios?
El pueblo que no tenía intereses ni
posiciones veía a Juan como un profeta,
de manera que a su llamado los hombres “Ninguno puede
se arrepentían. Él vino a unir el corazón decir que está
del pueblo con el de Dios y mediante su
haciendo algo
anuncio poderoso y profético hablaba de la
venida del Señor, y decía: “El tiempo se ha para Dios si Él no
cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; lo envió”
arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos
1:15). Entonces, lo torcido fue enderezado,
lo alto fue allanado, lo que estaba bajo se levantó, se hizo camino para el Rey
Jesucristo, nuestro Salvador. Los líderes no le reconocieron, pero sus obras
dieron testimonio de que Juan sí procedía de Dios.
El apóstol Pablo dijo: “Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el
vientre de mi madre, y me llamó por su gracia” (Gálatas 1:15), ¡bendito sea el
ministro de Dios que se aferra a la autoridad espiritual y tiene convicción de su
llamado! Tú también debes hacerlo, para que puedas decir con autoridad: «A
mí me llamó Dios», como dijo Juan: “… el que me envió a (…) aquél me dijo…”
(Juan 1:34), y como él, dar razones por lo que haces. Tu autoridad es la que Dios
te dio el día que te llamó al ministerio, adminístrala en santidad de la verdad,
haciendo buen uso de ella, como aquellos que han de dar cuenta (Hebreos 4:13).

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Existen dos cosas que deben ser fundamentales en la convicción y defensa


de nuestra autoridad ministerial: Primero es la seguridad de que hemos sido
llamados por Dios; y segundo, el propósito para el cual nos llamó. Cuando
Jesús cuestionó a esos hombres, les confrontó dos veces diciéndoles: “respon-
dedme”, así nosotros también vamos a tener que responderle, no al diablo,
sino al Señor acerca de si nuestro ministerio es del cielo, o es de los hombres.
Recuerda que Jesús dijo: “ las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí,
que el Padre me ha enviado” (Juan 5:36), y que el bautismo de Juan era del
cielo, porque Dios lo envió.
Detente por un momento, piensa en tu ministerio y luego responde, ¿con
qué autoridad tú haces lo que estás haciendo? Tu ministerio, ¿nació del ideal
materno de tener un hijo pastor o por la predestinación de Dios? Es posible que
tu madre te haya inculcado esas ideas, hasta que tú mismo consideraste que era
una buena posición, y te fuiste al seminario, y te formaste, pero a ti, realmen-
te, ¿quién te llamó, tu madre o Dios? O puede que tu caso sea que no diste el
grado para una carrera universitaria tradicional, y consideraste que era más fácil
estudiar teología que estudiar otra cosa, por lo cual, tu ministerio, ¿viene de los
hombres o viene de Dios? Si el cielo no te mandó a hacer lo que haces, entonces
ni tu ministerio ni tus obras son hechas en Dios. Puede que tus obras no sean
malas, pero no tienen el respaldo ni la autoridad del cielo. Si mis obras son
hechas en Dios, entonces son del cielo, pero si son iniciativas mías o de alguien
más, entonces son de los hombres, no de Dios. En otras palabras, ninguno
puede decir que está haciendo algo para Dios si Él no lo envió.
Observa que Juan vino por estas dos cosas: Primero, a preparar el camino
del Señor; y segundo, a bautizar con agua, y no hizo otra cosa, fuera de esas,
porque a eso fue que lo envió Dios. Incluso, cuando vinieron sus discípulos,
con celo, a quejarse diciendo: “Rabí, mira que el que estaba contigo al otro lado
del Jordán, de quien tú diste testimonio, bautiza, y todos vienen a él” (Juan
3:26), él les dijo: “Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo,
sino que soy enviado delante de él. El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo
del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así
pues, este mi gozo está cumplido. Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe”
(vv. 28-30). Y me pregunto, ¿podrías tú decir lo mismo? ¿Conoces tú la obra
que en el ministerio, específicamente, Dios te mandó a hacer?
El sacerdote Zacarías, padre de Juan, tuvo la visión del ángel en el templo,
quien le dijo: “… tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre
Juan. Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su nacimiento; porque
será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu

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Santo, aun desde el vientre de su madre. Y hará que muchos de los hijos de Israel
se conviertan al Señor Dios de ellos. E irá delante de él con el espíritu y el poder de
Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la
prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lucas
1:13-17). Esa era la misión de Juan, y el niño fue criado en la manera que les
dijo el ángel en aquella visión, y estuvo en lugares desiertos hasta el día de su
manifestación a Israel (v. 80). Dios es específico, y esa claridad en sus propó-
sitos nos da la seguridad y autoridad espiritual para hacer lo que nos mandó.
Jesús dijo: “… el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto
que sus obras son hechas en Dios” (Juan 3:21), y aunque en el contexto de este
verso, aparentemente, él no está hablando del llamamiento, pero sí especifica
algo importante para nosotros, y es que las
obras hay que hacerlas en Dios. Ahora, ¿quié-
nes pueden hacer obras en Dios? Únicamen- “¿Por qué hemos
te aquellos que Él llamó y envió. Si alguien le de oír la voz
hubiera dicho a Juan: «A ti, ¿quién te envió a de los hombres,
predicar?», sin titubeos, él hubiese respondi-
do: «Dios» (Juan 1:6-7). Antes de que Juan
cuando la voz de
conociera a Jesús y diera testimonio personal Dios está audible
de Él, el que lo envió le había dicho: “Sobre para la iglesia?”
quien veas descender el Espíritu y que perma-
nece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíri-
tu Santo” (Juan 1:33-34). Es decir, que Juan bautizaba porque Dios le dijo que
lo hiciese, y daba testimonio de Jesús, porque también Él le dio testimonio de
quién era. Por lo cual, si en la iglesia el ministerio carece de poder y de autoridad
es porque estamos haciendo las obras de los hombres, y no las de Dios; si es lo
contrario, digo como dijo Jesús: «respondedme».
Esa pregunta que hizo Jesús a los fariseos juzga toda obra ministerial que
nosotros realizamos, porque define si son del cielo o si son de los hombres. Por
tanto, responde, no a mí, sino al Señor: Ese proyecto que tú estás haciendo
¿es del cielo o de los hombres? Responde. ¿El ministerio que tienes, ¿es del
cielo o es de los hombres? Responde. Vender cosas en la iglesia, para recaudar
fondos y hacer proyectos ¿de dónde viene? ¿Del cielo o de los hombres? Res-
ponde. Realizar viajes para recaudar fondos para la iglesia ¿viene del cielo o de
los hombres? Responde. La música con la cual alabamos a Dios ¿es del cielo
o de los hombres? responde. El método que usamos en la iglesia, para hacer
evangelismo ¿viene del cielo o de los hombres? responde. El plan misionero
que tenemos en la iglesia, ¿viene del cielo o de los hombres? responde. Las

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decisiones que toma la junta, el comité o el concilio ¿viene del cielo o de los
hombres? responde. La forma como dirigimos nuestros cultos a Dios ¿viene
del cielo o de los hombres? Responde. La lista podría ser interminable, pero sé
que tú entiendes la intención del Espíritu y en ese temor debes responder.
Ahora, vayamos más lejos, ¿de dónde vino el fuego que consumió el sacri-
ficio de Elías en el monte Carmelo? La Biblia dice que “Entonces cayó fuego
de Jehová, y consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo, y aun lamió
el agua que estaba en la zanja” (1 Reyes 18:38). ¿De dónde vino el fuego que
consumió el holocausto en la dedicación del templo? La Escritura narra que
“salió fuego de delante de Jehová, y consumió el holocausto con las grosuras
sobre el altar; y viéndolo todo el pueblo, alabaron, y se postraron sobre sus ros-
tros” (Levítico 9:24). Esos fuegos procedieron del cielo, así también quiero
yo fuego que venga del cielo en lo que ofrezca a Dios. Los hijos de Aarón
introdujeron fuego extraño en el altar, que Jehová nunca les mandó (Levítico
10:1), y ya conocemos las consecuencias de sus hechos (v. 2). Cuidémonos de
ser movidos por emociones y por iniciativas propias, y al no haber fuego del
cielo ofrezcamos el nuestro. La Biblia nos enseña que el fuego de Dios viene
del cielo, por lo que no debe haber en la iglesia fuego que no venga de Dios.
¡Dejemos de estar prendiendo fuego que Él nunca nos mandó!
¿De dónde vino la voz que se oyó en el Jordán, el día del bautismo de
Jesús? ¿Del cielo o de los hombres allí reunidos? El evangelio narra “y vino
una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia”
(Lucas 3:22). Así tampoco se debe escuchar voces en la iglesia que no vengan
del cielo. Mis ojos siempre deben mirar hacia arriba, porque Cristo vino desde
el cielo, y él dijo: “De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo
abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre”
(Juan 1:51). Y si el cielo está abierto, ¿por qué hemos de oír la voz de los
hombres, cuando la voz de Dios está audible para la iglesia? Yo no quiero oír
voces, solo quiero escuchar una voz y es la que viene del cielo, para tener la
convicción de que a mí me llamó y me habló Dios. Y el día que el diablo ven-
ga a preguntarme, con qué autoridad hago las cosas que hago, con seguridad
le diré: «Con la autoridad del que me llamó, el Señor».
Nota que el diablo vino con su vocecita en el desierto, y le dijo a Jesús: “Si
eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan” (Lucas 4:3). Jesús sabía
que el Espíritu Santo no lo llevó al desierto para que convirtiera piedras en pan,
sino para que, a través de la victoria sobre la tentación, se afianzase en el propó-
sito (v. 1). Así que Jesús no convirtió las piedras en pan porque no sólo de pan
vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (v. 4); ni se

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a su procedencia

echó abajo del pináculo del templo, porque no tentaría al Señor su Dios (v. 7);
ni tampoco postrado adoró al diablo para tener la gloria de los reinos del mun-
do, pues solamente al Señor nuestro Dios se ha de adorar, y a él sólo se servirá (v.
10). Así que con las mismas Escrituras que el diablo lo tentó, con su aplicación,
Jesús le resistió, y por eso él huyó (Mateo 4:11). Nadie podía sorprender a Jesús
en palabras o hechos, pues Él estaba bien claro de quién era, así como para qué
y por qué Él decía o hacía lo que hacía. Jesús dijo:

“... la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me
envió. (…) Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por
cuál de ellas me apedreáis? (…) Si no hago las obras de mi Padre,
no me creáis. Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a
las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo
en el Padre. (…) ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí?
Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta,
sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras. Creedme que
yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por
las mismas obras. (…) Si yo no hubiese hecho entre ellos obras que
ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora han visto y
han aborrecido a mí y a mi Padre”
(Juan 14:24; 10:32, 37-38; 14:10-11; 15:24)

Jesús no hablaba cualquier palabra, o argumentaba con ellos sólo por


discutir, sino que aun en eso hacía la voluntad de Dios, para dejar un pre-
cedente de que Él habló. Por eso, el Señor también decía: “Mi comida es que
haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:34). Y a todos
les hizo entender que esa era su negocio, su vida, su razón de ser (Lucas 2:49).
Así también nosotros debemos usar ese poder y la autoridad que ya Él nos
dio, para ser ejemplo de buenas obras; enseñando una palabra sana e irrepro-
chable, de manera que el adversario se avergüence, y no tenga nada malo que
decir de nosotros (Tito 2:7,8).
La autoridad del diablo estaba basada en un reino de mentiras, porque él
es un mentiroso desde el principio (Juan 8:44), pero cuando Jesús abrió su
boca, lo hizo con la misma Palabra creadora, la cual sustenta también todas
las cosas. La Palabra se hizo vida en Él y habitó entre nosotros (Juan 1:14). Por
eso, todo aquel que crea a la Palabra, y se impregne de ella, tendrá autoridad
de Dios. Esa es la razón, hermano de mi alma, que nosotros los ministros
de Dios no podemos venir a la gente diciendo: «Yo leí…». ¡Benditos son los

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escritores cristianos!, pero lo que debe de salir de nuestra boca es la Palabra de


vida, aquella que Dios ponga en nuestros labios.
¿De dónde vino aquel estruendo como viento recio que soplaba y que llenó
la casa y la estremeció en el día de Pentecostés? Dice la Palabra: “Y de repente
vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda
la casa donde estaban sentados” (Hechos 2:2). Sabemos lo que son vientos fuertes
cuando cada año confrontamos temporadas ciclónicas y sufrimos los embates
del mal tiempo, que dejan a su paso las tormentas y huracanes. Y qué decir de
ciertos vientos fuertes que hacen ruidos, como los tornados, los cuales estreme-
cen y producen mucha gritería, y dejan un surco de dolor y destrucción. Mas,
yo prefiero el mover de Dios y su sacudimiento, y no el temblor de miedo por
mis emociones. La ciudad de Dios es la iglesia, por lo tanto, el que tiene que
mover los cimientos de su ciudad es Dios. La gente tiene que verme temblar
en el Espíritu, porque Dios está sacudiendo la casa con el viento del cielo, y no
porque piense que así debo comportarme en un ambiente espiritual.
¿De dónde vino aquella luz repentina que rodeó a Saulo de Tarso y lo
cegó, cuando iba camino a Damasco? Respondedme. La Biblia dice: “…
aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor
de luz del cielo” (Hechos 9:3). Así quiero yo que me rodee la luz del cielo, y no
bombillas ni lámparas de la tierra. Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que
me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12).
Mi hermano, nuestro ministerio y nuestras vidas tienen que ser rodeadas con
la luz del cielo, con la revelación celestial y la luz del Espíritu Santo. Solo la
luz de Dios nos hace resplandecer como luminares en medio de un mundo
que está en tinieblas (Filipenses 2:15).
¿De dónde vino el pan de Dios, que da vida al mundo? Jesús dijo: “De
cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el
verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo
y da vida al mundo. (…) Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá
hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Juan 6:32-35). El maná vino
del cielo, pero Cristo vino del tercer cielo, de la diestra del Padre,. Jesús dijo:
“Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murie-
ron. Éste es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera”
(vv. 49-50). Por eso, su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebi-
da, porque nos da vida eterna. Ahora, ¿cuántos están dando, por ahí, panes
gabaonitas, que simulan ser frescos y que vienen de lejos, pero están secos y
mohosos (Josué 9:5)? Deseemos el pan que desciende del cielo y da vida, no
nos dejemos engañar por los hombres.

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el llamamiento es conforme 255
a su procedencia

Nuestra ciudadanía espiritual, ¿de dónde procede? La Palabra dice: “Mas


nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador,
al Señor Jesucristo” (Filipenses 3:20). A veces nos sentimos muy orgullosos de
ser de la nación de donde nacimos, y sentimos una honra vernácula, lo cual
es bueno, amar y respetar el suelo que nos vio nacer, pero no nos apeguemos
a ninguna ciudadanía terrenal, siendo nosotros extranjeros y peregrinos sobre
la tierra (Hebreos 11:13). Es sabido que para ejercer algún derecho en el orden
civil o sustentar algún cargo público, debemos ser ciudadanos de ese país.
Nota que cuando Jesús fue llevado por los judíos para ser juzgado, Pilato
entró al pretorio, y le dijo: “¿Eres tú el Rey de los judíos?” (Juan 18:33), y Jesús
le respondió: “¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?” (v. 34).
Pilato le dijo: “¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han
entregado a mí. ¿Qué has hecho?” (v. 35). Ahora nota lo que Jesús le respondió:
“Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores
pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de
aquí”. (v. 36). Entonces Pilato le dijo: “¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: “Tú
dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para
dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz” (v. 37).
De que era Rey sí que lo era, y su dominio trascendía a lo celestial, de la mis-
ma manera, la ciudadanía nuestra es la celestial, por lo cual, debemos amar
a los hombres, respetar a los hombres, cumplir con los requisitos cívicos, ser
buenos ciudadanos, como Dios manda (1 Pedro 2:13), pero entendiendo que
nuestro reino no es terrenal.
También a Pablo, un oficial le preguntó si era ciudadano romano, y él
le respondió que sí, y el tribuno le dijo que él también había adquirido la
ciudadanía por una gran suma de dinero, a lo que el apóstol le respondió:
“Pero yo lo soy de nacimiento” (Hechos 22:28). Así también debemos decir
nosotros: «Yo soy del cielo, pero no compré mi ciudadanía, sino que lo soy de
nacimiento, pues no fui engendrado “de sangre, ni de voluntad de carne, ni de
voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:13). Soy el resultado de la unión de
un espermatozoide y un óvulo espirituales. El espermatozoide es la voluntad
de Dios, que desde la eternidad me trazó el destino glorioso; y el óvulo es el
poder de Dios por el Espíritu, que vino a obrar en mí. Por eso vivo en el reino,
porque soy el fruto de la voluntad y del poder de Dios». Sabemos que la carne
y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, por tanto, para entrar al cielo
es necesario nacer de nuevo, del agua y del Espíritu, siendo engendrados por
Él (Juan 3:3-8; 1 Corintios 15:50). Así que nuestra ciudadanía es del cielo, y
en la tierra simplemente somos peregrinos y extranjeros (1 Pedro 2:11).

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256 la honr a del ministerio

La esperanza a la cual hemos sido llamados ¿en dónde está guardada? La


Biblia responde: “ habiendo oído de vuestra fe en Cristo Jesús, y del amor que
tenéis a todos los santos, a causa de la esperanza que os está guardada en los cie-
los, de la cual ya habéis oído por la palabra verdadera del evangelio” (Colosenses
1:4-5). Nuestra esperanza viene de arriba en donde está Cristo sentado a la
diestra del Padre. Y pregunto, la puerta, a través de la cual Juan, en Espíritu,
pudo ver al que estaba sentado en el trono con aspecto de piedra de jaspe y
de cornalina, y recibió la revelación de lo que sucederían en el futuro (Apoca-
lipsis 4:1-3), ¿se abrió en la tierra o en el cielo? Juan escribió: “Después de esto
miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo” (Apocalipsis 4:1).
Ahora, ¿de dónde espera la iglesia que venga Jesucristo, de arriba o de
abajo? La Palabra dice que el que está en el cielo, “descenderá del cielo” (1
Tesalonicenses 4:16). Cristo no va a salir del mar como salen los demonios,
sino que descenderá del cielo, porque subió al cielo, luego de haber descendi-
do (Hechos 1:11). El Señor dijo: “Nadie subió al cielo, sino el que descendió del
cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo”. (Juan 3:13). Y cuando subió a
lo alto dio dones a los hombres (Efesios 4:8), es decir que nuestro ministerio
también es del cielo. Por eso es que Dios quiere que todo lo nuestro proceda
del cielo, aun nuestra adoración debe ser celestial, porque el Padre busca que
le adoren en Espíritu y en verdad (Juan 4:23).
Con todo, la mejor alabanza es la que viene del cielo, y el apóstol Pablo
dijo: “¿Qué, pues? Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento;
cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento” (1 Corintios
14:15). Cuando lo hacemos con el entendimiento usamos nuestro lenguaje
natural, pero cuando lo hacemos en el Espíritu hablamos en lenguas espiri-
tuales, misterios a Dios (1 Corintios 14:2). Para el Señor, la mejor alabanza es
la que procede del Espíritu, aquella que nace en un canto espontáneo o que
fluye en gemidos indecibles, por el impacto de lo que es Dios. Y son a esos
adoradores a los que Dios busca que le adoren (Juan 4:23).
No obstante, hay una causa mayor por la cual Dios quiere que todo lo
nuestro proceda del cielo, y es porque solo lo que viene del cielo sube al cielo.
Jesús vino a los suyos, sin embargo, ellos no le recibieron, pero a todos los
que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos
hijos de Dios (Juan 1:11,12). Tenemos la gran comisión, esa visión celestial
de ir y predicar el evangelio a toda criatura (Marcos 16:15), pero, nada puede
recibir el hombre, si no le fuere dado del cielo (Juan 3:27). Nuestra eficacia
en el apostolado es hacer esas buenas obras que Dios preparó de antemano
para que anduviésemos en ellas (Efesios 2:10) y no hacer aquellas que nosotros

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el llamamiento es conforme 257
a su procedencia

creemos que son buenas o que darían un mejor resultado. Jesús dijo: “Yo soy
la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho
fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5).
Por tanto, si la iglesia lo ha recibido todo del cielo, ¿por qué está tan cau-
tivada y enamorada con las cosas de los hombres? ¿Por qué tengo yo que ir a
la democracia representativa o usar los métodos parlamentarios para gobernar
a la iglesia? ¿Por qué tengo que guiarme a través de constituciones hechas por
hombres para obedecer, cuando tengo la Biblia, la Palabra de Dios, y la pala-
bra profética más segura, a la cual hacemos bien en estar atentos como a una
antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero
de la mañana salga en nuestros corazones (2 Pedro 1:19)? Entendamos que
los procedimientos de las compañías multinacionales funcionan bien para los
hombres, pero son inútiles e inoperantes en el reino de Dios. Jesús dijo: “Toda
planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada” (Mateo 15:13). La
iglesia no necesita más nada, sino lo que procede de Dios. No importa que
nos tilden de ignorantes, porque no tomemos en cuenta las formas humanas
(aunque no menospreciamos las obras de los hombres, avances científicos y
estudios de la psicología). Pero se ha de estar muy ciego para no ver que la
obra de Dios es superior. Ellos estudian para ayudar a los hombres, pero Dios
ha hecho más que eso: ¡Él los salvó!
La iglesia ha recibido un llamamiento y una unción del cielo para ministrar
a los hombres, así que la psicología para las ciencias, pero la iglesia para Dios.
En otras palabras, “… dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”
(Lucas 20:25), dad al hombre lo que es de hombre, y a la iglesia lo que es de
Dios. Se ha hablado de mezclar unciones, y de hecho, el Señor los envió de dos
en dos (Marcos 6:7); pero hay una cosa que nunca podrá mezclarse y es lo del
hombre con lo de Dios. Pablo dijo: “… temo que como la serpiente con su astucia
engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera
fidelidad a Cristo” (2 Corintios 11:3). Es ridículo y hasta chocante que la iglesia
ande detrás de los hombres para alcanzar sabiduría, cuando Cristo nos ha sido
hecho por Dios “sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Corintios
1:30). Y esto lo digo no como crítica, sino con mucha tristeza, pues soy parte de
la iglesia y me duele cuando tengo que decir estas cosas, pero tengo que decirlo,
porque si me callo ofendo al que me envió. Como ministros, tenemos que decir
la Palabra como Dios se la da a la iglesia. Está claro que Cristo no necesita ayuda
de los hombres de ningún tipo, por el contrario, nosotros lo necesitamos a Él.
Hay muchos encantamientos en el reino humano, pero no podemos apoyar
algo que no sea de Dios. Si alguien viene y me dice: «Pastor Fernández, voy a

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hacer esto y lo otro», yo le voy a preguntar: «¿Quién lo mandó a hacer?» Y si


su respuesta es: «La junta decidió o lo decidimos en una reunión que hicimos»,
diré: «¡Olvídalo! No voy a poner mi energía en despropósitos, en cosas que no
son hechas por Dios». Si Dios lo confirma y te lo dice, entonces sí, entrega todo
y apoya lo que es de Dios, pero si es humano, ¡huye de esas cosas!
Aprendamos de lo que le pasó a Jonatán por no pelear a favor del ungido.
Él era un hombre sincero, sin ambición, amigo de David, al punto que se
quitó el manto, sus ropas, su espada, su arco y hasta su talabarte, para dárselo
a él (1 Samuel 18:4). Podemos decir que implícitamente, Jonatán le cedió el
trono a David, pero fue notable que siempre se mantuvo al lado de su padre,
peleando a favor de él, hasta que murió también con él. Y así como Jonatán,
todo aquel que se ponga a pelear del lado del que tiene el espíritu de Saúl, por
más sincero que sea, perecerá como él. Sus cabezas serán trofeos y despojos en
el campamento del enemigo (1 Samuel 31:8-9).
Finalmente, quiero preguntarte, esta amonestación que estoy compar-
tiendo contigo, ¿viene del cielo o viene de los hombres? Respóndeme. Los que
son espirituales saben cuando Dios está hablando y cuando no. La Escritura
dice: “Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos
que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si
desecháremos al que amonesta desde los cielos” (Hebreos 12:25). Así nosotros,
cuidémonos de desechar al que nos habla. Hay un mover de Dios por doquier,
pues Él está restaurando su iglesia, pero también está siendo severo, pues está
poniendo a sus enemigos por estrado de sus pies (Hebreos 1:13).
En una ocasión que participé en una actividad multitudinaria, en un
estadio, orábamos preparando nuestro corazón para la misma, y le preguntá-
bamos al Señor: ¿Qué es lo que tú quieres que hagamos? Entonces, el Espíritu
vino con una fuerza que nos estremeció y nos dijo: «Honradme, honradme,
honradme». También me dijo que como ministros somos sacerdotes, y tene-
mos dos trabajos: primero traer el pueblo al Señor; y segundo llevar las ofren-
das a Dios. Y yo me pregunto, ¿hacia dónde estamos llevando al pueblo de
Dios? ¿A los cielos o hacia los hombres? ¡Cuidado que no nos pase como los
hijos de Elí! Estos hombres, exigían su pedazo de carne antes que se sacara el
de Jehová o de lo contrario amenazaban con tomarlo a la fuerza. Sabemos que
el sacerdote tenía el privilegio de comer parte de lo ofrendado, pero la ofrenda
era de Dios. Cuidémonos de no hacer nosotros lo mismo, robándole a Dios
lo que es suyo.
Nosotros estamos viviendo en un tiempo de cielos abiertos. Lo que está
pasando ya en la tierra, irá en aumento como la luz de la aurora hasta que se

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el llamamiento es conforme 259
a su procedencia

haga perfecto (Proverbios 4:18). Es una gran responsabilidad hablar la Palabra


de Dios; personalmente, tiemblo y gimo al hacerlo. En ocasiones le he dicho: «
¿Señor, quién soy yo para hablar a los príncipes de tu pueblo y un mensaje como
este? Ellos quizás prefieren oír otro tipo de mensaje, por ejemplo sobre unidad o
acerca de tantas otras cosas que se pueden hablar». Pero Dios me dice: «Yo amo
a mis ministros y porque los amo y no hay mucho tiempo, habla de aquello que
les es necesario oír». Por tanto, como si Dios rogara por medio mío, te ruego
y te digo, en el nombre de Aquél que nos llamó: es tiempo de definición, y de
arrepentirnos de todas las obras que no fueron hechas en Dios.
El Espíritu Santo me dijo que, muy pronto, ministerios de cuarenta años,
que sacrificadamente han obrado con celo y esmero, serán avergonzados, por-
que aunque lograron mucho e hicieron bien, Dios no los mandó a hacer tales
cosas. Por tanto, si tú lo hiciste por celo, porque querías hacer crecer la obra
de Dios, lamentablemente tengo que decirte que nuestra autoridad se sustenta
únicamente en hacer aquello que Él nos mandó. Por eso, el Señor está llaman-
do a su pueblo al arrepentimiento, pues hemos puesto la mano en cosas donde
Él no la ha puesto; y hemos hecho cosas que Dios no nos mandó. Arrepintá-
monos, para que el temor de Dios caiga en nuestros corazones, y nos libre de
no introducir fuego extraño en el altar, como Nadab y Abiú, pues el incienso
tiene que ser de Dios.
El Señor está estableciendo Su reino, y lo hace para decirte: «Mira, yo soy
el Señor de la iglesia, dámela, porque ella no es tuya, sino mía; fui yo que la
redimí con mi sangre, por lo cual a mí pertenece. A mí hay que consultarme
todas las cosas, por ínfima que sea, porque yo soy el amo y Señor, tú solo eres
el siervo llamado». Dios quiere que todo lo nuestro proceda del cielo, y que
reconozcamos el Señorío de Cristo en todo nuestro hacer. Juan dijo: “Vosotros
mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delan-
te de él. El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su
lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está
cumplido. Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:28-30). ¡Qué
hermoso es cuando podemos reconocer nuestra función en el cuerpo! Juan no
tenía una posición, sino una función, la misma nuestra, prepararle el camino
al Señor. ¿Quién tiene la esposa? El esposo, que ahora viene y te dice: «Tú eres
el amigo, no me la coquetees, no me la quieras llevar al hotel, es mía, es mi
iglesia. Yo te la di para que me la prepararas, la pusieras hermosa para mí, y
tú estás usando tu autoridad para poseerla, para adueñarte de ella. Deja que
yo haga la obra que yo quiero hacer en ella, a través de ti, no te metas en el
medio, no me estorbes». El que tiene la esposa es el esposo, no el ministerio ni

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260 la honr a del ministerio

el concilio, ni la junta ni la organización. Nosotros, siendo amigos, actuamos


como “esposos” y decimos, por ejemplo: «La iglesia de Radhamés, la iglesia
del fundador fulano de tal», pero la esposa pertenece a su esposo; ella única-
mente es de Él.
Debemos de quitarnos del medio para que el esposo y la esposa entren en
amores. A veces interrumpimos la relación de una pareja porque nos creemos
parte. Como le ocurrió a un pastor amigo nuestro y a su esposa, cuando sus
suegros les subieron las maletas al cuarto del hotel, en su luna de miel, que se
quedaron allá, platicando con la pareja. Ellos se sentaron en la cama y no se
iban, a pesar que el tiempo transcurría, pues se les olvidó para qué estaban
allí; perdieron la sensibilidad del momento, la prudencia de saber que no era
su momento, sino el de ellos. No se crea con tanto derecho y autoridad para
interrumpir a Cristo con su amada en la intimidad.
En ocasiones, nos sentimos los amos
y dueños, y decimos: «No, mi iglesia no
“El siervo de Dios va para allá». También hay quienes dicen:
«Yo no apoyo esa campaña», y yo pregun-
no se guía por to: ¿quien es usted para apoyar o desaprobar
necesidad, ni por algo de Dios? Lo que usted debe hacer es
presiones, ni por tirarse de rodillas y preguntarle al esposo si
oportunidades él quiere que su esposa se mueva para aquel
ni conveniencia, lugar. ¿Quién es el que le da permiso a la
iglesia, usted o su dueño? De seguro que es
sino por un “así el esposo, usted sólo lo representa. Cuando
ha dicho Jehová” usted habla por Dios, es porque primero
le preguntó a Él: «Cristo ¿tú quieres que la
iglesia vaya o nos quedamos?». El que tiene
la esposa es el esposo. Los ministros estamos a su lado, no en su lugar. Recuer-
da que el Señor nos sacó del chiquero, de la mazmorra, de la perdición, porque
tuvo misericordia. Él nos lavó, nos limpió, nos vistió de salvación y nos dio
parte con él, ¿cómo es que ahora le vamos a quitar lo que le pertenece sólo a Él?
Él me llevó al palacio, ¿cómo podría sentarme en su trono y quitarle a la reina?
Conozcamos cuál es nuestra posición y sabremos cuál es nuestra función en el
reino de Dios. Tenemos una función y una posición. La función es prepararle
el camino al esposo; y la posición es estar a su lado, sirviéndole a Él.
No hay una cosa que nos de más gozo, que orar por algo y que Dios nos
hable. Igualmente, cuando nos invitan a ministrar a algún lugar y vemos la
necesidad, pero preferimos sufrir el conflicto de que si Dios no nos manda no

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el llamamiento es conforme 261
a su procedencia

iremos, no nos moveremos, aunque el Arca se esté cayendo (2 Samuel 6:6-7).


El siervo de Dios no se guía por necesidad, ni por presiones, ni por
oportunidades ni conveniencia, sino por un “así ha dicho Jehová”.
Dios me ha hecho entender la diferencia entre ser invitado y ser enviado por
Dios: cuando somos invitados, podemos dar una linda ministración, pero
cuando somos enviados transmitimos vida de Dios.
Deseemos ser ministros de cosas celestiales, y no de las terrenales, espe-
cialmente en este tiempo donde el cielo ya está abierto. Ahora no se justifica
andar implementando cosas humanas, ni imitando los métodos del mundo,
los cuales pueden tener cierta reputación en la carne, pero no tienen nada que
ver con el Espíritu. El Señor no necesita la obra del hombre, cuando en Él está
escondida toda la sabiduría de los cielos (1 Corintios 1:29-31; 2:7). Nuestro
ministerio debe ser de cielos abiertos y enfocado en asuntos celestiales, para
cuando lleguen los “nicodemos” podamos decirles: “De cierto, de cierto te digo,
que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nues-
tro testimonio. Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere
las celestiales?” (Juan 3:11-12).
Asimismo, el Señor dijo: “El que de arriba viene, es sobre todos; el que es
de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo, es sobre
todos” (Juan 3:31). Parafraseando esta expresión, podemos decir que la obra en
el ministerio que viene de arriba está sobre todas las cosas. ¿Por qué crees que
los científicos exploran la tierra desde arriba? Porque de lejos se ve mejor. Ellos
ponen satélites en órbita alrededor de la tierra, y construyen tecnología en la
comunicación constantemente, para investigar e indagar desde los cielos lo que
hay en la tierra. La vista desde las alturas les da a los estudiosos una compren-
sión de los problemas medioambientales, que sus explicaciones por sí solas no les
pueden proporcionar, pues se basarían en el plano real, limitado. Mas, al mirar
hacia abajo desde las plataformas espaciales, obtienen datos cruciales respecto a
lo que sucede en nuestro ecosistema, en un panorama muchísimo más amplio
y extenso. Y a pesar que el objetivo científico es aumentar su conocimiento
para sustituir “creencias”, es innegable que tienen una mejor perspectiva desde
arriba, aunque sólo confirman y reconfirman lo que, desde hace tiempo, está
escrito en la Biblia. Alguien dijo que la ciencia es orgullosa por lo mucho que
ha aprendido, y los científicos se ufanan de lo que han alcanzado, mas “El que
mora en los cielos se reirá; El Señor se burlará de ellos” (Salmos 2:4). Dios tiene el
control del cielo, de la tierra y de debajo de la tierra; Él es Dios.
El que es de la tierra y del reino de los hombres, las cosas terrenales habla
(Juan 3:31). Fíjate que cuando llegas a un lugar, por lo que escuchas, puedes

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262 la honr a del ministerio

saber si lo que se está hablando es terrenal o celestial. El lenguaje deja ver,


inmediatamente, cuando lo que se habla es carne y sangre, pues se cambian los
términos, y ya no es pecado o iniquidad, sino errores o debilidad; ya no se alude
al Espíritu, sino a la psicología. Al hermanito se lo pueden estar comiendo los
demonios, pero lo niegan y dicen: «Olvídate, eso es cuestión de temperamento;
es un problema químico que tiene él; lo que en realidad necesita son vitaminas»;
y en sus conversaciones sólo se oye: «Yo hice; yo levanté; yo llené; yo vendí; yo
compré; yo, yo, yo…» y en todo eso, me pregunto: ¿dónde está Dios?
Entendamos que lo terrenal no subsiste con lo celestial, porque lo que es del
cielo es superior en fuerzas y en naturaleza. Observa que cuando un astronauta
sale de su estación espacial al exterior, tiene que usar un traje especial y portar
un tanque de oxígeno para poder respirar, porque en el espacio sideral no hay
oxígeno. Así ocurre cuando se entra en la presencia del Señor, hay que ponerse
un traje especial (Jesucristo) y portar oxígeno (Espíritu Santo), de otra manera
seríamos consumidos. Por tanto, ¿qué prefieres? ¿Lo carnal y terrenal o lo espi-
ritual y celestial? ¿Ambicionas tener un ministerio del cielo, o de los hombres?
¿aspiras una autoridad terrenal o celestial? ¿Deseas poseer sabiduría terrenal o
espiritual? Medita en ello, porque lo que viene del cielo es sobre todo.
Considera que el acertado golpe que le dio David a Goliat, en una con-
frontación tan desigual, solo pudo ser logrado por algo superior a lo humano.
Es notable que David, a pesar de su juventud, fue muy sabio, y en el momento
del enfrentamiento con el enemigo escogió ir sin nada que no fuera el nombre
de Jehová de los Ejércitos (1 Samuel 17:45). De hecho, nadie creía que David
pudiera enfrentar al gigantesco paladín que con fiereza desafiaba y provoca-
ba al pueblo de Israel. Ni sus hermanos (que incluso se enojaron con él), ni
los varones de Israel ni el mismo Saúl (quien lo veía como un muchacho sin
experiencia frente al gigante y experimentado filisteo, el cual era un hombre
de guerra desde su juventud), ninguno pensaba que el hijo menor de Isaí, ese
que ni su mismo padre tomaba en cuenta, pudiera vencer en tan temible lid
(1 Samuel 17:28, 33). Mas, al ver Saúl la determinación del pastorcito, le dijo:
“Ve, y Jehová esté contigo” (v. 38), no sin antes vestir a David con sus ropas, y
poner sobre su cabeza un casco de bronce, y armarlo de coraza y ceñirlo con
su espada, probablemente, para que no muriera tan desprovisto. Mas, David
se negó, despojándose de toda la armadura y la espada, para tomar su cayado
y cinco piedras lisas, escogidas del arroyo (v. 40). Así fue David hacia Goliat,
con su saco pastoril, y la honda en su mano, porque sabía que la pelea no era
terrenal, sino celestial, pues el “filisteo incircunciso” había provocado no tan-
to a Israel, sino a los escuadrones del Dios viviente (1 Samuel 17:26).

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el llamamiento es conforme 263
a su procedencia

Nota lo que le dijo Goliat a David, al verle: “¿Soy yo perro, para que vengas
a mí con palos? (…) Ven a mí, y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias
del campo” (1 Samuel 17:43,44). David fue, prácticamente, desarmado, por-
que iba en nombre de Jehová de los ejércitos. La piedra fue tan sólo un instru-
mento, pero el arma era Jehová. No hay ejércitos, ni armamentos ni pertrechos
humanos que venzan en una pelea espiritual, pues la victoria únicamente la
da el Señor. Juan escribió de Jesús: “El que recibe su testimonio, éste atestigua
que Dios es veraz” (Juan 3:33). La palabra “atestigua” es el término griego
sphragizo que se traduce como “sellar”,
“confirmar la autenticidad de algo”; un
ejemplo es el trabajo que realiza un notario
público, quien con un sello certifica y da fe “El que de arriba
de que un documento es verdadero o autén- es enviado, solo
tico. Por tanto, el que recibe el testimonio habla Palabra
de que Jesús es el Cristo está poniendo un de Dios”
sello de que Dios es verdad. Es con la fe que
tú sellas la veracidad de la salvación que has
recibido de Dios en Jesucristo.
Ahora, ¿qué habló el que vino de arriba? La Palabra de Dios. Jesús dijo:
“Muchas cosas tengo que decir y juzgar de vosotros; pero el que me envió es ver-
dadero; y yo, lo que he oído de él, esto hablo al mundo” (Juan 8:26). Es decir,
Jesús hablaba lo que Dios le mandó a hablar, y te pregunto: si Dios a ti te
envía, ¿qué vas a hablar? El que de arriba es enviado, solo habla Palabra de
Dios. Es como el vendedor que recibe entrenamiento e información acerca del
producto que va a comercializar, para cuando salga a vender sepa lo que va a
decir y a responder. Como empleado, él tiene que someterse y hacer lo que le
digan que haga, de acuerdo a las pólizas y normas de la empresa, aunque sepa
que el producto no es bueno. Ahora, el cristiano no vende, sino que anuncia
al mundo la gracia, la buena voluntad de Dios para con los hombres, la cual
no sólo es verdadera, sino también gratuita (Romanos 3:24).
Por tanto, si somos enviados por el Padre, las palabras que hemos de hablar
son las que el Hijo nos habló. Jesús le pidió al Padre: “Mas no ruego solamente
por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para
que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean
uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17:20-21). Por
eso es inadmisible que en la iglesia se pongan en práctica ciertas técnicas, póli-
zas de ventas y estrategias de mercado para atraer a las almas. El esposo de la
iglesia, nunca le dio esas armas a su amada, sin embargo las están usando. Mas,

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ha llegado el tiempo de que abramos nuestros ojos y nuestro entendimiento a


lo verdadero. Hemos sido llamados a atestiguar, y solo se atestigua la verdad.
Desde ahora en adelante, cada vez que se vaya a hacer algo en el ministerio para
Dios, preguntémonos: ¿esto viene de los hombres o viene de Dios?
Finalmente, no quiero terminar sin compartir fielmente lo que el Señor
me dijo acerca de esto. Cuando Jesús le hizo la pregunta a los que le cuestio-
naban sobre su autoridad, dice la Palabra que ellos discutían entre sí, dicien-
do: “Si decimos, del cielo, dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis? ¿Y si decimos, de los
hombres...? Pero temían al pueblo, pues todos tenían a Juan como un verdadero
profeta” (Marcos 11: 31-32). Mi hermano, como ministro que soy tengo tu
mismo corazón, por lo que puedo decir y entender lo que siente un siervo de
Dios. Cuando el Señor me llamó, hace treinta y nueve años atrás, estaba a
punto de entrar en la universidad, a la escuela de medicina, porque quería ser
médico, y yo no tenía edad ni experiencia con Dios, y estaba en una iglesia
que no creía en el ministerio del Espíritu Santo. Sin embargo, Él puso pala-
bras en mi boca, cuando le dije: «Si yo voy a dejar de hacer lo mío (ser médico)
para hacer lo tuyo, úsame o déjame, porque no quiero ser un pastor “apaga
fuego”, uno más que se pase la vida entera resolviendo minucias. Anhelo ser
un hombre usado por ti, que la última partícula que yo tenga de energía, tú la
uses para tu obra, de lo contrario, déjame hacer lo mío, pues prefiero servirte
en el banco de la iglesia como un laico, que esforzarme vanamente sin ti».
Desde entonces, esa oración está siempre delante de mi Dios. Las lágrimas
que han salido de mis ojos solamente mi Señor y yo las conocemos.
En ocasiones, he tenido que interceder delante de su Presencia, llorando,
como David y como Moisés, diciéndole: «Señor, si he encontrado gracia delante
de tus ojos, acuérdate del pacto que tú hiciste conmigo, cuando me llamaste,
siendo yo un niño». Comparto esto contigo, porque yo sé lo que sufre un minis-
tro, conozco su dolor, el afán y lo que tolera con tal de ver realizada la obra de
Dios. Sé cómo la Palabra lo traspasa, y cómo nos sentimos reprendidos, y cómo,
por más que hagamos, siempre nos sentimos siervos inútiles. Por tanto, jamás
me atrevería a golpearte sin necesidad, porque me golpearía a mí mismo, y peor
aún, a mi Cristo amado. Mas, sé que Dios quiere poner una demanda delante
de ti, a través de este mensaje, dirigiendo tu atención a que el pueblo sí sabía de
donde venía el bautismo de Juan, pero los líderes no.
Lo dicho constituye un problema en la iglesia en la actualidad. ¿Cuál es
el problema? Que Dios es un Dios de orden, y quiere derramar su unción por
la cabeza (Salmos 133:2), pero lo que está pasando es que el pueblo está más a
la expectativa de Dios que sus líderes. Y yo digo: «Señor, ¿cómo es esto?» Pero

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el llamamiento es conforme 265
a su procedencia

como Dios es el alfarero que hace y deshace, según su soberana voluntad, y


cambia sus patrones, pero no sus propósitos, le digo: «Señor, ¿será que ahora el
aceite va comenzar a fluir desde los pies? Pero, ¿con qué fuerza puede llegar hacia
arriba?». Y dime tú si no es así, cuando vemos hermanos que están con un deseo
tremendo de ver a Dios reinar, y quieren orar, se reúnen y todo lo que es de Dios
lo quieren seguir, en cambio, vemos a muchos ministros rezagados, lentos, y
cuestionándolo todo. Mas, el que tiene visión de Dios sabe lo que es de Dios.
Jesús dijo: “El que es de Dios, las palabras de Dios oye” (Juan 8:47). Sin
embargo, entendemos que hay muchos que la oyen, pero se hacen los sordos,
porque el precio que hay que pagar es tan grande y ellos no están dispuestos
a renunciar a lo suyo. Entonces, como el joven rico, se van tristes, porque
oyendo la Palabra, no están convencidos ni persuadidos de que lo de Dios
tiene más valor que lo suyo y todo lo que hay en el mundo (Mateo 19:22).
Personalmente, cuando salí de la denominación donde estaba, tuve que dejar
una maleta bien grande, un equipaje bien formadito, el cual –a mis ojos- era
todo un éxito. Pero Dios se tomó el tiempo de romper todos mis moldes, y se
aseguró de sacar, a través de los años, todas esas cosas de mí. El proceso fue
tan doloroso que consideré hasta dejar el ministerio, porque pensaba que el
Señor me había abandonado, que había cometido un error al salirme de aque-
lla denominación. Pero Dios tuvo misericordia de mí y me dijo: «No, hijo
mío, yo estoy contigo, lo que pasa es que tengo que romper tu vaso para hacer
el mío en ti. Tú tienes que deshacer todas esas obras humanas, para hacer las
obras divinas. Yo quiero hacerte un ministro conforme a mi corazón». Ama-
do, no resistamos al que habla.
Dios al que ama, disciplina, y “azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos
12:6). Él ama a sus ministros y honra a sus siervos, y nunca les faltaría el res-
peto ni los golpearía innecesariamente. Por tanto, Su llamado, primeramente,
es de amor para ti, porque Dios va a hacer una obra grande en las naciones de
la tierra, y no te quiere excluir de esa bendición, por eso te habla de esta mane-
ra. El Señor quiere sacudir a sus siervos, pues “Su aventador está en su mano, y
limpiará su era, y recogerá el trigo en su granero, y quemará la paja en fuego que
nunca se apagará” (Lucas 3:17). Por lo cual, Él va a soplar, para llevarse todo lo
que es paja en nosotros, y quede solamente el trigo. Y en ese proceso, muchas
veces, Jehová va a tener que decirnos como le dijo a Pedro: “Simón, Simón,
he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo” (Lucas 22:31). Yo
prefiero que sea Dios que me zarandee y no el diablo. El Señor quiere separar
el trigo de la paja, y Pedro tenía mucha paja, de tal forma que la confianza en
sí mismo era el forraje que no le permitía sacar la pureza en su ministerio.

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266 la honr a del ministerio

De hecho, esa actitud de Pedro es el pecado de los ministros que con-


fiamos mucho en nuestro aprendizaje, en nuestra experiencia, en nuestras
capacidades y unciones y no en Dios. El deseo de ser originales, hace que nos
afanemos por fomentar nuestros métodos, para mostrar que tenemos una
iglesia más grande que otros, y decir: «A mí sí me usa Dios», como si estuvié-
ramos en competencia. Ignorando que solo hay una sola obra, un solo trabajo,
y un solo Señor, al que al final daremos cuenta. Así que el triunfo que te da a
ti en tu ministerio, también es el mío, de otros y viceversa, porque es una sola
obra, la de Dios, y un solo llamamiento, el de Dios. Por tanto, debiéramos
gozarnos al ver la prosperidad de la obra del Señor, no importando a quien Él
use, porque no es algo personal, sino divino.
Como siervo inútil de Dios, termino este segmento con temor y temblor,
encomendando la palabra a Aquel que la envió, para que Él haga. Nada es el
que siembra y tampoco el que cosecha, sino Aquel que da el crecimiento, y
que envía Su Palabra y la hace germinar. Todos sembramos, pero si el grano se
queda debajo de la tierra no pasa nada, pero si este se levanta, como se levantó
el bendito grano de trigo, Jesús, traerá vida a los hombres.
Entiendo que con esta palabra, los ministros han sido confrontados por
el Señor, y yo ruego a Dios que reciban este mensaje, que aunque luzca duro,
no es severo, sino fuerte como es el amor, porque ha sido hecho en amor
(Cantares 8:6). El Señor tiene derecho sobre sus servidores, y puede venir y
reprendernos cuando quiera, y decirnos: «No estás haciendo las cosas bien».
Y ¡bendita sea la disciplina! Pues, aunque en el momento no nos causa gozo,
después da fruto de justicia para gloria de Dios. Por tanto, como ministros
maduros que somos en Cristo, recibamos la amonestación y demos gracias al
Señor por ella. Reconozcamos nuestros errores y pidamos perdón por toda
obra que no ha sido hecha en Dios; por todas las veces que nos hemos aferrado
a la posición eclesiástica y no a la función espiritual, cuando lo terrenal está
subordinado a la espiritual. La iglesia está y debe estar organizada, porque el
tiempo moderno así lo requiere, pero entendiendo que ella no es una organi-
zación, sino un organismo viviente. La institución debe ser una herramienta,
esclava del organismo, y no lo contrario, como está ocurriendo.
No nos aferremos a la identificación que nos dé el concilio, aunque es
necesario en estos días, ya que hay tantas personas que se hacen pasar por
lo que no son (y Dios lo ha permitido por algo). Pero vuelvo y te digo, sin
menospreciar la credencial, no nos aferremos a ella, pues nuestra autoridad
no nos la da un carné o documento, sino Dios. Por lo cual, cuando venga
alguien de parte del Señor, sea quien sea, aunque no pertenezca a ninguna

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el llamamiento es conforme 267
a su procedencia

organización, no lo rechacemos, como le dijo Jesús a uno de sus discípulos


que se quejó de que había uno que en su nombre estaba echando fuera demo-
nios, pero se lo prohibieron porque no le seguía, y él le dijo: “No se lo prohibáis;
porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre, que luego pueda decir mal
de mí. Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es” (Marcos 9:38-40).
Así la iglesia llamará a muchos en los últimos días, que no portan ninguna
credencial, de los cuales dirán: « ¿De dónde salió este? ¿De dónde vino?» Pero
ellos son mensajeros de Dios, “Juanes” que ministrarán con el espíritu de
Elías, para amonestarnos y mostrarnos el camino de la vida, y la instrucción
de Su santa voluntad para estos días.
Pidamos a Dios un corazón sensible, para quebrantarnos en su presen-
cia y podamos todos arrepentirnos, desde el mayor hasta el menor. El arre-
pentimiento es el atrio para entrar al Santísimo, así como el altar de bronce
es representación de la cruz, antes de entrar al Lugar Santo y al Santísimo.
Todos tenemos que pasar por el espíritu de la cruz, espíritu de abnegación y
de entrega, para poder estar delante del Señor; que haya en nosotros el mismo
sentir que hubo en Cristo Jesús, y renunciemos al orgullo, para que suene la
voz que habla en Isaías:

“Da voces. Y yo respondí: ¿Qué tengo que decir a voces? Que toda
carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo. La hierba se
seca, y la flor se marchita, porque el viento de Jehová sopló en ella;
ciertamente como hierba es el pueblo. Sécase la hierba, marchítase
la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre”
(Isaías 40:6-8).

Esa misma voz que se oyó en el desierto que dijo: “Preparad camino a
Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. Todo valle sea alzado,
y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane. Y se
manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá; porque la boca
de Jehová ha hablado” (Isaías 40:3-5), está hablando a nuestro espíritu hoy. Y
la tercera voz dice: “Súbete sobre un monte alto, anunciadora de Sion; levanta
fuertemente tu voz, anunciadora de Jerusalén; levántala, no temas; di a las ciu-
dades de Judá: ¡Ved aquí al Dios vuestro! He aquí que Jehová el Señor vendrá
con poder, y su brazo señoreará; he aquí que su recompensa viene con él, y su paga
delante de su rostro” (vv. 9-10). Iglesia, ministros de Dios, señálalo a él y di: «
¡He ahí al Señor, mírenlo a él!». Escóndete en el Señor, y que el Espíritu Santo
sople sobre nuestras vidas y se lleve toda gloria humana; y venga con el viento

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268 la honr a del ministerio

caliente y abrasador del desierto y consuma todo lo que es confianza en la


carne; y todo lo que hemos aprendido de los hombres desaparezca, para que
comencemos a fomentar y a hacer las obras de Dios.
Le pido al Señor que tenga misericordia de nosotros, y que su temor caiga
sobre nuestro corazón, porque un día tendremos que verle el rostro a Jesús y
darle cuenta de nuestro ministerio. En realidad, no daremos cuenta por la sal-
vación, porque ya Cristo dio cuenta por ella, pero sí hemos de dar cuenta de
lo que el Señor nos ha encomendado, de nuestra mayordomía. Anhelemos ser
aprobados en Jesús, y que nos presentemos allí como un obrero que no tiene
nada de qué avergonzarse, que ha trazado bien la palabra de verdad, que no ha
acudido al lucro y al cohecho, que no ha vendido la convicción del Espíritu,
por una posición o la buena voluntad de los hombres, porque cuando queremos
agradar a los hombres no somos siervos del Señor Jesucristo (Gálatas 1:10).
Es mi oración que el Dios de los cielos y de la tierra tenga misericordia de
sus ministros y de sus hogares, y abra sus ojos para ver cuánto hemos pecado
al seguir tradiciones de hombres sin detenernos a reflexionar si el Señor se
agrada en ello... Es necesario que Dios quebrante nuestros corazones ahora,
en este instante, de manera que cuando pasemos al siguiente segmento lo
hagamos renovados espiritualmente. Así, reconociendo nuestras flaquezas,
que somos polvo, débiles, con pasiones semejantes a la de Elías (Santiago
5:17), sabremos que por encima de todas esas cosas, nuestro Dios nos sostiene
y nos toma de la mano y no nos deja a expensas de nuestras iniciativas.
Este mensaje también lo aplicamos a las autoridades en el ámbito secu-
lar (presidentes, gobernadores, militares, policías, todo el cuerpo castrense,
funcionarios públicos, empresarios, etc.) que están leyendo este libro, y se
preguntan: «Pero, ¿qué hago yo leyendo este tipo de libro, qué significan estas
palabras para mí?» ¡Quién sabe lo que en este momento está inquietando a sus
corazones! Pero la Palabra de Dios dice que ellos son ministros de Dios, y su
autoridad ha sido establecida por Dios, para nuestro bien (Romanos 13:1,4).
Por tanto, si tú eres una autoridad en el área que sea, entiende que has sido
puesto por Él, para mantener un orden que beneficie a las familias de la tierra,
y debes gobernar bien, con temor y temblor delante de Dios. Ya seas un oficial
del orden o Primer Ministro para dirigir a una nación, te ruego doblegues tu
ser frente a la autoridad de Cristo. Entiende que a ti no te eligió nadie, ni te
ascendió de rango un superior, sino que Dios te puso, porque Él es el que qui-
ta y pone gobiernos, y los que están son puestos por Él, por tanto, a ti también
te eligió Jehová. Pídele al Señor que te dé una revelación de este mensaje y lo
que significa verdaderamente autoridad, para que el temor de Dios caiga en

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el llamamiento es conforme 269
a su procedencia

tu corazón y digas como todo ministro de Dios: «Desde ahora en adelante, yo


voy a gobernar en el temor de Dios, y usaré mi autoridad sujeto a la autoridad
del cielo, para que el Señor comience a engrandecer Su nombre en donde
estoy y en todos los confines de la tierra». Y yo digo: Amén.
Es necesario que Dios derrame en todos los ministros, servidores y dignata-
rios de la tierra, espíritu de sabiduría, de ciencia y de consejo, y tape sus oídos a
los consejos de los hombres, para que el temor divino caiga en sus corazones y
gobiernen a su nación en el temor de Dios. Los antiguos consultaban en todo a
Dios, así ellos busquen al Señor, y usen consejeros espirituales –no gurú ni adi-
vinos- sino siervos de Dios, hombres llenos del Espíritu Santo, que los orienten.
Asimismo, que cada ministro gubernamental, militar o político se sujete a Dios,
para que no prevalezca la desunión ni la ambición política por el poder, sino el
deseo de gobernar bien, como aquellos que han de dar cuentas al Dios del cielo,
por la autoridad que Él ha puesto en sus manos (Romanos 13:1).
Es imperioso que haya conocimiento de Dios en todos los ámbitos de
la tierra, y sea echada fuera la ignorancia, para que reine la iluminación del
eterno. Conviene que se conozca el evangelio de Jesús en toda nación, tribu,
lengua y pueblo, para que los principados de maldad en las regiones celestes y
demonios, que quieren enseñorearse de los pueblos, ¡desaparezcan!, y el seño-
río de Cristo se implante en cada lugar, por pequeño que este sea. Toda clase
profesional y poder gubernamental necesita a Cristo. Igualmente aquellos que
aplican y promulgan leyes, que hagan leyes justas, y apliquen la justicia sin
cohecho, para que no hagan daño al pobre ni se inclinen al favor del rico.
Es apremiante que haya unidad entre las autoridades y la iglesia, porque
cada uno de ellos suple una necesidad, en lo secular y en lo espiritual, respecti-
vamente. Así, juntos podremos hacer frente a los males que afligen al mundo, y
se pueda ver la diferencia entre el reino del diablo y el reino de Dios. El diablo
vino para matar, hurtar y destruir, pero Jesús vino para darnos vida, y vida en
abundancia (Juan 10:10). ¡Qué reine la justicia en la tierra, que es la gloria y la
autoridad de Jesucristo, la cual viene de los cielos y no de los hombres! Induda-
blemente, si nuestro llamamiento procede del cielo, entonces nuestra obediencia
y lealtad deben ser al Rey de las alturas y a Su reino celestial.

4.2  Si no Lucha Legítimamente


“… el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legíti-
mamente”
-2 Timoteo 2:5

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270 la honr a del ministerio

Todo cristiano tiene el ideal de vivir la vida del reino de los cielos, lo cual
no es una utopía, sino algo posible, pues Jesús y los apóstoles vivieron así. Por
consiguiente, nosotros también podemos porque al igual que ellos, tenemos
como ayudador al Espíritu Santo. El Señor quiere que vivamos de esta manera,
especialmente en un momento donde todo va de mal en peor, y la humanidad
está llegando a rebasar el límite del pecado, excediéndose en toda clase de vicios
y perversiones. No obstante, sabemos que Dios siempre tiene instrumentos en
cada generación y personas para cada situación. Así, algunos van al frente, otros
abren el camino para los que vienen detrás, y a cada uno lo entrena de acuerdo
a su utilidad, y según la misión que se le vaya a asignar. De la misma manera,
Dios repartió dones a la iglesia, capacidades ungidas, ministerios, operaciones y
funciones, para que seamos aptos y capaces de hacer la obra que nos encomen-
dó. En este segmento veremos un instrumento escogido, muy útil del Señor, al
apóstol Pablo (Hechos 9:15), cuya vida llegaba a su fin. En la última carta que
escribió a su hijo espiritual, Timoteo, antes de ser ejecutado, encontraremos la
esencia de lo que Dios quiere decirnos en este segmento.
En esa carta, el apóstol Pablo expresa que tiene una cita con la muerte, y
que el tiempo de su partida estaba cercano (2 Timoteo 4:6). Él estaba preso
en Roma, posiblemente ya había sido juzgado y condenado, y esperaba, sola-
mente, el día de la ejecución. Ahora imagínate a un hombre que tiene ese ¡ay!,
esa imposición, esa necesidad de compartir lo que ha recibido, un hombre que
debido a la gracia que Dios le dio se sentía deudor, por eso había escrito años
antes: “A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor. (...) me he hecho
siervo de todos para ganar a mayor número. Me he hecho a los judíos como judío,
para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto
a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley; a los que
están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo
la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley. Me he hecho débil a los débiles,
para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos
salve a algunos. Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de
él” (Romanos 1:14; 1 Corintios 9:19-23). Pablo entendía que él fue llamado
a un propósito, a ser eficaz, a agradar a Aquel que lo había tomado. Él quería
asirse de aquello por lo cual Dios lo tomó también a él. Ese hombre estaba
bien enfocado, sabía lo que era, pero ahora tenía una cita con la muerte, lo que
significa que su fin estaba cerca y sus días estaban contados.
Pablo sabía la importancia de los padres que engendran hijos por medio
del evangelio, de los cuales no abundan muchos (1 Corintios 4:15), por eso
sentía un gran conflicto dentro de sí y escribió: “Mas si el vivir en la carne

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el llamamiento es conforme 271
a su procedencia

resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. Porque de


ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo,
lo cual es muchísimo mejor; pero quedar en la carne es más necesario por causa
de vosotros. Y confiado en esto, sé que quedaré, que aún permaneceré con todos
vosotros, para vuestro provecho y gozo de la fe…” (Filipenses 1:22-25). Por tanto,
para él no era poca cosa el ser relevado en esa obra, dejarle a alguien la antor-
cha para que siga la carrera, desde donde él la dejó.
Piensa ahora en el atletismo, en una carrera de relevos, donde alguien corre
un tramo y le entrega la antorcha al que sigue, y ese, a su vez, hace su recorrido
y se la da al que lo está esperando, para emprender también su carrera y llegar a
la meta. ¿Sabes cómo le llaman al tubo que se pasan los corredores después de
correr cada uno la distancia determinada? Testigo. ¡Tremendo! No sé cómo lo
ves tú, pero ese tubo bien puede tipificar la Palabra de Dios, que también es un
testigo que se levanta a legitimar la justicia divina revelada en Jesucristo (Roma-
nos 3:21). ¿Qué “testificó” Jesús cuando estuvo entre nosotros? Lo que vio y
oyó del Padre (Juan 3:11, 32); y ¿qué “testificó” el concilio celestial en la tierra?
Que Jesucristo es el Hijo de Dios (1 Juan 5:5-6); ¿cuáles otros tres concordaban
como “testigo” de esa verdad? el Espíritu, el agua y la sangre (1 Juan 5:8).
Ahora dime, ¿cuál fue el “testigo” de la iglesia primitiva? Testificar que
Jesús era el Cristo a toda nación, tribu, lengua y pueblo (Marcos 16:15). ¿Cuál
fue el “testigo” que usó Pablo? Testificar a judíos y a gentiles acerca del arre-
pentimiento para con Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo (Hechos 20:21);
¿cuál fue el “testigo” que usaron los apóstoles? Que el Padre envió al Hijo,
para salvar al mundo (1 Juan 4:14). Y me pregunto, ¿qué “testificamos” noso-
tros? ¿Cuál es el “testigo” que pasaremos a las generaciones que nos releven?
¿Hemos corrido bien nuestro tramo? ¿Conservamos el “testigo” que nuestros
antepasados, a precio de sangre, pasaron a nuestras manos?
El correo en la antigüedad, por ejemplo, usaba “mensajeros”, los cuales
contaban con caballos y estaciones de cambio. En esas estaciones conoci-
das luego como postas (de donde proviene la palabra “postal”) había grandes
caballerizas y jinetes para agilizar el correo de manera que el mensaje llegara
más rápido, ya que el mensajero que estaba en la estación, relevaba al que lle-
gaba, marchando de inmediato con un caballo descansado, por lo que avan-
zaba con más rapidez. Los mensajeros vivían para eso, y luchaban contra las
inclemencias del tiempo hasta cumplir su propósito. Ese empeño y constancia
se han extendido hasta el día de hoy, de tal manera que ya se da por entendido
que “Llueva, truene o relampaguee” una carta se recibirá en dos o tres días, no
importa de donde provenga.

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272 la honr a del ministerio

Apliquemos eso ahora a esa carrera que se refería Pablo, cuando le ilustra-
ba a Timoteo la importancia de la predicación del evangelio, en un momento
tan crítico como el de su partida. Este hombre estaba al punto de morir, y
necesitaba transmitirle al que le sustituiría lo básico y primordial del ministe-
rio que había recibido del Señor. En ese momento no podía detenerse en
contarle historias ni sueños, ni hablarle de sus grandes victorias y experiencias
espirituales, sino que estoy seguro que Pablo quería fundirse con Timoteo en
el encargo. Sus palabras estaban llenas de una gran carga emocional, cuando
le decía: “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los
vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra;
que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda
paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina,
sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus pro-
pias concupiscencias, y apartarán de la verdad
el oído y se volverán a las fábulas. Pero tú sé
“El ministerio es sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz
un llamamiento obra de evangelista, cumple tu ministerio” (2
del Padre a dar” Timoteo 4:1-5). Pablo le suplicaba, pero
también le encarecía y recomendaba con
empeño el ministerio.
Es notable que en ese tiempo, a pesar de que el evangelio se había exten-
dido por todo el mundo conocido en aquellos días, había en la iglesia mucha
gloria, pero también mucha apostasía. Pablo en esa epístola mencionó a minis-
tros que lo habían abandonado, no para ir a predicar a otro lugar, sino porque
se habían desviado de la verdad, enseñando doctrinas extrañas como que la
resurrección ya se había realizado (2 Timoteo 2:18), y otros, como Demas, se
fueron porque amaron más al mundo que al Señor (2 Timoteo 4:10). El tono
de la carta expresaba la preocupación del apóstol por la situación que había
enfrentado y que pudiera repetirse en el futuro en la vida de otros creyentes,
si no eran alertados.
En ese contexto, es como si Pablo le dijese a Timoteo: «Timoteo, Cristo
llegó a mí y me pasó la antorcha; yo llegué a ti, a través de la predicación
del evangelio, y te enseñé lo mismo que recibí del Señor. Ahora ha llegado
el tiempo de mi partida y tú eres quien tomará la antorcha en mi lugar. Por
tanto, lo primero que te digo es: “… esfuérzate en la gracia que es en
Cristo Jesús” (2 Timoteo 2:1)» O sea: «Para tú seguir haciendo la obra que
Dios te dio, siendo fiel en esta generación infiel, y lograr pasar la antorcha a
la generación que sigue después de ti; para tú prevalecer frente a todos estos

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el llamamiento es conforme 273
a su procedencia

movimientos de apostasía y situaciones que hay en la iglesia, y puedas hacer la


obra del ministerio y guardar el depósito, retener la doctrina, y todas las ins-
trucciones que tú has recibido, Timoteo, tienes que esforzarte en la gracia».
Y me pregunto, ¿cómo es posible esforzarse en algo que se recibe?La gracia
es gracia precisamente por ser inmerecida, algo que se obtiene sin haber produ-
cido ningún trabajo para alcanzarlo. La gracia es lo que Dios hace en mi vida,
no yo en mí. Mas, luego entendí lo que Pablo quiso decir y es que se tome la
fuerza de la gracia, el amor de la gracia, el poder de la gracia y todo lo que impli-
ca y contiene la gracia, para poder permanecer en ella. Eso es como el vuelo del
águila, la cual no se pone a pelear con el viento para remontarse en él. El águila
con sabiduría observa hacia dónde sopla el viento, entonces abre sus alas y con
la fuerza del viento, sin hacer ningún esfuer-
zo, se deja guiar y vuela bien alto. Eso mismo
es lo que Dios quiere que hagamos con el “Solo el hecho
Espíritu Santo, que dejemos que él nos guíe,
que permitamos que su fuerza nos impulse, de que alguien
que tomemos de lo que hemos recibido de la no haya sido fiel
gracia, con toda su implicación y sigamos y no pase bien
nuestra carrera de relevo. lo que recibió,
Lo segundo que le dijo Pablo a Timoteo
echa a perder
fue: “Lo que has oído de mí ante muchos testi-
gos, esto encarga a hombres fieles que sean idó- totalmente a una
neos para enseñar también a otros” (2 Timoteo generación”
2: 2). Es decir, lo que Pablo recibió se lo pasó
a Timoteo, y ahora le dice que él haga lo mis-
mo con otros, para que lo que les dio el Señor vaya de mano en mano. Esa
acción no es extraña en el Señor, pues veo en la multiplicación de los panes que
la Biblia dice en todas las narraciones: “tomando los siete panes, habiendo dado
gracias, los partió, y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante; y los pusieron
delante de la multitud” (Marcos 8:6). El libro de Apocalipsis comienza diciendo:
“La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas
que deben suceder pronto; y la declaró enviándola por medio de su ángel a su siervo
Juan…” (Apocalipsis 1:1). O sea, la revelación que Dios le dio a Jesucristo, él
se la pasó al ángel, y el ángel se la pasó a Juan y este a nosotros, y nosotros se
la comunicamos al mundo. Hay una cosa que Dios te puso en la mano, y algo
que alguien te dio, que lo recibió de Dios. El ministerio es un llamamiento del
Padre a dar. Esto es un asunto de “mano a mano”, de manera que lo que me
pasaron a mí, yo te lo paso a ti, tú se lo pasas a otros, sabiendo que todo es del

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Señor, y de lo recibido de Su mano le devolvemos a Él, y damos a los hombres


(1 Crónicas 29:14).
Es importante connotar que si tú detienes lo que se te ha entregado, no
va a continuar la cadena, y se perderá en tu mano. Como sucedió con el
maná, cuando algunos, desobedeciendo a Moisés, guardaron para otro día,
y se pudrió, hedió, y crió gusanos, ¡no se pudo comer! (Éxodo 16:19-20). Lo
que Dios da no es dado para detenerse, sino para ministrarse. Por eso es que
tenemos que abrir los ojos para mirar la importancia de la fidelidad indivi-
dual. La iglesia es un cuerpo, pero está formada por miembros y uno solo
que se paralice, puede detener a todos. Es necesario que asumamos nuestra
responsabilidad individual y digamos: «Yo recibí, debo dar; si soy riñón junto
con mi compañero voy a filtrar la sangre, para quitar los desperdicios que
eliminaré por la orina; si soy corazón voy a latir para distribuir la sangre por
todo el cuerpo, etc. No se puede quedar en mí lo que yo recibí, lo tengo que
pasar; soy deudor a aquellos que lo necesitan».
¿Por qué crees que Pablo le dijo a Timoteo que busque hombres fieles
y aptos (2 Timoteo 2: 2)? Porque eran los requisitos para ser ministro del
Señor. Él dijo: “Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea.
Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer,
sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar; no dado al vino,
no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible,
no avaro; que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción…” (1
Timoteo 3:1-4). En fin, la lista de requisitos previos era larga para que una
persona sea apta para el ministerio y Timoteo debía ordenar o consagrar a
aquellos en lo que se vieran esos frutos. Por eso, Pablo también le advirtió
a Timoteo: “No impongas con ligereza las manos a ninguno, ni participes
en pecados ajenos. Consérvate puro” (1 Timoteo 5:22). Por tanto, tengamos
sumo cuidado a quien le pasemos el manto, porque si no es llamado ni es
apto, esa persona va a hacer daño en vez de hacer bien, algo que está causan-
do mucho perjuicio al ministerio cristiano en la actualidad.
Y me pregunto, ¿dónde se perdió el camino? ¿Cómo nos desviamos de la
bendita y trazada senda? Fácil, solo el hecho de que alguien no haya sido fiel
y no pase bien lo que recibió, echa a perder totalmente a una generación,
pues se pierde el depósito. Si los que nos antecedieron no siguieron instruc-
ciones, posiblemente ordenaron ministros basados en parentescos, simpatía
o porque tenían unción o algún don, obviamente se desvió y se detuvo el
propósito. Pero Dios no quiere que vuelva a pasar lo mismo, por eso está res-
taurando y creando una nueva generación, con su santo celo y devoción. Por

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a su procedencia

tanto, con lo que se nos dio, seamos fieles y leales, consecuentes con la verdad.
Pasemos bien a la próxima generación lo que sabemos que es el ideal de Dios,
aunque no lo hayamos alcanzado. Pablo dijo: “No que lo haya alcanzado ya, ni
que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui
también asido por Cristo Jesús” (Filipenses 3:12). Debemos seguir su ejemplo,
para que Dios haga lo que quiere hacer.
Hay una responsabilidad en la imposición de manos, por eso Pablo le
advierte a Timoteo que no le imponga las manos a nadie con ligereza, pues
imposición de manos es transferencia de autoridad. Cuando Moisés le puso
la mano a Josué dice la Palabra que le transfirió de su mismo espíritu (Deute-
ronomio 27:19). Jehová le dijo a Moisés: “… pondrás de tu dignidad sobre él”
(v. 20). Y la palabra “dignidad” en hebreo implica majestad, gloria, autoridad,
unción. Todo lo que poseía Moisés se lo dejó caer encima a Josué cuando lo
apartó. Por eso, cuando Moisés murió, dice la Palabra: “Y Josué hijo de Nun fue
lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés había puesto sus manos sobre él; y los
hijos de Israel le obedecieron, e hicieron como Jehová mandó a Moisés” (Deutero-
nomio 34:9). Por tanto, apartar a una persona es transferirle autoridad, dones,
capacidades, unciones, espíritu, es darle todo lo que Dios te dio y más. Por eso
digo que todos somos responsables de todo lo que está pasando en la iglesia (los
malos testimonios, abusos, prevaricación en los ministerios, escándalos, etc.),
porque es obvio que en algún momento, en la transferencia, no seguimos la
instrucción que nos dio el Señor. Hay quienes abusan de la confianza y hay a
quienes los estimula la confianza. Honremos con obediencia a Aquel que nos
honró, que nos confió, que nos tuvo por fiel poniéndonos en el ministerio.
Continuando con el consejo de Pablo a Timoteo, él le dijo: “Tú, pues,
sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo. Ninguno que milita se enre-
da en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado”
(2 Timoteo 2:3-4). Nota que el apóstol compara a un ministro con un sol-
dado, porque un militar no se va a enredar en los asuntos civiles, porque su
propósito es ser leal y agradar a aquel que lo reclutó para un fin. Un soldado
es alguien que siempre está “presto a”, “listo para”, “alistado exclusivamente
en el servicio de”, y por eso no puede decir: «Me voy a tomar el día libre hoy,
no tengo ánimos de hacer guardia. Me voy a compartir con mis amigos y
quizás me reporte mañana», ¡jamás! Los que han militado en cualquier cuer-
po castrense o conocen la profesión militar saben que eso es algo imposible e
inadmisible en dicha institución. El soldado se debe a la milicia y está sujeto
a un orden y a un comando.

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276 la honr a del ministerio

Supe de un joven que estuvo en el ejército y, cuando estaba en entrena-


miento, un maestro, apenas verlo entrar al salón de clases, le dijo: «Soldado,
usted debe recortarse el pelo. Aquí siempre debe andar rasurado, y su pelo
llevarlo más bajito, así que recórteselo». El recluta lo escuchó y al llegar a su
habitación se miró al espejo y dijo: «Mmm..., yo me veo bien, ¿quién le dijo
a él que mi pelo está largo? No, no, olvídalo, me quedo así como estoy». El
muchacho no le dio mayor importancia, y otro día, estando en la clase, el
maestro lo vio y simulando no haberlo visto dijo: « Está aquí un soldado a
quien le dije que debía recortarse el pelo, ¿quién fue?», fingiendo que no se
acordaba de él. Pero el joven, tratando de mostrar integridad, se levantó y
dijo: «Yo soy, fue a mí al que usted le dijo», entonces el maestro le respondió:
«Véame después de la clase».
Cuando terminó el período, se fue con el joven a la oficina y expuso
delante de los superiores la observación que le había hecho al recluta, y se le
anotó en su record una nota: “desobediencia”. De ahí en adelante, el joven
aprendió, no tan solo a seguir órdenes, sino a cumplirlas, estuviera de acuerdo
o no, por simples que parecieran. Nota que algo tan sencillo como haberse
negado a cortarse el pelo, fue una anotación a destacarse en el record de ese
aspirante a soldado. Aplica ahora esa misma enseñanza al ministerio.
Los cristianos tenemos la libertad que nos dio Cristo y debemos estar fir-
mes en ella (Gálatas 5:1), pero también el apóstol Pablo dijo: “Todo me es lícito,
pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica (...) yo en todas las
cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para
que sean salvos” (1 Corintios 10:23,33). Es decir, que aun su libertad, lo que le
era lícito en Cristo Jesús, él lo sometió a Dios, para que haya edificación en
la iglesia. Aunque el ministro tenga libertad, no pertenece a sí mismo, no es
independiente, pues aun su cuerpo fue redimido, su mente, su vida, todo le
pertenece al Señor. Hay cosas que yo digo que nunca en mi vida las haría, y
el Señor me dice: