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Cioran

Odiarse
El amor propio es cosa fácil: como brota del instinto de conservación, incluso los
animales lo conocerían si estuviesen un poquitín pervertidos. Lo que ya es más difícil, y
en lo cual sólo sobresale el hombre, es en odiarse a sí mismo. Tras haber causado su
expulsión del paraíso, hizo lo que pudo para aumentar la separación que le distancia del
mundo, para mantenerse despierto entre los instantes, en el vacío que se intercala entre
ellos. La conciencia emerge de él y en él hay que buscar el punto de partida del
fenómeno humano. Me odio: soy un hombre; me odio absolutamente: soy absolutamente
hombre. Ser consciente es estar dividido uno mismo y odiarse. Este odio zapa nuestras
mismas raíces, al mismo tiempo que proporciona savia al Árbol de la Ciencia.
Aquí tenemos al hombre fuera del mundo y alejado de sí mismo. No podríamos
clasificarlo entre los vivientes sin abuso, tan superficial es su contacto con la vida; su
contacto con la muerte no lo es menos. No habiendo podido encontrar su lugar exacto
entre una y otra, ha hecho trampa desde sus primeros pasos: un intruso, un falso vivo,
un falso mortal, un impostor. La conciencia, esa forma de no participación en lo que se
es, esa facultad de no coincidir con nada, no estaba prevista en la economía de la
creación. Lo sabe, pero no tiene ni el coraje de asumirla hasta el límite y de perecer por
ella, ni el de repudiarla para salvarse. Extraño a su naturaleza, sólo en medio de sí
mismo, desligado de este mundo y del otro, no abraza completamente ninguna realidad:
¿cómo podría hacerlo, dado que no es real más que a medias? Un ser sin existencia.
Cada paso que da en dirección al espíritu equivale a una falta contra la vida. ¡Asombra
que no ponga término a la zarabanda de la conciencia, para emparentarse de nuevo con
las cosas! Pero del estado de irreflexión (en el que cesaría su sentimiento de culpa) está
separado por ese odio de sí mismo del que no quiere ni puede deshacerse. Apartándose
de la línea de los seres, de los caminos trillados de la salvación, innova sin descanso para
poder mantener su reputación de animal interesante.
La conciencia, fenómeno provisional si los hay, es empujada por él hasta su punto de
estallido y se cae en pedazos con ella. Al destruirse, se alzará hasta su esencia y cumplirá
su misión: convertirse en su propio enemigo. Si la vida ha falseado a la materia, él ha
falseado a la vida. ¿Volverá a repetirse su experiencia? No parece implicar una
posteridad: todo deja presagiar que es la última fantasía que la naturaleza se permite.