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Análisis del discurso literario desde el eje ficción-política en:

LA CIUDAD AUSENTE de Ricardo Piglia

PROFESORA: CRISTINA ANALÍA GODOY

INTRODUCCIÓN

En coherencia con el objetivo del trabajo, orientado hacia una indagación analítica de los resortes y
mecanismos estructurales del discurso, intentaremos dilucidar el funcionamiento de los dispositivos
discursivos, a partir de un corpus especialmente seleccionado, en ocasión de justificar la interpretación
semántica de la serie referencial e ideológica de la novela. Para ello intentaremos ofrecer un panorama del
dramático escenario social y político de los años 80, marcado por la lucha armada y las persecuciones
ideológicas impuestas por el gobierno militar instalado desde 1976. Éste es el contexto dentro del cual se
construye la literatura de Piglia, quien incorpora nuevos procedimientos de rescate referencial y procesos
simbólicos con los que se construirá su ficción literaria.

De la producción novelística de esta década y en función del tópico analizado, podemos mencionar
Respiración artificial del mismo autor, Nadie, nada nunca de Juan José Saer, Maldición eterna a quien lea
estas páginas de Manuel Puig y No habrá más penas ni olvidos de Osvaldo Soriano. En cuanto a la obra de
Piglia, nos detendremos en la Ciudad ausente. Ya que es tal vez en esta novela donde mejor se ve la
intención discursiva de dar respuestas a las presiones ejercidas por las tensiones socio-políticas, las cuales se
proyectan en innovaciones técnicas y estilísticas.

Con la publicación de Respiración artificial, Piglia inicia la construcción de una poética que se
constituirá en una especie de parámetro para aquellos escritores que, de alguna manera, querían reflejar la
realidad que los circundaba, sumándose a la ya compleja tradición literaria argentina de fusionar política y
ficción.

Las características más destacables del discurso pigliano son: la acumulación, el fragmentarismo, la
multiplicidad de historias que se intersectan, la elusión solapada, las denuncias elípticas, cualidades que
buscan provocar en el lector la sugestión de lo múltiple y plural propia del impulso post-moderno. El propio
autor nos dice acerca de la arquitectura de La Ciudad Ausente:

“…siempre me han gustado las novelas que tienen varias tramas superpuestas. Es una imagen muy fuerte que
yo tengo de la realidad, el cruce de las intrigas… hay un sistema como de puertas que uno abre y entra en
otra trama, que hay como una red verbal en la que se vive. Y que la cualidad central de la narración es ese
fluir, ese movimiento como de fuga hacia otra intriga…”

Sobre este artificio verificable en su discurso narrativo, al que la crítica denominó fragmentarismo,
Piglia reflexiona:

“…En todo caso yo no lo llamo fragmentario, lo llamo relato mínimo, microrrelato, la historia reducida a lo
esencial… me interesa la idea de circulación de historias múltiples en un relato. El problema para mí no
pasa tanto por la fragmentación, sino más bien por una intriga, que sería hasta dónde se puede reducir una
historia, cómo se pueden mezclar las historias, de qué modo se puede pasar de una historia a otra, de qué
modo se puede crear una superficie narrativa en la que sea posible circular entre historias diversas…”

Otra notable característica de su poética la constituye su preferencia por contar historias con la
estructura de la investigación, dentro de la tradición del policial de origen inglés. También es notable la
influencia de Borges en cuanto a la contaminación de su discurso con discursos ajenos, falsos o tergiversados
y las proyecciones especulares o circulares de sus relatos. Además podemos rescatar cierta herencia artliana
de la que Piglia toma el gusto por las peripecias sociales y políticas, aunque ya desde Amalia de Mármol estos
tópicos vienen siendo la sustancia de la tradición literaria nacional. Al respecto podemos volver a citarlo:
“…La literatura trabaja la política como conspiración, como guerra; la política como gran máquina
paranoica y ficcional… Hay una manera de ver la política en la literatura argentina que me parece más
interesante y más instructiva que los trabajos de los llamados analistas políticos, sociólogos, investigadores.
La teoría del estado en Macedonio, la falsificación y el crimen como esencia del poder en Arlt…”

El concepto de ficción paranoica formulado por Piglia ya estaba instalado como elemento del discurso
en las novelas de Arlt y el delirio interpretativo de la realidad histórica, que éste instauraba, ya entonces, a
través de su narrativa.

El incremento paulatino de la violencia política y social que se vivió en nuestro país y en el mundo a
partir de la década del cincuenta instala en el imaginario social una sensación de subjetividad amenazada a
la que la ficción literaria da respuesta a través de la combinación de tres géneros principales: el policial negro,
la ciencia ficción y la ficción especulativa. Esta nueva manera de construir los relatos está plagada de
elementos simbólicos y alegóricos que el lector deberá descifrar como si fuera un investigador. Esta visión
paranoica de la realidad determina una serie de utopías de las cuales rescatamos dos como fundamentales en
relación con este trabajo: la del futuro o histórica y la utopía del destierro.

DESARROLLO Y PROFUNDIZACIÓN.

“…Estaban en la cortada Carabelas, atrás del enorme edificio de hormigón del Mercado del Plata. Durante
la guerra lo habían usado de cartel y las fotos de Perón se descascaraban en las paredes. Un mundo de
refugiados y de vagabundos proliferaba por las galerías. Los gendarmes no se arriesgaban hasta ahí, pero el
lugar estaba infectado de agentes del gobierno…” (p. 74)

“…El subsuelo del Mercado del Plata se comunicaba con las calles que cruzaban por debajo de la Nueve de
Julio y con los pasillos del subte de la Estación Carlos Pellegrini… ese era el punto de fuga, ahí se nucleaban
los refugiados y los rebeldes, los hippies, los gauchos, los espías, todos los ex, los contrabandistas, los
anarcos. Para llegar al edificio tenían que atravesar una playa de estacionamiento abandonada, una tierra
de nadie entre los refugios y la ciudad…”(P. 75-76)

“…Se bajó en la Nueve de Julio. Los pasillos estaban cubiertos de puestos de kioscos de lata donde
vendían miniaturas y revistas de la guerra…”(p. 102)

En los tres textos hay referencias concretas a la ciudad de Bs. As.: “la Cortada Carabelas”, “el mercado
del Plata”, “la estación Pellegrini”, pero las imágenes están articuladas en una configuración marcadamente
paranoica, que emerge de la referencia elíptica y recurrente a la guerra, al submundo de refugiados,
vagabundos, rebeldes, hippies, gauchos espías y agentes del gobierno y el clima onírico, difuso y futurista del
espacio de realización de las acciones.

Si analizamos el discurso, desde el punto de vista pragmático es evidente la deliberada intención de


acumular elementos referenciales que denoten las consecuencias devastadoras de la guerra. Detengámonos en
la connotación verbal de “…las fotos de Perón se descascaraban en las paredes” índice del deterioro físico de
un ícono del orden que se derrumbaba. Respecto de la caterva humana conformada por “refugiados y
vagabundos”, los mismos asumen la condición de desechos y expulsados, sin cabida en el nuevo orden, son
“refugiados” en zonas marginales refuncionalizando nuevos espacios degradados por su presencia. Luego los
“gendarmes” y los “agentes del gobierno”, portadores simbólicos de la custodia del nuevo orden,
concreciones físicas de la presencia de un poder militarizado que se ejerce por imposición, sin entender
exactamente su sentido.

En el segundo párrafo, es dable destacar dos elementos: “el subsuelo”, alegoría del refugio de los
expulsados (recordemos las catacumbas romanas), y los personajes que lo pueblan cuya enumeración caótica
conforma una constelación paradigmática de nuestra nacionalidad, en efecto los “hippies y gauchos” con su
radical oposición por una parte, y los corruptos y marginales por otra (“espías, contrabandistas, anarcos”),
forman un círculo que prácticamente agota esa simbología, asignándoles la categoría de “ex”, es decir de
expulsados.
Finalmente, las “miniaturas y revistas de la guerra” constituyen indicadores de la toma de la ciudad
(digamos del país) por parte de ese orden demonizado por la idea de guerra.

El discurso novelesco delata los mecanismos neuropsicóticos utilizados por el poder para crear la ficción
novelesca de una realidad impuesta, y para internalizar en los sujetos la conciencia de su pertinencia,
abortando todo peligro de reacción o rebeldía. Dada su incoherencia con la realidad, su desvío respecto de los
caminos racionales del pensamiento, a esa ficción construida se la caracteriza como paranoica.

Veamos cómo se iluminan estas reflexiones…

“…Existía una extraña disparidad en la conciencia de lo que estaba pasando… Tenía la sensación de
que todos coincidían en soñar el mismo sueño y cada uno vivía encerrado en una realidad distinta. Ciertos
comentarios y cierta versión de los hechos le hicieron recordar los días de la guerra de Malvinas. Los
militares habían perdido la guerra de Malvinas y nadie lo sabía…” (p.88).

“… Un tipo le habló como si lo conociera de toda la vida. Algo había pasado con el sentido de la
realidad. El tipo hablaba con su hermano, pero no había ningún hermano…” (p.88/89)

“…Es una idea inofensiva… pero es falsa y no debe ser divulgada. Vive en una realidad imaginaria-
dijo el comisario-. Está en la fase externa de la fantasía, es una adicta que vive huyendo de sí misma.
Introyecta sus alucinaciones y debe ser vigilada. –la policía usaba ahora ese jerga lunática, a la vez
psiquiátrica y militar. De ese modo pensaba contrarrestar los efectos ilusorios de la máquina… nosotros
somos la realidad –dijo-… somos servidores de la verdad.” (p. 95/96)

El primer estadio del proceso paranoico es la homogeneidad, lograda mediante mecanismos


neurológicos. Todos piensan igual, aunque el pensamiento choque con la realidad. Recordemos que el
personaje se halla supuestamente en el año 2004, con el nuevo orden liberal instalado, y por lo tanto, la
referencia a la guerra de Malvinas oficia en este párrafo como un antecedente que ubica la génesis, del
proceso de degradación.

La expresión “algo había pasado con el sentido de la realidad” muestra los efectos paranoicos de la
manipulación de la realidad por parte de los personeros del nuevo orden. La “adicta” es un ejemplar del
individuo resultante de las operaciones de cambiar los signos de la realidad y crear una “realidad imaginaria”.
El contexto físico en el que se halla esta mujer encierra implicancias simbólicas respecto del contexto social
que enmarcó la sociedad argentina durante los años duros de imposición de ese orden liberal, sustentado en
las figuras emblemáticas del “comisario” represor y del médico colaborador. Como contrapartida, aparece
aquí la máquina macedoniana, la eterna, que narra infinitamente la realidad, convirtiéndola en un río
interminable de relato, y asume la condición de metáfora de la “realidad real”, aquella que se niega a ser
cambiada y manipulada. Es una especie de núcleo esperanzado de resistencia al sometimiento, y por ello
quieren encontrarla y desactivarla. Así se entiende la expresión “de ese modo pensaba contrarrestar los
efectos ilusorios de la máquina…nosotros somos la realidad –dijo-…somos servidores de la verdad”.

Finalmente, y de acuerdo con los lineamientos de la Semántica Extensional, deberíamos dilucidar ahora
los métodos, o estrategias intencionales, a través de los cuales se plantea en la novela la alteración del criterio
de realidad. Para ello haremos dialogar microtextos de la novela con un informe científico acerca de los
nuevos descubrimientos en Neurobiología publicado en la época (Página 30, julio de 1995):

“… El tratamiento consistía en convertir a los psicóticos en adictos. Las drogas se administraban cada
tres horas. La única manera de normalizar un delirio era construirle una dependencia extrema…” (p. 66)

“… La clínica era una gran construcción rectangular, diseñada por zonas y pabellones, como una cárcel…
cada zona tenía su propio comando y su propio sistema de vigilancia…” (p. 68)
“…Tal vez ya le habían inyectado. El paisaje imaginario había sido explorado al máximo por el Dr. Arana.
Las visiones personales construían la realidad. La clínica era la ciudad interna y cada uno veía lo que quería
ver. Nadie parecía tener recuerdos propios… Todos adictos, metidos en sus delirios y en sus ghetos, usando
sus metáforas herméticas...” (p. 69).

“…Hay que actuar sobre la memoria dijo -dijo Arana- Existen zonas de condensación, nudos blancos, es
posible desatarlos, abrirlos. Son como mitos –dijo-, definen la gramática de la experiencia… El código
genético y el código verbal presentan las mismas características… Los neurólogos de la clínica pueden
intentar la intervención, habrá que actuar sobre el cerebro…” (p. 71)

“…Pensó el Tano… y se lo imaginó entrando y saliendo de las clínicas de desintoxicación, perdido en una
realidad virtual…” (p. 71)

“… Tranquila -dijo Arana-. Tiene que colaborar con nosotros si se quiere curar. El capitán la va a ayudar a
recodar. Es un especialista en la memoria artificial..”. (p.72)

El discurso novelesco se explaya en imágenes y alegorías, en descripciones minuciosas cargadas de


simbolismo histórico, relacionadas con el segundo momento del proceso de introducción de la nueva realidad
en la sociedad argentina. Ese proceso consiste en convertir a los “psicóticos en adictos.” Es decir, introducir
los indicadores de la realidad en forma permanente, en virtud de que la adicción entraña una perversión
cerebral producto de una lesión de sus circuitos racionales, de la que no se puede regresar. De allí entonces
que se afirme que “la única manera de normalizar un delirio era construirle una dependencia extrema”, es
decir, se instituye el pasaje de la realidad delirante, paranoica, construida inductivamente, a la adicción, a la
implantación definitiva de esa realidad. Reproduce simbólicamente la asunción por parte de la sociedad
argentina de los modos de pensamiento y actitudes propios del orden liberal. Las drogas que en la novela se
suministran periódicamente representan simbólicamente los elementos de consumo y las modas de
comportamiento que se impone a la sociedad, provenientes precisamente de ese orden impuesto.

La clínica tiene una doble simbología, en primer lugar, rememora el espacio perverso, paradigmático de
los tormentos durante la dictadura militar, y en segundo lugar representa por extensión todo el país, todo el
espacio físico de nuestra sociedad, alcanzada por estos procesos de adicción.

El proceso descripto, conducido por el Dr. Arana, conlleva una serie de rasgos simbólicos significativos,
por ej. “la memoria”, es la que se quiere destruir, y junto con ella, los recuerdos de experiencias vitales
construidas por los individuos en una situación de realidad diferente, cuando el nuevo orden todavía no estaba
presente, por ello pretenden actuar sobre el cerebro, ampliando con esta metáfora el proceso social de
adhesión a nuevas pautas vitales como resultado de la manipulación de los sentidos, realizada por el nuevo
orden con la connivencia de los dueños del poder.

En síntesis el discurso de Ricardo Piglia en La Ciudad Ausente donde la multiplicidad y la fracturación


llevan a una desmesurada indefinición entre historia y ficción, entre la realidad, la alegoría y la parodia, en un
magistral juego de intertextualidades, abre la posibilidad de innumerables perspectivas de interpretación de la
realidad social y política a través de simbolizaciones y alegorías que se construyen sobre las estructuras
tradicionales del género novelesco.

NOTAS:

* Las citas de La Ciudad Ausente corresponden a: Bs. As. Espasa-Calpe- Seix Barral, 1995.
* PIGLIA, Ricardo. (1986) Crítica y ficción, Buenos Aires. Planeta. 2000. (pág 144 y 206)