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BALBOA.

DESCUBRIDOR DEL PACIFICO


por Juan Cabal

LIAN Cabal narra la interminable marcha de aquellos valero­


sos guerreros a través de la inexpugnable selva de Panamá,
arm ad os de casco e incómodas corazas, envueltos en una at­
mósfera irrespirable por lo calurosa y húmeda, que culminó
c o n el descubrimiento del Pacífico. La prodigiosa aventura se
cierra con el trágico fin de Balboa, que su biógrafo describe
con gran realismo: detenido por su amigo más querido, con d e­
nado por su suegro y ejecutado por sus propios soldados.
BALBOA
DESCUBRIDOR DEL PACIFICO

K I) I T O R i A L J UV E NT U D í a
• ARCELOS A
EmlOHUL JuVLMltJD* 19»^

Primero «fie.4» « ^ o ie c d ó n Z». febrero 1958


IMPRESO KN ESPAÑA
PR1NTED IN SPAIN
;
R. Plana, Impresor. Mallorca, 170 — Barcelona
P R Ó L O G O

La biografía es un género literario situado entre la his­


toria y la novela. No es la historia, exposición objetiva de
sucesos memorables, donde la vida del personaje histórico,
vista fragmentariamente a tryvés de sus momentos culmi­
nantes y sujeta al cribado de una rigurosa comprobación
científica, queda en su mayor parte hundida en el misterio
\o se recoge en unos cuantos rasgos sin articular; tampoco
es da novela, que inventa sus héroes, creando un mundo
de la nada por el libre juego de la imaginación. Pero la bio­
grafía, que aspira a reflejar en su prosa, colorida y artís­
tica, existencias y caracteres no inventados, viene a ser
como una novela construida con materiales de la historia.
Bastá esta síntesis para señalar el papel preponderante que
desempeña en su obra la facultad interpretativa del bió­
grafo.
No se alarme el espíritu crítico de1 lector si observa en
determinados pasajes de este libro una cié Ha propensión a
la forma novelesca, porque Ib forma no altera la obstancia
del fondo. La historia tiene sus lagunas, para pasar las cua­
les hay que embarcarse a veces en la frágil navecilla de la
conjetura, dando al viento la vela de la ilusión. Pero eso
sin escapadas líricas.
Casi todo lo que sabemos de los grandes hombres que
descubrieron y conquistaron para España un Nuevo Mundo,
se debe a los cronistas de su tiempo, de visión bastante es­
trecha la mayoría, en unos p or falta de perspectiva histó­
rica y en otros por hallarse engolfados en la parcialidad,
de lo que resultan olvidos mayúsculos y contradicciones des­
concertantes. Por esto el autor de este libro, sin dejar de la
mano a los cronistas primitivos, lo que ha hecho, con tan
preciosa ayuda, ha sido esforzarse por obtener una inter­
pretación del héroe biografiado en la que se recogiera toda
su vida. Lo que hay en ella de novela está siempre en ha
superficie, es pura apariencia ornamental, y serviría, si el
acierto acompañarla al propósito, para mejor difundir entre
el gran público un ejemplo que puede ser estímulo para
la energía de la raza.
J. C.
I

EL HIDALGO POBRE

Cuando, en los albores del siglo xvi, resolvió Vasco Nti­


ñes de Balboa establecerse en la isla de Haití y cuidar plá­
cidamente de una alquería, con la ayuda de los indios que
le habían sido concedidos para el cultivo de la tierra, su
añción a las aventuras debía hallarse frenada por un pro­
pósito de vida metódica y fructuosa. Hecho sorprendente
en un mozo de veinticinco años, a quien las circunstancias
han puesto en los umbrales de un mundo maravilloso ape­
nas vislumbrado.
Porque no es la hora de los colonos precavidos, sino la de
los exploradores intrépidos. El misterio del Océaüu ha sido
rasgado por los espolones de las carabelas colombinas. Que­
da en el misterio un desgarrón a través del cuai pueden
verse el Caribe, con sus islas de esmeralda, y vagos perfi­
les del continente inmenso; pero del Nuevo Mundo, toda­
vía ignoto, sólo se percibe una boca que sonríe, ofreciéndose
al mas audaz.
Desde que se produjo el gran acontecimiento revelador,
solamente han transcurrido diez años. Colón, apenas retor­
nado de la costa de Veragua, sigue recorriendo el mar de
las Antillas, y sus continuadores, todavía escasos, pretenden
seguir la estela luminosa del Almirante, lanzándose a lo
desconocido con un hambre de espacio que les produce
fiebre.
¿Se concibe que en un momento así, tan contrario a la
cachaza y a la rutina del labrador, un mancebo de sangre
noble y ardiente, un hidalgo español con ambición y fanta-
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»ía, que abatutonó tu tteurra para ver lo que el rnar oculta ba,
mi detenía en las misma* puerta* del misterio, satisfecho con
leu primicia* de una revelación cuyo efecto excitante ex*
perimen tan hasta loa viejos? Y «i era su deseo nada más
que mejorar de fortuna, ¿cómo ha escogido el camino más
largo para hacerse rico, dedicándose a montar una granja
en un lugar del planeta donde se supone que se puede co­
ger el oro con redes?
Este es el hecho que primero nos impresiona en la vida
de Vasco Núfiez de Balboa, precisamente porque se trata de
uno de los primeros castellanos lanzados a la conquista de
lo nuevo, pudiéndose calificarle por esta caufln como hom-
bre de vanguardia. En la época en que embarcó en el
puerto de Cádiz para seguir la ruta de Colón, nadie pen­
saba en colonizar, sino en descubrir. Los establecimiento*
españoles de las islas encontradas, principalmente los de
las Grandes Antillas, eran puntos de apoyo para saltar a
otras tierras, centros de irradiación exploradora, y la acti­
vidad agrícola que en ellos empezaba a desarrollarse tenía
por objeto el subvenir a las necesidades de los pobladores
europeos, de número muy reducido. Sin contar los inconve­
nientes que supone, en sus comienzos, la explotación del
agro en países salvajes y malsanos, Se ofrecía la ventaja
de tener sometidos a los indígenas para hacerles trabajar
como esclavos; pero faltaban, en cambio, semilla» y pro­
visiones para esperar la cosecha, frecuentemente malogra­
da por desconocimiento de las condiciones especiales de
la tierra en aquellas ardientes latitudes.
En los primeros años del siglo xvi, el único ensayo aerio
de colonización se habia hecho en la Española, contándose
Balboa entre los escasos trasplantado* que se dejaron
tentar por las facilidades ofrecidas a quienes quisieran esta­
blecerse como granjeros. El negocio, sin embargo, era inse­
guro y casi siempre ruinoso. Lo intentaban algunos para
abandonarlo después del primer fracaso. Los desengañados,
cuando no se sentían nostálgicos del suelo natal, se embar­
caban para correr aventuras más emotivas, decididos a for­
zar el destino. Los pasos iniciales en toda clase de empre­
sas, grandes y pequeñas, son siempre difíciles. No es, pues,
de extrañar que los primeros pobladores de la Española,
espantados de los trabajos, enfermedades y privaciones que
encontraban en la que habían buscado como tierra de pro­
misión, quisieran casi todos regresar a Castilla. Y los que
conseguían repatriarse, convertidos en voceadores de *u in­
fortunio, hacían casi Imposible el reclutamiento de gente*
dispuestas a pasar el charco y a continuar <m la* isla* oceá­
nica* recién salida» del misterio la vida laboriosa del labra*
dor. La transvasaeíón funesta que finalmente arruinaría a
Espftña, despoblándote, empezó a operarse mucho más tarde
y era mime** ímprevislhle.
Ello no obstante, vemos a Vasco Núáez de Balboa «fto^
blecJdo en la Española desde 1502, cuando todavía es un
muchacho. Por su «dad y por sus antecedentes da hombre
inquieto y enérgico, pronto para la acción, ambicio*) y atre­
vido, sorprenda doblemente varia vegetar entre «u* semen-
teras, sus guarínes y sus gallinas, olvidado de los nuevos
argonautas que fueron sus compañeros, aquellos navegan­
tes sin miedo al misterio que siguen buscando el codiciado
vellocino y ensanchan el mundo con sus descubrimientos
geográficos. La fama empieza a pregonar sus nombres: Vi­
cente Yáñez Pinzón, Alonso de Ojeda, Juan de la Cosa,
Alonso Niño, Rodrigo de Bastidas, Cristóbal Guerra, Diego
de Lepe, Juan Díaz de Solía,.»
¿Zapera Balboa, en Santo Domingo, su oportunidad? Ha
intentado amagar su fortuna con el cultivo paciente de la
tierra; pero su espíritu aventurero es incompatible con un
esfuerzo'prolongado y metódico, con la energía administra­
da a la manera de los hombres del común. Esto dirá el
tópico. Hay un tipo de aventurero español del siglo xvi quer
m repite invariablemente en todos loe conquistadores de
Indias, los frustrados y los auténticos. Pero el caso de Bal­
boa — que no puede ser el único — rompe la regla general
con su originalidad. Es un dolor que las vagas noticias que
se tienen de la infancia y de la primera juventud del
héroe no nos permitan comenzar el estudio d* su carácter
por los más tiernos brotes del mismo. Pero Balboa empie»
za a tener historia cuando ya es un hombre formado, como
casi todos los descubridores y capitanes punteros de la epo­
peya de España en el Nuevo Mundo, y no hay más remedio
que ir a buscarle adonde se recuerda haberle visto por pri­
mera vez.
Colono en ia villa de Salvatierra, de la isla dominicana,
no debe ser confundido con el aventurero desarraigado a
quien el azor caprichoso ha uncido al yugo de una ocupa­
ción vulgar, yugo que le impacienta y que romperá, con más
o menos escándalo, en muy breve tiempo, arrastrado por
una ventolera de su natural tornadizo. Balboa vive entrega­
do a la vigilancia y dirección de su alquería desde 1502
a 1510, es decir, durante ocho años, sin dejarse impresionar
por ios fracasos ni por el general desaliento que observa en
uu alrededor. Es de los muy contados que perseveran en
el propósito de crear riqueza donde todos esperaban atra­
parla con sólo alargar la mano. La isla no tiene oro, ni per*
las ni piedras preciosas; no se han encontrado en ella ios
tesoros fabulosos que habían de enriquecer a sus descubrí»
dor«»s dí» la noche a la mafianij. Pero su tierra, hermosa y
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fértil, sólo espera ser abierta por la reja del arado para
recompensar generosamente el sudor y el esfuerzo que se
gasten en trabajarla.
Balboa hace la prueba con la voluntad firme, el propó­
sito recto y la esperanza puesta en su labor. No es un cam­
bio de humor lo que determina su escapada a nuevas aven­
turas: es un agobio que proviene de los malos resultados
obtenidos en la empresa. Los ensayos no salen bien, las co­
sechas se pierden, la recria tropieza con dificultades impre­
vistas, los balances arrojan un pasivo que asusta. El gran­
jero, en fin, se hunde en sus deudas, como en un tremendal,
hasta sentir el barro en la boca. No ha sido un inconstante,
como se demuestra por sus ocho años de esfuerzos por en­
derezar el negocio. Negocio, por otra parte, en el que su
desgracia no es una excepción: casi todos los colonos de la
Española se han encontrado en los mismos apuros, demos­
trando la mayoría menos resistencia. Cuando Balboa decide
dar a sus energías un nuevo rumbo y abandona la tierra
que había de hacerle prosperar, es cuando ya no tiene sal­
vación posible: debe más de lo que posee. Entonces embar­
ca clandestinamente en una nave exploradora, huyendo de
la persecución implacable de sus acreedores. No le empuja
e’ capricho, sino la necesidad. Pudo haber partido antes,
con menos riesgo y más decoro, enrolándose en cualquiera
de ias expediciones enviadas a descubrir. ¿Pensaba acaso
ganar con la tierra lo suficiente para emprender después
por su cuenta un viaje a Tierra Firme, donde habían pues­
to sus esperanzas los capitanes más ambiciosos? Pudiera
;er. Vino de España formando parte de la dotación de un
barco como elemento subalterno. La nobleza de su sangre,
su prestancia personal, su valor, su inteligencia, su orgullo
debían acomodarse mal a cualquier puesto que no fuese el
primero. Hay hombres que nacen para ser jefes y así lo
sienten en el corazón. Balboa debió ser uno de ellos.
Ha penetrado ya profundamente en regiones ignotas
del Océano, ha visto las costas de Tierra Firme, ha corrido
temporales y naufragios varias veces, conoce todos los peli­
gros de la selva y del mar. Una exploración azarosa de las
costas continentales, prolongada desde el golfo de Venezue­
la al puerto de Nombre de Dios, le hizo comprender, ya en
el primer año de su estancia én el Nuevo Mundo, que las
riquezas en éste encerradas no estaban a merced de cual­
quier advenedizo. Existían, seguramente; pero no como las
imaginaban los ilusos, no siendo fácil, por otra parte, llegar
a ellas. Alcanzarlas sería empresa de tanta gloria como
provecho, y la gloria suele estar reservada a los grandes
capitanes. La pragmática de los Reyes Católicos por la cual
se confiaban a la iniciativa privada las empresas de expió­
lo
ración, permitía erigirse capitán de una flota a quienquie­
ra tuvi #8® caudales para adquirirla y armarla. Balboa había
partido pobre de España y pensó tal vez que le darla
el cultivo de la tierra dominicana lo necesario para com­
prar dos o tres navios. Con tal de no servir ambiciones aje­
nas y poder mantener su independencia y su rango, sacri­
ficará los mejores años de su juventud en un trabajo os­
curo y aburrido — para un mozo de sus cualidades e incli­
naciones—, trabajo el mejor encaminado, no obstante, se­
gún enseña la experiencia, hacia la ganancia segura.
El sacrificio resulta inútil, pero eso ya es obra del des­
tino. Contra el destino nada puede la previsión. Balboa ha
querido probar fortuna aconsejándose de la razón, sin im­
paciencias, sin veleidades, sin desalientos, teniendo bien su­
jeto dentro de sí el potro de la arrebatada mocedad. Cuan­
do abandona el camino común y echa por el atajo es un
hombre que sólo piensa en salvarse.
Añadamos a los que quedan expuestos otros antecedentes.
* * *

,Vasco Núñez de Balboa es un hidalgo extremeño, naci­


do en la raya de Portugal. Desciende, al parecer, de una
honrada y linajuda familia leonesa, que. por azares de la
fortuna, hubo de establecerse en Jerez de los Caballeros,
donde disponía de algunas tierras para atender precaria
mente a su sustento. Familia pobre y con pergaminos. Fa­
milia típica de la España que levantan los Reyes Católicos
sobre las ruinas de la Edad Media.
Simultáneamente con la reivindicación ¿el villano. a quien
los labores utilitarias van ensanchando poco a poco el hori­
zonte de su ambición, la nobleza de la ;?angre, perdidos algu­
nos de sus privilegios y sin una base económica fírme para
sostener su rango, empieza a decaer. Terminada la Recon­
quista y cambiado el carácter de la guerra, los hidalgos no
tienen en qué ocuparse y son innumerables los que se en­
cuentran sin recursos para hacer frente a la crisis. Todas
las ciudades y todos los pueblos del reino presencian la tra­
gedia silenciosa de los que lo han perdido todo menos el
honor, y el hambre de los hidalgos, acaso exagerada por la
imaginación popular, llega a ser proverbial. Son los- primeros
pobres vergonzantes de que se tiene memoria y la estrechez
en que viven proviene de no poderse aplicar a los oficios
manuales y de su desmesurada propagación, pues lo que
mucho abunda, fatalmente acaba por desvalorizarse.
Los hidalgos pobres llegan a constituir un problema de
gobierno y preocupan a los sabios y providentes reyes Isabel
y Fernando, que se apresuran a buscarles ocupación, abrtén-
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dotas «l cumino de k Magistratura* Otra salida les oírece 1*

(carrera eclesiáitica. Pero ¿cuántos se ordenan sacerdotes;


¿Cuántos alcanzan la dignidad de magistrados? Son escasoi
<con relación al volumen de su dase, cuyas circunstancias
precarias se hacen cada día más patentes. No tienen el hábi­
to del trabajo ni su temperamento se acomoda al estudio
Abandonados de los grandes y de los ricos, los que dispo­
nen de un modesto patrimonio se recluyen en su casa sola­
riega, para vivir oscuramente y comer, como don Quijote,
«una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más
noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los vier­
nes y algún palomino de añadidura los domingos». Otros,
careciendo de todo, son precipitados en la indigencia, si no
se reintegran a la milicia, sometiéndose a las condiciones
onerosas derivadas de su reforma.
De la familia de Vasco Núñez de Balboa se sabe única­
mente que vegetaba en Jerez de los Caballeros, viviendo de
unas escasas tierras de labor, aunque soportando su penuria
con dignidad. Bienquista en la comarca y respetada por el
pueblo, conservaría de su pasado esplendor el orgullo de
la casta, el brillo de sus blasones, el comercio amistoso con
determinados proceres y ciertos pequeños privilegios hono­
ríficos, como, por ejemplo, el tener sus mujeres alcatifa en
la iglesia, con almohada y arambel.
Aunque no existen referencias concretas acerca de su
verdadera posición, dentro de la mediocridad que le había
sido impuesta por las circunstancias, repetidas en otros mií
v mil linajes distinguidos, los Núñez de Balboa debieron se­
guir viviendo, como les ocurre a muchas familias venidas
a meBos, con la esperanza de alcanzar mejores tiempos o,
al menos, sin renunciar a la memoria de los que había co­
nocido. Se mantenían, pues, señores por sus relaciones, por
su talante y por su modo de pensar, y así eran enviados los
hijos varones, en edad temprana, a servir como pajes en
una casa grande, donde, de acuerdo con la tradición caba­
lleresca, podían completar su educación.
A esta ley familiar estuvo sujeto Vasco Núñez, como de­
bieron estarlo sus hermanos Gonzalo, Alvaro y Juan. Fué
entregado el primero a don Pedro Portacarrero, señor de
Moguer, para que, a su lado y en un plano superior, apren­
diera una asignatura solamente asimilable en la atmósfera
de las mansiones no abatidas por el cambio de los tiempos.
¿Dónde hallaría, si no, ambiente más propicio para el des­
arrollo de sus sentimientos elevados y para el cultivo del
culto al deber, que tiene su levadura en la limpieza de la
sangre? Y la cortesanía graciosa, los modales gentiles, el
ser galán con las damas y digno entre caballeros, el mover-
'C* con naturalidad y discreto d^s^nfado en VuffarAs mw
cuentan los poderosos, ¿dónde mejor que en una casa del
mejor estamento podrí* adquirirlo? Había, por otra parte,
el deseo de los padres, no resignados a su cambio de fortu­
na, de apartar a los hijos del espectáculo deprimente de su
estrechez, temiendo las consecuencias melancólicas de esta
impresión en una edad en que el carácter tiene todavía la
blandura de la cera.
Esta antigua costumbre de educar a los retoños de cali­
dad en casa ajena, desarraigándolos del hogar paterno, pudo
encajar muy bien con las duras costumbres medievales;
pero tenía sus inconvenientes. No faltaban al paje ejemplos
edificantes y enseñanzas provechosas. Su vida entre extra­
ños lo ponía a salvo de melosas asiduidades y consentimien­
tos propensos a desarrollar en él la flojedad, el capricho y
la blandenguería. Pero le llevaba al mismo tiempo a cono­
cer ya de niño una servidumbre cargada de gérmenes mal­
sanos. Aunque distinguido de fámulos y escuderos, se mez­
claba con ellos y aprendía sus astucias, disimulos y super­
cherías, al mismo tiempo que era iniciado en intrigas de
efectos corrosivos para su moral en formación. Y si el paje
procedía de una familia caída en desgracia, como no podía
pasarle inadvertida su verdadera situación en un ambiente
doméstico que no era el suyo, fácilmente se despertaba su
joven entendimiento, herido por la espuela de una humilla­
ción mal soportada. Ello debió ocurrir sobre todo al caer
en desuso las normas caballerescas de la Edad Media, cuan­
do ya necesitaban los blasones, para mantener su brillo, de
los reflejos del oro.
De Vasco Núñez de Balboa se dice que, durante los últi­
mos años de su servicio en casa de don Pedro Portacarrero,
se hizo notar por su vida licenciosa y disoluta. Es todo lo
que se sabe. Puede haber otros antecedentes, pero se des­
vanecen en una lejanía apenas perceptible, y no hay más
remedio, para sacar algún provecho de esta excursión por
el pasado neblinoso, que aceptar las sugerencias de la con­
jetura.
El hidalgüelo pobre, educado en un lugar ajeno donde
todo es abundancia y bienestar, se abandona sin escrúpulos
al placer, al cual le empujan conjuntamente el ejemplo in­
mediato de los señores a quienes sirve, las costumbres ad­
quiridas con el trato de mancebos más favorecidos por su
nacimiento y la holganza que supone un empleo de adorno.
Porque, en el servicio de las familias proceres, el paje viene
a ser un elemento decorativo de las antecámaras, de las par­
tidas de caza y de los banquetes, cuando no substituye al
ausente rodrigón, pegado al flanco de las damas o añadido
a la cola fastuosa de sus vestidos.
Con esta vida muelle, en la que tan fácil es acostumbrar­
ía
se al contacto de sedas y brocados y a los perfumes del Orien­
te, se despierta en el pajecillo una voluptuosidad felina,
que, al desarrollarse con la edad, puede conducir al desen­
freno. Un olfato habituado a las esencias del estoraque y
del benjuí, un tacto extremadamente sensible al roce de las
estofas delicadas, obrando de consuno con la imaginación
del ocioso, acaban por poner en tensión todas las cuerdas
de la sensualidad, que naturalmente propende al liberti­
naje. El paje se ha hecho un hombre y acompaña a los hijos
de sus señores en los vagabundeos por el mundo de la licen­
cia. Frecuentemente tiene entrada en estas diversiones por
el portillo de la complicidad. Y si le ayuda el físico, si se
hace notar por su buena planta, si es bien parecido y ade­
más se distingue por su audacia y por su ingenio, no le
faltarán amigos rumbosos y liberales que le quieran para
ayudarles a derrochar lo que les sobra.
Vasco Núñez de Balboa traspasa la raya indecisa de
la pubertad hecho un mancebo de relevantes prendas perso­
nales para seducir a las mujeres y a los hombres. Es alto,
membrudo, bien plantado, fuerte por sus músculos y admi­
rable por la armonía de su complexión. Tiene, además, un
semblante agraciado, de facciones clásicas, cenceño, fino en
el perfil. Bajo la nobleza de la frente ancha y despejada
brillan unos grandes ojos negros ¿e meridional, cargados de
lumbre y misterio, que contrastan con la atrayente inge­
nuidad de una sonrisa de niño. Su talante es altivo; su
gesto, afable; su ademán, desenvuelto, aunque no da un
paso, ni mueve una mano ni se inclina de cintura, o de
cabeza, sin poner en estas acciones rudimentarias el aire
gentil que adquirió en los estrados y antecámaras. Es asi­
mismo ingenioso, locuaz, alegre, travieso, ocurrente, inten­
cionado y ladino. Su compañía agrada a los jóvenes hidalgos
de bolsa repleta y aficionados a divertirse.
Pero Balboa no olvida su condición de invitado pobre
al festín de los que tienen dinero, a quienes envidia y des­
precia al mismo tiempo, porque se considera superior, a la
vez que se rebela contra la desgracia de no tener una heren­
cia en perspectiva. Ello aguza todas las potencias latentes
en su espíritu y enciende en él una ambición inextinguible,
una ambición que, sin embargo, cuidará de mantener oculr
ta. Comprende que no puede dejarla traslucir sin recordar
a las gentes que le rodean su pobreza. Evita por este mo­
tivo toda alusión a su verdadero estado, por no sentirse
humillado ante sus amigos, con los que teme chocar. Así
se acostumbra insensiblemente a estudiar' el carácter de
cada uno, para ser a todos agradable, con lo cual adquiere
el hábito de la observación y se inicia en el arte de la polí­
tica. Hay que saber manejar a los hombres, hoy para pagar
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con el oro ajeno los propios devaneos, mañana para hacer
escabel de sus espaldas y sobresalir de la turbamulta.
Todo lo que ha aprendido el hidalgo extremeño en la
casa del señor de Moguer no se lo enseñó nadie: es conse­
cuencia de las reacciones operadas, por efecto del ambiente
y sin complejo de inferioridad, en la sensibilidad primero
del adolescente avispado, después del mozo astuto, a los
que atosiga una posición que no pueden aceptar como defi­
nitiva. Se da por descontado que si el hidalgo hubiese te­
nido romo el entendimiento, esta posición no le habría
traído ninguna inquietud, no dando, por consiguiente, fruto
bueno ni malo. Pero Balboa empieza a distinguirse desde
niño por su vivacidad, la cual irá progresando, estimulada
por las circunstancias que concurren en su educación.
Y aquí nos asalta una duda. ¿Tenía don Pedro Portaca­
rrero en Moguer su residencia habitual? Porque este deta­
lle pudo haber influido decisivamente en el destino de su
paje. De la comarca que embrazan el Tinto y el Oriel par­
ten las carabelas descubridoras del Nuevo Mundo. Primero
las de Colón; después otras y otras. Cuando partieron la
Santa María, la Pinta y la Niña. Balboa debía tener quince
años, edad en que las grandes impresiones se reciben con
el corazón abierto de par en par. Pero mejor impresión
que la de la partida sería la del regreso. Si el hidalguillo
de Jerez de los Caballeros vió regresar las carabelas colom­
binas de su travesía inmortal, quedó ya trazada en aquella
hora Ija trayectoria de su porvenir. Nc se volvería a pensar
en otra cosa, durante muchos años en la« playas y puertos
onubénses, sino en nuevas expediciones u las Indias. Pudo
responder el resto de España a la sacudida del descubri­
miento con un estupor que paralizó por un instante la ini­
ciativa popular; la patria de ios Pinzones y los Niños era,
en cambio, un hervidero de actividades apasionadas y fe­
cundas.
Si Balboa vivía en Moguer, difícilmente podría sustraer­
se a la influencia de una exaltación general a la que fueron
arrastrados hasta los rapazuelos. El paje debió sentir la
tentación de convertirse en grumete. Luego, pasados muy
pocos años, pensaría que para los mozos sin fortuna se
abrían anchos caminos a través del mar y que en las tie­
rras de Colón cabían las esperanzas más ambiciosas.
Tal vez retardaron su ingreso en la comunidad de los
nuevos argonautas las facilidades encontradas para vida de
placer. Pero los años pasan, los amigos se dispersan o cie­
rran sus bolsas, y el agregado a la familia Portacarrero, ya
con barba cerrada, comprende que no puede seguir vivien­
do del favor. Entonces vuelve los ojos al Océano, que dicen
que esconde paraísos. Sobre todo ofrece un camino a quien
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no sabe qué dirección tomar. Tiene, además, el «acanto de
un misterio apenas penetrado en su primer estrato. Y espo­
lea a la imaginación con sus perspectivas inciertas de aven­
tura.
La suerte está echada. Vasco Núñez de Balboa se hace
recomendar al capitán de una flota que se está armando en
Cádiz para explorar las costas de Tierra Firme. Es uno de
los primeros hidalgos pobres que van a buscar a las remon­
tas tierras oceánicas su redención de la miseria y del olvi­
do. No tardarán en seguirle todos los demás.

La expedición de la cual va a formar parte el extreme­


ño es la de Rodrigo de Bastidas, vecino y escribano de Sevi­
lla, persona muy cabal, de quien en su día escribirá fray
Bartolomé de las Casas un férvido elogio por su humani­
dad demostrada con los indios. Bastidas lleva de piloto a
uno de los mejores marinos de la época, el cántabro Juan
de la Cosa, cartógrafo famoso y compañero de Colón en
los primeros viajes del Almirante.
Parten del puerto de Cádiz, en el mes de octubre de 1500,
para una exploración llena de peripecias que se prolonga­
rá por más de un año. Balboa n# tiene un cargo sobre­
saliente, pero tampoco pasa inadvertido entre el personal
subalterno, porque en él empieza a perfilarse una relevante
personalidad. ¿Cuáles son sus proyectos? ¿Qué piensa hacer
en las tierras que van a descubrir? Seguramente no tiene
formado ningún plan. Ha unido su suerte a la de los demás
hombres de la expedición y hará lo que convenga y permi­
tan las circunstancias, imprevisibles por el momento. Tal
vez no tiene otra idea sobre lo venidero que la de los prín­
cipes griegos que embarcaron con Jasón.^ Piensa en el oro
del Nuevo Mundo, como todos sus compañeros.
El viaje es fecundo en descubrimientos geográficos, que
empiezan en la isla Verde, situada entre la Guadalupe, ya
conocida, y Tierra Firme.
Juan de la Cosa es quien se encarga de trazar el derro­
tero. Reconocen el gplfo de Venezuela y parte de las costas
que se alongan a sur y a oeste de la laguna de Maracaibo.
Del cabo de la Vela, término de los anteriores descubrimien­
tos, costean el continente más de 150 leguas por vía sudoeste
y bajan por la región de Santa Marta hasta la desemboca­
dura del río Magdalena, siguiendo luego su avance en la
misma dirección para pasar por el puerto de Cartagena y
las islas de Barú y San Bernardo. Después descubren otras
islas, la Fuerte y la Tortuguilla; avistan las costas del río
Sinú, llegan a la punta Caribana y entran en el golfo de
Urabá, cerca de los nueve grados de latitud norte. Doblada
la punta del Tiburón, su ruta continúa por el noroeste, obra

de 58 leguas, hasta el cabo de San Blas, éesde donde se
dirigen al poniente, para terminar el recorrido en el puer­
to de Nombre de Dios. Una navegación lenta, con frecuen­
tes detenciones en abrigos encontrados al azar; pero hasta
ahora llevada a cabo sin grandes dificultades, porque el
mar está tranquilo y los indios ribereños se prestan a cam­
biar lo que tienen por los collarines y cascabeles traídos de
Castilla.
Algún oro se obtiene con este comercio, aunque en tan
pequeña cantidad que produce desencanto, sobre todo entre
los que, como Balboa, hacen en esta ocasión su primer viaje.
Se carga palo brasil, para el tinte, que es la riqueza indí­
gena de más fácil extracción. Debe de haber en las tierras
descubiertas verdaderos tesoros, pero no están amontona­
dos en las ensenadas para que los tengan a mano los adve­
nedizos. Balboa comprende que sin penetrar en la tierra, sin
conquistarla — obra infinitamente superior a las fuerzas de
unos pobres navegantes errabundos—, el oro que pueda co­
gerse en las islas y en Tierra Firme es una miseria para las
desaforadas codicias que ha despertado y las locas ilusiones
que ha encendido. Ha sido vencido el misterio del mar.
¿Cómo vencer ahora el de imas tierras inmensas, cerradas
al asalto del extranjero por la defensa natural de sus este­
pas, de sus cordilleras, de sus anegadizos y de sus selvas
vírgenes?
Sin embargo, los salvajes que habitan aquel mundo viejo
para ellos, nuevo para sus descubridores cristianos, llevan
adornos de metal amarillo, cuyo valor ignoran. También tie­
nen perlas, a las que dan menos importancia que a un cas­
cabel. ¿De dónde sacan las perlas y e1 oro? De sus vagas
explicaciones se deduce que adquieren tales adornos—^mez­
clados en su pintoresco atavío personal con huesos y con­
chuelas sin cualidad alguna estimable — de otras gentes del
interior, o de playas distantes, que a su vez pueden haberlos
alcanzado sin conocer su origen. Bien llevan observado los
navegantes españoles que no en todos los lugares donde
desembarcan encuentran muestras de lo que más codician.
Debe de haber oro en diferentes parajes, probablemente en
profusión nunca vista, así como perlas y piedras preciosas;
pero hay que fiar a la suerte el hallazgo de estas y otras
riquezas, cuyos primeros destellos han percibido los que
corren en su busca. Hoy son unos centenares ; mañana serán
millones. Junto con las tierras nuevas, se ha descubierto el
mayor excitante de la energía humana: el hombre del
mundo antiguo, en el fondo no menos ingenuo que el indio
de occidente, a quien acaba de conocer, se deja deslumbrar
por todo lo que reluce y su pasión más fuerte la enciende
el ovo.
17
2, — BALBOA
A esta pasión no puede ser extraño ningún corazón pe­
netrado del acíbar de la pobreza. Balboa se excita, como
todos sus compañeros, teniendo en la palma de la mano
unas pepitas rubias y brillantes como cuajadas lágrimas
del sol. Le parece estar contemplando la semilla de su espe­
rada fortuna. Pero no es un iluso. Se ha dado cuenta de
que ia fortuna no saldrá al paso, sino es por casualidad, de
ios que han venido persiguiéndola hasta tan remotas regio­
nes del planeta. £n éstas se ofrecen al desheredado y al
aventurero todas las posibilidades; pero no graciosamente
y sin pedir nad¿ en cambio, sino invitándoles a reñir con
dos enemigos tembles: el Hambre y la Muerte. La ventaja
del mundo nuevo sobre el antiguo está en que aquí, cuando
menos, es posible luchar con esperanza.
Llegado a este punto de sus reflexiones, Balboa forma
el propósito inquebrantable de no volver pobre a. Castilla.
Es un impulso heroico de la voluntad, cuya máxima expre­
sión plasmará un día Hernán Cortés al destruir sus naves.
No tarda en comprobar el hidalgo la dureza de, las prue­
bas a que será sometido. El viaje, feliz hasta la arribada a
Nombre de Dios, cambia súbitamente de aspecto y entra en
un período de accidentes adversos que hacen imposible la
monotonía. Primero es la terrible broma, gusano de mar
muy propagado en los Trópicos, desconocido de los españo­
les. que taladra y excava la tablazón de las naves fondeadas
hasta que las desvruye. Bastidas y La Cosa consiguen con
mil diiicultades llegar a Jamaica, donde echan un mal re­
miendo a los fondos, agujereados como esponjas. De Jamaica,
teniendo que trabajar desesperadamente para achicar el
agua que embarcan sin remedio, logran acercarse a la Espa­
ñola; pero tienen que detenerse en una isleta, llamada del
Contramaestre, para nuevo reparo de los navios, que, por
su fragilidad, recuerdan la cáscara del huevo. Cuando, de­
safiando la muerte, dan otra vez la vela al viento, les azota
un furioso temporal, que aumenta sus averías, y tienen que
buscar refugio en otra isla, donde permanecen largas sema­
nas en espera de un socorro providencial. Pero como éste no
llega, vuelven a salir al mar, y son batidos más despiadada­
mente por nuevas borrascas, que los empujan ahora hacia
Puerto Príncipe, donde acaban los barcos por hacerse añi­
cos contra las rocas, hundiéndose todo su cargamento. Sal­
van los náufragos solamente las ropas, el oro y las perlas,
que no representan en junto ni una décima parte de lo per­
dido por su valor, y descorazonados, hambrientos y maltre­
chos emprenden una terrible caminata a través de la selva,
para llegar a Santo Domingo, muchos días después, en un
estado casi agónico.
Balboa sabe ya cómo habrá de ser su lucha en un mundo
13
cuyos secretos nadie ha penetrado todavía, secretos que de­
fienden puertas ingentes, en presencia de las cuales el hom­
bre más robusto y aventajado no abulta más que una hor­
miga. Sin duda este rtiundo maravilloso, apenas Insinuado
entre brumas, produce riquezas incalculables; pero ¿cómo
encontrar sus manaderos, perdidos en la inmensidad? Puede
depender de la suerte del individuo y también de su valor,
inteligencia y tesón. Lo que importa aquí, como en todas
partes —piensa el hidalgo—, es no trabajar en provecho de
nadie, no siendo de Dios, del trono y de uno mismo. Ya fuá
criado en Castilla; aquí será señor, siquiera no tenga sino
salvajes a quienes mandar. El mando permite, primero, la
iniciativa; después, llegando al término de una empresa
afortunada, extraer de la misma sus mejores consecuencias
en beneficio propio. Ello por la fuerza inmanente de la ver­
dadera superioridad.
Cuando sus compañeros de expedición se embarcan para
regresar a Cádiz, Balboa ha gestionado ya cerca del go­
bernador de la Española, Francisco de Bobadilia, que se le
conceda un lote de tierras, con sus radios correspondientes
para trabajarla. Lo que necesita urgentemente es tener dine­
ro. Su conversión en colono le abre un crédito que permite
esperar la prinvera cosecha. Y consagra al cuidado de su
granja, primer paso para empresas de más fuste y ambición,
todas sus energías. La suerte no le ayuda, sin embargo, y al
cabo de ocho años de esfuerzos desesperados, náufrago de
los negocios y debiendo a los prestamistas hasta la camisa
que lleva puesta, sólo piensa en escapar de los que le ame­
nazan con la cárcel si no les paga Escondido en una barri­
ca, embarca como polizón en una nave que se ha dejado re­
zagada Alonso de Ojeda, al dirigirse a establecer la primera
gobernación de Tierra Firme. La aventura ha venido a bus­
carle sin él quererlo y le llevará por un camino de trancos y
despeñaderos que no habría escogido por su gusto. Ss la
fatalidad. El hidalgo se encoge de hombros, afeandooándose
al destino; pero siempre,en acecho de la ocasión que le per­
mita sacar partido hasta de su infortunio. Balboa no lo ha
perdido todo al arruinarse; conserva su voluntad inque­
brantable, su claro entendimiento, su valor, su ambición y la
experiencia adquirida en sus años de lucha. Un hombre jo­
ven y fuerte, con tales provisiones, no puede ser un paria.
EL ORO DE TIERRA FIRME

Es fácil reconstruir la escena con un pequeño esfuerzo


de la imaginación.
La nave pertenece al bachiller Martín Fernández de En-
ciso, socio de Alonso de Ojeda, a quien Fernando el Católico
ha nombrado gobernador de una vasta región de Tierra
Firme comprendida entre el cabo de la Vela y el golfo de
Urabá. Se trata de un barco viejo y de escaso porte, cargado
de provisiones y refuerzos, que se dirige a las costa de Santa
Marta, seguido de un pequeño bergantín. Entre los dos na­
vios ha podido embarcar Enciso a ciento cincuenta hombres,
do^e yeguas, algunos caballos, armas y víveres en cantidad,
todo destinado al establecimiento de Ojeda.
A Enciso le ha sido comunicado que un castellano de la
Española, introducido subrepticiamente en su barco, pre­
tende con este ardid escapar a la acción de la justicia, que
no permite embarcar a los que tienen deudas. El bachiller
monta en cólera. Es a bordo la suprema autoridad y se acuer­
da de su nombramiento de alcalde mayor, que hubo de ex­
pedirle Ojeda antes de abandonar Santo Domingo. Con paso
apresurado y brillándole en los ojos la indignación, sale de
su cámara y se dirige ai combés, donde se encuentra Vasco
Núñez de Balboa, rodeado de unos cuantos amigos y buen
número de curiosos. Pocos llevan armas y todos visten con
descuido y muy ligeramente, viéndose algunos en mangas de
camisa y calzando babuchas, sin duda a causa del calor y
del abandono a que les obliga el vivir hacinados en nave
tan estrecha.
Balboa, sentado en la misma barrica que le sirvió para
esconderse, colgándole las piernas, desabrochado el jubón,
?,n
al aire la fina barb-> y el cabello, contesta con la mayor com­
placencia a las preguntas que le dirigen sus conocidos y no
parece, por su talante, abrigar la menor inquietud. Al divi­
sar a Enciso, que se le acerca, cambia de posición rápida­
mente, saltando de su elevado asiento para quedar en pie,
al mismo tiempo digno y respetuoso.
—Habéis burlado el edicto del Almirante y tendré que
castigaros.
Estas son las primeras palabras del capitán y alcalde ma­
yor. Pero, como letrado, no parece ser hombre violento.
Emplea un tono autoritario y severo, si bien Balboa observa
desde la primera ojeada que el enojo que ha provocado no
es irreductible, aunque otra cosa haga temer el primer es­
tallido.
— ¿Cómo os llamáis?
—Vasco Núñez de Balboa.
— ¿Qué hacíais en la Española?
—Desde hace cerca de nueve años, estaba establecido en
la villa de Salvatierra como labrador.
—Y habéis escapado para no pagar vuestras deudas. Me
pesa el rigor con que tendré que trataros, hidalgo; pero es
mi obligación. Seréis desembarcado en la primera isla de­
sierta que nos salga al paso.
Balboa ño cree prudente objetar nada en contra por el
momento. Espera una intervención de sus amigos, que no
tarda en producirse. Enciso es rodeado por algunos oficia­
les de la expedición, prestos a moverle a la clemencia. Se
ofrecen como fiadores del inculpado y ponderan con palabra
férvida, sus merecimientos.
El barco navega, viento en popa, por un mar tranquilo,
ligeramente ondulado, por sus zanjas móviles. Como para
interrumpir la monotonía de su añil, se despliegan aquí y allá,
de modo esporádico, aislados ramilletes de espuma. En el
centro del inmenso círculo formado por el horizonte, Balboa,
hasta hace poco encerrado en una barrica como tí caracol
en su concha, experimenta una sensación de libertad que le
levanta el pecho con unos suspirones acomodados a la ampli­
tud del espacio que le rodea. Sus ojos siguen distraídos los
brincos de unos delfines lanzados hacia las naves en veloz
carrera; luego observa la maniobra de dos marineros enca­
ramados en el trinquete para orientar las vergas.
— ¡Por Dios, que sois testarudos! — se oye decir a En­
ciso, cada vez más hosco —. No me apartará de mi deber
vuestra porfía. ¡Dejadme en paz!
Los fiadores del extremeño vacilan, mientras el bachi­
ller, que parece inabordable, empieza a pasearse, a grandes
zancadas, desde la escotilla al castillo de proa. En una de
sus idas y venidas se le enredan los pies en un trozo de
21
calabrote y lanza un juramento redondo. Es un hombre de
mediana edad y algo entrado en carnes, que mira de sosla­
yo con aire de recelo y se mesa la barba acaso para disimu*
lar su indecisión. Le temen todos aquellos que todávía no
han frecuentado su trato. Pero Balboa, que penetra más que
ninguno, se ha dado cuenta de que no es tan fiero el león
como quiere aparentar con sus rugidos.
—Estoy en vuestras manos y acataré sin una queja vues­
tra sentencia —declara, plantándosele delante y atravesán­
dole con su mirada incisiva—. Pero ¿me permitiréis, al me­
nos, defenderme? Tened presente que no soy un forajido
ni os he causado el menor daño.
Enciso continúa mesándose la barba con evidente emba­
razo. No puede negarse a escuchar. En los ojos de todos
cuantos les rodean observa un tácito apoyo a la petición que
le ha sido dirigida.
—Hablad, si os place —concede, al fin—. Pero sed breve,
porque no ando sobrado de paciencia.
Balboa sonríe como dando a entender que esperaba una
contestación en este tono. Y empieza su defensa haciendo ob­
servar que la mala suerte en los negocios no ha sido nunca
una culpa. Por centenares se cuentan los colonos precipita­
dos en la ruina, y bastante castigo tienen con no haber obte­
nido fruto alguno de largos años de trabajo. Flojos; torpes o
dispendiosos no pueden serlo todos. Conviene, además; con­
siderar que el crecido número de los desgraciados no guarda
proporción con el muy escaso de los que siquiera consiguen
defenderse, de donde se infiere que la tierra debe ser avara
de sus bienes, o que las circunstancias no favorecen todavía
la explotación de la misma en las nacientes colonias. En
cuanto al pago de las deudas, es locura pedir que pague
al que todo lo ha perdido, hasta quedarse sólo con el pelle­
jo. ¿Tenía que repartir el suyo a tiras entre sus acreedo­
res para dejarles satisfechos? Del pellejo del hombre no se
hacen cinturones ni tahalíes, que si otra cosa fuera... En
fin: él reconoce que tiene deudas y desea satisfacerlas hasta
el último maravedí, sin olvidar los réditos; pero nunca po­
dría hacerlo metido en la cárcel de Santo Domingo o aban­
donado en una isla desierta. ¿Y a quién aprovecharía su
perdición? ¿Acaso sobran castellano» en las Indias, donde
nada se ha hecho aún, para prescindir tan a la ligera de un
luchador esforzado? Un hombre joven, sano y vigoroso, pro­
bado en toda suerte de trabajos y cón una larga experiencia
en exploraciones, no es de despreciar, sobre todo si se' ofre­
ce con el mejor deseo de ser útil. Precisamente se dirigen
a unas tierras ya por él visitadas, porque fué d& los que pri­
mero las vieron, con Rodrigo de Bastidas y Juan de la Cosa.
He aquí un conocimiento de innegable valor, que desde
22
luego pone al servicio, con absoluto desinterés, del jefe de
la expedición. Además, cuenta con un brazo que nunca se
ha rendido al peso de la espada. ¿Quiere alguien probar su
fuerza?
Termina el hidalgo su discurso encomendándose al buen
juicio y a los generosos impulsos del alcalde mayor, quien
contesta con un sordo gruñido, insuficiente para despejar
Ja situación. Algo deben haberle impresionado las palabras
de Balboa; pero su desconcierto obedece asimismo a la acti­
tud advertida en su gente, del todo favorable al inculpado,
cuya prestancia no podía dejar de producir efecto.
—Pensaré con más reposo lo que debe hacerse con vos,
pero no confiéis demasiado en mi blandura para no sufrir
un desengaño.
Esto es todo lo que se le ocurre a Enciso: aplazar su fallo,
porque le falta energía para mantenerse inflexible. Y escapa
en seguida, temeroso de que le sorprendan en una nueva
debilidad.
Vencida la primera resistencia. Balboa tiene andadas tres
cüartas partes del camino para alcanzar el perdón. Este es
el parecer de todos sus nuevos compañeros y el suyo propio.
No cabe esperar de Enciso un tardío alarde de rigor después
de su paso atrás en la primera embestida.
Los conocidos del hidalgo, que son tres o cuatro, le feli­
citen con efusión, llegando alguno a estrecharle entre sus
brazos. A estas enhorabuenas se suman las de otros muchos
que han visto ahora a Balboa por primera vez, pero al que
se sienten atraídos por esa simpatía que inspira siempre la
desgracia soportada con dignidad y alegre desenfado. El
nuevo camarada tiene un continente bizarro y parece ser
hombre de sobrados recursos para salir de todo aprieto.
Afronta el peligro con serenidad y habla sin atropellarse,
haciendo vibrar sus palabras con golpes de razón que pare­
cen dados con un martillo. Dejó a Enciso suspenso y confu­
so cuando d ijo: « ¡ Ni que sobraran castellanos en estas apar­
tadas regiones del planeta para prescindir tan a la ligera
de los más aprovechables en el servicio de Dios y del Reyf»
El bachiller, no sabiendo por dónde salir, tuvo qüe dar la
callada por respuesta.
Hasta los marineros de rostro perdido entre la maraña
de su hirsuta pelambrera, desnudos de pierna y de cintura
para arriba, sin otra prenda de ropa que la cochambre de
sus bragas, acuden a expresar sus parabienes al hidalgo, que
los recibe tal vez como adhesión la más preciada. Algún día
podrá necesitar el apoyo de aquellos lomos robustos, que ha
tostado el sol de los Trópicos, y de aquellos pechos vellosos,
anchos y combados, dentro de los cuales debe de arder la
pásión como arden las entrañas de un volcán.
23
Uno dt» los oficiales de Enciso, dando por seguro que Bal-»
boa será perdonado, propone descorchar unas botellas de
vinillo aloque que le tiene guardadas el despensero. Para
no hacer alarde sobre cubierta de esta expansión contagiosa»
se dirigen unos cuantos al sollado, llevándose a Balboa como
preso en los lazos de una nacientp amistad. El hidalgo se
deja conducir sin oponer resistencia. Al poco rato se encuen­
tra con un vaso de estaño en la mano, rodeado de amigos
bulliciosos y brindando porque todos vean colmada su am­
bición con el oro de Tierra Firme. El vino, según Salomón*
alegra d corazón del hombre, de modo que puede volver
locuaces a los taciturnos. Se cuentan historias y se recuerdan
lances divertidos. También hechos de arrojo, que el narra­
dor aprovecha para echárselas de bravo. Entre los reunidos
en el sollado hay algunos veteranos de las guerras de Gra­
nada y de Italia, que dicen haber acompañado al Gran Ca­
pitán en las batallas de Ceriñola y Garellano. Todos tienen
un punto de fanfarrones, los que han sido soldados y los
que no son más que aventureros. Balboa les observa y calcu­
la lo que podrían dar de sí en un trance en que se vieran
abandonados a su iniciativa. Sin duda son todos valientes y
ambiciosos, capaces de arrostrar grandes trabajos y peligros
con sólo que se les ofrezca una remota esperanza de cambiar
de fortuna; pero ninguno añade al valor individual y a la
fortaleza física, cualidades que se pueden encontrar igual­
mente en el bruto, aquellas excelencias del espíritu que más
contribuyen a elevar a quienes las poseen por encima del
rebaño humano. Hombres sin personalidad, de entendimien­
to corto y fácilmente manejables a causa del mismo desorden
de sus pasiones, porque son por ellas dominados. Considera
Balboa que si un día necesitara de su concurso —no ha pen­
sado todavía para qué clase de empresa— le servirían lo­
dos, o casi todos, con sólo pulsar én la ocasión más oportuna
su cuerda más sensible. Cultivará por esto su amistad, pen­
sando utilizarla si se ofrece coyuntura propicia.
Invitado a contar también él sus aventuras, el hidalgo
hace memoria de algunos lances de amor que son escucha­
dos con general alborozo. Su vida licenciosa de Otros tiempos
le ofrece tema abundante para urdir unas cuantas picar­
días, donde hay tanto de imaginado como de verdadero, y
como tiene gracia para referir sus recuerdos, que su imagi­
nación, excitada por el vino, adorna con detalles de gran
efecto cárnico, la hilaridad del pequeño auditorio se prolon­
ga con repetidas explosiones. Se descorchan nueva» botellas
y aumenta la animación. Balboa abandona el tema galante y
habla de los descubrimientos en que estuvo presente cuando
navegaba ron Bastidas. Describe los paisajes paradisíacos
de lar, i d o Sotavento; la inmensa laguna de Maracaibo,
donde los indios cuelgan sus albergues de las palmas reales;
las cumbre» imponentes de Sierra Nevada, vistas desde «1
mar; las bocas del Magdalena y del Simó; las costas de
Cartagena; el seno profundo del Dañen, Dice que en algu­
nos parajes encontraron oro y perlas, no mostrándose los
naturales avaros de su riqueza, que cambiaban fácilmente
por las bujerías traídas de España. Con seguridad se encon­
trarían verdaderos tesoros según se fuera profundizando en
aquellas tierras nuevas, si bien son de penetración difícil
por sus frecuentes anegadizos y grandes espesuras. Oro de­
bía de haberlo en abundancia, aunque los indios de las ri­
beras, a cuyas manos llega por vía de comercio con las po­
blaciones del interior, ignoraban la situación de los yaci­
mientos.
Uno ao los circunstantes, que ha permanecido largo rato
pensativo mientras sus compañeros empinaban el codo, hace
observar:
—Las tierras serán muy ricas; pero abundan en ellas
los caribes, según he oído decir, y los caribes son de temer.
—Nosotros no encontramos sino gente mansa —replica
Balboa— , y tengu para mí que la fiereza de los indios de­
pende mucho del trato que se les da.
—Son caníbales; comen la carne del prójimo —insiste el
mismo de antes.
Despreocupados y burlones, sus compañeros no se dejan
impresionar y acogen la observación del pusilánime con al­
borotada zumba. ¿Teme que los caribes le coman? No será
sin antes aderezarle con sus propias mantecas. Le dicen
que, asadito a la parrilla, como un palomino, tal vez se le
podría hincar el diente. El embromado desliza una protesta
entre las risotadas de los bebedores. £1 no tiene miedo, por*
que sabe que de todos modos habrá de ser comido por los
gusanos cuando se muera. Pero, como hombre de razón y
sentimientos cristianos, no puede resistir un pensamiento
tan atroz como es el de que haya criaturas humanas capaces
de devorar a un semejante.
Balboa declara participar de la misma repugnancia y
dice que, si llegara a estar en su mano el exterminio de los
caníbales, no vacilaría en borrarlos del haz de la tierra. Pero
no los ha visto nunca, no obstante haber recorrido muchas
islas y un gran trecho de la costa continental. Lo que im­
porta es no confundir con los caníbales a los indios de con
dición apacible, que pueden ser muy útiles si no se les mal­
trata. Hecucrda la atención extremada que ponía Rodrigo de
Bastidas, su antiguo capitán, en atraerse la confianza del
indígena, atención que obtuvo siempre recompensa; pues
por ella alcanzaba cuanto pretendía de los salvajes y no tuvo
ni un solo mal encuentro.
25
Se le hace observar que hay indios irreductibles, natu­
ralmente inclinados a la guerra, y que la herida do sus fíe.
chas empozoñadas mata como la picadura de la víbora y
del alacrán. Balboa no lo niega, aunque insiste en que, gra*
cías al sistema suave de Bastidas, fueron bien recibidos en
todas partes. Los indios se prestaron a los rescates de oro
y perlas, socorrieron la necesidad de sus visitantes cuando
éstos se lo pedían y demostraron siempre recibir mucho gusto
de su visita. Otro habría sido el proceder de gentes tan sen­
cillas si se hubiera abusado de su inocencia y su mansedum­
bre, que no hay criatura de Dios que no se defienda cuando
es sin razón atacada.
—No tuvimos ocasión de conocer su fiereza porque no la
provocamos —añade el hidalgo—. Yo no tengo la mano
blanda, os lo aseguro, y no dejaría de servirme de mi fuerza
siempre que la necesitara. Pero si consigo por las buenas lo
mismo que por las malas me costaría esfuerzo y sacrificio,
no seré tan loco que empiece buscando pelea, como hacen
otros. Puede ocurrir que en este viaje nos tropecemos con
los caribes y que tengamos que reñir con ellos. Probarán si
así sucede, los salvajes enemigos, el filo de las espadas Cas­
tellanas. Más entre tanto no seamos atacados, quédense quie­
tos los aceros en sus vainas, que allí están bien, y no quera-
ir.os coger el diablo por la cola, si es ascua viva, porque nos
quemaríamos las manos.
Apuradas las botellas, empieza a languidecer la charla.
Han estado hablando y bebiendo durante más de dos horas.
Algunos se sienten invadidos por dulce somnolencia; otros
proponen rematar la tarde jugando a los dados; Balboa
sale con sus antiguos conocidos a dar una vuelta por el
puente. Ya toda la gente de a bordo le trata con familiari­
dad. sin distinguirle por el modo subrepticio de que se sirvió
para introducirse en el barco. Ya es como los demás. Aunque
él, acaso, no piensa detenerse mucho tiempo en este plano
colectivo. La ambición le va trabajando por dentro.
Pasados algunos días, Enciso le comunica que correrá
un velo sobre el pasado, estando dispuesto- a contarle entre
los suyos si corresponde a este favor como se puede esperar
de un hidalgo. Queda levantado el castigo, como no podía
menos de suceder. Pero el bachiller no se entrega, guardan­
do estrictamente las distancias y haciendo sentir en todo mo­
mento su autoridad. Exagera un poco esta actitud quizá
porque, en el fondo, se reconoce débil. Ha visto en Balboa
algo que le mantiene en continuo alerta.
Esta sombra de temor, flotante y vaga en la conciencia
del letrado, se adensa y afirma a causa de un incidente ocu­
rrido más tarde. Se trata de un altercado que pone en pe­
ligro la disciplina de a bordo. Por diferencias tenidas en el
juego, su pasión dominante, riñen algunos de los embarca­
dos. La lucha se generaliza hasta intervenir en ella, eñ re­
vuelta. confusión, oficiales, soldados y marineros. No han
salido a relucir las armas, pero menudean los golpes re­
cios, asestados con todo objeto contundente que la mano del
reñidor halla a su alcance.
Enciso acude a poner término a la trapatiesta y amenaza
con colgar a los alborotadores de una verga si en el acto
no reírenan sus ímpetus. Son las palabras que requiere la
situación; pero al bachiller se le ha quebrado la voz en la
garganta al pronunciarlas, perdiendo energía. Balboa se le
acerca y le dice al oído:
—'¡Más fuerte!
La amenaza es repetida con entonación vibrante y pro­
duce el esperado efecto. Amaina la tormenta y se reportan
los desmandados. Averigua Enciso quiénes han sido los pro­
vocadores de la pendencia, porque no los puede dejar sin
castigo, y ordena que sean puestos en el cepo. Restablecido
el orden y enderezado el principio de autoridad, el jefe de
la expedición puede felicitarse del lance en que ha tenido
que intervenir. Se siente ahora más seguro de sí mismo,
más fuerte y dominador; pero hay un hombre a bordo ante
el cual sentirá siempre una cierta flacidez interna: es aquel
que, en un momento de vacilación apenas perceptible, le des­
cubrió claudicante y acudió a comunicarle su fortaleza. Por
esta causa encuentra en la victoria obtenida un sabor amar­
go, mientras su corazón se eriza de recelos cada vez que
tropieza con Balboa.
Éste continúa progresando en la estimación de sus nuevos
compañeros, sin tener que esforzarse por ganarles la volun­
tad. Tiene don dé gentes y consigue seducir con sólo su pres-
tancia. Puede darse el caso de alguno que rehuya su compa­
ñía con más o menos disimulo; pero será por ruindad de es­
píritu, por envidia, por resistir mal él contraste de sus men­
guados méritos con los del prójimo. El envidioso empieza a
sentirse incómodo apenas percibe'la proximidad de un supe­
rior, lo cual debe producirse por olfacción, y el roce con él
mismo la exaspera, aunque sea tan leve como él de una
pluma.
Un día se encuentra Balboa viendo como les dan de co­
mer a los perros de batalla que embarcaron algunos de los
expedicionarios. Cada uno pertenece a distinto dueño, que
cuida por sí mismo de tenerle bien alimentado. Pero la hora
de la pitanza es para todos la miáma, como ocurfe con el
pienso de los caballos y el rancho de los hombres. La impo­
nente jauría se guarda sujeta a un extremó del barco, pues
se trata de animales feroces, a los que no se p&eáe dejar en
libertad. Acompañan a sus amos a la guerra, en la que to-
37
man parte como combatientes, y enemigo que se ponga al
alcance de sus colmillos puede darse por muerto.
Balboa ha demostrado creciente predilección por una
hermosa bestia de pelo alazán dorado, de noble cabezota y
recias patas, que tiene las melenas y la bizarría de un león.
Es un alano de aspecto terrible, cruzado de dogo y lebrel,
al que sus compañeros parecen mirar con respeto cuando
arregaña los dientes. A todos aventaja por su tamaño y la
anchura de su pecho. Con la lengua colgándole por un lado
y el hocico húmedo y vibrátil, dirige a Balboa una mirada
de amigo, como si correspondiera a su simpatía, y en aque­
llos ojos de color de miel encuentra el hidalgo una expre­
sión que le conmueve.
A la vista de los peroles, que exacerban su impaciencia,
arman los canes ensordecedora zalagarda. Forcejean por li­
bertarse y se atropellan unos a otros, levantándose Sobre sus
patas traseras al retener su impulso la cadena que les su­
jeta. Luego se lanzan ávidamente sobre la ración puesta a
su alcance, olvidados de cuanto les rodea, y se entregan es­
tremecidos a su voracidad insaciable.
He aquí una ocasión para poner a prueba los sentimien­
tos que Balboa creyó descubrir en la mirada del alano,
— ¿Dejaría de comer si lo llamase? '—interroga él hidalgo
al propietario del perro.
-—Ni lo soñéis — contesta el preguntado —. Cuando come,
no responde a otra voz que a la mía.
—Podríamos probarlo, que nada cuesta.
—Probad, pues. Y si el perro os, obedece, vuestro
queda.
—Pensad bien lo que decís.
—No tengo más que una palabra. Vuestro es el perro si
abandona la comida para acudir a vuestra voz.
Balboa vacila un instante. Sentiría haber exagerado su
confianza, porque la adhesión del fiero animal, que estima
quizá como la mejor de sus conquistas, es ahora lo que
más desea. La duda es vencida en el acto, sin embargo, y
Balboa llama al perro con voz que se diría inspirada:
— ¡ Leoncico, ven!
Y Leoncico, respondiendo a fuerzas misteriosas de su os­
curo albedrío, levanta la cabeza arrogante, inicia un zaran­
deo alegre de la cola y permanece atento. Se hallaba royen­
do un hueso con delectación. ¿Lo dejará? ¿No está seguro
tal vez de quién le ha llamado? El hidalgo insiste:
—Ven, Leoncico; ven acá, ven con tu amigo...
Y viene, con el hueso entre los dientes, los ojos agradeci­
dos y la cola tremolada en alto, hasta donde le permite avan­
zar su cadena.
¡Sois el diablo! -profiere, fuera de sí, el dueño del
28
can—. Hay en eso algo de brujería. Os lo cedo sin que me
pese, pues ya no lo quiero.
Balboa hunde sus manos en las lanas del animal y acaba
abrazándole con efusión. Cuenta ya con un amigo al que
podría confiar su vida.
* * *
Aunque se muestre con todos jovial, animoso y dichara-
chero, hay momentos en que Balboa gusta de ia soledad para
entregarse a sus cavilaciones; pues no deja de pensar en el
futuro, relacionándolo con el presente. Se pasea a veces dis­
tanciado de los grupos donde se charla, se bebe o se juega
entre voces broncas y escandalosas risas, gustando de ade­
lantarse hasta la punta del barco, desde donde puede con­
templar el horizonte en toda su amplitud. Allí le parece estar
.sólo en medio del Océano. Erguido en el mismo vértice de
tajamar, columpiado por el rítmico cabeceo de la nave, que
parte las aguas saltando con aire de juego sobre el lomo
de las olas mansas, dirige su mirada escrutadora a la leja­
nía donde se esconde lo venidero. Piensa que el éxito de­
pende con frecuencia de poder llegar el primero al lugar
donde se quiere ir, aunque sea atropellando al que marcha
delante. Así como está en este momento, ocupando la po­
sición adelantada del espolón de proa, es como quiere estar
siempre. Los otros tienen su puesto en la zaga.
Se dirige, sin embargo, a un puerto de Tierra Firme que
debe estar ya ocupado por castellanos. Balboa recuerda las
nutridas expediciones de Ojeda y Nicuesa, que partieron de
Santo Domingo hace más de un año, para establecer en las
costas dei ürabá y de Veragua las primeras colonias del con­
tinente. Antes de partir tuvieron los capitanes borrascosas
diferencias sobre la línea divisoria de sus gobernaciones res­
pectivas. Los límites de la jurisdicción de Ojeda abarcarán
toda la tierra comprendida desde el cabo de la Vela hasta
la mitad del golfo de Urabá, que habría de llamarse Nueva
Andalucía; los dominios de Nicuesa, a los que se daba el
nombre de Castilla del Oro, empezaban en la otra mitad del
golfo, para extenderse, por occidente primero y después ha­
cia el norte, hasta el cabo de Gracias a Dios. Un antiguo
compañero de Balboa, Juan de la Cosa, cuyo arbitraje había
sido requerido por entrambas partes, falló el pleito estable­
ciendo como línea divisoria el río Grande del Darien.
Balboa conoce muy bien a los dos gobernadores, especial­
mente al intrépido Alonso de Ojeda, por haber residido largo
tiempo en la Española, cuya pacificación se debe en gran
parte a su denuedo. Es uno de los capitanes más valientes
que han cruzado el Océano, acaso el más temerario de todos,
29
aunque incómodo en la paz por su propensión al capricho
y a la pendencia. Partió de Santo Domingo con dos carabe­
las > dos bergantines, en los que había embarcado trescien­
tos hombres y doce yeguas. A estas fuerzas se añadirán J#s
de Enciso, que no son despreciables.
Pero Diego de Nicuesa cuenta con una armada superior.
Pudo haber contxibuído a que ia gente prefiriera irse con él
la fama de la riqueza de Veragua, adonde ha ido a estable­
cerse. De todos modos g02aba de más crédito que Ojédá por
su buen trato, templanza de carácter y razonado discurso.
De haber podido escoger. Balboa no estaría con Enciso
y Ojeda, sino con Nicuesa. Pero ésos ya son avatares de lá
vida del aventurero, que gobierna la casualidad.
El viaje- está tocando a su fin, juies tienen ya la costa a
la vista. No tardarán en reconocer el litoral de Santa Marta
v ordenará Enciso que se haga rumbo a Cartagena, donde
espera encontrar al gobernador de la llamada Nueva Anda­
lucía.
En una de sus permanencias contemplativas en lo rhás
avanzado del castillo de proa, Balboa divisa un pequeño ber­
gantín medio desarbolado. Un bajel de los españoles dé Tie­
rra Firme debe de ser, probablemente de Ojeda. ¿Adonde se
dirige? Otros han columbrado también el distante navichuelo
y la noticia de su aparición en el horizonte cunde de proa a
popa. Nadie deja de asomarse a la borda para comprobar
personalmente que no se trata de una ilusión, produciendo la
novedad general revuelo. Enciso cree que es uno de los ber­
gantines que se llevó consigo Ojeda, porque aquellas costas
son de su jurisdicción.
Dos horas más tarde, los dos navios están tan cerca el
uno del otro que se pueden distinguir las siluetas de sus tri­
pulantes. Sin duda el bergantín, que lleva dirección con­
traria al rumbo seguido por los dos barcos de Enciso, viene
al encuentro de los mismos.
La primera impresión que se saca del maltrecho navio
es que ha corrido recio temporal. Así, al menos, se puede
deducir por el estado de su arboladura y obra muerta. Des­
pués, según se va acercando más y más y se alcanza ya a
observar la traza de los hombres que lleva a bordó, se ad­
quiere la certidumbre de una desgracia. Aquellos hombres
parecen hallarse muy excitados a causa del encuentro, ha­
cen grandes aspavientos y tienen un modo de expresar su
alegría más propio de salvajes que de cristianos. Además,
van todos medio desnudos, sólo cubiertos de harapos, bajo
los cuales se agitan, como en una danza macabra, sus cuer­
pos esqueléticos.
Se les pregunta a gritos si pertenecen a la gobernación
de Ojeda y contestan que sí. Mejor dijeran que no. Los de
30
Enciso, que han venido alimentando durante el viaje loe más
hermosos sueños, ven ahora cómo se vuelve de la tierra
donde tienen puesta su esperanza, y la imagen de tra barco
desvencijado, con un cargamento de almas en pena, les pa­
rece el más negro augurio para el porvenir de su empresa.
Al fin es arriado un esquife para que se traslades a la
nave del bachiller algunos de los espectros que se han visto
saltar sobre el puente del bergantín, lo cual se consigue sm
dificultad, y, una vez en presencia de Enciso, declaran que
no se sienten con fuerzas para pronunciar diez palabras
seguidas si antes no se les proporciona algún alimento. El
jefe está impaciente, pero comprende la necesidad de los
que se han encomendado a su misericordia. No hay más
remedio que socorrerles y esperar a que se repongan un
poco.
Sentados en el suelo, en medio del apiñado corro que se
1‘orma en seguida con toda la dotación de la nave, los famé­
licos aparecidos devoran en silencio sendas raciones de ga­
lletas y tocino que les han sido servidas como primera pro­
videncia, sin olvidar que igual socorro urge igualmente para
los que permanecen en su triste cascajo. A las substancias
comestibles se añade una moderada dosis de mosto, para
apresurar la reacción, que los náufragos apuran poniendo
los ojos en blanco, entre tanto el bachiller, cayendo otra vez
en la impaciencia, pide algunos anticipos de la información
que se le debe.
— ¿Dónde dejasteis al gobernador?
¡Cualquiera sabe dónde está el gobernador! Los aban­
donó va para dos meses e ignoran cuál pueda sea: su para­
dero.
— ¿Y las naos?
¡ Las naos! Las naos se perdieron hace ya mucho tiempo.
Ojeda hubo de embarcar en el otro bergantín, que había per­
dido toda la estopa de sus costuras bajas y estaba como
una criba.
— ¿Con el gobernador embarcaron muchos hombres?
Los que cabían en el bajel: apenas dos docenas. Y aun
eran demasiados para afrontar la marejada en cascarón
tan deleznable.
— ¿Así, pues, el resto de la gente estará en Cartagena?
Ni en Cartagena ni en parte alguna de la frustrada go­
bernación de Ojeda queda un solo castellano. De los tres­
cientos que salieron de Santo Domingo han perecido de mala
muerte más de dos tercios, unos en el mar, otros a manos
ele los indios y la mayoría de hambre.
Enciso, amoscado y receloso, teme encontrarse en presen­
cia de piratas. Cierto es que el aspecto de tan miseras cria­
turas mueve a compasión solamente; pero a su desgracia
31
puede haber precedido el crimen, y eso es lo que hay que
poner en claro.
— ¿Tenéis oro? — pregunta el bachiller.
Los interrogados cambian entre sí una mirada de inteli­
gencia y sonríen amarga y desdeñosamente. Oro tienen. Allá
está guardado en un pañol de su barco, para cuando se
ofrezca la oportunidad de trocarlo por otras cosas más ne­
cesarias: pan, vino, vestidos, armas. No han perdido su in­
clinación al rico metal; pero es inclinación que aumenta o
disminuye, hasta casi desaparecer, según las circunstancias.
Afligido por el hambre y sintiendo cabalgar en sus hombros
la muerte, el pecador se olvida de su codicia.
Enciso se engalla. Han crecido sus sospechas y las declara
sin rebozo, con un gran aparato de amenazas, sembrando el
terror entre los desvalidos a quienes acaba de socorrer. Éstos
se han puesto de pie. En sus ojos mortecinos, profundos, cuya
marchitez acentúa el livor de las orejas, se reflejan al mismo
tiempo el e -panto y la indignación.
Un hombre se adelanta dos pasos hacia el letrado. Es el
más alto y parece ejercer sobre sus compañeros cierta auto­
ridad. Magro, descamado, orgulloso, cenceño, bajo la piel
curtida de su cara se acusa el relieve de la calavera, erguida
sobre la enjuta armazón del cuerpo, que parece de acero
por su rigidez y su firmeza. Su edad es indefinible, aunque
los hilos de plata entreverados en su barba y su cabello ne­
gros, así como las arrugas que acribillan su faz, sugieren
un punto alanzado en la etapa ascendente de la vida. Tiene
un mirar ancho, espacioso, tranquilo, propio del hombre pro­
bado en todos los peligros, y en su continente, pese al estado
cochambroso y miserable de su pergeño, se observa la más
enérgica y serena resolución.
— ¿Sospecháis de nosotros una traición? — inquiere, mi­
rando al bachiller de hito en hito —. Vais demasiado aprisa,
porque todavía no conocéis la historia de nuestras lacerías.
¿Queréis oírla? Es rica en enseñanzas y puede aprovecharos.
Escuchad.
Y he aquí resumido lo que cuenta:
Ojeda había llegado al puerto de Cartagena, llevando de
segundo a Juan de la Cosa, con trescientos hombres y mu­
cha vitualla: tiros, arcabuces, ballestas, lanzas, trigo y otros
granos para sembrar, un hato de cerdos, yeguas y sementa­
les. Es decir, todo "o necesario para establecer una colonia
y asegurar en lo posible su defensa. Pero como encontrara
resistencia en los nativos, gente nada propicia a dejarse in­
vadir, decidió hacerles la guerra. Juan de la Cosa, temién­
dole por inmoderado y turbulento, le aconsejaba que bus­
case otro paraje de su vasta jurisdicción cuyos habitantes
se mostraran más apacibles, dejando para más adelante el
someter a los rebeldes de Cartagena. Despreció este prudente
consejo ¡el gobernador, aunque tierras a propósito para cons­
truir el primer poblado, sin violencias ni peligros, las había
en abundancia. Breve pero dura y sangrienta fué la pugna
de invadidos e invasores. Juan de la Cosa y otros mudaos
castellanos encontraron allí la muerte. Tal vez no se habría
salvado ni el gobernador si no acierta a tocar en Cartagena
la flota de Nicuesa, auxilio providencial llegado in extremas
que proporcionó a Ojeda un desquite de sangre, aunque no
podía servirle para asegurar su permanencia en el^país.
Nicuesa partió para su gobernación, después de gairar la
batalla, y Ojeda, no pudiendo sostenerse con sus escasas
fuerzas en Cartagena, acordóse tarde del consejo que antes
despreciara y fué a establecerse, sobre unos cerros, en la
entrada del golfo de Urabá. Dió a su fundación el nombre
de San Sebastián, y se fortificó en ella; pero hubo de rein­
cidir en la imprudencia de no tener en cuenta el carácter
de los indios vecinos, que eran también muy bravos.
El temperamento impetuoso, ardiente y peleón de Ojeda
no podía adaptarse de ningún %nodo a la penetración pací­
fica. Ni se repartieron tierras para empezar su cultivo ni se
pensó en la recría del ganado. La presencia del oro, obser­
vada en los arreos de la gente del país, distrajo a los colo­
nizadores de lo fundamental de su empresa, y como los in­
dios no propiciaran el comercio, mostrándose retraídos y
hostiles, empezaron las correrías en busca de botín, lo cual
significaba una nueva guerra. Hubo un régulo de nombre
Tiripi, que, para facilitar la puntería de sus flecheros, arro­
jaba a puñados sus adornos de oro a los españoles, y cuan­
do éstos se agachaban para recogerlos del suelo, hacía dis­
parar las flechas enherboladas sobre los incautos codiciosos,
que morían, sin soltar el oro atrapado, en medio de horri­
bles convulsiones y alaridos.
Primero fué el oro ¿i motivo de la discordia. Después,
por haberse consumido el repuesto de víveres, Ojeda y sus
hombres se sintieron constreñidos a la pelea y al saqueo a
causa de su necesidad. No alcanzaban otro alimento sino el
que podían arrebatar a los indios, costándoles cada refrigerio
la pérdida de dos o tres compañeros. En esta situación mise­
rable, todos se revolvían contra el gobernador, haciéndole
responsable de su infortunio, y como amenazaran con em­
barcarse y huir de aquel infierno, Ojeda, que hasta entonces
había confiado en la llegada del refuerzo de Enciso, perdió la
última esperanza y decidió partir él mismo en busca del
bachiller. Cualquiera resolución era preferible a esperar con
los brazos cruzados a que estallara el motín. Los indios le
habían herido gravemente en una pierna; se encontraba con
33
2. — BALBOA
sólo clos bergantines, pues do las otras naves de mus porte,
estrelladas contra la costa, no quedaban sino los restos,
aprovechados en la construcción de albergues y defensas;
su impotencia, ante la hostilidad creciente de los nativos y la
desesperación peligrosa de la menguada hueste castellana,
se manifestaba con apremios que hacían imposible su disi­
mulo u ocultación. Embarcó, pues, con todos los hombres que
pudo llevarse, diciendo a los restantes, unos sesenta, que si
no volvía al cabo de seis semanas, quedaban libres de to­
mar el partido que tuvieran por conveniente, pudiendo re-
gres *r a la Española o trasladarse a donde mejor les pa­
reciera.
Esperaron cincuenta días los desventurados de quienes el
gobernador se había despedido de forma tan patética, y en
este tiempo, como no hubiese remedio para el hambre que
les devoraba, los menos resistentes fuéronse muriendo como
la cosa más natural del mundo y hasta con ventaja para los
otros, que así pudieron embarcar al reducirse su número.
Cabían tan pocos en el navichuelo puesto por Ojeda a su
disposición, que fatalmente se habían de, quedar en tierra
nías de la mitad. Al menos, era un consuelo para los super­
vivientes pensar que no quedaba ninguno en situación de
seguir padeciendo: todos estaban muertos y enterrados.
Llegado a este punto de su relación, el hombre a quien
Enciso está interrogando y que parece tener mando sobre
sus compañeros, termina diciendo:
— Embarcamos sin esperanza de llegar a ninguna parte.
No sabíamos adónde ir. Buscábamos un lugar de la costa
habitado por indios pacíficos, por si querían socorremos, y
confiábamos en que Dios nos guiaría con su mano. Esta es
la historia que debíais conocer para juzgarnos. Y a Dios
pongo por testigo de que no he dicho ni una sola palabra que
se aparte de la verdad. Me encargó el gobernador que le
substituyera en el mando mientras duraba su ausencia. Y
aunque yo estaba convencido de que no habría de volverle a
ver, por respeto a su voluntad y por amor a mis compañeros,
acepté cargo tan duro. Preguntad ahora a estos desgraciados
si tienen queja de mí y si mis razones no son tan verdaderas
como el mismo Evangelio.
Enciso continúa oscilando entre la duda y la compasión.
El talante y el acento de su informador, sin embargo, no han
dejado de impresionarle. No puede ser un bandido hombre
de mirar tan sereno y actitud tan digna.
— Decidme vuestro nombre — ordena el bachiller por
decir algo.
Y el otro obedece:
— Me llamo Francisco Pizarro.

ai
III

SANTA MARÍA DEL DARIEN

El efecto deprimente producido por la relación de Fran­


cisco Pizarro se reflejaba en todas las caras. Lo que acababa
de referir aquel hombre de mirada ardiente y cuerpo acecina­
do tenía un acento de verdad inconfundible. Lo refrendaba,
además, el estado miserable del informador y sus compañe­
ros, salvados puede decirse que en el último momento, cuan­
do su perdición era inminente.
¿De modo que no había ya castellanos en las costas de
Cartagena? ¿Y era posible que de la magnífica flota de
Ojeda no quedara nada más que aquel cascajo donde tres
docenas de náufragos desarrapados y famélicos estaban casi
agonizando cuando fueron socorridos? ¿Qué haría ahora el
bachiller Enciso, al no poder reunirse con el gobernador y
conociendo la condición terrible de los indios de aquella re­
gión de Tierra Firme? Porque si Ojeda, contando con fuer­
zas muy superiores, vió rematada sü empresa con un com­
pleto desastre y tuvo que recurrir a la fuga para salvar si­
quiera su vida, ¿qué porvenir podía esperar a la expedición
del bachiller, si a éste le daba la ventolera por continuar el
viaje y desembarcar sus hombres en tierras tan inhóspitas?
Balboa observaba al titulado alcalde mayor con una
gran curiosidad, comprendiendo cuán difícil era su situación,
si bien podía resolverla cómodamente dando la vuelta para
Santo Domingo. No estando ya su socio y superior en Car­
tagena, holgaban los refuerzos que no pudo allegarle en hora
oportuna, y, por otra parte, la gente embarcada con Enciso»
ciándose por escarmentada en cabeza ajena, con seguridad
aceptaría sin repugnancia; acaso hasta con gusto, una re-
35
lirada que aconsejaba la prudencia más elemental. Porque,
pensándole bien, ¿qué iban a conseguir los menos allí don­
de habían fracasado los más? Pero Balboa esperaba del ba­
chiller una resolución atrevida y enérgica. A él, particular­
mente, que había ya dado el salto en el vacío, regresar a
la Española le inquietaba mucho más que el seguir adelante
en su aventura, pese a los negros auspicios.
Enciso, entre tanto, fruncido el entrecejo y mesándose las
barbas con ensañamiento, vacilaba. Pero vacilaba porque era
el único ^ntre los suyos que no estaba convencido aún com­
pletamente de que Francisco Pizarro hubiera dicho la verdad.
A no ser por la sospecha de una traición, que le mantenía
columpiándose en la duda, habría dado ord<en de volver a
Santo Domingo sin pensarlo dos veces. No concebía que
Ojeda, distinguido por su arrojo y su tesón entre los más
valerosos capitanes pasados a las Indias, hubiese abando­
nado a sus hombres en la naciente colonia de San Sebastián,
sabiendo que les esperaba un fin horrible. Parecíale más ve­
rosímil el sospechado asesinato del gobernador, pudiendo ser
los móviles del crimen alguna mala voluntad y aquel oró que
todavía conservaban en su poder los presuntos asesinos. És­
tos debían haber escapado después, perseguidos por los
leales de Ojeda, empezando entonces, probablemente, sus
calamidades hasta llegar al extremo de agotamiento y desr
esperación en que habían sido encontrados.
Enciso deploraba la pérdida del jefe más que la del amigo,
por cuanto se derivaba de la misma una responsabilidad
demasiado pesada para sus hombros. Sólo con su pequeña
escuadra, ahora compuesta de una nao y dos bergantines, con
doscientos soldados y marineros, a quienes la visión trágica
de lo ocurrido en Cartagena y San Sebastián había amustia­
do el entusiasmo y las ilusiones, ¿qué podía intentar para
vencer la;; resistencias ingentes del continente inmenso y mis­
terioso?
Enciso aspiraba a ser el segundo de Ojeda, su lugarte­
niente, su brazo derecho; pero nunca pensó en que podría
verse obligado a sustituirle, si no fuera por ausencia tem­
poral. Hay hombres que parecen destinados a secundar ini­
ciativas y mandos, quedándose siempre un estado más bajo
que sus jefes, como si les asustara alcanzar el ápice de una
brillante carrera.
Conseguir un lugar lindante con el más alto llena toda
su ambición. Ambición de segundero, podría decirse, que no
alcanza al copete de los poderes colmados, que teme al vér­
tigo de las alturas y por eso no desea más que llegar con las
manos allí donde el eminente pone los pies.
Así el bachiller, por sólo comprobar si los hechos habían
ocurrido como le fueron contados, no porque le acuciara otro
36
afán más ambicioso, resolvió continua£<iéí'ftíaje ha^éf>4a
abandonada colonia, con particular con^j^m ienfo dé ‘Bal^óá^
y gran espanto de los tristes compa^e^sf de Pizarro, q u i ­
nes de ningún modo querían volver /'Cdia tierra donde tanta
llevaban padecido. i ^- 5^ {
— Dejadnos volver a la Español», o vayamos todos jun­
tos a la gobernación de Nicuesa -^suplicaban, despavori­
dos —. En San Sebastián no podríantos^epcontrar sino- la
muerte. ■ , r r ^
Esta resistencia añadía, sin embargo, <Ínie¿QS loeartrCbs
a las sospechas de Enciso, a quien los cuitados ofrecieron en
vano dos mil onzas de oro si les dejaba en libertad para di­
rigirse adonde mejor les pareciera. ¡Hola, hola!... ¿Conque
dos mil onzas de oro nada menos? Tratábase, por lo visto, de
un intento de soborno. El bachiller, sintiéndose hurgado en
su codicia, se erizaba de recelos. Rechazó el ofrecimiento en
redondo, con repugnancia y altivez. Pero no quiso atemo­
rizar más a los desventurados que impetraban su misericor­
dia, porque ellos mismos debían conducirle al lugar donde
habían estado con Ojeda. Dejó, pues, las amenazas, pensan-
-do sacar mejor partido de los halagos. Pizarro y sus hom­
bres fueron provistos todos de las prendas de vestir que
tanto necesitaban, sin olvidar la ropa interior ni el calzado, y
a todos se les dieron espadas y lanzas para cuando llegara el
momento de volver a la pelea, aunque el estado de sus fuerzas
apenas si les permitía sostenerse en pie. Les dijo Enciso que
iban tan sólo a explorar el ánimo de los indios, para ver si
continuaban manteniéndose en actitud hostil, en cuyo ex­
tremo, sin darles batalla, la expedición se trasladaría a
Veragua, para ponerse bajo el mando de Nicuesa, a quien
un refuerzo inesperado de doscientos españoles, con el car­
gamento de provisiones que llevaban consigo, habría de
sorprender agradablemente. No era ésta su verdadera inten­
ción, por supuesto, m siquiera había pensado lo que podría
hacer si resultaban infundadas sus sospechas; pero ahora
le espoleaba el deseo de averiguar la verdad y a este afán
incontenible se entregaba por entero.
Continuaron, pues, navegando hacia el golfo de Urabá, lle­
vando en la zaga los dos bergantines.
Balboa había adivinado el pensamiento del bachiller, que
comunicó a Pizarro, bien fuera para tranquilizarle o por en­
trar en amiganza con un hombre que le atraía por su aplomo
y sencillez. Algo apuntaba en él que no se hubiera encon­
trado en los demás, comprendido el mismo Enciso.
Pizarro se encogió de hombros, dando a entender que las
sospechas de los mal pensados le dejaban indiferente. Había
llevado el cumplimiento del deber hasta el límite que señala
la resistencia humana, obedeciendo estrictamente las ór-
37
denes recibidas de Ojeda. Por otra parte, a él no le angus­
tiaba, al revés que a sus compañeros, el tener que afrontar
de nuevo la furia de los caribes, si había de qué mantenerse.
Lo espantoso era luchar al mismo tiempo con los caribes
y con el hambre.
El mar está agitado, no obstante lo cual, Enciso ha dis­
puesto que se navegue cerca de tierra porque se aproximan
a la entrada del golfo. Vira el viento y comienza a silbar.
Es al caer de la tarde. El cielo aparece oscurecido y cárdeno,
haciendo presagiar que aumentará la tormenta. Se recogen
velas „ se procura llevar los bajeles a mayor distancia
de la costa. Ello produce a bordo de la nave capitana un
movimiento inusitado de maniobra, al que sucede otro más
inquietante, determinado por la violencia de los bandazos:
la estiba ha perdido su equilibrio. Se está corriendo la carga
hacia popa, a sotavento, y acuden a prevenir el peligro al­
gunos marineros, que se precipitan por la escotilla, vocife­
rando blasfemias. Balboa y Pizarro les ven hundirse en la
cala para continuar en el fondo jurando como condenados.
Ya en estos momentos el agua empieza a invadir la cu­
bierta. Dos horas más tarde, cerrada la noche, la nave se
agita de costado, como vencida por el ímpetu del temporal.
Trabajan ahora todos los hombres de a bordo, unos engol­
fados en la tarea de equilibrar el navio, otros en las bom­
bas. La lucha más dramática se desarrolla junto al timón.
No se ve a dos pasos y el estruendo de la borrasca es impo­
nente. El viento se ha convertido en desatado huracán.
Un golpe de mar arranca el esquife de sus grapas y lo
estrella contra el palo de mesana, dejando en su alrededor
una maraña de astillas. Se oyen voces pidiendo luces. Re­
partidos entre proa y popa, van de un lado para otro, cho­
rreantes y tambaleándose como beodos, los encargados de
alumbrar las labores más difíciles. Con una mano mantienen
en alto el farol y con la otra se agarran del primer asidero
que les sale al paso, para no ser barridos por las olas o
derribados por el violento balanceo. 1
— ¡Tendremos baile hasta Dios sabe cuándo! — observa
uno de los que han acudido a recoger los restos del esquife
para dejar libre el tránsito.
— Lo mismo puede durar la tormenta varios días — le
contesta una voz áspera, salida de la sombra —. La nao,
por vieja y cascada, merece que se la lleve el diablo.
— ¡No lo permita Dios!
Se da orden de amarrar a los hombres, porque todos co­
rren peligro de ser arrebatados por el mar, que barre la
cubierta. El bajel hunde su proa de continuo, y vuelve a
emerger, lanzando a cataratas por los costados él agua em­
barcada. Enciso y el piloto están en torlns partes, dnndo’vo-
ces de mando que no se oyen. A Enciso le preocupa la suer­
te que pueden haber corrido o habrán de correr los» bergan­
tines. Su paradero es un arcano. La oscuridad llega a ser tan
densa (jue parece palpable y sólo se percibe con los ojos el
blanco fosforescente de un rebullir de espumas por cual­
quier lado que se mire.
Ni los dominios de Satán se imaginan más horribles. Todo
es sombra, agitación epiléptica y ruido infernal. Del fondo
de la cala suben relinchos y gruñidos de pobres animales,
zarandeados en su encierro, en medio de una inundación.
Los perros ladran desaforadamente, diríase que a las tinie­
blas. El barco cruje con sostenido estertor.
Y la tempestad no cede, mientras las horas pasan con
su andar inalterable. Más que la furia del mar y del viento,
desespera a los hombres no habituados a estos trances la
pesadumbre de una noche que no termina. ¡Si al menos pu­
dieran ver! Los marineros saben trabajar a tientas, pero no
así los demás: la oscuridad entorpece sus movimientos y
oprime su corazón.
Se producen nuevos asaltos más impetuosos del mar en­
furecido. El viento arrecia también y empieza a crujir el
trinquete, que poco después se desploma con estrépito. Es
como una salva de saludo al nuevo día, cuya proximidad se
anuncia con pálidos vislumbres de alborada. Pero el acci­
dente ha ocasionado víctimas: hay que retirar heridos a
varios hombres. Se está buscando un lugar donde acomo­
darles cuando sobreviene una brusca y horrísona sacudida
que hace perder a todos la posición vertical. La confusión
es enorme: gritos de angustia, imprecaciones a los santos
más milagrosos, ayes de dolor, juramentos horrendos. La
nave ha dado en un bajío y se deshace en pedazos, rema­
tada por las olas con ensañamiento. Es el fin de todo. Unos
instantes más de agonía y sólo quedan flotando algunos leños
dispersos, a los que se abrazan los náufragos con la fuerza
de la descsneración. La tragedia es alumbrada por la cla­
ridad lívida de un hosco amanecer.
* * #

Los náufragos salvaron a los náufragos. Es decir, los


derrotados y esqueléticos fugitivos de San Sebastián, auxi­
liados por Enciso en ocasión tan reciente, se hallaban ya en
condiciones de pagar con largueza el servicio recibido, porque
se mantenían a flote con su bergantín y en éste pudieron
recoger a muchos de los que estaban a punto de ahogarse.
En el mundo desconocido en que se encontraban, avanzando
a oscuras por los dédalos del azar, nada podía ser estable
y ln fortuna recordaba por ln brusquedad de sus giros a la
voluble veleta. Los desnudos de la víspera aparecían ahora
vestidos, y, viceversa, los vestidos de ayer andaban desnu­
dos, después de haber sido sacados del agua en trance apu­
radísimo. Mudanzas y contrastes de la vida aventurera,
cuyo sentido moral hubiera impresionado a otros hombres
de más sosiego.
Desaparecida la nave capitana con todo su cargamento,
saltaban aún sobre el lomo de las olas los dos bergantines,
menos dañados de lo que podía temerse de la fuerza del
temporal y de la debilidad de entrambos cascarones. Ade­
más, amainó la borrasca, como dando una tregua para los
trabajos de salvamento, y asi fueron pocas, por clemencia
divina, las vidas humanas que se perdieron. Pero si compro­
metida era la situación de los expedicionarios al recibir las
primeras noticias del desastre de Ojeda, ahora había empeo-
hasta el punto de nacer imposible su retorno a Santo
Domingo; porque los navichuelos de que disponían, batidos
por la tempestad y colmados de ocupantes, no podían aven­
turarse en travesía tan larga. Tomar tierra en un punto
cualquiera de la costa hubiera parecido lo más conveniente
de no existir el peligro de los caribes, que poblaban aque­
llos parajes. Pero habíanse perdido muchas armas y casi to­
dos los caballos, más de la mitad de los bastimentos, ropas
y enseres insustituibles, por manera que la permanencia en
tierra, contra la voluntad de los salvajes que la habitaban,
tendría que ser fatalmente efímera. '
El torva aspecto de Enciso, ensimismado y taciturno, no
era e1 más a propósito para levantar los ánimos abatidos. La
gente murmuraba. Si el bachiller, una vez enterado de lo
sucedido en Cartagena y San Sebastián, hubiera dispuesto
el regreso a la Española, como convenía a la seguridad de
todos, tal vez no habría naufragado, y, sobre todo, pudo ha­
berse evitado la disyuntiva, terriblemente embarazosa, ante ,
la cual se encontraba. Se empeñó, sin embargo, en seguir
adelante, desoyendo los prudentes avisos y los conmovidos
ruegos de quienes le aventajaban en experiencia, y el resul­
tado de su temeridad iba a ser, probablemente, el exterminio
de un puñado de hombres indefensos a quienes no quedaba
sino la esperanza puesta en Dios.
— i Nos quedan, al menos, los alanos! — se oyó decir en
un grupo donde se comentaba con amargura aquel golpe de
la adversidad.
Los perros, en efecto, se habían salvado y podían rendir
estimables servicios... si se hallaba modo de mantenerlos
sin sacrificar nada del racionamiento general.
No habiendo renunciado Enciso a visitar la abandonada
fundación de Ojeda, en la boca del golfo, hacia ella se diri­
gieron, decía el bachiller que para aprovechar los albergues
40
y las fortificaciones que hiciera levantar el gobernador. Ten­
drían siquiera donde guarecerse por el momento y después
ya dispondría la Providencia.
Otra esperanza fallida, porque en San Sebastián no que­
daban ni las cruces puestas sobre las tumbas de los espa­
ñoles allí enterrados. Un turbión de salvajes, haciendo sen­
tir su paso como huracán devastador, nada había dejado
en pie del establecimiento y su fortaleza, ahora converti­
dos en cascote y ceniza. El lugar era una altura peñascosa
y quebrada, no desprovista de ciertas ventajas como de­
fensa natural, especialmente por razón de un otero avan­
zado que hacía las veces de castillo. Enciso le pareció que
podrían sostenerse entre aquellas ruinas por algún tiempo,
mientras maduraba otra resolución más conveniente; pero,
apenas se hubieron enterado de su presencia los indios de los
alrededores, acudieron éstos en oleadas sucesivas para acabar
con los nuevos invasores. Quedaba de este modo plenamen­
te demostrada la veracidad de Pizarro y sus compañeros,
quienes podían ahora reprochar al bachiller su contumacia
funesta; pero la necesidad en que se hallaban todos de de­
fender sus vidas, amenazadas de día y de noche, hacían
ociosas las recriminaciones. Aquello no se podía resistir.
Los indios atacaban sin descanso, seguros de su ventaja
y envalentonados por el éxito obtenido en anteriores por­
fías. Formaban nutridos enjambres de guerreros, lo cual
les permitía relevarse en la batalla, que se desarrollaba sin
tregua, y los españoles no podían dejar ni un momento
las armas de la mano, so pena de resignarse a morir. Aun­
que se defendían bien, haciendo pagar caras a sus con­
trarios las audaces embestidas, corrían el peligro de verse
cercados y de perecer por agotamiento físico, sin ^contar la
escasez de sus reservas de víveres y la indefensión en que
se encontraban sus barcos, única esperanza de poder esca­
par de aquella tierra maldita. No tan temibles por sus
clavas y lanzas como por sus flechas envenenadas, los
bárbaros asaltantes pocas veces luchaban cuerpo a cuer­
po. Preferían asaetear al enemigo, contra el que se tensa­
ban los arcos a miles, y un diluvio de astas sutiles, segu­
ras portadoras de la muerte, pasaba silbando por entre los
castellanos, agazapados detrás de sus adargas y palen­
ques. Aquí acechaba el peligro mayor, por ser toda herida
de flecha mortal de necesidad. Pero cuando los indios, ol­
vidados de su prudencia o impacientes por alcanzar la vic­
toria, se lanzaban en tromba sd asalto, entonces las punzan­
tes y cortadoras tizonas cobrábanse el desquite con man­
dobles y estocadas, entrando en las filas caribes como las
hoces en los trigales maduros.
Siempre, sin embargo, salían quebrantados los españoles
41
de aquel incesante batallar, aunque perdieran uno contra
cien, porque ellos eran pocos y sus contrarios abundaban
como insectos; de suerte que empezaban a pedir todos que
se les permitiera volver a los barcos, aunque* tuvieran que
perecer en el mar. Agotados por un esfuerzo sostenido du­
rante muchos días, su resistencia se relajaba, con mayor
motivo viendo llegar la hora en que se habían de acabar las
provisiones. El mismo Enciso, dándose cuenta al fin de las
razones que tuvo Ojeda para renunciar a su gobernación, se
abandonaba a los más negros pronósticos, y mal podía dar
alientos si no los encontraba en su autoridad claudicante.
Sólo un i :>mbre se conservaba entero y animoso en medio
de aquella desolación de los espíritus. Ese hombre era Vasco
NúíiCZ de Balboa, cuyo temple moral encontró adecuada
coyuntura para mostrarse magnífico. Habíase ganado la
aamiración de sus compañeros ocupando siempre los sitios
de más peligro y colocándose el primero en todos los com­
bates. Ninguno le aventajaba en arrojo, ardimiento, agili­
dad, destreza, fuerza, astucia o tesón. Nadie como él sabía
sorprender al enemigo en sus momentos débiles, cuando se
descuidaba, o llevarle con engaño al terreno donde mejor
podía batirle. Manteníase prudente cuando la ocasión no
se le presentaba favorable, para luego asombrar a todos
por su audacia si vislumbraba una posibilidad de victoria.
Ninguna lanza más certera y firme que la suya; ningún
brazo más resistente cuando blandía la tizona, tan rápida
para hender cabezas, abrir gargantas y perforar bandu­
llos que los indios le temían más que al rayo. Afrontaba,
además, Balboa ios sucesos adversos con la sonrisa en los
labioL, resignándose sin proferir queja alguna a las priva­
ciones, no decaía en el esfuerzo por mucho que tuviera que
prolongarse y. en ios trances de mayor abatimiento, siem­
pre encontraba palabras de esperanza o tenía alguna ocu­
rrencia graciosa para confortar a los desfallecientes.
De este modo se había formado en su alrededor un coro
de incondicionales que vivían pendientes de sus labios. Y era
natural que, en hora tan crítica para todos, se perdiera el
parecer de aquel que por su brío, su denuedo, su buen sen­
tido y su serenidad iba cimentando un prestigio que ni el
mismo Enciso. por muchos relegado a segundo término, po­
día ya disputarle.
Invitado a exponer su opinión, Balboa se declaró par­
tidario de abandonar una tierra que los rechazaba de modo
inequívoco, empleando en la repulsa un ensañamiento cruel.
¿Por qué empeñarse en vencer la hostilidad de sus feroces
habitantes? Se hallaban en un continente inmenso, que
nunca podrían recorrer, aunque vivieron cien años. Era un
mundo toríavía rW'comyiclo, rio extensión incalculable, enm-
4 ?,
biante en cada una de sus vastas regiones y, por consi­
guiente, maravilloso en su infinita variedad. Había valles
apacibles y de clima suave, selvas ardientes que se perdían
en el horizonte, alturas escarpadas y bravias, sabanas estepa­
rias o lacustres. Sus pobladores, por lo que podían ver, se
parecían todos en cuanto al estado primario de sus costum­
bres, aunque no por su carácter, que cambiaba de acuerdo
con las condiciones y el aspecto de cada país. Así los había
peligrosos lo mismo que inofensivos, capaces los primeros
de sacrificar a sus hermanos para comérselos y tan man­
sos los segundos que se dejaban conducir como ovejitas
de Dios. Parecíale, pues, a Balboa impropio de hombres dé
razón que doscientos caballeros cristianos batallaran por
conservar unos cerros miserables cuando podían obtener tie­
rras próvidas sin necesidad de sacrificios. La triste situación
en que se hallaban quedaría así resuelta con sólo mudar de
residencia. No siéndoles posible retomar a Santo Domingo,
por la pequeñez de sus maltrechos barquichuelos, sí podían
saltar de una orilla del golfo a la otra orilla, acaso habitada
por gentes más acogedoras. Y si no, ancha era la Tierra Fir­
me hasta no acabarse nunca.
— Diez años hace, cuando andábamos descubriendo por
estos parajes con Bastidas y Juan de la Cosa— hubo de
añadir—, recuerdo que encontramos muy buena tierra ha­
cia poniente, al ©tro lado del golfo. Los indios nos recibie­
ron con agasajo y nos llevaron a un pueblo que tenían cerca
de un río. Sus casas eran de madera, muy capaces, y estaban
techadas con ramajes tan bien dispuestos que no los tras­
pasaba la lluvia. Aparte la caza y la pesca, allí muy abun­
dantes, había fruta muy sabrosa, pan cazabe y creo que
hasta maíz. Vimos algunos campos labrados y unas plantas
parecidas al lino, de donde sacan los indios la hilaza para
tejer mantas y otras estofas. Nunca tuvimos que pelear
con nadie; antes bien fuimos provistos de cuanto necesi­
tábamos. Y rescatamos oro. Por mudar de aventura, podría­
mos encaminarnos a esta tierra de que os hablo, que no debe
estar muy lejos.
Era una solución. Enciso objetaba, sin embargo, que la
orilla occidental del golfo pertenecía a la jurisdicción de
Nicuesa; pero Balboa supo en seguida rebatir este reparo.
Trabajo tendría el gobernador de Veragua para atender a su
fundación y tierras adyacentes. Sus dominios eran muy ex­
tensos y se corrían hacia el norte. De todos modos, habien­
do desaparecido Ojeda, con incorporarse a un establecimién- I
to español vecino nada harían que no debieran hacer; an- <
tes, por el contrario, el ponerse bajo la autoridad de un ]
representante acreditado de la Corona era un acto dp acata- j
miento n ln ley. Y, sobro lodo, el apremio de las cireuns- I
tandas no daba lugar a la opción, porque en San Sebastián
no se podía vivir, y volver a Santo Domingo, no contando
con barcos más capaces y seguros que sus dos desbaratados
bergantines, era tan difícil como conseguir de los caribes
que depusieran su hostilidad y atraerlos a la concordia.
Había, sí, una dificultad considerable para llevar a su
realización inmediata el plan de Balboa, y consistía en que,
para pasarse de una ribera a otra del golfo, también se
necesitaban bajeles. Locura hubiera sido embarcar a dos­
cientos hombres en unos cascarones donde no cabían ni la
mitad, y hacer el traslado en varios viajes equivalía a dis­
minuir la fuerza de los que se quedaban en San Sebastián
combatiendo. Por fortuna, empezó a decrecer el ataque de
1 s indios, un poco desmoralizados tal vez a causa de sus
pérdidas, y aquel respiro, aunque más tarde fuera brusca­
mente cortado por acometidas más furiosas, brindaba una
ocasión para probar fortuna.
Seguía Enciso llamándose alcalde mayor de Ojeda sin
encontrar la menor oposición, por manera que era él toda­
vía el jefe. Como tal, una vez se hubo acordado seguir el
consejo de Balboa, dispuso que embarcara la mitad de la
gente. El resto esperaría en San Sebastián hasta el retorno
de los navios, que, con la ayuda de Dios, no se harían es­
perar mucho tiempo. Por si los indios arreciaban de nuevo
en sus ataques, se encargaba a Francisco Pizarro, buen co­
nocedor de sus tretas, que dirigiera la defensa como tuviese
por conveniente, pensando que aquella separación momen­
tánea hacíase en bien de todos, pues no tenían otro modo
de salvarse.
Pizarro recordó que un encargo semejante le había hecho
Ojeda en parecida situación; pero, igual que la vez ante­
rior, sabría corresponder a la confianza que se le otorgaba.
Valor frío, resistencia de gigante, voluntad que parecía for­
jada sobre el yunque, estas cualidades tan fuera de lo co­
mún le tenían reservado los más nltos destinos.

* * *

Atravesado el golfo, Balboa dirige los bajeles, con segu­


ro instinto de orientación, hacia la tierra vagamente recor­
dada. La encuentra. La travesía se ha hecho sin tropiezo
y el desembarco tampoco ofrece dificultad, porque los in­
dios no aparecen. Tierra fresca y dp agua abundante, a tre­
chos pantanosa, en algunos lugares deja ver señales de culti­
vo. Abundan los árboles que brindan al hombre alimento,
como el cocotero, el banano, el chirimoyo y el mamey. Un
poblado de bohíos es divisado a lo leí os. ¿Será el que había
44
visto Balboa? Como aquél, agrupa sus viviendas, de sombre­
ro pajizo, en Ja proximidad de un hermoso río.
Enciso quiere adueñarse del pueblo, asaltándolo. Pero sus
habitantes, prevenidos contra la intromisión que les amenaza,
se defienden. No son, pues, tan mansos como los pintaba el
hidalgo extremeño, aunque la actitud agresiva de los adve­
nedizos justifica la resistencia armada. No parecen, sin em­
bargo, ni tan numerosos ni tan feroces como los caribes y
sus flechas no están enherboladas.
Se da la batalla, que dura varios días; los indios han
retirado del pueblo sus mujeres, sus pequeñuelos, sus basti­
mentos y objetos de valor, por si el resultado de la lucha les
fuera adverso. Ocupan un cerrillo que corta el acceso al case­
río y combaten bajo la dirección de su cacique, al que llaman
Cemaco. Pero no son guerreros de casta, según puede infe­
rirse de su ingenuidad. Cuando los castellanos les desalojen
de sus posiciones se echarán a correr campo a traviesa.
Y así sucede. Enciso ordena el asalto del cerro, defen­
dido por más de quinientos indígenas. Y éstos retroceden al
sentir en sus cráneos el filo de las espadas. Les basta ver
cercenadas algunas cabezas y atravesados los cuerpos de
parte a parte para confiar a las piernas su salvación. Cae
el cerro, se apoderan los españoles del poblado y su victoria
se completa con inesperado botín. Escondido en unos beju­
cales, encuentran los vencedores un verdadero tesoro, con­
sistente en gran copia de alhajuelas toscamente labradas,
pero del más rico metal: brazaletes, zarcillos, bronchas, sor­
tijas, collarines, con un peso conjunto de dos mil libras.
Hay, además, mucho fardaje con mantas de algodón y víve­
res en gran cantidad. Algunos indios han sido hechos pri­
sioneros.
Enciso r»r. pierde el tiempo. Envía en seguida por los
compañeros dejados en San Sebastián y se instala en el
pueblo, al que da el nombre de Santa María la Antigua,
por devoción a una imagen de la Virgen venerada en Sevi­
lla. Acude Pizarro con sus hombres; se convierte en ora­
torio la casa del cacique Cemaco; se recorren los alrededo­
res para tomar conocimiento del país; se adiestra a los pri­
sioneros para utilizarlos como guías, enseñándoles algunos
rudimentos de la lengua castellana; se empieza a construir
habitaciones de un tipo acomodado a las primeras necesi­
dades de la colonización, y, en Un, se disponen edictos y se
promulgan pragmáticas para el orden de la vida en común
y conservación del establecimiento.
En este punto — el que se refiere a las providencias to­
madas para asegurar un régimen de gobierno —, Enciso
aprieta demasiado las clavijas e incurre en el error de con­
trariar la pasión más fuerte de los hombres que le rodean,
45
aventureros casi todos ellos, a quienes el oro deslumbra
más que el sol. El bachiller, súbitamente engreído por el
éxito alcanzado,' olvida que el cambio venturoso de su for­
tuna se debe a la iniciativa ajena. Queriendo apurar las
ventajas de su nueva situación, prohíbe a los suyos, nada
menos que bajo pena de la vida, el libre comercio con los
indios, dejando así sin recompensa una suma enorme de
sacrificios.
Con ello se producen la natural decepción y consiguien­
te revuelo, en seguida convertidos en airada protesta-. En­
ciso alega antecedentes: en la Española tampoco se per­
miten los rescates. Pero aquí las circunstancias son distin­
tas: s- trata de una tierra adonde han llegado, por intui­
ción individual, los supervivientes de un desastre. Son náu­
fragos que han tenido que vivir a la ventura, abandonados
por el gobernador que les había de mandar, y si, después
de luchas y penalidades infinitas, han logrado salvarse,
sin deberlo a nadie más que a sí mismos, es de razón
dejarles que reparen su daño si por un momento les sonríe
la suerte.
Los descontentos rodean a Balboa, como buscando en
éí al defensor y al caudillo de una posible rebelión, y Bal­
boa no defrauda sus esperanzas, reprochando al bachiller
lo que considera una arbitrariedad. Contesta Enciso con
altanería que un burlador de la ley, huido de Santo Do­
mingo para no pagar sus deudas, es el menos autorizado
para discutir una cuestión de derecho, y Balboa, tocado
en lo vivo, invita al letrado a mostrar las credenciales de
alcalde mayor que dice tener firmadas por el Rey.
El golpe es de gran efecto. El bachiller no puede pre­
sentar una cédula real, que, probablemente, no ha tenido
nunca. Confundido y turbado, dice que la credencial, jun­
to con otros documentos, la perdió al naufragar su nave.
—No podéis, a lo que parece, presentar vuestros títulos.
—Ya he dicho que se perdieron en el mar.
—Y si no tenéis poderes, ¿en qué fundáis tanto orgullo?
Este diálogo transcurre en presencia de los oficiales más
notables. Balboa, previendo el altercado y sus consecuen­
cias, ha querido tener testigos.
—Si no tenéis cédula del Rey — insiste —, nosotros, sólo
podemos aceptaros como alcalde mayor de Ojeda. Mas ob­
servad que Ojeda ha desaparecido y que esta tierra no
pertenece a su jurisdicción. Así, pues, pudiendo conside­
rarse invalidado vuestro nombramiento por razones de tan­
ta fuerza, nosotros no tenemos por qué obedeceros.
Estas palabras son recibidas con alborozo por cuantos se
han visto contrariados en sus deseos de comerciar con los
indios. Hombres a quienes sólo mueve la pasión por el oro,
46
sentíanse ya lanzados por impulso irrefrenable a saltar por
encima de toda autoridad y aún de toda ley que les privara
del beneficio buscado a costa de tantos trabajos y peligros.
Ahora con más razón, pudiendo apoyar su desacato en una
apariencia de legalidad, se afirmarán en su propósito de
rescatar oro, pese al edicto del bachiller, contra quien se
volverían-sus iras si osaba resistirles. «No tenemos por qué
obedeceros.» Balboa, perspicaz y malintencionado, ha puesto
el dedo en la llaga. A él, particularmente, acaso no le inte­
resan por el momento los rescates; pero se ofrece muy bue­
na coyuntura para quebrantar la autoridad de Enciso, y la
aprovecha.
Forzando un poco los acontecimientos, Balboa podría ha­
cerse ahora con el gobierno de la colonia, en cuya unidad
se ha producido algo más que una fisura: el choque con
Enciso, si no muy violento en la forma, ha sido rudo en el
fondo y reviste una gravedad que no se oculta a nadie. Per­
catándose de la escisión inevitable y de que cuenta con más
amigos que el bachiller, el extremeño sabe, sin embargo, con­
tenerse y obrar con cautela. En mantener el control de sus
apetencias, haciendo prevalecer el cerebro sobre el corazón,
es donde los hombres fuertes suelen demostrar la calidad de
su temple. Balboa, aunque se siente empujado por los impa­
cientes, se niega a dar un paso más contra el que ya consi­
dera su enemigo. No quiere suplantar a Enciso, al menos
mientras no se lo impongan las circunstancias. Sabe muy
bien lo que se hace y se cura en salud para que el día de
mañaná no puedan discutirle a él una investidura alcanzada
con artería. Ha desautorizado al jefe; ya es bastante. Le
conviene ahora no precipitarse y dejar que las cosas rueden
por sí mismas.
—Enciso es un avaro —le dicen—. No está contento con
las dos mil libras de oro cogidas a Cemaco y quiere que­
darse con todo el fruto de nuestros sacrificios. Abusa de una
autoridad <¿ue no le corresponde sólo por satisfacer su co­
dicia. ¿Vamos a tolerar que nos siga mandando después de
haberle negado obediencia?
Balboa tiene recursos para todo. Ciertamente se debe des­
pojar de su mando a un alcalde mayor que ha dejado de
serlo. Aunque la colonia no puede estar desgobernada. Por
consiguiente, mientras se estudia si procede dar parte a Ni­
cuesa de lo ocurrido en el Darien, para que el gobernador de
Veragua tome las providencias adecuadas a la situación, se
puede elegir un cabildo, con regidores y alcaldes, quedando
de este modo constituida una autoridad en la que todos se
sentirán representados.
La idea es acogida favorablemente incluso por los parti­
darios de Enciso, aunque más tarde, por haber perdido la
47
elección, alegarán que, por encima del cabildo, se ha de le­
vantar un jefe destinado a dirigir toda acción armada, bien
sea para la defensa del establecimiento o bien para facili­
tar su desarrollo con incursiones por los territorios vecinos.
Enciso, derrotado, no se resigna a perder el mando y profun­
diza, bandeando, la división existente. Pero Balboa nó se
dejará conducir a una rivalidad que no podría traer sino
el desorden y probablemente ia tragedia. Por los resultados
de la elección ha podido comprobar que es el más fuerte, no
sólo por el número de adictos, sino también por su Calidad,
y aunque podría erigirse jefe de todos, en la seguridad de
vencer en el acto la desesperada resistencia de los contra­
rios, a él no le ciega el rencor, justificado en el caso de En­
ciso. y estima que su obligación es mantener la paz, de
acuerdo con la propia conveniencia.
Un suceso con el que no contaban, un suceso halagüeño,
viene a poner un paréntesis de alegría a . la pugna de los
ímpetus banderizos. Una mañana oyen por la parte del golfo
insólitos retumbos que únicamente podrían confundir con el
trueno quienes no conocieran los cañonazos. ¿Qué será? Si
andan barcos españoles cerca de la costa, ¿con qué objeto
disparan su artillería? Porque no hay duda de que se trata
de tiros de cañón y no de truenos. Luego, los de Santa
María la Antigua ven elevarse a no muy larga distancia
unas columnas de humo blanco que les confirma en la creen­
cia de que son compatriotas suyos los que han atronado el
golfo con sus disparos. «Sin duda nos andan buscando, y por
eso nos hacen señales», piensan los de tierra, que se apre­
suran a contestar también con ahumadas, para en seguida
correr hacía la playa. Dan por descontado que se trata de
algún barco de Nicuesa y ven en el hecho una intervención
divina para poner término a sus querellas.
No un barco, sino dos, ambos procedentes de Santo Do­
mingo, son los que se acercan a la ensenada donde están los
bergantines del bachiller. Los manda Rodrigo Enríquez de
Colmenares y constituyen un refuerzo enviado al goberna­
dor de Veragua por las autoridades de la Española. El en­
cuentro de los que llegan con los establecidos en el Dañen
da lugar a demostraciones de una efusión extremosa. Con
mayor motivo viniendo los de Colmenares dolidos, de su con­
tacto con los indios de la ribera opuesta. Habían desembar­
cado la mitad de sus hombres en la desembocadura de un
río para renovar el agua de sus pipas. ¡Nunca lo hubieran
hecho! Los de la aguada, no apercibidos contra el peligro
que les amenazaba, se estaban solazando, tumbados en la
arena, cuando los caribes se les echaron encima. Perecieron
cincuenta y cinco de muerte horrible. Además, se perdieron
el batel y las barricas porque el capitán, viendo la playa in-
48
vadida por una multitud de salvajes, no pensó sino m ale­
jarse a toda vela. Quito ver, sin embargo, si encontraba a la
gente de Ojeda. Y anduvo, a este efecto, recorriendo el golfo
y haciendo señales. Le quedan a Rodrigo Enríquez de Col­
menares sesenta compañeros a quienes los del Darien invi­
tan a quedarse en la colonia. Los invitados, atraídos por el
aspecto risueño del país y por las muestras de oro que les
son presentadas para tentarles, se dejan convencer, y viendo
el capitán su inclinación, decide quedarse él también y re­
partir entre los compatriotas encontrados las armas y basti­
mentos que ha traído. Esta liberalidad levanta general al­
borozo y Colmenares es paseado en triunfo por el pueblo.
El establecimiento del Darien toma con esto nuevo y más
poderoso empuje. Son ya doscientos treinta españoles bien
pertrechados y tienen a su disposición cuatro navios que les
aseguran la retirada por mar en el caso de un contratiempo.
Se creen destinados a realizar portentosas conquistas. Pero
necesitan un jefe. ¿Será Enciso? ¿Será Balboa? ¿Será Col­
menares? Ello debe ser resuelto en cabildo, y el cabildo, he­
chura del hidalgo extremeño, acuerda seguir el camino legal,
comunicando a Nicuesa, a cuya jurisdicción corresponde la
costa occidental del Urabá, que hay en esta parte del golfo
un establecimiento castellano, afortunado en sus primicias,
que le pertenece por la ley y por la voluntad de sus funda­
dores.
Los encargados de llevar el mensaje serán Rodrigo Enrí­
quez de Colmenares, Diego de Albítez y Diego del Corral,
quienes embarcan en un bergantín para dirigirse a la costa
de Veragua en demanda de su gobernador. Enciso nada
bueno espera de esta embajada. Balboa, satisfecho de su
conducta, no teme que las resoluciones de Nicuesa puedan
redundar en su daño.
A Los temerosos y a los descontentos les aconseja la cal­
ma y el estar siempre prevenidos contra las sorpresas del
porvenir.
IV

PELEA DE GERIFALTES

Todo es rotación y mudanza en la vida, como vienen repi­


tiendo filósofos y poetas desde que el mundo es mundo.
Todo pasa y perece, o se transforma y renueva, con el rodar
del tiempo, que nada respeta de lo que para el hombre
es más querido: juventud, belleza, fuerza, ardimiento, ale­
gría. Lo único inmutable es precisamente esta ley de la na­
turaleza que nos condena a caducidad y acabamiento ya antes
de nacer. Pero, al fin, esta ley es harto conocida y tifempo
hemos tenido para resignamos a tan triste destino con los
siglos que lleva el mundo de experiencia. Y así sucede que,
mientras la declinación de la vida nos coge prevenidos para
aceptar sin protesta la pérdida escalonada y fatal de nues­
tras energías, hasta llegar a la muerte, en cambio la desapa­
rición de otros bienes, igualmente pasajeros, pero no suje­
tos a lo ineluctable, como son la fortuna y el poder, contur­
ban el espíritu del perdidoso, que no se conforma y pocas
veces resiste con entereza estos golpes de la adversidad, pre­
cipitándose en la desesperación y la locura.
El caso de Diego de Nicuesa viene a ilustrar este pensa­
miento con su ejemplo trágico. Ningún capitán de los lan­
zados a buscar nuevos horizontes en el mundo colombino,
todavía impenetrado en su inmensa masa continental, había
dispuesto de una tan brillante y poderosa armada. Tr<es cara­
belas y dos bergantines la componían, en los que iban em­
barcados ochocientos hombres. Llevaba, además, Nicuesa
muchos caballos de batalla, animales de varias especies para
la recría, aperos de labranza, trigo y maíz para la siembra
y armas y bastimentos en gran cantidad. Con estos ele-
50
mwi tos, que representaban un esfuerzo extraordinario en
comparación con la modestia de las expediciones preceden­
tes, disponíase a establecer su gobierno en un extenso país
todavía desconocido, pero al que ya se llamaba pomposa­
mente Castilla del Oro.
En la empresa tenía empleados el flamante gobernador
todos sus caudales, que eran cuantiosos, y con su rumbo y
génerosidad había despertado en España la admiración de
mucha gente. Acogido en Santo Domingo con el agasajo que
le granjeaban su fuerza y su fortuna, a su fama de rico se
sumó la atracción de su trato para ganarle voluntades, y con
él se hubieran ido a poblar la costa de Veragua casi todos
los castellanos residentes en la Española si no le faltaran
barcos para llevarse cuantos pretendían correr su suerte.
Agradaba por su pompa tanto como por la bondad de su
corazón y por su carácter franco, llano y alegre. Su disputa
con Ojeda, aparentemente originada al discutirse los límites
dt las respectivas jurisdicciones, tuvo tal vez una causa más
profunda: Ojeda, en cierto modo humillado por el poder
espectacular del que iba a ser su vecino, veía que los hom­
bres por él reclutados le abandonaban para ofrecerse al otro,
más fuerte, más ufano, más pujante, más liberal, más es­
pléndido. Ojeda era un impulsivo: <el reconcomio de la en­
vidia prende fácilmente en los temperamentos apasionados.
De tocaos modos, cualquiera que fuese el motivo verdadero
de la discordia, cuando Ojeda, vencido por los indios, se ha­
llaba en Cartagena en trance de gran apuro, Nicuesa le so­
corrió con toda su fuerza, dando un nuevo ejemplo de ge­
nerosidad que hubo de sorprender al mismo beneficiado.
Ahora bien, cuando los comisionados del Darien partie­
ron en demanda del gobernador de Veragua, éste se hallaba
perdido en el puerto de Nombre de Dios, sin barcos, sin ejér­
cito, sin ai mas, sin recuisos de ninguna clase. No le queda­
ban sino sesenta compañeros de infortunio que con él se esta­
ban muriendo de hambre, entregados a la más sombría des­
esperación. Eran los restos de la brillante armada cuya par­
tida de Santo Domingo había hecho estremecer de entu­
siasmo a una muchedumbre. Sic tránsit gloria mundi. Como
Ojeda en el golfo de Urabá, había tropezado Nicuesa mi las
costas orientales del istmo con una fuerza infinitamente
superior a su poderío: el misterio de Tierra Firme, la po­
tencia inmensurable y tenebrosa del continente virgen, ante
la cual no valían a veces lanzas ni espadas, aunque al fin
tuviera que ser vencida a golpes de corazón.
El estado miserable en que se encontraban los supervi­
vientes de la catástrofe conmovió a los portadores del men­
saje hasta hacerles verter lágrimas. No acertaban a expli­
carse un cambio de fortuna tan cruel, y, sin embargo, era
51
la cosa más natural del inundo: cuando se camina entre
tinieblas, ¿qué tiene de extraño una caída, aunque sea para
rodar desde la cumbre al abismo? Este desastre no era el pri­
mero y otros les seguirían más espantosos en número incal­
culable. Lo extraño fué el proceder de Nicuesa al serle co­
municado que no lo había perdido todo aún, porque en
tierras ribereñas del golfo de Urabá prosperaba una colo­
nia necesitada de su tutela.
El triste gobernador, para hacer más patética su desgra­
cia,. ha1 íase presentado como un náufrago, no menos desva­
lido que la más débil y misera alimaña de la selva. Sé te­
nia por un mendigo harapiento, sin pan ni esperanza, hun­
dido en sus lacerías lo mismo que el gusano en el muladar.
Pero luego se íué recobrando de la impresión de verse sal­
vado de la muerte y en camino de volver a su antigua pu­
janza. Pidió a los portadores del venturoso mensaje qué le
refirieran por lo menudo cómo se había fundado la colonia
del Darien, en qué paraje del golfo estaba situada, cuántos
castellanos la componían, si era aprovechable la. tierra para
el cultivo y, en fin, si tenían oro sus naturales. Y como se
le dieran amplios y detallados informes, acompañados de
ponderaciones acaso excesivas acerca de la riqueza del país
y la prosperidad del establecimiento, comenzó el hombre a
exaltarse, pensando en lo que habría de hacer.
Se produjo entonces lo inaudito. Olvidando su verdadera
situación, que, como la de sus compañeros, no podía ser más
lastimosa, pues más parecían sombras espectrales que seres
vivientes, empezó a gallear y a decir que pediría a los capi-
tostes del Darien estrecha cuenta de cuanto hubieran hecho,
así como del oro encontrado, fiscalizando la conducta de to­
dos y cada uno; por manera que si algún exceso se hubiese
cometido, sería castigado duramente.
Colmenares, Albítez y Corral, los enviados del cabildo,
le escuchaban atónitos. ¡Le habrían trastornado el juicio los
padecimientos! A este Nicuesa alardoso y amenazador, sa­
lido de la cochambre de sus andrajos, no le conocían ni los
participantes de su infortunio, es decir, aquéllos que habían
sobrevivido al desastre, también desconcertados por su in­
sólito proceder. Entre unos y otros trataron de volverte a la
razón, haciéndole ver que no debía presentarse en la Antigua
del Darien con aires extemporáneos de pesquisidor, sino
como amigo agradecido; pues, al fin y al cabo, iba a encon­
trarse con hombres de bien que pedían ser por él goberna­
dos. Nicuesa permaneció sordo a las voces de la cordura y
del buen consejo, presa del más sorprendente delirio, y de
este modo, tomando a sus salvadores por bandoleros, conti­
nuó prometiendo persecuciones y escarmientos como si de
su rigor dependiera el porvenir de toda la Tierra Firme.
52
Colmenares y sus compañeros de embajada, escandaliza­
dos todos y barruntando el conflicto que se produciría en la
colonia, decidieron emprender el regreso antes de que el go­
bernador se pusiera en camino con la única nave que le
quedaba. Nicuesa les dejó hacer, en el deseo tal vez de no
obligarse demasiado con ellos si por acaso tuviera que in­
vestigar más tarde su comportamiento. Permitió asimismo
que embarcaran en el bajel de Colmenares algunos de sus
hombres, entre ellos el veedor Juan de Caicedo, con el que
nunca había estado en buena armonía, y los despidió con
aire jactancioso, mientras reiteraba su propósito de caer en
el Darien como rayo exterminador.
Decididamente Nicuesa, en otro tiempo tan comedido, ra­
zonable y liberal, no estaba en sus cabales. Habría compren­
dido, de lo contrario, que aquella gente, mal impresionada
por su desabrimiento agresivo, le prepararía en Santa Ma­
ría la Antigua una atm ósfera hostil, como así sucedió. Col­
menares, Albítez, Corral y más especialmente el veedor Cai­
cedo hicieron del gobernador una pintura siniestra, que
puso a toda la colonia en gran alarma. «De fuera vendrá
quien de tu casa te echará», pronosticaban hasta los menos
susceptibles. «¡Vaya un modo de corresponder a la cortesía
de haber enviado a buscarle!», decían otros, maravillados
de tan inmerecido exabrupto. La mayoría considerábanse
amenazados por un loco, recordando en seguida que de los
locos hay que guardarse. Los más avaros temían por el oro
atesorado. Martín Zamudio, vara de justicia del cabildo,
empuñaba esta insignia con tal ahinco que no parecía sino
que ya intentaran arrebatársela. Enciso había añadido su
protesta a la indignación general, por no poder hacer otra
cosa y porque la hostilidad levantada contra el gobernador
era un auguiio concordante con sus designios rencorosos.
Colmenares se felicitaba de haber abordado en él Darien
cuando se dirigía a Veragua, mientras Pizarro, recordando
un tiempo en que se encontró en situación parecida a la de
Nicuesa, daba gracias a Dios por haberle conservado sano tí
entendimiento. El peligro común había de apaciguar, tempo­
ralmente al menos, los ardores banderizos; de suerte que
desaparecieron las parcialidades y se volvió al acuerdo,
uniéndose todo el pueblo para defenderse de un energúme­
no que maquinaba su perdición. Nicuesa había sembrado
vientos y recogería tempestades. Era su destino.
¿Y Balboa? Sorprendido, como todos, por las noticias
traídas de Nombre de Dios por Colmenares y sus compa­
ñeros, manteníase reservado y expectante, sin dejar de unir­
se a los demás en las demostraciones de disguste! Había
trabajado de buena fe, dentro del cabildo, para conseguir
que Nicuesa fuera llamado, pensando que la presencia de
53
una autoridad legitima desarmaría al partido de Enciso, tur­
bulento por i>u misma debilidad, que exacerbaba su rencor.
No era que Balboa rehusara el medir sus fuerzas con las
del contrario, pues estaba seguro de vencer en todos los te­
rrenos: lo que temía era que le consideraran en Santo Do­
mingo y en Castilla como un agitador alzado contra la ley.
Sin renunciar a su ambición, que le hacía poner los ojos
en lo más alto, deseaba mantenerse sometido a los poderes
legales para desarrollar a su sombra lo que llevaba dentro.
Para no quedarse en simple peón de la conquista, llegaría,
en un caso extremo, a prescindir de estos escrúpulos; pero
siempre habría tiempo para echar por el atajo y ahora era
su afán buscar la suerte por el buen camino. Siendo Nicuesa
generalmente estimado por su templanza, cordura, cortesa­
nía y largueza, parecióle a Balboa que a su lado'podría pros­
perar. haciendo méritos, libre de querellas banderizas, siem­
pre peligrosas, y así aligeraba al mismo tiempo de remordi­
mientos su conciencia. Todos estos cálculos, sin embargo,
veníanse abajo, faltos de base, al responder Nicuesa a la in­
vitación de la colonia con una intemperancia demencial. Con
ello se había creado otro estado de cosas. Y lo que ahora
preocupaba al extremeño era el peligro que correría el go­
bernador cuando pusiera sus pies en la playa del Darien.
—Lo mejor será que no desembarque —les dijo a sus
amigos, entre los cuales otorgaba la mayor confianza a Mar­
tín Zamudio, Bartolomé Hurtado, Juan de Valdivia, Diego
de Albítez y Rodrigo de Colmenares—>. Que se vuelva, si
quiere, a Nombre de Dios, o que regrese a Santo Domingo.
Aquí peligraría su cabeza.
Conociendo la índole de los españoles del Darien, gente
bronca y de poco aguante, movida siempre por la pasión y
naturalmente inclinada a la violencia, consideraba una te­
meridad que Nicuesa se pusiera al alcance de sus iras.
—Preferible es que nos hagan cargos por haberle echado
a que tengan que pedirnos cuenta de su muerte —argüía.
Y desde aquel momento fué su mayor cuidado defender
al gobernador de su propia insensatez, no por un sentimien­
to humanitario —todo hay que decirlo—, sino pensando en
la salud de la colonia. Le quedaba, además, una débil espe­
ranza: la de que Colmenares, Albítez y Corral hubiesen
exagerado sus prevenciones.
Por otra parte, durante el viaje desde Veragua al Urabá,
Nicuesa podía haberse reportado, volviendo a ser el hombre
contenido y discreto de su época de esplendor. Balboa se
propuso entrevistarse con él antes de que se tomaran reso­
luciones extremas, después irremediables. Y como oyera de­
cir al veedor Caicedo que sería locura renunciar á la libertad
de que se gozaba en el Darien para someterse a un extra-
54
ño, aunque el loco hubiera recobrado la razón, le atajó re­
cordándole que aquel extraño era un representante del Rey
y que la colonia, pese al gobierno autonomo que se habla
dado a causa de las circunstancias concurrentes en su fun­
dación, no podía emanciparse de la potestad protectora de
las Indias, siquiera para no incurrir

en su temible enojo.
* * *

Cuando Nicuesa llegó al estero del Darien donde atraca­


ban los bajeles de Santa María la Antigua, encontróse con
la desagradable sorpresa de ver que algunos de sus mismos
hombres, aquellos que se adelantaron embarcando en la
nave de Colmenares, se oponían a que tomase tierra. El pue­
blo en masa había acudido a la playa para denostar al im­
prudente gobernador y hacerle comprender, con demostra­
ciones de una hostilidad encrespada, que allí no se le que­
ría. Tomado por los pelos el consejo de Balboa, que era
sólo una medida preventiva contra probables turbulencias
de alcance catastrófico, sus compañeros lo convertían en
sanción, pretendiendo que el gobernador pusiera en el acto
proa al mar para volverse, sin permitirle ni siquiera since­
rarse. El pensamiento de un hombre no prende en la con­
ciencia colectiva sin sufrir deformaciones que alteran fre­
cuentemente su contenido esencial, sobrs todo cuando la pa­
sión anda desbordada.
La nave de Nicuesa había sido rodeada, apenas apareci­
da en el estero, por bateles, esquifes y canoas, a bordo de
los cuales iban todos los notables de la colonia, con Zamu-
dio y Enciso a la cabeza. No se contaba Balboa entre ellos
porque era el único no contaminado de iracundia y por no
haber querido autorizar con su presencia un acto que le
producía cierta desazón. Enciso. Zamudio y los de su es­
colta comunicaron al gobernador, desde sus botes, la de­
cisión de la colonia, contraria al desembarco, añadiendo que
debía alejarse sin demora del golfo, para lo cual le serían
facilitados bastimentos en atención a su penuria. El tono
empleado era conminatorio y Nicuesa vió rechazada su in­
vitación hecha a los capitostes para que pasaran a su nave,
donde podrían hablar con más sosiego.
No tardó el gobernador en convencerse de que era el
suyo un caso perdido.
— ¡Es la voluntad de todo el pueblo! —le había dicho
Zamudio, señalando con su vara el gentío congregado en la
playa, que no cesaba de vociferar injurias.
Encontrábanse allí hasta los prisioneros indios que em­
pleaban los colonos en su servicio como criados 3' pecheros,
incapaces de enjuiciar, por su pobre inteligencia, la des-
55
unión de sus temidos sojuzgadores, a quienes habían mirado
como a dioses. Eran criaturas humanas, sin embargo, y lo
demostraban con sólo descubrir esta propensión fatal a la
insoüdaridad y a la discordia, común a toda la especie y sin
duda tan inseparable del hombre como el dolor de la vida.
En la playa rebullían también los perros, cuyos ladridos
se juntaban a las imprecaciones de los racionales para más
espantar al repudiado, que debió sentir como si se desplo­
mara sobre su cabeza la bóveda celeste; pues adondequiera
volviese los ojos sólo veía enemigos, y aunque se tapara los
oídos, continuaba retumbando en su cerebro el eco de lo s .
insultos.
—Renüncio a mis poderes —gritó a los del cabildo, deses­
perado—. Dejadme, al menos, estar con vosotros como un
igual. ¿Qué podéis temer de un Hombre solo, indefenso, des­
nudo, necesitado de vuestro auxilio para vivir?
La repulsa fué implacable:
—Pensabais quitamos los oficios y despojamos del oro,
pagando con la más negra ingratitud nuestro buen deseo de :
serviros. Ahora no hay entre nosotros lugar para vos. ¡ Mar­
chaos !
— Deberían ablandaros mis desgracias. ¿No he sido ya
bastante castigado por la adversidad? Pensad que tendré
que volver a mi puerto del Hambre, para morir, con los que
me acompañen, después de horrible agonía.
—;Marchaos!
—Prefiero la prisión. Cargadme de cadenas, si queréis,
aunque ningún daño os he causado.
— ¡ Marchaos!
Finalmente, Enciso, Zamudio y sus acompañantes se vol­
vieron a tierra sin haber salido de sus botes. Iban a reunir­
se en consejo para deliberar, vista la resistencia de su víc­
tima. ¿Vacilaban ya, satisfechos con haber visto abatido el
orgullo de aquel hombre tan cruelmente tratado por el des­
tino? Si no por compasión, al menos considerando su estado
de impotencia, algunos parecían inclinados a recibirle como
compañero, aunque sin descuida? su vigilancia. Le habla­
ron, a escondidas de1 cabildo, para ofrecerle su mediación,
con lo cual Nicuesa recibió algún consuelo. El mismo Balboa
trabajaba en su favor, como se demuestra por el hecho de
haberle enviado un aviso secreto, dándole esperanzas, aun­
que también le recomendaba que por nada del mundo tra­
tase de desembarcar, pues si tal hiciera todo lo1 echaría a
perder.
Lo que Balboa pretendía no está claro. Es posible que en
esta ocarión no pensaba en el pobre Nicuesa, sino sólo en
sí mismo, buscando el modo de esquivar la responsabilidad
como el delincuente avisado prapara la coartada. O dicho de
jtro modo: después de tirada la piedra, escondía la mano.
No podía escapar a su aguda penetración que la presencia
del gobernador en el Darien, no siendo en el ejercicio del
cargo, con plenitud de atribuciones, no era aconsejable. Na­
die da asilo a una víbora en su seno. Sobre desconocer sus
poderes legítimos, propiciábase que el desposeído alimenta­
ra propósitos de desquite al verse rebajado al nivel común.
Testimonio vivo y permanente de un atropello a la justicia
y a la ley, sería espuela aplicada a los descontentos, que
nunca faltan, y él mismo lanzaríase más tarde o más tem­
prano a reivindicar su derecho, aplastando de paso a sus
debeladores. Balboa, por consiguiente, engañaba a Nicuesa
al hacerle creer que su malhadado asunto podía tener arre­
glo. No lo tenía sino aceptando el gobernador como tal go­
bernador, y posiblemente a este fin se encaminaban las ges­
tiones del extremeño, de antiguo inclinado a resolver su
querella con Enciso mediante la presencia de una autoridad
irrefutable por sus títulos. Pero ¿no era ya demasiado tarde
para pensar en eso? Sería ingenuo atribuir a Balboa una de­
licada sensibilidad moral, en absoluto desconocida entre los
capitanes de la epopeya española en el Nuevo Mundo, hom­
bres de gran corazón, tan capaces del bien como de la ac­
ción heroica; pero asimismo desaforadamente ambiciosos.
No podía desplacer al perspicaz hidalgo que Nicuesa des­
apareciera de su camino, en cuanto representaba un estorbo
menos para su ambición, y así es lo más verosímil, teniendo
en cuenta su habilidad maniobrera, que saliese a defender
a Nicuesa sólo para cubrir las apariencias y poder decir
el día de mañana: «Hice lo que pude por evitar el desagui­
sado ; pero yo era un hombre solo contra trescientos».
Pasaron algunos días. Nadie había vuelto a presentarse
al gobernador, de parte del cabildo, para conminarle otra
vez a partir; pero, en cambio, le estaban siendo enviadas
muchas provisiones de boca, hecho que se podía tomar como
señal de que la sentencia continuaba siendo firme. En el
'•'stcro permanecían anclados otros barcos: los berganti­
nes de Enciso y las carabelas de Colmenares. Como vivieran
en ellos, para atender a su cuidado, algunos marineros, que
iban y venían del pueblo con mucha frecuencia, entre esos
hombres y los de Nicuesa se estableció estrecha relación,
dando por resultado que se fueran juntos a tierra repetidas
veces. El gobernador era el único que no podía abandonar
la nave, hecho que le desesperaba; pero, no estando incomu­
nicado, con las noticias que le traían los suyos alimentaba
la esperanza de conseguir una transacción que le permitiera
quedarse en el Darien, aunque fuera a costa del sacrificio
de su dignidad. Poco a poco se iba confiando más y más,
hasta que al fin, mal aconejado por algunos impacientes.
57
prescindió dei aviso de Balboa y se hizo conducir al pueblo
para encararse con los mandones del mismo. No pretendía
provocar a nadie, sino apresurar la reconciliación; pero los
ánimos continuaban muy excitados y aquel paso temerario
produjo uu efecto contrario al que esperaba.
Si los menos empedernidos, entre ellos Balboa, habían
hecho algo práctico por apaciguar la general irritación, la
aparición inoportuna de Nicuesa en el pueblo echó a perder
el fruto de sus esfuerzos. Se tomó por arrogancia lo que más
bien era un acto de humildad y sometimiento. Con la reite­
ración de sus excusas, Nicuesa no conseguiría sino degra­
darse más y atraer sobre su cabeza el rayo que debía fulmi­
narle. Le pusieron preso en seguida, para luego volverle a
su bergantín con orden terminante de que zarpara al mo­
mento. Sus protestas fueron desoídas y sus lágrimas despre-
ciadas. Invocó la ley que representaba su investidura, pero
fué en vano. La ley inerme nada puede para defenderse de
la brutalidad. Alli no había otra ley que la del más fuerte.
Hubo, sin embargo, unos instantes de duda. Una vez
acordada la inmediata expulsión de aquel desdichado, se te­
mía, no sin motivo, que nadie quisiera acompañarle, sobre
todo si era para volverse a una tierra que parecía maldita de
Dios. El barco que se llevara a Nicuesa necesitaba una tripu­
lación. y no se podía, en justicia, obligar a los que fueron sus
míseros compañeros, inocentes de toda culpa, a que se per­
dieran con él. Se presentaron, no obstante, dieciocho volun­
tarios, dando uno de esos ejemplos de lealtad y abnegación
que redimen al género humano de la insania de su desorden
moral. Esta natural disposición del espíritu a • recobrar su
altura, surgiendo impoluto del caos donde se agitan encres­
pados todos los malos instintos, es lo que preserva al mun­
do de hundirse definitivamente en el envilecimiento a que
parece condenado.
Nicuesa partió. Nunca más se tuvo not(icia de cuál había
sido su suerte.

* * *

Martín Fernández de Enciso no era menos valiente que


Vasco Núñez y le igualaba en ambición y tozudez. Pero le
llevaba el extremeño grande ventaja en perspicacia, previ­
sión, conocimiento de los hombres y habilidad política. Fué
un gran error del bachiller, que pagaría muy caro, el ha*
berse unido con sus escasos amigos al bando contrario para
echar a Nicuesa, porque de este modo quedaba expuesto a
que se hiciera con él lo mismo que se había hecho con el
expulsado. Dado el primer paso por la pendiente de la arbi-
trariedad, ¿no era lo natural que se diera también el segun­
do, por aquello de que quien hace un cesto hace ciento?
De haberse encontrado Balboa en la situación de su rival,
desaventajado por un desequilibrio de las fuerzas en pugna,
probablemente se habría puesto a defender a Nicuesa, a
quien no faltaban incondicionales entre sus compañeros de
infortunio, y era, además, el representante de la ley. Al es­
timular con este ejemplo una reacción favorable al gober­
nador, se contrarrestaba la superioridad del bando enemi­
go. Pero Enciso, cuando se disparaba, era un arrebatado de
muy poca trastienda y no acertó a ver en Nicuesa nada más
que un peligro para su ambición. Esta ceguera, que bastaba
por sí sola para frustrar sus aspiraciones al mando, no le
permitió prevenir las consecuencias, claras como la luz, de
la expulsión del gobernador, que debían ser las siguientes:
primera, desaparecido Nicuesa, se había de reproducir fatal­
mente su rivalidad con Balboa, latente en el fondo de una
alianza sólo circunstancial; segunda: habiendo contribuido
a expeler al representante legítimo de la Corona, se le me­
llaba en las manos el arma de la legalidad, con la cual pre­
tendía confundir al extremeño, y tercera: la pugna entre
fuerzas desiguales conduciría sin remisión a la derrota del
más débil.
Sucedió, pues, lo que era lógico que sucediese, según se
habían concatenado los sucesos por hallarse ausentes de
Fernández de Enciso la reflexión y la cautela. Arrojado
Nicuesa del Darien y, por consiguiente, desaparecida la cau­
sa que había determinado la unidad momentánea de la co­
lonia, de nuevo se levantaron los antiguos bandos, viéndose
los partidarios del bachiller arrollados por los de Vasco
Núñez, mucho más numerosos. Éstos ya no se contentaban
ahora con obtener plenos poderes para el cabildo: querían
un capitán y gobernador de su elección, que debía ser Balboa
prefeiido de los más en oposición con los menos.
El favorecido por esta preferencia se inhibía de la lucha,
de acuerdo con su táctica de ponerse a distancia para que no
le alcanzaran las salpicaduras. Quería parecer desinteresado
y ecuánime en un pleito que había sido el primero en pro­
vocar y cuyo desenlace esperaba con disimulada impacien­
cia. Que fueran sus amigos los que hurgaran en el rescoldo
de los fuegos de ayer: él debía mantenerse al margen y mos­
trarse inapetente, para de este modo parecer más digno y
conservar la ventaja lograda sobre su rival, que se lanzaba
a la pelea con el ímpetu del toro bravo.
Balboa, aunque halagase a todos los militantes en su par­
cialidad, no se confiaba con ninguno y sólo tenía un verda­
dero amigo, el perro Leoncico, del que no se separaba nunca.
Pero, además del perro, con el que compartía su comida y
59
su alcoba, mostraba preferente inclinación por Bartolomé
Hurtado, mozo travieso y vivaz, intrigante y escurridizo, que
ya descubría su inclinación a trepar como la hiedra, adhi­
riéndose fuertemente a los apoyos firmes. El extremeño no
se recataba de tener un favorito, debilidad en la cual había
visto incurrir a muchos poderosos; pero Hurtado era el ins­
trumento del que se servía hábilmente para encizañar la
oposición banderiza que se desarrollaba en su provecho. A
través de Hurtado, vehículo de sus excitaciones, éstas lle­
gaban a Colmenares, a Zamudio, a Valdivia, a Corral,' a
todos los notables del partido, y, haciéndoles creer que obra­
ban por su propia iniciativa, les movía a su antojo como el
titiritero mueve las figurillas de su retablo.
Con frecuencia se quejaban los hombres del cabildo de
la impertinencia del bachiller, diciéndole a Balboa:
— ¡No se le puede aguantar! Si le dejamos que se nos
suba a las barbas, no habrá después quien pueda con él.
— Nunca se resignará a ser el segundo donde ha sido el
primero. Murmura, intriga, amenaza, malea a la gente. Con
él no puede haber paz, porque no la quiere.
— O le dejamos mandar, como es su deseo, o cortamos de
raíz su entrometimiento y su jactancia. Ha dado sobrados
motivos para que se le persiga como perturbador. Podríamos
también procesarle por haber usurpado la jurisdicción, pues
sólo ha tenido títulos de Ojeda, nunca del Rey.
— Es lo que aconsejan la paz del Darien y nuestra propia
seguridad. Ese loco puede dar al traste con el fruto de nues­
tros trabajos.
— Ya es hora de tomar una resolución.
La tomó Balboa en su punto de madurez, cuando la irri­
tación de los ánimos le permitía operar sobre seguro. En­
tonces dió la cara, propiciando él mismo un choque personal
con Enciso, quien, incauto, se dejó caer en la trampa que le
t^nía preparada su enemigo. Se alborotó la gente, impresio­
nada por el zamarreo de los dos gerifaltes, dando el hecho
lugar a ¡a prisión del bachiller, más tarde procesado por
haber usado oficio de juez sin facultad de la Corona. Los
hombros del Darien, aunque rudos aventureros, sabían asi­
milarse la habilidad del rábula para escamotear el derecho
del prójimo y no se detenían en tiquismiquis de conciencia
cuando les acuciaba un encendido afán. Al procesado le fue­
ron confiscados sus bienes, es decir, los barcos y el oro que
retenía en su poder desde su victoria sobre el cacique Ce-
rnaco. Después quiso Balboa ser con él magnánimo: a cam­
bio de que le acatara como jefe, respetando el sufragio de la
mayoría de los colonos, le daba la libertad y prometía man­
tenerle en su cargo de alcalde mayor, concedido por Ojeda.
Pero Enciso se abrasabii en el fuego de la afrenta, que sentía
m
(•orno tizón clavado en lo máa sensible -de sus entrañas, y
rechazó por imposible toda fórmula de avenencia.
— Dejémosle que se vaya — dijo entonces Vasco Núñez
a sus amigos —. Embarcará en el primer navio que envie­
mos a la Española. Pero con él irán también algunos de los
nuestros para contradecirle si por acaso quisiera indispo­
nernos con las autoridades de Santo Domingo. Lo intentará
seguramente, pero no será cogiéndonos desprevenidos.
Confiaba Balboa con sobornar al tesorero Miguel de Pasa-
monte, señalado por su codicia y venalidad. De sobra sabía
el extremeño que en la relación que se pudiera hacer de lo
sucedido en el Darien, no sería todo trigo limpio, por lo cual
era de absoluta necesidad ponerse a cubierto de pesquisas
y reclamaciones desagradables. Dádivas quebrantan peñas.
Y habiendo, al parecer, un hombre cohechable en el gobier­
no de Santo Domingo, hubiera sido insigne torpeza no ga­
narle la voluntad. Miguel de Pasamonte, en estrecha rela­
ción con el secretario Conchillos, hombre de confianza de
Fernando el Católico, era a la sazón el árbitro de los nego­
cios de Indias, y aquellos que alcanzaban su protección
podían estar seguios de tener bien guardadas las espaldas.
Pensando en las suyas y en la fama de venal que tenía el
poderoso tesorero, Balboa creyó poder tenerle de su parte
si le enviaba el oro atrapado en Tien*a Firme.
Los elegidos para entrevistarse con Pasamonte fueron
los regidores Zamudio y Valdivia, incondicionales del extre­
meño, que tenía en Santo Domingo algunas amistades. Tal
vez no fuera mucha su habilidad diplomática; pero, no dis­
poniéndose de embajadores más finos, debía confiarse el
éxito de su delicada misión a la fuerza convincente del
regalo.
Balboa, sin embargo, aunque precavido, había puesto
excesivas esperanzas eu el resultado de su maniobra. No
conocía a Pasamonte sino por referencias. Éstas le presen­
taban como muy sensible a la tentación del oro; pero ¿y si
no lo fuera tanto como pretendían las malas lenguas? Podía
también ocurrir que, no desmintiendo la realidad a la fama,
se equivocara la medida de la codicia de Pasamonte, no
bastando a colmarle los talegos enviados. Podíase presumir
tal contrariedad porque, entre otras razones, todo el oro re­
unido en el Darien era bien poca cosa en comparación con
la importancia del favor solicitado. Se pedía el tesorero no
tan sólo que apoyara a Balboa en su pleito con Fernández
de Enciso, sino algo más tangible y precioso, o sea la ayuda
material para continuar la penetración de Tierra Firme, es
decir: barcos cargados de bastimentos, hombres, armas, ca­
ballos. Claro está que Zamudio y Valdivia adelantarían pro­
mesas a cambio de estos inmediatos socorros; pero si Pasa-
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monte obraba sólo movido por la codicia, no podría menos
de estudiar el asunto con calma y objetivamente, por lo cual
era de temer que llegara a conclusiones como ésta: «Me dan
poco y piden mucho; no me conviene el negocio.»
El hecho es que, ni con palabras ni con presentes, consi­
guieron Zamudio y Valdivia conmover al árbitro del mundo
colombino, quien, desde el primer momento, se puso re­
sueltamente de parte del bachiller. ¿Por espíritu de jus­
ticia? Es dudoso. ¿Por razón de su codicia insatisfecha?
Tal vez.
Enciso, prot blemente, cargaría sobre Balboa toda la
culpa de la expulsión de Nicuesa. Es lo que ocurre siempre
en casos semejantes. El extremeño sería presentado por su
rencoroso enemigo como único responsable de todos los des­
afueros cometidos por los pobladores del Darien, a quienes
aquél había soliviantado hasta convertirlos en pandilla de
forajidos. Recordaría que Vasco Núñez, huido por deudas
de la Española, embarcó como polizón en su nave, teniendo,
por consiguiente, cuentas atrasadas con la justicia. Le pin­
taría, en fin, como defraudador, faccioso, empedernido ban­
dolero, varias veces rebelde a la ley, a cuyos representantes
atropellaba, despojándoles de sus títulos y bienes.
Los cargos pesaban mucho y tenían visos de realidad, por­
que Enciso no necesitaba inventar los hechos; los deforma­
ría tan sólo con aviesa intención, poniendo en un brete a
Zamudio y Valdivia, a su vez complicados en los manejos
de su defendido y expuestos a ser procesados cómo cóm­
plices. No podía ser la defensa que hicieran muy brillante y
desde luego no fué eficaz: insensible Miguel de Pasamonte
al oro que debía conmoverle, por ser poco, informó al go­
bierno de Castilla en sentido desfavorable a Balboa, no en
un solo despacho, sino reiteradamente, y aun aconsejó al
bachiller que se trasladara a España para apoyar con su
presencia la denuncia.
Habría de pasar mucho tiempo para que llegara a conoci­
miento del hidalgo extremeño el giro desgraciado que to­
maban sus asuntos. Era el primer topetazo con los poderes
oficiales, inconciliables con la libre iniciativa — ninguna
más fecunda — de los que iban a convertir el Nuevo Mundo
en una verdadera prolongación de España.
Lo que le ocurría a Balboa señala el comienzo de una
pugna gigantesca entre la máquina del Estado, con desarro­
llo insuficiente para proveer a las necesidades del descubri­
miento, y la vitalidad de un pueblo cuyas energías, hasta
entonces consumidas en lo pasividad, galopaban con ham­
bre de espacio hacia horizontes nuevos. España iba a vol­
carse entera sobre el mundo virgen, brotado del misterio,
transvasando su sangre por encima del mar,’y se buscaría
62
después la causa del fenómeno en un deslumbramiento pro­
ducido por el oro indiano. Pero el oro, que ciertamente ha
encandilado siempre lo mismo a todas las razas, era la con­
creción material de un anhelo sentido en la España de hace
cuatro siglos con intensidad avasalladora. Anhelo de liber­
tad, de ancho campo para el desarrollo de todas las capaci­
dades individuales, condenadas a la esterilidad y pérdida
irremediable antes de aflorar a la superficie, por no encon­
trar salida entre las estrecheces de su confinamiento, casi
siempre motivado por la pobreza. El español que en su tierra
no podía ser nada se iría a las Indias con la esperanza de
encontrar allí aplicación adecuada a su ansiedad y a su es­
fuerzo. Donde todo estaba por hacer, el alto y el bajo, el
noble y el plebeyo, el rico y el pobre hallarían cada cual eu
camino y podrían dar de sí cuanto llevasen dentro. Valdría
el hombre por sí mismo, por lo que pudiese rendir, no por
privilegios inherentes a su sangre o fortuna, y sobre todo
se abrían para los ambiciosos perspectivas superiores a todo
lo imaginado.
El Estado, sin embargo, hubo de esforzarse desde un prin­
cipio por dar cauce a una irrupción que amenazaba con
desbordarle, como así sucedería con frecuencia. No pudien-
do estar ausente de sus nuevos dominios, iba a controlar,
hasta donde fuera posible, lo que se hiciera en ellos. Al fin
y al cabo, lo que estaba ocurriendo era consecuencia de
una revolución geográfica en la que había tomado parte
principal. Aunque su intervención se haría sentir a veces
como una rémora, entorpeciendo las iniciativas más óptimas,
porque tenía que operar a gran distancia, casi siempre por
intuición y sin disponer de tentáculos ágiles y eficaces. Le
fallaban los funcionarios, unas veces por inepcia, otras por
prevaricación y casi siempre por exceso de celo, que igual
pedía ser orgullo fundado en la jerarquía. Lo mejor de cuan­
to se había de hacer en el Nuevo Mundo lo harían por su
cuenta y riesgo españoles desconectados de la máquina es­
tatal, frecuentemente perseguidos con tenacidad implacable
por figurones que debían sus altos cargos ai favoritismo.
Menudearían por esto los conflictos entre la autoridad y los
hombres señeros de la conquista, siempre superiores al man­
dón de real orden, producto artificial de las costumbres cor­
tesanas, y así llevaría España adelante su empresa gigantes­
ca contra una oposición entrañable, no menos dura que la
resistencia de inmensas fuerzas naturales levantadas contra
su audacia.
Queda con lo dicho explicado el caso de Balboa, seme*
jante a otros mil. Es el hombre sin títulos ni valedores, pero
capaz y ardiente, que aprovecha la primera ocasión hallada
en su camino para dar el salto a las alturas'. Intriga, empuja,
63
atropóla; no puede negarse. Débase, no obatanta, a 1a con­
dición huidiza da la oportunidad y a qua no encuantra me­
dio más decoroso do abrir»* paco. Paro avila hasta donde
puede que ei perjuicio causado al prójimo >0 convierta «n
daño irreparable. En io ocurrido en Nicuesa, aehacable a la
fatalidad, «tu intervención admita disculpa. La única víctima
directa dei hidalgo extremeño es Enciso, a quien; vencido,
quiso aquél conservar en mi puesto do alcalde mayor, por
manera que no le quitaba nada, si bien la ofensa inferida
¡o tuviera compostura.
A Balboa no se le puede acusar de ningún crimen. Su
crimen, si acaso, es el de haber tomado bajo tu dirección
una empresa en la cual tenia un puesto subalterno y os­
curo. Pero era el más apto .para dirigirla, según se desprende
del hecho de haberle elegido jefe sus compañeros, los únicos
que podian apreciar su natural despejo, su valor extraordi­
nario y su ascendiente sobre cuantos pululaban en su alr$~
dedor. La penetración y la conquista de las tierras descu­
biertas las llevarían a cabo caudillo» improvisados, hombreé
sin hacienda ni ejecutoria, frecuentemente sin cédula oficial
para el mando. Cuya revelación propiciaban las circunstan­
cias. Aplicarles el nombre de aventureros en su sentido
peyorativo f*s una injusticia: se les llama despectivamente
aventureros porque carecían de antecedentes y credenciales
y porque necesitaban abrirse paso a empellones entra los
que tenían títulos sin merecerlos.
Balboa se hace perdonar por sus hecho*, al dar cima
a una de las hazañas más gloriosas que registra la historia
de los descubrimientos, los malas artes empleadas en los co­
mienzos de su carrera. Desconocido y pobre, no pudlendo
conseguir sino a fuerza de astucia lo que otrós obtiene* por
el favor, se ve constreñido a entregarse a manejos arteros
para ponerse en condiciones de desarrollar sus aptitudes
excepcionales Después, elevado a la primacía, su conducta
es la que corresponde a un hombre de honor y a un jefe ma­
ravillosamente dotado para el ejercido del podar.
Nada se perdía con el sacrificio de la autoridad da Enciso;
por el contrario, se ganaba mucho. Pero Enciso Iría a Es­
paña para continuar su querella contra el extremeño y
empujarle a la perdición. Acordaron Zamudio y Valdivia,
visto este peligro, que el primero seguiría los pasos del ba­
chiller para detener el rayo de su venganza, mientras el
otro continuaba gestionando en Santo Domingo los socorros
que necesitaban los únicos españoles entonces establecidos
en el continente.
Tai ara el estado de los asuntos del Darían an al año
de 1612, cuando Balboa, alcanzado el gobierno da la colonia,
creía ser dueño también de su porvenir.
64
V

INDIOS AMIGOS

La fundación de Santa María ia Antigua en Tierra Firme


ye debía al azar. Ya se ha dicho cómo llegaron los españoles
a la costa occidental del Urabá, conducidos por Balboa, por
no haber podido sostenerse en ia orilla opuesta, poblada
por caribes indómitos y feroces. Fiero, aunque la tierra del
Darien les pareciera un vergel, por mucho que habían
padecido en la que dejaban a sus espaldas, es lo cierto que
no lo era, debido principalmente a sus escasas condiciones
de salubridad.
Habían abordado en una llanura cuyo desarrollo por el
Interior del país, hacia el sur, se iniciaba en lo más pro»
fundo del golfo. Por eiia corría el Darien por quince cauces,
para verterse en el mar por otras tantas bocas, fistos brazos
del gran río, con el añadido de tributarios y pantanos, a
trechos interrumpidos por macizos de enmarañada vegeta­
ción, inundaban casi completamente la vasta planicie, ne¿>
blinosa, desértica, triste y abrasada en los ardores del Tró­
pico. Paisaje primario, como se imagina que debía ser un
bosque cenagoso de la era paleolítica, hizo retroceder a los
españoles hacia el cabo Tiburón, hasta encontrar una tierra
que les prometiera sustento.
En esto el azar, voluble y ciego, les favoreció, retenién­
doles en el nacimiento del istmo, cuyos habitantes conocían
la existencia de otro mar, que si no era lo que buscaban
Balboa y ñus compañeros, iba a superar con lo imprevisto
sus esperanzas.
El lugar escogido para establecerse, un pueblo de bohíos
m
que había sido residencia del cacique Cenaco, era ribereño
de uno de los brazos del Darien. Aunque próximo a la lla­
nura anegada, también tenía cerca las estribaciones de la
cordillera, corrida a lo largo de toda aquella costa. Campos
aprovechables para la siembra de maíz, que ya cultivaban
los indios, los había en abundancia, y, pasada la primera
barrera de montañas, no faltaban los valles risueños y fér­
tiles.
En general, el país era montuoso, escarpado y bravio, con
muchos anegadizos en las regiones bajas, cubierto de her­
mosos bosques y regado por abundantes ríos» algunos de los
cuales arrastraban oro procedente de ignoradas minas. A
los españoles les encandiló el brillo del metal,.naturalmente;
pero otras riquezas, que despreciaron por no conocerlas, es­
taban más a la vista, como las maderas finas, el caucho y
el algodón.
Llovía torrencialmente, sobre todo desde abril a noviem­
bre. añadiéndose esta molestia de la humedad al calor sofo-.
cante'de la zona tórrida, terrible por sí mismo y como gene­
rador de exuberancias desagradables así en la flora como en
el reino animal. Las bestezuelas que más abundaban en
Darien eran los monos, sobre todo en las tierras bajas. Los
monos y los cocodrilos. Estos últimos tenían invadidas las
orillas de los ríos, por esta causa intransitables en ,muchos
lugares. La proximidad de estos enormes saurios, largos
algunos de quince a veinte pies, no constituían para la colo­
nia, no obstante, un peligro serio. Tampoco había que temer
el asalto de pumas y jaguares, aun abundando estos carni­
ceros en los montes vecinos. Entre la muchedumbre de aves
zancudas que se cernían sobre el pueblo, escandalizándolo con
el áspero desconcierto de sus graznidos, no se hubiera encon­
trado tampoco motivo alguno de inquietudes graves. El más
íiero enemigo del hombre, en medio de aquella naturaleza
abandonada a sí misma, era insignificante por su tamaño,
aunque terrible por su acometividad y ensañamiento. Era
el insecto, perteneciente a mil especies diferentes y organi­
zado en ejércitos innumerables, que atacaba de día y de
noche, por tierra y por el aire, unas veces formando nubes
tremendas, otras dividido en guerrillas y también en em­
boscadas de tipo individual; pero de todos modos con efi-1
cacia que traía desazonado al arrogante y barbudo invasor,
mal defendido, pese a sus escamas de acero, contra el sutil
aguijonazo que emponzoña la sangre.
El invasor, sin embargo, con armadura o sin ella, se hubo
de acostumbar a los insectos y demás calamidades inhe­
rentes al Trópico. Su audacia le hacía despreciar el dolor
sentido en sus carnes y hasta la misma muerte cruzada en
su camino. Representaba la lucha inconmensurable del espí-
66
ritu con la materia: de un lado, todas las fuerzas del mundo
físico; del otro, sólo la llama de una idea. Si la idea no
tiene consistencia, basta un soplo para apagar su luz; si
es todo el espíritu, puede resistir a un huracán y hasta ayu­
darse del mismo para convertirse eri conflagración, como
ocurre con los incendios de ciudades y bosques. Los españo­
les del Darien no pasaban de trescientos y eran los primeros
en penetrar un continente que equivale a todo el hemisferio
occidental. Trescientos hombres contra una mitad del orbe.
Es un ejemplo de audacia que no admite comparación, no
siendo con el viaje de los navegantes que rompieron el mis­
terio oceánico.
Ni los desastres procedentes de Ojeda y Nicuesa, ni tem­
pestades seguidas de naufragios, ni guerras desgraciadas con
los indios, ni ciénagas incubadoras de fiebre mortal, ni tem­
peraturas de infierno, ni lluvias torrenciales, ni toda la
fauna nacida de los hervores de la selva, con sus nubes de
insectos invencibles y sus monstruos de fauces imponentes,
impedirían a Balboa y sus compañeros asegurar su perma­
nencia en Tierra Firme.
Habían conseguido transformar en poco tiempo el case­
río indígena de Cemaco en un pueblo mejor acondicionado
para gentes de razón, donde ya se acusaba, pese a sus cons­
trucciones de madera, un vago perfil castellano. Subsistían
los bohíos, ahora convertidos en verdaderas casas, aunque
de techumbre pajiza, según el uso del país. Estas vivien­
das de tipo colonial, construidas sobre estacas a cuatro palmos
del suelo, espaciosas y cómodas, tenían su corraliza^ con bar­
dales y estaban repartidas en calles y plazas. Un gran es­
pacio dejado en el centro del lugar, donde ya se levantaba
una iglesia, iba a ser la plaza con porches que no falta en
ninguna ciudad ni villa de España. La plaza con porches,
junto con el templo, insinuaban ya un sistema de coloniza­
ción que, tiempo a venir, se fijaría para durar centurias
Los conquistadores, hombres de una integridad racial apa­
sionada y operante, adelantados de Castilla, tenían que dar
a su obra una fisonomía original, para lo cual les bastaba
con abandonarse a su inspiración, que era española hasta
la raíz, y de este modo se fundían con cuanto salía de sus
manos.
Sin embargo, el destino de Santa María del Darien nc
había de ser el mismo de otras innumerables fundaciones
que han perdurado hasta nuestros días, unas conservadas
como reliquias del pasado, otras convertidas en metrópolis
que llenan el ámbito del mundo con la fama de su prospe­
ridad y los ecos de su vida agitada y fecunda. Santa María
la Antigua, primer establecimiento español que pudo arrai­
gar en el continente, permitiendo a nuestros descubridores
67
dar el salto al Pacífico por encima de las montañas, seria
abandonado nños mas tarde a causa de su clima malsano,
y aun ahora, pasados cuatro siglos, la rica región del Da­
rien es un país desértico, sin que la fama de sus tesoros,
que debe retener íntegramente, haya servido para estimular
su explotación en gran escala.
Así, pues, Santa María la Antigua hubo de tener siem­
pre, por lo poco que duró, un carácter intermedio entre el
campamento militar, base de las exploraciones por el istmo,
y una población de tipo agrícola, que sus fundadores acomo­
daron a las condiciones del país y al modelo invariable de
la villa castellana. Una sola ventaja ofrecía el lugar a Bal­
boa y a sus compañeros, en medio de la oposición encon­
trada de la naturaleza: siquiera los indios, aunque se re­
sistieran a ser sojuzgados, no demostraban la ferocidad de
los caribes, no comían carne humana, no se empleaban con­
tinuamente en la guerra, no enherbolaban sus flechas y
no tenían por costumbre tomar las armas sin haber sido
antes provocados.
Al indio debíase tenerlo propició, porque era un excelen­
te auxiliar. Primero, por su conocimiento del país; después,
para aprovechar su esfuerzo físico como pechero o criado.
Siempre ha sucedido igual en las relaciones entre dominados
y dominadores.
Los españoles del Darien, que disponían ya de algunos
centenares de nativos prisioneros, los empleaban lo mismo
en su servicio doméstico que como peones en la construc­
ción de sus viviendas y en el cultivo de sus maizales. Tam­
bién eran utilizados en el transporte de pesadas cargas.
Aunque el invasor hubo de introducir en seguida la rueda
en el país, porque tenía necesidad de carros y molinos hari­
neros, no contaba al principio con animales de tiro y los
indios los substituían como fuerza de arrastre.
Como con el uso viene el abuso, ya en vida de Isabel la
Católica se procuraba desde España, con providentes medi­
das de protección al indígena, evitar que éste fuera objeto
de una explotación inhumana. Se prohibió, bajo severos
castigos, que se le maltratara y, sobre todo, que se ven­
diera como esclavo. Debían ser respetados sus casas y todos
sus bienes, sin que se le pudiera despojar de ninguno, y los
encomenderos, sus patronos, estaban obligados a cuidar de
su educación religiosa, así como de su salud, dándole de
comer lo suficiente, no abrumándole con cargas excesivas,
dejándole descansar los días de fiesta y pagándole, además,
un salario decoroso. Pero éstas eran disposiciones, si bien
intencionadas, de muy difícil cumplimiento en los duros
tiempos de la conquista ; por manera que el indio, pese a
todas las pragmáticas inspiradas en su defensa, habría de
68
pechar durante muchos años con lo que le deparara el des­
tino.
Más que las pragmáticas, defendería al nativo de las
tierras descubiertas la necesidad ineludible de su colabora­
ción. Sobre todo mientras durase la exploración del conti­
nente, realizada con tan escasos medios que hasta el pan
de cada día se confiaba a la ayuda de Dios, el indio amigo
sería para los españoles como el ángel de la guarda, con­
duciéndolos siempre por el buen camino y enseñándoles el
modo de remediar el hambre cuando no tuvieran qué comer.
En el Darien los colonos de Balboa cogían grano y cria­
ban cerdos. Pero esto no les hubiera bastado para mante­
nerse. Por los indios llegaron a conocer los frutos espontá­
neos de la tierra y a distinguir entre las alimañas montara­
ces las de carne más sabrosa. Los naturales del país les
proveían asimismo de abundante pesca.
Y a los indios hay que añadir las indias. De la compañía
de la mujer no se prescinde sino a la fuerza. La presencia de
la mujer es necesaria entre los hombres hasta para sua­
vizar sus costumbres. Donde no hay mujeres, como ocurre
en los presidios y en los cuarteles, la vida adquiere una
acrimonia y una dureza enervantes. Esto per lo que se re­
fiere al ambiente, que la separación de sexos hace antinatu­
ral. En cuanto a los individuos, la ausencia prolongada de
la mujer conduce casi siempre a una tragedia interior, por­
que el hombre no encuentra su equilibrio sino cuando se le
añade su más tierna mitad. No ya por sus encantos, que
no podían ser muchos, sino por imperativo de la naturaleza,
inflexible en sus leyes, la india había de ejercer sobre los
españoles una atracción tan fuerte como la del oro. Así se la
consideraba como formando parte del botín, pudiéndose dar
por descontado que el invasor, en medio del desorden de
la guerra, no se contentaría con una sola mujer, estimulado
por las mismas costumbres del país, desenfrenadamente li­
bres en este punto. Pero los hijos nacidos de aquellos ayun­
tamientos fortuitos del soldado español y de la mujer indí­
gena eran reconocidos siempre por el padre, que les daba
una educación cristiana, se preocupaba de su porvenir y
veía en ellos los continuadores de sus proezas.
La Venus cobriza del Darien, aunque chatilla y menuda,
no carecía de naturales atractivos. Grácil de cuerpo y fle­
xible de cintura, su desnudez de estatua contribuía a pre­
sentarla como formando parte de un paisaje exuberante y
primitivo. Tenía la boca grande, los labios prominentes, la
dentadura sana y perfecta. Sus ojos, como almendras, de
un mirar humildoso de sierva, medio se ocultaban bajo la
pesadez de los párpados abultados. Llevaba, en fin, largos
RO
los cabellos, recogidos en dos trenzas sobre las sienes con
descuido infantil.
Las indias no se desfiguraban el rostro con pinturas
grotescas, como hacían los hombres de su raza para parecer
más fieros, y solamente las esposas, las hermanas y las
hijas d< los notables solían adornarse la garganta, los bra­
zos y los tobillos con collares de concha y de coral, mani­
llas de oro y otros arrequives farragosos. Parecían todas
tas jovenes muy orgullosas de la turgencia y firmeza de sus
oechos, que algunas adornaban con sostenes metálicos de
una forma de media luna. Pero esto se quedaba para las
casadas, las únicas que cubríanse el cuerpo, desde la cintura
a la rodilla, con unas faldillejas de algodón. Las doncellas
iban como Eva en el Paraíso y lo mismo se zambullían en
los lagos y en los ríos al modo de náyades escurridizas, que
saltaban como corzas por los breñales, sin mirar dónde po­
nían los pies.
No les costaría, sin embargo, gran trabajo adaptarse a
tas reglas austeras del hogar cristiano, que imponían como
Drimera providencia el uso del vestido. Con humildad que
nacía de su mansa y dulce condición, la india hizo entrega
áe su albedrío al señor, Hijo del Sol, que la aceptaba por
compañera. Viviría desde entonces sólo para servirle y
agradarle.
* * *

Desde la batalla dada por Enciso al cacique Cemaco,


que determinó la fuga de este último y la fundación de
Santa María la Antigua, no se habían producido nuevos
choques sangrientos entre los españoles y los indígenas.
Tres eran los motivos de esta paz, que no podía ser
duradera. En primer lugar, los indios, escarmentados por
el rigor de Enciso, andaban huidos, haciendo a la colonia
solamente visitas individuales con el pretexto de los res­
cates, aunque su intención verdadera fuese la de curiosear
y ^er cómo podrían sorprender a los intrusos para resar­
cirse, en cumplido desquite, de la pérdida de sus hogares.
También el hecho de haber andado los invasores divididos
mtre sí, por las querellas de Nicuesa y Enciso, había re­
trasado la penetración de la tierra, con sus inevitables vio­
lencias. Y. por último. Balboa no quería arriesgar sus esca­
sas fuerzas en operaciones de conquista sin antes haberse
establecido sólidamente y sin tener seguros informes de la
resistencia que podía encontrar en el interior.
No se tenía noticias ciertas de Cemaco. Era de suponer,
sin embargo, que este régulo no se resignaría al despojo
sufrido, con rnayoi motivo quedándole algunos centenares
de guerreros y contando tal vez con el apoyo de otros jefes
de tribu, todos alarmados por la presencia de extranjeros
en el país. Los españolas habíanse empleado en excursio­
nes de escasa profundidad y ningún provecho. Interroga­
dos los indígenas que se acercaban al pueblo para cam­
biar por cascabeles y otras baratijas sus buenas joyas de
oro, nada decían de Cemaco, como si ignorasen su existen­
cia. Aparentaban despreciar la tierra dominada por los cas­
tellanos y hacían, en cambio, grandes elogios de Coiba,
región situada al oeste y separada de Santa María la Anti­
gua por una distancia de treinta leguas. Pero aquello po­
día ser una añagaza para despistar al invasor y alejarle
del lugar donde señoreaba.
Balboa, siempre cauteloso, envió a Francisco Pizarro,
con cien soldados, a explorar con dirección a poniente. Este
tanteo no fué de gran utilidad, aunque sirviera para poner
de manifiesto que Cemaco porfiaba en continuar la guerra,
pues salió al paso de los españoles y les presentó combate.
La escasez de bastimentos que se padecía en la Antigua
motivó una segunda expedición, dirigida por Balboa per­
sonalmente; pero también sus resultados fueron negativos.
Coiba no pudo ser encontrada. El país recorrido en más de
treinta leguas, escabroso y yermo, no presentaba en parte
alguna señales de haber sido habitado.
Se pensó entonces llegar a Coiba por mar, si Coiba no
era una invención de los indios, y a tal efecto embarcaron
ciento treinta castellanos en dos bergantines, poniéndose
otra vez Balboa al frente de esta fuerza exploradora. Le
acompañaba Rodrigo Enríquez de Colmenares, el hombre
de más prestigio de la colonia, después del extremeño, fun­
dado en la entrega que había hecho de los barcos y el car­
gamento destinado a Nicuesa. Pero Colmenares, antiguo
soldado en Italia del Gran Capitán, se hubiera destacado
igualmente por méritos personales. Era un hombre ya en­
trado en la madurez, de muy buen discurso, larga expe­
riencia en el mando y extraordinaria energía. Balboa, que
tenía pruebas convincentes de su adhesión incondicional, le
distinguía entre sus mejores oficiales.
Doblado el cabo Tiburón, los expedicionarios torcieron
hacia el oeste, para reconocer la costa del istmo, y. una de
las veces que se acercaron a tierra, vieron que dos hom­
bres, subidos en un altillo, les hacían señas para que se
aproximaran más. Por las trazas parecían indios, pues iban
desnudos y pintarrajeados como tales; pero resultó que
eran españoles salvados del desastre de Nicuesa. Andando
a la aventura habían ido a parar a Coiba, cuyo cacique
los recibió con tanto amor como si hubiera sido cristiano,
y en Coiba vivían, adaptados a las costumbres del país,
71
desde hacía mucho tiempo. ¡ Venturoso hallazgo el de estos
dos compatriotas conocedores de la tierra que iba buscan­
do Balboa! Coiba no era, pues, una fantasía, al contrario
de lo que habían sospechado los suspicaces. Era un país
rico, como habían dicho los indios, por la, fertilidad j5le su
suelo y por el oro que poseían sus habitantes. El señor de
aquella comarca se llamaba Cáreta y disponía de numero­
sos vasallos. Los dos españoles encontrados declaraban estar
agradecidos al cacique y era su opinión que si Balboa iba
a Coiba sería recibido con agasajo y tratado como un prín­
cipe.
I. >s del Darien no cabían en sí de gozo, pensando en el
oro que podrían rescatar y en las provisiones que, segura­
mente, no les negaría Cáreta si era señor tan espléndido.
En la Antigua se vivía con estrechez. La colonia necesitaba
proveerse de víveres en otras regiones mejor abastecidas,
o, de lo contrario, tendrían que vivir del saqueo.
Balboa consideró prudente quedarse con uno solo de
aquellos dos compatriotas semisalvajes que la Providencia
había puesto en su camino. El otro se volvería a Coiba, , sin
cambiar de pergeño. Tener allí un espía en el que se pu­
diera depositar toda la confianza era muy conveniente.
Tenía decidido el extremeño no volver a Santa María de
vacío. Tomaría de Coiba los mantenimientos que necesita­
ba, por las buenas si se los daban de grado, o violentamente
si no.
—¿Dispone Cáreta de muchos hombres de guerra? — pre­
guntó a sus informadores.
—No serán menos de dos mil.
—Pues si tienen grano y no quieren darlo, poco serán
dos mil para defenderlo.
Llegados a Coiba, se encontraron a Cáreta, que había
salido a recibirles sin escolta, sólo rodeado de sus familia­
res, hombres y mujeres. El caciqúe iba ya para viejo y era
de talante pacífico. Cubríase medio cuerpo con una espe­
cie de tabardo, sin mangas, largo hasta cerca de la rodilla
y de un rojo llameante. De la ternilla dé la nariz y de los
pulpejos de las orejas le pendían anillos de oro que lo me­
nos pesaban seis onzas; también llevaba brazaletes y tobi­
lleras del mismo metal y una hermosa cadena de dos vuel-
t ¿s le colgaba del cuello.
A los españoles se les encandilaron los ojos tan pronto
como les dió el brillo de estas preseas.
Era difícil penetrar las impresiones del régulo obser­
vando su semblante, porque se lo cubrían todo los pinta­
rrajos de bija, que venían a ser como una máscara. Escu­
chó a Balboa, que le pedía provisiones para su estableci­
miento del Darien, en actitud circunspecta y grave, diri­
72
giendo al intérprete, de vez en cuando, alguna pregunta
para estar seguro de no haber entendido mal. Después se
lamentó de hallarse en situación muy precaria. Era su
costumbre, dijo, proveer de víveres a cuantos extranjeros
pasaban por Coiba, sin tomarles nunca nada en cambio;
pero a la sazón, por hallarse en guerra con su vecino Pon-
ca, estaban los campos abandonados y los silo? exhaustos.
Nada podía hacer, por consiguiente, en ayuda de sus visi­
tantes.
Lo de la guerra con Ponca era verdad, pues así lo «Mi-
firmaron los dos españoles encontrados en el país; también
era cierto que escaseaban los víveres, por no haberse sem­
brado aquel año. Mentía Cáreta solamente al decir que
nada le quedaba; pero mentía por defender a los suyos
del hambre, sabiendo por experiencia que la avidez del
intruso no tiene freno.
Balboa fingió conformarse con las excusas del cacique, de
quien se despidió cortésmente para volverse a sus naves.
Habiendo podido ya comprobar de visu la fuerza de los de
Coiba, fuerza numéricamente veinte veces superior a la
suya, pensaba atacar el poblado por sorpresa a medianoche.
Tuviera Cáreta pocos o muchos bastimentos, el extremeño
los necesitaba para sus hombres. Además, entendía que,
para asegurarse la amistad de los indios, se había de co­
menzar por hacerse tener.
La impresión sacada de Coiba era buena: tierra ribe­
reña muy fértil, mejor que la del Darien, aunque sus habi­
tantes no se diferenciaban gran cosa de los demás indios
conocidos. Los de aquí debían de tener oro en abundancia, a
juzgar por el modo de exhibirlo en su atuendo personal.
Los más notables, aparte los consabidos collares y brazale­
tes, usaban una coquilla o embudo, también de oro, en for­
ma de caracola, para ocultar el sexo. Los guerreros iban
todos pintados de'rojo y negro, con plumas en la cabeza y
desnudos. Eran de mediana estatura y muy ágiles y fuer­
tes. Pero ¿valían para hacer resistencia a los castellanos?
Balboa, confiando en la torpeza de los salvajes, consideraba
que le bastarían sus ciento treinta soldados para llevarse
del pueblo lo que quisiera.
No andaba equivocado en este punto. Su ataque noctur­
no sorprendió a los de Coiba en lo mejor del sueño y ape­
nas se pudieron defender. Verdad es que los españoles, lan­
zados con la furia de un huracán, arrollaban cuando se les
ponía delante. Una hora después de haber comenzado el
combate, ardían casi todos los bohíos y había centenares
de indígenas muertos. El cacique y todos sus familiares fue­
ron hechos prisioneros y conducidos a los barcos, mientras
se trasladaba a los mismos todo el' maíz que los indios te-
73
nian escondido bajo tierra. Oro se recogió el suficiente para
que los autores del saqueo regresaran al Darien satisfe­
chos de su expedición.
También estaba on lo cierto Balboa al considerar que a
los indios no se les tenia propicios sin antes haberles hecho
sentir los efectos terribles de las armas castellanas. No era
posible convencer al salvaje con razones, que no habría en­
tendido jamás. Adoraba la fuerza, representada en divini­
dades atroces, que exigían sacrificios de sangre. Como pri­
mitivo, ayuno de preocupaciones morales, no tenía la más
rer, ota idea de la justicia, entendiendo que todo el mundo
se gobernaba por la ley de la selva, y si, contrito, implo­
raba a sus dioses grotescos, era por creer que a su cólera
debían las tempestades, el rayo, los terremotos, la pes­
te. Los españoles eran muy pocos y tenían que servirse del
terror para que los indios les atribuyeran un poder sobre*
natural. De lo contrarío, habrían sido fácilmente extermi­
nados.
Cáreta, asombrado de que Balboa, con sólo un centenar
de hombres blancos, hubiera vencido a sus dos mil guerre­
ros. no se dolió mucho de la mala jugada que le había cos­
tado la ruina y la pérdida de la libertad. En la guerra con
Ponca y otros caciques vecinos debía haberse valido de
estratagemas semejantes. Consideraba a los españoles in­
vencibles y quería tenerles por aliados. Prisionero en la
Antigua, pidió a su vencedor que le dejara volver libre a
su tierra, prometiéndole, en cambio, abastecer la colonia y
servirla como vasallo y amigo. Le daba en prenda la más
hermosa de sus hijas, que debía tomar por mujer, y ponía
a su disposición todos los recursos de Coiba, hombres y pro­
visiones, para cuando quisiera atacar a las tribus del in­
terior.
E1 hidalgo extremeño habría dado la libertad a Cáreta
graciosamente, sin exigir rescate. Ahora estaba encantado
por la alianza que el viejo le ofrecía y por la gentileza de
la indita que iba a tener por manceba. Dejó, pues, que el
cacique se volviera a Coiba con su familia y le prometió,
su ayuda para continuar la guerra contra Ponca.
Así comenzaron los españoles del Darien a extender su
dominio por el istmo. Cemaco había sido su primera vícti­
ma. Cáreta era la segunda. Ahora entraba en turno Ponca.
Pero este último, sin librarse de ver sus tierras saqueadas,
lograría escapar. Cuando estaba Balboa persiguiendo al fu­
gitivo, metido veinte leguas en el interior, calculó que sus
fuerzas eran pocas para ir tan lejos. Debía buscar primero
la expansión por la costa y no alejarse mucho del mar en
su'? correrías.
Cáreta le proporcionó un nuevo amigo. Se trataba de
14
Comogre, señor ribereño, que deseaba conocer a los cas­
tellanos, intrigado por sus proezas. Comogre, fuera por cu­
riosidad, fuera por prevenir un posible asalto de guerreros
tan audaces, quiso entablar con ellos relaciones amistosas
e invitó a Balboa, por mediación de Cáreta, a que le visi­
tara. El extremeño, nunca remiso en aprovechar tan favo­
rables coyunturas, acudió al llamamiento acompañado de
sus mejores capitanes y una nutrida escolta de hombres de
espada y rodela.
De todos los señores indios hasta entonces conocidos por
los españoles en Tierra Firme, Comogre les pareció el más
rico y el mejor aposentado. Se advertía, en general, una
cierta superioridad efe las gentes de Comogre sobre las de
Cemaco, Cáreta y Ponca. Superioridad manifestada en el
modo de vivir, en las costumbres, en la solidez y amplitud
de las habitaciones, en la selección de los alimentos, aun­
que no se pudiera decir otro tanto en lo que se refiere al
vestido, no más usado en esta corte que en las otras. Había
aquí, cuando menos, una aspiración instintiva al bienestar;
eran más frecuentes los campos cultivados y las casas esta­
ban construidas sobre postes que las levantaban una vara
del suelo, sin duda para resguardarlas de la humedad. La
gente de Comogre, por lo tanto, debía tener el hábito del
trabajo y un principio de espíritu especulativo.
Sobre todo la residencia del cacique sorprendió agra­
dablemente a Balboa y sus compañeros, que no habían vis­
to cosa parecida ni en el continente ni «a las islas. Podía
tomarse por un verdadero palacio, dentro de su primitiva
sencillez. Era m uy espaciosa, compuesta de planta baja y
desván, y se dividía en varios compartimientos, siendo los
más notables sus despensas y bodegas. El área ocupada por
la construcción medía ciento cincuenta pasos de fachada por
ochenta de fondo. Un espacio mucho mayor, cercado por alto
muro de piedra, se destinaba a recreo al aire libre.
Los españoles no fueron alojados en esta mansión, sino
en otros albergues, también cómodos, que les había pre­
parado Comogre. El encuentro con éste se produjo a cierta
distancia del poblado, por haber salido el cacique a recibir
a sus huéspedes con un gran séquito de criados y escla­
vos. También le acompañaban siete hijos mancebos, todos
apuestos y sin pintar, muy recamados de oro y pedrería
falsa, muy empenachados y rozagantes. Dijo el padre qüe
los había tenido de siete mujeres diferentes. A todos los
miraba con extraña indiferencia, aunque parecía preferir
al mayor, mozo sorprendente por su gallardía y natural
despejo.
Se llamaba Panquiaco y fué el encargado de agasajar a
los visitantes, cuidando de que nada les faltara. Conver-
75
tido en su guia, él fué quien Ies hizo conocer todas las par­
ticularidades del pueblo y quien les rodeó de servidores so ­
lícitos. Llevóles a pasear por los alrededores, preparó arei-
tos y otras fiestas en su honor, les enseñó cómo se practi­
caban en el país la caza y la pesca y, finalmente, les con­
dujo a la casa que tanto habían admirado, recorriendo qón
ellos sus principales dependencias.
Éstas eran notables por las finas maderas empleadas en
la construcción y por sus techos artesonados, aunque no
así por el menaje, apenas existente a fuerza de ser suma­
rio. Donde más se detuvieron los visitantes fué en la bode­
ga, probando en ella diferentes vinos guardados en grandes
tinajas, unos dulces como el arrope, hechos con dátiles y el
zumo de distintas frutas silvestres; otros agrestes, produc­
to fermentado del maíz. Mayor sorpresa hubo de procurar-
les todavía su visita a los altos de la casa, donde los Co­
mogre guardaban sus muertos momificados desde tiempos
muy antiguos. Era el panteón de la familia. Un panteón un
poco aéreo, sugerente como un símbolo. Los vivos ponían
encima de su cabeza a los muertos, significando con <esto
que continuaban fieles a su memoria y a las normas de con­
ducta heredadas, siendo su misión en la vida seguir el ejem­
plo de sus predecesores, que es la forma más rígida de la
tradición.
La conservación de los cadáveres se obtenía curándolos
al humo y al sol, hasta dejarlos enjutos como cecina. Luego
eran puestos en fila, al largo de las paredes, del "panteón,
con orden cronológico, adornados con todas las galas inhe­
rentes a su rango. Y su presencia secular en la casa servía
para tener propicios a los dioses.
* * *

Los días pasaban para los españoles tan agradablemen­


te en el dominio de Comagre, que se les iba el tiempo sin
sentirlo. Tratados todos a cuerpo de rey, desde el primero
ai último, por una muchedumbre de criados, hombres y
mujeres, que vivían pendientes de sus deseos y aun de sus
caprichos, hasta el más sobrio de aquellos rudos aventure­
ros se daba aires de archipámpano y se hacía espantar los
mosquitos con abanicos de palma. Se entregaban, todos a
la molicie, no tanto por inclinación natural como por jue­
go. Pero, en realidad, lo único que les interesaba era atra­
par el oro que tenían los indios, cuando se lo permitiera
su capitán, y volver a la Antigua con el zurrón bien reple­
to de alhajuelas.
Balboa no participaba de esta impaciencia y había prohi­
bido a sus hombre» que ;;<* entregaran a la rapiña. El ovo
76
estaba allí, siempre a disposición de los castellanos para
cuando quisieran emplear la fuerza. Podíase coger hoy, ma­
ñana, al cabo de un mes o pasado un año. Nadie se lo iba
a llevar ni e,ra de temer que los indios lo escondieran no
viéndole en peligro. Mejor que tomarles el oro y reñir con
ellos, sería aprovechar su amistad, ofrecida tan confiada y
generosamente, con lo cual podría obtenerse el oro y el
moro, es decir: el botín codiciado y una ayuda preciosa
para el futuro. Había el precedente de Cáreta, que se hizo
amigo de Balboa después de haberle éste vencido y des­
pojado de cuanto tenía. Pero el mismo procedimiento, repe­
tido con Comogre, ¿produciría efectos idénticos? Éste era
un interrogante suspendido en el aire. No reaccionaron como
Cáreta, bajo la agresión, Cemaco y Ponca, huidos los dos y
seguramente ocupados en preparar el desquite. Aunque en
circunstancias determinadas conviniera a la seguridad del
invasor hacer un duro escarmiento, para dar una impresión
de poder que espantara al indígena, habría sido insensato
convertir el atropello en sistema, porque los régulos mal­
tratados, llevando la voz de alarma a otras tribus, podrían
provocar una conjunción de fuerzas incalculables, que tres­
cientos castellanos no resistirían, viéndose rodeados de ene­
migos en número aplastante.
Las fáciles victorias obtenidas y cien más que consiguie­
ra no harían perder la cabeza a Vasco Núñez. Su gran supe­
rioridad sobre los hombres que le acompañaban consistía
en ver cuál era su verdadera situación y en saber adaptar
a la misma su conducta. Audacia, energía, espíritu tesone­
ro, valor sin límites, resistencia para las privaciones y tra­
bajos, éstas eran cualidades comunes a todos los españoles
que se encontraban en Tierra Firme. ¡Trescientos cristia­
nos solos en el continente inmenso! Por fuerza habían de
ser trescientos héroes. Pero si el heroísmo es en el soldado
impulso ciego o pasión arrebatada, en el jefe es también
conciencia y freno, que permiten el desarrollo normal de
las condiciones substantivas del mando: previsión, cálculo,
habilidad en la maniobra, acción oportuna. Bajo la vigilan­
cia de Balboa, no se perdería estérilmente el impulso he­
roico de sus hombres, porque el extremeño nada dejaba al
azar. Con pleno conocimiento de la magnitud de sus em­
presas, recordando los fracasos de sus predecesores y sa­
biendo que el arma más poderosa para dominar a muche­
dumbres ignaras era su inteligencia, se dedicaba ahora a
estudiar las costumbres de los indios, para conocerlos más
a fondo, a fin de conseguir, con el empleo de la astucia, su
conquista pacífica.
También a él le tenía el oro de Comogre cautivado el
corazón. Pero, más que el oro, le convenían los tres mil
77
hombres de guerra con que contaba el cacique. Tres mil de
aquí y dos mil de Cáreta sumaban ya cinco mil. A éstos se
podrían añadir las huestes de otros régulos ribereños que
se fueran sometiendo, hasta alcanzar la cifra de doce .o
quince mil. Emprendería entonces con este ejército y sus
trescientos castellanos —- si no le llegaba un refuerzo de
Santo Domingo — la penetración del continente. Era de su­
poner que las tribus del interior estarían tan divididas comio
las del litoral, donde rara vez se encontraban dos caciques
vecinos, como Cáreta y Comogre, que no estuvieran ene-
mistados. Esta división de los aborígenes permanentemente
encrespada facilitaba su conquista. No era probable que
ningún jefe de tribu, por muy poderoso que^ fuera, contase
con más de quince mil guerreros.
El combatiente indígena de los alrededores del Darien,
aunque mal armado con porras y venablos, peleaba con
denuedo y tenacidad. Era ingenua su costumbre de pintarse
la cara y el cuerpo para parecer más terrible, pero valor no
le faltaba y — cuando no tenía delante las espadas y lan­
zas españolas — prefería la lucha de cerca, cuerpo a cuer­
po, donde el ímpetu individual es lo que más cuenta. Pe­
leaba dando tremendos alaridos, tanto para enardecer al
compañero como para intimidar al contrario, y no se ren~
. día sino al caer herido o extenuado.
No era cruel, al revés del caribe, y respetaba la vida
del vencido, aunque todos los prisioneros de guerra, seña-<
lados con la pérdida de un diente, pasaban a ser esclavos
del vencedor. Considerado el ejercicio de las armas como
la profesión más honrosa, se escogía para soldados a los
mozos más robustos, que encontraban en la lucha un pla­
cer, y al que se distinguía por más diestro en el manejo
del arco o de la clava, como también al que caía herido,
les eran otorgados honores y privilegios transferibles a sus
descendientes, lo cual implicaba la existencia de vina no­
bleza hereditaria que tenía su origen, como la del mundo
antiguo, en la proeza militar.
A los españoles, soldados todos y muchos con el acha­
que de la hidalguía, debían agradarles estas cosas de los
indios, que convenían con su gusto y modo de ser. Claro
que el indio era siempre un salvaje. Desnudo, pintado
como un fantoche y con sus colgajos de adorno en las ore­
jas y en la nariz; con sus cabellos largos, cortados sólo
sobre lo ancho de la frente y recogidos en trenza por el
colodrillo; con sus plumas, sus brazaletes y la calabaza o
embudo donde escondía los órganos viriles, había de mo­
ver a risa si apuntaba pretensiones de nobleza. Pero al
hombre se le conoce mejor por sus obras qu© por su pre­
sentación. Si era bravo en la lid, si daba la cara al adver-
78
sario, si le repugnaba la artería, si tendía la mano ai ven­
cido, podía compararse en esto con el caballero cristiano
y fundar sobre lo mismo una jerarquía de casta.
Éste era un punto que excitaba la curiosidad de Balboa
y los suyos. Se enteró asimismo el capitán español de que
los mozos que resultaban heridos en la guerra podían esco­
ger sus esposas entre las hijas de los señores más princi­
pales, quienes debían el señorío también a sus anteceden­
tes guerreros. «Muy bien — pensaría el extremeño —. Esta
costumbre tiene igualmente cierto arraigo en España.» En-*
tre los indios del Darien era el procedimiento seguido para
la selección de la sangre.
Ahora bien: reinando una verdadera anarquía en lo
que se refiere al comercio sexual y no siendo obligada la fi­
delidad en el matrimonio para ninguno de los dos cónyu­
ges, ¿cómo podía responderse de la legitimidad de los
hijos? Porque es el caso que no sólo todos los notables te­
nían varias mujeres, hecho que no hubiera constituido un
obstáculo para el reconocimiento cordial de la paternidad,
con todos sus efectos y obligaciones; había otra circuns­
tancia más grave: era que las mujeres, a su vez, sentían­
se orgullosas de verse solicitadas por otros hombres, a
cuyos requerimientos correspondían frecuentemente con la
máxima generosidad.
Para salvar estos escollos de libertinaje imperante, no
heredaban el señorío los hijos, sino los hermanos y, en su
defecto, los hijos de las hermanas. Sistema ingenioso, aun­
que injusto para los descendientes en línea recta. Había
que evitar, sin embargo, que honores, bienes y preeminen­
cias pasaran a un heredero de sangre espúrea. Al hijo, más
o menos auténtico, le quedaba el recurso de recobrar su
rango por méritos de guerra. Tratábase, al fin y al cabo,
de seleccionar solamente la sangre del varón, o sea la del
guerrero, no contando para nada la que aportaba la mu­
jer, y así se prefería la vía colateral por ser la más segura.
Este desprecio por el fruto directo del matrimonio — algún
nombre hay que darle—, fruto siempre sospechoso de bas­
tardía, daba motivo a las mujeres para provocarse el abor­
to, no por despecho, sino por entender que los partos, vi­
niendo muy seguidos, las desfiguraban y envejecían prema­
turamente.
Con todo, semejante corrupción, si puede haber corrup­
ción entre salvajes, dejaba a flote lo que se quería salvar,
que era una diferencia de castas fundada en la aptitud para
la guerra. Hallazgo precioso para Balboa, a quien acuciaba
la necesidad de soldados.
Resultado de la prolongada estancia de los españoles en
el dominio de Comogre fué que éste se convirtiera al cris-

tianismo y :.e bautizara, lomando el nombre de Carlos. Tam­
bién se bautizaron sus mujeres, sus hijos y otros numero­
sos parientes. Esta conversión, aunque no calara muy hon­
do— ei converso no renunciaba a vivir como había vivido
siempre —, servía al menos para formalizar una alianza.
Y estimulaba con su ejemplo a Cáreta, que se bautizó tam­
bién con toda su familia. De modo que ya podía contar Bal­
boa con cinco mil combatientes indígenas puestos a su dis­
posición.
Además, le estaba reservada a Vasco Núñez una sorpre­
sa que, multiplicando con prodigalidad inesperada los be­
neficios de su visita al cacique amigo, le reveló, como vista
al fulgor de una exhalación,, la trayectoria de su destino.
Lo sucedido fué que Panquiaco, el hijo mayor de Como­
gre, al despedirse de los españoles, les entregó, por encara
go de su padre, un regalo que había de conmoverle. Un re­
galo magnífico. Setenta esclavos y cuatro mil onzas de oro
en joyas minuciosamente trabajadas. A la prudencia y con­
tención de Balboa, no permitiendo que sus hombres toma­
ran nada de los indios que no les fuera graciosamente ofre­
cido, se debía esta generosidad. Pero, con los relumbres del
tesoro que aportaba Panquiaco, levantóse de nuevo la "llar
ma en que se abrasaban los castellanos, que a punto estu­
vieron de desmandarse por pura impaciencia de su codicia.
Pidieron primero que el oro se fundiera en barras — o
tejuelos, como entonces se decía — para facilitar su repar­
to, no sin pena de los donantes, que no estimaban sus pre­
seas por el Valor intrínseco del metal, sino por su repuja­
do. Después, cuando ya se estaba repartiendo, separado el
quinto para el Rey, surgieron protestas por 4o que corres­
pondía a cada parte, con lo cual comenzaron a disputar los
quejosos con los satisfechos, sin que la autoridad de Bal­
boa bastara para detener el desbordamiento de los más
broncos. Ya estaba el extremeño a punto de naufragar, en
medio del alboroto, cuando el hijo de Comogre, con una
energía que dejó a todos suspensos, acercóse de un salto al
que sostenía la balanza y se la arrebató, para luego arro­
jarla al suelo con violencia, a tiempo que decía:
— ¿Vais a reñir por esto, cristianos? Pues, de haberlo
yo sabido, tened por seguro que os hubierais quedado* sin
regalo. Por mi fe en vuestro Dios os digo que no acabo de
entenderos. Destruís las joyas pacientemente trabajadas para
volverlas a su estado primitivo, de materia bruta. Ésta es,
por lo visto, lo que enciende vuestro afán hasta turbaros
el ánimo. ¿Y por una cosa tan vil vinisteis de tan lejos a
inquietar nuestras tierras? Imposible me parece en hom­
bres de razón. Pero, en fin, si es oro lo que queréis con pre­
ferencia a cuanto podríamos daros, no riñáis por onza más
80
o menos dti qu« tenéis aquí. Yo os> llavaré donde podáis
saciar vuestra ansiedad.
Apenas hubo traducido el intérprete esta exhortación, ro­
dearon al indio todos los españoles, arrebatados por la es­
peranza de un bien mayor. Y no eran los menos interesa­
dos Balboa y sus oíiciales. Veíanse ya eñ un país íabuloso
que tenía de oro las montañas, relucientes al sol. Y como
le invitaran con atropelladas preguntas a ser más explícito,
Panquiaco añadió a lo dicho:
—Las tierras donde el oro más abunda empiezan en Tu-
manama, que está a seis soles de aquí. Pero hay que cruzar
la sierra poblada de tribus muy belicosas, y sois vosotros
muy pocos para vencer su oposición. Más allá de Turnan a-
ma encontraréis él otro mar. Por él navegan barcos a reno
y vela, algunos casi tan grandes como los vuestros.
¿El otro mar? A Balboa se le olvidó el oro de repente.
Panquiaco debía referirse al que llamaban mar del Sur,
cuyo descubrimiento, abriendo el camino de la India orien­
tal, equivaldría a ver realizado completamente el sueño de
Colón. El rey Femando, sus ministros y los cosmógrafos del
Consejo de Indias padecían la obsesión de aquel mar, inútil­
mente buscado por los navegantes más intrépidos. Las expe­
diciones de Yáñez Pinzón, Bastidas y Díaz de Solís habían
tenido por objeto encontrar un estrecho de comunicación
entre los dos océanos. Se ofrecía, pues, a Balboa la ocasión
de rendir a la Corona de España un servicio superior a
cuanto había imaginado, conquistando al mismo tiempo
gloria imperecedera para su nombre.
Dejó que sus compañéros se entusiasmaran con el oro
que les prometía Panquiaco. Él pensaba ahora solamente
en el mar, cuya situación hubo de señalar el indio exten­
diendo el brazo hacia el mediodía. Horas después tenía una
| conferencia con el hijo del cacique, a la que asistieron tam­
bién Colmenares y un intérprete.
De los nuevos informes obtenidos sacó Vasco Núñez la
convicción de que el mar del Sur estaba detrás de la cordi­
llera y a no m uy larga distancia. Pero insistía Panquiaco en
que los españoles necesitaban ser más de mil para atrave­
sar las montañas, aun contando con los guerreros indígenas
que proporcionaría su padre. No se llegaba al mar sino pa­
sando por tierras siempre hostiles al extranjero, cuyos re*
yezuelos eran muy poderosos. Debía el capitán español pre­
pararse para una guerra muy dura. Panquiaco estaba dis­
puesto a servir de guía y a responder con la vida de la
veracidad de sus palabras.
— Si teméis de mí una traición, llevadme atado — dijo—,
y si en algo hubiese mentido, colgadme de un árbol.
Balboa le abrazó.
81
Era cuestión de madurar un plan. La insistencia de su
informador en prevenirle sobre los peligros del paso por la
sierra había impresionado al hidalgo. No; no emprendería
una aventura de tanto riesgo sin antes haber tomado sus
precauciones. Esperaba refuerzos de Santo Domingo. ¡Si no
tardaran demasiado en llegar!... Pero, aunque no llegaran
nunca, debia ser él, Vasco Núñez de Balboa, quien descu­
briera el mar del Sur. Se lo juraba a sí mismo.
Les españoles embarcaron para regresar a su estableci­
miento de la Antigua. Iban todos muy contentos por el botín
alcanzado sin esfuerzo alguno. El capitán era, entre todos,
el más feliz, aunque también el único atormentado: a fuerza
de pensar en los mil soldados castellanos que necesitaba
para atravesar la sierra, había perdido el sosiego.
VI
CADA DIA TRAE SU AFAN

El Retomo dé los expedicionarios a su establecimiento del


Darien había dado motivo a demostraciones jubilosas. La
ilusión tendía sus velas, que hinchaban los vientos alisios
de la buena fortuna. Portadores los retomados de noticias
halagüeñas y un rico botín, en el cual iban a pellizcar, por
disposición de Balboa, todos los colonos, a éstos no les cabía
el alborozo en el cuerpo y hablaban del mar que se iba a
descubrir como si ya lo hubiesen visto.
Pero, a los pocos días, pareció como si la suerte empeza­
ra a torcerse. Después de una ausencia de muchos meses,
presentóse de improviso el regidor Valdivia, compañero de
Zamudio en la embajada enviada a Santo Domingo para ges­
tionar un'auxilio de las autoridades de aquella isla y pro­
piciarse la voluntad del tesorero Pasamonte. Este aconteci­
miento, por sí mismo, no era para considerarlo una desgra­
cia, sino todo lo contrario: volvía Valdivia con una carabe­
la cargada de vituallas y la promesa del gobernador de las
Indias de que enviaría refuerzos a Tierra Firme tan pronto
como los recibiera él de España. Ahora bien, con Valdivia
llegaba la primera noticia de las maquinaciones rencorosas
de Enciso, trasladado ahora a la corte de Castilla, donde
estaría preparando su venganza. El tesorero Pasamonte, ga­
nado por el bachiller, había enviado un informe al gobierno
sobre lo ocurrido en el Darien, seguramente parcial y en
extremo peligroso para Balboa y sus amigos. Valdivia con­
fiaba en las gestiones de Zamudio, partido en pos del ene­
migo para parar el golpe; pero, conocida la estrecha amistad
de Pasamonte con el secretario del Rey, era de temer <|ue
el asunto fuera por mal camino.
El cabildo estaba asustado y Balboa no sabía qué hacer.
83
La impotencia de aquellos hombres, separados por el Océa­
no del lugar donde .^e desarrollaba la intriga urdida para
perderlos, no admitía paliativos. No se resignaban, no obs­
tante, a la pasividad. Había quien lamentaba que se hubiese
perdonado la vida al bachiller; muerto, nadie se hubiera
acordado más de su nombre. Pero esto era un desahogo, por
supuesto. Balboa pensó partir él mismo para España y en­
cargarse personalmente de la defensa. Detjía aplazar, en tal
caso, para el regreso la realización de sus grandes proyectos.
Y el regreso, ¿cuándo sería? Ventilar un asunto en la corte
costaba, a veces, la pérdida de varios años. Además, expo­
liase el hidalgo a que le metieran entre rejas antes de que
pudiese hablar. No contaba con valedores en Castilla ni
podía alegar méritos que le dieran fuerza para contrarrestar
las influencias de su enemigo. No era todavía un descubri­
dor. Y acaso no llegara a serlo nunca si encontraba impla­
cablemente hostiles al Rey y a su Consejo.
Dudoso de la eficacia de su presencia en la corte, propu­
so Balboa al cabildo que fuera otro a reunirse con Zamudio
y que llevara, para impresionar al gobierno, todo el oro ate­
sorado para la Corona. Probablemente no se conseguiría
destruir el efecto de los informes de Pasamonte ni mellar las
armas al bachiller; pero se trataba tan sólo de ganar tiem­
po, de aplazar resoluciones, para entre tanto descubrir el mar
del Sur, lo que podía significar el perdón y la gloria al mis­
mo tiempo.
Iniciado ya en negociaciones diplomáticas, Valdivia pa­
reció a todos el hombre que mejor sabría llevar a feliz tér­
mino una comisión tan delicada y difícil. Diéronle plenos
poderes y el más seguro de los barcos, así como quince mil
pesos de oro, que correspondían al Rey por su quinto. De­
bía pedir al soberano, si le encontraba propicio, los mil sol­
dados que necesitaban para extender a través del istmo el
dominio de España.
Valdivia partió muy esperanzado. Pensaba detenerse en
Santo Domingo y obtener del Almirante, don Diego Colón,
que ya le había prometido su ayuda para la empresa del
Darien, recomendaciones y consejos. Asimismo había puesto
cierta confianza en el trabajo que estaba realizando en Cas­
tilla su compañero Zamudio. Pero la fatalidad acechaba los
pasos del animoso embajador y se interpuso en su cami­
no, desviándole del mismo hacia la muerte. Valdivia no
llegó ni siquiera a la Española. Sorprendido por un tempo­
ral, probablemente en las costas de Jamaica, se hundió con
su carabela, con el oro y con toda su tripulación. Desgraciado
suceso que subraya un historiador primitivo con estas lacó­
nicas palabras: «Ésta fué la primera gran pérdida de oro
qu« hubo en Tierra Firme.»
84
En la Antigua nada podía saberse de esta gran catas*
trofe, que permanecería envuelta para siempre en el miste­
rio. Nuevas contrariedades atosigaban a la colonia, salida de
una inquietud para caer en otra. Mejor dicho: los reveses
se sucedían sin interrupción y cada nuevo cuidado distraía
a los afligidos colonos de su angustia anterior bajo el apre­
mio de una necesidad más urgente. Ahora un torbellino de
agua les había anegado los campos, llevándose todo el maíz
que tenían sembrado.
Llovía torrencialmente todos los días. Y los de la Anti­
gua, obligados a permanecer inactivos en el pueblo, obser­
vaban con espanto como las vituallas traídas por Valdivia
iban llegando a su fin. Mala ocasión para emplearse en co­
rrerías y vivir del saqueo. Las tierras llanas habíanse con­
vertido en inmensas lagunas, haciendo imposible toda in­
cursión profunda. Y el hambre estaba llamando con sus de­
dos descamados en las puertas de todas las casas. Era for­
zoso esperar a que mejorara el tiempo; pero las lluvias
solían prolongarse durante varios meses y entre tanto no se
podía vivir sin comer. Por otra parte, Balboa iba mostrán­
dose cada vez más enemigo del pillaje, no tanto por escrú­
pulo de conciencia como por cálculo, por entender que el
abuso constante de la fuerza acabaría por descubrir a los
indios la debilidad del invasor, carente de aportaciones vo­
luntarias y siempre menesteroso. La guerra continua, ade­
más, implicaba un desgaste que no podrían resistir trescien­
tos españoles acaso ya repudiados por su Rey.
Tenía motivos Vasco Núñez para rascarse la cabeza con
un dedo, como se dice que hacia Julio César en los trances
de gran preocupación. Comprendía que sólo un gran ser­
vicio rendido a la Corona, es decir, el descubrimiento dél
camino de la India oriental, podría congraciarle con el mo­
narca, neutralizando así lo que en su contra hubieran dicho
y tramado Enciso y Pasamonte. Pero si tenía que esperar
a que le mandasen mil soldados de España o Santo Domingo,
mejor era que empezara por renunciar a la realización de
su sueño. Considerado como faccioso y usurpador, ¿qué
crédito se iba a conceder a sus mensajeros ni qué oídos da­
rían el Rey, el Consejo de Indias y el Almirante a sus de­
mandas de socorro? Por consiguiente, lo que se hubiese de
hacer habría de hacerse con los míseros medios disponibles
en la Antigua. El fracaso, sin embargo, era de temer, dada
la aflictiva situación del establecimiento, no quedando gra­
no en las trojes, estando las tierras inundadas y mostrán­
dose la gente mohína y floja. Otra vez se observaba, en me­
dio de las presentes tribulaciones, la inanidad del oro, con
tanto afán buscado y al mismo tiempo tan inútil para luchar
contra la desgracia y dar de comer al hambriento.
85
No era el hidalgo extremeño hombre caviloso ni taci­
turno; no podía encerrarse en la meditación melancólica para
devanar durante largas horas el hilo de sus pensamientos;
no le acongojaban las contrariedades ni le abatían las pesa­
dumbres. Pero la inmovilidad a que estaba condenado le
hacía vibrar de impaciencia. No sólo porque cada día per->
dido dejaba tras sí el acoso de un apremio nuevo, sino tam­
bién porque su temperamento ardiente se inflamaba con impe­
tuoso rebullir de la sangre. No por esto dejó nunca de ani­
mar a los suyos, que ya empezaban a decaer. En vez de
estarse metido en casa, donde le sonreía el ingenuo amor
de la hija de Cáreta, por él plenamente correspondido, siem­
pre andaba atareado en conferencias con sus oficiales, o pa­
sando revista de su pequeña tropa, o inspeccionando los bar­
cos, cuando no dirigía alguna nueva construcción e interro­
gaba a los indios espías, cazados en los alrededores. Le acom­
pañaba a todas partes su perro Leoncico, que era como su
sombra, y aparentaba el mejor humor, para que todos, si­
guiendo su ejemplo, pusieran al mal tiempo buena cara.
Por fin, pese a los temporales de agua, se decidió por
embarcar a sus mejores hombres, es decir, los que dispo­
nían de mejores armas, para emprender el reconocimiento
del golfo. Tenía el propósito de llegar al dominio de Debai­
le, cacique que señoreaba, según decían los indios, en la
gran llanura anegada por las múltiples bifurcaciones del Da­
rien y sus afluentes. Para ello se había de llegar a la parte
más profunda del Urabá, en el seno que penetra muy aden­
tro de la tierra, entre Colombia y el istmo panameño, hasta
pasada la población de Turbo, la única que perdura en aque­
llas soledades.

El paraje, apenas visto por los españoles cuando se pa­


saron a la orilla occidental del golfo, estaba habitado por
algunas tribus poco numerosas y de escasos recursos. Allí
habíase refugiado Cemaco, quien persistía en su empeño de
reunir fuerzas para arrojar de sus dominios al invasor. De­
baile, al parecer, le protegía.
La expedición la preparó Balboa cuidadosamente, esco­
giendo sus dos navios más pequeños, pero añadiendo a los
mismos todos los bateles, esquifes y canoas de que podían
disponer. Iba a operar en ríos y lagunas y necesitaba sobre
todo barcas de remo. Embarcaron ciento setenta soldados,
que tomó el extremeño bajo su mando, llevándose como se­
gundo a Colmenares.
Penetrada la culata del Urabá hasta su término, dieron
con la boca principal del Darien. Ésta les pareció otro río
por la anchura del cauce y su enorme caudal, que endulza
el agua del mar en varias leguas. Diéronle €l nombre d«
8G
río de San Juan, por el día jen que había sido descubierto,
y aunque después encontraron otras bocas del Darien, con­
tinuaron considerando aparte la mayor, pareciéndoles que
la corriente por ella precipitada tenía distinto origen. Este
error, hijo del desconocimiento del terreno que tenían los
descubridores, había de ser más tarde corregido; pero el
nombre ha perdurado hasta nuestro tiempo : hoy al Darien
se le llama también Atrato y río de San Juan.
Para explorar la llanura, llena de anegadizos, lo más
práctico era remontar el río por cualquiera de sus cauces,
casi todos navegables. Balboa escogió el más ancho y cauda­
loso, aunque ordenó a Colmenares que siguiera otra direc­
ción, para de este modo ganar tiempo. Fijaron un plazo para
encontrarse de nuevo en un punto determinado y cambiar
impresiones. El extremeño avanzó unas diez leguas por el
que llamaba río de San Juan, sin encontrar alma viviente.
Los indios, alarmados por las noticias de Cemaco, se habían
corrido muy al interior, dejando abandonados sus misera­
bles caseríos. Era hasta posible que hubieran visto venir de
lejos a los españoles, porque había señales claras de una
fuga precipitada. En los bohíos fueron encontrados grandes
rimeros de flechas, arcos, dardos, enseres de cocina, mantas
de algodón, redes para la pesca y hasta siete mil onzas de
oro en alhajuelas de diferentes formas y tamaños. Pero nada
comestible. Lo único que habían puesto a salvo los fugiti­
vos era su maíz, dando con ello una prueba de cordura que
podía aleccionar al invasor. El oro era, para los salvajes,
el adorno superfluo y vano; cuando se veían en peligro,
cargaban con lo más preciso, con el grano que les aseguraba
el sustento, y se desprendían de todo lo demás.
Convencido Balboa de que tendría que emplear muchos
días para recorrer todo el curso navegable del río, y viendo
que en ninguna parte encontraba bastimentos, resolvió vol­
verse. Él y sus compañeros habían sido mordidos repetidas ve­
ces por unos pajarracos como murciélagos, grandes como
palomas, de los qup no sabían cómo librarse y cuyos pico­
tazos, desgarrando la carne y produciendo dolor intenso, se
enconaban rápidamente.
Menos afortunado fué todavía Colmenares en su incur­
sión, pues nada encontró que se pudiera aprovechar, no
siendo cañafístula, de la que hizo provisión por no volver
de vacío.
El resultado infructuoso de estas correrías y la necesi­
dad urgente de alimentos producía en los ánimos la consi­
guiente desazón, y si unos resistían la dura prueba con en­
tereza, otros, en cambio, desfallecían o se abandonaban a
una peligrosa irritabilidad. Ocurrió, a causa de esta tensión,
después de una escaramuza tenida con los indios, que un
87
soldado español hubo de ensañarse, por momentáneo ofui»
cimiento, con un cautivo que no se podía defender, cortán­
dole un brazo de un tajo terrible. La víctima ora nada 1x14»
nos que el jefe de la tribu. La guerra, siempre inhuman*,
cuando se hace en circunstancias desesperadas no tiene ley,
El mismo Balboa, tan enemigo de asolar y matar, tan
cuidadoso por atraerse a los nativos, sabiendo que de su
asistencia dependía el fin perseguido, tuvo esta vez que
prescindir de todo miramiento para atender sólo a la salva­
ción de su gente. .Necesitaba nuevamente imponerse por el
u rror. Los indios se resistían a entregar víveres y no hubo
más remedio que arrollarlos y entrar a saco en sus pobíft*
dos. HJran ios españoles ciento setenta nada más y se basta*
ron yar¿ vencer a media docena de caciques que contaban
ncr miles a ios defensores de sus tierras. Pero esta enorme
desproporción de fuerzas obligaba a los atacantes a no dejar
a su espalda sino la muerte y la desolación. No había otro
modo de defenderse.
Entre los régulos vencidos se contaba Abebeida, señor de
un Iugarejo cuyas casas estaban construidas en lo alto de
las palmeras, como nidos de cigüeñas. A estas viviendas las
llamaban sus habitantes barbacoas y algunas eran muy
grandes, llegando a ocupar hasta cincuenta o sesenta árbo­
les. Debíase tan original costumbre de morar como las aves,
a que la tierra estaba anegada de modo permanente y en
ura g ra n extensión. Se hubiera tenido que edificar sobre
estacas para vivir m ás cerca del suelo y nunca habría pro­
porcionado este sistema soporte tan seguro como el de un
grupo de palmas gigantescas. Eran éstas tan altas que un
buen bracero no podía pasarlas con una piedra y de troncó
tan robusto que seis hombres asidos de las manos no lo
abarcaban.
Abundaban las barbacoas de la misma cabida que loi
bohíos, esto es, como cabañas; pero otras eran mucho mál
f-mplias y la del cacique podía dar albergue a centenares
de personas. Para subir y bajar de sus moradas tenían,lot
¡ndios unas escaleras colgantes, tejidas con bejucos, que re-
cocían en los trances de peligro. Al pie de las palmeras #e
guardaban las canoas utilizadas para transitar por el pan­
tano.
Abebeida no se defendió. Lo que hizo fué resistirse a des­
cender de su elevado refugio cuando Balboa y sus acompa­
ñantes le requirieron a gritos para que se descolgara, junto
con su familia y servidumbre. Entonces los españoles le
amenazaron con derribar los árboles que sostenían la casa»
y, en efecto, iban ya cortando las palmeras por el pie, a
golpes de hacha, cuando el cacique, temiendo verse precipi»
tado con todos los suyos desde su altura, se decidió • bajar.
*r,
Pero no pudo ofrecer nada a lo» asaltante», porque ni oro
tenía. Dijo, sin embargo, que si le dejaban en libertad fría
a buscar oro y bastimentos tras de unas sierras distantes,
cuya línea quebrada se insinuaba en el horizonte. Le dejar
ron ir ; pero quedaron en rehenes todos sus familiares, que
nunca más volvieron a verle.
Continuaron los saqueos en otaros lugares, cuyos poblado­
res, por ser pocos, ni siquiera intentaban la resistencia,
hasta que Balboa, viendo a sus hombres ya casi extenuados,
decidió volverse a la Antigua para descansar todo el tiem­
po que se lo permitiera el botín obtenido. No era éste muy
importante, por lo que se refiere a vituallas; pero, en fin,
permitía una tregua. Dejó el vencedor una guarnición de
treinta soldados en Abenamaguey, punto estratégico desde
donde se podían vigilar los movimientos de todas las tribus
sojuzgadas, y emprendió el regreso con el pensamiento pues­
to otra vez en el mar del Sur.

• * *

La situación, no obstante el respiro conseguido, ccntinúa


siendo incierta, pues no ofrece ninguna seguridad para el
porvenir. Verdad es que el tiempo ha mejorado, permitien­
do volver a las sementeras, en las que se emplean centena­
res de indios. Todos los colonos son encomenderos; todos
tienen tierras de labor y la oran tiñes para trabajarla, a los
que poco o nada cuesta mantener: el indígena es sobrio y
sabe buscarse la pitanza por sí mismo cuando sus patro­
nos no puedan dársela. Pero esos esclavos, cuyo número va
aumentando rápidamente de día en día, ¿no serán mañana
un peligro para el hombre blanco que les ha privado de la
libertad? Están ya en la colonia, blancos y cobrizos, en una
proporción de cuatro por uno, siendo de los salvajes la ven­
taja. Dentro de algunos meses, como sigan Balboa y Colmen-
nares volviendo de sus correrías con grandes redadas de pri­
sioneros, por cada español habrá en la Antigua diez o doce
indígenas sometidos a ominosa servidumbre. ¿No podrían
un día rebelarse?
El dominador no piensa en ello. Tan seguro está de su
poder, que tiene mucho de imaginario. Porque, además de
los prisioneros de guerra concentrados en la Antigua y a
quienes se obliga a pechar sin recompensa, están los indios
de las tribus vencidas que quedaron sueltos, millares de
hombres que seguramente odian al invasor, porque ha ve­
jado a sus señores y hecho escarnio de sus ídolos, ha des­
truido sus albergues, se ha llevado su pan, su oro y sus mu­
jeres y aún los perdigue implacable, obligándoles a vivir
errantes fuera de la tierra donde nacieron. La colonia se
está encerrando en un circulo de acechanzas rencorosas. Los
mismos caciques debelados, desposeídos, maltrechos, deben
alimentar propósitos vengativos y prepararse para el des­
quite.
Podría suceder que se estableciera una comunicación se­
creta entre los que sufren cautividad y los resentidos del
exterior, cosa muy posible, porque hay indios libres que van
y vienen y hablan con los prisioneros en una lengua que no
entienden sus patronos. El mayor peligro está en que la con­
vivencia del señor y el siervo permite a este último, si no es
un topo, observar las circunstancias determinantes de su
desgracia. Los indios pecheros, según se les vaya pasando
el susto, advertirán que los españoles son seres mortales,
que se ven con frecuencia afligidos por la necésidad, que
vuelven algunos de sus incursiones malparados por las fle­
chas y los dardos y que, en fin, todos juntos no llegan a
trescientos. ' /
¡Trescientos mal contados! Pero no se mostrarían más.
arrogantes si fueran trescientos mil. Esta es, su fuerza: la
confianza en sí mismos, contra la timidez y el azorámiento
del nativo, quien, sin embargo, por el número de los que
sufren opresión, podría aplastar a sus tiranos. La energía
del invasor sólo se afloja y decae bajo el azote del hambre,
aun siendo sobrio hasta lo inconcebible. Le basta un puña­
do de harina para atreverse a todo y considerarse tan se­
guro, entre una nube inmensa de enemigos, como si nada
de cuanto le rodea le fuese hostil. Más que su espada y su
lanza lo que espanta a los indios es su valor.
Pero también temen los sometidos la ayuda que del cielo
reciben los cristianos. Todos los que viven en la Antigua
han sido iniciados en la verdadera religión y asisten, entre
asustados y conmovidos, al sacrificio de la Misa. El clérigo
Andrés de Vera, venido de Santo Domingo con el regidor
Valdivia, oficia y predica todos los días para mantener la
devoción en los conquistadores y evangelizar a los conquis­
tados. La gracia del Espíritu Santo, que excita y mueve el
alma a la virtud, sujeta también con ligaduras impercepti­
bles la fiereza del salvaje, en cuya conciencia, ya penetra­
da de la divina luz, empieza a germinar la semilla de la fe.
No obstante, viven los españoles de la Antigua excesi­
vamente confiados, como viene a demostrarlo un hecho cu­
yas funestas consecuencias son evitadas por una sencilla y
novelesca casualidad.
Un día se acerca Balboa a una de sus mancebas prefe­
ridas, atraído momentáneamente por la gentileza de su
talle, e insinúa una caricia acaso inconsciente, mecánica,
instintiva. Se trata de una india nacida como un lirio en al-
¿una de las lagunas de Abebeida, Debaile o Abenamaguey,
y pertenece a una familia encopetada. Se ha enamorado
perdidamente del capitán español, al que mira como a un
dios, y por él daría hasta la vida. Bajo el contacto suave
de la mano de su dueño, la pobre mujer, derretida en efu­
siones, se arroja a sus pies y empieza a sollozar con hipo
incontenible. ¿Qué le sucede? ¿Por qué se desata en lá­
grimas? El señor interroga primero con dulzura, después
autoritario y conminativo. Y la india, con su media lengua
que acaba de entorpecer la congoja, cuenta cosas que harían
estremecer a cualquier hombre que no fuera Vasco Núñez.
Éste ha estado a punto de ser asesinado por los indígenas
que trabajan en la colonia. Se habían conjurado los más
audaces para sorprenderle en un lugar solitario y darle
muerte con puñales robados a los mismos españoles. No lo
hicieron porque, en el momento preciso, les faltó el valor,
impresionados por la yegua que montaba el hidalgo y por
los colmillos de su perro. Estaban ya emboscados y con la
daga en el puño cuando le vieron acercarse, sin otra compa­
ñía que la yegua y tí can. Este último empezó a olfatear,
arregañando los dientes y dando el alerta con insistentes
ladridos.
Balboa suelta la carcajada. ¿Y esto es todo? A la risa si­
gue un ademán desdeñoso que aumenta el sobresalto de la
denunciante. No, no; sería insensato cerrar los ojos al peli­
gro. Ocurren cosas todavía más graves. Los caciques vencidos
del Urabá se han puesto de acuerdo para arrojarse sobre
la Antigua y exterminar a sus pobladores blancos. Tienen
reunidos en el pueblo de Tichirí hasta cinco mil guerreros
indios, con más de cien canoas, y están impacientes por dar
la batalla. Cemaco, Abenamaguey, Debaile, Ahebrada y al­
gún reyezuelo de las lagunas son los que han preparado el
alzamiento.
Ahora el hidalgo se ha puesto serio. Lo que acaba de oír
sí tiene importancia. Pero ¿cómo ha podido la india ente­
rarse de una conjuración tramada con tanto secreto? Otra
vez deshecha en lágrimas, confiesa ella que lo ha sabido
todo por un hermano suyo llegado a la Antigua varias veces
con el propósito de llevársela.
A veces se producen los hechos en la vida real lo mismo
que en las novelas. La india no ha inventado nada, y su
hermano, al que se prepara una trampa para cogerle, con­
firma todos sus informes, no sin antes haber tenido que
someterle a tormento.
Sin perder tiempo, reúne a todos sus hombres de guerra
y los divide en dos grupos, embarcando uno c o n C o lm e n a r e s
para sorprender al enemigo en Tichiri, mientras el otro, can­
di
ducido personalmente por «i «xtrem«fto, marcha por tUrra
hacia el río de San Juan, donde »• supone que time aposta*
da Cemaco su vanguardia.
Sin provecho recorre Balboa tres leguas de la costa. No
encuentra al régulo, pero da una batida y regresa con un
buen número de prisioneros. Colmenares, en cambio, ca­
yendo de improviso sobre el cuartel general de los conju­
rados, los coge desprevenidos, los desbarata y los vence,
tr¿s de una lucha encarnizada, que cuesta la vida a muchos
indios. En la represión, necesaria para prevenir nuevas su­
blevaciones, Colmenares hace asaetear al general de los- in­
dios y ahorca a media docena de notables, perdonando a
todos los demás.
Pensaba haber cogido a Debaile, famoso en todas las tie­
rras del Darien por su poder y riqueza en oro, cuyo feudo,
situado en el extremo interior de la llanura pantanosa, a
muchas leguas del mar y ya casi en la sierra, tiene fama
de ser un paraíso. Pero Debaile, si estaba en relación con
los sublevados, se limitaría a prestar un cierto número de
sus flecheros, sin tomar parte personalmente en la refriega.
Ir a buscarle a su guarida le parece a Colmenares peligroso
por la distancia que le separa del Urabá y por, la mucha
gente que tiene el cacique en pie de guerra. Pero ya que
Debaile no ha sido cazado, en cambio se apodera Colmena­
res de todas las provisiones que los otros régulos habían
reunido en Tichirí para dar de comer al ejército derrotado.
Con ellas quedará abastecida la colonia para algunos meses.
En Santa María la Antigua es recibida la nueva victo­
ria con una explosión de júbilo. Balboa y sus compañeros
se consideran ahora más que nunca destinados a culminar
una empresa inmortal. Son pocos, no disponen de medios
eficaces, les faltan armas de fuego y caballos, tienen que
entregarse al pillaje para mal comer; pero Tierra Firme,
que se tragó las brillantes expediciones de Ojeda y Nicuesa,
va cediendo al empuje tesonero de un puñado de náufragos
desarrapados que no se dejaron abatir por el infortunio. Han
construido un pueblo como los de España; dominan toda
la orilla occidental del Urabá y las bocas del Darien; tienen
pacificada la tierra doscientas leguas a la redonda; caciques
poderosos, como Cáreta y Comogre, son sus aliados; pueden
repartirse en encomiendas millares de indios convertidos a
su fe; poseen oro en abundancia, y, por último, van a ser
los primeros en ver el mar Austral, ampliando de este modo,
con un descubrimiento comparable al de Colón, los límites
del mundo conocido.
Otra vez piensa Balboa en emprender un viaje a España
para gestionar personalmente una ayuda oficiai y destruir
toda prevención levantada contra él. Vuelven a preocuparle
92
[un intrigas d<d bachiller Bnciso. Está seguia de la lealtad
de Zamudio y Valdivia, pero acaso desconfía de sus dispo­
siciones diplomáticas. También es posible que, impaciente
por alcanzar la gracia del Rey, crea haber hecho ya méritos
bastantes para que se le perdonen sus antecedentes de aven­
turero trepador. Sin duda desea ver legitimada por una cre­
dencial la situación que debe a su valor temerario y buena
industria. Pero los notables de la colonia, previendo que la
ausencia de su alcalde mayor — éste es el título que se da
a Vasco Núñez— les dejaría huérfanos de autoridad, se opo­
nen resueltamente a que les abandone. ¿Quién podría re­
emplazarle? A l buscarle substituto empezarían a dividirse
las opiniones y a retoñar los antiguos partidos. Hay, ade­
más, en el Darien españoles turbulentos y desaforados que
siempre son de temer. Un cambio de jefe, aun siendo con
carácter de interinidad, podría darles pretexto para alboro­
tar al pueblo. Se ha de contar también con que las cosas de
palacio van despacio. Zamudio lleva ya en España más de
un año. ¿Cuánto tiempo tendría que estar ausente Balboa?
No; la Antigua no puede desprenderse del hombre indiscu*
tido que es para todos la máxima garantía de paz interior
y de gobierno ordenado. Los soldados se quedarían sin cau­
dillo y los indios, desapareciendo el español que más res­
petan, recobrarían su audacia. Pueden ser nombrados otros
procuradores si parecen pocos los que están ya en Castilla.
El jefe no se deja convencer y en esta pugna se pasan
muchos días. Por fin, cede el hidalgo y son elegidos en su
lugar, para trasladarse a la corte, Rodrigo Enríquez de Col­
menares y Juan de Caicedo, este último veedor de la des­
hecha armada de Nicuesa. Los dos son personas que gozan
de predicamento y crédito, el.uno porque acaba de ganar
la batalla de Tichirí y por tener invertidos en la empresa
del Darien cuantiosos intereses; el otro porque ha sido ofi­
cial del Rey y es hombre experto en los negocios, cuya cabeza
coronan ya las canas.
Esta vez el oro apartado con destino a la Corona no pue­
de ser mucho, a causa del entregado a Valdivia reciente­
mente. Algo habrán de añadir de su peculio todos los espa­
ñoles que residen en la Antigua, para que sus procuradores,
obligados a presentarse en la corte con las manos vacías,
no hagan un papel desairado. Se decide que el producto de
la recaudación extraordinaria le sea ofrecido al monarca
como un donativo de la colonia, y, para que el regalo sea
digno del Rey, hasta los más avaros hacen un sacrificio.:
Balboa se adelanta a todos con su esplendidez. Envía, ade-j
más, al tesorero Pasamonte, como cosa suya personal, casü
todo el oro que le queda y un buen número de esclavos. Lal
persistencia en la dádiva es vicio que nunca puede disgustar’
93
al que la recibe. Pasamonte ha informado mal una vez;
pero si es sensible a las asiduidades obsequiosas, como pre­
gona la fama, debe esperarse que se rendirá finalmente,
V rectificar cuesta poco al tornadizo.

* * *

Parten Caicedo v Colmenares del Darien a fines de oes


tubre de 1512. Toda la población española está en la playa
para despedirles y desearles la mejor fortuna. La tendrán.
Nj se perderá su barco como el de Valdivia. La colonia se
siente necesitada del calor de la patria, que espera ver llegar
en forma de asistencia material. Aunque aventureros, estos
hombres son españoles desde lo más profundo de su ser y
están haciendo por España algo muy grande, que merece
recompensa. Soportan heroicamente el hambre y las enfer­
medades; vari cas; desnudos, porque ya no les queda ropa
que ponerse; se baten un día y otro con las tribus indómi­
tas sin dar importancia a la fatiga ni a las heridas que re­
ciben ; cruzan ciénagas y pantanos, con el agua hasta el
pecho, y atraviesan espesuras pavorosas, afrontando el ata­
que del insecto mortífero y la emboscada del sigiloso reptil;
están siempre amenazados por la traición de los indios y
se derriten y amojaman con los ardores del Trópico. Pero
hay algo peor que les tiene el alma lacerada, lo único que
les duele: que España no les reconozca su servicio, que pue­
de abandonarlos, repudiarlos y aun perseguirlos, porque el
infortunio, tanto por lo menos como su inclinación, les in­
dujo a prescindir de autoridades titulares para obrar con
entera independencia. Aunque una cosa es la independencia
como ellos la entendieron un día y otra la separación. No
pueden separarse de España ni quieren estar fuera de la
ley. Por esto mandan a la corte, afanosos de la gracia que
debe redimirles, una embajada tras otra. El mejor presente
que Caicedo y Colmenares pueden ofrecer al Bey, es la
ansiedad de trescientos españolea que han henchido las velas
de su nave.
Pero el viaje es lar/¿o. Más de seis meses, a causa de una
prolongada y fructuosa detención en Santo Domingo, emplea­
rán los procuradores en llegar a las costas de Andalucía, y
entre tanto f e producen en la Antigua del Darien sucesos
importantes.
Por unos días, muy pocos, ha estado en entredicho la
autoridad de Vasco Núñez, debido a ciertas diferencias apa­
recidas en el seno del cabildo. El origen de la discordia
parece, al principio, que radica en pequeñas envidias de
gente subalterna. El jefe tiene un privado que tal vez abusa
de au ventajosa situación. Pero se echa de ver en seguida
que la conducta de Bartolomé Hurtado, el favorito, aunque
haya podido dar pábulo a murmuraciones y resentimientos,
sólo se ha tomado como pretexto para atacar a Balboa. Lo
que pasa es que los revoltosos han creído conveniente dar
un rodeo, soslayando la cuestión personal con el más fuerte.
Pero se quiere dejar a éste sin mando. Es una incongruen­
cia, pues se acaba de obligarle a desistir de su viaje a Es­
paña, alegando que el traspaso del poder a otras manos
ocasionaría disturbios. Los que así pensaban conocían la
hilaza de que están hechos algunos de sus compañeros, aque­
llos que dicen que «de hombre a hombre no va nada» y, por
consiguiente, no reconocen superior. Son los descontentadizos
y enredadores que no faltan en ninguna colectividad, que
aman el desorden porque les permite pescar en río revuelto.
Dispone el cabildo de diez mil pesos de oro que los fac­
ciosos desean repartir a su manera. Han hecho correr la
voz de que Balboa pretende quedarse con este tesoro y no
faltan necios que presten oídos a la calumnia. El cabildo se
divide en dos bandos y se suceden las discusiones borrasco­
sas. Enterado el extremeño por sus amigos de lo que se está
tramando, les dice:
— No quijero pendencia con esos bellacuelos. Mejor que
reñir con ellos es dejarles el campo libre. Que se despachen
a su gusto y que vean ¿us parciales de lo que son capaces.
No tardarán en enseñar las uñas.
Balboa conoce a fondo al cabecilla de la facción, un tal
Alfonso Pérez de la Rúa, y a los que le siguen, gente de
trueno, sin solvencia moral ni un adarme de buen sentido.
Esté seguro de que sus enemigos, si se les deja con el oro
y el mando, no dejarán de hacer alguna barrabasada que le
reivindique a los ojos de aquellos mismos que ya le regatean
Ja confianza, envenenados por una estúpida murmuración.
Y se aleja del pueblo coa sus íntimos, pretextando una ca­
cería.
Pérez de la Rúa y sus congéneres, creyendo ver una fuga
en la partida del alcalde mayor, se apresuran a instruirle
expediente con testigos falsos y deciden ir en su busca para
prenderle, aunque nadie sale de la Antigua. En cambio, se
investiga toda la vida de Balboa, en pesquisa amañada con
mil embustes, que se proyecta enviar a Castilla. Ya no se
trata de la privanza de Bartolomé Hurtado, sino de hundir
al hombre que hace sombra a todos. Pero al mismo tiempo
se mete mano en el oro del cabildo y se quedan los facciosos
con la parte del león. Siguen otros abusos irritantes, hasta
que el pueblo, revolucionado a su vez, alza el grito llamán­
dose o engaño. Queriendo cortar el mal de raíz, persigue
a los desaforados y los mete en prisión, mientras envía a
95
buscar a Vasco Núña* pera que vuelvo a gobernarlo* como
el solo sab* hacerlo.
Regresa Balboa a la Antigua profundamente halagado
por un triunfo que debe a su buen consejo, conseguido sin
efusión de sangre y que consolida su autoridad, gracias a la
misma crisis con tanta facilidad y elegancia superada. Pero
le inquieta haber visto la colonia revuelta y su prestigio
malparado sólo porque hubo demora en el reparto de un
botín que ninguna necesidad urgente podía remediar. Aquel
oro, retenido sin malicia, acaso por negligencia, había bas*
tado, no obstante no tener inmediata aplicación, para remo­
ver las bajas pasiones y producir retumbos de tormenta. Ha
podido malograrse una empresa de alcance incalculable,
llevada adelante con sacrificios enormes, a causa de un oscu­
recimiento de la razón, motivado, en ramalazo colectivo,
por el brillo tentador de un oro inútil. El amor al oro por el
oro, que es torpe codicia, inclinada al desmán y a la locura,
lo rechaza y condena Balboa, quien un día escribirá al
Rey, como si se confesara: «...Hasta aquí hemos tenido en
más las cosas de comer que el oro, porque teníamos más
oro que salud, que muchas veces fué en muchas partes
que holgaba más de hallar una cesta de maíz que otrá
de oro...»
El hidalgo extremeño le tiene al oro tanta afición como
el más codicioso de sus colonos o soldados. Pero emplearía
todo el reunido en la Antigua y más que alcanzara en lo
único para lo que ahora puede servir: para enviarlo a Es­
paña y a Santo Domingo, para congraciarse con el Rey y con
los altos funcionarios, para obtener más barcos, más hombres,
más armas, más víveres. Y si el oro no ha de servir para
eso, si ha de acarrearle conflictos y enajenarle voluntades,
haria lo que hizo Alejandro al emprender la expedición de
la India: viendo el vencedor de Darío que los macedonios
arrastraban con trabajo el inmenso botín tomado á los per­
sas, ordenó que se pegara fuego a los carros para que de
este modo pudieran marchar sus soldados más ágilmente al
encuentro del nuevo enemigo.
Tiene Balboa buen cuiado, una vez que se ve repuesto' en
el gobierno del Darien, de hacerse firmar por todos los
hidalgos compañeros suyos una declaración que le ponga a
salvo de nuevas murmuraciones malévolas. No se contenta
con que ahora se le reciba con alegría ^ se le demuestre
arrepentimiento; quiere tener una prueba escrita de que se
ha solicitado su regreso y de que sólo calumniándole se
pudo poner tacha a su proceder. Tendrá así un documento
donde se hace historia de todo lo ocurrido desde su llegada
a Tierra Firme, que viene a ser cumplida vindicación. Pien­
sa después que «ate testimonio irrefutable, si lo envía a
se
FKRM AM nn PT r AT A I T í ' 0
CRISTÓBAL COLÓN
li :«nd oC o l ó n e m p r e n d i ó , d e s d e Palos de M o ^u e r . su \iaje en busca
1 Nuevo M undo, Balboa contaba 17 años de edad.

(D e la colección de retratos del archiduque f e m a n d o del Ttrol.)


HERNÁN CORTÉS
Nacida en Medellín (Extremadura) en 1485, conquistó M é ji co par
la cor,,) '
a de España dos años d es pu és de la m u e r t e d e Balboa

[ pe la colección de retratos del archiduque t e m a n d o del Tirol.)


PLANTAS EXÓTICAS
Grabado de Lis de Br\
CERAMICA DE ORIGEN PRECOLOMBINO
LUCHADORES INDIGENAS
Grabado de* un libro de Dapper sobre Am érica (1673).
España, vigorizará su defensa contra la* maquinaciones de
Enciso. Y así decide hacerlo, poniendo en libertad al mismo
tiempo a los promotores del disturbio, a quienes perdona,
entre magnánimo y despectivo, mientras secretamente los
denuncia por traidores nada menos que al Rey. Una idea
diabólica.
Enviará también una relación de lo hecho en el Darien,
escrita de su puño y letra, y una nueva remesa de oro para
dar más fuerza a las palabras. Ya tiene elegido al mensajero,
Sebastián del Campo, uno de sus amigos más ñeles.
Pero la relación de su aventura no es un acierto diplo­
mático ni revela habilidad. Menos diestro el hidalgo en el
manejo de la pluma que en el de la espada, deja ver, ade­
más, que no es un cortesano y que ignora, por consiguiente,
cómo se conquista 'a un monarca. Por una cosa y por otra,
la intención que pone en lo que escribe, creyendo embozar­
se en discreciones, sorprende por su ingenuidad. El conejo se
defiende de la persecución del cazador con sólo detener su
carrera y permanecer inmóvil, porque su color se confunde
con el de la tierra y es difícil distinguirle a distancia; pero
a veces, por un error de su instinto mimético, se agazapa
con inocencia conmovedora en medio de un verde prado,
descubriéndose así enteramente. Lo mismo le ocurre a Bal­
boa al escribir su defensa. Quiere ser disimulado, astuto y
escurridizo, no consiguiendo sino mostrar su pensamiento
en plena desnudez.
Empieza por recordar a los desgraciados Ojeda y Nicuesa,
que nada pudieron hacer en Tierra Firme más que perderse
con todos los poderosos elementos de que disponían. Con esto,
naturalmente, establece el extremeño un contraste para dar,
mayor relieve a los propios éxitoó, logrados con fuerzas mo­
destísimas. Pero atribuye el infortunio de sus predecesores a
negligencia, torpeza y debilidad, pecando en esto de ligero,
si cree lo que dice, e incurriendo en más grave falta si lo
dice sin convicción. De todos modos, es injusto y se expone
a suscitar justificadas sospechas por su desenfado.
Quiere después deslumbrar al Rey con el brillo del oro,
principal riqueza de las tierras que ha recorrido. Le habla
de minas cuyo filón aflora a la superficie; de ríos áuricos
donde se encuentran granos del codiciado metal grandes
como n aran ja s; de inmensos tesoros escondidos por los ca­
ciques. Dice que los indios, para llenar de oro sus canastas,
sólo necesitan esperar a que pase la creciente de los ríos,
o pegarle fuego a la maleza de los montes y hurgar luego en
las cenizas. Ha sabido que Debaile, señor del país más her­
moso del mundo, trafica con los caribes de la sierra, de
quienes toma el oro a cambio de mancebos que ellos se co­
men, y que tiene montada en su feudo una gran fundición.
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Los regalos ribereños del mar austral, según sus informes,
son tan ricos en metal amarillo que lo guardan amontonado
como maíz en el sobrado de sus casas. Declara, en fin, que
las cosas que han oído contar él y sus compañeros, con re­
ferencia al oro que tienen los habitantes de ciertas comarcas,
les «facen estar a todos fuera de sentido», en lo cual dice
seguramente la verdad.
Todo viene a parar, por supuesto, en pedir mercedes, a
cuyo efecto recuerda innumerables veces sus eminentes ser*
vicios y que, para hacer lo que ha hecho, «no ha contado
con otro remedio sino el de Dios y de su buena industria»,
y asegura asimismo que es el único poseedor de los secretos
de los indios, habiéndoselos arrancado — esta confesión no
le asusta — «dando a unos tormento y a otros por amor».
Cuando Balboa abandona estas historias, enderezadas
a granjearle la gracia y el favor del soberano, para pensar
sólo en el éxito de su empresa, parece ser un hombre dis­
tinto el que escribe. Sabe ahora por dónde va y sus palabras
tienen otro acento. No adula, no escarcea, no habla tanto de
si mismo, no trata de engañar, no da un paso en falso, no
divaga ni se embarulla. Necesita mil hombres para atravesar
el istmo y mantener la guarnición de las posiciones conquis­
tadas. Desea que esos hombres, destinados a un esfuerzo ago­
tador, no le sean enviados directamente de España, sino de
Santo Domingo, para que no adolezcan por efecto del clima
cálido y de la diferente alimentación. Deben ser hombres de
mucha fibra, capaces de resistir las marchas más penosas, |
los trabajos más duros y las privaciones más crueles. Pide í
doscientas ballestas «muy fornidas de cureña» y de «muy l
recio tiro», armas de tanta utilidad en la guerra como enf
ia caza; dos docenas de espingardas de metcil, para que no i
se oxiden, como las de hierro, en regiones tan húmedas, y ;
un número igual de cañoncitos o falconetes, cuyo peso no
exceda de una arroba que es la carga conveniente para un :
hombre en las jornadas largas. Pide muy buena pólvora, y j
pez, y calavazón, y velas y jarcias sobradas para construir f
barcos pequeños, necesarios en los ríos, así como maestros
carpinteros especializados en la construcción de bergantines. |
Balboa se propone recorrer todos los ramales del Darien, :
que a veces se estrechan mucho y se pierden entre la arbo­
lada. para lo cuaJ necesita botes como fustas, largos para con- =
tener hasta veinte remeros, aunque no más anchos de ocho
palmos. Se revela en esto el general que tiene un plan de }
operaciones muy madurado, contando con que ha de verse i
siempre escaso de armamento, y por esta razón modera ü
demanda en cuanto se refiere a la cantidad; pero, en can*'
bio, es minucioso en el detalle.
Pide también que la parte de botín que corresponde a 1®
('•> J
Corona se mantenga en el quinto, de acuerdo con la costum­
bre establecida; pues si se cambiara por el cuarto, como
parece haberse pretendido, la tropa se mostraría indolente
y floja, pudiéndose asegurar que se obtendrá más oro para
el Rey reduciendo sus derechos que aumentándolos.
La carta tiene por remate un rasgo de buen humor. No
se ha nombrado en ella a Enciso para nada, con todo y ser
la preocupación dominante del que la escribe. Pero, ya en
el final, solicita el hidalgo una merced singular, y es que
«ningún bachiller en leyes ni otro alguno, si no fuere de
medicina», pase a las tierras del Darien, porque ninguno
se ha conocido en ellas que no fuera hechura del demonio.
¿Qué efecto puede producir en la corte este documento?
Llegará tarde a su destino para torcer el curso de los acon­
tecimientos. Pero tiene un valor biográfico y ayuda a co­
nocer las fallas del complejo humano que determina el ca­
rácter, así en el nombre del común como en el héroe.
Ya partido el nuevo embajador, Sebastián del Campo,
para España — esto ocurre en enero o febrero de 1513 —,
llegan de Sánto Domingo los refuerzos pedidos por Caicedo
y Colmenares al Almirante. Dos barcos con doscientos hom­
bres, ciento cincuenta de guerra, y además armas y basti­
mentos. También llega él título de gobernador para Balboa,
firmado por el tesorero Pasamonte. Su validez es discutible,
habida cuenta que tales nombramientos sólo puede hacerlos
el Rey, que no ha delegado estos poderes; pero es buena
señal que Pasamonte, conmovido sin duda esta vez por los
regalos del extremeño, haya mudado de parecer y se mues­
tre propicio a lo que se está haciendo en el Darien.
En otra ocasión, la credencial recibida, aun sin venir auto­
rizada por la firma regia, habría alborozado a Vasco Núñez;
pero aliora coincide su llegada con la de una carta de Zamu­
dio cuyo contenido es decepcionante. En la corte, donde los
primero* informes del tesorero de Indias y las quejas del
bachiller Enciso han producido el natural revuelo, no se
quiere reconocer a Balboa ningún servicio, sino que, por el
contrario, se le hacen cargos de la mayor gravedad, que ya
han motivado un proceso. Debe, por consiguiente, estar pre­
venido y no dejarse sorprender por lo que puede v en ir; pues
todo es de temer, dado el rumbo que han tomado sus asun­
tos en Castilla.
Nuevo atranco, cada día más dificultades y más negra
cerrazón en el horizonte. Balboa comprende que no le queda
más que una jugada y que en ella lo compromete todo, com­
prendida la libertad y acaso hasta la vida. A nadie comu­
nica, sin embargo, sus tribulaciones. Ha tomado una resolu­
ción : atravesar el istmo con la gente de que dispone. Piensa
que es su destino y cree ver en los astros un augurio de
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ventura. Pero aunque se viniera abajo la mecánica celeste,
cambiando las constelaciones de lugar y poniéndose a bailar
todas las estrellas una loca zarabanda, hasta precipitarse
unas contra otras en colisión 'final, hecho polvo de luz todo
el firmamento, seguiría pensando que el objeto de su paso
por la vida es descubrir un nuevo camino a las Indias orien­
tales.
La suerte está echada.
vn
DESCUBRIMIENTO DEL PACÍFICO

Es el día 1.® de septiembre de 1513 cuando Vasco Núñez


de Balboa, después de una preparación que ha durado va­
rias semanas, emprende la marcha en demanda del m ar
desconocido. Eli tiempo es bueno. No llueve, que viene a ser
lo más im portante en el trópico, donde ni la tem peratura
tiene oscilaciones muy sensibles ni acciona el paisaje, en
su aspecto general, con los cambios de estación. Las fuerzas
reunidas para dar cima a la gran empresa son modestas:
ciento noventa soldados españoles y mil indios de carga.
Los primeros, eso sí, van perfectamente armados, unos con
ballestas y otros con arcabuces. Llevan también los perros
de batalla, que pueden contarse como combatientes de pri­
mera línea, terribles por su ferocidad, y provisiones para
muchos días.
Sabe Balboa que los indios emplean en atravesar el istmo,
desde la tierra Comogre, seis soles, porque así se lo dijo
Panquiaco. Pero ignora, por supuesto, cuál es el punto más
estrecho de esta cola de la América del Norte cuyo final se
pega absurdamente a la gran masa continental del sur. No
tiene, no puede tener otros conocimientos geográficos de un
mundo todavía hundido en la sombra, que las vagas indi­
caciones obtenidas de los nativos. No sabe más sino que se
tarda seis jom adas en pasar la cordillera de elevadas cum­
bres que cierra el horizonte por la parte del mediodía. Por
esto, de acuerdo con las explicaciones de Panquiaco, quiere
emprender su ruta transversal desde Coiba. Empezará, pues,
con un rodeo por mar, doblando el cabo Tiburón y siguiendo
por Poniente hasta el feudo de su amigo Cáreta, o sea la
ensenada de Correto.
La etapa marítima se hace con embarcaciones pequeñas:
un galeoncillo y numerosas canoas. Cáreta recibe a los es­
pañoles con alegría y agasajos que confirman la constancia
de su amistad. Añade a la impedimenta nuevas aportacio­
nes de víveres y promete guardar los barcos con más es­
trecha vigilancia que si fueran bienes propios.
De la tierra de Cáreta se traslada Balboa a la de Poncá,
de donde han huido el cacique y las familias principales
como •* vez anterior. Ahora con más motivo, pues no pueden
haber olvidado lo que les costó la primera visita de los hom­
bres blancos. En alcance de Ponca parten algunos mensa­
jeros caretanos para tranquilizarle con la noticia de que no
se le quiere causar daño alguno. Aviénese con ello a la paz
y entrega a los cristianos todo el oro de ‘que dispone, aun­
que nadie ha puesto precio a su seguridad. Para tenerle con*
tentó, se le regalan contezuelas de vidrio, cascabeles y al­
gunas hachas que cortan como navajas.
Es aquí donde empieza la sierra, áspera, dura, impene­
trable a veces por la maraña de su vegetación. Explica Ponca
que no hay caminos porque su gente no sostiene comercio
alguno con las tribus vecinas, muy dadas a la guerra. Los
españoles tendrán, pues, que abrirse paso entre la espesura
a fuerza de brazos y de hierro, dejando tiras de su ropa y
su pellejo en los zarzales. Ya en plan de franca amistad, el
cacique avitualla a los exploradores y les presta guías que
conocen bien la sierra. I
Comienza una ascensión difícil, en marcha lenta, frecuen- ■
temente interrumpida para tomar aliento. Se encuentran j
senderillos por donde los hombres avanzan en fila india !
y en continuo zigzag, de modo que, yendo todos uno tras ■
otro, la fila se alarga como serpiente monstruosa que tu­
viera la punta de la cola a mil pasos de la cabeza. Cuando
lo permite el espacio y el terreno se hace más practicable,
vuelve la gente a juntarse, repartida en grupos que con­
tinúan su camino desordenadamente, aunque no muy sepa­
rados entre sí. Delante van los guías, a los que siguen los
castellanos, sin quitarles los ojos de encima, y en la zaga,
abrumados bajo el peso de sus fardeles, los indios de carga,
quienes, en lo llano, suelen llevar muy sostenido un trote-
cito cochinefb. j
Apenas salidos de los dominios de Ponca, encuentran lo? :
exploradores cerrado el paso por la intransigencia de To-
recha, régulo de Cuarecuá, a quien la traza y la fama de los >
intempestivos visitantes tienen como en ascuas. Torecha sabe
que los extranjeros pálidos, venidos del mar, saquean y des­
truyen los poblados, roban el oro y el maíz, se llevan las
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mujeres y matan al que no se soméle. sü capricho'/ ife^fet
prevenido y le guardan millares d^ffóéheros ya preparáqeA
para entablar combate. Balboa intenta en vano .hacerle com* "■
prender que ningún peligro le anrenaza. El indio se en g alfe,
al verse suplicado y porfía en qiie su tierra no la pisarán j\
extraños. Sobreviene, por lo tanto, choque sangriento,que/
el capitán cristiano, se esforzaba poHevQju;. Torecha,
peleando con ejemplar bravura al frlsc^; áe^ te ^ re s ,
diezmadas por la réplica fulminante que*'tBie«éí*€rá’-su fu­
riosa embestida. Esta vez han intervenido la pólvora y el
plomo, haciendo creer a los salvajes que los españoles llevan
aprisionado el rayo en sus armas. Si ya miraban con terror
supersticioso las espadas, relucientes al sol, mayor espanto
han de causarles el trueno y el fuego de las escopetas. Ade­
más, se han.visto acometidos por los perros, que se ensañan
con el enemigo hasta despedazarlo a dentelladas. Por todas
estas razones la batalla ha llegado a su desenlace rápida­
mente. Pero han muerto seiscientos indios.
El rigor no termina aquí. Se entra después a saco en el
caserío y se sorprende a un hermano del cacique aderezado
con atavíos que no corresponden a su sexo. ¿Es que ha recu­
rrido a un disfraz para darse a la fuga? No. Los notables de
la tribu, sólo los notables, con manifiesta repugnancia de
sus vasallos, adolecen de un vicio contra natura. Los espa­
ñoles no necesitan hacer muchas averiguaciones para venir
a darse cuenta de que el sorprendido en traza tan fuera de
razón tiene costumbres inmundas. Y por emplearse en el
uso de sodomía, es arrojado a los alanos con gran satisfacción
y no menor algazara de ios indios del pueblo, que van a
buscar a otros señores inclinados al mismo sucio pecado para
que sufran idéntico castigo. El espectáculo es horrible y pone
al descubierto una dura arista del carácter de Balboa. Cin­
cuenta miserables criaturas, para quienes ei sentido moral
que las condena es impenetrable arcano, son hechas pedazos
por los perros. Sus jueces, sin embargo, obran de acuerdo
con los sentimientos que les son entrañables y piensan que
también la ciudad de Sodoma fué destruida por el fuego
de Dios.
La tribu se ha quedado sin jefe y sin jerarcas. ¿Quién im­
pedirá ahora al vencedor que se entienda con los humildes?
Éstos miran al caballero de brillante armadura como des­
cendido del sol. Se postran ante él para besarle los pies y
se llaman sus esclavos. Su entrega es absoluta, tanto que
el hidalgo no vacila en confiarles los españoles heridos y en­
fermos, que recogerá a su regreso. Despide, además, a los
fluías de Ponca por parecerle mejores los que le ofrecen sus
nuevos amigos. ¡Si pudieran ofrecerle también oro y pan...!
Pero no los tienen: son pobres; viven de la caza y se alimen-
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tan sólo do raíces cuando no la encuentran. El extremeño
agradece su buena voluntad y reanuda la marcha a través
del istmo. Le parece percibir en el aire, por captación olfa­
toria, las primeras emanaciones salobres del océano buscado.
Caminan ahora por parajes más agrios. Paquiaco fué
exacto al asegurar que se podía pasar la cordillera en seis
jornadas. Los exploradores, por su parte, si no se equivocan
sus guías, van por donde se puede ir más derechamente al
otro mar. Pero las dificultades encontradas a su paso son
enormes, por lo cual ya tiene previsto Vasco Núñez que tar­
dará en llegar mucho más tiempo del calculado. No se trata
tan sólo de subir y bajar pendientes, internarse por profundós
desfiladeros, rodear picachos y vencer todas las asperezas
de un terreno quebrado y sin caminos. Los más grandes
obstáculos los ofrecen los bosques, los pantanos y los tre­
medales. En los bosques, además de ser muy fácil perderse
y terriblemente fatigoso el abrir una vía a golpes de hacha
entre la maleza, hay que luchar con los reptiles traicioneros
y defenderse de espesas nubes de mosquitos. Las ciénagas
las pasan los exploradores desnudos, con agua hasta los
sobacos, teniendo la ropa sostenida sobre la cabeza y des­
preciando la presencia de monstruosos lagartos y otras ali­
mañas de aspecto imponente; pero de todos modos, se pier­
den algunos indios con su fardaje, tragados por el anegadizo
o el fangal. Otras pérdidas semejantes se han de sufrir en los
ríos, rápidos como torrentes, atravesados en balsas que á
veces se lleva la corriente impetuosa. Aquí hay que saltar
un precipicio, improvisando un puente, que cede al peso de
las cargas con crujido estremecedor; más lejos, árboles mi­
lenarios, derribados por el rayo, obstruyen el paso hasta el
punto que se hace forzoso retroceder para buscar mejor
acceso. Son numerosos los expedicionarios que desfallecen,
cediendo a la fatiga o acometidos por la fiebre; otros han
resultado heridos gravemente a causa de la mordedura de
víboras ponzoñosas o de caídas desgraciadas. Vienen en úl­
timo término, llevados en parihuelas, y son atendidos con
frecuencia por el mismo capitán en persona, que a todos
infunde ánimo con su amable solicitud y sus promesas dé
abundante recompensa.
¿Seis días de camino? No; ya llevan veinte desde su
partida de la tierra de Cáreta. La distancia de mar a mar,
en la parte más ancha del istmo, no es ciertamente superior
a dieciocho leguas, que, en los puntos de angostura máxima,
quedan reducidos a la mitad; pero, a causa de sus rodeos»
los exploradores llevan andadas más de cincuenta, o, al me­
nos, tal les parece.
Ya están cerca, sin embargo, del fin tan afanosamente y
con tanto sacrificio perseguido. Es el amanecer del 25 de
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septiembre y no ha transcurrido un mes todavía desde qup
abandonaron su colonia del Darien. Apenas despertados de
su sueño por los tenues resplandores del alba, mientras se
desperezan y refriegan los ojos entre largos bostezos, entu­
mecidos por otra noche pasada ai raso, ven a los indios de
Cuarecuá que corren disparados hacia Balboa en medio de
una insólita zalagarda.
¿Por qué se muestran tan alegres? ¿Por qué gritan? ¿Qué
desean del capitán? La buena nueva cunde con la celeridad
del aire por el campamento: el mar está allí, detrás de una
altura a cuya cúspide puede llegarse en menos de tres ho­
ras. Varias veces pregunta Vasco Núñez a los cuarecanos si
están seguros de lo que dicen. ¡No han de estarlo! Todos
han visto el m ar Austral varias veces y no pueden equi­
vocarse.
Los españoles se sienten agitados por sucesivas oleadas
de impaciencia y quieren correr hacia la última barrera que
les falta salvar para ver recompensado su esfuerzo. Pero la
marcha se continúa sin prisas, ordenadamente, como lo ha
dispuesto el jefe, bajo los rayos oblicuos del sol nacien*<\
que hieren a los caminantes en los ojos. Ya estando a med'
altura de la montaña, Balboa detiene a su gente. Quiere sv-
bir solo a la cumbre para ser el primero en derramar Ir.
vista por el inmenso piélago ondulado.
Se adelanta, pues, con un guía y trepa apresuradamente
por la ladera. Un corzo parece por su ligereza. Llegado a lo
alto, mira hacia el mediodía. Su emoción estalla en un grito
reflejado por el eco con lejana resonancia. Levanta los bra­
zos al cielo y se arrodilla para dar gracias a Dios. Ha ven­
cido. Ya es un gran descubridor. Ante sus ojos, que tiene
abiertos de par en par, se despliega la maravilla de un golfo
más hermoso de como lo había soñado. Mar de añil, riberas
de esmeralda, islas que deben ser verdaderos paraísos. Y el
agua y el cielo juntándose en lo profundo del horizonte...
¿Qué' dirán ahora en Castilla del hidalgüelo atolondrado?
Se le ha envuelto en un proceso; quizás envíen fuerzas a*
Darien, desde Santo Domingo, para prenderle. Le acusan
de usurpador porque se puso a descubrir sin títulos oficiales.
¡Qué mejor título que este mar por él revelado al conoci­
miento de los cristianos y que sin duda será llamado algún
día mar de Balboa! No llevaba sobre sí un nombre para
situarse ventajosamente entre los favorecidos por el naci­
miento y la fortuna ; pero ha hecho ya lo bastante para que
el suyo modesto, saliendo de la oscuridad, llene el ámbito
del mundo y sea repetido en todas partes con respeto y ad­
miración. Puede el Rey, engañado por intrigantes enemigos,
negarle honores, reducirle a prisión y hasta privarle de la
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vida. Hay, sin embargo, una rosa que ningún poder de la
tierra conseguiría arrebatarle: su gloria inmortal.
Henchido el corazón de sentimientos generosos, no quiero
el descubridor retardar por más tiempo el júbilo de sus com­
pañeros y envía el guía a buscarlos. Llegan ellos ansiofios,
jadeantes, acompañados del estrépito de sus armas y de una
gran algarabía de voces y ladridos. Unos se quedan atónitos,
fija la mirada en la inmensa y móvil llanura que se divisa
a lo lejos; otros prorrumpen en exclamaciones delirantes;
muchos se abrazan conmovidos, sin acertar a decirse nada
coherente Balboa extiende entonces el brazo, señalándoles
el mar, y pronuncia estas palabras:
— Ahí tenéis, amigos, lo que buscábamos con tanto aíán,
premio de nuestros trabajos y sacrificios. Mayor bien y más
honra no podíamos esperar que nos deparara Dios. Éste es
el mar cuya fama ha de ir unida para siempre más a la de
nuestros hechos, pues por descubrirlo hemos desafiado todos
los peligros y resistido cuanto la naturaleza del hombre
puede soportar. Ningún cristiano ha visto antes que nosotros
tanta hermosura. Tierras baña este mar en las cuales, gra­
cias a nuestro descubrimiento, podrá ser predicado el santo
Evangelio, arrancando a sus habitantes de las tinieblas don­
de siempre han vivido. Y esas tierras, las cercanas y otras
que no alcanzan a ver nuestros ojos, esconden riquezas que
no tienen fin. Seguidme como hasta aquí, siempre al servi­
cio de Dios y del Rey, y yo os prometo, si el Cielo continúa
encaminando nuestros pasos, hacer de vosotros los hombres
más ricos del mundo.
El momento no puede ser más propicio para que renue­
ven a Vasco Núñez su adhesión ferviente los que por él han
sido Devados al triunfo. Le abrazan oficiales y soldados y
todos prometen serle fieles hasta la muerte. Luego, respon­
diendo a una orden del hidalgo, todos se arrodillan para
dar gracias al Todopoderoso, que les ha permitido ver rear
lizada la más bella y grande ilusión de su vida.
El sol está ya muy alto. Los españoles desean descender
y acercarse a la playa, aunque antes harán una gran cruz
para dejarla clavada en la cima. Ayudados de los indios
cuarecuanos, que no aciertan a explicarse la razón de ta­
les transportes y ceremonias, cortan un árbol de los más
corpulentos y labran la cruz, que fijan exactamente en el
punto que pisaba Balboa cuando escapó de su garganta ti
grito de victoria: «¡El mar!» Grito que, por su acento, re­
cordaría el de Rodrigo de Triana cuando dió la voz de «¡Tie­
rra!» en la carabela Pinta.
Enhiesta ya la cruz y grabados en los troncos de muchos
árboles los nombres de los Reyes de España, los descubrí'
dores se* encaminan alegremente hacia la tierra bn;ja, que
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les sonríe con su verde esplendor y con el brillo argentado
de sus ríos. Pero antes de llegar al mar, habiéndose aproxi­
mado a un caserío visto ya anteriormente de lejos,tienen que
requerir a sus habitantes para que les avituallen y den in­
formes del país. Los indios, asustados y esquivos, rehuyen
el contacto con los blancos y escapan. £ 1 cacique, que se
llama Chiapes, tampoco gusta de la presencia de extranjeros
en su señorío. Aunque Balboa le envía a decir que desea su
amistad y que correspondería a sus favores con largueza, él
se resiste a entrar en amiganza con un desconocido y ame*
naza con emplear la bolencia si continúa importunándole.
No hay más remedio que disparar unos cuantos tiros y azu­
zar a los perros contra los guerreros de Chiapes. Éste com­
prende en seguida que lleva las de perder y se confía a la
magnanimidad de sus temibles visitantes. Se concierta la
paz. Como ocurre siempre en estos casos, el indio da todo
lo que tiene — oro, bastimentos, esclavos — y recibe en el
trueque solamente unas baratijas. Pero Chiapes queda con­
tento y colma de atenciones a los mismos que horas antes
había querido exterminar. No hay hipocresía en este pro­
ceder, explicable por la simplicidad del salvaje. Tan con­
vencido queda Balboa de que le será fiel, que se instala en
el pueblo, despide a los guías y envía a buscar a los heri­
dos y enfermos dejados en Cuarecuá. Ha dispuesto también
que se adelanten, por distintos caminos, para explorar la
comarca, Francisco Pizarro, Juan de Ezcaray y Alonso Mar­
tín con sus correspondientes patrullas de vanguardia.
* * *

Cuatro días deja transcurrir el descubridor antes de de­


cidirse a bajar a la playa, todavía algo distante. Ahora, por
lo que le cuentan sus oficiales retomados de su exploración,
sabe que el camino hasta el mar está expedito, que la ribe­
ra es muy hermosa y que los naturales del país parecen
mansos y serviciales. Sólo se lleva una escolta de veintiséis
hombres, entre los que se cuentan el clérigo Andrés de Vera
y el escribano Valderrábano, testigos de la máxima auto­
ridad para lo que se ha de hacer.
Llegan al m ar avanzada ya la tarde. Se encuentran en
la parte oriental del gran golfo de Panamá, visto por los
descubridores desde la cumbre de Pirre. Han desembocado
en un seno más pequeño, que llamarán golfo de San Miguel
por haberlo descubierto en ese día. El paraje es maravi­
lloso por la exuberancia de sus orillas y por la multitud de
islas y cayos que lo embellecen. Por todas partes se ven pal­
mas reales y finas arecas, cuyos elevados penachos mueve
H viento con ritmo cadencioso. Las islas, grandes y peque-
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ñas, pasan de un centenar, dicen los chispase*; pero muy
pocas son habitadas.
La marea está baja. Para dar tiempo a que suba, los es*
pañoles recorren un buen trecho de la playa, recreándose en
la contemplación de un paisaje encantador. Les parece que
las tierras de este lado del istmo son más pródigas y sanas
que las del Darien. Discutiendo sobre este tema, se tienden
en la arena, emperezados y locuaces.
Por fin, viene la pleamar. Aparecen ahora, flotando sobre
las ondas, unas manchas negras muy grandes, que los descu-*
bridores observan con cierto sobresalto. ¿Será un mal au­
gurio? Los indios acuden a tranquilizarles, explicando el
fenómeno: se trata de bandadas de cuervos marinos que
suelen posarse en el mar, pegados los unos a los otros, y hun­
den sus cuellos en el agua en busca de pececillos que cons­
tituyen su alimento. Cuando baten las alas, terminada su
pesca, se produce un revoloteo infernal, que ensombrece el
espacio.
Ha llegado el momento que esperaba Balboa, quien, ar­
mado de todas armas, llameante en la cimera del yelmo un
airón de plumas coloradas, en una mano la tizona desnuda
y en la otra el pendón morado de Castilla, donde aparece pinw
tada la imagen de la Virgen, se adentra en el m ar hasta lle­
garle el agua a medio muslo. Sus compañeros se han ade­
lantado también, aunque se mantienen a respetuosa distan-
em, sintiendo en su corazón de españoles la solemnidad de
la declaración que van a oír. Dando su voz al viento, grita
el capitán con toda la fuerza de sus pulmones:
— i Vivrn los altos y poderosos Reyes de Castilla! Yo tomo
posesión, en su nombre, de este m ar y de las tierras que baña,
y si otros príncipes, infieles o cristianos, dijeran tener de­
recho a estos países y estas aguas, dispuesto han de encon­
trarme a contradecirles y darles guerra mientras me quede
vida.
Siguen a estas palabras las aclamaciones de todos los pre­
sentes, que juran a su vez defender también hasta la muerte,
contra todos los príncipes del mundo, lo que con tanto es­
fuerzo y sacrificio han descubierto para la Corona de España.
Prueban luego el agua del mar, graban en los árboles la
señal de la cruz y los nombres de sus soberanos, abrazan a
su jefe y disparan al aire sus arcabuces.
Ya está entre tanto Andrés de Valderrábano levantando tes­
timonio del acto: «Y hechos los autos y protestaciones con­
venientes, obligándose a defender el mar descubierto por el
magnífico y muy noble señor capitán Vasco Núñez de Balboa,
se pidió este testimonio...»
El escribano pide que vayan desfilando, para dar su nom­
bre, todos los asistentes a la ceremonia, quedando la listo
108
formada de este modo: Vasco Núñez de Balboa, Andrés de
Vera, Francisco Piz&rro, Beraardino de Morales, Diego Albí­
tez, Rodrigo Velázquez, Fabián Pérez, Francisco de Valde-
nebro, Francisco González de Guadalcama, Sebastián de Grí-
jalva, Hernando Muñoz, Hernando. Hidalgo, Alvaro de Ro~
¡años, Ortuño de Baraealdo, Franoisco de Lucena, Bemardino
de Cienfuegos, Martín Ruiz, Diego de Tejarina, Cristóbal
Daza, Juan de Espinosa, Pascual Rubio, Francisco Pesado,
Juan del Portillo, Juan Gutiérrez, Francisco Martín y Juan
de Beas.
«Estos veintiséis y el escribano Andrés de Valderrábano
fueron los primeros cristianos que los pies pusieron en la
m ar del Sur, y con sus manos todos ellos probaron el agua,
que metieron en sus bocas, para ver si era salada como la de
la otra m ar ; y viendo que lo era dieron gracias a Dios...»
Acabado de escribir el histórico documento, se emprende
el regreso al caserío de Chiape, donde el obsequioso régulo
ha preparado una fiesta con areitos y danzas.
Quedan ahora por conquistar los demás caciques comar­
canos. Es una política de atracción que no admite aplaza­
miento, porque una oportunidad desaprovechada difícilmen­
te se recupera. Aunque dispone de fuerzas escasas, ha visto
ya Balboa que los indios le temen, y no hay como parecer
fuerte para ganarse amigos. Siempre es posible una reac­
ción contraria, pero disminuyen sus probabilidades si se
previene a tiempo sellando compromisos de amistad. Chia-
pes ha dado informes interesantes de sus vecinos Cuquera
y Tumaco, que señorean en la ribera y tienen fama de ricos.
¿Por qué no someterles antes de retom ar al Darien? Pri­
mero se emplean medios suasorios. Si falla la persuasión,
se recurre a las armas. Ver al mar, amojonar la tierra, de-
jar levantada en un picacho una gran cruz, prestar jura­
mento, levantar un acta, todo eso apenas rebasa, el orden
de lo formulario, y hay que hacer algo más positivo que
revalide la posesión.
Se prepara, pues, una incursión por los dominios de Cu­
quera. Hay que atravesar para ello un caudaloso río y el
solícito Chiapes facilita las canoas necesarias. Cuquera rece­
la de unos extranjeros que acuden a ofrecerse como ami­
gos con la espada en alto y se muestra por esta razón r e ­
miso a las negociaciones. Se le amedrenta con un alarde
de poder y se le envían después algunos chiapeses influyen­
tes, que le alcanzan cuando ya se ha dado a la fuga. Se deja
convencer tras de larga porfía y acepta la paz que le ofre­
cen. El oro obtenido de este régulo no es mucho; pero, en
«ambio, tiene perlas en abundancia, que pone en las manos
de sus debeladores para hacerse grato. Perlas notables por
su grosor, aunque no dgl más limpio oriente por haber sido
109
secadas al fuego. El ('arique, contratando a las preguntan de
los españolee» que desean saber ele dónde saca las perla»,
.señala una de las islas diseminadas por el golfo.
Le acomete a Balboa un deseo irresistible de visitar la
isla indicada por el indio, que no parece hallarse o más de
media legua de la playa, aunque, en realidad, la distancia
es mucho mayor. El extremeño, súbito en sus resoluciones,
no tiene en cuenta el estado del mar, agitadísimo, y ordena
que se tengan preparadas las c a n o a s con víveres para el día
siguiente. Cuquera trata de hacerle comprender que la tra ­
vesía del golfo no es un paseo y que la fuerte m arejada au­
menta sus peligros. La Luna no es propicia para excursiones
marítimas, pues se señala por sus lluvias torrenciales, vien­
tos huracanados y furiosas borrascas.
Pero Vasco Núñez se ríe de estos consejos y temores, que
toma por aprensiones hijas de una superstición. ¡Qué pue­
den saber los indios de las cosas del mar, acostumbrados
como están a no alejarse más de trescientas brazas de la
costa! Un español de su temple y experiencia, cansado de
navegar y náufrago varias veces, no puede arredrarse por­
que vea romper las olas con violencia contra unos arrecifes.
La sensación del riesgo actúa como excitante de su energía.
Por esto cuanto más le ruegan para que no embarque, más
imperioso es su deseo de embarcar.
El día siguiente amanece también borrascoso. Los indios
dicen que las canoas no resistirán el vendaval, que puede
volcarlas; pero Balboa ha dado la orden de. partir, y sus
hombres, con ánimo no menos intrépido, embarcan alegre»
mente, entre retozos y canciones. Son sesenta los que siguen
a su capitán, todos los que caben en las barcas, y el mis­
mo Chiapes, por amor a los españoles o porque no quiere
parecer cobarde, pide que le dejen acompañarles.
Con dificultad consiguen alejarse de ia playa a golpes
de rema El mar, cada vez más hosco y agitado, parece
romo si quisiera dar una lección a los insensato*'que han
osado desafiar su furia y que ya son juguete de las olas,
sin que les valga bogar vigorosamente. La lucha es deses»
perada y dura largas horas, hasta que Balboa, viendo qtit
no hay fuerzas humanas que puedan gobernar las barcal,
tiene que arrepentirse de haberse dejado arrebatar por su
vehemencia. A la isla de las perlas no llegarán, ya lo está
viendo, y tampoco se puede retroceder, porque han avan­
zado demasiado. Sé acogen en un cayo, o rompiente, él
refugio que tienen más próximo, dispuestos a esperar ufí*
tregua de loa encrespados elementan. Amarran las canon*
una« con otras, para que el oleaje no las disperse, y bUl-
n»n un rincón que los defienda del viento. Be sacudid
] id
como perro» mojado», porque et»lún chorreando; pero no
han perdido el buen humor y se ríen de su «ventura.
Les espera, sin embargo, una nueva sorpresa desagra­
dable. No han previsto el peligro de la pleamar, acaso
porque en el Urabó se desconoce el flujo y reflujo de las
aguas. Habían olvidado que se encuentran en otro golfo,
donde todo es nuevo para ellos. La isleta donde han tenido
que ampararse es baja, tan baja que llega a sumergirse,
completamente con la crecida de la marea. Situación tanto
más angustiosa por no quedar ni el recurso de subirse a los
árboles, debido a que no los hay. Resignados a perecer,
los náufragos se agrupan, formando apretada piña, y así
pasan la noche con el agua hasta la cintura, llamándose
constantemente unos a otros para cerciorarse de que no se
ha perdido ninguno.
Amanee* el día bonancible y se les pasa el susto. Han
recobrado todo su valor. Se ríen otra vez, si bien luego
están a punto de llorar viendo que las canoas, medio estro­
peadas por el temporal, son miserables cascajos de donde
han desaparecido las vituallas, quedando en su lugar sólo
un lastre de arena. No hay más remedio que intentar el
salto a la costa, confiándose a las alas que da el hambre.
Con hierbas, con pedazos de tela arrancados de sus jubones
y camisas, con todo lo que encuentran a mano, calafatean
las barquillas hendidas y empuñan los remos animosamen­
te, pensando alcanzar la ribera. Lo consiguen a coata de
sobrehumanos esfuerzos y desembarcan en un lugar desco­
nocido. Chiapes dice que han arribado al feudo de Tuma­
co. ¿Cómo les tratará este cacique? Balboa, viendo a sus
hombres desnudos y extenuados, no tiene ganas de pelea.
Pero Tumaco ha huido. Chiapes tiene que lanzarse en su
busca, acompañado de algunos criados, para ofrecerle la paz
de los españoles.
Las negociaciones requieren tiempo y a los que esperan
le» atosiga la necesidad. La entretienen comiendo dátiles
agrios, guayabas y mariscos. Por fortuna, Tumaco, tranquili­
zado por el mediador, envía un hijo suyo a parlamentar
y acaba sometiéndose. No es indio belicoso. Entrega a Bal­
boa seiscientas onzas de oro y algunos puñados de perlas,
socorriendo al mismo tiempo a su tropa, que en esta oca­
sión, como en otras semejantes, se olvida un poco de lo rico
para pensar sólo en lo comestible. Sin embargo, remediados
de su desfallecimiento, los castellanos recaen en la pasión
que les domina. Oro no parece haber mucho en el país; las
perlas, en cambio, abundan tanto que los indios adornan
con ellas sus arcos y hasta los remos de sus canoas. Tumaco.
cuya complacencia y generosidad van creciendo por grados,
bu descubierto el ñaco de sus huéspedes. Para retenerlos
111
más tiempo a su lado y para dejarles más satisfechos, man
da a pescar más perlas. A él nada le cuesta obtenerlas 3
así puede llenar los bolsillos de unos extranjeros con quie
ne* le conviene mantenerse en relaciones cordiales.
De todos modos, hay en el golfo otras playas de mayoi
riqueza perlífera. En la isla Terarequi, distante cinco leguai
del feudo de Tumaco, se cogen perlas grandes como el ojc
de un hombre, criadas en conchas que podrían servir de
rodela a los guerreros. Así lo cuentan, al menos, los indios
El cacique facilita informes de otras regiones de Tierra Fir*
me donde el oro abunda tanto que apenas si la gente U
concede valor. Son las primeras noticias que llegan a Ioí
descubridores de la existencia del Perú. Tumaco extiende
eí brazo con dirección al Este. Hacia allí, muy lejos, está la
tierra de los Incas, señores muy poderosos, de quienes se
dice que viven en palacios resplandecientes y tienen ejér­
citos innumerables. Sobre la arena dibuja el régulo, tosca­
mente, la imagen de un cuadrúpedo que parece un camello
y quiere ser la llama, que emplean los peruanos como bes­
tia de carga. Explica la utilidad de este extrañó animal
y añade tantos detalles referentes al fausto, opulencia y po­
der de los Incas, que, oyéndole, llegan los españoles a sen­
tirse alucinados.
Quiere Balboa que se tome testimonio escrito de todo lo
declarado por Tumaco para enviarlo a Castilla. Con ello
piensa acrecentar el valor de su descubrimiento a los ojos
del Rey y encender la codicia de los ministros y altos fun­
cionarios que dirigen los negocios del Nuevo Mundo. La sed
de oro que mueve a los hombres lanzados a descubrir, des­
contada su forma de expresión, es semejante en el fondo
a la sentida por los cortesanos y por el mismo monarca,
cuya» arcas vacian de continuo los dispendios de las gue­
rras y exploraciones. Balboa lo sabe y por esto especula
con la atracción que ejerce sobre todos, desde el Rey para
abajo, la riqueza de Tierra Firme.
La estancia de los españoles en el dominio de Tumaco se
prolonga hasta que regresan los pescadores de perlas coto
el producto de su excursión. Seis libras de perlas recién
pescadas son añadidas al botín recogido, inesperadamente*
a consecuencia de un fracaso. La angustiosa noche pasada
en el cayo sumergido, perdida toda esperanza de salvación»
bien merece este premio, otorgado a la audacia. D esafian#
a los elementos hostiles, con terquedad de insensato, habí*
partido Vasco Núñez en busca de perlas, y si no pudo llegar
adonde iba, si se vió con el agua al cuello y sintió sobre SUS
ojos los dedos helados de la muerte, no por eso se qu«dS
sin perlas, y, además, ha ganado una provincia.
Pero ya es tiempo de retornar al Darien, porque la trop*
112
necesita deseando. Sin contar con que pienáa ahora el ca­
pitán conocer nuevas tiernas en su paso a través de la sie­
rra, siguiendo distinto camino del que trajo, y ello implica
detenciones, rodeos y dificultades que no dejarán de pro­
ducirse. Tumaco acompaña a los españoles hasta el pueblo
de Chiapes y aquí se despide Balboa de los dos caciques.
Leales y fervientes amigos uno y otro, como ha demostrado
serlo también Cuquera, lo que más complace al extremeño
es haberles ganado tan fácilmente la voluntad, hecho que le
autoriza a considerar ya como perteneciente a la Corona de
España las regiones por donde ha pasado, puesto que tiene
sometidos a sus señores.
Al despedirse del hidalgo, Chiapes se conmueve hasta
verter lágrimas. Balboa le confía sus soldados enfermos,
para que los cuide, y le promete volver en breve plazo. Quie­
re fundar en el golfo de San Miguel una colonia como la del
Darien. Más todavía: la exploración del mar descubierto re­
quiere naves de gran porte que sólo pueden ser construidas
en uno de sus puertos. Se imagina un arsenal ya puesto
en marcha, agitado por febril actividad, lanzando carabelas
en todas direcciones para extender la fe de España hasta las
tierras más remotas y dar a su grandeza el ámbito del uni­
verso,
• • *

Vasco Núñez se pone en camino confiando en que la reso­


nancia de sus victorias, ya extendida de un lado al otro del
istmo, forzosamente ha de contribuir a facilitarle nuevas con­
quistas. En efecto, su fama de invencible ha cundido entre
numerosas tribus todavía no visitadas, cuyos caciques, es­
carmentando en cabeza ajena, se guardarán de presentar
batalla a unos extranjeros que se dice son hijos del sol y pue­
den fulminar el rayo con sus máquinas de guerra. Como sal­
vajes, los indios creen en lo sobrenatural; todo lo que esca­
pa a su corto conocimiento les intimida y anonada, con
mayor motivo tratándose de un poder que amenaza con em­
plearse en su daño. Saben que cuantas veces se ha querido
resistir a los hombres blancos, ha costado el atrevimiento
la pérdida de muchas vidas, repitiéndose indefectiblemente
el caso extraño de vencer los menos a los más, con la par­
ticularidad, cosa ya inaudita, de quedar indemnes los ven­
cedores, como si fueran invulnerables. Esto último es una
evidente exageración del miedo, pues los españoles sufren
también pérdidas que no tratan de ocultar; antes bien, si
adolecen de algún quebranto físico, por la causa que sea,
se ponen en manos de los indígenas para que los cuiden,
y éstos pueden ver cómo se quejan, como les retuerce el
113
dolor, como se debaten en tu impotencia, sujetos a todas
las flaquezas de la carne. El indio seguirá atribuyendo al
hombre blanco, no obstante, una condición contra la cual
nada pueden sus armas primitivas, impresionado* sin duda
por no haberle visto caer en los combates sino muy raras
veces, y así se va formando una leyenda de invulnerabi*
lidad que sólo pueden destruir el tiempo y la experiencia.
Entre tanto sirve, junto con otros abultamientos de la fama,
para facilitar a Balboa su labor de captación: los caciques
se entregan uno tras otro y aceptan al capitán castellano
como aliado o como señor, sin discutirle un derecho que
se ha otorgado a sí mismo. Si no ofreciera más resistencia
a su paso la naturaleza abrupta, causa de penalidades que
van siempre en aumento, su regreso al Darien, por tierras
ni sometidas ni exploradas, sería como una marcha triunfal.
De los dominios de Chiapes pasan los españoles a los
de Techoan, quien los recibe con los brazos abiertos, dán­
doles oro y perlas en gran cantidad y poniéndose incondi­
cionalmente a su servicio. Parte con ellos sus provisiones
de maíz y salazón de pescado, les presta cuantos carga­
dores necesitan para llevar el fardaje, les proporciona guías
conocedores de todos los caminejos y hasta un hijo suyo
quiere formar parte de la caravana para de este modo
honrarles más. Ponera, vecino y enemigo de Techoan, es­
capa antes de que los extranjeros barbudos invadan su
señorío; pero como quiera que son encontrados en su casa
tres mil onzas de oro, se le envía a buscar para interro­
garle sobre el origen de esta riqueza. El cacique se resiste
a volver porque teme una traición de los suyos, a quienes
tiene tiranizados, y cuando, a fuerza de muchos ruegos y
promesas, acepta una entrevista con Balboa, éste se espan­
ta de su catadura. Es un engendro repugnante, de dañada
expresión, contrahecho y disforme, a cuya sola presencia
tiemblan todos los de su tribu como si fuera el demonio.
Dice que el oro que se ha encontrado en su bohío lo here­
dó de sus mayores. En esto se mantiene, aunque le dan
tormento para que sea más explícito. El pobre hombre
acaso no sabe más de lo que confiesa, pero su facha hace
sospechar a los españoles que se trata de un avaro empe­
dernido y son con él implacables. Acusado por los suyos
de ser un déspota cruel, de tener prisioneras a varias hija>s
de otros señores comarcanos y de vivir entregado a vicios
contrarios al orden natural, Balboa dispone que sea arro­
jado a los perros romo se hizo con los sodomitas de To-
recha.
El extremeño, como hombre de su tiempo, tipne en cier-
tos momentos la dureza del cuarzo, o tal vez diriase nie
jor la del diamante, que, además de ser duro, centellea-
Sensible al dolpr ajeno, siempre m el primero «a acudir
al soldado herido, a quien distingue con un trato fraternal,
que le vale el ser mirado por su gente con verdadero axhor.
Se quita el pan de la boca para dárselo al hambriento y
sabe como nadie consolar al afligido en los trances de ma­
yor tribulación. Es considerado con los indios que le sir­
ven y no tolera a sus. compañeros que abusen del inferior,
contraviniendo la ley de Cristo, que ampara al débil y al
humilde. Pero cuando estima que ha de hacer un escar­
miento, su rigor es el que corresponde a las costumbres y
a la sensibilidad de una época extremadamente cruel en
los castigos. Ponera, verdugo de víctimas inocentes, ha sido
empujado, sin embargo, al suplicio por su propia maldad;
pues al condenarle Balboa a una horrible muerte, lo hace
así para dar satisfacción a millares de resentidos que cla­
man venganza.
Se producen estos sucesos pasados ya muchos días des­
de que los españoles volvieron las espaldas al mar descu­
bierto. Con el tiempo transcurrido, los heridos y enfermos
confiados a Chiapes vuelven a gozar de salud y es en la
tierra del malhadado Ponera donde consiguen reincorpo­
rarse a la hueste exploradora. Llegan acompañados de Bo-
nonamá, reyezuelo que se les ha juntado porque quiere cono­
cer a su capitán, por quien siente una exaltada admira­
ción, aunque nunca le ha visto. Vasco Núñez le recibe
con agrado y el indio le entrega diez libras de oro que le
ha traído como prenda para que le recuerde. Casos de ad­
hesión espontánea, como el de Bononamá, se dan varios.
No todos los caciques se presentan: la mayoría envían em­
bajadores con regalos de oro y ofrecimientos de alianza in­
quebrantable. Alguno llega a excusar su incomparecentia
en no considerarse digno de tener amistosa comunicación
con varones que parecen descendidos de los cielos. Los in­
dios se han acostumbrado a divinizar a los castellanos, en­
tre otras razones porque ven resplandecer sus capacetes,
I corazas y rodelas.
Un mes entero permanece Balboa en el pueblo de Pon­
era, que bautizará con el nombre de Todos los Santos, sa­
liendo del mismo colmado de homenajes y con mucho más
oro que maíz, debido a que los habitantes de la sierra, todos
filos intrépidos cazadores, descuidan por esta afición la la**
branza y andan siempre escasos de grano.
Con todo, ni el tipo ni las costumbres de los indios pre­
sentan diferenciaciones muy sensibles al pasar de la costa
la montaña. Son todos de un color entre leonado y ama­
nillo, de estatura mediana y rostro lampiño. Solamente los
nu,.v principales y los sacerdote* cubren su cuerpo con am-
plias mantas de algodón, blancas o de color, que llevan ter-
115
ciadas a modo de capas. Entre las mujeres, solamentp l&g
emparentadas -con los notables visten unas sayas largas
hasta los pies, aunque de cintura para arriba van desmj.
das. La prostitución no se considera una infamia y el li­
bertinaje alcanza, a todos los testados en sus peores formas,
siendo de notar en este punto ciertas contradicciones des*
concertantes. Por ejemplo: la misma m ujer del cacique,
frecuentemente in'fiel, no oculta el adulterio ni lo tiene por
deshonra, y, sin embargo, imitando a lá matrona de Efeso,
cuando el señor muere, pide que la maten también a ella
y que la entierren al lado de su esposo. Ello por tradición,
no por amor; pues el cacique, generalmente, un déspota
para todo ei mundo, trata a sus mujeres como a esclavas
y las tiene por docenas.
Quienes gozan de mayor predicamento cerca del régulo
son los capitanes de sus tropas y los sacerdotes. Estos últi­
mos son consultados como oráculos antes de emprender una
guerra y en los casos de estrechez y enfermedad. El señor
es casi siempre llevado en andas por sus vasallos y a su
paso se postra la muchedumbre hasta dar con la cara en
el polvo. Dispone de vidas y haciendas, siendo también el
único encargado de administrar justicia. El delito que cas­
tiga con mayor severidad es el hurto de maíz y la pena con­
siste en cortarle las manos al ladrón, que después ha de
llevar colgadas del cuello.
El dios más generalmente adorado es el sol, esposo de
la luna, que hace las tempestades en el m ar jr en la tierra,
fulmina los rayos, dispara los truenos, hincha las nubes y
las convierte en agua, mueve el huracán, decide la suerte
de las sementeras y fija, en fin, el destino de las criaturas.
Pero los indios, extremadamente supersticiosos, tienen al
mismo tiempo innumerables fetiches, trasunto del demonio
por su catadura, a los que ofrendan pan, frutas y flores, así
como el humo de plantas olorosas quemadas al pie de sus
altares.
A partir del feudo de Ponera, se le s hace el camino a
los españoles cada vez más penoso, a causa de lo agrio y
enmarañado de las regiones que tienen que atravesar. Los
caseríos son escasos y miserables. Sólo muy de tardé en
tarde encuentran alguna tribu nómada que se alimenta de
lo que caza o pesca en los ríos, no pudiendo por esto sacar'
les de su penuria. Tienen que defenderse de algunas bes­
tias feroces, como el jaguar, al que temen los perros, )’
como el cocodrilo, que llena por completo los pantanos
Monos los hay a millares, pardos y negros, grandes y chi-
eos, que en determinados parajes arman una algarabía
sordecedora, y, en cuanto a los insectos, son p articu larm en
te molestas las garrapatas y la s chinches con alas, que n°
Ufi
permiten sosiego. Por fortuna, la misma necesidad en que
ge ven los exploradores de sumergirse en ríos y anegadizos*
les alivia de la tortura de los parásitos. Así se acostumbran
muchos a nó llevar encima más ropa que unas someras
bragas, o zaragüelles, y como tienen la piel tostada por el
sol y van casi desnudos, apenas se diferencian de los indios.
Cuando están muy cansados, se tienden a la sombra de
los hobos, árbol muy hermoso, fresco y sano, de cuyas raí­
ces extraen un líquido, fluido como el agua, que emplean
como panacea contra todos los males. El hobo es todo lo
contrario del manzanillo, pues basta su sombra para aliviar
al doliente. Algo había de haber, en medio de la selva tó­
rrida, cuyo frescor fuera como un sedante contra los ardo­
res del trópico. Con el-algua del hobo se lavan los españo­
les los pies; se curan heridas, pústulas y ronchas; comba­
ten el dolor y la hinchazón de las piernas. Bebida, les sirve
de preventivo y de refresco.
Pero como a la fatiga de las duras jomadas se añade
la privación de lo más necesario y en el hobo no se encuen­
tra remedio contra el hambre, algunos indios, no acostum­
brados a tales trabajos, caen desvanecidos para no levan­
tarse más, mientras se ciernen aldededor de sus cuerpos exá­
nimes negras bandadas de grajos.
Siguen los españoles su camino por tierras estériles y
fragorosas, o por inextricables maniguas, aumentando su
conocimiento de una fauna cuya variedad no tiene fin. Aquí
se tropiezan con el león negro, allí con el tigre pintado,
más lejos con el chunzo, el oso hormiguera o el tapir. Han
visto la nutria bañarse en los arroyos, el corzo y el vena­
do saltar sobre las breñas, al puerco espín trepador aso­
mar el hocico por entre las ramas de los árboles. Aves
zancudas y papagayos, de vistoso plumaje multicolor, lle­
nan las regiones bajas; en las altas, se ve remontar el
vuelo al águila real.
Andando, andando, llegan los caminantes, por fin, a un
( país de aspecto acogedor, donde observan señales inequí­
vocas de estar habitado por el hombre. Manda aquí un
reyezuelo llamado Chioriso, quien, deslumbrado por la fama
de los españoles, desea retenerles a su lado. Con su ayuda
haría la guerra a otro régulo cuya vecindad le resulta eno­
josa. Pero Balboa no encuentra en los silos de Chioriso el
grano que necesita ’para dar de comer a su gente, por lo
cual, después de haber obtenido con rescates más de mil
onzas de oro, se traslada al dominio de Pecorosa, siempre
buscando bastimentos. Ya sus soldados, abatidos por la
necesidad, no se dejan conmover por una riqueza inútil.
Pecorosa acoge a sus visitantes con alegría y les ofrece
nianto tiene. Pero hay otro cacique en la comarca que dis­
117
pon* d t más abundantes recurses, Tubcnamá, señor d«
mucha tierra, ambicioso y guerrero, al que temen sus igua­
les más que a la peste, porque no Ies deja tranquilos. Bal­
boa envía mensajeros a explorar el ánimo de Tubanamá,
que se muestra inaccesible, insolente y acometedor, de
acuerdo con su fama, contrariando de este modo los pla­
nes del hidalgo, esta vez sin ganas de pelea. Sus hombres,
que han sufrido mucho y se hallan casi agotados, contán­
dose entre ellos muchos enfermos, necesitan descansar y
reponer sus fuerzas. Pero las vituallas facilitadas por Fe*
corosa son insuficientes. El remedio está en los graneros
de Tubanamá, defendido-, desgraciadamente, por una nube
de combatientes muy capaces de rechazar el asalto, con ma­
yor motivo siéndoles la ocasión tan favorable.
Sin embargo, para las situaciones difíciles están los gol­
pes de audacia. Piensa Vasco Núñez que si consigue apode­
rarse de la persona del régulo, se le entregará la tribu,
porque los indios no ss.ben gobernarse cuando quedan sin
jefe y pierden en seguida su combatividad. Sin contar con
que Tubanamá, como Ponera, es odiado en toda la comar­
ca, pudiendo preverse que, si llegan a verle vencido, levan­
tarán cabeza todos sus enemigos, siempre dispuestos a for-
mar alianza con el vencedor. Depende todo de que no falle
la maniobra en su golpe inicial.
Entre sus hombres desfallecidos, encuentra Balboa a se­
senta que se sienten con ánimos de probar fortuna. Con
ellos armados hasta los dientes, parte hacia la residencia
del reyezuelo, a quien pretende secuestrar, y hace dos jor­
nadas en un día para mejor sorprenderle. Llegará al po­
blado a medianoche, sigilosamente, conducido por guías
que ha obtenido de Pecorosa, y cogerá descuidada a la
guardia, si la hubiese.
Los hechos se desarrollan exactamente de a c u e rd o con
este plan. Aprovechando la circunstancia de hallarse las
casas del lugar bastante separadas unas de otras, los espa­
ñoles consiguen acercarse a la del cacique sin ser vistos de
nadie y se apoderan de todos sus moradores. Ni siquiera
han tenido necesidad de emplear las escopetas, que alar­
man con su estruendo. Sin oponer resistencia, porqué el
ataque les ha cogido en lo mejor del sueño, Tubanamá y
sus familiares, así como la guardia y la servidumbre, tie
nen que entregarse. Dato curioso es que entre la familia
del régulo se cuenten nada menos que ochenta mujeres
Dado con suerte este primer paso, definitivo para el éxít°
de la empresa, se hace correr la pólvora por el pueblo >’
se pega fuego a una docena de bohíos para amedrentar 8
los guerreros indígenas, que son fácilmente reducidos a *a
impotencia. Como había previsto Balboa, los indios, al
J18
cautivo a su señor, quedan tan impresionados que no acier­
tan a defenderse, y a los españoles nada les cuesta dominar
en absoluto la situación, lo cual les permite llegar a los
silos donde se guarda el maíz, que es lo que más codician.
La noticia de la prisión de Tubanamá corre como el
viento y no tardan en presentarse los caciques de toda la
comarca para pedir el castigo de aquél ante cuyo poder
se habían inclinado contra su voluntad. Y a sus querellas
se suman las dé otras víctimas más humildes, pero no me­
nos rencorosas, que formulan contra el cautivo cargos
horrendos. Ahora observa Balboa que si ha de dar satis­
facción a todos los que se consideran vejados, los encon­
trará dondequiera a montones, porque todos los caciques
abusan de su posición y de su fuerza y hasta los blandos
y complacientes tienen enemigos. Se repiten en el caso
de Tubanamá las mismas historias referidas acerca de To-
recha y de Ponera.
¿Han de ser los castellanos instrumentos ciegos de la
venganza ajena? De ningún modo. Su capitán quiere obrar
con cautela en adelante, cuando le demanden justicia, y
no se deja impresionar por el griterío de los salvajes. Amo­
nesta al acusado públicamente y con áspera severidad. Des­
pués manda que se le sumerja en un río que corre cerca del
pueblo. No pretende sino asustarle y complacer en cierto
modo a los que piden su muerte. Pero la tragedia no se con­
suma.
Tubanamá es puesto en libertad después de haber demos­
trado en el tormento una resistencia física y un temple mo­
ral digno de un gran señor. Esto agrada a Balboa, quien
recibe del indio, agradecido por su clemencia, seis mil pe­
sos de oro y otros valiosos regalos. ¿De dónde ha sacado el
oro? No lo quiere decir o no lo sabe. Se hacen actas en dis­
tintos lugares señalados como probables yacimientos; pero,
aunque se encuentran pequeñas partículas del rico metal,
como no se ha hecho nada más que escarbar la tierra, la
incertidumbre subsiste. Puede haber minas, puede no ha­
berlas. Por si Tubanamá no ha querido revelar su secreto
y en previsión de que tomara represalias sobre sus acusa­
dores. los españoles se quedan en rehenes a las mujeres y
a un hijo del cacique.
Llevan ya Balboa y sus compañeros cuatro meses de un
ajetreo agotador. El mismo capitán, pese a su naturaleza de
hierro, tiene que declararse al fin vencido por la fatiga, y
os por esto que apresura su retomo al Darien. Tendrá que
ser llevado, como otros enfermos, tendido en una hama­
ca y en hombros de los indios, porque le devora la fiebre
.v no puede sostenerse en pie. Ahora se dirigen al dominio
Comogre, donde encontrarán novedades: el viejo señor
119
ha muerto, sucediéndole en el gobierno de la tribu su pri­
mogénito. Como éste es tan amigo de los castellanos como
lo fuera el padre, los recibe con albricias, sobre todo al re­
cordar que hubo de ser el primero en informarles sobre la
existencia del mar Austral, de cuyas orillas vuelven carga­
dos de riquezas. Balboa, que está muy agradecido al joven
y despierto Panquiaco, le abraza con efusión y accede a su
deseo de permanecer en su casa algunos días.
Puestos otra vez en camino los expedicionarios, ya con
ganas de verse nuevamente en su Santa María la Antigua,
tropiezan en el feudo de Ponera con cuatro españoles que
les dan muy buenas nuevas de la colonia: en el Darien todo
está en orden; la cosecha ha sido abundante;, se trabaja
cada día con más ardor, y, en fin, han llegado de Santo Do­
mingo dos navios con muchas provisiones y algunos refuer­
zos. Noticias en extremo agradables, a las que puede corres­
ponder Vasco Núñez con estas otras: ha descubierto el mar
del Sur, ensanchando con ello el mundo conocido ; ha so­
metido a las tribus del golfo de San Miguel y de la cordi­
llera del istmo, en su extremo oriental; trae, como botín
de su victoria, más de cuarenta mil pesos de oro y media
arroba de perlas, ropas de algodón tejidas primorosamente
y ochocientos esclavos; sabe que entre las tierras que baña
el nuevo Océano está la de los Incas, príncipes que viven
en palacios áureos, resplandecientes como el sol...
Ya es hora que los de la Antigua sepan que no se ha
perdido el tiempo, i Menuda sorpresa les espera ! Acaso les
deslumbre sobre todo el tesoro que verán salir de los far­
deles; pero hay algo incomparablemente mejor, que es la
posesión de los secretos de la tierra: son riquezas inmen­
sas, ya casi al alcance de la mano. Y luego, un nuevo ca­
mino abierto a las maravillas de Oriente.
Balboa se dirige al puerto de Cáreta, donde debe embar­
car con su gente para dirigirse al Urabá, y llega al Darien,
sin sufrir contratiempo, el 19 de enero de 1514.
Vuelve con los mismos españoles que le acompañaban al
partir. No ha perdido, en sus duras exploraciones y bata­
llas de cuatro meses y medio, ni uno solo.
vm
GENTE NUEVA

i _

Ni Vasco Núñez de Balboa volvería a tener en el resto


de su vida un día tan venturoso como el de su llegada al
Darien, después de haber descubierto el Océano Pacífico,
ni la breve historia de Santa María la Antigua registra
otra fecha memorable como la del 19 de enero de 1514. El
recibimiento que se hiciera al descubridor había de estar
a la altura de su hazaña, que significaba el triunfo defi­
nitivo de una empresa empezada tres años antes por un
puñado de náufragos sin más auxilio que el de Dios. Dos
centenares de hombres estropeados, desnudos, famélicos, ba­
tidos en el m ar por la borrasca y en tierra por los feroces
caribes, habían recalado en la costa occidental del Urabá,
conducidos por un aventurero sin nombre, pero con el es­
píritu de un gigante. Por un milagro de la audacia, aquel
hecho iba a tener una trascendencia enorme. Establecido
por los náufragos el primer .pueblo cristiano que lograría
sostenerse en Tierra Firme, pese al desvalimiento de sus
míseros fundadores, pronto hubo de convertirse en base
de exploraciones y conquistas, cuyo provecho inmediato
era una riqueza en oro hasta entonces nunca vista. Sin em­
bargo, si no hubieran tenido los colonos de la Antigua otra
ambición más alta, habrían justificado la prevención que
su conducta promovió en la corte de Castilla. Pero, sin des­
preciar el oro, amado por ellos apasionadamente, pensa­
ban también en la fama, o, cuando menos, sentían tí orgu­
llo de su obra. Obra amenazada desde España por espíritus
mezquinos, qu» ahora, después de culminar en un descubrí*
1*1
mi«nto de alcance inmensurable, ya nadie podría descono­
cer ni discutir. Sabría todo el mundo lo que habían hecho
los miserables pobladores del Darien, tenidos por unos ban­
doleros, pero capaces de realizar proezas comparables con
!?.s de Cristóbal Colón.
Por consiguiente, dándose cuenta los españoles de la
Antigua de lo que representaba para el porvenir de la co­
lonia y para la grandeza de España el triunfo de Balboa,
por ellos mismos elegido jefe, quisieron recibirle como se
merecía. Llevado en procesión desde la playa a su casa, en­
tre vítores y aclamaciones, desfilaron después ante él, uno
a uno, para reiterarle personalmente su adhesión incondi­
cional, primero todos los alcaldes y capitanes, después los
soldados y colonos, entre los cuales se contab&n los veni­
dos de la Española y otras islas durante la ausencia del
hidalgo. Porque, además de los dos navios enviados por las
autoridades de Santo Domingo con abundantes provisiones
y medio centenar de ballesteros, otros pequeños grupos de
castellanos, atraídos por la fama que iba adquiriendo en
las islas el oro del continente, se trasladaron al Darien en
frágiles barquichuelos y por iniciativa propia, acrecen tar
do de este modo la población del establecimiento, ya en ca­
mino de franca prosperidad. Difícilmente se repetirían los
días de agobio y estrechez si todos estaban dispuestos a
trabajar y a mantenerse fieles a su caudillo.
Éste resplandecía de contento, no tanto por verse exal­
tado como un héroe como por considerar ya asegurado el
reconocimiento oficial de sus victorias. Sin dejar de ser sen­
sible ai tributo de gratitud, amor y admiración que le ren­
dían sus compañeros de lucha, alguna vez apartados de su
confianza por las maquinaciones de agitadores malévolos,
a todo anteponía la conveniencia de regularizar su situa­
ción. Los honores que se le rendían en la Antigua eran
para él un anticipo de la sanción favorable de la Corona.
Aquella gente que le aclamaba por impulso cordial incon­
tenible, podía salir en su defensa si, desde España, conse-
jeros y justicias mal informados continuaban persiguién­
dole. Por esto su primer cuidado, en medio de los agasajos
de que se le hacía objeto, fué aprovechar los momentos de
mayor efusión para obtener un testimonio colectivo de su
buen gobierno: declaraban todos los pobladores del Darien.
en documento dirigido al Rey, cómo eran por él dirigidos >’
qué frutos habían dado sus iniciativas. A esta declaración
se añadirían l?¡s referencias obtenidas de los indios sobre
las tierras cuya existencia quedaba revelada por el descu*
brímiento del mar Austral
Además, como ilustración de ambos escritos y para su-
mentar su fuerza persuasiva, se haría una remesa de o*10
d# tal importancia que borrara el recuerdo de todas las
expedida* anteriormente,
{Oro! Balboa seguía teniendo puesta una fe ciega en su
poder. Tanto era así que empezó repartiendo el que había
traído de sus recientes conquistas entre todos los de la
Antigua, sin excluir a los agregados de última hora. ¡Oro
y perlas 1 Todos iban a beneficiarse del botín, previa una
discriminación minuciosa de merecimientos; pues no había
sido justo dar lo mismo a quienes batallaron por obtener
aquella riqueza, fruto de durísimos trabajos, que a los que
la recibían como llovida del cielo, sin que ningún sacrificio
les hubiera costado.
Se hilaba tan delgado en este punto que hasta los perros
de batalla tenían asignada su parte, que percibían, por su­
puesto, sus amos respectivos. El perro era considerado, no
sin razón, merecedor de recompensa, porque se batía como
el hombre. Leoncico ganaba más oro que ningún otro ani­
mal, por ser el más bravo de la jauría y Balboa se sentía
orgulloso de su alano. Pero no había en esto favoritismo
ni amaño alguno: el can del extremeño era incuestionable­
mente el mejor y de casta le venía el ímpetu combativo,
pues ya su padre, Becerrillo, de la isla de Borinquen (Puer­
to Rico), hubo de enriquecer a su dueño. La equidad en el
reparto de beneficios se llevaba a estos extremos porque
sólo procediendo así, con justicia estricta, era posible man-
tener disciplinada a la soldadesca, que miraba al despojo
más que a la honra y no admitía enjuague ni regateo.
El jefe hizo una distribución de oro y perlas, después de
haber separado el quinto del Rey, que dejó a todos satisfe­
chos, labor erizada de peligros y dificultades, en la que ha­
bría fracasado el contador más hábil.
Para enviarlas a España se separaron las perlas más her­
mosas. El oro iría en tejuelos. Se añadieron a este presente
vistosos tejidos de algodón, ricas pieles de nutria y de ja­
guar, pintorescos animales cazados vivos, un tigre disecado
y una gran cantidad de plumas multicolores y finísimas. La
relación de los descubrimientos hechos, muy amplia y mi­
nuciosa, era obra del escribano Andrés de Valderrábano,
que puso en ella todas sus luces, y, formando parte de la
misma, iba el testimonio de ios vecinos del Darien, loando
a Balboa como capitán, hombre de gobierno y descubridor.
Loanza justa, que resplandecía por su fondo de verdad
más que por su adorno. Aunque el honrado con este home­
naje, que a todos favorecía a la postre, hubiese escogido la
ocasión más propicia para llevar el agua a su molino* los
hechos justificaban plenamente cuanto pudieran decir las
palabras elogiosas, que no eran sino pálidos reflejos de la
realidad.
Pedro de Arbolancha, gran amigo del descubridor, a
quien había acompañado en su fructuosa expedición, fué el
designado para llevar a Castilla la noticia de unos sucesos
que iban a tener una resonancia sólo comparable con la de
los viajes colombinos. Los pobladores del Darien no pedían
a Dios sino que la embajada llegara felizmente a su des­
tino, que no se perdiera en el mar, que alcanzara a poner
los pies en tierra española. Daban por seguro que esta vez
quedarían convencidos el Rey y sus ministros ante la evi­
dencia de un servicio difícilmente igualable. Podría decir
Arl olancha al soberano, si tropezaba todavía con alguna
objeción de los contumaces: «Señor, juzgadnos por núes-
trac obras. No hemos hecho otra cosa que ensanchar el mun­
do para asombro de la cristiandad y mayor gloria vuestra.»
La nave en que embarcara Arbolancha, portadora de un
sensacional mensaje y del tesoro que iba a ofrecer como
humilde muestra de riqueza hasta entonces ni sospechada,
zarpó del Darien en marzo de 1514. Abrazado a Vasco Nú*
ñez, había jurado el embajador, al despedirse, que volvería
con la rehabilitación y grandes mercedes para todos, entre
ellas los títulos que correspondían al extremeño por sus
merecimientos excepcionales. Ni la más leve sombra de duda
empañaba el brillo de está ilusión general. También Bal­
boa tenía puesta toda su confianza en aquella nave cuyas
velr.s empezaba a batir el viento. Cuando la vió, soltadas
las amarras, cabecear graciosamente y deslizarse sobre el
espejo de las aguas azules, creyó percibir, reflejado en su
estela, un futuro glorioso.
Libre de inquietudes, convencido de que las victorias al­
canzadas inclinarían a su favor la voluntad de los podero­
sos de Castilla, Balboa volvió a entregarse, una vez hubo
par:ido Arbolancha, al cuidado de su gobernación. La colo­
nia, propiamente dicha, estaba en auge, porque se habían
regularizado las cosechas de maíz, a razón de dos por año,
alejando la amenaza de nuévas estrecheces. Los granjeros
venidos de las islas, aunque encandilados por el oro, tenían
el hábito del trabajo y cultivaban la tierra, ensayando la
acli "natación de otras semillas de España, con lo cual se
multiplicaron las sementeras. También dieron notable im­
puro a la cría de ganado, con preferencia para el de cerda,
al paso que se aplicaban en la construcción, de viviendas,
haciéndolas cada vez más sólidas, abrigadas y espaciosas.
De este modo el establecimiento, agitado por actividades fe­
cundas, crecía en importancia y se aseguraba una larga
permanencia.
Las tribus sometidas, por otra parte, manteníanse tran­
quilas, y si^por acaso daban alguna señal de impacientarse,
bajj la pesadumbre del dominio extranjero, bastaba la pre-
124
aencía de los arcabuces para amansarla en ei acto. Éra na­
tural que determinados caciques, señores absolutos en sus
feudos hasta la llegada del invasor blanco, no se resi pia­
ran al yugo que éste les había impuesto. Vasco Núñez pro­
curaba no darles motivo de queja, ahora que la prosperidad
del agro colonial excusaba las expoliaciones; pero, por esto
mismo, reprimía con severidad y sin la menor dilación toda
te n ta tiv a ,de alzamiento. Para mantener el orden en todas
las tribus sojuzgadas y también para buscar más fácil co­
municación con el m ar del Sur, tenía siempre destacadas
algunas fuerzas que recorrían t í istmo. Y entre tanto, con
el respiro que proporcionaba esta paz, mantenida merced a
una inteligente política de atracción y a una estrecha vigi­
lancia, se podían planear empresas de más colosal volu­
men. ¿Cuáles iban a ser? ¿Recorrer el archipiélago perlí-
fero del m ar del Sur? ¿Descubrir el país dorado de los In­
cas? ¿Lanzarse a la exploración del Océano descubierto, con
rumbo a las tierras maravillosa^ de Oriente? Para todo eso
se necesitaban barcos construidos en las riberas de ese mar.
La preparación habría de ser, por lo tanto, muy lenta y
difícil. i

«* •

¿Cómo eran mirados por ese tiempo los asuntos del Da­
rien en la corte y en el Consejo de Indias? La opinión que
se hubiese formado en las altas esferas de Castilla con res­
pecto al único establecimiento español de Tierra Firme y a
la conducta del que mandaba en él como gobernador, había
de pesar decisivamente sobre el futuro de la colonia. Recor­
dando antecedentes se comprenderán mejor las rosolucicnes
que fueron tomadas.
El primer procurador de Balboa en España había sido
Martín Zamudio, a quien no acompañó la suerte. Derrotado,
desde su presentación, por el bachiller Fernández de En­
ciso, cuyas quejas, henchidas de rencor, hubieron de crear
para sus compañeros de otro tiempo una atmósfera asfi­
xiante, Zamudio poca cosa pudo hacer. Bastaba citar los
nombres de Veragua y Urabá para promover t í mal humor
del Rey y sus consejeros.
Después de las dificultades de Colón en las costas del
continente, habían venido los desastres de Ojeda y Nicuesa,
con la pérdida de mil quinientos españoles, dando ello mo­
tivo a que no se quisiera ni oír hablar de Tierra Firme.
Y encontrando exacerbada esta prevención por los informes
exagerados de Enciso y del tesorero Pasamonte sobre lo ocu­
rrido en el Darien, Zamudio comprendió desde el pri ner
momento que estaba defendiendo una causa perdida. En
125
«lltK'tU, MU «U lu CWl'te y lo ÜUÜU C|Ut pudú dkttlU'
pura di culpar a Bel bou 1» coinpromatlaron do tul manera,
que pata llorare® de dar con mu» huaooa an lo cárcal tuvo
que «**eünder»tí, terminando de e*tc modo lamentable »ui
geatione#
La deNipurición aúbitu do Zamudio, »u»citando nuevo#
ivcelon en lo» tmplritu» *u»plcaett», favoreció «1 dftHtuToUtí
de la intriga dt?l bachiller, tt quien no fuá difícil con»#guir
que #e pro ejara a mu enemigo, geno ral menta conuldarudo en
la cortr romo un u#urpador »irt oavrúpuloa, capa* da Jo» orí*
mane» má» horrendo*, como podía colegir»# de trn juvontud
licencúmii y de «u« antecedente» d<* t'MparittCliin. Al Hoy 14
hirieron creer que en #1 Durleri no había Mino una banda 4 e
forajido#, cuyo» continuos deaafuero» requerían remedio in*
mediato y radical. .Se consideraba de I/a mayor urgencia que
xv enviaran ti ln* <o»ta» del Urabá fuerza» Muflclente» par*
imprimir el deamin, con un Jefe que tuviera cédula d« go­
bernador y energía baatante partí Imponer #u autorJdud,
Desgraciadamente, había»* perdido ('proa do Jamaica II
carabela del regidor Valdivia, cuyo testimonio, junto con
la primera reme*» de oro destinada o 1« Corona, pudo habar
dado pie i» una rectificación. Ahí «« deduce de la acogida
benévola que obtuvieron, algún tiempo deapué», Rodrigo En­
rique* de Colmena re» y Junn de Calcado, también portado*
re» dt* 4 ureo mensaje, unto el cual xe volvieron mé# com­
prensivo» Herto» rorteuano# enca»ti liado» ha»ta entonce» afi
la intransigencia, Calcado y Colmenar©», poniendo por di*
Unte lu.i rica* muestran que traían de la» riqueza# de Tlorra
firme, con»lguieron que «e lew escuchara con Interin, y, R
partir de mu explicación, ya ia empresa d*d Darien no pa-
«teló tan deacabellado, ni »e tuvo a Balboa por un capitán
ue bandolero» ni loe náufrago?! fundadores do la Antigua
fueron mirado* con el deapraclo de unten. Donde habían rr*-
<¿oíi.do do* /amono» capitanea, con despacho» reata* y arma*
-lun pod«ro»e», «1 hldalgüela de Jeim de lo# Caballero», con
•muti pobr»*» de»valldo«, ««taba conqulatando extenuó» teffi*
torio», cobraba tributo»* a Ion cabeza» do tribu, ««tabléela co•
lonia» que arraigaban con fortuna próspera, enwcñabu a Ioí»
indio* la verdad*™ religión, exploraba con óxlto «1 contí'
fi^riUt mlfttertoHo y, m fin —"«ato era por til momento lo m il
important? , coriHcguía reunir mor»iones dit oro quti »e po*
dian tomar como anticipo de beneficio# incalculable»,
i Ah, «) hubiera llegado Arbolancha mi» a tiempo coa
Ia* nu«va» del dewcubrlmlento del mar Auatrall De la vic­
toria culminante de »u capitán, Ctticcdo y Colmenara» tw>
nublan nada todavía. Dijeron, »in emburgo, cuanto alcaii*
/aba a *u í*oí>ocímiento para dlulpar mucha» da Ja» e»paol#<
calumníofihí» lun/nda« contra Balboa y «u* compañero», y
IM
dtf títíiu suerte <r) crédito wtwédláv ui bachiller Bndso hubo
de pus«r por la* restricción** que aconsejaban U prudancia
y el hium sentido, cualidad*!* qu* reunía Fernanda et Caté*
liro m grado eminente,
Puro, aunque «1 plaito de Ion fundidor** da San ta Mari»
I» Antigua hubiese tomado un giro favorable con la llegads
u España da Calcado y Colmenar**, las resoluciones que se
ib¿m a tomar no ««Han 1** esperadas en *1 continente vir-
(¿011. Cnicado murió cuando todavía ara »u concurro nace*
»ario, y mu colaborador, al verse solo. debió sentir merma­
do» mu* /bríos, bien /uara por ¿alta da buan cornejo o porque
Juzgara indiscreto al insistir. Quedaba «1 plaito, cotí cu ra­
il rada, pend lenta del «zar, con do» influencia* en oposición:
Ion jnforma* del bachiller y *1 alegato da la defensa, con al
oro que la servía da contrafuerte. Ma* también al oro, bur­
lando partir da la* esperanzas que an él «a habían puasto,
¡hit tí taner efectos contradictorio! y deccpdonanta*,
Sucedió qua, con al deslumbramiento producido por lo*
destallo* d<?l envió de Balboa, mucho» «a dieron • exagerar
ln riqu eza encontrada por uno* aventurero» an las costa*
riel Urabá. La fama dal oro da Tierra Fírme Dañó al ámbito
«spaftol. Todo# querían ir a buscar oro, lo* rico* para acra»
cantar su* caudales, lo* pobra* para aalir da quabranto* y
ícrvldumbro*. El Estad® era <*1 más ambiciona, movido por
miM «premios crónico», Anta* d# la llagada a la corta da
t Meado y Colmen «re», y a m habla decidido enviar al Darían
un gobernador da altura, con la toaría nacasaria para in­
troducir «1 orden lng«l <m lo que hubiaran hacho uno* colo-
hízí.doren Irresponsables. Ahora, especulando aobra la* pin*
«i)(*« ganancias que promatia al continente inexplorado, dJ¿*
ronwc ni proyecto mayores vuelos y fuá organizada una ax*
Mlelón de dieciséis navios, la más potante da todas las
Molinada* ai Nuevo Mundo. XI mando da la misma <*e daba
o un pomposo caballero da Segovia, casado con doña Isabel
‘i«« ¿Sobadilla, prima hermana da la Marques* da Moya, qua
huiiío Mido cama rara mayor y la major amiga da la Reina
f'atóllen. Pedro Arlas da Avila, o Padradas Dávila, dobla
lodo wu prestigio a ft«to matrimonio y a la destreza damos*
irada dr mozo <m lo* tomaos, por lo qua se la llamaba al
(talán y el J u n ta d o r , Sin habar hacho an *u vida cosa de
wAm fuste, se lo pseogia, ya an edad provecta, para confiar*
lf* ln dirección dr una empresa an la cual da nada podían
’^' vii lo ni *u* habilidades caballeresca* ni su arrogante h*
tínr/i, (|]gc) vencida por el paso da los aAoa.
Determinadas circunstancias la ayudaron, sin embargo,
" obtener un éxito inicial. Ni habiéndolo esperado desda lar*
ut> tiempo, se habría podido encontrar un momento más
oportuno para al engancha da guerraros prestigiosos, qua
127
andaban por Castilla como almas en pena, a •onseciieaoi*
de recientes sucesos derivados de la campaña de Italia. Ufi
general francés de veintitrés años, Gastón de Foix, había
infligido severa derrota a los españoles, que con los italia­
nos del papa Julio II y los ingleses de Enrique VIII, más el
apoyo de Venecia y Suiza, formaban la llamada Santa Liga.
El desastre de Rávena, donde perdiera la vida hasta el mis­
mo vencedor, tenía que ser vengado, y esta necesidad de des­
quite, intensamente sentida, hizo volver todos los ojos hacia
el Gran Capitán, que languidecía en su destierro de Loja,
injustamente separado del virreinato de Nápol.es. Nunca, en*
contrándose en el teatro de sus glorias el héroe de Ceriñola
y Garellano, habrían podido los galos, aunque les mandara
le foudre de Vítalie, ganar la batalla del río Ronco. Reque­
rido el confinado de Loja para que aprestase una armada
capaz de re p a ra rla vergüenza que las a?mas españolas no
podían resistir, todos los nobles de Andalucía, así como otros
muchos de las regiones hermanas, respondiendo al conjuro,
de un nombre, Gonzalo de Córdoba, ofrecieron su hacienda
y su brazo para que pudiera ser desmentida la creencia
francesa de que España tardaría cien años en reponerse del
golpe. Volvió el Gran Capitán a la vida viendo que a su llama-
mamiento respondía con fervor patriótico toda la nación y que
sus seguidores invertían en la compra de armas hasta el
último maravedí. Pero cuando estaban ya reunidas y a
punto de embarcar todas las fuerzas necesarias, una contra-*
orden del rey Fernando, no curado de sus recelos contra
el mejor general de la época, dió al traste con una empresa
que hubiera humillado el poderío de Luis XII. Fernando
el Católico había sospechado primero que el Grfcm Capitán
conspiraba con el P a p a ; ahora le atribuía el propósito de
ir a Flandes para traer al príncipe Carlos. Por esto mandó
que se disolviera la armada que debía vengar la derrota, de
Rávena, dejando arruinados a cuantos en Jos preparativos
habían gastado toda su íortuna.
Éstas eran las circunstancias de las que iba a benefi­
ciarse Pedrarias de Dávila al organizar su expedición al
Nuevo Continente. Los nobles que habían empeñado sus
haberes para marchar a Italia con Gonzalo de Córdoba, no
encontrando a su triste situación otro remedio, creyeron
poder resarcirse de los quebrantos sufridos con el oro in­
diano. Y se alistaron todos los perdidosos, jóvenes pertene­
cientes a muy buenas casas la mayoría, pero sin faltar los
hidalgos maduros y hasta con achaques, para quienes era
artículo de fe que las riquezas del Darien se podían coger
como el grano trillado de las eras. Ilusión absurda, dis­
culpable en la gente^ del estado llano por su ignorancia;
pero tambiéíí los señores, sobre todo los afligidos por un
i ’W
desaire d* la su#rt«, se dejaban seducir por las patrañas
que, a propósito del oro de Tierra Firme, corrían de boca
en boca.
Los hombres que debían acompañar al nuevo gobernador
de la región del Darien, ya llamada en España Castilla del
Oro, habíanse fijado en mil doscientos. Pero se presentaron
más del doble. No se pudo aceptar a todos porque no cabían
en las dieciséis naves dispuestas. No obstante, embarcaron
cerca de dos mil. En la adquisición de bajeles, armas, mu­
niciones y vituallas se emplearon sumas que rebasaban de
largo el límite de lo normal en aquel tiempo. La aportación
del Rey, que, siendo la más importante, no representaba sino
una parte del dinero invertido, fué calculada en cincuenta
y cuatro mil ducados.
Para el nombramiento de Pedrarias de Ávila se tuvieron
más en cuenta las recomendaciones que los méritos perso­
nales, hecho que dió motivo a no pocas murmuraciones. No
era el segoviano el hombre que necesitaba la nueva gober­
nación, «y si no fuera por Juan Rodríguez de Fonseca, obis­
po de Burgos y presidente de Indias, la quitaran a Pedra­
rias y la dieran a otro», escribe López de Gomara. Quien
añade: «Y certísimo la dieran a Vasco Núñez de Balboa si
un poco antes llegara a la corte Arbolancha». A Balboa le
harían más tarde Adelantado del m ar del Sur.
Como alcalde mayor, iba el joven licenciado Gaspar de
Espinosa, recién salido de la Universidad de Salamanca.
Gonzalo Fernández de Oviedo, el célebre cronista, embarcó
con el título de veedor, y el tesorero era Alonso de la Puen­
te. También el bachiller Enciso consiguió introducirse entre
las autoridades, con el cargo de alguacil mayor. Al frente
de un numeroso grupo de clérigos y frailes, destinados a pre­
dicar el Evangelio entre los indios y a proveer el servicio
del culto, se puso el confesor del Rey, Fray Juan de Queve-
do, religioso franciscano, consagrado obispo del Darien. Y, en
fin, se nombró primer piloto a un marino de renombre, Juan
Serrano, que había navegado mucho por el mar de las An­
tillas y conocía ya el golfo de Urabá.
La armada, única por la grandeza de su porte entre las
enviadas a las Indias, partió de Sanlúcar de Barrameda el
2 de abril de 1514, llegando felizmente a su destino el 29
de junio del mismo año.
Es fácil imaginarse la impresión que produciría en San­
ta María la Antigua la arribada de dieciséis barcos con
cerca de dos mil personas. Todos los españoles de la colonia
reunidos no pasaban de cuatrocientos. Cuentan los antiguos
cronistas que cuando le llevaron a Balboa la noticia de ha­
ber surgido en el golfo, frente a las playas del estableci-
129
rititffiU; Cfc>pt*iU>l, Ulltt lflipon«»U«l «J*t‘UílUi‘H( til UXUWlWftU titt
ntMpnha cu (««punir, junio con uIuiidom indio#, la tatfhum»
i»n? fii» p«}« ti* «u vivienda, vl*tiando uiiod helgado* ¡tara»
BtWl** v catando ulpurgaUi*. Era #1 primar contrwnt# qua
*«* ofrecí*» «*ntri« la» contumbra* Mandila* d« lo* (tolonljsaa0*
r***, íuí*u>IukI## u un» vid* dn traba Jo, y la pompa dal nuavo
votiertindor y *u «équlto.
Todo* Ut<: troiubloti del pueblo vtmíun «iborotado*» tatúe
o*»’ ©1 t'Hirí ffivño tuvo que bacar grandu» «Htfuvrzm pata
nlrnni «u «**cttad6ti. »in con*««uhlo *lno w madia*.
¿Kso* v i# n *n m q u ita r n o * lo n u im tro ! -d u e la n , dando
un q u « murían a tio p a lla d o * p or la e a ta rv a o fic ia l-» ,
:*ou «ni» to a n » * lim p ia * va n n cogur ni fru to da n u a *t r o * ala*
i«t tifm t m * añ o.
, íMu«utt»#r i» Dio* qua, «atando ucoatumbrado* a vivir
binn «frftuf'pw t*n (*t»*ttlla, no quintaran bucar da no*otro* fu#
íí MíJíí» *
TrnrrAn justicia* y minlatrila* capara* da ambargfarnoi
i>-tíi el rtípu^llo.
i. Y p.i Ir-» nbligéramo* a volvar*a por donda han vattl*
lo’ í'u«rxa lin t " mucha ,v no*otro* «orno* poco»} paro caa
'.ii.tíotrfm «'«Un también lo* parro* y alio* vlanan muy coníi»-
iota I'íkIrluwo* huc^rla* blandaar con nua*tro ampuja. QUd
n poblar motru parta, a la» coata* da danta Marta a
i*» í*tít ¡a, <<uc **pado hay an Tlarri* Firma para todo»,
Kait «tjrU lo puaata an rawVn, porqua an India* oab#
u árente «le JCapafia y má* qua hublara. Sí *a quadlfi
i^ uí , ru pao v<ifi a dfjarnoa para cornar no*otro»,
fjnii>o« no babia perdido *u aplomo y trataba da haaar
'■i,'iiin*n<ier y io«s alarmado* qua 1« flota conduda *ín dudi
furtmti «luí H*.y, por manara qua oponaraa a *u daaambarco
irnriiíMiiííi liitu riti*lúm contra lo* podara* lagltímo* con to*
ri.ii, ndk í on«c/Micnct«»i. También él *a «antía mquíato por 1«
-luí* im tiirnui ba^r uno» d«*conoddo«, probablamanta muy
<h' fit.i investidura y *ln niguna axparianda «
'•> M'i<- 'OBtubii Krmtanar*a an tiarra dn *alvaja*. No obatafl
•tftAuu U iw ) ín*tru/*H<ma* dal aoblarno da S5*pafta y a»
ij<* t^pc-riir fo <illa* no *a hubíaran olvidado lo* dar*
'•lio* d<» ion ftt-imitro* poblador»*, patanta* an la obra raaJl*
/«/i», i rio poricr*n « mal con lo* rapra*aotantá* da U
'Virón*, í'onv**»ií»i rí«ciblrlo* con acatamlanto y honrarla* an
u rncílidtí di* mu* título», para dlvlpar *u* pravandona», *<
ln» tuvlcrim, rli*rido pl* a un* concordia da la qua tow*
alcttn/^rbn provwcho.
f'tvirkhíifc h*bi* tenido I» pracaucj(m, anta» da dl*pafüf
ul d*H(*mbi«rfo( dt» «nvlnr ur» arní*arío a V«*(*o Kúfta^ ai
j**io d<* prupuniri» y var qué intandona* abrigaba. Con W1
ftíbatm* blanco)» ,y wu ml/tido da agpifto, al hidalgo la ri#“
W6 m m *m» digno que *i hubie»e vm údo m traje de corte
y Je encargó oue diera *1 gobernador «tí m í* cordial bien*
venida, Despue», enterado de que n contaban entre lo» e**
pedldonarío» alguna» dame*, corrió a ponerse un poco má»
presentable, aunque la# gatee de su ropero e rre mea poce*
y toda# estaban muy deslucida# y remendad*».
Ardía el pueblo en comentarlo#, reinando una expecte*
í'ión que «re ni mismo tiempo mortal m o b ra, ¿Qué iba e
#uceder? Querían mucho# presentarse armado# de punte en
blanco, creyendo que de este modo infundirían mé» respeto
ti lo» forastero»; pero Balboa juzgó que semejante alarde
#erf* extemporáneo y peligroso, Todo# debien ir sin arma»,
pura que ee viere mi bu#na disposición e le inteligencia, y,
ademá#, cantarían el Te &eu« laudamu$ en «do de lióme-
naje a lo# despecho* reales de lo# recién llegado#,
Aei se hifco, y cuando la gente de PedrerTe* empegaba a
«altar a lo# esquife# y bátele#, ye estaba en le playa toda
1» población de le Antigüe, «1 frente de le cual Vasco NúAe*,
rodeado de eue oficiales y miembro» áví cabildo, departía
<m ello# alegremente, como si no se estuviera jugando en
aquel instante #u porvenir, Todo# *# habían pueeto le ropilla
de 1h# fiestas, o, cuando menos, camisa limpie, y el descu­
bridor del Pacífico lleveba gregtiesco# y Jubón de fustán,
foleto de ante, polaina# de cuero blando beata la mitad del
muslo y gorra adornada con un broche y una pluma «i ledo,
muy raíao el terciopelo de lo» «bofeliedo» y acribillada» le#
media» de zurcido». Pero ni le reetebe prestancia 1a pobreza
<1*1 traje ni en «u actitud *e advertía encogimiento, JÜempre
m habría visto que era el Jefe, aunque §* hubiese manteni­
do m zaragüelle#.
Nadie »e acercó a lo» de le colonia hasta que hubieron
<u em barcado el gobernador y »u e#po»a dofte Isabel. Peno
iw hombre» de arma» e»teban apercibidos pare reprimir el
nicnor movimiento de hoaUtidad, Pedrada» evanxé hacia
Hfilboa llevando de la mano • »u mujer, siguiéndole el Obis­
po Qu©vt?do y otra» autoridad*#. Con mirada de a*or dea*
nibrló el extremeño entre la comitiva de dignatario» el be-
«'hliier %nci»o; pero no »e inmuté. t¿a prenencia de »u ene­
migo implacable, en tale» circunstancia», hada presagiar lo
ppor, aunque hubo de tranquillisarse pensando: « j Bah t Siem­
pre #*rá meno» temible aqui, donde puedo vigilarle, que
intrigando en Cafftllla. No le perderá de viste.»
Um sencillo# colono» estaba** admirado» del atuendo de
fuello» con quiene» iban a convivir, Lo# principales ve#tlan
‘•«m hijo impropio de la oca»ión, a»i lo» caballero» como la»
"eftora#, lo» primero» con »u# jubone» de brocado, su» gaba*
««» y tabardo», «u» camiaone» randado», primoroso», que lee
"•«en por la» bocamanga» y por 1a abertura del peono, en­
ni
cardaba con cintas.; las dama* con suí. ricos britiUsw, guar
nucidos do alforzas, y la cabo/u tocada con crispiría de oro
y seda. Pura vivir la vida rústica del Darían «obraban tunta
balumba de tuca jes, tanto brocado do Florencia, tanto ralo
y terciopelo, tan brillantes collures y zarcillos. Por otra par­
te, el clima de la zona tórrida hacia imponible el uso de ro«
pones y pide» dé marta que llevaban algunos por pura osten­
tación. V otro tanto daban que pensar las capan con capu«
cha, útiles solamente para poner de manifiesto el rango
de cada cual, pues era costumbre en España llevar la capa
tanto más corta según se iba subiendo en grados de nobleza,
Prescindiendo de estos detalles, que los regocijaban inte­
riormente, Balboa y sus compañeros recibieron a los recién
venidos con mucha reverencia y respeto y los alojaron como
pudieron en sus r yergues, demasiado humildes y demasiado
estrechos para ¿.ente tan principal y numerosa. No tarda*
rían en alarmarse los forasteros viendo la sobriedad de la
mesa colonial, donde no se comía otro pan que la borona
ni había vino que beber, sino agua del país, de sabor poco
agradable y harto sospechosa de impurezas. M anjar habi­
tual de los colonos eran ciertas raíces y tubérculos Que un
paladar delicado no podía resistir. Por fortuna, habían va*
nido los barcos cargados de provisiones; pero ¿para cuánto
tiempo durarían, siendo tantos a consumirlas? Dormir en
petates, sobre el duro suelo, o colgados en hamacas, resulta*
ha incómodo para los que tenían el cuerpo acostumbrado a
los colchones de pluma; pero en el Darien no eran conocí*
das las camas, poco apetecibles, por otra parte, en tierrá tan
calurosa. Más que la ausencia de lechos muelles se notaba
la molesta presencia de los mosquitos, las chinches y la»
pulgas. Entre estas últimas era particularmente enfadosa la
llamada nigua, alojada entre los dedos de los pies, porque
se introducía a través de la piel para hacer su nido en la
misma carne.
Aquí comenzaron las decepciones. Aunque esto no era
sino el anuncio de un más completo y amargo desencanto.
En sus primeras entrevistas con Balboa, el gobernador
Pedrarias, aunque haciendo sentir siempre la superioridad
de su posición, mostróse comedido, afable y cortés, como «i
deseara alejar de la mente del extremeño toda sombra de
temor o desconfianza. Traía instrucciones concretas con te*
ferencia al trato que debía darse a los españoles del Darien
y a los indios. Dichas Instrucciones eran las siguientes: pri­
mera, reconocer el alto valor de los servicios rendidos a 1»
Corona por los fundadores del establecimiento y recompen­
sarlos si se hallara coyuntura y adecuado premio. Segunde:
informarse al detalle de todo lo ocurrido en la Anticua desde
su fundación para discriminar merecimientos y responiibl'
132
lidudes, aunque no con v x m rtva rigidez sé el provecho obte­
nido del servició superaba al daño causado por la culpa.
Tercera; respetar el repartimiento de tierra* y encomiendas
que «e hubieran hecho entre los colonos, para tener a éstos
propicios, y honrar en lo que se mereciese a su capitán,
cuyo concurso estimaba ei Béy necesario para la feliz con­
tinuación de la obra emprendida. Además, el gobernador te­
nía la obligación de no pasar letrados ni consentir pleitos,
consultando siempre al obispo Quevedo antes de tomar una
resolución importante. Y con respecto a los nativos, vigila­
ría para que se les diera un tratamiento humano, procuran­
do bu conversión a la fe cristiana y requisándoles mucho
ron la paz y la amistad antes de hacerles la guerra.
A Balboa no le conmovieron los halagos del viejo segó*
viano por parecerle extremosos hasta la zalamería y la
untuosidad. Temía que las loanzas almibaradas, vanas cor­
tesías y promesas seductoras terminaran en un acto de do­
blez. Por de pronto, a vuelta de muchos rodeos innecesa­
rios, el gobernador ya formulaba una demanda inquietante:
deseaba ser enterado por lo menudo de cuanto el hidalgo
había hecho en la administración y gobierno de ia colonia,
qué tratos tenía con los caciques sometidos, estado en que
.se encontraba la tierra y cómo era distribuido el oro de los
rescates.
Comprendió en seguida Vasco Núñez que se las tendría
que haber con un viejo astuto, de muy aviesa intención,
seguramente predispuesto en su contra y muy celoso de su
autoridad. Pero nada tenía que ocultarle: todos los españo­
le» de antiguo establecidos en el Darien podían hacer la
historia de su conducta. Pidió un plazo de dos días para re­
dactar el informe solicitado y se despidió reverente, aunque
también sereno y digno.
Pedradas tuvo, en el tiempo convenido, la relación de
todo lo hecho en Tierra Firme desde 1510, año en que los
náufragos de la carabela de Enciso y los supervivientes del
desastre de San Sebastián se establecieron en el anticuo
feudo de Cemaco. Referíanse en ella ,las dificultades con
que tropezó la colonia para sostenerse, primeras exploracio­
nes por los alrededores, expedición a las tierras de Cáreta
y Comogre, guerra sostenida con las tribus del golfo de
Urabá, hallazgo del río Grande de San Juan, correrías por
la región pantanosa de Abebeida, marcha a través del istmo,
descubrimiento del mar del Sur y del golfo de San Miguel,
referencias obtenidas de los indios sobre el archipiélago de
las perlas y las riquezas del Perú, retomo al Darien por
distinto camino y situación de prosperidad, en que se en­
contraba el establecimiento después de haberse concertado
i" paz r*on veinte caciques. Constaban asimismo en el Uifor
193
me lee parajes donde se habían hecho cates por parecer
rico» en yacimientos, los río* cuyas arenas contenían oro
y los nombres de los régulos no sojuzgados a quienes se
atribuía la posesión de tesoros inmensos. Por lo que respecta
a su proceder en el mando, Balboa apelaba al testimonio
de los vecinos de la Antigua, que no le dejarían mentir,
recordando al mismo tiempo que, aparte algunos socorros
recibidos de Santo Domingo, sus conquistas y descubrimien.
tos los había logrado sin más ayuda que la de Dios, con sólo
el esfuerzo de sus escasos compañeros, nunca sobrados de
armas y siempre faltos de pan.
A los pocos días Pedrarias ordenaba residenciar al ex­
tremeño, quien se apresuró a comparecer ante el licencia­
do Gaspar de Espinosa, alcalde mayor. Entre los cuatro­
cientos hombres que formaban la colonia primitiva, no era
difícil encontrar resentidos, y, en efecto, algunas quejas
fueron presentadas contra Balboa. Cosa de poca monta. Los
más allegados al nuevo gobernador, por propia iniciativa
malévola o respondiendo a indicaciones venidas de lo alto,
trabajaban el ánimo de los antiguos colonos para indispo­
nerles con su jefe. Pero el resultado de este necio forcejeo
íué apenas perceptible. Entonces Pedrarias, pretextando no
fiarse del alcalde Espinosa, a causa de su juventud, co­
menzó por su cuenta una pesquisa en forma, dando a los
interrogatorios la mayor solemnidad. Con ello dejaba a un
lado los disimulos para lanzarse a una descarada persecu­
ción.
A Vasco Núñez. que vivía prevenido, no pudo sorpren­
derle el exabrupto; pero sus amigos temblaban de cólera.
Tampoco agradó el proceder de Pedrarias a muchos de los
que le habían acompañado en el viaje, entre ellos Espino­
sa, que no podía perdonar la ofensa de haber sido recu­
sado arbitrariamente. Otra vez empezaban a bandear los es­
pañoles en el Darien, como lo harían en todas partes mien­
tras durara la colonización del Nuevo Mundo.
Balboa comprendió que era objeto de una malevolencia
acaso irreductible. Debía pesar sobre el gobernador el sinies­
tro inñujo del bachiller Enciso, o quizás el presuntuoso an­
ciano no le perdonaba sus éxitos por la humildad de su
origen. De todos modos, conocido el peligro, era llegado el
momento de preparar la defensa en un terreno propicio a
la emboscado. Siendo la política un juego de añagazas, don­
de el hombre más despierto y arrojado nada vale por sí
solo, el extremeño pensó en la necesidad de procurarse só­
lidos apoyo.;. No le intimidaban los nuevos enemigos por
muy fuertes que fueran. Ni le encontrarían torpe en el em­
pleo de sus armas.
IX
UN OBISPO CONCILIADOR

El nuevo gobernador de la llamada Castilla del Oro no


gozaba de buena salud. Pudo muy bien obedecer a esta
causa su carácter bronco, cuyos ángulos hirientes trataban
en vano de su a v i^ r, almohadillándolos con su influencia,
doña Isabel de badilla y Fray Juan de Quevedo. Los
achaques físico Pedrarias no eran recientes y el calor
y la humedad Carien de ningún modo podían procurar
al enfermo el ado alivio. Empeoró al poco tiempo de
haber llegado, lo cual se hizo más hosco, más adusto
y atrabiliario, i ntando la agresividad de su espíritu en
la misma medida en que iba descaeciendo su cuerpo.
Antes de salir de España debía estar ya predispuesto
contra Salboa por lo que oyera decir en la corte de su vida
aventurera. Aunque no hacían falta tales antecedentes. La
animadversión pudo haber nacido de manera espontánea.
Pedrarias veía en el hidalgo extremeño al hombre de clase
inferior que, a fuerza de audacia, lograba sobresalir entre
una turba de desarrapados, puestos por azares de la suerte
en camino de hacerse ricos. Su llegada al Darien y sus des­
cubrimientos eran obra de la casualidad, sin la intervención
de mérito personal alguno. El advenedizo, no obstante, en­
greído por los favores de su loca fortuna, hubo de levantarse
como gobernador de vastos territorios, prescindiendo de au­
torizaciones y obrando por su cuenta y riesgo. Desde la al­
tura de su abolengo, de sus privilegios y de sus títulos, el
encopetado segoviano debía despreciar, como observa uno
de los biógrafos de Vasco Núñez, a «un hombre nuevo, na­
cido del polvo, y que en Castilla apenas habría osado le­
vantar sus deseos a pretender ser su criado».
135
Le despreciaba y quería hacerle sentir el peso de su
jerarquía. Con estos sentimientos llegó al Darien. Pero, des­
pués de conocer al descubridor, viéndole joven y de buena
planta, con despejo natural y no falto de instrucción, atra­
yente y enérgico, fino en sus modales y admirado de su
gente, entróle una comezón que muy bien podía ser envidia
senil. No faltaba sino que algunas personas significadas en­
tre las que tenían arraigo cerca del irascible Poncio, acep­
taran con beneplácito. al extremeño y aun reconocieran en
él cualidades eminentes: esto, por inesperado, encendió en
el corazón de Pedrarias unos celos feroces.
El alcalde Espinosa había continuado su expediente de
residencia con el sano propósito de hacer justicia, insensi­
ble a las sugerencias parciales del segoviano y sus favoritos.
Por esto declaró libre a Balboa de cargos criminales, si bien
le condenaba a la reparación de daños causados a particu­
lares durante su gobierno. Se trataba de una sentencia con­
temporizadora, de estira y afloja, que aprovechó Pedrarias
para embargar a Vasco Núñez todos sus bienes, con un ensa­
ñamiento enfermizo.
Mal cariz presentaba el asunto, porque el odio del gober­
nador iba todavía más lejos. Odio que alimentaban con sus
adulaciones los paniaguados del séquito oficial. A todos
hacía sombra Balboa y no podía esperarse, por consiguien­
te, que cesara la persecución. Cuando en el mérito ajeno
no se sabe ver sino un motivo del propio desdoro, el que
debía ser sentimiento de emulación fácilmente se precipita
en la infamia.
Víctima de un despojo inicuo, que le reducía casi a la
indigencia, el descubridor tuvo que acudir al obispo Que-
vedo, porque le amenazaban con enviarle a España cargado
de cadenas. Éste era el deseo, al menos, de sus enemigos,
manifestado pública y reiteradamente por Pedrarias, quien
continuaba su información acerca de la pérdida de Nicue­
sa para presentar a Vasco Núñez como instigador y único
responsable de la misma.
Fray Juan de Quevedo acogió al perseguido con espíritu
ecuánime. Reconocía en él una capacidad extraordinaria y
encontraba del todo injustificada la oposición rencorosa
r^ue se le hacía. Esto aparte, los beneficios que se pudieran
obtener de los descubrimientos hechos dependían en lo in­
mediato de la experiencia, habilidad y buen consejo del
descubridor, hombre que había salido airoso de todos sus
empeños, según pruebas que estaban a la vista. Para el
prelado, observador perspicaz de cuanto se tram aba a la
sombra de Pedrarias, nadie había en el Darien que pudiera
afianzar el dominio español en Tierra Firme no siendo el
mismo que lo implantara con facilidad sorprendente. ¿Por
136
qué no dejar que Balboa desarrollase sus dotes excepcio­
nales si ello habla de redundar en provecho de todos? Lle­
vado del espíritu de granjeria, dominante en todo castellano
trasladado al Nuevo Mundo, el obispo no se olvidaba del
propio interés y había hecho cuenta del oro que podrían
reportarle las conquistas del extremeño, quien, por cierto,
adivinando por sutil intuición la avidez del franciscano, le
asociaba en sus negocios y prometía partir con él lo que le
correspondiera del botín.
Nada cuesta imaginarse una plática del mitrado con el
descubridor, aquél muy comedido y sinuoso en el lenguaje,
muy cauto y hábil, pero audaz en la intención; el otro, re­
verente y precavido, aunque también apasionado y enér­
gico, de acuerdo con su temperamento distinto. ¿Escenario?
Una estancia del albergue episcopal a la que dan carácter
algunos muebles, muy pocos, traídos de España: la mesa
de trabajo, un bargueño y dos arcas con talla de temas
religiosos, un par de sillones fraileros, jamugas, escabeles.
En el testero, la imagen de Cristo Redentor; sobre la mesa,
otro crucifijo de menor Jamaño, un velón gigantesco y va­
rios libros con cubiertas de pergamino.
Fray Juan de Quevedo, todavía joven y de naturaleza
sanguínea, de cuyas mejillas carnosas ha desaparecido el
rosicler que las iluminaba, sin duda por efecto del clima
tropical, viste ropa talar y se mantiene sentado en el borde
de su amplio sillón, junto a un ángulo de la mesa. Delante
del obispo, a conveniente distancia, se acomoda Balboa en
una jamuga, apareciendo vestido con su habitual desaliño
y mostrando las polainas sucias de barro.
—Pobre me han dejado hasta quedar sin un maravedí
aunque tenía mis buenos diez mil pesos de oro cuando me
tomaron la lesidencia —dice el hidalgo, con acento que no
acusa la menor aflicción—. Defiendo ahora la esperanza
de reponer mi hacienda con un trabajo honesto. Pero si el
gobernador da remate a su pesquisa enviándome a Castilla
cargado de prisiones, hasta la esperanza habré perdido.
¿Tan horrendos son mis crímenes que merezca esa suerte?
No. Es una mala voluntad la que pesa sobre mí sin nin­
guna razón ni justicia.
—A esa mala voluntad hay que vencerla, hijo mío, y la
venceremos con la ayuda de Dios —observa el prelado blan­
damente, pero convencido en el fondo—. Pedrarias tiene el
colmillo retorcido y el genio fuerte. Costará no pocos es­
fuerzos apartarle de su porfía y muchos más arrancar de
su corazón sentimientos que han echado en él raíces muy
hondas. Pero yo no pierdo la confianza en hacerle compren­
der lo provechosos que pueden serle vuestros servicios.
Vasco Núñez hace un signo afirmativo con la cabeza y
1S?
Fray Juan de Quevedo aprovecha la pausa para insinuar,
acentuando la blandura aterciopelada de su voz:
— Varias veces me habéis hablado de los inmensos tesoros
de Debaile, ese cacique misterioso de las lagunas, del que
se dice que tiene una fundición para el oro que rescata de
los indios de la sierra. Ese comercio de Debaile podría pa­
sar a nuestras manos y así alcanzarían al Rey las ganancias.
— No sería el Rey el único ganancioso, creo yo.
—Eso por sabido se calla y es lo que menos importa.
Lo primero ha de. ser siempre servir a Dios. Aquí se le sirve
conquistando tierras para la Corona de un reino cristiano
y ganando almas para el Cielo. Redimir a los indios de las
tinieblas en que se debaten, alumbrándoles con la luz del
Evangelio, es nuestra principal misión. Recuerdo a Debaile
pensando en su vasto dominio, donde miles y miles de cria­
turas humanas viven ignorantes de la religión verdadera y
entregados a torpes idolatrías. Si de su conquista nos re­
sulta un bien terrenal, lo aceptaremos como premio que
nos otorga la divina Providencia por nuestros esfuerzos y
sacrificios, pero sin desearlo con avidez. Decidme, hijo mío,
ya que nos ha dado en los ojos pecadores el relumbre del
oro. ¿tan rico es Debaile como dicen?
—No creo que mienta la fama.
—¿Y tan seguro estáis de vencerle?
—Como de someter a otros muchos reyezuelos todavía
más poderosos. ¿Acaso estamos aquí para otra cosa?
— ¡Pluguiera al Señor de las alturas que no os engañara
el orgullo! Pienso en los cristianos que sería necesario sa­
crificar.
Balboa se levanta súbitamente y avanza un paso hacia
e’ obispo. En sus ojos brilla la convicción. Con entereza que
conmovería a una estatua, arguye:
—He sojuzgado a los señores de veinte tribus guerreras
sin otras fuerzas que las de este pueblo, cuando no había
aquí más de trescientos españoles y no todos soldados. ¡Qué
no haría yo con la gente que hay ahora en la Antigua si
rre dejaran mover a mi comodidad! La mitad me basta
para adueñarme de las islas de las perlas, en el mar del
Sur. y para someter a los Incas, que tienen mil veces más
oro que Debaile. Tanto tienen que de aquí saldrían las na­
ves cargadas hasta la borda y sobraría oro para empedrar
las cálles de Toledo y Valladolid.
Fray Juan de Quevedo se lleva a los ojos la mano, donde
refulge con sus matices cárdenos una hermosa amatist»
—No es necesario tanto, hijo mío, y conviene a nuestra
sosiego no dejarnos deslumbrar por el brillo de ese metal,
que parece inventado por el demonio para que se conde­
nen nuestras almas.
Pronunciadas estas palabras como para frenar el entu­
siasmo del ardiente extremeño, continúa:
—Pero el oro tiene un poder inmenso, que, bien aprove­
chado, puede servimos para dar cima a las obras más glo­
riosas, entre ellas la de extender por todo el haz de la tierra
el amor a Dios y a la Santa Madre Iglesia. Resistir a su
tentación para libramos de la codicia, que es pecado, con­
viene a la salud del espíritu, aunque ello no debe significar
desprecio para su fuerza. Con el oro de las Indias será Cas­
tilla más rica y poderosa, podrá continuar su guerra contra
los infieles y dominar el mundo entero, de lo que nos sen­
tiríamos orgullosos todos sus hijos. En apetecer el oro como
medio, nunca como fin, no hay ofensa para Nuestro Señor,
sobre todo cuando se emplea en servicio de la religión y de
la Corona, que es hacia donde deben encaminarse nuestros
deseos. Ya sé que no se pueden dejar sin recompensa es­
fuerzos y sacrificios sin los cuales el precioso metal no
sería alcanzado; pero en eso cabe inclinarse por el lado del
exceso o por el de la moderación, y sólo estará en lo justo
aquel que, desprendiéndose de torpes apetitos, se conforme
con lo que corresponde a su estado.
Balboa sonríe comprensivo y vuelve a sentarse.
—Si así sucediera siempre, se evitarían muchas quere­
llas —dice—. Pero volvamos a lo mío: ¿qué debo hacer
para librarme de la mala voluntad que me persigue?
—Dejadlo de mi cuenta. El gobernador no puede tomar
una resolución como la de enviaros a España prescindiendo
de mi consejo. Me tendréis siempre a vuestro lado para de­
fenderos en lo que sea de justicia, aunque vuestros enemi­
gos son muchos, no solamente en el estrado de Pedrarias,
sino también entre vuestros antiguos compañeros.
—Acaso Diego del Corral...
—No es uno solo. Pero ¿quién no tiene enemigos, sobre
todo si ha ejercido mando? No debe apesadumbraros esa
desgracia, y yo, en vuestro lugar, esperaría tranquilo a que
se presentara una buena coyuntura para convertir las lan­
zas en palmas. Lo que habéis hecho en servicio del Rey
tendrán que reconocerlo todos algún día, como ya lo reco­
nocen aquellos a quienes la pasión no ha puesto una venda
en los ojos. ¿Sabíais que doña Isabel de Bobadilla está de
vuestra parte?
—La bondad de esa gran señora me tiene muy obligado.
—Ella y yo le hablaremos a Pedrarias cuantas veces
s«a necesario para traerle a la concordia y espero que al fin
lo hemos de conseguir, porque la ayuda de Dios, en obra
tan conveniente para todos, no puede faltamos. Entre tanto
vos podéis ir madurando vuestros planes, aunque sin darlos
» conocer mientras dure la borrasca. El gobernador anda
339
ahora muy desasosegado a causa de sus achaques y está
como un erizo. El mayor peligro lo veo en los hombres que
le rodean, porque le hablan mal de vos, pensando agra*
darle de este modo.
El hidalgo hace un gesto que indica al mismo tiempo
indiferencia y cansancio. Después observa:
— De ellos sabría librarme si volviera a ser lo que he
sido: Jes taparía con oro la boca o les cortaría la lengua.
—Lo primero no me parece mal pensado; lo segundo
sería una atrocidad de las que no tienen perdón. Contened
esos impulsos vengativos y no perdáis la confianza. ¿Es
que no pesan lo suyo la esposa del gobernador y el obispo...?
Contáis, además, con otros valedores, con amigos fieles, y
Pedrarias, por otra parte, os necesita, aunque él no quiera
reconocerlo. A vos os corresponde descubrir las tierras del
mar del Sur, ganar las islas de las perlas y tra er a la An­
tigua el oro de los Incas. Ésas riquezas os harán famoso
en España e inclinarán de vuestro lado la estimación del
Rey y do su corte.
El prelado fija en Vasco Núñez una m irada prometedo­
ra, contestada por otra del extremeño no menos expresiva.
Se ha llegado a un acuerdo.
9

* * * 1

Los elogios que su esposa doña Isabel y F ray Juan de


Quevedo solían hacer de Balboa, lejos de m itigar la ira­
cundia de Pedrarias, más bien la exacerbaban, debido qui­
zás al choque de dos influencias contrarias. Porque los ofi­
ciales de cédula real, cada día más pesarosos de la presencia
del extremeño, aunque le hubieran desposeído de sus bie­
nes y postergado, no cesaban de sem brar cizaña. Querían
a toda costa verle embarcado y expedido a Castilla con un
fardel de cargos que fueran suficientes para condenarle a
la horca. Y el gobernador daba oídos, con preferencia, no
a Jas personas de ascendiente fam iliar y de m ejor consejo,
sino a las que más le halagaban en sus sentim ientos renco­
rosos. No comprendía la protección otorgada por su mujer
a un hidalgüelo oscuro, escapado de España por miedo a
3a miseria y huido de Santo Domingo a causa de sus deudas,
a quien los vientos cam biantes de la fortuna llevaron al
desconocido m ar del Sur como habrían podido llevarle al
cadalso. Sin duda la intercesión de la bondadosa dama se
debía principalmente a manejos diplomáticos del obispo,
aunque también el extrem eño, con su presencia atrayente,
su ingenio, su aureola de descubridor y su graciosa cortesa*
nía, hubiera logrado cautivar a doria Isabel, para quien ru
140
pasaban inadvertidas las prendas personales de hombre tan
singular. El antiguo paje de don Pedro TPortacarrero, recor­
dando las maneras aprendidas en una casa procer, en es­
trecho contacto con la nobleza del mediodía de España, sa­
bía ser obsequioso y galante con las señoras, siempre sen­
sibles, por otra parte, al homenaje de los hombres de
mérito.
También impacientaba a Pedrarias la defensa que hacían
de Balboa el prelado y otros personajes de su contorno. So­
bre todo con Fray Juan de Quevedo solía tener muy agrias
peloteras en las que el nombre de Vasco Núñez servía de
bQtafuegos. El franciscano no gustaba de llevar abierta­
mente la contraria a su antagonista. Tenía por táctica dejar
que pasara el nublado, en el caso de presentar éste mal
cariz; pero insistía más tarde, confiando antes en la perse­
verancia que en su elocuencia, aunque se tuviera por buen
dialéctico.
A causa de su quebrantada salud, el gobernador recluía­
se en su casa durante largas semanas y con frecuencia des­
pachaba susnegocios sin moverse del lecho, siempre acom­
pañado de familiares, capitanes, ministriles, pajes y algún
religioso 4© cogulla. Cuando le visitaba el obispo, que era
cada dos o tres días, Pedrarias despedía a los ociosos y se
quedaba a solas con la primera autoridad espiritual de la
diócesis, aunque nada reservado tuvieran que tratar. Debíase
esta precaución a que Fray Juan de Quevedo, sin abandonar
nunca sus maneras suaves, hacía prevalecer su potestad
contra las arbitrariedades del cascarrabias, y éste, por si
tuviera que tascar el freno y encogerse un poco, no quería
testigos.
Instalado en una de las viviendas más espaciosas del es­
tablecimiento, que había podido alhajar con ricos enseres
traídos de España, echaba de menos, sin embargo, las como­
didades del palacio que correspondía a su cargo, hallando
en ello otro incentivo para enfurruñarse ante cualquier
futesa. Derrumbado en un sillón de alto respaldar, sólo a
medio vestir, estiradas las piernas y con ios pies, calzados
con babuchas, descansando sobre la almohada de un es­
cabel, así nos lo representa nuestra imaginación en mía de
sus posiciones habituales. Tiene en la mano un abanico de
palma que le sirve al propio tiempo para darse aire y es­
pantar los mosquitos. A su alcance, sobre una mesilla de
arabescos y taracea, hay una multitud de redomas y frascos
que contienen las pócimas, infusiones y menjurjes con los
que entretiene su melancólica esperanza de enfermo crónico.
Pálido el rostro de revuelta barba entrecana, fláccidas las
mejillas, hundidas las sienes, alborotado el pelo alrededor
de una avanzada calvicie, afilada la nariz y colgando el
141
belfo, toda la vida de ese hombre caduco se concentra en
los ojos, que llame&n sobre la mancha lívida del párpado
inferior. No es un hombre para espantar a nadie cuando
está en esta postura; pero si se levanta, en uno de sus fre­
cuentes arrebatos, erguido el cuerpo y autoritario el ade­
mán, su talla de gigante, el rayo de su m irada y el tono con­
minatorio de su voz tremebunda hacen retroceder al más
valiente.
Oigámosle platicar con el obispo, que acude a informarse
de la marcha de su salud. Fray Juan de Quevedo, como es
en él muy frecuente, porque sabe acomodarse a la vida agi­
tada de la colonia, viste calzas y jubón como un seglar, sin
otras insignias de su estado y jerarquía que una birreta
eclesiástica y la cruz patriarcal de doble travesaño sobre la
coracina de piel.
Pedrarias se lamenta de no encontrar alivio a pesar de
que el físico le ha sangrado ya dos veces. Está impaciente
por ponerse al frente de sus hombres de arm as y recorrer
todas las tierras del Darien. Con este motivó deja correr
su bilis a caño libre y el franciscano tra ta inútilm ente de
sosegarle y de mover su espíritu hacia la conformidad cris­
tiana.
—¿Por qué no os trasladáis a un lugar de la sierra más
seco y sano? —pregunta con solícito interés—. Los aires y
la humedad de la Antigua no son p ara vos. Podríais dele­
gar el gobierno a una persona de vuestra confianza.
—Algún día tendré que hacerlo, aunque me cueste un
gran sacrificio; pero antes quiero d ejar term inada la pes­
quisa de Balboa. Ese hombre es un peligro p ara mi gober­
nación y he de alejarle de aquí pese a quien pese.
El prelado recoge la indirecta sin inm utarse. Conoce de
sobra al gobernador para sentirse ofendido por su inten­
ción impertinente. Teniendo las m anos juntas y los ojos ce­
rrados. como si se preparara a m usitar una oración, insinúa:
—¿Y en Castilla no seguirá siendo un peligro ese hi­
dalgo? Tiene el genio vivo y el entendim iento cla ro ; no le
faltan ni audacia ni te só n ; sabe seducir con la palabra y
puede ganarse el favor del Rey con la relación de sus
proezas.
El gobernador se rem ueve en su sillón frailero como si
estuviese sentado sobre alfileres. Sus ojos desorbitados se
clavan en los del franciscano con agresividad que deja tras-
lucir un fondo de temor.
—En España se le form ará proceso y será condenado
—profiere casi en un grito—. Tengo pruebas irrebatibles
de sus crímenes.
—¿Pruebas? ¿Llamáis pruebas irrebatibles a las decía*
raciones de los testigos de cargo? Él dem ostrará con otras
142
probanzas que sólo han sido interrogados sus enemigos.
Y que ha descubierto el mar del Sur y conquistado veinte
provincias, sometiendo a sus régulos. Antes de que nosotros
embarcáramos en Sanlúcar, ya Balboa había enviado a la
corte procuradores con algunas arrobas de oro y la noticia
de sus descubrimientos. El Eey suele mostrarse agradecido a
los que le sirven con provecho y gloria para la Corona. No
me sorprendería que, ayudado de su buena presencia y de
los testimonios que puede presentar, porque los tiene, lo­
grara nuestro hidalgo trocar los procesos en mercedes y vol­
viera hecho Adelantado o Gobernador.
Pedrarias se pone en pie de un salto.
— ¡Plegue a Dios que tal no suceda, porque sería la per­
dición de todos! ¡Antes lo hago degollar!
Reportándose de este primer impulso, vuelve a mirar al
obispo con ojos inquisidores y pregunta:
—¿Me depondrían a mí para gratificarle a él?
—No es necesario. En Tierra Firme hay espacio para
todos. Lo mismo por el lado de este mar que en el del otro,
se encuentran regiones sobre las cuales ha derramado Nues­
tro Señor su gracia. Balboa, que las conoce, podría escoger
la más hermosa y rica, en la seguridad de obtenerla, si,
como presumo, lograra hacerse valer por lo que ha hecho.
Pronunciadas estas palabras, Fray Juan de Quevedo ob­
serva a su interlocutor con sagaz atención. La fiera, con un
venablo clavado en el costillar, empieza a retroceder lenta­
mente y vacila. Es el momento indicado para reguir aco­
sándola.
—Lo que yo haría con. Balboa — apunta el francisca­
no — es ponerle a mi servicio para aprovecharme de su
capacidad, del amor que le tienen los soldados y de la suerte
que le acompaña en sus empresas. Otro capitán más dis­
puesto y afortunado no lo hay en las Indias. Lejos de ale­
jarle como un peligro, antes me inquietaría que se me pu­
diera escapar, llevado de su inclinación a vivir a sus anchas,
y para retenerle le tendría envuelto en contestaciones y
pleitos todo el tiempo que fuera de mi conveniencia. Recias
amarras se necesitan para tener a nave tan orgullosa bien
sujeta en el puerto. Más tarde, cuando ya no la necesitara,
la dejaría en libertad, a ver si le daba el viento de través,
como sucede con muchas que navegan a la ventura por
estos mares.
— De litigios no se ha de librar si le dejo seguir en la
Antigua — augura, rencoroso, el gobernador, otra vez pos­
trado en su sillón y como hablando consigo mismo —. Pero
¿y si intentara revolverme la gente? Tiene sus parciales y
ya se rebeló contra Enciso. Aquí, más aún que en España,
gritan los menguados: «¡Viva el que vence!»
143
— Cuando Balboa suplantó al bachillwr, U situación fa­
vorecía al más osado y no había en esta tierra una potes­
tad como la vuestra o como la mía. Los títulos de Enclto,
desaparecido Ojeda, de quien los hubo, no podían ser vale»
deros para un puñado de hombres desamparados en cuyas
espaldas cabalgaba la muerte. Ahora es distinto. Están aquí
presentes la majestad y el poder de Castilla, que todos aca­
tan con reverencia, Vasco Núñez el primero.
Pedrarias no ha quedado convencido, si bien el temor de
que pueda el extremeño rehabilitarse en España, hasta el
punto de obtener honores, se sobrepone a su insania. El
obispo ha sabido herirle en su punto neurálgico. Si aborrece
a Balboa no es porque le considere un criminal ni porque
tema que se le pueda rebelar, sino porque le tiene celos, lo
cual viene a ser como un reconocimiento tácito de su im­
portancia en el pasado, el presente y acaso el porvenir de
la colonia. No puede soportar su presencia porque, sin con­
fesárselo a sí mismo, siente que lo abruma con ia superio­
ridad derivada sobre todo de su juventud y de su suerte.
No ha descubierto en él cualidades relevantes porque le
ciega una necia presunción; pero ya basta el que le vea
joven y afortunado en sus empresas para que, volviendo los
ojos a la propia caducidad y a la desgracia de encontrarse
enfermo, experimente una pesadumbre que le disminuye y
humilla. El antiguo justador, aclamado en los, juegos caba-
llerescos, tiene la vanidad pueril de los hombres espectacu­
lares y se aflige ante la pujanza ajena. Es terriblemente en­
vidioso. Por esto la idea de que Balboa puede alcanzar en
España un galardón equivalente al reconocimiento oficial de
su valer, le envenena el alma. Preferirá siempre sacrificarse,
reteniendo a su lado a un hombre al que detesta, para de este
modo impedir que prospere. Es de aquellos que se dejarían
vaciar un ojo a cambio de ver ciego al enemigo.
Fray Juan de Quevedo, para cuya perspicacia el cora­
zón de Pedrarias no tiene secretos, sabe explotar los im­
pulsos malévolos del anciano para la consecución del fin
perseguido; pero ¿ha previsto las consecuencias de una
conllevancia entre el gobernador y Vasco Núñez, basada
en el odio de una de las dos partes? ¿No se aprovechará
pl rencoroso viejo de todas las ventajas dimanantes del
cargo para vengar en un inocente la desazón que le ocasio­
na su compañía? ¿Y cuánto tiempo podrá durar la con*
cordia aparente? ¿No son de temer las recaídas en la in­
compatibilidad, con recrudecimiento en los ataques y per*
secuciones?
El prelado debe confiar en que el tiempo todo lo reme­
dia, o piensa tal vez que Pedrarias, cada día más enfermo,
puede ser llamado a comparecer ante Dios. De todos i»0"
144
dos, una cosa le interesa por encima de todas ías demás
consideraciones, y e3 que Balboa continúe en el Darien
con facilidades para seguir explorando y venciendo caci­
ques. En primer lugar, porque así conviene al servicio del
Rey; luego, porque el hidalgo es su socio. Después de ha­
ber obtenido por su mediación las tierras más abundantes
y ricas y unos centenares de esclavos para trabajarlas, es
él quien ahora administra su hacienda con resultados ópti­
mos. Con el extremeño, sí fuera enviado a España, se le
iría al obispo la fortuna. Por consiguiente, no la dejará
escapar. Remachará, en sucesivas entrevistas, la idea que
ha metido en la cabeza del gobernador, curándose de in­
quietudes por el futuro con la esperanza puesta en su in­
tervención conciliadora. Que puede gastarse con el abuso
hasta perder toda su eficacia. Entonces será inevitable la
tragedia.
* * *

Si no marchaban las cosas completamente a gusto de


Pedrarias ni de Balboa, en cambio iban por el carril del
obispo bastante bien. De hecho tenía este último facultades
omnímodas para hacer y deshacer, debido a encontrarse
el gobernador siempre doliente, circunstancia que deter­
minó su traslado a un paraje montañoso y de clima más
benigno. Era una buena oportunidad para que se reinte­
grara en el mando al extremeño, dicho se está que interi­
namente; pero tal concesión no la hubiera hecho nunca
Pedrarias, y, así, hubo de convenirse en que se dejarla a
Vasco Núñez intervenir hasta cierto punto en los negocios
públicos, aunque siempre bajo ¡a autoridad y vigilancia
del franciscano y de los primeros oficiales. Le fueron res­
tituidos los bienes que tenía embargados, dándole con ello
una dedada de miel; pero quedaba en situación de sub­
alterno, si bien Fray Juan de Quevedo, invariablemente
partidario suyo, se esforzaría por hacerle olvidar las mo­
lestias derivadas de su categoría inferior, que le incapaci­
taba para la iniciativa.
Balboa habría podido sacar más partido de la protec­
ción del obispo. Siendo como era Pedrarias tan sensible a
la adulación, pudo haberle halagado la vanidad, como ha­
cían los parásitos que reptaban por su estrado, y, proba­
blemente, a fuerza de genuflexiones y lisonjas, con la pre­
ciosa ayuda de un valedor como el prelado, hubiera con­
vertido la gratuita aversión del irascible viejo en senti­
miento benévolo. Pero al hidalgo se le ponía rígido el espi­
nazo cuando estaba delante de enemigos y su amor a la
independencia era, por otra parte, consubstancial de su per­
sonalidad
... *v de su raza. Los aventureros que se iban a las
145
Indias, dice un escritor de lengua alemana, «no eran servi­
les: preferían siempre el gesto osado y empujar al que se
les ponía delante». Esta observación de Stei’an Zvveig es apli­
cable al descubridor del Pacífico.
La ausencia del gobernador, durante la cual el extreme­
ño, pudiendo haberle substituido, hubo de contentarse con
desempeñar un papel mediocre, duró escaso tiempo. No por
haber sanado, sino a causa de su impaciencia por eclipsar
al astro que le habia precedido, retornó Pedrarias a la An­
tigua, todavía achacoso. Pero, recordando ciertas campa­
ñas hechas en Orán y otras tierras de Berbería, le acuciaba
el deseo de verse otra vez metido en una guerra.
Posesionado nuevamente del mando, empezó a inquietar
a las tribus ya sometidas, ordenando entradas en la tierra,
para lo cual movilizó sus huestes bajo la dirección de dife­
rentes capitanes. La expedición más importante era la de
Juan Ayora, su lugarteniente, compuesta de cuatrocientos
hombres y destinada al golfo de San Miguel. Esperaba Pe­
drarias de su capitán favorito que haría nuevos descubri­
mientos, junto a los cuales los de .Balboa quedaran dismi­
nuidos y casi olvidados. Pretensión insensata, porque, atra:
vesado el istmo por primera vez y descubierto el mar Aus­
tral, quedaban abiertos todos ¿os caminos y lo que se hiciese
ulteriormente sería siempre la natural consecuencia de haber
sido rasgado el misterio geográfico. v
Pero los celos del viejo segoviano no se detenían ante
consideraciones de ninguna especie. Obseso por las mercedes
que le pudieran ser otorgadas a Vasco Núñez como descu­
bridor del mar del Sur, se apresuraba a enviar su gente al
otro lado de la cordillera para poder decir, a su tiempo,
que él había sido el primero en poblar la tierra, no habien­
do hecho su predecesor nada más que verla materialmente.
Ya estaban preparados los informes que debían ser envia­
dos a España para indisponer al Rey y al Consejo de Indias
con Balboa, de suerte que no se le pudieran conceder hono­
res, y si ya se los hubieran concedido, que se los retiraran.
Por el momento, Pedrarias no pensaba en la propia gloria;
dábase por satisfecho con sólo poder destruir la de un hom­
bre cuyo delito principal era el de habérsele anticipado en
!a penetración de Tierra Firme.
El más leal de los caciques a España, Panquiaco, hijo
Comogre, convertido al cristianismo y bautizado con el nóm-
bre de Carlos, fué la primera víctima de Juan de Ayorfl'
Entró éste a saco en su tierra, sin tener en cuenta para nada
que fuera, en cierto modo, un servidor del Rey, a quien
había prometido fidelidad. El favorito de Pedrarias querí-1
oro y todo lo demás le dejaba frío. Panquiaco hubiera dad11
el metal que se le pedía como lo hizo cuando Balboa visito
a su padre por primera vez; pero los procedimientos brl,\
tales empleados por Ayora habían de herirle en lo vivo y
motivar fatalmente su resistencia. Se defendió coa bravu­
ra, aunque no pudo evitar que los españoles atraparan cuan­
to había en su dominio de algún valor. Hubo choques san­
grientos, en los que murieron algunos soldados castellanos, y
su capitán, para vengarles, se entregó a toda clase de exce­
sos. Después huyó con el despojo en una nao.
Cuando se supo en la Antigua lo sucedido, Vasco Núñez
y el obispo, así como todos los antiguos colonos, pusieron el
grito en el cielo, no sólo por ser Panquiaco un aliado, a quien
se debían las albricias de un gran descubrimiento, sino tam­
bién porque con el proceder de Ayora se iniciaba un nuevo
sistema de penetración contrario a la paz y a la seguridad
del establecimiento. ¿Se deseaba tener a los indios propi­
cios, para con su concurso penetrar e ir poblando la tierra,
o se quería simplemente despojarles, sin dar ninguna im­
portancia a su adhesión? En el segundo supuesto, los dos
mil españoles traídos por Pedrarias correrían la triste suer­
te de los compañeros de Ojeda y Nicuesa. Balboa, con todas
las personas sensatas de la colonia, decían que media doce­
na de golpes como el dado en la tierra de Panquiaco pon­
drían a todos los indios del Darien sobre las armas, destru­
yendo los frutos de una política de atracción seguida hasta
entonces con éxito. El obispo recordaba las instrucciones
reales da;das a todos los exploradores y autoridades de las
Indias para que los nativos no sufrieran mal trato.
Pero Pedrarias, que pensaba de muy distinto modo, di­
simuló los atropellos y crueldades de su lugarteniente y echó
tierra al asunto, prohibiendo que se le hablara más del
mismo.
No hubo, pues, castigo para el culpable ni rectificación
de conducta. Gonzalo de Badajoz, con ochenta soldados, fué
encargado de recorrer la costa atlántica del istmo y tam­
bién se enredó en una guerra encarnizada con tribus que a
la sazón se mantenían pacíficas. Pidió refuerzos y le fueron
enviados bajo el mando de Luis Mercado, con quien Bada­
joz se marchó luego al otro mar, dejando muy revueltas
las tierras de Nombre de Dios. Otra expedición dirigida por
Francisco Becerra se internó en el Urabá, para después re­
montar el río Grande de San Juan; atropelló a los habi­
tantes de las lagunas y hubo de escapar derrotado y con
las manos en la cabeza. Un capitán apellidado Vallejo tras­
ladóse con setenta españoles a Punta Caribana y volvió so­
lamente con veintidós, habiendo visto perecer de horrible
muerte a todos los demás.
Se recordaba en la Antigua que Balboa había atravesado
dos veces el istmo y sometido a todos los caciques de las
tierras visitadas sin haber perdido ni uno solo de sus hom-
de armas. La satisfacción del hidalgo al ser notada esta
147
empezaron los Estados Unidos a interesara» por «1 pro­
yecta
Fernando de Lesseps quiso convertir en realidad al an­
tiguo sueño español, y a su incitación fué constituida la
Sociéte Civile Internationale du Canal interocéanique, que
había de ser uno de los desastres financieros más estrepi­
tosos que se recuerdan. Las obras realizadas pasaron a sor
propiedad de los Estados Unidos por cuarenta millones de
dólares, haciéndose el traspaso en 1899, y el canal quedó
oficialmente abierto a la navegación en 1915. Su construc­
ción, en la que llegaron a trabajar hasta 45.000 obreros,
con innumerables máquinas, duró veinticuatro años. Tie­
ne el canal, hecho con esclusas para salvar el desnivel de
las aguas, 66 kilómetros de largo y su coste alcanzó la enor­
me suma d# 375 millones de dólares.

F IN
ÍNDICE

Prólogo ...................................................................... 5
I. El hidalgo pobre .................................................... 7
II. El oro de tierra firme............................................ 20
III. Santa María del Darien ...................................... 35
IV. Pelea de gerifaltes ............................................... 50
V. Indios amigos ......................................................... «5
VI. Cada día trae su afán ........................................ 83
VII. Descubrimiento del Pacífico ............................ 101
VIII. Gente nueva .......................................................... 121
IX. Un obispo conciliador ............................................ 135
X. Óbra del odio ........................................................... 151
XI. Fatalidad .................................................................. 166
Post-scriptum. !>• Balboa a Leswps................. 181