Sie sind auf Seite 1von 18

Halperin Donghi, T. (2003).

Hispanoamérica vista por sí misma (de


Simón Bolívar al giro progresista-autoritario. En Historia general de
América Latina, Vol. VI, Vázquez, J. (Dir.), La construcción de las
naciones latinoamericanas (1820-1870). España: Ed. Unesco / Trotta

26
HISPANOAMÉRICA VISTA POR SÍ MISMA (DE SIMÓN BOLÍVAR
AL GIRO PROGRESISTA-AUTORITARIO)
Tulio Halperin Donghi

El esfuerzo por trazar una imagen precisa de Hispanoamérica comienza en rigor


antes de que ésta se desgaje de la matriz imperial e hispánica. Lo vemos ya en los
precursores ideológicos de la emancipación, que postulan la existencia de una es-
pecífica identidad hispanoamericana, para proclamar enseguida necesario encar-
narla en lo real. He aquí cómo ya en ese momento inicial la exploración de la rea-
lidad hispanoamericana se presentaba como el primer paso para el trazado de un
programa de transformaciones cuya urgencia ha permitido descubrir esa misma
exploración.
La relación íntima y necesaria entre un esfuerzo de definición y un programa
de acción, que ha de mantenerse por más de un siglo (sólo en el siglo XX -y por
lo tanto ya fuera del marco cronológico aquí considerado- ha de surgir en efec-
to una reflexión acerca de Hispanoamérica menos directamente orientada a al-
canzar inmediatos corolarios prácticos) anticipa ya algo sobre quienes la tomaron
a su cargo, y vieron en ella una de las dimensiones de otra empresa más vasta en
la que habían puesto su vida; una empresa que desbordaba el campo de la inda-
gación teórica y aun del debate de ideas, para insertarse en el tejido más comple-
jo de una vida pública dominada por el conflicto político: no es sólo la todavía
incipiente división del trabajo social la que hace que tantos de los que aquí apa-
recen en la imagen de pensadores hayan sido a la vez hombres de acción política
y aun guerrera. Pero esa relación anticipa ya algo también sobre esa reflexión mis-
ma: por largas décadas su tema central ha de consistir en un inventario de caren-
cias que urge remediar, y que habrán sido descubiertas mediante un ejercicio de
comparación entre esa deficiente Hispanoamérica y ciertos dechados que se pro-
ponen a su emulación.
En ninguno de los testigos que aquí van a considerarse se presentan esos ras-
gos tan acusadamente como en Simón Bolívar. Figura central en el doloroso na-
cimiento de Hispanoamérica, Bolívar se pone al servicio de una transformación
necesariamente más radical que las encaradas por sus epígonos: nada menos que
la metamorfosis de un dominio colonial en nación, y de un régimen de tiranía en
virtuosa república. Pero la reflexión bolivariana no sólo se separa de la que ha de
continuarla por su ambición más abarcadora: precisamente porque se ubica en el
614 TULlO HALPERIN DONGHI

punto de partida de esa transición, está todavía dominada por una problemática
forjada en el marco del orden colonial que aspira a abolir.
La Hispanoamérica que lucha por emanciparse sigue siendo, en la visión de
Bolívar, el territorio compartido por esas dos repúblicas, la de españoles y la de
los naturales, herederos de los vencedores y los vencidos en la Conquista, a las
que la legislación española dotó de estatutos distintos. Esa visión continua la de
los precursores del independentismo que tampoco habían ignorado esa frontera
interna: así el expulso jesuita peruano Viscardo y Guzmán habían fundado su ale-
gato independentista en un doble memorial de agravios, el de los herederos de
los reinos indígenas, usurpados por la Corona de Castilla, y el de los herederos
de los conquistadores, víctimas de la sistemática ingratitud de esa misma corona,
beneficiaria única de las hazañas de sus mayores.
Ese aspecto del legado colonial hace de la lucha emancipadora una empresa
insalvablemente paradójica. Así lo reconoce tanto el Bolívar temporariamente de-
rrotado que en 1815 compone desde su refugio insular la Carta de Jamaica, como
el ya victorioso de 1819 en su oración inaugural del Congreso de Angostura. Tras
de admitir que la lucha emancipadora fue menos una iniciativa espontánea de los
dominios ultramarinos que una respuesta al derrumbe de la Monarquía española,
que cortó para siempre un lazo cuya supervivencia había dependido hasta enton-
ces del consenso en muchos casos entusiasta de los dominados (<<la opinión era
toda su fuerza>> (Bolívar, 1976: 56), confiesa todavía Bolívar, en frase que quizá no
advierta hasta qué punto es reveladora); pero si gracias a esa trágica peripecia <<el
velo se ha rasgado, hemos visto la luz>>, el precio de esa brusca emancipación fue
la <<orfandad>> (Bolívar, 1976: 62) en que el avance triunfal de las águilas francesas
sobre <<los frágiles gobiernos de la Península>> vino a arrojar a Hispanoamérica.
Es una situación que -en 1815 como en 1819- recuerda a Bolívar la que si-
guió a la disolución del Imperio Romano, cuando <<cada desmembración formó un
sistema político>>; pero a su juicio la de Hispanoamérica aún más grave; mientras
<< ... aquellos miembros dispersos volvían a establecer sus antiguas naciones [... ]
nosotros, que apenas conservamos vestigios de lo que en otro tiempo fue, y que
por otra parte no somos ni indios ni europeos, sino una especie media entre los
legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles [... ] siendo nosotros
americanos por nacimiento y nuestros derechos los de Europa, tenemos que dis-
putar riesgos a los del país y que mantenernos en él contra la invasión de los in-
vasores>> (Bolívar, 1976: 62).
Bolívar no necesita definir ese nosotros: todo el argumento revela que él alu-
de a los criollos herederos de la república de españoles. Al evitar esa definición
elude también poner en tela de juicio un aspecto de su planteamiento que no deja
de intrigar al lector de hoy: no se pregunta siquiera, en efecto, si esa revolución
aún más difícil de justificar en derecho (puesto que disputa los de los <<legítimos
propietarios del paÍS>>) que de conducir al triunfo, es la única posible.
Si lo ignora, es quizá porque su visión espontánea del legado colonial está más
alejada de la recogida en la teoría de las dos repúblicas de lo que adhesión formal
a ella haría suponer. Bolívar, en efecto, descubre una dimensión esencial de la ex-
periencia colonial de la que esa teoría no daba cuenta: su origen en una conquis-
ta que -así fuese a través del crimen- ha entrelazado de modo irreversible a per-
HISPANOAMÉRICA VISTA POR SÍ MISMA 615

petradores y víctimas. Los hispanoamericanos son herederos a la vez de unos y


otras; al precio de presentar a los hijos de Hispanoamérica como el «compuesto
abominable de esos tigres cazadores que vinieron a la América a derramarle su
sangre y a encastar con las víctimas antes de sacrificarlas>>, Bolívar logra hacer de
la revolución criolla la de todos los hispanoamericanos.
El precio es en verdad exorbitante: construir una república con ese delezna-
ble material humano se anuncia empresa desesperada, y hay un tardío Bolívar, re-
ducido a testigo impotente de la ruina de su grandioso proyecto político, que
abundantemente la reconoce como tal. Pero para el Bolívar cuya esperanza en el
futuro se había desplegado en ese ambicioso proyecto, ese pecado original, que
había dejado su mancha en la humanidad hispanoamericana, había cumplido una
función más positiva. Desde la perspectiva de ese Bolívar que había ya perdido las
ilusiones pero no la fe, la corrupción heredada de la Conquista no colocaba a His-
panoamérica en una situación única y excepcional; por lo contrario, el problema
que ella obligaba a replantear -el de cómo lograr la regeneración que devolve-
ría su virtud perdida a una república corrupta- no podía ser más clásico en el
pensamiento político.
Al definir de ese modo el problema que se plantea a Hispanoamérica, Bolívar
muestra que no es sólo su mayor intimidad con el mundo colonial la que lo sepa-
ra de sus continuadores. Mientras éstos encuentran sus raíces no sólo en la Hispa-
noamérica postrevolucionaria, sino en el mundo nuevo creado por las revolucio-
nes atlánticas, para Bolívar éstas son todavía el presente, y un presente que cree
todavía posible encuadrar en las categorías con que el pensamiento clásico había
buscado organizar su visión de la experiencia política de la humanidad.
A esa tradición se mantiene fiel cuando coloca en el centro de su problemática
la de la regeneración, que supone una noción cíclica y no lineal del curso del tiem-
po, reflejada -por ejemplo- en los excursus históricos incluidos en el mensaje de
Angostura, en que los ejemplos tomados de Esparta y Atenas conviven con los
de los de Venecia, Inglaterra y Estados Unidos. La gravitación del legado clásico no
refleja tan sólo el lugar que la tradición antigua conserva en la mente del discípulo
de Simón Rodríguez, sino quizá aún más la seducción que la ambición exorbitan-
te de regenerar la república bajo el signo exclusivo de la virtud retiene sobre quien
organizó su vida en torno a la opción existencial que hizo de él un revolucionario.
Bolívar advierte desde muy pronto hasta qué punto la realidad se resiste a esa
empresa regeneradora, pero eso no lo lleva a modificar sus perspectivas, sino a
proclamar la imposibilidad en que se encuentra cualquier perspectiva teórica de
dar cuenta de la aberrante realidad hispanoamericana, y proporcionar orientación
válida para incidir sobre ella. A partir de ese descubrimiento su pensamiento po-
lítico va a seguir a la vez dos rumbos distintos: sin renunciar a soñar con la repú-
blica virtuosa, explorará los medios de evitar que el esfuerzo por instaurarla des-
emboque en catástrofe. Avanzando por este segundo rumbo en la busca de una
conciliación entre las exigencias de su conciencia revolucionaria y las imposicio-
nes de una realidad rebelde, Bolívar ha de descubrir ya muchos de los rasgos que
dominarán la temática de sus sucesores, pero no el modo de integrarlos en una
nueva visión global de la realidad hispanoamericana y de las tareas que ella im-
pone a quien quiera transformarla.
Ilustración 1 O'
O'

..,
e
r
o
I
)>
r
"
m
71
z
o
o
Monterrey visto desde la terraza de una casa de la plaza principal, F. Swinton, según dibujo del Cpt. D. P. Whiting. Fuente: México Ilustra- z
Cl
do ... , 1994: 155. I
HI SPA N OA MÉ R IC A V IST A POR SÍ MI SM A 617

Por el contrario, para ese Bolívar cada vez más pesimista, si Hispanoamérica
ha de esquivar ese desenlace catastrófico, será gracias a lo que la realidad hispa-
noamericana conserva de irreductiblemente heterogéneo y aún incoherente. He
aquí la conclusión implícita de la ojeada panorámica de los distintos movimien-
tos emancipadores incluida en la Carta de Jamaica . Si bien la revolución emanci-
padora, en cuanto revolución igualitaria protagonizada por una casta privilegia-
da, es irremediablemente autocontradictoria, apenas se examina su impacto en el
marco concreto de cada una de las comarcas hispanoamericanas, se descubre la
presencia de una red en cada caso variable de mediaciones y complicidades entre
las minorías que tomaron la iniciativa de la revolución y las mayorías en cuyo
nombre aquéllas actuaron, que -sin resolver esa contradicción- evita por lo me-
nos que ella conduzca a la catástrofe.
Bolívar -se ha dicho ya- no buscó hacer de ese descubrimiento el punto de
partida para la elaboración de una nueva perspectiva teórica que incorporase los
datos de esa realidad más compleja; aún las modificaciones globales a su proyec-
to político, en cuyo favor hubiese podido invocar la autoridad venerable de la
teoría que desde Aristóteles proclama la superioridad de las formas mixtas de go-
bierno, prefirió presentarlas como una concesión a una realidad demasiado con-
taminada para que fuese posible aplicar a ella las conclusiones de una teoría que
como tal sigue considerando irrefutable. De ese modo, las variaciones introducidas
a una problemática que es común a Hispanoamérica por las peculiaridades de cada
comarca hispanoamericana hacen ya en Bolívar una aparición discreta; ellas pa-
sarán a primer plano en sus continuadores en la reflexión sobre Hispanoamérica.
El desplazamiento entre el marco hispanoamericano y el ofrecido por cada
uno de los nuevos Estados no es el único a través del cual las concesiones práct i-
cas que Bolívar se resigna a ofrecer a una realidad rebelde anticipan más globales
cambios de perspectiva de sus continuadores. Así, la relación entre los herederos
de los conquistadores y de los conquistados, que para Bolívar planteaba un proble-
ma en verdad insoluble, sólo muy ocasionalmente va a reaparecer como tal (por
ejemplo, en las sombrías previsiones de una inminente reconquista indígena que
surgen en las horas más desesperadas del México independiente}.
Es que ese problema ha sido resuelto en los hechos: en todas partes las repú -
blicas independientes serán las continuadoras de la república de españoles, y su
trayectoria confirmará las poco sinceras seguridades ofrecidas por Bolívar en pá-
ginas destinadas a lectores ingleses, en que subrayaba que en Hispanoamérica las
contiendas no surgían <<de la diferencia de castas; ellas han nacido de la divergen-
cia de las opiniones políticas y de la ambición particular de algunos hombres»
(Bolívar, 1976: 78), más bien que las profecías sobre una inminente y catastrófi-
ca «guerra de colores>>, que el Libertador prodigaba a sus íntimos.
En esta nueva etapa tanto la frontera interna que es herencia de la Conquis-
ta cuanto lo que esa misma conquista tiene de intrínsicamente injusto dejan de ser
vistos problemáticamente, y es en cambio el legado de la nación conquistadora el
que será reconocido como la clave de los problemas que aquejan a una Hispano-
américa que junto con su antigua metrópoli halla difícil conquistar un lugar acep-
table en un mundo que comienza a ser transformado por los avances del capita-
lismo industrial.
618 TULlO HALPERIN DONGHI

Ese nuevo giro en la visión de Hispanoamérica no refleja en efecto tan sólo


el tránsito de las inseguridades propias de una revolución en curso {que inspira-
ban tanto proyectos utópicos como a profecías apocalípticas) a las desencantadas
seguridades de una etapa posrevolucionaria que venía a desmentir tanto a aque-
llos como a éstas.
Refleja también una visión más precisa de la meta a la que Hispanoamérica
debe aspirar; los continuadores de Bolívar no se satisfacían con una caracteriza-
ción exquisitamente política de la problemática latinoamericana, que buscaba ins-
piración en un ahistórico museo de alternativas institucionales, entre las cuales las
vigentes en Esparta, Atenas o Roma eran aún más frecuentemente invocadas que
las más recientes de Gran Bretaña o Estados Unidos. Ahora esa problemática era
subsumida en otra a la vez más vasta y más acotada, propia de un área que la in-
cipiente estructuración de un sistema mundial en torno a una Europa occidental
en tránsito de un orden mercantil a uno industrial relega a la periferia. En este
nuevo contexto Hispanoamérica se define ante todo como una carencia, una ca-
rencia que puede medirse a través de la comparación con ese rincón noratlántico
donde -pese a la pausa impuesta en algunos aspectos ideológicos y políticos por
la Restauración- se están perfilando ya los rasgos de la nueva civilización liberal.
La toma de conciencia de lo que la situación tiene de radicalmente nuevo se
ve facilitada por una renovación no menos profunda en el horizonte ideológico,
cuya inspiración llega, como en el pasado, de Ultramar, donde la política comien-
za a ser vista como una dimensión entre otras de una experiencia colectiva cuyo
protagonista es la sociedad misma, una sociedad en constante transformación
bajo el impulso de sus conflictos internos; entre Thierry y Guizot la noción de que
en Europa esos conflictos son herencia de la conquista bárbara, y que en ellos la
nobleza heredera de los conquistadores germanos afronta a un tercer estado ga-
lorromano, deja paso a la que descubre en acción en ellos a antagonistas forjados
en el crisol de esos mismos conflictos; así la lucha de razas {que descubre en ellas
un dato inmutable pese a todas las variaciones introducidas por la historia) se des-
liza hacia la lucha de clases, que concibe al proceso histórico como uno de trans-
formaciones totales cuyos efectos son a la vez irreversibles y acumulativos.
Esta nueva problemática es la que subyace a los conflictos de ideas desenca-
denados en Hispanoamérica a partir de la primera ola liberal, que cubre la déca-
da de 1820. Es imposible exagerar la importancia de este nuevo clima de ideas,
en el que el dominio de las de la Restauración francesa sólo aparece marginalmen-
te matizado por el influjo de una figura tan excéntrica en la tradición anglosajona
como es la de Bentham: ellas ofrecen en efecto un sorprendente término de refe-
rencia común a posiciones que se proclaman ideológicamente incompatibles. Ello
se advierte aun en la figura que encarna mejor que ninguna otra el rechazo incon-
dicional de la nueva civilización liberal: el eclesiástico y educador peruano Barro-
lomé Herrera.
En el sermón que le fue encomendado para la misa celebratoria del vigésimo
quinto aniversario de la independencia de Perú {tarea que declara asumir a dis-
gusto, y en obediencia a una orden presidencial) Herrera encuentra oportunidad
para argumentar que ha sido «la mano del Señor» la que en Perú «ha formado un
pueblo, y ha obrado y obra en él>> {Herrera, 1929: I, 74). La construcción de la
HISPANOAMÉRICA VISTA POR SÍ MISMA 619

nación peruana, constantemente guiada por la Providencia divina, comienza con


<<el Imperio de los Incas, a quienes Dios envió a reunir y preparar estos pueblos,
para que recibiesen la alta doctrina de Jesús». Cuando «la tierra estaba arada ya y
dispuesta para recibir el Evangelio>> la acción providencial se desplaza al Viejo
Mundo: «La unión de los reinos de Fernando e Isabel [... ] habían formado una
potencia en que brillaba en todo su esplendor la fe de Cristo [... ] los reyes eran
entonces los más a propósito para traer la civilización completa, esto es cristiana,
a los vasallos de los Incas». Ellos entonces «destruyeron los altares de los ídolos;
dejaron al verdadero Pachacamac dueño soberano del culto que le habían dispu-
tado viles criaturas: formaron el nuevo Perú, el Perú español y cristiano cuya in-
dependencia celebramos». ·
Pero Perú no supo agradecer «el pingüe patrimonio que le concedió el Señor
[... ] tuvo la desgracia de ser presa de las preocupaciones ruinosas, de los errores
impíos y antisociales que difundió la revolución francesa». Por fortuna «... los
errores van pasando; y ioh, Providencia adorable! del seno de Alemania, donde
brotaron en el siglo XVI los delirios que engendraron en Francia el monstruoso
asesino de su rey, Francia misma ha sacado y derrama por todo el mundo una fi-
losofía, que, si bien no tiene todo el vigor irresistible que se halla en la verdad re-
velada, persigue y hiere en todas partes al enemigo que salió de su seno» (Herre-
ra, 1929: I, 80).
He aquí cómo aun este vehemente propulsor de una visión histórica desafian-
temente arcaica, que modela la historia de la cristianización de Perú sobre la del
mundo clásico, y la relación entre filosofía y religión sobre la que el cristianismo
medieval reivindicó con la tradición neoplatónica y luego aristotélica, acepta po-
ner como fundamento para la cultura de ese Perú que quiere «español y cristiano»
a una filosofía cuyas raíces en la Alemania de la revolución protestante advierte muy
bien, y a complementar la inspiración que pide a esa fuente ya tan dudosa con la
que solicita de la no menos problemática filosofía escocesa del sentido común 1•
El testimonio de Herrera refleja la solidez del nuevo suelo ideológico común
a los contendientes en la disputa liberal-conservadora, de modo tanto más con-
vincente porque en otros aspectos su extremismo hace de este clérigo peruano
una figura irremisiblemente marginal aun en el marco de una posición reacciona-
ria cuyas complejidades -y aun ambigüedades- se reflejan mejor en el agudo ba-
lance de los legados de la crisis de independencia trazado por el mexicano Lucas
Alamán.

l. El 20 de enero de 1843, en el discurso que pronuncia en ocasión de la apertura del recien-


temente reformado Colegio de San Carlos, del que es director, Herrera anuncia que es su propósito
dictar un curso de filosofía del espíritu humano, «aprovechándome de la abundancia de luz que han
vertido sobre ella Escocia, y f·,·ancia» (Herrera, 1929: 40).
El mismo influjo de doctrinas compartibles por ambos antagonistas se descubre en el mensaje es-
pecíficamente político del sermón de Herrera, que proponía reemplazar la noción de soberanía popu-
lar con la de soberanía de la razón o de la inteligencia, en fórmulas que ofrecen un eco de Guizot o Cou-
sin (y que ya había hecho suyas el argentino Esteban Echeverría, identificado con la corriente opuesta,
en su Credo de la Joven Argentina, de 1838). Aun quienes comenzaron por denunciar como escanda-
losa la propuesta política de Herrera terminaron por convenir que ella lo era mucho menos de lo que
aparecía a primera vista; y pasaron a reprocharle que «hablase a la mitad del siglo XIX de un modo tan
teológico, tan místico•• (El Comercio, Lima, 15 de octubre de 1846, en Herrera, 1929: I, 124).
620 TULlO HALPERIN DONGHI

Alamán comparte con Herrera no sólo la deuda con la escuela escocesa del
sentido común -en él más pesada, ya que Herrera invoca más frecuentemente la
autoridad de las Escrituras que la de las verdades reconocidas como tales por ese
sentido común- sino la reivindicación del pasado colonial como la etapa de crea-
ción de una nación española y católica, y una propuesta de reconstrucción políti-
ca en torno al único factor aglutinante que no ha sucumbido a los efectos disocia-
dores de la revolución: la fe religiosa de los mexicanos.
Lo que con todo separa a Alamán de Herrera es que en éste la restauración
política es valorizada en cuanto medio para alcanzar la religiosa, que le interesa
sobre todo, mientras Alamán -en el plano personal no menos piadoso que He-
rrera- sigue una marcha cabalmente opuesta. Pero no es esto todo: si las posi-
ciones de Herrera y Alamán son ambas reaccionarias en cuanto ambas proponen
la restauración de un pasado que se postula mejor que el presente, y ese pasado
es en ambas el colonial, las visiones que uno y otro proponen de ese pasado tie-
nen en el fondo muy poco en común. La que traza Alamán a partir de la dorada
memoria de una infancia y primera adolescencia transcurridas durante el ocaso
del México borbónico, ofrece una imagen estilizada de las realidades y los obje-
tivos madurados bajo el signo de la monarquía ilustrada, contemplados desde una
perspectiva muy cercana a la de los esclarecidos servidores de ésta. Del mismo
modo que ellos, Atamán juzga la experiencia histórica mexicana con criterio to-
talmente profano.
El inventario que levanta de los aportes de la Conquista española, que inclu-
ye desde el vidrio hasta la lana de oveja, deja sin mencionar el que los contempo-
ráneos de esa conquista habían apreciado por sobre todo: el acceso que ella abrió
a la fe verdadera. Y aun para apreciar el beneficio que la inclusión en la órbita del
catolicismo ha traído a México, Alamán prefiere subraya más bien <<la magnificen-
cia de los templos [... ] que adornan nuestras ciudades (por su parte la supresión
de la idolatría será celebrada en espíritu más filantrópico que confesional evocan-
do los sacrificios humanos a los que ella puso fin)».
Así estilizado, no hay nada en el legado colonial que lo haga incompatible
con el imperativo de incorporación plena a la nueva civilización capitalista; Ala-
mán, que conoce Europa mejor que sus rivales liberales, advierte mejor que éstos
que es posible apostar a la vez a la carta del capitalismo en avance y a la de un
conservadurismo político dispuesto a movilizar en su favor el legado del Antiguo
Régimen.
Pese al horror que Alamán siente por la revolución desencadenada por Hidal-
go, no cree que el obstáculo principal para el retorno de México a la ruta de pro-
greso ordenado de la que ella lo desvió provenga de esa revolución misma, que
no ha apartado definitivamente a las masas mexicanas de la tradición de dócil
obediencia a los dictados de sus superiores naturales. Más graves son las conse-
cuencias de la prédica liberal, a través de la cual «la raza española [... ] parece dis-
puesta a destruirse a sí misma>>; aunque esa prédica es «motivo de escándalo y ho-
rror>> para las masas (lo que confirma que el daño causado por la revolución no
es irreparable), ella encuentra presa más fácil en las clases ilustradas, ahora divi-
didas entre una famélica multitud de aspirantes a una prosperidad que «buscan
por medio de las revoluciones>> y una «clase acomodada, indiferente a todo lo que
HISPANOAMÉRICA VISTA POR SÍ MISMA 621

no llega a sus intereses personales [que] sólo despierta al estruendo de una revo-
lución que la amenaza con una ruina inmediata» (Alamán, 1969: V, 576).
Como se ve, más que un retorno al pasado lo que la alternativa reaccionaria
propone es un camino alternativo hacia el presente, que si hubiera sido tomado
en 181 O hubiese ahorrado las destrucciones infligidas por la vía revolucionaria
entonces preferida. Pero ni aun la incomparable agudeza analítica de Alamán lo-
grará hacer de su progresismo nostálgico una alternativa política válida para una
Hispanoamérica que, para bien o para mal, ha tomado el carril revolucionario y
debe aprender a vivir con las consecuencias.
La marejada conservadora que va a tomar fuerza luego de que 1825 clausura
la etapa de guerra revolucionaria no va a encontrar por cierto inspiración en esa
utopía retrospectiva. Sus objeciones al reformismo liberal son más a menudo de
oportunidad que de principio (luego de la tormenta revolucionaria lo que Hispa-
noamérica necesita es una etapa de ordenada estabilidad) e invocan el contexto
más inmediato antes que las conclusiones de una reflexión referida al más vasto
marco hispanoamericano. Al frente de las experiencias conservadoras más exito-
sas -en Venezuela o Chile- encontramos a hombres prácticos que no sólo no
poseen una compleja formación ideológica, sino desconfían de la inspiración que
de ella podría llegarles. Hubo con todo quien formuló la teoría de esa práctica
que se pretendía emancipada de toda teoría: fue el venezolano Andrés Bello, sos-
tén intelectual en Chile de esa república portaliana que iba a ofrecer el modelo
político más exitoso para la etapa conservadora.
Para ubicar los problemas de la Hispanoamérica postrevolucionaria, Bello uti-
liza un doble marco de referencia: el del pasado hispánico que plasmó al subcon-
tinente y el de la nueva civilización liberal a la que es su destino incorporarse. Su
visión de ambos está igualmente desprovista de ilusiones. La herencia de la admi-
nistración colonial constituye desde luego una pesada rémora: «El despotismo de
los emperadores de Roma fue el tipo del gobierno español en América. La misma
benignidad ineficaz de la autoridad suprema, la mima arbitrariedad pretorial, la
misma divinización de los derechos del trono, la misma indiferencia a la indus-
tria, la misma ignorancia de los grandes principios que vivifican y fecundan las
asociaciones humanas•• (Bello, 1951: 165).
No más halagüeño es el retrato del nuevo orden, y lo que él sugiere acerca
de qué pueden esperar quienes se incorporan a él desde una posición periférica
e inevitablemente subordinada; mientras« ... en el seño de cada familia social [... ]
la libertad y la justicia, compañeras inesperables, extienden más y más su impe-
rio[ ... ] en las grandes masas de hombres que llamamos naciones el estado salva-
je de fuerza brutal no ha cesado [... ] los salteadores se han convertido en merca-
deres, pero mercaderes que tienen sobre el mostrador la balanza de Brenno: vae
victis. No se coloniza, matando a los pobladores indígenas, para qué matarlos, si
basta empujarlos de bosque en bosque, de pradería en pradería [... ] en las rela-
ciones de raza a raza y de pueblo a pueblo dura, bajo exterioridades hipócritas,
con toda su injusticia y rapacidad primitivas, el estado salvaje» (Bello, 1951:
163-164).
Fundado en ese imparcial pesimismo, Bello ofrece una visión inesperadamen-
te apacible de los problemas que afronta la Hispanoamérica postrevolucionaria.
622 TULlO HALPERIN DONGHI

La incoherencia que caracteriza a ésta deriva de la doble naturaleza de la revolu-


ción, en la cual «... la libertad era un aliado extranjero que combatía bajo el estan-
darte de la independencia, y que aun después de la victoria ha tenido que hacer no
poco para arraigarse y consolidarse. La obra de los guerreros está consumada, la
de los legisladores no lo estará mientras no se efectúe una penetración más ínti-
ma de la idea imitada, de la idea advenediza, en los duros y tenaces materiales
ibéricos».
Todavía en el presente «nuestros congresos obedecen sin sentirlo a inspiración
góticas [... ] hasta nuestros guerreros, adheridos a un fuero especial que está en
pugna con el principio de igualdad ante la ley, piedra angular de los gobiernos li-
bres, revelan el dominio de las ideas de esa misma España, cuyas banderas holla-
ron» (Bello, 1951: 169). Puesto que el triunfo de la libertad requiere una trans-
formación que ha de afectar a la índole más profunda de los hispanoamericanos,
él sólo puede ser obra del tiempo .. Así viene Bello a formular la sucinta teoría que
faltaba a la práctica política de la etapa conservadora: a la vez que hace suya la
agenda del liberalismo (entre cuyas exigencias subraya especialmente el provoca-
tivo reclamo de supresión del fuero militar) deja resueltamente su cumplimiento
para el futuro.
A través de esta toma de posición Bello vino a responder a la que el joven José
Victorino Lastarria razonaba en las Investigaciones sobre la influencia de la con-
quista y del sistema colonial de los españoles en Chile, que en 1844 se constituyó
en uno de los textos anunciadores del renacimiento liberal de mediados de siglo.
La imagen de la Conquista y la colonia que ofrece Lastarria no sólo remoza el me-
morial de agravios de Viscardo y Bolívar; va más allá de él al subrayar en cuanto
a aquélla todo lo que su ferocidad debió a la índole nacional del pueblo conquis-
tador, y al vincular explícitamente el carácter opresivo de ésta al ascendiente de
la versión española del catolicismo, que adquirió su perfil específico por obra
de Carlos V. El primer Habsburgo, en efecto, se esforzó con éxito por pervertir el
celo religioso de la Reconquista hasta reducirlo a esa «estúpida intolerancia» que
supo instrumentar para persuadir a sus súbditos de que el absolutismo era necesa-
rio para hacer del poder regio «el escollo formidable en que fracasaron los esfuer-
zos de la reforma religiosa», y reconciliados así con la destrucción por él perpetra-
da de las libertades castellanas; sus herederos -asegura Lastarria- volverían a
utilizar el mismo innoble recurso para mantener a sus dominios ultramarinos en
la impotencia que proviene de la ignorancia (Lastaría, 1909: 66).
Lastarria ofrece aquí, in nuce, la que será la vulgata de la visión de Hispano-
américa propia del renacimiento liberal que se avecina, en que la condena del pa-
sado colonial inviste más globalmente que antes la herencia española y católica.
Pero aun los que tienen objeciones contra un juicio retrospectivo que encuentran
abusivamente simplificador (no sólo Bello, sino también el desterrado argentino
Domingo Faustino Sarmiento, menos ambiguamente arraigado en el liberalismo y
entonces en sus primeras armas) comparten con Lastarria otro aspecto de esa nue-
va perspectiva, en cuanto también ellos ven frustrarse en la revolución no sólo una
metamorfosis política, sino un más abarcador (y necesario) cambio de civilización.
Esa misma ampliación de perspectivas se descubre en la trayectoria del libe-
ralismo mexicano. Ya en la obra del doctor José María Luis Mora, como ha mos-
HISPANOAMÉRICA VISTA POR SÍ MISMA 623

trado clásicamente Charles Hale, la exigencia de reforma de las instituciones polí-


ticas había desembocado en la de remoción por vía legislativa de los legados cor-
porativos del Antiguo Régimen que impedían a los mexicanos reconocerse primor-
dialmente como tales; entre la década de 1830 y la de 1840, entre este segundo
Mora y Mariano Otero, la ausencia de una auténtica conciencia nacional deja
paso a las deficiencias del régimen de propiedad de la tierra como clave para el
fracaso político del México independiente. Apenas se examinan las razones de
ambos se advierte que ese deslizamiento refleja el modo distinto en que una ca-
rencia más genéricamente hispánica que específicamente mexicana gravita en un
contexto nacional y externo que no ha cesado de transformarse.
Mora y Otero denuncian en efecto dos consecuencias de un mismo rasgo ne-
gativo que ambos descubren en la metrópoli: Castilla ha permanecido ajena a la
gestación de la libertad moderna en el seno del privilegio feudal. Al afirmarlo así,
ambos se adscriben implícitamente a la corriente que busca las raíces remotas de
la naciente civilización liberal, no en la república clásica, sino en los pueblos bár-
baros, organizados como una asociación relativamente igualitaria de empresarios
y beneficiarios de la Conquista.
Es la ausencia en Castilla de esas raíces bárbaras de la libertad moderna la que
ofrece la clave para la ausencia de espíritu público que lamenta Mora: a diferen-
cia de un auténtico régimen feudal, en que el privilegio trae consigo el derecho y
la obligación de participar en la esfera pública, en el despótico que Castilla tras-
mitió a México, quien hubiese osado invadirla habría arriesgado fatalmente su
posición privilegiada. A ese aspecto del legado de la colonia se debe que en Mé-
xico sea tan fuerte la conciencia corporativa, y tan débil la nacional. Otero extien-
de la misma conclusión a la esfera socioeconómica, al deplorar que el régimen de
la tierra legado por España no haya logrado, ni aun al precio de las más violentas
desigualdades, crear un grupo privilegiado capaz de tomar a su cargo la gestión
eficaz de la economía productiva.
Quienes así amplían la agenda liberal tardarán aun en deducir de esa amplia-
ción la necesidad de imponer un ritmo más rápido a las transformaciones que Be-
llo confiaba al mero paso del tiempo. Así, su radicalismo programático no impidió
a Otero ubicarse firmemente en la fracción moderada del espectro político mexi-
cano, ni a Sarmiento constituirse durante su destierro chileno en el más eficaz vo-
cero periodístico del último gran líder conservador, Manuel Montt.
A partir de mediados de siglo, la duda de si Hispanoamérica puede contar
para llevar adelante esas transformaciones necesarias con el período de gracia en
que confiaba Bello agregará una urgencia nueva a las exigencias liberales. En Mé-
xico, la terrible enseñanza de la guerra con Estados Unidos -al dar motivos para
temer que, si la nación no es capaz de transformarse hasta sus raíces, su supervi-
vencia misma estará amenazada- colabora con la decisión conservadora de jugar
el todo por el todo en su lucha cada vez más desesperada contra el liberalismo
que resurge, para lanzar a éste por una ruta cada vez más radical, pero ese radi-
calismo creciente de su acción política no se refleja en innovaciones de compara-
ble alcance en el trasfondo ideológico del liberalismo mexicano.
Aunque ha de provocar rupturas políticas menos radicales, el renacer libe-
ral en la Sudamérica española, desde Caracas y Bogotá hasta Santiago y Buenos
624 TULlO HALPERIN DONGHI

Aires, se presenta más abierto a las innovaciones ideológicas; y quizá nadie encar-
ne mejor que Sarmiento el inquieto, ambiguo temple de esa nueva hora. Ya en
1845, en su Civilización y Barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga, la exigencia
de ir más allá de la problemática política para abarcar en toda su pululante rique-
za la más compleja y ambigua de la vida en sociedad fijaba a la exploración de la
situación de Hispanoamérica en el mundo un rumbo que su autor no iba ya a
abandonar, aunque no dejaría de ajustarlo desde entonces a los vertiginosos cam-
bios de circunstancias promovidos por los cada vez más rápidos avances de la ci-
vilización atlántica.
Sarmiento advertía muy bien que Hispanoamérica sólo podría retener el con-
trol de su propio destino si se decidía a imprimir ese mismo ritmo febril a la reno-
vación propuesta por el nuevo liberalismo; en ausencia de ella, un subcontinente
cuyas inmensas riquezas potenciales permaneciesen inexploradas hubiera ofreci-
do una tentación invencible para la vocación conquistadora de una Europa vigo-
rizada por el ascenso del capitalismo industrial, cuya capacidad de derribar las
murallas de la China celebraba por entonces el Manifiesto comunista. Si se rehu-
sase a esa transformación, si se obstinase en retener bajo las formas republicanas
las realidades sociales forjadas por la colonia, Hispanoamérica se arriesgaría a pe-
recer. A la truculenta descripción del despotismo colonial que proponía Lastarria,
Sarmiento había opuesto el testimonio de quienes lo recordaban con afecto nos-
tálgico. Pero si en 1851, en sus Recuerdos de Provincia, el cuadro de su nativa San
Juan, «feliz bajo la blanda tutela del rey>>, comparte ese temple nostálgico, él no
impide a Sarmiento concluir que el precio de esa soñolienta felicidad sin historia
había sido un estancamiento precursor de la muerte.
A la evocación del San Juan colonial, Sarmiento antepone el de la «grande y
poderosa nación de los huarpes>>, destruida por la Conquista, y cuya huella sólo
sobrevivía en algunos toponímicos; y se apresura a deducir de ella una terrible lec-
ción: «Ay de los pueblos que no avanzan! Si sólo se quedaran atrás!>>: al cerrarse al
cambio, el San Juan español reclamaba para sí el mismo destino del indígena (Sar-
miento, 1979: 17). A la vez, Sarmiento advertía claramente que esa renovación no
podía tener por meta transformar a Hispanoamérica en réplica ultramarina de
una Europa que (como había descubierto en sus viajes de 1845-1848) estaba pa-
gando un precio muy alto -en acrecidas tensiones sociales y políticas- por los
avances que estaban haciendo de ella el foco de la nueva civilización industrial. Si
Bello había podido contemplar con serenidad el futuro no sólo poque confiaba
en que Hispanoamérica dispondría del tiempo necesario para completar la meta-
morfosis que haría de ella una réplica de Europa, sino porque esa meta posible se
le aparecía también como incondicionalmente deseable, Sarmiento había renun-
ciado a la segunda de esas premisas junto con la primera.
Las secretas fisuras que había descubierto en Europa lo incitaron a ver en el
desenlace de la revolución de 1848 -la restauración del viejo orden en el centro
del continente y más aun la instauración de un autoritarismo de nueve cuño en
Francia- la confirmación de que el viejo mundo no podía ofrecer el modelo que
buscaba Hispanoamérica; ya para entonces había creído descubrir en Estados
Unidos cómo era posible encarnar en los hechos las aspiraciones esenciales de la
renovada agenda liberal. Más que un modelo político, lo que Sarmiento vino a
HISPANOAMÉRICA VISTA POR SÍ MISMA 625

encontrar allí fue el ejemplo de una sociedad unificada y homogeneizada gracias


a los avances de la economía de mercado, que debía sus progresos incomparable-
mente rápidos a la difusión de la propiedad y de la educación; era ella la que al
liberar y movilizar las vastas energías de las masas populares confería a la trans-
formación de la que eran protagonistas un dinamismo incomparablemente mayor
que el alcanzado en Europa mediante la despiadada explotación de sus sojuzga-
das mayorías.
Sarmiento repetía así la que había sido hazaña de Facundo: como allí, tradu-
cía el lenguaje abstracto de un programa de cambio político-social al de una evo-
cación precisa de una concreta configuración histórica. Esa hazaña intransferible-
mente suya era puesta al servicio de un programa que le era menos exclusivo: la
reorganización de la sociedad hispanoamericana en torno a una nueva clase de
propietarios rurales independientes lo bastante numerosos para transformarse en
la columna vertebral de una auténtica nacionalidad y en protagonistas de una eco-
nomía dinamizada por el triunfo pleno de las relaciones de mercado.
Con ello ese segundo liberalismo devolvía al centro de la problemática hispa-
noamericana una aspiración nunca abandonada desde que fue primero articulada
por algunos servidores de la monarquía ilustrada, pero la urgencia que así le de-
volvía no iba a mantenerse por mucho tiempo: si el liberalismo triunfante no iba
a repudiarla, tampoco haría mucho por realizarla, y por lo contrario asistiría con
notable serenidad a su casi total frustración. En una metamorfosis que insumiría
tres décadas, un movimiento que había prometido crear una sociedad nueva y
más igualitaria se iba a transformar en algo completamente distinto; en 1864 el
Ensayo sobre las revoluciones políticas y la condición social de las repúblicas co-
lombianas (hispanoamericanas), del colombiano José María Samper, ofrece un
reflejo particularmente rico del ambiguo clima de ideas que caracteriza esa tran-
sición. El Samper de 1864 ha avanzado más de lo que él mismo advierte en el
camino que llevaría a ese vocero casi adolescente del liberalismo radical en la Bo-
gotá de 1848 a dar apoyo al régimen que con la bandera de la Regeneración y
bajo la guía de otro antiguo radical, Rafael Núñez, abriría deliberadamente el ca-
mino a la restauración conservadora. Aunque su condena de la experiencia colo-
nial es tan firme como la de Lastarria, y es tan solidaria como en éste del violen-
to anticlericalismo que caracterizó al eco hispanoamericano del 48, esa firmeza se
ejerce sobre todo en el juicio acerca del pasado; en cuanto a la coyuntura presen-
te, las claras antítesis favorecidas por el renaciente liberalismo -entre libertad y
despotismo, entre innovación y pasivo apego a tradiciones anquilosadas, entre
una ventilada apertura ideológica y un rechazo medroso de todo lo nuevo- son
reemplazadas por un mucho más rico juego de alternativas entre las cuales la elec-
ción es ya menos obvia. Todas esas antítesis se resumían en una que Samper recu-
sa explícitamente: la que oponía una Europa dinámica y creadora y una Hispano-
américa independiente cuyas constantes convulsiones tenían el paradójico efecto
de hundirla aún más en el marasmo heredado de la colonia.
Esa antítesis -asegura Samper- se apoya en un prejuicio que domina por
igual en ambos mundos: es el de considerar normales a las calamidades que sufre
Hispanoamérica y anómalas las que golpean a Europa. «Si la Europa se ha senti-
do humillada por un Fernando II [de Nápoles], un Radetski y otros tantos persa-
626 TULlO HALPERIN DONGHI

najes, se les mira como excepciones. En cuanto a Colombia, la cosa es diferente:


Rosas es nuestro símbolo; Santa Anna, Belzú, Monagas y otros personajes terri-
bles son reputados como la regla general» (Samper, 1864: 11). Nada más injusti-
ficado que ese juicio tan duro frente a «revoluciones [que] son las vacilaciones na-
turalmente desordenadas del infante, las agitaciones propias de la gestación del
progreso en un mundo virgen, y de la transición social y política», por parte de
una Europa:
<< ... que todavía se destroza con guerras espantosas, o se aniquila con la paz
armada y suspicaz; [... ] donde coexisten la suprema opulencia y la suprema mise-
ria, y se vive bajo la amenaza del comunismo y la organización oficial del socia-
lismo (disfrazado con el nombre de gobierno fuerte, centralizados y previsor) [... ]
que siendo ya tan vieja, vive en un torbellino de ensayos y experiencias, sin estar
satisfecha de nada» (Samper, 1864: 10).
Esta parrafada polémica refleja muy bien el sentido de las transformaciones
más profundas que subtienden las del renacido liberalismo hispanoamericano. En
cuanto a Hispanoamérica misma, un optimismo en cuanto al largo plazo ha re-
emplazado al temor frente a un peligro cierto de aniquilación total que había do-
minado la coyuntura del medio siglo. Lo que los europeos no advierten -nos dice
Samper- es que la nefasta herencia colonial, culpable de las convulsiones que si-
guieron a la independencia, está siendo borrada gracias a esas convulsiones mis-
mas; el subcontinente atraviesa las titubeantes primeras etapas de una transición
sólo incipiente, pero, pese a los accidentes esperables en ese primer tramo del ca-
mino, no hay duda de que la marcha hacia adelante está ya emprendida; confor-
tado por esa convicción, Samper puede contemplar el futuro con la misma sere-
nidad de Bello.
La firmeza que ha ganado la visión de Hispanoamérica la ha perdido la de Eu-
ropa. Pero en esto se refleja algo más que el resultado de un contacto directo, que
hace más difícil -para Samper como antes para Sarmiento- reconocer en ella al
hemisferio de luz de una visión del mundo que ignora los matices. Se trata en
efecto de algo más grave que el descubrimiento de que Europa no ha realizado la
agenda liberal; esa agenda misma, que sólo había podido parecer coherente a los
ojos -velados por el fervor- de los catecúmenos del 48, no ha sobrevivido in-
cólume a las consecuencias del fracaso revolucionario.
La etapa abierta por éste no fue de mera restauración: la iba a caracterizar en
cambio el perfilamiento de una nueva constelación ideológico-política en que las
aspiraciones que juntas habían inspirado la revolución -el liberalismo, el nacio-
nalismo, la democracia, el socialismo- revelan todo lo que las separa y las torna
a menudo incompatibles. En consecuencia, Europa no ofrece ya una respuesta
unívoca a los problemas latinoamericanos; lo que ofrece en cambio es un rimero
de opciones cuya autoridad ha quedado disminuida por su variedad misma; entre
ellas los hispanoamericanos pueden no sólo escoger una, sino combinarlas en ac-
titud ecléctica. A juicio de Samper deben elaborar una forma de gobierno sui ge-
neris que mediante un sabio equilibrio entre socialismo y liberalismo abra a las
iniciativas de la sociedad el espacio que el ordenancismo heredado de la colonia
y el arbitrario autoritarismo caudillesco le ha retaceado, pero -dado que no
siempre puede confiarse en esas iniciativas, <<a causa de los formidables obstácu-
HISPANOAMÉRICA VISTA POR SÍ MISMA 627

los que la naturaleza abrumadora de Colombia opone a los débiles esfuerzos de


poblaciones inexpertas y muy reducidas»- asegure también que el Estado estará
disponible para emprender «lo que sea superior transitoriamente a los esfuerzos
individuales» (Samper, 1864: 237).
Pronto la mayor independencia reivindicada por Samper en el continuado
diálogo con una Europa que conserva su papel central en la articulación de la vi-
sión de Hispanoamérica y sus necesidades va a fructificar en propuestas más pre-
cisas que las del Ensayo de 1864. Esa mayor precisión se debe en parte al avance
mismo del proceso cuyas primeras etapas Samper ya celebraba. Si, desde México
hasta el Río de La Plata, durante más de dos décadas el liberalismo renaciente ha
venido a agudizar los conflictos y a agravar las convulsiones de la etapa que se
prometía dejar atrás, cuando alcanza finalmente el triunfo habrá sufrido ya una
mutación profunda: sobre las ruinas de la utopía liberal de mediados de siglo, un
redefinido liberalismo ofrece justificación ideológica para un programa de mo-
dernización económica en el marco de una cada vez mejor perfilada división in-
ternacional del trabajo, sin otros cambios sociales que los destinados a facilitar las
transformaciones económicas o derivados de ellas, y en un marco político que
cuando excedía el de la república oligárquica lo hacía en beneficio del poder per-
sonal de caudillos de nuevo tipo.
El camino que casi toda Hispanoamérica parecía estar tomando hacia 1880
había sido anticipado proféticamente por el gran rival argentino de Sarmiento,
Juan Bautista Alberdi, que ya en 1852, en sus Bases (Alberdi, 1852), había pro-
puesto una «república posible», en que la autoridad, concentrada en manos de un
monarca llamado presidente, impondría -por medios tan rigurosos como se re-
velase necesario- la estricta disciplina social y política imprescindible para im-
plantar el programa de acelerado cambio económico que el momento exigía.
En ese nuevo contexto lo que se busca en Europa está más firmemente deter-
minado que en el pasado por una realidad local en que Estado y sociedad, lejos
de verse amenazados de la disolución tan temida a mediados del siglo, han adqui-
rido enjundia y solidez nuevas. Ese. mayor influjo de la circunstancia local es fa-
cilitado todavía por las crecientes ambigüedades del mensaje recibido de Europa:
puede advertirse mejor de qué modo ambos factores vienen a entrelazarse exami-
nando la deuda que tanto la transformación del liberalismo mexicano en el tar-
dío ochocientos -reciente y admirablemente estudiada por Charles Hale (Hale,
1989)- como la paralela del colombiano por iniciativa de Rafael Núñez, tienen
contraída con las corrientes republicanas moderadas de Francia y de España.
Contra la clásica presentación de la metamorfosis autoritaria y progresista del li-
beralismo mexicano como fruto de la influencia positivista, Hale revela -a tra-
vés de una minuciosa lectura de los textos producidos por la elite ideológica del
incipiente porfiriato- cómo éstos prefieren más a menudo acogerse a la autori-
dad de Gambetta y Castelar, cuya orientación <<liberal-conservadora» aparece va-
lidada, más que por la riqueza de ideas y la fuerza persuasiva de sus textos polí-
ticos por el éxito con que la Tercera República francesa -nacida en medio de la
derrota como una solución de emergencia que pocos esperaban durable- asegu-
ró su legitimidad y permanencia al infligir en 1877 una derrota definitiva a las
facciones monárquicas, que venía a premiar su redefinición como el régimen que,
628 TULlO HALPERIN DONGHI

al precio de repudiar sus tradiciones revolucionarias, se había constituido en el


más capaz de garantizar la estabilidad social.
La más rápida de las lecturas de los textos en que Núñez presenta el progra-
ma de la Regeneración revela la misma influencia en acción, pero también que en
Colombia lo que se solicita de ella es distinto que en México. De la genérica lec-
ción de moderación política que ofrecía la Tercera República interesaba a Núñez
deducir un corolario particularmente relevante a la situación colombiana: la ne-
cesidad de evitar que la ambición liberal de redefinir las relaciones entre Iglesia y
Estado degenerase en un opresivo anticlericalismo. Esa lectura de la experiencia
francesa muestra hasta qué punto las enseñanzas que de ella se esperan están dic-
tadas sobre todo por el contexto colombiano, no sólo en cuanto ignora los signos
de que el ejemplo francés se preparaba a ofrecer una lección muy distinta2 , sino
más aún en cuanto en las circunstancias colombianas la solución que propugna-
ba una Iglesia libre en un Estado también libre (y que -tal como Núñez argüía-
era más ortodoxamente liberal que la que demandaba un Estado movilizado al
servicio de la causa anticlerical) no iba a ofrecer justificación a la moderna sepa-
ración de Estado e Iglesia, sino a un retorno a la concepción prerrevolucionaria,
que sin duda distingue la esfera de acción de uno y otra, pero los compromete a
una íntima cooperación en que la primacía del orden de la gracia termina por
asegurar la de la institución eclesiástica (concepción que iba a subtender el Con-
cordato de 1885).
En las muy distintas circunstancias mexicanas la lección buscada en Francia
era también distinta, y también invitaba a una lectura sesgada de la experiencia
francesa, que en este caso atesoraba sobre todo la demostración de que la repú-
blica podía ser instrumento eficaz para la restauración y consolidación del orden,
gracias a una disposición -nueva en los republicanos- a hacer las necesarias
concesiones a la realidad.
Ello ignoraba que la realidad francesa y la mexicana se diferenciaban en más
de un aspecto esencial. La principal concesión a la realidad por parte de los diri-
gentes de la Tercera República era la renuncia a desarrollar las potencialidades de-
mocráticas de ésta; ante la tríada revolucionaria de libertad, igualdad y fraternidad
ponían resueltamente el acento en la primera, y acentuaban sus reservas frente a
la segunda; en el lenguaje de Samper, diríamos que colocaban el punto de equili-
brio entre liberalismo y socialismo resueltamente más cerca de aquél que de éste.
Nada de eso en México; allí la construcción del orden afrontaba obstáculos de-
masiado serios para que pudiese confiársela a un Estado respetuoso tanto de los
derechos individuales como del juego espontáneo de las fuerzas sociales; en Mé-
xico la concesión. exigida por la realidad importaba el sacrificio del liberalismo
más aún que el de la democracia. El descubrimiento de que así estaban las cosas

2. Aun luego de que debió rendirse a la evidencia, se negó a revisar sustancialmente su juicio;
aunque en su artículo necrológico sobre León Gamberra, publicado el 11 de febrero de 1883 («León
Gambetta>>, en La Reforma política en Colombia. Colección de artículos publicados en La Luz de Bo-
gotá y El Porvenir de Cartagena por Rafael Núñez, Bogotá, 1885: 367) condena «la guerra legal he-
cha a las congregaciones religiosas, pues con ello vició la sustancia cardinal de la doctrina de que era
apóstol>>, concluye que <<esa oscura mancha no empaña sino parcialmente el brillo del conjuntO>> (pp.
373-374).
HISPANOAMÉRICA VISTA POR SÍ MISMA 629

iba a producir la primera confrontación importante dentro de la elite ideológica


del porfirismo, y es revelador que ella se diese en torno a la inamovilidad de la
judicatura, esa garantía liberal contra el arbitrio gubernativo.
Esa escisión no se tradujo con todo en una ruptura durable: pese a sus reser-
vas, las elites intelectuales hispanoamericanas terminan casi siempre por reconci-
liarse en lo esencial con la metamorfosis del liberalismo en autoritarismo progresis-
ta. Si se resignan a renunciar a ambiciones más levantadas en cuanto al presente es
porque todavía esperan un desquite en el futuro: Justo Sierra, figura central en la
elite del México porfiriano, espera todavía -como décadas antes ya Alberdi- que
ese autoritarismo ponga las bases socioeconómicas para la república verdadera.
Así la imprecisión creciente de las sugestiones ideologicopolíticas que llegan
de Europa ayuda a una elite intelectual, que sigue volviéndose a ella en busca de
inspiración, a ganar frente a ella una autonomía mayor de lo que advierte, y que
le permite reafirmar con seguridad creciente su confianza en que Hispanoaméri-
ca ha encontrado por fin su rumbo propio. Pero hay otro elemento en ese nuevo
clima de ideas que blande una amenaza más insidiosa no sólo contra ese renaci-
do optimismo, sino contra las perspectivas que han dominado hasta entonces esa
problemática latinoamericana: es el cientificismo naturalista. Sin duda, en su di-
mensión más directamente relevante a esa problemática -representada por el
positivismo sociológico de Spencer, que alcanza vastísimo eco en el subcontinen-
te- esa nueva corriente ofrece un eficaz instrumento intelectual para la transi-
ción que transformó al liberalismo de mediados de siglo en una ideología capaz
de ofrecer su caución al progresismo autoritario; y fue precisamente esa transi-
ción la que aseguró la supervivencia de esa problemática en un contexto radical-
mente transformado.
Pero, más allá de esos específicos aportes, el cientificismo naturalista lanzaba
un desafío radical contra una manera de encarar los problemas hispanoamerica-
nos que tomaba sus perspectivas de la historia. Se ha visto cómo la noción que ve
a ésta como un proceso de avance en el tiempo que introduce innovaciones irre-
versibles y acumulativas que todavía en Bolívar veía disputado el terreno por con-
cepciones cíclicas heredadas de la tradición clásica, alcanzó su triunfo pleno gra-
cias al resurgimiento liberal, sobre cuyos corifeos ejerció influjo decisivo. Ahora
el cientificismo naturalista dejaba de lado esa visión de la historia como proceso
creador, para reducirla a uno de los teatros en que desplegaban sus efectos las
mismas leyes que gobernaban el resto del mundo natural.
En ese nuevo clima de ideas, que privaba del todo de sentido a la reflexión
hispanoamericana inaugurada por Bolívar, no trajo sin embargo consigo el aban-
dono de ésta. El resultado paradójico de los avances de un cientificismo que re-
clamaba mayor rigor en el examen de los fenómenos histórico-sociales fue en
cambio la creciente arbitrariedad y abigarramiento de los enfoques interpretati-
vos ahora propuestos. Al buscar la explicación del proceso histórico en factores
extrahistóricos, el nuevo naturalismo incitaba en efecto a encontrar la clave de
aquél en uno u otro de esos factores, en una exploración que usurpaba el lengua-
je de la ciencia para articular reacciones muy inmediatas frente a la transforma-
ción en curso en las sociedades hispanoamericanas. Otra cosa hubiese sido difícil
esperar, teniendo en cuenta que casi nunca esa devoción recientemente adquirida
630 TULlO HALPERIN DONGHI

por la ciencia positiva se acompañaba de una real familiaridad con sus métodos.
Los resultados son más reveladores que admirables; así Conflicto y armonías de
las razas en América, de 1882, interesa más como reflejo de la desesperación que
un Sarmiento cercano ya a la muerte asiste al triunfo del autoritarismo progresis-
ta que ha traicionado las esperanzas liberales, que por sus fantasiosas reconstruc-
ciones de los choques y acomodamientos étnicos en Hispanoamérica. Más habi-
tual es que otras construcciones científicamente no menos endebles reflejen una
inspiración decididamente menos noble: así los avances de un racismo cada vez
más extravagante no dan voz a menudo sino al mal humor despertado en secto-
res tradicionalmente dominantes por el descubrimiento de que deben compartir
con toda clase de advenedizos las ventajas derivadas del cambio socioeconómico.
Como se ve, si el influjo del cientificismo naturalista no provoca el abandono de
la reflexión hispanoamericana sobre Hispanoamérica, contribuye a introducirla
en el que parece ya un callejón sin salida. No ha de ser así, sin embargo; sería uno
de los voceros periodísticos de la elite porfiriana, El Partido Liberal, el que publi-
que el30 de enero de 1891 «Nuestra América» (Martí, 1946: II, 105). En ese tex-
to breve y deslumbrador José Martí reclamará un nuevo rumbo para esa incesan-
te exploración, que debe encontrar ahora su punto de partida en la reconciliación
de Hispanoamérica consigo misma.