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Foucault (1975) plantea que los sistemas actuales de ejercicio de poder llevan a cabo una
operación de “objetivación”, que tiene que ver con el tratar a los individuos como si fueran
objetos estudiables y, a partir de ahí, disciplinables. Estas distinas formas de objetivación, en un
cierto punto de la historia, comienzan a repartirse el derecho a juzgar a las personas que se salen
de la norma. En ese punto histórico las penas y las medidas de seguridad, por ejemplo, definidas
por los tribunales dejan de ser determinadas de manera absoluta por estos últimos y empiezan a
estar sujetas a modificaciones en el curso mismo de del proceso penal. Esto estaba ligado a que se
comenzó a dejar a personas que no eran jueces, y que eran considerados “expertos”, el poder de
decidir si un condenado “ameritaba” el ser puesto en libertad o no. Es decir, se empezaron a
constituir mecanismos de castigo legal que no estaban en manos de jueces, sino que en manos de
“jueces anexos, pero jueces de todas maneras” (p. 26). De este modo, se forma un saber, o ciertas
técnicas y discursos científicos que empiezan a entrelazarse con la práctica asociada al poder de
castigar. Así, se genera un “complejo científico-judicial” en el que el ejercicio del poder se
sustenta, recibe sus justificaciones y sus reglas, y extiende sus efectos. Y lo que se oculta es que de
lo que se trata, en estas prácticas, es justamente de un ejercicio de poder.

En ese sentido, lo que le interesa estudiar a Foucault (1975), al menos en la época de Vigilar y
Castigar es la instauración de esta matriz común al derecho penal y a las ciencias humanas, en
tanto que ambas son manifestaciones de un proceso de formación “epistemológico-jurídica”. Es
decir, empieza a operar una cierta “tecnología del poder” como principio tanto de lo que fue la
“humanización” de la penalidad, como de los “avances” en el conocimiento del ser humano. Y
para Foucault (1982), la labor de la filosofía contemporáneamente sería justamente la de atender
a los abusos de poder por parte de esta “racionalidad política”.

De manera que, esa racionalidad política va aparejada, desde una perspectiva foucaultiana, con un
giro en las técnicas de poder, que dejan de apuntar al dominio directo ejercido sobre los cuerpos,
y pasan a apuntar al “alma”, al individuo en tanto humano, dando pie a un modo especial de
sujeción, de la mano de la constitución de ciertos saberes científicos sobre el hombre en su
dimensión psíquica y espiritual (Foucault, 1975). Así, lo que está involucrado en este asunto es la
relación entre racionalización y excesos de poder (Foucault, 1982).