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MATERNIDAD/MATERNALIDAD Y TRABAJO: "EFECfOS" DEL

ROL DUAL SOBRE LOS HIJOS Y LA PAREJA

María RagÚz de R.*

El artículo revisa literatura e investigación sobre An overview of sex role literature and recent re-
roles sexuales en lo que concierne a madres que search on working mothers is presented. Attention
trabajan. Se focal iza la atención en los hallazgos co- focuses on correlational and causal fmdings concer-
rrelacionales y causales en relación a los "efectos" ning the "effects" mothers' dual work has on ther
que el trabajo dual de las madres tiene sobre sus hijos children and husband. The "effects" of work on the
y esposos. Los "efectos" del trabajo sobre sí mismas mothers themselves are to be dcalt with in another
se dejan para otro artículo. article.

* Profesora de la Pontificia Universidad Católica del Perú.


Un tema central en la investigación y teoría de los roles sexuales es el de las
madres que trabajan. Una revisión bastante exhaustiva nos ha llevado a delimitar
ciertas categorías. Ya en un artículo anterior (Ragúz, 1988) nos hemos referido
al rubro de la mujer que trabaja, en relación a atribución de logro, preferencias y
metas ocupacionales, y actitudes hacia la mujer que trabaja.

El rubro que ha de ocupamos ahora es el de los llamados "efectos" del


trabajo de la mujer, en especial, de la madre que trabaja fuera del hogar.

Cabe aclarar que al referirnos al "trabajo" dé la mujer-madre usamos el


término en el sentido de trabajo remunerado; lo que de ninguna manera desme-
rece el valor de trabajo en sí que tiene el trabajo en el hogar. Siendo un tema tan
amplio, nos limitaremos aquí a los "efectos" del trabajo de la madre en sus hijos
y esposo, dejando los "efectos" sobre sí misma para otro artículo.

Una primera atingencia que debemos señalar, concierne a la dificultad de


comprobar los "efectos" de que una madre trabaje, ya que más que relaciones
causales, por lo general estamos tratando con relaciones entre variables, donde
a lo más, podemos intuir tendencias. Además, dado la multicausalidad que suele
caracterizar a los fenómenos psicológicos, haríamos mal en sobresimplificar lo
estudiado. Y un diseño de riguroso control metodológico se hace sumamente
difícil, sino imposible. Por ende, preferimos usar el término "efectos" entre
comillas.

Una segunda atingencia concierne a la cautela con que debemos tomar los
resultados de las investigaciones en general, ya que fácilmente podemos caer en
sob~generalizaciones transculturales e, inclusive, introculturales. La represcn-
tatividad muestral de los estudios de roles sexuales suele dejar mucho que desear.
Otros problemas rclativ~s a falta de control o validez de medidas también nos
obligan a ser bastante críticos, dado que la mayor parte de los estudios son
Norteamericanos, hemos de señalar explícitamente cuando se trate de estudios
con otras poblaciones.

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Pocas veces podemos plantearnos una pregunta más emotiva que (,qué es la
maternidad? Ha sido tratada por líricos, músicos, tilósofos, literatos, e investi~a­
dores científicos. Desde la mitología, Jos cuentos de hadas, la religJ¡)n, la
tradición oral y escrita, y más recientemente, la educación fom1al y los medios
de comunicación, se nos ha ido ofreciendo un legado de valores;o.costumbres,
creencias, prejuicios y estereotipos. El "instinto" maternal del que originalmente
hablaron etólogos y psicoanalistas, ha sido motivo de acaloradas discusiones.
Reificado, pisoteado, distorsionado, el "instinto" maternal constituye un claro
ejemplo de lo movilizador que resulta el tema de la mujer para las diversas
sociedades presentes y pasadas. Ya los estudios sobre hospicialismo y apego, así
como la noción de madre como primer objeto de amor del niño, han ido deli-
neando nuestras creencias, actitudes y teorías psicológicas.

¿Qué sucede entonces cuando los modelos tradicionales de femineidad


empiezan a ser cuestionados? ¿Cuándo la mujer se incorpora al mundo de la
producción remunerada? ¿Cuándo deben integrarse roles supuestamente antagó-
nicos?

"Efectos" en los hijos

¿Qué nos dicen los trabajos empíricos sobre los "efectos" del trabajo de la
madre en sus hijos? El "saber popular" suele subrayar un esperable efecto
perjudicial. Pero lo que se encuentra es que las madres que trabajan tienden a tener
una percepción más positiva de sus hijos, si es que se trata de una familia intacta,
donde la madre no experimenta conflicto de roles, se siente muy motivada a
trabajar, y siente que la experiencia laboral enriquece su autoestima. De no estar
dadas estas condiciones, la percepción de los hijos es distinta. Además, a mayor
nivel educativo (que suele posibilitar mejores oportunidades de trabajo y una
mejor posición socio-económica, por un lado, y por otro, facilita elementos-
criterio para evaluar mejor las situaciones), y cuanto más satisfactorio sea el
trabajo en sí, y más cordiales sean las relaciones entre compañeros de ambos
sexos, mejor será la percepción que las madres tengan de sus hijos (Alvarez,
1985). ¿Qué sucede, pues, con los hijos?

Klein (1985), en un extenso trabajo con 55 mil hogares con niños de un año
o menos, determinó que el 41% de las madres trabajaban apoyándose en los
parientes para el cuidado de los niños. Esto es aún más aplicable en el caso de
sociedades con familias extensas de muchos hijos, abuelos, tíos y parientes que
conviven con la familia o cerca. Y, en sociedades como la nuestra, donde es
extendido el recurso de empleadas del hogar y amas en las clases medias y altas,
este es otro factor importante en la socialización de los niños, en el mundo de
valores y jerarquías con el que se les familiariza, pudiendo por ejemplo,

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desarrollar rasgos de dependencia, de abuso, y hasta de discriminación sexual.
Estos modelos de sumisión, de uso instrumental para la satisfacción de necesida-
des, son, por lo general, femeninos, y en algo pueden contribuir a la intemaliza-
ción de una serie de representaciones y valores en tomo a los roles sexuales.

Otro estudio "temprano" es el de Hock y col. (1985), con madres de niños


de tres meses. Observándolos en su relación con su madre a la larga del primer
año, encontraron que las madres van variando su percepción de las necesidades
del niño, sus creencias sobre el rol maternal, su percepción de las propias
necesidades de trabajar y/o dedicarse a los hijos.

Sabido es que ya a los tres años de edad los niños han adquirido su identidad
sexual y ésta incluye la autopercepción sobre la propia masculinidad y feminei-
dad de cada uno (orientación de rol sexual), que resulta de un proceso de
definición de sí mismo y de los demás que implica un conocimiento de estereo-
tipos de rol sexual. El temprano aprendizaje de los estereotipos ha s-ido amplia-
mente demostrado en estudios transversales y transculturales (Best, 1980-81 ), en
un estudio que incluye al Perú; Goldman y Goldman, 1981). Inclusive en niños
menores de los dos años se observa un adecuado conocimiento de las "etiquetas
sexuales" (o genéricas) en el juego.

Sean d~ tribus en el Zaire o de hogares californianos, los niños evidencian,


alrededor del tercer año, ser conscientes de los roles sexuales cuya estereotipia
se va haciendo cada vez más rígida y evidentemente deriva de una simple
transposición de roles del hogar al trabajo. Ya a los 3 ó 4 años los niños perciben
con claridad la estereotipia sexual que los padres esperan de ellos, y se comportan
acordemente, elicitando también de sus padres respuestas estereotipados, espe-
cialmente cuando interaccionan con el padre de su mi!lrno sexo. No olvidemos el
rol activo que juega el niño en su interacción con el mrdio. adaptándose a él pero
no sólo asimilándola sino también acomodándolo.

Hacia los siete años los roles son especialmente rígidos, coincidiendo con
el desarrollo cognitivo, moral, social y afectivo tal como los delínea la teoría
piagetana, con la importancia de la forma y la inhlutabilidad de la regla. Pero
luego las nociones sobre estereotipia de los roles sexuales se van complejizando,
enriqueciendo, haciéndose más flexibles, ~spccialmcnte con el logro del pensa-
miento abstracto. Hacia la adolescencia los roles son más flexibles, en especial,
el rol masculino (que en la niñez es el más fuertemente delimitada y sus
transgresiones, castigadas). En los adultos, los roles sufren ciertos cambios, como
con la vivencia de la paternidad/maternidad, donde las mujeres se vuelven más
tradicionales y los hombres, más liberales (cuando usualmente es al revés).
También en la vejez se experimenta menor tradicionalismo. Experiencias como
el divorcio, la viudez, también afectan los roles, y aquí juega un rol importante
el apoyo del medio social.

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Entonces, ¿qué efecto puede tener en los hijos el que su madre trabaje o no,
en términos de su masculinidad/femineidad, autoestima, y otras variables psico-
lógicas?

Un trabajo de Mac Kinnan y col. (1984), muestra mayor liberalismo en la


percepción de los roles sexuales en niños y niñas de 3 a 6 años, con padres
divorciados. Los autores lo atribuyen a la multiplicidad de roles que tanto las
madres como ellos mismos tienen que desempeñar. Comparando con mujeres
casadas, se observa que las divorciadas y las casadas que trabajan, son igualmente
liberales en sus actitudes hacia el trabajo de la mujer. Esto es importante decirlo,
porque son precisamente las madres que no trabajan las que no sólo presentan las
actitudes más tradicionales, sino que además creen que un mayor conflicto de
roles existe que lo que realmente experimenta la mujer con el rol dual. Y están,
pues, convencidas que el trabajo de la madre tiene efectos negativos en los hijos,
cosa que las madres que trabajan no necesariamente creen.

Al interior de los estudios con madres divorciadas, ha de tenerse cuidado


con el nivel socioeconómico actual de la familia, ya que está visto que es peor
cuanto mayor sea la diferencia de ingresos entre madre y padre, al margen de cuál
fuese el nivel anterior (Joyce y Russell, 1983). Y es precisamente el nivel
socioeconómico un factor importante. En Israel, Soliman y Mayseless (1982),
por ejemplo, encuentran que los niños de Kindergarten y Primer Grado con mayor
patología no son los hijos de divorciadas o de madres que trabajan, sino aquéllos
cuyas madres tienen el menor ingreso familiar, se sienten más insatisfechas con
su vida, y perciben a sus esposos como muy descomprometidos con sus hijos.

Otro estudio que muestra cómo el nivel socioeconómico -y todo lo que


éste implica- es un factor que interviene en el desarrollo de los roles sexuales
en los niños y adolescentes, es el de Reisman y Bañuelos (1984) en un barrio
latino de Estados Unidos. Vieron que las niñas prescolares que asistían acolegio
privado tenían un mayor liberalismo que las que iban a colegio público. Las de
mayor nivel socioeconómico querían ser profesionales; las de menor nivel,
madres; aunque ninguna quería tener la ocupación de sus padres. Son'muchas los
estudios que muestran que eL menor nivel económico suele acompañarse de
mayor tradicionalismo en los roles Sexuales. Y cuanto mayor es el tradicionalis-
mo, menos descontentos suelcn·estar las personas con su situación, o la creen
inmutable.

Es importante resaltar que la mujer que se ve obligada a trabajar en lo que


encuentre y bajo cualquier condición representa un caso muy distinto de quien
escoje en qué y bajo qué terminos realizar una labor. La satisfacción con el trabajo
tiene que variar según esto y la experiencia del rol dual y la relación con los hijos
no puede ser igual.

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Por ejemplo, Gordon y Kammeyer (1980) realizaron un estudio longitudi-
nal en 1974-75 con 735 madres de prescolares, e~contrando, entre otras cosas,
que el empleo maternal está muy relacionado con necesidad económica, y sólo
moderadamente relacionado con número de hijos, creencias sobre la maternidad
y experiencia laboral previa. Esta al margen del nivel educativo, y de las actitudes
hacia los roles sexuales. Pero el ingreso del esposo resultaba tener una fuerte
incidencia sobre cómo interaccionaban estas otras variables. En otras palabras,
las mujeres trabajaban dependiendo del ingreso del marido, que moderaba la
relación entre las demás variables.

El etnólogo Lamphere (1986) analizó datos norteamericanos de 1915 a


1977, concluyendo que aunque el trabajo asalariado relativamente reciente de las
mujeres ha tenido impacto sobre las familias, se sigue manteniendo una ideología
que valora la autoridad de esposo, el respeto a los padres, y enfatiza las diferencias
sexuales. Si bien la sociedad norteamericana ha sufrido cambios a partir de
entonces, los estudios más recientes continúan evidenciando un tradicionalismo,
especialmente en los hombres y más fuerte con la edad, excepto hacia la senectud.
Como dicen Kalin y Hodgins (1984) en Canadá, mas que subestimar a las mujeres
en términos de habilidad, se tiende al sexismo al considerar tal o cual rol u
ocupación como inconsistente con el rol sexual. Y el sexismo puede ser, a veces,
mayor en las mismas mujeres hacia su sexo (Linsenmeir y Wortman, 1979).

Si bien pueden apreciarse cambios hacia mayor liberalidad en una serie de


áreas, la más resistente al cambio parece ser la del rol materno tradicional. Se da
por sentado que la madre debe ocuparse de sus nifios. El problema es has~
cuándo, ya que es difícil establecer límites. Y peor aún, al socializar a las mujeres
en función del rol maternal, cuando han de enfrentar este rol, se encuentran ya en
desventaja. Y aunque las mujeres parezcan preferir matrimonios igualitarios, con
pocos hijos y un menor compromiso con el rol femenino al combinar familia y
carrera, los hombres no parecen ser de la misma opinión (Katz, 1987; Kessner,
1981).

A veces los mismos profesionales evidencian un sexismo en su desempeño,


orientando a mujeres a ocupaciones más "adecuadas" que requieren mayor
supervisión y pagan menos (Moore y Stricker, 1980); interpretando sus deseos de
actualización como "mujeres fálicas", o manteniendo un estándar de salud
mental masculino y totalmente distinta del ideal de mujer (Ramos, 1987). Así, la
mujermadura que decide buscar el éxito ocupacional suele experimentar barreras
por una serie de mitos sobre la naturaleza de la mujer y el trabajo (Kahn, 1979,
en Canadá), que Ogibene (1983) propone trascender. Baste recordarlos estudios
sobre atribución de logro (ver Ragúz, 1988, para un resumen del tema). Por
ejemplo, Paludi y Strayer (1985) encuentran experimentalmente, que los hom-
bres y mujeres son evaluados de manera distinta. también los niños evidencian
esta tendencia.

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Estos son los patrones culturales a las que nos enfrentamos, difundidos por
los medios de comunicación y ampliameqte documentados en estudios de
revistas, tiras cómicas dominicales, dibujos animados, noticieros y películas de
todo tipo en la televisión y el cine, canciones populares, mitos y leyendas, textos
escolares y universitarios, que han sido analizados en su contenido en el Perú y
en tantos otros países, siempre encontrándose una marcada estereotipia sexual de
los personajes y roles. Y la vida cotidiana está plagada de ejemplos, en el trabajo,
la diversión, la subsistencia misma. Como no esperar que los niños adquieran
tempranamente una estereotipia ~xual de los roles y propio.
l,

Y, sin embargo, los esperados "efectos" negativos del trabajo de la madre


sobre sus hijos no sólo no se encuentran, sino que resultados a veces apuntan en
la dirección opuesta. Siegel (1984) revisó los últimos 40 años de investigaciones
sobre el tema, concluyendo que el empleo de la madre, en sí mismo, no tiene
mayor "efecto" sobre sus hijos. Sabido es que lo importante no es la cantidad de
tiempo que la madre pasa con sus hijos, sino la calidad de la relación, para su
desarrollo integral¿ Y el padre? Su ausencia, en términos de muerte o divorcio ha
sido estudiada en relación al desarrollo psicosexual de los hijos (rara vez de la
hijas, para quienes, en realidad, es una figura extremadamente importante en la
configuración de su psicosexualii,ad). Pero es la madre y su doble rolla que
mayor interés y revuelo ha causado en la investigación psicológica.

Otros estudios sobre el "efecto" del trabajo de la madre muestran que no


necesariamente se asocia a cosas negativas. Así, los adultos cuyas madres
trabajaban (no importa en qué ni cuánto tiempo), y en especial, los hombres,
evidencian actitudes más ·liberales hacia el trabajo de la mujer (Powell y
Steclman, 1982).

Hensley y Borges (1981) encuentran que los niños de 7 y 8 años con madres
que trabajan, tienden a presentar menor estereotipia sexual de las ocupaciones.

También se ha visto en varios estudios que las actitudes de madres e hijos


hacia los roles sexuales y el trabajo de la mujer, suelen correlacionar. Lo que no
puede hacerse es predicciones de conocimientos o actitudes, ni de éstas o aquéllos
a conductas; ni de madres o padres a hijos, ni al interior de la misma persona. El
nivel de conocimientos no dice nada de las actitudes ni de las conductas que una·
persona (y menos, otra) pueda tener. En lo que si parece haber relación, es por
ejemplo, en las actitudes hacia la mujer y la orientación de rol sexual (Ward,
1980); así como en la división de roles en el hogar y la orientación de rol sexual
(Denmark et al., 1985).

Algo que es interesante resaltar es que la autoestima de las adolescentes


depende de cómo se cree que se es valorada por los padres (Holenbeck y Hill,
1986). Estos autores observan que cuánto acepten los padres a sus hijas se

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relaciona con su propia orientación de rol sexual (lo que no ocurre con los hijos).
Y que el ajuste psicológico de los adolescentes de ambos sexos depende
estrechamente de esta aceptación percibida. También Openshaw y col. (1984)
encontraron la relación entre autoestima y evaluación de los padres, siendo aún
más fuerte en el caso de las hijas mujeres. Viene al caso recordar que la identidad
sexual es uno de los componentes (sino el componente) más importante de la
identidad personal, y que -tal como están estructurados muchas sociedades
hay-la valoración de los padres, y en especial, del padre, afecta la autoestima
y el autoconcepto. Tal como se defme Masculinidad hoy, y acordemente, como
se mide, la autoestima es casi sinónimo de Masculinidad. Y la Masculinidad, el
mejor predictor de éxito, salud mental, habilidad matemática, ajuste, y casi
cualquier variable positiva en consideración.

Esto nos lleva a que el que la madre trabaje o no, no es en sí importante. Es


el trabajo en combinación con otras variables, lo que tiene relevancia. Por
ejemplo, Gold y Andres (1980), con niños canadienses de origen francés,
encontraron que el hecho de que las madres de clase media y baja fuesen amas
de casa o tuviesen un trabajo a tiempo completo, no se relacionaba con el ajuste
personal, el logro escolar, o el conocimiento de roles sexuales en los niños. Por
el contrario, el empleo materno evidenció estar asociado a patrones diferentes de
funcionamiento familiar, y a la satisfacción con el rol parental. Aquí cabe señalar
que Welch (1979) ha notado que eltrabajar o no se relaciona con el grado de
Masculinidad de una persona, y que la orientación de rol sexual Andrógena(es
decir, alta Maculinidad y alta Femineidad al interior de una misma persona [ver
Ragúz, 1983) se asocia con el tener una profesión.

Decíamos anterionnente que es importante la edad del grupo con el que se


realiza un estudio, y que los niños pequeños tienen una visión más rígida de los
roles. Pero debemos indicar una excepción. Los adolescentes de 16 ó 17 años son
capaces de tener una visión menos estereotipada de los roles ocupacionales fuera
del hogar que los niños de 11 a 12 (Pomageat y Scheiber, 1979, en Francia), y,
sin embargo, evidencian una gran rigidez en lo tocante a las tareas del hogar,
siendo tradicionales al margen de si la madre trabaja o no (Hansen y Darling,
1985).

Un aspecto interesante lo constituye las expectativas ocupacionales respec-


to de sus hijos y las que ellas mismas tienen. Peterson y col. (1982) notan que los
padres tienden a favorecer mucho más la carrera de sus hijos adolescentes
varones. Pero que, a pesar de ello, las hijas evidencian menor tradicionalismo que
sus padres en sus elecciones ocupacionales. Piotrkowski y Katz (1982) observan
también que cuando las madres trabajan esta tiene un efecto socializador
indirecto en sus hijos, favoreciendo su conducta académica.

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SULherland (1 '178) encuentra apoyo empírico con universitarios canadien-
ses, para la hipótesis de que la crianza tradicional por parte de la m Jdre es un factor
decisivo en la perpetuación de la estereotipia sexual tradicional.

Siguiendo con estudios con adolescentes, tenemos el de Jensen y Borgcs


(1986), que, en un principio. pareciera ofrecer apoyo a la creencia eri los" efectos"
negativos del trab~o de la mujer. Estos investigadores observaron que los
adolescentes con madres que trabajan no tenían una relación tan cercana con su
padre, percibían más tensión, stress y cólera entre sus padres, y consideraban a
sus madres menos amistosas y no tan felices como lo hacían los adolescentes con
madres amas de casa. ·Debemos conceder que puede ser el caso que en familias
de empleo dual el ambiente. psicológico sea menos favorable. Pero podemos
especular también otras .explicaciones. Por ejemplo, el hecho que se dé más
obviamente la expresión de sentimientos negativos no es, en sí, un indicador de
mayor o menor patología: familiar; Lo que si evidencia, es que la madre no está
representando un modelmtratlicional·de- sumisión¡ adaptibilidad, y poca agresi-
vidad.

Porol;ro lado, la infelicidad dé la madre puede ser una distorsión o puOOt ser
real. en función de la eme de .variables que interaccionan con la satisfactión
personal y matrimonial. Pero la feticidad· autopercibida tampoco es, necesaria-
mente. un indicador de ajuste psicológico; Por ejemplo, estudios con mujeres
mexicanas muestran .cpre.en.grupos de alto machismo, donde los roles están
fuertemente estereotipados, y donde-los hombres ejercen un fuerte dominio'de la
mujer en la toma de decisiones respecto a su· persona, son éstas, en somparatión
con norteamericanas y suecas·muy>liberales;.las menos insatisfechas con. su
relación de pareja, y las que menos perciben una ingerencia del hombre sobre su
vida. Igualmente. las personas' indiferenciadas en su orientación de rol sexual,
que la teoría predice seránllas.de:menorajuste,no necesariamente la sienten así
ni evidencian mayar;auto~percepción.de:desajuste que las Andrógenas. Y en el
área de salud m.ental. iillbido es. que no necesariamente el paciente es consciente
de su enfennedad. Por ello, la tensión familiar requiere de más elementos para ser
interpretable, ya que :J'Stltía,estar. indicando reajl!stes para una mejor relación.

·En otro artícuit>11os hemos dedicado al tema de la atribución de logro con


mayor profundidad. Acá sólo mencionaremos el estudio de Etaugh y Petroski
(1985), en el cual se .comprueba que los universitarios con madres que trabajan,
tienden a C\;aluar más:positivamente la personalidad y habilidad de mujeres que
trabajan. También C(')ll universitarios se ha encontrado mayor flexibilidad en su
estereotipia de roles sexuales, tanto en hombres como en mujeres, cuando la
madre trabajaba.

La orientación de rol sexual es una variable importante. Se ha visto, por


ejemplo, que los que mejor valoran el rol del hombre y de la mujer en tareas

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domésticas son las personas Andrógcnas cuyas madres trabajan tRcsC'nwas:,cr y
cc,l., 1985).

Comparando tres generaciones: universitalias, sus madres y sus abuelas,


Dambrot y col. (1984) encontraron mayor tradicionalismo en las actitudes hacia
el trabajo de la mujer, tanto en las abuelas como en las mujeres de menor nivel
educativo. Las actitudes eran más similares entre universitarias y sus madres, que
entre universitarias y sus abuelas, o entre madres y abuelas. Pero en Australia,
Khoo y col. (1984) no encontraron relación entre las actitudes de universitarias
y sus madres.

No siempre las madres funcionan como modelos que se imitan, ocupacio-


nalmente hablando. Con abogadas graduadas entre 1920 y 1979, Dambrot y
Vassel (1983) observan que sólo cuando las madres trabajan y el esposo es
profesional, cumplen éstas un rol de modelo ocupacional.

En resumen, el "efecto" del trabajo de la madre en los hijos no puede


establecerse de manera directa. Pareciera haber una interacción de variables
determinando tal o cual característica de los hijos. En todo caso, los hijos de
madres que trabajan parecen tender más a evidenciar características positivas que
negativas, especialmente cuando las condiciones que rodean el trabajo de la
madre son favorables. Una de estas condiciones es la relación con la pareja, como
ésta valore y dé apoyo al trabajo de la esposa.

"Efectos" en la pareja
Decíamos anteriormente que, tal como están dadas las cosas hoy, el hombre
suele ser un factor decisivo en la autovaloración y autoconcepto de la mujer. Este
punto no ha recibido la merecida atención empírica; más bien el foco se ha puesto
en cómo el trabajo de la mujer afecta -negativamente, por supuesto- al esposo
o la pareja.

Dentro de esa línea, Staines y col. ( 1985) concluyen, en base a una encuesta
a 1,515 personas en 1977, que el trabajo de la esposa tiene un "efecto" negativo
sobre la satisfacción del marido con su vida y con su propio trabajo. Pero
recordemos que la década de los 70 fue una etapa especialmente sensible para los
norteamericanos, con los asesinatos de Kennedy y Luther King, la Guerra de
Viet-Nam, el movimiento "hippie" las drogas, la revolución sexual, y el cuestio-
namiento del llamado "establishment" o sistema.

Datos psicológicos, especialmente sobre Roles Sexuales recogidos en los


70s siempre estarán teñidos de una manera especial.

Es interesante notar que la ley puede establecer igualdad matri r;•m:i Jl, pero
no.significacstn un:1 is!\talrfad soch1 Por ejemplo, la ley puede decir:: ,,.. :! 1ratnjn
del hombre y la mujer tiene valor comparable; pero en la vida cotidiana, es la
fmmación o el trabajo del hombre el que tiende a ser dado preeminencia al interior
de los hogares, como notan Gold y Gold (1981), con parejas canadienses duales
(ambos trabajan), aún cuando los dos son profesionales. Esto pareciera explicarlo
Feldberg (1984) al referirse a las leyes norteamericanas, ya que observa que si
bien estas suponen igual valor del trabajo de ambos sexos, el sexismo existe en
la'i leyes económicas, al no reconocerse habilidades de las mujeres como tales.
Es por esto que Mases (1983) urge a las mujeres a estudiar más carreras
masculinas, a diversificar sus intereses ocupacionales, y a creer en que su trabajo
vale igual que el de un hombre. Este autor considera que los roles sexuales
estereotipados contribuyen a que la mujer tenga menor poder adquisitivo, el cual
creemos es definitorio para una independencia psicológica y una identidad
madura (como puede verse en las diferencias de poder, status y prestigio que
gozan campesinas y mujeres selváticas peruanas en base al comercio de trueque
o al uso de dinero, en especial, en efectivo; (ver estudios antropológicos de
Bourque, 1981; Campaña, 1982; Stocks y Stocks, 1980).

Pareciera que el trabajo de la mujer se asocia con fracaso matrimonial, ya


que un análisis de los divorcios entre 1966 y 71 en California, encuentra mayor
porcentaje de mujeres casadas que trabajaban entre las divorciadas; salvo que se
hubiesen casado jóvenes (el casarse jóvenes pareciera siempre asociarse a mayor
estabilidad conyugal, como muestran otros estudios). El número de hijos resultó
una variable interviniente aquí.

Y Spilze y W aite (1981 ), con una muestra nacional norteamericana conclu-


yen que sólo en un inicio los maridos suelen adecuarse a las actitudes y conductas
de sus mujeres respecto del trabajo. En las mujeres, su conducta laboral se ve
fuertemente afectada por las preferencias de sus maridos (esto, más marcado aún
en las minorías Negras). En general, las actitudes hacia el trabajo de la mujer son
más tradicionales en los hombres, especialmente en los casados. Un estudio con
Filipinas (Ventura et al., 1979) muestra que, cuando se trata del empleo de la
mujer casada, tanto solteros como casados son especialmente tradicionales. En
un estudio transcultural que realizáramos (Ragúz, 1981 ), también se apreció una
variabilidad entre culturas de mayor a menor tradicionalismo hacia el trabajo de
la mujer, especialmente en los hombres y en los casados, y la religión jugaba un
rol importante, siendo los musulmanes (tanto nigerianas como malasios) los más
fuertemente estereotipados en sus creencias. Ferree ( 1984), con familias obreras
norteamericanas, observa que las actitudes hacia el trabajo de la mujer dependen
no sólo del significado atribuído a la vida familiar y el trabajo, sino también de
las circunstancias objetivas en que se encuentra la tamilia. En la actual crisis
socio-económica del Perú, el trabajo de la mujer, para la mayoría, es algo
imprescindible para la subsistencia familiar; aun así, el patriarcalismo persiste,
vislumbrándose algunas tendencias de cambio (ver estudios de Sara-Lafosse,
1988). En la medida en que el rol de mujer siga atado al rol de madre, y las

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decisiones sobre planificación familiar sigan dependiendo del hombre, como
muestran recientes estudios peruanos·, el cambio estructural será imposible. Yen
la medida en que sea el hombre el pilar eConómico de la familia, la subordinación
de la mujer será inexpugnables.

England (1979), por ejemplo, analizó datos censales norteamericanos de


1970, comprobando que el sexismo puede no darse en términos de valorar
diferentemente una ocupación a la persona en base a su sexo cuando hay
elementos objetivos que la ameritan. Pero a la vez, la autora encuentra que el
prestigio de las ocupaciones tradicionalmente femeninas no se asocia con mayor
poder o ingreso; lo que sí se da en las ocupaciones maculinas.

Doust y Doust (1985), por su parte, encuentran sexismo cuando se evalúa


la adecuación de uno u otro sexo para un trabajo. Y Shinar (1978) observa que el
qué tan apropiada sea para su sexo una ocupación afecta cómo es percibida la
persona, por ejemplo en lo relativo a habilidad intelectual y profesional, activi-
dad, liderazgo, liberalismo, individualismo, ajuste personal, sensitividad social,
satisfacción con su vida familiar, atractivo físico, y qué tan agradable se la vea.

Volviendo al punto de la satisfacción de la pareja. Bird y Bird (1984)


observaron que los hombres -al margen de que su esposa trabaje o no-- tienden
a sentirse igualmente satisfechos con sus roles familiares, de trabajo remunerado,
y comunitarios. En cambio, las esposas que trabajan evidencian una satisfacción
diferencial, estando mucho menos satisfechas con sus roles comunitarios.

Otro hallazgo interesante (Pryor y Reeves, 1982) .es que en los hombres la
estructura de oportunidades laborales se relaciona con su satisfacción comunita-
ria. En las mujeres, las oportunidades laborales se relacionan no con su satisfac-
ción comunitaria sino con su satisfacción individual, familiar y laboral. Podría
esto estar apuntando a diferentes significados y valores psicológicos en función
de la estereotipia de los roles sexuales, de los canales de auto-realización,
íntimamente asociados al autoconcepto y la autoestima.

Locksley (1980) observó que entre 1950 y 1974 había aumentado de 24 a


43% el porcentaje de mujeres casadas que trabajan. Diseñó un estudio con
muestreo sistemático, entrevistando a 2,300 padres de preescolares, encontrando
que ni el que uno solo o los dos esposos trabajasen, ni su nivel de interés en
trabajar, se relacionaban con el ajuste y compañerismo de la pareja. Pero sí se vió
que, en general, las mujeres evidenciaban menor satisfacción y más frustración
con su relación de pareja, que los hombres; sea que ellas trabajasen o no.

En los estudios que relacionan trabajo remunerado de la mujer con diversas


· variables de la pareja, una variable importante es la orientación de rol sexual (i.e ..
la masculinidad y femineidad auto-percibida). Por ejemplo, tanto en el hombre

15
como la mujer pareciera ser que su orientación de rol sexual mediatiza su
bienestar personal y marital, sea que ambos trabajen o que uno solo sea el
proveedor económico (House, 1986).

Para la satisfacción marital se ve que las actitudes hacia los roles sexuales
tienen un peso importante. Nicola y Howkes (1986) encuentran, además, que el
fuerte compromiso con la carrera o el trabajo se asocia a insatisfacción marital en
ambos esposos, cuando la persona (hombre o mujer) es más femenina (expresiva)
que masculina (instrumental) en su orientación de rol sexual.

En todo caso, el tradicionalismo caracteriza más a los hombres que las


mujeres, como prueban diversos estudios transculturales. Y el tradicionalismo
tiende a ser significativamente mayor, en ambos sexos, en lo relativo a los roles
en el hogar, y aún con más fuerza, en lo tocante al rol maternal. Es entendible,
pues, que sean los hombres los más reacios al cambio. Estudios en la Sierra y
Selva peruana convergen con los hallazgos en grupos costeños, a pesar de ser
culturalmente tan distintos (Bourque, 1981; Campaña, 1982; Ciudad y Guzmán,
1975; Lora et al., 1985; Raguz, 1989; Sara-Lafosse, 1979, 1988; Villalobos,
1975, 1977; Villalobos y Mercado, 1977).

Cuando circunstancialmente han de revertirse los roles -por un accidente


o enfermedad del hombre, por ejemplo- que hace que la mujer pase a percibir
un ingreso significativo y mantenga a la familia, la pareja siente stress, especial-
mente si el medio -amigos, parientes- no apoya la "trascendencia" de los roles.
Pero si se da el apoyo, la experiencia suele ser beneficiosa en términos de mayor
flexibilización de ambos, mayor empatía e identificación de uno con otro (Davis
y Chávez, 1985).

Cabe recordar que la alta Masculinidad es beneficiosa para ambos sexos.


Una investigación al respecto es la de Olds y col. (1980), quienes encontraron que
la Masculinidad (medida con el Personal Attributes Qucstionnaire a PAQ)
correlaciona positivamente con componentes de motivación de logro, e inversa-
mente, con Strees y temor al logro. Y la Femineidad resulta negativa, ya que
correlaciona con bajo rendimiento académico y pobre salud mental (autodespre-
cio, inseguridad, psicosoinatización). Unicamente cuando la Masculinidad en
mujeres se combina con una alta competitividad, arroja salud mental negativa.

En ambos sexos se encuentra que las personas Andrógenas tienen mayor


ajuste, al margen de si trabajan o no (Rendely et al., 1984). En los Andrógenos
que trabajan, es mayor la satisfacción con el trabajo que lo que experimentan los
no Andrógenos (i. e., Masculinos, Femeninos, e Indiferenciados). Además, su
stress laboral es menor (Rotheram y Weiner, 1983), lo que podría deberse a sus
recursos tanto masculinos como femeninos, que le permiten mayor flexibilidad
y fuentes de satisfacción. En las personas Andrógenas que trabajan suele predo-

16
minar la satisfacción con el trabajo. Pero si se trata de parejas Andrógenas duales
(donde los dos trabajan) la satisfacción personal suele prevalecer sobre la
satisfacción con el trabajo.

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