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PROFETAS FRENTE A REYES Y SACERDOTES (1)

Joan Mesquida Sampol

Una de las imágenes más conocidas del Antiguo Testamento, tal vez por ser una de las
más cinematográficas, es la de la indignación de Moisés, bajando del monte Sinaí con
las tablas de la Ley, al ver como su pueblo no había tenido otra ocurrencia que fabricar
un ídolo, el famoso becerro de oro. Se trata de un ejemplo claro de lo que llamamos
idolatría, es decir, la realización de una imagen de una divinidad para adorarla.

Este tipo de actos eran considerados contrarios al primer mandamiento, pero también,
en no pocas ocasiones, al segundo y por tanto objeto de censura, como podemos ver en
Dt 4, 15-18. Los profetas no ignoraban esa prohibición, por lo que la denuncia de la
idolatría fue una constante en su misión, lo que les produjo no pocos enfrentamientos
con las instituciones de su época, especialmente con reyes y sacerdotes que promovían
este tipo de prácticas.

A lo largo de este trabajo veremos en qué consiste esa práctica contraria al segundo
mandamiento y cómo actuaron los profetas ante diversas situaciones. Así mismo,
veremos cómo esa lucha contra la idolatría no ha perdido actualidad. Al contrario, sigue
siendo una de las inclinaciones más comunes entre aquellos que -aun sin saberlo- se
alejan de Dios.

La idolatría
Define W. R. F. Browning como idolatría como el culto en torno a la estatua de un dios
o diosa.2 En el antiguo Oriente Próximo era algo muy común. Explica Douglas A.
Knight que había hasta diez formas diferentes en hebreo para designar diversos tipos de
ídolo, según la forma, el método de construcción, etc.3 No queda claro hasta qué punto
identificaban el ídolo con la deidad, si bien en general se cree que tenían claro que el
ídolo solo la representaba o que habitaba en ella. Paradójicamente, en Israel regía una

1
Este trabajo fue realizado en el marco de la asignatura “Profetas” del 2º año del Bachillerato en Ciencias
Religiosas, en Domuni Universitas (domuni.eu).
2
BROWNING, W. R. F.: Diccionario de la Biblia, RBA, Madrid, 2009, pág. 229
3
KNIGHT, D. A.: “Idols, Idolatry”, en METZGER, B. M. Y COOGAN, M. D.: The Oxford Companion to the
Bible, Oxford University Press, New York, 1993, pág. 297.

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estricta prohibición de tales prácticas, hasta el punto que puede considerarse uno de los
grandes rasgos distintivos de la religión hebrea.

Esta prohibición se cree que es bastante antigua si bien se desconoce la datación


aproximada. En la Biblia encontramos la prohibición en el Decálogo:

No te fabricarás ídolos, ni figura alguna de lo que hay arriba en el cielo,


abajo en la tierra, o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante
ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso,
que castigo el pecado de los padres en los hijos, hasta la tercera y la
cuarta generación de los que me odian (Ex 20, 4-5).

Leemos algo similar también en Ex 20, 23 (No pongáis junto a mí dioses de plata ni
dioses de oro; no os los fabriquéis) y en Dt 4, 15-18, 23, 28.

Las razones de la prohibición de los ídolos son desconocidas y, como decimos, insólitas
en toda la región. Y posiblemente por ello no son infrecuentes los casos de vulneración
de esta norma. Ya lo fue la famosa elaboración del Becerro de Oro a los pies del Sinaí
(Ex 32) a la que nos referíamos al principio, o lo fueron los becerros mandados a
construir por Jeroboam para disuadir a sus súbditos de viajar a Jerusalén, ídolos que en
este caso representaban a Yahveh (1R 12, 28). Sin embargo, para los israelitas, el
peligro estaba sobre todo en que se adorara a dioses diferentes del Dios de sus padres,
como vemos en la famosa contienda de Elías en el monte Carmelo, en el que desacredita
a los seguidores de Baal.

Observemos, no obstante, que se perfilan aquí dos formas de idolatría. La primera, la


perpetrada por Jeroboam, sería una idolatría en un sentido estricto y chocaría
directamente con el mandamiento antes citado: No te fabricarás ídolos, ni figura alguna
de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra. La segunda, sin embargo, vulnera no
solo este mandamiento sino el anterior, No tendrás otros dioses frente a mí (Ex 20, 3). J.
L. Sicre las diferencia hablando, a propósito de la primera, de la manipulación de Dios
y, a propósito de la segunda, de los rivales de Dios.4 Al referirnos aquí a la afección al
segundo mandamiento, nos referiremos en general a la primera acepción, a la idolatría
que supone una manipulación de Dios.

La manipulación de Dios
La manipulación de Dios a través de ídolos puede tener diversas formas y no
necesariamente parte de una intención estrictamente religiosa. Recordemos lo leído en
1R 12, 28. En ese relato, Jeroboam no pretende ser infiel a Yahveh sino evitar que sus
súbditos vayan a Jerusalén. Nos encontramos en el momento en que ha culminado el
cisma en el pueblo hebreo y el reino se ha dividido en dos. Los súbditos de Jeroboam, el
4
SICRE DÍAZ, J. L.: Introducción al profetismo bíblico, Verbo Divino, Estella, 2011, pág. 379.

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reino del Norte, siguen siendo fieles a Yahveh y, por tanto, pretenden seguir visitando el
templo de Jerusalén, en manos del reino rival, Judá. Jeroboam sabe que ello supone un
peligro para su reino y su posición, pues sus súbditos podrían empezar a dudar de su
legitimidad y entender que el reino debe reunificarse a favor de Roboán, rey de Judá. Es
entonces cuando se le ocurre la idea de sustituir la peregrinación al templo
jerosolimitano por la visita a dos santuarios propios, en Betel y Dan, en los que mandará
a construir dos becerros de oro.

Jeroboam, por tanto, no niega a Dios ni construye un santuario para una deidad ajena,
aunque sí enmienda la decisión de Yahveh de habitar en el templo de Jerusalén y
determina que este puede ser adorado también en otros dos sitios. Es decir, Jeroboam
dispone de Dios a su antojo, lo utiliza para fines propios, en este caso para un fin
político. La divinidad todopoderosa de Israel pasa a ser un instrumento al servicio del
monarca, y esta instrumentalización se realiza a través de la construcción de ídolos. El
ídolo, por tanto, lejos de ser una mera representación de la divinidad, es su jaula, la llave
que esclaviza lo divino al servicio de lo humano.

Esa manipulación de Dios supone, por tanto, la instrumentalización de la divinidad, no


en un sentido ontológico, evidentemente, pues Dios siempre queda fuera del alcance
humano, pero sí en el sentido de que se instrumentaliza la religión y se usa lo sagrado
para fines no sagrados. Se produce, por tanto, una banalización de lo sacro.

Lo importante de este efecto de banalización es que se produce incluso cuando esa


instrumentalización no es tan evidente. Es decir, no es necesario que exista un fin
último claro y deseado por parte del manipulador. Puede ocurrir que la fabricación del
ídolo produzca una satisfacción en sí misma determinada por la necesidad de toda
persona de la cercanía certera de una divinidad. Sentirse especialmente protegido por
Dios, amado por él, acompañado, es mucho más fácil cuando esa presencia puede ser
percibida por los sentidos, cuando forma parte de nuestro mundo material y visible. Sea
un becerro de oro en un santuario en la cima de una montaña, sea un amuleto que puede
llevarse encima, esa proximidad material acaba siendo mucho más fuerte e intensa, para
muchos, que la intensidad que proporciona una fe que no siempre alcanza la solidez que
uno desearía.

Esa banalización puede no ser especialmente corrosiva en todos los casos, pero conlleva
un riesgo del que eran posiblemente conscientes los propios israelitas al decidir prohibir
de forma taxativa todo tipo de imágenes. El riesgo está, evidentemente, en que la
imagen llegue a sustituir a la propia divinidad. Es decir, que lo que se acaba adorando es
el becerro (o la imagen, reliquia, espacio sagrado, etc.), olvidándose de la divinidad, con
el agravante de que esto puede ser usado en su favor por los reyes, sacerdotes y otros
grupos dirigentes. Todo ello es algo que, como veremos, los profetas tenían muy
presente.

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Dios al servicio del poder
El ejemplo de Jeroboam nos sirve para introducirnos en esta forma especial de
manipulación de Dios que atenta contra el segundo mandamiento. Consiste, como
decíamos, en la realización de imágenes o en la designación de objetos o lugares -un
cerro, un templo o una roca singular- que representan a la divinidad. Esa representación
se realiza, además, con un fin concreto, mundano, que suele consistir en la
manipulación de la gente; hoy hablaríamos de control social o incluso de propaganda
política. En definitiva, Dios o, si queremos, la religión es usada como un recurso de
poder, como lo son también el dinero, el ejército etc. En el caso de Jeroboam se recurre
a la creación de unos ídolos de la misma forma que se podría haber erigido un muro o
un puesto fronterizo militarizado para controlar la salida de sus súbditos.

Como hemos dicho, esta práctica no supone un ataque directo a la religión o a Dios. No
se niega el culto a Yahveh ni es la pretensión del que lo realiza, de Jeroboam en este
caso, ni menospreciar a Dios ni favorecer otra divinidad. Prueba de ello es, como apunta
Sicre, que ni Elías ni Eliseo criticaron nunca el culto a estos ídolos erigidos por el
monarca.5 Pero a medio plazo el problema era que el pueblo identificaba a Yahveh con
el toro, lo que sí provocó las críticas de otros profetas posteriores, como es el caso de
Oseas:

Han constituido reyes, sin contar conmigo,


autoridades, y yo no sabía nada.
Con su plata y con su oro se hicieron ídolos para establecer pactos.
¡Tu becerro te ha rechazado, Samaría!
Mi ira se inflamó contra ellos.
¿Hasta cuándo serán culpables de la suerte de Israel?
¡Un artesano lo ha hecho, pero eso no es un Dios!
Sí, terminará hecho pedazos el becerro de Samaría (Os 8, 4-6).

Efectivamente, como apunta García Cordero, estas prácticas taurolátricas con el tiempo
condujeron al pueblo hebreo al sincretismo religioso, taxativamente prohibido por la
Ley.6 Sin embargo, es curioso como las críticas a los monarcas no vienen por el uso de
estas prácticas sino por otros motivos, como la corrupción o la injusticia generalizada en
detrimento, siempre, de los más desfavorecidos de la sociedad.

Tampoco encontramos críticas directas a los sacerdotes por estos ídolos. Otra cosa es el
provecho que sacaban con ellos los corruptos. Lo denuncia Daniel al referirse al
pasadizo secreto que utilizaban los sacerdotes de Bel para apropiarse de las ofrendas:

5
Ob. cit., pág. 207.
6
GARCÍA CORDERO, MAXIMILIANO, Biblia comentada. [III] Libros proféticos, Biblioteca de Autores
Cristianos, Madrid, 2013 Págs. 1104 y s.

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Dijeron los sacerdotes de Bel:
“Mira, nosotros saldremos fuera.
Tú, majestad, coloca los alimentos, mezcla el vino y ponlo;
después cierra la puerta y séllala con tu anillo.
Cuando vengas por la mañana,
si no compruebas que Bel se lo ha comido todo,
o moriremos nosotros o morirá Daniel,
que miente contra nosotros”.
Ellos se sentían felices porque habían hecho una entrada secreta debajo de
la mesa, y por ella entraban siempre y consumían las cosas (14, 11-13).

Si observamos en otros profetas, las críticas a los ídolos no se centran en el uso que se
hace de ellos por parte de los poderosos del lugar, sino que con frecuencia se limitan a
ridiculizar este tipo de prácticas. Leemos en el Deuteroisaías:

Cuantos modelan ídolos no son nada,


sus imágenes predilectas no sirven a nadie.
Sus testigos no ven ni comprenden,
por eso quedarán en ridículo (Is 44, 9).

No solo se ridiculiza la práctica, sino que el profeta se mofa incluso de que se adore a
ídolos que están hechos, por ejemplo, de la misma madera con que encienden los
hogares de sus casas o asan la carne. Es difícil imaginar un tono más burlesco:

La gente lo quema y con ello se calienta,


o hace fuego para cocer el pan,
o se fabrica un dios y lo adora,
lo convierte en una imagen y se postra ante ella.
Una mitad la quema para brasas,
sobre las brasas asa la carne,
se la come y se sacia,
se calienta y dice:
«¡Ah, qué bien! Siento el calor, veo el rescoldo».
Con lo que queda se hace un dios, una imagen, s
e postra ante él, lo adora y reza:
«Sálvame, porque tú eres mi dios» (Is 44, 15-17).

El Dios manipulado
Sin embargo, este tipo de idolatría puede darse a otro nivel. No se trata solo de elaborar
becerros de oro o estelas dedicadas a alguna divinidad. La idolatría también se da
cuando determinadas verdades de fe o determinados espacios sagrados o instituciones
sagradas se divinizan hasta el punto de desplazar el culto a Dios hacia ellas. Un caso
claro es el del carácter de pueblo escogido de Israel que se da a partir del Éxodo. Este
convencimiento lleva a Israel a entender que Dios es su protector, en el sentido de que

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puede recurrir a él como si de un aliado militar se tratara. En definitiva, entiende que
Dios le dará siempre un trato de favor, que de alguna forma se ha obligado a ello. Por
supuesto, esta concepción de su relación con Dios supone resaltar sobre todo el “deber”
de Dios con ellos, por encima del que, en contraprestación, tendrían hacia Dios. Es por
ello que, casi más importante que Dios en sí mismo, es el hecho de que se ha
comprometido, desde el Éxodo, a auxiliarlos.

Esta visión es duramente criticada por los profetas. Amos, de forma especialmente dura,
les recuerda que de la misma forma que los sacó de Egipto, también ha ayudado a otros
pueblos. Y no a pueblos cualesquiera, sino a los grandes enemigos de Israel, como son
los filisteos y los sirios.

¿No sois para mí como etíopes, hijos de Israel? —oráculo del Señor—.
¿No saqué a Israel de Egipto,
como a los filisteos de Caftor,
y a los sirios de Quir? (Am 9, 7)

Algo parecido ocurre con la propia Alianza en sí, otra verdad de fe fundamental para los
israelitas y que es divinizada también, pretendiendo que tal pacto obliga a Dios,
quedando este comprometido al servicio del pueblo hebreo. También es Amos quien
con mayor dureza reprocha este comportamiento

Escuchad esta palabra que el Señor ha pronunciado contra vosotros, hijos


de Israel, contra toda tribu que saqué de Egipto:
«Solo a vosotros he escogido
de entre todas las tribus de la tierra.
Por eso os pediré cuentas
de todas vuestras transgresiones». (Am 3,1-2)

Este tipo de idolatrías en el fondo no son sino un intento de justificar el comportamiento


de reyes o de los dirigentes y sus decisiones. Se realza el papel de la alianza, la salida de
Egipto, para recordar que Dios está con el pueblo hebreo y que sus monarcas siguen ese
camino iniciado por el Señor. Pero, como saben muy bien los profetas, aquellos no
sirven a otros intereses que los suyos y por ello al final deben escarmentar: Dios no está
a su servicio. Y es por ello que estas referencias no sirven más que para dar falsas
esperanzas al pueblo y lograr así mantener el orden social, lo que conllevaba, claro está,
el mantenimiento del poder y de sus privilegios por parte de los dirigentes.

La denuncia de los profetas no se centra solo en los hechos, sino que se realiza una clara
identificación de los culpables. Pueden manipular a Dios, someter las verdades de fe a
sus intereses, pero tarde o temprano deberán responder por sus felonías. Sofonías lo
expone con suma claridad:

¡Ay de la ciudad rebelde, impura, tiránica!


No ha escuchado la llamada, no ha aceptado la lección;
no ha confiado en el Señor, no ha recurrido a su Dios.

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Los jefes que habitan en ella son como leones rugientes;
sus jueces, igual que lobos: nada dejan para roer de la noche a la mañana;
sus profetas, fanfarrones y traidores;
sus sacerdotes profanan lo sagrado y quebrantan la ley.
El Señor que habita en ella es justo, no comete injusticia;
cada mañana va sacando a la luz el derecho; nunca falla;
pero el malvado no sabe lo que es la vergüenza (Sof 3, 1-5).

En un parecido sentido lo denuncia también Ezequiel, acusando entre otros a los reyes,
que “son como un león rugiente que desgarra su presa: han devorado a la gente, se
apoderaron de sus tesoros y riquezas y multiplicaron las viudas (22, 25). Tampoco se
escapan de la mirada acusadora del profeta los sacerdotes: “han violado mi ley y
profanado las cosas santas, no distinguen entre sagrado y profano ni enseñan la
diferencia entre puro e impuro, cierran sus ojos ante la observancia de mis sábados, y
yo quedo deshonrado en medio de ellos (22, 26).

El profeta, por tanto, no se deja engañar por las apariencias. La situación de injusticia
social es palmaria, pero ello no impide identificar a los culpables. Se dan estructuras
sociales injustas y corrompidas, pero no se puede culpar a esa estructura. Las cosas no
surgen porque sí. El motivo es indicado claramente por Ezequiel (22, 27b): “derraman
sangre y eliminan gente para sacar provecho”. Solo se persigue el propio beneficio y
para ello no dudan en usar a Dios. Acusa a los grandes malhechores de esa calamidad,
los falsos profetas, aunque al final estos no son sino instrumentos que juegan a la
conveniencia de los poderosos. Al fin y al cabo, todos buscan sacar provecho: “Sus
profetas blanquean las grietas: ofrecen visiones falsas y presagios mentirosos. Dicen:
‘Esto dice el Señor’, cuando el Señor no había hablado” (22, 28).

Ante ello es natural que los profetas se granjeen la animadversión de reyes y sacerdotes.
Necio y loco llaman a Oseas (Os 9, 7b), mientras que a Jeremías intentan matarlo:

El Señor me instruyó, y comprendí, me explicó todas sus intrigas.


Yo, como manso cordero, era llevado al matadero;
desconocía los planes que estaban urdiendo contra mí:
«Talemos el árbol en su lozanía, arranquémoslo de la tierra de los vivos,
que jamás se pronuncie su nombre» (Jr 11, 18-19).

Para Jeremías no fue este un acontecimiento asilado ni mucho menos. No tardarían


mucho cuando volverían a intentar atentar contra su vida (Jr 26, 8). Otros tuvieron
menos suerte, como el caso del profeta Urías, que fue ejecutado a las órdenes del rey
Joaquim, como podemos leer un poco más adelante, en Jr 26, 20-23.

Otra estrategia que se seguía, menos violenta, pero si cabe con mayor riesgo, era la de
alentar a falsos profetas. Estos habían existido desde siempre, profetizando a favor de
otras divinidades (1Re, 18) o pretendiendo ser auténticos profetas de Yahveh. Estos
últimos con frecuencia anunciaban aquello que los reyes querían oír, dejando claro que

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Yahveh estaba con ellos y, por tanto, legitimando sus tropelías y la injusticia que se
vivía en toda la comunidad. No era nada difícil para estos profetas falsos lograr el apoyo
del monarca, rechazando las palabras de los profetas auténticos que, por supuesto, eran
mucho más críticas con las acciones del monarca. La única forma que tenía el profeta de
desbancar al impostor era evidenciar que su profecía no se cumpliría, aunque para ello
hubiera que esperar varios años. En todo caso, así había sucedido en momentos
anteriores en que la falacia se había demostrado. Un ejemplo paradigmático es el del
enfrentamiento de Jeremías con el falso profeta Jananías. Este profetiza al rey de Judá la
ciada del imperio babilónico y la liberación de los deportados, frente a la opinión
contraria de Jeremías, que le recuerda:

Los profetas que nos precedieron a ti y a mí, desde tiempos antiguos,


profetizaron a países numerosos y a reyes poderosos guerras, calamidades
y pestes. Si un profeta profetizaba prosperidad, solo era reconocido como
profeta auténtico enviado por el Señor cuando se cumplía su palabra (Jr 28,
8-9).

Al final, Dios le dice a Jeremías que Jananías miente y que él mismo perecerá ese año.
La acusación de Jeremías a Jananías como falso profeta es contundente: “El Señor no te
ha enviado, y tú has inducido a este pueblo a una falsa confianza” (28, 15b). Aunque
tenga el favor de los poderosos, Jananías no lo tiene de Dios y por ello fracasará en su
empeño, al igual que los poderosos a los que sirve. Es interesante notar la alusión de
Jeremías a los casos precedentes (los profetas que nos precedieron a ti y a mí, desde
tiempos antiguos), lo que a juicio de algunos estudiosos puede ser una de las causas
principales en la preocupación de los seguidores de los profetas en documentar sus
palabras y dejarlas por escrito.7

Lectura teológica
La importancia actual de los libros proféticos recae, como ocurre con toda la Sagrada
Escritura, en la actualidad de su mensaje. En el tema de tratamos aquí, no es difícil
encontrar ejemplos de idolatría bien actuales y que no se alejan demasiado del modelo
esbozado en los libros del Antiguo Testamento. Una de las obras magisteriales recientes
que con mayor precisión ha detectado buena parte de los riesgos y desafíos actuales es
la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, del Santo Padre Francisco, y a la que
perderemos de vista en la exposición que sigue. No falta en ella la denuncia respecto a
las actuales situaciones de injusticia que afectan al hombre, aludiendo directamente a la
“idolatría del dinero” (EG 55). Como tampoco falta el acto servil de muchos en
defender esas injusticias o en no denunciarlas:

7
Cfr. con SICRE, ob. cit., pág. 136.

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Las reivindicaciones sociales, que tienen que ver con la distribución del
ingreso, la inclusión social de los pobres y los derechos humanos, no
pueden ser sofocadas con el pretexto de construir un consenso de escritorio
o una efímera paz para una minoría feliz. La dignidad de la persona
humana y el bien común están por encima de la tranquilidad de algunos que
no quieren renunciar a sus privilegios. Cuando estos valores se ven
afectados, es necesaria una voz profética (EG 218).

Pero tampoco faltan casos en los que se puede pensar en la afectación del segundo
mandamiento. Casos en los que, por ejemplo, ministros ordenados abandonan el fervor
evangélico a favor de aspectos que, si bien en sí mismos no carecen de importancia,
cuestionan claramente la centralidad de Cristo, aunque sostengan la pretensión de ser
una imagen suya. La Evangelii Gaudium identifica dos casos desgraciadamente no poco
frecuentes: por una parte, denuncia aquellos ministros preocupados en promover “un
cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, pero sin
preocuparles que el Evangelio tenga una real inserción en el Pueblo fiel de Dios”; y
por otra, también denuncia a los que sienten “una fascinación por mostrar conquistas
sociales y políticas, o en una vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos” etc.
(EG 95).

Esta pérdida de fervor evangélico es altamente nociva pues afecta, como no puede ser
de otra manera, a toda la actividad pastoral que se supone que debe realizar. Advierte el
documento como en la predicación, por ejemplo, “si no se detiene a escuchar esa
Palabra con apertura sincera, si no deja que toque su propia vida, que le reclame, que
lo exhorte, que lo movilice, si no dedica un tiempo para orar con esa Palabra, entonces
sí será un falso profeta, un estafador o un charlatán vacío” (EG 151).

Esa denuncia profética, tanto si es a nivel global como si se ciñe a ámbitos pastorales o
de culto, sigue teniendo, como en la época del Antiguo Testamento, una doble virtud.

Por un lado, busca evidenciar situaciones de injusticia que permanecen ocultas. Existen
en nuestra sociedad estructuras sociales y económicas que generan esa injusticia y que
son mantenidas no solo por los poderosos que se benefician de ellas, sino gracias a la
indiferencia de la gran mayoría de ciudadanos. Estructuras que parece deben regirse
únicamente por criterios utilitaristas, de eficacia económica, de éxito en la obtención de
resultados, sin que resulte relevante el perjuicio manifiesto a minorías que padecen de
irrelevancia estadística. A ello se refiere la Evangeliii Gaudium en su denuncia de la
“cultura del descarte” o de las “teorías del derrame” (EG 53, 54), escandalosas
“verdades de fe” mundanas que una gran mayoría de nosotros acoge sin más y que
ocultan la auténtica miseria en la que viven muchos conciudadanos. Ciñéndonos al
ámbito pastoral al que nos referíamos, esa pérdida de fervor evangélico provoca como
mínimo un encubrimiento tóxico de esas injusticias, alentando una complicidad con las
estructuras de pecado, aunque sea por mera omisión y pura desidia.

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Precisamente por ello, la segunda virtud de esa denuncia profética tiene que ver con el
despertar de la conciencia crítica del Pueblo de Dios. No se trata de subvertir el sistema
ni de promover revolución alguna. La conciencia crítica debe reaccionar frente a la
injusticia, pero a la vez proponer una esperanza. Y esa esperanza no es otra que la que
nos ha sido revelada en la persona de Jesucristo. La conciencia crítica lleva, por tanto, a
la evangelización. No entendida, evidentemente, como la mera transmisión de un
conocimiento teórico, sino como un planteamiento activo de vida, en el que cualquiera
es reconocido como igual y no puede haber descartes de ningún tipo. Un mensaje que,
sin ningún lugar a dudas y como ocurría ya en la época de los profetas, será objeto de
oposición y rechazo, sobre todo por parte de aquellos que se benefician a costa de los
demás.

Bibliografía utilizada
BROWNING, W. R. F.: Diccionario de la Biblia, RBA, MADRID, 2009

GARCÍA CORDERO, MAXIMILIANO, Biblia comentada. [III] Libros proféticos, Biblioteca


de Autores Cristianos, Madrid, 2013

KNIGHT, D. A.: “Idols, Idolatry”, EN METZGER, B. M. Y COOGAN, M. D.: The Oxford


Companion to the Bible, Oxford University Press, New York, 1993

SICRE DÍAZ, J. L.: Introducción al profetismo bíblico, Verbo Divino, Estella, 2011

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