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El pensamiento sencillo y anárquico de Errico Malatesta

En la vida de Malatesta, Acción, Pensamiento y Trabajo son constantes, atravesados por la ética y la claridad revolucionaria, sin temor al fracaso, ante lo que solía decir “no importa, comencemos desde el principio nuevamente”. Sus ideas fueron aparecieron por más de 50 años publicadas en diferentes periódicos a lo largo de la Europa obrera, así como en regiones árabes, balcánicas y del sur de América. Se formó en el seno de la Internacional, donde conoció, entre muchas personas más, a Kropotkin, con quien entablo amistad y fuertes desencuentros, y a Bakunin, quien se refería a él como “su Benjamín”.

Su pensamiento se alejó de reflexiones filosóficas, concentrándose en problemas concretos; fue amplio, diverso, concreto y explicativo.

Luigi Fabbri nos dice al respecto:

“No se tropieza nunca con una actitud magistral o de cátedra en la prosa de Malatesta; ninguna rebusca de efectos literarios, ni lucubraciones doctrinarias, ni ostentaciones culturales; ninguna palabra “difícil” de la jerga científica y filosófica, ni citas de autores. Esto le perjudicaba tal vez un poco entre aquella categoría especial de lectores a quienes el comprender bien y pronto lo que leen les hace el efecto hallarse frente a un escritor sin profundidad u originalidad, y que descubren originalidad y profundidad sólo en lo que no logran comprender o comprenden trabajosamente, aun cuando dentro no haya en sustancia más que banalidades comunes o incluso el vacío más profundo enmascarado por la más grandilocuente fraseología. Pero era objetivo de Malatesta también reaccionar contra esta tendencia de la oscuridad del lenguaje en la propaganda; y, por otra parte, su éxito al penetrar en ambientes nuevos y al hacer prosélitos entre los trabajadores de gustos más sencillos y menos maleados por cierto intelectualismo tan falso como barato, le compensaban con usura de la desilusión de los pocos amantes del bello escrito incomprensible. Le gustaba sobre todo hacerse comprender, y hacerse comprender del mayor número de lectores; y lo conseguía

admirablemente, afrontando los problemas más profundos del modo más preciso y claro, con una sencillez que no tenía nada que ver con el simplismo”

El pensamiento tenía que ser claro y sencillo, sin los adornos típicos de quien busca reivindicarse como “intelectual” mediante el uso de oscuras fraseologías que más que explicar, crean barreras entre los “iluminados” destinados a la grandeza del pensamiento y a dirigir a los “poco agraciados” destinados a admirarles y seguirles. La claridad y sencillez son forma y método en él, y no debemos creer que esto le hace superficial, lograba reflexiones profundas ancladas en la realidad concreta. En su pensamiento no había lugar para soluciones a priori, ni para verdades absolutas, y las respuestas tendrían que articular la ética, la realidad, la experiencia y la voluntad.

Insistirá en derruir la falaz separación entre “intelectuales” y el resto de la gente, aquellos con mayores conocimientos e inteligencia deberán compartirlas sin aspirar a sitios especiales de dirección, ni a escindirse del colectivo. Fue un constante luchador, siempre estudioso de los avances científicos y las discusiones filosóficas, políticas, económicas y sociales, y logró un pensamiento y conocimientos nada despreciables, pero rechazó siempre el carácter de teórico y los ofrecimientos que le instaban a dedicarse a lo intelectual, por lo que continúo siendo trabajador mientras su cuerpo se lo permitió.

No ha faltado quien le desprecie como pensador, pero una revisión de su obra descubre la profundidad de su pensamiento sobre la sociedad, la revolución y la anarquía sin ensortijarnos en lenguajes rebuscados, haciéndolo entendible para todas y todos, lo que le imprimió una potencia especial, cada vez más ausente aún entre propios anarquistas: hacernos comprender por el otro y la otra.

El pensamiento y la acción desde la realidad concreta y la ética

Para Malatesta las discusiones filosóficas, teóricas, religiosas y metafísicas no tienen una resolución absoluta, por lo que no son prioritarias frente a la urgencia de pensar aquello que sí tenemos enfrente como sociedad y movimiento.

Su pragmatismo no debe ser confundido con una falta de guía, ni con la falacia tan de moda que asegura que todo es válido con tal de lograr el objetivo”, pues para él, la ética libertaria es el eje del pensamiento y la acción, por lo que insistirá en que los fines que nos proponemos deben mantener una correspondencia ética con los medios que utilizamos. Así la ética es puesta en el centro, y el mayor triunfo sería una derrota si se renuncia a ésta, que está basada en la libertad y es eminentemente humana, pues una acción que arranca la libertad o daña a otra persona, incluso cuando es realizada en nombre de la anarquía o por anarquistas pierde su carácter libertario.

La voluntad como motor anárquico

Para Malatesta no hay lugar para determinismos ni fatalismos, sean científicos, filosóficos o económicos, por lo que romperá con otras concepciones socialistas y anarquistas, pues apunta que éstos son perjudiciales para pensamiento libertario, y en cambio, le conferirá una importancia central a la voluntad como motor social, político, revolucionario y anarquista.

La voluntad, es decir el deseo, la disposición, la decisión, y los sentimientos que la impulsan, es lo que nos lleva a actuar en un sentido u otro, y esto no está determinado por leyes científicas, lógicas o filosóficas. Así la historia, la revolución y la anarquía, más que atadas a determinismos, están en relación, no absoluta tampoco, con la voluntad y el sentido que ésta busque imprimirles.

También rechazará el espontaneismo absoluto, pues la voluntad es el resultado de un proceso de construcción. Es importante no confundir la voluntad planteada por Malatesta, con la abstracta y falaz “voluntad popular” tan vanagloriada por muchos, pues él nos habla de una voluntad viva y real.

Frente a los determinismos y fatalismos

Rechazará a la ciencia como fuente de verdades absolutas que la convertirían en dogma, a lo sumo, señala, puede proponer acercamientos a verdades provisionales. La ciencia tiene potencialidad, pero no lo puede, lo explica ni lo es todo, insistirá Malatesta -muy a pesar del pensamiento de Kropotkin-, negando que la anarquía

tenga una base a la científica y determinista, pues esto, en esencia es la negación de la voluntad y por lo tanto de la libertad. Para él, todo determinismo tiende al pensamiento absolutista y liberticida, por lo que se aleja de posiciones tan características de Marx y el marxismo, y de la de Kropotkin y muchos anarquistas.

Estaba al tanto de los avances y discusiones científicas y filosóficas, y sin dejar de ser trabajador era un asiduo estudioso, pero no le interesaban los debates de “expertos”, ante lo que se alejaba diciendo “yo no sé nada de eso”, pues sentía desprecio por estas discusiones y sus lenguajes que sólo los pretendidos “sabios” podrían comprender y que construyen falacias de supremacías “intelectuales”, sin embargo Fabbri a pesar del propio Malatesta- señala que esgrimió un planteamiento filosófico esencialmente anárquico, alejado de todo determinismo, fatalismo y espontaneismo, en el que lo in-determinante gira en torno a la voluntad y la libertad concreta, viva y real y no de abstracciones que resultan falaces.

Encontraba la idea de Dios, absurda, y a la religión la señalaba por invitar a la resignación para fortalecer a la opresión. Sin embargo rechazaba que su ateísmo fuera científico o una verdad absoluta; negaba que para ser anarquista hubiera que ser ateo. El anarquismo no se basa ni en la ciencia, la filosofía o en las creencias religiosas, y tampoco en oponérseles, sino, por un lado, en su oposición a la opresión y la explotación humana concretas, y por el otro, en la voluntad de luchar en contra de esto. Creer que nuestro ateísmo es una verdad absoluta nos hace caer en posiciones autoritarias, y reconocía que desde sus creencias religiosas, la gente puede apuntalar concepciones y acciones que se opongan a la opresión y explotación.

Si partimos de la Voluntad, no hay absolutos, por lo que “todo es relativo”, dirá, adelantándose a Einstein, por lo que tendríamos que oponernos a la rigidez del pensamiento y la acción, pues lo absoluto se vuelve opresivo y liberticida.

Sobre la violencia

La violencia, señalara, es en esencia una forma de ejercer opresión, y por lo tanto es la negación de la libertad y la voluntad de la otra persona, por lo que es opuesta

a la anarquía y al anarquismo, incluso cuando estemos obligados a usarla. Será

siempre un mal, y no lo debemos olvidar. Sin embargo reconoce que el momento revolucionario hará ineludible su utilización, pero tendremos que cuestionarla constantemente, pues es un medio que rompe con el fin del anarquismo, y nos pone en riesgo de adoptar formas autoritarias, de opresión y reaccionarias.

Emprendió no pocas polémicas al respecto, en especial frente a quienes la plantaban como la forma de lucha “esencialmente anarquista, lo que identificaba como la denigración del espíritu revolucionario, derivado de la corrupción burguesa que se nos infiltra, llevándolo a fuertes desencuentros con propios anarquistas, pues para él, por ejemplo, los actos de apropiación de dinero para fines personales o de

pequeños grupos nada tienen que ver con la expropiación revolucionaria ni con el anarquismo, o los actos de terror, por revolucionarios o anarquistas que se planteen,

a los cuales se opuso tajantemente

La revolución desde el pensamiento de Malatesta

La Revolución no podrá ser obra de núcleos aislados, sino que requiere el concurso del pueblo, lo que depende de que exista una voluntad revolucionaria, de lo contrario los núcleos revolucionarios serán incapaces de lograrla, y de lograrlo, tenderán a germinar nuevas formas de opresión y explotación.

En este sentido los grupos anarquistas tendríamos la responsabilidad de propagar las ideas; empujar procesos amplios de lucha en los que se propicie el surgimiento y extensión de una voluntad revolucionaria y libertaria entre la gente que pueda contrarrestar la tiranización de los núcleos revolucionarios. Pero tampoco se tratará de esperar a que el pueblo esté enteramente preparado, pues esto inmovilizaría a la revolución, por lo que también será nuestra tarea empujar situaciones revolucionarias.

La acción anarquista deberá empujar luchas y organizaciones concretas y amplias, impulsando en ellas los principios anarquistas, para arrancar mejores condiciones de vida y generar ambientes lo más amplios posibles, donde surjan más

fácilmente las voluntades libertarias, sin quedarnos en programas reformistas, pero sin olvidarnos de las necesidades concretas de la vida.

La voluntad está en el centro, en los momentos previos, durante la insurrección revolucionaria, y en la reconstrucción social, en donde no podemos confiar en determinismos, espontaneismos, ni en supuestas naturalezas anárquicas inherentes”; sería un error pensar que una vez triunfada la insurrección, la capacidad de re-construir una sociedad anárquica emergerá espontanea o naturalmente, pues ésta no está dada por sí misma sino que es un proceso que se construye, pues lo efectos de la opresión y la explotación no desaparecen por arte de magia con el triunfo de la insurrección.

No niega la potestad ni la capacidad revolucionaria y libertaria de la gente, no postula ningún tipo de vanguardia anarquista que la dirija, pero señala que esta capacidad es resultado de procesos y voluntades, por lo que si la propaganda y la educación no bastan para la creación de una sociedad libre, tampoco la insurrección revolucionaria, señalando que ambas son parta del mismo proceso. La insurrección revolucionaria -y su triunfo- no asegura la anarquía, sino que potencializa la creación de ambientes libertarios de mayor escala para construirnos y florecernos la voluntad libertaria y nuestra capacidad de reconstruir la sociedad, en donde los núcleos anarquistas tendríamos que ocuparnos de luchar contra el surgimiento de nuevas formas de opresión y explotación, y de impulsar la capacidad y voluntad libertaria de la gente.

La revolución, nos dirá, será lo que pueda ser”; no está subordinada a ser anarquista, rechazando que la premisa de que “la revolución será anarquista o no será”. Ésta, insiste, será en medida de las posibilidades del momento y las voluntades que le imprimen un sentido, por lo que no será forzosa ni enteramente anarquista, y no por esto deberemos dejar de participar en ella, pues es un imperativo ético luchar junto al pueblo, e imprimirle el mayor sentido libertario posible, aunque las reivindicaciones no sean anarquistas, lo que nos obligará a coordinar fuerzas con otras tendencias revolucionarias sin subordinarnos a ellas, y oponiéndonos a las nuevas formas de opresión que surjan.

La organización

Para Malatesta, la anarquía implica sustituir la actual organización social por una libertaria, por lo que la organización es en esencia la puesta en práctica de la solidaridad y la voluntad colectiva. Para él, la sociedad no puede existir sin organizarse, y menos aún la libertaria, lo que le implicó choques con quienes dentro del anarquismo se oponen a la organización por considerarla sinónimo de autoridad, como señalaban los “autonomistas”, que más tarde serían llamados individualistas.

Señalaba que de ser cierto que ni siquiera entre anarquistas podemos reunirnos, ponernos de acuerdo y organizarnos sin crear formas autoritarias, esto significa que somos aún muy poco anarquistas, ante lo cual, antes de buscar implantar la anarquía en la sociedad, deberíamos buscar la forma de lograrlo en nuestros núcleos, y vuelve así al tema de la voluntad, rechazando todo fatalismo. Se trata entonces de asumir nuestra responsabilidad de no ser capaces de crear ambientes libertarios y no de culpar al fatalismo determinista sobre la organización. La organización, insiste, es el fundamento de la sociedad y por lo tanto del individuo, y es el único remedio contra la autoridad y la opresión.

Señalaba que los anarquistas podemos formar organizaciones específicas, siempre que no perdamos relación con procesos organizativos amplios, pues sin esto, ambas formas perderían la posibilidad libertaria. Cómo anarquistas tendríamos no que posicionarnos sobre o alejados de la sociedad, sino entrelazados con el resto de la gente. Los órganos anarquistas tendrían la tarea de coordinar acciones y fuerzas tendientes a empujar situaciones revolucionarias, así como empujar los principios de libertad en los procesos y luchas no anarquistas, para contrarrestar las formar jerárquicas y las pretensiones de llevarlas hacia la acción política estatal, e impulsar el surgimiento de voluntades libertarias.

“Vayamos al pueblo; éste es el único camino de salvación”, solía decir.

De estas concepciones abrevaría lo que más tarde fue el sindicalismo revolucionario, antecedente del anarcosindicalismo; y sin embargo, esgrimió reflexiones críticas al sindicalismo anarquista, pero sin desechar sus posturas

iniciales, sino constantemente reflexionando sobre la realidad que tenía enfrente el movimiento.

Frente al individualismo

Señaló que en cierto sentido el anarquismo es un individualismo verdadero, pero también reconocía que el individualismo es fruto del burguesismo radical, y pese a su oposición a las tendencias autonomistas o individualistas, insistió en no romper las relaciones de solidaridad con las personas, a pesar de las diferencias teóricas.

Para Malatesta el anarquismo es individualista al reivindicar plenamente la libertad, la voluntad y el desarrollo de la persona, y es socialista, al plantearse crear las condiciones sociales, económicas y políticas para que esto sea posible, en donde la sociedad le proporcioné al individuo la mayor solidaridad posible para lograrlo. Postula al individuo concreto, es decir a la persona, como el único ser sensible y consiente, y entonces, la voluntad de la que habla Malatesta no es una abstracción o una falacia política que se impone sobre la voluntad de la persona, sino viva y real, que a partir de la organización se vuelve colectiva.

Para Malatesta el individuo, o la persona, no puede ser autosuficiente en sí mismo, y es producto de la sociedad, enfatizando la sociabilidad como un factor humano, por lo que en vez de buscar una imposible autonomía individual, se deben generar las condiciones de libertad social, a partir de acuerdos libremente aceptados y la conjugación de las voluntades, creando órganos basados en la libertad. Al igual que en Bakunin, la libertad sólo es posible y real si es compartida igualmente por todas y todos, y señala, esto no se puede esperar de manera “natural”, sino a partir de la voluntad y de un proceso de construcción social.

El comunismo anárquico

Malatesta reivindicaba la propuesta del comunismo anárquico que fue acuñada desde las secciones italianas de la Internacional, desde donde sería adoptada por Kropotkin y amplios sectores anarquistas. Esto es, la socialización de la propiedad de los medios de trabajo y la distribución de los productos de acuerdo a las

necesidades de cada quien, alejándose de las propuestas mutualistas y colectivistas de Proudhon y Bakunin.

La propuesta del comunismo anárquico, libertario o anarcocomunismo, nada tiene que ver con la tradición marxista, no abreva de ésta, como a veces por ignorancia o malicia- se confunde, no es una suerte de anarco-marxismo ni de marxismo libertario, sino una propuesta anarquista, es decir, esencialmente anti- estatista de comunismo.

Malatesta mantendría su oposición a los apriorismos pseudocientíficos del marxismo, que Kropotkin señalará como filosóficos y por lo tanto metafísicos, y también se opondría al determinismo científico de éste último, como base del anarquismo. Señalaría el absurdo de pensar su propia propuesta como infalible a priori y única, pues esto conllevaría al desastre y nos alejaría del pensamiento y la acción anarquista, por lo que apostaba por una diversidad de formas económicas de acuerdo a la realidad concreta, a la experiencia colectiva y a la voluntad de quienes la llevan a cabo.

Sobre la dominación política y económica

Cuenta Luigi Fabbri, que Malatesta no niega la fuerza que la economía, es decir el capitalismo, ejerce sobre la política, es decir el Estado, pero a contracorriente de la común postura materialista, insistía, como más tarde Rudolf Rocker, en la posibilidad de que la dominación política haya dado origen a la explotación económica, pero discutir esto carece de relevancia, pues ambas son los filos del cuchillo del asesino”, y se engendran y fortalecen mutuamente, por lo que es necesario abolirles por igual.

La Libertad, lejos de abstracciones

La Libertad para Malatesta, tiene que ser concreta y no filosófica, abstracta o jurídica, sino de hecho, es decir la posibilidad de decidir libremente, llevar a cabo esta decisión sobre la vida propia y tener al alcance todos los medios para satisfacer las necesidades de vida para ejercer la libertad sin coerciones, y esta sería la libertad propugnada por el anarquismo, por lo que la anarquía es la sociedad en la

que nadie es despojado de su voluntad ni de las posibilidades de satisfacer sus necesidad de vida, sin que esto suponga ni permita atentar contra la igual libertad de las y los demás.

La ética en el anarquismo

A lo largo de este maltrecho -y un tanto torpe- recorrido hemos podido observar

cómo, para Malatesta, la ética es puesta en el centro del pensamiento y la acción.

Si bien insistía en que el anarquismo no podía tener una moral absoluta e inmutable,

y que se opone a lo moral burguesa, esto no debe ser tomado como que es un pensamiento a-moral. Toda propuesta, pensamiento y acción anarquista deben partir desde la ética de la libertad, del amor y de la solidaridad, es decir una ética eminentemente humana. Sí se rompe con la ética, se rompe con la anarquía, por lo que debe ser puesta al centro de nuestras concepciones y acciones.

Muchos son los temas reflexionados por este anarquista, que hacen imposible resumirlos, por lo que esto no pretende más que incitarnos el antojo por acercarnos a sus ideas, su vida y su forma de pensamiento, cada día más urgente, para romper con las concepciones a priori, deterministas o fatalistas, pero también con el absurdo de “todo se vale” que no considera a la ética como el eje. Cada día,

incluso en círculos anarquistas, aparece la fascinación por las altas abstracciones y los lenguajes rebuscados tan propios de las élites intelectuales. Su sencillez viene

a romper con los ensortijes que minan la comprensión, la hacen inaccesible y terminan siempre construyendo jerarquías.

En Malatesta encontraremos siempre una reflexión sin esta pretensión, con un profundidad que parte de la realidad, con la ética constantemente en el centro, apostando por la diversidad, la experiencia, la voluntad, invitándonos a romper con los dogmas, comenzando con los propios, sin que esto implique la renuncia a los principios anarquistas, siempre desde el pensamiento sencillo, reflexivo, profundo desde la ética y la libertad.

Planteaba la necesidad de construir un programa anarquista, a partir del cual empujar las luchas contra la dominación económica, política y social, en el que

intentó resumir, sin dogmatizar, la posición anarquista, señalando que el anarquismo es el método de lucha para llegar a la anarquía, volviendo a su idea de medio y fin entrelazados.

Ante todo esto, es preciso decir que el pensamiento como el de Malatesta nos urge cada día más.