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EL MATRIMONIO: ¿CONTRATO O ACTO JURÍDICO?

POSICION N° 01: “EL MATRIMONIO ES UN ACTO JURÍDICO”

El matrimonio es evidentemente una realidad antropológica, puesto que sólo se da entre los seres
humanos. De aquí que un desarollo adecuado de la realidad matrimonial y familiar, no pueda
partir sino de una antropología adecuada: el hombre (ya sea varón o mujer) es un ser en relación.
Si el diseño personal del hombre es esencialmente relacional, la alteridad resulta ser un elemento
clave para entender el verdadero concepto de persona, de libertad, de amor, de justicia y, de
manera especial, para determinar la verdadera naturaleza jurídica del vínculo matrimonial. La
mutua y recíproca donación sincera entre un hombre y una mujer que se da en el matrimonio, se
realiza siempre en una relación interpersonal, lo que implica reconocer al otro como un ser
personal y ser reconocido por el otro como persona.

Hablar de derecho matrimonial no es simplemente referirse a la unión conyugal como una


relación jurídicamente reconocida, sino que es, primordialmente, acceder a la realidad natural de
la “una caro”, esto es, a una realidad personal y biográfica. La ciencia jurídica no es sólo ciencia de
las normas, sino que es principlamente ciencia del hombre en relación. El matrimonio es el
núcleo familiar que crea las más sólidas e íntimas relaciones interpersonales, porque están
fundadas en el amor verdaderamente personal que lleva a los cónyuges a darse y entregarse
mutuamente en alianza permanente y, por lo tanto, está abierto a la historia de cada uno de sus
miembros.

La alteridad que se opera en el matrimonio tiene tal especificidad, que se distingue de otras
relaciones interpersonales y es de de ella de donde se deriva su intrínseca juridicidad. La unión
conyugal permanentemente fiel y abierta a la fecundidad es, ante todo una realidad natural. Es
decir, la esencia y la estructura básica del matrimonio se deriva de la misma naturaleza del
hombre. El derecho regula el matrimonio, pero no lo crea.

El matrimonio lo crean los contrayentes porque se produce por su libre consentimiento


matrimonial. Este consentimiento matrimonial, es un acto de la voluntad por el cual el varón y la
mujer se entregan y se aceptan mutuamente en alianza permanente y fiel. Es un acuerdo de
voluntades, es un pacto conyugal que no tiene que equipararse necesariamente a un contrato.
Es verdad que un contrato es un acuerdo de voluntades que origina unos derechos y unas
obligaciones, pero una cosa es que el matrimonio sea un acuerdo de voluntades y otra cosa es que
se le califique jurídicamente como un contrato o negocio jurídico.

El libre consentimiento de los cónyuges (o principio consensual) es la causa eficiente del


matrimonio y tiene gran relevancia jurídica en el momento constitutivo del matrimonio, pero no
se puede concluir que por esto sea el matrimonio un contrato porque se podría desfigurar su
realidad natural. Reducir el matrimonio a un contrato sería ilógico, puesto que las personas no
pueden ser objeto de contratación ya que son indisponibles y en el matrimonio se entregan y se
aceptan dos personas. Son los cónyuges que se casan de verdad en una alianza permanente, fiel y
abierta a la vida los que crean el matrimonio con todo su dinamismo natural. Ni el Estado ni la
ley han creado el matrimonio, en todo caso lo que tiene que hacer el Estado y la ley es regular esa
realidad natural pre-existente, conforme a sus propiedades esenciales y sin desfigurarlo.

ABOG. PATRICIA ALZATE MONROY


ESPECIALISTA DE DERECHO DE FAMILIA
POSICION N° 02: “EL MATRIMONIO ES UN CONTRATO”
Como reacción a la antigua costumbre de concertar los matrimonios por la sola voluntad de los
parientes, especialmente de los padres, con prescindencia casi absoluta de la voluntad de los
novios o esposos y como reacción también al carácter religioso y sacramental que al matrimonio
asignó la Iglesia , se produjo en los espíritus liberales del siglo XVIII la creación de la teoría del
matrimonio-contrato.

Fundamentalmente se sostiene que el matrimonio es un contrato porque nace del acuerdo de


voluntades, de tal modo que si dicho acuerdo no existe o está viciado, el matrimonio-contrato no
nace a la vida del derecho.

De ese acuerdo de voluntades se derivan innumerables derechos y obligaciones que, aunque la


mayoría, si no todos, están determinados por la ley, esta no hace más que consignar la presunta
voluntad de los contrayentes e imponer esos derechos y obligaciones.

Si el contrato no es más que el acuerdo de voluntades producto de obligaciones, no hay duda


alguna de que el matrimonio reúne los caracteres esenciales de los contratos patrimoniales,
aunque se diferencia de estos en algunos aspectos.

Hoy día se ha hecho caudal de la importancia que el consentimiento juega en el nacimiento del
matrimonio para sostener la posibilidad de su disolución también por un simple acuerdo de las
partes y llegar así al divorcio de común acuerdo.

Contrato de derecho privado. Los menos, hoy día, ven en la institución matrimonial un puro
contrato de derecho privado, regido íntegramente por la voluntad de las partes, tanto en sus
efectos, cuanto en su disolución. La única limitación de este contrato, exclusivamente de derecho
privado, radicaría en la necesidad de que fuera celebrado por personas de sexo diferente. Ni
siquiera operaría, en un terreno especulativo, la restricción derivada del número de personas que
podrían celebrarlo.

Sin embargo, sólo la voluntad humana es suficiente para disolver la unión sexual, ello está
significando que este matrimonio no tiene nada de matrimonio, cuya característica es su
estabilidad, la permanencia en la unión, no sólo necesaria para completar la vida de un hombre y
de un mujer, sino para hacer posible el fin primordial que guía a los esposos a contraer nupcias, la
procreación y su necesaria y natural consecuencia, la educación de los hijos, tanto espiritual como
material.

Esta doctrina exagera la importancia o papel que debe desempeñar la voluntad humana en el
matrimonio, llegando hasta desconocer las más mínimas nociones del derecho natural o, si se
quiere, de la intervención que el Estado debe tener en la celebración de los matrimonios. Ella no
sólo atenta contra nuestra propia naturaleza, contra una de las bases en que descansa el orden
social y contra el propósito de toda civilización humana de hacer que cada colectividad llegue a
ser más feliz, sino que, además, no presenta fundamento jurídico serio.

Por último, ella no ha sido acogida por los juristas ni por las legislaciones, en atención a que se
aparta de los principios más generales -en que autores y derecho están de acuerdo- sobre la
noción y reglamentación del matrimonio.

Para otros autores el matrimonio es un contrato de derecho público.


Parten de una nueva división de los contratos: de derecho público y de derecho privado.
Los primeros serían aquellos que versan sobre los intereses generales de un Estado o de una
colectividad, como los tratados internacionales, la nacionalización, el matrimonio, la adopción, la
expropiación por causa de utilidad pública, etc.
Los contratos de derecho privado serían los que reglan los intereses puramente privados de los
particulares. En general, todos los de carácter patrimonial.
La división la hacen los autores para llegar a un fin determinado: justificar la intervención del
Estado en los contratos de derecho público, intervención que no cabría o sería de otra especie en
los de derecho privado.
Discutir el derecho que tiene o tendría el Estado sobre la reglamentación del matrimonio es abrir
las páginas interminables del siempre abierto libro de saber si aquel puede legislar sobre la familia
que existe con anterioridad al Estado, órgano compuesto de individuos y de familias, de tal
manera que sin aquellos y sin estas no puede haber Estado. Siendo este posterior a aquellos no
tendría facultad suficiente para reglamentar una institución o una realidad anterior a su propia
creación y uno de sus principales elementos. La preexistencia del matrimonio y familia al Estado
es un argumento en contra de la tesis que considera a aquel como un contrato de derecho público.

ABOG. HERNAN LARRAIN RIOS


ESPECIALISTA DE DERECHO CIVIL

OPINIÓN PERSONAL: “EL MATRIMONIO ES UN CONTRATO”

En primer lugar revisaremos la definición de acto jurídico, contrato y matrimonio en nuestro


ordenamiento legal CÓDIGO CIVIL PERUANO D.L. N.º 295.
Artículo 140.- El acto jurídico es la manifestación de voluntad destinada a crear,
regular, modificar o extinguir relaciones jurídicas. Para su validez se requiere:

1.- Agente capaz.


2.- Objeto física y jurídicamente posible.
3.- Fin lícito.
4.- Observancia de la forma prescrita bajo sanción de nulidad.

Artículo 1351.- El contrato es el acuerdo de dos o más partes para crear, regular,
modificar o extinguir una relación jurídica patrimonial.

Artículo 234.- El matrimonio es la unión voluntariamente concertada por un varón y


una mujer legalmente aptos para ella y formalizada con sujeción a las disposiciones de este
Código, a fin de hacer vida común.

El marido y la mujer tienen en el hogar autoridad, consideraciones, derechos, deberes y


responsabilidades iguales.

Revisadas las definiciones anteriores, se evidencia que la diferencia resaltante entre acto jurídico y
contrato es el carácter patrimonial de esta ultima; en este contexto para determinar si el
matrimonio es un acto jurídico o un contrato, se debe revisar si el matrimonio genera relaciones
jurídicas patrimoniales.

Según la definición del matrimonio, se indica que es la unión voluntariamente CONCERTADA, es


decir en los actos previos de los contrayentes para tomar la decisión de optar por el matrimonio,
se evaluá y consensúan varios factores entre los cuales se encuentran sin duda los afectivos y
también los patrimoniales, al elegir entre el régimen de sociedades gananciales o bienes separados.

Si bien es cierto que el fin primordial del matrimonio es la unión entre un hombre una mujer,
no se puede dejar de lado que este genera obligaciones de carácter patrimonial en las partes,
que en muchos casos esta es la causal principal para que se decida optar por el matrimonio bajo el
régimen de sociedades gananciales; ya que si las parejas solamente pretenderían lograr la unión y
vida en común, esto se obtiene con la convivencia, sin generar ningún reconocimiento jurídico
como la unión de hecho ni mucho menos el matrimonio civil.