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Hay un pasaje en el libro primero de los Reyes (1 Rey 18,

20-40) en el que se distingue con claridad la creencia en los


dioses muertos y la fe en el Dios vivo que se ha manifestado a
los hombres. Cuenta el libro que hubo una gran sequía en Is­
rael como castigo de Dios al pueblo elegido, porque abandonó
a Yahvéh y dio culto a Baal. Elias, único profeta de Israel, con­
vocó en el monte Carmelo a los cuatrocientos profetas de Baal.
Mandó preparar dos altares con leña y pusieron encima sendos
novillos sacrificados. Elias dijo a los profetas de Baal: «Invoca­
reis el nombre de vuestro dios; yo invocaré el nombre de Yah­
véh, y el dios que responda por el fuego, ése es Dios» (1 Rey
18, 24). Durante un largo día los seguidores de Baal invocaron
con gritos a su dios, danzaron y sajaron sus cuerpos con cuchi­
llos y lancetas hasta chorrear la sangre sobre ellos, pero no
hubo voz que escuchara ni quien respondiera a sus gritos. En­
tonces Elias mandó echar agua abundante sobre el novillo y la
leña de su altar; y oró a Dios diciendo: «Yahvéh, Dios de Abra-
ham, de Isaac y de Israel, que se sepa hoy que tú eres Dios en
Israel y que yo soy tu servidor, y que por orden tuya he ejecu­
tado todas estas cosas. Respóndeme, Yahvéh, respóndeme, y

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que todo este pueblo sepa que tú, Yahvéh, eres Dios que con­
vierte sus corazones». Cayó el fuego de Yahvéh sobre el altaiy
devoró el holocausto y la leña, y lamió el agua de las zanjas (1‘
Rey 18, 36-38). Al poco rato cayó una gran lluvia. El pueblo
volvió a la fe en el Dios único y vivo, el Dios cercano a las ne­
cesidades de los hombres.
En este capítulo analizamos algunos rasgos que expresan la
«personalidad? de Dios, como dicen algunos autores. En con­
creto, siguiendo las páginas de la Escritura, nos encontramos1
con diversas formas para expresar el misterio de Dios y sus ras­
gos más fundamentales1.
Hay que tener en cuenta que en la Sagrada Escritura no de­
bemos buscar una enumeración sistemática de las perfecciones
o atributos que la ciencia teológica ha elaborado para «definir»
a Dios como ser personal y distinto del hombre y del mundo,
pues en la Escritura Dios habla a los hombres en el lenguaje,
humano y manifiesta su ser a través de sus intervenciones en lá
historia para conducir a los hombres a una vida santa. Tam-.
bien hay que tener en cuenta que las perfecciones y atributo^
de Dios no son distintos de su naturaleza, sino que son como?
destellos o resplandores de su infinita perfección y simplicidad.:
En el ámbito de las cosas creadas vemos que las propiedades!
o atributos de los seres expresan unas cualidades que están en-
ellos como en un sujeto, pero no constituyen su ser o natura-■
leza. Así decimos que el hombre «tiene» vida, salud, sabiduríál
o bondad. Esas mismas perfecciones se encuentran en Dios,j
pero de manera muy diferente: Dios no «tiene» vida, sino que’
«es» la Vida, la Sabiduría o la Bondad infinita. San Agustín loj
expresó con esta frase: «Dios es aquello que tiene»2. En otros

1 Cfr. Mateo-Seco, o.c., pág. 68 y ss; y Rovira Belloso, o.c., pág. 331/
donde el lector puede encontrar planteamientos más desarrollados sobre los
rasgos y los atributos de Dios.
2 San Agustín dice «(Deus) quod habet hoc est». La C iudad de Dios, XI, 1;

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términos, hay que decir que las perfecciones de Dios que en­
contramos en la Sagrada Escritura son realmente idénticas a la
naturaleza o esencia divina; además, esas perfecciones son
idénticas entre sí debido a la simplicidad de Dios; es decir, la
justicia de Dios, por ejemplo, es la santidad de Dios, pues no
cabe que la justicia divina no sea al mismo tiempo la suma
bondad y santidad. Si esto nos sorprende se debe a la lim ita­
ción de nuestro entendimiento y a nuestra mala conducta.
Pero en Dios no se dan estas limitaciones.

1. Cercanía de Dios

El primer rasgo de la «personalidad» de Dios és su cercanía a


los hombres. La Biblia presenta a Dios como vecino del hombre
y envuelto en la historia humana y del mundo. El relato del Gé­
nesis, por ejemplo, nos muestra a Dios hablando con el hom­
bre, paseando por el jardín del Edén a la brisa de la tarde (cfr.
Gen 3, 8) y haciendo túnicas de piel para vestir a Adán y a Eva
después de que cometieran el pecado original (cfr. Gén 3, 21).
El libro de Isaías subraya dos manifestaciones fundamenta­
les de la cercanía y presencia activa de Dios en la historia hu­
mana: la santidad y la gloria de Dios, es decir, su bondad ex­
celsa y su grandeza inigualable. La bondad infinita de Dios la
muestra Isaías, entre otros muchos pasajes, cuando el hombre,
escéptico, afirma: «El Señor me ha abandonado, mi Señor me
ha olvidado» (Is 49, 14); pero la actitud del Señor es rotunda y
consoladora: «¿Es que puede una mujer olvidarse de su niño de
pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues, aun­
que ellas se olvidaran, Yo no te olvidaré!» (Is 49, 15). En otro
pasaje, Isaías muestra la gloria divina én un trono en el que
Dios está flanqueado por dos querubines que cantan: «¡Santo,
Santo, Santo es el Señor de los ejércitos! ¡Llena está toda la tie­
rra de su gloria!» (Is 6, 3).

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La manifestación más grandiosa de la cercanía de Dios es el
anuncio de Emmanuel, de Dios que se hace hombre: «Mirad;
la virgen está encinta y dará a luz un hijo, a quien pondrán por
nombre Emmanuel» (Is 7, 14), que significa «Dios con noso­
tros»* Este anuncio se ha cumplido con la encarnación de!
Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo en el seno de la Vir­
gen María. Dios ha irrumpido en la historia humana, en el
tiempo de los hombres. Como dice Juan Pablo II «En Jesu­
cristo, Verbo encarnado, el tiempo llega a ser una dimensión
de Dios, que en sí mismo es eterno. Con la venida de Cristo se
inician los “últimos tiempos” (cf. Hebr 1,2), la “última hora”
(cf. 1 Jn 2, 18), se inicia el tiempo de la Iglesia q u é durara
hasta la Parusía»3, es decir, cuándo vuelva Jesús en gloria al fi­
nal de los tiempos.

2. Dios es omnipotente

Otro rasgo de la «personalidad» de Dios es su omnipoten­


cia4. Se llama omnipotencia divina al atributo que expresa el
poder de Dios sobre todas las cosas. .Decimos que Dios es
«todopoderoso porque es el único Señor de todo lo que existe
y vive, y no hay ningún otro poder que sea capaz de oponerse
a El como un rival. Por eso afirmamos que solamente Dios
gobierna de verdad el universo y la historia de los hombres»5.
El que Dios no pueda hacer el mal no es un límite a la omni­
potencia divina, sino expresión de su bondad infinita; de
modo semejante el hombre virtuoso realiza acciones buenas
como expresión de su bondad; en cambio, cuando hace el

3 JP II, Carta Apostólica Tertio M illennio Adveniente (10-11-1994), n. 10.


4 Cfr. CCE, 268-274, que tratan de la omnipotencia divina. Cfr. tam­
bién JP II, discurso de 18-09-1985.
5 Conferencia Episcopal Española, Esta es nuestra fe, pág. 110.

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mal es por su fragilidad o debilidad, cosa que no tiene lugar
en Dios. Como enseña el Catecismo, «De todos los atributos
divinos, sólo la omnipotencia de Dios es nombrada en el
Símbolo: confesarla tiene un gran alcance para nuestra vida.
Creemos que es esa omnipotencia universal, porque Dios,
que ha creado todo (cf. Gen 1, 1; Jn 1, 3), rige todo y lo
puede todo; es amorosa.>porque Dios es nuestro Padre (cf. Mt
6, 9); es m isteriosa, porque sólo la fe puede descubrirla
cuando “se manifiesta en la debilidad” (2 Cor 12, 9; cf. 1 Cor
1, 18)»6.
Desde las primeras palabras del libro del Génesis se des­
taca que Dios es Todopoderoso. La creación del mundo ma­
nifiesta el poder de Dios sobre todas las cosas, pues todo lo
que existe fuera de Él ha sido creado por Él, por medio de
su palabra. Además Dios dirige el mundo y conserva todas
las cosas en su ser. En el libro de Isaías encontramos como
un reto dirigido a la incredulidad del hombre: «Alzad los
ojos a lo alto y mirad: ¿quién creó esas cosas? El que hace sa­
lir por orden sus ejércitos, y a cada uno llama por su nom­
bre; tan grande es su poder y tanta su fuerza, que ninguno fal­
ta» (Is 40, 26).
Al hombre que ignora a Dios habría que preguntarle con
palabras de Isaías: «¿Es que no lo sabes? ¿O no lo has oído? El
Señor es el Dios eterno, el creador de los confines de la tierra,
gue no se cansa ni se fatiga; su discernimiento es insondable.
É! da fuerzas al cansado, y robustece al que no tiene vigor» (Is
40, 28-29). Dios ejercita su omnipotencia de modo amoroso,
pues no usa de su poder para avasallar ni oprimir al hombre,
sino para hacerlo libre y feliz. Santo Tomás de Aquino explica
que el poder de Dios no es arbitrario porque constituye una
sola cosa con las otras perfecciones divinas: «En Dios el poder

6 CCE, n. 268.

67
y la esencia, la voluntad y la inteligencia, la sabiduría y la justi
cia son una sola cosa, de suerte que nada puede haber en el po¡
der divino que no pueda estar en la justa voluntad de Dios o
en su sabia inteligencia»7.
La omnipotencia de Yahvéh se manifiesta de manera gráfid
en el modo de salvar al pueblo de Israel. Los milagros del Éxodo
son prueba tangible de que Dios todo lo puede: abre el Mar Rojo
para que pasen los israelitas, los alimenta con maná y codornices
en su marcha por el desierto, hace brotar agua de una rocaj
vence a los enemigos (cfr. Ex 16-17). De una manera especial,
Dios nos ha revelado, del todo, su omnipotencia al resucitar a su
Hijo Jesucristo, muerto para salvarnos del pecado.

3. Dios és Creador de todas las cosas

En el libro de Ester encontramos un pasaje que señala la ín­


tima conexión entre la omnipotencia divina y la creación reali­
zada por Dios. Ante el peligro de exterminio de los judíos de­
cretado por el rey persa Asuero, Mardoqueo reza con gran
confianza en Yahvéh: «¡Señor, Señor, Rey Omnipotente! Todo
está sometido a tu poder; y no hay quien pueda resistir tu vo­
luntad, si has decidido salvar a Israel. Tú hiciste el cielo y la
tierra y cuantas maravillas existen bajo el cielo. Eres Señor de
todo» (Est4, 17b-17d).
Se llama creación a la acción de producir y de dar el ser a lo
que no lo tenía en modo alguno, es decir, a partir de la nada;
Cuando ese término se aplica al hombre tiene un significado
amplio y relativo, pues las «creaciones» que realiza el hombre
son siempre a partir de seres existentes.

7 S. T h I, 25> 5, ad 1. Son interesantes las reflexiones que hace Juan Pa­


blo II acerca de quienes dudan sobre la importancia de creer; cfr. Cruzando el
um bral de la esperanza, pág. 189 y ss.

68
j La Sagrada Escritura comienza con la afirmación de que
\ Dios es Creador: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra»
; (Gen 1, 1); el Credo cristiano utiliza los mismos términos:
\ confiesa que Dios es «el Creador del cielo y de la tierra», «de
\ todo lo visible y lo invisible». Con las palabras «cielo» y «tierra»
| la Escritura y la fe de la Iglesia designan todas las cosas que
| existen. Con las palabras «visible» e «invisible» la fe de la Iglesia
| afirma que Dios es Creador de la materia y el espíritu, de los
I hombres y de los ángeles, y que todo ello constituye un único
I universo en el que vivimos los hombres y las mujeres de todos
¡ los tiempos8.
1 La verdad sobre la creación tiene una importancia muy
¡ grande en la orientación de la existencia humana. Buena parte
l de las expresiones culturales de nuestra época desconocen la
| verdad de la creación y deslizan las acciones humanas hacia la
| manipulación del propio hombre y hacia el uso indiscrimi-
| nado de los bienes de la tierra. Aunque se hable mucho de los
I derechos fundamentales de la persona humana, es un hecho
? cotidiano muy difundido la conculcación de tales derechos, la
| opresión del hombre, la corrupción del poder, el afán insacia-
I ble de riquezas, la violencia organizada, la degradación de la
| vida humana hasta llegar a niveles sorprendentes de deshu-
l manización. Tales hechos son una de las tristes consecuencias
| de ignorar que el hombre y el mundo han sido creados por
i Dios.
? El Catecismo enseña que la catequesis sobre la creación se re-
; fiere «a los fundamentos mismos de la vida humana y cristiana:
; explícita la respuesta de la fe cristiana a la pregunta básica que
f los hombres de todos los tiempos se han formulado: “¿De
I dónde venimos?” “¿A dónde vamos?” “¿Cuál es nuestro ori-
j ^ ^

j 8 Cfr. CCEy 279-324, en los que se explican los misterios sobre la crea-
| ción de Dios.

69
gen?” “¿Cuál es nuestro fin?” “¿De dónde viene y a dónde va
todo lo que existe?” Las dos cuestiones, la del origen y la del
fin, son inseparables. Son decisivas para el sentido y la orienta­
ción de nuestra vida y nuestro obrar»9.
La creación es el «fundamento de todos los designios salvífi-
cos de Dios, el comienzo de la historia de la salvación que cul
mina en Cristo»10. Y, a la inversa, la redención realizada por Je­ f
sucristo es la luz decisiva sobre el misterio de la creación y de la
vida humana, pues la fe cristiana nos dice que somos hijos de
Dios llamados a participar de la gloria divina: «herederos de
Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con
él, para ser también con él glorificados» (Rom 8, 17)11. Como
enseña San Josemaría Escrivá, «precisamente porque somos hi­
jos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con
amor y con admiración todas las cosas que han salido de las
manos de Dios Padre Creador»12.

4. Dios es justo

Además de las perfecciones divinas que se refieren al ser de


Dios, la Escritura manifiesta lo que la teología ha explicitado
como perfecciones o atributos morales de Dios, e^ decir, su
obrar divino expresado en modos humanos. El Antiguo Testa-

9 CC£ 282. • 10 CCE, 280.


11 Los tres primeros capítulos del Génesis, en un lenguaje a la vez sencillo
y solemne, expresan «las verdades de la creación, de su origen y de su fin en
Dios, de su orden y de su bondad, de la vocación del hombre, finalmente,
del drama del pecado y de la esperanza de la salvación. Leídas a la luz de
Cristo, en la unidad de la Sagrada Escritura y en la Tradición viva de la Igle?
sia, estas palabras siguen siendo la fuente principal para la catequesis de los
misterios del “comienzo”: creación, caída, promesa de la salvación», según
enseña el Catecismo, 289.
12 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa , 65-

70
menro destaca las perfecciones de verdad, justicia, fidelidad y
amor de Dios. El Nuevo Testamento ofrece el rasgo que re­
sume todas las perfecciones divinas: «Dios es amor» (1 Jn 3, 3).
Vamos a considerar ahora la justicia y el amor desbordante de
Dios, es decir, su misericordia.
Dios es justo, su obrar está en conformidad con lo que
«debe ser», con el modo de obrar más perfecto; podemos decir
que la justicia divina se identifica con su santidad13, con la per­
fección propia de Dios Padre a la que nos llama Jesucristo (cfr.
Mt 5, 48). La justicia de Dios para con sus criaturas no es un
poder arbitrario al que temer, sino la inmensa fuerza de su
amor que busca la felicidad y la salvación eterna de los hom­
bres; se expresa de una manera entrañable en la protección de
los más débiles y necesitados, las viudas, los huérfanos y los po­
bres.
Históricamente, la justicia de Dios se manifiesta de un
modo sobresaliente en la Alianza con el pueblo de Israel: Dios
se compromete a ser fiel, a pesar de las infidelidades de los
hombres. Y se manifiesta de una manera más sublime en Jesu­
cristo: la justicia de Dios se expresa de modo pleno en la
muerte de Jesús para expiar nuestros pecados y en las Biena­
venturanzas, retrato de Jesucristo y expresión de lo que debe
ser un cristiano.
En la Biblia, el término «justicia» —en hebreo «sedaqah»—
presenta dos significados principales; por un lado, indica una
actitud fiel, leal y pacificadora en relación con los demás, an­
tes que la obediencia a unas normas; por otro lado, la justicia
bíblica indica una condición óptima del pueblo de Israel, una
situación de salud, de bendición divina y de solidaridad espi­

13 A este respecto, el Catecismo >271, citando a Santo Tomás (5. Th., 1,


25, 5, ad 1), enseña que en Dios están unidas todas las perfecciones; cfr.
nota 7 de este capítulo.

71
ritual14. Estos significados fundamentales son fruto de la aoB
ción justa y santa de Dios con el pueblo, y de la correspondí!
dencia de éste a Dios. En el pensamiento bíblico, el concepto®
«justo» tiene siempre un marcado acento religioso y jurídico®
porque Yahvéh es la fuente de todo bien, de todo poder, déB
toda ley, de todo derecho. ®
En la época de los Patriarcas, Dios se revela como quien*
ofrece sólidas esperanzas a todos los hombres por medio de Is-B
rael: «Bendeciré a quienes te bendigan, y maldeciré a quienes®
te maldigan; en ti serán bendecidos todos los pueblos de la tie-B.
rra» dice a Abraham (Gén 12, 3); «Abraham creyó en el Señor,®
quien se lo contó como justicia» (Gen 15, 6). V
El futuro rey mesiánico se distinguirá por ejercer santa-»
mente la justicia e implantar el derecho: «Saldrá un vástago de E
la cepa de Jesé ... Sobre él reposará el Espíritu del Señor ... No B
juzgará según las apariencias, ni decidirá según los rumores; B
sino que juzgará con justicia a los desvalidos, y decidirá con B
rectitud a favor de los pobres de la tierra. ... La justicia será el B
ceñidor de su cintura, y la fe, el cinturón de sus caderas» (Is 11, k
1-5). i
San Pablo dirá que «la justicia de Dios, atestiguada por la B
Ley y los Profetas, se ha manifestado con independencia de la B
Ley: justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para to- B
dos los que creen»; la razón es, tanto para los judíos como para B
los paganos, la redención realizada por Jesucristo: todos «son B
justificados gratuitamente por su gracia» (Rom 3, 21-24), por W
la gracia de Jesucristo. E
Al leer el Antiguo Testamento pueden resultar chocantes al- B
gunas expresiones que atribuyen directamente a Dios la ven- K
ganza y la aniquilación de los enemigos de Israel. Se trata de las ,1

14 Cfr. A. Bonora, en Nuevo D iccionario de Teología B íb lica , voz «Justi­


cia», pp. 980-994.

72
convicciones del pueblo hebreo, que no distingue entre lo que
«manda» Dios y lo que «permite», a causa de la dureza del co­
razón humano, como enseña Jesucristo (cfr. Mt 19, 8); de
modo semejante, la elección de un personaje —por ejemplo,
David— no significa que Dios apruebe todas sus acciones* La
explicación está en el carácter progresivo de la revelación di­
vina a lo largo de la historia, condescendiendo con prácticas
que Dios de ninguna manera podía sugerir ni aprobar.

5. La misericordia de Dios

El Catecismo enseña que Dios muestra su paternidad «por la


manera como cuida de nuestras necesidades; por la adopción
filial que nos da (“Yo seré para vosotros padre, y vosotros seréis
para mí hijos e hijas, dice el Señor todopoderoso”, 2 Cor 6,
18); finalmente, por su misericordia infinita, pues muestra su
poder en el más alto grado perdonando libremente los peca­
dos»13. El poder, la justicia y la misericordia divinas están estre­
chamente entrelazadas en las páginas de la Biblia ya desde los
cjomienzos; pero la misericordia supera a la justicia16. La de
Dios es una justicia al servicio del amor, una sabiduría al servi­
cio de la misericordia y de la justicia. Las perplejidades que nos
pueden surgir tienen origen en nuestro modo limitado y par­
cial dé conocer esas cualidades en las criaturas.

15 CCEy 270 .
16 Juan Pablo II dice: «El amor, por así decirlo, condiciona a la justicia y
en definitiva la justicia es servidora de la caridad. La primacía y la superiori­
dad del amor respecto a la justicia (lo cual es característico de toda la revela­
ción) se manifiestan precisamente a través de la misericordia. Esto pareció
tan claro a los Salmistas y a los Profetas que el término mismo de justicia ter­
minó por significar la salvación llevada a cabo por el Señor y su misericordia»
(DM, 30 ).

73
Algunos teólogos, al hablar de las obras de Dios, afirman^
que la misericordia es el más grande entre los atributos y h s i
perfecciones de Dios; con ello quieren expresar que la miseri- |
cordia es el atributo máximamente revelador del ser de Dios. |
La Biblia, la Tradición y toda la vida de fe del pueblo de Dios |
dan testimonio de que el hombre se encuentra particularmente i
cerca de Dios a causa de su amor desbordante hacia el hombre, J
amor más fuerte que el pecado y que la muerte. Dios es justo y"J
no deja impune el mal objetivo; pero salva la situación misera-1
ble del hombre con su infinita misericordia. |
La misericordia muestra al hombre el rostro de Dios; es infi-
nita e inagotable la prontitud del Padre en acoger a los pecado-1 g;
res que se arrepienten, como en el caso del adulterio de David
(cfr. 2 Sam 11, 2-12, 25).
El pueblo de Israel tiene una rica experiencia de la misericor-;,
dia de Dios. Ya en el Génesis la misericordia de Dios aparece di-1
rígida al primer hombre, tanto en su estado de inocencia (Gén l
2, 8) como después de haber pecado (Gén 3, 21); se manifiesta
a Noé y a su familia (Gén 7, 1 y 16), a los Patriarcas ( Gén 12,
2-3; 15, 1-18). En el contexto de la Alianza la misericordia de |
Dios se describe como el amor del padre y de la madre al hijo y, i
con los profetas, como el amor del esposo a la esposa.
La experiencia fundamental de Israel sobre la misericordia |
de Dios la Vivió en tiempo del éxodo. «El Señor vio la miseria j
de su pueblo—dice Juan Pablo II— reducido a la esclavitud, |
oyó su grito, conoció sus angustias y decidió liberarlo (cfr. Ex *1
3, 7s). En este acto de salvación llevado a cabo por el Señor, el
profeta supo individuar su amor y compasión (cfr. Is 63, 9). Es |
aquí precisamente donde radica la seguridad que abriga todo el \
pueblo y cada uno de sus miembros en la misericordia divina, :p ;
que se puede invocar en circunstancias dramáticas»17. Después

17 Ibídem , 24.
$

74
X, de rota la alianza por la infidelidad del becerro de oro, ante la
' oración de Moisés, Dios se manifiesta solemnemente como
; «Dios de ternura y de gracia, lento a la ira y rico en misericor­
dia y fidelidad» (Ex 34, 6).
El libro de Isaías garantiza la misericordia del Señor, como
en este texto: «Aunque vuestros pecados fuesen como la grana,
quedarán blancos como la nieve; aunque fuesen rojos como la
: púrpura, quedarán como la lana» (Is 1, 18). El llamado libro
: de la consolación recuerda al pueblo de Israel la omnipotencia
sdivina y los frutos de su misericordia: por ejemplo, «En ver­
dad, el Señor se apiadará de Sión, se apiadará de todas sus rui­
nas. Cambiará su desierto en Edén, y su estepa en jardín del
Señor. En ella habrá gozo y alegría, agradecimiento y cancio­
nes» (Is 51, 3).
La culminación de la misericordia de Dios está en Jesu­
cristo, el Hijo de Dios encarnado, que da su vida para librar­
nos del pecado y hacernos miembros de la familia de Dios por
el don de la filiación divina.
Como enseña el Catecismo, la justificación de los hombres,
es decir, la liberación del pecado y la acogida de la justicia de
Dios por la fe en Jesucristo, es «la obra más excelente del amol­
de Dios, manifestado en Cristo Jesús y concedido por el Espí­
ritu Santo. San Agustín afirma que “la justificación del impío
[...] es una obra más grande que la creación del cielo y de la
tierra” [...] porque “el cielo y la tierra pasarán, mientras [...] la
salvación y la justificación de los elegidos permanecerán”. Dice
incluso que la justificación de los pecadores supera a la crea­
ción de los ángeles en la justicia porque manifiesta una miseri­
cordia mayor»18.
Al final de los tiempos, el Juicio universal revelará que la
justicia de Dios triunfa sobre todas las injusticias cometidas

18 CCEt 1994.

75
por los hombres, y que su amor es más fuerte que la muerte
por tener su origen en Dios; por eso, «los océanos no serían ca­
paces de extinguir el amor» (cfr. Cant 8, 6-7).

6. El problema del mal

La misericordia desplegada por Dios tan generosamente so­


bre el pueblo de Israel se ve con mayor grandeza en el contexto
de la miseria y el pecado de los hombres. Pero surge de inme­
diato la pregunta: ¿De dónde viene el pecado? ¿Cuál es el ori­
gen del mal que invade la historia humana como fuerza devas­
tadora? El Catecismo' plantea la causa del mal que hay en el
mundo y la responde de un modo sintético y completo con las
siguientes palabras, dignas de ser meditadas serena y profunda­
mente:
«Si Dios Padre todopoderoso; Creador del mundo ordenado
y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe ¡á
mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan do-
lorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple.
E! conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pre­
gunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor
paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus
Alianzas, con la Encarnación redentora de su Hijo, con el don:
del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la fuerza de
los sacramentos, con la llamada a una vida bienáventurada que
las criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero a la cual,
también libremente, por un misterio terrible, pueden negarse
o rechazar. No hay rasgó del mensaje cristiano que no sea en'
parte una respuesta a la cuestión del mal»19.

19 CCEy 309. San Atanasio dice algo que es muy actual: que el origen del
mal está en que el hombre dejó de orientar su vida hacia Dios y comenzó a
contemplarse a sí mismo; cfr. Contra los paganos, 3.
Mal físico y mal moral. Para clarificar, el tema es necesario
distinguir entre el mal físico y el mal moral. Se entiende por
mal físico las imperfecciones, carencias o destrucciones que se
dan en la naturaleza. El mal moral es el pecado, originado por
decisiones libres de los hombres.
Con respecto ál mal físico, la doctrina católica enseña que,
«en, su sabiduría y bondad infinitas* Dios quiso libremente
crear un mundo “en estado de vía’ hacia su perfección última»,
|ft|lstádo de progreso. A renglón seguido ofrece la siguiente
J explicación: «Este devenir trae consigo en el designio de Dios,
junto con la aparición de ciertos seres, la desaparición de otros;
junto con lo más perfecto lo menos perfecto; junto con las
construcciones de la naturaleza también las destrucciones. Por
tanto, con el bien físico existe también “el mal físico”, mientras
la^creación no haya alcanzado su perfección»20.
Con respecto al mal moral, «los ángeles y los hombres, cria­
turas inteligentes y libres, deben caminar hacia su destino úl­
timo por elección libre y amor de preferencia», es decir, eli­
giendo-lo *mejor. «Por ello pueden desviarse. De hecho
pecarom Y fue así como “el mal moral” entró en el mundo, in­
comparablemente más grave que el mal físico. Dios no es de
ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal
mojal.. Sin embargo, lo permite, respetando la libertad de su
criatura, yb misteriosamente, sabe sacar de él el bien»21.
Posible tentación. Las experiencias del mal y del sufri­
miento, de las injusticias, de la marginación, la opresión y la
muerte pueden estremecer la fe y llegar a ser una fuerte tenta­
ción22. Pero «con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su
providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las conse­
cuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas:

20 CCEf 310. • 21 CCE9 3 11.


22 Cfr. Rovira Belloso, o.c., pág. 342 y ss.

77
“No fuisteis vosotros, dice José a sus hermanos, los que me en­
viasteis acá, sino Dios..., aunque vosotros pensasteis hacerme
daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir... un pue­
blo numeroso” (Gén 45, 8; 50, 20)»23.
Jesucristo. La explicación más contundente para todos los
males, tanto los físicos como los morales, viene de Jesucristo:
«Del mayor mal moral que ha sido cometido jamás, el rechazo
y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos
los hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia, sacó el
mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Re­
dención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un
bien»24. San Pablo lo dice con toda claridad: «Para los que
aman a Dios, todas las cosas son para bien» (Rom 8, 28).
Sólo en la Muerte y Resurrección de Cristo el hombre
puede clarificar el problema del mal y superarlo. Cristo muere
por los pecados de los hombres; de este modo manifiesta la gra­
vedad de los mismos, porque ofenden a Dios y desvían al hom­
bre de su fin eterno. La Muerte de Cristo satisface la justicia
divina porque Cristo es Dios; y merece la salvación de los hom­
bres, porque es hombre igual a nosotros, excepto en el pecado.
La Resurrección de Cristo manifiesta que ha vencido la muerte
y el pecado. El fruto de esos hechos, a la vez históricos y sobre­
naturales, se aplican a nosotros porque Cristo instituyó los sa­
cramentos: nos hace hijos de Dios en el Bautismo; perdona
nuestros pecados en la Penitencia; el mismo Cristo nos ali­
menta en la Eucaristía para que tengamos fuerza divina para
superar las tentaciones. La fragilidad humana no es razón para
la desesperanza; si es real nuestra fragilidad, más real es la
fuerza que Cristo nos ofrece en los sacramentos, para que lle­
guemos a identificarnos con ÉL Por eso, el cristiano, a pesar de
sus miserias, es un hombre de esperanza, es un hombre sobre el

23 CCEt 312. • 24 Ibídem .


que se ha desbordado la misericordia divina, porque cuenta
con la fuerza salvadora de Cristo, que venció el pecado y la
muerte.
El Catecismo concluye su enseñanza sobre el mal con estas
esperanzadoras palabras: «Creemos firmemente que Dios es el
Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su provi­
dencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final,
cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando vea­
mos a Dios “cara a cara’ (1 Cor 13, 12), nos serán plenamente
conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los
dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su crea­
ción hasta el reposo de ese Sabbat definitivo, en vista del cual
creó el cielo y la tierra»25.
La libertad humana. Muchas objeciones que se plantean
con respecto al mal provienen de no considerar la libertad hu­
mana. Atribuyen a la acción de Dios lo que es consecuencia de
las libres decisiones de los hombres; parece que abunda el
miedo a considerar en toda su amplitud la libertad humana y
las lógicas consecuencias del ejercicio de la libertad. Por haber
sido creado por Dios para participar de la vida eterna, las deci­
siones libres de los hombres tienen necesariamente consecuen­
cias para la eternidad, para el más allá; de acercamiento a Dios,
si las decisiones son moralmente buenas; de apartamiento, e
incluso de rechazo, si las acciones son moralmente malas. Las
libres acciones de los hombres, cuando son malas, hieren al
hombre mismo, lo degradan y causan daño a los demás.
Las explicaciones filosóficas que no tienen en cuenta la di­
mensión trascendente del hombre, así como los planteamien­
tos que muchos se hacen como si la vida terrena fuese la única,
jamás encontrarán una explicación satisfactoria al problema
del mal.

25 CCE, 314.

79
7. La Sabiduría, la Palabra y el Espíritu de Dios

La Sagrada Escritura manifiesta con mucha fuerza y abun­


dancia de textos la Sabiduría de Dios. Es uno de los atributos
que está estrechamente vinculado con el poder de Dios y su ac­
ción creadora. En muchas ocasiones esas tres expresiones —Sa­
biduría, Palabra, Espíritu de Dios— tienen un significado!
idéntico o muy parecido.
El Antiguo Testamento expresa en muchos lugares que la
Sabiduría de Dios está presente en todas sus obras: en la crea-
ción y en el gobierno del mundo (cfr. Gén 1, 10; 1, 31); en la
Ley moral dada por Dios a los hombres (Deut 4, 5-6); incluso
está en los hombres que son fieles al Señor, pues «hay en el
hombre un hálito, el espíritu del Poderoso que le hace inteli­
gente» (Job 32, 8; Sab 7, 7).
Los sabios de Israel proclaman claramente la primacía de la
Sabiduría de Dios (cfr. Prov 21, 30), la íntima relación entre
sabiduría y justicia (cfr. Prov 1, 7) y la convicción de que es:
Dios quien concede la sabiduría a los hombres (cfr. Prov 2, 6)J
En el libro de los Proverbios está la culminación de la doc-;
trina sobre la Sabiduría de Dios (8-9), vigorosamente personi-i
ficada, y que será desarrollada en libros posteriores (Sir 1, 1-j
20; 24; Sab 6-9). Ella misma manifiesta su origen eterno: «El
Señor me tuvo al principio de sus caminos, antes de que hi-:
ciera cosa alguna, desde antaño. Desde la eternidad fui for­
mada, desde el comienzo, antes que la tierra» (Prov 8, 22-23); i
también manifiesta su parte activa en la creación: «Cuando;
asentaba los cielos, allí estaba yo, cuando fijaba un límite a la
superficie del océano, ... cuando fijaba los cimientos de la tie­
rra, yo estaba como artífice junto a El, lo deleitaba día a día,
jugando con El en todo momento, jugando con el orbe de la.
tierra» (Prov 8, 27.29-31); y manifiesta igualmente el pape
que desempeña para llevar los hombres a Dios: «Quien me en­
cuentre, encontrará la vida, y obtendrá la complacencia del Se­

80
}

ñor. Pero quien peca contra mí, se daña a sí mismo. Cuantos


me odian aman la muerte» (Prov 8, 35-36) .
El libro de la Sabiduría hace un elogio de la sabiduría no
sólo como virtud sino especialmente como un atributo divino,
fuertemente personalizado en su expresión literaria: «La sabi­
duría es el más móvil de todos los movimientos, pues por su
pureza atraviesa y penetra todas las cosas. Es un hálito del po­
der de Dios y un destello puro de la gloria del Todopoderoso:
por eso nada inmundo penetra en ella. Es reflejo dé la luz
eterna, espejo sin mancha de la acción de Dios e imagen de su
bondad. Aun siendo una, todo lo puede; y, sin cambiar en
nada, todo lo renueva; se comunica a las almas santas de cada
generación y las convierte en amigos de Dios» (Sab 7, 24-27).
No se trata de una persona distinta de Dios, sino de una figu­
ración literaria para expresar el atributo divino de la Sabiduría
que Dios otorga a las almas santas.
La personificación de la Sabiduría ha sido entendida siem­
pre por los Padres de la Iglesia como una preparación para la
doctrina trinitaria revelada por Jesús en el Nuevo Testamento.
San Juan describe la relación entre Dios y el Verbo en términos
semejantes a los utilizados en Prov 8, 22-30. San Pablo designa
a Jesucristo como «primogénito de toda criatura» (Col 1, 15);
y el Apocalipsis llama a Cristo «principio de la creación de
Dios» (Apoc 3, 14). Por su parte, San Agustín, para explicar la
unidad entre el Padre y el Hijo, se sirve de Sab 7, 26: «“Re­
flejo”, porque la claridad de la luz del Padre está en el Hijo;
“espejo sin mancha”, porque el Padre se ve en el Hijo»26. Por
extensión, la Liturgia aplica a la Virgen María algunos textos
sobre la Sabiduría, colaboradora del Redentor, como la Sabi­
duría lo es del creador. «Los más bellos textos sobre la Sabidu­
ría, la Tradición de la Iglesia los ha entendido frecuentemente

26 San Agustín, Solutiones diversarum quaestionum, 18.

81
con relación a María (cfr. Prov 8, 1-9, 6; Sir 24). María es can|
tada y representada en la Liturgia como el “Trono de la Sabij
duría”»27.
Lo mismo podría decirse del tema bíblico de la «palabra»!
por la que Dios se ha manifestado en la historia. Con su pala-j
bra poderosa, Dios crea el mundo (cfr. Gén 1, 3-6) y gobierna!
el universo y la historia. También con su palabra, Dios se maí
nifiesta al pueblo de Israel —«una palabra ha proferido el Sel
ñor en Jacob, y ha caído en Israel» dice Isaías (9, 7)—. Se tratl
de una palabra viva, que tiene fuerza por sí misma, dirigida al
todos los hombres, y que muchas veces se presenta personifil
cada literariamente: «Como la lluvia y la nieve descienden deí
los cielos, y no vuelven allá, sino que riegan la tierra, la fecunl
dan, la hacen germinar, y dan simiente al sembrador y panal
quien ha de comer, así será la palabra que sale de mi boca: nó|
volverá a mí de vacío, sino que hará lo que Yo quiero y realij
zará la misión que le haya confiado» (Is 55, 10-11).
La palabra de Dios es, sin duda, un mensaje divino que s|
dirige a los hombres; pero es también, y antes, un fuerza viva!
poderosa que realiza los designios de Dios. Está en el origeif
del mundo, en la elección del pueblo de Israel y en cuanto!
acontece en la historia; manifiesta la trascendencia de Dios yl
al mismo tiempo, su amorosa cercanía a los hombres, a quiel
nes llama, enseña y perdona.
Por último, la expresión «Espíritu de Dios», llamado tamj
bién «espíritu» o «soplo» de Yahvéh, es la personificación de lí
acción salvífica de Dios que actúa en toda la historia bíblica.!
posará sobre un vástago de la cepa de Jesé (cfr. Is 11, 2), es del
cir, sobre el Mesías prometido. Está en el origen del ser y de l
vida de toda criatura (cfr. Gén 1,2). Juan Pablo II explica qilj
el concepto bíblico de creación comporta «la presencia del h l

27 CCÉ, 721 .

82
píritu de Dios en la creación, o sea, el inicio de la comunica­
ción salvífica de Dios a las cosas que crea. Lo cual es válido ante
todo para el hombre, que ha sido creado a imagen y semejanza
de Dios»28. El Espíritu de Dios suscita a los Jueces (cfr. Jue 3,
10) y da discernimiento a los ancianos elegidos por Moisés (cfr.
Núm 11, 17); da la sabiduría a José (cfr. Gen 41, 38); inspira a
los Profetas (cfr. Deut 18, 9-22); y será dado al Mesías (cfr.
Deut 18, 15-19) en toda su plenitud (Is 11, 2 enumera los siete
dones del Espíritu Santo en la versión de la Vulgata); en los
tiempos mesiánicos realizará una efusión extraordinaria y uni­
versal (cfr. Joel 3, 1-2; Ez 36, 26-27; Hech 2, 16-18).

8. Dios revelado en Jesucristo

La revelación de Dios en el Antiguo Testamento, con la in­


mensa riqueza que hemos visto de modo sucinto, es prepara­
ción para la revelación plena de Dios que realizará Jesucristo.
Se puede afirmar que la revelación de Dios en ambos Testa­
mentos se caracteriza por la continuidad y por la novedad.
a) Hay continuidad entre el Dios del Antiguo Testamento y
el Dios revelado por Jesucristo. Veamos algunos ejemplos de
esa continuidad.
A los saduceos que niegan la resurrección de los muertos,
Jesús les habla de «el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el
Dios de Jacob» (Me 12, 26), apelando a la revelación de
Yahvéh a Moisés en la zarza ardiente (cfr. Ex 3, 6). Jesús habla
del Dios único, para responder a un escriba que le pregunta cuál
es el primer mandamiento y para ello cita el texto fundamental
de la fe del pueblo de Israel: «Escucha, Israel: el Señor es nues­
tro Dios, el Señor es Uno» y, en consecuencia,«amarás al Se-

28 jP IhDeVU.

83
ñor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con to­
das tus fuerzas» (Deut 6, 4-5; Me 12, 29-30)29.
Los atributos y los rasgos con que Jesús describe a Dios son
sustancialmente los mismos que encontramos en la revelación
del Antiguo Testamento. No podría ser de otra manera, si Jesús
quería hacerse entender por un pueblo que había recibido la
palabra de Dios. Al mismo tiempo, Jesús profundiza en esa en­
señanza y abre horizontes nuevos a los israelitas y a todos los
hombres. En concreto, Jesús habla de Dios como el ser único,
bueno, santo, justo, todopoderoso, sabio, providente, miseri­
cordioso y eterno que hemos visto hace poco.
Por ejemplo, Jesús llama a Dios «Señor del cielo y de la tie­
rra» (Mt 11,25), como aparece tantas veces en el Antiguo Tes­
tamento; lo llama «Padre Santo» en la Última Cena (Jn 17,
11). Igualmente, en plena sintonía con el Antiguo Testamento,
enseña que Dios es radicalmente distinto del mundo, que es el
Creador y ser trascendente; san Pablo expresa a los atenienses
la enseñanza de Jesús, cuando les dice: «El Dios que hizo el
mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la
tierra, no habita en templos fabricados por hombres, ni es ser­
vido por manos humanas como si necesitara algo el que da a
todos la vida, el aliento y todas las cosas» (Hech 17, 24-25).
Junto a la trascendencia, Jesús habla de la cercanía de Dios á
los hombres como nunca se había anunciado al pueblo de Is­
rael: ese Dios «escondido» se ha acercado tanto al mundo que

29 La Biblia de Navarra comenta este texto del modo siguiente: «Es un


pasaje entrañable, de singular importancia para la fe y la vida del pueblo ele­
gido* El punto culminante es el v. 5, que recuerda otros pasajes del Antiguo i
Testamento (Deut 10, 12; Os 2, 21-22; 6, 6). El amor que Dios pide a Israel
va precedido del amor de Dios por Israel (cfr. Deut 5, 32-33). Aquí se toca;
uno de los puntos centrales de la Revelación de Dios a los hombres, tanto en
el Antiguo como en el Nuevo Testamento: por encima de cualquier otra con­
sideración, Dios es Amor (cfr. p.ej., 1 Jn 4, 8.16)» Sagrada B ib lia. Antiguo
Testamento, 1.
habita en el interior del hombre y «ve en lo oculto» (Mt 6, 4.6);
es más, Dios se ha acercado tanto que «el reino de Dios ya está
en medio de vosotros» (Le 17, 21). El Dios misericordioso del
Antiguo Testamento mandaba atender a los pobres y a la viu­
das; Jesús va más allá cuando enseña con la parábola que va en
busca de la oveja perdida y la pone sobre sus hombros gozoso
(cfr. Le 15, 4-7), porque busca la conversión de los hombres
para que tengan «vida eterna» (Jn 3, 16). La raíz de esta proxi­
midad se fundamenta en la novedad del Nuevo Testamento: la
Encarnación del Hijo de Dios.
En su enseñanza moral, a la que se opusieron con tanta du­
reza los fariseos, Jesús enseña lo que «fue dicho» por Dios, pro­
fundiza en su mensaje y le da un nuevo contenido al situarse
en el mismo nivel que Dios: «Habéis oído que se dijo a los an­
tiguos ... Pero Yo os digo» (Mt 5, 21.22). El propio Jesús aclara
su función de intérprete divino al decir: «No penséis que he
venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos
sino a darles su plenitud»; y refuerza su sintonía con el Dios
del Antiguo Testamento cuando añade: «En verdad os digo que
mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la
más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla» (Mt 5,
17-18).
b) En lo referente a la novedad del Dios revelado por Jesu­
cristo, cabe afirmar lo siguiente. Jesús habla de Dios en el
Nuevo Testamento refiriéndose a Yahvéh, el único Dios que se
manifestó a Moisés y habló por medio de los Profetas. Al
mismo tiempo, el Dios que revela Jesús es radicalmente nuevo.
No se trata de una evolución o desarrollo de lo que está implí­
cito en el Antiguo Testamento, sino de una novedad radical, de
la novedad que supone la persona, la vida y la palabra de Jesu­
cristo, pues Dios se ha revelado personalmente en Cristo, el
Hijo unigénito. Lo expresa muy bien la carta a los Hebreos:
«En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el
pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos

85
últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien ins­
tituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también el
universo» (Hebr 1, 1-2). San Juan de la Cruz comenta el texto
de Hebreos de este modo: «En darnos, como nos dio a su Hijo*
que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló
junto y de una vez en esta sola Palabra ...: porque lo que ha­
blaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado todo qfn Él,
dándonos álTodo, que es su Hijo». Y añade una consideración
muy adecuada para quienes sientan tentaciones esotéricas: «Por
lo cual, el que ahora quisiese preguntar, o querer alguna visión
o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a
Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer
cosa otra alguna o novedad»30. El Catecismo muestra la razón
sencilla y profunda de esa novedad: «Cristo, el Hijo de Dios
hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del
Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que
ésta»31.
La novedad de la revelación que hace Jesús se sintetiza en
tres grandes contenidos: el misterio de la Santísima Trinidad,
el misterio de la Encarnación del Verbo o Hijo de Dios y la mi­
sión del Espíritu Santo. Como es sabido, Jesús ha traído la salr
vación a todos los hombres, especialmente por su Muerte y su
Resurrección gloriosa.
Jesús revela que el único Dios es Padre suyo; en otros térmi?
nos, que Jesús tiene la misma naturaleza que el Padre. No se
trata de dos dioses, sino del único Dios, pues Jesús afirma: «Yo
y el Padre somos uno» (Jn 10, 30). En definitiva, se trata de
una filiación distinta y superior a la filiación divina de los homr
bres, filiación que distingue Jesús con toda claridad cuando El
se aparece resucitado a la Magdalena y le dice que anuncie a los

30 San Juan de la Cruz, Subida a l monte Carmelo, 2, 22, 3-5.


31 CC£ 65.

86
discípulos: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a
vuestro Dios» (Jn 20, 17).
Jesús se presenta como testimonio del Padre, como testigo
directo e inmediato, como quien tiene una intimidad de vida
con El. Esta verdad fue clara y la entendieron perfectamente
los oyentes de Jesús: «Los judíos con más ahínco intentaban
matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que tam­
bién llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios»
(Jn 5, 18).
La intimidad de Jesús con el Padre queda expresada de un
modo gráfico con el término «Abba», que muestra la confianza
total de Jesús en el Padre (Me 14, 36). Este término es la ex­
presión familiar, «papá», que utilizan los niños hebreos para
hablar con sus padres. Por eso, hay que decir que en Jesús, Dios
se hace accesible con rostro humano, lleno de misericordia.
Jesús también revela que en Dios, además del Padre y del
Hijo, hay otra persona divina a la que llama Espíritu Santo (Le
11, 13), Paráclito o Consolador (Jn 14, 16) y Espíritu de la
verdad (Jn 14, 17). Jesús anuncia que, tras su Resurrección,
enviará el Espíritu Santo a los discípulos, para que les guíe y les
haga recordar y comprender cuanto Él les había enseñado. El
envío del Espíritu Santo tuvo lugar el día de Pentecostés: «Ese
día conoceréis que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo
en vosotros» (Jn 14, 20). Precisamente el Espíritu Santo nos da
a conocer por la fe que el hombre Jesús es el Hijo Unigénito de
Dios: «Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré de pa.rte
del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, Él
dará testimonio de mí» (Jn 15, 26). El Espíritu Santo también
nos da a conocer que la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Es­
píritu Santo, habita en las almas que están en gracia, es decir,
en quienes aman a Jesús y guardan sus mandamientos (cfr. Jn
15,9-11).
Capítulo IV

LA TRINIDAD EN EL NUEVO TESTAMENTO

En este capítulo estudiamos la revelación del misterio de la


Santísima Trinidad tal como aparece en los libros inspirados
del Nuevo Testamento, especialmente en los Evangelios, por­
que én éstos encontramos la revelación original realizada por
Jesús. Se trata propiamente de saber lo que es Dios «en sí
mismo»; en otras palabras, conocer la revelación a los hombres
como don inefable del vivir íntimo y misterioso de Dios.
El Catecismo enseña en un párrafo muy rico de doctrina que
«el misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de ja
fe y déla vida cristiana. Es el misterio de Dios eri sí mismo. Es,
pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz
que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial
en la “jerarquía de las verdades de fe”. “Toda la historia de la
salvación no es otra cosa que la historia del camino y los me­
dios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Es­
píritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apar­
tados por el pecado, y se une con ellos”»1.

1 CCE> 234. Los párrafos entrecomillados están tomados del Directorio ge­
neral de pastoral catequética, documento destinado a orientar la enseñanza de las

88
Esto mismo indica que el conocimiento del misterio de la
Santísima Trinidad no se reduce simplemente a «saber», sino
que se extiende a toda la vida del cristiano. El ser de Dios —lo
que es Dios en sí mismo— es origen y modelo del ser del hom­
bre, creado a imagen de Dios. De ahí que la doctrina sobre la
Santísima Trinidad sea la mejor luz para comprender la digni­
dad del hombre, de todo hombre, y el estilo de vida propio de
los cristianos para ser felices en la tierra y alcanzar la, vida
eterna2.

1. ¿Atisbos de la Trinidad
en el Antiguo Testamento?

No pocos autores han planteado la cuestión de si en el Anti­


guo Testamento ya se había revelado el misterio de la Santí­
sima Trinidad. La respuesta es claramente negativa, pues quien
revela al Padre y al Espíritu Santo es Jesucristo. Lo que sí se
puede afirmar es que en el Antiguo Testamento encontramos
«atisbos», «preludios», «indicios» -— «huellas» lo llama el Cate­
cismo — que dejan vislumbrar en el Dios vivo y único lo que
luego reveló de Él Jesucristo en el Nuevo Testamento; encon­
tramos «anuncios» y «promesas» que tendrán su cumplimiento

verdades de la fe con el fin de que sean vividas por todo el pueblo cristiano.
Schmaus dice que la importancia de la Revelación de Dios hecha por Cristo está
sobre todo «en que ofrece conocimientos sobre Dios que trascienden esencial­
mente las posibilidades de las fuerzas naturales de la razón. Entre las novedades
que contiene el mensaje de Cristo sobre Dios, el hecho de.su trinidad personal
constituye el contenido más importante» ( Teología Dogrnát. I, o.c., pág. 205).
1 Juan Pablo II ha dedicado sendas encíclicas a las tres Personas divinas,
en las que hace un amplio y profundo análisis del Antiguo y del Nuevo Tes­
tamento. La dedicada al Padre se titula Dives in M isericordia (3 0 -11-19 80 );
la del Hijo, Redemptor Hominis (4-03-1979); y la del Espíritu Santo, D om i-
num et Vivificantem (18-05-1986).

89

i
en Jesús. Las huellas y anuncios del Antiguo Testamento «pre­
paran» a los creyentes para acoger la revelación de Jesús, lo que
pone de relieve la continuidad a lo largo de toda la Revelación
divina.
Con respecto a los preludios de Dios como Padre en el An­
tiguo Testamento, los libros sagrados muestran numerosas ve­
ces la paternidad de Dios sobre el pueblo de Israel. Esta pater
nidad tiene un sentido moral y analógico: Dios actúa como un
padre lleno de ternura y misericordia3. Se fundamenta en la
elección que hace Dios de Israel como pueblo suyo, a quien
llama su «primogénito» (Ex 4, 22), y en la Alianza y el don de
la Ley. Se trata de una paternidad de elección —llamada tam­
bién adoptiva—, radicada en el misterio de la creación, y que
alcanza a todos los hombres superando la paternidad terrena
«Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me re­
cogerá» (Sal 27, 10). En el anuncio del Mesías, la paternidad
de Dios alcanza unos tonos más fuertes y definidos, pues el
Mesías es el Hijo de Yahvéh: «Él me ha dicho: “Tú eres mi hijo.
Yo te he engendrado hoy”» (Sal 2, 7); «Desde el seno, antes tíe
la aurora, como rocío, te he engendrado» (Sal 110,3).
Los atisbos sobre el Hijo, además de lo referido en el párrafo
anterior, se presentan bajo formas de mediación entre Dios y
su pueblo; en concreto, los autores ven esos vestigios en la per­
sonificación del Ángel de Yahvéh, de la Palabra de Dios y de la
Sabiduría. En el capítulo anterior hemos visto que Dios actúa
por medio de su «Palabra» (cfr. Is 55, 10-11; Sal 147, 15; Sab
19, 14-16) y de la «Sabiduría» (cfr. Prov 8-9), ambas fuerte­

3 «Todo el contexto de la Antigua Alianza era rico de alusiones a la ver­


dad de la paternidad de Dios, tomada en sentido moral y analógico. Así,
Dios se revela como Padre de su Pueblo, Israel, cuando manda a Moisés que
pida su liberación de Egipto: “Así habla el Señor: Israel es mi hijo, mi primo­
génito. Yo te mando que dejes a mi hijo ir...” (Ex 4, 22-23)». Juan Pablo II,
discurso de 16-10-1985, 2.
mente personalizadas. Pero Dios también se manifiesta de otras
formas: por medio de su «ángel», o más bien del «ángel de Yah-
véh», para indicar la presencia y la intervención directa de Dios
en favor del pueblo elegido, por ejemplo, en la zarza ardiente:
«El ángel del Señor se le manifestó [a Moisés] en forma de
llama de fuego» (Ex 3, 2).
Respecto al Espíritu Santo vemos que en la Sagrada Escritura
Dios también actúa derramando su «espíritu» en la creación del
mundo y del hombre: «La tierra era caos y vacío, la tiniebla cu­
bría la faz del abismo y el espíritu de Dios se cernía sobre la su­
perficie de las aguas» (Gén 1,2). Comenta este pasaje la Biblia
de Navarra diciendo que «la presencia del poder amoroso de
Dios, simbolizado en un viento suave,, o un soplo —el texto lo
llama “espíritu”, en hebreo rúaf—, que se cierne velando sobre el
mundo todavía en desorden, muestra que en el origen del ser y
de la vida de la criatura están la Palabra de Dios y su Soplo. De
ahí que muchos Santos Padres, como por ejemplo San Jerónimo
y San Atanasio, hayan visto reflejada en este pasaje la presencia
del Espíritu Santo como Persona divina, que actúa, junto con el
Padre y el Hijo, en la creación del mundo»4.
Al hablar de «la Promesa del Padre», Jesús señala la venida
del Espíritu Santo, «ya anunciada de antemano en el Antiguo
Testamento»5, concretamente: «derramaré mi Espíritu sobre
toda carne» (J1 3, 1); «infundiré en vosotros un espíritu nuevo»
(Ez 36, 26).
Gran parte de la tradición cristiana —particularmente San
Ireneo de Lyon y Tertuliano— ha visto en el relato de la crea­
ción del hombre un reflejo de la Santísima Trinidad en el plu­
ral «Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra se­
mejanza» (Gén 1, 26). Algunos escritores cristianos, en

4 Facultad de Teología. Universidad de Navarra, Sagrada B iblia. Antiguo


Testamento. 1, in loco.
5 Juan Pablo II, discurso de 24-05-1989, 2.

91
concordancia con la interpretación judía antigua, han visto en
este «hagamos» la solemnidad que da la Escritura a la creación!
del hombre, como si Dios se reuniese para deliberar con la:
corte celestial antes de crear al hombre; otros la ven como re¿
flejo de la grandeza y del poder de Dios6.
Otro pasaje famoso que prefigura la Santísima Trinidad es la
manifestación de Dios a Abraham en el encinar de Mambré,
en la que le promete un hijo de su mujer Sara, aún siendo ésta
de edad avanzáda, y en la que Abraham intercede a favor dé
Sodoma y Gomorra. «Abraham alzó la vista y vio que tres
hombres estaban de pie junto a él». Esta nueva aparición de:
Dios a Abraham está revestida de un carácter misterioso, co­
menta la Biblia de Navarra, pues los tres hombres representan
a Dios. Cuando Abraham les habla, a veces lo hace en singular
—«Mi Señor»—, como si fuese uno solo; otras lo hace en plu­
ral, como si fuesen tres —«un poco de agua para que os lavéis
los pies, y descansaréis bajo el árbol;... traeré un trozo de pan
para que reparéis vuestras fuerzas, y luego seguiréis adelante,
pues por algo habéis pasado junto a vuestro siervo» (Gén 18,1
4.5)—. De ahí que algunos Padres de la Iglesia hayan interpre-;
tado esta aparición como un anuncio anticipado del misterio}
de la Santísima Trinidad; otros, siguiendo la tradición judía!
entendieron que aquellos personajes eran ángeles7.

2. El Padre revelado por el Hijo

La denominación y la invocación de Dios como padre a


como madre se remonta a los orígenes del hecho religioso; de

6 Cfr. F. J. Knecht, Com entario práctico de H istoria Sagrada. Litúrgica,


Barcelona 1967, pág. 58 y ss.
7 Facultad de Teología. Universidad de Navarra, Sagrada B ib lia. Antiguo
Testamento. 1, in loco.

92
modo particular lo encontramos en las religiones llamadas ce­
lestes y en las telúricas. Por ser espíritu infinito, Dios no es
hombre ni mujer; no encaja con El la distinción de sexos. Pero
las religiones primitivas han aplicado a Dios la vivencia más
fuerte y original que identifica personalmente al ser humano,
I la de la paternidad y la de la maternidad8.
¡ En la Sagrada Escritura el término «Padre» aplicado a Dios
¡ tiene un sentido más profundo. Como hemos visto, la paterni-
: dad de Dios en el Antiguo Testamento se refiere al pueblo en
' genera1, a la nación elegida por Dios; los hombres individuales
110 son llamados hijos de Dios9. En la revelación de Jesucristo
el concepto «Dios Padre» adquiere un significado radicalmente
I nuevo. Jesús revela que Dios, el Dios de Abraham, de Isaac y

8 Cfr. M. Guerra, H istoria de las religiones, I. Éunsa, Pamplona, 79 y ss;


II, 43 y ss., 93 y ss.; voz Dios, en GER. El Catecis?no dice: «Al designar a Dios
con el nombre de “Padre”, el lenguaje de la fe indica principalmente dos as­
pectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad trascendente, y que
es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta
ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de
la maternidad (cfr. Is 66, 13; Sal 131, 2), que indica más expresivamente la
inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la
fe se sirve así de la experiencia humana de los padres que son en cierta ma­
nera los primeros representantes de Dios para el hombre. Pero esta experien­
cia dice también que los padres humanos son falibles y que pueden desfigu­
rar la imagen de la paternidad y de la maternidad. Conviene recordar,
| ^entonces, que Dios trasciende la distinción humana de los sexos. No es hom-
I bre ni mujer, es Dios. Trasciende también la paternidad y la maternidad hu­
manas, aunque sea su origen y su medida. Nadie es padre como lo es Dios»
(CCEy 239).
9 «La invocación de Dios como “Padre” es conocida.en muchas religio­
nes. La divinidad es con frecuencia considerada como “padre de los dioses y
de los hombres”. En Israel Dios es llamado Padre en cuanto Creador del
mundo. Pues aún más, es Padre en razón de la Alianza y del don de la Ley a
Israel, su “primogénito”. Es llamado también Padre del rey de Israel. Es muy
especialmente “el Padre de los pobres”, del huérfano y de la viuda, que están
bajo su protección amorosa» ( CCE\ 238).
de Jacob, es padre suyo en sentido estricto y exclusivo. Y en­
seña también que los hombres son elevados a la dignidad d¿
hijos de Dios Padre por la acción salvadora de Jesús. |
Es preciso anotar que en el Nuevo Testamento la palabra?
«Dios» significa el «Padre» como primera Persona de la Santí-v
sima Trinidad, exceptuando seis veces que se refieren directa­
mente a Jesucristo. ■(
La revelación que Jesús hace de Dios Padre10 la sintetizamos
en los siguientes enunciados:

a) Jesús llama a Dios Padre

En el Discurso del Monte, tal como lo encontramos en el-


Evangelio según San Mateo, Jesús llama a Dios Padre; lo hace
numerosas veces significando que Dios es explícita y propia­
mente Padre de todos los hombres. Esta revelación es sorpren­
dente para los judíos, quienes no pronunciaban el nombre de
Dios por respeto o por temor. Más sorprendente es la cercanía;
del Padre hacia los hombres en su providencia y en su amor;
misericordioso. En las palabras de Jesús hay continuidad con W
enseñanza del Antiguo Testamento, pero hay también una go­
zosa novedad: Dios no sólo es el Padre del pueblo elegido; Je­
sús confirma que el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob es*
también y de modo definitivo Padre amoroso de cada uno de
los hombres. Destacamos estas frases de Jesús en el Discurso^
del Monte:
«Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los1
cielos» (Mt 5, 45); «sed vosotros perfectos como vues­
tro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48); «ora a tü Pa-,

10 Cfr. Comité para el Jubileo del año 2000, Dios, Padre misericordioso¿
o^c.y pág. 45 y ss.

94
dre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo
oculto, te recompensará» (Mt 6, 6); «sabe vuestro Pa­
dre de qué tenéis necesidad, antes de que se lo pidáis»
(Mt 6, 8). «Vosotros, orad así: Padre nuestro» (Mt 6,
9); «si les perdonáis a los hombres sus ofensas, también
os perdonará vuestro Padre celestial» (Mt 6, 14); «vues­
tro Padre celestial las alimenta [a las aves del cielo]»
(Mt 6, 26); «sabe vuestro Padre celestial que de todo
eso estáis necesitados» (Mt 6, 36); «vuestro Padre que
está en los cielos dará cosas buenas a los que se lo pi­
dan» (Mt 7, 11).
Resulta inaudito y asombroso a los israelitas que Jesús hable
de Dios en unos términos tan familiares e inmediatos, al
tiempo que les abre un horizonte tan insospechado: sus vidas
tienen como modelo la perfección del Padre celestial. Jesús
abre a los hombres la intimidad con un Dios personal. Se com­
prende que las gentes sencillas y rectas se entusiasmaran y si­
guieran a Jesús, quien pone al alcance de todos los hombres el
tesoro de felicidad y de seguridad que anhela todo corazón hu­
mano.

b) Jesús revela que Dios es su Padre

«Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque


has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has
revelado a los pequeños [...] Todo me lo ha entregado
mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie
conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo
quiera revelarlo» (Mt 11, 25-27).
Este pasaje es considerado por todos los especialistas como
de capital importancia, pues en él Jesús da a conocer a sus dis­

95
cípulos que Dios no es solamente el Padre de Israel, el Padre dé
los hombres, sino «mi Padre». Precisamente por esto los judíos
querían matar a Jesús, porque «llamaba a Dios su Padre» (Jn 5,
18), «suyo» en sentido totalmente literal. Jesús revela que está
unido al Padre con un vínculo único y exclusivo: «todo» lo del j
Padre ha sido «entregado» por el Padre al Hijo; consiguiente­
mente, «todo» lo del Hijo es del Padre, Estas expresiones sugie- ]
ren la unidad de naturaleza; en otras palabras, Jesús afirma que |
el Hijo es igual al Padre, el Hijo es Dios como el Padre. El texto ;
en cuestión también expresa la intimidad de vida entre el Pa­
dre y el Hijo, pues el Hijo «conoce» al Padre con el mismo co­
nocimiento con que el Padre conoce al Hijo, a quien ha en­
viado para hablar a los hombres y «lo ha entregado» para la
salvación del mundo11.
San Lucas recoge el texto de Mateo 11, 27 al regreso de los :
setenta y dos discípulos enviados por Jesús para preparar la pre­
dicación del Señor (cfr. Le 10, 17-24) y destaca que Jesús llena
de júbilo su corazón por los milagros hechos por los discípulos
y alaba al Padre porque los humildes y sencillos entienden y
aceptan la palabra de Dios12.

c) Jesús se identifica con el Padre

«El que cree en mí, no cree en mí, sino en Aquel que me


ha enviado» (Jn 12, 44). «Yo no he hablado por mí
mismo, sino que el Padre que me envió, El me ha orde-;
nado lo que tengo que decir y hablar» (Jn 12, 49). «En /
verdad, en verdad os digo que el Hijo no puede hacer
nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; pues lo 1

11 Cfr. K. Adam, E l Cristo de nuestra fe, o.c., pág. 201 y ss. 4:


12 Cfr. CCE, 240; cfr. Juan Pablo II, Creo en Jesucristo, o.c., pág. 83 y ss.

96
que Él hace, eso lo hace del mismo modo el Hijo» (Jn 5,
19). «Pues como el Padre tiene vida en sí mismo, así ha
dado al Hijo tener vida en sí mismo» (Jn 5, 26). «El Pa­
dre que tiene la vida me ha enviado, y yo vivo por el Padre»
(Jn 6, 57).
En plena sintonía con esta revelación, Jesús manifestó pú­
blicamente su identidad con el Padre en la fiesta de la Dedi­
cación del Templo de Jerusalén. Le desafiaban los judíos que
habían subido a la fiesta: «Si tú eres el Cristo, dínoslo clara­
mente» (Jn 10, 24). Jesús les respondió: «Os lo he dicho y no
creéis; las obras que hago en nombre de mi Padre son las que
dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis» (Jn 10,
^5.26). Termina esa respuesta afirmando con toda claridad
su identidad con el Padre: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,
30). «El Padre está en mí y yo en el Padre» (Jn 10, 38). Este
«Yo» de Jesús tiene la misma dignidad que el «Yo» de Yahvéh
cuando se revela a Moisés en la zarza que no se consume (cfr.
Ex 3, 14).

d) Jesús llama a Dios «Abba, Padre mió» (Me 14, 36)

Jesús vive y actúa con constante y fundamental referencia al


Padre. A Él se dirige frecuentemente con la palabra llena de
amor filial «Abba». Antes de su pasión y muerte, Jesús va al
huerto de Getsemaní a orar. Toma consigo a Pedro, a Santiago
y a Juan. San Marcos conserva la expresión aramea «Abba» con
la que Jesús invoca a Dios, expresión que será recogida por San
Pablo (cfr. Gál 4, 6; Rom 8, 15). En Israel nunca se había in­
vocado a Dios con este vocablo13. Jesús, al designar a Dios de
ese modo, utiliza el lenguaje familiar e íntimo con el que los

13 Cfr. J. Gnilka, E l Evangelio según San M arcos, II, o.c., pág. 300 y ss.

97
niños llamaban a sus padres —padre mío, papá— . Los discí­
pulos debieron quedar impresionados de ese trato tan íntimo
incomparable de Jesús con Dios.
Jesús fue acostumbrando a sus oyentes para que entendiera^
que en sus labios la palabra Padre para invocar a Dios signifo
caba padre en sentido propio y exclusivo. En la oración sacei*
dotal Jesús pide a Dios: «Padre, ha llegado la hora. Glorifica a
tu Hijo para que tu Hijo te glorifique» (Jn 17, 1). Y poco des*
pues, insiste: «Padre justo, el mundo no te conoció; pero yo t
conocí, y éstos han conocido que Tú me enviaste» (Jn 17, 25)1
Ya en el anuncio de las realidades últimas, hecho con la parái
bola sobre el juicio final, Jesús se presenta como aquel que pro.
clama: «Venid, benditos de mi Padre» (Mt 25, 34). Cuand|
está clavado en la cruz, sus últimas palabras son: «Padre, en tu
manos encomiendo mi espíritu» (Le 23, 46). Y, una vez resuci­
tado, anuncia a los discípulos: «Yo os envío al que mi Padre ni
prometido» (Le 24, 49).
Además, es muy significativo que Jesús jamás se une con l(f
discípulos con la expresión «nuestro Padre». Por el contrario, a
referirse a Dios le llama «mi Padre» (Mt 11, 25) y enseña a lo
discípulos a llamar a Dios «Padre nuestro» (Mt 6, 9). De est|
modo Jesús subraya la exclusividad de su relación filial con
Dios, distinguiendo la paternidad de Dios sobre Jesús, engeif
drado eternamente por el Padre, de la paternidad divina sobr
los hombres, que es don alcanzado para nosotros por la acció^
redentora de Jesús. Incluso después de su Resurrección, Jes"
dice a María Magdalena: «Vete donde están mis hermanos'?
diles: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestr
Dios» (Jn 20, 17).
Así, pues, «por medio del Hijo (cfr. Hebr 1, 2) —afirm
Juan Pablo II—, Dios se ha revelado en la plenitud del mil
terio de su paternidad. Sólo el Hijo podía revelar esta píen]
tud del misterio, porque sólo “el Hijo conoce al Padre” (M
11, 27). “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Dios Unigénito,
(
98
el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer”
(Jn 1, 18)»14.

3. La divinidad de Jesús en el Nuevo Testamento

Jesucristo, al revelar al Padre, se ha manifestado paralela­


mente a Sí mismo como Hijo consustancial al Padre. La pa­
ternidad y la filiación divina están en íntima correlación en­
tre sí dentro del misterio del Dios Uno y Trino; son
inseparables. Los textos que hemos visto en el párrafo ante­
rior, al revelar la paternidad de Dios también están revelando
la filiación divina de Jesús. En los Evangelios encontramos
otras expresiones en las que Jesús manifiesta su filiación di­
vina. También son numerosas las palabras con las que los dis­
cípulos confiesan la divinidad de Jesús. Veamos los textos más
importantes:

a). Jesús adolescente manifiesta su divinidad

En la escena de Jesús perdido y hallado en el Templo de Je-


rusalén, San Lucas se centra en el diálogo de Jesús con su Ma­
dre: «Al verlo se maravillaron, y le dijo su madre: “Hijo, por
qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados,
te buscábamos”. Y él les dijo: “¿Por qué me buscabais? ¿No sa­
bíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?”.
Pero ellos no comprendieron lo que les dijo» (Le 2, 48-50).
Este relato nos muestra que Jesús, a la edad de doce años,
tenía conciencia de que el Dios al que habían subido a celebrar
en la fiesta de la Pascua, es decir, el Dios de Abraham, de Isaac

14 Juan Pablo II, discurso de 23-10-1985, 3.

99
y de Jacob, es su Padre en sentido estricto15. María y José eiv
cuentran a Jesús «escuchando y preguntando» a los doctores
(2, 46), quienes están «admirados de su sabiduría y de sus res­
puestas» (2, 47). También quedaron admirados María y José,
pues «ellos no comprendieron lo que les dijo» (2, 50). Pero
María nos da la clave para entender la revelación de Dios, por­
que no rechaza lo que no comprende con su inteligencia, sino
que piensa en ello, pide luces a Dios y, podríamos decir, acari­
cia esas palabras inauditas que dice su Hijo para intentar com­
prender su significado. San Lucas ños dice que «su madre guar- j
daba todas estas cosas en su corazón» (2, 51). I
|

b) Jesús se llama «Hijo d el Hombre» j


\ ■

Jesús utilizó habitualmente la profecía del «Hijo del Hom- \


bre» del libro de Daniel, para expresar principalmente las |
afrentas de su pasión y para anunciar su triunfo escatológico del
resurrección, venida gloriosa y juicio final. En el texto se des-1
vela la divinidad del Mesías prometido: «Seguí mirando en mil
visión nocturna y he aquí que con las nubes del cielo venial
como un hijo de hombre. Avanzó hasta el anciano venerable y1
fue llevado ante él. A él se le dio dominio, honor y reino. Y to­
dos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su dominio és
un dominio eterno que no pasará; y su reino no será destruido»
(Dan 7, 13-14). 'i

15 Cfr. Comisión Teológica Internacional» La conciencia que Jesús tenía


sí mismo y de su misión , o.c.,: «La vida de Jesús testifica la conciencia de su re­
lación filial al Padre. Su comportamiento y sus palabras, que son las del “ser­
vidor” perfecto, implican una autoridad que supera la de los antiguos profe­
tas y que corresponde sólo a Dios. Jesús tomaba esta autoridad incomparable:
de su relación singular con Dios, a quien él llama “mi Padre”. Tenía conciem
cia de ser el Hijo único de Dios y, en este sentido, de ser, él mismo, Dios»
(Proposición primera).

100
• Jesús habla repetidas veces de la «elevación» del Hijo del
; Hombre, para indicar que, tras la humillación de la cruz, los
* hombres verán su glorificación: «Cuando hayáis levantado al
: Hijo del Hombre, entonces conoceréis que Yo soy, y que nada
hago por mí mismo, sino que como el Padre me enseñó así ha-
¡ blo» (Jn 8, 28). Jesús afirma que su «elevación» en la cruz cons-
í tituirá su glorificación; al abandonar Judas el Cenáculo, dice
Jesús: «Ahóra es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glo­
rificado en él» (Jn 13, 31). '
j Jesús utiliza esta expresión, por ejemplo, en el diálogo con
Nicodemo, miembro del Sanedrín de Jerusalén (Jn 3, 1-21),
en la conversión de Zaqueo (Le 19, 1-10), en el anuncio a los
discípulos de su pasión, muerte y resurrección (Me 8, 31-33),
ante él tribunal de Caifás (Me 14, 53-64). El relato más gráfico
es el de la curación del paralítico:
«Entró de nuevo en Cafarnaún [...] y les predicaba la pa­
labra. Entonces vinieron trayéndole un paralítico, llevado
*, entre cuatro. Y como no podían acercarlo hasta él a causa
del gentío, levantaron la techumbre por el sitio en donde
se encontraba y, después de hacer un agujero, descolga­
ron la camilla en la que yacía el paralítico. Al ver Jesús la
¡l. fe de ellos, le dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te son
perdonados” [...] “Para que sepáis que el Hijo del Hom­
bre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados
—se dirigió al paralítico—, a ti te digo: levántate, toma
tu camilla y vete a tu casa”» (Me 2, 1-12).
. Este texto destaca con fuerza el poder divino de Jesús de
\ perdonar los pecados, demostrando tal poder con la curación
; del paralítico.
’ 1 Quizás el pasaje más significativo, y sin duda más dramá-
! tico, sea la confesión de Jesús ante el Sanedrín, pues «los prín-
: cipes de los sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban contra Je-
: sus un testimonio para darle muerte, y no lo encontraban» (Me

ÍOI
14, 55). Jesús permanece en silencio ante las acusaciones de los
falsos testigos, pero confiesa que es el Mesías ante la pregunta
que le hace el sumo sacerdote:
«¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito? Yo soy, respondió
Jesús, y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del
Poder y venir sobre las nubes del cielo». El sumo sacer­
dote se rasga las vestiduras y exclama: «Acabáis de oír la
blasfemia [...] todos ellos sentenciaron que era reo de
muerte» (Me 14, 61-64).
Jesús confiesa que es el Cristo, el Mesías prometido y se
identifica con el Mesías trascendente entrevisto por Daniel16.

c) Jesús manifiesta su divina preexistencia: «Yo soy»

La conciencia que Jesús tiene de su misión divina de salva­


ción implica la conciencia de su divina preexistencia como
«Hijo Unigénito»17. El que «se hizo carne», es decir, hombre en
el tiempo, es desde la eternidad el Verbo mismo, el Dios que
«está en el seno del Padre» y por quien «todas las cosas fueron
hechas» (Jn 1, 1-18). Jesús declara esta preexistencia o eterni­
dad utilizando el nombre «Yo soy», igual que siglos antes, al
pie del monte Horeb, había dicho Yahvéh a Moisés cuando le
preguntaba el nombre: «Yo soy el que es» (Ex 3, 14), signifi­
cando que Dios es el Ser supremo en sentido absoluto, pleno y
eterno, y que no depende de ningún otro ser.
Después de perdonar a la mujer adúltera (cfr. Jn 8, 3-11),
Jesús dice: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8, 12). «Yo soy el

16 Cfr. el análisis y comentario de J. Gnilka, en E l Evangelio según San


M arcos, II, o.c., pág 322 y ss.
17 Cfr. K. Adam, E l Cristo de nuestra fe, o.c., pág. 166 y ss.

102
que da testimonio de sí mismo, y el Padre, que me ha en­
viado, también da testimonio de mí» (Jn 8, 18). «Voso­
tros sois de abajo; Yo soy de arriba [...] si no creéis que
Yo soy, moriréis en vuestros pecados» (Jn 8, 23-24).
«Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces
conoceréis que Yo soy, y que nada hago por mí mismo,
sino que como el Padre me enseñó así hablo» (Jn 8, 28).
«Antes de que Abrahán naciese, Yo soy» (Jn 8, 58).
La prueba de que sus oyentes entendieron que Jesús afir­
maba de sí mismo que era Dios, como el Padre, es que muchos
creyeron en Jesús, mientras que otros le acusaron de blasfemia
e «intentaban matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado,
sino que también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual
a Dios» (Jn 5, 18).
Al lavar los pies a los Apóstoles antes de la Ultima Cena, Je­
sús enseña que su misión y la de sus discípulos es servir; y
anuncia de antemano la traición de Judas: «Os lo digo desde
ahora, antes de que suceda, para que cuando ocurra creáis que
Yo soy» (Jn 15, 19). Poco después les dice: «Salí del Padre y
vine al mundo; de nuevo dejo él mundo y voy al Padre» (Jn
16,28).

d) El Padre confirm a la divinidad de Jesús

Las palabras de Jesús sobre su filiación divina han sido con­


firmadas por el Padre en dos momentos especialmente solem­
nes: el Bautismo de Jesús en el Jordán y la Transfiguración en
el monte. Al comienzo de su vida pública, cuando Jesús salió
del agua, los asistentes oyeron una voz del cielo: «Éste es mi
Hijo, el amado, en quien me he complacido» (Mt 3, 17). El
término «amado» precedido por el artículo y unido a la expre­
sión «mi Hijo» o «el Hijo mío», normalmente se refiere a un

103
hijo único18. En la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor,
poco antes de su pasión, el Padre dice: «Éste es mi Hijo, el
amado: escuchadle» (Me 9, 7). La Transfiguración de Jesús
viene a ser una llamada a seguirle por el camino de la cruz, sa­
biendo que tras la muerte viene la resurrección y la glorifica­
ción del Hijo de Dios19.

e) Los discípulos proclam an la divinidad de Jesús

Durante la vida histórica de Jesús, los discípulos fueron des­


cubriendo progresivamente la divinidad de Jesús y la procla­
maron abiertamente:
«Verdaderamente eres Hijo de Dios» (Mt 14, 33), dicen
cuando Jesús camina sobre las aguas del lago de Genesa-
ret. «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo», confiesa Pe­
dro en Cesárea de Filipo, lo que confirma Jesús, di­
ciendo: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan,
porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino
mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 16-17).
La filiación divina de Jesús está al comienzo y en el centro
de la predicación apostólica postpascual20, en la que proclaman
a Jesús como Hijo de Dios. Esa confesión no es el resultado de
un desarrollo tardío en la Iglesia primitiva, sino que está en el
corazón de las más antiguas confesiones de fe:
Jesucristo, «constituido Hijo de Dios» (Rom 1, 3), «siendo
de condición divina... se anonadó a sí mismo hasta la

18 Cfr., por ejemplo, Gen 22, 2 .12 .16 , que se refiere a Isaac, «tu único
hijo, al que amas». Cfr. CCE, 535-537.
19 Cfr. J. Gnilka, El.Evangelio según San M arcos, II, o.c., pp. 33-45. Cfr.
CCE, 554-556.
20 Cfr. CCE, 426-429.

104
/

muerte de cruz. Y por eso Dios lo exaltó» (Filip 2, 6.7.8.9).


«(Cristo es) Dios bendito por los siglos» (Rom 3, 5). Jesús
«es la imagen del Dios invisible» (Col 1, 15). «En él habita
toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2,
9). «El Verbo era Dios» (Jn 1, 1). «¡Señor mío y Dios mío!»
(Jn 20, 28). San Juan precisa que escribió su Evangelio
«para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios» (Jn
20, 3 1)21. En referencia al Padre, Jesús es «el resplandor de
su gloria e impronta de su sustancia» (Hebr 1, 3).

4. Revelación del Espíritu Santo

El Hijo de Dios nos ha revelado al Padre en cuanto Padre;


también nos ha dado a conocer al Espíritu Santo como Per­
sona divina. Al mismo tiempo, el Espíritu Santo nos da a co­
nocer el misterio de Jesucristo y, por medio del Hijo, al Padre,
pues «nadie viene a mí si el Padre no le atrae» (Jn 6, 44); mu­
chos exegetas han entendido que esa «atracción» la realiza me­
diante el Espíritu Santo; en consecuencia, el Espíritu Santo nos
revela el misterio del Dios Uno y Trino22. En la revelación del
Espíritu Santo podemos distinguir los siguientes aspectos:

a) Los Nombres d el Espíritu Santo

La palabra «espíritu» aparece desde las primeras páginas de la


Biblia: «el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las
aguas» (Gén 1,2). El término hebreo «ruaj» se traduce por «es­

21 Cfr. CCE\ 241. El CCE explica el significado de los títulos que dieron
a Jesús los Apóstoles: Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor (cfr. 430-455); cfr.
Ocáriz-Mateo Seco-Riestra, E l m isterio de Jesucristo, o.c., pág. 111 y ss.
21 Cfr. Juan Pablo II, Creo en el Espíritu Santo, o.c., pág. 144 y ss.

105
píritu» y equivale a respiro, soplo, viento; se tradujo al griego por
«pneuma» y al latín por «spiritus». Como ya hemos visto, la espi­
ritualidad es atributo esencial de la divinidad. «Dios es Espíritu»,
dijo Jesús en el coloquio con la Samaritana (Jn 4, 24). *
En el Nuevo Testamento encontramos varios nombres con­
cretos: «el Espíritu del Padre» (por ejemplo, en Mt 10, 20; 1
Cor 2, 11; Jn 15, 26); «el Espíritu del Hijo» en Gal 4, 6; «el
Espíritu de Jesús» en Hechos 16, 7. Todas estas expresiones in­
dican que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Para
señalar su acción santificadora sobre los hombres, recibe prin­
cipalmente el nombre de «Paráclito» o Consolador23.

b) El Espíritu Santo es Persona divina

Dice Juan Pablo II que «la Biblia, y especialmente el Nuevo


Testamento, al hablar del Espíritu Santo, no se refiere al Ser
mismo de Dios, sino a Alguien que está en relación particular
con el Padre y el Hijo. Son numerosos los textos, especialmente
en el Evangelio de San Juan, que ponen de relieve este hecho: de
modo particular los pasajes del discurso de despedida de Cristo
Señor, el jueves antes de la Pascua, durante la Ultima Cena»24.
«Yo rogaré .al Padre y os dará otro Paráclito para que esté
con vosotros siempre: el Espíritu de la Verdad» (Jn 14,

23 «Paráclito significa “llamado junto a uno” con el fin de acompañar,


consolar, proteger, defender... De ahí que el Paráclito se traduzca por “Con­
solador”, “Abogado”, etc. Jesús habla del Espíritu Santo como de “otro Pará­
clito”, porque Cristo es nuestro Abogado y Mediador en el Cielo junto al Pa­
dre (cfr. 1 Jn 2, 1), y el Espíritu Santo será dado a los discípulos en lugar
suyo como Abogado o Defensor que les asista. Con esta promesa se revela el
misterio de la Santísima Trinidad». Sagrada B ib lia. Nuevo Testamento. Eunsa,
comentario a Jn 14, 15-31.
24 Juan Pablo II, discurso de 13 -11-19 8 5, 4.
16-17). «El Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre en­
viará en mi nombre, El os lo enseñará todo» (Jn 14, 26).
«Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré de parte del
Padre, el Espíritu de la Verdad que procede del Padre, El
dará testimonio de mí» (Jn 15, 26). «El (el Espíritu de la
Verdad) me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo
anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso dije:
“Recibe de lo mío y os lo anunciará”» (Jn 16, 14-15).
En este discurso de despedida, Jesús habla del Paráclito tres
veces. En la primera (Jn 14, 16) anuncia la Promesa del Espí­
ritu Santo, al que llama Paráclito, Consolador o Defensor25,
que enviará el Padre para estar siempre con los discípulos, para
habitar en el interior de sus almas. En la segunda (Jn 14, 26)
dice que Jesús mismo enviará, de parte del Padre, el Espíritu de
la Verdad, que les enseñará y recordará todo lo que les ha dicho
Jesús26. En la tercera (Jn 15, 26-16, 14-15) Jesús expresa la ac­
ción del Espíritu Santo, que vendrá como fruto de la cruz,
guiará a los discípulos hacia la verdad plena y realizará la glori­
ficación de Jesús y la santificación de los hombres.
Juan Pablo II comenta los textos evangélicos citados arriba
de este modo: «Todas estas palabras, como también los otros
textos que encontramos en el Nuevo Testamento, son extrema­
damente importantes para la comprensión de la economía de
la salvación. Nos dicen quién es el Espíritu Santo en relación

25 Cfr. CCEt 243.


26 «El origen eterno del Espíritu Santo se revela en su misión temporal.
El Espíritu Santo es enviado a los Apóstoles y a la Iglesia tanto por el Padre
en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona, una vez que vuelve junto
al Padre. El envío de la persona del Espíritu tras la glorificación de Jesús, re­
vela en plenitud el misterio de la Santísima Trinidad». CCE, 244. El término
«misión» de la cita anterior no significa aquí una tarea o encargo, sino la pro­
cesión eterna a la que se añade un efecto temporal; su significado lo veremos
en el capítulo IX.

107
con el Padre y el Hijo: es decir, poseen un significado trini­
tario: dicen no sólo que el Espíritu Santo es “enviado” por el
Padre y el Hijo, sino también que ‘ procede” del Padre»27.

c) El Espíritu Santo y Jesús

En el Nuevo Testamento encontramos numerosos textos


que se refieren a la acción del Espíritu Santo con respecto a Je­
sucristo. La encarnación virginal de Jesús en el seno de María
es obra del Espíritu Santo: el ángel Gabriel dice a María «El
Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te
cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será lla­
mado Hijo de Dios» (Le 1, 35); San Mateo dice que María
«había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo» (Mt
1, 18). Ambos textos revelan la divinidad de Jesús y su concep­
ción virginal.
La vida pública de Jesús se desarrolla bajo la presencia viva
del Espíritu Santo, para realizar su misión salvadora. En el co­
mienzo: «cuando Jesús fue bautizado, mientras estaba en ora­
ción, se abrió el cielo y bajó el Espíritu Santo sobre él en forma
corporal, como una paloma» (Le 3, 21-22). Jesús siempre se
mueve «por impulso del Espíritu» (Le 4, 14), pues estaba
«lleno del Espíritu Santo» (Le 4, 1). San Pedro dirá en casa de]
Cornelio, en Cesárea, que «a Jesús de Nazaret le ungió Dios
con el Espíritu Santo y poder, y pasó haciendo el bien y sa­
nando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba
con él» (Hech 10, 38).
En la sinagoga de Nazaret, Jesús se aplica el texto de Isaías
61, 1-2 para declarar su misión mesiánica: «El Espíritu del Se­
ñor está sobre mí, porque me ha ungido para evangelizar a los

27 Juan Pablo II, discurso de 13-11 -1985, 5.

108
pobres...». Y añade: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que
acabáis de oír» (cfr. Le 4, 18-30)28. Contra la calumnia de los
fariseos, que acusan a Jesús de estar poseído por el demonio,
responde: «Si yo expulso los demonios por el Espíritu de Dios,
es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros» (Mt 12, 28).

d) El Espíritu Santo santifica a los hombres

Toda la acción evangelizadora de la Iglesia apostólica está


llena de la acción del Espíritu Santo, como se puede compro­
bar por el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Además, es preciso decir que el Espíritu Santo es la fuente
de la santificación de los hombres a lo largo de la historia. El
día de Pentecostés «quedaron todos llenos del Espíritu Santo»
(Hech 2, 4), que es concedido a todos los que se abren a su ac­
ción santificadora, como pedía San Pedro a los reunidos en Je-
rusalén: «Convertios, y que cada uno de vosotros se bautice en
el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados, y re­
cibiréis el don del Espíritu Santo» (Hech 2, 38). San Pedro en­
seña que la acción santificadora del Espíritu Santo se realiza
por medio de los sacramentos. En la misma línea, San Pablo
pregunta: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espí­
ritu de Dios habita en vosotros?» (1 Cor 3, 16). A los tesaloni-
censes San Pablo exhorta a dar gracias, porque «os eligió Dios
como primicias para la salvación mediante la acción santifica­
dora del Espíritu Santo» (2 Tes 2, 13).

28 «Estas frases, según San Lucas, son su primera declaración mesiánica, a


la que siguen los hechos y palabras conocidos a través del Evangelio. M e­
diante tales hechos y palabras, Cristo hace presente al Padre entre los hom­
bres», JP II, DMy 13.

109
5. Expresiones trinitarias del Nuevo Testamento

Por último, vemos algunos textos en los que se revela de


modo explícito el misterio de la Santísima Trinidad. Los tex­
tos anteriores sobre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no
nos hablan de tres dioses, sino de un único Dios, cuya vida ín­
tima y misteriosa está constituida por las tres Personas divinas
en unidad substancial. Las expresiones trinitarias del Nuevo
Testamento confirman la unidad de las tres Personas divinas y
constituyen el fundamento escriturístico de la doctrina trini­
taria.
El misterio de la Santísima Trinidad —el más profundo por
ser el misterio de la vida íntima de Dios mismo— nos lo ha re­
velado Jesucristo. «El que está en el seno del Padre, él mismo lo
dio a conocer» (Jn 1, 18), como dice San Juan. f

a) El bautismo de Jesús

La primera revelación de la Trinidad la encontramos en los


evangelios de Mateo y Lucas en el anuncio de la Encarnación.
El ángel Gabriel manifiesta que todo cuanto iba a seguir estaba -
marcado por la Trinidad; habla a la Virgen del Padre y del
Verbo que, encarnándose, sería llamado Hijo de Dios, y que el?
Espíritu Santo cubriría con su sombra a la Madre de Jesús (efe
Le 1, 26-43; Mt 1, 18-23).
En el bautismo de Jesús se revela de modo muy gráfico ejj
misterio de la Santísima Trinidad; esta narración se encuentra1
en los cuatro libros del Evangelio (cfr. Mt 3, 1-3-17; Me 1, 9-
11; Le 3, 21-22; Jn 1,32-34).
«Vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado
por Juan en el Jordán. Y nada más salir del agua vio lo|
cielos abiertos y al Espíritu que, en forma de paloma,
descendía sobre él; y se oyó una voz desde los cielos:
“Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me he complacido”»
(Me 1, 9-11).
En ésta y en las otras narraciones del bautismo se nombran
simultáneamente las tres Personas divinas como distintas entre
sí. Jesús acudió a ser bautizado por Juan, aunque no tenía ne­
cesidad de un bautismo de penitencia. La voz de los cielos y el
descenso del Espíritu Santo manifiestan a Jesús como el Hijo
único y como Mesías. Los Padres de la Iglesia han visto en la
manifestación del Espíritu Santo en forma de paloma un signo
de paz y de reconciliación, ofrecida por Dios a los hombres en
Cristo.
«El bautismo de Jesús —enseña el Catecismo— es, por su
parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo
doliente. Se deja contar entre los pecadores; es ya “el Cordero
de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29); anticipa ya
el “bautismo” de su muerte sangrienta. Viene ya a “cumplir
toda justicia” (Mt 3, 15), es decir, se somete enteramente a la
voluntad del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo.
El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción
viene a “posarse” sobre él. De él manará este Espíritu para toda
la humanidad. En su bautismo, “se abrieron los cielos” (Mt 3,
16) que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron
santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu Santo como
preludio de la nueva creación»29.

b) La Transfiguración del Señor

La Transfiguración de Jesús narrada por los sinópticos es


semejante a la escena del bautismo de Jesús, pero ocurre en
un contexto distinto: por un lado, la revelación de la Trini
dad no tiene lugar ante todo el pueblo sino ante sólo trel
Apóstoles; y por otro, está ya cercana la pasión del Señor y i
acontecimiento pascual con el que Jesús concluye toda su mil
sión. i
«Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan, y loi
condujo, a ellos solos aparte, a un monte alto y se transfíl
guró ante ellos. Sus vestidos se volvieron deslumbrantes 1
muy blancos... Y se les aparecieron Elias y Moisés, y con!
versaban con Jesús. Pedro, tomando la palabra, le dice al
Jesús: “Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos trei
tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elias”!
Pero no sabía lo que decía, porque estaban llenos de teJ
mor. Entonces se formó una nube que los cubrió y se oyó!
una voz desde la nube: “Este es mi Hijo, el amado: escU'i
chadle”» (Me 9, 2-7; cfr. Mt 17, 1-13; Le 9, 28-36). §
Jesús ya se había dado a conocer a Israel con sus milagros,!
sus obras y sus palabras. Ahora, en el monte, identificado pora
la tradición con el Tabor, la voz del Padre constituye como unal
confirmación «desde lo alto» de lo que estaba madurando en la.J
conciencia de los discípulos, después de haberles anunciado Je-i
sús su próxima muerte y resurrección. Parece que Jesús, «dado|
a conocer ya ahora en su gloria celeste»30, quería confirmar la ]
fe de los discípulos en la filiación divina de Jesús y en su acción j
redentora —«escuchadle»— con la revelación que aquí hace el
mismo Padre31.

30 J. Gnilka, E l Evangelio según San Marcos, II, o.c., pág. 38. i


31 Juan Pablo II comenta: «El Padre, al confirmar ahora la revelación in- i
terior sobre la filiación divina de Cristo — “Éste es mi Hijo amado: escu- |
chadle”— , parece como si quisiera preparar a quienes ya han creído en Él |
para los acontecimientos de la Pascua que se acerca: para su muerte humi- '|
liante en la cruz». Discurso de 27-05-1987, 8. f

112
Santo Tomás hace una estupenda interpretación de este es-
éhá: «Así como en el bautismo de Jesús, donde fue declarado
1misterio de la primera regeneración, se mostró la acción de
fóda la Trinidad, ya que allí estuvo el Hijo Encarnado, se apa-
feció el Espíritu Santo en forma de paloma, y allí se escuchó lá
¡fe del Padre; así también en la Transfiguración, que es como
el'sacramento de la segunda regeneración (la resurrección),
ápareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hom­
bre, y el Espíritu Santo en la claridad de la nube; porque así
como el Dios Trino da la inocencia en el Bautismo, de la
misma manera dará a los elegidos el fulgor de la gloria y el ali­
vio de todo mal en la Resurrección»32.

c) El mandato m isional

«Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra.


Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bauti­
zándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he man­
dado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo» (Mt 28, 18-20).
Estas palabras finales del Evangelio de San Mateo, dirigidas
a los Apóstoles, expresan el último acto de la misión terrena de
Jesús después de su resurrección. En ellas se contiene la formu­
lación más explícita del misterio de la Santísima Trinidad33.
Aparecen claramente diferenciados los nombres Padre, Hijo y
Espíritu Santo, precedidos todos ellos por el artículo que los
personaliza. Además, el texto revela claramente al Espíritu

32 S. T k, 1, 45, 4 ad 2; cfr. CCE, 554-556.


33 En la Promesa de la Última Cena queda también revelado el misterio
de la Santísima Trinidad (cfr. Jn 14, 16.26; 15, 26; 16, 14-15).

113
Santo como Persona, porque lo nombra junto a las otras dos
Personas de modo idéntico, sin sugerir ninguna diferencia al
respecto: «el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo»; esto no fue
entendido así por algunos, como veremos en el capítulo si­
guiente. Al mismo tiempo Jesús manda a los Apóstoles que
bauticen «en el nombre», en singular, consolidando de este
modo la verdad sobre la Santísima Trinidad, puesta en la base
de la vida sacramental de la Iglesia. En definitiva, en este texto
se reafirma la unidad substancial de las tres Personas divinas, es
decir, el Dios Uno y Trino34.
Comenta Juan Pablo II que «estas palabras inauguraban la
misión de la Iglesia, indicándole su compromiso fundamental
y constitutivo. La primera tarea de la Iglesia es enseñar y bauti­
zar —y bautizar quiere decir “sumergir” (por esto, se bautiza
con agua)— en la vida trinitaria»35.
La liturgia bautismal se fue llenando del misterio de la San­
tísima Trinidad, porque toda la liturgia se ordena a la alabanza
y adoración de las Personas divinas36. Hoy —como a lo largo
de toda su historia— la Iglesia no administra los sacrameñtosí
ni recita las oraciones sin invocar al Padre y al Hijo y al Espí-:
ritu Santo, como fue proclamado y celebrado por los testigos;

34 «Los cristianos son bautizados en “el nombre” del Padre y del Hijo
del Espíritu Santo y no en “los nombres” de éstos, pues no hay más que un,
solo Dios, el Padre todopoderoso y su Hijo único y el Espíritu Santo: la San-
tísima Trinidad». CCE, 233.
35 Juan Pablo II, discurso de 9-10-1985, 3.
36 «Este texto, tan importante en cuanto síntesis explícita del misterjoj
trinitario, es considerado hoy por la mayoría de los exegetas como un texto,
en el que se resume la práctica bautismal de la iglesia primitiva, una práctica
guiada por el Espíritu de Jesucristo y, por tanto, autorizada por Jesús. De tó
cho, el texto no representa novedad alguna, sino que resume la estructura tris
nitaria de la tradición sinóptica y de todo el Nuevo Testamento; expresa,
pues, la totalidad del hecho soteriológico que se nos aplica en el bautismo;
somos hechos hijos de Dios en el Hijo por el Espíritu Santo», Mateo-Seco,
o:c.> pág. 136.

114
directos de Jesús, los Apóstoles, fortalecidos por la acción del
Espíritu Santo desde Pentecostés.

d) Los escritos apostólicos

La revelación de Jesús sobre la Santísima Trinidad es reco­


gida y expresada en algunas cartas apostólicas, principalmente
las de San Pablo:
«La gracia del Señor Jesucristo y el amor de Dios (Padre)
y la comunión del Espíritu Santo estén con todos voso­
tros» (2 Cor 13, 13).
«Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo; y
diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; y
diversidad de acciones, pero Dios (Padre) es el mismo,
que obra todo en todos» (1 Cor 12, 4-6).
«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesu­
cristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendi­
ción espiritual en los cielos [...] Por él también vosotros
[...] fuisteis sellados con el Espíritu Santo prometido»
(Ef 1,3-13).
«Y, puesto que sois hijos, Dios envió a nuestros corazo­
nes el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba, Padre!”»
| (Gál 4, 6).
'i «Elegidos según las presciencia de Dios Padre, mediante
¡ la santificación del Espíritu, para obedecer a Jesucristo»
I (2Pcdr 1, 1-2).
§. ■
| Estas fórmulas, la primera de ellas usada en la liturgia, testi-
I fican la fe de las primeras comunidades cristianas en la Santí-
1 sima Trinidad.

|| Como final de este capítulo, destinado a exponer los textos


i principales de la revelación sobre el misterio de la Santísima

115
Trinidad en el Nuevo Testamento, son muy oportunas estas
palabras de Juan Pablo II: «El Nuevo Testamento contiene la
plenitud de la revelación trinitaria. Dios, al revelarse en Jesu­
cristo, por una parte desvela quién es Dios para el hombre y,
por otra, descubre quién es Dios en Sí mismo, es decir, en su
vida íntima. La verdad “Dios es amor” (1 Jn 4, 16), expresada
en la primera Carta de Juan, posee aquí el valor de clave de bó­
veda. Si por medio de ella se descubre quién es Dios para el
hombre, entonces se desvela también (en cuanto es posible que
la mente humana lo capte y nuestras palabras lo expresen),
quién es El en Sí mismo. El es Unidad, es decir, Comunión del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»37.
Conocidas las verdades que nos proporciona la Revelación
divina, en el capítulo siguiente veremos cómo esa revelación se
fue plasmando en la vida y en la enseñanza de la Iglesia*

37 Juan Pablo II, discurso de 9-10-1985, 6.

116
Capítulo V
HACIA LA FORMULACIÓN DOGMÁTICA
DE LA FE TRINITARIA

Desde el principio de la tradición cristiana, la fe en el Dios


Uno y Trino entró en la vida de la Iglesia y fue un elemento
constitutivo para la incorporación de los hombres al nuevo
pueblo de Dios. Juan Pablo II dice que «a la comprensión de
este supremo misterio de la Santísima Trinidad ha contribuido
la fe en la redención, es decir, la fe en la obra salvífica de
Cristo»1. Como ya vimos en el capítulo III, Dios se ha revelado
al-pueblo de Israel principalmente con sus intervenciones en la
historia.'En la plenitud de los tiempos, la Santísima Trinidad
se ha revelado, ante todo, por la acción redentora de Jesucristo
para salvarnos del pecado: el Hijo se entrega al Padre hasta la
puerte de cruz y, una vez glorificado por la Resurrección y la
Ascensión a los cielos, envía junto al Padre al Espíritu Santo.
La acción soteriológica —la llamada economía de la salva­
ción— nos hace ver, una vez más, que la revelación del Dios
Uno y Trino no es una cuestión para ilustrar simplemente

1 Juan Pablo II, discurso de 9 -10 -19 8 5 , 5, en Creo en Dios Padre, o.c.y
pág. 145.

117
nuestro conocimiento, sino que se dirige específicamente a J
nuestra vida; en concreto, a nuestra santificación y a la acción |
evangelizadora del cristiano en el mundo. La contemplación í
de la Trinidad es el fin y la substancia de nuestra vida en Cristo. ’
Hemos sido creados y elevados al orden sobrenatural y redimi­
dos precisamente para gozar de la Trinidad de Dios. Al mismo
tiempo nos muestra que el desarrollo progresivo del conoci- ,
miento de la Santísima Trinidad no se debe sólo a la reflexión ■
intelectual sobre las verdades reveladas, sino que se expresa más ,
profunda y eficazmente en la Iglesia que reza, celebra los sacra- \
mentos y da testimonio de su fe en Dios en el servicio a los i
hermanos2.
No cabe duda que los cristianos intentaron ilustrar racional- -
mente las verdades reveladas por Dios; de hecho realizaron
grandes esfuerzos para entender racionalmente y para expresar 1
en lenguaje humano (en cuanto es posible que la mente hu-1
mana lo capte y nuestras palabras lo expresen) el misterio que f
encierra el Dios Uno y Trino. Pero es preciso tener en cuenta, ;|
principalmente, la vida de fe. A este respecto, dice Juan Pablo |
II: «Se debe concluir que el Nuevo Testamento trajo la plenkj
tud de la revelación sobre la Santa Trinidad y que la verdad tri-|
nitaria ha estado desde el principio en la raíz de la fe viva de lj,|
comunidad cristiana, por medio del bautismo y de la liturgia. :
Simultáneamente iban las reglas de la fe, con las que nos en- s
contramos abundantemente tanto en las Cartas apostólicas,
como en el testimonio del Kerigma, de la catequesis y de la ¿
oración de la Iglesia»3.
A continuación reseñamos el desarrollo histórico de la ilus-
tración racional del misterio del Dios Uno y Trino que intenta­
ron algunos estudiosos y pastores, pero no todos acertaron.
Ante los errores enunciados por algunos, el Magisterio^ asis­

2 Cfr. Rovira Belloso, o.c.> pág. 521 y ss.; Mateo-Seco, o.c., pág. 146 yss.
3 Juan Pablo II, Ibídem, 7.

118
tido por el Espíritu Santo, formuló progresivamente la doc­
trina de fe de la Iglesia. Como veremos, no se trata de resolver
un problema de matemáticas —cómo uno puede ser igual a
tres— sino de ilustrar racionalmente la verdad revelada de que
hay tres Personas distintas en una sola naturaleza divina; se
trata de un misterio de fe para el que nuestras palabras son su­
mamente limitadas.

1. Primeros textos cristianos

Ya hemos apuntado que algunos textos de las Cartas apostó­


licas sirvieron desde los comienzos como doxologías litúrgicas
de la Trinidad. La más difundida proviene de la segunda Carta
de San Pablo a los Corintios: «La gracia de nuestro Señor Jesu­
cristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo es­
tén con todos vosotros»4.
Algunos textos que se citan a continuación son contempo­
ráneos o incluso anteriores a los últimos documentos del
Nuevo Testamento. Este hecho ilumina el sentido y el contexto
de los escritos que, sin formar parte de la Sagrada Escritura, ex­
presan gozosamente la fe trinitaria que vivían los primeros cris­
tianos y las tradiciones procedentes de los Apóstoles5.
Bidajé, D idaché o D octrina de los D oce Apóstoles
Es uno de los primeros escritos cristianos, que recoge mate­
riales de diversa época. Suele fecharse su composición antes del
año70 y, en todo caso, en la segunda mitad del siglo I. Enlaza
con la predicación de los Apóstoles y en este libro se pone de
manifiesto la fe trinitaria de la Iglesia primitiva y su clara ex­
presión en el sacramento del bautismo, que se administraba

4 M isal romano. Ritos iniciales.


5 Cfr. Mateo-Seco, o.c., pág. 146 y ss.; Rovira Belloso, o.c., pág. 533 y ss.
m

ordinariamente por inmersión en los ríos, aunque se admitía


también por infusión derramando agua sobre la cabeza: j
«En cuanto al bautismo, bautizad de esta manera: DespuésJ
de haber enseñado todo lo que precede, bautizad en el norti- j
bré del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, en agua viva.
Si no tienes agua viva, bautiza con otra agua. Si no puedes i
hacerlo con agua fría, hazlo con agua caliente. Y si no tienes
ninguna de las dos, derrama tres veces agua sobre la cabeza, I
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»6. I
Carta a los Corintios de San Clemente romano ]
El papa Clemente I, tercer sucesor de San Pedro, escribió !
poco antes del año 96 una carta a los Corintios en la que en- j
contramos la fe trinitaria: J
i
«Aceptad nuestro consejo y no tendréis que arrepentiros. i
Porque vive Dios y vive el Señor Jesucristo y el Espíritu I
Santo, fe y esperanza de los elegidos: el que con senti- ¡
mientos de humildad junto a una perseverante modera- \
ción, sin echarse atrás, obra las sentencias y los manda-1
mientos dados por Dios, ése estará colocado y será ilustré |
entre el número de los salvados por Jesucristo, por medio j
del cual a Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén»7.|
En la misma carta del papa San Clemente encontramos el |
siguiente párrafo de fe trinitaria en el que se nos enseña que el I
ministerio eclesial se ejerce en obediencia a Cristo: I
«Los Apóstoles nos predicaron el Evangelio de parte delj
Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado de parte de Dios !

6 D idajé, 7, 1-3, en La Trinidad en los Padres de la Iglesia, o.c., pág. 28. La j


D idajé contiene normas morales, litúrgicas y de organización de la Iglesia; pa- \
rece que su origen es sirio o palestino; cfr. Padres Apostólicos, o.c., pág. 15 y ss/1
7 San Clemente romano, C arta a los Corintios, 58, 2; cfr. Padres Apostóla ]
eos, o.c., pág. 121 y ss. |

■ í
120
(Padre). Así pues, Cristo de parte de Dios, y los Apósto­
les de parte de Cristo. Los dos envíos sucedieron ordena­
damente conforme a la voluntad de Dios. Por tanto, ha­
biendo los Apóstoles recibido el mandato, y plenamente
convencidos por la resurrección de nuestro Señor Jesu­
cristo y confirmados en la fe por la palabra de Dios, lle­
nos de la certidumbre que les infundió el Espíritu Santo,
partieron para dar la alegre noticia de que el Reino de
Dios estaba para llegar»8. ' *
Carta a los Efesios, de San Ignacio de Antioquía (+ 107)
En esta carta San Ignacio alaba a los efesios por haber recha­
zado la mala doctrina que algunos querían difundir entre ellos
y pone como fundamento de tal actitud su fe en la Santísima
J Trinidad vivida en el seno de la Iglesia:
«Sois piedras del templo del Padre, dispuestos para la edi­
ficación de Dios Padre, elevados a lo alto por la máquina
de Jesucristo, que es la cruz, y ayudados del Espíritu
Santo que es la cuerda. Vuestra fe es la cabria; y el amor,
el camino que os conduce a Dios»9.
'El Pastor de Hermas
Este libro, escrito en su primera parte, probablemente, al
comienzo del siglo II, y la segunda entre los años 140-150, per­
tenece a la llamada literatura apocalíptica judía. En él encon­
tramos, en el primer mandamiento que recibe Hermas, un pá­
rrafo que confiesa la existencia de un Dios único:
«Ante todo, cree que existe un único Dios. Él ha creado y
ordenado el universo; ha hecho pasar to.das las cosas del

8 San Clemente romano, Ibídem , 42, 1-3, en Padres Apostólicos, o.c.,


pág. 175.
9 San Ignacio de Antioquía, C arta a los Efesio*, 9, 1, en Padres Apostólicos,
o.c., pág. 240; cfr. Fuentes patrísticas I, o.c., pág. 113.

121
no ser al ser; Él lo abarca todo. En cambio, sólo Él es ina­
barcable»10.
M artirio de San Policarpo
En una carta escrita en el año 156 por un cristiano lla­
mado Marción, de Esmirna, se describe el martirio de San
Policarpo, ocurrido unos meses antes. El autor pone en la­
bios del mártir una bella doxología trinitaria, es decir, una
proclamación de la gloria divina, que recuerda las fórmulas
litúrgicas:
«Señor Dios omnipotente: Padre de tu amado y bende­
cido siervo Jesucristo, por el que te hemos conocido,
Dios de los ángeles y de las potestades y de toda la crea­
ción, y de todo el pueblo de los santos que viven en tu
presencia: Yo te bendigo por haberme juzgado digno, en
este día, de tomar parte en el número de los mártires, en
el cáliz de Cristo, para la resurrección de la vida eterna
del alma y del cuerpo, en la incorruptibilidad del Espí­
ritu Santo... Yo te bendigo y te glorifico por medio del
Sumo sacerdote eterno y celestial Jesucristo, tu Hijo muy
amado, por el cual sea dada la gloria a Ti junto a Él y al
Espíritu Santo»11.
Estos textos tienen un marcado carácter pastoral. Van diri­
gidos a fortalecer la fe de los cristianos en el Dios Uno y Trino,
sea en el contexto del bautismo, sea en el ambiente de la ora­
ción sencilla y honda de los primeros cristianos a la Trinidad.
No se encuentra en ellos ninguna reflexión teológica, ni nin­
gún afán apologético, sino la enseñanza bíblica sobre Dios y la
alabanza al Dios Uno y Trino.

10 Cfr. E l Pastor de Hermas, 26, 1, en Padres Apostólicos, o.e., pág. 411.


11 Cfr. J. Quasten, Patrología /, o.c., pág. 87; cfr. Mateo-Seco, o.e., pág.
154 y s.

122
2. El gnosticismo

Al extenderse el cristianismo más allá del ámbito judaico en el


que había nacido, los cristianos se encontraron con culturas y
creencias muy variadas. En Grecia predominaba la llamada filo­
sofía helénica, que analizaba todas las cosas con gran racionali­
dad. Roma puso su fuerte sentido jurídico al servicio de un Im­
perio que ya estaba tambaleante por la descomposición social del
pueblo. Y en Oriente había numerosos mitos y creencias fantásti­
cas con orientación sincretista. La más poderosa de estas creen­
cias era el gnosticismo, corriente ideológica que se presentaba
como sabiduría superior a las creencias religiosas; estimaba que
sólo estaba al alcance de unas minorías selectas. La Iglesia sufrió
la primera embestida doctrinal, el llamado gnosticismo; pero los
Padres de la Iglesia desenmascararon sus falsos planteamientos y
los refutaron desde la revelación y con argumentos racionales; de
este modo dieron origen a la primera reflexión teológica.
El término griego «gnosis» significa conocimiento. La tra­
ducción griega de los Setenta utiliza este término para hablar
del conocimiento de Dios. San Juan y San Pablo utilizan este
vocablo para expresar que el conocimiento de Dios por la fe
sobrenatural es un don de Dios: San Juan pone en labios de
Cristo: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único
Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú has enviado» (Jn 17,
3). Y San Pablo dice: «A uno se le concede por el Espíritu pala­
bra de sabiduría, a otro palabra de ciencia» (1 Cor 12, 8).
Para los creyentes judíos y cristianos, la «gnosis» es, por
tanto, un conocimiento sobrenatural que procede de Dios; de
ahí que los autores hablen de la existencia de una legítima gno­
sis cristiana12. El problema surge cuando algunos pretenden

12 Cfr. GER, voz «gnosticismo»; cfr. Bouyer, Diccionario de Teología, voces


«conocimiento» y «gnosticismo»; Mateo-Seco, o.c., pág. 173 y ss.; Moliné, Los
Padres de la Iglesia, o.c., pág. 141; Trevijano, Patrología, o.c., pág. 67 y ss.

123
explicar los misterios cristianos incorporando mitos religiosos5
de Oriente, que desfiguran la revelación, y utilizando sin dis-f
cernimiento elementos de la filosofía griega, considerándola
como el criterio supremo de la verdad; de este modo surgieron;
diversas teorías en el siglo II, que tuvieron amplia difusión,
hasta mediado el siglo III y que reciben genéricamente el nom­
bre de «gnosticismo».
El gnosticismo es una amalgama o sincretismo de ideas per­
sas, babilónicas, egipcias y bíblicas con elementos de la filósb-
fía platónica. Se caracteriza por dar importancia al conocí-i
miento humano, la «gnosis», como clave del universo y de la.
salvación13; el gnosticismo es un movimiento radicalmente an-
tropocéntrico y elitista14.
En medio de su variada complejidad se pueden destacar en
el gnosticismo las siguientes características: (1) Antropocen-
trismo: estima que los hombres son parte de la divinidad,
«chispas» emanadas del ser superior, que han sido arrojadas^ al
mundo material, pero que por la «gnosis» podrán volver a su
estado inicial. 2) Dualismo de procedencia persa: en el mundo
hay una oposición irreductible entre el espíritu y la materia, el
bien y el mal, la luz y las tinieblas; la materia no puede proce-

13 Según Moliné, «el peligro que esto (el gnosticismo) constituyó parala
Iglesia fue mucho más considerable que el procedente de la opinión pública
contraria o el de las mismas persecuciones; pues este movimiento estaba ex­
tendido, era vigoroso, tenía un cierto prestigio intelectual, y decía aceptar la
fe cristiana y darle su interpretación correcta y profunda; a un nivel más po­
pular, daba respuestas aparentemente simples y parecidas a las cristianas; en
resumen, podía atraer no sólo a muchos cristianos con poca formación, inte­
lectuales o no, sino aun falsificar desde dentro el mensaje de la revelación»;
Moliné, o. c., pág. 143.
14 Según Trevijano, «el gnosticismo es uno de los movimientos ideológi­
cos, religiosos y filosóficos que a lo largo de la historia han buscado dar res­
puesta a las preguntas básicas que continuamente se hace el hombre sobre su
propia identidad y situación, origen y destino», o.c., pág. 68; cfr. Quasten,
Patrología I, o.c., pág. 251 y ss.; Moliné, o.c., pág. 141 y ss.

124
P f ■'

I der de Dios sino de una divinidad inferior, de un demiurgo,


Í
)or emanación. 3) Conjunto de ideas astrológicas y esotéricas:
os astros influyen en el mundo y condicionan la vida de los
¡I hombres. 4) Revelación: descenso de un ser superior a la mate-
I riaj para despertar al hombre de su situación corporal y que co-
h bre autoconciencia de sí mismo. 5) Salvación: autoliberación de
¡ la prisión corporal y elevación hacia el conocimiento y la expe­
lí rienda de un destino superior por la «gnosis» personal; carece de
\ sentido moral. 6) Ideas e imágenes apocalípticas: visión pesi­
mista del mundo. 7) Concepción platónica del alma: el alma ha
caído del cielo y está aprisionada por un cuerpo material15.

3. Los Padres apologistas

Frente a ésas teorías dualistas que se difundían por todas


partes, surgieron algunos escritores én defensa de la fe cristiana:
Afístides, San Justino, Atenágoras, Tertuliano y San Ireneo de
¿ Lyon. Son llamados Padres apologistas, porque defienden la fe
de la Iglesia expresada en los primeros credos cristianos y ofre­
cen argumentos mostrando su fundamento en la Revelación
divina, su racionabilidad y su credibilidad16.
Áfístides de Atenas (+ h. 140) afirma hacia el año 124 que
la consideración del movimiento, del orden y de la belleza del
mundo lleva a la existencia de un ser supremo, increado, in­
mutable, perfecto y único creador de todo lo que existe. Y ex­
pone el contenido esencial de la fe cristiana con la confesión de
la Trinidad: «Los cristianos toman su origen del Señor Jesu­
cristo. Este es confesado como Hijo del Dios Altísimo, descen­

15 Los principales representantes de estas teorías son Cerinto, Menandro,


Carpócrates, Cerdón, Basílides, Valentín, Bardesano y Marción; cfr. Quasten
y Moliné, o. c.
16 Cfr. Quasten I, o.e., pág. 278 y ss; cfr. Moliné, o.e., pág. 77 y ss.

125
I

dido del cielo por medio del Espíritu Santo para la salvación ;
de los hombres. Y, engendrado de una Virgen santa, sin fecun­
dación ni desfloración, tomó carne y se mostró a los hombres, j
con el fin de apartarlos del error del politeísmo»17.
San Justino, nacido en Palestina y martirizado hacia el año j
165, en su Primera apología,, escrita en Roma hacia el año 150, ;
muestra que,el dios que los filósofos griegos conciben como ser i
supremo coincide en gran manera con el Dios de Jesucristo, \¡
creador del mundo y autor de la historia de la salvación. Re- ;
chaza la acusación de ateísmo dirigida contra los cristianos, J
afirmando que «No negamos al Dios verdadero, Padre de la
justicia, de la pureza y de las demás virtudes, que no tiene co­
munión alguna con el mal»18. En San Justino encontramos los
primeros balbuceos teológicos sobre la Santísima Trinidad: ha-
bla del Logos, que procede de la voluntad del Padre, y del Es-
píritu Santo, a quien atribuye la iluminación de los profetas.
Atenágoras (+ h. 1 7 7 ) muestra una incipiente reflexión
trinitaria al defender la fe en Dios contra los que acusan a los
cristianos de ateos: «He demostrado suficientemente que no
somos ateos: admitimos un solo Dios, increado, eterno, invisi­
ble... Realmente, uno no puede menos de maravillarse al oír
llamar ateos a quienes admiten a un Dios Padre y a un Dios
Hijo y a un Dios Espíritu Santo, que muestran su potencia en
la unidad y su distinción en el orden»19.
San Ireneo de Lyon es el teólogo más importante del siglo II.
Oriundo de Esmirna (h. 130), fue discípulo de San Policarpo y
en el 177 ya es presbítero de Lyon; murió mártir hacia el año
200. Refutó las fantásticas especulaciones de los gnósticos sobre
un dios que se degrada en emanaciones, y los errores de los dua­

17 Aristides, Apología, 15, en Vives, o.c.,, pág. 63.


18 San Justino, Prim era Apología, 6, en M. Schmaus, o.e., pág. 423; cfr.
Trevijano, o.e., pág. 105 y ss.
19 Atenágoras, Defensa en fav o r de los cristianos, en Vives, o.e., pág. 89.

126
listas* según los cuales en Dios habría dos principios, uno bueno
y otro malo. Para ello, San Ireneo destaca la unidad absoluta de
Dios, ser enteramente espiritual, justo y santo. Junto a Dios no
existe una materia eterna, ni un demiurgo que origina el mundo
por emanación. Para ello resalta que sólo el Dios único es crea-
dor de todo lo que existe. Este Dios es el autor del Antiguo y del
Nuevo Testamento y el que se ha revelado plenamente en Cristo:
«Será bueno que comencemos por lo primero y más importante,
a saber, Dios, el creador que hizo el cielo y la tierra y todo lo que
en ellos hay ... El hizo todas las cosas por su propia y libre deci­
sión, sin que nadie le empujara a ello; pues El es el único Dios,
el único Señor, el único Creador, el único Padre, el único Sobe­
rano de todo, el que da la existencia a todas las cosas ¿Cómo po­
dría haber sobre El otra totalidad, otro principio, otro poder u
otro dios? Porque Dios ha de ser la totalidad de todas las cosas, el
que las contiene a todas en su infinitud, mientras que a El nada
puede contenerle. Si algo hubiera fuera de El, ya no sería la tota­
lidad de todas las cosas, ni las contendría a todas»20.
Al hablar de la Santísima Trinidad, distingue claramente en­
tre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y lo hace siempre en la
perspectiva de la economía de la salvación: «Quienes pertene­
cen a la Iglesia siguen una voz única que atraviesa el mundo
entero. Es una tradición segura que nos viene de los Apóstoles,
y que nos hace recibir una misma y única fe, creyendo todos
en un solo y mismo Dios, el Padre; creyendo todos en la misma
economía de la Encarnación del Hijo de Dios; reconociendo
todos el mismo don del Espíritu»21.

Después de los Padres apologistas nos encontramos con un


grupo de grandes teólogos de la escuela alejandrina, que pro­
fundizan en la explicación sistemática y armoniosa de toda la

20 San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 2, 1, 1, en Vives, o.c., pág. 113.


21 San ireneo de Lyon, Ibidem , 5, 20, en Mateo-Seco, o.c., pág. 181.

127
doctrina cristiana: entre ellos descuellan Clemente de Alejan­
dría y Orígenes.
A comienzos del siglo III Clemente de Alejandría (+ 211/215)
defiende la unicidad de Dios frente al politeísmo pagano; para
ello se sirve de la argumentación que le brindan las pruebas de
la existencia de Dios: por definición, Dios tiene que ser infi­
nito; en consecuencia, el ser infinito tiene que ser único.
Orígenes (185/255) sucede a Clemente en la escuela de Ale­
jandría. Considera la existencia de Dios como una verdad ase­
quible a la inteligencia del hombre; se llega al conocimiento del
Dios único mediante la contemplación de la naturaleza y la rec­
titud de vida, porque «todo lugar es parte del universo, y todo él
mundo es templo de Dios»22; y «el que tenga el corazón limpio
verá a Dios; y el que no lo tenga, no verá lo que aquél puede
ver»23. Orígenes enseña que la unicidad de Dios es la verdad pri­
mordial sobre Dios: «Un solo Dios, creador y ordenador de to­
das las cosas, que ha sacado el universo de la nada, Dios de todos
los justos desde el origen del mundo... Dios justo y bueno como
Padre de Nuestro Señor Jesucristo, autor de la Ley y los Profetas,
del Evangelio y de los Apóstoles, Dios del Antiguo y del Nuevo
Testamento»24. También afirma que en Dios están unidas la jus-
ticia y la bondad infinitas. No son incompatibles, sino insepara­
bles: no existe lo bueno sin lo justo, ni lo justo sin lo bueno. El
mal no proviene de Dios, sino de la libertad humana.
En lo referente a la Trinidad, Orígenes la considera en el
marco de la economía de la salvación: el Padre es el creador y
principio de todas las cosas; el Logos es el mediador; el Espí­
ritu Santo está presente dondequiera que hay santidad. Frente
a los gnósticos afirma que el Hijo no procede del Padre por di­

22 Orígenes, Contra Celso, 7, 44, en Vives, o.c., pág. 256; cfr. Trevijano,
o.c., pág. 160 y ss.
23 Orígenes, H om ilía in Lucam, 1, 3, en Vives, o.c., pág. 258.
24 Orígenes, De Principiis, 1, 4, en Mateo-Seco, o.c., pág. 186.

128
visión o emanación, sino que procede «de una generación
desde siempre y eterna, a la manera como el resplandor viene
de la luz»25; por esto, no hubo momento en el que el Hijo no.
existiera. También afirma la divinidad del Espíritu Santo:
«Hasta ahora no he hallado pasaje alguno de las Escrituras que
sugiera que el Espíritu Santo sea un ser creado»26; el Espíritu
Santo «está eternamente con el Padre y el Hijo, y como el Pa­
dre y el Hijo existe siempre, existió y existirá»27.

4. Monarquianismo y modalismo

La doctrina sobre la unicidad de Dios se fue imponiendo en


el ambiente cultural.- Quedó clara frente al particular mono­
teísmo judío, que rechazaba la trinidad de personas, y frente al
politeísmo pagano, carente de la más elemental racionalidad.
No obstante, surgieron algunos problemas en el seno de los
propios.cristianos, en buena parte debido a la propia profundi­
dad del misterio revelado y, en parte también, debido a la falta
de una filosofía y de unos términos que lo explicasen adecua­
damente28. Algunos pusieron tal énfasis en la defensa de la uni­
dad de Dios, algo que aparecía tan evidente y racional, que su­

25 Orígenes, De Principiis, 1, 2, 4, en Vives, o.c.„ pág. 264.


26 Orígenes, Ibídem, 1, 3, 3, en Vives, o.c., pág. 264.
27 Orígenes, Com. in Rom., 6, 7, en Vives, o.c., pág. 265.
28 Juan Pablo II describe así la hondura del misterio trinitario: «La ver­
dad sobre Dios uno y trino es el más profundo misterio de la fe y también el
más difícil de comprender: se presentaba, pues, la posibilidad de interpreta­
ciones equívocas, especialmente cuando el cristianismo se puso en contacto
con la cultura y la filosofía griegas. Se trataba de “inscribir” correctamente el
misterio del Dios trino y uno “en la terminología del ‘ser’ ”, es decir, de ex-
■ presar de manera precisa en el lenguaje filosófico de la época los conceptos
que definían inequívocamente tanto la unidad como la trinidad del Dios de
nuestra Revelación», discurso de 9-10-19 8 5, 8.
frieron la tentación de sacrificar la trinidad de personas en aras
de la unidad. Otros, por el contrario, defendieron la trinidad
divina de tal modo que de hecho destruían la unidad de D^os.
Entre los primeros está la herejía del monarquianismo, que
pretende defender una unidad absoluta en Dios en la que no es
posible admitir la trinidad de personas. El vocablo «monarquía-
nismo» se debe a Tertuliano, quien agrupa bajo este término a
los que, al defender la unidad de Dios, caen en el error de admi­
tir en Dios una sola persona, un solo monarca29. El monarquia­
nismo presenta dos caminos: el adopcionista y el modalista,

a) Monarquianismo adopcionista. Esta teoría defiende la


unidad de Dios y la distinción personal entre el Padre y el Hijo;
pero para defender la unidad no ve otro camino que negar la
divinidad del Hijo. En tal caso, Cristo, el Hijo de Dios, tendría
que ser un hombre que recibió la dignidad divina al descender
sobre él el Espíritu de Dios; el término «adopcionismo» quiere
expresar que Jesús sería hijo de Dios simplemente por adop­
ción, es decir, por una concesión libre y amorosa del Padre.
Según San Ireneo de Lyon, los ebionitas, un grupo de cris­
tianos judaizantes, decían en torno al año 180 que Cristo fue
un hombre «elegido por Dios» y el mayor de los profetas, pero
un «mero hombre» engendrado por María y José, no nacido
virginalmente.
Según el historiador Eusebio de Cesárea30, el primer defen­
sor de la teoría adopcionista fue Teódoto de Bizancio, discí­

29 Argumenta Tertuliano diciendo: «O es Padre, o es Hijo; pues el día no es


lo mismo que la noche, ni el Padre es el mismo que el Hijo, de forma que ambos
sean al mismo tiempo uno y otro, que es lo que quieren estos superficiales mo-
narquíanos», Tertuliano, Adversus Praxeam, 10, 1, en Mateo-Seco, o.c., pág. 194.
30 Eusebio de Cesárea dice que el papa San Víctor I (189-198) «excluyó :
de la comunión a Teódoto el curtidor, cabecilla y padre de esta apostasía ne-•
gadora de Dios, y primero en decir que Cristo fue un simple hombre», Histo-
ria eclesiástica, 5, 28, 6, en Mateo-Seco, o.c., pág. 195.

130
pulo de Valentín y residente en Roma a finales del siglo II. Para
Teódoto, Cristo sería un hombre común, nacido de la Virgen
María, que recibió una «dynamis» o fuerza divina al descender
el Espíritu Santo sobre él en el Bautismo. Esta dynamis habría
convertido a Cristo en un hombre superior, pero simplemente
hombre.
' El adopcionista más famoso fue Pablo de Samosata, minis­
tro de la reina Zenobia de Palmira y después, entre los años
260 y 280, obispo de Antioquía. Pensaba de Cristo «cosas ba­
jas y mezquinas, contrarias a la enseñanza de la Iglesia», según
Eusebio de Cesárea31. Decía que Cristo era un hombre común
y que el Logos no era más que una fuerza divina impersonal
que fue dada a Cristo para que le guiase. El Hijo y el Espíritu
solo serían fuerzas divinas identificadas con la persona del Pa­
dre.. Pablo de Samosata utiliza el término «homousios» = con­
substancial, para afirmar que el Logos forma con el Padre una
esencia, pero niega la diferencia personal entre el Padre y el
Hijo; no reconocía tres personas en Dios, sino que dio el nom­
bre de Padre al Dios que creó todas las cosas; de Hijo, al que
era meramente hombre; y el de Espíritu, a la gracia que residía
en los Apóstoles32. Más tarde, el concilio de Nicea utilizará el
término «homousios» para afirmar la perfecta igualdad de natu­
raleza del Hijo con el Padre al mismo tiempo que afirma la di­
ferencia personal entre el Padre y el Hijo.
La herejía adopcionista no caló en el pueblo cristiano, de­
bido quizá a la frialdad de su planteamiento, tan ajeno a la go­
zosa contemplación de un Dios encarnado, que ha venido al
mundo para salvar a los hombres.

b) Monarquianismo modalista. Este error fue defendido


por Noeto, Práxeas y especialmente por Sabelio. El modalismo

31 Cfr. ibidem, 7, 27> 2.


32 Cfr. Quasten, Patrología I, o.e., pág. 446 y ss.

131
niega que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo sean personal
sujetos divinos real y eternamente distintos; no recono« esn
ellos más que unos modos de manifestación en la historia dely
salvación de un Dios unipersonal. Al querer afirmar, al mism||
tiempo, que Cristo es Dios lo explica no como la Persona dil
vina que tiene la misma substancia que el Padre, sino como til
modo distinto de manifestarse el Padre.
Según Sabelio, Dios se habría manifestado como Padre eíi
la creación, después como Hijo en la redención y, finalmente!!
como Espíritu Santo en la santificación de los fieles; pero sieríil
pre sería la misma persona la que se habría manifestado en f¿í||
mas o modos diversos. Para expresar esta triple modalidad ám
manifestación, Sabelio emplea el término griego «prósopóñf í
persona, uno de los que será utilizado más adelante para explil
car el misterio de la Trinidad; pero aquí Sabelio lo utiliza sóloi
en su primer significado etimológico de «máscara» o «caretatíl
Según esto, Dios se habría puesto la careta, en primer lugar, del
Padre, después la de Hijo y finalmente la de Espíritu Santo!!
Aunque Sabelio habla de una trinidad en Dios, no se trata del
la Trinidad de personas realmente distintas, sino de una simple!
apariencia.
Como salta a la vista, hay mucha imaginación en Sabelio fi
ausencia de análisis racional de la realidad divina. A los modatf
listas se les llama también «patripasianos», porque una de : us 3
corrientes afirma que «Cristo era el mismo Padre, y que el Pa
dre fue el que había nacido, padecido y sufrido» en la cru733

33 Según San Hipólito de Roma, Contra Noeto, 1. En otro escrito San.


Hipólito dice que los modalistas afirman que «el Padre y el llamado Hijo sonJ
uno y el mismo, no uno que procede del otro, sino el mismo de sí mismo,\
llamado tanto Padre como Hijo según el orden temporal», Refutación de las l
herejías, 9, 10. Por su parte, Tertuliano dice que Práxeas afirmaba que «fue el ]
Padre el que descendió a la Virgen, nació de ella, sufrió. Él fue en realidad Je­
sucristo», Adversus Prdxeam, 1.

132
Estas afirmaciones dan la impresión de encontrarnos en el am­
biente de los mitos orientales, que buscan fascinar la imagina­
ción del hombre, porque carecen de los argumentos intelec­
tuales que explican el misterio trinitario.
* Carece de sentido hablar de una Trinidad que se manifiesta
de modo sucesivo en la historia de la salvación, es decir una
Trinidad económica o funcional, cuando no se admite laTrini-
dad en sí misma, en el mismo ser de Dios. Si no hubiera Trini-
dg¿eñ el mismo seno de Dios, no se podría hablar de una Tri­
nidad que salva a los hombres.
El Papa Ceferino (198/217) rechazó el patripasianismo,
afirmando que «no fue el Padre el que murió, sino el Hijo»34. Y
el Papa San Dionisio (259/268) condenó a Sabelio con pala­
bras muy duras. «Éste (Sabelio) blasfema diciendo que el
mismo Hijo es el Padre y viceversa»35.

5. Subordinacionismo: la crisis arriana

En la línea de defender la unidad de Dios también se dieron


otros errores que llenaron de confusión el siglo IV. El error que
más se extendió, principalmente en Oriente, y produjo un
daño grande entre los fieles fue eLarrianismo, que defendía un
cristianismo adaptado a la filosofía y a la mentalidad de la
época; para ello subordinaba el Hijo al Padre hasta el punto de
negar la divinidad del Hijo. La designación de «Hijo de Dios»
aplicada a Jesucristo nó debía tomarse literalmente sino de
modo figurado. Sus seguidores fueron muy polémicos, obsti­
nados y con argumentos variados.
Al hablar de subordinación conviene distinguir la subordi­
nación en el ser de la subordinación en el orden, referencia o

34 Cfr. DH, 105. • 35 Cfr. DH, 112.

133
precedencia. También es oportuno distinguir la subordinación
real de la subordinación en los modos de expresarse. Hay su­
bordinación en el ser cuando un ser es menos perfecto que
otro; por ejemplo, el hombre con respecto a Dios. Hay subor­
dinación en el orden cuando un ser es posterior a otro, aunque
tenga el mismo ser o naturaleza, como ocurre entre el hijo y su
padre; ambos son personas humanas, con el mismo ser o natu­
raleza, pero uno es anterior al otro y goza de una mayor vene­
ración o preeminencia por razón de que el padre ha dado la
vida al hijo.
Por eso es lícito hablar no de una subordinación, sino de un
orden en las Personas divinas, pues el Padre es fuente y origen
de toda la Trinidad. De hecho en el lenguaje cristiano es co­
rriente llamar al Padre la «primera» persona de la Santísima Tri­
nidad, al Hijo la «segunda», y al Espíritu Santo la «tercep». Se
trata de una subordinación en el orden de las Personas. La fe
católica afirma que «en la Santísima Trinidad nadie es antes ni
después, nada mayor o menor, sino que las tres Personas son
coeternas e iguales entre sí», como confiesa el Símbolo Atana-
siano, 25-26.
La herejía del subordinacionismo trinitario consiste en afir­
mar una diferencia en el ser, es decir una diferencia y subordi­
nación ontologica entre las Personas divinas. Se trata de una
subordinación real que lleva a negar la divinidad del Hijo y del
Espíritu Santo. La subordinación en el modo de expresarse que
encontramos en no pocos escritores cristianos del siglo IV (poi
ejemplo, Orígenes), se debe a una deficiencia en el uso de unos
términos que aún no estaban perfectamente aquilatados y defi­
nidos, o a error en los razonamientos, pero en plena adhesión
personal a la fe cristiana.
Arrio (256/336), presbítero de Alejandría, queriendo de­
fender la unidad del Dios trinitario, no vio otra manera de ex­
plicarlo que recurrir al fácil expediente de subordinar de modo
real al Hijo con respecto al Padre. Arrio temía que la divinidad
de las tres Personas divinas llevara a los cristianos a aceptar el
politeísmo de los paganos. En su razonamiento, Arrio enten­
dió que el Hijo de Dios era «desigual» al Padre —«de una sus­
tancia distinta de la del Padre»—, pues no habría sido engen­
drado en toda la eternidad, sino que habría sido «hecho» de la
nada por el Padre en el tiempo, y «adoptado» como Hijo; es
decir, sería Dios en sentido impropio, no por naturaleza sino
por gracia o adopción. Arrio no sólo niega la existencia eterna
del Hijo, sino la eterna paternidad del Padre36.
El error fundamental de Arrio está en que niega la genera­
ción eterna en Dios y, en consecuencia, niega la auténtica pa­
ternidad del Padre. Arrio aplica a Dios el concepto de genera­
ción material; por tanto, si Dios engendrase, habría dos dioses,
el engendrante y el engendrado; en consecuencia, Dios no
puede ser Padre en sentido propio, sino sólo en sentido figu­
rado. Además, si el Verbo fuera engendrado, tendría que ser
posterior al engendrante y, en consecuencia, no puede ser
eterno; por tanto, tampoco el Hijo puede ser Hijo en sentido
propio, sino de modo relativo, por adopción. Hay un subordi-
nacionismo radical al considerar al Hijo hecho en el tiempo.
Ante tal planteamiento, Arrio no ve más salida que afirmar que
el Hijo no puede ser de la misma sustancia que el Padre; ha de
ser criatura, un ser intermedio entre Dios y los hombres, a
quien Dios dio la existencia para crear el mundo.

36 Después del año 320 Arrio escribió así su teoría: «El Dios no siempre
fue Padre; sino que alguna vez el Dios estaba solo sin ser Padre y más tarde se
hizo Padre. No siempre existió el Hijo; porque habiendo sido hechas todas
las cosas de la nada, y siendo todas las cosas criaturas y obras, también el
Verbo de Dios fue hecho de la nada, y alguna vez no existía; ni existía antes
de ser hecho, sino que también él tuvo principio al ser creado. Porque Dios
estaba solo y no existían aún el Verbo y la Sabiduría. Más tarde, cuando quiso
creamos, entonces hizo a uno y lo llamó Verbo y Sabiduría e Hijo, para crear­
nos a nosotros por su medio» T halíat en Mateo-Seco, o.c., pág. 204.

135
6. El Concilio de Nicea (325)

En el año 325 se reunió el Concilio de Nicea en presencia del


emperador Constantino con la asistencia de más de 300 obis­
pos. El Concilio estudió los planteamientos de Arrio y dio una
definición de fe basándose en el testimonio dado por Jesucristo:
«Creemos en un solo Dios, Padre omnipotente, creador
de todas las cosas visibles e invisibles; y en un solo Señor,
Jesucristo, el Hijo de Dios, engendrado unigénito del Pa­
dre, es decir, de la sustancia — “ousía”— del Padre, Dios
de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no hecho, consustancial — “hom ousion-^
al Padre, por quien todas las cosas fueron hechas, las que
hay en el cielo y las que hay en la tierra [...] y (creemos)
en el Espíritu Santo»37.
La confesión de fe dé Nicea tiene una estructura claramente
trinitaria: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Afirma la unici­
dad de Dios —hay un sólo Dios, una única sustancia— y la Tri­
nidad de Personas. Para entender cabalmente esta declaración
hay que téner en cuenta la evolución del significado de las pala­
bras con el correr de los tiempos. Por ejemplo, para hablar de la
Trinidad él Concilio de Nicea no utiliza el término «persona»,
entonces aún no perfilado, sino simplemente los nombres bíbli­
cos de Padre, Hijo y Espíritu Santo. En segundo lugar, a partir
de Nicea, los Padres, particularmente San Atanasio de Alejan-1
dría (+ 373)38, incorporan a la explicación de la fe de la Iglesia
un término que no es bíblico, aunque sí la realidad que designa;
se trata del término «sustancia», en griego «ousía», utilizado para
salir al paso de la afirmación de Arrio de que el Verbo era de una;
sustancia diversa de la divina, de la sustancia del Padre, y que se ;

37 DH, 125, traducción de la versión griega.


38 Cfr. Trevijano, o.c., pág. 175 y ss.

136
llamaba Hijo no en sentido propio, sino adoptivo. En la genera­
ción eterna del Verbo, el Padre entrega al Hijo su propia sustan­
cia, es decir, el Hijo es de la misma naturaleza que el Padre —«ho-
mousios» - consustancial—; puntualizan esa identidad de
naturaleza al rechazar el término criatura que usaba Arrio. En
tercer lugar, al referirse al Hijo, el Concilio en un apéndice al
símbolo condena expresiones concretas utilizadas por los arria-
nos: «Los que, en cambio, dicen: “Hubo un tiempo en que no
fue”, y: “Antes de ser engendrado, no era” y que fue hecho de
la nada, dicen que el Hijo de Dios es de otra hipóstasis o sus­
tancia o creado, o cambiable o mudable, los anatematiza la
Iglesia católica»39. En cuarto lugar, el Concilio no hace nin­
guna declaración doctrinal acerca de la Persona del Espíritu
Santo, ya que aun no se había dado ningún motivo para ello
(las herejías sobre la Tercera Persona aparecerán un tiempo más
tarde).
En una carta escrita á los egipcios, el Concilio especifica lo
siguiente: «Ante todo fue examinado, en presencia del piísimo
emperador Constantino, la impiedad y la perversidad de Arrio
y de sus seguidores. Por unanimidad decidimos condenar su
impía doctrina y las expresiones blasfemas con que se expre­
saba a propósito del Hijo de Dios: sostenía, en efecto, que
venía de la nada y que antes del nacimiento no existía, y que
era capaz del bien y del mal; en una palabra, que el Hijó de
Dios era una criatura. El Santo Concilio ha condenado todo
ésto»40.
El Catecismo resume lás vicisitudes que atravesó la Iglesia en
la formación de la doctrina trinitaria en estos términos: «Du-
fante los primeros siglos, la Iglesia formula más explícitamente
su fe trinitaria tanto para profundizar su propia inteligencia de
la fe como para defenderla contra los errores que la deforma­

39 DH, 126. • 40 DH, 130.

137
ban. Esta fue la obra de los Concilios antiguos, ayudados por
el trabajo teológico de los Padres de la Iglesia y sostenidos por el
sentido de la fe del pueblo cristiano»41.

7. Controversias y progreso teológico

No todos los obispos fueron fieles a la enseñanza de Nicea y


buscaron fórmulas de compromiso entre Nicea y Arrio. Así, en
Asia Menor surgieron muchas variantes conocidas con el nom­
bre de «semiarrianos», que utilizaban diversas sutilezas para
evitar el término «consustancial» aplicado al Hijo con relación
al Padre. Para esto afirmaban que el Verbo era «desemejante»,
«semejante», de «sustancia semejante», etc.
Para explicar la fe cristiana Juan Pablo II dice: «Según la en­
señanza apostólica, el Hijo es de la misma naturaleza que el Pa­
dre porque es el Dios-Verbo. En este Verbo y por medio de El
todo ha sido hecho, ha sido creado el universo. Antes de la
creación, antes del comienzo de “todas las cosas visibles e invi­
sibles”, el Verbo tiene en común con el Padre el Ser eterno y la
Vida divina, siendo “la irradiación de su gloria y la impronta
de su sustancia” (Hebr 1, 3). En este Principio sin principio el
Verbo es el Hijo, porque es eternamente engendrado por el Pa­
dre. El Nuevo Testamento nos revela este misterio para noso­
tros incomprensible de un Dios que es Uno y Trino»42.

41 CCE, 250. A continuación, el Catecismo explica: «Para la formulación


del dogma de la Trinidad, la Iglesia debió crear una terminología propia con
ayuda de nociones de origen filosófico: “substancia”, “persona” o “hipóstasis”,
“relación”, etc: Al hacer esto, no sometía la fe a una sabiduría humana, sino
que daba un sentido nuevo, sorprendente, a estos términos destinados tam­
bién a significar en adelante un Misterio inefable, “infinitamente más allá de
todo lo que podemos concebir según la medida humana”» (CCE, 251).
42 Juan Pablo'II, discurso de 6 -11-19 85 , 2; cfr. J. Ratzinger, Teoría de los
principios teológicos, o.c., pág. 131 y ss., donde hace un agudo análisis de la
controversia.

138
No se trata de una cuestión aritmética (tres en uno), sino de
intentar comprender, aunque sea de modo elemental, el signifi­
cado de los conceptos «persona» y «naturaleza». Si tenemos en
cuenta al ser humano, la palabra naturaleza responde a la pre­
gunta «qué» es, «qué» somos todos los hombres; en cambio, la
palabra persona responde a la pregunta «quién» es el hombre. La
naturaleza dice relación a nuestro obrar; nos dice que no somos
piedras, ni árboles, ni peces; nuestra naturaleza indica lo que so­
mos y lo que podemos hacer de acuerdo con lo que somos; por
ejemplo, podemos pensar, pero no podemos volar por nosotros
mismos. La persona se ha definido como «sustancia individual
de naturaleza racional» (Boecio); en otras palabras, el término
persona indica que tenemos la capacidad de pensar y de decidir
por nosotros mismos y que somos los sujetos de todas nuestras
acciones, sea pensar, decidir o correr43. En definitiva, la persona
es un todo del que la naturaleza es la parte fundamental.
Con esas premisas podemos decir que la eterna generación
en Dios es de naturaleza absolutamente espiritual, por la senci­
lla razón de que Dios es espíritu. Arrio cometió la torpeza inte-
léctual de aplicar a Dios la generación que se da en los seres
corporales. Nicea, basándose en la Revelación, afirma que Je­
sucristo es el Hijo de Dios; si es Hijo ha de ser engendrado y,
por consiguiente, tiene numéricamente la misma sustancia que
el Padre y no distinta. La teología aplica el concepto de genera­
ción a Dios por analogía con el proceso de conocimiento hu­
mano: el hombre, al conocerse a sí mismo, produce una imagen
de sí mismo, un «concepto», es decir, una «idea concebida», que
basándose en el término latino «verbum» es llamada con frecuen­
cia verbo interior. De este modo, se aplica a la generación del
Hijo el término «concepto» eterno y Verbo interior de Dios. La
explicación que dan los Padres de la Iglesia es la siguiente: Dios,

43 Cfr. Shecd, F. J, Teología y sensatez, Herder, Barcelona21972, pág. 73 y ss.

139
conociéndose a Sí mismo, engendra al Verbo-Hijo, que es Dios
como el Padre, como el que engendra, e Hijo, como el que es
engendrado, en la suprema identidad de la.Divinidad, que ex­
cluye una pluralidad de dioses. El Verbo es el Hijo de la misma
naturaleza que el Padre, y es con Él el Dios único de la revela­
ción del Antiguo y del Nuevo Testamento.
La controversia teológica posterior a Nicea contra el arria-
nismo la realizan San Atanasio de Alejandría (+ 373) y los Pa­
dres capadocios ---San Basilio (+ 379), San Gregorio de Na-
cianzo (+ h. 390) y San Gregorio de Nisa (+ h. 396)— quienes
desarrollan la teología trinitaria y perfilan los conceptos de sus­
tancia y persona. Entienden por «ousía» la naturaleza, sustan­
cia o esencia, que es común a todos los seres de la misma espe­
cie; «hom ousios» significa consustancial, que tiene la misma
sustancia o naturaleza que el otro ser con el que se relaciona; y
perfilan el concepto de «hipóstasis» entendiéndolo como la rea­
lidad individual que distingue a io concreto en contraposición
al concepto de «ousía» y que terminará significando persona.
Consideraron como nota característica del Padre el ser fuente
originaria y no ser engendrado; del Hijo, el ser engendrado; y
del Espíritu Santo, proceder del Padre y del Hijo44.

8. La divinidad del Espíritu Santo

Después del Concilio de Nicea hubo un período de luchas


enconadas especialmente sobre el término «novedoso» utili­
zado por el Concilio: el «homousios», consustancial, para defi­

44 El Catecismo explica esos términos del modo siguiente. «La Iglesia uti­
liza él término “substancia” (traducido a veces también por “esencia” o por
“naturaleza”) para designar el Ser Divino en su unidad; el término “persona”
o “hipóstasis” para designar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en su distin­
ción real entre sí; el término “relación” para designar el hecho de que su dis­
tinción reside en la referencia de cada uno a los otros», CCE, 252.

140
nir la identidad numérica de naturaleza entre el Padre y el
Hijo. Pero la lógica arriana, que niega la divinidad del, Hijo,
llevaría a negar también la divinidad del Espíritu Santo.
Un grupo enemigo de Arrio, dirigido por Macedonio
(+ h. 362), obispo de Constantinopla, defiende que el Hijo
tiene la misma sustancia del Padre por haber sido engendrado;
se basa en esto para negar la divinidad del Espíritu Santo, pues
Este no ha sido engendrado. El arriano Eunomio dice: «Uno
solo es el Espíritu Santo, la primera y la mayor de todas las cosas
hechas por el Hijo, por mandato del Padre, creado por la. ac­
tividad y por el poder del Hijo»45; a este grupo se les llama
«pneumatómacos» por ser adversarios del Espíritu Santo; y «ma-
cedonianos» por ser seguidores de Macedonio46.
Los Padres capadocios plantean el monoteísmo cristiano
desde la contemplación de la Trinidad: «Desde la luz, que es el
Padre, entendemos al Hijo en la luz, esto es, en el Espíritu; teo­
logía breve y simple de la Trinidad», dice San Gregorio Nacian-
fceno47. Y argumenta a continuación: «Si hubo un tiempo en el
que el Padre no era, hubo un tiempo en el que no era el Hijo. Si
hubo un tiempo en el que el Hijo no era, hubo un tiempo en el
que tampoco era el Espíritu. Y si uno de ellos era “desde el prin­
cipio” (1 Jn 1, 1), también eran los tres. Si tu abajas a uno solo,
oso decirte que destronas de lo alto a los otros' dos».
San Basilio de Cesárea (+ 379) es el primero que escribe un
tratado «Sobre el Espíritu Santo» en el año 37548 y perfila la
doctrina que culminará en el primer Concilio de Constantino-

45 Eunomio, Apología, 28, en Basilio de Cesárea, E l E spíritu Santo, o.e.,


pág. 20; cfr. Trevijano, o.e., pág. 191 y ss.
46 Cfr. M. Schmaus I, o.e., pág. 431 y ss.
47 San Gregorio Nacianceno, Los cinco discursos teológicos, o.e., 5, 3.
48 San Basilio de Cesárea, El Espíritu Santo, o.c; cfr. Quasten, Patrología II,
o.e., pág. 224.. También escribieron sobre el Espíritu Santo, entre otros, San Ci­
rilo de Jerusalén en su catequesis del año 350, Dídimo el Ciego hacia el año
375, San Gregorio Nacianceno hacia al año 380, obras citadas en la Bibliografía.

141
pia. Su planteamiento descansa en la consideración de la mi­
sión del Espíritu Santo, es decir, en su función en la historia de
la salvación, argumentando contra los macedonianos que si el
Espíritu Santo no fuese Dios, no podría hacernos partícipes de
la vida divina.
Un estupendo resumen de la doctrina de San Basilio sobre
el Espíritu Santo nos la ofrece Juan Pablo II: «Es el Espíritu
dado a todo el que se bautiza quien infunde en cada uno los
carismas y les recuerda los preceptos del Señor; es el Espíritu
quien anima a toda la Iglesia y la ordena y vivifica con sus do­
nes, haciendo de toda ella un cuerpo espiritual y carismàtico.
De aquí se eleva San Basilio a la serena contemplación de la
gloria del Espíritu, misteriosa e inaccesible, confesándolo, por
encima de toda creatura, Rey y Señor, porque por Él hemos
sido divinizados, y Santo, porque por El somos santificados.
Así, pues, San Basilio, habiendo contribuido a la formulación
de la fe trinitaria de la Iglesia, le habla todavía hoy a su corazón
y la consuela, especialmente con la luminosa confesión de su
Consolador»49.
San Basilio plantea la divinidad del Espíritu Santo desde la
oración de la Iglesia; en concreto, desde la liturgia bautismal
en obediencia al mandato de Mt 28, 19. El mandato del bau­
tismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo
muestra tanto la igualdad entre las Personas divinas como la
plena comunión entre ellas de los atributos divinos y del honor
que les tributa la liturgia. San Basilio utilizaba indistintamente
estas dos fórmulas: la tradicional «Gloria al Padre por medio
del Hijo en el Espíritu Santo» y otra que él formuló: «Gloria al
Padre con el Hijo y con el Espíritu Santo»50.

49 Juan Pablo II, Patres Ecclesiae (Carta Apostólica con ocasión del XYI
Centenario de la muerte de San Basilio), 2 -0 1-19 8 0 , en Mateo-Seco, o.e.,
pág. 238.
50 Cfr. San Basilio, Sobre el Espíritu Santo , 1, 3, en o.e., pág. 106.

142

t
A partir del Concilio de Alejandría (362) se va perfilando
la terminología trinitaria y la declaración explícita de la divi­
nidad del Espíritu Santo. Al conocimiento sigue el amor.
Cuando conocemos algo, si este algo es bueno y perfecto,
despierta en nosotros un amor proporcionado a su bondad.
Este amor que procede de nuestro acto de voluntad, es un
impulso hacia el ser amado, una fuerza, un aliento vital, que
nos lleva a él, que nos une, que nos vincula, nos encadena.
De modo análogo a aquel acto infinito y eterno de conoci­
miento con el que el Padre engendra al Verbo por vía de ge­
neración, así el acto de amor eterno con el que el Padre y el
Hijo se aman mutuamente, da origen por vía de proceden­
cia, como de un solo principio, a la Persona del Espíritu
Santo, vinculación de Dios con Dios —después de haber vin­
culado al Padre y al Hijo en la común espiración—, que cie­
rra, por decirlo así, el círculo de las operaciones intratrinita-
rias, en una unidad perfecta, infinitamente activa y completa,
fecunda y gozosa51.

51 Santo Tomás da la siguiente explicación del Amor de Dios: En Dios


hay Voluntad y su acto propio es el Amor; luego en Dios hay Amor. Cono­
cida la existencia del Amor en Dios nos preguntamos sobre qué objetos re­
cae. Esto nos lleva a considerar el Amor de Dios con relación a sí mismo y
con relación a las criaturas. Aquí nos interesa el primer aspecto y decimos
que el Amor interno de Dios se puede considerar desde tres puntos de vista:
1. Esencialmente; en este sentido el Amor de Dios es el acto de la Voluntad
por el que Dios se ama. Este Amor conviene por igual a las tres divinas Per­
sonas, porque en Dios la Voluntad y los actos de amor y gozo se identifican
con la esencia divina. 2. Como el origen activo del Espíritu Santo -Am or
originante-; aquí se trata del acto de amor con que el Padre y el Hijo se aman
mutuamente, dando origen por vía de procedencia a la Tercera Persona, el
Espíritu Santo. Este Amor convienen al Padre y al Hijo, pero no al Espíritu
Santo, que es térm ino de ese amor; se llama Amor originante del Espíritu
Santo. 3. Como término de la espiración activa -Am or originado-; es decir, el
Espíritu Santo como Persona divina. Este Amor conviene únicamente al Es­
píritu Santo y no al Padre ni al Hijo (cfr. S. Th., 1, 36 y 37).

143
En el año 381, en el primer Concilio de Constantinopla se
define la divinidad del Espíritu Santo y se completa el símbolo
de Nicea. Dice así en lo referente al Espíritu Santo:
«Y (creemos) en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida,
que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo recibe una
misma adoración y gloria, y que habló por los profet;:as»52
Esta definición ofrece los siguientes argumentos sobre la di­
vinidad del Espíritu Santo. En primer lugar, con el calificativo
bíblico «Santo» (Le 1, 35; Jn 14, 26) que, en su radicalidad,
sólo se aplica a Dios: sólo Dios es santo; en segundo lugar, con
el nombre «Señor», utilizado por la Escritura para expresar la
divinidad del Hijo y del Espíritu Santo (como ya se ha dicho,
el término «Dios» se reserva para la persona del Padre); en ter­
cer lugar, la expresión «dador de vida», queriendo expresar que
se atribuye al Espíritu Santo la tarea de santificar a los fieles y
dé resucitar los cuerpos al fin del mundo (cfr. Rom 8, 11); en
cuarto lugar, con la afirmación de Jesucristo «que procede del
Padre» (Jn 15, 26), para expresar su origen y su misión divinas;
en quinto lugar, mostrando que el Espíritu Santo merece igual
«adoración y gloria» que el Padre y el Hijo, lo que no ocurriría
si el Espíritu Santo no fuese Persona divina; por último, la ex­
presión «habló por los profetas» reafirma la divinidad del Espí­
ritu Santo.
El Catecismo enseña que «antes de su Pascua, Jesús anuncia el
envío de “otro Paráclito” (Defensor), el Espíritu Santo. Éste, que
actuó ya en la Creación y por los Profetas, estará ahora junto a
los discípulos y en ellos, para enseñarles y conducirlos “hasta la
verdad completa” (Jn 16, 13). El Espíritu Santo es revelado así
como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre»53..

52 DH, 150.
53 CCE, 243.

144
'J

Con la doctrina del Concilio de Constantinopla queda de­


finida de modo completo la fe cristiana sobre la Santísima Tri­
nidad. A raíz de este concilio disminuyeron las polémicas y se
extendió por Oriente y por Occidente el símbolo niceno-cons-
tantinopolitano como la expresión genuina de la fe católica. El
jCatecismo resume la doctrina sobre el Padre y el Hijo en estos
términos: «Siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia confesó
en el año 325 en el primer Concilio Ecuménico de Nicea que
el Hijo es “de la misma naturaleza que el Padre”, es decir, un
solo Dios con él. El segundo Concilio Ecuménico, reunido en
Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su
formulación del Credo de Nicea y confesó “al Hijo Unico de
Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado,
consubstancial al Padre”»54.
En los capítulos siguientes nos corresponde analizar los con­
ceptos y las razones teológicas de esta expresión de fe trinitaria.
Los teólogos llaman «teología sistemática» al estudio de tales
conceptos y razonamientos.

CCE, 242.

145