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M ir t a H enault

P eggy M orton

I s a b e l L a r g u ia

Las Mujeres
dicen Basta

E d ic io n e s NUEVA MUJER
Casilla de Correo 2825
Buenos Aires
Copyright Pedro Sire-
ra, Corrientes 1513
Buenos Aires.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723


Impreso en Argentina
Printed in Argentina
A GABRIELA
Agradecemos la colaboración de ISABEL
LARGTJ1A por autorizamos la publicación de
su trabajo LA MUJER, aparecido- anteriormen­
te en la “Revista Casa de las Américas” (64-65),
con el título HACIA UNA CIENCIA DE LA
LIBERACION DE LA MUJER y a PEGGY
MORTON de auien reproducimos el artículo
EL TRABAJO' DE LA MUJER NUNCA SE
TERMINA, publicado > en "LeiMthan”, periódi­
co feminista de San Francisco, extractado par­
cialmente de un trabajo suyo más extenso sobre
la familia bajo el capitalismo.
PROLOGO

Nosotras, integrantes del grupo feminista NUEVA


MUJER adherido a UFA (Unión Feminista Argentina),
pretendemos a partir de este volumen desarrollar los dis­
tintos temas que atañen a la problemática de la mujer
en todas sus estructuras:
1?) Como ser biológico en la maternidad;
29) Como reproductora de la fuerza de trabajo en sus
tareas domésticas;
39) En la producción social;
4?) En su sexualidad.
Creemos que estas estructuras forman parte del con­
dicionamiento que la sociedad ha impuesto a las mujeres
y desde ningún punto de vista —ni biológico ni psicoló­
gico— son el resultado de su “naturaleza”.
Por lo tanto, consideramos fundamental elevar la
conciencia de nuestras hermanas, cuales han sido y son
las causas y los resultados de ese condicionamiento que
nos han llevado a ser el sector colonizado de la huma­
nidad.
Para comenzar estas publicaciones hemos elegido los
trabajos de tres feministas que en estos momentos reali­
zan actividades en el Movimiento de Liberación en dis­
tintos países.
Mirta Henaulí, argentina, en su trabajo realiza un
análisis de la situación de las mujeres a través de los
grandes cambios ocurridos en la historia moderna.

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Peggy Morton, de Toronto, plantea la evolución de
la familia a partir de la revolución industrial y sus pers­
pectivas hacia el futuro.
Isabel Larguía, argentina, desarrolla, a partir de la
teoría de Marx, una explicación socio económica de las
causas de la inferiorización femenina que determinaron
su diferenciación caracterológica.
Creemos que estos trabajos resultarán útiles para
una toma de conciencia de la realidad de nuestra opre­
sión. Pero al mismo tiempo que em realidad pue'de s]er
cambiada.
A nosotras corresponde realizar el cambio:
¡HAGAMOSLO!

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MIRTA HENAULT

LA MUJER Y LOS
CAMBIOS SOCIALES

LA MUJER COMO PRODUCTO DE LA HISTORIA

Las mujeres aparecen,,, durante cualquier época his­


tórica a la que nos remontemos, como el grupo humano
más numeroso que tiene características específicas distin­
tas a los varones. Como “lo otro” en relación a ellos.
En un estudio hecho hace más de 30 años sobre la
problemática femenina (“El Segundo Sexo"1’ —la primera
y más importante obra dedicada al tema—), Simone de
Beauvoir plantea que el acercamiento que estableció Be-
bel entre el proletariado y las mujeres sería el mejor
fundado. “Tampoco los proletarios se encuentran en infe­
rioridad numérica y no han constituido jamás una colec­
tividad separada, h ^ un desarrollo histórico que explica
su existencia como clase y que informa acerca de la dis­
tribución de esos individuos como clase”, y agrega que,
sin embargo, “no siempre hubo proletarios, pero siempre
ha habido mujeres”; éstas lo son por su estructura fisio­
lógica; por lejano que sea el tiempo histórico en que nos
remontemos, han estado siempre subordinadas al hom­

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bre: su dependencia no és un acontecimiento, o un deve­
nir, no es algo que ha llegado. La alteridad aparece aquí
como un absoluto, porque escapa al carácter accidental
del hecho histórico. Una situación que se ha creado a
través del tiempo puede deshacerse en un tiempo poste­
rior; en cambio, parece que una condición natural desafía
el cambio. En verdad, la naturaleza no es un dato inmu­
table del mismo modo que no lo es la realidad histórica.
Si la mujer se descubre como lo inesencial que nunca
vuelve a la esencia, es porque ella misma no opera esa
vuelta”.
Según Simone de Beauvoir, la situación de las mu­
jeres se presenta como “algo dado por la naturaleza” y
no como un producto histórico.
Sin embargo, nosotras pensamos que, si las mujeres
se plantean como “lo otro” en relación al varón es por­
que ellas mismas han sido condicionadas par exigencias
sociales, que determinaron sus características singulares,
que son el reflejo de su ubicación en la base económica
sobre la cual se sustentan esas relaciones sociales.
Las mujeres en los orígenes de la prehistoria no fue­
ron inferiores a los varones y eso está perfectamente
probado por los estudios antropológicos. Entre las comu­
nidades primitivas no se establecieron diferencias entre
los sexos.
Por otra parte si la mujer es “lo otro” en relación
con el varón: ¿Por qué es “lo otro” considerado inferior?
Los teóricos del socialismo: Marx, Engels y Bebel
prestaron atención repetidas veces a la situación de las
mujeres en una época durante la cual la naciente bur­
guesía industrial utilizaba su fuerza de trabajo hasta su
aniquilamiento físico.
No obstante, al hacer un exhaustivo análisis de la
sociedad capitalista (sociedad regida por el cambio de
mercancías, dirigida y controlada por la actividad de los

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hombres) ignoraron a la mitad de la humanidad, las mu­
jeres, pues ellas no producían para el cambio .ni estaban
en la vida pública, pero sin embargo desde sus hogares
realizaban las tareas que hacían al sostén estructural de
la sociedad: la reproducción de la fuerza de trabajo.
En su análisis del régimen de producción de mercan­
cías, Marx escribía: “El intercambio de mercancías co­
mienza allí donde tei’mina la comunidad, allí donde ésta
entra en contacto con otras comunidades o con los miem­
bros de otras comunidades. A partir de un determinado
momento, se consolida la separación entre la utilidad de
los objetos para las necesidades directas de quienes lo
producen y su utilidad para ser cambiados por otros. Su
valor de uso se divorcia de su valor de cambio".
Lo que Marx no dice —y sus continuadores tampo­
co— es que en ese momento histórico en el cual las co­
munidades comienzan a producir para el cambio se ve­
rifica, al mismo tiempo, -la jerarquizaciójn del trabaja
destinado a producir mercancías para el cambio. Mientras
tanto el trabajo rutinario destinado a la subsistencia
(preparación de alimentos, cuidado y educación de los
niños, etc.) fue relegado a un rol secundario en relación
a la tarea, considerada fundamental, de producir para el
cambio.
En consecuencia quienes realizaban éstas últimas
tareas, los varones, adquirieron decisiva importancia
respecto de las mujeres quienes continuaron desempe­
ñando los trabajos destinados a la subsistencia realizados
para cubrir las necesidades inmediatas más vitales.
Esa primera división del trabajo resultó dramática
para las mujeres.
Permanentemente ligadas a producir objetos que se
consumen, a una labor que no se materializa, ellas fueron
condenadas a permanecer al margen de la realización
histórica.
Por lo tanto un análisis científico de la problemática
femenina no puede arrancar de los resultados preesta­
blecidos del proceso histórico sino de las causas que de­
terminaron ese proceso histórico y sus consecuencias para
la evolución de la humanidad. La %nferiorización de las
mujeres no es un “hecho absoluto que escupa a la his­
toria

EL DESARROLLO DESIGUAL

El régimen de cambio de mercancías determinó,


desde sus orígenes, que surgieran dos tipos de sociedad y
coexistieran. Uno económicamente basado en la elabora­
ción de valores de uso destinados al consumo diario (la
reproducción de la fuerza de trabajo). El otro destinado
a la. producción de mercancías. El segundo tipo de socie-
dad~supone al primero; el primero sobrevive en el capi­
talismo como un proceso inmanente de las sociedades
pre-capitalistas.
En la sociedad actual, por lo tanto, sobrevive la co­
existencia de un sector capitalista —que corresponde a la
producción de mercancías— dinámico y determinante de
la acumulación de los conocimientos, de la ciencia y de la
técnica y como consecuencia de ello, de un aumento de
la productividad; y un sector ligado a la producción
de objetos para el consumo diario no acumulativo que
permaneció estancado, subdesarrollado en el tiempo y el
espacio.
A estos dos sectores corresponden, en sentido gene­
ral, las dos categorías que dividen a los seres humanos
en cuanto al sexo.
Los varones dirigen los procesos económicos y al
mismo tiempo la técnica, la ciencia, la política: HACEN

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LA HISTORIA

Las .mujeres, destinadas históricamente a estar con­


finadas al sector de la economía de subsistencia, perma­
necen en la inmanencia, marginadas de la actividad tras­
cendente y creadora. Las mujeres confinadas al sector
no acumulativo ven destruido diariamente el fruto de su
tr,abajo.
Así, junto a la técnica más avanzada de los varones
(los cohetes interplanetarios cruzan el espacio y llegan
a la luna) las mujeres permanecen, como dice I. Larguía,
en su pequeño taller artesanal lavando, planchando, co­
cinando, cuidando y educando a sus hijos más o menos
como en los principios de la historia.
Mientras una élite de técnicos y dirigentes, siempre
masculinos, explora el Cosmos, subsiste una forma de
vida cotidiana alienada en la cual las mujeres llevan una
existencia qué sólo un profundo condicionamiento hace
soportable.
Ellas condenadas al desarrollo económico y cultural
desigual son duramente explotadas y permanecen domi­
nadas. Deberán reconquistar su libertad. Ganarla por la
lucha.
Esta revolución de los cimientos de la sociedad, que
lleva involucrada a toda la humanidad, sólo podrán rea­
lizarla las mujeres. Ellas son protagonistas víctimas de
una forma de organización social anquilosada y decaden­
te. La liberación de las mujeres corresponderá a la crea­
ción de nuevas formas de vida; a la “humanización de la
naturaleza humana”.
l a m o d e r n a s o c ie d a d in d u s t r i a l

La incorporación de las mujeres como mano de obra


en el mercado de la fuerza de trabajo, que se produjo
durante la revolución industrial, fue presentada en mo­
mentos en que la necesidad de aumentar la producción
hacía indispensable su presencia en las nuevas industrias,
como la condición indispensable para lograr el acceso a
los niveles masculinos en la vida pública y con ello su
emancipación.
Sin embargó”, la debilidad social de las mujeres deter­
minó que su ingreso a la actividad productiva tomara ca­
racterísticas singulares. Incorporadas al trabajo en fá­
bricas, oficinas y profesiones liberales, conservaron las
formas de subordinación e inferiorización propia de su
situación en el hogar. Su lugar en la sociedad continuó
siendo la de eternas “menores de edad”.
Como obreras no tienen oportunidades de realizar
trabajos calificados y siempre les son asignadas las tareas
más aburridas y peor pagadas y no pueden llegar a ser
matriceras, torneras, electricistas, etc. En las oficinas
son secretarias, dactilógrafas o cualquier puesto subal­
terno; pocas consiguen llegar a cargos de dirección. En
las profesiones liberales resultan verdaderas excepcio­
nes las que arriban a ocupar un lugar importante y las
pocas que lo hacen son utilizadas por el régimen patriar­
cal para demostrar “que ellas también pueden llegar”.
El capitalismo ofrece pocas oportunidades a las mu­
jeres para hacer un buen papel en su lucha por la vida
porque las condiciones hacia la creatividad les son ne­
gadas. El trabajo interesante, en todos los niveles, es
acaparado por los varones; la conducción de los aconte­
cimientos políticos está siempre determinada por ellos.
Por otra parte, las mujeres admitidas en la vida pú­

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blica, no son por ello liberadas de su trabajo en el hogar.
A las horas pasadas en fábricas y oficinas deben agre­
garse las horas dedicadas a los trabajos domésticos.
Después de 8 horas de duro trabajo en sus tareas remu­
neradas, vuelta a su “dulce hogar”, tienen que comenzar
de nuevo. Lavar, planchar, cocinar, cuidar a los niños...
en una incesante actividad que las lleva a desgastar to­
das sus energías físicas, mentales y emocionales en un
círculo de hierro que no les ofrece alternativas.
En su totalidad se las ha condicionado para cumplir
el rol al que las condena su sexo. Desde niñas reciben la
educación adecuada para destruir en ellas toda aspiración
de libertad. No deberán ser seres autónomos sino pasi­
vos y dependientes.
En los últimos años la implantación de la educación
general brindó a las mujeres la posibilidad de concurrir
a los centros de estudio igual que los varones; pero las
escasas oportunidades ofrecidas por las condiciones so­
ciales para lograr un buen empleo, las trabas que en su
desarrollo imponen los prejuicios masculinos a su acti­
vidad independiente, hace que sean pocas las que obten­
gan un título universitario. Para la mayoría de las mu­
jeres el matrimonio continúa siendo “la carrera más
importante”.
Durante el siglo pasado las feministas comenzaron
a luchar valerosamente por lograr el derecho al voto.
Después de largos años el voto fue concedido a las mu­
jeres en todos los países civilizados del mundo.
Actualmente las mujeres tienen el derecho al voto.
¿Cuántas de ellas votan libremente? La mayoría tiene es­
casa instrucción política (la política está dirigida y con­
trolada por los varones). Sufren en cambio la presión de
la ideología familiar y de las normas impuestas por la re­
ligión. El prestigio que ejercen sobre las mujeres las
instituciones establecidas y el “temor al cambio” las im­

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pulsan generalmente a votar a los candidatos más con­
servadores.
En el terreno sexual, aunque no existe ninguna razón
biológica, fisiológica ni psicológica que lo determine, lo
cierto es que las mujeres se encontraron siempre en si­
tuación de dependencia hacia los varones.
La moral burguesa, en resguardo de la propiedad pri­
vada, les impuso castidad hasta el matrimonio y luego
la subordinación al marido, a quien, hasta no hace mucho,
no tenía siquiera oportunidad de elegir.
Por otra parte, la moderna sociedad de consumo uti­
liza al sexo para obtener un nuevo tipo de explotación
femenina y el erotismo sirve como válvula de escape
para todos los problemas que agobian a la especie hu­
mana.
La imagen de la mujer “sexy” y todo su fetichismo
es una mercancía que se vende muy bien en un mundo
dominado por las .apetencias ,masculinas.
En resumen, el desarrollo económico y .la necesidad
de contar con mayor cantidad de mano de obra, llevó a
la burguesía industrial a incorporar a las mujeres al tra­
bajo productivo de las fábricas y aún a aceptarlas en las
profesiones liberales. Pero eso no determinó un cambio
en su situación.
En la actualidad ellas tienen una ubicación singular.
Es cierto que intervienen en la actividad productiva, tie­
nen acceso a carreras universitarias, en casi todo el
mundo pueden votar e incluso gozan de cierta libertad
sexual que sus abuelas no se hubieran atrevido a soñar.
Sin embargo en la realidad de sus vidas el ingreso
a la actividad productiva no alteró su dependencia, su
colonización. Las formas de la opresión cambiaron, no la
opresión misma.
Antiguas tradiciones, viejos mitos sobreviven en la
era del capitalismo avanzado. Estas tradiciones y estos

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mitos enquistados son el reflejo en la conciencia social
del desarrollo desigual de la esfera pública y de la esféra
privada de las mujeres que el capitalismo lleva a las
últimas consecuencias.

LAS MUJERES EJST LAS LUCHAS SOCIALES

Es ¡un hecho que en los momentos de convulsión


social las mujeres se encuentren en primera fila de los
puestos de lucha. Las obreras de París fueron vanguardia
en las horas sangrientas de la Comuna de 1871. Las rusas
intervinieron en los movimientos revolucionarios a partir
del siglo pasado en la Rusia zarista y más tarde en las
manifestaciones de las jornadas de Octubre lo mismo que
durante la guerra civil. Las mujeres de China rompieron
tradiciones milenarias de esclavitud y se incorporaron
valientemente a los movimientos guerrilleros; las arge­
linas a la lucha por la liberación nacional; las cubanas
pelearon junto a los varones contra la dictadura de Ba­
tista; las católicas irlandesas están en la lucha por la
independencia de su patria y por fin las vietnamitas, in­
corporadas al M. L. N. masivamente, son el ejemplo más
vivo de la capacidad de las mujeres para unirse a las
luchas sociales de liberación.
Sin embargo, pasado el momento revolucionario, en
momentos de “normalidad”, en la “tranquilidad de sus
hogares”, constituyen un elemento de equilibrio para el
régimen existente. No es una casualidad que la propagan­
da de los sectores más reaccionarios de la Iglesia o del
oficialismo las encuentren entre sus principales escuchas.
Acostumbradas a que “la política no se ha hecho
para las mujeres” pocas veces intervienen en un partido
político.

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Las obreras también son reticentes a intervenir como
miembros activos en los sindicatos. Su actuación se limi­
ta, en la mayoría de los casos, a defender como delegadas
a sus compañeras en la sección de la fábrica. Muy pocas
llegan a ocupar puestos de dirección ni aún en gremios
donde la mayoría de los trabajadores son mujeres como
por ejemplo el gremio textil o del vestido, etc.
Las grandes organizaciones obreras, anquilosadas y
burocratizadas en el mundo, carecen de representación
femenina entre sus dirigentes. Ni siquiera los de orienta­
ción comunista que reivindican, teóricamente, la inter­
vención de las mujeres en los sindicatos.
Como contrapartida ellas demostraron, como los sec­
tores más explotados, tener gran firmeza en la hora de
las huelgas o movilizaciones obreras.
Se ha tratado frecuentemente de explicar la razón
por la cual las mujeres se incorporan con entusiasmo a
los movimientos revolucionarios, a pesar de no estar po­
litizadas en los tiempos de calma, por su naturaleza
emotiva.
Nosotras pensamos en cambio que si ellas abrazan
los movimientos revolucionarios, a pesar de no estar po­
litizadas, es porque toda promesa de un mundo nuevo,
todo cuestionamiento de las relaciones tradicionales sig­
nifican para ellas una esperanza de lograr la solución
para sus problemas vitales.
Terminado el fragor de la batalla no quedan más que
sindicatos y partidos. Toda una estructura burocratizada
en la cual las mujeres no tienen confianza, con toda ra­
zón, pues jamás atienden a sus reivindicaciones específi­
cas. En revancha, con justicia, vuelven a su apoliticismo.

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LA UNION SOVIETICA:
PRIMERA REVOLUCION SOCIALISTA

El socialismo fue concebido en el siglo pasado como


un proceso de transición hacia más altos niveles de desa­
rrollo del mundo.
El proletariado revolucionario, en un país con eco­
nomía de alta productividad, sería el encargado de condu­
cir el proceso de ruptura con la vieja sociedad y el avan­
ce hacia nuevas formas de organización social donde la
explotación de un ser humano por otro sería suprimida.
No solamente aseguraría la administración de los medios
de producción en un alto nivel de acumulación sino que
fundamentalmente transformaría el viejo orden para
lograr una vida mejor, libre del lastre de las alienadas
relaciones capitalistas.
La acción del proletariado revolucionario liquidaría
la existencia de los grupos socialmente débiles, de los
grupos marginados. Naturalmente entre ellos las mu­
jeres. ' *'
No se trataba tanto de cambiar el mundo exterior
sino de metamorfosear la condición humana y eliminar
todos los factores distorsionantes de la realidad social
que hacen a la marginación de las mujeres como inferio­
res en el orden público y privado impuesto por una mi­
lenaria conciencia autoritaria.
En Octubre de 1917 en Rusia, un vasto y atrasado
país, los bolcheviques representantes del proletariado re­
volucionario tomaron el poder. Esa primera revolución
proletaria en el mundo demostró que la concepción de
los maestros del socialismo fue por lo menos limitada.
Porque una revolución no puede ser considerada
corno tal si 110 se modifican las condiciones de existencia
de la sociedad, si no se destierra ese autoritarismo de los

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varones que dominan la maquinaria del Estado y la vida
pública e impiden con su despotismo cambiar la situación
de explotación y opresión que vive el pueblo.
Una revolución no puede ser llamada como tal si no
transforma las formas tradicionales de la vida cotidiana
que involucran la esclavitud de las mujeres en el hogar
conservándolas en la servidumbre doméstica e impidien­
do su desarrollo cultural como sujetos autónomos.
Sin embargo, como dijimos al principio, las mujeres
intervinieron en forma muy activa en los movimientos
revolucionarios que se gestaron en Rusia a partir del
siglo pasado.
En 1878 la revolucionaria Vera Zassulich ejecutó al
Jefe de la policía zarista y muchas mujeres participaron
en actos terroristas.
El 8 de marzo de 1917 (Día Internacional de la
Mujer) en una imponente manifestación las rusas exi­
gían: Pan, Paz y el regreso de los varones a su hogar. La
insurrección de octubre, que derrocó al zar y al viejo
orden contó con el entusiasta apoyo de las mujeres. Entre
1918 y 1920 trabajaron duramente en el esfuerzo de la
guerra civil y muchas veces pelearon a la par de los
varones.
En las primeras horas del triunfo revolucionario, el
gobierno soviético consideró el cuestionamiento de la fa­
milia tradicional como uno de los puntos fundamentales
de su programa de acción.
Entre el 19 y el 20 de diciembre de 1917 Lenin hizo
publicar importantes decretos al respecto:
El casamiento fue abolido.
La independencia total de las mujeres fue facilitada
por el divorcio.
El aborto fue autorizado.
Se difundieron los anticonceptivos.
Se encaró el inicio de cambios en las rutinarias cos­

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tumbres. En la comunidad de jóvenes, en los jardines de
infantes se esforzaban por “dar un contenido práctico a
la sexualidad infantil”. Se suprimió la ley que penaba la
homosexualidad.
Estas leyes entusiasmaron a todos los sectores pro­
gresistas en el mundo.
Pero las leyes demostraron ser insuficientes para
cambiar una situación social elaborada por cientos de
años de opresión. La necesidad del cambio pasaba por
la cabeza de algunos revolucionarios que sin embargo
no lograban concretar sus aspiraciones.
El atraso histórico fue más fuerte que su firme vo­
luntad por cambiar la vida. “Los conservadores fueron
consecuentes en los argumentos y pruebas. Los progre­
sistas, los revolucionarios, sentían claramente que ellos
eran incapaces de expresar la novedad en palabras. Com­
batieron valientemente, pero terminaron por cansarse y
fracasaron en las discusiones, en parte porque ellos
mismos eran prisioneros de las viejas nociones de las
cuales no llegaban a liberarse” (Reich: “La Revolución
Sexual”).
Las necesidades económicas de la acumulación re­
forzaron las estructuras del pensamiento tradicional.
Entre la decisión de rechazar los antiguos moldes de la
familia y deshacerse de los hábitos familiares hay una
enorme distancia.
En los primeros tiempos era inevitable que la con­
tradición se viviera como un verdadero caos porque no
estaba prevista ni preparada. La revolución cultural re­
sultó ser mucho más difícil que la revolución política.
Por otra parte, a la no preparación cultural se aña­
dían las dificultades materiales que surgían en un país
donde las fuerzas productivas tenían escaso desarrollo.
Los servicios colectivos que debían reemplazar los
trabajos domésticos funcionaban mal y eran de inferior

25
calidad a los realizados en el hogar tanto en las cocinas
populares como en las lavanderías y en las guarderías.
Frente a todas esas dificultades materiales y cultu­
rales para dirigir la marcha del Estado soviético, los su­
cesores de Lenin optaron por el autoritarismo, por la dic­
tadura, no del proletariado sino de una clase dirigente. .
Es una constante histórica que los regímenes auto­
ritarios se asientan sobre la familia. Desde 1934 se volvió
a las medidas represivas:
Interdicción al aborto.
Restablecimiento de la ley que penaba la homose­
xualidad.
La familia y con ella la opresión de las mujeres en el
hogar fue restablecida.
Comenzó en la U.R.S.S. la época del puritanismo más
retrógrado.
¿Cuál es en la actualidad la situación de las mujeres
en la Unión Soviética? ¿Han logrado la igualdad de po­
sibilidades en el trabajo, en el estudio, en las condiciones
sociales?
Es cierto que ellas son alentadas a acceder a profe­
siones reservadas tradicionalmente a los varones, como
las profesiones liberales.
Pero si la mayoría de los médicos son mujeres en la
U.R.S.S. es porque se trata de una ocupación mal pagada.
Además ellas pueden ser ingenieras o tener otro título
universitario, pero no son investigadoras, su trabajo es
de rutina y no de investigación (esto está reservado a
los ‘■'genios” masculinos).
La participación de las mujeres en la vida política es
más importante que antiguamente, sin embargo, hay una
sola ministra y ninguna en el Bureau Político.
En cuanto a las tareas domésticas y a la crianza de
los niños, la convicción de los varones rusos es de que
estas tareas son exclusividad de las mujeres. Los maridos

26
soviéticos se sentirían muy disminuidos si tuvieran que
realizar los trabajos que, según ellos, corresponden a las
mujeres;
Es verdad que las rusas participan en la producción
social y trabajan igual que los hombres en fábricas u ofi­
cinas pero eso no las libera de sus labores en el hogar. A
las horas de trabajo en fábricas u oficinas deben agregar­
se las dedicadas a las rutinarias tareas del hogar en una
agotadora jornada que no se termina y que les resta tiem­
po para el descanso, el estudio o el ■esparcimiento. En
resumen: la realización de las mujeres en sus posibili­
dades vitales, la humanización de su vida cotidiana, fue
aplastada por una maquinaria que aseguraba una canti­
dad de mano de obra no pagada en la producción do­
méstica.
La participación de las mujeres rusas masivamente
en la productividad no determinó un cambio en sus vMxns
ni -en la relación con los hombres a los cuales continuó
subordinada.
Paradoja inesperada de la historia, el país de la pri­
mera revolución social se ha transformado en un país
de costumbres retrógradas donde los tabúes sexuales, los
prejuicios más anquilosados destruyen la creatividad de
las mujeres y asfixian sus aspiraciones.

LA GRAN MARCHA

La experiencia de la revolución en China es muy


importante porque de una tradición feudal milenaria,
que condenaba a las mujeres a una vida extremadamente
desdichada, éstas pasaron a ocupar un puesto importante
en la construcción del socialismo en su país.
Antes de la revolución, la miseria extrema y los pre­

27
juicios feudales tornaban muy precaria la existencia de
las mujeres. Frecuentemente se las ahogaba al nacer.
Las que sobrevivían muchas veces eran vendidas como
esclavas. En el mejor de los casos, cuando no se las ma­
taba o vendía, desde muy jóvenes se las destinaba al ma­
trimonio. Permanecían bajo el control de los varones du­
rante toda la vida.
Existía una costumbre llamada “las tres obedien­
cias” que tenía fuerza de ley.
1? En una familia las niñas deben obedecer a su
padre.
2? Después del casamiento las mujeres deben obe­
decer al marido.
39 Si él muere debe obedecer a su hijo.
Los casamientos eran concertados muchas veces
cuando las niñas tenían tres o cuatro años. Los futuros
esposos no podían verse hasta el día de la boda y desde
ese momento las mujeres eran las esclavas de sus mari­
dos quienes podían castigarlas cuando quisieran. Ellas
nunca podían devolver el castigo.
Subsistía la “castidad unilateral” que determinaba la
prohibición a las viudas de volver a casarse mientras
que los varones si su mujer moría podían hacerlo.
A fines del siglo pasado, la penetración del capitalis­
mo occidental produjo una cierta liberalización en las
costumbres, sin embargo, a la esclavitud feudal de
las mujeres siguió la opresión burguesa.
Se prohibió matar a las niñas, la costumbre bárbara
de vendarles los pies, tuvieron cierto acceso a la educa­
ción y algunas libertades para el casamiento y el divor­
cio. Fue abolida la ley de “castidad unilateral”.
Estas reformas fueron alentadas por algunos varo­
nes influenciados por la cultura occidental pero inmedia­
tamente fueron las mismas mujeres quienes .desearon
avanzar en las conquistas logradas.
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La pionera del movimiento de liberación de las mu­
jeres fue Chin Jaén quien en 1905 publicó una revista
femenina en la que reclamaba: igualdad con los varones,
liberación de los pies de las niñas, libertad de las mujeres
para elegir maridos.
En 1907 Chin Jaén fue detenida y decapitada por la
dinastía Manchú. No tenía treinta y tres años.
A partir de 1916 el Movimiento de Liberación de las
Mujeres comenzó a adquirir importancia y empalmó con
las luchas sociales que comenzaron a agitar a todo el
país.
¿En qué forma se desarrolló el movimiento de las
mujeres durante el período revolucionario?
La acción de las mujeres tomó un carácter explosivo,
sobre todo en el campo, donde se conservaban costum­
bres feudales.
Brigadas de activistas femeninas recorrían las aldeas
explicando a sus hermanas las causas de su opresión y las
instaban a unirse a luchar por sus reivindicaciones.
En las organizaciones campesinas las mujeres acu­
saban a sus maridos de oprimirlas y se realizaban reunio­
nes públicas en las cuales se juzgaba a los maridos que
pegaban a sus esposas. El castigo impuesto estaba acorde
con sus culpas.
La revolución en China comprometió la movilización
de los dos sectores más atrasados del país: las mujeres
y los campesinos.
El gobierno de Mao otorgó grandes ventajas a las
chinas y actualmente tienen:
Total igualdad ante la ley.
Igual salario a igual trabajo.
Derechos a la educación.
Participación en las fuerzas armadas.
Los comedores comunitarios, las lavanderías, las
guarderías, funcionan sobre todo en las ciudades. La po­

29
breza del país no permite su extensión a las aldeas cam­
pesinas.
Las mujeres están totalmente integradas a la pro­
ducción social.
En 1950 se promulgó la ley que sancionaba el prin­
cipio de igualdad de ambos sexos que aseguraba “pro­
tección de los justos intereses de la mujer y los hijos”.
Se abolió la poligamia y el concubinato y la obliga­
ción de los regalos y el precio de adquisición (dote).
A pesar de todos esos avances el espíritu patriarcal
sobrevive aún en las relaciones entre los sexos como usos
y costumbres del pasado y en la concepción burguesa
del matrimonio.
La familia burguesa sobrevive.
Las mujeres existen en función de madres, de espo­
sas o de compañeras. “Las heroínas del trabajo son re­
verenciadas en todo el país porque tienen un alto grado
de conciencia política”.
Pero ellas no han logrado ser seres humanos autóno­
mos. Todavía conservan la dependencia patriarcal de la
cual no se han desprendido. Las diferencias en los roles
sexuales existen y serán las mismas mujeres chinas quie­
nes deberán luchar por eliminarlos.
La revolución cultural tendrá que ser profundizada.
De ello depende el destino de la revolución.

LA NUEVA MUJER CUBANA

La experiencia de la revolución cubana es muy im­


portante para nosotras en muchos aspectos y merece que
nos detengamos especialmente.
En primer lugar porque fue la primera revolución
socialista que triunfó en nuestro continente y la última

30
victoriosa en ei mundo. Segundo, porque si bien extrajo
sus principios del leninismo en Rusia y muchas enseñan­
zas de la guerra del pueblo chino, tiene sin embargo ca­
racterísticas propias, determinadas por la situación del
país y el tiempo histórico en que se desarrolló. Y tercero,
porque Cuba está en Latinoamérica y como latinoameri­
canas nos sentimos muy cerca de nuestras hermanas que
hablan español y participan de nuestras tradiciones y
costumbres.
Antes del triunfo revolucionario las mujeres cuba­
nas definían su situación en los términos de su relación
con los hombres.
Eran valoradas en el matrimonio, en el núcleo fami­
liar, en su castidad y fidelidad monogámica. En su hogar,
aisladas unas de las otras, sólo contaban con la condición
que “la naturaleza les determinaba”. En la otra cara de
la moneda existía una histórica tradición de prostitución,
organizada luego en gran escala por los norteamericanos.
La larga dependencia hacia España que duró hasta
1898 había suprimido el artesanado femenino desarrolla­
do en otras regiones del continente (telares domésticos,
preparación de alimentos conservados). De esta forma
las mujeres no tenían las posibilidades de ganarse la vida
en forma independiente. “Las mujeres y la familia de­
pendían íntegramente del escaso salario de los hombres.
Sobre todo en el campo, lo que explica el éxodo rural de
las mujeres. En 1953, sobre la población de más de 20
años, el 60 ,% de los varones y el 68 % de las mujeres
vivían en zonas urbanas”.
“La cifra de las mujeres en el trabajo pasó de 14 %
en 1907 a 17 % en 1953, con baja del porcentaje de mu­
jeres en el servicio doméstico (de 64,5 % a 27,2 .%) y
altos porcentajes en las oficinas (de 1,4 % a 13,9 °/c)
y en el de institutrices (de 3,9 % a 12,9 %). Esta evolu­
ción refleja el desarrollo técnico y cultural en el proce-

31
So de semi-proletarización de las capas inedias de la po­
blación y su necesidad de recurrir al trabajo femenino
para conservar su status económico. En las clases hu­
mildes* la evolución capitalista había comenzado a excluir
a .las mujeres del servicio doméstico, pero la participación
femenina en las fábricas estaba lejos de compensar la
tendencia hacia la desocupación” (Ann Z. Partisans).
El período revolucionario fue en Cuba ele corta du­
ración como para permitir la incorporación de un gran
número de mujeres en la lucha armada (como en Yiet
Nam) y aunque la guerrilla contó con mujeres entre sus
filas (en la Sierra Maestra operó el batallón Mariana
Gi-rajales compuesto exclusivamente por mujeres) y Fidel
Castro las impulsó a integrarse al combate, esto no fue
suficiente para impulsar su avance ideológico. Masiva­
mente, las mujeres no se incorporaron al desarrollo de las
operaciones militares, permanecieron al margen de ellas.
Sin embargo era necesaria su incorporación activa
en todo el proceso que siguió al triunfo de la revolución.
¿Qué lugar ocupan hoy las mujeres en la nueva so­
ciedad cubana?
¿Qué ofrece hoy la nueva soáiedad cubana a las mu­
jeres?
“Las mujeres han sido sin duda las principales be­
neficiarías de la campaña de educación emprendida desde
1961, con la alfabetización sistemática. El 38 % de las
.mujeres campesinas de 15 años y más aprendieron a
leer. En medios urbanos, el 56 % de los alfabetizados
fueron las mujeres. A nivel de la escuela primaria, la
participación de las mujeres en la educación para adultos
es más reducida que la de los hombres: en la É. O. C.
(Educación Obrera y Campesina) las mujeres constitu­
yeron el 32 % de los alumnos. La razón era que las
maestras del E. O. C. no podían librarse al trabajo que
hacían los alfabetizadores que iban de casa en casa. Sobre

32
los lugares de trabajo se hacía ía mayor propaganda para
los cursos de la noche. Esa propaganda no llegaba a las
amas de casa. En cuanto a las otras, la segunda jornada
de trabajo doméstico no les dejaba tiempo para su pro­
moción personal. Sin embargo la educación adulta pri­
maria para las mujeres es 35 veces más elevada que antes
de la revolución” (Ann Z. Partisans).
En las universidades y escuelas las mujeres pueden
estudiar para ser dentistas, maestras, ingenieras, mecá­
nicas y técnicas. El 50 % de todos los estudiantes de me­
dicina son mujeres y el 30 % de los de ingeniería. Las
mujeres son periodistas, editoras, cortan caña, manejan
tractores, son mecánicas de automóviles, arquitectas y
dentistas. Hay mujeres en la dirección de hospitales y de
escuelas.
Las milicias, ejército voluntario civil, han incorpora­
do a un gran número de mujeres. El entrenamiento mi­
litar es igualmente impartido a niños y niñas. Como re­
sultado las mujeres están integradas en la defensa de su
país. Esto significa para ellas un avance ideológico muy
importante.
Intervienen en política. Las mujeres componen la
mitad de la Unión de Jóvenes Comunistas, dirigen im­
portantes programas y frecuentemente dan la tónica en
los acontecimientos políticos.
Por otra parte, la nueva sociedad cubana descarga
a las mujeres de sus más tradicionales deberes: el cuida­
do de los niños y adolescentes. El sistema de círculos in­
fantiles y jardines de infantes, son una institución bási­
ca de la revolución. Clementina Sierra, dirigente del
programa nacional, es también miembro del Comité
Central del Partido. Modernas y bien equipadas guarde­
rías forman parte de cada nueva comunidad construida
en Cuba. En algunas ocasiones son construidas en las
mismas fábricas. Las guarderías son provistas también
en el campo. En esos lugares los niños reciben una com­
prensiva atención. Hay programas de juegos y aprendi­
zajes, una completa atención médica y dentista. Los pro­
gramas para niños de 12 a 17 años combinan estudio, tra­
bajo y forma comunal de vida.
La liberación de las mujeres cubanas alcanza tam­
bién otras esferas. El divorcio es libre y de mutuo con­
sentimiento. Los anticonceptivos son libres y sin res­
tricciones. El aborto es legal.
En cierta forma aún sin un programa específico y
sin campaña propagandística, las pre condiciones para
la centralización del núcleo familiar se están dando
porque la estructura familiar refleja la situación general.
En los hechos el lugar de trabajo, la escuela, están su­
plantando cada vez más al hogar como centro de activi­
dad y esparcimiento. Se produce la gradual descentrali­
zación del anquilosado núcleo hogareño.
Las conquistas logradas por las cubanas en el nuevo
orden son indiscutibles, y su situación evoluciona cons­
tantemente. Sin embargo, las mujeres no han podido re­
solver ciertas contradicciones que están en la forma de
vida que les fue impuesta, y todavía deben luchar contra
los resabios de macMsmo de los varones y con su inex­
periencia propia de la condición de recién llegadas a la
historia.
“Tan importante como cambiar las condiciones eco­
nómicas de la sociedad, es cambiar la ideología de
hombres y mujeres sobre la que pesan tradiciones fuer­
temente arraigadas”. Como dice Edmundo Desnoes,'autor
cubano, “nosotros sabemos que no es bastante transfor­
mar las relaciones de producción, pues en la ideología,
costumbres, en la superestructura, podemos ser burgue­
ses y reaccionarios”.
Cuba es un país atrasado, con escasa productividad,
tiene grandes problemas económicos que resolver. La in-

34
Corporación de las mujeres én indispensable para el desa­
rrollo de la economía cubana.
Círculo inevitable de todas las revoluciones realiza­
das hasta el presente: la liberación de las mujeres está
sometida al grado de desarrollo económico y social.
Pero este desarrollo económico y social no es sufi­
ciente para liberar a las mujeres de su opresión de siglos.
Es necesario elevar la conciencia de las mismas mu­
jeres para adaptarlas al cambio producido en la nueva
sociedad.
“La revolución cubana está encaminada a realizar
las condiciones necesarias para la liberación de las mu­
jeres, pero ella no se hará sola, por la sola varita mágica
del socialismo. Es necesario un estudio específico de las
condiciones particulares de esta liberación en el primer
.nivel transitorio, porque pesa en él la amenaza de un
estancamiento y de un retroceso que abre las vías al re-
formismo como en la TJ.R.S.S.
“La prueba está hecha, una vez más, que la libera­
ción de las mujeres no es un corolario inevitable de la
dictadura del proletariado. Allí donde ella fracasa, la re­
volución también ha fracasado. El socialismo cubano
continúa siendo una esperanza porque es original y
porque todavía es joven” (Ann. Z. Partisans).

LAS MUJERES Y LOS “REVOLUCIONARIOS”

Es muy interesante en estos momentos realizar un


examen de las posiciones que sostienen los movimientos
revolucionarios en todo el mundo en relación a la libe­
ración de las mujeres. Sus perspectivas o mejor su falta
de perspectivas al respecto.
Los maestros del socialismo se ocuparon de la des­

35
cripción de la sociedad burguesa y enfatizaron la lucha
de clases con el objetivo de liquidar un régimen de pro­
ducción construido en base a desigualdades sociales.
Atentos a la problemática de las mujeres no llegaron, sin
embargo, a elaborar una teoría de su liberación. De esta
forma, eliminaron de la historia a la mitad de la hu­
manidad.
Los grandes revolucionarios que dirigieron la pri­
mera revolución rusa, tuvieron plena conciencia de la
cuestión, pero tampoco la resolvieron.
Lenin planteaba: “Libertad e igualdad para el sexo
oprimido. Libertad e igualdad para el obrero, para el
campesino trabajador”, (Pravda, 1919), “la edificación
de la sociedad socialista no comenzará más que en el
momento en el cual obtengamos la igualdad de la mujer”
y además, “la igualdad ante la ley no es aún la igualdad
en la vida. Es necesario que la obrera obtenga la igual­
dad no solamente ante la ley sino en la vida”.
El analizaba además la situación de la “esclava do­
méstica que derrocha sus esfuerzos en una labor absur­
damente improductiva, mezquina, enervante y embrute-
cedóra”. Atacaba además la mentalidad retrógrada de los
varones “entre nuestros camaradas”, decía: “hay todavía
muchos de los cuales se puede desgraciadamente decir:
rascad un poco al comunista y encontraréis al filisteo. Su
mentalidad en relación a la mujer es su lugar sensible.
Exigen para ellos el reposo y el confort. La vida domés­
tica de la mujer es el sacrificio cotidiano de ella misma
en pequeñas nadas. La antigua dominación del marido
sobrevive bajo una forma latente..
Sin embargo él solamente consideraba los problemas
de las mujeres como “'parte de la cuestión social que era
la esencial”.
Lenin como otros revolucionarios de la época que se
ocuparon del problema no vislumbraron la esencia de la
36
problemática femenina ni los cambios en la vida cotidia­
na que sobrevendrían a su auténtica liberación.
Los teóricos marxistas que le sucedieron mantuvie­
ron la ignorancia y consideraron la división de los sexos
masculino-femenino como algo inmutable y subordinaron
la cuestión a los “problemas políticos” escamoteando una
realidad que prefirieron no ver.
Los movimientos revolucionarios del Tercer Mundo
que combaten al imperialismo y al capitalismo, tampoco
se ocupan de las injusticias de que son víctimas las
mujeres.
La izquierda, en general, necesita del aporte revo­
lucionario de las mujeres, pero escamotea sus reivindi­
caciones hasta el extremo de que ninguna de las organi­
zaciones tiene en sus programas ningún punto referido
a la solución de su problemática.
Es que la alienación más reciente y más sensible es
la alienación capitalista. Es la más fácil de combatir (los
obreros captan en seguida la necesidad de luchar contra
el patrón). La alienación que separa a los sexos es mile­
naria y profunda, tan profunda que se la ha transforma­
do en algo natural.
La vida cotidiana que representa la conciencia no
acumulativa, el sector estancado en el desarrollo de la
humanidad, será el último en ser cambiado. Aun cuando
haya triunfado la revolución social y libere a todos los
sectores explotados, quedará a los seres humanos la ta­
rea de cambiarse a sí mismos.
;

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IJ..

CONCLUSION

Hemos tratado de hacer un análisis de las causas de


la opresión de las mujeres y al mismo tiempo, demostrar
que los cambios sociales más importantes registrados en-
la historia, no alteraron esencialmente su situación.
Aunque se hayan producido algunas “reformas” en úl­
tima instancia no sirvieron más que para reforzar la de­
pendencia.
Por debajo de cualquier sociedad: antigua, feudal,
burguesa y aún en las democracias populares, se encuen­
tra la misma situación de inferiorización femenina.
Los anti feministas de todas las épocas han tratado
de encontrar en la biología y la psicología las causas de
dicha inferiorización.
Nosotras pensamos que esas causas psicológicas y
hasta biológicas de la dependencia y marginación de las
mujeres, no son más que el resultado de un condiciona­
miento social determinado por razones históricas que han
hecho de ellas el “segundo sexo” postergado.
La situación de las mujeres es el resultado del desa­
rrollo desigual del proceso económico que determinó la
supervivencia de un régimen de subsistencia atrasado,
“subdesarrollado”, en una sociedad capitalista de grandes
avances técnicos.
El reflejo de esta situación en la conciencia social
hizo de las mujeres (condenadas al sector atrasado de la
economía en el “pequeño taller artesanal”) la parte de
la humanidad colonizada, negada no solamente a la ac­
tividad creadora, sino a su subsistencia como ser autó­
nomo.

39
El escaso desarrollo de las fuerzas productivas (aún
en los países de gran desarrollo industrial subsisten sec­
tores artesanales), han impedido la colectivización de la
esfera privada.
Pero ese desarrollo de las fuerzas productivas que
contemple las necesidades de toda la humanidad, sola­
mente podrá ser logrado con la liquidación del régimen
de propiedad privada de los medios de producción, que
transforma las metas de realización humanas en objeti­
vos de ganancia, alienándola de sus propios fines.
En la dialéctica del devenir histórico el voluntarismo
de las mujeres por sí solo no producirá el cambio. Las
luchas femeninas comenzaron (desconocemos su acción
durante la prehistoria), cuando su ubicación en el con­
texto económico-social (ingreso a la actividad produc­
tiva) les permitió romper su aislamiento y tomar con­
ciencia de su opresión, al mismo tiempo que les propor­
cionó los medios objetivos para producir el cambio.
Pero este cambio no se producirá automáticamente.
El cambio de régimen social no ha modificado ni mo­
dificará por sí solo las condiciones de vida de las muje­
res. Tampoco será un genio salvador por muy lúcido que
sea, quien determinará el cambio.
La liberación de las mujeres deberá ser encarada por
ellas mismas en una lucha que arrastrará todos los vesti­
gios anacrónicos de una vida cotidiana deshumanizada y
sin alicientes. La acción revolucionaria de las mujeres,
su ingreso a la historia, significará la “humanización de
la humanidad”, por eso es la revolución más profunda,
auténtica y necesaria para la realización de la especie
humana.

40
PEGGY MORTON

EL TRABAJO DE LA MUJER
NUNCA SE TERMINA

LA MUJER. EN LA FAMILIA
i■
' .

Durante los últimos años hubo una gran cantidad


de debates en el Movimiento de Liberación de las Muje­
res acerca de la función de la familia en la sociedad ca­
pitalista. Las discusiones fueron enfocadas sobre la fa­
milia como la unidad primaria de la socialización. La
familia es la unidad básica en la cual se forman las. es­
tructuras de la personalidad autoritaria, particularmen­
te el desarrollo de la relación autoritaria entre padres e
hijos y entre varones y mujeres; la familia es necesaria
para sostener la represión sexual, en tanto la sexualidad
es aprobada como una expresión legítima sólo en el ca­
samiento; a través de la familia los varones pueden dar
un desahogo a sus sentimientos de frustración, de ira y
de resentimientos producto de la labor alienada y pueden
manifestar ese sentimiento de impotencia que experi­
mentan en el trabajo dominando a otros miembros de la
familia; y, dentro de la familia, las niñas aprenden lo
que se espera de ellas y como deben comportarse.

41
Ese trabajo teórico ha provisto de importantes acier­
tos y conocimientos sobre las formas en que la familia
oprime a las mujeres y sus funciones para aliviar las ten­
siones creadas dentro de la sociedad. Esto también ha
llevado a la Nueva Izquierda inglesa-canadiense a tratar
sobre las cuestiones de la opresión cultural, sexual y psi­
cológica. Pero nosotras hemos descuidado el tratar a la
familia como una unidad económica y, como consecuen­
cia, el problema de la mujer y la familia ha sido separado
de nuestro concepto del capitalismo avanzado y hemos
fracasado al desarrollar un entendimiento de la dialéctica
entre las funciones económicas y psicológicas de la fa­
milia.
Las clases dominantes tratan de controlar al pueblo
mutilando sus identidades. Nuestra tarea como organi­
zadoras no es decirles a las mujeres que están oprimidas,
sino entender primero las formas cómo la gente se rebela
todos los días contra su opresión; el mecanismo por el
cual esta rebelión nace en forma colectiva pero es re­
primida; cómo la gente es separada para que sus opre­
siones sean vistas como algo individual y no como opre­
siones de sexo y de clase; y proveer teoría y práctica
revolucionaria que posibiliten nuevas formas de lucha
contra esa opresión.
El mayor obstáculo no es la “falsa conciencia” sino
el desconocer la forma de combatir al sistema familiar,
así como para los negros hace 20 años atrás el mayor
obstáculo era no saber cómo combatir al sistema racista.
Los movimientos revolucionarios nacen de la con­
ciencia que el pueblo ya tiene de su opresión y la trans­
formación de la inteligencia individual a través de la
acción colectiva la que produce un más alto nivel de
conciencia. El movimiento de las mujeres elevará esta
conciencia. Nuestro propio chauvinismo hacia otras mu­

42
jeres nos impide entender lo mucho que las mujeres ya
saben sobre su propia opresión.
Un segundo problema, que tiene mucho del análisis
psicológico y económico de la opresión de la mujer, ha
surgido a menudo de la necesidad de justificar la impor­
tancia de la liberación de la mujer, más que de un serio
intento de sentar las bases para una comprensión de la
relación de las mujeres con el sistema capitalista y una
base para la estrategia. En su artículo en “Radical Amé­
rica”, Dixon menciona a los “participantes invisibles”
(movimiento de los varones), y está en lo cierto, pero el
problema es mucho más profundo. Aún las mujeres so­
cialistas en la Liberación de las Mujeres, no ven todavía
el análisis como una herramienta para el desarrollo de
una estrategia, sino sólo como una herramienta para in­
crementar el conocimiento individual y colectivo de nues­
tra opresión. Esto fomenta un liberalismo real entre
nosotras acerca del modo como miramos la opresión de
las mujeres, porque la falta de estrategia significa no te­
ner que actuar y por lo tanto el “análisis” sirve solamente
para centrarnos en nuestras vidas individuales y la es­
peranza de cambiarlas.

¿QUE DEFINE A LAS MUJERES?


¿OPRIME A LADY ASTOR SU BASURERO?

El trabajo de Maggie Benston ¿Qué define a las mu­


jeres? (publicado en Monthly Review como “La econo­
mía política de la Liberación de las Mujeres”, es muy
importante por ser una de las primeras cuestiones que
debemos analizar: el papel de las mujeres en la familia
desde el punto de vista de la producción, más que del
consumo. Benston argumenta que debido a que el traba­

43
jo de las mujeres en la casa no está basado en la produc­
ción de mercancías (que es el único tipo de producción
que la sociedad capitalista considera como un trabajo
real), sino en la producción de valores de uso sin valores
de cambio O), su trabajo no está considerado como tra­
bajo real y verdadero.
Por lo tanto, se define a las mujeres como inferiores
a los varones.
Benston considera a la familia, y al papel productivo
de la mujer dentro de ella, como la base material para
la opresión de la mujer. Este argumento es significativo
110 sólo porque rechaza la idea que la familia es primor­
dialmente una unidad de consumo, sino porque pone en
en tela de juicio la opinión de que la única base econó­
mica para la opresión de la mujer es la superexplotación
de la mujer en el mercado de trabajo. Aquellos que sos­
tienen que la opresión económica de las mujeres existe
únicamente en el lugar de trabajo, concluyen que, por lo
tanto, las mujeres no necesitan organizarse separada o
diferentemente de los varones, y que no hay necesidad
de un movimiento autónomo de mujeres. Y aún las mu­
jeres liberacionistas marxistas, con frecuencia, conside­
ran la organización de mujeres trabajadoras en los mis­
mos términos que si estuvieran organizando a varones,
usando el mismo análisis y la misma estrategia.
Benston sitúa correctamente la opresión de la mujer
en su papel dentro de la familia y correctamente arguye
que las verdaderas contradicciones existen para la mu­
jer, como mujer, y no solamente sobre la base de clase.
Sin embargo, hay problemas muy serios con respec­
to a la estructura del argumento de la autora. El proble­
ma principal es que no proporciona base alguna sobre la
(i) por “valor de uso” entendemos cosas producidas para
ser usadas por la gente; por “valor de cambio” entendemos co­
sas que tienen un valor en el mercado.

44
cual se pueda apoyar una estrategia para un movimiento
femenino. ¿Quiere decir esto que las mujeres tienen una
relación única con los medios de producción y por lo
tanto son una clase? Sabemos que a pesar de esta rela­
lación común con la producción en el hogar, las mujeres
son sin embargo objetiva, social, cultural y económica­
mente definidas, y subjetivamente se definen ellas mis­
mas a través de la posición social de sus maridos o de
su familia y/o de la posición de clase que se deriva del
trabajo de ellos fuera del hogar. Sabemos que las muje­
res de clase alta obtienen verdaderos privilegios de su
pertenencia a una clase social que sobrepasan la opresión
que experimentan como mujeres.
En segundo lugar, definir a las mujeres por su tra­
bajo como trabajadoras del hogar sin sueldo no nos ayuda
a saber como organizarías. La conclusión lógica sería que
las mujeres debieran estar organizadas en torno a su
relación con la producción, es decir, organizadas en torno
a su trabajo en el hogar.
Sin embargo, el aislamiento de las amas de casa que
es un aspecto importante de su opresión es, asimismo, un
gran obstáculo para su organización. Históricamente las
mujeres han comenzado a organizarse, no cuando esta­
ban atadas al hogar, sino cuando entraron en el merca­
do de trabajo.
Hay varios campos en donde el análisis de Benston
da frutos. La demanda de socializar el cuidado de los
niños por medio de guarderías, claramente debe ser par­
te de nuestra estrategia. Otro aspecto es la demanda de
un tipo de alojamiento que no aísle a la gente en unida-
dades familiares, sino que prevea espacio para que la
gente viva de otra manera, con facilidades de guarderías,
espacio para que los niños jueguen, lugares comunes
para que las mujeres, que son forzadas a vivir como en
la prisión de la “reclusión” de sus hogares puedan co~

45
municarse, y facilitar comedores comunes para relevar
a la mujer de la tarea de preparar comida diariamente
para su familia. Pero en una sociedad capitalista a menos
que estas demandas estén relacionadas con un ataque a
la propiedad privada de los medios de producción, la so­
lución lógica sería la capitalización y no la socialización
del trabajo de la casa. Y probablemente se contratarían
mujeres por salarios bajos para que llevasen a cabo estas
tareas. Necesitamos integrar la demanda de socialización
del trabajo de la casa con la demanda de socialización del
trabajo fuera de ella.
Un tercer problema con el análisis de Benston es
que no nos proporciona el marco para comprender la na­
turaleza cambiante de la familia como institución econó­
mica. Las mujeres no desempeñan un papel periférico en
la fuerza de trabajo, y el número de mujeres que trabaja
fuera de la casa está creciendo significativamente. El sen­
tido en el cual el papel de la mujer en el trabajo es peri­
férico tiene que ver con la posición de la mujer en la
familia que es utilizada para facilitar el uso de las muje­
res como un ejército de reserva de trabajo, para pagarles
la mitad de lo que ganan los varones, pero el trabajo de
las mujeres en la fuerza de trabajo no es periférico ni
para las vidas de ellas ni para la clase capitalista.

UNA, DOS, TRES, MUCHAS CONTRADICCIONES

Necesitamos un análisis de la familia que nos ayude


a entender cómo y por qué estos cambios están teniendo
lugar. He venido sosteniendo que muy poco del análisis
que hemos hecho de la opresión de la mujer ha sido un
análisis estratégico, y que la manera en que nosotras ve­
mos la opresión femenina refleja tanto la motivación in­

46
terior del movimiento femenino y nuestro deseo de pro­
barnos a nosotras mismas y a los varones que somos
marxistas, que contamos con un análisis económico, etc.
Ahora debemos comenzar a examinar el material especí­
fico y las condiciones históricas de las cuales ha emana­
do el movimiento de liberación femenina actual, y las
contradicciones experimentadas por las mujeres que es­
tán en proceso de concientización.
La esencia de la posición que quiero sostener en este
trabajo es la siguiente;
a) Que como Benston dice, la base material primaria
de la opresión de las mujeres descansa en el sistema fa­
miliar; b) Que están sucediendo cambios estructurales
muy particulares en el capitalismo que afectan y cambian
el papel de la familia, que están causando una crisis en
el sistema familiar, y que están acrecentando la concien­
cia de opresión en las mujeres; c) Que la clave para en­
tender estos cambios es considerar a la familia como una
unidad cuya función es el mantenimiento y la reproduc­
ción de la fuerza de trabajo, es decir que la estructura de
la familia está determinada por las necesidades del sis­
tema económico, en cualquier tiempo dado, para una
cierta clase de trabajadores; d) Que esta concepción de
la familia nos permite considerar el papel público de las
mujeres (en la fuerza de trabajo) y el papel privado (en
la familia) en una forma integral. La posición de las
mujeres en la fuerza de trabajo estaría determinada por
1) las necesidades del sistema familiar, es decir aquello
que la familia necesita para llevar a cabo las funciones
que de ella se requieren, y 2) por las necesidades gene­
rales de la economía para clases específicas de trabaja­
dores; e) Que la estrategia se debe basar en la compren­
sión de las contradicciones dentro de la familia, contra­
dicciones que son creadas por las necesidades que la fa­
milia tiene que satisfacer; de las contradicciones dentro

47
cíe las fuerzas de trabajo (contradicciones entre la natu­
raleza social de la producción y la organización capita­
lista del trabajo), y las contradicciones creadas por los
papeles duales del trabajo de las mujeres en la casa y su
trabajo en la producción capitalista. Este estudio tratará
de analizar las contradicciones dentro de la familia, y las
contradicciones entre los papeles públicos y privados.
Hemos aprendido a visualizar a la familia como una
institución sacrosanta, como la piedra fundamental de la
sociedad y como constante y nunca cambiante. Pero como
dice Juliet Mitchel: “Como la misma mujer, la familia
aparece como un objeto natural, pero en realidad es una
creación cultural. No hay nada inevitable sobre la forma
o el papel de la familia como no lo hay sobre el carácter
o el papel de las mujeres. Es función de la ideología
presentar estos tipos sociales dados, como aspectos de la
naturaleza misma”.
Particularmente en tiempos de disturbio social, la
familia es enaltecida como el mayor bien. Ya sea el Kin­
der, Eirche, Küche de los nazis o el acercamiento fami­
liar predicado en América.
Debido a que la familia es tan claramente importan­
te en el mantenimiento de la estabilidad social, muchas
mujeres liberacionistas la consideran como el punto dé­
bil del sistema capitalista, y consideran la “destrucción
de la familia” como su primera tarea. El problema con
este punto de vista es que tiende a ser totalmente idea­
lista, declara la guerra a la ideología del sistema familiar
y no a su substancia. Eli vez de esto, nuestra tarea es
formular la estrategia partiendo del conocimiento de las
contradicciones del sistema familiar. Para esto debemos
conocer el desarrollo de la familia en las diferentes eta­
pas del capitalismo según vaya cambiando los requisitos
para el mantenimiento y la reproducción de la fuerza
laboral. Desde este ángulo podemos examinar el tamaño
de las familias que se recomienda, la socialización de los
niños en casa y en las instituciones educativas; si las
mujeres trabajan o se quedan en casa, el papel de la
esposa como proveedora de sostén psicológico y como “re­
guladora de tensiones” de su marido. En suma, podemos
estudiar de una manera integral las funciones económi­
cas, sociales, ideológicas y psicológicas de la familia.
Por “reproducción de la fuerza de trabajo” queremos
decir simplemente que el deber de la familia es mante­
ner la fuerza de trabajo actual y proveer la siguiente ge­
neración de trabajadores, equipados con las habilidades
y valores necesarios para que sean productivos miembros
de la fuerza de trabajo. Cuando hablamos acerca de la
evolución de la familia en el capitalismo, tenemos que
comprender tanto los cambios en la familia dentro del
proletariado, como los cambios que se derivan de la cre­
ciente proletarización de la fuerza de trabajo, y de la
urbanización de la sociedad.
La familia pre-capitalista funcionaba como una uni­
dad económica integrada, varones, mujeres y niños par­
ticipaban en el trabajo productivo en los campos, en las
industrias caseras y en la producción para el autoconsu-
mo de la familia. Había división del trabajo entre varo­
nes y mujeres, pero en esencia toda la producción se
llevaba a cabo dentro de la familia.

LA FAMILIA EN LAS PRIMERAS


ETAPAS DEL CAPITALISMO

Para aquellos que se transformaban en el proleta­


riado urbano, la función de la familia en la reproducción
de la mano de obra fue reducida a su más primitivo nivel;
en lugar de hábiles artesanos, las fábricas requerían sólo

49
un flujo constante de trabajadores que podían tener poco
o nada de experiencia aprendiendo lo necesario en el
trabajo mismo, y que eran fácilmente reemplazables. El
número de trabajadores era de importancia primordial y
las condiciones bajo las cuales vivía el pueblo eran irre­
levantes a las necesidades del capital. La labor de las
mujeres y de los niños adquiría una nueva importancia.
Como consecuencia, en Inglaterra hubo un incremen­
to violento de la explotación de la mano de obra del
niño en el período 1780-1840. Aún los pequeños trabaja­
ban de 12 a 18 horas diarias, era común la muerte por
exceso de trabajo, y a pesar de una serie de convenios de
fábricas donde se hacían previsiones para la educación de
los niños obreros, ésta fue casi siempre un mito. Las
mujeres trabajaban hasta la última semana del embarazo
y debían retornar a las fábricas poco después de haber
dado a luz por temor a perder sus empleos; los niños eran
dejados en compañía de quienes eran demasiado jóvenes
o demasiado viejos para trabajar y se les suministraban
narcóticos para tranquilizarlos. Generalmente morían por
la mala nutrición resultante de la ausencia de la madre
y de la falta de alimentación adecuada.
“¿Sobre qué está basada la familia actual?, ¿la fami­
lia burguesa? Sobre el capital o la ganancia privada. En
su forma completamente desarrollada, esta familia sólo
existe en la burguesía. Pero este estado de cosas encuen­
tra su complemento en la ausencia práctica de la familia
entre el proletariado y en la prostitución pública..
“La ostentación de los burgueses sobre la familia y
la educación, sobre la sagrada relación de padres e hijos,
llega a ser repugnante; aún más: por la acción de 'la in­
dustria moderna, todos los vínculos familiares entre los
proletarios son deshechos y sus niños transformados en
simples artículos de comercio e instrumentos de trabajo”
(Manifiesto comunista).

50
En la etapa primitiva de ía acumulación del capital,
con un flujo continuo de mano de obra barata e inexper­
ta, se determinó la estructura de la familia adaptándola
a las necesidades del capitalismo.
Por el contrario, la ideología predominante fue usa­
da a su vez para preparar a la clase trabajadora para la
nueva esclavitud. La represiva moral victoriana (fue lle­
vada a la clase trabajadora a través de las sectas Wesle-
yan) se impuso aún con más fuerza sobre la libertad de
las mujeres, y perpetuó la ideología del trabajo duro y
la disciplina.
El concepto Victoriano de la familia fue al mismo
tiempo una reflexión de la familia burguesa, basada en
la propiedad privada y un ideal representando un status
al cual el proletariado desearía ascender.
Inicialmente en Norteamérica las condiciones eran
las mismas que en la Europa pre-capitalista. La coloni­
zación del continente demandó una estructura familiar,
al principio más fuerte aún que en Europa, debido a la
ausencia de otras instituciones desarrolladas para respon­
der a las necesidades sociales y psicológicas. En las tem­
pranas etapas del desarrollo del capitalismo los trabaja­
dores industriales experimentaban una condición similar
a la de los europeos. Pero, como en Europa, la evolución
del capitalismo demandó una restructuración de la fa­
milia.
Dentro del capitalismo avanzado surge un modelo
parecido para los grupos que sirven como ejército de re­
serva de la fuerza de trabajo inexperta. Durante la escla­
vitud, la familia negra era sistemáticamente quebrantada
y destruida, y en muchos casos nunca fue reparada. Dado
que el pueblo negro fue usado como ejército de reserva
de mano de obra no calificada, no hubo necesidad de una
estructura familiar que asegurara a los niños enseñanza
y capacitación; la opresión y represión directa (racismo)

51
'eliminaba la necesidad dé un control social más sutil a
través del proceso de socialización de la familia.
Generalmente las mujeres eran las únicas que en­
contraban trabajo y ganaban el pan, pero si se advertía
la presencia del varón, esto se tornaba más difícil y de
esa forma disminuía el bienestar de la familia.
A medida que el proceso de producción se hacía más
complejo se requería un nuevo tipo de trabajadores —tra­
bajadores que podían leer instrucciones y planos— pro­
vistos de habilidades que exigían una considerable ex­
periencia. i . ■ I , ;;
Mientras la necesidad de mano de obra capacitada
aumentaba, la mano de obra de las mujeres y de los niños
tendía a ser reemplazada por la de los varones; los tra­
bajadores implicaban una inversión de capital y, por lo
tanto, tenía más sentido emplear a quienes pudieran tra­
bajar continuamente a lo largo de sus vidas.
Al mismo tiempo, el crecimiento de las organizacio­
nes obreras y el incremento de la conciencia revoluciona­
ria de la clase trabajadora forzaba a la clase gobernante
a satisfacer algunas de sus demandas o afrontar una
rebelión en gran escala. El ascenso de los niveles mate­
riales de vida propició tanto la necesidad de restringir
la militancia, como proveer un modo de vida que permi­
tiera la educación de los niños para hacer trabajos cali­
ficados, como la necesidad de consumidores para los nue­
vos bienes producidos.
La abolición de la mano de obra de los niños y la
introducción de la educación obligatoria fueron determi­
nadas por la necesidad de una mano de obra especializada.

52
LA REPRODUCCION DE LA FUERZA DE,
TRABAJO EN EL CAPITALISMO AVANZADO

1) La transformación de los costos de escolarización


y entrenamiento de la nueva generación de trabajadores
es fundamental para los cambios que han tenido y están
teniendo lugar en la estructura familiar. Una de las leyes
fundamentales del capitalismo es la necesidad de expan­
sión constante. La automatización es necesaria para la
supervivencia del sistema. No sólo se requieren trabaja­
dores que sean altamente calificados, sino que hayan sido
entrenados para aprender nuevas destrezas. Las ganan­
cias dependen, cada vez más, de la eficiente organización
del trabajo y de la “autodisciplina” de los trabajadores,
más que de simples incrementos de velocidad en el tra­
bajo o de otras formas directas de aumento de explota­
ción de los trabajadores. Por lo tanto, la familia es im­
portante tanto para que sostenga la carga de los costos
de la educación, como de llevar a cabo la socialización
represiva de los niños. La familia debe educar niños que
internalicen jerárquicamente las relaciones sociales, que
sean capaces de disciplinarse ellos mismos y de trabajar
eficientemente sin que sean supervisados constantemente.
La familia también sirve para reprimir la sexualidad
natural de sus miembros, proceso esencial si la gente de­
be efectuar trabajos que los convierten en máquinas du­
rante ocho o más horas al día. Las mujeres, son las res­
ponsables de impartir la mayor parte de esta socialización.
La presión de permanencia en la escuela y el aumen­
to en la educación superior, que sirve tanto para entrenar
trabajadores calificados y administradores como para ab­
sorber la mano de obra que no puede ser empleada,
significa que las ganancias de mujeres casadas empiezan
a sustituir a las ganancias de los hijos solteros. En 1951,

53
las mujeres casadas eran sólo el 8,9.% de la fuerza de
trabajo; en 1965, el 18,5 % de todos los trabajadores eran
mujeres casadas. En contraste hubo una disminución en
el número de menores solteros ocupados. De un 20,7 %
en 1951, a un 17,2 % en 1965. Debido a la tendencia cada
vez mayor de los jóvenes de no vivir en el hogar paterno
una vez que comienzan a ganar dinero, cada día son me­
nos las familias que cuentan con las entradas de los hijos
mayores para equilibrar el presupuesto. Y además de no
contar con estos salarios extra, la familia frecuentemente
debe pagar los colegios de los otros hijos.
El poder contar con un sueldo complementario con
frecuencia marca la diferencia entre la pobreza y la po­
sibilidad de mantenerse a flote económicamente.
Un estudio de los datos del censo de 1961 señala que
sólo el 43 % de las familias no campesinas tenían un solo
ingreso. En el 37 % de éstas, las esposas tenían ingresos,
y un 20 % eran contribuidos por los jóvenes. Como el
porcentaje de las mujeres trabajadoras ha crecido de un
28,7 % en 1961, a un 34,4 % en 1968, ha aumentado el
promedio de familias que cuentan con ingresos de las
esposas.
Gran parte de la “abundancia” de la clase trabajadora,
y aún muchas de las familias de “clase media” dependen
de los salarios de las mujeres.
En esta situación, las mujeres son indispensables pa­
ra el mantenimiento de la familia donde los niños son
obligados a permanecer en la escuela, solventados por sus
padres o propensos al desempleo si dejaron la escuela a
edad temprana. Aunque, en otro sentido, las mujeres es­
tán de más en el hogar ya que los niños, a los que se
supone deben cuidar, son ya lo suficientemente mayores
para valerse por sí mismos, rechazan la autoridad de los
padres y se rebelan en contra del sistema de control sobre
sus vidas.

54
Los cambios que se necesitan en el tipo de trabajo
son también reflejados en la disminución del tamaño de
las familias. Para una familia rural, los hijos significan
manos para trabajar y bocas que alimentar: como casa
y comida no representan tanto gasto en una granja como
en la ciudad, las familias numerosas no son una carga
sino que son valoradas por el sentimiento de seguridad y
la compañía que proveen. En las primeras etapas del ca­
pitalismo eran necesarios grandes cantidades de trabaja­
dores por lo que no se trataba de limitar el número de
hijos. Aunque tener muchos hijos significaba pasar pe­
nurias para las familias urbanas de clase trabajadora, los
viejos patrones sociales cambiaban lentamente.
En 1911 sólo el 40 % de la población canadiense vi­
vía en aldeas y ciudades; en 1961 casi el 70 % de la po­
blación era urbana. El alto costo de la casa, comida, ropa
y educación y el fácil acceso para el control de la natali­
dad han producido en su conjunto una tendencia hacia
las familias reducidas. Y puesto que la urbanización, un
fenómeno bastante reciente, es la brecha entre los valores
culturales y las necesidades económicas, la tendencia a
las familias reducidas es relativamente nueva.
Las demandas que actualmente las mujeres están ha­
ciendo sobre el control de la natalidad y el aborto, serán
eventualmente concedidas, ya que no amenazan las nece­
sidades básicas del sistema. Pero debemos ver esto no
como la prueba de que estas demandas son “reformistas”,
concluir que no debemos organizamos en torno a ellas
sino considerarlas como nuestra primera victoria. La re­
sistencia general de la clase gobernante para concederlas,
debe hacernos concientes de su naturaleza de doble
filo. Por una parte, la propia familia podría funcionar
mejor si el control de la natalidad y el aborto a solicitud
estuvieran al alcance de todas las clases. Por la otra, la
existencia de la familia como tal se ve amenazada por

55
existencia de la familia como tal se ve amenazada por
zarán y harán posible el sexo fuera del matrimonio.
A medida que las mujeres tengan menos niños, de­
finirse primordialmente por la maternidad tendrá menos
y menos sentido y con esto puede resultar como si se
abriera una caja de Pandora. Parte del razonamiento pa­
ra la exclusión de mujeres de tantos trabajos que requie­
ren entrenamiento, desaparecerá cuando las mujeres sean
capaces de decidir cuando quieren tener hijos.
La tendencia a familias reducidas es tanto una con­
sideración de la necesidad del salario de la mujer en la
familia, como una causa ulterior del incremento en el
número de mujeres trabajadoras. Las familias reducidas
posibilitan más a las mujeres el permanecer fuera de la
fuerza de trabajo en tanto los niños son pequeños, y re­
tomarlo cuando ellos están ya en la escuela. Este es pre­
cisamente el modelo que se está desarrollando.
Para los mismos jóvenes, los cambios en el tipo de
trabajo requerido tiene también efecto para la formación
de familias, en cuanto a los que se casan tengan o no
hijos si las esposas jóvenes trabajan. La prolongación de
la escolaridad ha reducido el porcentaje de los varones
jóvenes que trabajan. En 1953 el 51,7 % de varones de
14 a 19 años estaba en la fuerza de trabajo, en 1968 sólo
un 39,1 %.
En forma similar, sólo un 84,3 '% de varones de 20
a 24 años estaban en la fuerza de trabajo en 1968 en
comparación con el 92,9 '% de 1953.
Para los que abandonan la escuela, el cuadro es fre­
cuentemente triste. En proporción los varones desocupa­
dos de 14 a 19 años doblan el promedio de desocupación
de todos los varones. Y también es mucho más probable
que los varones de 20 a 24 años estén más desocupados
que los trabajadores mayores.
Para quienes están trabajando, hay una brecha que

56
va aumentando entre los salarios pagados a los trabaja­
dores jóvenes y a los trabajadores mayores. Los traba­
jadores jóvenes masculinos y femeninos, están más con­
centrados en los sectores en los cuales el empleo declina
(especialmente donde la labor no especializada está sien­
do suplantada por el incremento de la automatización),
y en los sectores de bajos salarios como el trabajo de ven­
dedores al por menor y el de oficinista.
Esta situación es comparable con el auge de los na­
cimientos producidos después de la Segunda Guerra
Mundial. La causa de esto fue el incremento de mujeres
casadas y no que ellas tuviesen un mayor número de
hijos. Una de las razones del incremento del número de
mujeres casadas se debió al hecho de ser despedidas de los
trabajos obtenidos durante la guerra en sectores normal­
mente ocupados por los varones.
La economía estaba en un período de auge y expan­
sión debido a la guerra y al desarrollo del imperialismo.
El bajo promedio de nacimientos durante la depresión
tuvo como resultado que hubiera en esos momentos poca
cantidad de trabajadores jóvenes. En la industria pesada
había abundante trabajo y por lo tanto el promedio de los
salarios de éstos estaba casi a la par de los mayores. La
demanda de mano de obra incrementaba la inmigración
en gran escala y atraía a mucha juventud rural hacia las
ciudades. Muchos de esos jóvenes estaban solos en la ciu­
dad, desarraigados de sus comunidades y de sus familias,
y al faltar cierta cultura juvenil que actualmente provee
algunas alternativas al casamiento, existían razones natu­
rales para que la juventud se casara y formara su propia
familia.
Por el contrario en el 70 se nota un período de des­
empleo en aumento, de salarios congelados, coherción
para que la juventud permanezca en el colegio y el incre­

57
mentó de las distancias entre los salarios de los trabaja­
dores jóvenes y los mayores.
A dólar constante 1961, el promedio de las ganan­
cias de los varones asalariados de 35 a 44 años era de
u$s 1.481 entre 1951 y 1961; mientras que para los de 20
a 24 años era de u$s 520 y para los de 14 a 19 de u$s 20.
Por lo tanto, no solamente la situación cultural sino tam­
bién la situación económica hace de la familia estable
del 50 un modelo diferente de la del 70. Los jóvenes que
se casan, necesitan desesperadamente los ingresos de sus
esposas, el 58 % de las mujeres de 20 a 24 años trabajan
en 1968, esto representa un incremento del 10 % con
respecto a 1960.
En las familias donde el jefe era menor de 25 años
(si hay un varón en la familia es considerado el jefe, sea
o no el sostén de la misma), las mujeres contribuían en
1965 con un cuarto del total de los ingresos de ella. Como
los salarios pagados a las mujeres son bajos, esto indica
un alto número de esposas empleadas. Ha disminuido la
tendencia a los casamientos tempranos y la proporción
de los nacimientos ha alcanzado su mínima expresión.
Una mayor libertad sexual fuera del matrimonio, el
acceso al control de la natalidad, y la situación económi­
ca, significarán probablemente que la tendencia a bajos
promedios de natalidad mantenido desde 1959 continuará.

LAS MUJERES COMO PRODUCTORAS

Es claro que la forma en que la familia evoluciona


crea nuevas contradicciones que a su vez producen en las
mujeres un nivel más alto de conciencia de su opresión.
Pero no podemos comprender las contradicciones dentro
del sistema familiar a menos que entendamos más clara­
mente la otra cara de la moneda: la situación de la mujer
en la fuerza de trabajo. Porque los mismos cambios es­
tructurales del capitalismo que afectan a la familia, tam­
bién afectan a la mujer en su papel de trabajadora a suel­
do, y las contradicciones entre estos dos papeles constitu­
yen una fuente importante de nueva concientización.
Las mujeres liberadonistas han argumentado correc­
tamente que las mujeres son superexplotadas en dos sen­
tidos: aquéllas que trabajan fuera de casa, trabajan no
ocho sino 16 horas al día para el capitalista; en la familia,
para mantener y reproducir a la clase trabajadora, y co­
mo miembros de la fuerza de trabajo; además de que a las
mujeres se les paga casi la mitad de lo que recibiría un
varón.
Hemos tratado esto desde el punto de vista moral
para probar que las mujeres están mucho más oprimidas
que los hombres, en vez de analizar la estructura del em­
pleo de las mujeres.
Las preguntas acerca de la importancia de las de­
mandas de salarios no pueden ser consideradas en abs­
tracto. ¿Queremos organizar a las mujeres en los sindi­
catos actuales que están dominados por los varones? Sin
embargo, sabemos que la no organización en el lugar
de trabajo puede descuidar las necesidades verdaderas de
la gente, lo cual significa, especialmente para las muje­
res, que los exiguos pagos no puedan alcanzar para pro­
veer lo más esencial para la vida. Y la posibilidad de in­
dependencia económica es una pre-condición para aque­
llas mujeres que están pensando en su propia autonomía
e independencia.
Si queremos tener clara la importancia del trabajo
femenino también debemos entender el objeto de los sin­
dicatos y de las demandas de salario. Aquellos sectores
de la industria que están en la etapa más alta del desa­
rrollo del capitalismo (un grado muy alto de monopoli­

59
zación y automatización, inversiones enormes en plantas
y equipo, etc.) .no tienen una necesidad absoluta de
controlar los salarios. El interés de estos sectores no es
sólo mantener los salarios bajos, sino prevenir la inter­
vención >de los sindicatos, y de esa manera evitar huelgas,
etc., además en los sectores productores de bienes de las
industrias altamente monopolizadas, los salarios altos
son pagados por el consumidor mediante el aumento de
precios, de tal forma que no afectan las ganancias.
En contraste, el tipo de industrias en donde están
concentradas las mujeres tienden a ser intensivas en el
trabajo antes que intensivas en el capital, y los salarios
ocupan un porcentaje relativamente alto de los costos
totales. Las mujeres constituyen el 75 % del total de
trabajadores de indumentaria, el 65 % del total de tra­
bajadores de fábricas de punto, y el 51 % en productos
de cuero (alrededor del 70 % de todas las mujeres tra­
bajadoras están en textiles, indumentaria y en industrias
relacionadas; en alimentos y bebidas o en aparatos eléc­
tricos y provisiones). El promedio de los jornales sema­
nales y los salarios para la indumentaria y las industrias
relacionadas eran, para setiembre de 1969, u$s 78 en in­
dumentaria y fábricas de punto, y u$s 81 en productos
de cuero, comparado con u$s 139 en la industria química,
y u$s 133 en la de productos metalúrgicos, donde las mu­
jeres eran el 22 % y el 11 % del total de trabajadores,
respectivamente.
Estás son también las industrias de menor automa­
tización. Los bajos salarios femeninos en estos sectores
(al igual que los bajos salarios de los trabajadores mas­
culinos) no son simplemente la forma en que el capita­
lista obtiene grandes ganancias por emplear mujeres pa­
gándoles bajos salarios. Iguales salarios en este sector
no sólo significaría menos ganancia para el capitalista,
sino una transformación en la industria. (En los textiles

60
podría forzar la automatización, o podría significar que
la industria no sobreviviría a la competencia con la in­
dustria textil del Tercer Mundo).
Aún más, en las industrias que emplean a muchas
mujeres en donde el salario promedio es alto (como los
prouctos eléctricos, donde las mujeres' son el 31 % del
total de trabajadores, y el promedio de los jornales y sa­
larios son de u$s 132 por semana), generalmente las mu­
jeres trabajan jornadas intensivas en el armado y em-
balaj, tipo de trabajo en el cual los bajos salarios son
importantes para mantener los costos bajos y las ganan­
cias altas.
La mayoría de las mujeres no son empleadas en la
manufactura, sino en el sector de servicios. El empleo
de un gran número de mujeres en el sector de servicio
industrializado forma parte de una tendencia general a
acelerar al máximo el crecimiento del empleo en este
sector.
No sólo crece el sector de servicios, sino que los em­
pleos dentro de éste están industrializándose cada vez más
y por lo tanto pueden ser organizados con más facilidad.
El crecimiento en este sector significa la creación de:
a) más empleos profesionales y técnicos o empleos para
la nueva clase trabajadora, los cuales están razonable­
mente bien pagados, son potencialmente creativos y
que requieren un grado considerable de entrenamien­
to y educación (maestros, técnicos, enfermeras, inge­
nieros), algunos de los cuales son de carácter proleta­
rio, y b) un sector entero de empleos, que requieren
muy poca preparación, que están mal pagados, que no
son creativos ni dan recompensa (aunque algunas veces
son potencialmente creativos) y en donde las condicio­
nes de trabajo son pésimas —empleadas de negocios, tra­

61
bajadoras de hospitales, camareras, empleadas de go­
bierno, etc.—.
Un número creciente de esas tareas está en el
sector estatal. A causa de las necesidades económicas
del Estado y la creciente presión sobre las finanzas gu­
bernamentales, hay una apreciable y permanente di­
ferencia entre los salarios de los empleados públicos y
los privados, que genera la disconformidad y los inten­
tos de agremiación entre los trabajadores del gobierno.
Un gran número de mujeres trabajan como empleadas
públicas y puede esperarse que sean afectadas por este
desarrollo.
Está claro que, cuando decimos que se utiliza a las
mujeres como un “ejército de reserva para el traba­
jo” (como, por ejemplo, el pueblo negro en los EE. UU.
es usado también como un ejército de reserva de la
mano de obra), no nos estamos refiriendo a un grupo
de trabajadores que son periféricos a la economía, sino
a un grupo que ocupa un lugar central en el manteni­
miento de tareas intensivas de manufactura y de los
sectores de servicio y del estado donde los bajos salarios
constituyen una prioridad.
Unas pocas comparaciones de jornales básicos in­
dicarán claramente la importancia de las diferencias de
jornales sobre la base del sexo.
El término medio de ganancias para los trabajado­
res durante todo el año 1961, DBS i1) (han sido exclui­
das las categorías donde trabajan pocas o ninguna
mujer).

(!) Departamento de estadísticas.


62
M\asculinO‘ Femenino
Personal jerárquico u$s 7920 u$s 3351
Profesionales y técnicos 7602 „ 4226
Empleados de oficina 4713 „ 3263
Vendedores 5287 „ 2077
Servicios 4120 „ 2099
Obreros de producción 5290 „ 2756

Aún en la esfera profesional y técnica, donde son


más altos los salarios de las mujeres, el promedio de los
salarios está alrededor de 1000 por año menos que los
de los obreros de producción masculina y sólo en el sector
de servicio —un campo donde emplean a muchas mu­
jeres— es menor para los varones que el promedio
para las mujeres en el campo más alto.
La sindicalización de las mujeres trabajadoras que
ya se está dando en sectores previamente sindicaliza-
dos, evidentemente será un duro golpe para la esta­
bilidad del sistema capitalista. La gran mayoría de las
mujeres trabajadoras tienen empleos que sensatamente
se pueden definir como “obreros”.
Sólo alrededor de un 15 % del total de mujeres
que trabajan son profesionales y alrededor de un 85 %
de éstas se encuentran en aquellas profesiones que ya
empiezan a sindicalizarse (enfermeras y maestras).
Muy pocas mujeres tienen cargos jerárquicos y la in­
mensa mayoría son empleadas.

¡HERMANAS: CONSIGAMOSLO JUNTAS!

La unificación de las trabajadoras. Es claro que las


trabajadoras son estratégicas, pero no debemos concluir

63
que podemos derrocar el sistema sólo con solicitar sa­
larios y comenzar a trabajar por la unificación de las
trabajadoras, como estrategia para un movimiento de
masas. Nuestra potencialidad revolucionaria descansa en
el hecho de que la mayor parte de las mujeres están
oprimidas como mujeres y explotadas como trabajado­
ras, y nuestra estrategia debe reflejar esta dualidad. Las
demandas de las mujeres sacuden tanto una institución
que es fundamental en el sistema —la familia— como a
sectores de la economía que no son capaces de satisfacer
ni siquiera demandas más tradicionales del movimiento
laboral. Debido a que los organizadores del pasado rehu­
saron organizar a las mujeres como mujeres, se les ha con­
siderado “inorganizables”, dando las razones de que no
tienen tiempo, trabajan en sectores difíciles de organizar y
a su constante entrar y salir de la fuerza de trabajo. Por
ejemplo, todas las razones estructurales que hacen a la
industria textil la más capaz de ser explotadora, también
la hacen muy difícil de organizar, pues los trabajadores
pueden ser reemplazados fácilmente, la baja inversión
en la planta y en el equipo significa que los patrones
pueden resistir durante largo tiempo en caso de huelgas,
(las plantas son pequeñas), etc. Similarmente, muchas
mujeres en el sector de servicios son difíciles de orga­
nizar, en el sentido tradicional, porque trabajan en es­
tablecimientos muy pequeños: camareras, empleadas de
comercio, etcétera. Un plan de acción para organizar
el lugar de trabajo por sí solo no puede solucionar es­
tos problemas, pero cuando vayamos desarrollando un
análisis de la opresión de la mujer podemos convertir
estos factores en una base de organización y en una
parte integral de nuestra estrategia. He sostenido que la
importancia de la familia como unidad económica, la im­
portancia del trabajo barato que proporcionan las mu­

te
jeres significa que el sistema debe luchar por mantener
el sistema familiar. El colapso de la familia, además de
significar que las mujeres pedirán trabajos que no exis­
ten, lucharan por la igualdad de oportunidades de tra­
bajo, igual paga, guarderías, licencias por maternidad,
seguridad de trabajo, etc., en forma mucho más militante.
Actualmente una de cada diez familias tiene a una mujer
como su único sostén. Ni el Estado ni los sectores en
donde las mujeres trabajan podrían ser fácilmente capa­
ces de satisfacer las necesidades de estas mujeres que
tienen que sostenerse ellas mismas y, por lo general, a
sus niños.
Sin embargo, mucha gente, especialmente en la clase
trabajadora, siguen considerando a la familia como el
único lugar en donde las necesidades básicas emociona­
les de amor, apoyo, compañía, pueden ser satisfechas;
ya que no hay alternativas, según están hoy día las
cosas, la mayor parte de las mujeres no pueden y no
quieren permanecer solas. Si nuestro grito es “destruye
la familia” el movimiento femenino se concretizará al
pequeño sector de mujeres profesionales y jóvenes sin
familia. Las grandes masas no se relacionaran al Mo­
vimiento porque no se apega a sus necesidades. En vez
de esto, lo que debemos hacer, es comenzar a organizar-
nos en torno a las solicitudes que proveen las condi­
ciones previas para la autonomía de las mujeres: su in­
dependencia económica. En realidad esta lucha elevará
las contradicciones en el sistema familiar.
Al mismo tiempo, no debemos ser presas del chau­
vinismo y de la arrogancia de presumir que la clase tra­
bajadora femenina es capaz de organizarse solamente en
torno a asuntos “económicos”, y que ellas no tienen
conciencia de su opresión como mujeres, o inquietudes
y anhelos de libertad e independencia.

65
Asuntos como el control de la natalidad satisfacen
necesidades directas de las mujeres y al mismo tiempo
nos permiten hablar de sexualidad reprimida y sus fun­
ciones en la sociedad capitalista. Las guarderías atacan
la privatización del individuo dentro de la familia y
proveen una forma ejemplar del cuidado comunitario de
los niños y también otras formas comunales, al mismo
tiempo que satisfacen una necesidad directa de las mu­
jeres. Los requerimientos materiales proporcionan la po­
sibilidad de independencia económica. La evidente do­
minación masculina en los sindicatos actuales nos
facilitan hablar de grupos de encuentros femeninos o
nuevos sindicatos para sustituir los que están controla­
dos por líderes masculinos vendidos. Las leyes contra el
aborto, el trato opresivo de las mujeres en los hospita­
les, y la carestía de los servicios médicos, nos permiten
hablar de medicina socializada, y solicitar que se insta­
len clínicas controladas por la comunidad. Muchas mu­
jeres trabajan no sólo por el dinero sino por escapar del
aislamiento de sus hogares, y porque quieren tener una
identidad basada en lo que hacen; de manera que cuando
toman el empleo y encuentran que el trabajo no es crea­
tivo, la decepción es verdadera y amarga. Al organizar
los lugares de trabajo podemos responder a esta forma­
ción de conciencia hablando de la potencialidad del tra­
bajo creativo en una sociedad que no esté dirigida a la
obtención de ganancias, y solicitar el control de los
obreros.
Estos asuntos que hemos venido considerando desde
hace mucho tiempo, ahora pueden ser formulados como
solicitudes públicas por el movimiento femenino, y de­
bemos pensar estratégicamente como deben ser expues­
tos. Por ejemplo, muchos grupos de mujeres del movi­
miento de liberación han organizado guarderías, que nos
han servido para teoría y práctica en la educación anti­

66
autoritaria de los niños por lo que son muy importantes,
pero que sólo han resuelto las necesidades de unas pocas
mujeres. Debemos comenzar una campaña pública en
favor de las guarderías, pero es necesario pensar de una
manera concreta, como pueden nuestras solicitudes servir
mejor a las mujeres y la mejor forma de plantearlas para
ver su necesidad. ¿Qué significa, por ejemplo, solicitar
guarderías en el lugar de trabajo de las madres? Las
guarderías deberían ser responsabilidad de la sociedad,
y no de uno u otro de los padres, individualmente, (es
decir, si fueran gratis) y si la solicitud incluyera que la
gente en el lugar de trabajo controlara la guardería, esto
podría provocar nuevas demandas acerca del control
sobre el trabajo y el proceso del mismo. Por otra parte,
la guardería 'en el lugar de trabajo podría reforzar la
idea de que es la madre, y no ambos padres, quien tiene
la responsabilidad de cuidar a los niños, y significaría
que las madres tendrían que llevarse los niños al tra­
bajo, y estar con los niños cuando están más cansadas
al salir del trabajo, sin tener un momento libre para
ellas mismas.
Estas cuestiones serán académicas hasta que el mo­
vimiento de liberación femenina comience a considerar
seriamente el hecho de que es un producto de condicio­
nes objetivas que está llevando a todas las mujeres hacia
una mayor conciencia de opresión, y se aboque seria­
mente a organizar las masas femeninas. Lo que hay que
resaltar no es que deberíamos saber todas las respuestas
antes de comenzar, pero sólo analizando la situación
femenina como un todo, sólo si formulamos estrategias
basadas en las necesidades reales de las mujeres y en
las verdaderas contradicciones existentes, podemos es­
perar construir un movimiento revolucionario femeni­
no. Hagámoslo.

67
“La división ¡del trabajo. . . descama a su vez en la
división natural del trabajo en la familia y en la divi­
sión de la sociedad en diversas familias contrapues­
tas; se da al mismo tiem p o ... la distribución desi­
g u a l... del trabajo y sus productos, es decir, la
propiedad... cuya forma inicial se contiene ya en
la familia, donde la m ujer y los hijos son los esclavos
del marido. La esclavitud latente en la familia, es la
primera forma de propiedad, que. .. corresponde per­
fectamente a la definición de los modernos economis­
tas según la \cual es el derecho a disponer de la fuer­
za de trabajo de .otros."
C arlos M a rx - F ed erico E ngels:
“La Ideología Alemana”.

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'1

ISABEL LARGUÍA

LA MUJER

CAPITULO I

NOTAS PARA UN DEBATE,

Habitualmente, se piensa que la mujer está al


margen de la producción; que comenzó a incorporarse
masivamente sólo al participar en la economía mercan­
til, en la que estaba destinada a desempeñar un rol
auxiliar; sus deberes fundamentales están en la casa, en
la familia, donde tiene un lugar específicamente feme­
nino, muy ajeno a la economía.
Tales nociones, sumamente corrientes en la moder­
na concepción del mundo, tanto de los especialistas como
del pueblo en general, encierran una profunda confusión
ideológica. 1
Menoscaban a la mujer de varias maneras. Niegan
el valor económico de los trabajos que generalmente ha
realizado y sostienen a la vez, que la mujer nace con
rasgos físicos y espirituales que la destinan por natura­
leza a cumplir determinado tipo de labores.

71
b) Educación y cuidado de los hijos, enfermos y an­
cianos.
c) Reproducción de la fuerza de trabajo consumi­
da diariamente.
Cuando se superponen estos tres aspectos, se con­
funde sistemáticamente la reproducción biológica, con la
reproducción privada de la fuerza del trabajo, tanto
la que gastan los hombres y las mujeres en el proceso
de la producción social, como la temprana formación de
la nueva generación de trabajadores.
Tales confusiones son la base de las nociones seudo-
científicas enarboladas en la sociedad moderna para
justificar la división del trabajo entre el hombre y la
mujer. El factor biológico no pudo determinar los cam­
bios ocurridos en la familia desde la comunidad primiti­
va hasta nuestros días —ya que permanece idéntico a
través de toda la existencia de la especie— ni explica
tampoco el rol de la mujer en el trabajo y consecuente­
mente, su posición social. Por otra parte, la reproduc­
ción afecta tanto al hombre como a la mujer, excepción
hecha del período de la lactancia (y en algunas socieda­
des en los últimos meses de la gestación).
No es por “naturaleza” que la mujer realiza las
tareas domésticas. Los estudios etnológicos de los pue­
blos preclasistas han dado al traste con la imagen cos­
tumbrista del siglo XIX según la cual las mujeres desde
las etapas más tempranas se habrían dedicado espontá­
neamente a hilar y a cocinar, mientras los hombres se
alejaban hacia cultivos remotos, entablando épicas ba­
tallas contra la naturaleza indómita.
Por ejemplo, Scoresby y Routledge en W üh a Pre-
historiic People señalan que en el grupo estudiado los
hombres eran incapaces de levantar pesos mayores a las
sesenta libras, mientras las mujeres cargaban cien libras

74
o más. “Cuando un hombre dice —refieren los autores—
ésta es una tarea muy pesada para mí, corresponde que
venga una mujer a realizarla, sólo está constatando un
hecho real”.
En el ensayo Historia de la U.R.S.S., de Briusov y
otros, podemos leer: “En las metrópolis neolíticas del
Transbaikal, se han encontrado armas de caza —arcos
y flechas— tanto en las sepulturas de hombres como de
mujeres, lo que es característico del régimen ma­
triarcal”.
Si preferimos prescindir de la etnología y de los
hallazgos arqueológicos, la prensa cotidiana trae amplia
información de la lucha de las mujeres vietnamitas, que
en la ofensiva del Tet, por ejemplo, tomaron las armas
en número de dos millones.

75
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* * Este ensayo se redactó inicialmente y se circuló
en los primeros meses de 1969 bajo el título “Por un
feminismo científico". Desde entonces ha aparecido
el trabajo de Margaret Benston, 'The political econo.
m y of women's liberation” (Monthly Review, sep­
tiembre 1969) que requiere un breve comentario aquí
como el único intento serio que conocemos de ex­
plorar las implicaciones económicas del trabajo del
ama de casa en el capitalismo. Aunque estamos en
general de acuerdo, insistimos que sin ir más allá de
los conceptos de la economía política clásica, en par­
ticular a las nociones de fuerza de. trabajo y plus­
valía tal como Marx los emplea, es imposible poner
al descubierto en papel de ama de casa en la sociedad
de clases, con todas sus implicaciones políticas.
CAPITULO II

TRABAJO VISIBLE Y TRABAJO INVISIBLE

La posición igualitaria ocupada por la mujer en la


comunidad primitiva fue determinada por el valor de
su trabajo productivo, que se realizaba colectivamente.
A partir de la disolución de las estructuras comunita­
rias y de su reemplazo por la familia patriarcal, el traba­
jo de la mujer se individualizó progresivamente y fue
limitado a la elaboración de valores de uso para el con­
sumo idirecto y primado.
Segregada del mundo del plusproducto la mujer se
constituyó en el cimiento económico invisible de la so­
ciedad de clases. Por el contrario, el trabajo del hombre
cristalizó a través de los diferentes modos de producción
en objetos económicamente visibles, destinados a crear
riqueza al entrar en el proceso del intercambio. En el
capitalismo, tanto como propietario de los medios de
producción que como operador de los mismos por me­
dio de la venta de su fuerza de trabajo, el hombre se de­
fine esencialmente como productor de mercancías. Su
posición social se categoriza gracias a esta actividad y
su pertenencia a una u otra clase se determina según la
situación que ocupe dentro del mundo creado por la pro­
ducción de bienes para el intercambio.

79
La mujer, expulsada del universo económico, creador
del plusproducto, cumplió no obstante una función eco­
nómica fundamental. La división del trabajo le asignó
la tarea de reponer la mayor parte de la fuerza de tra­
bajo que mueve la economía, transformando materias
primas en valores de uso para su consumo directo. Pro­
vee de este modo a la alimentación, al vestido, al man­
tenimiento de la vivienda, así como a la educación de
los hijos.
Los economistas entienden corrientemente que para
reemplazar los medios de producción y vida (máquinas,
alimentos, vestidos, etc.), sometidos a continuo consu­
mo, los hombres han de producir nuevos bienes materia­
les. A este proceso de renovación constante de la pro­
ducción le llaman reproducción, ia cual tendría lugar
sociedad en su conjunto. Pero lo que se omite es que
lo mismo dentro de cada empresa que en cuanto a la
esta reproducción económica simple se realiza a dos ni­
veles distintos, correspondientes a la división del tra­
bajo que hemos señalado. Uno de éstos es la forma más
primitiva de empresa: la casa. Si bien los hombres y las
mujeres obreros, reproducen fuerza de trabajo por me­
dio de la creación de mercancías para el intercambio y
por lo tanto para su consumo indirecto, las amas de
casa reponen diariamente gran parte de la fuerza de tra­
bajo ée toda la clase trabajadora. Sólo la existencia de
una enajenante ideología milenaria del sexo, impide
percibir con claridad la importancia económica de esta
forma de reposición directa y privada de la fuerza de
trabajo.
Muy burdamente podría señalarse que si el prole­
tariado no contara con este tipo de trabajo femenino que
le proporciona alimentos, vestidos, etc., en un mundo
donde no existen los servicios necesarios para que esta
reposición sé colectivice, las horas de plustrabajo serían
significativamente menores.
Al evaluar la economía de un país y sus posibilida­
des de desarrollo, es insuficiente comparar el plustra-
bajo socialmente aprovechable con la parte del trabajo
de los obreros cuyo valor se les paga para su sosteni­
miento y el de su familia. El obrero y su familia no se
sostienen sólo con lo que compran con su salario, sino
que el ama de casa y demás familiares deben invertir
muchas horas en el trabajo doméstico y otras labores
de subsistencia. Para tener una idea del aporte de las
amas de casa, supongamos que dediquen sólo una hora
diaria al mantenimiento de cada uno de los seres huma­
nes que hay sobre la tierra (cifra absolutamente conser­
vadora) : llegaríamos a una cantidad muy superior a tres
mil millones de horas de trabajo invisible reaMzadas dia­
riamente. En las condiciones actuales, sólo contando con
estas horas de trabajo invisible puede el proletariado
producir plusvalía en la economía social. Por lo tanto,
puede decirse que el trabajo femenino en el seno del
hogar, se expresa transitivamente en la creación de plus­
valía, a través de la fuerza de trabajo asalariada.
Hay que pensar en términos del fondo total de tra­
bajo, el conjunto de la fuerza de trabajo de todo tipo que
mantiene una economía y la desarrolla. Sólo se puede
conocer la magnitud relativa del excedente económico
creado cuando se le compara con el total de trabajo rea­
lizado, tanto para el mercado como para el consumo di­
recto.
Esta segunda proporción no suele tomarse en cuenta,
hecho que refleja la limitación de los economistas a las
categorías de la producción mercantil, que son las del
capitalismo.
Los capitalistas no tienen relación directa con el

81
trabajo de subsistencia aunque lo explotan indirecta­
mente; la realización de una enorme masa de trabajo de
subsistencia —especialmente en los países no industria­
lizados— sumado al bajo nivel de vida, les permite pagar
salarios ínfimos y extraer jugosas ganancias aún con una
productividad relativamente baja. La omisión de los
economistas refleja la discriminación de la mujer y la
confusión de reproducción biológica con reproducción
privada de la fuerza de trabajo.
La división del trabajo especializó a los hombres,
concentrando en sus manos la creación del plusproducto.
Por medio de esta especialización se vieron liberados de
una parte importante de la reposición de su propia fuer­
za de trabajo, permitiéndoles dedicar todas sus fuerzas
a la producción social y a la actividad pública. Así el
trabajo del hombre cristalizó en objetos y mercancías eco­
nómica y socialmente visibles. El trabajo femenino en el
seno de la familia no producía directamente un pluspro­
ducto ni mercancía visible: se la marginó de la esfera
del intercambio, donde todos los valores giraban en
torno a lá acumulación de riquezas. El trabajo de la
mujer quedó oculto tras la fachada de la familia mono-
gámica, permaneciendo invisible hasta nuestros días. Pa­
recía diluirse mágicamente en el aire, por cuanto no
arrojaba un producto económicamente visible como el
del hombre. Por lo tanto este tipo de trabajo, aun cuando
consume muchas horas de rudo desgaste, no ha sido
considerado como valor. La que lo ejerció fue marginada
por este hecho de la economía, de la sociedad y de la
historia.
El producto invisible del ama de casa es la fuerza de
trabajo. Es sólo en el capitalismo que la fuerza de tra­
bajo adquiere categoría de mercancía al crearse la clase
obrera. El capitalismo vincula a la mujer más directa­

82
mente a la economía monetaria, ya que produce en
cierto sentido para el mercado —el mercado laboral.
Pero no es ella la propietaria de la fuerza de trabajo
que produce, sino que ésta pertenece a su esposo e hijos
y son ellos quienes la venden. Por otra parte la concep­
ción burguesa dominante no reconoce la naturaleza de
esta nueva mercancía, considerando que el capitalista
compra “trabajo” en lugar de fuerza de trabajo. De
modo que la labor del ama de casa continúa siendo tan
invisible como antes. La superposición conceptual de la
reproducción biológica y la reposición de la fuerza de
trabajo hace que esta última adquiera para la concien­
cia social un tinte fisiológico por el que el trabajo do­
méstico se considera como una característica sexual
secundaria en lugar de destacarse como categoría eco­
nómica.
Así el ama de casa no vende su fuerza de trabajo
ni sus productos. Simplemente por medio del contrato
jurídico matrimonial, que confisca su fuerza de trabajo
invisible, acepta la obligación de cuidar de la familia,
de hacer las compras, procesar y servir, a cambio de su
manutención y de la adquisición de un status social de­
terminado por la posición del marido. Será “proletaria”
en tanto el esposo pertenezca a la clase obrería, o “cam­
pesina” si es pequeño agricultor. Al ser invisible su tra­
bajo específico, su aporte al desarrollo de las fuerzas
productivas permanece en la clandestinidad. Hay en la
división del trabajo entre los sexos, en esta relación in­
terna de la familia, la suficiente flexibilidad para adap­
tarse a cualquier forma de la sociedad de clases, ya sea
feudal, capitalista u otra.
Puede sugerirse inclusive que en esta relación se de­
finen con un status peculiar, de subclase, las amas de
casa de los sectores trabajadores (no se incluyen aquí a

83
las “señoras” de las clases ociosas). Las amas de casa no
tienen relaciones de intercambio entre ellas como pro­
ductoras, ni con otra clase (al igual que los esclavos),,
sin llegar a agruparse por medio .del trabajo colectivo.
No forman parte del desfile público de señores, siervos,
esclavos, capitalistas y demás clases. No participan en las
relaciones públicas de propiedad mediante las cuales se
materializa y es apropiado el excedente de producción.
Su situación (realmente única aunque similar en algu­
nos rasgos a la esclavitud patriarcal y en otros al .cam­
pesinado de subsistencia) es la de aportar a ese proceso
de forma satelizada, a través de la reposición directa de
la fuerza laboral de los demás trabajadores.

84
“División del trabajo y propiedad privada son tér­
minos idénticos: uno de ellos dice referido a la es-
ctavitud, lo mismo que el otro, referido al producto
de ésta.”
C arlos M a rx - F ed erico Engcls*.
“La Ideología Alemana”,
trabajo die subsistencia aunque lo -explotan indirecta­
mente; la realización de una enorme masa de trabajo dé
subsistencia —especialmente en los países no industria­
lizados— sumado al bajo nivel de vida, les permite pagar
salarios ínfimos y extraer jugosas ganancias aún con una
productividad relativamente baja. La omisión de los
economistas refleja la discriminación de la mujer y la
confusión de reproducción biológica con reproducción
privada de la fuerza de trabajo.
La división del trabajo especializó a los hombres,
concentrando en sus manos la creación del plusproducto.
Por medio de esta especialización se vieron liberados de
una parte importante de la reposición de su propia fuer­
za de trabajo, permitiéndoles dedicar todas sus fuerzas
a la producción social y a la actividad pública. Así el
trabajo del hombre cristalizó en objetos y mercancías eco­
nómica y socialmente visibles. El trabajo femenino en el
seno de la familia no producía directamente un pluspro­
ducto ni mercancía visible: se la marginó de la esfera
del intercambio, donde todos los valores giraban en
torno a lá acumulación de riquezas. El trabajo de la
mujer quedó oculto tras la fachada de la familia mono-
gámica, permaneciendo invisible hasta nuestros días. Pa­
recía diluirse mágicamente en el aire, por cuanto no
arrojaba un producto económicamente visible como el
del hombre. Por lo tanto este tipo de trabajo, aun cuando
consume muchas horas de rudo desgaste, no ha sido
considerado como valor. La que lo ejerció fue marginada
por este hecho de la economía, de la sociedad y de la
historia.
El producto invisible del ama de casa es la fuerza de
trabajo. Es sólo en el capitalismo que la fuerza de tra­
bajo adquiere categoría de mercancía al crearse la clase
obrera. El capitalismo vincula a la mujer más directa­

82
mente a la economía monetaria, ya que produce en
cierto sentido para el mercado —el mercado laboral.
Pero no es ella la propietaria de la fuerza de trabajo
que produce, sino que ésta pertenece a su esposo e hijos
y son ellos quienes la venden. Por otra parte la concep­
ción burguesa dominante no reconoce la naturaleza de
esta nueva mercancía, considerando que el capitalista
compra “trabajo” en lugar de fuerza de trabajo. De
modo que la labor del ama de casa continúa siendo tan
invisible como antes. La superposición conceptual de la
reproducción biológica y la reposición de la fuerza de
trabajo hace que esta última adquiera para la concien­
cia social un tinte fisiológico por el que el trabajo do­
méstico se considera como una característica, sexm l
secundaria en lugar de destacarse como categoría eco­
nómica.
Así el ama de casa no vende su fuerza de ..trabajo,
ni sus productos. Simplemente por medio del contrato
jurídico matrimonial, que confisca su fuerza de trabajo
invisible, acepta la obligación de cuidar de la familia,
de hacer las compras, procesar y servir, a cambio de su
manutención y de la adquisición de un status social de­
terminado por la posición del marido. Será “proletaria”
en tanto el esposo pertenezca a la clase obrera, o “cam­
pesina” si es pequeño agricultor. Al ser invisible su tra­
bajo específico, su aporte al desarrollo de las fuerzas
productivas permanece en la clandestinidad. Hay en la
división del trabajo entre los sexos, en esta relación in­
terna de la familia, 1a. suficiente flexibilidad para adap­
tarse a cualquier forma de la sociedad de clases, ya sea
feudal, capitalista u otra.
Puede sugerirse inclusive que en esta relación se de­
finen con un status peculiar, de subclase, las amas de
casa de los sectores trabajadores (no se incluyen aquí a
las “señoras” de las clases ociosas). Las amas de casa no
tienen relaciones de intercambio entre ellas como pro­
ductoras, ni con otra clase (al igual que los esclavos),
sin llegar a agruparse por medio del trabajo colectivo.
No forman parte del desfile público de señores, siervos,
esclavos, capitalistas y demás clases. No participan en las
relaciones públicas de propiedad mediante las cuales se
materializa y es apropiado el excedente de producción.
Su situación (realmente única aunque similar en algu­
nos rasgos a la esclavitud, patriarcal y en otros al cam­
pesinado de subsistencia) es la de aportar a ese proceso
de forma satelizada,.a través de la reposición directa de
la fuerza laboral de los demás trabajadores.
“División del trabajo y propiedad privada son tér­
minos idénticos: uno de ellos dice referido a la es­
clavitud, lo mismo que el otro, referido al producto
de ésta”
Carlos Marx - F ed erico EJngels:
"Lo Ideología Alemana”,
M
TI
CAPITULO III

DIVISION DEL TRABAJO: CONSOLIDACION


DE TIPOLOGIAS SEXUALES OPUESTAS

“Las ideas dominantes no son otra cosa que la ex­


presión ideal de las relaciones materiales dominantes...
Por lo tanto, las relaciones que hacen de una determina­
da clase la clase dominante, son también las que confie­
ren el papel dominante a sus ideas” (Ibídem).
Así, Aristóteles, dijo:
“Es una ley general que. existen elementos natural­
mente dominantes y elementos naturalmente domina­
dos. .. el gobierno del hombre libre sobre el esclavo es
un tipo de dominio; el del hombre sobre la mujer es
o tr o ...”
Y, Napoleón Bonaparte:
“La naturaleza quiso que las mujeres fuesen nuestras
esclavas. . . son nuestra propiedad. .. nos pertenecen, tal
como un árbol que pare frutas pertenece al granjero...
la mujer no es más que una máquina para producir hijos”.
Jean Jacques Rousseau:
“Toda la educación de la mujer debe referirse al
hombre. Complacerlo, serle útil, hacerse amar y honrar
por él, educarlo cuando joven, cuidarlo cuando adulto,
aconsejarlo, consolarlo y hacerle la vida dulce y agrada­
ble. Estos son los deberes de las mujeres en todo momen­

87
to y lo que debe caracterizarlas desde su más tierna
infancia”.
P. J. Moebius:
“Si las capacidades femeninas se desarrollasen en el
mismo grado que las del varón, sus órganos maternales
sufrirían y tendríamos un híbrido repulsivo e inútil”.
Juan XXIII:
“Dios y la Naturaleza dieron a la mujer diversas la­
bores que perfeccionan y complementan la obra encarga­
da a los hombres”.
A continuación, la ciencia burguesa produjo nume­
rosas teorías destinadas a probar la inferioridad biológica
de la mujer. Del mismo modo en que la esclavitud, el im­
perialismo y el fascismo dieron lugar a la elucubración
de innumerables teorías seudocientíficas tendientes a de­
mostrar la inferioridad de los pueblos oprimidos y a justi­
ficar su genocidio psicoanalistas, biólogos, médicos, soció­
logos y antropólogos elaboraron un número impresionante
de teorías destinadas a .mantener a la mujer “en su
lugar”.
Las tipologías sexuales radicalmente opuestas que
conocemos hoy son el producto de la división del trabajo.
Si bien se asientan en diferencias biológicas obvias, sobre
las mismas se ha erigido, en el curso de la historia, una
vasta superestructura cultural por la cual se fomenta el
desarrollo en la mujer y en el hombre no sólo de tipos
físicos sino de rasgos de temperamento, carácter, inclina­
ciones, gustos y talentos que se suponen biológicamente
inherentes a cada sexo. Se consideran como característi­
cas sexuales secundarias: innamovibles, fatales y ahistó-
ricas.
Carlos Marx, glosando a Adam Smith, escribió: “Las
diferencias entre un portero y un filósofo son menores
que entre un galpo y un perro policía; la brecha entre

88
ellos existe por medio de la división del trabajo”. Y, “La
diferencia de talentos naturales entre distintos individuos
no es tanto la cama como el efecto de la división del tra­
bajo”.
Si por un momento fuéramos capaces de liberarnos
de todos los prejuicios y de la experiencia personal dis­
torsionada que ha configurado nuestra ideología del sexo,
advertiríamos que las tipologías contrapuestas que hoy
conocemos no se deben tanto a las diferencias biológicas
básicas como a la obra milenaria de la división del tra­
bajo. A través de la historia de la sociedad de clases, la
tarea fundamental de la mujer fue la producción de la
fuerza de trabajo. En este largo proceso se desarrollaron
e implantaron las estructuras jurídicas y los rasgos cul­
turales que mejor convenían a esta situación. La moral,
la legislación y la cultura, consolidan y apuntalan las ti­
pologías opuestas: masculinas y femeninas.
Se hizo a la mujer responsable de la continuidad de
la especie, pasando por alto la coparticipación del hom­
bre. Correlativamente surgió la creencia en la incapaci­
dad de la mujer para realizar tareas “pesadas”, “peligro­
sas” o “de responsabilidad”.
Mientras en la tipología femenina clásica la condona-
ta reproductora es determinante, en la masculina aparece
como principal el trabajo para el intercambio y la defensa
jurídica y militar de los bienes creados.
Los cánones de conducta cristalizados a través de
milenios predeterminan de manera absoluta la formación
educacional y el destino social del nuevo ser humano se­
gún nazca varón o mujer. La formación de la niña, espe­
cialmente en las sociedades subdesarrolladas y entre las
clases explotadas, la inhibe de realizar juegos y compe­
tencias violentos, perjudicando su desarrollo físico y ca-
racteriológico. Toda curiosidad por la mecánica, por los
instrumentos de trabajo, le es prohibida.
Circunscripta a los estrechos límites del hogar, el pri­
mer e inevitable regalo que recibe una niña es la tradi­
cional y bobalicona muñeca (¿por qué no se le regala una
subametralladora o un juego de carpintero?) con su habi­
tual ajuar de cacerolitas, sillitas, eseobitas, costureritos,
cepillitos y espejitos. Junto con estos tempranos objetos
de juego, recibe un largo decálogo de prohibiciones ten­
diente a crearle temor a la investigación, al mundo exte­
rior a la familia.
Se insiste igualmente en transformarla en un ele­
mento decorativo, bonito, “femenino”, creando en ella des­
de temprano la convicción de que ha nacido para agradar
por medio del sexo y no para actuar por medio del tra­
bajo. Estos hechos condicionan todas sus fuerzas creati­
vas hacia la reproducción de la especie y la reproducción
privada dé la fuerza de trabajo.
De niños, tanto el hombre como la mujer reciben, en
miniatura,, los instrumentos que utilizarán de grandes.
Su ejercicio permanente les conforma y condiciona en
uno u otro sentido, tanto física como psíquicamente. De
este modo la secreta división del trabajo queda asegura­
da; el cimiento de la sociedad de clases inalterado, por el
reclutamiento temprano de fuerza de trabajo invisible.
La cultura de clases —la poesía, la novela, la música
popular, los medios de comunicación masivos, los hábitos
y costumbres— proseguirá la obra minuciosa y desvasta­
dora del primer ámbito infantil. Prisionera de un patrón
antropológico asfixiante, la mujer verá desviar inevita­
blemente sus mejores energías creadoras hacia una hiper­
trofiada cultura del amor y la reproducción. Al llegar a
la edad adulta la mujer será objetivamente un ser atro­
fiado, que se considera a sí misma como un suproducto
humano. La escala de valores de la que ha sido provista
y a la que se adhiere desesperadamente en un mundo que
es hostil a su desarrollo pleno, la convence de que su

90
promoción social sólo puede provenir del empleo de sus
características y rasgos sexuales. De la mujer clásica se
requiere la mansedumbre, la pasividad, la abnegación y
el terror patológico a la independencia. Nuestro mundo
occidental y cristiano sabe asfixiar con lazos de seda. No
hace falta achicarles los pies a nuestras niñas. Basta con
crearles inhibiciones monstruosas, basta con provocar la
muerte de la audacia, la energía y la curiosidad que con­
duce a la investigación.
Se crean así las cadenas internas que definen a la
mujer como conservadora, como insegura, como cobarde
para iniciar una lucha franca por su plena liberación.
A.ún rechazando la mística tradicional femenina y el far­
do de la cultura de clases, aun cuando asuma la lucha
revolucionaria, tenderá siempre a buscar la aprobación
de una autoridad masculina superior. Este cúmulo de
“virtudes” que le enajenan a la mujer su condición hu­
mana y que se agrupan bajo el seudónimo social de femi­
neidad, son las que mejor convienen a la reposición pri­
vada de la fuerza de trabajo.
Del hombre joven se espera exactamente lo contra­
rio. En el futuro trabajador visible se estimula al máximo
el desarrollo de la fuerza física, desarrollo éste que en la
mujer se reprime, de la inteligencia y de la audacia para
el combate, características éstas que se agrupan bajo el
desgastado slogan de “virilidad”.
Un lastimoso ejemplo del contraste provocado por la
división del trabajo, son las figuras públicas con las cua­
les en el capitalismo se bombardea a los hombres y a las
mujeres para su emulación e identificación respectiva: el
Sr. Presidente y Marilyn Monroe. La existencia de una
moral dualista sanciona en las relaciones cotidianas la
opresión del hombre sobre la mujer. Esta moral requie­
re: del hombre, la demostración de una agresividad se­
xual que en algunas sociedades deviene obsesiva, y de la

91
mujer, la correspondiente provocación masoquista. La
ideología nacida de la oposición macho-hembra, encuen­
tra su expresión costumbrista en la falsa galantería y en
los piropos callejeros, destinados a inculcarle a la mujer
la convicción de que no es más que el objeto de la apro­
piación masculina.
Lo que la mujer corriente no alcanza a concientizar
es que esta apropiación no se ejerce sólo sobre su “belle­
za”, sobre su “ser poético e ideal”, sino que esta apropia­
ción tiene como fin último la confiscación de su fuerza
de trabajo invisible mediante el contrato matrimonial.
El romanticismo se constituyó en la más formidable
cortina de humo que pudo segregar la historia para ocul­
tar la explotación de la fuerza de trabajo esclava. El
regordete Cupido que revoloteaba en torno de nuestras
abuelas, fue en realidad el más efectivo gendarme al ser­
vicio de la propiedad privada.

LA REVOLUCION INDUSTRIAL; INCORPORACION


SELECTIVA DE LA MUJER A LA CLASE OBRERA

La familia comenzó a sufrir cambios importantes con


el pleno desarrollo del capitalismo, pero no así la explo­
tación de la mujer en su seno. Sólo la incorporación al
trabajo proletario vino a modificar sustancialmente la
situación de las masas femeninas.
La formación de la clase obrera creó un grupo de
trabajadores libres que no poseían bienes materiales de
importancia. La herencia y la paternidad, pilares de la
familia clasista, perdieron vigencia económica para gran
parte de la población; no sucedió así con los pequeños
productores, que continuaron existiendo en los países
desarrollados y en gran número en el mundo subdesarro-

92
liado, donde sustentaron en algunas zonas formas pa­
triarcales.
La industrialización requiere un aumento del nivel
cultural de las clases explotadas.
La burguesía impulsó la enseñanza básica masiva, lo
que significó la intervención obligatoria del Estado en la
formación de la nueva generación de trabajadores, com­
partiéndola con la familia. Se abrió una perspectiva para
la extensión de este proceso, el cual sólo puede realizarse
a. plenitud en el socialismo. Pero éste tampoco modificó
la división del trabajo entre los sexos.
El capitalismo cambió de manera importante el sta­
tus jurídico de la mujer en el matrimonio, otorgándole
una personalidad —teórica al menos— que antes no po­
seía. “Al transformar todas las cosas en mercancías —se­
ñala Engels— la producción capitalista. .. reemplazó las
costumbres heredadas y los derechos históricos, por la
compraventa, por el libre contrato”. “Para contratar se
necesitan gentes que puedan disponer libremente de su
persona, de sus acciones y de sus bienes, y que gocen de
los mismos derechos. Crear estas personas “libres” e
“iguales”, fue una de las principales tareas de la pro­
ducción capitalista”. Finalmente este principio se exten­
dió al contrato matrimonial. “En el papel... quedaba
proclamado como un derecho del ser humano, el matri­
monio por amor; y no sólo como derecho del hombre
(droit de l'homme) sino también y por excepción como
un derecho de la mujer (droit de la femme)”. No obstan­
te, el ejercicio de este derecho, al igual que el de todos
los demás derechos liberales, quedó subordinado a las
realidades de la división del trabajo.
La Revolución Industrial requirió la incorporación
masiva de la mujer a la producción fabril. Se creó un
proletariado femenino, fuerza nueva en la historia que
tuvo un peso enorme en el desarrollo de la sociedad. A

93
través de ia enseñanza básica masiva se concedió por pri­
mera vez a las niñas la oportunidad de invadir el mundo
exterior, compartiéndolo con los varones.
A pesar de las relativas modificaciones que este cam-
dlo imprimió a los tradicionales modelos sexuales, los
mismos siguen influyendo poderosamente en la selección
de las ocupaciones abiertas para la mujer.
Si las luchas de las f eministas de la clase media y la
relativa seguridad que les confería su posición social les
permitió imponerse como arquitectos, ingenieros, etc., no
se acepta en cambio la existencia de una obrera soldado­
ra, tornera o albañil.
La división del trabajo que se produce entre hom­
bres y mujeres en el seno del proletariado no es otra cosa
que el reflejo fiel de la división secreta del trabajo que
liberó al hombre para la actividad pública mientras re­
cluía a la mayoría del sexo femenino dentro de los límites
asfixiantes de la reposición privada de la fuerza de tra­
bajo.
No es por casualidad que las mujeres son llevadas a
incorporarse a la industria textil y sus derivados, a la
industria alimenticia y farmacéutica, y a los servicios
como maestras, enfermeras, secretarias, ascensoristas,
telefonistas y sirvientas. Estas actividades no son más
que la 'proyección en la esfera pública de las íáreos que
cumple la mujer en el seno de la familia.
Con excepción de los períodos de guerra, en los que
la necesidad obliga a la incorporación de la mujer a la
industria pesada, tiende a ser sistemáticamente margma-
éa de todas las ramas de mayor desarrollo de las fuerzas
productivas. En algunos países capitalistas, la burguesía
en el poder tiende a encubrir esta discriminación salvaje
con la pudorosa piel de cordero de la protección e higiene
del trabajo. Así se graba en la conciencia social proleta­

94
f ria la idea de qué ia mujer sólo puede realizar tareas
auxiliares.
Los ideales de belleza de la clase dominante tienden
al mismo tiempo (difundidos a través de los mass media)
a erearle a la mujer temor al sano desarrollo de su fuer­
za física.
Por medio de esta división del trabajo en el seno del
proletariado se contribuye a consolidar los viejos prejui­
cios sobre los sexos en el terreno laboral. La existencia
de estos prejuicios persigue dos fines:
a) Justificar el pago de salarios más bajos que los
del hombre (generalmente un 45 %) a la mujer
trabajadora, para un puesto equivalente, y una
misma calificación.
Para ilustrar cómo la discriminación de la mujer se
relaciona con la discriminación racial en los EE. UU.,
pueden compararse las siguientes cifras del ingreso anual
medio en relación al de los hombres blancos:
Hombres blancos ................... 100 %
Hombres negros ..................... 63 %
Mujeres blancas ..................... 59 %
Mujeres negras ...................... 42 %
(Estadísticas del Departamento de Trabajo de los
Estados Unidos, 1965).
b) Justificar, al asignársele a la mujer en la produc­
ción tareas calificadas de “livianas”, la obligación
de la obrera de continuar reponiendo fuerza de
trabajo en el hogar al retornar de la fábrica.

95

Ü
SEGUNDA JORNADA DE TRABAJO

En Eil Origen ée la Familia, la Propiedad Privada y


el Estado, Federico Engels expresaba su preocupación
por el futuro de las mujeres, diciendo que tendrían que
escoger entre seguir siendo amas de casa o ser obreras.
No le cabía en la cabeza, y a nuestro juicio tenía razón,
que la mujer pudiera llegar a abarcar las dos tareas. Pero
por una irracionalidad más del sistema capitalista, la mu­
jer carga con ambos trabajos, con un fardo de sobreex-
plotación que elimina para ella todas las conquistas que
ha logrado la clase obrera en cuanto a reducción de las
horas laborales.
La segunda jornada de trabajo no fue denunciada
políticamente en el capitalismo hasta fecha muy reciente,
a pesar de que sitúa a la mujer en el nivel de los prole­
tarios ingleses que trabajaban doce horas y más. El he­
cho de que el trabajo doméstico, invisible, aparentemente
carente de valor, continuó siendo considerado como una
característica sexual secundaria, el hecho de que se le
confiera una cualidad biológica, hace que en la actuali­
dad se considere lo más natural del mundo que la mujer
trabajadora cargue con la segunda jornada.
Si bien la mujer realiza un avance grande con su
incorporación al trabajo visible, lo hace a cambio de un
sacrificio que es convenientemente silenciado por las cla­
ses dominantes. Trabaja ocho horas en una fábrica, reci­
biendo por esto un salario, y al retornar a su “dulce ho­
gar", le espera una segunda jornada de trabajo no asala­
riada, descalificado, estupidizante, que le quita de la
cabeza toda ilusión acerca de su igualdad con el hombre
y de su flamante independencia social.
Transcribimos a continuación una tabla de horas
trabajadas semanalmente por las mujeres francesas en

96
1959, extraída de la obra La Mujer en la Sociedad. Su
Imagen en Diferentes Ambientes Sociales, de Chombart
de Lauwe y otros:

H O R A S T R A B A JA B A S S E M A N A L M E N T E PO R L A M U J E R

N? de hijos Trabajadoras A m as de «sai»


en la calle en la casa to ta l

0 50 27 77 54
1 45 39 84 71
2 37 47 84 76
y más 34 50 84 78

De este importante estudio se desprenden varias


conclusiones:
1) Para una madre la segunda jornada es tan larga
como su jornada social: si tiene dos hijos o más, es mayor.
2) Mientras más aumenta la segunda jornada con el
número de hijos, la mujer trabajadora se ve forzada a
limitar su jornada de trabajo social, un tercio de la cual
se pierde por este motivo. Parecería que la capacidad de
trabajo de la obrera no resiste más de 84 horas semanales
(contra 49 que trabaja el hombre); no obstante, el Chase
Manhattan Bank estima que la trabajadora norteameri­
cana labora 100 horas semanales.
3) Respecto al aprovechamiento social de la fuerza
de trabajo, las amas de casa invierten mucho más tiempo
en resolver los mismos problemas que confrontan las tra­
bajadoras. El ama de casa sin hijos requiere el doble de
tiempo que la trabajadora para atender su casa. Las ma­
dres trabajan unas treinta horas semanales más en la
casa cuando no tienen otra ocupación. ¿A qué se debe

97
esto? Interviene un factor psicológico muy marcado, el
impulso del ama de casa a ocuparse obsesivamente del
hogar, sóbreprotegiendo a los hijos, descargando sobre
ellos todas las fuerzas reprimidas por la división del tra­
bajo, impulso que la lleva a prescindir de otras activida­
des (culturales, recreativas y políticas). En las palabras
de Betty Friedan: “El amacasismo se expande hasta lle­
nar todo el tiempo disponible”.
Es un hecho también que la mujer trabajadora dis­
pone de un salario que le permite socializar parte de la
segunda jornada, costeando lavanderías, comedores, ni­
ñeras y otros servicios.
Las fuerzas políticas conservadoras de Francia y de
otros países altamente inustrializados, al admitir que la
mujer trabaja más de 84 horas semanales, proponen co­
mo solución la reaccionaria medida del trabajo a medio
tiempo.
La aplicación de esta medida tiende a defender la
tradicional división del trabajo, impidiendo la colectivi­
zación de la segunda jomada y el crecimiento del salario
social.
Dado que la reposición de la fuerza de trabajo sigue
siendo considerada como una característica sexual se­
cundaria, en lugar de diferenciarse como una función
específicamente económica, el hombre considera degra­
dante participar de la misma. El obrero agitador y acti­
vista en su centro de trabajo, no advierte que el patrón
le arranca a su mujer, por su intermedio (en esto cumple
funciones de capataz delegado) parte de la plusvalía que
capitaliza.

98
EL AUTORITARISMO MASCULINO

En las tipologías sexuales de la sociedad de clases, la


función represiva corresponde al hombre. ¿Cómo experi­
menta la mujer esta represión?
—“Si protesto por lo extenuante de mi situación, la
sociedad entera me pondrá de nuevo “en mi lugar”, usan­
do de la moral y de la cultura, que no tolera ningún brote
de “histeria femenina”. El machismo actúa como vigi­
lante gendarme tanto para impedir que yo me “desman­
de” como para detener todo proceso de humanización y
toma de conciencia por parte del hombre. El marido que
comprenda a su mujer, que limpie, lave o planche tanto
como ella, es considerado en algunos medios sociales co­
mo un deficiente físico y mental.
“Erguid, seco, antipático, pretendidamente amena­
zante, se yergue el tótem de la virilidad clásica. No re­
quiere sacrificios rituales, es peor; es un vampiro que
nos succiona miles de millones de horas de trabajo invisi­
ble, descalificado, no asalariado.
“Implacable guardafronteras de la división del tra­
bajo, aparece en cada paso que dé la mujer nueva en el
camino de su liberación. Emulo de la política del “big
stick”, estuvo presente durante los primeros años de mi
niñez para inhibirme, hasta el grado de impedir el pleno
desarrollo de mi fuerza física. Aparece en todos los sec­
tores de la actividad laboral para arrancarme de las ma­
nos mi instrumento de trabajo, para cerrarme los caminos
de la dirección política, para impedir mi acceso al ejérci­
to y a todas las ramas de mayor desarrollo de las fuerzas
productivas.
“Cuando 110 pueda imponerse por la fuerza, el ham­
briento tótem se disfrazará de oveja. Tomando aires pro­

99
tectores, paternos, apelará a la higiene del trabajo y a la
integridad de la familia para “cuidarme”.
“Cuando sea vencido por el razonamiento, se reple­
gará (siempre momentáneamente) adoptando un aireci-
11o de docta ironía autosuficiente.
“Lo conozco bien, sé cuál es su ideología y su razón
de ser. Como el eunuco que guardaba las llaves del serra­
llo, está situado en la conciencia social para garantizar
una mano de obra semiesclava, para la reposición priva­
da de la fuerza de trabajo. Está ahí, al servicio de las
clases dominantes para confundir al pueblo, para impe­
dirnos tomar plena conciencia de nuestra capacidad crea­
dora, que si fuera masivamente volcada en la producción
social provocaría un fabuloso salto adelante. Está ahí
porque si todas mis hermanas comprendieran hasta qué
punto son deformadas, hasta qué punto son explotadas,
los cimientos de la sociedad de clases podrían resquebra­
jarse antes de tiempo”.

LA MUJER PRISIONERA DE LA
SOCIEDAD DE CONSUMO

No debe subestimarse la enorme importancia ideoló­


gica y económica que tiene hoy el sexo para la sobreviven­
cia de la sociedad de clases. Los valores del liberalismo,
la enfatización de los derechos individuales, toda una
filosofía y una cultura de las libertades individuales pa­
recen ser formas de una ideología imprescindible para el
mantenimiento clel capitalismo en forma estable (el fas­
cismo no demuestra ser una solución duradera).
Pero en una sociedad dominada por el monopolio,
los hombres comprueban que el liberalismo pequeño-
burgués ha dejado de corresponder por completo a la
realidad económica y política. El sexo es el único terreno

100
donde el liberalismo sigue desarrollándose activamente.
Cuenta además, con una reserva ideológica inmensa en la
completa e inconsciente aceptación popular de las tipo­
logías sexuales opuestas. Los primeros decenios de nues­
tro siglo vieron desarrollar una poderosa cultura del sexo
que tuvo su máximo ideólogo en Sigmund Freud. Las
vanguardias artísticas, y posteriormente los medios de
comunicación masivos incorporaron a la conciencia so­
cial de los países altamente desarrollados nociones como
“represión sexual” y su contrapartida la “desinhibición”.
La teoría de que la cultura es el producto de la subli­
mación del instinto sexual recibió una escandalizada,
pero no por ello menos cálida acogida entre los ideólogos
de las clases dominantes, que no tardaron en in 9orporarla
al sistema de pensamiento burgués. La teoría de que el
sexo se hallaba en la base de toda cultura, así como la
terapéutica por medio de la desinhibición, formulada por
algunos psicoanalistas, fueron rápidamente comercializa­
das por la cultura de clases y los medios de comunicación
masivos. El puritanismo sexual que originalmente carac­
terizaba a la moral burguesa fue sustituido por un lla­
mamiento embozado a la “desinhibición de los instintos”
a la “herejía” contra las normas instauradas.
El sexo, utilizado hábilmente a través de la publici­
dad, el cine, la televisión y la prensa, impregnó la con­
ciencia social de los países altamente desarrollados. Cons­
tituye el último refugio en el que aún tienen vida los
mitos de la iniciativa y la soberanía individuales, que pa­
radójicamente habían nacido de himeneo puritano. La
nueva libertad de la mujer cumplió una función ideoló­
gica como válvula de escape para el neocapitalismo.
El desarrollo del neocapitalismo ha impulsado esta
enajenación también por necesidad económica. El pro­
blema característico de la economía capitalista actual no
es ya el de crear las condiciones necesarias para la pro-

101
ducovón de mercancías sino las condiciones nécesarías
para la venta de las mismas, cuya circulación amenaza
constantemente con estancarse, impidiendo la realización
de la ganancia.
La solución neocapitalista es la llamada sociedad de
consumo, en la que la publicidad se convierte en el motor
de la continuada expansión económica y la industria li­
gera, dirigida al consumo final, en su sector más dinámi­
co. La demanda ya no “existe” sino que se “hace”. La
demanda pasa a ser el producto último de la radio, la te­
levisión y las publicaciones masivas que impulsan a la
creación continua de nuevas necesidades garantizando un
estado de permanente insatisfacción de las apetencias
materiales.
La carrera del prestigio es una de las características
de esta sociedadd. El prestigio se asocia a la compra y al
disfrute de los bienes de consumo, estableciendo pautas
sociales cada vez más distanciadas de la vida de las clases
explotadas y del Tercer Mundo. La competencia entre fa­
milias e individuos se incentiva al máximo para garanti­
zar las ventas del neocapitalismo.
A la vez que las relaciones mercantiles penetran en
todos los rincones de la vida social, los hombres y muje­
res se ven cada vez más sujetos al mundo de las cosas,
es decir, a sus propios productos.
La nueva función económica de la mujer en la so­
ciedad de consumo enfatiza sus responsabilidades como
propietaria de su sexo y copartícipe del prestigio de la
familia. Tiene de manera creciente la función de com­
pradora. A ella se dirige gran parte de la publicidad,
“dignificándola” en función del hombre, estimulándola
para la compra de mercancías que crean una mística es­
fera de atracción y usufructo masculino. De modo que
continúa subordinada al hombre al igual que antes, sólo
que de una manera más sutil, menos bárbara.

102
El romanticismo enfatizó los derechos de la mujer
sobre su sexo (extendiendo una cortina de humo más
densa aún que en el pasado sobre la confiscación dé su
fuerza de trabajo) en el contexto de su entrega volunta­
ria en el matrimonio, ya no como propiedad, pero sí en
usufructo permanente. Se le reconoció a la mujer el de­
recho de disponer de sí misma, haciéndola propietaria
de su sexo. Pero como toda propiedad en el capitalismo,
tiene carácter mercantil e implica la búsqueda permanen­
te de un comprador: la mujer para establecer el contrato
matrimonial (para venderse) debe hacerse foco perma­
nente de atracción sexual. Mientras la fuerza de trabajo
deí hombre es la mercancía que vende y con la cual com­
pite, el valor socialmente reconocido de la mujer es su
sexo y todos los rasgos de la mística que encubre al
mismo. La competencia en el sexo es a la mujer, lo que
la competencia en el trabajo es al hombre. Si el hombre
se promueve socialmente alcanzando determinado status
en la estructura de clases por medio del trabajo, la mujer
lo hace por medio del sutil empleo del sexo. Aun cuando
la mujer se incorpore al mercado laboral, utilizará las
viejas armas del “encanto”, la “belleza”, la “femineidad”,
para promoverse económica y socialmente.
Uno de los productos de la competencia sexual (y
uno de sus barómetros) es una moda fluctuante de acep­
tación masiva. La moda no es más que una expresión
normativa del mercado sexual, análoga a la bolsa de va­
lores en la economía. Los cambios cada día más acelera­
dos de la misma, la standardización y la producción en
serie, permiten la expansión creciente de la industria
ligera.
Los cánones básicos de belleza que rigen en el mer­
cado sexual están muy lejos de ser expresiones de una
cultura popular espontánea. Tienen un marcado carác­
ter de clase y no sólo la función de aumentar el ritmo

103
de producción en la industria liviana, sino fundamental­
mente la de infiltrar en la conciencia de las clases ex­
plotadas los valores estéticos y morales de la clase domi­
nante. La mujer ideal propuesta por los medios de
comunicación masivos, por la literatura y las canciones
comerciales de la sociedad burguesa, pertenece inconfun­
diblemente a las clases dominantes: esbelta, de cutis
aterciopelado y miembros finos, carentes de toda defini­
ción muscular. La oposición entre las tipologías femenina
y masculina provocada por la división original del tra­
bajo es exagerada hasta extremos risibles. Un exceso de
desarrollo físico causado por las tareas productivas o el
deporte, la presencia saludable de musculatura en los
brazos, manos anchas y fuertes de trabajadora, o una
frente contraida por el estudio, son sistemáticamente ex­
cluidas de la cultura de clase, y por lo tanto, desaconse­
jadas para la mujer que se prepara desde su más tierna
infancia para la competencia sexual.
No sólo la necesidad de evitar el estancamiento de la
circulación de mercancías sino fundamentalmente la ne­
cesidad de crear una “tierra de nadie” donde puedan so­
brevivir los ideales del individualismo y del libre cam­
bio, que consituyen la base originaria de la concepción
del mundo del burgués, conducen a la creación de una
desaforada cultura del sexo que se convierte en el as­
pecto obsesivo de la ideología popular neocapitalista. La
publicidad tiende a hipertrofiar las características y las
funciones sexuales hasta un grado de exasperación. En
esta vertiginosa carrera del sexo y de la ganancia las mu­
jeres se convierten en atractivas mercancías-objetos para
el consumo de una población masculina ávida de nuevas
experiencias. Aun cuando la mujer intente “liberarse”,
resulta muy difícil escapar de las reglas del juego ideo­
lógico. Al tomar conciencia de que es objeto (es decir,
que su esencia humana le ha sido enajenada por un poder

104
dominante e incontrolable) tiende a revertir esta condi­
ción sobre los hombres. La mujer “emancipada” comien­
za a considerarlos a ellos, a su vez, como instrumentos
de placer y de juego. Se entabla una trágica guerra en la
cual los sexos se conquistan el uno al otro, escapando así
de la tremenda presión de la sociedad monopolista. La
mujer moderna no le encuentra una explicación racional
a su situación histórica. Incapaz de comprender que su
opresión proviene de la división del trabajo, tomará ac­
titudes revanchistas contra el sexo masculino.
La cultura de la sociedad le inculcó a la mujer que
su condición humana se realizaba dentro de los estrechos
límites del sexo; no comprende aún que el desarrollo de
sus verdaderas capacidades puede provenir sólo del tra­
bajo. Verá por lo tanto las razones de la opresión que
sufre en las relaciones de reproducción biológica, en
lugar de verla en las relaciones de producción social.
Tenderá a rebelarse espontáneamente contra los patro­
nes tradicionales de conducta sexual. Trocará al marido
tradicional por mil relaciones amorosas transitorias. De
objeto, intentará devenir sujeto sexual, usurpando acti­
tudes autoritarias, viviendo una imaginaria independen­
cia que es incapaz de restituirle su condición humana.
Su preocupación permanente por el hombre será siempre
la misma. Girará en torno a todo el sexo masculino, del
mismo modo que sus abuelas giraban en torno a un
hombre único. Preocupada exclusivamente por estable­
cer su dominio revanchista en el interior de la relación
amorosa, postergará su integración a las luchas que tien­
den a destruir el sistema que la aprisiona.
Cansada al fin de los altos y bajos de esta guerrita
crónica, caerá prisionera del hogar individual, donde pro­
cederá mansamente a reponer la fuerza de trabajo del
conquistador definitivo.
La sociedad de consumo saca pingües provechos de
esta nueva etapa de su vida; glorificando el papel del
ama de casa, a través de los medios de comunicación ma­
sivos, la incentivará para la compra de televisores, re­
frigeradores, batidoras y otros adminículos.
En los últimos años la publicidad ha impulsado la
convergencia de dos ideales: la mujer bella, a la moda
(Señora... sea hermosa... Retenga a su marido!!!) y la
buena ama de casa firmemente anclada en la cocina. Esta
mujer sufre de una contradicción que sólo puede resol­
verse por la compra de aparatos de uso doméstico, pues
debe proveer a un alto nivel de consumo en el hogar, sin
adquirir jamás la apariencia de una trabajadora. La obli­
gación de trabajar y a la vez de parecerse a Jacqueline
Kennedy, el conflicto entre la esclava y la señora, se re­
suelve en beneficio de la industria ligera. La mujer pro­
letaria no puede adquirir los objetos de consumo ofreci­
dos por la industria ligera, no es menos prisionera de los
medios de comunicación masivos que la mujer de clase
media. EriTla sociedad de consumo no existe ningún tipo
de trinchera ni refugio que proteja a los seres humanos
del persistente bombardeo ideológico. Si bien su carácter
proletario frenará su total desarrollo, no podrá escapar
sin daño a la enorme presión publicitaria.
El neocapitalismo, que encadena a la mujer a su con­
dición de objeto sexual, le ofrece válvulas de escape que
encauzan su potencial rebeldía (mientras la supremacía
masculina adopta formas menos brutales, más sutiles),
le imprime rasgos ideológicos bien definidos que arras­
trará consigo aun cuando pase a militar activamente por
los derechos femeninos y el socialismo.
Los movimientos de izquierda del mundo occidental
han pasado por alto el estudio de estos rasgos ideológicos
específicos. Su análisis es, sin embargo, muy necesario
por cuanto su sobrevivencia en el socialismo puede frenar
grandemente el desarrollo de una conciencia proletaria.
Estos rasgos ideológicos sectoriales se manifies­
tan en:
a) El liberalismo sexual
Como vimos anteriormente, sirvió de último reducto
para la sobrevivencia de los valores característicos del
liberalismo. Este rasgo es una proyección ideológica mo­
derna de la división social del trabajo entre esfera do­
méstica y esfera pública. Sostiene así el derecho a la
existencia de una moral privada como opuesta a la for­
mación de una moral colectiva. Preconiza la destrucción
de la familia, sin tener en cuenta que ésta sigue siendo
“la célula económica de la sociedad” y que por lo tanto
su eventual superación no podrá tener lugar antes de la
desaparición de la sociedad de clases.
En la vida política plantea como principal “la libera­
ción sexual de la mujer”, desenfatizando la lucha de
clases. Se manifiesta con extremada fuerza en una parte
de los movimientos feministas y de la nueva izquierda,
inspirándose en ideólogos como Wilhelm Reich que si­
túan la problemática humana en las formas autoritarias
de relación sexual y no en la opresión de clases que les
da origen.
El liberalismo sexual como ideología femenina suele
surgir entre estudiantes, profesionales y mujeres de la.
clase media. Es menos frecuente en la clase obrera y cam­
pesina. Cuando sobrevive en el socialismo es vector del
individualismo pequeñoburgués y pariente pobre del neo-
colonialismo cultural.
b) El economismo femenino
En la sociedad de consumo se tiende a conformar la.
mujer para comprar y no para producir. La mujer, fun­
damentalmente las amas de casa, realiza la compra del
75 % de los bienes de consumo. Este fenómeno obliga a
la elaboración de toda una política, de una, ideología de;

107
la venta, inseparable de los valores de la clase dominante.
Como señalamos anteriormente, los fundamentos de esta
política publicitaria tienden a enfatizar la división del
trabajo original, los roles sexuales emergidos de la misma,
y se basan en la hipertrófica valoración de la belleza, de
la función maternal del ama de casa, de la competencia
entre familias por alcanzar un status social aceptado. La
existencia social del ama de casa, dtélada en su táller
doméstico productor de fuerza de trabajo, la determina
como fundamentalmente individualista.
Tomando como ejemplo a los Estados Unidos, la pu­
blicidad en 1890 insumía anualmente 360 millones de
dólares y en 1966 había aumentado hasta la cifra de
16.500 millones.
La competencia entre amas de casa tiene sus símbo­
los concretos. Para alcanzar el status social aconsejado
como meta anual por los medios de comunicación masiva,
es necesario adquirir determinados objetos, mercancías.
El fetichismo del objeto de consumo se transforma en
una religión cuyo culto permite acortar el ciclo de circu­
lación de la mercancía. La multiplicación de los ciclos de
circulación depende estrechamente de la creación de una
conciencia social específica de los sectores femeninos,
por la que se obligan a consumir objetos totalmente inne­
cesarios para la continuidad de la especie y cuya variada
gama se extiende desde las pestañas postizas, las medias
de seda, y los efectos eléctricos (que no resuelven la se­
gunda jornada de trabajo) hasta bienes ideológico-cultu-
rales como revistas femeninas y filmes que tienen por
objeto el reencadenarla a la formidable mitología del
sexo.
Cuando esta forma ideológica, el economismo feme­
nino, sobrevive a las luchas de liberación nacional puede
transformarse en un enemigo invisible de la conciencia
proletaria. En el terreno económico, presionará constan­

108
temente sobre la planificación socialista, requiriendo la
hipertrofia de la industria ligera, sometiéndola al ca­
pricho colectivo, obligándola a producir medias de seda
en verano, pestañas postizas incompatibles con el trabajo
productivo, cosméticos y pomadas dignos de la corte de
Luis XV, modas y literatura que emulan malamente con
la sociedad de consumo. Presionará igualmente en el sen­
tido de perpetuar al hogar individual como célula econó­
mica de la sociedad.
Si para el neocapitalismo la creación de una concien­
cia social femenina es una condición de sobrevivencia, en
el socialismo su radical extinción es una necesidad ina­
plazable para el desarrollo de la economía y de la ideo­
logía proletaria.

109
“Si las mujeres creen que su situación dentro de
ca sociedad es una situación óptim a... si las mujeres
creen que la misión revolucionaria, su junción rev&
lucionaria dentro de. la sociedad se ha cumplido, esta­
rían cometiendo un grave error. A nosotros nos pa­
rece que las mujeres tienen que reforzarse mucho
para llegar a alcanzar el lugar que realmente les
corresponde ocupar dentro de la sociedad.”
Com andante F id e l Castro L u z
D iciem b re 1966,
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CAPITULO IV

VIAS PARA LA LIBERACION

“El hombre en la familia es el burgués, la mujer


representa en ella el proletario. Pero en el mundo in­
dustrial el carácter específico de la opresión económica
que pega sobre el proletariado, no se manifiesta en todo
su rigor sino una vez suprimidos todos los privilegios le­
gales de la clase capitalista y jurídicamente establecida la
plena igualdad entre las dos clases. La república demo­
crática no suprime el antagonismo entre las dos clases,
por el contrario, no hace más que suministrar el terreno
en que se lleva a término la lucha para resolver este an­
tagonismo. De igual modo, el carácter del predominio del
hombre sobre la mujer en la familia moderna así como
la necesidad de establecer una igualdad efectiva entre
ambos, no se manifestará sino cuando el hombre y la
mujer tengan, según la ley, derechos absolutamente igua­
les. Entonces se verá que la manumisión de la mujer
exige como condición primera la reincorporación de todo
el sexo femenino a la industria social, lo que a su vez re­
quiere que se suprima la familia individual como unidad
económica de la sociedad.” (Federico Engels, “El origen
de la familia, la propiedad privada y el Estado”).
A la toma del poder por una revolución socialista se
produce una igualitarización repentina de contenido cua­
litativamente diferente que las misérrimas conquistas

113
obtenidas en el proceso capitalista. Por primera vez en
la historia la mujer obtiene la completa igualdad jurídica.
Se suprime la discriminación salarial. Se suprime la dis­
criminación en la educación. Se suprime la prostitución
y la dualidad moral entre los sexos. Se facilita el control
de la natalidad. Se lucha incesantemente por multiplicar
los servicios sociales e incorporar la mujer a la produc­
ción. Tomando como ejemplos a la URSS y los Estados
Unidos, en este país las mujeres son sólo el 7 % de los
médicos, el 1 ,% de los ingenieros y el 3 % de los aboga­
dos, mientras en la Unión Soviética las mujeres constitu­
yen respectivamente el 79 t%, el 32 %, y el 37 % de estas
mismas profesiones.
La mujer comienza a ser considerada como un ser
humano por primera vez en la historia. Es a partir de
este momento que masivamente, y no ya en grupos ais­
lados, las mujeres emprenden el largo camino que las
conduce a su liberación total. Engels previo que tales
circunstancias darían lugar a una intensa toma de con­
ciencia del antagonismo de sexos existente en la sociedad
de clases. Se desencadena en el período de transición una
violenta lucha ideológica en el seno de las masas de los
países subdesarrollados, donde la supremacía masculina
ha sido más brutal y donde, salvo en excepciones como
la de Viet Nam, no ha existido una integración masiva
de la mujer al movimiento de liberación, a la lucha ar­
mada, y a la dirección política de la misma.
La familia se hace campo de fuertes tensiones.
El fundamento de este conflicto y el camino de su
solución fueron señalados por Engels en 1884: “Camina­
mos en estos momentos hacia una revolución social en
que las bases económicas actuales de la monogamia desa­
parecerán tan seguramente como los de la prostitución,
complemento de aquélla... se modificará mucho la po­
sición de los hombres pero también sufrirá cambios pro­

114
fundos ía de la mujer, ta de todas ellas. En cuanto ios
medios de producción pasen a ser propiedad común, la
familia individual dejará de ser la unidad económica de
la sociedad. La economía doméstica se convertirá en asun­
to social, el cuidado de los hijos también.”
Las futuras generaciones, continúa diciendo, que no
han conocido el temor y las obligaciones económicas que
siempre han caracterizado la vida familiar, decidirán
independientemente de nuestros criterios y de los que po­
demos anticipar, la forma de normalizar las relaciones
entre los sexos.
La práctica socialista demuestra en nuestros días que
el matrimonio igualitario recién se hace posible a la toma
del poder por el proletariado. Continuará siendo una nece­
sidad social intensa mientras no desaparezcan el indivi­
dualismo competitivo heredado de formaciones históricas
anteriores. Su consecución efectiva es uno de los más
bellos ideales del hombre y la mujer socialistas que luchan
juntos por el comunismo.
Lenin en 1919 confirmó él análisis de Engels, seña­
lando que. las primeras conquistas del socialismo dejan al
descubierto la verdadera naturaleza de la explotación eco­
nómica de la mujer:
“No hemos dejado, en el verdadero sentido de la
palabra, piedra sobre piedra de las vergonzosas leyes que
establecían la inferioridad jurídica de la mujer, que po­
nían obstáculos al divorcio, de los odiosos requisitos que
existía para él, de la ilegitimidad de los hijos naturales,
de la investigación de la paternidad, etc. En todos los
países civilizados subsisten vestigios de estas leyes, para
vergüenza de la burguesía y del capitalismo. Tenemos
mil veces razón para estar orgullosos de lo que hemos
realizado en este sentido. Pero cuanto más nos deshace­
mos del fárrago de viejas leyes e instituciones burgue­
sas, tanto más claro vamos viendo que sólo se ha deses­

115
combrado el terreno para la construcción, pero no se ha
comenzado la construcción misma.
“La mujer continúa siendo esclava del hogar, a pesar
de todas las leyes liberadoras, porque está agobiada, opri­
mida, embrutecida, humillada por los pequeños quehace­
res domésticos, que la convierten en cocinera y en ni­
ñera, que malgastan su actividad en un trabajo absurda­
mente improductivo, mezquino, enervante, embrutecedor
y fastidioso.
“La verdadera emancipación de la mujer y el verda­
dero comunismo no comenzarán sino en el país y en el
momento en que empiece la lucha de masa (dirigida por
el proletariado dueño del Poder del Estado) contra esa
pequeña economía doméstica, cuando empiece su trans­
formación en masa, en una gran economía socialista.”
(Del artículo Una gran iniciativa, julio de 1919).
Infortunadamente, la teoría revolucionaria sobre la
mujer y su situación en la estructura de la familia tuvo
escaso desarrollo ulterior. La insistencia de Engels y de
Lenin sobre el papel de la familia en la sociedad de
clases fue poco atendida. Esta inercia teórica permitió
que resurgieran en los movimientos de izquierda, por una
parte, una concepción romántica de la familia tradicional
como elemento positivo en la construcción del socialismo
y, por otra, su negación total, y una pretendida teoría de
la abolición de la familia. Estas conclusiones conservado­
ras y utópicas provienen de la falta de análisis de la ac­
tividad que tiene lugar tras la fachada de la familia mo-
nogámica, a saber:
a) Reproducción biológica.
b) Educación y cuidado de los niños, enfermos y
ancianos.
c) Reposición de la fuerza de trabajo consumida dia­
riamente.

116
Actualmente se olvida que la familia individual,
mientras no se colectivicen sus funciones económicas,
continúa siendo “la unidad económica de la sociedad” y
que como tal no es más que un miserable tallercito pri­
vado para la produdcción lde fuerza de trabajo. Esta uni­
dad económica privada entra en conflicto con la economía
social transformada por la Revolución, en la que no rigen
ya la propiedad privada y las relaciones mercantiles.
Esta contradicción no sólo es económica sino también
ideológica.
No es la relación solidaria de la pareja humana con
sus positivos aspectos psicológicos, lo que entra en con­
tradicción con la construcción de una sociedad sin clases,
sino su aspecto de economía privada, de tallercito mise­
rable a través del que se confisca la fuerza de trabajo
femenina.
Puede decirse que esta contradicción en las relacio­
nes de producción es uno ded los rasgos característicos
del período de transición.
Las raíces de la opresión ejercida sobre la mujer
pueden encontrarse en:
a) La necesidad originaria de reponer privadamente
la fuerza de trabajo.
b) La división del trabajo entre los sexos, que obli­
ga a la mujer a responsabilizarse con el trabajo
invisible.
c) El 'desarrollo consecuente de toda una ideolo-
logía clandestina del sexo que deforma nuestra
concepción de lo que debiera ser la vida de los
hombres y mujeres, en una sociedad sin explo­
tación.
La falta de análisis profundo de estos factores ha
conducido a dejar algunas cosas sin hacer, y por otra
parte, a intentar la aplicación de algunas medidas utó­

117
picas, con sus consecuentes fracasos parciales, en la ar­
dua lucha contra las secuelas del pasado.
En los países subdesarrollados los recursos econó­
micos no alcanzan para socializar todo el trabajo domés­
tico en gran escala. Pero esto no impide la creación de
una moral por la que el hombre lo comparta, facilitando
que su compañera se integre a la producción social. Exis­
ten además, infinidad de posibles soluciones parciales
basadas en la cooperación entre vecinos, que no requie­
ren grandes inversiones estatales. Pero la aplicación de
estas soluciones requiere un cambio radical en el sentido
común de la gente, que ha sido profundamente impreg­
nado por el individualismo y la supremacía masculina.
Uno de los problemas fundamentales que confronta
la liberación de la mujer en esta época es la resistencia
que ofrecen no sólo los hombres, sino las mujeres mismas,
a los cambios revolucionarios en su situación. Todavía en­
cadenadas a una cultura formada a través de milenios de
discriminación, se aferran inconscientemente a los “va­
lores femeninos tradicionales”, o sea, a la ideología clan­
destina del sexo.
En estas condiciones, de no mediar la vigorosa acción
del Partido, la primera toma de conciencia de la mujer
derivará hacia formas parciales de liberación que por su
estrechez presentan el peligro de cristalización y rever­
sión hacia una ideología sectorial de contenido reac­
cionario.
La sobrevaloración de la libertad sexual como único
objetivo de la rebeldía femenina surge del mismo pro­
ceso de crecimiento de la sociedad de consumo y arrastra
consigo fuertes tensiones individualistas. En la práctica,
distrae la atención de la mujer de problemas tan funda­
mentales como la lucha por colectivizar la segunda jor­
nada de trabajo, por suprimir la división del trabajo por
sexos, por lograr el ingreso pleno de la mujer a las es­
tructuras del poder proletario y el ejército.
Aparece con frecuencia entre intelectuales y estu­
diantes que alcanzan una posición de prestigio relativo y
no enfrentan problemas domésticos. Aparece con gran
fuerza en los medios culturales en los que aún subsisten
algunos rasgos individualistas. Preconizando una moral
privada, se opone a la necesaria homogeneización de los
valores sociales que debe tener lugar bajo el signo de la
moral proletaria. Paradójicamente las mujeres que pre­
sentan este rasgo ideológico, al tiempo que reivindican los
derechos de la mujer, en la práctica alimentan los restos
de poligamia heredados de formaciones históricas an­
teriores.
El economismo femenino destaca la importancia de
la función de compradora del ama de casa y la sobrepro-
tección maternal. Como proceso inicial en la lucha contra
el atraso colonial, como reivindicación de la importancia
económica del trabajo doméstico, como respuesta a la
discriminación más brutal, suele presentar rasgos positi­
vos al igual que el liberalismo sexual. Pero no hay que
olvidar que ambas corrientes ideológicas fueron desenca­
denadas por el neocolonialismo en su empeño por des­
pertar necesidades artificiales.
El resurgimiento del economismo femenino en el so­
cialismo tiende a reforzar la tradicional división del tra­
bajo por sexos, a perpetuar el hogar como célula econó­
mica de la sociedad, y presenta fuertes analogías con el
artesanado privado por su influencia individualizante en
la conciencia social. El economismo femenino sigue afe­
rrado a los símbolos de status tradicionales, presionando
formidablemente sobre la industria ligera para la pro­
ducción de objetos innecesarios. Alimenta en períodos de
escasez al mercado negro y constituye una magnífica vía
de infiltración de los valores imperialistas en la concien-

119
cía social al absorber con avidez todos los ecos de la moda
y de las formas de vida de la clase media emitidas a
través del cine, publicaciones, literatura y otros sectores
de la sociedad de consumo. Santifica el eterno femenino
(belleza, cánones de conducta) como un concepto que se
encuentra juera de las clases sociales en lugar de señalar
que es precisamente el prpducto de la división del tra­
bajo y de los intereses de clase. Crea así un limbo into­
cable, una especie de santuario cuya profanación traería
a la humanidad males inacabables, y en el que precisa­
mente sobreviven, pululan y se multiplican los gérmenes
de la propiedad privada y del individualismo compe­
titivo.
Cuando el economismo femenino se reinstaura, a
pesar del avance de la cultura proletaria, la mujer apro­
vecha el aumento del poder de compra y los servicios re­
cientemente creados, no para transformarse revoluciona­
riamente trabajando a plenitud y militando políticamente,
sino para obtener un status social similar al de un ama
de casa de la sociedad de consumo. Tiende a usufructuar
los servicios para beneficio individual, reiniciando la ca-
rrerita del consumo.
La sobreprotección maternal, otro rasgo conocido del
economismo femenino, resulta sumamente perjudicial
para el desarrollo sano de la juventud.
La conciencia que requiere el proceso revolucionario
de las mujeres, y especialmente de las mujeres dirigen­
tes, es similar a la planteada por el dirigente guineano
Amilcar Cabral para la pequeña burguesía (que en Africa
parece destinada a encabezar la lucha independentista):
debe suicidarse como clase a través de la lucha incorpo­
rándose al proletariado.
Los pequeños productores, incluyendo las amas de
casa, son clases marginales, secundarias, que carecen de
la autoridad necesaria para dirigir el país. Un proceso re­

120
volucionario requiere su asimilación a las clases traba­
jadoras principales, que son las únicas que poseen las
condiciones necesarias para oponerse al imperialismo.
El suicidio de clase del ama de casa, su transforma­
ción en proletaria, requiere la destrucción de todos los
rasgos que caracterizaban su conciencia social en el ca­
pitalismo.
El hecho de que todos los sectores femeninos se in­
corporen a la producción no implica su total liberación.
Según el ama de casa se transforme en proletaria
completa, o perpetúe en parte los rasgos ideológicos ca­
racterísticos de la sociedad de clases, asistiremos a la
aparición de una corriente revolucionaria en la concien­
cia social femenina o de una corriente reformista que se
constituye en el mejor caldo de cultivo para el revisio­
nismo económico y político.
El socialismo es una etapa de transición entre el ca­
pitalismo y una sociedad sin clases. Tal sociedad no podrá
construirse antes de haber resuelto definitivamente la
contradicción existente entre la necesidad del trabajo in­
visible y la necesidad de incorporar a la mitad postergada
de la humanidad al trabajo productivo y a la vida po­
lítica.
La reposición privada de la fuerza de trabajo en el
socialismo continúa siendo una necesidad cruel e insos­
layable. El reconocimiento oficial de la existencia tangi­
ble de la segunda jornada de trabajo es un paso impor­
tante, pero su socialización a través de la expansión de
los servicios, el crecimiento del salario social, no depen­
de de la política gubernamental tanto como del desarrollo
económico.
Mientras persista el trabajo invisible, mientras no se
combata ferozmente la ideología del sexo, sobrevivirán
los prejuicios tradicionales: las tipologías sexuales opues­
tas, pasivas y autoritarias; el economismo femenino y las

121
teorías biologistas destinadas a justificar la división del
trabajo en el terreno laboral.
No es fácil distinguir las ideas reformistas de las
ideas revolucionarias sobre la cuestión femenina, entre
otras cosas porque carecen de una formulación sistemá­
tica. Tanta más razón para hacer el intento. Hay algo que
parece muy claro: las ideas reformistas reflejan la ten­
dencia a perpetuar el trabajo invisible y las ideas revo­
lucionarias reflejan la necesidad de incorporar a la mujer
plena y definitivamente a la construcción de una socie­
dad sin clases.

IDEAS REFORMISTAS

Es relativamente fácil proclamar la igualdad jurídica


de la mujer. Muy difícil llevarla a la práctica revolucio­
naria de los países subdesarrollados cuando se trata de
incorporar a la producción social y a la acción política a
millones de mujeres.
A estas mujeres semianalfabetas, limitadas por mile­
nios de discriminación, preparadas por la cultura de
clases exclusivamente para reponer fuerza de trabajo en
la casa, se les ha formado como objetos sexuales, como
siervas destinadas al matrimonio.
El peso ideológico de las mujeres contrariamente a lo
que puede imaginarse, es grandemente influyente. El eco­
nomismo femenino presiona en el sentido de limitar la
incorporación de las mujeres a aquellos sectores donde
se requiere menos esfuerzo físico y un menor alejamien­
to del núcleo familiar. Es así como las mujeres mismas
sancionan la prolongación en el socialismo de la división
del trabajo por sexos en el seno del proletariado, que

122
vimos surgir en el capitalismo como proyección de las
actividades serviles que desempeñan en el hogar.
Hacen su aparición concepciones pseudocientíficas
que prohíben para la mujer las tareas consideradas tra­
dicionalmente como masculinas.
Esta tendencia tiene su sustentación práctica en la
segunda jornada de trabajo. Resulta difícil para una
mujer que realiza en la producción un trabajo duro y
agotador, cumplir con las horas de trabajo invisible que
la esperan en el hogar.
Las ideas reformistas aparecen cuando se hacen con­
cesiones ideológicas al avance de la división del trabajo
por sexos y a la jornada invisible; se tiende a aceptar al
segundo turno, considerándolo como un fenómeno nece­
sario a largo plazo.
Así surge la idea de reducir la jornada laboral de las
mujeres casadas. El contenido antieconómico de esta
medida salta a la vista. El contenido ideológico reaccio­
nario es menos evidente pero se puede señalar que condu­
ciría a:
1) Fortalecer el salario individual en detrimento del
crecimiento del salario social.
2) Debilitar la posición igualitaria alcanzada por la
mujer a través de la revolución, confiriéndole un
status legal diferente al del hombre, que sanciona
el carácter de “fatalidad biológica” por el que la
mujer debe continuar como una sierva reponien­
do la fuerza de trabajo.
3) Tender a cimentar el individualismo pequeño-
burgués. Si la familia individual fue la célula eco­
nómica de la sociedad de clases, todo retorno a la
misma en el sentido de la consolidación del tra­
bajo invisible, conducirá fatalmente a fortalecer

123
las Secuelas de la propiedad privada en la con­
ciencia social.
Lia mujer segregada del cumplimiento de las tareas
pesadas o peligrosas, enajenada de sus posibilidades crea­
doras por la división del trabajo, que retorna progresiva­
mente al trabajo invisible, no se transforma a cabalidad.
Se detiene y cristaliza en patrones transicionales que
contienen elementos del pasado y elementos del futuro.
Su integración al proletariado no se completa, aun
cuando de hecho trabaje como tornera en una fábrica. Es
bien conocido que en las capas de pequeños productores
privados se generan incesantemente elementos capitalis­
tas aun en el seno de la sociedad socialista. Es fácil ima­
ginar el poder corruptor que tiene la existencia de estas
artesanas invisibles, semiproletarias y semisiervas, cuya
existencia social les impide transformarse ideológicamen­
te, les impide proletarizarse a cabalidad.
Mientras la fuerza de trabajo siga produciéndose en
millones de tallercitos domésticos, no podrá erradicarse
de la conciencia social la influencia de la propiedad pri­
vada y necesariamente resultarán incompletos los esfuer­
zos por construir una sociedad sin clases y un hombre
nuevo.
En este contexto se hace aún más evidente la juste-
za de la sentencia de Lenin: El proletariado no puede al­
canzar su plena liberación sin conquistar la liberación
completa de la mujer.

IDEAS REVOLUCIONARIAS

Las ideas revolucionarias se abren paso cuando,el


Partido dedica los máximos esfuerzos para la reeducación
de la mujer (y del hombre) comprendiendo que la aboli­

124
ción de la propiedad privada, la incorporación de la
mujer al trabajo social y la creación de servicios, si bien
constituyen condiciones imprescindibles para su libera­
ción, no bastan para determinarla mecánicamente. La
suerte de la mujer está intrínsecamente ligada a la lucha
de clases que libra el Partido para arrasar definitivamen­
te con los vicios y la cultura de la propiedad privada,
La acción revolucionaria de las masas femeninas
parece haberse abierto paso más fácilmente en aquellas
condiciones donde la obra social del capitalismo estaba
incompleta, particularmente en vastas regiones campe­
sinas de Asia, donde la esclavitud patriarcal era tan
brutal, que todavía la mujer se compraba y vendía como
una red. No se le reconocían “derechos iguales”; no pros­
peraba el matrimonio por amor ni los valores de la so­
ciedad de consumo. Por otra parte el individualismo no
había alcanzado ese refinamiento sutil que impregna la
conciencia social de los países desarrollados; persistían
algunos rasgos colectivistas. Las dirigencias marxistas
comprobaron la imposibilidad de una solución reformista.
Para incorporar las mujeres a la producción y a la de­
fensa, se vieron obligados a intentar la destrucción com­
pleta de la superestructura ideológica patriarcal.
La mujer es el producto humano más deformado de
la sociedad de clases. Si bien las masas femeninas de los
países subdesarrollados alcanzan un grado de abnegación
y heroísmo ilimitado en sus luchas internas destinadas a
transformar su condición servil, ■deben sobreponerse a
una cobardía ideológica profundamente inculcada.
La tarea de los partidos revolucionarios resulta su­
mamente delicada en el combate contra los complejos de
inferioridad de las mujeres porque, cuando ellas rompen
espontáneamente con su falta de seguridad tradicional,
se encuentran sujetas al peligro de desviaciones radica-
listas similares a las que plagaron antiguamente a las

125
rebeliones de esclavos y de campesinos. Es por ello de
fundamental importancia que las organizaciones revolu­
cionarias tomen la dirección de la rebeldía femenina,
provocándola y encauzándola, en lugar de sofocarla o per­
mitir que conduzca al revanchismo femenino.
Ejemplos exitosos pueden encontrarse cuando bajo
consignas como “la mujer se autoinferioriza” o “la mujer
debe luchar contra su autoinferiorización” se logra la in­
corporación de los sectores más atrasados de la población
femenina, y lo que parecía ser una fuerte proletarización
ideológica.
Las ideas revolucionarias reconocen que no hay
condición fatal que imponga una inferioridad física a la
mujer, sino que ésta es el resultado histórico de la divi­
sión del trabajo. Se lucha por incorporar a la mujer a las
tareas consideradas tradicionalmente como “masculinas”,
comprendiendo que éstas, lejos de perjudicar su salud, la
desarrollan física y caracteriológicamente. Se denuncia la
esclavitud doméstica y se crea una moral social por la
que el marido comparte las tareas del hogar. Estas tareas
se colectivizan en la medida de lo posible. En la práctica,
las ideas revolucionarias destruyen los reflejos condicio­
nados inhibitorios de las mujeres explotadas. Compren­
diendo que se vive una paz condicional, se busca prepa­
rar a toda la masa femenina para la defensa. Se las atrae
a las Fuerzas Armadas.
Se tiende a imponer una conducta rígida en las rela­
ciones sexuales, cuya validez a largo plazo puede ser dis­
cutida, pero que se dirige a suprimir la dualidad moral
por la que antes se incentivaba en el hombre, lo que se
reprimía bestialmente en la mujer. Se destruye toda la
simbología femenina de la cosificación sexual, los patro­
nes de belleza clasistas, desarraigando de los medios de
comunicación masivos la imagen de la mujer-mercancía,

126
La valoración de la mujer se ajusta a sus cualidades de
obrera, dirigente política o combatiente.
La incorporación masiva de la mujer a la Guerra del
Pueblo, es uno de los logros más importantes de la ideo­
logía revolucionaria y también su medida más efectiva
para la total proletarización de la mujer, con todo lo que
significa para la destrucción de los tradicionales tabúes
femeninos.
Su ejemplo más alto ha sido dado por Viet Nam del
Sur donde la división del trabajo por sexos, para la pro­
ducción y para la guerra, parece haberse limitado al mí­
nimo. La alta incorporación femenina a la Guerra del
Pueblo que tiene lugar en Viet Nam no hubiera podido
alcanzarse de no mediar la actividad del Frente, que lleva
a cabo una lucha frontal y resuelta contra la discrimina­
ción de la mujer en su patria y en el mundo.
Si el ejército es el brazo armado de la dase en el
poder, toda exclusión del mismo en base al sexo tiene
implicaciones represivas para la conciencia social de las
mujeres.
Un caso excepcional lo constituye Cuba, donde se
observa una progresiva apertura de las escuelas de ofi­
ciales y de cuadros de mando del ejército para la mujer,
sin que una situación de guerra lo haga necesario. Este
hecho ayuda a destruir las secuelas combinadas de la
supremacía masculina española, de la esclavitud de plan­
tación y del neocolonialismo norteamericano. Constituye
así un ejemplo de la lucha frontal contra la discrimina­
ción de la mujer en los primeros años de transformación
revolucionaria.
Sería idealista esperar, en lo que va del período de
transición, la completa proletarización ideológica de las
mujeres. Este proceso sólo podrá llevarse a cabo a través
de una lucha prolongada y consciente. Es precisamente
por esto que resulta alarmante la falta de interés por el

127
análisis de la cuestión de la mujer. La inexistencia de
una teoría científica de la liberación femenina en la eta­
pa actual, dada su importancia primordial para la cons­
trucción de una sociedad sin clases, deja abierto el ca­
mino para un renacimiento del reformismo. Si la situa­
ción de la mujer permanece ignorada podría, en circuns­
tancias adversas, determinar el estancamiento de una
ideología revolucionaria.

128
I N D I C E

PÁG.
Prólogo ................................................................................................. 11

M irta H e n a u lt

L A M U J E R Y LO S C A M B IO S S O C IA L E S .......................... 13
L a m u je r como producto de la h is to ria .............................. 13
E l d esarrollo desigual ................................................................... 16
L a H is to ria ......................................................................................... 17
L a M oderna Sociedad In d u s tria l ............................................... 18
Las m ujeres en las luchas sociales ............................................ 21
L a U n ió n 'Soviética: p rim e ra revolución socialista _______ 23
L a G ran M archa ............................................................................... 27
L a nueva m u je r cubana ................................................................. 30
Las m ujeres y los “revolucionarios” ..................................... 35
Conclusión ........................................................................................... 39

Peggy M o rto n

E L T R A B A JO D E L A M U J E R N U N C A S E T E R M IN A .. 41
L a m u je r en la fa m ilia ................................................................. 41
¿Qué d efin e a las m ujeres? ....................................................... 43
U na, dos, tres, m uchas contradicciones ..................... 46
L a fa m ilia en las p rim eras etapas d el capitalism o .......... 49
Reproducción del poder de la m ano de obra en el capita­
lism o avanzado ......................................................................... 53
Las m ujeres como productoras .................................................. 58
¡H erm anas: consigám oslo juntas! ................................ : ............ 63

Isab el l a r guía

L A M U J E R ......................................................................................... 71

129

/
INDICE
P¿G.

C ap ítu lo l?

N otas p ara un debate . . i .................................... ......................... 71

C ap ítu lo 29

Trabajo visible y trabajo invisible ............................. 79


C ap ítu lo 3<?

D iv isió n del trab a jo : consolidación de tipologías sexua­


les opuestas ................ ............................................................... 87

C ap ítu lo 49

La R evolución In d u s tria l: incorporación selectiva de la


m u je r a -la clase o b rera ......................................................... 92
Segunda jo m a d a de trab a jo ....................................................... 96
E l a u to ritarism o m asculino ......................................................... 99
L a m u je r p risio n era de la sociedad de consumo .............. 100

C apítulo 59

V ías p ara la lib eració n ................................................................. 113


Ideas R eform istas ............................................................................. 122
Ideas R evolucionarias ..................................................................... 124

130

Verwandte Interessen