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Estudio-vida de Efesios

CONTENIDO

1. PALABRAS DE INTRODUCCION AL LIBRO DE EFESIOS


2. TRES ASPECTOS DE LA PALABRA BENDICION
3. ESCOGIDOS PARA SER SANTOS
4. PREDESTINADOS PARA FILIACION
5. LA ALABANZA DE LA GLORIA DE LA GRACIA DE DIOS
6. REDENCION EN EL HIJO
7. EL MISTERIO DE LA VOLUNTAD DE DIOS
8. HACER QUE EN CRISTO SEAN REUNIDAS BAJO UNA CABEZA TODAS LAS
COSAS (1)
9. HACER QUE EN CRISTO SEAN REUNIDAS BAJO UNA CABEZA TODAS LAS
COSAS (2)
10. HACER QUE EN CRISTO SEAN REUNIDAS BAJO UNA CABEZA TODAS LAS
COSAS (3)
11. LOS CREYENTES NEOTESTAMENTARIOS SON PARA LA ALABANZA DE LA
GLORIA DE DIOS
12. SELLADOS CON EL ESPIRITU SANTO
13. LAS ARRAS DE NUESTRA HERENCIA
14. UN ESPIRITU DE SABIDURIA Y DE REVELACION, Y LOS OJOS DE NUESTRO
CORAZON
15. LA ESPERANZA A QUE DIOS NOS HA LLAMADO Y LAS RIQUEZAS DE LA
GLORIA DE LA HERENCIA DE DIOS EN LOS SANTOS
16. LA SUPEREMINENTE GRANDEZA DEL PODER DE DIOS
17. CRISTO ES DADO POR CABEZA SOBRE TODAS LAS COSAS A LA IGLESIA
18. LA IGLESIA ES EL CUERPO DE CRISTO
19. EL DIOS TRIUNO SE IMPARTE A NOSOTROS Y SE FORJA EN NUESTRO SER
20. MUERTOS EN DELITOS Y PECADOS
21. SALVOS POR GRACIA PARA SER LA OBRA MAESTRA DE DIOS
22. LEJOS EN OTRO TIEMPO, PERO AHORA CERCA
23. ES DERRIBADA LA PARED INTERMEDIA DE SEPARACION
24. CREA DE LOS DOS UN SOLO Y NUEVO HOMBRE
25. VESTIRNOS DEL NUEVO HOMBRE
26. AMBOS RECONCILIADOS CON DIOS EN UN SOLO CUERPO, Y
CONCIUDADANOS DE LOS SANTOS Y MIEMBROS DE LA FAMILIA DE DIOS
27. CRECEMOS PARA SER UN TEMPLO SANTO Y SOMOS EDIFICADOS PARA
MORADA DE DIOS EN EL ESPIRITU
28. LA MAYORDOMIA DE LA GRACIA
29. LA REVELACION DEL MISTERIO
30. LAS RIQUEZAS DE CRISTO PRODUCEN LA IGLESIA
31. LA IGLESIA EXHIBE LA SABIDURIA DE DIOS CONFORME A SU PROPOSITO
ETERNO
32. SER FORTALECIDOS EN EL HOMBRE INTERIOR PARA QUE CRISTO HAGA
SU HOGAR EN NUESTROS CORAZONES
33. COMPRENDER LAS DIMENSIONES DE CRISTO Y CONOCER EL AMOR DE
CRISTO
34. SER LLENOS HASTA LA MEDIDA DE TODA LA PLENITUD DE DIOS
35. DIOS ES GLORIFICADO EN LA IGLESIA Y EN CRISTO
36. GUARDAR LA UNIDAD DEL ESPIRITU
37. LA BASE DE NUESTRA UNIDAD
38. LOS DONES PERFECCIONAN A LOS SANTOS
39. LA NORMA DEL CREYENTE
40. LA MANERA DE ALCANZAR LA NORMA
41. LA MANERA DE SER PERFECCIONADOS
42. TODOS LOS MIEMBROS EDIFICAN Y NINGUNO TIENE RANGO
43. TRES OBJETIVOS A LOS CUALES DEBEMOS LLEGAR
44. LA INMADUREZ Y LOS VIENTOS DE ENSEÑANZA
45. EL CRECIMIENTO DE LOS MIEMBROS PARA LA EDIFICACION DEL
CUERPO
46. APRENDER A CRISTO CONFORME A LA VERDAD QUE ESTA EN JESUS
47. NOS DESPOJAMOS DEL VIEJO HOMBRE Y NOS VESTIMOS DEL NUEVO
48. UNA VIDA QUE NO CONTRISTA AL ESPIRITU SANTO DE DIOS
49. UN RESUMEN DE LO QUE ES APRENDER A CRISTO
50. ANDAR EN AMOR Y EN LUZ
51. VIVIR AL SER LLENOS EN EL ESPIRITU
52. EL VIVIR NECESARIO ENTRE LA MUJER Y EL MARIDO
53. UN MISTERIOSO TIPO DE CRISTO Y LA IGLESIA
54. CRISTO SANTIFICA A LA IGLESIA PURIFICANDOLA
55. CRISTO EN TRES ETAPAS
56. SANTIFICAR, PURIFICAR, SUSTENTAR Y CUIDAR CON TERNURA (1)
57. COMO CRISTO GLORIFICA A LA IGLESIA
58. SANTIFICAR, PURIFICAR, SUSTENTAR Y CUIDAR CON TERNURA (2)
59. DIOS DESEA UNA IGLESIA GLORIOSA
60. EXPERIMENTAR A CRISTO CONFORME A LA ECONOMIA DE DIOS
61. UN RESUMEN DE LA EXHORTACION PRESENTADA EN EL CAPITULO
CINCO
62. LA FORMA EN QUE SE DEBEN CONDUCIR LOS CREYENTES EN SUS
RELACIONES DE HIJOS A PADRES Y DE ESCLAVOS A AMOS
63. LA LUCHA REQUERIDA PARA COMBATIR AL ENEMIGO ESPIRITUAL
64. TODA LA ARMADURA DE DIOS (1)
65. TODA LA ARMADURA DE DIOS (2)
66. LA ARMADURA SE APLICA POR MEDIO DE LA ORACION
67. CONCLUSION
68. LA IGLESIA ES UNA VIDA HIBRIDA
69. EL ESPIRITU MEZCLADO PARA LA VIDA DE IGLESIA
70. LAS ORDENANZAS Y LA DOCTRINA
71. EL VIEJO HOMBRE Y EL NUEVO HOMBRE
72. LA OBRA QUE DIOS REALIZO CON RESPECTO A LA IGLESIA
73. TRES ELEMENTOS QUE DAÑAN A LA IGLESIA
74. SIETE ASPECTOS DE LA IGLESIA
75. LA ECONOMIA DE DIOS: CRISTO Y LA IGLESIA
76. LA ECONOMIA DE DIOS: FORJAR A CRISTO EN NOSOTROS
77. CRISTO EN LA ECONOMIA DE DIOS
78. TOMAR A CRISTO COMO NUESTRA PERSONA POR CAUSA DE LA VIDA DE
IGLESIA
79. CINCO ASPECTOS DE CRISTO
80. NOS VESTIMOS DEL NUEVO HOMBRE AL CRECER HASTA LA MEDIDA DE
CRISTO
81. LA IGLESIA: LA EXPRESION DE CRISTO
82. LA IGLESIA: EL REBOSAMIENTO DE CRISTO
83. COMO EXPERIMENTAR LAS RIQUEZAS DE CRISTO
84. REBOSANTES PARA HABLAR
85. LAS ORDENANZAS Y LA VIDA DE IGLESIA
86. LA ABOLICION DE LAS ORDENANZAS
87. LAS ORDENANZAS SE OPONEN A CRISTO
88. LA EDIFICACION UNIVERSAL Y LA EDIFICACION LOCAL
89. NOS ALIMENTAMOS, CRECEMOS Y SOMOS EDIFICADOS
90. ABANDONAR LAS DOCTRINAS AL CRECER EN VIDA
91. LA FE, NO LA DOCTRINA
92. EL PERFECCIONAMIENTO DEL NUEVO HOMBRE
93. LA VIDA CORPORATIVA DEL NUEVO HOMBRE
94. EL ESPIRITU Y LA IGLESIA
95. LA HERMOSURA DE LA NOVIA
96. DADO POR CABEZA SOBRE TODAS LAS COSAS A LA IGLESIA
97. LA IGLESIA ES EL GUERRERO DE DIOS
 

ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE UNO

PALABRAS DE INTRODUCCION AL LIBRO DE EFESIOS

En este mensaje presentaremos las palabras introductoras del libro de Efesios. Aunque
se trata de palabras introductoras, en ellas abarcaremos algunos asuntos cruciales y de
peso espiritual.

I. TEMA: LA IGLESIA

A. El Cuerpo

El tema del libro de Efesios es la iglesia. Efesios presenta siete aspectos de la iglesia, el
primero de los cuales es la iglesia como Cuerpo de Cristo, la plenitud de Aquel que todo
lo llena en todo. Para que una persona esté completa, debe tener un cuerpo que sea su
expresión. El Cuerpo de Cristo es la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.

El término “plenitud” ha sido mal usado, mal entendido y mal aplicado por los cristianos
de hoy. La mayoría de los maestros cristianos confunden la plenitud con las riquezas.
Así, cuando los cristianos hablan de la plenitud de Cristo, piensan que se refiere a las
riquezas de Cristo. (No obstante, son muy pocos los cristianos que hablan de la plenitud
de Cristo, aunque sí hablan de la plenitud del Espíritu Santo o de la plenitud de Dios.)
Según el libro del Efesios, el término “plenitud” no significa riquezas, sino expresión.
Las palabras “las riquezas de Cristo” se encuentran en 3:8, y la palabra “plenitud”, en
1:21 y 4:13. El capítulo uno menciona la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo,
mientras que el capítulo cuatro, la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Según
4:13 la plenitud tiene una estatura, y la estatura tiene una medida. Nosotros tenemos
estatura porque tenemos un cuerpo; si fuéramos una cabeza sin cuerpo, no tendríamos
estatura. La plenitud de Cristo es el Cuerpo, pues 4:13 dice que esta plenitud tiene una
estatura y una medida. De ahí la expresión, la medida de la estatura de la plenitud de
Cristo.

La plenitud es diferente a las riquezas. Las riquezas no tienen estatura; en cambio, la


plenitud, que es el Cuerpo, tiene una estatura, y esta estatura tiene una medida. Esto
prueba firmemente que la plenitud de Cristo no se refiere a las riquezas de Cristo, sino al
Cuerpo de Cristo.
Es importante saber por qué al Cuerpo de Cristo se le llama la plenitud. Esto es muy
significativo. El cuerpo de una persona es su plenitud, y esta plenitud es su expresión.
Cuando yo hablo, uso todo mi cuerpo; de esta manera mi ser se expresa por medio de mi
cuerpo. Asimismo, la iglesia es el Cuerpo de Cristo, y este Cuerpo es la plenitud de Aquel
que todo lo llena en todo. ¡Esto es muy profundo! Cristo llena todo el universo. Por ser
Aquel que todo lo llena en todo, El es extremadamente grande, y una persona así de
grande necesita un Cuerpo igual de grande; y la iglesia es dicho Cuerpo. Por tanto, la
iglesia es el Cuerpo de Cristo, Su plenitud.

A las riquezas de Cristo se las pueden comparar con los comestibles producidos en los
Estados Unidos, los cuales no se producen para ser exhibidos, sino para ser ingeridos.
Cuando consumimos las riquezas alimenticias de Estados Unidos, ellas aparentemente
desaparecen en nosotros. Cuando las digerimos y asimilamos, ellas llegan a formar parte
de nuestro ser, y como resultado, dejan de ser riquezas y se convierten en la plenitud.
Por consiguiente, podemos decir que los jóvenes fornidos estadounidenses que asimilan
una gran cantidad de estas riquezas, son la plenitud de los Estados Unidos. Con este
ejemplo podemos diferenciar entre las riquezas y la plenitud. Las riquezas son el
alimento que aún no hemos ingerido. Una vez que el alimento es consumido, digerido y
asimilado, llega a ser la plenitud. Las riquezas de Cristo son todos los aspectos de lo que
Cristo es. Cuando digerimos y asimilamos las riquezas de Cristo, estas riquezas llegan a
formar parte de nosotros, y nosotros nos convertimos en la plenitud de Cristo. Así que,
la iglesia es el Cuerpo de Cristo, la plenitud de esta persona universalmente grandiosa
que todo lo llena en todo. Este es el primer aspecto de lo que es la iglesia.

B. El nuevo hombre

En segundo lugar, la iglesia es el nuevo hombre (2:15). En el universo hay un solo nuevo
hombre; por eso, la iglesia es el nuevo hombre. Hay una notable diferencia entre el
Cuerpo y el nuevo hombre. El Cuerpo sólo necesita vida, mientras que el nuevo hombre
necesita la vida y la persona. Mi cuerpo tiene vida, pero mi ser como hombre tiene una
persona. La iglesia no es solamente el Cuerpo de Cristo, el cual tiene la vida de Cristo,
sino también el nuevo hombre, cuya persona es Cristo. Sin duda, este nuevo hombre es
corporativo, ya que en 2:15 se dice que Cristo creó de ambos pueblos, judíos y gentiles,
un solo y nuevo hombre. Esto significa que los dos pueblos colectivos fueron creados en
un solo y nuevo hombre. Si vemos que la iglesia hoy no es sólo el Cuerpo, sino también
un hombre, una persona, lo que experimentamos de la vida de iglesia llegará a un nivel
más elevado.
C. El reino

En 2:19 vemos que la iglesia es el reino de Dios. Este versículo dice: “Así que ya no sois
extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos”. La palabra
“conciudadanos” denota un reino, porque ser conciudadano se refiere a poseer ciertos
derechos civiles, y los derechos civiles siempre están relacionados con una nación o un
reino. Por tanto, este versículo revela que la iglesia es el reino de Dios y que nosotros
somos los ciudadanos de este reino y que, como tales, poseemos ciertos derechos civiles.
Al gozar de estos derechos, también debemos asumir las responsabilidades. Por
consiguiente, la iglesia es el reino de Dios, que incluye derechos y responsabilidades. Si
queremos los derechos, también debemos asumir las responsabilidades. Sin embargo, a
veces queremos gozar de los derechos sin asumir ninguna responsabilidad. Pero
debemos participar tanto de los derechos como de las responsabilidades. Esta es la
iglesia como reino de Dios.

D. La familia de Dios

En cuarto lugar, la iglesia es la familia de Dios (2:19). La familia no tiene nada que ver
con los derechos civiles, sino con la vida y el disfrute. En la casa no se habla mucho de
derechos; allí más bien se tiene la vida del padre y se disfruta de ella. Por consiguiente,
la iglesia como casa o familia de Dios tiene que ver con la vida y el disfrute.

A muchos santos les agrada la vida de iglesia como familia, pero no les gusta tanto la
iglesia como reino, es decir, sólo quieren pasar un buen tiempo juntos, y tener un
disfrute maravilloso. Sin embargo, nosotros no nos quedamos en casa todo el tiempo, ya
que tenemos que salir a trabajar para ganarnos el sustento. No solamente debemos
disfrutar de la vida familiar, sino también asumir las responsabilidades del reino. La
iglesia no debe de ser una familia siempre; también debe ser el reino de Dios. De todos
modos, me complace que en la iglesia como familia de Dios se nos brinda vida y disfrute.

E. La morada de Dios

En 2:21-22 vemos que la iglesia es también la morada de Dios. El versículo 21 dice que
todo el edificio va creciendo para ser un templo santo en el Señor; esto se refiere al
edificio universal. El versículo 22 dice que los santos de Efeso eran edificados
juntamente para ser una morada de Dios en el espíritu; esto se refiere a la edificación
local. En el sentido universal, la iglesia es el templo del Señor, y en el sentido local, ella
es la morada de Dios en nuestro espíritu.
F. La novia, la esposa, de Cristo

En el capítulo cinco vemos la iglesia como novia, como esposa, de Cristo. La novia es la
satisfacción del novio, del esposo. La Biblia, refiriéndose a Adán cuando éste estaba solo,
dice: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gn. 2:18). Esto indica que cuando Adán no
tenía compañera, no era feliz ni estaba satisfecho. Adán necesitaba una esposa. Cuando
a Adán se le dio una esposa, halló descanso y satisfacción. Por tanto, según la Biblia el
propósito de la novia, la esposa, es proporcionar descanso y satisfacción a su marido.
¿Cómo podríamos estar satisfechos si no tenemos descanso? Estar satisfecho implica
gozar de un descanso pleno. El día que uno se casa es un día de satisfacción y reposo.
Del mismo modo, ya que Cristo ama a la iglesia, ella es Su descanso y satisfacción.

El amor que Cristo le tiene a la iglesia es distinto del que siente por los pecadores. A
menudo los cristianos proclaman que Cristo ama a los pecadores, pero pocos hablan de
que El ama a Su esposa. Nosotros éramos pecadores, pero ahora somos la esposa de
Cristo. Independientemente de que seamos hombres o mujeres, somos Su esposa. La
iglesia es la esposa que satisface a Cristo.

G. El guerrero

Por último, Efesios 6 revela que la iglesia es un guerrero, un luchador corporativo. Un


ejército se compone de muchos soldados, pero un guerrero es una sola persona. La
iglesia es el nuevo hombre, y éste es un guerrero. La armadura de Dios mencionada en el
capítulo seis no se le da a ningún cristiano como individuo, sino a toda la iglesia como
nuevo hombre. Como guerrero, la iglesia se enfrenta al enemigo de Dios y lo vence.

Si unimos estos siete aspectos de la iglesia, vemos un cuadro maravilloso de la iglesia


como el Cuerpo que expresa a Cristo, como el nuevo hombre que toma a Cristo como su
persona, como el reino que incluye derechos y responsabilidades, como la familia en la
que hay vida y disfrute, como la morada de Dios en la que El habita, como la novia que
satisface a Cristo, y como el guerrero que libra la batalla contra el enemigo y lo derrota a
fin de que Dios cumpla Su propósito eterno. La iglesia es todo esto.

Lo que la iglesia hace no es tan importante como lo que ella es. La iglesia es el Cuerpo, el
nuevo hombre, el reino, la familia, la morada, la novia y el guerrero. Lo que hacemos no
tiene mucha importancia, pero lo que hacemos es trascendental. En una iglesia como la
que se describe en Efesios, Cristo es expresado. Por medio de ella, Cristo, Su persona,
vive. En ella existen el reino de Dios con derechos y responsabilidades y la familia de
Dios con vida y disfrute. La iglesia es también la morada de Dios, la satisfacción de
Cristo y el guerrero que pelea la batalla por causa del propósito eterno de Dios. ¡Qué
maravillosa es la iglesia!

Si tenemos esta visión de la iglesia, nos daremos cuenta de cuán lamentable es la


condición de la religión actual. En la religión uno no encuentra el Cuerpo ni el nuevo
hombre. Además, tampoco se ve allí el reino de Dios, ni Su familia, ni Su morada, ni la
novia de Cristo ni el guerrero de Dios. Como iglesia, debemos manifestar estos siete
aspectos. En particular, los hermanos que llevan la responsabilidad en las iglesias,
necesitan tener la visión de la iglesia que se presenta en Efesios. La iglesia no es una
escuela, ni una sociedad ni una organización; es el Cuerpo, el nuevo hombre, el reino, la
familia, la morada, la novia y el guerrero. Esto es la iglesia, y éste también es el tema del
libro de Efesios. Debido a que Efesios tiene este tema, es un libro insondable.

Sin embargo, hay aún más aspectos de la iglesia en el último libro de la Biblia. En
Apocalipsis vemos cuatro aspectos adicionales de la iglesia: la iglesia como el candelero,
el hijo varón, las primicias y la ciudad santa. De estos aspectos sólo uno, el de la novia,
se abarca también en Efesios.

II. CONTENIDO

A. Las bendiciones que la iglesia recibe en Cristo

Ahora llegamos al contenido del libro de Efesios. En cuanto a esto, lo primero que se
menciona es las bendiciones que la iglesia recibió en Cristo (1:3-14). Pocos conocen el
verdadero significado de la palabra “bendición”. Una bendición no es tales cosas como
un automóvil último modelo o una casa nueva. El apóstol Pablo pedía en oración que la
iglesia tuviera una revelación que le permitiera ver las bendiciones que ella había
recibido. Para ver las bendiciones materiales, como por ejemplo automóviles o casas,
uno no necesita revelación, pero ésta es imprescindible para conocer las bendiciones
recibidas por la iglesia. Muchos cristianos simplemente no han visto las bendiciones con
las cuales la iglesia fue bendecida.

B. El apóstol ora pidiendo


revelación para la iglesia

Después de revelar las bendiciones dadas a la iglesia, el apóstol Pablo pidió en oración
que los santos recibieran un espíritu de sabiduría y de revelación para que conocieran el
resultado de todas estas bendiciones y el poder que lo lleva a cabo, con el fin de que la
iglesia llegue a ser el Cuerpo de Cristo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo
(1:15-23).
C. La producción, naturaleza, posición,
edificación y función de la iglesia

Después de mencionarse la iglesia al final del capítulo uno, el capítulo dos nos muestra
la producción, naturaleza, posición, edificación y función de la iglesia.

D. La revelación del misterio y el ministerio


de la mayordomía con respecto a la iglesia

En 3:1-13 tenemos la revelación del misterio y el ministerio de la mayordomía en cuanto


a la iglesia. Muy pocos cristianos saben qué es el ministerio de la mayordomía. Hay algo
que se llama la mayordomía, y esta mayordomía tiene un ministerio. El ministerio de
esta mayordomía está relacionado con la iglesia. Así que, no sólo el misterio está ligado
a la iglesia, sino también la mayordomía. Para conocer la iglesia, debemos conocer la
revelación del misterio y el ministerio de la mayordomía. Abarcaremos estos temas en
detalle cuando lleguemos al capítulo tres.

E. El apóstol ora pidiendo


que la iglesia experimente a Cristo

Sabiendo que el misterio y el ministerio de la mayordomía son asuntos profundos, el


apóstol oró pidiendo que la iglesia experimentara a Cristo de manera práctica (3:14-21).
La iglesia, tal como se revela en el misterio y como es ministrada por la mayordomía,
necesita experimentar a Cristo; y el apóstol Pablo oró por ello.

F. El andar y la responsabilidad
que lleva la iglesia en el Espíritu

Los capítulos del cuatro al seis presentan el andar y la responsabilidad que la iglesia
tiene en el Espíritu.

Si tenemos una visión clara del contenido del libro de Efesios, entenderemos todo el
libro. Conoceremos las bendiciones, que incluyen la elección de Dios, Su predestinación,
Su filiación, Su santidad, Su redención, Su sello, Sus arras y mucho más. Más adelante
veremos la oración del apóstol en la que pide que recibamos un espíritu de sabiduría y
de revelación que nos capacite para conocer la esperanza a que Dios nos ha llamado,
para ver la gloria de la herencia de Dios en Sus santos y para comprender la grandeza
del poder que operó en Cristo para producir el Cuerpo. Luego, en el capítulo dos,
veremos la producción de la iglesia, la naturaleza de la iglesia, la visión de la iglesia, la
edificación de la iglesia y la función de la iglesia. En el capítulo tres, veremos la
revelación del misterio y el ministerio de la mayordomía con relación a la iglesia.
Además, veremos la oración que hace Pablo por el fortalecimiento de nuestro hombre
interior para que Cristo haga Su hogar en nuestro corazón y para que seamos llenos
hasta la medida de toda la plenitud de Dios. Esto nos permite experimentar a Cristo de
manera práctica. Después, como se revela en los últimos tres capítulos, sabremos cómo
debemos andar, asumir responsabilidades y pelear la batalla, de modo que se cumpla el
propósito de Dios. Este es el contenido del libro de Efesios.

III. CARACTERISTICA

El libro de Efesios posee una característica especial. A diferencia de Romanos, donde se


habla desde la perspectiva de la condición de los pecadores, Efesios habla desde el punto
de vista del propósito eterno de Dios. En los primeros capítulos de Romanos vemos la
condición de los pecadores. Romanos 1 enumera toda clase de pecados, mas no
encontramos una lista semejante en el capítulo uno de Efesios. Ello se debe a que
Efesios no habla desde la perspectiva de la condición de los pecadores, sino desde el
punto de vista del propósito eterno de Dios. Además, Efesios se ubica en la eternidad, no
en el tiempo, y en los lugares celestiales, no en la tierra. El libro de Efesios nos traslada a
la eternidad. No permanezcamos en el tiempo; penetremos en la eternidad. Puesto que
Efesios nos conduce a los lugares celestiales, no debemos quedarnos en nuestra
condición; más bien, debemos ubicarnos en la eternidad y en los lugares celestiales.
Estamos en el propósito eterno de Dios y no debemos ver nuestra condición; más bien
pongamos nuestra mirada en el propósito eterno de Dios. Ya que estamos tan atados a
nuestra condición y encerrados en ella, necesitamos ser rescatados. Efesios no presta
tanta atención a nuestra condición como al propósito de Dios; nos habla a partir del
corazón del propósito de Dios. Cuando venimos a este libro, debemos orar así: “Señor,
sácame de mi condición, lejos de la tierra y fuera del tiempo; rescátame de mi condición
e introdúceme en la eternidad y en los lugares celestiales; deseo entrar en el corazón de
Dios y en Su propósito eterno”.

Hace muchos años leí el libro de Efesios, pero lo hice como si fuera una rana metida en
un pozo estrecho. Desde ese pozo traté de entender este libro, pero no pude, pues para
entenderlo es necesario ser librados de nuestra condición e introducidos en el propósito
eterno de Dios y en los lugares celestiales. Si leemos Efesios desde dicha posición,
nuestra comprensión será diferente. La característica particular y específica de este libro
es que se escribió desde la perspectiva eterna, desde los lugares celestiales, desde el
corazón de Dios y desde Su propósito eterno.
IV. POSICION

Efesios ocupa una posición particular en la secuencia de los libros del Nuevo
Testamento. No es el primer libro, lo cual sería muy extraño. ¡Alabado sea el Señor que
Efesios está ubicado en la posición correcta! Se ubica inmediatamente después de la
revelación que muestra el contraste entre Cristo y la religión (Gálatas); antes de verse
cómo experimentar a Cristo (Filipenses); y nos conduce a Cristo, la Cabeza (Colosenses).

A. Después de la revelación
de que Cristo es contrario a la religión

En Gálatas vemos que Cristo es contrario a la religión. No debemos reemplazar a Cristo


con nada. O sea, que no deben ser nuestras emociones ni nuestras prácticas las que se
oponen a la religión, sino Cristo mismo. Efesios figura después de esta revelación de que
Cristo es incompatible con la religión. El tema de que Cristo es contrario a la religión
nos conduce a la iglesia. El hecho de que Cristo sea contrario a la religión no ha de
afectar nuestra experiencia únicamente; éste es el énfasis equivocado que adoptan los
que hablan de la vida interior, quienes buscan a Cristo, no por el beneficio de la iglesia,
sino por el suyo propio. Cristo es incompatible con la religión por el beneficio de la
iglesia. El mismo Cristo que es incompatible con la religión no lo es principalmente por
el bien de nuestra experiencia personal, sino de la iglesia. Gálatas 2:20 dice que fuimos
crucificados juntamente con Cristo y que El vive en nosotros. Debemos experimentar
esto por el bien de la vida de iglesia.

B. Antes de la experiencia práctica


que tenemos de Cristo

Hacer hincapié en experimentar a Cristo a nivel personal y pasar por alto a la iglesia, es
erróneo. Pero dar énfasis a la iglesia y descuidar la experiencia práctica que tenemos de
Cristo también es erróneo. A los que le dan importancia a la experiencia personal pero
no a la iglesia, les diría: “Deben avanzar de Gálatas a Efesios”; y a los que prestan más
atención a la iglesia que a experimentar a Cristo, les diría: “Recuerden que después de
Efesios se tiene el libro de Filipenses”. Debemos experimentar a Cristo en la práctica a
tal grado que podamos declarar que en vida o muerte Cristo será magnificado por medio
de nosotros (Fil. 1:20), que para nosotros el vivir es Cristo (Fil. 1:21), y que contamos
todas las cosas como estiércol por la excelencia de Cristo (Fil. 3:8). Todos necesitamos
experimentar a Cristo. Antes de que las personas entren en la iglesia, deben
experimentar a Cristo y una vez que entran en ella, deben experimentarlo aún más.
C. Conducidos a la Cabeza

Experimentar a Cristo nos conduce a la Cabeza. Por tanto, después de Filipenses sigue
Colosenses. Valoro mucho Gálatas, Efesios, Filipenses y Colosenses, y he dedicado más
tiempo al estudio de estos libros que al de cualquier otro libro de la Biblia. Todos
debemos invertir más tiempo estudiando estos cuatro libros. Gálatas revela que Cristo
es incompatible a la religión; Efesios presenta la iglesia en siete aspectos; Filipenses
habla de cómo experimentar a Cristo de manera práctica; y Colosenses nos lleva a la
Cabeza. Si estudiamos adecuadamente estos cuatro libros, en ellos veremos a Cristo,
veremos que Cristo nos conduce a la iglesia, que la vida de iglesia nos lleva a
experimentar a Cristo diariamente, y que todo esto nos conduce a la Cabeza. Esta es la
posición que ocupa el libro de Efesios en el Nuevo Testamento.

V. EL ESCRITOR

Ahora hablemos de quién escribió este libro. Como todos sabemos, fue el apóstol Pablo
quien lo escribió. Efesios 1:1 dice: “Pablo, apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de
Dios”. Pablo fue hecho apóstol de Cristo, no por el hombre, sino por la voluntad de Dios
y conforme a la economía de Dios. Puesto que Pablo no se nombró a sí mismo apóstol,
sino que era apóstol por la voluntad de Dios, él tenía la autoridad que proviene por
medio de la voluntad de Dios. Esta posición le dio la autoridad para presentar en esta
epístola la revelación del propósito eterno de Dios con respecto a la iglesia. La iglesia se
edifica sobre esta revelación (2:20). El hecho de que Pablo fuera apóstol de Cristo alude
a su posición, mientras que el hecho de que fuera apóstol por la voluntad de Dios habla
de su autoridad. Como tal apóstol, Pablo fue el escritor de este libro.

VI. LOS DESTINATARIOS

A. Los santos que están en Efeso

En la última parte de 1:1 y en el versículo 2 dice: “A los santos que están en Efeso y que
son fieles en Cristo Jesús: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor
Jesucristo”. Los destinatarios de este libro eran los santos de Efeso. La palabra “santos”
se refiere a su posición, o sea, que los santos son aquellos que son hechos santos, que
son santificados, que están separados para Dios de todo lo común.

B. Los que son fieles en Cristo Jesús

Los destinatarios son también los fieles en Cristo Jesús. Los fieles son los que son fieles
en la fe, como se menciona en 4:13, 2 Timoteo 4:7 y Judas 3. Los destinatarios, los fieles
en Cristo, no sólo tienen una posición santificada, sino también un vivir fiel. Ellos viven
fielmente en su fe. Debemos reunir estos requisitos y tener esa posición para recibir este
libro. Debemos ser los santos y debemos ser los fieles en Cristo Jesús. Es necesario tener
una posición santificada y un vivir fiel.

C. Gracia y paz

Entre el autor y los destinatarios había una comunicación de gracia y de paz (1:2). La
gracia y la paz fluían del escritor a los destinatarios. Entre ellos no había chismes,
críticas, acusaciones ni condenación, sino gracia y paz.

1. La gracia es Dios como nuestro disfrute

La gracia es Dios como nuestro disfrute (Jn. 1:17; 1 Co. 15:10). Cuando Dios llega a ser
nuestra porción para que le disfrutemos, lo que recibimos es la gracia. No debemos
pensar que la gracia es algo inferior a Dios. La gracia es Dios mismo disfrutado por
nosotros de manera práctica como nuestra porción.

2. La paz es una condición


que proviene de la gracia

La paz es una condición que procede de la gracia, es decir, es el resultado de disfrutar a


Dios nuestro Padre. Cuando disfrutamos a Dios como la gracia, entramos en una
condición de reposo, satisfacción y alegría; esto es la paz. La gracia es una substancia,
mientras que la paz es una condición. La substancia de la gracia es Dios mismo, y la
condición de la paz es aquello que brota del disfrute que tenemos de Dios como la
gracia. Todos podemos testificar de la paz que experimentamos cuando disfrutamos a
Dios como gracia. El primer renglón del himno 213 de nuestro himnario dice: “¡Oh, qué
vivir! ¡Oh, qué solaz!” La vida es la gracia. Cuando nos deleitamos verdaderamente en
Cristo como nuestra vida, participamos de la gracia, y por consiguiente, tenemos paz.
¡Qué vida y qué paz! Ahora también podemos decir: “¡Qué substancia! ¡Qué condición!”
Tenemos la substancia divina como nuestro disfrute y tenemos también la condición
celestial. Esta es la paz que disfrutamos.

3. Dios es el Creador para nosotros,


Sus criaturas, y nuestro Padre
es el Padre para nosotros, Sus hijos

Esta gracia y esta paz provienen de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Nosotros
somos criaturas de Dios e hijos de Dios. Para nosotros como criaturas de Dios, Dios es
nuestro Dios; y para nosotros como hijos de Dios, El es nuestro Padre. Por un lado
somos criaturas de Dios, y por otro, somos hijos del Padre.
4. El Señor Jesucristo es el Redentor
para nosotros, los redimidos de Dios

Además, la gracia y la paz también vienen a nosotros procedentes del Señor Jesucristo.
El es nuestro Redentor, y nosotros somos Sus redimidos; como los redimidos del Señor,
le tenemos a El como nuestro Señor.

La gracia y la paz proceden de Dios nuestro Creador, de nuestro Padre y del Señor
nuestro Redentor. Por el hecho de haber sido creados, regenerados y redimidos,
tenemos la posición adecuada para recibir de El la gracia y la paz. Nosotros tenemos una
triple condición: fuimos creados, regenerados y redimidos. Tenemos a Dios como
nuestro Creador; tenemos al Padre como nuestro Padre, y tenemos a Jesucristo como
nuestro Redentor. Por consiguiente, somos plenamente aptos para recibir la gracia y la
paz de parte del Dios Triuno. Estas son las palabras introductorias de este libro.
 

ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE DOS

TRES ASPECTOS DE LA PALABRA BENDICION

En este mensaje examinaremos tres aspectos del hablar bien de Dios. Es posible que un
tema como éste nos parece extraño. Efesios 1:3 dice: “Bendito sea el Dios y Padre de
nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares
celestiales en Cristo”. Las palabras “bendito” y “bendición” provienen de la misma raíz
griega. La palabra griega traducida “bendito” significa loado, alabado con adoración;
mientras que la palabra griega que se traduce “bendición” alude a palabras o
expresiones buenas, agradables y amables, y denota abundancia y beneficio. En cuanto a
Dios, estas bendiciones son elogios, una alabanza genuina, incluso una alabanza en el
más alto nivel. La palabra griega, cuyo significado básico es “hablar bien de alguien”, es
la que empleó el apóstol Pablo en 1:3 para alabar a Dios. Pablo usa esta palabra para
hablar bien de Dios, para ofrecerle alabanzas finas y hermosas. El la usa para alabar,
elogiar y exaltar a Dios. Por tanto, alabar a Dios es hablar bien de El.

I. BENDITO SEA EL DIOS Y PADRE


DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

En esta elevada alabanza de Dios, Pablo no dice: “Bendito sea el Dios cuya misericordia
perdura para siempre”. A muchos jóvenes les gusta cantar salmos, especialmente el que
declara: “Para siempre es Su misericordia”. Pero esta alabanza de Dios no es tan elevada
como la que proclamó Pablo en 1:3. Aunque es difícil entender el versículo 1:3, resulta
sencillo entender lo que significa “para siempre es Su misericordia”, porque ello
concuerda con nuestro concepto natural.

En el cristianismo actual hay dos fuentes principales de adulteración. La primera es la


que fue creada por la Iglesia Católica, la cual ha mezclado la economía neotestamentaria
con los ritos del Antiguo Testamento. La segunda adulteración es la que hizo el
movimiento pentecostal. Los pentecostales conducen a los creyentes a volver a las
alabanzas del Antiguo Testamento contenidas en los Salmos. Por supuesto, yo no
censuro los Salmos, pero sí censuro la manera de cantarlos según los conceptos
naturales. Por ejemplo, ningún versículo del Nuevo Testamento dice que la misericordia
de Dios es para siempre. Sin embargo, los pentecostales siguen cantando los Salmos
según el concepto natural. Nunca he escuchado a los pentecostales cantar acerca del
libro de Efesios, pues para quienes están en el pentecostalismo ese libro está cerrado. En
sus alabanzas no se hace ninguna referencia a la encarnación, ni hay indicio alguno de
que Dios se hizo uno con el hombre. Para alabar a Dios por Su eterna misericordia no se
necesita revelación. Todo aquel que ama a Dios sabe que Su misericordia es para
siempre. Pero se requiere revelación para alabar a Dios conforme a lo que Pablo expresa
en 1:3.

En 1:3 Pablo dice: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”. Si
Jesucristo es Dios, ¿por qué Pablo habla del Dios de Jesucristo? ¿Cómo puede Dios ser
Su Dios? Además, Pablo habla del Padre de Jesucristo. ¿Cómo es posible que Dios tenga
Padre? Dios es el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Hijo del Hombre, y Dios es el
Padre del Señor Jesucristo, el Hijo de Dios. Según la humanidad del Señor Jesucristo,
Dios es Su Dios, y según Su divinidad, Dios es Su Padre.

En el versículo 3 Pablo habla también de nuestro Señor Jesucristo. Ya que el Señor


Jesucristo es nuestro, todo lo que Dios es para El, también es nuestro. El título “nuestro
Señor” se refiere al señorío de nuestro Salvador (Hch. 2:36); el nombre “Jesús” alude a
Su humanidad (1 Ti. 2:5); y el nombre “Cristo” se refiere a que El es el Ungido de Dios
(Jn. 20:31).

Decir que Dios es misericordioso y que Su misericordia perdura para siempre es


totalmente correcto; esto es hablar bien y hermoso de El. Sin embargo, tales palabras
corresponden al concepto natural. Hoy nos encontramos en los lugares celestiales, en la
eternidad, en el corazón de Dios y en Su propósito. Por tanto, no debemos hablar bien
de Dios según nuestros conceptos naturales, sino de acuerdo con la revelación que El ha
dado de Sí mismo. La alabanza que habla bien de la misericordia y la grandeza de Dios
corresponde al nivel elemental, mientras que la alabanza expresada en 1:3 corresponde
al nivel de escuela para graduados. En las reuniones necesitamos más alabanzas que
tengan el nivel superior.

La alabanza expresada en 1:3 es honda y profunda, pues abarca toda la economía


neotestamentaria. No sólo vemos la creación, implícita por el título “Dios”, sino también
la encarnación, implícita en el título “el Dios de nuestro Señor Jesucristo”. En la Biblia,
es con relación a la creación que Dios se revela por primera vez, pues la Biblia comienza
con las palabras: “En el principio creó Dios...” Después de la creación viene la
encarnación. Un día, Dios el Creador se encarnó como hombre. El Verbo que estaba con
Dios y que era Dios, se hizo carne (Jn. 1:1, 14). Cuando el propio Dios se hizo hombre, el
Dios que creó todas las cosas llegó a ser Su Dios. Esto es la encarnación, no simplemente
la grandeza o la misericordia de Dios. Por tanto, en Efesios 1:3, la expresión “el Dios de
nuestro Señor Jesucristo” alude a la encarnación.
Dios no solamente hizo la creación, sino que un día se encarnó. En la encarnación, El es
el Padre que imparte Su vida a todos Sus hijos. La expresión “el Dios de nuestro Señor
Jesucristo” indica que el Señor Jesús era un hombre. Si El sólo hubiera sido Dios, Dios
nunca habría podido ser Su Dios. Para que Dios fuera Su Dios, El tenía que ser un
hombre. El Dios que los judíos adoran es únicamente el Dios de la creación, mas no el
Dios de la encarnación. Hoy nosotros adoramos no sólo al Dios de la creación, sino
también al Dios de la encarnación y al Padre que imparte vida. La alabanza más elevada
es la que declara que Dios el Creador se hizo hombre, y que nuestro Dios es también el
Padre que imparte vida. En la encarnación, el Dios de la creación se hizo el Dios de
Jesús; al mismo tiempo, Dios es el Padre de Cristo, el Hijo de Dios. En la humanidad de
Cristo, Dios es Su Dios, y en cuanto a Su divinidad, Dios es Su Padre. Cristo, antes de Su
crucifixión y Su resurrección, era solamente el Hijo unigénito de Dios, pero después de
Su resurrección, llegó a ser el Hijo primogénito de Dios, a fin de producir los muchos
hijos de Dios. Por lo tanto, en la inspirada alabanza que Pablo ofreció a Dios en 1:3 está
implícita la creación, la encarnación y la impartición de vida.

Pero alabar a Dios por Su eterna misericordia no incluye la encarnación ni la


impartición de vida; simplemente se refiere a que Dios es misericordioso. Esta alabanza
no tiene nada que ver con el hecho de que Dios se hizo hombre, ni con la impartición de
Su vida. No tiene relación alguna con el hecho de que el Padre imparte Su vida a Sus
criaturas para hacerlas Sus hijos. Por esta razón afirmo que la alabanza elevada que
vemos en 1:3, en contraste con la que se le ofrece a Dios por Su perdurable misericordia,
corresponde al nivel de escuela para graduados.

Puesto que no es fácil entender las palabras agradables que Pablo expresa en 1:3, él
pidió en oración en otro pasaje, en Efesios 1, que nos fuera dado un espíritu de sabiduría
y de revelación. Sin duda, necesitamos este espíritu hoy. Requerimos revelación para
poder ver, y sabiduría para poder entender, comprender y asimilar. Sin embargo, en
lugar de revelación y sabiduría, muchos sólo tenemos nuestros conceptos naturales, y
por ende, únicamente alabamos a Dios porque Su misericordia perdura para siempre.
En vez de alabarlo de esa manera elemental, deberíamos alabarlo conforme a la manera
en que se habló bien de El en 1:3. Debemos bendecir al Dios y Padre de nuestro Señor
Jesucristo, alabarlo por la creación, por la encarnación y por la impartición de vida.

Todo lo que Dios es para Cristo, nos es trasmitido a nosotros. Así, Dios es de El, y El es
nuestro. Dios es Su Dios y Padre, y El es nuestro Señor. En 1:22 Dios dio a Cristo por
Cabeza sobre todas las cosas a la iglesia. La pequeña palabra “a” denota una trasmisión,
lo cual indica que todo lo que Cristo alcanzó y obtuvo es trasmitido a la iglesia.
El título “nuestro Señor Jesucristo” tiene un amplio significado. El título “Señor” denota
el señorío de Cristo; el nombre “Jesús” alude a Su humanidad, en la cual vino a ser
nuestro Redentor y Salvador; y el título “Cristo” denota que El es el Ungido de Dios.
Esto corrobora que 1:3 constituye la máxima alabanza, la bendición más elevada que se
puede ofrecer a Dios. Todos debemos hablar bien de Dios de esta manera, o sea, con
respecto a la creación, la encarnación, la impartición de vida y la trasmisión, incluyendo
también a la redención, al Redentor, al Salvador y al Ungido que cumple el propósito
eterno de Dios.

Cuando el Padre celestial escuchó la elevada alabanza que le ofreció Pablo, El debe de
haberse sentido muy feliz. Es posible que dijera: “Pablo, antes de que pronunciaras estas
palabras, nunca había escuchado a nadie hablar bien de Mí de esta manera. Había
escuchado a los judíos alabarme y decir que Mi misericordia es para siempre. También
los he oído alabarme por Mi grandeza; pero ya me empieza a fastidiar esa clase de
alabanzas. En cambio, tu alabanza, Pablo, conmovió Mi corazón”. Dios el Padre
ciertamente entendía el significado de las palabras con las que Pablo habló bien de El.
Todos deberíamos alabar a Dios conforme a la elevada alabanza de 1:3.

Si únicamente sabemos alabar a Dios por Su misericordia, aún nos encontramos en una
condición muy pobre. Esta clase de alabanza no indica que algo de El se haya infundido
en nosotros. Por eso, tenemos que comprender que el Creador mismo, el Dios de
Jesucristo, se encarnó como hombre, y que El también es el Padre que se nos imparte
como vida a fin de que seamos Sus hijos. Según Juan 20:17, el Señor Jesús, después de
Su resurrección, le dijo a María la magdalena: “Ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi
Padre y a vuestro Padre, a Mi Dios y a vuestro Dios”. Cristo nos pertenece; por esta
razón, todo lo que Dios es para El, ha sido trasmitido a nosotros. Esto es mucho más
grande que la misericordia. Dios no sólo es misericordioso con nosotros, El es nuestro
Dios y nuestro Padre, y nosotros somos Sus hijos, no solamente Sus criaturas. No sólo
somos personas que Dios creó, que cayeron y que fueron redimidas; también somos Sus
hijos y poseemos Su vida y Su naturaleza. Así que, somos uno con El. ¡Que el Señor abra
nuestros ojos para que veamos esto! Debemos hablar bien de Dios conforme a la
economía neotestamentaria. Cuando hablamos bien de Dios, debemos incluir el
concepto de la encarnación, la impartición de vida y la trasmisión celestial y espiritual.
También es necesario que incluyamos la idea de que Cristo es el Señor y la Cabeza, y de
que Jesús es Jehová nuestro Salvador, quien lleva a cabo nuestra redención y salvación.
Además, es necesario tener presente que Cristo es el Ungido de Dios, quien cumple
plenamente el propósito de Dios. Las palabras elevadas con las que hablamos bien de
Dios, o sea, nuestras alabanzas elevadas que ofrecemos con respecto a Dios, no deben
provenir de nuestro concepto natural, sino que deben estar llenas de revelación en
cuanto a todos los maravillosos aspectos de la economía neotestamentaria de Dios.
II. QUE NOS BENDIJO

El Dios que bendecimos, nos bendijo a nosotros, y las palabras buenas que dice acerca
de nosotros abarcan todo el Nuevo Testamento. En el Nuevo Testamento Dios habla
bien de nosotros. Los veintisiete libros del Nuevo Testamento están llenos de palabras
agradables que Dios expresó acerca de nosotros. Apocalipsis 22:14 es un ejemplo de
esto: “Bienaventurados los que lavan sus vestiduras, para tener derecho al árbol de la
vida, y para entrar por las puertas en la ciudad”. La frase: “Gracia y paz a vosotros” (1:2)
también forma parte de las buenas palabras que Dios nos dirige. Si usted quiere oír tales
palabras, tiene que leer el Nuevo Testamento y decir amén a todo lo que contiene. Dios
nos escogió antes de la fundación del mundo. Amén. El nos escogió para que fuésemos
santos y sin mancha. Amén.

Nosotros bendecimos a Dios porque El nos bendijo primero. El habló bien de nosotros,
y ahora nosotros hablamos bien de El. Por ejemplo, cuando leemos acerca de la
redención de nuestro cuerpo, debemos decir: “Oh Dios, cuánto te agradezco por entrar
en mí y saturarme de Ti, y porque un día esta saturación se expresará a través de mi
cuerpo. Eso será el día de la redención de mi cuerpo. Dios, ¡cuánto te agradezco por
esto!” Hablar de este modo es responder a Sus buenas palabras. Así que, El nos bendice
a nosotros, y nosotros lo bendecimos a El. Aprendamos a hablar bien de Dios conforme
a Su economía neotestamentaria. Después de escuchar las buenas palabras que Dios nos
dirige a nosotros, somos aptos para hablar bien de El.

Somos aptos para bendecir a Dios porque somos Sus criaturas, Sus redimidos y los que
El regeneró. Toda bendición, todo beneficio y toda la riqueza que hay en el universo
pertenece a una de tres categorías. La primera categoría es la creación; la segunda es la
redención; y la tercera es la regeneración. En la creación de Dios disfrutamos de muchas
cosas buenas: el aire, el sol, los minerales, la vida animal y la vida vegetal. Todas estas
son cosas buenas de la creación de Dios, y nosotros somos aptos para gozar de ellas
porque somos criaturas de Dios. Además, por ser los redimidos, disfrutamos el perdón
de los pecados, la justificación por fe, la reconciliación en la gracia de Dios y la
santificación. Ya que fuimos redimidos, todos los beneficios que pertenecen a la obra
redentora de Dios son nuestros. Más aún, por ser regenerados, disfrutamos la vida de
Dios, Su naturaleza y Su persona. Estas tres condiciones: ser creados, redimidos y
regenerados, nos hacen plenamente aptos para disfrutar de todas las bendiciones del
universo, las bendiciones que corresponden a la creación, a la redención y a la
regeneración. Aunque los ángeles sean impecables, no son aptos para disfrutar de estas
bendiciones. En cambio nosotros, por medio de la sangre de Cristo, disfrutamos el
perdón de pecados, el lavamiento por la sangre, la justificación por fe y la paz con Dios.
Disfrutamos de todas las bendiciones de la obra redentora de Cristo. Además, también
gozamos de los beneficios y dones que nos trae la regeneración; poseemos la vida divina,
la naturaleza divina y la Persona divina. ¿Qué puede ser más elevado que esto? Hoy
disfrutamos al Creador, al Redentor y al Padre. Este es el segundo aspecto de las
bendiciones [que se presentan en Efesios].

III. CON TODA BENDICION ESPIRITUAL


EN LOS LUGARES CELESTIALES EN CRISTO

El tercer aspecto de hablar bien consiste en que Dios “nos bendijo con toda bendición
espiritual en los lugares celestiales en Cristo”. Dios nos bendijo dirigiéndonos palabras
buenas, amables y agradables. Cada palabra de éstas es una bendición para nosotros.
Los versículos del 4 al 14 contienen tales palabras, tales bendiciones. Todas estas
bendiciones son espirituales, se hallan en los lugares celestiales y se reciben en Cristo.

A. Toda

La palabra “toda” indica que las bendiciones de Dios lo incluyen todo, sin excepción
alguna.

B. Espiritual

Todas estas bendiciones son espirituales. Esto indica la clase de relación que tienen las
bendiciones de Dios con el Espíritu Santo. Por ser espirituales, todas las bendiciones con
las que Dios nos bendijo tiene que ver con el Espíritu Santo. El Espíritu de Dios no sólo
es el canal, sino también la realidad de las bendiciones de Dios. En este versículo, Dios
el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu están relacionados con las bendiciones
concedidas a nosotros. Esto es realmente la impartición de Dios en nosotros. Las
bendiciones de Dios son principalmente la impartición del Dios Triuno en nosotros.

C. En los lugares celestiales

Además, las bendiciones espirituales se hallan en los lugares celestiales. La expresión


“los lugares celestiales” no sólo se refiere a un lugar celestial, sino también a la
naturaleza, el estado, la característica y la atmósfera celestiales de las bendiciones
espirituales con las que Dios nos bendijo. Tales bendiciones proceden de los cielos y
poseen una naturaleza celestial, una condición celestial y una característica celestial y
una atmósfera celestial. Los creyentes de Cristo disfrutan en la tierra estas bendiciones
celestiales. Ellas son tanto celestiales como espirituales. Son diferentes de las
bendiciones con las que Dios bendijo a Israel, las cuales eran físicas y terrenales. Las
bendiciones concedidas a nosotros proceden de Dios el Padre, están en Dios el Hijo, se
imparten por medio de Dios el Espíritu, y se hallan en los lugares celestiales.
D. En Cristo

Por último, todas estas bendiciones espirituales se hallan en Cristo. Cristo es la virtud, el
instrumento y la esfera en que Dios nos bendijo. Aparte de Cristo, sin Cristo, Dios no
tiene nada que ver con nosotros. Pero en Cristo, El nos bendijo con toda bendición
espiritual en los lugares celestiales.

Nosotros no vivimos en nosotros mismos, sino en Cristo. Si estamos en nosotros


mismos, no podemos recibir las bendiciones de Dios. ¡Aleluya, estamos en Cristo, quien
es la esfera, el canal, el instrumento y la virtud en los cuales fuimos bendecidos!
 

ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE TRES

ESCOGIDOS PARA SER SANTOS

En este mensaje llegamos al tema de la elección (1:4), el hecho de que Dios nos escogió
para que fuésemos santos.

I. EL PRIMER ITEM DE LA BENDICION DE DIOS

Efesios 1:4 dice: “Según nos escogió en El antes de la fundación del mundo, para que
fuésemos santos y sin mancha delante de El en amor”. Después del versículo 3, los
versículos del 4 al 14 enumeran todas las bendiciones espirituales con las que Dios nos
bendijo. La elección es la primera bendición que Dios nos otorgó; es el primer ítem de
las buenas palabras que Dios expresa acerca de la iglesia. El hecho de que Dios nos
escogió equivale a que El nos seleccionó. De entre la incontable multitud de personas,
Dios nos seleccionó a nosotros.

II. EN EL

Dios nos escogió “en El”, es decir, en Cristo. Cristo fue la esfera en la que Dios nos
seleccionó. Fuera de Cristo, no somos la elección de Dios.

III. ANTES DE LA FUNDACION DEL MUNDO

El versículo 4 dice que Dios nos escogió antes de la fundación del mundo. Esto fue en la
eternidad pasada. Dios, antes de crearnos, nos escogió conforme a Su infinita
presciencia. El libro de Romanos comienza hablando del hombre caído, quien se halla
en la tierra, mientras que Efesios inicia hablando de las personas que Dios escogió, las
cuales están en los lugares celestiales.

Dios no efectuó Su elección en el tiempo, sino en la eternidad. Dios nos escogió desde
antes de la fundación del mundo. De entre millones de personas, El nos vio a nosotros
de antemano, aun antes de que naciéramos, y nos escogió desde antes de fundar el
mundo. La expresión “antes de la fundación del mundo” alude a todo el universo, no
sólo a la tierra. Esto indica que el universo fue fundado para que el hombre existiera en
él y cumpliera el propósito eterno de Dios. Sin tal universo sería imposible que el
hombre existiera. El hombre existe con el fin de llevar a cabo el propósito eterno de
Dios. Por ende, el hombre figura en el centro del propósito eterno de Dios. El universo
fue fundado para que el hombre existiera y cumpliera el propósito eterno de Dios.

IV. PARA QUE FUESEMOS SANTOS

Dios nos escogió para que fuésemos santos. Las enseñanzas cristianas modernas han
tergiversado el significado de las palabras “santo” y “santidad”. Quizás el entendimiento
que usted tiene de la santidad esté afectado por dichas enseñanzas; pero la palabra
“santo”, tal como se usa en la Biblia, no concuerda con nuestro concepto natural.
Muchos piensan que la santidad consiste en no tener pecado. Según este concepto, una
persona es santa si no peca; sin embargo, esta idea es totalmente errónea. La santidad
no equivale a la ausencia del pecado ni a la perfección. Ser santo no solamente significa
ser santificado o separado para Dios, sino también ser diferente, distinto, a todo lo
común. Sólo Dios es diferente y distinto a todo; por tanto, sólo El es santo, Su misma
naturaleza es la santidad.

Dios nos hace santos impartiéndose a Sí mismo, el Santo, en nuestro ser a fin de que
todo nuestro ser sea impregnado y saturado de Su naturaleza santa. Para que nosotros,
los escogidos de Dios, seamos santos, necesitamos participar de la naturaleza divina (2
P. 1:4) y permitir que todo nuestro ser sea empapado de Dios mismo. Esto es diferente a
ser perfectos, puros y sin pecado, pues hace que todo nuestro ser sea santo en la
naturaleza y el carácter de Dios, tal como lo es Dios mismo.

A. Dios es santo

Ser santo significa ser separado de todo lo que no es Dios. También significa ser
diferente y distinto a todo lo que no es Dios. Así que, no debemos ser comunes, sino
diferentes. En el universo sólo Dios es santo; El es diferente a todo lo demás y es
distinto. Por consiguiente, ser santo es ser uno con Dios. Ser inmaculado o perfecto no
es lo mismo que ser santo. Para ser santos necesitamos ser uno con Dios, porque sólo
Dios es santo (Lv. 11:44; 1 S. 2:2).

B. El lugar donde está Dios, es santo

La palabra “santo” no se encuentra en el libro de Génesis. Esta palabra aparece por


primera vez en Exodo. Podríamos decir que en Génesis el hombre todavía no había sido
introducido en Dios. Fue en el libro de Exodo, no en el libro de Génesis, que Dios
comenzó a tener una morada en la tierra, y empezó a introducir al hombre en el Lugar
Santísimo. Por muy elevadas que fuesen las experiencias espirituales que el hombre
tuvo en Génesis, en la tierra no estaba el Lugar Santísimo al cual él podía entrar. Pero en
Exodo ocurrió algo extraordinario: llegó a existir en la tierra, entre los hombres, un
lugar llamado el Lugar Santísimo, donde Dios moraba. El hombre podía acudir a ese
lugar y reunirse con Dios. Allí, en el Lugar Santísimo, Dios hablaba y administraba.
Dado que dicho lugar no existía en Génesis, no se halla la palabra “santo” en él. La
palabra “santo” se comenzó a usar cuando Dios se acercó a Su pueblo y le mandó que
erigiera el tabernáculo, en el cual se hallaba el Lugar Santísimo.

La palabra “santo” se menciona por primera vez en el llamamiento de Moisés en Exodo


3. Mientras Moisés pastoreaba un rebaño, vio una zarza que ardía en el desierto. Al
acercarse para ver por qué no se consumía, Dios le habló desde la zarza y le dijo: “No te
acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es”
(Ex. 3:5). Esto indica que el lugar donde Dios esté es santo. Recordemos que sólo Dios
es santo, y si no nos relacionamos con El, ciertamente no somos santos, sin importar
cuán buenos o perfectos seamos. Tal vez no tengamos pecado y seamos perfectos, pero si
no estamos relacionados con Dios, no somos santos. En cambio, una vez que nos
relacionamos con El, llegamos a ser santos de inmediato.

C. Todo lo que procede de Dios


y se dedica a El, es santo

Cualquier lugar, cosa, asunto o persona que esté relacionado con Dios, es santo; esto se
debe a que todo lo que es de Dios y se dedica a El es santo (Lv. 20:26; Nm. 16:5; Neh.
8:9; Ex. 30:37).

D. El Espíritu de Dios
que llega a las personas, es santo

Además, cuando el Espíritu de Dios llega a nosotros, se le llama santo (Lc. 1:35; Mt.
1:20; 28:19; véase Ro. 1:4). Es por esto que el título “Espíritu Santo” no se usa en el
Antiguo Testamento (en Salmos 51:11 e Isaías 63:10 y 11 este término debería traducirse
“el espíritu de santidad”). Este título se usó por primera vez cuando el Señor Jesús iba a
ser concebido en María (Lc. 1:35), lo cual indica que la santidad trae a Dios al hombre y
lleva el hombre a Dios; además, significa introducir a Dios en el hombre y al hombre en
Dios. Cuando Dios entra en nosotros, llegamos a ser santos; y cuando nosotros
entramos en El, somos hechos más santos; pero cuando nos mezclamos con Dios,
llegamos a ser santísimos. Por tanto, tener a Dios nos hace santos, entrar en Dios nos
hace más santos, y ser mezclados, empapados y saturados con Dios nos hace santísimos.

El libro de Efesios llama “santos” a los creyentes (1:1). Todo el que ha creído en el Señor
Jesús, es un santo. Sin embargo, unos son santos, otros son más santos y otros son
santísimos. Indudablemente todos somos santos, pero está por verse si somos más
santos o santísimos. Por ejemplo, durante el tiempo que usted pasa con el Señor por las
mañana es posible que usted esté en el proceso de ser impregnado y saturado de El. Pero
luego, quizás su esposa le diga algo que lo molesta, y usted se enoja. De modo que
después del desayuno regresa a su habitación y ora así: “Oh Señor, perdóname, estaba
siendo saturado de Ti, pero una palabra de mi mujer bastó para apartarme de Ti. Señor,
tráeme de nuevo a ser saturado. Señor, ¡cuánto te alabo por Tu sangre que me limpia!”
El propósito de este ejemplo es mostrar que cuando estamos en contacto con Dios
somos santos, porque durante esos momentos El nos satura. Pero cuando nos
apartamos de Dios, dejamos de ser santos. Quisiera repetir que ser santo no consiste en
ser perfecto o inmaculado, sino en ser uno con Dios. Cuando estemos totalmente
saturados e impregnados de Dios, seremos santísimos.

Ya hemos visto que la santidad es Dios mismo. La palabra “santo” se usó por primera
vez cuando Dios comenzó a tener en la tierra un pueblo entre el cual El podía morar, un
pueblo que podía entrar a Su presencia en el Lugar Santísimo. A partir de ese momento,
esta palabra se usa reiteradas veces en Exodo, Levítico, Números y Deuteronomio. En
estos libros se les denomina santas a muchas cosas, porque en ellos vemos que Dios vino
a estar entre los hombres y que los hombres se acercaron a El. Así que, todo lo
relacionado con el tabernáculo y el sacerdocio era santo. Todo lo relacionado con lo que
Dios había dispuesto en el Antiguo Testamento era santo porque tenía que ver con la
unión de Dios y el hombre.

Ya hemos dicho que el título “Espíritu Santo” se usó por primera vez cuando el Señor
Jesús fue concebido en la virgen María. Esto iba mucho más allá del hecho de que Dios
morara en el tabernáculo entre los hombres. El tabernáculo era la morada de Dios, pero
la encarnación de Cristo significaba que Dios mismo era el tabernáculo entre los
hombres. Juan 1:14 dice: “El Verbo se hizo carne y fijó tabernáculo entre nosotros”. Esto
comenzó cuando Cristo fue concebido en el vientre de María. Su concepción no sólo
estaba relacionada con la santidad de Dios, sino también con el Espíritu Santo. Aunque
muchas cosas del Antiguo Testamento eran santas, ninguna provenía del Espíritu Santo.
Sólo en la era del Nuevo Testamento, cuando Dios entró en el hombre y se hizo hombre,
se ve algo que proviene del Espíritu Santo (Mt. 1:20).

En el texto griego del Nuevo Testamento se usa muchas veces la expresión “el Espíritu,
el santo” (1 Ts. 4:8; He. 3:7). Todavía no he podido encontrar un comentario que
explique adecuadamente esta expresión griega. Algunos afirman que simplemente se
trata de un modismo griego, pero dudo que esa explicación sea satisfactoria. Según mi
espíritu, creo que esto se debe a que el Nuevo Testamento no solamente da énfasis al
Espíritu, sino también a la santidad. El Espíritu es santidad. Por tanto, al Espíritu Santo
se le llama algunas veces el Espíritu, el santo. Donde está el Espíritu, ahí también está la
santidad.

Hoy el Espíritu no sólo está en nosotros, sino que también se hace uno con nosotros y
nos hace uno con El. En 1 Corintios 6:17 dice: “Pero el que se une al Señor, es un solo
espíritu con El”. Así que, la santidad significa que uno es saturado de Dios, es hacer que
una persona común sea totalmente saturada del Espíritu. Cuando Dios vino a morar
entre los hombres, se usó por primera vez la palabra “santo”. Cuando Dios vino como
hombre, se mencionó por primera vez el título “Espíritu Santo”. Para que un mueble del
tabernáculo fuera santo, no se necesitaba al Espíritu, pues una vez que se ponía en el
tabernáculo, de inmediato era santo. Pero nosotros no somos muebles para el uso de
Dios; somos personas vivas en quienes mora el Espíritu de Dios, cuyo objetivo es
hacernos uno con El. Esto no es ser santos únicamente, sino ser saturados del Espíritu
Santo. Ser santo significa primeramente ser apartado para Dios; en segundo lugar, ser
dominado por Dios; en tercer lugar, ser poseído por Dios; y en cuarto lugar, ser saturado
de Dios y ser uno con El. Por último, en la Biblia, el resultado de esto es la Nueva
Jerusalén, llamada también la santa ciudad, una ciudad que no sólo pertenece a Dios y
es para Su uso, sino que está poseída y saturada de Dios, y es una sola entidad con El. La
Nueva Jerusalén es una entidad santa que pertenece a Dios, que está poseída por Dios,
saturada de Dios y que es uno con Dios. Esto es la santidad.

E. Apartados para Dios


en cuanto a posición

Para ser santos, primero es necesario ser apartados para Dios en cuanto a posición.
Necesitamos ser apartados para Dios con respecto a la familia, a los vecinos, a los
colegas y a los amigos. Sin embargo, muchos cristianos son salvos sin ser apartados.
Normalmente, cuando una persona es salva, también debería ser apartada. A esto se
debe que al creyente se le llama santo. Observen a la mayoría de los cristianos de hoy.
Ellos son casi iguales a las personas del mundo; no hay ninguna separación entre ellos.
Muchos de sus parientes y amigos ni siquiera saben que son cristianos. Así que, ser
santo es ser apartado para Dios. Esto, por supuesto, es cuestión de posición.

1. Por la sangre redentora de Cristo

Fuimos apartados para Dios por medio de la sangre redentora de Cristo (He. 9:14). Pero
en muchos cristianos de hoy no se ve el poder de la sangre de Cristo. Ellos profesan ser
redimidos, pero en algunos de ellos no hay ninguna señal de la sangre redentora. La
señal de la sangre es una señal de separación. Si usted fue redimido por la sangre,
debería llevar la señal de la separación. Otros tal vez se sientan libres de decir o hacer
muchas cosas, pero usted no. Y aunque pudiera hacerlas, no las haría, porque fue
redimido por la sangre de Cristo. En usted hay una señal que muestra que es una
persona diferente, separada. Los demás podrán expresar ciertas palabras, ir a ciertos
lugares o comprar ciertas cosas, pero nosotros no podemos hacerlo porque hemos sido
apartados para Dios y llevamos la señal de la sangre redentora, pues la sangre nos ha
santificado y apartado.

2. Por el Espíritu Santo

También fuimos apartados para Dios por el Espíritu Santo (1 Co. 6:11; 1 P. 1:2; Ro.
15:16). Debido a que el poder del Espíritu nos cubre con Su sombra, hay palabras que no
podemos decir, hay lugares a los que no podemos ir, y hay actividades en las que no
podemos participar. Pero esto no significa que estemos bajo reglas; no, simplemente
significa que estamos bajo la sangre redentora de Cristo y en el Espíritu Santo.

3. En el nombre del Señor Jesús

Nosotros tenemos una posición santificada, no sólo por la sangre y por el Espíritu, sino
también en el nombre del Señor Jesús (1 Co. 6:11). Ya que llevamos el nombre del Señor
Jesús, no debemos deshonrar Su nombre siendo inmundos. Los demás podrán asistir a
eventos deportivos o ir al cine, pero nosotros no vamos porque no queremos vituperar el
nombre del Señor. Su nombre debe mantenernos separados de todo eso. No nos
preguntemos si cierta cosa es pecaminosa o no; nuestra separación no se basa en que
algo sea pecaminoso; más bien, depende de si somos personas comunes o separadas.
Debemos llevar cierta señal de que estamos bajo la sangre, en el Espíritu y en el nombre
del Señor Jesús.

Admitimos que esta separación no es tan profunda; tiene que ver solamente con nuestra
posición. Pero no debemos pensar que la posición no es importante; de hecho, tiene
mucho significado. Como personas santas, personas separadas, tenemos cierta posición
y debemos mantenerla.

4. Antes de la justificación

Conforme a la doctrina, este aspecto de la santificación precede a la justificación (1 Co.


6:11). La santificación en cuanto a posición ocurre antes de la justificación, pero la
santificación de nuestra forma de ser viene después de la justificación. Antes de ser
justificados, somos santificados por medio de la sangre, por el Espíritu Santo y en el
nombre del Señor Jesús.
F. Saturados de Dios

1. Después de la justificación

Ahora llegamos a la santificación de nuestro carácter, la cual viene después de la


justificación (Ro. 6:19, 22). Esta es una santificación que no sólo está ligada a nuestra
posición, sino también a nuestra forma de ser. Por ende, es más profunda y subjetiva
que la santificación relacionada con la posición.

En la santificación subjetiva, todo nuestro ser es saturado de Dios, lo cual afecta nuestra
forma de ser. La separación puede llevarse a cabo fácilmente y en poco tiempo, pero ser
saturados de Dios requiere de mucho tiempo. Si somos fieles al Señor, permitiremos que
nuestro ser sea saturado de la naturaleza de Dios día tras día. Dios desea saturarnos
consigo mismo, y nosotros debemos absorber a Dios en nuestro ser; esto requiere
mucho tiempo. Este es el proceso por el cual somos hechos santos.

Dios nos escogió con el propósito de saturarnos consigo mismo; Su deseo es forjarse a Sí
mismo en nuestro ser. Así seremos santos, tal como El. Actualmente todos nos
encontramos en el proceso de saturación. Yo llevo en este proceso más de cincuenta
años, y sigo absorbiendo a Dios día tras día. A veces mi esposa, los hermanos y las
hermanas me ayudan a absorber más de Dios, me ayudan a estar dispuesto a recibirlo,
aun cuando yo mismo no lo esté. De manera que esté o no esté dispuesto, el Señor me
lleva a ser saturado de El y a que yo me empape de El. Muchos de los que estuvimos en
el cristianismo por años podemos testificar que en todo ese tiempo no experimentamos
mucho de esta saturación. En cambio, desde que llegamos a la vida de iglesia, hemos
sido impregnados de Dios una y otra vez. La vida de iglesia es una vida en la que
absorbemos a Dios. Estemos dispuestos o no, estamos siendo empapados con el
elemento divino.

A mí no me interesan las correcciones externas; no producen ningún resultado. Lo que


importa, y mucho, es ser saturado e impregnado de Dios. En la vida de iglesia, ¿ha sido
usted corregido o saturado? Muchos de los que estamos en la vida de iglesia hemos sido
saturados de Dios. Yo no le doy valor alguno a enmiendas personales. Supongamos que
alguien que es muy orgulloso se corrige a sí mismo y logra ser humilde. Esto no significa
nada. Lo único que cuenta es que seamos saturados de Dios. ¡Qué gozo es para mí ver
que muchos hermanos y hermanas han sido saturados de Dios, que lo han absorbido en
su ser! Esta es la santidad, la santificación, que se revela en la Biblia.

Todos nosotros fuimos escogidos para ser santos de esta manera. Primero, somos
apartados para Dios; segundo, somos saturados de Dios; y por último, llegamos a ser
uno con El. Un día, seremos semejantes a El, lo cual será la consumación de nuestra
santificación, del proceso que comienza con la separación, continúa con la saturación y
culmina con la plena redención de nuestro cuerpo. En aquel entonces, por dentro y por
fuera, seremos iguales a El; seremos santos. Con este propósito nos escogió Dios desde
antes de la fundación del mundo.

2. Por medio de la transformación del alma

La santificación de nuestro modo de ser primeramente transforma nuestra alma, al


saturar cada parte de nuestro interior con el elemento santo de Dios (2 Co. 3:18; Ro.
12:2).

3. Por medio de la transfiguración del cuerpo

Finalmente, la santificación de nuestra carácter transfigurará nuestro cuerpo,


haciéndolo tan glorioso como el de Cristo (Fil. 3:21). Esto implica que el elemento santo
de Dios saturará nuestro cuerpo al grado de redimirlo (Ro. 8:23).

4. Al final seremos la santa ciudad

Mediante la santificación de nuestra forma de ser, todos los santos llegaremos a ser la
santa ciudad, la cual estará absolutamente impregnada del Dios santo (Ap. 21:2, 10).

V. SIN MANCHA

El versículo 4 dice que fuimos escogidos en El para ser sin mancha. Una mancha es
como una partícula impura en una piedra preciosa. Los escogidos de Dios deben ser
saturados únicamente de Dios mismo, y no deben tener ninguna partícula ajena, tal
como el elemento humano natural y caído, la carne, el yo o las cosas mundanas. Esto es
no tener mancha, no tener ninguna mezcla, no tener ningún otro elemento que no sea la
naturaleza santa de Dios. La iglesia, después de ser plenamente purificada por el
lavamiento del agua en la palabra, será complemente santificada de esta manera (5:26-
27).

Hoy todavía hay mucha contaminación en nosotros. Conservamos en nosotros muchas


partículas ajenas, tales como la carne, el yo y la vida natural. Pero estamos siendo
transformados gradualmente y, con el tiempo, seremos tan santos y tan puros que
llegaremos a ser personas sin mancha, sin partículas ajenas, y poseeremos únicamente
el elemento divino.
VI. DELANTE DE EL

Seremos santos y sin mancha delante de El. La expresión “delante de El” significa ser
santo y sin mancha a los ojos de Dios, conforme a Su norma divina. Esto nos hace aptos
para permanecer en Su presencia y disfrutarla. Seremos santos y sin mancha, no según
nuestra norma ni ante nosotros mismos, sino según la norma de Dios y ante El.

VII. EN AMOR

Por último, seremos santos y sin mancha delante de El en amor. Este amor se refiere al
amor con el que Dios ama a Sus escogidos y con el que Sus escogidos lo aman a El. Es en
este amor, en tal amor, que los escogidos de Dios llegan a ser santos y sin mancha
delante de El. Primero, Dios nos amó; luego, este amor divino nos inspira a
corresponderle con amor. En esta condición y atmósfera de amor, somos saturados de
Dios para ser santos y sin mancha tal como El es. En este amor, un amor mutuo, Dios
nos ama a nosotros, y nosotros lo amamos a El. Es en esta condición que estamos siendo
transformados. En tal condición somos saturados de Dios.

Espero que podamos ver que la santidad revelada en la Biblia es absolutamente


diferente a lo que se enseña hoy en día en cuanto a la superación personal y a mejorar la
conducta. En primer lugar, Dios nos aparta para Sí, y luego somos saturados por El
continuamente hasta que Su naturaleza divina absorba toda nuestra contaminación.
Cuando esto se cumpla en plenitud, seremos totalmente santificados, transformados y
conformados a la imagen del Hijo de Dios, Jesucristo. Entonces seremos completamente
santos.
 

ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE CUATRO

PREDESTINADOS PARA FILIACION

En este mensaje llegamos al tema de que fuimos predestinados para filiación. Efesios 1:5
dice: “Predestinándonos para filiación por medio de Jesucristo para Sí mismo, según el
beneplácito de Su voluntad”. En la construcción gramatical de los versículos 4 y 5, el
sujeto y el predicado principal no se encuentran en el versículo 5, sino en el 4. El
versículo 4 dice: “Según nos escogió en El antes de la fundación del mundo, para que
fuésemos santos y sin mancha delante de El en amor”. El sujeto es “El” y el predicado
principal es “escogió”. Estos versículos podrían escribirse de la siguiente manera:
“Según, habiéndonos predestinado, nos escogió”. No podemos separar la elección de la
predestinación, pues son dos aspectos de una misma cosa. La elección que Dios efectuó
está ligada con la predestinación, y la predestinación está de acuerdo con la elección. Es
muy difícil determinar cuál de las dos ocurre primero.

I. EL SEGUNDO ITEM DE LA BENDICION DE DIOS

El segundo ítem de la bendición de Dios es que El nos predestinó para filiación. Como
mencionamos en el mensaje anterior, el primer ítem de Su bendición consiste en que El
nos escogió para que fuésemos santos.

II. MARCA UN DESTINO A SUS ESCOGIDOS


EN LA ETERNIDAD PASADA

En la eternidad pasada, Dios nos predestinó para filiación, o sea, que le marcó a Sus
escogidos un destino desde antes de la fundación del mundo. La meta de la
predestinación es la filiación. Aun antes de crearnos, Dios nos predestinó para que
fuéramos Sus hijos. Por consiguiente, como criaturas de Dios, necesitamos que El nos
regenere, a fin de participar de Su vida y ser Sus hijos. La filiación implica no sólo tener
la vida, sino también la posición de hijos. Aquellos que Dios marcó de antemano poseen
Su vida para ser Sus hijos, y la posición por la cual lo heredan a El.

III. DIOS MARCA DE ANTEMANO A SUS ESCOGIDOS

La palabra griega traducida “predestinar” también puede traducirse “marcar de


antemano”. Marcar de antemano es el proceso, mientras que la predestinación es el
propósito, el cual es determinar cierto destino de antemano. Dios primero nos eligió y
luego nos marcó de antemano, o sea, antes de la fundación del mundo, para un destino
concreto.

IV. SEGUN SU PRESCIENCIA

Dios nos escogió y nos predestinó según Su presciencia (1 P. 1:2). Esto indica que
nuestra relación con Dios fue iniciada por El conforme a Su presciencia.

V. POR MEDIO DE JESUCRISTO

Dios nos predestinó para filiación por medio de Jesucristo. La expresión “por medio de
Jesucristo” significa por medio del Redentor, quien es el Hijo de Dios. Por medio de El
fuimos redimidos para ser hijos de Dios, quienes tienen la vida y la posición de hijos de
Dios.

VI. SEGUN EL BENEPLACITO DE SU VOLUNTAD

Dios nos predestinó para filiación según el beneplácito de Su voluntad, que es Su


propósito. Esto revela que Dios tiene una voluntad, en la cual se halla Su beneplácito.
Dios nos predestinó para que fuésemos Sus hijos conforme a este beneplácito, conforme
al deseo de Su corazón. A diferencia del libro de Romanos, Efesios no habla desde el
punto de vista de la condición pecaminosa del hombre, sino desde el punto de vista del
beneplácito del corazón de Dios. Por lo tanto, es más profundo y más elevado.

VII. PARA FILIACION

En el versículo 4 vemos que Dios nos escogió para que fuésemos santos. Sin embargo,
esto es sólo el procedimiento, no la meta. La meta es la filiación. Fuimos predestinados
para filiación. En otras palabras, Dios nos escogió para que fuésemos santos con miras a
que fuésemos Sus hijos. Por tanto, ser santos es el proceso, el procedimiento, mientras
que ser hijos de Dios es la meta. Dios no desea simplemente conseguir un grupo de
personas santas; El desea obtener muchos hijos. Quizá nos parezca suficiente que Dios
nos escogiera para que fuésemos santos, y tal vez eso nos satisfaga. No obstante, Dios
nos escogió para que fuésemos santos con un propósito, y este propósito es que seamos
Sus hijos.

Tomemos como ejemplo la manera en que se hornea un pastel. Cuando una hermana
hace un pastel, ella primeramente prepara la masa, mezclando varios ingredientes con la
harina. A medida que los ingredientes se mezclan con la harina, podríamos decir que la
harina es un cuadro de la santificación. Primero se separa la masa; luego es santificada
al añadírsele varios ingredientes. Después de que la hermana mezcla bien la masa, le da
cierta forma poniéndola en un molde. Del mismo modo, Dios primero nos separa, luego
se agrega El mismo, el Padre, el Hijo y el Espíritu, a nosotros. Después sigue el proceso
de mezcla. Decir que Dios nos mezcla significa que El nos inquieta. Tal vez nos agrada
llevar una vida de iglesia tranquila, pero a menudo Dios interviene y cambia las cosas de
manera radical. Con todo, así es la vida normal de la iglesia cristiana.

Ser santos significa mezclarnos con Dios. Dios nos santifica agregándose El mismo a
nosotros y mezclándonos con Su naturaleza. Este es un asunto de naturaleza, es decir,
trata de que nuestra naturaleza sea transformada por la Suya. Nosotros nacimos
humanos, naturales, pero Dios quiere que seamos divinos. Esto sólo se logra si la
naturaleza divina se añade a nuestro ser y se mezcla con él. Es así como Dios nos hace
personas santas. Por consiguiente, la santificación es un procedimiento que transforma
nuestra naturaleza. Sin embargo, ésta no es la meta. La meta es que seamos formados o
moldeados. Es por eso que además de que Dios nos escoja para que seamos santos, es
necesario que El nos predestine para que seamos Sus hijos. Ser santos tiene que ver con
nuestra naturaleza, mientras que ser hijos, con ser formados. Los hijos de Dios son
personas configuradas a una forma o figura específica.

El candelero de oro de Apocalipsis 1 es un ejemplo de esto. Según su naturaleza, el


candelero es de oro, pero según su forma, es un candelero. Para que se produzca un
candelero de oro primero se necesita el material, el oro puro. Esto alude al
procedimiento, pero la meta es producir el candelero, con una forma definida.
Asimismo, ser hechos santos es el procedimiento por el cual llegamos a ser hijos de
Dios.

Cuando comprendí que la finalidad de la santidad era la filiación, me dije: “Cómo


pudiste tener por meta la santidad en sí, cuando lo único que te puede satisfacer es ser
un hijo de Dios”. Así que, no sólo somos santos, sino también hijos de Dios. No
solamente poseemos la naturaleza santa de Dios, sino también la Persona de Su Hijo.
Por consiguiente, no somos simplemente un cúmulo de santidad, sino también hijos de
Dios.

Todo los cristianos sabemos que los creyentes genuinos de Cristo conforman la iglesia.
Pero la iglesia no es solamente un grupo de personas salvas. La iglesia es una
colectividad de individuos que han sido hechos santos en su naturaleza y así han llegado
a ser hijos de Dios. Este grupo tiene que ser santificado, saturado y mezclado con la
naturaleza de Dios. Entonces serán los hijos de Dios. La iglesia se compone de tales
personas.
La situación del cristianismo actual está muy lejos de esto. En el cristianismo vemos
grupos de personas salvas, pero que siguen siendo comunes y mundanas, y que no
manifiestan la santidad. Además, no viven como hijos de Dios; más bien, muchos de
ellos viven como hijos de pecadores. Aunque muchos de ellos creen en el Señor Jesús y
han sido lavados con la sangre y regenerados por el Espíritu, siguen siendo mundanos y
comunes, y no manifiestan ninguna señal de santidad en su vivir. Son idénticos a sus
vecinos, amigos y parientes; con todo, hablan de ser la iglesia. ¡Qué vergüenza para
Dios, y qué vergüenza para la iglesia! La iglesia se compone de una colectividad de
personas que han sido apartadas para Dios, saturadas con Su naturaleza divina y
totalmente santificadas para vivir como hijos de Dios. Ciertamente, la iglesia no debe ser
un grupo de cristianos mundanos que viven como hijos de pecadores. Es vergonzoso
decir que personas así sean la iglesia.

Si profesamos ser la iglesia, debemos preguntarnos si somos personas separadas y


santificadas. ¿Estamos separados para Dios e impregnados de El? ¿Hemos sido
santificados en cuanto a posición y también en nuestro carácter con la naturaleza de
Dios de manera que vivamos como hijos de Dios? ¡Quiera el Señor alumbrar nuestros
ojos para que veamos qué es la iglesia! La iglesia no es un grupo de cristianos que son
fervientes y a la vez comunes y mundanos sin ninguna separación ni saturación. La
iglesia está constituida por aquellos que han sido santificados por Dios y que viven como
hijos de Dios.

Recuerden que el libro de Efesios trata de la iglesia. En la introducción de este libro


vimos que la iglesia es un grupo de personas que goza de las buenas palabras de Dios
(1:3). El primer ítem de estas palabras consiste en que fuimos escogidos para ser santos.
Esta es la bendición de Dios, las buenas palabras que nos dirige. Sin embargo, muchos
cristianos rechazan esta bendición. Dios declara que El nos escogió para que fuésemos
santos, pero ellos afirman que no quieren ser distintos de los demás. Algunos dicen: “No
queremos ser santos; nos gusta ser comunes”. Dios les dice: “Habéis sido escogidos para
ser diferente”; pero ellos responden: “No queremos ser distintos, queremos ser como los
demás”. Rechazar las buenas palabras que Dios nos dirige equivale a rebelarnos contra
El. ¡Que el Señor tenga misericordia de nosotros! Realmente la necesitamos, ¡pues la
actual situación es sumamente deplorable! Debemos ver que fuimos escogidos para ser
santos, a fin de que llevemos una vida propia de hijos de Dios.

A. Por el Espíritu del Hijo de Dios

Ahora necesitamos enfocarnos en tres temas relacionados con la filiación, con el hecho
de ser hijos de Dios. El primero es que Dios nos predestinó para filiación al infundir en
nosotros el Espíritu de Su Hijo. Cuando creímos en el Señor Jesús y fuimos regenerados,
el Espíritu de Dios en calidad del Espíritu del Hijo de Dios entró en nosotros. Por esto,
después de ser regenerados podemos clamar fácil y dulcemente: “Abba, Padre”. Antes de
ser regenerados, cuando mucho podíamos decir: “Oh Dios mío, ayúdame”; pero después
de ser salvos, espontáneamente empezamos a clamar, con un sentimiento tierno e
íntimo: “Oh Abba Padre”.

Romanos 8:15 y Gálatas 4:6 hablan de esto. Gálatas 4:6 dice que el Espíritu del Hijo
clama: “Abba, Padre”, mientras que Romanos 8:15 afirma que somos nosotros los que
clamamos así. Esto indica que nuestro clamor es el clamor de El y que Su clamor es el
nuestro. Nosotros y El clamamos a una voz: “Abba, Padre”. Sin el Espíritu no podríamos
clamar: “Abba, Padre”, de una manera tan íntima y tierna. Pero ¡qué sentimiento tan
placentero, dulce y confortable experimentamos cuando decimos esto! Esto comprueba
que el Espíritu de Dios mora en nosotros. Tenemos el Espíritu de filiación.

Muchas veces los jóvenes han venido a mí con preguntas sobre actividades deportivas.
Algunos han tratado de argumentar que no tiene nada de malo practicar algún deporte.
Mi respuesta ha sido la siguiente: “Yo no digo que jugar un deporte sea malo, pero
díganme si pueden decir: ‘Abba, Padre’ cuando van a participar en algún juego”. A esto,
ellos han respondido: “Hermano Lee, usted es muy listo. Sabe bien que si clamamos:
‘Abba Padre’, no podremos jugar, pues sabemos que el Padre no lo aprueba”. No estoy
en contra de los deportes; estoy en contra del diablo. No necesitan preguntarme nada en
cuanto a los deportes; simplemente clamen: “Abba, Padre”, y al hacerlo, quizá El les
pida que oren o lean la Biblia en vez de jugar deportes. Puedo testificar que el Padre me
ha tratado de esta manera. Esta es la vida de los hijos de Dios. ¿Viven ustedes como
hijos de Dios o como hijos de pecadores, como hijos de desobediencia?

Vivir como hijo de Dios, sin embargo, no tiene nada que ver con reglamentos; más bien,
está totalmente ligada al Espíritu del Hijo de Dios, el cual está en nosotros. Si
clamamos: “Abba, Padre”, sabremos lo que debemos hacer. En varias ocasiones mis
hijos han venido a preguntarme: “Papá, ¿podemos ir a tal lugar?”, a lo cual les he
contestado: “No es necesario que me pregunten. Siempre y cuando me llamen papá, ya
saben lo que voy a decir”. Del mismo modo, cuando acudimos a nuestro Padre y
clamamos: “Abba, Padre”, sabremos qué clase de vida debemos llevar, porque tenemos
en nosotros al Espíritu del Hijo de Dios.

B. En la vida del Hijo de Dios

Fuimos predestinados para filiación no sólo mediante el Espíritu del Hijo de Dios, sino
también en la vida del Hijo de Dios. Esto es muy subjetivo. Es una maravilla que
poseemos la propia vida del Hijo de Dios. Como se dice en 1 Juan 5:12: “El que tiene al
Hijo, tiene la vida”. Por tanto, nosotros no somos hijos políticos de Dios, sino hijos
engendrados por Su vida. Tal vez en ocasiones rechazamos al Espíritu del Hijo de Dios,
pero nunca podremos rechazar Su vida, porque ésta se ha convertido en nuestro propio
ser. Poseemos dos seres: el primero es nuestro ser natural, que nació de nuestros
padres, y el segundo es nuestro ser espiritual, que nació de Dios. En el segundo ser
tenemos la vida del Hijo de Dios. En conformidad con nuestro segundo ser, no
solamente tenemos al Espíritu, que se mueve y obra dentro de nosotros, sino también la
vida, la cual ha llegado a ser nuestro propio ser, no el ser natural, sino el ser espiritual.
En ocasiones no sólo nos rebelamos contra el Espíritu, sino también contra nosotros
mismos, contra nuestro ser.

No estoy de acuerdo en que deba haber reglamentos en las iglesias, pues cada hijo de
Dios tiene al Espíritu del Hijo de Dios así como la vida del Hijo de Dios, y no se
necesitan reglas. Por ejemplo, no hay necesidad de estipular una regla en el hogar que
diga que los niños no deben comer cosas amargas, sino sólo cosas dulces. Si un niño
ingiere algo amargo, espontáneamente lo escupirá, aunque desconozca el significado de
la palabra “amargo”. Ya que la vida que hay en todo niño rechaza lo amargo, no es
necesario establecer reglamentos con relación a lo amargo. Además de tener al Espíritu
del Hijo de Dios, tenemos la vida del Hijo de Dios. Si gustamos algo que sea “amargo”
para la vida del Hijo, no podremos fingir que estamos contentos. Si lo hiciéramos, en lo
profundo de nuestro ser no estaremos contentos, porque sabemos que estamos
actuando en contra de la vida del Hijo de Dios. Si clamamos: “Abba, Padre”, y vivimos
conforme a la vida del Hijo de Dios, tendremos gozo en lo más recóndito de nuestro ser.
De hecho, todo nuestro ser estará lleno de regocijo.

C. En la posición del Hijo de Dios

Además de poseer al Espíritu del Hijo de Dios y la vida del Hijo de Dios, también
estamos en la posición del Hijo de Dios (Jn. 20:17). De hecho, la filiación se relaciona
más específicamente con la posición que con la vida. Quizás usted haya nacido de su
padre, pero es posible que por ciertas cuestiones legales, no tenga la posición de hijo. Si
no tiene la posición de hijo, no tiene la filiación. Por tanto, la filiación es una cuestión
legal. Por ejemplo, es posible que cierta persona no haya sido engendrado por un padre
rico; sin embargo, si en términos jurídicos tiene la posición de hijo, ciertamente tendrá
el derecho a recibir la herencia de ese hombre. Dicha herencia le pertenece, no conforme
a la vida, sino en base a la posición. Por otro lado, hay hijos legítimos que aunque tienen
la vida del padre, han perdido la posición filial. Esto demuestra que la vida de un hijo de
Dios está relacionada únicamente con la vida misma, mientras que la posición de hijo de
Dios es un asunto legal. Aleluya que poseemos al Espíritu del Hijo de Dios, la vida del
Hijo de Dios y la posición del Hijo de Dios.
Todo esto nos hace aptos para recibir nuestra herencia. Ya que somos hijos de Dios y
tenemos la filiación, heredaremos todo lo que Dios es y todo lo que tiene. Tenemos la
posición legal para heredar todas las riquezas del Padre. En la vida de iglesia
disfrutamos al Padre día tras día. Hoy esto tal vez sea simplemente un asunto de vida,
pero en el futuro será también un asunto de posición. Apocalipsis 21:7 dice: “El que
venza heredará estas cosas, y Yo seré su Dios, y él será Mi hijo”. En este versículo, ser
hijo y heredar todas las cosas no es simplemente un asunto de vida, sino también de
posición. Aunque hoy somos hijos de Dios en cuanto a la vida, el universo todavía no
puede ver que somos hijos de Dios en cuanto a posición. Pero cuando se manifieste la
Nueva Jerusalén, el universo sabrá que somos hijos de Dios tanto en posición como en
vida. Si yo entrara a un restaurante y proclamara a la gente que soy un hijo de Dios, ellos
pensarían que tengo un problema mental; pero cuando se manifieste la Nueva
Jerusalén, no será necesario decir nada. Todos verán que somos hijos de Dios en cuanto
a posición. Los ángeles dirán: “Miren, ésos son los hijos de Dios. Están disfrutando a
Dios y han heredado todo lo que El es en la Nueva Jerusalén”.

La iglesia hoy es una miniatura de la Nueva Jerusalén. En la iglesia somos hijos de Dios
tanto en vida como en posición, y no hay necesidad de declarar que lo somos, porque
todos nos reconocemos mutuamente como hijos de Dios. Por tener al Espíritu, la vida y
la posición, nos entendemos unos a otros y nos reconocemos. Todos confesamos que
somos hijos de Dios. No obstante, a pesar de tener al Espíritu, la vida y la posición para
ser los hijos de Dios, no somos absolutamente santos en nuestra manera de ser. Por
consiguiente, en la vida de iglesia Dios nos mezcla constantemente con Su naturaleza, a
fin de que seamos santificados.

Muchos maestros cristianos han dicho que el libro de Efesios abarca el tema de la
iglesia, pero ellos mismos, en la práctica, no están en la vida de iglesia. Nosotros no
estamos satisfechos con sólo hablar de la iglesia; deseamos experimentar la vida de
iglesia de una manera práctica. La vida práctica de la iglesia se funda en el hecho de que
Dios nos escogió para que seamos santos y nos predestinó para filiación, lo cual incluye
el tener al Espíritu, la vida y la posición. Debido a que tenemos estos tres factores, el
Padre a menudo nos pone en una “licuadora”, a fin de que seamos santificados en
nuestra forma de ser. En ocasiones el Padre parece decir: “Hijo mío, ya tienes al
Espíritu, la vida y la posición, pero aún necesitas mezclarte con Mi naturaleza santa. Te
escogí para que fueras santo; ahora voy a trabajar en ti para hacerte Mi hijo santo”. En
esto consiste la vida de iglesia.

Todos tenemos la expectativa de que la vida de iglesia sea sosegada, tranquila y pacífica.
Pero ninguna cocina puede estar así cuando un cocinero prepara una comida en ella.
Antes bien, todo es un desorden. Si la cocina no estuviera en ese estado durante la
preparación de los alimentos, no se podría disfrutar de un banquete. Hoy la vida de
iglesia es como una cocina en la cual las cosas están dispersas por todas partes. Por un
lado, la vida de iglesia es maravillosa y gloriosa; por otro, está en desorden con el fin de
que nos mezclemos con Dios y seamos hechos santos. Cuanto más nos mezclemos con
El, más santos seremos. Cuando se manifieste la Nueva Jerusalén, ella será una filiación
santa y corporativa, que incluirá al Espíritu, la vida y la posición filiales. En aquel
entonces, el proceso de mezcla habrá terminado, pues todos habremos sido saturados,
santificados y transformados. Esto será la plena filiación.

VIII. PARA SI MISMO

La filiación nos conduce a Dios, es decir, nos introduce en Dios mismo a fin de que
seamos uno con El en vida y en naturaleza.

IX. PARA QUE SEAMOS HECHOS CONFORMES


A LA IMAGEN DE SU HIJO

Mientras el Padre nos conduce a la plena filiación, somos hechos conformes a la imagen
de Su Hijo (Ro. 8:29). Esto quiere decir que el deseo de Dios es que todo nuestro ser
participe de la filiación. El proceso de hacernos hijos Suyos se lleva a cabo hoy en la vida
de iglesia. Tal vez a usted lo haya ofendido alguien en la iglesia, o quizá usted ha
ofendido a alguien. Ambos casos pueden ser útiles en el proceso de la filiación. No
animo a nadie a que se ofenda ni que ofenda a otros, pero la verdad es que es imposible
evitar las ofensas. O usted ofenderá a alguien, o alguien lo ofenderá a usted. Pero estas
ofensas nos ayudan en el proceso de ser hechos hijos de Dios. Cuanto más nos ofendan,
más participamos de la filiación. Si a usted nunca lo han ofendido en la vida de iglesia,
tal vez no ha participado mucho de la filiación. Bienaventurado es usted si lo han
ofendido los hermanos, las hermanas y los ancianos, porque ha pasado más por el
proceso de filiación. Pero algunos no pueden soportar las ofensas, y tan pronto se
sienten ofendidos, quieren irse de la vida de iglesia. Pero en lugar de abandonar la vida
de iglesia, en esos momentos debemos incluso valorarla más e incluso “besar” la ofensa,
pues ella contribuye a nuestra filiación. Cada vez que quiera huir de la vida de iglesia, la
vida del Hijo de Dios que está en usted le dirá: “No huyas; permanece y sufre la ofensa, e
incluso abrázala”. En cuanto usted acoge la ofensa, ésta se convierte en gozo. Esto es el
proceso de la filiación que experimentamos en la vida de iglesia.

Todos estamos en el proceso de ser hechos hijos de Dios. Tenemos al Espíritu del Hijo
de Dios, la vida del Hijo de Dios y la posición del Hijo de Dios, pero aún necesitamos ser
hechos conformes a la imagen del Hijo de Dios. Por consiguiente, necesitamos más
filiación. El Señor desea conformarnos a Su imagen, a la imagen misma del Hijo de
Dios, y el único lugar donde se puede experimentar esto es en la vida de iglesia. Fuera de
la iglesia no podemos ser hechos conformes a la imagen del Hijo de Dios. Así que, quiero
animarlos a que estén contentos en la desordenada vida de iglesia. No den coces contra
el aguijón, sino acepten con gusto el proceso de filiación.

X. PARA QUE LLEGUEMOS A LA PLENA FILIACION

Un día, llegaremos a la consumación de la filiación. La consumación de la filiación, la


plena filiación, es la redención de nuestro cuerpo (Ro. 8:23). Esto significa que nuestro
cuerpo será transfigurado, o sea, que también participará de la filiación. Nuestro
espíritu ya participó de la filiación, nuestra alma está en el proceso, y cuando el Señor
venga, nuestro cuerpo también participará de la filiación. Esto será la culminación de la
filiación.

XI. POR ULTIMO, HEREDAREMOS


TODO LO QUE DIOS ES

Por último, la filiación significa que heredamos todo lo que Dios es por la eternidad (Ap.
21:7).

ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE CINCO

LA ALABANZA DE LA GLORIA DE LA GRACIA DE DIOS

Este mensaje tratará de la alabanza de la gloria de la gracia de Dios (1:6). Tal vez el tema
nos parezca sencillo, pero de hecho es bastante complejo. Quizás nos parezcan
conocidas las palabras “alabanza”, “gloria” y “gracia”, pero si somos francos,
admitiremos que no conocemos adecuadamente su significado.

Efesios 1:6 dice: “Para alabanza de la gloria de Su gracia, con la cual nos agració en el
Amado”. Este versículo no está desligado de los demás; más bien, es producto del
versículo precedente, que dice que fuimos predestinados para filiación. Esto significa
que la alabanza de la gloria de la gracia de Dios es el resultado, el producto, de la
filiación. Por consiguiente, para entender la alabanza del versículo 6, es necesario
conocer la filiación del versículo 5. Si no conocemos el contenido de la filiación, tal vez
entenderemos el versículo 6 de una manera natural.
I. LA GRACIA DE DIOS ES LO QUE DIOS ES,
DADO A NOSOTROS COMO NUESTRO DISFRUTE

¿Qué es la gracia de Dios? Es muy difícil definirla. Por muchos años me ha dejado
perplejo este tema, y hasta el día de hoy lo sigo estudiando. Según el Nuevo Testamento,
la gracia alude a lo que Dios es, dado a nosotros como nuestro disfrute (Jn. 1:16-17; 2
Co. 12:9; 1 Co. 15:10). Juan 1:17 dice que la ley fue dada por medio de Moisés, pero que
la gracia y la realidad vinieron por medio de Jesucristo. En 1 Corintios 15:10 Pablo
afirma que él laboró más que los demás apóstoles, pero que no fue él, sino la gracia de
Dios con él. Gálatas 2:20, un versículo análogo a 1 Corintios 15:10, dice: “Ya no yo, mas
... Cristo”. En 1 Corintios 15:10 se dice: “No yo, sino la gracia de Dios”. Esto indica que la
gracia es Cristo mismo. El Nuevo Testamento contiene otros pasajes que hacen resaltar
la gracia. Por ejemplo, 2 Corintios 13:14 declara: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor
de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros”. Además, Pablo
inicia todas sus epístolas haciendo referencia a la gracia; y asimismo las concluye.
Gálatas 6:18 declara: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu,
hermanos”. En 2 Timoteo 4:22 dice: “El Señor esté con tu espíritu. La gracia sea con
vosotros”. En este versículo, Cristo y la gracia se mencionan de manera paralela. El
hecho de que el Señor Jesucristo esté con nuestro espíritu equivale a que la gracia esté
con nuestro espíritu. Esto indica que la gracia es prácticamente igual a Cristo mismo.
Cuando tenemos a Cristo, tenemos la gracia. Cuando Cristo vino, vino la gracia. Por esta
razón Juan 1:17 declara que la gracia vino por medio de Jesucristo, indicando que la
gracia es en cierto modo una persona; está personificada. Dios mismo es la
personificación de la gracia.

Aunque esto pueda parecernos extraño, es un hecho. Si penetramos en el espíritu del


Nuevo Testamento con respecto a la gracia, nos daremos cuenta de que la gracia es algo
personificado. Cuando Pablo dijo: “No yo, sino la gracia de Dios conmigo”, para él la
gracia era una persona viva. En la experiencia de Pablo, una persona llegó a ser la
misma gracia con la cual él trabajó. Por lo tanto, la gracia es realmente el propio Dios; es
lo que Dios es, dado a nosotros como nuestro disfrute. Cuando disfrutamos a Dios, eso
es gracia. La gracia es el propio Dios en Su Hijo Jesucristo, dado a nosotros como
nuestra porción para que disfrutemos de todo lo que El es.

Dios es amor. Si no lo disfrutamos como amor, no obtenemos la gracia. Pero si lo


disfrutamos como amor, tenemos la gracia. Quisiera repetir que la gracia es lo que Dios
es para nosotros como nuestra porción para que lo disfrutemos. No sólo debemos cantar
de la misericordia de Dios, la cual perdura para siempre, sino también de Su gracia.
Debemos componer algunos cánticos que hablen de que Dios es gracia para nosotros,
cantos que expresen lo que El es para nuestro disfrute. Si alabamos a Dios solamente
por Su misericordia, permanecemos en un nivel elemental. Debemos avanzar de la
misericordia de Dios a Su gracia. La gracia es el resultado de la misericordia, así como la
escuela secundaria es la continuación de la primaria. Después de la escuela primaria
debemos avanzar a la escuela secundaria. Debemos avanzar y no quedarnos en la
primaria por mucho tiempo. Muchos de los cristianos de hoy permanecen en los niveles
elementales, pese a que hayan sido cristianos por muchos años. Pasemos a los niveles
superiores y alabemos a Dios por Su gracia.

II. LA GLORIA DE LA GRACIA DE DIOS


ES DIOS EXPRESADO EN SU GRACIA

Ahora veamos qué es la gloria de la gracia de Dios. Tal vez usted haya leído el libro de
Efesios muchas veces sin haber notado la frase “la gloria de Su gracia”. Hebreos 1:3
declara que Cristo, el Hijo de Dios, es el resplandor de la gloria de Dios. Dios tiene una
gloria, y el Hijo es el resplandor, el brillo de esta gloria. Si uno estudia con detenimiento
el tema de la gloria en la Biblia, se dará cuenta de que la gloria es Dios expresado.
Siempre que Dios se manifiesta, eso es gloria. Podemos usar la electricidad como
ejemplo. La electricidad está oculta a nuestra vista, pero cuando se expresa en forma de
luz, esa luz es la gloria de la electricidad. Del mismo modo, cuando Dios está escondido,
no podemos ver Su gloria, pero cuando El se expresa, Su gloria se hace visible. Por
consiguiente, la gloria es Dios expresado. Tan pronto se erigió el tabernáculo, éste se
llenó de la gloria de Dios (Ex. 40:34). Dicha gloria era la expresión de Dios. Según este
principio, el Hijo de Dios vino como resplandor de la gloria de Dios, lo cual significa que
El es la expresión de Dios. A Dios nadie lo ha visto jamás, pero hemos visto la gloria del
Hijo unigénito.

La gloria de la gracia de Dios significa que la gracia de Dios, la cual es El mismo como
nuestro disfrute, lo expresa a El. Dios es expresado en Su gracia, y El nos predestinó
para alabanza de tal expresión. Cuando recibimos la gracia y disfrutamos a Dios,
experimentamos una sensación de gloria, aunque muchas veces no encontramos las
palabras para expresar lo que sentimos. En algunas ocasiones, después de una excelente
reunión, estamos llenos de gracia y decimos: “¡Eso fue glorioso!” Esto es Dios expresado
en Su gracia.

Cuando comprendamos que fuimos escogidos para ser santos, que fuimos predestinados
para filiación, que poseemos el Espíritu del Hijo, la vida del Hijo y Su posición, que
seremos hechos conformes a Su imagen, que participaremos de la plena filiación, la
redención de nuestro cuerpo, y que heredaremos la plenitud de dicha filiación,
exclamaremos: “¡Qué glorioso!” Debemos meditar sobre los siguientes seis temas con
mucha oración: el Espíritu, la vida y la posición del Hijo, la imagen del Hijo, la
culminación de la filiación y la herencia de ésta. Si lo hacemos, estaremos en la gloria y
alabaremos a Dios por la filiación.

III. LA ALABANZA DE LA GLORIA DE LA GRACIA


DE DIOS SE REFIERE A LA SUBLIME ALABANZA
QUE SE LE RINDE AL DIOS
QUE SE EXPRESA EN SU GRACIA

Ya vimos que la gracia es Dios mismo dado a nosotros como nuestro disfrute, que la
gloria es Dios manifestado, y que la gloria de la gracia de Dios es Dios expresado en el
disfrute que tenemos de El. Ahora debemos enfocarnos en el aspecto más difícil de este
mensaje, a saber, el significado de la palabra “alabanza”, según se usa en el versículo 6.
¿Qué es la alabanza de la gloria de la gracia de Dios? ¿Ha alabado usted alguna vez a
Dios por la filiación? Nosotros, los hijos de Dios, no alabamos mucho a Dios; por lo
general sólo le damos gracias. Cuando decimos: “Alabado sea el Señor”, a menudo
queremos decir: “Gracias al Señor”. Dar gracias a Dios significa que hemos recibido
cierto beneficio y que le damos gracias por ello. Pero cuando alabamos a Dios, lo
alabamos principalmente por lo que El es o por lo que hace, independientemente de que
hayamos recibido algún beneficio de parte Suya. Cuando alabemos a Dios, debemos
olvidarnos de nosotros mismos y no centrarnos en nuestra persona. Cuando
verdaderamente alabamos a Dios, tenemos la sensación de que no existimos; lo vemos
sólo a El; nos centramos en lo que El es y lo que hace; y por ende, lo alabamos y
hablamos bien de El. Exagerando un poco, ¿alabaría usted a Dios si le enviara al
infierno? Si de verdad conociéramos a Dios, podríamos decir: “Dios mío, aunque me
enviaras al infierno, te seguiría alabando, porque Tú eres Dios”. ¡Cuán necesario es que
aprendamos a alabarlo!

IV. DIOS NOS PREDESTINO PARA FILIACION


CON EL FIN DE QUE SEAMOS LA ALABANZA
DE SU EXPRESION EN SU GRACIA

Dios nos predestinó para filiación con el fin de que seamos la alabanza de Su expresión
en Su gracia. Es probable que los ángeles sean los primeros en alabar a Dios por esto.
Cuando ellos alaben a Dios por nuestra filiación, los demonios tal vez quedarán
pasmados y dirán: “Esos pecadores que usurpamos han llegado a ser los hijos de Dios”.
Los ángeles no serán los únicos que alabarán a Dios por nuestra filiación; lo alabarán
también todas las cosas positivas del universo. Esto ocurrirá en la manifestación de los
hijos de Dios (Ro. 8:19). Actualmente la creación gime bajo la esclavitud, aguardando la
manifestación de los hijos de Dios. Cuando eso suceda, todo el universo alabará a Dios.
Así, Efesios 1:6 se cumplirá cuando se cumpla Romanos 8:19. Para ese tiempo, todas las
cosas positivas del universo alabarán a Dios porque la gloria de Su gracia será vista en la
revelación de Sus hijos. Nosotros los hijos de Dios quizás nos sorprenderemos por las
alabanzas que los ángeles ofrecerán a Dios, pues ellos lo alabarán por causa de nuestra
filiación. Esta es la alabanza de la gloria de la gracia de Dios.

La filiación reviste mucha importancia. Según Romanos 8, toda la creación aguarda la


revelación de los hijos de Dios. La libertad de la esclavitud de corrupción que
experimentará la creación depende de que nosotros seamos revelados. Quisiera repetir
que cuando esto ocurra, se cumplirá Efesios 1:6.

V. SER AGRACIADOS POR DIOS SIGNIFICA


QUE EL NOS COLOCA EN UNA POSICION
DE GRACIA Y NOS HACE EL OBJETO DE SU FAVOR

Efesios 1:6 dice que Dios “nos agració”. La palabra “agraciar” es una expresión poco
común. Ser agraciados por Dios significa que El nos ubica en una posición de gracia, con
la intención de que seamos el objeto de Su gracia, de Su favor, es decir, para que
disfrutemos de todo lo que Dios es para con nosotros. A fin de gozar de cualquier cosa,
uno debe estar en la posición correcta. Así que, Dios nos puso en Su gracia. Al habernos
colocado en Su gracia, El nos hace el objeto de ella. Nosotros ahora, en la posición de
gracia y como objetos de la misma, somos plenamente aceptados por Dios. Puesto que
estamos en una posición de gracia y somos el objeto de ésta, Dios se agrada de nosotros,
somos Su deleite, y nosotros estamos felices con El. Finalmente, experimentamos un
disfrute mutuo: nosotros lo disfrutamos a El, y El nos disfruta a nosotros. El, en la
gracia, es nuestro gozo y satisfacción, y nosotros somos el gozo y satisfacción de El. Todo
esto está implícito en la expresión “nos agració”.

Hoy no estamos simplemente bajo la misericordia de Dios, sino que también somos el
objeto de Su gracia en la posición de gracia. Mientras lo disfrutamos a El, nos
convertimos en Su deleite. Por lo tanto, tenemos un deleite mutuo, un disfrute mutuo,
una satisfacción mutua. Ya no debemos considerarnos pecadores, porque ya no estamos
ligados a la tierra ni al tiempo; antes bien, estamos en los lugares celestiales y en la
eternidad. Ya no estamos en nuestra condición, sino en el deseo del corazón de Dios.
Esto es lo que significa cuando decimos que Dios nos haya agraciado. Por consiguiente,
no debemos ver nuestra condición, sino levantar nuestra mirada a los lugares celestiales
y a la eternidad. En vez de hablar tanto de nosotros mismos y pensar sólo en nosotros,
debemos hablar de la gracia de Dios y meditar en que El nos agració.
VI. AGRACIADOS EN EL AMADO

Por último, 1:6 dice que Dios nos agració en el Amado. En este versículo, Pablo no dice:
“en Cristo”, ni “en El”, sino “en el Amado”. El Amado es el Hijo amado de Dios, en quien
El se complace (Mt. 3:17; 17:5). Ya hemos visto que el hecho de que Dios nos agracie
significa que nos hace el objeto de Su deleite. Esto es todo un placer para Dios. En Cristo
Dios nos bendijo con toda bendición, y en el Amado nos agració y fuimos hechos el
objeto de Su favor y de Su complacencia. Por ser tal objeto, disfrutamos a Dios, y Dios
nos disfruta a nosotros en Su gracia y en Su Amado, en quien se deleita. En el Amado de
Dios, nosotros también llegamos a ser Su deleite.

Dios se deleita en el Amado, y se deleite también en nosotros. La expresión “en el


Amado” alude al deleite, satisfacción y disfrute pleno que Dios el Padre halla en nosotros
por habernos hecho el objeto de Su gracia y de Su complacencia. En este sentido,
debemos tenernos en alta estima y aprecio porque somos el objeto del deleite de Dios.
Deberíamos decir: “Dios se deleita en mí; por eso, me aprecio mucho. Incluso me tengo
en alta estima, pues fui colocado en la gracia de Dios y hecho objeto de la misma”.
Debemos tener tal visión acerca de nosotros mismos, no basados en nuestra condición
natural, sino conforme al hecho de que fuimos escogidos, predestinados, regenerados y
agraciados. Dios se complace en nosotros, pero no por lo que somos en nosotros
mismos, sino por lo que somos en Su Amado.
 

ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE SEIS

REDENCION EN EL HIJO

En Efesios 1:3-14 hay tres secciones: los versículos del 3 al 6 hablan de que el Padre nos
escogió y nos predestinó, lo cual proclama el propósito eterno de Dios; los versículos del
7 al 12 declaran que el Hijo nos redimió, lo cual proclama el cumplimiento del propósito
divino; y los versículos del 13 al 14 hablan de que el Espíritu nos selló y se nos dio en
arras, lo cual proclama la aplicación del propósito cumplido de Dios. Primero, se nos
muestra el propósito eterno del Padre; luego vemos que el Hijo lo cumple; y por último,
el Espíritu aplica lo que el Hijo realizó conforme al propósito del Padre. Así vemos que el
Dios Triuno se expresa en Sus bendiciones. Por medio del propósito del Padre, los
logros del Hijo y la aplicación del Espíritu, nosotros llegamos a ser la iglesia. En los
mensajes anteriores tratamos el tema de la elección y la predestinación efectuadas por el
Padre. En este mensaje estudiaremos la redención realizada por el Hijo, es decir, la
redención en el Hijo (1:7).

Hemos visto que el libro de Efesios no habla desde la perspectiva de nuestra condición,
ni desde la tierra, ni desde el tiempo, sino desde el punto de vista del propósito eterno
de Dios, desde los lugares celestiales y desde la eternidad. Puesto que éste es el caso, tal
vez nos preguntemos por qué se menciona aquí la redención. Esto se debe a que
nosotros, los escogidos de Dios, caímos. Conforme al propósito eterno de Dios, fuimos
escogidos, pero después de que El nos creó, caímos. Por ende, era necesaria la
redención. Al redimirnos, el Hijo cumplió el propósito del Padre.

A pesar de que el capítulo uno trata de la redención, no menciona nuestra lamentable


condición caída; ésta se revela en detalle en el capítulo dos. Cuando lo estudiemos,
veremos cuán triste era nuestra condición y cuánto necesitábamos la misericordia de
Dios. Pese a lo glorioso que es el capítulo uno, éste hace alusión a nuestra necesidad de
ser redimidos a causa de la caída.

Efesios 1:7 dice: “En quien tenemos redención por Su sangre, el perdón de los delitos,
según las riquezas de Su gracia”. El versículo 7 es la continuación del versículo 6. Como
vimos en el mensaje anterior, el versículo 6 revela que llegamos a ser el objeto del favor
de Dios, pues fuimos agraciados en el Amado. La expresión “en quien” del versículo 7, se
refiere a “el Amado” del versículo 6. Esto significa que fuimos redimidos en el Amado,
en quien Dios se complace. Así que, a los ojos de Dios, la redención no es algo
lamentable, sino un motivo de regocijo. Aunque es correcto afirmar que fuimos
redimidos en Cristo, no es tan agradable como decir que lo fuimos en el Amado. Las
palabras “en el Amado” quieren decir, en el deleite de Dios. En el deleite de Dios, en el
Amado, tenemos redención. Este es otro indicio de que en el capítulo uno está ausente lo
relacionado con nuestra miserable condición; antes bien, este capítulo está lleno de
deleite. Fuimos redimidos mediante la sangre que el Amado de Dios derramó en la cruz
por nosotros.

Según el versículo 7, esta redención es el perdón de los delitos, no de los pecados. Existe
una diferencia entre delitos y pecados. El capítulo uno, por ser tan dulce, no habla de
pecados, sino de delitos, de ofensas. A los ojos del Padre, Sus escogidos cometieron
ofensas, que necesitaban ser perdonadas. El capítulo dos, por el contrario, habla de ira y
de pecados. En el capítulo uno, Dios el Padre se encarga de nuestras ofensas; con todo,
aun éstas requerían la redención, y la sangre del amado Hijo de Dios fue derramada en
la cruz para nuestro perdón. Sin derramamiento de sangre no hay perdón de pecados
(He. 9:22). Por tanto, se necesitaba sangre. Dicho perdón se efectuó conforme a las
riquezas de la gracia de Dios, la cual El hizo sobreabundar para con nosotros en toda
sabiduría y prudencia (v. 8).

I. EL TERCER ITEM DE LA BENDICION DE DIOS

Los versículos del 4 al 5 revelan que Dios nos escogió y nos predestinó. Después de ser
creados, caímos; por eso requerimos la redención, la cual Dios efectuó por nosotros en
Cristo, por medio de Su sangre. Este es otro ítem de las bendiciones que Dios nos
otorgó. La primera bendición consiste en que El nos escogió para que fuésemos santos;
la segunda, en que nos predestinó para filiación; y la tercera, en que nos redimió en el
Hijo.

II. LA REDENCION EFECTUADA


EN EL AMADO DE DIOS SATISFACE LOS JUSTOS REQUISITOS DE DIOS Y
LE AGRADA A EL

Aunque Dios se deleita en nosotros y nos ha hecho objeto de Su gracia, aún necesitamos
la redención, porque El es un Dios justo. Nuestro Padre se complace en nosotros, pero
El es justo y no puede tolerar las injusticias, las ofensas, ni los delitos. Tales iniquidades
ofenden Su justicia. Por lo tanto, Su justicia requiere que se realice la redención. La
redención satisface los justos requisitos de Dios y agrada a Dios. Dios no solamente es
un Dios de amor, sino que también es justo, y todo lo que es injusto, le desagrada. Todo
lo que se relacione con El debe satisfacer los requisitos de Su justicia. A esto se debe el
que, a fin de agradar a Dios, el Hijo amado tuvo que ir a la cruz para efectuar la plena
redención a favor de los escogidos de Dios.

III. MEDIANTE LA SANGRE QUE DERRAMO


EN LA CRUZ POR NUESTROS PECADOS

El Hijo efectuó la redención derramando Su sangre en la cruz por nuestros pecados (1 P.


1:18-19). Debido a que la muerte que el Hijo sufrió en la carne sobre la cruz satisfizo los
justos requisitos de Dios, Su sangre llega a ser el instrumento por el cual somos
redimidos.

IV. LA REDENCION POR MEDIO DE SU SANGRE


ES EL PERDON DE NUESTROS DELITOS

La redención del Hijo por medio de Su sangre es el perdón de nuestros delitos (Mt.
26:28; He. 9:22). La redención es lo que Cristo efectuó por nuestros delitos; el perdón es
la aplicación a nuestros delitos de lo que Cristo realizó. La redención fue efectuada en la
cruz, mientras que el perdón se nos aplica en el momento que creemos en Cristo. La
redención y el perdón son en realidad dos aspectos de una misma cosa. Ya vimos que el
perdón de delitos es la redención efectuada por medio de la sangre de Cristo; sin
embargo, aquí se usan dos expresiones diferentes porque este asunto tiene dos aspectos:
el aspecto que corresponde a lo que se llevó a cabo en la cruz, y el que corresponde a lo
que se aplica a nosotros en el momento que creemos. Aunque la redención se efectuó en
la cruz cuando Cristo derramó Su sangre, ella no nos fue aplicada a nosotros en ese
momento. La aplicación no se efectuó sino hasta que creímos en Cristo y confesamos
nuestros pecados al Dios justo. En ese momento, el Espíritu de Dios nos aplicó la
redención que Cristo efectuó en la cruz. Por consiguiente, la redención es el
cumplimiento, mientras que el perdón es la aplicación.

V. SEGUN LAS RIQUEZAS DE SU GRACIA

El versículo 7 declara que la redención se efectuó según las riquezas de la gracia de Dios.
De acuerdo con nuestro concepto, era fácil que Dios nos perdonara, pues El es soberano
y todopoderoso; pero realmente no fue tan sencillo. La redención fue un evento de
mucha importancia y seriedad; fue tan solemne, que requirió las riquezas de la gracia de
Dios.

Ahora debemos meditar en el por qué la redención requirió las riquezas de la gracia de
Dios. La Biblia dice que sin derramamiento de sangre no hay perdón de pecados. Por
consiguiente, para que fuésemos perdonados, se requería el derramamiento de sangre.
Pero en este asunto la sangre de los animales era inútil (He. 10:4). Esa sangre era
solamente una sombra. Para realizar la redención se requería la sangre de una vida
superior, una sangre en la que no hubiera pecado. ¿Dónde podría Dios encontrar esta
sangre entre el linaje humano? Esto era imposible, porque todos los hombres son
pecadores. Entre la humanidad caída no existe sangre sin pecado. Además, Dios tiene
millones de escogidos. Si por cada uno de ellos se ofreciera una ofrenda por el pecado, se
necesitarían millones de ofrendas. Por consiguiente, además de una sangre perfecta y
sin pecado, se necesitaba una ofrenda por el pecado que pudiera incluir a millones de
personas. Esto indica que la sangre por medio de la cual se efectuaría la redención no
sólo tenía que estar libre de pecado, sino que además debía incluirnos a todos, o sea, que
debía ser capaz de redimir a todos los escogidos de Dios. Unicamente Jesucristo podía
ser tal ofrenda, pues sólo El poseía una sangre sin pecado, la cual derramó a favor de
millones de escogidos. Al derramar El Su sangre en la cruz una vez y para siempre,
efectuó la redención eterna de todos los escogidos de Dios de una vez por todas (He.
9:28; 10:10, 12).

Ahora necesitamos ver cómo fue posible que Dios obtuviera una sangre tan pura que
pudiera ser eficaz para todos nosotros. Obtener esa sangre le fue mucho más difícil que
crear el universo. Para crear el universo, Dios simplemente tuvo que hablar. Por
ejemplo, El sencillamente dijo: “Sea la luz” y fue la luz (Gn. 1:3). En cambio, la
redención no se llevó a cabo así. Dios no podía simplemente decir: “Efectúese la
redención”. Dios no tuvo que emplear la gracia para crear el universo, pero para efectuar
la redención, se necesitaron todas las riquezas de Su gracia.

Veamos ahora cómo fue concebido el Redentor, el Señor Jesús. Para la concepción del
Señor Jesús, fue necesario que el Espíritu Santo interviniera en la virgen María. No
podemos explicar cómo el Espíritu Santo efectuó la concepción del Redentor en el
vientre de la virgen. Esto requirió las riquezas de la gracia de Dios. Conforme a Lucas
1:35, al niño concebido en María por obra del Espíritu Santo se le llamó “lo santo”, lo
cual indica que la concepción del Señor Jesús fue absolutamente un acto santo. (La
santidad se refiere a algo que se concibe por obra del Espíritu Santo). Durante nueve
meses, “lo santo” permaneció en el vientre de María. ¿Quién podría explicar cuánta
gracia se necesitó para esto? ¡Cuánta gracia se requirió para que Jesús, Jehová el
Salvador, permaneciera en el vientre de María por nueve meses!

El Señor Jesús trabajó como carpintero hasta la edad de treinta años. El hecho de que la
persona llamada Emanuel, Dios con nosotros, hiciera esto por tantos años también
requirió mucha gracia. Con el tiempo, El inició Su ministerio, el cual duró tres años y
medio. Aunque El se preocupaba por los pecadores, éstos se le opusieron, lo
persiguieron, y conspiraron para matarlo. Después de ser traicionado por uno de Sus
apóstoles, El fue arrestado. Aunque de hecho no lo arrestaron, sino que El mismo se
entregó a los que vinieron a prenderle. El Señor Jesús pudo haberle pedido al Padre que
le enviara doce legiones de ángeles para que lo rescataran, pero no lo hizo (Mt. 26:53).
Después de Su arresto, fue probado ante el sumo sacerdote, ante Pilato y ante Herodes.
Luego, fue clavado en la cruz y permaneció allí durante seis horas, de las nueve de la
mañana a las tres de la tarde. ¡Cuánta gracia se requirió para que se llevara a cabo todo
esto! En la cruz, el Señor Jesús murió por nuestros pecados. Luego, fue sepultado,
resucitó y ascendió a los cielos para recibir el arrepentimiento y el perdón (Hch. 5:31).
Debido a las riquezas de la gracia de Dios, nosotros podemos arrepentirnos y recibir el
perdón de pecados. No piense que su arrepentimiento se originó en usted mismo; no fue
así, sino que Dios el Padre le dio el arrepentimiento al Hijo, el Redentor, y El se lo
concedió a usted mediante el Espíritu. Junto con el arrepentimiento, recibimos el
perdón. Todo esto sucedió según las riquezas de la gracia de Dios. ¡Cuán ilimitada e
inmensurable es Su gracia!

A. La abundante gracia de Dios efectuó


la redención por nosotros y nos aplicó el perdón

La abundante gracia de Dios efectuó la redención por nosotros y nos aplicó el perdón. La
encarnación, crucifixión y resurrección de Cristo hizo posible que se efectuara la
redención. Habiendo ascendido a los cielos y recibido el arrepentimiento y el perdón,
Cristo ahora nos aplica dicho perdón a nosotros. Esto corresponde con las riquezas de la
gracia de Dios.

B. La redención y el perdón se llevan


a cabo conforme a la justicia de Dios,
pero son efectuados y aplicados
mediante Su abundante gracia

Tanto la redención como el perdón concuerdan con la justicia de Dios, pero son
efectuados y aplicados mediante Su abundante gracia. Esto significa que la justicia de
Dios, la cual alude a la manera en que El actúa, y Su gracia, la cual es el propio Dios
quien se imparte a Sus escogidos, se ejercieron a lo sumo.

VI. LA GRACIA DE DIOS ES HECHA


SOBREABUNDAR PARA CON NOSOTROS

Efesios 1:8 dice que la gracia de Dios fue hecha sobreabundar para con nosotros. La
gracia de Dios no sólo es rica, sino también sobreabundante. Muchos cristianos saben
acerca de la gracia sublime de Dios, mas no de Su gracia sobreabundante. Se requiere
revelación para conocer la gracia sobreabundante de Dios. Su gracia sobreabundante
nos ha hecho herencia para Dios (v. 11) y nos ha capacitado para heredar todo lo que
Dios es (v. 14). En otras palabras, esta gracia sobreabundante, por un lado, nos hace la
herencia de Dios, y por otro, hace de Dios nuestra herencia. Esto es mucho más grande
que el hecho de que los pecadores sean salvos y vayan al cielo. Este concepto, es decir, el
de ser salvos para ir al cielo, es un concepto natural. Debemos ver la gracia
sobreabundante, la cual nos constituye herencia de Dios y nos hace aptos para heredar
todo lo que El es.

VII. EN TODA SABIDURIA Y PRUDENCIA

El versículo 8 declara que Dios hizo sobreabundar las riquezas de Su gracia para con
nosotros, en toda sabiduría y prudencia. La sabiduría está en Dios y con ella El planea y
se propone una voluntad con respecto a nosotros; la prudencia es la aplicación de la
sabiduría de Dios. Primero, Dios, en Su sabiduría, planeó y propuso, y luego aplicó con
prudencia lo que había planeado y propuesto para nosotros. La sabiduría estaba
relacionada principalmente con el plan que Dios hizo en la eternidad, mientras que la
prudencia, tiene que ver mayormente con la ejecución de este plan en el tiempo. Lo que
Dios planeó en la eternidad con Su sabiduría, ahora lo pone en vigencia en el tiempo con
Su prudencia. En Su prudencia, El nos condujo a Sí mismo y nos trajo a Su recobro.
Ahora, mediante el ejercicio de Su prudencia, nos aplica todo lo que planeó para
nosotros en la eternidad.

ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE SIETE

EL MISTERIO DE LA VOLUNTAD DE DIOS

Los versículos del 3 al 14 de Efesios 1 conforman una sola oración gramatical, por tanto,
no se debe aislar ningún versículo, cláusula ni frase de la misma. El versículo 5 declara
que Dios nos predestinó para filiación por medio de Jesucristo para Sí mismo según el
beneplácito de Su voluntad. La alabanza de la gloria de Su gracia, mencionada en el
versículo 6, es el resultado de la filiación del versículo 5. La filiación está totalmente
ligada a la gracia. La gracia de Dios nos hace Sus hijos. El Espíritu del Hijo, la vida del
Hijo, la posición del Hijo, la imagen del Hijo, la culminación de la filiación, la herencia
de todo lo que Dios es en la filiación, todos tienen que ver con la gracia. Ya hicimos
notar que la gracia es Dios mismo. Dios vino a realizar todo lo que se necesitaba para
hacernos Sus hijos, los que participan de la plena filiación. Con esta gracia Dios nos
agració en el Amado (v. 6).
El versículo 7 revela que la gracia de Dios efectuó la redención por nosotros y nos aplicó
el perdón. El cumplimiento de la redención comenzó con la encarnación de Cristo y
continuó a través de Su ascensión. Cuando El ascendió a los cielos, la redención se
cumplió plenamente. En Su ascensión, Dios le otorgó el arrepentimiento y el perdón
para que fueran derramados mediante la venida del Espíritu (Hch. 5:31). La venida del
Espíritu alude al descenso de Cristo. A partir del descenso de Cristo, el arrepentimiento
y el perdón fueron traídos a la tierra y derramados sobre los elegidos de Dios. Como
resultado, recibimos el arrepentimiento; el arrepentimiento fue derramado en nuestro
corazón. Después del arrepentimiento vino el perdón. El cumplimiento de la redención y
la aplicación del perdón hicieron posible que fuéramos regenerados y hechos hijos de
Dios. Todo esto se realizó según las riquezas de la gracia de Dios.

Otros aspectos de la gracia de Dios se revelan en el versículo 8, donde dice que Dios hizo
sobreabundar Su gracia para con nosotros en toda sabiduría y prudencia. Luego, el
versículo 9 dice: “Dándonos a conocer el misterio de Su voluntad, según Su beneplácito,
el cual se había propuesto en Sí mismo”. El versículo 10 trata de que en Cristo todas las
cosas sean reunidas bajo una cabeza; y el versículo 11, de que fuimos hechos herencia
“habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según
el consejo de Su voluntad”. La sobreabundante gracia de Dios nos hizo la herencia de
Dios, Su posesión. El versículo 14 indica que nosotros también tendremos una herencia.
Por la gracia de Dios fuimos hechos Su herencia, y por la misma gracia, El es hecho
nuestra herencia. ¡Cuán abundante es Su gracia! Los versículos del 3 al 14 están llenos
de buenas palabras que Dios ha expresado con respecto a nosotros. Estos versículos
también deben ser el contenido con el cual hablamos bien de El.

La expresión “para alabanza de Su gloria” se encuentra tres veces en este pasaje de la


Palabra, en los versículos 6, 12 y 14. Cada vez se usa para concluir las buenas palabras
con las que el Dios Triuno nos bendice. En el versículo 6 es la conclusión de la bendición
de Dios el Padre; en el versículo 12, de Dios el Hijo; y en el versículo 14, de Dios el
Espíritu. Las veces que se emplea esta expresión aluden a los Tres de la Deidad en el
contexto de cómo El habla bien de nosotros.

I. EL MISTERIO HABIA ESTADO


OCULTO DESDE LOS SIGLOS

En este mensaje llegamos al tema del misterio de la voluntad de Dios. La voluntad de


Dios tiene un misterio, el cual había estado escondido desde los siglos (3:5; Col. 1:26). El
universo es un misterio. ¿Por qué existe el cielo, y por qué existe la tierra? ¿Por qué hay
millones de cosas en el universo? ¿Por qué está el hombre en la tierra? Todas estas
preguntas son misterios, y han dado lugar a diversas filosofías. El misterio, el cual es la
voluntad de Dios, fue dado a conocer a la iglesia mediante los apóstoles. Una voluntad
es una intención, y la voluntad de Dios es Su intención. La intención de Dios está
íntimamente relacionado con el deseo de Su corazón. Así que, el misterio del universo
tiene que ver con la voluntad de Dios, la cual está ligada al deseo de Su corazón.
Necesitamos conocer el misterio, la voluntad de Dios y el deseo de Su corazón.

Algunos dirán que la voluntad de Dios es obtener la iglesia, y que la iglesia es el deseo de
Su corazón. Esto es correcto, pero debemos preguntarnos qué es la iglesia. Muchos
cristianos, incluyendo a maestros, no tienen un entendimiento claro acerca de la iglesia.
La iglesia no es simplemente un grupo de personas. Por nuestra propia cuenta, no
somos la iglesia; somos unos desdichados pecadores. La única manera de llegar a ser la
iglesia es que Dios en Su Hijo se forje en nuestro ser. La mayoría de los creyentes no ven
el asunto crucial y vital de que Dios en Su Hijo se forja en los que El eligió y redimió. Tal
vez saben algo acerca de la elección y la redención, que ellos son personas escogidas y
redimidas, pero no ven que el mismo Dios que los escogió y redimió desea, en la persona
del Hijo, forjarse en ellos. Ni la elección ni la redención es la meta; son simplemente
pasos que llevan a ella. La meta de Dios es forjarse a Sí mismo en nuestro ser.

Estoy consciente de que esto puede parecerle extraño a muchos. Por años estuve en
diversos ramas del cristianismo, tales como el cristianismo fundamental, Asambleas de
los Hermanos, los que siguen la línea de la vida interior, y el movimiento pentecostal.
Pero nunca se me dijo que en la persona del Hijo, Dios se forja en Sus redimidos. Este es
el misterio del universo.

El Nuevo Testamento afirma que Dios se forja en nuestro ser. El Padre, el Hijo y el
Espíritu están en nosotros (Ef. 4:6; 2 Co. 13:5; Jn. 14:17). Según 1 Juan, nosotros
estamos en Dios, y Dios está en nosotros (4:15). Además, nosotros permanecemos en El,
y El permanece en nosotros (Jn. 15:4). En Filipenses 1:21 el apóstol Pablo logró declarar:
“Para mí el vivir es Cristo”. En Gálatas 2:20 afirma que ya no vive él, sino que Cristo vive
en él. Todos estos versículos muestran que Dios, en el Hijo, se está forjando en nosotros.

El debido entendimiento de la iglesia revela también esta misma verdad. La Biblia dice
que la iglesia es el Cuerpo de Cristo. Sin embargo, algunos cristianos no toman esta
declaración como un hecho, como una realidad, sino simplemente como una
representación. ¡Esto es terrible! La iglesia es el Cuerpo de Cristo, y su Cabeza es el
propio Cristo (Col. 1:18). Además, 1 Corintios 12:12 revela que el Cuerpo es Cristo. Así
que, Cristo no sólo es la Cabeza, sino también el Cuerpo, lo cual indica que Dios se forja
en nosotros, los miembros del Cuerpo. Esto también se ve en el ejemplo de la vid en
Juan 15. En Juan 15:5 el Señor Jesús dijo: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos”. ¿No
está la vid en los pámpanos? ¡Por supuesto que sí! Por eso dijo el Señor: “Permaneced
en Mí, y Yo en vosotros” (Jn. 15:4). Todo lo que la vid es, está en los pámpanos.
Nosotros, como pámpanos de la vid y miembros del Cuerpo de Cristo, contenemos todo
lo que Cristo es. Esto significa que hemos sido hechos partes de El. ¿Acaso los pámpanos
de la vid no son parte de la vid? Claro que lo son. Por tanto, debemos atrevernos a
declarar: “Yo soy parte de Cristo”. Ya que los creyentes son partes de Cristo, Pablo pudo
afirmar que para él el vivir era Cristo.

El misterio del universo es la iglesia, y ella se compone de personas en quienes Dios se


forja. Un día, la iglesia será totalmente saturada de Dios y en su consumación llegará a
ser la santa ciudad, la Nueva Jerusalén. La iglesia no sólo será saturada de Dios, sino
que también se mezclará con El. Esto no significa, sin embargo, que llegaremos a ser la
Deidad. No, esto no es ni lo que decimos ni lo que queremos decir. No obstante, como
personas que están siendo saturadas de Dios y mezcladas con El, seremos la misma
expresión de Dios. La Nueva Jerusalén será la manifestación corporativa de Dios. Como
ya hemos mencionado en varias ocasiones, tanto el Dios que está en el trono (Ap. 4:3)
como la Nueva Jerusalén (Ap. 21:11) tienen la apariencia de jaspe. Esto significa que
toda la ciudad tiene la apariencia de Dios y es la expresión de Dios. Este es el misterio
del universo.

¡Qué liberación les traería a los cristianos si pudieran ver esto! Muchos sólo saben que
son salvos, regenerados, que son hijos de Dios y que un día irán al cielo. Pero el
concepto de ser salvos con el simple fin de ir al cielo es muy inferior al misterio de la
voluntad de Dios. El misterio de la voluntad de Dios consiste en tener una iglesia
compuesta de aquellos que han sido saturados y mezclados con Dios.

Al escuchar algunos de ustedes esta definición de la iglesia, tal vez dirán: “He estado en
la iglesia por muchos años, pero jamás he visto una iglesia que concuerde con esta
descripción”. Esto se debe a que aún estamos siendo “cocinados” en la “cocina” de la
desordenada vida de iglesia. Durante este proceso de “cocimiento”, debemos ser
pacientes. De hecho, el “cocimiento” mismo es la gracia sobreabundante.

Muchos han venido a mí entristecidos por la condición de su iglesia local, y me han


dicho que ya no pueden tolerarla. Pero aunque sintamos que ya no podemos sufrirla,
tenemos que sobrellevarla. Esta situación es el “cocimiento”, el “hornear” de la vida de
iglesia. La vida de iglesia hoy es un horno donde somos cocinados. No se desanimen por
la situación actual, y no vean la iglesia sólo desde el ángulo de los problemas. Todos los
que estamos en la iglesia tenemos una porción de Cristo, pues El se ha forjado en
nosotros. Nos sintamos contentos o no, tengo la certeza de que una porción de Cristo se
ha forjado en usted desde que llegó a la vida de iglesia. Haga lo que haga, esa porción
permanece en usted porque se ha forjado en usted. Me consuela ver la porción de Cristo
que se ha forjado en todos los santos. Me regocijo ver que los santos tienen más de
Cristo hoy que lo que tenían algunos años atrás. Aunque no siempre estemos contentos
con la vida de iglesia, Cristo se sigue forjando en nosotros. ¡Qué misterio!

El misterio del universo consiste en que Dios se forje en nosotros. Todas las cosas
cooperan para este propósito (Ro. 8:28); todo contribuye a esta meta, a que Dios se forje
en nuestro ser. Esto es muy diferente a tener simplemente una vida feliz. Tal vez usted
se sienta muy feliz hoy, pero mañana no. Tal vez se sienta feliz en una reunión, pero
cuando vuelve a casa, su cónyuge le hace pasar un mal rato. El misterio de la voluntad
de Dios no consiste en hacer de nosotros personas plenamente felices. Hoy no es el
tiempo de ser plenamente feliz, porque todavía no ha llegado el debido momento.
Puesto que muchos carecen de una visión o revelación adecuada, no saben lo que en
realidad está ocurriendo en la vida de iglesia. Piensan que estamos aquí simplemente
para pasar un buen rato, pero esto no es el misterio de la voluntad de Dios. Dicho
misterio es que Dios se imparte continuamente en nosotros a fin de producir la iglesia
para Sí mismo. Este es el misterio que había estado escondido desde los siglos.

II. LA VOLUNTAD DE DIOS ES SU INTENCION DE OBTENER LO QUE EL


DESEA PARA SI MISMO

La voluntad de Dios es Su intención de llevar a cabo lo que se propuso en la eternidad


pasada y lo que desea para Sí mismo en la eternidad futura. El se propuso y desea tener
la iglesia. Esta es Su voluntad y Su intención.

III. EL MISTERIO DE LA VOLUNTAD DE DIOS


NOS FUE DADO A CONOCER POR REVELACION

Efesios 1:9 dice que Dios nos dio a conocer el misterio de Su voluntad. Darnos a conocer
el misterio de Su voluntad es un aspecto de la sabiduría y prudencia de Dios. En la
eternidad, Dios planeó una voluntad, y esa voluntad había estado escondida en El; así
que, era un misterio. En Su sabiduría y prudencia nos dio a conocer este misterio
escondido por medio de Su revelación en Cristo, es decir, por medio de la encarnación,
crucifixión, resurrección y ascensión de Cristo. Fue un beneplácito para Dios revelarnos
el misterio de Su voluntad.

IV. SEGUN EL BENEPLACITO DE DIOS

El beneplácito de Dios es el deseo de Su corazón, a saber, obtener la iglesia; y revelar Su


voluntad escondida concuerda con el deseo de Su corazón, lo cual concuerda con Su
beneplácito.
V. DIOS SE PROPUSO SU BENEPLACITO

A. En Sí mismo

Dios se propuso Su beneplácito en Sí mismo. Esto quiere decir que El es la iniciación, el


origen y la esfera de Su propósito eterno. Dios tiene un plan, un deseo, y conforme a Su
plan, tiene un propósito. El universo existe en conformidad con el propósito de Dios.
Los cielos, la tierra, los millones de cosas en el universo y el linaje humano concuerdan
con el deseo propuesto por Dios. Un día, todas estas cosas propiciarán el cumplimiento
del deseo de Dios. En el universo hay un solo deseo, el deseo de Dios. Puesto que Dios se
propuso este deseo, nada ni nadie puede derrocarlo. Todo lo que ocurre en la tierra
contribuye a este propósito. Nosotros, los hijos de Dios, en quienes sobreabunda Su
gracia, somos el centro de Su propósito, y todas las cosas cooperan para nuestro bien.
Dios se propuso este deseo en Sí mismo. El no tomó consejo de nadie al respecto.

B. Para una administración

El beneplácito de Dios es lo que El se propuso en Sí mismo para una administración (v.


10). Al final, todo el universo será regido por una sola administración. La palabra griega
traducida “administración” es oikonomía, de la cual se deriva la palabra “economía”.
Dios se propuso tener una economía. Todos los reinos del universo —el angelical, el
reino demoniaco, el reino humano, el reino animal y el reino vegetal— existen por causa
de esta economía, de esta administración, y se van encaminado hacia ella. Por ejemplo,
la actual situación del mundo, cuyo centro es el Medio Oriente, concuerda con la Biblia.
Desde que se volvió a formar la nación de Israel en 1948, y especialmente desde que le
fue devuelta la ciudad de Jerusalén en 1967, el Medio Oriente se ha convertido en el
centro de las relaciones internacionales. Esto concuerda totalmente con la Biblia y es
una señal de que el universo se va encaminando hacia la administración de Dios. Esta
administración es lo que Dios planeó y se propuso conforme a Su deseo. Todos los
reinos estarán bajo esta administración, la cual consiste en reunir todas las cosas bajo
una cabeza en Cristo.

Actualmente el universo está en caos; en vez de estar reunido bajo una cabeza, se ha
convertido en una montaña de escombros. Dicho caos se produjo por medio de dos
rebeliones, la de Satanás y la de Adán. Antes de crear al linaje humano, Dios hizo a un
arcángel, quien más tarde llegó a ser Satanás, la cabeza de todas las criaturas. Pero ese
arcángel se rebeló contra Dios. Dios entonces creó el linaje humano y puso a Adán por
cabeza de todo lo creado. Según Génesis 1, Dios le dio a Adán autoridad sobre toda la
creación, lo cual indica que Adán era la cabeza. Sin embargo, Adán fue seducido a
revelarse contra Dios. Así que, mediante la rebelión angelical y la humana, el universo
cayó en un caos y quedó reducido a un monte de escombros. A esto se debe que la
sociedad humana y la creación misma se hallen en tal desorden. Vemos la rebelión por
todas partes; aun los mosquitos se rebelan contra el hombre. Esto muestra que el
universo está lleno de luchas provocadas por la rebelión. No obstante, Dios se ha
propuesto establecer Su administración para someter todas las cosas a Cristo.

Ahora debemos preguntarnos lo siguiente: ¿Sostiene el cuerpo a la cabeza o la cabeza al


cuerpo? La respuesta es que la cabeza sostiene al cuerpo. Esto lo comprueba el hecho de
que si se decapita a una persona, el cuerpo se desploma. Por consiguiente, el cuerpo es
sostenido por la cabeza. Del mismo modo, la vida de iglesia es una vida en la que nos
sometemos a la Cabeza. Si de verdad queremos tener una iglesia gloriosa, debemos estar
dispuestos a someternos. En todo lo que nos rodea, en la escuela, en el trabajo y en el
gobierno, no vemos otra cosa que un desplome; nada está en orden. En cambio, en la
vida de iglesia adecuada estamos en el proceso de ser sometidos a la Cabeza, lo cual
sirve de preludio para que Dios someta todas las cosas. Bajo Cristo y mediante la iglesia,
Dios someterá todas las cosas del universo. En esto consiste el misterio de la voluntad de
Dios. Finalmente, el misterio de la voluntad de Dios en el universo es hacer que en
Cristo todas las cosas sean reunidas bajo una cabeza.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE OCHO

HACER QUE EN CRISTO SEAN REUNIDAS


BAJO UNA CABEZA TODAS LAS COSAS

(1)

En este mensaje abordaremos el tema de que en Cristo sean reunidas bajo una cabeza
todas las cosas. Para muchos de nosotros esto tal vez sea un pensamiento totalmente
nuevo. Efesios 1:10 dice: “Para la economía de la plenitud de los tiempos, de hacer que
en Cristo sean reunidas bajo una cabeza todas las cosas, así las que están en los cielos,
como las que están en la tierra”. Algunas versiones traducen parte de este versículo de la
siguiente manera: “De reunir todas las cosas en Cristo”. Esta traducción es deficiente.
En griego, la palabra que se traduce: “hacer que ... sean reunidas bajo una cabeza” es la
forma verbal del sustantivo “cabeza”. La traducción correcta de esta frase es: “Hacer que
en Cristo sean reunidas bajo una cabeza todas las cosas”.

LA GRACIA SOBREABUNDANTE DE DIOS OPERA


PARA HACER QUE EN CRISTO SEAN REUNIDAS
BAJO UNA CABEZA TODAS LAS COSAS

No debemos aislar los versículos 9 y 10 de los versículos precedentes, pues los versículos
del 3 al 14 son en realidad una larga frase. Puesto que los versículos 9 y 10 no contienen
oraciones desligadas, debemos referirnos a los versículos 7 y 8, que hablan de las
riquezas de la gracia de Dios y de la gracia que El hizo sobreabundar para con nosotros
en toda sabiduría y prudencia. Si leemos estos cuatro versículos juntos, veremos que
todo lo que contienen está relacionado a la gracia sobreabundante. La gracia
sobreabundante hace tanto por nosotros. Por ejemplo, ella nos constituye la herencia de
Dios y hace que El sea nuestra herencia. En una familia, los hijos son la herencia del
padre. Un hombre puede ser muy rico, pero si no tiene hijos, en realidad es pobre, y
posiblemente tenga la sensación de no tener nada. Esto indica que los hijos son la
herencia del padre. Según la Biblia, cuantos más hijos tenemos, más ricos somos. Nada
se puede comparar con ellos. Como hijos de Dios, somos Su herencia. La gracia
sobreabundante nos hace hijos de Dios y herencia Suya. También hace que Dios sea
nuestra herencia. En una familia, no sólo los hijos son herencia del padre, sino que
también el padre es la herencia de los hijos. Muchos hijos pueden testificar que
preferirían perder cualquier cosa antes que perder a su padre. El padre viviente es la
mejor herencia. Estamos en el proceso de llegar a ser la herencia de Dios, y El está en el
proceso de llegar a ser nuestra herencia. Esto lo hace posible la sobreabundante gracia
de Dios.

La cuestión de la herencia mutua, sin embargo, no es el fin, pues como lo indican los
versículos 9 y 10, la gracia sobreabundante logrará que en Cristo sean reunidas bajo una
cabeza todas las cosas. Por medio de la gracia sobreabundante, se llevan a cabo ciertas
cosas en el universo con miras a que Cristo sea la Cabeza sobre todas las cosas. Es
necesario que veamos cómo la gracia sobreabundante lleva a cabo esto.

Antes de examinar esto, debemos decir algo acerca de los que estamos en la iglesia en el
recobro del Señor. Aunque somos pocos, somos las personas más importantes de la
tierra, más importantes que los líderes del gobierno, los líderes del ejército y los líderes
de la industria. Sin embargo, los cristianos en su mayoría no han tenido la visión de que
la gracia que efectuó la redención, que aplicó el perdón, que nos regeneró y que ahora
opera en nosotros para hacernos herencia de Dios y a El herencia nuestra, también
opera para reunir bajo una cabeza todas las cosas en Cristo. Los predicadores y los
maestros cristianos no hablan de esto, y los libros cristianos no lo mencionan. No tratan
el punto crucial de que la gracia sobreabundante opera en los miembros de la iglesia
para hacer que en Cristo sean reunidas bajo una cabeza todas las cosas.

EL RESULTADO DE MUCHAS COSAS

Hemos visto, en el versículo 10, el hecho de que en Cristo sean reunidas bajo una cabeza
todas las cosas. Pero este versículo no está desligado de los demás; es la continuación de
los versículos del 3 al 9. Esto indica que el hecho de que Cristo sea la Cabeza sobre todas
las cosas es el resultado de todo lo abarcado en los versículos del 3 al 9, a saber: la
elección, la predestinación, la alabanza de la gloria de la gracia de Dios, el ser agraciados
en el Amado, el tener la redención y el perdón, y el hecho de que la gracia de Dios
sobreabunde para con nosotros en toda sabiduría y prudencia. El versículo 9 habla del
misterio de la voluntad de Dios según el beneplácito que El se había propuesto en Sí
mismo. Luego tenemos el versículo 10, que habla de que todo ha de ser reunido bajo una
cabeza en Cristo. La frase “hacer que sean reunidas bajo una cabeza” del versículo 10
está relacionada con todo lo mencionado en los versículos precedentes. Esto significa
que Dios nos escogió, nos predestinó para filiación, efectuó la redención por nosotros
por medio de la sangre de Cristo, nos agració e hizo sobreabundar Su gracia para con
nosotros en toda sabiduría y prudencia, con el fin de hacer que en Cristo sean reunidas
bajo una cabeza todas las cosas. El hecho de que Cristo sea la Cabeza sobre todas las
cosas es el resultado de todo lo anterior.
LA META CONSUMADA

Muchos cristianos nunca se han dado cuenta de que Dios nos escogió, nos predestinó,
nos redimió, nos perdonó y nos agració con el propósito de que en Cristo todo sea
reunido bajo una cabeza. ¿Se había dado cuenta que usted fue escogido y predestinado
para que Dios pueda hacer que Cristo sea la Cabeza sobre todas las cosas? ¿Había
considerado que Dios lo redimió y perdonó sus pecados con el fin de que todo sea
reunido bajo una cabeza? Los cristianos tal vez sepan mucho acerca de la elección y la
predestinación, pero probablemente no saben que la meta de esto es que en Cristo todo
sea reunido bajo una cabeza. Quizá ni nosotros mismos veamos esto claramente.
Estamos acostumbrados a decir que la meta de Dios no es ni la santidad ni la
espiritualidad, sino la iglesia. Sin embargo, la meta consumada no es la iglesia, sino
reunir todas las cosas en Cristo, la Cabeza. Sí, la iglesia es la meta de Dios, pero no la
meta consumada, la meta en su última etapa. La iglesia es la meta en la etapa inicial. La
meta consumada es que Cristo sea Cabeza sobre todas las cosas. Este concepto se halla
únicamente en Efesios 1:10; no se halla en ningún otro versículo de la Biblia.

Dios hizo a Cristo Cabeza sobre todas las cosas (v. 22). Por todas las diferentes
dispensaciones de Dios en todas las edades, todas las cosas serán sometidas a Su
autoridad como Cabeza en el cielo nuevo y la tierra nueva. Eso será la administración y
economía eterna de Dios.

LA IGLESIA PARTICIPA EN LA AUTORIDAD DE CRISTO

Para hacer que en Cristo sean reunidas bajo una cabeza todas las cosas, Dios
primeramente reúne en Cristo a Sus escogidos. Por tanto, la vida de iglesia es una vida
en la cual tomamos a Cristo por Cabeza. Efesios 1:22-23 dice: “Y sometió todas las cosas
bajo Sus pies, y lo dio por Cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es Su Cuerpo,
la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo”. El versículo 22 dice que Dios dio a Cristo
por Cabeza sobre todas las cosas. Esto indica que El no es únicamente la Cabeza de la
iglesia, sino también de todo lo demás. Dios dio a Cristo por Cabeza sobre todas las
cosas a la iglesia. La preposición “a” denota una trasmisión. Esto indica que la autoridad
de Cristo la Cabeza es trasmitida a la iglesia, o sea, que en cierto sentido podemos
participar de la autoridad que Cristo ejerce sobre todas las cosas. Aunque no somos la
cabeza, podemos participar de Su autoridad. Dicho de otro modo, aunque no somos el
rey, podemos participar del reinado.

La iglesia tiene parte en la autoridad de Cristo porque la iglesia es el Cuerpo de Cristo. El


Rey no sólo es la Cabeza, sino también la Cabeza y el Cuerpo. Cristo no es la Cabeza
únicamente, sino también el Cuerpo (1 Co. 12:12). Puesto que la iglesia es el Cuerpo, y
Cristo es tanto la Cabeza como el Cuerpo, podemos decir que en cierto sentido, nosotros,
por ser Su Cuerpo, somos también Cristo. Aunque no somos la Cabeza, podemos
participar de la autoridad de Cristo. Somos el Cuerpo de la Cabeza, y la Cabeza es cabeza
sobre todas las cosas. Nosotros no sólo tenemos autoridad sobre los insectos, los gatos y
los perros, sino también sobre presidentes, reyes, generales y líderes industriales;
estamos por encima de todos ellos. ¿Está por encima de nosotros el Presidente de los
Estados Unidos, o nosotros por encima de él? En realidad, nosotros estamos sobre él. Al
decir esto, de ninguna manera estoy fomentando una insurrección; simplemente estoy
declarando el hecho espiritual de que nosotros, los miembros del Cuerpo de Cristo,
estamos por encima de todas las cosas. Lo único que está sobre la iglesia es el propio
Cristo; nosotros estamos por encima de todo lo demás porque somos el Cuerpo de Aquel
que está por encima de todas las cosas. ¿Tiene la confianza de decir que usted está por
encima del presidente de los Estados Unidos y de la reina de Inglaterra? Probablemente
no la tenga. Pero yo puedo decir con honestidad que si estuviera en la presencia del
presidente de los Estados Unidos, tendría la sensación de que estoy por encima de él.
Esto no lo digo para vanagloriarme; simplemente estoy consciente del hecho espiritual.

UNA MONTAÑA DE ESCOMBROS

La razón por la cual usted no se atreve a declarar su posición quizás se deba a que usted
mismo no se ha sometido a la autoridad de Cristo. Tal vez sea salvo y esté en la iglesia,
pero todavía no toma a Cristo por cabeza. Es posible que aún se halle en la montaña de
escombros del universo, es decir, en el desplome universal provocado por la rebelión.
Debido a las dos rebeliones, la de los ángeles y la de los hombres, todo el universo está
en estado de desplome. A los ojos de Dios no existe orden en la tierra; lo que hay es una
montaña de escombros provocada por un desplome universal. Supongamos que un
edificio grande se derrumba repentinamente y se convierte en una montaña de
escombros. En este montón unas cosas están sobre otras. Del mismo modo, en el
desplome provocado por la rebelión, ciertas personas, tales como el presidente o los
jefes de estado, están por encima de otras. En el desplome, el presidente de los Estados
Unidos, por supuesto, ocupa una posición más alta que nosotros. Con todo, todos los
líderes mundiales permanecen en este estado de derrumbamiento.

Puedo testificar que por la gracia del Señor yo ya no estoy entre los escombros; ya fui
rescatado. Ser rescatado de los escombros equivale a ser sometido a la autoridad de
Cristo la Cabeza. ¡Aleluya, estoy bajo Su autoridad! Por haberme sometido a la Cabeza,
he sido sacado de la montaña de escombros provocada por el desplome universal. Por
tanto, ahora ocupo una posición superior a los que todavía están ahí. ¿Se ha sometido
usted a la autoridad de Cristo la Cabeza? ¿Ha sido rescatado de los escombros de la
rebelión? Todos necesitamos ser liberados de la montaña de escombros y tomar a Cristo
por Cabeza.

Todo el universo es una montaña de escombros provocada por la rebelión. Dios creó el
universo en perfecto orden, pero un arcángel, el cual era la cabeza durante la edad antes
de la de Adán, se rebeló y vino a ser Satanás (véase Isaías 14). La rebelión de Satanás
provocó el primer desplome en el universal. En Génesis 1, Dios intervino para restaurar
la creación que había sido arruinada a raíz de dicha rebelión. En realidad, el capítulo
uno de Génesis no es principalmente una crónica de la creación, sino de la restauración.
En el universo restaurado, Dios creó al hombre y lo puso por cabeza de la creación. Pero
este hombre, Adán, cayó. Esta fue la segunda rebelión, la cual provocó un segundo
desplome. Como resultado de estas dos rebeliones, todo el universo se convirtió en una
montaña de escombros. Como dije anteriormente, en este montón, aunque algunas
personas están por encima de otras, todas están en un estado de desplome.

LA INTENCION ETERNA DE DIOS

La intención eterna de Dios es hacer que en Cristo, quien fue designada la Cabeza
universal, sean reunidas todas las cosas. El primer paso que Dios da para llevar a cabo
esto es hacer que Sus elegidos sean reunidos en Cristo bajo una cabeza . Uno por uno,
Dios rescata a Su pueblo de entre la montaña de escombros provocada por el desplome
universal. No obstante, la mayoría de los cristianos no se dan cuenta de que esto es lo
que Dios está haciendo, y por ende, no oran por ello. Por el contrario, ellos tienen el
concepto natural de que el hombre cayó y necesita ser rescatado del infierno. Pero según
la Biblia, la salvación de Dios no consiste principalmente en salvarnos del infierno, sino
en rescatarnos de la montaña de escombros. Dios nos sacó del desplome universal y nos
puso bajo una sola Cabeza, Cristo. Debido a la rebelión de los ángeles y del hombre,
ningún ser creado está sometido a la autoridad. Simplemente no hay orden en el
universo. No obstante, Efesios 1:10 afirma que en Cristo todas las cosas serán reunidas
bajo una cabeza. A la mayoría de los mandatarios no le importa Cristo, ni están sujetos a
Su autoridad. Ante esta situación, ¿cómo puede ser Cristo la Cabeza sobre todas las
cosas? Dios sigue operando para lograr este propósito. El labora para hacer que todas
las cosas que se hallan en el desplome universal, sean sometidas de nuevo a la autoridad
de la Cabeza, Cristo.

LA IGLESIA ES LA PRIMERA
EN TOMAR A CRISTO POR CABEZA

Ya vimos que el primer paso consiste en que Dios saque a Sus escogidos, a Sus hijos, del
desplome universal y que los ponga bajo la autoridad de Cristo. Bajo la autoridad de la
Cabeza, estamos fuera de la montaña de escombros provocada por el desplome
universal y estamos por encima de todo. Por tanto, la vida de iglesia tiene que ser una
vida en la cual tomamos a Cristo por Cabeza. En la vida de iglesia son los elegidos de
Dios, y no los líderes mundiales, los incrédulos ni los animales, que toman a Cristo por
Cabeza . Dios reúne bajo una cabeza a Sus elegidos para que sean el Cuerpo de Cristo,
cuya Cabeza es Cristo mismo. Un día, este Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo, llegará a ser la
Cabeza universal de todas las cosas. Hoy, los que estamos en la iglesia somos los
primeros en tomar a Cristo por Cabeza. Si en la vida de iglesia no estamos dispuestos a
someternos a El, postergaremos el sometimiento de las demás cosas. De hecho, Dios no
podrá hacer que en Cristo sean reunidas bajo una cabeza todas las cosas, si nosotros, los
escogidos, no estamos dispuestos a someternos a Su autoridad. Pero si estamos
dispuestos a hacer esto, Dios dirá con gozo: “Estos son los pioneros, los primeros en
tomar a Cristo por Cabeza. Ellos preparan el camino para que Yo pueda hacer que en
Cristo sean reunidas bajo una cabeza todas las cosas”. Cuando la iglesia toma la
iniciativa y se sujeta a la autoridad de Cristo, Dios puede hacer que todas las demás
cosas sean reunidas bajo una cabeza.

LA RESTAURACION DE TODAS LAS COSAS

Hemos visto que a causa de las dos rebeliones, toda la creación se convirtió en una
montaña de escombros. Todo carece del orden apropiado. Por ejemplo, en el reino
animal no hay orden; los animales se pelean entre sí. En el reino vegetal no hay
armonía. Y lo mismo es cierto de la vida humana: nación pelea contra nación, pueblo
contra pueblo y raza contra raza. Con todo, la Biblia revela claramente que cuando
venga el milenio, las naciones dejarán de pelear. En la actualidad se llevan a cabo
muchas negociaciones en cuanto al control de armamento, pero en el milenio no habrá
armas. Isaías 2:4, refiriéndose al milenio, dice: “Y forjarán sus espadas en rejas de
arado, y sus lanzas en podaderas; no alzará espada nación contra nación, ni se
adiestrarán más para la guerra”. En cuanto a la situación que prevalecerá en el reino
animal durante el milenio, Isaías 11:6 declara: “Morará el lobo con el cordero, y el
leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán
juntos”. Esto indica que todos los animales estarán bajo autoridad y vivirán juntos en
paz. Además, Isaías 55:12 dice: “Todos los árboles del campo darán palmadas de
aplauso”. Ellos cantarán alabanzas a Dios juntos y en armonía. Salmos 96:12-13 declara:
“Regocíjese el campo, y todo lo que en él está; entonces todos los árboles del bosque
cantarán con gozo delante de Jehová”. Esto es una descripción de la situación que
existirá cuando en Cristo sean reunidas bajo una cabeza todas las cosas. Cuando esto
ocurra, habrá paz y harmonía en el reino humano, el reino animal y el reino vegetal,
pues todas las cosas habrán sido plenamente rescatadas de la montaña de escombros
provocada por el desplome universal. A este rescate se le llama “la restauración de todas
las cosas” (Hch. 3:21). Esta restauración comienza cuando nosotros tomamos a Cristo
por Cabeza en la vida de iglesia.

LA LLAMADA IGLESIA
ES UNA MONTAÑA DE ESCOMBROS

Sin embargo, ni aun en la llamada iglesia hay orden. No sólo el universo y la sociedad
humana están en un estado de desplome, sino que también la llamada iglesia se halla en
la misma condición. Por la gracia de Dios, todos debemos decir: “Señor, queremos ser
los primeros en tomar a Cristo por Cabeza. Señor, condúcenos a tomar a Cristo por
Cabeza. No queremos permanecer en el desplome. Queremos someternos a Ti y así ser
rescatados del desplome”. Después de que hayamos salido del desplome, estaremos por
encima de todo. Hasta que esto suceda, no tendremos la confianza de afirmar que
estamos por encima del presidente. Si no nos sometemos a Cristo, aunque seamos
salvos, permaneceremos en la montaña de escombros. ¡Que el Señor abra nuestros ojos
para que veamos la revelación contenida en el libro de Efesios!

Muchos cristianos hablan de la iglesia, pero en su conversación la palabra “iglesia” ha


perdido su significado. Sin embargo, en el libro de Efesios, la iglesia reviste mucha
importancia. Pero si no sabemos lo que es someternos a la autoridad de Cristo, la
Cabeza, no podremos saber qué es la iglesia. La iglesia no es un montón de personas
caídas que permanecen todavía en el desplome. La iglesia se compone de los elegidos de
Dios que se han sometido a la autoridad de Cristo, la Cabeza. En contraste con la iglesia
auténtica, el cristianismo actual es una montaña de escombros. No importa a dónde uno
vaya en el cristianismo, lo único que se ve es pila tras pila de escombros. La razón por la
que se ven tantas pilas de escombros en las denominaciones o en los grupos libres
cristianos es que, al igual que en la sociedad, no hay orden. Pero en la vida de iglesia
apropiada estamos siendo reunidos bajo una cabeza en Cristo.

DEPENDE DE QUE CREZCAMOS EN VIDA

Es importante que veamos que la experiencia de ser reunidos bajo una cabeza en Cristo,
lo cual se tiene en la iglesia, depende de que crezcamos en la vida divina. Si intentamos
tomar a Cristo por Cabeza sin haber crecido en vida, nos convertiremos en una
organización. Establecer el orden en la iglesia sin crecer en vida simplemente equivale a
formar una organización. La experiencia de estar bajo Cristo, la Cabeza, depende del
crecimiento en vida. Cuanto más crezcamos en vida, más vida tendremos, más nos
someteremos a la autoridad de la Cabeza y más librados estaremos de la montaña de
escombros provocada por el desplome universal. Ni la mano humana ni la organización
humana puede lograr esto. Ningún esfuerzo humano puede contribuir al
establecimiento del orden en la vida de iglesia. Yo no puedo ayudarle a usted, ni usted
me puede ayudar a mí. Lo único que puede lograrlo es el crecimiento en vida. ¡Cuánto
necesitamos crecer y ayudar a otros a crecer! Debemos ministrarnos mutuamente la
vida para ayudarnos unos a otros a crecer. El establecimiento del orden en la vida de
iglesia depende exclusivamente del crecimiento en vida.

Quisiera dejar en ustedes la impresión profunda de que todo el universo está en un


estado de desplome. Nosotros fuimos salvos no sólo de nuestra condición caída y
pecaminosa, sino también de la montaña de escombros. Ahora, para ser rescatados de
ese montón de manera práctica, necesitamos crecer en vida. Cuanto más crecemos, más
salimos del desplome.

POR MEDIO DE LA LUZ

En la vida de iglesia, el orden se establece también por medio de la luz (Ap. 21:23-25).
Esta luz, por supuesto, no es la luz del conocimiento, sino de la vida. Juan 1:4 dice: “En
El estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. Esta luz resplandece de la vida en
la cual crecemos. Cuando crecemos en vida, experimentamos la luz de la vida, y bajo
esta luz, todo se mantiene en orden. Pero si en lugar de vida y luz tenemos muerte y
tinieblas, todavía estamos en el desplome universal. Dondequiera que haya muerte y
tinieblas, allí habrá ruina. En la sociedad humana, incluyendo el cristianismo actual, no
hay nada sino muerte y tinieblas, y por tanto, una montaña de escombros. Pero debido a
que nosotros estamos llenos de vida y bajo la luz, no somos parte de eso. Puesto que
estamos en la vida divina y hacemos todas las cosas en la luz, no nos hallamos en la
montaña de escombros. Aunque el cristianismo actual es una montaña de escombros,
hundida en la muerte y las tinieblas, los que estamos en la vida de iglesia estamos en la
vida y bajo la luz. La vida y la luz hacen posible que tomemos a Cristo por Cabeza.

Ya vimos que la iglesia es la primera en tomar a Cristo por Cabeza. Al final, llegará el
milenio, y después, el cielo nuevo y la tierra nueva con la Nueva Jerusalén. En el cielo
nuevo y la tierra nueva, todas las cosas estarán reunidas bajo una cabeza en Cristo. En la
Nueva Jerusalén no habrá ni muerte ni noche; antes bien, todo estará lleno de vida y
bajo la luz. En la Nueva Jerusalén como centro, todas las cosas que existirán en el cielo
nuevo y la tierra estarán reunidas bajo una cabeza en Cristo. Entonces se cumplirá
plenamente Efesios 1:10. Allí nos daremos cuenta de que Cristo es la Cabeza sobre todas
las cosas dada a la iglesia, Su Cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.
Hoy, los que estamos en la vida de iglesia somos los primeros en tomar a Cristo por
Cabeza. Para esto, necesitamos crecer en vida y tener la luz de la vida.

ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE NUEVE

HACER QUE EN CRISTO SEAN REUNIDAS


BAJO UNA CABEZA TODAS LAS COSAS

(2)

En este mensaje seguiremos estudiando la manera en que todas las cosas son reunidas
en Cristo bajo una cabeza. Efesios 1:9 y 10 dice: “Dándonos a conocer el misterio de Su
voluntad, según Su beneplácito, el cual se había propuesto en Sí mismo, para la
economía de la plenitud de los tiempos, de hacer que en Cristo sean reunidas bajo una
cabeza todas las cosas, así las que están en los cielos como las que están en la tierra”. La
palabra griega traducida “para” al principio del versículo 10 también puede traducirse “a
fin de tener”. Así que, esa parte puede traducirse así: “Según Su beneplácito, el cual se
había propuesto en Sí mismo a fin de tener la economía de la plenitud de los tiempos”.

La economía que Dios se propuso en Sí mismo consiste en hacer que en la plenitud de


los tiempos todo tenga a Cristo por cabeza. La expresión “los tiempos” se refiere a las
edades. Cuando aparezcan el cielo nuevo y la tierra nueva después de que se hayan
cumplido todas las dispensaciones de Dios en todas las edades, eso será la plenitud de
los tiempos. La palabra traducida “economía” también se encuentra en 3:2 [como
“mayordomía”]: “Si es que habéis oído de la mayordomía de la gracia de Dios que me
fue dada para con vosotros”. La expresión “la mayordomía de la gracia de Dios” alude a
la administración de Su gracia.

EL PLAN ETERNO DE DIOS

Si queremos entender qué es la mayordomía de la gracia de Dios, debemos ver que en la


eternidad pasada Dios se propuso un plan. Según este plan, El creó el universo, que
incluye los cielos, la tierra y billones de cosas. Luego, Dios creó el linaje humano como
centro del universo, para que fuese un envase que contuviera a Dios para que lo
expresara. Estas palabras son breves pero abarcan toda la Biblia. El hombre no fue
creado como instrumento, sino como un envase que contuviera a Dios para que Dios se
expresara desde el interior del hombre. Este es el plan eterno de Dios, Su propósito
eterno.

SATANAS INTRODUCE LA MUERTE


EN LA CREACION DE DIOS

Dios, en Su sabiduría, permitió que un arcángel se rebelara contra El. Ninguna rebelión
podría suscitarse sin que Dios la permitiera. Ni siquiera la rebelión de los ángeles podría
efectuarse sin el permiso de Dios. Dios permitió que uno de Sus ángeles se levantara
contra El. Esto ocurrió conforme a la sabiduría de Dios. La rebelión de Satanás sirve
como un trasfondo oscuro de una pintura, el cual hace resaltar el objeto principal.

El libro de Génesis revela que Satanás vino y se inyectó en el hombre, quien era el centro
del universo. Cuando se inyectó en el hombre, Satanás llegó a ser muerte y tinieblas para
el hombre. Siempre que Satanás viene a nosotros o entra en nuestro hogar, él porta
consigo muerte y tinieblas, y como resultado, todo se viene abajo. Una persona llena de
vida puede mantenerse de pie; pero tan pronto se le inyecta el poder de la muerte, se
desploma. En lugar de permanecer levantado, se desploma. Como dijimos en el mensaje
anterior, todo el universo, incluyendo al hombre, es un montón de escombros, producto
de que Satanás, como elemento mortal, se inyectara en la creación de Dios. Satanás
introdujo la muerte en todo lo que Dios creó; toda la creación quedó infectada con el
elemento mortífero de Satanás. Por esta razón, Romanos 8:20 y 21 declara que la
creación fue sujetada a vanidad y está bajo la esclavitud de la corrupción.

Para inyectar una substancia en el cuerpo de una persona, no es necesario inyectarla en


cada parte. Basta con aplicar la inyección en cierto lugar y la substancia se disemina por
todo el cuerpo. Asimismo, Satanás se inyectó en el hombre, el centro del universo, y por
medio de él el veneno de Satanás se esparció por doquier. Así que, no sólo el hombre
está sujeto a la muerte, sino también todo lo que tiene vida. Cuando un ser viviente
muere, se desploma. El elemento mortal se extendió a cada parte de la creación de Dios,
y como resultado, la creación se desplomó y se convirtió en un montón de escombros.

El desplome del universo proporciona a Dios una excelente oportunidad de manifestar


Su sabiduría. Sin esa situación de muerte y desplome, la sabiduría de Dios no podría
manifestarse plenamente. Dios expresará Su multiforme sabiduría por medio de la
iglesia. El desplome provocado al inyectar Satanás el factor mortífero en el hombre sirve
como un trasfondo oscuro que hace que la sabiduría de Dios sea más gloriosa.

La manera en que Satanás opera consiste en adelantársele a Dios. Este es un principio


que vemos en la Biblia. Cada vez que Dios quiere hacer algo, Satanás actúa primero. Por
ejemplo, la Biblia revela que la intención de Dios es edificar una ciudad, la Nueva
Jerusalén. Sin embargo, la primera ciudad que se edificó fue una falsificación producida
por Satanás. Del mismo modo, la intención de Dios es impartirse en el hombre y forjarse
en él; pero antes de que Dios lo lograra, Su enemigo, Satanás, falsificó esta obra al
inyectarse en el hombre. Después de que Dios creó al hombre, lo puso frente al árbol de
la vida, lo cual indicaba que Dios deseaba que el hombre lo recibiera a El. Dios nunca
actúa apresuradamente; El siempre está dispuesto a esperar. Satanás, por el contrario,
siempre actúa apresuradamente. Debemos aprender de esto que todo lo que hacemos de
prisa probablemente no proviene de Dios, sino de Satanás. Antes de que Dios se
impartiera en el hombre, Satanás se inyectó en él, el centro de la creación, lo cual causó
que toda la creación se desplomara. Ahora, en vez de vida, hay muerte por doquier: en
las oficinas, en las fábricas, en los negocios, en las escuelas, y aun en las llamadas
iglesias. Debido a que la muerte se encuentra en todas partes, todo está desplomado.
Frente a este trasfondo Dios se forja en el hombre.

EL HOMBRE ES UN CAMPO DE BATALLA

Dios vino al hombre para forjarse en él, pero no en el hombre que El creó originalmente,
sino en el hombre en quien Satanás se había inyectado. Debido a que tanto Satanás
como Dios están en el hombre, éste se ha convertido en un campo de batalla entre Dios y
Satanás. Originalmente la lucha entre Dios y Satanás se libraba en el universo, pero
ahora está dentro del hombre. ¿Sabía que usted es un campo de batalla en el que
combaten Dios y Satanás? Como cristianos, se libra en nosotros una constante batalla.
El factor de la muerte pelea contra el factor de la vida, pero el factor de la vida derrota,
somete y absorbe el factor de la muerte.

El uso de antibióticos es un ejemplo de esto. Cuando el antibiótico entra en el cuerpo,


lucha contra los microbios. Jesucristo es el mejor antibiótico. Desde el día en que lo
recibimos, se libra constantemente una batalla dentro de nosotros. Día tras día, Cristo,
el antibiótico celestial, mata los microbios. Debido a que el veneno mortal se inyectó en
nosotros, nos desplomamos. Pero cuando Cristo entró en nosotros, trajo consigo el
factor de la vida, y poco a poco comenzamos a levantarnos, no por medio de enseñanzas,
sino por ingerir el factor de la vida. Cuanto más vida recibimos, más nos levantamos. No
obstante, es posible que después de recibir a Cristo, el enemigo inyecte de nuevo el
factor de muerte en nosotros y nos haga caer de nuevo. En esas ocasiones, necesitamos
recibir inyecciones adicionales del antibiótico celestial.

LEVANTARNOS Y ADHERIRNOS

Nos desplomamos a causa del factor de muerte, y nos levantamos por medio del factor
de vida. Cuando el factor de muerte provoca un colapso, todas las partes de nuestro ser
se desmembran. Podemos ver un ejemplo de esto en Ezequiel 37. Cuando los huesos se
volvieron muertos y secos, se separaron unos de otros. Pero cuando el aliento de vida
entró en ellos, se avivaron, se levantaron y se juntaron (Ez. 37:4-10). Este levantamiento
y esta unión restablece el orden. Antes, los huesos estaban amontonados, cada uno de
ellos estaba separado del cuerpo, pero cuando el aliento de vida entró en ellos, primero
se levantaron, luego se unieron, después vinieron a formar un cuerpo e incluso un
ejército. Este es el significado de tomar a Cristo por Cabeza.
No debemos tomar esto como una doctrina, sino verlo a la luz de nuestra experiencia.
Muchos de nosotros podemos testificar que antes estábamos separados y formábamos
parte del montón de escombros, producto del desplome del universo. Pero un día, el
factor de vida entró en nosotros, y nosotros nos levantamos y nos unimos. Después de
venir a la vida de iglesia, tuvimos la profunda sensación de que cada vez estábamos más
erguidos y más unidos. Esto es obra de Cristo la Cabeza. Sin embargo, en varias
ocasiones, el poder de la muerte ha entrado aun en la iglesia y ha inyectado en sus
miembros el factor de muerte. Cuando esto sucede, ciertos miembros son envenenados y
diseminan el veneno mortal a los demás. Una vez más estos queridos miembros se
desploman y abandonan la esfera de la autoridad de Cristo. Pero, ¡alabado sea el Señor!,
con el tiempo, el factor de vida regresa a ellos. Al infundírseles el aliento de vida y al
entrar en ellos el factor de vida, ellos se levantan, se unen y vuelven a someterse a Cristo
la Cabeza.

UNA MAYORDOMIA Y UN PLAN DOMESTICO

En el caso de Satanás, él no diseñó ninguna administración para inyectarse en nosotros,


pues lo hizo ilícitamente, y ninguna acción ilegal o rebelde requiere de administración.
Un gobierno legalmente constituido, por el contrario, tiene una administración. Satanás
se inyectó en el hombre sin administración alguno. Dios, en cambio, nos imparte Su ser
conforme a una administración. Pero ésta no tiene nada que ver con nuestro concepto
natural. La palabra griega oikonomía de 1:10, que pudiera traducirse “administración”,
no es fácil de traducir. También se puede traducir mayordomía o plan doméstico. Su
forma castellana es economía. Yo prefiero las palabras dispensación, mayordomía, o
plan doméstico, en lugar de administración; aunque esta palabra puede usarse
correctamente en 1:10, pues al final la dispensación, la mayordomía, el plan doméstico,
llegará a ser una administración eterna.

El gobierno de Washington, D. C. es una administración; sin embargo, esta


administración no es una dispensación, ni una mayordomía ni un plan doméstico. Un
plan doméstico alude a algo agradable, y una mayordomía, a algo íntimo. En la
antigüedad, las familias reales acostumbraban tener mayordomos cuyo oficio se
denominaba mayordomía. Así que, la mayordomía se refiere simplemente al servicio
que desempeñaba un mayordomo. Un mayordomo no era un simple esclavo, sino una
persona que gozaba de una relación íntima con la familia, alguien que se encargaba del
plan de la casa. Esta mayordomía, este plan doméstico, era una excelente
administración. Hoy es muy diferente, pues ni la intimidad ni la dulzura figuran en
nuestro concepto de lo que es una administración. Sin embargo, la administración de
Dios en calidad de plan doméstico es dulce, y en calidad de mayordomía, es íntima.
LA DISPENSACION DE DIOS COMO GRACIA

Además, la mayordomía tiene que ver con una dispensación, pero no en el sentido de
una edad, sino de una distribución. Por ejemplo, durante el desayuno, una madre sirve
alimentos nutritivos a sus hijos. Ella se sienta a la mesa y les distribuye los ricos
alimentos. En este tipo de dispensación se ejerce cierto control. Si un niño se porta mal,
la madre puede decirle: “Si no te portas bien, no tendrás desayuno”. Así que, la
distribución de alimentos es el mejor control. He observado esto en mis propios nietos.
Ellos obedecen más a su abuela que a mí porque ella está en control de las golosinas.
Puesto que ella es la distribuidora, puede controlarlos fácil y agradablemente. Ella los
controla mediante una dulce distribución de alimentos, una especie de administración o
servicio doméstico íntimo y tierno. El sometimiento de todas las cosas a la autoridad de
Cristo, la Cabeza, no se lleva a cabo por medio de una administración gubernamental,
sino mediante una dulce mayordomía, un plan doméstico, una distribución placentera.
Se efectúa al impartírsenos el abundante suministro de vida del Dios Triuno. El apóstol
Pablo llama esto la dispensación de la gracia de Dios, la mayordomía de la gracia de
Dios (3:2).

Ya vimos que Satanás no se inyecta en el hombre siguiendo alguna administración o


mayordomía, pues él se inyecta en nosotros muy sutilmente. En cambio, Dios se forja en
Sus escogidos por medio de una mayordomía dulce e íntima. El ministerio de Pablo era
tal mayordomía; era un modelo de la dispensación de la gracia, es decir, su ministerio
impartía a Dios como gracia en los elegidos de Dios. Por medio de la dispensación de la
gracia, la impartición de Dios mismo como nuestro disfrute, el factor de vida es
ministrado en los elegidos. Al entrar en ellos el factor de vida, los levanta y los une a
Cristo en el Cuerpo. Esta es la dispensación que reúne bajo una cabeza todas las cosas en
Cristo.

Después de la caída del hombre, Dios dio inicio a Su impartición, comenzando a una
pequeña escala. En el caso de Abel no se ve mucho que Dios se imparta como suministro
de vida en Sus elegidos. En el caso de Enoc, sin embargo, se ve una ligera implicación de
tal impartición, pero no se ve con claridad. Cuando llegamos a Noé, podemos ver la
impartición de Dios como provisión de vida en una escala muy pequeña. Luego, en las
vidas de Abraham, Isaac y Jacob se ve un poco más. Además, en el caso de Moisés y el
tabernáculo había una administración, un plan doméstico, una mayordomía íntima.
Esto se ve claramente en Moisés, en Aarón y en los sacerdotes que desempeñaban el
servicio levítico. Al llegar al Nuevo Testamento, vemos la impartición de la vida en el
Señor Jesús. ¡Cuán dulce e íntima era Su mayordomía! A través de Su ministerio, El
impartió a Dios como suministro de vida en Sus elegidos. Esta íntima mayordomía la
continuaron los apóstoles, en especial el apóstol Pablo, quien tenía la mayordomía de la
gracia de Dios. En su ministerio Pablo impartía constantemente a Cristo como vida en
los creyentes. Su ministerio era una mayordomía dulce e íntima, un plan doméstico
agradable. El incluso le enseñó a Timoteo cómo conducirse en la casa de Dios (1 Ti.
3:15). La manera de conducirnos en la casa de Dios consiste en tener el plan doméstico,
la mayordomía íntima, e impartir a Cristo a todos los miembros de la familia de Dios.
No se lleva a cabo por medio del control ni por medio de una administración
gubernamental; se lleva a cabo mediante una dulce dispensación, una íntima
mayordomía, un agradable plan doméstico.

Mediante este ministerio, se infunde el factor vital en los miembros de la iglesia.


Mediante esta dulce e íntima mayordomía, se imparte el suministro de vida en los
miembros del Cuerpo de Cristo. Cuanto más se nos suministra el factor de vida, más nos
levantamos y nos unimos unos a otros. Cada vez que recibimos el suministro de vida,
nos levantamos espontáneamente. No es necesario que nadie nos exhorte a tener
comunión con otros, pues de modo espontáneo anhelamos estar unidos a los demás. La
manera en que Dios nos reúne bajo la autoridad de Cristo, la Cabeza, consiste en
forjarse El mismo como factor de vida en nosotros a fin de que nos levantemos y nos
unamos a los demás. Esto no se logra ejerciendo una administración gubernamental,
sino a través de una dulce impartición, una íntima mayordomía y un agradable plan
doméstico. Por medio de esta dispensación, esta impartición, se ministra el factor vital
en todos los miembros de la iglesia, para que se levanten y se unan al Cuerpo. Así son
reunidas bajo una cabeza todas las cosas en Cristo.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE DIEZ

HACER QUE EN CRISTO SEAN REUNIDAS


BAJO UNA CABEZA TODAS LAS COSAS

(3)

Este mensaje es una continuación adicional del tema de cómo todas las cosas son
reunidas en Cristo bajo una cabeza(1:10). Primero debemos ver en qué consiste la
plenitud de los tiempos. Efesios 1:10 declara: “Para la economía de la plenitud de los
tiempos, de hacer que en Cristo sean reunidas bajo una cabeza todas las cosas, así las
que están en los cielos como las que están en la tierra”. La palabra “para” significa “que
da por resultado” o “a fin de tener”. La economía [o en otras traducciones, la
dispensación] que se menciona en este versículo alude a la plenitud de los tiempos. Sin
duda, “los tiempos” se refieren a las diferentes eras. Por tanto, “la plenitud de los
tiempos” se refiere a la plenitud de las edades.

LAS CUATRO ERAS

En la Biblia figuran cuatro eras diferentes. Juan 1:17 dice: “Pues la ley por medio de
Moisés fue dada, pero la gracia y la realidad vinieron por medio de Jesucristo”. En esto
vemos que la ley está relacionada con Moisés, y la gracia, con Jesucristo, lo cual alude a
dos edades: la de la ley y la de la gracia. Con el levantamiento de Moisés, comenzó la era
de la ley, y el nacimiento de Cristo marcó el comienzo de la era de la gracia. Romanos 5
menciona a Adán y a Moisés (v. 14). El pecado está relacionado con Adán, y como hemos
visto, la ley está relacionada con Moisés. Así que tenemos tres personas: Adán, Moisés y
Cristo; y tres elementos: el pecado, la ley y la gracia. Adán está relacionado con el
pecado; Moisés, con la ley; y Cristo, con la gracia. Esto indica que existen tres eras entre
Adán y la segunda venida de Cristo: la era del pecado, la era de la ley y la era de la
gracia.

Muchos creyentes conocen la enseñanza teológica de las siete dispensaciones, llamadas:


la inocencia, la conciencia, el gobierno humano, la promesa, la ley, la gracia y el reino.
Decir que hay siete dispensaciones no es incorrecto; sin embargo, con base en la Biblia,
podemos afirmar que antes del milenio hay únicamente tres edades: la de Adán, la de
Moisés y la de Cristo. Después de la era de la gracia, vendrá la era del reino, la cual
comprenderá los mil años del reino celestial en la tierra. Por tanto, en conjunto hay
cuatro eras: la era del pecado, la era de la ley, la era de la gracia y la era del reino.

Estas cuatro eras son los tiempos. Antes de que comenzara la primera era, no existía el
tiempo, sólo estaba la eternidad pasada, y después de que transcurran estas cuatro eras,
el tiempo dejará de existir, y sólo quedará la eternidad futura. Entre los dos extremos de
la eternidad, la pasada y la futura, existen cuatro eras, cuatro tiempos. El tiempo de
Adán fue el tiempo del pecado, el tiempo de Moisés fue el tiempo de la ley, el tiempo de
Cristo es el tiempo de la gracia, y el tiempo del milenio será el tiempo del reino. Cuando
estos cuatro tiempos se hayan cumplido, vendrá la plenitud de los tiempos, la
culminación de las edades. La era de Adán y la de Moisés ya se cumplieron; la era de la
gracia se está cumpliendo; y la era del milenio todavía no comienza. Después de la
cuarta era, comenzará una dispensación a la que Pablo llama la plenitud de los tiempos.

Cuando Pablo estaba en la tierra, había una dispensación que él llamó la mayordomía de
la gracia (3:2). No sólo en la época de Pablo había una dispensación, sino que la ha
habido en cada era, en la era de Adán, en la era de la ley, en la era de la gracia, e
indudablemente la habrá en la era venidera del reino. En la plenitud de las edades, se
tendrá la dispensación consumada y máxima.

EL SIGNIFICADO DE LA DISPENSACION

Ahora debemos ver qué es una dispensación. Según una enseñanza, una dispensación se
refiere a una era. Sin embargo, este entendimiento no es adecuado. Otra enseñanza
afirma que una dispensación alude a la manera en que Dios se relaciona con el hombre
durante cierto período. Por ejemplo, en la dispensación de la inocencia, Dios se
relacionaba con el hombre de cierta forma, y en la de la conciencia lo hacía de otra.
Asimismo, Dios se relaciona con el hombre de diferentes maneras en las eras del
gobierno humano, de la promesa, de la ley, de la gracia y del reino. Este entendimiento
de lo que es una dispensación no es incorrecto, pero es deficiente. Una dispensación es
la acción de dispensar o distribuir algo. Se refiere al hecho de que Dios se imparte a Sí
mismo en Sus escogidos. Aunque he estudiado el tema de las dispensaciones por
muchos años, incluyendo diversos diagramas, nunca se me dijo que la dispensación de
Dios se refiere a que Dios se imparte en Su pueblo. Debemos olvidarnos de todos los
diagramas y recordar un punto básico: Dios se está impartiendo en nosotros.

LA IMPARTICION DE VIDA

Como ya dijimos, cuando Satanás, el poder de muerte, se inyectó en el hombre, él se


introdujo en el hombre como la muerte y las tinieblas. La muerte trae corrupción, y las
tinieblas traen confusión. La meta de Satanás es corromper lo que Dios creó y causar
confusión. Pero ¡alabado sea el Señor porque donde abunda la muerte, abunda aun más
la vida! Después de que Satanás vino a llenar de muerte la creación, Dios intervino para
vivificarla, para impartirle vida. Donde hay vida, también hay luz. La muerte arruina,
pero la vida sana; las tinieblas traen confusión, pero la luz produce orden. Debemos
tener presente que Satanás vino a llenar de muerte la creación de Dios y que la muerte
arruina y las tinieblas confunden. Pero Dios intervino para vivificar la creación que
estaba muerta y para traer orden. En este orden todas las cosas son reunidas en Cristo,
la Cabeza.

La dispensación [o impartición] de Dios es la impartición de la vida en personas que


estaban muertas. Aunque Adán había sido afectado por la muerte, Dios vino a Abel y le
impartió algo de Sí mismo. El hizo lo mismo en Enós y en Enoc. No debemos pensar que
Enoc, una persona afectada por la muerte, pudo caminar con Dios durante trescientos
años por su propia cuenta (Gn. 5:22). Esto fue posible porque Dios se impartió en él. Lo
mismo ocurrió con Noé. Noé caminó con Dios y tuvo una fe fuerte porque Dios se
impartía en él. La impartición de Dios en el hombre comenzó con Abel y ha ido
aumentando en cada generación. Por tanto, lo que se impartió en Enoc fue mayor que lo
que recibió Enós, y lo que recibió Noé fue mayor que lo que recibió Enoc. En el caso de
Abraham, la impartición fue aún mayor. Hechos 7:2 declara que el Dios de la gloria se
apareció a Abraham. Esta aparición fue sin duda una impartición. Abraham pudo tener
fe en Dios porque Dios se había impartido en él.

Lo mismo sucedió con nosotros cuando oímos el evangelio y nos arrepentimos. Mientras
nos arrepentíamos y confesábamos nuestros pecados a Dios, El se impartía en nosotros,
pese a que no nos dábamos cuenta de ello en el momento. Sin embargo, al recordar
nuestra experiencia, comprendemos que así fue. El día que me arrepentí y le confesé a
Dios mis pecados, algo se impartió en mi ser. Aunque lloraba, dentro de mí sentí el
fuego santo. Esto fue la inspiración de Dios y también Su impartición. Cuando Dios
viene a inspirarnos, El se imparte en nosotros. Nada puede cambiarnos como lo hace la
impartición de Dios. Esta impartición puede transformar un ladrón en un santo, porque
infunde en él la naturaleza santa de Dios. Les animo a todos ustedes a que acudan al
Señor por treinta minutos para que reciban Su impartición. Durante ese tiempo
olvídense de sus problemas y circunstancias. Simplemente ábranse a El y confiésenle
sus defectos y faltas. Cuanto más lo hagan, más se abrirá el camino para que El se
imparta en ustedes.

Independientemente del término que usemos, impartir, inspirar, transfundir o infundir,


la experiencia es la misma. No me interesa la terminología; lo que me interesa es que el
elemento de Dios se forje en nuestro ser. Necesitamos que Dios entre en nosotros, y que
Su elemento sea forjado en nuestro ser. Este es el significado de la dispensación.

En la actualidad, la mayoría de los creyentes experimentan muy poco la impartición


divina. Muchos enseñan en cuanto a las siete dispensaciones, pero nunca le dicen a las
personas que una dispensación denota el hecho de que Dios imparte Su vida y Su
naturaleza en Sus escogidos. Nuestra carga hoy no es enseñar doctrinas, sino impartir la
vida y la naturaleza de Dios a Su pueblo. No introduzcan a este ministerio sus opiniones
o conceptos. Si lo hacen, estarán perdiendo su tiempo. A nosotros no nos interesa
argumentar sobre puntos o conceptos doctrinales. Nuestra carga es infundir a Dios en
las personas. Es posible que sepamos muchas doctrinas, pero que carezcamos del
elemento divino. Lo que necesitamos es que se imparta en nuestro ser el elemento de
Dios. Yo estuve con las asambleas de los Hermanos por muchos años, hasta que
finalmente me aburrieron sus disputas sobre las doctrinas. Es posible que no estemos
carentes de ninguna doctrina, pero sí del elemento divino. La impartición de Dios
consiste en que Dios imparte Su elemento en nosotros.

LA MAXIMA DISPENSACION

Ya vimos que Dios se impartió a Sí mismo en Abel, Enós, Enoc, Noé y en Abraham. Esta
impartición fue aun mayor en Moisés, y por supuesto, en el Señor Jesús. La impartición
continua en las epístolas del Nuevo Testamento. Tal vez les sorprenda saber que la
impartición de Dios es más intensa en nuestros días que en los tiempos del apóstol
Pablo. Dudo que en la época de Pablo hubiera una congregación que haya tenido el
privilegio de oír las cosas que ustedes están escuchando hoy. Hoy la dispensación de la
gracia de Dios es más profunda, elevada y amplia que antes. Esta dispensación
continuará aun después del milenio, hasta que llegue la plenitud de los tiempos. La
dispensación de la plenitud de los tiempos será la más elevada y la más amplia. Esta
dispensación perdurará por la eternidad, tal como se revela en Apocalipsis 21 y 22.

En estos capítulos tenemos una nueva esfera, el cielo nuevo y la tierra nueva, donde está
la Nueva Jerusalén. Apocalipsis 21:1 dice: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque
el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía”. En la Biblia, el mar
denota la muerte. Por tanto, la ausencia del mar significa que ya no existirá la muerte.
Para aquel entonces la muerte habrá sido absorbida. Al final del milenio, la muerte, el
último enemigo, será abolida y echada al lago de fuego. En lugar de la muerte, habrá un
nuevo entorno, una nueva esfera, un nueva circunferencia, en cuyo centro estará la
Nueva Jerusalén.
Si leemos detenidamente el libro de Apocalipsis. veremos que la Nueva Jerusalén es en
realidad un gran monte de doce mil estadios de altura, o sea, más de mil trescientas
millas. En la cima del monte está el trono de Dios y del Cordero (Ap. 22:1). Del trono
sale el río de agua de vida, el cual baja por el monte y llega a las doce puertas de la
ciudad. El agua de vida se da para beber, para recibir el suministro de vida, no para
bañarse ni para bautizarse. En el agua de vida crece el árbol de la vida (Ap. 22:2), lo cual
indica que cuando bebemos del agua de vida, comemos también del árbol de la vida. Por
lo tanto, cuando bebemos del agua, recibimos el suministro vital. En esto podemos ver
la dispensación consumada y máxima: Dios Triuno impartido en toda la Nueva
Jerusalén. Esto permitirá que el agua de vida llene, sature, impregne y empape la
ciudad. Esta es la dispensación más abundante que Dios se propuso para la plenitud de
los tiempos.

UNA MINIATURA EN LA VIDA DE IGLESIA

En la vida de iglesia hoy disfrutamos una miniatura de la dispensación consumada. En


la iglesia tenemos el fluir de vida, bebemos el agua de vida y comemos del árbol de la
vida. Esta es la dispensación de Dios que se halla en la vida de iglesia. No obstante, ésta
no es la dispensación más elevada, la dispensación de la plenitud de los tiempos.
Mientras disfruto el agua viva en la iglesia, espero la dispensación máxima. Todos
estaremos en la dispensación consumada, y seremos plenamente saturados del Dios
Triuno.

El Dios que está en el trono es el Padre; el Cordero alude al Hijo, y el río de agua de vida,
al Espíritu. Juan 7 revela claramente que el río de agua de vida representa al Espíritu.
Así que, en Apocalipsis 22 tenemos a Dios el Padre, a Dios el Hijo como Redentor y a
Dios el Espíritu, quien fluye con Dios el Hijo como árbol de la vida para ser nuestro
suministro vital. Esta es la dispensación del Dios Triuno, la dispensación más elevada, la
dispensación de la plenitud de los tiempos.

Esta dispensación comenzó con Abel y ha ido en aumento a lo largo de las edades, hasta
que finalmente llegue la dispensación de la plenitud de los tiempos. Estamos cada vez
más cerca a esa dispensación. Si estamos conscientes de esto, rebosaremos de gozo. Ni
siquiera el apóstol Pablo estuvo tan cerca de la máxima dispensación como lo estamos
nosotros. ¡Aleluya que todos participaremos de la dispensación consumada! En el
recobro del Señor, tenemos, en la vida de iglesia, una miniatura de la dispensación
venidera. ¡Qué maravilloso! Es por eso que nos gusta cantar las líneas de este himno:

¡Bebe! Fluye un río desde el


trono del Señor;
¡Come! El árbol de la vida con
sus frutos hoy;
¡Mira! Aquí no hay sol ni luna
o luz artificial, pues
¡No hay oscuridad!

¡Oh, en la vida de iglesia bebemos del agua de vida y comemos del árbol de la vida! Al
comer y beber somos saturados de la vida de Dios, pues El se imparte en nosotros.
Cuanta más vida se nos imparte, más alto nos levantamos. Esto es ser reunidos bajo una
cabeza en Cristo.

LA LUZ DE LA VIDA MANTIENE TODO EN ORDEN

Donde hay vida, también hay luz. Juan 1:4 dice: “En El estaba la vida, y la vida era la luz
de los hombres”. Esta luz es la luz de la vida (Jn. 8:12). En Apocalipsis 21 tenemos la
vida y la luz. Ya que la Nueva Jerusalén está saturada de luz, ella no necesita la luz del
sol. Apocalipsis 21:23 dice: “La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en
ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es Su lámpara”. En la Nueva
Jerusalén, la gloria del Dios Triuno será nuestra luz. En el cielo nuevo y en la tierra
nueva, en los cuales estará la Nueva Jerusalén, no habrá noche, muerte, ni oscuridad;
antes bien, habrá vida y luz. Esto propiciará que todo se levante y esté en buen orden.

Donde hay luz, todo está en orden. Supongamos que no hubiera luz en la ciudad de Los
Angeles. ¡Qué tinieblas y confusión habría! La vida regula, y la luz controla. En la vida
de iglesia no tenemos reglamentos, pero sí tenemos la vida que regula y la luz que
controla. Cuando la iglesia está llena de vida, también está llena de luz; entonces todos
los que conforman la iglesia son regulados por la vida interior y no por los preceptos
externos; además todos son controlados y guardados en orden por la luz de la vida. Así,
en la vida y en la luz, estamos en orden bajo Cristo, la Cabeza. En Apocalipsis 21 vemos
la Cabeza, el Cuerpo que está alrededor de la Cabeza y todas las naciones andando a la
luz de la ciudad (Ap. 21:24). Esto hará que el cielo nuevo y la tierra nueva sean una
esfera resplandeciente. Por tanto, en el cielo nuevo y en la tierra nueva, cuyo centro es la
Nueva Jerusalén, todas las cosas serán puestas en orden bajo Cristo, la Cabeza. Esto será
el cumplimiento de hacer que en Cristo sean reunidas bajo una cabeza todas las cosas, lo
cual se menciona en Efesios 1:10.

Para que eso suceda necesitamos la dispensación de la vida. La vida que se imparte en
nosotros finalmente llega a ser la luz de los hombres. En la dispensación de la plenitud
de los tiempos, todas las naciones caminarán a la luz de la ciudad. Esto significa que no
habrá muerte, ni tinieblas, ni corrupción, ni confusión. En su lugar, todo estará en buen
orden, reunido en Cristo, la única Cabeza, lo cual expresará al Dios Triuno por la
eternidad. La reunión de todas las cosas bajo una cabeza en Cristo será la expresión
eterna del Dios Triuno. La vida de iglesia actual es un anticipo de esto; es una miniatura
del cielo nuevo, de la tierra nueva y de la Nueva Jerusalén. Como personas que estamos
en la miniatura, disfrutamos de la impartición de la vida y de la luz, y estamos en el
proceso de ser reunidos bajo una cabeza en Cristo.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE ONCE

LOS CREYENTES NEOTESTAMENTARIOS


SON PARA LA ALABANZA DE LA GLORIA DE DIOS

Ahora llegamos al tema de que los creyentes neotestamentarios sean para la alabanza de
la gloria de Dios (1:11-12). Efesios 1:12 dice: “A fin de que seamos para alabanza de Su
gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo”. Este versículo no
significa que nosotros alabaremos a Dios, sino que la abundante gracia de Dios habrá
operado por nosotros y en nosotros de tal manera que todos los ángeles y todas las cosas
positivas del universo alabarán a Dios por ello. Lo alabarán porque nosotros, los hijos de
Dios, seremos el centro, el enfoque, de la operación de Dios en el universo. Seremos
como el eje de una rueda. Si se quita el eje, la rueda se desploma porque los radios no
tienen en que sostenerse. Los ángeles y las cosas positivas del universo son como los
radios, y nosotros los hijos de Dios somos como el eje. Sin tal eje, el universo no puede
sostenerse. Nosotros, sobre quienes, por quienes y en quienes la gracia sobreabundante
se va cumpliendo tanto, seremos la causa de que todas las cosas positivas del universo
alaben a Dios. Este es el significado correcto del versículo 12.

La expresión “a fin de que” mencionada al principio de este versículo es muy


significativa, pues indica que todo lo sucedido en los versículos precedentes tendrá un
resultado, a saber, que nosotros seremos para alabanza de la gloria de Dios. Esta
alabanza se ofrecerá principalmente en el milenio y finalmente en el cielo nuevo y la
tierra nueva. Si leemos Apocalipsis 21 y 22 a la luz de los versículos de Efesios, veremos
que la Nueva Jerusalén es una entidad constituida por los hijos de Dios; es el centro del
nuevo universo. Los ángeles, las naciones y todas las cosas positivas que estarán a
nuestro alrededor, nos mirarán y espontáneamente alabarán a Dios. Por consiguiente,
los hijos de Dios, los constituyentes de la Nueva Jerusalén, serán la causa de una
alabanza universal. Todo el universo alabará a Dios por causa de nosotros, en quienes
habrá operado la sobreabundante gracia de Dios.

Sin embargo, muchas personas, incluyéndonos a nosotros, leen Efesios una y otra vez
sin ver esto, porque no tienen el entendimiento adecuado. Entendemos la Biblia
principalmente conforme a nuestros conceptos. Si un alumno de tercer grado leyera
Efesios, podría pronunciar todas las palabras, pero por no tener el concepto adecuado,
no comprendería su verdadero significado. Nuestra comprensión de la revelación divina
depende principalmente de los conceptos que tengamos. No debemos confiar en
nuestros conceptos naturales; antes bien, deberíamos desprendernos de ellos. Si
estamos dispuestos a deshacernos de nuestros conceptos, el espíritu de sabiduría los
reemplazará con algo espiritual, celestial y eterno. Nuestro conocimiento doctrinal es un
velo que nos impide entender el libro de Efesios. Nuestros conceptos se convierten en
velos que cubren nuestro espíritu. Pero si abandonamos nuestro concepto, nuestro
espíritu estará abierto, y también seremos pobres en espíritu. En Mateo 5:3 el Señor
Jesús dijo: “Bienaventurados los pobres en espíritu”. Los que son pobres en espíritu no
parecen saber nada, pues se han desprendido de todo concepto, doctrina y enseñanza. Si
acudimos a la Palabra pura siendo pobres en espíritu, veremos algo nuevo.

En los versículos 11 y 12 vemos que los creyentes neotestamentarios serán la causa de


una alabanza universal. Una alabanza es una declaración de aprecio. Nosotros no
alabamos el barro porque no lo apreciamos. Por otra parte, alabamos a nuestro querido
Señor Jesús por el gran aprecio que le tenemos. Nuestro aprecio se convierte en nuestra
alabanza. El día vendrá cuando a nosotros los hijos de Dios nos apreciarán todos los
ángeles. Cuanto más nos miren, más expresiones tendrán, las cuales brotarán de ellos
como alabanzas a Dios. El aprecio que nos tengan se convertirá en alabanzas a Dios. Se
darán cuenta de que lo que somos es obra de la superabundante gracia de Dios. Cuánto
lo alabarán dependerá de cuánto haya operado en nosotros la gracia de Dios. Si la gracia
sobreabundante efectúa más trabajo en nosotros, los ángeles tendrán una mayor
apreciación por nosotros. La Biblia dice que incluso los árboles se regocijarán (Sal.
96:12) y alabarán al Señor (Sal. 148:7, 9). Si los árboles no vieran algo maravilloso en el
universo, no se regocijarían. Pero vernos a nosotros, los hijos de Dios, será para ellos la
más grande sorpresa. Por causa de nosotros los árboles se regocijarán y alabarán. El
hecho de que seremos para alabanza de la gloria de Dios no significa que nosotros
alabaremos a Dios, sino que seremos la causa de la alabanza que expresarán los ángeles
y todas las cosas positivas del universo.

Al final, llegaremos a ser la gloria de Dios. Algunos tal vez se pregunten cómo es que
podemos llegar a ser la gloria de Dios. En 1 Tesalonicenses Pablo dice: “Vosotros sois
nuestra gloria y gozo” (2:20). Pablo hablaba aquí como representante de Dios. Por
consiguiente, si los creyentes eran la gloria de Pablo, ciertamente eran también la gloria
de Dios, pues Pablo era el enviado de Dios. Si los creyentes son la gloria del enviado,
indudablemente lo son también del Enviador. En el milenio, y especialmente en el cielo
nuevo y la tierra nueva, Dios podrá decir: “Angeles, naciones y todas las cosas creadas,
vean Mi gloria. Mis hijos son Mi gloria”. En términos humanos, esto también es el caso
en familias numerosas. Supongamos que un padre tiene muchos hijos buenos, los cuales
aman al Señor. Si todos estos hijos se sentaran un día alrededor de su padre, él podría
decir: “Esta es mi gloria; mis hijos son mi gloria”. Un día nuestro Padre nos reunirá a
todos. En ese entonces, todos habremos sido saturados de El, transformados y
transfigurados. Entonces El podrá decir con gozo a los ángeles y a todas las cosas
positivas del universo que nosotros somos Su gloria.

La gloria es Dios expresado. En la plenitud de los tiempos, todos los hijos de Dios
estarán plenamente llenos de Dios y expresarán a Dios. Dios se expresará por medio de
nosotros. Este Dios expresado es la gloria. Todos los ángeles y todas las cosas positivas
del universo alabarán al Dios expresado. Esto es lo que significa que seremos para
alabanza de Su gloria.

I. PUESTOS EN CRISTO, LA CABEZA,


QUIEN REUNE TODAS LAS COSAS

La primera parte del versículo 11 declara: “En El asimismo fuimos designados como
herencia”. La expresión “en El” se refiere al Cristo que, como Cabeza, reúne todas las
cosas bajo El. El versículo 10, que habla de que todas las cosas hayan de ser reunidas
bajo una cabeza en Cristo, concluye con las palabras “en El”, y el versículo 11 comienza
con las palabras “en El”. La redacción de Pablo aquí es bastante difícil de seguir y
redundante. Sin embargo, Pablo escribió de esta manera a propósito para recalcar el
hecho de que todas las cosas en el cielo y en la tierra serán reunidas bajo una cabeza en
Cristo. Al subrayar este hecho, a Pablo no le interesó una redacción excelente. Las
palabras “en El” revelan que se nos puso en el Cristo que como Cabeza reúne todas las
cosas bajo El.

II. DESIGNADOS HERENCIA PARA DIOS

Nosotros fuimos designados como herencia en el Cristo que como Cabeza reúne todas
las cosas bajo El. La palabra “asimismo” del versículo 11 alude a dicha reunión. Todas las
cosas han de ser reunidas bajo una cabeza en Cristo, y en El nosotros fuimos hechos
herencia. En Cristo fuimos designados como herencia. Presten mucha atención al
tiempo de estos verbos. En el futuro, todas las cosas serán reunidas bajo una cabeza en
Cristo; sin embargo, nosotros ya fuimos designados como herencia en El. Las palabras
griegas traducidas “fuimos designados como herencia” también se podría traducir,
“hemos obtenido una herencia”. El verbo griego significa elegir o asignar por suertes. Así
que, esta cláusula literalmente significa que fuimos designados como herencia. Fuimos
designados como herencia para recibir la herencia de Dios. Por un lado, fuimos hechos
herencia de Dios (v. 18) para Su deleite; por otro, heredamos a Dios como nuestra
herencia (v. 14) para nuestro deleite.

¿Qué piensan ustedes que es más importante, ser designados como herencia o que Dios
haga que sean reunidas bajo una cabeza todas las cosas en Cristo? Yo diría que ser hecho
herencia es más grande. El hecho de que seamos designados como herencia de Dios abre
el paso para que El haga que sean reunidas bajo una cabeza todas las cosas del universo.

Aunque ya fuimos designados como herencia, debemos preguntarnos si vivimos como


herencia de Dios. ¿Vive usted como herencia de Dios? ¿Tiene aspecto de herencia de
Dios o de un simple pedazo de barro? ¿Podría acaso el barro ser la herencia de Dios? Por
nosotros mismos no somos dignos de ser la herencia de Dios, pero fuimos designados
como tal en el Cristo que es Cabeza sobre todas las cosas. Conforme a nuestro ser
natural no velemos nada, pero en el Cristo que es Cabeza sobre todas las cosas, fuimos
designados herencia de Dios.

A medida que permitimos que Dios se forje en nosotros, llegamos a ser una herencia.
Dios se sigue forjando en nosotros hasta el día de hoy. La mayoría de nosotros somos
hechos parte de barro y parte de oro. La parte de oro es la herencia de Dios. Doy gracias
a Dios que mientras avanza el proceso de ser designados como herencia Suya, el oro
aumenta en nosotros y el barro disminuye.

No debemos detenernos en la enseñanza objetiva de que somos la herencia de Dios.


Hace muchos años se me enseñó que somos la herencia de Dios, y me puse muy
contento de oírlo. Con el tiempo me di cuenta de que no soy más que barro. Me parecía
absurdo que el barro pudiera ser la herencia de Dios. Después de mucha experiencia y
de estudiar el Nuevo Testamento, aprendí que aún estamos en el proceso de llegar a ser
la herencia de Dios. En este proceso, la vida natural tiene que ser eliminada, y el oro, la
naturaleza divina, tiene que aumentar al forjarse más en nuestro ser. Cuando se haya
completado este proceso, seremos plenamente la herencia de Dios, no sólo de manera
objetiva, sino también de forma subjetiva.

El proceso por el cual somos hechos herencia de Dios va a la par con que todas las cosas
sean reunidas bajo una cabeza en Cristo. Cuanto más dispuestos estemos a someternos a
Cristo la Cabeza, más aumentará el oro, el elemento divino, en nosotros. Esto es la
transformación; y también es la santificación subjetiva. En la santificación subjetiva,
nuestro ser es saturado de la sustancia de Dios, la esencia de Dios. A medida que se forja
en nosotros el elemento de Dios, llegamos a ser Su herencia. Sí, ya fuimos puestos en el
Cristo que es Cabeza sobre todas las cosas, pero aún seguimos en el proceso de ser
designados herencia de Dios en plenitud.

A. Habiendo sido predestinados

Dios el Padre, para hacernos Su herencia, primero nos predestinó para que fuésemos
Sus hijos. El proceso por el cual nos hace Su herencia se basa en Su predestinación
eterna y concuerda con ella. Dios trabaja ahora en nosotros para alcanzar la meta de Su
predestinación.

B. Conforme al propósito de Dios

El versículo 11 dice que fuimos designados como herencia conforme al propósito de


Aquel que hace todas las cosas. Dios lo hace todo según el consejo de Su voluntad. Hay
una diferencia entre la voluntad de Dios y Su consejo: la voluntad es Su intención,
mientras que el consejo es Su consideración. Dios hace todas las cosas conforme a la
consideración de Su intención. Su operación se centra principalmente en nosotros; Su
intención en cuanto a nosotros es hacernos Su herencia. En Su consejo, El considera
cómo realizarlo; El no hace nada sin antes considerarlo cuidadosamente. Por ejemplo,
es posible que una hermana tenga la intención de hornear un pastel muy especial. Pero
antes de hornearlo, ella toma consejo consigo misma y planea cómo llevarlo a cabo. Sin
esa consideración, el pastel quedaría arruinado en el proceso. Del mismo modo, Dios
hace de nosotros una herencia para Sí mismo de una manera muy sabia y cuidadosa.

Dios hace todas las cosas según el consejo de Su voluntad a fin de que nosotros seamos
para alabanza de Su gloria. Esto indica que Dios lleva a cabo una obra de lo más fino con
nosotros. Ninguna obra mal acabada inspiraría alabanza o aprecio alguno. La obra más
fina es la que inspira más aprecio y de ella brota la más sublime alabanza. Debido a que
Dios trabaja en nosotros de manera muy fina, nosotros seremos la causa de un supremo
aprecio.

En el recobro del Señor no nos interesa únicamente la base de unidad de la iglesia.


Estamos aquí para que Dios pueda hacer una obra fina en nosotros. Hoy, entre todos los
grupos cristianos, es difícil encontrar uno en el que Dios pueda efectuar una obra fina.
Nosotros bien pudiéramos ser el único grupo de cristianos en toda la tierra que le da a
Dios la oportunidad de realizar una obra fina en nosotros. Por consiguiente, en el
recobro del Señor somos responsables de darle al Señor la oportunidad de hacer una
obra fina en nosotros. No queremos ser superficiales ni tener un movimiento pasajero;
lo que queremos es cooperar con Dios para que El pueda hacer en nosotros una obra
fina que produzca la más sublime apreciación en el universo. Entonces, cada vez que los
ángeles nos vean, apreciarán lo que Dios ha hecho y le dirigirán una alabanza al Dios
que expresamos. La obra que Dios hace en nosotros no tiene como meta simplemente
mejorar nuestra conducta o hacernos más amorosos o humildes. Este concepto es
demasiado bajo. Lo que necesitamos es permitir que Dios se forje en nuestro ser y
transforme cada parte de nosotros. Esto será un producto finísimo en el universo, un
producto lleno de Dios y lleno de la esencia divina. De esta manera, dicha obra fina será
altamente apreciada por los ángeles y por todas las cosas positivas; por consiguiente,
ellos alabarán a Dios por la gloria de Su gracia.

La expresión “para” del versículo 12 tiene un significado muy importante en griego. Ella
también podría traducirse: “dando por resultado”, lo cual denota que se producirá cierta
clase de apreciación y alabanza a causa de nosotros. Nosotros seremos la causa de la
alabanza angelical. Cuando los ángeles nos vean, nos tendrán en alta estima. Sin
embargo, todavía no hemos llegado a ese punto plenamente. Debemos proseguir hasta
que nosotros, los creyentes neotestamentarios, lleguemos a ser la causa de la alabanza
universal que los ángeles proclamarán con respecto a la gloria de Dios.

III. LOS QUE PRIMERAMENTE


ESPERABAMOS EN CRISTO EN ESTA ERA

El versículo 12, refiriéndose a nosotros, dice que “primeramente esperábamos en


Cristo”. Nosotros, los creyentes neotestamentarios, somos los que primeramente
esperábamos en Cristo, es decir, hemos esperado en esta era. Los judíos pondrán su
esperanza en El en la próxima era. Nosotros hemos esperado en Cristo hoy, pero los
judíos, quienes no lo hacen, se encuentran en una situación lamentable.

IV. HEMOS ESPERADO EN CRISTO ANTES


DE QUE EL REGRESE PARA ESTABLECER
SU REINO EN LA ERA VENIDERA

Nosotros hemos esperado en Cristo antes de que El regrese para establecer Su reino
mesiánico. Los judíos, en cambio, pondrán su esperanza en El después de que regrese.
Nosotros, por haber puesto toda nuestra esperanza en Cristo, podemos ser hechos la
causa de la alabanza angelical y universal de la gloria de Dios.

V. PARA ALABANZA DE LA GLORIA DE DIOS

Por último, seremos para la alabanza de la gloria de Dios. Como hemos visto, Dios es
glorificado, expresado, en los creyentes neotestamentarios. Esta expresión no es visible
hoy, pero un día lo será. En aquel entonces, la expresión de Dios por medio de los
creyentes neotestamentarios evocará la alabanza universal. Nuestro Dios será
plenamente expresado y glorificado por medio de nosotros y entre nosotros. Entonces
todo el universo alabará Su gloria.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE DOCE

SELLADOS CON EL ESPIRITU SANTO

Hemos mencionado anteriormente que 1:3-14 puede dividirse en tres secciones: las
buenas palabras del Padre (vs. 3-6), las buenas palabras del Hijo (vs. 7-12) y las buenas
palabras del Espíritu (vs. 13-14). Dios el Padre se propuso algo, Dios el Hijo llevó a cabo
lo que el Padre se propuso, y Dios el Espíritu aplica lo que el Hijo logró conforme al
propósito del Padre. Por tanto, el Padre se propone algo, el Hijo lo cumple y el Espíritu
le da aplicación. En estos versículos vemos un propósito, un cumplimiento y una
aplicación. En este mensaje hablaremos de la aplicación.

EL SELLO Y LAS ARRAS

Según los versículos 13 y 14, la aplicación del Espíritu consta de dos aspectos: el sello y
las arras, o como me agrada decirlo, el sellar y el darse en arras. La aplicación del
Espíritu consiste en que El nos sella y se nos da a nosotros en arras. De hecho, el
Espíritu mismo es el sello y también las arras, y tanto el sellar como el darse en arras
supone un movimiento dentro de nosotros. Así que, el sello es realmente el sellar, y las
arras, el darse en arras. El Espíritu no sólo es un sello sobre nosotros, sino que El nos
sella continuamente. El no sólo es las arras que garantizan nuestra herencia, sino que El
se nos da en arras continuamente. En este mensaje hablaremos del sellar del Espíritu, y
en el mensaje siguiente, del darse en arras.

EL SELLO DENOTA PROPIEDAD

Cuando yo era joven oí a los maestros de las Asambleas de los Hermanos disertar acerca
del sello del Espíritu Santo. Además, también leí libros que hablaban del tema. Pero
jamás oí nada acerca del sellar del Espíritu. El sello es una cosa y el sellar es otra. Ser
sellados con el Espíritu Santo significa ser marcados con el Espíritu Santo como sello
vivo. Nosotros fuimos designados como herencia de Dios (v. 11). Cuando fuimos salvos,
Dios puso en nosotros Su Espíritu Santo como un sello para marcarnos, para indicar que
le pertenecíamos a El. El Espíritu Santo, quien es el propio Dios que entra en nosotros,
hace posible que llevemos la imagen de Dios, representada por el sello, y así nos hace
semejantes a Dios. Supongamos que un hermano imprime su sello en su Biblia. Cuando
lo hace, la Biblia lleva la imagen del sello. Este sello indica que la Biblia le pertenece a él.
Por tanto, el sello denota propiedad. Cuando creímos en el Señor Jesús, el Espíritu de
Dios nos selló, lo cual quiere decir que Dios es nuestro dueño y que nosotros le
pertenecemos a El.

Cuando yo era joven, me aseguraron que yo pertenecía a Dios. También se me enseñó


que por mucho que contristara al Espíritu, El jamás me dejaría. Sin embargo, los
hermanos que siguen la escuela de teología arminiana no están de acuerdo con eso.
Hace muchos años, una misión alemana establecida en China publicó un folleto acerca
del Espíritu. En él había un dibujo de una paloma, que representaba al Espíritu Santo, la
cual se alejaba de un creyente que le había contristado. Los Hermanos atacaron esta
enseñanza diciendo que después de que el Espíritu entra en nosotros, El nunca se va. Su
enseñanza en cuanto al sello del Espíritu era muy firme. Ellos decían: “Una vez que el
sello se imprime en uno, no se puede quitar, no importa lo que hagamos”. Yo estoy de
acuerdo con la enseñanza de que el Espíritu nunca nos dejará. En esto los Hermanos
tenían razón; sin embargo, pusieron demasiado énfasis en la doctrina.

EL SELLO LLEVA LA IMAGEN DE DIOS

Todo sello tiene una imagen. Si el sello es cuadrado, la imagen también es cuadrada. El
Espíritu, que como sello de Dios está en nosotros, lleva la imagen de Dios. Esto da a
entender que el sello del Espíritu Santo es la expresión de Dios. Cuando tenemos al
Espíritu Santo como sello de Dios sobre nosotros, llevamos la imagen de Dios y la
expresión de Dios.

Cuando leí acerca de esto la primera vez en un libro escrito por el hermano Nee, me
sentí muy feliz. Me di cuenta de que no sólo tenía el sello, lo cual indicaba que Dios era
mi dueño, sino que junto con el sello tenía la imagen de Dios. Pero mi alegría no duró
mucho tiempo, pues poco después descubrí que en realidad yo no tenía la imagen de
Dios. Sí, el sello del Espíritu estaba sobre mí, pero yo no tenía la imagen. El sello era una
cosa, y yo era otra. Yo tenía el sello sobre mí, pero no llevaba una vida de sello.

Cuando conocemos una verdad o doctrina que aún no hemos experimentado, con el
tiempo esto nos perturbará. Puede ser que la doctrina sea buena, pero es posible que
tengamos muy poca experiencia de ella. Esto nos deja perplejos, porque la Biblia dice
una cosa y nuestra experiencia dice otra. Lo que somos simplemente no corresponde
con lo que la Biblia dice. La Biblia dice que fuimos sellados con el Espíritu Santo. Esto
significa que llevamos la imagen, la expresión, de Dios. Sin embargo, conforme a
nuestra experiencia, parece que no tenemos ni el sello ni la imagen. No quiero
engañarme. Me turba siempre el hecho de que la Biblia dice una cosa y mi vida diaria
dice otra. Más tarde, encontré la clave en el sello mencionado en 1:13 y 14.
SELLADOS HASTA EL DIA DE LA REDENCION

Estos versículos dicen: “En El también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el
evangelio de vuestra salvación, y en El habiendo creído, fuisteis sellados con el Espíritu
Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la
posesión adquirida, para alabanza de Su gloria”. La palabra “hasta” del versículo 14
reviste mucha importancia. Fuimos sellados con el Espíritu Santo hasta la redención de
la posesión adquirida. Nosotros somos la posesión adquirida de Dios, y la redención de
esta posesión es la redención, la transfiguración, de nuestro cuerpo. Con esto vemos que
el sello del Espíritu Santo redunda en la redención de nuestro cuerpo. Fuimos sellados
con el Espíritu Santo con miras a esta redención. Una traducción declara: “Fuisteis
sellados con el Espíritu Santo dado para la redención”. Esta expresión es aún más clara.

El sello del Espíritu no se recibe de una vez por todas; más bien, el sellar aún continúa.
El sello fue puesto en nosotros cuando creímos, pero el sellar continúa desde entonces
hasta el día de hoy. El Espíritu Santo es el sello y también el sellar; El nos sigue sellando.
Fuimos sellados y seguimos siendo sellados.

Muchos podemos testificar por experiencia que cuando creímos en el Señor Jesús,
comprendimos que habíamos sido sellados en nuestro espíritu. Sin embargo, en nuestra
mente, parte emotiva y voluntad no existía este sello. En el momento que creímos en el
Señor Jesús, el Espíritu entró en nuestro espíritu y nos selló. A esto se refiere la Biblia
cuando afirma que fuimos sellados. Sin embargo, no todas las partes fueron selladas;
sólo una, nuestro espíritu. Durante mucho tiempo después de haber sido salvos,
seguimos sin experimentar el sellar en nuestra mente, parte emotiva y voluntad. Pero
Efesios 1 declara que fuimos sellados hasta la redención. Hemos mencionado que la
palabra griega traducida “para” [o en este caso “hasta”] significa “dando por resultado” o
“con miras a”. Por consiguiente, fuimos sellados en nuestro espíritu con miras a que
nuestro cuerpo fuera redimido. Esto implica que el sellar se está extendiendo en
nosotros. Comienza en nuestro espíritu y se extiende a nuestra mente, a nuestra parte
emotiva y a nuestra voluntad. El sellar se extiende a nuestra mente, y a esto se refiere el
Nuevo Testamento cuando habla de la renovación de nuestra mente (Ro. 12:2). La
renovación de la mente se lleva a cabo al extenderse el sellar del Espíritu a nuestra
mente. Es imprescindible que el sellar del Espíritu sature nuestra mente.

UN PROCESO CONTINUO

No muchos cristianos han visto que el sellar se sigue llevando a cabo, que no se efectúa
de una vez por todas. No hay duda de que el Espíritu entra en nosotros de una vez y para
siempre, pero el sellar del Espíritu supone un proceso continuo. En cuanto a esto, no
nos debe interesar solamente la doctrina, sino también la experiencia. Comprobemos si
nuestra experiencia corresponde con la doctrina.

Cuando fuimos regenerados, el sello del Espíritu se imprimió en nuestro espíritu, lo cual
dio inicio al sellar dentro de nosotros, con miras a la redención de nuestro cuerpo. Esto
indica que un día aun nuestro cuerpo será sellado con el Espíritu; el Espíritu lo
impregnará por completo.

Hemos visto que el sello del Espíritu tiene la imagen de Dios. Cuando nos arrepentimos,
confesamos y oramos en nuestro espíritu, expresamos dicha imagen. En momentos
como éstos todos pueden ver en nosotros la imagen de Dios. Pero si discutimos con
otros en cuanto a enseñanzas, será evidente que nuestra mente no lleva la imagen de
Dios. Cuando oramos en el espíritu, expresamos la imagen, pero cada vez que
discutimos, valiéndonos de nuestra mente, no la expresamos. En esos momentos,
nuestra mente no expresa la imagen de Dios en lo más mínimo. Además, si al discutir
con un hermano respecto a alguna doctrina, nos enojamos, en ese momento la parte
emotiva no expresa la imagen de Dios en absoluto, lo cual indica que el sellar del
Espíritu aún no ha llegado a nuestra parte emotiva. Es posible que nos enojemos con el
hermano de tal manera, que decidimos no tener comunión más con él; nos separamos
de él porque, según nuestra opinión, la doctrina que él enseña es errónea. Y así,
ejercemos nuestra obstinada voluntad y cortamos la comunión con el hermano. Esto
pone de manifiesto que nuestra voluntad no ha participado del sellar del Espíritu. Así
que, nuestra alma completa —mente, parte emotiva y voluntad— no manifiesta ningún
rasgo de la imagen de Dios. Aunque el Espíritu Santo continuamente nos sella en
nuestro espíritu, todavía no se ha extendido a nuestra alma.

Es difícil que el sellar del Espíritu Santo se extienda a nuestra complicada mente, y lo es
todavía más que se extienda a nuestra obstinada voluntad. En el caso de algunos
creyentes, la lucha que el Espíritu sostiene para que el sellar llegue a la mente, la parte
emotiva y la voluntad, dura mucho tiempo. Si examinamos nuestra experiencia, nos
daremos cuenta de que por muchos años ha habido una batalla con respecto a este tema;
el Espíritu Santo sigue luchando para que el sellar llegue a nuestra mente, a nuestra
parte emotiva y a nuestra voluntad. Debemos reconocer que probablemente hasta el día
de hoy, nuestra alma aún no ha sido totalmente saturada; y si nuestra alma ya hubiera
sido saturada, nuestro cuerpo aún necesita ser sellado, porque en él no se ve la
apariencia de Dios ni la expresión de Su imagen. Con todo, el sellar del Espíritu Santo
aún continúa y seguirá hasta la redención de nuestro cuerpo.
SATURAR, SANTIFICAR Y TRANSFORMAR

El sellar del Espíritu Santo nos satura, y esta saturación, nos santifica. Todo lo que el
sello satura, también lo santifica. Además, la santificación constituye la transformación.
Así que, cualquier parte que el Espíritu Santo sella, la santifica y la transforma. Por
ejemplo, cuando nuestra mente es sellada con el Espíritu, ella es santificada y
transformada. Los diferentes términos: sellar, santificar y transformar, se refieren a lo
mismo. Cuando el Espíritu Santo selle por completo nuestra alma, ésta será santificada
y transformada. Un día, aun nuestro cuerpo será sellado con el Espíritu; en aquel
entonces también será santificado. Esto aún no ha sucedido; nuestro cuerpo todavía no
ha sido transfigurado. Pero en el día de la redención, nuestro cuerpo habrá sido
plenamente sellado por el Espíritu Santo; entonces será santificado y transfigurado.

LA EXTENSION DEL SELLAR

Muchos cristianos piensan que mientras seamos salvos, seremos arrebatados cuando
vuelva el Señor Jesús. Entender la Biblia de esta manera es demasiado superficial. El
significado del arrebatamiento es que hay madurez. Ningún agricultor levanta la
cosecha antes de que ésta esté madura. Si una cosecha todavía está verde, el agricultor
no la cosechará. Nosotros somos la labranza de Dios; por ende, el tiempo de cosechar
depende de la madurez. En Efesios 1:13-14 vimos que fuimos sellados con el Espíritu
Santo hasta la redención de la posesión adquirida. El Espíritu Santo nos selló en nuestro
espíritu con miras a redimir nuestro cuerpo. La redención de nuestro cuerpo depende de
que el sello del Espíritu Santo se extienda a todo nuestro ser. Cuando esto suceda, se
tomará la decisión en cuanto al tiempo propicio en que nuestro cuerpo será redimido.

No debemos pensar que el sellar del Espíritu se efectúa de una vez por todas; esta acción
continúa en nosotros hasta esparcirse a todo nuestro ser. El Espíritu Santo se mueve
dentro de nosotros, y este mover nos sella, nos santifica y nos transforma. ¿Cuándo será
transfigurado nuestro cuerpo? Esto depende de cuánto el Espíritu Santo haya sellado
nuestro ser. El sellar del Espíritu Santo está bastante ligado a la redención del cuerpo, lo
cual denota que el sellar del Espíritu todavía se está efectuando y que a diario satura
nuestra mente, parte emotiva y voluntad. Después de que un niño termina la escuela
primaria, él no está listo para ingresar a la universidad; primero debe ir a la secundaria
y a la preparatoria. Del mismo modo, después de ser sellados con el Espíritu Santo en
nuestro espíritu, aún no estamos listos para que nuestro cuerpo sea redimido;
necesitamos ser sellados en nuestra mente, en nuestra parte emotiva y en nuestra
voluntad. El Espíritu Santo tiene que sellarnos en muchas áreas de nuestra vida.
Hemos mencionado anteriormente que el sellar del Espíritu es el mover del Espíritu
dentro de nosotros. Tenemos un sello vivo en nosotros; y éste está en continuo
movimiento. Una vez que el Espíritu sella una parte de nosotros, El desea sellar otra y
otra más. El anhela sellar cada parte de nuestro ser. Mientras esto no esté completo, el
sellar se seguirá extendiendo.

Estoy casi seguro de que ustedes jamás habían oído que el Espíritu aún nos sigue
sellando. Sin embargo, este hecho está implícito en la palabra “hasta” del versículo 14.
Fuimos sellados con el Espíritu Santo hasta la redención de la posesión adquirida. Este
sellar continuará hasta el día de la redención. No tomemos esto como una simple
doctrina, sino que debemos aplicarlo a nuestra condición. ¿Hemos permitido que el
Espíritu nos selle hoy? ¿Está activo el sellar dentro de nosotros? Debemos tener la
certeza de que el sellar del Espíritu se sigue extendiendo a nuestro ser. Una vez que haya
sido sellado todo nuestro ser, estaremos preparados para que nuestro cuerpo sea
redimido.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE TRECE

LAS ARRAS DE NUESTRA HERENCIA

En Efesios 1:13 y 14 se mencionan juntos el sello del Espíritu Santo y las arras del
Espíritu Santo. Es difícil saber cuál de ellos se experimenta primero. Según 2 Corintios
1:21 y 22 el sellar parece ocurrir primero. En 2 Corintios 1:22 dice que Dios “nos ha
sellado, y nos ha dado en arras el Espíritu en nuestros corazones”. Pero en realidad,
tanto el ser sellados como el recibir las arras ocurren al mismo tiempo.

I. OTRO ASPECTO DEL CUARTO ITEM


DE LA BENDICION DE DIOS

Las arras de nuestra herencia constituyen otro aspecto del cuarto ítem de la bendición
que recibimos de parte de Dios. El primer aspecto es el sellar del Espíritu.

II. NUESTRA HERENCIA

La obra que Dios efectúa en nosotros supone dos tipos de herencias; por eso,
necesitamos ser sellados así como recibir las arras. Efesios 1:11 indica que fuimos
designados como herencia de Dios, y el versículo 14, que Dios es nuestra herencia.
Nuestra herencia es Dios mismo. En la economía de Dios nosotros somos la herencia de
Dios, y El, la nuestra; ésta es una herencia mutua. Para poder ser la herencia de Dios,
necesitamos ser sellados. Nosotros somos posesión de Dios, y puesto que El es nuestro
dueño, El ha puesto Su sello sobre nosotros. Debido a que Dios es nuestra herencia,
también necesitamos las arras del Espíritu Santo como garantía. Nosotros heredaremos
todo lo que Dios es, o sea Su persona, y todo lo que El tiene, o sea, Su obra. El Espíritu
Santo es las arras, la garantía, de que recibiremos tal herencia.

III. EL ESPIRITU SANTO


ES LAS ARRAS DE NUESTRA HERENCIA

El Espíritu Santo es las arras de nuestra herencia. La palabra griega traducida “arras” en
el versículo 14, también quiere decir anticipo, garantía, muestra que garantiza el pago
completo, un pago parcial dado por adelantado. Puesto que nosotros somos la herencia
de Dios, el Espíritu Santo es un sello sobre nosotros. Debido a que Dios es nuestra
herencia, el Espíritu Santo es las arras de esta herencia y es dado a nosotros. Dios nos da
Su Espíritu Santo, no sólo como garantía de nuestra herencia, asegurando nuestra
heredad, sino también como anticipo de lo que heredaremos de El.

En los tiempos antiguos, la palabra griega que se traduce arras se usaba en la compra de
tierras. El vendedor daba al comprador una porción del suelo como muestra. Por lo
tanto, según el griego antiguo, las arras también son una muestra. El Espíritu Santo es la
muestra de lo que vamos a heredar de Dios en plenitud.

La palabra griega que se traduce “arras” equivale a lo que hoy llamamos pago inicial, el
cual denota buena fe y es garantía de los pagos subsiguientes. Las palabras “arras”,
“prenda” y “garantía” tienen similar significado, y se refieren a un pago que garantiza la
cancelación del saldo. Sin embargo, en griego, esta palabra también significa muestra o
anticipo. Algunos traductores prefieren la palabra “anticipo”. Al disfrutar de la muestra
tenemos un anticipo de lo que sigue. Supongamos que alguien me diera diez duraznos
de su cosecha. Esos duraznos serían una muestra y un anticipo de toda la cosecha.
Nosotros los que heredaremos a Dios tenemos al Espíritu Santo como arras, garantía,
prenda y pago inicial de nuestra herencia. Al mismo tiempo, el Espíritu Santo es
también una muestra y un anticipo. El anticipo nos permite saborear un poco de Dios,
mas el disfrute completo aún está por venir.

En 2 Corintios 1 tenemos la unción, el sello y las arras. En 2 Corintios 1:21 se dice: “Y el


que nos adhiere firmemente con vosotros a Cristo, y el que nos ungió, es Dios”. La
unción trae a nosotros el elemento de Dios. El ungüento divino se puede comparar con
la pintura. Cuando uno pinta un mueble, se aplica a él el elemento de la pintura. Del
mismo modo, la unción nos aplica el ungüento divino, y esto nos trae el elemento
divino. Cuanto más somos ungidos por dentro, más recibimos del elemento de Dios.
Necesitamos capa tras capa del ungüento divino. Muchos hermanos y hermanas de edad
avanzada han recibido centenares de capas, pero los más jóvenes han recibido sólo unas
cuantas. En 1 Juan 2 se dice que la unción mora en nosotros y nos enseña todas las
cosas. Somos enseñados al ser ungidos. El Espíritu Santo como ungüento compuesto
está en nosotros y nos enseña, no con palabras, sino “pintándonos”. Nos aplica capa tras
capa de ungüento sin importar si obedecemos o no a Su enseñanza. De esta manera, la
unción infunde en nuestro ser la esencia de Dios.

Alabo al Señor porque en estos tiempos se está llevando a cabo una mayor impartición
de Dios en nosotros comparado con el primer siglo. Si uno estudia los escritos de los
primeros padres de la iglesia, se dará cuenta de que aquellos escritos no pueden
compararse con lo que el Señor nos ha mostrado a nosotros en Su Palabra. ¿Cuál de los
padres de la iglesia dijo alguna vez que Dios se imparte a nuestro ser? Incluso algunas
cosas que expresan los jóvenes hoy superan lo que escribieron los padres de la iglesia.
Día tras día somos ungidos, y esto añade a nosotros la esencia divina.

En 2 Corintios primero se menciona la unción, y después, el sellar. El sellar del Espíritu


Santo trae a nosotros la imagen, la apariencia y la expresión; pues el sello porta una
señal, una forma. Dios no sólo nos unge con Su esencia, sino que también nos sella con
Su apariencia, imagen y expresión. Además de la unción y el sellar, están las arras, las
cuales tienen que ver con el disfrute, con el sabor. Las madres saben que para alimentar
a sus niños es importante que la comida tenga buen sabor. Cuando la comida es
deliciosa, ellos con gusto pasan a la mesa y comen. En cambio, si la comida es insípida,
resulta difícil que coman. Hoy el Espíritu Santo está dentro de nosotros como un
anticipo. Si el Espíritu fuera únicamente la unción y el sellar, tal vez nos aburriríamos de
experimentarlo. Sin embargo, no nos cansa ni nos aburre el Espíritu porque El también
es nuestras arras.

En el pasado se me enseñó que las arras del Espíritu Santo se recibían una sola vez y que
esto era una experiencia objetiva. Sin embargo, más adelante aprendí que uno recibe las
arras del Espíritu continuamente. Aprendí esto no tanto por mis estudios, sino por
experiencia. Llegué a comprender que las arras del Espíritu Santo se nos infunden de
manera continua.

Las arras del Espíritu se nos dan para que las disfrutemos. Cuando me siento
desilusionado o deprimido, el Espíritu se infunde en mí y me reanima. Yo experimento
las arras cada día y a cada momento. Las arras también denotan que algo nos es dado
como garantía. Al dársenos el Espíritu como arras, somos reanimados y estimulados.
Cuando las cosas no tienen esperanza, las arras nos llenan de esperanza.

Dios comenzó a dársenos en arras desde el día que fuimos salvos, y esto continua hasta
el día de hoy. Por ello el creyente que está en el espíritu no tiene ninguna duda de que
Dios está en él. Creemos esto espontáneamente y sin dificultad porque todos los días
recibimos las arras del Espíritu. Dios se da a nosotros en arras continuamente. Cuando
estoy débil, El se infunde en mí como arras y se convierte en mi aliento. Cuando mis
esperanzas decaen, El se entrega a mí como arras y me infunde ánimo. Cuando parece
que mi fe se desvanece, El se da a mí como arras y de inmediato mi fe revive. Cuando
parece que ya no siento amor por los hermanos y hermanas, el Espíritu se me imparte
como arras y siento dentro de mí más amor por los santos. Creo que todos hemos tenido
experiencias similares, aunque tal vez no las hayamos reconocido o entendido.

Durante los entrenamientos especiales de diez días, doy tres mensajes diarios. Algunos
quizás se pregunten de dónde saco la energía para hablar tanto a mi edad. Muchas veces
me he agotado; sin embargo, cada vez que esto sucede, Dios viene y se infunde en mí
como arras. Gracias a que el Espíritu se infunde en mí como arras, estoy listo para
hablar en la siguiente reunión. Cuando me pongo de pie y comienzo a hablar, estoy lleno
de vigor porque el Espíritu se imparte en mí como arras. De hecho, cuanto más hablo,
más disfruto. Cuando vuelvo a casa después de haber dado un mensaje, me siento muy
contento, mucho más de lo que estaba antes de la reunión. Esto se debe a que durante el
mensaje, el Espíritu se infunde en mí como arras de manera intensificada.

Las arras nos dan más de Dios. Cuanto más de Dios recibimos, más seguridad tenemos y
más apetito sentimos por El. Cuando algunos escuchan acerca de recibir más de Dios,
quizás se pregunten qué queremos decir con ello e incluso piensen que lo que decimos
suena a herejía. Conforme a la doctrina, Dios es Dios y no puede haber más de Dios.
Pero en cuanto a la experiencia, podemos recibir más de Dios. Al dársenos en arras el
Espíritu Santo, recibimos más de Dios. Sabemos que Dios nos pertenece por cuanto las
arras están dentro de nosotros. Una pequeña muestra, como la que se daba en la compra
de terrenos en los tiempos antiguos, está dentro de nosotros como arras; esta porción
aumenta en nosotros continuamente.

Muchos hermanos y hermanas de edad avanzada pueden testificar que al paso de los
años, su apetito por Dios ha ido en aumento. Cuando comencé el ministerio en este país
en 1962, yo tenía hambre de Dios. Pero ahora, dieciséis años después, mi hambre por El
se ha intensificado. Tengo tanta hambre de El que quisiera absorberlo. Yo podría
decirle: “Señor Jesús, quisiera absorberte”. Es posible que algunos digan que hablar de
esta manera no sólo es herético sino también burdo. Con todo, mi deseo es comer al
Señor totalmente. Cuanto más recibimos de El, más hay que recibir de El y más grande
parece volverse. Este aumento de apetito proviene de las arras que se nos infunden.
Cuanto más gustamos de El, más aumenta nuestro apetito, y cuanto más apetito
tenemos, más gustamos de El. Esto representa un ciclo glorioso. No piensen que los
hermanos de más edad estamos cansados de comer a Dios. No; nuestro apetito es
mayor, y comemos más de El. ¡Aleluya por las arras del Espíritu! Dios se infunde en
nosotros como arras continuamente, y cuanto más lo hace, mayor es nuestro disfrute.
Este disfrute agranda nuestro apetito. Cuando llegamos a la vida de iglesia, nuestro
apetito por Cristo es poco, pero después de cierto tiempo, aumenta. Cuanto más
disfrutamos al Señor, mayor es nuestro apetito por El.

Hoy el Espíritu no sólo nos unge y nos sella, sino que también se nos da en arras, lo cual
indica que Dios se nos añade poco a poco. Esto no se lleva a cabo de una vez y para
siempre, sino día tras día e incluso hora tras hora. El Espíritu se nos da en arras sin
cesar, es decir, veinticuatro horas al día. Nosotros comemos, y el Espíritu se nos infunde
en arras. Cuanto más comemos, más apetito tenemos, y cuanto más aumenta nuestro
apetito, más comemos. A través de este ciclo, participamos de Dios diariamente. Este
ciclo continuará hasta que entremos en la eternidad. En aquel entonces, Dios será
nuestro disfrute pleno, y nos deleitaremos en El en plenitud.

Muchos cristianos ni siquiera saben que la unción está en ellos, y los que saben un poco
de esto, no conocen nada acerca del sellar del Espíritu. Aunque algunos conocen lo que
es el sellar, casi nadie conoce lo que son las arras del Espíritu. Es probable que usted, en
toda su vida cristiana, nunca haya oído ningún mensaje acerca de las arras del Espíritu.
Conforme a mi experiencia, sé que el Espíritu Santo se infunde continuamente como
arras dentro de mí, y me da más de Dios y más de Cristo. Cuanto más recibo de Cristo,
más aumenta mi apetito por El. Algunos reconocen que no sienten mucho apetito por
Cristo, lo cual se debe a que ellos no le dan mucha importancia a las arras del Espíritu.
Debemos prestar atención no sólo a la unción y al sellar, sino también a las arras.
Debemos decir: “Oh Señor Jesús, eres tan dulce. Amén, Señor”. Si hacemos esto,
sentiremos que las arras del Espíritu aumentan dentro de nosotros. ¡Qué experiencia
tan real!

Muchos creyentes no experimentan al Dios Triuno simplemente porque en lugar de


interesarse por la unción, el sellar y las arras, le dan más importancia a la doctrina. Ellos
tienen la doctrina del Dios Triuno, mas no lo experimentan. Sin embargo, la Biblia
revela que debemos experimentar al Dios Triuno, y no buscarlo de manera doctrinal. En
el recobro del Señor no estamos interesados en conceptos ni en puntos doctrinales; lo
que queremos es experimentar al Dios Triuno de manera real. Por supuesto, si nuestra
experiencia es saludable, ésta corresponderá con la revelación de la Biblia. A menudo
recibo luz primeramente a través de mi propia experiencia. Luego, cuando consulto la
Biblia, me doy cuenta de que mi experiencia no sólo concuerda con lo que se halla en la
Biblia, sino que la Palabra fortalece y refuerza mi experiencia. Es menester tener la
experiencia y no sólo la doctrina. Muchos podemos testificar que a diario
experimentamos la unción, el sellar y las arras. Cuando experimentamos al Espíritu de
esta manera, recibimos más de la esencia divina, tenemos más de la expresión de Dios y
disfrutamos más de Dios. ¡Oh, Dios es tan sabroso, tan delicioso! Una vez que hemos
gustado del Señor, no podemos olvidarlo; al contrario, queremos gustar más de El.

Efesios 1:14 declara que el Espíritu Santo es las arras de nuestra herencia “hasta la
redención de la posesión adquirida”. En este versículo, la redención se refiere a la
redención de nuestro cuerpo (Ro. 8:23), es decir, a la transfiguración de nuestro cuerpo
de humillación en uno de gloria (Fil. 3:21). Hoy el Espíritu Santo es una garantía, un
anticipo y una muestra de nuestra herencia divina que disfrutamos hasta que nuestro
cuerpo sea transfigurado en gloria, o sea, hasta el momento en que heredaremos a Dios
en plenitud. La extensión de las bendiciones que Dios nos concedió abarca todos los
puntos cruciales desde la elección realizada por Dios en la eternidad pasada (v. 4) hasta
la redención de nuestro cuerpo en la eternidad futura.

Nosotros los redimidos de Dios, la iglesia, somos posesión de Dios, que El adquirió
comprándonos con la preciosa sangre de Cristo (Hch. 20:28). En la economía de Dios,
El llega a ser nuestra herencia, y nosotros, Su posesión. ¡Qué maravilloso! ¡No damos
nada, y lo obtenemos todo! Dios nos adquirió a un precio, pero nosotros lo heredamos a
El sin pagar nada. Esto redunda en la alabanza de Su gloria.

IV. PARA ALABANZA DE SU GLORIA

El versículo 14 concluye con las palabras: “para alabanza de Su gloria”. Debemos


examinar este asunto una vez más. Esta es la tercera vez que se repite esta frase, y en
este caso, como conclusión de esta sección (vs. 3-14), que habla de las bendiciones que
Dios nos concede. Los versículos del 3 al 6 revelan lo que Dios el Padre se propuso para
nosotros; a saber, que El nos escogió y nos predestinó para filiación, para alabanza de la
gloria de Su gracia. Los versículos del 7 al 12 revelan cómo Dios el Hijo realizó lo que
Dios el Padre se había propuesto; o sea, que El nos redimió y nos hizo herencia de Dios,
para la alabanza de Su gloria. Los versículos del 13 al 14 nos hablan de cómo Dios el
Espíritu nos aplica lo que Dios el Hijo realizó; a saber, El nos sella y es la garantía y
anticipo de nuestra herencia eterna y divina, para la alabanza de la gloria de Dios. En las
bendiciones que Dios nos concede, la gloria del Dios Triuno merece una alabanza triple.

La expresión “para alabanza de Su gloria” se repite tres veces porque la Trinidad está
relacionada con la bendición de Dios. Las buenas palabras que se dicen acerca de
nosotros tienen una perspectiva triple, y la alabanza que se ofrece al Dios Triuno
también es una alabanza triple. El Dios Triuno, la Trinidad Divina, merece una alabanza
triple. El no sólo merece nuestra alabanza, sino también la alabanza de los ángeles y de
toda la creación. Un día, todo el universo alabará a Dios por lo que se propuso, por lo
que realizó y por lo que aplicó. ¡Qué maravilloso es recibir las buenas palabras con las
que Dios nos bendice!

Como hemos dicho, los versículos del 3 al 14 relatan las buenas palabras que Dios
expresó acerca de nosotros. Como resultado de ellas, todas las cosas positivas del
universo alabarán a Dios por las bendiciones que El nos concedió, porque nosotros, los
hijos de Dios, seremos Su herencia. Aunque caímos tan bajo, fuimos hechos hijos de
Dios, e incluso fuimos designados Su herencia y deleite. Dios ha llegado a ser nuestra
herencia, y nosotros lo heredamos a El como nuestro disfrute. El está en nosotros, y
nosotros estamos en El. Nosotros estamos en El para ser Su herencia y deleite, y El está
en nosotros para ser nuestra herencia y deleite. ¡Aleluya por las buenas palabras que el
Dios Triuno expresó acerca de nosotros! Ahora por tener la unción, el sellar y las arras
estamos plenamente satisfechos. Lo único que deseamos ahora es recibir más de Dios.

ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE CATORCE

UN ESPIRITU DE SABIDURIA Y DE REVELACION,


Y LOS OJOS DE NUESTRO CORAZON

En este mensaje abordaremos el tema del espíritu de sabiduría y de revelación, y el de


los ojos de nuestro corazón (1:15-18).

I. LA PRIMERA ORACION DEL APOSTOL

A. Por los santos que tienen fe en el Señor


y amor para con todos los santos

Con respecto a estos dos temas, ahora llegamos a la primera oración que el apóstol
Pablo ofrece en Efesios: “Por esta causa también yo, habiendo oído de la fe en el Señor
Jesús la cual está entre vosotros, y de vuestro amor para con todos los santos” (v. 15).
Pablo oró por los santos porque ellos tenían fe en el Señor Jesús y amor para con todos
los santos. La fe y el amor son cruciales en nuestra vida cristiana. Para con el Señor,
debemos tener fe; y para con los santos, debemos tener amor.

B. Da gracias por ellos

El versículo 16 añade: “No ceso de dar gracias por vosotros, acordándome de vosotros en
mis oraciones”. El apóstol siempre recuerda las buenas cosas de los santos y le agradece
al Señor por ellas.

C. Ora al Dios de nuestro


Señor Jesucristo, el Padre de gloria

Pablo, en su primera oración, ora al “Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de


gloria” (v. 17). En el versículo 3 Pablo habló del Dios y Padre de nuestro Señor
Jesucristo, y los une con la preposición “y”. Pero en el versículo 17, los menciona
separados; hablando de “el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria”. En la
encarnación, el Señor Jesucristo, Dios mismo (Fil. 2:6), se hizo hombre. Como tal, está
relacionado con la creación; por ello, Dios el Creador es Su Dios. La encarnación
introdujo a Dios el Creador en el hombre, la criatura. El título “el Dios de nuestro Señor
Jesucristo” da a entender que Dios el Creador ha entrado en el hombre. Cuando nos
referimos a Dios de esta manera, damos a entender que El no es solamente el Creador
que está fuera de Su criatura, el hombre, sino que también El se ha introducido en la
humanidad. Los judíos no reconocen que el Creador del universo ha entrado en el
hombre. Ellos creen en Jehová Dios sólo como Creador y se rehúsan a admitir que Dios
es el Dios del Señor Jesucristo.

Este título deja implícita la creación, la encarnación y la redención. Dios es el Creador;


sin embargo, también es el Dios de Jesucristo, quien es el Dios encarnado. Jesucristo no
es solamente el Dios que creó, sino también el Dios que se encarnó y que efectuó la
redención. Al referirnos a Dios como el Dios de nuestro Señor Jesucristo, declaramos
implícitamente que fuimos creados, que el Dios que lo creó todo entró en la humanidad,
y que nosotros fuimos redimidos. La encarnación implica que Dios es nuestro disfrute, y
lo podemos disfrutar porque El se unió a la humanidad. La divinidad llega a ser nuestro
disfrute en Jesucristo.

En 1:17 Pablo emplea la expresión: “el Padre de gloria”. La gloria es Dios expresado; por
lo tanto, el Padre de gloria es Dios expresado por Sus muchos hijos. El título “Padre”
implica regeneración, y la palabra “gloria” implica expresión. Por lo tanto, la expresión:
“el Padre de gloria” da a entender la regeneración y la expresión. Nosotros fuimos
regenerados por Dios y somos Su expresión.

En el título: “El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria” están implícitos
cinco asuntos importantes: la creación, la encarnación, la redención, la regeneración y la
expresión. Nosotros ya fuimos regenerados, pero en el futuro seremos glorificados y
expresaremos la gloria de Dios (Ro. 8:30). La regeneración de los muchos hijos y la
expresión de Dios representan la consumación de la economía divina. Antes de la
creación, no existía nada además de Dios; Dios no había generado nada ni tenía
expresión. Luego, El creó el universo y todo lo que hay en él; por esto El es el Creador.
Después de producir la creación, El dio el paso de la encarnación, por el cual entró en Su
criatura, el hombre. Por medio de la encarnación el Creador y la criatura se hicieron
uno. Cuando el Señor Jesús estaba en la tierra, El era la unión de Dios con el hombre.
Mediante Su crucifixión, El efectuó la redención, y como resultado, nosotros, Sus
criaturas caídas, fuimos redimidos. Luego fuimos regenerados para ser hijos de Dios el
Padre con el fin de expresarlo a El. El día que seamos glorificados, Dios será plenamente
expresado desde nuestro interior, y así seremos Su expresión. Todos estos importantes
pasos: la creación, la encarnación, la redención, la regeneración y la expresión, están
implícitos en el título: “El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria”.

Pablo oró a esta persona divina. Sin embargo, los judíos, por no tener ninguna noción
acerca de la encarnación, la regeneración y la expresión, dirigen su oración sólo a Dios el
Creador. Pero nosotros los cristianos tenemos al Dios que crea, que se encarna, que
redime, que regenera y que se expresa. ¡No hay duda de que tenemos mucho más que
los judíos!

D. Pide revelación

En la oración que Pablo ofrece al Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, él
pide revelación. La palabra griega traducida “revelación” en el versículo 17 significa
correr el velo. Así que, la revelación es, en efecto, el acto de quitar un velo.

II. UN ESPIRITU DE SABIDURIA Y DE REVELACION

A. Nuestro espíritu regenerado,


en el cual mora el Espíritu de Dios

Para recibir revelación, necesitamos un espíritu de sabiduría y de revelación. El espíritu


que se menciona en el versículo 17 debe de ser nuestro espíritu regenerado, donde mora
el Espíritu de Dios. Dios nos da este espíritu para que tengamos sabiduría y revelación a
fin de que lo conozcamos a El y Su economía. De hecho, el espíritu en este versículo es el
espíritu mezclado, el espíritu humano regenerado y habitado por el Espíritu Santo. Sin
embargo, en este contexto se le da énfasis a nuestro espíritu regenerado, y no al Espíritu
Santo.

B. La sabiduría es la capacidad perceptible


de nuestro espíritu, con la cual conocemos
el misterio de Dios

Pablo oró pidiendo que recibiésemos un espíritu de sabiduría y de revelación. La


sabiduría se halla en nuestro espíritu y nos faculta para conocer el misterio de Dios; la
revelación viene del Espíritu de Dios y tiene como fin correr el velo para mostrarnos la
visión. Primero recibimos sabiduría, la capacidad de entender las cosas espirituales;
luego, el Espíritu de Dios revela estas cosas a nuestro entendimiento espiritual.

La sabiduría es distinta y más profunda que la astucia. Una persona puede ser astuta, y
no ser sabia. La astucia se halla en la mente, mientras que la sabiduría se encuentra
principalmente en nuestro espíritu. Lo que más necesitamos es ser sabios en nuestro
espíritu, y no astutos en nuestra mente. El problema de algunos santos es que son muy
astutos en su mente, pero carecen de sabiduría en su espíritu. En 1933 conocí a un
hermano así en Shanghai. El era un buen comerciante, muy astuto para hacer negocio.
El vendía sombreros de mujer, especialmente a damas británicas. En una ocasión una
dama adinerada no mostraba interés en cierto sombrero porque consideraba que el
precio era muy bajo. Este hermano fue a la trastienda, le cambió el listón al sombrero y
le dobló el precio. A ese precio, la dama estuvo encantada de comprarlo. Esta anécdota
muestra que este hermano era un astuto comerciante. Pero aunque él era muy listo para
los negocios, carecía de sabiduría y no entendía cuando hablábamos de las Escrituras.
Su mente era muy activa, pero su espíritu no era agudo. No obstante, este hermano tenía
su corazón entregado al Señor, asistía a las reuniones de la iglesia y confiaba en nosotros
para todo lo relacionado con el Señor. El era un excelente ejemplo de la diferencia que
existe entre la astucia y la sabiduría.

Ahora veamos un ejemplo de una persona que tenía sabiduría, pero no mucha astucia.
En 1938 visité la zona rural del norte de China, donde la mayoría de la gente tenía un
bajo nivel educativo. Ahí había una hermana de edad avanzada, que aunque no tenía
mucha educación escolar, era muy sabia con respecto a las cosas del Señor. Cuando uno
hablaba con ella acerca del Señor, su sabiduría espiritual se manifestaba. Ella no
entendía nada acerca del comercio, pero en cuanto al Señor, esta hermana tenía
sabiduría en su espíritu y por ende sabía mucho más que la mayoría de los santos.

C. La revelación se efectúa cuando


el Espíritu de Dios corre el velo
para mostrarnos la visión
del misterio de Dios

Después de la sabiduría viene la revelación. Como ya mencionamos, la palabra revelar


significa correr el velo, abrirlo. La revelación proviene del Espíritu de Dios, y nos
muestra la visión del misterio de Dios (3:3-5). Supongamos que usted estudia ingeniería
y a través de sus años de estudio adquiere conocimiento respecto a diversas
maquinarias. Este conocimiento se puede comparar a la sabiduría. Un día usted visita
una fábrica y en cuanto se abren las puertas, ve toda la maquinaria que ahí tienen.
Podemos comparar la apertura de las puertas a la revelación. Debido a su sabiduría, o
sea, al conocimiento que usted tiene de esas máquinas, las reconoce inmediatamente.
Sin embargo, alguien que no tuviera este conocimiento no entendería nada respecto a
las máquinas, aunque también las viera. El tendría la revelación, pero le faltaría la
sabiduría. Algunos tienen sabiduría pero las puertas permanecen cerradas; mientras
que otros, aunque se les abren las puertas, no tienen sabiduría. Sólo cuando poseemos
sabiduría y revelación conocemos la maquinaria. Es lo mismo en cuanto a las cosas
espirituales. Necesitamos sabiduría y también que se corra el velo. Cuando tenemos los
dos, podemos entender las cosas espirituales.
D. En el pleno conocimiento de El

Cuando poseemos sabiduría y revelación, tenemos el pleno conocimiento de Dios, o sea,


conocemos a Dios plenamente.

III. EL HECHO:
EL MISTERIO DE LA VOLUNTAD DE DIOS

Además de tener un espíritu de sabiduría y de revelación, debemos preparar los ojos de


nuestro corazón. En esto, lo primero que debemos considerar es el hecho, que en este
caso es el misterio de la voluntad de Dios (1:9). En el ejemplo que presentamos
anteriormente, la fábrica representa el hecho. Asimismo, el misterio de la voluntad de
Dios es un hecho que debemos ver.

IV. LA REVELACION: CORRER EL VELO

Aunque el hecho pueda existir, se necesita la revelación, es decir, que se corra el velo. La
existencia de la fábrica es un hecho, pero es necesario que se abran las puertas; o sea,
que se corra el velo.

V. LOS OJOS DE NUESTRO CORAZON:


LA FACULTAD ESPIRITUAL PARA VER

Aunque podamos tener el hecho y que se corra el velo, aún necesitamos ojos para ver.
Tal vez tengamos el misterio de la voluntad de Dios y la revelación, pero aún
necesitamos los ojos, la facultad espiritual para ver (Hch. 26:18; Ap. 3:18). Los ojos a los
que nos referimos son, por supuesto, los ojos espirituales, los ojos del corazón. En
Apocalipsis 3:18 el Señor Jesús dijo: “Yo te aconsejo que de Mí compres ... colirio con
que ungir tus ojos, para que veas”. Necesitamos colirio para que nos sea restaurada la
vista. Hoy el problema no radica en los hechos, pues éstos abundan en la Biblia.
Además, la revelación, o sea, correr el velo, tampoco representa ningún problema, pues
el Dios que está lleno de gracia nos abre Su palabra continuamente. El problema
principal radica en nuestros ojos.

A. Un espíritu abierto y una conciencia purificada

Si queremos tener ojos que vean, necesitamos un espíritu abierto y una conciencia
purificada (Mt. 5:3; He. 9:14; 10:22). No cerremos nuestro espíritu; mantengámoslo
abierto. Además, nuestra conciencia debe ser purificada, no sólo por la aspersión de la
sangre redentora de Cristo, sino también por la confesión y resolución de nuestros
pecados, ofensas, fallas y errores. Nuestra conciencia, la cual es la parte principal de
nuestro espíritu, debe estar limpia. Si nuestra conciencia está opaca, nuestro espíritu no
podrá ver.

B. Un corazón puro

También necesitamos un corazón puro. La Palabra declara: “Bienaventurados los de


corazón puro, porque ellos verán a Dios” (Mt. 5:8). Muchos no pueden ver a Dios ni
recibir la revelación de las cosas espirituales porque su corazón no es puro. Para tener
un corazón puro, debemos permitir que el Señor toque cada parte de nuestro corazón.

1. Una mente sobria

Si deseamos tener un corazón puro, necesitamos una mente sobria (2 Ti. 1:7). Algunos
santos se confunden y no son capaces de diferenciar entre una cosa y otra. Para ellos las
letras “b” y “d” son casi lo mismo. Cuando leen la Biblia, les parece que Gálatas y
Colosenses tratan de lo mismo. Ellos carecen de una mente sobria.

2. Una parte emotiva amorosa

Nuestra mente debe ser fría, cuanto más fría mejor, pero nuestra parte emotiva debe ser
ferviente. Si queremos tener ojos que vean, necesitamos una parte emotiva que ame (Jn.
14:21). Una mente ferviente, no puede ser sobria. Nuestro problema radica en que, o
somos fervorosos o somos fríos tanto en la mente como en la parte emotiva. Las
hermanas tienden a ser fervientes, y los hermanos, fríos. Sin embargo, todos debemos
ser fríos en nuestra mente y fervientes en nuestra parte emotiva.

3. Una voluntad sumisa

Por último, a fin de tener un corazón puro es indispensable una voluntad sumisa (Jn.
7:17). Si nuestra voluntad ha de ser sumisa, ésta debe ser dócil.

Por experiencia he aprendido que si tenemos un corazón puro, con una mente sobria,
una parte emotiva amorosa, una voluntad sumisa y un espíritu abierto con una
conciencia pura, nuestros ojos podrán ver. Nuestro espíritu debe estar abierto, y nuestra
conciencia debe estar libre de ofensas. Además, nuestro corazón debe tener una mente
fría y sobria, una parte emotiva ardiente y amorosa, y una voluntad dócil y sumisa.
Cuando tengamos un espíritu y un corazón así, los ojos de nuestro corazón podrán ver.
Cada vez que aplicamos colirio a nuestros ojos, éste abre nuestro espíritu, purifica
nuestra conciencia, enfría nuestra mente fervorosa, aviva nuestra parte emotiva y
somete nuestra obstinada voluntad. Cuando todo esto ocurre, nuestros ojos son
sanados. Ser sanos equivale a que sean tocadas estas cinco partes de nuestro ser. Sin un
espíritu abierto, una conciencia pura, una mente sobria, una parte emotiva amorosa y
una voluntad sumisa, no veremos nada, aunque asistamos a muchas conferencias y
entrenamientos. Tal vez aprendamos doctrinas, pero no tendremos ninguna visión.

VI. LA LUZ: SER ILUMINADOS POR DIOS

Es posible tener el hecho, la revelación y la vista, y aun así no ver nada porque nos falta
la luz. Por consiguiente, necesitamos que Dios nos ilumine (1 Jn. 1:5, 7). La visión no se
recibe sino hasta que, además del hecho, la revelación y la vista, se tiene la luz.

VII. LA VISION: LA CAPACIDAD DE VER

La visión es la suma de cuatro cosas: el hecho, la revelación, la vista y la luz. Muchos


cristianos leen Efesios una y otra vez sin poder ver nada. Para ellos, Efesios es un libro
cerrado, pues les falta esa vista interior y no ven más allá de la letra impresa. Otros
quizás tengan la vista, pero carecen de luz. Por experiencia podemos testificar que
Efesios está lleno de hechos espirituales, que revela el misterio de la voluntad de Dios. Si
cuando leemos este libro nuestra condición es normal, se correrán los velos, vendrá la
luz y tendremos una visión de la voluntad de Dios. Si la luz divina no llega, tenemos que
orar más, pidiéndole al Señor que nos conceda luz. Finalmente, la luz resplandecerá, y
recibiremos una visión del contenido de este libro. Como hemos mencionado, los hechos
están presentes y el velo está corrido. Además, Dios, quien está lleno de gracia, nos
concede la luz. Lo que necesitamos ahora son ojos para ver.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE QUINCE

LA ESPERANZA A QUE DIOS NOS HA LLAMADO


Y LAS RIQUEZAS DE LA GLORIA
DE LA HERENCIA DE DIOS EN LOS SANTOS

Efesios 1:18 dice: “Para que, alumbrados los ojos de vuestro corazón, sepáis cuál es la
esperanza a que El os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de Su herencia en los
santos”. Según este versículo, necesitamos conocer dos cosas: la esperanza a que Dios
nos ha llamado y las riquezas de la gloria de Su herencia en los santos. En la primera
oración que el apóstol Pablo hizo en el libro de Efesios, él pidió que se nos concediera un
espíritu de sabiduría y de revelación para que conociéramos ciertas cosas, de las cuales
la primera es la esperanza a que Dios nos llamó.

I. YA NO SOMOS ADVENEDIZOS
NI ESTAMOS SIN ESPERANZA

Antes de ser salvos, no teníamos esperanza. Como dice en 2:12, estábamos “separados
de Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin
esperanza y sin Dios en el mundo”. Pero después de ser salvos, nuestra situación cambió
y ahora estamos llenos de esperanza. No obstante, debido a que muchos creyentes no
saben en qué consiste dicha esperanza, Pablo oró para que recibiéramos un espíritu de
sabiduría y de revelación y supiéramos cuál es la esperanza a que Dios nos ha llamado.

II. EL PUEBLO QUE DIOS LLAMO


ESTA LLENO DE ESPERANZA

A. Cristo mismo

Por ser nosotros el pueblo que Dios llamó, estamos llenos de esperanza. En primer
lugar, nuestra esperanza es Cristo mismo. Colosenses 1:27 declara que Cristo en
nosotros es la esperanza de gloria. Además, en 1 Timoteo 1:1 se afirma también que
Jesucristo es nuestra esperanza. Cristo no solamente es nuestra vida y santidad, sino
también nuestra esperanza. Cristo es nuestra única esperanza. Todo lo relacionado con
nuestra esperanza tiene que ver con El.
B. El arrebatamiento, la transfiguración
de nuestro cuerpo y la glorificación

El segundo aspecto de nuestra esperanza consiste en ser trasladados, por medio del
arrebatamiento, de la esfera terrenal y física a la esfera espiritual y celestial, y ser
glorificados (Ro. 8:23-25, 30; Fil. 3:21). Los maestros de la Biblia [del habla inglés], al
referirse al arrebatamiento, usan una palabra cuyo significado principal es éxtasis, es
decir, una condición en la cual uno está fuera de sí mismo por el gozo que tiene, lo cual
da a entender que el ser llevados a lo alto producirá este afecto en nosotros. Sin
embargo, dudo que muchos cristianos verdaderamente crean que ser arrebatado sea un
éxtasis. ¿Se alegraría usted si el Señor viniera hoy? ¿Le provocaría éxtasis o llanto? La
mayoría de los cristianos posiblemente lloraría, o se aterraría. Aunque el arrebatamiento
es un aspecto de la esperanza a la cual Dios nos llamó, esta esperanza depende de si
vivimos por el Señor o no. Si vivimos por El y andamos con El, el arrebatamiento será
un éxtasis para nosotros; pero si no vivimos por El ni andamos con El, dudo que lo sea.

Un gran número de cristianos toman este asunto del arrebatamiento a la ligera. Algunos
sostienen el concepto de que no importa lo que estén haciendo ni dónde estén cuando el
Señor regrese, de todos modos serán arrebatados. Pero, ¿que pasaría si usted estuviera
en un teatro, o discutiendo con su cónyuge? ¿Sería el arrebatamiento un éxtasis para
usted en tales circunstancias? ¡Ciertamente que no! Yo no quisiera ser hallado riñendo
cuando el Señor Jesús regrese. En 2 Timoteo 4:1 Pablo le dijo a Timoteo: “Delante de
Dios y de Cristo Jesús, que juzgará a los vivos y a los muertos, te encargo solemnemente
por Su manifestación y por Su reino”. Esto indica que Timoteo debía vivir a la luz de la
manifestación del Señor y en el reino. Todo lo que el reino rechazará en el futuro debe
ser rechazado hoy en nuestro vivir. No creo que muchos, aun de los que están entre
nosotros, vivan conforme a la manifestación del Señor. Si lo hiciéramos, ciertamente
evitaríamos las disputas, pues no nos gustaría que el Señor nos encontrase discutiendo
cuando El se manifieste. Muy pocos cristianos consideran la venida del Señor como una
advertencia. Si leemos el Nuevo Testamento, especialmente las epístolas, veremos que
los apóstoles vivían teniendo en mente la manifestación del Señor; la aparición del
Señor era una constante advertencia para ellos y regulaba su vida. Ellos no se atrevían a
hacer ciertas cosas porque creían que el Señor podía aparecer en cualquier momento. Si
tomamos en serio la manifestación del Señor y el reino, esto afectará mucho nuestro
diario vivir.

Muchos cristianos, sin embargo, discuten mucho el tema del arrebatamiento y la venida
del Señor, pero después de hacerlo, se entregan libremente a las diversiones mundanas.
¡Cuán lamentable es esto! Hemos sabido de algunos cristianos que la mesa que usan
para apostar, la usan también para estudiar la Biblia. Otros, después de discurrir sobre
la venida del Señor, van a eventos deportivos, al cine o a bailar. ¿Habíamos visto que la
manifestación de Cristo debe ser un factor fundamental en nuestra vida diaria?
Debemos vivir hoy a la luz de la manifestación del Señor. Si lo hacemos, el
arrebatamiento será un éxtasis para nosotros.

Después de ser arrebatados, todos compareceremos ante el tribunal de Cristo y


arreglaremos cuentas con El. Allí responderemos a nuestras deficiencias, falta de
fidelidad, fracasos e injusticias. Muchos cristianos han acumulado muchas de estas
cosas en el curso de su vida cristiana; por ello, cuando el Señor venga y ellos tengan que
comparecer ante Su tribunal, ciertamente no estarán llenos de gozo. Por el contrario,
ellos estarán aterrados. Todos necesitamos reconsiderar nuestras vidas. Muchos ponen
muchas excusas, en especial, su debilidad. Algunos dicen: “El Señor sabe que somos
débiles, y El tendrá misericordia de nosotros. No importa si fallamos o cometemos
errores; el Señor es misericordioso”. Otros se excusan diciendo que no quieren ser tan
espirituales o religiosos. Sin embargo, cuando el Señor venga, no habrá excusas. Si Su
regreso será o no un éxtasis para nosotros, dependerá de cómo vivimos hoy. Si llevamos
una vida de faltas, derrotas, deshonestidad, infidelidad y rebelión, la venida del Señor
no será un éxtasis, sino un juicio. Debemos poner atención a lo que el Señor dijo con
respecto a velar y orar (Lc. 21:36). Si buscamos al Señor velando y orando, Su venida
será un éxtasis para nosotros. Esta es nuestra esperanza.

La esperanza que tendremos en los días venideros depende de que seamos edificados
hoy. Si no somos edificados en el Señor, tendremos muy poca esperanza. Cristo está en
nosotros como la esperanza de gloria; sin embargo, aun esta esperanza depende de
cuánto somos edificados. Cuando Cristo regrese, ¿será El nuestro juez o nuestro Novio?
Quizás para otros sea un Novio, pero para nosotros sea un juez. Si ése es el caso, El no
será nuestra esperanza de gloria. La vida que llevamos como cristianos hoy día,
determinará si El será dicha esperanza para nosotros. Este asunto es serio y debe
llevarnos a reconsiderar nuestros caminos. Si nuestro vivir es normal, Cristo es nuestra
esperanza, y el arrebatamiento será un éxtasis para nosotros.

Cuando seamos arrebatados, nuestro cuerpo será transfigurado y seremos glorificados.


Sin embargo, digo esto con cautela, debido a la deplorable condición que existe entre los
cristianos de hoy. Por la gracia de Dios, los que estamos en el recobro del Señor
debemos alcanzar la norma y vivir cómo El requiere. Debemos ser Sus testigos vivientes
y llevar Su testimonio fuera del campamento. Si lo hacemos, el regreso de Cristo y el
arrebatamiento serán nuestra esperanza. Además, la transfiguración de nuestro cuerpo
y nuestra glorificación también serán una esperanza para nosotros.
C. La venidera salvación de nuestra alma

La esperanza a que Dios nos ha llamado incluye también la futura salvación de nuestra
alma (1 P. 1:5, 9). Si perdemos nuestra alma por causa del Señor hoy, sufriendo en
nuestra alma por Su testimonio, tenemos la esperanza de recibir la salvación de nuestra
alma cuando El regrese. Hoy nuestra alma sufre, pero cuando el Señor venga, ella
entrará en el gozo del Señor. Esta es la salvación del alma mencionada en 1 Pedro. Sin
embargo, si en vez de cuidar del testimonio del Señor, salvamos nuestra alma hoy
entregándola a los placeres terrenales, el regreso del Señor será una pérdida y un juicio
para ella. Pero si siempre estamos dispuestos a perder nuestra alma por causa del
testimonio del Señor, cuando El regrese, traerá salvación a nuestra alma, y la salvación
introducirá nuestra alma al disfrute del Señor. Esta esperanza la determina la manera
en que vivimos hoy.

D. El disfrute regio con Cristo en el milenio

Otro aspecto de nuestra esperanza es el disfrute que tendremos como reyes con Cristo
en el milenio (Ap. 5:10; 2 Ti. 4:18; Mt. 25:21, 23). Esto también tiene que ver con la
manera en que vivimos hoy. En el Evangelio de Mateo vemos que los esclavos
negligentes son echados a las tinieblas de más afuera, y que los fieles entran en el
disfrute del Señor. Como podemos ver, habrá castigo para algunos y recompensa para
otros. Todos somos cristianos, mas no todos recibiremos el mismo trato cuando el Señor
regrese. Todo dependerá de la manera en que vivamos hoy. Si somos fieles, seremos
recompensados con el disfrute del Señor por mil años; pero si somos negligentes,
seremos castigados. Si el milenio será o no una esperanza para nosotros, depende de
cuál sea nuestra actitud hoy. Debemos ser cristianos normales, fieles al Señor. Si lo
somos, el milenio será nuestra esperanza.

E. El disfrute consumado que tendremos


con Cristo en la Nueva Jerusalén donde gozaremos de bendiciones
universales
y eternas en el cielo nuevo y la tierra nueva

Por último, la esperanza a la cual Dios nos ha llamado incluye el disfrute consumado
que tendremos de Cristo en la Nueva Jerusalén, donde gozaremos de bendiciones
universales y eternas en el cielo nuevo y la tierra nueva (Ap. 21:1-7; 22:1-5). ¡Aleluya por
esta esperanza! Todos estaremos en la Nueva Jerusalén. Sin embargo, para llegar allí
necesitamos crecer y madurar. Si no maduramos en esta era, tendremos que madurar en
la venidera. Todo aquel que disfrute de la Nueva Jerusalén en el cielo nuevo y la tierra
nueva, habrá madurado. No me pregunten de qué manera el Señor nos hará madurar. El
sabe cómo hacerlo y lo logrará, ya sea en esta era o en la venidera. Estoy consciente de
que la teología popular no reconoce este hecho. La mayoría de los cristianos afirma que
mientras hayamos sido redimidos por la sangre de Cristo, todo estará bien en la era
venidera. Sin embargo, el día llegará cuando se darán cuenta de que no todo está bien.
Es verdad que somos salvos eternamente, pero necesitamos pasar por ciertas
experiencias y madurar. Por eso, digo que debemos reconsiderar nuestros caminos. En
cuanto a la Nueva Jerusalén, ella será la esperanza de todos nosotros. En 2 Pedro 3:13
dice: “Pero nosotros esperamos, según Su promesa, cielos nuevos y tierra nueva, en los
cuales mora la justicia”.

Si no conocemos la esperanza a que Dios nos llamó, no estaremos dispuestos a dejar las
cosas que nos distraen. Pero si vemos que Cristo viene, que seremos arrebatados,
transfigurados y glorificados, y que podemos entrar en el gozo del Señor en el milenio,
espontáneamente dejaremos todo lo demás. Si no vemos lo que está por venir, seremos
engañados por las cosas del presente. Necesitamos ver cada aspecto de nuestra
esperanza a fin de ser rescatados. Por esta razón, el apóstol Pablo pidió en oración que
conociéramos la esperanza a que Dios nos ha llamado. El llamamiento de Dios no sólo
incluye la elección, la predestinación, la redención, el sellar y el darse en arras, sino
también un espléndido futuro. Su llamamiento no sólo tiene que ver con el pasado, sino
también con el futuro. ¡Qué maravilloso futuro nos espera!

III. EL LLAMAMIENTO DE DIOS ES LA


SUMA TOTAL DE TODAS SUS BENDICIONES

El llamamiento de Dios es la suma de todas las bendiciones enumeradas en los


versículos del 3 al 14: la elección y la predestinación efectuadas por Dios el Padre; la
redención lograda por Dios el Hijo; y el sellar y el darse en arras llevados a cabo por Dios
el Espíritu. Cuando fuimos llamados, participamos de la elección y predestinación
efectuadas por el Padre, de la redención realizada por el Hijo, y del sello y las arras del
Espíritu.

¿Ha considerado usted que con nuestro llamamiento recibimos todas las bendiciones
del Dios Triuno? Pocos cristianos saben esto. No obstante, estas bendiciones son el
contenido del llamamiento de Dios. Así vemos que el llamamiento de Dios es grandioso,
pues comprende la elección, la predestinación, la redención, el sellado y las arras. Esto
significa que Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu participan en el llamamiento
de Dios. En este llamamiento recibimos al Dios Triuno como nuestra porción.

Ya mencionamos que el llamamiento de Dios incluye la elección. El Padre también nos


predestinó; nos marcó un destino de antemano. Este destino es la filiación. ¡Qué
maravilloso destino! Después de ser seleccionados y predestinados por el Padre, fuimos
redimidos por el Hijo. Luego el Espíritu vino a nosotros, nos selló y nos dio a Dios en
arras. Puesto que tenemos todo esto, ¿qué más podemos desear? Estoy completamente
satisfecho y contento con lo que el Dios Triuno es para mí.

IV. LA GLORIA DE DIOS ES


DIOS MISMO EXPRESADO

Ahora hablaremos de las riquezas de la gloria de la herencia de Dios en los santos.


Hemos dicho muchas veces que la gloria de Dios es Dios mismo expresado. Cuando Dios
se expresa, eso es gloria.

V. LAS RIQUEZAS DE LA GLORIA


DE DIOS SON LOS DIVERSOS
ATRIBUTOS DE DIOS EXPRESADOS
EN DIFERENTES GRADOS

Las riquezas de la gloria de Dios son los diversos atributos de Dios, tales como luz, vida,
poder, amor, justicia y santidad, expresados en diferentes grados. Puesto que la gloria es
la expresión de Dios, las riquezas de Su gloria son las riquezas de Su expresión. Algunos
de los atributos divinos son el amor, la humildad, la paciencia y la santidad. Uso
específicamente la palabra “divino” porque fuimos hechos de tal manera que tenemos la
forma de lo divino. Por ejemplo, nosotros tenemos humildad humana, pero la humildad
humana no es verdadera; simplemente es la forma de la humildad genuina, la cual es la
humildad divina. Pasa lo mismo con el amor humano, el cual es una forma del amor
divino y genuino. Por lo tanto, el amor divino es la realidad del amor humano. Todo ser
humano posee amor, pero es un amor que no perdura. Por ejemplo, usted ama a sus
padres, pero quizás su amor por ellos sólo dure unos cuantos días. Asimismo, es posible
que un hermano ame a su esposa, pero quizás la ame solamente por unas cuantas
semanas. Todos amamos a los demás, pero nuestro amor es como una estrella fugaz. Tal
vez un hermano ame muchísimo a su esposa hoy, y al siguiente día la mande al infierno.
Un amor así no es parte de las riquezas de la gloria de Dios.

Como dije anteriormente, las riquezas de la gloria de Dios son la expresión de los
atributos divinos y las virtudes divinas. Sólo hay dos clases de amor, el humano y el
divino; y también dos clases de justicia y de paciencia, la justicia y la paciencia humanas
y la justicia y la paciencia divinas. Muchos cristianos confunden las virtudes humanas
con las virtudes divinas. Al hacer esto cometen un grave error. No es necesario
desarrollar nuestras virtudes humanas; lo que nos falta es las virtudes divinas. Cuando
Dios en Cristo se forja en nosotros, nuestro amor, nuestra humildad, nuestra paciencia y
nuestra justicia llegan a ser divinos. Estas virtudes divinas son las riquezas de la gloria
de Dios; tales virtudes son la herencia de Dios entre los santos. Es muy importante que
entendamos esto.

Si logramos ver esto, nuestra vida cristiana cambiará. Casi todos los que buscan al Señor
siguen viviendo regidos por la vida natural y condenan únicamente su maldad, mas no
su bondad natural. Lo malo es condenado y lo bueno, apreciado. No se discierne entre lo
natural y lo divino. Mientras que algo sea bueno, lo justifican y lo aceptan. Esta práctica
es errónea. Debemos discernir entre lo natural y lo divino. Solamente los atributos
divinos, y no las virtudes humanas, constituyen las riquezas de la gloria de Dios. Si
vemos esto, tendremos la adecuada vida de iglesia. La apropiada vida de iglesia no está
llena de virtudes humanas naturales, sino de virtudes divinas, las cuales son las riquezas
de la expresión de Dios en Su herencia entre los santos.

VI. LA HERENCIA DE DIOS


EN LOS SANTOS Y ENTRE ELLOS

Ahora debemos ver qué es la herencia de Dios en los santos y entre ellos. En el versículo
18, la palabra griega que se traduce en también puede traducirse entre. La herencia de
Dios está en los santos y entre ellos. Nosotros, los santos, somos la herencia de Dios. No
obstante, lo que somos por naturaleza no puede ser la herencia de Dios. El no desea
heredar nuestra naturaleza, nuestra carne o nuestro ser natural; El desea heredar todo
lo que ha forjado de Sí mismo en nosotros. Por consiguiente, todo lo que Dios imparte
de Sí mismo en nosotros llega a ser Su herencia.

VII. LA HERENCIA DE DIOS SERA


SU EXPRESION ETERNA

En primer lugar, Dios nos constituyó Su herencia (v. 11), Su posesión adquirida (v. 14), y
nos permitió participar de todo lo que El es, de todo lo que El tiene y de todo lo que
logró, lo cual es nuestra herencia. Finalmente, todo esto llegará a ser la herencia de Dios
en los santos por la eternidad. Esto será Su expresión eterna, Su gloria con todas Sus
riquezas, las cuales lo expresarán plena, universal y eternamente (Ap. 21:11).

Hemos visto que Dios está en el proceso de impartirse a Sí mismo en nosotros


paulatinamente. Todo lo que El imparte en nosotros llega a ser Su herencia. Un día, Dios
nos heredará; de hecho, El se heredará a Sí mismo en nosotros. Dentro de nosotros se
ha depositado cierta cantidad de la herencia de Dios. La cantidad depende de cuánto
Dios se ha forjado en nuestro ser. Debemos orar y pedirle al Señor que nos muestre
cuánto de El tenemos. No piensen que hacer esto es ser introspectivos. Necesitamos
pedirle que nos muestre cuánto de nuestro ser está constituido de El, y cuánto, de
nosotros mismos. Generalmente los cristianos no piensan así. Ellos se pesan a sí mismos
conforme a la ética, a lo bueno y lo malo, a lo correcto y lo incorrecto, y al amor y el odio.
Sin embargo, la báscula en la que debemos pesarnos es Dios mismo. ¿Cuánto de Dios
hay en nosotros en nuestra vida familiar y en la vida de iglesia? Si nos pesamos de esta
manera, descubriremos que tenemos muy poco de Dios. No obstante, le damos gracias a
El por lo que tenemos. Lo que necesitamos ahora es que El aumente en nosotros, pues la
herencia de Dios en los santos es El mismo. En esta herencia están las riquezas de Su
gloria. Por ello, en 1:18 Pablo habla de las riquezas de Su gloria en los santos. La vida de
iglesia adecuada no es una vida de virtudes naturales, sino una vida de virtudes divinas,
las cuales son la expresión de Dios en Su herencia entre los santos.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE DIECISEIS

LA SUPEREMINENTE GRANDEZA
DEL PODER DE DIOS

En Efesios 1:18 y 19 Pablo oró pidiendo que comprendiéramos cuál es la esperanza a que
Dios nos ha llamado, cuáles son las riquezas de la herencia de Dios en los santos, y cuál
es la supereminente grandeza del poder de Dios para con nosotros los que creemos. Con
relación a estos tres asuntos, hay tres palabras claves que debemos saber: esperanza,
gloria y poder. La esperanza es la esperanza a que Dios nos ha llamado, la gloria es la
gloria de la herencia de Dios entre los santos y el poder es el poder que actúa para con
nosotros según la operación del poder de la fuerza de Dios, que El hizo operar en Cristo.

La esperanza, la gloria y el poder están relacionados con las bendiciones enumeradas en


los versículos del 3 al 14, en las cuales se abarcan cinco aspectos de las buenas palabras
que el Padre ha hablado acerca de nosotros: la elección y la predestinación efectuadas
por el Padre, la obra redentora del Hijo, y el sellar y el darse en arras realizado por el
Espíritu. El Padre nos escogió para que fuésemos santos y nos predestinó para que
fuésemos Sus hijos; el Hijo nos redimió para que fuésemos reunidos en Cristo bajo una
cabeza; y el Espíritu nos selló para que seamos transformados a la imagen de Dios, es
decir, para que seamos completamente saturados con El mismo, a fin de que tengamos
Su semejanza. Además, el Espíritu se nos dio en arras, lo cual significa que Dios se da a
nosotros como nuestro disfrute, anticipo y garantía. Este es el contenido de las
bendiciones que nos brinda el Dios Triuno.

La esperanza es el resultado de estas bendiciones. Nuestro llamamiento es la suma de


las bendiciones espirituales, y nuestra esperanza es el resultado de ellas. Esta esperanza
también es nuestra gloria. El apóstol Pablo, después de hablar del contenido de las
bendiciones de Dios, y basado en su profunda comprensión espiritual, oró pidiendo que
recibiéramos un espíritu de sabiduría y de revelación, y que los ojos de nuestro corazón
fueran alumbrados. Esto requiere que todo nuestro ser sea tocado. Nuestro espíritu
tiene que estar abierto; nuestra conciencia tiene que ser purificada; nuestro corazón
tiene que ser puro; nuestra mente tiene que ser sobria; nuestra parte emotiva tiene que
ser afectuosa; y nuestra voluntad tiene que ser sumisa. Cuando cada parte de nuestro ser
haya pasado por esta experiencia, podremos conocer la esperanza, la gloria y el poder.
Puesto que el llamamiento incluye todas las bendiciones de Dios, la esperanza es la
esperanza de estas bendiciones; esta esperanza es la gloria de volvernos santos en todo
nuestro ser. La gloria es también la plena filiación. Cuando hayamos experimentado la
plena filiación, nuestro cuerpo será glorificado, o sea, transfigurado. Según Romanos
8:21, toda la creación disfrutará de la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Esta
gloria es nuestra esperanza.

Hemos visto que esta gloria tiene sus riquezas, que comprenden los diversos atributos y
virtudes de Dios. Dios es rico en atributos y virtudes, tales como amor, vida, luz,
humildad, justicia, santidad y longanimidad. Cuando éstos sean completamente
expresados en nosotros, esa expresión será las riquezas de la gloria de Dios. Así vemos
que la esperanza y la gloria son el resultado de las cinco bendiciones, de los cinco
elementos de las buenas palabras con las que Dios habla bien de nosotros.

El poder divino es el medio único por el cual obtenemos la esperanza y llegamos a la


gloria. La esperanza y la gloria pueden ser algo objetivo, pero la supereminente grandeza
del poder de Dios para con nosotros es muy subjetivo, es algo que se puede
experimentar. El poder de Dios para con nosotros es supereminente grande, y debemos
conocerlo y experimentarlo.

Hace veinticinco años conduje en Taipéi un estudio completo del libro de Efesios. Pero
en aquel entonces no había visto que la esperanza y la gloria son el resultado de las
bendiciones, y que éstas dependen del poder divino. Ahora veo que después de
mencionar las bendiciones del Dios Triuno con relación a nosotros, Pablo oró pidiendo
que conociésemos la esperanza y la gloria de dichas bendiciones. La gloria es la
expresión de las bendiciones de Dios. El anhelo de Dios al bendecirnos es que seamos Su
herencia. Por ello, debemos heredarlo y disfrutarlo a El. Primero nosotros lo heredamos
a El y luego llegamos a ser Su herencia. Esto resulta de que Dios se forje en nosotros y
nos haga uno con El. Al operar Dios en nosotros, llegamos a ser Su satisfacción y El, la
nuestra. Esta satisfacción mutua es también una herencia mutua, una herencia que
tendrá la gloria que expresa todos los atributos y virtudes de Dios. Esto será la expresión
del Dios Triuno por la eternidad. Esta gloria es nuestra esperanza.

Ahora llegamos al tema de cómo el poder divino lleva a cabo esta esperanza y esta gloria.
Hoy vivimos en una era nuclear y estamos muy conscientes de que para hacer cualquier
cosa se necesita poder. Por ejemplo, el hombre necesitó mucho poder para ir a la luna.
Sin poder, no somos nada. El poder por el cual obtenemos nuestra esperanza es el poder
del que se habla en 3:20, donde Pablo dice que Dios es poderoso para hacer todas las
cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o pensamos, según el poder que
actúa en nosotros. La palabra griega que se traduce “actuar” en 3:20 significa operar,
energizar. El poder que está en nosotros no solamente actúa y opera, sino que también
nos energiza. El lenguaje humano es insuficiente para describir la supereminente
grandeza de este poder.

I. PARA CON LOS CREYENTES

Este poder actúa para con los creyentes. Es semejante a la energía eléctrica que se
trasmite continuamente de la planta generadora a nuestra casa para suplir las
necesidades diarias. Asimismo, el poder divino se trasmite continuamente a nosotros
para constituirnos la herencia que cumple el propósito eterno de Dios.

II. SEGUN LA OPERACION DEL PODER DE SU FUERZA

El versículo 19 también declara que la grandeza del poder de Dios actúa “según la
operación del poder de Su fuerza”. Al escribir Efesios, Pablo agotó prácticamente el
idioma griego. En este versículo, él habla del poder, de la operación y de la fuerza. El usa
distintas palabras para describir la grandeza del poder de Dios que actúa en nosotros.

III. QUE OPERO EN CRISTO

La supereminente grandeza del poder de Dios para con nosotros es conforme a la


operación del poder de Su fuerza que hizo operar en Cristo. El poder que actúa en
nosotros es el mismo que operó en Cristo. Por ser nosotros Su Cuerpo, participamos del
poder que opera en la Cabeza.

A. Al resucitarlo de los muertos

El gran poder que operó en Cristo primeramente lo resucitó de los muertos. Este poder
venció la muerte, la tumba y el Hades, lugar donde están retenidos los muertos. Debido
al poder de Dios, que es el poder de resurrección, la muerte y el Hades no pudieron
retener a Cristo (Hch. 2:24).

B. Al sentarlo a Su diestra
en los lugares celestiales

La supereminente grandeza del poder de Dios también hizo sentar a Cristo a la diestra
de Dios en los lugares celestiales, “por encima de todo principado y autoridad y poder y
señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el
venidero” (vs. 20-21). La diestra de Dios, donde Cristo fue sentado por la supereminente
grandeza del poder de Dios, es un lugar honorable, un lugar de autoridad suprema. “Los
lugares celestiales” no sólo se refieren al tercer cielo, la cumbre del universo donde Dios
mora, sino también al estado y atmósfera de los cielos, donde Cristo fue sentado por el
poder de Dios.

En el versículo 21 Pablo declara que Cristo se sentó por encima de todo principado y
autoridad y poder y señorío y sobre todo nombre que se nombra. La palabra
“principado” se refiere al cargo más elevado; “autoridad”, a toda clase de poder oficial
(Mt. 8:9); “poder”, a la fuerza de la autoridad; y “señorío”, a la preeminencia que el
poder establece. La autoridad que se menciona en este versículo no solamente incluye
las autoridades angélicas y celestiales, sean buenas o malas, sino también las humanas y
terrenales. El Cristo ascendido fue sentado muy por encima de todo principado,
autoridad, poder y señorío del universo. La expresión “todo nombre que se nombra” no
sólo se refiere a los títulos de honor, sino también a todo lo que tenga nombre. Cristo fue
sentado por encima de todo; todo lo relacionado con este siglo y con el venidero.

C. Al someter todas las cosas bajo Sus pies

En el versículo 22 se dice: “Y sometió todas las cosas bajo Sus pies”. En tercer lugar, el
gran poder que Dios hizo operar en Cristo sometió todas las cosas bajo Sus pies. El
hecho de que Cristo esté por encima de todo es diferente de que todas las cosas estén
sometidas bajo Sus pies. Lo primero habla de la trascendencia de Cristo; y lo último, de
la sujeción de todas las cosas a El. En esto vemos el poder que somete todas las cosas.

D. Al darlo por Cabeza sobre todas las cosas

La última parte del versículo 22 declara: “Y lo dio por Cabeza sobre todas las cosas a la
iglesia”. En cuarto lugar, el gran poder que Dios hizo operar en Cristo, dio a Cristo por
Cabeza sobre todas las cosas a la iglesia. La autoridad que Cristo tiene sobre todas las
cosas es un don que Dios le dio. Fue por medio del supereminente poder de Dios, que
Cristo recibió la autoridad sobre todo el universo. Como hombre, en Su humanidad y
con Su divinidad, Cristo fue resucitado de entre los muertos, fue sentado en los lugares
celestiales, todas las cosas fueron sometidas bajo Sus pies, y fue dado por Cabeza sobre
todas las cosas.

En estos versículos vemos cuatro aspectos del poder que operó en Cristo: el poder de
resurrección, el poder de ascensión, el poder que somete, y el poder que reúne todas las
cosas bajo una cabeza. Este cuádruple poder es dado a la iglesia. La frase “a la iglesia”
del versículo 22 denota una trasmisión. Todo lo que Cristo, la Cabeza, logró y obtuvo es
trasmitido ahora a la iglesia, Su Cuerpo. En esta trasmisión, la iglesia participa con
Cristo de todos Sus logros: Su resurrección, Su trascendencia sobre todo, la sujeción de
todas las cosas bajo Sus pies y la autoridad que El tiene sobre todas las cosas.
La iglesia procede de este poder. La preposición “a” hace alusión al origen de la iglesia.
Este poder, el cual es trasmitido a la iglesia, nos llevará a la gloria y hará que nuestra
esperanza se haga una realidad. Tanto de la esperanza como de la gloria participaremos
en el futuro, pero el poder está disponible hoy.

La electricidad y el poder nuclear son ejemplos excelentes de este poder cuádruple. En el


recobro del Señor tenemos y usamos tanto la electricidad divina como la energía nuclear
celestial. Los cristianos en su mayoría conocen muy poco este poder, y de los que lo
conocen, pocos saben activarlo. Supongamos que alguien le pide a usted que sea su
huésped por una noche. Aunque le asignen una habitación maravillosa, si no sabe donde
está el interruptor, usted estará en tinieblas. En el recobro del Señor activamos el
interruptor continuamente. El apóstol Pablo oró para que conociéramos la
supereminente grandeza del poder de Dios. Puesto que la grandeza del poder nuclear
celestial sobrepasa nuestro conocimiento, nadie puede determinar cuán grande es; no
obstante, podemos experimentarlo. ¡Esto es maravilloso!

Si conociéramos la supereminente grandeza del poder divino que operó en Cristo, jamás
usaríamos nuestra debilidad como excusa. Comparado con este poder, nuestra debilidad
no es nada. El poder divino puede levantarnos de entre los muertos, aunque estemos
muertos, sepultados y hedamos como Lázaro. Las hermanas, con la intención de que me
compadezca de ellas, a menudo me dicen que son vasos frágiles. Y efectivamente, 1
Pedro 3:7 afirma esto. Sin embargo, no me conmueven con su debilidad porque ellas
disponen del poder nuclear celestial. Con este poder, no existe la debilidad.

El poder cuádruple se trasmite a aquellos que creen. Lo que expresamos es lo que


creemos. Si declaramos que somos débiles, es porque creemos que así es. Las hermanas
deben declarar que por tener el poder nuclear divino, ellas no son débiles. Pablo oró
pidiendo que se nos diese un espíritu de sabiduría y de revelación para que supiéramos
cuál es la esperanza a que Dios nos ha llamado, cuáles son las riquezas de Su gloria, y
cuál es la supereminente grandeza de Su poder para con nosotros. Si comprendiéramos
que el poder que actúa en nosotros levantó a Cristo de entre los muertos, ¿seguiríamos
diciendo que somos débiles? Nunca subestimemos la importancia de nuestras palabras.
Todo lo que Dios dice se cumple. Y en principio, pasa lo mismo con nosotros. Tener fe es
expresar lo que Dios dice. Cuando Dios declara: “Tú eres salvo”, debemos decir:
“¡Amén!” Todo aquel que responda de esta manera será salvo. De la misma manera, si
Dios dice: “El poder divino es tuyo”, debemos decir: “¡Amén!” Entonces este poder
efectivamente será nuestro. No debemos decir que todavía hay débiles entre nosotros,
pues todos somos más fuertes que David, incluso tan fuertes como Jesucristo. ¿Nos
atreveríamos a decir que somos tan poderosos como Jesucristo? Si conociéramos la
trasmisión del poder celestial, lo diríamos sin temor.
En 6:10 Pablo dice: “Fortaleceos en el Señor, y en el poder de Su fuerza”. Esto se basa en
lo que escribió en el capítulo uno. Mediante el poder divino, podemos ser fortalecidos y
permanecer firmes. A menudo los hermanos y las hermanas dicen que se sienten
decaídos. Pero nosotros no estamos decaídos; más bien, estamos en los lugares
celestiales por encima de todo, estamos en la ascensión de Cristo, por encima de todas
las cosas, incluyendo a los demonios, los ángeles malignos, los principados y las
potestades. Si vemos esto, nada nos hará decaer. Esto no es un sueño, es el poder por el
cual obtendremos la gloria y alcanzaremos nuestra esperanza. Nuestra esperanza no es
en vano; ella se basa en el poder divino. Antes de que los astronautas fueran a la luna,
ellos se aseguraron de tener el poder necesario para llegar allá. De la misma manera,
nuestra base es la supereminente grandeza del poder de Dios que opera en nosotros los
que creemos. Simplemente no tengo palabras para expresar esto. Lo único que puedo
hacer es repetir las palabras del apóstol Pablo, es decir, que la supereminente grandeza
del poder de Dios actúa para con nosotros los que creemos.

En Efesios 1:22 se da a entender que todas las cosas fueron sometidas bajo nuestros
pies, y debemos creerlo. Si no lo creemos, nos rebelamos contra las palabras de nuestro
Padre. Nuestro Padre no miente; todo lo que El dice es verdad. Por tanto, debemos
aceptar Su Palabra y creerla. Hagamos a un lado nuestros sentimientos y nuestra
condición. No digamos que hay ciertas situaciones que no pueden estar bajo nuestros
pies. La verdad es que estamos muy por encima de todo y que el poder divino ha
sometido todas las cosas bajo nuestros pies, incluyendo las situaciones difíciles. No
debemos permitir que las circunstancias nos distraigan; tampoco debemos creer en
ellas. Olvidémonos de todo y simplemente tomemos la palabra, creámosla y
declarémosla. ¡Aleluya por el poder que lo somete todo!

Damos gracias al Señor por el poder que reúne todas las cosas bajo una cabeza y que dio
a Cristo por Cabeza sobre todas las cosas a la iglesia. No debemos interpretar
erróneamente lo que Pablo dijo en 1:22 y pensar que nosotros somos la cabeza; eso sería
un grave error. Siempre debemos estar conscientes de que estamos sometidos a la
Cabeza. Sin embargo, al estar sometidos a la Cabeza, participamos del poder que somete
todas las cosas. Aunque no somos la Cabeza, participamos en el sometimiento de todas
las cosas.

Ya que dentro de nosotros está el poder trascendente que nos pone por encima de todo,
debemos levantarnos, salir de nuestra debilidad y creer en la palabra que afirma que
estamos en dicha posición. Todos debemos ver esto, creerlo y declararlo. Además,
debemos saber que todas las cosas están sometidas bajo nuestros pies. No creamos en
nuestra condición; antes bien, tomemos la Palabra y proclamemos todo lo que ésta
declara. Además, nosotros mismos debemos someternos a la autoridad de Cristo. Si lo
hacemos, participaremos en el sometimiento de todas las cosas. El resultado de todo
esto es la vida de iglesia. Todos los problemas que surgen en la vida de iglesia se deben a
que no conocemos plenamente el poder divino. Si conocemos plenamente este poder y
vivimos por él, llevaremos una vida de iglesia maravillosa, una vida de iglesia libre de
problemas.

Que todos llevemos esto al Señor y oremos: “Señor, contesta en mi experiencia la


oración del apóstol Pablo para que yo pueda recibir un espíritu de sabiduría y de
revelación, que los ojos de mi corazón sean iluminados a fin de que yo conozca el poder
que actúa para conmigo según la operación del poder de Tu fuerza. Quiero conocer el
poder que operó en Cristo levantándolo de los muertos, sentándolo en los lugares
celestiales por encima de todo, sometiendo todas las cosas bajo Sus pies y dándolo por
Cabeza sobre todas las cosas a la iglesia”. No es necesario interpretar las palabras que
expresó Pablo en 1:19-22; simplemente debemos orar y tener comunión al respecto.
Entonces, estos versículos llegarán a ser una realidad para nosotros. Que todos veamos
este poder, que lo conozcamos, creamos en él y lo proclamemos.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE DIECISIETE

CRISTO ES DADO POR CABEZA


SOBRE TODAS LAS COSAS A LA IGLESIA

En Efesios 1 Pablo ora pidiendo que recibiésemos un espíritu de sabiduría y de


revelación en el pleno conocimiento de Dios. Según el contexto, tener el pleno
conocimiento de Dios significa conocer la esperanza a que El nos ha llamado, la gloria
de Su herencia en los santos y la supereminente grandeza de Su poder para con nosotros
los que creemos. Conocer a Dios es conocer la esperanza, la gloria y el poder, pues El
mismo está en ellos. Si afirmamos conocer a Dios sin conocer estas tres cosas, nuestro
conocimiento de El es objetivo y no conforme a la experiencia. Pero conocer a Dios
como la esperanza, la gloria y el poder es conocerlo según la experiencia y de manera
subjetiva.

En la actualidad los creyentes, en su mayor parte, conocen a Dios solamente de manera


objetiva, o sea, tienen un mero conocimiento de El. Para ellos, Dios está muy lejos, en
los cielos; lo conocen únicamente como el objeto de su creencia y adoración, mas no
como su esperanza, gloria y poder, ni como Aquel que opera en ellos para hacerlos
santos y constituirlos hijos Suyos y herencia Suya.

SOMOS HECHOS HERENCIA DE DIOS

Hemos mencionado que el llamamiento de Dios es la suma total de las buenas palabras
con las que El nos bendice. Sus bendiciones nos hacen santos y nos constituyen hijos de
Dios y herencia de Dios. Así que, seremos un tesoro digno de ser la herencia de Dios.
Dios es sublime, grandioso y sumamente precioso; con todo, El nos recibirá a nosotros
como herencia. Pero si vemos nuestra condición, nos daremos cuenta de que no somos
dignos de que El nos herede. Sin embargo, Dios operará en nosotros y nos hará dignos,
preciosos y valiosos; hará de nosotros un tesoro único en el universo y nos recibirá como
herencia. Dios nos considera a nosotros, Sus escogidos, Su posesión especial. No
obstante, lo único que hará posible que seamos el tesoro de Dios, Su posesión peculiar,
es que El opere en nuestro ser. Dios es el tesoro, y como tal, se forja a Sí mismo en
nosotros para que seamos Su tesoro.
LA NUEVA JERUSALEN

Ya vimos que el ser hechos santos, ser constituidos hijos de Dios y llegar a ser Su
herencia, son tres aspectos importantes de las bendiciones de Dios. Estos aspectos se
ven en la Nueva Jerusalén. De acuerdo con Apocalipsis 21, la Nueva Jerusalén será una
ciudad santa, una ciudad en la cual se verá la santidad de Dios. Además, la Nueva
Jerusalén la conformarán los hijos de Dios. Apocalipsis 21:7 declara que el que venza
heredará todas las cosas y será hijo de Dios. Esto indica que la Nueva Jerusalén es la
totalidad de la filiación divina. Además, ella será un tesoro, una herencia, tanto para
Dios como para nosotros. En la Nueva Jerusalén, Dios nos disfrutará como Su tesoro, y
nosotros lo disfrutaremos a El como nuestro tesoro. Por tanto, la Nueva Jerusalén será
una herencia mutua y una satisfacción mutua para Dios y para nosotros. La Nueva
Jerusalén será la corporificación de la santidad, una entidad compuesta de los hijos de
Dios y una herencia mutua para Dios y para el hombre. Además, la Nueva Jerusalén
tendrá la gloria de Dios, la cual es la gloria de la herencia de Dios, las riquezas de la
gloria de Su herencia entre los santos. Esta gloria es nuestra esperanza hoy.

EL PODER TODO-INCLUSIVO DE DIOS


OPERA EN NOSOTROS LOS QUE CREEMOS

Esta esperanza se cumple por medio de la supereminente grandeza del poder de Dios. El
poder que se manifiesta en el cristianismo fundamental es muy limitado, y el que
experimentan en el cristianismo pentecostal es inadecuado. Efesios 1 habla de un poder
que actúa para con nosotros los creyentes. Como personas que creemos en el Señor
Jesús y en la Biblia, podemos proclamar: “¡Aleluya, yo creo! Creo en el Señor Jesús y
creo en la Palabra de Dios”. Para recibir el poder divino, no es necesario ayunar ni orar,
ya que este poder actúa para con nosotros los que creemos. Al creer, tenemos la posición
y somos aptos para recibir el poder de Dios. ¡Aleluya! ¡Este poder opera en nosotros los
que creemos!

La electricidad es un excelente ejemplo de esto. Cuando construimos nuestro salón de


reuniones en Anaheim, instalamos la electricidad en él. Ahora la energía eléctrica opera
en el edificio. El uso de esta energía depende de nosotros, y la usamos activando el
interruptor. De la misma manera, la electricidad celestial fue instalada en nosotros, y el
poder celestial opera en nosotros. La manera de recibir este poder no consiste en ayunar
y orar por varios días, sino simplemente en usar el “interruptor”. Una forma de hacerlo
es declarar varias veces lo que dice Efesios 1:19-23. Si declaramos estos versículos diez
veces, nos llenaremos de poder. Sin embargo, si afirmamos constantemente que somos
débiles, seremos de hecho débiles; pero si hablamos positivamente en fe, ejercitaremos
todo nuestro ser y recibiremos el poder divino. Cuando hablamos por fe y recibimos el
poder, todas las cosas negativas se desvanecen. Satanás no teme a las oraciones en las
que suplicamos y rogamos; lo que le atemoriza es que hablemos en fe. Debemos decir:
“Yo creo, y declaro que tengo el poder, que soy fuerte”. Esto no es superstición; es
nuestra fe cristiana.

Con respecto a la fe, primero debe existir el hecho; Dios viene y nos habla de ello, y
nosotros creemos lo que El dice. Así funciona la fe cristiana. Aunque no podemos ver el
hecho de que Cristo resucitó de entre los muertos y que está sentado en los lugares
celestiales por encima de todo, con todo y eso, permanece un hecho innegable. Además,
es un hecho que todas las cosas fueron sometidas bajo Sus pies y que El fue dado por
Cabeza sobre todas las cosas a la iglesia. Estos son hechos que ocurrieron en el universo,
y Dios, mediante Su santa Palabra, nos los hace saber. Luego nosotros creemos lo que El
nos declara y expresamos lo que El expresa. Así funciona la fe. No solamente debemos
leer y estudiar la Biblia, sino también proclamar lo que dice. Aunque algunas personas
nos condenen por repetir los versículos de la Biblia, en lugar de cesar, los repetiremos
más.

Actualmente se lleva a cabo en el universo una trasmisión, la cual proviene del Señor,
quien está en los cielos, y llega a la iglesia. Efesios 1:19 dice que esta trasmisión actúa
“para con nosotros los que creemos”. Además, 1:22 dice: “Y sometió todas las cosas bajo
Sus pies, y lo dio por Cabeza sobre todas las cosas a la iglesia”. La preposición “a” denota
una trasmisión. El poder que actúa para con nosotros es el Dios Triuno mismo. Este
poder no solamente es el poder creador, sino también el poder que pasó por la
encarnación, crucifixión, resurrección y ascensión. Después de estos pasos, el Dios
Triuno viene a nosotros como tal poder. Por tanto, este poder incluye el poder de la
creación, la encarnación, la crucifixión, la resurrección y la ascensión. Es un poder todo-
inclusivo. El poder que actúa para con nosotros los que creemos es el propio Dios
Triuno, el Creador del universo, quien se encarnó, pasó por la crucifixión, entró en la
resurrección, ascendió y descendió a nosotros. Este poder fue instalado en nosotros, así
como la electricidad se instala en un edificio.

Debemos creer que este poder está ahora en nosotros. Muchos de nosotros somos muy
naturales, muy lógicos, y decimos: “¿Cómo es posible que este poder esté en mí? Sé que
me arrepentí, que confesé mis pecados a Dios, y creo y confío en El. Entiendo que Dios
me salvó, me perdonó y me purificó con la preciosa sangre de Cristo; con todo, en el
momento que creí no sentí que el poder divino fuera instalado en mí. ¿Quiere usted
decir que un poder todo-inclusivo, el Padre, el Hijo y el Espíritu, el poder que operó en
la creación, la encarnación, la crucifixión, la resurrección y la ascensión, se haya forjado
en mí? Simplemente no siento que tenga ese poder, y sería ilógico afirmar que lo tenga”.
La lógica siempre se opone a la fe y viceversa. Con respecto al poder divino que se
trasmite continuamente a nosotros, no tratemos de ser lógicos; simplemente ejerzamos
la fe.

Analicemos esto de otra manera. Nosotros nacimos de nuevo, fuimos regenerados.


Nacer de nuevo significa que Dios nace en nosotros. ¿Cree que Dios nació en usted? El
Dios que nació en usted es el Padre, el Hijo y el Espíritu. Cuando esto sucedió, El ya
había pasado por la creación, la encarnación, la crucifixión, la resurrección y la
ascensión. ¿Estuvo usted consciente de todo esto cuando fue regenerado? Si estuvo o no
consciente de ello, no tiene ninguna importancia; lo importante es que usted crea todo
lo que la Biblia dice. Cuando la Biblia afirma que usted es un pecador, debe decir:
“Amén”, y cuando le exhorta a arrepentirse, debe arrepentirse. En el momento en que
creyó en el Señor, algo le ocurrió a usted y en usted, aunque quizás no lo entendió. Lo
que sucedió fue que el poder, el Dios Triuno mismo, fue instalado en usted.

LA NECESIDAD DE CONOCER ESTE PODER

Debido a que es crucial que los creyentes conozcan debidamente este poder, el apóstol
Pablo oró pidiendo que recibiésemos un espíritu de sabiduría y de revelación en el pleno
conocimiento de Dios y que conociésemos la supereminente grandeza del poder que es
para con nosotros los que creemos. Si bien es cierto que dentro de nosotros está este
poder grande y supereminente, nuestra necesidad hoy es conocerlo. Estemos
conscientes o no, actualmente se lleva a cabo una trasmisión desde el tercer cielo, donde
está Dios, hasta nosotros. Es esta trasmisión la que nos distingue de los incrédulos.
Gracias al poder que actúa en nosotros, nos es imposible abandonar nuestra fe. Quiero
reiterar que dentro de nosotros está instalado el poder divino, y que este poder es el
Dios Triuno, quien pasó por la creación, la encarnación, la crucifixión, la resurrección y
la ascensión, y que se instaló en nosotros como el poder todo-inclusivo. Así que, existe
una conexión divina entre nosotros y el tercer cielo. Lo que necesitamos ahora es
conocer la supereminente grandeza de este poder.

LA RELACION ENTRE
LA PROCLAMACION Y LA EXPERIENCIA

Debemos leer repetidas veces estos versículos de Efesios hasta que dejen una profunda
impresión en nosotros y los podamos proclamar. Debemos declararlos todos los días a
nosotros mismos, a nuestros familiares, a los hermanos y hermanas, a los ángeles, a los
demonios y a todo lo creado. Cuanto más hablemos de este poder, más
experimentaremos su trasmisión a nosotros.
Finalmente, si ejercemos fe en esta trasmisión y proclamamos lo que creemos, la iglesia
surgirá de una manera práctica. Cristo fue dado por Cabeza sobre todas las cosas a la
iglesia. Debemos creer esto y declararlo continuamente. Si deseamos llevar una vida de
iglesia mejor, les sugiero que todos proclamemos Efesios 1:19-23 diez veces al día, y
veamos lo que sucede. Es mucho mejor hablar de esto, que hablar vanamente de los
hermanos y hermanas, o de los problemas de la iglesia. Criticar a los santos no nos
levanta ni nos fortalece; al contrario, nos debilita. Si todos los santos hablan de esta
manera, la vida de iglesia desaparecerá. Por tanto, declaremos 1:19-23 y olvidémonos de
la condición de las iglesias, los ancianos y los hermanos y hermanas. Insto a que por un
período de diez días, toda la iglesia proclame estos versículos diez veces al día. Estoy
seguro de que si lo hacemos, la vida de iglesia se elevará, pues al proclamar esto,
activaremos la trasmisión. De esta manera se nos infundirá el poder divino, procedente
de la trasmisión celestial. Puedo testificar por experiencia que esto sucederá.

Nosotros somos demasiado naturales, lógicos y bajos. Olvidémonos de la condición de


las iglesias y de los santos, y volvámonos a lo que Dios dice; volvamos a Su Palabra pura.
Creámosla y proclamémosla. Si lo hacemos, experimentaremos la trasmisión celestial, la
cual nos infundirá al Dios Triuno, quien es el poder todo-inclusivo. Este gran poder se
trasmite a la iglesia. Al experimentar el poder divino, tendremos una vida de iglesia
sólida.

En lugar de estudiar Efesios 1 doctrinalmente, debemos creer en el hecho universal que


Dios proclama ahí. Y no solamente debemos creerlo, sino también repetirlo
continuamente. De esta manera experimentaremos el poder divino que se trasmite a la
iglesia.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE DIECIOCHO

LA IGLESIA ES EL CUERPO DE CRISTO

Efesios 1:22 y 23 dice: “Y sometió todas las cosas bajo Sus pies, y lo dio por Cabeza sobre
todas las cosas a la iglesia, la cual es Su Cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en
todo”. En este pasaje, las palabras “a” (v. 22) y “para con” (v. 19) aluden a una
trasmisión que se lleva a cabo de Cristo a la iglesia. Ni siquiera nosotros, los que
estamos en la vida de iglesia, sabemos plenamente lo que transcurre entre Cristo y la
iglesia. Dicha trasmisión se inició en el día de Pentecostés y continúa hasta el día de hoy.

UNA TRASMISION CONTINUA

Esta trasmisión no se efectúa de una vez por todas. Según nuestra mentalidad, hay
ciertas cosas que ocurren de una sola vez y para siempre. Tomemos por ejemplo el
hecho de ser crucificados con Cristo. Los que hacen hincapié en el aspecto objetivo de
las enseñanzas de la Biblia afirman que nuestra crucifixión con Cristo ocurrió de una vez
por todas. En cierto sentido estoy de acuerdo con esto, porque Cristo murió y no
necesita morir otra vez. Además, El fue resucitado de una vez por todas y no necesita
volver a resucitar. Todo lo que El logró por nosotros, lo hizo de una vez por todas. Sin
embargo, no sucede lo mismo con la aplicación, la cual aún continúa. Según Gálatas
2:20, pareciere que Pablo fue crucificado juntamente con Cristo de una vez por todas;
sin embargo, conforme a 2 Corintios 4, la muerte de Cristo operaba en él
continuamente. Así que, por un lado, la muerte de Cristo ocurrió una sola vez y para
siempre, pero por otro, la experimentamos durante toda nuestra vida cristiana. De la
misma manera, el poder que operó en Cristo al resucitarlo de los muertos, al sentarlo a
la diestra de Dios en los lugares celestiales, al someter todas las cosas bajo Sus pies y al
darlo por Cabeza sobre todas las cosas, operó una sola vez y para siempre. No obstante,
Cristo, quien es la Cabeza de todas las cosas, fue dado a la iglesia, y la supereminente
grandeza del poder que operó en El actúa para con nosotros los que creemos. El poder
divino no se trasmite a la iglesia de una vez por todas; al contrario, es trasmitido de
manera continua.

Esta trasmisión comenzó el día de Pentecostés y sigue continuando hasta el día de hoy;
sigue activa ahora en torno a la iglesia. Aunque la electricidad fue instalada en nuestro
edificio una sola vez, ésta se trasmite continuamente. Del mismo modo, todo lo que
logró Cristo en calidad de Cabeza, se trasmite continuamente a Su Cuerpo. El poder
divino se seguirá trasmitiendo a la iglesia por la eternidad y nunca cesará.

SOMOS EL CUERPO
EN LA NUEVA CREACION

Desde que llegué a este país, he oído a los cristianos hablar del Cuerpo y del ministerio
del Cuerpo. Esto me ha inquietado mucho, porque me doy cuenta de que no saben lo
que dicen. Cuando hablan del ministerio del Cuerpo, ellos se refieren a tener varios
predicadores en lugar de uno solo. El Cuerpo no es una organización, sino un organismo
constituido por todos los creyentes regenerados, y tiene como fin que la Cabeza se
exprese y lleve a cabo Sus actividades.

El Cuerpo es producto del Cristo encarnado, crucificado, resucitado, ascendido, quien


descendió a la iglesia. En nuestra vida natural, no somos aptos para formar parte del
Cuerpo; sólo somos buenos para que se nos ponga fin y se nos sepulte, a fin de que
seamos resucitados. Por naturaleza, ni siquiera nuestro espíritu es útil para formar parte
de Cristo. Antes de que Cristo fuera crucificado y de que resucitara, no existía el Cuerpo.
El tenía muchos seguidores, mas no el Cuerpo. El Cristo encarnado no podía producir el
Cuerpo; El tenía que ser crucificado para eliminar la carne, el hombre natural y la vieja
creación en su totalidad. Después de acabar con todo esto por medio de Su crucifixión,
Cristo entró en resurrección para hacer germinar algo nuevo. Por consiguiente, el
Cuerpo llegó a existir después de la resurrección de Cristo. En nuestra vida natural y en
la vieja creación no somos el Cuerpo; pero sí lo somos en la nueva creación que fue
germinada por la vida de resurrección de Cristo.

Por medio de la encarnación, Dios el Creador se hizo un hombre de nombre Jesús.


Aunque Dios vivía, se movía y actuaba en Jesús, era imposible que existiera el Cuerpo,
pues para ese entonces Jesús todavía no era la Cabeza. Fue después de que El ascendió a
los cielos que Dios lo dio por Cabeza sobre todas las cosas a la iglesia. Por medio de la
muerte todo-inclusiva de Cristo, la vieja creación, que incluye nuestro viejo hombre,
nuestra carne y nuestro ser natural, llegó a su fin. Después de Su crucifixión, Cristo llevó
consigo la vieja creación a la tumba y la sepultó allí. Cuando El entró en resurrección
con la nueva creación, dejó en la tumba la vieja creación. Luego ascendió a los cielos y
fue dado por Cabeza sobre todas las cosas.

Se requirió un poder extraordinario para enviar una nave espacial de la tierra a la luna.
Pero el poder que se necesitó para que Cristo ascendiera de la tierra al tercer cielo fue
todavía mayor. Fue la supereminente grandeza del poder de Dios la que resucitó a Cristo
de los muertos, lo sentó a la diestra de Dios en los lugares celestiales, sometió todas las
cosas bajo Sus pies y lo dio por Cabeza sobre todas las cosas a la iglesia. Ahora este
poder se trasmite a la iglesia.

Como ya mencionamos, en el día de Pentecostés, el Cristo crucificado, resucitado y


ascendido, quien fue dado por Cabeza sobre todas las cosas, comenzó a trasmitir a la
iglesia todo lo que El llevó a cabo, logró y obtuvo. Desde ese día, esta trasmisión no ha
cesado, lo cual indica que ella tiene un comienzo, mas no un final. Después de todos los
maravillosos pasos que dio el Dios Triuno, tales como la creación, la encarnación, la
crucifixión, la resurrección y la ascensión, El entró en la iglesia con todos Sus logros. Así
que, la iglesia, el Cuerpo, es una entidad que existe totalmente en resurrección y
ascensión, donde tanto los elementos naturales como la vieja creación quedan
eliminados. El Cuerpo, un organismo en resurrección y en ascensión, existe
completamente en la nueva creación y no tiene nada que ver con la vieja creación. Si
alguien todavía vive conforme al viejo hombre, al hombre natural, o a la carne, no forma
parte del Cuerpo. Cada parte del Cuerpo pertenece a la nueva creación. Muchos de los
que hablan acerca del Cuerpo y del ministerio del Cuerpo son personas naturales y
carnales; no viven en resurrección. Es necesario que todos entendamos que el Cuerpo
llegó a existir cuando Cristo ascendió. Habiendo ascendido a la diestra de Dios, El
trasmite Sus logros a la iglesia ininterrumpidamente. Así llega a existir la iglesia.

DOS CREACIONES

Con respecto a nosotros los que creemos, existen dos creaciones: la vieja creación y la
nueva. Debemos reconocer que la vieja creación todavía está con nosotros. ¡Detesto que
todavía permanezca con nosotros y quisiera despojarme de ella! A algunos cristianos,
sin embargo, no les molesta; más bien, la aprecian. ¿Aborrece usted realmente la vieja
creación, la carne y el hombre natural? Lo dudo. Si yo lo reprendiera a usted por ser
natural y carnal, se ofendería. Pero si lo alabara y le dijera cuán simpático y bueno es, se
sentiría halagado. Esta es una prueba contundente de que todavía le gusta el viejo
hombre. Si aborreciera su carne y su hombre natural, no le molestaría ser reprendido;
por el contrario, se sentiría agradecido.

LA TRASMISION DEL CRISTO


ASCENDIDO PRODUCE EL CUERPO

Hemos visto que el Cuerpo de Cristo no existía antes de la crucifixión de Cristo, sino que
se produjo después de la ascensión, cuando algo del Cristo ascendido se infundió en los
creyentes. Esto indica que la trasmisión del Cristo ascendido produce el Cuerpo. Todo lo
que hablemos en la vida de iglesia, en el ministerio, o en la comunión, debe ser fruto de
esta trasmisión. Si lo que expresemos proviene de dicha trasmisión, proviene del
Cuerpo; de lo contrario, proviene de otra fuente. En el Cuerpo no hay nada natural, nada
de la carne, nada de la vieja creación. Todos debemos tener esta visión. Debemos leer
estos versículos una y otra vez hasta que la luz resplandezca sobre nosotros. Cuando
recibamos esta visión, diremos: “Indudablemente el Cuerpo no proviene del hombre
natural, sino de la trasmisión del Cristo ascendido”. ¡Alabado sea el Señor porque en la
vida de iglesia se lleva a cabo la trasmisión celestial en todos nosotros!

LA EXPERIENCIA DE LA TRASMISION

Cuando estuve en el cristianismo fundamental, yo no experimenté esta trasmisión.


Durante el tiempo que estuve involucrado con el cristianismo pentecostal, me tocó ver
algunas cosas extrañas, mas no la trasmisión. A través de los años de experiencia y de
hacer comparaciones, he llegado a ver que la vida de iglesia apropiada no es ni
fundamental ni pentecostal; ella depende totalmente de la trasmisión divina. Una
persona puede ser muy fundamental, y con todo, estar muerta, pues la trasmisión que
recibe del Cristo ascendido es insuficiente. Alguien así quizás no sepa nada de la
trasmisión divina ni tampoco le interese.

En el cristianismo fundamental se me enseñó a trazar bien la palabra de Dios. Los


maestros de las Asambleas de los Hermanos señalaban constantemente las doctrinas
erróneas. Con el tiempo me di cuenta de que cuanto más bien trazaba la Palabra, más
muerto me sentía. Después de estar bajo esta influencia por más de seis años, el Señor
me mostró que a pesar de mi vasto conocimiento, estaba muerto. Inmediatamente me
arrepentí de lo muerto que estaba, y al día siguiente subí a la cima de un monte; allí lloré
y en voz alta le confesé a Dios mi condición y le dije que me arrepentía. Ese día descubrí
que la vida cristiana no depende de que seamos bíblicos, sino de que experimentemos la
trasmisión. Algunos años después, me involucré con el movimiento pentecostal, con la
idea de que me ayudaría a obtener poder espiritual. Uno de sus principales predicadores
me enseñó a hablar en lenguas, lo cual practiqué por más de un año. Sin embargo,
cuanto más hablaba en lenguas, menos parecía experimentar la trasmisión. Así que,
abandoné el movimiento pentecostal y volví al camino de la trasmisión. He estado en
esta senda por más de cuarenta años y cada día recibo más de esta trasmisión.

El día que fuimos salvos, se instaló en nuestro espíritu el poder celestial. Lo que
necesitamos ahora no es que se nos vuelva a instalar, sino que la trasmisión del poder se
nos infunda continuamente. Si abrimos nuestro corazón, purificamos nuestro corazón y
nuestra conciencia, y permitimos que nuestra mente sea sobria, que nuestra parte
emotiva sea ferviente y que nuestra voluntad sea sumisa, experimentaremos la
trasmisión y obtendremos el poder y las riquezas. Entonces, en vez de estar en el
hombre natural, estaremos en resurrección y en ascensión. Cuando disfrutamos esta
trasmisión, a veces hasta perdemos noción de donde estamos, pues estamos
completamente uno con Cristo. En tal estado es difícil determinar si estamos en la tierra
o en los cielos.

Cuando Cristo se trasmite a nosotros, esta trasmisión nos adhiere a El y nos hace uno
con El, igual que en el ejemplo de las luces de este salón, las cuales están conectadas a la
corriente que viene de la planta eléctrica. Además, la trasmisión divina es inagotable.
Cuanto más hablamos, más tenemos para decir. Cuanto más ministramos, mayor
suministro tenemos. Es en esta trasmisión que tenemos la vida de iglesia y que se
ejercen las funciones del Cuerpo.

Vuelvo a reiterar que la trasmisión celestial está destinada a la iglesia. Por medio de la
trasmisión, el Cuerpo es real, genuino, viviente y dinámico.

LA PLENITUD DE CRISTO

El versículo 23 dice que el Cuerpo es “la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo”. El
Cuerpo de Cristo es Su plenitud. La plenitud de Cristo resulta del disfrute que tenemos
de las riquezas de Cristo (3:8). Al deleitarnos de Sus riquezas, llegamos a ser Su
plenitud, Su expresión.

Esta es la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. Cristo, quien es el Dios infinito e
ilimitado, es tan grande que lo llena todo en todo. Un Cristo tan grandioso necesita que
la iglesia sea Su plenitud para que lo exprese completamente.

Es en la trasmisión que el Cuerpo de Cristo es la plenitud de Aquel que todo lo llena en


todo, porque el Cristo que todo lo llena en todo se halla en la trasmisión. La trasmisión
nos conecta a este Cristo. De esta manera, la iglesia llega a ser la plenitud del Cristo que
todo lo llena en todo.

DISFRUTAR DE LAS RIQUEZAS DE CRISTO


Y LLEVAR UNA VIDA DE IGLESIA APROPIADA

No debemos tomar esto como una simple enseñanza; al contrario, debemos llevarlo a la
práctica. Si lo ponemos en práctica, disfrutaremos de las riquezas de Cristo cada vez que
leamos la palabra de Dios. Por medio de la trasmisión, la Biblia se convierte en otro
libro. ¡Oh, cuán inescrutables son las riquezas de Cristo! En la trasmisión, las
inescrutables riquezas de Cristo llegan a ser nuestro disfrute; ellas llegan a ser también
los elementos constitutivos de nuestro ser espiritual. Esto produce el Cuerpo como la
plenitud del Cristo que todo lo llena en todo.
La trasmisión nos conecta al Cristo ascendido. En esta trasmisión disfrutamos a Cristo
según lo que consta en la Biblia. Todo lo que leemos en la Biblia llega a ser real para
nosotros mediante esta trasmisión. Es de esta manera que las riquezas de Cristo llegan a
ser nuestro disfrute.

Me gustan particularmente dos frases de Efesios 1: “para con nosotros los que creemos”,
y “a la iglesia”. El poder divino fue instalado en nosotros de una vez por todas, pero se
nos trasmite continuamente. En esta trasmisión disfrutamos a Cristo y llevamos una
vida de iglesia apropiada.

Al disfrutar la trasmisión, tenemos un anticipo del arrebatamiento. A veces, mientras


disfruto la trasmisión divina, entro en tal éxtasis que siento deseos de saltar de gozo. El
disfrute es tan maravilloso que tengo la sensación de ya haber sido arrebatado. A veces
no me atrevo a leer la Biblia debido a que allí se revelan las vastas e inmensurables
riquezas de Cristo. Este rico disfrute me hace estar fuera de mí mismo. Es esta
trasmisión la que nos constituye el Cuerpo de Cristo, la plenitud de Aquel que todo lo
llena en todo.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE DIECINUEVE

EL DIOS TRIUNO SE IMPARTE A NOSOTROS


Y SE FORJA EN NUESTRO SER

Efesios 1 comienza con lo bueno que Dios ha hablado con respecto a nosotros y concluye
con el Cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. Esto indica que el Cuerpo,
la plenitud de Cristo, es producto de las bendiciones de Dios. Las palabras “a la iglesia”
del versículo 22 son muy importantes, pues indican que todo lo que el Dios Triuno
experimentó, tal como la encarnación, la crucifixión, la resurrección y la ascensión, es
trasmitido a la iglesia. La iglesia no tiene absolutamente nada que ver con la vieja
creación, la cual fue eliminada en la cruz y sepultada con Cristo. Todo lo que se trasmite
a la iglesia pertenece completamente a la nueva creación. La iglesia es el resultado de
dicha transmisión.

Este mensaje presentará la conclusión del capítulo uno. En este capítulo hay siete
asuntos cruciales que requieren el mismo factor básico para su cumplimento, y son: el
hecho de que Dios nos escogió para que fuésemos santos y sin mancha delante de El (v.
4), el que nos predestinó para que llegásemos a ser Sus hijos (v. 5), el que el Espíritu nos
selló con miras a que llegásemos a ser redimidos por completo (vs. 13-14), la esperanza a
que Dios nos llamó, la gloria de Su herencia en los santos (v. 18), el poder que nos hace
partícipes de los logros de Cristo (vs. 19-22) y el Cuerpo, la plenitud del Cristo que todo
lo llena en todo (v. 23). Todos estos asuntos se cumplen al impartirse el Dios Triuno en
nosotros y al forjarse en nuestro ser. La plenitud de Aquel que todo lo llena en todo y la
alabanza de Su gloria expresada, es lo que resulta cuando lo divino es impartido en
nuestra humanidad. De hecho, el capítulo uno constituye una revelación de la excelente
y maravillosa economía de Dios, la cual comienza con el hecho de que Dios nos escogió
en la eternidad pasada y se extiende a la producción del Cuerpo de Cristo, cuyo fin es
expresar a Cristo por la eternidad.

Cuando usted oye decir que el Dios Triuno se imparte y se forja en nuestro ser, quizás
piense que en Efesios 1 no existe tal palabra ni tal concepto. Sin embargo, el Dios Triuno
ciertamente se revela en dicho capítulo. Aunque en él no encontramos la palabra
“impartido”, sí se encuentra la palabra “dispensación” (v. 10, gr.), la cual alude a una
impartición. Recordemos que la dispensación de la plenitud de los tiempos abarca todas
las edades. El hecho de que seamos hijos de Dios demuestra que Dios se ha impartido en
nosotros. Si Dios el Padre no se hubiera impartido en nosotros, ¿cómo podríamos ser
Sus hijos? Dios el Padre nos predestinó para que fuéramos Sus hijos; sin embargo,
caímos y fuimos constituidos pecadores. ¿Cómo podían los pecadores llegar a ser hijos
de Dios? La única manera es que Dios naciera en ellos, es decir, que los regenerara.
Tener a Dios en nuestro ser implica que El se imparte en nosotros. Al regenerarnos, Dios
se imparte en nosotros. Además, ya mencionamos que Dios está haciendo de nosotros
un tesoro, una herencia preciosa, al forjarse a Sí mismo en nosotros. Por tanto, el
concepto básico de este capítulo es que el Dios Triuno se imparte en nosotros y se forja
en nuestro ser.

Si no captamos este pensamiento, no podremos profundizar en Efesios 1. Al leer este


capítulo debemos entender que el concepto que lo rige es que Dios se imparte y se forja
a Sí mismo en nuestro ser. Estoy seguro de que cuando Pablo escribió este pasaje de la
Palabra, él tenía semejante pensamiento muy dentro de él. El se daba cuenta de que
Dios se imparte en Sus elegidos y se forja en ellos para hacerlos santos, constituirlos
hijos de Dios y convertirlos en Su preciosa herencia.

I. AL ESCOGERNOS DIOS

Dios nos escogió antes de la fundación del mundo “para que fuésemos santos y sin
mancha” (v. 4). ¿Cómo podemos ser santos? ¿Podríamos serlo siguiendo las llamadas
enseñanzas de santidad en cuanto a la vestimenta, maquillaje y cortes de pelo? ¡Claro
que no! La santidad es la naturaleza de Dios, y ser santos consiste en que la naturaleza
divina se forje en nosotros. Si no tenemos la naturaleza de Dios, es imposible ser santos.
Para ser santos, necesitamos ser saturados con la naturaleza santa de Dios.

Ser santo supone algo más que una separación. Algunos maestros cristianos dicen que
ser santo equivale a estar separado; se oponen al concepto de que la santidad es una
perfección impecable. Se valen de las palabras del Señor Jesús, que dijo que el oro es
santificado por el templo (Mt. 23:17), para sostener que la santificación es simplemente
una separación, y no una vida sin pecado. Esto es correcto. Sin embargo, sólo abarca un
aspecto de la santificación, el que tiene que ver con nuestra posición, mas no el aspecto
de ser santificado en nuestra manera de ser, según se revela en Romanos 6. Cuando Dios
se imparte a nosotros y se forja en nuestro ser, y nosotros somos saturados de El,
nuestra manera de ser es santificada. De este modo llegamos a ser santos. Al final, la
Nueva Jerusalén será una ciudad santa, no sólo separada de todo lo común, sino
también completamente saturada de Dios. Esto es lo que significa ser santo. El hecho de
que Dios el Padre nos haya escogido para ser santos indica que El desea entrar en
nuestro ser y saturarlo con Su naturaleza santa. Si Su naturaleza no se forja en nosotros,
no podemos ser santos.
II. AL PREDESTINARNOS DIOS

El versículo 5 dice que Dios el Padre nos predestinó para filiación. Si la vida del Padre
no hubiera entrado en nosotros, ¿cómo podríamos ser Sus hijos? ¡Sería imposible! La
filiación requiere que el Padre nos sature con Su vida. Nosotros no somos hijos políticos
ni hijos adoptivos de Dios; somos hijos que tienen la vida y la naturaleza de Dios. Puesto
que nacimos de Dios, y Dios nació en nosotros, El mora en nosotros. Esto implica que
Dios el Padre se forja en nuestro ser. La única manera de ser hijos de Dios es que El se
imparta en nosotros y se forje en nuestro ser. ¡Aleluya, somos hijos de Dios, nacidos de
El!

III. AL SELLARNOS EL ESPIRITU SANTO

Como creyentes, fuimos sellados con el Espíritu Santo (v. 13). El Espíritu es el Dios
Triuno que llega a nosotros. El Dios que está en los cielos es el Padre, pero cuando viene
a nosotros, El es el Espíritu. El Espíritu es el sello de Dios. Ser sellados con el Espíritu
Santo equivale a que Dios se imparte a nuestro ser. Ya mencionamos que el sello es un
sello vivo y que se mueve dentro de nosotros; el Espíritu nos sella constantemente con la
esencia de Dios. Ser sellados de esta manera equivale a ser saturados con todo lo que
Dios es. Por consiguiente, el sellar del Espíritu Santo también denota que Dios se forja
en nosotros.

Los cristianos generalmente pasan por alto esta comprensión subjetiva en cuanto a ser
sellados por el Espíritu. La mayor parte de ellos tienen enseñanzas objetivas al respecto,
mas no experiencias subjetivas. No comprenden que cuando el Espíritu nos sella, Dios
forja Su esencia en nuestro ser.

IV. EN LA ESPERANZA A QUE DIOS NOS HA LLAMADO

El versículo 18 habla de la esperanza a que Dios nos ha llamado. Un aspecto de esta


esperanza es que seremos transfigurados y glorificados con Cristo. Esta transfiguración
y glorificación será el resultado de haber sido saturados del Dios Triuno. Si Dios no
satura todo nuestro ser, incluyendo nuestro cuerpo, no podemos ser glorificados. Esto
también alude a la impartición de Dios en nosotros. Una vez más vemos que Dios se
imparte y se forja en Sus elegidos. Este es el concepto principal del capítulo uno.

V. EN LA GLORIA DE LA HERENCIA
DE DIOS EN LOS SANTOS

Efesios 1:18 menciona también las riquezas de la gloria de la herencia de Dios en los
santos. Si Dios no se forja en los santos, ¿cómo pueden ellos ser hechos Su herencia, Su
posesión particular? Los santos llegan a ser tan preciosos para El al ser saturados de la
esencia divina. Es así como los pecadores llegan a ser el tesoro especial de Dios. En el
universo solamente Dios es valioso. Ahora, el Dios precioso, de valor incomparable, se
forja en nuestro ser para constituirnos Su gloriosa herencia. Cuando la Nueva Jerusalén
se manifieste, ella será la herencia valiosa que resplandecerá con la gloria de Dios. Por
tanto, el hecho de que los santos lleguen a ser la herencia gloriosa de Dios, Su tesoro
precioso, indica que El se forja en ellos.

VI. EN EL PODER QUE NOS CAPACITA


PARA PARTICIPAR DE LOS LOGROS DE CRISTO

El Dios Triuno se imparte y se forja en nuestro ser al trasmitírsenos el poder divino, que
nos capacita para participar de los logros de Cristo y ser Su Cuerpo (vs. 19-23). Cristo
obtuvo los logros más sublimes del universo; El creó el mundo, se encarnó, fue
crucificado, resucitó y ascendió a la diestra de Dios en los lugares celestiales. Todos
estos logros están destinados a la iglesia. Como ya mencionamos, las palabras “a la
iglesia” del versículo 22 implican una trasmisión, la cual es un acto de impartición. Todo
lo que Cristo experimentó, logró y obtuvo, se trasmite ahora a la iglesia.

Los creyentes en su mayoría no tienen este concepto; más bien, ellos están llenos de
enseñanzas éticas con las cuales se entretienen. Por esta razón debemos recalcar el
hecho de que el Dios Triuno desea saturarnos consigo mismo.

Supongamos que se inyecta tinta roja en el centro de un pedazo de algodón; poco a poco,
el algodón absorberá la tinta. De esta manera, la tinta satura gradualmente el algodón.
Nosotros somos como ese algodón. Un día, la tinta roja celestial fue depositada en el
centro de nuestro ser; desde ese momento, la tinta, que es Dios mismo, nos ha ido
saturando. Ahora nuestra responsabilidad no es imitar la tinta ni copiarla, sino
absorberla, es decir, permitir que nos sature. Al ser totalmente saturados con la tinta
celestial, llegamos a ser la tinta misma, pues llegamos a asimilarla. Este concepto básico
del Nuevo Testamento no figura en las enseñanzas del cristianismo de hoy. Si captamos
este pensamiento básico, nuestra vida cristiana y nuestros conceptos cambiarán
radicalmente.

Nosotros participamos de los logros de Cristo y llegamos a ser Su Cuerpo. El Cuerpo es


la meta de la elección, la predestinación, el sellado, la esperanza, la gloria y el poder.
VII. EN EL CUERPO, LA PLENITUD DEL CRISTO
QUE TODO LO LLENA EN TODO

El Dios Triuno se imparte y se forja dentro de nosotros en el Cuerpo, la plenitud del


Cristo que todo lo llena en todo, para que seamos Su expresión plena (v. 23). El
resultado del sexto ítem es el Cuerpo de Cristo. El Cuerpo, la plenitud del Cristo que
todo lo llena en todo, es la expresión máxima del Dios Triuno, la máxima consumación
de la impartición de Dios conforme a la economía divina.

Repasemos los siete ítemes enumerados en el capítulo uno, los cuales comprueban que
Dios se imparte y se forja en nosotros. El primero tiene que ver con la santidad. La única
manera de ser santos es que Dios se imparta en nosotros. Cuando Dios nos escogió, Su
intención no era que usáramos cierto estilo de ropa o que nos peináramos de cierta
manera. Tenemos que desechar ese concepto de lo que es santidad. La santidad es el
propio Dios forjado en nuestro ser. Debemos darle la debida importancia a la
impartición de Dios en nosotros. Cómo nos vistamos depende de El. Dios es viviente,
real y sensible. Ser santos es ser saturados de El.

Del mismo modo, nosotros no llegamos a ser hijos de Dios reformándonos o


corrigiéndonos a nosotros mismos. En cuanto a esto, ni las enseñanzas ni los
reglamentos funcionan. Lo único que funciona es que el Hijo de Dios se imparta en
nosotros y se forje en nuestro ser.

Lo mismo es verdad en cuanto a la redención de nuestros cuerpos. Un día, Dios nos


saturará por completo, y entonces seremos redimidos. Esta redención no es la que se
efectúa mediante la sangre, sino la redención de nuestros cuerpos que Dios realiza al
saturar todo nuestro ser. Romanos 8 dice que esta redención es la plena filiación, la
consumación de la filiación. Esto significa que la redención de nuestros cuerpos es el
paso final del proceso de filiación. Dios nos hace Sus hijos al saturarnos consigo mismo.
Cuando nuestros cuerpos sean redimidos, la filiación llegará a su consumación.

La esperanza de gloria también está relacionada con el hecho de que el Dios Triuno se
imparte en nosotros y se forja en nuestro ser. De acuerdo con la enseñanza cristiana
comúnmente aceptada, un día repentinamente nos daremos cuenta de que hemos sido
transportados a una esfera de gloria. Sin embargo, la única manera de ser glorificados es
que Dios nos sature consigo mismo día tras día. La carga de mi ministerio es que
ustedes sean saturados del Dios Triuno. Anhelo que el Dios Triuno se imparta en
ustedes y que ustedes sean saturados de El. Esta saturación perdurará para siempre; no
puede ser erradicada. La gloria es el resultado de dicha saturación. Por lo tanto, la vida
cristiana consiste en ser saturados con el Dios Triuno. Un día, por medio de esta
saturación, seremos glorificados.

El poder divino que nos es trasmitido nos satura con el Dios Triuno. Hemos visto que
este poder está dirigido a la iglesia, que actúa para con nosotros los que creemos. La
palabra griega traducida “para con” en el versículo 19 también puede traducirse “en”.
Así que, el poder divino actúa en nosotros los que creemos. Esto comunica la idea de
una saturación. Cada parte y área de nuestro ser debe ser saturado del poder divino.
Esto es lo que el Señor lleva a cabo en Su recobro hoy.

El día en que nos arrepentimos, el poder divino fue instalado en nosotros. Ahora este
poder no sólo está en las alturas, sino también en nosotros. Cuando abrimos nuestro ser,
este poder es activado y nos satura con la esencia divina, la cual nos es trasmitida desde
los cielos. Hoy esta trasmisión opera en nosotros como la sangre que circula en nuestro
cuerpo. Debido a que no siempre estamos abiertos a ella, o a que tenemos problemas
relacionados con nuestra conciencia, nuestra mente, nuestra parte emotiva o nuestra
voluntad, la trasmisión se ve restringida temporalmente. Si deseamos experimentar una
trasmisión continua, debemos arrepentirnos, confesar nuestras faltas y desprendernos
de todo lo que nos estorbe. Entonces la trasmisión se restaurará y seguirá saturando
todo nuestro ser.

Nosotros somos la iglesia gracias a que el Dios Triuno se imparte a nosotros y se forja en
nuestro ser. Ahora entendemos por qué la iglesia se menciona al final del capítulo uno.
La iglesia no se produce organizando a los santos; ella es producto de la trasmisión que
proviene del Cristo ascendido. La iglesia que se produce de esta manera es el Cuerpo.
Hay quienes se llaman “iglesias”, pero no son el Cuerpo, porque no son un organismo,
sino algo así como un cuerpo artificial, una organización. La iglesia es el organismo
producido por la trasmisión del Cristo todo-inclusivo. La iglesia, el Cuerpo de Cristo, es
la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.

¡Qué grandioso es ver que el capítulo uno de Efesios concluye con el Cuerpo! La iglesia
como Cuerpo de Cristo es fruto de todo lo bueno que Dios ha hablado con respecto a
nosotros, y el factor básico de estas bendiciones es que la vida divina se imparte en
nosotros y se forja en nuestro ser. La iglesia es el resultado de las bendiciones de Dios, el
factor básico de las cuales el Dios Triuno se imparte y se forja en nosotros. La
impartición divina comenzó en la eternidad pasada y pasó por la creación, encarnación,
crucifixión, resurrección y ascensión; y ahora llega a Sus elegidos para hacer de ellos el
pueblo santo de Dios, los hijos de Dios, personas selladas, y el Cuerpo como plenitud de
Cristo.
El Cuerpo es producto de la trasmisión del Cristo todo-inclusivo. Esta trasmisión es la
suma de todo lo bueno que Dios ha pronunciado con respecto a nosotros. Para disfrutar
de la trasmisión, se necesita una mente sobria, una parte emotiva ferviente, una
voluntad sumisa y una conciencia pura. Al experimentar esta trasmisión, llegamos a ser
el Cuerpo. Lo que necesitamos hoy es recibir más de esta trasmisión todo-inclusiva.
¡Aleluya porque el Dios Triuno se trasmite a nosotros! Así que, no tenemos vanas
enseñanzas; antes bien, experimentamos una impartición, una trasmisión y una
saturación. Este es el concepto básico de Efesios 1.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE VEINTE

MUERTOS EN DELITOS Y PECADOS

En este mensaje llegamos al capítulo dos de Efesios. Hemos visto que en el capítulo uno
no se menciona la misericordia de Dios debido a que ahí todo es excelente. Sin embargo,
el capítulo dos describe una situación miserable, una situación que requiere la rica
misericordia de Dios. En este mensaje examinaremos los tres primeros versículos del
capítulo dos.

De hecho, Efesios 2 no trata principalmente de la condición lamentable del hombre


caído, sino de cómo se produce y se edifica la iglesia. Al final del capítulo uno vemos que
la iglesia como Cuerpo de Cristo se produce mediante la trasmisión que proviene del
Cristo ascendido. Esta es la iglesia vista desde la perspectiva positiva, vista desde lo alto.
Sin embargo, no sólo debemos ver la iglesia desde arriba, sino también desde abajo. En
el capítulo uno Pablo mira la iglesia desde el punto de vista de los lugares celestiales.
Desde esta perspectiva ella es producto de la trasmisión del Cristo ascendido. Pero en el
capítulo dos Pablo ve a la iglesia desde abajo, mirando a la iglesia desde el punto de vista
de la miserable condición del hombre caído.

I. LA CONTINUACION DEL CAPITULO UNO

Efesios 2:1 dice: “Y vosotros estabais muertos en vuestros delitos y pecados”. Según la
gramática, la conjunción “y” indica que la última oración del capítulo uno no está
completa. El último versículo del capítulo uno revela que la iglesia, el Cuerpo de Cristo,
fue producida por Cristo mediante lo que El logró. Ahora el capítulo dos revela el
trasfondo, la esfera de muerte, de donde fue producida la iglesia.

En el capítulo uno el apóstol Pablo expresa muchas cosas excelentes. Declara que la
iglesia llega a existir mediante la maravillosa trasmisión del Cristo ascendido. En el
capítulo uno Pablo habla de Cristo y del poder que operó en El resucitándolo de los
muertos, sentándolo en los lugares celestiales por encima de todo, sometiendo todas las
cosas bajo Sus pies y dándolo por Cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es Su
Cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. Pero como ya mencionamos, la
iglesia tiene otro lado; se puede apreciar por el lado de Cristo y también por el lado
nuestro. Por ello, en 2:1 Pablo dice: “Y vosotros”. La iglesia no solamente tiene el aspecto
de la divinidad, sino también el aspecto de la humanidad. En el capítulo uno, vemos que
la iglesia se produce al trasmitírsele la divinidad, mientras que en el capítulo dos vemos
que la iglesia procede de la humanidad. La conjunción “y” al comienzo de Efesios 2:1
tiene mucha importancia, pues une estos dos aspectos de la iglesia.

II. MUERTOS EN DELITOS Y PECADOS

A. Muertos espiritualmente

El versículo 1 afirma que estábamos muertos en nuestros delitos y pecados. La palabra


“muertos” se refiere a la condición de muerte en que se hallaba nuestro espíritu, una
muerte que invadió todo nuestro ser. Nosotros no solamente estábamos caídos y éramos
pecaminosos; también estábamos muertos.

En 1947, mientras predicaba el evangelio en Shanghai el primer día del año, le dije a los
que me escuchaban: “Amigos, los predicadores cristianos debemos ser sinceros y
decirles a ustedes cuál es su verdadera condición. Ustedes no solamente son pecadores,
sino que todos están muertos. Todos están en un ataúd y en una tumba. Tal vez se
consideren damas y caballeros cultos, pero en realidad son personas muertas y
sepultadas. Les digo esto porque ahora Cristo quiere darles vida y sacarlos del ataúd”.
Esta es una buena manera de predicar el evangelio.

Debido a que el libro de Romanos trata el tema del pecador, no recalca el hecho de que
las personas caídas están muertas; hace hincapié, más bien, en los pecados y en el
pecado. Sin embargo, el libro de Efesios pone énfasis en la muerte, en la necesidad de
personas que están muertas. La salvación revelada en Romanos se basa en la justicia.
Según Romanos 1:16-17, el evangelio de Dios es poderoso para salvar porque en él se
revela la justicia de Dios. En Romanos, Dios nos salva mediante Su justicia y con ella.
Pero en Efesios, Dios salva a los muertos con la vida. La justicia no le beneficia a
personas muertas. Lo que ellas necesitan es vida. Muchos cristianos no entienden
claramente la diferencia entre ser salvos por medio de la justicia y ser salvos mediante la
vida. Por ello, citan Efesios para hablar de la salvación que se basa en la justicia. Puesto
que somos pecadores y estamos muertos, necesitamos tanto la justicia como la vida;
tanto la salvación descrita en Romanos, como la salvación que se revela en Efesios.

B. Perdimos la función que nos


capacitaba para relacionarnos con Dios

Al estar muertos en delitos y pecados, perdimos la función que nos capacitaba para
relacionarnos con Dios. La muerte espiritual anuló la función de nuestro espíritu. No
importa cuán activos hayamos estado en nuestro cuerpo y en nuestra alma, estábamos
muertos en nuestro espíritu y no podíamos contactar a Dios.
C. En delitos y pecados

El versículo 1 dice que estábamos muertos en nuestros delitos y pecados. Los delitos son
actos que sobrepasan el límite de derecho, y los pecados son actos malignos. Antes de
ser salvos, estábamos muertos en delitos y pecados. Fue de esta condición de muerte
que fuimos salvos para ser la iglesia, el Cuerpo. Los muertos han sido vivificados para
ser un organismo vivo que expresa a Cristo.

Creo necesario añadir algo con respecto a los delitos. Al correr en una carrera, el
corredor debe permanecer dentro de ciertos límites. Salirse de dichos límites equivale a
cometer una ofensa. Uno tiene derecho a correr dentro de esos límites, pero si se sale de
ellos, traspasa sus derechos.

Hace algunos años recibí ayuda de un hermano que había estado aprendiendo las
lecciones de la vida. Un día testificó que, habiendo sido alumbrado por Dios, se daba
cuenta de que si tocaba a la puerta de la habitación de alguien y nadie contestaba, no
tenía derecho a entrar en dicha habitación, pues si lo hacía, sobrepasaba sus derechos.
Este testimonio me ayudó inmensamente. Desde entonces, cada vez que visitaba la casa
de alguien, me limitaba a permanecer en la habitación que se me pedía que me sentara.
No me tomaba la libertad de entrar en otras habitaciones de la casa, pues si lo hubiera
hecho, habría estado sobrepasando mis derechos y cometiendo una ofensa. Hay
personas que no les molesta visitar una casa ajena y entrar en todos los cuartos y
examinar lo que en ellos hay. Aunque ellas traten de justificar su conducta, a los ojos de
Dios han sobrepasado sus derechos.

Supongamos que después de una reunión, un hermano deja su himnario en el asiento.


¿Cree usted tener derecho de tomarlo? No; no lo tiene, a menos que sea el encargado de
la limpieza o de recoger los artículos perdidos. Pero ni siquiera esto le daría derecho a
hojear el himnario del hermano.

A los ojos de Dios, hemos sobrepasado nuestros derechos muchas veces. Así que,
éramos personas muertas en nuestros delitos. Además, estábamos muertos en pecados,
en hechos malignos tales como mentir y robar.

III. SEGUIAMOS LA CORRIENTE DE ESTE MUNDO

El versículo 2, refiriéndose a nuestros delitos y pecados, dice: “En los cuales anduvisteis
en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo”. La frase “este mundo” se refiere
al sistema satánico, que se compone de muchos siglos. La palabra “corriente” se refiere a
cierta parte, sección o aspecto, a la apariencia actual y moderna del sistema de Satanás,
que él usa para usurpar y ocupar a la gente y alejarla de Dios y Su propósito. Cuando
estábamos muertos en delitos y pecados, seguíamos la corriente, la apariencia moderna,
la era actual del mundo, es decir, el sistema satánico.

Durante el tiempo que estuvimos muertos en delitos y pecados, anduvimos muy activos
en el mundo, en la esfera del reino satánico. La palabra griega cósmos, que se traduce
“mundo” significa “sistema”. Este no es un sistema divino ni humano, sino satánico.
Este sistema, el mundo, se compone de muchas épocas, de muchas corrientes, cada una
de las cuales constituye una sección del sistema satánico. Cada época es también una
corriente, y tiene su propio estilo y apariencia. En la época de Abraham, el mundo fue
diferente al de David y al de Pablo. Hoy el mundo también tiene una apariencia
moderna. Además, la época del mundo tiene su corriente. Una vez anduvimos conforme
a la corriente de esta época. Una persona que sigue la tendencia de la época demuestra
de manera inequívoca que está muerta, es decir, que es un cadáver arrastrado por la
corriente de la era.

En 1937, mientras viajaba por el interior de China, vi un excelente ejemplo de esto. Un


día, al pasar por un arroyo que corría por la vertiente de una montaña, observé que
flotaban en él hojas secas que eran arrastradas por la corriente. Entre las hojas había
algunos peces que nadaban contra la corriente. Ellos podían hacer esto porque estaban
vivos, pero las hojas, por no poseer la vida necesaria para resistir la corriente e ir en
contra de ella, eran arrastradas por la misma. Una persona que sigue la corriente actual
del mundo, está muerta. La corriente de esta época arrastra a las personas sencillamente
porque ellas están muertas. Por todo el mundo y en cada país, la gente está muerta. Por
consiguiente, cada vez que llega la marea del mundo, las personas son arrastradas
inmediatamente. Antes, nosotros también estábamos muertos y éramos arrastrados por
la corriente de esta era; pero ahora que hemos sido vivificados, la corriente no puede
movernos.

IV. ANDABAMOS CONFORME AL PRINCIPE


DE LA POTESTAD DEL AIRE

Cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, no sólo seguíamos


activamente la corriente de este mundo, sino que también andábamos “conforme al
príncipe de la potestad del aire, del espíritu que ahora opera en los hijos de
desobediencia”. El “príncipe” se refiere a Satanás, gobernador de los principados y
potestades del aire, los cuales se mencionan en 6:12. “El espíritu”, que está en aposición
con “la potestad del aire”, se refiere al poder colectivo, al conjunto de todas las
potestades malignas angélicas, cuyo príncipe es Satanás. Este espíritu ahora opera en los
hijos de desobediencia. Pero nosotros, quienes estuvimos en otro tiempo entre ellos,
fuimos salvos para ser la iglesia.

Por encima de nosotros está la esfera gobernada por Satanás, el príncipe de la potestad
del aire. Son pocos los cristianos que tienen un entendimiento adecuado acerca del
poder maligno. Toda la tierra está bajo el dominio del espíritu que está en el aire. Este
espíritu maligno, esta atmósfera maligna, es la causante de tantos crímenes, asesinatos e
incluso suicidios. Este espíritu influye en las personas y las lleva a hacer cosas malignas
que los seres humanos normalmente no harían. La fuente de esta maldad se halla en el
espíritu, en la atmósfera, que los domina. Este espíritu opera ahora en los hijos de
desobediencia, en aquellos que desobedecen a Dios.

V. NOS CONDUCIAMOS
EN LOS DESEOS DE NUESTRA CARNE

Hemos hablado de dos esferas en las cuales nos desenvolvíamos activamente cuando
estábamos muertos en nuestros delitos y pecados: la esfera del mundo y la esfera de la
potestad del aire. Ahora debemos ver la tercera esfera, la de los deseos de nuestra carne.
El versículo 3 dice: “Entre los cuales también todos nosotros nos conducíamos en otro
tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los
pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás”. La
expresión “los cuales” se refiere a los hijos de desobediencia, y la palabra “nosotros”, a
todos los creyentes, tanto judíos como gentiles. Cuando estábamos muertos en nuestros
delitos y pecados, nosotros también nos conducíamos conforme a los deseos de nuestra
carne, haciendo la voluntad no sólo de la carne, sino también de los pensamientos. Tres
cosas malignas dominaban nuestras vidas: la corriente de este mundo, la cual está fuera
de nosotros; el príncipe de la potestad del aire, quien está sobre nosotros y en nosotros;
y los deseos de nuestra carne, que están en nuestra naturaleza caída. De estas cosas
malignas fuimos salvos para ser el Cuerpo de Cristo.

Antes de ser salvos, nos conducíamos según los deseos carnales, satisfaciendo los deseos
de la carne y de los pensamientos. La palabra “deseos” del versículo 3 se refiere a
nuestros gustos. En el pasado hacíamos ciertas cosas simplemente porque nos gustaba
hacerlas. Si queríamos ir a bailar, lo hacíamos; si queríamos asistir a eventos deportivos,
asistíamos; si nos gustaba ir de compras, íbamos. La generación actual, probablemente
más que cualquier otra generación en la historia, hace todo lo que le place. Si se les
preguntara a los jóvenes por qué hacen ciertas cosas, muchos de ellos contestarían que
simplemente les gusta hacerlas. Esto es una clara señal de alguien que está muerto. Los
jóvenes que les gusta hacer lo que desean son semejantes a un automóvil sin frenos.
¡Cuán peligroso es esto!
Los deseos de la carne mencionados en el versículo 3 aluden a cosas malignas, mientras
que los deseos de los pensamientos, a cosas que no son tan malas. No obstante, ambas
son indicios de que una persona está muerta en el espíritu, especialmente en la
conciencia. Una persona que está muerta en su espíritu, satisface todos los deseos de su
carne y de sus pensamientos.

VI. ERAMOS POR NATURALEZA HIJOS DE IRA

En el versículo 3 Pablo declara que éramos “por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los
demás”. Además, de ser hijos de desobediencia, también éramos hijos de ira. En la
esfera de muerte, estábamos bajo la ira de Dios a causa de nuestra desobediencia. Pero
fuimos salvos tanto de nuestra desobediencia como de la ira de Dios.

VII. SALVOS PARA SER EL CUERPO DE CRISTO

Hemos visto tres esferas en las cuales nos desenvolvíamos activamente en el pasado: la
corriente del mundo, la atmósfera maligna que rodea la tierra habitada y los apetitos
carnales, que incluyen los deseos de la carne y de los pensamientos. El mundo está fuera
de nosotros, los deseos están en nosotros y la atmósfera espiritual maligna está por
encima de nosotros y dentro de nosotros. Es imposible que una persona muerta escape
de estas tres esferas. Por naturaleza, todos los hombres son hijos de desobediencia, hijos
de ira y están bajo el juicio de Dios. Cuando estábamos muertos en delitos y pecados,
nosotros también nos encontrábamos en esa condición. ¡Alabado sea el Señor que de esa
esfera de muerte nació la iglesia! Fuimos salvos para ser el Cuerpo de Cristo. Ahora ya
no estamos en esas esferas; ahora estamos en Cristo, en el Espíritu y en los lugares
celestiales.

Efesios 2:1-3 da una clara descripción de nuestra condición con respecto a nuestra
naturaleza caída. Cuando nos encontrábamos en esa condición, estábamos muertos en
nuestros delitos y pecados, y con todo, nos movíamos activamente en la corriente de este
mundo y estábamos bajo el dominio de la potestad del aire y de los deseos de la carne y
de los pensamientos. Este es el oscuro trasfondo contra el cual vemos la iglesia. La
iglesia fue producida a partir de tan lamentable origen. ¡Aleluya! Aunque estábamos
muertos y en una condición tan deplorable, ¡fuimos salvos para ser el Cuerpo de Cristo!
¡Qué salvación tan maravillosa!

ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE VEINTIUNO
SALVOS POR GRACIA
PARA SER LA OBRA MAESTRA DE DIOS

En este mensaje llegamos a Efesios 2:4-10, un pasaje que revela que fuimos salvos por
gracia para ser la obra maestra de Dios.

I. DIOS ES RICO EN MISERICORDIA

El versículo 4, que declara que Dios es rico en misericordia, comienza con las palabras:
“Pero Dios”. Este fue el factor que cambió nuestra posición. Nos encontrábamos en una
condición miserable, pero Dios vino con Su rica misericordia y nos hizo dignos de Su
amor.

II. EL GRAN AMOR CON QUE DIOS NOS AMO

Dios es rico en misericordia “por Su gran amor con que nos amó” (v. 4). El objeto del
amor debe estar en una condición que merezca amor, pero el objeto de la misericordia
siempre está en una condición lastimosa. Así que, la misericordia de Dios va más allá
que Su amor. Dios nos ama porque somos el objeto de Su elección. Pero debido a que
caímos, llegamos a ser despreciables, incluso muertos en nuestros delitos y pecados; por
lo tanto, necesitábamos la misericordia de Dios. Debido a Su gran amor, Dios es rico en
misericordia para salvarnos de nuestra posición miserable y traernos a una condición
que sea propicia para Su amor.

III. AUN CUANDO ESTABAMOS MUERTOS EN DELITOS

La misericordia de Dios llegó a nosotros aun cuando estábamos muertos en delitos (v.
5). No merecíamos nada de parte de Dios, pero El tuvo misericordia de nosotros aun
cuando nos encontrábamos en nuestra lamentable condición.

IV. NOS DIO VIDA JUNTAMENTE CON CRISTO

El versículo 5 dice que Dios nos dio vida juntamente con Cristo. El libro de Efesios, en
contraste con Romanos, no nos considera pecadores; nos considera muertos. Como
pecadores, necesitamos el perdón y la justificación de Dios, según lo revela el libro de
Romanos; pero como muertos, necesitamos ser vivificados. El perdón y la justificación
nos hacen volver a la presencia de Dios para disfrutar Su gracia y participar de Su vida;
mientras que el ser vivificados hace que nosotros, miembros vivos del Cuerpo de Cristo,
lo expresemos. Por medio de Su Espíritu de vida (Ro. 8:2), Dios nos vivificó impartiendo
Su vida eterna, la cual es Cristo mismo (Col. 3:4), en nuestro espíritu muerto. Nos
vivificó juntamente con Cristo. Dios nos dio vida cuando vivificó al Jesús crucificado.
Por lo tanto, nos dio vida juntamente con Cristo.

En el versículo 5 Pablo declara entre paréntesis: “Por gracia habéis sido salvos”. La
gracia es gratuita. En este versículo la gracia denota que no sólo Dios se imparte
gratuitamente en nosotros para que lo disfrutemos, sino que también nos da Su
salvación gratuitamente. Por tal gracia hemos sido salvos de nuestra miserable posición
de muerte para entrar en la maravillosa esfera de vida.

V. JUNTAMENTE NOS RESUCITO


Y NOS HIZO SENTAR EN LOS LUGARES CELESTIALES

El versículo 6 dice: “Y juntamente con El nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los
lugares celestiales en Cristo Jesús”. Vivificarnos es el paso inicial de la salvación en vida.
Después de esto, Dios nos resucitó de la posición de muerte. Ser vivificados y ser
resucitados son dos cosas distintas. Consideremos la crónica de la resurrección de
Lázaro como ejemplo (Jn. 11). El Señor primero lo vivificó y luego lo levantó de la
tumba. Según el mismo principio, la misericordia de Dios primero nos vivifica y luego
nos resucita de los muertos.

El versículo 6 dice que juntamente con Cristo fuimos resucitados y hechos sentar. Desde
nuestro punto de vista, hemos sido resucitados uno por uno de nuestra posición de
muerte. Pero a los ojos de Dios fuimos resucitados todos juntos, tal como todos los
israelitas fueron resucitados de las aguas de muerte del mar Rojo (Ex. 14). Según el libro
de Exodo, toda la congregación de los hijos de Israel fue salva al mismo tiempo, pues
cruzaron juntos el mar Rojo, lo cual tipifica claramente el hecho de que nosotros fuimos
salvos todos juntos; todos fuimos vivificados y resucitados al mismo tiempo.

Quisiera señalar una vez más que la salvación que se menciona en Efesios es diferente
de la que se presenta en Romanos. En Romanos la salvación se efectúa por medio de la
justicia de Dios, mientras que en Efesios, mediante la vida divina. La salvación revelada
en Efesios no es la que satisface los requisitos justos de Dios, sino la que nos imparte la
vida y nos constituye miembros del Cuerpo de Cristo, lo cual cumple el propósito eterno
de Dios de que Cristo tenga un Cuerpo vivo que lo exprese. Este propósito no se cumple
por medio de la justicia, sino por medio de la vida. Por esto, Efesios 2 recalca que fuimos
vivificados juntamente con Cristo.
A. En los lugares celestiales

El versículo 6 dice que fuimos sentados juntamente en los lugares celestiales. El tercer
paso de la salvación que Dios efectúa en vida consiste en sentarnos juntamente en los
lugares celestiales. Dios no sólo nos resucitó de la posición de muerte, sino que también
nos hizo sentar en el lugar más alto del universo.

Los lugares celestiales aluden a la posición más elevada en la que fuimos puestos al ser
salvos en Cristo. En el libro de Romanos, Cristo como nuestra justicia nos lleva a un
estado en el que somos aceptables a Dios, mientras que en el libro de Efesios, Cristo
como nuestra vida nos salva y nos lleva a una posición en la cual estamos por encima de
todos los enemigos de Dios. Hoy los que conforman la iglesia están en los lugares
celestiales.

La expresión “lugares celestiales” es un tanto peculiar. No solamente se refiere a un


lugar, sino también a cierto ambiente con su propia naturaleza y características. La
salvación efectuada por Dios mediante la vida, nos introdujo en un lugar celestial y en
una atmósfera celestial la cual es de característica celestial. Cuando nos reunimos
juntos, a menudo tenemos la profunda sensación de que no estamos en una atmósfera
terrenal, sino en un ámbito celestial. Pero si fuéramos al cine o a algún otro lugar
mundano, nos sentiríamos sumergidos en un ambiente terrenal. Por estar en una
atmósfera celestial, cuya naturaleza y característica son celestiales, somos un pueblo
celestial. La salvación nos ha trasladado a este dominio, a esta esfera.

B. En Cristo Jesús

Fue en Cristo Jesús que Dios nos hizo sentar a todos, de una vez y para siempre, en los
lugares celestiales. Esto se efectuó cuando Cristo ascendió a los cielos, y nos fue aplicado
por el Espíritu de Cristo cuando creímos en El. Hoy en día obtenemos y
experimentamos esta realidad en nuestro espíritu por fe en el hecho cumplido.

Tanto Romanos como Efesios indican que estamos en Cristo. En Romanos, no obstante,
el ser trasladados de Adán a Cristo implica principalmente que tenemos una posición
justificada; mientras que en Efesios, estar en Cristo no solamente tiene que ver con una
posición celestial, sino, e incluso más importante, con la vida. Por estar en Cristo,
poseemos la vitalidad de la vida. En Romanos, Cristo es la justicia de Dios, mientras que
en Efesios, El es la vida. Por consiguiente, según Romanos, estar en Cristo significa ser
puestos en una posición justificada, mientras que según Efesios, estar en Cristo significa
que tenemos la vitalidad de la vida.
VI. LAS SUPERABUNDANTES
RIQUEZAS DE LA GRACIA DE DIOS

El versículo 7 dice: “Para mostrar en los siglos venideros las superabundantes riquezas
de Su gracia en Su bondad para con nosotros en Cristo Jesús”. La iglesia se produce en
el siglo actual; los siglos venideros aluden al milenio y a la eternidad futura. Mostrar las
riquezas de la gracia de Dios equivale a exhibirlas públicamente a todo el universo. Las
riquezas de la gracia de Dios exceden todo límite; ellas son las riquezas del propio Dios
dadas a nosotros para que las disfrutemos. Ellas serán exhibidas públicamente por la
eternidad.

El versículo 7 dice que las superabundantes riquezas de la gracia de Dios en Su bondad


nos son dadas a nosotros en Cristo Jesús. La bondad es la benevolencia que resulta de la
misericordia y el amor. Es en esta bondad que se nos da la gracia de Dios.

VII. POR GRACIA

El versículo 8 dice: “Porque por gracia habéis sido salvos por medio de la fe”. La palabra
“porque” al principio de este versículo presenta la razón por la cual Dios muestra Su
gracia (v. 7). Puesto que hemos sido salvos por la gracia de Dios, El la puede mostrar.

En Efesios, la gracia es Dios infundido en nosotros. Por lo tanto, ser salvos por gracia
significa ser salvos al impartirse Dios en nosotros. Los cristianos en su mayoría
consideran que la gracia es una cosa, no una persona. Para ellos, la gracia es
simplemente un don que se les da gratuitamente. Según este concepto acerca de la
gracia, nosotros éramos pecadores que no merecíamos ser salvos, pero Dios nos salvó
gratuitamente concediéndonos Su favor inmerecido. Este, sin embargo, es un
entendimiento superficial de lo significa ser salvos por gracia.

Juan 1:17 dice que la gracia vino por medio de Jesucristo. Esto indica que la gracia, en
cierto sentido, es como una persona. Efesios revela que la gracia salvadora es el propio
Dios, quien, en Cristo, se ha forjado en nuestro ser. Ya hemos recalcado que el concepto
básico que rige en Efesios 1 es que el Dios Triuno se imparte a nuestro ser. Por
consiguiente, ser salvos por gracia significa ser salvos por la impartición del Dios Triuno
en nosotros.

Para muchos creyentes, ser salvos por gracia es simplemente ser rescatados de nuestra
lamentable condición. Según este concepto, ser salvo por gracia equivale a que el
Salvador, quien es rico en misericordia, desciende a nuestro nivel, el cual es bajo, y nos
rescata. Sin embargo, ésta no es la salvación revelada en Efesios. Según Efesios, la
salvación consiste en que el Cristo encarnado, crucificado, resucitado y ascendido se
trasmite a nosotros. Cuando esta persona entra en nosotros como gracia, somos salvos.
Al recibir esta trasmisión divina, somos vivificados, resucitados y nos sentamos con
Cristo en los lugares celestiales. Por tanto, en Efesios, la gracia es la persona salvadora
de Cristo mismo. ¡Aleluya por tal salvación! Esto constituye un entendimiento más
profundo de lo que es ser salvos por gracia.

El hecho de que Dios se trasmitiera a nosotros no fue algo sencillo. El tuvo que pasar por
el proceso de encarnación, crucifixión, resurrección y ascensión. Al ser procesado de
esta manera, El ahora puede trasmitirse a nosotros. Cuando el Dios procesado se
trasmite a nosotros, El llega a ser la gracia salvadora. Esta gracia no solamente es la
gracia sublime, sino también la gracia abundante. La gracia es el Dios procesado
trasmitido a nuestro ser.

No piensen que esto es una simple interpretación humana. Si leemos Efesios 1 y 2 con
mucha oración, veremos que el Dios que se procesó y que se trasmite a nosotros es la
gracia salvadora y la gracia abundante. La trasmisión del Dios procesado es lo que nos
ha salvado.

Como hemos indicado, esta gracia posee superabundantes riquezas. Tiene muchos
aspectos, virtudes y atributos, tales como vida, luz y poder. Sin la vida, la luz y el poder,
Dios no podría salvarnos. Por ejemplo, ¿cómo se podría rescatar a una persona que ha
caído en un pozo si no se tiene la fuerza para hacerlo? Además, sin sentir amor por tal
persona, nadie se molestaría en salvarla. Para poder salvarnos, Dios necesitó amor y
sabiduría. Estas son algunas de las superabundantes riquezas de Su gracia salvadora. En
Su bondad para con nosotros en Cristo Jesús, Dios nos salvó por Su gracia. En los siglos
venideros —en el milenio y en la eternidad futura— Dios exhibirá esta gracia
públicamente a todo el universo.

VIII. POR MEDIO DE LA FE

En el versículo 8 Pablo dice que por gracia hemos sido salvos por medio de la fe. La fe es
lo que da sustantividad a lo invisible. Por fe damos sustantividad a todo lo que Cristo ha
cumplido por nosotros. Es por esta capacidad de dar sustantividad a lo invisible que
hemos sido salvos por gracia. La acción gratuita de la gracia de Dios nos salvó por medio
de tal fe.

Hablando de la fe, el versículo 8 añade: “Y esto no de vosotros, pues es don de Dios”. La


fe no proviene de nuestras obras, ni de nuestros esfuerzos ni de nuestra lucha, sino que
es don de Dios, para que nadie se gloríe (v. 9). La fe no proviene de nosotros. Aunque
creemos, esta fe no se origina en nosotros mismos, pues nosotros no tenemos fe. Sin
embargo, cuando nos arrepentimos y confesamos nuestros pecados a Dios en el nombre
del Señor Jesús, nos fue instalada la capacidad de creer. Antes de ser salvos, éramos
totalmente incapaces de creer. Pero el día en que fuimos salvos, nos fue impartida la fe,
y creímos. Tal vez las personas se pregunten cómo podemos creer en Jesucristo si nunca
lo hemos visto. Pero aunque no lo hemos visto, no podemos evitar creer en El. Esta fe no
proviene de nosotros; es parte de la gracia que nos es trasmitida.

De hecho, la fe es un aspecto de Cristo. Por esta razón, la Biblia habla de la fe de Cristo


(Ro. 3:22). En Gálatas 2:20 Pablo dice: “La vida que ahora vivo en la carne, la vivo en la
fe del Hijo de Dios”. La fe es Cristo mismo. Al oírme decir esto, tal vez algunos piensen
que para mí, Cristo lo es todo, y están en lo cierto. La fe que nos es dada es la fe común a
todos los creyentes (Tit. 1:4). La fe es dada, es recibida y nos es común a todos. Cuando
reunimos todo esto, vemos que la fe es Cristo mismo.

Si alguien le mostrara un hermoso diamante, inmediatamente y sin ningún esfuerzo


brotaría de usted cierto aprecio por él. Este aprecio no se origina en usted, sino en el
diamante. En un sentido, su aprecio es el diamante mismo. Indudablemente usted no
valoraría de la misma manera un pedazo de barro. Un diamante, a diferencia del barro,
es digno de valorar. Nosotros no ponemos nuestra fe en Sócrates o en Confucio, porque
ellos no son creíbles. En cambio, Cristo es absolutamente creíble, y por eso ponemos
nuestra fe en El. Nuestra fe en Cristo no procede de nosotros mismos, sino de El.
Cuando vemos a Cristo, se nos imparte la fe. Así que, no es irracional afirmar que la fe es
Cristo mismo. Esto es semejante a decir que la santidad, el amor, la justicia, la paciencia
y la perseverancia son el propio Cristo.

Puesto que la fe es Cristo mismo, los que creemos en El tenemos una fe común. Usted
no tiene una fe y yo otra. Cuando Cristo llegó a usted, usted creyó, y cuando El vino a mí,
yo creí. Cada vez que Cristo llega a una persona, ésta cree en El. Este es otro indicio de
que la fe no procede de nosotros, sino de Cristo.

Ya que la fe es un don de Dios, y no tiene nada que ver con nuestras obras, ninguno de
nosotros tiene derecho a gloriarse. Por el contrario, todos debemos declarar
humildemente: “Señor, si Tú no hubieras venido a mí, yo no tendría ni una pizca de fe.
¡Pero alabado seas porque viniste a mí, y yo recibí la fe! Señor, Tú eres mi fe”.

IX. LA OBRA MAESTRA DE DIOS

Fuimos salvos por gracia por medio de la fe para ser la obra maestra de Dios. El
versículo 10 dice: “Porque somos Su obra maestra”. La palabra griega, póiema, significa
aquello que ha sido hecho, una obra de artesanía, o algo que ha sido escrito o compuesto
como poema. No sólo un escrito poético puede considerarse un poema, sino también
cualquier obra de arte que exprese la sabiduría y propósito del autor. Nosotros, la
iglesia, la obra maestra de todo lo que ha hecho Dios, somos un poema que expresa la
sabiduría infinita de Dios y Su propósito divino.

Dios ha hecho muchas cosas, pero ninguna de ellas es tan querida, tan preciosa, tan
deseable y tan valiosa como la iglesia. La iglesia es la obra maestra de Dios. Los
escritores, compositores y artistas a menudo intentan producir obras maestras, obras
sobresalientes. Dios creó los cielos y la tierra, pero ni los cielos ni la tierra son Su obra
maestra. Además, El creó al hombre, pero ni siquiera el hombre es Su obra maestra.
Dios tiene una sola obra maestra en el universo, y ésta es la iglesia. En calidad de obra
maestra, la iglesia es el Cuerpo de Cristo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.
¿Qué obra puede haber más grande que ésta? Además, la iglesia como obra maestra de
Dios es el nuevo hombre corporativo y universal (2:15). Nosotros vemos la vida de
iglesia desde la perspectiva de que ella es como una “cocina desordenada”, y tal vez a
esto se deba que no nos demos cuenta de que la iglesia es la obra maestra de Dios. Pero
un día veremos que somos el Cuerpo de Cristo y el nuevo hombre, la obra maestra de
Dios.

X. CREADOS

A. En Cristo Jesús

El versículo 10 dice que somos la obra maestra de Dios, “creados en Cristo Jesús”. Como
obra maestra de Dios, nosotros, la iglesia, somos una entidad completamente nueva en
el universo, algo nuevo que Dios originó. Dios nos creó en Cristo por medio de la
regeneración para que fuésemos Su nueva creación (2 Co. 5:17).

B. Por medio de la mezcla


de Dios y el hombre

La obra maestra de Dios es absolutamente nueva porque es la mezcla de Dios y el


hombre. Además, podemos decir que la iglesia es un híbrido, la mezcla de dos vidas. Los
opositores nos acusan de enseñar que la iglesia es Dios mismo. Sin embargo, nosotros
no enseñamos eso; lo que sí afirmamos es que la iglesia es la mezcla de Dios y el
hombre. La obra maestra de Dios, Su obra más grandiosa, consiste en impartirse en el
hombre, hacerlo uno con El, a fin de producir la iglesia.

Como ya mencionamos, esta obra es un poema, una obra artística que expresa la
sabiduría, el plan y la belleza del hacedor. La iglesia es el poema de Dios que manifiesta
Su sabiduría. Según 3:10, la multiforme sabiduría de Dios será dada a conocer por
medio de la iglesia. Los himnos expresan la sabiduría de sus autores. En los siglos
venideros, es decir, en el milenio y en la eternidad, habrá un solo himno: la iglesia, la
cual expresará la sabiduría y el plan de Dios. Cuando veamos la Nueva Jerusalén,
alabaremos a Dios por la belleza, la sabiduría y el propósito manifestados en esta
maravillosa obra. La Nueva Jerusalén será el poema de Dios, Su obra maestra. Cuando
miremos esta obra en el cielo nuevo y la tierra nueva, tal vez diremos: “¡Este es el himno
más precioso que se haya escrito en todo el universo!” Tal era el concepto de Pablo al
escribir Efesios 2.

C. Para buenas obras

Finalmente, somos la obra maestra de Dios, creados en Cristo Jesús “para buenas obras,
las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (v. 10). Las
buenas obras para las cuales Dios nos creó no son las que se consideran buenas según el
concepto común, sino las buenas acciones específicas que Dios planeó y ordenó de
antemano para que anduviéramos en ellas. Estas buenas cosas deben de referirse a
hacer Su voluntad, para vivir la vida de iglesia y ser el testimonio de Jesús, como se
revela en los capítulos siguientes de este libro. Por tanto, debemos hacer la voluntad de
Dios, vivir la vida de iglesia y ser el testimonio de Jesús. Estas son las buenas obras que
Dios preparó de antemano para que nosotros, Su obra maestra, anduviésemos en ellas.
Así que, 2:4-10 revela que fuimos salvos por gracia para ser la obra maestra de Dios y
andar en las buenas obras que El preparó de antemano.

ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE VEINTIDOS

LEJOS EN OTRO TIEMPO, PERO AHORA CERCA

Efesios 2:1-3 presenta un cuadro de lo que éramos por naturaleza. En este mensaje
examinaremos los versículos 11 y 12, que describen nuestra posición como gentiles.
Debido a nuestra naturaleza pecaminosa, nos encontrábamos en una condición de
muerte; y según nuestra posición como gentiles, estábamos alejados de Dios, de Cristo,
del reino de Dios, de Sus bendiciones, de Su promesa y de todo lo relacionado con El.

I. LOS GENTILES EN CUANTO A LA CARNE

En cuanto a nuestra posición, vemos primeramente que éramos los gentiles en cuanto a
la carne (v. 11). La palabra griega traducida “gentiles” también significa “naciones”.
Conforme a nuestra posición, éramos gentiles en cuanto a la carne.
El hombre que Dios creó para cumplir Su propósito era puro, sin pecado y sin
contaminación. No obstante, por medio de la caída, el pecado, la naturaleza maligna de
Satanás, entró en él. Cuando la maligna naturaleza de Satanás entró en el hombre, esto
hizo primeramente que el cuerpo humano se convirtiera en la carne, llena de
concupiscencias, y finalmente, que el hombre en su totalidad llegara a ser carne.
Hablando con propiedad, Dios creó el cuerpo del hombre, y no la carne, pero cuando el
pecado entró en el cuerpo humano, éste sufrió un cambio de naturaleza y se convirtió en
la carne. El cuerpo era un vaso puro creado por Dios; la carne es el cuerpo corrupto.
Dios no creó la concupiscencia que hay en el cuerpo del hombre; ésta surgió a raíz del
pecado. Según la Biblia, el hombre caído en su totalidad se hizo carne. La gente caída
vive conforme a la carne, no según el espíritu, la conciencia o la razón. Debido a que a
los ojos de Dios el hombre se ha hecho carne, la Biblia dice: “Por las obras de la ley
ninguna carne será justificada delante de El” (Ro. 3:20). La palabra “carne” empleada en
este versículo alude a una persona caída que vive según la carne y que se ha convertido
en carne.

Puesto que todo el ser del hombre se hizo carne, él quedó dañado e imposibilitado para
cumplir el propósito de Dios. Puesto que el hombre como un todo no pudo cumplir
dicho propósito, Dios intervino y llamó a otro linaje de entre la humanidad caída, a
Abraham y sus descendientes, para que cumpliesen Su propósito. Dios le mandó a
Abraham y a sus descendientes que se circuncidasen, es decir, que renunciasen a su
carne. Vemos así que la circuncisión es una señal de que el pueblo escogido de Dios debe
hacer a un lado la carne. El hecho de que el linaje llamado se circuncidara significaba
que se separaba del resto de la humanidad y se libraba de la condición caída. La
circuncisión marcaba una fuerte distinción entre ellos y el resto de los hombres. El
pueblo circuncidado era llamado la “circuncisión”, los que estaban separados de la
caída. Al resto de la humanidad se le llamaba la “incircuncisión”, lo que permanecía en
el estado caído. Ya que Abraham y sus descendientes, el linaje llamado, fueron
circuncidados, aquellos que permanecieron en el estado caído llegaron a ser las naciones
conforme a la carne, los gentiles. Nosotros estábamos en esta categoría antes de ser
puestos en Cristo.

II. LA INCIRCUNCISION

El versículo 11 declara que los gentiles según la carne eran “llamados incircuncisión por
la llamada circuncisión, hecha por mano en la carne”. Las palabras “incircuncisión” y
“circuncisión” de este versículo se refieren a personas, no a acciones. La circuncisión se
refiere a los que están circuncidados, y la incircuncisión, a quienes no lo están.
III. SEPARADOS DE CRISTO

El versículo 12 dice que nosotros en aquel tiempo estábamos “separados de Cristo”.


Cristo, quien es la corporificación de todas las bendiciones que Dios brinda a Su pueblo
escogido, provino de Israel, el pueblo circuncidado. Puesto que nosotros, los gentiles
incircuncisos, estábamos alejados de Israel, nos encontrábamos separados de Cristo y
no teníamos nada que ver con El.

IV. ALEJADOS DE LA CIUDADANIA DE ISRAEL

El versículo 12 dice que estábamos “alejados de la ciudadanía de Israel”. La “ciudadanía”


se refiere a los derechos civiles del pueblo escogido de Dios, tales como el gobierno, la
bendición y la presencia de Dios. A causa de la caída, el hombre perdió todos los
derechos que Dios había destinado para él al crearlo. Dios entonces llamó a Abraham, y
por medio de la circuncisión devolvió a Su pueblo escogido todos estos derechos. Pero
nosotros, por ser gentiles incircuncisos, estábamos todavía alejados de ellos.

V. AJENOS A LOS PACTOS DE LA PROMESA

Conforme al versículo 12, también estábamos “ajenos a los pactos de la promesa”. Los
pactos de Dios son Sus promesas, y Sus promesas son Sus palabras, con las cuales se
compromete a hacer ciertas cosas gratuitamente por Su pueblo escogido. Tales
promesas no son demandas, requisitos ni reprimendas. El pensamiento básico
relacionado con las promesas de Dios es que ellas son Su palabra. Sin la palabra de Dios,
no hay promesas.

Más tarde, la promesa de Dios se convierte en un pacto, ya que fue legalizada por medio
de los procedimientos necesarios. Todas las palabras que Dios habló a Su pueblo
escogido, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, fueron Sus promesas, las
cuales se convirtieron en un pacto por medio de un proceso legal. Tal vez se pregunte
qué procedimiento fue necesario para legalizar la promesa de Dios y convertirla en
pacto. El mejor ejemplo de esto es la muerte que sufrió el Señor Jesús por el perdón de
nuestros pecados. El Señor prometió que derramaría Su sangre en la cruz para que
recibiéramos el perdón de pecados, y legalizó esta promesa al derramar Su sangre. Por
medio de este procedimiento, Su promesa llegó a ser un pacto.

Ninguna promesa compromete tanto a una persona como un pacto. Uno puede hacer
muchas promesas y no sentirse comprometido por ellas. Pero una vez que pagamos el
precio requerido para que la promesa se convierta en pacto, quedamos comprometidos
por el pacto que hemos hecho. El pago del precio es el procedimiento que convierte una
promesa en un pacto.

Todas las palabras que Dios habló a Su pueblo escogido, desde Abraham hasta
Malaquías, son Sus promesas, las cuales al ser legalizadas, se convirtieron en pactos.
Estas palabras abarcan todo el Antiguo Testamento, desde Génesis 12 hasta el final del
libro de Malaquías. Debido a que estas palabras han sido legalizadas y se han convertido
en el pacto de Dios, se les llama el Antiguo Testamento, que también significa pacto.
Toda la Biblia es un pacto, y el Antiguo Testamento es el antiguo pacto.

Antes de creer en Cristo, nosotros los gentiles no sólo estábamos alejados de la


ciudadanía de Israel, sino que también éramos ajenos a los pactos de la promesa de
Dios. Hemos visto que la promesa es la Palabra de Dios, que la promesa se ha
convertido en un pacto y que todas las palabras que Dios dirigió a Su pueblo fueron
legalizadas y se convirtieron en un pacto. Antes de ser salvos, nosotros estábamos ajenos
del pacto de la promesa de Dios.

VI. SIN ESPERANZA

Conforme a nuestra posición antes de ser salvos, no teníamos esperanza. Todas las
bendiciones de Dios están en Cristo; todos los derechos civiles están relacionados con la
nación de Israel; y todas las cosas buenas fueron prometidas en los pactos de Dios.
Puesto que estábamos separados de Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a
los pactos de la promesa de Dios, no teníamos esperanza alguna.

VII. SIN DIOS

Por ser gentiles según la carne, también estábamos sin Dios (v. 12). Dios está en Cristo,
reina y actúa en Israel, y concede Sus bendiciones conforme a Sus pactos. Cuando
estábamos alejados de Cristo, de la ciudadanía de Israel y de los pactos de la promesa,
estábamos sin Dios. Dios no había llegado a ser nuestro disfrute.

VIII. EN EL MUNDO

El versículo 12 también declara que estábamos “en el mundo”. El mundo, que es el


sistema de Satanás, está en contraste con la ciudadanía de Israel. La ciudadanía de
Israel era el reino de Dios, mientras que el mundo es el reino de Satanás. Antes de ser
salvos, vivíamos en el mundo, donde no teníamos ninguna esperanza ni disfrutábamos a
Dios; por eso, buscábamos entretenimientos mundanos. La gente del mundo tiene
apetito por las diversiones porque no tiene a Dios como su disfrute. Pero nosotros, por
estar en Cristo, tenemos a Dios como nuestro deleite. ¡Cuánta satisfacción nos trae este
deleite!

Hace muchos años, algunos de mis amigos incrédulos me preguntaban por qué no me
interesaban los juegos de azar. Yo les contestaba que estaba muy ocupado disfrutando la
Biblia y que no tenía tiempo ni interés para dichos juegos. Cuando me preguntaban por
qué no iba al cine, les contestaba que tenía un cine celestial, a saber, la vida de iglesia,
donde recibía la visión celestial. Disfrutar de Dios colma tanto mi ser que no hay lugar
en mí para entretenimientos mundanos. Nosotros ya no estamos en el mundo; estamos
en Cristo, en el Espíritu y en los lugares celestiales.

Ahora tenemos un cuadro claro de cuál era nuestra posición antes de ser salvos; éramos
gentiles según la carne, la incircuncisión, estábamos apartados de Cristo, alejados de la
ciudadanía de Israel, ajenos a los pactos de la promesa, no teníamos esperanza y
estábamos sin Dios en el mundo. Según nuestra naturaleza, estábamos muertos; según
nuestra posición, estábamos alejados de Dios, de Cristo, de la promesa de Dios, de Su
reino y de todo lo relacionado con El. Debido a que tal era nuestra posición, no teníamos
esperanza ni podíamos disfrutar a Dios. Buscábamos entretenimientos pecaminosos en
el mundo con la intención de hallar satisfacción. No obstante, la iglesia fue producida a
partir de esa condición y posición tan deplorables. Dios nos salvó de esa condición y nos
hizo miembros del Cuerpo de Cristo. Ahora somos la obra maestra de Dios y tenemos
una nueva condición, una nueva posición, una nueva naturaleza y un nuevo estado.

Efesios 2:13 dice: “Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais
lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo”. El versículo 4 comienza con
las palabras: “Pero Dios”, mientras que las primeras palabras de este versículo son:
“Pero ahora”.

En Efesios 2, el apóstol Pablo presenta dos cuadros: el de nuestra condición según


nuestra naturaleza (vs. 1-3), y el de nuestra posición según nuestro estado (vs. 11-12).

Nuestra naturaleza caída nos puso en una posición muy baja. Conforme a nuestra
naturaleza, estábamos caídos; según nuestra posición, estábamos alejados de Dios, de
Cristo, de la ciudadanía de Israel y de los pactos de la promesa. Efesios 2 revela que no
solamente necesitamos ser salvos de nuestra condición, por medio de la gracia de Dios,
sino que también necesitábamos un cambio de posición, por medio de la redención de
Cristo. Cuando experimentamos este cambio de posición, nosotros, que en otro tiempo
estábamos lejos de Dios, somos hechos cercanos a El.
Dios nos salvó al forjarse a Sí mismo en nosotros como nuestra salvación. Esta es la
gracia salvadora que nos rescata de la condición en que caímos por causa de nuestra
naturaleza caída. Cuando la vida entró en nosotros, fuimos salvos de nuestra condición
de muerte. Además, Dios también nos trasladó de nuestra posición anterior a una
posición nueva, donde tenemos un nuevo estado.

IX. LEJOS EN OTRO TIEMPO

Para valorar lo que dice el versículo 13, es necesario revisar los puntos principales de los
versículos 11 y 12. Antes de ser salvos, éramos los gentiles según la carne, los que se nos
denominaba la incircuncisión. El hombre que Dios creó para cumplir Su propósito era
puro, sin pecado y sin ninguna mezcla negativa. Sin embargo, el pecado, la naturaleza
maligna de Satanás, entró en el hombre a través de la caída, lo cual provocó que
primeramente el cuerpo del hombre se convirtiera en la carne, la cual está lleno de
concupiscencias, y finalmente, que el hombre en su totalidad se hiciera carne. Así el
hombre fue dañado y quedó imposibilitado para cumplir el propósito divino. Luego Dios
vino y llamó a otro linaje, a Abraham y sus descendientes, a salir de la humanidad caída.
Para cumplir Su propósito, Dios les mandó que se circuncidaran, es decir, que
rechazaran su carne. Esto separó al pueblo de Dios de la humanidad que había caído y lo
liberó de su condición caída. La circuncisión marcó una distinción importante entre
ellos y el resto de la humanidad, a quienes a partir de ese entonces se les consideró la
incircuncisión, personas que aún permanecían en el estado caído. Nosotros estábamos
en esa categoría antes de ser puestos en Cristo.

Debido a que estábamos separados de Israel, de donde provino Cristo, estábamos


separados de Cristo y no teníamos nada que ver con El. Además, estábamos alejados de
la ciudadanía de Israel y éramos ajenos a los pactos de la promesa. También estábamos
sin esperanza y sin Dios en el sistema satánico del mundo. Por estar separados de Cristo,
de la ciudadanía de Israel y de los pactos de la promesa de Dios, nos encontrábamos
lejos de Dios y de todas Sus bendiciones.

X. PERO AHORA HECHOS CERCANOS

Las preciosas palabras al principio del versículo 13: “Pero ahora” indican que ahora
tenemos esperanza y también a Dios. Ya no estamos más en el mundo, sino en Cristo
Jesús, y en El hemos sido hechos cercanos.

Pero ¿a qué o a quién nos hemos acercado? Nos acercamos no sólo a Dios, sino también
a Cristo, a Israel y a la promesa de Dios. Esto equivale a estar cercanos a Dios y a todas
Sus bendiciones. Por lo tanto, en la sangre redentora de Cristo, nos hemos acercado a
Dios y a Israel.

Ya mencionamos que en otro tiempo estábamos lejos de Cristo, de la ciudadanía de


Israel y de los pactos de la promesa de Dios. Esto equivale a estar lejos de Dios y de
todas Sus bendiciones. Pero ahora, en Cristo, nos hemos acercado a las mismas cosas de
las cuales estábamos lejos. Hemos sido trasladados de nuestra posición anterior, a
Cristo. Debido a que nuestra nueva posición y condición se hallan en El, ya no estamos
lejos.

El versículo 13 dice específicamente que nos hemos acercado por la sangre de Cristo.
Esto significa que no solamente estamos en el Mesías, sino también en la redención
lograda por El. Los judíos aún están esperando la venida del Mesías; sin embargo, no se
dan cuenta de cuánto necesitan que el Mesías los redima. Fue la redención la que logró
nuestro traslado de nuestra condición anterior a nuestra nueva condición en Cristo.
Antes teníamos una posición inferior debido a que habíamos caído. Pero cuando Cristo
derramó Su sangre en la cruz por nuestra redención, Su sangre nos sacó de nuestra baja
condición. Ahora que hemos sido trasladados a Cristo, gracias a Su sangre, estamos en
El y en los lugares celestiales. Por lo tanto, en esta posición celestial estamos cerca de
Dios, de Israel, de las promesas y de las bendiciones de Dios. Por haber sido trasladados
de nuestra posición anterior a una posición nueva, podemos participar de todo lo que es
de Dios. Esta es nuestra porción en Cristo.

Fuimos salvos de nuestra condición caída por medio de la vida, y fuimos trasladados de
nuestra posición anterior por medio de la obra redentora de Cristo. Ahora disfrutamos
de la salvación y participamos de todo lo que es de Dios. ¡Aleluya, fuimos salvos y
trasladados! El capítulo dos presenta un cuadro claro de cómo fuimos salvos de nuestra
lamentable condición para ser la obra maestra de Dios, y de cómo fuimos trasladados de
nuestra posición anterior para llegar a ser el nuevo hombre, el reino de Dios, Su familia
y Su morada. Esto es lo que revela Efesios 2.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE VEINTITRES

ES DERRIBADA LA PARED
INTERMEDIA DE SEPARACION

En este mensaje hablaremos del derribo de la pared intermedia de separación (2:14-15).

I. CRISTO ES NUESTRA PAZ

Efesios 2:14, refiriéndose a Cristo, dice: “El mismo es nuestra paz”. La palabra “nuestra”
se refiere a los creyentes judíos y gentiles. Por medio de la sangre de Cristo fuimos
hechos cercanos a Dios y a Su pueblo. Cristo mismo, quien efectuó una redención
completa para los creyentes judíos y gentiles, es nuestra paz, nuestra armonía, haciendo
que ambos pueblos sean uno. Debido a la caída de la humanidad y al llamamiento del
linaje escogido, hubo una separación entre Israel y los gentiles. Por medio de la obra
redentora de Cristo esta separación ha sido eliminada. Ahora, en el Cristo redentor,
quien es el vínculo de la unidad, los dos son uno.

En la actualidad, todavía existe una separación entre Israel y el resto de la humanidad.


No obstante, según la economía de Dios, esta separación ya fue quitada. A los ojos de
Dios, fue eliminada por la redención que Cristo efectuó en la cruz. Ahora el Cristo que
derribó la pared intermedia de separación es el vínculo de la paz entre Israel y los
gentiles.

II. CRISTO DERRIBO


LA PARED INTERMEDIA DE SEPARACION

A. La pared intermedia de separación


es la ley de los mandamientos
expresados en ordenanzas

El versículo 14 habla de la pared intermedia de separación. Esta pared es “la ley de los
mandamientos expresados en ordenanzas” (v. 15), la cual fue instituida debido a la carne
del hombre. La primera de estas ordenanzas fue la circuncisión, cuyo fin era eliminar la
carne del hombre. La circuncisión se convirtió en la pared intermedia de separación
porque marcó la principal distinción entre los judíos, quienes son la circuncisión, y los
gentiles, quienes son la incircuncisión. Así que, la pared intermedia de separación, dicha
distinción, llegó a ser la enemistad entre los judíos y los gentiles.
La ley de Moisés contenía dos clases de mandamientos: los mandamientos morales,
tales como el de no robar y el de honrar a los padres, y los mandamientos rituales, tales
como el de guardar el sábado. Los mandamientos acerca de la circuncisión y los
reglamentos alimenticios formaban parte de los mandamientos rituales, no de los
morales. En Levítico 11 se dan diversos mandamientos alimenticios. Estos
mandamientos indudablemente no tienen nada que ver con la moralidad. La moralidad
de alguien no es afectada por el hecho de que la persona coma o deje de comer algo que
se considera inmundo.

Las tres ordenanzas principales del judaísmo eran la circuncisión, la observancia del
sábado y los reglamentos alimenticios. Todo varón israelita tenía que circuncidarse al
octavo día. Además, los judíos debían guardar el sábado y guardar muchos reglamentos
relacionados con su dieta. Estas ordenanzas eran las tres columnas principales del
judaísmo. Cuando el Señor Jesús estuvo en la tierra, El derribó la columna referente a
guardar el sábado. Durante los años de Su ministerio, El quebrantó a propósito la
observancia del sábado al sanar a personas en día de sábado. Esto ofendió mucho a los
judíos. Luego, Pedro, aunque débilmente, fue el primero en romper las reglas
alimenticias. La visión que recibió en Hechos 10 lo llevó a abandonar dichos
reglamentos. Sin embargo, en Gálatas 2 Pedro dejó de comer con los gentiles cuando
ciertos hombres bajaron de Jerusalén. Con todo, al romper las reglas alimenticias, se
derribó otra columna del judaísmo. El apóstol Pablo, por su parte, derribó la columna de
la circuncisión. En Filipenses 3 aun le llamó a los de la circuncisión “mutiladores del
cuerpo” y “perros”. A los filipenses les dijo que se guardaran de los perros. ¡Con razón lo
querían matar los judíos! En cierto sentido, a los ojos de ellos él era peor que Jesús, pues
la circuncisión era la ordenanza principal del judaísmo; tenía más importancia que
guardar el sábado y observar las reglas alimenticias. Por tanto, mediante la obra de
Pablo, fue derribada la estructura restante del judaísmo.

Debemos tener presente la diferencia entre las leyes morales y las leyes rituales. Los
mandamientos morales nunca serán abolidos, ni en esta era ni en el milenio ni en la
eternidad; en cambio, los mandamientos rituales no son permanentes. Lo que
determina si a una persona se le permite comer cerdo, guardar el sábado o si se le obliga
a circuncidarse, es la época en que ella vive. Todo varón judío nacido después de
Abraham y antes de Juan el Bautista debía circuncidarse. Asimismo, los mandamientos
respecto al sábado y a la dieta estuvieron vigentes sólo durante un tiempo específico.

Cuando Pablo habla de la pared intermedia de separación, se refiere a la ley de los


mandamientos expresados en ordenanzas, a los mandamientos rituales relacionados
con la circuncisión, el sábado y la dieta. La ley de los mandamientos rituales era una
pared intermedia de separación entre judíos y gentiles. Como veremos, toda ordenanza
o rito constituye una pared intermedia de separación.

Los mandamientos rituales fueron dados inicialmente debido a la carne del hombre. La
circuncisión, por ejemplo, fue necesaria porque el hombre se volvió carnal. Por lo tanto,
Dios mandó que el hombre se despojara de la carne. Los mandamientos rituales con
respecto a la dieta se dieron con el fin de que el pueblo escogido de Dios se mantuviera
limpio. Los animales que no tenían la pezuña hendida y que no rumiaban, eran
inmundos. La pezuña hendida significa discernimiento al andar e indica que no
debemos andar en lugares que nos contaminen. El pueblo de Dios debe tener un
discernimiento agudo en su caminar cotidiano. Además, debe aprender a “rumiar”, es
decir, a ingerir la palabra de Dios y meditar en ella continuamente. El hombre caído, en
general, no tiene el discernimiento necesario ni le interesa la palabra de Dios. Por ello,
era importante que los escogidos recibieran estos mandamientos. Sin embargo, estas
ordenanzas se convirtieron en una pared intermedia de separación entre los judíos y los
gentiles. Además, esta distinción y separación llegaron a ser la causa de la enemistad
entre la circuncisión, o sea, los judíos, y la incircuncisión, los gentiles.

Toda ordenanza genera enemistad. En 1963 me invitaron a hablar en una reunión en


Tyler, Texas. Durante la reunión comencé a susurrar “amén”. Inmediatamente alguien
me advirtió que la gente de este país no tolera eso. Después de esa advertencia, ya no me
atreví a decir “amén”. Si hubiera insistido en hacerlo, se habría erigido una separación y
se habría generado una enemistad.

Incluso el orar-leer puede convertirse en una pared intermedia de separación y una


fuente de enemistad. Aunque para usted el orar-leer sea muy provechoso, no debe
insistir en que se practique si otros no están de acuerdo, pues hacer esto causa
separación y genera enemistad.

Debemos ser cuidadosos y no introducir ninguna ordenanza a la vida de iglesia, porque


toda ordenanza mata. A algunos les gusta gritar en las reuniones, mientras que otros
prefieren el silencio. Si no tenemos cuidado, cualquiera de los dos se puede convertir en
una ordenanza, y las ordenanzas no solamente provocan división, sino también
enemistad. A mí me ha tocado ver la enemistad generada por tales ordenanzas.

En 1963 fui con unos hermanos a Los Angeles a visitar a cierto grupo de creyentes. En la
reunión, yo simplemente hacía todo lo que ellos hacían. Un hermano me preguntó por
qué hacía yo eso, y le contesté lo siguiente: “¿Qué tiene de malo? ¿Acaso están haciendo
algo pecaminoso? ¿Por qué no hizo usted lo mismo? ¿Por qué insiste en ser diferente de
otros santos?” Personalmente no me gustaba lo que se practicó en aquella reunión; no
obstante, participé de ello para derribar la pared intermedia de separación.

En 1933 tuve una experiencia semejante en Manchuria. Durante mi visita allí, me quedé
un día en casa de unos creyentes japoneses. Al igual que muchos jóvenes chinos, se me
había enseñado a rechazar a los japoneses debido a la relación poco amistosa entre
China y Japón. Sin embargo, cuando entré a ese hogar, me quité los zapatos y me senté
en el tatami, como todos los demás. Obviamente no tiene nada de malo sentarse en un
tatami en vez de sentarse en una silla. No podemos decir que lo uno está bien y que lo
otro está mal. Pasa lo mismo con respecto a guardar silencio o gritar en las reuniones.
En la Biblia hay versículos que dan lugar para ambos.

Aunque tal vez prefiramos ciertas prácticas, no debemos insistir en ellas, pues si lo
hacemos, convertimos las prácticas en ordenanzas, las cuales dividen y crean enemistad.
Los cristianos se han dividido por causa de las ordenanzas, como por ejemplo, las que
tienen que ver con el bautismo. Algunos creyentes insisten en bautizar a las personas de
frente, mientras que otros, de espalda. Otros se dividen por causa de los instrumentos
musicales. Unos permiten que se use el piano, mas no el órgano; y otros practican lo
opuesto. Una vez que se producen las ordenanzas, surge inmediatamente la división.
Aunque en las reuniones prefiero que se eleve la voz y que se alabe en voz alta, no estoy
en pro de esas cosas. Insistir en las prácticas es causar división. Así que, no debemos
tener ninguna ordenanza. Cristo las abolió todas en la cruz.

Ya que las ordenanzas crean enemistad y división, debemos hacerles frente


terminantemente. En algunos casos las ordenanzas han fomentado odio entre personas
allegadas. Es posible que dos hermanos que han disfrutado de una comunión agradable
por años, terminen enemistados simplemente porque a uno le gusta alabar en voz alta y
el otro prefiere el silencio. En vez de amarse, pueden llegar a odiarse. El celo religioso es
terrible. La historia nos cuenta que por causa de este celo, muchos, influidos por la
astucia de Satanás, el homicida, han llegado a matar. Así que, debemos repudiar todas
las ordenanzas y seguir lo que los santos hacen, siempre y cuando sus prácticas no sean
pecaminosas, inmorales ni idólatras. Aunque no estemos de acuerdo con ciertas
prácticas, debemos hacer lo que ellos hacen para no dar lugar a las ordenanzas.
B. La pared intermedia
de separación fue derribada

1. Al abolir Cristo la ley de los


mandamientos expresados en ordenanzas

Cristo derribó la pared intermedia de separación que existía entre los judíos y los
gentiles al abolir la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas. Cuando El fue
clavado en la cruz, todas las ordenanzas fueron clavadas allí. La ley que se menciona en
2:15 no es la ley de los mandamientos morales, sino la de los mandamientos rituales,
tales como la circuncisión, la observancia del sábado y las reglas alimenticias.

Las ordenanzas aluden a las diversas formas de vivir y de adorar. Cada persona tiene su
propia manera de vivir. Debemos tener cuidado de no hacer de nuestra manera de vivir
y adorar, una ordenanza. Tampoco debemos preocuparnos por las ordenanzas de los
demás. Si todos hacemos esto, se eliminarán los problemas.

El recobro del Señor se está esparciendo por todo el mundo. En varios países donde el
recobro está creciendo, tales como Japón, Corea e Indonesia, se vive de una manera
distinta a la nuestra. Es obvio que el recobro del Señor no espera que los japoneses,
coreanos e indonesios vivan de la misma manera. Nuestra forma de vivir afecta mucho
la manera en que nos reunimos. Por ejemplo, en Corea es fácil tener avivamiento
matutino muy temprano, incluso a las 5:30 de la mañana. Sin embargo, imponerle esta
práctica a los estadounidenses causaría serias dificultades.

Las diversas formas de vivir también se manifiestan en los utensilios que se usan para
comer. Los estadounidenses y los europeos usan cuchillo y tenedor; los chinos emplean
palillos; y los indonesios usan sus dedos. ¿Quién puede decir que una costumbre es
mejor que la otra? Esta es una cuestión muy delicada, y debemos tener cuidado de no
ofender los sentimientos de los demás. Si usted visita Indonesia o Taiwán, debe seguir
las costumbres de las personas de allí. De la misma manera, los de Indonesia y de
Taiwán deben hacer lo mismo cuando visiten la región occidental. Si queremos eliminar
las ordenanzas, debemos poner esto en práctica.

La superación de los medios de transporte y de comunicación han propiciado que las


personas del mundo se mezclen cada vez más. Esto sucede bajo la mano soberana del
Señor para que El pueda producir el nuevo hombre, la vida de iglesia apropiada, que
incluye a personas de todos los países. Así que, en lo que atañe al modo de vivir, todos
debemos aprender a no imponer ningún requisito a los demás y a no establecer ninguna
ordenanza.
Las diferencias entre las personas comenzaron a surgir en Babel. Conforme a la
economía de Dios, en la vida de iglesia debemos vencer Babel. Nuestro propio idioma
puede convertirse en una ordenanza. Cuando residamos en otro país por mucho tiempo,
debemos aprender, si es posible, el idioma que se habla allí, y no insistir en hablar
nuestro propio idioma.

Como personas redimidas y recobradas que han sido trasladadas a Cristo y a la vida de
iglesia, debemos repudiar las diferencias que nos dividen. La gente del mundo considera
que las diferencias culturales son una marca de prestigio. Pero en Cristo, nosotros
hemos perdido este prestigio. Ahora nuestro único prestigio es Cristo y la unidad
genuina. No debemos tener ningún prestigio que sea característico de nuestra localidad
o de nuestra salón de reuniones. Todos debemos ejercitarnos por seguir a los demás.
Mientras que lo que practiquemos no implique idolatría o inmoralidad, no tiene nada de
malo. No nos aferremos a nuestro prestigio. Si estamos dispuestos a despojarnos del
orgullo cultural, el Señor podrá establecer una vida de iglesia apropiada.

La destrucción de la pared intermedia de separación hace posible que Dios obtenga el


nuevo hombre, el reino de Dios, Su familia y Su morada. Si conservamos nuestras
diferencias, será imposible tener la vida de iglesia en estos cuatro aspectos. El
cristianismo está lleno de las diferencias que han dividido a las naciones. Por esta razón,
es imposible que los creyentes que están fuera del recobro experimenten la vida de
iglesia. Debemos poner bajo nuestros pies todas las diferencias que existen entre
nosotros, por amor a la vida de iglesia.

2. En la carne

Efesios 2:15 dice que Cristo abolió “en Su carne” la ley de los mandamientos expresados
en ordenanzas. Debido a que la humanidad se convirtió en carne (Gn. 6:3) y quedó
alejada de Dios y Su propósito, Dios ordenó que Su pueblo escogido se circuncidara, que
se despojara de la carne. La ordenanza de la circuncisión fue instituida a causa de la
carne del hombre; y fue en la carne que Cristo fue crucificado. Cuando El murió en la
cruz, Su carne, la cual era tipificada por el velo que separaba el Lugar Santo del Lugar
Santísimo en el templo, fue rasgada (He. 10:20). Al derribar la pared intermedia de
separación en la cruz, Cristo hizo la paz.

Hemos visto que, conforme a la Biblia, las ordenanzas básicas giran en torno a la
circuncisión, el sábado y la dieta. No obstante, aun estas ordenanzas, las cuales Dios
mismo instituyó, fueron abolidas. Si esto sucedió con las ordenanzas básicas, cuanto
más deben ser abolidas las de menor importancia. No debemos conservar ninguna
ordenanza, ni crear nuevas. Por la gracia de Dios, debemos ser flexibles y abandonar
todas nuestras diferencias por el bien de la vida de iglesia. Adonde sea que vayamos,
debemos aprender a ser igual que los demás. Si lo hacemos, disfrutaremos de la vida de
iglesia como el nuevo hombre, el reino de Dios, Su familia y Su morada.

ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE VEINTICUATRO

CREA DE LOS DOS UN SOLO Y NUEVO HOMBRE

En este mensaje trataremos la creación del nuevo hombre (2:14-15). Aunque este tema
es sumamente crucial en el Nuevo Testamento, la mayoría de los cristianos lo pasan por
alto.

LA ELIMINACION DE LAS ORDENANZAS

Cuando Cristo murió en la cruz, El no solamente eliminó los pecados, el viejo hombre, a
Satanás y al mundo, sino que también abolió las ordenanzas. En la cruz, Cristo abolió en
Su carne la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas. Por tanto, con Su
muerte, acabó con estas cinco categorías de cosas: los pecados, el viejo hombre, Satanás,
el mundo y las ordenanzas. Hoy muy pocos cristianos hablan de que Cristo eliminó las
ordenanzas, y dudo que haya libros que trate este tema. La mayoría de los cristianos
piensan que los pecados, el viejo hombre, Satanás y el mundo constituyen nuestros
principales problemas, y que si estos cuatro elementos son eliminados, todo estará bien.
Pero sólo cuando las ordenanzas sean eliminadas, quedarán resueltos todos los
problemas y todo estará bien. Era necesario que las ordenanzas, que son las distintas
maneras de vivir y adorar, fueran abolidas por Cristo en la cruz para que El pudiera
crear en Sí mismo un solo y nuevo hombre.

Hemos oído repetidas veces que en la cruz Cristo efectuó la redención, destruyó al
diablo, juzgó al mundo y crucificó al yo; pero tal vez nunca había oído usted que la
muerte de Cristo en la cruz también tenía como fin crear un solo y nuevo hombre. Para
crear el nuevo hombre, era necesario que Cristo aboliera las ordenanzas. Al abolir en Su
carne las ordenanzas y crear de los creyentes judíos y gentiles un solo y nuevo hombre,
Cristo hizo la paz entre todos los creyentes. Las ordenanzas separaban tajantemente a
los judíos de los gentiles, pero Cristo, con la esencia divina, hizo de ambos una sola y
nueva entidad, un hombre corporativo: la iglesia. Debido a que los cristianos no hablan
de la abolición de las ordenanzas y de la creación del nuevo hombre, sentimos una gran
necesidad de exponer estos temas.
EL ASPECTO MAS ELEVADO DE LA IGLESIA

Los creyentes en su mayoría reconocen que la iglesia es la ekklesía, la congregación o


asamblea de los que Dios llamó. Las Asambleas de los Hermanos recalcaron este aspecto
de la iglesia, e incluso tradujeron la palabra griega ekklesía como “asamblea”, lo cual es
una traducción fiel. No obstante, este entendimiento es muy elemental. Un concepto
más avanzado es que la iglesia es la casa o familia de Dios. Un entendimiento aun más
elevado consiste en ver que la iglesia es el Cuerpo de Cristo. Con todo, el entendimiento
más elevado en cuanto a la iglesia consiste en entender que la iglesia es el nuevo
hombre. Podemos asemejar estos cuatro conceptos de la iglesia a los cuatro niveles del
sistema educativo: el jardín de niños, la primaria, la secundaria y la universidad. En
nuestra perspectiva de la iglesia, debemos progresar del nivel de “jardín de niños”, la
iglesia como asamblea, al nivel “universitario”, la iglesia como nuevo hombre.

La relación que experimentan los cristianos cuando se reúnen como asamblea, como
congregación, no es tan estrecha. Es mucho más cercana e íntima la que se disfruta en
familia. No obstante, tenemos que ver que además de ser miembros de la familia de
Dios, también somos miembros del Cuerpo de Cristo, donde la relación entre los
miembros es aún más estrecha. En el caso de la asamblea y de la familia, es posible que
los miembros estén separados los unos de los otros; pero los miembros del Cuerpo no
pueden estar separados del Cuerpo, a no ser que sean amputados. A donde va el Cuerpo,
los miembros van con él; no tienen otra alternativa. Sin embargo, la comunión que se
experimenta en el nuevo hombre es todavía más íntima que la del Cuerpo. El nuevo
hombre es corporativo y universal. Aunque los creyentes son muchos, en el universo hay
un solo y nuevo hombre. Todos los creyentes son componentes de este nuevo hombre
corporativo y universal. ¡Quiera el Señor concedernos más luz con respecto al nuevo
hombre! Tenemos que reconocer que todavía no hemos visto mucho en cuanto a este
aspecto de la iglesia. El aspecto de la iglesia como nuevo hombre es algo que se ha
descubierto apenas en años recientes, y estoy seguro de que el Señor continuará
dándonos más revelación acerca del nuevo hombre en los días que han de venir.

La relación que se experimenta en la familia es más íntima que la que se disfruta en la


asamblea; la que se experimenta en el Cuerpo es más elevada que la de la familia; y la
que se disfruta en el nuevo hombre es mucho más elevada que la del Cuerpo. Así vemos
que el nuevo hombre es el aspecto más elevado de la iglesia. Aunque los maestros
cristianos han disertado mucho acerca de la asamblea, la familia y el Cuerpo, pocos han
abordado el tema del nuevo hombre. Esta carencia se hace evidente en algunas malas
traducciones de Efesios 4:22 y 24, donde en lugar de usar la palabra “hombre”, emplean
la palabra “humanidad”: “os despojéis de la vieja humanidad” (v. 22), y “os vistáis de la
nueva humanidad.” ¡Qué error tan grave! Otras traducciones han errado mucho al
adoptar la traducción, “os despojéis de la vieja naturaleza” y “os vistáis de la nueva
naturaleza”. Estos errores se deben a que los traductores no tenían ni el concepto ni el
conocimiento correcto. W. E. Vine, no obstante, tenía cierta comprensión al respecto, y
en su Diccionario expositivo de palabras del Nuevo Testamento, afirma que el nuevo
hombre de Efesios 4:24 es la iglesia, porque es el mismo nuevo hombre que se menciona
en 2:15. Ya que el nuevo hombre es creado de dos pueblos, de los creyentes judíos y
gentiles, debe de ser una entidad corporativa.

El Señor no podrá cumplir Su propósito sino hasta que obtenga el nuevo hombre en la
tierra. La situación que existe entre el cristianismo actual está lejos de la meta de Dios.
Aunque se habla mucho acerca del Cuerpo, no son muchos los que entienden
debidamente lo que es el Cuerpo. Además, los cristianos rara vez hablan del nuevo
hombre. ¡Cuán crucial es que se recobre plenamente este aspecto de la iglesia!

DIOS DESEA OBTENER UN HOMBRE CORPORATIVO

Si queremos ver el nuevo hombre, debemos conocer bien que es el viejo hombre. Antes
de exhortarnos a que nos vistamos del nuevo hombre, Pablo nos dice que nos
despojemos del viejo hombre (4:22). Después de crear los cielos y la tierra, Dios creó al
hombre, pero no creó un hombre individual, sino una entidad colectiva. Génesis 1:26
habla del hombre en singular y en plural: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a
nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoreen...” (heb.) [El hecho de que el
verbo señoreen está en el plural, mientras que “al hombre” está en singular] revela que
Dios siempre ha deseado tener un hombre colectivo. Desafortunadamente, el hombre
corporativo que Dios creó fue dañado a causa de la caída; por lo cual fue necesario que
se produjera un nuevo hombre. Para que se produjera este nuevo hombre, Cristo no
solamente tuvo que eliminar el pecado, la naturaleza caída del viejo hombre, a Satanás y
al mundo, sino que también tuvo que abolir las ordenanzas. Lo que más impide que
Dios obtenga el nuevo hombre, es las ordenanzas. Cuando Cristo fue crucificado, no sólo
fueron crucificados nuestros pecados, el viejo hombre, Satanás y el mundo; también
todas las ordenanzas fueron crucificadas. Las ordenanzas no fueron crucificadas para
que obtuviéramos perdón, santidad, victoria sobre Satanás y para que recibiéramos la
vida divina, sino para que se creara el nuevo hombre.

Muchos conocemos muy bien Juan 1:1 y 3:16, pero desconocemos Efesios 2:15. Este
versículo dice: “Aboliendo en Su carne la ley de los mandamientos expresados en
ordenanzas, para crear en Sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la
paz”. Cuando la carne de Cristo fue clavada en la cruz, El abolió la ley de los
mandamientos expresados en ordenanzas para crear en Sí mismo de los dos, judíos y
gentiles, un solo y nuevo hombre. Cuando leemos el versículo 15 junto con el 16 vemos
claramente que Cristo abolió las ordenanzas por medio de la cruz y eliminó en ella la
enemistad, no con el propósito de redimirnos ni de impartirnos Su vida, sino para crear
de los judíos y gentiles un solo y nuevo hombre.

TODA LA CREACION FUE INCLUIDA


EN LA MUERTE DE CRISTO

Puesto que la vieja creación estaba relacionada con la carne de Cristo, al ser crucificado
Cristo, fue crucificada toda la creación. Hebreos 10 enseña que la carne de Cristo era
tipificada por el velo del templo, sobre el cual estaban tejidos querubines, que
representan los seres vivientes. Por lo tanto, cuando Cristo fue clavado en la cruz, toda la
creación fue clavada juntamente con El. Además, cuando se rasgó el velo del templo, los
querubines fueron rasgados también. Esto significa que al ser crucificada la carne de
Cristo, también lo fueron todas los seres creados. Este es el concepto bíblico en cuanto a
la crucifixión.

Si le preguntáramos a un judío incrédulo acerca de quién fue crucificado en la cruz, él


contestaría: “Un hombre llamado Jesús de Nazaret”. Si le hacemos la misma pregunta a
un nuevo creyente, probablemente dirá que su Salvador Jesucristo murió allí. Un
cristiano más avanzado contestaría que él y el Salvador fueron crucificados. Un creyente
aun más avanzado contestaría que el Salvador, él y el diablo murieron en la cruz. La
respuesta de otros cristianos que han avanzado más sería que el Salvador, el yo, el diablo
y el mundo fueron clavados en la cruz. Si le preguntáramos a un cristiano que ha
madurado y que ha sido iluminado, tal vez contestaría que el Salvador, el yo, Satanás, el
mundo y todas las criaturas fueron crucificadas allí. Pero si se nos hace esta pregunta a
nosotros, nuestra respuesta no sólo debe incluir los cinco puntos mencionados
anteriormente, sino también las ordenanzas. La muerte de Cristo acabó con la vieja
creación; le dio fin a todos los elementos negativos del universo.

EL NUEVO HOMBRE FUE CREADO EN CRISTO

Cristo abolió en Su carne la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas; pero al


nuevo hombre no lo creó en Su carne. En Su carne, eliminó las cosas negativas para
crearen Sí mismo de los dos: judíos y gentiles, un solo y nuevo hombre. Las cosas
negativas fueron eliminadas en la carne de Cristo, mientras que el nuevo hombre, que es
algo completamente positivo, fue hecho germinar en Cristo mismo. Debemos prestar
atención a dos expresiones del versículo 15: “en Su carne” y “en Sí mismo”. Si yo le
preguntara a usted dónde se encuentra hoy, debería contestar: “Primero, estaba en la
carne de Cristo, pero ahora estoy en Cristo mismo. En Su carne morí en la cruz, pero en
Cristo mismo fui hecho parte del nuevo hombre”.
La obra de Cristo no concluyó con la eliminación de lo negativo, sino que, como hemos
mencionado reiteradas veces, la muerte es el umbral de la resurrección; nos introduce
en la resurrección. Aunque Cristo en la carne fue crucificado, Su muerte lo introdujo en
la resurrección. En resurrección El ya no está en la carne; más bien, El es ahora el
maravilloso Espíritu. Fue en Su carne que nosotros, el viejo hombre, morimos, pero es
en el maravilloso Espíritu que fuimos creados como el nuevo hombre. Cuando fueron
crucificados nuestro viejo hombre y nuestra vieja naturaleza, también fueron abolidas
las ordenanzas, las cuales están relacionadas con nuestra naturaleza caída. Luego, en la
resurrección de Cristo y en Su maravilloso Espíritu, fuimos creados como el nuevo
hombre. No parece lógico afirmar que fuimos crucificados antes de nacer; no obstante,
es un hecho maravilloso que sí fuimos aniquilados en la carne de Cristo sobre la cruz.
Además, antes de nacer, fuimos creados en el maravilloso Espíritu para que fuésemos el
nuevo hombre.

CRISTO ES LA ESENCIA DEL NUEVO HOMBRE

La expresión “en Sí mismo” tiene mucho significado. Indica que Cristo no sólo fue el
Creador del nuevo hombre, la iglesia, sino también la esfera en la cual y el elemento por
el cual fue creado el nuevo hombre. El es el elemento mismo del nuevo hombre. Después
de que se nos dio fin, en El recibimos la nueva esencia. Cristo mismo llegó a ser el nuevo
elemento. En nuestro viejo hombre no había nada que sirviera para la creación del
nuevo hombre, pues nuestra esencia era pecaminosa. Pero en Cristo obtenemos una
esencia maravillosa, en la cual fue creado el nuevo hombre.

Cristo creó un solo y nuevo hombre, la iglesia, al forjar la naturaleza de Dios en la


humanidad. Esta obra divina era algo nuevo. Dios, al producir la antigua creación, no
forjó Su naturaleza en ninguna de Sus criaturas, ni siquiera en el hombre. Sin embargo,
al crear el nuevo hombre, El forjó Su naturaleza en el hombre y produjo así una sola
entidad, compuesta de la naturaleza divina y la humana.

LA BATALLA POR LA VERDAD EN CUANTO


A LA CREACION DEL NUEVO HOMBRE

Los demonios y los ángeles malignos saben que el nuevo hombre fue creado con la
esencia divina. Este hecho los aterra. Por esta razón, los poderes diabólicos intentan
impedir que los cristianos vean que ya fue creado el nuevo hombre. Así que, es necesario
librar una batalla por esta verdad. Debemos orar y pedir una mente clara y sobria que
perciba, no solamente que se nos dio fin en la cruz, sino que por medio de ello fuimos
traslados a Cristo. En Cristo, y con Su esencia divina, fuimos creados como el nuevo
hombre.
Es esencial que creamos que antes de nacer fuimos creados como el nuevo hombre y que
en nosotros se forjó una nueva esencia. Así como creemos que Cristo murió en la cruz
para quitar nuestros pecados, debemos creer también que a través de Su muerte, fuimos
puestos en El y que en El fuimos creados con la esencia divina como un solo y nuevo
hombre. ¿Había oído alguna vez que Cristo, al ser crucificado en la carne, le puso fin a
usted, y que en Su resurrección lo colocó en Sí mismo para crearlo con la esencia divina
como el nuevo hombre? Este concepto trasciende nuestro entendimiento natural. No
obstante, la Palabra muestra que es un hecho. Si leemos Efesios 2:15 detenidamente y
con oración, recibiremos luz y veremos que nosotros, junto con todas las criaturas,
representadas por los querubines que estaban bordados sobre el velo, fuimos
crucificados en la carne de Cristo. Y puesto que la muerte nos introduce en la
resurrección, Cristo, en Su resurrección, nos puso en Sí mismo. Luego, con Su esencia
divina, creó en Sí mismo de nosotros un solo y nuevo hombre.

Efesios 2:15 no dice: “Para crear de los dos un solo y nuevo hombre”. No pase por alto la
expresión: “en Sí mismo”. Fuera de El, no podríamos haber sido creados como el nuevo
hombre, pues nosotros no poseemos la esencia divina, la cual es el elemento constitutivo
del nuevo hombre. Solamente en la esencia divina y con ella, pudimos ser hechos el
nuevo hombre. Y sólo en Cristo se puede obtener dicha esencia. De hecho, Cristo mismo
es esta esencia, este elemento. Así que, Cristo creó en Sí mismo de los dos un solo y
nuevo hombre. Debe dejar en todos nosotros una profunda impresión el que nosotros
los creyentes fuimos hechos un solo y nuevo hombre en Cristo.

VESTIRNOS DEL NUEVO HOMBRE

Siendo quienes hemos sido salvos y regenerados, debemos despojarnos del viejo hombre
y vestirnos del nuevo. El nuevo hombre ya fue creado, pero aún debemos revestirnos de
él. Casi ningún cristiano sabe cómo despojarse del viejo hombre, mucho menos cómo
vestirse del nuevo. Los cristianos en su mayoría piensan que despojarse del viejo
hombre es desechar la vieja naturaleza o el viejo yo, y que vestirse del nuevo hombre
equivale a vestirse de la nueva naturaleza. Los que sostienen este concepto yerran
rotundamente. Puesto que el nuevo hombre que se menciona en 2:15 es un hombre
corporativo, el de 4:24 también debe ser corporativo. Según 4:24, debemos vestirnos del
nuevo hombre que ya fue creado en Cristo.

La manera de vestirnos del nuevo hombre se halla en Efesios 4:23: “Y os renovéis en el


espíritu de vuestra mente”. Este versículo indica que ser renovados en el espíritu de
nuestra mente equivale a vestirnos del nuevo hombre. Ahora debemos ver lo que
significa ser renovados en el espíritu de nuestra mente. Admitimos que ésta es una
expresión peculiar. Si yo hubiese escrito esta epístola, habría dicho: “la mente del
espíritu”, en lugar de: “el espíritu de la mente”. A mi juicio, esto habría sido más lógico.
Sin embargo, Pablo habla del espíritu de la mente.

NUESTRO ESPIRITU

La expresión “en el espíritu” se encuentra en cada capítulo de Efesios, excepto en el


capítulo uno. ¿Se da cuenta usted de lo que hay en nuestro espíritu? Tal vez afirme que
el Señor Jesús y el Espíritu de Dios están ahí, lo cual es correcto. Sin embargo, debemos
ver que el nuevo hombre también se encuentra en nuestro espíritu. La habitación de
Dios, Su morada, está en nuestro espíritu (2:22). En tipología, la antigua ciudad de
Jerusalén era la morada de Dios, pero ahora la morada de Dios está en nuestro espíritu.
Nuestro espíritu regenerado es la Jerusalén actual. Quizás piense que no se puede
comparar nuestro espíritu con la ciudad de Jerusalén, pues ésta era una ciudad grande y
nuestro espíritu es muy pequeño. Pero si conoce bien la Biblia, se dará cuenta de que
nuestro espíritu ahora es mucho más grande que Jerusalén; es tan espacioso como el
universo. El problema es que somos demasiado individualistas y pensamos únicamente
en nuestro propio espíritu. Pero cuando la Biblia se refiere a “vuestro espíritu”, incluye
al espíritu de todos los santos.

Por mucho tiempo los conceptos naturales, las ideas religiosas y las enseñanzas
tradicionales han ocupado nuestros pensamientos. Para conocer lo referente a nuestro
espíritu, es crucial que hagamos todo eso a un lado y que veamos que nuestro espíritu es
tan vasto como el universo. Todos sabemos que Dios mora en el tercer cielo; sin
embargo, El también mora en nuestro espíritu, lo cual hace de él la Jerusalén de hoy.
¡Aleluya que en el universo existe una entidad maravillosa llamada nuestro espíritu! El
Espíritu da testimonio juntamente con nuestro espíritu (Ro. 8:16). Las palabras
“nuestro espíritu” incluyen el espíritu de Pablo, el de Martín Lutero, el de Juan Wesley,
el del hermano Nee, el espíritu de usted y el mío. ¡Cuán vasto es nuestro espíritu! La
Biblia revela que Dios es el Dios de nuestro espíritu (Nm. 16:22; Heb. 12:9). ¿Dónde está
Dios ahora? ¡En nuestro espíritu! ¿Dónde se encuentra la morada de Dios? ¡En nuestro
espíritu! ¿Dónde está el nuevo hombre? ¡También en nuestro espíritu!

EL ESPIRITU DIRIGE NUESTRO SER

La manera de vestirnos del nuevo hombre consiste en que nuestro espíritu (el cual está
mezclado con el Espíritu), en el cual se hallan Dios, la morada de Dios y del nuevo
hombre, llegue a ser el espíritu de nuestra mente. Nuestra mente domina y dirige todo
nuestro ser. El hecho de que el espíritu llegue a ser el espíritu de nuestra mente significa
que él la dirige, la controla, la domina y la posee. En lugar de que nuestra mente sea la
mente de nuestro espíritu, nuestro espíritu debe ser el espíritu de nuestra mente. Si la
mente es la mente de nuestro espíritu, eso significa que nuestra mente domina, controla
y dirige a nuestro espíritu; mas si nuestro espíritu es el espíritu de nuestra mente, eso
indica que nuestro espíritu domina, controla y dirige nuestra mente. Cuando el espíritu
dirige nuestra mente, gobierna todo nuestro ser. Cuando eso sucede, nuestro ser se
somete al control de nuestro espíritu, donde está Dios, la morada de Dios y el nuevo
hombre. En el espíritu de nuestra mente somos renovados. Por medio de este espíritu
nos vestimos del nuevo hombre.

La medida en que el espíritu dirige nuestro ser determina cuánto nos hemos vestido del
nuevo hombre. Cuando nuestro espíritu nos domina y nos dirige, no hay lugar para
opiniones u ordenanzas; tampoco hay lugar para nuestros métodos personales, pues
todo nuestro ser es dominado, controlado, gobernado y dirigido por nuestro espíritu.

UN PROCESO PAULATINO

Uno no se viste del nuevo hombre de una vez por todas. Al contrario, esto supone un
proceso gradual que abarca toda nuestra vida cristiana. Hemos mencionado en varias
ocasiones que el nuevo hombre fue creado en Cristo y con El. En Efesios 2:15 la palabra
griega traducida “en” tiene un significado instrumental; también significa “con”. Por
tanto, “en Sí mismo” de hecho significa “consigo mismo”. Cristo creó con Su esencia
divina al nuevo hombre. Cuando fuimos regenerados, el nuevo hombre fue puesto en
nuestro espíritu. Ahora debemos vestirnos de él día tras día al permitir que el espíritu
controle nuestro ser y renueve nuestra mente. Cada vez que una parte de nuestro ser es
renovada, nos vestimos un poco más del nuevo hombre. Por tanto, cuanto más nos
renovamos, al controlar el espíritu nuestra mente, más nos vestimos del nuevo hombre.
Un día, el proceso de vestirnos del nuevo hombre llegará a Su consumación.

CRISTO LO ES TODO

En el nuevo hombre no existe ninguna diferencia étnica ni cultural entre los pueblos; no
hay judío ni gentil, esclavo ni libre, culto ni inculto (Col. 3:10-11). Asimismo ya no hay
estadounidenses, británicos, japoneses, chinos, alemanes ni franceses. En el nuevo
hombre Cristo lo es todo, pues El es la esencia misma con la cual fue creado el nuevo
hombre. Por tanto, el nuevo hombre es Cristo mismo.

CREADO SEGUN DIOS

El nuevo hombre, por haber sido creado en Cristo, con Cristo y según Dios, lleva la
imagen de Dios. En contraste con Génesis 1:26, que dice que el hombre fue hecho a la
imagen de Dios, Efesios 4:24 declara que el nuevo hombre es creado según Dios
directamente. Un día, el nuevo hombre expresará la imagen de Dios en la santidad y la
justicia de la realidad. Al ser renovados en el espíritu de nuestra mente, el cual nos rige,
nos vestimos del nuevo hombre, que fue creado en Cristo Jesús.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE VEINTICINCO

VESTIRNOS DEL NUEVO HOMBRE

En este mensaje diremos algo más en cuanto a la manera de vestirnos del nuevo
hombre.

CREADO Y RENOVADO

La manera en que el Nuevo Testamento presenta el nuevo hombre puede sonar raro a
nuestra mentalidad natural. Según 4:24 el nuevo hombre es creado en la justicia y
santidad de la verdad, mientras que Colosenses 3:10 dice que el nuevo hombre se va
renovando. ¿Cómo puede el nuevo hombre ser creado, lo cual implica que no tiene nada
que ver con lo viejo, y al mismo tiempo ser renovado, lo cual lo vincula a lo viejo? Esto se
debe a que una cosa es la creación del nuevo hombre y otra muy distinta, nuestra
experiencia de él. Desde la perspectiva de Cristo, el nuevo hombre ya fue creado; pero
desde la nuestra, conforme a nuestra experiencia, el nuevo hombre se va renovando.
Conforme a la nueva creación, el nuevo hombre fue creado por la obra de Cristo,
mientras que por el lado de nuestra experiencia, el nuevo hombre está en el proceso de
ser renovado de día en día. En este mensaje, mi carga consiste en señalar de qué manera
se renueva el nuevo hombre. De hecho, esta renovación equivale a vestirnos del nuevo
hombre. Como mencionamos en el mensaje anterior, el nuevo hombre ya fue creado,
pero ahora necesitamos vestirnos de él en nuestra experiencia.

UNA RENOVACION INTERNA

La palabra griega traducida vistáis se usa con relación a la ropa. Supongamos que un
hermano tiene un traje, el cual se hizo a su medida. Podemos decir que el traje ya está
terminado, pero ahora el hermano debe ponérselo y debe hacerlo correctamente. El no
puede ponérselo todo a la vez; más bien, debe vestirse prenda por prenda.

Sin embargo, el ponerse el traje no es un ejemplo tan exacto de lo que es vestirse del
nuevo hombre. Lo del traje es una acción objetiva, mientras que vestirse del nuevo
hombre supone una renovación interna. Nosotros no nos vestimos del nuevo hombre de
una manera externa y objetiva; más bien, este proceso empieza en nuestro interior; está
relacionado con una renovación interna y subjetiva.
Cuando fuimos regenerados, el nuevo hombre fue puesto en nuestro espíritu, o sea,
nació en él. Ahora el nuevo hombre debe extenderse a todas las partes de nuestro ser. El
hecho de que el nuevo hombre se extienda en nosotros equivale a que nos vistamos de
El. Esto también es la renovación. Vemos así que vestirse del nuevo hombre no es un
asunto externo, un asunto objetivo, sino una experiencia interna.

Hemos mencionado que en la cruz, Cristo abolió las ordenanzas con el fin de producir el
nuevo hombre en resurrección. Por ende, el nuevo hombre fue creado en la resurrección
de Cristo. Cuando creímos en el Señor Jesús, el Espíritu vivificante entró en nuestro
espíritu y trajo consigo al nuevo hombre como producto terminado. Fue así que el nuevo
hombre nació en nuestro espíritu. Así que, desde el momento de nuestra regeneración,
el nuevo hombre ha estado en nuestro espíritu. Lo que se necesita ahora es que se
extienda y sature cada parte de nuestro ser. Por medio de esta extensión, nos vestimos
del nuevo hombre y somos renovados. Como lo indica Colosenses 3:10, debemos
revestirnos del nuevo hombre, el cual se está renovando. La medida en que nos vestimos
del nuevo hombre está en proporción a la medida en que somos renovados.

DESPOJARNOS DE LA PASADA MANERA DE VIVIR

Efesios 4 y Colosenses 3 muestran que para revestirnos del nuevo hombre, primero
debemos despojarnos del viejo hombre. Efesios 4:22 dice que: “En cuanto a la pasada
manera de vivir, os despojéis del viejo hombre”. La frase “manera de vivir” tiene mucho
significado. Antes de ser salvos, teníamos cierta manera de vivir. Quizás trabajábamos
cinco días a la semana y dedicábamos las noches y los fines de semana para divertirnos
en lugares mundanos. Para algunos, la manera de vivir tal vez consistía en apostar,
mientras que para otros, en frecuentar ciertos lugares o disfrutar de ciertas comidas.
Todo esto forma parte de la manera de vivir. Cada nación y cada pueblo tiene su propia
manera de vivir.

Si realmente deseamos ser renovados, debemos despojarnos de la pasada manera de


vivir. Al despojarnos de nuestra manera de vivir, nos despojamos del viejo hombre de
una manera práctica. Sepultar la pasada manera de vivir casi equivale a sepultar el viejo
hombre. Por tanto, mi carga en este mensaje no es simplemente alentarles a que se
despojen del viejo hombre, sino a que específicamente se despojen de su pasada manera
de vivir.

En el recobro del Señor muchos santos todavía se aferran a su vieja manera de vivir. No
me tilden de legalista, conservador o pasado de moda porque les pido que se despojen
de su vida pasada. Tener tal actitud con respecto a lo que digo es una señal de alguien
que ha sido atrapado en la corriente maligna del sistema satánico actual. No debemos
ser arrastrados por la corriente de este siglo; antes bien, debemos sepultar nuestra
pasada manera de vivir e incluso celebrarle un funeral. Hablar simplemente de
despojarnos del viejo hombre es demasiado doctrinal. La única manera de despojarnos
del viejo hombre es despojarnos de nuestra pasada manera de vivir, en la cual están
incluidas las ordenanzas.

NINGUNA DISTINCION

Colosenses 3:11, refiriéndose al nuevo hombre, dice: “Donde no hay griego ni judío,
circuncisión ni incircuncisión, bárbaro, escita, esclavo ni libre; sino que Cristo es el todo,
y en todos”. Vincent, en un estudio que realizó sobre palabras neotestamentarias,
declara que en el griego, las palabras traducidas “no hay” tienen una connotación muy
enfática y significan que no existe ninguna posibilidad. En el nuevo hombre no hay lugar
para griegos, judíos, bárbaros, escitas, esclavos ni libres, porque la pasada manera de
vivir de ellos fue desechada. Sin duda, en la iglesia de Colosas había personas de todos
estos trasfondos; sin embargo, Pablo declara en Efesios 4:22 que todos debían
despojarse de su pasada manera de vivir. Al hacer eso, serían renovados.

Si examinamos la vida de iglesia actual desde la perspectiva de cuánto nos hemos


despojado de la pasada manera de vivir, tenemos que reconocer que todavía nos falta
bastante. Muchos todavía nos aferramos a nuestra forma de vivir.

En la época en que Pablo escribió la epístola a los Colosenses, había judíos en casi todas
las ciudades de alrededor del mar Mediterráneo. Cuando en determinada ciudad se
salvaban judíos y griegos, ellos se reunían juntos como la iglesia en esa localidad. En
muchas localidades la iglesia no sólo se componía de judíos y griegos, sino también de
bárbaros (procedentes de Europa del norte) y escitas, que según los maestros bíblicos
eran gente inculta y bárbara. Por tanto, en algunas ciudades la iglesia se componía de
griegos cultos, judíos religiosos y bárbaros y escitas incultos. Había también esclavos
comprados a precio, y los amos de éstos. ¿Qué pasaba cuando todas estas personas se
reunían para participar de la mesa del Señor? Por causa de la vida de iglesia, ellos
debían despojarse del viejo hombre, corporificado en su pasada manera de vivir. Los
griegos debían despojarse de su filosofía; los judíos, de sus observancias religiosas y
reglas alimenticias; los escitas, de su manera salvaje de vivir; los amos, de su actitud
hacia los esclavos; y los esclavos, de su propia forma de vida. En la vida de iglesia no hay
lugar para estas diferencias; no puede haber judíos, ni gentiles, bárbaros ni escitas,
esclavos ni libres; sólo hay lugar para Cristo.

A través de los medios modernos de transporte y comunicación, los diversos pueblos del
mundo han logrado unirse más que en cualquier otra época de la historia. A los Estados
Unidos se le ha dado el sobrenombre de crisol, por ser un lugar donde se mezclan
personas de diversas procedencias. Ahí se juntan personas de distintos temperamentos,
unos extrovertidos, y otros silenciosos y misteriosos. Pasa lo mismo en las iglesias en el
recobro del Señor, donde vemos personas de distintas naciones: puertorriqueños,
mexicanos, brasileños, suizos, franceses, alemanes, suecos, daneses, indonesios,
malasios, coreanos, chinos, japoneses y estadounidenses. La diferencia entre los
diversos pueblos se puede ver aun en la forma en que cantan los himnos. Algunos
cantan de una manera que ellos consideran digna, en la que casi no mueven sus labios,
mientras que otros están tan llenos de entusiasmo que incluso ejercitan su cuerpo.
Como podemos ver, aun en la manera de cantar y de alabar al Señor es posible que nos
aferremos a nuestra manera de vivir.

DESPOJARNOS DE LO QUE HEREDAMOS DE BABEL

Las diferencias entre los pueblos tienen su origen en Babel. No obstante, en la cruz
Cristo eliminó todas estas diferencias para producir un solo y nuevo hombre. Por medio
de la regeneración, el nuevo hombre fue puesto en nosotros, quienes anteriormente
estábamos bajo la influencia de las diferencias originadas en Babel. A excepción de las
ordenanzas judías, todas las distintas maneras de vivir las heredamos de Babel. ¿Qué
debemos hacer con esta herencia? Debemos sepultarla, es decir, debemos despojarnos
de nuestra pasada manera de vivir. No justifique su manera de vivir ni se jacte de ella.
Lo importante no es determinar cuál manera de vivir es correcta y cuál no. Cada forma
de vida tiene sus ordenanzas y tiene que ser eliminada. Algunas iglesias se forman
basadas en la nacionalidad de las personas. ¡Cuán lamentable es esto! Por ejemplo, en
San Francisco existe una iglesia presbiteriana china. Parece que cada nacionalidad tiene
su propia iglesia. Si deseamos poner en práctica la vida de iglesia de manera auténtica,
todos debemos despojarnos de nuestra herencia nacional y olvidarnos de ella.

NOS VESTIMOS DEL NUEVO HOMBRE


POR MEDIO DEL ESPIRITU DE NUESTRA MENTE

Todos debemos tener una clara visión del nuevo hombre. Debemos comprender que
nuestra pasada manera de vivir, la cual heredamos de Babel, e incluso las ordenanzas
judías, fueron abolidas en la carne de Cristo cuando El murió en la cruz. En lugar de
valorar nuestra herencia, debemos repudiarla. Por el lado positivo, debemos ver que el
nuevo hombre ya fue creado y que, por medio de la regeneración, fue colocado en
nuestro espíritu. Ahora necesitamos que nuestro espíritu se convierta en la parte
dominante de nuestro ser, es decir, que nuestro espíritu, mezclado con el Espíritu de
Dios, llegue a ser el espíritu de nuestra mente (4:23). Si nuestro espíritu es el espíritu de
nuestra mente, viviremos por el espíritu en todos los detalles de nuestra vida. Todo lo
que hagamos concordará con el espíritu. El espíritu de nuestra mente se convertirá en el
espíritu que nos renueva. Al ser renovados por dicho espíritu, nos vestiremos del nuevo
hombre.

RENOVADO HASTA EL CONOCIMIENTO PLENO

Efesios 4:24 indica que el nuevo hombre fue creado según Dios directamente, mientras
que Colosenses 3:10 revela que el nuevo hombre se va renovando hasta el conocimiento
pleno, lo cual es conforme a la imagen de Dios. Por haber sido creado según Dios, en
cierto sentido el nuevo hombre es igual a Dios; no obstante, en nuestra experiencia, el
nuevo hombre tiene que ser renovado hasta el conocimiento pleno que es conforme a la
imagen, la expresión, del Dios que lo creó. La creación del nuevo hombre conforme a
Dios ya fue consumada, pero en nuestra experiencia, el nuevo hombre se va renovando
poco a poco hasta el conocimiento pleno. Es así como el nuevo hombre, experimentado
por nosotros, llega a ser la expresión de Dios.

EN LA JUSTICIA Y SANTIDAD DE LA VERDAD

Efesios 4:24 dice que el nuevo hombre fue creado según Dios en la justicia y santidad de
la verdad. La justicia habla de las obras de Dios, mientras que la santidad, de Su ser.
Todo lo que Dios hace es justo, y todo lo que Dios es, es santo. El nuevo hombre es
creado según Dios con relación a estos dos atributos. Además, la justicia y la santidad
proceden de la verdad. Dean Alford dice que en este versículo, la verdad denota la
esencia misma de Dios, porque Dios es verdad. Esto está en contraste con las pasiones
del engaño mencionadas en 4:22. El engaño es la esencia de Satanás, el mentiroso,
mientras que la verdad es la esencia de Dios, quien es veraz. Por tanto, las pasiones
proceden de Satanás, quien es el engaño mismo, mientras que la justicia y la santidad
pertenecen a Dios, quien es la verdad misma. Vincent señala que en estos versículos, el
engaño y la verdad son personificaciones. Dios creó al nuevo hombre en justicia y
santidad, los cuales son dos aspectos de la esencia de Dios.

LA VIDA DEL NUEVO HOMBRE Y SU CONDUCTA

En la experiencia que tenemos del nuevo hombre, el nuevo hombre se renueva


gradualmente hasta el conocimiento pleno, conforme a la imagen del Creador. Esta
renovación se produce al despojarnos nosotros de nuestra pasada manera de vivir y al
conducirnos conforme al espíritu. En el pasado hablamos mucho de nuestro espíritu
humano. Pero no podemos separar este tema de la experiencia de despojarnos de
nuestra pasada manera de vivir. Si deseamos experimentar el nuevo hombre como
nuestro vivir, primero debemos despojarnos de nuestra pasada manera de vivir, y luego
debemos permitir que nuestro espíritu llegue a ser el elemento principal que domine,
dirija y gobierne todo nuestro ser. Si vivimos así, espontáneamente se producirá en
nosotros un proceso de renovación. Ser renovados de esta manera equivale a vestirnos
del nuevo hombre. Esta es la vida de iglesia, el vivir y el proceder del nuevo hombre.

En este mensaje no les he presentado una enseñanza filosófica; más bien, les he
compartido la visión que el Señor me ha mostrado en cuanto a cómo vestirnos del nuevo
hombre. No es mi intención enseñarles cultura, costumbres ni ética, sino que recibamos
la visión celestial de lo que Dios anhela hoy. Dios desea tener un solo y nuevo hombre.
El nuevo hombre debe ser la vida de iglesia actual. La manera de experimentar el nuevo
hombre es despojarnos de nuestra pasada manera de vivir y permitir que el espíritu
dirija y rija todo nuestro ser y nuestra vida cotidiana. Entonces seremos renovados y
experimentaremos el nuevo hombre como nuestra vida de iglesia.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE VEINTISEIS

AMBOS RECONCILIADOS CON DIOS EN UN SOLO CUERPO, Y


CONCIUDADANOS DE LOS SANTOS Y MIEMBROS DE LA FAMILIA DE
DIOS

En este mensaje llegamos a 2:16-19, donde vemos que los judíos y los gentiles fueron
reconciliados con Dios en un solo Cuerpo, y que ahora nosotros los creyentes somos
conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios.

I. AMBOS NECESITABAN
SER RECONCILIADOS CON DIOS

Efesios 2:16 dice: “Y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo,
habiendo dado muerte en ella a la enemistad”. La palabra “ambos” se refiere a los judíos
y a los gentiles. Tanto los gentiles, que no eran circuncidados, como los judíos, que eran
circuncidados, necesitaban ser reconciliados con Dios mediante la redención, la cual
Cristo realizó en Su cruz.

II. EN UN SOLO CUERPO

El versículo 16 dice que los judíos y los gentiles fueron reconciliados en un solo Cuerpo.
Este único Cuerpo, la iglesia (1:22-23), es el nuevo hombre que se menciona en el
versículo anterior. En un solo Cuerpo los judíos y los gentiles fueron reconciliados con
Dios mediante la cruz. Nosotros los creyentes, ya seamos judíos o gentiles, fuimos
reconciliados no sólo para el Cuerpo de Cristo, sino también en el Cuerpo de Cristo.
¡Qué gran revelación tenemos aquí! Fuimos reconciliados con Dios y fuimos salvos en el
Cuerpo de Cristo.

Por lo general consideramos que la reconciliación es algo que experimentamos


individualmente; no es común pensar en una reconciliación corporativa. Sin embargo, la
reconciliación adecuada y genuina se efectúa en el Cuerpo. El Cuerpo es el instrumento
o medio por el cual fuimos reconciliados con Dios. Según Colosenses 3:15 incluso fuimos
llamados en el Cuerpo.

El concepto de lo corporativo impregna todo el Nuevo Testamento. Según nuestro


concepto, sin embargo, nosotros fuimos reconciliados con Dios como individuos. Pero a
los ojos de Dios, fuimos llamados y reconciliados con El en el Cuerpo. El éxodo de
Egipto que experimentaron los hijos de Israel muestra un cuadro claro de esto. En
Egipto, los hijos de Israel en cierto sentido estaban alejados de Dios. Después de ser
sacados de Egipto y de pasar juntos por el mar Rojo, fueron reconciliados con Dios en el
monte Sinaí, pero no como individuos, sino como una congregación. Eso fue una
representación de nuestra reconciliación con Dios en un solo Cuerpo. Es importante que
éste sea nuestro concepto. No pensemos que fuimos salvos de manera individual;
fuimos salvos todos juntos y fuimos reconciliados con Dios en un solo Cuerpo.

III. CON DIOS

Originalmente estábamos sin Dios, alejados de El. Pero mediante la cruz y con la sangre
de Cristo, fuimos traídos de nuevo a Dios en el único Cuerpo. Siempre y cuando estemos
en el Cuerpo, somos uno con Dios; de lo contrario, si estamos fuera del Cuerpo, estamos
separados de El.

IV. MEDIANTE LA CRUZ

Nuestra reconciliación con Dios en un solo Cuerpo fue efectuada mediante la cruz. Por
un lado, la cruz de Cristo dio muerte a la enemistad provocada por las ordenanzas, las
cuales fueron instituidas a causa de la carne; por otro, nos redimió a nosotros con la
sangre de Cristo que se derramó sobre ella. Fue mediante la cruz que los judíos y los
gentiles fueron reconciliados con Dios en un solo Cuerpo.

V. LA PREDICACION DEL EVANGELIO DE LA PAZ

El versículo 17 dice: “Y vino y anunció la paz como evangelio a vosotros que estabais
lejos y también paz a los que estaban cerca”. Esto se refiere a que Cristo vino como
Espíritu para predicar la paz como evangelio, la cual El hizo mediante Su cruz. Los que
estaban lejos eran los gentiles, quienes eran incircuncisos y estaban separados debido a
su carne; los que estaban cerca eran los judíos, quienes eran circuncisos y fueron hechos
cercanos gracias a la elección de Dios.

El mismo Cristo que murió en la cruz para abolir las ordenanzas a fin de crear el nuevo
hombre, y que derramó Su sangre para reconciliarnos con Dios, vino a nosotros como
Espíritu para predicar el evangelio de la paz. Esto significa que Cristo vino en calidad de
Espíritu vivificante, incluso como el Espíritu que predica. Tanto los que estaban lejos
como los que estaban cerca necesitaban oír estas buenas nuevas de paz.
VI. ACCESO EN UN MISMO ESPIRITU

A. La cruz y la sangre de Cristo son el acceso

La predicación del evangelio es sólo el hecho objetivo, pero no la experiencia misma. Así
que, después de recibir la predicación, necesitamos la experiencia, la cual es el acceso al
Padre en un mismo Espíritu. Este acceso se obtiene por la cruz de Cristo y por Su sangre
(He. 10:19).

B. Por medio de Cristo

Tanto los creyentes judíos como los gentiles tienen acceso al Padre por medio de Cristo,
el propio Cristo que abolió la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas,
derribó la pared intermedia de separación, eliminó la enemistad a fin de reconciliar a los
gentiles con los judíos, y derramó Su sangre para redimir a ambos para Dios.

C. En un mismo Espíritu

Como lo demuestra el versículo 18, nuestro acceso al Padre es en un mismo Espíritu.


Tener la cruz sin el Espíritu equivale a tener el hecho sin la experiencia; por
consiguiente, el Espíritu es crucial. Primero, los creyentes judíos y gentiles fueron
reconciliados con Dios en un solo Cuerpo (v. 16); esto está relacionado con la posición.
Luego, los dos tienen acceso al Padre en un mismo Espíritu; lo cual tiene que ver con la
experiencia.

D. Al Padre

En un mismo Espíritu tenemos acceso al Padre. En posición, fuimos reconciliados con


Dios; en experiencia, tenemos acceso al Padre. Ser reconciliados con Dios equivale a ser
salvos; tener acceso al Padre es disfrutar a Dios, quien, como la fuente de la vida, nos
regeneró para que seamos Sus hijos.

En el único Cuerpo fuimos reconciliados con Dios mediante la cruz; esto es un hecho.
Ahora tenemos acceso al Padre y podemos relacionarnos con El directamente; esto
alude a la experiencia. Con respecto a nuestra posición, fuimos reconciliados con Dios
para salvación, y con respecto a la experiencia, tenemos acceso al Padre para disfrutarlo.
Es muy significativo que estos dos versículos no dicen que fuimos reconciliados con el
Padre y que tenemos acceso a Dios; al contrario, habiendo sido reconciliados con Dios
de una vez por todas, ahora tenemos acceso al Padre para deleitarnos de El
continuamente.
En el versículo 18 queda implícita la trinidad de la Deidad. Por medio de Dios el Hijo,
quien es el Consumador, el medio por el cual todo se lleva a cabo, y en Dios el Espíritu,
quien es el Ejecutor, la aplicación, tenemos acceso a Dios el Padre, quien es el
Originador, la fuente de nuestro disfrute.

En los versículos 15 y 16, el apóstol Pablo primero menciona el nuevo hombre y después
el Cuerpo. ¿A qué se debe esto? Para contestar esta pregunta, debemos examinar de
nuevo la sección que abarca 2:14-16. Cuando leemos estos versículos no debemos
apoyarnos en nuestros conceptos naturales, en nuestro entendimiento religioso, ni en
nuestras ideas doctrinales, todo lo cual entorpece nuestra capacidad para entender la
Palabra. Ya que el aspecto de la iglesia como Cuerpo de Cristo no es tan elevado como el
del nuevo hombre, quizá pensemos que el Cuerpo debería mencionarse primero. Pero,
¿cómo puede existir el Cuerpo si primero no existe el hombre? Primero se habla de un
hombre y luego de su cuerpo. La creación del nuevo hombre tenía que efectuarse
primero; luego la producción del Cuerpo. Por ello, Pablo dijo primero que la muerte de
Cristo en la cruz abolió en Su carne las ordenanzas para crear en Sí mismo un solo y
nuevo hombre; al hacer esto, produjo también el Cuerpo. Tan pronto fue creado el
hombre, surgió el Cuerpo. En este aspecto, la palabra “y” al principio del versículo 16 es
de suma importancia, pues conecta la idea de la reconciliación efectuada en el único
Cuerpo con la idea de la creación del nuevo hombre. Cuando Cristo creó de los judíos y
de los gentiles un solo y nuevo hombre, El los reconcilió con Dios en un solo Cuerpo. Por
esta razón, Pablo menciona el nuevo hombre antes de mencionar el Cuerpo.

Recordemos que Cristo no reconcilió en un solo Cuerpo a individuos, sino a dos pueblos,
a los judíos y los gentiles. Si simplemente hubiera reconciliado a pecadores como
individuos, no habría sido necesario reconciliarlos en el Cuerpo. Pero para reconciliar a
dos pueblos, a dos entidades colectivas, El tuvo que hacerlo en el Cuerpo.

Anteriormente, los judíos y los gentiles estaban separados, pero en la cruz, Cristo
derribó la pared intermedia de separación y de ambos pueblos creó una sola entidad, un
solo y nuevo hombre. Pero, ¿qué había de hacerse respecto a su relación con Dios? Para
que fueran reconciliados con Dios, se necesitaba un cuerpo que sirviera de instrumento.
Cuando Cristo creó de los dos pueblos el nuevo hombre, simultáneamente los reconcilió
con Dios en un solo Cuerpo. Al ser creados como nuevo hombre, se hizo posible que
ellos fueran reconciliados con Dios en un solo Cuerpo. Por consiguiente, el Cuerpo fue el
medio por el cual se reconciliaron con Dios. A esto se debe que en los versículos 15 y 16
el nuevo hombre se mencione antes que el Cuerpo.

Después de ser reconciliados con Dios, los judíos y los gentiles necesitaban tener acceso
al Padre para que disfrutaran de Su presencia. Este acceso no sólo se obtiene en el
Cuerpo, sino también en el Espíritu. Estar en el Cuerpo es un hecho, mientras que estar
en el Espíritu es una experiencia. Aunque estamos en el Cuerpo, puede ser que no
estemos en el Espíritu, y que en lugar de ello vaguemos en nuestros pensamientos. Por
ejemplo, mientras estamos en una reunión, es posible que viajemos en nuestra mente
por todo el mundo. Esto muestra el hecho de que necesitamos estar en el Espíritu de
una manera práctica.

Cuando estamos en el Espíritu, disfrutamos al Padre. Aunque es un hecho que tenemos


a Dios por estar en el Cuerpo, si queremos disfrutar al Padre, tenemos que estar en el
Espíritu. En otro tiempo estábamos alejados de Dios, pero fuimos reconciliados con El
en cuanto a nuestra posición. Ahora ya no hay separación, no hay división, entre
nosotros y Dios; sin embargo, si no estamos en el Espíritu, no disfrutaremos este hecho.
Por tanto, si deseamos disfrutar en la experiencia lo que ya es nuestro en posición,
tenemos que estar en el Espíritu.

VII. YA NO SOMOS EXTRANJEROS NI ADVENEDIZOS

Ahora llegamos al versículo 19: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino
conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios”. Este versículo abarca
dos aspectos de la iglesia: el reino, denotado por la palabra “conciudadanos”, y la familia
de Dios.

El versículo 19 dice que nosotros, los gentiles, ya no somos extranjeros ni advenedizos.


La palabra “sois” se refiere a los creyentes gentiles. Los extranjeros son los forasteros, y
los advenedizos son los que se alojan entre el pueblo de Israel sin tener derechos de
ciudadanía. Ambos aluden a los gentiles.

VIII. CONCIUDADANOS DE LOS SANTOS

Ahora que ya no somos extranjeros ni advenedizos, somos conciudadanos de los santos.


La expresión “conciudadanos” denota el reino de Dios. Todos los creyentes, judíos y
gentiles, son ciudadanos del reino de Dios, el cual es el dominio donde Dios ejerce Su
autoridad. Mientras que alguien sea creyente, es ciudadano del reino de Dios. Esta
ciudadanía incluye derechos y responsabilidades. Nosotros disfrutamos de los derechos
del reino, y también desempeñamos las responsabilidades del mismo. Estos dos
aspectos siempre van juntos. Por ejemplo, como ciudadanos de Estados Unidos,
disfrutamos de ciertos derechos, pero también tenemos que cumplir con nuestra
responsabilidad de pagar impuestos.
IX. MIEMBROS DE LA FAMILIA DE DIOS

El versículo 19 revela que también somos “miembros de la familia de Dios”. Esta frase se
refiere a la casa de Dios. Tanto los creyentes judíos como los creyentes gentiles son
miembros de la casa de Dios. La casa de Dios tiene que ver con la vida y el disfrute;
todos los creyentes nacieron de Dios en Su casa para disfrutar Sus riquezas. El reino de
Dios tiene que ver con derechos y responsabilidades; todos los creyentes nacidos en la
casa de Dios tienen los derechos y las responsabilidades del reino de Dios. En un
versículo tan breve se abarcan dos temas profundos: el reino de Dios, que incluye
derechos y responsabilidades, y la casa de Dios, donde se disfruta de la vida y de las
riquezas del Padre.

X. LOS SANTOS, LA FAMILIA DE DIOS,


Y EL REINO DE DIOS

El versículo 19 habla de los santos, la familia de Dios y el reino de Dios. Individualmente


somos los santos; colectivamente somos la familia de Dios, y ésta da por resultado el
reino de Dios. Sin la familia, no podría haber reino. Primero somos santos
individualmente; luego somos la familia de Dios de manera corporativa; y esto redunda
en el reino. Por consiguiente, tenemos el aspecto individual de la vida cristiana y el
aspecto corporativo en la familia de Dios y en Su reino.

¿Por qué en el versículo 19 el apóstol Pablo se refiere primero al reino de Dios y después
a la familia de Dios? Pablo tenía en mente nuestro estado anterior como extranjeros y
advenedizos; éstos tienen que ver con un reino, no con una familia. Las personas que
son extranjeras en este país, no lo son con relación a una familia, sino con relación a la
nación. Puesto que los extranjeros y los advenedizos son forasteros para con un reino,
no para con la familia, Pablo menciona primero el reino. En este versículo el concepto
principal de Pablo se centra en los ciudadanos del reino de Dios. Con todo, el reino está
compuesto de familias. Por esta razón, Pablo menciona también la familia, la casa de
Dios.

En el versículo 19, la expresión “conciudadanos” comunica la idea de intimidad. Antes


de ser salvos, nosotros los gentiles estábamos lejos de Dios y de la ciudadanía de Israel,
pero ahora tenemos una relación íntima con los santos. Somos conciudadanos de los
santos y miembros de la familia de Dios. Entre los ciudadanos de Estados Unidos existe
cierta intimidad. Sin embargo, esta intimidad no puede compararse con la que existe
entre los miembros de una familia. Los judíos y los gentiles no solamente son
ciudadanos del mismo reino, sino que también son miembros de la misma familia.
Debemos tener un afecto muy particular e íntimo para con los santos, considerándolos
nuestros familiares. Ser miembros de la familia de Dios no debe ser solamente nuestra
doctrina, sino también nuestra experiencia. En el universo, Dios tiene una sola casa, una
sola familia. Sin importar cuál sea nuestro trasfondo, por ser creyentes, somos
miembros de la familia universal y única de Dios, y todos los santos son nuestros
familiares. Este es un aspecto importante de la iglesia, y no debemos tomarlo a la ligera.
¡Qué relación tan íntima tenemos en la familia de Dios!
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE VEINTISIETE

CRECEMOS PARA SER UN TEMPLO SANTO


Y SOMOS EDIFICADOS PARA MORADA
DE DIOS EN EL ESPIRITU

En este mensaje llegamos a la última parte del capítulo dos, los versículos del 20 al 22,
donde se revelan dos aspectos de la edificación: el aspecto universal y el local. En el
sentido universal, la iglesia es una sola, y la iglesia que existe en una localidad
determinada también es una sola localmente. En el versículo 21 vemos el aspecto
universal de la iglesia: “En quien todo el edificio, bien acoplado, va creciendo para ser
un templo santo en el Señor”; y en el versículo 22 tenemos el aspecto local: “En quien
vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el espíritu”. El
“templo santo” se refiere al aspecto universal, mientras que la “morada de Dios”, al
aspecto local.

I. EDIFICADOS SOBRE EL FUNDAMENTO


DE LOS APOSTOLES Y PROFETAS

La iglesia, como Cuerpo de Cristo, fue regenerada; como casa de Dios está siendo
edificada. Aparentemente, el crecimiento y la edificación son dos cosas distintas; pero
de hecho, la edificación de la casa equivale al crecimiento del Cuerpo. Si el Cuerpo no
crece, la casa no se edifica.

Con respecto a la iglesia, en calidad de edificio de Dios, debemos prestar especial


atención al fundamento. El versículo 20 dice: “Edificados sobre el fundamento de los
apóstoles y profetas, siendo la piedra del ángulo Cristo Jesús mismo”. Muchos creyentes
no logran entender cuál es el fundamento del que se habla en este versículo. En 1
Corintios 3:11 dice: “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto,
el cual es Jesucristo”. Cristo es el único fundamento. No obstante, Efesios 2:20 habla del
fundamento de los apóstoles y profetas. Esto de ninguna manera significa que los
apóstoles y los profetas sean el fundamento. En contraste con Apocalipsis 21, donde los
cimientos son los apóstoles, el fundamento aquí no es los apóstoles ni los profetas.
Puesto que el misterio de Cristo fue revelado a los apóstoles (Ef. 3:4-5), la revelación que
ellos recibieron se considera el fundamento sobre el cual se edifica la iglesia. Esto
corresponde a la roca mencionada en Mateo 16:18, la cual no sólo es Cristo mismo, sino
también la revelación con respecto a Cristo, sobre la cual El edificará Su iglesia. Por lo
tanto, el fundamento de los apóstoles y profetas es la revelación que ellos recibieron con
respecto a Cristo y la iglesia con miras a que se edifique la iglesia. La iglesia se edifica
sobre esta revelación. Esto es lo que significa el fundamento que se menciona en Efesios
2:20.

¿Sobre qué edificamos la iglesia en el recobro del Señor? Decir que sobre Cristo es
bastante general e indefinido. Tenemos que edificar la iglesia sobre la revelación que
recibieron los apóstoles y profetas. Las llamadas iglesias, establecidas según las
nacionalidades, no son edificadas sobre el fundamento de los apóstoles y profetas.
Algunas de ellas excluyen a personas de cierto origen étnico o racial. Ciertamente esas
congregaciones no están edificadas sobre el fundamento que se describe en 2:20. La
Iglesia Católica Romana y las denominaciones afirman que su fundamento es Cristo. Sin
embargo, ninguno de estos grupos declara que su fundamento sea el fundamento de los
apóstoles y profetas. Por ejemplo, la denominación presbiteriana está edificada sobre el
concepto del presbiterio. Sin embargo, la revelación que recibieron los apóstoles y
profetas no fue que el presbiterio debía ser el fundamento de la iglesia. La iglesia
metodista está edificada sobre los principios de Juan Wesley, y la iglesia católica, sobre
el concepto jerárquico. Si la revelación confiada a los apóstoles y profetas fuese aplicada
a la iglesia católica, ésta se derrumbaría. Las iglesias carismáticas están edificadas sobre
el fundamento de ciertos dones y experiencias carismáticas. En contraste con todas estas
llamadas iglesias, nosotros en el recobro del Señor afirmamos rotundamente que las
iglesias en el recobro están edificadas sobre el fundamento de los apóstoles y profetas.
Esto significa que las iglesias en el recobro del Señor están edificadas conforme a la
revelación que recibieron los apóstoles y profetas. Según esta revelación, la iglesia recibe
a creyentes de todas las razas y nacionalidades; incluye a los que hablan en lenguas y a
los que no lo hacen. Si tenemos la visión referente al fundamento correcto sobre el cual
se edifica la iglesia, nos daremos cuenta de que solamente las iglesias en el recobro del
Señor, y no la iglesia católica, las denominaciones ni los grupos independientes, son
edificadas sobre el fundamento correcto.

II. CRISTO MISMO ES LA PIEDRA DEL ANGULO

El versículo 20 revela que Cristo es la piedra del ángulo en el edificio de Dios. Aquí se
menciona a Cristo no como el fundamento (Is. 28:16) sino como la piedra del ángulo,
porque el enfoque principal de este pasaje no es el fundamento sino la piedra que une
los dos muros principales, es decir, el muro compuesto de los creyentes judíos y el de los
creyentes gentiles.
Cuando los edificadores judíos rechazaron a Cristo, lo rechazaron como la piedra del
ángulo (Hch. 4:11; 1 P. 2:7), como el que uniría a los gentiles con ellos para la edificación
de la casa de Dios.

En Mateo 21 el Señor Jesús dio a entender de manera figurativa que los fariseos le
rechazarían. El versículo 42 declara: “¿Nunca leísteis en las Escrituras: ‘La piedra que
rechazaron los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo’. El Señor ha hecho esto, y
es cosa maravillosa a nuestros ojos?” Con estas palabras, el Señor reveló que después de
Su resurrección El llegaría a ser la cabeza del ángulo que uniría a los judíos y a los
gentiles. Pedro, refiriéndose a Cristo, dijo a los religiosos fanáticos en Hechos 4:11 y 12:
“Este Jesús es la piedra menospreciada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a
ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo
el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. Las palabras de Pedro
demuestran que la edificación está implícita en la salvación. Dios no nos salva para
llevarnos al cielo, sino para unirnos a los judíos y obtener así Su edificio. El menosprecio
que muchos de los judíos incrédulos sienten por el Señor Jesús se debe a que no quieren
unirse a los gentiles. Un judío incrédulo puede estar separado de los gentiles; pero tan
pronto cree en Cristo, queda unido por medio de El, la piedra del ángulo, a los creyentes
gentiles. Seamos judíos o gentiles, fuimos salvos para unirnos en Cristo a fin de que Dios
obtenga Su edificio.

III. CRECEMOS PARA SER UN TEMPLO SANTO

A. En Cristo

El versículo 21 dice: “En quien todo el edificio, bien acoplado, va creciendo para ser un
templo santo en el Señor”. En Cristo, quien es la piedra del ángulo, todo el edificio, el
cual incluye a los creyentes judíos y gentiles, está bien coordinado y crece para ser un
templo santo.

B. Crece

El edificio crece porque está vivo (1 P. 2:5), y crece para ser un templo santo. La
verdadera edificación de la iglesia como casa de Dios se lleva a cabo al crecer en vida los
creyentes. Actualmente la iglesia pasa por el proceso de crecimiento; pero este
crecimiento no es en la vida natural, sino en la vida divina, la vida espiritual.

El versículo 21 también declara que el edificio está bien acoplado. La frase “bien
acoplado” significa hecho idóneo para la condición y situación del edificio.
C. Para ser un templo santo

Como dice el versículo 21, todo el edificio va creciendo para ser un templo santo. La
palabra griega traducida “templo” quiere decir “santuario”, la parte interior del templo.
Es en el Señor que el edificio crece para ser un templo santo. Esto significa que la
edificación de la casa de Dios como santuario de Dios, se lleva a cabo en Cristo el Señor.

Ahora quisiera hacerles una pregunta: ¿Está el templo de Dios totalmente edificado? El
hecho de que el templo aún está creciendo indica que por lo menos desde nuestro punto
de vista todavía no está completo. El versículo 21 no dice que todo el edificio creció para
ser un templo santo, sino que crece para ser un templo santo.

La expresión “todo el edificio” alude a la iglesia universal. Al analizar los diecinueve


siglos de historia de la iglesia, difícilmente podemos ver el crecimiento del edificio. Sin
embargo, no debemos desalentarnos, pues nada puede impedir que se cumpla el
propósito de Dios. El edificio universal sigue creciendo. En Mateo 16 el Señor Jesús
profetizó que El edificaría Su iglesia. Esta edificación es la misma que se menciona en
Efesios 2:21. Aunque el crecimiento del edificio es lento e imperceptible, sigue adelante.

IV. EDIFICADOS PARA SER


MORADA DE DIOS EN EL ESPIRITU

El versículo 22 dice: “En quien vosotros también sois juntamente edificados para
morada de Dios en el espíritu”. La palabra “vosotros”, que se refiere a los santos locales,
denota que el edificio mencionado en el versículo 21 es universal, y que el del versículo
22 es local. En este versículo Pablo dice que los santos locales, los santos de Efeso, eran
juntamente edificados en Cristo para morada de Dios. De esta manera, en estos
versículos Pablo abarca tanto el aspecto universal como el aspecto local de la iglesia.
Cuando dice que todo el edificio va creciendo, se refiere al aspecto universal; y cuando
expresa que los creyentes que viven en determinada localidad son juntamente
edificados, se refiere al aspecto local.

¿Por qué usa Pablo el término “templo santo” para hablar del aspecto universal de la
iglesia, y la expresión “morada de Dios” para referirse al aspecto local? ¿Cuál es la
diferencia, si la hay, entre el templo santo y la morada de Dios? Aparte del templo
universal, no existe ningún templo que se llame templo local. El templo y la morada se
refieren a dos aspectos de una misma cosa. No piense que el templo es una morada. El
templo es el lugar donde el pueblo de Dios contacta a Dios, le adora y escucha Su
oráculo; mientras que la morada es un lugar de descanso; Dios reposa en Su morada.
Sin embargo, el templo y la morada no son dos lugares distintos; más bien, son dos
aspectos, dos funciones o usos, del mismo edificio. La iglesia es el lugar donde el pueblo
de Dios contacta a Dios, le adora y recibe Su palabra, y es también el lugar donde Dios
reposa.

Las iglesias locales son parte de la iglesia universal, no algo agregado a ella o distinto de
ella. La iglesia universal es la totalidad de las iglesias locales, lo cual indica que la iglesia
universal no puede existir sin las iglesias locales. Por consiguiente, edificar la iglesia
local equivale a edificar la iglesia universal. Todas las iglesias locales son parte de la
misma edificación. La edificación de la iglesia en Anaheim no es diferente de la que se
lleva a cabo en la iglesia en Chicago, ni en la iglesia en Nueva York. Sin embargo, según
nuestro concepto natural, en cada localidad existe una edificación diferente. Pero la
realidad es que en este universo existe una sola edificación, la cual tiene un aspecto
universal y un aspecto local. No importa cuántas iglesias puedan existir en la tierra, hay
una sola edificación, la cual tiene estos dos aspectos.

El versículo 22 dice que somos juntamente edificados para morada de Dios en el


espíritu. Este espíritu se refiere al espíritu humano de los creyentes, donde mora el
Espíritu Santo de Dios. El Espíritu de Dios es el Morador, no la morada. La morada es el
espíritu de los creyentes. El Espíritu de Dios mora en nuestro espíritu. Por lo tanto, la
morada de Dios está en nuestro espíritu.

El versículo 21 dice que el templo santo está en el Señor, y el versículo 22, que la morada
de Dios está en el espíritu. Esto indica que el Señor es uno con nuestro espíritu y que
nuestro espíritu es uno con el Señor. De hecho, estar en nuestro espíritu equivale a estar
en el Señor, y estar en el Señor equivale a estar en el espíritu. El que se une al Señor es
un solo espíritu con El (1 Co. 6:17). Es sencillamente imposible separar nuestro espíritu
del Señor. Así que, nuestro espíritu es el lugar donde se lleva a cabo la edificación de la
iglesia. La edificación no se efectúa en nuestra mente, en nuestra parte emotiva, en
nuestra alma o en nuestro corazón; la iglesia se edifica exclusivamente en nuestro
espíritu.

Para entender temas tales como el fundamento de los apóstoles y profetas, y la


diferencia entre el templo santo y la morada de Dios, se requiere estudiar la Biblia con
una mente sobria. La Biblia es el más lógico de los libros. Nuestro Dios no es un Dios
insensato. El nunca expresa cosas que carecen de sentido. El es muy lógico, lo mismo
que todo lo que consta en Su Palabra. Así que no debemos tener una mentalidad
indisciplinada al estudiar la Biblia. Al contrario, al leer la Biblia debemos ejercer una
mente sobria con la cual formular preguntas adecuadas. Entonces seremos iluminados.
Este constituye un principio básico para entender la palabra de Dios. Que todos,
especialmente los hermanos y hermanas jóvenes, aprendamos a estudiar la Biblia de
esta manera.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE VEINTIOCHO

LA MAYORDOMIA DE LA GRACIA

Los versículos del 2 al 21 del capítulo tres son un paréntesis, y 4:1 es la continuación de
3:1. En este paréntesis, que contiene una súplica, el apóstol Pablo describe a los
creyentes gentiles el ministerio que le fue dado para ellos, un ministerio que recibió al
revelársele el misterio de Cristo y que consistía en llevar a cabo la mayordomía de la
gracia. En este paréntesis, Pablo también ora pidiendo que la iglesia experimente a
Cristo al máximo.

En este mensaje estudiaremos la mayordomía de la gracia de Dios. Pablo dice en 3:2: “Si
es que habéis oído de la mayordomía de la gracia de Dios que me fue dada para con
vosotros”. En griego, la palabra traducida “mayordomía” en este versículo se traduce
como “economía” en 1:10 y 3:9. La mayordomía de la gracia consiste en impartir la
gracia de Dios a Su pueblo escogido para producir y edificar la iglesia. De esta
mayordomía surge el ministerio del apóstol, quien es un mayordomo en la casa de Dios,
uno que ministra a Cristo como la gracia de Dios a la familia de Dios.

La palabra griega traducida “mayordomía” en el versículo 2 es oikonomía. Conforme a


su uso antiguo, oikonomía denotaba una mayordomía, una dispensación, o una
administración. En los tiempos de Pablo, muchas familias ricas tenían mayordomos,
cuya responsabilidad consistía en distribuir alimentos y otros suministros a los
miembros de la familia. Nuestro Padre tiene una gran familia, una familia divina, y
puesto que El posee cuantiosas riquezas, necesita muchos mayordomos que las
impartan a Sus hijos. Esto es la mayordomía. Por consiguiente, una mayordomía es una
dispensación o impartición. En este contexto, la palabra “dispensación” no alude a una
era ni a la manera en que Dios se relaciona con Su pueblo, sino al hecho de que Dios
imparte Sus riquezas a Sus escogidos. Esta dispensación es la mayordomía o el
ministerio que llevan a cabo los ministros de Dios. Este ministerio es también la
administración divina. Hoy Dios lleva a cabo Su administración al impartirse a Sí mismo
en nosotros. Esta mayordomía, esta dispensación, esta administración, es la economía
de Dios. En la economía neotestamentaria de Dios se necesita urgentemente la
mayordomía de la gracia.
I. EL MAYORDOMO ES UN PRISIONERO

Para llevar a cabo la mayordomía, se requieren mayordomos. Cada uno de los apóstoles
es un mayordomo de Dios. Como apóstol, Pablo era un mayordomo que impartía las
riquezas de Dios a los hijos de Dios.

A. De Cristo Jesús

Aunque Pablo era un mayordomo, en 3:1 se refirió a sí mismo como “prisionero de


Cristo Jesús por vosotros los gentiles”. El apóstol Pablo se consideraba un prisionero de
Cristo. Aparentemente él estaba confinado a una prisión física, pero de hecho, estaba
encarcelado en Cristo. Basándose en esta condición, en la que vivía como un prisionero
en Cristo, exhortó a los santos. Al presentar la revelación del misterio de Dios con
respecto a la iglesia en los capítulos uno y dos, él habló basado en su condición de
apóstol de Cristo por la voluntad de Dios. Esta condición le dio la autoridad para
presentar la revelación con respecto a la iglesia. Al exhortar a los santos a que
anduvieran como es digno del llamamiento de Dios, él habló basado en su condición de
prisionero del Señor. Su condición de apóstol de Cristo lo capacitó para presentar la
revelación de Dios, mientras que su condición de prisionero del Señor demostró su
andar en el Señor, por el cual pudo inspirar y rogar a los santos a que anduvieran en el
Señor como él lo hacía.

Pablo se consideraba prisionero de Cristo porque Cristo lo hizo prisionero. Más


adelante, en 4:1, se refiere a sí mismo como “prisionero en el Señor”, lo cual significa
que Cristo era su prisión. Un día, el mismo Cristo a quien amamos se convertirá en
nuestra prisión. Tarde o temprano, todo mayordomo de Dios, todo ministro de las
riquezas de Dios, todo fiel amador de Cristo, será encarcelado, no sólo por El, sino
también en El. Cuanto más le amemos, más viviremos en El. Un día estaremos en Cristo
a tal grado que El será nuestra prisión. Una vez que seamos puestos en esta prisión, no
querremos escapar, porque la amaremos mucho. En ella disfrutamos a Cristo al máximo
grado.

Todos los que valoran la Biblia tienen en alta estima la epístola a los Efesios. Sería una
gran pérdida si este libro no formara parte del Nuevo Testamento, pues Efesios contiene
la revelación más elevada en toda la Biblia. Esta revelación le fue dada a un hombre que
estaba encarcelado en Cristo, un hombre que disfrutaba a Cristo como su prisión. Esto
indica que si queremos ver algo muy celestial y divino, debemos ser prisioneros en el
Señor. Cuanta más libertad tengamos, más ciegos estaremos. Pero si Cristo es nuestra
prisión, nuestros ojos serán abiertos y veremos la visión celestial, recibiremos la
revelación más elevada.
B. Por los santos

Pablo recibió esta visión a favor de los santos, pues como él mismo dice en 3:1, él era un
prisionero por los gentiles. Si disfrutamos a Cristo como nuestra prisión, nosotros
también recibiremos una visión, pero no sólo por el beneficio de nosotros mismos, sino
también por el de la iglesia.

Muchos cristianos leen Efesios una y otra vez sin recibir la revelación contenida en esta
epístola, lo cual se debe a que no están presos en Cristo. Ellos son demasiado libres, y su
libertad los ciega. Si estamos dispuestos a perder nuestra libertad, recibiremos la visión.
¿Qué preferimos, tener la libertad o la visión? Todos debemos orar así: “Señor, por amor
a la visión celestial, estoy dispuesto a perder mi libertad. Señor, quiero estar preso en Ti.
Tal vez los demás piensen que estoy sufriendo, pero cuando estoy preso en Ti, te disfruto
al máximo”. El disfrute que experimentamos cuando estamos presos en Cristo, nos
capacita para recibir la revelación celestial.

Sin duda, en todos los libros de la Biblia hay verdades preciosas. Sin embargo, Efesios
contiene las verdades más dulces y profundas. Estas verdades se nos comunican en
expresiones celestiales, tales como: “ser fortalecidos con poder en el hombre interior”,
“os renovéis en el espíritu de vuestra mente” y “seáis llenos hasta la medida de toda la
plenitud de Dios”. Estas frases las expresó alguien que, por estar preso en Cristo, tuvo
una visión. En Cristo como su prisión, Pablo vio lo que significaba ser fortalecido en el
hombre interior, ser renovado en el espíritu de la mente y lleno hasta la medida de toda
la plenitud de Dios. En principio, pasa lo mismo con nosotros hoy. Cuando disfrutamos
de la libertad fuera de Cristo, perdemos la vista espiritual. Pero si estamos dispuestos a
permanecer en El como nuestra prisión, la visión volverá a nosotros y nuestra vista será
restaurada. Los cielos nos serán abiertos y todo se volverá cristalino como el agua.

En Efesios 3 vemos que el apóstol Pablo tenía una visión muy elevada. Fue en este
capítulo donde usó la frase: “las inescrutables riquezas de Cristo” (v. 8). Lo que vio
Pablo trasciende nuestro entendimiento. Podríamos decir que ni siquiera él mismo
encontró las palabras adecuadas para expresarlo. Al final, simplemente habló de la
anchura, la longitud, la profundidad y la altura (v. 18). Estas dimensiones, que son las
dimensiones de Cristo, son en realidad las dimensiones del universo. Mientras estaba
confinado y restringido en una prisión, Pablo tuvo una visión de las dimensiones
universales de Cristo. En esto vemos que no importa cuán pequeño se considere un
hermano o hermana, si está dispuesto a permanecer preso en Cristo, también puede
recibir una visión para el beneficio de la iglesia.
II. LA MAYORDOMIA DE LA GRACIA

A. La mayordomía

La mayordomía de la gracia consiste en impartir las riquezas de Cristo. Conforme al


contexto del capítulo tres, la gracia alude a las riquezas de Cristo. Cuando disfrutamos
de las riquezas de Cristo, ellas llegan a ser la gracia. El ministerio de Pablo tenía como
fin impartir las riquezas de Cristo como gracia a los creyentes. Al igual que en un avión
las azafatas reparten alimentos a los pasajeros, y no información sobre cómo cocinar, el
apóstol Pablo impartía las riquezas de Cristo a los santos. Esto es lo que hacemos hoy en
el ministerio.

1. Conforme a la economía de Dios

Esta mayordomía concuerda con la economía de Dios. Con relación a Dios, es una
economía, y por nuestro lado, es una mayordomía. Todos los santos, por muy
insignificantes que parezcan, tienen una mayordomía conforme a la economía de Dios.
Esto significa que cada santo puede infundir a Cristo en los demás. Incluso una
estudiante de escuela secundaria puede impartir a Cristo en sus compañeras de clases.
Impartir a Cristo en otros constituye la mayordomía según la economía de Dios.

En el pasado mencionamos que los cielos fueron creados para la tierra; la tierra, para el
hombre; y el hombre, para Dios. Dios desea impartirse en el hombre; por ello creó los
cielos y la tierra. Este es el tema central de toda la Biblia. Dios no deseaba permanecer
separado del hombre; Su anhelo era entrar en él. Por ello, en la eternidad pasada, se
propuso impartirse en nosotros. Y con este fin, creó los cielos para la tierra; la tierra
para el hombre; y al hombre para Sí mismo. La economía de Dios consiste en impartirse
a Sí mismo en el hombre, y nosotros tenemos parte en dicha economía mediante nuestra
mayordomía, o sea, al llevar a cabo el ministerio de impartir las riquezas de Cristo en
otros. Así vemos que la mayordomía de la gracia es conforme a la economía de Dios.

El apóstol Pablo no era el único que poseía una mayordomía. En 3:8 él se refiere a sí
mismo como “menos que el más pequeño de todos los santos”. Esto indica que Pablo era
aun menos que nosotros. Nuestro concepto tiene que cambiar radicalmente. Si Pablo
pudo ser un mayordomo, nosotros también podemos serlo; podemos ser mayordomos
que imparten las riquezas de Cristo a los demás.

2. Para impartir a Dios

El objetivo de la mayordomía de la gracia es impartir a Dios en las personas. Ya vimos


que el deseo de Dios es distribuir Sus riquezas a Su pueblo escogido; estas riquezas son
en realidad El mismo. Una vez que se nos imparten estas riquezas, debemos tomar la
responsabilidad de infundirlas en los demás. Con respecto a Dios, estas riquezas son Su
economía; con relación a nosotros, son una mayordomía; y una vez que las impartimos
en otros, son una dispensación. Cuando la economía de Dios llega a nosotros, se
convierte en nuestra mayordomía, y cuando llevamos a cabo nuestra mayordomía al
impartir a Cristo en las personas, la mayordomía se convierte en una dispensación, por
la cual Dios se imparte en ellas. Por consiguiente, tenemos la economía, la mayordomía
y la dispensación.

Debemos elevar nuestro concepto acerca de la predicación del evangelio. No debemos


predicar el evangelio simplemente para ganar almas, sino para llevar a cabo la economía
divina al impartir a Dios en las personas. Cuando vayamos a la escuela o al trabajo,
hagámoslo con el propósito de llevar a cabo nuestra mayordomía de infundir a Dios en
otros conforme a Su economía. Nuestra predicación del evangelio no es una obra
ordinaria; más bien, consiste en impartir a Dios en el hombre. ¡Qué ministerio tan
glorioso! ¡Qué mayordomía tan maravillosa! ¡Alabado sea el Señor por nuestra
mayordomía! Tenemos el privilegio de impartir las inescrutables riquezas de Cristo en
otros.

B. La gracia

Puesto que nuestra mayordomía es la mayordomía de la gracia, debemos ver qué es la


gracia. Juan 1:17 dice que la gracia vino por medio de Jesucristo. Durante la época del
Antiguo Testamento, estaba presente la ley, mas no la gracia. La gracia no vino sino
hasta que vino Cristo.

Muchos cristianos piensan que la gracia se refiere principalmente a las bendiciones


materiales, pero la Biblia enseña que la gracia no vino sino hasta después de que Cristo
viniera. Nosotros sabemos que Dios otorgó bendiciones materiales a Su pueblo antes de
que viniera Cristo. Así que, la gracia es nada menos que el propio Dios que se da a
nosotros y a quien disfrutamos. Antes de la venida de Cristo, Dios no se podía dar a
nadie, ni nadie podía recibirlo ni disfrutarlo a El. Pero en Cristo y por medio de El,
recibimos a Dios, y Dios llega a ser nuestro deleite. Por consiguiente, la gracia es Dios
mismo como nuestro disfrute. La mayordomía de la gracia consiste en impartir a Dios
en las personas para que lo disfruten. Impartir esta gracia en otros es nuestra
mayordomía, la cual concuerda con la economía de Dios. Puesto que participamos de
Dios como nuestro disfrute, podemos infundirlo como gracia en los demás. Esta es la
dispensación o mayordomía de la gracia.
III. EL MINISTERIO DE UN MINISTRO

En 3:7 Pablo declara que él fue hecho ministro. En el Nuevo Testamento existe un solo
ministerio, el cual es la mayordomía que imparte a Dios en las personas. La palabra
“ministro” equivale a la palabra “mayordomo”, porque un mayordomo es uno que sirve
a los demás supliéndoles las necesidades de la vida. No sólo los hermanos que ministran
la Palabra de Dios y los ancianos que se ocupan de la edificación de la iglesia local, son
ministros, sino que cada santo, cada miembro de la iglesia, tiene parte en el ministerio.
No se deje engañar por el concepto tradicional de que usted no es un ministro. Un
ministro es simplemente uno que sirve. Un ministro del evangelio le sirve el evangelio a
la gente. Una joven que ministra algo de Cristo a su mamá, lleva a cabo el ministerio
neotestamentario. Todos los santos deben tener la confianza de declarar que son
ministros. Pero no sólo debemos decirlo, también debemos ponerlo en práctica. Insto a
los jóvenes a que impartan a Cristo en sus padres. Les animo a que cumplan este
ministerio. Aunque hay miles de santos en el recobro del Señor, hay un solo ministerio,
el cual imparte las riquezas de Cristo en los demás. ¡Aleluya por tan glorioso ministerio!

A. Conforme al don de la gracia de Dios

Nuestro ministerio concuerda con el don de la gracia de Dios. Decir que la gracia es el
Dios que disfrutamos significa que la gracia es el Dios que se nos da como vida y
suministro de vida (1 Co. 15:10; 2 Co. 12:9). Este suministro opera en nosotros. Por
medio de la vida que opera en nosotros, obtenemos cierta capacidad, la cual es el don.
Por consiguiente, en 3:7 Pablo expresa que él es un ministro “por el don de la gracia de
Dios que le fue dado”.

Todos los santos tienen este don, esta habilidad. Por ejemplo, mi mano tiene la
habilidad de asir objetos. Esta habilidad proviene de la sangre que corre por mi cuerpo.
Si la sangre no circulara por mi mano, ésta no tendría suficiente vida; y por ende, no
podría funcionar. Pero cuando la sangre circula normalmente, ella actúa dentro de la
mano y le proporciona la capacidad de funcionar. Como miembros de Cristo, todos
tenemos la vida de Dios, la cual opera en nosotros y produce cierta habilidad. Esta
habilidad es el don que nos constituye ministros que imparten a Cristo en los demás.

B. Predicar el evangelio de
las inescrutables riquezas de Cristo

Nuestro ministerio consiste en predicar el evangelio de las inescrutables riquezas de


Cristo; no es cuestión de presentar doctrinas ni de simplemente enseñar la Palabra.
Nuestro evangelio es una persona, que incluye todas Sus riquezas. Proclamar este
evangelio es ministrar las inescrutables riquezas de Cristo a otros.

C. Producir la iglesia

Este ministerio produce la iglesia. El ministerio del apóstol Pablo, un mayordomo de


Dios, consistía en edificar la iglesia al impartir en los creyentes las inescrutables
riquezas de Cristo como gracia. El objetivo del ministerio de Pablo no era simplemente
salvar pecadores, sino producir la iglesia, para que se cumpliera el propósito eterno de
Dios. Esta era la meta de la mayordomía de la gracia que había recibido.

D. Por revelación del misterio en el espíritu

Según 3:3 y 5, recibimos nuestro ministerio al recibir la revelación del misterio en el


espíritu. El misterio de Dios es Cristo, y el misterio de Cristo es la iglesia. Si hemos visto
a Cristo como misterio de Dios y a la iglesia como misterio de Cristo, tenemos la
revelación del misterio en nuestro espíritu. Esto nos capacita para ministrar a Cristo en
otros. Esto se experimenta únicamente en nuestro espíritu regenerado, en el cual mora
el Espíritu de Dios.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE VEINTINUEVE

LA REVELACION DEL MISTERIO

En Efesios 3, un capítulo parentético, Pablo comienza a rogar a los santos a que anden
como es digno del llamamiento de Dios. Lo que Pablo revela de sí mismo en este
capítulo es un ejemplo para todos los que deseen andar como es digno del llamamiento
de Dios. Este andar requiere que seamos prisioneros, mayordomos y ministros del
Señor. Pablo, siendo un prisionero en Cristo, recibió una visión celestial. Cuanto más
aumentaba su visión, más experimentaba a Cristo y más ganaba de El. Además, él era un
mayordomo que impartía las riquezas de Cristo a los miembros de la familia de Dios. El
también era un fiel ministro que ministraba a Cristo a los miembros del Cuerpo a fin de
que Cristo sea expresado en el Cuerpo.

Andar como es digno del llamamiento de Dios no consiste simplemente en ser amables,
humildes y amorosos, sino en estar presos, confinados, en Cristo, donde recibimos la
visión. Esta visión nos guía a conocer a Cristo y hace posible que El se forje en nuestro
ser y nos constituya mayordomos que imparten las riquezas de Cristo en otros. Además,
nos hace ministros que imparten estas riquezas en los miembros del Cuerpo para que
éste se edifique. Todos debemos estar presos en Cristo para que le experimentemos más
e impartamos más de El a los demás.

Habiendo estudiado la mayordomía de la gracia en el mensaje anterior, ahora debemos


ver la revelación del misterio. Efesios 3:3 dice: “Que por revelación me fue dado a
conocer el misterio, como antes lo he escrito brevemente”. El misterio alude al propósito
escondido de Dios, y la revelación del mismo equivale a darlo a conocer. El ministerio
del apóstol consistía en llevar a cabo esta revelación para que se produjera la iglesia.
Revelar algo es quitar el velo que lo cubre. En el Nuevo Testamento hallamos la
revelación de la economía de Dios, o sea, vemos que el velo que la cubría ha sido
quitado. En otras eras y generaciones esta economía era un misterio escondido, el cual
no fue revelado a Adán, a Abraham, a Moisés, a David, a Isaías ni a ningún otro profeta.
Si a ellos se les hubiera preguntado qué era la economía de Dios, ninguno habría podido
explicarlo, pues en su época el misterio todavía permanecía oculto. A ellos no se les
había revelado la economía de Dios, la cual consiste en que Dios se forja en el hombre a
fin de producir un Cuerpo para Su Hijo.
El Hijo de Dios es la corporificación de Dios, y la economía de Dios consiste en que Dios
se distribuya, se imparta, en un gran número de personas con el fin de producir un
Cuerpo para Su corporificación. Esto significa que el Hijo de Dios como corporificación
de Dios, necesita un Cuerpo, un aumento, una expansión. Esta expansión se produce
únicamente al impartirse Dios en Sus escogidos. Este es el misterio más grande del
universo. Los líderes y dignatarios políticos no saben nada acerca de este gran misterio,
pero nosotros, por la misericordia de Dios, lo conocemos. Incluso las hermanas jóvenes
que están entre nosotros conocen lo que los presidentes y los filósofos desconocen.
Nosotros sabemos que la economía de Dios consiste en que El mismo se imparta en Su
pueblo escogido para producir un Cuerpo que sea la expansión de Su Hijo, a fin de que
en el universo Dios sea plenamente expresado. No hay nada más grande ni más
importante que esto. ¡Alabado sea el Señor porque nosotros no sólo sabemos qué es la
economía de Dios, sino que también participamos de ella! De hecho, nosotros mismos
somos esa economía; la conocemos, estamos en ella y somos ella misma. Por revelación
nos fue mostrado este gran misterio, que había estado oculto hasta la venida del Señor
Jesús.

I. LA REVELACION
FUE DADA A LOS APOSTOLES Y PROFETAS

Este misterio fue revelado a los apóstoles y profetas (3:5). ¿Considera usted que ellos
eran personas extraordinarias? El hecho de que a ellos les fuera revelado el misterio,
hace que muchos los consideren así. Sin embargo, en 3:8 Pablo, quien era un apóstol,
dijo ser “menos que el más pequeño de todos los santos”. Según las palabras de Pablo,
los apóstoles y profetas no eran personas extraordinarias, pues declaró que él era menos
que nosotros. Por un lado, podemos tenerlos como hombres excepcionales, y por otro,
debemos considerarlos iguales a nosotros.

Solamente en el libro de Efesios Pablo afirma que él era menos que el más pequeño de
todos los santos. Notemos que él no dijo que era menos que los apóstoles; aunque sí
afirmó en 1 Corintios 15:9 que era “el más pequeño de los apóstoles”. Sin duda, el hecho
de que Pablo dijera esto en esta sección de Efesios, reviste mucha importancia. Sin este
versículo, todos nos inclinaríamos a pensar que los apóstoles eran unos grandes
hombres. ¿Por qué Pablo mencionó esto? Lo mencionó porque en este contexto él
exhortaba a los creyentes a andar como es digno del llamamiento de Dios. Al presentar
su exhortación, él se puso a sí mismo como ejemplo, diciendo que era menos que el más
pequeño de todos los santos. Si Pablo no hubiera expresado esto, estaríamos propensos
a justificarnos diciendo que él pudo andar así porque era un gran apóstol, pero nosotros
no tenemos esa capacidad. Al insertar estas palabras, Pablo no dejó lugar para excusas.
En 3:8 él parece decir: “Santos, no pensáis que yo soy más grande que vosotros. No; yo
soy más pequeño que vosotros. Y si una persona inferior a vosotros lo logró, sin duda,
vosotros también lo lograréis”. No debemos inventar pretextos, pues si Pablo pudo
recibir esta gracia, todos podemos recibirla; si él pudo andar como es digno del
llamamiento de Dios, nosotros también.

Muchos cristianos piensan que sólo ciertos creyentes, tales como Pedro, son “santos”, y
hablan de san fulano, san mengano, etc. Sin embargo, según los escritos del apóstol
Pablo, todos los creyentes somos santos, y como tales, no somos inferiores a Pablo.
Todos podemos vivir como él vivió.

La palabra griega traducida “apóstol” significa enviado. Si usted me enviara a Los


Angeles con un propósito, yo sería su apóstol, su enviado. En la Biblia, un apóstol es
alguien enviado por Dios. Aunque Juan el Bautista fue enviado por Dios, a él no se le
debe considerar el primer enviado en la economía neotestamentaria, pues su ministerio
se llevó a cabo durante un período transitorio. En la economía del Nuevo Testamento, el
Señor Jesús fue la primera persona que Dios envió, y por ende, El fue el primer apóstol
(He. 3:1). Más tarde, el Señor mismo envió a los doce. Sin embargo, los doce no fueron
los únicos enviados, pues en Juan 20:21 el Señor Jesús dijo a los discípulos: “Como me
envió el Padre, así también Yo os envío”. Este versículo comprueba que todos los
discípulos eran personas enviadas, lo cual significa que cada creyente es un enviado.
Incluso una hermana joven de escuela secundaria es enviada por el Señor para que
imparta a Cristo a sus maestros y a sus compañeros de clases. Del mismo modo, si usted
siente carga por uno de sus parientes y el Señor le envía a él con el propósito de
infundirle a Cristo, ¿no es usted un enviado de Cristo? Claro que sí; usted es un apóstol
de Cristo enviado a sus parientes. Incluso podemos ser apóstoles para nuestra propia
familia. Un día tal vez el Señor le envíe a usted a impartir algo de Cristo a su madre. En
este caso, usted es un apóstol para ella. Así que, en cierto sentido, todos somos apóstoles
del Señor, somos Sus enviados.

Asimismo, en cierto sentido todos los creyentes de Cristo son profetas. Contrario al
concepto de muchos cristianos, un profeta no es uno que principalmente predice el
futuro; él es más bien un portavoz de Dios. Según Hebreos 3, Moisés, quien fue llamado
por Dios y enviado a los hijos de Israel, fue un apóstol; él tipificaba a Cristo, el Apóstol
de Dios. Cuando el Señor lo llamó para enviarlo como apóstol, Moisés era tímido y se
consideraba a sí mismo uno que no sabía hablar bien. Entonces el Señor le respondió
que le daría a su hermano Aarón por profeta. Dios no hizo esto para que Aarón predijera
el futuro en nombre de Moisés, sino para que fuese su portavoz. Con esto vemos que el
ministerio de un profeta va a la par del ministerio apostólico. Moisés era el apóstol, y
Aarón, el profeta.
Por una parte, somos apóstoles, y por otra, profetas. Los jóvenes son enviados a las
escuelas como apóstoles, y cuando hablan por el Señor, son profetas. Del mismo modo,
si usted va a su madre con la carga de ministrarle a Cristo, usted es un apóstol; y cuando
habla de parte de El, usted es un profeta. Es vergonzoso ser cristiano por muchos años y
no ir a visitar a alguien con la carga de impartirle a Cristo. Es también vergonzoso ser un
cristiano y nunca hablarle a nadie en nombre de Cristo. Un creyente normal es un
apóstol y un profeta, o sea un enviado y un portavoz.

Supongamos que por la soberanía del Señor, algunos de ustedes se mudan a otra ciudad.
Allí infunden a Cristo en las personas y después de algún tiempo algunas llegan a ser
creyentes. Luego empiezan a reunirse como la iglesia en esa localidad. ¿Por medio de
quién se levantó esa iglesia? Fue levantada por los apóstoles que el Señor envió a esa
localidad. Además, estos enviados, debido a que también hablan de parte de Dios, son
también profetas.

Hago hincapié en esto debido a que los conceptos del cristianismo nos han afectado
bastante. En el catolicismo se ha elevado a Pedro a la categoría de papa, y a otros se les
ha dado posiciones elevadas en el llamado santo oficio. Sin embargo, todos los creyentes
estamos en el “santo oficio”, y a todos se nos podría llamar “papas”, pues esta palabra
simplemente significa “padre”. Si usted conduce una persona al Señor y la engendra con
Cristo, usted se convierte en el padre espiritual de ella. En ese sentido, por ser un
enviado y un profeta, usted es un “papa”, un padre. Asevero que todos los creyentes son
tales padres basándome en el hecho de que cada creyente es un enviado y un profeta. Si
usted no es un enviado ni un profeta, no es fiel al Señor ni le está siendo obediente.
Supongamos que el Señor lo envía a una región remota para que ministre Cristo a los
incrédulos de ese lugar. Esto significa que usted es el apóstol enviado a ese lugar. Y
puesto que es enviado a hablar por Dios, también es profeta. Cómo apóstol y profeta,
usted es el “papa”. Hasta el menor de los santos en el recobro del Señor puede ser
enviado y ser un “papa”, un padre genuino.

Con respecto a lo que es un apóstol y un profeta, todos hemos sido embotados por los
conceptos religiosos. Espero que este mensaje sea un fuerte antídoto para esta droga.
Cuando digo que todos somos apóstoles y profetas, lo digo en serio. Supongamos que
cierta hermana es enfermera en un hospital. ¿Creen ustedes que Dios desea que ella esté
ahí sólo para ser enfermera? ¡Claro que no! Dios la envía a ese hospital para que sea
apóstol y profeta. La autoridad de Dios siempre es dada a personas así. Si usted pone en
práctica su apostolado y su función de profeta, Dios estará con usted como su autoridad.
Muchas veces no tenemos autoridad porque no ejercemos nuestro apostolado. Ya sea
que estemos en la casa, en la escuela o en el trabajo, debemos ser personas enviadas por
el Señor a ministrar a Cristo en las personas al hablar por El.
No obstante, los apóstoles y los profetas deben llevar una señal particular que muestre
que lo son; esta señal es la revelación del misterio. Si se presenta delante de alguien sin
tener esta revelación, usted no es ni apóstol ni profeta. Cuando nos acercamos a las
personas con el propósito de llevarlas a Cristo, debemos decirles de manera apropiada
que hemos visto algo que ellas no han visto. Esta revelación nos da la confianza para
afirmar que somos enviados de Dios y Sus portavoces. Si un joven tiene tal revelación,
aunque su padre incrédulo tuviese un doctorado en física, él tendría la valentía de
decirle: “Papá, tú sabes mucho de física, pero no sabes nada de Cristo. Yo conozco a
Cristo porque he recibido la revelación acerca de El. Cristo es mi vida, El vive en mí; El
es uno conmigo y El es todo para mí”. Si tenemos dicha revelación, somos apóstoles y
profetas. ¿Acaso no hemos recibido la revelación acerca de Cristo y la iglesia? ¡Por
supuesto que sí! Entonces, visitemos a nuestros parientes y amigos y contémosles lo que
hemos visto.

A. En el espíritu

El versículo 5 declara que el misterio les fue revelado a los apóstoles y profetas en el
espíritu. La palabra “espíritu” en este contexto se refiere al espíritu humano de los
apóstoles y profetas, un espíritu regenerado en el cual habita el Espíritu Santo de Dios.
Puede considerarse un espíritu mezclado, el espíritu humano mezclado con el Espíritu
de Dios. Tal espíritu es el medio por el cual se da a los apóstoles y profetas la revelación
neotestamentaria acerca de Cristo y la iglesia. Necesitamos este espíritu para tener tal
revelación.

Cuando les hablemos a las personas acerca de Cristo y la iglesia, no debemos hablarles a
partir de nuestra mente, parte emotiva o voluntad; antes bien, desde nuestro espíritu
debemos contarles lo que hemos experimentado de Cristo y la iglesia. El principio que
rige en esto es que las emociones tocan las emociones, la mente toca la mente y la
voluntad toca la voluntad. Del mismo modo, sólo el espíritu puede tener contacto con el
espíritu. Si hablamos a partir de nuestra parte emotiva, no podremos tocar el espíritu de
los demás. Pero si hablamos empleando nuestro espíritu, tocaremos el espíritu de las
personas.

B. En cuanto a Cristo y la iglesia

La revelación que recibieron los apóstoles y profetas no se centra en aspectos


secundarios de la Biblia, sino en Cristo y la iglesia. Se deseamos impartir a Cristo en las
personas, es imprescindible que recibamos esta revelación.
II. EL MISTERIO DE CRISTO

En 3:4 Pablo habla del misterio de Cristo. El misterio de Dios en Colosenses 2:2 es
Cristo; mientras que el misterio de Cristo en Efesios 3:4 es la iglesia. Dios es un
misterio, y Cristo, quien es Su corporificación que lo expresa, es el misterio de Dios.
Además, Cristo también es un misterio, y la iglesia, la cual es el Cuerpo que lo expresa,
es el misterio de Cristo.

A. No fue dado a conocer en otras generaciones,


mas fue revelado en la era neotestamentaria

Este misterio estaba escondido en otras generaciones, pero ha sido revelado en la era
neotestamentaria. El misterio de Cristo, la iglesia, la cual es Su Cuerpo, estaba
escondido en la era del Antiguo Testamento. Ninguno de los santos de esa época sabía
nada acerca de este misterio. Sin embargo, en el Nuevo Testamento, este misterio se
revela a todos los creyentes por medio de los apóstoles y profetas. Hoy nuestro
ministerio consiste simplemente en llevar a cabo esta revelación.

B. La iglesia, el Cuerpo de Cristo

1. Compuesta de los gentiles, que son


coherederos y copartícipes de la promesa

Ya mencionamos que el misterio de Cristo es la iglesia, la cual es el Cuerpo de Cristo,


acerca de lo cual el versículo 6 declara que “en Cristo Jesús los gentiles son coherederos
y miembros del mismo Cuerpo, y copartícipes de la promesa por medio del evangelio”.
La palabra “coherederos” denota que en la economía neotestamentaria de Dios, los
gentiles escogidos y redimidos son herederos de Dios juntamente con los creyentes
judíos. La expresión “un mismo Cuerpo” denota que los gentiles salvos y los judíos
salvos juntamente son miembros del Cuerpo de Cristo, el cual es Su expresión. La
palabra “copartícipes” denota que los creyentes gentiles y los creyentes judíos
juntamente participan de las promesas de Dios dadas en el Antiguo Testamento con
respecto a todas las bendiciones de la economía neotestamentaria de Dios. El ser
coherederos está relacionado con la bendición de la familia de Dios; el ser miembros del
mismo Cuerpo, con la bendición del Cuerpo de Cristo, y el ser copartícipes de la
promesa, con la bendición de las promesas de Dios, como se ve en Génesis 3:15; 12:3;
22:18; 28:14; e Isaías 9:6. Tanto la bendición de la familia de Dios como la bendición del
Cuerpo de Cristo son específicas, mientras que la bendición de la promesa de Dios es
general y lo incluye todo.
2. Producto de las inescrutables riquezas de Cristo

La iglesia como Cuerpo de Cristo es producto de las inescrutables riquezas de Cristo


(3:8). La iglesia no se produce por medio de doctrinas ni de sistemas de organización. La
iglesia es el Cuerpo de Cristo y lo único que la puede producir es las riquezas de todo lo
que Cristo es.

3. Expresa la multiforme sabiduría de Dios a los principados y potestades


en los lugares celestiales

Conforme a la intención de Dios, la función de la iglesia es expresar la multiforme


sabiduría de Dios a los principados y potestades en los lugares celestiales (3:10), lo cual
es avergonzar a Satanás y sus seguidores. Las maquinaciones de Satanás le brindan a
Dios la oportunidad de expresar Su sabiduría de manera multiforme por medio de la
iglesia.

4. Conforme al propósito eterno


que Dios hizo en Cristo

La iglesia como Cuerpo de Cristo se produce en conformidad con el propósito eterno que
Dios hizo en Cristo en la eternidad pasada (3:11). La iglesia se forma no por casualidad,
sino conforme al plan eterno.

5. Con el propósito de que Dios


se imparta en el hombre

Dios obtiene la iglesia con el propósito de impartirse a Sus escogidos (3:9). Por tanto, la
iglesia como Cuerpo de Cristo es producto de la impartición divina.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE TREINTA

LAS RIQUEZAS DE CRISTO PRODUCEN LA IGLESIA

El capítulo tres de Efesios revela que el apóstol Pablo andaba como es digno del
llamamiento de Dios. Como uno que tenía tal andar, él era un prisionero, un
mayordomo y un ministro. En este capítulo Pablo nos dice que a los apóstoles y profetas
les fue dada la revelación del misterio de Cristo y la iglesia (v. 5). La revelación que
Pablo tuvo de Cristo fue principalmente una revelación de las inescrutables riquezas de
Cristo. Debido a que esta revelación gobernaba su andar, él no pudo cesar de hablar
sobre dichas riquezas. La predicación del apóstol se centraba en las riquezas de Cristo, y
no en las doctrinas. La riquezas de Cristo son lo que Cristo es para nosotros, tal como
luz, vida, justicia y santidad. Estas riquezas son inescrutables; no tenemos la capacidad
para sondearlas. Puesto que todos podemos ser apóstoles y profetas, es menester que
también nosotros recibamos una revelación de las inescrutables riquezas de Cristo.

Muchos cristianos tienen el concepto erróneo de que los apóstoles en la iglesia universal
y los ancianos en las iglesias locales son altos funcionarios que están por encima de los
llamados laicos, o creyentes comunes. Como mencionamos en el mensaje anterior, el
apóstol Pablo, consciente de este errado concepto, indica a propósito que los apóstoles y
los profetas no eran personas extraordinarias. Al contrario, ellos deben ser considerados
simplemente personas que toman la delantera entre los santos de las iglesias. Ellos son
los primeros en recibir la revelación de Cristo y la iglesia, en vivir a Cristo, en
experimentarlo y disfrutarlo y en impartir las riquezas de Cristo a otros. Si el disfrute de
las riquezas de Cristo sólo estuviera disponible a personas excepcionales de alto rango,
los demás no podríamos participar de ellas. En Efesios 3:8 Pablo dijo que él era menos
que el más pequeño de todos los santos, y a pesar de esto, él pudo predicar las
inescrutables riquezas de Cristo como evangelio. El hecho de que Pablo pudo hacer esto
indica que nosotros también podemos. Puesto que él era menos que nosotros, lo que
estuvo disponible para él, también lo está para nosotros.

Los apóstoles y los profetas no conforman una clase especial de creyentes; ellos son
creyentes ordinarios como nosotros. La única diferencia consiste en que ellos toman la
delantera. Lo mismo sucede con los ancianos de las iglesias locales. Los ancianos nos
son personas excepcionales de alto rango, superiores a los demás creyentes. No; ellos
sencillamente toman la delantera en la vida de iglesia. Es necesario que este concepto
penetre en nuestro ser.

En el recobro del Señor debemos abandonar todo concepto de rango. Entre nosotros no
hay ningún rango. Cuando mucho, hay creyentes que llevan la delantera en cuanto a
vivir a Cristo por causa de la vida de iglesia. En la iglesia no existe la clase alta o
especial; no tenemos líder. El Señor nos dice en Mateo 23:8-10, que El es nuestro único
líder y que todos nosotros somos hermanos. Tenemos que abandonar el concepto de que
los apóstoles y los profetas son personas especiales. Todos somos ovejas; los apóstoles,
los profetas y los ancianos simplemente llevan la delantera en poner el ejemplo de cómo
conocer a Cristo, disfrutarlo, obtener más de El por causa de la vida de iglesia, e
impartirlo a otros. Es cuestión de ser un ejemplo, no de tener rangos o posiciones.

I. LAS RIQUEZAS DE CRISTO

Para ser apóstoles, profetas, mayordomos, ministros e incluso prisioneros de Cristo,


necesitamos conocer las inescrutables riquezas de Cristo. Estas riquezas tienen como fin
producir la iglesia como plenitud de Cristo.

A. En tipos

Las riquezas de Cristo se pueden ver en tipos. No es fácil encontrar todos los tipos de
Cristo en el Antiguo Testamento. Algunos de ellos están ocultos. Por ejemplo, la tierra
que emerge de las aguas en Génesis 1:9 y 10 es un tipo de Cristo. Además de éste,
Génesis 1 contiene muchos otros tipos: la luz, el sol, las estrellas y los árboles. En otras
partes de la Biblia vemos que la vid, el manzano, el cedro y el ciprés son tipos de Cristo.
Las hierbas también tipifican a Cristo. Durante la Pascua, los hijos de Israel no sólo
comieron el cordero, sino también el pan sin levadura y las hierbas amargas. El trigo y la
cebada también son tipos de Cristo, lo mismo que la flor de alheña de Cantar de los
cantares. Además, algunas personas tipifican a Cristo, tales como Adán, Abel, Isaac,
Jacob, José, Moisés y Aarón. Los sacerdotes, los reyes y los profetas también lo tipifican.

Cuanto más estudio la Biblia, más me doy cuenta de lo poco que la conozco. Se podrían
dar cien mensajes acerca de Génesis 1, principalmente con respecto a los tipos de Cristo
que se hallan en este capítulo. La Biblia es muy profunda, y sólo cuando entramos en sus
profundidades podemos ver las riquezas que contiene. Debajo de la superficie de la
Biblia se hallan las riquezas de Cristo. Ellas son tan numerosas que resulta difícil
determinar cuántos tipos de Cristo hay en el Antiguo Testamento. Tan sólo este asunto
de la tipología revela muchas de las riquezas de Cristo.
B. En sombras

Además de los tipos, también hay sombras y figuras de Cristo. Aunque los tipos y las
sombras son similares en ciertos aspectos, ambos son como los rostros humanos, en el
sentido de que además de ser semejantes, también son distintos entre sí. Los tipos
consisten principalmente en personas y cosas que representan a Cristo, mientras que las
sombras aluden a representaciones de El en forma de rituales y prácticas contenidas en
el Antiguo Testamento. Según Colosenses 2:16-17, las reglas alimenticias, los ritos y los
días santos eran sombras. Esto muestra que las leyes, las ordenanzas y las ceremonias
que se realizaban en el Antiguo Testamento eran sombras que nos rinden un cuadro de
Cristo. Adán, Aarón y Moisés no eran sombras; ellos eran tipos. El día de sábado y la
luna nueva, por su parte, eran sombras. Aunque el sábado era un reposo, no era el
verdadero, pues el verdadero reposo es Cristo. Del mismo modo, la ley como testimonio
de Dios describía a Dios. Como descripción y explicación de Dios, la ley era un
testimonio de Dios. En esto, ella era una sombra de Cristo, quien es la verdadera
explicación, definición y testimonio de Dios.

C. En figuras

Una figura se refiere principalmente a una situación que presenta cierto cuadro. Por
ejemplo, una figura o cuadro de nuestra vida cristiana hoy día se puede ver en el hecho
de que los hijos de Israel vagaban por el desierto, pues nosotros a menudo vagamos sin
rumbo. La Pascua es otra figura. Aunque el cordero pascual es un tipo de Cristo, la
Pascua misma es una figura que muestra cómo Cristo, nuestra Pascua, nos salva del
juicio de Dios y nos alimenta con lo que El es. Por tanto, el cuadro de la Pascua es una
figura de Cristo.

Cristo es tan rico que para describirlo se necesitan no sólo los tipos, sino también las
sombras y las figuras. En el Antiguo Testamento, los tipos, las sombras y las figuras de
Cristo son descripciones, explicaciones y definiciones de lo que El es. Debemos estudiar
todos estos asuntos en las Escrituras si deseamos conocer las riquezas de Cristo.

D. En profecías

Las riquezas de Cristo también se pueden ver en las profecías. En la Biblia, la primera
profecía acerca de Cristo se halla en Génesis 3:15, un versículo que predice que Cristo
como simiente de la mujer heriría en la cabeza a la serpiente, Satanás. Esto implica que
Cristo nacería de una virgen, pues debía ser simiente de una mujer. Cristo no desciende
de un hombre; El es simiente de una mujer. Este versículo de por sí revela mucho de las
riquezas de Cristo.
En Isaías 9:6 encontramos otra profecía acerca de Cristo. Este versículo presenta siete
títulos acerca de El: Niño, Hijo, Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno y
Príncipe de paz. El Antiguo Testamento contiene muchas otras profecías importantes
acerca de Cristo. Aun el pequeño libro de Zacarías contiene muchas y detalladas
profecías acerca de El.

E. En el cumplimiento

Las riquezas de Cristo se pueden apreciar también en el cumplimiento de las profecías.


A veces, al cumplimiento en el Nuevo Testamento se le añade algo más. Por ejemplo, el
Antiguo Testamento revela que Cristo sería el cordero, pero nunca se le llamó el Cordero
de Dios. Sin embargo, en el cumplimiento de esta profecía, a El se le llama el Cordero de
Dios (Jn. 1:29). ¡Esta es una gran adición!

En mi juventud me inquietaba el hecho de que a veces los escritores del Nuevo


Testamento agregaran algo a las citas de las profecías del Antiguo Testamento que
hablan de Cristo. Me parecía que no debían ir más allá de lo que estaba escrito en el
Antiguo Testamento. Más tarde entendí que Cristo no puede ser limitado por las
profecías. Cuando Cristo vino, El cumplió más de lo que se había profetizado de El.
Además, la experiencia que tenemos de Cristo sobrepasa el cumplimiento de las
profecías. Así que, esto no se trata de añadir algo, sino de experimentar al Cristo
ilimitado. Conforme a nuestra experiencia, Cristo no sólo es el Cordero de Dios, sino
también el Cordero eterno. Vemos así que la profecía es breve, el cumplimiento es
extenso y la experiencia es eterna. Cuando experimentamos a Cristo en el cumplimiento
de lo que fue profetizado acerca de El, no le añadimos nada; más bien, entramos en la
experiencia eterna de las inagotables riquezas de Cristo.

F. Como plantas

Las plantas también representan las riquezas de Cristo. Sus riquezas se pueden ver en la
hierba, las flores, los granos y los árboles.

G. Como animales

Cristo no sólo es tipificado por los árboles y las plantas, sino también por los animales.
El cordero, la vaca, el águila, el león y la paloma son tipos de Cristo.

H. Como minerales

En la Biblia, muchos minerales muestran las riquezas de Cristo. Por ejemplo, el oro, la
plata, el bronce y las piedras preciosas, le tipifican.
I. Como personajes

Ya mencionamos que muchos personajes de la Biblia tipifican a Cristo; todos ellos


describen diferentes aspectos de las riquezas de Cristo. Podemos ver algunas de Sus
riquezas en Adán, otras en Abel y otras en José. A lo largo de la Biblia encontramos
muchos otros personajes que representan distintos aspectos de las riquezas de Cristo.

J. Como todas las cosas positivas del universo

Todas las cosas positivas del universo representan algo de Cristo. Por ejemplo, Cristo es
la verdadera fuerza de gravedad. Sin El, seríamos lanzados al espacio. Si Cristo no nos
sostuviera, no podríamos permanecer. El tiene el verdadero poder sostenedor. Según
Hebreos 1:3, El es quien sostiene todo el universo.

Debido a que todas las cosas positivas representan a Cristo, cuando El vino a la tierra, se
valió de muchas de ellas como representaciones de Sí mismo. Usó la puerta como una
figura de Sí mismo al decir: “Yo soy la puerta”. Cristo es la realidad de todo lo positivo
que se halla en el universo. El no sólo es la fuerza de gravedad, sino también el aire, la
luz y todas las cosas positivas.

K. Como las virtudes humanas


y los atributos divinos

Las riquezas de Cristo también comprenden las virtudes humanas así como los atributos
divinos. Cristo es el amor, la paciencia y el perdón verdaderos. Sin El no podemos amar,
ser pacientes, ni perdonar, ni siquiera a nuestro cónyuge. Pero cuando tenemos a Cristo,
poseemos todas las virtudes humanas y los atributos divinos.

II. LAS RIQUEZAS DE CRISTO


SIRVEN PARA PRODUCIR LA IGLESIA

A. Mediante la impartición divina,


en la que Cristo se infunde a los creyentes

Las riquezas de Cristo se nos han dado para que se produzca la iglesia. Esto sucede por
medio de una impartición divina, o sea, al impartirse Cristo en los creyentes. La iglesia
no se produce por medio de enseñanzas ni de organización, sino al distribuirse Cristo en
nosotros. Cuanto más de El se infunde en nosotros, más vida tenemos, más esta vida se
fortalece y se enriquece en nosotros, y más elevada es la vida de iglesia. Valoro mucho el
ministerio que imparte las riquezas de Cristo en los creyentes. Por medio de dicho
ministerio se produce una vida de iglesia adecuada, fuerte y elevada.
B. Al experimentar y disfrutar
los creyentes a Cristo

Las riquezas de Cristo producen la iglesia al experimentar y disfrutar los creyentes a


Cristo. Por parte de Cristo, es una impartición; y por nuestra parte, es cuestión de
experiencia y disfrute. Cuando experimentamos y disfrutamos al Cristo que se imparte
en nosotros, llegamos a formar parte de la vida adecuada de iglesia.

III. PARA EXPRESAR


LA MULTIFORME SABIDURIA DE DIOS

Las riquezas de Cristo también expresan la multiforme sabiduría de Dios (3:10). La


sabiduría divina es multiforme, es decir, tiene muchos aspectos y se expresa de muchas
maneras. Esta sabiduría es expresada a los principados y potestades en los lugares
celestiales, principalmente a los poderes malignos de Satanás. Dios desea mostrar a los
poderes satánicos lo sabio que El es. Así que, las riquezas de Cristo exhiben la sabiduría
de Dios de una manera multiforme, lo cual es conforme al propósito eterno de Dios
(3:11).

IV. DA POR RESULTADO LA PLENITUD DE CRISTO

Al experimentar nosotros las riquezas de Cristo lo que da por resultado es la plenitud de


Cristo, es decir, el Cuerpo como expresión de Cristo (1:23). El libro de Efesios menciona
tanto las riquezas de Cristo como Su plenitud. Un hombre alto y robusto que ha
disfrutado las riquezas alimenticias de Estados Unidos, es la plenitud de dicho país.
Durante los años de crecimiento y desarrollo, consume una cantidad considerable de
carnes, verduras y frutas, y por ello, al llegar a la edad adulta, se convierte en la plenitud
de Estados Unidos. Para llegar a esa etapa, dicho hombre tuvo que ingerir, digerir y
asimilar las riquezas del país. Asimiladas de esta manera, las riquezas llegaron a ser
parte de él. Del mismo modo, todos los aspectos de las riquezas de Cristo se convierten
en la plenitud de El sólo cuando nosotros ingerimos estas riquezas, las disfrutamos,
digerimos y asimilamos. Al absorber estas riquezas, llegamos a ser el Cuerpo de Cristo,
Su plenitud que lo expresa. De esta manera, el Cuerpo de Cristo está constituido por las
riquezas de Cristo que hemos disfrutado y asimilado. Por tanto, el Cuerpo es el
resultado, el producto, de la experiencia y el disfrute de las riquezas de Cristo.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE TREINTA Y UNO

LA IGLESIA EXHIBE LA SABIDURIA DE DIOS CONFORME A SU


PROPOSITO ETERNO

En este mensaje estudiaremos Efesios 3:9-13. El versículo 9 dice: “Y de alumbrar a todos


para que vean cuál es la economía del misterio escondido desde los siglos en Dios, que
creó todas las cosas”. El misterio de Dios es Su propósito escondido, el cual consiste en
impartirse a Sí mismo en Su pueblo escogido. Para esto existe la economía, o sea, la
dispensación, del misterio de Dios. Este misterio estaba escondido en Dios desde los
siglos (es decir, desde la eternidad) y por todas las eras pasadas, pero ahora se ha
revelado a los creyentes neotestamentarios.

I. LA SABIDURIA DE DIOS

El versículo 10 añade: “A fin de que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a
conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales”.
Este versículo habla de la sabiduría de Dios. El capítulo uno habla del poder de Dios (vs.
19-20); el capítulo dos, de la gracia de Dios (vs. 5-8); y el capítulo tres, de la sabiduría de
Dios. Dios es muy sabio, y el universo revela Su sabiduría.

Debemos ver la diferencia que existe entre la sabiduría y el conocimiento. En Colosenses


2:3 se mencionan los dos. La sabiduría es más elevada y más profunda que el
conocimiento. La sabiduría se requiere para iniciar algo, como por ejemplo, un nuevo
invento, mientras que el conocimiento se usa para implementarlo. Si alguien sólo tiene
conocimiento y carece de sabiduría, no podrá iniciar ni inventar nada. Dios es el
emprendedor por excelencia, y ha iniciado muchos proyectos, no por Su conocimiento
sino por Su sabiduría. Cuando El actúa para llevar a cabo lo que ha iniciado, manifiesta
Su conocimiento.

En nuestro caso, la sabiduría se halla en nuestro espíritu, mientras que el conocimiento


está en nuestra mente. Si uno no sabe cómo entrar en su espíritu, aunque tenga mucho
conocimiento, carecerá de sabiduría. Pero si es una persona que vive en el espíritu, será
sabio; además, tendrá conocimiento y prudencia en su mente.

El versículo 10 dice que la multiforme sabiduría de Dios es dada a conocer por medio de
la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales. Estos son los
principados y potestades angélicos, tanto buenos como malos. Este pasaje se refiere
particularmente a los seres malignos, es decir, a Satanás y sus ángeles. El Nuevo
Testamento revela que Satanás tiene su propio reino, sus ángeles y un dominio. El
dominio de Satanás se halla tanto en el aire como en la tierra. El libro de Daniel indica
que todas las naciones de la tierra están bajo el gobierno de Satanás en el aire. Por lo
tanto, por medio de la iglesia, Dios da a conocer Su sabiduría no tanto a los seres
humanos sino a los ángeles rebeldes que siguen al enemigo de Dios.

El versículo 8 revela que la iglesia es producto de las inescrutables riquezas de Cristo.


Cuando los escogidos de Dios participan y disfrutan de las riquezas de Cristo, éstas los
constituyen la iglesia, por medio de la cual Dios da a conocer Su multiforme sabiduría a
los principados y potestades angélicos que están en los lugares celestiales. Por
consiguiente, la iglesia es la sabia exhibición que Dios hace de todo lo que Cristo es.

Incluso la rebelión de Satanás ocurrió en la esfera de la sabiduría de Dios. Sin esa


rebelión Dios no habría podido dar a conocer Su sabiduría de manera plena. Si usted es
una persona llena de sabiduría, cuántos más problemas y dificultades tenga, más
sabiduría expresará. Pero si todo a su alrededor está tranquilo y sin problemas, usted no
tendrá ninguna oportunidad de expresar su sabiduría. De hecho, cuando todo está bien,
ni siquiera la necesita. Usted necesita problemas para poder exhibir su sabiduría.

Dios también necesita dificultades; incluso necesita un adversario, Satanás. Pocos


cristianos se dan cuenta de que Dios realmente necesita a Satanás. Dios nos necesita a
nosotros, pero necesita aún más a Satanás. Cuando era joven, me preguntaba por qué
Dios no había echado a Satanás al lago de fuego inmediatamente después de que éste se
rebeló contra El. Me preguntaba por qué Dios le dio tanta libertad. También me
preguntaba por qué Dios había puesto el árbol del conocimiento del bien y del mal en el
huerto de Edén. Si ese árbol no hubiera estado allí, el hombre no habría caído. Pero por
otro lado, sin Satanás y sin el árbol del conocimiento, la sabiduría de Dios no se habría
manifestado plenamente. Satanás y el árbol del conocimiento del bien y el mal le han
brindado a Dios muchas oportunidades para que El manifieste Su sabiduría de una
manera multiforme, es decir, de varias maneras y en muchos aspectos. La palabra griega
traducida “multiforme” denota que la sabiduría de Dios tiene muchos lados, aspectos y
formas. Y los problemas son el único medio por el que se manifiestan todos los aspectos
de la sabiduría de Dios.

Al escuchar esto, algunos tal vez dirán: “Entonces, démosle más problemas a Dios;
hagamos males para que vengan bienes”. Jamás debemos hablar así. Por otra parte, si
intentamos crear problemas o hacer males, tal vez nos daremos cuenta de que no
podemos. Por ejemplo, aunque es fácil ponerse de pie, es difícil dejarse caer a propósito.
Tenemos que comprender que no somos nada. Por nosotros mismos, no podemos ni ser
derrotados ni ser victoriosos. Si tratamos de no ser derrotados, tal vez seremos
derrotados; pero si queremos ser vencidos, tal vez nos demos cuenta que no podemos
ser vencidos.

Consideremos el caso de David, quien experimentó un terrible fracaso con respecto a


Betsabé. Si Dios no hubiera permitido que David cayera de esta manera, no habría
caído. El hecho de que David cayera, le dio a Dios la oportunidad de expresar Su
sabiduría. Fue mediante la caída y arrepentimiento de David, junto con el perdón de
Dios, que David obtuvo un hijo, Salomón, quien había de ser el constructor del templo.
Más tarde, David volvió a caer, esta vez con relación al censo que hizo del ejército de
Israel. Sin embargo, por medio de la segunda caída, David adquirió el sitio en que el
templo fue edificado. Para edificar el templo se necesitaban dos cosas: el constructor y el
sitio. Si leemos la Biblia con entendimiento, veremos que las caídas de David no se
originaron en él ni en Dios, sino en Satanás. Fue Satanás quien tentó a David para que
cometiera un acto inmoral y para que hiciera censo del ejército de Israel. Cuando David
cedió a esas tentaciones, Satanás se sintió complacido, pues se convenció de que había
hecho daño a un gran rey cuyo corazón estaba entregado totalmente a Dios. Sin
embargo, Satanás no sabía que sus tentaciones creaban oportunidades para que la
sabiduría de Dios se manifestara.

Todo lo que el enemigo de Dios hace, le brinda a Dios la oportunidad de desplegar Su


sabiduría. Si no hubiéramos sido envenenados y corrompidos, no habríamos necesitado
mucho a Dios ni habría sido necesaria Su salvación. Cuanto más pecaminosos, corruptos
y dañados somos, mayor es nuestra necesidad de Dios y mayor es la oportunidad que El
tiene de actuar en nuestro favor.

En el versículo 10 Pablo declara que la multiforme sabiduría de Dios es dada a conocer a


los principados y potestades en los lugares celestiales, por medio de la iglesia. La iglesia
es el Cuerpo de Cristo, los coherederos y los copartícipes, pero se compone de personas
que estaban arruinadas, corruptas y dañadas. Antes de que nosotros fuéramos salvos,
éramos víboras, serpientes venenosas, y también estábamos muertos en nuestros delitos
y pecados. Además, estábamos esparcidos y divididos, y nos era imposible ser uno. En
otras palabras, todos los miembros de la iglesia estábamos sin esperanza. No obstante,
Dios en Su sabiduría puede hacer de nosotros la iglesia. Ahora no sólo somos redimidos,
salvos, purificados, libres, emancipados y regenerados, sino que también estamos
unidos. Somos uno con Dios y uno los unos con los otros. Por lo tanto, somos la iglesia.

La iglesia es la mayor jactancia de Dios. Puede ser que usted no le dé tanta importancia
a la iglesia, pero a Dios le interesa mucho. A veces Dios tal vez diga: “Mira, Satanás, he
tomado a los que tú arruinaste y los he hecho la iglesia. ¿Tienes tú la sabiduría necesaria
para hacer algo así? Tú no tienes esta sabiduría, pero Yo sí la tengo”.

Después de que Dios creó al hombre y lo puso en el huerto, Satanás intervino,


convencido de que la mejor manera de dañar al hombre que Dios había creado para Sí
era inyectarle su naturaleza maligna. En la caída, Satanás como pecado entró en el
hombre, y, en muchos aspectos, hizo que el hombre fuera como él. Por eso la Biblia
llama al hombre caído generación de víboras. Al entrar en el hombre como pecado,
Satanás se hizo uno con él y le transmutó el cuerpo en carne. Pero un día, Dios se hizo
carne (Jn. 1:14). Con el tiempo Satanás hizo crucificar al que se había hecho carne.
Primero, Satanás instigó a Judas a que traicionara al Señor Jesús, y segundo, incitó a los
judíos y los gentiles a que colaboraran y crucificaran al Señor. Sin embargo, Satanás no
sabía que al llevar a Jesús a la cruz, se crucificaba a sí mismo. Como dice Hebreos 2:14:
“Así que, por cuanto los hijos son participantes de sangre y carne, de igual manera El
participó también de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tiene el
imperio de la muerte, esto es, al diablo”. El Señor Jesús, mediante Su propia muerte en
la cruz, destruyó a Satanás. ¡Qué admirable exhibición de la sabiduría de Dios! Este es
un aspecto de la sabiduría de Dios.

En 1 Corintios 1 encontramos otro aspecto de la sabiduría de Dios. En ese capítulo Pablo


dice que los griegos, el pueblo filosófico, buscaban sabiduría. Sin embargo, para
nosotros, los llamados de Dios, los que creemos en el Señor Jesús, la sabiduría es Cristo
mismo. Cristo es la sabiduría de Dios. En 1 Corintios 1:30 dice que por Dios estamos en
Cristo Jesús. Nosotros estamos en Cristo gracias a la sabiduría de Dios. Aunque no
puedo explicar cómo Dios nos puso en Cristo, tengo la profunda convicción y certeza de
que estamos en El. ¡Alabado sea el Señor porque todos estamos en El! En Su sabiduría,
Dios nos puso en Cristo.

Según 1 Corintios 1:30, Cristo es nuestra sabiduría con respecto a la justicia, la


santificación y la redención. Como nuestra justicia, Cristo puso fin a todo lo que tiene
que ver con nuestro pasado, el cual era totalmente injusto. Para nuestra situación
presente, Cristo es nuestra santificación, y para el futuro, El es nuestra redención. Un
día nuestro cuerpo será redimido, es decir, transfigurado. El hecho de que Cristo sea
nuestra justicia, santificación y redención requiere de mucha sabiduría de parte de Dios.
Aunque Cristo es nuestra justicia para el pasado, nuestra santificación para el presente y
nuestra redención para el futuro, El es también nuestra justicia, santificación y
redención diarias.

Para entender esto de manera adecuada, debemos ver el panorama completo de la


economía de Dios. Después de que Dios produjo la creación y de que el hombre cayó,
Dios se hizo carne mediante la encarnación. Luego, el Señor Jesús fue a la cruz y
crucificó allí la carne. Después de pasar por la muerte y la resurrección, El ascendió a los
cielos, y luego descendió y entró a nosotros como Espíritu vivificante para avivar
nuestro espíritu muerto y así regenerarnos. Habiéndonos regenerado, El ahora mora
como vida en nuestro espíritu. En esta vida, la vida divina, tenemos la ley de la vida, el
sentir de la vida y la comunión de la vida. Sin embargo, el Señor no sólo es vida para
nosotros, sino también nuestra unción interna. Además, El nos sella, nos satura, nos
unge y nos impregna continuamente. Mientras esto ocurre, espontáneamente le
vivimos, y El llega a ser nuestra justicia. Esta es la sabiduría de Dios. Debido a Su
sabiduría, Dios se puede gloriar ante Satanás de lo que ha hecho con el hombre corrupto
y dañado. ¿Había visto usted alguna vez que todo lo que somos como creyentes proviene
de la sabiduría de Dios? Sólo Dios tiene la sabiduría necesaria para dar inicio a algo tan
maravilloso como convertir personas pecaminosas y corruptas en miembros de Cristo.

Mediante la obra del Espíritu de vida, se lleva a cabo un cambio en nuestra misma
naturaleza. Es un cambio metabólico, un cambio que nos santifica y nos transforma. Por
tanto, Cristo no sólo es nuestra justicia, sino también nuestra santificación. Además,
diariamente somos redimidos, y un día seremos glorificados. Cristo es nuestra justicia,
santificación y redención, no sólo de manera objetiva, sino también subjetivamente, de
manera que El se mezcla con nosotros y nos cambia metabólicamente. Todo esto es un
testimonio de la multiforme sabiduría de Dios. Muchos aspectos de la sabiduría de Dios
se manifiestan en el hecho de que El hizo a Cristo nuestra justicia, santificación y
redención. La experiencia que tenemos de Cristo en estos asuntos es conforme a la
multiforme sabiduría de Dios.

La iglesia, por medio de la cual la sabiduría de Dios es desplegada de un modo tan


maravilloso, es la obra maestra de Dios. A los ojos de Dios, la iglesia es lo más
maravilloso del universo, pues por medio de ella se da a conocer la multiforme sabiduría
de Dios a Satanás y sus ángeles. Se acerca el día en que Satanás y sus ángeles serán
avergonzados. Ellos se darán cuenta de que todo lo que han hecho le ha brindado a Dios
la oportunidad para manifestar Su sabiduría. Según el mismo principio, nuestros
fracasos, errores, derrotas y equivocaciones también han brindado a Dios la
oportunidad para exhibir Su sabiduría. A nadie le gusta equivocarse; por el contrario, a
todos nos gusta hacer lo correcto. Sin embargo, aunque tengo la intención de actuar
correctamente, siempre cometo errores, incluso algunos muy serios. Obviamente
detesto estos errores; sin embargo, puedo testificar que ellos le han brindado a Dios la
oportunidad para mostrar Su sabiduría. Así que, puedo dar gracias al Señor por todos
mis errores.
Si examinamos nuestro pasado, veremos que hemos recibido más gracia por medio de
nuestros errores, que cuando hemos actuado sin errar. Aunque he cometido errores muy
serios, por medio de ellos he recibido mucha gracia y misericordia. Pareciera que la
cantidad de misericordia y gracia recibidas está en proporción con la gravedad de los
errores. ¡Aleluya, somos el pueblo escogido de Dios, y aun por medio de nuestros
fracasos El manifiesta Su multiforme sabiduría! Sin embargo, no debemos fallar
intencionalmente, con el fin de recibir la gracia y la misericordia de Dios.

II. EL PROPOSITO ETERNO DE DIOS

El versículo 11 dice: “Conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro
Señor”. El propósito eterno de Dios es el propósito de las edades, el propósito de la
eternidad, el plan que Dios hizo en la eternidad pasada. Este plan fue hecho en Cristo
con una intención triple: glorificar a Dios, bendecir a los escogidos de Dios y avergonzar
al enemigo de Dios. La intención principal del propósito divino es glorificar a Dios, es
decir, expresarle por medio de Sus escogidos. Esta es la mayor bendición que se nos ha
concedido. Esto avergüenza al enemigo de Dios por completo.

III. NUESTRA CONFIANZA,


ACCESO, SEGURIDAD Y GLORIA

El versículo 12 añade: “En quien tenemos confianza y seguro acceso por medio de la fe
en El”. En Cristo tenemos acceso, entrada, no sólo para acercarnos a Dios, sino también
para participar de Su economía neotestamentaria. Por medio de la fe de Cristo, tenemos
tal acceso, con confianza y seguridad para disfrutar a Dios y Su plan eterno. Tenemos
confianza en Cristo, acceso a Dios, seguridad en el propósito de Dios, e inclusive
tenemos la gloria que proviene de las tribulaciones del apóstol (v. 13).
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE TREINTA Y DOS

SER FORTALECIDOS EN EL HOMBRE INTERIOR


PARA QUE CRISTO HAGA SU HOGAR
EN NUESTROS CORAZONES

En este mensaje llegamos a Efesios 3:14-17, la primera parte de la segunda oración que
Pablo ofrece por la iglesia, una oración relacionada con la experiencia. En 1:15-23 el
apóstol ora pidiendo que los santos reciban revelación en cuanto a la iglesia, mientras
que en 3:14-21, pide que ellos experimenten a Cristo por causa de la iglesia.

I. EL APOSTOL PIDE EN ORACION


QUE EXPERIMENTEMOS A CRISTO

A. “Por esta causa”

El apóstol Pablo empieza su oración en el versículo 14 con las palabras “por esta causa”.
La causa por la cual Pablo ora está escondida en las profundidades del capítulo tres.
Hemos visto que en este capítulo, él se presenta a sí mismo como modelo de uno que ha
visto la economía de Dios. Pablo recibió la revelación de que la economía de Dios
consiste en que Dios se imparte en Sus escogidos para hacer de ellos la expansión, el
agrandamiento, de Cristo, quien es la corporificación de Dios, a fin de que Dios sea
expresado en plenitud. Pablo, habiendo recibido dicha revelación, llegó a ser un apóstol,
un enviado. El también fue un profeta, uno que hablaba de parte de Dios. Pablo no sólo
hablaba de parte de Dios, sino que también lo proclamaba. Como portavoz de Dios,
Pablo ministraba a los demás las inescrutables riquezas de Cristo, para que ellos
recibieran la misma revelación y llegaran también a ser apóstoles y profetas. Esto
significa que Pablo deseaba producir más apóstoles y profetas. Por causa de este
propósito, él sufrió encarcelamiento. Pero cuanto más era confinado en prisión, más
revelación recibía y más de Cristo podía ministrar a los creyentes para hacer de ellos
apóstoles y profetas. Todo esto constituía la causa por la cual Pablo oró en Efesios 3.

Cuando algunos oyen que todos los santos pueden ser apóstoles y profetas, tal vez se
pregunten acerca de lo dicho en 1 Corintios 12:29, un versículo que declara: ¿Son todos
apóstoles o todos profetas?” No todos son los apóstoles o los profetas; pero como dice 1
Corintios 14:31, todos podemos profetizar. Los apóstoles y los profetas son aquellos que
tomaron la delantera en el Nuevo Testamento. La diferencia entre nosotros y ellos es
que ellos fueron los líderes y nosotros los seguidores. Pero esto no significa que no
podamos hacer lo que los primeros apóstoles y profetas hicieron. Según el mismo
principio, la diferencia entre los ancianos y los demás miembros de una iglesia local
radica en que los ancianos toman la delantera, y los demás miembros siguen. Sin
embargo, esto no significa que los demás miembros no puedan hacer lo que hacen los
ancianos; por el contrario, todos los miembros deben hacer lo que hacen los ancianos, e
incluso más. ¡Cuán distinto es esto del concepto del cristianismo donde los laicos no
pueden hacer lo que hacen los ministros! Los ancianos no están en un nivel superior;
más bien, todos los miembros estamos al mismo nivel. La única diferencia es que los
ancianos llevan la delantera, como ovejas que van al frente del rebaño. Del mismo
modo, los apóstoles y profetas que presiden no están a un nivel más alto que los demás
santos. Ellos toman la delantera y todos nosotros los seguimos para hacer lo que ellos
hacen.

Cuando vine a este país, vine con una revelación acerca de Cristo y la iglesia. Habiendo
recibido tal revelación, fui enviado a acá para hablar de parte de Dios e incluso para
proclamar a Dios. Yo sencillamente soy un seguidor de los apóstoles y profetas del
Nuevo Testamento. Mi carga es que todos los santos lleguen a ser tales seguidores.
Espero que algún día miles serán enviados a hablar de parte de Dios. Aunque tal vez no
seamos de los primeros apóstoles, podemos ser sus seguidores. Del mismo modo, no
podemos ser los profetas, pero todos podemos profetizar. Todos podemos ser enviados y
todos podemos hablar de parte de Cristo. Qué privilegio, qué misericordia y qué gracia
es ser los seguidores de los primeros apóstoles y profetas.

B. Ante el Padre

En los versículos 14 y 15 Pablo dice: “Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre, de
quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra”. Notemos que Pablo no se
refiere a Dios, sino al Padre. El “Padre” aquí se usa en un sentido amplio, y denota no
sólo al Padre de la familia de la fe (Gá. 6:10), sino también al Padre de toda familia en
los cielos y en la tierra (v. 15). El Padre es el origen, no sólo de los creyentes, los cuales
fueron regenerados, sino también de todos Sus seres creados: la humanidad, (Lc. 3:38),
Israel, (Is. 63:16; 64:8), y los ángeles (Job. 1:6). Según el concepto de los judíos, Dios era
solamente Padre de ellos. Así que, el apóstol oró al Padre de toda familia en los cielos y
en la tierra, conforme a su revelación, y no como los judíos, que sólo oraban al Padre de
Israel, conforme al concepto judío.

Puesto que Dios es el origen de la familia angélica de los cielos y de todas las familias
humanas de la tierra, de El toma nombre toda familia, tal como los fabricantes dan
nombre a sus productos, y los padres, a sus hijos.
II. EL SER FORTALECIDOS

En el versículo 16 tenemos el tema de la oración de Pablo: “Para que os dé, conforme a


las riquezas de Su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por Su
Espíritu”. En contraste con la oración del capítulo uno, por la cual pide revelación, ésta
es una oración por la experiencia. La necesidad en el capítulo uno es que veamos lo
relacionado con el Cuerpo de Cristo, que veamos cómo el Cuerpo llega a existir y cómo
está constituido. Sin embargo, no es suficiente ver la revelación; también necesitamos
experimentar lo que vemos. Debido a que necesitamos experimentar a Cristo de una
manera subjetiva, Pablo oró que fuéramos fortalecidos con poder en el hombre interior.

A. Por el Padre,
conforme a las riquezas de Su gloria

En el versículo 16, la palabra “fortalecidos” es modificada por cuatro frases: “conforme a


las riquezas de Su gloria”, “con poder”, “en el hombre interior” y “por Su Espíritu”.
Primero, somos fortalecidos conforme a las riquezas de la gloria del Padre. La gloria es
la expresión de Dios. Juan 1:18 declara: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo,
que está en el seno del Padre, El le ha dado a conocer”. Cuando Dios nos es dado a
conocer, cuando nos es declarado, vemos la gloria, porque esta declaración de Dios es la
manifestación de Dios, la cual es la gloria. Cuando el Señor Jesús expresó a Dios en la
tierra, la gloria de Dios fue manifestada.

Todas las familias de los cielos y de la tierra expresan a Dios en cierta medida. En lo que
expresan de Dios, se ven las riquezas de la gloria de Dios. El apóstol oró para que los
creyentes gentiles experimentaran a Dios en plenitud conforme a las riquezas de la
gloria de Dios, a fin de que expresaran a Dios al experimentarle de manera cabal.

Entonces, ¿qué son las riquezas de la gloria de Dios? Las riquezas de la gloria del
versículo 16 están relacionadas con la frase “toda familia” mencionada en el versículo 15.
Toda familia expresa a Dios en cierta medida. Ya que el Padre es el origen o fuente de
toda familia en los cielos y en la tierra, cada familia es Su expresión. La familia que más
expresa al Padre es la familia de los creyentes. Por ello, Pablo oró al Padre pidiendo que
fuésemos fortalecidos con el propósito de que expresemos al Padre al máximo grado.

B. Con poder

También somos fortalecidos con poder. Este poder es el poder de resurrección


mencionado en 1:19-20; es el poder que opera en nosotros (3:20). Este poder levantó a
Cristo de entre los muertos, lo elevó a los cielos y puso todas las cosas bajo Sus pies. Con
tal poder, Dios nos fortalece.

C. Por Su Espíritu

Es mediante el Espíritu que el Padre nos fortalece. El nos fortalece con el Espíritu, el
cual mora en nosotros. Esto no significa que el Espíritu no esté con nosotros o que el
Espíritu tenga que descender desde los cielos para fortalecernos. El Espíritu que nos
fortalece ha estado con nosotros y en nosotros desde el momento en que nos regeneró, y
sigue con nosotros ahora mismo. Por medio del Espíritu que mora en nosotros, el Padre
nos fortalece por dentro.

D. En el hombre interior

El versículo 16 también dice que somos fortalecidos en el hombre interior. El hombre


interior es nuestro espíritu regenerado, cuya vida es la vida de Dios, es decir, es nuestro
espíritu, el cual fue regenerado por el Espíritu de Dios (Jn. 3:6), está habitado por el
Espíritu de Dios (Ro. 8:11, 16) y mezclado con el Espíritu de Dios (1 Co. 6:17). Para
experimentar a Cristo hasta la medida de toda la plenitud de Dios, necesitamos ser
fortalecidos en el hombre interior. Esto implica que tenemos que entrar en nuestro
espíritu, donde podemos ser fortalecidos por el Espíritu Santo.

Puesto que los seres humanos somos almas, y no espíritus, nuestra personalidad o
nuestra persona está en nuestra alma. Por esta razón, la Biblia se refiere a los hombres
como almas (Ex. 1:5; Hch. 2:41). Tanto el cuerpo como el espíritu son vasos usados por
el alma. Por tanto, como almas, tenemos un vaso exterior, el cuerpo, y un vaso interior,
el espíritu. Cuando nos arrepentimos y creímos en el Señor Jesús, El entró en nosotros y
nos regeneró consigo mismo como nuestra vida. Antes de ser regenerados, no teníamos
vida en nuestro espíritu; simplemente teníamos la vida humana en nuestra alma. Pero
mediante la regeneración, ahora tenemos la vida divina en nuestro espíritu. Así que,
nuestro espíritu ya no es simplemente un vaso, sino que ha llegado a ser nuestra
persona, quien posee la vida de Dios. Pero, ¿qué de nuestra vida humana y de nuestra
vieja persona que están en nuestra alma? La vieja persona, es decir, el alma que posee la
vida humana, fue crucificada, y ahora nuestra nueva persona es el espíritu, el cual
contiene la vida divina. Nuestro espíritu, que fue regenerado con la vida divina, es ahora
nuestro hombre interior.

Es muy difícil permanecer en el espíritu. Todos nosotros estamos acostumbrados a


salirnos del espíritu, en lugar de entrar en él y quedarnos ahí. Por experiencia puedo
testificar que no es mi tendencia permanecer en el espíritu. Puesto que es tan fácil
salirme del espíritu, sigo aprendiendo a permanecer en él. Cuando permanecemos en el
espíritu, somos fortalecidos; pero cuando nos salimos de él, nos debilitamos. ¿Han
observado cuán fácil es vagar en la mente cuando oramos? Cuando no estamos orando,
no pensamos en ciertas cosas, pero una vez que comenzamos a orar, es posible que
nuestros pensamientos se fijen en una cosa y luego en otra. Incluso, es posible viajar
rápidamente a otra parte del mundo. Por esta razón necesitamos ser fortalecidos en
nuestro hombre interior. Cuanto más experimentamos este fortalecimiento, más las
partes de nuestro ser interior se vuelven al espíritu, a nuestro hombre interior.

Necesitamos ser fortalecidos con el fin de permanecer en nuestro espíritu y no ser


distraídos por pensamientos acerca de tantas otras cosas. Si queremos orar sin ser
distraídos, debemos ser fortalecidos en nuestro hombre interior. ¡Cuánto necesitamos
ser fortalecidos para que todo nuestro ser regrese al hombre interior y permanezca ahí!

La revelación del capítulo tres de Efesios se puede ver únicamente cuando estamos en el
espíritu. Como dice el versículo 5, el misterio es dado a conocer a los apóstoles y profetas
en el espíritu. Ser fortalecido en el hombre interior es la clave para ver la revelación del
misterio. Necesitamos este fortalecimiento a fin de que todo nuestro ser sea traído de
regreso a nuestro espíritu.

En nuestro espíritu también somos llenos de las riquezas de Cristo hasta la medida de
toda la plenitud de Dios (v. 19). La palabra griega traducida “hasta” en el versículo 19
significa “dando por resultado”. El ser llenos de todas las riquezas de Cristo da por
resultado la plena expresión de Dios. Esta es la plenitud de Dios.

III. CRISTO HACE SU HOGAR


EN NUESTROS CORAZONES

La primera parte del versículo 17 dice: “Para que Cristo haga Su hogar en vuestros
corazones por medio de la fe”. Nuestro corazón está compuesto de todas las partes de
nuestra alma —la mente, la parte emotiva y la voluntad— más nuestra conciencia, la
parte principal de nuestro espíritu. Estas son las partes internas de nuestro ser. Por
medio de la regeneración, Cristo entró en nuestro espíritu (2 Ti. 4:22).
Subsecuentemente, debemos permitir que El se extienda a cada parte de nuestro
corazón. Nuestro corazón es la totalidad de todas nuestras partes internas y el centro de
nuestro ser; por tanto, cuando Cristo hace Su hogar en nuestro corazón, El controla todo
nuestro ser interior y suple y fortalece cada parte consigo mismo.

En el versículo 17 Pablo dice que es por medio de la fe que Cristo hace Su hogar en
nuestros corazones. La fe es lo que da sustantividad a lo que no se ve (He. 11:1). El hecho
de que Cristo mora en nosotros es misterioso y abstracto. Lo comprendemos no por
nuestros sentidos físicos, sino por el sentido de la fe.

Los tres primeros capítulos de Efesios tratan de la iglesia, y los últimos tres, del andar
digno del llamamiento de Dios por causa de la iglesia. Sin embargo, de hecho sólo los
primeros dos capítulos hablan de la iglesia, ya que el capítulo tres marca el principio de
la exhortación que Pablo da en cuanto a andar de una manera digna del llamamiento de
Dios. En Efesios 3 Pablo se presenta a sí mismo como modelo de uno que lleva a cabo el
propósito eterno de Dios con respecto a la iglesia. Si tuviéramos solamente los capítulos
uno y dos sin el capítulo tres, tendríamos la enseñanza e incluso la visión en cuanto a la
iglesia, mas no la manera de cumplir la visión. En el capítulo tres vemos cómo está
constituida la iglesia y cómo se experimenta de manera práctica. Este capítulo no
presenta la revelación de la iglesia ni simplemente el andar digno del llamamiento de
Dios por causa de la iglesia; más bien, habla de cómo la iglesia se constituye
prácticamente en la experiencia.

La vida de iglesia está constituida de personas que siguen el ejemplo del apóstol Pablo.
Todos debemos seguir a Pablo en cuanto a recibir la revelación en nuestro espíritu y a
ser fortalecidos en nuestro hombre interior. Cuando Pablo dobló sus rodillas ante el
Padre, él estaba tan fortalecido en su ser interior que nada podía conmoverlo ni
perturbarlo. Debido a que todo su ser se hallaba en su espíritu, nada externo podía
distraerlo. Nosotros también necesitamos ser fortalecidos al grado de que nada nos
pueda apartar de nuestro ser interior. Además, necesitamos que Cristo haga Su hogar en
nuestros corazones a fin de que El nos ocupe y posea por completo.

Cuando somos fortalecidos en nuestro hombre interior, y Cristo hace Su hogar en


nuestros corazones, podemos ver la revelación. Es menester que recibamos la misma
revelación que les fue dada a los primeros apóstoles y profetas. Pablo no puede recibir
esta revelación en nuestro lugar; tenemos que recibirla por nosotros mismos personal y
subjetivamente, al ser fortalecidos en nuestro hombre interior. Esta revelación acerca de
Cristo y la iglesia constituye la economía de Dios, el misterio escondido. Si somos o no
los apóstoles y profetas de hoy, depende de si tenemos o no la revelación. Si no tenemos
esta revelación, no podemos ser apóstoles ni profetas. Si yo hubiera llegado a este país
sin esta revelación, todo lo que he hablado habría sido en vano. Sin embargo, vine con la
revelación y me he expresado conforme a esta revelación. Esto me constituyó un
seguidor de los apóstoles y profetas en el ministerio neotestamentario de Dios. Hoy
todos los santos, incluyendo a los jóvenes, pueden ser tales seguidores.

Cuando fuimos salvos, Cristo entró en nuestro espíritu. Ahora debemos brindarle la
oportunidad de extenderse a todas las partes de nuestro ser. A medida que somos
fortalecidos en nuestro hombre interior, la puerta se abre para que Cristo se extienda en
nosotros, para que se extienda desde nuestro espíritu hasta nuestra mente, parte
emotiva y voluntad. Cuanto más se extiende Cristo en nosotros, más se establece en
nosotros y hace Su hogar en nosotros. Esto significa que El ocupa cada parte de nuestro
ser interior, que El posee todas estas partes y las satura consigo mismo. Como resultado
de esto, no sólo recibimos la revelación de Cristo, sino que también somos llenos de El.
Entonces, adonde quiera que vayamos, seremos los apóstoles, los que son enviados, y
los profetas, los que hablan de parte de Cristo.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE TREINTA Y TRES

COMPRENDER LAS DIMENSIONES DE CRISTO


Y CONOCER EL AMOR DE CRISTO

En este mensaje examinaremos los asuntos de comprender las dimensiones de Cristo y


de conocer el amor de Cristo (3:18-19). En el versículo 18 Pablo habla de la anchura, la
longitud, la altura y la profundidad, pero no dice a qué se refieren estas dimensiones.
Por supuesto ellas se refieren a Cristo. Debemos ser capaces de comprender con todos
los santos cuál sea la anchura, la longitud, la altura y la profundidad de Cristo.

LOS PASOS NECESARIOS PARA COMPRENDER


LAS DIMENSIONES DE CRISTO
Y CONOCER EL AMOR DE CRISTO

En los versículos del 16 al 19 se emplean las frases “para que” y “a fin de que” de la
siguiente manera: “para que os dé ... el ser fortalecidos ... en el hombre interior”, “para
que Cristo haga Su hogar en vuestros corazones”, “a fin de que ... seáis plenamente
capaces de comprender” y “para que seáis llenos hasta la medida de toda la plenitud de
Dios”.

En la primera ocasión, la frase “para que” alude al resultado de la oración de Pablo.


Pablo dobló sus rodillas ante el Padre y le pidió que nos concediera el ser fortalecidos en
nuestro hombre interior (vs. 14-16). Así que, el resultado de la oración de Pablo es que el
Padre nos conceda dicho fortalecimiento.

En el segundo caso, la frase “para que”, contenida en el versículo 17, alude a que Cristo
hace Su hogar en nuestros corazones por medio de la fe. Este es el resultado de ser
fortalecidos en nuestro hombre interior.

Algunas personas dicen que en el tercer caso, las palabras “a fin de que” son paralelas a
las palabras del segundo caso, pero yo estoy de acuerdo con los que afirman que se trata
de un resultado adicional; lo cual significa que las palabras “para que” del segundo caso
son el resultado del primero, que el tercero es el resultado del segundo, y que el cuarto
es el resultado del tercero.
En el capítulo tres Pablo oró que seamos fortalecidos. Si hemos sido fortalecidos en el
hombre interior, Cristo entonces puede hacer Su hogar en nuestros corazones, lo cual da
por resultado que somos capaces de comprender con todos los santos cuál sea la
anchura, la longitud, la altura y la profundidad de Cristo, y de conocer el amor de Dios,
que excede a todo conocimiento. El resultado de todo esto es que somos llenos hasta la
medida de toda la plenitud de Dios. Aquí vemos varios pasos: de la oración de Pablo
pasamos a ser fortalecidos; de ser fortalecidos, experimentamos a Cristo haciendo Su
hogar en nuestros corazones; y de esto procedemos a comprender, a conocer, y
finalmente, a ser llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios. Es por medio de
estos pasos que podemos comprender las dimensiones de Cristo y conocer Su amor, que
excede a todo conocimiento.

LA PLENITUD DE DIOS

La plenitud de Dios es la expresión de Dios. Hemos señalado que el Cuerpo no es las


riquezas de Cristo, sino Su plenitud (1:23). Al ingerir y digerir las riquezas de Cristo, las
asimilamos de manera metabólica. Por medio de este proceso de metabolismo llegamos
a ser la plenitud de Cristo, Su expresión. Muchos cristianos consideran que las riquezas
y la plenitud son sinónimos. Las riquezas de Cristo son los diferentes aspectos de Cristo
que se nos dan para nuestro disfrute, mientras que la plenitud es el resultado, el
producto, del disfrute de dichas riquezas. Por ejemplo, cuando comemos y digerimos las
riquezas alimenticias de Estados Unidos, llegamos a ser la plenitud de Estados Unidos.
Como tal plenitud, somos la expresión de Estados Unidos. Efesios 3:19 no dice que
somos llenos de todas las riquezas de Dios, sino que somos llenos hasta la medida de
toda la plenitud de Dios, lo cual quiere decir que somos llenos al grado de llegar a ser la
expresión de Dios. La expresión de Dios hoy es la iglesia, la cual es el Cuerpo, la plenitud
de Aquel que todo lo llena en todo. Por tanto, la plenitud de Dios mencionada en 3:19 es
la plenitud de Cristo, la cual es Su Cuerpo, en 1:23. El Cuerpo se forma al disfrutar
nosotros las riquezas de Cristo.

Los capítulos uno y dos abarcan la revelación de la iglesia, mientras que el capítulo tres
abarca la constitución de la iglesia. En este capítulo vemos que Pablo, quien llevaba la
delantera y era un modelo para los creyentes, recibió la revelación de las riquezas de
Cristo y participó de éstas. Las riquezas se forjaron en su ser de forma metabólica y lo
constituyeron parte del Cuerpo. Todos los que desean seguir a Pablo y ser los apóstoles y
profetas de hoy, tienen que ser iguales a Pablo en estos asuntos. Al forjarse las riquezas
de Cristo en la iglesia, la iglesia llega a ser la plenitud de Cristo y la plenitud de Dios.
Para que esto se llevara a cabo, Pablo oró que fuésemos fortalecidos en nuestro hombre
interior, con el fin de que Cristo hiciera Su hogar en nuestro corazón y ocupara,
poseyera, impregnara y saturara todo nuestro ser consigo mismo. De esta manera somos
llenos de Cristo y somos fortalecidos para comprender Sus dimensiones y conocer Su
amor, que excede a todo conocimiento. Un día, seremos tan llenos de Cristo que
llegaremos a ser la plenitud de Dios.

A medida que pasamos por todos estos pasos, debemos comprender las dimensiones de
Cristo. La palabra griega traducida “comprender” no significa solamente conocer, sino
también asir, es decir, echar mano de algo firmemente. Para poder asir las dimensiones
de Cristo, necesitamos a todos los santos; para esto debemos asir a Cristo de forma
corporativa.

LAS DIMENSIONES UNIVERSALES DE CRISTO

Las dimensiones de Cristo son la anchura, la longitud, la altura y la profundidad. Estas


son las mismas dimensiones del universo. Sólo Dios conoce las medidas del universo.
Nosotros podemos medir la distancia entre dos puntos del universo, por ejemplo, de la
tierra a la luna, pero no podemos medir el universo en sí. Así que, las dimensiones del
universo son también las dimensiones de Cristo.

Cristo es nuestro verdadero universo. En otra parte hemos expresado que Cristo es
nuestra tierra, nuestra buena tierra, así como también nuestro sol y nuestra estrella de
la mañana. Ahora, conforme al versículo 18, tenemos la confianza de afirmar que Cristo
es nuestro universo, porque Sus dimensiones son las dimensiones del universo. Efesios
1:23 habla de la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo, y 4:9 y 10 declara que Aquel
que descendió a lo más profundo de la tierra también ascendió por encima de todos los
cielos para llenarlo todo en todo. Cuando entremos en el cielo nuevo y la tierra nueva
para morar en la Nueva Jerusalén, todos comprenderemos que Cristo el Señor es
nuestro universo.

EXPERIMENTAR LA ANCHURA Y LA LONGITUD

En la experiencia que tenemos de Cristo, primero experimentamos la anchura de lo que


El es, y luego experimentamos la longitud; esto es horizontal. Cuando avanzamos en
Cristo, experimentamos la altura y la profundidad de Sus riquezas; esto es vertical.
Primero experimentamos al Cristo que se extiende como la anchura y la longitud; luego
le experimentamos como Aquel que se eleva como la altura y que desciende como la
profundidad. Como veremos, con el tiempo nuestra experiencia de Cristo debe llegar a
ser tridimensional, como un cubo.

Si sólo tenemos la longitud de Cristo, sin la anchura, nuestra experiencia será como una
línea recta, es decir, una experiencia larga y estrecha en extremo. Sin embargo, nuestra
experiencia no debe tener una sola dimensión, como una línea, sino que debe tener dos
dimensiones, como un cuadrado, y luego tres dimensiones, como un cubo. Es de gran
importancia que todos tengamos una experiencia de Cristo que sea de doble dimensión
o “cuadrada”. Si sólo tenemos una experiencia “lineal”, con el tiempo esta “línea”
avanzará en una sola dirección y llegará a un extremo. Los extremistas son aquellos que
permanecen en una sola “línea”, es decir, los que experimentan a Cristo en una “línea”
recta. Si experimentamos a Cristo apropiada y normalmente como la anchura y la
longitud, seremos guardados de caer en los extremos. No debemos avanzar demasiado
en la “línea” angosta y larga de la experiencia que tenemos de Cristo. Más bien, debemos
experimentarlo como un “cuadrado”, como la anchura y como la longitud. Al
experimentar a Cristo continuamente como la anchura y la longitud, nuestra experiencia
será como una “alfombra” sólidamente entretejida, y no una sola y larga “hebra”.

Algunos ejemplos ayudarán a aclarar este asunto. Por muchos años escuché a un gran
maestro de la Biblia. El conocía muy bien las Escrituras. Aunque dedicaba poco tiempo a
la oración, leía constantemente la Palabra y escribía notas en su Biblia. Después de
hablar de la Biblia por algunos minutos, se excusaba y se salía a fumar; luego regresaba
y reanudaba su estudio. En su caso había una línea de una sola dimensión, un énfasis
extremo en estudiar la Biblia, mas no una experiencia normal en la cual Cristo se
extendiera en dos dimensiones como un “cuadrado”.

Una hermana que vivía en mi pueblo natal también tenía una experiencia “lineal”. Ella
no leía la Biblia, pero dedicaba mucho tiempo a la oración. Entregada totalmente a la
oración, decidió ayunar y orar por muchos días. Al séptimo día, algunos hermanos y
hermanas acudieron a mí muy preocupados por la condición de ella. Cuando fuimos a
visitarla, ella estaba en cama, debilitada por los siete días de ayuno. Le pedimos que
cuidara su salud, pero nuestra sugerencia le ofendió. Al día siguiente, ella murió. Esto es
un ejemplo de cómo una experiencia “lineal” puede llevar a las personas a un extremo,
incluso a descarriarse. Tarde o temprano, toda experiencia “lineal” descarría. Por lo
tanto, necesitamos ser balanceados. Estos dos ejemplos muestran que debemos dedicar
tiempo tanto a la oración como al estudio de la Palabra.

Otra experiencia extrema tiene que ver con las reuniones de la iglesia. No hace mucho
tiempo, algunos de entre nosotros decidieron que ya no necesitaban las reuniones de la
iglesia y que preferían simplemente disfrutar al Señor en la casa. No tiene nada de malo
disfrutar al Señor en nuestros hogares, pero no debemos llevar esa experiencia a un
extremo. A otros, por el contrario, sólo les interesan las reuniones. En su vida cristiana
no dedican tiempo a la oración, ni al estudio de la Biblia, ni a disfrutar al Señor en el
hogar. Lo único que les interesa es las reuniones. Esto también es un extremo.
¡Qué fácil es tener experiencias “lineales”, de una sola dimensión! Da la impresión de
que muy pocos santos desean las experiencias de doble dimensión, a manera de
alfombra. Para tener una experiencia de Cristo que sea como una alfombra sólidamente
entretejida, debemos ser equilibrados en todo. Ser equilibrados equivale a ser
enriquecidos. Necesitamos tanto la anchura como la longitud; necesitamos
experimentar a Cristo en una dimensión doble, como un cuadrado.

Para experimentar a Cristo en Sus dimensiones universales, necesitamos la vida de


iglesia. Necesitamos experimentar a Cristo con todos los miembros del Cuerpo. En
particular, necesitamos las reuniones de la iglesia, porque ellas nos equilibran. Por
medio de los mensajes y los testimonios de los santos, somos balanceados. Si
experimentamos las dimensiones de Cristo en la vida de iglesia, gradualmente seremos
entretejidos hasta ser una “alfombra”. No debemos ser “hebras” finas y dispersas. Lo
que se necesita hoy no es “hebras”, sino una “alfombra” tejida mediante la equilibrada
experiencia que la iglesia tiene de Cristo.

Cuando experimentamos a Cristo de esta manera, nos damos cuenta de que Su anchura
y Su longitud son inmensurables. Cristo es inmensurable en Su extensión. A medida que
experimentamos a Cristo en Su extensión, nos damos cuenta de que las dimensiones del
universo son las mismas dimensiones de Cristo.

EXPERIMENTAR LA ALTURA Y LA PROFUNDIDAD

Después de experimentar la anchura y la longitud de Cristo, comenzamos a


experimentar Su altura y luego Su profundidad. No piensen que primero
experimentamos la profundidad de Cristo; no, primero ascendemos y luego
descendemos. Antes de llegar a la profundidad, primero debemos llegar a la altura. Las
experiencias espirituales de la profundidad de Cristo provienen de las experiencias que
tenemos de Su altura. Esto significa que primero crecemos hacia arriba y después somos
arraigados. Por consiguiente, el entendimiento apropiado de lo que es experimentar la
altura y la profundidad de Cristo es contrario a nuestro concepto natural, que antepone
la profundidad a la altura.

En la experiencia que tenemos de Cristo debemos avanzar de dos dimensiones a tres, es


decir, de un “cuadrado” a un “cubo”. Un cubo es sólido. Tanto en el tabernáculo como en
el templo, el Lugar Santísimo era un cubo. Las dimensiones de este cubo, tanto en el
tabernáculo como en el templo, eran respectivamente de diez codos y veinte codos. La
Nueva Jerusalén será un cubo eterno de doce mil estadios en tres dimensiones. La vida
de iglesia de hoy también debe ser un “cubo”. Además, la experiencia que tenemos de
Cristo en la iglesia debe ser “cúbica”, o sea, tridimensional, en la cual muchas líneas se
extienden en las tres direcciones. Cuando experimentamos a Cristo de manera
tridimensional, somos sólidos. En nuestra experiencia de Cristo primero somos un
“cuadrado” y luego un “cubo”. Una vez que llegamos a ser un “cubo”, ya no podemos
caer ni rompernos. Cristo es el “cubo” universal, y la vida de iglesia hoy también es un
“cubo”; no es una “línea” ni tampoco una “alfombra”. ¿Y qué de la experiencia que
tenemos de Cristo? Que el Señor abra nuestros ojos para ver que la experiencia que
tenemos de Cristo debe ser un “cubo”. A medida que avancemos horizontal y
verticalmente en nuestra experiencia, llegamos a tener un “cubo” sólido.

ARRAIGADOS Y CIMENTADOS EN AMOR

En el versículo 17 Pablo habla de ser “arraigados y cimentados en amor”. Nosotros


somos la labranza de Dios y el edificio de Dios (1 Co. 3:9). Como labranza de Dios,
necesitamos ser arraigados y crecer, y como edificio de Dios, necesitamos ser
cimentados y ser edificados. Por tanto, en el versículo 17 Pablo tenía en mente los
asuntos de la vida y la edificación. Cuando Pablo dice que hemos sido arraigados y
cimentados, indica que la vida y la edificación son el objeto de nuestra experiencia de
Cristo. Debido a que nosotros experimentamos el hecho de que Cristo haga Su hogar en
nuestros corazones y somos capaces de comprender las dimensiones de Cristo y conocer
Su amor, que excede a todo conocimiento, es imprescindible que tengamos tanto la vida
como la edificación. Todas las experiencias que tenemos de Cristo deben conducir a esta
meta.

Pablo dice específicamente que somos arraigados y cimentados en amor. Para


experimentar a Cristo necesitamos fe y amor (1 Ti. 1:14). La fe nos capacita para recibir y
experimentar a Cristo, y el amor nos capacita para disfrutarlo. Ni la fe ni el amor son
nuestros; son de El. Su fe viene a ser la fe con la cual creemos en El, y Su amor viene a
ser el amor con el cual le amamos. El amor en que somos arraigados y cimentados es el
amor divino que conocemos y experimentamos de una manera práctica. Con ese amor
amamos al Señor y con ese mismo amor nos amamos unos a otros. En ese amor
crecemos en vida y somos edificados en vida. El pensamiento de Pablo con respecto a la
relación que existe entre la experiencia de Cristo y los aspectos de la vida y la edificación
ciertamente es bastante profundo.

Cuanto más crecemos, más somos arraigados. Aunque esto se opone a nuestro concepto
natural, corresponde con nuestra experiencia. Si analizamos nuestra experiencia, nos
daremos cuenta de que hemos tenido la sensación de primero crecer y luego ser
arraigados. Mientras crecemos hacia arriba, somos más profundamente arraigados.
CONOCER EL AMOR DE CRISTO EN LA EXPERIENCIA

En la primera parte del versículo 19 Pablo dice: “Y de conocer el amor de Cristo, que
excede a todo conocimiento”. Aunque el amor de Cristo excede a todo conocimiento,
podemos conocerlo por medio de la experiencia. Según nuestra mentalidad, el amor de
Cristo excede a todo conocimiento, pero nuestra mente no puede conocerlo. No
obstante, en nuestro espíritu podemos conocer el amor de Cristo por medio de nuestra
experiencia.

El amor de Cristo es Cristo mismo. Así como Cristo es inmensurable, así también lo es
Su amor. No pensemos que el amor de Cristo es algo que pertenece a Cristo. Este amor
es Cristo. Ya que Cristo es inmensurable, Su amor excede a todo conocimiento; con
todo, lo podemos conocer en nuestro espíritu, no por el conocimiento, sino por la
experiencia. Comparar lo que hemos experimentado del inmensurable amor de Cristo
hasta ahora con todo lo que nos falta por experimentar, es como comparar una gota de
agua con el océano. Cristo en Sus dimensiones universales y en Su inmensurable amor
es como el inmenso e ilimitado océano y lo podemos experimentar.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE TREINTA Y CUATRO

SER LLENOS HASTA LA MEDIDA DE


TODA LA PLENITUD DE DIOS

En Efesios 3:19 el apóstol Pablo dice: “Para que seáis llenos hasta la medida de toda la
plenitud de Dios”. Cuando Cristo haga Su hogar en nuestros corazones, y cuando
seamos plenamente capaces de comprender con todos los santos las dimensiones de
Cristo y de conocer por experiencia Su amor, que excede a todo conocimiento, seremos
llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios. Dicha plenitud mora en Cristo (Col.
1:19; 2:9). Al morar Cristo en nosotros, El imparte continuamente el elemento de Dios
en nuestro ser. De esta manera, podemos ser llenos de Dios hasta dicha medida y llegar
a tal nivel, incluso a toda la plenitud de Dios. De este modo, cumplimos la intención de
Dios de que la iglesia sea la expresión de Dios.

Cuando las riquezas de Dios están en Dios mismo, son Sus riquezas, pero cuando estas
riquezas son expresadas, llegan a ser Su plenitud (Jn. 1:16). Cuando hablamos de la
plenitud de Dios, nos referimos a que las riquezas de todo lo que Dios es, han llegado a
ser Su expresión.

LA IGLESIA SE PRODUCE DE FORMA METABOLICA

Cuando entramos en las profundidades de 3:19, vemos que la plenitud de Dios es la


iglesia. El capítulo tres de Efesios no trata de la organización de la iglesia ni de su
formación, sino de la constitución de la iglesia. La iglesia ni se organiza, ni se forma; ella
se forja en nosotros metabólicamente al experimentar y disfrutar nosotros las riquezas
de Cristo. Para que la iglesia se produzca de manera práctica, necesitamos ser
fortalecidos en nuestro hombre interior. Luego, Cristo tiene que hacer Su hogar en
nuestros corazones; El debe ocupar todas las partes internas de nuestro ser y saturarlas
con Sus riquezas. Luego, necesitamos ser arraigados y cimentados en amor; arraigados
para el crecimiento y cimentados para la edificación. Después de esto, debemos
comprender las dimensiones de Cristo. Esto es experimentar a Cristo en Sus
dimensiones universales, tanto horizontal como verticalmente. Junto con todo esto,
llegamos a conocer en la experiencia el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento.
Como resultado de todas estas experiencias, somos llenos hasta la medida de toda la
plenitud de Dios. Por tanto, ser llenos hasta la medida de la estatura de la plenitud de
Dios es el fruto, el resultado, de las experiencias profundas, elevadas y ricas que
tenemos de Cristo descritas en Efesios 3.

LA DEFINICION MAS ELEVADA DE LA IGLESIA

La definición más elevada de la iglesia es que ella es la plenitud de Dios. Tal vez a
algunas personas les inquiete esta aseveración y se pregunten cómo la podemos
substanciar. En el versículo 21 Pablo afirma: “A El sea gloria en la iglesia y en Cristo
Jesús”. Según el contexto, la iglesia en este versículo es la plenitud de Dios del versículo
19. Cuando en nuestra experiencia somos llenos hasta la medida de toda la plenitud de
Dios, la iglesia llega a existir de manera práctica. Es entonces que Pablo declara: “A El
sea gloria en la iglesia”. Esta gloria es la expresión de Dios. Por lo tanto, en la plenitud
de Dios se encuentra la expresión de Dios. Por ende, la plenitud de Dios es la iglesia
como expresión de Dios.

Algunas traducciones del versículo 19 dicen: “...llenos de toda la plenitud de Dios”.


Según esta traducción, la plenitud de Dios tendría que ser el elemento, la esencia, con la
cual somos llenos. Pero éste es un entendimiento equívoco del versículo. Aquí Pablo dice
que seremos llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios, es decir, que seremos
llenos hasta que seamos la expresión de Dios.

LAS RIQUEZAS Y LA PLENITUD

Cuando comencé a hablar de la diferencia entre las riquezas de Cristo y la plenitud de


Cristo, algunos trataron de argumentar conmigo citando Juan 1:16: “Porque de Su
plenitud recibimos todos, y gracia sobre gracia”. Me dijeron: “Juan 1:16 declara que
todos hemos recibido de Su plenitud. ¿No se refiere esta plenitud a las riquezas de
Cristo? ¿Cómo entonces hace usted distinción entre las riquezas de Cristo y la plenitud
de Cristo?” Sin embargo, cuando Cristo estaba en la tierra con Sus discípulos, ¿dirían
ustedes que las riquezas de Dios estaban con El, o que la plenitud de Dios estaba con El?
Si las riquezas hubieran estado con El, mas no la plenitud, algo habría faltado; no habría
habido algo completo. Por ejemplo, supongamos que un frasco de vidrio contiene sólo
unas cuantas piezas de deliciosos caramelos. Ese frasco contendría una parte de las
riquezas de los caramelos, mas no la plenitud. Sin embargo, después de que el frasco es
lleno de caramelos, no sólo tendrá las riquezas sino también la plenitud. Si el frasco está
lleno parcialmente, no portará la expresión de los caramelos. Ya que la plenitud es la
expresión, sin la plenitud no hay expresión. Sólo cuando los caramelos llenan el frasco
hasta el tope, se tendrá la plenitud como expresión de las riquezas.
Cuando el Señor Jesús vino, no hay duda de que El trajo consigo todas las riquezas de
Dios. Sin embargo, El no sólo tenía las riquezas de Dios, sino también la plenitud de
Dios. Por esta razón Juan 1:16 dice que todos hemos recibido de Su plenitud; no dice
que hemos recibido de Sus riquezas. Si usted tomara un caramelo de un frasco repleto
de dulces, no lo tomaría de las riquezas del frasco, sino de su plenitud.

La plenitud es la totalidad de las riquezas. En griego, la palabra traducida “plenitud”


denota totalidad. Así que, es correcto traducir esta palabra griega como “totalidad”. La
palabra griega traducida “de” en Juan 1:16 significa “proveniente de” o “sacado de”. Por
tanto, todos hemos recibido de la plenitud de Cristo, de la totalidad de las riquezas de
Dios.

En la noche, antes de acostarme, a menudo me deleito con un vaso de una bebida rica en
proteínas, preferiblemente si está lleno hasta el borde. Al beber del vaso, participo de la
plenitud de la bebida nutritiva que está en él. Cuando Cristo vino, El no vino
parcialmente lleno de las riquezas de Dios; al contrario, estaba lleno hasta rebosar. Así
que, la plenitud, la totalidad de lo que Dios es, estaba presente en El. Esta plenitud, esta
totalidad, es la expresión de Dios. El Señor Jesús era como un vaso, y las riquezas de
Dios con las cuales estaba lleno hasta la medida de la plenitud de Dios, eran como la
bebida de proteínas. Los discípulos no sólo recibieron de las riquezas de Dios, sino
también de Su plenitud.

ASIMILAR METABOLICAMENTE
LAS RIQUEZAS DE CRISTO

En el Nuevo Testamento, la plenitud es lo que se expresa a través de la totalidad de las


riquezas. Esta es la razón por la cual Pablo, en Efesios 3:8, menciona las inescrutables
riquezas de Cristo, y en 1:23 y 4:13, habla de la plenitud de Cristo. Las riquezas de Cristo
son los diversos aspectos de lo que Cristo es, mientras que la plenitud de Cristo es el
resultado, el fruto, de nuestro disfrute de esas riquezas. A medida que disfrutamos las
riquezas de Cristo, las asimilamos metabólicamente. Luego ellas nos constituyen la
plenitud de Cristo, el Cuerpo de Cristo, la iglesia, como Su expresión. Así que, la
plenitud de Cristo mencionada en 1:23 es la plenitud de Dios mencionada en 3:19.
Cuando los creyentes experimentan las riquezas de Cristo son hechos nuevos
metabólicamente, o sea, reciben una nueva constitución, lo cual produce la plenitud de
Dios .

Para asimilar metabólicamente a Cristo, tenemos que ser fortalecidos en nuestro


hombre interior. Además, debemos permitir que Cristo haga Su hogar en nuestros
corazones, es decir, que ocupe, posea y sature metabólicamente cada parte de nuestro
ser con todo lo que El es. Entonces seremos arraigados para crecer en vida y cimentados
para ser edificados. Además, seremos capacitados para asir a Cristo en Sus dimensiones
universales de manera práctica. Juntamente con esto, conoceremos por experiencia el
amor de Cristo, que excede a todo conocimiento. Cuando hayamos experimentado a
Cristo a tal grado, seremos llenos de las riquezas de Cristo hasta la medida de toda la
plenitud de Dios. Todo esto tiene como fin que la iglesia sea constituida de manera
práctica como Cuerpo de Cristo para Su expresión.

LA NECESIDAD DE TENER UNA VISION

Todos debemos tener la visión de cómo se constituye la iglesia. ¡Cuánto necesitamos ser
fortalecidos en nuestro hombre interior! Cada fibra de nuestro ser necesita ser
fortalecida en el hombre interior; ninguna parte debe permanecer en una condición
débil. Necesitamos ser fortalecidos para que el Cristo que mora en nosotros se extienda
a todo nuestro ser y haga Su hogar en nuestras partes internas. A medida que Cristo se
extiende dentro de nosotros, El satura metabólicamente cada parte de nuestro ser con
todo lo que El es. Entonces somos arraigados y cimentados en amor, asimos las
dimensiones de Cristo y conocemos Su amor, que excede a todo conocimiento.
Finalmente, somos llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios, la cual es la
iglesia. ¡Cuán elevada es la revelación acerca de la iglesia!

A la luz de tal visión, vemos que es totalmente erróneo considerar la iglesia como un
edificio material donde se celebran “cultos”. Tampoco es adecuado considerar que la
iglesia es simplemente la ekklesía, o asamblea de los que Dios llamó. Aunque hoy
muchos cristianos usan el término “el Cuerpo de Cristo”, pocos tienen una comprensión
clara del significado de este término. El Cuerpo de Cristo es la expresión de Cristo. Es
también la plenitud de Cristo, que es la plenitud de Dios. La plenitud de Dios llega a
existir de manera práctica al ser nosotros fortalecidos en nuestro hombre interior, al
hacer Cristo Su hogar en nuestros corazones, al ser nosotros arraigados y cimentados en
amor, al experimentar nosotros las dimensiones del Cristo inmensurable y al conocerlo
como el amor que excede a todo conocimiento. Una vez que somos llenos de todas las
riquezas de Cristo y saturados metabólicamente de todo lo que El es, llegamos a ser la
plenitud de Dios. Ciertamente esta definición de la iglesia es la más elevada.

Sólo recibiendo dicha visión sabemos verdaderamente lo que es la iglesia. Aunque los
capítulos uno y dos de Efesios nos dan una definición de la iglesia, esta definición no es
suficiente. Necesitamos que el capítulo tres nos muestre que la iglesia está constituida
metabólica y orgánicamente por las riquezas del Cristo vivo. No es sino hasta el capítulo
tres que la iglesia llega a existir de manera práctica y real. Como hemos visto, en este
capítulo la iglesia llega a existir como expresión de Dios, es decir, como plenitud de
Dios. Es entonces que Pablo proclama una sublime alabanza, incluso una doxología: “A
El sea gloria en la iglesia”. Ahora que la iglesia ha llegado a existir de una manera
práctica, Cristo puede ser glorificado en la iglesia. Dicha iglesia no es simplemente la
reunión de los llamados de Dios; es la plenitud misma de Dios.

EL EFECTO DE LA VISION

Todos necesitamos tal visión, tal revelación. Si recibimos esta visión, nuestro ser
cambiará. Si estamos llenos de esta visión y salimos a hablar de parte de Dios,
ciertamente seremos los enviados de Dios y Sus portavoces. Seremos los apóstoles y los
profetas de hoy.

Esta visión revela la manera única en que el Señor edifica Su iglesia. Es solamente
cuando tenemos esta visión que el Señor puede llevar a cabo dicha edificación en la
tierra. Han transcurrido diecinueve siglos de historia cristiana, y ¿qué ha conseguido el
Señor? Si analizamos la situación actual, veremos que muy pocos han recibido la visión
del capítulo tres de Efesios. Que el Señor nos dé la carga de orar: “Señor, ten
misericordia de mí. Necesito ver esta visión. Necesito ver la plenitud de Dios y la manera
en que ella se produce. Señor, muéstrame la constitución de Tu Cuerpo; muéstrame
cómo es constituida la iglesia, de una manera práctica”. Una vez que recibimos esta
visión, seremos personas diferentes. Seremos apóstoles y profetas. Adondequiera que
vayamos, iremos como enviados, y cuando hablemos de esta visión, seremos los
portavoces de Dios que imparten a Cristo en las personas por causa de la economía
divina.

Puedo testificar que yo vine a este país con esta visión y con una carga específica. Los
que han estado conmigo a través de los años pueden testificar que no he cambiado mis
conceptos ni mi mensaje. En diversos aspectos y desde distintos ángulos he proclamado
una sola cosa: que la economía de Dios consiste en que Dios se imparte en Su pueblo
escogido para constituirlo la expresión de Cristo. Como hemos visto en este mensaje,
esta expresión es la plenitud de Dios.

SER LLENOS HASTA QUE SEAMOS


LA EXPRESION DEL DIOS TRIUNO

En estos versículos del capítulo tres de Efesios, que tratan de la economía de Dios y
cómo ésta produce la plenitud de Dios, se puede ver al Dios Triuno. El Padre (v. 14)
contesta y cumple la oración del apóstol por medio del Espíritu (v. 16), para que Cristo,
el Hijo (v. 17), haga Su hogar en nuestros corazones. De esta manera somos llenos hasta
la medida de la plenitud del Dios Triuno. Esta es la impartición del Dios Triuno en todo
nuestro ser por la cual nosotros llegamos a ser Su expresión.

Según Efesios 3, el Dios Triuno no debe ser objeto de debates doctrinales; El se revela
como el Dios que se imparte en los creyentes a fin de que sean llenos hasta la medida de
la plenitud, no sólo del Padre, ni sólo del Hijo, ni sólo del Espíritu, sino de Dios. Pablo
pide que el Padre nos fortalezca por Su Espíritu, para que Cristo haga Su hogar en
nuestros corazones y ocupe plenamente nuestro ser interior, a fin de que seamos llenos
hasta la medida de la expresión del Dios Triuno. ¡Cuán glorioso y maravilloso es esto!
Esta es la economía de Dios, Su impartición. Esto es también la revelación
neotestamentaria de Dios, nuestro ministerio y el recobro del Señor.

LA IGLESIA ES LA PLENITUD CORPORATIVA DE DIOS

Hemos visto que la plenitud de Dios es Su expresión. Según Juan 1:16, la plenitud de
Dios vino con Cristo, quien es la corporificación de la plenitud de Dios (Col. 2:9; 1:19).
Con relación a Cristo, la expresión se manifestaba a nivel individual. Por lo tanto, esta
expresión necesitaba agrandarse, extenderse, del aspecto individual al aspecto
corporativo. Hoy la iglesia debe ser la plenitud de Dios de una manera corporativa. Dios
no se expresa en la iglesia por medio de individuos, sino colectivamente por medio del
Cuerpo, por medio de los creyentes que juntos han sido llenos de las riquezas de Cristo.
Por consiguiente, la plenitud de Dios está corporificada en la iglesia. La iglesia como
corporificación de la plenitud de Dios es la expresión del Dios Triuno. Esta es la iglesia
en el recobro actual del Señor.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE TREINTA Y CINCO

DIOS ES GLORIFICADO EN LA IGLESIA Y EN CRISTO

En este mensaje examinaremos Efesios 3:20-21, donde dice: “Ahora bien, a Aquel que es
poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o
pensamos, según el poder que actúa en nosotros, a El sea gloria en la iglesia y en Cristo
Jesús, en todas las generaciones por los siglos de los siglos. Amén”. Estos versículos son
una doxología, la alabanza más sublime que se haya descrito en las epístolas
neotestamentarias. Dicha alabanza sólo pudo ofrecerse después de que la iglesia llegó a
existir de manera práctica.

Como mencionamos en el mensaje anterior, en el versículo 19 vemos que la iglesia es la


plenitud de Dios. Esta plenitud es el resultado o fruto de las riquezas de Cristo que
hemos experimentado. Después de que se produce la iglesia de esta manera, el apóstol
Pablo emite una doxología en los versículos del 20 al 21, en la que atribuye gloria a Dios
en la iglesia y en Cristo Jesús. Sólo hasta que se produce la iglesia como plenitud de Dios
se puede manifestar la gloria de Dios.

EL CUMPLIMIENTO DE LO QUE
DIOS DIJO EN CUANTO A LA IGLESIA

A pesar de que la iglesia ha estado en la tierra por más de diecinueve siglos, todavía no
ha llegado al punto de ser la plenitud de Dios. La definición más elevada de la iglesia es
que ella es la plenitud de Dios. Debemos reconocer que nosotros todavía no hemos
experimentado la iglesia como plenitud de Dios, como la expresión plena de Dios. No
obstante, creemos que un día la iglesia llegará a ese nivel. El hecho de que el Señor nos
ha revelado esto en cuanto a la iglesia, indica que El lo cumplirá. La palabra del Señor
no volverá a El vacía (Is. 55:11). Todo lo que El dice, lo cumple. Por ejemplo, cuando
Dios habló algo en Génesis 1, lo que dijo se cumplió. Por tanto, creemos que lo dicho por
el Señor en cuanto a la iglesia como plenitud de Dios se cumplirá. Y no sólo creemos en
esto, sino que también lo reclamamos y oramos conforme a ello. Debemos orar: “Señor,
Tú dijiste que la iglesia es Tu plenitud; ahora debes cumplir lo que has dicho”. Cuando la
iglesia llegue a ser la plenitud de Dios en la tierra , podremos proclamar juntamente con
Pablo: “A El sea gloria en la iglesia y en Cristo Jesús”.
LA MANERA EN QUE DIOS
ES GLORIFICADO EN LA IGLESIA

Las palabras “a Aquel” del versículo 20 comunican la idea de que algo procedió
inicialmente de Dios y que ahora vuelve a El. Pablo pide en su oración al Padre que
fortalezca a los santos conforme a las riquezas de Su gloria. Esto implica que la gloria de
Dios se forja en los santos. En la doxología, Pablo dijo: “a El sea gloria” (v. 21), lo cual
implica que la gloria de Dios vuelve a El después de forjarse en los santos. Primero, la
gloria de Dios se forja en nosotros; luego, regresa a Dios para glorificarlo. Vemos un
ejemplo de esto en el caso de Isaac y Rebeca. Las riquezas de Isaac fueron dadas primero
a Rebeca para embellecerla; luego, estas riquezas volvieron a Isaac con Rebeca para la
glorificación de él (Gn. 24:47, 53, 61-67). El apóstol oró pidiendo que Dios fortaleciera a
los santos conforme a Su gloria. Luego, la gloria de Dios, después de ser forjada en ellos,
vuelve a El juntamente con los santos fortalecidos. Esta es la manera en que Dios es
glorificado en la iglesia.

En el versículo 16 vimos que Pablo pide que el Padre, conforme a las riquezas de Su
gloria, nos fortalezca con poder en el hombre interior. Ser fortalecidos conforme a la
gloria implica que la gloria de Dios se forja en nuestro ser. Esta es la única manera de
ser fortalecidos conforme a la gloria de Dios. Supongamos que una persona físicamente
débil es fortalecida conforme a otra que está fuerte. Esto significaría que la fuerza de la
persona fuerte se forja en las fibras mismas de la débil. En el mismo principio, ser
fortalecidos en el hombre interior conforme a la gloria del Padre, significa que Su gloria
se forja en nuestro ser. Primero, la gloria llega a nosotros, y luego, regresa a Dios.
Cuando la gloria entra en nuestro ser, somos llenos y fortalecidos; y cuando regresa a
Dios, El es glorificado en la iglesia.

La expresión griega traducida “ahora bien” en el versículo 20, significa “en vista del
hecho de que” o “basándose en lo anterior”. En los versículos 20 y 21 Pablo parecía
decir: “Ahora que la iglesia ha llegado a existir como plenitud de Dios, Dios puede ser
glorificado en ella. Antes, era imposible que la gloria volviera a Dios; pero ahora es
posible, porque la iglesia ha llegado a ser la plenitud de Dios de manera práctica”.

Esta palabra griega puede traducirse “pero” o “ahora bien”. En cualquiera de los casos la
palabra reviste mucha importancia. “Pero” sugiere que la gloria que llegó a nosotros y
que se forjó en nuestro ser, vuelve a Dios junto con nosotros, mientras que las palabras
“ahora bien” sugieren que, en vista de que la iglesia ha llegado a existir como plenitud de
Dios, Dios puede ser glorificado en la iglesia en cualquier momento. Ambas expresiones
son correctas.
La iglesia es la gloria de Dios, la cual llega a nosotros juntamente con El y vuelve a El
juntamente con nosotros. En tal iglesia se da un tráfico de doble sentido por medio del
cual la gloria de Dios se forja en nuestro ser y Dios es glorificado en nosotros. A este
tráfico hace alusión la frase “ahora bien”.

MUCHO MAS ABUNDANTEMENTE DE LO QUE PEDIMOS O PENSAMOS


CON RESPECTO A LA IGLESIA

En el versículo 20 Pablo habla de “Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas
mucho más abundantemente de lo que pedimos o pensamos”. En el sentido estricto, las
palabras “pedimos o pensamos” se refieren a las cosas espirituales relacionadas con la
iglesia, y no a las cosas materiales. En cuanto a las cosas espirituales, no solamente
debemos pedir, sino también pensar. Tal vez pensamos más de lo que pedimos. Dios no
sólo cumple lo que pedimos por la iglesia, sino también lo que pensamos con respecto a
ella, y El es poderoso para hacer mucho más abundantemente de lo que pedimos o
pensamos, según el poder que actúa en nosotros.

El poder con el que Dios puede hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo
que pedimos o pensamos, como se revela en el versículo 20, difiere de Su poder creador.
El versículo 20 no se refiere a la creación, sino a la iglesia. A menudo escucho a los
santos citar el versículo 20 cuando testifican de que Dios los ha bendecido con cosas
materiales. Citar este versículo con dicho propósito equivale a aplicarlo de una manera
incorrecta. Pablo no se refiere a lo que Dios hace por nosotros externamente, sino a lo
que El opera en nosotros internamente. El menciona en específico “el poder que actúa
en nosotros”, refiriéndose al poder interior, el poder de resurrección que se menciona en
Efesios 1:19 y 20.

El poder creador de Dios produce las cosas materiales que están a nuestro alrededor
(Ro. 8:28), mientras que Su poder de resurrección realiza en nuestro ser interior las
cosas espirituales para la iglesia. Que Dios nos conceda un buen empleo no requiere que
el poder de resurrección opere en nosotros. El hecho de que Dios sea poderoso para
hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o pensamos no
está relacionado con lo que El hace en nuestro entorno, sino con la obra orgánica y
metabólica que lleva a cabo dentro de nosotros. A veces, según nuestro entorno, Dios
parece no hacer nada por nosotros. Quizás oramos para que nos den un ascenso en el
trabajo, y en lugar de ello, nos despiden. Pero mientras estamos desempleados Dios
opera en nosotros para que Cristo haga Su hogar en nuestros corazones. Cuando todo lo
que nos rodea es favorable, Cristo tiene muy pocas oportunidades de extenderse a
nuestros corazones. Pero cuando somos puestos en situaciones difíciles, el Señor tiene
más oportunidades de extenderse en nuestro ser. Desde nuestra perspectiva, creemos
que es benéfico que nuestras circunstancias nos favorezcan; pero desde la perspectiva
del Señor, tal vez sea mejor que nos encontremos en dificultades, pues es entonces
cuando El tiene mayores oportunidades para obrar en nosotros.

La acción de pedir y pensar mencionada en el versículo 20 debe aplicarse a la iglesia.


Debemos pedir y pensar con respecto a ella, no acerca de cosas triviales relacionadas
con nuestras circunstancias. Nuestras peticiones y pensamientos deben centrarse en la
economía de Dios, la cual consiste en que El se imparte en nosotros a fin de producir la
iglesia como expresión de Cristo. Cuando pedimos y pensamos lo que beneficia a la
iglesia, Dios siempre hará todas las cosas mucho más abundantemente de lo que
pidamos o pensemos. Debemos pedir y pensar de manera que contribuya a que Cristo
haga Su hogar en nuestros corazones y que la iglesia se llene hasta la medida de toda la
plenitud de Dios. Si pedimos y pensamos así, ciertamente estaremos en el espíritu, y
todo lo que pidamos con respecto a la iglesia será contestado de una manera
superabundante. ¡Cuánto debemos pedir y pensar acerca de la iglesia!

DIOS ES GLORIFICADO EN CRISTO

El versículo 21 dice: “A El sea gloria en la iglesia y en Cristo Jesús, en todas las


generaciones por los siglos de los siglos. Amén”. La gloria de Dios se forja en la iglesia, y
El es expresado en ella. Así que, a Dios es la gloria en la iglesia, es decir, Dios es
glorificado en la iglesia.

Dios no sólo es glorificado en la iglesia, sino también en Cristo. Por consiguiente, la


conjunción “y” se usa para dar énfasis a esto. En la iglesia, la esfera en la que Dios es
glorificado es estrecha, se limita a la familia de la fe; mientras que en Cristo, la esfera es
mucho más amplia, porque Cristo es la Cabeza de todas las familias de los cielos y de la
tierra (1:22; 3:15). Así que, la glorificación de Dios en Cristo está en la esfera de todas las
familias creadas por Dios, no solamente en la tierra, sino también en los cielos. La esfera
de Cristo, además de ser más amplia que la de la iglesia, es un ámbito eterno, como lo
indica la frase “en todas las generaciones por los siglos de los siglos”. Todas las
generaciones y los siglos de los siglos constituyen la eternidad. Dios es glorificado en la
iglesia principalmente en esta edad y es glorificado en Cristo por la eternidad.

La iglesia es solamente una de las muchas familias que hay en el universo. Las demás
familias comprenden la familia angélica, la familia humana y la familia de Israel. Según
el versículo 15, Dios es el origen de la familia angélica en los cielos y de todas las familias
humanas en la tierra; por supuesto, también lo es de la iglesia, que es la familia de los
creyentes. Decir que Dios es glorificado en la iglesia significa que El es glorificado
solamente en una de las muchas familias. Sin embargo, afirmar que Dios es glorificado
en Cristo, implica que El es glorificado en Cristo como Cabeza de todas las cosas. Cristo
es Cabeza de los ángeles, de la humanidad, de Israel y también de la iglesia. Si Dios
fuese glorificado únicamente en la iglesia, Su glorificación no sería completa; por ello se
requiere que El sea glorificado también en Cristo.

Dios no sólo será glorificado en esta era, la era de la iglesia, sino también en la era
venidera, la del reino, y por los siglos de los siglos, o sea, por la eternidad. No obstante, a
fin de que Dios sea glorificado en todas las edades, desde la edad presente hasta la
eternidad, Dios debe ser glorificado en la iglesia y también en Cristo.

LA IGLESIA ES LA PRIMERA EN GLORIFICAR A DIOS

La iglesia, la familia de los creyentes, es la primera en dar gloria a Dios el Padre, al


permitir que la gloria de Dios se forje en ella. Para que la gloria de Dios se forje en
nosotros, necesitamos ser fortalecidos en el hombre interior conforme a las riquezas de
la gloria de Dios. Entonces esta gloria llegará a nosotros, y, después de forjarse en
nuestro ser, volverá a Dios juntamente con nosotros. Por medio de este tráfico de doble
sentido, la iglesia es la primera en darle gloria a Dios. En todo el universo, nosotros los
creyentes somos las primicias. Si tomamos la iniciativa en glorificar a Dios, todas las
demás familias del cielo y de la tierra harán lo mismo y también le glorificarán.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE TREINTA Y SEIS

GUARDAR LA UNIDAD DEL ESPIRITU

Efesios 4:1 dice: “Yo pues, prisionero en el Señor, os ruego que andéis como es digno de
la vocación con que fuisteis llamados”. Este versículo repite en parte lo que dice 3:1,
donde empieza la exhortación que el apóstol hace en los capítulos del cuatro al seis. Esto
indica que 3:2-21 es una sección parentética.

ANDAR COMO ES DIGNO


DEL LLAMAMIENTO DE DIOS

El libro de Efesios está dividido en dos secciones principales. La primera, compuesta de


los capítulos del uno al tres, revela las bendiciones y la posición que la iglesia ha
obtenido en Cristo en los lugares celestiales. El capítulo tres en particular revela que la
iglesia se produce de manera práctica al forjarse en ella las riquezas del Cristo vivo. La
segunda sección, que comprende los capítulos del cuatro al seis, nos exhorta en cuanto a
el vivir y la responsabilidad que la iglesia debe tener en el Espíritu sobre la tierra. El
encargo básico es que debemos andar como es digno del llamamiento, el cual es la
totalidad de las bendiciones dadas a la iglesia, según se revela en 1:3-14. En la iglesia, y
bajo la bendición abundante del Dios Triuno, los santos deben andar como es digno de
la elección y predestinación del Padre, la redención del Hijo y del sello y las arras del
Espíritu.

Al andar como es digno del llamamiento de Dios, la iglesia debe vivir de cierta manera y
asumir ciertas responsabilidades. Por lo tanto, en los capítulos del cuatro al seis vemos,
por un lado, la vida que la iglesia debe llevar, y por otro, la responsabilidad que debe
asumir.

Cuando Pablo exhortó a los santos a andar como es digno del llamamiento de Dios, lo
hizo basándose en su condición de prisionero en el Señor. El hecho de que era apóstol de
Cristo por la voluntad de Dios le autorizó para presentar la revelación acerca de la
iglesia, es decir, para hablar del misterio de Cristo. Por otro lado, el hecho de que era
prisionero en el Señor le hizo apto para exhortarnos a andar como es digno del
llamamiento de Dios. El vivir de Pablo era digno del llamamiento de Dios; además, él
asumió la responsabilidad exigida por dicho llamamiento.
En 3:1 Pablo se llama a sí mismo “prisionero de Cristo Jesús”, mientras que en 4:1 dice
que él es “prisionero en el Señor”. Ser prisionero en el Señor es más profundo que ser
prisionero del Señor. En calidad de prisionero, Pablo es un modelo para aquellos que
desean andar como es digno del llamamiento de Dios.

GUARDAR LA UNIDAD DEL ESPIRITU

Para andar como es digno del llamamiento de Dios, para tener la vida apropiada del
Cuerpo, lo primero que debemos hacer es ocuparnos de la unidad. Debemos guardar la
unidad del Espíritu. Esto es crucial y vital para el Cuerpo de Cristo.

Hablando con propiedad, la unidad es diferente de una simple unión. Una unión se
forma cuando muchas personas se juntan, mientras que la unidad, es una sola entidad,
el Espíritu que está en los creyentes y hace que ellos sean uno. Algunos cristianos
experimentan cierta clase de unión, pero los que estamos en el recobro del Señor
valoramos la unidad mucho más que la unión. En el recobro no estamos unidos, es
decir, no hemos formado cierta clase de unión, sino que somos uno. Nuestra unidad es
una persona, el Señor Jesús mismo, quien como Espíritu vivificante es hecho real en
nosotros. Hoy el Señor es el Espíritu vivificante que está en nosotros, y este Espíritu es
nuestra unidad. Por consiguiente, nuestra unidad es una persona, pero esta persona no
está fuera de nosotros, en los cielos, como algo objetivo, sino subjetivo, o sea, mora en
nosotros como nuestra propia vida.

Esta unidad es similar a la electricidad que corre por muchas lámparas y las hace brillar
como si fueran una sola. Aunque tal vez en una habitación haya docenas de lámparas, la
electricidad que corre en ellas las hace una sola. Por sí mismas las lámparas no son una
sola, ni están unidas para formar una sola unidad. La electricidad que circula en las
lámparas constituye la unidad de ellas. Esta electricidad no une a las lámparas, sino que
ella misma es su unidad. En sí, las lámparas son individuales y están separadas, pero en
la electricidad ellas encuentran su unidad. El mismo principio aplica a los creyentes de
Cristo. El Espíritu que mora en nosotros es nuestra unidad.

En 4:3 a esta unidad se le llama “la unidad del Espíritu”. La unidad del Espíritu es de
hecho el Espíritu mismo. En el ejemplo de la electricidad y las lámparas, la unidad de la
electricidad es la electricidad misma. No existe otro elemento, aparte de la electricidad,
que sea la unidad de la electricidad. La unidad de la electricidad es simplemente la
electricidad misma. Según el mismo principio, la unidad del Espíritu no es algo aparte
del Espíritu; es el Espíritu mismo. La unidad que está en nosotros y entre nosotros es el
Espíritu vivificante. Por consiguiente, guardar la unidad equivale a guardar el Espíritu
vivificante.
Muchos cristianos hablan de la unidad, pero pasan por alto al Espíritu. Esto indica que
para ellos la unidad es algo separado del Espíritu. Por ello, cuanto más hablan de la
unidad, más se dividen. Algunos creyentes inclusive discuten de manera carnal sobre el
tema de la unidad. No es necesario hablar tanto de la unidad. La unidad es como una
paloma; si no hablamos de ella, se queda con nosotros, de lo contrario, sale volando.
Cuando hablamos mucho acerca de la unidad, corremos el peligro de perderla. La
unidad no se guarda hablando de ella, sino permaneciendo en el Espíritu vivificante.
Mientras amemos al Señor y lo recibamos continuamente, guardaremos la unidad, pues
como lo hemos recalcado, la unidad es la persona misma de Cristo como Espíritu
vivificante.

Guardar la unidad del Espíritu denota que ya tenemos al Espíritu. Si no lo tuviéramos,


¿cómo podríamos guardarlo? Con todo, la mayoría de los cristianos viven casi siempre
separados del Espíritu. Cualquier acción que se tome fuera del Espíritu vivificante,
causa división. Cuando somos uno con el Espíritu, vivimos según El y lo hacemos todo
en El, guardamos la unidad sin ningún esfuerzo. Pero cuando actuamos fuera del
Espíritu, nos dividimos y perdemos la unidad. Por ello, en vez de exhortarles a ustedes a
que hablen de la unidad, les animo a que presten atención al Espíritu vivificante, quien
es el Señor mismo en nosotros como vida.

HUMILDAD, MANSEDUMBRE Y LONGANIMIDAD

El versículo 2 dice: “Con toda humildad y mansedumbre, con longanimidad,


soportándoos los unos a los otros en amor”. Ser humilde es permanecer en un nivel
bajo, y ser manso significa no pelear por uno mismo. Debemos ejercitar estas dos
virtudes al tratar con nosotros mismos. Tener longanimidad es sufrir el maltrato.
Debemos ejercitar esta virtud al relacionarnos con otros. Por medio de estas virtudes
nos sobrellevamos los unos a los otros, es decir, no rechazamos a los que causan
problemas, sino que los sobrellevamos en amor. Esta es la expresión de la vida.

La palabra “toda” modifica a las dos palabras, humildad y mansedumbre. Esto no


significa que hayan diferentes clases de humildad y mansedumbre, sino que debemos
ser humildes y mansos en todas las cosas. Así que, debemos guardar la unidad del
Espíritu con toda humildad y mansedumbre.

El problema, sin embargo, consiste en que nosotros mismos no podemos ser ni


humildes ni mansos. Si somos sinceros, reconoceremos que no poseemos la humildad ni
la mansedumbre verdaderas. Por el contrario, tendemos a exaltarnos a nosotros mismos
y a defender nuestra causa. Además, así como no tenemos humildad ni mansedumbre,
tampoco tenemos longanimidad y no podemos sobrellevar a otros en amor. A pesar de
todo, Pablo nos exhorta a que tengamos un andar tan digno como éste que describe
aquí.

Si queremos guardar la unidad del Espíritu, nuestra humanidad debe ser apropiada,
debe ser una humanidad llena de humildad, mansedumbre y longanimidad, una
humanidad que sobrelleve a otros en amor. Si no tenemos dicha humanidad como
nuestro “capital”, no podremos operar el “negocio” de guardar la unidad del Espíritu. El
hecho de que en el versículo 2 las virtudes se mencionan antes de la unidad del Espíritu,
a la que se refiere el versículo 3, indica que debemos tener estas virtudes si queremos
guardar la unidad del Espíritu.

UNA HUMANIDAD TRANSFORMADA

Si deseamos tener las virtudes mencionadas en el versículo 2, necesitamos una


humanidad transformada. En nuestra humanidad natural no tenemos humildad,
mansedumbre ni longanimidad; estas virtudes se encuentran únicamente en nuestra
humanidad transformada, es decir, en la humanidad de Jesús. En Mateo 11:29 el Señor
dijo que El era manso y humilde de corazón. La mansedumbre y la humildad son
características de la humanidad de Jesús. Toda humildad o mansedumbre que creamos
tener es falsa y no pasará ninguna prueba. ¡Alabado sea el Señor que hoy podemos tener
la humanidad de Jesús, la cual se halla en Su vida de resurrección! Cuanto más somos
transformados, más de la humanidad de Jesús tenemos, y al poseer la humanidad del
Cristo resucitado, espontáneamente tendremos las virtudes necesarias para guardar la
unidad del Espíritu.

UN CUADRO DE LA VERDADERA UNIDAD

El tabernáculo y sus cuarenta y ocho tablas hechas de acacia y revestidas de oro,


presentan un cuadro de la unidad genuina inherente al Dios Triuno. En sí mismas, las
tablas estaban dispuestas de manera que quedaban separadas, pero el oro que las cubría
las hacía una sola entidad. Las barras que mantenían unidas las tablas también eran de
acacia y estaban cubiertas de oro. Como hemos señalado en otra parte, las barras de oro
representan al Espíritu que une; la madera de acacia representa la humanidad; y el oro
representa la naturaleza divina. Dentro del Espíritu que une se encuentra el elemento
humano, lo cual indica que el Espíritu que une no es simplemente el Espíritu Santo de
Dios, sino el Espíritu Santo mezclado con nuestro espíritu.

El espíritu mezclado se puede ver en Romanos 8, donde leemos en el versículo 4: “Para


que el justo requisito de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la
carne, sino conforme al espíritu”. Este espíritu es el espíritu humano mezclado con el
Espíritu Santo de Dios. Además, el versículo 16 declara: “El Espíritu mismo da
testimonio juntamente con nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”. Este versículo
apunta claramente al espíritu mezclado, es decir, al Espíritu Santo que se ha mezclado
con nuestro espíritu humano. En el espíritu mezclado, que es el elemento constitutivo de
las barras unificadoras, se halla la humanidad transformada, en la cual están las
virtudes de humildad, mansedumbre y longanimidad.

Por muchos años traté de ser manso y humilde, pero fracasé rotundamente. Con el
tiempo aprendí que la humildad, la mansedumbre y la longanimidad mencionadas en
4:2 no forman parte de nuestra humanidad natural, sino que son características de la
humanidad transformada, la humanidad de Jesucristo. Esta humanidad con todas sus
virtudes es tipificada por la madera de acacia contenida en las barras unificadoras. Esto
indica que en el Espíritu unificador se halla la humanidad transformada, es decir,
nuestra humanidad transformada por la vida de resurrección de Cristo.

LA TRANSFORMACION Y LA UNIDAD

Para guardar la unidad del Espíritu, se requiere la transformación. Por ende, no


debemos esperar que un nuevo creyente guarde la unidad del Espíritu; de hecho, es
inútil exhortarlo a que lo haga, porque para guardar la unidad del Espíritu se requiere
transformación. Si no hemos sido transformados, no tendremos la humildad ni la
mansedumbre necesarias para guardar la unidad. Cuanto más hemos sido
transformados, más adquirimos espontáneamente la humildad, la mansedumbre y la
longanimidad; estas virtudes llegan a ser nuestra heredad por medio de la
transformación.

Los cristianos infantiles o inmaduros no pueden guardar la unidad del Espíritu; sólo una
persona transformada puede hacerlo. Los que son naturales y carnales no tienen la
capacidad de ser mansos, humildes ni longánimos; no hay nada en ellos que los capacite
para guardar la unidad. Por tanto, deseo recalcar una vez más que Efesios 4:2 deja
implícita la necesidad de ser transformados. Todos los problemas que tenemos con
relación a la unidad se deben a que somos muy naturales, carnales, y a que nos
centramos en nosotros mismos. Pero si hemos sido transformados, guardaremos la
unidad espontáneamente, porque en nuestra humanidad transformada poseemos la
humildad, la mansedumbre y la longanimidad necesarias para hacerlo.

EL VINCULO DE LA PAZ

El versículo 3 habla de guardar la unidad del Espíritu “en el vínculo de la paz”. Cristo
abolió en la cruz las diferencias ocasionadas por las ordenanzas. Al hacerlo, El hizo la
paz por causa del Cuerpo. Esta paz debe unir a todos los creyentes y, por tanto, debe
llegar a ser el vínculo de nuestra unidad.

Antes de que Cristo fuera crucificado, no había paz entre los judíos y los gentiles. Según
Efesios 2:15, Cristo hizo la paz entre todos los creyentes al abolir en Su carne las
ordenanzas que los dividían y al crear de los creyentes judíos y gentiles un solo y nuevo
hombre. Además, en la cruz Cristo acabó con todas las cosas negativas que existían entre
nosotros y Dios, lo cual significa que también hizo la paz entre el hombre y Dios. Ahora
ya no hay separación entre los creyentes judíos y los creyentes gentiles, ni entre nosotros
y Dios. No obstante, en la época en que se escribió Efesios, algunos creyentes judíos
todavía sostenían el concepto de que debían permanecer separados de los creyentes
gentiles. Por esta razón Pablo declaró que la pared intermedia de separación había sido
derribada, y que los creyentes judíos y los creyentes gentiles tenían que ser uno. De otro
modo, no podía haber unidad, y sin la unidad, el Cuerpo no puede existir. Por tanto, en
4:3 Pablo afirma categóricamente que tenemos que guardar la unidad del Espíritu en el
vínculo de la paz. Para ello es menester darnos cuenta de que en la cruz fueron abolidas
las diferencias entre nosotros.

El vínculo de la paz es en realidad la obra de la cruz. Nuestra propia experiencia nos


enseña que cuando experimentamos la cruz, se terminan las diferencias entre nosotros y
los demás. Pero tan pronto abandonamos la posición que tenemos en la cruz, aparecen
las diferencias. Esto sucede no solamente en la vida de iglesia, sino también en la vida
familiar. Con frecuencia el amor entre marido y mujer se ve sepultado bajo las
diferencias que surgen cuando los cónyuges se bajan de la cruz. La única manera de
desechar las diferencias consiste en ir a la cruz y permanecer ahí. Cuando hacemos esto,
las diferencias desaparecen y tenemos paz. A medida que permanecemos en la cruz, la
paz se convierte en el vínculo en que guardamos la unidad del Espíritu. Por tanto, para
poder guardar la unidad del Espíritu, necesitamos ser transformados y experimentar la
cruz.

Efesios 4:2 hace alusión a la necesidad de ser transformados, y 4:3, a la necesidad de


tomar la cruz. Debemos ser transformados a fin de tener humildad, mansedumbre y
longanimidad; y necesitamos ser anulados por la cruz si deseamos tener el vínculo de la
paz. Entonces guardaremos la unidad del Espíritu.

ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE TREINTA Y SIETE

LA BASE DE NUESTRA UNIDAD


Al exhortarnos a salvaguardar la unidad (4:3), el apóstol Pablo menciona siete cosas que
forman la base, o fundamento, de nuestra unidad: un Cuerpo, un Espíritu, una
esperanza, un Señor, una fe, un bautismo y un Dios y Padre. Estos siete elementos
forman tres grupos. Los tres primeros forman el primer grupo, el grupo del Espíritu, con
el Cuerpo como Su expresión. Este Cuerpo, habiendo sido regenerado y estando
saturado con el Espíritu como su esencia, tiene la esperanza de ser transfigurado en la
plena semejanza de Cristo. Los siguientes tres forman el segundo grupo, el del Señor,
incluyendo la fe y el bautismo para que podamos unirnos a El. El último de los siete
forma el tercer grupo, el grupo de un solo Dios y Padre, quien es el Autor y el origen de
todo. El Espíritu como el Ejecutor del Cuerpo, el Hijo como el Creador del Cuerpo, y
Dios el Padre como el que da origen al Cuerpo —los tres del Dios Triuno— están
relacionados con el Cuerpo. El tercero de la Trinidad se menciona primero porque lo
principal en este contexto es el Cuerpo, del cual el Espíritu es la esencia, la vida y el
suministro de vida. El curso, entonces, se remonta al Hijo y al Padre.

I. EL PRIMER GRUPO,
RELACIONADO CON EL ESPIRITU

A. Un Cuerpo

El versículo 4 dice: “Un Cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una
misma esperanza de vuestra vocación”. El Cuerpo se menciona antes que el Espíritu
debido a que nuestra unidad se relaciona con el Cuerpo, y éste es su meta. Debemos
guardar la unidad porque todos conformamos un solo Cuerpo.

B. Un Espíritu

Existe una profunda relación entre el Espíritu y la esperanza. Si no vemos en qué


consiste esta relación, no comprenderemos por qué Pablo los menciona junto con el
Cuerpo. El Espíritu es la esencia del Cuerpo. Sin el Espíritu, el Cuerpo está vacío y no
tiene vida. El Cuerpo al que nos referimos es el Cuerpo de Cristo, y la esencia del Cuerpo
de Cristo es el Espíritu. Por consiguiente, el Cuerpo y la esencia del Cuerpo son uno solo.
Es imposible que el Cuerpo de Cristo tenga más de una esencia. El Espíritu solo es la
esencia del Cuerpo.

El Espíritu está en el Cuerpo. En 1 Corintios 12:13 leemos: “Porque en un solo Espíritu


fuimos todos bautizados en un solo Cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres;
y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu”. Este versículo revela que el Espíritu
no sólo es la esencia del Cuerpo, sino también Su vida y suministro de vida. Sin el
Espíritu, el Cuerpo sería un cadáver.
C. Una esperanza

La esperanza del versículo 4 es la esperanza de gloria (Col. 1:27). Como personas salvas,
tenemos la esperanza de que un día el Señor Jesús vendrá como nuestra esperanza de
gloria y que por medio de El, el cuerpo de la humillación nuestra será transfigurado (Fil.
3:21). Por un lado, valoramos mucho nuestro cuerpo, pues nos es útil y sin él no
podríamos existir; pero por otro, nuestro cuerpo nos causa problemas porque a veces se
debilita y es propenso a enfermarse. Por consiguiente, nosotros los creyentes tenemos la
esperanza de que un día nuestro problemático cuerpo será metabólicamente
transfigurado por Cristo y será un cuerpo glorificado.

Si les es difícil creer que nuestro cuerpo vil será transfigurado y llegará a ser glorioso, les
pido que consideren el proceso por el cual una semilla de clavel produce una flor. La
semilla no tiene ninguna belleza en sí misma, pero cuando se siembra y crece
normalmente, se transfigura y llega a ser una planta que produce bellas flores. Pablo, al
hablar de la transfiguración de nuestros cuerpos en 1 Corintios 15, los asemeja a semillas
(vs. 35-44). Tenemos la firme esperanza de que un día la “semilla” florecerá.

Según Romanos 8, nuestra esperanza también implica el hecho de que seremos


manifestados como hijos de Dios. Nosotros ya somos hijos de Dios, pero nuestra
condición de hijos está escondida y es un tanto misteriosa. Por ello, el mundo nos trata
como personas comunes, y no ve que somos hijos de Dios. Pero el día llegará cuando
nuestra filiación se manifestará. Entonces ya no será necesario proclamar que somos
cristianos, pues será evidente que somos hijos de Dios y que hemos entrado en Su gloria.
La manifestación de los hijos de Dios será la glorificación de ellos. Esta es nuestra
esperanza.

Ni la transfiguración de nuestro cuerpo ni nuestra manifestación como hijos de Dios


transcurrirá repentinamente. Este es un proceso que toma lugar poco a poco. Es verdad
que en cierto sentido la transfiguración y la manifestación ocurrirán repentinamente,
pero conforme a la verdad contenida en el Nuevo Testamento y según nuestra
experiencia, esto también es un proceso gradual por el cual estamos pasando
actualmente. Este proceso se lleva a cabo por el Espíritu, quien es la esencia, la vida y el
suministro de vida del Cuerpo de Cristo. Actualmente el Espíritu actúa en nosotros para
transfigurarnos y manifestar nuestra filiación. Esta es la razón por la cual Pablo enlaza
la esperanza y el Espíritu con el Cuerpo.

Como creyentes, somos miembros del Cuerpo de Cristo. Pero, aunque somos miembros
del Cuerpo, ¿estamos satisfechos con nuestra condición actual? Si somos sinceros,
reconoceremos que tanto nuestro estado actual como el de la iglesia no es satisfactorio.
Necesitamos ser transfigurados. En cada uno de nosotros como miembros del Cuerpo, y
en el Cuerpo como un todo, está el Espíritu, quien es la esencia, la vida y el suministro
vital del Cuerpo. Este Espíritu no está inactivo ni ocioso; por el contrario, está operando
energética y continuamente en nosotros con el propósito de que experimentemos el
cumplimiento de la esperanza a que fuimos llamados. Por esta razón decimos que la
transfiguración de nuestro cuerpo no ocurrirá por casualidad. Actualmente el Espíritu
que mora en nosotros está realizando dos cosas: la transfiguración de nuestros cuerpos y
la manifestación de los hijos de Dios. Debido a este proceso de transfiguración y
manifestación, el arrebatamiento, lejos de ser una sorpresa, debe de ser una experiencia
normal.

El versículo 4 implica que el Espíritu que ahora mora en nosotros está conduciendo al
Cuerpo de Cristo a la gloria, lo cual es el cumplimiento de nuestra esperanza. Por tanto,
en este versículo se menciona un Cuerpo, un Espíritu y una esperanza. Puesto que todos
estamos en el Cuerpo y tenemos un solo Espíritu y una sola esperanza, somos uno. No
hay motivo para no ser uno y no hay razón para ser diferentes. Somos un solo Cuerpo y
tenemos un solo Espíritu, el cual obra en nosotros para conducirnos a la meta de
nuestra esperanza.

II. EL SEGUNDO GRUPO, RELACIONADO CON EL SEÑOR

A. Un Señor

El versículo 5 dice: “Un Señor, una fe, un bautismo”. Este versículo no dice “un Hijo”,
sino “un Señor”. En el Evangelio de Juan es el Hijo en quien creemos (3:16), mientras
que en Hechos creemos en el Señor (Hch. 16:31). En los escritos de Juan, el Hijo imparte
vida (1 Jn. 5:12), mientras que en Hechos, el Señor, después de Su ascensión, ejerce la
autoridad (Hch. 2:36), algo que tiene que ver con Su función como Cabeza. Aquí, como
Cabeza del Cuerpo (Ef. 1:22), El es el Señor. El hecho de que creemos en Cristo está
relacionado tanto con la vida como con la autoridad. No hay muchos cristianos, sin
embargo, que se dan cuenta de que la fe que ejercen en el Señor tiene que ver con la
autoridad así como con la vida. Nosotros, como pecadores perdidos, no sólo estábamos
espiritualmente muertos, sino que también estábamos sin el Señor, es decir, no
teníamos cabeza. Pero habiendo creído en el Señor, ahora tenemos vida y también una
cabeza.

En Efesios, la unidad del Cuerpo no sólo está ligada a la vida, sino también a la
autoridad. Los cristianos están divididos porque no honran la Cabeza. En el versículo 4
Pablo habla de la vida, la cual está íntimamente relacionada con el Espíritu; mientras
que en el versículo 5 él habla de la autoridad. Hoy son pocos los cristianos que le dan
importancia a la vida, y menos todavía los que tienen en cuenta la autoridad. Por la
misericordia y la gracia del Señor, los que estamos en el recobro del Señor le damos
importancia tanto a la vida como a la autoridad de la Cabeza. No sólo tenemos un
Cuerpo con un Espíritu y una esperanza, sino también un Señor con una fe y un
bautismo.

B. Una fe

En el Nuevo Testamento, la fe denota tanto la acción de creer como el contenido de lo


que creemos. La fe como acción de creer es personal y subjetiva, mientras que como
contenido de lo que creemos, es objetiva. La fe del versículo 5 no se refiere a la acción de
creer, sino al objeto de nuestra fe.

Como cristianos, tal vez difiramos con respecto a varias doctrinas; no obstante, tenemos
una sola fe. Todos creemos en la persona del Señor Jesús y en Su obra redentora.
Creemos que Cristo es el Hijo de Dios, que se encarnó para ser un hombre, que murió en
la cruz por nuestra redención, que resucitó al tercer día y que ascendió a los cielos. Esta
es la fe a la cual se aferra todo creyente genuino.

Por medio de esta fe nos unimos a Cristo. Tan pronto como creemos en la persona y
obra de Jesucristo, el Hijo de Dios, quedamos unidos a El. Anteriormente estábamos
fuera de Cristo, pero ahora estamos en El. Cristo es nuestro Señor y nuestra Cabeza, y
estamos bajo Su autoridad. Somos miembros de Su Cuerpo, y El es nuestra Cabeza.

Si queremos guardar la unidad, debemos prestar atención tanto a la vida como a la


autoridad. El Espíritu vivificante opera constantemente en nosotros para transformar
nuestra alma y transfigurar nuestro cuerpo a fin de que seamos plenamente
manifestados como hijos de Dios. Esto depende totalmente de la vida. Por otra parte, no
solamente tenemos al Espíritu vivificante, el cual está dentro de nosotros, sino también
al Señor, la Cabeza del Cuerpo. Así que es imprescindible que nos sometamos a la
autoridad de Cristo, la Cabeza.

C. Un bautismo

Mediante la fe creemos en el Señor (Jn. 3:36), y mediante el bautismo somos


introducidos en El (Gá. 3:27; Ro. 6:3) y llegamos a nuestro fin con respecto a Adán (Ro.
6:4). Por medio de la fe y el bautismo fuimos trasladados de Adán a Cristo y así unidos
al Señor (1 Co. 6:17).

La realidad del bautismo consiste en comprender y confesar que nuestro ser natural fue
crucificado y sepultado. Por ende, cuando nos bautizamos, estamos conscientes de tres
cosas: la muerte, la sepultura y la resurrección. Por medio de la fe nos unimos a Cristo, y
somos crucificados, sepultados y resucitados en Cristo. Inmediatamente después de
creer en Cristo, debemos bautizarnos como testimonio de que entendemos esto. El
bautismo siempre sigue a la fe. Mediante el bautismo, experimentamos un traslado
completo de Adán a Cristo. Ahora nos encontramos en Cristo, quien es nuestra vida y
nuestro Señor. Ya no estamos en Adán y él ya no es nuestra cabeza. Ahora estamos en
Cristo, y ahora El es nuestra Cabeza. Puesto que el Señor, la fe y el bautismo están
relacionados de esta manera, Pablo los menciona juntos en el versículo 5.

III. UN DIOS Y PADRE DE TODOS

El versículo 6 dice: “Un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en
todos”. Dios es el Autor de todas las cosas, y el Padre es el origen de la vida del Cuerpo.
En el versículo 4 tenemos la vida; en el versículo 5, la autoridad de la Cabeza; y en el
versículo 6, el origen o fuente. Ya que todo tiene un origen, se puede trazar.
Lamentablemente los cristianos, en su mayoría, por ser tan superficiales no prestan
atención al origen o fuente de las cosas. En contraste, los que estamos en la vida de
iglesia debemos ejercer un discernimiento sobrio. Esto significa que debemos tomar en
consideración la vida, la autoridad de la Cabeza y la fuente u origen. Si trazamos el
origen de las cosas, no seremos engañados ni desviados.

El apóstol Pablo era una persona con un gran discernimiento, pues había recibido de
parte del Señor la capacidad de discernir las cosas. El comenzó con el Cuerpo y trazó la
fuente hasta llegar al Dios y Padre. Esto significa que él regresó al origen mismo, a la
fuente de todo.

En el versículo 6, Pablo habla de un Dios y Padre, “el cual es sobre todos, y por todos, y
en todos”. En estas palabras está implícita la Trinidad. “Sobre todos” se refiere
principalmente al Padre; “por todos”, al Hijo; y “en todos”, al Espíritu. El Dios Triuno
entra en nosotros como el Espíritu. Nuestra unidad se compone de la Trinidad de la
Deidad: el Espíritu, quien es el Espíritu vivificante; el Hijo, quien es el Señor y la
Cabeza; y el Padre, quien es el origen de todo. Si vemos esto, nada nos podrá distraer o
desviar; tendremos el debido discernimiento con respecto a la unidad y sabremos cómo
guardarla.

El asunto de guardar la unidad está vinculado con el Dios Triuno. Esto significa que el
Dios Triuno es la base de nuestra unidad, su fundamento, su cimiento. El Padre es el
que dio origen a nuestra unidad, el Señor la realizó y el Espíritu la ejecuta. Sin embargo,
en nuestra experiencia, el Espíritu es primero porque El está directamente relacionado
con la unidad del Cuerpo de Cristo, El es quien aplica la unidad en el Cuerpo. Después
de esto, tenemos al Señor, quien realizó la unidad, y al Padre, quien es el origen de la
unidad. Por consiguiente, nuestra unidad es el propio Dios Triuno hecho real y
experimentado por nosotros en nuestra vida cristiana.

Aunque muchos hemos sido cristianos por años, nunca habíamos oído que la unidad es
el propio Dios Triuno hecho real para nosotros en nuestra experiencia. Nuestra unidad
es el Dios Triuno —el Espíritu, el Señor y el Padre— forjado en el Cuerpo. Además del
Dios Triuno, tenemos la fe, el bautismo y la esperanza. Un día recibimos la fe y fuimos
puestos en Cristo. ¡Qué visitación más gloriosa fue la llegada de la fe! Después de creer
en Cristo, fuimos bautizados y llegamos a ser miembros del Cuerpo y recibimos la
esperanza de que un día seríamos glorificados. Esta es nuestra unidad. La unidad es el
Dios Triuno forjado en el Cuerpo, el cual nace por medio de la fe y el bautismo y tiene la
esperanza de un día ser glorificado. Que todos tengamos un corazón que anhele esta
unidad y se dedique a guardarla.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE TREINTA Y OCHO

LOS DONES PERFECCIONAN A LOS SANTOS

Efesios 4:7 dice: “Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida
del don de Cristo”. Con respecto al Cuerpo, todos los elementos básicos son uno. Esto
consta en los versículos del 4 al 6, donde vemos que hay un solo Cuerpo, un Espíritu,
una esperanza, un Señor, una fe, un bautismo y un Dios y Padre. Sin embargo, aunque
los elementos del Cuerpo son uno, los dones, o funciones, son muchos y variados. La
palabra “pero” al principio del versículo 7 presenta el contraste entre la unidad del
Cuerpo y la variedad de dones.

LA GRACIA ES DADA CONFORME AL DON

El versículo 7 declara que a cada uno de nosotros nos fue dada la gracia conforme a la
medida del don de Cristo. En este pasaje, la gracia es dada conforme al don, mientras
que en Romanos 12:6, los dones difieren conforme a la gracia. En realidad, la gracia es la
vida divina que produce y provee los dones. En Romanos 12 la gracia produce el don;
por lo tanto, el don se da conforme a la gracia. En Efesios 4 la gracia suministra al don;
por ende, la gracia se da conforme al don, conforme a la medida de éste. Esto es similar
a la provisión que nuestra sangre da a los miembros de nuestro cuerpo de acuerdo a su
tamaño. La medida del don de Cristo corresponde al tamaño de los miembros de Su
Cuerpo.

CRISTO DA DONES A LOS HOMBRES

El versículo 8 añade: “Por lo cual la Escritura dice: ‘Subiendo a lo alto, llevó cautivos a
los que estaban bajo cautiverio, y dio dones a los hombres’”. La expresión “lo alto” en la
cita de Salmos 68:18 se refiere al monte de Sión (Sal. 68:15-16), el cual simboliza el
tercer cielo, donde Dios mora (1 R. 8:30). El salmo 68 implica que fue en el arca donde
Dios ascendió al monte de Sión después de que ésta había ganado la victoria.

El versículo 1 del salmo 68 es una cita de Números 10:35, lo cual indica que el trasfondo
del salmo 68 es el mover de Dios en el tabernáculo con el arca como centro. El arco
tipificó claramente a Cristo. Dondequiera que iba el arca, se ganaba la victoria. Con el
tiempo, el arca ascendió triunfante a la cima del monte de Sión. Esto muestra cómo
Cristo ganó la victoria y ascendió triunfante a los cielos.
En el versículo 8, la expresión “los que estaban” se refiere a los santos redimidos quienes
fueron tomados cautivos por Satanás antes de ser salvos por la muerte y resurrección de
Cristo. En Su ascensión, Cristo los llevó cautivos, es decir, los rescató del cautiverio
satánico y los tomó para Sí mismo. Esto indica que El conquistó y venció a Satanás,
quien los había capturado por medio del pecado y la muerte.

Otra manera de traducir las palabras “llevó cautivos a los que estaban bajo cautiverio”,
es: “llevó un séquito de enemigos vencidos”. La frase “enemigos vencidos” tal vez se
refiera a Satanás, a sus ángeles, y a nosotros los pecadores, lo cual alude de nuevo a la
victoria de Cristo sobre Satanás, el pecado y la muerte. En la ascensión de Cristo se hizo
una procesión con estos enemigos vencidos, como se hace con los cautivos de una
guerra, para celebrar la victoria de Cristo.

La palabra “dones” no se refiere a las habilidades o aptitudes para llevar a cabo diversos
servicios, sino a las personas dotadas que se mencionan en el versículo 11, que son los
apóstoles, los profetas, los evangelistas, y los pastores y maestros. Después de que
Cristo, por medio de Su muerte y resurrección, venció a Satanás y rescató de ambos a los
pecadores, El en Su ascensión hizo que los pecadores rescatados fueran dones por medio
de Su vida de resurrección, y los dio a Su Cuerpo para la edificación del mismo.

Los versículos del 9 al 10 forman un paréntesis, o sea, que el versículo 8 continúa en el


11. El versículo 8 dice que Cristo dio dones a los hombres, y el versículo 11 declara que El
dio a unos como apóstoles, a otros como profetas, a otros como evangelistas y a otros
como pastores y maestros. En el versículo 7 “cada uno” se refiere a cada uno de los
miembros del Cuerpo de Cristo, quienes individualmente reciben un don general,
mientras que las cuatro clases de personas dotadas que se mencionan en el versículo 11
son aquellos que reciben un don especial. Como veremos, éstos son los primeros
apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y maestros. Como seguidores de ellos, todos
nosotros podemos ser dones para el Cuerpo.

Los versículos del 9 al 10 explican cómo Cristo dio los dones al Cuerpo: “Y eso de que
subió, ¿qué es, sino que también había descendido a las partes más bajas de la tierra? El
que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para
llenarlo todo”. La expresión “las partes más bajas de la tierra” se refiere al Hades, el cual
está bajo la tierra, donde Cristo fue después de Su muerte (Hch. 2:27). Primeramente,
en Su encarnación, Cristo descendió de los cielos a la tierra. Luego, en Su muerte,
descendió aún más, de la tierra al Hades. Finalmente, en Su resurrección, ascendió del
Hades a la tierra, y en Su ascensión, de la tierra a los cielos. Al descender mediante Su
muerte y al ascender mediante Su resurrección, El dio dones a los hombres.
CRISTO LO LLENA TODO

Al descender y ascender, Cristo abrió el camino para poder llenarlo todo. Este
pensamiento es muy profundo. Primero Cristo estaba en los cielos. En Su encarnación,
bajó a la tierra, y como hombre, vivió ahí por treinta y tres años y medio. Después murió
en la cruz y descendió al Hades. En resurrección ascendió del Hades a la tierra, y más
tarde subió al tercer cielo. Por medio de este recorrido de descender y ascender, El lo
llena todo. Ahora, Cristo está en todas partes; en la tierra y también en los cielos.

A FIN DE PERFECCIONAR A LOS SANTOS

En el versículo 12 vemos la razón por la cual Cristo dio los dones: “A fin de perfeccionar
a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo”. La
palabra griega traducida “a fin de” tiene mucho peso y significado. Indica que Cristo dio
apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y maestros con el propósito de perfeccionar
a los santos. Los santos son perfeccionados “para la obra del ministerio”. La palabra
griega traducida “para” significa “dando por resultado”. Por consiguiente, el
perfeccionamiento de los santos da por resultado la obra del ministerio. Las muchas
personas dotadas que se mencionan en el versículo 11 tienen un solo ministerio, el de
ministrar a Cristo en las personas para que se edifique el Cuerpo de Cristo, la iglesia.
Este es el único ministerio en la economía neotestamentaria (2 Co. 4:1; 1 Ti. 1:12). Según
la construcción gramatical, “la edificación del Cuerpo de Cristo” es “la obra del
ministerio”. Todo lo que las personas dotadas del versículo 11 hagan como parte de la
obra del ministerio, debe tener como fin la edificación del Cuerpo de Cristo.

PARA LLEGAR A TRES COSAS

El versículo 13 añade: “Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno


conocimiento del Hijo de Dios, a un hombre de plena madurez, a la medida de la
estatura de la plenitud de Cristo”. Según este versículo, los santos perfeccionados
llegarán a tres cosas: a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, a un
hombre de plena madurez, y a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Cristo
tiene una plenitud, esta plenitud tiene una estatura, y esta estatura tiene una medida.
Tenemos que llegar a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Hablaremos de
esto en un mensaje posterior.

EL RECORRIDO UNIVERSAL DE CRISTO

Ahora examinemos detalladamente cómo Cristo dio los dones al Cuerpo. Hemos visto
que, con respecto al Cuerpo, todos los elementos básicos son uno. Sin embargo, los
dones y las funciones son diferentes. Cristo viajó de los cielos a la tierra, de la tierra al
Hades, del Hades de regreso a la tierra, y de la tierra al tercer cielo. Por medio de este
recorrido universal, Cristo dio los dones al Cuerpo.

Consideremos el caso del apóstol Pablo. ¿Cómo podía un pecaminoso y maligno


perseguidor de la iglesia, como lo fue Saulo de Tarso, llegar a ser un don para el Cuerpo
de Cristo? Solamente por medio del recorrido que Cristo hizo por todo el universo.
Cristo viajó de los cielos a la tierra. El nació en un pesebre en Belén y por treinta años y
medio vivió en Nazaret, un pequeño pueblo. Después de ser crucificado, El descendió al
Hades y se paseó por esa región durante tres días. Posteriormente salió del Hades el día
de Su resurrección. Entre Su resurrección y Su ascensión, se apareció a Sus discípulos
por un período de cuarenta días, y después, ascendió a los cielos.

Sin el salmo 68, dudo que nos daríamos cuenta, al leer Efesios 4, que cuando Cristo
ascendió a los cielos, llevó consigo un séquito de cautivos. Cristo entró a los cielos como
un vencedor llevando consigo dicho séquito, y lo presentó a Su Padre, quien a Su vez se
los regresó a El como dones. Entonces Cristo dio todos estos cautivos como dones a los
hombres. Uno de ellos era Saulo de Tarso. Es de esta manera que Cristo dio dones a los
hombres.

Por medio de este recorrido universal, Cristo no solamente logró reunir a muchos
pecadores, sino que también derrotó a quien los había capturado, a Satanás. En otro
tiempo, todos éramos cautivos, es decir, habíamos sido capturados por Satanás, el
pecado y la muerte. Cristo, por un lado, al viajar del cielo a la tierra, de la tierra al
Hades, del Hades de regreso a la tierra y de allí otra vez al cielo, nos obtuvo a todos
nosotros y, por otro, venció a Satanás, quien nos había usurpado y nos retenía bajo su
poder mortal. Ya libertados del dominio de Satanás, del pecado y de la muerte, somos
cautivos de Cristo. Todos los ángeles saben que cuando Cristo ascendió al tercer cielo, El
llevó allá un séquito de cautivos y que éstos fueron presentados al Padre. ¡Esta procesión
debe de haber sido una gran celebración de la victoria de Cristo! Aunque este glorioso
evento estuvo oculto a los ojos de los hombres, los ángeles sí lo presenciaron. Ellos
sabían que un evento sumamente importante se llevaba a cabo en la historia del
universo. Esto no es producto de nuestra imaginación; es un hecho maravilloso.

CAPTURADOS POR CRISTO

Hace más de diecinueve siglos, Cristo nos capturó y nos puso en Su séquito de cautivos.
Como personas que han sido capturados por el, no podemos escaparnos. Aunque nunca
hemos visto al Señor Jesús, no podemos más que creer en El, pues nos ha capturado.
Ahora que estamos en Su séquito, no podemos escapar de El. Además, Cristo no sólo
nos capturó, sino que también nos presentó al Padre, quien, después de contemplarnos
con gran aprecio, nos regresó al Hijo como dones. Fue así que Cristo, por medio de Su
recorrido universal, nos hizo dones para el Cuerpo.

En ese recorrido Cristo murió por nuestros pecados y realizó todo lo necesario para que
se cumpliera el propósito de Dios. El derrotó al enemigo, Satanás, y nos liberó de la
mano usurpadora de éste. Antes éramos cautivos de Satanás, pero ahora somos cautivos
de Cristo; fuimos llevados en Su séquito a lo más alto del universo, luego fuimos
presentados al Padre, y el Padre nos dio de regreso al Hijo como dones para los
hombres.

Según el Nuevo Testamento nosotros fuimos salvos antes de nacer. Cuando se me


pregunta cuándo fui salvo, a veces contesto que hace más de mil novecientos años,
cuando Cristo fue crucificado, resucitó y ascendió a los cielos. Fuimos redimidos en la
crucifixión de Cristo, y regenerados en Su resurrección. Aun antes de que Cristo nos
pusiera en Su séquito de cautivos, ya éramos salvos. Para cuando El nos presentó al
Padre, ya habíamos sido salvos y regenerados.

DONES PARA EL CUERPO Y PARA LOS HOMBRES

Ahora podemos ver los pasos por los cuales los pecadores fueron hechos dones para el
Cuerpo de Cristo. Estos pasos incluyen la encarnación de Cristo, Su vivir humano, Su
muerte en la cruz, Su sepultura, Su descenso al Hades, Su resurrección de entre los
muertos y Su ascensión a los cielos, de regreso al Padre. Por medio de estos pasos,
nosotros, los pecadores, fuimos hechos apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y
maestros. Ahora somos dones dados a los hombres. A dondequiera que el Señor nos
envíe en los días venideros, seremos enviados allí como dones para la gente.

Los primeros apóstoles y profetas no son los únicos dones; cada miembro del Cuerpo es
un don. Por ejemplo, mi meñique es un don para mi cuerpo. Este dedo puede hacer por
mi cuerpo lo que ningún otro miembro puede lograr. Ninguno de nosotros debe
considerarse demasiado pequeño como para ser un don. A veces los miembros más
pequeños resultan más útiles y le proporcionan mayor consuelo al Cuerpo. Así que,
todos nosotros somos dones que Cristo dio a Su Cuerpo. Como resultado del recorrido
universal de Cristo, ya no somos pecadores, sino hijos de Dios, “trofeos” para el Padre, y
dones para el Cuerpo.

En Efesios 4 vemos cómo los dones son dados, mientras que en Salmos 68 vemos cómo
son recibidos. Conforme al salmo, el Hijo recibió “trofeos” de parte del Padre como
dones. Luego, según Efesios 4, el Hijo los entrega como dones a la iglesia. Nosotros, los
salvos, no solamente fuimos dados como dones a la iglesia, sino también a todo el
mundo. Así que, a dondequiera que vayamos, seremos una gran bendición para los
demás.

En algunos de los mensajes anteriores, expresé que todos los santos pueden ser los
apóstoles y profetas de hoy. En este mensaje quisiera señalar que también podemos ser
evangelistas, aquellos que predican las buenas nuevas, que proclaman noticias de gozo.
Al relacionarnos con las personas en nuestro vivir cotidiano, es necesario que les
comuniquemos las buenas nuevas. Si somos fieles y lo hacemos, somos evangelistas.
Nosotros también somos pastores y maestros, es decir, los que cuidan a los demás y los
instruyen en el camino del Señor y en todo lo relacionado con la economía de Dios.

NI CLERO NI LAICADO

Efesios 4:11 hace mención de algunos apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y


maestros. Quizás se pregunte cómo puedo yo afirmar que todos los santos pueden ser
semejantes dones para el Cuerpo. Los dones mencionados en 4:11 son los primeros
apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y maestros. Nosotros, por supuesto, no
podemos formar parte de ese grupo; sin embargo, como sus seguidores, podemos ser lo
mismo que ellos. En lo personal, ciertamente no me considero un apóstol como Pablo,
uno de los primeros apóstoles; pero como su seguidor, me considero uno de los
apóstoles contemporáneos, uno de los enviados de hoy. Todos debemos tener este
concepto; todos deberíamos ser seguidores de los principales apóstoles, profetas,
evangelistas, y pastores y maestros. Si no somos seguidores de ellos, caeremos en una
gran herejía: la del sistema de clérigos y laicos. Haremos de los que toman la delantera,
el clero, y de los seguidores, el laicado. Sin embargo, en la iglesia, el Cuerpo de Cristo, no
existe tal cosa como clero ni laicado. Como dones dados al Cuerpo, todos somos
apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y maestros. Como dones que Cristo dio al
Cuerpo y a la humanidad, todos podemos ser una gran bendición para el mundo.

Efesios 4 declara que la gracia es dada conforme a la medida, al tamaño, del don. La
gracia produce a las personas dotadas y luego les provee lo que necesitan conforme a la
medida del don. La función de todas las personas dotadas es perfeccionar a los santos
para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos
lleguemos a las tres cosas mencionadas en el versículo 13. En un mensaje futuro
estudiaremos estas cosas en detalle.

ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE TREINTA Y NUEVE
LA NORMA DEL CREYENTE

En 1 Timoteo 1:16 Pablo dice: “Pero por esto me fue concedida misericordia, para que
Jesucristo mostrase en mí el primero toda Su longanimidad, y quedara yo como modelo
para los que habrían de creer en El para vida eterna”. Según este versículo, Pablo fue
hecho modelo de uno que experimenta la salvación que Dios otorga. Sin embargo, Pablo
no fue un modelo solamente de uno que ha experimentado la salvación, sino también de
uno que ha sido llamado por el Señor.

En el libro de Efesios el llamamiento de Dios se reviste de mucha importancia. En 1:17-


18 Pablo pidió en su oración que se nos concediese un espíritu de sabiduría y de
revelación para que conociésemos “cuál es la esperanza a que El os ha llamado”. En 4:1
Pablo nos imploró a nosotros, el pueblo llamado de Dios, a que anduviéramos como es
digno de la vocación con que fuimos llamados.

LA META DEL LLAMAMIENTO DE DIOS

Muy pocos cristianos saben cuál es la meta del llamamiento de Dios. Muchos piensan
que la meta es simplemente recibir la gracia y ser salvos. Sin embargo, la gracia y la
salvación no son la meta final del llamamiento de Dios. Según Efesios la meta del
llamamiento de Dios es la edificación del Cuerpo de Cristo. En Mateo 16 el Señor Jesús
dijo que edificaría Su iglesia. Pero el libro de Hechos y las epístolas revelan que el Señor
no edifica la iglesia directamente, sino que lo hace por medio de los miembros de Su
Cuerpo. Cristo edifica el Cuerpo por medio del Cuerpo. Dios nos llamó para cumplir esta
meta.

Efesios 3:2 habla de la mayordomía de la gracia de Dios, y 4:12, de la edificación del


Cuerpo de Cristo. Como podemos ver, este pasaje de Efesios, que se extiende de 3:2 a
4:12, comienza con la mayordomía de la gracia de Dios y concluye con la edificación del
Cuerpo de Cristo.

La mayordomía de la gracia de Dios no está limitada a Pablo y a los demás apóstoles. No


piensen que Pablo era un gran ministro, pero que ustedes no. La intención de Pablo era
inculcar en los santos el hecho de que todos han recibido la mayordomía de la gracia de
Dios, con miras a la edificación del Cuerpo de Cristo. Según 4:12, la edificación del
Cuerpo no es obra exclusiva de los apóstoles; es responsabilidad de todos los santos.
Este versículo revela que los santos son perfeccionados para la obra del ministerio, para
la edificación del Cuerpo de Cristo. La palabra griega traducida “para” en este versículo
también significa “con el propósito de”, “con miras a” o “dando como resultado”. El
perfeccionamiento de los santos da como resultado la obra del ministerio, la cual
conduce a la edificación del Cuerpo de Cristo. El Cuerpo no lo edifican directamente los
apóstoles ni los demás hermanos que llevan la delantera; son los santos los que lo
edifican directamente.

En 4:16 Pablo dice: “De quien todo el Cuerpo, bien unido y entrelazado por todas las
coyunturas del rico suministro y por la función de cada miembro en su medida, causa el
crecimiento del Cuerpo para la edificación de sí mismo en amor”. El versículo 12 habla
de los santos, y el versículo 16, de “cada miembro”. Según el versículo 16, el Cuerpo
produce su propio crecimiento y se edifica a sí mismo en amor. Esto requiere que en la
práctica todos los santos sean perfeccionados por los apóstoles y demás hermanos que
llevan la delantera.

IGUALES A PABLO

Al leer el libro de Efesios, debemos profundizar en la carga y el sentir de Pablo. El


esperaba que cada creyente fuera un apóstol, o sea, que cada santo fuera como él.

Pablo no sólo era apóstol, sino también profeta, evangelista, y pastor y maestro. Sin
embargo, muchos quizás clasifiquemos a los hermanos dotados del versículo 11 en
cuatro categorías distintas: los apóstoles, los profetas, los evangelistas, y los pastores y
maestros. Pero Pablo, el modelo de los llamados, era todo eso. Ciertamente él era un
profeta, pues en sus epístolas declaró grandes profecías, como las de 1 Corintios 15 y las
de 1 y 2 Tesalonicenses. El también era un evangelista. ¿Creen que haya un evangelista
mayor que él? El predicaba el evangelio dondequiera que iba. Además, también era un
pastor y un maestro. El cuidaba a las iglesias y a todos los santos día y noche. Por
último, ¿quién puede negar que Pablo era un maestro? Si él no fue un maestro, entonces
¿quién lo fue en el Nuevo Testamento? Así que, Pablo era apóstol, profeta, evangelista, y
pastor y maestro. Su carga y deseo al escribir los capítulos tres y cuatro era señalar que
cada santo debe ser igual a él en estos aspectos.

Los capítulos tres y cuatro forman parte de la exhortación que hace Pablo en cuanto a
andar como es digno del llamamiento de Dios. Si deseamos llevar una vida que sea
digna del llamamiento de Dios, tenemos que ser como el apóstol Pablo. Para vivir
dignamente, no sólo debemos darle importancia a tales cosas como la humildad, la
amabilidad y el amor, sino también a los asuntos importantes de ser apóstoles, profetas,
evangelistas, y pastores y maestros. De no ser así, nuestro andar no será digno del
llamamiento de Dios. En estos capítulos, Pablo es un ejemplo, pero no de un cristiano
victorioso ni de un creyente lleno de vida, sino de un apóstol, profeta, evangelista, y
pastor y maestro.
TODOS LOS DISCIPULOS SON APOSTOLES, PROFETAS,
EVANGELISTAS, Y PASTORES Y MAESTROS

Todo cristiano normal es un apóstol, un profeta, un evangelista y un pastor y maestro.


Un apóstol no es un rey, sino un enviado. Si yo lo envío a usted a realizar cierta tarea,
usted es mi enviado, mi apóstol. En Juan 17:18 el Señor Jesús oró al Padre de este
modo: “Cómo Tú me enviaste al mundo, así Yo los he enviado al mundo”. Los enviados
en este versículo no son solamente los doce apóstoles, sino todos los discípulos. Esto
quiere decir que todo aquel que cree en Cristo debe ser un enviado. El Señor confirma
esto cuando declara a Sus discípulos en Juan 20:21: “Como me envió el Padre, así
también Yo os envío”. Todos los discípulos del Señor Jesús, hombres y mujeres, deben
ser enviados. Si usted ha sido cristiano por muchos años y no ha sido enviado por El, no
es un cristiano normal. Si examinamos nuestra experiencia pasada nos daremos cuenta
de que muchos de nosotros hemos sido enviados: a nuestro cónyuge, a nuestros padres y
parientes, y a nuestros amigos. Al igual que Pablo, somos enviados, somos apóstoles.

Además, también somos profetas. Según las Escrituras la función de un profeta no es


principalmente predecir el futuro, sino hablar de parte de Dios. Por ejemplo, cuando
Moisés fue llamado por Dios en Exodo 3 y 4, él se quejó ante el Señor de que no era
elocuente (4:10). El Señor le dijo que le daría a Aarón para que fuera su profeta (4:14-16;
7:1). Aarón no hacía predicciones en nombre de Moisés; más bien, hablaba de parte de
él. Esto muestra que un profeta es un portavoz. Así como hemos desempeñado la
función de apóstoles, también hemos sido profetas, quizás para con nuestros padres,
parientes y amigos. Como profetas, hablamos a las personas de parte del Señor, les
comunicamos cuánto el Señor las ama y cuánto desea ser vida y el todo para ellas.
Cuanto más hablamos de esa manera, más funcionamos como profetas.

Cuando hablamos de parte de Dios, también predicamos el evangelio, o sea, que somos
evangelistas. Ser evangelista es simplemente predicar el evangelio.

Siguiendo el mismo principio, también somos pastores y maestros. Al cuidar a los que
han sido salvos por nuestra predicación, los pastoreamos y los instruimos. Por
consiguiente, somos apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y maestros.

Llevar una vida digna del llamamiento de Dios consiste en ser un enviado de Dios, uno
que habla de parte de El, que predica el evangelio y que pastorea a otros y los instruye.
Si no somos personas así, no alcanzamos la norma de Dios. Debido a la influencia de
nuestro trasfondo y entorno religiosos, estamos acostumbrados a pensar que los
apóstoles y los profetas son personas extraordinarias. Sin embargo, un apóstol es un
cristiano común y corriente, un cristiano que satisface la norma de Dios.
No deberíamos mostrar una falsa humildad declarando que somos demasiado pequeños
e insignificantes como para ser apóstoles y profetas. Es un hecho que podemos ser
enviados por el Señor, por lo menos a nuestros parientes y amigos, y que podemos
hablar de parte de El. Es un hecho que todos podemos y debemos ser los enviados de
Dios. Pertenecemos a la misma categoría que Pablo, aunque, por supuesto, no tenemos
una medida tan grande como la suya.

LA MAYORDOMIA DE LA GRACIA

Efesios 3:2 dice: “Si es que habéis oído de la mayordomía de la gracia de Dios que me
fue dada para con vosotros”. ¿Se dan cuenta de que no solamente Pablo era un
mayordomo, sino que también ustedes lo son? Tal como Pablo, ustedes recibieron la
mayordomía de la gracia de Dios. Un mayordomo es simplemente un servidor. No es un
oficial de alto rango, sino alguien que sirve a otros. Al servicio que desempeña un
mayordomo se le llama mayordomía. Conforme a 3:2, la mayordomía que hemos
recibido es la mayordomía de la gracia de Dios.

Todos hemos recibido cierta cantidad de gracia. En 4:7 Pablo dice: “Pero a cada uno de
nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo”. Al recibir la gracia,
espontáneamente tenemos la mayordomía de la cantidad de gracia que hemos recibido.
Por gracia fuimos hechos mayordomos.

Efesios 3:2 dice que Pablo recibió gracia, mientras que 4:7 afirma que cada uno de
nosotros la recibió. A la luz de estos versículos, no debemos considerar que Pablo era
algo que nosotros no somos. De hecho, 3:8 revela que él se consideraba a sí mismo
“menos que el más pequeño de todos los santos”. Esto indica que todos los santos
pueden recibir la misma clase de gracia que le fue dada al apóstol Pablo. En cuanto a su
persona, él era el más pequeño de los apóstoles (1 Co. 15:9); pero en lo que respecta a su
ministerio, él no era menos que los super apóstoles (2 Co. 11:5; 12:11). Sin embargo,
como una persona que recibió gracia, él era menos que el más pequeño de todos los
santos. Esto implica que todos podemos recibir la gracia que él recibió. Podemos
comparar esto a los miembros de nuestro cuerpo físico, los cuales reciben el mismo
suministro de sangre, sin importar lo grande o pequeño que sean. Sin embargo, la
capacidad o el don que surge del suministro de sangre es diferente en cada miembro.
Todos los miembros del Cuerpo de Cristo pueden recibir la misma gracia de vida que
tuvo el apóstol Pablo, pero no tienen el mismo don que él. Si a Pablo, quien afirmaba ser
el más pequeño de todos los santos, se le concedió gracia, ciertamente también a
nosotros se nos puede otorgar.
Para Pablo, no era asunto de quién había recibido más gracia; tenemos que olvidarnos
de hacer esas comparaciones. Lo importante es ver que todos podemos ser iguales al
apóstol Pablo. Puesto que alguien que era menos que el más pequeño de todos los santos
pudo ser la persona que describen los capítulos tres y cuatro, ninguno de nosotros tiene
excusa.

Sin embargo, a lo largo de los siglos, los cristianos han estado bajo la influencia de
conceptos naturales, a raíz de los cuales se entronizó como papa a uno de los primeros
apóstoles. Pero en realidad todos podemos ser “papas”, porque esto simplemente
significa ser padre. Esto indica que todos podemos ser padres espirituales de aquellos a
quienes conducimos al Señor.

Nuestra mente debe ser limpiada de todo concepto natural que tienda a elevar a los
apóstoles por encima de los demás creyentes. Los apóstoles son simplemente personas
que Dios envía para que lleven a cabo Su propósito, que consiste en edificar la iglesia.
Ciertamente todos podemos ser enviados y todos podemos hablar de parte de Dios como
profetas, como Sus portavoces. No permitan que las enseñanzas tradicionales les
impidan avanzar. Más bien, crean en el hecho de que la mayordomía de la gracia de Dios
fue dada a todos los creyentes.

LA REVELACION DEL MISTERIO

En 3:3 Pablo dice que por revelación le fue dado a conocer el misterio. ¿Creen ustedes
que sólo al apóstol Pablo se le dio a conocer el misterio y no a todos los creyentes
neotestamentarios? Todos hemos recibido la revelación del misterio, la misma que le fue
dada a él. Pablo escribió el libro de Efesios con el propósito de que todos los santos
conocieran el misterio de Cristo. Durante los años en que el recobro ha estado en este
país, los santos hemos visto el misterio de Cristo gradualmente. Esta revelación nos
constituye apóstoles y profetas, y así recibimos la capacidad para hablar de Cristo y la
iglesia.

Ya que somos profetas, debemos hablar a los que nos rodean, aunque pensemos que no
nos entienden. Nuestra responsabilidad es hablar dondequiera que estemos, ya sea en la
casa o en el trabajo. Los padres deben hablar a sus hijos acerca de la economía de Dios.
También deberíamos ponernos en contacto con nuestros padres y parientes, y contarles
lo que hemos visto con respecto al propósito eterno de Dios. No se preocupen por lo que
los demás piensen de ustedes. Hablen para que los incrédulos sean llevados al Señor. Si
no hablamos, ¿cómo se salvarán las personas? Si hablamos, por lo menos algunos de los
que nos escuchan vendrán al Señor. ¡Imagínense el impacto que se produciría si todos
los santos del recobro del Señor le hablaran a la gente de Cristo y la iglesia! A muchos
nos engañó el enemigo haciéndonos pensar que no estamos capacitados para hablar de
parte del Señor. No debemos esperar que los hermanos que poseen dones sobresalientes
sean los únicos que hablen. Este concepto es erróneo. Por haber recibido la gracia y la
revelación del misterio de Cristo, somos los apóstoles y profetas de hoy y podemos
hablar de parte del Señor.

TODOS SOMOS SERVIDORES

En 3:7 Pablo dice: “Del cual yo fui hecho ministro por el don de la gracia de Dios que me
ha sido dado según la operación de Su poder”. La palabra griega traducida “ministro” en
este versículo es la misma que se traduce “diácono” en otros pasajes del Nuevo
Testamento. De hecho, “diácono” es la forma española de la palabra griega. Un ministro
o diácono no es un oficial de alto rango, sino un servidor. En este versículo, Pablo dice
que él llegó a ser un siervo. Según el concepto natural, la posición de los ministros es
superior a la de los ancianos, y la de los ancianos, más elevada que la de los diáconos.
Sin embargo, si entendemos correctamente este versículo, veremos que los ministros en
realidad son diáconos, es decir, servidores. La palabra ministro es correcta, pero el uso
tradicional que se le ha dado, ha degradado su significado. Según el Nuevo Testamento,
decir que uno es un ministro equivale a afirmar simplemente que uno es un servidor.
Todos los que creemos en Cristo somos servidores.

LA OPERACION DEL PODER DE DIOS

En 3:7 Pablo habla de la operación del poder de Dios. Este es el poder de la vida de
resurrección (Fil. 3:10), el cual operó en el apóstol y también opera en todos los
creyentes (Ef. 1:19; 3:20). Por medio de este poder de vida que opera interiormente, el
don de la gracia le fue dado al apóstol, es decir, este don se manifestó en él.

De la palabra griega traducida “operación” en el versículo 7, se deriva la palabra


“energía”. Dentro de nosotros y entre nosotros existe una operación divina por la cual se
infunde energía. Esta operación no estaba disponible solamente al apóstol Pablo; todos
los creyentes tienen acceso a ella. Efesios 4:16 lo comprueba, pues emplea la misma
palabra griega cuando habla de la “operación de cada miembro en su medida”. La
misma energía que actuaba en Pablo, actúa en cada uno de los miembros del Cuerpo.
Esta energía obra ahora mismo dentro de nosotros.

LA ECONOMIA DEL MISTERIO

En 3:9 Pablo habla de alumbrar a todos para que vean cuál es la economía [en otras
versiones, “la dispensación” del misterio. Esta palabra “economía” se refiere al proceso
de impartir a Cristo como vida, como suministro de vida y como el todo, en los
creyentes. Todos tenemos parte en esta maravillosa impartición. Como creyentes,
debemos ser llevados a la norma de Dios, la norma establecida por el apóstol Pablo.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE CUARENTA

LA MANERA DE ALCANZAR LA NORMA

En el mensaje anterior vimos la norma del creyente; en este mensaje veremos cómo
alcanzarla.

Efesios 3:1 dice: “Por esta causa yo Pablo, prisionero de Cristo Jesús por vosotros los
gentiles”. Este versículo no contiene una oración completa, pues tiene sujeto, mas no
predicado. Los versículos del 2 al 21 del capítulo tres forman un paréntesis, incluso una
de las mejores traducciones de la Biblia los coloca en paréntesis. Esto significa que el
pensamiento que Pablo expresa en 3:1 continúa en 4:1. Mientras Pablo redactaba esta
epístola, al llegar a 3:2, surgió la carga dentro de él de añadir algo a manera de
paréntesis. Luego, en 4:1, regresó a su tema, diciendo: “Yo pues, prisionero en el Señor,
os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados”,
completando así el pensamiento que comenzó a expresar en 3:1. Por tanto, al juntar 3:1
y 4:1, tenemos la idea completa.

El extenso paréntesis entre 3:1 y 4:1 constituye una sección de gran importancia en
Efesios. En esta sección Pablo indica que su anhelo era que todos los creyentes fueran
como él. Puesto que nosotros también queremos andar como es digno del llamamiento
de Dios, debemos tomar a Pablo como nuestra norma. Con este fin, él se presentó a sí
mismo como modelo. En el capítulo tres, Pablo no se basó en su condición de apóstol
llamado por Dios, sino en su condición de prisionero del Señor. Como tal, él era el
modelo de uno que andaba como es digno del llamamiento de Dios. En el capítulo tres
de Efesios Pablo no sólo presenta la norma del creyente, sino también la manera de
alcanzarla. Examinemos con algunos detalles los varios aspectos de cómo alcanzar dicha
norma.

LA MAYORDOMIA UNIVERSAL

En primer lugar, todos debemos ser mayordomos como Pablo (3:2). La mayordomía no
está limitada a los primeros apóstoles; más bien, es de carácter universal, es decir,
pertenece a todos los discípulos del Señor. Por ejemplo, la parábola del mayordomo
descrita en Lucas 16 fue presentada a los discípulos, lo cual indica que todo creyente,
incluyéndonos a nosotros, debe ser un mayordomo. Creo que cuando Pablo habló de la
mayordomía en 3:2, él estaba consciente de que ésta es dada a todos los creyentes.
En Efesios 3, Pablo desarrolla un concepto que el Señor Jesús presentó en los cuatro
evangelios. Los evangelios revelan que todos los creyentes son mayordomos y también
siervos (Mt. 25:14-30). Según los evangelios, un esclavo no difiere en nada de un siervo,
de un mayordomo. Efesios 3 presenta el concepto de que los apóstoles no son los únicos
mayordomos y esclavos, sino que también lo son todos los creyentes.

Muchos cristianos, debido a la influencia de su trasfondo y entorno religiosos, no se


consideran mayordomos. ¿Estamos conscientes nosotros de que no somos simplemente
creyentes, personas que confían en el Señor para su salvación? ¿Nos hemos dado cuenta
de que no somos simplemente discípulos que reciben disciplina y entrenamiento?
¿Sabíamos que somos mayordomos que servimos las riquezas de Cristo a los demás?
Todos tenemos que considerarnos mayordomos. Si asimilamos este concepto, nuestra
vida cristiana cambiará. Todos somos mayordomos; hasta se nos podría llamar mozos,
personas que sirven a otros las riquezas de Cristo como alimento nutritivo. La “cocina”
en la que se prepara este alimento es la iglesia. Si no tenemos nada que suministrarles a
los demás, vengamos a esta “cocina” y recibamos el suministro.

RECIBIR GRACIA

Debido a que nuestra mayordomía es la mayordomía de la gracia de Dios, necesitamos


recibir la gracia, aun la abundancia de la gracia. Es un hecho que todos podemos ser
enviados y ser portavoces de Dios, pero para cumplir esta función necesitamos la gracia.
En Juan 1:16 dice: “Porque de Su plenitud recibimos todos, y gracia sobre gracia”.

Ya mencionamos que todos los creyentes son mayordomos. Además, como


mayordomos, tenemos el suministro que proviene de una excelente “cocina”. Pero, ¿qué
le serviremos a los “comensales” cuando estemos con ellos? Debemos servirles la misma
gracia que nosotros hemos recibido.

Quizás nos preguntemos cómo podemos recibir gracia de manera práctica. Para esto,
tenemos que acudir a la Palabra y orar con ella. Sumergirnos en la Palabra equivale a
recibir la gracia, y orar con la Palabra es tocar la realidad. Además, después de entrar en
la Palabra y de orar con ella, debemos andar en el espíritu conforme a la Palabra. Si
diariamente ponemos en práctica estas tres cosas, recibiremos un continuo suministro
de gracia. Con esta gracia, seremos iluminados y experimentaremos la realidad de Dios
como gracia. La gracia espontáneamente nos une a la iglesia y nos vincula vitalmente
con la “cocina”. De esta manera nos convertimos en verdaderos mayordomos.

Si afirmamos ser apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y maestros, pero no


entramos en la Palabra, ni oramos ni andamos en el espíritu conforme a la Palabra, lo
único que tendremos será un título vacío. No tendremos la realidad ni podremos
alcanzar la norma establecida por Pablo.

Cuando oremos, no debemos preocuparnos por asuntos triviales. Por ejemplo, no


debemos orar por problemas secundarios tales como la salud o el mal genio. Cuanto más
uno ore por su mal genio, más molesto se sentirá. Oremos con la Palabra, especialmente
con capítulos como Efesios 3. Debemos orar con la Palabra hasta que entre en nosotros
y nos llene. Cuando la Palabra entra en nosotros, y el Espíritu llena nuestro espíritu,
nuestro andar cotidiano espontáneamente se convierte en un andar digno del
llamamiento de Dios. Entonces andamos en el espíritu conforme a la Palabra, y
recibimos la gracia y la experimentamos. Al recibir la gracia de esta manera, alcanzamos
la norma que Pablo estableció.

RECIBIR REVELACION

Para llegar a esta norma, también necesitamos recibir revelación (3:3, 5). Un profeta es
una persona llena de luz, alguien que ve lo que otros no ven. Los que están en tinieblas
no tienen nada que decir; en cambio, los que están en la luz tienen mucho que expresar.
Cuando vemos algo por revelación, automáticamente tenemos algo que hablar. Si
queremos ser los enviados y profetas de hoy, debemos recibir gracia y también
revelación.

Al recibir gracia y revelación, espontáneamente sentiremos la carga de visitar a otros.


Alguien que a diario entra en la Palabra y que ora de manera consistente, tendrá la carga
de comunicarles a otros lo que ha visto y experimentado; por lo menos, tendrá el deseo
de llamar a alguien por teléfono. No piense que la gracia y la revelación que recibimos
nos permitirán permanecer pasivos o inactivos. No; la gracia y la revelación nos
infundirán la carga de visitar y ministrar a otros. Esto es lo que implica ser apóstol y
profeta de una manera práctica. Es inútil que yo u otra persona lo animemos para que
usted sea un enviado o un portavoz; lo único que funciona es que usted profundice en la
Palabra, ore y reciba gracia y revelación. Cada vez que usted sea iluminado por el Señor,
anhelará fervientemente comunicarles a otros lo que ha visto.

La manera de recibir revelación consiste en sumergirnos en la Palabra. Yo creo que


Pablo recibió revelación mediante su estudio del Antiguo Testamento. Esta dedicación al
estudio de la Palabra, le permitió recibir revelación. En el caso de los fariseos, sin
embargo, ellos no podían recibir revelación al estudiar la Palabra porque estaban
cerrados y eran desobedientes. Pablo, en cambio, estaba abierto, y el Señor quitó de él
todos los velos que lo cubrían. Al venir a la Palabra, debemos pedirle al Señor que corra
los velos de nuestros ojos. Nosotros no sabemos qué velos nos cubren, pero el Señor sí
sabe y está dispuesto a quitarlos. Debemos orar: “Señor, vengo a buscarte en Tu Palabra.
Concédeme Tu luz y quita de mí todo aquello que cubra mi visión”. Si oramos de esta
manera, la luz resplandecerá, y recibiremos revelación. Entonces comunicaremos a
otros la luz que hemos recibido del Señor. Nuestras palabras estarán tan llenas de la luz
divina que sorprenderán en gran manera a los religiosos. ¡Cuánto necesitamos todos los
que nos reunimos como la iglesia estar llenos de luz y de revelación!

FORMULAR PREGUNTAS ADECUADAS

Al recibir revelación, no debemos preocuparnos por asuntos menores tales como el


lavamiento de los pies, la manera de bautizar o el tamaño de la copa que se debe usar en
la mesa del Señor. Me preocupa cuando los santos me hacen preguntas respecto a temas
secundarios y descuidan asuntos tales como el propósito eterno de Dios y Su economía.
En cierta ocasión visité un lugar donde supuestamente la gente era muy espiritual.
Durante una comunión que tuvimos con el propósito de responder a algunas preguntas,
me quedé decepcionado por la clase de preguntas que me formularon. Ellos me
preguntaron sobre temas insignificantes, y ni siquiera mencionaron puntos importantes
tales como la diferencia entre el misterio de Cristo y el misterio de Dios.

Las preguntas que hacemos muestran dónde estamos y qué somos. Por ejemplo, muchas
de las preguntas que me hacen mis nietos pequeños carecen de sentido. Por supuesto, yo
no espero que ellos me hagan preguntas sobre temas profundos, pues para ello es
necesario tener mucho conocimiento y experiencia. Al leer el capítulo tres de Efesios
debemos hacernos muchas preguntas, como por ejemplo: ¿Qué es la mayordomía de la
gracia? ¿qué es el misterio de Cristo? ¿qué es un coheredero? ¿qué son las inescrutables
riquezas de Cristo? ¿qué es la economía del misterio? ¿cuál es la diferencia entre las eras
y las generaciones? ¿qué significa ser fortalecido en el hombre interior? ¿cómo puede
Cristo hacer Su hogar en nuestros corazones? Si buscamos las respuestas a estas
preguntas, recibiremos revelación.

Después de recibir luz y revelación en respuesta a todas esas preguntas, tendremos


mucho que compartir con otros. Los que estamos en el recobro del Señor debemos ser
personas que siempre están comunicando la revelación que hemos recibido. Cuanto más
veamos, más desearemos hablar. Esta es la razón por la cual siempre tengo algo que
compartir en el ministerio. En realidad, cuanto más hablo, más tengo que decir. Si
queremos tener esta capacidad, debemos recibir revelación. Todos los santos, no sólo los
primeros apóstoles, debemos recibir revelación.
MINISTROS DEL EVANGELIO

En 3:7 Pablo declara que él fue “hecho ministro por el don de la gracia de Dios”. Como
mencionamos en un mensaje anterior, un ministro es uno que sirve. Así que, no
debemos ser sólo mayordomos, sino también ministros, servidores.

En el versículo 7 las palabras “del cual” aluden al evangelio del versículo 6. Esto quiere
decir que Pablo llegó a ser un ministro del evangelio, es decir, uno que servía el
evangelio a otros. Nosotros también somos ministros del evangelio. Este evangelio no se
centra en el cielo, sino en el hecho de que en Cristo Jesús los gentiles son “coherederos y
miembros del mismo Cuerpo, y copartícipes de la promesa” (v. 6). El evangelio del
versículo 6 trata de los coherederos, los miembros del mismo Cuerpo y los copartícipes
de la promesa. Todos los santos podemos ser ministros de este evangelio tan rico y
elevado.

Es menester que prediquemos el evangelio elevado a nuestros padres, a nuestros vecinos


y a nuestros amigos. Hablémosles de lo que significa ser coherederos y copartícipes de la
promesa en Cristo. Si responden de manera negativa, continuemos hablándoles de
manera positiva acerca de lo que hemos visto en el libro de Efesios. No debe
preocuparnos si ellos no nos entienden. Si seguimos hablándoles regularmente, con el
tiempo, entenderán lo que les hablamos. Hablemos todos a otros lo que hemos visto en
el libro de Efesios.

FORTALECIDOS EN EL HOMBRE INTERIOR

Si queremos alcanzar la norma establecida por el apóstol Pablo, es necesario que todo
nuestro ser sea fortalecido en el hombre interior. Al experimentar este fortalecimiento,
seremos arraigados y cimentados en amor y recibiremos la fortaleza necesaria para
comprender las dimensiones de Cristo, conocer Su amor, que excede a todo
conocimiento, y ser llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios (3:16-19). Pablo
era uno que había sido fortalecido en su hombre interior; por tanto, estaba arraigado y
cimentado en amor, y conocía las dimensiones de Cristo y Su amor, que excede a todo
conocimiento. ¿Podríamos decir lo mismo de nosotros? Pablo pidió en oración que se
nos fortaleciera en nuestro hombre interior a fin de que fuéramos llenos hasta la medida
de toda la plenitud de Dios.

No pensemos que Pablo podía alcanzar tal norma, pero que nosotros no. El pensamiento
crucial del capítulo tres es que Pablo esperaba que todos los santos fueran como él.
Todos podemos y debemos ser fortalecidos en el hombre interior. De igual manera,
todos debemos ser arraigados y cimentados en amor, y todos debemos tener la fortaleza
para conocer las dimensiones de Cristo, conocer Su amor, que excede a todo
conocimiento, y ser llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios.

En el capítulo tres de Efesios vemos que el deseo de Pablo era que todos los santos
fueran como él. En los versículos del 2 al 9, él expresa esto desde una perspectiva, y en
los versículos del 16 al 19, lo relata desde otra. Desde una perspectiva, somos
mayordomos, hemos recibido gracia, hemos visto la revelación del misterio y somos los
ministros del evangelio elevado. Nosotros ministramos las riquezas de Cristo para que la
iglesia se produzca de una manera práctica. Por otra, debemos ser fortalecidos en el
hombre interior a fin de ser arraigados y cimentados en amor, y tener la fortaleza para
conocer las dimensiones de Cristo, conocer el amor de Cristo, que excede a todo
conocimiento, y ser llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios. Desde ambas
perspectivas, debemos ser semejantes a Pablo. Si somos lo que él era, andaremos como
es digno del llamamiento de Dios, pues habremos alcanzado el nivel de un creyente
normal.

Cuando Pablo estaba a punto de implorar a los santos que anduvieran como es digno del
llamamiento de Dios, sintió la carga de añadir un paréntesis, que consta en 3:2-21. En
esta sección, Pablo se presenta a sí mismo como el modelo de lo que debe ser un
creyente normal. El había recibido gracia, era un mayordomo, había visto la revelación y
había sido hecho ministro del evangelio elevado. El predicaba las riquezas de Cristo
como evangelio para producir la iglesia. Como tal, Pablo fue fortalecido en el hombre
interior, estaba arraigado y cimentado en amor, conocía las dimensiones de Cristo y Su
amor, y estaba lleno hasta la medida de toda la plenitud de Dios, la cual es la iglesia, la
expresión del Dios Triuno. Hoy todos podemos ser tales personas. ¡Alabado sea el Señor
porque en Efesios 3 no sólo tenemos la norma, sino también la manera de alcanzarla!
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE CUARENTA Y UNO

LA MANERA DE SER PERFECCIONADOS

En 4:12 Pablo habla de “perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la
edificación del Cuerpo de Cristo”. En este mensaje veremos la manera de ser
perfeccionados.

LA GRACIA ES DADA CONFORME


A LA MEDIDA DEL DON DE CRISTO

Efesios 4:7 dice: “Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida
del don de Cristo”. Observe que en este versículo Pablo no dice “a cada uno de vosotros”,
sino “a cada uno de nosotros”, lo cual indica que él se incluía en esto. El no se puso en
una categoría especial, en una categoría diferente a la de los demás creyentes.

La gracia nos fue dada a cada uno de nosotros conforme a la medida del don de Cristo.
Cada miembro de nuestro cuerpo físico tiene cierta medida. La oreja, por ejemplo, tiene
una medida, y el hombro tiene otra. Las palabras “la medida del don de Cristo” se
refieren al tamaño de cada miembro del Cuerpo de Cristo. Cada miembro tiene cierto
tamaño, cierta medida. Así como la sangre circula por los miembros de nuestro cuerpo
conforme a su tamaño, a cada miembro del Cuerpo de Cristo se le da la gracia conforme
a su propia medida. Aunque en el hombro circula más sangre que en la oreja, la calidad
de la sangre es la misma en ambas partes. Y así como la sangre es el suministro vital de
nuestro cuerpo físico, así lo es la gracia a los miembros del Cuerpo de Cristo. ¡Alabado
sea el Señor porque todos los santos son dones de Cristo a quienes se les ha dado la
gracia!

LA OBRA DEL MINISTERIO

Puesto que los versículos del 8 al 10 son un paréntesis, el versículo 11 es la continuación


del versículo 7. El versículo 11 dice: “Y El mismo dio a unos como apóstoles, a otros
como profetas, a otros como evangelistas, a otros como pastores y maestros”. El
versículo 12 establece claramente que estas personas fueron dadas con el fin de
“perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de
Cristo”. Según la gramática, la expresión “para la edificación del Cuerpo de Cristo” está
en aposición con la cláusula “para la obra del ministerio”, lo cual indica que ambas
frases aluden a lo mismo. Por consiguiente, la obra del ministerio consiste en edificar el
Cuerpo de Cristo.

Los apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y maestros perfeccionan a los santos


para la obra del ministerio. ¿A quién corresponde esta obra? ¿A las personas dotadas del
versículo 11, o a los santos? ¿Pertenece a los que perfeccionan, o a los que son
perfeccionados? La respuesta es que la obra corresponde a ambos. La edificación del
Cuerpo no sólo es obra de los apóstoles y de las demás personas dotadas, sino también
de todos los santos. Para mí la obra del ministerio del versículo 12 se refiere más a la
obra de los santos que a la de los apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y maestros.

La obra de edificación del salón de reuniones de Anaheim es un buen ejemplo de esto.


Aunque muchos hermanos trabajaron en la construcción del salón, pocos eran
constructores profesionales. La mayoría de ellos tenía poca experiencia en el ramo de
construcción. Los pocos peritos que había tomaron la iniciativa en la construcción, y
poco a poco fueron perfeccionando a los inexpertos. Al final, tanto los trabajadores
calificados como los aprendices trabajaron juntos en la edificación del salón. Sin
embargo, la mayor parte del trabajo no la realizaron los profesionales, sino los
aprendices. En el mismo principio, la obra del ministerio se refiere a la única obra que
edifica el Cuerpo de Cristo. La responsabilidad de dicha obra no recae principalmente
sobre los apóstoles, sino sobre los santos. Tanto los apóstoles y profetas como todos los
creyentes, incluyendo a los miembros más pequeños, laboran juntamente para edificar
el Cuerpo.

EL CONCEPTO JERARQUICO

A estas alturas quisiera expresar algunas palabras francas y sinceras en cuanto a la


degradada condición del cristianismo actual. Esta degradación se debe principalmente a
la influencia de los conceptos naturales. Conforme al concepto humano, en todo grupo o
sociedad debe haber rangos, unos tienen rangos superiores y otros, inferiores. Ignacio,
uno de los grandes padres de la iglesia, un buen maestro y un hombre piadoso, cometió
el error de enseñar que los obispos tienen un rango más elevado que los ancianos. Dijo
que la autoridad de los ancianos era local, mientras que la de los obispos era regional.
Este concepto sembró la semilla de la jerarquía, la cual, a medida que se desarrolló, no
sólo produjo los obispos, sino también los arzobispos, los cardenales, y, en la posición
más elevada, el Papa. Esta jerarquía no fue abolida durante la Reforma, sino que se
propagó en diversas formas en las denominaciones protestantes, y continúa hasta el día
de hoy.
El concepto de jerarquía, o sea, de dar rangos a los creyentes a manera de pirámide,
encaja muy bien con el concepto natural. Pero si tenemos la luz de la clara revelación del
Nuevo Testamento, nos daremos cuenta de que la iglesia no es una pirámide, sino un
organismo vivo, el Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo. En Mateo 23:8-10 el Señor Jesús
expresó lo siguiente: “Pero vosotros no seáis llamados Rabí; porque uno es vuestro
Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie
en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni seáis llamados
preceptores; porque uno es vuestro Preceptor, el Cristo”. A pesar de estas palabras,
debido al concepto natural de las personas, a los doce apóstoles se les atribuye un rango
superior al de los demás creyentes. Sin embargo, al estudiar detenidamente el Nuevo
Testamento, uno no ve mucha diferencia entre los doce apóstoles y los demás discípulos.
En el Nuevo Testamento, la gracia no es dada exclusivamente a los doce apóstoles, sino
a todos los discípulos en general. En Juan 17 el Señor Jesús no oró por los apóstoles,
sino por los discípulos. Además, en el capítulo veinte de Juan, el Señor, en el día de Su
resurrección, se apareció a los discípulos. Y el Espíritu que se derramó en el día de
Pentecostés, mientras los ciento veinte oraban juntos, se derramó sobre todos los
discípulos, no solamente sobre los apóstoles.

NO DEBE HABER RANGOS ENTRE LOS CREYENTES

En la economía neotestamentaria no existe el concepto jerárquico; por el contrario,


Dios, conforme a Su economía neotestamentaria, le da el mismo rango a todos los
creyentes. Por esta razón, el Señor Jesús dijo que todos somos hermanos y que sólo
Cristo es nuestro Líder, Guía, Instructor y Director. Aunque la economía de Dios ubica a
todos los creyentes en el mismo nivel, el concepto natural induce a que en la iglesia,
como en cualquier grupo u organización social, debe haber una clase especial de líderes.

LA ERA APOSTOLICA

Debido a la influencia de este concepto, en la historia de la iglesia vemos que se cometió


un grave error. Conforme a la perspectiva tradicional, el primer siglo es considerado
como la era apostólica. Este concepto es erróneo. La era apostólica abarca la era
neotestamentaria en su totalidad. ¿Acaso la era actual no forma parte de la era
apostólica? Si no es así, ¿en qué era estamos? ¿En la era del clero, de la jerarquía? Si
somos iluminados por la revelación del Nuevo Testamento, veremos que la era
apostólica comprende toda la era neotestamentaria.

Algunos afirman que la era apostólica terminó y que hoy ya no hay apóstoles. El
hermano Nee, al principio de su ministerio, todavía no estaba totalmente liberado de la
influencia de este concepto, y en su libro: The Assembly Life [La vida de asamblea],
publicado en 1934, dijo que no había ancianos oficiales, sino solamente ancianos “no
oficiales”. Además, dijo que ya no hay apóstoles, sino un grupo de personas que hacen la
obra de los apóstoles, tal como predicar el evangelio y establecer iglesias. El hermano
Nee admitió que los que ahora realizan la obra de los apóstoles no tienen la santidad, el
poder, ni la victoria de los apóstoles. Sin embargo, como observó el hermano Nee, Dios
usa a personas que laboran para El en cada localidad de una manera similar a la de los
apóstoles del primer siglo. En el pasado los apóstoles establecían las iglesias, pero hoy
las establecen aquellos que hacen la obra de los apóstoles. El hermano Nee señaló que
estos hombres no son dignos de ser comparados con los apóstoles, ni siquiera de ser
llamados apóstoles, sino que ellos llevaban a cabo parte de la obra de los mismos. Ellos
son las personas que Dios usa en medio de la actual degradación de la iglesia. En ese
libro, publicado en 1934, el hermano Nee se daba cuenta de que había algunas personas
que hacían la obra de los apóstoles, pero no se atrevió a llamarlas apóstoles. Con todo,
las llamó apóstoles “no oficiales”, quienes nombraban a ancianos “no oficiales” en las
asambleas locales.

Tres años más tarde, en 1937, el hermano Nee vio en el Nuevo Testamento que es
erróneo decir que la era apostólica ya terminó y que ya no puede haber apóstoles. Por lo
tanto, publicó un libro titulado La vida cristiana normal de la iglesia, donde recalca
firmemente que hoy en día todavía hay apóstoles. Cuando se publicó este libro hace
unos cuarenta años, sólo teníamos una luz parcial acerca de este asunto. Pero ahora, a la
luz de la revelación encontrada en los capítulos tres y cuatro, vemos que todos los santos
pueden hacer la misma obra que los primeros apóstoles, profetas, evangelistas, y
pastores y maestros.

PERFECCIONAR A LOS SANTOS

Hemos expresado que la función de las personas dotadas de Efesios 4:11 es perfeccionar
a los santos. Ahora bien, los apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y maestros
perfeccionan a los santos pero, ¿para que hagan qué?. La única respuesta razonable y
lógica es que los perfeccionan para que hagan lo mismo que ellos. Por ejemplo, un
profesor de matemáticas adiestra a sus estudiantes en las matemáticas; su meta es
enseñarles a que hagan lo que él hace. Con el tiempo, a través de años de
adiestramiento, sus estudiantes llegarán a ser maestros de matemáticas. Pero
supongamos que cierto maestro ha enseñado matemáticas por muchos años sin
perfeccionar ni siquiera a un estudiante. ¡Qué maestro tan deficiente! Esto es
exactamente lo que pasa hoy entre los cristianos. Muchos han asistido a los llamados
servicios de la iglesia por años sin haber sido perfeccionados en lo más mínimo.
Hace cerca de veinticinco años, algunos hermanos de la iglesia en Manila fueron a un
hospital a visitar a un hermano enfermo. Al reunirse alrededor de la cama del hermano,
cada uno de ellos ofreció una oración al Señor . Otros creyentes que se hallaban cerca de
ahí se quedaron sorprendidos al oír que oraran, y uno de ellos le dijo a nuestros
hermanos: “En nuestra iglesia, el pastor es el único que ora en público. Nosotros no
sabemos orar, pero vemos que cada uno de ustedes sabe orar. ¿A qué iglesia asisten?”
Este solo ejemplo muestra la carencia de perfeccionamiento que existe entre los
cristianos.

Siento mucha carga con respecto a nuestra propia condición en el recobro del Señor.
Tengo que preguntarme sinceramente cuántos hermanos y hermanas han sido
perfeccionados bajo este ministerio. Así como uno puede obtener un título universitario
después de cuatro años de asiduo estudio, después de varios años de estar en el recobro
del Señor, también deberíamos mostrar ciertas señales de perfeccionamiento. Sin
embargo, muchos que han estado con nosotros por años, todavía no manifiestan mucho
perfeccionamiento. Debido a esto, se han infiltrado entre nosotros ciertos aspectos del
sistema clero-laico. No podemos tolerar esto. No estamos aquí simplemente para
celebrar los llamados servicios cristianos. La meta de todo lo que hagamos en nuestras
reuniones debe ser perfeccionar a los santos. Si somos fieles en perfeccionar a los
hermanos y a las hermanas, después de tres o cuatro años todos habrán sido
perfeccionados para efectuar la misma obra que realizaron los primeros apóstoles,
profetas, evangelistas, y pastores y maestros.

En Hechos 8 se levantó una persecución en contra de la iglesia, y los creyentes fueron


esparcidos. Pero los apóstoles permanecieron en Jerusalén. Los discípulos que salieron,
espontáneamente hicieron la obra de los apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y
maestros. Supongamos que en estos días se diera una persecución que provocara la
dispersión de los creyentes. ¿Qué podrían hacer aquellos de la dispersión? Debemos
preguntarnos esto acerca de nosotros mismos. ¿Qué haríamos si fuéramos esparcidos?
Mi esperanza es que muchos funcionaran como apóstoles, profetas, evangelistas, y
pastores y maestros; que al encontrarse en algún lugar desconocido, tuvieran el deseo de
atender los intereses del Señor en ese lugar. Primero, podrían predicar el evangelio; y
luego, por medio del pastoreo y de la enseñanza, cuidar a los que fueran salvos. Todos
debemos ser perfeccionados para llevar a cabo tal obra.

EN LA IGLESIA Y POR EL MINISTERIO

Lo que se practica en el cristianismo actual para perfeccionar a los creyentes no


concuerda con lo que el Señor revela en el Nuevo Testamento. En el cristianismo se
establecen seminarios de capacitación para que las personas sirvan al Señor; sin
embargo, los que se educan en los seminarios no son perfeccionados conforme a la
economía neotestamentaria de Dios. El verdadero perfeccionamiento de los santos debe
implementarse en la iglesia y por el ministerio. Hoy se critica, se vitupera y se escarnece
el ministerio del Señor. Pero si los ojos de los creyentes son abiertos, podrán ver qué es
el ministerio y dónde está. En la iglesia, el ministerio es crucial para el
perfeccionamiento de los santos para la obra del ministerio, para la edificación del
Cuerpo de Cristo.

Me preocupa mucho que se haya hecho tan poco entre nosotros para perfeccionar a los
santos para la obra del ministerio. ¡Cuánto hemos estado bajo la influencia del
cristianismo degradado! Hoy a muchos cristianos les interesa principalmente predicar el
evangelio y en cierta medida enseñar la Biblia. Sin embargo, todos debemos ver
claramente que hoy el Señor lleva a cabo una sola obra, la de perfeccionar a todos los
santos “hasta que todos lleguemos”. Hemos visto que en Efesios 4 Pablo no se puso en
una categoría separada, sino que se incluyó con todos los santos. Todos, incluyendo a
Pablo, debemos asirnos de la verdad, crecer en Cristo y llegar a ser un hombre de plena
madurez.

En estos días siento una pesada carga con respecto al perfeccionamiento de los santos y
no descansaré hasta ver que todos ellos hagan la misma obra que los primeros apóstoles,
profetas, evangelistas, y pastores y maestros. Mi deseo no es ser un predicador o
instructor bíblico; mi anhelo es ser perfeccionado y perfeccionar a otros para la
edificación del Cuerpo de Cristo.

VIDA Y FUNCION

Para ser perfeccionados debemos prestar atención a la vida y la función. Somos


perfeccionados al crecer en la vida divina y al adquirir la debida destreza para funcionar
en el Cuerpo. La palabra griega traducida “perfeccionar” también significa completar,
equipar, proveer lo necesario. Perfeccionar a un santo equivale a completarlo, equiparlo
y proveerle lo que necesita. Solamente al crecer en vida uno está completo, y esto se
logra hasta que uno alcanza la madurez. Por ejemplo, un niño de cinco años no es una
persona madura. Mientras sigamos siendo menores de edad espiritualmente, no
estaremos completos. Los padres de familia equipan a sus hijos y los perfeccionan
alimentándolos y enseñándoles a comportarse y a hablar de cierta manera. Los hijos son
perfeccionados por medio de alimentación y adiestramiento. Lo mismo sucede cuando
se perfecciona a los santos conforme a la economía de Dios. Los santos necesitan ser
alimentados y adiestrados para que funcionen con la debida destreza.
En una ocasión, mientras visitaba un lugar donde las personas eran consideradas muy
espirituales, me preguntaron por qué en el recobro del Señor conducíamos
entrenamientos. Mi respuesta fue que como seres humanos, necesitamos crecer y
también aprender. Si no crecemos, no tendremos la estatura suficiente para desempeñar
ciertas tareas; y si no aprendemos, seremos “bárbaros”. Por ejemplo, si a un niño no se
le enseña a comer apropiadamente usando los utensilios adecuados, se portará
indisciplinadamente, como un “salvaje”, durante la comida. No piense que mientras que
una persona sea espiritual en cuanto a la vida divina, no requiere de entrenamiento. No;
en las cosas espirituales al igual que en las cosas físicas, se necesita entrenamiento. En
los asuntos espirituales necesitamos la madurez, el crecimiento en vida, y también la
destreza para funcionar. La madurez proviene del crecimiento, y la destreza se obtiene
por medio del adiestramiento. Por consiguiente, para perfeccionar a los santos es
necesario alimentarlos con comida espiritual a fin de que crezcan, y también debemos
adiestrarlos para que desarrollen ciertas habilidades.

LA NECESIDAD DE UN ENTRENAMIENTO COMPLETO

Hasta ahora no he descargado mi carga en lo que atañe al entrenamiento. Necesitamos


ser entrenados en la implementación de la vida de iglesia. Esto significa que el
entrenamiento debe enriquecer y elevar nuestra práctica de la vida de iglesia. Aunque
hasta ahora la ayuda que se les ha dado a los santos está lejos de alcanzar la norma, no
podemos negar que muchos han pasado por cierto entrenamiento desde que entraron en
el recobro del Señor. Esto lo comprueban los testimonios y oraciones que los santos
ofrecen en las reuniones. No obstante, todavía existe la necesidad de un entrenamiento
más profundo y más completo. Mi carga es que al cabo de un lapso, tal vez de tres o
cuatro años, la mayoría de los santos que están en el recobro del Señor en este país, sea
debidamente entrenada.

El entrenamiento consiste en recibir el rico suministro de Cristo para que crezcamos, y


en ser equipados a fin de que seamos aptos para hablar, relacionarnos con los nuevos
creyentes, pastorear, predicar y enseñar. No diga que usted no es un orador y que no
puede hablar; todos podemos hablar de parte del Señor.

LA MANERA EN QUE EL SEÑOR OPERA

Una vez que los santos sean perfeccionados, a dondequiera que vayan, irán en calidad de
apóstoles, es decir, de enviados. Además, ellos también serán profetas, evangelistas, y
pastores y maestros. Perfeccionar a los santos para que sean dones para el Cuerpo
constituye la manera en que el Señor opera, y si no lo seguimos, el Señor no podrá
obtener lo que desea. ¡Cuánto agradecemos al Señor que por Su misericordia El nos ha
mostrado Su camino!

Hemos visto que Pablo no se excluyó a sí mimo en lo que expresó en 4:13-15; más bien,
declaró: “Hasta que todos lleguemos ... para que ya no seamos niños ... sino que asidos a
la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la Cabeza”. Ninguno de nosotros
debe pensar que ya está perfeccionado; por el contrario, todos necesitamos más
suministro de vida y más entrenamiento. Si estamos dispuestos a crecer y ser
adiestrados, no repetiremos la historia del cristianismo. Si practicamos fielmente lo que
el Señor nos ha mostrado, El podrá lograr lo que desea entre nosotros. La manera en
que el Señor opera nunca ha cambiado. Esta manera consiste en perfeccionar a los
santos para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo. De esta
manera El obtiene lo que desea en preparación para Su venida.

ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE CUARENTA Y DOS

TODOS LOS MIEMBROS EDIFICAN


Y NINGUNO TIENE RANGO

A través de los siglos, los cristianos han sostenido el concepto natural de que la iglesia es
simplemente una organización social. Pero de hecho la iglesia no es una organización.
Como dice Pablo en sus epístolas, la iglesia es el Cuerpo de Cristo. Nuestro cuerpo físico,
una figura del Cuerpo místico de Cristo, no es una organización, sino un organismo, y
como tal, depende totalmente de la vida. Cuando la vida se acaba, el cuerpo se convierte
en un cadáver, el cual se puede comparar con una organización.

EL ORDEN ES FUNCIONAL, NO JERARQUICO

El concepto de que la iglesia es una organización social ha causado mucho daño. En las
organizaciones sociales sí es necesario que ciertos miembros ocupen rangos más
elevados que otros. Y en la religión esto puede presentarse en forma de una jerarquía.
Pero en nuestro cuerpo físico no existe la jerarquía. Sin bien es cierto que la posición de
ciertos miembros es más elevada que la de otros, esto obedece a un orden funcional, no
a un rango. Por ejemplo, debido a su función, la nariz está por arriba de la boca. Sería
absurdo decir que la nariz tiene un rango superior al de la boca. Del mismo modo,
nuestros dedos están por debajo de los brazos y de los hombros, pero esto no significa
que tengan un rango inferior. Todo esto obedece a un orden funcional. ¿Cómo podrían
funcionar los dedos si estuvieran conectados a los hombros? Por consiguiente, en el
cuerpo físico, el cual es un cuadro del organismo vivo del Cuerpo de Cristo, no existen ni
rangos ni jerarquías, sino un orden funcional.

En el pasado conocí a algunas mujeres que no estaban de acuerdo con lo que Pablo dice
en Efesios 5 en cuanto a que las esposas deben someterse a sus maridos. De igual modo,
ellas tampoco aceptaban las palabras que Pablo escribió en 1 Corintios 11, donde afirma
que el hombre es cabeza de la mujer. Debido a la influencia del concepto moderno
acerca de la emancipación femenina, preguntaron por qué la mujer debía sujetarse al
hombre. Yo les contesté haciendo referencia al orden en que están estructurados los
miembros de nuestro cuerpo físico. Traté de mostrarles que dicho orden no depende de
rangos, sino de función. Por ejemplo, la nariz está en el lugar apropiado para cumplir la
función que le corresponde. Pasa lo mismo con los demás miembros del cuerpo. Sin
embargo, el hecho de que la nariz esté ubicada arriba de la boca según su orden
funcional no significa que tenga un rango superior al de la boca. Si pensamos que debe
haber rangos en el Cuerpo de Cristo, esto significa que estamos bajo la influencia de la
mentalidad del ser humano caído. Estos conceptos han sido la causa de muchos
problemas y dificultades.

Al examinar lo que dice el Nuevo Testamento acerca de los apóstoles, profetas y


ancianos, debemos desechar todo concepto natural. Si nos aferramos a nuestro concepto
natural, automáticamente pensaremos que los apóstoles, profetas y ancianos ocupan un
rango superior. La idea de que hay rangos es un concepto totalmente natural, un
concepto ajeno a las Escrituras. Los apóstoles, los profetas y los ancianos desempeñan
ciertas funciones, pero eso no los coloca por encima de los demás santos. En el Cuerpo
hay muchos miembros, y todos tienen diferentes funciones. No obstante, aunque la
función de cada uno sea distinta, eso no indica que haya diferencia de rangos. En un
organismo no se está consciente de rangos. Si nuestros hombros pudieran hablar, dirían
que a ellos jamás se les ha ocurrido pensar que tienen algún rango en el cuerpo; dirían
que nunca se han considerado superiores a los demás miembros.

Algunos ancianos se sienten orgullosos de su posición y esperan ser honrados por los
santos. Otros hermanos ambicionan ser ancianos. Pero en la vida de iglesia no hay lugar
para la ambición. Si conocemos la Biblia, comprenderemos que un anciano es un
esclavo. El concepto de rangos debe ser arrancado de nosotros. Los apóstoles y los
ancianos no son altos funcionarios; por el contrario, son personas que sirven a Cristo a
las iglesias y a los santos.
PERFECCIONAR A LOS SANTOS
PARA LA OBRA DEL MINISTERIO

Mi carga en este mensaje es que todos los santos deben ser miembros que edifican.
Efesios 4:11 dice: “Y El mismo dio a unos como apóstoles, a otros como profetas, a otros
como evangelistas, a otros como pastores y maestros”. Las personas dotadas no son
oficiales de rango especial; más bien, son personas dadas para perfeccionar a los santos
(v. 12). Los santos necesitan ser perfeccionados, equipados, suplidos para la obra del
ministerio, la cual consiste en edificar el Cuerpo de Cristo. Puesto que muchos santos
todavía no se involucran en dicha obra, ellos necesitan a las personas dotadas
mencionadas en el versículo 11, para que los perfeccionen, los equipen, los capaciten a
fin de que sean aptos para llevar a cabo la obra del ministerio, para la edificación del
Cuerpo de Cristo. El perfeccionamiento o equipamiento está relacionado con el
crecimiento en vida y con el adiestramiento en el desarrollo de ciertas habilidades.

La luz que vemos en estos versículos nunca ha sido tan brillante y clara como lo es
ahora. Hemos visto que la obra del ministerio es simplemente edificar el Cuerpo de
Cristo. Esta obra no es exclusiva de los apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y
maestros, sino que en ella participan todos los miembros. Así que, todos los santos son
miembros que edifican. No sólo somos miembros que han sido edificados, sino que
también somos miembros que edifican el Cuerpo. Primero, los apóstoles, profetas,
evangelistas, y pastores y maestros perfeccionan a los santos, es decir, los edifican; y a
su vez, los santos perfeccionados llegan a ser los miembros que edifican. En estos días
los santos están siendo perfeccionados; pero espero que después de algún tiempo, los
santos que ahora están siendo perfeccionados también lleguen a ser edificadores.

HASTA QUE TODOS LLEGUEMOS

El versículo 13 dice: “Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno


conocimiento del Hijo de Dios, a un hombre de plena madurez, a la medida de la
estatura de la plenitud de Cristo”. Notemos que en este versículo Pablo no dice
“lleguen”, sino “lleguemos”. Cuando escribió este versículo, Pablo ya era un hombre
maduro; sin embargo, esperaba que los inmaduros crecieran. En otras palabras, él
esperaba que todos llegáramos. Pablo no quería llegar a su destino antes que los más
jóvenes; más bien, esperaba que todos llegáramos a tres cosas: a la unidad de la fe, a un
hombre de plena madurez y a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Este
versículo contiene tres frases que comienzan con la palabra “a”. El hecho de que no haya
conjunción indica que la segunda frase está en aposición con la primera, y la tercera con
la segunda. Así que, en realidad las tres frases aluden a lo mismo.
Pablo esperaba que todos los santos llegaran a la norma que él había alcanzado y que
fueran idénticos a él. El era un edificador, y nosotros también debemos serlo. Pablo no
era un oficial de alto rango, sino simplemente un miembro del Cuerpo. La diferencia
entre él y la mayoría de nosotros es que Pablo era un miembro edificador, mientras que
la mayoría de nosotros somos miembros edificados. No obstante, se acerca el día, tal vez
dentro de unos pocos años, en que todos nosotros seremos miembros edificadores.
Entonces todos juntos llegaremos a nuestro destino.

CRECIMIENTO Y ENTRENAMIENTO

El versículo 14 añade: “Para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y
zarandeados por todo viento de enseñanza en las artimañas de los hombres en astucia,
con miras a un sistema de error”. Un bebé espiritual no puede edificar; él primero tiene
que ser edificado, y para ello necesita crecer. Si queremos ser miembros edificados, y
especialmente si deseamos ser miembros que edifican, debemos crecer. Además,
debemos desarrollar ciertas habilidades. En el mensaje anterior dijimos que la manera
de perfeccionar a los santos es alimentarlos para que crezcan, y entrenarlos para que
aprendan ciertas habilidades. Aprender a desempeñar cierta función está relacionado
con nuestro crecimiento en vida. Cuanto más maduros seamos, más podremos ser
adiestrados. Por ejemplo, un niño de cierta edad puede aprender matemáticas con
mayor facilidad que uno de menor edad. Es el crecimiento en vida lo que nos capacita
para aprender ciertas habilidades.

Hoy en día no hay muchos cristianos que le den importancia al crecimiento en vida, y
menos aun, los que se interesan por ser adiestrados. Por esta razón, entre la mayoría de
los cristianos de hoy no hay crecimiento ni entrenamiento. Es por eso que, a pesar de
que asisten a los llamados servicios de la iglesia por muchos años, siguen siendo bebés.
Una persona así jamás podría hacer lo que hacen los apóstoles y profetas, porque que no
ha sido alimentada ni entrenada.

La condición del recobro del Señor debe ser completamente diferente. Debemos
levantarnos y declarar que queremos crecer en vida y que queremos desarrollar las
habilidades necesarias para llegar a ser miembros edificadores. Espero que después de
algunos años todos los santos serán miembros edificadores que habrán crecido en vida y
que podrán desempeñar ciertas habilidades. Esto es lo que significa ser perfeccionado,
completado, equipado y suministrado.
NUESTRO POTENCIAL SE MANIFIESTA
POR MEDIO DEL CRECIMIENTO

El versículo 15 dice: “Sino que asidos a la verdad en amor, crezcamos en todo en Aquel
que es la Cabeza, Cristo”. Este versículo habla claramente del crecimiento. ¡Cuánto
necesitamos crecer! Es bueno que la Palabra nos de la confianza de que todos podemos
hacer lo mismo que los apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y maestros. Todos
tenemos el potencial para ello. Sin embargo, este potencial se puede desarrollar
únicamente por medio del crecimiento. Sin crecimiento, el potencial no significa nada.
Si deseamos crecer, tenemos que entrar en la Palabra, alimentarnos de ella y ejercitar
nuestro espíritu orando y recibiendo al Señor cada día. Al alimentarnos de la Palabra y
recibir al Señor, recibiremos la nutrición necesaria para crecer en vida.

LA OPERACION DE CADA MIEMBRO EN SU MEDIDA

El siguiente versículo, el versículo 16, revela que el Cuerpo procede de la Cabeza: “De
quien todo el Cuerpo, bien unido y entrelazado por todas las coyunturas del rico
suministro y por la función de cada miembro en su medida, causa el crecimiento del
Cuerpo para la edificación de sí mismo en amor”. Este versículo indica que el Cuerpo
causa el crecimiento del Cuerpo para la edificación de sí mismo en amor. La expresión
“todas las coyunturas del rico suministro” se refiere a las personas especialmente
dotadas, tales como las que se mencionan en el versículo 11; mientras que “cada
miembro” denota a los miembros del Cuerpo. Cada miembro tiene una función que
corresponde a su medida. Esto quiere decir que cada miembro es un miembro
edificador. Los miembros edificadores mencionados en este versículo son aquellos que
han crecido en vida y que han desarrollado sus habilidades funcionales.

LA NECESIDAD DE SER ADIESTRADOS

Siento una gran carga de que todos crezcamos en vida y recibamos entrenamiento para
que desempeñemos nuestra función. Estamos aquí porque queremos entregarnos al
Señor sin reserva. El propósito de las reuniones de la iglesia no es relajarnos o
entretenernos. El Señor necesita personas dispuestas a crecer, ser entrenadas y recibir
disciplina. Así que, cada iglesia debería dedicar una tarde por la semana al
entrenamiento. Si somos fieles al Señor en esto, después de algunos años todos los
santos serán útiles en las manos del Señor. Que todos estemos dispuestos a decir:
“Señor, queremos ser adiestrados; queremos saber cómo crecer en vida de una manera
práctica, y cómo desarrollar las necesarias habilidades”.
Necesitamos que se nos adiestre para saber hablar, predicar el evangelio y enseñar y
pastorear a otros. Todo cristiano que ha alcanzado la norma que el Señor exige debe ser
un enviado, uno que habla de parte de Dios, que predica el evangelio y que cuida a otros.
No debemos ser personas salvas que simplemente esperan ir al cielo. Creyentes así en
realidad no son muy diferentes de la gente del mundo. Nosotros debemos ser personas
que son enviadas continuamente a hablar de parte del Señor. Debemos predicar el
evangelio y pastorear a los que se salvan por medio de nuestra predicación. Si somos
personas así, seremos diferentes de la gente del mundo y de la mayoría de los cristianos.
Seremos un pueblo celestial que lleva a cabo una comisión celestial.

No debemos esperar que otros sean levantados como siervos del Señor o para llevar a
cabo la obra del ministerio. Todos tenemos que funcionar como apóstoles, profetas,
evangelistas, y pastores y maestros. Todos debemos ser miembros edificadores y todos
tenemos esta capacidad. No nos interesa tener títulos ostentosos ni posiciones vanas; lo
que queremos es ser los apóstoles y profetas de hoy de manera práctica. Necesitamos ser
genuinos predicadores del rico y elevado evangelio, y pastores que saben cómo pastorear
a los nuevos creyentes. Que todos acudamos al Señor de manera desesperada y le
pidamos que nos adiestre para que seamos esta clase de miembros de Su Cuerpo. No
descansaré hasta ver que todos los santos del recobro del Señor sean entrenados de esta
manera. Nuestra carga es perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la
edificación del Cuerpo de Cristo.

TOMAR UNA FIRME DETERMINACION

Creo firmemente que el Señor nos ha aclarado a todos esta visión. Ahora lo crucial es
saber cómo responderán los santos. Yo diría que todos los que están entre nosotros son
sinceros y fieles al Señor. Lo único que resta es que tomemos una decisión definitiva
delante de El, e incluso hacer un voto de que no nos quedaremos atrás, que queremos
responder a Su llamado, satisfacer Su deseo y complacerle. Si no nos entregamos a esto,
nuestra vida en la tierra no tendrá sentido.

Tal vez es poco lo que podemos hacer por los cristianos que están en la religión, pero por
la misericordia y gracia del Señor nosotros mismos podemos recibir ayuda para llegar a
ser en la práctica y en realidad miembros que edifican. Creemos que hasta los más
débiles entre nosotros pueden llegar a ser miembros edificadores. Por un lado, los
hermanos que llevan la delantera deben empeñarse en perfeccionar a los santos. Por
otro, los santos deben tomar una firme decisión con el Señor en cuanto a su disposición
de ser adiestrados para ser miembros edificadores. Si todos somos fieles en estos
aspectos, Dios hará todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o
pensamos por causa de Su economía con respecto a Cristo y la iglesia.
CRISTO ES EL UNICO PRECEPTOR

No debe haber rangos entre los miembros edificadores del Cuerpo de Cristo. En Mateo
23:10 el Señor Jesús dijo: “Ni seáis llamados preceptores; porque uno es vuestro
Preceptor, el Cristo”. Todos los que estamos en el Señor, somos hermanos, y no debe de
haber preceptores entre nosotros. Las palabras claras del Señor declaran que ninguno
de nosotros debe ser llamado preceptor, porque El es el único líder.

AYUDAS Y ADMINISTRACIONES

Es muy significativo que en 1 Corintios 12:28, Pablo menciona las “ayudas” antes de las
“administraciones”. La palabra “ayudas” se refiere al servicio de los diáconos, mientras
que “administraciones” denota la función de los ancianos. En este versículo, Pablo a
propósito menciona primero el servicio de los diáconos y después la función de los
ancianos. Tal vez hizo esto para que los corintios se dieran cuenta de que en la iglesia no
deben existir rangos de ninguna clase. No debemos pensar que la administración que
desempeñan los ancianos es más elevada que el servicio de los diáconos.

MAYORDOMOS DE LA GRACIA DE DIOS

Hemos visto que en Efesios 3 Pablo dice que a él le fue dada la mayordomía de la gracia
de Dios. El menciona esto con la intención de ayudar a los santos a comprender que
todos ellos deben ser también mayordomos de la gracia de Dios. Este mismo
pensamiento también se encuentra en 1 Pedro 4:10: “Cada uno según el don que ha
recibido, minístrelo a los otros, como buenos mayordomos de la multiforme gracia de
Dios”. Por tanto, todos los santos, no sólo los apóstoles, debemos ser mayordomos. Los
ancianos no deben ubicarse en una categoría especial, sino que deben considerarse
como mayordomos, así como lo son todos los demás santos.

NO ENSEÑOREARSE DE LA IGLESIA,
SINO ESTABLECER UN EJEMPLO

En 1 Pedro 5:3 Pedro exhortó a los ancianos a no enseñorearse de la iglesia como si


fuera su posesión personal. La iglesia es el Cuerpo de Cristo, no es propiedad de los
ancianos. Los ancianos, por tanto, no deben pensar que la iglesia es de ellos. Sin
embargo, en algunos lugares he conocido a ancianos que tienen esta actitud. Ellos
mantienen a la iglesia en su “bolsillo” como si ésta fuera de ellos, y se conducen como
“jefes” de la misma. Es totalmente erróneo tener dicha actitud. Los ancianos tienen que
recordar que son mayordomos entre una compañía de mayordomos.
En su condición de mayordomos, los ancianos deben ser un ejemplo para los santos,
tomando la iniciativa en la lectura de la Palabra, en la oración, en consagrarse al Señor,
en crecer en vida, en participar en el servicio práctico de la iglesia y en todo otro aspecto.
Los ancianos no son amos ni reyes, sino esclavos, siervos. Ellos también son
mayordomos de la gracia de Dios, y como tales, deben ser modelos para los santos en
cuanto al pastoreo, la enseñanza y a la predicación. Si todos entendemos esto
claramente, no habrá problemas entre nosotros con relación al liderazgo.

UNA SUMISION MUTUA

Algunos me han preguntado si deben o no someterse a los ancianos de su iglesia local.


Definitivamente, los santos deben ser sumisos a los ancianos. En 1 Pedro 5:5 Pedro dice:
“Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos”. Pero en el mismo versículo él añade:
“Y todos, ceñíos de humildad en el trato mutuo”. Esto indica que no solamente los
jóvenes deben someterse a los mayores, sino que éstos también deben someterse a los
jóvenes. Tanto los mayores como los jóvenes deben ceñirse de humildad. A un joven le
resulta difícil someterse a un anciano, pero a un anciano le resulta todavía más difícil
someterse a un joven. A pesar de todo, en la vida de iglesia debe haber una sumisión
mutua.

UNA PREGUNTA SOBRE LA AUTORIDAD

Otros me han preguntado si los ancianos tienen autoridad. Esta pregunta surge del
concepto natural respecto a los rangos. Si no estuviéramos bajo la influencia del
concepto natural, no haríamos esta pregunta. Digo una vez más que en la iglesia no
existen tal cosa como el rango; más bien, todos somos mayordomos de la gracia de Dios,
y nos sometemos unos a otros. Si el Señor lo ha puesto a usted como anciano, no debe
enorgullecerse. Tampoco debe considerarse superior a los demás ni ejercer señorío
sobre la iglesia como si fuera suya. Al contrario, como alguien que preside, usted debe
ser un ejemplo para los santos. Cuando ellos vean el ejemplo que los ancianos les dan,
posiblemente dirán: “Señor, gracias por estos buenos ejemplos. Deseamos leer la
Palabra, predicar el evangelio, enseñar a otros y pastorearlos como ellos lo hacen”. Al
establecer unos el ejemplo y al seguirlo otros, todos serviremos juntos como
mayordomos de la multiforme gracia de Dios. Esta es la vida de iglesia apropiada, donde
no hay organización, rangos, jerarquía, clero ni laicado.

Si la iglesia ha de avanzar apropiadamente es necesario que algunos hermanos se


encarguen de los asuntos administrativos. Sin embargo, esta función no les da la
posición de altos funcionarios, ni hace de los santos sus subordinados. Debemos
despojarnos de este concepto natural, pues éste no tiene cabida en el reino de Dios. En
la vida de iglesia, que es el actual reino de Dios en la práctica, tenemos un solo Rey, el
Señor Jesucristo, y todos nosotros somos Sus súbditos.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE CUARENTA Y TRES

TRES OBJETIVOS A LOS CUALES DEBEMOS LLEGAR

Efesios 4:13 dice: “Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno
conocimiento del Hijo de Dios, a un hombre de plena madurez, a la medida de la
estatura de la plenitud de Cristo”. Este versículo es la continuación de los versículos 11 y
12, los cuales declaran que los apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y maestros
fueron dados para que perfeccionaran a los santos para la obra del ministerio. Ya
mencionamos que las personas dotadas de las que se habla en el versículo 11,
perfeccionan a los santos para que éstos hagan lo que ellos hacen. Todos podemos ser
enviados y todos podemos hablar por el Señor en calidad de profetas, predicar el
evangelio como evangelistas y pastorear a otros e instruirlos en calidad de pastores y
maestros. Si amamos al Señor, hablaremos de parte de El como Sus testigos. Además,
debemos predicar el evangelio a tiempo y fuera de tiempo. Esta no es tarea exclusiva de
los primeros evangelistas, sino de todos los santos. Además, es necesario que
diariamente pastoreemos e instruyamos a otros. Los que presiden deben ser ejemplos en
estas funciones, y los demás debemos seguir su ejemplo. Por consiguiente, todos los
santos pueden llevar a cabo la obra de los apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y
maestros.

Los santos necesitan ser perfeccionados para la obra del ministerio. En el Nuevo
Testamento se ve un solo ministerio, el cual consiste en impartir a Cristo en las personas
con miras a la edificación del Cuerpo. Si lo santos han de llevar a cabo la obra del
ministerio, ellos necesitan ser perfeccionados.

El Cuerpo de Cristo no lo edifican directamente los hermanos que llevan la delantera; la


obra directa la realizan los santos que han sido perfeccionados. ¡Cuán diferente es esto
del concepto natural que prevalece en el cristianismo actual! La manera correcta
consiste en que los que llevan la delantera asienten un modelo y que entonces entrenen
a los santos para que hagan lo mismo que ellos. Una vez que los santos han sido
perfeccionados, los que llevan la delantera deben hacerse a un lado y permitir que los
santos lleven a cabo la edificación directamente. Toda persona que preside debe saber
cuándo y cómo hacerse a un lado. Primeramente deben aprender a perfeccionar a otros;
luego, después de efectuar esta tarea, deben confiar la obra de edificación en manos de
todos los miembros del Cuerpo.
En el versículo 13 Pablo no dice: “Hasta que todos lleguen”, sino “hasta que todos
lleguemos”, lo cual indica que él se incluyó en la misma categoría de todos los santos. No
es correcto que unos cuantos lleguen a la meta y que otros se queden atrás; al contrario,
todos debemos llegar juntos. No debemos llegar a las tres cosas mencionadas en el
versículo 13 como que si esto fuera una carrera; todos debemos llegar a la meta al
mismo tiempo.

I. LLEGAR A LA UNIDAD

A. De la fe

La palabra griega traducida “llegar” en el versículo 13 también puede traducirse


“alcanzar”. Esto indica que se requiere un proceso para alcanzar o llegar a la unidad
práctica.

La unidad del Espíritu mencionada en el versículo 3 es la unidad de la vida divina en


realidad, mientras que la unidad del versículo 13 es la unidad de nuestro vivir en la
práctica. Ya tenemos la unidad de la vida divina en realidad; simplemente debemos
guardarla. Sin embargo, necesitamos avanzar hasta que todos lleguemos a la unidad de
nuestro vivir en la práctica. Este aspecto de la unidad se aplica a dos cosas: a la fe y al
pleno conocimiento del Hijo de Dios. La fe en este contexto no alude a la acción de creer,
sino a aquello en lo que creemos, tal como la Persona divina de Cristo y Su obra
redentora, la cual nos salva. Esta fe se usa en el mismo sentido que en Judas 3, 2
Timoteo 4:7 y 1 Timoteo 6:21.

B. El pleno conocimiento del Hijo de Dios

Llegar al pleno conocimiento del Hijo de Dios alude a comprender la revelación acerca
de El en nuestra experiencia. La frase “El Hijo de Dios” se refiere a la persona del Señor
como vida para nosotros, mientras que el título “Cristo” se refiere a Su comisión de
ministrarnos vida, para que nosotros, los miembros de Su Cuerpo, tengamos dones con
los cuales funcionar. Cuanto más crezcamos en vida, más nos apegaremos a la fe y al
conocimiento de Cristo, y más abandonaremos los conceptos doctrinales secundarios e
insignificantes, los cuales causan divisiones. Entonces llegaremos a la unidad práctica, o
sea, llegaremos a la medida de un hombre de plena madurez, a la medida de la estatura
de la plenitud de Cristo.

Muchos cristianos no conocen la diferencia entre la unidad del Espíritu y la unidad de la


fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios. La primera es la unidad de la realidad, y la
segunda es la unidad en forma práctica. Ya que el Espíritu es la realidad de nuestra
unidad, la unidad del Espíritu es la unidad de la realidad. La unidad es el Espíritu
mismo. Si no hubiera el Espíritu, no habría unidad. Sin embargo, aunque ya tenemos la
unidad de la realidad, aún necesitamos la unidad práctica. Esto significa que la unidad
de la realidad debe ser puesta en práctica, o sea, debe llegar a ser una unidad en la
práctica. Por tanto, en el versículo 13 Pablo habla de la unidad en forma práctica.

Entre la unidad de la realidad y la unidad en forma práctica existe una distancia. Por
ello, debemos llegar a la unidad en el aspecto práctico. La unidad del Espíritu es el
comienzo, mientras que la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios es
la meta. Esto indica que debemos “viajar” de la unidad del Espíritu a la unidad de la fe y
del pleno conocimiento del Hijo de Dios. En otras palabras, tenemos que avanzar de la
unidad de la realidad a la unidad del sentido práctico.

Como creyentes, ya tenemos la unidad de la realidad, lo único que debemos hacer es


guardarla, y la mejor manera de lograrlo es proseguir hacia la unidad en su aspecto
práctico.

Ya dijimos que la fe mencionada en el versículo 13 no se refiere a nuestra acción de


creer, sino al objeto en que creemos. Todo creyente de Cristo acepta esta fe. Cuando
creímos en el Señor Jesús, éramos muy sencillos; lo único que teníamos era la fe. Pero
más adelante nos volvimos bastante complicados y empezamos a adoptar diversas
doctrinas, enseñanzas y conceptos, que casi siempre crean divisiones.

Digamos que varios jóvenes se salvan al mismo tiempo mediante la predicación de algún
evangelista. El día que son salvos, todos abrazan la fe, pero después de algún tiempo
comienzan a aceptar diferentes conceptos doctrinales. Estos conceptos los llevan a
dividirse. Si estos creyentes desean llegar a la unidad de la fe, deben ser perfeccionados
mediante la obra que realizan los apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y
maestros. Esta obra de perfeccionamiento hará que ellos cuiden de la unidad del
Espíritu y hagan a un lado las doctrinas que los dividen. A medida que llegan a la unidad
de la fe, dejarán de prestar atención a las diferentes doctrinas, las cuales fomentan
divisiones, y sólo les importará la fe única con respecto a Cristo y Su obra redentora. Por
medio de esta obra de perfeccionamiento, ellos llegan en la experiencia al pleno
conocimiento del Hijo de Dios. En lugar de darles importancia a las doctrinas y las
prácticas, la cuales dividen, sólo les interesa Cristo, el Hijo de Dios. Se interesan por
llegar, en su experiencia, al pleno conocimiento del Hijo de Dios. Desean experimentar
cada vez más a Cristo en su vida diaria. Al llegar a la unidad de la fe y del pleno
conocimiento del Hijo de Dios, estos creyentes no solamente tienen la unidad de la
realidad, sino también la unidad del sentido práctico. Ahora pueden reunirse sin
división y disfrutar de la unidad de manera práctica.
La unidad que experimentamos en el recobro del Señor es la unidad práctica. Nuestra
unidad surge de la fe única y del pleno conocimiento que, en nuestra experiencia diaria,
tenemos del Hijo de Dios, quien es nuestra vida. Creemos que la mayoría de los que
estamos en el recobro del Señor hemos llegado a la unidad en forma práctica. Así que,
somos uno tanto en la realidad como en la práctica.

En la actualidad muchos cristianos que aman al Señor, incluyendo a un buen número de


pastores y ministros, no han visto la unidad en su aspecto práctico. No obstante, ellos ya
tienen la unidad de la realidad, la cual es la unidad del Espíritu. Muchos de estos
cristianos afirman que mientras seamos creyentes genuinos y el Espíritu de Dios more
en nosotros, todos podemos ser uno. En cierto sentido esto es cierto, pero tal unidad no
es la unidad en el sentido práctico; es real, más no práctica. Por consiguiente, estos
cristianos necesitan recorrer la distancia entre la unidad de la realidad y la unidad en
forma práctica. Alabo al Señor porque muchos de nosotros hemos avanzado desde el
principio, o sea, desde la unidad del Espíritu, a la meta, la unidad de la fe y del pleno
conocimiento del Hijo de Dios. Hemos efectuado el viaje que nos conduce de la unidad
de la realidad a la unidad en forma práctica.

II. LLEGAR A UN HOMBRE DE PLENA MADUREZ

El versículo 13 dice también que necesitamos llegar a un hombre de plena madurez, o


sea, a un varón maduro. Mediante la regeneración, hemos llegado a ser niños en Cristo
(1 Co. 3:1). Ahora nosotros los santos necesitamos crecer y madurar (1 Co. 3:6; He. 6:1).
Esta madurez en vida es necesaria para experimentar la unidad en la práctica.

Si todavía estamos divididos por diferencias doctrinales, esto es una señal de que somos
niños. Estas doctrinas que dividen son “juguetes”. Durante las primeras etapas de
nuestra vida cristiana, nos gusta divertirnos con esos “juguetes”. Cuanto más infantiles
somos, más “juguetes” poseemos. Pero a medida que los niños crecen, dejan a un lado
los juguetes, y cuando maduran, los abandonan por completo. En los primeros años de
mi vida cristiana me encantaban mis “juguetes” doctrinales. Debido a que estos
“juguetes” significaban tanto para mí, me tomó bastante tiempo despojarme de ellos.
Pero hoy ya no tengo “juguetes”; sólo tengo a Cristo y la iglesia.

En 1 Corintios 13:11 Pablo dice: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como
niño, razonaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño”. Pablo
indica que es posible que ciertas cosas pueden llegar a ser “juguetes”. A medida que
crezcan los creyentes, dejarán todos estos “juguetes”. Finalmente, al ser perfeccionados,
llegarán a un hombre de plena madurez.
III. LLEGAR A LA MEDIDA DE LA ESTATURA
DE LA PLENITUD DE CRISTO

Conforme al versículo 13, también debemos llegar a la medida de la estatura de la


plenitud de Cristo. La plenitud de Cristo es el Cuerpo de Cristo (1:23), el cual tiene una
estatura y una medida. Para experimentar la unidad práctica es necesario llegar a la
medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Por consiguiente, para llegar de la unidad
de la realidad a la unidad del sentido práctico debemos avanzar hasta que lleguemos a
las tres metas que se mencionan en este versículo.

La plenitud de Cristo es simplemente Su expresión. El Cuerpo, como plenitud de Cristo,


es Su expresión. La plenitud de Cristo, el Cuerpo, tiene una estatura, y esta estatura
tiene una medida. Por lo tanto, el versículo 13 habla de la medida de la estatura de la
plenitud de Cristo.

Llegar a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo equivale a llegar a la plena


edificación de Su Cuerpo, a la culminación de la edificación del Cuerpo de Cristo.

Ya vimos que necesitamos llegar a la unidad práctica, al pleno crecimiento y a la


edificación completa del Cuerpo de Cristo. Si queremos llegar a estas tres cosas,
debemos llevar a cabo la obra del ministerio. Como lo indica el versículo 12, la obra del
ministerio equivale a la edificación del Cuerpo de Cristo. Entre nosotros hay un solo
ministerio. Aunque quizás miles de nosotros participemos en la obra de éste, el
ministerio sigue siendo uno solo. El objetivo principal de este ministerio es edificar el
Cuerpo de Cristo. Sin importar quiénes somos, si somos líderes o seguidores, todos
laboramos para llevar a cabo el ministerio de la economía neotestamentaria de Dios,
cuyo fin es edificar el Cuerpo de Cristo. No estamos aquí para avanzar solos, sino para
proseguir con otros, incluso ayudar a otros a avanzar con nosotros. A medida que
avanzamos, necesitamos ayudar a otros a avanzar, y lo hacemos hablándoles de parte de
Cristo, enseñándoles y pastoreándoles.

Una vez más quiero recalcar la necesidad de que todas la iglesias reciban cierto
entrenamiento práctico. Debemos ser entrenados en cuanto a la enseñanza, el pastoreo
y la predicación del evangelio. Por medio de dicho entrenamiento, los santos
aprenderán a funcionar como apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y maestros.
Mientras funcionamos así, tenemos una sola meta: edificar el Cuerpo de Cristo. A
medida que participamos en la obra del ministerio para dicha edificación, llegamos a la
unidad práctica, al crecimiento pleno y a la culminación de la edificación del Cuerpo de
Cristo.
Si nuestra única meta es la edificación del Cuerpo, seremos regulados espontáneamente.
Al llevar a cabo una obra en particular, lo haremos teniendo presente que el propósito
de dicha obra es edificar el Cuerpo. Es posible que anteriormente hayamos predicado el
evangelio sin comprender que la meta de dicha predicación era edificar el Cuerpo. Ahora
vemos que lo que hagamos como apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y maestros
tiene la sola meta de edificar el Cuerpo de Cristo. Si hemos visto la meta, tendremos
carga de ayudar a otros a que lleguen juntamente con nosotros a la unidad práctica, al
pleno crecimiento y a la edificación del Cuerpo. Si tenemos una clara visión de esto, el
Señor podrá regresar, pues esto le propiciará la manera de obtener la novia que El
anhela.

La forma en que el Señor lleva a cabo esto se halla en tres versículos cruciales, en Efesios
4:11-13. Estos versículos revelan que todos los que el Señor capturó, fueron presentados
al Cuerpo como dones para que perfeccionasen a los santos, a fin de que lleven a cabo la
obra del ministerio y edifiquen el Cuerpo de Cristo. Es así que llegamos juntos a nuestra
destinación, a la unidad de la fe y el pleno conocimiento del Hijo de Dios, a un hombre
de plena madurez y a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Esta es nuestra
meta, y tenemos que avanzar diligentemente hacia ella hasta que todos la alcancemos
juntos.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE CUARENTA Y CUATRO

LA INMADUREZ Y LOS VIENTOS DE ENSEÑANZA

Efesios 4:13 declara que necesitamos llegar a la unidad de la fe y del pleno conocimiento
del Hijo de Dios, a un hombre de plena madurez y a la medida de la estatura de la
plenitud de Cristo. Es difícil definir adecuadamente estos puntos, pues todos ellos tienen
que ver con la vida, la cual es muy misteriosa. La verdadera unidad, la unidad en la
práctica, tiene que ver con la vida. Asimismo, ser un hombre de plena madurez y llegar a
la medida de la estatura de la plenitud de Cristo son asuntos que dependen de la vida.
Sólo hasta que experimentamos la vida hasta cierto grado, podemos entender versículos
como 4:13.

En 4:13 Pablo comienza hablando de la unidad de la fe. Desde el punto de vista de mi


limitada experiencia, puedo decir que la fe aquí se refiere a Cristo y Su obra redentora.
El Cristo vivo y Su obra constituyen el objeto de nuestra fe cristiana.

El versículo 13 también habla del pleno conocimiento del Hijo de Dios. Aparentemente
hay poca relación entre la fe y el pleno conocimiento del Hijo de Dios. Sin embargo,
conforme a nuestra experiencia, ambos aspectos aluden a lo mismo, a Cristo. El pleno
conocimiento del Hijo de Dios tiene que ver con conocer a Cristo como vida y como
nuestro todo. En el Nuevo Testamento, al Señor se le llama Hijo de Dios con relación a
la vida, y el Cristo, en cuanto a Su comisión. Cuando Pedro recibió la revelación con
respecto al Cristo, dijo que el Señor Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente (Mt.
16:16). Además, en el evangelio de Juan se nos dice que debemos creer que Jesús es el
Cristo, el Hijo de Dios (Jn. 20:31). Esto indica que nosotros, al creer en el Señor Jesús,
recibimos Su vida y Su comisión. Conocer la comisión del Señor es fácil, pero conocerlo
a El como nuestra vida es bastante difícil. Esto sólo se obtiene por la experiencia, no por
un simple conocimiento objetivo. Cuando experimentamos a Cristo como nuestra vida,
llegamos a conocerlo como el Hijo de Dios. Entonces podemos experimentar la unidad
práctica y experimental, es decir, la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de
Dios.

Dios desea que Cristo sea el todo para nosotros. Cristo es el objeto de nuestra fe y
también nuestra vida. Si vemos esto, comenzaremos a deshacernos de todo lo que nos
distrae de El, abandonaremos todo lo que no sea Cristo mismo. Cuánto abandonamos
depende de cuánto lo experimentamos. Cuanto más experimentemos a Cristo como
vida, más cosas dejaremos a un lado. De esta manera llegamos a la unidad de la fe y del
pleno conocimiento del Hijo de Dios.

En la actualidad todavía no conocemos plenamente la unidad práctica porque nos falta


experimentar más la vida. Pero estamos creciendo. Con todo, no podemos decir que ya
llegamos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, a un hombre de
plena madurez, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. No obstante,
agradecemos al Señor de que en Su recobro vamos camino hacia esa meta.

I. NIÑOS EN CRISTO

El versículo 14 dice: “Para que ya no seamos niños sacudidos por la olas y zarandeados
por todo viento de enseñanza en las artimañas de los hombres en astucia, con miras a un
sistema de error”. Este versículo es la continuación del versículo 13. Las palabras “Para
que” indican que como resultado de llegar a las tres cosas que se mencionan en el
versículo 13, ya no seremos niños sacudidos por las olas ni zarandeados por todo viento
de enseñanza. Así que, llegar a los tres aspectos del versículo 13 tiene un propósito: que
dejemos de ser niños.

A. Carecen de madurez en vida

Los niños son los creyentes que recién han recibido a Cristo y que carecen de madurez
en vida (1 Co. 3:1; 3:11; He. 5:13). En la primera etapa de nuestra vida espiritual, todos
los cristianos somos niños.

B. Sacudidos por las olas


y zarandeados por los vientos

El versículo 14 indica que los niños son sacudidos por las olas. La vida cristiana se
parece a una travesía por el mar, donde hay muchas tormentas. Como cristianos, no
debemos esperar que nuestro viaje transcurra con calma, sin olas ni vientos. Las olas y
las tormentas no solamente azotan a los creyentes individualmente, sino también a la
iglesia. Hay momentos en los que la iglesia es sacudida por las olas y se ve en medio de
tormentas. El concepto de Pablo no es que podemos evadir las olas y los vientos, sino
que podemos ser guardados de ser sacudidos por las olas y zarandeados por los vientos.

Las dificultades y las penurias son diferentes a las olas y las tormentas. Las penurias son
semejantes a las rocas, y las dificultades, a cargas pesadas que debemos llevar. Las olas,
por el contrario, a menudo llegan de manera placentera, atractiva y hasta con una
apariencia agradable y dulce. Los que son sacudidos por las olas, por lo general no son
sacudidos en contra de su voluntad, sino que voluntariamente se dejan llevar por las
olas, las cuales tienen una apariencia placentera y agradable para ellos. Mientras son
llevados por las olas, no están conscientes de ningún peligro; más bien, tal vez hasta
sientan cierta emoción y deleite. Debido a su placentera apariencia, las olas son muy
distintas de las penurias y dificultades. De hecho, pocos cristianos se dejan sacudir por
las dificultades, pero son muchos los que son sacudidos por las olas y zarandeados por
los vientos.

Tal vez usted se pregunte qué son las olas y los vientos. Ellos son las diferentes
enseñanzas, doctrinas, conceptos y opiniones. A medida que la iglesia avanza en su
travesía por el mar, Satanás aprovecha cada oportunidad para enviarle atractivas
enseñanzas, conceptos y opiniones, con la intención de engañar a los creyentes. Su
intención al hacer esto es apartarlos de Cristo y la iglesia.

En la época de Pablo, ciertos judaizantes enseñaban el Antiguo Testamento de manera


muy seductiva. Sus enseñanzas giraban en torno a ciertas prácticas que Dios había
establecido. Los niños en Cristo no discernían la sutileza de estas atractivas enseñanzas.
El principio es el mismo hoy, con la diferencia de que ahora hay muchas más
enseñanzas, conceptos y opiniones. Todo esto tiene una apariencia agradable y positiva;
de lo contrario, no engañaría a nadie. Así que, muchos son sacudidos por las olas y
zarandeados por los vientos de enseñanza.

A los niños se les engaña y extravía con mucha facilidad. Por ejemplo, alguien puede
llevárselos de su casa simplemente ofreciéndoles algunos caramelos. A ellos les gustan
tanto los dulces que se olvidan de todo lo demás. Debido a que muchos cristianos aún
siguen siendo niños, niños que desean enseñanzas “azucaradas”, se les engaña con
mucha facilidad.

La única manera de escapar de las olas y de los vientos es crecer en vida. Mientras
crecemos, debemos protegernos bajo el amparo de nuestros padres en el Señor. No nos
dejemos distraer por los caramelos espirituales; antes bien, sigamos el camino de
nuestros padres en Cristo. De esta manera, seremos preservados y salvaguardados.

En la vida de iglesia, los más jóvenes deben ampararse bajo los mayores; este refugio es
el mejor escondite. Nunca adopte por su cuenta ningún concepto, por muy agradable
que parezca. Cuando sea tentado a hacerlo, debe decir: “No me importan estas cosas; lo
único que me interesa es Cristo, la iglesia y el amparo de mis mayores”. Si ingiere el
“caramelo”, descubrirá que debajo de la capa azucarada hay veneno.

Al leer el contexto del versículo 14 podemos ver que Cristo y la iglesia son la prueba más
confiable para detectar si alguna enseñanza es engañosa. El enemigo Satanás es astuto y
usa olas y vientos para distraer a los santos y apartarlos de Cristo y la iglesia. En
ocasiones usará incluso la Biblia para conseguir esto. Esto indica que él usará aun las
enseñanzas bíblicas para apartarnos del propósito de Dios. El empleó las Escrituras para
tentar al Señor Jesús en el desierto. Satanás se vale de cualquier cosa para distraernos
de Cristo y la iglesia, y la mejor salvaguarda que podemos tener en contra de sus
astucias es Cristo y la iglesia. No debemos aceptar ninguna enseñanza que no pase la
prueba de Cristo y la iglesia.

A veces Satanás llega a nosotros con cierta enseñanza con el pretexto de que ésta nos
ayudará a disfrutar más la vida de iglesia. Sin embargo, cuando la recibimos, nos damos
cuenta de que ésta anula en nosotros el apetito por la vida de iglesia. Antes de aceptar
esa enseñanza, estábamos absolutamente en pro de la iglesia y del testimonio de ésta;
deseábamos asistir a las reuniones de la iglesia y valorizábamos mucho su base de
unidad. Pero la engañosa enseñanza satánica mata en nosotros el deseo de reunirnos,
diluye nuestra consagración por la vida de iglesia y nos lleva a menospreciar la base de
unidad de la iglesia. A medida que esta enseñanza ejerce su efecto destructivo en
nuestro interior, perdemos interés por el testimonio genuino de la iglesia. Con todo,
estamos convencidos de que gracias al concepto que hemos absorbido, estamos en
camino hacia una mejor vida de iglesia. ¡Esta es la más engañosa de todas las doctrinas!
Este engañoso viento nos aparta de la vida de iglesia.

Esta clase de enseñanza también nos hace perder el apetito por Cristo; su influencia nos
quita el hambre y la sed que sentíamos por El. Uno llega a sentir que amar al Señor de
manera absoluta es religioso o legalista. Todo esto muestra claramente que la esencia
venenosa de esa enseñanza satánica ha entrado a nuestro ser y lo ha corrompido,
aturdiendo los sentidos espirituales. Esta es la manera más sutil en que un creyente
puede ser apartado de Cristo y de la genuina vida de iglesia.

La única manera de crecer, de ser protegido y resguardado es permanecer en la vida de


iglesia. No debemos poner demasiada confianza en nuestro sentir personal en cuanto a
determinada situación. Algunas enseñanzas tal vez nos inciten a pensar que la vida de
iglesia no es tan buena y que incluso es innecesaria. En el transcurso de los años he
aprendido que siempre debemos estar alertas en contra de cualquier pensamiento que
insinúe que la vida de iglesia es deficiente, inadecuada e innecesaria. Pensamientos
como éste demuestran claramente que se aproxima un viento de enseñanza. Con esto no
estoy diciendo que hoy la iglesia es perfecta; sin embargo, sí afirmo que cualquier
pensamiento negativo acerca de la condición de la iglesia es un indicio del fomento de
una enseñanza insidiosa. A primera vista, esta clase de enseñanza no parece peligrosa;
por lo general está escondida detrás de una buena apariencia. Al principio, el “color” es
muy atractivo, pero después de entrar en uno, el “color” de esa enseñanza se oscurece
cada vez más a medida que pasa el tiempo. Esto es señal de la influencia venenosa que
ella ejerce en uno.

Quisiera repetir que la única manera de escapar de las olas y de los vientos es crecer. Sin
embargo, es imposible crecer de la noche a la mañana, como los hongos. El crecimiento
es gradual, poco a poco, día tras día. Mientras crecemos gradualmente en el Señor,
necesitamos permanecer bajo la cubierta protectora de la iglesia. Confiemos en la
iglesia, no en nuestros propios sentimientos. Acudamos al Señor y pidámosle que nos
ayude a poner nuestra confianza en El y en la iglesia. Esto es especialmente necesario
cuando sentimos que la iglesia no está bien. En el mismo momento que sintamos que la
condición de la iglesia no es positiva, debemos poner nuestra confianza en la iglesia aún
más.

II. VIENTOS DE ENSEÑANZA

A. Una enseñanza que difiere


de la economía de Dios

En el versículo 14, Pablo no habla de los vientos de herejías, sino de los vientos de
enseñanza. Cualquier enseñanza, aunque sea bíblica, que distraiga a los creyentes de
Cristo y la iglesia, es un viento que los desvía del propósito de Dios. En 1 Timoteo 1:3-4
se revela que en los tiempos de Pablo, algunos impartían diferentes enseñanzas. Esto no
significa que enseñaban herejías, sino que enseñaban algo diferente de la economía
neotestamentaria de Dios. No enseñaban según la enseñanza del ministerio
neotestamentario. En el Nuevo Testamento existe un solo ministerio, el cual consiste en
impartir al Dios Triuno en los creyentes para que se edifique la iglesia. Debemos
desconfiar de cualquier enseñanza o supuesto ministerio que enseñe cosas diferentes de
la economía de Dios, es decir, que enseñe algo que no imparta a Dios en los creyentes y
que no edifique las iglesias.

Los cristianos han sido llevados por diversos vientos de enseñanza. Cada denominación
o grupo independiente está bajo la influencia de algún viento doctrinal. En la actualidad,
¿qué cristiano no ha sido sacudido por las olas o zarandeado por los vientos? Aun
nosotros debemos preguntarnos si todavía estamos bajo la influencia de tales olas y
vientos. Puedo declarar firmemente que yo no soy sacudido por ninguna ola ni
zarandeado por ningún viento, porque lo único que me interesa es Cristo y la iglesia.
Algunos me han preguntado sobre la práctica de orar-leer, y les he contestado que no
estoy en pro del orar-leer, sino de Cristo y la iglesia. Yo no me diferencio de los demás
cristianos; sin embargo, muchos de ellos se han hecho diferentes a mí.
Por ejemplo, algunos se oponen firmemente al bautismo por inmersión y prefieren
bautizar por aspersión. A una persona así, le diría: “Hermano, a mí no me interesa el
bautismo por aspersión, lo que me interesa eres tú. Simplemente te recibo como mi
hermano en el Señor”. Al recibirle de esta manera, me hago igual a él. Pero si él insiste
en el bautismo por aspersión, es él quien se hace diferente de mí, y por ende, él, no yo,
es responsable por cualquier diferencia que exista entre nosotros.

Antes de venir al recobro del Señor, probablemente estábamos ocupados con cosas que
no eran ni Cristo ni la iglesia. Tal vez nos interesaba cierta doctrina, práctica u obra.
Pero en la vida de iglesia en el recobro del Señor, sólo nos interesa Cristo y la iglesia. Es
crucial que veamos claramente que la meta de la economía neotestamentaria es impartir
al Dios Triuno en las personas para edificar el Cuerpo de Cristo. Esta es nuestra meta y
nuestro testimonio; éste es también el recobro de Dios. Si siempre tenemos esta meta
delante de nosotros, no recibiremos ninguna enseñanza, concepto u opinión que nos
distraiga de la línea central de la economía de Dios.

B. En las artimañas de los hombres

En el versículo 14 Pablo habla de “las artimañas de los hombres”. La palabra griega que
significa “artimañas” se refiere a las trampas que hacen los jugadores de dados. Las
enseñanzas que llegan a ser vientos y que alejan a los creyentes de la línea central de
Cristo y la iglesia, son engaños instigados por Satanás, quien astutamente utiliza las
artimañas de los hombres para estorbar el propósito eterno de Dios, que consiste en
edificar el Cuerpo de Cristo. Por muy buena que parezca una enseñanza, si nos distrae
de Cristo y la iglesia, pertenece a las artimañas de los hombres. Las artimañas de los
hombres son peores que el engaño, porque no solamente son falsas, sino que también
suponen un complot maligno. Por muy bíblica que sea una doctrina, podría ser usada en
este perverso complot.

C. En astucia

En este versículo Pablo menciona la astucia. Esta palabra alude al uso de cierta
habilidad maligna. Por tanto, las artimañas de los hombres tienen que ver con un
complot y con la habilidad para engañar.

D. Con miras a un sistema de error

Por último, Pablo dice: “Con miras a un sistema de error”. Las enseñanzas que dividen
son organizadas y sistematizadas por Satanás con el fin de producir serios errores y
dañar la unidad práctica de la vida del Cuerpo. Las artimañas vienen del hombre,
mientras que el sistema de error viene de Satanás. Ya vimos que la economía de Dios
consiste en impartir al Dios Triuno en nosotros para que se edifique el Cuerpo de Cristo.
Satanás aborrece esto y usa astutamente enseñanzas, conceptos, doctrinas y opiniones
como parte de un plan diabólico que consiste en desviar a las personas y conducirlas a
un sistema de error. ¡Esta obra es diabólica! Que el Señor ponga de manifiesto todas las
sutilezas del enemigo para que podamos detectar el sistema de error relacionado con las
enseñanzas engañosas, diseñadas para distraer a los santos y desviarlos de Cristo y la
iglesia.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE CUARENTA Y CINCO

EL CRECIMIENTO DE LOS MIEMBROS


PARA LA EDIFICACION DEL CUERPO

En este mensaje llegamos a 4:15 y 16. El versículo 15 dice: “Sino que asidos a la verdad
en amor, crezcamos en todo en aquel que es la Cabeza, Cristo”. El hecho de que Pablo
comience este versículo con la palabra “sino” indica que la verdad del versículo 15 está
en contraste con las artimañas de los hombres, la astucia y el sistema de error del
versículo 14. Ser llevados por los vientos de enseñanza en las artimañas de los hombres
con miras a un sistema de error es no asirse a la verdad.

I. ASIDOS A LA VERDAD EN AMOR

Existen discrepancias entre los traductores de la Biblia con respecto a la traducción de la


palabra griega que nosotros tradujimos: “asidos”. Algunos prefieren usar “Hablando”, y
consideran que la verdad que se menciona en el versículo 15 es lo opuesto a la mentira.
Por consiguiente, para ellos, hablar la verdad es lo contrario de mentir. Yo no diría que
este entendimiento sea incorrecto, pero si examinamos este versículo de acuerdo a su
contexto, veremos que su significado espiritual comprende mucho más que el simple
hecho de hablar la verdad en lugar de mentir.

A. La verdad

La palabra “verdad” denota lo que es verdadero. Según el contexto, se refiere a Cristo y


Su Cuerpo. Ambos son entidades verdaderas. A ellas debemos asirnos en amor para
poder crecer en Cristo.

Asirse a la verdad en amor es manejar la verdad en amor. La palabra verdad del


versículo 15 denota aquello que es real. En el universo, lo único real, lo único verdadero,
es Cristo y la iglesia, y la única manera de manejar esta verdad es hablar de ella. Esto
significa que aunque evitemos la mentira, no necesariamente hablamos la verdad. Por
ejemplo, es posible que algunos reportajes periodísticos no publiquen mentiras, pero
tampoco son la verdad, la realidad; ellos más bien son vanidad. Todo lo que no sea
Cristo y la iglesia es vanidad, es mentira. Si yo no tengo a Cristo, mi mismo ser es
vanidad. Una persona puede ser muy rica y poseer abundantes bienes materiales, pero si
no tiene a Cristo, todas esas riquezas no son más que vanidad. El libro de Eclesiastés
declara que todo es vanidad (1:2). Fuera de Cristo y la iglesia, nada es verdad, nada es
real. Para los que aman al Señor Jesús y se entregan a la vida de iglesia, la única realidad
del universo es Cristo y la iglesia. Es posible que día tras días hablemos de muchas
cosas, pero si no hablamos de Cristo y la iglesia, lo que estamos manejando es vanidad;
no estamos tocando la verdad.

En lugar de dejarnos zarandear por todo viento de enseñanza, debemos tocar la verdad y
abrazarla. Supongamos que alguien viene a promover una doctrina en particular, como
por ejemplo la doctrina del lavamiento de los pies. Por muy cierta que sea esta doctrina,
nos puede distraer de Cristo y de la vida de iglesia. Así que, algo tan bíblico como el
lavamiento de los pies puede convertirse en una falsedad, en vanidad. Conozco a un
hermano que fue distraído por eso y finalmente se volvió disidente. Esto indica que es
posible hablar de doctrinas bíblicas sin tocar la verdad.

El capítulo cuatro de Efesios trata de la verdad. Primeramente define la verdad en


cuanto a la unidad en dos aspectos: la unidad del Espíritu y la unidad de la fe y del pleno
conocimiento del Hijo de Dios. Si deseamos sinceramente tocar la verdad y hablar de
ella, debemos prestar atención a la unidad del Espíritu y a la unidad de la fe y del pleno
conocimiento del Hijo de Dios. Además, debemos centrar nuestra atención en Cristo,
quien es el centro de la economía neotestamentaria de Dios. Esta economía hoy gira en
torno a Cristo y Su Cuerpo. Sin embargo, muchos cristianos no le dan importancia ni a
la Cabeza ni al Cuerpo; más bien, están interesados en enseñanzas secundarias. Pasar
por alto al Cristo que es la Cabeza y a la iglesia que es el Cuerpo, y en su lugar hablar de
asuntos secundarios, equivale a no tocar la verdad. Esto no es hablar de la verdad, sino
hablar de vanidad.

Asirse a la verdad en amor significa tocar y abrazar a Cristo y la iglesia y sólo hablar de
ello. Es posible que otros enseñen de manera diferente, dando énfasis a doctrinas y
opiniones que distraen de Cristo y la iglesia, pero nosotros no debemos hablar así. Más
bien, debemos hablar de aquellas cosas que nos pongan en contacto con Cristo y que nos
edifiquen como Cuerpo de Cristo. Hablar así es tocar la verdad.

Según el versículo 14, los niños son sacudidos por las olas y zarandeados por los vientos
de enseñanza. Indudablemente estas olas y estos vientos se refieren a las diferentes
enseñanzas y prácticas. Aunque estas enseñanzas puedan ser bíblicas o fundamentales,
no ministran Cristo a las personas, y su efecto es que nos distraen de Cristo y la iglesia.
Tal vez otros sean sacudidos o zarandeados por tales enseñanzas, pero nosotros
debemos asirnos a la verdad en amor, es decir, debemos asirnos a Cristo y la iglesia.
Esto es lo que hablamos y ésta es nuestra comunión. De hecho, también debería ser el
punto central de nuestra oración.
B. El amor

En el versículo 15 Pablo dice que debemos asirnos a la verdad en amor. Este es el amor
de Cristo, el cual está en nosotros y por el cual amamos a Cristo y a los demás miembros
de Su Cuerpo. Este amor no es el nuestro, sino el amor de Dios con el cual El nos amó
primero. Ahora, con el mismo amor con que Dios nos amó, amamos al Señor y nos
amamos unos a otros. Es en este amor que nos asimos a la verdad, o sea, a Cristo y Su
Cuerpo.

Hablar de cosas que no son Cristo y la iglesia, es no conducirse en amor. Cuando


hacemos esto, no sólo desperdiciamos el tiempo, sino que también introducimos
elementos ajenos al Cuerpo. Si realmente nos amamos, nos ejercitaremos por asirnos a
la verdad y hablar de Cristo y la iglesia. En vez de sucumbir ante la influencia de los
vientos de enseñanza, nos asiremos a Cristo y la iglesia en amor.

II. EL CRECIMIENTO

A. En la Cabeza, Cristo

Al asirnos a la verdad en amor, crecemos en Cristo, o sea hasta Su medida, en todo. Para
dejar de ser niños (v. 14), necesitamos crecer en Cristo. Esto significa que Cristo
aumenta en nosotros en todas las cosas hasta que seamos un hombre de plena madurez
(v. 13). La palabra “Cabeza” del versículo 15 indica que nuestro crecimiento en vida por
medio del aumento de Cristo en nosotros, debe ser el crecimiento de los miembros que
están en el Cuerpo bajo la Cabeza.

El hecho de que crezcamos en Cristo al asirnos a la verdad en amor comprueba que


asirse a la verdad es mucho más que dejar de mentir. ¿Cree usted que puede crecer en
Cristo por el simple hecho de decir la verdad en vez de mentir? Esto no es lo que nos
capacita para crecer en Cristo. Hay un buen número de incrédulos que son sinceros y no
dicen mentiras, pero el hecho de que digan la verdad no los hace crecer en Cristo.

Crecer hasta la medida de la Cabeza significa que sólo nos interesa Cristo y la iglesia.
Crecemos al centrarnos exclusivamente en Cristo y la iglesia, es decir, al tocar la verdad
en amor. Nosotros no crecemos ejerciendo una especia de sinceridad relacionada con el
comportamiento ético.

Este versículo dice que crecemos específicamente en Cristo, la Cabeza, en todo. Los
versículos 13 y 14 muestran la necesidad de crecer. Si queremos ser un hombre de plena
madurez necesitamos crecer. Del mismo modo, si queremos dejar de ser niños que son
sacudidos y zarandeados por doquier, necesitamos crecer. Pero debemos crecer en
Cristo, no en nosotros mismos o en algo que no sea Cristo.

Pablo dice claramente que debemos crecer hasta la medida de Aquel que es la Cabeza.
Esto indica que el crecimiento se experimenta en el Cuerpo. Para crecer en la Cabeza,
ciertamente debemos estar en el Cuerpo. Muchos cristianos parecen crecer
espiritualmente; sin embargo, ese supuesto crecimiento no se produce en el Cuerpo. He
conocido cristianos que a medida que han pasado por esa clase de crecimiento se han
vuelto disidentes. Da la impresión que cuanto más crecen, más tienden a criticar.
Cuando tienen relativamente poco crecimiento, no representan ningún problema en la
vida de iglesia, pero una vez que crecen, se vuelven problemáticos. Esto indica que su
crecimiento no se produce en la Cabeza. Sólo si se crece en la Cabeza, se crece en el
Cuerpo.

Es muy significativo que Pablo no nos dice que crezcamos en el Salvador, en el Amo o en
el Señor. El dice específicamente que tenemos que crecer en la Cabeza. Esto sólo se
puede llevar a cabo en el Cuerpo. Si no permanecemos en el Cuerpo, aunque
experimentemos algún crecimiento, ese crecimiento no se producirá en la Cabeza.

B. En todo

En el versículo 15 Pablo nos dice que debemos crecer en todo en Aquel que es la Cabeza.
Posiblemente hemos crecido en algunos aspectos, pero no en otros. Según mi
experiencia, el área en la que es más difícil crecer en Cristo, la Cabeza, es en lo que
hablamos. En Salmos 141:3 dice: “Pon guarda a mi boca, oh Jehová; guarda la puerta de
mis labios”. Puesto que es tan difícil controlar lo que hablamos, debemos adoptar esta
oración. Sea usted joven o mayor, hermano o hermana, ésta es un área en la que
urgentemente necesita crecer en Cristo, la Cabeza.

Si le presentamos al Señor este asunto de crecer en El en todo, veremos que hay muchas
cosas pequeñas en las que todavía no hemos crecido hasta la medida de la Cabeza.
¡Cuánto necesitamos crecer en Cristo! Que la necesidad de crecer pueda tocar nuestro
corazón y haga que nos volvamos de nuevo al Señor.

III. DE LA CABEZA

El versículo 16 dice: “De quien todo el Cuerpo, bien unido y entrelazado por todas las
coyunturas del rico suministro y por la función de cada miembro en su medida, causa el
crecimiento del Cuerpo para la edificación de sí mismo en amor”. Crecer en vida es
crecer hasta la medida de la Cabeza, Cristo, y funcionar en el Cuerpo proviene de El.
Primero crecemos hasta la medida de la Cabeza; luego, obtenemos algo que proviene de
El.

El versículo 16 indica que la meta del crecimiento no es el individuo, sino el Cuerpo.


Todo crecimiento que no beneficie al Cuerpo, no es genuino. Las palabras “cada
miembro” se refieren a cada uno de los miembros del Cuerpo. Cada miembro del Cuerpo
tiene su propia medida, que actúa para el crecimiento del Cuerpo. El Cuerpo produce el
crecimiento de sí mismo mediante las coyunturas que suministran y de los miembros
que funcionan. Tanto las coyunturas del suministro como cada miembro en su medida
son necesarios para que la iglesia se edifique a sí misma. El crecimiento del Cuerpo es el
aumento de Cristo en la iglesia. Esto da como resultado que el Cuerpo se edifique a sí
mismo.

A. Todas las coyunturas del rico suministro

En este versículo Pablo habla de “todas las coyunturas del rico suministro”. Esto alude a
las personas especialmente dotadas, tales como las que se mencionan en el versículo 11.
El artículo que antecede a la palabra griega traducida “suministro” es enfático, lo cual
indica que el rico suministro debe ser un suministro particular, el suministro de Cristo.
Como miembros que presiden, los apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y
maestros tienen un suministro particular. Sí, todos podemos ser los enviados de hoy; sin
embargo, entre los santos hay algunos que tienen un suministro especial. Este
suministro no es común a todos los creyentes.

Una vez más vemos el principio de que toda verdad bíblica tiene dos aspectos. Es
correcto decir que todos los santos pueden llevar a cabo la obra de los apóstoles,
profetas, evangelistas, y pastores y maestros; sin embargo, no todos tienen el suministro
particular del que se habla en este versículo. En el Cuerpo, los que presiden son
coyunturas que tienen un suministro particular.

B. Causa el crecimiento del Cuerpo

Si leemos detenidamente el versículo 16 veremos que el Cuerpo mismo causa Su propio


crecimiento. Esto quiere decir que el Cuerpo crece por sí solo; el Cuerpo genera el
crecimiento del Cuerpo. No es incorrecto que las iglesias inviten a ciertas personas a
ministrarles la Palabra. Sin embargo, una iglesia local no se edifica de esta manera. Ella
debe crecer por sí misma. Por ejemplo, es la iglesia en Anaheim la que causa el
crecimiento de la iglesia en Anaheim. Incluso una pequeña iglesia local debe crecer por
sí misma. Si no pueden fomentar el propio crecimiento de la iglesia en su localidad, no
deberían estar allí como la iglesia. No esperen que la visita de aquellos hermanos que
tienen parte en el ministerio de la Palabra producirán el crecimiento de la iglesia en su
localidad.

El versículo 16 habla del crecimiento del Cuerpo para la edificación de sí mismo en


amor. Esto indica que una iglesia local debe edificarse a sí misma en amor por medio de
todas las coyunturas del rico suministro y por la operación de cada miembro en su
medida. Los que tienen un suministro particular no sólo están en el Cuerpo, como un
todo, sino también en las iglesias locales, las cuales son la expresión práctica del único
Cuerpo. Aunque el número de santos en una iglesia sea muy pequeño, tal vez quince, de
todas maneras allí habrá algunos que poseen un suministro particular. Esto debe
animar a cada iglesia local. Mediante el suministro particular de los que llevan la
delantera, y por la función de cada miembro, la iglesia causará el crecimiento de sí
misma en amor. De esta manera podrá verse el crecimiento de los miembros para la
edificación del Cuerpo de Cristo.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE CUARENTA Y SEIS

APRENDER A CRISTO CONFORME


A LA REALIDAD QUE ESTA EN JESUS

En este mensaje examinaremos 4:17-21, y prestaremos especial atención a los versículos


20 y 21, en los cuales se habla de aprender a Cristo conforme a la realidad que está en
Jesús.

I. EL TERCER ASPECTO DE UN ANDAR


DIGNO DEL LLAMAMIENTO DE DIOS

En 4:1 Pablo nos ruega que andemos como es digno de la vocación con que fuimos
llamados. El primer aspecto de este andar consiste en guardar la unidad; el segundo, en
crecer en Cristo, la Cabeza; y el tercero, en aprender a Cristo conforme a la verdad que
está en Jesús.

El versículo 17 del capítulo cuatro da comienzo a un nuevo párrafo, en el cual se hallan


los primeros dos aspectos de un andar digno del llamamiento de Dios. Estos se
mencionan juntos porque el crecimiento en Cristo está íntimamente relacionado con
guardar la unidad; no se les puede separar. En los versículos del 1 al 16 se habla del vivir
y de la función del Cuerpo. Ahora, en los versículos del 17 al 32, vemos la vida diaria. Los
versículos presentan los principios que deben regir nuestro andar cotidiano, y los
versículos del 25 al 32, proporcionan los detalles.

II. YA NO DEBEMOS ANDAR COMO LOS GENTILES

El versículo 17 dice: “Esto, pues, digo y testifico en el Señor: que ya no andéis como los
gentiles, que todavía andan en la vanidad de su mente”. Estas palabras indican que lo
que el apóstol está a punto de decir no es sólo su exhortación, sino también su
testimonio. Lo que él exhorta es lo que él vive. Puesto que él mismo lleva la clase de vida
que va a describir, nos da su testimonio por medio de su enseñanza.

A. Andan en la vanidad de su mente

Pablo nos exhorta a que ya no andemos “como los gentiles, que todavía andan en la
vanidad de su mente”. Los gentiles o naciones son los hombres caídos, quienes se
envanecieron en sus razonamientos (Ro. 1:21). Ellos andan sin Dios, en la vanidad de su
mente, y son controlados y dirigidos por sus vanos pensamientos. Todo lo que hacen
conforme a su mente caída, es vanidad; no tiene ni una pizca de realidad. Toda la
humanidad caída vive en la vanidad de la mente; todo el mundo está en esta condición.
A los ojos de Dios y a los ojos del apóstol Pablo, todo lo que el mundo piensa, dice y
hace, es vanidad. Nada de eso es real o sólido; todas esas cosas son vacías. Como
creyentes, ya no debemos andar en la vanidad de la mente; antes bien, debemos andar
en la realidad de nuestro espíritu.

B. Tienen el entendimiento entenebrecido

Según el versículo 18, los gentiles, quienes andan en la vanidad de su mente, tienen “el
entendimiento entenebrecido”. Cuando la mente de las personas caídas se llena de
vanidad, su entendimiento se entenebrece con respecto a las cosas de Dios.

C. Están ajenos a la vida de Dios

Los gentiles también están “ajenos a la vida de Dios” (v. 18). Esta es la vida eterna e
increada de Dios, la cual el hombre no tenía cuando fue creado; él sólo poseía la vida
humana creada. El hombre, después de ser creado, fue puesto delante del árbol de la
vida (Gn. 2:8-9) para que recibiera la vida divina, la vida increada. Pero el hombre cayó
en la vanidad de su mente y su entendimiento se entenebreció. Hoy, en esa condición
caída, el hombre no puede tocar la vida de Dios a menos que vuelva su mente a Dios, o
sea, a menos que se arrepienta y crea en el Señor Jesús para recibir la vida eterna de
Dios (Hch. 11:18; Jn. 3:16).

Al crear al hombre, Dios deseaba que éste participara del fruto del árbol de la vida a fin
de que recibiera la vida eterna de Dios. Pero en la caída, la naturaleza maligna de
Satanás se inyectó en el hombre, y como resultado, se le impidió acceso al árbol de la
vida. Según Génesis 3:24, el Señor “Echó ... al hombre, y puso al oriente del huerto de
Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar
el camino del árbol de la vida”. Fue así que el hombre quedó alejado de la vida de Dios.
Los querubines, la llama de fuego y la espada, que representan la gloria, la santidad y la
justicia de Dios, impedían que el hombre pecaminoso recibiera la vida eterna. Pero
cuando el Señor Jesús murió en la cruz, El satisfizo todos los requisitos de la gloria, la
santidad y la justicia de Dios, y mediante la redención que El efectuó, se abrió el camino
para que nosotros tuviéramos nuevamente acceso al árbol de la vida. Basado en esto,
Hebreos 10:19 declara que tenemos “confianza para entrar en el Lugar Santísimo por la
sangre de Jesús”. El árbol de la vida está en el Lugar Santísimo. Como creyentes de
Cristo, de nuevo tenemos acceso al árbol de la vida. Ahora podemos deleitarnos
diariamente en la vida divina, que está en el Lugar Santísimo. No obstante, las naciones
todavía están ajenas a la vida de Dios.

1. Por la ignorancia que hay en ellos

Una razón por la que están ajenos a la vida de Dios es “la ignorancia que en ellos hay” (v.
18). Esta ignorancia no sólo denota la falta de conocimiento, sino también el no querer
saber. El hombre caído, a causa de la dureza de su corazón, no aprueba conocer las cosas
de Dios (Ro. 1:28). Debido a esto, su entendimiento está entenebrecido y no conoce a
Dios.

Los incrédulos no tienen conocimiento de Dios ni de las cosas espirituales, ni tampoco


están dispuestos a obtenerlo. ¡Qué misericordia que nosotros no solamente tengamos el
entendimiento adecuado, sino también el deseo de saber! Es una gran bendición tener el
deseo de conocer a Dios, de conocer la vida y de conocer las cosas espirituales. Antes de
ser salvos, no teníamos este deseo. Nosotros, al igual que las naciones, carecíamos tanto
del conocimiento como de la disposición de saber. Pero ahora tenemos hambre y sed de
conocer a Dios. Cuanto más conocemos de El y de la vida divina, mejor nos sentimos.
Ningún cristiano que no busca conocer al Señor puede estar contento o satisfecho.
Buscar al Señor y desear conocer la vida y las cosas de Dios constituyen una fuente de
gran felicidad. Esta es la razón por la que estamos tan contentos en las reuniones de la
iglesia, y por eso, yo en lo personal, siento un gran gozo en mi interior cuando ministro
la Palabra al pueblo del Señor. Algo del Señor se ha sembrado en nosotros y nos da el
deseo de conocerle a El.

2. Por la dureza de su corazón

Otra razón por la que los gentiles son ajenos a la vida de Dios es la dureza de su corazón.
Esta dureza es la fuente de donde se origina el entendimiento entenebrecido y la
vanidad de la mente del hombre caído. Antes de ser salvos, nosotros también éramos
duros de corazón. Parecíamos impenetrables y la palabra de Dios no podía entrar en
nosotros. Esto describe el estado actual de los incrédulos.

D. Han perdido toda sensibilidad

Pablo, en su concienzudo diagnóstico de la condición del hombre caído, también declara


que los gentiles “perdieron toda sensibilidad” (v. 19). La palabra “sensibilidad” se refiere
principalmente a la sensación de la conciencia. Por consiguiente, el hecho de que ellos
perdieran “toda sensibilidad” significa que hacían caso omiso de la conciencia. Después
de la caída del hombre, Dios ordenó que éste fuera gobernado por su conciencia. Pero en
vez de obedecerla, el hombre caído se entregó a la lascivia y a deseos insaciables. A
consecuencia de que los incrédulos no prestaron atención a su consciencia, ésta dejó de
funcionar, y ellos perdieron toda sensibilidad.

E. Se entregaron a la lascivia

Además, los gentiles “se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de
impureza” (v. 19). Ellos se entregaron a lujurias insaciables. Si miramos la condición del
mundo de hoy, veremos que los incrédulos han hecho justamente eso.

III. APRENDER A CRISTO

Los versículo 17-19 pintan un oscuro trasfondo de lo que Pablo dice en el versículo 20:
“Mas vosotros no habéis aprendido así a Cristo”. El Nuevo Testamento indica
claramente que debemos vivir a Cristo. En Filipenses 1:21 Pablo declara: “Para mí el
vivir es Cristo”. Pero en Efesios 4:20 dice: “Habéis aprendido así a Cristo.” Nótese que
en este versículo la acción ocurrió en el pasado. Pablo también usa el tiempo pretérito en
el siguiente versículo: “Si en verdad le habéis oído, y en El habéis sido enseñados,
conforme a la realidad que está en Jesús” (v. 20). Este asunto de aprender a Cristo
conforme a la verdad que está en Jesús es difícil de comprender; así que, debemos
meditar sobre ello detenidamente.

Cristo no sólo es nuestra vida, sino también nuestro ejemplo (Jn. 13:15; 1 P. 2:21).
Nosotros aprendemos de El (Mt. 11:29) según Su ejemplo y no por nuestra vida natural,
sino por El mismo como nuestra vida. Según el Nuevo Testamento, el Señor Jesús no
entró en nuestro ser como vida directamente. Más bien, después de vivir en la tierra
durante treinta años y ministrar por tres años y medio, El estableció un ejemplo, un
patrón, un modelo. Este asunto es muy relevante. Una de las razones por las cuales se
escribieron los cuatro evangelios fue mostrarnos el ejemplo de la vida que Dios desea
que vivamos, el molde de la vida que lo satisface a El y que cumple Su propósito. Por
esta razón, el Nuevo Testamento presenta una biografía única, la biografía del Señor
Jesús, escrita desde cuatro perspectivas distintas. Después de establecer el patrón
revelado en los evangelios, el Señor Jesús fue crucificado y luego entró en la
resurrección. Es en resurrección que El entra en nosotros para ser nuestra vida.

Según el Nuevo Testamento, ser salvos consiste en que Dios nos pone en Cristo. En 1
Corintios 1:30 dice: “Mas por El estáis vosotros en Cristo Jesús”. Cuando Dios nos puso
en Cristo, El nos puso en el molde. Así como un hermana moldea la masa de un pan
según la forma del molde, Dios desea conformarnos al molde de Cristo. A esto se refiere
Romanos 8:29 cuando indica que somos hechos conformes a la imagen de Cristo, el
Primogénito entre muchos hermanos. Ser conformados es ser moldeados. El
Primogénito es el patrón, y los muchos hermanos del Primogénito son los que han de ser
hechos iguales al patrón. Aprender a Cristo es simplemente ser moldeados conforme a
Cristo, quien es nuestro ejemplo, es decir, ser conformados a la imagen de Cristo.

Por medio del bautismo Dios nos puso en Cristo, quien es el molde. Ser bautizados es
ser puestos en el molde de Cristo. Tanto Romanos 6:3 como Gálatas 3:27 hablan de ser
bautizados en Cristo. Ser bautizados en Cristo equivale a ser sepultados en El, y la
tumba del bautismo es el patrón, el molde. A los ojos de Dios, fuimos puestos en este
molde cuando nos bautizamos. Al ser puestos en el molde, nos despojamos del viejo
hombre y nos vestimos del nuevo. Al ser sepultados en Cristo, fuimos sacados de Adán y
de la vieja creación. Mediante el bautismo fuimos puestos en Cristo, quien es nuestra
vida y nuestro modelo. Esto explica por qué Pablo usa el tiempo pasado al hablar de
aprender a Cristo. Aprendimos a Cristo cuando fuimos sepultados en El mediante el
bautismo. Esto quiere decir que aprender a Cristo significa ser puestos en Cristo como el
molde, es decir, ser moldeados conforme al patrón que El estableció durante los años
que estuvo en la tierra.

Después de establecer el patrón, Cristo fue crucificado y entró en resurrección, donde


fue hecho el Espíritu vivificante (1 Co. 15:45). Como Espíritu, El entra en nosotros para
ser nuestra vida. Como ya dijimos, en el momento en que creímos y fuimos bautizados
en Cristo, Dios nos puso en El, el patrón, el molde. Por eso, Pablo pudo decirles a los
efesios que ellos habían “aprendido ... a Cristo”. Conforme a la luz del Nuevo
Testamento y de nuestra experiencia, aprender a Cristo significa que Dios nos coloca en
El. Por el lado de Dios, El nos puso en Cristo; por nuestro lado, nosotros aprendimos a
Cristo al ser puestos en El.

Después de que una persona es salva, desde lo profundo de su ser brota el deseo de vivir
conforme al modelo establecido por el Señor Jesús. Sin embargo, muchos, o pasan por
alto este deseo o lo cultivan de manera equívoca, pensando que pueden imitar al Señor
por sus propios esfuerzos. Es un error pensar que podemos imitar a Cristo valiéndonos
de nuestra vida natural. Indudablemente los creyentes deben imitar a Cristo, pero no
deben hacerlo conforme a su vida natural.

La expresión, “la realidad que está en Jesús” se refiere a la verdadera condición de la


vida de Jesús según se describe en los cuatro evangelios. En el andar impío de los
gentiles, es decir, de la gente caída, hay vanidad. Pero en la vida piadosa de Jesús, hay
verdad, hay realidad. Jesús llevó una vida en la cual hacía todo en Dios, con Dios y para
Dios. Dios estaba en Su vivir, y El era uno con Dios. Esto es lo que significa “la realidad
que está en Jesús”. Nosotros los creyentes, quienes fuimos regenerados con Cristo como
vida y quienes somos enseñados en El, aprendemos de El conforme a la verdad que está
en Jesús.

Ya mencionamos que es un error tratar de imitar a Cristo valiéndonos de los esfuerzos


de nuestra vida natural. También vimos que cuando creímos en el Señor Jesús y fuimos
salvos, Dios nos puso en el molde de Cristo. Este molde es la vida de Jesús narrada en
los cuatro evangelios, una vida en total conformidad con la verdad. La verdad es el
resplandor de la luz, su expresión, y puesto que Dios es luz (1 Jn. 1:5), la verdad es la
expresión de Dios. Cada aspecto de la vida de Jesús, la cual se narra en los evangelios,
expresaba algo de Dios. El expresó a Dios en todo lo que dijo e hizo. Esta expresión de
Dios es el resplandor de la luz; por tanto, es la verdad. La vida de Jesús, una vida
conformada a la verdad, es el patrón en el cual Dios nos colocó. En este patrón hemos
aprendido a Cristo conforme a la verdad que está en Jesús. Esto quiere decir que hemos
aprendido a Cristo según la verdad que se muestra en los evangelios, es decir, según la
vida del Señor Jesús, la cual concordaba totalmente con la verdad de Dios. Esta vida es
el resplandor de la luz; el resplandor de la luz es la verdad, y la verdad es la expresión de
Dios. Por tanto, en la vida de Jesús está la verdad, la realidad. La esencia del patrón
establecido por el Señor Jesús es la verdad. Esto significa que la verdad es la esencia del
modelo establecido por el Señor Jesús. Esto significa que la esencia de la vida de Jesús
es la verdad misma. Nosotros hemos aprendido a Cristo conforme a la verdad que está
en Jesús.

La verdad, la realidad, que está en Jesús mencionada en el versículo 21 está en contraste


con la vanidad de la mente del versículo 17. Los gentiles andan en la vanidad de su
mente, pero nosotros los creyentes llevamos una vida conforme a la verdad que está en
Jesús. Cuando el Señor Jesús vivió en la tierra, nunca anduvo en la vanidad; por el
contrario, siempre vivió en la verdad, es decir, en el resplandor de la luz divina. Esto
significa que el Señor Jesús vivió y anduvo en la expresión de Dios. Nosotros hemos
aprendido a Cristo conforme a esta misma verdad.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE CUARENTA Y SIETE

NOS DESPOJAMOS DEL VIEJO HOMBRE


Y NOS VESTIMOS DEL NUEVO

En los treinta y tres años y medio que el Señor Jesús vivió en la tierra, El formó el
molde, el patrón, al cual deben ser conformados todos los que creen en El. Según la
crónica de los cuatro evangelios, la vida del Señor Jesús fue una vida llena de verdad. La
verdad es el resplandor de la luz. La luz es la fuente, y la verdad es su expresión. Como
dice Hebreos 1:3, el Señor Jesús es el resplandor de la gloria de Dios. Esto quiere decir
que El es el resplandor de Dios, quien es la luz. Debido a que cada aspecto del vivir del
Señor irradiaba la luz, Su vida era una vida llena de verdad, de realidad, una vida en la
que Dios resplandecía. Esa vida llena de la verdad era la expresión misma de Dios. Por
esta razón, Pablo declara que nosotros aprendemos a Cristo conforme a la realidad que
está en Jesús; en otras palabras, aprendemos a Cristo conforme al molde de la vida de
Jesús. El molde de Su vida es la verdad, la realidad.

Después de que Cristo estableció este molde, El pasó por la muerte y la resurrección, y
en resurrección se hizo el Espíritu vivificante. Como tal Espíritu, El entra en nosotros
para ser nuestra vida. Cuando creímos en El y fuimos bautizados, Dios nos puso en
Cristo, en este molde, tal como se pone la masa en un molde. Al ser puestos en el molde,
aprendimos el molde, o sea, que al ser puestos en Cristo, aprendemos a Cristo. Por un
lado, Dios nos puso en Cristo; por otro, Cristo entró en nosotros para ser nuestra vida.
Ahora podemos vivir por medio de El conforme al molde en el cual Dios nos puso.

Tal vez muchos de nosotros no hayan notado cuánto los cuatro evangelios influyen en
nosotros. Cuando leemos en ellos acerca del molde que estableció el Señor Jesús, ese
molde espontáneamente afecta nuestro vivir. Al amar al Señor, al tocarle y al orar a El,
le vivimos automáticamente conforme al molde descrito en los evangelios. De esa
manera somos amoldados, conformados, a la imagen de dicho molde. Esto es lo que
significa aprender a Cristo.

Aprender a Cristo de esta manera es totalmente distinto a tomarlo como un ejemplo


objetivo y tratar de imitarlo valiéndonos de nuestra vida natural. Dios nos puso en el
molde que formó la vida de Jesús en la tierra, y simultáneamente, Cristo como Espíritu
vivificante entró en nosotros como vida. Cuanto más le amamos y le tocamos, más le
vivimos conforme a dicho molde. Como resultado de esto, somos espontáneamente
conformados a la imagen del mismo. Por consiguiente, podemos declarar junto con
Pablo: “Porque para mí el vivir es Cristo” (Fil. 1:21). Nosotros vivimos a Cristo en la
forma de Su propia vida, en la forma descrita en los evangelios.

Debemos ver que vivir de esta manera es muy distinto de lo que enseñan los
modernistas en cuanto a tomar a Cristo como ejemplo e imitarlo. Ellos enseñan
erradamente que Cristo no es Dios, sino un hombre que estableció una norma elevada,
la cual debemos seguir. Esto requiere que ejercitemos nuestra vida natural para imitar a
Cristo y alcanzar Su norma. Esta enseñanza, además de ser herética, no tiene nada que
ver con la verdad que está en Jesús. Ella niega el hecho de que todo verdadero creyente
está en Cristo y tiene a Cristo en él. En contraste con esta enseñanza herética
modernista, nosotros afirmamos, según establece el Nuevo Testamento, que cuando un
pecador se arrepiente, cree en Cristo y es bautizado en El, Dios le pone en Cristo, en este
molde. Al mismo tiempo, Cristo, como Espíritu vivificante, entra en él para ser su vida.
De ahí en adelante, el creyente debe vivir por Cristo como vida conforme al molde.
Cuanto más viva por El, más será moldeado en la forma del molde. Esta es una vida que
se experimenta en Cristo y en la que Cristo está en nosotros. Nosotros estamos en el
Cristo, quien es nuestro molde, y El está en nosotros como nuestra vida. De este modo
aprendemos a Cristo conforme a la verdad, a la realidad, que está en Jesús.

Efesios 4 abarca tres aspectos en cuanto a una vida digna del llamamiento de Dios:
guardar la unidad (vs. 1-14), crecer en la Cabeza (vs. 15-16) y aprender a Cristo conforme
a la realidad que está en Jesús (vs. 17-32). Con respecto a aprender a Cristo conforme a
la realidad que está en Jesús, Pablo primeramente exhorta y testifica que ya no andemos
como los gentiles, que viven en la vanidad de su mente (v. 17); que en lugar de ello,
debemos andar en la vida que concuerda con la realidad que está en Jesús. Los gentiles
andan en la vanidad de su mente, mas nosotros andamos en la realidad expresada en la
vida de Jesús, según consta en los evangelios. En la vida de Jesús vemos realidad,
verdad, y el resplandor de la luz, la expresión de Dios. Como creyentes, debemos andar
en tal realidad.

El versículo 21 dice que fuimos enseñados en Cristo conforme a la realidad que está en
Jesús, y los versículos 22 y 24 nos muestran lo que hemos aprendido, a saber, que nos
despojamos del viejo hombre y nos vestimos del nuevo. Esto se nos enseñó cuando
fuimos puestos en el molde, es decir, cuando fuimos bautizados. En nuestro bautismo se
nos enseñó que nuestro viejo hombre fue crucificado y que tenía que ser sepultado
mediante el bautismo. Además se nos enseñó que al salir del agua fuimos resucitados y
hechos el nuevo hombre. Por consiguiente, por medio del bautismo se nos instruyó que
nos despojamos del viejo hombre y nos revestimos del nuevo.
A estas alturas debemos examinar lo que dice Romanos 6:3-5. El versículo 3 declara:
“¿O ignoráis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido
bautizados en Su muerte?” Ser bautizados en Cristo Jesús equivale a ser puestos en El.
Además, mediante el bautismo fuimos sepultados en Su muerte. En los versículos 4 y 5
tenemos el molde. Estos versículos indican que por medio del bautismo se nos enseñó
que nos despojamos del viejo hombre y nos vestimos del nuevo. Esta es la experiencia
cristiana normal.

Por lo general, cuando le predicamos el evangelio a los pecadores, les hablamos de la


vida, muerte y resurrección del Señor Jesús. Luego animamos a aquellos que desean
creer en Cristo, a que le reciban como su vida. El siguiente paso es bautizarlos. Esto
indica que los ponemos en Cristo, el molde. De allí en adelante ellos deben vivir por
Cristo según el molde. Por medio del bautismo se les enseñó que se despojaron del viejo
hombre y que se vistieron del nuevo. Al ser sepultados por el bautismo, aprendieron a
Cristo conforme a la realidad que está en Jesús.

No debemos tratar de entender versículos como Efesios 4:20-24 con nuestra mente
natural; debemos considerarlos más bien a la luz de nuestra experiencia cristiana. Si
hacemos esto, la luz resplandecerá en nosotros poco a poco y veremos la verdad. Esta
verdad consiste en que cuando fuimos bautizados se nos enseñó que nos despojamos del
viejo hombre y nos vestimos del nuevo. Nuestro viejo hombre fue sepultado en las aguas
del bautismo; fue así que nos despojamos de él. Además, cuando nos levantamos del
agua en resurrección, nos vestimos del nuevo hombre. Por consiguiente, fuimos
enseñados en Cristo conforme a la realidad que está en Jesús que nos hemos despojado
del viejo hombre y vestido del nuevo.

I. UN REQUISITO PARA APRENDER A CRISTO

Despojarse del viejo hombre y vestirse del nuevo es un requisito para aprender a Cristo.
Esto difiere totalmente de la enseñanza modernista diabólica que asevera que Cristo
estableció la norma de vida humana más elevada y que nosotros debemos esforzarnos
por copiarlo y vivir a la altura de esa norma. Si queremos aprender a Cristo conforme a
la realidad que está en Jesús, debemos cumplir el requisito de habernos despojado del
viejo hombre y vestido del nuevo. Esta no es una verdad superficial.
II. NOS DESPOJAMOS DEL VIEJO HOMBRE

A. En cuanto a la pasada manera de vivir

El versículo 22 declara que nos despojamos del viejo hombre en cuanto a la pasada
manera de vivir. Esta manera de vivir consistía en andar en la vanidad de la mente. A
esa manera de vivir ya se le dio fin y ya se le desechó.

B. El viejo hombre

El versículo 22 también declara que el viejo hombre “se va corrompiendo conforme a las
pasiones del engaño”. El viejo hombre pertenece a Adán, fue creado por Dios y cayó por
medio del pecado. El artículo que precede a la palabra “engaño” es enfático e indica que
dicha palabra alude a una personificación. Por consiguiente, “el engaño” se refiere al
engañador, el diablo, de quien provienen las lujurias del viejo hombre corrupto. El viejo
hombre se sigue corrompiendo conforme a las pasiones del diablo, el engañador. Por
fuera, el viejo hombre anda en la vanidad de la mente; y por dentro, se corrompe
conforme a las pasiones del diablo, las pasiones del engaño.

El viejo hombre fue crucificado con Cristo (Ro. 6:6) y fue sepultado en el bautismo (Ro.
6:4). ¡Aleluya, nos despojamos del viejo hombre en el bautismo!

III. SER RENOVADOS

Pablo, al hablar en cuanto a despojarnos del viejo hombre y vestirnos del nuevo, inserta
el concepto de ser renovados en el espíritu de nuestra mente (v. 23). Con base en el
hecho de que nos despojamos del viejo hombre y nos vestimos del nuevo, el versículo 23
nos exhorta a renovarnos en el espíritu de nuestra mente. La renovación nos transforma
a la imagen de Cristo (Ro. 12:2; 2 Co. 3:18). El espíritu en este contexto alude al espíritu
regenerado de los creyentes, el cual está mezclado con el Espíritu de Dios, que mora en
nosotros. El espíritu mezclado se extiende a nuestra mente y llega a ser el espíritu de
nuestra mente. En tal espíritu somos renovados a fin de ser transformados. De esta
manera nuestra mente natural es vencida, subyugada y sometida al espíritu. Sin lugar a
dudas, esto conlleva un proceso de transformación metabólica. A medida que se lleva a
cabo este proceso, el espíritu mezclado entra a nuestra mente, toma posesión de ella y
llega a ser el espíritu de nuestra mente.

Por medio del espíritu de nuestra mente somos renovados y experimentamos el hecho
de habernos despojado del viejo hombre y revestido del nuevo. Ya nos despojamos del
viejo hombre y nos revestimos del nuevo; ahora debemos experimentar estos hechos
siendo renovados en el espíritu de nuestra mente. A medida que estos hechos se
convierten en nuestra experiencia, llevamos una vida que corresponde a la vida que
vivió Jesús; es decir, llevamos una vida llena de verdad, una vida que irradia luz y que
expresa a Dios. Cuando somos renovados en el espíritu de nuestra mente y así ponemos
en efecto el hecho de habernos despojado del viejo hombre y vestido del nuevo, llevamos
una vida conforme a la realidad que está en Jesús.

IV. NOS VESTIMOS DEL NUEVO HOMBRE

A. Corporativo

El nuevo hombre es de Cristo; es Su Cuerpo, el cual fue creado en El en la cruz (2:15-16).


El nuevo hombre no es individual, sino corporativo (Col. 3:10-11), lo cual se confirma
por el hecho de que fue creado de dos pueblos. Además, Colosenses 3:10 y 11 revela que
el nuevo hombre lo conforman muchos pueblos. En el nuevo hombre corporativo no hay
griego ni judío, esclavo ni libre, bárbaro ni escita, sino que Cristo es el todo y en todos.
Las palabras “el todo” de Colosenses 3:11 aluden a personas, o sea, que en el nuevo
hombre, Cristo es todas las personas y está en todas ellas. Por consiguiente, en el nuevo
hombre corporativo, Cristo es el todo y está en todos.

El libro de Efesios revela que la iglesia es el Cuerpo de Cristo (1:22-23), el reino de Dios,
la familia de Dios (2:19), el templo, y la morada de Dios (2:21-22). También revela que la
iglesia es el nuevo hombre. Este es el aspecto más elevado de la iglesia. La palabra griega
que se traduce iglesia es ekklesía y se refiere a la asamblea de los llamados. Este es el
aspecto inicial de la iglesia, a partir del cual el apóstol menciona otros aspectos, tales
como el de los ciudadanos del reino de Dios y los miembros de la familia de Dios. Estos
aspectos son más avanzados que el inicial, pero no como lo es la iglesia en calidad del
Cuerpo de Cristo. No obstante, el aspecto del nuevo hombre es todavía más elevado que
el del Cuerpo de Cristo. Por lo tanto, la iglesia no es sólo una asamblea de creyentes, un
reino de ciudadanos celestiales, una familia compuesta de los hijos de Dios, y no sólo un
Cuerpo para Cristo; en su aspecto más avanzado, la iglesia es un nuevo hombre. Es
como el nuevo hombre que la iglesia da cumplimiento al propósito eterno de Dios.
Como Cuerpo de Cristo, la iglesia necesita a Cristo como su vida; mientras que como
nuevo hombre, necesita a Cristo como su persona. Esta persona nueva y corporativa
debe llevar una vida como la que vivió Jesús en la tierra, es decir, una vida llena de la
verdad, una vida que exprese a Dios y haga que el hombre le experimente como
realidad. Así que, el nuevo hombre es el centro de la exhortación que el apóstol da en
esta sección (vs. 17-32).
B. Creado según Dios

El versículo 24 dice que el nuevo hombre fue creado según Dios. El viejo hombre fue
creado conforme a la imagen de Dios externamente, mas sin Su vida ni Su naturaleza
(Gn. 1:26-27), mientras que el nuevo hombre fue creado según el ser interior de Dios,
con la vida y la naturaleza divinas (Col. 3:10).

C. En la justicia y santidad de la realidad

Además, el nuevo hombre fue creado en la justicia y santidad de la realidad. La justicia


consiste en estar bien con Dios y con el hombre conforme al camino justo de Dios,
mientras que la santidad consiste en estar separado para Dios de todo lo común y ser
saturado de la naturaleza santa de Dios. La justicia tiene que ver con hechos externos,
mientras que la santidad alude a la naturaleza interna. Exteriormente, todo lo
relacionado con el nuevo hombre es justo; e interiormente, todo lo que tiene que ver con
él es santo.

La justicia y la realidad del nuevo hombre pertenecen a la verdad. En Efesios 4, el


artículo que precede la palabra realidad en el versículo 24 es enfático. Así como el
engaño del versículo 22, en relación con el viejo hombre, es la personificación de
Satanás, la realidad aquí, en relación con el nuevo hombre, es la personificación de Dios.
Esta realidad, esta verdad, fue exhibida en la vida de Jesús, como lo menciona el
versículo 21. En la vida de Jesús, siempre se manifestaron la justicia y la santidad de la
realidad. Fue en la justicia y santidad de esta realidad, la cual es Dios hecho real y
expresado, que el nuevo hombre fue creado.

El engaño es el diablo mismo, y la verdad es el propio Dios. El viejo hombre se va


corrompiendo conforme a las pasiones del diablo, y el nuevo hombre fue creado en la
justicia y santidad de Dios. Es un grave error traducir la frase, “santidad de la realidad”
como “verdadera santidad”, tal como figura en una Biblia de habla inglesa. Pablo no se
refiere a una santidad que sea verdadera, sino a la santidad de la verdad, de la realidad.
La santidad en este contexto es la santidad de la Persona divina. El nuevo hombre fue
creado según Dios en la justicia y santidad de Dios mismo.

Con el fin de que aprendamos a Cristo, Pablo presenta un fuerte contraste entre el viejo
hombre y el nuevo, entre el diablo y Dios, y entre las pasiones, por un lado, y la justicia y
la santidad por otro lado. Se nos enseñó que ya nos despojamos del viejo hombre y que
nos revestimos del nuevo. Esto significa que nos despojamos de las pasiones y de la
falsedad del diablo, y que nos vestimos de la justicia y la santidad de Dios. Dios mismo
es la verdad, y esta verdad, esta realidad, se puede ver en la vida que llevó Jesús en la
tierra. Jesús vivió conforme a la verdad, o sea, según Dios mismo, lleno de justicia y
santidad. ¡Alabado sea el Señor porque hemos aprendido a Cristo conforme a la realidad
que está en Jesús!

Si aprendemos a Cristo despojándonos del viejo hombre y vistiéndonos del nuevo,


estaremos en la vida de iglesia, porque el nuevo hombre es en realidad la iglesia. Si
aprendemos a Cristo conforme a la realidad que está en Jesús, podremos llevar una vida
de iglesia genuina, adecuada y práctica.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE CUARENTA Y OCHO

UNA VIDA QUE NO CONTRISTA


AL ESPIRITU SANTO DE DIOS

En este mensaje llegamos a 4:25-32. En 4:17-24 Pablo presenta los principios básicos de
la vida que debemos llevar en nuestro andar diario. En los versículos 22 y 24 vemos que
el requisito para aprender a Cristo es despojarse del viejo hombre y vestirse del nuevo.
Una vez satisfecha esta condición, podremos llevar una vida llena de realidad, una vida
que expresa a Dios al irradiar Su luz.

I. UNA VIDA EN LA QUE APRENDEMOS A CRISTO

En los versículos del 25 al 32 se da la descripción de la vida diaria práctica en la que se


aprende a Cristo. Al hablar de esta vida, Pablo entra en muchos detalles. Menciona cosas
tales como el enojo, el robo, la amargura, la ira, la gritería, la maledicencia, la malicia, la
ternura y el perdón. Aunque es fácil ver estos detalles, resulta difícil discernir dos
asuntos importantes sobre los cuales Pablo basa lo que dice, a saber, la verdad y la
gracia. La exhortación de Pablo en los versículos 17-32 tiene la verdad y la gracia como
elementos básicos (vs. 21, 24, 25 y 29). Pablo deseaba que lleváramos una vida como la
de Jesús, llena de gracia y de realidad (Jn. 1:14, 17). La gracia es el Dios que nos es dado
como nuestro disfrute, y la verdad es el Dios que se revela a nosotros como nuestra
realidad. Cuando vivimos y hablamos la verdad (Ef. 4:21, 24), expresamos a Dios como
nuestra realidad, y otros lo reciben como gracia para su deleite (v. 29).

En el Nuevo Testamento, la gracia y la verdad van juntas. Juan 1:14 declara que el Verbo
se hizo carne y fijó tabernáculo entre nosotros, lleno de gracia y de realidad [verdad], y
el versículo 17 dice que la gracia y la realidad [verdad] vinieron por medio de Jesucristo.

La gracia y la verdad forman un par, lo mismo que el amor y la luz. La gracia y la verdad
aparecen en el Evangelio de Juan, mientras que el amor y la luz se revelan en 1 Juan
(4:16; 1:5). La gracia es la expresión del amor, y el amor es la fuente de la gracia. Según
el mismo principio, la verdad es la expresión de la luz, y la luz es la fuente de la verdad.
En el corazón de Dios hay amor; cuando este amor se expresa, se convierte en gracia.
Asimismo, en Dios hay luz, y cuando esta luz resplandece, se convierte en verdad.
Cuando trazamos el origen de la gracia y de la verdad, el cual es Dios mismo, entramos
en el amor y en la luz.
Ya mencionamos que la exhortación de Pablo en 4:17-32 incluye tanto la verdad como la
gracia. La verdad se menciona claramente [como la realidad], mientras que la gracia
está algo escondida; está implícita en los detalles que Pablo abarca con relación al diario
vivir. Si nos falta la gracia, no podremos satisfacer la norma relacionada con dichos
detalles. Los principios por los cuales aprendemos a Cristo están relacionados con la
verdad, con la realidad, mientras que los detalles tienen que ver con la gracia. Si
deseamos ser conformados a la imagen de Cristo, es decir, si vamos a aprender a Cristo,
necesitamos tanto los principios como los detalles. Si tenemos la verdad, tenemos los
principios, y si tenemos la gracia, alcanzaremos la norma en todos los detalles.

Pablo dice que aprendemos a Cristo conforme a la realidad que está en Jesús (4:21). El
patrón, el molde, establecido por el Señor Jesús, es la verdad, la realidad. La verdad es el
principio básico; el principio básico es el patrón; y el patrón tiene que ver con el hecho
de que nos despojamos del viejo hombre y nos vestimos del nuevo. En los versículos del
17 al 24 tenemos el principio básico del vivir renovado necesario para aprender a Cristo.
Este principio es la verdad y la realidad, que alude a la vida que el Señor Jesús vivió
cuando estuvo en la tierra. Este vivir fue uno en el que el Señor siempre se despojaba de
Su propia vida y se vestía de la vida del Padre. Así era la vida de Jesús, y esta vida es la
verdad que constituye el principio que rige una vida de aprender a Cristo. Según este
principio, nos despojamos del viejo hombre y nos vestimos del nuevo.

Cada aspecto de nuestro vivir cotidiano debe ser gobernado por este principio, y no por
una norma ética. Por ejemplo, nuestras conversaciones no deben ser gobernadas por
normas éticas, sino por el principio neotestamentario que consiste en que nos
despojamos del viejo hombre y nos vestimos del nuevo. Este principio debe regir aun
nuestra risa y nuestro llanto. Este principio es mucho más elevado que cualquier norma
ética.

Cuando fuimos bautizados nos despojamos del viejo hombre y nos vestimos del nuevo,
el cual es la vida de iglesia. Ahora nuestro vivir diario en la vida de iglesia debe
conformarse al principio de la verdad, al molde de la vida de verdad que el Señor Jesús
estableció con Su vivir. Según este principio, fuimos enseñados conforme a la realidad
que está en Jesús.

Los detalles de nuestra vida diaria están relacionados con la gracia. En cada aspecto de
nuestro diario vivir necesitamos la gracia. La gracia es Dios mismo en Cristo como
nuestro disfrute. Debemos permitir que este disfrute quite de nosotros todos los
elementos negativos mencionados en el versículo 31, uno de los cuales es la amargura.
Sin la gracia, no podremos librarnos de la amargura. Pero si tenemos a Dios en Cristo
como nuestro disfrute, la amargura desaparecerá. Cuando tenemos suficiente gracia,
podemos decir: “Estoy lleno del Cristo que es mi disfrute. Puesto que estoy rebosando de
gracia, en mí no tiene cabida ningún tipo de amargura”.

Sólo cuando estamos llenos de gracia podemos eliminar de nosotros las cosas negativas.
Tomemos como ejemplo el chisme. Si nos gusta chismear, se debe a que nos falta más
gracia. Si estuviéramos llenos de gracia, no buscaríamos deleitarnos en el chisme; al
contrario, estaríamos contentos con el gozo que se halla en Cristo. Cuando estamos
llenos de gracia, y Cristo es todo para nosotros, no tenemos necesidad de buscar
satisfacción en otras cosas.

Sólo por medio de la gracia podemos llevar una vida conforme a la norma divina en
todos los detalles que Pablo menciona en estos versículos. Si estamos llenos de gracia,
en lugar de amargura, ira, enojo y gritería, tendremos bondad, paciencia, misericordia,
perdón y amor. Estas cualidades no son el fruto de nuestro propio esfuerzo, sino que
proceden de Cristo, quien es nuestro disfrute. Cuando disfrutamos a Cristo, no tenemos
ganas de pensar en la amargura, la ira, el enojo o la gritería; más bien, deseamos tener
bondad, paciencia, perseverancia, ternura, misericordia, amor, y otras virtudes y
cualidades. ¡Qué diferente es nuestra vida diaria cuando estamos contentos y satisfechos
como resultado de disfrutar a Dios en Cristo como gracia!

II. DESECHAR LA MENTIRA

Estudiemos ahora los detalles de una vida en la que se aprende a Cristo. En el versículo
25 Pablo dice: “Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su
prójimo; porque somos miembros los unos de los otros”. La palabra “mentira” se refiere
a todo lo que es falso en naturaleza. Al despojarnos del viejo hombre, nos despojamos
también de todo lo falso. Si disfrutamos a Cristo, entonces de una manera práctica nos
despojaremos de toda falsedad que haya en nuestra vida. Las personas más honestas y
fieles son aquellas que disfrutan plenamente a Cristo. Cuando nos llenamos de Cristo
hasta rebosar, nos despojamos de toda falsedad.

III. HABLAR VERDAD CADA UNO CON SU PROJIMO

Al despojarnos de la falsedad, debemos hablar verdad con nuestro prójimo. Cuando


estemos llenos de Cristo, hablaremos sólo lo verdadero; no diremos mentiras ni
hablaremos cosas vanas.

IV. AIRARSE, PERO NO PECAR

Los versículos 26 y 27 declaran: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre


vuestra indignación, ni deis lugar al diablo”. La ira en sí no es pecado, pero está muy
cerca de serlo. No debemos persistir en nuestra indignación; más bien, debemos desistir
de ella antes que se ponga el sol.

Según los cuatro evangelios, el Señor Jesús se airó en varias ocasiones; pero siempre
tuvo control de Su ira. Así que, El podía airarse sin pecar. Lo mismo debe suceder con
nosotros en nuestra vida diaria. Debemos controlar nuestra ira; de no ser así, causará
mucho daño. Para controlar nuestra ira, necesitamos mucha gracia. Cuanto más
disfrutemos a Cristo, más controlaremos y limitaremos nuestra ira.

A. No se ponga el sol sobre nuestra indignación

En el versículo 26 Pablo nos dice que no debemos permitir que el sol se ponga sobre
nuestra indignación. Debemos ser lentos para la ira y rápidos para hacer a un lado
nuestra indignación. Según este versículo, no debemos conservar nuestra ira después de
la puesta del sol, o sea, que no debemos seguir airados hasta el día siguiente. Según las
Escrituras, tenemos que abandonar nuestra ira antes de que se ponga el sol. Todos
debemos poner esto por obra, y para ello, necesitamos a Dios en Cristo como gracia. Si
tenemos el suministro de la gracia, seremos lentos para la ira y no permaneceremos
airados por mucho tiempo. Si tenemos la gracia, la ira no permanecerá.

B. No dar lugar al diablo

El versículo 27 dice: “Ni deis lugar al diablo”. Según el contexto, mantenerse enojado es
dar lugar al diablo. No debemos darle lugar en nada. Al aferrarnos a nuestra ira, le
damos la bienvenida al diablo; pero si renunciamos a ella, le cerramos la puerta y no le
damos lugar.

V. EL QUE HURTA, NO HURTE MAS

El versículo 28 añade: “El que hurta, no hurte más, sino fatíguese trabajando con sus
propias manos en algo decente, para que tenga qué compartir con el que padece
necesidad”. Aunque esta epístola presenta una revelación muy elevada, el apóstol habla
de cosas que pertenecen a un nivel práctico, habla de cosas tan triviales como la ira y el
hurto. El hurto se debe principalmente a la pereza y a la avaricia. Por esto, el apóstol
exhorta al que hurta a que trabaje y no sea perezoso, y que comparta con otros lo que
gana, en lugar de ser avaro.
VI. NINGUNA PALABRA CORROMPIDA
SALGA DE NUESTRA BOCA

El versículo 29 dice: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea
buena para edificación según la necesidad, a fin de dar gracia a los oyentes”. La palabra
griega que se traduce “corrompida” denota algo nocivo, ofensivo, sin valor. Nuestra
conversación no debe corromper a otros, sino edificarlos. La iglesia y cada uno de sus
miembros necesita la edificación apropiada, y esta edificación se logra principalmente
por medio de nuestras palabras. Lo que salga de nuestra boca debe ser benéfico para la
edificación de la iglesia y de todos los santos.

Además, las palabras que salen de nuestra boca deben dar gracia a los oyentes. La gracia
es Dios corporificado en Cristo y dado a nosotros como disfrute y suministro. Nuestras
palabras deben comunicar esta gracia a las personas. Las palabras que edifican a otros
siempre suministran la gracia. Dios en Cristo como disfrute debe ser comunicado a
través de nuestras palabras; así Cristo se imparte en otros como provisión de vida.

VII. NO DEBEMOS CONTRISTAR


AL ESPIRITU SANTO DE DIOS

En el versículo 30 Pablo declara: “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, en el cual


fuisteis sellados para el día de la redención”. La conjunción “y” al principio de este
versículo indica que además de las cosas mencionadas en los versículos del 25 al 29, se
necesita algo crucial: no contristar al Espíritu Santo. Contristar al Espíritu Santo es
desagradarlo. El Espíritu Santo habita en nosotros para siempre (Jn. 14:16-17), y nunca
nos deja. Así que, El se contrista cuando no andamos conforme a El (Ro. 8:4). Si vivimos
conforme al principio de la verdad y la gracia en cada aspecto de nuestro andar diario,
no contristaremos al Espíritu. Sin embargo, si no vivimos de esta manera, el Espíritu,
que está dentro de nosotros, se contristará.

Contristar al Espíritu Santo significa que El no está contento con nosotros. A menudo,
cuando nos sentimos descontentos, esa sensación proviene del Espíritu Santo. Sin
embargo, cuando El está contento, también nosotros lo estamos. Una vida apropiada
conforme a la verdad y en la gracia, siempre alegrará al Espíritu Santo y nos dará a
nosotros el gozo del Espíritu.

La exhortación del apóstol en los versículos del 17 al 32, además de mencionar la verdad
y la gracia como elementos básicos, también mencionan la vida de Dios (v. 18) y al
Espíritu de Dios como factores básicos en el aspecto positivo, y al diablo (v. 27), un
factor perteneciente al aspecto negativo. Por medio de la vida de Dios y en el Espíritu de
Dios, y no dándole lugar al diablo, podemos llevar una vida llena de gracia y de realidad,
como lo hizo el Señor Jesús.

VIII. ELIMINAR DE NOSOTROS LOS ELEMENTOS MALOS

En el versículo 31, Pablo dice: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y
maledicencia, y toda malicia”. Todas las malignidades mencionadas en este versículo se
pueden eliminar de nosotros si disfrutamos a Dios en Cristo como nuestra gracia. Por
ejemplo, si vivimos así, en nuestra vida diaria no habrá gritería ni tampoco
maledicencia. Nadie que viva por el principio de la verdad y de la gracia hablará mal de
otros.

IX. SER BONDADOSOS UNOS CON OTROS

Por último, el versículo 32 declara: “Sed bondadosos unos con otros, tiernos,
perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. Lo
único que puede hacernos tiernos es disfrutar a Cristo como nuestra provisión vital y
como nuestro gozo. Si somos tiernos, perdonaremos a otros. En nuestra vida diaria,
debemos perdonar a otros y pedirles que ellos nos perdonen a nosotros. Esto es
necesario porque nos ofendemos fácilmente y ofendemos a otros de igual manera. Si
hemos ofendido a alguien, tenemos que pedirle perdón; y si alguien nos ha ofendido a
nosotros, debemos extenderle nuestro perdón, así como Dios en Cristo nos perdonó a
nosotros.

En la exhortación del apóstol en esta sección, él presenta a Dios como el modelo de


nuestra vida diaria. Por medio de la vida de Dios y en Su Espíritu, podemos perdonar a
otros tal como Dios perdona. Si esto describe nuestra vida diaria, no contristaremos al
Espíritu Santo de Dios. Para llevar un vivir así, necesitamos vivir conforme a la verdad y
por Dios en Cristo como nuestra gracia.
ESTUDIO-VIDA DE EFESIOS
MENSAJE CUARENTA Y NUEVE

UN RESUMEN DE LO QUE ES APRENDER A CRISTO

En mensajes anteriores hablamos de lo que se requiere para aprender a Cristo y de la


vida que esto supone. El requisito consiste en que nos despojamos del viejo hombre y
nos vestimos del nuevo. Una vida en la que aprendemos a Cristo depende de que
apliquemos el principio básico de la verdad y de que vivamos conforme a la gracia. En
este mensaje presentaremos un resumen de lo que es aprender a Cristo. Este resumen
incluye la verdad [realidad] (4:21, 24, 25) y la gracia (v. 29) como los elementos básicos,
y la vida de Dios (v. 18), el Espíritu de Dios (v. 30) y el diablo (v. 27) como los factores
básicos.

I. LOS ELEMENTOS BASICOS

En el mensaje anterior dijimos que en el Nuevo Testamento la gracia y la verdad forman


un par, y que el amor y la luz forman otro par. Estos pares se revelan principalmente en
los escritos de Juan. En su evangelio, Juan habla de la gracia y la realidad, y en su
primera epístola, del amor y la luz. El Evangelio de Juan relata cómo Dios vino a
nosotros en el Hijo para que lo recibiéramos como gracia y lo conociéramos como
verdad. Luego, 1 Juan revela que después de recibir a Dios en el Hijo, podemos
presentarnos ante el Padre y disfrutarlo como amor y luz. Así que en el Evangelio de
Juan Dios viene a nosotros como gracia y verdad, y en 1 Juan nosotros vamos a Dios y
entramos en comunión con El en Su amor y Su luz. Esto indica que hay un tráfico entre
Dios y nosotros y viceversa. Según el libro de Apocalipsis, el resultado, el producto, de
este tráfico divino es los candeleros de oro en esta era y la Nueva Jerusalén en la
eternidad.

Juan 1:17 dice que la ley fue dada por medio de Moisés y que la gracia y la realidad
vinieron por medio de Jesucristo. Esto significa que antes de que Cristo viniera, ni la
gracia ni la verdad habían llegado al pueblo de Dios. Por supuesto, el Antiguo
Testamento contiene sombras relacionadas con la gracia y la verdad, pero la realidad de
éstas no existió sino hasta que vino Jesucristo. Cuando Cristo vino, vinieron con El la
gracia y la verdad.

El Evangelio de Juan revela que Dios vino al hombre por medio de la encarnación. El
Verbo que estaba con Dios y que era Dios se hizo carne y fijó tabernáculo entre nosotros
(Jn. 1:1, 14). El versículo 14 dice que El, el Verbo hecho carne, estaba llen