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PERIODO CLASICO

? – siglo XI d.C.

Se ha llamado Periodo Clásico al que en las áreas mencionadas abarcó varios siglos de muy grande
desarrollo cultural. Puede decirse que este periodo se inició desde algún tiempo antes de los
comienzos de la era cristiana y terminó, con variantes en las distintas regiones, hacia el siglo XI d.C.

PERIODO POSCLASICO

POSCLASICO MEDIO – SUPERIOR

1200 – 1521 d.C.

A los años comprendidos entre 1200 y 1521 d.C. los arqueólogos han llamado Posclásico Medio y
Superior.

pesca siguieron practicándose. Entre algunos pobladores, como los seris de Sonora y los nativos de

la Baja California, las condiciones de vida continuaron siendo las de seminómadas, sin agricultura ni

producción de cerámica.

Si al ocurrir el abandono de Tula se produjeron crisis y movimientos de pueblos, también sucedió

esto fuera de la Mesoamérica nuclear: mas allá de sus límites norteños se iniciaron por ese tiempo

grandes migraciones. Tal fue el caso de los seguidores del caudillo Xólotl; eran estos portadores de

la flecha y el arco, cazadores y recolectores; se vestían con pieles de animales, trasportaban a sus

hijos en redecillas y hablaban la lengua pame, emparentada con el otomí.

Conocidos como chichimecas de Xólotl, penetraron en el valle de México y establecieron contacto

con las gentes que ahí vivían. Entre otros estaban los habitantes de Culhuacán y de Chalco, de

raigambre tolteca. Tras prolongada convivencia, los chichimecas de Xólotl fueron estableciéndose

en diversos sitios, donde organizaron algunos señoríos o se mezclaron con quienes allí moraban.

Esto último fue el caso de Tenayuca, Xaltocan y Azcapotzalco. Nuevos total o parcialmente fueron

los asentamientos de estos chichimecas en Texcoco Tlatzallan-Tlaloztoc, cerca de Coatlichan, así

como en Tepetlaoztoc y Oztoticpac. Cabe señalar la presencia de la palabra oztoc, que significa

“cueva”, en varios de los nombres de esos lugares, en rememoración de las cuevas en que los

chichimecas habían vivido en el norte.

Poco a poco, durante varias generaciones, estos chichimecas transformaron su forma de vida. El

estudio de cómo ocurrió esto es muy interesante, ya que permite apreciar cómo se produjeron los

cambios hasta que se consolidaron en el valle de México importantes señoríos como Texcoco,

Xochimilco, Azcapotzalco, Cuahtinchan y otros ya mencionados. Las transformaciones consumadas

incluyeron la adopción de la agricultura, la vida urbana, las creencias y prácticas religiosas de origen

tolteca así como la lengua náhuatl.


Como una sombra que parece oscurecer la grandeza lograda por los mexicas y los mesoamericanos

en general, no es posible ocultar práctica ritual de los sacrificios humanos. Ha habido quienes se

resisten a aceptar que los hubo, aunque son muy numerosos los testimonios que certifican su

existencia. En vez de negar su realidad, lo importante es intentar explicarla.

En primer lugar está el hecho de que en todas o la mayor parte de las antiguas culturas hubo

sacrificios humanos. Lo extraño es, sin embargo, que en Mesoamérica perduraron hasta la llegada

de los españoles. Sin negar esto, parece posible interpretar su significación.

Los mesoamericanos tenían la convicción de que sus dioses se habían sacrificado para dar nueva

vida al mundo después de la última destrucción cósmica. El relato describe cómo ello ocurrió en

Teotihuacan, que existió como realidad primordial antes de la restauración del mundo. Ahora bien,

varios textos nahuas expresan que si los dioses se sacrificaron por los seres humanos, éstos debían

corresponder asimismo con su sangre y su vida. El sacrificio humano era la respuesta al sacrificio

divino.

Acudiendo a las creencias cristianas, en ellas se reconoce que Jesús, para redimir a la humanidad,

decidió inmolarse en un sacrificio, a la vez humano y divino. Y también de acuerdo con el dogma

cristiano, quienes lo aceptan, al participar en la eucaristía, piensan que consumen el cuerpo y la

sangre de Jesús, cuyo sacrificio se reactualiza en el sacramento de la misa.

Esto muestra que la creencia de que sólo por medio de la sangre hay salvación constituye un

paradigma mental presente en diversas culturas. Entendido así el sacrificio humano, debemos

reconocer que, aunque hoy nos parezca horrendo, tiene un sentido profundo, como lo percibió fray

Bartolomé de Las Casas, quien vio en él la suprema forma de ofrenda dirigida a corresponder al que

fue primordial sacrificio divino.

México-Tenochtitlan y el gran conjunto de las creaciones de los mexicas fueron, por así decirlo, la

fachada última de la civilización originaria de Mesoamérica. Los presagios funestos que, según varios

relatos, llegaron a conocer Moctezuma, su pueblo y sus aliados fueron anticipo de una confrontación

de los mexicas con seres desconocidos y no imaginados. Esa confrontación trajo consigo la lesión

más profunda y duradera en el ser de toda Mesoamérica.

Pero cabe preguntarnos: ¿marcó ella su acabamiento total? Lo que veremos muestra que de varias

formas Mesoamérica perdura en el ser del México moderno. Éste sin duda participa hoy en la cultura

occidental, pero en convivencia con la matriz original mesoamericana. Más aún, Mesoamérica ha

extendido su esfera de irradiación no sólo a todo el norte del país sino también más allá de sus

fronteras y se deja sentir en muchos aspectos de la vida de millones de mexicanos establecidos en

el vecino país del norte.

¿Cuándo comenzó la historia de México? La respuesta es que en los tiempos en que sus antiguos

habitantes lograron creaciones culturales, muchas de las cuales perduran hasta hoy en el moderno

país. Entre ellos y nosotros hay ciertamente continuidad. Si prescindiéramos de los rasgos y
elementos que tienen sus raíces en el pasado prehispánico, no entenderíamos lo que son hoy México

y los mexicanos.

Entre esos rasgos y elementos sobresalen sus lenguas, no pocas hasta hoy habladas, que han

influido en el español de México. Muchas palabras, sobre todo de la lengua náhuatl, se han

incorporado a él. Las palabras dejan ver la perduración del legado indígena en no pocos campos de

la vida cotidiana. En este sentido, son algo así como el registro de una herencia cultural que

sobrevive.

Los indígenas mexicanos fueron y son amantes de la música y el baile. Varias palabras nahuas

nombran instrumentos musicales y bailes. El huéhuetl es un tambor vertical que se toca con las

manos; el teponaztle es también instrumento de percusión, hecho de un tronco ahuecado, que se

coloca horizontalmente, con una horadación en su Parte superior, y en sus extremos lengüetas que,

al ser golpeadas con unos palitos, resuenan.

Otro instrumento musical, el tololoche, de tololontic, “redondo”, es un contrabajo de cuerdas, casi

seguramente ideado durante la época colonial. A su vez, mitotesignifica originalmente “baile” y, por

extensión, “bulla”, “alboroto”. Huapango,derivado de cuauhpanco, tablado Para bailar. De él

proviene el nombre de un son que se acompaña con música de quinta, jarana, violín y guitarra.

Perduran los nombres de muchas edificaciones como los teocalli, “templos”, y también vocablos

relacionados con la construcción: los malacates o cabrestantes, especie de poleas; los jacales,

construcciones sencillas, algunas hechas con madera y paja o zacate, otras con piedra, que puede

ser tepetate o tezontle. Hay techos de tejamanil y otros recubiertos con chapopote. Invenciones

prehispánicas son las chinampas, los temazcales, los apantles para conducir el agua. Hay casas

con tapanco (de tapantli, “azotea”), que también significa “desván” o “doblado”.

Existen tianguis, tlapalerías y tinacales, para fermentar el pulque. Y no falta la tiza, que puede servir

para pintar.

Muchos son los árboles cuya madera aprovechaban los nahuas y cuyos nombres hasta hoy se

conservan: ahuehuetes, pochotes, ocotes, oyameles, huejotes, mezquites, amates, tepozanes,

hules, guayules, achiotes, nopales y el copal o resina.

Del mundo de los animales domésticos son el guajolote, la pipila, el centzontle y el escuincle o perro

pelón. Entre los que gozan de libertad están los zopilotes, tecolotes, huilotas, quetzales,

chichicuilotes, tlacuaches, coyotes, ocelotes, mapaches, cacomizcles, tepescuintles ytambién los

pequeños pinacates, jicotes, ajolotes, claconetes y zanates.

Las gentes prehispánicas cultivaron plantas y frutos que hasta hoy se consumen, conocidos con sus

nombres en náhuatl: tomates, jitomates, aguacates, paguas, quelites, tejocotes, cacahuates,

nopales, capulines, chiles, zapotes, chayóles, chicozapotes (de tzic-tli, chicle), ejotes, huauzontles,

camotes, jicamas, jimicuiles, chilacayote, huauhtli, peyote, epazote, los elotes de la milpa y

la chía, a los que favorecía la llovizna o chipichipi.


Aprovechando esos frutos y otros muchos recursos floreció un arte culinario del que hasta hoy

pueden degustarse muchos platillos y bebidas. Cabe recordar los tamales, pozoles, atoles,

chilaquiles, enchiladas, totopos, tlacoyos; el pinole, chocolate, tepache, mezcal y tequila; los

variados moles, el guacamole, chilpocle, chilpachole, huitlacoche, los ezcamoles y cocoles, así como

los tacos de nenepil, los mixiotes y asimismo, aunque para causar mal, el toloache.

En la vida cotidiana es frecuente emplear palabras como apapachar, enchilar, pepenar,

achichinar, que equivale a quemar; apachurrar, encuatar, petatearse, tata, chamaco, escuincle,

cuate, cuatacho, coconete, chilpayate, pipiolera, tocayo, pilmama, chichis, cuíco, por policía,

contlapache, palero (de paliuhqui, “ayudar”), coyón, achichincle, pizca, itacate, piocha, chipote y

titipuchal.

Y para preparar comidas y bebidas no deben faltar los comales, molcajetes, lasjícaras, los metates,

molinillos (castellanización del vocablo náhuatl moliniani,“batidor”, que se usa para batir el

chocolate), los popotes, los tejolotes, y si algo se rompe, quedan como recuerdo

los tepalcates. Otros objetos hay también muy útiles: equípales, -mecates, mecapales, ayates,

huacales, petates, petacas, los cacles o zapatos y hasta los papalotes para jugar con ellos.

Para no alargar la lista, pueden recordarse los nombres de algunas prendas femeninas: los

bellos huípiles, los chincuetes, los hermosos quechquemes y los costosos abrigos de piel de ocelote.

Además de todos estos elementos tangibles, el legado indígena incluye una rica literatura. Abarca

ésta los códices o libros prehispánicos mayas, mixtecos y del Altiplano Central, así como otros,

mucho más numerosos, de tiempos posteriores a la Conquista. Asimismo textos en lenguas náhuatl,

maya, quiche, zapoteca y otros idiomas. En ellos se conservan poemas y cantos, relatos míticos,

antiguas oraciones, discursos y recordaciones históricas. De igual manera han perdurado herbarios

y otros manuscritos relativos a la medicina indígena. Todo esto muestra cuántas cosas nos han

llegado de la cultura indígena. Y hay que añadir que sólo se han citado vocablos del náhuatl y no de

las otras lenguas indígenas.

Rasgos culturales heredados del mundo indígena son también las formas de cortesía, el uso

frecuente de diminutivos, el sentido comunitario, el apego a la familia, la sensibilidad artística,

algunas formas de religiosidad como el culto a Nuestra Madre Guadalupe y a Nuestro Padre Jesús.

Esta dualidad evoca a la prehispánica Ometéotl-Tonantzin, Totahtzin, el Dios Dual, Nuestra Madre-

Nuestro Padre.

También hay miles de nombres de pueblos, montes y ríos a lo largo y ancho de la geografía de

México en náhuatl, purépecha o tarasco, en maya, en otomí o ñahñú y en otras varias lenguas.

Algunos de estos nombres son muy bellos como Iztaccíhuatl, “mujer blanca”; Cosamaloapan, “en el

río del arco iris”; Papaloapan, “río de las mariposas”; Xochimilco, “en la sementera de flores”;
Teotlalpan, “en la tierra grande o divina”; Tlalixcoyan, “donde se hace llana la tierra”, y la lista podría

alargarse casi sin fin.

El nombre mismo de México, “en el ombligo de la luna”, y los de la mayoría de los estados recuerdan

la presencia indígena: Sonora, Chihuahua, Coahuila, Tamaulipas, Sinaloa, Nayarit, Zacatecas,

Jalisco, Michoacán, Colima, Tlaxcala, Guanajuato, Querétaro, Oaxaca, Chiapas, Tabasco y Yucatán.

Realidad visible son los miles de monumentos, muchos de ellos extraordinarios, en numerosas zonas

arqueológicas y que tanto atraen a mexicanos y extranjeros.

Y por encima de todo está la presencia de varios millones de descendientes de los pueblos

originarios, con los cuales la mayoría de los mexicanos estamos íntimamente relacionados por

nuestro ser mestizo. En fin, el escudo nacional es también de procedencia indígena: el águila erguida

sobre un nopal y devorando una serpiente es evocación de la señal anunciada a los fundadores de

México-Tenochtitlan.

Es cierto que a este rico legado cultural y humano, a partir del encuentro con los españoles, se han

sumado otros muchos elementos y rasgos de origen europeo en su versión hispánica y también de

procedencia africana y de otros orígenes. Otro hecho de suma importancia es, por supuesto, la

vigencia de la lengua española, medio de comunicación entre todos. Pero hay que reconocer que lo

que llegó desde que ocurrió el encuentro inicial y a lo largo de los tres siglos de lo que fue la Nueva

España y hasta el presente se ha injertado en el tronco original indígena.

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Historia de México, México, 2010, FCE, SEP, capítulo II, Pág. 45-71