Sie sind auf Seite 1von 358

Traducción de Julieta Barba y Silvia Jawerbaum

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

richard hoggart

v v y i siglo veintiuno

editores

grupo editorial

siglo veintiuno

siglo xxi editores, méxico

siglo xxi editores, argentina

CERRO DEL AGUA 2 4 8 , ROMERO DE TERREROS

GUATEMALA 4 8 2 4 , C1425BUP

0

4 3 1 0 MÉXICO, D.F.

BUENOS AIRES, ARGENTINA

¡

salto de página

biblioteca nueva

anthropos

ALMAGRO 3 8

ALMAGRO 3 8

DIPUTACIÓN 2 6 6 , BAJOS

2

8 0 1 0 MADRID, ESPAÑA

2 8 0 1 0 MADRID, ESPAÑA

0 8 0 0 7 BARCELONA, ESPAÑA

www.bibliotecanueva. es

Hoggart, Richard La cultura obrera en la sociedad de masas.- I a ed.- Buenos Aires:

Siglo V eintiuno Editores, 2013.

368 p.; 16 x 23 c m * (Antropológicas / /

Grimson)

dirigida por Alejandro

T raducido por: Julieta Barba y SilviaJaw erbaum / /

ISBN 978 - 987- 629- 299-3

1 . Sociología. I. Barba, Julieta, trad. II. Jaw erbaum , Silvia, trad. III. Título CDD 301

Título original: The Uses of Literacy: Aspecls of Working-class Life, wilh Special Reference io Publications and Entertainmenls, by C hatto 8c W indus

© 1957, Richard Hoggart

© 2013, Siglo Veintiuno Editores S.A.

Diseño.de cubierta: Peter Tjebbes

ISBN 978-987-629- 299-3

Impreso en Artes Gráficas Delsur / / Almirante Solier 2450, Avellaneda

en el m es de mayo

de 2013

H echo el depósito

que m arca la ley 11.723

Im preso en A rgentina / / Made in A rgentina

Indice

Presentación

9

Simón Hoggart

Introducción

13

Lynsey Hanley

Agradecimientos

31

Prefacio

33

Nota del autor sobre el texto

PARTE I UN ORDEN “MÁS ANTIGUO”

1. ¿Quiénes integran “la clase trabajadora”?

35

41

Cuestiones de enfoque

41

Un esbozo de definición

45

2. Paisaje con figuras:

un escenario

55

U na tradición oral: resistencia y adaptación. Un modo de vida formal

55

“No hay nada como la propia casa”

61

La m adre

67

El padre

79

El barrio

83

3. “Ellos” y “nosotros”

95

“Ellos”: respeto por uno mismo

95

“Nosotros”: lo mejor y lo peor

102

“Tomarse la vida como viene”: “vivir y dejar vivir”

112

6

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

4. El mundo “real” de la gente

121

5.

Lo

personal y lo concreto

121

“Religión primaria”

129

Ilustraciones del arte popular: Peg’s Paper

136

La vida plena

149

La inmediatez, el presente, la alegría: el destino y la suerte

149

“La aspidistra más grande del m undo”: incursiones en el “barroco”

156

Ejemplos del arte popular: el canto enlos clubes

164

PARTE 11 DAR LUGAR A LO NUEVO

6. Destemplar los resortes de la acción

183

Introducción

sentido de pertenencia al grupo e igualitarismo

183

Tolerancia y libertad

188

“Todo el m undo lo hace” y “Toda la banda está aquí”:

democrático

191

El vivir en el presente y el “progreso”

202

Indiferencia: “personalización” y “fragm entación”

207

y. Invitación al mundo del algodón de azúcar: el nuevo arte de masas

217

Los productores

218

El proceso ilustrado: (i) semanarios para la familia

222

El proceso ilustrado: (ii) canciones populares comerciales

232

Las consecuencias

241

8. El nuevo arte de masas: sexo en envases atractivos

255

Los chicos de la rocola

255

Las revistas “picantes”

259

Novelas de sexo y violencia

265

9. Resortes destemplados: nota sobre un escepticismo sin tensión

281

Del escepticismo al cinismo

281

Algunas figuras alegóricas

290

ÍNDICE

7

10. Resortes destemplados: nota sobre los desarraigados

y los angustiados

297

El alumno becado

297

El lugar de la cultura: nostalgia por los ideales

310

Conclusión

323

Resistencia

323

Bibliografía

3 5 3

Entrevista a Richard Hoggart

por Beatriz Sarlo

3 6 1

Presentación

Simón Hoggart, 2009*

La cultura obrera en la sociedad de masas se publicó p o r prim era

vez en marzo de 1957. En ese

chester, Nueva York, donde mi padre había ido por un año a com pletar un program a de intercam bio de la Universidad de Hull, donde enseña­ ba literatura inglesa. Dios sabe qué pensarían los estadounidenses de esa ciudad legendaria sobre el H um ber, donde el racionam iento aún no había quedado atrás, el olor a pescado a veces se sentía en toda la ciudad y los sitios donde habían caído las bombas parecía que quedarían vacíos para siempre. La experiencia de viajar en la dirección contraria generó en m í u n am or perm anente por los Estados Unidos, su calidez, su energía, su belleza, y, para un niño de 10 años como yo tenía en ese entonces, su comida. Mi padre percibía el sueldo dé Gran Bretaña, que en los Estados Unidos era prácticam ente nada, pero incluso con el poco

dinero con que contaban él y mi m adre se las ingeniaron para llevarnos a mis herm anos y a m í a recorrer el país, al menos la costa Este: Washing­ ton, Virginia, las m ontañas Adirondack, Nueva York, Nueva Inglaterra, e incluso llegamos a Canadá. Nos trasladábamos a todas partes en un viejo De Soto bicolor, uno de los últimos autos estadounidenses con form a de renacuajo y no de ataúd. Para nuestra sorpresa, allí los autos tenían ra­ dio. Elvis había surgido hacía poco y mi m am á decía que después de un tiempo nadie lo recordaría. Hace más de tres décadas que Elvis m urió y ella todavía sigue viva. Mi padre había dejado el manuscrito de La cultura obrera en la sociedad de masas en Chatto & Windus, en Londres. La publicación no fue un proceso sencillo ni estuvo exenta de problemas. U na de las secciones más recordadas del libro es la que critica la literatura barata y la prensa

sensacionalista, ilustrada

peyorativos. Chatto contrató a un abogado que le advirtió qué la sección

m om ento, los H oggart vivíamos en Ro-

con ejemplos y acom pañada por comentarios

* Periodista de The Guardian, es el hijo de Richard H oggart.

ÍO

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

podía dar lugar al inicio de acciones legales. Se habló de demandas por

un millón de libras esterlinas, una suma que, si hoy es m ucho dinero, en ese entonces era una enorm idad. Lejos de eliminar la sección entera, mi

padre pensó que la única m anera de solucionar el problem a era m aqui­

llar lo que había escrito.

No le llevó m ucho tiempo y hasta disfrutaba con la tarea. En especial,

le divertía inventar títulos para las novelas de sexo y violencia. U no de

ellos, Death Cab for Cutie [Taxi de la m uerte para una chica], tuvo una

vida que trascendió el libro de mi padre, pues un integrante del grupo de rock Bonzo Dog Doo-Dah Band, que debe haber leído el libro, com­ puso una canción con ese mismo título. También hay una escena curiosa en la película de los Beatles Gira mágica y misteriosa, en la que el grupo interpreta la canción en un sórdido cabaret. (Derek Taylor, quien fuera agente de prensa de los Beatles, hoy fallecido, me com entó que George Harrison había sido un adm irador de la obra de mi padre.) Años más

tarde, un grupo estadounidense de la costa Oeste debe haber escuchado

la canción y eligió el título como nom bre para su banda. Los Death Cab

for Cutie fueron muy exitosos, y mi propio hijo, que tam bién se llama Ri­

chard Hoggart, es uno de sus admiradores. La transmisión generacional

tiene estas ironías. Regresamos a Inglaterra eri el Empress ofBritain en el verano de 1957. (El año anterior habíamos viajado a América en el Queen Elizabeth; y ese

fue el último año en que la cantidad de viajeros que cruzaron el Atlántico en barco superó la de las personas que viajaron en avión.) Nos encontra­ mos con que La cultura obrera en la sociedad de masas se había convertido en un éxito editorial. (A los dos meses de su lanzamiento iba ya por la tercera reimpresión.) Para las personas de cierto.tipo y de cierta clase

social, el libro era de lectura obligatoria.

U no de sus adm iradores fue Tony W arren, el creador de Coronation Street, que más tarde le dijo a mi padre que, gracias a su libro, él se había

dado cuenta de que era posible escribir una buena telenovela con per­

sonajes de la clase trabajadora. De hecho, la vida de la clase trabajadora

estaba prácticam ente ausente de la televisión, salvo por los habitantes del

East End londinense y su acento típico o los soldados originarios del Nor­ te, o los escasos docum entales en los que entrevistados de Clase media expresan su preocupación p o r las condiciones de vida de los pobres. Y a

W

H.

Auden, sobre quien mi padre escribió su prim er ensayo,

le gustó

m

ucho el libro y le envió una carta muy extensa.

Mi padre empezó a aparecer en programas de televisión, algo que hoy

en día no significa m ucho, ya que casi todo el m undo aparece en alguno.

PRESENTACIÓN

I I

En esa época, sin embargo, estar en la televisión era motivo de orgullo

y entusiasmo, incluso cuando eran muchos los que todavía no tenían

un aparato en su casa. Recuerdo que nuestros vecinos se apiñaban en

nuestra sala para verlo aparecer en la pantalla hablando de educación en algún program a vespertino de domingo. Esto llevó directam ente al siguiente gran momento: eljuicio por la pu­ blicación de El amante de Lady Chatterley, en 1960. Alien Lañe, el fundador de Penguin, se había entusiasmado con La cultura obrera en la sociedad de masas y lo había publicado en form ato de bolsillo. Pensó que mi padre sería un buen testigo en eljuicio, pues tenía cosas en com ún con D. H. Lawrence y, aunque era académico, no vivía en una torre de marfil. Mi padre, que estaba interesado en eljuicio, advirtió que muchos testigos se habían dejado intim idar por las intervenciones de Mervyn Griffiths- Jones, el representante de la fiscalía, y se propuso no caer en la misma

intercam bio con el fiscal sobre la

aplicación de la palabra “puritana” para definir la novela; “sí, y también em ocionante y tierna”, añadió. Y uno de los momentos más evocados

fue cuando Griffiths-Jones protestó: “¿Reverenciar? ¿Reverenciar cuánto pesan las bolas de un hom bre?”.

El aporte de mi padre fue im portante, quizás haya sido crucial, aunque el resultado haya estado decidido de antem ano, cuándo el fiscal se diri- :.gió p o r prim era vez al jurado. Después supe por el hijo de Griffiths-Jones qújé él siempre preparaba sus alegatos con sumo cuidado. Pero como era evidente que lo estaba haciendo tan bien, pensó que podía arriesgar una pregunta improvisada y allí fue cuando lanzó la famosa y fatídica frase ¿Ustedes querrían que sus esposas o criadas leyeran este libro?” Desde Penguin le pidieron a mi padre que escribiera la introducción a

tram pa. Todavía hoy se recuerda su

la prim era edición “legal” del libro

de té de Penguin que conm em ora

sólo 50 libras por el encargo, hecho algo irritante si se considera que se vendieron tres millones de ejemplares, si bien, como solíamos decirle, nadie com praba el libro por la introducción. Aún hoy se sigue hablando de ese juicio. Hace algunos años, la BBC produjo otra película sobre el caso, con guión de Andrew Davies; naturalm ente, el guionista consi­ deró que el filme no tenía tanto sexo como debería, así que agregó un rom ance entre dos miembros del jurado. El papel de mi padre lo inter­ pretó David Tennant, con las patillas que caracterizaban a su personaje en Doctor WJio.

La cultura, obrera en la sociedad de masas siguió vendiéndose m ucho en una edición tras otra. A m í me sorprende el hecho de que a veces lo cita

y su nom bre aún aparece en el jarro la publicación de la novela. Recibió

12

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

gente que jam ás lo ha leído, y que cree que es poco más que una glori­ ficación de la vida de la clase trabajadora y un intento por denigrar las virtudes de la “clase m edia”. De hecho, nuestros padres tenían de esas virtudes a m ontones: eran muy trabajadores, leales a la familia y más prudentes que ahorrativos. Algunas personas lo asocian con los exáme­ nes para ingresar a la universidad, y esos libros, no im porta sin son de Shakespeare o de Dickens, rara vez se olvidan del estigma. Pero siendo hijos de Richard Hoggart, mis herm anos y yo hemos perdi­ do la cuenta de la cantidad de personas -jubilados, gente de clase media, innumerables estudiantes, trabajadores de los medios y hasta legisladores y m inistros- que se nos han acercado para decirnos que el libro no sólo reflejaba su historia sino que había echado luz sobre sus propias vidas.

Introducción

Lynsey Hanley, 2009*

La cultura obrera en la sociedad de masas es uno de los pocos li­ bros fundam entales sobre la sociedad británica que se han publicado en los últimos cincuenta años. Está entre los prim eros libros que lee todo el que tiene un interés genuino por las clases sociales para tratar de com­ prender por qué esta nación igualitaria en apariencia, con u n servicio de salud pública abierto y una educación subsidiada, favorece una rígida división entre clases sociales,njue se transmite de generación en genera­ ción. Escritores, profesores y académicos citan todo el tiempo el libro, considerado como una fuente inagotable de consulta y un repositorio

de la m em oria de los hom bres -y las m ujeres- inteligentes del público general, para quienes ha sido escrito; personas que en él vieron refleja­ dos sobre el papel p o r prim era vez sus intereses y experiencias. Debería ser una reliquia: ningún lector que sea dos generaciones más joven que

con las descripciones de cómo era

crecer y vivir en un entorno de clase trabajadora en la década de 1930. Sin embargo, a pesar ele las transformaciones sociales y económicas que han tenido lugar desde la publicación del libro en 1957, hay miles de lectores que siguen viendo escenas de su vida en los párrafos del texto. Las condiciones materiales de la mayor parte de la clase trabajadora han mejorado notablem ente entre los días de la infancia de Hoggart, en los años treinta, y los últimos años de la década de 1950, cuando, de acuerdo con H arold Macmillan, se podía decir que los británicos “nunca habían estado tan bien”. Pero mientras que esas condiciones han ido m e­ jo ran d o con el tiempo -m ejores sueldos, menos horas de trabajo, bienes más accesibles-, la falta sistemática de equilibrio entre la form a en que los productores de cultura ven la cultura de la clase trabajadora (es basu­ ra, pero eso es lo que les gusta) y la form a en que la ven los consumidores

H oggart debería sentirse identificado

* A utora de Eslales: an Intímale Hislary, y colaboradora en

diversas

publicaciones, com o The Guardian, Daily Telegraph,

New Slalesman, Prospecl y

Times Lilerary Supplement, entre otras. Investigadora en L ancaster University.

14

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

(es basura, pero es lo que nos ofrecen) no se ha modificado. Con gran

visión de futuro, H oggart habla de la depredación cultural que tendría

lugar si se m antenían esas falsas divisiones, que se increm entarían

años cincuenta con la accesibilidad de los medios de comunicación “masi­ va”. Dadas las mejoras en la educación, la salud y los ingresos de la mayo­ ría a lo largo del siglo XX, hoy deberíamos estar más cerca que nunca de la “sociedad sin clases”, pero esto no es así; muchas cosas deberían haber cambiado y eso no ha ocurrido, y muchas de las razones de esta inercia aparecen m encionadas en este libro. Esta obra describe con sensibilidad y precisión la vida de la clase tra­ bajadora entre las décadas de 1930 y 1950 en los centros urbanos del norte de Inglaterra, en particular, Leeds, Hull y Sheffield, y otras ciuda­ des similares que vieron crecer barriadas con hileras de casas adosadas construidas para alojar a los obreros con sus familias a mediados del siglo XIX. El texto es a la vez un ensayo personal y un estudio novelístico de personajes y de su entorno, un docurñento antropológico de gran* valor y una convincente exposición de las heridas que recibió la sociedad

debido a la negación colectiva a valorar a todos sus miembros de m anera

igualitaria. Ubica al hogar, con la sofocante chimenea y la asfixiante proxi­ midad de los miembros de la familia, en el centro de la vida de la mayor parte de la clase trabajadora y destaca la importancia del elem ento local

y familiar en la form ación de una visión del m undo que se opone a la

idea marxista abstracta del obrero como agente de la historia y poco más, aparte de eso. De acuerdo con Hoggart, en cambio, “las personas de la clase trabajadora rara vez se interesan por las teorías o los movimientos”:

si una idea no está ligada a lo real, “lo concreto y lo personal”, es muy

difícil que sea atractiva para aquellos a los que se pretende motivar con esa idea. No se trata de un libro escrito para agradar a la nueva izquierda de los años cincuenta ni a los activistas obreros que nunca habían visto a ningún obrero en su vida -al menos, al obrero medio, no comprometido

políticamente, y no al obrero excepcional al estilo d e ju d e el O scuro- Si, aparte del trabajo, que definía el lugar de las personas de la clase traba­ jadora, su vida transcurría en -y p ara- la esfera doméstica, ¿cuándo iban

a hacer la revolución? Al ubicar el hogar en el centro del retrato, Hoggart desecha los su­ puestos de los elitistas culturales que preferían no considerar en sus textos y análisis otras formas artísticas que las que aparecían en T hird Programme (hoy, Radio 3), porque pensaban que no eran lo suficien­ temente valiosas. Al estudiar la im portancia de las postales picaras, las meriendas sustanciosas, las cenas de pescado y papas fritas y las revistas

en los

INTRODUCCIÓN

15

femeninas en el contexto de “la vida plena”, Hoggart dignificó ese m un­ do no expuesto sin ser condescendiente. Los modos en que la clase tra­ bajadora creaba formas de vivir la vida eran “infantiles” y “aparatosos” en su inmediatez, pero por esa razón estaban lejos de la “corrupción” y las “pretensiones”.Junto a colegas como Raymond Williams y Edward (E. P.)

contribuyó a establecer un foro académico para el

Thom pson, Hoggart

estudio de la literatura y la sociedad atravesando los límites entre clases, un espacio en el que se form aron las bases de la disciplina que luego se

denom inó

Además de mostrarse sensible, en su trabajo Hoggart muestra su eno­ jo, su honestidad y su preocupación, que no llega a ser temor, por el' poder de destrucción del cambio social veitiginoso. La época en la que

se escribió este libro era un m om ento de transición entre la austeridad

“estudios culturales”.

de la posguerra y la jovialidad exultante de

la abundancia de fines de la década de 1950. Hoggart veía el crecimiento del poder adquisitivo de las masas desde una doble perspectiva: como algo que liberaría a los desposeídos y que, no obstante, al mismo tiem­ po y' de,m anera no tan visible en el corto plazo, podría quitarles lo que

obligada del racionam iento

poseían. Vio dónde podían surgir nuevas divisiones de clase, basadas en nociones de gusto y-receptividad a cierto tipo de estrategias osadas y sim­ plificadas d e jo s estudiosos del m ercado, y no tanto en el mero poder económico; se dio cuenta de que, lejos de quedar desterrado, el esnobis- mp podía institucionalizarse por obra de productos culturales populares talfes como revistas, diarios sensacionalistas, la radio y la televisión, que no tenían entre sus propósitos expandir las nuevas m entes alfabetizadas sino m antener los gustos existentes. La voz corporativa de los nuevos (productores “sin clase” era más disonante debido a que el lugar de po­ der que ocupaban ellos como guardianes culturales los convertía, por ♦definición, en una nueva clase dom inante no aristocrática de posguerra. Aun así, él creía en la sensatez y la resistencia de la clase trabajadora, y en su capacidad de tom ar lo que quisieran de lo nuevo que se les ofre­ cía, y rechazar lo que no les gustaba. En los años sesenta, el académico canadiense Marshall McLuhan apuntaba que el poder de los medios de comunicación radica en su forma y no en el contenido; la obra de Hoggart añade que esto asigna una mayor responsabilidad a los productores cultu­ rales en el ejercicio íntegro y honesto de ese poder. En un principio, el libro iba a llevar por título “Los abusos de la cul­ tura”, y aunque H oggart se decidió por el título definitivo porque era “menos insolente”, en el contenido queda claro que el autor considera

que “abuso” es el térm ino adecuado

para lo que describe. Hoggart se re­

l 6

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

serva los ataques más decididos para lo que él denom ina el “publicista de

masas”, una especie de “fábrica de hacer chorizos” publicitaria y editorial cuyo propósito es producir la sensación de que “toda la banda está aquí”, como un instructor de ojos saltones de las colonias de vacaciones Butlins,

y al mismo tiem po ofrecer “tentaciones [

cación del yo y a lo que puede denom inarse un ‘individualismo grupal hedonista’”. Cuanto más num eroso es el público que crea un publicista de masas para sus superficialidades sin personalidad, mayor es su ganan­ cia. H oggart vislumbró el surgim iento de una industrialización cultural

]

[que] apuntan a la gratifi­

en

la que la clase trabajadora -q u e ya había sido despojada de gran parte

de

su herencia cultural ju n to con la m aterial- está

en algún sentido más abierta que otros grupos a los peores

Encontrar

el camino en sem ejante laberinto [de indulgencias] no es ta­ rea sencilla, sobre todo porque los artífices del entretenim iento son propensos a ahuyentar el pensam iento subversivo de que afuera puede haber otros territorios, menos bulliciosos.

efectos de los ataques de los com unicado res. [

]

La cultura obrera en la sociedad de masas es una convincente refutación de la fuerza avasallante del posm odernism o o, para usar el térm ino que prefiere Hoggart, el relativismo. El autor vio con m ucha claridad lo que la “persuasión” de las personas “sinceras” podía ser en realidad en la cul­ tura de los medios de com unicación de masas: un llamado fuerte, tenso

y chillón para volvernos ciegos y sordos frente a la dificultad de la verdafl.

Para Hoggart, los publicistas de masas de los años cincuenta -figuras que pretenden llegar al corazón del hombre-masa de Ortega y Gasset- son

más insistentes, más eficaces y [

lizados y son más integrales que antes; [

cultura de masas; [

parte una cultura urbana “de la gente” están desapareciendo.

]

sus canales están más centra­

]

se está creando una

]

los resabios de lo que fue al menos en

Esa cultura urbana adoptó la form a visible de los vínculos estrechos, aun­ que informales, entre vecinos, que se foijaban en los clubes de compras, almacenes de barrio, excursiones, bibliotecas públicas y, de m anera más intangible, en un conjunto de principios compartidos acerca de lo que está “bien”, lo que es “natural” y lo que es “bueno” en la vida. De hecho, esos principios se volvían tangibles sólo cuando se los transgredía. A pe­

INTRODUCCIÓN

1 7

sar de la pobreza relativa generalizada, hacer dinero por el solo hecho de

hacer dinero se consideraba una pérdida de tiempo, y ser “ambicioso”, en el trabajo o en el bingo, era un signo del deseo egoísta de rom per filas

y hacer sentir a los demás que eran inferiores. Al escribir como un indi­

viduo que, más que rom per filas, las pasó por alto a lo largo de su vida, Hoggart advierte que la solidaridad puede dar lugar al conformismo, una característica que las publicaciones y los productos que se diseñan teniendo a las “masas” en m ente explotan sin piedad. Antes de abocarse a la escritura del libro, proceso que llevó a cabo entre 1952 y 1956, H oggart había experim entado un ascenso social ver­ tiginoso, desde su nacim iento en un barrio hum ilde de casas adosadas de Leeds y pasando, gracias a distintas becas, por la escuela secundaria

y la universidad, hasta dedicarse a la actividad académica. Antes de 1952

enseñó literatura, principalm ente a estudiantes de la clase trabajadora que asistían a clases vespertinas coordinadas por la Universidad de Hull en ciudades tan alejadas como Goole, en East Yorkshire, y Grimsby, en Lincolnshire. En A Sort of Clowning, el segundo volumen de su autobio­ grafía, H oggart revela que el proceso de escritura de La cultura obrera en la sociedad de masas fue lento y, por m om entos, tortuoso: “Era un gran pájaro en un nido emocional que ya estaba lleno, y yo a veces odiaba su voracidad y que diera por sentado que había que alimentarlo a él pri­

m ero”. Pero su compulsión interior coincidía con la fuerza del cambio exterior. Como sentía que su form ación lo había liberado y a la vez lo había dejado a la deriva, sus ideas sobre la cultura de la clase trabajado­ ra en pleno proceso de cambio no sólo despertaban su curiosidad, sino que eran relevantes para él en el plano personal. A Hoggart lo habían criado su madre, una viuda hum ilde que falleció cuando él tenía 8 años,

y su abuela; por instinto, le satisfacía que la clase trabajadora se hubiera librado de las constantes “caídas” por debajo de la línea de pobreza: “Mi

muchas m enos preocupaciones en la

vida si hubiesen sacado adelante a la familia a mediados del siglo XX”.

Así y todo, las preocupaciones tenían válvulas de escape por las que se expresaban el miedo y el ham bre; una vida sin preocupaciones, si bien es

abuela y mi m adre habrían tenido

más desahogada, a veces

norarlas. Lo que preocupaba a H oggart eran las

del algodón de azúcar” de los publicitarios y los productores de nuevas formas de entretenim iento “sin distinción de clases” -literatura com er­ cial, revistas femeninas, música pop-, que a partir de la década de 1950 am enazaban con arrancar de raíz el entram ado cultural tejido por la clase trabajadora a lo largo de décadas de vida dura en com ún y reem ­

hace desestimar esas válvulas o sim plem ente ig­

“invitaciones al m undo

l8

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

plazarlo por otra cosa. H oggart era consciente de que la cultura de los barrios de casas adosadas como el que había conocido de chico estaba por desaparecer, y que en esos barrios se levantarían edificios totalm ente distintos, con nuevas comodidades al alcance de la mano. El autor capta

esa cultura en las actitudes, el habla (no sólo el acento, sino el efecto en

la voz de cierto estilo de vida) y la vestimenta, a través de su com pulsión

a observar las consecuencias de los factores sociales externos en la vida

de los individuos. Para ser tan preciso en las observaciones, es necesario alejarse del su­ jeto de estudio, pero no tanto como para ser incapaz de ponerse en su

lugar. H oggart

se crió, gracias a una beca para seguir los estudios secundarios en Coc-

kburn, un colegio de la ciudad. Recuerda cómo se sentía en el lúgubre tranvía de H unslet a Leeds, vestido con su uniforme de colegio elegante,

a abarcar a esa clase de

estudiantes. Vio lo que se estaba perdiendo en

que se perdía y m ostró la form a en que se desarrollaba el proceso y las razones por las cuales se desarrollaba con tanta facilidad. La tan espera­ da culminación de las condiciones opresivas que soportaba la mayoría de los pobres en Gran Bretaña no trajo consigo una sociedad sin clases.

el mismo m om ento en

cuando la

salió del barrio hum ilde de las afueras de Leeds donde

respetabilidad en H unslet no llegaba

“Suele decirse que en la actualidad en Inglaterra no hay clase trabajado­ ra, que hubo una ‘revolución sin derram am iento de sangre”’, com enta

H oggart al inicio del libro, antes de sumergirse en el relato de las formas,

tanto conscientes como inconscientes, en las que la clase trabajadora po­ dría tener más probabilidades que otros grupos sociales de reaccionar ante los nuevos incentivos con una mezcla de escepticismo, “indiferen­

cia” y un exceso de confuso entusiasmo. El resultado podía ser que la cla­ se se manifestara de otros modos, como de hecho ha ocurrido, en lugar de desaparecer. En parte, esto se debe a que los “publicistas de masas”,

y en particular los productores de televisión, siguen siendo individuos

que pertenecen a grupos privilegiados y que han estudiado en las univer­ sidades más prestigiosas, pero creen, y así se lo dicen a todo el m undo,

que producen entretenim iento “sin distinción de clase”. Está tam bién el

hecho de que el esnobismo m uta en manos de quienes están en m ejor posición para cam biar a su antojo las reglas del “buen” y el “m al” gusto.

“Con cada nueva década, nos apresuramos a decir que hemos enterrado

las clases sociales”, escribió Hoggart años más tarde, en la introducción

a El camino de Wigan Pier> de Orwell, y cada nueva década que lo abrimos comprobam os que “el féretro está vacío”. Nada ha cambiado.

INTRODUCCIÓN

1Q

Si bien con esto H oggart puede parecer más moralista que interesado en evitar las injusticias, al escribir el libro notó que tenía la tendencia a juzgar los gustos culturales de la clase trabajadora según él mismo los aprobara o no: “Constantem ente me descubría oponiéndom e a una pre­ sión interna que me llevaba a valorar más lo antiguo que lo nuevo y a condenar lo nuevo más de lo que mis conocimientos me perm itían jus­ tificar”. No obstante, sus temores -q u e no se presentan como tales sino como advertencias carentes de prejuicios de alguien cuya profesión le perm itía estar en contacto perm anente con estudiantes de clase trabaja­ dora que buscaban “com prender y criticar” los cambios en su forma de vida en el m om ento en que estos ocurrían- estaban bien fundados. Uno podría retrucar que todas las generaciones tem en que sus herederos pierdan los bienes culturales adquiridos con tanto esfuerzo. Lo que hace que La cultura obrera en la sociedad de masas sea un docum ento fundam en­ tal es el m odo en que anticipa la connivencia entre un grupo dom inante que es cómplice sin quererlo en lo institucional y una cínica industria del marketing masivo que está dispuesta a idiotizarnos a todos. La persuasión de tos argum entos de H oggart y la facilidad con que se advierte su tono sutil y burlón radican en la combinación de títulos sugestivos y la división del ensayo en dos partes. La prim era, “Un orden ‘más antiguo'”’, es una presentación directa de los valores de la clase tra­ bajadora tal como se los experim entaba -y en cierta m edida todavía se los experim enta-, y sus capítulos llevan títulos tales como “‘Ellos’ y ‘no­ sotros’”, “El m undo ‘real’ de la gente” o “La vida plena”. “Otras personas pueden vivir una vida de ‘ganar y gastar’ o una ‘vida literaria’, o una ‘vida espiritual’ o una ‘vida equilibrada’, si es que existe algo así”, escribe Hoggart, sugiriendo que el equilibrio entre vida y trabajo ya era un tema recurrente hace cincuenta años en las conversaciones de las personas de clase media. “Si querem os capturar algo de la esencia de la vida de la clase trabajadora en una frase, debemos decir que es la ‘vida densa y concreta’, una vida cuyo acento está en lo íntimo, lo sensorial, el detalle y . lo personal”. Es una de las pocas comparaciones directas entre los puntos focales de la vida de la clase m edia y la de la clase trabajadora; una de las características más estimulantes del libro es la marginalización deli­ berada de lo que es im portante para los que tienen dinero, educación y poder. Lo que le im porta a la clase trabajadora, asegura Hoggart, son las relaciones dentro del grupo y no tanto entre los que pertenecen al grupo y los de fuera. Para todos los de fuera -m édicos, asistentes sociales, policías y quienes en general tienen el poder de dem oler sentimientos con una m irada de desprecio- se em plea el térm ino polivalente “ellos”.

2 0

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

Mientras escribía lo que luego sería la segunda parte del libro, titulada “Dar lugar a lo nuevo”, en la que se ocupa de los cambios en la cultura de la clase trabajadora a partir de la Segunda G uerra Mundial, H oggart se dio cuenta de que debía enm arcar su desconfianza de los “publicistas de

masas” y de su influencia en la vida de la clase trabajadora en el contexto histórico y social. Más tarde escribió que había empezado “con la idea de producir una especie de guía o m anual sobre aspectos de la cultura popular: diarios, revistas, novelas románticas o violentas, canciones po­

pero en modos que no había imaginado cuando comencé a

pulares

escribir”. Así, hizo suya una frase de W. H. Auden, el poeta sobre el que Hoggart había escrito su prim er libro a principios de la década de 1950:

“Para captar la idiosincrasia de una sociedad, al igual que para evaluar el carácter de un individuo, los documentos, las estadísticas y las medi­

com petir con la m irada intuitiva personal”.

ciones ‘objetivas’ no pueden

N inguna de las dos partes de La cultura obrera en la sociedad de masas ha dejado de im presionar tanto a quienes leen el libro por prim era como por décima vez, en parte por la deliciosa franqueza del autor acerca de la experiencia de haber crecido en el seno dé una clase social y haber pasado a otra. La sección “El alum no becado”, escribe H oggart en A Sort of Clowning,

motivó a escribirme a más personas de todo tipo, incluidos em­ pleados públicos y administrativos de distinta jerarquía -expre­ sando sentim ientos personales o una sensación de alivio (“¡Así que no soy el único que se sintió así!”)- que ninguna otra cosa que yo haya escrito.

Está asimismo el entorno social particular que describe, el de la clase trabajadora respetable, u n grupo cuyos gustos amplios y presupuestos diversos quedan expuestos en el lujo que pueden permitirse: el salmón en lata. A veces, el lector siente que está leyendo a un Proust de la clase trabajadora, alguien que escribe con amor y respeto sobre su propia cul­ tura formativa. En Hunslet, los domingos “a las seis de la tarde, en la pila de basura del fondo ya había una capa superior com puesta de latas vacías de salmón y fruta”, com enta Hoggart. El salmón y los duraznos de los años treinta se siguieron consum iendo en los ochenta e incluso después, aunque en mi casa a veces tocaba jam ón. U na característica propia del libro es el sentido del “respeto por uno mismo”, frase a la que H oggart vuelve una y otra vez en la prim era parte,

INTRODUCCIÓN

21

que se genera y m antiene dentro del sector menos precario y con menos necesidades de la clase trabajadora. Sin respeto por uno mismo, asegura Hoggart, uno está expuesto a la denigración y la explotación de quienes ven una oportunidad en la vulnerabilidad ajena. Tam bién m enciona el

“orgullo herido”, un aspecto de la tendencia de la clase trabajadora a referirse como “ellos” a cualquiera que no es como “nosotros”, pero tam­ bién del grado razonable de satisfacción -o al menos de falta de rencor- que a un integrante de la clase trabajadora “respetable” le provoca su

m enciona, por ejemplo, la disposición de los

hom bres a recorrer varios kilómetros con una carretilla para llevar a su casa una vieja mesa o cualquier otro artículo que hubieran encontrado en la otra punta de la ciudad. El lector no siente que el autor se proponga dar su propia versión de los hechos sino que quiere transm itir con claridad lo que ve. En una rese­ ña se lo definía como “el Joh n Ruskin de hoy” y, de hecho, él suele citar la famosa m áxima de Ruskin: “Lo más grande que un alma hum ana pue­ de hacer en este m undo es ver algo y decir lo que ha visto de un m odo claro”. Su ensayo también se íyusta a la descripción de la buena prosa que hace Orwell: “es como el cristal de una ventana”. H oggart aprendió de los mejores, pero se expresa con voz propia, como si cantara un him­ no. No es m elodram ático como Orwell, que no podría haber descrito la suciedad incrustada en las arrugas de un ama de casa de m ediana edad sin dar la im presión de que esa visión le provocaba náuseas. No obstante, Hoggart no está menos seguro de lo que ve ni de su capacidad para ex­ presar su importancia. Su obra es un ejemplo de lo que el crítico Lionel Trilling considera “la obligación m oral de ser inteligente”. Otra de las virtudes más vitales de Hoggart es su honestidad respecto del lugar central del placer sensual en la vida de la clase trabajadora: el sexo donde y cuando se puede, el fuego intenso en el hogar, la comida sabrosa. No trata de ocultar ni de disimular sus propias simpatías; en cambio, escribe con calidez de las necesidades cotidianas:

propia situación. H oggart

Los viejos dichos que se refieren a acontecimientos tales como nacimientos, bodas, relaciones sexuales, hijos o m uertes son

muy frecuentes. Sobre el sexo: “Nadie nota si falta u na porción

de una torta que no está entera” [

“Nadie m ira la repisa de

la chim enea

];

cuando atiza el fuego”.

Así y todo, advierte: “Cada clase tiene sus propias formas de crueldad y sordidez; las de la clase trabajadora son a veces de una vulgaridad

2 2

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

tan degradante com o innecesaria”. La tendencia a tom ar el sexo como algo “natural” es algo que H oggart teme que pueda convertirse en un objeto que se vende envuelto “en envases atractivos” a la juventud de

la clase trabajadora en busca de una liberación exenta del contrapeso de la responsabilidad. Una de las secciones más adm iradas del libro es aquella en la que el autor im ita la jerg a de los títulos y los diálogos provocativos de la ficción pasatista estadounidense de baja calidad, que se le ocurrió cuando en la editorial Chatto le com entaron que, para el abogado, “el libro era el más peligroso, en térm inos jurídicos, que hubiera leído jam ás”. Las frases inventadas parecen tan reales que es difícil distinguirlas de los títulos verdaderos: “El asesino usaba nylon”, “A las m ujeres no les gustan las cadenas” o “Taxi de la m uerte para una chica” se encuentran entre la lista de títulos desopilantes inventados por Hoggart. (El últim o, “Death Cabfor Cutie” en el original, es tam bién

el nom bre de una banda de rock estadounidense). El autor reconoce

que la m ayoría de los m uchachos van detrás del sexo, pero advierte que sería simplificar dem asiado las cosas pro p o n er que la lectura de esa clase de literatura que com bina el sexo y el crim en estimula la violencia

entre los jóvenes; el punto principal es que esa caracterización bidi-

m ensional de personajes degradados sugiere “una desesperada huida eterna de la personalidad”.

Los

que yo misma oía en las afueras de Birmingham, cincuenta años después

de que él fuera niño: “No te olvidas la cabeza porque la tienes pegada” se

dichos y frases que a H oggart le resultan familiares me recuerdan los

le

decía a un chico al que le costaba concentrarse; “Dar vueltas al m onte

W

rekin”, en referencia a un viaje largo o a tratar de conseguir una paleta

de cordero lo suficientem ente grande para que alcance para todos en la comida del domingo; “Chaucito”, por “Hasta luego”. No sé si un chico de Birmingham hoy en día sabe qué es o dónde está el Wrekin. En la actualidad es com ún notar que las vocales largas y las oclusivas glotales del sudeste de Inglaterra se han filtrado en el habla de los jóvenes de todo el país; menos com ún es observar que lo que se dice ha perdido su sentido local, porque, como dice Hoggart, el cambio es lento, y nuestro ser consciente no va a la misma velocidad que el inconsciente. Así, uno se descubre pronunciando ciertas consonantes como los londinenses o usando el “como” típico de los californianos sin darse cuenta. Tanto hoy como en la época de Hoggart, el vocabulario es un indica­ dor claro de la clase a la que pertenece el hablante, incluso más, quizá, que el acento. Quienes no han tenido la oportunidad de aprender un

INTRODUCCIÓN

23

vocabulario amplio y diverso ya no usan los aforismos de sus abuelos, sino una jerga televisiva que toman de telenovelas, letras de canciones y frases huecas que leen en las tapas de las revistas. Uno es un “tesoro” para otra persona; alguien abandona a su pareja y le dice que “no hay otra persona” y que “necesita su espacio”. Las palabras se toman del estante como un producto barato en una tienda. Aun así, la lengua inglesa con­ tinúa siendo elástica y plástica, de m odo que refleja las distintas circuns­ tancias y absorbe las contribuciones de quienes tienen algo que aportar. Uno puede aprender más sobre las posibilidades del lenguaje de una conversación entre un grupo de jóvenes en un autobús en Londres que escuchando Radio 4 una semana entera.

Una de las secciones destacadas del libro es la descripción del estilo “m ontaña rusa” de los cantantes de mediados de siglo que actuaban en los clubes frecuentados por los hom bres de la clase trabajadora. Hoggart disfruta tratando de imitar la form a en que esos intérpretes estiraban las vocales para expresar “la necesidad de destacar cada milímetro de senti­ m iento'dentro del ritm o”:

Tú eres para nliií la única mujeeer ninguna otraaa com parte mis sueñooos [pausa, con trinos que toca el pianista antes de hacer un reco­ rrido completo por el teclado] Algunos d iraaán

Los cantantes de los clubes no han desaparecido del todo, pero su su­ pervivencia en los términos en que los describe Hoggart depende de la supervivencia de los locales, que, como los pubs de barrio, están desapa­ reciendo a una velocidad similar a la de la contracción de la industria británica. (Las bebidas alcohólicas nunca han estado tan baratas en los supermercados ni las heladeras domésticas han sido tan grandes.) Esto no quiere decir que el deseo de los cantantes de manifestar sentimientos en el plano rítmico no haya encontrado otro canal expresivo. En las fies­ tas familiares y los karaokes, que se celebran en salones y en las salas del prim er piso de los pubs más grandes, suele haber alguna heredera de los cantantes de los antiguos clubes. Se trata de una m ujer joven o de me­ diana edad, con un peinado y un maquillaje inmaculados, que con una m ano sostiene el micrófono como si fuese una taza de porcelana y con la otra acom paña las octavas como si quisiera sacarle sonido al aire. Ha aprendido esos movimientos -así como el estilo melismático con el que

24

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

prolonga las vocales a lo largo de una sucesión de notas- de cantantes

Mariah Carey, W hitney H ouston o Cé-

line Dion. La popularidad de sus épicas canciones de amores perdidos,

rotos y recuperados se refleja en los programas televisivos de búsqueda de talentos como The X Factor, cuyos participantes se enfrentan sem ana

un ju rad o que le pone nota a la supuesta originalidad en la forma de interpretar los temas.

a semana a

melódicas

norteam ericanas como

Hoggart invertiría gran parte de su tiempo en hablar públicamente del papel de los medios en el contexto de la “cultura de masas”. En el año 2002 escribió un ensayo -co n esa mezcla de hostilidad y elegancia en el razonamiento que lo caracteriza- en el que expresa su enfado ante el nom bram iento del nuevo director de la BBC, Gavyn Davies, quien ha­ bía declarado que la program ación no bajaría el nivel ni se tendrían en cuenta nociones como las de “alta” y “baja” cultura en la producción de

contenidos. La BBC acababa de lanzar dos canales digitales, uno de los cuales (BBC Four) pasaba documentales serios y programas sobre arte que anteriorm ente cubría BBC Two, mientras que el otro (BBC Three), dirigido a un público joven, ponía al aire programas de periodismo de in­ vestigación social y comedias burdas. “Caviar para los esnobs y basura para las masas”, dice Hoggart, y añade: “La calidad es o debería ser indivisible,

y el mismo criterio tendría que aplicarse a todos los programas, fueran

estos ‘serios’ o ‘pasatistas’”. Ese es, en esencia, el mensaje de Hoggart, y lo

que motiva su enfado. En el libro A Class Act, publicado unos años antes, en 1997, Andrew

Adonis y Stephen Pollard dedicaron un capítulo al papel de la BBC en

la continuidad de las “variedades de distinción social”, y yo creo que esas

distinciones se han vuelto más pronunciadas en la últim a década. En la

misma línea de los escritos de Hoggart, Adonis y Pollard afirman: “Ahora

la BBC ya no levanta la voz: su misión es darle al público lo que quiere para participar de la com petencia comercial y proteger la base de su

financiamiento: el im puesto que pagan los propietarios de televisores”.

Pocos de los que m iran, por

nes policiales o una de las

dias que BBC One pone al aire en horario central estarían dispuestos a celebrar el resultado de esa misión. BBC Four acapara lo m ejor de los

de la corporación, aunque a veces perm ite que BBC Two

retransm ita después algunos de sus programas; miles, y no millones, de personas los ven por prim era vez, y aún menos televidentes se sienten con derecho a ver un canal tan “fino”.

ejemplo, un docum ental sobre persecucio­

populares y trem endam ente insulsas come­

contenidos

INTRODUCCIÓN

25

No todos son, o quieren ser, finos. En el centro de La cultura obrera en la

sociedad de masas se encuentra la voluntad de hacer hincapié en que no to­ das las personas de la clase trabajadora se suben a una escalera para trepar

al piso siguiente; para Hoggart, lo más probable es que teman caer al piso

inferior. La seguridad que proporciona un sueldo, aportado por eljefe de familia, da cobijo a toda una familia bajo su ala protectora. U n ama de casa

a la que le sobra un chelín por semana siente que está “bastante conten­

ta” con sus obligaciones y sus circunstancias, y también con el m undo en general. Del mismo modo, el tiempo ahorrado por no tener que justificar cada penique ni trabajar horas de más perm ite hacer planes, pero no para com prar una casa, como se les aconseja hoy a las “familias trabajadoras” que no se han subido al “tren de la casa propia”, sino quizá para costear los estudios secundarios de al menos uno de los hijos, o para que el “más

inteligente” siga estudiando después de los 16 años. En la actualidad se promueve que los hijos de las familias con mayores ingresos dentro de la clase trabajadora vayan a la “facu”, aunque la onda expansiva de la educa­ ción superior tiende principalm ente a absorber a los jóvenes de clase me­ dia que en el pasado habrían empezado a trabajar en la empresa del padre

o como empleados administrativos en alguna oficina a los 16 o 18 años. El

incremento en el ingreso a la universidad -a cualquier universidad, aun­ que más probablem ente a un instituto terciario local que adquirió estatus

universitario no hace mucho tiem po- de chicos de 18 años de los sectores más pobres de la sociedad es de alrededor de 1 % por año.

¿Quiénes integran hoy en día la clase trabajadora? Entre los profesionales en relación de dependencia se ha puesto de m oda decir que el térm ino abarca a “todo el que trabaja para ganarse el sustento”, pero el concepto es erróneo. Las opciones y las oportunidades -y, con ellas, la salud y la longevidad- todavía aum entan de m anera exponencial con el estatus so­ cial, motivo por el cual la sociedad británica continúa respondiendo a la

división entre “nosotros” y “ellos”. Lo que “ellos” tienen a su disposición,

y que a los demás se les niega, es una sensación de pertenecer al ámbito

de lo nacional y lo público y, al mismo tiempo, a lo doméstico y lo local,

de tener una voz que será escuchada, de ser capaces de dar explicaciones

a alguien que les daría vuelta la cara si no se explicaran correctam ente.

Son “ellos”, los cultos, los que se asignan sus propias prerrogativas, quie­ nes ejercen el derecho a crear y transm itir esa voz “sin clase” que para

Hoggart era tan afectada. Prueba de su autoridad es que no tenga que definir su estatus: se sabe que ha luchado y que, en com paración, ya no tiene que preocuparse por dónde está parado.

2 6

L A

CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

U n a oración, dicha casi al pasar, llama la atención del lector actual. “El vandalismo y el desorden público, por cuya causa los policías em pezaron

a

patrullar en pareja en muchos barrios de distintas ciudades, práctica­

m

en te han desaparecido”, escribía H oggart en 1957. En la actualidad, un

viernes o un sábado a la noche los policías no recorren de a dos el centro

de las ciudades sino que van de a muchos, en un vehículo escoltado por una ambulancia para atender a los heridos en peleas de borrachos, m ien­ tras grupos de “pastores callejeros” se acercan a los que no reaccionan de tanto que han tom ado y les preguntan si beben porque están felices

o porque son desgraciados. Agobiados por las presiones para las cuales

una educación deficiente no los ha preparado, muchos hom bres britá­ nicos y -ahora que tienen la libertad económica y social para hacerlo- tam bién mujeres reaccionan liberándose de su yugo de m anera violenta. Sale n dispuestos a “doparse”, “quedar dados vuelta”, “ponerse duros”, a llegar a situaciones de peligro debido a las drogas o al cruce con otros com o ellos. U n sábado a la noche en las calles de cualquier ciudad, la;' gente no se divierte; está tan decidida a salir a rom per todo que, si un

m

arciano viniera a observarnos, pensaría que estamos en guerra.

Q

ueda la sospecha, expresada hoy con la misma vehemencia que em­

pleaba Hoggart hace décadas, de que la cultura de masas, producida por un pequeño grupo de personas y consum ida por muchos, acaba con la

diversidad. El capitalismo se ha apropiado de la idea de “diversidad” y se

la devuelve a los individuos que viven y representan la cultura en lugar de

construiría como una especie de bolsa de caramelos variados. La “diver­ sidad” se ofrece como un com ponente estilístico y no como el verdadero indicador de “la vida plena”. Sin embargo, tal como asegura el novelista y biógrafo D. J. Taylor, “aún es posible vivir una parte sustancial de la vida más allá del ámbito idiotizante de la cultura de masas, una cultura cuyo principal mérito, podría decirse, es que nos roba el sentido de quiénes somos”. En su libro, H oggart se propone decirle al lector que lo rico está

dentro y no fuera de uno. Personas con gran poder de persuasión se pro­ ponen borrar lo que sabemos de nosotros para poder obtener beneficios de lo que aún no hemos explorado. No los dejemos hacer eso. Disfrute­ mos de las cosas más valiosas, si es que podem os llegar a ellas atravesando la m area de latas de ananá de 2 peniques, pero no nos olvidemos de nuestra capacidad de producir nuestra propia riqueza. H oggart prom ue­ ve la confianza en uno mismo no tanto en el plano económico como en el cultural y observa que no hay m ucha ganancia neta cuando la llegada de nuevos bienes culturales anula los antiguos.

INTRODUCCIÓN

27

Cuando revela ese concepto es como si dijera: “Alguna vez hablamos

el mismo idioma y ahora no es así, lo que implica que en cierta form a ya

no podrem os com partir nuestras ideas”. La pérdida reverbera a lo largo

de la página. El siente que pertenece por completo a ese m undo, que form a parte de la gente cuya cultura está estudiando, y considera sus características con la em patia de alguien que la conoce desde dentro. Pero hay algo que lo hace quedarse, no sin cierta angustia, suspendido en los m árgenes y escribir sobre sus experiencias cuando pocos -sean de dentro o de fuera- sienten la necesidad de hacerlo. La movilidad social que H oggart vivió desde dentro le enseña cómo escribir acerca de jóve­

nes universitarios que provienen de la clase trabajadora, para quienes “la prueba de su verdadera educación está en la capacidad que tengan, a los 25 años, de sonreírle con franqueza a su padre, de respetar a su herm ana

m enor en su frivolidad y a su herm ano no tan brillante”. En parte, esto se debe a que el buen manejo del lenguaje, producto

de la curiosidad y la educación, parece desterrar el sentimentalismo de

la experiencia. Aquel que haga bailar el lenguaje a su ritm o en lugar de

tener que bailar, o saltar, al ritm o im puesto por el lenguaje, va camino a

la libertad. Ya no está a m erced de los acontecimientos porque, si no es

capaz de determ inar su curso, al m enos podrá controlar las consecuen­ cias. No sólo.se enfrenta a “ellos” sino que además tiene al “nosotros”,

a su propia gente, que lo m antiene a raya. No es que la presión del

“nosotros” lo inmovilice, sino que le indica cómo adaptarse al entorno. Si el individuo que se siente diferente aprende a incorporar las dos mi­ tades de su experiencia en un todo integrado, no necesitará parecerse

al resto.

Para las personas de la clase trabajadora, buscar la com odidad -respec­ to de la familia, la comida, el barrio o la recreación- es una m anera de disfrutar de ciertos aspectos de una vida injustam ente difícil. Para la

de incorporar m ejoras a un

nido que ya es confortable y seguro. Decir que alguien tiene una “vida acom odada” quiere decir que vive sin preocupaciones inm ediatas, lejos

de las garras de los prestamistas. N unca decimos que los pobres llevan una “vida desacom odada”, porque sabemos que ser pobre es por natu­ raleza incóm odo. Pero las com odidades externas tienen un límite. En un m om ento dado, las personas curiosas dejan de encontrarlas cóm o­ das, y entonces buscan otras formas de lograr la paz interior. Cuando

H oggart describe la casa típica de una familia de clase trabajadora, con

su revoltijo y su enérgica actividad, donde parece imposible crear el

clase m edia, la com odidad es una form a

2 8

LA CULTURA OBRERA EN XA SOCIEDAD DE MASAS

espacio tranquilo y ordenado que un chico que ha obtenido una beca necesita para estudiar, recuerda su infancia, llena de pérdidas y presio­ nes, y tam bién proyecta un futuro en el que la televisión se convierte en el interlocutor del hogar. Sólo el conocim iento de uno mismo otorga la capacidad de resistirse a la oferta de las personas que pretenden saber qué es lo m ejor para uno. La transformación, la fortaleza, el diálogo: esas son las cosas que nos permiten m antener nuestra posición, participar en igualdad de condi­

ciones con los otros y foijar nuestra propia vida en circunstancias que no hemos elegido. Si no nos conocemos a nosotros mismos, dice Hoggart, algunos van a intentar que seamos como a ellos les conviene. Sobre todo, Hoggart espera que suija una verdadera democracia, en la cual los indivi­ duos puedan reaccionar librem ente ante lo que viven y lo que ven, y sean

capaces de participar en u n debate perm anente que

nos incluya a todos,

no sólo a los que tienen más oportunidades de usar el micrófono de los medios masivos de comunicación. Aunque este es un libro que se ocupa de los aspectos colectivos de un grupo económico y social definido en términos amplios, la clase trabajadora del norte de Inglaterra, su espí­ ritu prese m i y promueve la posibilidad de expresión individual. En este sentido, La cultura obrera en la sociedad de masas es un llamado a las armas típicamente inglés, tan vigente hoy como lo ha sido siempre.

A Mary, con amor

Agradecimientos

Quisiera expresar mi honda gratitud a los amigos y colegas que

me han ofrecido su valiosa y desinteresada ayuda durante el proceso de escritura de este ensayo. De más está decir que los errores que pudiera contener el libro son responsabilidad exclusivamente mía:

A. Atkinson, H. L. Beales, A. Briggs, J. M. Cameron, D. G. Charlton, J. F.

C.

Harrison, F. D. Klingender, G. E. T. Mayfield, R. Nettel, S. G. Raybould,

R.

Shaw, A. Shonfield, E. J. Tinsley, mi herm ano Tom y mi esposa. Asimismo, por su enorm e ayuda, me siento en deuda con mis asistentes

E.

Claytón, M. Downs, J. Graves, F. Nicholson, V. Waterhouse, J. W oodhead

y N. Young. Entre las varías bibliotecas donde he consultado material, quiero m en­ cionar en especial a la Biblioteca Pública de Hull, cuyo personal siempre m e ha dem ostrado su excelente disposición.

Agradezco tam bién a todos los autores y editores cuyas obras he cita­ do. Las fuentes figuran en las notas y en la bibliografía. Si he omitido alguna, pido disculpas a las personas afectadas; con gusto me ocuparé de salvar el error en futuras ediciones.

Prefacio

Este libro aborda el tema de los cambios en la cultura de la cla­ se trabajadora durante los últimos treinta o cuarenta años, en particular los cambios alentados por las publicaciones de masas. Pienso que los re­ sultados habrían sido similares si hubiese analizado otras formas de en­ tretenimiento, en especial el cine y la radio comercial, para ilustrar mis conceptos. Me inclino a creer que muchas veces los libros sobre cultura popular pierden parte de su fuerza porque no dejan bien en claro a qué se refie­ ren con “la gente”, o no relacionan adecuadam ente los aspectos puntua­ les analizados con la vida de “la gente” en general ni con sus actitudes

les ofrece. Por esa razón, he tratado de

describir el entorno y, siempre que me fue posible, de proporcionar las relaciones y las actitudes características de la clase trabajadora. En la presentación del panoram a general, el libro está basado prin­ cipalmente en mi experiencia personal y, por lo tanto, no pretende ser un estudio sociológico de carácter científico. Generalizar a partir de la experiencia entraña ciertos riesgos; por ello he incluido, donde lo con­ sideré necesario (en especial en las notas), algunos conceptos aportados por sociólogos que matizaran o dieran sustento teórico a mis puntos de vista. Tam bién he incluido unos pocos ejemplos en los que otros autores con una experiencia similar a la m ía tienen opiniones diferentes sobre los mismos fenómenos. En las páginas siguientes se observan dos tipos de escritura: una como la que acabo de describir y un análisis literario específico de las publica­ ciones populares. A prim era vista, puecle parecer extraño que las dos for­ mas convivan en un mismo texto, y el cambio de enfoque en la segunda mitad es, por cierto, abrupto, pero espero que los lectores encuentren, al igual que yo, que cada una de las partes echa luz sobre la otra.

frente al entretenim iento que se

Al escribir este ensayo, he pensado que mi público estaría constitui­ do por “personas com unes”, “lectores inteligentes no especializados” de cualquier clase social. Con esto no quiero decir que haya tratado de

3 4

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

adoptar ningún tono de voz en particular o que haya evitado los térmi­ nos técnicos y sólo haya m encionado las alusiones más obvias. Por el contrario, me propuse escribir con la mayor claridad posible según mis conocimientos del tema, y usé términos técnicos y alusiones todas las veces que consideré que eran pertinentes y enriquecedores. El “lector inteligente no especializado” es una figura elusiva, y la popularización, un proceso peligroso; pero me parece que quienes sentimos que escribir para esa clase de público es una necesidad imperiosa debemos seguir tra­ tando de llegar a él. O curre que uno de los rasgos más notables y om ino­ sos ele la situación cultural actual es la división entre el lenguaje técnico de los especialistas y el nivel extraordinariam ente bajo de los órganos de comunicación de masas.

R. I-I.

Universidad de Hull, 1952-1956

Nota del autor sobre el texto

ORALIDAD*

El problem a que tuve que resolver fue cómo acercarme al so­ nido del habla de la clase trabajadora urbana sin confundir al lector ni crear un aire de extrañeza. La transcripción fonética habría tenido la prim era de las desventajas señaladas, y copiar el dialecto, la segunda. Por ello, he recurrido a formas ortográficas que se aproximan a los sonidos y deberían ser captadas de inmediato. Así, you aparece como y, aunque probablem ente una transcripción más próxim a al sonido debería haber sido ye o yü. He usado yer cuando la palabra siguiente comienza con vo­ cal. U na vez más, en el habla de la clase trabajadora, / se pronuncia ce, como el sonido inicial de apple. Ah tiene la desventaja de que recuerda la forma de hablar del sur de los Estados Unidos, pero es una forma menos confusa que cey más adecuada que I. H e eliminado casi todas las instancias de h, y algunos lectores dirán que no todos los integi'antes de la clase trabajadora no la pronuncian. No obstante, casi todos la omiten, por lo que es más adecuado quitarla que incluirla. Aquí, al igual que con you y I, he sido deliberadam ente inconstante y a veces utilicé las formas normales.

DATOS SOBRE LECTORES

Salvo que indique lo contrario, todos los datos sobre lectores, tanto en el texto como en las notas, están tomados de las tablas publicadas en el Hulton Reculership Swvey. El Hulton Readership Suwey (HRS) hace una división socioeconómica en cinco grupos. Los compiladores (1955) tienen especial cuidado en

* Si bien las aclaraciones del autor en este apartado se refieren a la lengua inglesa, aportan información sustancial sobre los problemas de transcripción de la oralidad que se planteó y los criterios que definió para resolverlos. [N. de E.]

3 6

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

señalar que “la división es más social que económica. Sin embargo, como hay cierta correlación entre la clase social y el nivel de ingresos, decidi­ mos proporcionar los siguientes datos generales de los rangos de ingre­ sos típicos de un jefe de familia de cada clase”. Los grupos son:

A.

Ricos: 4% de los entrevistados (probablem ente más de 1300

libras anuales).

B. Clase media: 8% de los entrevistados (probablem ente entre

800 y 1300 libras anuales).

C. Clase m edia baja: 17% de los entrevistados (probablem ente entre 450 y 800 libras anuales).

D. Clase trabajadora: 64% de los entrevistados (probablem ente entre 250 y 450 libras anuales)

E. Pobres: 7% de los entrevistados (probablem ente menos de

250 libras anuales).

La división proporciona sólo una idea muy general de los tipos de lec­ tores que constituyen el objeto de estudio del presente ensayo, en par­ ticular los grupos D y E, que abarcan a la clase trabajadora y a muchos miembros de la clase m edia baja, según los términos que he empleado. Sin em bargo, sólo he recurrido a estadísticas como evidencia secundaria de apoyo, p o r lo que esos datos tienen cierto valor. La distinción entre circulación (ventas reales) y lectores (cantidad real estimada de personas que leen las publicaciones) debería quedar clara en el texto. Algunos expertos consideran que 3,5 personas leen cada n ú­ mero vendido de una publicación, y otros creen que el núm ero se acerca más a 2,5. Las cifras proporcionadas en el H R S son una estimación de la cantidad real de lectores mayores de 16 años; la población calculada para ese grupo es de 37 millones.

ESTUDIO DE DERBY

He usado esta denom inación, tanto en el texto como en las notas, para referirm e a The Communication ofIdeas, ele Cauter y Downham. En el Estudio de Derby la población se com pone de:

• Clase alta: 3%

• Clase media: 25%

Los hom bres de esta era de realismo crítico, llevados por

la estupidez de masas y la tiranía de masas, han alzado su voz contra el hom bre com ún hasta el punto de perder el

contacto directo con él. [

yo quien deba hacer esta observación- no han dejado una huella más profunda en su pueblo porque no lo han querido lo suficiente.

LUDW IG LEWISOHN

]

Y quizás -es extraño que sea

Y una advertencia contra la visión romántica:

La sangre que corre por mis venas es sangre de campesino, y nadie puede sorprenderm e con las virtudes del campesinado.

ANTÓN CHÉJOV

PARTE I

Un orden “más antiguo”

i. ¿Quiénes integran “la clase trabajadora”?

CUESTIONES DE ENFOQUE

Suele decirse que en la actualidad en Inglaterra no hay clase trabajadora, que hubo una “revolución sin derram am iento de sangre” que ha reducido tanto las diferencias sociales que la mayor parte de no­ sotros vive en una meseta casi plana: la meseta de las clases m edia y m edia bíya. En mi opinión, esa afirmación es verdadera, dentro de ciertos con­ textos, y no quiero subestimar el alcance ni el valor de los muchos cam­ bios sociales que han ocurrido recientem ente. Para reconsiderar cómo afectan esos cambios a la clase trabajadora en particular, es preciso volver

a leer algún estudio social o unas pocas novelas de principios de siglo. Es probable que nos sorprenda cuánto ha progresado la clase trabajadora, cuánto más poder y cuántos bienes ha adquirido, y especialmente has­ ta qué punto ha dejado de sentirse parte de “las capas inferiores” que

tienen otras clases por encim a de la suya, superiores, según se entiende habitualm ente este térm ino. Algo de esto sigue vigente, pero en m ucho

m

enor grado. A pesar de los cambios, las actitudes se modifican más lentam ente de

lo

que advertimos, tal como me propongo dem ostrar en la prim era parte

de este ensayo. Las actitudes cambian poco a poco, pero evidentem ente hay una gran cantidad de fuerzas complejas que generan cambios. La segunda m itad del libro trata de los modos en que se está operando una transformación hacia una sociedad “sin clases” desde el punto de vista cultural. Será necesario definir más específicamente a qué me refiero con “la cla­ se trabajadora”, pero las dificultades que implica definir este térm ino son menos problemáticas que las que surgen de evitar el romanticismo que tienta a quienes abordan el tema de “los obreros” o de “la gente com ún”. Esas tendencias románticas m erecen ser tratadas en prim er lugar, pues aum entan el riesgo de exagerar las admirables cualidades de la cultura anterior de la clase trabajadora y su actual decadencia. Los dos tipos de

4 2

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

exageraciones tienden a reforzarse mutuam ente,

y así el contraste parece

mayor. Podemos dudar de la calidad de vida de la clase trabajadora actual,

y en especial de la velocidad con la que parece deteriorarse. Pero algunas

de las tentaciones que la hacen más vulnerable prosperaron sólo porque sus miembros lograron apelar a actitudes establecidas que no eran del todo encomiables; y a pesar de que los males contemporáneos que llaman especialmente la atención de un observador externo no pueden soslayar­ se, sus consecuencias no son siempre tan significativas como podría suge­ rir un diagnóstico realizado desde afuera, aunque más no sea porque la clase trabajadora aún conserva parte de las antiguas resistencias internas. Sin duda, esas exageraciones suelen nutrirse de una gran admiración por el potencial de la clase trabajadora y la pena que inspira su situación. Relacionada con este aspecto está la esperanza excesiva de los intelectua­ les de clase media con una gran conciencia social. Algunos de ellos han visto durante m ucho tiempo en cada obrero a una especie de Félix Holt

o Jude el Oscuro. Quizá esto se deba a que la mayoría de los obreros que

han conocido pertenecen a un grupo autoconformado poco frecuente,

o bien, en determinadas situaciones, se trata de hombres y mujeres jóve­

nes en cursos universitarios de verano, individuos excepcionales a los que las circunstancias de su nacim iento despojaron de la herencia intelectual que merecen y que han hecho grandes esfuerzos para ganársela. Son ex­ cepcionales en el sentido de que su naturaleza no es la típica de los inte­ grantes de la clase trabajadora; su m era presencia en cursos de verano, en reuniones de sociedades eruditas y ciclos de conferencias se debe a que se apartan del entorno en el que se mueven, sin una gran tensión aparente, la mayoría de sus pares. Serían excepcionales en cualquier clase social. No revelan tanto características de su clase como de sí mismos.

al elogio - “Qué buenos que son

p o rq u e

batorias al estilo de la Comadre de Bath. La clase trabajadora goza, bá­ sicamente, de muy buena salud -según la visión bucólica-, mejor que la

salud de las otras clases; está en bruto, sin pulir, pero es un diam ante al

fin; es dura, pero vale su

nes intelectuales, pero sí tiene los pies en la tierra; es capaz de reírse con ganas; es franca y solidaria. La clase trabajadora tiene, asimismo, una for­ ma de hablar ingeniosa y mordaz, pero jam ás carente de sentido común.

Las exageraciones varían en intensidad, desde el énfasis m oderado que algunos grandes novelistas ponen en los aspectos pintorescos de la vida de la clase trabajadora hasta las trilladas fantasías de algunos escritores populares contem poráneos. ¿Cuántos de los grandes escritores ingleses

De la pena - “Qué bien estarían si

”-,

hay todo un abanico de mitos bucólicos y actitudes apro­

peso en oro; no tiene refinam iento ni aspiracio­

¿QUIÉNES INTEGRAN “LA CLASE TRABAJADORA” ?

4 3

no han exagerado, al menos una pizca, en la descripción de aspectos picarescos de la vida de la clase trabajadora? George Eliot lo hace, por más brillantes que sean sus observaciones acerca de los trabajadores, y el sesgo es aún más evidente en Hardy. Entre los escritores de nuestro tiempo, en el que tanto abunda la m anipulación consciente, hay novelis­ tas populares que halagan con condescendencia a los hombres de a pie, con sus gorras planas y sus vocales laxas, sus desabridas esposas con sus umbrales impecables. Buen tópico, y divertido, además. Hasta un autor tan austero y en apariencia poco romántico como George Orwell n'unca

perdió la costum bre de observar a la clase trabajadora a través del velo de los espectáculos de variedades eduardianos. Este tipo de actitudes abun­ da en el estilo cam pechano de los columnistas del diario del domingo, los periodistas que siempre citan con admiración el último comentario

agudo de “A lf’, un conocido suyo del bar. En mi

rechazar estos enfoques con m ucha vehemencia, porque hay algo de ver­ dad en lo que expresan y es una pena que esa verdad se exagere como nota de color. A veces es conveniente tom ar con cautela las interpretaciones de los historiadores del movimiento obrero. El tem a es fascinante y emotivo; hay m ucho material valioso sobre las aspiraciones sociales y políticas de la clase trabajadora. No obstante, no es extraño que se lleve al lector a creer que las historias pertenecen a la clase trabajadora cuando en realidad son principalm ente historias de las actividades -y de sus útiles consecuencias para casi todos los miembros de la clase- de una minoría. Probablem ente los autores no pretendan más que eso, y los objetivos son im portantes en sí mismos. Pero a veces, cuando leo esos libros, tengo la impresión de que sus autores sobrevaloran el lugar de la actividad política en la vida de los trabajadores y que no siempre tienen una idea adecuada de las bases de esa vida. La perspectiva de un historiador marxista de clase media reproduce con frecuencia algo de cada uno de los errores mencionados. El autor se com padece del trabajador traicionado y desvalorizado, cuyas fallas consi­ dera que son la consecuencia del sistema agobiante que lo domina. Ad­ m ira los resabios del noble salvaje y siente nostalgia por aquellos tipos de arte “mejores que todos los dem ás”, las artesanías rurales o el arte urbano verdaderam ente popular, y expresa una atracción particular por los re­ tazos de esas formas artísticas que piensa que detecta en el presente. Se com padece y adm ira “el costado Jude el Oscuro” de los trabajadores. Pol­ lo general, hay una mezcla de compasión y condescendencia más allá de

toda apariencia de realidad.

opinión, es necesario

4 4

LA

c u

l t u

r a

o b r e r a

e n

LA SOCIEDAD d e

m a s a s

Es en algunas novelas, después de todo, donde se aprecia una idea de la calidad de vida de la clase trabajadora -Hijosy amantes, de D. H. Lawrence, entre ellas- más acabada que en ciertas obras de ficción de mayor popu­

laridad o más conscientem ente proletarias. A su m anera, lo mismo logran algunos de los estudios sociológicos sobre la vida de los trabajadores que se han escrito en los últimos veinte años. Esos libros producen la mis­ ma impresión compleja y claustrofóbica que la vida de los trabajadores puede dejar en un observador que quiere conocerla en sus aspectos más concretos. Me refiero a la impresión de estar inmerso en un bosque inter­ minable con sus más mínimos detalles, distinto y similar a la, vez; una gran masa de rostros, hábitos y actos sin demasiada im portancia aparente. La impresión es correcta y errada al mismo tiempo, pues señala la expansiva,

de la clase

trabajadora y el sentido - a veces deprim ente para alguien que no perte­ nece a ella- de una inm ensa uniformidad, de ser siempre parte de una multitud enorm e y bulliciosa, cuyos miembros son todos parecidos hasta en los aspectos más im portantes o personales. Pienso que la impresión es

errónea si nos lleva a crearnos una imagen de la clase trabajadora sólo a

partir de los datos estadísticos provistos por algunos de esos trabajos so­ ciológicos, como la cantidad de personas que hacen tal cosa y las que no hacen tal otra o el porcentaje que dice creer en Dios o piensa que el am or

libre “está bien a su m anera”. U n estudio sociológico puede servir o no,

pero está claro que tenem os que ver más allá de las costumbres y las afir­

maciones, y tratar de com prender qué significan (quizá quieran decir lo contrario de lo que parece) e identificar las distintas presiones emotivas que hay detrás de las frases idiomaticas y los rituales. Un autor que pertenece a la clase trabajadora tendrá sus propias ten­

taciones para equivocarse, que serán algo distintas pero no menos erró­ neas que las de un escritor de otra clase social. Yo soy miem bro de la clase trabajadora y me siento cerca y lejos de ella al mismo tiempo. Dentxo de algunos años, supongo que esta relación dual no me resultará tan clara, pero seguram ente afectará lo que diga. Quizá m e ayude a propor- cioñar una visión más exacta de la vida de la clase trabajadora desde la experiencia personal y a evitar algunos de los riesgos de interpretación errónea que puede tener una persona ajena a mi clase. Pero la pertenen­ cia también trae aparejados sus propios peligros. Creo que los cambios que presento en la segunda parte de este ensayo podrían llevar a la clase

trabajadora a perder, culturalm ente, m ucho de lo que

era valioso y a

ganar menos de lo que su nueva situación debería haber permitido. En la m edida en que puedo ser objetivo, eso es lo que pienso. Aun así, duran­

m ultitudinaria e infinitam ente detallada naturaleza de la vida

¿QUIÉNES INTEGRAN “LA CLASE TRABAJADORA” ?

4 5

te la escritura tuve que resistirme constantem ente a una fuerte presión

interna para que lo antiguo se viera m ucho más admirable y lo nuevo más condenable que lo que el estudio consciente de la evidencia me perm itía justificar. Es probable que cierta nostalgia estuviera tiñendo de antem ano la evidencia. Hice cuanto pude para elim inar el efecto. En las dos partes del libro he descubierto en m í una tendencia -p o r­

form a parte de mis orígenes y de mi vida- a criticar sin

argumentos los rasgos que no apruebo en la clase trabajadora. Esa ten­ dencia se relaciona con la imperiosa necesidad de enterrar los propios fantasmas; en el peor de los casos, a veces es tentador m enospreciar la clase a la que uno pertenece por la am bigüedad de la postura personal ante ella. Por otro lado, he observado una tendencia a sobrevalorar las características que apruebo en la clase trabajadora y, por lo tanto, a caer en el sentimentalismo, en una visión rom ántica ele mis orígenes, como si inconscientem ente le dijera a m i interlocutor: “¿Lo ve? A pesar de todo, esa infancia es m ejor que la suya”. El autor debe hacer frente a esos peligros durante la escritura, mien­ tras intenta descubrir qué es lo que en realidad tiene para decir. Creo que es muy poco probable que tenga éxito en la empresa. Los lectores, en cambio, están en una posición más ventajosa, como los que escuchan las palabras de Marlow en El corazón de las tinieblas, de Conrad: “Por cier­ to, aquí ustedes ven más que yo. Me ven a m í”. El lector ve lo que el autor ha querido decir y tam bién, por el tono o el énfasis inconsciente, entre otras cosas, conoce al hom bre que ha escrito el texto.

que el tem a

UN ESBOZO DE DEFINICION

Cuando tuve que decidir quiénes conformarían “la clase trabajadora” para los fines de este ensayo, mi problema, según mi percepción, era el siguien­ te: las publicaciones populares de las cuales recopilé la mayor parte del material no tienen influencia sólo en los grupos de la clase trabajadora que conozco bien; de hecho, como tienden a ser publicaciones “sin clase”, las afectan a todas. Pero para analizar cómo afectan esas publicaciones las actitudes y para evitar la vaguedad que suele acom pañar a los comentarios sobre “la gente com ún”, era necesario definir un objeto acotado. Así, tomé a un grupo bastante homogéneo dentro de la clase trabajadora y traté de evocar la atmósfera o la calidad de sus vidas mediante la descripción del en­

4 6

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

torno y las actitudes. En este contexto puede apreciarse cómo las ideas mu­ cho más difundidas de las publicaciones masivas se vinculan con actitudes comúnmente aceptadas, cómo modifican esas actitudes y cómo encuentran resistencia. A menos que esté equivocado, las actitudes que describo en la primera parte son comunes a muchos otros grupos que forman parte

de “la gente com ún” y otorgan

mayor relevancia al análisis. En particular,

muchas de las actitudes que presento como pertenecientes a la “clase traba­ jadora” pueden atribuirse también a lo que suele denominarse “clase media baja”. No sé cómo puede evitarse este solapamiento, y espero que el lector sienta, como yo, que esto no invalida mis principales argumentos. El contexto y la evidencia respecto de las actitudes se basan en mi ex­ periencia personal en una zona urbana del norte de Inglaterra, en una

infancia transcurrida en las décadas de 1920 y 1930, y en un contacto posterior casi continuo, aunque diferente. Los miembros de la clase trabajadora, como ya lo he expresado, quizá

no se sientan parte de un grupo “inferior”, como era el caso una o dos generaciones atrás. No obstante, los grupos que tengo en m ente aún conservan en gran m edida una sensación de pertenencia a un grupo

propio, sin que esto implique

orgullosos; perciben que son “clase trabajadora” por las cosas que admi­ ran o que rechazan, en términos de “pertenencia”. La distinción no tiene un alcance amplio, pero es im portante; quizá puedan añadirse otras, sin que ninguna sea definitiva, aunque cada una de ellas contribuya a que la definición tenga la exactitud necesaria. La “clase trabajadora” descripta en este libro vive en distritos como Hunslet (Leeds), Ancoats (M anchester), Brightside y Attercliffe (She- ffield) y cerca de Hessle y Holderness Road (Hull). Mi contacto más fluido se establece con quienes residen en las largas hileras de casas api­ ñadas y hum eantes de Leeds. Tienen sus zonas reconocibles dentro de la ciudad. En casi todas las ciudades, los estilos de construcción de sus viviendas son muy característicos: en algunos lugares los fondos de las casas com parten una medianera; en otros, hay hileras de casas con patios colindantes en el fondo. Norm alm ente las casas son alquiladas. Cada vez hay más personas de clase trabajadora que se m udan a viviendas de cons­ trucción reciente, pero no me parece que hasta ahora esto afecte mis principales puntos de vista sobre sus actitudes. La mayoría de los trabajadores que residen en esas zonas son asala­ riados que cobran por sem ana y casi todos tienen una única fuente de ingresos. Algunos trabajan por su cuenta; por ejemplo, tienen una tienda cuyos clientes pertenecen, culturalm ente, a su mismo grupo, o prestan

necesariam ente que se sientan inferiores u

¿QUIÉNES INTEGRAN “LA CLASE TRABAJADORA” ?

4 7

un servicio a la com unidad rem endando zapatos, cortando el pelo, ven­ diendo productos de almacén o ropa usada, o arreglando bicicletas. Es difícil distinguir a unos trabajadores de otros por la cantidad de dinero que ganan, pues las variaciones son enormes; por ejemplo, la mayoría de los obreros metalúrgicos, que son definitivamente integrantes de la clase trabajadora, ganan más que muchos docentes, que no lo son. Pero podríamos afirmar que para la mayoría de las familias que describo aquí, un ingreso principal de 9 o 10 libras semanales, tom ando como base el valor de la m oneda en 1954, sería lo normal. La mayoría fue educada en lo que hoy se denom ina “escuela secun­ daria m oderna”, pero que todavía se conoce como escuela “elemental”.

En cuanto a su ocupación,

artesanos, y quizá se han formado como aprendices. En este colectivo de límites amplios se incluyen peones yjornaleros, trabajadores de transpor­

te público o privado, hombres y mujeres jóvenes con trabajos rutinarios en fábricas, y trabajadores calificados, desde plomeros hasta obreros que realizan tareas complejas en el ámbito de la industria pesada. Los capata­ ces también forman parte del grupo, pero los empleados de oficina y de grandes tiendas, aunque pueden vivir en los mismos barrios que los an­ teriores, suelen ser considerados como miembros de la clase media baja. Como este es un ensayo sobre cambio cultural, mi criterio principal de definición serán aquellos rasgos menos tangibles de la vida de la clase trabajadora. El habla es un elem ento muy revelador, en particular las fra­ ses de uso corriente. Las maneras de hablar, el uso de dialectos, acentos y entonaciones urbanos revelan más aún. Está la voz cascada pero cálida emitida a través de dientes postizos de tam año muy parejo de algunas mujeres de más de 40 años. Los comediantes imitan esa forma de hablar para representar un alma que, sin ilusiones ni quejas, está donde debe hallarse. Está también la voz ronca que he oído tantas veces, y sólo en los barrios del tipo de los que he m encionado, entre las mujeres más toscas de la clase trabajadora; una voz que las clases trabajadoras más “respeta­

Lam entáblem ente, mi conocim iento de las

bles” consideran “com ún”.

cuestiones lingüísticas no alcanza para realizar un análisis más profundo de las maneras de hablar. La producción en masa de ropa ha reducido las diferencias inmediatas entre clases, pero no tanto como muchos creen. Una m ultitud que sale de los cines del centro un sábado a la noche puede parecer uniforme a prim era vista, pero bastará la m irada de un experto -u n a m ujer de clase media o un hom bre que presten atención a la vestim enta- para catalogar sin dificultades a las personas que los rodean.

norm alm ente son

obreros, calificados o no, o

4 8

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

Entre los miles de otros elem entos de la vida diaria que, como veremos más adelante, ayudan a distinguir la vida característica de la clase traba­ jadora, se encuentran el hábito de com prar en cuotas o el hecho de que desde siempre casi todos los trabajadores han solicitado certificados al médico local para justificar faltas en el trabajo. Definir a la clase trabajadora grosso m odo no significa que haya que olvidar las múltiples diferencias, los tonos sutiles y las distinciones de clase entre sus miembros. Los habitantes de una zona determ inada per­ ciben los diversos grados de prestigio de las distintas calles. Y dentro de cada calle hay complejas diferencias de nivel entre las casas: esta vivienda es mejor porque la cocina está separada o al fondo, tiene patio y el alqui­ ler cuesta 9 peniques más por semana. Hay diferencias de grado entre los

habitantes: a esta familia le va bien porque el m arido es obrero calificado

y en la obra están tom ando gente; la m ujer sabe adm inistrar el dinero y

es buena ama de casa, m ientras que la de enfrente, en cambio, es muy pe­ rezosa; estos han vivido en H unslet durante generaciones y pertenecen a la aristocracia del barrio. Hasta cierto punto, tam bién hay una jerarquía de especialización en

todos los grupos.1 Se sabe que ese hom bre tiene algo de “académ ico” y en su casa hay tomos de enciclopedias que nos presta cuando necesita­ mos consultar algo; otro es bueno escribiendo y suele ayudar a los demás

a llenar formularios; aquel otro es particularm ente “habilidoso”, sabe

trabajar la m adera y el metal, y repara cualquier desperfecto; esa m ujer es una excelente costurera y la llaman para ocasiones especiales. Se trata de servicios com unitarios antes que servicios profesionales, aunque algu­ nos de los trabajadores tengan un empleo en el que se dedican a la misma tarea durante el día. Ese tipo de especialización, sin embargo, parecía estar desapareciendo en los grandes distritos obreros de las ciudades ya

1

El profesor Asa Briggs, que conoce de cerca los pequeños centros urbanos de W est Riding, m e hizo notar ese aspecto. Yo me inclino a pensar que la vida

- ele la clase trabajadora puede ten er más dignidad en esas poblaciones que en

las grandes ciudades. M uchos trabajadores, hom bres y m ujeres, son artesanos

calificados dentro de un sector (norm alm ente, dentro

Las colinas aparecen com o telón de fondo de las calles y las casas de piedra, y los lazos con el pasado rural son más fuertes. Es m enos probable, en mi opinión, que exista la sensación de que forman parte de un gran cuerpo de trabajadores de varias industrias pesadas socialmente diferenciado. El profesor

Briggs cree que la clase trabajadora de esas zonas se m uda más que la de las ciudades. Quizás esto se deba a que no abunda la sensación de que finalm ente han “encontrado su lugar”, com o ocurre con las personas de los grandes barrios obreros de las ciudades.

de la industria textil).

¿QUIÉNES INTEGRAN “LA CLASE TRABAJADORA” ?

4 9

cuando yo era niño. U n amigo que conoce bien los distritos obreros más reducidos de West Riding (Keighley, Bingley y Heckmondwike, por ejem­ plo) piensa que allí todavía se conserva.

Así y todo, se pueden hacer generalizaciones acerca de las actitudes sin que esto suponga que absolutamente todos los integrantes de la clase tra­ bajadora crean o hagan tal o cual cosa en relación con el trabajo, el casa­ miento o la religión. (Quizá deba añadir aquí que mi experiencia proviene de zonas mayormente protestantes.) Con las generalizaciones que apare­ cen en este libro quiero representar las cosas que los miembros de la clase trabajadora suponen que debe creerse o hacerse en relación con ciertos temas. Escribo principalmente sobre la mayoría que toma la vida tal como viene; sobre algunos dirigentes sindicales que, cuando se quejan de la falta de interés en su movimiento, se refieren a “la gran masa apática”; sobre lo que los compositores de canciones llaman, a modo de cumplido, “la gente del pueblo”; sobre lo que la clase trabajadora describe, con más sobriedad, como “el hom bre de la calle”. Dentro de esa mayoría existe, por supuesto, un amplio abanico de actitudes, pero aun así hay un núcleo que represen­ ta a una gran cantidad de personas. Por ese motivo, en este libro dejo de lado a las minorías dentro de la clase trabajadora que tienen un interés particular, o un interés en la polí­ tica o la religión, o que buscan m ejorar su situación. Y no lo hago porque subestime su valor, sino porque los publicistas de masas no se dirigen principalm ente a los grupos de personas con esas características. Tam po­ co me ocupo en especial de las distintas actitudes, porque mi intención no es realizar un análisis completo de la vida de la clase trabajadora sino hacer hincapié en aquellos elementos explotados (como suelo decir) por los publicistas de masas. Así, determ inados tipos de individuos -los que se respetan a sí mismos, los que intentan progresar, entre otros-, si bien tie­ nen su espacio, no reciben la misma atención que otros, como los toleran­ tes o los que insisten en la necesidad de pasarlo bien mientras se pueda. La división bastante rigurosa que establezco entre actitudes “más anti­ guas” y “más nuevas” responde a una intención de claridad y no implica una sucesión cronológica estricta. Evidentemente, un elem ento tan sutil como la actitud no puede atribuirse a toda una generación o una década. Algunos rasgos de las que se denom inan actitudes “más antiguas” han exis­ tido durante mucho tiempo; form an parte de la vida de “la gente com ún” de cualquier generación de casi todos los lugares del mundo. Algunos han sobrevivido con pocos cambios tras pasar de la Inglaterra rural a la urbana; otros se han visto especialmente afectados por los embates de la urbaniza­

5 0

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

ción. Así y todo, yo he buscado evidencias de las actitudes antiguas en los recuerdos de mi niñez, transcurrida hace unos veinte años, porque tuve la oportunidad de verlas con mis propios ojos en su máximo esplendor en la generación que era adulta cuando yo era niño. Era una generación que creció en un entorno urbano, en medio de muchas dificultades, pero que no conoció durante su juventud el ataque de la prensa masiva tal como la conocemos hoy en día, de los medios inalámbricos y la televisión, y de los ubicuos cines baratos, entre otros. Pero está claro que las actitudes “más antiguas” no existen únicam ente en los adultos y los mayores, sino que también constituyen un telón de fondo en la vida de la generación más jo ­ ven. El interrogante que planteo a lo largo de este ensayo es cuánto tiempo más continuarán siendo tan rotundas como lo son en la actualidad y cómo se están modificando. Del mismo modo, gran parte de los nuevos atractivos y de las actitudes a las que dan lugar se observaba en esa generación anterior e incluso antes. Por cierto, las tres ideas cuya utilización errónea refuerza esos atractivos tienen una larga historia en Europa. Mi idea no es que en Inglaterra una generación antes había una cultura urbana perteneciente “a la gente” y que hoy sólo existe una cultura urbana de masas. En cambio, propongo que los publicistas de masas son más insistentes, más eficaces y que sus canales están más centralizados y son más integrales que antes; que se está creando una cultura de masas; que los resabios de lo que fue al menos en parte una cultura urbana “de la gente” están desapareciendo y que la nueva cultura de masas es, en muchos sentidos, menos saludable que la cultura, a veces más rústica, a la que reemplaza. La distinción entí'e las actitudes “antiguas” y “nuevas”, entonces, si bien no es tajante, parece sólida y, por lo tanto, útil. En particular, debe tener la suficiente solidez para dejar en claro desde el principio que cuando me refiero a las actitudes “más antiguas” no invoco con nostalgia una tradición pastoral para arrem eter contra el presente .2 Se puede obtener un trasfondo cronológico más claro si se piensa en la historia de una familia, y aquí la mía es un buen ejemplo. Por lo

2 Algunos autores ofrecen un panoram a de nuestro tiempo m ucho más negro de lo que es en realidad, exagerando los placeres de la vida de los pobres previa a la Revolución Industrial. The English Poor in the Eighleenlh Cenluty, de Dorothy Marshall, es bastante revelador en este aspecto. Después de estudiar

los diarios de algunos habitantes de las zonas rurales del siglo XVIII, L eonard W oolf describe sintéticam ente su vida cotidiana com o de “trabajo duro, m ucha tristeza y ruidosa brutalidad” (Afler the Deluge, vol. I, p. 152). T am bién

tenía características más

“atractivas”, po r supuesto.

¿QUIÉNES INTEGRAN “LA CLASE TRABAJADORA” ?

5 1

general, se piensa que el patrón principal del futuro desarrollo de la urbanización de Inglaterra; estuvo bien definido desde 1830, aproxima­ dam ente.3 Mi familia llegó algo tarde a este proceso. Mi abuela se casó

con un prim o cuya familia en ese tiem po vivía en el campo, en una aldea

a pocos kilómetros de Leeds. En la década de 1870, mi abuela y su joven

m arido se m udaron a la parte sur de la ciudad en expansión para que él

trabajara en la acería. Ella se dedicó a cuidar a su familia -tuvo diez hi­ jos, algunos de los cuales se “perdieron”- en el vasto distrito de ladrillos de Hunslet. En todo el norte y el centro de Inglaterra sucedía algo"simi­ lar: las aldeas perdían a sus habitantes jóvenes y las ciudades teñían el paisaje con viviendas baratas. Los barrios obreros no tenían suficientes

instalaciones sanitarias, educativas ni sociales; sus calles, mal,iluminadas

y sin los servicios de limpieza adecuados, se llenaban de familias cuya

form a de vida conservaba costumbres típicas del campo. Muchos mo­ rían jóvenes (la placa recordatoria de la epidem ia de cólera aún estaba en los terrenos del ferrocarril por los que yo pasaba a diario para ir al colegio); la tuberculosis se llevó a muchos. Mi abuela fue testigo de todo esto y tam bién vivió la Primera Guerra Mundial y casi alcanzó a vivir la Segunda; aprendió a vivir en la ciudad. Sin embargo, cada parte de su cuerpo y muchas de sus actitudes delata­ ban su origen rural. Su casa, que todavía alquilaba por 9 chelines por semana en 1939, nunca fue una vivienda ciento por ciento urbana. Del techo de la antecocina colgaban atados de hierba puesta a secar, envuel­ tos en papel de diario; siempre había a m ano un pote de grasa de ganso, por si alguien tenía “el pecho tom ado”. En la vitalidad de su alma, en el vigor de su form a de hablar, en su hum or campesino, había una fuerza que sus hijos no heredaron y por la cual a veces sentían una especie de aprensión sofisticada y urbanizada. Mi abuela tenía un acento que so­ naba a antiguo, aunque ella no se daba cuenta; usaba cientos de dichos populares; tenía un m ontón de amuletos y remedios caseros a los que recurría en casos de emergencia. A veces, cuando nacía algún hijo extra- matrimonial en el barrio, ella recordaba con una sonrisa la anécdota de un escándalo en un distrito obrero (de Sheffielcl, creo recordar, clonde

3 M iddlesbrough es un buen ejem plo del crecim iento urbano en el siglo XIX. En 1821 era una aldea de 40 habitantes; hacia 1841 la población ascendía

a

5500; en 1861 había crecido hasta los 19 000; en 1881, a 56 000 y en 1901

la

población

era de 91 000. La causa de

tal crecim iento no

fue sim plem ente

!a llegada de inm igrantes rurales; la población total crecía rápidam ente. En

1861 era de 20 millones, más del doble que en 1801.

52

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

vivió durante algunos años), donde las relaciones sexuales detrás del púl- pito de la capilla se habían vuelto costumbre. Sólo había ido, y muy de vez en cuando, a una escuela prim aria de chicas. Cuando yo estaba en sexto grado, ella leía muchos de mis libros, y sin anteojos. Recuerdo es­ pecialmente cómo reaccionó cuando leyó a D. H. Lawrence, que le gustó mucho y no la escandalizó, pero respecto de las escenas sexuales decía:

“Mucho alboroto y puro blablá”. Mi abuela pertenecía a la prim era generación de la familia que vivía en la ciudad y, por lo tanto, era sólo en parte una persona urbana. La

segunda generación, la ele sus hijos, creció en un entorno urbano en la época de la tercera Ley de Reforma, las distintas leyes de educación, varias leyes de vivienda, de fábricas y de salud pública, la guerra de los Bóers y la Prim era G uerra Mundial, en la que llegaron a luchar los hijos menores. Los varones fueron a una escuela con “internado” y posterior­ mente a trabajar a la acería o, los que tenían inclinaciones por las tareas administrativas, se em plearon en puestos más refinados, como el dé ayu­ dante en la verdulería o el de vendedor de tienda, aunque esta ocupa­ ción se consideraba casi un paso a una clase superior. Las hijas mujeres fueron absorbidas una tras otra por la población de modistas, u n grupo siempre en expansión debido a su constante recambio; esas m uchachas fueron y siguen siendo el pilar del predom inio de Leeds como centro productivo en la industria de las prendas de confección.' Esa generación -la de mis padres y mis tíos- conservó algunas costum­ bres rurales, aunque con un toque de nostalgia, de veneración por sus pa­ dres, que “en definitiva, sabían lo que es bueno”; no era algo que estuvie­ ra en la sangre sino en el recuerdo, algo que lam entaban que se estuviera perdiendo, por lo que se aferraban a ello de un m odo casi consciente. Pero sobre todo, pertenecían al nuevo m undo urbano y, en ese sentido,

su actitud hacia los padres

cho que ofrecer: ropa más variada y más barata, alimentos más variados y más baratos, carne congelada a unos pocos peniques el kilo, ananá en lata que costaba muy poco, alimentos envasados muy baratos, pescado con papas fritas a la vuelta de la esquina. El m undo nuevo ofrecía transpor­ te accesible gracias a los nuevos tranvías y medicamentos envasados por laboratorios,4que se vendían en las tiendas del barrio.

era, a m enudo, burlona. Ese m undo tenía m u­

4 Hoy en día, algunos ya se en cuentran tan arraigados en el im aginario de la clase trabajadora que no se los ve com o m arcas, sino com o rem edios naturales.

¿QUIÉNES INTEGRAN “ LA CLASE TRABAJADORA” ?

5 3

Esa segunda generación tenía menos hijos y, según su propio relato, sentía la presión de la organización de la vida urbana: estaban conten­ tos porque “el m uchacho tenía más oportunidades”, pero empezaban a preocuparse por si le darían o no la beca. “El m uchacho” representaba a mi primo, su herm ana, mis herm anos y yo. Nosotros fuimos desde el principio habitantes de la ciudad, con sus tranvías y autobuses, su com­ pleja red de servicios sociales, sus cadenas de tiendas y sus cines, las ex­ cursiones a la playa. Para nosotros, el campo no era, después de todo, nuestro lugar; ni siquiera es el lugar donde habían crecido tan saludables nuestros padres. Es un telón de fondo que a veces recordamos, un lugar que en ocasiones visitamos.

2. Paisaje con figuras: un escenario

¿Cuáles son las raíces que p ren d en

t .

s.

e l i o t , “La tierra baldía”

?

UNA TRADICIÓN ORAL: RESISTENCIA Y ADAPTACIÓN. UN MODO DE VIDA FORMAL

Mucho se ha escrito sobre la influencia de los “medios de co­ municación masivos”, en la clase trabajadora. Pero si escuchamos hablar a los trabajadores en la casa y en el trabajo, probablem ente no nos sor­ prenda tanto la evidencia de cincuenta años de prensa y cine popular como el poco efecto que estos han tenido en el habla cotidiana, la medi­ da en que los trabajadores aún se nutren de la tradición oral y local en el habla y en los supuestos para ios que el habla es una guía. Esa tradición se está debilitando, por cierto, pero si hemos de com prender la situación actual de la clase trabajadora, no podemos declarar m uerta la tradición cuando todavía sigue viva. Los ejemplos que transcribo a continuación han sido recopilados en un lapso deliberadamente breve, en la sala de espera de un consultorio de pe­ diatría pintado en tonos pastel y con muebles de caño. Un grupo de madres desaliñadas y sin gracia esperaban con sus hijos y conversaban fluidamente sobre sus costumbres. En tres minutos, dos mujeres dijeron lo siguiente:

“Se lo ve bien igual” (sobre un niño bien nutrido). “Lo que natura no da Salamanca no presta” (sobre la inteligen­ cia que se necesita para aprobar el examen de obtención de una beca). “¿A que no hay mejores despertadores?” (sobre los niños que se despiertan temprano). “El que se acuesta con n iñ o s “Es que donde hay ham bre no hay pan duro”.

5 6

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

Al poco tiempo, en una tienda que era el punto de reunión m atinal de unas amas de casa, escuché:

“Me miró m al”. “No estamos tan forrados como antes; no tenemos suficiente tela” (sobre la escasez de carne). “¿Oíste lo del director? Perdió la chaveta”. “Hoy me tiré el ropero encima; hasta tengo puesta una falsa blusa” (frase referida a una blusa con pechera y botones sin ojales).

Los viejos dichos que se refieren a acontecimientos tales como nacim ien­ tos, bodas, relaciones sexuales, hijos o muertes son muy frecuentes. So­ bre el sexo:

“Nadie nota si falta una porción de una torta que no está entera” (sobre las costumbres sexuales de algunas damas ligeras). “Nadie m ira la repisa de la chim enea cuando atiza el fuego” (una m ujer no necesita ser bella para que las relaciones sexuales con ella sean placenteras). “Me viene bien una buena com ida de vez en cuando” (com entario sobre una m ujer cuyo atractivo físico es muy evidente). “Si cuidas a tu marido, te durará toda la vida” (sobre sexo y tareas domésticas para una esposa joven que está enferm a y sé siente apenada). “No vale la pena abrir el horno para hornear un solo pan” (una

a una joven embarazada de su prim er

hijo que dice que estaría conform e con tener un solo niño).

madre de m ediana edad

La mayoría de esas frases son lo que queda de una tradición oral muy ro­ busta. El uso de la palabra “falsa”, por ejemplo, indica un sentido moral que tiñe los sucesos de la vida cotidiana. No tengo tanta evidencia que pruebe que esas frases están siendo novedosas. Durante la última guerra, los solda­ dos acuñaron unas pocas frases, pero casi ninguna se ha conservado en el habla corriente. Cada tanto surge alguna de cierto programa de radio muy popular y se pone en boga durante un tiempo; por ejemplo, “¿Me oyes, mami?” o “¡Sí, claro, pibe!”.* Por lo demás, los trabajadores más jóvenes se

* En inglés, las frases son “Canyer 'ear me, Mullieñ" y “Righl, MunkeyF. La prim era pertenece a una canción que cantaba un famoso cantante inglés de

PAISAJE CON FIGURAS! UN ESCENARIO

5 7

las arreglan con unos pocos epítetos que incorporan al conjunto de viejas frases que han adoptado como propias. Las cosas que más les gustan son

“bárbaras” y las que menos, “horribles”; lo

término más moderno, “súper” (aunque este último es un epíteto menos característico de una clase en particular). En las personas de m ediana edad, y con más fuerza de lo que creemos también en los jóvenes, persisten las viejas formas de habla. Y 110 persis­ ten como un condim ento sino como un elem ento formal: las frases se usan como fichas “clic, clic, clic”. Si sólo prestamos atención al tono, lle­ garemos a la conclusión de que se usan únicam ente por decir algo, que son frases hechas sin contenido y que no se vinculan con la form a en que se vive; se usan y, en cierto m odo, no tienen conexión con el contexto. Si prestamos atención sólo al tem a -la aceptación ele la m uerte, las bromas

respecto del matrimonio y su consentimiento, el aprovechamiento de lo que se tiene-, tendrem os un panoram a de cómo las viejas actitudes, simples y saludables, se conservan intactas. La verdad está en medio de dos extremos: la persistencia de las viejas formas de habla no indica que las antiguas tradiciones se conserven de un m odo vital, sino que no están del todo muertas. Se vuelve a ellas, se recurre a ellas como un campo de referencia fijo y bastante fiable en un m undo que resulta difícil de com­ prender. Los aforismos se em plean como una suerte de elem ento tran- quilizador: “En fin, no hay mal que por bien no venga” y un conjunto de variantes de la frase. No debería sorprendernos (y en el nivel en que esa forma de habla tiene su efecto no es, de ninguna m anera, paradójico) que esas frases se contradigan entre sí muchas veces, que en una conver­ sación más o menos extensa se usen para probar opiniones opuestas. No se usan como elementos de un discurso intelectual.

que admiran es “grandioso” y, un

Lo mismo puede decirse de las supersticiones y los mitos. El m undo de la experiencia está catalogado en su totalidad en dos grandes categorías:

las cosas que se vinculan con la buena fortuna y las que se relacionan con la mala suerte. Esa división se aplica de m anera autom ática en la vida diaria. Ponerse los zapatos sobre la mesa, pasar por debíyo de una esca­ lera, derram ar sal, poner ciertas flores dentro de la casa, quem ar “cosas verdes”, llevar hojas de m uérdago a la casa antes de Navidad, rom per un

las décadas d e 1930 y 1940. La segunda, al cóm ico británico Al Read, quien la em pleaba siem pre en su popular program a de radio de las décadas de 1950 y 1960. [N. de T.j

58

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

espejo, dar un cuchillo sin recibir una m oneda a cambio o poner los cu­ biertos cruzados sobre la mesa son acciones que traen mala suerte, pero que se cruce un gato negro,* ponerse las medias al revés, que un hom bre de piel oscura entre en la casa delante de uno en Navidad o Año Nuevo

o tocar m adera si se ha tentado a la suerte son signos de buena fortuna.

El novio no debe ver a la novia el día de la boda antes de la cerem onia y ella debe usar -y de hecho, usa- algo viejo, algo nuevo, algo prestado y algo azul. Que un bebé llore en su bautismo significa buena suerte. El día que nace un niño, quienes lo ven sueltan un conjunto de rimas del tipo de “Con un hoyuelo en la barbilla, recogerás el dinero en carretilla”. Los sueños también son importantes, no porque revelen cosas del pasado ni porque representen alguna angustia escondida, sino porque predicen cosas y norm alm ente significan lo contrario de lo que aparentan: llorar en sueños representa algo placentero, pero hay que llorar de verdad, despertarse con lágrimas en los ojos, y no sólo soñar que se llora. ' Las supersticiones y la salud van de la mano. “No creo en los m édicos”

es una frase bastante frecuente. Existen cientos de dichos antiguos y ex­ presiones m odernas, casi todas apócrifas, que confirman la creencia. Mi generación es quizá la última a la que han tratado con azufre y melaza para curar la mayoría de los males infantiles, pero la receta no ha que­

dado en el olvido. Otros tratamientos son más extraños. Sé de dos expe­ rimentos urbanos recientes con pelo de caballo y carne para elim inar verrugas: la carne se ata con el pelo de caballo y se entierra; la verruga se debilita y con el tiem po se cae. Hace unos años, en algunas fábricas de ropa de Leeds corrió el rum or de que lavarse con orina era bueno para la piel. Aún se piensa que la debilidad de ciertos niños se debe a que tienen

el pelo largo y grueso, pues el cabello crece a expensas del cuerpo. To­

das las actividades, por mínimas que sean, están asociadas a una serie de creencias; así, ciertas mujeres siempre van a las reuniones5donde juegan

a los naipes con una m oneda del año en que nacieron; algunas m arcan

los tantos con lápiz rojo y otras no se ponen zapatos negros. La mayoría de esos mitos son muy antiguos; algunos están de­ sapareciendo, y ocasionalmente nacen otros nuevos. Son notables, en paiticular, los que tienen que ver con las grandes figuras de un m undo íyeno. En el folclore más elem ental de la clase trabajadora, al revés de

*

En

Inglaterra, el gato negro es un sím bolo de b u en a suerte. [N. de T.]

5

Costum bres de las reuniones de m ujeres que ju eg an a los naipes, relatadas

po r un hom bre que fue m aestro de cerem onias en tres mil reuniones (Reválle, 2 de octubre de 1953).

PAISAJE CON FIGURAS: UN ESCENARIO

5 9

lo que ocurre con el hum or, se tiende a engrandecer a las figuras y no a em pequeñecerlas. Se cuentan historias fabulosas sobre cómo murió tal estrella de cine (trató de adelgazar perm aneciendo dentro de la helade­

ra y m urió congelada) o acerca de cómo vive tal princesa. Se dice que Sta- lin se hacía “poner inyecciones” para vivir hasta los 150 años. El proceso

a veces funciona al revés: se dice que “ellos” pinchan intencionalm ente uno de cada diez preservativos y también que “ellos” le echan brom uro al té de los soldados para debilitar su deseo sexual. Algunos de los mitos mencionados, sobre todo los relacionados con la buena y la mala suerte, también forman parte de las creencias de otras

clases sociales. ¿Qué características acompañan esos mitos en la clase tra­

No se las

analiza, pero en ocasiones la gente se mofa de ellas porque son “cosas de vieja”. No obstante, todos se cuidan bien de seguirlas al pie de la letra. Se

dice que “son todas supersticiones” y se las critica en artículos de revistas

populares,

repiten tal como lo hacían los mayores. ¿Existe alguna revista leída por la clase trabajadora que no traiga el horóscopo? Los cambios ocurren muy lentam ente y las personas no advierten la incoherencia: creen y no creen al mismo tiempo. Continúan repitiendo las antiguas fórmulas y observan­ do sus prohibiciones y permisos: la tradición oral sigue siendo muy fuerte.

y las perpetúa. Los jóvenes las

bajadora? Las afirmaciones van precedidas de “Dicen qu e

”.

pero la tradición oral las recoge

Así ocurre en muchas otras áreas de la vida de las personas de la clase trabajadora. El m undo de las parejas de m ediana edad tiene muchas ca­ racterísticas eduardianas. Las salas de sus hogares han cambiado poco desde la época en que las am ueblaron por prim era vez o desde que las heredaron de sus padres, salvo por el agregado de algún adorno m enor

o una silla. A las parejas jóvenes les gusta com prar todo nuevo cuando

“sientan cabeza” y los vendedores de las m ueblerías se esfuerzan por per­ suadirlas de que com pren en cuotas más muebles de los que necesitan. Pero aunque digan que los muebles son m odernos y aunque estén he­ chos con materiales nuevos, deben tener las mismas características que los de una sala “de un hogar de verdad”, como la de los abuelos. Lo mismo puede decirse de la vajilla, de los parques de atracciones y de las

canciones populares. No se trata sólo de una forma de resistencia pasiva sino de algo que, aunque no esté com pletam ente articulado, es positivo. La clase trabaja­ dora tiene una capacidad natural para adaptarse a los cambios asimilan­ do lo que le gusta de lo nuevo y pasando por alto el resto.

60

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

Vivir como clase trabajadora im plica p ertenecer a una cultura om ni­ presente, una cultura que tiene una form a y un estilo como los que se atribuyen a la clase alta. U n trabajador no sabría seguir las reglas de una cena de siete platos y un hom bre de clase m edia alta en una reunión de personas de clase trabajadora se vería extraño en su form a de conversar (en el ritm o de la conversación, no sólo en el tem a o en el vocabulario), de gesticular o de hacer el pedido al cam arero y de apoyar el vaso en la mesa. Pensemos en algunas rutinas de la clase tra­ bajadora alrededor de la vestimenta: la ropa de dom ingo, la “ropa para salir” para que los niños estrenen en Pentecostés cuando van de visita a casa de los parientes que les regalan dinero, o el intricado sistema de renovación del guardarropas m ediante la venta puerta a puerta. Pense­ mos tam bién en la elaboración de form alidades, desde el simple “pasar el día” hasta “una m uestra de respeto” a un vecino fallecido como el quedarse de pie en las puertas del cem enterio durante el funeral, o los

rituales de los “Buffs” y los “O dd Fellows”. O en la costum bre, que lleva ya más de cincuenta años, de enviar postales desde la playa. La mayor parte del año, los m iem bros decentes de la clase trabajadora no verían con buenos ojos recibir una de esas postales, pero en época de vacacio­

algunas a los amigos: taijetas que m uestran

suegras gordas y policías gordos, hom bres escuálidos con esposas de

prom inentes, botellas de cerveza y bacinillas por todos lados,

nes “se p erm iten ” enviar

caderas

con la etern a cantilena de hum or barato y estilo invariable. Así, m uchas de las nuevas actitudes no afectan demasiado a la clase

trabajadora. Sus integrantes se ven menos influidos de lo que cabría esperar con sólo considerar la enorm e m edida en que son objeto de esos abordajes. Quizás haya algo de verdad profética en las discusio­ nes sobre “la gran m asa anónim a con sus reacciones com pletam ente apáticas”. Pero hasta ahora, los m iem bros de la clase trabajadora no se ven tan afectados com o sugiere la frase, porque en gran m edida “no están”; viven en otro lado, intuitivam ente, por costumbre, verbalm ente, alim entándose de mitos, aforismos y rituales. Eso los salva de algunas de las peores consecuencias de las actitudes actuales. Al mismo tiem po, en otro sentido, los convierte en sujetos más fáciles de abordar. H an sido

afectados p o r las condiciones

tos en los que las tradiciones más antiguas los hicieron muy abiertos e

indefensos.

de la m odernidad sólo en aquellos aspec­

PAISAJE CON FIGURAS: UN ESCENARIO

6 l

n o

h a y

n a d a

c o m o

l

a

p r o p i a

c a s a

Cuanto más de cerca observamos la vida de la clase trabajadora, más tra­ tamos de llegar a lo más profundo de sus actitudes y es más probable que. parezca que esa profundidad tiene que ver con lo personal, lo concreto, lo local: está encarnada en la idea de, en prim er lugar, la familia y, en se­ gundo lugar, el barrio. Esto sigue siendo así, aunque haya muchas cosas

que operen en contra, y en parte justam ente

En las revistas dirigidas a muchachas y amas de casa de clase trabajado­ ra, es muy frecuente el uso de la palabra “pecado”. La palabra no aparece

en publicaciones más elevadas, salvo en obras de autores particularm en­ te interesados en que sus lectores recuerden “la condición metafísica del

hom bre”. En cambio, las revistas para la clase trabajadora no em plean la palabra “pecado” en un sentido metafísico; 110 aluden a la caída del hom ­ bre en el sentido bíblico ni a las obligaciones para con Dios. “Pecado” es que un hom bre deje em barazada a una chica y no se case con ella; que una m uchacha perm ita que la dejen embarazada, que se “m eta en pro­ blemas” (el aborto rara vez aparece nom brado como solución y nunca se lo aprueba); “pecado” es que la m ujer o el hom bre casados se arriesguen a perder a su m arido o a su m ujer por salir con otros; ‘‘pecado” es arrui­ nar el m atrim onio de otra pareja. “Pecado” es todo acto en contra de la

idea del hogar y la

“conservar la unión en el hogar”. Mientras que casi todo lo demás se rige por normas externas, resulta azaroso y probablem ente golpee cuando menos se lo espera, la casa es un lugar propio y real; la m ejor form a de bienvenida sigue siendo: “Siéntase como en su casa”. Las personas de la clase trabajadora siem pre rechazaron la idea de

“term inar en un asilo” por muchas razones, y una de las principales es la inalienable cualidad de la vicia en el hogar. U na viuda “se m atará tra­ bajando” como em pleada doméstica antes que aceptar que sus hijos ter­

minen en

parientes, algunos'de los cuales quizá no hayan hecho nada por ella en vida y tampoco tienen entonces demasiado interés en cuidar de sus hijos, se reparten a los niños. Mi m adre quedó viuda con tres hijos de 1, 3 y 5 años, y cuando murió, después de cinco años de trabajo duro, recuerdo que una tía que venía de lejos y a la que yo no conocía dijo que “los orfa­ natos de hoy en día son distintos”. Nadie le hizo caso, así que los tres nos fuimos con distintos familiares, todos más pobres que esa tía. La insistencia en la privacidad del hogar surge de este sentimiento, reforzado por la conciencia de que, aunque los vecinos son de “la misma

un orfanato, aunque sea bueno. Cuando la viuda m uere, los

sentido de la im portancia de

por eso mismo.

familia, en contra del

62

LA CULTURA OBRERA EN

LA SO C IED AD DE M A SA S

clasey colaboran en los m om entos difíciles, siempre están listos para el chisme y muchas veces para los comentarios malintencionados. “¿Qué van a pensar los vecinos?”: por lo general, piensan que dos y dos son cin­ co ; “no tienen la intención de herir” con sus comentarios, pero a veces pueden ser excesivamente crueles. Si bien son capaces de “escuchar todo lo que ocurre” a través de la estrecha pared medianera, uno puede cerrar

la puerta de entradá, “vivir su propia vida” y no “sacar los trapitos al sol”,

es decir, com partirlo todo con los miembros de la familia, incluidos los hij os casados y sus propias familias, que viven en las inmediaciones, y con

alg'unos amigos que suelen visitar la casa. Uno quiere tener buenos veci­ nos, pero u n buen vecino no tiene por qué entrar en la casa del otro, y si adopta esa costumbre, hay que “ponerle límites”. Las cortinas de encaje a

m

edia altura no deján pasar la mayor parte de la poca luz solar que llega

a

la ventana, pero determ inan la privacidad. El alféizar de las ventanas y

el

um bral de la puerta desgastados de tanto cepillarlos con polvo limpia­

d o r indican que en la casa vive una familia “decente” que sabe que hay q ue hacer limpieza general de la casa una vez por semana. En el interior, la aspidistra ya no está; la han reemplazado el joven campesino com iendo cerezas y la niña con gesto tímido tocándose la falda, o la joven coni som brero que lleva dos perros de raza Borzoi o un alsaciano. Objetos m odernos adquiridos en un local de una cadena de tiendas, mal enchapados y con manchas de barniz, sustituyen a la vie­ ja caoba. Entran en Ja casa jaulas para pájaros y latas multicolores para guardar galletas. No se trata solam ente de tener lo mismo que los Jones; esos objetos están al servicio de los valores domésticos en su máxima expresión. Así, muchas casas prefabricadas ahora ostentan vidrios de co­ lores ensamblados con plomo provistos por los dueños. En las casas más antiguas, las repisas de las ventanas brindan la oportunidad de añadir algo ele color en el exterior en macetas con frondosas plantas de mas­ tuerzo o hasta con llamativos geranios. Recordando los años que com partí la sala de estar con mi familia, diría que una buena sala debe proporcionar tres cosas: sociabilidad, calidez y mucha buena comida. La sala es el corazón de la vida familiar, y por ello las visitas de clase m edia encuentran algo viciado el ambiente. No es un centro social sino un centro familiar; allí no se reciben visitas, tampoco en la habitación del frente, cuando la hay. No hay nada que se parezca al concepto de “recibir” que tiene la clase media. La vida social de la esposa, fuera de la relación con sus familiares más directos, se desarrolla en la zona donde se cuelga la ropa, en la tienda de la esquina, ocasionalmente en casa de parientes que no viven muy lejos y, quizás alguna que otra vez,

PAISAJE CON FIGURAS: UN ESCENARIO

63

en el pub o en el club, cuando acom paña al marido. Él va al pub, al club,

al trabajo y a los partidos de fútbol. Los amigos que tiene en esos lugares

probablem ente no conozcan su casa por dentro, ya que nunca “cruzaron

el um bral”. La chim enea está reservada a la familia, la que vive en la casa y

los parientes que viven cerca, y a los que “significan algo para nosotros” y

van a charlar o a pasar el rato. Gran parte del tiempo libre de un hom bre

y de su esposa transcurre frente a la chimenea; “quedarse en casa” es una

de las actividades de ocio más comunes. El espacio está abarrotado de objetos; es como una m adriguera alejada del m undo exterior. No suena el teléfono y es raro que alguien golpee

a la puerta por la noche. Pero el grupo, si bien es reducido, no tiene in-' timidad; se trata de un gi'upo gregario en el que se com parte la mayoría

de las cosas, incluida la personalidad: “nuestra m am á”, “nuestro papá”,

“nuestra Alice” son las formas de tratam iento más comunes.

pensar en soledad o leer en silencio no son actividades muy corrientes. Están la radio o la televisión,cosas que se hacen cada tanto o fragm en­ tos de conversaciones interm itentes (rara vez una conversación larga); la plancha golpea contra la mesa, el perro se rasca o bosteza y el gato maúlla para que lo dejen salir;7 el niño se seca con la toalla familiar cerca de los leños que crujen o lee en voz baja la carta que el herm ano que está

en el ejército envió para toda la familia, y que se hallaba en la repisa ele la chim enea detrás de la foto de la boda de la hermana; la niña empieza

a lloriquear porque ha estado m ucho tiempo despierta;

En algunas de las casas esta unidad se materializa en la confección de una alfombra de retazos. Se preparan retazos de ropa vieja, ordenados por color, y se los pega en un trozo de arpillera. Los diseños son sencillos y tradi­ cionales; por lo general, contienen un círculo o un rombo central y el resto

queda en azul marino liso (salvo en los bordes) o ese azul grisáceo que se produce con la mezcla de materiales de mala calidad; a la mayoría nos hace recordar el color de las mantas del ejército. La nueva alfombra reemplazará

a la realizada hace mucho tiempo y habrá costado poco más que el precio

de la arpillera, a menos que se decida incluir un centro más alegre y no haya

Estar solo,

el loro parlotea.

6 Antes de que llegaran la radio y la televisión, los juegos de naipes eran muy

populares en

los hogares, y el ju eg o

más com ún era el bridge. Después de que

la costumbre

se hubiera perdido en

gran m edida, el solitario

seguía teniendo

adeptos. U na de mis tías lo seguíajugando m ucho en la década

de 1930.

7 Según el HliS 1955, los perros son más com unes en la clase alta que en las

clases m edia y baja, pero la clase baja (grupos D y E) tiene en proporción más gatos que las otras.

6 4

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

suficiente color. En ese caso, para comprar recortes de -p o r ejem plo- color rojo, se necesita alrededor de una corona por kilogramo. ¿A alguien le parece extraño que los hijos que se casan tarden unos años en abandonar la chim enea de la casa materna? Mientras se lo per­

miten las necesidades

después de lo que una buena m adre creería razonable, los hijos con sus propios hijos irán de visita a la casa m aterna por las noches. Los yernos van directam ente después del trabajo y cenan allí, donde lo están es­ perando con la mesa servida, y donde también comen los abuelos, que viven en la casa (aunque la mayoría de los ancianos no aceptan la idea de “dejar el hogar” y sólo lo abandonan cuando no queda más remedio; en cambio, prefieren que los más jóvenes vayan a su casa con sus hijos). El calor, estar “a gusto como una pulga en un perro”, es lo más im por­ tante. Setenta años de carbón barato hicieron que la mayor parte de la gente lo usara en cantidades industriales, en comparación con el consumo en otros países. Una buena ama de casa sabe que debe “m antener un buen fuego” y probablem ente preste más atención a eso que a com prar ropa interior abrigada. Es que el fuego se comparte y está a la vista de todos. “Una buena mesa” tiene similar importancia, y la frase se refiere a una mesa llena de comida y no tanto a una mesa con alimentos de una dieta equilibrada. Por eso, muchas familias compran menos leche de la que de­ berían y la ensalada no es muy popular. Relacionado con est'e tema aparece un conjunto de actitudes, algunas basadas en la sensatez y otras, en mitos. La “comida casera” siempre es la mejor; la comida de los restaurantes casi siempre está adulterada. Las pequeñas confiterías saben muy bien que les irá m ejor en el negocio si ponen en la vidriera un cartel que diga “Panes y tortas caseras”, frase que en cierta medida 110 falta a la verdad, aunque los hornos eléctricos hayan sustituido a los antiguos aparatos de cocina de la casa familiar, en cuyo frente funcionaba el negocio. La desconfianza que generan los restaurantes se ve reforzada por el hecho de que rara vez hay dinero para comer en uno de ellos, si bien las cantinas baratas de los luga­ res de trabajo provocan la misma resistencia. El marido se queja de que la comida de la cantina “es sosa” y la esposa le “prepara una vianda”, es decir, unos sándwiches con “algo sabroso”, y la comida principal para la noche. “Algo sabroso” es una frase clave en la alimentación: algo sólido, sustan­ cioso y con sabor bien definido. El sabor se increm enta con el uso indiscri­ minado ele salsas y encurtidos, en especial salsa de tomate y mostaza con pepinillos en vinagre. Recuerdo que en sus prósperos primeros años de casados, mis parientes siempre preparaban algo frito a la tarde: chuletas, filetes, hígado, papas. Por el contrario, los jubilados, con menos recursos,

de sus propios hijos, y ese m om ento

llega m ucho

PAISAJE CON FIGURAS: UN ESCENARIO

6 5

a veces preparaban algo que parecía una comida apetitosa disolviendo un cubo de caldo Oxo en agua que luego acompañaban con pan. Desde que su precio es accesible, la carne se ha vuelto un alimento básico y las amas

de casa de la clase trabajadora que han pasado momentos de necesidad conocen los cortes de carne más baratos, nutritivos y, a la vez, sabrosos. El acento que se pone en el sabor se ve claramente en la necesidad de servir “algo con el té” los fines de semana, si no todos los días. Hay una enorm e variedad de platos preferidos, por lo general, productos derivados de la carne, como morcilla, patas de cerdo o de ternera, hígado, callos, salchi­ cha boloñesa, pato, intestinos de cerdo (y, en ocasiones especiales, pastel de cerclo, un plato muy popular) ,8y los platos de mar, como langostino, huevas, arenque ahum ado o mejillones. En mi casa, la mayor parte de la

semana

pan untado con grasa de carne asada; en la cena se servía un buen guiso; a la hora del té, comíamos algo apetitoso, pero nada costaba más que unas monedas. Las comidas del fin de semana eran más elaboradas, como las de todos, con excepción de los muy pobres, y el té de los domingos era lo máximo. A las seis de la tarde, en la pila de basura del fondo ya había una capa superior compuesta de latas vacías de salmón9 y fruta. El ananá era la fruta preferida porque, en esa época en que el precio de la fruta enlata­ da era sumamente barato -según nos parece ahora-, costaba unos pocos peniques (cuenta la leyenda que, en realidad, era nabo saborizado). Los duraznos y los damascos eran más caros y sólo se compraban en ocasiones especiales, como cumpleaños o visitas inesperadas de familiares que vivían en otra localidad. El salmón era delicioso, en especial los filetes rojos; aún hoy pienso que son más “sabrosos” que el salmón fresco. Durante los años en que escaseaba la carne,'los nuevos productos de carne enlatada gozaban de gran aceptación. Sé de una casa donde vive una familia de cinco personas en la que com pran siempre una lata de 2 kilogramos de pan de carne, y un yerno que suele com er allí no consume carne fresca, sino sólo carne enlatada Spam, fría o frita. No es una co­ mida barata, no más barata que el jam ón cocido o el pescado con papas fritas, que siguen siendo populares.

comíamos platos sencillos: para

el desayuno norm alm ente había

8 Un amigo m ío hace poco escuchó a un a m ujer de clase trabajadora en una

rotisería decirle con orgullo al m arido: “¡Ay, cóm o te gusta el pastel cerdo!, ¿eh?”.

d e

9 Aveces parecía que este alim ento era una extravagancia: “A hora le sirven

salm ón” era la frase

aceptado po r los padres de la chica.

em pleada para dar a en ten der que un p retendiente era

6 6

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

La insistencia en la comida sólida y rica es fácil de observar: “Panza llena, corazón contento”. Los que trabajan duro tienen que comer mucha canti­ dad de alimento, con alto contenido proteico y lo más sabroso posible. Sin duda, las consecuencias son menos admirables que el propósito. Cuando era niño, mis tíos y tías, de entre 30 y 40 años, todos parecían tener dentadu­ ra postiza. ¿Se debía sólo a la falta de cuidado? (también tenían callos por usar zapatos incómodos). Pero asimismo recuerdo que un tema recurrente de conversación era la constipación y la acidez estomacal: comprábamos bicarbonato de sodio con la misma frecuencia con la que comprábamos leña. Quizá se trate de mi imaginación, pero me llama la atención la dife­ rencia entre las personas gordas de distintas clases sociales; por ejemplo, una mujer adulta de la clase trabajadora y un hombre de negocios de buena posición económica. La mujer tiene la piel blanca y sin brillo; el hombre es corpulento y lusü'oso; ella me hace pensar en litros de té, kilos de pan y pescado con papas fritas; él, en la carne que sirven en hoteles de estación. Podría seguir hasta el infinito recordando detalles que caracterizan esa clase de vida doméstica: el olor a agua caliente, bicarbonato y albóndigas de carne del día en qué se lavaba la ropa, o el olor de la ropa secándosejunto

al fuego; y los domingos, el olor al Nexos of the World mezclado con olor a

carne asada; la lectura de artículos de viejos periódicos en el baño; las inter­

minables tardes de domingo, aliviadas por visitas ocasionales a familiares,

o al cementerio, cuyas puertas están flanqueadas por puestos de flores y

talleres de lápidas costosas. Como cualquier otra vida con un núcleo firme,

la vida de la clase trabajadora tiene una base sólida y genera un sentimiento

fuerte entre sus integrantes. En los pequeños grabados en madera o en las taijetas decoradas y los pañuelos bordados que aún hoy se venden en ferias y puestos de playa, se sigue poniendo “Hogar, dulce hogar” y “Hogar, el lugar donde más refunfuñamos y donde mejor nos tratan”. Como ya he m encionado, la descripción realizada hasta aquí y las sec­ ciones que aparecen más abajo en este mismo capítulo se nutren en gran parte de recuerdos de hace veinte años. No me explayo sobre el mayor poder adquisitivo ele la clase trabajadora ni, por ejemplo, sobre el ahorro de trabajo que significa para las amas de casa tener electrodomésticos. Eso se debe, principalm ente, a que muchos suponemos que las conse­ cuencias de esos cambios en nuestras actitudes son mayores de lo que son. Por eso, pienso que es im portante destacar prim ero cuánto del m o­ delo básico de la vida de la clase trabajadora se conserva tal como ha sido durante muchos años. En varios aspectos, es una buena vida, basada en el cariño y el espíritu

de grupo, donde el individuo queda en segundo plano. Es elaborada y

PAISAJE CON FIGURAS: UN ESCENARIO

6 7

desordenada aunque sobria, y no es ordinaria, ni presumida, ni antojadi­ za ni “demasiado fem enina”. El padre forma parte de la vida interna de la casa, no es alguien que pasa la mayor parte del tiempo lejos ganando

dinero para m an ten er a la familia. La m adre es

dad en el hogar; siem pre está muy ocupada y sus pensam ientos suelen girar en torno a la vida de la sala fam iliar (el dorm itorio no es más que un lugar para d o rm ir). Su “única aspiración”, com o ella suele decir,' es que sus hijas e hijos “encuentren pronto un buen chico o chica para formar su propio hogar”. Aunque parezca confuso y descontrolado, se puede distinguir un mo­ delo, que no es consciente ni sofisticado, pero que se nutre de la idea de para qué sirve un hogar. Comparemos ese m odelo con el de salones pú­ blicos como los de un café o un pequeño hotel m oderno, con las paredes pintadas en varios colores hostiles de pintura al temple, rayas de colores chocantes, horrendos y fríos picaportes de plástico, apliques de ilumina­ ción recargados e inútiles, mesas de metal que no son atractivas y cuya pintura de colores brillantes está toda rayada: un conjunto de baratijas de mal' gusto. Los materiales no necesariam ente producen ese efecto, pero cuando los usan personas que han dejado de lado su idea de con­ junto y no tienen afecto por los nuevos materiales, la falla se nota. En las casas, los nuévos objetos se integran a un conjunto que se conforma ins­ tintivamente a posteriori. Hay una invasión de la antigua tradición, aquí y en muchas otras áreas. Pero el profundo sentido de la im portancia del hogar asegura la lentitud del cambio. El rechazo de varias generaciones al principal destructor de hogares, el alcohol, ayudó a la formación de una fuerte resistencia a nuevos destructores potenciales.

el centro de la activi­

LA MADRE

Conozco sus manos humildes, restregadas y estropeadas /

] [

ese m onum ental / argum ento del gesto, la voz áspera.

d y l a n t h o m a s , “Después clel funeral (en memoria de A nnJones)”

Escribir sobre las m adres de la clase trabajadora implica correr riesgos particulares. Sabemos, aunque sólo sea por la profusión de novelas pu­ blicadas durante los años treinta (una época tan afecta a docum entar la vida cotidiana), que la m adre ocupa un lugar privilegiado en la mayoría

68

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

de los relatos de infancia. Los hom bres quizá no se ocupan tanto de ella, pero com pran adornos con la leyenda “Sin m adre no hay hogar” y, años después de que ella “se ha ido”, siguen hablando de “mi vieja”. Es admirable el lugar que ocupa la m adre en la familia. Pienso en una m ujer de m ediana edad, plenam ente consolidada como ama de casa, re­ conocida como tal. En ese m om ento de su vida, ella es el eje del hogar, ya que este ocupa la mayor parte de su m undo. Es ella, y no tanto el padre, quien m antiene unida a la familia; ella le escribe, no sin dificultades, al hijo que está cum pliendo el servicio m ilitar o a la hija que trabaja en otra ciudad. M antiene el contacto con los parientes que viven cerca: abuelos, hermanos, herm anas y primos; a veces, va de visita a la casa de alguno de ellos o a lo de algún vecino y se queda charlando una hora. Deja el m un­ do exterior de la política, e incluso de las “noticias”, a su marido; no sabe m ucho del trabajo de él; los amigos que tiene son los de su m arido, pues desde que se casó ha dejado de ver a sus propias amistades. Si bien esta descripción es muy burda, es necesaria para dar una iclea de la naturaleza cerrada, corta de miras, ele la vida de la mayoría ele las madres de la clase trabajadora. La presión es tan grande que, en las m u­ jeres con problem as o que carecen de imaginación, puecle ciar lugar a un m undo vuelto sobre sí mismo en el cual no ingresa nada que no se vincule con la familia. Es una vida clura, en la que se supone que la m adre está dedicada “a lo suyo” clesde que se levanta hasta que se acuesta. Sus actividades consisten en cocinar, rem endar, fregar, lavar, cuidar a los hijos, hacer las compras y satisfacer los deseos del marido. Todavía hoy continúa siendo una vicia dura, si bien ayuda tener una aspiradora o un lavarropas, y aun así, en los barrios obreros hay más polvo que limpiar que en los barrios más prósperos. Las cortinas casi nunca conservan “un buen color”, aunque el lavado se haga con extracto de blanco; la zona ele la chim enea necesita una limpieza más profunda. El hum o y el hollín de las fábricas y las líneas ele ferrocarril cercanas se m eten en la casa, y la mayoría de las m ujeres “no soporta la idea de que triunfe la suciedad”. Parte del tiem po libre se ocupa zurciendo o rem endando, rara vez cosiendo ropa nueva para los niños. Pocas madres, ni siquiera las que trabajaron antes en una fábrica de ropa, conocen tocio el proceso de confección de una prenda. Además, las máquinas de coser son caras y las familias de la clase trabajadora no pueden comprarlas, ni siquiera en cuotas, porque suelen adquirir bienes que contenten a toda la familia. La ropa de confección no cuesta m ucho dinero y es bonita. La ropa del marido se estropea en el trabajo, así que la tarea de aplicar rem iendos no

PAISAJE CON FIGURAS: UN ESCENARIO

6 9

acaba nunca y se com bina con la de com prar nuevas prendas que duran poco, porque lo barato sale caro. En parte porque el m arido está en el trabajo pero también porque se

espera que sea la m ujer la que se ocupe de tales menesteres, es la m adre

la que pasa el tiempo en lugares públicos, como la sala del médico, para

esperar que le den “un frasco”; en el hospital, para acom pañar al hyo que tiene un problem a en los ojos; en las dependencias municipales, para averiguar por el pago de la factura de la luz. Todo se vuelve más difícil porque en la mayoría de los casos, o al m e­

nos así ha sido hasta hace unos años, no sobra el dinero, sino que alcanza para “lo ju sto ”; la suma para gastos de la casa asciende a un penique, aproximadamente. Ceñirse a ese ajustado presupuesto requiere una considerable habilidad, que no abunda, pero hay que ingeniárselas para que la familia no tenga problemas financieros. U na esposa sabe desde el

m omento en que se casa que tendrá que “ingeniárselas” para llegar a fin

de mes. Hace unos años, Rowntree observó que hay un período entre la crianza de los hijos y la jubilación durante el cual todo es más fácil. Pero antes hay años de “ingenio” y “escasez”.10He notado que las esposas más felices eran aquellas cuyos maridos percibían unos pocos chelines más que lo que ganaban en prom edio los hom bres de la cuadra pero que en otros aspectos tenían una vida igual a la del resto. Si un hom bre fuera generoso y le diera a su m ujer uno o dos chelines más, ella no tendría que cuidarse tanto ni hacer tantas cuentas; la com pra de una lamparita o de un equipo de boy scout o el arreglo de un par de zapatos no serían m o­ tivo de preocupación. En parte porque el dinero no abundaba y en parte porque las amas de casa muchas veces no se daban cuenta del problem a en el que se m etían asum iendo deudas, algunas m ujeres ideaban planes

a los que se atenían

gasta ocho libras por sem ana en el almacén y hoy, en los buenos tiempos, puede pagarlos sem analm ente, pero 110 logra quitarse de encima las cos­ tumbres de la década de 1930 y nunca salda la deuda; está más contenta con el sistema de estar siempre debiendo algo que con abonar todo al contado. En la casa de mi abuela no vivíamos “de la caridad” pero, al igual que tantos conocidos, siem pre estábamos “cortos de dinero”. En aque­ llos años, todos los viernes a la tarde yo hacía cola para pagar el alma­

con patética obstinación. Conozco a una m ujer que

10 Rowntree distingue tres m om entos de pobreza en la vida de la clase trabajadora: la infancia, el período d urante el cual se cría a los hijos y, po r último, la época en que los hijos se h an casado y el padre ya está jubilado.

7 0

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

cén; la cuenta semanal ascendía a unos 15 o 20 chelines, y siempre nos quedaba algo pendiente. De adolescente, yo sentía envidia por los que podían pagar todo alegremente, una horrible vergüenza por tener que

repetir todas las semanas “dice mi abuela que seguirá debiéndole 5 cheli­ nes y que se los va a pagar la semana próxim a”. Años después, una m ujer acumuló poco a poco una deuda de cerca de una libra en la carnicería y luego, de pronto, se dio cuenta de lo mucho que debía. No tenía forma de conseguir una libra, así que dejó de com prar carne, pero su familia todavía tenía cuenta con ese carnicero, así que le debe haber resultado difícil sobrevivir al invierno de 1952, cuando la carne escaseaba. El car­ nicero, por su parte, habría querido que ella fuese a verlo y proponerle un arreglo, pero sabía que la m ujer no pasaría por el local. Cualquier com erciante podría proporcionar ejemplos parecidos. El pleno empleo

y el Estado de Bienestar han modificado en

pero no tanto como podría pensarse; las antiguas costumbres persisten. Por lo general, el ama de casa debe arreglárselas sola en este ajustado sistema de finanzas semanales. Por eso existe una fuerte competencia entre pequeños comerciantes por rebajar un penique o racionar la mer­

cadería; esas pequeñas cosas son las que deciden una compra. Dos peni­ ques por medio kilogramo de carne quizá parezcan poco, pero pueden hacer tambalear los planes de la semana, lo mismo que equipar al niño para la colonia de vacaciones o a la niña para el concierto de la escue­ la dominical o com prar un regalo para un prim o que se casa. Siempre están los clubes de compra o las mercerías y tiendas de adornos, que, aunque no acepten cheques de agentes de préstamo, son más económi­ cos que las grandes tiendas del centro y perm iten que los clientes lleven lo que compran por un pequeño adelanto. Casi nunca la m ercadería es tan buena como la que cuesta un chelín más: los objetos son ordinarios y se rom pen, la capa de cromado es delgada y desaparece al poco tiempo. Acudir a clubes de compra o cambistas de cheques se convierte en un hábito y los agentes locales de préstamo suelen persuadir a sus clientes de “m antener la cuenta abierta” de m anera continua, de m odo que en muchos casos se va más dinero por semana que la cantidad de la que se dispone. El ciclo no se interrum pe nunca: si la familia necesita gastar más, norm alm ente la madre restringe los gastos, economiza en comida

o en ropa. La vida avanza Remana a sem ana y la probabilidad de ahorrar una suma para “casos de em ergencia” es muy baja. Algunos ponen una lata en la repisa de la chim enea donde guardan lo que ahorran para las va­ caciones, pero no es lo más frecuente. Nadie tiene cuenta bancada ni

gran m edida esta situación,

PAISAJE CON FIGURAS: UN ESCENARIO

’J l

cobra cuando está enfermo, salvo el pago del Servicio Nacional de Salud

y quizás el de algún club, pero se trata de montos mínimos. Todavía se

ven amas de casa haciendo cola en las oficinas de correo a las nueve me­

nos cuarto todos los martes para cobrar la asignación familiar. Si “echan

a papá” la familia puede pasar penurias. La antigua costumbre de cuidar

m ucho a los que traen el pan a la casa, en especial con la com ida,11 con­

tinúa vigente, así como el acento que se pone en la necesidad de que todos “tiren para el mismo lado”; de lo contrario, el barco corre el riesgo de hundirse pronto. U na m ujer es muy feliz si puede “arreglárselas” o “seguir adelante”, si puede contar con un poco de dinero para gastos extra al final de la semana. En este aspecto, como en otros de la vida doméstica, la m ujer es la

responsable; el marido está fuera, ganándose la vida. AI llegar a casa, él quiere com er y estar tranquilo. Supongo que esto explica por qué, según lo veo yo, se espera que la m ujer sea la que se ocupe de los métodos anti­ conceptivos que emplea la pareja. La mayoría ele las familias no católicas de clase trabajadora aceptan la práctica de cuidarse para no tener hijos como algo normal, pero a los maridos y a las mujeres les da vergüenza acudir a los hospitales donde brindan información sobre métodos anti­ conceptivos, a menos que los guíe la desesperación. La timidez del mari­ do y la idea de que la m ujer es la que tiene la obligación de ocuparse del tem a llevan a que él espere que sea ella quien se encargue, porque él “no tiene tiempo para esas cosas”. La m ujer no sabe nada de anticonceptivos antes de casarse, y los consejos que le han dado las chicas mayores que ella o las mujeres casadas en el trabajo o en el barrio difieren enorm e­

m ente entre sí. Debe aceptar pronto alguno de esos consejos para que

no lleguen más hijos que los deseados. Y eso no garantiza que su conoci­

m iento no se limite al coitus interruptus, el óvulo vaginal o el preservativo. Los hom bres tienden a rechazar los preservativos porque “uno siente menos placer”; a ellas les da vergüenza pedirlos en la farmacia, lo mismo que com prar óvulos; además los dos productos son caros, de modo que

el m étodo más común es probablem ente

No obstante, el empleo de cualquiera de esos métodos requiere una estricta disciplina, una com petencia de la que carecen muchas amas de casa. Alguna que otra vez se olvidan de usarlos, o “se dejan llevar”, o el preservativo es de mala calidad y se rom pe, o los maridos las requieren

el coitus interruptus.

11 Muchas m ujeres les dejan su propia porción de carne y panceta a los maridos porque a ellos "les gusta m ucho la carne”.

7 2

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

inoportunam ente después de una noche en el club.

te frecuente que después del prim er o el segundo hijo, los que siguen sean “hijos no deseados”. Me aventuraría a decir que en la clase media baja, los “hijos no deseados” son los que nacen cuando los padres tienen alrededor de 40 años. H an tenido dos o tres hijos entre los 20 y los 30 y pico, y después, durante varios años, el m étodo anticonceptivo funcionó bien. Quizás al llegar a los 40 se sienten a salvo y empiezan a cuidarse menos. Con la clase trabajadora, el patrón es algo diferente: a menos que se practique un aborto, la m ujer tiene a su prim er hijo no deseado un año o dos después de tener a los primeros dos niños. Se lo acepta “con filosofía”; después de todo, “¿para qué se casa uno?”. Es una aceptación “con filosofía” pero con poco sentimentalismo: “los chicos son un pro­ blem a”, dan m ucho trabajo y cuantos más se tienen, menos dinero hay para gastar. Pero, a pesar de todo, los padres los consienten y les están encima a todos por igual. Está claro que una m adre de la clase trabajadora envejece pronto, que

a los 30, después de haber tenido dos o tres hijos, habrá perdido gran parte de sus encantos y que entre los 35 y los 40 ya ha perdido las formas

Entonces, es bastan­

y

tiene la figura que la familia reconoce como la de “la vieja”. Ha salido

al

m

undo antes que las muchachas de otras clases sociales; sus primeras

salidas con chicos las tuvo a los 16 y su prim era relación seria fue a los 18. Para esa época, ya usaba toda clase de maquillaje barato: lápiz de labios, perfumes, polvo y cremas. Continuó con esa simple rutina cosmética du­

rante un tiempo después de casarse, pero luego la interrum pió; sólo la

retom aba en alguna ocasión especial, con u n maquillaje tosco y recarga­ do que en un rostro descuidado parece pintura de payaso, un aspecto que algunas personas tom an como prueba de la ordinariez de la gente de la clase obrera cuando la ven durante las vacaciones.

los achaques; en los peores mom entos

A los 45 o. 50 años empiezan

se suele decir que “se está poniendo vieja”. Aparecen el reumatismo y un dolor de espalda que se debe a un prolapso que la m ujer ha tenido durante veinte años sin saberlo. El gran temor, un tém a recurrente en todas las conversaciones, es el tumor, considerado como un gran orga­ nismo canceroso, o la “piedra”, imaginada como un guijarro enorm e. Recuerdo que una vez vi a una m adre de m ediana edad con una bolsa de las compras pasando por la feria de H unslet Feast un viernes, con gesto de preocupación y dolor. Se detuvo en el puesto de la herboristería

atraída por lo que decía una m ujer inmensa, ridicula y ordinaria en su opulencia. D udó unos instantes hasta que se acercó y contó cuál era su problema. Por seis chelines le vendieron una bolsa con unos cristales

PAISAJE CON FIGURAS: UN ESCENARIO

73

“No im porta lo que le digan los médicos, querida. Disuelva uno de estos

en un vaso de agua caliente dos veces al día y verá cómo se le disuelve

la piedra. No se le volverá a form ar nunca más. Se le irá cuando vaya al

baño, querida.” No hay mucho tiempo para ir al consultorio; cuando una m ujer se siente mal, a veces va para que le den un frasco de medicina, pero nor­

malmente el tiempo de espera o la sensación de estar m olestando al mé­ dico (y la falta de convicción de que él pueda ser de m ucha ayuda) hacen que la mayoría de las veces la m ujer desista de ir. Con frecuencia, prueba con tónicos que le recom iendan. La mayoría de los médicos de los ba­ rrios obreros saben que rio hay m ucho que puedan hacer. Las mujeres

de

m ediana edad no se cuidan como debieran, trabajan muchas horas,

no

saben relajarse, no duerm en lo suficiente ni siguen una dieta ba­

lanceada. Esperan tener que seguir siempre adelante, haciéndolo todo bien, muchas veces confundidas porque las exigencias son complejas y

de alguna m anera hay que cumplir. En el fondo, el ama de casa sabe -si

bien no lo piensa conscientem ente- que, si “le pasa algo” al marido, ella deberá arreglárselas sola, trabajar como em pleada de limpieza para que le alcance el dinero de la pensión. Durante los años en que mi m adre estuvo a cargo de m í y de mis dos hermanos, no gozaba de la salud suficiente para trabajar fuera de la casa, ya que padecía una afección bronquial aguda. Con gran habilidad, hacía que los veintitantos chelines que obtenía de “los G uardianes” le alcanza­

ran para toda la sem ana (parte de ese dinero se lo daban en form a de

cupones que se cambiaban por productos

Nadie lo diría, pero mi m adre había sido una chica alegre, según creo; pero una buena parte de su jovialidad se había perdido. No la conmovía la actitud de las personas ante su situación; aunque aceptaba de buena gana un abrigo o un par de zapatos viejos, no le agradecía a nadie por la pena ni por la admiración que sentían por ella; no tenía una visión sentimentalista de su condición y nunca simuló hacer otra cosa que so­ portarla y seguir adelante. La lucha continua anulaba cualquier probabi­ lidad de disfrutar de la vida, y tres hijos pequeños que siem pre querían más comida y diversión que lo que mi m adre podía pagar no eran una compañía gratificante, salvo en contadas ocasiones. Se daba el gusto de fumar cigarrillos W oodbine a escondidas, para que “ellos” no la vieran.

Mi herm ano estaba entrenado para esconder el paquete de cigarrillos de

en determ inados alm acenes).

2 peniques en un cajón sin decir nada cuando regresaba de la tienda y había llegado de improviso una visita a la casa. La pequeña casa olía a hu­

medad y estaba infestada de cucarachas; la letrina exterior se convertía

7 4

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

e n un lodazal en los días de lluvia. La comida no era variada, pero mu­

cho más nutritiva que la que habrían ofrecido otras mujeres en la misma situación. Mi m adre tenía la firmeza y la astucia necesarias para negarse

a

todos nuestros pedidos de té con pescado y papas fritas, y no bebíamos

m

ás que chocolate. Un día tras otro, nos sem a guisos con vegetales de

poco valor nutritivo. Recuerdo que alguien nos trajo (yo tendría unos 6

años en ese m om ento) una pequeña caja de galletas surtidas y me acuer­

d o de cómo nos

mos pan untado con leche condensada. La asignación semanal era de

u n penique para toda la familia, por lo que a cada uno nos tocaba el tum o cada tres semanas. Mi m adre siempre nos pedía que compráramos

compartir, y norm alm ente nos quejábamos. Teníamos la ropa

arreglada y debidam ente rem endada todo el año, y para Pentecostés nos comprábamos ropa nueva; el últim o conjunto que recuerdo haber reci­

bido fueron un par de trajes de m arinero que venían con un silbato para

m i herm ano y para mí.

algo para

deslumbró el regalo. Para la m erienda, a veces comía­

En una oportunidad, mi madre, que recién había cobrado, se dio un gusto, tal vez para recordar los que se daba antes: una o dos fetas de jam ón cocido o unos langostinos. Nos quedamos m irándola como go­ rriones esperando que nos cayeran las migas, rodeándola mientras ella tomaba su m erienda, hasta que nos gritó y nos asustó; estaba enfadada de verdad. No tuvimos recom pensa por el susto; no quería darnos nada y no había posibilidad de ser generosa en la dádiva. Finalmente, algo nos dio, pero advertimos que nos habíamos m etido en algo que no compren­ díamos del todo. El que acabo de relatar es un caso extrem o, pexo no está apartado de la tradición. Es necesario deshacerse de la idea de que las personas (hombres y mujeres) que viven ese tipo de vida tienen algo de héroes. No es fácil, y si las arrugas en la cara de una m ujer mayor de la clase tra­ bajadora suelen ser sumamente expresivas, adquirirlas es duro. Tenemos que intentar no añadirle más encanto a ese rostro; tiene su refinamiento sin ninguna luz artificial. Casi siempre es una cara rugosa, y las arrugas, cuando se las observa de cerca, tienen suciedad; las manos son una es­

pecie de garras huesudas cubiertas de una piel muy marcada, donde la suciedad tam bién está incrustada tras años de lavar a mano con agua fría. En la cara aparecen dos líneas muy marcadas que van desde la nariz hasta los labios apretados; son la m uestra de años de “hacer cuentas”. Muchas mujeres mayores de la clase trabajadora tienen un gesto habitual que revela algo de los años de su vida hasta ese m om ento. D. H. Lawrence lo observa en su madre: el gesto característico de mi abuela consistía en

PAISAJE

CON

f i g u r a s :

u n

e s c e n a r i o

75

tam borilear los dedos en el apoyabrazos de su sillón, un

acom pañaba un pensam iento que le daba vueltas todo el tiempo en la ca­ beza; había pasado muchos años tratando de que el poco dinero con que contaba alcanzara para todo. Otras mujeres pasan la mano suavemente por el apoyabrazos, como tratando de suavizarlo todo para que las cosas

funcionen; otras tienen un gesto en la boca o un balanceo constante. No se puede hablar de gestos neuróticos ni de signos de miedo; son gestos

que acom pañan

En la actualidad, cuando oigo a alguien hablar de “pena” y “pobreza”,

me suenan a palabras arcaicas que hay que reservar para ocasiones es­

peciales. Para mi abuela, eran palabras

y “dificultad”, y se em pleaban con tanta frecuencia y con el mismo valor

con que muchas personas que conozco dicen hoy “fastidio” e “incomodi­ dad”. Cuando mi abuela decía que alguien “se sacaba el pan de la boca”

no tenía la intención de sonar trágica ni de hablar en sentido figurativo; hablaba desde una tradición continua y todavía relevante, y cuando pro­ nunciaba esas palabras, había en ellas algo de la cualidad elemental de la antigua poesía anglosajona: “Puedo cantar un canto auténtico sobre mí

que en los días de trabajo duro pasé m om entos difíciles, que llevo

una pena amarga en el pecho”.12 Así es la vida de una m adre de la clase trabajadora. Igual que el mari­ do, se da algún gusto ocasionalmente. Su mayor placer es, como observa el doctor Zweig,13 “que alguien la atienda”; puede ser que las hijas y el padre se ocupen de la casa por un día o ir de excursión, que le sirvan una comida como Dios m anda de vez en cuando o, simplemente, que el marido la lleve al cine. Pero en general se dedica a trabajar hasta que es abuela, y entonces la llaman para que ayude con los nietos. Algunas mujeres se toman muy en serio su papel y hacen de su vida un ritual riguroso y de su trabajo, un símbolo de gravoso honor; otras son holgazanas, pero para la mayoría la vida es, én mayor o m enor grado, una eterna rutina olvidable de dedicación a la familia que desdibuja el orgullo y la autoestima. En el fondo, está el orgullo de saber cuántas

cosas dependen de ellas, que torna irrelevante cualquier atisbo de- au- tocompasión. Así, hasta la menos atractiva y prom etedora de las chicas llega a la m adurez en su hogar rodeada de la familia, sabiendo que está

corrientes ju n to con “cuidado”

tamborileo que

los cálculos continuos.

] [

12 Poem a anglosajón, tom ado de The Seafarer, Everyman, 1926.

7 6

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

donde debe estar y, a pesar de todos los problemas, está contenta. El ma­

rido puede ser el “je fe ” de la familia, pero ella no es un felpudo; los dos

ella sea u na “buena

m adre”. El ama de casa rezongona sigue siendo uno de los principales villanos del arte popular.

aprecian el valor y la virtud de la m ujer siem pre que

Pero cabe preguntarse en qué m edida se transmite todo esto a las ado­ lescentes que pasean a la noche por la calle. Parece que ellas llenan el

espacio que m edia entre term inar el colegio y casarse yendo al cine tres

veces por sem ana

historias de am or imaginarias y yendo a bailar a Palais, Mecca, Locarno

o los clubes.14Por lo general, el trabajo no tiene m ucho que ver con su

personalidad; las chicas no tienen m ucho interés en com prom eterse con nada; no les interesan las actividades sindicales ni las domésticas. ¿Puede ser que la mayoría de ellas sean irresponsables, descuidadas y vacías? Me ocuparé de esos temas en capítulos posteriores. Ahora quiero po­ ner el acento en otro aspecto, en la razón por la cual las cosas no siempre son tan malas com o parecen a prim era vista. A esas muchachas, la eta­

a ver “comedias musicales” y “comedias rom ánticas” o

pa florida les d u ra poco, sólo algunos años durante los cuales tienen pocas responsabilidades y algo de dinero para gastar. Sorprende, en vista de que las circunstancias no son favorables, la alta proporción de jóvenes que realizan actividades al aire libre. Para la mayoría, lo que tan conveniente e insistentem ente hay en oferta es suficiente: las

actividades en espacios cerrados. A ellas les aburre su trabajo y hay m u­ chos que saben cóm o hacerles gastar el dinero. Son propensas a vivir en

la burbuja de la fantasía adolescente. Todo lo que quieren hacer parece

urbano y trivial; no sería fácil captar su atención durante m ucho tiempo desde fuera de la burbuja. Así y todo, no es muy com ún que las chicas se rebelen contra la familia, aunque la casa p aterna no les genere nada especial. La casa familiar está “bien” (adverbio que indica que uno acepta algo que no lo entusiasm a).

14 Los bailes de salón son el segundo gran entretenim iento nacional después

del cine. Hay en tre 450 y 500 salones de baile y m uchas otras salas que se usan para otros fines adem ás de los bailes. Cada año van unos doscientos

m illones de personas a los bailes y gastan cerca de 25 m illones de libras (un cuarto de lo que se gasta en ir al cine). El rango de edades es de 17

a

de

25 años (datos tom ados de “Saturclay N ight at the Palais”, Economisl, 14 febrero de 1953. El a u to r observa particularm ente el tono “respetab le”

de la m ayoría de los salones y el interés g enuino de los bailarines en su

actividad).

PAISAJE

CON

f i g u r a s :

u n

e s c e n a r i o

7 7

Uno vive allí; norm alm ente no piensa en irse o si puede salir de noche. Pero me parece que la vida alegre -y lo es en muchos sentidos- de las adolescentes no está considerada como algo “real”, como la vida de ver­

dad. Las chicas la disfrutan sin arrepentirse; rara vez afecta la idea de que, después de todo, el verdadero asunto de la vida es casarse y form ar una familia. Por cierto, es la vida en un sentido que no se tuvo en el cole­ gio; en esa época se aprende mucho sobre lo real, sobre lo que significa

vivir, por m edio de los

trabajo; uno se divierte. Pero la vida real, dejando de lado la diversión, es el matrimonio: para hombres y mujeres, esa es la principal línea divi­ soria de la vida de una persona de la clase trabajadora, y no el hecho de cambiar de trabajo o mudarse a otra ciudad o ir a la universidad o tener un oficio. La boda marca el fin de la libertad tem poraria para u na m ujer

y el inicio de una vida en la que lo norm al será “fregar”. Para la mayoría, todo esto es algo natural; el período de libertad es una especie de vuelo de mariposa, vertiginoso mientras dura, pero breve. “Ahora voy a sentar

cabeza”, la frase que d i c e n las c h ic a s C u a n d o h a n

bre para casarse, encierra un profundo significado. Después de la boda, la m ujer recurre a sus raíces más antiguas. Aún le quedan m uchas lecciones difíciles p o r aprender y varias situaciones

m ujeres más despreocupadas

se resisten a aprender, siguen fum ando y yendo al cine, así que no se ocupan de los hijos como deberían. Muchas adoptan un ritm o que las retrotrae a un tiem po anterior a las m elodías bailables y las películas. Basta con observar la form a en que una m uchacha que debería tener un espantoso sentido del estilo -e n vista de la m edida en que su gusto se ve alim entado por lo llamativo y lo trivial- im pone, en cada objeto individualm ente desagradable que adquiere, el sentido de lo que es im portante para recrear el am biente de una sala de estar. Basta con observar cómo cuida a un bebé, y no me refiero a cuestiones de higiene ni a asuntos triviales, sino a cómo lo alza en sus brazos o lo coloca en una tina de baño ju n to al fuego. Norm alm ente, la joven ha tenido práctica antes de term inar el co­ legio, ayudando con la limpieza de la casa, cuidando a los herm anos menores o paseando a su propio bebé o al de la vecina. No es m ucha

práctica, y después

incómodas antes de sentar cabeza. Las

chismes y de las charlas entre com pañeras de

e n c o n t r a d o

a

u n

hom ­

de seis o siete años de ju erg a continua, sorprende

que retom e el hilo como si nada hubiera pasado en el m edio. Eso se debe a que ese hilo nunca se cortó, sólo quedó oculto por un tiempo. Las esposas jóvenes que siguen trabajando hasta que nace su prim er hijo o incluso después, en caso de contar con una abuela que lo cuide

7 8

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

o de una guardería donde dejarlo, no se rebelan contra las exigencias

del m atrim onio sino que prolongan, por

breve, el tiempo en el que les queda dinero para gastar en pequeños

lujos: jam ó n cocido a 2 chelines el cuarto o pescado con papas fritas dos o tres veces por semana. Es bueno m ientras dura. La mayoría de las chicas de la clase trabajadora no sufre m ucho por la libertad perdida; nunca pensaron que sería para siempre. Según las normas de las clases “educadas”, es decir, de acuerdo con los consejos publicados en los libros m odernos para padres, las jóvenes de la clase trabajadora m alcrían a sus hijos. Form a parte de una antigua tradición de la clase trabajadora el consentir a los niños y a los jóvenes hasta que se casan. A los bebés los colm an de atenciones; no los dejan llorar, les dan de com er hasta hartarlos y luego les sum inistran unos dudosos rem edios de 6 peniques la caja; les dan el chupete, muchas veces em bebido en almíbar; los m ecen continuam ente en sus m agní­ ficos cochecitos; no los dejan solos ni la m adre, ni el padre cuando llega del trabajo, ni los abuelos, y dejan que se queden despiertos hasta muy tarde. Años después, aunque a veces se espera que las niñas ayu­ den un poco en la casa y a algunos niños se les perm ite trabajar como repartidores de diarios, lo llamativo, en vista de lo ocupada que está la

m adre y de que en la casa no sobra el dinero, es que les piden que no

un período que saben que es

trabajen m ucho y que el dinero que consigan en su tiempo libre se lo queden ellos.15 ¿Cada cuánto se bañan los niños? ¿Con qué frecuencia les com pran regalos carísimos; por ejem plo, bicicletas extraordinarias y cochecitos gigantes? Los padres no esperan que los hijos hagan aportes para m antener la casa, ni en trabajo ni en dinero. Casi todo lo que sabe una chica de clase trabajadora sobre llevar adelante una casa lo asimila inconscientem ente; Es probable que una joven “gane buen dinero” y genere m uchos gastos, pero casi seguro el dinero que deja en la casa

no alcanza para cubrir esos gastos. Si eso es ser egoísta, los padres per­ donan y alientan ese egoísmo, pues piensan que las chicas ya tendrán todo el resto de su vida para vivir de otra m anera y que hay que dejarlas que “lo pasen bieu m ientras p u ed en ”, porque después de todo, “sólo se es joven una vez’L

PAISAJE CON FIGURAS: UN ESCENARIO

79

EL PAD RE

Igual que a su mujer, a un hom bre de la clase trabajadora casi siempre lo

reconozco por el físico. Suele ser de baja estatura y de tez oscura, con la cara arrugada y amarillenta después de los 30. La estructura huesuda de

la cara y el cuello se aprecia con claridad; tiene un aire a perro de caza.

Por lo general, estos rasgos físicos se adquieren en lajuventud y quedan,

para toda la vida. Por eso, por decirlo superficialmente, si yo o alguno de mis colegas con familia de clase trabajadora nos pusiéramos la gorra y el pañuelo que usa la gente elegante o si nos desabrocháramos el prim er botón de la camisa, la forma en que nos quedan el pañuelo y la gorra o

la estructura de las escápulas nos harían parecer obreros en su día libre

y no hom bres deportivos de clase media. El punto de partida para entender la posición del padre de clase traba­ jadora en su hogar es que él es el patrón, el “jefe de la casa”. Así lo indica

la tradición y ni él ni su esposa quieren cambiarla. Delante de otras per­

sonas, la m ujer se refiere a su marido como “el señor W.” o “eljefe”. Eso no quiere decir que él sea el amo o que siempre se haga lo que él quiere. Muchos maridos están bien dispuestos a ayudar y a ser “considerados” y “buenos esposos”. Los que se m uestran holgazanes o insensibles suelen ser bastante .egoístas y hasta brutos. En cualquier caso, es probable que

se los trate con deferencia porque son los que aportan la mayor parte de

los ingresos y los que más trabajan, aunque hoy en día esto no sea del todo cierto. El hom bre sigue siendo el principal contacto con ese m undo exterior que aporta el dinero para la casa. Muchas veces hay una especie de rudeza en sus modales que una mu­ jer de clase media no toleraría. Una esposa dirá que está muy preocupada porque hay algún problema y “eljefe va a ponerse loco” cuando llegue; el marido la puede “levantar en peso” con malos modales o incluso le puede “poner una mano encima” si ha tomado uii par de cervezas al salir del tra­ bajo. O las mujeres de mediana edad le preguntarán a una más joven: “¿Te trata bien, no?”, cuando lo que en realidad quieren saber es si el marido

ejerce violencia psicológica o física, o si sale todas las noches y la deja sola,

o si “es comprensivo” cuando a ella no le alcanza el dinero de la casa. Esto

implica, en parte, una crudeza rústica en las relaciones personales y en la forma de expresarse que no significa necesariamente falta de afecto, ni de­ samparo hacia la esposa. El hombre gruñón sabe defender a la esposa; tiene algo de gallo que cuida el gallinero. Por consiguiente, los muchachos rudos despiertan admiración; el gesto de desaprobación ante ellos encierra tanto

admiración como preocupación: “es un hombre de verdad”, dicen de él.

8 o

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

De un marido, entonces, no se espera que ayude en la casa. Si lo hace, la esposa se pone contenta, pero si no, ella no le guarda rencor. “AI fin y al cabo”, casi todo el trabajo de la casa le corresponde hacerlo a ella. “Ese no es trabajo para un hom bre”, dice la mujer, y no lo deja hacer mucho, por tem or a que piensen que es afeminado. El mayor elogio para este tipo de m arido sería: “Es muy bueno en la casa. Como una m ujer”. Si ayuda m ucho parece que se está ocupando de obligaciones que le co­ rresponden a ella; las tareas de la casa no se com parten. Cuando él decide ayudar a lavar la ropa o cuidar al niño, lo hace por­ que de verdad quiere ayudar. En muchos casos, la esposa no sólo “ni sueña” que él la ayude a lavar, sino que piensa que 110 puede “ponerse a

lavar cuando él está en casa”. Norm alm ente, el secado de la

problema, en especial en días de lluvia, porque se necesita un sistema complejo que consiste en colgar las prendas húm edas alrededor del fue­ go en un tendedero portátil, y quitarlas y meterlas en un canasto o una

tina de zinc cuando el m arido quiere “ver

Hay muchos m aridos que consideran que el tem a del dinero de la casa es algo com partido,16 así que dejan el sobre con el pago semanal para

que sus m ujeres dispongan de él. Pero según mi experiencia, en la mayo­ ría de los casos, el sobre es del hom bre, que le da una suma fija por sema­ na a su esposa para los gastos de la casa. En muchas familias, la m ujer ni siquiera sabe cuánto gana el marido. Eso no quiere decir que él la trate mal. “Sí, m e cuida” o “Me trata bien”, dice la esposa para dar a entender que el m arido le da suficiente dinero pero que es él quien lo adminis­

tra. De esta suma fija, la m ujer

debe sacar para reem plazar la vajilla y el

mobiliario que se rom pen. Los maridos más considerados aceptan que les pidan más y aportan algo del siguiente pago de horas extra. Muchas veces, lo que le toca a la mujer de esas horas extra no le llega de m anera sencilla. A veces, ella siente que no es capaz de hablar de problemas de dinero con el m arido ni de temas tales como si es posible m andar al hijo

a la escuela secundaria. Se discutirá el asunto y, en especial, si hay que .decidir si el chico puede continuar con sus estudios secundarios después de los 16 .años, pero en este caso no habrá una conversación con preci­ siones sobre medios y recursos económicos ni sobre recortes de gastos o reducción de actividades de ocio.

ropa es un

el fuego”.

16 Esto es distinto incluso en otras partes del n o rte

de Inglaterra; p o r ejemplo,

el caso de m uchas m ujeres casadas que trabajan en la industria textil en

Lancashire.

PAISAJE CON FIGURAS: UN ESCENARIO

8 l

Si el m arido recibe un subsidio por desempleo -y los mismos supues­ tos se aplican si está enferm o o no tiene suerte o carece de aspiraciones-, él y la esposa dan por sentado que él debe tener dinero para gastar. Es una cuestión de am or propio, pues “un hom bre no puede no tener dine­ ro en el bolsillo”; se sentiría menos hom bre, dependiente de la esposa e inferior a ella, y esa situación no es normal. El debe tener dinero para los cigarrillos y la cerveza,17incluso para alguna apuesta. La cantidad de di­ nero que gastan por semana, aun los hom bres desempleaclos, le parece­ ría excesiva, por ejemplo, a un profesional de clase media. En prom edio, un hom bre suele com prar 15 cigarrillos baratos por día, que le insum en alrededor de 13 chelines por semana. Un hom bre que cobra el subsidio por desempleo dispone de una libra para sus gastos semanales. Los ci­ garrillos y la cerveza, según su criterio, son parte de su vida; sin ellos, la vida no sería vida. Casi no hay otros intereses más im portantes que los desplacen o por los que valga la pena renunciar a ellos. Es, pienso, la idea de que se trata de elementos básicos lo que hace que muchas familias, incluso aquellas en las que el padre tiene un buen trabajo y dispone de bastante dinero para sus gastos, conserven las viejas costumbres según las cuales la esposa com pra una parte de los cigarrillos para el m arido con dinero asignado para los gastos de la casa. He notado que las chicas son muy mimadas por los padres, pero que, en especial cuando dejan la escuela, deben ocuparse más de las tareas domésticas que lo que se espera de sus herm anos varones. Los m ucha­ chos no tardan en incorporar el concepto de que “para los hom bres es distinto”, que se afianza a m edida que crecen. Cuando un joven term ina la escuela, esa idea ya se ha fortalecido y él se siente por prim era vez cerca de su padre y sabe que su padre está dispuesto a acercarse a él, porque ahora los dos com parten el m undo real del trabajo y los placeres masculinos.

17 El HRS 1955 confirm a lo que sugiere la observación: los cigarrillos son

la form a más popular de tabaco entre la clase trabajadora. El 68% ele los hom bres de esta clase fum a cigarrillos y sólo el 17% fum a en pipa. La

proporción de fum adores de cigarrillos es algo

clases. El gasto en tabaco parece bastante uniform e en todas las clases; en

general, esto se explica p o r la mayor proporción de

la clase trabajadora respecto de sus ingresos. El inform e sobre gastos de consum idores en el Reino U nido (véanse las notas del capítulo 3) indica que, a m edida que disminuyó el gasto en bebida, aum entó en tabaco (cigarrillos en especial) en todas las clases sociales.

más elevada que en otras

gasto en tabaco de

8 2

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

Aún hoy esta situación es bastante común, pero se interpreta como

que el marido es egoísta y delega en la esposa la resolución de los proble-

m as. La idea fundam ental es que el hom bre es el amo y señor de la casa.

Algunas frases que expresan esta idea, y no son las que se oyen con me­ nos frecuencia, podrían sonar muy injustas para las mujeres. Con todo, hay muchos hombres que son considerados y están dispuestos a ayudar, que pasan gran parte de su tiempo libre con la familia, dedicándose a arreglar cosas en la casa. Aun así, la idea es que el padre ocupa una po­ sición especial. Hay cosas difíciles y de hombres, como cortar leña, que sólo él puede hacer; hay otras que hace sin que se trastoque el orden

es tablecido, como irse al trabajo sin que nadie le prepare las cosas o lle­

varle una taza de té a la m ujer a la cama ocasionalmente. En algunos maridos jóvenes se observan signos de un cambio llamativo en la actitud general. Las mujeres ejercen presión para que ocurra ese cambio y sus maridos están dispuestos a modificar las costumbres hereda­ das de sus padres. En este asunto, como en otros, las mejoras en la educa­ ción promueven un lento aunque amplio cambio de actitud entre los que

es tán dispuestos a aceptarlo. En particular, ciertas parejas de esposos reci­

ben la influencia del ejemplo de los maridos jóvenes profesionales, de clase media baja, que han aprendido, en especial desde la guerra, a ayudar a sus mujeres porque ya no pueden contratar empleadas domésticas. Hay hom ­ bres, de clase ti'abaj adora que lavan la ropa si sus esposas trabajan fuera de

la casa, o se ocupan del bebé si salen tem prano del trabajo y no están muy

cansados. Pero muchas esposas regresan del trabajo tan cansadas como sus maridos y “se ponen” a hacer las tareas del hogar sin ayuda de nadie. Y no muchos maridos de clase trabajadora aceptan empujar el cochecito del bebé cuando van por la calle, porque aún se cree que es una actividad “de

blandos”, idea con la que la mayoría de las mujeres está de acuerdo. Si una m ujer tiene un deseo consciente, probablem ente no sea el de un marido que haga ese tipo de tareas sino uno que respete las viejas costumbres; un “buen m arido” en el sentido más antiguo, un hom bre “firm e” y “trabajador”, que no la deje de pronto en la pobreza, que con­ serve su trabajo si empiezan los despidos, que lleve siempre el dinero a la casa y que sea generoso a la hora de com partir el aguinaldo. En el plano emocional, el m ejor aporte del hom bre es estar dispues­

o “afem inado”, a vivir según

el principio de que un matrimonio feliz es un “toma y daca”. Una gran

to a negociar sin por ello

volverse blando

mayoría de los maridos de clase trabajadora respeta ese principio: hay muchos chistes sobre el matrimonio pero ninguno en contra de él. No se sienten hostigados por las ambivalencias de las personas con mayor grado

PAISAJE

CON

f ig

u

r a

s

:

u n

e s c e n

a r io

83

de conciencia, que están tan horrorizadas por la idea de poder terminar como burgueses autocomplacientes al igual que sus padres, que les lleva años darse cuenta de que les gusta la vida de casados, y hasta disfrutan con las necesidades y los deberes cotidianos. Los hom bres y las mujeres de la clase trabajadora todavía creen que casarse es lo norm al y lo “correcto”, y que hay que casarse más cerca de los 20 que de los 30 años. Lo que un hom bre gana a los 21 es, probablem ente, lo mismo que gana a los 50; es posible que el joven se case con una m uchacha de su misma clase y entre los dos busquen una “casa que sea de los dos” donde vivir su vida privada.

EL BARRIO

La casa puede ser privada, pero la puerta de entrada da a la sala de estar. Y cuando uno cruza el umbral o lo usa para sentarse en una tarde de verano, pasa a form ar parte de la vida barrial. Para quien viene^de afuera, estos distritos proletarios son deprimentes; calle tras calle con casas regulares y uniformes cortadas por un aburri­ do trazado de pasajes, callejuelas y callejones; ordinarias, sórdidas y con estructuras temporarias que se eternizan; una variación en tonos de gris donde el verde y el azul del cielo están ausentes; los colores son más oscuros que en el norte y el oeste de la ciudad, más que en las “mejores zonas”. Los ladrillos y la m adera de las casas son los más económicos; la carpintería de m adera se pinta muy de tanto en tanto. Quienes tienen ca­ sas para alquilar no se preocupan tanto por m antener el valor de la pro­ piedad como quienes viven en sus propias casas. El parque o el espacio verde más cercano está bastante lejos, pero los terrenos están salpicados de parches de tierra en la que no crece nada y hay un lote sin qonstruir a un par de kilómetros al que le dicen “el baldío”.18 N om bre evocador: es un terreno desocupado de algo más de dos hectáreas, rodeado de obras y pubs mugrientos, con un gran urinario de ladrillo rojo en el linde. Las casas están encajadas en los oscuros y deprimidos pasajes que discurren entre gigantescas fábricas y sus construcciones anexas, “las barracas de una in­ dustria”, como las denominan los Hammond. Los ti enes de carga corren por terraplenes que están al mismo nivel que muchas de las ventanas de los dor­

18 Mis baldíos eran H unslet y Holbeck, en Leeds. Creo que hoy los dos han sido renovados con tierra, arbustos y flores.

8 4

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

mitorios y transportan los productos fabricados por los obreros hacia Sudáfri- ca, Nigeria o Australia. Los viaductos se entrelazan con vías férreas y canales; las plantas de producción de gas encuentran un hueco entre todas esas in­ fraestructuras, y entre todo ello se ubican los pubsy\d& poco elegantes capillas metodistas. El color verde avanza por donde puede -casi por todas partes- en parches raquíticos. El pasto, cubierto de hollín, crece entre el empedrado; acederas y ortigas, perseverantes e insolentes, emergen en medio de los obje­ tos tirados en los basurales sin inmutarse por la presencia de “caca de perro”, paquetes de cigarrillos o ceniza; saúcos, ligustros y adelfillas se adueñan del espacio cercado detrás de las piscinas municipales. Durante el día y la noche, los ruidos y los olores de la zona -sirenas de fábricas, frenes que cambian de vías, el vaho de las plantas de gas- indican que la vida está compuesta de turnos y horarios que cumplir. Los ñiños no están bien alimentados ni ade­ cuadamente vestidos y se nota que les vendría bien pasar más tiempo al sol. Para los lugareños, esos son sus pequeños mundos, todos tan homogé­ neos y bien definidos como un poblado. Más abajo, en el camino que lleva a la ciudad, los autos de los jefes se alejan rugiendo a las cinco de la tarde hacia sus casas de campo a 15 kilómetros de distancia en dirección a las co­ linas; los hom bres vuelven a casa. Todos conocen muy bien el barrio en el que viven: se m eten mecánicamente en un callejón por aquí o pasan por un lavadero público por allá. Conocen el barrio como un conjunto de zo­ nas tribales. Pitt es, sin duda, una de nuestras calles, peró Prince Consort no nos pertenece porque está más allá del límite, en otro distrito. En mi zona de Leeds yo conocía a la perfección, cuando tenía 10 años -al igual que todos los que vivían allí en esa época-, la situación de cada una de las calles de alrededor y también dónde una zona se transformaba en otra. Las peleás de bandas eran peleas tribales entre calles o grupos de calles. Del mismo modo, todos nos conocíamos; sabíamos todo acerca de los demás: que tal familia tiene un hijo que “se tomó el buque” o emigró; que esa otra gente tiene una hija que cometió un error en la vida o una que se casó con alguien de otra zona y a la que le va bien; que ese señor mayor que vive solo y cobra una jubilación compra en la carnicería y fuma una mezcla de tabacos de 6 peniques; que aquella señora es una vieja maniática que lim­ pia a fondo los antepechos de las ventanas y los escalones de la entrada dos veces por semana,19 arrodillada sobre un trapo viejo y lavá los ladrillos del

19 Hay diferencias interesantes en este hábito entre las distintas ciudades. Las m ujeres de la zona sur de Leeds usan polvo de limpieza amarillo y creo que las de Sheffield usan polvo blanco.

PAISAJE CON FIGURAS: UN ESCENARIO

85

frente hasta la altura de los hombros; que esa otrajoven tuvo un hijo negro hace un tiempo, después de la visita anual del ciixo; que al hijo bobo de esa mujer se le pueden encargar recados; que aquella señora mayor está siem­ pre dispuesta a pasar un rato con un inválido “por consideración”; que ese hombre es muy bueno en su trabajo y, como le va bien, puede llevar a la fa­ milia de vacaciones una semana a Blackpool todos los años y fue el primero del barrio en comprar un televisor; que esa familia tiene lugares reservados en el teatro Empire y el hijo toma más helado que el resto de sus amigos y recibe regalos más caros en Navidad y para su cumpleaños. Son costum bres de una vida que se desarrolla én una zona pequeña, en la que todo queda cerca. Las casas, según he com entado, dan a la calle; la calle en sí, com parada con la de las afueras de la ciudad o con las de las nuevas urbanizaciones, es estrecha; las casas de veredas-opues­ tas están separadas sólo por el em pedrado, lo mismo que los negocios. Para las cosas que se com pran con m enos frecuencia, uno puede ca­ m inar dos o tres cuadras hasta las tiendas que están en la calle por donde pasa el tranvía o ir hasta el centro de la ciudad, pero las compras diarias se hacen ahí mismo; en casi todas las cuadras hay una tienda, un alm acén de ramos generales o una casa de avisos clasificados. La vidriera de esas casas es una colección de papeletas; si a la noche queda la luz encendida, los chicos se reúnen allí; los pequeños anuncios de 6 peniques por semana en la pared dan form a a una especie de m ercado local repleto de artículos “en muy buen estado” o “Vendo barato” o

“Casi nuevo”. “Zapatos clásicos, casi

rón, para 14 años), 12/6 y diván de 90 cm (£12 dé costo), £4. Dirigirse después de las 7”. El alm acenero, cuyo local es el “club” de las amas de casa, como en la mayoría de los distritos, no progresa a m enos que respete las cos­ tumbres del barrio. Los comerciantes que recién se instalan cuelgan en la pared del fondo un cartel de esos que confeccionan los talleres gráficos del barrio: “Aquí no se fía”, pero no pasa m ucho tiem po antes de que deban empezar a dar crédito. Muchas mujeres recuerdan cuán dispuestos a ayudar estaban los almaceneros en tiempos de la depresión económica; ellos sabían que a sus dientas no les alcanzaba el dinero para saldar la deuda semanal y que quizá tendrían que esperar meses para cobrar, pero si no les daba crédito las perdían como dientas, en­ tonces no les quedaba más rem edio que esperar si no querían bajar la cortina definitivamente. Abrían incluso el dom ingo por la m añana, uno de los días más concurridos; si no estaba abierto, los clientes golpeaban la puerta de la casa.

nuevos, 1 0 /-”, “Abrigo de

iweecl (va­

8 S

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

El almacenero puede ser honesto o em plear toda suerte de triquiñue­ las, pero la relación con sus clientes es distinta de la que m antienen los comerciantes en los barrios de clase media. Allí, el dueño de un comer­ cio se siente inferior a sus dientas; incluso cuando tiene más dinero que muchas de ellas, se com porta como si fuese su empleado y las trata de “señora”. En los barrios obreros, el com erciante es uno más, aunque sus ingresos superen la media de los sueldos de los demás residentes locales. E n esos casos, como él com parte los gustos y las costumbres del resto, es el que tuvo suerte, el que “está m ejor”; vive en el mismo tipo de casa, m anda a sus hijos a la misma escuela, se viste de m anera similar, pero tiene más dinero para ahorrar o darse algunos gustos. A menos que le asignen una vivienda municipal, un hom bre de clase

trabajadora sigue viviendo en su barrio toda la vida; quizá hasta viva en la casa cuyas “llaves le dieron” el día antes de su boda. A los trabajadores no calificados no les gusta mudarse; a los calificados, menos, porque es pro­ bable que tengan experiencia en un sector que ofrece puestos de trabajo e n la zona donde viven o en un barrio al que llegan fácilmente en tran­ vía. Es im probable que un obrero sea el único que sepa hacer su trabajo en el barrio. Quizá cambie de trabajo antes que de lugar de residencia, ya

q u e

u n a prima maestra' se haya casado con una chica de Nottingham y se haya ido a vivir allí; quizá tenga un herm ano que conoció a una chica en Escocia durante la guerra y se la haya traído a vivir a su distrito. Pero por lo general, la familia vive cerca y “siem pre” ha vivido cerca: en Navidad todos van a tom ar el té a la casa de la abuela. A pesar de las grandes transformaciones que hubo en los medios de transporte en los últimos cincuenta años, el obrero no viaja m ucho.20 Algún desplazamiento en autobús suburbano, viajes para acom pañar a su equipo de fútbol o quizá para las vacaciones de verano;21 también un traslado en tren para asistir al funeral o a la boda de algún pariente que vive a unos 50 kilómetros. Antes de casarse quizás haya ido a Europa o en bicicleta a otras partes de Inglaterra; es probable que haya recorrido bastante mientras cúmplía con el servicio militar. Pero una vez que se

siente que está más ligado a su barrio que a su trabajo. Quizá tenga

20 El Estudio de Derby (p. 113) lo confirm a. E ntre los entrevistados, 1 de cada 4 personas de !a clase m edia había salido de Derby en 1952, pero dentro de la clase trabajadora la proporción era de 1 de cada 10 (se excluyen los viajes de uno o dos días).

PAISAJE CON FIGURAS: UN ESCENARIO

8 7

casa, descontando las ocasiones m encionadas, la velocidad y la distancia que recorre no difieren mucho de las que podría haber recorrido hace treinta años. Para él, el auto no acorta distancias, los trenes no son más

rápidos que hace tres cuartos de siglo. Es cierto que, si tiene que viajar,

norm alm ente va en autobús, pero el asunto es

más lejos que 2 o 3 kilómetros. La calidad de la vida cotidiana de un hom ­

bre de clase trabajadora queda clara en la form a en que recorre media ciudad arrastrando una carretilla, transportando una mesa usada que compró por poco dinero a un conocido de un conocido. Tarda horas en com pletar el recorrido, pero a él le parece normal. Nos recuerda a Tess

d ’Urberville, que va de un valle a otro, pero a ella le parece que recorre distintos países. El contraste no es tan marcado, pero el obrero en esa

circunstancia está más cerca de Tess que del abogado que viaja 10 kiló­ metros para jugar al golf. Para muchos miembros de la clase obrera, el viaje en autobús para visitar a unos parientes que viven a cierta distancia dentro del condado es un verdadero trastorno. Las experiencias en el transporte público suelen ser agotadoras. Si un hom bre debe viajar para ir al trabajo, probablem ente lo haga en un tren colmado de pasajeros que también van a trabajar; del mismo modo, si va

a ver un partido de fútbol, el tranvía que lo lleva va repleto. Si la esposa va a hacer las compras a la ciudad, seguro que viaja a una hora en la que

muchos vecinos también tienen tiempo para hacerlo, es decir, el sábado

a la tarde. Si va a la playa con la familia, viaja en tren el mismo día feriado en que lo hace todo el mundo. Para los hom bres de la clase trabajadora, el transporte sólo es tranquilo los días en que no van a trabajar porque están enfermos y los demás están trabajando. Todo gira en torno de grupos de calles conocidas, y sus vidas comuni­ tarias activas y complejas. Me refiero, por ejemplo, a la gran cantidad de transacciones financieras entre familias, a los cobradores de compañías de seguros, a los vendedores de ropa, a los clubes de ahorro, a las rifas

y sorteos.2- A un conocido que viene en su bicicleta con un viejo imper­

meable y que se acuerda de preguntar por el reum a de la dueña de casa le pagan 6 peniques por semana, a la m ujer que vive tres casas más allá le dan 1 chelín por semana por una lámpara cromada que aparecía en un colorido catálogo, o un “cheque” por un conjunto de prendas para algún

que no suele ir mucho

22 U na de las costum bres consistía en recolectar dinero entre todos, y una vez por sem ana se elegía a uno p o r sorteo que se llevaba todo lo recaudado (“La próxim a me toca a m í”).

88

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

miembro de la familia. El plan de pago del cheque se gestiona en una oficina en la ciudad, o a 70 kilómetros de distancia. Lo único que saben los vecinos es que la que se ocupa es la señora Jackson, que ha vivido en

el barrio durante años y “habla muy bien de la adm inistración”.

También están las organizaciones de tipo masónico exclusivas para hombres, como la O rden Real y Antediluviana de Búfalos y la O rden Independiente de Individuos Selectos, con sus complicados sistemas de obligaciones y pagos. Existen muchos eventos organizados por diversas asociaciones para m ujeres que se reúnen a jugar a las cartas, en especial mujeres de más de 35 años, cuyos hijos ya se pueden quedar solos en la casa o cuyos maridos m urieron y las dejaron solas. Se sientan muy con­ tentas, charlan y disfrutan del m om ento, con la ilusión de ganar un pre­ mio. Siempre está la m ujer muy perceptiva a la que sólo le interesa ganar, que im pone un ritm o incóm odo y regaña a sus com pañeras si piensa que

juegan mal. Al regresar a casa, alguna dirá “¿Viste la de vestido azul? Era

muy viva. Yo voy para estar con gente y me gustajugar

tas tan vivas”. Hay fiestas de la Coronación y la Victoria en cada calle. Un

pueblo entero puede tener una fiesta de la Coronación y arreglárselas para actuar como una unidad. En las ciudades, la asamblea del condado organiza festivales en los parques y las personas de la clase trabajadora acuden aunque no sientan que les pertenecen; podrán ser eventos muy democráticos pero no son actos verdaderam ente comunitarios, porque para serlo, en las ciudades las actividades se organizan por cuadras.

No soporto a es­

Adoptemos por un m om ento la m irada del niño que mencionamos an­ teriorm ente. Tiene unos 11 años y va a la tienda a buscar su revista del sábado, Wizard o Hotspur. En el trayecto, pasa p o r una tienda en la que

el dueño no rezonga porque le piden unos pocos peniques de carame­

los; ve al padre de un amigo fum ando en mangas de camisa después del último turno antes del fin de semana; repara en una cerca de m adera es­

tropeada en la que viven arañas a las que se puede fastidiar, y en el local de venta de bebidas alcohólicas donde suena un timbre cada vez que sale un cliente después de com prar una jarrita de vinagre. Hay variedad de luces que el niño reconoce: el sol que a la tarde llega hasta las ventanas de la planta baja, el gris neblinoso de noviembre sobre

el tejado y la chim enea, las noches brumosas de marzo cuando los m u­

chachos se reúnen bajo la luz amarillenta de la lám para de gas abollada y

con rayones. Los olores que percibe son los de la cerveza y los cigarrillos

W oodbine que em anan los hom bres el sábado a la noche, el del polvo

y la crema baratos que usan sus hermanas mayores, el del pescado con

PAISAJE

CON

f i g u r a s :

u n

e s c e n a r i o

89

papas fritas,23 el del almidón de las prendas reservadas para ponerse en Pentecostés y el penetrante olor a orina de perros, gatos y hombres. La escena más interesante es la que com bina ruido, luz y olores, entre las 11 y las 12 de una m añana soleada de domingo, cuando las puertas están abiertas y los umbrales, ocupados. El arom a a carne asada sale de casi todas las casas; las ondas de las radios se mezclan unas con otras y se oyen conversaciones, risas y discusiones. Pero en ese m om ento, las discusiones no son muchas; lo que prevalece es una sensación de buen hum or, diver­ sión y ganas de disfrutar de un rico almuerzo. Hace unos pocos años, el niño habría visto las pianolas o pianos calle­ jeros, que eran alquilados por día por los viejos dueños de los almace­ nes de la ciudad para entretener a las amas de casa antes de que en la

radio pudieran sintonizarse estaciones

como Light Program m e

y Radio

Luxemburgo. Las pianolas tenían una form a de sonar incierta

en apa­

riencia, con una sucesión de notas en cascada dentro de u n a serie regu­ lar de grandes oscilaciones melódicas; todas las melodías se convertían en un conjunto de trinos y trémolos, de flirteos atrevidos y gorgoteos, con una cadencia dinámica al final de cada movimiento. Si hoy tocan cualquier versión de “Valencia” o “I left my heart in Avalon”, no puedo evitar oírla con un dejo de melancolía, como sonaba en las pianolas. Hoy esos instrum entos ya no están, pero los calesiteros y los ropavejeros hacen sus anuncios a voz en cuello. Además, el chico tiene algunos gustos extraños; no se inclina tanto por los caramelos com unes ni losjugos de fruta, ni los maníes ni las bolitas de

anís, sino por una fórm ula secreta que los chicos van transm itiendo de generación en generación: una barrita de regaliz o canela que se compra en la farmacia por 1 penique, 2 peniques de acacia, una porción de pa­ pas fritas “con trocitos crocantes, por favor”, bien condim entadas con sal y vinagre y servidas en papel de diario por el que se pasa la lengua cuan­ do se acaban las papas. Comer estas cosas cuando uno va cam inando por la calle a la noche es una delicia. También hay vida animal en el barrio: una m ultitud de mascotas, de las cuales los más interesantes son los perros de “raza p erro ”, aunque los gatos los superan en núm ero. Los estorninos ocupan los edificios públi-

23 Un amigo m ío tenía problem as en la casa cuando era adolescente y una vez le dijo a su profesor de francés que no sabía si valía la pena vivir. El profesor, un juclío pobre de M anchester, le respondió: “Déjam e sentir el olor de pescado con papas fritas y vinagre y me convencerás de que la vida m erece la pena, com o le ocurre al Fausto de G oethe con los cantos de Pascua”.

g o

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

eos de la ciudad, pero los gorriones son los pájaros que más abundan en el barrio, y las palomas a veces tom an el em pedrado por asalto; los rato­ nes andan por los montículos de basura y las vaquitas de San Antonio se aparecen en los descuidados jardines del fondo de las casas; al fondo del patio puede haber un cajón de naranjas donde se crían conejos o una hilera de jaulas con cotorras. Además, están los acontecimientos especiales, como un funeral o una boda en la calle, una chim enea que se incendia, el caballo del carbonero que se tropieza cuando se hielan los adoquines, un intento de suicidio

con el gas de la cocina, una pelea familiar que se oye casi hasta la esqui­ na. Lo que más le gusta al niño es jugar en la calle, con el poste de luz que hace las veces de árbol de un parque imaginario. Entre los 5 y los 13 años, los chicos juegan con otros de su mismo sexo. Los juegos cambian

a medida que avanza el año, según los productos que se consiguen en

cada estación (por ejemplo, conkers)* o a m edida que los chicos intuiti­

vamente van m odificando su ritmo. En una época del año, todos juegan

a las bolitas, dispuestas siguiendo un rango de prestigio que varía según

la edad del dueño y la potencia ganadora de cada una; de pronto las bolitas desaparecen y a todos les da por jugar con cerbatanas. En ocasio­ nes, se pone de m oda una diversión nueva, como el yo-yo de los años 30, pero las. modas duran poco. Los juegos norm alm ente no requieren otro adminículo que un palito o una pelota; los niños usan el material que tienen a mano: los postes de luz, las losas y los frentes de las casas. Los aros de pelota al cesto y los dardos ya no se usan y los baleros no son muy

populares, pero el béisbol callejero, la m ancha, la rayuela marcada en las

requieren correr alrededor de

baldosas y un gran núm ero de juegos que

los postes de luz o entrar y salir corriendo de espacios cerrados, como en

el juego de indios y vaqueros, aún tienen vigencia. A las chicas les gusta

saltar a la soga y, en especial, les encanta ir disfrazadas por la calle con ropa vieja de su m adre con encaje y puntilla, jugando a que están en una boda. En el patio del fondo, un par de muchachos arma un carro con unas tablas de m adera y las ruedas de una vieja carrerilla y luego va a toda velocidad por la vereda o el asfalto, accionando el freno de mano cuando se acerca a la ruta del tranvía. Las canciones con rima que acom pañan los juegos siempre están vi­ gentes: “A la ronda de San Miguel, el que se ríe se va al cuartel”, “Punto y

* Conkers es un ju eg o infantil en

el que se ata u na castaña a una cuerda y,

m oviéndola, se intenta rom per la del

contrario. [N. de T.]

PAISAJE CON FIGURAS; UN ESCENARIO

Q 1

coma, el que no se escondió se em brom a”, “Al Don Pirulero”, “A la lata,

al latero, a la hija del chocolatero”. Tam bién hay canciones para ocasio­

nes especiales como las elecciones (“Juntos, juntos, juntos

para la noche del 5 de noviembre, cuando se encienden fogatas, o para

la

podem os”);

Navidad, cuando se cantan villancicos casa por casa:

En el portal de Belén hay un arca chiquitita donde se viste el Señor para salir de visita.

Y también:

We wish you a meny Gilísimas, xoe wish you a meny Chñsimas, We xoish you a meny Christrnas, and a happy Nexo Year.

En el caso de las “excursiones”, esas recreaciones que implican gastar

unas.monedas e irse de la casa, la secuencia viene determ inada exclusiva­

m ente por las estaciones del año. Los destinos pueden ser un arroyuelo

cercano donde se pescan espinosos y percas, un bosque donde se reco­ gen frutos,, pasando la iglesia de arcos en punta, un campo cercano con plantas de ruibarbo o nabo donde tam bién es posible cazar pájaros. Los chicos que le pueden pedir unas m onedas a la m adre van a la piscina mu­ nicipal o viajan en tranvía a una parte alejada de la ciudad, donde dicen que el parque infantil es muy bueno; allí pasan todo el día y comen unos sándwiches y com parten una gaseosa. En otoño se pueden pasar días enteros m irando cómo organizan el “festival” y tratando de descubrir qué ocurrirá allí. Así se van sucediendo los días y las semanas, muchas veces aburridos

y grises, pero matizados con todo tipo de sucesos. Existe un ritmo, pero

es el del m undo de los juegos, en el que las estaciones y los graneles festi­ vales religiosos son sólo secundarios. Los viernes están reservados para ir de compras con la m adre a la calle comercial, que es puro bullicio, entre los saludos de los conocidos y el traqueteo de los tranvías que no dejan de pasar. Llega el fin de semana con las fotos del sábado o un concierto en la capilla y una cena en el centro parroquial; huevos con panceta para el desayuno del domingo y la gran m erienda del domingo por la tarde. Durante el año vienen el martes de los panqueques, el día de las eleccio­ nes -q u e siempre es feriado-, las roscas de Pascuas, el “festival” de otoño, la noche de las diabluras y todas las semanas en las que se recaudan

92

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

fondos para la noche de las fogatas. Ese día se enciende una especie de gran fuego urbano, con casi nada de m adera sacada de árboles y m ucho de sillas y colchones viejos que alguien ha podido cambiar últim am ente cuando le tocó el turno del club de compras o un sofá que ha sido reem ­

la com pra en cuotas. Al ritm o

plazado por uno más m oderno gracias

de los fuegos artificiales, la gente pone a asar papas en los bordes de la

fogata.

a

Como esa vida constituye una totalidad que colma las expectativas a to­ das las edades, para una persona de la clase trabajadora mayor de 25

años es difícil m udarse a un barrio de características distintas, o incluso

a otro barrio del mismo tipo. Son conocidas las dificultades de los traba­ jadores para establecerse en las nuevas viviendas municipales. Normal­ mente, la mayoría no acepta las actividades grupales organizadas, salvo las que conoce desde pequeño y en las que ha participado públicam ente

si las necesidades com unes y la recreación de un barrio densam ente po­

blado así lo requerían. En los parajes de ladrillo y cem ento, al principio se sienten muy expuestos y desprotegidos; sufren de agorafobia; sienten

que no pertenecen al nuevo sitio, que está “lejos de todo”, de su familia

y de los comerciantes que conocen de toda la vida; no cuidan el jardín,

salvo que se hayan acostum brado a usar el huerto, y no es lo mas usual; quisieran m ontar gallineros y se com pran perros y gatos. * La im agen más conm ovedora de esa idea de hogar y de barrio es la de los hom bres mayores que pueblan las salas de lectura de las bibliote­ cas públicas.,,!4 Son personas solas que ya no trabajan, con hijos adultos que se han ido de la casa familiar, viudos o que tienen a su esposa en­ ferma. Los más afortunados siguen viviendo en su antigua casa o en la de uno de sus hijos; algunos se las arreglan con una jubilación y viven en una residencia o en una habitación de un apartam ento en un distrito

pasado de moda. Los que se quedan en el barrio se sienten perdidos sobre todo en los días de semana, cuando la calle está ocupada sólo

24 Las salas de lectura de las bibliotecas públicas eran lugares m ucho más

tristes en los años treinta. E ntre otros, los que iban a leer los periódicos -em pleados, vendedores y algunos profesionales que no tenían trabajo-

tam bién iban allí a com er sus bocadillos y a anotar datos

inform e de Sargaison Growing Oíd in Common Lodgings es muy valioso en este aspecto. Con respecto a los ancianos en las bibliotecas públicas de Belfast, la autora com enta que “algunos de los hom bres de más edad aprovechaban para secarse las medias en los caños de la calefacción, pero eso estaba

prohibido, y si los descubrían, el castigo era el frío de la calle”.

en sus cuadernos. El

PAISAJE CON FIGURAS: UN ESCENARIO

93

por niños y unas pocas amas de casa, atareadas pero gentiles. Los me­ nos frecuentan las estaciones de tren donde se encuentran con locos y vagabundos. Otros acuden todos los días a la biblioteca, donde no hace

frío y hay lugar para sentarse. La im agen recuerda a esos estuarios ocul­ tos a los que llegan los sedimentos fluviales, que perm anecen allí como un m ontón de basura: palos, trozos de papel, hojas marchitas, cajas de

fósforos

antiguos, algunos de los cuales todavía existen; los sombríos periódicos están abiertos en mesas dispuestas a lo largo de las paredes, bien sujetos

con barras de m adera y con las páginas de deportes cuidadosam ente pegadas para desalentar, las apuestas; las revistas están sobre escritorios de roble oscuro iluminados por lámparas de pantallas color verde, con un haz de luz tan estrecho que la sala queda en penum bras p o r encim a de la altura del codo. La semioscuridad ayuda a suavizar la insistencia de las notas en blanco

La biblioteca tiene el aspecto de un asilo de ancianos de los

y negro, todas con leyendas imperativas que anuncian prohibiciones y que se alternan con los periódicos en las paredes. En una sala de lectura que conozco hay ocho mandamientos en carteles que varían en tamaño,

desde uno

de 23 centímetros de largo por 10 de altura que reza s i l e n c i o

hasta otro

que dice n o

s e

a d m

i t e

e l

i n g

r

e s o

d e

p e r s o

n a s

c o n

m

a

t

e

r ia l DE LECTURA EN ESTA SALA Y LOS LECTORES DEBEN LIM ITARSE A CON­

Los carteles varían en

tono, desde la orden tajante a la prohibición sutil. Después de un rato, el ambiente es tan deprim ente que uno empieza a pensar que p r o h i b i d o h a b l a r e n voz a l t a es una señal de afecto en m edio ele un clima for­ mal, una m anera de m ostrar com prensión por el hecho de que tantos asistentes al lugar no tienen con quién hablar.

La biblioteca es el refugio particular ele los que no tienen un lugar, ele los que sobran, de los que tienen las mejillas hundidas, los ojos vidriosos

y la m irada gastada y algo triste. Un excéntrico absorto en los rituales

de sus obsesiones se sienta entre un solterón, que vive en la casa de su herm ana casada porque a ella le viene bien la pensión que recibe él por haber peleado en la guerra, y un viudo entrado en años que vive en una residencia sin pretensiones o en una casa que huele siempre a té viejo

y fritura. Salen a la calle después ele lavarse con agua fría, ponerse una camiseta y enroscarse una bufanda alrededor del cuello. Antes ele entrar

a la biblioteca caminan un rato, observan a la gente por la calle, gente

que está ocupada haciendo cosas, que pertenece a algún lugar. Si el ban­ co de la plaza está muy frío, van a la sala de lectura en busca de calor.

Algunos prefieren artículos de temática religiosa, que nunca falta en sus

SULTAR l a s

p u

b l ic a c io

n e s

d is p o n ib l e s

e n

e l

l a

.

94

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

lecturas; otros -furtivos y temerosos de que los descubran, o hábiles, au­ daces y descarados- imaginan cómo ganar en las apuestas o farfullan co­ sas mientras com en un sándwich. Hay quienes sólo ojean las publicacio­ nes o m iran fijamente una página durante diez minutos sin leer; algunos se sientan y m iran un punto fijo mientras se hurgan la nariz. Todos están en los márgenes de la vida, viéndose a diario pero sin tener ningún tipo de contacto. Reducidos a un manojo de ropas, unas pocas necesidades primarias y una falta persistente, han sido desconectados del único tipo de vida de la que alguna vez.participaron, en la que desem peñaron un papel que aceptaron de m anera inconsciente; no conocen el arte de las relaciones sociales. Suele haber alguno que llega a este refugio de los desposeídos como si fuese un club conservador y él, u n viejo concejal. Deteriorado pero de­ senvuelto, se dirige hacia su silla preferida saludando y sonriendo como si alguien le prestara atención. Niega lo evidente con la mayor frescura y cree que es feliz. La mayoría imagina una vida ideal frente a la chim enea, comiendo mucho, con una esposa que escuche con atención, con dinero para com prar cigarrillos y cerveza, y una “posición”. No es de sorpren­ der que el em pleado de la biblioteca les inspire deferencia; algunos han perdido el respeto por ellos mismos y no se perm iten siquiera sentirse molestos por él ni tratarlo con arrogancia.

3- “Ellos” y “nosotros”

e l l

o

s ” :

r

e

s p e t o

p o r

u n o

m is m o

Es probable que la fuerza de la mayoría de los grupos esté re­

lacionada con la exclusividad, con la idea de que hay personas que están fuera del “nosotros”. ¿Cómo se manifiesta esta característica en la clase

trabajadora? A nteriormente, he m encionado la im portancia del hogar y

del barrio, y propuse que esa im portancia proviene en parte de la idea de que el m undo exterior es extraño, y con frecuencia hostil; que tiene casi -todas las cartas ganadoras en la m ano y que es difícil relacionarse con él en sus propios términos. Para em plear una palabra frecuente en boca de las personas de la clase trabajadora, me referiré a los de ese otro m undo como “ellos”. “Ellos” es una figura coral en términos teatrales, el personaje principal en las formas urbanas m odernas de la relación entre el campesino y el propietario de la tierra. El m undo de “ellos” es el de los jefes, sean estos individuos del ámbito privado o, como suele ser el caso más corriente en la actualidad, los empleados públicos. “Ellos” pueden ser, según la ocasión, cualquier persona cuya clase social no sea la de los pocos individuos a los que la clase trabajadora reconoce como tales. Un médico que m uestre dedicación por los pacientes no será uno de “ellos” en tanto médico; en cambio, en tanto seres sociales, él y su esposa sí se­ rán “ellos”. U n cura será uno de “ellos” o no según cómo se comporte. Forman parte del grupo de “ellos” los policías y los empleados públicos, los empleados municipales como el maestro, el portero del colegio, “la Corporación”, el juez del distrito. El asistente social, el hom bre de “los Guardianes” y el empleado de la bolsa de trabajo en algún tiempo fueron figuras notables. En especial para los más pobres, esos personajes consti­ tuyen un grupo difuso pero num eroso y con poder que tiene influencia en su vida en casi todos los aspectos: el m undo se divide entre “ellos” y

“nosotros”. “Ellos” son los que están “en la cima”, los “de arriba”, los que reparten “las ayudas sociales”, los que nos convocan para ir a la guerra, los que nos

9 6

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

multan, los que nos hicieron dividir la familia en la década de 1930 para evitar la reducción en la asignación familiar, los que “controlan nuestra vida”, los que “no son de fiar”, “hablan con una papa en la boca”, “son inescrupulosos”, “nunca te dicen nada” (por ejemplo, con referencia a

un familiar que está internado en el hospital), “te m eten entre rejas”, “te

aplastan si p u ed en ”, “te dan órdenes”, “form an grupos cerrados” y

tratan como basura”. Las autoridades han tenido tratos bastante violentos en Inglaterra, en particular durante la prim era mitad del siglo XIX. Pero, en general, y en nuestro siglo especialm ente, el concepto de “ellos” para la clase trabaja­ dora no implica violencia ni maltrato. No es el mismo “ellos” del prole­ tariado en ciertas regiones europeas, de la policía secreta, la brutalidad en plena luz del día y la desaparición de personas. Aun así, existe, no sin motivo, el sentim iento entre los integrantes de la clase trabajadora de que están en desventaja, que la ley suele no estar de su lado y que las sentencias p o r delitos m enores son más duras contra ellos que contra los demás. Levantar apuestas en la calle es riesgoso, pero hacer operaciones por medio de un “agente de bolsa” no lo es tanto. Si se em borrachan para festejar algo, lo hacen en el pub\ entonces es más probable que se los lleven a ellos y no al que bebe en su propia casa. Su relación con la policía no es igual que la de la clase media. Suele ser una buena relación, pero sea esta buena o mala los miembros de clase trabajadora sienten que los policías los están observando; son representantes de la autoridad que los vigilan y no servidores públicos cuya tarea consiste en ayudarlos y protegerlos. Conocen de cerca a la policía y saben del acoso y la corrup­ ción que a veces tam bién forman parte de sus filas. D urante años se ha oído decir: “Ay, la policía siempre se ocupa de ella misma. Se cuidan las espaldas unos a otros cueste lo que cueste y los jueces siempre les creen”. Son frases que todavía se oyen. La actitud hacia “ellos”, igual que hacia la policía, no es tanto de mie­ do como de desconfianza mezclada con escepticismo respecto de lo que “ellos” hacen por uno y cómo lo complican todo -d e m anera innecesa­ ria, en apariencia- cuando tratan de ordenar la vida de las personas si hay algo que los afecta. Las personas de la clase trabajadora tienen años ele experiencia en esperas en la agencia de empleo, la sala del médico y el hospital. Se desquitan culpando a los especialistas, con o sin razón, si

algo sale mal: “Yo no habría perdido a mi bebé si el doctor hubiera sabi­ do lo que hacía”. Sospechan que no les prestan los servicios públicos con tanta eficiencia y rapidez como a los que llaman por teléfono o envían notas.

“te

e l l o s

y

n o s o t r o s

9 7

La clase trabajadora tiene contacto con los empleados públicos de m e­

nor jerarquía, con los niveles más bajos de las profesiones de uniform e

y pensión. Igual que con la policía, para otras clases estas personas son

servidores públicos; en cambio, para la clase trabajadora son parte de “ellos”, gente en la que no se puede confiar, aunque sean amables y bien predispuestos. Los empleados públicos que sí son desatentos despliegan ante las personas de clase trabajadora toda la insolencia de que son capa­ ces, esa brusquedad del personal de baja categoría al que le gusta “man- donear”. Por eso, los integrantes de la clase trabajadora duelan cuando les ofrecen ser capataces o suboficiales de las fuerzas ele seguridad. Si aceptan, pasarán a ser uno de “ellos”. Algunos empleados de bajo rango están en una posición ambigua. Son implacables con la clase trabajadora

porque quieren diferenciarse claram ente de ella y porque, en el fondo, saben que están muy cerca y no quieren retroceder. Su deferencia con los de la clase media quizás esconda cierto resentim iento; lés gustaría ser uno de ellos pero saben que no lo son. Por todo esto, las mujeres de la clase trabajadora suelen pasarlo mal y en general son más condescendientes que sus maridos con los emplea­ dos públicos. Los hom bres son más proclives a protestar y con frecuencia

la protesta toma la form a de la

de “partirle la cara a ese tipo si no deja ele hablar pavadas”.

“vulgaridad”. Si los provocan, son capaces

Quizá pocas cosas ilustren m ejor la división entre “ellos” y “nosotros”

que los tribunales del norte del país.-5 Casi siem pre tienen un aire pro­

vinciano de puritanism o y disciplina, rígido y anticuado, desde el olor a desinfectante que ya se huele en la entrada, pasando por los baños con

enorm e estrado de m adera

de pino ilum inado por la luz que entra por ventanas altas y estrechas. Los

policías pueden ponerse nerviosos ante la m irada de sus superiores, pero

a los ojos ele las personas de la clase trabajadora, en la sala del tribunal los agentes son los desafiantes asistentes -m ás am enazadores en su pro­ pio terreno y sin el casco- de esa autoridad anónim a simbolizada por el estrado. El secretario del juez es un hom bre que “hace perder el tiempo

a la gente”; los personajes sentados en el estrado parecen mirarlo tocio

los carteles d a m a s y c a b a l l e r o s hasta

el

desde un m undo distante, con la seguridad y la sensación ele im portancia de la clase media. Cuando presencio juicios, muchas veces admiro la for­ ma en que los jueces obtienen una visión realm ente hum ana de los casos

25 Parte del mate.rial em pleado para escribir esta sección lo he tom ado y

m odificado de un

ensayo que escribí para Trilnme (4 de octubre de 1946).

98

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

a pesar de la actitud cohibida y evasiva de los testigos de la clase trabaja­ dora. Los magistrados deben sacar el máximo partido de los testimonios, porque las personas de la clase trabajadora implicadas en las causas no se dan cuenta de m ucho más que del vasto aparato de autoridad que en cierta forma se ha apropiado de ellas y que no logran com prender. A todas esas actitudes frente a “ellos” hay que añadir una o dos más de m enor importancia. En prim er lugar, la personalidad al estilo de Orlick,2e la actitud de “nunca fui un caballero, ¿sabe?”, el rechazo cerril de todo lo que está por encima de la propia capacidad de respuesta, en virtud del cual se desbaratan intentos dignos de utilizar la autoridad y se

resto. O las artimañas que acompañan a

algunas formas de deferencia por parte de personas de la clase trabaja­ dora, los evidentes “engaños” a alguien de otra clase que van ju n to a la costumbre de decir “señor” sabiendo -según se manifiesta en la obvie­ dad de la práctica- que todo es un juego de desprecio, que uno puede confiar en que, como a la clase media no le gustan los escándalos, se la puede engañar fácilmente. O la actitud que aum enta con la disminución del respeto por uno mismo y que acaba en una serie de “ellos tienen obli­ gaciones”. Como los antiguos reyes, “ellos tienen la obligación” de hacer llover cuando hace falta agua y son los culpables si llueve cuando no es necesario; después de todo, “ellos están para eso”. “Ellos" tienen que cuidarnos cuando tenemos algún problem a, deben “ocuparse de que no ocurran cosas de ese estilo”, de “frenarlas”. Es muy marcado el contraste con la actitud m ucho más frecuente que lleva a la clase trabajadora a re­ currir a “ellos” sólo cuando es estrictam ente necesario. Si las cosas salen mal, hay que aguantar: no hay que caer en manos de la autoridad, y si no queda otro rem edio que buscar ayuda, sólo hay que confiar “en los nuestros”.

los m enosprecia ju n to con el

Las distinciones “ellos/nosotros” me parecen más evidentes en las per­ sonas mayores de 35 años, en quienes recuerdan el desem pleo de la década de 1930 y todos los “ellos” de ese tiem po. Los más jóvenes, in­ cluso si no tienen actividad sindical, viven una atm ósfera distinta de la que expe rim en taron sus padres; al menos, una atmósfera con una tem peratura em ocional diferente. En el fondo, la división sigue vigente y es tan abrupta como antes. Los jóvenes suelen ser m enos hostiles, despectivos y temerosos respecto del m undo de los jefes, pero tampoco

26 Me refiero al personaje de Grandes esperanzas, de Dickens.

“e l l o

s ”

y

“n o s o t r o s ”

9 9

son deferentes con ellos. No siempre esto es así porque sean mejores que sus padres en su relación con ese m undo ni porque se hayan re­ conciliado con el gran m undo exterior, algo de lo que sus progenitores

no fueron capaces; sim plem ente no lo tienen en

su importancia; han ingresado plenam ente en su propio m undo, que ahora está provisto de elem entos más gratificantes y entretenidos que

los que conocieron sus padres. Cuando están frente al m undo de los demás, como ocurre m uchas veces después de casarse, hacen todo lo posible para seguir pasándolo por alto o recurren a actitudes similares

a las de sus mayores. ¿Qué proporción de m adres de la clase trabaja­

dora aprovecha todos los servicios que ofrece un centro de atención infantil? Conozco algunas que “ni siquiera pasan cerca” de esos centros

ni para beberse el jugo de naranja que les sirven porque desconfían de todo lo que provenga de las autoridades y prefieren ir directam ente a

la farmacia, aunque resulte más caro.

que hoy somos plenam ente

conscientes: se espera que todos tengan una doble mirada, para sus obli­ gaciones como individuo y para los deberes de ciudadano que vive en de­ mocracia. La mayoría de nosotros, hasta los más o menos intelectuales, considera que la relación entre los dos mundos no es algo sencillo. Las personas de la clase trabajadora, tan arraigadas al ámbito de lo domésti­ co, lo personal y lo local, y con poca capacidad para el pensamiento más abstracto, son menos proclives a poner los dos m undos uno ju n to al otro.

Se sienten incómodas cuando piensan en eso; no es fácil de representar

ese segundo m undo más complejo, porque es muy vasto y está muy lejos. Si intentan com prenderlo, suelen recurrir a la simplificación: entonces siguen diciendo, como sus abuelos, “no sé adonde iremos a parar”. Hay una salida tradicional más positiva en la relación entre la clase tra­ bajadora y la autoridad. Me refiero al arte de la ridiculización, de tocarle las narices, de bajarle los hum os a la autoridad. El policía a veces es un problema; otras, es blanco de canciones satíricas. Mi impresión es que la reacción es menos intensa de lo que solía ser. Sin duda, el cambio se debe en parte a que la clase trabajadora tiene una mejor posición en la sociedad. Tam bién puede ser una expresión de cómo desestima la im­ portancia de los otros -algo que hemos m encionado anteriorm ente-, de una sensación de “llevarse bien así como están”; a “ellos” no les pedimos nada y no tenemos ningún resentimiento. Esa actitud se potencia con la gran cantidad de diversión a la que hoy se tiene acceso, formas de entre­ tenimiento que hacen a los consumidores menos propensos a la irónica

y vehemente protesta contenida en la ridiculización.

cuenta o desestiman

Detrás de todo esto está el problem a del

l o o

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

Las viejas costumbres sobreviven en cierta m edida en las fuerzas de

seguridad, donde la división entre “ellos” y “nosotros” sigue siendo clara

y formal. La mayoría de las canciones satíricas que se oyen en ese ámbito se cantan desde hace cuarenta años como mínimo. Recuerdo canciones como “Me fui, me fui, tenía un buen trabajo cuando me fui”, “Cuando se acabe esta puta guerra” o “Yo no quiero ser soldado”.

Más que vigor, lo que se aprecia es una clara dignidad en esa reacción ante las presiones del m undo exterior, que adopta la forma de la insistencia en

“conservar el respeto por uno mismo”. Y en el m om ento en que esa idea

del respeto y la confianza por uno mismo vienen a la mente, empiezan a

florecer

gar, que se difunde hacia afuera y hacia arriba, partiendo de formas silen­ ciosas, pasando por el orgullo de un obrero calificado, hasta la integridad de quienes no tienen prácticamente nada salvo su voluntad de no permitir que las circunstancias los hundan. En el centro de todo esto está la deci­ sión de aferrarse a aquello que es motivo de orgullo en un m undo que pone tantos palos en la rueda, aferrarse al menos al “respeto por uno mis­

m o”. “Al menos, tengo respeto por mí mismo”; el derecho a poder decir

eso, aunque se diga p o r lo bajo,

el tiempo en el odio por tener que “ir a la parroquia”, en la pena de tener

que arreglárselas con el salario percibido durante la licencia por enferme­ dad, en las altas cuotas del seguro para no tener que ser enterrado en la parroquia, en el ahorro y el culto a la limpieza.'Existe, según .creo, entre algunos autores que escriben sobre la clase trabajadora, una tendencia a pensar en todos los que tienen el ahorro y la limpieza entre sus objetivos como imitadores de la clase media.baja, como traidores a su propia clase, ansiosos por clejar de pertenecer a ella. En el sentido inverso, a los que no hacen ese esfuerzo se los suele considerar como más honestos y menos serviles. Pero la limpieza, el ahorro y el respeto por uno mismo provie­ nen ele la preocupación por no caer o sucumbir ante las circunstancias del entorno y no por el deseo de ascender; y entre los que no toman en cuenta este criterio, los espíritus desenfadados, generosos y despreocupa­ dos son muchos menos que los descuidados y los holgazanes cuyas casas y costumbres reflejan su falta ele autocontrol. Hasta la presión para que los hijos progresen y el respeto por el valor ele “leer libros” no surge tanto del cleseo de pertenecer a otra clase por esnobismo. En cambio, tiene que ver con el deseo de quitarse de encima muchos de los problemas que padecen los que menos tienen, sólo por ser pobres: “He visto a aquel al que han golpeado, a aquel al que han golpeado: has de poner tu corazón en los

conceptos vinculados con ella: la “respetabilidad” en prim er lu­

compensa muchas cosas. Está latente todo

e l l o s

y

n o s o t r o s

1 0 1

libros. He observado al que ha roto las cadenas del trabajo forzado. Obser­ va: nada supera a los libros”.

“Qué delgada es la línea que nos separa y qué bajas las probabilidades de

cruzarla”, de m antener el barco a flote y ser capaz de “m irar a la gente

a la cara”. Es im portante, entonces, tener el sentido de independencia que se funda en el respeto por uno mismo, porque es algo de lo que nadie nos puede despojar. La gente dice: “Me deslomé trabajando toda

la vida” o ‘Yo no le debo nada a nadie”. Tampoco son dueños de nada,

salvo unos pocos muebles, pero nunca han esperado más. De ahí que se

m antengan todo tipo de rarezas, en especial entre los que ahora superan

los 50 años. Conozco varias familias que eligen m antener el viejo sistema

de m edidor con inserción de monedas para el suministro de electrici­ dad. Pagan más y muchas veces se quedan sin luz porque nadie en la casa cuenta con una m oneda, a pesar de que tienen suficiente dinero para abonar las facturas trimestrales. Pero no soportan la idea ele tener una deuda pendiente durante más ele una semana. (Los “préstam os” de los clubes de ropa y la cuenta del almacén pertenecen a otra categoría, porque no son deudas pendientes con “ellos”.) Tam bién aquí se debe buscar el origen de la tendencia a aferrarse, por más dificultades que se tengan, a esas “pequeñas cosas” que evocan una época en la que ellos tenían gustos propios y la libertad para expresarse

a su m anera. Sin duda, esas cosas hoy están m ejor estructuradas, pero cuando yo era niño, en nuestra zona nos impactó la torpeza del agente

del Comité de Guardianes que le sugirió a una m ujer mayor que, dado que vivía de la caridad, tenía que vender una fina tetera que no usaba pero que tenía expuesta en su casa. “Im agínese”, exclamaban todos, y no era necesario agregar nada. Todos sabían que ese hom bre era culpable

“Ay, no hay razón en

la necesidad [

desuna insensible afrenta a la dignidad hum ana

No des a la naturaleza más ele lo que ella necesita, / la

vida de un hom bre no vale más que la de una bestia”.*27 Es posible entender por qué los miembros de la clase trabajadora no se m uestran muy “abiertos” con los trabajadores sociales, contestan con evasivas y están más dispuestos a dar respuestas destinadas a eludir que

a dar explicaciones. Detrás de la frase “Me lo guardo para m í” quizá se

]

* Las versiones en castellano de las citas literales coi-responden a Julieta Barba y Silvia Jawerbaum. [N. de E.]

102

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

esconda el orgullo herido. No es fácil creer que alguien de otra clase que está de visita pueda imaginarse todos los detalles de las dificultades de la persona a la que va a ver, pues ella se ocupará de “no enseñar lo que le pasa”, de protegerse contra la caridad. Todavía im porta “tener un oficio”, y no sólo porque hasta hace poco tiempo un trabajador calificado casi siempre ganaba más. El obrero ca­ lificado puede decir con más convicción que es “tan bueno como cual­ quiera”. No corre el peligro de ser de los prim eros que despiden en el trabajo; le quedan resabios del orgullo del oficio. Quizá no piense seria­ mente en irse, pero en el fondo sabe que tiene la libertad de recoger sus herramientas y marcharse cuando quiera. Los padres que se preocupan por “darles lo m ejor” a sus hijos todavía tratan de que los acepten como aprendices en el taller.

n o

s o

t r

o

s

:

l o

m e j o r

y

l o

p e o r

En todos los análisis de las actitudes de la clase trabajadora se hace hinca­ pié en el sentido de grupo, ese sentim iento de ser no tanto un individuo con “una form a de hacer las cosas” sino un integrante de un grupo en el que todos son, y seguirán siendo, más o menos iguales. No empleo la palabra “com unidad” en este contexto porque tiene una connotación fa­ vorable demasiado simplista y puede conducir a subestimar las tensiones y las sanciones dentro de los grupos de la clase trabajadora. Sin duda, las personas de esta clase tienen un fuerte sentido de perte­ nencia a un grupo y eso lleva implícito el supuesto de que es im portan­ te ser amable, cooperar, ser buen vecino. “Todos estamos en el mismo barco”, “no vale la pena discutir” porque “la unión hace la fuerza”. Esta actitud es evidente en los movimientos del siglo pasado, en los cientos de asociaciones “de amigos” y en los lemas de los sindicatos: la Amalgamada Sociedad de Ingenieros, con “Unidos y Laboriosos”; la Comisión del Sin­ dicato Nacional de Empleados y Trabajadores del Gas,28 con su lema de finales de la década de 1890, “Amor, U nidad y Lealtad”. El “Amor” al que hace referencia este último evoca el trasfondo cristiano del cual tomó su fuerza el sentido de unión.

“e l l o

s ”

y

“n o s o t r o s ”

103

La tradición en la que se basan estos grupos fraternos, en mi opinión, adquiere su fuerza inicialmente de la evidencia siempre presente, en las condiciones de apiñada intimidad y privacidad de la vida, ele que todos

estamos, de hecho, en una misma posición. Es muy probable que uno esté cerca de la gente con la que, por ejemplo, comparte una pileta en el patio común. La palabra “jefe”, que todavía es la form a más común de dirigirse al interlocutor que pertenece a la misma clase, una palabra que usan l'os conductores de autobús o de tranvía y los comerciantes, se dice automá­ ticamente, pero indica algo. Decir de alguien que es amable o uñ buen vecino es un halago. A un club se lo aprecia porque es un “lugar donde se puede sociabilizar”; el principal motivo para recom endar un alojamiento

o una pensión en la costa es que son “acogedores”, algo que im porta más

que el hecho de que estén llenos de gente; lo mismo vale para una iglesia. “‘Nuestra’ Elsie se casó en la Iglesia de Todos los Santos”, dicen respecto del templo que eligieron entre varios de la zona y que no es el que les

coi'respondería por su domicilio, “es una iglesia muy bonita y acogedo­

ra”. Los comentarios sobre una fiesta de Navidad en la sede del sindicato term inan con: “H a sido una hermosa noche, con mucha arm onía entre todos”. Ser buenos vecinos no consiste solamente en “ser honestos entre nosotros”, sino también en ser “amables” o en estar “siempre dispuestos

a hacer favores”. Si los habitantes de una zona nueva no demuestran ser

buenos vecinos, el recién llegado dirá que “no se adapta”. La sensación de calidez de un grupo ejerce una gran fuerza ele atrac­ ción que las personas echan de menos cuando dejan de pertenecer a la clase trabajadora, en términos financieros y probablem ente también geo­ gráficos. He observado que los hombres que se foijaron una posición con su propio esfuerzo y que hoy viven en chalés -alm aceneros a los que les ha ido bien y son propietarios de una pequeña cadena ele tiendas o contratis­ tas que han crecido hasta levantar complejos de casas adosadas- disfrutan yendo al estadio a ver partidos de fútbol y codeándose con la multitud. Van en coche y usan chaquetas de tweed de Harris que son prueba de su progreso, pero muchos todavía van al sector popular en lugar de sentarse en la platea. Creo que disfrutan volviendo a vivir el ambiente campecha­ no de la gente común, como lo hacen los oficiales de marina que van a tomar algo a la barra del local de baile destinada a los soldados rasos. La clase trabajadora no tiene demasiada conciencia de la existencia de ese sentido de comunidad; está a años luz del “unidos en la lucha” de algunos de los movimientos sociales con fines definidos. No cimienta su fortaleza -e n realidad, la fortaleza es anterior y más elem ental- en la idea de la necesidad de hacer algo por m ejorar la situación de los demás

10 4

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

que dio origen a movimientos como el cooperativismo; en cambio, su

conciencia surge de la certeza, alim entada por la convivencia, de que

es inexorablem ente parte de un grupo, de la calidez y la seguridad

que otorga esa certeza, de la ausencia de cambios en el grupo y de la necesidad de “recurrir a un vecino” porque, con frecuencia, los servicios no se pueden pagar. Emerge de la sensación de que la vida es dura y

que a “los nuestros” les suele “tocar la peor parte”. En la mayoría de las personas, no se traduce en una sensación consciente de form ar parte del “movimiento obrero”: las cooperativas no están tan asociadas a la vida de la mayoría de los integrantes de la clase trabajadora como los quioscos o bares que atienden a los vecinos de la cuadra. La actitud encuentra su expresión en un gran núm ero de frases: “Tienes que compartir, y en par­ tes iguales”, “Nos tenem os que ayudar entre nosotros”, “Hay que ayudar al que tiene dificultades”, “Tenemos que tirar para el mismo lado”, “O nos salvamos todos o nos hundim os”. Pero, en general, son frases que se pronuncian en ocasiones especiales, en reuniones o fiestas. La solidaridad se ve reforzada por el hecho de que no hay lugar para

las grandes am biciones.29A partir de

pasan a la escuela media, el resto empieza a m irar cada vez más hacia afuera, hacia la vida real que empieza a los 15, a la vida compartida con los adultos que, durante los prim eros tiempos después de la primaria, serán la fuerza educativa con mayor presencia que conozcan. Cuando los jóvenes se incorporan al m undo del trabajo, la mayoría no piensa en hacer carrera o en el progreso laboral. Los trabajos se distribuyen en el plano horizontal, no en el vertical; la vida no es comparable con una escalera y el trabsyo no es el principal interés. Todavía se respeta al buen trabajador, pero el obrero de al lado no es competencia, ni real ni imaginaria. Por esa razón, es comprensible que un joven escuche alguna vez este consejo: “¿Quién te apura? No le serruches el piso a nadie”. Las personas de la clase trabajadora tienen varios defectos en sus actitudes respecto del trabajo, pero no son los típicos defectos de las personas “am­ biciosas” y “con em puje” ni los de “los tipos de la ciudad que llevan la son­ risa del triunfador pintada en la cara”; naclie confía en los “entusiastas”. *Hagan lo que hagan los trabajadores, sus horizontes son bastante li­ mitados; ele todos moclos, se apresuran a decir que el dinero no hace la felicidad, y que el poder, tampoco. Las cosas “reales” son los valores hum anos y de la convivencia: el hogar y el cariño de la familia, la amistad

los 11 años, cuando los estudiantes

uno

29 Observación del doctor Zweig.

e l l o s

y

n o s o t r o s

10 5

y la posibilidad de “pasarlo bien”. “El dinero no es im portante”, dicen,

“no tiene sentido vivir para txabajar”. Las canciones de la clase trabajado­ ra hablan de amor, amigos, un lindo hogar; siempre m encionan que el

dinero no es im portante.

Con todo, hay excepciones: están aquellos que representan la manera de pensar que satirizaba Matthew A m old:30 “Recuerda siempre, querido Dan, no pares hasta llegar ajefe”. Entre los más ávidamente respetables, esto se expresa en la form a en que estimulan a los chicos a “seguir ade­

lante”, a pasar de grado, a cuidar la “caligrafía”, porque a los jefes les

agrada que sus subordinados tengan

brecito con ojos de lince al que los demás consideran con indulgencia un obcecado que “no deja escapar ni un céntim o”. Acepta trabajar horas extra por la noche y los fines de semana, y está siempre preocupado por ganar un dinero extra mientras sus com pañeros se divierten. Esas perso­ nas por lo general no progresan ni llegan a form ar parte de una clase so­

cial superior, sino que, inquietas, dan vueltas siem pre en el mismo lugar, acumulando las cosas insignificantes que están a su alcance. La actitud hacia los solteros pi-obablemente dem uestre más que nin­ guna otra cosa el alcance de la tolerancia para establecer las excepciones dentro del grupo. El soltero ocasional de un barrio suele vivir con su

madre viuda o con la familia de la herm ana casada. A ese hom bre

se lo ve todas las noches en el mismo rincón del pub o el bar, pues tiene costumbres fijas. Quizá su timidez haya tenido algo que ver en su soltería; en cierto m odo, es un ave solitaria, pero no se puede decir que esté solo. Los vecinos lo respetan. Nadie cree que sea un libertino ni un D o njuán en potencia. Probablem ente pasa por el tío inofensivo de edad indeter­ minada que siempre “tiene buenos m odos”, es “muy callado” y es bueno

A veces, la actitud hacia los solteros esconde

cierta malicia; la gente cree que Fulano de tal no se ha casado porque le

físico con las mujeres. Pero norm alm ente esa idea de desdén; tam poco las personas piensan que un

soltero sea egoísta, homosexual o antisocial. Algunos hom bres -se pien­ sa- nacen solteros y son un com ponente más del barrio. La m inoría que adquiere conciencia de las limitaciones de sti clase y se interesa por estudiar algo -p ara “hacer algo por su clase” o para “progre­ sar como individuos”- genera sentimientos encontrados. El respeto por el “estudioso” (el médico o el párroco) no ha desaparecido por completo.

con la m adre y la herm ana.

“linda letra”. Y también

está el hom ­

soltero

da miedo el contacto no va a acom pañada

1

06

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

R ecuerdo que, al poco tiempo de obtener una beca, estaba sentado en

iin club ju n to a un m inero soltero de m ediana edad. Cuando

g-o de ron y leche caliente, apartó media corona del vuelto y me la dio. Yo

traté de rechazarla: “Quédatela. Para tus estudios”, m e dijo. “Soy como cualquier minero. Lo que gano me lo gasto”. Por otro lado, hay quienes desconfían de los libros. ¿Qué les pasa a los que estudian? ¿Están mejor ahora que son oficinistas o maestros? ¿Son más felices? Los padres que

pagó su tra-

n

o permiten que sus hijos sigan estudiando (algunos todavía se oponen)

n

o siempre piensan en el hecho de que tendrán que m antenerlos duran­

te un tiempo sino que dudan, aunque no lo m anifiesten con claridad, del valor de la educación. Esa duda adquiere parte de su fuerza del sentido

d e grupo: el grupo trata de conservarse tal cual es y de im pedir que sus

m iem bros cambien, se vayan o sean distintos.

Como ya he dicho, el grupo opera contra la idea de cambio. Es más: im­ pone a sus miembros una intensa presión, a veces demasiado fuerte, para asegurarse de que todos se ajusten a las costumbres establecidas. A los que no lo hacen por causa de los estudios o de alguna otra razón, a veces se los tolera, y no quiero decir que haya una gran hostilidad automática ante las deserciones o las costumbres diferentes. De hecho, una de las

cualidades destacadas de los grupos de clase trabajadora es la tolerancia

e n algunos aspectos, pero esa tolerancia funciona sólo si se siguen respe­ tando los principios generales de la clase. El grupo se conform a por cercanía. D urante años sigue consideran­

d o que alguien q¡ue viene de una localidad que está a 50 kilómetros

d e distancia “no es de los nuestros”. He visto grupos que son crueles (y tam bién amables) durante m ucho tiem po, si bien de m anera in­ consciente e insensible, con la esposa nacida en otro pueblo. El grupo muestra, con frecuencia con cierta actitud m anipuladora, una crueldad poco original que puede causar m ucho dolor. “¿Qué habrá querido decir con eso?”, “Que no se sepa” o “No hay que decirles todo” son frases muy comunes. Im porta el qué dirán igual que en cualquier otro contexto, quizá más aún, en cierto modo. Las personas de la clase tra­ bajado x'a ven a los demás y ellos mismos son vistos de una m anera que conduce, debido a la estrechez de miras, a una interpretación errónea,

y casi siempre en desm edro del sujeto, de lo que hacen los vecinos. De

una m ujer de la clase trabajadora se dice que “no hace nada” en el lugar donde limpia todo el día, y cuando la llevan a la casa a la noche pide que la dejen a u n par de cuadras, porque ¿qué dirán los vecinos si la ven llegar con un hombre?

“e l l o

s ” y

“n o s o t r o s ”

107

Al grupo no le agradan los ataques provenientes de sus propios miem­

bros.

pero es fuerte la presión por quedarse en el nivel inferior de los Atkins. De

ahí el uso corriente de frases, que luego aprovecharon los publicistas, que apelan a lo común, al promedio: “Todo hom bre que se precie haría “No es natural”, “Me gusta porque es siempre el mismo”. Para pertenecer

al grupo hay que esforzarse por “No querer cambiar al otro” y para no ser

aceptado basta con actuar distinto, lo que implica una crítica a la conduc­

ta del resto; el que transgrede los tabúes pierde el favor de los demás. “El

pensamiento grupal existe, claro. Si uno piensa igual que el vecino, está todo en orden, pero si no, si, por ejemplo, te ven entrar con un libro [al lugar de trabajo] o cosas así, te ven como un bicho raro y no es fácil”.31 Todas las clases exigen que sus miembros se ajusten a las propias nor­ mas en cierta medida. Y es necesario destacar esto porque se suele afir­

m ar que sólo la clase media y la clase alta se fijan en estas cosas y que la clase trabajadora, no.

Salirse de las ideas del grupo, “hacerse el refinado”, “darse aires”, “pa­ recer más de lo que uno es”, “actuar como si fuera distinguido”, “ser estirado”, “despreciar a los demás”, “creerse una señora” son conductas que no caen bien. Al verdadero “copetudo” se lo ve como un personaje divertido, igual que hace cincuenta años, y el “caballero genuino” (el

hablo yo en este m om ento”) se lo

admira aunque, obviamente, sea uno de “ellos”. Ninguno de ellos provo­ ca un sentim iento tan fuerte como el que genera aquel que se da aires de

“gran señor” porque piensa que esos aires son superiores a los de la clase trabajadora. “¿Qué es lo que menos te gusta?”, quiere saber Wilfred Pic­ kles. “Los que se la dan de distinguidos”. Aplausos. “¡Muy bien! Y dime ¿qué es lo que más te gusta?” “Los que son como nosotros”. Más aplausos.

Ymuy “

Sean cuales hayan sido sus orígenes, Gracie Fields y Wilfred Pickles hoy no pertenecerían a la clase trabajadora, pero los dos aún son acep­ tados porque siguen siéndolo en espíritu y han conquistado a las “clases adineradas” con su astucia y sus actitudes típicas de la clase trabajadora. “En el Sur quieren m ucho a Wilfred Pickles”, es decir, lo quieren quienes no pertenecen a esa clase, y los trabajadores están orgullosos de que sus valores, los de los poco refinados, los rústicos, sean apreciados por otras

que se dirige a uno “igual que como

Es casi desconocido el impulso competitivo de parecerse a los Jones,

cierto. Dale el dinero”.

31 Palabras de un obrero, en Reaveley y W innington, Democracy and Indushy, p. 60.

108

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD DE MASAS

clases sociales. Sus “com ediantes” han conquistado los reductos más ele­ gantes; “les deseamos la m ejor de las suertes”.

Con frecuencia oímos decir que la clase trabajadora inglesa es amable, más amable que la de cualquier otro país, y más que en los tiempos de nuestros padres y abuelos. Sin duda, hoy hay menos brutalidad en las zonas urbanas que hace cincuenta años; ha habido una disminución de los elementos salvajes y bruscos que a veces hacían que la calle fuese un lugar para evitar, en especial por la noche y durante los fines de semana. El vandalismo y el desorden público, por cuya causa los policías empeza­ ron a patrullar en pareja en muchos barrios de distintas ciudades, prácti­ camente han desaparecido. Ya casi no se oyen noticias, salvo en contadas excepciones, de peleas a golpes de puño en la calle, a botellazos en el bar, de bandas que acosan a chicas en predios feriales o de tipos que se em borrachan como bestias. Lam entar la desaparición de tales situaciones implicaría caer en un anacronismo tonto y engañoso, igual que creer que el hecho ele que esa clase de episodios haya disminuido quiere decir que la clase trabajadora perdió una parte de su costado divertido y que la gentileza es nada más

que una form a de pasividad. Pero esa misma generación que era burda y salvaje tam bién sabía ser gentil. Pienso una vez más en mi abuela, que vio

que hoy im pactarían a las mujeres dé casi todas las

clases sociales y que, además, era bastante ruda. Pero ella, igual que mu­

muchas brutalidades

chas mujeres de su generación, tenía una gentileza y una fina capacidad para diferenciar dignas de admiración. Quizá la gentileza que nos llama la atención no sea una característica nueva, sino un antiguo rasgo que se torna más visible porque hoy tiene más espacio para manifestarse. Debe

haberse desarrollado durante generaciones; es el resultado de un pro­ ceso de varios siglos en los cuales las personas se llevaban bastante bien, no sufrían la persistente violencia de los que tenían más poder que ellas

problem as serios- que la ley era pareja para

todos y que la autoridad no estaba en manos de corruptos incorregibles. No he olvidado lo que vivieron las personas durante la gran ham bruna de 1§40; recuerdo a los siervos rusos y sé de la actitud de los italianos ante los empleados públicos, que aún hoy sigue vigente. Todo ello ha dado origen a una razonable y callada suposición de que la violencia es el último recurso. Si hago hincapié en la ordinariez y la insensibilidad que pueblan la vida de la clase trabajadora no es porque quiera decir que otras clases no tienen sus propios modos de tosquedad ni porque quiera negar lo que

y sentían -au n q u e tuviesen

e

l

l o

s

y

n o s o t r o s

10 9

suele afirmarse de la gentileza, sino porque intento recuperar el equili­ brio que hemos perdido en los últimos veinte años. La evidencia debe buscarse con sumo cuidado y no tiene que incluir hábitos que son consi­ derados ordinarios desde la perspectiva de otras clases sociales. Visto así, el habla y los modales de la clase trabajadora son más abruptos y carecen de las frases conciliatorias32 de otros grupos. Los argumentos suelen ex­ ponerse con tanta rudeza que un extraño podría pensar que la conver­ sación, en el peor de los casos, term inará en pelea y, en el m ejor de los casos, la relación entre los protagonistas de la discusión se acabará para siempre. Creo que incluso hoy, si no quiero que se me m alinterprete,

tengo que modificar la costum bre de

de usar frases breves y punzantes que vayan directo al grano pero con las que no tengo la intención de herir a nadie. Ni las frases ni el ritm o del habla de la clase trabajadora tienen la relajada calidad que, en distintos niveles, caracteriza a otras clases. El habla ele los trabajadores respeta más sus emociones del m omento: la exasperación ele las peleas o la alegría que expresan las amas de casa hablando a los gritos cuando van de ex­ cursión a la costa, unos modales que causan turbación en los pasajeros que están sentados en losjardines de los hoteles. Existe la arrogancia, sin duda, de “llamar a las cosas por su nom bre” que lleva a algunas personas a reforzar los elementos más rudos de su vocabulario cuando conversan con gente que no es de su propia clase. Pero la clase trabajadora, sean cuales fueren los cambios que haya su­ frido su vida, sigue estando con los pies más cerca ele la tierra que la

mayoría de la gente. Sobre la suciedad perm anente y las dificultades de la vida doméstica ya me he explayado; habría que recordar tam bién que las condiciones físicas de la vida laboral de los hombres, y tam bién de algunas mujeres, se caracterizan por los ruidos, la mugre y los olores. Sabemos de esas condiciones, pero refrescamos la m em oria cada vez que pasamos por una de esas profundas cavernas de Leeds donde los m oto­ res martillean y resuenan sin cesar y las chispas salen volando por gran­ des portones detrás de los cuales los trabajadores aparecen cubiertos de suciedad, m anipulando piezas de metal caliente, o cuando atravesamos el extenso distrito de Hull que parece sumergido bajo una nube de olor a pescado que se filtra desde las cocinas de las casas apiñadas. El trabajo pesado, duro y agotador está ahí a la espera de que lo realicen las personas

discutir “sin suavizar” mis modales,

32 El epíteto pertenece a T. H. Pear. Véase Voice and Personalily.

1

10

LA CULTURA OBRERA EN LA SOCIEDAD