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HISTORIA DEL SEÑOR DE LOS MILAGROS

En el siglo XVII, Lima contaba con


una población de 35 mil
habitantes, cantidad que se iba
incrementando con la llegada de
miles de personajes atraídos por
la prosperidad y riqueza. Además,
era común el tráfico de esclavos
quienes llegaban procedentes de
África Occidental, clasificados por
castas: Congos, Mandingas,
Caravelíes, Mondongos,
Mozambique, Terranovos, Minas
y Angolas.

Precisamente, los angolas fueron


llevados a la zona de Pacha
camilla en 1651 y al estar instalados, se organizaron para construir sus cabañas
o callejones divididos en habitaciones, en donde rendían culto a distintas
imágenes o santos. Estos actos les recordaban su libertad y cantaban siempre
en su lengua nativa. Ellos también se preocupaban por los enfermos, y que
tuvieran un entierro decente.

Los negros Angola eran el grupo más numerosos entre los esclavos negros, pero
no eran muy valorados (eran los más baratos) porque eran considerados como
pusilánimes, enfermizos y pocos propensos a la cristianización.

Un grupo de negros construyeron una cofradía en el barrio de Pacha camilla,


llamado así porque habitaron allí unos indígenas de la zona prehispánica de
Pachacamac. En una de sus paredes de adobes, un negro angoleño, bajo
inspiración divina, plasmó en 1651 la imagen de Cristo crucificado. La imagen
fue pintada al templo en una pared tosca, cerca de una acequia de regadío y con
un acabado imperfecto. El esclavo angoleño no tuvo estudios de pintura y ejecutó
la obra por su propia fe y devoción a Cristo.
El 13 de noviembre de 1655, a las 14:45 horas, un fuerte terremoto estremeció
Lima y Callao, derrumbando templos, mansiones y las viviendas más frágiles,
generando miles de víctimas mortales y damnificados. El temblor, afectó también
la zona de Pacha camilla, donde todas las paredes del local de la cofradía se
derrumbaron menos una: el débil muro de adobe donde estaba la imagen de
Cristo, quedó intacto y sin ningún daño. Fue el primer milagro.

MILAGROS

En 1920, varios periódicos y habitantes de Lima, hicieron eco de la repentina


curación de Rosa Angélica Castro, una pobre tullida de modesta familia, que
había pasado por dos operaciones y que por causas desconocidas por los
médicos, había quedado inmovilizada en ambas piernas.

Llegó octubre y con él la procesión del Señor de los Milagros. En el segundo día
de andas, Rosa Angélica y su madre ingresaron al Templo de la Encarnación y
al ver la imagen, suplicaron la salud que la joven tullida tanto deseaba. Apenas
la multitud había abandonado el templo, la enferma sintió una conmoción que la
hizo dejar la silla, se levantó y caminó presa de un gozo indescriptible, superando
sus males y agradeciendo al Cristo Moreno por su misericordia.

Otro relato indica que Rosa Oquendo llevaba un año y dos meses padeciendo
de parálisis de los miembros inferiores y pese a haber consultado a varios
médicos, todo había sido inútil. El día que salió la procesión, fue conducida a la
plazuela de Mercedarias y al pasar la imagen delante del lugar donde se
encontraba, ella se levantó del sillón donde estaba reclinada y siguió las andas
sin sentir molestia alguna, causando sorpresa entre quienes la conocían.

Había una mujer a quien conocían como ''La Resucitada'', si bien es cierto no se
trataba de una verdadera resurrección, estuvo a punto de ser enterrada viva de
no ser por la protección del Señor de los Milagros. Había sido víctima de una
fuerte catalepsia que habia dado a sus miembros la rigidez cadavérica y la
impedía a dar señal exterior alguna. Todo estaba en orden para su entierro y
según ella, se dio cuenta de su estado y advirtiendo el peligro que corría, empezó
a encomendarse a Dios. A sus oídos llego la versión de la procesión que pasaba
por delante de su casa y pidió con gran fervor al Cristo Moreno la libre del peligro
en que se halla y alcanza a dar signos visibles de que aún está con vida.

En 1935 hallamos otros dos casos. Uno es el de la Sra. Elvira R. De Dávila,


curada de un tumor canceroso en el útero. Tanto el médico que la atendió como
los que la examinaron en el Hospital Arzobispo Loayza, entre ellos el Dr.
Constantino Carvallo, juzgaron que el mal no tenía remedio. La enferma
sacando fuerzas de flaqueza, pidió que le permitiesen abandonar el Hospital y
acudió a la novena del Señor en su templo. El divino crucificado escuchó y sin
operación el tumor desapareció y se sintió sana. María Drinot Fuchs, con
residencia en Magdalena del Mar, adolecía de un bulto en el vientre que a juicio
de tres cirujanos exigía una intervención quirúrgica. Ella se resistió a ser
operada y prefirió acudir al Señor de los Milagros. Su fe la salvó, pues a los pocos
días no le quedó rastro de su mal.

Estos son algunos de los milagros que han podido comprobarse, pero hay
muchos más que quedan ocultos y no se hacen público, aparte de las gracias
materiales que ha dado a muchos. Todos cuantos han mirado de cerca esa
incesante afluencia de gente a su santuario en el mes de octubre, han escuchado
las confesiones de los fieles; son testigos de muchos favores que el Señor de los
Milagros hace en sus vidas.

TRADICIONES DURANTE EL MES DEL SEÑOR DE LOS MILAGROS

La fiesta del Señor de los Milagros es una celebración


popular. Miles de peruanos no sólo acompañan las andas
en un claro acto de fervor religioso, sino también toman
parte de costumbres que con el correr de los años, se
fueron convirtiendo en parte de la identidad de un pueblo.

Turrón de Doña Pepa

Josefa Marmanillo, conocida como 'Doña Pepa', era una


negra esclava y habitante del valle de Cañete. Fue liberada
debido a que sufría de parálisis en los brazos, por lo que no podía trabajar.
Motivada por los milagros que el Cristo Moreno concedía, se animó a ir a Lima
para participar en la procesión del Señor de los Milagros.

Doña Pepa se propuso ofrecer su dulce todos los años durante la Solemnidad
del Señor de los Milagros. Siguieron con la tradición su hija, la hija de ésta y así
sucesivamente hasta nuestros días, en que el Turrón de Doña Pepa, hecho de
almíbar, yema, manteca, harina, anís y dulces, preside desde hace trescientos
años las expresiones gastronómicas de la muy devota Procesión del Señor de
los Milagros.
Las velas o cirios

En tiempos coloniales, la única forma de alumbrarse en la


oscuridad era con fuego.

Durante las procesiones, los feligreses acostumbraban llevar


cirios labrados artísticamente, de mayor que los de uso
cotidiano para demostrar así su devoción. Esta costumbre se
difundió aún más con la procesión del Señor de los Milagros.
Los devotos, después de acompañar al Cristo con
ornamentados cirios encendidos, los dejaban como ofrenda en el templo de las
Nazarenas.

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