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Tengo Rabia

Tengo rabia, sí; pero no solamente por la violencia canalla e infame que enviste a mi
Chile querido; no solo por la agobiante espera de aquellos que buscan alguna
explicación y solución a la injusticia que han sufrido; También tengo rabia por el
miedo a que nuevos disparos por la espalda sigan absteciendo los morges y
cementerios de los pueblos de la Frontera

Tengo rabia porque nosotros, los hijos de Adán todavía seguimos el camino de Caín,
levantamos nuestras manos vengativas y arrojamos piedras, barro y anatemas al
hermano que piensa diferente.

Tengo rabia porque nadie quiere dialogar, y ya quedamos roncos de tanto maldecir;
cuando acaba la disposición de escuchar, cuando nos auto-amordazamos, y estamos
dispuestos a herir y atropellar a nuestros hermanos y semejantes. Recurrimos al
lenguaje infame, la palabra maldita, el idioma de Babel, esa lengua que confunde y que
priva de la vida al que piensa diferente; Sí, porque el lenguaje de los canallas es el
homicidio.

Tengo rabia porque todos tenemos la espantosa convicción de que Camilo Catrillanca
no será el último compatriota en partir anticipadamente. Porque presiento en el alma
que la ejecución cobarde del matrimonio Luchsinger Mackay no ahogará el odio
enconado que han parido Todas esas esas iglesias quemadas, colegios calcinados, y
compatriotas asesinados seguirán abasteciendo los morgues del Biobío y la Araucanía.
Vidas malogradas que seguirán engrosando los obituarios y necrologías de los
periódicos.

Oh carroza fúnebre que nunca te cansas de acarrear vidas marchitas y cuerpos


prematuros. ¡Carruaje infame que no discrimina entre niños o viejos, ricos o pobres,
hombre o mujeres, indios o mestizos ! Víctimas inmoladas que fueron apagadas por el
odio y la locura.

Pero, al igual que un viejo catecismo protestante, puedo decir que mi único consuelo
es ver en esa carroza a Cristo, quién ató a su misma muerte todas las infamias,
deshonores, afrentas y traiciones de los muertos de Ercilla, Vilcún, Galvarino, Cañete o
cualquier lugar donde explota la violencia. Entre el réquiem de los que fueron
desarraigados de esta tierra, Cristo, el resucitado, es el único que enseña un nuevo y
mejor lenguaje cuando grita a su Padre: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”

Sus palabras me consuelan, su lenguaje me da esperanza, su idioma me redime de


todas mis heridas mortales, y nos cura de la peor herida que sufrimos, la de querer
herir a nuestros semejantes. Nuestras llagas hieren, infectan y matan. Pero sus heridas
sanan, limpian y salvan.
Pero aún me queda un poco de rabia, observar cuán poco se nombra a mi Cristo
cuando al mismo tiempo se nombran a los que marchan sobre sus carrozas.

Paz En Biobío y Araucania

despierten el treno y lamento fúnebre